Extranjeros de antaño: primeras perlas exóticas en el fútbol español

Los escándalos de toda índole y las disputas más agrias vivieron en simbiosis con el fútbol pretérito, por mucho que hoy, desde la distancia, tienda a hacerse continua exaltación de virtudes y guante blanco en el deporte antiguo. Algunas de esas trifulcas tuvieron que ver, y no poco, con la presencia de perlas exóticas en el C. F. Barcelona. Sobre todo cuando éstas llegaron en tiempos de cerrojazo fronterizo a la importación.

Como ya se viera en estos mismos cuadernos, las malas artes pesqueras del Athletic bilbaíno por el mercado inglés, buscando erigirse en campeón de España, determinaron allá por 1911 las primeras medidas limitadoras a la contratación de extranjeros. Con ello, pensaron muchos ilusos, se daba carpetazo a un feo capítulo del ya por entonces deporte rey. Mera declaración de buenos propósitos, puesto que como habría de verse bien pronto, el ansia por alcanzar el éxito, la competitividad mal entendida y un paulatino olvido de las viejas virtudes éticas, reabrieron heridas tras cuatro años de aparente calma.

Tocaba a su fin la temporada 1915-16 cuando el Barcelona fichó a Garchitorena, inscribiéndolo como español. Nada sucedió en los 2 partidos disputados aquella campaña, pero durante la siguiente, el R.C.D. Español destapó lo que ya entonces fue calificado como «Caso Garchitorena». El muchacho era argentino, según se aseguró, y la documentación con que su club le hizo parecer español, tan falsa como un duro de plomo. El Campeonato de Cataluña estaba vedado a los extranjeros y Juan Garchitorena había intervenido en varios partidos. La Federación, por lo tanto, obligó a repetir aquellos encuentros, circunstancia a la que los azulgrana se negaron categóricamente. Su argumento, empero, ofrecía numerosos puntos flacos: Puesto que esa ficha había sido aceptada por la propia Federación Catalana, ¿a qué venía el intento sancionador?. ¡Por supuesto que la aceptaron! -rasgaban sus vestiduras los eternos rivales-. ¡Pero lo hicieron al mediar falsificación!. El caso es que bien fuera porque resultaba más fácil castigar al futbolista que a toda una entidad, bien por haberse hallado claros indicios de culpa en el argentino, si hemos de atenernos a lo publicado en su día, a Garchitorena se le prohibió jugar durante cerca de un año, hasta que en mayo de 1918 la Federación Española le autorizó a participar en el Campeonato de España. La temporada 1918-19 se saldaría para él, consecuentemente, con 3 únicas apariciones.

Lo sorprendente, sin embargo, es que a raíz de investigaciones realizadas 90 años más tarde, parece que Garchitorena no era argentino, sino natural de Filipinas, descendiente de españoles e inscrito en el consulado asiático como español. ¿Por qué, entonces, no hizo valer esta condición el club azulgrana?. ¿Con qué argumentos pudieron sustentar los federativos sus sanciones?.

Suponiendo que la documentación estuviese efectivamente manipulada, Garchitorena acababa de abrir la senda que medio siglo después seguirían los 60 sudamericanos incursos en el denominado timo del «falso oriundo». Futbolísticamente, como ocurriese más adelante con muchos de los falsos paraguayos, el inefable «argentino» aportó más bien poco. Pero eso sí, regaló un maletón de anécdotas.

Aficionado al whisky cuando semejante bebida era considerada rareza propia de snobs, hizo denodado proselitismo entre sus compañeros, quién sabe si para no beber solo, obteniendo, la verdad, pobres resultados. Era sumamente presumido y hasta para saltar al campo cuidaba el peinado con pasmosa pulcritud. En cierta ocasión, durante la disputa de un partido en el embarrado campo del España (situado detrás del actual Hospital Clínico barcelonés), renunció a rematar de cabeza una clara jugada de gol, por no ensuciarse el pelo. Con las damas era un auténtico artista. Sabía embobarlas gracias a su acento deliberadamente arrastrado, a su forma de bailar y a media docena de poses perfectamente ensayadas. Su sitio, entre una cosa y otra, más parecía hallarse en los salones de la alta sociedad que en cualquier irregular terreno de juego. Por eso nadie se sorprendió demasiado cuando dejó Barcelona para probar suerte en el Hollywood del primer celuloide. Allí hizo carrera artística como galán joven, con el nombre de Juan Torena, triunfó en plan play-boy y llegó a relacionarse sentimentalmente con la gran estrella Myrna Loy.

Todo un caso Juan Garchitorena, aún hoy lleno de borrones.

Algunas torres bien enhiestas del viejo Hollywood, donde el whisky corría a todas horas, se tambalearon a su paso sin necesidad de regates secos. Y es que cualquier regate vistiendo smoking y con un vaso largo en la mano, hubiera entusiasmado, por exótico, en aquella Babel mezcla de Gomorra, cuya vacuidad supo sajar sin anestesia el bisturí magistral de Scott Fitzgerald.

 Pero Garchitorena, que conste, no fue un caso aislado de extranjero en territorio prohibido. Repasando alineaciones barcelonistas de 1924 encontramos a los ingleses Broad (2 partidos disputados), Duham (un partido), Hills y Lane. Probablemente todos se colaron por la gatera de residentes en la ciudad condal, único resquicio válido para que los extranjeros pudiesen vestir de corto entonces por nuestros campos. Y al año siguiente tropezamos con Héctor Scarone, para muchos el más grande futbolista uruguayo de la historia, así como uno de los mejores del mundo en su tiempo, si no el mejor.

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Scarone, todavía máximo goleador de la selección uruguaya, gracias a sus tantos entre 1917 y 1930. En la imagen, mucho después de jugar en el Barcelona, cuando a su condición de vieja gloria unía la de entrenador.

 El gran Scarone (Montevideo, 26-XI-1898) pudo haber sido el primer mito de nuestro fútbol si su participación no hubiera quedado reducida a 9 partidos, en los que por cierto anotó 6 goles. Interior con gran precisión en los pases y muy buen remate, no llegó a la ciudad condal para admirar sus bellezas arquitectónicas, sino tentado por un cebo de muchos duros. La prensa, como si no tuviera cuestiones más trascendentales de qué ocuparse en tan difíciles años, especuló sobre las condiciones de su fichaje y hasta se hizo eco de un posible boicot deportivo entre sus nuevos compañeros. Aunque todavía las competiciones oficiales se mantuviesen cerradas para los extranjeros, el Barcelona confiaba en la abolición de vetos. Venía moviendo sus hilos desde hacía algún tiempo, en pos de esas meta. Y algo, o alguien, debió hacerles creer que la prohibición caería, pues de otro modo no puede entenderse aquel fichaje. Scarone, por su parte, prefirió no esperar a la maduración de esos planes, puesto que a la relativa incomodidad por no estar presente en competiciones oficiales se unía otro problema aún mayor: el del profesionalismo. Nuestro deporte había sido declarado profesional pocos meses antes, luego de muy enconadas discusiones. ¿No corría riesgo su participación en los Juegos Olímpicos, al serle aplicado el estatus de profesional?. Prudentemente, dio marcha atrás. Le resultaba más cómodo el disfraz de amateur marrón en Uruguay, así como socialmente más ventajoso. 

Años después, en la recta final de su carrera, pero revestido con mil laureles, sí aceptó encaramarse a la ley de oriundos impulsada por Benito Musolini. Ambrosiana (denominación antigua del Inter milanés), Palermo (entre 1932 y 1934) y de nuevo Ambrosiana (1934-35), le ayudaron a hacer caja en el «Calcio». Para entonces el vocablo profesional ya no asustaba.

Cuando el Campeonato Nacional de Liga echó a andar en febrero de 1929, la cotización de nuestros mejores futbolistas comenzó a subir como la espuma. Pura ley de oferta y demanda. Si el creciente interés de los aficionados por la nueva competición llevaba aparejado un mejor resultado en taquillas, y éstas, además, dependían sobremanera de la buena clasificación, parecía evidente que lo primordial era gozar de excelentes mimbres. Resultado: todos, en la medida de sus posibilidades, trataron de hacerse con los futbolistas mejor dotados, que al ser muy escasos, terminaron subiéndose a la parra.

Estaba claro que el mercado nacional no rendía lo suficiente. Si por lo menos se pudiera fichar a extranjeros, pensaron algunos. Y esa idea comenzó a cuajar, poquito a poco.

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 Fausto Dos Santos, perla brasileña del Barcelona en el arranque de los años 30, tampoco pudo debutar oficialmente en el Campeonato de Liga.

 Uno de los más empeñados en pescar a mar abierta tornó a ser el Barcelona. Bien porque no lograba reverdecer laureles desde el campeonato inaugural, bien porque las más deslumbrantes estrellas nacionales cambiaban de aires evitando Las Ramblas, o quizás porque para aumentar sus recaudaciones precisara golpes de efecto, en el verano de 1931, convencida su directiva de que acabaría abriéndose el portón migratorio, la entidad azulgrana adquirió a los brasileños Dos Santos y Jaguaré, medio centro y portero, respectivamente.

Su llegada resultó apoteósica. Jaguaré Becerra de Vasconcelos, conocido durante su militancia en Vasco da Gama por Vasconcelos, y Fausto Dos Santos, para los brasileños Fausto, o «La Maravilla Negra», a causa de su excepcional habilidad, eran muchísimo más que dos perlas exóticas. El primero parecía encargado de sustituir al veterano Plattko mientras el segundo, araña tejedora del fútbol carioca durante el Mundial Uruguayo de 1930, se decía iba a acabar asombrando a Europa. Pero el mandamás azulgrana Antoni Oliver cometió con ellos una tremenda equivocación. Como las fronteras continuasen cerradas a cal y canto, la pareja sólo pudo airear virtudes en choques amistosos.

El guardameta cobraba 800 ptas. mensuales y Dos Santos 1.600, junto a Piera la cifra salarial más alta del Barcelona en 1932. Y puesto que a los sueldos debía añadirse lo satisfecho en concepto de traspasos, viajes y alojamiento, semejante esfuerzo económico acabó pasando factura. Aquella no era, precisamente, época de vacas gordas para el Barcelona. En diciembre de 1932, por culpa de una política inflacionista en fichas y el crac de 1929, cuyas consecuencias fueron percibidas más a la larga en nuestras coordenadas, se tuvo que dar de baja a los nacionales Piera y Samitier, así como a la pareja brasileña, que hizo las maletas sin esperar a la definitiva apertura, acaecida por fin un año después.

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  Jaguaré Becerra de Vasconcelos, buen guardameta con mala estrella, sólo pudo lucir en amistosos. 

Jaguaré, campeón carioca en 1929, era una leyenda en el fútbol brasileño cuando participó con el Vasco en la gira europea que lo convertiría en culé. Su manera de atrapar los balones, con una sola mano, el hábito de arrojar el cuero contra la cabeza de cualquier atacante después de haber hecho una parada, para repetir la estirada en tiempos huérfanos de moviola, o el apodo de «Dengoso» (galán, presumido), que muy pronto acreditó le iba a medida, hablan por sí mismos de su concepto del espectáculo deportivo.

Pero es que aún hay más. Jaguaré ha pasado a la historia del fútbol brasileño, no por sus tres partidos como «canarinho», en los que salió a gol encajado por comparecencia, sino por haber sido el primero en utilizar guantes. Los conoció en Francia, durante la gira europea realizada con Vasco da Gama, y acabó llevándose dos pares a su país. Guantes de goma negros por fuera y rojos por dentro, de los que se hizo eco la prensa carioca, al constituir novedad(*).

 Sin otro oficio que el fútbol, estiró sus facultades cuanto pudo, una vez fuera del Barcelona. Con 38 años aún seguía realizando palomitas en Francia. Y no debió hacerlo mal, puesto que conquistaría el campeonato de 1937 y la copa de 1938, ambos bajo el portal del Olympique marsellés.

Sin embargo la vida les tenía preparada una emboscada a ambos. Dos Santos tuvo que retirarse con 31 años, a causa de una tuberculosis que acabaría matándolo 3 años después. Y Jaguaré pereció en la miseria durante 1940, apalizado por la policía de Santo Anastàcio, ciudad interior del estado de Sao Paulo.

Para él, como se ve, sólo mediaron dos años entre la gloria del vivir día a día y el infierno de la extrema pobreza.

Conforme queda dicho, el Campeonato 1934-35 fue el primero a disputar con extranjeros. Pudieron alinearse hasta dos por equipo en 1ª y 2ª División. Y el Barcelona, que venía deseándolo desde hacía años, por fin pudo contar con una pareja. Sin embargo pocos clubes de 1ª apostaron por tan nueva posibilidad de refuerzo, según se acredita en el siguiente cuadro. Lógico, pues nuestro país no estaba ni en lo político ni en lo económico para hipotecarse en grandes fichajes.

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Como un pasado tan lejano puede desdibujar referencias, bueno será repasar aquella realidad. Acababa de promulgarse la Ley de Vagos y Maleantes. Veía la luz el C. D. Alcoyano, que tan sólo década y media después haría célebre su moral sin desmayo. En el Teatro de la Comedia quedaba constituida la Falange. Con el advenimiento de la República se repatriaban solemnemente los restos del satanizado novelista Blasco Ibáñez, al tiempo que las mujeres accedían a la política. Como la risa suele ir por barrios, al banquero Juan March le sentaba malísimamente el vuelco en las elecciones municipales. Encarcelado en Alcalá de Enhares por las autoridades republicanas, lograría fugarse con el auxilio de dos funcionarios. La Guardia Civil daba muerte en la serranía de Ronda a «Pasos Largos», considerado último bandolero. La Junta Diocesana de Acción Católica protestaba en Barcelona por instalarse una exposición de desnudos artísticos en la estación ferroviaria de Sarriá. Según su punto de vista, semejante procacidad debería constreñirse a un recinto cerrado, donde los menores tuviesen terminantemente prohibida la entrada. En Argentina se establecía la semana laboral de 40 horas incluso para la agricultura, mientras por nuestro territorio la huelga del campesinado afectaba a 700 pueblos.

Por el resto del planeta tampoco se vivía en alegre carnaval. Fulgencio Batista, después de sublevar en Cuba a los suboficiales contra sus mandos, saltaba de sargento a coronel y se convertía en árbitro de su propia dictadura. Hartos de corrupción, tiroteos y enriquecimiento de las mafias, en los Estados Unidos abolían la Ley Seca. Luego de breve paréntesis volvía a recrudecerse la Guerra del Chaco, cuyas consecuencias (destrucción de archivos, incendios de registros, etc.) serían muy bien aprovechadas 30 años después para introducir falsos oriundos en nuestro fútbol. La buena noticia tuvo por protagonista a Lufthansa, al establecer en 2  días y 23 horas un asombroso récord de vuelo entre Berlín y Brasil.

En semejante marco, el C. F. Barcelona espigó a conciencia por el exterior. Morera (1932-1935), Loewinger (1933-34), Faccio (1933-34), Berkessy (1934-36), Enrique Fernández (1934-36) y Szeder (1934-35), costarricense, alemán, italiano, húngaro, uruguayo y austríaco, respectivamente, con más o menos fortuna aportaron su granito de arena hasta el estallido de la Guerra Civil. Luego, en plena negrura autárquica, cerradas otra vez las fronteras deportivas -y no sólo éstas, por desgracia para nuestra nación-, la entidad catalana volvió a cometer otro enorme error de cálculo con la contratación de un nuevo brasileño. Se llamaba Lucidio Battista Da Silva, costó 150.000 ptas. traerlo desde el Peñarol, cuando los sueldos a duras penas superaban las 1.000, y entre 1947 y 1949 sólo pudo vérsele en 3 partidos de Liga. El segundo de los Dos Santos, entregado a la vida muelle, acabaría descubriendo los más secretos rincones de la tolerante noche barcelonesa, remojada en champán y lentejuelas.

Lucidio Dos Santos, concluidas sus alegres vacaciones, puso rumbo hacia Oporto, antes de correr la banda por última vez en el Palmeiras. Luego, paradojas de la vida, acabó colocándose como policía en la Brigada paulista de Buenas Costumbres, Antivicio y Espectáculos. Es de suponer sabría desempeñarse bien en el cargo. Por falta de práctica no iba a quedar.

Lástima de perlas exóticas, sin apenas brillo en el estuche azulgrana.

 .- (*) Los guantes no sólo eran herramienta desconocida para los porteros brasileños, sino por todo el ámbito latinoamericano. En el fútbol argentino ningún portero los había utilizado hasta que el internacional bilbaíno Gregorio Blasco, componente del exiliado Euskadi, defendiese la portería de River Plate en 1940. La prensa bonaerense dejó registrada, como era lógico, tan curiosa novedad.

       

 




La sindicación de futbolistas en España

El 30 de junio de 1926, nuestro fútbol abrazó legalmente el profesionalismo. Bien es verdad que ya antes sobreabundaban las figuras del amateur marrón, el participante en «bolos» a cambio de billete de tren, fonda y unos duros, e incluso el profesional encubierto. Pero a partir de aquel verano, nadie podría ser descalificado por dedicarse al fútbol en cuerpo y alma, con dinero de por medio. Parecería lógico pensar que, ya profesionales, siendo en puridad trabajadores por cuenta ajena, los futbolistas procuraron agremiarse, defender sus comunes intereses mediante la creación de un sindicato. Pues nada de eso tuvo lugar hasta bien corridos los años, por mucho que no escaseasen motivos de reivindicación.

Ciertamente, el sueño de un sindicato fue acariciado por algunos jugadores durante largo tiempo. Félix Pérez, a partir de crearse el Campeonato Nacional de Liga en 1929, removió las aguas cuanto pudo en el vestuario del Madrid, sin hallar demasiado eco. Sin embargo en 1936, durante un banquete para celebrar la consecución del título copero «merengue», Zamora y Quincoques solicitaron la palabra y en el uso de ella pusieron sobre el tapete los derechos del futbolista. Su herida sangraba, puesto que ese mismo año un tribunal ordinario había dictado sentencia favorable a Eduardo Ordóñez, medio del At. Madrid y antiguo jugador del Real, por impago de haberes. El buen futbolista, que habría de abandonar el deporte para convertirse en figura lírica, saltando como barítono al cartel de varias zarzuelas, dibujó sin proponérselo el embrión sindicalista.

Durante el banquete, aquellas voces pudieron ser acalladas. Sánchez Guerra, a la sazón mandatario madridista y político a quien la inminente Guerra Civil llevaría al exilio mexicano tras unos meses de cautiverio, no era, precisamente, hombre falto de buenas palabras. Pero el 4 de setiembre de ese mismo año, a poco de producirse el alzamiento, tomaría cuerpo en Barcelona el primer Sindicato de Futbolistas, Entrenadores y Masajistas, adherido a U.G.T.

Con el triunfo de Franco en la Guerra Civil sólo hubo espacio para el sindicato vertical. Sobrevinieron 30 años de normas y vida reglamentada, salpicados de declaraciones en rebeldía, admoniciones severas y reinado despótico del derecho de retención. A nadie se le ocurrió alentar el germen de la discordia o el sindicalismo. ¿De qué hubiera servido?. Los artistas, aún gozando de una sección sindical, sólo habían logrado un carnet profesional, luego del correspondiente examen ante el tribunal de turno. ¿Quién podía juzgar a un futbolista, sino su propio público domingo tras domingo?. Y además, ¿de qué se quejaban aquellos ricachones, cuando sus fichas equivalían a doce años de trabajo sobre un andamio o junto a un horno de fundición, y seis en el despacho de cualquier jefe con corbata y secretaria?.

Ciertos titulares de prensa ayudaban a no perder la perspectiva en aquella España con cartilla de racionamiento. «Multa de cuatro millones y medio de ptas. a La Campanilla S.A., con cese definitivo de la industria, por irregularidades análogas a las cometidas por otras entidades del consorcio de la panadería de Madrid» (3-II-1948). «Empiezan a venderse las medias sin costura» (15-IV-1948). «Desde hoy las casas de Toledo dispondrán de agua potable, al quedar inaugurado ese servicio» (23-IX-1948). «300 personas reciben tratamiento antirrábico en Zaragoza, después de haber comido carne de ovejas mordidas por perros hidrófobos» (29-XII-1948). «5.000 avulenses inician en Villatoro una gran batida contra los lobos» (11-IV-1949). ¿Quién hubiera tomado en serio a unos privilegiados, si el agua potable no llegaba siquiera a demasiados domicilios, el vecindario se contagiaba de rabia o engullía serrín con el pan?. La España hambrienta y sin divisas, la del emblema dominguero y el sueño de unas medias sin costura, gastaba 640.280 ptas. en el fichaje de los extranjeros Humberto Jiménez, Prais y Salaverry, o pagaba 150.000 de ficha a Helenio Herrera, con sueldos mensuales de 7.000, cuando el salario medio no sobrepasaba las 1.500. ¿Acaso existía entre los futbolistas algún motivo para la reivindicación?.

Pues sí, los había. Quedaron sobre todo de manifiesto, tras algunas desgracias. La viuda del infortunado «colchonero» Martínez, fallecido en un hospital después de varios años en coma vegetativo, a finales ya de los años 60,  no vio reconocida su reclamación de accidente de laboral. Y cuando poco después el sevillista Pedro Berruezo expiró en los vestuarios del Pasarón pontevedrés, los tribunales contemplaron con reticencias que un futbolista pudiera ser trabajador por cuenta ajena. 

Pero lo que más avinagraba al profesional del fútbol, junto a los incumplimientos de pago, era el derecho de retención, la posibilidad de quedar sujeto de por vida a un club, con incrementos del 10% en sus fichas. Algunos jugadores, como el guardameta donostiarra Ignacio Eizaguirre, cosechó fama de problemático por sus pertinaces exigencias de mejora salarial mientras estuvo en Valencia. Otros, como el también portero Acuña, por su nunca oculta ideología izquierdista. Al salmantino Vavá la normativa le robó millones durante sus grandes años de militancia en el Elche. Pero ninguno de ellos se convirtió en paladín de causas sindicalistas. Los héroes tuvieron otros nombres.

El primero fue José Cabrera Bazán (La Algaba, Sevilla 16-X-1928), hasta ahora único futbolista del que se tienen noticias, en pasar por la cárcel a causa de una reclamación laboral. Jugador del Betis, Sevilla, Jaén y nuevamente Betis, antes de retirarse por lesión en el recreativo de Huelva, compatibilizó la actividad deportiva con el estudio en la Universidad de Sevilla, doctorándose en Derecho del Trabajo, luego de haber jurado como abogado en 1958. Pronto comenzó a ejercer la docencia en la cátedra de Derecho de Manuel Clavero Arévalo, por entonces notable y respetado jurista del régimen. En 1968 ingresó en el PSOE, aún clandestino, y al año siguiente se hizo por oposición con la cátedra de Derecho del Trabajo en la Universidad de Santiago de Compostela. Su prestigio como abogado laboralista se había iniciado a raíz de publicar, en 1961, «El contrato de trabajo deportivo», un estudio sobre la relación contractual de los jugadores de fútbol profesionales, prologado por  el catedrático y personaje del Movimiento D. Manuel Alonso Olea.

El segundo fue Joaquín Sierra «Quino» (Sevilla 7-IX-1945), cuyo firme pulso contra la cerrazón bética derramó mucha tinta sobre el papel prensa en 1971.

Acreditado en el Betis como interior y delantero centro de tronío, «Pichichi» en 2ª División la temporada 1968-69, no aceptó renovar como verdiblanco hasta haber sostenido una entrevista con su presidente, el 29 de agosto de 1969. Tras acordar 3 años de contrato y un traspaso tan pronto llegasen ofertas de interés, debutó como internacional frente a Finlandia el 15 de octubre, marcando un gol. El presidente José Nuñez Navarro olvidó pronto sus promesas y «Quino» montó en cólera. «Volví a la disciplina del Betis por una promesa del presidente. Me dijo que si llegaba una oferta razonable me traspasaría e igualmente lo hubiera hecho con Benítez, Rogelio, o cualquier otro. Se presentó la ocasión y ya se ha visto», manifestó el jugador en los medios. Declarado en rebeldía por su negativa a jugar y seguir entrenándose, anunció durante la última semana de octubre de 1970 su decisión de retirarse, antes de aceptar la falta de palabra del mandatario y un estatus esclavista. José Nuñez Naranjo, por su parte, dijo no haber aceptado la oferta del Valencia al sumar sólo 10 millones, cuando solicitaban 18, cantidad excesiva para un jugador de 2ª División (el Betis llevaba 3 temporadas consecutivas en dicha categoría), según criterio valenciano. La FEF, obligada a intervenir, sancionó al delantero con un año de suspensión.

Todo fue una larga jugada de póquer. El Betis no podía permitirse el lujo de perder aquellos millones y Quino nada ganaba colgando las botas, como no fuese en su dignidad herida. Con cada semana en paro caería el precio del traspaso. Ambas partes administraban ese riesgo y Quino aguantó impertérrito.

En mayo de 1971, el Betis solicitó a la Federación el levantamiento de sanciones al futbolista. Atendida la petición, el sevillano se incorporó a los entrenamientos, dando muestras de no haber descuidado su puesta a punto durante tan larga inactividad. Vistas las orejas al lobo, los béticos rebajaron sus pretensiones. Y a finales de agosto, casi 10 meses después del plante, el traspaso quedó substanciado en los 10 millones originalmente ofrecidos, más la cobertura de unas obligaciones contraídas por el Betis, estimadas en 4.421.100 ptas. Quino, según manifestase a periodistas de la capital levantina, habría  puesto medio millón de su bolsillo para que la operación no naufragase.

Su acto rebelde le otorgó aureola de líder entre los futbolistas. Aunque en Valencia no acabara de lucir su clase, concluida esa etapa quiso regresar a la disciplina verdiblanca, desde donde le pusieron el veto. Firmó la cartulina del Cádiz y en la «Tacita de Plata» tuvo nuevos líos, llegando a forzar una huelga encubierta de bajo rendimiento, reclamando dinero.

Constituida la Asociación de Futbolistas Españoles (A.F.E.) en 1978, fue proclamado primer presidente. Y en ella, como si los círculos del balón debieran confluir siempre, se encontró con Cabrera Bazán, el otro pionero. Porque aquel 1979 Cabrera se convirtió en asesor jurídico de la Asociación, sustituyendo a Carceller, al tiempo que ejercía como primer secretario de la misma.

Cabrera aprovechó ese trampolín para su lanzamiento político, siendo elegido senador por Sevilla en noviembre de 1980 y designado Secretario General de la Federación Internacional de Futbolistas Profesionales. En julio de 1981 era abogado ejerciente en Málaga, senador del PSOE por Sevilla, Catedrático de Derecho del Trabajo en la Universidad de Málaga y asesor jurídico de la AFE. Reelegido senador del PSOE para la legislatura 1982-86, después de una campaña sustentada en el eslogan «Mete un gol en el Senado», poco antes había organizado la huelga de jugadores de fútbol que retrasó dos semanas el inicio del Campeonato liguero 1981-82, como protesta por el derecho de retención. En 1982 se cavó la fosa política, atreviéndose a llevar la contraria a Felipe González, quien un día se acercó hasta su escaño para decirle al oído: «Los cementerios políticos están llenos de cabezas calientes como la tuya». Felipe era un dios todopoderoso en el PSOE, según acreditaría otro peso pesado del partido como «Txhiki» Benegas, a lo largo de cierta indiscreta conversación telefónica. Obviamente, marcado a fuego por el presidente, no volvió a ser candidato. Pero continuó dando guerra.

A principios de 1990 asesoró una polémica operación inmobiliaria en Barbate, Cádiz, para la cual utilizaron como intermediario a Juan Guerra, dando origen al escándalo político que tanto daño habría de causar no sólo a Alfonso Guerra, sino al propio Partido Socialista.

Aquellos fueron tiempos convulsos. España se adaptaba a una nueva realidad, con tanta falta de experiencia como buenos deseos. Cabrera Bazán dejaría para la hemeroteca, en enero de 1990, una frase por demás desafortunada: «El tráfico de influencias deja de ser negativo cuando lo que se tramita a través de esa influencia es legítimo«. Resbalón impropio de quien tanto había luchado contra el imperio de la injusticia. Mientras tanto, como Presidente de la Cámara de Cuentas de Andalucía, ejercía con independencia y dedicación. Fue él, ni más ni menos, quien llevó a los tribunales a Jesús Gil, por negarse a entregar la documentación requerida para una auditoría.

La AFE también dio abundantes traspiés. Pese a que  no sólo se adhirieron a ella los profesionales nacidos en nuestro suelo, sino cuantos participaban en el Campeonato Nacional de Liga, uno de sus primeros gestos consistió en solicitar el control y hasta la reducción de futbolistas foráneos. Naturalmente, éstos no secundaron dicha moción y  alguno, como la pareja argentina del Real Madrid compuesta por Wolf y Roberto Martínez, se dieron de baja en inequívoca muestra de desacuerdo. No dejaba de resultar curioso, porque el segundo, en su doble condición de argentino y español, gracias a sus documentos falsificados, representó varias veces a nuestro país con la camiseta nacional.

«Quino» tuvo que dimitir como presidente, tras el fracaso de la tercera y hasta ahora última huelga de futbolistas convocada por la AFE. Cabrera Bazán falleció en Sevilla el 27 de abril de 2007, a los 78 años. Aunque hoy nadie pueda imaginar un fútbol sin Liga Profesional y sindicato de futbolistas, éste se hizo esperar lo suyo.




Trapisondas y trapisondistas

La historia de nuestro fútbol está infestada de trapisondas y trapisondistas, de listillos empeñados en creerse geniales, pícaros irredentos y chapuceros del tachado mediante soberano borrón. A veces el pícaro viste de futbolista o intermediario, otras anida en antiguas directivas o actuales consejos de administración, y con respecto a la muy nutrida cohorte de genios frustrados, artistas del birlibirloque o trileros de andar por casa, su habitat tiende a la universalidad. Da igual que miremos hacia clubes grandes o en derredor de las más modestas entidades, que rasquemos un poco sobre la actualidad o buceemos por los años 40, 50 y 60, decenios durante los que, conforme se vio ya desde estas mismas páginas, prácticas tan reprobables como la compraventa de partidos abundaban en demasía. La sombra del balón siempre fue muy larga, y a su vera hallaron acomodo ejemplares de muy diversas especies.

Algunas de esos especímenes comprendieron pronto las ventajas de vivir en simbiosis. Un intermediario con pocos escrúpulos, nada podía hacer sin el concurso de directivos o presidentes bien dotados de manga ancha. Hace ahora 40 años, a muchos sudamericanos incapaces de acreditar su presunta españolidad ni se les hubiera ocurrido preparar las maletas, sin mediar el empujoncito de unos cuantos vivillos y la imprescindible colaboración de funcionarios corruptos. Las hoy tan comunes comisiones de fichaje, tasas de renovación o estrafalarias contrapartidas, jamás se habrían consentido si entre unos y otros no hubieran degollado a la más primaria moralidad. Porque a medida que el fútbol se fue haciendo rico, comenzó a olvidar escrúpulos.

Veamos algunas trapisondas de variado espectro. 

Durante la segunda mitad de los años 70, en el pasado siglo, nuestro seleccionador nacional, «Ladzsy» Kubala, pregonaba a los cuatro vientos que por ese camino España iba a estar cada vez peor representada en el ámbito internacional, que si nadie lo remediaba, pronto debería espigar entre equipos menores para completar convocatorias. «No salen jóvenes», era su estribillo. «No pueden salir, porque los extranjeros abortan cualquier apuesta por las canteras». En cambio desde muchos clubes se esgrimían números para justificar tanta importación. El presidente ilicitano, agotada la otrora riquísima mina de la que afloraron Lico, Vavá, Marcial, Ballester, Canós o Curro, justificaba con vehemencia su apuesta hispanoamericana: «Pagar por un juvenil equivale a correr demasiado riesgo, y además te piden una millonada. Contratar a un jugador de Primera o Segunda queda fuera de nuestro alcance, porque los precios están por las nubes. Sudamérica, en cambio, es otra cosa. Los jugadores del otro lado del mar siempre han dado buen resultado aquí, y el último ejemplo lo tenemos con Rubén Cano. ¿Qué algunos oriundos son falsos?. El Elche y yo mismo nos lavamos las manos. Las documentaciones pasan por el Ministerio y la Federación. Si ellos dan el pláceme, contratamos al jugador. Si dicen no, seguimos buscando por otro sitio. El Elche nada tiene que ver en cualquier supuesta irregularidad»

Al Elche lo entrenaba en 1976-77 Felipe Mesones, hombre que si ingresó en nuestra liga durante su etapa de futbolista, fue gracias a su condición de oriundo. Sus palabras en defensa de la importación casi hubieran podido pasar por soflama sindicalista: «El fútbol es un trabajo como cualquier otro. No veo por qué se les puede negar el acceso a jugadores sudamericanos, cuando en virtud de acuerdos entre España y muchos países de allá, poseen los mismos derechos laborales. Si un médico puede trabajar en España igual que en su país de origen, ¿por qué no va a poder hacerlo un futbolista?».

