Los Niños de la Guerra y el fútbol (1ª parte)

Se conoce como «niños de la guerra» a los aproximadamente 30.000 chicos y chicas de entre 4 y 14 años que el gobierno republicano, el autonómico vasco y distintos partidos políticos o agrupaciones afines, exiliaron a partir de 1937, coincidiendo con el avance de las tropas sublevadas. Aquel vasto despliegue, hoy bastante censurado -por más que en su día lo inspirase la mejor intención-, se proponía ahorrar a la tierna infancia el trauma y las penurias de nuestra conflagración civil. Dudosamente sería éste un púlpito adecuado para recordar aquellos hechos, si no fuera porque entre todos esos expatriados también hubo futbolistas. O por ser más fiel a la realidad, hubo quienes se hicieron futbolistas en el exilio.

Aunque las expediciones hacia un exilio en teoría temporal, ahorrasen a muchos niños el hambre y la miseria de nuestra Guerra Civil, aquella salida representó para muchos un viaje sin vuelta atrás. En otros casos, el regreso estuvo impregnado de tanta angustia y dolor como el de la partida.

Aunque las expediciones hacia un exilio en teoría temporal, ahorrasen a muchos niños el hambre y la miseria de nuestra Guerra Civil, aquella salida representó para muchos un viaje sin vuelta atrás. En otros casos, el regreso estuvo impregnado de tanta angustia y dolor como el de la partida.

Si bien la primera expedición de pequeños partió hacia Francia en setiembre de 1936, sería a partir de marzo de 1937 cuando lo que podríamos denominar organizaciones «oficiales» se enfrascaron en labores de evacuación, inicialmente hacia Francia y la Unión Soviética. Pronto, sin embargo, se añadirían otros países como destinos de acogida: Bélgica, Inglaterra, Suiza, Holanda, Dinamarca, México… Se calcula que en junio de 1938 había en Francia 11.000 menores españoles, muchos de ellos no acompañados por su familia. Una espectacular progresión geométrica desde los primeros 450 niños vascos de entre 5 y 12 años llegados a la «Maison Hereuse» de la isla de Oléron -Casa Feliz en traducción literal- el 20 de marzo de 1937. También en Bélgica hubo otros 5.000, recibidos casi como arma publicitaria por el Partido Socialista Belga (POB-BWP). Alrededor de la mitad fueron confiados al Comité National pour l´Hébergement des Enfants Españols en Belgique (CNHEEB), que tras distribuirlos por distintas colonias costeras concluirían siendo entregados a familias de adopción. El propio cardenal Van Roey, a la sazón arzobispo de Malinas, resultó decisivo con su llamamiento a la adopción por parte de familias católicas. Se estima en 1.200 los menores acogidos por sectores de confesión católica y en no menos de otros  1.000 los tutelados por la Cruz Roja Belga, el Socorro Rojo Internacional, la sección belga de la Internacional para la Infancia y el Grupo Español para la Defensa de la República. Parte de los niños «belgas» habrían de ser repatriados tras la caída del Frente Norte, otros a partir de abril de 1939, cantado ya el triunfo franquista, y en torno a 1.300 permanecieron entre Flandes y Walonia, adoptados legalmente.

Una gran mayoría de aquellos niños, al igual que sucediera con los de Rusia, eran de origen vasco. Y el testimonio de casi todos, recogido en documentales, entrevistas, reflexiones y memorias personales, pone énfasis en un categórico «nunca más», junto a su inmensa sensación de doble desarraigo: el muy doloroso de la partida, ampliado por al despego frío y triste encontrado al retorno. Lejos de su país, casa y familias, bajo un cielo más plomizo, entre la incertidumbre por los que quedaron bajo el bombardeo, una indefinible sensación de abandono y el recuerdo de arengas rancias, los menos culpables en la locura fratricida contaron por semanas los días y en estaciones los meses. Nadie como el hoy olvidado escritor vizcaíno Luis de Castresana (San Salvador del Valle 7-V-1925 – Bilbao 17-VII-1986), «niño de la guerra» también, premio Fastenrath de la Real Academia,  Nacional de Literatura en 1967 y finalista del Planeta en 1970, para trazar aquel cuadro con cariñosa pincelada desde «El otro árbol de Guernica». Allí palpitan los anhelos, la esperanza y desánimo de quienes como él mismo, separados de Bilbao, Baracaldo, Sestao o Lamiaco por algún millar de kilómetros, enjugaban tanta y tan honda nostalgia en los colores del Athletic y el vago recuerdo de sus gestas durante la dirección de míster Pentland.

¿Cómo no iban a surgir futbolistas entre tan amplio semillero?. La gran ventaja del balón de cuero es que con uno pueden competir 22 muchachos, sin necesidad de herramientas sofisticadas u otro utensilio que varias piedras o un montoncillo de ropa señalando las porterías. Hoy, cuando se cumplen 75 años de aquellos acontecimientos, parece buena ocasión de espigar entre quienes, a su vuelta, olvidadas las lágrimas en el muelle de las despedidas, acreditaron ser deportistas de cuerpo entero.

Lezama -Pérez Lezama en sus inicios-, dueño del marco bilbaíno hasta el advenimiento de Carmelo Cedrún, fue claro exponente.

Raimundo Pérez Lezama, un guardameta poco convencional para la época, al que Carmelo oscureció bastante.

Raimundo Pérez Lezama, un guardameta poco convencional para la época, al que Carmelo oscureció bastante.

El colegio donde estuviera acogido junto a su hermano Luis y docenas de chiquillos, se hallaba justo frente al campo del Southampton. Los juegos del patio, por lo tanto, sólo podían orientarse hacia el balón. Un día se encontraron sin portero y Lezama (Baracaldo 29-XI-1922) acabó entre los palos. Ya no le permitieron abandonarlos. Tanto destacaba que acabaron llevándoselo al juvenil del Southampton, para debutar con el primer equipo a los 17 años, nada menos que ante un clásico como el Arsenal. Media temporada después, producida la repatriación, firmaba contrato con los areneros de Guecho (temporadas 1940-41 y 41-42) para acceder en seguida al Athletic. La fatal tuberculosis de Echevarría, indiscutible bajo el marco de San Mamés, precipitó su titularidad y el público fue teniendo conocimiento de novedades muy británicas: el saque a una mano, los reiterados despejes de puño, las salidas fuera del área para cortar con el pie… Lejos de merecer aplausos, alguna de estas innovaciones sería tomada por buena parte del público como pura excentricidad. De la isla, sin embargo, llegaban con él ideas revolucionarias. Por ejemplo, cuando hablaba de entrenar en canchas de tenis pero con balón y utilizando sólo la cabeza para impulsarlo, nadie le tomaba en serio. Veinticinco años después, varios técnicos de tronío incorporarían la fórmula para mejorar el primer toque de sus pupilos. En realidad, al joven guardameta sólo empezaron a verlo como hombre de garantía desde la final copera de 1943. Barinaga, Alsúa, Belmar y compañía, no podían creer que alguien parase tanto en una misma tarde. Y eso que las «lezamadas», o el temor a que las prodigase, le acompañarían durante las 17 temporadas que permaneció en San Mamés, si bien las últimas lo hiciese oscurecido por Carmelo.

La temporada 1955-56, viéndose sin sitio entre los rojiblancos, aceptó reforzar al Baracaldo, correoso club de 2ª División. Habría de volver al Athletic -entonces Atlético, al prohibirse cualquier terminología extranjera- para seguir calentando banquillo. Ya estaba virtualmente retirado cuando la baja por gripe asiática de los tres porteros indauchutarras le animó a vestirse de corto otra vez, por puro altruismo, ante el Condal de Barcelona. Corría el año 1957 y la experiencia debió animarle, porque aún estuvo otras dos campañas (1958-59 y 59-60) en el Sestao, que como Baracaldo e Indauchu militaba en 2ª. Y cual ave fénix, tras un nuevo amago de retirada, volvería al Arenas de Guecho la temporada 1961-62, esta vez en 3ª División.

Guardameta menos goleado de 1ª en 1946-47 e internacional contra Portugal el 26 de enero de 1947, en el estadio Jamor, tuvo la desgracia de coincidir en época con Eizaguirre, más que un obstáculo a la titularidad en la selección nacional, una auténtica pared. De los 4 goles encajados por España aquella tarde (los nuestros salieron derrotados por 4-1) él recibió 2 en los 42 minutos que se le concedieran. Dos títulos de Liga y 6 de Copa, unidos a su larguísima permanencia en el seno Atlético, bastaban para convertirlo en leyenda. Y sin embargo, por esas injusticias que a veces se comete con quienes fueron piedra angular, las directivas bilbaínas hicieron exhibición de cicatería no ofreciéndole el partido homenaje que sobradamente se había ganado y, mucho tiempo después, olvidando invitarle al partido con que la entidad celebrara su primer centenario.

Falleció en La Guardia (Rioja Alavesa) la madrugada del 24 de julio de 2007, a los 84 años, postrado desde hacía tiempo en una silla de ruedas, sin rencores y  sintiendo como durante toda su vida los colores rojiblancos.

Emilio Aldecoa Gómez en su época de jugador “culé”. Probablemente el “niño de la guerra” con mentalidad más británica.

Emilio Aldecoa Gómez en su época de jugador “culé”. Probablemente el “niño de la guerra” con mentalidad más británica.

Emilio Aldecoa y los durangueses José Luis Bilbao y Sabino Barinaga, autor este último del primer gol en el estadio Bernabeu, también bebieron en fuentes británicas. Aldecoa (nacido el 30 de noviembre de 1922 y fallecido el 4 de setiembre de 1999), sufrió el desarraigo primero en las proximidades de Londres y luego más hacia el noroeste. Inglaterra no sólo le formó como futbolista, sino también como persona. Serio, recto, honesto y disciplinado, daba perfectamente la imagen de un «gentleman». Por lo que al fútbol se refiere, comenzó jugando en el English Electric de Stafford. Tuvo suficiente con una temporada para que sus dotes goleadoras le hicieran llegar al Wolwerhampton Wanderers, todo un veterano del deporte anglosajón -fundado en 1877-, aunque sólo con esporádicas apariciones por las divisiones más selectas. Tres temporadas después ingresó en el Coventry, representante de una ciudad muy castigada por los inmisericordes bombardeos germanos. Corrido el tiempo ese habría de ser el primer equipo serio de Michael Robinson, popularísimo entre nosotros pese a haber escanciado con cuentagotas su último fútbol en El Sadar osasunista. Por fin, superadas dos campañas bajo la disciplina del Coventry, Aldecoa pudo lucir en su camiseta rojiblanca el escudo del Athletic, entonces Atlético por imperativo franquista, conforme quedó indicado. Sumaba ya 24 años bien cumplidos y la prensa se hizo oportuno eco del recibimiento tributado por familiares y amigos, aquel primero de julio de 1947 en el bilbaíno barrio de Deusto. Era como si por fin cicatrizara una herida, como si se extendiera un borrón sobre el recuerdo, siempre latente, del miedo, el hambre y la derrota bélica:

Toda la escena familiar fue muy simpática, y luego entraron en funciones los demás conocidos. No faltaron amigos de Emilio. Éste es espigado (pesa unos 70 kilos), alto (1 metro 76), de aspecto muy simpático, que da impresión de discreto e inteligente.

Aldecoa, sin embargo, no contó con toda la confianza de Mr. Bagge, su primer entrenador atlético, para el que además ejerció de intérprete. Y tampoco con la de Josechu Iraragorri, sucesor del británico. Alineado en 24 partidos de Liga y 2 de Copa durante su primera temporada como rojiblanco, y en otros 21 choques ligueros y uno más de Copa en la segunda, con un total de 9 goles marcados entre ambos ejercicios, puso rumbo a Valladolid sin haber triunfado. Dos campañas junto al Pisuerga le granjearon el salto al Barcelona, para enriquecer su palmarés con 2 títulos de Liga, 3 de Copa, 2 trofeos Eva Duarte y uno de la Copa Latina. En 1953 abandonó la disciplina «culé», recalando en Gijón. Ya había conocido para entonces la internacionalidad (30 de mayo de 1948, frente a la República de Irlanda, donde hubo de suplir a Juncosa en el minuto 31) y nuestro fútbol carecía de secretos para él.

Colgadas las botas y establecido en Cataluña, hizo sus primeros pinitos como entrenador en el Hércules de Hospitalet (1955), de donde saltó al Gerona. En 1960, incómodo al no abrirse camino hacia clubes con más relieve, o añorante de Inglaterra, decidió aceptar la oferta del Birmingham City para convertirse en ayudante de entrenador, puesto en el que permanecería 6 temporadas. Luego retornó a la península, haciéndose cargo del Valladolid, Gerona -en varias etapas diferentes-, Recreativo Granada, Caudal y Olot. Parece, además, que Agustín Montal, presidente barcelonista en el arranque de los años 70, le había tanteado para incorporarlo como intérprete de los entrenadores Buckingham y Drake. Cualquiera que fuese el motivo, Aldecoa nunca llegó a reingresar en el seno azulgrana.

Lo que sí hizo, aunque muy pocos lo recuerden, fue intervenir en la película «Once pares de botas» (1954), junto al guardameta Antonio Ramallets y el fino interior izquierdo españolista Francisco Marcet. También figuraron fugazmente en esa cinta José Samitier, Ipiña y Alfredo Di Stéfano, respaldados por actores con tanto empaque como José Suárez, Elisa Montes, Manolo Morán, José Isbert, Carmen Pardo y Javier Armet. No puede decirse que su director, Francisco Rovira Veleta, firmara una obra tan redonda como los balones de cuero, pero sí, al menos, que resultase profético al convertir en entrenador de ficción al serio y sereno Aldecoa, por entonces apenas un debutante en los banquillos de verdad.

Casado con una inglesa menuda, morena y de ojos azules, tuvo dos hijos, de los que el mayor destacó en la gimnasia, antes de convertirse en técnico de aviación de las Fuerzas Armadas Británicas.

Mucha menor trascendencia deportiva tuvo José Luis Bilbao, al que en Durango apodaron «Coventry» por proceder de ese club inglés. Durante la temporada 1947-48 la directiva de la Cultural duranguesa se empeñó en ficharlo, sin contar siquiera con su entrenador. El muchacho, que había estado viviendo en Inglaterra, conocía bien la 2ª división británica y acababa de ser rechazado por el Atlético de Bilbao. En los mentideros de la villa se habló entusiásticamente de su calidad, del negocio que podrían hacer traspasándolo luego a cualquier club de altos vuelos. ¿Qué si era bueno?. ¿Cómo no iba a serlo, procediendo del país donde inventaron el fútbol?. Llegó a asegurarse, sin un átomo de fundamento, que incluso podría haber fichado por el Real Madrid. Bulos gratuitos, como pudo averiguarse pronto. Cuando el entrenador durangués Luis Gutiérrez se vio forzado a incluirlo en las alineaciones, quedaron al descubierto sus deficiencias. Para mal de males, la reestructuración de categorías que aquel año llevó a cabo la Federación Española, hizo descender a la Cultural de 3ª División a categoría Regional, aunque en honor a la verdad hubo mucho de injusticia y tocomocho en esa pérdida de estatus. La Cultural se clasificó 2ª en su liguilla por la permanencia, donde también competían Alavés, Mirandés, Real Unión de Irún y Numancia soriano. La segunda plaza bastaba para mantenerse en 3ª. Pero la Federeación decidió no tener en cuanta la liguilla, primando, en cambio, a los clubes históricos o los representativos de capitales de provincia. Por supuesto protestó toda la prensa vizcaína y hasta se apuntaron leves descalificaciones, muy leves, eso sí, porque la censura tampoco hubiese permitido cargar tintas. Dio igual. Los durangueses se encontraron sin negociete por el frustrado traspaso y condenados al fútbol de Regional.

Sabino Barinaga con la camiseta del Real Madrid. Todo potencia y corazón sobre el césped, falleció a causa de una dolencia coronaria.

Sabino Barinaga con la camiseta del Real Madrid. Todo potencia y corazón sobre el césped, falleció a causa de una dolencia coronaria.

El también durangués Sabino Barinaga Alberdi (15-VIII-1922 – 19-V-1988), vendría a ser el reverso de la moneda puesto que saltó del Southampton al Real Madrid, tras no entenderse en cifras con el Atlético de Bilbao y hacerle más ilusión las 60.000 pesetas anuales de ficha «merengue». Cedido por los blancos al Valladolid y de nuevo en el Real Madrid, Real Sociedad y Betis, nunca sería visto como dechado de perfección técnica, sino como el  poderoso todoterreno que cabía esperar de quien se forjara en un fútbol de ida y vuelta, directo y tan poco dado a la floritura. Entrenador prestigioso tras colgar las botas, desplegó su sapiencia tanto en nuestro suelo como por el extranjero. Osasuna, Betis, Oviedo, Málaga, Atlético de Madrid, Valencia, Sevilla, Mallorca o Cádiz entre los nuestros, y América de México, Lagos nigeriano y las selecciones nacionales nigeriana y marroquí, le tuvieron al frente.

Menos niño y desde Francia, la posguerra también repatriaría al guardameta José Luis Molinuevo (Deusto 22-I-1917 – Gijón 25-XII-2002). Aún siendo muy joven al partir hacia el exilio, ni muchísimo menos podríamos considerarlo niño. En 1936 el Athletic acababa de ficharlo desde el modesto Cantabria Sport, con miras a foguearlo para el Campeonato que el estallido bélico abortaría. Cuando los nacionales entraron en Bilbao huyó a Francia, abriéndose camino entre los galos gracias al fútbol. Perpignan, primero, y Racing de París después, supieron de sus magníficas condiciones. En 1947, cuando las represalias a los huidos ya eran historia, optó por volver al Atlético de Bilbao, tras haberse proclamado campeón de Francia. Sumaba 30 años y habría de mantenerse en el seno rojiblanco durante 3 temporadas, jugando poco. La portería de San Mamés estaba muy bien cubierta entonces, como casi siempre, y pese a sus recursos se le hizo frío e inhóspito el banquillo. Más o menos como le ocurriese al valmasedano Rivero, otro magnífico guardameta de la época que sólo pudo doctorarse en Lérida. Allí, en Cataluña, acuñarían el eslogan «quien no ha visto a Rivero, no sabe lo que es un portero».

Víctimas de nuestra guerra, como los anteriores, fueron el bilbaíno José Arribas y el barcelonés Diego Cuenca. Ambos llegaron a Francia huyendo de bombardeos y las muy previsibles represalias, el primero apenas cruzado el rubicón de la adolescencia y el segundo cuando contaba 11 años. Cada uno a su modo cuajarían con el tiempo envidiables carreras balompédicas.

Nacido en 1921 dentro de una familia pequeño-burguesa, José Arribas hubiera cursado la carrera de Comercio de no interponerse en 1936 aquella dolorosa sangría de tres años. En 1937, con las tropas franquistas asediando Bilbao, el joven Arribas embarcó hacia el exilio en compañía de su madre, dos hermanas y un hermano, en tanto el progenitor y cabeza de familia, republicano convencido, permanecía en el frente. Si bien lograría abandonarlo meses más tarde, consciente de que su causa estaba perdida, y hasta pudo embarcar hacia Argentina, para él no hubo sueños ni nuevas oportunidades. La enfermedad adquirida entre trincheras acabó con sus días en alta mar.

Entre tanto, la huida de los Arribas tuvo tintes de epopeya. El buque, de bandera británica, no fue admitido en los puertos de Burdeos y La Rochelle, y sólo cuando el futuro de los pasajeros derivaba hacia la tragedia obtuvo permiso de atraque en Nantes. La primera comida en tierra de aquel puñado de desesperados tuvo lugar en el campo de Marte, junto al estadio de fútbol, lo que para José Arribas tuvo más de premonición que de pura casualidad, al decir de su familia.

El actual F. C. Nantes, entidad devaluada y en 2ª División, vivió sus mejores días con Arribas como responsable técnico.

El actual F. C. Nantes, entidad devaluada y en 2ª División, vivió sus mejores días con Arribas como responsable técnico.

Jugador del Le Mans entre 1948 y 1952, pasó por los banquillos del Saint Malo (1952-54) y Noyen-sur-Sarthe (1954-60), antes de fichar por el Nantes, donde se mantendría desde 1960 hasta 1976. Fueron 16 años de éxitos, en los que además de implantar un nuevo estilo llegaría a alcanzar ribetes de leyenda vida. Tras el ascenso a 1ª división en 1963 llegaron 3 títulos de liga (1965, 1966 y 1973), tres galardones como mejor técnico francés, un intensísimo y exitoso trabajo de cantera e incluso el honor de ser nombrado seleccionador nacional galo con carácter interino (1966). Por sus alineaciones pasaron, entre otros, el ex-seleccionador nacional francés Claude Arribas, Henry Michel, cerebro en el centro del campo galo durante varias campañas y más tarde seleccionador de diversos países africanos, los posteriormente técnicos del Nantes Jean Claude «Coco» Suaudeau y Ángel Marcos, sin olvidar a Raynald Denoueix, que como responsable de la Real Sociedad obrara el milagro de convertir en aspirantes al título a quienes meses antes habían eludido el descenso en las jornadas finales. Como el cuero siempre ha favorecido la forja de dinastías balompédicas, incluso tuvo por pupilo a su propio hijo mayor, Claude Arribas. Denoueix, siendo entrenador donostiarra, no tuvo ningún empacho en reconocer que el germen de sus conocimientos se lo debía a quien tuviera por maestro durante 10 temporadas, desde que a los 18 años la fortuna quiso cruzar sus caminos. Por esa época muchos entrenadores franceses no pasaban de sargentos chusqueros, demandantes de garra y sacrificio. El bilbaíno, bien al contrario, invitaba a su plantilla a disfrutar del buen juego.

El éxito de los «canarios» con José Arribas al mando estuvo basado en un estilo de doble matiz: concepción de club fundamentada en la explotación de su cantera mediante el aprovechamiento de antiguos futbolistas en la parcela técnica, y sobre el césped un juego veloz, de pase corto y mucho movimiento, empeñado en la ocupación del campo a lo ancho y la supeditación del individuo al colectivo. Una idea muy republicana, si se mira bien: el colectivo por encima de todo; nada de vedettes.

Puestos a elegir el momento más glorioso del bilbaíno en el campeonato galo,  habría que optar por la temporada 1972-73, en la que los amarillos asombraron a todo el país. Fue entonces cuando se acuñó el término «fútbol a la nantesa». Un fútbol avanzado a su tiempo, según recordaba con más de 30 años de distancia la página oficial del Nantes, para cuyo redactor, Arribas fue un precursor.

Pero aunque sus grandes éxitos permanezcan unidos a Nantes, la carrera de Arribas no concluyó en la capital bretona. Los aficionados de Olympique de Marsella (1976-77) y Lille (1977-83), fueron los últimos en aplaudirle. En 1982, a punto de concluir su carrera en los banquillos y con ocasión del Mundial celebrado en nuestro suelo, regresó a Bilbao, quién sabe si para recrear la infancia ya lejana en otra ciudad del todo irreconocible. Porque una vez cumplida su promesa de no cruzar la frontera mientras gobernase Franco, nuestra transición democrática y la gran fiesta del deporte que amaba debió sonarle a música de reconciliación.

José Arribas fue enterrado en Francia durante 1992, pero pese a ello todavía no puede decirse que haya muerto, pues su recuerdo permanece imborrable en Nantes. Setenta y cinco años después de su llegada tiene un busto dedicado y el centro de formación de La Joneleire, uno de los más prestigiosos de Francia, luce orgullosamente su nombre, al igual que el torneo de fútbol juvenil organizado cada año por el club nantés. Y es que la historia del Nantes no podría escribirse olvidando al viejo maestro republicano.

Diego Cuenca (Barcelona 4-XII-1927 – Montendre, Francia, enero 2012) es un absoluto desconocido entre nosotros, por más que se alzara con un campeonato francés. Hijo de republicanos, abandonó con sus padres la ciudad condal en febrero de 1939, cuando la victoria franquista no ofrecía dudas y comenzaban a llegar noticias del trato que los vencedores dispensaban a sus enemigos por las plazas recién tomadas. Su primer destino, como el de tantos otros expatriados, fue el campo de Rulle, próximo a Angoulême. Y con el agrio sabor de la derrota entre dientes, sintiendo no ser de ninguna parte, fue haciéndose hombre entre el eco de los discursos hitlerianos y la amenaza de una nueva bota totalitaria.

Su primer contacto «serio» con el fútbol tuvo lugar en 1942, durante la ocupación alemana. Formando en la Bastidienne, su primer club organizado, saboreó las mieles del triunfo en la Copa del Sudoeste de Francia. Era, al decir de las crónicas, un extremo enjuto, de apariencia frágil, aunque veloz, decidido y capaz de sacar admirables centros sobre el área. También poseía otra curiosa arma: el remate de cabeza. Un remate teóricamente improbable para alguien de su contextura y talla, en tiempos de empuje y choque repetitivo. Remate, en fin, más propio de la habilidad que del derroche físico.

Louis-Albert Oudart, mandatario del Sedan-Torcy, no fue ajeno a sus progresos y le extendió su primer contrato profesional en 1953. Francia, como el resto de Europa, empezaba a reconstruirse. En amplias áreas del territorio galo (Bretaña, alrededores de París o País Vasco-Francés, por ejemplo), el rugby superaba al balompié en protagonismo. Bien mirado, buena parte de los futbolistas franceses eran hijos de inmigrantes. Ahí están los casos de Just Fontaine, máximo artillero en una fase final de los Campeonatos del Mundo (con ancestros españoles) o Raymond Kopa, gran astro europeo de los 50 y primeros 60 (hijo de mineros polacos). O, ¿por qué no?, otros españoles de ese Campeonato por la misma época, varios de cuyos nombres poco o nada nos sugieren, y de ahí la tabla a pie de texto.

El Sedan-Torcy, militante entonces en 2ª División, se encomendó a sus goles buscando ascender a la primera categoría: 15 tantos en 37 partidos la temporada 1953-54 y 11 en 28 encuentros al año siguiente, les permitieron situarse en 1ª. Una vez instalados en la elite, el acierto rematador de Cuenca apenas si pareció experimentar merma: otros 11 goles en 27 partidos, la campaña 1955-56 y 4 en 14 choques el ejercicio 1956-57. Entre estas dos últimas campañas, tanto él como sus compañeros abrazaron la gloria, al imponerse al Troyes en la final de la Copa francesa por 3-1. Ese partido tuvo por marco el imponente estadio de Colombes y Cuenca, precisamente él, sería quien abriese el marcador con un soberbio cabezazo a la salida de un córner.

Diego Cuenca, agachado junto al portero, posa como campeón de la Copa de Francia.

Diego Cuenca, agachado junto al portero, posa como campeón de la Copa de Francia.

La hazaña tuvo repercusión desde la frontera belga a Niza y desde los cabos bretones hasta Biarritz. El campeonato de unos recién ascendidos no dejaba de tener su dimensión épica, que la prensa supo explotar. Un de nuestras secretarías técnicas tampoco permaneció ajena al fenómeno, pues consta que emisarios de la Real Sociedad sondearon al barcelonés sobre la posibilidad de contratarlo. Como para entonces Cuenca se sentía más arraigado a Francia que a una España pintada desde la otra vertiente pirinaica con brocha gruesa y gris, el acuerdo resultó imposible. También desatendería otra jugosa oferta del Nimes. Le había costado tanto contribuir al triunfo del Sedan que ansiaba disfrutar como mínimo otra temporada en el club de Las Ardenas.

La temporada 1957-58 volvió a 2ª División, con el Forbach, para marcar 10 goles en 33 partidos. Y si el siguiente ejercicio habría de iniciarlo con el mismo conjunto, cuando llevaba disputados 12 partidos en los cantó 3 dianas pasó al Perpignan, igualmente en 2ª División. Otros 3 goles en 16 partidos defendiendo a los meridionales sirvieron de broche a su andadura abiertamente profesional, por más que aún correría la banda con las camisetas del Lorient (entonces club menor) y Montendre, donde por fin colgó las botas.

En esta pequeña localidad de la Charente-Maritime acabaría arraigando el barcelonés «de Francia», con su esposa Carmen y sus hijos Lydia, Dalia y Henry. Sólo para matar el gusanillo, sin sueños de gloria o pretensiones más o menos quiméricas, continuó entrenando durante algunos años a varios equipos modestos, mientras por nuestros lares, sobre todo a medida que íbamos creciendo en lo económico y el recuerdo de la Guerra Civil se desleía, quedó confinado al desván de las inutilidades molestas.

Ni siquiera su defunción, cuando contaba 84 años, le otorgó unas líneas en nuestra prensa. Injusto olvido, aunque comprensible, puesto que el nuevo siglo pareció atraparnos en una profunda amnesia sobre muy distintas áreas.

Historias de tiempos muy duros, de esas que durante varios lustros no convino hablar, evitando así la resurrección de viejos demonios. Realidades, no obstante devenidas de un inmenso error, a las que deberá añadirse el recuerdo de esos otros «niños» a los que apenas si se permitió volver: los de la Unión Soviética. Rehenes políticos durante la Guerra Fría, peones del absurdo ajedrez en que habría de convertirse Europa.

En realidad, otro capítulo de la misma desgracia.

Futbolistas españoles con paso por la 1ª División francesa, en el periodo que pudiéramos considerar de posguerra.

JUGADOR TEMPORADAS
Antonio Abenoza 1947-52
Salvador Artigas 1944-53
Feliciano Aylagas 1944-45
Santiago Bravo 1953-54
Luis Cazorro 1947-53
Heliodoro Delgado 1944-53
Patricio Eguidazu 1952-53
Leandro Fernández 1954-55
Antonio García 1944-48
Lazare García 1947-48
Esteban Gómez 1944-52
Manuel Llantes 1948-49
José Mandalúniz 1944-45
Valentín Martín 1950-51
Paco Mateo 1947-50
Venancio Menéndez 1944-45
José Luis Molinuevo 1944-47
Ángel Mora 1944-48
Justo Nuevo 1944-53
Luis Osoro 1947-49
Manuel Pérez 1947-48
Athomagio Rodríguez 1944-49
Emilio Salubert 1955-68
Benito Tobía 1944-45
Santiago Urtizberea 1944-45
Joaquín Valle 1944-45
Luis Valle 1944-45
Antonio Vela 1944-45
Juan Vila 1944-48

Y aún podría añadirse el siguiente terceto de incorporados desde nuestro Campeonato de Liga, como refuerzos y respondiendo a criterios no políticos o circunstanciales, sino a la pura ley del mercado balompédico: José Caeiro (1956-57), Juan González Tacoronte (1953-54) y Julián Vaquero (1950-51).




Rafael Escudero: último romántico del balón

En un fútbol tan mercantilizado como el actual, donde nada parece moverse sin la correspondiente y muy a menudo cuantiosa porción de divisas, podría pensarse que para justificar cualquier romanticismo habríamos de encarar 1905 ó 10. O, en el mejor de los casos, remontarnos a los nuevos tiempos inaugurados tras la I Guerra Mundial, fruto de los cuales acabaría implantándose el profesionalismo en nuestro suelo. Y la verdad es que no es así. El fútbol romántico, el del amor a unos colores por encima de cualquier cheque o tentación de gloria, tuvo su más significado representante allá por 1949, en la figura del hoy olvidado Rafael Escudero Echevarría. Un bilbaíno sin pelos en la lengua, fiel a sí mismo y a cuanto entendía por dignidad; un hombre que a punto de cumplir la treintena no dudó en romper amarras con lo que más quería, enfrentándose incluso a sus amigos, antes que mancillar el más puro espíritu amateur. Esta es su historia, a grandes rasgos. Estos los hechos que hicieron de su figura el último romántico del balón.

Nacido en Bilbao el 14 de noviembre de 1919, dentro de una familia acomodada, fue alumno de los Jesuitas de Indautxu hasta concluir el bachillerato e ingresar en la Universidad, recién concluida nuestra Guerra Civil. Buen futbolista escolar, suya fue la idea de crear el Indauchu, o mejor un nuevo Indauchu que sustituyera al desaparecido antes de la deflagración, proponiendo a su amigo Jaime de Olaso: «¿Por qué no hacemos un equipo de fútbol para pasar el rato?».

Corrían tiempos oscuros, donde si escaseaba lo imprescindible, ¿cómo iban a abundar posibilidades de esparcimiento?. Y Olaso, que en todo cuanto emprendía buscaba la perfección, se empeñó en construir desde la nada un club donde los antiguos alumnos de Jesuitas constituían cimiento y pilar fundamental. De inmediato, Rafael abandonó a Los Luises, equipo con quienes competía en una especie de categoría Regional, ejercería de intermediario para que los Koskas les cediesen sus camisetas, aprovechando el cese de actividades, y se convirtió en figura sobre el césped de un club con tanta ilusión como problemas por resolver. No disponiendo de campo, cada quince días les tocaba mendigar uno por los alrededores de Bilbao, y así ejercer de anfitriones. Ya sobre el césped, o sobre el pegajoso barro invernal, aquellos muchachos debían evitar la inquina de sus adversarios, jóvenes obreros por lo general, o aprendices de humilde condición, para quienes los indauchutarras sólo podían ser «niños bien» que a la segunda patada quizás se arrugase.

Pero a pesar de los pesares, aquel equipo emprendió una meteórica carrera. Campeones aficionados de Vizcaya en 5 ocasiones (las tres últimas de forma consecutiva, años 1947, 48 y 49), en 1945 conquistaron el Campeonato de España de dicha categoría ante el poderoso Barcelona, en San Mamés, derrotándolo 3-0. En 1942, sólo 20 meses después de haberse constituído, ya habían arañado la gloria al sucumbir ante el Valencia en el mismo campeonato nacional, cuya final tuvo lugar en Madrid. Dispuestos a demostrar que aquello no era flor de un día, en 1947 volvieron a perder otra final disputada en la capital de España, esta vez ante la A. D. Ferroviaria. Y al año siguiente, de nuevo en Madrid pero ante el Serpis de Alcoy liderado por el futuro jugador del Real Madrid y presidente de la FEF José Luis Pérez-Payá, otro subcampeonato. Quede para la anécdota que Pérez Payá tuvo un modo bastante feo de festejar la victoria, con gestos y frases ofensivas dirigidas a Rafa Escudero, probablemente fruto de una mal entendida rivalidad, puesto que ambos se conocían de su paso por las aulas universitarias de Deusto. Y entre tanta final vizcaína y estatal para aficionados, logros no menores, como el ascenso a 3ª División la temporada 1942-43 y su inmediato afianzamiento.

Rafa era en aquel equipo líder indiscutido. Sobrado de fundamentos técnicos para plantearse metas más ambiciosas, ni le pasaba por la imaginación abandonar su Inaduchu. Allí disfrutaba, se entretenía, convivía con viejos amigos y hasta con su hermano Jaime (Bilbao 22-II-1923). ¿Qué más podía desear?. Pero justo entonces, poco después de debutar en el fútbol de bronce, sin haberlo buscarlo, tuvo ocasión de protagonizar su propio cuento de hadas.

Rafael Escudero, último quijote de nuestro fútbol  y campeón de Copa, con la camiseta del Atlético de Bilbao.

Rafael Escudero, último quijote de nuestro fútbol y campeón de Copa, con la camiseta del Atlético de Bilbao.

El Athletic -entonces Atlético de Bilbao por imperativo franquista-, tenía su delantera en cuadro. Con Zarra lesionado, apenas si veían puerta. Puesto que los malos resultados pesaban, tanto desde el área técnica como en los despachos comenzó a estudiarse la incorporación de algún revulsivo. Rafa, uno de los que más brillaban en el panorama vizcaíno, era socio del Athletic y el amor a los colores rojiblancos se daba por descontado, pues no en vano su tío Germán Echevarría «Maneras» había jugado con los «leones» desde 1914 hasta 1922. Cuando contactaron con él, su respuesta dejó a los emisarios de San Mamés un tanto perplejos: «Jaime está en Madrid. En cuanto vuelva se lo comentáis a él, porque yo haré lo que me diga». Jaime de Olaso, mecenas y alma máter del Indauchu dio su aquiescencia, como no podía ser menos -también él era socio del Athletic- y la incorporación de Rafa al conjunto rojiblanco fue un hecho. Pero eso sí, no mediante traspaso, sino como cesión gratuita, y sin renunciar a su estatus de amateur. Curiosamente, el conjunto de 3ª, el más débil, cedía su estrella al poderoso.

Escudero disputó 23 partidos oficiales como atlético, anotando 14 goles, algunos tan decisivos como los 2 primeros en el día de su debut liguero, otros 2 en la última jornada, donde los de San Mamés evitaron una siempre arriesgada promoción para mantener la categoría,  y el último durante la disputa de la final copera de 1944. Porque aquella desastrosa liga tuvo por colofón un nuevo título de Copa rojiblanco, obtenido ante el Valencia. Cuando el Athletic campeón llegó a Bilbao, futbolistas y directivos del Indauchu esperaban a la comitiva victoriosa en el alto de Miraflores, entonces única entrada a la capital vizcaína desde Madrid, con una pancarta sobre el camión que habían contratado: «El Indauchu saluda a Rafa Escudero y demás campeones». La iniciativa fue muy mal interpretada desde el seno rojiblanco, al considerar que se aludía a Escudero y los «demás jugadores», sin nombrar siquiera al Athletic. Algo que, en consecuencia, sólo podían hacer unos «antiatléticos».

Escudero desoyó la propuesta de renovación ofrecida por el Athletic, entendiendo ya no se daban entre los rojiblancos las condiciones que determinaron su llegada. Recibió un reloj con la correspondiente inscripción, a modo de agradecimiento, y volvió a jugar en el Indauchu altruistamente.

Alguien quizás piense que después de todo tampoco habría renunciado económicamente a mucho, que el fútbol de esos años movía poco dinero. Obviamente, las cifras de 1944 admiten escasa comparación con las actuales, aún corregido cualquier efecto inflacionista. Pero con todo, en tiempos de hambre y frío, de estraperlo, gasógeno, cartillas de racionamiento y sueños en blanco y negro, el mundo del balón parecía vivir al margen de casi todo. Sirva como ilustración el siguiente cuadro con reflejo de algunos hitos económicos en esa época, anticipando que un sueldazo en 1945 rondaba las 25.000 ptas. anuales, los funcionarios de rango no superaban las 18.000, igualmente al año, y cualquier dependienta de comercio venía a salir por unas 8.000, si su tienda se hallaba en el centro de Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao. Las dependientas ni siquiera ganaban en doce años lo que algunos clubes pagaban por un solo traspaso.

REFERENCIAS ECONÓMICAS DEL FÚTBOL, ENTRE 1935 y 1950

1935-36.- Simón Lecue traspasado del Betis al Madrid por 75.000 ptas.

1936-37.- (campaña abortada por la Guerra Civil). Ipiña, del descendido At Madrid al Real Madrid, por 50.000 ptas.

Octubre 1939.- Germán, del Racing de Santander al At Aviación, por 50.000 ptas.

Setiembre 1940.- Guillermo Gorostiza traspasado al Valencia por 55.000 ptas.

1943-44.- Juan Arza, del Málaga al Sevilla por 100.000 ptas. más un partido en La Rosaleda (monto total no inferior a 105.000 ptas.)

1944-45.- Basilio, del Castellón al Barcelona por 90.000 ptas.

1945-46.- Antúnez, del Betis al Sevilla por 80.000 ptas. y la consiguiente polvareda.

1947-49.- El At Madrid paga 450.000 ptas. por Antonio Vidal, del Alcoyano.

1948-49.- Mateo Nicolau, argentino, al Barcelona por 125.000 ptas.

1948-49.- Pahíño y Miguel Muñoz. El Real Madrid pagó por al Celta por ambos traspasos 1.200.000 ptas.

1949-50.- Carlsson al At Madrid por 500.000 ptas.

Otra referencia más: las 100.000 ptas. satisfechas por Juan Arza en 1943 daban para comprar 6 señores pisos en Madrid. No puede extrañar que a raíz de semejante traspaso, al navarro Arza se le conociera en Sevilla como «El Niño de Oro».

De nuevo en «su» Indauchu, Rafael Escudero se mantendría en activo, rindiendo a excelente nivel en una 3ª División que se le quedaba pequeña, hasta la temporada 1948-49. La consideración de que era objeto en el fútbol vizcaíno queda patente con la imposición de la Medalla al Mérito Deportivo desde la Federación territorial, en 1948, aprovechando la final del Campeonato de Aficionados de Vizcaya entre Indauchu y Luchana. Sin embargo tanto reconocimiento no le libró de abandonar su club entre reproches, malas caras y por la puerta falsa. Porque quien tanto había entregado a la entidad, quien renunciara a ser futbolista de 1ª en el Athletic, sintió la necesidad de plantarse cuando en el seno de la S. D. Indauchu se adoptaron decisiones contrarias a su concepto del «amateurismo».

El detonante tuvo por fondo la disputa de otra final en el Campeonato de España para aficionados (1949), con el Barcelona de oponente. Puesto que aquel año se celebraban las Bodas de Oro azulgranas, la directiva «culé» quiso incluir dicho partido entre los actos conmemorativos, por lo que desplegaron influencias en torno al ente federativo. Desde la Federación Española, sin embargo, se abogó por una decisión consensuada entre los clubes. Y el Barcelona, poderoso no sólo en los deportivo, sino también en lo económico, ofreció 100.000 ptas. al Indauchu si se avenía a disputar la final en Las Corts. Esa cifra representaba mucho más que una tentación para los directivos bilbaínos y, puesto que con ella resolvían de un plumazo sus sempiternos equilibrios sobre el alambre financiero, otorgaron el sí. Cuando Escudero tuvo conocimiento de los hechos, no ahorró censuras. ¿Cabía mayor afrenta al espíritu amateur, que venderse por dinero?. ¿No estaban jugándose, acaso, el Campeonato de España para aficionados?. ¿Podían mezclarse conceptos tan antagónicos como amateurismo y vil metal?. Jugar en campo adversario equivalía a ofrecer demasiadas facilidades a sus oponentes. ¿No estaban vendiendo el título por 100.000 ptas.?. Su amigo Jaime de Olaso, probablemente la única persona que pudo haber evitado el descarrilamiento, se hallaba fuera, como solía ocurrir con relativa frecuencia, atendiendo sus negocios americanos. Y aunque la directiva reunió a los jugadores para explicarse, su capitán, el mayor de los Escudero, aseguró que si finalmente se aceptaban aquellas 100.000 ptas., él no jugaría.

Según los directivos, ya no podían dar marcha atrás, puesto que habían aceptado la oferta azulgrana. Escudero, entonces, propuso que las 100.000 ptas. fuesen entregadas a una organización bilbaína de caridad, como la Santa Casa de Misericordia o el Hospital Civil, en medio de la total oposición de los mandatarios. «Pues si así están las cosas, si el Indauchu antepone el dinero a sus valores de siempre, está visto que ya no hay sitio para mí dentro de él», concluyó. «Y por si aún no os ha quedado claro, sabed que ni mi hermano ni yo volveremos a jugar con el equipo».

Si el mayor de los Escudero buscaba con su postura el apoyo de algún compañero, no lo halló. El Indauchu sucumbiría ante el Barcelona, en Las Corts, por 3-2, sin sus dos interiores y significadas estrellas, Escudero I y Escudero II. Imposible conjeturar qué guarismos pudo haber reflejado el marcador, con ambos sobre el césped. Lo único cierto que ya no hubo más finales estatales para el Indauchu, que ni Rafa ni Jaime Escudero volvieron a lucir su camiseta roja, y que la entidad bilbaína, abrazando sin falsos pudores el profesionalismo -siquiera fuese un profesionalismo parco, de escasos vuelos- concluyó asentándose en 2ª División, tras ascender la temporada 1954-55.

Jaime Escudero, Escudero II en el Indauchu, Convertido en futbolista del Athletic la temporada 1949-50.

Jaime Escudero, Escudero II en el Indauchu, Convertido en futbolista del Athletic la temporada 1949-50.

