Se nos van los cromos de nuestra infancia, se nos van, y no quiero

Escribo este artículo en plenas fechas de despedida de un año que nos deja y con la esperanza del que está llamando a la puerta. La Navidad siempre llega envuelta en luces, canciones y promesas de alegría, pero desde que mi padre ya no está, también trae consigo un silencio distinto. Hay una ausencia que se sienta a la mesa, que se esconde entre los recuerdos y que pesa más en estas fechas en las que todo invita a celebrar. Recordarlo en Navidad es volver a su voz, a sus gestos cotidianos, a los momentos sencillos que entonces parecían eternos.

Este artículo nace de esa nostalgia: de la necesidad de nombrarlo, de mantenerlo vivo en la memoria y de entender que el amor no termina, incluso cuando la despedida llegó en la época más luminosa del año, Agosto de hace ya muchos años.

Hubo una época en la que la felicidad tenía forma de sobre pequeño, de papel fino y colores brillantes. No pesaba casi nada, pero al sostenerlo entre los dedos parecía contenerlo todo. Bastaba con escuchar el crujido del envoltorio para que el corazón se acelerara y la imaginación volara. Los álbumes de la Liga no solo eran un entretenimiento: eran una forma de vivir la infancia, una experiencia colectiva que marcó a generaciones enteras y que hoy, a recordarla, despierta una nostalgia profunda.

Todo empezaba mucho antes de abrir el primer sobre. Comenzaba con el álbum vacío. En el quiosco, frente a aquella pared repleta de portadas llamativas, uno sentía que estaba tomando una decisión importante. Cada álbum prometía un universo propio, una aventura que se iba a construir cromo a cromo. Volver a casa con el álbum nuevo bajo el brazo era caminar más rápido de lo habitual, como si el tiempo pudiera adelantarse a la emoción.

El ritual empezaba casi siempre en el quiosco. Ir hasta allí era una pequeña aventura, a veces solos, a veces acompañados, con las monedas bien apretadas en la mano. Volver con los sobres era volver con ilusión, con la esperanza intacta de que esta vez apareciera el cromo que faltaba. Al abrirlos, el mundo se reducía a esos segundos de expectativa, a la emoción pura que solo la infancia sabe generar.

Aquellos futbolistas que miraban al frente desde los cromos, con el escudo cosido al pecho y el gesto serio, parecían destinados a durar para siempre. En nuestra infancia no existía la idea de la despedida definitiva. Eran nombres que repetíamos como un mantra, héroes cotidianos que nos acompañaban sin saberlo. Hoy, al saber que muchos de ellos han fallecido, el recuerdo adquiere un peso distinto, más profundo. No es solo la ausencia de los jugadores; es la certeza de que el tiempo ha seguido su curso, aunque dentro de nosotros algo se haya quedado detenido.

Los conocimos siendo niños, rodeados de amigos, sentados en el suelo de los soportales de la plaza del pueblo o en cualquier rincón que sirviera de punto de encuentro. Allí se abrían los sobres, se repartían los cromos y se debatía con pasión sobre quien era mejor, quien marcaba más goles, quien merecía estar en la portada de nuestras conversaciones. Aquellos futbolistas formaban parte de nuestra vida diaria, aunque nunca los viéramos jugar en directo. Vivían en los álbumes, en los sueños de ser algún día como ellos.

El camino hasta el quiosco era parte de la magia. Allí estaba siempre el quiosquero, figura fija de nuestra infancia, que nos conocía por el nombre y sabía perfectamente a qué veníamos. No hacía falta explicar nada: bastaba con apoyar las monedas en el mostrador para que sacara los sobres del álbum de la Liga. A veces nos dejaba elegir –las menos- otras veces nos los entregaba directamente –las más-, como si supiera que el azar también necesitaba cierta guía. El quiosco tenía un olor inconfundible, mezcla de papel, revistas y ese aroma a tinta fresca que hoy, con solo recordarlos, nos devuelve a la niñez.

Aquellas tardes calurosas de La Mancha parecían eternas. El tiempo no apremiaba, y el bordillo de una acera se convertía en nuestra mesa de operaciones. El sudor, el polvo y las risas se mezclaban con la tensión del momento. Cada cromo que aparecía despertaba comentarios, celebraciones o lamentos compartidos con amigos, todos atentos, todos implicados, como si se tratara de un acontecimiento decisivo.

Los futbolistas envejecieron en los cromos sin envejecer nunca de verdad. Quedaron atrapados en una temporada concreta, en un gesto congelado, en una carrera que no termina. Nosotros en cambio, crecimos. Cambiamos. Pero no del todo. Porque cada recuerdo de aquellos jugadores es también un recuerdo de quiénes éramos cuando el mundo parecía más sencillo y el futuro, infinito.

Quizá por eso duele saber que ya no están. No solo despedimos a los jugadores, despedimos una parte de nuestra historia compartida. Pero también los mantenemos vivos cada vez que pronunciamos sus nombres, cada vez que sentimos que, pese a todo, seguimos siendo los niños de entonces: los que creían que un cromo podía hacerlo eterno todo.

Abrir los sobres era un ritual sagrado. Se hacía despacio, alargando el momento, escuchando el sonido del papel al rasgarse. Dentro, cinco o seis cromos que podían cambiarlo todo. El corazón se aceleraba mientras se pasaban uno a uno, con la esperanza de encontrar esos cromos que faltaban desde hacía semanas.

El intercambio era un capítulo aparte. “¿lo tienes?” ¿”te falta este?” “te cambio dos por uno”, eran frases universales. En el suelo del patio, sobre una mesa improvisada o sentados en la escalera del edificio, los niños negociaban con una seriedad que hoy resulta entrañable. Ahí se aprendía a compartir, a ceder, a negociar y a aceptar que, a veces, el trato no salía como esperábamos. También se forjaban amistades y pequeñas rivalidades, siempre alrededor del objetivo común: completar el álbum.

Cada cromo tenía su propio valor emocional. Los nuevos se celebraban; los repetidos se apilaban con la esperanza de un futuro de intercambio. Los álbumes también eran una forma de aprender sin darnos cuenta. Conocimos ciudades, apellidos que nunca antes habíamos escuchado…

Con los años, muchos de aquellos álbumes desaparecieron. Quedaron olvidados en mudanzas, en trasteros o en cajas que ya no sabemos dónde están.

En un mundo actual dominado por lo inmediato y lo digital, los álbumes de cromos representan algo que hemos ido perdiendo: el placer de la espera, el valor de lo compartido, la emoción de lo incompleto. Eran más que papel y tinta. Eran tardes de quiosco, recreos interminables, conversaciones repetidas y sueños pequeños pero intensos. Era, en definitiva, fragmentos de una infancia que aún vive, pegada con cuidado, en algún rincón de nuestra memoria.

Completar un álbum era un acontecimiento. Pegar el último cromo producía una mezcla de orgullo y melancolía: la misión estaba cumplida, pero algo se acababa. El álbum terminado se hojeaba con cuidado, se enseñaba a hermanos, primos y amigos, y se guardaba como un tesoro. No importaban los cromos torcidos, las páginas arrugadas o las manchas de pegamento: cada imperfección era parte de la historia.