El discurso del presidente ilicitano podía desbaratarse, sin embargo, con relativa facilidad. Durante el año anterior, su entidad había desembolsado 19 millones de ptas. para reforzarse, y ello les situaba en el 7º puesto de un ranking que atendiera al volumen de gastos en clubes de 1ª División. Por el argentino Trobbianni pagaron 12 millones, cifra muy respetable en la época, sobre todo comparada con los 42 que costó Kempes al Valencia, los 18 de Brindisi al Las Palmas, los 8 de Damas al Racing, o los 12 de Alves al Salamanca, futbolistas, todos ellos, con rendimiento inmejorable. Y no es que Trobbianni fuese mal jugador, porque de técnica y condiciones andaba muy sobrado. El ejemplo evidencia que los precios en América no estaban tan por el suelo como pretendía hacerse creer. Para mayor abundamiento, Orellana, extremo más bien discreto, supuso a las arcas del Elche una merma de 3 millones y medio, la misma cifra que Finarolli, aunque éste si resultase barato, atendiendo a su rendimiento en el campo. La realidad inconfesada era otra. Por el traspaso de Rubén Cano al Atlético de Madrid, la entidad ilicitana había ingresado 35 millones de ptas. Si Trobbianni, Orellana, o cualquiera de los recién incorporados durante esos días volvían a destaparse como figuras, el pelotazo financiero podría repetirse otra vez. Acertar con un jovencito español se antojaba muy difícil, porque la tupida red de ojeadores manejada por los clubes más grandes casi les negaba el contrato de cualquier estrella en ciernes. Todo lo contrario que en América, donde los más modestos se creían, si no con ventaja, al menos capaces de competir de igualdad a igual. Así argumentaban los traficantes de carne e ilusiones, en general gente de verbo fácil, que a base de repetir cuentos lograron elevar la anécdota a verdad fundamental. La avaricia de todos pondría el resto. Porque con tal de ahorrarse unos duros, o de arañarlos con malas artes, parecía valer todo.

Incluso delatar desde su propio club la ilegalidad de algún futbolista fichado a bombo y platillo, presentado entre abrazos y cánticos. 

Le ocurrió al argentino Horacio Ramón Insaurralde, en plena fiebre del denominado «timo paraguayo».

Había llegado a Elche durante el verano de 1977, con aval de Roque Olsen, nuevo titular del banquillo franjiverde, y la intermediación de Roberto Dale, representante pródigamente utilizado por los alicantinos durante esos años. En su contrato se especificaba que el costo total de la operación alcanzaría los 70.000 dólares (unos 7 millones de pesetas), pagaderos en un primer plazo de 15.000 cuando  «presentada toda la documentación del jugador para poder prestar sus servicios en la plantilla del Elche, ésta sea aprobada por las autoridades españolas competentes, autorizando a tal efecto el Banco de España la transferencia de divisas del importe total a que asciende el traspaso objeto de este contrato, para que el jugador pueda intervenir en la presente temporada de Liga Española 1977-78». Otros 20.000 dólares más serían satisfechos «a los 90 días fecha del presente documento y siempre que se hayan cumplido los requisitos especificados en el apartado anterior «. Por último, los 35.000 restantes «a los 180 días del presente documento y en las mismas condiciones que lo citado en el apartado anterior». Aquel documento incorporaba una cláusula adicional de garantía. Ante el hipotético incumplimiento total o parcial por parte del Elche C.F, su presidente Martínez Valero y los directivos Sánchez Ruiz, Serna Fuente y Quiles Navarro, garantizaban con sus firmas la obligación financiera.

Cuando la Asociación de Fútbol Argentino certificó que Insaurralde no había vestido nunca la camiseta nacional de su país, ya no hubo obstáculos para que el club All Boys remitiese el pase internacional. Con fecha 26 de setiembre, atendiendo a lo contratado, el Ministerio de Comercio autorizaría la transferencia de divisas solicitada. Todo perfecto, pues además -y pese a que en el contrato no se especificaba la imprescindible condición ESPAÑOLA del jugador, puesto que el Elche ya tenía cubiertas sus dos plazas para extranjeros- alguna mano habilidosa logró que en el Registro Civil fuera acreditado como oriundo. Nadie contaba con que Insaurralde pudiera defraudar futbolísticamente. Y al darse esa circunstancia surgió el esperpento.

Insaurralde llevaba jugados 6 partidos de liga y  5 de copa cuando tocó abonar el segundo plazo de 20.000 dólares, que la directiva del palmeral no satisfizo. Poco tardó en llegar la reclamación argentina a la secretaría de la Federación Española, desde donde se exigió al Elche el dinero pactado. Los directivos franjiverdes, en su escrito de respuesta, rogaron una moratoria basada en la supuesta deuda que el Consejo Superior de Deportes tenía contraída con la entidad. Pero transcurrieron los meses y no hubo señales de ningún tipo. La Federación volvió a reclamar los pagos una vez constatado que el Consejo Superior de Deportes había satisfecho a los ilicitanos hasta la última peseta. Entonces, sólo entonces, la directiva mediterránea volcó el cuerpo sobre la mesa para hacer más amedrentador su órdago: No pagamos porque al muchacho le resulta imposible demostrar su ascendencia española.

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Insaurralde, protagonista de una turbia trapisonda y, en realidad, víctima de los trapisondistas de turno.

 Insaurralde, que disponía de su propio carné de identidad, jugaba en nuestra liga ilegalmente, a tenor de lo manifestado desde su propio club.

El Comité Jurisdiccional de la Federación Española llamó a declarar al jugador y una transcripción de lo afirmado fue filtrada a «Primera Plana». José María García, rey de la información deportiva nocturna por aquella época, no sólo aireó el escándalo, sino que lo utilizó para fustigar a sus abundantes demonios familiares, incluyendo este nuevo desatino en su libro «Corrupción en el deporte español», editado por F. Egozquezábal en octubre de 1978. El párrafo que vio entonces la luz, reproducido a continuación, resulta por demás rotundo.

«…Que su nacionalidad es argentina, que así lo hizo constar siempre, aunque expresó que su padre siempre había dicho ser de un pueblo de España, sin que pudiera facilitar más datos, porque su padre abandonó la familia cuando él tenía 7 u 8 años, ignorando siempre el paradero del mismo. Ya en España, el presidente del Elche y el intermediario en la operación (Roberto Dale), le aconsejaron efectuase comparecencia ante el Registro Civil, por si pudiera alinearse como jugador español y se completaban los datos del padre, relativos a lugar de nacimiento, pero que pese a las gestiones realizadas no resultó posible concretar dicho dato.»

Al hilo de tanto disparate cabrían numerosas reflexiones. ¿Tan sencillo era acreditar como español a cualquiera?. ¿Cuál hubiera sido la actitud del Elche, si hubiese triunfado profesionalmente Insaurralde?. ¿No acababa de descubrirse una excelente fórmula de ahorro para los casos en que al sudamericano de turno se le hiciera difícil la adaptación a nuestro fútbol?. Y sobre todo, ¿no resultaba fácil adivinar premeditación en un documento donde ni por una sola vez se hacía referencia a la pretendida nacionalidad española del contratado?.

Como otras muchas veces, la trapisonda salió gratis a sus instigadores o cómplices (directiva española, intermediario, funcionarios argentinos y españoles, gerentes del club de procedencia). Tan sólo purgó el jugador, condenado a comprar billete de vuelta sin haber liquidado el monto íntegro de su ficha.

Lástima que el Elche pareciese haber olvidado tan valiosa lección 10 años después, luego de efectuar una dura travesía por la 2ª División, en plena marejada económico-financiera.

Puesto que acababan de recuperar la máxima categoría, precisaban reforzarse. Y en esas estaban cuando alguien les habló del delantero Carlos Alberto de Araujo Prestes, para el fútbol «Tato», brasileño de Curitiba con 27 años cumplidos. Según los informes, había rendido a plena satisfacción en el Fluminense durante los últimos 4 años. Era más bien barato y a nadie se le ocurrió pudiera tratarse de un «paquete». Cuando lo vieron evolucionar de corto (poco, muy poco, la verdad, puesto que sólo intervino en 4 partidos de liga), se desataron las sospechas. Apenas hizo falta tirar del hilo para descubrir la verdad. «Tato» ya vivía retirado del fútbol grande. Sus últimos meses los había pasado compitiendo en el soccer-indoor de los Estados Unidos, especie de fútbol sala, aunque con distintas reglas, cuyo campeonato era un descarado montaje comercial.

Sólo permaneció media temporada en la industriosa localidad alicantina. El tiempo justo para poder contar algo de nuestro Mediterráneo al regresar a Curitiba. 

Claro que para fiasco monumental el del Zamora C. F., con su trapisondero Juan Pablo Úbeda.

El chileno, conocido al otro lado de los Andes como «Spidergol», por su costumbre de festejar cada tanto colocándose una careta de Spiderman, ídolo de un hijo suyo, llegó junto al Duero como refuerzo invernal la temporada 2006-07, cuando contaba 26 años. Ya había pateado nuestros campos de 2ª y 2ªB, con más pena que gloria, durante cortos periodos en el Ciudad de Murcia y Alicante. Gracias a su ascendencia italiana, antes también tuvo ocasión de hacerlo en la categoría Primavera del «calcio», con el Génova, las campañas 1999-2000 y 2000-01. Reexpedido a Chile, al no dar la talla entre los transalpinos,  jugó numerosos partidos con Santiago Morning, Unión Española y Colo-Colo. Parecía, de cualquier modo, una notable aportación para 2ª B. Pero sólo habría de permanecer en la ciudad castellanoleonesa una semana, a causa de sus problemas con la justicia chilena. Tan vertiginosa aventura puede resumirse así. Llegó a Zamora el viernes 19 de enero. El 20 participó en el primer entrenamiento. El lunes 22 fue presentado oficialmente y el 25 tuvo que irse precipitadamente.

Resulta que tras separarse en 2006, en julio de ese mismo año mantuvo un cruce de acusaciones con cierta presentadora de programas rosas en la televisión chilena. Luego de varios escarceos, el jugador acabó acusándola de infidelidad matrimonial y la mujer respondió con una querella criminal por injurias, presentada el 23 de agosto. El delantero fue citado en los juzgados chilenos los días 23 de noviembre y 21 de diciembre, sin que compareciese en ninguna de las dos ocasiones. Al ser ordenada una tercera cita para el 25 de enero de 2007, con advertencia de que una nueva ausencia comportaría orden de búsqueda y captura, la noche del 24, es decir en vísperas de la cita judicial, se recibió en la sede del Zamora C. F. una angustiosa llamada del padre, reclamándolo. Sólo entonces tuvo constancia el club de su complicada situación. El jugador, que ni siquiera había debutado, tomó un avión hacia Santiago de Chile. Al día siguiente la directiva manifestaba su infinita sorpresa en rueda de prensa, asegurando haber pedido numerosos informes técnicos antes de proceder a su fichaje, sin sospechar ni por un momento la existencia de tan serios problemas personales.

Estaba clara la trapisonda de Úbeda, poniendo tierra de por miendo mientras se enfriaba su situación procesal. El representante que lo trajese, trapisondista donde los haya, guardó un silencio cómplice. La afición zamorana se quedó sin refuerzo y el club sin los dineros adelantados para llevar a cabo la frustrada operación. A Úbeda no le fue mal ante los magistrados de su país y, sin acordarse de Zamora, se supone que sin ningún atisbo de remordimiento, continuó disputando el campeonato chileno con los clubes Everton y Palestino.

Tres perlitas, cultivadas, eso sí, en la trastienda del cuero. Tres tan sólo, entre el centenar con que podría engarzarse un collar soberbio.

Apenas un vistazo rápido al muestrario de trapisondas, atesorado bajo doble llave en el cofre negro de nuestro fútbol.     




El fútbol como trofeo autonómico

El fútbol, por su capacidad para arrastrar masas y como manifestación social de primer orden, ha sido politizado desde muy lejanos tiempos. ¿Acaso no estuvo presente la política, en los «oriundi» de Mussolini?. ¿No fueron alardes de fuerza los partidos que la Wehrmacht disputó contra agrupaciones de trabajadores, durante la II Guerra Mundial?. La Unión Soviética y sus satélites convirtieron en militares rebajados de actividad a sus futbolistas de elite, y por lo tanto en «amateurs», para acaparar medallas olímpicas. Esos mismos regímenes impidieron la exportación de sus estrellas, primero con carácter absoluto y más tarde en tanto no hubiesen alcanzado una edad asociada al declive físico. La dictadura de Ceausescu amañó sin rubores su propio Campeonato, para que Rumanía tuviese un Balón de Oro. El sátrapa Gaddafi entregó la Federación Libia a uno de sus hijos. En la vecina Portugal, fue sonado el desplante de varios internacionales durante los prolegómenos del amistoso que los enfrentó a España el 30 de enero de 1938, mientras nuestros campos se empapaban de sangre. Acevedo, del Sporting, no estiró los dedos al hacer el saludo fascista. Quaresma, de Os Belenenses, permaneció firme. Simoes y Amaro, del mismo equipo, levantaron los puños y fueron detenidos para sufrir el «hábil» interrogatorio de la policía política…

Por nuestros pagos también se saludó a la romana antes de cada partido, durante la más dura posguerra. Poco antes, mientras nuestros compatriotas morían en las trincheras, se disputó una Liga Mediterránea con mucho más carácter político que deportivo. Diecisiete futbolistas vascos recorrieron Europa y parte de América en una gira propagandístico-deportiva, auspiciada por el gobierno del primer «lehendakari», el antiguo futbolista José Antonio Aguirre. Cuando la ONU sugirió a los países miembros retirar de Madrid a sus embajadores, la gira del San Lorenzo de Almagro fue utilizada no sólo como bálsamo piadoso, sino como hermanamiento con una Argentina ahíta de carne y trigo. El mismo régimen franquista extendió su alfombra roja entre Kubala y el Barcelona, a modo de desagravio con una ciudad condal en rebeldía, tras la subida de los billetes de tranvía. ¡Qué decir del gol de Zarra en Brasil, ante la pérfida Albión!. O del Real Madrid, convertido en apisonadora europea. Y del mismísimo cabezazo de Marcelino, en el estadio Bernabeu, con el que la pecadora Rusia mordería el polvo ante toda Europa, gracias a las cámaras de televisión. El fútbol, en efecto, ha sido utilizado hasta el empacho por las dictaduras.

Pero, ¿sólo por ellas?. Según el escritor Manuel Alegre, en su día vicepresidente del Parlamento portugués, «quizás sea tiempo de reflexionar sobre la irresistible promiscuidad que, en democracia, se verifica entre política y fútbol. La política se sirve del fútbol como nunca, al tiempo que los dirigentes del fútbol también se sirven de la política. Lo que no es bueno para el fútbol ni para la política, y mucho menos para la democracia».

Vienen muy a cuento estas frases, si reparamos en cuanto hicieron algunos de nuestros políticos no con la democracia en abstracto, sino con el fútbol, al socaire del despliegue autonómico. Porque a medida que las autonomías, piedra angular de nuestra transición demócrata, se afianzaban, cuando consideraron cubiertos sus grandes objetivos, acabaron posando miradas golosas sobre el fútbol. Incluso sobre el más destartalado y pobre. El de campos terrizos y apenas 800 espectadores. El de tercera División.

En los albores de la transición, el nuevo mapa político encajaba muy mal con el del fútbol. La Comunidad Autónoma vasca no sólo carecía de Federación, sino que el balompié alavés dependía de la Territorial Guipuzcoana, en tanto Vizcaya iba por libre. Andalucía, Asturias, las islas Baleares, Cantabria, Cataluña, Extremadura, Galicia y Aragón tenían más suerte, aunque esta última mantuviera en su seno a Soria, provincia castellanoleonesa en el nuevo orden administrativo. La Federación Castellana incluía a Madrid (autonomía provincial), Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara (las cuatro englobadas en Castilla-La Mancha) y Ávila y Segovia (Castilla y León). La murciana englobaba a Murcia (otra autonomía uniprovincial), Albacete (Castilla-La Mancha) y Alicante (Comunidad Valenciana), a excepción de Alcoy, enclave o sector al que los estrategas del cuero llevaban años sumiendo en una especie de limbo. Las islas Canarias estaban divididas en sus dos provincias. La Federación Navarra incluía el territorio navarro (Comunidad Foral) y parte de La Rioja, entonces todavía denominada Logroño. La Federación Valenciana sólo se ocupaba de Castellón, Valencia y la comarca de Alcoy. Y por fin la Federación Oeste, con León, Zamora, Salamanca, Valladolid, Palencia y Burgos, o sea una especie de Comunidad Castellanoleonesa sin completar. Acomodarse a los nuevos tiempos no fue coser y cantar. Álava, por ejemplo, tuvo que comenzar creando su propia Territorial, adjudicándose Campeonatos Interpueblos o federando a cuadrillas de amigos. A La Rioja parecía faltarle fuelle para caminar sola. Soria, tan conectada a Zaragoza por razones históricas, temió ser vista en su nuevo emplazamiento con cierto desdén. Castilla-La Mancha debía partir desde cero.

Como la época resultó convulsa y los problemas muy serios (ruido de sables, aguda crisis económica, distribución del más bien escaso erario público, negociaciones para acceder al mercado Común Europeo), el fútbol siguió durante algún tiempo su propio camino, sin importunar a nadie. Pero cuando las grandes estrategias parecieron haber cuajado con la solidez del cemento, alguien debió pensar que si las autonomías habían nacido para administrar la sinergia territorial, carecía de sentido no entrar a saco en el mundo del cuero. Y lo hicieron. En algún caso como elefante en cacharrería, entre sal gorda y sainete más propio de los hermanos Álvarez Quintero. Así ocurrió en Murcia, la temporada 1987-88.

Durante ese ejercicio, especialmente a lo largo del verano, el enfrentamiento entre las federaciones Murciana y Española fue constante. Todo ello a raíz de que en Murcia se considerase ilógico que los clubes alicantinos continuaran compitiendo con los murcianos.

Entre las atribuciones de las Comunidades Autónomas se hallaba la de constituir grupos de 3ª División con clubes de su ámbito, por más que una asamblea del fútbol español hubiese acordado mantener las cosas como estaban. Armados con «su» razón, el 30 de junio de 1987 los directivos de Federación Murciana acordaron la composición de una Tercera estrictamente autonómica en el ejercicio venidero. Para ello ascenderían los equipos clasificados entre el 7º y 15º puesto de la Territorial Preferente en la recién finalizada campaña. A Cehegín, Algar, La Manga, Cabezo de Torres, Jumilla, Caravaca, Calasparra, Mazarrón y Bullense, parecía haberles tocado la lotería, y creyéndose en 3ª comenzaron a componer sus plantillas. Desde la Federación Española, sin embargo, se exigió que el fútbol de bronce continuara como estaba. Jesús Zamora, presidente de la Murciana, quién sabe si aplaudido desde algún despacho político, se reafirmó en su primera decisión. La respuesta de Madrid no pudo ser más directa: Ahí están los calendarios de 3ª; con clubes alicantinos incrustados en Murcia.

No queriendo ser menos, la Federación Murciana también sorteó el calendario de «su 3ª División», con fecha de inicio el 30 de agosto. Las entidades alicantinas implicadas recibieron el correspondiente aviso desde la Española: si no comparecían en los lugares y fechas señalados por Madrid, el primer partido se consideraría perdido por 3-0. Y de conformidad con el Reglamento de Competición, una segunda espantada acarreaba la descalificación. Los días fueron pasando y a cuatro jornadas del inicio ningún club sabía a qué carta quedarse.

El martes 25 de agosto, José Luis Moraga, vicepresidente de la Federación Murciana, propuso que los 10 equipos alicantinos disputasen una liga entre ellos, mientras los 20 murcianos hacían otro tanto. Al final, los respectivos campeones se enfrentarían a doble partido para determinar cuál de ellos se encaramaba a 2ªB. Pero la Federación Española se mantuvo en sus trece. El miércoles 26, todos los clubes de 3ª fueron convocados a asamblea en el hotel Hispano, de Murcia. Los nervios estaban a flor de piel, las posturas muy encontradas, y en medio de un escándalo mayúsculo hubo quienes acabaron desembocando en el insulto personal. Todo porque el vicepresidente de la Murciana, José Luis Moraga, y su asesor jurídico, confesaron no existía posibilidad legal de enfrentarse a Madrid. Cualquier radicalismo, según se les había advertido, podía significar cinco años de suspensión.

La chapuza había sido enorme. El presidente del modestísimo Algar indicó que algún directivo de la Murciana debería acompañarle hasta su pueblo para explicar que no eran de 3ª División a tres días del gran debut. «¿Quién me acompaña a quitar los carteles del calendario murciano?», instó. Por su parte, los clubes con plaza garantizada en 3ª, reprochaban el lío en que contra toda lógica les habían zambullido. A la hora de votar una resolución, Beniel, La Unión, Olímpico de Totana, Águilas, Yeclano, Naval de Cartagena y Santomera, se decantaron por competir con el calendario de la Española. Torre Pacheco, Torreagüera e Imperial de Murcia prefirieron abstenerse. Sólo La Alberca mostró su solidaridad, alineándose con los equipos murcianos ascendidos a espaldas de la Federación Española. Respecto a éstos, hubo amplia discrepancia. Para algunos, no debían participar en la votación. Al fin y al cabo, su derecho a militar en 3ª no provenía de los campos de fútbol, sino de un despacho ahora muy cuestionado. Como el acuerdo resultaba inviable, se propuso convocar otra reunión para el jueves 27, luego aplazada hasta el viernes 28.

Ese viernes, a 48 horas de iniciarse el Campeonato, acordaron constituir un grupo autonómico murciano formado por los 9 equipos clasificados desde el puesto 7º hasta el decimoquinto en la categoría Regional Preferente. No es que se hubiera reducido el número de participantes en la categoría, sino que se creaba una nueva, denominada Tercera División Autonómica, que a efectos federativos de Madrid seguiría equivaliendo a Regional.

Disparate pluscuamperfecto, porque los componentes de esa nueva categoría volverían a ser equipos de Preferente al concluir la temporada, toda vez que esa Tercera Autonómica iba a desaparecer. Para conformar un grupo estable, se ascendió también al Jabalí Nuevo, ocupante del puesto 16 en la Preferente de 1986-87. Y como la Liga iba a ser muy corta, a partir de su conclusión, el 10 de enero de 1988, los mismos equipos y mediante idéntico sistema de todos contra todos, llenarían el calendario con un recién creado I Trofeo de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia. El ganador del mismo se embolsaría 2 millones de ptas.

Aún se recuerda en Murcia la raquítica asistencia a los partidos de ambas competiciones. Los clubes no sacaban ni para pagar el arbitraje, conforme se desprende de las 4.000 ptas. recaudadas por el Jumilla al recibir al Bullense, a falta de otro partido para finiquitar el Trofeo Comunidad Autónoma. Baste indicar que el presupuesto jumillano esa temporada alcanzaba los 9 millones de ptas.

Sobre escándalo y disparate, una buena porción de ruina.

La temporada 1988-89, es decir la siguiente, 9 de aquellos 10 clubes volvieron a verse las caras en la Territorial Murciana. Sólo La Manga, como primer clasificado, pudo subir a 3ª. El resto, en bancarrota económica, tuvieron que tragarse sueños, promesas y  amargura.

Años más tarde, la Tercera División Murciana lograría hacerse realidad. Todas las Autonomías tuvieron su 3ª. Desde las más extensas, como Andalucía (allí hay dos grupos) hasta la más minúscula. Incluso La Rioja, pese a su escaso número de habitantes, a lo esquelético de su fútbol, y luego de varios años compartiendo grupo con Navarra.

La política, como se ve, también exigió su porción de fútbol en democracia. Y a veces lo hizo a la brava, sin diálogo, aligerando a entidades muy débiles de su escaso patrimonio y, lo que es peor, pisoteando la ilusión de muchos anónimos seguidores.

Quizás algún día los políticos escarben votos ocupándose de cuestiones más serias.

                       




El Athletic Club de Bilbao y los extranjeros

Han transcurrido casi 40 años desde que el Athletic de Bilbao, con el respaldo de la Real Sociedad de San Sebastián, enarbolara la onda de David en su desigual lucha contra un Goliat encarnado por los restantes clubes de fútbol, la Federación Española y el Consejo Superior de Deportes, reos, todos ellos, en el bochornoso espectáculo de falsificaciones y mayúscula corrupción que pasaría a la historia como «Timo de los Paraguayos». Cuarenta años desde las primeras escaramuzas, luego de que el Barcelona encendiese la mecha al no permitírsele inscribir a Irala, paraguayo no menos ilegal que otra treintena de teóricos compatriotas dispersos por nuestra geografía balompédica. Cuarenta años desde aquella monumental chapuza y cerca de 35 desde su más bien simbólica victoria, en defensa no sólo de la legalidad, sino de sus firmes convicciones respecto al valor de la cantera y el producto autóctono.

Lógico que aquella lucha por extirpar de nuestro fútbol a tanto extranjero ilegal, contase con el Athletic como abanderado, podrá argumentarse. ¿Quién sino un convencido defensor de su propio vivero, sería capaz de poner puertas al campo?. Porque cuando todo esto sucedía, durante la primera mitad de los años 70 en el pasado siglo, el Athletic (todavía Atlético por imperativo franquista) llevaba 12 lustros nutriéndose en exclusiva de españoles, de vascos casi en su totalidad, y puestos a hilar más fino, vizcaínos de cuna en un 93% rigurosamente estadístico. Excepciones aisladas como Isaac Oceja o Merodio, cántabro y barcelonés respectivamente por nacimiento, al fin y al cabo no constituían sino anécdotas. Con aquella lucha frente a los falsos oriundos, el Athletic simplemente defendía sus posibilidades deportivas, afianzando unos principios de captación territorial voluntariamente elegidos.

Hasta ahí nada nuevo. La sorpresa llegará para numerosos lectores al descubrir que los extranjeros alineados por el Athletic en competición oficial, determinaron la primera normativa limitadora en nuestro deporte rey. Ocurrió en 1911, hace prácticamente un siglo. Y en ello nada tuvieron que ver los británicos asimilados, tan comunes en nuestro pleistoceno futbolístico, sino una práctica mucho más artera y descarada.

Pero antes de llegar a ese 1911, bueno será ojear siquiera las páginas más vetustas del club vizcaíno.  

El primer partido disputado en Bilbao, al menos el primero de que se tienen noticias, tuvo lugar el 3 de mayo de 1884 en la campa de Lamiaco, entre los tripulantes de un buque inglés anclado en la ría y 11 muchachos bilbaínos. Por la crónica de «El Nervión» se deduce acabó «la partida de foot-ball» con victoria británica por «5 puntos». Entonces no había equipo constituido oficialmente. Se supone que quienes jugaron fueron chicos con algún conocimiento del fútbol por haber estudiado en colegios británicos, pues la conexión entre Inglaterra y Bilbao había sido intensa desde el siglo XVIII, respondiendo a razones comerciales.

El primer intento de crear un club arrancaría años más tarde. Su impulsor, Juan Astorquia, tardó poco en localizar el lugar para disputar los partidos: la campa de Lamiaco. Su problema era que sólo contaba con otros 6 futbolistas. Los hermanos Iraolagoitia, Alejandro Acha, Enrique Goiri, Montero y Luis Márquez, además de él mismo. De algún modo se las arreglaron para llegar hasta 11, porque existe constancia de la disputa de partidos en aquel enclave, bajo la denominación de Bilbao F. C.. Como en Lamiaco no se detenía el tren a Las Arenas, los maquinistas aflojaban la marcha para que en los días de partido pudieran saltar a tierra futbolistas y espectadores.

Juan Astorquia, impulsor de aquel proyecto, tenía tertulia en el bilbaíno Café García (ya desaparecido), y allí, en febrero de 1901, se abordó la constitución de otra entidad: el Athletic Club. Tras decidirse el nombramiento de una comisión formada para redactar un reglamento, 4 meses después, el 11 de junio de 1901, fue nombrada en Asamblea la primera junta directiva: Luis Márquez, presidente; Francisco Iñiguez, vicepresidente; José Mª Barquín, Enrique Goiri, Fernando Iraolagoitia, Luis Silva, Amado Arana y Alejandro Acha, vocales. Se nombró también a Juan Astorquia primer capitán, y a Alexander Mills segundo capitán. Algunos, como puede apreciarse, habían formado parte anteriormente del Bilbao F. C. El 5 de setiembre del mismo año se acordaba, por si el asunto no hubiera quedado claro «la constitución de una sociedad para el fomento de los deportes athléticos, y en especial del conocido con el nombre de foot-ball, y que se llamaría Athletic Club». Y entre los postulados de esa recién nacida sociedad figuraba el deseo de «contar con nombres nuestros», en clara oposición a cuanto acontecía en el Bilbao F. C., cuajado de apellidos extranjeros (ingenieros británicos y empleados de oficina, en la por entonces potentísima minería vizcaína). En el Athletic recién nacido, el único británico era Mills (defensa derecho), personaje curioso donde los haya, pues pese a residir en Vizcaya durante casi 25 años nunca llegó a dominar el idioma. Se cuenta que en los días de partido, plantándose ante el taquillero, pedía: «Dame dos turbinas», queriendo solicitarle dos tribunas.

La rivalidad entre ambos clubes fue grande, como se desprende de un anuncio en el que el Athletic desafiaba al Bilbao. A finales de 1901 se disputaron dos partidos, ambos resueltos con empate. Quede para la anécdota una alineación del Bilbao F. C.: Luis Arana; Enrique Careaga, Ugalde; J. Arana, J. Ansoleaga, M Ansoleaga; Langford, Dyer, Butwell, Evans y Guinea. Pese a todo, la rivalidad no era enconada, como acredita el acuerdo entre ambos para formar una selección, una especie de fusión ocasional, de cara a la disputa, bajo la denominación de Vizcaya -o Bizcaya según otras fuentes- la Copa Coronación Alfonso XIII en mayo de 1902, que finalmente obtendrían.

A finales de 1902 el Bilbao F. C. entró en declive. Los presidentes de ambas sociedades, Luis Arana y Juan Astorquia, comprendieron que se imponía la unión. El 29 de marzo de 1903, en asamblea conjunta de ambas sociedades, se decidió la integración del Bilbao en el Athletic, puesto que «concurrían en el Athletic méritos y entusiasmos sobrados para que la nueva Sociedad siguiese ostentando como únicos el nombre y los colores del viejo Club bilbaíno». Desaparecía el Bilbao, decano de la villa, dando lugar al Athletic Club de Bilbao.

Entre los mitos de ese fútbol pretérito habría que destacar a Juan Astorquia. Había estudiado en Manchester y destacando como uno de los mejores futbolistas de las «schools». Decían que dominaba muy bien el cuero, que era habilidoso. Probablemente fuese el tuerto en país de ciegos.

Con respecto a los colores, una curiosidad. El primer uniforme del Athletic fue azul y blanco (camisetas con colores mitad y mitad, adquiridas en Inglaterra). Hace ahora 100 años, cuando fue preciso renovarlas, se encomendó a un jugador del Athletic las adquiriese durante su desplazamiento a Southampton. Allí vio muchas rojiblancas -el club local vestía así-, pero no encontraba blanquiazules. Fue pasando el tiempo y tuvo que elegir entre camisetas rojas y blancas, a rayas, o nada. Y optó por el mal menor. Al fin y al cabo, la bandera de Bilbao era blanca y roja y esos los colores de la Villa desde tiempos del Consulado, una especie de Cámara de Comercio pujante ya en el siglo XVI. El Athletic, a partir de entonces y hasta nuestros días, habría de jugar con la camiseta del Southampton.

Convertido en club rojiblanco y con un fútbol directo, de patadón y carrera desenfrenada, el Athletic continuó bebiendo, hasta saciarse, en fuentes británicas. No sólo porque allí adquirían sus rudimentos básicos numerosos estudiantes, futuros jugadores del club, sino porque llegado el momento de hacerse con un entrenador, pusieron su punto de mira en la Gran Bretaña. Mr. Shepherd fue el primero en arribar, el ya lejano 1911. Según escribió la prensa local, se trataba de un hombre sin especial brillo, que al descubrir el café con leche nada más tocar puerto, apenas si se limitó a otra cosa que no fuera degustarlo con fruición. Aunque duró muy poco, el fracaso no arredró a la directiva bilbaína. En 1913 contratarían a Mr. Barness, laborioso exfutbolista, táctico aplicado y masajista con admirable ojo para pronosticar el alcance y la duración de las lesiones padecidas por sus pupilos. La entidad bilbaína había vuelto golosamente sus ojos hacia el mercado profesional inglés, y aquello trajo sus consecuencias, como inmediatamente veremos.

Por entonces el único campeonato nacional en disputa era el de Copa. O para hablar en puridad, el Campeonato de España, todavía hoy su auténtica denominación. Alzar esa copa equivalía a erigirse en primer club español, a convertirse en referente indiscutido del fútbol hispano, al menos durante un año. Y tanto los directivos como la masa social del Athletic, no estaban dispuestos a dejar pasar semejante oportunidad.