Rafael colgó las botas, próximo a cumplir la treintena, conservando entre sus más preciados recuerdos el trofeo que recibiese al disputar su partido número 200 con el Indauchu, el 22 de febrero de 1948. Jaime, por su parte, no tan bien dotado pese a ser un buen futbolista, militaría en el At. Bilbao la temporada 1949-50 (4 partidos ligueros, sin goles) y en el Barcelona los ejercicios 1950-51 y 51-52, dónde únicamente jugó 3 partidos de Liga durante la segunda campaña.

La mala suerte, empero, no había puesto aún su última zancadilla a Rafael Escudero. Era directivo del Athletic (Atlético, si hemos de expresarnos en puridad), de un Athletic empeñado en conservar otros principios no menos románticos, cuando el 4 de diciembre de 1953, poco después de haber contraído matrimonio, embarcó junto a su esposa en el «Bristol» que cubría la línea Bilbao-Madrid. Ambos perecieron, junto con gran parte del pasaje, al estrellarse el aparato en Somosierra.

Desaparecía así el último quijote de nuestro fútbol, puesto que si bien Pérez-Payá (el mismo que tan mal digiriese su victoria en la final de aficionados como abanderado del Serpis) se proclamara único jugador aficionado de 1ª División en una autobiografía, lo cierto es que dejó de ser oficialmente «amateur» al ingresar en el Real Madrid. Escudero, en cambio, no dejó de serlo nunca.




Puntos regalados

¿Podemos imaginar al Real Madrid regalando unos puntos vitales al C. F. Barcelona?. ¿Y al Sevilla haciendo lo propio con el Real Betis?. Regalarlos altruistamente, se entiende. Y a plena luz, con la connivencia arbitral, sin mediación de maletines, cesión de futbolistas cara al futuro o cualquier otro tipo de acuerdo ventajista, ruin o chanchullero. Imposible, ¿no es cierto?. Pues esto, hoy impensable, solía ser moneda corriente en tiempos de amateurismo más o menos real y profesionalismo encubierto.

Se entendía entonces que el fútbol -«foot-ball», por respetar la grafía de esa época- era deporte de caballeros, de «gentlemen», que al terminar cada «match» se evaporaba toda rivalidad y nada impedía a los contendientes departir las incidencias como amigos. Así las cosas, quedó recogida reglamentariamente la posibilidad de que cualquier equipo entregase los puntos a su adversario, si entendía fueran a resultarle más provechosos. Para ello bastaba el cuerdo de los presidentes, directivos o capitanes, y la correspondiente comunicación al árbitro -entonces «referee»-. El partido se disputaba, claro. A veces a cara de perro, por más que todos fuesen conocedores del pacto. Y podía ocurrir -de hecho sucedía a veces- que al final de los 90 minutos el marcador reflejase un tanteo contrario a quien debía resultar victorioso. No importaba, porque prevalecía la palabra empeñada. El «referee» reflejaba en su acta a quién debían serle otorgados los puntos en litigio, como consecuencia del pacto previo, y todos contentos.

Cuando esta fórmula fue admitida, nadie pareció pensar en las aficiones. Al fin y al cabo, tampoco cabía hablar de «afición» en el sentido que hoy las caracteriza. Al principio acudían a los «fields» familiares o conocidos de los jugadores, sus novias, amigas, puede que algún reportero, y unos cuantos ociosos picados por la curiosidad. No faltaban gacetilleros tan versados en las artes del balón redondo como para recoger en sus crónicas, con alborozo, «la considerable altura que alcanzaron algunos schoots». Poco a poco los alrededores del «field» irían poblándose, no ya de apacibles espectadores en tarde de picnic, donde lucir sombrillas o sombreros de jipijapa, sino por quienes empezaban a tomarse como cuestión de honor la derrota del contrario. Y partir de ahí, lo de regalar puntos empezó a revestir algún riesgo.

Probablemente quien más caro pagase tal práctica fue el apenas recién nacido Club Deportivo Castellón, entidad surgida del Cervantes Fútbol Club. Los cervantinos, jóvenes trabajadores, vestían el uniforme tricolor de la bandera republicana y lucían una estrella en el pecho, pues no en vano estaban auspiciados por el Centro Republicano de la Plana. La capital mediterránea contaba con otros clubes de menor predicamento, alguno con abundancia de señoritingos o vástagos de la mejor sociedad. Como no pareciese lógico aquel microcosmos, se planteó concentrar los esfuerzos en una única agrupación que además llevara el nombre de Castellón allá por donde compitiese. El 20 de julio de 1922 los socios del Cervantes, tras votación muy reñida, se avinieron a convertir dicha entidad en C. D. Castellón, aportando la práctica totalidad de su plantilla. También se acordó elegir pantalones negros y camisetas tricolores con el azul del mar, el naranja de sus huertos y el verde de los campos, pero al no hallar por ningún sitio semejante combinación acabaron comprándolas blancas, que además resultaban más baratas. Teniéndolo todo para competir, iniciaron su andadura. Y justo durante la segunda campaña con la recién estrenada denominación habría de estallarles el conflicto.

Escudo del Cervantes, club de inspiración republicana, origen del futuro C. D. Castellón.

Escudo del Cervantes, club de inspiración republicana, origen del futuro C. D. Castellón.

Fue el 8 de diciembre de 1923, a raíz del primer partido correspondiente a la 2ª vuelta del Campeonato regional. Les visitaba el Valencia, gran favorito, máxime considerando que los castellonenses había resuelto con tres derrotas cuatro de los partidos disputados en aquel torneo. Quién sabe si por quedar bien, por hacer amigos en la capital del Turia, teniendo en cuenta los antecedentes, el presidente del Castellón, Tadeo Mallach, acordó con su colega «ché» cederle los puntos. Parece avalar esta hipótesis el hecho de que nada dijese a sus compañeros de junta directiva, y menos aún a sus futbolistas. Como ambos equipos lucían idéntica equipación, siguiendo normas de cortesía en aquella época, los jugadores de la Plana saltaron al campo con camiseta verdiblanca. Y justo con el pitido inicial empezó a fraguarse el escándalo.

Porque resulta que el Castellón, practicando un fútbol brillante y efectivo, al decir de los cronistas, con Alanga, Martínez y Lavall, su tripleta defensiva, rayando a gran altura -entonces se jugaba con portero y dos defensas-, fue empequeñeciendo al adversario. Hacia el ecuador del primer tiempo Pinto lanzó un córner, el cuero llegó a su interior izquierdo Vicente Ordóñez, que para sorpresa de los defensas lo dejó pasar, impulsándolo de inmediato con el tacón hasta el fondo del portal valenciano. El jolgorio de los aficionados locales todavía pudo haber sido mayor, puesto que algún minuto después el «referee», Sr. Lemmel, castigó con penalti el derribo de que fuera objeto en el área Aliaga, un ariete todo empuje, a la vieja usanza. El castellonense Doménech lanzaría el balón lejos de los tres palos y así lo que pudo haber sido victoria más contundente quedó en raquítico, aunque muy sabroso 1-0 a favor del Castellón. Entonces, claro está, al primer presidente del club, Sr. Mallach, le tocó confesar su pacto. Y se armó la marimorena.

Los jugadores de la Plana se lo tomaron como una afrenta, los directivos como una traición en toda regla, y los seguidores como la más descarnada burla, máxime considerando que el beneficiario no era un club cualquiera, sino el Valencia, precisamente, la representación de la gran ciudad desde donde se sentían mirados por encima del hombro. Cuando a modo de mofa comenzó a llamarse al C. D. Castellón  «C. D. Puntos» desde diversos ámbitos regionales, ya fue el colmo. Para empezar, Tadeo Mallach tuvo que presentar su renuncia al cargo. Y luego los jugadores se negaron en redondo a seguir vistiendo la misma equipación del Valencia -camiseta blanca y pantalón negro-. Durante un año, poco más o menos, la plantilla castellonense habría de lucir distintas equipaciones, siendo la más habitual camiseta rojiblanca y pantalón negro. Sólo a partir de 1925 adoptarían como propio el uniforme albinegro, en listas verticales.

Por cuanto se refiere a Vicente Ordóñez, causante involuntario del cisma merced a su gol, apenas jugaría unos pocos partidos más. Había llegado desde el Cervantes, como casi todos sus compañeros, y tras 2 campañas en la recién nacida sociedad parece colgó las botas durante el verano de 1924, con 5 presencias en dos Campeonatos Regionales y 3 goles, según revisión estadística de Conrado Martín y Miguel Ángel Serer para su obra «En el Escudo de tu historia». El fútbol siempre fue para él puro divertimento, sin pretensiones de abrazar el profesionalismo. Venía de familia acomodada, con negocio próspero, al que en buena lógica debería incorporarse en el futuro. Pero eso sí, mientras el muchacho jugaba en el Castellón, a su padre, fundador de una empresa de radiadores, le tocó instalar las duchas en el viejo campo del Sequiol. Gratuitamente, claro, que el fútbol pretérito estaba para muy pocos dispendios.

Emblema del primer C. D. Castellón, el que por un exceso del presidente fundacional habría de  pechar con el molesto remoquete de “C. D. Puntos”.

Emblema del primer C. D. Castellón, el que por un exceso del presidente fundacional habría de pechar con el molesto remoquete de “C. D. Puntos”.

El 28 de junio de 1924, transcurridos sólo seis meses de los hechos narrados, el fútbol español adquirió oficialmente estutus profesional, si bien durante cierto tiempo hubo abundantes dimes y diretes entre partidarios y enemigos de la resolución. Se daba carpetazo a un asunto por demás espinoso, ya que ni clubes ni futbolistas hallaban la menor seguridad en el «amateurismo marrón». Los jugadores, sobre todo, solían llevar la peor parte. No sólo carecían de foro donde reclamar cualquier impago, al ser en teoría aficionados puros, sino que se exponían a la descalificación como se les probara el ejercicio profesional. Aquello lo cambió todo. Las entidades más potentes pescarían a su antojo en el vivero de otras menos ricas. Muchachotes del Norte, practicantes de un juego más aguerrido y viril, en tiempos donde el físico primaba sobre la condición técnica, comenzaron a recibir nada despreciables ofertas del Sur, de Madrid, o de la ribera mediterránea. Nacería el Campeonato Nacional de Liga (1929) como única fórmula capaz de financiar, mediante sus jugosas taquillas, los dispendios en que la mayoría se embarcaron. Poco a poco, la antigua caballerosidad comenzó a antojarse un estorbo. Y por supuesto, a nadie se le ocurrió seguir cediendo a su adversario los puntos en litigio. Cuando menos dejaron de hacerlo con luz y taquígrafos, por puro altruismo.

Historias de otro fútbol y otra España, la del caciquismo agrario, el cuplé o el charleston, la del pistolerismo empresarial y anarcosindicalista, el fin de la Restauración a manos de Primo, su dictadura y la avenencia de Alfonso XIII a vivir entre sables, como lamentable pelele.

Tiempos donde un apretón de manos y la palabra empeñada revestía carácter contractual… incluso en el siempre complejo mundillo del balón, tan propenso al puntapié y la zancadilla.




Jones, el bilbaíno de Fernando Poo que no pudo jugar en el Athletic

Aunque Miguel Jones Castillo (27-X-1938) naciese en Santa Isabel, hoy Malabo y entonces capital de la Guinea Española, llegaría a Bilbao con su familia siendo niño. Se formó junto al río Nervión como persona, al tiempo de hacerse futbolista entre el cemento de un patio colegial en Lecaroz, Navarra, y los campos de tierra vizcaínos donde jugara con el equipo universitario de Económicas. Fuerte, ágil, dueño de potentísimo salto, sonriente siempre y con cara de angelote bueno, similar a la de aquellos inmortalizados en microsurco por Antonio Machín, el destino lo reservaba para marcar goles. Cualquiera diría que su meta estaba en el Athletic. Pero Jones había nacido en el África Ecuatorial y su piel de charol brillante no pasaba desapercibida. Hoy, sin duda habría sido un canterano más en las instalaciones rojiblancas de Lezama, un buen refuerzo para el ataque de San Mamés. Aquellos, en cambio, eran otros tiempos. Más fundamentalistas por cuanto a la idiosincrasia del club se refiere. O sencillamente, menos necesitados de refuerzos.

Ferdinand Daucik, entonces entrenador del Athletic -Atlético de Bilbao, por ceñirnos a la nomenclatura de esa época-, debió descubrirlo mientras avasallaba a otros estudiantes. Entusiasmado ante sus imponentes condiciones, quiso llevárselo al Athletic aún tropezando con la inicial negativa de Don Wilwardo, padre del muchacho. Daucik, que  no solía aceptar sin más ni más cualquier no, continuó insistiendo. ¿Podía haber algo más grande para un «bilbaíno» que pertenecer al Athletic?. El chico tendría que  compaginar los estudios con la práctica deportiva, ¿y qué?. Otros lo hacían sin mucha dificultad en aquella plantilla. Don Wilwardo, sin duda presionado por la ilusión de su hijo, otorgó finalmente el pláceme. Al fin y al cabo tampoco a él le faltaban motivos para sentirse medio bilbaíno. Había estudiado en «el bocho» y uno de sus grandes amigos, con el que además llegó a jugar en un modestísimo equipo de preguerra, era el padre de «Beti» Duñabeitia, quien transcurrido algún tiempo acabaría convirtiéndose en presidente rojiblanco.

Miguel Jones estuvo entrenando alrededor de un mes con la primera plantilla del Athletic, aún sin ficha federativa. E incluso el 6 de enero de 1956 tendría su regalo de reyes, al alinearse con las figuras rojiblancas en un amistoso contra el Indauchu. Recuerdo imborrable, aunque carente de continuidad, pese al empeño que Daucik pusiera. Las cosas en el Athletic eran como eran, y desde la directiva nadie hizo amago de dar su brazo a torcer. Resignado, el técnico checo concluyó recomendándolo al Baracaldo. Jones contaba 18 años y tuvo bastante con media temporada en 2ª División para hacerse notar. Lasesarre y el barro que se formaba sobre aquel terreno durante los lluviosos inviernos, parecían hechos a medida de sus condiciones. Si nadie lograba competir con él en la disputa de balones colgados, su potencia no exenta de clase en una época de arietes-tanque, bastaba para traer en jaque a las defensas. Corrían buenos tiempos para el fútbol vizcaíno, y hasta para el vasconovarro en general. Con el Athletic, Osasuna y Real Sociedad de San Sebastián entre los más grandes, y Baracaldo, Sestao, Indauchu, Alavés y Eibar en 2ª, el vivero parecía garantizado. Así las cosas, entre tan pródiga cosecha y debido al pobre rendimiento colectivo de los fabriles, a la postre descendidos, su campaña quedó oscurecida en los  medios de difusión. No pasó en cambio desapercibido ante la pupila de Jaime de Olaso, presidente y alma máter de un Indauchu magnífico, por cuyo vestuario desfilaban año tras año los jóvenes del ámbito territorial con más porvenir.

Daucik en primer plano, seguido por Carmelo Cedrún, Arteche y Arieta I. El entrenador checo quiso tener a Jones en la plantilla, durante su brillante etapa bilbaína. Puesto que el empeño resultara inútil, debió esperar 3 años hasta llevárselo a otro Atlético: el de Madrid

Daucik en primer plano, seguido por Carmelo Cedrún, Arteche y Arieta I. El entrenador checo quiso tener a Jones en la plantilla, durante su brillante etapa bilbaína. Puesto que el empeño resultara inútil, debió esperar 3 años hasta llevárselo a otro Atlético: el de Madrid

La temporada 1957-58 ya la inició en Garellano, campo propiedad del Ejército donde disputaban los indauchutarras sus choques como equipo local. Le acompañaba desde Lasesarre el defensa Luis Axpe y debía hacerse un hueco entre las varias novedades de esa campaña para la línea atacante: Javier Barrena, un delantero tosco, aunque efectivo rematador, procedente del Bermeo; Julio Beascoechea, del Basconia, recién ascendido a 2ª para suplir al Baracaldo; Jimy, del Padura de Arrigorriaga; y hasta Gonzalo Elorduy e Isidro Aizpurúa cuando el balón ya había echado a rodar, ambos del Arenas. Aquel equipo, compuesto por un puñado de jóvenes en formación, era realmente soberbio, como acredita un simple repaso a su plantilla: Cobo en la portería (después en el Sevilla, Mallorca y Pontevedra); para la defensa Azcueta (luego Betis y Pontevedra), Eusebio Ríos (valladar bético durante un decenio) y Axpe (años más tarde también efímero jugador de 1ª); en la medular Isasi (indiscutible en el Zaragoza de «Los Magníficos»); y por delante, generando ocasiones de gol, el futuro internacional Chus Pereda (Real Madrid, Sevilla y Barcelona), Coque (hubiese podido ser un futbolista grande sin tomarse la vida a broma durante su estancia en el Celta), Gogénuri, Sasía (ambos con clase, aunque quizás no muy necesitados del fútbol para labrarse un porvenir) y el propio Jones. En el banquillo nada menos que Rafael Iriondo, extremo derecho de una delantera que toda España recitaba hasta dormida, forjándose como el gran técnico que luego fue.

Ese ejercicio el Indauchu tejió un fútbol primoroso, clasificándose en 4ª posición, por detrás de Oviedo, Sabadell y Santander -entonces no Racing, sino Real- y adelantando al Condal, filial del Barcelona, Rayo Vallecano, Alavés, Gerona, Ferrol, Coruña o Tarrasa, entre otros. Todo un triunfo para quienes no podían permitirse el lujo de ascender, para quienes traspasaban sistemáticamente a sus estrellas mas cotizadas y apenas conocían un balance sin números rojos. El campo de Garellano, además, se hallaba a escasos 300 metros de San Mamés. ¿Por qué no podía soñar Jones con cubrir algún día tan exigua distancia?. Las quimeras, ya se sabe, son gratuitas. Aunque en su caso, incluso si representaran algún desembolso, bien hubiera podido permitírselo. Su familia no era precisamente de las necesitadas. Bien al contrario, gozaba de viento a favor introduciendo, distribuyendo y comercializando maderas de Guinea, principal riqueza de la aún colonia o «provincia de ultramar», por toda la vertiente cantábrica.

La temporada 1958-59 comenzó el Indauchu sin Pereda (traspasado al Real Madrid por 850.000 ptas.), ni Cobo y Ríos (en el Sevilla y Betis respectivamente, a cambio de 1.800.000). Pese a todo, con un tercer puesto superaría la clasificación anterior. Fue el gran año de Jones, aunque tuviese que renunciar a su sueño. Porque el Athletic, y en realidad toda la prensa bilbaína, jamás llegaron a verlo como posible refuerzo.

Miguel Jones, en su época más prometedora.

Miguel Jones, en su época más prometedora.

Apenas doce meses antes había ocurrido todo lo contrario respecto a Pereda,  por quien la directiva de San Mamés estuvo muy  interesaba. Forzaron contactos, se barajaron cifras y hubo negociaciones, de las que se hicieron amplio eco los medios locales. ¿Podía lucir el escudo del Athletic un muchacho nacido en Medina de Pomar?. ¿Cabía hacer sitio a los burgaleses, sin emborronar toda una filosofía social?. Según José Mª Mateos, director de «La Gaceta del Norte», rojiblanco furibundo y reconocida autoridad en la materia, nada lo impedía. Había jugado con la selección vizcaína juvenil cuando fuera incorporado al Indauchu de esa categoría desde el Valmaseda. ¿Cómo iba a justificarse que alguien valiera para representar a Vizcaya en el Campeonato estatal de Selecciones Regionales, y no reuniese requisitos ante la propia afición vizcaína a la hora de ser medido por el Athletic?. Según parece, Jaime de Olaso, socio del Athletic además de fundador, presidente y gran mentor en el Indauchu, llegó a ofrecer sin ningún cargo al muchacho, a cambio, eso sí, de que se permitiera a los rojillos disputar en San Mamés sus partidos como local. Buen acuerdo para el Athletic, en teoría, que pronto se vio rezumaba veneno. Baracaldo, Sestao y Basconia de Basauri, los otros clubes provinciales de 2ª División, pusieron el grito en el cielo. Si el Indauchu llegaba a jugar en San Mamés, los socios del Athletic acudirían en masa al campo por pura inercia. Sus taquillas, entonces, se irían a pique. Además, ¿quién les garantizaba que ese no fuera un primer paso hacia la filialidad?. Y de eso nada. Expertos jugadores de mus, los presidentes de esas tres sociedades concluyeron lanzando el órdago: como la directiva rojiblanca se aviniera, tendría en frente al fútbol vizcaíno. Se acabaría aquello de ofrecerles trato preferencial, a cambio de migajas, sobre el mejor fruto de sus canteras.

La directiva atlética, pillada a contrapié, optó por no aceptar ese órdago, a la espera de mejores cartas. Dejaría escapar a Pereda, no sin señalar como antiatlético al presidente del Indauchu, y al mismo tiempo, sin prisa, aunque también sin pausa, comenzó a plantearse el proyecto de constituir un filial desde muy abajo; un equipo que aglutinase a todas las promesas regionales antes de que cualquier otra entidad pudiera considerarlas interesantes. En resumidas cuentas, un torpedo bajo la línea de flotación del Sestao, Baracaldo, Basconia, Indauchu, Guernica, Lemona, Guecho, Erandio, Arenas, Cultural de Durango, Begoña, Santuchu… Años más tarde sería realidad el Bilbao Athletic, -Bilbao Atlético el día de fundación-, entrenado nada menos que por Rafa Iriondo. Un entrenador de 2ª metido en categoría Regional. Aviso por demás explícito que muy pocos entendieron de inicio.

Escudo de la Sociedad Deportiva Indauchu. Modestísimo gallito en la 2ª División de los años 50, hoy hundido en categoría Regional.

Escudo de la Sociedad Deportiva Indauchu. Modestísimo gallito en la 2ª División de los años 50, hoy hundido en categoría Regional.

Pero una cosa era Pereda y otra Jones. Por mucho que hubiera echado espolones en Bilbao, Jones no dejaba de ser guineano. ¿Cómo ocultarlo?. Cierto que se curtió en el fútbol vasco, que aún niño veraneaba en Izarra (Álava), entre bilbaínos de pura cepa, cuando al no estar muy de moda asarse al sol se prefería el fresco de la montaña. Todo eso, sin embargo, no bastaba. La idiosincrasia deportiva del Athletic tanto era fruto del ideario nacionalista como de una palmaria ausencia de necesidad. Al principio, como casi todos los clubes, incorporó numerosos británicos. Llegado el momento de optar entre el espíritu amateur o la profesionalización, abrazó ésta sin falsos pudores, beneficiándose de una postura más timorata en el Arenas -campeón de Copa, no lo olvidemos, 3 veces finalista en la misma y fundador del Campeonato de Liga- a quien tirando de cartera habría de arrebatar sus mejores mimbres. La influencia que los De la Sota tuvieron en el seno rojiblanco desde la segunda mitad de los años 20 hasta la Guerra Civil, obviamente imprimió carácter. El gran patriarca de aquel clan, Ramón de la Sota y Llano, curiosamente nacido en la localidad cántabra de Castro Urdiales, abogado, explotador minero, armador siempre al filo de la navaja por sus flirteos con el riesgo financiero, político y soporte económico del PNV, a la par que una de las mayores fortunas en su época, el hombre que se hiciera llamar Sir Ramón de la Sota a raíz de serle otorgado ese título honorífico (29-IV-1921) por sus servicios al Imperio Británico durante la I Guerra Mundial, propietario de «Excélsior» y «Excelsius» -periódicos deportivos de referencia-, impulsor de la Cámara de Comercio, fundador de Euskalduna y Seguros La Polar, consejero de los bancos de Bilbao y Vizcaya, tampoco dejó de esparcir ideología en el Athletic. Falleció el 17 de agosto de 1936, antes de que el triunfo franquista arrebatase a sus herederos buena parte de los inmuebles y fortuna, y hasta les impusiera una «multa» derivada de «responsabilidades políticas». Sin embargo, aunque los lustros venideros fuesen poco tolerantes con el nacionalismo, éste permanecería latente bajo los colores rojiblancos, reavivándose a partir de la Transición. Puede tomarse como detalle anecdótico, si se quiere, pero una de sus viejas posesiones, el palacio de Ibaigane, es hoy sede del Athletic Club. El simbolismo a veces, habla con voz muy clara.

Digresiones seudoplíticas al margen, la verdad es que a partir de 1939 tampoco tuvo el Athletic, convertido ya en Atlético, ninguna necesidad de alterar parámetros. Al fin y al cabo, seguían ganando Copas y hasta alguna Liga con el producto de la tierra. Ello le otorgaba un carácter especial, diferente al de sus contrincantes, más difícilmente alterable a medida que el tiempo fue corriendo, por aquello de que la costumbre acaba convirtiéndose en ley. Basta para entenderlo un repaso al equipo que con Daucik en el banquillo ganara Liga y Copa en 1955-56, aún contando el Real Madrid con Di Stéfano, Gento, Lesmes II. Molowny, Zárraga, Rial, Roque Olsen o Pérez Payá, y el Barcelona con Ramallets, Biosca, Gracia, Segarra, Seguer, Bosch, Luis Suárez, Kubala, Villaverde, Tejada o Manchón. No es que los jugadores rojiblancos de aquella gloriosa campaña fuesen vascos; es que a excepción de Serafín Areta, pamplonés, todos eran vizcaínos. Carmelo y Arieta, durangueses. Orúe, Canito, Garay y Uribe, bilbaínos. Mauri de Guernica, Maguregui de Miravalles, Arteche guechotarra y Gaínza de Basauri. Por cuanto a los suplentes, Lezama baracaldés, Etura de Sestao, Iraragorri y Azcárate bilbaínos e Izaguirre de Somorrostro. El nacimiento de Merodio en Barcelona debe considerarse accidental, pues su padre, el pelotari «Chiquito de Gallarta», estaba contratado en el frontón de la ciudad condal. Regresó a la zona minera todavía en mantas y su aprendizaje futbolístico tuvo lugar por aquellos campos entre verdes y ferruginosos. Imposible discutir sus credenciales.

Miguel Jones Castillo con camiseta rojiblanca. Pero del Atlético de Madrid.

Miguel Jones Castillo con camiseta rojiblanca. Pero del Atlético de Madrid.

¿Quién iba a plantearse, por lo tanto, en 1959, la contratación de un muchacho con piel acharolada?. Arieta, dueño de la camiseta con el 9 a la espalda, empezaba a hacerse mayor, es verdad. Pronto necesitaría un relevo. Pero no importaba, porque seguro surgiría alguno de Erandio, Ondárroa, Amorebieta, Lanestosa o Galdácano. Hasta podía valer su propio hermano, un chicarrón que según contaban parecía apuntar alto.

El caso es que Jones se fue al Atlético de Madrid, requerido por Ferdinand Daucick, entonces responsable del banquillo «colchonero». Los derechos federativos de Juan Allende y 400.000 ptas. cerraron la operación, cuando el sueldo mensual de un trabajador corriente podía oscilar entre las 3.000 y las 5.500.

En Madrid tuvo de todo. Menos alegrías que desgracias, para ser sinceros, puesto que el infortunio quiso atravesarse en su camino. Además, su formidable condición física terminó convirtiéndolo en comodín: extremo un día, interior otro, ariete de cuando en cuando y hasta alguna vez defensa central. Campeón de Liga en 1965-66, de Copa los años 1960, 61 y 65, así como de la Recopa europea en 1962, viviría durante el ejercicio 61-62 sus mejores fechas, con 13 goles marcados en 19 partidos de Liga. Eneko Arieta, consignémoslo como referencia, marcó ese año 10 para los de San Mamés, en 24 partidos. Pero si Arieta, aún a pesar de sus muchas batallas y los presumibles achaques, casi carecía de competencia, a él le sobraba. Jorge Mendonça y Joaquín Peiró, primero, y muy pronto Adelardo, Cardona y Luis Aragonés, se encargaron de ponérselo difícil. Aunque ninguno de ellos tanto como las lesiones.

Una, sobre todo, habría de dejarlo casi para el arrastre. Pero ya antes pechó con fama de medroso, quién sabe si por conocer en propia carne cómo se las gastaban aquellos defensas de a quién Dios se la dé, San Pedro la bendiga. En el viejo Altabix de Elche, por ejemplo, viendo Juancho Forneris que el prometedor pero aún neófito Llompart no lograba hacerse con su marcaje, aconsejó al mallorquín: «Hazle el teléfono». Como Llompart no entendiese, su compañero argentino tuvo que explicárselo: «En cuanto vaya a por un balón alto le pones la bota en la oreja». Bien mandado, Llompart se aplicó a conciencia. Muchos años después aún recordaba la expresión de Jones: «Se puso blanco y no volvió a moverse».

El dinero, ya se ha dicho, no era tan prioritario para él. Quizás otro cualquiera, más necesitado de gloria y contratos, se hubiese plantado ante los marrulleros. Él, pese a su carácter ganador, jugaba sobre todo por diversión, porque disfrutaba de lo lindo en aquel ambiente y porque siempre es grato verse en la prensa, sentirse admirado e  importante. Dinero ya había en su casa y entonces nadie pensaba pudiera agotarse algún día. Se sabía perfectamente en Bilbao y hasta alguno, como Antonio de Rojo, la voz de Carrusel Deportivo desde San Mamés, lo dijo por la radio un verano, al referirse a cierto coche deportivo que despertaba admiración general en la Feria de Muestras: «También estuvo viéndolo nuestro paisano Miguel Jones, delantero del Atlético de Madrid. Claro que él sí podía pensar en algo más que mirarlo. Del poder al querer media un trecho, y él sí puede».

Ver a Jones en sus buenas tardes constituía todo un espectáculo.

Ver a Jones en sus buenas tardes constituía todo un espectáculo.

Tras jugar poquísimo en 1964-65, recuperarse en parte la temporada 65-66 y volver a la suplencia sistemática en 1966-67, creyó llegado el momento de poner punto final. Entonces recibió una oferta de Osasuna. Novecientas mil pesetas no era moco de pavo para jugar en 2ª y allá fue, a sideral distancia de su mejor forma y con problemas físicos. Dos goles en 10 partidos rubricaron su despedida del césped, las patadas y el olor a linimento. Estaba a punto de cumplir la treintena. Buena edad para vivir más relajadamente y disfrutar.

Nadie podía suponer que con la independencia de Guinea, Anobón, Corisco, Elobey Grande y Elobey Chico, las cosas cambiaran tanto para una familia cuyos miembros ostentaran puestos de privilegio durante el periodo colonial. Francisco Macías, estrafalario presidente del recién nacido país, dio la vuelta a todo lo anterior sin dejar siquiera las telarañas. Esquilmó, se manchó de sangre las manos, revocó permisos de exportación para entregarlos a sus «amigos», lo emponzoñó todo. Y así, quienes poco antes nadaran a favor de corriente, empezaron a verse con el agua demasiado cerca del cuello.

Luego de un tiempo fuera, Miguel Jones volvió a «su» Bilbao. Uno de sus seis  hermanos llegó a hacer algún pinito como entrenador en el Sony San Fernando, de Guinea. Pero duro poco. En realidad, el fútbol no había sido hasta entonces deporte para los Jones. Les tiró mucho más el boxeo desde que Maximiliano, fundador de la ciudad de San Carlos -actual Luba-, ayudase a sus hijos en su implantación. Gracias a Wilfredo Jones, sobre todo, en Guinea se aprendió a dirigir directos, desarbolar guardias, golpear a la contra y templar el uno-dos. También de sus viajes a Canarias y la península importaría Wilfredo el tenis y hasta el baloncesto. Como muy bien recordase el periodista hispanoguineano Paco Zamora, España llegaría a tener con Juan Carlos Jones, genuino producto de esta familia, todo un plusmarquista en los 100 metros lisos no hace mucho. Y paradojas de la vida, otro Jones, de nombre José Luis, primo de nuestro futbolista, sería fiscal en el proceso que allá por 1979 condenó a muerte al despreciable dictador Macías.

Hasta que el domingo 20 de noviembre de 2011 saltase al Sánchez Pizjuán sevillano Jonás Ramalho, ningún joven de color había vestido oficialmente la camiseta del Athletic. Jonás, mulato y con ascendencia angoleña, había nacido en Baracaldo (10-VI-1983), ingresado como cadete en el vivero rojiblanco y disfrutado de la internacionalidad española juvenil. Muchas cosas lo separaban de Miguel Jones, pero algo también los conectaba: el sueño de jugar en el Athletic.

Con el correr del calendario suele adquirirse sabiduría. Hombres e instituciones -no en vano hay seres humanos en ellas- se hacen más permeables. En el Athletic de Ramalho ya había navarros y riojanos, aparte de gipuzcoanos o alaveses, e incluso años antes alguno natural de Extremadura o con raíces en Zamora o Palencia. Por fin cobraba fundamento eso de que un bilbaíno puede nacer donde le apetece. Suerte que Miguel Jones, desde un Bilbao muy distinto al de su infancia, haya podido disfrutar viéndolo.

Al fin y al cabo el Athletic, aún por detrás de la «sucursal» colchonera y el capitidisminuído Indautxu, pura alma en pena de la Regional vizcaína, tampoco deja de ser «su» equipo.




Nicolás Fuentes y las primeras historias de Liga y Copa

Hace unos meses presentábamos a Juan María Sáenz de Viguera Fuentes como coautor de la primera historia del Campeonato Nacional de Liga, desde su puesto ejecutivo en Ibérico Europea de Ediciones cuando despuntaba el decenio de los 70. Hoy nos ocupamos de Nicolás Fuentes López (Córdoba 17-VII-1942), responsable de aquel trabajo de campo. Hombre afable, ameno en su exposición, próximo y directo, recuerda  perfectamente aquellos días:

«Juan María acababa de trasladarse a Madrid, contratado por el grupo editorial de quien fuese alcalde de la villa, Agustín Rodríguez Sahagún. Mi padre y su madre eran primos segundos y aunque el parentesco fuese lejano manteníamos bastante trato por esas fechas. Un día me propuso recopilar información sobre el Campeonato Nacional de Liga, para una historia que iban a editar por fascículos. Y acepté, naturalmente. Primero porque el fútbol me gustaba, y segundo porque a todo estudiante le vienen de perlas unas buenas pesetas».

Nicolás Fuentes López. Sus muchas horas en la Hemeroteca Municipal de Madrid apuntalaron los dos primeros intentos de historiar nuestros campeonatos de Liga y Copa.

Nicolás Fuentes López. Sus muchas horas en la Hemeroteca Municipal de Madrid apuntalaron los dos primeros intentos de historiar nuestros campeonatos de Liga y Copa.

Nicolás reconoce unos comienzos dubitativos en la Universidad. Pese a la tradición jurista que le rodeaba -padre, hermanos, y algún otro familiar dedicados al ejercicio del Derecho- se matriculó en Ciencias Químicas, primero, y en Económicas después, entendiendo que la formulación, el laboratorio y los hidrocarburos no eran lo suyo. Respecto al fútbol, en cambio, jamás tuvo dudas: «Simpatizante y seguidor del Athletic, como tantos niños de los 50 y primeros 60, cuando ganaban títulos, aportaban jugadores a la selección y los Carmelo, Orúe, Areta, Canito, Manolín, Garay, impresionante jugador, Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza, o los posteriores Arteche, Eneko Arieta, Mauri, Maguregui, Koldo Aguirre, Etura, Merodio, Uribe o Marcaida, casi parecían de la familia». Una pasión que como tantas fiebres juveniles tardaría mucho en pasársele: «Vi en Madrid la presentación de Uriarte, un futbolista inmenso. Y las de Echeverría, Argoitia, Rojo, el menor de los Arieta… Magníficos, todos ellos. E Iribar, ¿qué decir de Iribar a estas alturas?».

El caso es que no pudiendo negarse a la solicitud de su primo, se hizo asiduo de la Hemeroteca Municipal: «Las horas que habré echado allí… Como tuve claro desde el principio que aquella iba a ser tarea larga, allané el camino, mediante propinas, con los dos bedeles más influyentes. Para cuando llegaba ya me tenían preparada la prensa. El «As» antiguo hasta la Guerra Civil y «Marca» a partir de 1939. Siempre «As» y «Marca» para todo el Campeonato de Liga. De ahí salieron las tablas de goleadores, los extractos de crónica, las plantillas y hasta muchas fotografías».

Su método para conformar las distintas plantillas, sin duda una de las aportaciones más valiosas de aquella obra, difícilmente hubiese podido ser más artesanal: «Apuntaba las alineaciones de la primera jornada y a partir de ahí iba añadiendo cada nuevo futbolista, crónica a crónica». A la fuerza ahorcaban. Hasta bien doblado el rubicón de los 50 en el pasado siglo, la prensa no solía hacerse eco, conforme hoy sucede, de presentaciones oficiales en los distintos equipos. En buena medida, porque éstas apenas si se producían. El balón echaba a rodar, sin más, cada final de julio o a primeros de agosto, justo cuando las linotipias funcionaban a destajo con el Tour de Francia, los incipientes deportes náuticos, ecos taurinos de las distintas ferias o el veraneo del Caudillo. Respecto a la consecución de imágenes, eso sí que fue una auténtica odisea. «Las de los primeros años de Liga proceden del viejo «As». El fotógrafo de la propia hemeroteca, vecino mío, por cierto, aunque hasta entonces no nos conociésemos, era todo un manitas. Instalaba el trípode, ajustaba la luz y ya estaban. Perfectas. Recuerdo que en la editorial me daban 15 pesetas por imagen, y con esos tres duros no sólo tenía para pagarle, sino que aún sobraba algo. A partir de la Guerra Civil, a medida que el Campeonato iba avanzando, ya se pudo disponer de fondos o archivos fotográficos más al uso».

Fue el suyo un trabajo arduo, solitario y contra reloj, porque los fascículos salían semanalmente a los kioscos. En la editorial se entendía habitualmente con el Administrador, Vara del Rey, «hombre todopoderoso allí, hijo del general Vara del Rey, y mano derecha de Rodríguez Sahagún. El pilar de aquella industria, compuesta por dos sellos, uno para obra seria y otro centrado en temas más banales. Lo del fútbol salió en éste, claro. Si Vara del Rey no estaba, se hacía cargo de mis anotaciones su secretaria». Coincide con Juan Sáenz respecto al «trabajo» de Ramón Melcón para los prólogos de la Liga y Pedro Escartín para la Copa: «Yo ni los vi. No por la hemeroteca, no. Ni en la propia editorial». Para los críticos de la obra, sin embargo, tanto Escartín como Melcón fueron sus auténticos artífices, puesto que «su sabia dirección ilumina cada página, como no podía ser menos tratándose de autoridad tan contrastada». También cree conocer las razones por las que Juan Sáenz prefirió ocultarse bajo seudónimo: «Era el director y no hubiese estado bien estampar su identidad en letra impresa. Pudiera haberse antojado feo».

Puesto que la historia del Campeonato de Liga constituyó un rotundo éxito, se decidió continuar con el torneo de Copa. Así que otra vez a sumergirse entre tomos de prensa antigua, ahora mucho más amarillenta. «Las primeras ediciones de ese Campeonato había que rastrearlas por distintas cabeceras. El extinto «As» no servía y «Marca» aún tardaría sus buenos 8 lustros en nacer. Para las imágenes, más de lo mismo; trabajo fino del fotógrafo, extrayendo instantáneas de aquellos periódicos. Y luego, cuando empezaron los partidos de entre semana con clubes modestos, se me hizo realmente costoso mantener el ritmo, la cadencia de los fascículos». Hombre de recursos, Nicolás acabaría encontrando una solución: «Destiné una parte de lo que me pagaban para engatusar a dos amigos. Gracias a ellos, la cosa pudo concluir sin agobios. Pero pese a tanto trabajo, según parece lo de la Copa tuvo menos tirón entre el público. Su tirada nunca se aproximó a la del campeonato liguero».

Una obra gratificante aquella «puesto que me pagaron bien; nunca me faltaban 2.000 ptas. en el bolsillo, y entonces, que conste, esa era toda una cantidad». Trabajo entretenido, muy entretenido, sí, pero a causa de la cual quedaron medio empantanados sus estudios: «Es que no había modo de compaginar las dos cosas. Me retrasé durante esos dos años y luego hube de recuperar, sacando tres cursos en 20 meses».

Su primo Juan María acabó dejando el grupo editorial mientras él, ya con la titulación en la mano, primero formó parte de Seguros Plus Ultra, perteneciente al Banco de Bilbao, pasando más adelante a una aseguradora alemana sita en nuestro país. No volvería a dedicarle tiempo a la historia del deporte rey, por más que continuase entreteniendo su ocio con el ejercicio físico: «Porque mirándolo bien, debo llevar 65 años detrás de una pelota. Primero el balón de fútbol, luego las de tenis y ahora las de golf». Eso entre contrato y contrato, primero defendiendo intereses ajenos y más tarde, a raíz de apostar por la independencia, los de su propia correduría.

Recuerdos de otro tiempo, sin bases de datos ni propósitos estadísticos, de una época en que alrededor de nuestro fútbol todo estaba por hacerse, donde colocar la primera piedra implicaba extraer un bloque de la cantera, trabajarlo a cincel, pulir las superficies, cavar una zanja y depositarlo en ella a puro empujón, sin cortes de cinta, charangas, discursetes y abrazos protocolarios. Recuerdos, tan sólo, hasta hace bien poco: «Porque aunque llegué a tener cinco o seis ejemplares de esas historias, fui regalándolas a medida que me las pedían. Ya se sabe, hay veces que no puedes responder con un «no». Pero hace todavía poco, mis hijos me dieron la sorpresa. Habían encontrado los dos tomos de la Liga no sé dónde y me los regalaron. Ahora sólo faltan los de la Copa, aunque al parecer afloran muchísimo menos».

En efecto, apenas se dejan ver. Y es que si bien salieran con posterioridad compilaciones más novedosas, actualizadas hasta nuestros días, los antiguos fascículos de papel satinado e imágenes coloreadas, encuadernados en falsa piel, siguen siendo un tesoro para cualquier aficionado al fútbol con buen paladar.

Para Nicolás Fuentes López, por su abnegado trabajo de hemeroteca, y Juan María Sáenz de Viguera, como padre de la idea y responsable editorial, nuestro homenaje y sincero agradecimiento. Su mérito fue acercar los hermanos Bienzobas, Zubieta, Aedo, Lecue, Arocha, Cilaurren, Yermo, Vallana, Marculeta o los Regueiro, a una generación que apenas sabía nada de ellos, aún habiendo paladeado los grandes momentos de Di Stéfano, Kubala, Lesmes, Villaverde, Ramallets, Arza, César, Puchades, Basora, Silva, Juncosa o Luis Suárez. En cierto modo resucitaron a Alberty -arrebatado por unas fiebres tifoideas- Arocha -víctima de la sangría civil- Enrique Molina -deshecho por un obús a las afueras de Leningrado- o Guillermo Gorostiza, tras beberse este último la vida a gollete. También recordaron a los primeros extranjeros de preguerra -Laviada, Berkessy, Morera, Alonso, Fuentes o Fernández- y al mexicano Borbolla, primero de posguerra y anticipo de muchos fracasos más gruesos. Suyo fue el mérito.

La historia del fútbol español sigue elevándose sobre aquella primera piedra tan suya.




Partidos amañados

Hace algún tiempo, Javier Tebas, abogado y exvicepresidente de la Liga de Fútbol Profesional, aseguró desde «Onda 0» estar convencido de que en nuestro deporte rey se amañaban partidos. Semejante aseveración despertaría cierta hostilidad en determinados medios. «Si tan seguro está de algo así, ¿por qué no toma medidas la organización a que pertenece o perteneció durante tanto tiempo?», se preguntaron unos. E incluso otros, volcando mucha más hiel: «¿Se puede saber qué hacen en la L.F.P., aparte de cobrar sueldos magníficos?. ¿Mirar hacia otro lado?». Pero lo cierto es que Tebas añadió un apunte fundamental, omitido alegremente en ciertos foros. «Estoy convencido de que se adulteran partidos -dijo-. Pero una cosa es la certeza moral y otra muy distinta la certeza jurídica. Hay que demostrarlo».

