Fútbol, contrabando y estraperlo

Desde sus balbuceos, el fútbol, al igual que tantos otros deportes, propició viajes cuando salir de casa constituía casi aventura extraordinaria. De los viajes cabe extraer experiencias enriquecedoras, una visión más amplia y tolerante de la vida, y hasta se puede regresar, entonces o ahora, con recuerdos materiales de muy variada índole. Entre esos “recuerdos”, desde que se instaurasen tributos, arbitrios y aranceles, miles, millones de maletas, han cobijado material de contrabando. Sucedía y aún sucede, en convenciones, viajes turísticos o de negocios.Y también, claro, en desplazamientos de equipos, cualquiera que sea su especialidad. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, el tráfico de caviar con el que los baloncestistas soviéticos se embolsaban unos dólares antes de la perestroika?. ¿Y los tubulares “made in U.R.S.S” comercializados casi al por mayor entre el pelotón de la Vuelta Ciclista a España cuando, allá por los 80, sus organizadores pusieron una selección rusa en el punto de salida?. Al principio, tanto mecánicos como corredores occidentales, recelaban. Lo barato, ya se sabe, suele ser poco fiable. Así que esperaron, vigilantes. Sólo tras comprobar que los soviéticos no pinchaban más que el resto, que no rodaban por el asfalto cuando llovía y además sus ruedas respondían muy bien ante la brea derretida por el solazo, floreció el negocio. Aquellos corredores enfundados en rojo, que por cierto hicieron muy buen papel, regresaron cargaditos de divisas, como los gigantes del baloncesto.

Pero fue entre el fútbol pretérito, sin duda porque cada fin de semana varios cientos de practicantes se movían de Norte a Sur o de Este a Oeste, donde durante cuatro o cinco decenios floreció más la corruptela de modesto perfil. Y sobre este particular, reconozcámoslo, nuestros futbolistas supieron mostrarse muy diligentes.

Paco Brú, responsable técnico de la selección española que acudió en 1920 a los Juegos Olímpicos de Amberes, hombre de verbo fácil y mil anécdotas, habría de narrar, varios años después, cierto tropiezo de Ricardo Zamora con un aduanero. Durante el largo viaje de regreso, en tren, los expedicionarios no sólo hablaban de la medalla de plata obtenida ante Holanda (3-1, con dos tantos de Sesúmaga y uno de Pichichi), sino también, o sobre todo, acerca del mejor método para introducir el tabaco que casi todos portaban. Ricardo Zamora, héroe ante los daneses, medallistas de plata en dos ocasiones consecutivas, el meta que había maravillado al público del Stade Unión St. Gilloise, en Bruselas, con intervenciones inverosímiles, se quedó de pronto contemplando los fuelles. “¡Ya está!”, dijo. “Nuestro tabaco va a ir escondido en esos fuelles”. Varias horas después se detenía el trenbajo la marquesina de aduanas, los funcionarios cumplían con su papel, revisando equipajes, y sin el menor tropiezo los expedicionarios continuaban viaje. Entonces, orgulloso de su astucia, Zamora comenzó a extraer cajas y más cajas del tabaco oculto entre pliegues, bajo la mirada estupefacta de un viajero bajito y rechoncho, con aspecto de contable, comerciante de ultramarinos o maestro de escuela. “Hay que ser listo -reía el guardameta-; listo de verdad para que no te pillen”. Por fin, cuando “El Divino” regresaba a su asiento cargando con el tabaco de todos, el señor bajito y rechoncho se puso en pie, extrajo su billetera e hizo ver una credencial de Aduanas. “Muy listo, sí -concedió-.Pero no lo bastante para engañarnos”.

Ricardo Zamora, mito y contrabandista ocasional.

Ricardo Zamora, mito y contrabandista ocasional.

Zamora hubo de apearse, acompañado por los demás expedicionarios, pasó esa noche en un calabozo y a la mañana siguiente, antes de tomar otro tren, satisfizo la correspondiente multa. Era la primera vez que una selección española salía al exterior, y ninguno de los viajeros sabía aún que iban a pasar a la historia por una frase jamás pronunciada –“Sabino, a mí el pelotón, que los arrollo”– así como por la furia con que se impusieron a conjuntos tácticamente mejor organizados. Era, también, el bautismo de nuestros futbolistas como contrabandistas de ocasión. Y pese a tan mal inicio no parece renunciasen a posteriores tentativas. Pero mientras tanto, quién sabe si tratando de resarcirse económicamente, cuando Zamora puso sus pies en Barcelona solicitó más dinero al presidente “culé”, recibiendo una rotunda negativa. Los directivos del Español, en cambio, aprovecharon la circunstancia para recuperar a su antigua estrella, tirando de tesorería. El fútbol, nuestro fútbol, cuando menos, aún era estatutariamente amateur, y saltar de un club a otro sin el consentimiento de quien contara con los derechos federativos equivalía a arrostrar un año de suspensión. Paco Brú, por su parte, supo rentabilizar muy bien el éxito olímpico, acumulando tal número de cargos remunerados como para acabar convirtiéndose popularmente en “Pacobrá”, remoquete cuya paternidad parece deberse a un anónimo castizo.

En junio de 1926 nuestro fútbol adquirió estatus profesional.Las fichas de los jugadores mejor dotados experimentaron una preocupante inflación, hasta el punto de hacer inviable la economía de casi todos los clubes.Y tras muchos dimes y diretes, luego de dos años discutiendo y negociando, concluiría creándose el campeonato Nacional de Liga, como único modo de eludir la bancarrota. Pero pese a estar mejor pagados, muchos futbolistas no renunciaron a redondear ingresos mediante el estraperlo. Especialmente durante los tétricos años de posguerra.

El término estraperlo procedía en realidad de la Segunda República, cuando los judíos holandeses Daniel Strauss, Perle y Lowan, esta última esposa de Strauss, introdujeron en nuestros casinos una ruleta eléctrica con la inestimable ayuda del Partido Radical dirigido Alejandro Lerroux. Strauss, que hablaba español y poseía pasaporte mexicano, supo arreglárselas para hacer amigos entre los Radicales, por cuya intercesión acabarían legalizándose los artilugios. El favor, claro está, ni mucho menos le salió gratis. Alejandro Lerroux se quedaba con el 25% de los beneficios. Aurelio Lerroux, hijo adoptivo del anterior, el periodista Santiago Vendrell y Miguel Galante, intermediario de postín, con un 5%. Joan Poch con un 10%. Para Strauss, Perle y Lowan (de ahí lo de “estraperlo”, apócope de esos tres apellidos: Stra-Per-Lo) conservaban el 50% restante, reservando 100.000 ptas. para el ministro de Gobernación Rafael Salazar Alonso, como soborno pactado entre la autoridad y Joan Poch. Si el casino de San Sebastián fue el primero en contar con ruleta eléctrica, pronto se les uniría el mallorquín Hotel Formentor. Y si no hubo más fue porque la ambición suele acaba rompiendo el saco. Las ruletas podían manipularse oprimiendo un botón, de manera que la banca ganaba cuando convenía. Y con tanto reparto y soborno de por medio, convenía demasiado a menudo. Descubierta la trampa, las ruletas “Straperlo” fueron prohibidas. Y entonces Strauss no tuvo mejor idea que exigir ante el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, una indemnización por daños y perjuicios. Puesto que en su denuncia se detallaba todo (porcentajes de reparto, sobornos y compra de voluntades), el escándalo fue mayúsculo, concluyendo con la caída de Lerroux (octubre de 1935). Más suerte tuvo, sin embargo, el ministro de Gobernación, Salazar Alonso. Pagó los vidrios rotos un oscuro Eduardo Benzo, subsecretario del ministerio, quien a la postre había gestionado los permisos.

El desabastecimiento y las hambres de posguerra fueron germen de un estraperlo generalizado, en pequeña o gran escala. La imagen muestra una lata de aceite camuflada entre novelas populares.

El desabastecimiento y las hambres de posguerra fueron germen de un estraperlo generalizado, en pequeña o gran escala. La imagen muestra una lata de aceite camuflada entre novelas populares.

Quizás porque el recuerdo del escandalazo permaneciese vivo cuatro años después, o porque el vocablo estraperlo se instalara en el habla popular como sinónimo de chanchullo, especulación y actividad irregular, acabaría calificándose de este modo al tráfico clandestino de alimentos, aceite, café, tabaco, estilográficas e incluso carbón, y como estraperlistas a quienes se lucraban con ese mercado negro. Entre ellos, también plantillas de futbolistas casi al completo.

Bien mirado, lo tenían más fácil que cualquier otro colectivo. Viajaban por obligación, con regularidad y cargados de equipaje. Eran populares, ganaban más que la mayoría… ¿A santo de qué iban a meterse en fregados?, podía pensar la pareja de guardias con que se cruzaban, los inspectores de Abastos o cualquier puntilloso falangista compañero de asiento en el tren, de esos que a la menor oportunidad clamaban con la vena hinchada: “Pero bueno, ¿para esto he ganado yo una guerra?”. No, ni remotamente ofrecían perfil de sospechosos. Por eso, sin duda, se envalentonaron.

Los viajes al Sur, a Jaén, preferentemente, solían servir para hacerse con bidoncitos de aceite. Por el litoral cantábrico, las conservas constituían botín muy apetecible. A lo largo y ancho de ambas castillas podía caer algún saco de harina o ristras de chorizos. Y si se combinaba todo, llevando una cosa en el trayecto de ida y acarreando otra en el retorno, los desplazamientos habrían merecido la pena, fuera cual fuese el tanteador tras el pitido arbitral.

El estraperlo fue práctica extendidísima durante los diez o doce primeros años de agobiante autarquía, de pan negro y piojos, de gasógeno, miedo, frío y brazos extendidos, de castañuelas y misa larga, de hambre eterna y sueños en blanco y negro. Y estraperlista, a la postre, podía ser cualquiera. Incluso prohombres del régimen, honestos funcionarios de policía o patriotas condecorados. En aquel río revuelto, muy bien recreado por Joaquín Leguina desde “Tu nombre envenena mis suelos” (1992), podían pescar todos, como reflejó en este párrafo:

“-Venimos de parte de Antón, el de la taberna, a ver si nos puede vender algo para llevar -solicitó Barciela con aire falsamente humilde.

Nos hicieron pasar a un patio interior cubierto. Allí estaban apilados los sacos, y los chorizos, morcillas y lomos colgaban de ocho o diez vigas. Era un panorama prometedor. Barciela me mandó a por el “Hispano” mientras él negociaba. Cuando yo salía, me dijo al oído:

-¿Cuánto quieres gastarte?. Te recuerdo que lo podemos revender bien en Madrid. En estos tiempos es como tener acciones del Banco de España.

Le contesté que podía gastarme doscientas pesetas y me fui hacia el coche. Cuando volví, Barciela había apartado dos sacos de harina, cuatro de patatas, chorizo y lomo. Lo metimos todo en el gran maletero del “Hispano”, pagamos y nos despedimos. Eran las cinco de la tarde cuando llegamos a Paracuellos. El cielo estaba tan cubierto que parecía de noche. Nevaba menos, pero el frío era intenso. Por el camino, Barciela parecía contento”.

Barciela, como el narrador, era policía no muy vocacional, incapaz de hacer ascos a una buena oportunidad, aunque impregnado de cierto barniz ético. Y para dejarlo sentado, el mismo narrador apuntaba con socarronería su visión crítica del momento en este otro pasaje:

“Aseguran que el estómago se adapta en sus dimensiones a la comida que se le suministra. En esa época los estómagos de los españoles habían reducido su tamaño en un esfuerzo patriótico digno de mención. Como decía Barciela: A Franco le van a dar el premio nacional de Medicina; ha acabado con las úlceras de duodeno”.

Cartilla y cupones de racionamiento. Un tesoro familiar desde 1939 hasta 1952.

Cartilla y cupones de racionamiento. Un tesoro familiar desde 1939 hasta 1952.

La realidad aún era más cruel. Proliferaron los falsificadores de cartillas y cupones, los acaparadores, panaderos que horneaban harina y serrín, quienes bautizaban la leche a razón de cuartillo y medio por litro, inventariaban reservándose para la reventa entre un 15 ó un 20%, compraban voluntades con cuatrocientos gramos de filetes o medio queso, se echaban a las carreteras en plena noche y entre trago y trago a la botella de coñac veían crecer su fortuna impúdicamente. Alguno caía, claro. Y entonces, amén de la correspondiente multa o el encarcelamiento, para que otros escarmentaran en cabeza ajena, desde la prensa se les escarnecía publicando nombres, apellidos y, si era el caso, la razón social de cada reo. Con semejante panorama, forzosamente debían chirriar los eslóganes del régimen, machaconamente reproducidos hasta el hastío: “Esos malos españoles, que ahora vienen a mitigar su hambre en nuestra saciedad” (dirigido a los deportistas que por librarse del frente emigraron a Francia e iban regresando, o exploraban posibilidades de hacerlo). “Franco no sólo embridó al comunismo; nos trajo prosperidad, fe y abundancia”(al conmemorarse el primer año triunfal). “Mientras el mundo lame sus heridas, en Españacabe hablar de ideales, orgullo y saciedad” (tras la solicitud de retirada de embajadores en Madrid). “Se dijo: ni un hogar sin pan; ni un niño sin sonrisa; ni un hombre sin futuro. Hoy ya no son palabras, sino hechos. España es la envidia de Oriente y Occidente, porque donde se instaló la herejía hoy hay piedad, donde hubo zozobra hay esperanza, y aquella miseria de cuerpos y almas se ha transformado en paz, saciedad y frentes altas”. (en 1948, con todos los bienes de primera necesidad racionados y a falta de cincuenta y tantos meses para que el Producto Interior Bruto se equiparase al de 1936).

Relación de estraperlistas, aprovechados y acaparadores sancionados, publicada en la prensa gallega.

Relación de estraperlistas, aprovechados y acaparadores sancionados, publicada en la prensa gallega.

Fue un tiempo de colas a la puerta del “Auxilio Social”, donde las cartillas de racionamiento constituían un tesoro. Faltaba casi de todo. Las infraestructuras estaban deshechas, el agro atrasado, la pesca capitidisminuída, el tejido industrial necesitado de abundante inversión y el país con un millón largo de habitantes menos que en 1936, entre caídos de ambos bandos, represaliados y exiliados. Sólo quienes podían acudir al mercado negro mantenían el tipo, y no pocos clubes enmascararon sobresueldos a determinados futbolistas (existían topes salariales, no lo olvidemos) bajo el eufemismo de “complementos de salud” o “sobrealimentación”, conscientes de que su esfuerzo exigía comer en cantidad y variedad sólo factibles en la despensa del estraperlo. Hasta Kubala gozó de uno de esos pluses. Y otros, algún año antes, aprovechaban la menor ocasión para llenarse como boas.

Ocurrió con la plantilla del Santander, entre cuyos miembros se hallaba el portero aragonés Orencio. Cuando el 4 de febrero de 1940 los cántabros viajaron a Zaragoza para medirse en Torrero con el primer equipo maño, hicieron un alto en Alagón. Allí, el padre del cancerbero, agradecido por la buena acogida dispensada a su vástago, les tenía preparada algo más que una señora merienda, con carne asada, embutidos, hogazas recién horneadas y vino a discreción. Todo un lujo, en el que se zambulleron sin contemplaciones. Como durante el ágape había llovido de lo lindo y el alcohol hizo efecto, tan pronto pisaron la calle alguno rodó como una peonza por el abundante barro, para jolgorio de quienes se mantenían en pie. Y al responder los caídos arrojándoles pegotes de fango, en pocos minutos lucían todos como para pedir limosna. Pero eso no fue lo peor. El chófer estaba como una cuba. Ni a remojo lograban hacerlo espabilar. Al fin tuvo que ser Ceballos, el santanderino más despejado o decidido, quien condujese el autobús hasta la puerta del Hotel Oriente, donde no tuvieron más remedio que hacer noche. Partieron hacia Santander al día siguiente, con su buena resaca, aunque eso sí, muy, pero que muy bien comidos.

A Deva (en la foto dedicada) se le antojó imposible que unos huevos de primera pudieran desaprovecharse.

A Deva (en la foto dedicada) se le antojó imposible que unos huevos de primera pudieran desaprovecharse.

Casi por la misma época, Deva, un defensa guipuzcoano macizo y contundente, dejó bien claro que como buena parte de los españoles seguía teniendo hambre atrasada. Según Ángel Aznar en su “Historia y anécdotas del Real Zaragoza”, el chicarrón recibió unos vales del doctor Abril para hacerse embrocaciones de huevo y mitigar las molestias e hinchazón muscular, a raíz de un golpazo. Transcurridos cinco días, interrogado por el doctor sobre cómo iba con los dolores, Deva contestó categórico: “Esto sigue igual, don Julián; sin la menor mejoría”. Extrañado, el galeno quiso saber si ya se esparcía bien las claras por el muslo, si no percibía siquiera una agradable sensación de frescura. Y Deva cayó del guindo: “A mi nadie me ha dicho lo que debía hacer. Así que cada mañana me presento con el vale que usted me extendió, me entreganuna docena de huevos y yo me los como fritos”.

El doctor quedó atónito y su paciente algo amoscado. ¿Podía imaginar alguien semejante desperdicio?. Estaban las cosas como echar a perder tantos huevos.

Cataluña fue un emporio textil entre los años 40 y 60. Los periódicos barceloneses también publicaban sanciones por estraperlo y demás trapacerías.

Cataluña fue un emporio textil entre los años 40 y 60. Los periódicos barceloneses también publicaban sanciones por estraperlo y demás trapacerías.

Anécdotas al margen, con semejante panorama descender a 3ª División constituía todo un drama, no sólo por cuanto representaba para el caché de los jugadores, sino porque en esa categoría, con desplazamientos mucho más cortos y sin salir apenas de la región, el estraperlo resultaba infinitamente menos productivo. Lo advirtió de inmediato cada militante del Arosa, cuando al concluir el ejercicio 1949-50, con sólo 17 puntos, 44 goles a favor y 84 en contra, despertó del sueño que 12 meses antes situase a los de las Rías Bajas por primera y única vez hasta hoy en la categoría de plata. El descenso también supuso, lógicamente, un revés para su afición. Pero lo que tal vez sorprenda es que se viviera un duelo en muchos bares y colmados esparcidos por Cantabria, Zaragoza, Pamplona, Soria o Cataluña. Justo los establecimientos que habían logrado hacerse con una reserva de café angolano y brasileño contrabandeado hasta las Rías vía Portugal, y distribuido por la muchachada arosana.

Una Formación del Arosa, en 2ª División, la temporada 49-50.

Una Formación del Arosa, en 2ª División, la temporada 49-50.

Pudiera sorprender, igualmente, que temporada tras temporada hallasen acomodo futbolistas de bajo perfil, con pocas presencias en las alineaciones y opacos para la crítica deportiva. La explicación, ofrecida tiempo ha por veteranos futbolistas de la época, ya desaparecidos, aclara muchas cosas: “Los entrenadores ganaban más que nosotros y por lo tanto podían poner más cuartos en el negocio. Algunos, prudentes, sólo invertían el importe de sus primas, que eran dobles, y lo que iban ganando con el estraperlo. Esos lo apuntaban todo en libretas con tapa de hule, como contables de banco. Así las cosas, velando por su negocio, a la hora de cubrir vacantes o reforzar el equipo incorporaban jugadores con los que ya habían coincidido antes. Luego veíamos que por lo menos uno de los nuevos tiraba a paquete y pensábamos: Otro con contactos. Y no fallaba. Ese, el más paquete, no estaba allí por lo que pudiera aportar sobre el campo, sino porque conocía a muchos proveedores y servía a ni sé cuántos clientes. Por supuesto, en casa apenas si lo alineaba. Fuera, en cambio, ya era otra cosa. A todos nos constaba que el entrenador y él iban a medias y, como en natural, los negocios se hacían viajando”.

Quizás se pregunte alguien cómo tenían tanto poder los entrenadores de antaño. Porque una cosa era dirigir al equipo y otra confeccionar plantillas. ¿Acaso no había secretarios técnicos?. La respuesta es simple. Si, los más adelante imprescindibles secretarios técnicos profesionales, existían, aunque sólo en la elite. Los clubes medianos solían apañarse con un directivo cargado de buena voluntad, si bien bastante huérfano de conocimientos, que abordaba el empeño desde el más absoluto espíritu amateur. Y así se producían fiascos tan tremendos como el vivido en Castellón durante el verano de 1948.

Chencho, redactor deportivo en la Plana y durante 20 años voz de Carrusel Deportivo desde Castalia, era el secretario técnico del C. D. Castellón cuando en junta directiva se acordó reforzar la vanguardia albinegra. El objetivo era Caeiro, macizo ariete de choque repetitivo, con buenos registros en el Ferrol. Así que Chencho hizo equipaje y subió al tren. Ya en Galicia le asaltaron las dudas, explicables hasta cierto punto porque en el quinteto ferrolano formaban dos hombres con apellido casi idéntico: Fabeiro y Caeiro. Fabeiro debió sonarle más familiar y, consecuentemente, se lo llevó hasta la ribera mediterránea. No fue, ni mucho menos, la pieza resolutiva tan ansiada, alternando saltos al césped con muchos domingos al sol. Como al cerrase el campeonato sólo había marcado dos goles, lo devolvierona Galicia, primero a la Orensana y después al Ferrol, donde además dio un muy aceptable rendimiento sobre el barro del Inferniño.

Caeiro, goleador de relieve que no llegó al Castellón por un error antológico de su secretario técnico.

Caeiro, goleador de relieve que no llegó al Castellón por un error antológico de su secretario técnico.

Lo llamativo de la equivocación es que mientras el codiciado Caeiro rondaba el metro noventa, tumbaba muros y sus cabezazos impulsaban la pelota como una bala de cañón, Manuel Fabeiro era bajito, peleón y con buen regate, aunque incapaz de amedrentar a nadie. Caeiro, poco después de que Chencho regresara a Castellón, ficharía por la Real Sociedad para festejar 54 goles en 73 partidos ligueros. Desde Atocha saltó al Stade Rennais francés, con 6.000 ptas. mensuales de sueldo y ficha de 125.000 al cambio (pesetas de 1953, cuando un maestro español ganaba 14.000 al año, más pluses y complementos). Y con su nueva camiseta volvió a anotar 72 goles en 114 partidos de 2ª y 1ª División.