En 1910, meses antes de incorporar a su primer entrenador británico, aquel Athletic tan «amateur» como el resto de los clubes nacionales, dio la campanada. Y eso que el propio Campeonato de España ya resultó harto singular de por sí. Para empezar tuvo 2 campeones distintos: el de la Unión de Clubes y el de la Federación, al estar entonces el balompié dividido entre ambas agrupaciones, en medio de dura pugna por ostentar todo el poder. Pero es que aparte de dos campeones, la competición proporcionaría otros motivos de escándalo cuando el Vasconia de San Sebastián concluyó hincando la rodilla, frente al Athletic Club, en las campas de Ondarreta por un raquítico 0-1. El conjunto bilbaíno, para contrarrestar las incorporaciones donostiarras del anglovasco Goitisolo y los madrileños Pérez, Saura y Prats, había importado a última hora desde Inglaterra a cuatro profesionales: Cameron, Graphan, Burns y Weith. Cuatro hombres sin cuyo concurso el resultado final pudo haber sido otro.

 Al año siguiente, justo entre la salida de Mr. Shepherd y el fichaje de Mr. Barness, el Athletic quiso evitar sorpresas, acudiendo a la fase final del Campeonato bien provisto de extranjeros. Conocido el camino hacia el éxito, ¿por qué despreciarlo?, debieron pensar por Bilbao. Que se presentaran los demás, si querían, con fichajes madrileños, catalanes o levantinos, adquiridos ex profeso. ¿Acaso podían ser mejores que los inventores del fútbol, mucho más preparados que cualquier español en el aspecto físico, al ser profesionales de cuerpo entero?. La nueva afrenta bilbaína resultó insoportable para jugadores y directivos easonenses, máxime considerando que la herida del año anterior continuaba sin cicatrizar. Consecuentemente, abandonaron el campeonato sin disputar un sólo minuto.

Y eso que no todo era limpieza en la Real Sociedad, puesto que también ellos habían hurgado por las islas británicas a la caza de refuerzos, con menos suerte, es verdad, al gozar de un presupuesto inferior. Los bilbaínos, en cambio, bien provistas sus faltriqueras, no sólo hallaron tres jóvenes dispuestos a embarcar (Sloop, Martin y Weith), sino que éstos vinieron acompañados de otros dos meritorios denominados popularmente baracaldeses, a raíz de que un periodista los bautizase como Aguirre y Baracaldo, cuando, aparte de no hablar ni palabra de español, sus apellidos respondían en realidad a Harrison y Rous. El lío resultó mayúsculo. Y para que nada faltase, los nervios a flor de piel se tradujeron en algarada cuando la prensa se hizo eco de una supuesta y nunca bien confirmada agresión al madrileño Méndez, mediante llave inglesa y en el mismísimo hotel donde se hospedaba.

Las discusiones, los plantes, e incluso el órdago al campeonato, se produjeron de inmediato. Las Academias Militares de Artillería, Caballería e Infantería, hartas de tan poca formalidad, retiraron a sus plantillas. El Barcelona también regresó a sus cuarteles, expulsado por alineación indebida de Reñé. Con los catalanes se fue, para no ser menos, la muchachada del Fortuna vigués, añadiéndoseles más tarde la Real Sociedad Gimnástica Española, éstos por no perder el tren a San Sebastián, donde tenían concertado un «bolo». Como su choque frente al Athletic empezara con retraso, acabaron retirándose del campo antes del pitido final. Resumiendo, 8 de los 13 clubes inscritos dieron el portazo. Y como quiera que otros dos -Deportivo de la Coruña e Ingenieros Militares- ni siquiera llegaron a presentarse, cabe asegurar que la Copa de 1911 fue el torneo más complicado y polémico de cuantos se han disputado en España.

Pese a tanta irregularidad, quienes aún seguían en competición trataron de alcanzar un acuerdo salomónico. Puesto que el inglés Weith (también Veiths o Veitch, según qué fuentes) había quedado campeón el año anterior formando con los atléticos, su presencia fue admitida. A los demás se les puso el veto, para que el Español de la ciudad condal, único equipo todavía en competición, se aviniese a jugar el partido definitivo contra los bilbaínos, precisamente en Bilbao. Las campas de Jolaseta y seis mil aficionados fueron testigos del 3-1 favorable a los anfitriones. Triunfo que a punto estuvo de no servir para nada, puesto que la Federación anuló el título en un primer arrebato, desdiciéndose más tarde entre acusaciones de favoritismo y palmaria manifestación de debilidad.

Si alguna lección se extrajo de semejante lío fue que en el futuro en modo alguno podía volver a ocurrir nada parecido. Despropósitos de tal calibre no beneficiaban a nadie: ni al fútbol, ni a la raquítica Federación, ni a la Corona, que al fin y al cabo auspiciaba el Campeonato, ni a la pacífica convivencia ciudadana. Desde diversos ámbitos se pusieron manos a la obra. La Federación, por ejemplo, supo dotarse de poder a partir de 1912, organizándose en Regionales o Territoriales, de las que dependerían todos los clubes oficialmente constituidos. Y en cuanto esa fuerza comenzó a hacerse patente, decidió abordar el vidrioso asunto de los jugadores extranjeros, estableciendo por primera vez normas restrictivas. En adelante sólo se permitiría la alineación de 3 foráneos por equipo y partido en los torneos oficiales, siempre y cuando dichos jugadores pudiesen justificar, como mínimo, 3 años de residencia en nuestro suelo, y además hubieran sido inscritos con medio año de antelación.

Contrariamente a cuanto a veces se ha escrito, ello no supuso la total desaparición de apellidos extranjeros en numerosas alineaciones. Los hermanos Mengotti, suizos de nacionalidad por ser hijos del cónsul, aunque castellanos de corazón y nacidos en Valladolid, vistieron el blanco del Madrid y los colores de «Pucela». Juan y René Petit, franceses de Irún, jugaron en el Madrid y con los aguerridos fronterizos. Otros franceses de nacionalidad, como Labourdette, Barroux, Sotés, Germann, Anatol, Molères, Lasalde o Wehrly, aunque alguno natural en Irún, intervinieron regularmente en el por aquellos años potentísimo cuadro irundarra. Y junto a éstos, en tiempos de amateurismo oficial, varios profesionales encubiertos que muy a duras penas hubieran resistido el más benevolente análisis. Por ejemplo, ¿de qué vivía, sino del fútbol, el guardameta internacional galo Lozes, fichado por el Racing madrileño?. ¿Y el sueco del Athletic de Madrid Carrick Trouve?. Los campeones olímpicos uruguayos Urdirán y Scarone sólo pudieron jugar amistosos con el Barcelona, es bien cierto, al no haber residido en nuestro suelo el mínimo legal. Pero casi paralelamente, el meta húngaro Plattko -el de la oda de Alberti-, también internacional, se enfundaba sin problemas la camiseta azulgrana. Hecha la ley, tardó poco en descubrirse la trampa.

Quede sin embargo para la anécdota, o incluso para la historia, que el Athletic, hoy decidido defensor de lo autóctono, inspiró el primer cierre de fronteras en nuestro fútbol por su afición a espigar entre los «pros» de la Gran Bretaña. Aún habrían de transcurrir unos años hasta que la entidad adoptase su riguroso y nunca escrito código de admisión, obedeciendo, justo es decirlo, más a criterios de ideología política que a lo estrictamente deportivo. Pero esta ya es otra cuestión, sobre la que quizás merezca la pena dirigir algún día nuestra mirada.

De momento quedémonos con que la historia de nuestro fútbol es rica en recovecos, y que probablemente por ello depara abundantes sorpresas.




Carlos Gomes: mucho más que un portero

Para muchos, la temporada 1958-59 representó el arranque del fútbol-espectáculo en nuestro suelo. Ello fue posible gracias a la contratación de un buen puñado de extranjeros, algunos de excepcional valía. Cuando echó a rodar el balón estaban inscritos 65 importados, y aún llegarían varios más durante el transcurso del Campeonato. Los húngaros Kocsis y Czibor (Barcelona), y Puskas (El Real Madrid); los brasileños Joel y Duca (Valencia) o Vavá (At. Madrid); los argentinos Sánchez Lage (Oviedo), Madinabeytia (At. Madrid) y Carranza (Granada); el paraguayo Achúcarro (Sevilla); los portugueses Graça (Sevilla) y Jorge Mendonça (At Madrid, si bien ya había lucido durante unos meses en el Coruña la temporada anterior), pronto se convirtieron en paladines. A ellos cabría unir los Kocsis, Czibor, Villaverde, Kubala, Evaristo, Eulogio Martínez, Hermes González, Braga, Szolnok, Villamide, Santamaría, Di Stéfano, Kopa, Rial, Diéguez, Larraz, Walter o Machado, curtidos ya en campañas precedentes. Incluso a ciertos banquillos llegaban perlas exóticas, como el brasileño Martim Francisco (At. Bilbao). Entonces, como ahora, se tiraba la casa por la ventana, pese a la precariedad económica de una España todavía alejada del «600», con salario mínimo por los suelos, que utilizaba la emigración y el incipiente desarrollo turístico costero como varita mágica equilibradora de su balanza de pagos. 

Pues bien, el más pintoresco de cuantos llegaron aquel remoto 1958, fue un guardameta lusitano alineado con nombre y apellido: Carlos Gomes.

Polémico en los despachos y con biografía de novela, llegó a Granada gracias a la mano tendida por Alejandro Scopelli, para quien era «el mejor arquero ibérico», cuando ya no podía hacer más enemigos en el fútbol portugués. Claro que no se trataba de un vulgar tarambana. Repasando con perspectiva moderna muchos de sus violentos encontronazos, descubrimos no sólo al niño grande mimado por la diosa Fortuna, sino al rebelde vindicativo, al orgulloso y casi indefenso David, frente al Goliat de la esclavitud emboscada bajo el derecho de retención; al contestatario de un régimen que le hería y, sobre todo, a una víctima de sí mismo.

Nacido en enero de 1932, Carlos Antonio do Carmo Costa Gomes empezó a llamar la atención en el Barreirense, sin cumplir los 18 años. La Península Ibérica estaba azotada entonces por vientos molestos. Franco entre nosotros y Salazar en Portugal, se obstinaban en vivir de espaldas a Occidente, apuntalando sus respectivas dictaduras. Mal que bien, al arrancar los años 50 España comenzó a encarrilar su precaria economía, estableciendo una distancia cada vez mayor respecto a los vecinos del Atlántico. Sin libertad ni dinero, sin industria, con muy poca esperanza, la agitación social afloró pronto desde Tuy hasta Faro, reavivándose en Oporto, Coimbra, Setúbal, Évora o Lisboa. El fútbol fue utilizado, muchas veces, para encender la mecha. Bastaba cualquier visita del Sporting, considerado equipo del régimen por la vinculación existente entre sus mandatarios y el cenáculo salazarista, para convertir los gritos de ánimo en oposición política y un gol, cualquier gol, en la quimera de haber derrotado al Estado Novo. La Guardia Republicana acabó tomando al asalto los estadios en alguna ocasión, formando destacamentos junto al rectángulo de juego, con las ametralladoras dirigidas hacia el graderío.

Carlos Gomes, de cuna humilde, detestaba tanto alarde y opresión. Le habían filtrado que ojeadores del Benfica seguían sus actuaciones. Y aunque los benfiquistas no eran ni remotamente la apisonadora en que habrían de convertirse diez años más tarde, comenzó a hacerse ilusiones. Por desgracia se interpuso el Sporting. Un rápido acuerdo entre los lisboetas y directivos del Barreirense sólo le permitió regatear en su favor la prima del traspaso.

En Lisboa alternó instantes de gloria balompédica con rabia contenida y más de una lágrima. Titular indiscutible a los 19 años, campeón de liga en las ediciones 1950-51, 1951-52, 1952-53 y 1953-54, tardó poco en acudir al despacho de su presidente para reclamarle una mejora salarial. Si otros compañeros multiplicaban su nómina hasta por 4, ¿de qué le servía ser idolatrado por la afición?.

Su entrevista con Góias Mota no pudo dejarle un sabor más amargo, según narraría el propio guardameta en su autobiografía titulada «O Jogo da Vida»: «Quieres más dinero, ¿eh?. Pues métete en la cabeza, si es que la tienes, que para tu presidente vas bien servido con 5.000 escudos. O eso o nada. Porque vamos a ver, ¿para qué necesitas tú más dinero?. Para gastarlo en putas y automóviles?». Góias Mota no era el tipo de hombre al que uno deba enfrentarse. Procurador general de la República, defensor a ultranza de la Legión Portuguesa y conocido por aprovechar los descansos para irrumpir en la caseta arbitral empuñando su pistola, cualquier otro hubiera dejado pasar el sofocón. Carlos Gomes, en cambio, se le plantó ante prensa y afición: «No hay dinero -dijo-, pues no hay portero».

Ese carácter rebelde, a veces incluso feroz, le proporcionó serios disgustos. En cierta ocasión, cuando iba conduciendo por Lisboa su flamante descapotable, se encontró con una amiga extranjera. Los coches constituían su perdición. Constantemente saltaba de un modelo vistoso a otro más espectacular todavía. «Para mí no son un signo externo de riqueza -afirmó en alguna entrevista-, sino un recurso de seducción». El caso es que aquella vez funcionó perfectamente el recurso y la amiga solicitó ser conducida hasta las oficinas de la PIDE, donde debía renovar su carné de residente. Estaba aparcando el vehículo en el reservado para funcionarios de rango cuando un guardia le exigió retirarlo, con muy malos modos. «¡Puercos sanguinarios…!», murmuró entre dientes, aunque lo bastante alto para ser entendido. El guardia no se lo pensó dos veces. Detenido y apaleado, Carlos Gomes pasó unas cuantas horas en el calabozo, salvándose de mayor castigo gracias a su condición de mito. 

También se libró de otra buena, hallándose en la Selección Militar. Santos Costa, Ministro de Guerra, interpretó como subversivo un gesto suyo, simplemente descarado. De poco sirvieron las disculpas. Con su fama, cada ademán, palabra o silencio, era observado inquisitorialmente en las catacumbas del salazarismo. Pasó siete días en una cárcel militar y si al final volvió bajo el marco fue para que el Oporto no enredase más las cosas, entorpeciendo la brillante andadura sportinguista.  

El Granada pagó un millón de ptas. por su traspaso y le hizo contrato a razón de 250.000 anuales, primas aparte. Podía tratarse de un destino menor para quien acababa de reverdecer laureles en el campeonato portugués 1957-58 y poco antes fuera pretendido por Real Madrid y Barcelona. Claro que aún así, su ficha triplicaba lo percibido junto al Tajo, y con la mitad de esa ficha podía adquirirse un piso céntrico y coqueto. Su despedida fue elegante, a tenor de lo escrito por periodistas portugueses: «Llevo al Sporting en el corazón y cuando regrese sólo podré defender a este club». El tiempo, ya se sabe, suele marchitar las palabras, aunque hayan quedado escritas.

De Andalucía emigró a Oviedo, para seguir escanciando, junto a tardes soberbias, desplantes marca de la casa. Y como en Portugal continuaba siendo recordado, pues no en vano había defendido en 18 ocasiones el marco de su selección, se asomó con diversas colaboraciones al diario deportivo «A Bola». Su sinceridad tampoco sufrió eclipses entre nosotros, sino que por el contrario rayó a veces en la provocación. Como cuando un periodista quiso saber por qué saltaba al campo vistiendo siempre de negro. «Visto de negro -le respondió- porque el fútbol portugués está de luto. Y seguirá así mientras continué en manos de sus actuales dirigentes».

En 1961 dio por concluida su etapa española. Parecía iba a reintegrarse al Sporting cuando, una vez más, quiso llevar la contraria a todos. Se habló de que había llegado a un acuerdo con el Benfica, pasando previamente por Salgueiros, en pura maniobra de distracción. Especulaciones, cábalas, maledicencias… Lo único demostrable es que para firmar la cartulina sportinguista exigió 25.000 escudos mensuales, exactamente la misma nómina que el mejor pagado del elenco. «Si no hay dinero -repitió como antaño-, tampoco va a haber portero». Y mientras se resolvía el pulso, prestó más atención a sus negocios.

Explotaba con éxito comercial una gasolinera, una lechería y una tienda de fotografía. Cuando necesitó contratar una empleada, insertó el correspondiente anuncio en prensa, sin imaginar que con tan simple decisión estaba desencadenando el peor vendaval de su vida.

La primera en responder al anuncio fue una joven espléndida. Él, Don Juan irredento, no supo resistirse. Salieron juntos, primero a tomar café, luego a dar una vuelta en coche y, cuando anocheció, contemplaron el estuario desde una alcoba con música, dulces y vino. A la mañana siguiente le aguardaba una denuncia por violación. La chica, además, demostró consumadas dotes artísticas, convenciendo a la policía de un intento de suicidio desde el viaducto Duarte Pacheco, al verse deshonrada. De poco sirvieron negativas y juramentos. Según el portero, la relación no había tenido nada de forzada. ¿Cómo iba a serlo, si a buen seguro la muchacha debió ser contratada  por los dirigentes sportinguistas, conchabados una vez más con la propia PIDE?.

A los 29 años, su carrera, su prestigio social, parecía a punto de deshacerse. Durante un tiempo todavía intentó luchar, ofreciéndose al Atlético, club menor portugués. El Sporting puso pocos reparos a la operación, sólo para que el cancerbero comprendiese hasta qué punto habían cambiado las cosas. El público ya no le adoraba. A medida que progresaba judicialmente la investigación, su rostro afable saltó de las páginas deportivas a la sección de sucesos. En la calle descubría miradas nuevas, no admirativas, precisamente. Al fin decidió que no merecía la pena seguir nadando contra corriente. Durante un choque contra el Vitoria Guimaräes fingió lesionarse. «Para no levantar sospechas me concentré con el equipo», recogen sus memorias. «Sabía que mientras durase mi recuperación nadie pensaría mal y podría ganar unos días preciosos. Partí hacia España y desde España alcancé Marruecos, donde jugué en Tánger, irónicamente con el club de la policía».

En Tánger logró más que certificado de residencia, estatuto de refugiado. Allí volvió a sentirse mito otra vez, sobre todo cuando emisarios de la corona intentaron convertirle a la religión musulmana, como paso previo para abrazar la nacionalidad marroquí. No aceptó y en 1963 los buenos oficios del cónsul portugués en Tánger, todo un caballero,  lograron que la Federación Portuguesa le declarase libre de compromiso con el Sporting. Continuó jugando dos años más, se hizo entrenador y como tal pasó por Argelia y Túnez, regresando finalmente a su tierra durante los años 80, cuando la Revolución de Los Claveles ya apenas despertaba ecos en el democrático y europeo Portugal.

Carlos Gomes, guardameta tan olvidado como la veterana gloria del hoy depauperado Real Oviedo, con sus luces y sombras, su modo de entender la vida igual que una apuesta al todo o nada, fue punto y aparte dentro y fuera de los estadios. Probablemente porque su vestimenta negra cubría mucho más que a un futbolista.

 




Límites salariales en el fútbol español

 De cuando en cuando, cada vez más a menudo, el fútbol parece empeñado en despertarnos la conciencia. Bastan las multimillonarias cifras abonadas en concepto de traspasos o filtraciones sobre la percepción anual de alguna estrella, para desatar torrentes críticos. «Con la mitad de lo pagado por Cristiano Ronaldo se hubiese resuelto la viabilidad de muchas empresas», recogió cierto diario de tirada nacional. «¿Dónde está el límite para la locura?», clamaron otras voces. Y no pocas se enzarzaron en debates sobre la conveniencia de establecer topes salariales para el mundo del cuero.

No es intención de este artículo dogmatizar sobre moralidad en épocas de crisis, y menos aún aplaudir o censurar opiniones. Tan sólo pretende recordar que nuestro fútbol ya conoció esos topes, sin que aparentemente acreditaran utilidad.

Sucedió en tiempos mucho más difíciles, sembrados de miedo, hambre y desamparo, a raíz del triunfo franquista en la Guerra Civil. 

Con el general Moscardó convertido en Delegado Nacional de Deportes y presidente del Comité Olímpico Español, fue entregada la poltrona del deporte rey al teniente coronel Troncoso Sagredo, hombre del balompié, pues no en vano había sido directivo antes de la deflagración. El nuevo mandamás, en entrevista publicada por ABC el 24 de mayo de 1939, afirmaba que ya podían ir olvidándose clubes y futbolistas de seguir funcionando con independencia y hasta anarquía, que en adelante debían convertirse en sumisos mecanismos deportivos del Estado. Ese mismo presidente anticipaba caminos en otra declaración a un redactor pamplonés de Cifra, fechada en julio. «Vamos a reformar las estructuras del fútbol español. Naturalmente, no se pagarán esas fabulosas cantidades de antes en concepto de traspaso entre clubes. Habrá buenos sueldos, pero tampoco los de antes. Y no se expedirán licencias a los jugadores, por buenos que sean, si no tienen una profesión y la practican. Así evitaremos sean gentes sin trabajo que sólo vivan del fútbol».

Loables propósitos, cuando quien pasaba por taquilla para ver un partido debía hacer diabluras, en esa ardua aventura que continuaba siendo la simple subsistencia. Pero, ¿cómo llevarlos a cabo?. ¿Existía siquiera la posibilidad de que alguien echase el freno a nuestro fútbol?. Desde hacía quince años, este deporte era estatutariamente profesional. Aún prosperando el pensamiento de Moscardó y Troncoso, ¿qué impedía a un club poner en nómina de cualquier empresa a todos los muchachos de su plantilla, aunque luego no se probaran el buzo ni pisaran oficinas o talleres?. Incluso en los muy denostados países comunistas, el método se había demostrado ineficaz. Sus jugadores acababan en el ejército, libres, eso sí, de guardias y maniobras, saltando sobre el escalafón según acumulasen méritos vistiendo de corto.

Hubo normas, por supuesto, circulares recordándolas y hasta admoniciones conminando a su cumplimiento. Las cosas, sin embargo, quedaron casi como estaban. Machín, jugador del Atlético Aviación que pronto habría de ver modificado su nombre futbolístico -de resonancias poco varoniles según el gusto de ideólogos y censores- por el más contundente de Machorro, confesó recibir 15.000 ptas. en concepto de ficha, 1.200 mensuales y primas de 30 duros. Nando reingresaba en el Barcelona, luego de su exilio mexicano, a cambio de 28.500 ptas. Herrerita y Emilín, cedidos al Barcelona por el inactivo cuadro ovetense, si bien sólo cobraban 700 ptas. mensuales, supusieron un desembolso de 25.000 en concepto de préstamo. Sin salir del Barcelona, Escolá ingresó 36.689 ptas. la temporada 1940-41 por todos los conceptos. El Valencia se hizo con los extremos internacionales Gorostiza y Epi para la temporada 1941-42, a cambio de 100.000 pesetas. En 1943 Juan Arza, bautizado como «El Niño de Oro» en atención a su altísimo costo, se incorporaba al Sevilla tras abonar los hispalenses a sus vecinos de Málaga 280.000 en concepto de traspaso. El leonés César, que regresaba a Barcelona por esa misma época después de su cesión al Granada, ingresaría 73.600 ptas. como emolumento de una campaña. La prima por renovación de ficha supuso a Gonzalvo II un pellizco de 100.000 ptas. en 1944. El ya citado Escolá obtuvo ese mismo año algo más de 100.000, en tanto su compañero Martín rozaba parecida cifra. O sea, a años luz de cualquier salario en la depauperada España posbélica.

Como contrapunto, queden los precios del material deportivo allá por 1940. Las camisetas oscilaban entre 5 y 17 ptas., dependiendo del color, pues las blancas solían ser de fabricación nacional, y por lo tanto más baratas, mientras el resto, provenientes casi siempre de importaciones, se disparaban. Un par de botas oscilaba entre 25 y 50 ptas. Los jerseys de portero solían costar entre 25 y 40 ptas., mientras los balones de reglamento rondaban las 40.

Con el fútbol, con su imparable carestía, no pudieron ni las personalidades franquistas. Su importancia y arraigo quedaba claramente expresado cuando el presidente del F.C. Barcelona -a quien se hizo modificar las barras del escudo para dulcificar tintes catalanistas- propuso un nuevo sistema de comunicación, capaz de trasladar con prontitud los resultados ligueros hasta el frente ruso, donde padecía mil calamidades la División Azul. Sabido es que finalmente los gabinetes del régimen optaron por abrazar las ventajas de tanto fervor al balón. Que hablaran de fútbol los españoles, que discutiesen sobre él, que formaran peñas, siempre y cuando no escondiesen inconfesables propósitos. Todo sería bueno, incluso aconsejable, con tal de adormecer el análisis político y evitar críticas, cuando no discrepancias respecto a Franco y su dudosa legitimidad en el poder.

Conforme llegó a asegurarse entonces, nuestro país ofrecía todas las libertades imaginables. De prensa; puesto que podía adquirirse el ABC (monárquico, aunque de inquebrantable adhesión al caudillo), Ya (episcopal), Montejurra (tradicionalista navarro), Pueblo (del sindicato vertical), o cualquier otro, controlado siempre por la censura. De culto; pues se podía asistir a misa de 9, de 10, de 11,30 o concelebrada de 12,30. Y de afiliación; ya que era posible hacerse socio del Real Madrid, del Barcelona, de la Cultural Leonesa o el Alcoyano.

Los límites salariales rigurosamente establecidos, fueron quedando en el olvido a fuerza de no aplicarse. Ocasionalmente, molestos ante el rumbo económico de no pocos clubes, desde las más altas instancias se dictaban normas, a la postre muy poco eficaces. Temerosos, quizás, de emprenderla con las entidades más potentes, quisieron eliminar de un plumazo el profesionalismo en Tercera División de cara al ejercicio 1954-55. La cuestión tenía poco de broma, puesto que ese escalón constituía el refugio de no pocos caídos desde categorías superiores. Además, si los clubes de bronce no lograban tentar contractualmente a futbolistas de cierto nivel, ¿cómo iban a salir alguna vez del pozo?. Hubo protestas y al final se consintió la presencia en dicha categoría del «amateur compensado». Un coladero, gracias al cual todo continuó como hasta entonces.

Eso por cuanto afectaba al balompié más modesto. Porque en la máxima categoría continuaron vigentes los viejos límites, revisándose al alza para no perder comba respecto al producto interior bruto y la inflación. Los topes salariales seguían constituyendo norma, aunque nadie los aplicase, cuando Gento, hace 49 años, paseaba su sobrenombre de «Galerna del Cantábrico» por toda la geografía de 1ª División. Entonces ningún futbolista podía cobrar legalmente en España más de 150.000 ptas. por temporada, sueldos, premios especiales y dietas aparte. Ciento cincuenta mil si había sido internacional, porque en caso contrario la cifra límite se reducía en 25.000 ptas. Por supuesto, el gran extremo superaba con largueza aquel tope.

El franquismo, en su afán por reglamentarlo todo, había cifrado en centímetros de piel la frontera entre decencia y provocación por playas y piscinas, en matices el salto de juramento sonoro a blasfemia y escándalo público, en segundos o fotogramas de celuloide la distancia entre beso admisible y lascivia. Y si a pesar de todo, los trajes de baño acabaron por confeccionarse con menos tejido, los periódicos dejaron de escarnecer a los blasfemos, para quienes durante un tiempo estuvo reservado el bochorno de verse estigmatizados con nombre y apellidos, y hasta la tijera acabó respetando ósculos cinematográficos, ¿cómo no iba a alcanzar aquella tolerancia al fútbol?. Pero puesto que la norma existía, no faltaban voces dispuestas a recordarla y, de paso, escandalizar un tanto al personal.

Así ocurrió en julio de 1960, cuando Ramón Melcon junior, mediante reportaje de agencia, puso al descubierto los pecadillos económicos en nuestro fútbol.

«Es muy difícil saber a ciencia cierta lo que de verdad cobran los jugadores de fútbol, y mucho menos los denominados ases.» -escribió-. «Sin embargo algo se llega a conocer a fuerza de conversaciones, de rumores, de cotilleos, de declaraciones más o menos sinceras. Hoy voy a ofrecerles lo que por temporada se asegura perciben en España algunos de los denominados fenómenos».

Di Stéfano, según esas cuentas, rondaría los 3 millones y medio anuales. Kubala, pese a haber encarado la curva descendente, no salía por debajo de los 2 millones y medio. El brasileño Evaristo, entonces en el Barcelona y más adelante en el Real Madrid, llegaba al 31 de diciembre con 2 millones raspaditos, más o menos como Puskas, Kocsis y Czibor. Didí, en cambio, por aquello de haber sido mejor jugador en el Mundial de Suecia, alcanzaba los 2 millones y medio, pese a no contar demasiado en el Real Madrid. Tampoco contaba mucho el argentino Rial, y aún así sumaba 2 milloncitos, un poco menos que su compañero Santamaría, para muchos el mejor defensa central con militancia europea. Los brasileños Walter y Joel (Valencia) y Vavá (At. Madrid), alcanzaban el millón y medio, lo mismo que Luis Suárez y tal vez Canario. El mejor pagado de todos los nacidos en España era Gento, con 750.000 de ficha, sueldos mensuales de 15.000 y alrededor de un millón por primas, que sumado a la «calderilla» de la Federación cuando representaba internacionalmente al país, arrojaría un saldo próximo a los 2 millones. Tras él, aunque a mucha distancia, lo más granado del producto patrio se lo repartía así: Zárraga, 1.750.000. Segarra, el millón raspado. Enrique Collar, 900.000. Del Sol, 750.000. Ramallets, Marquitos, Mateos, Campanal, Gensana, Olivella o Peiró, algo menos.

No ha de extrañar, después de lo reflejado, que Melcon junior concluyese su artículo de este modo:

«Brasileños, argentinos, uruguayos, peruanos, chilenos, paraguayos… aquí todos tienen acogida. En este auténtico paraíso dorado, si valen, pueden hacer su fortuna, «su América», como decimos cariñosamente los españoles. Porque el fútbol, ahora, ha cambiado los términos. Para ganar plata actualmente hay que cruzar el charco, pero en sentido contrario. España, Europa, espera con los brazos abiertos».

 Dos millones de ptas. en 1960, también eran una barbaridad. Puesto que ese año puede rayar hoy para muchos con la prehistoria, bueno será situarse en el contexto.

Todavía se hablaba del maquis en 1960. Sobre todo cuando en enero cayó abatido Quico Sabater por disparos de la Guardia Civil, cerca de San Celoní. Quico era un guerrillero antifranquista, uno de los últimos en darse por aludido con el parte de guerra fechado en Burgos 24 años antes: «cautivo y desarmado el ejército rojo…» También durante 1960 Barcelona inauguraría el primer dispensario español de medicina preventiva, Franco publicaba en «Arriba», bajo el seudónimo de Jakim Boor, un artículo sobre «masonería y descristianización», los obispos hacían una declaración colectiva apoyando a los obreros, «porque tienen remuneraciones a todas luces insuficientes», John F. Kennedy ganaba las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el ayuntamiento de Pamplona cedía 150.000 metros cuadrados para la construcción de la Universidad del Opus Dei, Fabiola de Mora y Aragón se convertía en reina de Bélgica al casarse con Balduino, fallecía Clark Gable, uno de los grandes seductores en la pantalla, y según un estudio estadístico fechado el 30 de diciembre, el parque nacional de vehículos constaba de 290.519 automóviles, 554.894 motocicletas, 147.365 camiones y 11.992 autobuses. Dicho de otra manera, ni 300.000 coches para 30 millones y medio de españoles.

En 1960 la tasa  oficial de analfabetismo se situaba en el 10,35%. Pero ojo, no todos eran ancianos. Había un 6,7% de analfabetos con edades comprendidas entre 20 y 24 años. Aún no había sido proclamado rey de Marruecos Hassan II, no se había suicidado Hemingway ni construido el Muro de Berlín, y faltaban varios meses para que los obreros de Altos Hornos iniciaran una huelga en Sagunto, reclamando 100 pesetas diarias como salario mínimo.

Unos años antes, durante la temporada 1956-57, nuestro fútbol contribuyó a reventar los límites salariales establecidos en el país que lo inventara. Sucedió cuando el Athletic bilbaíno, todavía Atlético por imperativo legal, se midió al Manchester United en Cuartos de Final durante su primera comparecencia en la Copa de Europa, la misma edición, por cierto en que San Mamés habría de cobijar una eliminatoria frente al gran Honved de Puskas, previa a las fugas y deserciones que tanto lo debilitaron. Cuando los componentes del equipo británico tuvieron constancia de la prima rojiblanca por pasar aquella eliminatoria, una enormidad comparada con su incentivo, protestaron ante entrenador y directivos y, ya en Inglaterra, ante la propia Federación, exigiendo el derribo de una limitación económica sin mucho sentido. Para moverse por Europa, argumentaron, o engrasaban la maquinaria como sus contrarios, o desistían en el empeño.  