Muy cierto. Nuestro fútbol ha visto apaños, chanchullos, trueques y transacciones más propias de trilero que de ejecutivo, no ya desde que desembarazándose de falsos pudores arrinconase el amateurismo marrón para abrazar la profesionalización, sino incluso antes, cuando, al menos en teoría, imperaban la autoestima y el amor a los colores. Entonces, al igual que iba a ocurrir en decenios posteriores, resultaba poco menos que imposible demostrar la evidencia. ¿Quién, o quiénes iban a aportarla?. ¿Los mismos que se vendían?. ¿Y cómo?. ¿Confesando su indignidad?. ¿Devolviendo lo ingresado, hincándose de rodillas ante la afición y, naturalmente, haciendo las maletas de inmediato?. Los chanchullos quedaban una y otra vez en agua de borrajas, porque los héroes en general no abundan.

Javier Tebas, todo un experto en los pecados del fútbol. Seguro que no le faltaban razones para expresarse como lo hizo.

Javier Tebas, todo un experto en los pecados del fútbol. Seguro que no le faltaban razones para expresarse como lo hizo.

Desde esta misma página se han apuntado situaciones mucho más que sospechosas, si bien carentes de esa «certeza jurídica». Vayan ahora un par de casos más, separados por sus buenos 30 años y circunscritos no a entidades de postín, sino a la modestia más genuina. Evidencia de que la compraventa afectaba, y en buena lógica debe seguir afectando, a cualquier categoría.

Allá por los años 40 del pasado siglo, las competiciones de 2ª y 3ª División eran un puro galimatías. Con las infraestructuras en un estado calamitoso, autobuses quemando gasógeno y trenes que jamás llegaban a la hora, desde la FEF se entendió imprescindible recortar los traslados para el fútbol de bronce, ahorrándole, de paso, dispendios que su depauperada economía tampoco hubiese podido afrontar. Consecuentemente, se formaron grupos reducidos, donde casi todos los choques serían de máxima rivalidad. Ligas, en resumen, con 10 competidores a doble vuelta, y 18 partidos. Competiciones tan breves que forzosamente debían complementarse. Así, concluida esa liga regular, se disputaba otra «Liga Intermedia» entre los mejor clasificados de grupos de proximidad. Y finalmente, para los gallitos de este segundo torneo y los descolgados de 2ª División, una definitiva tercera fase, denominada «de ascenso». Ese fue el marco donde se desenvolvía el Albacete la ya remota edición liguera 1946-47.

Tras sumar 68 goles en la primera fase o Liga Regular, con un promedio próximo a los 4 por partido, obtuvo su clasificación, junto al Tomelloso, para la fase intermedia. Y allí, en la penúltima jornada de, fue donde estalló el gran escándalo, en choque trascendental con la Cultural Leonesa.

Al término del primer tiempo vencían los leoneses con todo merecimiento por 3-1. Sin ser el suyo exactamente un paseo, lo cierto es que habían apabullado a los manchegos. En el vestuario, las preceptivas filípicas del entrenador derrotado, alguna fugaz visita de directivos y un chorrito de agua milagrosa para los magullados. El grito de conjurados y otra vez a jugar. ¿A jugar?. No exactamente, al decir de los cronistas, por cuanto respecta a los muchachos de la Cultural. Su acometividad del primer tiempo parecía haberse esfumado. No corrían, o cuando se decidían a hacerlo ni siquiera llegaban al balón, perdían pelotas fáciles, no apoyaban al compañero en las escasas jugadas… Un bochornoso espectáculo aromatizado de tongo, hasta para el mismísimo árbitro, que habría de reflejar en su acta un 3-5 final.

Los albaceteños, sin embargo, no pudieron saborear la «victoria», puesto que desde la FEF se empleó jarabe de palo, previa investigación del Comité de Competición a espaldas de ambos clubes, hurtándoles de ese modo la posibilidad de emplear argumentos en su defensa:

«En virtud del acuerdo del Comité de Competición, y por haber incurrido en faltas previstas en la Circular número 3 de la temporada 1945-46, epígrafe «sesiones de juntas-resultados irregulares», los clubs C. D. Leonesa y Albacete Balompié fueron excluidos de la competición cuando faltaba por jugar un partido, cuyos puntos se adjudicaron, según lo previsto en el art. 235 del Reglamento, a los respectivos contrarios, R. Valladolid y S. Gimnástica Lucense».

En román paladino, el Albacete, aspirante a la fase de ascenso, quedaba en la cuneta y con su historial por los suelos, como presunto autor de soborno.

Las cosas, por supuesto, no terminaron ahí. Heridos en su orgullo, sintiéndose víctimas de una «grave injusticia», toda la localidad manchega se puso en pie de guerra. Cerraron los comercios, hasta 20.000 vecinos con pancartas contra la Federación o el Comité de Competición, y gritando «¡Injusticia, Injusticia!», se arracimaron en manifestaciones teóricamente espontáneas. Algo semejante a lo ocurrido en Vigo y la ciudad de la Giralda sesentaitantos años después, cuando Sevilla C. F. y Real Club Celta fueron descendidos a 2ª por incumplimiento económico. Y como habría de acontecer con Celta y Sevilla, también al Albacete se le doró en parte la píldora.

Alcanzó tal nivel la revolera manchega que el propio gobernador civil, Antonio Rodríguez Costa, intervino para apaciguar a los manifestantes. En realidad, el hombre estaba atrapado entre dos fuegos. En pleno franquismo de mano dura, con las manifestaciones prohibidas, si no eran jaleando al caudillo, tipificado como delito cualquier congregación de más de 6 personas en la vía pública, 20.000 enojados ciudadanos agitando pancartas podían ser vistos como una auténtica provocación. Bien mirado, Rodríguez Costa sólo hubiera podido tomar dos caminos: el de la fuerza, perdiendo cualquier rasgo de representatividad ante sus administrados, o el de la templanza, aderezada de buenas palabras. Y, hombre inteligente, se decantó por cuanto menos le comprometía.

Él mismo coordinó gestiones ante altas instancias del régimen, dando finalmente su visto bueno a una comisión del club deseosa de ser escuchada por miembros de la FEF y hasta -al menos así se pretendía- por el propio general Moscardó, Delegado Nacional de Deportes. Para que nada faltase, el «Diario de León» se sumaba a la cacofonía, recogiendo en sus páginas una velada coz al Salamanca, favorecido por la resolución federativa, y muy en especial a su presidente:

«Se ha clamado por la justicia y se ha aplicado a presuntos vendedores y compradores de partidos, pero, ¿quién la aplica al presidente del Salamanca, al que le ha costado 12.000 ptas. el acceso a la fase final?».

Aún siendo aquellos tiempos de autocensura, de pensar muy bien lo que se escribía, puesto que entonces jefes de redacción y subdirectores leían cada texto antes de pasar a la linotipia, algunos diarios nacionales hicieron memoria sobre otros casos con implicación de clubes más poderosos, a los que no se aplicó tanto correctivo. Entre tanto, conocedores de que desde altos estamentos políticos se pensaba levantar las sanciones para no enturbiar más los ánimos, la junta directiva de la FEF decidía presentar su dimisión, como protesta. El caso, en efecto, fue revisado, quedando sin validez la expulsión de manchegos y leoneses. Pura patraña, si se mira bien. Floritura de capote, sin asomarse a los cuernos del toro. Porque la realidad fue que aquellos dos partidos suspendidos no se jugaron nunca, que Valladolid y Salamanca pasarían a la siguiente fase, en detrimento del Albacete, si bien ninguno de los dos alcanzara en primera instancia el ascenso a 2ª División. Sólo de rebote, tras promocionar con el Real Santander -Franco había abolido las denominaciones extranjeras, como Sporting, Athletic o Racing-, los vallisoletanos pudieron colarse en el fútbol de plata por la gatera. Para mayor insatisfacción manchega, el secretario general, Sr. Cabot, se reafirmaba y desdecía en el mismo párrafo del acuerdo definitivo, al redactar: «Queda en suspenso la eliminación de los clubs, pero la Circular tercera de los estatutos se ha aplicado con justicia».

Nunca pudo aclararse quién y a qué precio compró aquel partido en León, por más que aún faltando «convicciones jurídicas», como probablemente matizara hoy Javier Tebas, todo apunte a la existencia de compraventa. Se dijo en voz no muy alta, esparciéndose luego como rumor, que el soborno pudo haberlo realizado un gran aficionado a la caza y la pesca, con cargo en los Sindicatos. Presunción a la que, de cualquier modo, tampoco se quiso bautizar con nombre y apellido.

Treinta y dos años más tarde, durante la competición liguera correspondiente a 1978-79 y también en la provincia leonesa, tuvieron lugar otros hechos cuajados de características rocambolescas.

Mario Rolando Castro Fernández, para el fútbol Rolando, acababa de aprobar las oposiciones de Magisterio y tuvo que trasladarse a Avilés, donde se le adjudicó  destino. Jesús Tartilán, entrenador de la actualmente aletargada Unión Deportiva Cacabelense, conocedor de sus virtudes sobre el césped, le animó a fichar por el equipo. Lógicamente sólo podría desplazarse a Cacabelos o donde los bercianos rindieran visita, el mismo día del partido. Y como ejercitarse por su cuenta, sin método ni aplicación táctica, siempre es complicado, gestionó con la directiva y técnicos del Avilés incorporarse a los entrenamientos de aquel elenco. Pintoresca situación, puesto que leoneses y avilesinos compartían grupo de 3ª División.

Rolando, centrocampista organizador nada despreciable, sólo se incorporó a la U. D. Cacabelense bien avanzada la primera vuelta del Campeonato, pero aún así no se libraría de vivir un formidable esperpento. Todo se produjo en los estertores de la competición, cuando S. D. Ponferradina, Deportivo Gijón y Real Avilés C. F.  pugnaban por el primer puesto y los avilesinos debían visitar el campo de Cacabelos. «Esa semana entrené con toda normalidad, aunque a lo largo de la misma surgieran bromas por parte de los jugadores del Avilés, diciéndome que no me esforzara demasiado -narró el protagonista, ya retirado, a José Cruz Vega Alonso-. Pero sin más trascendencia. Yo había hablado con la directiva de la Unión, solicitando algún obsequio para el Avilés, por lo bien que se habían portado conmigo, y de hecho se acordó entregarles unos estuches de vino a cada desplazado».

Llegó el día del partido y cuando Rolando entraba en el campo, un directivo asturiano se acercó a preguntarle si le interesaría jugar con ellos la siguiente temporada. Al contestar afirmativamente, puesto que iba a seguir otro curso académico en la villa avilesina, el directivo ya no anduvo por las ramas: «Pues mira, te prometo una buena ficha si durante el partido de hoy te inhibes lo suficiente y facilitas nuestro triunfo». Si bien el muchacho empezó tomándoselo a chacota, la insistencia del directivo le hizo comprender que hablaba absolutamente en serio. Incómodo, se lo quitó de encima asegurándole que si en su mano estaba, iba a realizar el mejor de los partidos.

Hallándose ya equipado, le llamó aparte el encargado de material del Avilés. Llevaba en la mano un talón con un buen importe, como prima para todos, y pese a escuchar otra negativa rogó lo comentase a sus compañeros, reiterando que el ofrecimiento de jugar con ellos la siguiente campaña seguía en pie. Además de volver a rechazarlo, esta vez se lo contó todo a Tartilán, quien, veterano del fútbol -incluso había militado en la liga estadounidense finalizando los 60- le recomendó no ocultarlo a la plantilla, en evitación de posibles males mayores. Así lo hizo y entre todos decidieron salir a ganar.

Román Tomás López, Román en las alineaciones de esa misma temporada, corroboraba el testimonio: «Tartilán dijo que si aceptábamos, no se sentaba en el banquillo. Nos pusimos de acuerdo en que había que salir a por todas». Y vaya si lo hicieron. Un penalti transformado por Berros otorgó la victoria al Cacabelense, para desesperación asturiana.

Tras el pitido final, el mismo directivo que formulase la primera oferta, quién sabe si temeroso de que el affaire saltase a la luz,  felicitó a Rolando por su actuación. «Además me pidió perdón, dando por bueno el resultado, porque creía que era mejor así. El martes siguiente volví a entrenar con los jugadores del Avilés, que no sabían nada, sin advertir durante el resto de la temporada ningún cambio en la relación que mantenía con aquel club».

La convivencia en cualquier vestuario, más aún si corresponde a clubes modestos, suele ser tan estrecha como para hacer difícil la observancia de secretos. Los futbolistas del Avilés no sabían nada entonces, pero acabaron conociéndolo todo. Y puesto que aquella temporada no estaban al día en cobros, montaron en cólera. No había dinero para satisfacer sus fichas, ¿y resulta que sobraba para sobornar adversarios?. ¿Acaso no hubiese sido mejor tenerlos motivados cumpliendo lo contratado?. Debían considerarles poco, si veían imposible el ascenso no mediando ayudas bajo mano. Resumiendo, la propia plantilla del Real Avilés acabaría aireando la mala ocurrencia de su directivo. «De no existir deudas, todo habría quedado tan sólo entre nosotros», concluía sabiamente Rolando, desde la atalaya del recuerdo.

Incontestable intento de soborno. Intento, nada más, porque quienes pudieron haberse vendido optaron por la honestidad, diciendo «no». Pero, ¿y si hubiesen aceptado el talón?. ¿Cuántos talones o promesas económicas no habrán servido para amañar partidos?. ¿Dónde y cómo amasar la «certeza jurídica» en esos casos?.

Dos ejemplos tan sólo, entre cien sospechas cimentadas sobre hormigón armado. Dos «certezas morales» que como punta de iceberg esconden su silenciosa amenaza. Quede a modo de moraleja que si al Albacete lo apartaron de la fase definitiva, tampoco el Real Avilés C. F. lograría ascender esa campaña. Sólo saboreó la miel en 1983, bajo la nueva denominación de Real Avilés Industrial. Respecto a Rolando, siguió ejerciendo su profesión docente, sin fichar por el club avilesino.




La esperpéntica norma sub-20 de 1979

 Han sido varios los intentos por rebajar la edad media de nuestro fútbol en categorías catalogadas como «nodriza». Unas veces declarando «no profesional» a la 3ª División. Otras estableciendo techos de edad a los jugadores profesionales más alejados de la elite. E incluso durante dos años, a partir del campeonato 1979-80, exigiendo la alineación de al menos 2 futbolistas Sub-20 en cada partido. Contempladas esas iniciativas desde la perspectiva que ofrece el tiempo, juez inmisericorde, apenas si cabe hallar algún beneficio. Y ello porque en todas las oportunidades faltó análisis, sobró precipitación y mandaron los intereses.

Cuando durante el decenio del 50 se quiso convertir la 3ª en un paraíso «amateur», casi tuvo lugar una revuelta. Clubes con aspiraciones o caídos en desgracia deportiva, vieron en la fórmula un ardid para marginarlos a perpetuidad. Sin buenos contratos, no podían nutrirse de veteranos procedentes de superior categoría. Sin esos refuerzos difícilmente tendrían soporte sus legítimas ansias de ascenso. Y sin el acicate de un mejor porvenir, ¿para qué sacrificarse como directivos, adelantar fondos personales o ejercer de avalistas ante entidades de crédito?. Paralelamente, los futbolistas también levantaron la voz, pese a carecer de representantes legítimos. Si el derecho de retención podía tenerlos atados indefinidamente a un club, y al ser desechados topaban con un mercado tan reducido, ¿pintaban algo en aquel teatro, pese a ser actores de tronío?. A toda prisa la Federación Española dio marcha atrás, procurando mantener el tipo y las formas. La veda oficial a profesionales en 3ª se mantenía, pero a los clubes se les brindaba la posibilidad de fichar «amateurs compensados». Resumiendo, los profesionales de bronce continuaron ganando lo mismo y moviéndose sin limitaciones de un club a otro, pusiera lo que pusiese en sus fichas federativas.

Los techos de edad, ya en los 70, tuvieron un efecto más pernicioso. Quienes no podían jugar en 3ª por sumar excesivos cumpleaños, recalaban en el fútbol Regional, cerrando el camino a jóvenes con más ilusión pero menos experiencia. Y eso precisamente en el vivero que debía nutrir a las categorías superiores muy a corto plazo, puesto que la 2ª B aún no existía y únicamente 80 clubes componían la 3ª. Hubo extranjeros sin oficio u ocupación laboral reconocida, militando en Regional. Y hasta exjugadores de 1ª viviendo en hoteles o pisos de alquiler, a 600 kilómetros de sus casas, mientras se batían el cobre por campos de tierra. Unos y otros con ficha «amateur», por supuesto, en el seno de la más estricta legalidad.

La sucesión de fracasos no pareció minar el ánimo de los federativos, porque para cuando echó a rodar el balón la temporada 1979-80 se descolgaron con la exigencia de alinear en cada partido a dos muchachos Sub-20. El argumento esgrimido apenas si ofreció novedades. Resultaba imperiosa la necesidad de conceder espacio a las jóvenes promesas. Si no jugaban nunca, ¿cómo se iban a foguear?. El fútbol nacional necesitaba relevo, máxime después de que la apertura importadora decretada 5 años antes hubiese atiborrado de extranjeros demasiadas plantillas. Si nadie ponía remedio, dentro de unos años la selección nacional estaría compuesta por jugadores de 2ª División, se aseguraba entonces. No corrían tiempos de bonanza para la escuadra roja, desde luego. Tras el fracaso en el mundial inglés de 1966, España estuvo ausente en México (1970) y Alemania (1974), clasificándose para Argentina (1978) a última hora y merced a un gol marcado con la espinilla por Rubén Cano. Precisamente por un argentino importado.

Semejante pretensión no gustó a casi nadie. La prensa tardó poco en tomar partido por el bando de los entusiastas o detractores, plegándose al interés de sus clubes más afines. ¿Tenía sentido que el Real Madrid, por ejemplo, dejara sentados a García Remón, Benito, Camacho, Pirri, Del Bosque, Juanito, Santillana, Roberto Martínez, Stielike o Cunningham, por alinear a dos aprendices?. ¿Y qué haría el por entonces potente Betis de los Esnaola, Ortega, Bizcocho, Biosca, Cardeñosa, López, Gordillo, Alabanda, Morán y Benítez, luego de reforzarse con Anzarda, Hugo Cabezas, Oliveira, Peruena y Vital en el mercado extranjero?. En Valencia tampoco se planteaban dar reposo a Castellanos, Carrete, Arias, Solsona, Tendillo, Sol, Botubot o Pablo, y muchísimo menos a sus extranjeros Bonhof, Kempes, Jiménez y Felman. Los defensores del invento, por su parte, situaban en el otro lado del platillo el incipiente abuso de quienes contaban ya con 5 extranjeros, siendo sólo 2 los permitidos, y ni siquiera les temblaba la voz al afirmar que para el siguiente ejercicio confiaban añadir otra pareja más. El método reproductivo apenas si ofrecía dificultades, puesto que cualquier sudamericano con dos años de residencia en nuestro suelo accedía a la doble nacionalidad, si no la hubiese adquirido antes contrayendo matrimonio con alguna española. De ese modo At. Madrid y Español contaban ya con 5 foráneos (Dirceu, Rubén Cano, Pereira, González y Ayala en el primer caso, y Ayfuch, Bío, Longhi, Amarillo y Morel en el segundo).

Como la Federación no hubiese podido imponer nada sin el beneplácito de los clubes más potentes, se avino a eximirlos en el cumplimiento de la norma. Resultó, pues, que la alineación de dos Sub-20 sólo sería obligatoria en los partidos de 2ª y 2ª División B. A partir de ahí tuvo lugar un curioso encadenado de acontecimientos.

Para empezar, se conformaron plantillas teniendo muy presente la nueva norma. El Deportivo Alavés, al que se conocía como Barcelona de 2ª por su potente inversión, la teórica calidad del elenco y los fracasos sistemáticos, fichó de la Regional vizcaína a Sandino -ariete con buen remate de cabeza pero sin méritos suficientes para la categoría de plata-, al tiempo que aupaba desde su desnutrido vivero a Villaláin o Chechu. El Levante hizo lo propio con Macías y Peregrín, y el Deportivo de La Coruña con Serafín o Solé, por no hacer interminable el repaso. Pero apenas alguno de sus entrenadores confiaba mínimamente en la nueva savia. ¿Cómo hacerlo, si el Alavés contaba con Amuchástegui, Morgado, Astarbe, Requejo, Quiles o Igartua, duchos ya en la máxima categoría y algunos hasta internacionales, en tanto a otros, como López Recarte, Sola, Señor o Urrecho, el futuro inminente iba a depararles idéntica gloria?. O sea que tras cumplir con la normativa haciéndolos saltar al campo, se ordenaba desde el banquillo su inmediata sustitución.

Aunque fue ésta una práctica muy generalizada, hubo técnicos que incurrieron en la burla obscena. Como Francisco Gento, gloria merengue con 6 Copas de Europa en su palmarés, y a la sazón entrenador del Palencia. Porque la antigua «Galerna del Cantábrico», declarado enemigo del engendro desde que se anunciase su puesta en práctica, batió cualquier récord negativo al mantener sobre el campo a Pirri, uno de sus Sub-20, durante 25 segundos en choque contra el Algeciras. Y eso que por cuanto se refiere al Palencia, la fechoría incorporaba una buena ración de miga.

Dos años antes, el equipo del Instituto palentino Jorge Manrique se había proclamado campeón de España cadete. Aquel semillero, por lo tanto, constituía una magnífica base para explotar con ventaja la nueva imposición. Al decir de muchos aficionados palentinos, Pirri era, precisamente, el mejor jugador de aquella quinta, donde también destacaba Sambade, segundo mejor artillero del Palencia en 1979-80, pese a su infrautilización. Pero a Gento le daba igual el futuro del Palencia y de la norma federativa. Sólo quería futbolistas hechos, bregados en el oficio. Por eso se deshacía de las imposiciones tan pronto sonaba el pitido inicial.

Desde la directiva palentina, empero, se contemplaban sus maniobras con evidente preocupación. Si algún jugador se lesionara, malgastados ya los dos cambios, tendrían que competir en inferioridad numérica. Y eso equivalía a conceder demasiadas ventajas, tratándose de un club recién ascendido. Consecuentemente, trataron de reforzarse con jovencitos capaces de mantener el tipo.

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Como entrenador, Paco Gento tuvo el dudoso honor de haber descartado para el Palencia al futuro internacional José Mary Baquero y no creer en la posibilidades del salmantino «Ito».

 De la cantera salmantina trajeron a Ito, un portento con el balón en los pies. Y del país vasco al hermano de su jugador Santi Baquero. Ito corrió parecida suerte a los sub-20 anteriores, para asombro y enojo de los parroquianos en el viejo graderío de La Balastera, embelesados con los inverosímiles regates del extremo. Y el hermano de Santi Baquero, chico bajito aunque con tanto descaro como determinación, ni siquiera llegó a enfundarse la camiseta morada, puesto que Gento no se dio por convencido. Ito regresó a tierras charras para convertirse en revulsivo de la Unión Deportiva, entonces en la máxima categoría, y ser traspasado al Real Madrid. Y el hermano de Santi, llamado José María, andado el tiempo habría de convertirse en internacional, figura del Barcelona y cotizado astro del firmamento europeo. Magnífica visión de topo la del gran Paco Gento.

En medio de tanto disparate, la Federación se vio impelida a pulir su propia norma. ¿De qué servía, si buena parte de los Sub-20 apenas necesitaban pasar por la ducha, luego de cada partido?. Contra viento y marea -los malos vientos de muchos banquillos y marejadas en el seno de diferentes clubes- se exigió que al menos estuviesen 20 minutos sobre el campo.

La temporada 1981-82 fue suprimido el imperativo Sub-20, que tanta falsa ilusión despertó en unos cuantos muchachos. Sus presumibles buenos propósitos quedaron en casi nada, puesto que produjo escaso rejuvenecimiento de plantillas y ninguna disminución en el censo de extranjeros. Málaga, Mallorca o Recreativo de Huelva constituyen un buen ejemplo, al contar cada uno con 4 importados, pese a estar en 2ª División. La mayoría de los Sub-20 fueron efímeras flores de un día. Tan pronto festejaban un cumpleaños caían en el olvido o se aferraban a su enclave natural: los vestuarios sin agua caliente y el duro terreno sin césped de la geografía Regional. Sólo unos pocos aprovecharon la obligatoriedad para engancharse al fútbol de elite: Lumbresas en Osasuna, Roberto en el Castellón (más tarde Valencia y Barcelona), Santos en el Valladolid, Urrecho en el Alavés, desde donde saltaría al Sporting de Gijón… A ellos, sobre todo al primero, solía referirse Pablo Porta, entonces mandamás federativo, para justificar su apuesta. Olvidaba que los buenos siempre acaban saliendo a flote, cualquiera que fuese su edad o aún contando con lastres de peso, como le ocurriese a Ito. Pero eso fue antes de que José María García, estrella del periodismo deportivo desde su púlpito en la cadena SER, aplicase el rejón de muerte al experimento y a la misma credibilidad del máximo órgano balompédico.

Lo hizo a su manera, proporcionando nombres, fechas y escenarios. Por eso la revelación causó enojo.

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Carrasco (al lado) y Manolo (abajo), involuntarios instigadores de la controvertida norma Sub-20.  

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Resulta que en 1978 el Barcelona contaba con dos perlas extraordinarias: Francisco José Carrasco, más adelante extremo internacional, y el defensa Manolo, quien a la postre no habría de hollar cumbres tan altas. Para los técnicos azulgrana ni remotamente existían dos jóvenes de semejante nivel en todo el panorama nacional. Así que José Luis Núñez, presidente «culé», comenzó a echar cuentas. Año tras año acumulaba decepciones. De nada parecían servirle los ya veteranos internacionales Rexach, Costas o Asensi, el canterano y también internacional Olmo, los adquiridos a golpe de talonario, como De la Cruz, Artola o Migueli, y los extranjeros Heredia, Krankl, Zuviría, Neeskens o Bío. Empezaba a convertirse en costumbre ver cómo el Real Madrid festejaba títulos. Claro que si la todopoderosa entidad blanca se viera obligada a encarar los partidos con un par de muchachos recién salidos del juvenil… Si lograba que la Federación aprobase una norma en tal sentido… ¿De dónde iban a sacar los merengues su parejita?. Aunque la fichasen tras peinar la piel de toro, siempre estarían en desventaja respecto a Manolo y Carrasco. Tocó a rebato y la maquinaria barcelonista se puso manos a la obra. Había que pensar en la selección nacional, en el futuro, en la economía de los clubes, tanto más sana en la medida que pudieran nutrirse de jóvenes forjados en sus canteras… Pablo Porta, además, era catalán de corazón. ¿Por qué no iba a ver con buenos ojos su iniciativa?.

Los clubes de 1ª se desmarcaron del proyecto, conforme ya se ha dicho, y la aspiración de Núñez quedó en barbecho. El Real Madrid revalidó su título liguero en el campeonato 1979-80, en tanto los «culés» ocupaban la 4ª plaza. En 1980-81 fue campeona la Real Sociedad de San Sebastián, el Real Madrid subcampeón y 5º el Barcelona. Ni siquiera en 1981-82 pudo vengarse deportivamente la entidad barcelonesa. Aún contando con un triunfador nato en el banquillo (Lattek) y el concurso sobre el campo del goleador Quini, la habilidad de Carrasco, los alardes físicos de Manolo, el pulso sereno de Alesanco y los destellos de Schuster o Simonssen, quedaron a 2 puntos de la Real Sociedad, repetidora en sus festejos del título.

Pablo Porta tuvo aquella temporada problemas mucho más serios. Una huelga de futbolistas, por ejemplo, como protesta rabiosa contra el derecho de retención que asistía a los clubes. O la cada vez más voluminosa montaña de deudas acumulada por demasiadas entidades, resuelta en el futuro próximo con varias desapariciones. Pero esto será materia de otros artículos. 

La norma Sub-20 de 1979, nacida en la bastardía, despreciada por sus progenitores, incomprendida y denostada, pereció ante el desinterés general, sin que nadie sepa hasta dónde hubiese podido llegar entre mejores padres o con más arrullos.




Eulogio Martínez: una estrella con mal fario

El fútbol suele mostrarse pródigo en su oferta de juguetes rotos. Grandes ídolos aclamados por la afición, perseguidos, envidiados, con el mundo literalmente a sus pies, saborearon la amarga hiel del olvido y la necesidad más estrecha, cuando no del desplome absoluto. Muchas veces se lo ganaron a pulso, mediante alardes de mala cabeza, selección de nefastas compañías o una obsesión enfermiza por ejercer de cigarras cantoras. Otras, sin embargo, sucumbieron a su mal fario.

Fue el caso de Eulogio Martínez, tocado desde la cuna por alguna varita mágica de hada aficionada al gran fútbol. Lástima que más tarde cruzasen ante él otras hadas con vara negra, cargadas de malísimas intenciones. Porque su vida, al menos su deambular por nosotros pagos, más que de estrella se antojó de estrellado.

Conocido cariñosamente por «Kokito» entre la hinchada de Tuyukuá, Eulogio Martínez llegó a Barcelona en 1956, procedente del Libertad de Asunción y recomendado por un árbitro europeo con quien coincidió durante la disputa en Chile de unos campeonatos sudamericanos. Tenía 21 años, el reconocimiento de mejor 8 paraguayo, cara de niño goloso y credenciales como atacante hábil, pródigo en fantasías y arabescos, pero al mismo tiempo resolutivo y con gol. Pronto demostraría que tanta publicidad descansaba sobre una base sólida.

Durante su primera liga como azulgrana, y pese a que los culés contaban con un elenco cuajado de figuras, anotó 10 goles, hizo unas cuantas diabluras y dejó entrever infinidad de cosas buenas. Las restantes campañas no sirvieron sino para confirmar los buenos augurios. La afición de «Les Corts», a la que de cuando en cuando obsequiaba dibujando sombreros a sus marcadores, haciendo túneles junto al banderín de córner o fintando como si estuviera corriendo en un encierro de San Fermín, tardó poco en bautizarlo «Abrelatas» por su facilidad a la hora de destrozar las retaguardias más cerradas.

Pero entonces, al igual que sucede hoy, nada se antojaba suficiente a público y directivos barcelonistas. El Real Madrid vivía sus grandes años, con Santamaría, Zárraga, Di Stéfano y Gento. No sólo reinaba en Europa, sino que obtenía títulos de liga. Y tanto triunfo del referente inmediato sentaba mal junto a Las Ramblas.

Año tras año caían nuevos futbolistas por el campo azulgrana. Delanteros, especialmente, para ver si gracias a un mayor poder ofensivo se lograba desbancar al todopoderoso club merengue. Eulogio Martínez tuvo por ello más cara la titularidad, aunque siguiera saliendo a un gol cada dos partidos y aprovechara como pocos sus oportunidades.

Una de las apuestas culés fue el brasileño de raza blanca Evaristo de Macedo, ariete no muy exquisito aunque decidido y con remate demoledor, que posteriormente también luciría el escudo del Real Madrid. Su llegada coincidió con un choque copero Barcelona – At Madrid, en el que Eulogio endosó 7 goles a los colchoneros. Evaristo, espectador asombrado desde el palco, supo hacer gala de hombría puesto que no le dolieron prendas a la hora de alabar al compañero. Cuando los periodistas solicitaron su impresión, confesó humildemente: «No sé para qué me han traído. Puede que me hayan fichado para barrer el vestuario».

 

Eulogio Martínez marcó el primer gol del «Nou Camp», el estadio que permitiría multiplicar la masa social azulgrana hasta hacer de la entidad una de las más sólidas económicamente. Su mejor campaña fue la correspondiente a 1959-60, y pese a los grandes delanteros con que entonces contaba nuestro fútbol -Peiró, Luis Suárez, Pepillo, Arieta I, Di Stéfano, Puskas, Collar o Gento- vistió una vez la camiseta nacional española B y en 8 ocasiones la del cuadro absoluto, sin contar con que hasta su llegada a Barcelona había sido otras 9 veces internacional por Paraguay, disputando, incluso, la Copa América correspondiente a 1955. Pero su físico empezó a pasarle factura, con una marcada e irrefrenable tendencia a engordar.

Nada lograron los entrenamientos exhaustivos, las broncas de los técnicos o distintos regímenes. Su propensión a la acumulación de lípidos era genética.

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Eulogio Martínez durante su mejor época como jugador del Barcelona, cuando asombraba a propios y extraños.

 En 1962, tras garantizarse un hueco en la historia azulgrana, se incorporó al Elche de Pazos, Iborra o Quirant, club muy dado a las contrataciones sudamericanas -Cardona, Romero, Lezcano- gracias al fuerte vínculo que unía a su directiva con el armenio Arturo Bogossian, uno de los primeros y más eficaces intermediarios futbolísticos. Permaneció dos temporadas en el viejo Altabix, sin que su concurso se antojara especialmente brillante, aunque como colectivo las cosas no pudieron ir mejor: el tercer puesto alcanzado al concluir su segunda temporada sigue siendo la mejor clasificación ilicitana en 75 años largos de historia. Durante su estancia en Elche formó parte de la denominada «Delantera del Clero», en atención a las iniciales de sus componentes: Cardona, Lezcano, Eulogio Martínez, Romero y Oviedo. Y entonces, cuando todo el planeta futbolístico era consciente de que su estrella se apagaba, le llegó la llamada del Atlético de Madrid para vestir de rojiblanco.

Fue un fichaje disparatado, que de ninguna manera podía salir bien. A Eulogio no es que le sobraran kilos, sino que estaba gordo. No gordo para jugar, sino gordo a secas. Gordo vistiendo de calle. Gordo en las fotos, gordo con chándal, gordo en la cola del autobús. Alguien del Metropolitano había recordado las siete dianas que les endosara en Barcelona tiempo atrás, y ni se dignó consultar el calendario. Así les fue, claro. Eulogio no estaba para batirse el cobre en la 1ª División.

Su tren deportivo aún tuvo una última parada, de nuevo en Barcelona, pero para lucir el escapulario azul del Europa, entonces empeñado en mantenerse dentro de la 2ª División. Corría la temporada 1965-66 y acababa de cumplir los 30. Conservaba intacta su gran habilidad, pero la obscena sombra de una panza a lo Papá Noel hacía aflorar demasiadas sonrisas.

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Eulogio Martínez en el At. Madrid, perdida ya su lucha contra la báscula y por ello incapaz de aferrarse a la 1ª División.

 Cuando el fútbol le abandonó podía presumir de magnífico palmarés. Dos campeonatos de Liga, otros dos de Copa y 2 entorchados más en la Copa de Ferias, así como los trofeos Carranza, Teresa Herrera y Pequeña Copa del Mundo. Un resumen al alcance de pocos. Pero como el pasado, por glorioso que haya podido ser, no rinde dividendos, él los buscó en varios negocios, a cuál más desafortunado. Y eso que corrían tiempos de desarrollo, de carreteras cada vez más saturadas de «600», costas pobladas de hoteles y bares llenos a la hora del vermouth, tras las misas dominicales.

A los negocios mal planteados hubo de unir grandes desgracias familiares y la consiguiente merma económica. Primero falleció una de sus hijas, luego otro hijo fue presa de larga enfermedad. Llovía sobre mojado sin vislumbrarse ningún arco iris.

En junio de 1971, sólo 5 años después de haber colgado las botas, su situación era tan calamitosa que los clubes Barcelona y Calella, población en la que regentaba un bar-restaurante, se avinieron a ofrecerle un partido homenaje. Volvía a ser actualidad para la prensa y sus declaraciones inundaron de tristeza muchos corazones azulgrana. «El homenaje puede ser el punto de partida en mi recuperación -declaró-. Gracias a él podré sacar adelante a mi familia».

Fue, igualmente, un momento para la nostalgia. «No me hice rico con el fútbol, pues si bien el Barcelona pagó un millón de pesetas por mi traspaso, mis ganancias venían a ser de unas 100.000. anuales. Nadie puede decir que resultase caro, considerando mi rendimiento. Y si bien es verdad que con posterioridad fueron mejorando mi contrato, no es menos cierto que mis mejores ganancias las obtuve en Elche».

El tiempo, a veces, distorsiona la realidad. Otros futbolistas de esa misma época tuvieron mejores fichas, es cierto, pero Eulogio parecía haber olvidado que en 1956 esas 100.000 ptas. -mensualidad y primas aparte-, con el salario base rondando las 2.500 mensuales, constituían un sueño inalcanzable para 25 millones de españoles. Por 200.000 ptas. podía comprarse un piso en muchas ciudades, las tarifas del transporte público oscilaban entre los 75 y 80 céntimos y un empleado de banca con quinquenios y puntos de ayuda familiar no llevaba mensualmente a casa más allá de tres billetes de a 1.000. Sus emolumentos, por lo tanto, debieron haber dado más de sí. Sobre todo porque entre una cosa y otra no sumaba menos de las 300.000 pesetas anuales.

Superada la fiebre del homenaje, los medios volvieron a olvidarle. Trascendió, empero, que su existencia distaba mucho de ser un lecho de rosas. Cuando parecía que se acercaba al final del túnel, su mala sombra, la que le acompañara en tantos momentos trascendentales(*), volvió a cubrirle de nuevo disfrazada de accidente, y esta vez para siempre. Estaba cambiando una rueda pinchada en el arcén de la carretera, cuando el despiste de otro conductor lo arrojó por los aires.

La vida se le fue en Calella, después de permanecer 23 días hospitalizado. Corría el año 1984, y pese a sus 49 febreros aún conservaba los rasgos de niño pícaro e indefenso.

 .- (*) Cuando salió del Barcelona tuvo varias ofertas, entre ellas una del Inter milanés. Como los italianos no acababan de decidirse, prefirió asegurar el porvenir firmando con el Elche. Poco después de suscribir contrato en Altabix, los milaneses le hicieron llegar su propuesta firme. Siempre le quedó la duda de cuál habría sido el rumbo de su existencia si se hubiera trasladado a Milán.

 

                                                    Trayectoria deportiva

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Ramón, un regate imposible a la adversidad

A veces, en el camino de las grandes promesas surge como invencible adversario no ya un defensa temible, violento y correoso, sino la pura fatalidad. Su marcaje cortó y continúa cercenando de cuajo muchos horizontes deportivos y vitales. Podríamos citar varios nombres recientes y muchos más del pleistoceno balompédico. Sin embargo bastará uno cualquiera para ilustrar tanto infortunio. El de Ramón Navarro López, «Ramón» para el fútbol. Exterior  oriolano hoy apenas recordado fuera de Alicante, al que despertaron del sueño en el momento más inoportuno.

Ramón ya sobresalía en el Hércules cuando acababa de cumplir los 18 años. Era veloz, rápido, hábil, y mañoso como cualquier veterano. Lo tenía todo para triunfar, excepto un corazón a prueba de médicos extremadamente celosos. Debutó con 18 años, frente al Hospitalet, en partido copero de desempate, y desde entonces nadie pudo sacarle del primer equipo alicantino. Durante la campaña 1964-65 anotó 11 tantos en 2ª División, pese a alinearse de extremo. El Hércules concluyó 2º en su grupo, por detrás de la Unión Deportiva Las Palmas, que ascendería directamente a la máxima categoría. Ese año el ansiado ascenso resultó imposible, porque los herculanos no lograron imponerse al Oviedo en la promoción. A lo largo del ejercicio siguiente, el buen extremo contribuyó con empuje y goles al ascenso alicantino. Suyos fueron, precisamente, los dos tantos más importantes del club en ese decenio. El primero anotando ante el Calvo Sotelo de Puertollano, que valía el ascenso a 1ª División, y el segundo en La Condomina, en partido de desempate frente al Elche, que proporcionaba el acceso a Octavos de Final en la Copa. Una vez entre los grandes, haciendo que el público del viejo campo de La Viña saltase al césped para celebrar sus diabólicas jugadas, comenzó a ser codiciado por sociedades más poderosas.

Quien más interés puso fue el Atlético de Madrid, y su traspaso sería pregonado a los cuatro vientos. Le sacaron fotos con la camiseta colchonera. Concedió entrevistas a la prensa madrileña. Los años no pasaban en vano para el gran Collar y nadie mejor que Ramón, se decía, internacional juvenil y Sub-23 contra Luxemburgo y Francia, a la hora de buscarle sustituto. Todo parecía hecho. Tanto, que el domingo 21 de mayo de 1967 la edición alicantina del diario «La Verdad» llegó a recoger una copia de las condiciones del traspaso: El Atlético de Madrid se comprometía a abonar 4 millones de ptas., la mitad en efectivo tan pronto se produjera la firma y el resto mediante sendos efectos de un millón, con vencimiento a 90 días. El jugador, por su parte, triplicaba su ficha. Y como las primas, entonces, se pactaban partido a partido -normalmente una cantidad fija por victoria en casa o empate fuera, cualquiera que fuese el rival, y el doble venciendo a domicilio-, la cantidad total a ingresar podía verse muy incrementada, teniendo en cuenta que los colchoneros estaban llamados a sumar bastantes puntos.

Ramón fue citado para el tradicional examen médico y allí surgió la sorpresa. El chico padecía una lesión coronaria, que en opinión de los galenos lo incapacitaba para competir profesionalmente.

El mundo se le vino encima. ¿Cómo podía padecer del corazón, si en el Hércules no daba muestras de fatiga tras emplearse a conciencia?. ¿Es que a los doctores alicantinos les era ajena la ciencia?. Conforme se demostraría más adelante, Ramón arrastraba una malformación congénita. Una leve deformación que probablemente hubieran pasado por alto otros servicios médicos menos exigentes. Pero, claro, en el Atlético de Madrid, donde se estaba viviendo el  dramático pulso de Martínez con la muerte, los galenos ya no arriesgaban nada(*).

Así pudo acreditarlo el cántabro Francisco Javier López cuando 3 años más tarde se dejó caer por el Manzanares, procedente de la Gimnástica torrelaveguense. A él también le diagnosticaron otra malformación, en teoría incapacitante. Sin dar crédito al dictamen viajó hasta Sevilla, puesto que el Betis se había sumado a la puja. Y puesto que los del Guadalquivir no le pusieron ningún problema, vistió el uniforme bético durante 12 campañas en las que como pulmón inagotable nadie le discutió la titularidad. Fue internacional absoluto contra Suiza y aún le quedaron arrestos para seguir dando el do de pecho en 2ª dos temporadas más, entre Mallorca y Granada. No estaba mal para un enfermo cardiaco.

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Ramón, figura en el Hércules alicantino y esperanza muy fundada del fútbol nacional.

Sin embargo Ramón tuvo menos suerte. La polvareda levantada por el caso Martínez también había puesto en el disparadero a la propia Federación Española, que lejos de intermediar o contrastar informes eligió la fórmula más fácil. Si existían dudas sobre Ramón, no jugaba y punto.

Como podrá suponerse, ni el muchacho ni la entidad alicantina quedaron conformes con el veredicto. Ramón porque su futuro como cotizada promesa se evaporaba, y el Hércules porque perdía un considerable fajo de billetes al no estar en disposición de traspasarlo. Hubo consultas a diferentes cardiólogos, viajes a Barcelona, a Bilbao e Inglaterra, derivándose notables discrepancias respecto al pronóstico deportivo, aunque total unanimidad respecto a la existencia de una lesión coronaria. La Federación se había mostrado inflexible desde el primer momento y nada le hizo mudar de opinión. Tanto que para evitar más presiones retiró la licencia al jugador, gesto que equivalía a cerrarle todos los campos de fútbol.

Fue un jarro de agua helada. A sus 21 años Ramón debía empezar desde cero cualquier otra actividad. Era como si de repente le hubiesen caído 13 ó 14 años encima, aunque con la salvedad de no haber podido juntar ahorros en tan corta carrera.

Del reportaje que Pascual Verdú Belda entregó a «La Verdad» aquel mayo de 1967, extractamos los pasajes más interesantes:

«- En Madrid me encontré tremendamente solo, aunque hice excelentes amigos, como el Dr. Ibáñez, pero ya no podía estar allí, sin entrenar ni jugar…

Estas fueron las primeras palabras de Ramón, cuando ayer fuimos a visitarlo. Su padre fue el primero en recibirnos en su nuevo hogar de la calle Ángel C. Carratalá, en ese barrio de las calles rectas, como es Benalúa, y nos dijo:

– ¡Si viera con qué ansiedad salimos de Madrid!. Estaba lloviendo con una fuerza incontenible… Pero Ramón necesitaba salir de Madrid, como de un pesadilla.