Se entenderá, pues, que con la muy loable intención de no incurrir en fiascos similares, muchos clubes optasen por encargar la confección de sus plantillas al entrenador, al fin y al cabo, o así se suponía, un auténtico entendido. Pero como la condición humana dista mucho de ser angélica, no pocos, sintiéndose todopoderosos, prefirieron pensar en sí mismos antes que en el equipo. Y no únicamente por cuanto respecta al estraperlo, sino además, sobre todo cuando a partir de 1952 las cartillas de racionamiento pasaron a la historia, cobrando comisiones a quienes fichaban, como haría cualquier agencia de colocación. Tan pronto liquidaban el primer plazo de su ficha, los recién llegados debían hacer cuentas con su “míster”. Quien no cumpliera, ya podía prepararse para ver fútbol desde la grada, contando con que el hecho no trascendiese y otros entrenadores los tachasen de sus listas, esquivando así futuros riesgos de impago.

El fin del racionamiento puso rejón de muerte al estraperlo, aunque no así al contrabando. Ya no era cuestión de traficar con aceite, café, harina o chorizos, sino de introducir desde Tánger, Ceuta, Melilla o Canarias, medias de cristal, estilográficas o perfumes de alta gama. Tánger, puerto franco, tuvo a sus clubes compitiendo en nuestra Liga hasta el fin del Protectorado. Ceuta y Melilla eran dos clásicos de nuestra 2ª División o la 3ª andaluza. Y Canarias había entrado en el fútbol nacional con los 50 del pasado siglo recién inaugurados, creándose ex profeso la Unión Deportiva Las Palmas, mediante fusión de cinco entidades gran canarias. También durante los 50 y primeros 60 fueron llegando más y más futbolistas extranjeros. Y éstos, en especial quienes no planeaban enraizar en nuestro suelo, ante la imposibilidad legal de sacar divisas tuvieron que apañárselas para poner al otro de nuestras fronteras su dinero.

Hoy, con la globalización de mercados convertida en dogma de fe, cuando el dinero se mueve en cantidades ingentes y sin apenas control hacia cualquier paraíso del oligopolio, tal vez sorprenda a los lectores más jóvenes que hasta no hace mucho las fronteras estaban blindadas a la fuga de riqueza. Cualquier español o residente en nuestro suelo, allá por los 60sólo podía sacar un máximo de 20.000 ptas. en metálico al salir de España. Daba igual hacia donde fuera; a París o el Sudeste Asiático, a Camberra o Estocolmo, y proyectase estar fuera una semanita o los sesenta y tantos días que como media otorgaban de plazo muchos visados. Si esas 20.000 ptas. no alcanzaban, a contratar cheques de viaje, transparentes ante el Ministerio de Hacienda y creados exprofeso. Porque la tarjeta de crédito, si bien ya existía, era tan invisible por nuestros pagos como el monstruo del lago Ness o el Yeti. Aquellas 20.000 ptas. irían engordando (25.000 después, 30, 50.000, ya en los albores de nuestra democracia) aunque a un ritmo mucho más lento que la inflación y despreciando el auténtico valor de la moneda, sometida durante ese intervalo a varias dietas de adelgazamiento bajo distintas devaluaciones. España, y no era el único país europeo en hacerlo, jugaba a incorporar divisas mediante el turismo, o sus dos millones largos de emigrantes, mientras ponía cepo a las salidas.

Por cuanto al fútbol se refiere, cada flujo de capital como abono de traspaso debía ser visado y autorizado por el Banco de España. Puesto que la cosa llevaba su tiempo y no en todos los casos cabía contar por adelantado con el correspondiente pláceme, algún intento de fichaje quedó en el limbo ante el cúmulo de trabas y objeciones formuladas desde el regulador. Hubo voces, quién sabe si alimentadas por algún complejo, o conscientes de la realidad, señalando trato de favor hacia ciertos colores, e incluso denunciando hipotéticos sobornos -escopetas de caza, por ejemplo- que a tenor de su moderado valor material también podrían ser vistos como muestra de agradecimiento.

Pese a tanto control y con ser muchas las divisas del turismo, equilibrar la balanza de pagos constituía reto olímpico. Los pantanos, la inversión en carreteras, aeropuertos, sanidad, enseñanza, renovación de vías férreas, y sobre todo la cada vez más abultada factura del petróleo, constituían pozo sin fondo. En un denodado esfuerzo por arañar más divisas, el gobierno heredero de los primeros tecnócratas establecería primas a la exportación. Esfuerzo loable aunque a la par venenoso, conforme quedó de manifiesto en Italia. Allí, el fabricante de embutidos “Molteni” -patrocinador, por cierto, de un equipo ciclista del máximo nivel-fue descubierto arrojando al mar toneladas de supuesto salami, en cuanto sus camiones cruzaban la frontera. Ese salami destinado a la exportación era simple morcilla de excrementos, sin otro valor que el derivado de las subvenciones. Aquí, para variar, tampoco nos libramos del chanchullo, puesto que sobrevendría el escándalo “Matesa”, empresa catalana de maquinaria textil cuyo máximo responsable era, al mismo tiempo, presidente de un muy ambicioso Real Club Deportivo Español.

Juan Vilá Reyes, el presidente “periquito”, fue condenado a multas por la astronómica cantidad de 9.600 millones de ptas., que ni remotamente llegó a pagar, y a 223 años de cárcel, cumpliendo tan sólo 6 y medio, puesto que sería indultado el 2 de diciembre de 1975, ya con la firma del rey Juan Carlos I.A partir de este suceso aumentaron las medidas de control sobre divisas, máxime observando la desconfianza instalada en determinados ámbitos durante la reinstauración democrática. Con respecto al fútbol, en 1974 quedó abierto el portillo a la incorporación de extranjeros, después de 12 años sin más exotismo que el de los oriundos, o muy a menudo sólo hipotéticos oriundos. Pero esos extranjeros, prácticamente todos ellos millonarios del balón, en teoría no iban a poder repatriar sus fichas, primas y salarios. Al menos no limpiamente, sin subterfugios ni riesgo. Y no sólo ellos. La prensa, de tarde en tarde, recogía curiosas noticias:

“Turistas alemanes agraciados con un primer premio en la lotería. Ante la imposibilidad de llevarse esa suma, han decidido adquirir una propiedad en la costa alicantina. “Ahora, como gracias al premio trabajaremos un poco menos, vamos a pasar más tiempo en la playa”, manifestó la sonriente esposa”.

Antes había ocurrido algo similar con un matrimonio francés y más adelante otra nota de agencia, fechada en Gran Canaria, reincidiría en la cuestión.

Sin embargo muchos de los que se acercaron a nuestros campos de 1ª o 2ª para hacer caja no pensaban invertir en apartamentos. Para ellos, sobre todo en el caso de los sudamericanos, el fútbol español constituía un nuevo El Dorado, conforme manifestó sin ambages uno de los 4 argentinos de la U. D. las Palmas, poco después de su presentación oficial. “Un año acá representa lo que cuatro o cinco en Argentina. Por eso en mi país cualquier pibe que le dé a la pelota sueña con saltar el charco”. Tantos eran quienes pretendían saltarlo que nuestros clubes fueron nacionalizando a sus argentinos o paraguayos, cubriendo de inmediato esas plazas. Unas veces sirviéndose de la normativa vigente, según la cual con dos años de residencia cabía solicitar doble nacionalidad, y otras “por ovarios”, como se acuñó en la época, es decir mediante matrimonio con españolas, equipos como el Hércules o el Elche llegaron a formar con hasta 7 foráneos, cuando el límite de extranjeros seguía establecido en dos. Y todos, al llegar, se encontraban con el mismo obstáculo. El dinero, su dinero, representaba un problema que casi todos trataron de resolver a la brava.

Quinito y Damas, internacionales portugueses implicados en tráfico de divisas.

Quinito y Damas, internacionales portugueses implicados en tráfico de divisas.

Bastaba un viaje de regreso a sus países, en vacaciones o respondiendo a la llamada de selecciones nacionales, para sacar fajos de dólares muchas veces adquiridos bajo mano, con sobrecostes bancarios o directamente en el mercado negro, para no despertar sospechas. Respecto al método, hubo ensayos muy diversos: maletas con doble fondo, cinturones, muñecas, si el viaje se realizaba en familia, entre la ropa… Y ocasionalmente saltaba la liebre, como ocurriese con los portugueses del Racing santanderino Víctor Damas y Quinito.

Mediaban los 70 cuando la directiva cántabra decidió reforzarse con el guardameta Víctor Manuel Alfonso Damas de Oliveira (Lisboa 8-X-1948) y el extremo Joaquín Duro Lucas de Jesús “Quinito” (Setúbal 6-XI-1948), procedentes del Sporting lisboeta y Os Belenenses, respectivamente. Dos jugadores magníficos, internacionales, aunque el atacante con tan buenas maneras como desmedida afición por el jolgorio nocturno. Damas permanecería 4 años en El Sardinero, antes de poner rumbo hacia el Vitoria Guimarães, y Quinito uno menos, luego de cerrar su última campaña (1977-78) con pobres registros. Mientras coincidieron en la defensa del escudo racinguista, procuraban viajar juntos hasta Portugal. Y es de suponer que juntos, también, idearon la forma de pasar divisas. Un método que para Damas acabó en sofocón, rapapolvo y señora multa, cuando a un aduanero cumplidor le dio por hurgar dentro de unas botas usadas, extrayendo, concienzudamente enrollados, miles y miles de pesetas en billetes.

Damas tuvo siempre la sensación de que el hallazgo no resultó casual. Alguien, desde una entidad bancaria santanderina, quizás, o incluso desde el mismísimo vestuario, debió haber advertido a los agentes. Y con el bochorno a cuestas, mirándolo todo con desconfianza a partir de entonces, maldiciendo su mala suerte, dedicó sus buenas horas a idear otro método. Porque si algo tenía muy claro era que su dinero donde mejor iba a estar era al otro lado de la frontera.

El brasileño Odair, en cambio, jamás tuvo problemas sobre ese particular. Todo ello gracias a un buen profesional y cierta flema.

Caetano Odair de Andrade (Guarullos, estado de Sao Paulo, 9-I-1951), tras curtirse en la Portuguesa, pasar por el Palmeiras de Santa Catalina y hacerse un nombre en el Goiana y Sao Bento de Sorocaba, llegó al Calvo Sotelo de Puertollano, entonces en 2ª División, durante el verano de 1975. Era un delantero centro con piel acharolada, simpático fuera del campo, letal cuando vestía de corto y un tanto discordante respecto a lo ofrecido por otros arietes de esa época, propensos al choque, la tozudez del fajador y los avances de tanque blindado. Él, en cambio, se dejaba caer por las bandas trazando semicírculos, arrastrando consigo al marcador. Y luego atajaba en diagonal, derecho hacia la portería, sintiendo en su nuca el resuello del central mientras por el rabillo del ojo marcaba distancias con respecto al líbero, forzado a salirle al cruce. Fue un fichaje tan barato como acertado: medio millón por el traspaso y otro medio millón anual de ficha, que ante su magnífico rendimiento habría de incrementarse en otras 300.000 ptas. Sus 13 goles la temporada 1975-76, y los 12 de cada una de las dos siguientes, cuando los máximos anotadores solían lucir registros mucho más ramplones que hoy, hicieron de él pieza seguida por entidades de más nivel competitivo.

Si su salida de la localidad manchega se dio varias veces por hecha, sorprendió, y no poco, que para la campaña 1978-79 suscribiese contrato con el Levante, un Segunda B empeñado en sentirse grande, aunque asfixiado en sus balances. No llegaría siguiera a estrenarse oficialmente como “granota”, porque en agosto del 78 abandonó Valencia, según versiones del club ante su bajo rendimiento. Recaló en el Almería, un equipo que sin grandes estrellas, amarrando mucho atrás, como solía ocurrir con todos los dirigidos por Maguregui, obtuvo el ascenso a 1ª. Lástima que para entonces, y sobre todo a lo largo del ejercicio 1979-80, primero de los almerienses entre los grandes, no pudiera deleitar con su mejor versión, mermado por distintas lesiones.

Pues bien, cada vez que Odair partía hacia su país, de vacaciones, encargaba a un sastre de Puertollano le cosiese billetes de cien dólares bajo el forro de la americana o el gabán. Luego, en Barajas, si su maleta era elegida para inspección, depositaba la prenda sobre el propio mostrador y hacía lo posible por enhebrar un breve diálogo: “¡Bendito sol de meu país!.¡Que frio faz em Madrid!”. Si el funcionario picaba, perfecto, porque tratar con un futbolista, siempre tiene su aquel. “¿Trabaja aquí o está de vacaciones?”. “Jogo a o futebol. Nao pode triunfar em Portuguesa, mais agora a cosa está indome muito bem”.Y si el vista no arranca, pues a mostrarse amable, sonreír relajadamente y dar las gracias. Ni la chaqueta ni el gabán, junto al maletón, desataron jamás un brote de suspicacia.

Dejando a un lado las salidas de dinero, el contrabando seguía suponiendo un pellizquito no desdeñable para parte de las plantillas canarias, cada vez que les tocaba jugar por la península. Y en menor proporción, puesto que los desplazamientos hasta las islas se efectuaban tan sólo una o dos veces por temporada, para quienes rendían visita al Insular o el Heliodoro Rodríguez. Era “vox populi”. Pero en 1980, por pura fatalidad, también fue jugosa noticia.

Con este chiste ilustró la ya desaparecida revista “Don Balón” el affaire contrabandista de los jugadores tinerfeños.

Con este chiste ilustró la ya desaparecida revista “Don Balón” el affaire contrabandista de los jugadores tinerfeños.

Al Club Deportivo Tenerife le tocaba medirse contra el Racing de Ferrol y, como solía ser habitual, emprendieron vuelo hasta Madrid-Barajas, realizando por carretera el resto del trayecto. Cuando la expedición se detuvo en cierto establecimiento hostelero de la provincia leonesa para reponer fuerzas, varios miembros de la comitiva montaron su particular mercadillo. Pero, ¡oh sorpresa!, en esa oportunidad se vieron rodeados, de buenas a primeras, por varios policías que decomisaron los relojes, transistores y demás artilugios propios de bazar indio, al tiempo que interponían una denuncia. Nadie lo entendía. ¿Acaso estaban esperándoles?. ¿Tan marcados los podía tener el cuerpo de aduaneros?.Pronto salieron de su error. A esa misma hora iba a tener lugar en el establecimiento un mitin político, con asistencia de varios próceres locales y hasta alguno llegado expresamente desde Madrid. De ahí que el hotel estuviese atestado de policías. De ahí, también, que precisamente esa tarde a los funcionarios y su jefatura les conviniese subir a los altares. Según parece, lo incautado rondaba las 33.000 ptas. de valor fiscal; más o menos, el equivalente a un salario mensual de la época. Y luego había que contar con la multa. Porque comerciar con objetos no declarados constituía falta administrativa.

Los chicos del Tenerife pudieron perder muy bien aquella jornada, por pura mala suerte, un alto porcentaje de lo presupuestado como beneficio para toda la campaña.

Lástima.

A partir de los 90 nuestros extranjeros pudieron ahorrarse riesgos. Primero porque las medidas anti evasoras se relajaron lo suyo, y segundo porque parte de los contratos comenzaron a hacerse de otra manera, mediante empresas interpuestas radicadas en Holanda -a menudo Curaçao, o Aruba, es decir Antillas Holandesas-, Luxemburgo y Malta, hasta que el archipiélago se integrara en la Unión Europea, o empleando vericuetos más sofisticados si el propietario del futbolista fuere una empresa multinacional o cualquier fondo de capital-riesgo. Hoy, el estraperlo y el contrabando clásico nada tienen que ver con los futbolistas. Ya no han de sacar caudales con el temor pintado en su semblante, porque al dinero no se le exige pasaporte. O eso creíamos hasta que desde la lista suiza de Falciani nos asaltaron los nombres de Diego Forlán, uruguayo que hiciese grandes al Villarreal o al Atlético, Iván De la Peña, capaz de proporcionar asistencias soberbias desde 35 metros, o Coque Contreras, portero a quien la suerte sólo quiso sonreír tras abandonar la disciplina merengue.

En el futuro es muy probable pueda seguir hablándose de novísimas y sofisticadas maniobras. Serán, quizás, un hibrido o transgénico de laboratorio, a partir del ya caduco estraperlo. Y es que los clásicos, aún lastrados por periodos de ostracismo, siempre reaparecen.




Fútbol de tebeo

Lo que en Francia llamaron “bande dessinée”, en Italia “fumetti”, o “comic” y “cartoons” en los países anglosajones, para nosotros fue tebeo, rindiendo honores al “TBO”, publicación clásica entre las clásicas. Los tebeos vivieron su edad dorada desde la primera posguerra hasta mediados los 60. Con ellos, por mucho que desde determinadas áreas fuesen agriamente denostados, miles de niños se aficionaron a la lectura, tras haber surcado el espacio junto a Kosman o Diego Valor, contener el aliento en cada peripecia de “El Cachorro”, puesto fecha al enlace imposible de Sigrid con “El Capitán Trueno”, o Claudia con “El Jabato”, inspirar soluciones a los agentes del FBI, “Cuto” y  “El Inspector Dan”, empatizado con Zipi y Zape, reído a carcajadas con “Rompetechos”, ver mundo entre torta y torta a través de Pedrín y empaparse de aroma a especias en los episodios de “Jeque Blanco”. Pero sobre todo, gracias a ellos muchas tardes de pan y chocolate, de rosario en familia, puesto que según el padre Python la familia que rezaba unida permanecía unida, se tiñeron de colores en un país de vuelo rasante y porvenir incierto.

Entre aquellos tebeos, apaisados en su mayoría, con portada a color y diez páginas en blanco y negro, también hubo espacio, aunque poco, para las niñas. Historias de hadas por lo general, o con guapos pianistas, médicos y pintores en “Sisí” o “Mary Noticias”, y el formidable trazo de Vicente Roso desde las páginas de “Florita”. Los pintores, por cierto, quién sabe si como guiño a la bohemia, casi siempre con barba muy cuidada y fumando en pipa. Pero lo que se prodigó poquísimo en un país que adoraba el fútbol, donde Gento, Mundo, Basora, Ramallets, Kubala, Di Stéfano, Zarra, Gainza, Puchades, Herrerita, Juncosa o Acuña, venían a ser gracias a la radio unos más de la familia, fueron los tebeos sobre este deporte. Y eso que casi todos los chicos sólo podían soñar entonces con un regalo mejor que el balón; algo que a los Reyes Magos solía olvidárseles año tras año: la bicicleta.

Hasta los 60 del pasado siglo, por nuestros pagos casi no había otro deporte que el fútbol. Baloncesto, natación, hockey, y ya no digamos el esquí, quedaban reservados para alguna esporádica aparición en el No-Do. El brillo que aún envolvía a los toreros, empezaba a derivar hacia las gentes del fútbol, aunque no se adornaran con  lentejuelas. Sin embargo fútbol de tebeo, como se ha anticipado, muy poquito.

De hecho, donde más solía aparecer era en revistas humorísticas. En el propio “TBO”, en “Tiovivo” y demás publicaciones de los hermanos Bruguera. O en algunas cabeceras decididamente infantiles, rara vez constituyendo una serie.

Fútbol para muy niños, con la Guerra Civil recién terminada.

Fútbol para muy niños, con la Guerra Civil recién terminada.

“Flechas y Pelayos”, ideario falangista orientado a la infancia, fue una de las primeras revistillas de posguerra en utilizar el fútbol. No en retratarlo y mucho menos ensalzarlo. Lo utilizaba, simplemente, para fijar ideas. Viñetas donde un flecha marcaba goles al comunismo, o porteros con tentáculos de pulpo y estrella roja al pecho castigados por los cañonazos de otro futuro camisa azul, menudeaban entre loas al descubrimiento de América, retratos de Franco y alguna llamada al obediencia, la aplicación, y demás buenas costumbres. Muy lejos de este planteamiento se hallaban las historias de “Hipo, Monito y Fifí”, obra de Emilio Boix, blancura inmaculada para los más pequeños, cuyos protagonistas, al menos en una oportunidad, también manejaron la pelota en los 40.

Con absoluta precariedad, Marco editó una colección de tebeos orientada a seguidores del Barcelona.

Con absoluta precariedad, Marco editó una colección de tebeos orientada a seguidores del Barcelona.

Tan curiosa como efímera fue la apuesta de Ediciones Marco (1942) con su “Deporte en España”. Aunque desde luego eran tebeos, ni por asomo se aproximaban a la aventura, justo el género más demandado. Cada cuadernillo se limitaba a narrar enfrentamientos del Barcelona, siempre del C. F. Barcelona, con los demás componentes de nuestra 1ª División. Algo así como un Estudio Estadio de la época, moviola incluida, puesto que volver a la página anterior siempre estaba al alcance. El comprador, además, se hacía con los retratos un tanto discutibles, bien del Barça o de cuantos se alineaban en el once adversario. Probablemente tuvo una mínima distribución lejos de la ciudad condal. ¿Podía interesar a un muchacho de Huelva, Madrid, Vitoria o Alicante, una épica victoria culé ante el Oviedo?. Naturalmente, el proyecto duró muy poco.

Un Tarzán humorístico en 1944, hinchándose a golear por la selva.

Un Tarzán humorístico en 1944, hinchándose a golear por la selva.

Sólo 2 años después, en uno de los 12 episodios que compuso la serie humorística “Tarzán de los Micos”, obra de Muro para Editorial Valenciana, volvía a aparecer el fútbol. Todo un alarde de imaginación, entremezclar balones con monos meciéndose en lianas, selvas de andar por casa y un Tarzán sin Jane ni Chita. En la magia del tebeo todo era posible. Monstruos antediluvianos en plena Edad Media, globos aerostáticos y viajes a América en plena era de Cruzadas, ametralladoras proyectando lanzas, tigres de Bengala mansos como corderitos, bandidos sin cabeza, caídas desde 11 pisos sin más secuelas que un buen chichón y el consiguiente desastre en el mobiliario urbano…

Ya metidos en los 50, un episodio de “La Sombra Justiciera” (1954), serie compuesta por 47 cuadernillos, obra de Ferrando y Martínez, con guiones de J. B. Artés, también dio cabida al balón de cuero, otorgándole incluso honores de portada. El fútbol estaba allí introducido a martillazos, pues como cabe suponer, “La Sombra Justiciera” repartía mamporros, pero no remataba córners ni efectuaba palomitas bajo los tres palos.

Un encapuchado entre fueras de juego y máxima rivalidad, cuando sobre el césped real triunfaba Kubala.

Un encapuchado entre fueras de juego y máxima rivalidad, cuando sobre el césped real triunfaba Kubala.