Los álbumes nos enseñaron a esperar. No se completaban en un día ni en una semana. Requerían constancia, paciencia y, en ocasiones, resignación. El famoso “cromo imposible” se convertía en obsesión colectiva. Todo el mundo hablaba de él, pocos lo tenían, y cuando alguien lo conseguía, se ganaba un respeto casi legendario. No importaba la edad: todos sabíamos lo que era anhelar algo con fuerza y aceptar que no siempre dependía solo de nosotros.

El dinero que nos daban nuestros padres tenía entonces un valor casi sagrado. Unas pocas monedas en la palma de la mano bastaban para sentirnos ricos, importantes, responsables. A veces nos lo daban con una sonrisa, otras con una advertencia- “no lo gastes todo de golpe”- que rara vez cumplíamos. Ese dinero tenía un destino claro: sobre de fútbol. No había duda, no había debate. Cada moneda era una ilusión convertida en promesa.

Después venía el momento del pegamento. El pegamento era casi tan importante como los propios cromos. Desenroscar el tapón, extenderlo con cuidado –o no tanto- y colocar el cromo en su sitio era un gesto solemne. Algunos quedaban torcidos, otros manchados, otros perfectamente alineados. A veces el papel se arrugaba, otras el pegamento se salía por los bordes y manchaba los dedos, pero nadie se quejaba. Aquellas manos pegajosas eran el precio de la ilusión, una marca invisible de la felicidad. Pero todos tenían el mismo valor: eran parte de una historia que estábamos construyendo sin darnos cuenta. El pegamento no solo unía papel: unía recuerdos, risas, discusiones y silencios compartidos.

Nuestros padres nos enseñaron a pegar los primeros cromos. Puede parecer un gesto pequeño, casi insignificante, pero en realidad fue una de esas lecciones silenciosas que solo se comprenden con el paso del tiempo. Se sentaban a nuestro lado, con paciencia, y nos mostraban cómo extender el pegamento sin exceso, cómo alinear el cromo con cuidado, cómo presionar suavemente para que quedara bien fijo. No solo nos enseñaban a pegar papel: nos enseñaban a hacer las cosas despacio, con atención y cariño.

Aquella escena se repetía muchas veces en la mesa de la cocina o en el salón, mientras fuera caían las últimas luces de la tarde. El pegamento Pelikan abierto, su olor mezclado con el de la casa, el álbum extendido como un mapa lleno de promesas. Nuestros padres observaban, corregían con ternura cuando nos manchábamos los dedos. Para ellos quizá era un momento más; para nosotros era una ceremonia.

Con el tiempo ya no los necesitábamos. Aprendimos solos, pegamos rápido, sin pedir ayuda. Pero ese primer gesto quedó grabado. Cada cromo bien colocado llevaba algo de ellos: su paciencia, su tiempo regalado, su manera de acompañarnos sin imponerse.

Hoy, al recordar aquellos álbumes, no solo vuelven los futbolistas, los amigos o las tardes calurosas en la plaza de Manzanares. Vuelven también nuestros padres, jóvenes entonces, enseñándonos sin saberlo a cuidar lo que amábamos.

Tal vez por eso estos álbumes pesan más de lo que parece. Porque entre sus páginas no solo están los cromos. Están las manos de nuestros padres guiando las nuestras, el aprendizaje sencillo de la infancia y la certeza de que, gracias a ellos, seguimos siendo los chiquillos de entonces cada vez que volvemos a hojearlos.

Aquellos futbolistas que llenaban las páginas de nuestros álbumes hoy habitan otro tiempo. Muchos de ellos ya no están, y sus nombres,  impresos bajo una fotografía algo borrosa, se han convertido casi en reliquias. Sin embargo, cuando volvemos a ver sus rostros- en un cromo amarillento, en una imagen antigua, en una alineación olvidada- algo en nosotros se detiene. Porque, aunque el tiempo haya pasado para ellos y para el mundo, dentro de nosotros siguen viviendo los niños que los admiraban.

Eran héroes silenciosos de papel. No los conocíamos en persona, pero sabíamos de memoria sus nombres, sus dorsales, sus equipos. Algunos parecían eternos, inmortales, como si jamás pudieran desaparecer. Por eso, saber hoy que muchos de aquellos futbolistas han fallecido provoca una sensación extraña, difícil de explicar: una mezcla de tristeza, respeto y una profunda conciencia del paso del tiempo. No solo se han ido ellos, también se ha ido aquella época, aquellos domingos, aquellas voces de la radio y del estadio que acompañaban nuestra infancia.

Y, sin embargo, algo permanece intacto. Nosotros seguimos siendo, en esencia, los mismos de entonces. Tal vez con más arrugas, más canas, más responsabilidades y menos tiempo, pero con la misma emoción guardada en algún rincón del corazón. Basta recordar como buscábamos desesperadamente “ese” delantero, “ese” portero, para que el crío vuelva a asomarse. El adulto observa con nostalgia; el niño sonríe con la misma ilusión de siempre.

Muchos de aquellos futbolistas ya no caminan entre nosotros. Hoy descansan en ese azul infinito donde el tiempo no pesa y la memoria se vuelve suave. Pero no se han ido del todo. Permanecen esperando, silenciosos, a que volvamos a abrir aquellos álbumes y les regalemos una nueva sonrisa, la misma que dibujábamos sin saber por qué.

Están ahí, detenidos para siempre en una fotografía, con el gesto serio o la mirada limpia, ajenos al paso de los años. Nosotros, en cambio, seguimos avanzando, cargando historias, responsabilidades y ausencias. Y aun así, basta hojear esas páginas para que algo se alinee por dentro. El niño vuelve a aparecer. El que contaba monedas, el que corría al quiosco, el que se sentaba con amigos en la plaza del pueblo mientras el verano parecía no terminar nunca.

Ellos nos esperan en silencio, en cada cromo pegado con aquel pegamento que olía a ilusión. Nos esperan entre páginas algo amarillentas, marcadas por dedos impacientes y tardes calurosas. Cada vez que abrimos un álbum antiguo, les devolvemos un poco de vida. No con ruido ni con grandes gestos, sino con una sonrisa tranquila, cargada de gratitud y nostalgia.

Quizá ese sea su verdadero lugar, no solo en el cielo, sino también en nuestra memoria. Porque mientras sigamos recordándolos, mientras volvamos de vez en cuando a hojear aquellos álbumes, ellos seguirán ahí, acompañándonos. Y nosotros, aunque el tiempo haya pasado, seguimos siendo los muchachos de entonces, capaces de encontrar felicidad en una imagen, en un recuerdo, en una sonrisa que nace sin pedir permiso.

Hoy, al mirar atrás, entre la bruma de la infancia, todo parece envuelto en una luz especial. El dinero de nuestros padres, el quiosquero paciente, el olor a tinta fresca, las tardes calurosas y el pegamento forman parte de una misma postal emocional. Y en el centro de todo estamos nosotros. Los que sabían que la felicidad podía comprarse con unas monedas, guardarse en un sobre y quedarse para siempre en la memoria.