En una pared está colgada una guitarra hawaiana construida sobre una coraza de tortuga. En la otra, dos fotos. Una, con la firma de todos los jugadores, tomada en la fecha grata del ascenso. La otra es del equipo nacional de Promesas. Ramón mira las fotos y nos dice:

– Esto ya son recuerdos y desde ahora los aprecio mucho más.

– ¿Estás arrepentido de este viaje a Madrid, de tu traspaso al Atlético?.

– Yo siento al Hércules como el que más y me apenó dejarlo. ¡Ojalá todo volviese atrás y me encontrara camino de Pontevedra!.

– ¿Cobraste algo del Atlético de Madrid?.

– No, nada.

– ¿Pagó el Atlético tu estancia de estos días en Madrid?.

– No, la pagué yo… Pero eso es lo de menos.

– Bueno, Ramón, vamos a mirar nuevamente al futuro…

– Yo quisiera jugar…. Pero no me conformaría con que me autorizaran sólo para actuar dos o tres años, conforme algunos médicos insinúan. Yo quiero jugar hasta que pueda… o retirarme ahora…

Ramón medita estas últimas palabras. Sobre la sala de estar reinan unos largos segundos de silencio que agobian a todos. Continúa:

– Si no puedo jugar más, no creo que me abandonen. Confío en que me ayudarán. ¡Mire que colgar las botas cuando tengo 21 años!. ¿Verdad que suena raro?. Y lo bueno del caso es que he dejado las botas en Madrid, junto con mi ilusión y mi esperanza…

Ramón se ha dado perfecta cuenta de que los ojos de su hermana están húmedos, que a su padre le molesta un nudo en la garganta y que detrás de las gafas de su madre se esconden muchas horas de angustia. Rápidamente intenta restarle importancia al asunto.

– ¿Pero es que en esta casa no vamos a comer hoy?.

– ¿Te quedarás en Alicante?.

– Sí, sí, aquí, en casa, con mis padres y hermana, mientras mis tíos intentan solucionar mi situación. Estoy en buenas manos. Uno es abogado y el otro sabe más de fútbol que quien lo inventó. Estaré aquí, en casa, para darle la cara a la vida… Hay que estar para las cosas buenas y las malas. Al principio pensé irme a Campello, a descansar, pero, ¿dónde puedo descansar mejor que junto a mis padres?.

Cuando nos disponíamos a salir de la sala de estar, el padre de Ramón dice:

– Aquí estábamos sentados, viendo la tele, cuando soltaron la noticia.

Ramón corta rápidamente:

– Mi hermana dice que hasta aquí llegaba el agua de las lágrimas de mamá.

La familia Navarro López nos acompaña hasta la puerta. Al despedirnos, Ramón nos estrecha muy fuerte la mano.

Hasta siempre».

En los días siguientes no faltaron declaraciones altisonantes: «El Hércules no abandonará a Ramón», proclamó Ferrer Stengre, su máximo mandatario. Y al mismo tiempo se iniciaban movimientos para la organización de un partido homenaje. Así describía esos primeros pasos la agencia Logos desde Madrid:

«Lo mismo la directiva (atlética) que el equipo han sentido extraordinariamente que Ramón se haya visto obligado a regresar a Alicante. Entre jugadores, técnicos y directivos, ha cundido la idea de organizar un partido en beneficio del infortunado muchacho y su familia. Ramón no tenía ninguna otra profesión y puesto que parece no podrá jugar al fútbol, carecerá de medios económicos para subsistir (…) Se puede afirmar que el jugador alicantino no quedará desamparado. Su gran calidad humana y su indudable clase de futbolista lo merecen».

Al mismo tiempo surgieron veladas acusaciones sobre el modo superficial con que los clubes menos pudientes vigilaban la salud de sus jugadores, sobre el escaso celo federativo en el ámbito del deporte profesional, e incluso acerca de posibles casos de dolo.

«La ligereza con que se hayan hecho anteriormente los reconocimientos ha podido agravar la lesión, al mantener al muchacho en la práctica del fútbol. Desde luego la Federación Española, siempre reglamento en mano, decidirá la retirada de licencia federativa al jugador».

El oriolano tuvo su partido homenaje. O sus partidos. Porque después de dos años de lucha inútil para volver a vestir de corto, en doble sesión, veteranos de la comarca y del resto de España ejercieron de teloneros antes de un choque entre el Hércules, reforzado con algunas figuras de 1ª división, y un combinado español cuya formación inicial fue ésta: Reina; Tatono, González, Gustavo; Zunzunegui Castellanos; Veloso, Luis, Vavá, Waldo y Collar. Pocas figuras del máximo nivel, como se apreciará. Una vez más, los buenos propósitos se agostaban en barbecho.

Por el Hércules reforzado, que acabaría imponiéndose 3-1 con goles de Araujo, Arana y Patiño se les opusieron de inicio: Pazos; Torres, Murcia, Belló; Toledo, José Juan; Luis Costa, Araujo, Arana, Ravelo y Maxi.

Más lustre tuvo el combinado nacional de veteranos, cuya formación inicial hubiese valido un potosí años antes: Ramallets; Pantaleón, Marquitos, Gabriel Alonso; Sendra, Puchades; Atienza I, Sánchez Lage, Héctor Núñez, Atienza II y Méndez.

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Ramón fotografiado con la camiseta del At. Madrid, que por desgracia nunca llegaría a defender.

Poco más se supo de Ramón. Su nombre volvía a adquirir cierta actualidad cada vez que un nuevo futbolista era rechazado por los médicos, al producirse óbitos instantáneos, como el de Berruezo, o cuando le era detectada una cardiopatía a cualquier figura. Y entonces  el agravio comparativo resultaba por demás doloroso. Si Ramón hubiese nacido unos años más tarde, de haber sido tratado por otros cardiólogos o no mediando la cerrazón federativa, habría sido realidad el gran futbolista que todos presagiaban. A él, por lo menos, siempre le quedó esa pena.

Entre tanto, la vida seguía para Ramón. La vida y el fútbol, puesto que, en cierto modo, la existencia del antiguo extremo continuó ligada al balón y su mundo.

Se casó con la hija de Emilio Blázquez, antiguo ariete del Real Madrid, Hércules y Alicante, al que la Guerra Civil, y sobre todo dos años de suspensión por desafecto al Régimen, pusieron plomo en las botas para el fútbol de posguerra. También continuó jugando, aunque de forma esporádica y por pura afición. Era como si quisiera probarse, como si necesitara saber hasta dónde llegaba la incapacidad de su corazón. Por eso, tal vez, muchos domingos disputaba partidos playeros con los veteranos del Hércules o Club Deportivo Alicante, partidos rabiosos, porque sabido es el brío con que se suelen aplicar las viejas glorias, empeñadas muchas veces en no reconocerse viejas.

Paralelamente, fue abriéndose camino gracias a la representación de un laboratorio farmacéutico, primero, y de una marca deportiva de ropa después. Tuvo dos hijas que no lo hicieron mal con la raqueta, y mientras las chicas destacaban en la pista del Club Natación Alicante, no fue raro verle por aquellas instalaciones, con la fiebre del deporte brillando todavía en sus pupilas. También se operó del corazón. No a vida o muerte, sino más bien para un ajuste. Aquella vieja lesión existió, según pudieron apreciar otros galenos con los medios derivados del progreso científico. Tuvo la poca fortuna de que se la detectaran en los años 60, cuando la cirugía cardiovascular apenas balbuceaba. Porque 35 años después, otras dolencias más graves fueron tratadas, intervenidas y subsanadas, sin cercenar ningún porvenir. El gitanito Jesús Seba (Aragón, Zaragoza, Villarreal, Wigan, Chaves y Os Belenenses) podría hablar largo y tendido de la suya. Tras pasar por un quirófano estadounidense continuó jugando cada domingo, como profesional, en el Orihuela y Palencia.

Nacer demasiado pronto tiene estas cosas, puesto que al final, la víscera lesionada no renuncia a ejercer su férrea dictadura. Ramón expiró el sábado 21 de enero de 2006, con 59 años, cuando ese corazón suyo, anárquico y caprichoso, le hizo el último regate.

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.- (*) A pesar de tanto esmero, y de que en el ambiente deportivo se asegurara que ni los astronautas pasaban tantos controles como un futbolista atlético, en 1972 tuvo que retirarse su guardameta José María Zubiarráin, sin haber cumplido los 27, al serle diagnosticado un problema cardiaco. El agilísimo Zubiarráin, capaz de alternar paradas inverosímiles con fallos clamorosos, había ingresado en 1968, procedente de la Real Sociedad. Falleció frisando la cincuentena, víctima de su dolencia cardiovascular. En 1981 el cuerpo médico colchonero tuvo que sobreponerse a otro duro revés. Julián Antonio López, un defensa correoso y muy agresivo de su cantera, que trataba de ganarse un puesto como rojiblanco aprovechando una segunda cesión al Valladolid, se desplomó sobre el césped durante el homenaje tributado al guardameta Llacer. La rápida intervención de los facultativos lograron sacarse del paro cardiaco, pero posteriores reconocimientos determinaron su obligada despedida del fútbol. López fallecería 11 años más tarde, víctima de otro infarto.




El timo de los paraguayos

En 1962, la selección española acudió a la fase final del Mundial de Chile, cargada de esperanza. Tras su ausencia en Suiza 1954 (apeados por la inocencia del «bambino», que acabó favoreciendo a Turquía) y Suecia 1958 (al imponerse Escocia en la fase previa), incluso los menos entusiastas soñaron con la posibilidad de acariciar algún laurel, luego de que la gloria se escurriese en Brasil, doce años antes. Bastaba repasar el elenco de seleccionados para disparar el optimismo. Carmelo Cedrún bajo el marco. Santamaría, Rodri, Pachín, Gracia, Rivilla o Reija para la línea de cobertura. Segarra, Garay, Luis Suárez y Luis Del Sol armando el juego. Y en la delantera Di Stéfano, Puskas, Eulogio Martínez, Peiró, Paco Gento, Enrique Collar y los por entonces prometedores Amancio y Adelardo. Un equipazo. O mejor, un grupo de grandes futbolistas al que Brasil y Checoslovaquia sacaron los colores.

Aquel fracaso dolió de veras. Más, si cabe, cuando se tuvo constancia del estupor con que la propia FIFA acogió el amplio número de «extranjeros» agrupados bajo nuestro pabellón. De ahí a responsabilizar del fracaso a los foráneos españolizados, sólo medió un paso. Puskas ni se había estrenado como goleador en 3 partidos. Di Stéfano, lesionado en la espalda, no llegó a vestirse de corto. Eulogio Martínez evidenciaba los primeros síntomas de prematura decadencia. Santamaría tampoco estuvo fino. Y si Adelardo se alineó al menos ante Brasil, marcando un gol válido y viendo como se le anulaba el tanto que hubiera supuesto un 0-2 antes del descanso, Amancio había quedado inédito. Conclusión: si los males de nuestro fútbol radicaban en los muchos foráneos enquistados en el campeonato liguero, se prohibía importarlos y cuestión resuelta.

Así se hizo. A partir del ejercicio 1964-65 quedó cerrado el portillo, impidiéndose, incluso, la renovación de cualquier contrato vencido a partir del 30 de junio de 1965.

No era la primera vez que aquella España autárquica impedía fichar futbolistas extranjeros. Ya en 1953, ante el gran número de foráneos, la Delegación Nacional de Deportes había impedido, siquiera durante 3 únicos años, la incorporación de más. Pero a diferencia de entonces, los clubes no se conformaron. Llevaban demasiado tiempo importando perlas exóticas, para asentir resignadamente. Sobre todo si existía solución, basándose en una norma que convertía en «asimilado» a cualquier descendiente de españoles, siempre y cuando cumpliese otro requisito exigido por la FIFA: el de no haber vestido la camiseta de ninguna selección nacional ajena a la española.

A través de esa gatera continuaron llegando los denominados «oriundos», muchos ni remotamente merecedores de cruzar el charco. Veamos, si no, quién recuerda estos nombres: Vega y Reyes (At Madrid), Rubens (Córdoba), Roberto García (Barbastro y G. Tarragona), Rodolfo (Hércules), Bogado (Córdoba y varios clubes catalanes de 3ª División), Bernal (Lérida), Oswaldo (Rayo Vallecano), Víctor Manuel Franco (Córdoba y como Bogado clubes catalanes de 3ª), Ramón Martínez (Mestalla y Coruña), Inocente Gaona (Coruña y G. Tarragona), «Búfalo» García (Elche), Próugenes (Mallorca), Sarrachini (Mallorca, Hércules, Almería)… Otros, como Andrés Medina, tuvieron más difícil el acceso, puesto que sus papeles alertaron a los más dormidos funcionarios federativos. Y junto a ellos un puñado de jóvenes que sí justificaron el viaje: Casco, Anastasio Jara, Juan Carlos Rojas, Miguel Pérez, Fleitas, Acosta, Benegas, Jacquet, Toñánez, Pedro Fernández, Aníbal Pérez… Excepciones que al fin y al cabo apuntalaron el nuevo y floreciente negocio.

Porque con intermediarios o presidentes españoles exhibiendo sus billeteras de nuevos ricos por Latinoamérica, y sociedades casi en bancarrota, aunque propietarias de futbolistas apetecibles, pronto se olfateó el negocio desde ambos lados del Atlántico. Negocio turbio, opaco e ilegal, y al mismo tiempo muy generalizado. Tanto como beber matarratas durante la Ley Seca norteamericana. La ambición, el sueño de conseguir figuras a un precio asumible, hizo ricos a unos cuantos indeseables. Y es que cuando prácticamente todos quebrantan las normas, la normalidad es precisamente eso, quebrantarlas. En esa trampa cayó nuestro fútbol, puesto que falsificar documentaciones estaba casi al alcance de cualquiera. Paraguay, al abrigo de una burocracia corrupta, expedía certificados y partidas de nacimiento casi a medida. Pronto, de ese modo, cobró cuerpo la figura del futbolista recién llegado de Asunción o Buenos Aires que, según el chiste, en su primera comparecencia pública presumía de sangre española con un abuelo nacido en Celta de Vigo y una abuela bautizada en Hércules de Alicante.

Acababa de nacer el denominado «timo paraguayo».

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Severiano Irala, en un arranque de sinceridad, destapó sin querer los turbios manejos de clubes españoles, intermediarios de allende el océano y mafias falsificadoras de distintas documentaciones.

Fue el Barcelona quien levantó la liebre, no precisamente por altruismo. En junio de 1969 Severiano Irala, del Cerro Porteño, se presentó ante los periodistas de la ciudad condal, antes de fichar por el club azulgrana. «He jugado dos partidos con la selección paraguaya», manifestó incautamente. Y al advertirle algunos informadores que los internacionales extranjeros no podían ingresar en nuestro fútbol, ratificó: «Pues he jugado. Como otros».

Esa sinceridad puso candado a sus documentos en la Federación y encoraginó a la directiva «culé». Había otros casos como el de Irala, claro que sí. Por mucho que la Federación Paraguaya extendiese certificados negando lo innegable, de cada partido internacional se derivaba un acta. Y aún suponiendo que los corruptos hubiesen logrado destruirlas, seguían quedando las hemerotecas. Si se habían «colado» futbolistas ilegales era por pura y simple desidia.

Destapada ya la putrefacción, en setiembre de 1969 el organismo federativo decidió inscribir a tres oriundos, por haber jugado ya nuestro campeonato el año anterior: Fleitas (Real Madrid), Aníbal Pérez (Valencia) y Ricardo González (Elche). Al mismo tiempo paralizaba la de otros del Murcia, At. Madrid, Sevilla y Pontevedra. Poco después, Real Madrid y Barcelona dirimían su enfrentamiento liguero y Fleitas batía en dos ocasiones al guardameta barcelonés. La indignación catalana no tenía nombre. O jugaban todos con las mismas reglas o se rompía la baraja.

El escándalo le estalló en las manos a Juan Antonio Samaranch, como máximo dirigente de la Delegación Nacional de Deportes, aunque las más graves consecuencias se harían esperar hasta el siguiente decenio. Diversas denuncias del Athletic de Bilbao y la Real Sociedad, hermanados en defensa de sus canteras, pudieron demostrar no sólo algunas falsificaciones de documentación, sino incluso internacionalidades ocultas. Sebastián Fleitas Miranda, Aníbal Pérez, Cáceres, González y «Búfalo» García, paraguayos todos ellos, habían vestido la camiseta de su selección y por lo tanto jugaban ilegalmente en la liga española. La Federación, muy censurada desde la D. N. D. («Se debía haber dudado de la condición de oriundos de algunos jugadores», llegó a dictaminarse), abortó los traspasos de Héctor Ramón Ponce y García Cambón, internacionales argentinos en los Juegos panamericanos de Winnipeg. Y como alguien debía pagar los platos rotos, el secretario general de la RFEF, Andrés Ramírez, sería suspendido por 6 meses a causa de su permisividad. Poca cosa, sin embargo, para apaciguar la cólera de Agustín Montal, presidente blaugrana, quien a sus declaraciones en caliente, formuladas el 12 de julio («El Fútbol Club Barcelona está tolerando que en la Asamblea de la federación voten presidentes que aprovechan en su favor el timo de los paraguayos») quiso unir hechos palmarios. Consecuentemente, encargó al abogado y más tarde político Miquel Roca i Junyent, la elaboración de un informe demostrativo de que 46 de los 60 oriundos de la liga no eran hijos ni descendientes de españoles.

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A tenor de la legislación vigente en materia de futbolistas oriundos, el paraguayo Sebastián Fleitas Miranda nunca debió haber ingresado en nuestro fútbol.

Los años 70, por lo tanto, estuvieron sazonados de polémica y estupor.

Un nuevo delegado de Educación Física y Deportes, Juan Gich Bech de Cereceda, optó el 26 de mayo de 1973 por tapar un borrón con otro mayor, presionado por Agustín Montal y el informe de Roca i Junyent. Desde esa fecha los clubes de 1ª y 2ª división quedaban autorizados a contratar  dos futbolistas extranjeros, cualesquiera que fuesen su patria y entorchados internacionales. Eso sí, como sucediese durante la primera apertura de posguerra, el veto a los extranjeros se mantenía para la Copa, aunque más adelante terminarían levantándolo. Dicha norma entró en vigor a partir del campeonato 1973-74, pero con ella no se olvidó el viejo escándalo.

Bien al contrario. Real Sociedad y Athletic se encargaron de mantenerlo fresco, con la inestimable ayuda de la Delegación Nacional de Deportes, desde donde decidieron prorrogar los contratos de Fleitas, González, Aníbal Pérez, Cáceres y Rojas, en su momento instados a abandonar la Liga, con la condición «de que no puedan ser traspasados a otros clubes y sigan en los actuales». Entendiendo fuera de cualquier cobertura legal semejante carpetazo, los clubes vascos presentaron recurso contencioso administrativo, llegándose a especular con la posibilidad de anular el campeonato 1974-75. No se llegó tan lejos, por mucho que la peste a cloaca continuara adherida a demasiadas camisetas.

La sombra de la sospecha rodeó a Rubén Cano y Touriño, quienes con certificado de oriundo llegaron a alinearse en la selección española. Otros internacionales fueron desenmascarados de la noche a la mañana. Ni Roberto Martínez (Español y Real Madrid), ni Rubén Valdez (Valencia), eran quienes aseguraban sus papeles. Y lo mismo sucedía con el brasileño Bezerra (At Madrid), quien había convertido en «c» la «z» de su apellido para usurpar derechos de españolidad. El mundillo futbolístico, siempre tan mal avenido, se dividió entre quienes propugnaban destapar el albañal y los partidarios de llegar a compromisos políticos, atendiendo al bien general. Incluso hubo medios ferozmente dedicados al alumbramiento de la verdad, con habilidad suficiente para plegar velas cuando el temporal derivó en galerna. Las páginas del deportivo madrileño As ilustraron muy bien semejante transformación.

En diciembre de 1971, dicho medio tuvo la virtud de destapar el escándalo. Federico Marcelino González denunciaba con pelos y señales la estafa de su socio e intermediario paraguayo Epifanio Rojas, quien no había compartido con él sus pingües beneficios. Ambos representaban a «paraguayos» nacidos en Buenos Aires, La Rioja, Tucumán o Montevideo. El método no podía ser más simple. Por 1.000 dólares, es decir unas 70.000 ptas. de la época, se libraban documentos de procedencia con todos los sellos y timbres legales. A ello había que sumar el soborno cobrado por el gerente de la Federación Paraguaya, cuya firma permitió a cerca de 50 extranjeros -entre otros Jacquet, Soto, Peña y Bravo, todos argentinos- llegar camuflados. Un año más tarde, concretamente el 10 de diciembre de 1972, en las mismas páginas se defendía el aquí no ha pasado nada con cierto artículo titulado «Un gol imposible», que entre otras cosas lucubraba lo siguiente: «¿Se imaginan ustedes lo que pasaría si se descubriese, por ejemplo, que Valdez, que se alineó con España frente a Yugoslavia en las eliminatorias para el Mundial, es tan español como Heredia?. ¿Piensan ustedes lo que ocurriría si se llegase a la conclusión de que Anzarda y Becerra, por no ir más lejos, tenían el mismo grado de oriundez que Echecopar?. ¿Saben ustedes lo que podría pasar con los resultados de los encuentros, internacionales o nacionales, jugados por aquel o por éstos?. Yo, sinceramente, creo que es mejor no pensar en la marimorena que podría organizarse, porque ya no serían dos, ni cuatro, ni seis, los equipos implicados, sino todos. Absolutamente todos».

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Mario Jacquet no era ni paraguayo ni oriundo, pero gracias a sus papeles falsificados y a la posterior amnistía acabó desarrollando una notable carrera deportiva por nuestros pagos.

Ese «todos» tan categórico levantó algunas ampollas, como no podía ser menos. Y el editorial de «Athletic», órgano oficial del club bilbaíno, correspondiente a enero de 1973, tenía buen cuidado en puntualizar: «Lo único que nos falta aquí, en Bilbao, es que venga nadie a decirnos que estamos implicados en el asunto de los oriundos. ¿Quisiera decirnos el comentarista quiénes son nuestros oriundos?».

Para enrarecer más el ambiente, la Federación Española autorizó por escrito a Real Sociedad y Athletic de Bilbao cuantas reclamaciones o denuncias creyeran convenientes en los tribunales ordinarios. Los dos clubes no lo dudaron y se abrió, así, un procedimiento. Afloraron los nervios, pues había mucha ropa sucia escondida.

La pareja de clubes norteños disponía de certificados del registro Civil Consular, donde se reconocían falsificaciones en 3 casos: Rodolfo Vilanova (Málaga), Roberto Martínez y Eduardo Aníbal Anzarda (Real Madrid y Betis). Al esgrimirlos ante la Federación, ésta, sintiéndose atrapada, echó mano al viejo procedimiento de saltar sobre su charco y salpicar a los demás. Esos documentos, demostrativos de que ni los padres del terceto eran quienes se aseguraba, ni reales sus fechas de nacimiento, sirvieron para poner en tela de juicio el procedimiento seguido desde el Ministerio al dar de baja a ese terceto en el Registro de Españoles.

Heridos en su amor propio, los belicosos presidentes de Athletic y Real Sociedad arrojaron sobre la mesa más pruebas de falsificación, relativas a otros oriundos. Su empeño les llevó a contratar al detective privado Jesús Gallo, quien tras recabar información de Ramón Melcón -denunciante, a su vez, en un diario madrileño, de la falsificación que Roberto Martínez había efectuado en su partida de nacimiento, publicando fotopocia de la auténtica-, partió hacia América. Allí habría de vivir, desde el 15 de octubre al 16 de noviembre de 1974, situaciones peripatéticas.

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A Roberto Martínez su documentación falsificada le permitió jugar con la selección española. Un pacto entre FIFA y FEF, cuyo presidente garantizaba que ni éste jugador ni Rubén Valdez volverían a vestir nunca más la roja, acabó cubriendo tamaño disparate con el polvo del olvido.

En Paraguay iba recomendado a cierto industrial. Como aquel hombre lo desconocía todo acerca del fútbol, le recomendó a su vez a otra persona, metiéndole de lleno en la boca del lobo. Prácticamente le retaban, entre divertidos y amenazantes. «Las cosas -decían-, o se hacen bien o no se hacen». No estaban muy bien hechas, porque Gallo logró pruebas. Entonces la sorna se trocó en intimidación: «A nada que te metas en algo te plantan en Clorinda sin que pase media hora». Huelga comentar que Clorinda era un cementerio. El muro burlón, en Paraguay, parecía resistirlo todo. Allí todos eran conscientes del bonito negocio organizado con muchos clubes de nuestra 1ª y 2ª División. En Argentina, en cambio, las entidades deportivas escudaban sus prácticas bajo la máscara de esa simpatía que todo lo empolva y olvida. Sólo en Uruguay fue relativamente fácil atar cabos. Claro que el detective contaba, especialmente en Buenos Aires, con la desinteresada colaboración de muchos emigrantes españoles, en particular de los agrupados en la Casa Vasca. Cuando se tuvo noticias de sus avances, un abogado voló desde España con instrucciones de hacer más tupida la red silenciosa. Y justo entonces irrumpió el listillo de turno, dispuesto a aplicar su tocomocho.

Se presentó con insignia del Real Madrid en la solapa y bien pronto acreditó no ser sino el clásico hombre de paja. Por una modesta aportación económica aseguraba conseguir toda la información precisa. Él se encargaría de todo, mientras Jesús Gallo podía dedicarse a engordar su cuenta de gastos, gozando de los muchos atractivos americanos. La víspera del día en que el detective tenía previsto su regreso, recibió una llamada telefónica. El supuesto rastreador sólo le proporcionaba su dossier, previa entrega de 50.000 ptas. El detective retrasó el vuelo a Barajas y pudo hacerse con esos mismos papeles por sus propios medios.

Cuanto aportó Gallo tuvo un efecto de bomba.

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Oscar Rubén Valdez se había buscado unos padres de conveniencia. Cos, paraguayo del Barcelona, había nacido en Córdoba, Argentina, y sus verdaderos apellidos no eran Fernadéz Cos, conforme aseguraba, sino Cos Luján. El valencianista Adorno tampoco había nacido en Puerto Aragón, sino en Corrientes, su padre era argentino y la madre paraguaya. Víctor Domingo Juárez era de Formosa, Argentina, no de Alberdi; tenía un rastro fácilmente perseguible, pues su progenitor fue diputado peronista. Carlos Diarte se inventó un Martínez por delante para colar en el ancho filtro. Crispín Maciel, aparte de inventarse un inexistente García como primer apellido, convirtió en tío a su verdadero padre, militar retirado de alta graduación, para dejar sitio al García comprado a peso. Aguirre Suárez, por fin, tampoco había nacido en Ceballos Cué (Paraguay), sino en Tucumán, y además era conocido en las canchas de allende el océano como «El Tucumano». Por cierto que a su llegada a Granada fue bien aleccionado. «Desciendes de Pamplona», se le dijo al recogerle en el aeropuerto. «Acuérdate bien, tu abuelo es de Pamplona. A ver, ¿de dónde procede tu sangre española?». Se lo aprendió tanto que horas más tarde, durante su primera rueda de prensa, ante la pregunta de una periodista sobre si sus ascendientes eran navarros, negó categórico. «Se equivoca usted. Mi abuelo no era navarro, sino de Pamplona».

«Lobo» Diarte se inventó un falso padre apellidado Martínez para colar como oriundo. El subterfugio no podía ocultar, sin embargo, sus entorchados internacionales con Paraguay, que también lo incapacitaban para ingresar en nuestro fútbol. Durante los años 60 y primeros 70 parecía valer todo.

El caso es que ante semejante alud de inmundicia, el gobierno amnistió a los falsificadores y sus clubes pudieron presentar a la Federación filiaciones auténticas. Al fin y al cabo, se dijo, no se trataba de un asunto tan grave. Los sudamericanos podían acceder a la doble nacionalidad con 24 meses de estancia en nuestro suelo, tiempo más que cubierto por todos ellos.

Cuando tuvo lugar la amnistía, Athletic y Real Sociedad hicieron gala de su elegancia. Buena prueba fue el editorial del órgano oficial bilbaíno: «Parece ser que el indulto afecta directamente a los jugadores encartados y sinceramente nos alegramos, porque nunca tuvieron los dos clubes vascos como objetivo el castigo a los infractores, sino aclarar una situación enrarecida y conseguir que la Real Federación Española adoptase una postura valiente y honesta y, en definitiva, beneficiosa para el fútbol nacional».

La FIFA por su parte, también se mostró comprensiva. Decidió pactar bajo mano con la RFEF, en el espinoso asunto de los internacionales que como Roberto Martínez o Rubén Valdez, jamás debieron serlo: Tierra sobre el pasado y propósito de enmienda. En otras palabras: tupido y piadoso velo, si nunca más volvían a ser seleccionados.

A partir de ese instante, los timadores con dos años de residencia se apresuraron a presentar sus verdaderas actas de nacimiento, pues la amnistía sólo afectaba al delito cometido con anterioridad y en modo alguno a la posterior utilización de los documentos falsificados.

Pero lo sorprendente fue que aquello tampoco acabó con las trampas. Antes y después de abrirse los mercados, hubo quien siguió a lo suyo, tan terne. Uno fue Raúl Díaz, tipo con buena planta pero muy mediocre jugador, expulsado después de engañar a los federativos que tramitaron su ficha al Rayo Vallecano y Toledo. Y otro Juan Miguel Echecopar.

Jugando en el Estudiantes de La Plata, Echecopar había sido tres veces campeón de América y una en la Copa Intercontinental (suyo fue el gol que noqueó al Manchester), antes de que la directiva del Granada C.F. pensara en él. Tras su aterrizaje en la ciudad andaluza, el 15 de enero de 1972, vio cómo su falsa documentación no le servía para colarse de oriundo. El club de Los Cármenes, que le había fichado por tres años, prefirió, en lugar de cederlo o buscar un traspaso, alinearlo en el campeonato andaluz de reservas mientras aguardaba una inminente apertura fronteriza. Cuando ésta se produjo, el jugador  negó cualquier posibilidad de formar en su club de no mediar importantes mejoras contractuales. Sobre las 800.000 pesetas estipuladas por temporada, aparte de sueldos y primas, reclamaba 1.800.000 anuales. Cándido Gómez, antiguo portero granadino y a la sazón presidente, hombre temperamental, estuvo a punto de llegar a las manos entre tanta y tan larga discusión. Finalmente se aproximaron las posturas y Echecopar debutó en la liga española, aunque sin justificar nunca los esfuerzos reconciliatorios. Ni en las faldas de Sierra Nevada ni más tarde entre en La Condomina murciana, reverdeció laureles. Su mucha clase estaba bastante reñida con la brega.

No fue, por desgracia, un caso aislado. Durante el año 1975 debían seguir creyendo por Paraguay que el cedazo de nuestro fútbol mantenía su vergonzosa permeabilidad anterior. Pesoa lo puso todo de su parte para vestir la camiseta salmantina y comprendió que algo había cambiado de verdad. Era un buen muchacho, calladito y modoso, con bastante técnica y movilidad. Como venía de jugar la Copa América, se incorporó tarde a la pretemporada y apenas tuvo oportunidad de conocer España. Los charros, que habían pagado por él 6.700.000 ptas., fueron testigos de sus dificultades para demostrar una inexistente ascendencia hispana. Como extranjero no les interesaba, pues ya tenían cubierto el cupo. Y el bueno de Pesoa, tan triste como debilitado económicamente (los papeles que no le permitieron entrar habían corrido de su cuenta) fue devuelto a Paraguay el 11 de octubre, sin haber debutado siquiera.

El timo de los paraguayos llena por sí sólo una vergonzosa  página de nuestro fútbol. Lo humilló entonces y aún hoy continúa abochornándolo. Pero seríamos injustos enterrando aquellos hechos, puesto que forman parte de la Historia.

Y a la Historia no hay por qué maquillarla.




Teresa Herrera: decano de los trofeos veraniegos

Los trofeos veraniegos estuvieron muy de moda durante los años 60 y 70 del pasado siglo. Muchos nacieron al rebufo de una España lanzada por la senda del desarrollo, como signo externo de la recién nacida riqueza, respondiendo a una nueva curiosidad por cuanto tuviese que ver con «lo extranjero» y, también, para gloria y pláceme de alcaldes o gobernadores civiles a los que no resultaban ajenas las posibilidades del marketing. Con el tiempo acabarían convirtiéndose en meros bolos de puesta a punto, presentaciones oficiales ante la afición, alardes propagandísticos y negocio ruinoso para ayuntamientos o clubes, mientras intermediarios de muy diversa índole se hacían de oro. Pero entre tanto esplendor y el naufragio definitivo, fueron fraguándose, en breves y dispersos capítulos, pequeñas historias de nuestro fútbol.

Como sucede con todo, hubo una primera vez, un primer trofeo. En este caso una copa de plata hasta 1969, sustituida a partir de 1970 por la monumental Torre de Hércules, también en plata, auténtica seña identitaria en la actualidad: el Teresa Herrera.

Su primera edición se disputó el 30 de junio de 1946, a partido único y en plena penuria autárquica, cuando aún faltaban sus buenos seis o siete años para que España alcanzase un índice de riqueza semejante al de 1936. Con él se pretendía honrar la memoria de Teresa Margarita Herrera Pedrosa (10-XI-1712 – 23-X-1791), fundadora del Hospital de la Caridad en La Coruña del siglo XVIII. Obra, por cierto, que no llegaría a ver culminada, puesto en el instante de colocarse la primera piedra, el 14 de junio de 1791, sumaba 79 años y sólo le restaban cuatro meses de vida. En 1946, siete primaveras después de haber concluido la Guerra Civil, la desnutrición, el desarraigo y la miseria, continuaban ensombreciendo cualquier horizonte a lo largo y ancho de la piel de toro. Por ello, el Ayuntamiento coruñés que presidía D. Eduardo Ozores Arráiz, organizador del evento, decidió destinar íntegramente a la beneficencia los previsibles beneficios. Ese mismo Ayuntamiento había apostado firmemente por el desarrollo del fútbol, tras la inauguración de Riazor sólo un año antes. Y puesto que el Deportivo no era ni con mucho uno de los grandes, los organizadores se decantaron por contratar a dos clubes de auténtica categoría: el Sevilla de Bustos, Alconero, Eguíluz, Arza, Araujo y Doménech, entre otros, y el Athletic bilbaíno (rebautizado Atlético por decreto franquista), de los Lezama, Bertol, Nando, Iriondo, Panizo, Iraragorri, Gaínza o Zarra. Éste último atacante habría de erigirse en primer máximo goleador, pese a que la copa de plata acabaría viajando hasta la capital andaluza, gracias a los tantos de Araujo, Arza y Doménech.

Al año siguiente ya se disputó el primer certamen internacional, con el Vasco da Gama como gran foco de atención y hasta un árbitro inglés, Williams, cuya labor simplemente se antojaría correcta a la prensa. El conjunto vasco pudo tomarse la revancha en esta ocasión, derrotando a los brasileños por otro 3-2. El gran 9 internacional Telmo Zarraonaindía, «Zarra», hubo de resolver el envite con su gol decisivo.

Hoy resulta difícil imaginar la trascendencia que en 1947 adquiría la simple visita de un club extranjero. Hasta la llegada del San Lorenzo de Almagro en diciembre de 1946, desde el estallido de la Guerra Civil no se había visto ningún club sudamericano por nuestros pagos. Aquella gira argentina, además, estuvo cargada de ribetes más políticos que balompédicos. Sólo habían transcurrido dos semanas desde que la O.N.U. recomendase retirar de nuestro suelo a los embajadores, en un gesto que no sólo consumaba el aislamiento, sino que derivaba en abierta y casi general condena al régimen franquista. Desde esa perspectiva, la presencia del club argentino intentó presentarse como una especie de ruptura aislacionista. La O.N.U. podía recomendar cuanto le viniera en gana. ¿Acaso España no iba a contar con la ayuda argentina?. No de un país sumido en tremendas crisis cíclicas, como el actual, sino del inmenso granero que era entonces, del imán capaz de atraer a tantísimos emigrantes. En la calle, mientras se coreaban consignas en «espontáneas» manifestaciones henchidas de fervor patriótico, por utilizar terminología al uso -«Si ellos tienen ONU nosotros tenemos dos»- nadie quería perderse el formidable espectáculo brindado por aquellos ases. Los nombres de sus estrellas pronto fueron recitados de memoria: Blazina en la puerta, Colombo, Greco, el vizcaíno Ángel Zubieta, figura de la medular y capitán, y como atacantes Imbelloni, Farro, Pontini, Martino y Silva. Semejante máquina incluso salió triunfante de su enfrentamiento a una selección hispana, antes de que el Real Madrid pudiese salvar el honor en pleno día de Navidad, derrotándolos por 4-1 ante 40.000 espectadores enloquecidos, a quienes ni la nieve acumulada en los laterales del Metropolitano pudo arredrar. La prensa, como si careciese de otras noticias, dedicó ríos de tinta a la gesta merengue, al tiempo que ponía el dedo en la llaga criticando lo anticuado de nuestros conceptos balompédicos. «Es preciso poner en hora el reloj -escribieron-, abandonando de una vez tácticas periclitadas«. Porque el caso era que junto a una clase envidiable, el San Lorenzo mostró artificios tácticos nunca vistos por nuestro césped. Se desplegaba con 3 defensas, 2 medios y 5 delanteros, aunque los interiores se retrasaban hasta la línea media cada vez que los volantes bordeaban su propia área. Empleaban la táctica WM. La misma que desde el máximo órgano federativo, mediante circular, se instó adoptar a todos los clubes poco después.

Pero el atraso de España en 1947 no se limitaba a cuestiones meramente deportivas, conforme pone de manifiesto un simple vistazo a los titulares periodísticos: «El general monárquico Aranda, desterrado a las Baleares» (8 enero); «El gobierno desmiente haya salido de España una sola tonelada de cereales o aceite» (22 marzo); «Decreto-ley sobre represión del bandidaje y terrorismo» (19 abril); «Establecido el primer servicio aéreo turístico entre Inglaterra y las islas Canarias» (15 junio); «Triunfal visita de Eva Perón» (7 julio); «El sindicalismo español da un paso adelante con la creación de jurados de empresa» (18 de agosto); «Censura para todas las películas nacionales y extranjeras: la moralidad del cine queda así garantizada» (11 octubre). Y alguna noticia más sólo pudo ver la luz en publicaciones clandestinas, como: «50.000 obreros desafían a Franco paralizando Vizcaya con su huelga» (1 mayo). Desde esas coordenadas, cuando a las cartillas de racionamiento aún les quedaban 5 años de cupones, ver sobre el césped de Riazor a los Barbosa, Rafanell, Djalma, Maneca, Lelé o Chico era mucho más que asistir al fútbol.

Poco a poco fue aumentando el prestigio del Teresa Herrera. Durante los años 50 se afianzaría definitivamente, aún conservando la fórmula de dos únicos contendientes y pese a deambular por el calendario, hasta convertirse, incluso, en broche de la temporada oficial. Justo en el año inaugural del decenio se coronaría al primer campeón extranjero, el Lazio italiano, luego de que Vasco da Gama, Oporto y Racing de París hubiesen sucumbido en el inmediato pasado. A esa inflexión seguirían nuevos triunfos nacionales (Barcelona, Valencia, Real Madrid y Sevilla), frente a entidades extranjeras (Young Boys, Olympique de Roubaix, Toulouse y Hellsinborg). Y por fin, en 1955, la primera victoria del club local, el Deportivo, precisamente en su primera comparecencia, gracias a los dos goles de Pahiño, figura atacante, frente al At. Bilbao de Carmelo, Garay, Canito, Mauri, Maguregui, Arteche, Marcaida, Arieta I, Uribe y el incombustible Gaínza.

En 1957, diez años después de su anterior visita, el Vasco da Gama hizo cruzar el océano por primera vez a la torre de plata. Era un conjunto muy serio, con Carlos Alberto bajo el marco, Vavá resolviendo en el área y Sabará, Walter y Pinga suministrándole balones. Precisamente Vavá, doce meses antes de proclamarse campeón mundial con la «canarinha», sería autor de 3 goles. El sabor de boca dejado por los brasileños fue tan bueno como para que la organización apostase por conjuntos sudamericanos en las siguientes convocatorias. Un Nacional uruguayo cargado de internacionales doblegaría al Flamengo en 1958, y el Santos de Pelé al Botafogo al año siguiente, en partido para enmarcar. Santos y Botafogo constituían el cimiento del maravilloso Brasil campeón mundial en 1958. Sólo al otro lado del Atlántico podía asistirse al enfrentamiento de Zito, Jair y Pelé, con los Nilton Santos, Garrincha, Didí o Zagalo. En el centro del campo de Botafogo, además, como ilustre desconocido aún, formaba un portento físico perseguido por la peor suerte, llamado Chicao. La afición de Mestalla apenas si podría disfrutarlo durante temporada y media, hasta que una gangrena estuviese a punto de dejarlo con una sola pierna. Los médicos lograron salvársela, aún a costa de certificar su final deportivo. Chicao era demasiado joven para aceptar sin lucha tan agoreros vaticinios. Convencido de volver a ser, si no el de antes al menos hombre capaz de ganarse el pan con el balón, cambió de barrio en Valencia para fichar por el Levante. Todo fue inútil. Sus esporádicas intervenciones en el viejo campo de Vallejo le enfrentaron con la cruel realidad. Poco después, de regreso a su tierra, un absurdo tiroteo acaecido en la gasolinera de Río donde repostaba, concluyó segándole la vida. Corría 1968 y acababa de estrenar la treintena. El fútbol y la misma existencia se obstinaron en mostrarle su rostro más cruel.

Garrincha, a la izquierda, Vavá en el centro, con la camiseta del At. Madrid, Didí a la derecha. Tres campeones del mundo brasileños que se dejaron ver por Riazor, en el Teresa Herrera.

Garrincha, a la izquierda, Vavá en el centro, con la camiseta del At. Madrid, Didí a la derecha. Tres campeones del mundo brasileños que se dejaron ver por Riazor, en el Teresa Herrera.

El sistema de competición se mantuvo a partido único en el Teresa Herrera hasta 1964, año en que con Deportivo de La Coruña, Oporto, Sporting de Lisboa y Roma, quedó inaugurada la fórmula cuadrangular. Nadie lo tuvo muy claro entonces, y parece que las taquillas tampoco justificaron aquella ampliación de equipos. Por eso, durante los años 1965 y 1966 se volvió a los dos contendientes. En 1967 una nueva apuesta por el cuadrangular, esta vez con inequívoca vocación galleguista, puesto que compitieron Deportivo, Celta, Pontevedra y Ferrol, sorprendente triunfador este último. Un nuevo partido único en 1968, otro cuadrangular en el 69, con victoria deportivista, retorno al partido único en 1970 y 1971, y consolidación del cuadrangular a partir de 1972, durante dos decenios. También a partir de 1970 habría de producirse una variación en el reparto de beneficios. Ya no iba a destinarse la totalidad a obras benéficas, como hasta entonces, sino sólo el 80%. El 20 % restante tendría como fin la promoción del fútbol modesto.

Hasta 1975 el palmarés del torneo no registró la repetición de laureles. Fue el Peñarol de Montevideo quien inscribió su nombre dos años seguidos. Un formidable Peñarol, con Corbo, Peruena, Mario González, Zoyez, Quevedo, Unanue, Fernando Morena y Silva en su plantilla. El Cruzeiro, por esa misma época, parecía abonado a caer en la final, pese a su excelente fútbol. Contaba con uno de los mejores «onces» de su historia, acaudillado por Nelinho y Dirceu. No pudo con el Teresa Herrera, pero acabó alzándose con la Copa Intercontinental. Casi a renglón seguido el Real Madrid de Pirri, Benito, Camacho, Del Bosque, Stielike, Santillana, Juanito y Cunningham, superaría al Peñarol proclamándose vencedor en 1978, 1979 y 1980.

El charrúa Fernando Morena ya se exhibió en el Teresa Herrera, antes de recalar oficialmente en nuestra Liga.

El charrúa Fernando Morena ya se exhibió en el Teresa Herrera, antes de recalar oficialmente en nuestra Liga.