Claro que para fiasco el de la Valenciana Editorial Maga con su serie “Atletas” (1958). Maga fue apuesta del dibujante Manuel Gago -de ahí Ma-Ga-, artífice de “El Guerrero del Antifaz” (1944), “El pequeño Luchador” (1945), “El Espadachín de Hierro” (1947), “Purk, el Hombre de Piedra” o “El Temerario” (ambas de 1949), que un día, cansado de ver cómo su inconfundible y esquemático estilo estaba haciendo ricos a los dueños de Editorial Valenciana mientras a él se le explotaba, reunió dinero, se encomendó a los santos e inscribió su propia marca en el Registro. Era, en realidad, su segunda tentativa, pues poco antes, junto con su propio padre, había creado Garga, otro sello de vida efímera. En Valenciana, lejos de escarmentar, conscientes de que todo el universo vital del dibujante se concentraba en aquella marca -sus hermanos Pablo y Luis eran guionistas y dibujantes en la casa, lo mismo que Pedro y Miguel Quesada, dos de sus mejores amigos, aparte de cuñados, puesto que habría de casarse con Teresa, hermana de ambos- continuaron pagándole mucho menos que cualquier otra editorial del ramo. Y la avaricia volvió a romper el saco, esta vez definitivamente.

Para la nueva editorial, la suya, crearía múltiples personajes con muy distinta fortuna: “El As de Espadas”, “El Capitán España”, “El defensor de la Cruz”, “El Hijo de la jungla”, “El Duque Negro”, o “El Corsario sin rostro”, a la par que otros dibujantes (López Blanco, Ramos, Ortiz, Sánchez, Guerrero, Pérez Fajardo) daban vida en tinta china a seres no menos heroicas. Una de esas colecciones, fallida hasta el punto de no sobrepasar los 7 cuadernillos, fue “Atletas” (1958), con guiones del albaceteño Pedro Quesada y dibujos de un José Ortiz todavía en formación, y más adelante celebrado historietista en Inglaterra, Alemania, Francia o los Estados Unidos.

El buen trazo de José Ortiz al servicio de “Atletas”, proyecto fallido.

El buen trazo de José Ortiz al servicio de “Atletas”, proyecto fallido.

Por la misma época, algunos kioscos exhibieron ejemplares de “Driblin, el As del Balón”. Dribiln sin “g”, en efecto. Y es que si el conocimiento de idiomas continúa siendo asignatura pendiente hoy día, hace 65 años mejor ni nos lo planteamos. Fue aquella una extraña iniciativa, paupérrima en cuanto a calidad. Una apuesta loca, que apenas si dejaría levísimo rastro.

Poco antes, concretamente en 1953, el Valencia C. F. se había hecho con un excelente delantero holandés, proveniente del Torino. Era Servaas Wilkes, más conocido como “Faas” Wilkes. Estaba a punto de cumplir los 30 y su mala experiencia turinesa, luego de haber brillado en el Inter desde 1949 hasta 1952, hacía albergar algunas dudas. Pero las disipó en seguida. Conducía la pelota con una elegancia exquisita, sabía colocarse, veía gol con facilidad (38 dianas en los 62 partidos que disputó como “che” desde el 53 hasta el 56), y si físicamente no era ningún portento, administraba sus fuerzas de maravilla. Se dijo, probablemente con razón, que todo el equipo jugaba para su lucimiento, que aquel Valencia hubiese resuelto más con otro tipo de refuerzo. Algún compañero, incluso, no tuvo el menor empacho en afirmar a la prensa que la entidad se había equivocado contratándole. “Celos”, contraatacaron desde la junta directiva. “Algunos son incapaces de asimilar la calidad ajena. En el fútbol, como en la vida, tiene que haber ingenieros y obreros”.

Wilkes, uno de los primeros futbolistas holandeses con renombre internacional.

Wilkes, uno de los primeros futbolistas holandeses con renombre internacional.

Wilkes, en efecto, era un magnífico jugador. Natural de Rotterdam (13-X-1923), se había forjado en el Xerxes-Rotterdam (1940-45), para pasar sucesivamente por el Xerxes (1945-49), Inter de Milán (1949-52) y el ya citado Torino. Tras su salida de Mestalla al concluir el ejercicio 1955-56 volvió a Holanda, para enrolarse en el VVV 64 (1956-58) y retornar a Valencia, esta vez enfundándose la camiseta azulgrana del Levante (1958-59), donde anotaría 20 goles en 34 partidos. Después, aunque se aproximaba ya a los 36 años, deshizo el camino hasta su país, fichado por el Fortuna 54, en cuyo seno habría de sumar otros 33 goles a su palmarés, distribuidos en los 88 choques disputados desde 1959 hasta el 62. Y todavía, justo cuando el Ajax de Ámsterdam comenzaba a hacerse grande, quiso despedirse en el Xerxes, su Xerxes, ya muy mermado, puesto que únicamente logró anotar 10 tantos en los 28 partidos que iba a repartir en sus dos últimas campañas. Colgaba las botas con casi 41 años, justo cuando un jovenzuelo flaco y descarado, llamado Johan Cruyff, llamaba a la puerta.

Pues bien, este Wilkes tan conocido por nuestros campos de 1ª y 2ª, sirvió de inspiración para un tebeo holandés de amplio impacto: “Kick Wilstra”, obra del dibujante Henk Sprenger.

El nombre del futbolista ficticio aglutinaba los de los 3 mejores jugadores holandeses de esa época: Kick Smith, delantero centro del Harlem, en los 40, con remate demoledor; Abe Lenstra, todo arrojo y mito del Heerenveen, hasta el punto que dicho club impuso su nombre al actual estadio; y Wilkes, claro. El goleador de tinta china comenzó a publicarse en 1949 como tira de prensa, pero merced a su gran acogida saltaría al cuadernillo semanal.

Tebeo inspirado Wilkes y las otras dos estrellas holandesas de su época.

Tebeo inspirado Wilkes y las otras dos estrellas holandesas de su época.

“Kick Wilstra” aunaba elegancia, fuerza y contundencia aérea. Era, en suma, el jugador ideal de los Países Bajos. Un personaje para quien pasaban los años entre viñeta y viñeta, y vivía una existencia paralela a la realidad. Además de futbolista, estaba licenciado en Ingeniería, era la estrella del ficticio Malton Rovers británico y nada más concluir la II Guerra Mundial regresó a Holanda, para colaborar en la reconstrucción del país. Sólo el gran interés del Titán italiano -equipo también ficticio, obviamente- lo situó en el “calcio”. Y allí seguía cuando dibujante y guionista rotularon el “Fin”, en 1960, tiempo de televisión, de sueños y disfrute servidos a domicilio. Tiempo del aparato, o fenómeno, que habría de ir segando tebeos por todas partes.

Un Ibáñez primerizo y las cosas del fútbol.

Un Ibáñez primerizo y las cosas del fútbol.

“Kick Wilstra”, el otro Wilkes, nunca se publicó en España. Aquí seguían triunfando los veteranos “Capitán Trueno”, “Roberto Alcázar” o “Jabato”, por más que empezasen a dar muestras de cansancio. O los recién incorporados “Yuki, El Temerario”, “Don Z”, “Sigur el vikingo”, “Cosaco Verde” o “Tiovivo”, y estaban por llegar “Zoltán el cíngaro” y “Sargento Virus”.

Tampoco mereció el interés de nuestras editoriales “Roy of the Rovers”, creación inglesa de Frank S. Pepper para Tiger (1954). Comic longevo, hasta el punto de enlazar con la era el color, donde el fútbol lo inundaba todo. España era diferente, como acuñara el Ministerio de Información y Turismo para captar visitantes extranjeros. Eslogan al que no pocas voces entre café y copa, o partida de dominó, muchos habrían de otorgar malicioso doble sentido.

Poco a poco, gracias sobre todo a extraordinarios artistas como Vázquez, Cifré, Peña-Roya y Francisco Ibáñez, las revistas cómicas de Bruguera fueron acaparando el mercado. Y dentro de ellas, con alguna regularidad, el fútbol; un fútbol disparatado, visto a través de gafas tan críticas como distorsionantes.

Ibáñez (“El Botones Sacarino”, “Pepe Gotera y Otilio”, “Rompetechos” o “Don Pedrito”, amén de “Mortadelo y Filemón”) tuvo a su cargo una sección donde ridiculizaba distintos aspectos del juego y su entorno. Peña-Roya, furibundo forofo “culé”, además de cubrir otros bloques semejantes entregó “Pepe, el hincha”. Por cierto que el siempre sonriente Peña, como era conocido por sus compañeros, estuvo ilustrando durante algún tiempo los boletos quinielísticos con un chiste, no siempre referido a las cosas del balón. Quizás como desagravio, “Don Berrinche”, otra de sus creaciones, hombre eternamente malhumorado y que, consciente de su realidad, paseaba por las calles con un garrote, tuvo sus buenas desventuras cada vez que acudía al estadio.

El inconfundible Coll. Un fuera de serie a quien no se hizo justicia en vida.

El inconfundible Coll. Un fuera de serie a quien no se hizo justicia en vida.

También desde el “TBO”, más esporádicamente, y casi siempre por obra de un inmenso José Coll (1923-1984), el fútbol seguía colándose desde los kioscos. Dueño de una soltura abrumadora, campeón del movimiento y la línea, maestro de la historieta sin palabras, Coll tuvo la desgracia de nacer en un país donde la creación editorial carecía de la más mínima consideración. En Francia, Italia o Inglaterra, y no digamos ya publicando en los Estados Unidos, hubiera podido amasar una fortunita. Por nuestros pagos, en cambio, apenas sacaba unas pesetas. Hasta tal punto llegó la cosa que un día, cuando sus antiguos compañeros de profesión le comentaron por cuánto salían al mes colocando ladrillos o resolviendo problemas de hojalatería, dejó empantanado el plumín y se fue con ellos, a hacer chapuzas. “TBO” perdió a su estrella y los aficionados a un talento natural, por más que rondando el decenio de los 80 volviera a ser rescatado en las publicaciones de “Norma”. Entonces sí, degustó por fin el merecido reconocimiento, y sus antiguas páginas comenzaron a ser rastreadas por los muy aficionados, como remedos de Indiana Jones a la búsqueda de incunables.

De rodón igualmente, muy de rondón, se coló el fútbol durante los 50 en una aventura de “Hazañas Bélicas”, serie cuyo primer ejemplar había salido de imprenta bajo el sello de la Barcelona editorial Toray, en 1948. La serie tardó bien poco en constituir un filón, debido no sólo a la inmediatez de los acontecimientos bélicos descritos, sino al meticuloso trabajo de su creador, Guillermo Sánchez Boix, aunque firmara como Boixcar. Muchas de sus grandes viñetas, elaboradas con tramas manuales para ganar en volumen y profundidad, reproducían fotos de la II Guerra Mundial. Sus tanques detalladísimos, portaaviones, submarinos, batallas navales o aeronáuticas, atraparon de inmediato al lector, en este caso no tan niño. O quizás mejor, no sólo niño.

Mucho se ha criticado, y con motivo, la ideología descarada y maniquea de casi toda la serie. Y al hacerlo se obvia otra realidad que tal vez sorprenda a muchos. Boixcar (Barcelona 1917-1960) había luchado durante la Guerra Civil en el bando republicano. Tras la derrota pasó a Francia, siendo recluido tras la ocupación alemana, como otros muchos, en un campo de concentración. De vuelta a España se empleó en lo que pudo hasta que con 26 años logró dar rienda suelta a su facilidad para el dibujo en la editorial Marco. Ya en Toray, “Hazañas Bélicas” y “El mundo futuro”, especialmente la primera, cimentaron su prestigio. Auténtico destajista ante el tablero, a medida que desde la editorial le reclamaban más y más páginas, comenzó a contar con la colaboración de su hermano José María en el pasado a tinta. Falleció con sólo 43 años, después de hacer de su seudónimo toda una marca y antes de convertirse en el poderoso historietista que sin buda estaba destinado a ser.

Guillermo Sánchez Boix, para los tebeos “Boizcar”. Una vez, como mínimo, introdujo el fútbol en “Hazañas Bélicas”.

Guillermo Sánchez Boix, para los tebeos “Boizcar”. Una vez, como mínimo, introdujo el fútbol en “Hazañas Bélicas”.

Respecto a su tan censurada línea ideológica, la serie no hacía sino recoger -y no por casualidad- una visión de la II Guerra Mundial expuesta en su día por el propio Francisco Franco al embajador de los Estados Unidos. Según el general gallego, no había un único conflicto, sino tres distintos. El de los alemanes contra Rusia, donde España se declaraba abiertamente anticomunista. El de los aliados contra el Eje, donde España era neutral. Y el de Estados Unidos contra Japón, en el Pacífico, donde España estaba con los americanos, máxime tras las atrocidades cometidas por el ejército imperial entre clérigos y seglares españoles de Filipinas. Se dice que el embajador quedó perplejo ante tal argumento, aparte de preguntarse si no se le estaría tomando el pelo. Fuera como fuese, para Boixcar los germanos eran buenos en el frente ruso, y malos, malísimos, los bolcheviques. Esos mismos alemanes, si combatían contra Montgomery en el desierto africano, alternaban bondad con maldad, al cincuenta por ciento con sus enemigos ingleses. Los nipones, en cambio, calificados en algún diálogo como “perro amarillo” o “japo del demonio”, o mediante deslices tipo “te voy a curar yo la ictericia”, torturaban a sus prisioneros, se ensañaban con los vencidos y no conocían sentimientos emparentados con la piedad.

Pues bien, en una historia ambientada por el Norte de África, se presentaba a un soldado británico angustiado con la posibilidad de sufrir heridas. Soldado heroico a la postre, y por partida doble. Primero en el campo de batalla. Y más tarde, a su regreso, sobre el césped, como futbolista que era, resolviendo un partido decisivo entre la atronadora ovación del público.

En “Hazañas Bélicas”, por cierto, tanto mientras vivió Boixcar como al heredarla un sinnúmero de discípulos, jamás se tocó la Guerra Civil. Y si en cambio, al menos una vez, las peripecias de los divisionarios azules.

Una incursión de Ricart en el tebeo futbolístico.

Una incursión de Ricart en el tebeo futbolístico.

Ya durante los 60, Ediciones Ricart editó al precio de 2 ptas. ejemplar una breve serie deportiva. Y paralelamente vería también la luz otra con similares deficiencias, reducida a presentar las supuestas biografías de estrellas incipientes, como Glaría IV (At Madrid) o Zoco (Real Madrid). A la postre cada cuadernillo se limitaba a recrear la entronización del protagonista, a narrar, en suma, el choque donde podríamos decir recibió su alternativa. En el caso de Ignacio Zoco, con ocasión de un choque ante el At Bilbao, inaugurando la temporada y con TVE retransmitiéndolo en directo. Partido real, que conste, saldado con un 3-0 favorable los merengues. Entre aquellos tebeos uno ofrecía la particularidad de estar dedicado a los internacionales juveniles victoriosos en el primer campeonato mundial juvenil. No en vano, ante la escasez de gestas deportivas nacionales, todos los medios de difusión concedieron gran eco a ese logro.

 Donde sí se trató con asiduidad el fútbol fue en “Olimán”, otro producto de Editorial Maga. De los 105 ejemplares impresos entre 1961 y 1963, casi la mitad se circunscribían a hazañas futboleras. Porque Olimán, vaya por delante, era deportista multidisciplinar. Lo mismo jugaba al baloncesto que triunfaba en pruebas ciclistas de ruta o velódromo, participada en carreras automovilísticas, cultivaba la pesca submarina, derribaba en el ring a mastodontes con mucho oficio, saltaba altura o corría los 100 metros lisos, y goleaba como nadie. Su autor, José Pérez Fajardo, lo concibió tan atlético que jamás hubiese podido competir como ciclista en pruebas de fondo, y difícilmente aguantaría más de 45 minutos sobre el césped. Pero eso no importaba. De hecho aportó a la empresa editora su último verdadero éxito. Y en ello, más que los guiones un tanto anodinos del propio dibujante o de Ricardo Acedo, tuvo que ver a buen seguro la proximidad del Mundial de Chile, donde nuestra selección, una vez más, salió trasquilada.

Pérez Fajardo concibió para Maga un superhombre sin capa ni antifaz, dedicado a faenas deportivas.

Pérez Fajardo concibió para Maga un superhombre sin capa ni antifaz, dedicado a faenas deportivas.

“Olimán” fue la única serie española donde el balón tuvo auténtico protagonismo. Y la verdad sea dicha, tampoco es que descollase, como no fuere por recoger durante varias semanas, en la contraportada, fotografías de equipos nacionales. Más o menos dejó de editarse cuando el tebeo apaisado rodaba sin puntilla. Desde la barcelonesa Toray se apostó entonces por transformar los tebeos en “novelas gráficas”. Loable intento de dignificar el medio, sin duda, o de acercarlo al hombrecito que ya no era tan niño. Ferma, otro sello barcelonés, se sumó al experimento. Y en cuestión de meses, la novela gráfica acabaría adueñándose de los estantes. A tal punto llegó la apuesta, que las reediciones de “Hazañas Bélicas”, auténtica mina editorial, ya no salieron en su formato primigenio. Se recortaban las planchas para montar sus viñetas de acuerdo con la nueva estética.

“Delta 99”, una especie de agente secreto extraterrestre, tuvo su aventura en el Camp Nou barcelonés.

“Delta 99”, una especie de agente secreto extraterrestre, tuvo su aventura en el Camp Nou barcelonés.

Una de las numerosas colecciones editadas en forma de novela gráfica fue “Delta 99”. O para ser más exacto, “Delta 99” y “5 por Infinito”, puesto que ambas series compartían espacio. “Delta”, proyecto del por entonces intermediario José Toutain, se creó pensando en distribuirlo en mercados extranjeros. Corrían tiempos de bonanza para exportación artística. Puesto que Francia e Inglaterra pagaban por cada plancha tres y hasta cuatro veces más que las editoriales españolas, no faltaron emprendedores constituyendo agencias, como Mac Abich o el propio Toutain. Distribuían guiones entre cuadrillas de dibujantes, los enviaban al exterior ya confeccionados, y en teoría se reservaban una comisión. Teoría, al decir de algunos sometidos a este régimen laboral. Porque parece que al menos Selecciones Ilustradas, la agencia de Toutain, contabilizaba porcentajes escandalosos. “Delta 99”, por lo tanto, se publicó primero en Europa. Era una serie de falsa ciencia-ficción, donde el protagonista, extraterrestre de apariencia hippie llegado a la tierra en los 60, vivía conflictos entre la intriga, el espionaje y la lucha contra malvados muy de estereotipo. Su primer ilustrador fue Carlos Giménez, diez años después celebrado colaborador de “El Papus” con sus series “España Una”, “España Grande”, “España Libre”, o de las realizaciones autobiográficas recogidas en “Paracuellos”, “Barrio” y “Los Profesionales”, el primero genuino producto de la transición. A Carlos le siguieron el también madrileño Adolfo Usero, José Mascaró y Manel Ferrer, para desgracia de la serie, en tanto los guiones correspondían a Flores Thies y Víctor Mora.

Por supuesto, el extraterrestre con aire hippie no jugaba al fútbol. Pero éste si aparecía en el episodio titulado “Los Zombies”. En un inconfundible Camp Nou, el balón no podía besar las mallas, o de otro modo sobrevendría la catástrofe. Y no, claro, no las besaba. Superado ya el guardameta, se estrellaba contra el poste.

Paralelamente, las cosas empezaban a cambiar por nuestro país en casi todos los órdenes. Por cuanto a la historieta o el tebeo se refiere, Bruguera hizo hueco a “Michel Tanguy”, “Blueberry”, “Iznogud” y “Astérix”, todos ellos personajes de la revista francesa Pilote. Pero aunque al otro lado de los Pirineos también se editaran tebeos de fútbol, éstos no llegaron.

En Inglaterra, por ejemplo, George Best, diabólica estrella dentro y fuera del campo, había inspirado no exactamente un comic, aunque su formato se asemejara mucho. Venía a ser un “Aprende a jugar al fútbol con George Best”, donde por medio de dibujos y con el tirón que suponía la imagen del propio jugador, se ilustraban distintas suertes balompédicas. Best (22-V-1946 – 25-XI-2005), futbolista del año en 1968, campeón de Europa con el Manchester United esa misma temporada y campeón de Liga en 1965 y 1967, pudo no haber conocido techo si él mismo se hubiese puesto freno. Aclamado como una estrella de rock -se le apodaba “el quinto beatle”-, tan pronto concluían los entrenamientos salía disparado hacia la discoteca, hasta ser llamado al orden. Durante un tiempo pareció encarrilarse; sólo durante un tiempo. Luego volvió a las andadas, con más descaro, si cabe; con la desfachatez de quien además de sentirse poderoso se cree eterno. Durante sus mejores días, nadie podía hacerle sombra con el balón en los pies. Bobby Charlton, que lo había sido todo, estaba para pocas carreras. Luigi Riva remataba en cualquier postura. Paul Van Himst ordenaba a sus compañeros como un director a la orquesta. Cruyff impactaba. Dragan Djazik podía irse de cualquiera por su banda y Franz Beckenbauer daba la impresión de estar esperando a 1970 para encumbrarse en el Mundial de México. Pero en sus buenas tardes, Best los superaba a todos.

Jeorge Bes, genio que sucumbió ante sus propios demonios, enseñó a jugar a los niños británicos. Sus enseñanzas sólo fueron recogidas en España como pura curiosidad.

Jeorge Bes, genio que sucumbió ante sus propios demonios, enseñó a jugar a los niños británicos. Sus enseñanzas sólo fueron recogidas en España como pura curiosidad.

Lastimosamente hubo de vivir una decrepitud temprana, con viajes de ida y vuelta al soccer estadounidense o arrastrándose por clubes menores, de mala, muy mala gana. Tras colgar las botas aún fue peor. Ya no sólo conducía coches deportivos o flirteaba con rubias despampanantes, sino que se dejaba seducir por la bebida. Varias frases suyas ilustran muy bien hasta qué punto era consciente del derrumbe: “Invertí mucho dinero en coches, mujeres y alcohol; el resto lo malgasté”. O “Me he acostado con más de 3.0000 mujeres. Entre ellas 3 mises Universo”. Y esta otra, no menos lapidaria: “¿Quién dice que desperdicié mi vida?. La he vivido con pasión, mientras otros se limitaban a verla pasar, sentados en su silla”. Con 54 años tuvieron que someterle a un trasplante de hígado, del que se recuperó admirablemente. Tan bien lo hizo que siguió como hasta entonces. Tres años después de abandonar la clínica, ingresaba en otro centro sanitario medio desfigurado. Su última novia le había golpeado en la cabeza con una barra de hierro.