Con el paso de los años, esos futbolistas quedaron fijados en el tiempo. En los álbumes nunca envejecen. No se lesionan, no se retiran, no desaparecen. Nosotros sí. Nosotros crecimos, dejamos atrás la plaza, cambiamos los amigos de la infancia por nuevas rutinas, pero algo esencial permaneció. Cuando hoy recordamos aquellos nombres y descubrimos que muchos ya no están, sentimos una punzada de nostalgia que va más allá del fútbol. Es la nostalgia de los días largos, de las tardes sin reloj, de los amigos con los que compartimos algo tan simple y tan grande como la ilusión.

Ellos se fueron, pero no del todo. Siguen viviendo en cada página pasada con cuidado, en cada recuerdo que vuelve sin ser llamado. Y nosotros, pese al paso del tiempo, seguimos siendo los niños de entonces.




Fútbol de tebeo

Lo que en Francia llamaron “bande dessinée”, en Italia “fumetti”, o “comic” y “cartoons” en los países anglosajones, para nosotros fue tebeo, rindiendo honores al “TBO”, publicación clásica entre las clásicas. Los tebeos vivieron su edad dorada desde la primera posguerra hasta mediados los 60. Con ellos, por mucho que desde determinadas áreas fuesen agriamente denostados, miles de niños se aficionaron a la lectura, tras haber surcado el espacio junto a Kosman o Diego Valor, contener el aliento en cada peripecia de “El Cachorro”, puesto fecha al enlace imposible de Sigrid con “El Capitán Trueno”, o Claudia con “El Jabato”, inspirar soluciones a los agentes del FBI, “Cuto” y  “El Inspector Dan”, empatizado con Zipi y Zape, reído a carcajadas con “Rompetechos”, ver mundo entre torta y torta a través de Pedrín y empaparse de aroma a especias en los episodios de “Jeque Blanco”. Pero sobre todo, gracias a ellos muchas tardes de pan y chocolate, de rosario en familia, puesto que según el padre Python la familia que rezaba unida permanecía unida, se tiñeron de colores en un país de vuelo rasante y porvenir incierto.

Entre aquellos tebeos, apaisados en su mayoría, con portada a color y diez páginas en blanco y negro, también hubo espacio, aunque poco, para las niñas. Historias de hadas por lo general, o con guapos pianistas, médicos y pintores en “Sisí” o “Mary Noticias”, y el formidable trazo de Vicente Roso desde las páginas de “Florita”. Los pintores, por cierto, quién sabe si como guiño a la bohemia, casi siempre con barba muy cuidada y fumando en pipa. Pero lo que se prodigó poquísimo en un país que adoraba el fútbol, donde Gento, Mundo, Basora, Ramallets, Kubala, Di Stéfano, Zarra, Gainza, Puchades, Herrerita, Juncosa o Acuña, venían a ser gracias a la radio unos más de la familia, fueron los tebeos sobre este deporte. Y eso que casi todos los chicos sólo podían soñar entonces con un regalo mejor que el balón; algo que a los Reyes Magos solía olvidárseles año tras año: la bicicleta.

Hasta los 60 del pasado siglo, por nuestros pagos casi no había otro deporte que el fútbol. Baloncesto, natación, hockey, y ya no digamos el esquí, quedaban reservados para alguna esporádica aparición en el No-Do. El brillo que aún envolvía a los toreros, empezaba a derivar hacia las gentes del fútbol, aunque no se adornaran con  lentejuelas. Sin embargo fútbol de tebeo, como se ha anticipado, muy poquito.

De hecho, donde más solía aparecer era en revistas humorísticas. En el propio “TBO”, en “Tiovivo” y demás publicaciones de los hermanos Bruguera. O en algunas cabeceras decididamente infantiles, rara vez constituyendo una serie.

Fútbol para muy niños, con la Guerra Civil recién terminada.

Fútbol para muy niños, con la Guerra Civil recién terminada.

“Flechas y Pelayos”, ideario falangista orientado a la infancia, fue una de las primeras revistillas de posguerra en utilizar el fútbol. No en retratarlo y mucho menos ensalzarlo. Lo utilizaba, simplemente, para fijar ideas. Viñetas donde un flecha marcaba goles al comunismo, o porteros con tentáculos de pulpo y estrella roja al pecho castigados por los cañonazos de otro futuro camisa azul, menudeaban entre loas al descubrimiento de América, retratos de Franco y alguna llamada al obediencia, la aplicación, y demás buenas costumbres. Muy lejos de este planteamiento se hallaban las historias de “Hipo, Monito y Fifí”, obra de Emilio Boix, blancura inmaculada para los más pequeños, cuyos protagonistas, al menos en una oportunidad, también manejaron la pelota en los 40.

Con absoluta precariedad, Marco editó una colección de tebeos orientada a seguidores del Barcelona.

Con absoluta precariedad, Marco editó una colección de tebeos orientada a seguidores del Barcelona.

Tan curiosa como efímera fue la apuesta de Ediciones Marco (1942) con su “Deporte en España”. Aunque desde luego eran tebeos, ni por asomo se aproximaban a la aventura, justo el género más demandado. Cada cuadernillo se limitaba a narrar enfrentamientos del Barcelona, siempre del C. F. Barcelona, con los demás componentes de nuestra 1ª División. Algo así como un Estudio Estadio de la época, moviola incluida, puesto que volver a la página anterior siempre estaba al alcance. El comprador, además, se hacía con los retratos un tanto discutibles, bien del Barça o de cuantos se alineaban en el once adversario. Probablemente tuvo una mínima distribución lejos de la ciudad condal. ¿Podía interesar a un muchacho de Huelva, Madrid, Vitoria o Alicante, una épica victoria culé ante el Oviedo?. Naturalmente, el proyecto duró muy poco.

Un Tarzán humorístico en 1944, hinchándose a golear por la selva.

Un Tarzán humorístico en 1944, hinchándose a golear por la selva.

Sólo 2 años después, en uno de los 12 episodios que compuso la serie humorística “Tarzán de los Micos”, obra de Muro para Editorial Valenciana, volvía a aparecer el fútbol. Todo un alarde de imaginación, entremezclar balones con monos meciéndose en lianas, selvas de andar por casa y un Tarzán sin Jane ni Chita. En la magia del tebeo todo era posible. Monstruos antediluvianos en plena Edad Media, globos aerostáticos y viajes a América en plena era de Cruzadas, ametralladoras proyectando lanzas, tigres de Bengala mansos como corderitos, bandidos sin cabeza, caídas desde 11 pisos sin más secuelas que un buen chichón y el consiguiente desastre en el mobiliario urbano…

Ya metidos en los 50, un episodio de “La Sombra Justiciera” (1954), serie compuesta por 47 cuadernillos, obra de Ferrando y Martínez, con guiones de J. B. Artés, también dio cabida al balón de cuero, otorgándole incluso honores de portada. El fútbol estaba allí introducido a martillazos, pues como cabe suponer, “La Sombra Justiciera” repartía mamporros, pero no remataba córners ni efectuaba palomitas bajo los tres palos.