Si bien los años 90 señalaron el declive de muchos torneos, la buena salud del decano parecía mantenerlo cargado de ilusión. Mientras en La Coruña trataban de hacer las cosas bien, el exceso, cuando no el puro disparate, se había convertido en perniciosa norma por otros pagos. El público coruñés, aún gozando de grandes espectáculos domingo tras domingo con el «Superdepor» de Bebeto y Mauro Silva, dirigido por Arsenio Iglesias, continuaba manteniendo vivo «su» torneo. Para entonces, gracias a la televisión, el fútbol de allende el océano ya no constituía ninguna novedad, y otro tanto cabía decir sobre las perlas más exóticas, fuesen clubes o futbolistas señeros. La creciente afluencia de extranjeros a nuestras primeras plantillas, coadyuvada por la sentencia Bosman, parecía dejar sin efecto cualquier factor emparentado con la sorpresa. Y sin embargo el Teresa Herrera, junto al Carranza -otro histórico-, el más devaluado Colombino y los Santiago Bernabeu y Hans Gamper, continuaba empeñado en no ceder su cetro.

El fútbol tiene estas cosas. No siempre el dinero, unido a los grandes nombres, constituye garantía de éxito. Hasta por cuanto tiene que ver con la organización de torneos veraniegos, el trabajo constante y callado, la ilusión y el apego a cuanto se entiende propio, puede imponerse al trompeteo de ingentes presupuestos.

Cuando este torneo alcanzó sus Bodas de Oro, las fuerzas vivas coruñesas quisieron celebrar la efeméride a lo grande. Para ello encargaron una pieza de orfebrería muy especial, compuesta por 32 kilos y 700 gramos de plata, y 7 kilos 400 gramos de oro. Antes, sin especiales motivos, como no fuese que España anduviese sumida en dulces sueños de abundancia más bien ficticia, la torre de plata ya había sido sustituida puntualmente por torres de oro. Fue en 1982, 1989, 1990 y 1991. Doce kilos ochocientos cuarenta y cuatro gramos de metal precioso que hoy enriquecen las vitrinas del Dynamo de Kiev, Bayaern de Munich, Barcelona y Oporto.

Poco tardaríamos los españoles en pagar con creces tanto alarde de falso rico. Pero aún apretándose el cinturón, todo indica que el futuro del Teresa Herrera continúa abierto.

Hitos del Teresa Herrera

.- Récord de goles en un solo partido: Roque Olsen (R. Madrid), 4 al Toulouse en 1953.

.- Finalistas más repetidos: Deportivo de La Coruña y Real Madrid.

.- Mayor goleada en una final: Real Madrid 8 – Toulouse 1 (1953).

.- Club más laureado: Real Madrid (8 títulos).

.- País extranjero con más clubes participantes: Brasil, 8 entidades (Vasco da Gama, Santos, Fluminense, Sao Paulo, Flamengo, Botafogo, Cruceiro e Internacional de Porto Alegre).

.- Países representados por distintos clubes: 19 (España, Brasil, Francia, Reino Unido, Holanda, Portugal, Alemania, Hungría, Italia, Checoslovaquia, Uruguay, Rumanía, U.R.S.S., Yugoslavia, Argentina, Austria, Bélgica, Suecia, Suiza).

.- Árbitros con más finales dirigidas: Sánchez Arminio (1978, 1981, 1982 y 1983) y Urízar Azpitarte (1985, 1986, 1988 y 1990)

.- Algunas estrellas internacionales, militantes en clubes extranjeros: Vavá, Zito, Pelé, Jair, Nilton Santos, Garrincha, Didí, Zagalo, Duca, Nelinho, Dirceu, Piazza, Rivelino, Marinho, Falcao, Toninho Cerezo, Aloisio, Cafú (brasileños); Costa Pereira, Eusebio, Coluna, Graça, Lima Pereira, Futre, Bento, Rui Aguas, Vitor Bahía, Fernando Couto (portugueses); Espárrago, Silveira, Maneiro, Morena (uruguayos); Telch, Albrecht (argentinos); Seminario (peruano); Acimovic y Dzajic (yugoslavos); Adamec y Nehoda (checos); Baltacha, Demianenko y Blokhin (soviéticos), Keizer, Hulshoff, Kreuz, Van Breukelen y Koeman (holandeses); Hughes (británico); Bene (húngaro); Heynckes y Kholer (alemanes); Gerets (belga); Lung, Ungureanu, Dumitrescu, Lacatus y Hagi (rumanos).




Vendedores de humo en el banquillo

Suele entenderse por vender humo la injustificada siembra de ilusiones, el recurso a la alharaca fácil o la construcción de castillos sobre el imposible cimiento del éter. Exactamente cuanto los taurinos, viendo al matador buscar aplausos cómplices por los tendidos más populares, y en teoría menos documentados, bautizaron como brindis al sol.

Nuestro fútbol tampoco se ha librado, como es lógico, de estos inocuos embaucadores, a menudo orlados por un aura de purpurina y casi siempre muy satisfechos de sí mismos. Hoy, por cuanto al mundo del balón se refiere, los vendedores de humo suelen aflorar en no pocas ruedas de prensa, activando la demanda de abonos cada pretemporada, esparciendo responsabilidades entre el gremio del silbato tras cualquier derrota, o hinchando hasta 75 ó 100, mediante una muy bien engrasada máquina publicitaria, cuanto en realidad merecería cotizarse a 30. Proliferan entre poltronas directivas o al amparo de consejos de administración, por más que donde esta práctica adquiriese cuerpo fuera en los banquillos.

Veamos algún ejemplo, procurando distinguir a los pícaros con poco más que buena fachada de quienes también poseían mercancía auténtica. 

Poca era, en verdad, la ciencia futbolística de Félix Gila, allá por los años 30 del pasado siglo. Tipo alto, elegante y simpático, estuvo en el Deportivo de La Coruña durante dos etapas y hasta llegó a masajista de la selección nacional, aprovechando los conocimientos de traumatología adquiridos mientras estudiaba Medicina (sin concluir la carrera) en su Sevilla natal. Viéndole moverse u oyéndole hablar, parecía algo grande. Pero bajo aquella capa de aparente seriedad se escondía un irresponsable, una cigarra cantora, juerguista y frívola.

Durante su primera etapa en el cuadro coruñés, los blanquiazules conquistaron su hasta entonces único título en el campeonato gallego. En su segunda aparición, tras la breve huella dejada por el húngaro Wogenhuber (a quien un equipo mexicano ofreció 700 dólares de sueldo si hacía las maletas y tomaba el primer barco, oportunidad que supo aprovechar), todavía le fue mejor. Eliminar en copa al Real Madrid, campeón invicto en el recién concluido torneo ligero, le aupó a los titulares de la prensa estatal. ¿Sus métodos?. Persuasión, pachorra, zumo de limón en los descansos y picardía para anular al contrario.

Consta que viendo a los directivos muy preocupados por la visita del Athletic de Madrid, en cuyas filas destacaba su valentísimo delantero centro Antonio Elícegui, les propuso inutilizarlo a cambio de 100 ptas. «¿Qué va a hacer?», le preguntaron muy amoscados. «Ninguna barbaridad, ¿verdad?». Pero Gila se obstinó en mantener el secreto. «Ustedes confíen en mí. Si me dan 100 ptas. les aseguro que no se mueve por el campo». La junta directiva terminó cediendo, Gila se fue con las flamantes 100 ptas. y llegó el pitido inicial. Elícegui, todo fuerza y velocidad, lució más que de ordinario, si cabe, aún a pesar de que la defensa herculina, compuesta por Solla y Alejandro, no era coja ni manca, precisamente. Como es natural, Félix Gila tuvo que dar explicaciones. «No lo entiendo», se sinceró. «Le lancé a una mujer estupenda que conozco y se comprometió a dejarlo como un trapo. Han pasado toda la noche juntos, ella me ha asegurado que sin pegar ojo, y mírenle. Ese chico es de acero, no hay quien lo rompa».

De más ciencia balompédica hizo gala el internacional húngaro Elmer Berkessy, flamante futbolista del Barcelona hasta el estallido de la Guerra Civil. Tras retirarse en 1938, comenzó su carrera de entrenador por campos franceses, italianos y españoles. Ferencvaros, Vicenza, Solvay, Pro Patria, Zaragoza, Avilés, Berschot, o Español de Barcelona en 1957-58, fueron algunas de sus escalas. Consta que al presentarse entre nosotros como entrenador, sorprendieron mucho sus gritos desde la banda, el reproche público a los jugadores y una actitud gesticulante nada usual allá por 1951-52. Había adquirido esas mañas durante su militancia italiana y supo explotarlas después, buscando labrarse fama de técnico autoritario y exigente. Aquello no debía ser nada comparado con lo de inefable David Vidal, pero las cosas, ya se sabe, deslumbran más al principio. Berkessy concluyó afincándose en la ciudad condal, hasta su fallecimiento, acaecido el 9 de junio de 1993, cuando sumaba 88 años.

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También hubo artistas del birlibirloque en tiempos menos pretéritos. Entre los mejor dotados para la dirección táctica y humana, ateniéndonos a las tablas de resultados, habría que citar al francés con ascendencia española Marcel Domingo y al genio de los banquillos Helenio Herrera. Por cuanto a los más conspicuos vendedores de humo, imposible obviar a los hoy desconocidos Dan Georgiadis y Harold Campos. Vayan sobre ellos algunas pinceladas.

 El hispanofrancés Marcel Domingo, controvertido hombre de los banquillos, dicharachero, polémico y con riquísimo anecdotario a sus espaldas.

 Marcel Domingo, nada más situarse bajo el marco del Atlético de Madrid, anonadó a propios y extraños luciendo jerseys verde botella o rojo chillón, cuando la sobriedad del luto riguroso o el no menos riguroso gris, solía servir para uniformar a los porteros. Según afirmaba, el destello de sus jerseys confundía a los delanteros. Les hacía verle más grande, o lo que es igual, más pequeña la portería. Y en su intento de ajustar el disparo, o bien mandaban la pelota fuera o concluían estrellándola contra su cuerpo. Más adelante, convertido en entrenador, fue hombre de mil supersticiones. En Elche tuvo sus más y sus menos con la directiva, al programarse un partido para las 5 de la tarde, «cuando toda España sabía que Marcel ganaba los partidos a las 4,30». También junto al palmeral ilicitano cierto domingo lo puso todo patas arriba, buscando al tintorero en cuyo comercio entregara para una limpieza su «traje de ganar partidos». Hallaron al industrial, luego de preguntar casa por casa, recuperaron el traje y, créase o no, el Elche resolvió en su favor el encuentro. Ya en Granada, según declaró Joseíto, compañero de profesión y como consecuencia rival directo, se las arreglaba para tener en el bolsillo al temperamental Cándido Gómez y sus más belicosos directivos, así como a buena parte de los redactores de prensa y radio, desplegando entre sus respectivas señoras el amplio repertorio de galán con clase que siempre lo adornara. «Cherchez la famme», que decían los entendidos. A él, por lo visto, le costaba poco encontrarlas.

Respecto a Helenio Herrera, tan buen psicólogo como maestro del autobombo (hasta el punto de atribuirse el invento de la revolucionaria táctica WM), laureado donde los haya y lenguaraz de récord, habría que empezar por sus eslóganes y frases lapidarias. Con ellos llenaba vestuarios, despachos y hasta su propio domicilio, erigiéndose en avanzado de la hoy muy popular autoayuda: «Combatividad sí; brutalidad no». «Todos debemos tener un máximo objetivo en la vida: el tuyo es ganar». «Clase + inteligencia + preparación atlética = Título de campeón». «¿Luchar o jugar?. ¡Luchar y jugar!». «En el fútbol, el que no lo da todo no da nada». «Ten confianza en ti». «Cuando ceno, ceno; cuando duermo, duermo; cuando salto al campo, gano».

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Helenio Herrera, buen estratega, hábil psicólogo, excelente propagandista de sí mismo y tan genial como aplicado vendedor de humo.

 Alguna vez, sus asertos caían en la pura baladronada: «Ganaremos sin bajar del autobús», o «Con 10 se juega mejor que con 11». Por la enorme humareda de este último aserto, quizás, todos los entrenadores actuales alinearían a 12 ó 13 al mismo tiempo, si el árbitro consintiera. Su anecdotario daría para un libro voluminoso. Luis Suárez, rutilante estrella azulgrana, como buen gallego tampoco se quedaba atrás a la hora de ser supersticioso. En una ocasión derramó su copa durante la comida anterior al partido. Helenio le había oído comentar que el vino derramado era signo de mal fario. Así que se levantó sin perder un segundo, remojó sus dedos en el charco alcohólico y frotó con ellos cada zapato del futbolista. «Menuda suerte -le dijo-; esto sólo pasa cuando se está de racha: Hoy vas a hacer un partido redondo». Y Suárez estuvo soberbio. Otra vez, regresando de Bulgaria en un bimotor bastante achacoso, mientras sobrevolaban una tormenta terrible varios rayos alcanzaron el fuselaje, para espanto de cuantos allí viajaban. El aparato daba unos tumbos tremendos. Nadie se atrevía a hablar. Bastante tenían con cerrar los ojos, crispar los dedos sobre el brazo de las butacas o musitar alguna oración. De pronto, en medio del pánico general, sonó la voz de Helenio: «¡Mañana entrenamiento a las 11, que no se os olvide!». La carcajada fue unánime. Helenio no derrotó al miedo, aunque sí forzó cierta distensión. Hombre de ideas firmes, deportivamente adelantado a su tiempo, se le recuerda en Italia, aparte de  por sus grandes éxitos con el Inter, como el primer entrenador que prohibiera a los jugadores, prensa y visitas, fumar dentro del vestuario. 

Pero muy por encima del anecdotario y la palabrería de prestidigitador, Helenio supo contagiar a cada colectivo su mentalidad ganadora, terca y visceral. Justo cuanto hace grandes a las medianías y medianos a lo residual.

Otros jugaron con barajas distintas. El Sevilla o la Cultural Leonesa padecieron sus apuestas fulleras. El prestidigitador de la Giralda, sobre todo, debía haber  nacido para proporcionar a la prensa curiosísimos chascarrillos.      

Durante el verano de 1971, la directiva andaluza se mostró muy ambiciosa, llegando a pensar en Helenio Herrera como primer recambio para el austríaco Max Merkel. Después de no llegar a nada con el argentino, acabaron encargando el área técnica a Dan Georgiadis, quien pese a su ascendencia griega procedía del balompié azteca. Bien pronto se destapó como amante de la estrategia y el fútbol artístico, para gozo de los asiduos al Sánchez Pizjuán, que en pretemporada y los iniciales compases ligueros disfrutaron de fluidez, pinturería y descaro. Aquel «Don Dan», como fue bautizado por la afición, asombró a sus jugadores en seguida. Lo suyo no era la preparación física exhaustiva, sino la intelectualidad en estado puro. Hablaba siete idiomas, leía a todas horas, elaboraba test psicológicos, impartía charlas destinadas a incrementar la moral de sus huestes e incluso llegó a hacer referencias a la sofrología, algo que por esos años nadie sabía a ciencia cierta en qué consistía. El remate fue redactar sus informes técnicos en lengua quechua (la última aprendida por el sin par políglota) e instalar pupitres escolares en el estadio. Tras el látigo de Max Merkel, tanto culto al cerebro no sentó bien. La plantilla vio en aquel hombre a un loco curioso, a una especie de profesor chiflado, mitad Cantinflas sin vis cómica, mitad maestro de suspenso fácil. Los resultados, mediada la campaña, obraron en su contra.

Cuando la preparación física heredada de Merkel comenzó a esfumarse, ya fue tarde. No había chispa ni fuerza, y como cada vez que el cansancio domina, tampoco frescura para pensar. La directiva no perdonó. El ramillete humano parecía hecho para no pasar agobios, una vez añadidos los refuerzos del veterano Manolín Bueno, eterno suplente de Gento en el Real Madrid, el bullicioso Juan Antonio (At. Madrid), o los Ramoní II (Barcelona), Garzón (Sabadell), Isabelo (repescado del Celta) y San José, que velaba sus primeras armas junto a la línea de banda. Llegó la destitución a manos de Vick Buckingham, a quien la prensa calificaba machaconamente como «buen conocedor del fútbol español», por más que su experiencia quedase reducida a una temporada en Barcelona, con saldo mas bien raquítico. El Sevilla se fue a Segunda División, registrando 6 derrotas, una victoria y un empate, en sus 8 últimos y decisivos partidos. La ciencia más convencional de Buckingham tampoco sirvió de mucho, pero con el fracaso de Georgiadis cualquier veleidad intelectual quedó desterrada por un tiempo de nuestros banquillos.

Justo hasta que durante el campeonato 1974-75 la Cultural Leonesa se dejara seducir por otro personaje fantástico.

Los leoneses acababan de ascender a 2ª división, de la mano de Carmelo Cedrún. Después de un verano pródigo en festejos, el antiguo portero internacional afrontó con entusiasmo el reto de mantener la recién reconquistada categoría.  Compleja labor, para qué negarlo, ante lo apretado de la tesorería, el apoyo más bien escaso de la afición y unos refuerzos que no permitían lanzar campanas al vuelo. Demasiado pronto, una sucesión de malos resultados comenzó a asolar el Antonio Amilibia. Y así las cosas, el 26 de enero de 1975, luego de una derrota frente al Sabadell por 4-1, se produjo el cese. Buscando revulsivos y tras ocupar el banquillo durante el siguiente partido Mario Luis Morán, segundo de la casa (se vencería 2-1 al Valladolid, por cierto), hizo irrupción el brasileño Harold Campos.

Aquel hombre se presentaba como parapsicólogo, aparte de entrenador, estudiaba la telepatía e hizo gala de unos métodos preparatorios harto discutibles. Su propio ayudante, Mario Luis Morán, disconforme, cansado y harto de cuanto a su parecer no eran sino majaderías, acabó dimitiendo. Y mientras tanto el rumbo deportivo  no mejoró lo más mínimo. Cierto que durante una jornada llegaron a abandonar el farolillo rojo, pero aquella fue una situación irreal, un espejismo. Pronto volvieron a sumergirse en el pozo, perdiendo contacto con los equipos que luchaban por la salvación. Un severo revés ante el Burgos a primeros de abril (1-4), colocó al parapsicólogo en los andenes de la estación, cuando aún restaban 8 jornadas para consumarse el descenso. Su puesto fue ocupado por el antiguo jugador Félix Llamazares, encargado de dirigir al Júpiter desde su retirada.

Experimentos, los mínimos, debieron pensar en el seno blanquillo. Ya habían tenido suficiente con su ración de sorpresa. Y de ese modo, gracias la notable colaboración de Harold Campos, la Cultural se despidió, entre lágrimas, de lo que hasta el día de hoy constituye última comparecencia en la división de plata.

No han sido éstos los únicos ilusionistas de nuestro fútbol. Desde Sudamérica, especialmente, llegaron unos cuantos más. Avanzados a su tiempo, según algunos, trileros de pacotilla, al decir de otros, campechanos «bon vivant» o maestros del peloteo innoble y la genuflexión refinada. De todo hubo, porque amplia y fértil es la viña del Señor. Y el fútbol, que parece resistirlo casi todo, también supo recobrar la salud tras convalecer de sus excesos.

 




Historia de la Copa de 1904

El segundo Campeonato de España que se debió disputar en 1904 es el más convulso de la historia más que centenaria del torneo. Hasta el punto precisamente de que debió disputarse pero no llegó a hacerlo.

Parece casi la prehistoria de nuestro fútbol, y los datos que conocemos de este torneo los tenemos gracias fundamentalmente al libro Fútbol de Francisco Narbona, publicado en 1950. Poco más que unas líneas encontramos en la historia del Athletic publicada en 5 tomos en 1985 escrita por José María Múgica, Paco Crespo y Juanjo Baños y editada por el propio club. Por su lado Vicente Martínez Calatrava en las páginas que le dedica al torneo (tomo 1, págs. 52-53) cuenta también con la valiosa información de Los Deportes con la que completa el libro de Narbona y gracias al cual, entre otras cosas, conocemos el resultado del famoso partido Moncloa-Iberia que durante tantos años permaneció ignorado.

El resumen del torneo en todo caso pasa siempre por culpar a Ceferino Rodríguez Avecilla, presidente de la Asocación Mardileña de Clubs de Foot-ball de una organización caótica que terminó por ser incapaz de dar un rival madrileño al Athletic Club, que en consecuencia se hizo con el segundo Campeonato de España sin jugar.

Sin embargo no podemos estar de acuerdo con esta versión, que queda en nuestra opinión claramente matizada y hasta desmentida por los datos que hoy conocemos. Hasta el punto de que podemos afirmar rotundamente que el Athletic Club de Bilbao no ganó el torneo, sino que el vencedor fue el Club Español de Madrid.

A continuación vamos a describir todo lo pormenorizadamente que merece el asunto cómo se desarrolló el Campeonato de España de 1904, para después en un apartado diferente explicar no solo las consecuencias del torneo sino fundamentalmente el por qué la explicación del torneo ha sido tan diferente de la que realmente fue.

Desarrollo del torneo

El 4 de enero de 1904 fue elegida una nueva junta directiva de la Asociación Madrileña de Clubs de Foot-ball tras la dimisión presentada por su anterior presidente el anterior 21 de diciembre. La nueva junta era la siguiente (Diario Universal, 7-1-1904):

Presidente: Ceferino Rodríguez Avecilla

Vicepresidente: Ángel Garrido

Tesorero: Pedro de Velasco

Secretario honorario: Juan Villaseñor Gargallo

Secretario efectivo: Arturo Meléndez

Vocales: Vals, Mencía y Neyra

Las razones de la dimisión de Carlos Padrós, fundador de la asociación un año antes, no están claras y se tratarán en otro lugar. Lo que sí está claro es que Padrós había sido elegido presidente del Madrid FC en sustitución de su hermano Juan el 4-10-1903 y que quizá del hecho de compaginar durante dos meses ambas responsabilidades pudo surgir el problema que terminó con su dimisión.

El año anterior el Madrid FC había sido el encargado de organizar la primera edición del Campeonato de España, lo que no dejaba de ser extraño. Si ya existía una federación y esta estaba presidida por Carlos Padrós, padre del torneo, ¿por qué ceder su organización al Madrid, presidido por su hermano Juan? El caso es que para el año 1904 todo parecía indicar que sería la Asociación Madrileña la que organizaría el segundo Campeonato de España, pues no en vano así se publicó ya en diciembre de 1903 en el órgano oficial de la Asociación, el bisemanario Mundo Sportivo.

Pero para sorpresa del nuevo presidente de la Asociación Madrileña, el Madrid FC de Carlos Padrós se aprestó a publicar el reglamento del Campeonato de España. Solo unas semanas después de que Avecilla ascendiera a la presidencia se encontraba con el primer problema grave, el Madrid FC intentaba usurparle a la federación las funciones que le correspondían. Este es el reglamento del torneo, extraído de Arte y Sport (10-2-1904) y Los Deportes (28-2-1904):

Campeonato de España, organizado por el Madrid Foot-ball Club

Premios

1.     Copa de plata de S. M. el Rey

2.     Objeto de arte de los SS. SS. Príncipes de Asturias

Bases

1.     Podrán tomar parte en este concurso todas las sociedades de foot-ball asociación de España legalmente constituidas.

2.     Para hacer la inscripción han de dirigirse al presidente del Madrid Foot-ball Club, avenida de la Plaza de Toros 10, bajo, antes del 28 de febrero de 1904, en carta certificada firmada por el presidente o secretario y acompañando una lista con el bando y suplentes, cuyo número es ilimitado, firmada por el capitán.

3.     No podrán tomar parte en este concurso más que jugadores que pertenezcan a una sociedad y que estén domiciliados en España por lo menos desde la fecha de la inscripción.

4.     Solo podrán tomar parte en este concurso, que se celebrará en Madrid, una sociedad por cada provincia o región. Si se inscribieran por una provincia dos o más sociedades, celebrarán entre sí partidos eliminatorios bajo las condiciones siguientes:

a.     Elegirán un jurado que resolverá sin apelación.

b.    Antes del 25 de marzo, cada bando habrá jugado dos partidos contra cada uno de los otros bandos inscriptos, apuntándose dos puntos por cada partido ganado y uno si hay empate, resultando vencedor el que obtenga mayor número de puntos.

c.     Si al final del ejercicio hay bandos empatados, el jurado designará los días de encuentros definitivos.

d.    Las sociedades vencedoras en cada provincia serán las que únicamente tomarán parte en el concurso de Madrid.

e.     El jurado remitirá a la comisión organizadora el acta del resultado de los partidos antes del 27 de marzo.

5.     Si en alguna provincia se estuviera celebrando otro concurso, será válido el resultado para este siempre que las sociedades se atengan al inscribirse a las bases 1ª, 2ª y 3ª.

6.     los partidos definitivos del concurso se celebrarán en Madrid los días 27, 28 y 29 de marzo en los campos, días y horas que la comisión organizadora anunciará oportunamente.

7.     estos partidos se jugarán por series eliminatorias, sorteándose los bandos dos a dos, resultando campeón el que gane la última serie y se dispondrán en días alternos para descanso de los jugadores.

8.     Los partidos se celebrarán con cualquier tiempo si no hay acuerdo en contra por parte de los capitanes respectivos.

9.     Los jueces se nombrarán de común acuerdo entre los capitanes de los bandos. De no estar conformes será el jurado nombrado por la comisión organizadora el que lo haga.

10.  En caso de empate el juez árbitro podrá prolongar el partido por tiempos de quince minutos con cambio de terreno a los siete, y uno de descanso.

11.  El juez árbitro dará cuenta al jurado del resultado de los partidos en acta firmada por él y los dos capitanes antes de 24 horas.

12.  Diferencias y reclamaciones de cualquier índole tendrán que hacerse por escrito al jurado antes de 24 horas y su fallo será inapelable.

13.  La copa quedará propiedad de la sociedad que durante tres años sucesivos obtenga el campeonato.

14.  La sociedad que obtenga el campeonato queda obligada a disputarlo al año siguiente a las sociedades que se inscriban como establece la base 4ª y condiciones y si fuera vencida en su provincia o en Madrid a entregar la copa a la sociedad vencedora.

15.  Si la sociedad que obtuviera la copa uno o dos años seguidos se disolviera, hará entrega de ella a la comisión organizadora.

16.  En estos partidos regirá cada año el reglamento aprobado últimamente por la Asociación de Clubs de Foot-ball de Inglaterra.

Formarán el jurado los excelentísimos señores Marqués de Cabriñana, Marqués de Tovar y Marqués de Guadalest.

La primera respuesta pública de Avecilla apareció en el Diario Universal de 3-2-1904, bajo su habitual pseudónimo de F. Bowden:

La prensa ha dado cuenta días pasados de la organización de importantes concursos, cuya convocatoria yo creí siempre de la exclusiva competencia de la federación; pero en fin, mimbres y tiempo, que allá veremos en qué paran estas «pequeñas miserias» en las que la Federación Madrileña de Clubs de football está dispuesta a hacer valer sus derechos.

Pero las «pequeñas miserias» continuaron, y tras el resumen del reglamento publicado por El Liberal (8-2-1904) Avecilla publica esta nota mucho más fuerte una semana después también en el Diario Universal (10-2-1904):

Grande ha sido la sorpresa de todos al ver anunciado con carácter oficial, al parecer, este el más importante concurso del año, por una sociedad de cuya existencia no se tiene noticia.

En primer lugar, ¿hay quien ignore que los campeonatos nacionales no pueden ser organizados si no es por las federaciones constituidas que representan el más alto poder en la materia? La sociedad de velocipedistas de Madrid tuvo a su cargo durante años enteros la organización del campeonato de España para ciclistas, pero una vez constituida la Unión Velocipédica Española, ni por un momento se le ocurrió a nadie el meterse en camisa de once varas, haciéndose cargo de lo que no entra en sus atribuciones ni remotamente. ¿Qué se diría si ahora se le ocurriese convocar al Pedal Madrileño, por ejemplo, para una carrera semejante, no obstante el tiempo transcurrido, sin que la Unión Velocipédica Española se ocupe de asunto de tal importancia? ¿Pasaría en silencio tal desacato la Unión Velocipédica Española?

En igual caso se encuentra la Federación Madrileña de Clubs de Foot-ball, a cuyo reglamento acudiré si es preciso para demostrar lo que sostengo.

Y lo más estupendo del caso a primera vista es el que haya encontrado la citada sociedad quien ponga bajo su amparo este concurso. El cronista sportivo de El Liberal se limita a dar cuenta de las bases publicadas sin comentario alguno.

Y el que calla, otorga. ¡Magnífico! Y no es solo al Sr. Lozano a quien la cosa le parece de perlas. Con acordarse del nombre del actual presidente de la federación acudirá a la memoria de todos los de los patrocinadores de esa sociedad rebelde.

Esa sociedad es el Madrid, ¿saben ustedes? El Madrid, que ya no existe oficialmente desde que unió su nombre y su suerte al Moderno, oscurecido en la actualidad, según se ve, por sus mismos compañeros. Pero, ¿qué fusión es esa, señores míos?

Sin perjuicio de que la federación tome el camino que considere más razonable, bueno será que los clubs de provincias tomen nota de lo acordado en la última junta: no considerar legal dicho concurso, de tal forma que por todas las federaciones que están en reciprocidad con la madrileña no se reconocerá más campeonato de España que el que en plazo no lejano ha de organizar la citada federación. ¿Con qué premios? Ya se verá. Eso es otro asunto que quizá dé juego, y no a gusto de todos.

Bien sabido es que por cuantos medios fueron posibles, hasta dando de mano algunos extremos en pugna con los reglamentos, se procuró que el Madrid-Moderno ingresase en la federación, a la que pretendieron los de dicho club imponer caprichosas condiciones. Tácitamente han buscado un rompimiento hecho firme por su actitud actual. No es cosa, pues, de que la federación rehúya el contestar como se merece a la actitud de los que de tal modo pretenden que su capricho sea ley.

En resumen: sépase que el concurso que organiza esa fantástica sociedad, que resurge para eso exclusivamente, no es tal campeonato de España, aunque lo digan frailes descalzos, que no lo dirán.

Y mientras Avecilla explota y publica también un artículo en muy parecidos términos en Los Deportes (28-2-1904), en El Liberal se publica la siguiente nota que demuestra que el Madrid FC continúa con la voluntad de organizar el campeonato (28-2-1904):

Ha empezado la animación en los campos de juego con motivo de la proximidad del campeonato de España.

Hasta anoche estaban inscriptas para disputarse la copa del rey el Madrid y el España de Madrid y el Athletic de Bilbao.

Las listas de equipos se publicarán oportunamente.

Y continúa el propio El Liberal el 6-3-1904:

Para el Campeonato de España, organizado por el Madrid Foot-ball Club, se han inscripto los Clubs siguientes: Athletic Club, de Bilbao; España Foot-ball Club, de Madrid; Madrid Football Club de ídem, y Club Español de Foot-ball, de Barcelona.

Este es el segundo año que se jugará este campeonato, organizado particularmente por el Madrid, y para el cual concedió el rey don Alfonso una preciosa copa y otros premios los príncipes de Asturias.

La lucha será reñida e interesante, pues van a disputarse el premio los mejores equipos españoles.

En la actualidad la copa del rey está en posesión del Athletic. Pasará a ser propiedad de este siempre que la gane tres años consecutivos.

Como se ve el interés es grande, y la mejor prueba de ello es que tomarán parte en este concurso los más afamados clubs españoles.

El plazo de inscripción se ha prorrogado ocho días más para que tengan tiempo de inscribirse las sociedades de provincias.

Lo mismo que el año pasado es de esperar que el público madrileño asista a esta fiesta de la que tan gratos recuerdos se guardan y que tanto va progresando y extendiéndose en nuestro país.

Pero parece que El Liberal no estaba bien informado, porque el presidente Avecilla publica ese mismo domingo 6-3-1904 en el Diario Universal noticia explicando que los problemas entre el Madrid FC y la federación se han solucionado. Dice así el presidente federativo:

Ante todo, mi más cordial enhorabuena a las sociedades de la corte y a la federación por el satisfactorio fin de las discordias que hasta hace pocos días hacía temer por la prosperidad del foot-ball y augurar un final desastroso al Campeonato de España.

El Madrid-Moderno ha decidido al fin federarse, comprendiendo la utilidad de caminar unidas todas las sociedades madrileñas, dando así ocasión al magnífico espectáculo que se proyecta con motivo de la llegada próxima del Athletic de Bilbao y el Español de Barcelona, para dar público testimonio de la concordia y fraternidad de todos […].

Días pasados di yo noticia de la inscripción de los clubs Athletic de Bilbao, Español de Barcelona, Madrid-Moderno y España de Madrid, adelantando que caso de venir la sociedad organizadora a un acuerdo con la federación, cambiando de este modo la actitud de esta, entrarían en liza los clubs federados para luchar con los ya inscritos en el Campeonato de España.

Por fortuna cumpliéronse los augurios míos, y a la lista de los ya citados han de agregarse los primeros teams de las sociedades siguientes: Moncloa, Iberia y Español.

La cuestión en consecuencia estaba clara: había equipos que se habían inscrito al campeonato organizado por el Madrid, y otros equipos que habían permanecido fieles a la federación y que precisamente por este motivo no se habían inscrito. Y el Español, que jugó a dos bandas inscribiéndose como España ante el Madrid y como Español ante la federación. Y ahora que el Madrid aceptaba la competencia de la federación esta aceptaba como inscritos a unos y otros. Lo que exigía entre otras cosas que se empezaran de inmediato los partidos de la eliminatoria previa de Madrid para dar un representante regional en el Campeonato de España. Tan pronto como el domingo siguiente, según el propio Avecilla (6-3-1904):

Para el próximo domingo está señalado el primero partido eliminatorio entre los clubs Madrid-Moderno y Español de Madrid. La fiesta tendrá lugar en el Hipódromo a la hora que oportunamente se anunciará, siendo la entrada por invitación, que se facilitará a quienes lo soliciten en los sitios que se darán a conocer con la debida antelación. Tarde de emociones el próximo domingo, en que por vez primera han de luchar los dos clubs más fuertes de la corte en los preliminares del Campeonato de España.

Así pues por fin solucionados los problemas entre federación y Madrid iba a comenzar el segundo Campeonato de España. Según carta enviada por Avecilla (Arte y Sport, 20-4-1904) a los inscritos la federación hacía suyos los reglamentos redactados por el Madrid y aceptaba también los equipos inscritos. Gracias a El Liberal (6-3-1904), Arte y Sport (10-3-1904) y Los Deportes (13-3-1904) conocemos cuáles fueron los jugadores inscritos:

Club Español de football, de Barcelona

Jugadores: D. José Mª de Acha, D. Joaquín Carril, D. Benigno Belausteguigoitia, D. Guillermo Galiardo, D. Joaquín Cenarro, D. Ángel Rodríguez, D. Enrique Montells, D. Victoriano de la Riva, D. José María Soler, D. Ángel Poz, D. Gustavo Green Córdoba.

Suplentes: D. Juan de Olóriz, D. Emilio Sampere, D. José María Jorro, D. Julián Mora, D. Jorge Meyer, D. Santiago Méndez, D. Francisco Bru, D. Francisco Vives, D. Sebastián Casanellas, D. Miguel Berna, D. Florentino Ayestarán, D. Raimundo Fernández García-Quirós, D. Manuel del Castillo y D. Joaquín Escardó.

Athletic Club de Bilbao

Jugadores: D. Alejandro Acha, D. Enrique G. Careaga, D. Amado Arana, D. Juan Astorquia, D. George Cochram, D. Luis Silva, D. Alejandro de la Sota, D. Mario Arana, Sr. Dyer, Sr. Casseaux, Sr. Evans.

Suplentes: Sr. Guy, Sr. Devies, Sr. George Langford, D. M. Castellanos, D. Luis Arana, D. Darío Arana, D. José Arana, Sr. Arambarri, D. Benito Urquiza, Sr. Azpeitia, D. Avelino González, D. J. Irízar, D. Adolfo Larrañaga, D. Hermenegildo García, D. Rogelio Renovales, D. Ricardo Ugalde, D. Ángel Pérez, D. Ramón Silva, D. Enrique Goiri, D. A. E. Mills.

España foot-ball Club, de Madrid

Jugadores: D. Juan Caleya, D. N. Ocha, D. Alfonso Hermúa, D. Benigno Martínez, D. Ramón Cárdenas, D. Manuel Vallarino, D. Ramón Méndez, D. José Giralt, D. Antonio Sánchez Neyra, D. Armando Giralt, D. Isaac Fernández.

Suplentes: D. Fernando López, D. Enrique García, D. Agustín Chofré, D. N. Ajuria, D. Raimundo García, D. J. Luis Puigcerver, D. Enrique Arruabarrena, A. Arturo Hamilton, D. Máximo Suberceaux, D. Enrique Rodero, D. Manuel Méndez y don Mario Giralt.

Madrid football Club.

Jugadores: D. Carlos R. Lafora, D. Eustaquio Celada, D. José Contreras, D. Manuel Yarza, D. Luciano Lizárraga, D. Enrique Normand, D. Pedro Parages, D. Luis Romero de Tejada, D. Antonio Alonso, D. Federico Revuelto y D. N. Irigoyen.

Suplentes: D. Arturo V. Johnson, Sr. Jorro, D. Telesforo Álvarez, Sr. Ortiz, D. Eugenio Bisbal, D. Alejandro Leigt, Sr. Hodans, Sr. Barquín, D. Juan Albéniz, D. Joaquín Yarza, D. Juan Seguí, D. Cristino Bisbal, D. Pedro Normand, D. Pedro Sanz, D. Leopoldo Durán, Sr. Faccini, D. Antonio Alcalde, D. Joaquín Elósegui, D. Adolfo Wandosell y D. Henry Gottard.

Y así pues el 13-3-1904 se empezaron las eliminatorias provinciales de Madrid para dar un representante capitalino para el Campeonato de España. El primer partido, contra lo que había anunciado Avecilla, se disputó entre el Moncloa y el Iberia. Bajo la presidencia del propio presidente federativo y en el campo del Moncloa, los locales vencieron por 4-0 (Los Deportes, 20-3-1904). Nótese que el campo en principio anunciado había sido el Hipódromo, pero por razones que se ignoran al final no pudo disputarse allí el encuentro.

Ese mismo 13-3-1904 se reunía en junta general el Club Español de Barcelona, y entre otras acuerdos, decidieron «desistir del proyectado viaje a Madrid para tomar parte en el Campeonato de España» (Los Deportes, 20-3-1904). Tampoco conocemos las razones de su súbita decisión. También recoge la noticia La Vanguardia (24-3-1904):

Parece cosa decidida ya que el Club Español ha desistido de efectuar el viaje de concurrencia a Madrid con ocasión del titulado Campeonato de España.

Es de sentir tal decisión tratándose de una sociedad de tanta pujanza y bríos como esta, pero debe respetarse pues, como todas las suyas, será hija de una madura reflexión. De todos modos los jugadores del Madrid deben una visita a Barcelona, de manera que bien podría gestionarse esta con éxito, a nuestro entender, con ocasión de las próximas fiestas, con lo cual se beneficiaría la afición en general y las buenas relaciones que han de existir siempre entre sportmen.

El segundo partido de la eliminatoria madrileña sí se jugó en el Hipódromo, el sábado 19-3-1904. A las 16:00 y bajo las órdenes de Ángel Garrido (del Moncloa) el Madrid-Moderno y el Español se disputaron el partido más importante de cuantos se podían organizar entre equipos madrileños. Y el partido no defraudó, pues terminó ni más ni menos que con empate a cinco goles. El reglamento recogía la opción de jugar una prórroga de quince minutos pero previo acuerdo de los capitanes; ninguno de los equipos quiso continuar en ese momento el encuentro y a la larga este fue el origen de grandes problemas. Porque el jurado del torneo dijo que el partido de desempate debía jugarse al día siguiente (20-3-1904), lo cual a pesar de que el reglamento del torneo prohibía expresamente que se jugaran dos partidos en días consecutivos. Y como el Madrid FC no se presentó se dio por vencedor de la eliminatoria al Español. Ese mismo día 20 de marzo se reunió en el café de Santa Engracia el jurado del torneo. Y gracias al Libro de Oro del Real Madrid (págs. 44 y 45) conservamos el acta de la reunión:

Acta de la Junta celebrada por el Jurado de los partidos eliminatorios del Campeonato de España el día 20 de marzo de 1904:

Con asistencia de los señores Avecilla, Garrido, Páramo, Namo y Meléndez, en el café de Santa Engracia.

El Sr. Presidente (Avecilla) dio cuenta de las cartas dirigidas por él, contando con la aprobación de los señores que componen el jurado, a los capitanes de los equipos del Madrid y el Español para que se suspendiera el partido que debió celebrarse en dicho día (20-3-1904) en uso de las atribuciones que le concedía la base 4ª del Campeonato, que dice así: «si al final del ejercicio hay bandos empatados, el jurado designará los días de encuentros definitivos».

Pidiendo se considerase nulo el acuerdo tomado en la junta anterior especto al día en que debía de celebrarse el partido por faltarse a lo prevenido en las bases, sentado como está, además, el precedente de lo realizado por el mismo jurado respecto al nombramiento de juez árbitro a favor del Sr. Arana.

Los Sres. Páramo, Garrido y Namo no fueron del mismo parecer, y pidieron se considerase el partido ganado por el Español en vista de la no asistencia al campo del Club Madrid, como resulta del acta del partido presentada y firmada por el Sr. Neyra, capitán del Español.

Los señores Avecilla y Meléndez hicieron constar su opinión en contra, pidiendo se pusiese en el acta «la barbaridad que representaba jugar los dos partidos de que se trata en días consecutivos», citando la base 7ª, y haciendo notar la no validez del acta por no estar presentada y firmada por el juez árbitro, como preceptúa la base 11, que dice: «el juez árbitro dará cuenta al jurado del resultado de los partidos en acta firmada por él y los dos capitantes antes de las veinticuatro horas».

Sacado a votación cuál había de ser el resultado del partido, se acordó por tres votos contra dos que se considerase ganado por el Club Español.

Y no habiendo más asuntos de qué tratar, se levanta la sesión. Madrid, 20 de marzo de 1904. El secretario, Adolfo Meléndez.

Y esta decisión provoca ni más ni menos que una reunión inmediatamente después de la junta directiva de la federación (acta extraída también del Libro de Oro del Real Madrid):

Acta de la junta celebrada por la Asociación Madrileña de Clubs de Foot-Ball del día 24 de marzo de 1904 en el café de Santa Engracia.

Asisten los señores Garrido, Velasco, Hermúa, López, Meléndez, Páramo, Namo, Jiménez, Avecilla y Villaseñor.

Preside el señor Garrido. Se acuerda por la federación se decida el resultado del partido verificado entre el Madrid-Moderno y el Español por el jurado compuesto por los señores Meléndez, Páramo y Garrido, como fuentes consultivas, decidiendo este que se otorguen los dos puntos al Español.

Presenta el Madrid-Moderno su baja en la federación, y no es admitida, demorando el Madrid su opinión hasta consultar con su Club.

No se admite la dimisión presentada por el señor Avecilla y por el señor Villaseñor de sus cargos de presidente y secretario, respectivamente, así como tampoco la baja del Club Moncloa y la dimisión de su representante, señor Garrido.

Y se levanta la sesión en Madrid, a 24 de marzo de 1904. El secretario, J. Villaseñor.

La situación en definitiva es la siguiente: Avecilla se puso de parte del Madrid, y al no conseguir defender oportunamente lo que consideraba justo presentó la dimisión, al igual que su vicepresidente (que había votado contra el Madrid) y su secretario.  En todo caso, es cierto, la decisión de dar por ganado el partido al Español prosperó y este se enfrentó en el partido definitivo de las eliminatorias madrileñas al Moncloa el domingo 27-3-1904.