“Rigby Allen”, futbolista de ficción que tampoco asomó a nuestros kioscos.

“Rigby Allen”, futbolista de ficción que tampoco asomó a nuestros kioscos.

Volviendo a los tebeos, resulta extraño que el suyo, lo de sus enseñanzas, vamos, no llegase hasta aquí, estando tan unido a nuestros intereses comerciales. Porque Best, aunque hoy pocos lo recuerden, protagonizó una campaña de naranjas valencianas en la Gran Bretaña. Un gran acierto de los publicistas, que de ese modo podían unir su slogan con el apellido de quien las publicitaba: “Spanish oranges: Te Best”.

Tampoco atravesó el Canal de la Mancha otra publicación más modesta sobre Rigby Allen, personaje de ficción, cuya carrera arrancaba en el patio del colegio e iba escalando peldaños hasta arañar el estrellato. Si algo supimos de él fue gracias a la traducción de “Football”, miscelánea que situó en las librerías Plaza & Janés, un ya remoto 1976.

Sí nos llegaría, por el contrario, aunque con retraso, Eric Castel. Lo contrario hubiese sido un disparate, puesto que Eric desarrollaba casi toda su trayectoria editorial y deportiva vistiendo la camiseta del F. C. Barcelona.

Creación franco-belga de Raymond Reding y Françoise Hugues, apareció por primera vez en una revista alemana cuando estaba a punto de iniciarse el Mundial germano del 74. Castel, joven francés emigrante en Dusseldorf, jugaba con el equipo amateur de la empresa donde se había empleado. Un agente de futbolistas lo llevaba a Barcelona y tras las pertinentes pruebas sería fichando por el Barça Amateur, cuando Johan Cruyff  era estrella del primer equipo. Sin embargo no estuvo mucho tiempo haciendo méritos. De la noche a la mañana saltaba al Inter milanés, desde donde tras un amistoso contra el F. C. Barcelona volvía a la ciudad condal, para sustituir nada menos que al gran Johan.

Eric Castel. Una vez más, el C. F. Barcelona en formato comic.

Eric Castel. Una vez más, el C. F. Barcelona en formato comic.

Aunque la primera aventura fuese recogida con absoluta inmediatez por Editorial Bruguera, pasó inadvertida. Se recogió en el “Mortadelo Gigante de Vacaciones”, recién terminado el Mundial del 74, bajo el título de “A las puertas de Múnich”. Pero nadie lo asoció entonces con Eric Castel, porque se cambió el nombre al protagonista, convirtiéndolo en Walter Müller.

Los siguientes álbumes se demoraron bastante. En ellos, editados primero por Grijalbo y a partir de 2008 por Norma, Castel seguía viviendo aventuras por Barcelona y la Costa Brava como delantero “culé”, hasta pasar al parís St-Germain.

De cuantas historietas futbolísticas hubo por nuestros kioscos, ésta es sin duda la más redonda, la que más puede complacer al amante del balón, gracias al buen trabajo de su dibujante y la meticulosidad con que recreara monumentos, paisajes y ambiente. Comic para curiosos, y sobre todo para irredentos devotos azulgrana.

Hubo otras creaciones que tampoco nos llegaron. Una de ellas muy meritoria del sudamericano José Luis Salinas, titulada “Dick el artillero”. Salinas, dueño de un trazo clásico y elegante, redondo y sin efectismos, fue ampliamente conocido por la tira sindicada “Cisco Kid”, impresa en múltiples periódicos norteamericanos y europeos.

El genuino “Superman” también paseó su capa por algún estadio.

El genuino “Superman” también paseó su capa por algún estadio.

“Arcomanta”, de Forges, obvio alter ego de Luis Miguel Arconada cuando el guipuzcoano de la Real Sociedad era imprescindible para todos nuestros seleccionadores, no fue en puridad personaje de comic o tebeo. Pero sí durante algún tiempo recurso reiterado del humorista en su chiste, reflexión o editorial dibujado de “El País”, que un poco de todo eso solía haber, y hay, en las diarias colaboraciones de El Roto, Peridis o Fraguas. Entre parada y parada, volando hasta el ángulo, “Arcomanta” decía cosas aparentemente inocuas, que leídas por segunda vez cobraban doble o triple intención.

“Super López”, forofo y gorrón redomado, en plena explosión tras vencer su equipo de penalti injusto en el último minuto.

“Super López”, forofo y gorrón redomado, en plena explosión tras vencer su equipo de penalti injusto en el último minuto.

Ya dentro de la curiosidad, o si se prefiere del fetiche, cabría citar un episodio de “Superman” donde el de la capa roja, viajando por Inglaterra, resuelve las vicisitudes de un equipo juvenil. Pero no fue el único superhéroe conectado siquiera puntualmente con el balón. Su sosias humorístico, castizo y de andar por casa, el abracadabrante “Super López” de Jan, utilizó sus dotes para presenciar partidos de gorra.

También hubo un episodio de los Pitufos, donde Peyo ponía a jugar a sus personajillos azules como tantos chavales han hecho por los cinco continentes: en una campa y con dos estacas o sendos montones de piedras señalando las porterías. Todo ello sin olvidar a Ibáñez, que cada cuatro años sigue empujando a “Mortadelo y Filemón” hacia cada Campeonato Mundial. Entre todos esos álbumes, uno de los más delirantes quizás haya sido el dedicado al nuestro; el de “Naranjito”, la impotencia ante Honduras, el penalti fallado que un árbitro hizo repetir aún no sabemos bien por qué, la merecida eliminación ante Alemania, el triunfo de Rossi acaudillando a Italia y unas cuantas que parecieron no estar ni remotamente claras. Mundial de 1982 que acabó, por cierto, con lo que pudiera servir como prólogo a un buen tebeo detectivesco o de misterio: la muerte súbita de quien debía justificar unos números bastante dudosos.

Hasta los pitufos quisieron emular a Ronaldinho, Zidane o Cristiano Ronaldo.

Hasta los pitufos quisieron emular a Ronaldinho, Zidane o Cristiano Ronaldo.

Igualmente en el género de humor, los responsables de “El Jueves” dieron cabida a “Curro Córner” y su tan disparatada o poco convencional visión del deporte rey.

El más reciente fútbol de papel ya obedece a otros parámetros. Desde el entierro sin responso del tebeo, la novela gráfica y el comic clásico, degollados por ese filo de samurái llamado “manga”, las gestas en tinta china sólo parecen llegar hoy día desde Japón. Incluidas, naturalmente, las proezas futboleras. Primero fue la versión manga de “Oliver y Benji”, cuyos dibujos animados causaron furor entre los más pequeños hace un par de lustros. Y luego otros “manga” imitadores, consumidos tan sólo en el país del sol naciente. Lo llamativo es que la serie “Oliver Atom” -nombre comercial de origen- se haya centrado recientemente en el C. F. Barcelona.

El Deportivo en la versión comic-manga de “Oliver y Benji”, a punto de enfrentarse al Barça.

El Deportivo en la versión comic-manga de “Oliver y Benji”, a punto de enfrentarse al Barça.

Conmemorando el 40 aniversario de la revista “Shonen Jump”, de la que salieron “Dragonball”, “Naruto” o “Rurouni Kenshin”, el consejo editorial decidió sortear durante 2008 un viaje a Barcelona, con asistencia del agraciado a un encuentro del club azulgrana. ¿Y por qué precisamente a la capital catalana?, podrá argüirse. Pues porque Oliver Atom vestía de azulgrana en la ficción japonesa.

La historia puede resumirse así: Tras vencer al Español por 2-1, los “culés” se instalaban en el segundo puesto de la clasificación, a dos puntos del Real Madrid. Sólo restan dos jornadas para dirimir el título y Riazor espera a los barceloneses en pie de guerra, puesto que el Deportivo de La Coruña, cuarto, puede perder sus opciones para la Champions League. Oliver, además, iba a reencontrarse en el conjunto blanquiazul con  Radunga, su antiguo maestro, santo y seña deportivista. Y quién sabe si por aquello de que el potro trata a menudo de cocear a su madre yegua, Oliver está decidido a demostrar dónde descansa actualmente el magisterio. El Deportivo cuenta con Luche, Víctor y Dani Silva, brasileño. El Barça, además de en Oliver Atom, confiaba en Payol, Valtez y Xavii, a todas luces reconocibles. Sonaba por fin el pitido inicial y en los graderíos se contenía el aliento.

Pujol, Iniesta y compañía, al gusto japonés. La globalización del fútbol, y a su vez del tebeo.

Pujol, Iniesta y compañía, al gusto japonés. La globalización del fútbol, y a su vez del tebeo.

No, no es cuestión de destripar el desenlace, máxime tratando de tebeos, patria o solar de ese antiguo continuará, con el que dibujante y guionista solían dejar durante una semana la vida de los protagonistas en suspenso.

Este repaso al fútbol en tinta china también debería cerrarse con otro continuará. O con un continúa, mejor. Porque el fútbol en papel sigue vigente, al menos en Japón, y con el Barça de por medio. Otro Barça sin Oliver, aunque bajo el liderazgo de Leonel Messi, obra de Kimiya Kaji, comenzó a distribuirse en plena era Gurdiola.

Se dice que a lo largo y ancho de Asia apenas si se ve otro fútbol que el de la Premier League. En cambio por cuanto respecta al “manga” está claro que golea nuestra competición.

Para cerrar el círculo, dada como el propio fútbol patrocinando tebeos sobre sí mismo. Es lo que ha hecho recientemente la Territorial Castellano-Leonesa, en un intento de destapar vocaciones arbitrales entre los jóvenes. Porque si sobran niños soñando convertirse en nuevos Iker Casillas, Piqué o Cristiano, otra cosa es la aspiración a pasar desapercibidos, conscientes de que la crítica despiadada, broncas y vituperios, serán, a no dudar, tan habituales como aborrecibles constantes en cualquier ascenso por el escalafón del silbato. “El fútbol sólo morirá si algún día nadie quisiera hacer de árbitro”, sentenció un trencilla ya retirado, hace casi cuarenta años. Pues para que eso no ocurra, bienvenido el tebeo “Hazte árbitro”.

FutbolDeTebeo22Y ahora, 3 minutos de prórroga.

“Roy of the Rovers”, tebeo anglosajón sin sitio en nuestras editoriales.

“Roy of the Rovers”, tebeo anglosajón sin sitio en nuestras editoriales.

“Dick, el artillero” tampoco encontró ningún intermediario que le ayudase a cruzar el charco desde Argentina, cuando tantos compatriotas suyos, de carne y hueso, sobrepoblaban nuestros campos.

“Dick, el artillero” tampoco encontró ningún intermediario que le ayudase a cruzar el charco desde Argentina, cuando tantos compatriotas suyos, de carne y hueso, sobrepoblaban nuestros campos.

“Mortadelo y Filemón”, con la roja desde el Mundial de “Naranjito” y sembrando carcajadas por Francia, Alemania, Italia, Grecia o los países escandinavos. Otra forma de esparcir la marca España.

“Mortadelo y Filemón”, con la roja desde el Mundial de “Naranjito” y sembrando carcajadas por Francia, Alemania, Italia, Grecia o los países escandinavos. Otra forma de esparcir la marca España.

Ya saben: Continuará.




La primera huelga del fútbol español

Se ha escrito que la primera huelga de futbolistas españoles fue impulsada por su recién nacido sindicato, durante nuestros balbuceos democráticos, que gracias a ella quedó abolido el injusto derecho de retención, y que desde ese instante los jugadores dejaron de ser ovejas mansas, pastoreadas a placer por los clubes. Y aun siendo cierto que aquellas huelgas convocadas por la AFE equilibraron fuerzas entre plantillas y juntas directivas, no fueron las primeras. Se les había adelantado en 1976 una modesta plantilla de 3ª División, cuando declararse en huelga todavía era delito tipificado en el Código.

Sirva como preámbulo que hasta ese instante los futbolistas sólo tenían un modo bastante arriesgado de manifestar su disconformidad, declarándose en rebeldía. Si sus solicitudes de incremento salarial o la negativa de los mandamases a un buen traspaso no eran atendidas, pues a no entrenar, quedar fuera de las alineaciones y confiar que al sustituto le saliesen las cosas tirando a mal. Si la prensa ayudaba reclamando un arreglo con el insurrecto, miel sobre hojuelas, porque al domingo siguiente podía ser el público quien llenase de pañuelos la grada, mirando hacia el palco. Hubo auténticos maestros en tales lides. El guardameta internación Ignacio Eizaguirre, por ejemplo, se plantó en la Real Sociedad para forzar su salida hacia Valencia, y ya en la ciudad del Turia repitió hasta tres veces la faena, obteniendo sustanciales mejoras contractuales. Pero esta medida podía salir muy mal también. Si el club notificaba a la Federación el plante de su futbolista, la licencia de éste quedaba suspendida durante dos años. Veinticuatro meses sin ficha  ni equipo. Dos temporadas en blanco, que en la mayoría de los casos implicaba una retirada forzosa. Salía caro, muy caro protestar, por más que no faltaban motivos para hacerlo.

Uno de ellos era el derecho de retención, disparate jurídico según el cual los futbolistas podían ver prorrogado su contrato durante un año después de que éste expirase, y aún en las campañas sucesivas mediante incrementos porcentuales reglamentados, casi nunca superiores al 10%. Otro no menos angustioso, los frecuentes impagos y “quitas” obligatorias, so pena de pechar con multas por supuesta indisciplina, filtraciones interesadas a la prensa o denuncias dirigidas al ente federativo. Estas últimas, claro está, jamás solían llegar a nada. Pero contribuían a arrojar sobre el futbolista fama de conflictivo, y como es lógico todos huían del garbanzo negro. Y es que los problemas financieros, tanto antaño como hoy mismo, se daban hasta en las mejores familias, conforme puso de manifiesto Raimundo Saporta en el informe enviado al presidente blanco Santiago Bernabéu, allá por setiembre de 1963. “El problema financiero es angustioso”, recogía literalmente. “Por lo que al presente se refiere, nos encontramos con 15 millones de deudas que haría falta saldar rápidamente”. El grueso de los impagos englobaba débitos a los futbolistas por valor de 5 millones, otros 4 a la compañía Wagons Lits, una cifra similar a ciertos directivos por anticipos de su propio peculio y no menos de un millón en el capítulo de varios. Salir de aquella situación “próxima a la bancarrota”, exigía medidas tan drásticas como urgentes, simplificadas en la disolución de todas las secciones deportivas, incluido el baloncesto; clausura de la Ciudad Deportiva; supresión del Boletín, el fútbol amateur y juvenil, las ayudas al Rayo Vallecano, a la prensa -éstas sumaban la nada despreciable cifra de 2 millones anuales- y los viajes de informadores deportivos con el equipo, cuyo monto ascendía a otros dos millones, más o menos. Sólo así, según Saporta, evitaría el Real Madrid desembocar “en una situación parecida a la del Atlético: Collar no juega porque no le pagan”.

Quince millones de ptas., 90.000 euros actuales, distaban mucho de ser una minucia en 1963, cuando las estrellas “merengues” venían a liquidar alrededor del millón por campaña y el salario mensual de un empleado de banca rondaba las 5.000, siempre en pesetas. Enrique Collar Monterrubio era, junto con Jorge Mendonça, la referencia atacante de los “colchoneros”, puesto que Adelardo, internacional ya para entonces, aún estaba por cuajar en plenitud. Ni las entidades más grandes se libraban del agobio hace medio siglo, y sus jugadores, claro está, se les revolvían.

Si esto sucedía en la élite, no resulta difícil imaginar cómo rodaban las cosas en 2ª o 3ª División, y aún en 1ª, de la mitad de la tabla hacia abajo. Los jugadores del Córdoba, sin ir más lejos, de aquel Córdoba C. F. con Simonet, Navarro, López, Ricardo Costa, Juanín, Martí, Cabrera o Luis Costa, acudían a entrenar, avanzados los años 60, en sus modestos Seat “600”. Era habitual, también, que los futbolistas solteros -incluso los de 1ª- viviesen no en un piso, sino de patrona o en pensiones facilitadas desde el propio club. Se trataba, ante todo, de ahorrar el monto de la ficha e ir tirando con las primas y el salario mensual, cuya cifra solía ser exigua. Sirvan a este respecto los devengados durante la segunda mitad de los 60 por el Santander o Real Valladolid: 4.000 mensuales para los solteros y 6.000 los casados del Real Santander, y 6.000 y 8.000 respectivamente, célibes y con familia en el Valladolid.

Desde la Federación Española solía abordarse periódicamente la espinosa cuestión de los impagos, al tiempo de encarar reestructuraciones, por lo general harto infructuosas. Una de ellas, la más drástica, tuvo lugar en 1967. Los 32 equipos de 2ª División distribuidos en dos grupos, quedaron reducidos a 20, al tiempo que la mitad de los de 3ª hubieron de acomodarse en Regional. Toda una escabechina orientada a rebajar la profesionalización donde ésta resultara insostenible, por más que en realidad propiciase justo el efecto contrario. Los gastos de desplazamiento socavaron economías en 2ª y 3ª División. Buena parte de los futbolistas que hasta entonces venían actuando en 2ª recalaron en 3ª -aún estaba por crearse la 2ªB- sin rebajar en exceso su anterior caché. Y paralelamente, si el público acostumbrado a paladear fútbol de 2ª desertaba ante el panorama de militar en 3ª, los campos de Regional no recaudaban ni para pagar la factura arbitral. Resumiendo, aquella reforma contribuyó a cimentar el profesionalismo en 3ª, justo la División que ni remotamente podía permitirse tal alarde. Y sus consecuencias habrían de resultar dramáticas para no pocas entidades.

Una de las afectadas fue el Manresa, que presidido por Ricardo Oliva acababa de lograr el ascenso a 3ª en 1973-74, seis años después del retroceso por cambio normativo. El cuarto puesto alcanzado al concluir el ejercicio 1974-75, sin duda lo envalentonó. ¿Por qué no soñar a partir de ahí con un nuevo ascenso a 2ª?. Tal vez la categoría de plata, con el campo lleno y la cifra de abonados creciendo como un termómetro en agosto, resolviese el déficit acumulado. Sí, allí estaba la solución.

Oliva, al fin y al cabo, no hacía sino pensar como tantos otros presidentes, desde Algeciras a Santiago de Compostela, Irún, Melilla, Almería, Menorca o Palamós. Activo y consecuente, puso manos a la obra hasta armar un conjunto repleto de hombres cuajados, procedentes, en varios casos, de categorías superiores. Una plantilla cara, aunque capaz, por lo menos en teoría, de proclamarse campeona. Plantilla, claro está, a la que no habría modo de pagar.

Durante la segunda vuelta del campeonato 1975-76, la tozudez del libro mayor movía a Oliva a convocar una asamblea extraordinaria (13-III-1976) con dos opciones en el orden del día: o dimisión presidencial, o continuidad en el cargo hasta final de temporada, siempre y cuando otro u otros se hiciesen responsables del déficit del club, superior a los 8 millones de ptas. Como es natural, Oliva hubo de dimitir, quedando la entidad en manos de una junta gestora, cuyos miembros tuvieron que plantearse el ingrato papel de negociar deudas con los componentes de una plantilla harta de buenas palabras y promesas reiteradamente incumplidas.

Tras muchos números, los nuevos gestores presentaron un pacto que con toda probabilidad tampoco iban a estar en condiciones de cumplir: abono el día 4 de abril de la mensualidad de febrero, medio mes de mes de marzo y las primas correspondientes, hasta un monto de 46.000 ptas. La segunda mitad de marzo y las primas, pagaderas el 9 de abril, y finalmente medio de mes de abril, más cualquier hipotética prima, el 16 de abril. La cifra restante, cuando hubiese tesorería. Los jugadores, al comprobar que el proyecto sólo incluía primas y salarios mensuales, sin mencionar siquiera lo relativo a fichas pactadas, justo la cantidad mayor, se negaron a suscribir cualquier acuerdo, declarándose en huelga. Ésta, además, tendría lugar el 4 de abril de 1976, coincidiendo con la visita a Manresa del Huesca, líder del grupo y firme aspirante al ascenso.

La semana previa estuvo casi consagrada al debate y discusión entre los futbolistas manresanos. Uno de ellos, el paraguayo Francisco Romero, ex guardameta del Real Club Deportivo Español y Real Gijón, desde el primer momento se declaró contrario al plante. “Para ti resulta fácil -le reprochaban no pocos compañeros-. Como estás sancionado, no pueden alinearte. Así que te vas de rositas ante directiva y afición, sin importarte quedar como quedas ante todos nosotros”. Romero se defendía argumentando que él no creía en este tipo de métodos, que con la huelga perjudicaban más a la entidad y si ésta se derrumbaba ya podían despedirse todos, y para siempre, de cuanto se les adeudaba. El caso es que llegado el día 4, los miembros de la plantilla, con Romero como única excepción, acudieron al Pujolet vestidos de paisano, sacaron su entrada de general, pagándola de su bolsillo, y se dispusieron a presenciar cómo los juveniles capeaban el temporal ante quienes encabezaban la tabla. No lograrían contemplar el choque, porque ante la actitud hostil de su propia afición y evitando males mayores, optaron acertadamente por abandonar las instalaciones.

Bien mirado, lo de menos, aquel 4 de abril, fue el resultado: 1-9 favorable al Huesca, con gol manresano obra de Narciso Escallola. También quedarían en anécdota los cánticos de quienes acompañaron a los visitantes desde tierras aragonesas, no se sabe bien si queriendo animar o con mucha sorna, tan pronto vieron el resultado en franquía: “¡Juveniles, juveniles, Oé, oé, oé!”. Lo auténticamente importante es que aquella huelga, la primera merecedora de tal nombre en el ámbito de nuestro balompié, no sólo degolló cualquier posibilidad de acuerdo, sino que supuso el origen de cuanto habría de ir sucediéndose a continuación.

El 7 de abril, tres días después del partido charlotada, Televisión Española, entonces reina y señora al poseer las dos únicas cadenas, convocaba al dimitido presidente Oliva, a los jugadores manresanos Nieto y Guerra, y al abogado Luis de Mena, para tratar sobre lo acontecido. Ricardo Oliva, en un último gesto cobarde, decidía salir de los estudios cuando todo estaba listo para la emisión, sin saber que su huida iba a ser captada por una cámara. Lamentable final para un presidente ambicioso y nada escrupuloso en sus números.