Un encapuchado entre fueras de juego y máxima rivalidad, cuando sobre el césped real triunfaba Kubala.

Un encapuchado entre fueras de juego y máxima rivalidad, cuando sobre el césped real triunfaba Kubala.

Claro que para fiasco el de la Valenciana Editorial Maga con su serie “Atletas” (1958). Maga fue apuesta del dibujante Manuel Gago -de ahí Ma-Ga-, artífice de “El Guerrero del Antifaz” (1944), “El pequeño Luchador” (1945), “El Espadachín de Hierro” (1947), “Purk, el Hombre de Piedra” o “El Temerario” (ambas de 1949), que un día, cansado de ver cómo su inconfundible y esquemático estilo estaba haciendo ricos a los dueños de Editorial Valenciana mientras a él se le explotaba, reunió dinero, se encomendó a los santos e inscribió su propia marca en el Registro. Era, en realidad, su segunda tentativa, pues poco antes, junto con su propio padre, había creado Garga, otro sello de vida efímera. En Valenciana, lejos de escarmentar, conscientes de que todo el universo vital del dibujante se concentraba en aquella marca -sus hermanos Pablo y Luis eran guionistas y dibujantes en la casa, lo mismo que Pedro y Miguel Quesada, dos de sus mejores amigos, aparte de cuñados, puesto que habría de casarse con Teresa, hermana de ambos- continuaron pagándole mucho menos que cualquier otra editorial del ramo. Y la avaricia volvió a romper el saco, esta vez definitivamente.

Para la nueva editorial, la suya, crearía múltiples personajes con muy distinta fortuna: “El As de Espadas”, “El Capitán España”, “El defensor de la Cruz”, “El Hijo de la jungla”, “El Duque Negro”, o “El Corsario sin rostro”, a la par que otros dibujantes (López Blanco, Ramos, Ortiz, Sánchez, Guerrero, Pérez Fajardo) daban vida en tinta china a seres no menos heroicas. Una de esas colecciones, fallida hasta el punto de no sobrepasar los 7 cuadernillos, fue “Atletas” (1958), con guiones del albaceteño Pedro Quesada y dibujos de un José Ortiz todavía en formación, y más adelante celebrado historietista en Inglaterra, Alemania, Francia o los Estados Unidos.

El buen trazo de José Ortiz al servicio de “Atletas”, proyecto fallido.

El buen trazo de José Ortiz al servicio de “Atletas”, proyecto fallido.

Por la misma época, algunos kioscos exhibieron ejemplares de “Driblin, el As del Balón”. Dribiln sin “g”, en efecto. Y es que si el conocimiento de idiomas continúa siendo asignatura pendiente hoy día, hace 65 años mejor ni nos lo planteamos. Fue aquella una extraña iniciativa, paupérrima en cuanto a calidad. Una apuesta loca, que apenas si dejaría levísimo rastro.

Poco antes, concretamente en 1953, el Valencia C. F. se había hecho con un excelente delantero holandés, proveniente del Torino. Era Servaas Wilkes, más conocido como “Faas” Wilkes. Estaba a punto de cumplir los 30 y su mala experiencia turinesa, luego de haber brillado en el Inter desde 1949 hasta 1952, hacía albergar algunas dudas. Pero las disipó en seguida. Conducía la pelota con una elegancia exquisita, sabía colocarse, veía gol con facilidad (38 dianas en los 62 partidos que disputó como “che” desde el 53 hasta el 56), y si físicamente no era ningún portento, administraba sus fuerzas de maravilla. Se dijo, probablemente con razón, que todo el equipo jugaba para su lucimiento, que aquel Valencia hubiese resuelto más con otro tipo de refuerzo. Algún compañero, incluso, no tuvo el menor empacho en afirmar a la prensa que la entidad se había equivocado contratándole. “Celos”, contraatacaron desde la junta directiva. “Algunos son incapaces de asimilar la calidad ajena. En el fútbol, como en la vida, tiene que haber ingenieros y obreros”.

Wilkes, uno de los primeros futbolistas holandeses con renombre internacional.

Wilkes, uno de los primeros futbolistas holandeses con renombre internacional.

Wilkes, en efecto, era un magnífico jugador. Natural de Rotterdam (13-X-1923), se había forjado en el Xerxes-Rotterdam (1940-45), para pasar sucesivamente por el Xerxes (1945-49), Inter de Milán (1949-52) y el ya citado Torino. Tras su salida de Mestalla al concluir el ejercicio 1955-56 volvió a Holanda, para enrolarse en el VVV 64 (1956-58) y retornar a Valencia, esta vez enfundándose la camiseta azulgrana del Levante (1958-59), donde anotaría 20 goles en 34 partidos. Después, aunque se aproximaba ya a los 36 años, deshizo el camino hasta su país, fichado por el Fortuna 54, en cuyo seno habría de sumar otros 33 goles a su palmarés, distribuidos en los 88 choques disputados desde 1959 hasta el 62. Y todavía, justo cuando el Ajax de Ámsterdam comenzaba a hacerse grande, quiso despedirse en el Xerxes, su Xerxes, ya muy mermado, puesto que únicamente logró anotar 10 tantos en los 28 partidos que iba a repartir en sus dos últimas campañas. Colgaba las botas con casi 41 años, justo cuando un jovenzuelo flaco y descarado, llamado Johan Cruyff, llamaba a la puerta.

Pues bien, este Wilkes tan conocido por nuestros campos de 1ª y 2ª, sirvió de inspiración para un tebeo holandés de amplio impacto: “Kick Wilstra”, obra del dibujante Henk Sprenger.

El nombre del futbolista ficticio aglutinaba los de los 3 mejores jugadores holandeses de esa época: Kick Smith, delantero centro del Harlem, en los 40, con remate demoledor; Abe Lenstra, todo arrojo y mito del Heerenveen, hasta el punto que dicho club impuso su nombre al actual estadio; y Wilkes, claro. El goleador de tinta china comenzó a publicarse en 1949 como tira de prensa, pero merced a su gran acogida saltaría al cuadernillo semanal.

Tebeo inspirado Wilkes y las otras dos estrellas holandesas de su época.

Tebeo inspirado Wilkes y las otras dos estrellas holandesas de su época.

“Kick Wilstra” aunaba elegancia, fuerza y contundencia aérea. Era, en suma, el jugador ideal de los Países Bajos. Un personaje para quien pasaban los años entre viñeta y viñeta, y vivía una existencia paralela a la realidad. Además de futbolista, estaba licenciado en Ingeniería, era la estrella del ficticio Malton Rovers británico y nada más concluir la II Guerra Mundial regresó a Holanda, para colaborar en la reconstrucción del país. Sólo el gran interés del Titán italiano -equipo también ficticio, obviamente- lo situó en el “calcio”. Y allí seguía cuando dibujante y guionista rotularon el “Fin”, en 1960, tiempo de televisión, de sueños y disfrute servidos a domicilio. Tiempo del aparato, o fenómeno, que habría de ir segando tebeos por todas partes.