¿Era o no un disparate la prima del Athletic?. ¿Y los 2 millones de Gento, cuando obreros siderúrgicos pedían 40.000 ptas. para vivir durante 12 meses?. Con 2 millones podían comprarse 8 señores pisos en el centro de Madrid o Barcelona. Y nadie, absolutamente nadie, dirigió una nota a Santiago Bernabeu recordándole que su estrella nacional sólo debía cobrar 150.000 ptas., más un salario normalito y primas de andar por casa. La competitividad del fútbol, disfrazada muchas veces de rencorosa rivalidad, las viejas leyes de oferta y demanda, habían derrotado al reglamentismo autárquico. ¿Cabe pensar que hoy funcionaría cuanto ya fracasó antaño?. Ahora, precisamente, sin existencia de cortapisas al flujo internacional de capitales, cuando tras la ley Bosman cayó todo tipo de barrera importadora y el ámbito de cualquier competición trasciende a las fronteras nacionales.

«Fútbol es fútbol», enfatizó Miljan Miljanic, queriendo expresar, suponemos, que aún no ha nacido el ser capaz de domeñar sus leyes, mezcla de fuerza, técnica, fortuna, dinero, pasión y sentimiento. También suele afirmarse que con respecto al fútbol está todo inventado. La limitación salarial, al menos, no constituiría novedad, por más que algunos crean haber descubierto la piedra filosofal cuando la invocan.

¿Merecería la pena otro intento?. Quién sabe, Después de todo pudieron errar los augures al afirmar que toda equivocación del pasado está condenada a repetirse.

 




Futbolistas y quinielas

 Equivocadamente suele otorgarse al informador deportivo italiano Massimo Della Pergola el honor de haber inventado la quiniela futbolística. Según hagiógrafos transalpinos, durante la Guerra Mundial se hallaba internado en un campo de trabajo suizo y, para sobrellevar el cautiverio, se acostumbró a buscar evasión imaginando cómo sería el mundo tras concluir la contienda. Advirtió que ese universo estaría lleno de campos de fútbol destruidos y que, en consecuencia, para su reconstrucción iba a hacer falta un dinero con que ninguna institución pública o privada contaba. Relanzar los Campeonatos observando una mínima dignidad requeriría la contribución directa de los propios aficionados, salvo gran milagro. Pero, ¿cómo lograr esa imprescindible colaboración?. ¿Estableciendo un canon sobre el precio de las entradas?. ¿Penalizando de algún modo los traspasos futbolísticos?. Después de meditarlo mucho ideó la quiniela, y no sin superar bastantes dificultades acabaría recibiendo autorización para montar una pequeña sociedad, embrión primitivo del «Totocalcio», más tarde nacionalizado y exportado a un puñado de países, aunque con diversas variantes.

Massimo Della Pergola fue, sin duda, el impulsor de las quinielas italianas. Sin embargo no inventó nada. Lo más probable es que, dada la tendencia humana a apostar y siendo el fútbol un deporte con tanto arraigo social, la quiniela deportiva naciera en mil focos distintos y de forma por demás natural.

Pero no es intención de este artículo glosar el origen, desarrollo y arraigo de la quiniela en nuestro suelo. Una historia, por cierto, merecedora de atención, puesto que en modo alguno nació durante la campaña 1946-47, conforme desde el Patronato se viene apuntando erróneamente. Hoy nos ceñiremos a la anécdota. Porque, siendo la gente del fútbol, y los futbolistas muy en particular, artífices de tanto sueño colmado, habiendo hecho millonarios a miles de felices mortales, quizás tenga algún interés repasar hasta qué punto varios hombres del balón salieron beneficiados con el invento. Dicho de otro modo, hurguemos en la buena suerte de quienes a su condición de futbolistas unieron la de agraciados.    

Durante la temporada 1941-42, antes de constituirse el Patronato de Apuestas Mutuas, el cancerbero de la Cultural de Durango Luis Idígoras sacó adelante un pleno en cierta quiniela muy popular en el ámbito vizcaíno. Como sucedería con las que inauguraron la andadura del Patronato estatal, se traba de adivinar resultados exactos. Y él acertó el suyo, el de la Cultural, aún a costa de encajar arteramente un gol. No fue mucho su botín. Tan sólo 400 ptas. Pero en aquella época cargada de privaciones, cuatro billetes de a cien llovidos del cielo no solía verlos ni en sueños un jugador tan modesto.

La primera quiniela auspiciada por el Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo-benéficas correspondió al 22 de setiembre de 1946, registrándose 38.530 apuestas de a 2 pesetas, totalizando una recaudación de 77.060. De ellas, sólo 34.677 iban destinadas a premios. Aún no se había «inventado» en 1, X, 2, sino que de cada pronóstico diferían puntos, en tanto se hubiera vaticinado el resultado exacto, aproximaciones al mismo, o como mínimo el empate o triunfo con que los choques hubiesen concluido. En cierto modo, verificar su boleto representaba para cada apostante un  problema logarítmico.

Pues bien, el primer futbolista en resultar contundentemente agraciado no debió esperar mucho. Francisco Méndez, delantero del Sporting de Gijón, obtuvo en octubre de 1947 los premios regional y nacional de la 2ª jornada, con un boleto de 153 puntos. A sus 23 años se embolsaba una bonita cifra, cuando el fútbol distaba de convertir en millonarios a sus más señeros practicantes. Pero lo que son las cosas, aquel premio pareció mermarle la ambición goleadora. Y es que si durante el ejercicio anterior había totalizado 18 goles en 23 partidos, ese campeonato sólo cantó 5 en 17 encuentros, y 4 en el siguiente, ya con los gijoneses en 2ª División, distribuidos entre las 10 jornadas que saltó al césped. Tan pobres registros no le granjearon la renovación con el equipo asturiano. Al decir de algunos cronistas, el otrora castigo de los guardametas tenía la mente en otras cosas.

El siguiente afortunado, al menos el siguiente en no ocultarlo, fue Isidro Caballero Merino, un desconocido para el mundo del fútbol grande, aunque piedra angular del modesto Club Deportivo Don Benito. 

Natural de esa localidad pacense, vistió por primera vez su camiseta durante la temporada 1931-32, cuando el club se denominada Deportivo Balompié, y colgó las botas al término del ejercicio 1948-49, luego de que el club llevara 9 años ostentando el nombre del pueblo. Para entonces ejercía como jugador-entrenador, y ya sin corretear por el césped los domingos continuó impartiendo órdenes y dirigiendo entrenamientos desde 1949 hasta 1951, en categoría Regional, y entre 1953 y 1966 en 3ª, con esporádicos retornos posteriores y saltos de la directiva a la secretaría técnica. Puestos a simplificar, Isidro Caballero se convirtió en cimiento, fachada, mástil e incluso bandera del club, junto a su hermano José, presidente casi perpetuo. Este hombre digno de mil homenajes resultó agraciado con un boleto de 13 aciertos, el número 245.855, la temporada 1953-54. Aunque en realidad, según quiso dejar constancia, no saliera de su mano aquel triunfo (por entonces ya mediante el 1, X, 2), sino de la de su esposa.

Años más tarde, Manuel Batalla, eficaz defensa central en el correoso Pontevedra del «¡Hai que roelo!», acertó un pleno el 3 de noviembre de 1968. Tarraconense de Amposta, había jugado en el equipo de su localidad natal, para pasar al Artiguense, Club Deportivo Orense, a la sazón en 2ª, y Pontevedra, justo para el debut granate en la máxima categoría. Desde 1963 hasta 1970, su regularidad y dominio del juego aéreo le otorgaron en propiedad la camiseta número 5 y el fervor del Pasarón. Aquel once se recitaba de memoria: Cobo; Irulegui, Batalla, Cholo; Calleja, Vallejo; Fuertes, Martín Esperanza, Roldán II, Neme y Odriozola. Para eventuales relevos, el cancerbero Celdrán, Azcueta, el incombustible Norat, Ceresuela, José Jorge o Plaza. Una agrupación de obreros tan justitos de ficha como sobrados de ambición, pues a la chita callando y con Juanito Ochoa en el banquillo, se convirtieron en matagigantes. Batalla, dicho queda, resolvió un pleno que habría de reportarle casi 2 millones de ptas., cuando los sueldos de los oficinistas rondaban las 7.000 mensuales, pagas aparte. Y el acontecimiento tuvo su historia.

Los pontevedreses disputaban ante las cámaras de televisión el último choque de la 7ª jornada. Batalla, con 13 aciertos en su quiniela, tenía previsto empatar frente a un equipo maño huérfano de Santamaría, Reija, Villa y Marcelino. Pero como el fútbol acostumbra a mortificarnos con sus caprichosas piruetas, a falta de 5 minutos para la conclusión y pese al dominio local, los suyos ganaban 0-2, merced a tantos de Roldán II y Neme, éste de penalti. El elenco aragonés, con dos negativos en su cuenta desde el arranque liguero y habiendo cosechado un duro varapalo la semana anterior frente al Barcelona (4-0), se volcó sobre el marco adversario. Aunque en este deporte no suelen darse los milagros, aquella noche tuvo lugar uno. Santos y Borrás no sólo pusieron la igualada en el tanteador, sino que en el último instante una prodigiosa parada de Cobo evitó lo que hubiera sido gol del triunfo blanco. Para los fotógrafos quedó el abrazo del buen meta vizcaíno trasplantado a pie de ría, y su defensa central. Justificadísimo abrazo, porque dos millones representaban para Batalla lo que cuatro años de contrato y primas entre la elite. Al catalán se le acercaban los 31 años y a esa edad su fútbol físico pretendía abandonarle.

Otro futbolista agraciado fue Vicente Pascual, conocido por Pahuet en Castellón, Tortosa, Osasuna, Málaga, Sevilla, Elche, y de nuevo Castellón. 

Tras 18 temporadas de corto entre 1ª, 2ª y 3ª división, Pahuet había puesto fin a su carrera en 1964. Las peñas quinielísticas gozaban por esa época de tanto prestigio como tirón popular, asegurándose, no sin cierta base, que constituían el mejor sistema para obtener dividendos cuando los resultados fluctuaban dentro de una horquilla regularmente lógica. Pahuet podía tener carencias en su formación intelectual, aunque si de algo sabía era de fútbol. Así que acabó montando la Peña Quipauca. Aparte de varias aproximaciones de menor cuantía, esa agrupación obtendría un pleno de 9 millones cuando mediaban los años 70.

El defensa Jaime Sabaté (Badalona, Lérida, Español, Olot, San Andrés, Mallorca, Betis y de nuevo Badalona), poco exquisito sobre el césped, parecía saber bastante sobre los entresijos del deporte a cuya vera supo ganarse la vida. Al menos eso cabe deducir de su colaboración quienielística con el cántabro López, compañero de vestuario y amigo en la calle. Ambos constituyeron una especie de sociedad para la apuesta durante el ejercicio 1975-76, el tercero de militancia en la entidad verdiblanca. Aquella colaboración rindió al ciento por uno, pues aparte de otros premios menores, en la jornada del 3 de abril de 1977 lograron un pleno de 14 aciertos, cuatro de 13 y varias columnas de 12, superando por el conjunto las 800.000 ptas. Desde luego no eran los dos millones de Batalla, pero menos daba una piedra. Y como la suerte suele ser cuestión de rachas, apenas dos meses más tarde ambos se proclamaban campeones de Copa frente al Athletic de Bilbao, tras lanzamientos desde el punto de penalti con fallo decisivo del vizcaíno Daniel Ruiz Bazán, «Dani». Precisamente el especialista, el hombre que casi nunca fallaba.

Ya en 1994, el brasileño Marlon Brandao, recién fichado por el Valladolid desde el Boavista portugués, proporcionó una buena noticia a varios compañeros de vestuario. Encargado de rellenar la quiniela correspondiente a la jornada 29, obtuvo un pleno al 15, otro acierto de 14, 8 de 13, 28 de 12 y 56 de 11. En total 29 millones de pesetas largos, a repartir entre 8 jugadores, el masajista, el utillero y el fisioterapeuta de la entidad. ¿Importaba mucho que su rendimiento deportivo no hubiera sido bueno?. A la directiva puede, pero no, desde luego, a sus compañeros de peña. Marlon desanduvo el camino al concluir la campaña, a punto de cumplir 31 años y con un puñado de dinero imprevisto. Aunque no llegara a estrenarse como goleador, nuestro fútbol no le trató nada mal.

Todavía al despuntar el siglo XXI, varios ex futbolistas (Alkorta o Ziganda, por ejemplo) volvieron a arañar otro gran premio en su condición de asociados a cierta peña de gran prestigio. Tan positivas solían ser sus cuentas campaña tras campaña -pura ley matemática, considerando el enorme volumen apostado- que integrarse en ella requería aguardar paciente turno en su amplia lista de espera, además de entregar en torno al millón de ptas. cada mes de agosto.

El caso más llamativo de simbiosis entre deportista y quinielas lo proporcionaría, sin embargo, cierto árbitro de 1ª. Al arrancar los años 80 y jugando semanalmente fuertes cantidades, su media de aproximaciones fue tan alta como para asegurarse beneficios muy superiores al millón, cada temporada. Lo más sorprendente, en su caso, derivaba del método apostador. No tenía en cuenta, como tantos otros, el momento anímico y deportivo de cada club, sus lesionados, las declaraciones entre semana o rumores sobre primas a terceros. Al menos no sólo analizaba tales conceptos. En su decisión final contaba, y mucho, la identidad del trencilla asignado para dirigir los choques. Colegiado casero aquí, pues un 1. Halcón hambriento de notoriedad en este otro lado, pues X o 2. Que tal compañero las tuviera tiesas con determinado entrenador y le tocase dirigir a su equipo, pues victoria del adversario. Así, aunque no predijese la genialidad puntual ni evitara el factor sorpresa, cuando menos amarraba lo obvio, que a lo largo del año acostumbra a repetirse bastante.

Los malpensados no dejaron de especular. ¿Un árbitro quinielista?. Ya podía. Aún estaba fresco el mayor escándalo del arbitraje español, cicatrizado en falso con varias inhabilitaciones. Había tenido lugar durante 1976 y, con pruebas concluyentes o sin ellas, pagaron las consecuencias Antonio Camacho y Antonio Rigo, ambos de 1ª División, y los de 2ª Pérez Quintas, Pascual Tejerina y Olasagasti. Los sobornos a que se avinieron nada tenían que ver con mafias pronosticadoras, sino con la necesidad de varios equipos implicados en puestos cabeceros o de descenso. Sus secuelas, sin embargo, se hicieron sentir durante algún tiempo. En el pleno federativo de aquel año no faltaron presidentes dispuestos a seguir tirando de la manta, cayera quien cayese. Y menos mal que Eguidazu, mandatario del Athletic, acertó a entonar una nota de cordura entre la cacofonía del hotel Meliá Madrid, al afirmar sin tapujos: «Señores, cuando hay alguien que se vende siempre hay alguien que compra». Los propios árbitros, por su parte, muy divididos, pues no en vano el principal acusador de Camacho había sido su compañero Medina Iglesias, acabaron formando una piña en torno a su presidente Plaza, como caravana de colonos ante el ataque sioux o apache, durante la conquista del Oeste.

Habrá sin duda más hombres con camiseta de colores y pantalón corto, beneficiarios de las quinielas. Tiene que haberlos. No porque al ver las cosas desde dentro se cuente con alguna ventaja, sino por simple ley de probabilidades. También los hubo agraciados en la lotería convencional. A Satrústegui, delantero centro de la Real Sociedad de San Sebastián y la selección nacional, le correspondió un pellizco navideño al llevar participación de la cantina, en el cuartel, cuando cumplía su servicio militar. Y muchos años antes, allá por los años 40, el también delantero Carlos Basabe (Cultural de Durango, Gimnástica Burgalesa, Atlético de Madrid, Real Sociedad, Oviedo y Levante, además de campeón militar en 100 metros lisos), obtuvo 20.000 ptas. del décimo adquirido en Barcelona durante su desplazamiento para enfrentarse al Júpiter, en tanto a su compañero Lorenzo Carro, más apostador, le correspondía justo el doble. Quien estaba reñidísimo con la suerte fue otro compañero de la Gimnástica Burgalesa, pues aunque adquirió su participación en el mismo despacho exigió otro número, porque Basabe y Carro arrastraban, al parecer, fama de gafes. Sirva como referencia que en 1946 un empleado de banca no superaba las 1.500 mensuales, añadidos todos los pluses, puntos y antigüedad imaginable.

Digresiones aparte, rememorando la suerte de este puñadito de futbolistas, cabría hablar, no sin sentido, de una bien entendida justicia distributiva. Al fin y al cabo, parece poco razonable que los protagonistas de tan multimillonario tinglado hubiesen pasado entre tramoyas arañando tan sólo el aplauso.

 

 

 




Cuando manda el enemigo

 El fútbol tiene historias de todos los colores. Un vistazo a los presidentes de clubes bastaría para descubrir múltiples variedades. Sin esforzarnos mucho, hallaríamos desprendidos y manirrotos, populistas y por demás consecuentes, discretos y megalómanos, ineficientes y capaces de izar sus banderas a los mástiles más altos, advenedizos y devotos con pedigrí, profesionales prestigiosos, industriales en pleno éxito y trileros del ladrillo, equilibristas y gente con los pies en el suelo, de talante templado y capaces de saltar al campo buscando al árbitro, cuando no de llegar directamente a las manos. Cien años largos de Historia, dan para casi todo.

Pero, ¿cabe imaginarse algún club presidido no ya por el adversario, sino por el mismísimo enemigo?. Un seguidor acérrimo del Real Madrid dirigiendo a los «colchoneros», por ejemplo. O un forofo del Barcelona sentado en la poltrona del Español. Y no digamos un prohombre del Sevilla haciendo y deshaciendo en el Betis. Disparatado, ¿verdad?. ¿Quién toleraría tamaña insensatez?. Pues eso ocurrió en Palma de Mallorca, hace casi 60 años.

Desde 1942, el fútbol palmesano dividió mayoritariamente sus simpatías entre dos entidades: Mallorca y Atlético Baleares. El Mallorca, nacido en 1916 como Alfonso XIII y Real sólo desde 1950, en recuerdo de sus orígenes, no fue durante casi dos décadas mucho más que el Atlético Baleares. Éste había surgido en 1942, como consecuencia de la fusión entre dos modestos con clara significación obrera: el Atlético, fundado en 1922, y el Baleares, proveniente a su vez del Mallorca F. C. -nada que ver con el actual primer divisionista- y el Mecánico. Atlético Baleares y Mallorca competieron durante algún tiempo casi de igual a igual por los buenos jugadores insulares, se enfrentaron en la misma categoría e hicieron parecidos juegos malabares para cuadrar balances. Obligados a convivir, más de una vez se cedían las respectivas instalaciones, y hasta algunos jugadores. Pero por debajo de las apariencias latía una competencia feroz, avinagrada cada vez que a los débiles baleáricos parecía irles mejor que a los no mucho más poderosos mallorquinistas.

Así las cosas, antes de iniciarse la temporada 1950-51 llegó al Atlético Baleares, para presidirlo, Antonio Castelló Salas, reconocido seguidor del Mallorca. Y ello no mediando elección popular, que los tiempos estaban para pocas bromas democráticas, sino por designación directa del gobernador.

Desde hacía algún tiempo, llovía sobre mojado. El gobernador civil, José Manuel Pardo Suárez, se había permitido sugerir la conveniencia de una fusión entre ambas entidades. Hasta se barajaron nombres para la hipotética nueva sociedad. ¿Mallorca Atlético?. ¿Atlético Mallorca?. Quedó claro en seguida que la nueva denominación debería iniciarse por el nombre de la isla. Y para los prohombres de la política, Mallorca era un término lo bastante sonoro como para no precisar de añadidos. En esas condiciones, el pretendido acercamiento se agostó sin haber granado. Poco tiempo después, con el Mallorca en los últimos puestos de la 2ª División y el Atlético jugándose poco en 3ª, la directiva bermellona solicitó a la blanquazul les fuese cedido el delantero Alorda. Ya antes se habían dado situaciones similares. El también artillero Juan Albella reforzó altruistamente al adversario la temporada 1942-43, ante otra situación crítica. Pero ahora la respuesta fue negativa, y el Mallorca pidió ayuda al gobernador, desde cuyo despacho emanaron todo tipo de presiones. La prensa, claro está, omitió ese capítulo. ¿Cómo iba a hacerse eco, si el diario «Baleares», el de mayor circulación, pertenecía al Movimiento?. Fueron los protagonistas implicados, muchos años después, quienes colocaron el acento en su lugar preciso gracias al ex director de «As» Miguel Vidal, en su reportaje titulado Leyendas mallorquinas.

Alorda acabó en el Mallorca la temporada 1949-50, como no podía ser de otro modo. Un gobernador pesaba mucho por esos años, para permitirse tenerlo en contra. Pero aún así, el Sr. Pardo Suárez debió pensar que ganaría mucho con alguien más dócil rigiendo los destinos del Atlético. Y ahí entró en escena Antonio Castelló Salas, pese a que el cargo parecía hecho a medida de otro candidato.

Castelló no pudo ser más sincero al responder a Joaquín Caldentey, entrevistador del diario «Baleares», ni en sus declaraciones a la revista «Cort». Preguntado sobre si era seguidor del Mallorca, afirmó: «Siempre. Treinta años en el club y además con entusiasmo». Su nuevo paso no se le antojaba un cambio de chaqueta. «No hay tal cambio. Pretendo conseguir una verdadera inteligencia entre ambos clubes». Respecto a sus ilusiones de partida, afirmaba querer ver al Mallorca en 1ª División y al Atlético en 2ª. Pero eso sí, su remate  en diciembre de 1950 no dejaba lugar para la duda: «Soy tan mallorquinista como antes y si el Atlético Baleares asciende, dejaré la presidencia para no enfrentarme a mi viejo club». Y por si los socios y simpatizantes baleáricos no tuviesen suficientes motivos de enojo, aún pudieron leer: «Me llena de orgullo saber que el Gobernador Civil, ejemplo de deportividad y auténtico propulsor y protector de todos los deportes, ha visto con buenos ojos este objetivo de tender hacia una inteligencia con el Mallorca». Resumiendo, mandaba el enemigo.

Pero lo que son las cosas, Antonio Castelló habría de revelarse como un magnífico presidente, situando al Atlético en la división de plata por primera vez.

Con el antiguo árbitro y entrenador Juan Obiols, más tarde representante de futbolistas y organizador de torneos veraniegos, ocupándose de la secretaría técnica, y Gaspar Rubio, el otrora «Rey del Astrágalo» en el banquillo, los albiazules se proclamaron campeones de grupo, golearon en la liguilla de ascenso (5-1 al Alicante, 9-0 al Guadalajara, 8-0 al Cacereño y 3-2 al Betis, por ejemplo), y festejaron por todo lo alto un sueño. Pese a su inicial propósito, Castelló no dimitió. La temporada 1951-52 habría de enfrentarse al Mallorca, su club del alma, en la misma categoría. Los choques se resolvieron con sendas victorias mallorquinistas por 2-0 y la temporada regular concluyó con el Mallorca en 6ª posición, lejos del ascenso, y el Atlético Baleares en 10ª, sobre un total de 16 equipos.

Aquella campaña, sin embargo, fue por demás extraña para Castelló y la entidad que presidía. El 4 de diciembre, durante la disputa del At. Baleares-Alcoyano, se lió la marimorena. Con 2-0 a favor del conjunto balear, el árbitro, Sr. Saz, sancionó un penalti muy dudoso en el área local. Poco después, los insulares Álvarez y Miguelín fueron derribados clamorosamente ante el marco alcoyano, sin que el trencilla se diese por enterado. Cuando el Alcoyano obtuvo el empate tras haber hecho falta al guardameta Calpe, ardió Troya. El delantero Jaime Brondo, hombre de genio vivo, arrolló al árbitro con los puños por delante, hasta hacerle besar el césped. Expulsado, como es lógico, la ducha no pareció enfriarle, puesto que según el diario «Baleares» «Acabado el partido y vestidos los jugadores en ropa de calle, Brondo intentó agredirle». La crónica no reflejaba, quizás porque su autor era hermano del pretendido agresor, que Jaime Brondo se había pertrechado en los vestuarios con un martillo, y que visto el cariz de los acontecimientos, el árbitro optó por refugiarse en la caseta. Al ir aumentando el número de congregados, temiéndose algo muy serio, el directivo Ramón Dot apeló al ingenio. Obtuvo un traje de mujer, vistieron con él al de negro y lo introdujeron en un coche. El Comité de Competición habría de recetar a Brondo un año de suspensión, al tiempo que felicitaba a la directiva «por su decidida y adecuada actuación en el partido del pasado domingo».

Como ciertas cosas marcan a cualquier equipo, pocas semanas después Miguelín, futbolista fuerte y corajudo, tenía la desgracia de partir la pierna al cordobés Rafa en una jugada fortuita. El Comité de Competición, inflexible, descalificó al balear por 4 meses, periodo estimado para la recuperación del lesionado.

Allí no acabaron las zozobras del Atlético. Terminada la liga regular, hubo de disputarse un torneo de permanencia entre los clasificados en el puesto 8º, 9º y 10º de ambos grupos. La Federación había pensado reducir los dos de 2ª a uno sólo, con la consiguiente merma de efectivos. Fue una sangría económica para todos, por lo costoso de aquellos desplazamientos, aunque especialmente para el Atlético Baleares, al estar más aislado. Los baleáricos compitieron en ida y vuelta con Alavés, Caudal de Mieres y Gimnástica de Torrelavega, norteños, y Córdoba y Melilla del Sur. Kilómetros y kilómetros de barco, tren y autobús; horas de mala carretera, demasiadas noches de hotel y fonda. Todo para que finalmente la Federación se volviese atrás, no descendiese nadie y la 2ª División se siguiera jugando en dos grupos. Un auténtico alarde de imprevisión, falta de respeto a los competidores y gusto por el trabajo mal hecho. Bendito presente, si lo comparamos con el pasado, por mucho que ciertas cuestiones continúen prendiéndose con alfileres.

Digresiones aparte, puede que tanta improvisación, los infaustos acontecimientos descritos o el déficit acumulado durante el torneo de permanencia, cifrado en 200.000 ptas. de entonces, acabaron desencantando al señor Antonio Castelló, puesto que habría de dimitir irrevocablemente.

Salió por la puerta grande, eso sí. Sin haber fusionado a los dos clubes señeros de la capital palmesana y dejando en 2ª al Atlético. Los socios del Atlético Baleares olvidaron muy pronto que durante casi dos años tuvieron al enemigo en casa. Y es que conforme asegura el saber popular, vistas ciertas amistades, mejor está uno entre enemigos.

 

José Ignacio Corcuera

Con profundo agradecimiento a Antoni Salas Fuster, historiador emérito del At. Baleares.

       




Testigos de un gran fracaso (españoles en el fútbol de EEUU)

Destripado el primer intento serio de inocular el fútbol en la vida de los Estados Unidos, mediados los años 70 del siglo XX, un nuevo puñado de empresarios volvió a la carga. Parecía imposible que un deporte tan universal, dueño y señor de Europa, África, Centro y Sudamérica, y con creciente expansión por el Golfo Pérsico, Asia y Oceanía, no hubiese podido arraigar entre Boston por el Noreste y San Diego por el Sudoeste, Miami en el Caribe y la bahía de Seattle en el Pacífico. Si los Estados Unidos tuviesen la renta per cápita de Mongolia, la densidad poblacional de Nepal o la absoluta de Tonga, Nauru y Vanuatu, todavía. Pero es que además de ser el imperio de occidente, su fábrica de moneda acuñaba la divisa universal y su celuloide en tecnicolor contagiaba gustos y costumbres por todo el orbe. Ni la FIFA podía contemplar impertérrita semejante decepción, ni los emprendedores yanquis resignarse a la pérdida de una explotación tan suculenta. Resumiendo: lo intentaron a lo grande esta vez, llenando de estrellas su firmamento balompédico tan pronto resucitaron la mortecina «North American Soccer League» y su filial M. S. L..

Para empezar, tomaron New York como punto de referencia ¿Acaso no era la Gran Manzana capital económica del Universo?. ¿Había algo más representativo de los Estados Unidos que el Empire State, la Estatua de la Libertad o sus taxis amarillos?. Pues su equipo bandera debía hallarse también en lugar tan mítico. Y puestos a hacerlo todo en grande, eligieron un nombre con vocación algo más que terráquea: Cosmos. New York Cosmos, fundado en 1971 y enterrado por asfixia económica en 1984.

Su primera gran estrella fue «O Rey» Pelé. Un Pelé ya retirado en el Santos, su club de toda la vida. Pero al mismo tiempo una figura tetracampeona, reconocible hasta para quienes el «soccer» no dejaba de ser una práctica hueca, avara a tenor de sus marcadores, tan exótica como molesta.

Nadie sabía muy bien cómo y a qué fútbol jugaban los norteamericanos, pero todo el mundo tuvo noticias del Cosmos. Y no sólo por los numerosos partidos amistosos que fue disputando, como nuevo Harlem Globetrotters, sino porque las publicaciones de todos los continentes le concedieron abundante atención. A España, además, llegaron sus ecos muy de primera mano, puesto que el Cosmos contó con un compatriota.      

  Luis Mª De la Fuente (Castellón, Pontevedra, Real Madrid y Santander), había aparecido por New York sin intención de jugar al fútbol. Tenía, o eso pensaba él, un buen proyecto empresarial respaldado por cierta agencia de viajes. Tan pronto se vio entre rascacielos, la iniciativa naufragó sin apenas salir de puerto, y el lateral tuvo que emplearse como agente de viajes. El resto fue pura casualidad, pues cuando el vicepresidente de la compañía, amigo, a su vez, del mentor técnico en el todopoderoso Cosmos, comentó que tenía a su cargo un antiguo futbolista español, recibió la correspondiente convocatoria para pasar unas pruebas. Gustó y acabó fichando.

Corrían tiempos de abundancia económica, pese a tiznarse el horizonte con los nubarrones de una primera crisis petrolífera. En el Cosmos, sin embargo, parecían sobrar los dólares, luego de rescatar con una suculenta oferta al brasileño Pelé y abrir la puerta de su vestuario a los uruguayos Masnik y Julio Correa, al peruano Mifflin o los israelíes Shpiegler y David Primo, entre otros. La realidad, empero, resultaba diametralmente distinta para futbolistas de bronce, como De la Fuente. Con los estadios medio vacíos y el presupuesto absorbido por dos o tres ganchos de renombre mundial, no quedaban para los demás sino unos pocos billetes, de los que la tercera parte acababa en manos del fisco. De la Fuente jugó una temporada (21 partidos de liga, con un gol cantado), cuyo título acabaría en las vitrinas del Tampa Bay. A su conclusión, con 28 años, regresó a España sin ánimo para seguir dándole al balón. «El Cosmos parece una cosa desde fuera y por dentro es otra», concretó a su llegada. «Éramos 6 latinos y no iban a renovarnos a ninguno. No les gustan los jugadores que esconden la pelota. Sólo quieren corretones, fútbol de patadón y carrera larga, a lo británico. La verdad es que allí no veo sitio para este deporte. No en New York, al menos. Les gustan los espectáculos duros, casi violentos. Por eso han montado el Indor-Soccer, que juegan en pistas de hockey donde el balón nunca sale fuera y no existe tregua, arreándose hasta la exageración».

Cuando el bravo De la Fuente hizo esas declaraciones, brotaba la primavera de 1976. Tan sólo 2 años más tarde, con Pelé retirado, la media de espectadores estaba estancada y los dirigentes de la NASL barajaban la posibilidad de un fracaso si no obraba como revulsivo un nuevo puñado de estrellas. Así que tentaron a Johan Cruyff para enfundarse la camiseta del Cosmos (sólo jugó un partido de exhibición), junto a su compañero en el Barcelona y la selección holandesa Johan Neeskens, Carlos Alberto (Santos y la selección brasileña), Morais (brasileño), Bocijevic (yugoslavo con excelente palmarés en el Estrella Roja) o Chinaglia (goleador de la selección italiana). Otros clubes tampoco se quedaban atrás. Los peruanos Cueto y Cubillas (probablemente el mejor futbolista de la historia andina), el argentino Fillol, el campeón del mundo en 1966 Gordon Banks, Peter Osgood, Seat Susik, Robert Lennox o el incorregible George Best (con muy bajo rendimiento en Los Ángeles Aztecas), pudieran servir de ejemplo. Pero pese a todo, el fútbol no arraigaba, las cadenas de televisión, escaldadas tiempo atrás, seguían sin apostar por ese espectáculo, y la propia organización interna de bastantes clubes dejaba mucho que desear. Vayan, si no, unas muestras para ilustrarlo.