El 3 de mayo, transcurrido un mes desde la huelga, el ente federativohizo públicas las sanciones para los profesionales intervinientes en el plante: entre uno y dos años sin jugar. Dicho de otro modo, y toda vez que las huelgas, al ser ilegales, no gozaban de ordenamiento específico en el seno federativo, desde dicho organismo se prefirió contemplar los hechos como una suma de rebeldías, actos castigados con hasta dos años sin ficha.   

Sin embargo sólo iban a cumplir una suspensión aproximada de 6 meses, puesto que continuaron batallando.

Por un lado, y puesto que la condición de trabajadores ya había sido reconocida para los futbolistas desde el Tribunal Supremo, anunciaron su intención de interponer una querella contra el entonces presidente de la FEF, Pablo Porta, ante la privación del derecho fundamental al trabajo de que eran objeto. El aplastamiento de este derecho, fuertemente protegido a la sazón por el Fuero del Trabajo, podía desembocar en consecuencias indeseables para el organismo que presidía, como indemnizaciones equivalentes al importe de cuantos contratos, sueldos y primas hubiesen suscrito los sancionados para el ejercicio o ejercicios venideros. Y puesto que en la FEF estaban para pocos alardes cuando apenas si se habían aquietado las aguas tras el monumental escándalo de los falsos oriundos, cuando su prestigio ante organismos supranacionales había caído luego de ser reconvenidos desde la UEFA por alinear con el equipo nacional a Roberto Martínez y Rubén Valdez, dos argentinos colados ilegalmente en nuestro fútbol, su asesoría jurídica debió sugerir el repliegue. Otra derrota ante los tribunales -At. Bilbao y Real Sociedad vieron avaladas sus demandas mediante sentencia judicial- podría significar, aparte de un nuevo bochorno, el despegue de Porta y su equipo de la mullida poltrona. Resumiendo, en setiembre de 1976, días antes de disputarse la primera jornada del Campeonato 76-77, las sanciones fueron levantadas.

Alfonso Abete, protagonista de esos hechos y los posteriores recursos, recuerda muy bien“el escepticismo de nuestro entrenador en el C. F. Girona, el Sr, Pujolrás, que no nos creía cuando le asegurábamos iban a permitirnos empezar la Liga con toda normalidad. Él, sin embargo, prefirió no alinearnos a ninguno de los tres “sancionados” -Paco Nieto, Pechas y yo mismo- en el último partido amistoso de pretemporada, disputado en L´Escala, justificando su decisión en un “por si acaso”, puesto que no deseaba iniciar el Campeonato con unos futbolistas que antes no hubiesen jugado juntos. Los tres, finalmente, saltamos al campo con la camiseta del Girona en el partido que inauguró la temporada”.

Paralelamente había venido desarrollándose otra demanda ante la Magistratura de Trabajo barcelonesa, desde donde se autorizó el embargo de los bienes del C. D, Manresa, así como su guardia y depósito a los acreedores, es decir a los futbolistas demandantes, tal y como habían solicitado para hacer efectiva la deuda. El propio Alfonso Abete y Paco Nieto se encargaron de efectuar las diligencias de embargo, participaron personalmente en el traslado de los bienes, asistidos por el secretario judicial y un agente, y hasta fueron protegidos por éstos cuando un directivo del Manresa, concejal del Ayuntamiento, llamó a la policía municipal con intención de que abortasen el traslado del mobiliario, ya en el camión de mudanza.

“Con posterioridad también desmontamos y nos llevamos la instalación eléctrica -rememoraba Abete, transcurridos casi 40 años-, los focos y altavoces del campo de futbol, que más tarde servirían para iluminar el estadio de Santa Coloma de Farnés, en cuyo equipo acabó jugando Paco Nieto. El escaso valor económico de los bienes embargados sólo nos permitió cobrar una ínfima parte de cuanto nos debían, pues no estábamos protegidos por el Fondo de Garantía Salarial del Estado, ni obviamente el de la Liga de Fútbol Profesional, inexistente aún”.

Nieto y Abete, junto a la tensión del momento, tienen grabados en su memoria algunos hechos que con el transcurrir del tiempo derivarían hacia la anécdota:

“Francisco Romera, presidente de la peña manresana Medio Campo, avisado del embargo “puso a salvo” los trofeos conservados en la sede del club, sita en los bajos del Hotel Pedro III, y procedió a guardar toda la documentación del club -actas, libros, fichas de jugadores, carnets de socios…- en un gran armario metálico de tres puertas que cerró con llave, pensando, quizás, nadie sería capaz de llevarse un mueble tan pesado. Pero lo hicimos. Días después el club hubo de facilitar las llaves de ese armario a través de la Magistratura de Trabajo, para recuperar por la misma vía judicial dichos documentos, imprescindibles de cara a su normal funcionamiento”.

Tiempos difíciles aquellos, malos para la prosa y la música, por más que en el horizonte se recortaran atisbos prometedores. Franco yacía en el Valle de los Caídos, el viejo régimen se derrumbaba, pese a que unos cuantos pretendidos herederos, también viejos, tratasen de apuntalarlo, y desde distintos ámbitos se postulaban abiertamente opciones democráticas. El cambio, empero, iría llegando con lentitud, empujado por quienes como los miembros de una plantilla heroica, injustamente olvidada durante muchos años, arriesgaban su inmediato futuro en aras de otro porvenir no ya más justo, sino ante todo racional.

Para el C. D. Manresa, sin embargo, las cosas difícilmente hubiesen podido ir peor a raíz de la huelga. Agriamente enfrentados a su junta gestora, los componentes de la plantilla no estaban para entrenamientos concienzudos ni rigores tácticos. En el vestuario, lejos de conversar sobre fútbol, se hablaba del dinero adeudado y todo tipo de dificultades para llegar a fin de mes. La afición, en fin, dando la espalda a sus futbolistas, sólo aspiraba a un desenlace indoloro, ante el temor muy fundado de que aquella crisis pudiese desembocar en la disolución del club. Obtener puntos entre tanta adversidad resultaba imposible. Y lo que son las cosas, al concluir el campeonato aquel equipo confeccionado para abordar el asalto a 2ª División, estaba entre los descendidos a categoría Regional. Una vez más, el sueño se trocaba en pesadilla.

Si al Manresa le costó 30 años recuperarse del marasmo, por más que a lo largo de esos seis lustros se viese favorecido por distintas reestructuraciones federativas tendentes a parchear el desaguisado de 1967, la suerte de quienes un día decidiesen jugársela en defensa de sus derechos, plantando cara, fue desigual y bastante injusta.

El navarro de Pitillas Alfonso Abete, atacante que durante sus últimos días vistiendo de corto habría de retrasar posiciones para aprovechar sus dotes organizadores, había jugado en 2ª División con el Centro de Deportes Sabadell, cedido por el C. F. Barcelona. Tras su desastrosa experiencia en Manresa recaló en el Girona -todavía Gerona, en puridad-, para cuajar tres buenas campañas, dos de ellas en la recién nacida 2ª División B, antes de integrarse en el Olot. Licenciado en Derecho, fue secretario del sindicato de futbolistas AFE en el momento de su creación, allá por enero de 1978.

Francisco Nieto, granadino de Baza aunque formado en la localidad barcelonesa de Suria, a la que había emigrado con su familia siendo niño, llamó la atención de los técnicos barcelonistas por sus rápidas penetraciones en posición de extremo, llegando a debutar en la máxima categoría con el primer equipo azulgrana durante el ejercicio 1968-69. Más adelante, en el Rayo Vallecano, habrían de reconvertirlo en correoso lateral. De la entidad madrileña pasó al Gerona y Lloret, antes de recalar en el Manresa. Deglutidos los malos tragos de Manresa suscribió contrato con el Gerona, al igual que Abete y Pechas, para acabar matando el gusanillo en el Santa Coloma de Farnés. Acostumbrado a vivir con poco, no en vano su progenitor ejercía como minero, supo entender que el fútbol sólo había sido un paréntesis dorado.

José Luis Guerra, defensa y medio tan frío como elegante, muy seguro y con esa seriedad sobre el césped que hace innecesarios los alardes de dureza, había pasado por el Real Madrid Aficionado, Real Ávila, Gimnástica Segoviana, Sevilla Atlético, Lérida y Gimnástico de Tarragona, antes de incorporarse al Manresa. Después vestiría dos camisetas más: las de La Cava y Torredembarra, en una categoría que ni remotamente se ajustaba a sus condiciones. Afincado en Cataluña, ejerció como profesor de Educación Física en el colegio La Salle de Reus durante más de 25 años, compaginando dicha actividad con la de entrenador, puesto que tras forjarse como ayudante de Jaurrieta en el “Nastic” de Tarragona pasaría por los banquillos del Reus Deportivo, nuevamente “Nastic”, Roda de Bará, F. C. Vilafranca, de la localidad barcelonesa de Vilafranca del Penedés, Tortosa o Pobla de Mafumet, al que ascendió a la Primera Catalana. Con el “Nastic”, además, estableció un récord de imbatibilidad en casa: nada menos 26 partidos de liga consecutivos, distribuidos a lo largo de 14 meses.

El paraguayo Francisco Romero, único en no secundar la huelga, contaba 24 años cuando arribó a nuestro suelo para ingresar en el Real Club Deportivo Español de Barcelona, permaneciendo 3 campañas en el viejo campo de Sarriá, con el paréntesis de una cedido al San Andrés, entonces club de Segunda. Luego se incorporó al todavía Real Gijón, donde hubo de contentarse con ser recambio del excelente Jesús Castro durante otros tres ejercicios. Llegado al Manresa a raíz del ascenso a 3ª, aun a pesar de la incertidumbre y los problemas de cobro ni muchísimo menos resueltos con el descenso, permaneció con los manresanos en categoría regional hasta suscribir la cartulina del Puigreig, cuyo marco estuvo defendiendo cumplidos los 39. Para entonces el fútbol sólo era una distracción en su vida, que además le permitía arañar algún muy, pero que muy necesario dinero. Como a tantos otros futbolistas de relieve, la vida de paisano le resultó difícil. En su caso, finalizando el decenio del 70 repartía bombonas de butano, pese a saber que acabaría destrozándose la espalda. Tuvo, además, un temprano epílogo, puesto que habría de fallecer en febrero de 1997, a los 54 años, después de una larga enfermedad.

Nuestro fútbol, y es hora ya de reconocerlo, tiene una deuda de gratitud para con aquel grupo de profesionales que hoy, a tenor de la actual desmesura pudiéramos considerar modestos. Gracias a ellos y a quienes en los albores de la transición, pese todo tipo de obstáculos cimentaron el sindicato de futbolistas AFE, el deporte rey, sin menoscabo alguno se hizo infinitamente más humano.

José Ignacio Corcuera

 




La zancadilla más absurda

Decir que el fútbol es pródigo en zancadillas, tanto dentro como fuera del césped, no supone ningún descubrimiento. Antaño por dorar la píldora al presidente, caer bien ante la prensa o informar cumplidamente al entrenador sobre cuanto se cociese en vestuarios, y hoy por contar con cualquier tipo de patrocinio, lucir planta ante determinados colectivos o la habilidad de un intermediario, no faltaron, ni faltan, medianías capaces de oscurecer a otros jóvenes en apariencia mejor dotados. Por supuesto, siempre ayudó a medrar emparejarse con la hija de un directivo, o ser vástago de entrenador prestigioso. Y más, si cabe, caer en gracia a la afición, muchasveces obedeciendo a razones tan discutibles como correr desesperadamente tras balones imposibles, regalar carantoñas a los aficionados más ultras o tirar de guadaña ante el adversario. Respecto a las zancadillas, las hubo y hay de todo tipo: de las que conducen al quirófano o a la retirada; de las que algunos, remojadas en copazos de cava, carmín, neón y  lentejuelas, enredan tontamente entre sus piernas, hasta el descarrilamiento; de las  que vertidas por malísimos consejeros o aduladores interesados, terminan carcomiendo el serrín de no pocos cerebros. Como de todo hay en la viña del Señor, incluso existen patadas increíbles de puro absurdas, puesto que provienen de los mismísimos consejos de administración o juntas directivas. Pudo dar fe de ello Iban Zubiaurre, lateral derecho guipuzcoano e internacional Sub-21, que cuando más alto apuntaba vio cortadas sus alas por la incapacidad de un presidente, en el camino que separa Bilbao de San Sebastián.

Iban Zubiaurre. Una carrera destrozada desde los despachos presidenciales.

Iban Zubiaurre. Una carrera destrozada desde los despachos presidenciales.

Iban Zubiaurre Urrutia (Mendaro 22-I-1983), ingresó en la Real Sociedad de San Sebastián siendo infantil, procedente del Elgóibar. Como uno más de los jóvenes “txuriurdin” fue escalando peldaños, hasta debutar con el primer filial, en 2ª División B, la campaña 2001-02, todavía con contrato de juvenil. Dos temporadas más, una en 3ª y la otra en 2ªB, le sirvieron no sólo para saltar al primer equipo donostiarra el 28 de  noviembre de 2004, choque resuelto con empate a 2 ante el Deportivo de La Coruña en Riazor, sino para proclamarse campeón de Europa Sub-19, junto a Fernando Torres o Asier Riesgo, entre otros. Lateral trabajador, de largo recorrido y con buena subida por la banda, era a sus 21 años uno de los más prometedores futbolistas vacos, razón por la que el Athletic bilbaíno lo incluyo en su agenda.Le avalaban 6 presencias internacionales con la selección española Sub-16, otras 6 en la Sub-18 y 5 en la Sub-19, amén de la ya comentada inclusión en la Sub-21. Y todo pareció sonreír a los bilbaínos cuando desde el entorno del futbolista les llegaron noticias sobre su inminente libertad contractual.

La Real Sociedad, entonces, vivía tiempos turbulentos. Con José Luis Astiazarán presidiendo su consejo de administración, las cuentas habían adoptado el color rojo escarlata, sin que de ello se derivara ningún logro deportivo. Astiazarán, descendiente de exiliados vascos en México, licenciado en Derecho y antiguo delantero centro del Sanse,Eibar, Sociedad Deportiva Amorebieta, Bilbao Athletic, Baracaldo y el desaparecido Sestao Sport, ariete con genio vivo, tosco y un tanto sucio, amigo de utilizar los codos en el cuerpo a cuerpo, estaba a punto de abandonar la poltrona blanquiazul para dar el salto a la de la Liga de Fútbol Profesional.Con él iban a abandonar el club, también, buena parte de cuantos componían su organigrama técnico, puesto que el mejor situado entre los optantes a la presidencia, el hasta hacía bien poco futbolista de relieve Miguel Ángel Fuentes (4 años en el Eibar y 14 en la Real Sociedad) aportaba un nuevo equipo. Y en ese contexto Roberto Olabe, aún responsable de la secretaría técnicadonostiarra, parece habría autorizado al padre y representante del muchacho a buscar acomodo lejos de San Sebastián, pese a que su contrato contemplara una cláusula de renovación por otro año, ejecutable a conveniencia del club.

Txema Noriega, Iban Zubiaurre y Fernando Lamikiz, en la prematura y posteriormente negada presentación del futbolista.

Txema Noriega, Iban Zubiaurre y Fernando Lamikiz, en la prematura y posteriormente negada presentación del futbolista.

En los prolegómenos de la campaña 2005-06, al populista presidente bilbaíno Fernando Lamikiz le faltaba tiempo para presentar a Zubiaurre como refuerzo para la inmediata campaña, sin contar con otro aval que el de la palabra de quienes representaban al muchacho. Palabra, como queda dicho, apuntalada a su vez en la promesa de Olabe. Ni un documento, fuese éste oficial, correo electrónico o mensaje de telefonía móvil, sustentaba la pretendida libertad del lateral derecho. Y Lamikiz, abogado en ejercicio, accionista de su propio bufete, cometió el imperdonable error de tirar hacia adelante. ¿Cabía mayor riego y despropósito?.

Cuando Miguel Ángel Fuentes tuvo entre manos el timón donostiarra se encontró con el pastel a medio cocinar, e hizo de la pretendida fuga una cuestión de honor. Olabe, entonces, se desdijo de la supuesta autorización otorgada al entorno del joven. Y la Real Sociedad, ya formalmente, procedió a reclamar al Athletic Club el importe íntegro de la cláusula de rescisión, cifrada en 30 millones de euros, puesto que, contractualmente, Zubiaurre seguía unido al equipo blanquiazul, una vez ejecutada la cláusula de renovación automática.A partir de ahí Lamikiz y su junta directiva se enredaron en una sucesión de argumentos a cual más insostenible, con el propósito de blanquear cuanto no había sido sino un cóctel de prepotencia, incapacidad y estulticia. “Zubiaurre no tiene contrato con el Athletic”, dijeron entonces. “No tenemos por qué pagar ninguna cláusula de rescisión, puesto nadie lo ha fichado”. Desde San Sebastián, lógicamente, se aferraban a la fuerza de los hechos: ¿Acaso no habían presentado oficialmente a Zubiaurre?. ¿Era costumbre en el Athletic, acaso, lucir como propios a jugadores de otros clubes?. Huérfanos de argumentos, la contrarréplica bilbaína hubiese cosechado un suspenso en cualquier examen de 1º de Derecho: “Aquello  no fue una presentación oficial, sino un anuncio de intenciones. Puesto que ahora la Real Sociedad exige el pago íntegro de su cláusula, el jugador no interesa”.

Podía discutirse mucho sobre qué daba carácter oficial a una comparecencia pública, pero cuando en ella intervienen el presidente de la entidad, un responsable técnico, como Txema Noriega, y el propio jugador, y si además se ha convocado a los medios de difusión, cualquier esfuerzo por negar obviedades resultaba no sólo inútil, sino insultante.

La Real Sociedad sometió aquellos hechos a la jurisdicción ordinaria y obtuvo una primera sentencia favorable. Zubiaurre, sin ficha con ninguno de los dos equipos y entrenando en las instalaciones de la Cultural de Durango, para no perder forma, anunció su intención de no recurrir al Tribunal Supremo ante las consecuencias que ese paso pudieratener sobre su futuro profesional, y en natural intento de encarar la vía negociada con Miguel Ángel Fuentes y su junta directiva. Pero allí no cedieron. Había abandonado unilateralmente el club para ingresar en otro y debía abonar su cláusula, so pena que el Athletic iniciara gestiones para su traspaso, algo a lo que desde Bilbao siguieron negándose en redondo.

La vía judicial, de nuevo, volvió a convertirse en única salida.Y aquella sentencia sustanciada el 9 de marzo de 2006, cifrando en 5 millones de euros la indemnización del futbolista a la Real Sociedad por ruptura unilateral del contrato, sería confirmada por el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, estableciéndose, además, la responsabilidad solidaria del Athletic.

A partir de ahí Fernando Lamikizy su junta dieron un nuevo giro de manivela. En cierto modo, aquella sentencia determinaba la culpabilidad del futbolista. El Athletic siempre había obrado de buena fe, en la convicción de que cuanto se afirmaba sobre la libertad contractual del joven era real. De manera que si por candidez o temeridad Iban Zubiaurre y su entorno acabaron introduciendo al club rojiblanco en un callejón sin salida, justo era que sufriese las consecuencias.Discutibles argumentos, donde se obviaba que el joven de Mendaro jamás habría dado aquel paso sin el aliento, el soporte, o incluso la instigación del Athletic.Pero fue dicho y hecho. Así, los 5 millones recogidos en la sentencia y abonados a la Real Sociedad por el Athletic, aún a pesar de cuanto en sentido contrario cacarease Lamikiz, salieron en un 50 % del contrato extendido al futbolista, luego de rebajar las condiciones pactadas para incorporarlo. Zubiaurre, pues, gozó de 287.500 euros brutos anuales, es decir alrededor de 300.000 euros por año menos de lo inicialmente acordado. Y todo ello durante 8 campañas, periodo anormalmente largo, pero imprescindible para completa la quita de 2.500.000 euros aplicada al futbolista.Se añadían también, ciertamente, distintas partidas o complementos supeditados al rendimiento deportivo. Pero en cualquier caso, como al de Mendaro le saliesen las cosas medianamente mal, podía cerrar su carrera con escasísimo provecho; casi sin alcanzar los mínimos del convenio marco establecido entre clubes y Sindicato AFE.

Zubiaurre con su muy emocionada madre, el día que por primera vez se enfundaba, ya oficialmente, la camiseta del Athletic Club.

Zubiaurre con su muy emocionada madre, el día que por primera vez se enfundaba, ya oficialmente, la camiseta del Athletic Club.

¿Negocio, pues, a la medida del Capitán Garfio?. Dudosamente, ya que los bilbaínos quedaban también atados a un jugador incógnita, no sólo por su juventud y escasa experiencia entre los grandes (14 partidos en Primera), sino por el parón de 18 meses a que los pleitos jurídicos le habían condenado. Año y medio en dique seco, que a la postre iban a pesar como mochila de plomo.

Iban Zubiaurre se incorporaba por fin al vestuario de San Mamés, en diciembre de 2006. Fuera de forma, con algún kilo de más y la ilusión intacta, tenía ante sí el difícil reto de competir con Iraola. Bocado excesivo para muchos defensas de la época, conforme pronto podría evidenciarse. Entre tanto, la Real Sociedad seguía pleiteando.

Durante las temporadas 2006-07 y 2007-08, Zubiaurre sólo vestiría la camiseta atlética en 3 ocasiones, dos de ellas correspondientes al Campeonato de Liga (un partido por campaña) y otra al de Copa. Pero además, junto al olvido de los técnicos, el guipuzcoano hubo de pechar con alguna sanción por indisciplina, como aquella que durante el ejercicio 2007-08 acarrease multa, por su apego a la nocturnidad en compañía del media punta Fran Yeste. Entonces, viendo que su futuro profesional por lo menos en lo económico comenzaba a vestir de luto, remitió a su agente un escrito (1-IV-2008), donde además de deshacer todo vínculo manifestaba reservarse las acciones judiciales pertinentes, ante la situación de precariedad a que sus gestiones le habían abocado.