Un Ibáñez primerizo y las cosas del fútbol.

Un Ibáñez primerizo y las cosas del fútbol.

“Kick Wilstra”, el otro Wilkes, nunca se publicó en España. Aquí seguían triunfando los veteranos “Capitán Trueno”, “Roberto Alcázar” o “Jabato”, por más que empezasen a dar muestras de cansancio. O los recién incorporados “Yuki, El Temerario”, “Don Z”, “Sigur el vikingo”, “Cosaco Verde” o “Tiovivo”, y estaban por llegar “Zoltán el cíngaro” y “Sargento Virus”.

Tampoco mereció el interés de nuestras editoriales “Roy of the Rovers”, creación inglesa de Frank S. Pepper para Tiger (1954). Comic longevo, hasta el punto de enlazar con la era el color, donde el fútbol lo inundaba todo. España era diferente, como acuñara el Ministerio de Información y Turismo para captar visitantes extranjeros. Eslogan al que no pocas voces entre café y copa, o partida de dominó, muchos habrían de otorgar malicioso doble sentido.

Poco a poco, gracias sobre todo a extraordinarios artistas como Vázquez, Cifré, Peña-Roya y Francisco Ibáñez, las revistas cómicas de Bruguera fueron acaparando el mercado. Y dentro de ellas, con alguna regularidad, el fútbol; un fútbol disparatado, visto a través de gafas tan críticas como distorsionantes.

Ibáñez (“El Botones Sacarino”, “Pepe Gotera y Otilio”, “Rompetechos” o “Don Pedrito”, amén de “Mortadelo y Filemón”) tuvo a su cargo una sección donde ridiculizaba distintos aspectos del juego y su entorno. Peña-Roya, furibundo forofo “culé”, además de cubrir otros bloques semejantes entregó “Pepe, el hincha”. Por cierto que el siempre sonriente Peña, como era conocido por sus compañeros, estuvo ilustrando durante algún tiempo los boletos quinielísticos con un chiste, no siempre referido a las cosas del balón. Quizás como desagravio, “Don Berrinche”, otra de sus creaciones, hombre eternamente malhumorado y que, consciente de su realidad, paseaba por las calles con un garrote, tuvo sus buenas desventuras cada vez que acudía al estadio.

El inconfundible Coll. Un fuera de serie a quien no se hizo justicia en vida.

El inconfundible Coll. Un fuera de serie a quien no se hizo justicia en vida.

También desde el “TBO”, más esporádicamente, y casi siempre por obra de un inmenso José Coll (1923-1984), el fútbol seguía colándose desde los kioscos. Dueño de una soltura abrumadora, campeón del movimiento y la línea, maestro de la historieta sin palabras, Coll tuvo la desgracia de nacer en un país donde la creación editorial carecía de la más mínima consideración. En Francia, Italia o Inglaterra, y no digamos ya publicando en los Estados Unidos, hubiera podido amasar una fortunita. Por nuestros pagos, en cambio, apenas sacaba unas pesetas. Hasta tal punto llegó la cosa que un día, cuando sus antiguos compañeros de profesión le comentaron por cuánto salían al mes colocando ladrillos o resolviendo problemas de hojalatería, dejó empantanado el plumín y se fue con ellos, a hacer chapuzas. “TBO” perdió a su estrella y los aficionados a un talento natural, por más que rondando el decenio de los 80 volviera a ser rescatado en las publicaciones de “Norma”. Entonces sí, degustó por fin el merecido reconocimiento, y sus antiguas páginas comenzaron a ser rastreadas por los muy aficionados, como remedos de Indiana Jones a la búsqueda de incunables.

De rodón igualmente, muy de rondón, se coló el fútbol durante los 50 en una aventura de “Hazañas Bélicas”, serie cuyo primer ejemplar había salido de imprenta bajo el sello de la Barcelona editorial Toray, en 1948. La serie tardó bien poco en constituir un filón, debido no sólo a la inmediatez de los acontecimientos bélicos descritos, sino al meticuloso trabajo de su creador, Guillermo Sánchez Boix, aunque firmara como Boixcar. Muchas de sus grandes viñetas, elaboradas con tramas manuales para ganar en volumen y profundidad, reproducían fotos de la II Guerra Mundial. Sus tanques detalladísimos, portaaviones, submarinos, batallas navales o aeronáuticas, atraparon de inmediato al lector, en este caso no tan niño. O quizás mejor, no sólo niño.

Mucho se ha criticado, y con motivo, la ideología descarada y maniquea de casi toda la serie. Y al hacerlo se obvia otra realidad que tal vez sorprenda a muchos. Boixcar (Barcelona 1917-1960) había luchado durante la Guerra Civil en el bando republicano. Tras la derrota pasó a Francia, siendo recluido tras la ocupación alemana, como otros muchos, en un campo de concentración. De vuelta a España se empleó en lo que pudo hasta que con 26 años logró dar rienda suelta a su facilidad para el dibujo en la editorial Marco. Ya en Toray, “Hazañas Bélicas” y “El mundo futuro”, especialmente la primera, cimentaron su prestigio. Auténtico destajista ante el tablero, a medida que desde la editorial le reclamaban más y más páginas, comenzó a contar con la colaboración de su hermano José María en el pasado a tinta. Falleció con sólo 43 años, después de hacer de su seudónimo toda una marca y antes de convertirse en el poderoso historietista que sin buda estaba destinado a ser.

Guillermo Sánchez Boix, para los tebeos “Boizcar”. Una vez, como mínimo, introdujo el fútbol en “Hazañas Bélicas”.

Guillermo Sánchez Boix, para los tebeos “Boizcar”. Una vez, como mínimo, introdujo el fútbol en “Hazañas Bélicas”.

Respecto a su tan censurada línea ideológica, la serie no hacía sino recoger -y no por casualidad- una visión de la II Guerra Mundial expuesta en su día por el propio Francisco Franco al embajador de los Estados Unidos. Según el general gallego, no había un único conflicto, sino tres distintos. El de los alemanes contra Rusia, donde España se declaraba abiertamente anticomunista. El de los aliados contra el Eje, donde España era neutral. Y el de Estados Unidos contra Japón, en el Pacífico, donde España estaba con los americanos, máxime tras las atrocidades cometidas por el ejército imperial entre clérigos y seglares españoles de Filipinas. Se dice que el embajador quedó perplejo ante tal argumento, aparte de preguntarse si no se le estaría tomando el pelo. Fuera como fuese, para Boixcar los germanos eran buenos en el frente ruso, y malos, malísimos, los bolcheviques. Esos mismos alemanes, si combatían contra Montgomery en el desierto africano, alternaban bondad con maldad, al cincuenta por ciento con sus enemigos ingleses. Los nipones, en cambio, calificados en algún diálogo como “perro amarillo” o “japo del demonio”, o mediante deslices tipo “te voy a curar yo la ictericia”, torturaban a sus prisioneros, se ensañaban con los vencidos y no conocían sentimientos emparentados con la piedad.

