Juán Carlos Lezcano, in memoriam
Yo les llamo, con todos los respetos, “mis cromos”, porque sus figuritas -como dicen en Argentina- acompañaron y dieron color a mi infancia, justo cuando cada año moría el verano y asomaba, con el curso escolar, un nuevo Campeonato Nacional de Liga. Y ahora se están yendo uno detrás de otro, desnudando aquel paisaje, igual que el otoño despoja inexorablemente a los árboles de sus hojas. El último ha sido Lezcano, una de las figuras de aquel simpático Elche que un día de 1959 se coló en el festín de los grandes del fútbol español, y compartió con ellos mesa y mantel durante doce maravillosos años, hasta que en 1971 se acabó abruptamente el encantamiento.

Juan Carlos Lezcano López falleció en la Ciudad de las Palmeras, donde había establecido su residencia tras retirarse, el pasado 12 de noviembre de 2025, y fue uno de los numerosos jugadores paraguayos que durante un par de décadas tomaron un metafórico puente aéreo que uniría Asunción con Elche, la mayoría de ellos facturados en las maletas de Arturo Bogossian, un avispado intermediario armenio -algunos lo llamarían “traficante”-, más listo que el hambre.
UN PARAGUAYO EN EL FÚTBOL CHILENO
Hijo y hermano de futbolistas de renombre en su país, la carrera profesional de Juan Carlos Lezcano López (nacido en la capital guaraní el 5 de noviembre de 1938) transcurrió íntegramente fuera de Paraguay, tras hacer sus primeras armas en las divisiones inferiores de Olimpia. Dado que en su país de origen el fútbol no era entonces una ocupación especialmente bien remunerada, con sólo veinte añitos va a aceptar una oferta de uno de los principales clubes chilenos, la Universidad Católica. Sucedía en 1958, y una vez en Chile militará también en las filas del Transandino y finalmente en el Santiago Morning, sin salir nunca de la capital.

Técnicamente hablando, el menor de los Lezcano era un ariete fuerte y valiente, en absoluto exento de clase, y muy trabajador. A veces incluso actuaba como extremo, aunque su hábitat natural estaba más centrado. En 1962, ya muy hecho como futbolista, va a ingresar en la órbita del mencionado Bogossian, que le convencerá para viajar a España con vistas a enrolarse en uno de los clubes primates de nuestras competiciones, el Valencia, aunque primero le había insinuado algo acerca de un misterioso lugar llamado Elche, en cuyo conjunto representativo, vestido totalmente de blanco a excepción de una franja horizontal verde cruzándoles el pecho, figuraban varios compatriotas suyos (Juan Ángel Romero, Cayetano Re – que acabaría yéndose al Barça a cambio de 6 millones de pesetas- y Florencio Amarilla, el héroe de la clasificación guaraní para el Mundial sueco de 1958)
DESVÍO A ALTABIX
Lezcano va a llegar en avión al madrileño aeropuerto de Barajas, y allí se encuentra con la desagradable sorpresa de que no le esperaba nadie. A todo esto, ya Bogossian le había convencido antes de tomar el vuelo de que su destino final sería la remota Elche, pero como las condiciones económicas y deportivas le compensaban, el muchacho terminó por dar su brazo a torcer. Con solamente 20 dólares en el bolsillo tomará un autobús para desplazarse hasta la localidad levantina, pero por despiste, al efectuar una parada en Albacete, lo perderá. Entonces un pasajero que se había apeado allí, apiadándose de él, le llevará en su coche hasta Alicante, donde subirá a otro autobús que le deja en su destino final.

Pero una vez ya en Altabix no van a terminar sus problemas… Al parecer, el vicepresidente del club ilicitano prefería fichar al brasileño Wanderley, el hermano del jugador valencianista Waldo, que ocupaba precisamente la demarcación de delantero centro, aunque finalmente el presidente franjiverde, José Esquitino, se decantará por el paraguayo, marchándose el atacante carioca al Levante, con el que ascendería al termino de esa temporada a Primera División. Lezcano suscribirá por lo tanto contrato con el Elche, aunque el día de su presentación no va a brillar en demasía, y habrá quien escriba, un tanto temerariamente, que no tenía la clase suficiente para jugar en un Elche donde se codeaban futbolistas de la talla del hondureño Cardona y sus paisanos Romero y Eulogio Martínez, igualmente recién llegado, que acababa de actuar en el Mundial de Chile con la Selección Española -junto a otros nacionalizados como Santamaría y Puskas- y que iba a cobrar la ficha más elevada de toda la plantilla, casi un millón de pesetas de la época (Lezcano, por su parte, tendría que contentarse con unos emolumentos mucho más modestos: tan sólo 150.000 cucas).