Sin sitio en San Mamés, sería cedido al Elche C. F. la temporada 2008-09. Allí pudo volver a sentirse futbolista, con 23 presencias y un gol en el Campeonato de 2ª y más de 2.000 minutos jugados. Hubiese disputado todavía unos cuantos choques más, pero un problema de pubalgia lo mantuvo fuera de las convocatorias durante algunas semanas. “Este año me ha salido todo perfecto”, reconocía ante la prensa. Y a lo largo de otra entrevista hacía planes de futuro ante el micrófono de Cope Bilbao: “Vuelvo al Athletic con la intención de quedarme allí, dispuesto a pelearle el puesto a Iraola y demostrar a Caparrós que puedo estar en la plantilla”. No se engañaba, sin embargo, respecto a sus auténticas posibilidades, como dejó traslucir en la misma charla: “Visto lo ocurrido hace un curso, tampoco es que me haga muchas ilusiones. Entonces estaba solo con Iraola para jugar de lateral y tomaron la decisión de cederme, porque no iba a disponer de muchos minutos. Sé que ha probado a varios hombres ahí, como Murillo, Gurpegui o Eneko Bóveda, pero estoy convencido de que puedo hacerlo bien”.

Tras su gestión en el Athletic, Fernando Lamikiz hubo de encarar un calvario personal y profesional. Su paso por la poltrona no parece le resultase muy rentable.

Tras su gestión en el Athletic, Fernando Lamikiz hubo de encarar un calvario personal y profesional. Su paso por la poltrona no parece le resultase muy rentable.

Se quedó en el Athletic, efectivamente, pero sólo para saltar al campo una tarde en partido de Liga. Aquel año y medio sin competir parecía haberlo alejado definitivamente de la elite, por más que al sustanciarse su permanencia en el seno rojiblanco toda la familia Zubiaurre se las prometiera muy felices. Tanto como para que el progenitor, alto cargo en empresas vinculadas a la administración nacionalista vasca, le regalase un automóvil deportivo.

La vida seguía desarrollándose normalmente por Bilbao, excepción hecha de una reprobación cada vez más agria hacia la nefasta gestión de Fernando Lamikizen el Athletic. Corría el mes de junio de 2009 cuando el diario As se hizo eco de un encuentro casual entre el para entonces expresidente atlético y su colega donostiarra en el frontón Atano III, con ocasión de la final manomanista de pelota. Como no podía ser menos, ambos tampoco estuvieron de acuerdo en el pronóstico, según dejaron constancia ante los micrófonos de Radio Euskadi:Lamikiz se decantaba por Aimar, mientras Fuentes creía en las posibilidades de Irujo. Ambos parecían haber nacido para marchar por direcciones contrarias.

Durante la campaña 2010-11 otra cesión, esta vez al Albacete, tragada como un purgante. Y tan sólo 10 partidos más de 2ª en el currículo de un futbolista a la deriva. Para entonces la directiva rojiblanca había tenido que ingresar otros 906.232 euros en las arcas de la Real, como intereses de demora, al ser aceptada una nueva demanda guipuzcoana. Otro “éxito” de Lamikiz y su junta, o si prefiere una bocanada de oxígeno extra para la delicada salud blanquiazul, cuya asfixiaeconómicahabía desembocado en caluroso abrazo a la Ley Concursal.

Fuera del campo tampoco es que las cosas pintasen bien para el muchacho. Su representante, o mejor antiguo representante, puesto que la ruptura debió quedar sustanciada tras el escrito de abril de 2008, presentó demanda contra su ex representado ante el juzgado Nº 2 de Laredo, reclamándole 250.000 euros. Dicha cantidad equivalía al 10% estipulado en el contrato que los uniese, sobre el monto bruto de fichas y salario mensual durante los 8 años firmados con el Athletic. A su vez, el asistente legal de Zubiaurre contraatacaba con otra demanda reconvencional, exigiendo al agente 4 millones de euros en concepto de daños por su teórica negligencia y mala práctica.

De vuelta al Athletic, otro ejercicio, el correspondiente a 2011-12, sin asomar a las alineaciones del argentino Bielsa durante 38 jornadas ligueras. Para Iban Zubiaurre la cuestión no se reducía ya a entrar en las convocatorias o permanecer en la grada, sino en recuperar la salud, toda vez que el estrés y algo semejante a una depresión, habían sido somatizados por su organismo en forma de erupciones cutáneas, ampollas y dolorosa urticaria. Al menos en abril de 2011 la juez de Primera Instancia e Instrucción de Laredo había condenado al antiguo agente a indemnizarle con 329.000 euros, desestimando, al mismo tiempo, la dirigida en su contra. Pero a perro flaco no suelen abandonar fácilmente las pulgas. Y consecuentemente, hubo de encajar un nuevo revés, esta vez en el ámbito familiar. Antton Zubiaurre, su padre, alcalde de Mendaro entre 1991 y 1999, ferviente miembro del PNV y ex alto cargo de Industriadurante el mandato de Ibarretxe, había sido detenido meses antes, puesto a disposición judicial y declarado en libertad con cargos, acusado de espionaje informático a miembros notables del ejecutivo socialista presidido por Patxi López. El antiguo director general de la sociedad pública Sprilur -centrada en la gestión de suelo industrial-, habría “hackeado” con un programa espía distintos ordenadores, entre ellos el del nuevo director de esa sociedad, Tomás Orbea, pudiendo acceder incluso a los correos electrónicos.

La alarma había surgido ante ciertas anomalías en el rendimiento de esas máquinas, circunstancia que llevó a la consejería de Industria presidida por Bernabé Unda a presentar denuncia en un juzgado. La Brigada de delitos Informáticos de la policía autonómica, puesta a investigar, instalaría sus sistemas de detección, identificando de ese modo a los presuntos responsables. Entonces la ya precaria salud del páter familia sufrió un empeoramiento, con el resultado de dos infartos.

Antes de que echase a rodar el cuero la temporada 2012-13, desde el estamento técnico acordaron una nueva cesión al futbolista que no les encajaba. Esta vez bajando otro peldaño, puesto que la ya extinta Unión Deportiva Salamanca lamía heridas en 2ª B. Y allí, con menor exigencia y abundante protagonismo, pudo dejar sentada su negativa a sentirse “ex”: 33 partidos, con 3 goles, aunque eso sí, enmarcados en una pobre campaña charra, tampoco es que constituyesen mala marca. Luego, aunque su vínculo con la entidad bilbaína debiera finalizar en 2014, futbolista y club separaron sus caminos. Le habían hecho llegar desde el descendido a 2ª B Racing santanderino un contrato por dos temporadas y se proponía suscribirlo. Éste se dio por hecho en todos los medios de difusión, barajándose incluso cantidades económicas. Pero el fútbol, en sus constantes idas y vueltas, volvió dejarle sentado con otro regate demoledor. Apenas 30 días después de haberse sustanciado el acuerdo, en vísperas de arrancar el ejercicio 2013-14 y por causas nunca explicadas, aunque con toda probabilidad consecuencia de la caótica situación vivida en un ente al borde de la desaparición, desde la entidad cántabra se anunciaba la ruptura con Zubiaurre. El de Mendaro dijo entonces que no descartaba retirarse si las ofertas que pudiesen llegarle fuesen insatisfactorias.

Por esas mismas fechas cientos de obreros del balón dejaban nuestro suelo, ante las dificultades económicas muy habituales en 2B y su secuela de impagos, rumbo a campeonatos hasta hacía bien poco tan impensables, como Islandia, Malta, Rumanía, Kazajistán, Bolivia, Honduras, Hong-Kong, Tailandia o Nueva Zelanda. Él, sin embargo, se negó a tomar el pasaporte y emprender más aventuras inciertas. Con una tremenda frustración arrastrada durante 7 años ya había tenido bastante. Y sin vocearlo a ningún viento se apartó con discreción, si es que las circunstancias, en muy buena medida dirigidas por la chapucera mano de un presidente digno de perpetuo olvido, no lo habían arrinconado tiempo atrás.

El fútbol y sus malas patadas o aviesas zancadillas. Lástima que algunas de éstas procedan de donde menos se espera.




Artistas sin balón

Garchitorena, transformado en Juan Torena, posa como galán para el fotógrafo de Fox Films.

Garchitorena, transformado en Juan Torena, posa como galán para el fotógrafo de Fox Films.

Cualesquiera que sean las razones, y pese a su enorme arraigo social, el fútbol no ha recibido tanta atención desde nuestro cine como los toros, por ejemplo. Lejos de nuestras fronteras ocurre otro tanto si comparamos el metraje de celuloide dedicado al fútbol y al boxeo. Será, quizás, por el efecto dramático de jugarse la vida entre peinetas, claveles y música, en pleno albero achicharrado de sol. Por esas luces y sombras tan pegadas al cuadrilátero, donde una caída puede significar no la pérdida del combate, sino un punto de arranque hacia el despeñadero. Tratamiento injusto, a mi entender, el dedicado al fútbol desde el cine u otras muchas manifestaciones artísticas. ¿Dónde está, por simplificar, el “Young Sánchez” que bordase Ignacio Aldecoa, orientado al balón de cuero y sus juguetes rotos?. ¿Cómo explicar tanto empeño de nuestros literatos, forofos confesos muchos de ellos, en dar la espalda al césped y el aroma a linimento?. Desde luego no será por falta de temas, pues cabría bucear entre ídolos caídos y ambiciones frustradas, corruptelas, tejemanejes políticos, mafias… Hoy simplemente toca mirar hacia las pantallas de cine. Y sobre ellas apenas si se han proyectado unas hagiografías y varias comedias algo bufas, al estilo de “El fenómeno” y “Las Ibéricas”, o carentes de profundidad, como “Los económicamente débiles”. Puestos a buscar excepciones nos toparíamos, quizás, con “Once pares de botas” y “Volver a vivir”, esta última coproducción hispanoitaliana de Mario Camus. Pese a ello, hubo un puñado de futbolistas, de gente del balón, que por distintos motivos conocieron platós o se subieron al escenario. Son los que con todo derecho podríamos considerar artistas sin balón.

El primero en orden cronológico fue Garchitorena, protagonista involuntario de un sonoro escándalo allá por 1916.

Juan Torena se movió sobre todo entre lo que pudiéramos denominar cine latino y el género de aventuras, por más que en el afiche de “Capitán Calamity” no incluyeran su nombre.

Juan Torena se movió sobre todo entre lo que pudiéramos denominar cine latino y el género de aventuras, por más que en el afiche de “Capitán Calamity” no incluyeran su nombre.

Tocaba a su fin la temporada 1915-16 cuando el Barcelona decidió hacerle un hueco en sus filas, inscribiéndolo como español. Nada sucedió en los 2 partidos disputados aquella campaña, pero durante la inmediata, el R.C.D. Español destapó lo que ya entonces fue calificado por la prensa como “Caso Garchitorena”. El muchacho era argentino, según se dijo más tarde, y la documentación con que su club le hizo parecer español, tan falsa como un duro de plomo. Puesto que el Campeonato de Cataluña estaba vedado a los extranjeros y Garchitorena había disputado varios partidos, la Federación determinó repetir aquellos encuentros. Los azulgrana se negaron categóricamente y así nació todo un señor escándalo.

Hoy, gracias a Fernando Arrechea, sabemos que Juan Garchitorena nada tenía de argentino, sino que nació en Filipinas meses antes de perderse nuestro imperio colonial, y que su padre era filipino con ascendencia vasca. Probablemente nunca conoceremos cómo desde la entidad “culé” no arreglaron aquellos papeles. Si a su ascendencia vasca se añadía un nacimiento bajo pabellón español, parece lógico pensar en soluciones relativamente sencillas. Pero algo falló, sin duda, o la inobservancia legal estaba entonces tan extendida como para que nadie tomara en serio la infracción. Y el muchacho, bien fuese porque resultaba más fácil castigar al futbolista que a toda una entidad, se encontró sin posibilidad de jugar partidos oficiales durante un buen tiempo, hasta que en mayo de 1918 la Federación Española autorizase su inscripción para el Campeonato de España. Disputó, eso sí, un buen número de choques amistosos, registrándose únicamente 3 apariciones en la campaña 1918-19, es decir la del perdón.

Si futbolísticicamente aportó poco, pese a la calidad con que al decir de los críticos se adornaba, regalaría un maletón de anécdotas. Moderado bebedor de whisky cuando los destilados de malta eran cosa de snobs, incluso en el campo procuraba lucir como un pincel, consciente de que su estampa solía desatar suspiros. En cierta ocasión, durante la disputa de un partido en el embarrado campo del España, situado detrás del actual Hospital Clínico barcelonés, renunció a rematar de cabeza una jugada muy clara, por no ensuciarse el cabello. Con las damas era un artistazo. Sabía embobarlas gracias a sus ademanes suaves, a su forma de bailar y a media docena de poses perfectamente ensayadas. Su sitio, entre una cosa y otra, más parecía hallarse en los salones de la alta sociedad que en cualquier irregular terreno de juego. Por eso nadie se sorprendió demasiado cuando dejó Barcelona para probar suerte en el Hollywood del primer celuloide. Allí hizo carrera artística como galán latino, con el nombre de Juan Torena, y sobre todo triunfaría en plan play-boy.  Tuvo algún papel en el cine mudo, gracias al entusiasta apoyo de Mary Pickord, estrella superlativa antes del sonoro, y posteriormente participaría, junto a otros muchos actores cubanos, mexicanos y hasta españoles, en versiones a nuestro idioma de varios filmes. Entre sus 42 películas proliferan especialmente las de serie B, y hasta C, con títulos que difícilmente engañan, como “Festival en México”, “Mexicana” o “Mascarada en México”, incursiones aventureras, tipo “El capitán Calamity” o “El capitán Tormenta”, almíbar a raudales en “Sombras habaneras” (1929) y “Astucia de mujer” (1953), y hasta alguna intervención en los seriales de Hopalong Cassidy, un cow-boy para adolescentes y niños con todas las características del tebeo. La cinta que más repercusión tuvo por nuestros pagos sería “Guerrilleros de Filipinas” (1950), donde encarnaba a un heroico resistente, cuyo doblaje al español corrió a cargo de Víctor Valverde.

Cuando “Guerrilleros de Filipinas” se estrenó en España, apenas nadie pudo asociar a Juan Torena con el antiguo jugador azulgrana.

Cuando “Guerrilleros de Filipinas” se estrenó en España, apenas nadie pudo asociar a Juan Torena con el antiguo jugador azulgrana.

Gracias al testimonio de algunos españoles en aquel Hollywood del “star-sistem” sabemos de su fácil trato y simpatía, así como de la naturalidad con que sabía hacerse querer por las mujeres. Fruto de esas virtudes cabe asegurar triunfó más fuera de las cámaras que bajo los focos, llegando a relacionarse sentimentalmente con la gran estrella Myrna Loy. Tal vez a causa de tanto ajetreo amoroso, se casó ya talludito, durante los años 50, con la antigua y ya retirada actriz Natalie Moornead, quien por cierto doblaba su filmografía. Falleció en California y allí reposan sus restos, sin que nadie en los Estados Unidos sepa apenas nada de su pasado en el F. C. Barcelona.

No fue, sin embargo, el único artista sin balón del fútbol más rancio. Y curiosamente también hemos de seguir rastros por el ámbito catalán. Se llamó Félix de Pomés i Soler (Barcelona 5-II-1889 – 17-VII-1969). Un todoterreno en sus vertientes deportiva y cinematográfica.

Félix de Pomés jugó al fútbol antes de popularizarse los cromos de futbolistas. Sí salió, en cambio, el los de actores, demandados especialmente por las niñas.

Félix de Pomés jugó al fútbol antes de popularizarse los cromos de futbolistas. Sí salió, en cambio, el los de actores, demandados especialmente por las niñas.

Aristócrata de cuna, se inició bajo los tres palos, gracias a su 1,84, estatura por demás sobresaliente hace 100 años. Sin embargo en el Universitary aparecería ya ocupando su clásica posición de interior durante el periodo 1910-11. La temporada correspondiente a 1911 la disputó con el Español, para volver al Universitary en 1911-12 y acompañar a buena parte de sus antiguos camaradas en su viaje al efímero Casual, entidad surgida de una escisión en el seno “perico”. De ahí saltaría al Barcelona (1913-14), para acabar colgando las botas en el Español (1914-16) cuando remansaron las turbulencias subsiguientes a la escisión. A partir de ahí se dedicó de lleno a la esgrima, proclamándose campeón de Cataluña y llegando a participar en los Juegos Olímpicos de París (1924) y Ámsterdam (1928), en las especialidades de florete y espada. Antes, mientras rompía sus primeras botas sacudiendo puntapiés a balones duros como la piedra, había hecho pintos en el cuadrilátero, si bien tuvo el seso de dejarlo tras encajar unos cuantos guantazos. Dibujante nada despreciable, a medida que sus facultades físicas fueron mermando comenzó a volcarse en el mundo del cine, primero como actor y más adelante compaginando la interpretación con trabajos de guionista y director. Hasta 74 títulos hallamos en su filmografía, y no sólo encuadrados en el precario y patriotero cine nacional de posguerra, sino correspondientes a producciones rodadas en Alemania, versiones norteamericanas al castellano y filmes de la Paramount, estudios donde por cierto llegó a estar en nómina hasta nuestra Guerra Civil. Dirigiría su primera película en 1941 -“La madre guapa”- con intervención de su hija Isabel, intérprete de renombre desde finales de dicho decenio hasta la conclusión de los 50. Su recuerdo quedaría incompleto sin citarlo como primer director de doblaje en nuestro suelo, allá por los años 30.

En “La Torre de los Siete Jorobados”, exótica perla de nuestro cine, De Pomés lucía una espléndida caracterización.

En “La Torre de los Siete Jorobados”, exótica perla de nuestro cine, De Pomés lucía una espléndida caracterización.

Entre sus muchos trabajos cabría citar “Alta traición” (1929), “La fiesta del diablo” (1931), “Los nietos de los celtas” (1933), “Doña Francisquita” (1934), “Rataplán” (1935) y “Aurora de esperanza” (1936), antes de que nuestros campos, calles y cunetas se tiñeran de sangre. Y aún siguió rodando durante los tres años de absurda barbarie, puesto que figura en los repartos de “Nuevos ideales”, “Liberación” y “Hombres contra hombres” (las tres de 1937), “Las cinco advertencias de Satanás” (1938) y “El deber”, o “Usted tiene ojos de mujer fatal” (1939). Tras la victoria franquista intervendría, entre otras muchas, en “La Torre de los 7 Jorobados” (1944), curiosísima cinta a caballo entre el terror y lo sobrenatural, por demás sorprendente en el paupérrimo panorama del cine autárquico, donde además volvía a compartir títulos de crédito con su hija. La siguieron “¡Culpable!” (1945), “Noche sin cielo” (1947), “Juan de Serrallonga” (1948), “Parsifal” (1951), “La otra vida del capitán Contreras” (1954), “El aventurero”  y “La rana verde” (ambas 1957), “La vida por delante” y “Aquellos tiempos del cuplé” (1958), “La casa de la Troya” (1959) o “Las hijas del Cid” (1962). Intervino igualmente en cintas que hoy, por sus altas dosis de heroísmo maniqueo y trasnochado, quizás sólo resulten digeribles para el aficionado al revisionismo histórico o la arqueología de un régimen en su apogeo: “Murió hace 15 años” (1954) y “Diez fusiles esperan” (1958) ésta ambientada en las Guerras Carlistas. También, como es lógico, estuvo presente en el cinematográfico desembarco norteamericano de finales de los 50 y primeros 60, participando como secundario en “Orgullo y pasión” (1957), “Salomón y la reina de Saba (1959) o “Rey de Reyes” (1961), donde encarnaba a José de Arimatea. Y por supuesto, conectando nuevamente fútbol y cine, en “Once pares de botas”, título que exigirá punto y aparte.

Programa publicitario de mano sobre un film dirigido por Félix de Pomés

Programa publicitario de mano sobre un film dirigido por Félix de Pomés

Su hija Isabel (Barcelona 10-IV-1924 – 31-V-2007), a la que ya se ha aludido, estrella harto reconocible en el blanco y negro de los 40 y 50 por su participación en filmes de gran éxito, llegó a rodar 44 películas.

Para encontrar a los siguientes fubolistas-actores ya debemos atisbar en nuestra posguerra. Y uno de los más contumaces en el cine posbélico no sería otro que Jacinto Fernández de Quincoces López de Arbina (Baracaldo, Vizcaya, 17-VII-1905 – Valencia 10-V-1997), el gran Quincoces del pañuelo anudado a la cabeza, internacional en 25 ocasiones y componente, junto a Ricardo Zamora y Ciriaco Errasti, de un terceto defensivo mítico. Ingresó en el Deportivo Alavés a los 18 años, después de haberse forjado en los modestos clubes baracaldeses Giralda y San Antonio. Su garra y pundonor, unidos a una calidad técnica muy superior a lo demandado por entonces a los defensas, le llevaron a figurar entre los mejores zagueros de Europa, aunque desde ciertos ámbitos se le achacara excesiva nobleza. En 1931 fue traspasado al Real Madrid, con su compañero Ciriaco y el atacante Olivares, a cambio de 60.000 ptas., para permanecer entre los blancos hasta 1942, interviniendo en 132 partidos, alzándose con dos campeonatos de Liga y otros dos de Copa.

El húngaro Plattko tuvo su muy conocida oda, gracias al impacto que causase en Rafael Alberti durante la final a triple partido disputada en Santander. Pero no fue el único, puesto que Quincoces también gozó de otra, manuscrita por José García Nieto con ocasión de un memorable partido de Copa contra el Barcelona en 1936, donde los “merengues” lucharon en inferioridad por las lesiones de Luis Regueiro y Souto.

“ Yo no canto, Jacinto, tu azarosa

vida-valla que todo lo detenía,

ni canto tu entrada impetuosa

que a todo el balón al sol vencía”

Quincoces, internacional con 3 películas y honores de papel impreso en “Campeones”, reservados sólo a estrellas de tronío.

Quincoces, internacional con 3 películas y honores de papel impreso en “Campeones”, reservados sólo a estrellas de tronío.

Alguien tan popular no pasó desapercibido a los productores de cine, y por tal motivo protagonizó tres películas, teniendo, al parecer, propuestas para actuar de galán en otras más. Pese a ello, consciente, quizás, de que sabría moverse mucho mejor entre el césped recién cortado y los despachos del fútbol, continuó ligado al balón como entrenador del Zaragoza, Real Madrid, Valencia y Atlético de Madrid, así como secretario técnico “merengue” y seleccionador nacional en dos únicos partidos. Afincado en Valencia, más adelante tuvo negocios inmobiliarios, fue directivo en el club más representativo de esa ciudad, así como presidente del Mestalla y de la Federación Valenciana de Pelota.