Pues bien, en una historia ambientada por el Norte de África, se presentaba a un soldado británico angustiado con la posibilidad de sufrir heridas. Soldado heroico a la postre, y por partida doble. Primero en el campo de batalla. Y más tarde, a su regreso, sobre el césped, como futbolista que era, resolviendo un partido decisivo entre la atronadora ovación del público.

En “Hazañas Bélicas”, por cierto, tanto mientras vivió Boixcar como al heredarla un sinnúmero de discípulos, jamás se tocó la Guerra Civil. Y si en cambio, al menos una vez, las peripecias de los divisionarios azules.

Una incursión de Ricart en el tebeo futbolístico.

Una incursión de Ricart en el tebeo futbolístico.

Ya durante los 60, Ediciones Ricart editó al precio de 2 ptas. ejemplar una breve serie deportiva. Y paralelamente vería también la luz otra con similares deficiencias, reducida a presentar las supuestas biografías de estrellas incipientes, como Glaría IV (At Madrid) o Zoco (Real Madrid). A la postre cada cuadernillo se limitaba a recrear la entronización del protagonista, a narrar, en suma, el choque donde podríamos decir recibió su alternativa. En el caso de Ignacio Zoco, con ocasión de un choque ante el At Bilbao, inaugurando la temporada y con TVE retransmitiéndolo en directo. Partido real, que conste, saldado con un 3-0 favorable los merengues. Entre aquellos tebeos uno ofrecía la particularidad de estar dedicado a los internacionales juveniles victoriosos en el primer campeonato mundial juvenil. No en vano, ante la escasez de gestas deportivas nacionales, todos los medios de difusión concedieron gran eco a ese logro.

 Donde sí se trató con asiduidad el fútbol fue en “Olimán”, otro producto de Editorial Maga. De los 105 ejemplares impresos entre 1961 y 1963, casi la mitad se circunscribían a hazañas futboleras. Porque Olimán, vaya por delante, era deportista multidisciplinar. Lo mismo jugaba al baloncesto que triunfaba en pruebas ciclistas de ruta o velódromo, participada en carreras automovilísticas, cultivaba la pesca submarina, derribaba en el ring a mastodontes con mucho oficio, saltaba altura o corría los 100 metros lisos, y goleaba como nadie. Su autor, José Pérez Fajardo, lo concibió tan atlético que jamás hubiese podido competir como ciclista en pruebas de fondo, y difícilmente aguantaría más de 45 minutos sobre el césped. Pero eso no importaba. De hecho aportó a la empresa editora su último verdadero éxito. Y en ello, más que los guiones un tanto anodinos del propio dibujante o de Ricardo Acedo, tuvo que ver a buen seguro la proximidad del Mundial de Chile, donde nuestra selección, una vez más, salió trasquilada.

Pérez Fajardo concibió para Maga un superhombre sin capa ni antifaz, dedicado a faenas deportivas.

Pérez Fajardo concibió para Maga un superhombre sin capa ni antifaz, dedicado a faenas deportivas.

“Olimán” fue la única serie española donde el balón tuvo auténtico protagonismo. Y la verdad sea dicha, tampoco es que descollase, como no fuere por recoger durante varias semanas, en la contraportada, fotografías de equipos nacionales. Más o menos dejó de editarse cuando el tebeo apaisado rodaba sin puntilla. Desde la barcelonesa Toray se apostó entonces por transformar los tebeos en “novelas gráficas”. Loable intento de dignificar el medio, sin duda, o de acercarlo al hombrecito que ya no era tan niño. Ferma, otro sello barcelonés, se sumó al experimento. Y en cuestión de meses, la novela gráfica acabaría adueñándose de los estantes. A tal punto llegó la apuesta, que las reediciones de “Hazañas Bélicas”, auténtica mina editorial, ya no salieron en su formato primigenio. Se recortaban las planchas para montar sus viñetas de acuerdo con la nueva estética.

“Delta 99”, una especie de agente secreto extraterrestre, tuvo su aventura en el Camp Nou barcelonés.

“Delta 99”, una especie de agente secreto extraterrestre, tuvo su aventura en el Camp Nou barcelonés.

Una de las numerosas colecciones editadas en forma de novela gráfica fue “Delta 99”. O para ser más exacto, “Delta 99” y “5 por Infinito”, puesto que ambas series compartían espacio. “Delta”, proyecto del por entonces intermediario José Toutain, se creó pensando en distribuirlo en mercados extranjeros. Corrían tiempos de bonanza para exportación artística. Puesto que Francia e Inglaterra pagaban por cada plancha tres y hasta cuatro veces más que las editoriales españolas, no faltaron emprendedores constituyendo agencias, como Mac Abich o el propio Toutain. Distribuían guiones entre cuadrillas de dibujantes, los enviaban al exterior ya confeccionados, y en teoría se reservaban una comisión. Teoría, al decir de algunos sometidos a este régimen laboral. Porque parece que al menos Selecciones Ilustradas, la agencia de Toutain, contabilizaba porcentajes escandalosos. “Delta 99”, por lo tanto, se publicó primero en Europa. Era una serie de falsa ciencia-ficción, donde el protagonista, extraterrestre de apariencia hippie llegado a la tierra en los 60, vivía conflictos entre la intriga, el espionaje y la lucha contra malvados muy de estereotipo. Su primer ilustrador fue Carlos Giménez, diez años después celebrado colaborador de “El Papus” con sus series “España Una”, “España Grande”, “España Libre”, o de las realizaciones autobiográficas recogidas en “Paracuellos”, “Barrio” y “Los Profesionales”, el primero genuino producto de la transición. A Carlos le siguieron el también madrileño Adolfo Usero, José Mascaró y Manel Ferrer, para desgracia de la serie, en tanto los guiones correspondían a Flores Thies y Víctor Mora.

Por supuesto, el extraterrestre con aire hippie no jugaba al fútbol. Pero éste si aparecía en el episodio titulado “Los Zombies”. En un inconfundible Camp Nou, el balón no podía besar las mallas, o de otro modo sobrevendría la catástrofe. Y no, claro, no las besaba. Superado ya el guardameta, se estrellaba contra el poste.

Paralelamente, las cosas empezaban a cambiar por nuestro país en casi todos los órdenes. Por cuanto a la historieta o el tebeo se refiere, Bruguera hizo hueco a “Michel Tanguy”, “Blueberry”, “Iznogud” y “Astérix”, todos ellos personajes de la revista francesa Pilote. Pero aunque al otro lado de los Pirineos también se editaran tebeos de fútbol, éstos no llegaron.