En marzo de 1978, el Tulsa Roughnecks, revelación del campeonato y propiedad de H. Ward Lay, heredero del rey de las patatas fritas, sólo contaba con un jugador procedente de la campaña anterior. Por su parte, el club de George Best apenas superaba los 7.000 asistentes de media en los partidos como local. La liga había crecido de 18 a 24 clubes y Pelé se mostraba esperanzado respecto al porvenir, quizás porque el optimismo entrara en su sueldo de promotor y relaciones públicas para el fútbol USA. «El soccer es un fenómeno irreversible en este país. Algunos estiman en 10 años el plazo para lograr un nivel que permita a los Estados Unidos convertirse en amenaza dentro del Campeonato Mundial. Yo pienso que ese momento podría llegar antes». El tiempo, juez perpetuo, se encargaría de degollar tan halagüeñas perspectivas.

Y es que junto a estrellas de brillo archigastado, viejas glorias empeñadas en reproducir espectáculos tan periclitados como el circo de «Buffalo Bill», se alineaban demasiados aventureros anónimos que en nada enriquecían la media. Uno de ellos fue Manuel Jiménez Peinado, muchacho modestísimo, casi un ilustre desconocido, que en la primavera de 1977 suscribió contrato con el Miami Toros, de Florida. Natural de Torrejón de Ardoz, contaba 21 años, jugaba de centrocampista y había sido probado por el equipo de su localidad, aunque sin convencer. Pero eso sí, estaba casado con una puertorriqueña y tal detalle hace más comprensible la apuesta.

No fue el único compatriota sin apenas brillo por aquellos pagos. El guardameta Ricardo Ordóñez, que ya pasara por el Dallas Tornado en 1968, durante la primera emigración hispana, repitió operación en el San Antonio Tunder el año 1975, si bien no lograra estrenarse oficialmente. «Mani» Hernández (2-VIII-1948), al parecer con  nacionalidad estadounidense y española, cantó 4 goles en los 46 partidos disputados con el San José Eartquakers las temporadas 1974, 1975 y 1976, 8 en los 38 partidos con Detroit Lighning de 1979-80, y 9 en las 23 veces que defendió la camiseta del San Francisco Fog durante el ejercicio 1980-81, contendiendo estos dos últimos clubes en la MSL. Al también delantero Manuel Cuenca (Madrid 11-IX-1948), se le dio mejor perforar marcos adversarios, pese a que hoy día resulte casi imposible rastrear su paso por nuestro fútbol. Marcó 3 goles en 16 partidos para el California Surfs (1978), 14 en 10 choques para el Cincinnati Kids (1978-79, ya en la MSL, 27 en 34 encuentros para el Saint Louis Seammers (temporadas 1979-80 y 1980-81) y otros 6 en 12 partidos para el San Francisco Fog (1980-81). El igualmente madrileño Anselmo Vicioso (28-X-1952) jugó 20 partidos con el California Surfs en 1978, marcando 2 tantos. Cualquier pista sobre el ir y venir de estos jugadores por clubes españoles sería muy bien recibida.

El defensa vigués Santiago Formoso (4-VII-1953), también con doble nacionalidad e ilustre desconocido por España, gozó entre el Atlántico y el Pacífico de bastante más predicamento que los anteriores. Jugó 24 partidos con el Hartfor Bicentenials en 1976, otros 25, anotando un gol, en el Conecticut durante 1977, no se estrenó oficialmente en el Cosmos ese mismo 1977, pero saltó al campo 26 veces en 1978, anotando 2 goles, y 17 en 1979, sin festejar goles, antes de poner rumbo hacia Los Ángeles Aztecas (11 partidos) y Houston Huracane (otros 10), ambos en 1980. Y aún continuaría en el Buffalo Stallions la temporada 1981-82, si bien para disputar 5 únicos partidos correspondientes esta vez a la MSL. 

Así estaban las cosas por ese enorme país cuando Ignacio Salcedo (At Madrid) y Manolo Velázquez (Rayo Vallecano, Málaga y Real Madrid desde 1965 hasta 1977) internacional con 10 participaciones en la selección absoluta y calzando guantes en vez de botas, vivieron dos experiencias bien distintas. Para Salcedo, ingeniero industrial un tanto cansado del cuero y su cerrado mundo, Los 7 partidos jugados en el Toronto Metros Croatia supusieron un pintoresco broche de oro. A Velázquez, por el contrario, la aventura en el mismo club a punto estuvo de dejarle inválido.

 A sus 33 años, con la baja del Madrid en el bolsillo, pudo haber optado por una oferta del París Saint Germain. Como tardara en decidirse, los franceses pusieron el punto de mira en «Cacho» Heredia, y a Velázquez sólo le quedó la alternativa de Toronto. No era la de Ontario, sin embargo, una apuesta puramente deportiva. Allí esperaba contactar con varias empresas y, sirviéndose de su popularidad, convertirse, a su regreso, en representante para España de esas marcas. Los contactos no prosperaron. Ya había sufrido varios resbalones en sus negocios de Madrid y una vez más volvía a quedarle solamente el fútbol, en una experiencia que duró 16 meses. Demostró su técnica en aquel «soccer» rudo, es cierto, aunque pagó por ello. «Su nivel es pobre, rudimentario», confesaría. «Cuidan más la forma física que la habilidad. Lo de menos es el dribling, porque los jugadores autóctonos tienen en el fondo más mentalidad de fútbol americano, de rugby, vamos, que de fútbol auténtico. Quieren organizarse bien, incorporando cada año a un nativo más por club, hasta haber alcanzado dentro de siete u ocho temporadas el tope de dos extranjeros por equipo. Claro que cuando eso ocurra no quiero imaginarme los partidos. Podrían ser exhibiciones violentas».

La violencia, ya queda dicho, se cebó en él. Centraron un balón desde la derecha. Botó delante. Quiso rematar a la media vuelta y el portero salió con los pies en alto. Para un guardameta europeo hubiese sido jugada de atrapar el esférico con las manos. En Estados Unidos, en cambio… Una bota se estrelló contra su rodilla, destrozándole los dos meniscos, los ligamentos cruzados, y distendiéndole el lateral. Aunque el fútbol acababa de terminarse para siempre, la rápida intervención quirúrgica le permitió, al menos, caminar con casi total normalidad. Final injusto para un artista con 5 Ligas en su palmarés, 3 Copas, una Copa de Europa y 10 trofeos veraniegos de primer orden, incluidos Carranza, Teresa Herrera, Mohamed V, Conde de Fenosa o Colombino. El fútbol, como la vida misma, despliega muy a menudo el abanico de la injusticia.

Pero aún hubo otro español en el «soccer» de esos años. Fue el manacorí Juan Bisbal Parera (Parera), sin duda rostro más brillante de la moneda.

Alto, luchador, dueño de los balones aéreos, ingresó en el Mallorca con 20 años para acabar deslumbrando durante su cuarta campaña, pese al descenso a 2ª División. Corría el año 1970 y la caja fuerte mallorquina criaba telarañas una vez más, por lo que fue puesto en venta. Aunque hubo varios clubes de primera interesados, como todos se empeñaran en sacar astillas del árbol caído rebajando su precio, acabó siendo el Calvo Sotelo de Puertollano, un segunda, quien más pujó. Para el futbolista, aquello debió ser una especie de estafa deportiva. Durante la temporada anterior incluso había acudido a una convocatoria de entrenamiento con la selección nacional. Fue como rodar por las escaleras en pleno sueño. Desde La Mancha inició un descorazonador peregrinaje hacia el infierno de 3ª. Levante, Tortosa, Huesca, Constancia de Inca, Toledo… Habría de ser en el viejo feudo toledano donde el ex «colchonero» José Luis Boyarizo le hablara del fútbol yanqui. Aquello ya fue otra cosa, pues su brega y facultades físicas volvieron a ser apreciadas. De vacaciones en su isla, el nuevo presidente mallorquinista Miguel Contestí le convenció para vestir de bermellón, ahora en 3ª, pactando quedar libre en marzo y reincorporarse así al fútbol USA, donde era una figura. Ese carácter quedaba de manifiesto en las invitaciones cursadas por algunas universidades, donde impartió charlas o tuvo a su cargo «campus» o «staffs», al tratarse el «soccer», en los años 70, de un deporte con más arraigo universitario que profesional. Si su actividad docente se lo permitía, no desaprovechaba la ocasión de regresar a España, para enrolarse unos meses en algún de club de 3ª, como el Andratx, por ejemplo (1979-80). Y en primavera otra vez al avión, rumbo a América. Al cumplir los 35, después de defender las camisetas de New York Eagles, Cleveland Cobras y Memphis Rogues, puso punto final a su andadura transoceánica, aunque aún se enrolara en el modesto Bunyola.

El fútbol estadounidense, una vez más, no saldría del bache. Retiradas las estrellas tentadas a golpe de talonario, evaporados dinero y paciencia, aquella liga artificial volvió a languidecer. Llegaron noticias de que el Cosmos quebraba, que desaparecía, al tiempo que la NBA recuperaba altura para el baloncesto. En poco tiempo el fútbol fue barrido, para no resurgir hasta 20 años más tarde, entonces mirándose en el espejo de la muy abundante colonia hispana. Pero esa ya es otra historia.

 

 José Ignacio Corcuera

 




El Ramón de Carranza: un clásico veraniego

Con alguna frecuencia, tanto en Europa como en América, el fútbol de 1ª División suele pasar de largo ante ciertas ciudades. Es como si no estuvieran hechas para el deporte rey, como si el gozo y las miserias del cuero no pudiesen enraizar en sus prados. Casi siempre, esa realidad suele acabar plasmándose en terca espiral: a fútbol de bajo nivel, escasa afición; ante la merma de aficionados, menores posibilidades de relanzamiento; no hallando acicates en él, los jóvenes optan por otras prácticas deportivas; bien por haber formado un buen bloque de baloncesto, hockey, balonmano, atletismo, balón bolea, ajedrez o remo, bien por puro desinterés, el fútbol concluye en la más lóbrega catacumba. Eso pudo haberle ocurrido a Cádiz sin el oportunísimo nacimiento de su ejemplar trofeo veraniego.

Hasta la temporada 1954-55, el club amarillo gaditano estuvo fluctuando entre la 2ª y 3ª División. O para ser más exactos, penando, sobre todo, por el desértico fútbol de bronce, que era como entonces solía denominarse a una 3ª con campos de tierra, vestuarios sin agua caliente y taludes a modo de graderíos. Taludes, por cierto, sumamente resbaladizos en cuanto caían cuatro gotas. Tras doce años midiéndose al San Fernando, Algeciras, Balompédica Linense, Jerez, Iliturgi, Emeritense, Utrera, Badajoz, Cacereño, Linares, Coria, Ceuta, Jaén, Antequerano, Calavera, Melilla o Atlético Malagueño, e incluso a los ya desaparecidos por obsolescencia (Electromecánica) o pura coherencia política (Larache, España y Mogreb de Tánger, Atlético y Español de Tetuán), tuvo lugar el ansiado ascenso a 2ª. Circunstancia, además, coincidente con la inauguración de su nuevo y coqueto estadio municipal.

Aunque aquel estadio se construyera con José León de Carranza ocupando la alcaldía gaditana, el mandatario declinó impusieran su nombre a la construcción, sugiriendo, en cambio, perpetuasen el de su progenitor, José Ramón de Carranza, uno de los más recordados alcaldes de la «Tacita de Plata». Aceptada la propuesta por aclamación, aquel lejano 3 de setiembre el propio José León presidiría la disputa de un torneo inaugural, con el club anfitrión y el poderoso Barcelona como contendientes. Lo de menos fue el resultado. Porque aquel encuentro, el magnífico sabor de boca que de él conservaron afición y autoridades, dejó abierta la posibilidad de instituir un torneo parecido con carácter anual. Acababa de vislumbrarse, por lo tanto, el trofeo Ramón de Carranza. Con el correr de los años, todo un clásico.

Las tres primeras ediciones (1955,1956 y 1957) se disputaron a modo de final, con dos únicos contendientes. Era, todavía, un torneo menor, uno de tantos, al que la tiranía presupuestaria otorgaba carácter casi local (Sevilla y el modesto Atlético de Portugal para la primera edición) o exclusivamente nacional (Sevilla – At. Madrid en la segunda y Sevilla – At. Bilbao en la tercera). La excelente respuesta de los aficionados y una ambición harto encomiable, posibilitaron el siguiente paso: cuatro contrincantes, y por lo tanto otros cuatro partidos, a partir de 1958, con Real Madrid, Sevilla, Wiener austríaco y Roma, inaugurando la nueva fórmula.

El Real Madrid, campeón del primer cuadrangular, contribuyó a otorgarle más prestigio, puesto que con Alonso, Atienza, Marquitos, Lesmes, Santisteban, Zárraga, Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento, entre otros, acababa de revalidar su título en la Copa de Europa, competición aparentemente forjada a su medida. Este hecho, el de mirar siempre hacia los clubes que Europa acababa de consagrar, o los más significados de la por entonces exótica Sudamérica, habría de coronarlo como rey del verano. Eso, y la circunstancia de constituir última puesta a punto antes del arranque liguero español.

El Real Madrid también pudo llevar a sus vitrinas la monumental obra de orfebrería en 1959 y 1960, para decepción de Barcelona, Milán y Standard de Lieja en el primer caso, y At. Bilbao, Stade Reims y Eintracht de Frankfurt en el segundo. El Stade Reims había sido uno de los potentes de Europa en el pasado reciente y el Standard, cuando el fútbol belga constituía temible potencia continental, en absoluto podía compararse a la modesta entidad en que hoy se ha convertido. La edición de 1961 incorporaría como gran novedad dos clubes sudamericanos: Peñarol de Montevideo y River Plate bonaerense. Los uruguayos a punto estuvieron de coronarse campeones, con Cubilla, Spencer, Cabrera, Sassía y Ledesma en su potente vanguardia, donde también Rocha aportaba lo suyo. Pero el formidable Barcelona de Pesudo, Foncho, Rodri, Gracia, Gensana, Martínez, Kocsis, Evaristo, Villaverde y Zaldúa, con Vergés y Garay como hombres de refresco, acabó imponiéndose. El propio club catalán renovaría laureles en 1962, aunque en la segunda tanda de penaltis, con Cubilla, figura uruguaya el año anterior, como refuerzo de oro para el extremo derecho. Incomprensiblemente, la perla charrúa no llegó a cuajar como azulgrana. Su fútbol finísimo fue considerado lento desde el principio, probablemente porque nadie supo ver en él la amplia oferta de cualidades que habrían de convertirlo en el Mundial mexicano de 1970, casi dos lustros después, en una de sus más destacadas figuras. Puestos a entrar con mal pie, a Cubilla llegó a detenerle Yarza su penalti.

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El portugués Eusebio, junto al también superdotado Paco Gento, encabeza la clasificación goleadora del Carranza.

Probablemente en 1963 no hubiesen faltado apostadores a favor del Barcelona, como nuevo tricampeón. Pero se lo impidió la apisonadora del Benfica, que con Cavem, Cruz, Coluna, Augusto, Torres, y sobre todo Eusebio, acababa de proclamarse campeón de Europa. Aquel Benfica disputó otras dos finales consecutivas, si bien concluiría doblando la rodilla contra el Betis de Papín, Ríos, Frasco, Ansola, Bosch y Rogelio, en la prórroga, y por un apretado 3-2 ante el Zaragoza de los «5 Magníficos», aunque en la final vistiera el gallego Pais la camiseta número 11 de Carlos Lapetra.

Continuaron sucediéndose campeones españoles hasta 1969. Real Madrid en el 66, Valencia en el 67 y At. Madrid en el 68, pese a la oposición de Torino, Corinthians, Peñarol o Vasco da Gama. Por fin, en 1969, el primer triunfador sudamericano, gracias al 2-0 endosado por el Palmeiras a un Real Madrid donde, junto a los «ye-yés», aún galopaba por su banda Paco Gento. Para entonces, gracias a las retransmisiones de Televisión Española -omnipotente y única referencia audiovisual en los hogares patrios- el Ramón de Carranza se había convertido en gran fiesta deportiva agosteña.

España, a punto de encarar los 70, bien poco tenía que ver con el país amedrentado de 1955. En 14 años parecía haber dado la vuelta, como un calcetín. La decidida apuesta por un turismo de clase media, unida al denodado esfuerzo de tres millones de emigrantes y su equivalencia en divisas, permitió construir carreteras y aeropuertos, modernizar escuelas, electrificar tendidos ferroviarios, mecanizar el campo, introducir productos en la cesta de la compra considerados un lujo hasta hacía bien poco, llenar de «600» los remozados caminos, combatir el invierno con las «catalíticas» a butano anunciadas por Gila, e incluso creer que la vida podía mejorar de verdad sin mediar un pleno de 14 en las quinielas. Nuestras playas, aún desobedeciendo pregones gubernamentales, se iban poblando de biquinis. El vermouth se convirtió en rito tras la misa dominical. Muchos compatriotas, bien por esnobismo, bien tras descubrir la existencia de una destilería en Segovia, concluyeron decantándose hacia el whisky desde el socorrido coñac, por más que beber cierta marca jerezana de «brandy» fuera «cosa de hombres». Y al compás de ese giro copernicano en lo sociocultural, quién sabe si porque el eco de las viejas conspiraciones judeomasónicas hubiesen perdido todo su efecto, o porque las masas sean más fácilmente controlables con los estómagos llenos, el franquismo fue aflojando la mano. Si bien seguía existiendo censura, en el cine se cortaban menos besos. «El graduado» pudo verse, pese a un argumento que apenas 7 años antes habría sido catalogado como gravemente peligroso. No parece que Dustin Hoffman escandalizase a nadie. Si acaso, aquella película sirvió para que muchos jóvenes descubrieran, gracias a su banda sonora, a Simon y Garfunkel. Todo evolucionaba, para desesperación de no pocos curas trabucaires. Incluso en la propia iglesia resultante del Concilio Vaticano II, guitarras y panderetas enmudecieron al armonium. Las mismas letras de canciones «made in spain» iban pasando de lo banal a la sugerencia, e incluso a la protesta, aún sin desterrar, como por otro lado parece lógico, la completa estulticia. España era un país decididamente abierto a las novedades.

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Y algunas novedades, siquiera en lo futbolístico, fue cuanto se empeñó en aportar el Carranza gaditano.   

Para cuando el Palmeiras de Sao Paulo volvió a levantar el trofeo en 1974 y 1975, mediando triunfos del Real Madrid, Benfica, At. Bilbao y Español barcelonés, ya habían contendido potentes clubes extranjeros: Independiente de Avellaneda; el poderoso Milán de Gianni Rivera; el Peñarol de Ladislao Mazurkiewicz, a la sazón considerado mejor portero del mundo; Botafogo; el Bayern de Munich de Sepp Maier, Beckenbauer, Uli Hoeness o «Torpedo» Muller; la «Juve» turinesa o aquella magnífica apisonadora de Amsterdam llamada Ajax, el excepcional Ajax, base de la «Naranja Mecánica» que anonadase en el Mundial alemán del 74 y que, paradójicamente, ni siquiera pudo llegar a la final gaditana. Al Palmeiras de 1974 y 1975 daba gloria verlo. Y eso que, a priori, sobre todo en 1974, se esperaba más de otros conjuntos. Del Santos, cuya referencia seguía siendo «O Rey» Pelé, y del Barcelona comandado por Cruyff, a quien todos consideraban príncipe heredero.

Pero el fútbol está lleno de sorpresas y aquel torneo las sirvió por partida doble. El Español derrotó en semifinales al idolatrado Santos de Carlos Alberto, Ze Carlos y Pelé, en tanto la muchachada del Palmeiras dejaba en la cuneta a los culés. El ansiado choque catalanopaulista pudo verse, sí, aunque tan sólo para determinar el orden de los colistas. El Barcelona batió a sus rivales por 4-1, quedando para Pelé, ya sombra de sí mismo, el pobre orgullo de salvar, mediante lanzamiento desde el punto de penalti, el honor santista. En la final, como ocurriría al año siguiente, frente al Real Madrid, los Leao, Luiz Pereira, Leivinha, César, Ademir o Edu, dejaron bien sentado por qué Brasil ocupaba el Olimpo balompédico.

Pese a todo, el Palmeiras no pudo añadir su nombre al de quienes ya habían festejado tres éxitos consecutivos. Se le cruzó un At. Madrid que para entonces contaba con dos de las anteriores estrellas campeonas: Luiz Pereira y Leivinha. Dos auténticos superdotados. Dos prodigios sobre el césped, sin nada en común. Anárquico, sobrado, indisciplinado tácticamente, juerguista, fumador no muy a escondidas, carismático, jovial hasta el exceso y obsesionado por marcar goles, el primero, pese a que su puesto en el eje defensivo exigiera otras aplicaciones. Y más callado, más veloz, más técnico, más permeable a las órdenes del banquillo, el segundo. A Pereira sólo parecía capaz de ponerle freno su propia esposa, una auténtica autoridad, según recuerdan quienes por aquella época compartieron vestuario e instalaciones colchoneras. Y a Leivinha, todo inteligencia, clase y pundonor, decidieron pararlo varios defensas de la especie que hace 35 años tanto abundaba. Hoy serían consideramos sacamantecas, conserjes de reformatorio, carabineros del antifútbol, si no carne de juzgado. Pero entonces, aún lesionándolo repetidamente, se fueron de rositas. Leivinha regresó a Brasil, tan mermado como descontento por sus varios meses en el dique seco, porque el cúmulo de patadas alevosas le impidió brillar conforme debía con su selección. Los perros de presa pudieron colgar las botas, impunes, sin aparentes borrones en sus hojas de servicio, mientras él entonaba un adiós anticipado a la gloria.

Entre tanto, los colchoneros, acaudillados por Luis Aragonés desde el banquillo, repitieron éxitos en 1977 y 1978, ante el Inter de Facchetti, Baresi, Merlo, Pavone, Anastasi y Altobelli, primero, y el River Plate de «Pato» Fillol, Passarella, Luque y Ortiz, después. En 1979, edición XXV del Carranza, un nuevo campeón brasileño, el Flamengo de Tita, Zico y Julio César, que reforzado con Marinho volvería a llevarse otro trofeo en la siguiente convocatoria. Y por fin, en 1981, el primer triunfo de los anfitriones.

Para entonces el Cádiz ya no era un club tan modesto. De penar en 2ª, e incluso retroceder hasta la 3ª en 1968-69, de traspasar a sus figuras (Miguel al Deportivo de La Coruña por 750.000 ptas., Lara al Granada por 500.000, Juanito al Barcelona por 3 millones y medio, Andrés al Real Madrid por 7 justos o Migueli al Barcelona por 12) para equilibrar balances, había pasado a militar entre los grandes, luego de quedar subcampeón de 2ª en 1976-77, con Mané, Villalba, Botubot, los veteranos Barrachina y Quino, el chileno Carvallo y los vascos Santamaría, Urruchurtu, Ibáñez, Otaolea o Cenitagoya. De manera que siendo ya un «grande» y con el milagroso Manuel Irigoyen dirigiendo la entidad, nadie podría considerar caprichosa su inclusión en el Carranza. Abonado al último puesto las ediciones 1977, 1979 y 1980, se deshizo en semifinales del CSK de Sofía en la tanda de penaltis e hizo historia frente al Sevilla, cuando Dieguito, atacante pinturero y bullicioso por cuya sangre corría en igual medida la fiebre del fútbol y el flamenco, marcó a 5 minutos del final el único tanto del partido. Como si hubieran tomado la medida al torneo, los amarillos volvieron a imponerse en 1983, tras prórroga y lanzamientos de penalti, luego de que el Real Madrid se tomara revancha de la Liga en el 82, frente a los donostiarras de la Real Sociedad. Y aún alzarían otro trofeo en 1985, ante el Gremio de Porto Alegre, otra vez gracias a su mayor precisión desde el punto de penalti.

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Dieguito se hizo un hueco en la historia del Cádiz y del Trofeo Carranza, al batir a Buyo en 1981. Tras colgar las botas impartió clases de baile flamenco.

 Los años 90 consagraron al Ramón de Carranza como el más grande de nuestros torneos veraniegos. Entonces soplaban muy malos vientos por otras latitudes. La avaricia de ciertos intermediarios, el desinterés de algunos públicos, la cada vez más acendrada costumbre de viajar por la península, nuestras islas o el extranjero durante el mes de agosto, aprovechando las vacaciones, crisis de patrocinio derivadas de puntuales repliegues económicos, a los que nuestro país parecía haberse apuntado, y hasta el simple cansancio, concluyeron con el entierro de numerosos cuadrangulares nacidos a su rebufo. El Carranza sobrevivió, aún cuando la bandera deportiva ciudadana se precipitase en 2B, eufemismo federativo equivalente a la antigua 3ª División, e incluso cuando todo parecía indicar la desaparición amarilla por ruina estrepitosa.

Las aguas, afortunadamente, no llegaron a mal río. Y hoy, tanto el Cádiz, con marcha dubitativa por la división de plata, como el trofeo Ramón de Carranza, dueño de su propio trono entre los más grandes, prosiguen, orgullosos, una digna andadura.

 

Hitos del Ramón de Carranza

.- Récord de goles en un solo partido: Alfredo Di Stéfano.

.- Máximos goleadores del torneo: Eusebio (Benfica) y Gento (R. Madrid), 8 tantos.

.- Algunas estrellas internacionales presentes en el Carranza con clubes extranjeros: (Leao, Pelé, Luiz Pereira, Leivinha, Zico, Marinho, Jair, Edu, Rivelino, (brasileños); Fillol, Santoro, Pastoriza, Passarella, Luque, Yazalde (argentinos); Kruyff, Neeskens, Hulshoff (holandeses); Mazurkiewicz, Cubilla, Matosas padre (uruguayos); Maier, Beckembauer, Hoeness, Muller (alemanes); Albertosi, Rivera, Maldini, Facchetti, Merlo, Altafini, Prati, Anastasi, Corso, Capello (italianos); Costa Pereira, Germano, Coluna, Eusebio, Graça, Torres, Simoes, Jordao (portugueses); Fazekas y Nagy (húngaros); Seminario (peruano); Luis Suárez (español).

 José Ignacio Corcuera       

   




Intermediarios: un negocio viejo

Raro es el campeonato futbolístico en que los intermediarios no adquieran su buena cuota de protagonismo. Tras los fichajes más mediáticos o los traspasos más rocambolescos es fácil adivinar su mano en la sombra, cuando no sus hilos de telaraña dirigiendo al pupilo como una marioneta. Para no pocos presidentes de clubes, suya es la responsabilidad de haber situado el caché de los artistas en la estratosfera. Para el aficionado común, de su simple capricho o voracidad comisionista dependerá la continuidad en su escuadra de tal o cual estrella. Señalados a menudo como tumor del fútbol, causa y origen de monstruosos pasivos institucionales, cualquiera diría que hubiesen surgido ayer mismo, como por ensalmo. La verdad, sin embargo, es otra. Desde que el balompié se hizo profesional, hace casi 90 años, distintas especies fueron creciendo en torno al cuero, hasta mutar en el actual representante.

Al principio reinaban los «patrones de pesca», término reservado para ojeadores al servicio de un solo club. Tanta fue su importancia que el Valencia probablemente nunca se hubiera hecho grande sin Luis Colina, y el Betis pudo festejar un título de Liga gracias a Patrick O´Connell, no sólo entrenador, sino «patrón» con finísimo olfato. Más adelante Pablo Hernández Coronado, controvertido y no siempre acertado hombre del fútbol, aunque chispeante como pocos, inventó la figura del secretario técnico. Su libro «Las cosas del fútbol», publicado en mayo de 1955, aparte de alumbrar un ingenio por demás socarrón, demuestra lo poco que ha cambiado el entorno de este deporte desde los años 40 hasta nuestros días. Y entre unos y otros, es decir entre «patrones de pesca» y secretarios técnicos, quienes no llamaban la atención siempre podían apuntarse al autobombo.

José Arana, bautizado por cierta prensa como «El Zamora Mexicano», supo extraer partido a esa práctica. En realidad ni era mexicano ni se parecía lo más mínimo al gran Ricardo. Cierto que había vivido en el país azteca algún tiempo, y que allí jugó al fútbol como portero. De familia vizcaína, apareció por el municipio de Guecho para cumplir el servicio militar y, de paso, probar fortuna en algún club español. No resultaba infrecuente a finales de los alegres 20, la contratación epistolar de futbolistas. Las puertas de muchos clubes podían ser entreabiertas con sabias dosis de autobombo, buena caligrafía y aptitudes literarias. Arana, sobrado de todo ello, sorprendió la buena fe de los directivos vallisoletanos, con quienes firmó a razón de 400 ptas. mensuales. Luego, al vestirse de corto en la primera edición del campeonato liguero (el Valladolid quedó encuadrado en 2ªB la temporada 1928-29, equivalente a 3ª división), no supo estar a la altura de su presunta fama.

Los años 40 y parte de los 50 hicieron de «El Feo» toda una autoridad. Éste ya era intermediario al uso, dedicado a colocar futbolistas por toda la geografía nacional, a cambio del correspondiente porcentaje. Desde luego no estaba solo, aunque fuera el más popular. Por eso, a medida que crecía la competencia, resultó imprescindible especializarse.

Durante los años 50 Juanito Cadenas colocó a innumerables catalanes en clubes andaluces y norteafricanos. Excelente vendedor no ya de su mercancía, sino de sí mismo, alimentaba la sección veraniega de fichajes en «El Mundo Deportivo» barcelonés, casi siempre dando cuenta de sus hazañas: «El popular Juanito Cadenas nos informa que el guardameta Farrés, que en tiempos perteneció al Manresa, y el defensa Emilio Soto, ex del Español, están a punto de fichar por el Cádiz». O «El siempre activo Juanito Cabenas está a punto de cerrar el traspaso de un jugador del Español al España de Tánger».

En los 50, la figura del representante había adquirido tal magnitud que ya empezaban a dispararse las alarmas. Y no por cuanto pudiera perjudicar al fútbol más grande, sino por los estragos producidos en categorías teóricamente no profesionales. Así de claro se despachaba el antiguo internacional culé José Sastre, durante una entrevista concedida a «El Mundo Deportivo» el 18 de agosto de 1955. Interpelado sobre su valoración de la 3ª catalana, respondía así: «En general, es muy baja su calidad; claro que existen excepciones». ¿A qué atribuyes dicha circunstancia?, insistía el entrevistador. Y Sastre ya no se contenía: «Son varias las que lo motivan, pero hay una que a mi modo de ver es la principal. El excesivo intrusismo de los traficantes de jugadores, que con el único pensamiento puesto en el negocio, no tienen escrúpulos y colocan su material sin importarles un comino lo que va a dar de sí. Esto, que en jugadores ya consagrados aún podría tolerarse, pues nadie se puede llamar a engaño puesto que son de todos conocidos, es necesario evitarlo con los jóvenes, que engañados por voces que sólo buscan el lucro, caen en el falso terreno de la ilusión y terminan por desaparecer. Esto unido al escaso sentido del sacrificio y a la sed de rápido encumbramiento, echa a perder muchos valores».

Declaraciones de 1955, cuando con sueldos en la banca y entre el funcionariado inferiores a 2.000 pesetas mensuales, la 3ª División mal podía pagar cuatro perras. Declaraciones de un profundo conocedor, pues si bien Sastre acababa de entrenar durante dos años al Sport Club Bahía brasileño, antes lo había hecho en varios terceras y en los segundas Gerona, Lérida y «Nastic» de Tarragona.

Sastre omitía que parte de ese intrusismo emanaba de muchos entrenadores. Encargados de confeccionar las plantillas, tocaban a tal o cual futbolista, arreglaban con él la ficha y luego «esperaban» su comisión. Sin ser agentes o representantes, cobraban por cada incorporación. Y pobre del muchacho que no cumpliese. Ya podía ser una reencarnación de Garrincha, que ni con disolvente o serrucho lograría despegarse del banquillo. El canario Juan De Luis, para el fútbol Juan Luis, y muchos otros de su generación, e incluso más jóvenes, tragaron entre arcadas aquella purga por demás injusta.  

Casi paralelamente, la masiva importación de futbolistas extranjeros habría de enriquecer a ciertos intermediarios, rara vez españoles. Al frente de todos, acariciando su beta de oro, el inefable Bogossian, cuyos servicios tanto bien hicieron al Elche.  

Los ilicitanos conocían para entonces la calidad del producto sudamericano. Dagoberto Moll, Julio Outerelo, García o Souto, habían vestido la camiseta franjiverde durante aquel relámpago que trasladó a la entidad de 3ª a 1ª división, en un par de años. El presidente de semejante gesta, José Esquitino, se encontró un día, cuando preparaba la plantilla para militar entre los grandes, con el ofrecimiento de Arturo Bogossian, armenio afincado al otro lado del Atlántico y muy curtido en la intermediación futbolística a tiempo completo. Los resultados de aquella relación difícilmente hubieran podido satisfacer más a ambas partes, pese a arrancar con algún recelo.