Contemporáneo de Quincoces y compañero de reparto en “Campeones” (1942), junto a Ricardo Zamora, los también futbolistas Mesa, Ramón Polo, y el entonces joven galán Carlos Muñoz,  Guillermo Gorostiza Paredes (Santurce, Vizcaya 12-II-1909) “Bala Roja” por el apodo que le adjudicase el periodista “Rienzi”, podría pasar con todo merecimiento como prototipo de juguete roto.

Hijo de un médico notable que llegó a presidir el Colegio Vizcaíno, fue internacional en 19 ocasiones, entre 1930 y 1941, campeón de Copa en 5 oportunidades y de Liga nada menos que 6 veces. Eficacísimo en el campo, donde pocos defensas lograban sujetarlo, aún resultaba más difícil tirarle de las riendas cuando vestía de paisano. Hartos de su indisciplina, la directiva del Athletic, entendiendo además que su puesto estaba bien guardado por el neófito Agustín Gaínza, decidió traspasarlo al Valencia, a cambio de 55.000 ptas. Un capitalazo en tiempos de hambre y necesidad extrema, máxime cuando los mandamases de nuestro fútbol acababan de cacarear su intención de dar carpetazo a los desmanes económicos del profesionalismo. Con la camiseta “ché” anotó el gol 500 en el Campeonato de Liga y mantuvo muy buenos registros anotadores, a excepción del ejercicio 1942-43. Todo ello por más que para entonces fuese un hombre alcoholizado, al que ni su esposa y dos hijos pequeños lograban hacer entrar en razón. Si bien machaconamente se le da por retirado tras la campaña 1950-51, a los 42 años y en el Juvencia de Trubia asturiano, luego de algunos periodos en blanco, lo cierto es que llegó al club cascarillero mediado el campeonato 1947-48, según queda constancia en “La Voz de Asturias” del jueves 1 de enero de 1948: A Gorostiza acompañaban en su incorporación otros dos futbolistas procedentes del Real Oviedo; el interior Soberón y el defensa Paquito, sin nada que ver este último con el futuro centrocampista internacional del Real Oviedo y Valencia C. F. de idéntico nombre deportivo, años después igualmente jugador trubieco.

Grostiza, “Bala Roja” y triste “bala perdida”. Del todo a la nada absoluta en apenas 10 años, con breve parada y fonda en los platós cinematográficos.

Grostiza, “Bala Roja” y triste “bala perdida”. Del todo a la nada absoluta en apenas 10 años, con breve parada y fonda en los platós cinematográficos.

Intervino en “Campeones”, como queda dicho, haciendo un poco de sí mismo; de jugador veterano, alegre y empeñado en vivir al día. Aquella película, convengámoslo, fue ante todo un ejercicio oportunista, sin otras miras que la taquilla, circunstancia puesta de relieve desde su lanzamiento comercial. Así, por ejemplo, no tuvo como el resto de las cintas estrenadas durante los 40 un cartel que la publicitase, sino 7 diferentes como mínimo. Uno con la efigie de cada estrella del cuero: Zamora, Quincoces, Gorostiza, Polo y Mesa. Otro con el rostro del actor Carlos Muñoz, probablemente para que no se sintiese un cero a la izquierda en el reparto. Y uno, al menos, común y corriente, más de película, para entendernos. Aquella fue la primera ocasión que nuestro cine aplicaba conceptos de eso que más adelante llamaríamos marketing.

 Derrochador, aunque de enorme bondad, incapaz de abrirse camino fuera del fútbol, tras colgar las botas el otrora extremo se convirtió en sombra triste de sí mismo. Los domingos por la mañana solía vérsele merodeando por los hoteles donde se hospedaban quienes rendían visita a San Mamés, tratando de encontrar entre técnicos y directivos algún conocido a quien aplicar el eterno arte del sablazo. Fue entonces cuando Summers volvió a convertirlo en personaje de celuloide, filmándolo para su documental “Juguetes Rotos”. Allí, avejentado y enfermo, perdido el último átomo de dignidad, el campeón de antaño mendigaba alguna ayuda para continuar viviendo.

Fallecería indigente, acogido en el sanatorio antituberculoso de Santa Marina, próximo a Bilbao, el 24 de agosto de 1966. Tenía 57 años y, lo que son las cosas, ni siquiera obtuvo esa última vanidad de las buenas necrológicas. La tarde anterior había muerto empitonado un banderillero en la plaza de Vista Alegre, durante las Corridas Generales bilbaínas. “El Correo Español”, “La Gaceta” y “Hierro”, los tres diarios locales, recogieron con todo alarde el suceso taurino. Sólo José María Unibaso “Joma”, antiguo futbolista bastante dado al autobombo, exjefe de la policía municipal y periodista deportivo de referencia en “La Gaceta”, por más que su penosa redacción precisara siempre de correctores, obtuvo un hueco desde el que dedicarle quince sentidas líneas laudatorias.

“Si es aficionado al fútbol le emocionará como un penalti; si no lo es, le divertirá como la mejor película”. Ese fue el slogan publicitario de “Once pares de botas”, cuyo lanzamiento no escatimó medios, pese a lo apretado de la época.

“Si es aficionado al fútbol le emocionará como un penalti; si no lo es, le divertirá como la mejor película”. Ese fue el slogan publicitario de “Once pares de botas”, cuyo lanzamiento no escatimó medios, pese a lo apretado de la época.

Artistas10También conoció el cine desde dentro Emilio Aldecoa Gomez (Zorroza, Vizcaya, 30-XI-1922), delantero elegante y serio, forjado como futbolista en Inglaterra, país al que como otros muchos niños vascos fuese enviado durante la Guerra Civil Española. El primer futbolista español en disputar partidos de la 1ª División británica. Tras pasar por el English Electric, de Stafford, Coventry, Wolwerhampton, At Bilbao, Real Valladolid, Barcelona y Gijón, en 1953 creyó llegado el momento de colgar las botas. Fue, en realidad, el más británico de los varios jugadores que como “niños de la guerra” se forjaron en Inglaterra, y no sólo porque se casase con una inglesa o ejerciera como segundo entrenador durante 6 temporadas en el Birmingham City. Internacional absoluto en 1948 contra la República de Irlanda, en partido incompleto, entrenó a la Gimnástica de Tarragona  durante parte del ejercicio 1953-54, con 12 victorias, 2 empates y 12 derrotas; al Gerona las campañas 1955-56, 1959-60, 1967-68, 1974-75 y 1975-76; Recreativo Granada 1969-70 y la primera mitad del ejercicio 1970-71; Olot 1973-74; Caudal y Valladolid, a éste durante la temporada 1966-67. En el Gerona hubo de saltar al campo como jugador cuando era al mismo tiempo entrenador, ante el escaso número de efectivos o la nula competitividad de su plantilla. Y no lo hizo sólo una vez, sino 5 en la temporada 1955-56, marcando un gol, y nada menos que 10, o sea un tercio del Campeonato, 4 años después. Y justo cuando iniciaba su andadura en los banquillos intervino en la película “Once pares de botas” (1954), dirigida por Rovira Veleta y coprotagonizada por los también futbolistas Antonio Ramallets y Francisco Marcet, junto a los actores José Suárez,  Carmen Pardo, Javier Armet, Elisa Montes, José Isbert, Manolo Morán y Mary Santpere. En esa cinta hacía de entrenador metódico y estudioso, características que habrían de adornarle durante su andadura real por los banquillos. Afincado definitivamente en la Costa Brava, falleció en Lloret de Mar el 4 de setiembre de 1999.

Aldecoa tuvo ocasión de verse en la gran pantalla, y no sólo fugazmente en la sección deportiva del “Nodo”.

Aldecoa tuvo ocasión de verse en la gran pantalla, y no sólo fugazmente en la sección deportiva del “Nodo”.

Como quiera que “Once pares de botas” no resultase una mala inversión, pese a que José Suárez chirriase bastante en su papel de estrella balompédica, durante los años inmediatos se reincidió en el tema, aunque con un curioso matiz. Ya no se buscaban temáticas más o menos próximas al mundo del balón, sino aprovechar sin ambages la popularidad de Kubala y Di Stéfano, los dos ídolos del momento. Curiosamente, pilares respectivos del Barcelona y Real Madrid, conforme exigiría el más elemental principio de equidistancia.

Cinematográficamente, ambos filmes aportaron bien poco. No lo buscaban, en realidad. Tanto sus guionistas como los directores, Arturo Ruiz Castillo en “Los ases buscan la paz” (1955) y Javier Setó en “Saeta Rubia” (1956), se limitaron a pergeñar sendas hagiografías predestinadas al éxito en taquilla. Y en ambas, claro, se huía de cuanto pudiera considerarse espinoso desde la perspectiva política o deportiva.

Ladislao Kubala Stecz (Budapest, 10-VI-1927 – Barcelona 7-V-2002,  había jugado en el Ganz, Ferencvaros y Vasas de Budapest, hasta que el 25 de enero de 1948 se viera obligado a huir precipitadamente del Budapest invadido por tropas rusas. Desde su primer exilio en la franja austríaca administrada por los norteamericanos, tuvo conocimiento de que la Federación Húngara acababa de descalificarlo a perpetuidad, bajo acusación de estafar al Vasas. Pasó entonces a Italia, apalabrando su fichaje por el Pro-Patria y Libertad de Busto Arsizio, percibiendo 8.500 dólares más un sueldo mensual de 70.000 liras. No pudo disputar ningún partido oficial con su nuevo club, porque la Federación Húngara continuó mostrándose inflexible y la italiana tampoco puso mucho empeño para solucionar el problema. Escaso de dinero y ya sin equipo, se trasladó a los estudios cinematográficos Cinecitá, convertidos en refugio bajo administración estadounidense. Allí encontró a otros futbolistas magiares, rumanos y eslovacos, con los que constituyó el Hungaria, club no oficial, organizado para disputar diversos partidos amistosos por Europa Occidental. El Hungaria llegó a España contratado como sparring de la selección nacional, en su puesta a punto ante el Mundial de Brasil y José Samitier, secretario técnico del Barcelona, se encaprichó del internacional rumano Nikolai Szegedi, mientras el Real Madrid ponía sus ojos en Kubala. A partir de ese instante, el futbolista húngaro comenzó a interesar también al Barcelona, entidad a la que finalmente quedaría unido, entre otras razones porque el jugador exigía la contratación como técnico de su cuñado Daucick, y sólo el Barça se avino a ello.

“Los ases buscan la paz” distaba mucho de ser una cinta biográfica. En realidad, la figura azulgrana sirvió para afianzar el compromiso anticomunista del franquismo, como vía de aproximación a los EEUU y el bloque occidental.

“Los ases buscan la paz” distaba mucho de ser una cinta biográfica. En realidad, la figura azulgrana sirvió para afianzar el compromiso anticomunista del franquismo, como vía de aproximación a los EEUU y el bloque occidental.

No obstante, serían muchas las trabas en el camino de Kubala hacia el Barcelona. La Justicia de Budapest había promulgado una requisitoria contra él por delito de estafa, y otra más por cruzar ilegalmente la frontera y eludir sus obligaciones militares. Para que nada faltase, el Pro-Patria italiano quiso hacer valer su contrato tratando de obtener dinero del Barcelona, y la Federación Española se comprometía a no tramitar su ficha en tanto no existiese la correspondiente transferencia de la Federación Húngara. Pese a todo pudo debutar como azulgrana, primero en partido amistoso contra Osasuna, donde anotó un gol, y luego en el Campeonato de Liga, tras acordar la Delegación de Deportes, Federación Española y FIFA, el carácter político de su inhabilitación. Por el camino quedó una huelga de los usuarios de tranvías en la ciudad condal, como rechazo al incremento de tarifas; un premeditado pulso al régimen cuando las huelgas estaban tipificadas como delito, que a la postre y a modo de reconciliación desde el ejecutivo, rescataría a Kubala de su limbo jurídico. En cuestión de días, al húngaro se le otorgaba la ciudadanía española -1 de junio de 1951-, previo bautismo, claro está, como no podía ser menos en pleno imperio del nacionalcatolicismo, naciendo la gran estrella de nuestra Liga en los primeros 50. Obviamente, nada de esto, lo de la huelga barcelonesa o el bautismo como condicionante de la nacionalidad, quedaba recogido en celuloide. Ni la censura lo hubiese tolerado ni los productores tenían intención de pisar charcos. En “Los ases buscan la paz” Kubala era un héroe víctima del comunismo,  simpático y cabal, que después de muchas penurias hallaba acomodo en la España de Franco, el “Centinela de Occidente” y adalid de una paz impuesta con autoritarismo. Puro aprovechamiento comercial, en suma, como lo fueron por la misma época “el chocolate de Kubala” o los llaveros, alfileres de corbata, figuritas de plástico y mil objetos decorativos más, cuando nuestro país empezaba a olvidarse de las cartillas de racionamiento.

El Barcelona ya tenía película sobre su líder indiscutido. Sólo faltaba rodar la del Real Madrid, acaudillado por el gran Alfredo Di Stéfano. Y a ello se puso el hoy olvidado Javier Sató apenas 12 meses después.

“La batalla del domingo”, con un Di Stéfano próximo a la retirada. Si el argentino revolucionó el fútbol, por el cine sólo pasaría de puntillas.

“La batalla del domingo”, con un Di Stéfano próximo a la retirada. Si el argentino revolucionó el fútbol, por el cine sólo pasaría de puntillas.

Alfredo Di Stéfano Laulhé (Buenos Aires 4-VII-1926), también poseía una curiosa peripecia vital, puesto que tras haber debutado con el River Plate bonaerense y obtener nota alta durante su cesión a Huracán, hizo las maletas rumbo a Colombia en 1949, cuando sobrevino el estallido de la huelga de jugadores, en demanda de una mejor consideración contractual. En el Millonarios de Bogotá, club que al no abonar traspasos por los derechos federativos de sus contrataciones sería excluido de la FIFA, estuvo exhibiéndose durante cuatro años por buena parte de América y Europa, deleitando con un fútbol de toque preciso y primoroso, al que la prensa acabaría calificando como “Ballet Azul”, en alusión al color de sus camisetas. Codiciado por el Barcelona y Real Madrid, su contratación estuvo envuelta en todo tipo de piruetas legales y conversaciones con las más altas instancias deportivas nacionales y americanas, hasta que una suma de errores barceloneses y la sentencia salomónica del más alto organismo deportivo español, lo vistieron de blanco para el ejercicio 1953-54. Aunque según lo pactado hubiera debido enfundarse posteriormente la camiseta azulgrana, un borbotón de orgullo catalán dejó al astro en el estadio Santiago Bernabeu hasta 1964. Fue él quien hizo grande al Real Madrid de los 5 títulos europeos consecutivos, quien llenó una y otra tarde las 90.000 plazas del Estadio Santiago Bernabeu, quien demostró que un delantero centro podía arrancar desde atrás, participando en la construcción del juego y no perder, pese a ello, capacidad goleadora. En pocas palabras, fue un adelantado a su tiempo.

Ocurrente y dueño de un curioso sentido del humor cuando se hallaba distendido, otras muchas veces solía mostrarse agrio, altivo y reservón, obstáculos evidentes para dar bien en la pantalla, como puede apreciarse revisando “Saeta Rubia”. Con todo y a buen seguro porque los números de las productoras lo justificaban, aún protagonizó “La batalla del domingo”, de Luis Marquina (1963), producción tan hueca como la anterior y más orientada al público infantil, si cabe.

Los Zamora, padre e hijo, unidos no sólo en su faceta de cancerberos, sino en la cinematográfica. El Ricardo Zamora de “Las chicas de la Cruz Roja” -el vástago- hubiese podido seguir rodando sin decepcionar, según escribieron varios críticos.

Los Zamora, padre e hijo, unidos no sólo en su faceta de cancerberos, sino en la cinematográfica. El Ricardo Zamora de “Las chicas de la Cruz Roja” -el vástago- hubiese podido seguir rodando sin decepcionar, según escribieron varios críticos.

Antes, siquiera de pasada, ya se citó a Ricardo Zamora, portero convertido en mito, como uno de los intervinientes en “Campeones”. A decir verdad, Zamora no necesitaba el cine para cimentar su prestigio o popularidad, puesto que al colgar las botas supo sacar lustre a nuestros banquillos, e incluso a los de Venezuela, donde le entregaron para firma un contrato opíparo. Sí hubo otro Zamora, en cambio, su propio hijo, el también guardameta Ricardo Zamora de Grassa (Madrid 6-VIII-1933 – 31-I-2003) quien tras pasar por Salamanca, At. Madrid, Español, Sabadell y el ya extinto C. D. Málaga, acertó a descollar en el Mallorca y muy especialmente en el Valencia. Este Ricardo Zamora Jr. tuvo ocasión de lucir apostura en dos películas donde el fútbol prácticamente ni asomaba: “Las chicas de la Cruz Roja”, de Rafael Gil (1958) exitazo comercial donde una incipiente Cocha Velasco dejaba entrever lo bien que en adelante iba a llevarse con las cámaras, y “El puente de la paz”, de Rafael J. Salvia e idéntico año, alternando en el reparto con Elisa Montes, José Luis Ozores, María Isbert y Antonio Casas. Según reconocería él mismo más de una vez, tuvo propuestas para intervenir en otras cintas y, tras pensarlo, acabó rechazándolas. Sólo podía rodar durante los parones del campeonato, renunciando al descanso vacacional. Todo un engorro, al que convenía sumar los gritos escuchados de cuando en cuando, precisamente a raíz de sus dos películas, como premio a cualquier esporádica cantada: “¡Dedícate al cine, que eres un matao!”.

Grito injusto, como tantos otros, puesto que Ricardo Zamora de Grassa se consolidaría como buen cancerbero, por más que la extensa sombra de su progenitor y las inevitables comparaciones no le abandonasen nunca. Ni siquiera tras la retirada, consciente de que las oportunidades se nos ofrecen sólo una vez en la vida, volvió la vista al cine. Lo suyo, durante muchos años, fue el negocio de joyería.

Lo de Jesús Narro (Tolosa, Guipúzcoa 4-I-1922) estuvo más en el ámbito de lo artesanal, si se quiere, que en lo puramente artístico, aunque también pudiera vérsele bordando papeles de reparto. Como futbolista militó en el Ataun, Tolosa, Iberia de Tenerife, Real Murcia, Real Madrid y Gijón, hasta que en 1954, su último año en el deporte, tuviese la desgracia de atropellar a tres mujeres, de las que dos fallecieron. Fue un suceso con cierto eco, por la notoriedad de su protagonista. El fiscal solicitó una condena de 8 años y dos meses, reducida luego en manos del juez. Tras pasar página, Narro, al que en su día apodaron “Tigre del Bernabeu”, se convirtió en artesano de cine y televisión, ejerciendo como ayudante de producción en TVE hasta que la muerte le sorprendiese a los 65 años, en 1987, sin dejarle tiempo para disfrutar de una bien ganada jubilación. Entre las varias cintas donde dejase huella de actor cabe citar “El sobre verde” o la superproducción norteamericana “Orgullo y pasión”, con Frank Sinatra y Sofía Loren en los papeles estelares.

Sofía Loren, Cary Grant y Frank Sinatra se llevaban la palma en “Orgullo y pasión”, cinta de la francesada que se rodó entre Galicia, Aragón y ambas castillas. Aunque en papeles menores también intervinieron en ella Jesús Narro y Félix de Pomés, antiguos futbolistas.

Sofía Loren, Cary Grant y Frank Sinatra se llevaban la palma en “Orgullo y pasión”, cinta de la francesada que se rodó entre Galicia, Aragón y ambas castillas. Aunque en papeles menores también intervinieron en ella Jesús Narro y Félix de Pomés, antiguos futbolistas.

Esta cinta, como tantas otras de las que con capital norteamericano se rodaron por nuestro suelo, tampoco se librería de injerencias franquistas. Aquí se hizo saber a sus productores que los españoles debían quedar como seres nobles, aguerridos y dignos, y que ni uno sólo debía morir en la pantalla. Con Stanley Kubrik llegaron más lejos en “Espartaco”, parándole el rodaje por desacuerdos nimios. Sólo a partir de una oportuna contribución a la “organización benéfica” de doña Carmen Polo, esposa del generalísimo, se resolvió todo. Y el gran director hasta pudo disponer del ejército, de los soldados de reemplazo, para entendernos, cuando precisó mover masas.

Pero el cine, claro está, no sólo precisa de director y actores. Como toda industria que se precie, también cuentan, y mucho, los productores. Y entre ellos también hubo personajes del fútbol, con el guipuzcoano Querejeta a la cabeza.

Elías Querejeta, cuando como jugador “txuriurdin” le marcó un gol al Real Madrid y el cine era para él su otra gran pasión.

Elías Querejeta, cuando como jugador “txuriurdin” le marcó un gol al Real Madrid y el cine era para él su otra gran pasión.

Elías Querejeta Gárate (Hernani 27-X-1934 – 9-VI-2013) defendió a lo largo de 4 años el escudo de la Real Sociedad, en 1ª División, además de vestir la camiseta azulgrana del Éibar. Durante algún tiempo estuvo dudando entre continuar como profesional en un fútbol que pagaba poco, o dar el salto al cine, donde lo natural era morirse de hambre. Alguna vez coincidía en los tranvías de San Sebastián con Eduardo Chillida, entonces ya exjugador donostiarra, y hablaban poco, lo justo para pasar por educados. Chillida acabó animándole a no refrenar su verdadera afición, jugándosela fuera del viejo Atocha. Y andado el tiempo, convertido en celebrado productor, Querejeta tampoco tuvo razones para arrepentirse. Con todo, solía afirmar que nada había sido tan importante en su vida como el hecho de marcarle un gol al Real Madrid. Un guiño, sin duda, pues hoy se le reconoce como el gran productor de los 60 a los 90, no tanto por lo voluminoso de sus bobinas, sino por la calidad de muchas y el arrojo que siempre demostrara. Primero, viéndoselas de tú a tú con la censura, como en “la Caza” (1966), y luego aportando seso y enjundia en tiempos de un destape tan zafio como taquillero, para dudosa gloria de Fernando Esteso y Andrés Pajares. Títulos como “Peppermint Frappé” (1967), “El Espíritu de la colmena” (1973), “La prima Angélica” (1974), “Los cuervos” y “El desencanto”, ambas de 1976, “Mamá cumple 100 años” (1979), “Deprisa, deprisa” (1981), “El Sur” (1983), “Tasio” (1984), o “Historias de Kronen” (1995), se han convertido en referentes.

“Suevia Films”, marca conocidísima para todos los españoles en los 40, 50 y primeros 60, creada por un presidente honorario del vigués Real Club Celta.