TRIUNFANDO COMO FRANJIVERDE
Precisamente para dejarle hueco como delantero centro a su ilustre compatriota, Lezcano va a pasar a ocupar la posición de interior derecho, cubriendo mucho campo y batallando incansablemente, mostrándose como un futbolista potente y con mucha llegada, gracias a su buen remate de cabeza y con ambas piernas. Y triunfa ya apoteósicamente desde el principio. Es titular indiscutible, y marca 10 goles entre Liga y Copa (torneo en el que están a punto de eliminar al todopoderoso Barça, cayendo únicamente tras un encuentro de desempate en Madrid). Por sus rasgos orientales los aficionados ilicitanos van a conocerle cariñosamente como El Chino, y él les devuelve esa simpatía con una entrega total y un rendimiento sobresaliente, formando en aquella tripleta central íntegramente paraguaya, junto a Eulogio y Romero, las dos grandes estrellas del cuadro franjiverde.

La temporada siguiente, la 63-64, es aún mejor. A las órdenes de otro eximio guaraní, Heriberto Herrera, antiguo campeón del Sudamericano del 53 con La Tricolor, el Elche se clasifica en quinto lugar, y sólo le impedirá disputar la Copa de Ferias el hecho de que la ciudad carezca de ese evento comercial internacional que era condición sine qua non para tomar parte en dicha competición. Fue el inolvidable año de la “Delantera del Clero”, por la inicial de sus componentes: Cardona, Lezcano, Eulogio Martínez, Romero y Oviedo, el único español de nacimiento del quinteto. Con el equipo ya totalmente consolidado en la División de Honor, Juan Carlos será un gran apoyo para la nueva generación de futbolistas que irán aflorando en Altabix en el periodo 64-66, los Llompart, Vavá, Marcial, Curro, Canós, Lico o Villapún, a los que pronto se unirán otras espléndidas promesas como Ballester y Asensi.
Se suceden grandes campañas, como la 66-67, en las que el todocampista paraguayo consigue 14 tantos en lo personal, y en lo colectivo llega con el Elche hasta las mismas puertas de la final de Copa, siendo superado por el futuro campeón, el Valencia. Partido decisivo que si se alcanza en 1969, con Roque Máspoli en el banquillo y un equipo de ensueño, que finalmente dobla la rodilla ante el entonces gran especialista en el Torneo del KO, el Athletic de Bilbao, por culpa del postrero gol de Arieta, cuando los de la franja habían tenido contra las cuerdas a los leones durante la mayor parte del choque.
EL FINAL DE UN BELLO SUEÑO
Pero ese será el canto del cisne de aquel maravilloso y milagroso Elche. Para subsistir entre la élite, el club necesitaba vender a sus estrellas con estricta regularidad bienal (Re en el 62, Cardona en el 64, Marcial en el 66, Lico en el 68, Ballester y Asensi en el 70), y por consiguiente va a ir descapitalizándose. Y aunque se nutre de una cantera bien engrasada, y de algunos nombres gloriosos ya en declive (Ramírez, Araquistáin, Serena, Guillot…), no podrá evitar que en la temporada 70-71 finalice aquel hermoso sueño que ya duraba 12 años, y el Elche da con sus huesos en Segunda División, tras un curso calamitoso en el que llegó a sumar hasta cuatro técnicos turnándose en su banquillo.
Los nuevos rectores del club, considerando ya viejo a Lezcano, a sus casi 33 años, y haciendo alarde de una perversa ingratitud -255 partidos y 49 goles en nueve temporadas eran sus poderes-, no van a renovarle, e incluso le harán el feo, feísimo, de no permitirle entrenar en sus instalaciones mientras busca nuevo equipo, a él, que lo había dado todo en el campo por aquellos colores, convirtiéndose hasta la fecha en el jugador extranjero que más partidos ha disputado con la camisola franjiverde. Eldense, Villena y Crevillente, siempre sin salir de la provincia, serán testigos de sus últimos años en activo. Luego Lezcano acabaría regresando a su casa, pero no ya al viejo Altabix, sino al nuevo Martínez Valero, como entrenador del Deportivo Ilicitano, y también como ayudante de muchos técnicos del primer equipo.
Y en Elche ha continuado durante décadas, como testigo de privilegio y valioso referente de una época épica e irrepetible, en la que un modesto y simpático equipo de provincias imponía respeto a todos los grandes, y les hacía morder el polvo junto a las palmeras. Hasta que su noble corazón dejó de latir un triste día de noviembre de 2025, tan sólo una semana después de su 87 cumpleaños.