Y una vez más la desgracia hizo acto de presencia. Esta vez el partido se jugó en el campo del Athletic de Madrid por «la imposibilidad de seguir celebrándose en el Hipódromo, por causas de todos sabidas y que no es esta la ocasión de poner de manifiesto» (Diario Universal, 27-3-1904). O en palabras de Gran Vida (marzo de 1904), «por cierto, que debió de ocurrir algo anormal, cuando se ha privado a los footballers del Hipódromo (y esta es la segunda vez). Por este camino serán los propios jugadores los que desacrediten el foot-ball con su falta de prudencia». Explica así Gran Vida el desagradable incidente que provocó la suspensión del encuentro:

Después de apuntarse un tanto el [Español], un desgraciado incidente vino a interrumpir el partido. Alfonso Hermúa, el conocido y simpático zaguero, tuvo la mala fortuna de caer, fracturándose la tibia y el peroné. Asistido inmediatamente por los facultativos del gabinete médico de Pardiñas, que le operaron de toda urgencia, pasó a su domicilio, Serrano 51, donde ha recibido muestras de la ansiedad con que se desea su curación.

Dice por su lado Avecilla en la misma crónica del Diario Universal (27-3-1904):

El Español recurre, a la vista de lo ocurrido, a la federación para ver si da por válido el partido de esta mañana. Es de presumir que la federación aplicará a este caso el mismo criterio que sustentó con motivo de la cuestión entre el citado club y el Madrid-Moderno, caso de que los antecedentes coincidan y sea el mismo el puesto a su resolución, como parece.

No tenemos constancia directa de la reunión que la junta directiva debió de tener ese mismo día 27-3-1904, pero gracias entre otros a Gran Vida (marzo 1904) sabemos que el día 28-3-1904 se convocó a la final entre el Español de Madrid y el Athletic Club de Bilbao, que había llegado a la capital el mismo día 27-3-1904.

Quizá sea oportuno citar en este punto que existe una gran controversia sobre cómo se desarrolló la llegada de los bilbaínos a Madrid. Parece intrascendente, pero nos adelanta elementos que quizá nos permitan explicar el desarrollo posterior del torneo. He aquí las diferentes referencias sobre la llegada del Athletic:

Esta madrugada ha llegado a Madrid el Athletic de Bilbao, a quien esperaban en los andenes de la estación del Norte una numerosa comisión del Madrid FC y la junta directiva de la federación (Ceferino R. Avecilla, Diario Universal, 27-3-1904).

Por esta región fue a esa corte la Sociedad Athletic Club, y pasando por alto la particularidad de que ni a nuestra llegada a la estación del ferrocarril, ni en la fonda donde nos hospedábamos, ni en ninguna parte tuviéramos el gusto de recibir el cortés saludo de bienvenida de la Federación de football de esa, ni colectiva ni particularmente (y esto sí que me parece incomprensible y desusado) (George Cockram, 7-4-1904, publicado por El Nervión, 8-4-1904)

El día 27 por la mañana llegaron los jugadores de Bilbao, yendo a esperarlos comisiones de los clubs Madrid y Moncloa, además de casi todos los socios de este Athletic. Es verdad que no hay ninguna obligación, pero creo que es un deber de cortesía el que una federación que con tantos derechos se cree, nombre uno o dos individuos para que saluden a los que vienen para disputarse el campeonato (Eduardo de Acha, Arte y Sport, 20-4-1904).

Respecto a una queja que expresa el Sr. Acha, debo manifestar que ni a mí ni a mis compañeros, ni amigos más íntimos, ni a mí, se nos participó que el Athletic llegaría a esta corte el día 27 de marzo, en cuya mañana tuvimos que jugar un partido eliminatorio, señalado por la Federación; pues de haberlo sabido, hubiéramos solicitado la variación conveniente de hora, para tener la satisfacción de ir a esperar y saludar, con nuestro presidente en cabeza, a los campeones del año pasado (Benigno Martínez Franco, 25-4-1904, publicado por Arte y Sport, 10-9-1904).

Los athléticos parecen olvidar que el representante del Moncloa que fue a recibirles, Ángel Garrido, era también vicepresidente de la federación.

Fuera como fuera, llegó el citado día 28 de marzo, el primero de los designados por el reglamento para jugar el Campeonato de España, y la situación en resumen era la siguiente:

  • El Reglamento del Campeonato decía con toda claridad en su artículo 4º que solo podía inscribirse un equipo por provincia, y que en caso de ser más debían organizarse eliminatorias que dieran un vencedor antes del día 25.
  • Por las situaciones antedichas en Madrid, a día 28, no había campeón regional.
  • El Español de Barcelona no llegó a venir a disputar el torneo, por lo que el único inscrito era el Athletic Club.

Para resolver el problema de que solo hubiera un inscrito la federación madrileña en su reunión del 27 de marzo decidió alterar las normas de competición, haciendo un sorteo entre el Moncloa y el Español para ver cuál de los dos jugaría contra el Athletic al día siguiente. Si ganaba el club bilbaíno a él le correspondería automáticamente el título de Campeón de España, y si era el representante madrileño el que ganaba, este debería enfrentarse con el otro equipo madrileño. El elegido finalmente por el sorteo para representar a Madrid fue el Club Español.

Así el primer día del torneo, el 28 de marzo, debía disputarse el partido entre el Español de Madrid y el Athletic Club. Pero el partido no se disputó. Tradicionalmente se ha dicho que fue porque al no haber ningún vencedor de las eliminatorias madrileñas ningún equipo fue al campo a jugar contra el Athletic, y que en consecuencia estos ganaron lícitamente el campeonato. Pero la realidad no fue así.

En este punto es preciso leer con mucha atención algunos párrafos de cartas y noticias que posteriormente reproduciremos íntegramente, pero que son imprescindibles para continuar aquí con el relato. Por orden de publicación son las siguientes:

El lunes 28 el Athletic trató de ver con quién jugará y no sacó resultado práctico. Se cree que el Español firmó acta en la que cedía al Moncloa el partido; pero este club no dio señales de vida, no se sabe si asustados los jugadores o por qué causa. En vista de lo cual el Athletic ganó campo, aunque a su pesar, sin demostrar su valor en el concurso. Este club tenía derecho a la copa desde el día 27, pues para esa fecha debía Madrid designar el club que le representaría y al no hacerlo pudo Bilbao el mismo domingo titularse campeón, pero no quiso, esperando al lunes en que no presentándose ni el capitán del Moncloa para exponer causas y ver de aplazar el partido se consultó el asunto a un señor abogado, y este dijo que el Athletic podía retirar sus jugadores, pues ya no se podía aplazar la estancia allí, por las ocupaciones de los que componían el team (crónica de El Nervión, 30-3-1904).

Nos presentamos el día 28 de marzo por la tarde en el campo del juego, dispuestos a disputar la partida de concurso, y como no se presentó ningún club inscripto, pues el único que lo estaba -el de Barcelona- no acudió y entre los de esa no habían terminado los partidos eliminatorios, que según las fechas reglamentarias debían ser jugados antes del 25 […]. (George Cockram, 7-4-1904).

Que el Athletic se presentó a jugar el campeonato, encontrándose con que no había otra sociedad que pudiera jugar con él. Que por lo tanto este es el segundo año que tiene la posesión de la Copa y que somos los campeones. ¿Lo duda alguien esto? (Eduardo de Acha, 20-4-1904).

Ha faltado el Athletic a la base 7ª de dicho Reglamento general al negarse a jugar con el Español el día 28 de marzo último, en el campo próximo al Tiro de Pichón, el partido definitivo que le señaló la Federación y que fue anunciado por toda la prensa periódica de esta capital. Un argumento, más aparatoso que de verdadera fuerza, expone el Sr. Acha diciendo que los capitanes del Español y el Moncloa cedieron al Athletic el campeonato. Ni el Sr. Neyra ni el Sr. Garrido podían usar de atribuciones que no tenían sin consultar previamente con sus clubs respectivos, ni con el referee o árbitro, ni con la Federación; y buena prueba de ello es que dichos señores se acercaron al Sr. Astorquia, acompañados del que suscribe y de todos los socios del Español, para exigir que se jugase en el acto el partido definitivo del campeonato, a lo que accedió, justo es confesarlo, el capitán Sr. Astorquia, si bien después se retractó de su acuerdo por instigaciones de su compañero el Sr. Sota […] Siendo certísimos y públicos los hechos relatados, se comprenderá la fuerza y veracidad que tienen los argumentos del Athletic cuando en uno de los párrafos finales de su escrito se leen estas palabras: «que el Athletic se presentó a jugar el campeonato, encontrándose con que no había otra sociedad que pudiese jugar con él». (Benigno Martínez Franco, 25-4-1904, publicado por Arte y Sport, 10-9-1904).

¿Qué ocurrió así pues el 28 de marzo? ¿Había rival para el Athletic como afirma el representante del Español o no había ninguno como afirman los bilbaínos? Pues aunque parezca sorprendente, los dos llevan razón. En efecto todo parece indicar que el Español se presentó a jugar tal y como había decidido la federación la tarde anterior, pero el Athletic se negó a jugar con ellos porque siendo fieles al reglamento del campeonato publicado inicialmente el Español no era representante de la provincia de Madrid porque no había ganado las eliminatorias regionales.

No fue en consecuencia que el Athletic no tuviera rival, sino que no reconocieron capacidad al rival que se presentó, el Español de Madrid. Esta es la única interpretación plausible para los tres textos citados y en particular los dos escritos por bilbaínos, que si se releen desde esta perspectiva se notan redactados con un cuidado extraordinario para que sin mentir parezca que dicen algo que no están diciendo. De ahí ha surgido precisamente la mala interpretación que ha circulado hasta hoy por los libros.

Pero hay otro elemento que es preciso destacar. Y es que todo parece indicar que el Athletic bilbaíno traía desde Bilbao la intención de no jugar ningún partido al hacer la interpretación del reglamento antedicha. Ya lo avisaba el propio presidente Avecilla el mismo día de la llegada del Athletic (Diario Universal, 27-3-1904):

Además del partido definitivo del Campeonato de España, es muy posible que jueguen fuera de concurso con algún otro club de los eliminados.

Según rumores el primero se jugará mañana, a las tres y media de la tarde, en su hermoso campo situado detrás de las tapias del Retiro, en las inmediaciones del Tiro de Pichón.

Un dato que nos permitiría confirmar nuestra hipótesis de que ya venían sin intención de jugar sería saber si trajeron o no la copa a Madrid. Y una vez más contamos con versiones bien diferentes:

Ha regresado a su país sin jugar el partido que se había anunciado, y lo que es más incomprensible aún, con ser esto mucho, llevándose la copa de S. M. como si legítimamente le perteneciera (Avecilla, Diario Universal, 4-4-1904).

Por último debo significarle que la copa fue remitida a esa corte por esta sociedad dentro del plazo reglamentario, y únicamente un olvido de la persona a que se mandó puede ser la razón de que no fuera entregada a tiempo (Cockram, El Nervión, 7-4-1904).

Dice este señor en su artículo que se debía haber entregado la copa, «según expresan los reglamentos», ¿qué reglamentos? Cuando se solucionó la cuestión entre el Madrid F.C. y la Federación sobre quién tenía derecho a publicar las bases, recibí una carta, que conservo, del Presidente de la Federación, y, entre otras cosas, me decía: «Aténgase, pues, a las bases publicadas por el Madrid F.C…» Dichas bases no hablan de entregar la copa a nadie en el tiempo que dice F. Bowden. La base 14 dice que «la Sociedad que obtenga el campeonato queda obligada a disputarlo al año siguiente a las Sociedades que se inscriban, como establece la base 4ª y condiciones, y si fuera vencida en su provincia ó en Madrid, a entregar la copa a la Sociedad vencedora». Por lo tanto, si no hice entrega de la copa, fue porque no tenía ninguna obligación a ello. (Acha, Arte y Sport, 20-4-1904).

El presidente de la Federación manifestó públicamente repetidas veces que no había exigido al Athletic el previo depósito de la copa (que alguien calificó despectivamente de cacharro al recogerla en el primer año de campeonato), porque descansaba en la caballerosidad de las personas que componen ese club; y tanto confiaba este en su triunfo que la dejó en Bilbao y no la presentó en el concurso actual (Benigno Martínez, 25-4-1904, publicada en Arte y Sport 20-9-1904).

Siguiendo las diferentes opiniones parece ser que el Athletic de Bilbao mandó la copa al presidente de su sucursal madrileña para que este se la entregara a la federación, y fue Acha quien decidió no entregarla como él mismo confiesa. Entendemos que la hipótesis más plausible sea que cuando mandaron la copa un mes antes del torneo lo hicieron con intención de entregarla al organizador cuando este todavía era el Madrid FC. Una vez el trofeo en Madrid decidieron no entregarlo al nuevo organizador, la federación madrileña de Avecilla.

Tras la negativa del Athletic a jugar con el Español se reunió la junta de la federación ese mismo 28-3-1904 por la noche para resolver sobre el asunto. Tenemos dos referencias de las decisiones que se tomaron:

Cuando escribo estas líneas debe de estarse juntado en el campo del Moncloa el partido definitivo del campeonato de España entre el Athletic de Bilbao y el Español de Madrid, según acordó la federación en su junta de anoche. Caso de que corresponda el triunfo al segundo de los citados clubs, habrá de jugar con el Moncloa un definitivo, ya que por apremios de tiempo no ha sido posible jugar el último eliminatorio, siendo preciso sortear entre los dos clubs citados el que habrá de luchar hoy. La copa de los príncipes de Asturias que figuraba como segundo premio en el campeonato se jugará en concurso aparte entre las sociedades de Madrid, en caso de que no resulte hoy vencedor el team vasco. (Ceferino Rodríguez Avecilla, 29-3-1904, Diario Universal).

En vista del extraño proceder del Athletic acordó la federación dirigir un oficio a su capitán, en cuya casa fue entregado con las debidas precauciones, señalándole el siguiente día 29 de marzo, hora de las tres y media de la tarde y campo de la Moncloa, para que jugase con el Español el partido que debía poner término al concurso (Benigno Martínez Franco, 25-4-1904, publicado por Arte y Sport, 10-9-1904).

Pero el Athletic en definitiva siguió sin reconocer a la federación la potestad para variar el reglamento del Campeonato, y simplemente se dio a sí mismo por campeón de España y se volvieron a Bilbao al día siguiente. No sin antes enviar telegramas contando su supuesto éxito dirigidos a un «joven y distinguido convecino nuestro» (El Nervión, 29-3-1904):

Club Madrid fuera de concurso. Jugamos partido amistoso con Athletic de esta. Saldremos mañana. Acha.

Retirado club Madrid. Nuestra es Copa. Ahora salen Dyer y Cockram. Zubiría.

El 29-3-1904 se volvió el Athletic a Bilbao, mientras que a las 15:30 la federación había convocado nuevamente al Athletic y al Español para disputarse el Campeonato de España, esta vez en el campo del Moncloa. Así lo cuenta el representante del Español, Benigno Martínez Franco, en su carta de 25-4-1904, continuando el párrafo reproducido justo antes (reproducida por Arte y Sport el 10-10-1904):

El Español cumplió noblemente dicho acuerdo, presentándose uniformado, en el orden siguiente: Vallarino, Prats, Neyra, Giralt (A.), Méndez (R.), Fernández (Isaac), Giralt (J.), Méndez (M.), García (E.), Martínez (B.) y López (F.).

Después de esperar en vano tres horas al Athletic, que al no presentarse en el campo incurrió en la penalidad marcada en la base 6ª del Reglamento general, se levantó la correspondiente acta, firmada por el árbitro y el capitán, la cual fue remitida a la Federación; y en sesión celebrada a las diez de la noche del mismo día 29 declaró esa corporación campeones de España a los señores del Club Español antes nombrados.

Como el Athletic no hizo uso del derecho reglamentario consignado en el art. 12 antes inserto, claro es que renunció a él y que ahora sería tardía e impertinente cualquier reclamación sobre este punto.

En conclusión la cosa parece estar bien clara. El segundo Campeonato de España lo organizó la Asociación Madrileña de Clubs de Foot-ball, y como tal organizador a ella le correspondía designar las fechas de los partidos y hacer cumplir el reglamento del torneo. E incluso cambiar el reglamento si así lo consideraba necesario. El Athletic no es más que uno de los equipos participantes que ninguna autoridad tiene para decidir quién era el campeón de España.

Pero queda otra interrogante. ¿Qué pasó con el Moncloa? Porque recordemos que la decisión de la junta directiva del 27-3-1904 era que si ganaba el Español el partido contra el Athletic se debería jugar otro partido entre el Español y el Moncloa. Entendemos sin fundamento la nota publicada por El Nervión de Bilbao en el sentido de que el Español cedió al Moncloa su posición por quedar desmentida por los hechos. Pero insistimos, ¿qué pasó con el Moncloa? Pues no lo sabemos. Contamos no obstante con una pista, la que nos da el propio presidente de la federación el 4-4-1904 en el Diario Universal:

La victoria definitiva veremos a quién corresponde en el partido que esta tarde se juega entre los primeros teams del Moncloa y del Español, de cuyo resultado tendré al corriente a mis amables lectores.

Pero no informó del resultado, y ni siquiera dijo que el partido no llegara a jugarse. Ni él ni ningún otro periódico o revista. Así que solo dos hipótesis se nos ocurren: que el partido no llegara a jugar o que se jugara y lo ganara el Español. Ningún rastro hay de que el Moncloa quedara campeón del torneo, y sí muchos de que lo fue el Español durante la polémica que se desarrolló los meses siguientes y que a continuación reproducimos íntegra. Las incógnitas en todo caso quedan abiertas: ¿por qué ni siquiera una pequeña nota de Avecilla explicando qué pasó el 4-4-1904? ¿Por qué nadie dio explicación de qué había pasado en ese partido? ¿Por qué Ángel Garrido, vicepresidente de la federación y representante del Moncloa, no dijo nada?

El caso es que después de esta nota de Avecilla de 4-4-1904 al día siguiente publica una nota sobre la Sociedad de Esgrima en el Diario Universal, es decir, que eligió deliberadamente no hablar de lo ocurrido el día anterior. Y veinte días después, el 25-4-1904, al final de otra nota sobre la Sociedad de Esgrima, su siguiente artículo tras el del 5-4-1904, decía esto el presidente de la federación:

Tengo en mi poder una carta en que un señor, que se firma T. Struggler, rectifica algunos de los extremos del escrito sobre Campeonato de foot-ball publicado por mí en estas columnas. A esto y a otras cosas contestaré oportunamente. Un poco de paciencia, que tiempo habrá.

Pero no hubo tiempo. Esta fue la última nota publicada por Avecilla, hasta el punto de que a partir del 2-6-1904 le sustituyó como cronista deportivo quien firmaba con el pseudónimo de «Crack», y que jamás escribió una sola crónica de fútbol (hasta finales de julio, al menos).




La Copa de 1904: la polémica posterior

El Campeonato de 1904 trajo mucha cola en la prensa. Para la narración de cómo fue el desarrollo del torneo hemos tenido que entresacar algunos párrafos de las cartas publicadas, pero entendemos que es menester reproducirlas íntegramente por el interés que tienen y porque hasta la fecha eran desconocidas. A riesgo de ser repetitivos, se reproducen en todo caso enteras.

He aquí la polémica, que comienza el 4-4-1904 con la crónica publicada por el presidente Avecilla en el Diario Universal y también reproducida en El Nervión de Bilbao del día siguiente (5-4-1904):

Entre los foot-ballmen de la corte es objeto de comentarios nada favorables, ciertamente, la extraña conducta del Athletic Club de Bilbao, que ha regresado a su país sin jugar el partido que se había anunciado, y lo que es más incomprensible aún, con ser esto mucho, llevándose la copa de S. M. como si legítimamente le perteneciera.

Dicen que para obrar en forma tan desusada alega en su favor el haberse faltado a las bases por todos los clubs de Madrid, con lo que se apropian estos señores unas facultades que nadie les ha conferido y que ciertamente no son los llamados a poseer. Y en todo caso esto no justifica el que la copa siga en su poder, toda vez que era de rigor haberla entregado hace más de un mes, según bien claro expresan los reglamentos, de cuya observancia estricta los dispensara la buena fe de los organizadores que seguramente no podrán presumir cosa como la ocurrida, que por lo inopinada, asombra verdaderamente.

A estos señores del Athletic les fijó la federación día y campo para jugar dentro de las tres fechas señaladas en las bases; claro es que al no presentarse en el campo dieron por perdido el partido tal, lo que no fue óbice para que cargando con el santo y la limosna, se largasen a Bilbao con la copa consabida y cantando victoria.

Las versiones que corren para justificar esto -caso de que tenga justificación- son muchas y poco favorables para el citado club ex campeón de España. La victoria definitiva veremos a quién corresponde en el partido que esta tarde se juega entre los primeros teams del Moncloa y del Español, de cuyo resultado tendré al corriente a mis amables lectores.

La cual encontró respuesta en los tres periódicos bilbaínos el 8-4-1904. En carta firmada el 7-4-1904 por George P. Cockram y publicada por El Nervión, La Gaceta del Norte y El Liberal:

Señor director del Diario Universal, Madrid.

Muy señor mío: apelando a sus sentimientos de sincera imparcialidad, ruego a usted tenga la bondad de andar insertar en su estimado diario las siguientes líneas.

En el número que lleva la fecha 4 del corriente y en su crónica que firma F. Bowdon (sic), refiriéndose a esta Sociedad Athletic Club de Bilbao, se hacen apreciaciones que no son otra cosa que producto de una información evidentemente inexacta y un completo olvido de los reglamentos por que se rigen tanto en Inglaterra como en España las Sociedades de foot-ball.

He de hacerle constar que nosotros, sin variar un ápice sus bases y mucho menos abrogarnos ninguna atribución extraordinaria, como gratuitamente supone el cronista, o su equivocado mentor, hemos regresado a Bilbao en posesión legítima, por segundo año, de la Copa de Su Majestad y Campeonato de España.

Razones, las siguientes:

1ª. La base 4ª del Reglamento dice que solo podrán tomar parte en el Concurso que se celebrará en Madrid una sociedad de cada provincia o región, y que antes del 25 de marzo se habrán jugado ya los partidos eliminatorios, etcétera.

2ª. La disposición 6ª determina que los partidos definitivos de concurso se celebrarán en Madrid los días 27, 28 y 29 del mes de marzo citado.

3ª Por esta región fue a esa corte la Sociedad Athletic Club, y pasando por alto la particularidad de que ni a nuestra llegada a la estación del ferrocarril, ni en la fonda donde nos hospedábamos, ni en ninguna parte tuviéramos el gusto de recibir el cortés saludo de bienvenida de la Federación de football de esa, ni colectiva ni particularmente (y esto sí que me parece incomprensible y desusado) cumpliendo exactamente con el Reglamento, nos presentamos el día 28 de marzo por la tarde en el campo del juego, dispuestos a disputar la partida de concurso, y como no se presentó ningún club inscripto, pues el único que lo estaba -el de Barcelona- no acudió y entre los de esa no habían terminado los partidos eliminatorios, que según las fechas reglamentarias debían ser jugados antes del 25, hubimos de retirarnos después de jugar, ya que estábamos en el terreno, una partida amistosa con nuestra sucursal Athletic Club de esa, en la que fuimos vencedores.

4ª. Siendo esto así, a nadie puede ocultársele la lógica y racional conclusión de que ninguna sociedad se dispuso a disputarnos el campeonato, y por consiguiente de hecho y de derecho seguimos estando en legítima posesión de a la copa de honor.

Vea usted, señor director, cómo es una ofuscación muy lamentable la que padece el señor Bowdon al comentar, del modo que lo hace, un asunto en que la corrección y formalidad del Athletic Club de Bilbao están muy por encima de toda suspicacia.

Supongo que el partido que, según dice el cronista referido, se jugaba el día 4 del actual entre los clubs Español y Moncloa sería en preparación para el concurso del año próximo. ¡¡Caracoles, pronto empiezan!!

Por último debo significarle que la copa fue remitida a esa corte por esta sociedad dentro del plazo reglamentario, y únicamente un olvido de la persona a que se mandó puede ser la razón de que no fuera entregada a tiempo.

Espera le dispense la molestia que le ocasiona quien dándola las más expresivas gracias se ofrece su más atento s.s.q.b.s.m.

Como se ve Cockram dirigió su carta al director del Diario Universal pidiéndole que la publicara, pero este no accedió a su petición. Así que el presidente de la sucursal madrileña, Eduardo de Acha, mandó a su vez una carta a Arte y Sport de fecha desconocida pero que fue publicada el 20-4-1904:

En el número 457 del Diario Universal, correspondiente al día del corriente y firmado por F. Bowden, apareció un artículo en que se hacían apreciaciones que, de ser verdad, dirían muy poco a favor del Athletic-Club; pero, gracias a Dios, sucede todo lo contrario y podemos demostrar una vez más que todos nuestros actos los realizamos con la cabeza levantada y siempre cara a cara. Es de todo punto imprescindible que tanto los profanos como footballmen, sepan nuestro correcto proceder, y para demostrarlo, ahí van las pruebas:

Ante todo he de hacer constar que en El Noticiero Bilbaíno del día 8 se publicó una carta, copia de otro que mi amigo y compañero George P. Cochran, dirigía con fecha 7 al Director del Diario Universal, como contestación al artículo de F. Bowden. Esta carta, no sé por qué razones, no se ha publicado todavía, pero espero que aparecerá antes que aparezcan estas líneas.

Como muy bien dice en su carta, nosotros no nos hemos apropiado ninguna facultad porque no teníamos por qué. No hemos hecho más que cumplir las bases del campeonato, cosa que no ha hecho la Federación, de la que es presidente el señor F. Bowden. Dice este señor en su artículo que se debía haber entregado la copa, «según expresan los reglamentos», ¿qué reglamentos? Cuando se solucionó la cuestión entre el Madrid F.C. y la Federación sobre quién tenía derecho a publicar las bases, recibí una carta, que conservo, del Presidente de la Federación, y, entre otras cosas, me decía: «Aténgase, pues, a las bases publicadas por el Madrid F.C…» Dichas bases no hablan de entregar la copa a nadie en el tiempo que dice F. Bowden. La base 14 dice que «la Sociedad que obtenga el campeonato queda obligada a disputarlo al año siguiente a las Sociedades que se inscriban, como establece la base 4ª y condiciones, y si fuera vencida en su provincia ó en Madrid, a entregar la copa a la Sociedad vencedora». Por lo tanto, si no hice entrega de la copa, fue porque no tenía ninguna obligación a ello.

El día 27 por la mañana llegaron los jugadores de Bilbao, yendo a esperarlos comisiones de los Clubs Madrid y Moncloa, además de casi todos los socios de este Athletic. Es verdad que no hay ninguna obligación, pero creo que es un deber de cortesía el que una Federación que con tantos derechos se cree, nombre uno ó dos individuos para que saluden a los que vienen para disputarse el campeonato.

En vista de que ninguno de la Federación se daba a conocer, nuestro capitán, Sr. Astorquia, escribió al Presidente citándole para acordar cuándo se iba a jugar y con quién y en dónde. Todavía está esperando la contestación.

El día 28 nos presentamos en nuestro campo dispuestos a jugar con el Club que se presentase, » a pesar de haberse faltado por todos ellos a las bases».

Acudieron al campo más de cuatrocientas personas, deseosas de ver quién quedaba campeón. Se estaban preparando los jugadores, cuando se presentaron los capitanes del Español y el Moncloa, diciendo a nuestro capitán que daban al Athletic el campeonato, para lo cual se extendería un acta firmada por los tres capitanes. Se estaba redactando el acta, y dicen que no, que no hay nada de lo dicho, y que había que jugar. Los comentarios que se hacían, tanto por los imparciales,  como por muchos de nuestros contrarios, no son para dichos. No soy yo el llamado a explicarlo; pero baste saber que telegrafíamos a Evans para que no viniese y que aquella noche se marchaban Dayer y Cochran.

En vista de esta manera extraña de proceder,  nos pusimos a la defensiva, por decirlo así, y con objeto de no dejar mal gusto de boca a tanto espectador, se organizó un partido entre los que habían venido de Bilbao y lo mejorcito que tenemos aquí, partidoque dio lugar a palabras que agradezco como Presidente del Athletic en ésta, palabras que demostraban la afición que se desarrollaba por el foot ball sí este se jugara siempre así, esto es, jugar al foot-ball por destreza y no por patadas y cargas.

Dicen las bases que el jurado lo formaban los excelentísimos señores Marqués de Cabriñana, Marqués de Tovar y Marqués de Guadalest. ¿Saben estos señores algo de lo ocurrido? ¿Se les ha comunicado por la Federación los días y horas en que se jugaban los partidos?

¿Se sabe por qué se retiró el permiso para jugar en el Hipódromo? Y esta es la «segunda» vez, como dice muy bien el periódico deportivo Gran Vida en su número último.

Hay una infinidad de detalles que harían interminables estas líneas, por lo que hago punto.

Conste, pues, que la Federación ha faltado a las bases y, por lo tanto, los Clubs de ésta.

Que el Athletic se presentó a jugar el campeonato, encontrándose con que no había otra Sociedad que pudiese jugar con él.

Que, por lo tanto, este es el segundo año que tienen la posesión de la copa y que somos los campeones.

¿Lo duda alguien esto? Pues por si acaso sucede, el Athletic desafía a los Clubs Moncloa y Español (que son los Clubs de la cuestión) juntos, jugándose el partido en Bilbao. No siempre ha de jugarse aquí.

¿Qué van hacer con el premio de los Príncipes?

Este texto provocó la reacción del representante del Español, Benigno Martínez Franco, que remitió una amplia carta de respuesta al presidente Avecilla fechada el 25-4-1904. La siguiente:

En la revista titulada Arte y Sport, aparece con fecha de 20 de abril del corriente año un comunicado suscrito por E. de Acha, socio del Athletic Club de Bilbao, en el que, aparte de varias inexactitudes, se lanza un reto al Español de Madrid para que vaya a Bilbao a jugar con el Athletic un partido, alegando esta singularísima razón: por si alguien duda de que somos los campeones; con lo cual se atribuye desde el luego el Athletic el triunfo de un partido que no tiene todavía más realidad que la de un desafío extemporáneo.

Habiendo sido designado por mis compañeros del Español para contestar al Sr. Acha, empezaré por rebatir las erróneas aseveraciones del comunicante.

Dice en su comunicado el Sr. Acha que el Athletic no ha hecho otra cosa que cumplir las bases del campeonato; que han faltado a ellas la federación madrileña y todos los clubs de esta corte; y que no estaba obligado a entregar previamente la copa, premio del Rey, según expresan los reglamentos y a renglón seguido pregunta: ¿qué reglamentos?

Esta inocente pregunta nos obliga a recordar al Sr. Acha lo que debe o debía saber de memoria por la participación que el Athletic de Bilbao viene tomando desde hace dos años en el campeonato de foot-ball.

Sí, señor Acha, existe un Reglamento general para el campeonato de España, aprobado hace mucho tiempo por las sociedades madrileñas de foot-ball, que está autorizado con las firmas de los Sres. Padrós, Chapí, Velasco, Valls, Villaseñor, Romero y Borbón; y de su texto tenemos que extractar algunos artículos para conocimiento del Sr. Acha.

Base 3ª. Los partidos del campeonato se sujetarán estrictamente a los reglamentos aprobados por la Asociación.

Base 5ª. Mientras el premio no pase a ser propiedad definitiva del Club vencedor, este será responsable del objeto durante el año a que tiene derecho a conservarlo, teniendo obligación de remitirlo a la junta organizadora del campeonato un mes antes del partido final de la temporada siguiente.

¿Se va enterando el Sr. Acha?

Base 6ª. Si un club no se presenta en el campo en la fecha y hora fijadas por la Asociación, será considerado como si hubiese perdido el partido.

Cualquiera diría que esta base se redactó en previsión del eclipse del Athletic en el campo del Moncloa el día 29 de marzo último, según veremos más adelante.

Base 7ª. Las fechas para los partidos señalados por la Asociación deben ser respetadas y anteponerse a cualesquiera otros partidos que los clubs hayan concertado particularmente.

Conviene también a nuestro propósito que indiquemos en extracto parte del articulado del Reglamento para el segundo año del campeonato de España, organizado bajo los auspicios de la Federación Madrileña de Clubs de Foot-ball.

Art. 6º. Los partidos definitivos del concurso se jugarán en Madrid los días 27, 28 y 29 de marzo de 1904 en los campos, días y horas que la comisión organizadora anunciará oportunamente.

Art. 11. Diferencias y reclamaciones de cualquier índole tendrán que hacerse, por escrito, al jurado, antes de veinticuatro horas y el falló será inapelable.

El jurado que definitivamente resultó electo, lo compusieron los Sres. Avecilla, Garrido (padre) y Páramo, quienes desempeñaron el cargo sin protesta de nadie.

Art. 14. La Sociedad que esté en posesión del campeonato queda obligada, si fuere vencida, a entregar la copa a la sociedad vencedora.

Art. 16. En estos partidos regirá cada año el Reglamento último de la Asociación de Clubs de Foot-ball de Inglaterra.

Hemos expresado con toda fidelidad las prescripciones legales sobre el campeonato de España, que dice el Athletic ha cumplido él solo y que han sido infringidas por la federación por todos los clubs de Madrid. Veamos cómo:

Ha faltado el Athletic a la base 5ª del Reglamento general, no entregando la copa del rey a la junta organizadora un mes antes de verificarse el partido definitivo del campeonato.

El presidente de la Federación manifestó públicamente repetidas veces que no había exigido al Athletic el previo depósito de la copa (que alguien calificó despectivamente de cacharro al recogerla en el primer año de campeonato), porque descansaba en la caballerosidad de las personas que componen ese club; y tanto confiaba este en su triunfo que la dejó en Bilbao y no la presentó en el concurso actual.

Ha faltado el Athletic a la base 7ª de dicho Reglamento general al negarse a jugar con el Español el día 28 de marzo último, en el campo próximo al Tiro de Pichón, el partido definitivo que le señaló la Federación y que fue anunciado por toda la prensa periódica de esta capital.

Un argumento, más aparatoso que de verdadera fuerza, expone el Sr. Acha diciendo que los capitanes del Español y el Moncloa cedieron al Athletic el campeonato. Ni el Sr. Neyra ni el Sr. Garrido podían usar de atribuciones que no tenían sin consultar previamente con sus clubs respectivos, ni con el referee o árbitro, ni con la Federación; y buena prueba de ello es que dichos señores se acercaron al Sr. Astorquia, acompañados del que suscribe y de todos los socios del Español, para exigir que se jugase en el acto el partido definitivo del campeonato, a lo que accedió, justo es confesarlo, el capitán Sr. Astorquia, si bien después se retractó de su acuerdo por instigaciones de su compañero el Sr. Sota; y todos los bríos y toda la pujanza del Athletic se redujeron a jugar en seguida un partido con su homónimo o sucursal de Madrid para no dejar con mal gusto de boca al público, según se afirma peregrinamente en el comunicado del Sr. Acha.

Siendo certísimos y públicos los hechos relatados, se comprenderá la fuerza y veracidad que tienen los argumentos del Athletic cuando en uno de los párrafos finales de su escrito se leen estas palabras: «que el Athletic se presentó a jugar el campeonato, encontrándose con que no había otra sociedad que pudiese jugar con él».

En vista del extraño proceder del Athletic acordó la federación dirigir un oficio a su capitán, en cuya casa fue entregado con las debidas precauciones, señalándole el siguiente día 29 de marzo, hora de las tres y media de la tarde y campo de la Moncloa, para que jugase con el Español el partido que debía poner término al concurso.

El Español cumplió noblemente dicho acuerdo, presentándose uniformado, en el orden siguiente: Vallarino, Prats, Neyra, Giralt (A.), Méndez (R.), Fernández (Isaac), Giralt (J.), Méndez (M.), García (E.), Martínez (B.) y López (F.).

Después de esperar en vano tres horas al Athletic, que al no presentarse en el campo incurrió en la penalidad marcada en la base 6ª del Reglamento general, se levantó la correspondiente acta, firmada por el árbitro y el capitán, la cual fue remitida a la Federación; y en sesión celebrada a las diez de la noche del mismo día 29 declaró esa corporación campeones de España a los señores del Club Español antes nombrados.

Como el Athletic no hizo uso del derecho reglamentario consignado en el art. 12 antes inserto, claro es que renunció a él y que ahora sería tardía e impertinente cualquier reclamación sobre este punto.

Y finalmente el Athletic ha infringido el art. 14 antes mencionado al no entregar al Español la copa que retiene contra derecho; porque la perdió al negarse a jugar con el Español el 28 de marzo; porque no se presentó en el campo de la Moncloa el día 29, despreciando la orden que le dio la Federación; porque esta resolvió el asunto en el sentido de que los del Athletic han perdido este año el campeonato y ha declarado campeones a los del Español, y porque tal es la práctica corriente en Inglaterra, cuyos reglamentos rigen en España, según expresa el art. 16 copiado anteriormente; y es lógico asentar que aquellos no han de quedar incumplidos por capricho o por ignorancia, porque el que toma parte en una empresa debe antes enterarse de todas las circunstancias y condiciones de la misma, y es bien conocida la regla de Derecho de que la ignorancia voluntaria no excusa el cumplimiento de lo pactado.

En resumen: el Athletic, que arroja sobre la Federación y sobre todos los clubs de Madrid el estigma de informalidad y de incumplimiento de las bases y reglas del campeonato, es el único que ha faltado gravemente a ellas, según queda demostrado, y persevera en su negativa a cumplir las prescripciones reglamentarias. Para él nada valen ni nada significan los Reglamentos, ni la Federación, ni los clubs de Madrid; está ofuscado por la pasión que engendra la soberbia y el despecho, y olvidando que nadie puede ser juez y parte en un asunto de su interés, se constituye en tribunal, se declara urbi et orbi campeón del segundo año y no entrega la copa; y como dijo oportuna y públicamente el Diario Universal: «al no presentarse en el campo dieron los del Athletic el partido por perdido, lo que no fue óbice para que, cargando con el santo y la limosna, se larguen a Bilbao con la copa consabida y cantando: ¡Victoria! ¡Victoria!

Como dijo el poeta: Esto Inés, ello se alaba / no es menester alaballo.

Respecto a una queja que expresa el Sr. Acha, debo manifestar que ni a mí ni a mis compañeros, ni amigos más íntimos, ni a mí, se nos participó que el Athletic llegaría a esta corte el día 27 de marzo, en cuya mañana tuvimos que jugar un partido eliminatorio, señalado por la Federación; pues de haberlo sabido, hubiéramos solicitado la variación conveniente de hora, para tener la satisfacción de ir a esperar y saludar, con nuestro presidente en cabeza, a los campeones del año pasado. El Español, por su parte, no expresa queja alguna sobre estas cuestiones de cortesía, si bien hablan con máxima elocuencia las listas puestas en la casa de nuestro querido compañero Sr. Hermúa el día 27 y siguientes de marzo último, pues en ellas hay una sensible y particular omisión de firmas, y bien merecía nuestro simpático amigo un tributo de conmiseración ante el aciago percance que puso su vida en peligro.

En cuanto a las cargas y patadas de que habla el Sr. Acha, procede que conteste el aludido, que no sé quién será, porque todos mis compañeros desarrollan hoy un juego limpio y brillante; pero presumo que será un tránsfuga del Español y a quien todos reconocemos como una especialidad para moler a coces las espinillas de cualquier amigo; y solo añadiré por cuenta mía: el que no esté libre de culpa, que no se queje de los puntapiés que pueda recibir.

Celebraré que no moleste a nadie la llaneza de estas frases que es indispensable emplear, dada la actitud del Athletic, cuyos ímpetus y arrestos pudo demostrar, mejor que con comunicados periodísticos, el día 28 de marzo último, cuando le conminábamos cara a cara y frente a frente a jugar en el acto el partido definitivo del campeonato. No se atrevió entonces a aceptar el reto, y no ha podido tampoco explicar satisfactoriamente las causas que tuvo para ello.

No creemos que consistiese su prudente abstinencia en los fatídicos augurios que le hiciera alguna alma caritativa sobre la probabilidad de recibir en la lucha footballística del último partido del campeonato una paliza más que regular de los pobretes que forman parte del Español, y perder por ende el campeonato tan dificultosa y fortuitamente ganado el año anterior; ni creemos que consistiera en la pavura o jindamitis (passer-le-mot) que se apoderó de él, según cuentan, al pensar en las cargas de marras; ni porque reflexionara que en el presente año venía a la villa del oso bastante malito y averiado de juego, a juzgar por el partido que jugaron los dos hermanos siameses del football; pero sea de ello lo que quiera, es indudable que los ex campeones de España no se portaron tan resueltamente como esperaban de él algunos espíritus pusilánimes, que se asombraban al notar la arrogancia y la altanería de dichos colosos; aunque no son esas bastantes para arredrar a los modestos liliputienses y aficionados al football que habitamos en esta coronada villa.

Pero esta carta en principio no se publicó, y solo una pequeña parte salió un mes después en el Diario Universal. Pero como la polémica continuó durante meses finalmente Arte y Sport la copió íntegramente en sus ediciones de 10-9-1904 y 10-10-1904, obviando precisamente la parte publicada por Avecilla el 26-5-1904, la siguiente:

Al reto que lanza el Athletic Club a los clubs de football residentes en Madrid, contesta el Español FC aceptándolo desde luego en las siguientes condiciones:

1ª El Athletic ha de devolver a la federación madrileña de clubs de foot-ball la Copa que SM el Rey concedió para premio del campeonato de España y que retiene el citado Centro.

2ª Los resultados de este match no afectarán en nada al de los partidos de campeonato de España últimamente celebrados, quedando, por tanto firmes las resoluciones tomadas sobre este asunto por la Federación.

3ª El partido se jugará una vez que regresen a Madrid los Sres. Giralt (M.) y Pérez y esté completamente restablecido de su lesión y en condiciones para la lucha el señor Hermúa, pudiendo entonces jugar por el Athletic los bilbaínos que a este club le plazca.

4ª No ha de atreverse como apuesta cantidad alguna para no quitar a los citados clubs de foot-ball su condición de amateurs.

5ª Dado que el club retador es el Athletic, es claro que este match habrá de jugarse en Madrid, y en último caso se elegirá de común acuerdo un campo neutral.

Tales son los términos de la aceptación, que entresacamos de la atenta carta que nos ha dirigido en nombre de su club el notable footballman Benigno Martínez. La carta de referencia, de todo punto interesante, ha de publicarse en la notable revista sportiva de Barcelona Los Deportes, adonde remitimos a nuestros lectores, seguros de que saborearán con deleite el documento en cuestión.

Aunque la carta no fue publicada finalmente en Los Deportes, la respuesta no se hizo esperar. Esta vez desde Bilbao escribía José de Urízar, quien fecha el 1-6-1904 la respuesta que envía a Arte y Sport el 4-6-1904 precedida de copia del texto reproducido por Avecilla y que la revista madrileña publica el 20-6-1904:

Señor Director de Arte y Sport.

Muy señor mío: sobre el reto que dirigió al Español el Club Athletic de Bilbao, publica F. Bowden en la sección Sport del Diario Universal el siguiente suelto [copia del suelto de 26-5-1904]:

Como al Athletic interesa responde en debida forma, rogamos a usted inserte la adjunta carta, por lo que le quedará altamente reconocida dicha Sociedad, y en especial el que representándola suscribe la presente.

De usted afectísimo s.s.q.s.m.b. José de Urízar

Madrid, Mayo (sic) 4 1904.

Sr. D. Benigno Martínez, representante de «El Español».

Muy señor mío: A las condiciones con que aceptan ustedes el reto, me permito, en nombre del Athletic, , contestar brevemente, no sin antes felicitar a ustedes por el ingenio demostrado al redactarlas, tanto más de alabar, teniendo en cuenta el insignificante tiempo de mes y medio que han dispuesto para ello.

Respecto a las cláusulas de aceptación, hubiese convenido recordaran antes de que viesen la luz pública, que en toda clase de convenciones las condiciones imposibles producen su nulidad ó se tienen por no puestas, con objeto de evitar resulte inútil un trabajo tan hábilmente pensado, y que regocija por la Sociedad con que está escrita.