Bogossian ofrecía a Cayetano Ré y Fausto Laguardia, ilustres desconocidos para el presidente, como maravillas a las que el fútbol paraguayo se les quedaba muy corto. Bogossian exigía el pago en efectivo o mediante aval bancario, y Esquitino, hombre de negocios acostumbrado a tirar de cheque tras comprobar la mercancía, no acababa de fiarse. Nunca se supo cómo, pero el caso es que Esquitino logró de los responsables del Banco de Bilbao en Elche un documento con membrete de la entidad, que pese a su apariencia formal no comprometía el pago. El armenio lo aceptó como bueno y la pareja de jugadores fueron probados en dos encuentros amistosos. Sólo cuando Cesar Rodríguez, el entrenador, dio su visto bueno, se avino a pagar el mandatario alicantino. Para entonces Bogossian ya había advertido la jugarreta. Otro, probablemente, hubiera puesto el grito en el cielo. Bogossian no. Procuraba evitar las puertas cerradas, sobre todo si sus aventuras o negocios tenían final feliz. «Un armenio engañó a cuatro judíos, y tú has engañado a un armenio -escuchó José Esquitino a modo de reproche-. Puedo asegurarte que no fracasarás en el fútbol».

Corrido el tiempo, la relación entre ambos concluyó en amistad. Bogossian sabía moverse por el mercado sudamericano como pez en el agua. A sus buenas relaciones con presidentes de clubes uruguayos o del Paraguay, se unía un ojo formidable para calibrar valores y cierta falta de escrúpulos. Su muy relativa honestidad quedaría de manifiesto cuando, el 24 de junio de 1960, llevó hasta Elche al paraguayo Ángel Romero, consagrada figura en el Nacional de Montevideo. Bogossian le había convencido para venir a España con el pretexto de colocarle en el Real Madrid o Barcelona. Una vez en Barajas lo condujo hasta la por esa época capital futbolística alicantina. Romero creyó vivir una pesadilla, según confesaría años más tarde: «Avistamos el palmeral de madrugada. No parecía haber ciudad, sino palmeras, sólo palmeras y más palmeras. Yo estaba acostumbrado a Montevideo, que lejos de ser urbe era casi un país dentro de Uruguay. ¡Menuda trampa!. Si en ese momento hubiera podido volver, ni lo habría dudado».

Quien quiso huir de Elche aquella madrugada, se avecindó para siempre en la industriosa localidad. Hoy el Elche C.F. presume de haberlo tenido en sus filas, haciendo un gran negocio a tenor de su rendimiento. Aunque para negocio, entendiéndose como tal la aritmética del libro mayor, el que supuso Cayetano Ré.  

Bajito, piernicorto, con cara de monaguillo travieso y cierta timidez fuera del campo, constituía la antítesis del ariete, en tiempos de balón a la olla y choque repetitivo. Sin embargo en el área sabía moverse como nadie para mostrar una estadística goleadora digna del mayor respeto. Cuando lo trajo Arturo Bogossian hizo el número 76 entre los futbolistas que ese encantador de serpientes ayudaba a saltar el charco. Con Cayetano Ré terminaba en España el último hombre de la delantera paraguaya en el campeonato Mundial correspondiente a 1958. Pedro Agüero había fichado por el Sevilla y más tarde saltaría al Real Madrid y Granada. Silvio Parodi conoció primero las Islas Canarias y después Cantabria. Jorge Lino Romero y Amarilla se decantaron por Oviedo, aunque el último también gozó de una temporada en Elche. Estando Bogossian de por medio costaba entender que en Paraguay quedaran futbolistas para disputar su propio campeonato. Pero entre tanto, el Elche hacía negocio. Pagó millón y medio de ptas. por su pequeño delantero. Y aunque entonces pareció mucho, tres temporadas más tarde el Barcelona soltaría nada menos que 6 millones para vestirlo de azulgrana.

Posteriormente el Elche continuó nutriéndose de sudamericanos por mediación del armenio. Juan Carlos Lezcano, aguerrido, potente y con clase, constituyó otra magnífica inversión desde su llegada en 1962, y en menor medida, aunque rayando también a notable altura, Casco cumplió más que de sobra.

Bogossian tuvo sus imitadores, algunos tan faltos de olfato como de ética. No es que colocasen mercancía de segundo o tercer nivel, sino sencillamente productos adulterados. Entre todos propiciaron el bochornoso espectáculo conocido como «Timo de los paraguayos», durante finales de los 60 y el arranque de la siguiente década. Un escándalo de falsificaciones cuyo desarrollo merece al menos otro artículo. Pero antes de que todo aquel pus reventase, ciertos imitadores de Bogossian colocaban sus productos a granel, haciéndolos pasar por lujo envasado.

Sucedió con los hermanos Alfredo y Manuel Martínez Cambón, dos uruguayos surgidos de Defensor y Misiones, conocidos para el fútbol por su segundo apellido. Si de algo sabía su representante, era de mercadotecnia. «Tiene un dribling endiablado, inciso en la puerta, incordiante ante las defensas contrarias; dispara con ambas piernas y actúa indistintamente en todos los puestos de la delantera», dictó a la prensa sobre el primero. Y acerca del segundo: «Es interior, gran malabarista con el balón; jugador curtido, domina todos los secretos del fútbol». Vamos, un par de joyas. Lo malo es que acabaron vistiendo de corto. Alfredo en el Logroñés, Palafrugell, Bisbalense, Montgrí y Calella de Palafrugell, es decir en la Regional gerundense, con algún breve relámpago en 3ª. Y Manuel en idénticos clubes catalanes, además del Lugo, donde por cierto fue visto y no visto. Se empezaba a comprar a peso, y ahí triunfaban las básculas más inexactas.

Claro que no todo el pastel estuvo en manos extranjeras. El antiguo defensa colchonero Alfonso Aparicio colocó en el fútbol estadounidense, por esa misma época, a nuestros compatriotas Carmelo Cedrún, José Mª Vidal, Calixto Méndez, Santisteban, Antonio Collar o Enrique Mateos. Pero el primero en tratar la intermediación deportiva no como un trabajo, sino como una industria, fue Luis Guijarro.

Corrían los años 60, el despegue económico ayudaba a comportarse como nuevos ricos a clubes y presidentes que en realidad no lo eran, y las divisas del turismo impulsaron hacia el alarde a no pocos alcaldes del litoral. Si el de Benidorm se miró en el espejo de San Remo para organizar su festival de música ligera, otros, menos amigos de inventos, prefirieron dirigir su vista hacia el fútbol, montando torneos veraniegos. A los clásicos Teresa Herrera o Carranza fueron añadiéndose los Costa del Sol, Ciudad de Palma, Ciudad de la Luz, Valencia Naranja, Villa de Bilbao, Costa Verde, Ciudad de La Línea y un largo etcétera. El espectador de finales de los 60 y primeros años 70, sobre todo si no estaba acostumbrado al fútbol de muchos kilates, acogía con agrado la visita de entidades míticas, tipo Bayern de Munich, Ajax, Anderlecht, Feyenoord, Standard de Lieja, Ferencvaros, Fiorentina, Estrella Roja, Hajduk, e incluso del otro lado del océano, como Palmeiras, Botafogo, Fluminense, Peñarol, Estudiantes… Poco a poco, a medida que los torneos proliferaban, no pocos clubes sudamericanos llegaron a encontrarse embarcados en giras maratonianas por nuestro suelo. Seis, ocho, incluso diez o doce partidos en el intervalo de 20 días. Cuanto más pudiera cargarse su calendario, más barato saldría el desplazamiento transoceánico y mayor acabaría siendo el beneficio.

Pero montar torneos representaba mucho trabajo, no exento de específica cualificación. Si el torneo era municipal, ¿quién lo organizaría?. ¿El ayuntamiento?. Para resolver las más espinosas cuestiones estaba Luis Guijarro. Él se encargaba de proporcionar equipos y engrasar la máquina publicitaria. A menudo esos equipos llegaban plagados de jóvenes promesas apuntaladas sobre una o dos estrellas. Otras veces buscaban la venta de sus mejores activos por los campos en que se exhibían. En alguna oportunidad se llegó a confeccionar cuadros irreales, con futbolistas brasileños dispersos por distintas ligas europeas, y más de una vez se dio gato por liebre, puesto que en Brasil abundaban las sociedades del mismo nombre. Podía anunciarse la presencia de un grande, omitiendo que no era el carioca o paulista, sino el de Novo Horizonte, por ejemplo, militante en un campeonato inferior. Un negocio, al fin y al cabo, donde sobre cualquier otro concepto prevalecía la cuenta de resultados.

Todo ello sin olvidar la representación de futbolistas, a la que Guijarro supo aplicar un nuevo cuarto de vuelta.

Hasta entonces lo habitual era colocar a un jugador en otro club, a cambio de la correspondiente comisión. Él dio un paso más, haciéndose con los derechos federativos de unos cuantos jóvenes con posibilidades, para venderlos luego a entidades con algún prestigio y posibles. Y no mediante fórmulas artesanales, sino a lo grande, en lotes completos. Así ocurrió cuando antes de arrancar el campeonato 1969-70 consiguió de Jaime Planas, mandatario saliente del Atlético Baleares, los derechos de Sancho, Parma, Tauler, Tomás y Taberner. Los cuatro primeros habría de traspasarlos al Deportivo de La Coruña y Taberner al Celta. Y como además el conjunto balear había quedado en cuadro, siempre podría suministrarle su propia mercancía sin sitio en 1ª o 2ª División. Negocio completo.

Los torneos fueron quedando obsoletos a medida que la televisión ponía en cada hogar el fútbol grande. Cuando cosecharon cuantiosas pérdidas económicas y a los alcaldes se les acabó el dinero o la ilusión de sentirse importantes, el montaje de Guijarro perdió su razón de ser. Para entonces ya estaba ahíto y un puñado de aprendices más jóvenes pugnaba por sucederle.

Constituyeron la última generación de intermediarios. La más voraz, porque el fútbol derribaba fronteras y se enriquecía con el dinero de las retransmisiones televisivas. Y aunque a algunos les costara hacerse con las riendas, pronto aprendieron el ABC del negocio. Sorprende, por ejemplo, que pudiese llegar Kempes al Valencia gracias al artículo que Pasieguito, secretario técnico ché, leyera en «El Gráfico» bonaerense. El más adelante campeón mundial escapó increíblemente al control y la avaricia de los representantes. Luego ya no pudo escapar nadie.

Un técnico oscurecido como José Mª Minguella, el omnipresente Santos, Zoran Veckik, mediocre futbolista pero avispadísimo magnate, Fermín Gutiérrez y tantos otros, se erigieron en referencia de quienes para prosperar entre tan tupida e inhóspita selva, tuvieron que bucear no ya en categoría juvenil, sino en torno a cadetes e incluso alevines.

Hoy, difícilmente un jugador sin representante logrará salir de la 3ª División. Para establecer algún orden en tan peligrosa jungla, para equilibrar la férrea dictadura del negocio con los más elementales derechos y la pura y dura explotación humana, surgió no hace mucho la titulación de Agente FIFA. Un nuevo y necesario paso, por más que la intermediación, la representación de futbolistas, hunda sus raíces en el Pleistoceno deportivo.   

            

 




Pioneros españoles en el fútbol USA

Sabido es que los Estados Unidos nunca han destacado como país de fútbol, pese a la reiteración con que el empresariado local y la FIFA trataron de implantarlo. Los primeros esfuerzos se concentraron en el ámbito universitario, constriñéndolo a la esfera amateur. Luego se pasó a la importación de equipos completos, europeos y sudamericanos, para disputar unos bolos con formato de liguilla. Más tarde, tomando como referencia el sistema competitivo del Viejo Continente, con amplio derroche en los medios de difusión. Todo ello para fracasar sin ambages, aún mediando en sus estadios una fase final de Campeonato Mundial.

Pese a todo, probablemente aún resuene en los oídos de numerosos aficionados el eco de ciertos nombres míticos, como Pelé, Best, Gordon Banks, Chinaglia,  Kruyff, Cubillas o Cosmos de New York. Todos ellos corresponden a la segunda gran apuesta yankee por el «soccer» durante el pasado siglo, a lo largo de los 70. Lo que muchos más ignoran es que el primer intento, mediado el decenio anterior, estuvo preñado de apellidos procedentes de nuestro balompié.

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Corría 1966 cuando, al rebufo del Campeonato Mundial de Inglaterra, televisado en color para los Estados Unidos, un grupo de empresarios volvió sus ojos hacia la numerosísima colonia de descendientes europeos. Si aquel deporte paralizaba la vida en Inglaterra, Irlanda, Alemania, Italia, Escandinavia y los Países del Este, ¿no estarían perdiendo una buena posibilidad de hacer negocio, tomándoselo a broma?. De modo que pusieron manos a la obra, creando la «North American Soccer League».

Disponían de buenas instalaciones deportivas, enormes algunas de ellas (el campo del Baltimore tenía 120 metros de largo por 90 de ancho, similares a los de Los Ángeles, San Luis y el Yankee Stadium de New York). Por falta de aforo no iba a quedar la cosa (hasta 150.000 plazas en algún caso y entre las 20 y 30.000 en Pittsburg, Chicago, Filadelfia o San Francisco). Y las cadenas de televisión se decidieron a ayudar, retransmitiendo un partido en directo cada domingo, a las dos y media de la tarde, y otro en diferido, a mitad de semana, sobre las 9 de la noche. Pero aquella competición, por cuanto a calendario, estructura de los clubes, puntuaciones, formas de pago e incluso interpretación de las reglas arbitrales, tenía poco que ver con las europeas.

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Enrique Mateo. Cleveland.

El campeonato se disputaba entre marzo y agosto, y para evitar sobresaltos financieros los clubes debían efectuar un depósito de 250.000 dólares. Cada plantilla venía a costar unos 400.000 dólares, oscilando las fichas para futbolistas del montón en torno a los 15.000. Se pagaba semanalmente, igual que en los teatros o cualquier otro tipo de espectáculo, y sobre el presupuesto global de una entidad modesta, como el Toronto Falcons, estimado en 18 millones de ptas. de la época, la mitad provenía de las cadenas televisivas y el resto de los espectadores, al pasar por taquilla. Las recaudaciones, empero, no permitían lanzar cohetes. Con asistencias medias comprendidas entre los 7.000 y 15.000 espectadores, los organizadores daban por descontadas las pérdidas al principio, es decir los años 1967 y 1968, iniciando la recuperación a partir de 1969. Las cuentas de la lechera errarían estrepitosamente, como bien pronto pudo verse. En Atlanta, Toronto y San Luis, sólo acudían a los estadios entre 5.000 y 8.000 personas. Y así, claro, los balances no cuadraban.

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La puntuación casi remitía al logaritmo, pues cada vencedor sumaba 6 puntos, y otro por gol marcado. Las primas de los futbolistas rondaban los 40 dólares por victoria, más 5 de pitanza por gol. No puede decirse que militar en aquel fútbol colmase la aspiración económica de muchas estrellas europeas. En las primeras divisiones de Inglaterra, Italia, España, Alemania u Holanda, se ganaba bastante más, si bien para algunos, como Jesús Tartilán, con ficha baja en el Español de Barcelona, «saltar de la España de Franco al sueño americano era algo serio, sin olvidar que a mí me salía a cuenta cobrar en dólares». De cualquier modo, aquel fútbol balbuceante contaba como punto a favor con lo intempestivo de su calendario, cuando la mayoría de los campeonatos de Europa tocaban a su fin, concluyendo poco después de haber arrancado las ligas del viejo continente. Esta circunstancia, unida al ansia aventurera de muchos, sobre todo de quienes veían acercarse la jubilación, acabo ejerciendo como potente imán para no pocos. Entre ellos, un buen puñado de españoles. 

El antiguo merengue Juan Santisteban, que ya había pasado por el «calcio» años antes, vivió una segunda juventud en Baltimore, junto al guardameta Carmelo Cedrún (a quien convirtieron su apellido en «Sedrún») el defensa canario Calixto Méndez (Las Palmas, Málaga, Levante y Recreativo de Huelva), y el «españolizado» ariete argentino Domingo Arcángel López (Orense, Deportivo de La Coruña, Gimnástica de Torrelavega, Xerez, Alcoyano y Salamanca). Un trotamundos del cuero como José Mª Vidal, en modo alguno hubiera admitido pasar de largo ante semejante experiencia. Había vestido las camisetas del Salamanca, Plus Ultra, Zaragoza, Granada, Murcia, At Ceuta, Real Madrid, Málaga, Levante, Mallorca y Valladolid, antes de dejar inconclusa la temporada 1966-67 en el Rotterdam holandés, desde donde prefirió despedirse como profesional en el Filadelfia Spartans, junto a los húngaros de nuestro campeonato Laszlo Kaszas y Tibor Szalay. Janos Kuzsman, otro húngaro españolizado por su militancia en el Betis, Sans, Español y Castellón, veló armas en el Filadelfia Spartans y Cleveland Stokers. Antonio Collar (Murcia, At Madrid, Coruña y Las Palmas), hermano del gran extremo internacional con magnífica trayectoria «colchonera» Enrique Collar, también cruzó el charco para enrolarse en el Vancouver Royals. Pero donde más «españoles» recalaron fue en el Toronto Falcons, propiedad del agente inmobiliario Joseph Peters. Empezó llegando a su banquillo en 1967 el checo Ferdinand Daucik, campeón con el Barcelona y At. Bilbao, además de polémico por cuantos clubes de nuestra geografía fue pasando. Con él, como solía tener por costumbre, hizo el viaje su hijo Yanko (Indauchu, Betis, Real Madrid y más tarde San Andrés, Español y Xerez), delantero centro con mejor planta que resultados. Como las cosas empezaron a no marcharles bien, pidieron ayuda a la familia. Y Ladislao Kubala, siempre buen yerno, acudió con sus hijos Branko y Laszika. 

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Antonio Collar y Bob Cram.

Branko era un futbolista contrastado desde que debutase con el Español, siendo su padre el mandamás del banquillo. Aunaba técnica y precisión, fuerza y clase. Disputó 24 partidos en aquella edición, de ellos 15 en la Liga. Su hermano, en cambio, todavía muy verde, sólo jugó con el Hungaria, filial del Toronto, que competía en el campeonato amateur. Tras su regreso a Barcelona lograría hacerse futbolista, saltando del Europa Aficionado al primer equipo en 1968-69, con los del escapulario en 3ª División. Pero pese a no jugar, Laszika, como vástago más joven de una gloriosa estirpe, contribuyó al lanzamiento publicitario del Toronto. «Kubala: único futbolista del mundo en jugar con sus dos hijos», tituló la prensa norteamericana. Y cuando la antigua estrella marcó un gol en el mismo partido que su hijo Branko había cantado otro, los redactores no necesitaron estrujarse el cerebro. «La familia Kubala derrota al Sant Louis».        

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Parera.

Pero es que en el Toronto también jugaron aquella misma temporada el algecireño Juan Lima (At Cordobés y Elche, antes de volar a Canadá, y Castellón, Jaén, At Ceuta, Algeciras y Marbella después), el guardameta donostiarra Benegas (Real Sociedad, Valladolid, Córdoba, Sabadell, Badalona y Hércules). Y en 1968, ya con Kubala en el banquillo de los Falcons, hicieron sus pinitos el azcoitiarra Miguel Iguarán (Oviedo, Mallorca y Pontevedra) y el lateral levantino José Luis Ponce (Águilas, Orense, Albacete, Constancia y Elche), con paso posterior por el Córdoba, Calvo Sotelo de Puertollano y Real Murcia, donde habría de vivir un drama al enredarse en el uso y abuso de los estimulantes. También en 1968, aunque en el Cleveland Stokers, dio cuenta de su clase Enrique Mateos, junto al ya citado Jesús Tartilán y al posteriormente bien conocido por nuestros pagos Sergio Kresic. Y aún hubo más.

El internacional asturiano Alvarito (Caudal, Langreano, Oviedo, At Madrid y Murcia), luego de haber mejorado su inglés en Irlanda, donde jugó seis meses con ficha amateur, cubrió dos campañas en el White Cups de Vancouver y otras tantas en el Santa Bárbara californiano. Para concluir, varios compatriotas casi desconocidos, cuyo rastro apenas dejó huella en nuestro campeonato, también probaron suerte en clubes menores: el portero Ricardo Ordóñez en el Dallas Tornado, el defensa Miguel Crespo en el Montreal Olympique, y el centrocampista Joaquín Rey en el Vancouver Royals, compartiendo vestuario con el atacante José Arranz.

En casi todos los casos fue el antiguo internacional «colchonero» Alfonso Aparicio quien ejerció como banderín de enganche. Los representantes de futbolistas no son un invento nuevo y el otrora gran defensa apostó por ejercer como tal, durante unos años, antes de convertirse en eterno delegado de campo en El Manzanares.

Nuestros paisanos vivieron distintas suertes. El durangués Carmelo, meta internacional durante su amplia trayectoria en San Mamés, al que Iríbar acabó enviando al Español en lo que se antojaba ocaso de su carrera, disfrutó de lo lindo en Baltimore, ya graduado como pícaro cervantino. Frecuentemente saltaba al campo con un alfiler oculto en el dobladillo del pantalón. Si ganaban y los contrarios les tenían embotellados, pinchaba la pelota cuantas veces hiciera falta, arañando, así, preciosos minutos. Durante un partido con el At. Bilbao llegó a lesionar a sus tres defensas. Mordía a propios y extraños en lanzamientos de córner. Disputaba cada partido como si fuera el último de su vida. A los 37 años tenía decidido retirarse, cuando llegó la oferta del Baltimore Bay. Por si acaso les asustaba su edad, se agenció un pasaporte y fe de vida donde sólo confesaba 28 primaveras, subió al avión y defendió el nuevo marco. «Cobré 20.000 dólares, fuimos subcampeones y pretendían renovarme por otra temporada más» dijo a su vuelta. «Pero no estoy loco. Voy disparado hacia los 40 años, aunque allá crean otra cosa, y por mucho que haya jugado allí 48 partidos, me faltan reflejos. Toca decir adiós».

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Arcángel tampoco se quedó atrás a la hora de arreglar su documentación. Para la Federación Española había nacido en 1937, mientras los norteamericanos daban por bueno 1941. Enrique Mateos, otro internacional, tan sólo dibujó un paréntesis entre la Gimnástica de Torrelavega y el Toluca cántabro, al que Marquitos pretendió convertir en un viejas glorias merengue. Vidal estaba ya para pocos trotes, Kaszas se alineó como centrocampista, volviendo al año siguiente a su antigua demarcación en el Tarrasa, y el extremo Szalay, importado desde el fútbol turco, iba a salir del Filadelfia Spartans porque no le rodaban bien las cosas, cuando al anotar 4 goles se convirtió en ídolo. Ponce fue repescado por el Córdoba, gracias a 270.000 ptas. en concepto de cesión, y años después, transformado en adicto a la Centramina, habría de ingresar en Carabanchel tras robar un coche en Madrid y atracar una entidad bancaria. Fue el suyo un caso sonado, porque puso sobre el tapete la existencia de doping en el fútbol de los años 70. Pero por suerte, y eso es lo verdaderamente importante, supo salir del hoyo. Yanko Daucik se aseguró un hueco en la historia del «soccer», al convertirse en primer máximo goleador de esa liga, con 20 goles en 17 partidos.

A su regreso, varios entonaron abundantes loas. Los Estados Unidos, entonces, con sus coches larguísimos, los rascacielos y una vida instalada en el tecnicolor del perpetuo consumo, ejercían inmensa fascinación sobre el españolito que empezaba a saber de otros mundos gracias al flujo turístico y cambiaba el «Biscúter» por un «Seiscientos». Si acaso reservaban alguna censura para los árbitros, empeñados en no cortar brusquedades desde el falso axioma de que a mayor violencia más espectáculo. Contaban que varios de esos árbitros habían sido importados desde Inglaterra o Escocia, al igual que los comentaristas de televisión, que los mejores conjuntos eran el San Luis de Sekularak y Sostic, y el San Francisco del ruso Stayanovic o los brasileños Duarte y Fernández, cada uno de ellos con 8 y 10 yugoslavos, respectivamente. Que el Atlanta, compuesto en su mayoría por italianos y argentinos, se llevaba la palma a la hora de repartir leña. Que el Pittsburg era, en realidad, una especie de sucursal alemana. Por cuanto se refería a la pretensión de enraizar el «soccer», eran muy optimistas. Kubala incluso los veía como hábiles organizadores. «Existe otra liga que es de giras; de organización de partidos con equipos de todo el mundo. Son torneos con el Dukla de Praga, el Dinamo de Zagreb o el Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, que disputan entre sí un trofeo. Esta Liga, para darle al fútbol seriedad, pasará ahora a formar parte de la Federación de Fútbol de Washington. Quieren que el fútbol esté controlado bajo una sola organización que vele por sus intereses».

La realidad fue distinta. Para empezar, el Cleveland Strokes del gallego Jesús Tartilán se deshacía, pese a haber quedado subcampeón. Tartilán, que había firmado por dos años, tuvo que darse una vuelta por Ponferrada, antes de reengancharse en el Boston. Su testimonio no engañaba: «Tienen buenas ideas. Cuando llegamos a Cleveland, cortaron las calles y nos pusieron a dar toquecitos. Todo lo montan a la americana. Divisiones divididas en Conferencias, 2 partidos por semana, mucha mercadotecnia… Hasta nos mandaban a las escuelas a dar conferencias. Pero no hay afición. Ver campos para 40.000 espectadores con 4.000 personas, da muy mala espina».

En enero de 1969, el campeonato estadounidense se descomponía parcialmente. La Liga quedaba reducida a 8 equipos (Chicago, Oakland, Baltimore, Kansas City, Saint Louis, New York, Dallas y Atlanta) recayendo la dirección del torneo en Phil Woosman, máximo responsable del Atlanta. El periodista de El Mundo Deportivo Carlos Pardo se hizo eco del desplome: «Las noticias son desalentadoras para los amantes del balón redondo. Clubes que cierran, Ligas que se deshacen, cadenas de TV que cancelan sus contratos… y muchos jugadores, entre ellos varios españoles, que quedan en el aire».

Los norteamericanos, con su «football» como gran deporte invernal, el «base-ball» para el buen tiempo y el baloncesto para casi todo el año, parecían no dejar un hueco al fútbol europeo. ¿Por qué, si causaba furor al otro lado del océano?. Encargaron estudios de mercado, lucubraron sobre hipotéticas campañas de marketing, rehicieron sus números. Esfuerzo baldío.

Ocho años más tarde repitieron el mismo error. Volvieron a izar el andamiaje de una liga a lo grande, cuajada de nombres míticos al borde de la retirada (entre los que nuevamente hubo españoles), derrocharon millones y hasta contaron con el padrinazgo de Kissinger, por entonces auténtico presidente norteamericano en la sombra. No habían aprendido nada, por mucho que su error resultase bien simple. Olvidaron que el fútbol en Europa o Latinoamérica es un sentimiento arrullado desde la cuna, que los colores de la camiseta son una especie de segunda piel para el devoto seguidor, que el cariño, la veneración, no pueden improvisarse y menos aún adquirirse a golpe de talonario. Y sobre todo, que el fútbol no es en realidad un negocio al uso. Porque como dijese el gran Samitier durante su época de secretario técnico: «Si el fútbol fuera negocio ya se habrían quedado con él los bancos».

 Relación de futbolistas con paso por el Campeonato Nacional de Liga, pioneros en el fútbol USA. En bastardilla los extranjeros de nuestro fútbol

JUGADOR

CLUBES

P. LIGA

GOLES

Juan SANTISTEBAN Baltimore 1967 y 1968

39

2

CALIXTO Méndez Baltimore 1968

21

1

CARMELO Cedrún Baltimore 1968

23

Domingo ARCÁNGEL Baltimore 1968

18

7

José Mª VIDAL Filadelfia 1967

8

Tibor SZALAY Filadelfia 1967, Houston 1968, Kansas City 1970, Washington 1971

90

17

Laszlo KASZAS Filadelfia 1967, New York 1968, Saint Louis

32

Janos KUZSMAN Filadelfia 1967, Cleveland 1967 y 1969

30

4

BRANKO Kubala Toronto 1967 y 1968, Saint Louis 1968, Dallas 1968

32

5

Ladislao KUBALA Toronto 1967

19

5

YANKO DAUCIK
Toronto 1967 y 1968

21

25

Juan Mª BENEGAS Toronto 1967 y 1968

32

José PONCE Toronto 1968

30

Miguel IGUARÁN Toronto 1968

26

1

Juan LIMA Toronto 1968

31

4

Jesús TARTILÁN Cleveland 1968

29

Enrique MATEOS Cleveland 1968

31

16

Sergio KRESIC Cleveland 1967 y 1968

13

4

Antonio COLLAR Vancouver 1968

20

José ARRANZ Vancouver 1968

4

Joaquín REY Vancouver 1968

22

4

Ricardo ORDÓÑEZ Dallas 1968

3

Miguel CAMPO Montreal 1971

2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




La S.D. Indauchu: un trampolín hacia primera

El tiempo desdibuja perfiles, ensombrece rasgos y difumina no pocos logros. Grandes gestas de antaño ceden espacio a efímeras manifestaciones del presente, sin otro reclamo que el de un titular. Ley de vida, obviamente. A veces injusta ley para entidades que, como la bilbaína Sociedad Deportiva Indauchu, constituyeron un hito.

Hoy, con el equipo sumergido en la categoría Regional vizcaína, cuando el campo de Garellano donde dirimiese tantas disputas deportivas es terminal de autobuses, aún enhiestas las torres de iluminación transportadas en los 60 desde la vieja Creu Alta vallesana, quizás sea momento de rememorar otra época. Aquella en que el Indauchu representó para muchos futbolistas un trampolín hacia la 1ª División.

Ya en 1924 existió un club de idéntico nombre. Jugaba sus partidos como local en el bilbaíno campo de Onchena, y al desaparecer ese suelo con la construcción del colegio de Jesuitas de Indautxu, el equipo se extinguió también. Recién terminada la Guerra Civil, algunos antiguos alumnos del centro decidieron federar un equipo, para entretenerse. La posguerra no andaba muy sobrada de dinero y distracciones, precisamente. Con un balón podían pasar el rato 22 chicos. ¿Acaso no era buena forma de mantenerse unidos?. Y como entre ellos hubiese algunos magníficamente dotados para el deporte (Luis Artajo, Arzanagui, Legórburu o los hermanos Rafa y Jaime Escudero) y otros con mucha más afición que virtudes, encomendaron a Jaime de Olaso, uno de los menos dotados, la gestión burocrática. En los primeros meses de 1940 volvía a ser realidad una nueva S. D.  Indauchu.

Jaime de Olaso, tan entusiasta como controvertido, habría de ser impulsor, tesorero, secretario técnico, presidente, avalista y alma mater del club que, arrancando desde abajo, acabaría proclamándose 6 veces campeón vizcaíno de aficionados, campeón de España en 1945, subcampeón en 1947 frente a la Ferroviaria y 1948 ante el Serpis-Alcoyano del futuro internacional y presidente de la FEF José Luis Pérez Payá, deviniendo, por fin, en un clásico de la 2ª División distribuida en dos grupos: Norte y Sur.

Tan huérfano de lo imprescindible nació el Indauchu, que incluso sus primeras camisetas fueron heredadas de los Koskas, modesto equipito recién disuelto. Con esa misma precariedad, nutriéndose sobre todo del alumnado jesuítico -lo que otorgó a sus miembros cierta fama señoritinga-,  pudo moverse hasta mediados los años 50 como club vocacionalmente amateur, sin apenas infraestructura y fiel a su origen de agrupación de ex alumnos. Con su ascenso a 2ª División en 1955, fueron cambiando las cosas.

Para aquella primera temporada de plata se reforzaron con algunas viejas glorias a punto de caducar: Sebastián Ontoria (Real Sociedad) y los internacionales de San Mamés José Luis López Panizo y Telmo Zarraonaindía, es decir los Panizo y Zarra de una delantera mítica. Esa campaña (1955-56), gracias sobre todo a la incorporación de Zarra, el Indauchu hizo ricos a los componentes del Grupo Norte de 2ª División. Sus campos, incluso los más acostumbrados a fútbol de muchos kilates, como en Gijón, Oviedo, Santander, Pamplona o Sabadell, se llenaban a reventar. En cambio jugando de local, las taquillas indauchutarras daban pena: 59.195 ptas. ante el Tarrasa; 5.295 ante el Caudal de Mieres; 14.335 ante La Felguera; 17.683 ante el Logroñés; 25.094 ante el Zaragoza; 26.895 ante el Ferrol; 43.270 ante el Santander; 45.635 frente al Lérida; 30.433 contra al Sabadell; 37.446 ante el Eibar; 54.605 frente al Oviedo… Recibiendo al Sestao, rival vizcaíno, 52.450. Tan sólo los muchos baracaldeses arrastrados desde la margen izquierda del Nervión arreglaron algo las cuentas, dejando en su visita 133.205 ptas. En total, una ruinosa media de 46.849 ptas. Así, aunque deportivamente no acusaran el salto, resultaba imposible mantenerse en 2ª. A menos que hiciesen caja traspasando a sus más firmes puntales.