En Inglaterra, por ejemplo, George Best, diabólica estrella dentro y fuera del campo, había inspirado no exactamente un comic, aunque su formato se asemejara mucho. Venía a ser un “Aprende a jugar al fútbol con George Best”, donde por medio de dibujos y con el tirón que suponía la imagen del propio jugador, se ilustraban distintas suertes balompédicas. Best (22-V-1946 – 25-XI-2005), futbolista del año en 1968, campeón de Europa con el Manchester United esa misma temporada y campeón de Liga en 1965 y 1967, pudo no haber conocido techo si él mismo se hubiese puesto freno. Aclamado como una estrella de rock -se le apodaba “el quinto beatle”-, tan pronto concluían los entrenamientos salía disparado hacia la discoteca, hasta ser llamado al orden. Durante un tiempo pareció encarrilarse; sólo durante un tiempo. Luego volvió a las andadas, con más descaro, si cabe; con la desfachatez de quien además de sentirse poderoso se cree eterno. Durante sus mejores días, nadie podía hacerle sombra con el balón en los pies. Bobby Charlton, que lo había sido todo, estaba para pocas carreras. Luigi Riva remataba en cualquier postura. Paul Van Himst ordenaba a sus compañeros como un director a la orquesta. Cruyff impactaba. Dragan Djazik podía irse de cualquiera por su banda y Franz Beckenbauer daba la impresión de estar esperando a 1970 para encumbrarse en el Mundial de México. Pero en sus buenas tardes, Best los superaba a todos.

Jeorge Bes, genio que sucumbió ante sus propios demonios, enseñó a jugar a los niños británicos. Sus enseñanzas sólo fueron recogidas en España como pura curiosidad.

Jeorge Bes, genio que sucumbió ante sus propios demonios, enseñó a jugar a los niños británicos. Sus enseñanzas sólo fueron recogidas en España como pura curiosidad.

Lastimosamente hubo de vivir una decrepitud temprana, con viajes de ida y vuelta al soccer estadounidense o arrastrándose por clubes menores, de mala, muy mala gana. Tras colgar las botas aún fue peor. Ya no sólo conducía coches deportivos o flirteaba con rubias despampanantes, sino que se dejaba seducir por la bebida. Varias frases suyas ilustran muy bien hasta qué punto era consciente del derrumbe: “Invertí mucho dinero en coches, mujeres y alcohol; el resto lo malgasté”. O “Me he acostado con más de 3.0000 mujeres. Entre ellas 3 mises Universo”. Y esta otra, no menos lapidaria: “¿Quién dice que desperdicié mi vida?. La he vivido con pasión, mientras otros se limitaban a verla pasar, sentados en su silla”. Con 54 años tuvieron que someterle a un trasplante de hígado, del que se recuperó admirablemente. Tan bien lo hizo que siguió como hasta entonces. Tres años después de abandonar la clínica, ingresaba en otro centro sanitario medio desfigurado. Su última novia le había golpeado en la cabeza con una barra de hierro.

“Rigby Allen”, futbolista de ficción que tampoco asomó a nuestros kioscos.

“Rigby Allen”, futbolista de ficción que tampoco asomó a nuestros kioscos.

Volviendo a los tebeos, resulta extraño que el suyo, lo de sus enseñanzas, vamos, no llegase hasta aquí, estando tan unido a nuestros intereses comerciales. Porque Best, aunque hoy pocos lo recuerden, protagonizó una campaña de naranjas valencianas en la Gran Bretaña. Un gran acierto de los publicistas, que de ese modo podían unir su slogan con el apellido de quien las publicitaba: “Spanish oranges: Te Best”.

Tampoco atravesó el Canal de la Mancha otra publicación más modesta sobre Rigby Allen, personaje de ficción, cuya carrera arrancaba en el patio del colegio e iba escalando peldaños hasta arañar el estrellato. Si algo supimos de él fue gracias a la traducción de “Football”, miscelánea que situó en las librerías Plaza & Janés, un ya remoto 1976.

Sí nos llegaría, por el contrario, aunque con retraso, Eric Castel. Lo contrario hubiese sido un disparate, puesto que Eric desarrollaba casi toda su trayectoria editorial y deportiva vistiendo la camiseta del F. C. Barcelona.

Creación franco-belga de Raymond Reding y Françoise Hugues, apareció por primera vez en una revista alemana cuando estaba a punto de iniciarse el Mundial germano del 74. Castel, joven francés emigrante en Dusseldorf, jugaba con el equipo amateur de la empresa donde se había empleado. Un agente de futbolistas lo llevaba a Barcelona y tras las pertinentes pruebas sería fichando por el Barça Amateur, cuando Johan Cruyff  era estrella del primer equipo. Sin embargo no estuvo mucho tiempo haciendo méritos. De la noche a la mañana saltaba al Inter milanés, desde donde tras un amistoso contra el F. C. Barcelona volvía a la ciudad condal, para sustituir nada menos que al gran Johan.

Eric Castel. Una vez más, el C. F. Barcelona en formato comic.

Eric Castel. Una vez más, el C. F. Barcelona en formato comic.

Aunque la primera aventura fuese recogida con absoluta inmediatez por Editorial Bruguera, pasó inadvertida. Se recogió en el “Mortadelo Gigante de Vacaciones”, recién terminado el Mundial del 74, bajo el título de “A las puertas de Múnich”. Pero nadie lo asoció entonces con Eric Castel, porque se cambió el nombre al protagonista, convirtiéndolo en Walter Müller.

Los siguientes álbumes se demoraron bastante. En ellos, editados primero por Grijalbo y a partir de 2008 por Norma, Castel seguía viviendo aventuras por Barcelona y la Costa Brava como delantero “culé”, hasta pasar al parís St-Germain.

De cuantas historietas futbolísticas hubo por nuestros kioscos, ésta es sin duda la más redonda, la que más puede complacer al amante del balón, gracias al buen trabajo de su dibujante y la meticulosidad con que recreara monumentos, paisajes y ambiente. Comic para curiosos, y sobre todo para irredentos devotos azulgrana.

Hubo otras creaciones que tampoco nos llegaron. Una de ellas muy meritoria del sudamericano José Luis Salinas, titulada “Dick el artillero”. Salinas, dueño de un trazo clásico y elegante, redondo y sin efectismos, fue ampliamente conocido por la tira sindicada “Cisco Kid”, impresa en múltiples periódicos norteamericanos y europeos.

El genuino “Superman” también paseó su capa por algún estadio.

El genuino “Superman” también paseó su capa por algún estadio.

“Arcomanta”, de Forges, obvio alter ego de Luis Miguel Arconada cuando el guipuzcoano de la Real Sociedad era imprescindible para todos nuestros seleccionadores, no fue en puridad personaje de comic o tebeo. Pero sí durante algún tiempo recurso reiterado del humorista en su chiste, reflexión o editorial dibujado de “El País”, que un poco de todo eso solía haber, y hay, en las diarias colaboraciones de El Roto, Peridis o Fraguas. Entre parada y parada, volando hasta el ángulo, “Arcomanta” decía cosas aparentemente inocuas, que leídas por segunda vez cobraban doble o triple intención.

“Super López”, forofo y gorrón redomado, en plena explosión tras vencer su equipo de penalti injusto en el último minuto.