Afirmo que son imposibles las condiciones que imponen ustedes, pues absurdo é imposible es el que el Athletic renuncie sus derechos de Campeón de 1904, aun a costa de verse privado de la satisfacción que le produciría el luchar con «El Español», después de saludar, por sus deferencias para con nosotros al inteligente crítico de sport F.Bowden, seudónimo en el que oculta modestamente su nombre el distinguido Presidente de la Federación de Clubs de Foot-Ball de Madrid, Sr. Avecilla.

Las cláusulas 4ª y 5ª convenimos sinceramente que responden tan sólo al deseo de «El Español» de dar toda clase de facilidades al Athletic por que se decida a la lucha; y calificamos de cómica la 3ª cláusula, pues aun en la hipótesis de que aceptáramos todas las condiciones, podría negarse  «El Español» a jugar, alegando que el Sr.Hermúa no estaba en condiciones, ó que los Sres. Giral (M.) y Pérez continuaban viajando.

Por último, cúmplenos advertir que el Athletic no desafió al Madrid Moderno, pues entre ambas Sociedades reina la armonía más completa, aunque otra cosa parece deducirse del suelto copiado, que dice textualmente: «Al reto que lanza el Athletic Club de Bilbao a los Clubs de Foot-Ball residentes en Madrid», pues dicho reto se dirigió tan sólo al Español y Moncloa que pedían para sí el Campeonato de España.

Por lo expuesto, el Athletic no acepta estas condiciones por no estar inspiradas en la justicia, a la que rendimos siempre el debido homenaje.

De usted afectísimo s.s. Madrid Mayo (sic) 1 1904.

La respuesta del representante del Español, de 5-7-1904, fue publicada por Arte y Sport el 20-8-1904:

Sr. D. José Urízar, representante de «El Athletic».

Muy señor mío: La gran bondad del Excmo. Sr. Marqués de Alta Villa, su imparcialidad y su exquisita cortesía, me permiten utilizar en nombre de «El Español» las columnas de Arte y Sport; por cuya atención, tanto mis compañeros como yo, reiteramos públicamente al dignísimo Marqués el testimonio de nuestro sincero agradecimiento. Cumplido este deber, paso a contestar a usted.

Ante todo, doy a usted infinitas gracias por la delicada felicitación que nos dirige; admirando el ingenio que hemos demostrado, según dice, al redactar las condiciones de aceptación sobre el resto que nos dirigió «El Athletic», tanto más de alabar cuanto que hay que tener en cuenta el insignificante tiempo de mes y medio que hemos empleado en un trabajo tan hábilmente pensado y que regocija por la SOCIEDAD con que está escrita, suponemos que querrá decir seriedad (errata).

Califica usted de cómica la tercera de las condiciones publicadas por el Diario Universal con fecha 26 de mayo último, sin reflexionar que para la empresa de batir a  «El Athletic», libremente electo, necesita «El Español» contar también con sus mejores jugadores; y pone usted a su respuesta la fecha de 1º del mismo mes, que demuestra el vivísimo é incomparable ingenio de usted, y que nos hace recordar el famoso sainete de El payo de la carta; y termina usted expresando que «El Athletic» no acepta nuestras condiciones por no estar inspiradas en la justicia y por calificarlas de imposibles.

Suplico a usted, amable comunicante, que se baje de la parra y me preste por un momento la férula de dómine para llamarle usted al orden y al buen camino. Y en seguida le preguntaré: ¿ha leído usted el Reglamento general para el Campeonato de España? Usted me contestará sinceramente: no, señor. Y seguiré preguntándole: ¿conoce usted los motivos que han retardado la contestación de «El Español»? Usted me contestará también sinceramente: no, señor.

Pues entonces me veré en caso de aplicar a usted la contestación con que termina aquel sabido cuento: ¿Qué es arquitrable? Hablar de lo que no se sabe.

Sí, Sr. Urízar; usted ignora el texto del Reglamento general de Campeonatos, y, por lo tanto, no conoce usted la situación ilegal en que está «El Athletic». Así es que todo eso de que rinde usted homenaje a la justicia, y de que ha propuesto «El Español» condiciones imposibles, no es más que hojarasca pura y divertida pirotecnia que entretiene, pero que no convence.

Para demostrar esto, escribí un comunicado pocos días después de publicado el del Sr. De Acha y lo remití al Presidente de la Federación, quien motu propio cercenó de él lo que tuvo por conveniente omitir, y sólo publicó mucho tiempo después en el Diario Universal la parte relativa al reto, ofreciendo que la carta se publicaría íntegra en Los Deportes, de Barcelona. Por delicadeza no añadiremos una palabra más sobre el particular.

Dicho escrito lo insertaré a continuación (excepto lo relativo al reto, como asunto terminado), contando con la benevolencia del Marqués de Alta Villa.

Léalo usted detenidamente, Sr. Urízar, aunque no revele el ingenio vinculado en usted y aunque no le proporcione un nuevo regocijo; y devolviéndole la consabida férula, se ofrece de usted atento s. s., Benigno Martínez Franco.

También esta carta encontró respuesta por parte de José de Urízar, fechada en Bilbao el 3-9-1904 y publicada una semana después (Arte y Sport, 10-9-1904):

Muy señor mío: en respuesta a su comunicado del 1º de julio publicado por Arte y Sport el 20 de agosto, agradezco su fina atención de fijarse en erratas materiales como las de sociedad y 1º de mayo en vez de seriedad y 1º de junio, para aplicarme epítetos como los de poyo de la carta, dómine y otros de dudoso gusto, y que espero retirará su caballerosidad, una vez que confronte el original que obra en la redacción de Arte y Sport, y llegue a convencerse de que el escrito firmado por mí no contenía las erratas de imprenta que usted atribuye a mi ingenio.

Su intención no ha podido ser más agresiva para conmigo porque suponer sea agudeza mía firmar con fecha 1º de mayo un escrito en contestación a otro del 26 del mismo mes, y calificar la equivocación de los cajistas con frases que levantan muy poco del insulto, no revela, a mi sentir, piedad alguna.

Del propio modo que usted se fijó en erratas de mi escrito, podría yo fijarme en otras del suyo, como la de preguntar qué es arquitable (?) para llamarme ignorante, y, siguiendo su norma de conducta, zaherir la persona de usted; pero me vedan de entrar en terreno tan resbaladizo la seriedad de Arte y Sport, mi delicadeza y la hermosa satisfacción que produce el saber callar lo que nunca debe decir la prudencia y la discreción.

Con la sinceridad que usted reclama de mí contesto a sus dos preguntas, manifestando que ignoro los motivos que pudo tener el Español para retardar su contestación por no interesarme este particular, y afirmo que conozco tan perfectamente como usted las bases del Campeonato. Como parece haber divergencia entre la letra y espíritu de las mismas, me remito en su interpretación a los fundamentos que alegaban mis compañeros Sota y Cockran, en comunicados dirigidos a El Diario Universal, y que si no vieron la luz pública, no fue debido a culpa del señor director, quien los entregó a F. Boorden (sic) para publicarlos a la mayor brevedad en su sección de «Sport».

Juzguen los lectores el curioso caso de ser F. Boorden presidente de la Federación y presidente también de la Sociedad El Español.

Nuevamente califico de imposibles las condiciones en que aceptan nuestro reto, porque, si una de ellas era que el partido no se celebrase hasta que el Sr. Hermúa estuviese en condiciones para luchar, y, según noticias oficiosas en periódicos, se retira del sport en que tantos triunfos obtuvo, ¿cuándo podría el partido verificarse?

Y para terminar estas polémicas, en que ustedes sostienen en contra de nosotros que es ilegal la retención de la copa por el Athletic, solo me resta advertirles que la ley concede medios para reivindicar las cosas propias que estén en poder de otra persona que no sea su dueño legítimo.

De usted afectísimo seguro servidor, José de Urízar.

Como decíamos antes el mismo 10-9-1904 en que se publicaba esta carta, y en la misma página, se empezó a publicar la carta que el 25-4-1904 había remitido Benigno Martínez Franco a Avecilla y que terminaría de publicarse un mes después, el 10-10-1904.

Y hasta ese 10-10-1904 llegó la polémica, casi siete meses después de que no se celebrara el segundo Campeonato de España que dio como vencedor al Español de Madrid.

Antes de pasar a las conclusiones debemos detenernos brevemente en otra fecha, el 24-4-1904. Fue la fecha en que el Madrid FC se desplazó por primera vez en su historia para jugar un partido contra el Athletic. El motivo de la visita lo publicó Arte y Sport en su crónica del 30-4-1904: «para desagraviar a los bilbaínos de la decepción que seguramente sufrirían al poner el pie en Madrid para jugar el campeonato». El partido terminó con victoria de los locales por 2-1, y en el apartado siguiente analizaremos más detenidamente el posible motivo de este viaje madridista.




Conclusiones: el Athletic no ganó la Copa de 1904

Creemos haber explicado suficientemente cómo el quid de la cuestión está en lo ocurrido el 28-3-1904. Con el reglamento publicado del torneo el Athletic llevaba razón en afirmar que no había ningún equipo que cumpliera los requisitos de inscripción, y no reconocía potestad a la Asociación Madrileña de Clubs de Foot-ball para cambiar dicho reglamento como lo había hecho el día 27-3-1904. Pero claro, el Athletic no era quién para juzgar la legitimidad o no de quien precisamente organizaba el torneo.

Entendemos que en el fondo lo que estaba haciendo el Athletic era reconocer implícitamente esa legitimidad solo al Madrid FC y a su presidente Carlos Padrós. Pero, ¿hasta qué punto no tuvo el propio Padrós responsabilidad en lo ocurrido?

Si como hemos visto la intención de este fue desde el principio organizar directamente el torneo, quizá pensase que podía ganar aún más fuerza y reforzar su prestigio si, siendo otro quien corriera con la organización, las cosas salían muy mal. De tal modo, nadie dudaría en lo sucesivo que sólo a Padrós debía corresponderle la organización. Como pitanza, se deshacía de Avecilla y una federación que no gobernaba.

Quizá la primera artimaña de Padrós tuviera como consecuencia que el Español de Barcelona no viniera a Madrid a jugar el Campeonato. Es cierto que no hay pruebas directas, pero lo que sí sabemos es que el Español dejó de venir anunció su retirada del torneo una vez que se hizo público que este no lo organizaría el Sr. Padrós sino la federación.

Los problemas de las eliminatorias madrileñas fueron fortuitos y no se le pueden achacar a nadie, pero lo que no sabemos es por qué no se cedió el Hipódromo salvo para el partido jugado por el Madrid. ¿Cuáles eran esas «causas de todos sabidas y que no es esta la ocasión de poner de manifiesto» a las que se refería Avecilla? ¿Tuvo algo que ver Padrós, quien sí había conseguido el Hipódromo para años anteriores y lo volvería a conseguir para los siguientes?

Esta interpretación gana fuerza precisamente por la visita que el Madrid y su presidente hicieron al Athletic tres semanas después del campeonato y la interpretación que dio de ella la prensa.¿Por qué habría el Madrid FC de desagraviar al Athletic cuándo él no había tenido ninguna responsabilidad de la organización del Campeonato de España? ¿O es que sí la había tenido? ¿Fue acaso el presidente madridista quien instó al Athletic a no reconocer legitimidad a la federación y a regresar a Bilbao el día siguiente de haber llegado a Madrid y sin haber jugado?

El caso es que la extraña actitud del Athletic tuvo a la larga su beneficio, pues aparte de llenar el campo de Lamiaco tres semanas después, Padrós volvió a organizar el Campeonato de España en la siguiente edición (1905) y quedaría aceptado como vencedor del año precedente al club que jamás lo ganó, al no prestarse a jugar siquiera. Así se entendió al Athletic, desde entonces, campeón de un torneo que no ganó: solo el organizador tiene potestad para decidir quién es el campeón. Y la Federación fue clara adjudicando el título al Español de Madrid. El Athletic Club quedó descalificado y en consecuencia ni siquiera podría tomársele por subcampeón.

Pero además hay que anotar que para dejar pocas pistas a los posibles interesados por el asunto las fechas de celebración del Campeonato se cambiaron en todas las historias publicadas para que cuadrara perfectamente la historia vendida por el Athletic. Desde el primer Anuario de la RFEF publicado en la temporada 1927-28 se dice que la fecha designada para el partido era el 26-3-1904 y que como no había campeón regional madrileño el Athletic no tuvo rival. Los dos días de diferencia que hay entre la fecha hasta ahora difundida y la real (28-3-1904) son suficientes para que ya sí hubiera representante madrileño, aunque hubiera sido designado por sorteo. No creemos, sinceramente, que el error en la fecha sea simplemente un error involuntario, sino antes bien parte de la propaganda para que perdurara el considerar al Athletic campeón aun sin serlo.

No queremos concluir este largo artículo sin llamar la atención sobre el Libro de Oro del Real Madrid, publicado con motivo de su cincuentenario en 1952. Editado por el propio club, su dirección recayó en Federico Carlos Sainz de Robles y su realización en Ediciones Ares. No sabemos quién fue el autor, pero sí sabemos que conocía perfectamente lo ocurrido en 1904 y que además contaba con información directa de la federación madrileña. No en vano reproduce las dos actas de reuniones que nosotros hemos copiado arriba, sino que afirma directamente tener mucha más información: «la publicación de todos ellos -que el autor conserva a disposición de los curiosos- sería interminable […]». Lástima que los curiosos de hoy no podamos tomar contacto con tan informado cronista. Y la pregunta que nos queda: ¿conservarán sus herederos toda esa valiosa información recopilada por el autor, incluidas las actas de la federación madrileña?

Para concluir queremos destacar que este episodio de la historia del fútbol español, tan escondido durante más de cien años y que nosotros hemos procurado desarrollar con toda la profusión posible, tuvo consecuencias muy importantes. Para empezar, la desaparición de la Asociación Madrileña de Clubs de Football y con ella todos sus proyectos nacionales que dejaron a España sin federación nacional hasta 1909. Y ante el hueco que esta entidad dejara, el Madrid FC no sólo volvió a tomar la organización del Campeonato de España, sino que ninguneando a la Federación desaparecida se permitió retrospectivamente nombrar campeón a quien no lo había sido. Tampoco podemos dejar de anotar que esta no sería la última trifulca montada por Madrid FC y Athletic Club contra una federación. La siguiente tuvo lugar en 1910, por razones en definitiva muy parecidas: no aceptaban la legitimidad de la federación, entonces la Federación Española de Clubs de Football fundada el 14-10-1909. Y es que seis años después los personajes seguían siendo los mismos. Pero eso ya es otra historia.

Luis Javier Bravo Mayor

José Ignacio Corcuera

Víctor Martínez Patón




Radiografía de un… ¿soborno?

Con alguna regularidad, nuestro fútbol suele verse enredado en acusaciones o sospechas de amaño. Corría 1941 cuando el Hércules de Alicante decidió liquidar a buena parte de su plantilla, ante la probabilidad de que se hubieran dejado golear en campo propio frente al Celta vigués. Cinco años más tarde, al Levante se le fue la mano en su último choque liguero frente al Almansa. Competía por el ascenso con el Atlético Baleares y estaba claro que el «goal-average» resultaría decisivo. Puestos a remangarse, parece se aplicaron a conciencia. Pero claro, aquel 0-11 resultó tan escandaloso que la F.E.F. acabó sancionando a 10 de los 11 muchachos que esa tarde vistieron la camiseta manchega. También levantó muy serias sospechas la actitud de Vicente Dauder y Gabriel Taltabull en una decisiva promoción del «Nastic» tarraconense, aunque nadie lograra la menor prueba de compraventa. Según denuncia melillense, el 17 de marzo de 1956, un directivo del Córdoba habría ofrecido 50.000 ptas., de ellas 25.000 por adelantado, a cambio de que la U. D. Melilla entregase su partido en el Álvarez Claro. Como posteriormente el choque se resolviera a favor de los melillenses por 1-0, nadie hizo mucho por averiguar la verdad. El 30 de junio de 1956, las sospechas volvieron a cernirse en torno al «Nastic». Esta vez fue Lorenzo Rifé quien las desatara en otro partido de promoción, resuelto a favor del Europa mediante un doloroso 2-4. En 1980, el escándalo salpicó la 1ª División. Málaga y Salamanca fingieron tan mal, que el Comité de Competición, dispuesto a aplicar un buen escarmiento, suspendió por un año a los malacitanos Corral, Migueli, Orozco y Macías. Elevado el correspondiente recurso ante el Consejo Superior de Disciplina Deportiva, este organismo acabaría dejando sin efecto las sanciones. Mala solución, porque para entonces los cuatro estaban a punto de cumplir su pena. Corral, Orozco y Migueli, ya había colgado las botas, y sólo el central Macías, quién sabe si por cabezonada, se empeñó en continuar dándole al cuero en el Antequerano. Más recientemente, con los leones de San Mamés a punto de descender a 2ª División, la captura de una conversación telefónica entre el presidente del Levante y su capitán, el irundarra Iñaki Descarga, dejaba entrever la entrega de los 3 últimos puntos. El decisivo partido, en efecto, se resolvió en «la Catedral» a favor del Athletic. E incluso los cronistas más apasionados reconocieron haber visto a un Levante contemporizador, noblote y sin la garra que durante todo el Campeonato le caracterizara.

La relación aún podría ser más extensa, pues 100 ediciones coperas y 70 de Liga dan para casi todo. Pero hubo un caso especial, de puro anómalo. El presunto sobornado confesó su teórica debilidad. Llegó a salir del campo sin que el colegiado hubiera pitado el final, dejando a su equipo con un hombre menos. El Comité de Competición se mostró inflexible. Y a pesar de todo, nadie podría poner la mano sobre aquel fuego con la seguridad de no abrasarse. Estos fueron los hechos. Veámoslos al trasluz, como si se tratara de una radiografía.

Miguel Barrera iniciaba en 1966-67 su tercera campaña defendiendo el portal del Jumilla C. F.. Había ingresado durante el verano de 1964, procedente del Cieza, y nadie podía reprocharle nada en el conjunto vinatero. Era un buen guardameta de 3ª División, capacitado para encarar retos mayores. Aquella edición sería alineado como Barrera II, pues tendría a su lado a un hermano mayor, compitiendo por la defensa de los tres palos. Nada hacía pensar que su caso saltaría de la región murciana a toda la prensa y radio estatales, e incluso a la propia televisión, cuando ésta emitía en blanco y negro y acababa de estrenar su segundo canal.

jumilla1

Escudo de aquel Jumilla, noticia desgraciada durante los años 60 por culpa de un “soborno” envuelto en sombras bastante densas.

Los hechos se produjeron el domingo 5 de marzo de 1967, cuando el Jumilla recibió en su campo de La Asunción al Albacete, para dirimir el choque correspondiente a la jornada 23 del Campeonato. El Albacete luchaba con el Eldense, el Alicante y el Cartagena, por ocupar una de las dos primeras plazas; únicas que daban derecho a disputar la promoción de ascenso a 2ª División. El Jumilla venía de una mala racha y aquellos puntos resultaban importantísimos para los dos contendientes. Las crónicas de «Línea» y «La Verdad» recrearon muy bien todo aquel nerviosismo. Aunque los locales comenzaran atacando, un descuido defensivo permitió a Martínez disparar desde lejos y alojar la pelota en la red de Barrera II. Continuó a la carga el Jumilla, pese al buen orden y la veteranía de que hizo gala el conjunto manchego. Se llegó al descanso con ese 0-1, pero a los 15 minutos de la reanudación un centro de Siles fue cortado con la mano por un defensa visitante. Sánchez transformaba el penalti, estableciendo la igualada. El Albacete, entonces, pareció reaccionar. Hilvanó buenas combinaciones, sin que ninguna de ellas desequilibrara el tanteador. De pronto, a falta de 5 minutos para la conclusión, el Albacete volvía a adelantarse, gracias a un disparo flojo, manso, ante el que Barrera no hizo nada útil. Más exactamente, empujó el balón a su portería. Ante el asombro general, traducido casi de inmediato en protestas, Barrera II abandonaba el campo. Su compañero Cárceles, un defensa, tendría que colocarse bajo el marco durante los escasos minutos que aún restaban.

No es que la jugada decisiva fuese mal vista por los dolidos espectadores jumillanos. El martes día 7 (entonces los lunes no existía otra prensa que «La Hoja»), «La Línea» y «La Voz de Albacete» coincidían en lo sustancial. «La Línea recogió: «Transcurría el minuto 40 de esta segunda parte cuando se produjo el más bochornoso espectáculo que se ha conocido en este estadio. Ante el asombro de cuantos presenciábamos el encuentro, el portero local Barrera, a tiro del delantero visitante, en vez de detener el esférico, remató a su propia meta lo que valió la victoria del equipo albacetense. En este momento el meta Barrera II decidió retirarse del terreno de juego». Y «La Voz de Albacete» corroboraba: «Se observó en Barrera II una torpeza desacostumbrada en sus intervenciones, que culminó cuando en una jugada ayudó a que el balón impulsado por un jugador del Albacete entrara en su propia red. Gol que valió la victoria del equipo visitante. Pero más extraño resultó que a raíz del gol, Barrera II abandonó el terreno de juego sin justificación».

La polémica, sin embargo, no había hecho sino comenzar. Pronto se supo que en el vestuario, ante sus compañeros y directivos, Barrera II, presa del remordimiento, declaró haberse dejado marcar el segundo tanto, luego de recibir 12.000 ptas. La directiva, entonces, exigió a su jugador una declaración escrita. Y a las 7 de la tarde, en los locales de Inspección Municipal de la policía jumillana, ante Matías Ríos Guardiola, delegado informador de la Delegación Provincial de Fútbol, Juan Lila Albiñana, presidente del Jumilla, Juan Jiménez Fernández, secretario, José Mª Tévar, vicesecretario, Vicente Calabuig, delegado de campo, y Antonio Romera, jefe de la policía local, que firmaron como testigos, Miguel Barrera confirmó que el viernes anterior, en Cartagena, donde cumplía el servicio militar, dos varones de entre 28 y 35 años le habían sobornado.

El Jumilla, de inmediato, solicitó a la Federación el esclarecimiento de los hechos, se castigara a los culpables y se diese por inválido el 1-2 de aquel partido. Al mismo tiempo, rescindió el contrato de su portero y le reclamó hasta la última peseta entregada a cuenta. En total, 12.300 de ficha y 10.000 de sueldos. Cuanto sucedió a esa confesión firmada, puede seguirse en titulares, como muy bien hicieron Juan José Melero y José García Simón en sus «80 años de una pasión: Historia del Jumilla»: «El Albacete Balompié sale al paso de una burda maniobra contra su prestigio» (La Voz de Albacete, 8-III-1967). «El Albacete niega su participación en los hechos. Señala que el Jumilla es testaferro de otras entidades» (La Verdad, de Murcia, 9-III). «Nota del Albacete: El Jumilla actúa por presión de otras entidades. La directiva niega toda participación en el soborno del portero jumillano» (Informaciones de Alicante, el mismo día 9). «No sobornó el Albacete» (ABC de Madrid, también el día 9).

Paralelamente, el miércoles día 8 de marzo Miguel Barrera fue citado a declarar en los locales de la Federación Murciana. No compareció. Lo hizo en cambio Barrera I, su suplente y hermano, justificando la ausencia al no haber podido obtener permiso militar en el cuartel de La Guía, próximo a Cartagena. Puestos en contacto con el Ejército de Tierra, los federativos fueron informados de que el futbolista sí disponía de permiso, y que llevaba disfrutándolo varios días. Como sus explicaciones resultaban imprescindibles para la instrucción, volvió a ser convocado para el viernes 10.

El escándalo ya era mayúsculo. El jueves día 9, Juan Lila, presidente del Jumilla, fue entrevistado en los estudios madrileños de Televisión Española. Justo ese mismo día, el diario madrileño «Pueblo» recogió unas declaraciones de Barrera II, donde afirmaba no haber sido sobornado, achacando aquella primera declaración a los nervios, fruto de las presiones. «Si acepté la culpabilidad de soborno fue porque me di cuenta del grave perjuicio que le había ocasionado a mi equipo y pensé que esa era la única posibilidad de anular el encuentro». En la misma entrevista dijo que durante todo el partido debió soportar los insultos de dos o tres espectadores próximos, y que para colmo vio cómo su hermano estaba peleándose con otro espectador desde el banquillo. «En eso vi que llegaba el balón, le di una patada y me fui a los vestuarios». Al día siguiente, «La Verdad» publicaba otra entrevista al portero, realizada en Cartagena. Para entonces Barrera ya no militaba en el Jumilla, pues los «vinateros» acababan de contratar a Espinosa, muchacho de 21 años que hasta entonces jugaba en el modestísimo Madimsa. Miguel Barrera se ratificó en su inocencia, asegurando le habían hundido la carrera deportiva por 12.000 ptas. Su amargura parecía sincera: «Es lo que tengo que agradecer a la directiva del Jumilla» -dijo-. «Se han portado muy mal conmigo. Después de jugar tres temporadas en el equipo, así me han tratado». Como contrapunto, el diario murciano recogía otras declaraciones del asesor técnico jumillano, Santiago Villaescusa, y del vicepresidente Miguel Trigueros. Del técnico sólo salían parabienes. Barrera había tenido siempre un comportamiento ejemplar, era el mejor portero de la región, el de más porvenir, hasta el punto que el At. Madrid lo había convocado para una prueba. Con todo, si algo no encajaba en aquel rompecabezas, era que Barrera hubiese llevado al campo, ese preciso día, a su hermana y a su novia. ¿Es que alguien podía dejarse golear, justo cuando su novia lo vería todo desde la grada?. El vicepresidente también ensalzaba a Barrera como portero. Le había acompañado hasta el vestuario cuando se retiró del campo, dejando a sus compañeros empantanados. «Y allí mismo, sin coacción, me dijo que había tomado dinero», escribió el entrevistador.

El Jumilla C. F. “heredero” de aquel otro  en cuyo seno se vivió esta increíble peripecia.

El Jumilla C. F. “heredero” de aquel otro en cuyo seno se vivió esta increíble peripecia.

Llegó el viernes y Barrera volvió a dar la espantada ante la Federación. Dos familiares se presentaron en su nombre, justificando la reiterada ausencia en supuestos deberes militares. Los federativos, entonces, optaron por desplazarse hasta Cartagena e interrogar al jugador. Desconocían que el soldado iba a estar de guardia y por ese motivo tampoco pudo decirles nada. De cuanto ese día declararon los directivos de Albacete y Jumilla, el colegiado y los jueces de línea, destacó la confirmación de que, en efecto, Barrera I había tenido un rifirrafe con parte del público, y que desde ese momento su hermano parecía estar más atento a cuanto ocurría en torno al banquillo que al desarrollo del juego.

Por fin el viernes 17, casi dos semanas después de encajar el gol, Miguel Barrera dio su versión oficial, reafirmándose en la distracción por culpa de la pelea, negando cualquier soborno y añadiendo que en aquel momento pudo haber firmado cualquier cosa: «Incluso mi condena a muerte». Según él, los directivos del Jumilla no emplearon la fuerza, pero sí la persuasión. «Me aconsejaron mal». Y en lo que parecía un borbotón sincero, aseguró: «Nunca pensé pudiera llegarse a un estado en que un hombre admitiría cualquier cosa para que le dejasen en paz». La misma sinceridad, rebozada en amargura, le hizo convenir: «Sé que estoy perdido para el fútbol. Esta mancha me hunde deportivamente».

La suerte estaba echada, pese a que toda la plantilla del Jumilla dirigió un escrito a la Federación, solicitando la mayor benevolencia posible en su fallo. Y sí, el Comité de Competición fue benevolente, asegurando no haber encontrado pruebas de soborno. En vista de ello, sancionaba al guardameta con una multa de 300 a 600 ptas. por ausentarse del campo sin permiso arbitral, según contemplaba en el artículo 100.

Emblema actual de Jumilla, en su segunda refundación, tras la catastrófica desaparición de dicha entidad al término del ejercicio 2010-11.

Emblema actual de Jumilla, en su segunda refundación, tras la catastrófica desaparición de dicha entidad al término del ejercicio 2010-11.

Las quejas fueron unánimes. ¿Para eso se había armado tanto revuelo?. ¿Es que nunca se iba a acabar con las sospechas de fraude en el fútbol?. Poniendo tan bajo el listón, cualquiera podría animarse a adulterar las competiciones. Después de todo, 2 puntos imprescindibles por 12.000 ptas., o 12.600, si se afrontaba también la multa, era un precio lo bastante atractivo para ser tenido en cuenta. Permeables a las presiones, desdiciéndose de su propio fallo, los miembros del Comité de Competición elevaron escrito al Comité Directivo de la Federación Regional, solicitando la suspensión de Barrera por un año. El martes 22 de marzo de 1967, el máximo organismo murciano suspendía a Barrera II no por uno, sino por dos años, amparándose en el artículo 90 del reglamento de Jugadores. Y haciéndose eco de la solicitud del Jumilla, daba el contrato deportivo del guardameta por rescindido.

¿Culpable o víctima?. Miguel Barrera, en todo caso, concluyó aquel lejano 1967 su prometedora marcha futbolística. El Jumilla ocupó el penúltimo puesto en el X Grupo de 3ª División, que implicaba descenso a categoría Regional. Pero eso no fue lo peor. Carcomida la moral de sus directivos, humillada la afición por el revuelo nacional del «soborno», el club no fue inscrito para la Liga Regional del Campeonato 1967-68. Dicho en otras palabras, el Jumilla desaparecía. Tendrían que transcurrir nueve años para que un nuevo grupo de aficionados, deglutida toda la hiel, refundase el club y lo pusiera a competir en la más baja categoría regional murciana. El Albacete, por cierto, coprotagonista de los acontecimientos, ocupó el segundo puesto en la clasificación final, a 2 puntos del Eldense. Ambos disputaron la promoción de ascenso a 2ª y ninguno de ellos logro encaramarse a la división de plata.

En esta historia llena de ambigüedades, como si de buen cine negro se tratara, todos salieron perdiendo.




Juan Sáenz y la primera historia de la Liga

Juan María Enrique Sáenz de Viguera y Fuentes (Bilbao 2-I-1942) no es un nombre que diga gran cosa a los más acérrimos aficionados al fútbol y su historia. Otra cuestión será si lo presentamos como Enrique Fuentes, pues de este modo firmó la primera historia enciclopédica del Campeonato Nacional de Liga, hace ya 40 años largos.

Entonces Juan Sáenz, abreviatura civil por la que siempre se le ha conocido, trabajaba en la madrileña Ibérico Europea de Ediciones. Más concretamente en un grupo compuesto por dos firmas pertenecientes a la misma propiedad, y presididas por el después significado político de la transición, Agustín Rodríguez Sahagún, personaje de quien guarda un magnífico recuerdo. «Todo un caballero. Amable, exquisito en el trato, inteligente, capaz…» La idea de historiar el Campeonato de Liga surgió durante un consejo de dirección. Se vivía la época dorada del fascículo y no era cosa de desaprovechar semejante veta de oro. Sólo había que acertar con el tema. Enciclopedias ya había muchas. Lo histórico, sin embargo, gozaba de buena acogida. Pero una historia, ¿sobre qué?. Acerca de algo con gancho, claro. El propio Juan Sáenz acabaría proponiendo el fútbol como tema. «Al fin y al cabo, los estadios se llenaban de espectadores cada domingo. Costaría encontrar un asunto tan popular. Les gustó y de inmediato preguntaron quién podría encargarse de ello. Aseguré que yo mismo y decidieron probar».

El autor de la enciclopédica “Historia del Campeonato Nacional de Liga”, un hito futbolero en el lejano 1970.

El autor de la enciclopédica “Historia del Campeonato Nacional de Liga”, un hito futbolero en el lejano 1970.

Era todo un reto, puesto que apenas se contaba con puntos de partida. Tan sólo unos cuantos libritos editados por Alonso entre 1940 y 1941, glosando medio de memoria y con abundantes lagunas o errores, la historia de varios clubes. Y naturalmente, «La Liga sigue», de José M. Hernández Perpiñá, aparecida en 1952. Pero esta obra del redactor deportivo de Radio Nacional y el semanario valenciano «Deportes», esquemática hasta el extremo, ni siquiera permitía ejercer de báculo. Hubo que empezar desde cero, como recuerda Juan:

«Mi primo Nicolás estaba igualmente en Madrid, estudiando. Tenía mucho más tiempo libre que yo, y por eso se encargó de recorrer las hemerotecas. Por la noche, a partir del material recopilado, yo iba redactando el contenido de los fascículos. Fue un trabajo arduo y gtratificante. A mí el fútbol siempre me había gustado».

Pero aunque Juan escribiera y su primo Nicolás se fajase entre microfilmes o  tomos de antiguos diarios, alguien, en la cúspide editorial, debió pensar que para ser tenida como algo serio aquella historia debía contar con el aval de una firma prestigiosa. Salvat publicaba la «Historia de España» del Marqués de Lozoya, y poco más tarde «Fauna», del popularísimo Rodríguez de Lafuente. Si Salvat, todo un referente en la edición por fascículos, se acogía al esquema, tampoco era cuestión de inventar mucho más. Se pensó entonces en Ramón Melcón, un antiguo árbitro convertido en notable informador deportivo. Así, la «Historia del Campeonato Nacional de Liga» vio la luz como «Dirigida por Ramón Melcón» en su portada y «con el asesoramiento y bajo la dirección de Ramón Melcón» en la contratapa de cada fascículo. Un asesoramiento que, en palabras de Juan, nunca existió:

«Melcón simplemente redactaba una cuartilla, para presentar cada temporada. Pasaba por caja tras entregarla y se iba. Yo ni siquiera llegué a conocerle. Ello no impidió que determinados medios, al hacerse eco de la obra, afirmasen advertir el pálpito y la mano sabia de don Ramón».

Uno de esos medios sería la «Hoja del Lunes» madrileña, pues en sus páginas quedó impreso: «Bajo la batuta de Ramón Melcón, escriben Enrique y Nicolás Fuentes, pero la dirección de uno de los pocos hombres en nuestro país que lo ha sido todo en el fútbol -¡hasta seleccionador!- se nota, como había de notarse en la puntualidad informativa, en la minucia de archivo y en la selección de ilustraciones». Si el otrora trencilla disponía de un amplio archivo, y no hay motivos para dudarlo, Nicolás y Enrique jamás bucearon en él. «Así se escribe la historia», sonríe Juan, con los dos tomos entre sus manos, al rememorar aquella época. «Las imágenes, en blanco y negro o coloreadas, procedían de agencia. Que yo sepa, tampoco en ese capítulo intervino don Ramón».

La colección, puesta en los kioscos por Editorial Frontera, la otra marca del grupo, constituyó un éxito. «Entre 20 y 30.000 ejemplares impresos. Aunque claro, en el mundo de los fascículos suelen registrarse amplios picos». Por ello, sin duda, procurando asegurarse que cada lector coleccionase toda la obra, Juan recurría a los finales con suspense. «Me había hecho adolescente entre tebeos de «El Cachorro», «Diego Valor», «El Guerrero del Antifaz», «El hombre de piedra», «Máscara Verde» o «El jeque blanco». Mi cultura, por llamarlo de alguna manera, era la del «continuará» con que se cerraba cada cuadernillo de aventuras. Así que apliqué la fórmula, aparentemente con buenos resultados».

En efecto, no fueron raros los finales de cada entrega con este corte, o muy parecidos: «El líder veía recortada su renta, mientras en la cola cinco equipos luchaban por eludir el descenso. La clasificación se apretaba. El campeonato se ponía emocionante y un año más todo se decidiría en las últimas jornadas».

Aquella historia concluía la temporada 1969-70, justo la que se le escaparía en los últimos compases al Athletic de Ronnie Allen, todavía Atlético por imperativo franquista, en favor de sus homónimos madrileños. Y si gozó de un éxito notable, comercialmente hablando, mayor fue todavía su influencia no sólo en el aficionado común, sino entre quienes comenzaban a interesarse por el trasfondo del deporte más popular y su enmarañada historia. Con todos los resultados y clasificaciones de 1ª División, jornada a jornada, las plantillas de cada equipo, minicrónicas de muchos partidos, promedios anotadores y atención a los campeones de 2ª, en 1970 por fuerza quedó como el no va más. Otras cosas de aquella historia han perdurado hasta hoy. Por ejemplo su tabla de goleadores hasta que el diario «Marca» estableciese el Trofeo Pichichi para el mejor artillero. La propia «Guía Marca», año tras año, continúa dándola por buena. Y eso que Juan, sin ocultar un modesto orgullo, tampoco se engaña sobre el particular:

«Hasta hace relativamente poco, las actas arbitrales sólo reflejaban los goles de cada equipo, sin adjudicarlos a nadie. La prensa se encargaba de hacerlo. Pero claro, cuando muchos goles eran fruto de melés dentro del área chica, en campos muy embarrados y con jugadores sin número a la espalda, bien rebozados de tarquín, ¿acaso acertaban los cronistas?. Seguro que si cotejáramos esas tablas con periódicos distintos a los  manejados en su día, existirían diferencias. Así se escribe la historia, como dije antes».

Después vendrían otras historias del Campeonato. La de Universo, por ejemplo, un puro calco sin apenas maquillaje destinado a ocultar el saqueo, aunque eso sí, ampliara las campañas hasta el instante de su publicación. Y la de Vicente Martínez Calatrava, sobre todo, ya en tiempos del euro: un prodigio en su reflejo de alineaciones, jornada a jornada, los campeonatos regionales, promociones, resultados hasta la 3ª División, competiciones europeas, mundiales, discusiones, escándalos y la andadura de nuestra selección nacional. Una especie de vademécum futbolístico.

Juan Sáenz en la actualidad. Hace 40 años prefirió ser para los kioscos y la historia del fútbol Enrique Fuentes.

Juan Sáenz en la actualidad. Hace 40 años prefirió ser para los kioscos y la historia del fútbol Enrique Fuentes.

La «Historia del Campeonato Nacional de Liga» dejó tan buen sabor de boca entre los gestores de Editorial Frontera e hizo tanto bien a sus arcas, que decidieron explotar la temática del balón con una «Historia de la Copa». Juan había mostrado de sobra su capacitación, y por supuesto contaron con él, aunque una vez más «asesorado» y «dirigido» por otra figura periodística del momento: el manchego Pedro Escartín, como Melcón árbitro durante sus años mozos -y no tan mozos- a la par que divulgador desde las más de 30 ediciones del «Reglamento de fútbol comentado». Un puñado de cuartillas a modo de presentación, constituyó toda su asesoría.

Y ahí concluyó la carrera de Juan, o Enrique Fuentes, si se prefiere, como historiador deportivo, por más que desde la cúspide editora volviesen a tentarle:

«Más adelante aún me propusieron preparar la historia del Real Madrid en la Copa de Europa. Dije que no me interesaba».

Juan Sáenz dejó el sector editorial hacia 1972, sin que la pretendida historia del Real Madrid por Europa llegase a ver la luz. Alejado del mundillo editor, aún siguió atesorando durante varios años las páginas deportivas de los lunes, imprescindibles para dar continuidad a su historia en una hipotética reedición actualizada que nunca se le ofrecería. Mientras seguimos charlando al respecto y sobre la dimensión estadística que el masivo disfrute de los ordenadores ha regalado al fútbol, flotan en el aire unas últimas preguntas que finalmente caen. ¿Por qué emboscar su autoría tras el antifaz de Enrique Fuentes?. ¿Por timidez, quizás?. Durante años se dio por descontado que Juan y Enrique eran hermanos, de los que nadie sabía nada concreto. Se llegó a rastrear en vano entre los «Fuentes» de la guía telefónica madrileña.

Juan sonríe una vez más.

– Al fin y al cabo -concluye afirmando-, Enrique es uno de mis tres nombres de pila, y Fuentes el apellido de mi madre. Firmara como firmase, no dejaba de ser yo.

Tiene razón. Y quienes mordimos el cebo de la historia futbolística durante el decenio de los 70, nunca terminaremos de estarle agradecidos.




Un paso lógico

 Así, a bote pronto, se me ocurre que aunque mi incorporación a CIHEFE tuviese lugar hace 12 años, cuando la agrupación llevaba andado un buen trecho, ese paso no dejaba de resultar lógico.

Recuerdo que el viejo «Carrusel Deportivo» de Chencho, Antonio de Rojo, Langarita o Pepe Bermejo, aquel de anís La Asturiana y coñac Decano, » Caballero, ¡qué coñac!», solía poner fondo a mis juegos infantiles los domingos de invierno. Eran tiempos de Gento, Segarra, Puskas, Carmelo y Koldo Aguirre, entonces todavía Luis, porque el franquismo dejaba poca cabida a lenguas no imperiales. También despuntaba una perla peruana apellidaba Seminario. Y otro joven de idéntica procedencia apodado Sigi, con tanta técnica individual como escaso fondo físico. Cuando el Bachiller me llevó a Bilbao, pude ver en directo las marrullerías de Griffa, el buen toque de Uribe, las galopadas de Arteche, el saber estar de Zoco, por muy patoso que pareciera, las palomitas de Pazos, la eficacia de  Jorge Mendonça, el tesón de Simonet y la pasmosa seguridad de un neófito Iríbar, ataviado siempre de negro, como Felipe II. También, sobre todo si andaba escaso de fondos, solía ver a los Barrena, Zorriqueta, Urquijo e Irusquieta, del Indauchu. Es lo que tenía la 2ª División: Garellano era campo más barato.

Hacia 1965 llegó a mis manos el primer Dinámico. Quiero decir que fue entonces cuando supe de su existencia. Y desde ese instante comencé a glosar en un cuaderno las trayectorias de nuestras estrellas. Ficha, del Málaga, había estado antes en el Valencia. Lalo, del Murcia, era el del Granada y Oviedo. Ramos, un uruguayo prematuramente calvo, había pasado por Madrid y Santander antes de recalar en Elche. Eulogio Martínez había sido «culé» antes de lucir el escudo colchonero… No sabía muy bien a dónde me llevaba semejante empeño, pero disfrutaba haciéndolo. Diez años más tarde, cuando empecé a cruzar los Pirineos por razones profesionales, descubrí en Italia unos anuarios detalladísimos. Todo un lujo, vaya. Un ataque de envidia muy poco sana. Y es que allí, hasta los álbumes editados por Panini para sus cromos contenían filiación y trayectorias completas de cada futbolista. Después de todo, pensé, mi manía no era tan rara. Mejor aún, hubiera sido innecesaria de vivir en Italia y ser el calcio «mi» campeonato.

Por esa misma época, otros asuntos relacionados con el fútbol me atraían poderosamente. El bochornoso escándalo de los falsos oriundos, por ejemplo. Una cincuentena de sudamericanos con partidas de nacimiento falsas, pases internacionales sin ningún crédito y rostro de cemento Portland, introducidos a martillazos en nuestros equipos. Los había con padres postizos; argentinos fingiéndose paraguayos; hijos, nietos y biznietos de españoles, con rasgos y constitución inequívocamente guaraní; y hasta uno, al parecer, con abuelo de Celta de Vigo y abuela de Hércules de Alicante. Un filón demasiado jugoso para no reclamar mi atención. Nada, a lo que se ve, parecía responder fielmente a cuanto nos contaban. De manera que buceé cuanto pude en aquellas aguas turbulentas. Luego resultó que un par falsos españoles vistieron la camiseta de nuestra selección nacional, para escarnio federativo y censura ácida de UEFA y FIFA. Se echó tierra al asunto y aquí paz y después olvido, que la cuestión daba para poca gloria.

Tampoco se sostenían otras muchas «verdades absolutas» de nuestro balompié. ¿Qué era eso de que nuestros futbolistas apenas emigraban a campeonatos extranjeros?. Por supuesto que salían. Y no sólo en los 60, años de oro para Luis Suárez, Del Sol y Peiró en el calcio, sino en los 50, cuando conseguir pasaporte resultaba harto complicado para demasiados españoles, y los clubes de la piel de toro habían convertido el derecho de retención en cadena perpetua. Se iban a puñados. A Portugal, a México, a Francia, a Venezuela y Brasil, incluso a Sudáfrica, los Estados Unidos o Australia. Y qué decir de la hojarasca escondida entre deslumbrantes historias oficiales de clubes. Un mismo hecho merecía interpretaciones radicalmente contradictorias, dependiendo de la fuente manejada. La historia del fútbol, dispersa y a menudo dudosa desde su origen, estaba por escribirse. Abundaban relatos de oídas, o «de memoria», chirriantes tan pronto se enfrentaban al hecho o hechos desnudos. Sólo había que remangarse, tomar aliento y ponerse a ello.