De ese modo, sin proponérselo, el Indauchu asumió su papel de nodriza para la 1ª División. Al concluir cada temporada, 2, 3, y hasta 4 ó 5 de sus componentes, emigraban para que el club pudiera mantenerse vivo. Y pese a tamaña sangría, gracias al excelente ojo de Jaime de Olaso y a la gran oportunidad que para muchos jóvenes vizcaínos representaba vestir aquella camiseta, el equipo retuvo su entorchado de plata durante algo más de 10 años.

A fuer de sincero, resulta preciso aclarar que ya antes de 1955 se dieron ciertos traspasos. Ángel Arzanegui, el ariete goleador Esteban Echevarría, Villabeitia, o Llorente, por ejemplo. Pero otras veces, como en los casos de Nicol Viar, incorporado al Puebla mexicano por Travieso, el del más tarde gran entrenador Juanito Ochoa, o en los de los hermanos Escudero, la transacción se hacía de modo altruista. Rafael Escudero, último verdadero amateur en la elite de nuestro fútbol, ilustra magníficamente aquel sentimiento.  

Interior de magníficas condiciones, fue cedido graciosamente al At Bilbao para paliar la difícil situación de los propietarios de San Mamés. Con una delantera muy mermada y olfateando el descenso, su aportación resultó decisiva. En 23 partidos oficiales anotó 14 goles, algunos tan decisivos como los 2 de su debut, otros 2 en la última jornada, para evitar la promoción, y el de la victoriosa final copera de 1944. Concluida la temporada declinó renovar como atlético, pese a ser socio, puesto que ya no se daban las condiciones que aconsejaron su llegada. Recibió un reloj como muestra de agradecimiento y volvió a su Indauchu, siempre con ficha de aficionado, sin percibir una peseta. A tal punto llegaba su altruismo, que no dudó en plantar cara con ocasión de disputar en Las Corts la final de Copa para aficionados. El Barcelona, queriendo incluir el acontecimiento en la celebración de sus Bodas de Oro, había ofrecido 100.000 ptas. a los indauchutarras por aceptar el escenario. Dinero sucio según su mentalidad amateur, por lo que rehusó alinearse.

Poco después de contraer matrimonio, siendo ya directivo del Athletic (todavía Atlético por imperativo legal), falleció el 4 de diciembre de 1953, sin disfrutar del Indauchu en 2ª División, al caer el Bristol de la línea aérea Bilbao-Madrid sobre las crestas de Somosierra.

Pero los tiempos cambiaban y el Indauchu sobrevivió convirtiéndose en un caso irrepetible, por la cantidad de futbolistas que aupó a 1ª en tan breve tiempo. Olaso, entonces, hábil hombre de negocios, obtuvo 850.000 ptas. del Real Madrid por el futuro internacional «Chus» Pereda, un millón del Zaragoza por el medio Santiago Isasi, 400.000 del At Madrid, más la ficha de Allende, por Miguel Jones, otras 400.000 del Betis por Azcueta, 900.000 del Sevilla por Axpe, millón y medio también del Sevilla por el guardameta Cobo, 850.000 por el excepcional defensa Eusebio Ríos… Por este último estuvieron interesados Real Madrid, At Madrid y Barcelona. Tan fuerte fue el interés culé, luego del informe elaborado por Samitier, que Jaime de Olaso cayó en la tentación de desfondar el saco solicitando 3 millones a cambio del hercúleo defensa y su portero Cobo. Los azulgrana, confiando ciegamente en el entonces joven Sadurní, desestimaron la oferta del guardameta, por lo que finalmente Ríos no pudo instalarse en la ciudad condal. Allí tal vez se le hubiera reconocido cuanto muchos técnicos opinaban: que era el mejor central de España, con permiso del merengue José Emilio Santamaría.

Tanto traspaso agrió mucho la relación del Indauchu con los máximos mandatarios de San Mamés. Y ello, pese a que la meta de algunos acabara siendo «La Catedral» (Azcárate, Uribe, Quintela o Latatu, por ejemplo). El Athletic lo fagocitaba todo en el ámbito deportivo bilbaíno. Proyectos tan loables como los de Águilas, Kas o Caja Bilbao de baloncesto, sucumbieron a lo largo del tiempo bajo el peso de la apisonadora rojiblanca. A diferencia de Madrid, Barcelona o Sevilla, e incluso Valencia, en Bilbao sólo había sitio para un equipo, una disciplina deportiva, un credo y una bandera. Y el Athletic se había apoderado del mástil. Casi todos los directivos del Indauchu eran a su vez, y continúan siéndolo hoy, socios con un asiento en «La Catedral». Pero no importaba. Eran vistos, al fin y al cabo, como pigmeos socavando sus cimientos. Gente que, si bien cargada de buena fe, podía meterles en un aprieto a poco que sus traspasados diesen el do de pecho por lejanas geografías. Mientras Ríos triunfaba en el Betis, Echeverría era un firme puntal en San Mamés. ¿Quién podía añorar a Cobo, teniendo a Carmelo y López?. La medular Mauri-Maguregui parecía gozar de cuerda cuando Isasi se fue junto al Ebro. Pero es que el Indauchu podía permitirse incorporar y traspasar a jugadores sin espacio político en la entidad rojiblanca. Y esa sí que fue cuestión peliaguda, con el correr del calendario. Pereda no pudo ser atlético por su nacimiento en Medina de Pomar y la alta tasación «rojilla». A Víctor lo desechó el Athletic por ser de la turolense localidad de Utrilla. Gárate fue al At Madrid por haber venido al mundo coyunturalmente en Argentina. Y Jones, bilbaíno desde muy niño, era guineano. Hoy todos ellos jugarían en San Mamés. Pero aquellos eran tiempos más fundamentalistas, probablemente porque la necesidad no apretara tanto. Y aún con todo, Si Pereda, Víctor, Jones o Gárate triunfaran, ¿qué podía cruzar por la mente de muchos socios?. Tres de ellos lo hicieron por todo lo alto, avinagrando heridas.

Sólo a partir de 1961, con la llegada al Athletic de Javier Prado Urquijo, compañero de Olaso en las aulas jesuíticas, se produjo un acercamiento. Los de San Mamés cedieron a varios jugadores, suscribieron con el Indauchu un compromiso de colaboración y hasta entregaron cantidades económicas. Algunos de sus cedidos, sin sitio en el club de procedencia, como Zorriqueta, Argoitia, Zamora, Echevarría o Plácido, se redimieron. Urquijo, al que parecía habérsele escapado el tren de la 1ª División, supo abordarlo en marcha. Pero tan buen entendimiento saltó hecho añicos cuando desde San Mamés quisieron descontar sus dádivas al incorporar a Larrauri, medio de cierre forjado en la fragua «rojilla».

Jaime de Olaso dejó el Indauchu, su casa, en 1966. Tan buen hacer fue muy valorado por Santiago Bernabeu, quien en 1958 llegó a proponerle convertirse en gerente deportivo del Real Madrid. El club se despidió definitivamente de 2ª la campaña 1968-69, luego de que dicha categoría quedase reducida a un solo grupo de 20 equipos. Y aunque todavía saliera de aquellas filas alguna joya como Rojo II o Amorrortu, los grandes días habían quedado atrás.

Hoy sólo cabe recordar el pasado con una ojeada a cuantos saltaron catapultados hacia mayores logros. Alguno de ellos, como Axpe, viviendo una aventura en el fútbol sudafricano a partir de 1965. Otros, como Uría o Eraña (padre del también sportinguista Ignacio Eraña), perdiendo definitivamente el contacto con Bilbao.

¡Qué gran Indauchu aquel, menuda fábrica de futbolistas, aunque hoy muy pocos lo recuerden!.         

 

     Principales futbolistas del Indauchu, expedidos hacia el estrellato

 

JUGADOR

CLUBES Y PERIODO DE PERMANENCIA

Ángel ARZANEGUI R Madrid 41-46, Oviedo 1946-50
Esteban ECHEVARRÍA Oviedo 1942-51
José Luis VILLABEITIA Español 1942-43, R Sociedad 1943-44
Fernando LLORENTE Oviedo 1943-50
Juanito OCHOA R Madrid 1943-44
Rafael ESCUDERO At Bilbao 1943-44
Nicolás VIAR Puebla de México 1947-49
Jaime ESCUDERO II At Bilbao 1949-50, Barcelona 1950-52
Ignacio AZCÁRATE At Bilbao 1952-57
Ignacio URIBE At Bilbao 1953-63
José Mª PEREDA R Madrid 57-58, Sevilla 59-61, Barcelona 61-69, Sabadell 69-70
Luis AXPE Elche 1958-59
Eusebio RÍOS Betis 1958-68
José Mª COBO Sevilla 1958-62, Mallorca 1962-63, Pontevedra 1965-70
Santiago ISASI Zaragoza 1959-67
Miguel JONES At Madrid 1959-67
José Luis AZCUETA Betis 1959-62, Oviedo 1962-63, Pontevedra 1963-68
Joaquín URÍA Elche 1961-62
José Luis PEREA GENÚA Elche 1961-62
Isidro LATATU At Bilbao 1961-63
José Mª QUINTELA At Bilbao 1961-62
José Mª ARGOITIA At Bilbao 1962-72
Ignacio AYARZA At Bilbao 1962-63
Javier ECHEVARRÍA At Bilbao 1962-66, Sabadell 1966-69
PLÁCIDO Bilbao At Bilbao 1962-64
Juan ERAÑA Gijón 1962-70
José A. ROJO Latorre Mallorca 1962-65
Víctor Manuel URQUIJO At Bilbao 1963-64
José Mª ZORRIQUETA At Bilbao 1963-69
Juan Manuel ZAMORA At Bilbao 1964-71
José Mª IRUSQUIETA Zaragoza 1964-72
Mariano MARTÍN Pontevedra 1965-67
Andrés MENDIETA R Madrid 1965-68, Coruña 1968-69, Castellón 1970-74
VÍCTOR Díez At Madrid 1965-66, Sevilla 1966-67
José Mª LIZARRALDE Sevilla 1965-67, Valladolid 1967-76
José Eulogio GÁRATE At Madrid 1966-77
Jesús Mª IRÍZAR Betis 1967-72
José Luis RICO Zaragoza 1967-77
Javier VAHAMONDE Betis 1967-71
José Ángel ROJO II At Bilbao 1969-77, Santander 1977-78
José Luis MELÉNDEZ Valencia 1971-74,Málaga 1974-77
José Mª AMORRORTU At Bilbao 1973-78, Zaragoza 1978-83

 

 

 

 

 




Florencio Amarilla, un extremo de película

Internacional paraguayo en 31 ocasiones, mundialista en 1958, formando parte de una delantera que recaló completa en nuestro fútbol, Florencio Amarilla (Bogado 30-I-1935), podría ser definido como personaje de cuerpo entero, irrepetible y sin aristas.

Llegó al Oviedo junto a su compatriota Jorge Lino Romero en el verano de 1958. Por esa época el armenio Arturo Bogosian, todoterreno del fútbol sudamericano, comenzó a introducir en Europa a su buena cincuentena de pupilos, en su mayoría paraguayos. Algunos clubes, como el Elche, nunca podrán agradecerle lo suficiente tan buenos oficios. Porque de su mano llegaron junto al palmeral, Romero, Lezcano, Cayetano Ré, González o Casco, por no hacer interminable la cita. Unos venían con pasaporte extranjero, otros en condición más o menos dudosa de oriundos, la mayoría dispuestos a comerse el mundo y alguno, como Romero, el más contrastado de todos gracias a su envidiable currículum, absolutamente engañado, puesto que creyó hacer el viaje para suscribir la cartulina del Real Madrid.

En la capital asturiana, si bien no pudo convertirse indiscutible titular, Amarilla acreditó buenas maneras. Tampoco era malo aquel equipo carbayón. Con el guardameta portugués Carlos Gomes -dueño, por cierto, de una biografía digna del celuloide-, Marigil, Laurín o Delfín Álvarez taponando el área, Paquito y Sánchez Lage sentando cátedra en la zona ancha, y Hermes González, Sande, Luis Aragonés, Agustín, Iceta o Braga ejerciendo de estiletes, dio muchos sustos por casi todos los campos de nuestra geografía. Pero si al equipo le pintó bien, Amarilla tuvo manos suerte.

Lesionado en el tendón de Aquiles, debió sufragar de su propio bolsillo la intervención quirúrgica en Barcelona, puesto que la Mutualidad de Futbolistas dejaba bastante por desear en aquel entonces. Con la carta de libertad en el bolsillo hizo escala en Elche y Mallorca, rumbo a una sucesión de equipos menores hasta colgar las botas en 1972. Luego, como tantos otros, se hizo entrenador, pasando por el fútbol base del Almería, al tiempo que ejercía como ayudante del máximo responsable en el primer equipo. Roquetas, Almería, Mojácar, Vera, Garrucha y Polideportivo Ejido durante el tramo final de la campaña 1982-83 y el ejercicio 1984-85, todos ellos clubes almerienses, lo tuvieron posteriormente en sus banquillos. Y es que aunque su vida era y dependería siempre del fútbol, en el desierto almeriense había dado con otra actividad que, sin robarle demasiado tiempo, le llenaba la faltriquera: el cine. O mejor aún, los «Spaghetti Westerns».  

Durante aquel «boom» cuyas primeras gestas llevaron las firmas de Clint Eastwood y Sergio Leone, hizo de extra en un centenar de filmes y hasta alcanzó el rango de actor de reparto en 6 ocasiones, junto a Yul Brinner, Leonard Nimoy, Alain Delon, Toshiro Mifune, Richard Crenna, Charles Bronson o Ursula Andress. Su papel siempre era el mismo: jefe indio, porque su atezado rostro guaraní apenas si necesitaba maquillaje. Hablar no es que hablara mucho. Los indios del cine, ya se sabe, no suelen extenderse en discursos. Pero es que, además, cuando debía decir algo, parecía un apache, sioux o comanche auténtico, gracias su lengua guaraní, a la que siempre sacaba jugo.

Agazapado en el cine, embebido en el fútbol comarcal y contando a favor con su austera forma de entender la vida, se las arregló bien mientras Almería fue un Hollywood de serie B, C y hasta Z. Cuando la televisión, el vídeo y los nuevos hábitos derivados del progreso económico mordieron con saña a las salas de exhibición, todo aquel tinglado de cartón piedra y mecanotubo comenzó a oxidarse. Entonces fue una víctima más. Como los especialistas, ayudantes de rodaje, domadores, transferistas, maquilladores, sastres y técnicos de atrezzo, tuvo que buscarse la vida. Los especialistas, al menos, al igual que los expertos en doma, podían seguir arañando el duro exhibiéndose ante puñados de turistas. Un indio no. Cualquiera podía hacer de piel roja para las cámaras de cuantos se hospedaran en Aguadulce, Cerrillos, o el Cabo de Gata. Bastaba un especialista recién incorporado de su caída, el carpintero, o el más torpe pinche de cocina. Entonces Amarilla estuvo vendiendo zapatos y libros para salir adelante.

En 2006, a sus 71 años, ejercía de utillero en el Club Comarca de Níjar. Vivía, incluso, en las dependencias del viejo campo de San Isidro, pese a que la directiva le había propuesto montar una casa prefabricada. «Es de agradecer -dijo-, pero me gusta vivir libre, en pleno campo. Me levanto a las 07,30, ando, corro, hago unos toques, me tomo un matecito. Soy feliz así. Luego cuido el material del club y estoy a disposición del equipo para lo que sea».

Su bonhomía tuvo premio. Al presidente del Níjar, Francisco Montoya, se le llenaba la boca al asegurar: «Nunca vi a nadie que recibiera más cestas de Navidad». Y el propio Amarilla apuntalaba: «Dirigentes del Oviedo de aquella época siguen invitándome a acercarme por la ciudad. Me pagan el avión y una semana de hotel a cuerpo de rey. Allí me adoran».

Florencio Amarilla, a diferencia de su compañero de ala en la selección paraguaya Jorge Lino Romero, no quiso buscar los dólares del por entonces rico fútbol profesional colombiano. Prefirió quedarse para siempre entre nosotros, como extremo de película. Si no en el más laudatorio sentido figurado, con letra de medio cuerpo en varios títulos de crédito.

Filmografía de Florencio Amarilla

AÑO TÍTULO DIRECTOR REPARTO
1970 «El Cóndor» J. Guillermin J. Brown y Lee Van Cleef
1971 «El oro de nadie» S. Wanamaker Yul Brynner, R. Crenna y Leonard Nimoy
1972 «Chato el apache» Michael Winner Charles Bronson y Jack Palance
1972 «Sol rojo» T. Young Ursula Andress, Alain Delon, Toshiro Mifune y Charles Bronson
1973 «Caballos salvajes» J. Sturges Charles Bronson, Jill Ireland y V. Van Patten
1984 «Yellow Hair & Pekos Kid» Matt Cimber Laurence Landon y Ken Roberson

 

Trayectoria deportiva en España de Amarilla

Florencio Amarilla Lacasa
Bogado 3-I-1935
Paraguay A
Oviedo 58-59 17 3
Oviedo 59-60 5
Oviedo 60-61 11 1
Elche 61-62 2 1
Mallorca 62-63
Constancia 63-64    
Hospitalet 64-65 12 3
Abarán 65-66    
Manchego 66-67    
Almería 67-68    
Almería 68-69    
Adra 69-70    
Adra 70-71 R    
Almería 71-72 R    

 




El futbolista que iluminó Nueva York

La vida de Pedro Patricio Escobal (24-VIII-1903), durísimo defensa del Real Madrid en los años heroicos, daría de sobra para una gran producción de Hollywood.

Logroñés de nacimiento, cuando sus estudios universitarios en la capital de España se lo permitían, reforzaba la defensa del Club Deportivo Logroño (antecedente del ya extinto Club Deportivo Logroñés), alineándose junto a su cuñado, el más tarde célebre galeno Ramón Castroviejo Briones. Ambos, por ejemplo, formaron en el equipo que inauguraría el viejo campo de Las Gaunas.

Pero su verdadero equipo era el Real Madrid, cuya defensa apuntalaba a partir de 1919 sin perder comba en la Escuela Central de Ingenieros. Amigo personal de Santiago Bernabeu y capitán sobre el campo en varias ocasiones, su juego práctico, poco dado a las exquisiteces, le permitió engrosar la selección nacional presente en los VIII Juegos Olímpicos celebrados en París, durante mayo de 1924. Pese a componer con Quesada una buena línea, no llegó a debutar en aquella Olimpiada, puesto que Vallana y Pasarín constituían un serio obstáculo.

Ya entonces, su hiperactividad no quedaba satisfecha con la doble función de estudiante y jugador. Afiliado a Izquierda Socialista, partido de Azaña, se empeñó en crear el primer sindicato de futbolistas españoles. Aunque el intento resultara vano en 1928, convulsa época de pistolerismo, represalias, ruido de sables y dolorosa inseguridad, aún volvería a la carga entre 1935 y 1936, proclamada la República, cuando ya ni siquiera vestía de corto. Había abandonado la entidad merengue en 1927, para ingresar en el Racing madrileño, con cuyo elenco pudo disfrutar en 2ª División del advenimiento del Campeonato Nacional de Liga. Nuevamente en el Madrid, disputó 4 partidos de Liga le edición 1930-31 y colgó las botas en el Nacional.

Concluida la carrera universitaria, obtuvo plaza de ingeniero en el ayuntamiento logroñés. Poco pudo deleitarse con su nuevo estatus, porque en 1934, tras la revuelta socialista de Asturias, fue destituido sin formársele expediente. De regreso a Madrid, sus numerosos contactos le sirvieron para ingresar en una compañía privada hasta que en 1936, tras la victoria electoral del Frente Popular, pocos días antes de estallar el Movimiento, decidiera volver a la capital riojana con el propósito de recuperar su puesto en el Ayuntamiento. Estaba marcado por su militancia izquierdista y, consecuentemente, fue detenido el 22 de julio, para ser interrogado. El Cine Avenida y el frontón Beti-Jai, convertidos en improvisadas prisiones, fueron sus siguientes escalas junto al Ebro.

Desde 1935 arrastraba las consecuencias de una seria infección, traducidas en intermitentes molestias de espalda. Las pésimas condiciones de su cautiverio no hicieron sino agravar el problema y con su posterior traslado a la Escuela Industrial, aún empeoraron las cosas. Por fin, a mediados de julio de 1937, fue enviado al Hospital Provincial, diagnosticándosele un avanzado proceso de mal de Pott, especie de tuberculosis ósea, gracias a la cual acabaron conduciéndolo a Pedernales, Vizcaya, junto a la Ría de Guernica, actual reserva de la biosfera. Apenas pudo disfrutar de tan idílico paraje, puesto que permaneció año y medio inmovilizado en el lecho y algo más de un año en larguísimo proceso de recuperación. Tiempo de sobra para que su familia removiese influencias, no en vano había sido condenado a 30 años de cárcel y esquivado el fusilamiento hasta en 4 ocasiones.

Unos tíos de su esposa, Teresa Castroviejo, residentes en Buenos Aires, poseían en Logroño la casa que sirviera de alojamiento al alto mando italiano. Gracias a ello mantenían buenas relaciones con el ejército victorioso, especialmente con el general Gámbara, por cuya mediación lograron el sobreseimiento de la causa, condición imprescindible para una posterior salida de España. Así pudo partir, el 15 de junio de 1940, rumbo a Cuba y los Estados Unidos. Como tantos otros compatriotas, se fue prácticamente sin nada; con dos maletas, mucho miedo y el peso de los recuerdos. Costaba reconocer en aquel hombre acodado sobre la cubierta del «Magallanes», en el joven aprisionado bajó el corsé de celuloide que para moverse precisaba de un grueso bastón, el rostro demacrado del guapo madrileño a quien todos apodaban «Fakir». Ya no era el chuleta de los bailes elegantes, las francachelas y la aventura ruin, tirando a golfa. Poco tenía que ver con quien acabase en comisaría aquella noche, tras abofetear a una mujer casada con la que mantenía relaciones sentimentales, luego de oírla que únicamente se acostaba con él para averiguar a qué sabía un futbolista. La amargura suele volver humanos a los mejor plantados dioses del Olimpo, y a él le sobraban hiel y dolor.

En los Estados Unidos le esperaba su cuñado Ramón. Establecido inicialmente en Cleveland, Ohio, más tarde habría de reunirse con su hermano en Nueva York, donde durante 15 años trataría de sacar adelante sin mucho éxito un negocio propio. Cansado de tanta lucha estéril, se colocó en el bureau del Gas y Electricidad de New York, llegando a ingeniero jefe. Ostentaba ese cargo cuando se abordaron las obras para el alumbrado de Queens, el más extenso barrio de la emblemática ciudad, por lo que no resulta exagerado asegurar que llenó de luz la margen del East River, entre los límites de Brooklin, el Astoria Park, Little Neck y los cayos de Jamaica Bay. También, porque la vida tiene esas cosas, seguía siendo ingeniero jefe durante el célebre y nunca bien explicado apagón de los años 60.

Muchas de sus vicisitudes durante la Guerra Civil, que él vivió encerrado, quiso reflejarlas en un libro de memorias titulado «Las Sacas», publicado en Nueva York durante 1974, una vez fallecida su madre, que al no aclimatarse a la vida neoyorquina debió regresar a  Logroño. El miedo a las represalias, ese mal enemigo que tanto cuesta expulsar de las entrañas, le aconsejó no tentar a la suerte.

Patricio Escobal regresó a Logroño, de visita, en 1978, y aún volvió en 1982, con ocasión del Mundial de Fútbol disputado en nuestro suelo. Apenas si pudo reconocerse en la antigua capital, que ya había desbordado la calle Portales, el Espolón y la Gran Vía, extendiéndose hacia el vetusto Las Gaunas, escenario de sus primeras patadas. El viejo futbolista falleció en Nueva York, a los 99 años, hace ahora 7 inviernos, muy satisfecho de sí mismo. Su hijo Pedro Ramón, logroñés nacido en la calle Bretón de los Herreros, fue destacado ingeniero en la NASA, inventor de un sistema para calcular el amerizaje de las cápsulas espaciales con un margen de error próximo a los 500 metros. No jugó al fútbol, pero de casta le venía aportar luz a la ciencia.




El canario que aguó la presentación de Di Stéfano

Aunque fueron numerosos los futbolistas canarios que desde los años 20 engrosaron clubes peninsulares, no es menos cierto que el deporte isleño vivía una especie de independencia con relación al resto del país. La lejanía geográfica, los paupérrimos medios de transporte y el elevado coste económico que representaban los traslados entre la metrópoli y Las Palmas o Santa Cruz de Tenerife, aconsejaron la creación de una liga regional. Habría de esperarse hasta 1950 para que la recién nacida Unión Deportiva Las Palmas -por fusión de cuatro sociedades históricas-, ganase el derecho a participar en 2ª División. Consecuentemente, esa ausencia de clubes canarios en nuestras dos categorías profesionales, acabó pasando factura en forma de agudo desconocimiento mutuo. Un desconocimiento, por cierto, extensible a casi todos los ámbitos de la vida.

Dan fe de ello las descripciones que la popular novelista Anita Serrano Rodríguez hacía   sobre Gran Canaria en su novela «Herencia de amor», aparecida en agosto de 1954. Una muestra de su página 39 resultará suficiente:

«La hermosa finca de Las Morenas no sólo era una mansión de lujo y recreo, sino una propiedad productiva, donde, además de las cosechas de cereales y plátanos que, aprovechando el paso de un riachuelo que permitía con gran facilidad verificar los riegos, había mandado plantar don Alfonso, poseía extenso olivar, algo de monte y una bien poblada ganadería de vacas suizas, con modernísima instalación de maquinaria para la esterilización de la leche, que, después, era vendida en los mercados mundiales en botellas especiales».

Pasando de largo sobre tan pedestre construcción literaria, resulta obvio que la autora, con varios títulos más a su espalda, no había visto las Canarias ni en foto, y que para documentarse pudo haber manejado folletos turísticos de la Suiza grisona. Poco importaba, puesto que el español de la época apenas podía viajar. Bastante hacía sobreviviendo a una posguerra tan dura como interminable. Por todo ello, el archipiélago canario podía ser como la mente de cada cual quisiera proponerlo. Para Anita Serrano Rodríguez no sólo era una especie de Suiza cerealera y con olivos, sino tierra poblada de nigromantes, según relataba en la página 78 del mismo ejemplar.

 La realidad canaria a principios de los 50 del pasado siglo, empero, estaba harto alejada de la leche pasterizada. Por las dos capitales, conglomerado de coloristas construcciones bajas denominadas terreras, no resultaba raro ver la ronda del cabrero, ordeñando a sus animales ante la clientela,  en los mismísimos porches.

Bajo ese prisma ha de entenderse el testimonio del goleador amarillo Sinforiano Padrón. Corría el 28 de mayo de 1950 y la Unión Deportiva acudió a Murcia para disputar un decisivo choque de promoción a 2ª. Tan pronto se detuvo el autocar que los conducía desde el hotel a las inmediaciones del estadio, la muchedumbre arremolinada en derredor de las taquillas comenzó a gritar «¡Los canarios!. ¡Llegan los canarios!». Dubitativos, comenzaron a descender, sin descartar alguna posible agresión. Pero el comportamiento de los murcianos no podía ser más pacífico. En lugar de enojo, sus rostros reflejaban asombro e incredulidad. Por fin alguien tradujo en palabras la decepción general. «Pero, ¿cómo es posible?. Vienen de las Islas Canarias y son blancos. ¡Todos blancos!».

Entre los componentes de aquel equipo se hallaban Cástor Elzo, durante mucho tiempo el más viajero de la 1ª División, al haber militado en 7 clubes diferentes, y Tacoronte, cuyas andanzas requieren atención.

 Juan González Tacoronte (Las Palmas, 2 de junio de 1927), no sólo fue un delantero corpulento, luchador, bien dotado para el remate de cabeza y con aceptable dominio del balón, sino protagonista de algunas excelentes anécdotas.

Formado en un equipo playero llamado Ribalta, pasó a los clubes Gran Canaria y Victoria, con cuyo presidente, hombre convencido de poder traspasarlo al Barcelona no tardando mucho, pactó la ficha más alta satisfecha hasta entonces en la entidad. Gracias a esa ficha compraría una casa en el barrio de las Alcaravaneras, donde residió algún tiempo. La constitución de la Unión Deportiva Las Palmas le sorprendió probando en varios clubes peninsulares, sin que su fuerza y brega llegasen a convencer. Ya amarillo, rompió defensas contrarias hasta aupar a los recién nacidos a la máxima categoría. El 13 de octubre de 1952 era traspasado al Zaragoza, donde sin embargo no permanecería mucho tiempo. Su siguiente club fue el Nancy francés. No cabe decir que triunfara, puesto que en el campeonato galo redujo su habitual registro goleador hasta 3 tantos en 18 encuentros. Y sin embargo con aquella camiseta tocó el cielo, siquiera por una vez.

Fue cuando acudió con el Nancy al estadio Santiago Bernabeu, para disputar contra los merengues el partido donde presentaban al gran Alfredo Di Stéfano. Si todavía necesitaba consagrarse por nuestros pagos, aprovechó bien la oportunidad, puesto que los blancos salieron humillados con un contundente 1-4. Tacoronte firmó tres goles y anonadó de tal modo al graderío, que la crónica de «Marca» no se anduvo con rodeos: «Hemos venido a ver el debut de Alfredo Di Stéfano y lo que en realidad hemos visto es a un genial delantero centro canario llamado Tacoronte».

Tras aguar la fiesta blanca y sembrar dudas en torno el astro argentino, los cazatalentos comenzaron a merodear, para beneficio del club francés. Fue el Marqués de la Florida quien finalmente, con algo de anticipación y bastante dinero, pudo llevárselo al Atlético de Madrid. Ya no volvió a repetir tardes tan gloriosas. Iba bien de cabeza, se fajaba con los defensas, pero de ahí a brillar nuevamente con luz propia… Di Stéfano acaudillaba al mejor Real Madrid de la historia, cuajando como el mejor futbolista de la época, en tanto él menguaba, a medida que disminuían sus prestaciones físicas. Aún habría de cambiar la camiseta colchonera por el listado blanquinegro del Badajoz, en cuya ciudad contrajo matrimonio y puso fin a su andadura deportiva. Era aquel un equipo bautizado como «Los diez mantas y un brasero», aludiendo a la cortedad de su plantilla, en consonancia con la precariedad de medios económicos, la justita calidad media y el brillo de sus goles. Un equipo que mientras fue respetado por las lesiones ocupó puestos cabeceros de 2ª División, para sorpresa general.

De las anécdotas anteriormente aludidas, probablemente no haya otra como la fechada en Cartagena, durante y después del partido que supusiera el debut canario en 2ª División.

Fajador tenaz, conforme se ha dicho, padeció aquella tarde numerosas entradas de la defensa departamental sin que el árbitro, caserísimo, se diera por aludido. A medida que avanzaban las agujas del reloj y se endurecía el lance, iba agotándosele la paciencia. Tacoronte, al fin, hincado de rodillas y mirando al cielo con las manos unidas, lanzó todo tipo de maldiciones, juramentos e improperios. Concluido el encuentro con tanteo favorable a los debutantes por 2-4, se presentaron en la estación ferroviaria varios sacerdotes que preguntaban por su paradero. Ante la extrañeza de entrenador y directivos expedicionarios, fue persuadido a salir del tren. Entonces los sacerdotes corrieron para abrazarle efusivamente, alborozados. «¡Usted es un santo!», clamaban. «¡Un auténtico santo!». Futbolistas, directivos y demás viajeros, no salían de su perplejidad. Cuando Tacoronte pudo encontrar palabras entre tanta turbación, los curas se explicaron: «Creemos que a usted se le debe proclamar santo porque a pesar del castigo infligido por los contrarios, se puso de rodillas y rogó a Dios por esos jugadores que no sabían lo que hacían». Al arrancar el tren y con el grupo de sacerdotes despidiéndoles bajo la marquesina, el sorpresón se tradujo en chirigota, multiplicada aún en el hotel cuando el propio Tacoronte se hizo con la sotana del capellán canario Juan Nuez y, vistiéndola, inició un solemne paseo por el comedor, trazando la señal de la cruz.

Patético reflejo de aquellos años empapados en moralina, fervor amachimbrado y milagrería, sólo comprensible desde la perspectiva nacional-católica cuyo máximo exponente habría ser el Congreso Eucarístico barcelonés. Un Congreso, por cierto, que si el No-Do calificó ampulosamente como magno acontecimiento cristiano, para el vulgo habría de ser, no sin cierta carga irreverente, la «Olimpiada de la Hostia».

Tacoronte, el canario que aguara la presentación de «La Saeta Rubia», olorosa flor de un día, se establecido en la capital de España como topógrafo, tras colgar las botas. Falleció el 6 de agosto de 1994, sin olvidar nunca la primera plana del «Marca» y su inmensa sorpresa en la estación ferroviaria de Cartagena.