“Super López”, forofo y gorrón redomado, en plena explosión tras vencer su equipo de penalti injusto en el último minuto.

Ya dentro de la curiosidad, o si se prefiere del fetiche, cabría citar un episodio de “Superman” donde el de la capa roja, viajando por Inglaterra, resuelve las vicisitudes de un equipo juvenil. Pero no fue el único superhéroe conectado siquiera puntualmente con el balón. Su sosias humorístico, castizo y de andar por casa, el abracadabrante “Super López” de Jan, utilizó sus dotes para presenciar partidos de gorra.

También hubo un episodio de los Pitufos, donde Peyo ponía a jugar a sus personajillos azules como tantos chavales han hecho por los cinco continentes: en una campa y con dos estacas o sendos montones de piedras señalando las porterías. Todo ello sin olvidar a Ibáñez, que cada cuatro años sigue empujando a “Mortadelo y Filemón” hacia cada Campeonato Mundial. Entre todos esos álbumes, uno de los más delirantes quizás haya sido el dedicado al nuestro; el de “Naranjito”, la impotencia ante Honduras, el penalti fallado que un árbitro hizo repetir aún no sabemos bien por qué, la merecida eliminación ante Alemania, el triunfo de Rossi acaudillando a Italia y unas cuantas que parecieron no estar ni remotamente claras. Mundial de 1982 que acabó, por cierto, con lo que pudiera servir como prólogo a un buen tebeo detectivesco o de misterio: la muerte súbita de quien debía justificar unos números bastante dudosos.

Hasta los pitufos quisieron emular a Ronaldinho, Zidane o Cristiano Ronaldo.

Hasta los pitufos quisieron emular a Ronaldinho, Zidane o Cristiano Ronaldo.

Igualmente en el género de humor, los responsables de “El Jueves” dieron cabida a “Curro Córner” y su tan disparatada o poco convencional visión del deporte rey.

El más reciente fútbol de papel ya obedece a otros parámetros. Desde el entierro sin responso del tebeo, la novela gráfica y el comic clásico, degollados por ese filo de samurái llamado “manga”, las gestas en tinta china sólo parecen llegar hoy día desde Japón. Incluidas, naturalmente, las proezas futboleras. Primero fue la versión manga de “Oliver y Benji”, cuyos dibujos animados causaron furor entre los más pequeños hace un par de lustros. Y luego otros “manga” imitadores, consumidos tan sólo en el país del sol naciente. Lo llamativo es que la serie “Oliver Atom” -nombre comercial de origen- se haya centrado recientemente en el C. F. Barcelona.

El Deportivo en la versión comic-manga de “Oliver y Benji”, a punto de enfrentarse al Barça.

El Deportivo en la versión comic-manga de “Oliver y Benji”, a punto de enfrentarse al Barça.

Conmemorando el 40 aniversario de la revista “Shonen Jump”, de la que salieron “Dragonball”, “Naruto” o “Rurouni Kenshin”, el consejo editorial decidió sortear durante 2008 un viaje a Barcelona, con asistencia del agraciado a un encuentro del club azulgrana. ¿Y por qué precisamente a la capital catalana?, podrá argüirse. Pues porque Oliver Atom vestía de azulgrana en la ficción japonesa.

La historia puede resumirse así: Tras vencer al Español por 2-1, los “culés” se instalaban en el segundo puesto de la clasificación, a dos puntos del Real Madrid. Sólo restan dos jornadas para dirimir el título y Riazor espera a los barceloneses en pie de guerra, puesto que el Deportivo de La Coruña, cuarto, puede perder sus opciones para la Champions League. Oliver, además, iba a reencontrarse en el conjunto blanquiazul con  Radunga, su antiguo maestro, santo y seña deportivista. Y quién sabe si por aquello de que el potro trata a menudo de cocear a su madre yegua, Oliver está decidido a demostrar dónde descansa actualmente el magisterio. El Deportivo cuenta con Luche, Víctor y Dani Silva, brasileño. El Barça, además de en Oliver Atom, confiaba en Payol, Valtez y Xavii, a todas luces reconocibles. Sonaba por fin el pitido inicial y en los graderíos se contenía el aliento.

Pujol, Iniesta y compañía, al gusto japonés. La globalización del fútbol, y a su vez del tebeo.

Pujol, Iniesta y compañía, al gusto japonés. La globalización del fútbol, y a su vez del tebeo.

No, no es cuestión de destripar el desenlace, máxime tratando de tebeos, patria o solar de ese antiguo continuará, con el que dibujante y guionista solían dejar durante una semana la vida de los protagonistas en suspenso.

Este repaso al fútbol en tinta china también debería cerrarse con otro continuará. O con un continúa, mejor. Porque el fútbol en papel sigue vigente, al menos en Japón, y con el Barça de por medio. Otro Barça sin Oliver, aunque bajo el liderazgo de Leonel Messi, obra de Kimiya Kaji, comenzó a distribuirse en plena era Gurdiola.

Se dice que a lo largo y ancho de Asia apenas si se ve otro fútbol que el de la Premier League. En cambio por cuanto respecta al “manga” está claro que golea nuestra competición.

Para cerrar el círculo, dada como el propio fútbol patrocinando tebeos sobre sí mismo. Es lo que ha hecho recientemente la Territorial Castellano-Leonesa, en un intento de destapar vocaciones arbitrales entre los jóvenes. Porque si sobran niños soñando convertirse en nuevos Iker Casillas, Piqué o Cristiano, otra cosa es la aspiración a pasar desapercibidos, conscientes de que la crítica despiadada, broncas y vituperios, serán, a no dudar, tan habituales como aborrecibles constantes en cualquier ascenso por el escalafón del silbato. “El fútbol sólo morirá si algún día nadie quisiera hacer de árbitro”, sentenció un trencilla ya retirado, hace casi cuarenta años. Pues para que eso no ocurra, bienvenido el tebeo “Hazte árbitro”.

FutbolDeTebeo22Y ahora, 3 minutos de prórroga.

“Roy of the Rovers”, tebeo anglosajón sin sitio en nuestras editoriales.

“Roy of the Rovers”, tebeo anglosajón sin sitio en nuestras editoriales.

“Dick, el artillero” tampoco encontró ningún intermediario que le ayudase a cruzar el charco desde Argentina, cuando tantos compatriotas suyos, de carne y hueso, sobrepoblaban nuestros campos.

“Dick, el artillero” tampoco encontró ningún intermediario que le ayudase a cruzar el charco desde Argentina, cuando tantos compatriotas suyos, de carne y hueso, sobrepoblaban nuestros campos.

“Mortadelo y Filemón”, con la roja desde el Mundial de “Naranjito” y sembrando carcajadas por Francia, Alemania, Italia, Grecia o los países escandinavos. Otra forma de esparcir la marca España.

“Mortadelo y Filemón”, con la roja desde el Mundial de “Naranjito” y sembrando carcajadas por Francia, Alemania, Italia, Grecia o los países escandinavos. Otra forma de esparcir la marca España.

Ya saben: Continuará.