Como siempre ocurre, unas cosas me condujeron a otras. Al preguntarme qué ocurría con muchos astros tras colgar las botas, cómo se sentían al volver a ser «mortales» -tropo de Emilio Butragueño por demás lúcido-, destapé una caja de sorpresas. Abundaban los casos patéticos, los despeñados desde el cuerno de la abundancia, hasta el punto vivir situaciones muy complicadas. Sus años sobre el césped no les habían vacunado para las zancadillas de la existencia. Fui sumando hasta un centenar de «Muñecos rotos». También me picó la curiosidad respecto a las quinielas. José María García habló y escribió bastante sobre el reparto de sus pingües beneficios, pero a nadie parecía haber interesado su historia. Al remangarme descubrí que ni siquiera nacieron en la fecha que aún hoy dan por válida en el Patronato, sino varios años antes. Curioso en verdad, puesto que precisamente en el Patronato tenían motivos para saberlo bien. Al poner en marcha el montaje que hoy conocemos, contrataron a uno de los más significados organizadores de quinielas precedentes.

Esta carrera de fondo venía llevándola en soledad, sin abandonar nunca las fichas de futbolistas. A veces, interrogando a cualquier protagonista o en contacto con la secretaría de algún club, tropezaba con otros «locos» igualmente aislados. Luego del habitual «¿y por qué le interesan a usted estas cosas, si no es indiscreción?», podía surgir al hallazgo: «Pues mire, suele andar por aquí otro muchacho con parecidos intereses. Debo tener su teléfono». El «muchacho» a veces era un socio, en otras ocasiones alguien enfrascado en redactar la historia de la entidad, o incluso cualquier vieja gloria ansiosa por poner en marcha la agrupación de veteranos. Como ocurre en todas las carreras de fondo, no todos divisaban la pancarta de meta.

Deben haber pasado doce años desde que un día, ojeando ejemplares atrasados de «Don Balón», tropecé con el anuncio de quien se decía amante de la estadística e historia futbolera. Apenas dos líneas en tipografía menuda, bajo una foto de buen tamaño. Le escribí. Una carta clásica, de las de sello y buzón, porque entonces no existía el «ADSL». Si acaso, una «RDSI» lenta como caballo del malo en westerns de serie B. Tuve respuesta e iniciamos una cordialísima relación. Él frecuentaba a Bernardo Salazar y Félix Martialay, cuyos libros yo conocía bien. Me contó estaba enfrascado en la enciclopédica tarea de historiar el Campeonato de España, la Copa, para entendernos. Cien años, partido a partido, con sus alineaciones, árbitros, goleadores y sustituciones, cuando éstas comenzaron a ser reglamentarias. Era Víctor Martínez Patón, y algún tiempo después supe que para ser tomado en serio prefirió no acompañar su foto al anuncio, sino la de su padre. Víctor aún estaba en el Instituto.

Meses más tarde hubo un encuentro de futboleros en Madrid, junto a la antigua sede federativa. Sin padrinazgo ni entrega de trastos, vi en aquello algo parecido a una toma de alternativa. Desde ese instante me sentí componente de CIHEFE.

La irrupción del ordenador proporcionó orden, agilidad y método a mis fichas de futbolistas. Me asomé puntualmente a los «Cuadernos» que como complemento de su revista editaba la RFEF. Un día, al igual que otros miembros de CIHEFE, me vi redactando sucintas biografías para el Diccionario de Autoridades de la Real Academia de la Historia. Y por fin confluyeron las fichas de Félix, pulquérrimas, aunque de trazo enrevesado, con las que yo iniciara hacia 1965, sin haber cumplido los 14. Hoy deben superar las 30.000.

Conforme aseguraba al principio, mi ingreso en CIHEFE resultó tardío. Quizás perdiera el tiempo en lentos meandros. Pero hasta los ríos perezosos concluyen desembocando en otro más caudaloso.

CIHEFE, entre tanto, seguirá buscando ese mar de historias difusas, enredadas y ocasionalmente oscuras, que junto a páginas brillantes y espacios en blanco acompañan al fútbol español.

 

 

 

 

 

José Ignacio Corcuera




Guillermo Gorostiza: de «bala roja» a bala perdida

Guillermo Gorostiza Paredes, extremo izquierdo en el Athletic de preguerra o el Valencia campeón tras la victoria franquista, fue, en su época, ídolo equiparable a los más actuales Raúl, Xavi Hernández, Fernando Hierro, Butragueño, Quini, Santillana, «Tarzán» Migueli o Asesnsi. Al igual que ellos, disfrutó de gloria, títulos y dinero. Al menos de todo el dinero que aquel fútbol podía proporcionar. Sin embargo no supo encarar la vida, ni como futbolista ni, sobre todo, al colgar las botas. Para cuando quiso advertirlo, había precipitado su porvenir por el barranco del despilfarro y los vapores etílicos, en uno de los más clamorosos derrumbes del fútbol arcaico. Hoy día, cuando para tantos aficionados no es sino un ilustre desconocido, repasar sus andanzas podría tener mucho de lección.

Rapidísimo, ágil, ambicioso e intuitivo, y por todo ello 19 veces internacional cuando, hizo valer su potente disparo con la izquierda, saltó al celuloide, alimentó de sueños a miles de niños famélicos e hizo de su propia vida una fantasía interminable.

Hijo de un médico notable que llegaría a alcanzar la presidencia del Colegio Vizcaíno, en su casa hubo sirvientes, dinero para estudios, balones y juguetes, y ni uno sólo de los problemas que en demasiados hogares vizcaínos  se afrontaba a diario para llenar los estómagos.

Siendo todavía un niño destacaba sobremanera en los partidillos de fútbol, mientras  su escaso apego a los libros le hacía flirtear con el pelotón de los torpes en la escuela. De esa época dató su primer apodo, «Lorito», indudablemente inspirado por su perfil. El otro, el que habría de hacerle famoso, es decir «Bala Roja»(1), no le fue adjudicado hasta sus años de gloria en el Athletic bilbaíno.

Sorprende que lo de «Bala Roja» le acompañara como una prebenda incluso después de la Guerra Civil, cuando el término rojo si no estaba claramente proscrito, se adscribía al oprobio y la demonización. Pero no adelantemos acontecimientos, porque antes de que Gorostiza alcanzase la categoría de mito, sucedieron varias cosas.

Por ejemplo que su padre, harto de verle amontonar suspensos, decidió sacarlo del Colegio Sagrado Corazón, en Miranda de Ebro, para introducirlo de pinche en la Naval de Santurce; que continuó jugando al fútbol pese a la prohibición paterna, llegando a firmar contrato por 150 ptas. con el Arenas, recién cumplidos los 19 años; que como su progenitor continuara empecinado en no verlo vestido de futbolista, fue enviado a Buenos Aires junto a su hermano, de donde regresarían a los pocos meses tras padecer diversas dificultades(2); que desarrolló su meritoriaje en el Racing ferrolano, aprovechando bien su paso por la ciudad departamental, a la que había llegado con intención de ingresar en la Armada. O que durante su primera temporada como rojiblanco, 1929-30, jugase ya todos los partidos de liga (entonces sólo 18) y cantara 20 goles, convirtiéndose en máximo anotador del torneo. El público de San Mamés acababa de descubrir un nuevo ídolo en el chico que corría la banda izquierda sin que nadie acertara a pararle, y Mr. Pentland un seguro para su ambición de títulos. Todo ello después de que litigaran los rojiblancos bilbaínos con sus rivales de Las Arenas, a causa de aquellas 150 ptas. satisfechas años atrás como contraprestación contractual. Un partido amistoso en Ibaiondo y 21.500 ptas. para las arcas guechotarras zanjaron la discusión.

Mucho tuvo que agradecer Gorostiza en lo deportivo al inglés de puro inmenso e inseparable bombín. Fue Pentland quien, consciente de sus cualidades, encargó a Chirri II, ingeniero en el centro del campo atlético y tras su retirada de los estadios, no le pasase nunca el balón al pie, sino unos metros adelantado. El propio Pentland le enseñó a cortar el campo en diagonal, con los ojos clavados en la portería adversaria, para extraer el máximo provecho a su trallazo con la derecha. E igualmente Pentland, no sólo el entrenador más laureado de la historia bilbaína sino el que más hizo durante los años 20 y 30 por modernizar el fútbol español, quien le insuflara toda la confianza en sí mismo que necesitaba sobre el césped, y de la que carecía por completo al vestir de paisano. Pero también bajo tutela de Pentland comenzó a acercarse al mundo del alcohol y el lupanar, del jolgorio y la holganza, de la batahola y el derroche, para el que parecía estar predestinado.

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El joven Guillermo Gorostiza en sus tiempos como pupilo de Mr. Pentland.

Poco eficaces resultaron los esfuerzos posteriores de entrenador y directivos, quienes incluso emparejaron a semejante torbellino con Isaac Oceja en las habitaciones de los hoteles, cada desplazamiento. Si Oceja, alto y enjuto como una creación de «El Greco», y austero, parco en palabras, digno y noble, no lograba contagiarle ninguna de sus virtudes, es que al muchacho no había quien pudiese encarrilarlo. Por desgracia ni el bueno de Isaac logró ejercer de bálsamo. Gorostiza siempre hallaba una última luz encendida, un último bar o una casa de tolerancia con la puerta entreabierta. Aparecía de madrugada, alborotado el flequillo y asomándole a los ojos el vértigo en que volcó su vida. Daba igual amonestarle. En el césped volvía a hacerse perdonar, desbordando contrarios e incrementando los guarismos del marcador.

Hoy, cuando hasta los clubes de 3ª División disponen de estatutos, regímenes de disciplina interna y estrictas normas de comportamiento, cuesta trabajo entender cómo Athletic y Valencia, dos entidades de alcurnia, se avinieron a soportar impertérritas las escapadas de semejante individuo. Por aquel entonces, claro, nada era como en la actualidad. El flemático Mr. Pentland actuaba con su muchachada fuera del campo como un padrazo condescendiente, encajando sin rechistar bromas que ningún técnico actual consideraría tolerables. Consta, por ejemplo, que una tarde, aprovechando su digestión de vino riojano -al que el inglés se había aficionado bastante-, los futbolistas atléticos cerraron a cal y canto las ventanas de la alcoba y le hicieron creer se había quedado ciego, disputando a voz en grito y a oscuras una imaginaria partida de mus. Más conocido resulta el rito de destrozarle el bombín de un puñetazo, al concluir las finales coperas saldadas con victoria rojiblanca.

Otros testimonios no harían sino incidir en la casi total ausencia de disciplina, como característica general en el fútbol antiguo.

José Luis Ispizua, compañero de Gorostiza como habitual suplente en el portal Atlético -y que, por cierto, conoció durante 4 años y en su condición de «rojo separatista» los penales de El Dueso, Puerto de Santa María, Sevilla y Dos Hermanas, al término de la Guerra Civil- recordaba, mirando hacia atrás lleno de nostalgia, el «libertinaje» de los jugadores tras cada partido: «Si estábamos fuera, cuando salíamos del vestuario nos decía el entrenador que el autobús partía a las 7 de la mañana. Muy pocos dormían en el hotel y, naturalmente, acabábamos encontrándonos casi todos en los mismos sitios. No nos cuidábamos mucho, pero teníamos una afición tremenda».

Parecía el caldo de cultivo ideal para que temperamentos irrefrenables como el de «Bala Roja» camparan a sus anchas. Y a fuer de sinceros, supo aprovecharse bien.

Quienes lo conocieron esbozan de él un boceto común. Infantilón, feliz aparentemente, escaso de personalidad y con menos voluntad aún, hacía de cada encuentro con los conocidos una aventura, sin importarle cuál pudiera ser su final. «Se tropezaba con un conocido por la calle y le preguntaba: ¿Qué haces, a dónde vas?. Si el otro le respondía que iba a misa, igual le acompañaba, tan tranquilo. Y lo mismo si le decían que a tomar una copa o echar alguna canita al aire. Así era Goros, un hombre bueno, aunque sin voluntad».

Fuese o no muchas veces a misa como acompañante, resulta incontestable que Gorostiza se descolgó en muchas más ocasiones por tascas, tabernas, cantinas y casas de lenocinio, al tiempo que desarrollaba una envidiable carrera en 1ª división, resumida conforme sigue.

Trayectoria deportiva de Gorostiza

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Su endeble personalidad acabaría encontrando cómodo ese dejarse llevar, si bien una vez, al menos, supo plantarse ante alguien más bragado e iniciar la marcha atrás. Ocurrió durante la gira europea del Euskadi, especie de selección propagandísticodeportiva formada durante la Guerra Civil. Y ello teniendo como oponente dialéctico al gran Regueiro, uno de los caracteres más fuertes en el fútbol de preguerra, a la par que líder indiscutido entre los participantes en aquella malhadada aventura. De regreso a Bilbao mientras el Euskadi partía hacia América, Gorostiza combatió algunos meses en un Tercio de Requetés, y al finalizar las hostilidades volvía esperándole la banda izquierda de San Mamés.

Indiscutible al reanudarse las actividades, el Athletic decidió desprenderse de él antes de que echase a rodar la pelota en el torneo 1940-41. Varios fueron los motivos de tal decisión. Por un lado pesaba su constante indisciplina y malos hábitos. Por otro los 30 años recién cumplidos, edad casi provecta en un equipo reconstruido con sangre muy joven. Y finalmente estaba la nada despreciable oferta girada desde Valencia. Pero lo que acabó persuadiendo a presidente y directiva fue poseer en la recámara un sustituto de lujo apellidado Gaínza, escurridizo, veloz, y pillo como pocos.

Las 120.000 ptas. ingresadas por su traspaso pueden parecer poca cosa desde nuestra actual perspectiva. Sin embargo constituían una enormidad en el marco del país destrozado que era España, con sueldos que -cuando los había- difícilmente superaban las 850 ptas. Sirva también como contrapunto la referencia de su primer contrato con el Athletic: 500 ptas. mensuales y 18.000 de ficha por 3 años.

«Goros» comenzó muy bien junto al Turia, aunque sin abandonar viejos hábitos de vida. Ni el matrimonio -se había casado en 1937 con Virginia Alcaraz y de esa unión nacieron dos hijos-, ni la oscura atmósfera de posguerra parecían poder frenarle. Su entrenador, Eduardo Cubells, tampoco logró meterle en cintura. Y pese a que sus 21 goles contribuyeron decisivamente a la consecución del Campeonato liguero 1941-42, para el año siguiente prefirió contar con Salustiano, un extremo de mucha menor calidad futbolística, mal aceptado por la grada de Mestalla. Gorostiza jugó poco al año siguiente, cantó 2 únicos goles y los chés concluyeron en séptima posición. Entonces arreciaron las broncas del graderío a Salustiano, como forma de manifestar su disconformidad con Cubells y sus alineaciones. El técnico no tuvo más remedio que ceder. Gorostiza podría ser un problema fuera del campo, pero sobre el terreno de juego resultaba imprescindible, pesa a sumar 34 años. Y de ese modo, sus 14 goles, unidos a los 11 de Epi y los 29 de Mundo, más la colaboración de otros artilleros con menor puntería, catapultaron al once valenciano hasta un nuevo título la temporada 1943-44.

Toda la rivera del Turia volvió a rendirse al gran extremo. Jugaba endiabladamente, electrizaba al público, sacaba de quicio a las defensas adversarias. Pero seguía bebiendo como un cosaco, pese a las constantes amonestaciones de la directiva.

El medio Vicente Asensi, con quien compartió muchas horas de vestuario y desplazamientos, lo recordaba como una especie de Jekyll y Mr. Hyde.

«Le pegaba al vino o al coñac. Era una especie de droga para él. No lo podía evitar. Más noble y mejor persona, imposible; pero tenía que beber. Yo le he visto estar quince días sin probar el alcohol y no ser capaz de jugar, ni de enviar una pelota a quince metros. Sin embargo en otras ocasiones, como una vez en Vigo, llegar mal el sábado (beodo) y hacer un partido enorme al día siguiente. Era un «perdut». En vez de «Bala Roja» yo le llamaba «Bala Perdida».

Coincide en la descripción quien fuera presidente ché, el muy llorado Luis Casanova:

«A Gorostiza lo fichamos por consejo de Luis Colina (3). Y a pesar de todo lo mucho y malo que se habló y escribió sobre él, era un bendito. Una vez, después de ganar en Sevilla, se fue de juerga y apareció el domingo siguiente, en Vigo u Oviedo, no recuerdo bien, donde teníamos que jugar. Apareció por la caseta un empleado del campo y le dijo a Luis Colina: Oiga, ahí fuera hay un hombre con aspecto de pordiosero, empeñado en convencerme de ser Gorostiza. Yo, claro, no le he dejado pasar. Salió Colina como una flecha, metió al futbolista en los vestuarios, y éste, arrodillado, pidió perdón. Había que verle, llorando como un mocoso y solicitando ser alineado. Hizo un partido soberbio. Después, un juzgado de Sevilla nos reclamó 120.000 ptas. por daños causados en no sé dónde, un sastre otras 20.000… En fin, era único».

En Sevilla, al parecer, afloraban sus dos rostros como en ningún otro sitio. Así lo acredita otro suceso no menos definitorio.

Durante los años 40, la escasa autonomía de los autobuses movidos por gasógeno, y el deplorable estado de las carreteras, reducidas a un puro socavón, convirtieron al tren en vehículo ideal para el desplazamiento de los equipos de fútbol. Como entonces las ciudades eran mucho más pequeñas y los futbolistas no conocían la intensa presión a que hoy les someten sus hinchadas, solían cubrir los trayectos del hotel al estadio y viceversa, en servicios públicos de locomoción o andando. Y eso fue lo que un domingo decidieron hacer en la capital del Guadalquivir, Iturraspe, Lelé, Eizaguirre, Gorostiza y Epi.

No muy lejos del campo y observando les sobraba tiempo, se detuvieron en un bar para tomar café. Gorostiza pidió además una copa, se la bebió y aún solicitó otra. Epi, el más serio de todos y un poco conciencia colectiva, se lo reprochó. La respuesta de «Bala Roja» no se hizo esperar. «Pues mira por dónde, ahora no va a ser una copa, sino cuatro. Camarero, sírvamelas». Ante el estupor del cuarteto, Gorostiza las alineó en el mostrador y fue echándoselas al coleto, casi sin respirar. En el vestuario tuvieron que anudarle las botas a escondidas del entrenador, porque sus dedos no eran capaces de nada. Llegó el momento de saltar al césped y con muy pocos minutos jugados el árbitro pitó un penalti en el área local. Solía ejecutarlos nuestro protagonista (4) y allá fue, como si se hallara en plenitud. Casi no acertó al balón y en cambio dejó un boquete sobre la cal del punto fatídico. Los graderíos rieron, silbaron, e incluso llegó a escucharse el «¡Borracho, borracho!» desde las localidades económicas. Cuando Lelé acudió a levantarlo, porque se había caído de bruces, percibió su juramento. Iban a saber los andaluces quién era él.

Hora y media más tarde, el marcador registraba una cómoda victoria valenciana. La portería andaluza había sido perforada en 4 ocasiones con la decisiva participación del mismo jugador en todos los goles: Gorostiza. Un Gorostiza tan rabioso como para sobreponerse a la intoxicación etílica.

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El «Bala Roja» de sus  últimas tardes en Valencia. Algo pasado de kilos pero dueño aún de cierta velocidad y mortífero disparo con la derecha.

Tanto exceso, tanta juerga y vida desordenada, debía pasar factura tarde o temprano. Y aunque en su caso ocurriera más bien tarde, el tributo le resultó igualmente caro.

Al concluir la temporada 1945-46 había cumplido 37 años y la directiva ché decidió no renovarle. Cuatro tantos en el torneo liguero tampoco se antojaban aval merecedor de prórrogas. Su último gol con el escudo del Valencia fue el del honor en la final copera perdida en Montjuich, un campo que se diría maldito para los del Turia. Y aunque se le tributó un partido de homenaje, la recaudación del mismo resultó escasa, quién sabe si por culpa de la meteorología, el error al elegir contrincante, o porque el dinero no sobraba durante la dura y larga posguerra. Su presidente, al menos, le hizo entrega de una pitillera de plata, como obsequio personal, con esta inscripción: «A Guillermo Gorostiza, el mejor extremo izquierdo del mundo en todos los tiempos. Suyo afectísimo, Luis Casanova».

En Valencia no se acababa el mundo, debió pensar Guillermo. Su nombre aún decía algo al aficionado. ¿Por qué no iban a hacerle hueco en otras entidades?.

Parece que aporreó sin éxito algunas puertas, decidido a exprimir al cuero todo su jugo. Pero como todavía faltaban varios lustros para inventar la figura del representante y su mala fama le precedía, no obtuvo sino negativas más o menos suaves. Por fin recaló en el Baracaldo, entonces club de 2ª División. Y sobre el mar de tarquín en que solía convertirse Lasesarre, naufragó sin paliativos, física y anímicamente.

Nada sabía hacer, aparte de jugar al fútbol. Cualquier otro hubiese extraído algún rédito de su fama, habría montado un negocio con los ahorros o sabría tirar de influencias. Él no. Tras unos meses en paro y contra lo muchas veces publicado (se adjudica erróneamente su llegada a Trubia durante la temporada 1950-51), el 1 de enero de 1948 «La Voz de Asturias» se hacía eco de su ingreso en el Juvencia, acompañando a dos futbolistas procedentes del Real Oviedo: el interior Soberón y el defensa Paquito, a quien no debe confundirse con el más adelante medio internacional del R. Oviedo y Valencia, también jugador cascarillero unos años después. De su paso por la entidad cañonera se recuerdan especialmente un partido ante el Mirandés, en el campo de Quintana, donde además anotó dos tantos, y el soberbio golazo que hiciese encajar al Caudal de Mieres en Buenavista. Parece que en lo personal dejó muy buenos recuerdos de su breve paso por Asturias, ya que su compañero José Ramón publicó un articulito laudatorio en el álbum de fiestas trubieco ese mismo año, donde decía:

«A Guillermo Gorostiza. La mayor satisfacción que he experimentado en mi larga vida de jugador aficionado (veinte años) ha sido haberle tenido por compañero vistiendo la camiseta del Real Juvencia de Trubia».

Al arrancar la temporada 1948-49 todavía engatusó al presidente del Logroñés, quien para hacer frente a sus demandas económicas -los riojanos se batían en 3ª División- no se le ocurrió otra idea que contratarlo como jugador-entrenador. Los asistentes a Las Gaunas fueron testigos del desastre. ¿Cómo iba a imponer normas quien durante toda su vida no había hecho sino acreditar un total desconocimiento del vocablo «disciplina»?.

Los fracasos, parece evidente, ya no le preocupaban. Su obsesión era seguir tirando en el mundillo del fútbol, consciente de que fuera de él no tenía la menor cabida. A partir de ahí, sin embargo, de regreso a Vizcaya, su destino vistió luto riguroso. Convertido en sombra de sí mismo merodeaba por los bares o se dejaba caer por los hoteles donde pernoctaban los visitantes de San Mamés, buscando entre los expedicionarios algún viejo conocido a quien aplicar el eterno arte del sablazo. Su antigua pujanza física fue quedando en el fondo de los vasos. Ya no era «Bala Roja». Ni siquiera «Bala Perdida». Todo lo más un inútil casquillo después de la deflagración. Un hombre sin familia, sin presente ni futuro, al que además se le hacía dolorosa cualquier tentación nostálgica.

En el arranque de los años 60 estaba irreconocible. Los kilos que se le pegaran durante sus últimos años como futbolista, los que no pudo soltar ni con el constante entrenamiento, se habían esfumado hasta descubrir un rostro enjuto sobre chasis endeble. Así apareció en el blanco y negro de la película documental firmada por Summers «Juguetes Rotos», reclamando un trabajo, una ayuda que le permitiese vivir sin dejar más jirones de dignidad en cada esquina. Años atrás, cuando aún era mito, había co-protagonizado «Campeones» (1942), dirigida por Torrado sobre una producción del gran aficionado y mecenas celtiña Cesáreo González. Puede que gracias al reparto, en el que figuraban Ricardo Zamora haciendo de entrenador, y Jacinto Quincoces, Mesa, Ramón Polo, Gorostiza y el entonces joven galán Carlos Muñoz encarnando a los futbolistas de un club imaginario, la cinta gozó de magníficas taquillas. En ella «Goros» casi hacía de sí mismo, dando vida a un jugador desinhibido, algo golfo y de vuelta en muchas cosas.

El punto final lo puso el miércoles 24 de agosto de 1966, en el sanatorio antituberculoso de Santa Marina, enclavado en la falda del bilbaíno monte Artxanda. No mucho antes había escrito al Valencia C. F., dando cuenta de su desesperada situación y solicitando ayuda económica. Le giraron dinero en recuerdo de los viejos tiempos, y porque el fútbol de entonces, henchido de humanidad, ni imaginaba ser presa, destripados los almanaques, de la ingeniería contable, las dictaduras del marketing y el desprecio a todo cuanto no pudiera ser convertido en guarismo financiero.

Atrás quedaban 19 entorchados internacionales, cuando apenas se disputaban este tipo de choques, 6 títulos de Liga y nada menos que 5 de Copa. Un todo como futbolista y un casi nada como hombre capaz de sobreponerse a las dificultades.

La fatalidad quiso que buena parte de la prensa vasca ni siquiera le otorgase el último homenaje de una buena necrológica. Justo la tarde anterior, «Bolero», un toro azabache de la ganadería de don Álvaro Domecq, había empitonado mortalmente en la plaza de Vista Alegre al banderillero Antonio Ruiz, tiñendo de luto las fiestas patronales. Ese hecho saltaba a las primeras planas y usurpaba el espacio de otras noticias. Tan sólo «Joma», redactor deportivo de «La Gaceta del Norte», derramaba unas gotas de emoción en su breve artículo. Gorostiza había ingresado en el sanatorio el 25 de octubre del año anterior y según el capellán «no dejó de comulgar un solo día». «Joma» escribió que Gorostiza había sido un anarquista en el vivir y en el jugar. «Su mejor virtud fue que ni se pareció a nadie, ni antes, en y después se pareció nadie a él. Es absurdo driblar así, argumentaban. Y él driblaba así. Como ese avanza no se puede tirar a gol. Y él avanzaba como él, y tiraba y marcaba. El Atlético y, por qué no, el Racing de Ferrol también, el Valencia, el equipo de España, los futbolistas del mundo, incluso Rusia y los países satélites, su Santurce, recordarán y honrarán al mejor extremo del mundo, habido y, por ahora, por haber. Guillermo, tu muerte no fue como muchos juzgaron tu juego: a lo loco, sino a lo cuerdo. Ganaste la gran final».

A sus amigos de antaño se les escapó alguna lágrima y Luis Casanova pudo leer en la prensa, emocionado, que bajo la almohada del difunto hallaron una pitillera con dedicatoria, recuerdo de su etapa en Mestalla. «Con las penalidades que pasó al final, con lo mal que andaba de dinero, y no se pudo desprender de aquel regalo -recordaba el mandatario ché-. Quién sabe si no veía en la pitillera el cordón umbilical que le mantuvo unido al Valencia desde la distancia».

Quién sabe. Los futbolistas de entonces sí sentían los colores. El fútbol mismo era un sentimiento y no un libro mayor cargado de números rojos.

.- (1) El propio Gorostiza desconocía la paternidad de su apodo, según declaró en una entrevista. «Debió ocurrírsele a Rienzi o Gobeo, aunque nunca logré averiguarlo. La verdad es que me gustó, pero tanto antes como incluso luego me llamaban Goros».

.- (2) Guillermo recordaba el viaje de esta manera: «Embarqué en el Axpe Mendi pagando las 7,50 pesetas diarias que costaba el viaje y la manutención, con el compromiso de trabajar a bordo. Me dijeron que pintara el barco y estuve haciéndolo durante toda la travesía. Le di no sé cuántas manos. Como ese buque naufragó en la siguiente travesía, me dije que igual se habría desnivelado por la cantidad de pintura que debí ponerle».

.- (3) Luis Colina Álvarez fue de todo en el fútbol pretérito: árbitro internacional, federativo, secretario técnico y gerente, destacando como gran pescador de talentos al servicio del Valencia.

.- (4) Con relación a sus lanzamientos desde el punto de penalti dijo: «No tienen secreto: dureza, puntería y cuanto antes. Un golpe de sangre. Es más, elijo el sitio y tengo la nobleza de indicarle al portero por dónde se lo voy a colar. Es cuestión de potencia y rapidez». Aunque las estadísticas sobre esa época no resultan muy fiables, parece que de sus 30 lanzamientos falló 2: uno enviado al graderío y otro a la madera.




Cuando España tuvo su campeonato de Marruecos

Hubo un tiempo en que nuestro fútbol tuvo su federación territorial africana. Y hasta existió un club español representando entre los grandes de nuestra 1ª División a Tetuán, ciudad marroquí hoy día. Como esto sucediese hace ya mucho, en la época del Protectorado, y probablemente resulte semidesconocido para el aficionado medio de nuestra época, bueno será dedicarle un vistazo.

En 1912, un acuerdo político entre Francia y España dividió el territorio marroquí en dos Zonas de Protectorado: el Norte, una lengua estrecha, montañosa y no muy rica, correspondió a España; el Centro y Sur, franja mucho más amplia, con extensas áreas despobladas aunque mejor dotadas de materias primas, vio ondear la bandera francesa. En el Protectorado Francés se hallaban las viejas Ciudades Imperiales marroquíes, hoy objeto de peregrinaje turístico (Fez, Meknes, Rabat y Marrakech). En el Español brillaba con luz propia Tánger, gracias sobre todo a su condición de puerto franco, al comercio convencional que de ello derivaba, o a sus comprensibles secuelas en forma de trapicheo y  contrabando. Tanto la parte española como la francesa fueron sacudidas durante años por un rosario de guerras, levantamientos y escaramuzas, pues los marroquíes, cuya opinión nadie se molestó en sondear, distaron mucho de aceptar tranquilamente aquella dominación. Por cuanto al Marruecos Español se refiere, la pacificación no se produjo hasta 1927, aunque Tetuán hubiese sido ocupada en 1913 y Xauen en 1920.

Para entonces, el fútbol no era un deporte desconocido al otro lado del estrecho. Ceuta y Melilla, las dos plazas de soberanía española, se enorgullecían de poseer su par de clubes representativos. Madrugó más Melilla, con la constitución en 1912 del Sporting Melillense. Queda constancia de ello porque en setiembre de ese año, al programarse una exhibición del aviador francés Mauvais como plato fuerte de los festejos patronales, la muchachada del Sporting también quiso unirse a los acontecimientos, incrustando un «match» de «foot-ball» entre sus equipos A y B en terrenos de la Sociedad Hípica. Los ceutíes aún debieron esperar un poco para ver fútbol, puesto que el Ceuta Sport no habría de constituirse hasta 1919. Justo dos años antes, en 1917, se creaba la Asociación Africana de Clubs de Fútbol, con sede y primer campeonato en Melilla. La entidad triunfadora en esa edición inaugural fue el Reina Victoria Eugenia (camiseta amarilla y negra, a listas horizontales, muy a la inglesa, y pantalón blanco). Los demás componentes de aquel torneo, reducido al ámbito melillense, fueron: San Fernando (camisetas blanquiverdes y pantalón blanco), Iris (camisetas rojas) y Santa Bárbara, cuya equipación, al menos para quien suscribe, continúa siendo un misterio. Ese primer campeón, animado, quizás, por su cosecha de laureles, se embarcó en la primera gira peninsular de que existe constancia en el fútbol norteafricano. Los públicos de Madrid, Barcelona y Valencia, tuvieron ocasión de verlos desempeñar un digno papel, según contaron al regreso.

Otros clubes fueron añadiéndose a los citados: el Racing, el Fortuna, el C. D. España y Unión Juventud de Melilla, por ejemplo, aparte de equipos militares como el de Sanidad o el de la Sociedad Hípica. La actividad deportiva tuvo que ser suspendida coyunturalmente, coincidiendo con el estallido de las más sanguinarias revueltas cabileñas (la de 1921, sobre todo). Pero el fútbol ya había arraigado. Y gracias a los jugadores peninsulares de tronío que eran destinados al Norte de África para cumplir sus deberes militares, en Ceuta y Melilla pudieron disfrutar de lo lindo. Aguirregoitia (Arenas de Guecho), Prats (Baracaldo, que debutaría como internacional en 1927), Arrillaga (Real Sociedad de San Sebastián), Santiuste (Racing de Santander), Conrado Portas (Español de Barcelona y también internacional), fueron sólo algunos de ellos.

No parece, de cualquier modo, que el público del Protectorado, o al menos buena parte del mismo, estuviese muy al corriente sobre la realidad del fútbol. Eso se desprende de la crónica recogida por el «Telegrama del Rif», periódico melillense, con ocasión de la visita que el gran Ricardo Zamora hiciese a la plaza para disputar el 4 de setiembre de 1927 un «bolo» de exhibición. «El Divino» fue recibido como el ídolo que era, claro está, no sólo entre ovaciones y vítores, sino hasta el extremo de que el ferry a Málaga partió de Melilla con dos horas de retraso, porque el guardameta estaba arbitrando un combate de boxeo. Pero lo más curioso se desarrolló durante la disputa del partido. Parte del respetable abroncó a los jugadores del combinado cuyo portal defendía Zamora, por su empeño en evitar que los contrarios disparasen. Si no chutaban a gol, obviamente no podrían deleitarse con las «palomitas» del ilustre.

El 3 de enero de 1931, cuando el régimen monárquico comenzaba a dar síntomas de desmoronamiento, la Asociación Africana dio paso a una naciente Federación de Fútbol Hispanomarroquí, presidida por D. Luis Sánchez Urdazpal. Dicha Federación coordinaría todo el fútbol del Protectorado Español, así como de las ciudades de Ceuta y Melilla, y tendría su sede en Ceuta. Sorprende, y no poco, el «traslado» federativo, considerando que durante aquellos años solían destacar la fuerza y pujanza de los equipos orientales. O sea, los de Melilla. A buen seguro Ceuta contó con la habilidad de Sánchez Urdazpal, quien se mantuvo en el cargo durante nada menos que 15 años.

Es mucho lo que el fútbol norteafricano debe a aquel hombre tenaz. Gracias a su insistencia, la Federación Española consintió al término del ejercicio 1935-36 que el fútbol hispanomarroquí tuviera su representación en la 2ª División estatal. La Guerra Civil, empero, retrasaría dicha circunstancia.

Para entonces habían ido surgiendo un buen puñado de clubes por todo el Norte marroquí del Protectorado. En Tetúan destacaban el Hispano Marroquí, el Tetuán F. C, y el Sporting, a los que en 1925 se unieron  la Sociedad Deportiva España y el Tetuán Sport. Pero aún faltaba por nacer el más grande: el Atlético de Tetuán. Y para su gestación contribuyó decisivamente el traslado profesional del entonces teniente Fernando Fuertes de Villavicencio.

Fernando Fuertes había jugado en el Athletic de Madrid cuando sus obligaciones militares y Luis Olaso se lo permitían, que no era demasiado a menudo. Luis Olaso, optante a su misma demarcación de extremo izquierdo, acabó cerrándole el paso a la titularidad. Para poder jugar, Fuertes de Villavicencio estampó su firma en la ficha del Racing madrileño, donde el puesto de extremo zurdo solía ser ocupado por Luis Prieto Cerezo, hijo del célebre político socialista Indalecio Prieto. En Tetuán, con la ayuda de unos pocos militares y varios soldados de reemplazo, tardó poco en crear (marzo de 1933) el Athletic Club de Tetuán. Sus colores rojiblancos constituían un claro homenaje al Athletic madrileño, y su escudo, obra del bilbaíno José Bacigalupe, estaba muy inspirado en el del otro Athletic, el de Bilbao.

La temporada 1933-34 ese recién nacido Athletic tetuaní ascendería de Segunda a Primera Categoría Regional. Una campaña bastó a sus hombres para tomar el pulso a la nueva división, porque la siguiente, última temporada de preguerra (1935-36) concluyeron el torneo invictos. Aquella primera plaza proporcionaba el derecho a participar en el Campeonato de España (la Copa), donde eliminaron al Tenerife y sucumbieron ante el Malacitano, por entonces máximo exponente futbolístico de Málaga. Además, gracias a las gestiones del eficaz y bien relacionado Sánchez Urdazpal, el campeonato hispanomarroquí garantizaba una plaza en la 2ª División Nacional, conforme quedó apuntado.

El estallido de la Guerra Civil demoró el debut norteafricano en nuestra 2ª División. Pero la temporada 1935-36 no se despidió sin que la Federación Hispanomarroquí organizase su primer partido «internacional», donde los del Protectorado Español vencieron por 4-1 al Marruecos Francés. Aquella escuadra estuvo compuesta por jugadores del Athletic tetuaní, Ceuta, España de Tánger y Español de Tetuán.

Con la paz, entre exiliados a Francia o América, purgas, sufrimiento en los insalubres campos de concentración y miedo a los ajustes de cuentas, el Athletic, reconvertido pronto en Atlético, por imperativo franquista, debería haber reaparecido en 2ª. Pero ante su situación calamitosa, sin dinero ni futbolistas, con un terreno de juego impracticable, su directiva optó por la prudente renuncia. Los del otro lado del estrecho seguían sin representación oficial en el Campeonato Nacional, después de todo. La decepción, sin embargo, duraría poco. Fruto de la reestructuración futbolística llevada a cabo por el ente federativo estatal, que entre otras cosas supuso recuperar la fenecida 3ª División, el Ceuta Sport pudo batirse en el fútbol de bronce la campaña 1940-41.

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Francisco Lesmes, probablemente el mejor central español de su época, intransferible para un muy bien armado Real Valladolid, se hizo profesional en el Atlético de Tetuán.

 Para el ejercicio 1942-43 el Campeonato Hispanomarroquí, disputado en dos grupos, pasó a denominarse Campeonato de Marruecos. Los dos mejor clasificados de cada grupo afrontaban una fase final. Y aquel año, los clasificados fueron Atlético de Tetuán y África Ceutí (zona occidental) y Melilla C. F. y Unión Juventud Español de Melilla (oriental). Los tetuaníes, campeones de esa liguilla, por fin conquistaban la 3ª División. La campaña siguiente ya se disputó el torneo en un único grupo, y su campeón, la U. D. Melilla, se encaramaba también a 3ª.

Ceuta vería a su club por primera vez en 2ª División el ya lejano 1942. Melilla debió esperar hasta 1950-51 para seguirles la estela. El Atlético de Tetuán  había dado ese mismo paso en 1949-50, y todavía debutaría entre los más grandes el 9 de setiembre de 1951 (temporada 1951-52) frente al Real Zaragoza. Varios jugadores utilizaron el club tetuaní como trampolín hacia entidades más poderosas, e incluso hacia el internacionalato. Los hermanos Lesmes, Ramón Martínez «Ramoní», Román Matito… Y algún otro, como el marroquí de raza negra «Chicha», pudo haberlo hecho, pues el Barcelona de Kubala, Ramallets, Basora o Biosca, puso en ello todo su empeño. «Chicha», tan genial como desprendido, tan buen hombre que ni sabía moverse bien por la vida, renunció a salir de su Marruecos natal, probablemente porque el horizonte peninsular se le antojaba demasiado grande. Salvando las distancias de cultura y época, podría cuadrarle cualquier comparación con «Mágico» González, otro astro intermitente al que en la «Tacita de Plata» otorgaron cetro y corona.

La referencia a «Chicha» exige alguna aclaración, puesto que los clubes norteafricanos gozaban de un curioso, aunque lógico privilegio: el de alinear a jóvenes marroquíes, incluso en tiempos de cierre fronterizo para el mercado importador. Negarles esa posibilidad hubiese equivalido a injusticia, si no a flagrante «apartheid». De ese modo, casi dos docenas de «extranjeros» trotaron por nuestros campos en categoría nacional, cuando ni los sudamericanos podían hacerlo.

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Rafael Lesmes. Del fútbol norteafricano al Valladolid, y de éste al Real Madrid que Alfredo Di Stéfano hizo inmenso.

 Los tiempos cambiaban. El colonialismo formaba parte del pasado. Los británicos, muy debilitados por la II Guerra Mundial, perdieron la India, su joya de la corona, el 15 de agosto de 1947, y muchos pueblos sin patria ni gobierno comenzaron a mirarse en aquel espejo. África también quiso despertar. Tímidamente al principio, con sangre y mucho encono después. Los franceses, tratando de mantenerse en Marruecos a toda costa, destronaron al sultán Mohamed Ben Yusuf para colocar en su puesto a Muley Ben Arafa, pura marioneta gala. El gobierno español estuvo desde el principio en desacuerdo con la fechoría, y ello evitó en la franja norte las manifestaciones y atentados del área francesa, que a la postre concluyeron con la restitución del sultanato al depuesto y la formación de un gobierno provisional, nacionalista, como puente hacia la independencia. España tuvo que secundar esa fórmula. El 13 de enero de 1956, el Consejo de Ministros franquista acordaba iniciar negociaciones para la independencia de Marruecos, culminadas tres meses después. Desde ese instante ya no hubo Protectorado, y sin éste carecía de sentido una Federación Hispanomarroquí. Muchos españoles residentes en Tetuán pusieron rumbo hacia Ceuta, en tanto otros muchos «tangerinos» cruzaban el estrecho para desembarcar el Algeciras. Justo el mismo camino que siguieron los clubes más señeros de ambas ciudades.

El fútbol español había acogido en categoría nacional al C. D. Alcázar, de Alcazarquivir; C. D. Pescadores, de Alhucemas; Imperio Riffien, de Fnideq; Larache C. F.,  de Larache; C. D. Alcazaba, Escuelas Hispano Árabes, U. D. España, Maghreb El-Aksa, U. D. Sevillana y U. D. Tangerina, todos ellos de Tánger; y Español C. F y Atlético de Tetuán, de esta última localidad. El 10 de julio de 1956, el Atlético tetuaní se fusionó con la S. D. Ceuta, campeona de su grupo en 3ª División, pero fracasada en el intento de encaramarse a 2ª. De ese modo, el neonato Atlético de Ceuta competiría en la división de plata, al tiempo que se veía reforzado con los mejores hombres de ambas plantillas. La U. D. España de Tánger haría otro tanto con el Algeciras C. F., dando lugar al efímero España de Algeciras. Y el Club Atlético Algeciras sería fruto de la fusión de una modesta entidad local con el Larache C. F.    

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Román Matito, otro internacional español «hecho» en el Protectorado.

 Todo parecía haberse resuelto, respecto al fútbol hispanomarroquí. Pero en lo tocante a Ceuta y Melilla los federativos de la época difícilmente hubieran podido mostrarse más espesos. Tras la creación de la Federación de Fútbol Marroquí, con sede en Rabat (la del Marruecos independiente, se entiende), Ceuta y Melilla quedaban en el limbo. Nadie parecía haber tenido en cuenta que esas plazas seguirían siendo españolas y sus equipos continuaban encuadrados en el Campeonato Español. Compitieron en sus respectivos categorías, es cierto, pero huérfanos de Federación territorial. Sólo en setiembre de 1959 habría de crearse la Federación Norteafricana de Fútbol, con presidencia en Ceuta y delegación en Melilla. Las cosas de palacio, ya se sabe, suelen ir muy despacio. Y más despacio aún anduvo la tantas veces demandada transformación federativa de la Delegación melillense. Sólo el 19 de octubre de 1999 pudo convertirse en Federación Melillense de Fútbol la antigua delegación.

Hoy, cuando Atlético de Ceuta y España de Algeciras, sobrevivientes del Protectorado, son entidades difuntas y olvidadas, cuando la actual Unión Deportiva Melilla nada tiene que ver en puridad con la U. D. Melilla y el Melilla C. F. que transitaron por la descolonización, la Federación de Fútbol Hispanomarroquí duerme sueños de alcanfor entre fotos en blanco y negro. Justo cuanto sucede con las historias que se diría no existieron nunca.