Compraventa de partidos: nada nuevo bajo el sol

De vez en cuando, el terremoto de la sospecha parece sacudir los cimientos de nuestro fútbol. A veces basta una conversación de café, una suma de conjeturas o el rumor malintencionado, para disparar presunciones. Otros supuestos se escudan en llamadas telefónicas y contactos personales. Basta que al menos uno de los clubes contendientes se juegue algo grande, que existan puntos de conexión entre los componentes de las respectivas plantillas, para que el mayor disparate parezca adquirir algún tinte de verosimilitud. ¿Tan fácil resulta comprar partidos?, se escucha o lee con alguna reiteración en los medios. Y si la respuesta fuese afirmativa, ¿desde cuándo viene sucediendo?. Repasando un poco la historia, veremos que casi desde que el balón es redondo.

Ya en tiempos de profesionalismo pobre, el guardameta Antonio Vilarrodona (Barcelona 1904) parece fue consumado corrupto. Suplente de Ricardo Zamora en el Español, pasó al Universitary la temporada 1924-25, antes de recalar en el Zaragoza, desde donde saltó al Sabadell sin concluir el ejercicio. Ingresó posteriormente en el Huesca, regresando a la ciudad del Pilar tras las durísimas sanciones impuestas al club oscense como consecuencia de los incidentes acaecidos durante un choque. Y digo que regresó a Zaragoza, no al Zaragoza, porque duplicó ficha, embolsándose los correspondientes anticipos, en los dos clubes más representativos de la ciudad (Iberia y Real Zaragoza C. D., precedente del actual). Pese a la lógica rivalidad, ambas directivas lograron ponerse de acuerdo para que aún alineándose con el Zaragoza, se buscara un rápido traspaso repartiendo hipotéticos beneficios. Ninguna de ellas lo quería, en realidad. Máxime, al  ser vox populi que vendía partidos de forma más o menos regular, permitiendo golear su puerta.

Fuera del fútbol, Vilarrodona acreditó ser tan despreciable como sobre el césped. Durante la Guerra Civil, integrado en el Servicio de Información Militar republicano, parecieron no dolerle prendas a la hora de capturar a los tres hermanos Tena, futbolistas como él, y uno de ellos compañero de vestuario en el Sabadell. Cierta tarde los hizo subir a una camioneta, para simular fusilarlos en uno de los «paseos» tristemente habituales por aquella época. De regreso a la cárcel, con los componentes del pelotón burlándose aún de sus detenidos, los tres hermanos pudieron evadirse, saltando en marcha. Si no hubieran sido deportistas en perfecto estado de forma (el mayor de los Tena en realidad ejercía ya como entrenador), habrían sido capturados, porque Vilarrodona, al mando del pelotón, los persiguió a conciencia.

Aunque muchas cosas cambiaron tras la Guerra Civil, algunos partidos continuaron amañándose. El delantero Antonio López Herranz (Madrid 1913), dueño de tanta calidad como escasa vocación por el desgaste físico, quiso pasar a la posteridad por tan triste mérito.

Se había iniciado en el Atlético de Madrid (1929 al 31), pasa pasar por el Nacional madrileño (1931-1934), Hércules de Alicante (1934-35) y Real Madrid (1935-36), en este último con 10.000 ptas. de ficha. Como tenía a su hermano jugando en el España de México, se fue a ese enorme país durante la contienda bélica. Reincorporado al Real Madrid y cedido al Hércules para la campaña 1941-42, con los alicantinos en 2ª División, todo parece indicar se dejó sobornar, junto a varios compañeros, el 2 de marzo de 1941, en un Hércules-Celta saldado con resultado de 0-5. Si bien nadie pudo extraer ninguna confesión, la directiva lo tuvo tan claro como para decretar la baja inmediata de Pardo, Ribas, Rosado, Ruano, Campillo y nuestro protagonista, quien puso rumbo a Sabadell y Mallorca, donde además ejerció como secretario técnico. Luego volvió a México, para desarrollar un amplio curriculum como entrenador, con broche de oro al convertirse en seleccionador nacional, dirigiendo desde el banquillo a los aztecas durante los mundiales de Suiza (1954) y Suecia (1958). En su caso, los compadreos antideportivos no le pasaron factura, sino que por el contrario fue todo un personaje para la afición mexicana. Hasta tal punto que cuando los clubes chilenos llamaron a su puerta con sustanciosas ofertas económicas, se le prohibió la salida del país, considerando imprescindible su concurso.  

También se convirtió en entrenador Vicente Dauder (Valencia 1924). Pero antes fue guardameta del Badalona, Villanueva, Gimnástico de Tarragona, At. Madrid, Celta, Hércules, Alicante y Crevillente. Y defendiendo el marco tarraconense la temporada 1949-50, proporcionó abundantes motivos para la sospecha.

Ocurrió durante una decisiva promoción con el Alcoyano, para mantener la máxima categoría. No es que estuviese desafortunado, sino sencillamente garrafal. Señalado junto a Gabriel Taltavull como colaborar voluntario en el 3-6 que puso al «Nastic» en 2ª División, fue declarado non grato en la vieja Tarraco. De todos modos, ni uno ni otro pensaban continuar en el club. Dauder, con una oferta firme del At. Madrid, parece ya había dado el sí. Y Taltavull, a punto de cumplir los 29 veranos, discutía con el Valencia los últimos flecos económicos.

Con su antiguo equipo en la división de plata y Dauder convertido en firme candidato para el Mundial de Brasil, el Destino jugó a hacer justicia disfrazado de lesión, nada más debutar como «colchonero» durante una gira por México. Aquello no sólo dejó el camino del triunfo expedito a Ramallets, sino que el buen guardameta ya nunca volvió a ser el de antes. Pero como la memoria del fútbol es frágil, las devociones efímeras y los «nunca jamás» pueden traducirse por «cualquiera de estos días», transcurridos 21 años, con Calderón presidiendo el Gimnástico de Tarragona, regresó a la entidad como entrenador. Y lo que son las cosas, el otrora demonio se trocó en ángel, al ascender a los granates a 2ª División, después de 19 años compitiendo en un balompié menor. Ya completamente reivindicado, volvería a ese mismo banquillo la temporada 1985-86, durante 12 únicas jornadas. Tampoco parece que el apaño le marcase de por vida.

Protagonista privilegiado de otro suceso fue el defensa Isaac Oceja, paladín de honestidad y vergüenza profesional durante toda su carrera.

Cántabro de nacimiento y no obstante capitán en el Athletic bilbaíno cuando por imperativo legal era Atlético, costaría encontrar otro futbolista más recto en la centenaria historia rojiblanca. Sensato y equilibrado desde su llegada a San Mamés, pese a no haber cumplido 20 años, el gran Pentland le hizo compartir habitación con Guillermo Gorostiza, para ver si así enderezaba al indisciplinado extremo. Más adelante se le negaría un traspaso al Barcelona que pudo haberlo hecho rico. Corría 1939 y pese a la realidad de una España hecha trizas, llena de improvisados barracones en cuyos muros lucía el emblema del Auxilio Social, los azulgrana le ofrecieron 300.000 pesetas de ficha, 6.000 de sueldo y un complemento cifrado en 35.000 más cada año, como representante de tejidos en la fábrica propiedad de un directivo. Acató su permanencia en Bilbao, donde las primas por título consistían en un billete de 1.000, sólo para recibir 7 campañas más tarde, como muestra de soberana ingratitud, una humillación que de ningún modo merecía. Considerado medio inútil para el deporte, después de una lesión muy seria, debió aceptar 750 ptas. por partido jugado. O eso o nada. Sin embargo se había recuperado tan perfectamente que vistió de corto para todos los choques menos para uno, decisivo, además, en el que renunció a ser alineado, como muestra de rechazo.

Pues bien, tras 15 años sobre el césped y avalado por 4 internacionalidades absolutas, se decidió a ejercer como jugador-entrenador en el Zaragoza, la temporada 1948-49. Los maños pugnaban por abandonar la 3ª División, con un equipo veterano y leñero. Y Oceja acabó amargado, no por sentirse incapacitado para la nueva profesión, sino al descubrir un fútbol que no iba ni remotamente con su forma de ser.

Durante el descanso de un partido en Tarrasa, al que llegaron perdiendo, penetró en los vestuarios un directivo zaragocista. «¿Qué pasa?», vociferó hecho una furia mientras cerraba de tremendo portazo. «¿No os he dicho que ataquéis por la izquierda, que para eso está comprado el defensa lateral?». Oceja se plantó de inmediato, asegurando que el honor no podía comprarse, porque carece de precio, y que puestos a seguir pagando contrarios podían hacerlo con el dinero de su propia ficha, pues él se iba.

Aún ascendiendo a 2ª, Isaac Oceja ya no volvió a entrenar equipos profesionales. Para matar el gusanillo siguió en algún club amateur, antes de poner su carnet al servicio de jóvenes prometedores. Gracias a su desprendimiento, por ejemplo, pudo foguearse dos décadas después Javier Clemente en el banquillo del Arenas guechotarra. Disconforme con cuanto acaba de vislumbrar, prefirió apartarse con su habitual discreción.

A veces, sin embargo, no hacían falta manos externas para amañar resultados. Bastaba el interés personal, artero e inconfesable de cualquier futbolista, como quedó claro la temporada 1941-42.

Por entonces se jugaba en Vizcaya una quiniela muy popular, de ámbito local, premiándose los resultados exactos. Y en Durango, cuyo «Bar Moderno» servía de centro operativo, tuvo lugar un pequeño escándalo. Luis Idígoras acababa de fichar por la Cultural como guardameta y, al igual que otros muchos durangueses, invertía en la quiniela. En cierta ocasión puso a su equipo ganador por 2-1. El choque tocaba a su fin con 2-0 en el marcador cuando, como consecuencia de un mal entendimiento con su defensa, los contrarios anotaron el más estúpido de los goles. Era cuanto Idígoras necesitaba para alzarse con las 400 ptas. del premio, por lo que las sospechas de tongo no se hicieron esperar. Durango era un núcleo pequeño, aldeano y charlatán. Cuando el aire se hizo irrespirable para el cancerbero, no tuvo más remedio que abandonar la Cultural, fichando por otros equipos. Cuatrocientas pesetas no le sacaron de pobre, evidentemente, pero constituían una cantidad apetecible en esa difícil época. La Cultural primaba a sus futbolistas con 10 ptas. por partido ganado y 5 en caso de empate. Cuatrocientas, pues, equivalían a 40 victorias. Un pellizquito.

En algún otro caso, el exceso de celo desenmascaraba a los sobornados. Así ocurrió la temporada 1945-46, durante la primera fase de una liguilla de ascenso a 2ª División. Levante y Atlético Baleares competían enconadamente por pasar a la siguiente ronda. Hallándose igualados a casi todo, iba a resultar decisivo el coeficiente goleador. Éste favorecía al Levante, con un 2,71, contra el 1,33 de los baleáricos. Y a pesar de todo, cayeron en el pecado de avaricia, derrotando al Almansa en el último partido por un escandaloso 0-11. Tan bochornoso fue el espectáculo que al Comité de Competición de la FEF no le quedó más remedio que intervenir, publicando el 14 de marzo de 1946: «Con relación al partido Almansa-Levante de III División y a la vista del informe del delegado federativo que presenció el partido, el Comité acuerda: Suspender indefinidamente a 10 de los jugadores que integraron el equipo del Almansa por su actuación antideportiva y voluntariamente pasiva, que facilitó la victoria del Levante por 11 a 0». Más adelante condicionaba la participación del conjunto valenciano en la definitiva liguilla, a una ampliación del informe del delegado federativo.

La avaricia, ya se sabe, suele romper el saco.

El defensa Lorenzo Rifé (San Celoní 1938), hermano mayor del internacional culé Joaquín Rifé, también tuvo un comportamientos sospechosísimo con la camiseta del «Nastic» tarraconense el 30 de junio de 1965, en choque de promoción frente al Europa. Aparte de facilitar 2 goles a los visitantes en su cómoda victoria por 2-4, ni siquiera se reincorporó al juego tras el descanso, pese a que no podían efectuarse cambios por esa época. El central, a sus 27 años, había pasado por las plantillas del Júpiter, Condal, Barcelona, Atlético de Ceuta, nuevamente Barcelona y Deportivo de La Coruña, antes de recalar en Tarragona. Luego, puesto que nada firme pudo probársele, fichó por el Figueras.

El último gran escándalo resuelto con sanciones, afectó al Málaga en 1980, compitiendo en la 1ª División. Prácticamente todos los espectadores de aquel Málaga-Salamanca salieron del campo convencidos de haber presenciado un solemne tongo. Se aireó el nombre de los teóricos instigadores, cantidades concretas y hasta una especie de curiosa garantía en el pago. La Federación Española, presionada por determinados medios, jugó fuerte el 24 de junio de 1981, suspendiendo por un año a Corral, Orozco, Migueli y Macías, este último con el agravante de ser capitán. Recurrido este fallo, el Consejo Superior de Disciplina Deportiva del C.S.D., declararía improcedentes las sanciones casi un año después, el 29 de mayo de 1981, al no existir pruebas irrefutables. Algunos recurrentes, bastante más que talluditos, ya se habían retirado para entonces. Macías, por el contrario, pese a sumar 34 años, todavía rescató las botas para disputar otras tres campañas con el Antequerano a cara de perro, en 2ª División B. Como Dauder, Taltavull, López Herranz,  Lorenzo Rifé y tantos otros sospechosos, se fue con la cabeza alta.

Acumular pruebas sobre la compraventa de partidos no resulta tarea fácil, según se ve. Puede que ni se lograra con el concurso de Sam Spade, Philip Marlowe, Miss. Marple, Moses Wine, Travis MacGee, Lew Archer, el irritante Poirot o el no menos abrumador Colombo, todos ellos detectives de ficción. Pero puesto que el mundo de todos estos seres es otro, habremos de contentarnos con aplicar a los presuntos conchabeos el socorrido aforismo de los gallegos incrédulos, acerca de sus brujas.

Porque todo parece indicar que «haberlos, hailos».




Las tres vidas de Félix Martialay

Hace tiempo escuché que en la vida raramente somos cuanto deseamos ser, sino lo que buenamente nos dejan. Tan pesimista sentencia puede sintetizar el retrato de no pocos congéneres, pero ni remotamente definiría a Félix, puesto que al menos vivió tres vidas. O si se prefiere, construyó tres carreras por demás sólidas, cada una de las cuales colmaría muchas existencias.

Primero, y hasta despedirse voluntariamente del Cuerpo de Ingenieros con el grado de coronel, fue militar. Después periodista, fundador de cine-clubes, crítico cinematográfico múltiples veces premiado, director de documentales, profesor universitario de Historia del Cine y fundador de uno de los referentes europeos en publicaciones sobre el séptimo arte durante los años 60. Y por fin fecundo, escrupuloso y muy didáctico historiador de fútbol. Yo le conocí en esta última faceta, y al margen de su profunda sapiencia, enorme capacidad de trabajo y acreditado sentido de la amistad, nunca dejó de admirarme su extrema modestia, traducida en una constante obsesión por quitarse méritos.

Recuerdo que, hallándose enfrascado en su monumental obra sobre el Fútbol durante la Guerra Civil -unos 6.000 folios de cuidadosa y analítica reconstrucción-, solía animarle en la medida de mis posibilidades tirando del: Por fin tendremos la auténtica historia del Euskadi en México, y su abrupta disolución. Aduciendo, claro, a los abundantes errores, inexactitudes y visiones sesgadas de cuanto hasta entonces se había publicado al respecto, a veces sin más soporte que una suma de recuerdos personales, rebozados en 40 años de lejanía. Él respondía con un lacónico: «Veremos hasta donde llego». Cuando tuve en mis manos el tomo relativo a las Federaciones Vizcaína y Guipuzcoana, no sólo habían desaparecido numerosos agujeros negros o caído por su peso varios mitos, como el de la furtiva deserción de Gorostiza desde Barbizon, a espaldas de sus compañeros, sino que al rescatar las memorias inéditas de uno de los comisionados por la Federación Española de San Sebastián para ofrecer la repatriación a todo el equipo, quedaba viviseccionado, con toda su crudeza, el miedo cerval del «león bilbaíno» Roberto, al avistar la frontera irunesa en su retorno, acompañado por Guillermo Gorostiza y el masajista Perico Birichinaga. Luego de mi calurosa enhorabuena, quise saber cómo se las había arreglado para dar con tan esclarecedor manuscrito. Y él se limitó a asegurar: «Pura cuestión de suerte».

Esa suerte no había surgido al doblar el primer recodo, sino después de muchas vueltas y revueltas, tras golpear en vano incontables portones cerrados, volviendo a andar el camino que otros recorrieron antes con peor paso y menos pericia. Pero es que para Félix, la meticulosidad y el trabajo bien hecho no eran merecedores de aplauso, sino simple obligación autoimpuesta.

Cierta vez le oí lamentarse sobre sus muchas lecturas, de las que no había podido extraer todo el jugo por puro y simple desconocimiento. «Ahora -decía-, ahora es cuando debería volver a releer todo aquello. Cuando podría entender más cosas, al haber ido formando mi propio rompecabezas». Y lo aseguraba alguien capaz de desmentir el supuesto viaje a México de García de la Puerta durante la Guerra Civil, desmenuzando en qué checas había pasado esos años, por un motivo tan estrafalario como haber mostrado a unos milicianos, entre su documentación, el recordatorio de la primera comunión. El mismo que recitaba cómo, cuándo, a impulso de quién y en medio de qué sanciones, quedó instaurado el profesionalismo futbolístico en España. O con qué tesón el presidente del Arenas de Guecho, entonces club señero y hoy modesta entidad de 3ª División, se las arregló para poner en marcha el Campeonato Nacional de Liga hace 80 años, venciendo todo tipo de obstáculos.

Aunque él no quisiera reconocerlo, era un tipo muy grande. No sé si más como persona que como historiador de fútbol, por mucho que resultara difícil, pues en tal faceta, en «la tercera de sus vidas», creo, honestamente, ha sido de largo figura con más calado y empaque. Gracias a sus libros y artículos, antes de conocerle personalmente, varios, por no decir casi todos cuantos hoy componemos CIHEFE, dimos el paso definitivo de aficionados, a voluntariosos compiladores de cuanto tiene que ver con la historia de nuestro fútbol. Con toda la modestia y deficiencias que se quiera, de acuerdo, pero como mínimo con una voluntad imitadora de la suya: a prueba de casi todos los desencantos.

Le voy, le vamos a echar de menos. Aunque pensándolo bien, los hombres como Félix nunca se nos van del todo. Y no porque vayamos a recordarlo a través de sus libros, impagables como referente o punto de partida hacia nuevas singladuras por el mar de la Historia. Simplemente, porque desde donde quiera que esté continuará junto a nosotros.

Como siempre, gracias y un fuerte abrazo, amigo y maestro.




Cocineros antes que frailes

De un tiempo a esta parte resulta habitual escuchar durante las retransmisiones futbolísticas comentarios muy duros dirigidos al árbitro de turno. Del «No sabe, no tiene ni idea», se llega incluso al: «Eso sólo puede pitarlo quien no ha jugado nunca al fútbol», o: «Si es que no entienden de qué va esto». Sirvan las siguientes líneas para bucear en el pasado, repasando una época en la que no pocos futbolistas llevaban el silbato a sus labios tras colgar los borceguíes.

Bien mirada, poco tiene de ilógica semejante transformación. Si un ex futbolista puede seguir conectado al mundo del cuero ejerciendo funciones de entrenador o directivo, ¿por qué no iba a ser árbitro?. Así pensaron unos cuantos antaño.

Por ejemplo Ezequiel Montero (Madrid 1893), campeón de Castilla como corredor pedestre y recordman durante 3 años. Jugó en el Cardenal Cisneros y Real Sociedad Gimnástica Española, antes de ser fundador del Racing madrileño, hace casi cien años. A partir de 1912 se dedicó al arbitraje, alcanzando la categoría internacional. Como por esos tiempos arcaicos las gentes del fútbol solían ser hombres orquesta, la temporada 1926-27 se convirtió en seleccionador nacional. Presidente del Colegio Madrileño de Árbitros a partir de 1934, aún compaginó tanta actividad con su trabajo de maestro escolar, la representación comercial de «Casa Espuñes», conocida peletería, y hasta el puesto de jefe de personal en sus talleres.

Más conocido resulta el defensa derecho Pedro Vallana (Algorta, Vizcaya 1897), campeón de Copa con el Arenas guechotarra en 1919 e internacional en 12 ocasiones. Un gol suyo en propia puerta eliminó a España de la VII Olimpiada, sin que el hecho tuviese la repercusión de otros fallos históricos de nuestro fútbol, como el de Cardeñosa ante Brasil, sin ir más lejos. El advenimiento del Campeonato Nacional de Liga se produjo cuando sumaba 31 años, edad casi provecta para los usos deportivos de la época, por lo que sólo disputó la 1ª edición. Tan pronto se hubo retirado ejerció el arbitraje, a la par que entregaba excelentes artículos al diario bilbaíno Excelsior, titulados «Desde la salsa». En ellos daba su particular visión desde dentro del terreno, como hace hoy Pedro Horrillo sobre las carreras ciclistas en las páginas de El País. Medalla al Mérito Deportivo y nacionalista vasco a ultranza, pese a ser hijo de italiano y suiza, fue firme impulsor de la gira propagandístico-deportiva del Euskadi, combinado de jugadores vascos durante la Guerra Civil española. Su protagonismo en aquella azarosa aventura fue acentuándose a medida que aumentaban las dificultades de toda índole, llegando a usurpar las funciones encomendadas al acaudalado naviero Manuel de la Sota. Como muchos de sus componentes, se exilió en América, aprovechando el paraguas tendido por su hermano, afincado para entonces en Venezuela.  

Rafael Mª Moreno Aranzadi, «Pichichi» (Bilbao 1892), mito no sólo del Athletic sino de todo el fútbol nacional, prototipo de goleador, también tenía previsto dedicarse al arbitraje cuando la muerte le sorprendió, emboscada en unas fiebres tifoideas. Hijo de Joaquín Moreno, alcalde de Bilbao en los primeros años del siglo XX y sobrino de Miguel de Unamuno, padre literario de la «Generación del 98», fue internacional en los 5 primeros partidos de nuestra selección durante la Olimpiada de Amberes, en 1920, a la que, por cierto, a punto estuvo de no ir.

Mal estudiante en los Escolapios, cuando inició la carrera de Derecho en la Universidad de Deusto no aprobó ni una asignatura. Su padre, entonces, tiró de influencias para colocarlo en el Ayuntamiento, desde donde pasó al despacho de la por entonces poderosa chatarrería Merodio. Ya en tiempos de amateurismo puro y profesionalismo encubierto, ser futbolista tenía sus ventajas, y «Pichichi» las aprovechó en 1919 para casarse con la sobrina de su patrón. Como entre boda y viaje de novios llevaba un mes sin entrenar, pensó no debía formar parte de la expedición olímpica. Con 27 años cumplidos parecía haber pasado el mejor momento, pero aún así su concurso se estimó tan imprescindible que el señor Argüello acabó introducirlo en el tren, rumbo a Amberes. El resto es bien sabido. Allí nacería «la furia», nombre con que aún se conoce a nuestra selección por casi toda América, Sabino pasó el balón a Belause para que arrollase a los suizos, «Pichichi» anotó un gol frente a Holanda y todos regresaron con la medalla de plata. Sin  embargo a partir de 1920 el público de San Mamés se revolvió contra su mito. Bastaba cualquier fallo para que estallasen los gritos de «¡Fuera, fuera!» y el menor síntoma de flaqueza dispara cánticos de «¡Viejo, estás acabado!». La injusticia siempre ha vivido enquistada en el fútbol. Sin embargo cuando expiró el 1 de marzo de 1922, tras cinco días de enfermedad, su sepelio constituyó una imponente manifestación de duelo, paralizando todo Bilbao.

Un busto de Quintín de la Torre honra su memoria en San Mamés desde diciembre de 1926 y aún hoy, cuando los equipos visitan por primera vez «La catedral», mantienen viva una tradición de 80 años, depositando su ofrenda floral. A partir de 1953, un trofeo con su nombre instituido por los diarios Arriba y Marca, premia al máximo goleador del Campeonato Nacional de Liga.

Quien sí pudo ser árbitro a partir de 1935 fue el medio centro Manuel Ocaña (Sevilla 1901). Formado en el club hispalense, saltó al Betis para la temporada 1919-20, tras un enfrentamiento con el directivo blanco Francisco Alba. Cuando las aguas volvieron a su cauce regresó a la entidad sevillista, para colgar las botas recién iniciado el Campeonato Nacional de Liga, en el que por razones de edad no llegó a debutar, siquiera. Como el gusanillo parecía tirarle aún, se dejó convencer para vestir de corto otra vez la temporada 1932-33, en el Racing Cordobés. Luego ejercería de árbitro hasta 1942, mientras trabajaba en la fábrica cervecera Cruz Campo, y andado el tiempo llegaría a presidente del Colegio Andaluz de Árbitros.

Se le anticipó un poco en tareas arbitrales el guardameta Joaquín Pascual (Madrid 1900), con militancia en el Cardenal Cisneros, Racing de Madrid entre 1915 y 1921, Barcelona hasta 1924 y Tenerife la temporada 1924-25. A partir esa campaña ejerció no sólo como entrenador, sino también de árbitro. Por si algo le faltaba, acabó presidiendo la Federación Canaria de Fútbol.

El primer «Pichichi» de nuestra Liga, Paco Bienzobas (San Sebastián 1909), también quiso saber qué se sentía arbitrando. Internacional en 2 ocasiones y autor del primer gol de la Real Sociedad en el Campeonato liguero, tuvo igualmente el honor de inscribir su apellido con letras de oro en la historia de Osasuna, al marcar el primer tanto rojillo en la máxima categoría (temporada 1935-36). Extremo con mucha facilidad rematadora, afirmaba haber fallado un solo penalti durante toda su carrera, entre 75 lanzamientos. En diciembre de 1935, con 26 años largos, aprobó unas posiciones para guardia municipal de San Sebastián, pese a lo cual continuó jugando en Osasuna. Al concluir esa temporada, la Guerra Civil echó a pique su puesto de trabajo, por lo que en 1940, mientras seguía corriendo la banda de Atocha, rescatada del armario la camiseta donostiarra, ejercía como empleado en la fábrica de tabacos de esa capital. Retirado en 1942, para el año siguiente actuaba ya como juez de línea y árbitro, alcanzando como tal la 1ª División en 1947-48.

Francisco Clemente González, para el fútbol «Telete» (Deusto, Vizcaya, 1905), llenó toda una época en la Gimnástica de Torrelavega (1924 a 1930) y Racing de Santander (1930 hasta 1941, con breve paso por Murcia la temporada 1934-35), fue pretendido por el At Madrid y el Athletic bilbaíno y no llegó a debutar como internacional en 1927 frente a Suiza, en Santander, porque el guardameta Ricardo Zamora, que era quien confeccionaba las alineaciones, según su propio testimonio, prefirió aquella tarde a Galatas. Conocido por su pequeña estatura como «El Ardilla», tras colgar las botas estuvo entrenando a infantiles, al tiempo que actuaba como árbitro y juez de línea en 1ª División, sin descuidar su trabajo en la Sociedad Española de Oxígeno, radicada en Santander.

Menos renombre futbolístico alcanzó el sevillano Manuel Ruiz, a quien en su barrio de Macarena conocían por «El Calentero», al trabajar en un puesto de «calentitos», denominación otorgada a los churros en la ciudad de La Giralda. En su caso, tras buscar el gol con las camisetas del Calavera, Betis y Olímpica Jiennense, descolgó el silbato.

El defensa José González Echeverría, más conocido por «Terrible» durante su militancia en el Vasconia de San Sebastián y Osasuna (1939-41), por su particular modo de concebir la tarea destructora, llegó a conquistar la escarapela internacional como árbitro. Ello no le impidió protagonizar algún hecho por demás pintoresco, mientras hacía méritos camino de la 1ª División, según recuerdan todavía por Rentería algunos viejos aficionados. Y es que terrible resultó su arbitraje, saldado con 5 expulsiones del Touring, 2 del C.E.S. y un tanteo favorable a los visitantes por 0-2. Tanto escoció su arbitraje que por Rentería se repartieron pasquines con los siguientes ripios:

El Colegio de Árbitros Guipuzcoano

tiene en su seno a una calamidad

dicen que Terrible tiene de apodo y claro que es terrible de verdad.

¡Qué vergüenza y qué rabia nos da

que mantenga la Federación

colegiados tunantes como ése, por eso el Touring tuvo su sanción!.

Lo que no pudo el Beasáin en Sempere

y menos el Añorga en Michelín

lo pudo el señor Terrible en Larzábal

Pero sin duda el más pintoresco de los futbolistas árbitros habrá sido el también defensa a la antigua usanza, de patadón sin contemplaciones, Antonio Navarro Cardoso (Cádiz 1924). Tras pasar por el club de su localidad natal, San Fernando, Xerez, Mallorca y Gimnástico de Tarragona, se afincó en la capital mediterránea con su retirada en 1955, convertido en árbitro de categoría Regional y guitarrista en cuadros flamencos.

El más famoso, sin duda, fue José Plaza (Salamanca 1919). Y no por sus actuaciones en el Pardiñas, Imperio de Madrid (1943 hasta 1946) o Plus Ultra (1946-47), sino porque tras iniciarse como hombre de negro la temporada 1948-49 alcanzó la 1ª División en 1958, el internacionalato en 1964, dos años antes de su retirada, y la presidencia del Comité de Árbitros en 1968, ocupando la FEF el también antiguo futbolista José Luis Costa. En 1970 presentó su dimisión como protesta por el linchamiento moral de que fuese objeto el guipuzcoano Guruceta, luego de su famoso penalti contra el Barcelona en el Camp Nou, y al llegar a la poltrona federativa Pablo Porta volvió a presidir el Comité. En él se mantuvo, con el apoyo arbitral y contra viento y marea, pese a los furibundos ataques lanzados por quienes veían en sus modos un estilo muy alejado de la ortodoxia democrática, hasta dimitir el 6 de mayo de 1990. Por cierto que era hermano del editor Germán Plaza, creador de Clíper, sello mítico de la literatura popular española, y artífice indiscutible de las ediciones de bolsillo en España, bajo el anagrama Plaza-Janés

El extremeño Antonio Camacho, guardameta del Cacereño y Xerez, en 2ª División, tuvo luces al convertirse en árbitro, puesto que llegó a internacional, y sombras muy densas, al ser descalificado de mala manera. Entre medias, el Xerez le hizo entrega de su insignia de oro, luego de conocer que bajo la camiseta arbitral acostumbraba a llevar una del Xerez Deportivo, en recuerdo de su paso por el club.

El escándalo de su inhabilitación tuvo lugar en 1976, tras destaparse un sonoro alboroto con la supuesta compra de varios partidos. Se dijo entonces que nunca hubo pruebas concluyentes, pero basándose en indicios, sospechas más o menos fundadas y testimonios relativamente fiables, purgaron Antonio Camacho y Antonio Rigo, ambos de 1ª División, y los colegiados de 2ª Pérez Quintas, Pascual Tejerina y Olasagasti. Los sobornos a que pudieron haberse avenido nada tenían que ver con mafias pronosticadoras, como ocurriría tiempo después en Italia o Alemania, sino con las necesidades perentorias de varios clubes. Sus secuelas, además, se hicieron sentir durante algún tiempo. En el pleno federativo de aquel año no faltaron presidentes dispuestos a seguir destapando inmundicia, cayera quien cayese. Sólo el señor Eguidazu, mandatario del Athletic, acertó a entonar una nota de cordura entre la cacofonía del hotel Meliá Madrid, afirmando sin tapujos: «Señores, cuando hay alguien que se vende siempre hay alguien que compra». Los propios árbitros, muy divididos, pues no en vano el principal acusador de Camacho había sido su compañero Medina Iglesias, acabaron formando una piña en torno a su presidente Plaza, como caravana de colonos ante el ataque sioux. Y por supuesto, nadie tiró de ninguna manta.

El último árbitro de elite con antecedentes de corto, excepción hecha del salmantino Ramos Marcos, quien no superó como futbolista la categoría Regional, fue el gijonés José Antonio Balsa Ron, guardameta en su tierra y en el Palencia desde 1959 hasta 1962 y nuevamente la temporada 1963-64. Y si bajo el marco no pudo dar el salto a 2ª División, como árbitro habría de llegar a la cúspide.

Hoy, habida cuenta de la enorme competencia existente en todos los ámbitos, incluido el mundo arbitral, y ante el hecho de que no puedan solaparse las licencias de futbolista y árbitro, es prácticamente imposible que un jugador, tras colgar las botas, pueda llegar muy lejos en su carrera de colegiado. Juega muy en su contra el establecimiento de una edad reglamentaria para la retirada y son demasiados los peldaños a escalar en tan breve tiempo. Pero llegados a este punto cabe preguntarse en qué benefició a los reseñados haber sido cocineros, antes que frailes. Pedro Escartín, Juan Gardeazábal, Ortiz de Mendíbil o Urízar Azpitarte, por reseñar algunos grandes de distintas épocas, jamás pasaron por la cocina. Y ello no fue óbice para convertirse en reputados árbitros.