“Suevia Films”, marca conocidísima para todos los españoles en los 40, 50 y primeros 60, creada por un presidente honorario del vigués Real Club Celta.

Mucho más en la línea industrial, si entendemos ésta desde la óptica contable, se movió siempre Cesáreo González (Vigo 1903 – Madrid 1968), impulsor y alma máter de “Suevia Films”, la productora de los éxitos durante el franquismo. Este hombre, futbolero confeso e hincha acérrimo del Real Club Celta, llegó a recibir la insignia de oro celtiña y el titulo de presidente honorario, como pago a su condición de benefactor. Dueño de un olfato finísimo, tenía fama de no equivocarse nunca en sus apuestas, por más que tocase un buen ramillete de géneros. Desde la comedia inocua como “Botón de ancla” (1947), a la costumbrista, con “Historias de la radio” (1953). Del espectáculo religioso tan al gusto de purpurados y censores, en “La fe” (1947) o “La Señora de Fátima” (1951), al ámbito de la copla con “Pena, penita, pena” (1953) o dramas de denuncia, al estilo de “Calle Mayor”, dirigida por Juan Antonio Bardem, comunista que apenas lo disimulaba. Y por supuesto, hincando bien su pico en el filón de los niños prodigio, cuando éstos garantizaban colas y peleas de reventa. Recuérdese, tan sólo, “El ruiseñor de las cumbres”, con Joselito (1958) y “Ha llegado un ángel”, de Marisol (1961).

Sobre este productor y la censura, narró a menudo una jugosa anécdota el abogado y escritor Fernando Vizcaíno Casas, quien lo había entrevistado para cierto semanario. Al describir el despacho de “Suevia Films”, Vizcaíno redactó: “Sobre la mesa, en un bello marco, un retrato del generalísimo con esta dedicatoria: A Cesáreo González, gallego de pro y puntal firme de nuestro cine”. Nada más edulcorado y menos revolucionario, ¿verdad?. Pues no lo creyó así el censor de turno, quien ni corto ni perezoso tacharía con lápiz rojo todo el párrafo. Gracias a ello, Vizcaíno Casas, hombre muy, pero que muy del régimen, aunque con ancho sentido del humor, pudo vanagloriarse de haber hecho que censurasen al mismísimo Franco. “Porque suprimieron no lo que yo había escrito, sino la dedicatoria. O sea que a quien colocaron el bozal no fue a mí, sino al generalísimo”.

Ahora bien, si un club ha derrotado a los demás por el número de vocacionales del cine o la interpretación en sus plantillas, ese es, sin duda, el modesto Rayo Vallecano. Así, a bote pronto, surgen los nombres de Romero, Sánchez, Munné y Luis García, distribuidos a lo largo de treinta y tantos años.

Munné hijo, Pep Munné en las carteleras, treinta años después de colgar las botas.

Munné hijo, Pep Munné en las carteleras, treinta años después de colgar las botas.

Pep Munné Suriñá (Barcelona 3-VII-1953) parecía llevar el fútbol en la sangre. Su Padre, José Munné Sempere (Barcelona 16-II-1926), había sido delantero aguerrido del San Andrés, Español, Granollers, Mallorca, Valladolid y Tenerife, entre los años 40 y 50. Puesto que por el pasillo de su casa rodó el balón desde el mismo instante en que aprendiese a andar, el meritoriaje del joven Pep entre los componentes del primer filial del Barcelona se antojada por demás lógico. Durante 1971 iría cedido al Mallorca, junto con Teixidó, como contraprestación al fichaje del extremo Pérez por los azulgrana. Regresó a la disciplina barcelonista y al año siguiente una nueva cesión habría de convertirlo en jugador del Rayo, para tener sus más y sus menos con el entrenador y la directiva vallecana, a causa de su afición por el teatro. Tocaba bien la pelota, poseía de hecho, muchas más condiciones que su padre, aunque bastante menos afición. Por tal motivo, porque comenzaba a sentir el fútbol muy de lejos, solía estar hasta las tantas en los locales frecuentados por gentes de la farándula, llegando a saltarse algún entrenamiento. Entonces la secretaría técnica rayista trató de devolverlo al F. C. Barcelona, sin hallar ningún eco. Aparentemente, también en el club “culé” estaban algo hartos de su escasa implicación. Como es lógico, Pep Munné puso fin a su andadura deportiva algún tiempo después, centrándose desde ese instante en la carera de actor teatral, cinematográfico y televisivo. Sólo dibujaría un paréntesis a finales de los 90, integrándose en la plataforma opositora a la presidencia de Núñez en el F. C. Barcelona, denominada Elefant Blau.

Joaquín Romero Marchent, poco antes de fallecer. Abajo, cartel de la película que representó su debut como director. Luego seguirían muchos “westerns” almerienses.

Joaquín Romero Marchent, poco antes de fallecer. Abajo, cartel de la película que representó su debut como director. Luego seguirían muchos “westerns” almerienses.

Romero, Joaquín Luis Romero Marchent (Madrid 26-VIII-1921 – 17-VII-2012), hijo del propietario de la revista “Radio – Cinema” y hermano del actor y director Rafael Romero Marchent, alternó desde muy jovencito las patadas al cuero con papeles de figurante. Tras dejar inconclusos estudios de Marina Mercante y Derecho, viendo que no lograba abrirse camino como futbolista en el Rayo, optó por centrarse en la actividad cinematográfica. “El Coyote” (1955), supuso su debut como realizador, seguida de “La justicia del Coyote”, rodada el mismo año y como la anterior sobre el mítico personaje de José Mallorquí. Luego siguieron más westerns, hasta el punto de contribuir decisivamente al afianzamiento en Almería de un género que con Sergio Leone iba a alcanzar su mayoría de edad. Allá por 1976, cuando el Spaghetti-Western languidecía, acuciado por la necesidad del reciclaje se convertiría en uno de los directores de “Curro Jiménez”, especie de western con bandoleros y franceses, en vez de colonos e indios, que haría sumamente populares a Sancho Gracia, Pepe Sancho y Álvaro de Luna, sus tres personajes principales. La serie más exitosa de TVE a los largo de 60 años, por su amplísima venta al exterior.

Artistas20Cierto día, nada más arrancar los 60, Romero recibió la visita de un tal Sánchez, medio del Rayo con experiencia interpretativa, según le dijo, y ansioso por enrolarse en las superproducciones que iba a llevar a cabo por los alrededores de Madrid Samuel Bronston. Romero Marchent, entonces, se dedicaba a preparar el desembarco americano ante el rodaje de “La caída del imperio romano”, “El Cid”, “Rey de Reyes”, “Cincuenta y cinco días en Pequín” o “Doctor Zhivago”.  “No hace falta interpretar”, escuchó el visitante. “Lo que sí se requiere es montar a caballo. ¿Acaso tú sabes hacerlo?”. Y Sánchez, Alfredo Sánchez Brell (Madrid 23-II-1931 – Alicante 10-VII-2010), afirmó con todo su aplomo: “Por supuesto. He vivido muchos años en México y allí quien no monta a caballo es como si estuviera cojo”.

Lo de su estancia en México era cierto, puesto que había emigrado con 12 años cuando a su padre, periodista en “El Adelantado” de Segovia y colaborador directo del comunista Enrique Líster, la vida en España se le hizo imposible. Al otro lado del Atlántico el joven Alfredo Sánchez fue cantante de mariachis, actor incipiente y futbolista, llegando a intervenir 3 años en 1ª División con Monterrey y Puebla, y hasta coronándose campeón de la Copa azteca, dirigido desde el banquillo por nuestro antiguo internacional Isidro Lángara. Lo de montar con soltura ya era harina de otro costal, puesto que no había visto caballos de cerca ni en la Feria de Sevilla.

Cuando tuvo medio apalabrada su intervención en las producciones de Bronston, anduvo de picadero en picadero, hasta dominar correctamente al animal. Atrás quedaba el regreso a España tras el fallecimiento del páter familia, o su breve paso por las filas del Alcoyano y el conjunto de Vallecas. Por delante, casi 300 películas como Aldo Sambrell, que habrían de convertirle no ya en extra, sino en malvado por antonomasia. Entre sus múltiples apariciones destaca la trilogía de Sergio Leone, con Clint Eastwood en el papel principal, -“Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio” y “El bueno, el feo y el malo”-, amén de unos cuantos péplums tardíos y coproducciones de mediano presupuesto. Casado con una modelo que a la postre habría de convertirse en su representante, cuando el género western comenzó a declinar apostó por crear su propia productora. Para entonces su hijo, nacido durante un rodaje en Almería, podía presumir de padrino famoso: nada menos que el director italiano Sergio Leone.

Aldo Sambrell, impagable “malo” de nuestro cine y buen amigo de Sergio Leone y Clint Eastwood. Si como futbolista pudo vérsele poco por nuestros pagos, tuvo ocasión de desquitarse desde la gran pantalla.

Aldo Sambrell, impagable “malo” de nuestro cine y buen amigo de Sergio Leone y Clint Eastwood. Si como futbolista pudo vérsele poco por nuestros pagos, tuvo ocasión de desquitarse desde la gran pantalla.

Curiosamente, Alfredo Sánchez Brell debuto ante las cámaras con un mínimo papelito en “Atraco a las 3”, de José Mª Forqué, película que igualmente señalaría el bautismo de Alfredo Landa.

También Talía tiró con fuerza de Luis Martínez Arasa, alineado con su nombre y primer apellido en las categorías inferiores del Real Madrid, Rayo Vallecano, Leganés, Murcia y Cartagena. Aunque no suene especialmente al aficionado medio, distaba mucho de ser un don nadie, pues 4 internacionalatos Sub-18 y 6 más como Sub-20 están al alcance de pocos. Si bien no se le enredaba el cuero entre los pies, en octubre de 2000 anunció su retirada para dedicarse por entero a la interpretación.

Dejando al Rayo aparte, otro que supo sacar jugo a los rodajes meridionales fue el internacional y mundialista paraguayo Florencio Amarilla Lacasa (Bogado 30-I-1935 – Almería 25-VIII-2012). Personaje irrepetible, diáfano y sin aristas.

Llegó al Oviedo junto a su compatriota y compañero de ala izquierda Jorge Lino Romero, en el verano de 1958. Se completaba así para nuestro fútbol, de paso, toda la línea atacante paraguaya en el reciente Campeonato Mundial. Y es que por esa época el armenio Arturo Bogosian, todoterreno del fútbol sudamericano, llevaba introducidos en Europa a una cincuentena de pupilos, en su mayoría paraguayos. Algunos clubes, como el Elche, nunca podrán agradecerle lo suficiente tan buenos oficios, porque de su mano llegaron junto al palmeral, Ángel Romero, Lezcano, Cayetano Ré, González o Casco, para no hacer interminable la cita. Unos venían con pasaporte extranjero, otros en condición más o menos dudosa de oriundos, la mayoría dispuestos a comerse el mundo y alguno, como Ángel Romero, el más contrastado de todos gracias a su envidiable currículum, absolutamente engañado, puesto que creyó hacer el viaje para suscribir la cartulina del Real Madrid.

En la capital asturiana, Florencio Amarilla no pudo convertirse en indiscutible titular, por más que acreditase muy buenas maneras. No era malo, ni muchísimo menos, aquel equipo, con el guardameta portugués Carlos Gomes -dueño, por cierto, de una biografía digna del celuloide-, Marigil, Laurín o Delfín Álvarez taponando el área, Paquito y Sánchez Lage sentando cátedra en la zona ancha, y Hermes González, Sande, Luis Aragonés, Agustín, Iceta o Braga ejerciendo de estiletes. Cuando la maquinaria estaba engrasada, y lo estuvo con frecuencia, dieron muchos sustos por casi todos los campos de nuestra geografía. Pero si al equipo le pintó bien, Amarilla tuvo manos suerte.

Entre toma y toma, Amarilla solía entretenerse con malabarismos balompédicos, para pasmo de los norteamericanos contratados desde Hollywood a golpe de talonario.

Entre toma y toma, Amarilla solía entretenerse con malabarismos balompédicos, para pasmo de los norteamericanos contratados desde Hollywood a golpe de talonario.

Lesionado en el tendón de Aquiles y con la carta de libertad en el bolsillo, hizo escala en Elche, de paso a una sucesión de equipos menores hasta colgar las botas en 1972. Luego, como tantos y tantos, se hizo entrenador. Roquetas, Almería, Vera, Garrucha o Polideportivo Ejido, todos ellos clubes almerienses, lo tuvieron en sus banquillos. Y es que aunque su vida orbitaba en torno al fútbol, en el desierto almeriense había dado con el cine, actividad que sin robarle demasiado tiempo le llenaba la faltriquera.

El propio Amarilla narró al periodista almeriense Juan Gabriel García su por demás casual irrupción en el cine: “Me hallaba en el Gran Hotel tomando una cerveza, cuando se me acercó un señor gigantesco, de por lo menos dos metros. Era Antonio Tarruella, según supe más tarde, ayudante de dirección con varios rodajes en su haber. Como me vio cara de indio, me preguntó si quería participar en una película”. Esa película era “100 rifles”, con Raquel Welch y Yul Brinner en los papeles estelares. Un Yul Brinner, dicho sea de paso, con quien el antiguo extremo mantendría luego una ejemplar amistad.

Durante aquel “boom” hizo de extra en un centenar de filmes y hasta alcanzó el rango de actor de reparto en 6 ocasiones, junto al citado Yul Brinner, Leonard Nimoy, Alain Delon, Toshiro Mifune, Richard Crenna, Charles Bronson o Ursula Andress. Su papel siempre solía ser el mismo: jefe indio. Y es que su atezado rostro apenas si necesitaba maquillaje. Hablar no es que hablara mucho. Los indios del cine, ya se sabe, no suelen extenderse en discursos. Aunque él, si se trataba de decir algo, parecía más apache, sioux comanche o arapahoe que nadie, merced a su lengua guaraní. Porque sí señores, el apache, kiowa, cheyenne o mescalero que oíamos en las pantallas, no era sino el guaraní de Florencio Amarilla.

Merced a su capacidad para discursear en “comanche” o “cherokee”, Amarilla hizo de jefe indio muchas veces. Es bien sabido que sólo los jefes de tribu solían hablar a las cámaras.

Merced a su capacidad para discursear en “comanche” o “cherokee”, Amarilla hizo de jefe indio muchas veces. Es bien sabido que sólo los jefes de tribu solían hablar a las cámaras.

Gracias al cine, al fútbol comarcal y a su austera forma de entender la vida, se las arregló bien mientras Almería fue un Hollywood de serie B, C y hasta Z. Cuando la televisión mordió con saña a las salas de exhibición y todo el tinglado de cartón piedra y mecanotubo comenzó a oxidarse, vendió zapatos y libros para salir adelante.

Allá por 2006, a sus 71 años, ejercía de utillero en el Club Comarca de Níjar. Vivía, incluso, en las dependencias del viejo campo de San Isidro, pese a que la directiva le había propuesto montar una casa prefabricada. “Es de agradecer -dijo-, pero me gusta vivir libre, en pleno campo. Me levanto a las 07, 30, ando, corro, hago unos toques, me tomo un matecito. Soy feliz así. Luego cuido el material del club y estoy a disposición del equipo para lo que sea”.

La muerte le sorprendería instalado en ese particular mundo de felicidad, ajeno a la acumulación y el autobombo.

                               Filmografía de Florencio Amarilla

AÑO

TÍTULO

DIRECTOR

REPARTO

1970

“El Cóndor”

J. Guillermin

J. Brown y Lee Van Cleef

1971

“El oro de nadie”

S. Wanamaker

Yul Brynner, R. Crenna y Leonard Nimoy

1972

“Chato el apache”

Michael Winner

Charles Bronson y Jack Palance

1972

“Sol rojo”

T. Ypung

Ursula Andress, Alain Delon, Toshiro Mifune y Charles Bronson

1973

“Caballos salvajes”

J. Sturges

Charles Bronson, Jill Ireland y V. Van Patten

1984

“Yellow Hair & Pekos Kid”

Matt Cimber

Laurence Landon y Ken Roberson

Pecaría de injusto excluyendo en esta relación a Raf Vallone (Calabria 1916 – 2002), italiano de pura cepa, pero rostro muy reconocible en nuestro cine por sus intervenciones en “La venganza”, de Juan Antonio Bardem, junto a una bellísima Carmen Sevilla (1958), “La violetera”, del mismo año, o “El Cid” (1961).

Raf Vallone, un galán con campeonato de Copa durante su etapa en el Torino, entrenó al Racing de Santander finalizando los 60, siquiera fuese tan sólo para Mario Camus y los espectadores de una correcta coproducción hispano italiana.

Raf Vallone, un galán con campeonato de Copa durante su etapa en el Torino, entrenó al Racing de Santander finalizando los 60, siquiera fuese tan sólo para Mario Camus y los espectadores de una correcta coproducción hispano italiana.

Antes, cuando todavía era Raffaelle Vallone, jugó de medio en el Torino, alineándose en 25 partidos de 1ª División y levantando una Copa. Después se dedicó al periodismo y casi en seguida a la interpretación, animado por quienes veían en su faz cuadrada y simétrica a todo un galán. La eclosión definitiva le llegó con “Arroz amargo” (1949), un clásico del neorrealismo donde Silvana Mangano, gracias a su camisa ajustada y unos aún más ajustados y breves shorts, se convirtió en musa erótica de los por entonces reprimidísimos españoles. Oso de Pla en el Festival de Berlín (1960), bordó su papel en “El cardenal” (1963), cinta no sólo celebrada por la crítica, sino favorecida en las taquillas. Pues bien, este Raf Vallone, exfutbolista del “Calcio”, protagonizó también “Volver a vivir” en 1968, una película de fútbol rodada por Mario Camus en coproducción con Italia, donde interpretaba el papel de antigua figura convertida ya en entrenador, que al regresar a su tierra no sólo debía enderezar la marcha deportiva de un club modesto, sino enfrentarse a ocultos fantasmas del pasado. Nunca se mencionaba el nombre del club pero, rodada en Santander, los chicos a quienes entrenaba eran, naturalmente, los componentes de la plantilla racinguista, y las abundantes y meritorias escenas de fútbol real, recogidas en el viejo Sardinero, correspondían a victorias de una entidad cántabra muy ajena a la 1ª División.

El último futbolista-actor, o actor que fue futbolista, aún está haciéndose hueco en la profesión. Su nombre, Lander Otaola (Bilbao 20-I-1989), probablemente diga poco a los espectadores más alejados del País Vasco, pues es en aquel cine donde más ha podido vérsele, así como en la celebrada serie humorística “Vaya semanita”, de ETB. Entre otros, ya ha gozado de papeles importantes en “La máquina de pintar nubes” (2008), “El precio de la libertad” y “Sabin”, ambas de 2011, o “Gernika bajo las bombas” (2012), y de uno muy menor en “Ocho apellidos vascos”, éxito no ya de la temporada, sino de muchas temporadas. Pues bien, Lander Otaola perteneció a la disciplina del Athletic, en su futbol base, hasta categoría juvenil, que fue cuando colgando las botas dio el disgusto a su padre, rojiblanco irredento. El mundo de ficción, bien fuere en imagen digital o sobre un escenario, como ocurriese con Querejeta, Pep Munné o Aldo Sambrell, le atraía bastante más que los estadios.




La ley Bosman y el tráfico de pasaportes

Durante el último decenio del siglo XX, doblado ya su ecuador, el fútbol mundial experimentó una convulsión sin precedentes. Su impulsor, un modesto jugador belga llamado Jean Marc Bosman (3-X-1964), a quien la prepotencia de clubes, Federaciones y organismos supranacionales, sacaron de sus casillas.

Tras destacar en categorías inferiores (internacional junior 26 veces y 2 con la Sub-21 belga), luego de debutar en 1ª División defendiendo los intereses del Standard desde 1983 hasta 1988, pareció estancarse. En 1988 sus derechos federativos serían adquiridos por el Lieja, abonando un traspaso de 12 millones de ptas. (72.000 euros). Dos años más tarde, acuciados por agudos problemas de tesorería y en vista de su pobre rendimiento sobre el campo, los gestores del Lieja trataron de reducirle el contrato en nada menos que un 75%. Después de negarse en redondo, el futbolista inició conversaciones con el Dunkerque, militante en la 2ª División francesa. Los directivos del Lieja, entonces, decididos a imponer su voluntad, frustraron el proyecto con la exigencia de medio millón de dólares en concepto de traspaso y formación deportiva. Bosman no era de los que se arrugaba. Ni en el campo ni fuera. Y pese a los abundantes y “bienintencionados” consejos que recibiera, decidió someter los hechos a la jurisdicción ordinaria, toda una herejía para  Leonard Johansson y el omnipotente aparato de la UEFA.

Durante los 5 años que duró el pleito, Bosman fue un miserable apestado. Ningún club de mediana categoría osó abrirle los brazos, por no enfrentarse a la ira irradiada desde ciertos despachos. Sólo dando mil vueltas pudo ingresar en el St. Quentin, de la 2ª División francesa, al iniciarse el campeonato 1990-91. El año siguiente tuvo que emigrar a la isla de Reunión, para coincidir en el St. Denis con Jacques Glassman, maldito también por haber denunciado un intento de soborno del Olympique marsellés. No halló equipo para la edición 1992-93 y de cara a 1993-94 se hizo un hueco en la 3ª belga, concretamente en el Olympique Charleroi. A partir de 1994 aún bajaría otro peldaño más, conformándose con el Visé, club aficionado de 4ª División. Todo ello jalonado con colas ante las oficinas de empleo francesas (entre mayo y diciembre de 1991) y belgas (desde octubre de 1992 a mayo del 93 y entre junio y diciembre del 94), por no hacer referencia a un estado de absoluta desmoralización y al divorcio de su esposa, incapaz de entender por qué no aceptaba el equivalente a 600.000 euros ofrecido por las autoridades futbolísticas europeas, si retiraba la demanda. El corajudo Bosman permaneció fiel a sí mismo hasta que el abogado general Carl Otto Lenz hizo públicas sus conclusiones.

Con la declaración de que el Tratado de Roma y la libre circulación de trabajadores también regía para los futbolistas, el 15 de diciembre de 1995 se abrieron nuevos horizontes al deporte en el seno de la Unión Europea. La posterior cita de FIFA en Zurich (15 de enero de 1996), no tuvo otro remedio que abolir cualquier limitación al fichaje de ciudadanos del Mercado Común y su área económica; es decir los países de la CEE más Noruega, Islandia y Liechtenstein. Puesto en limpio, los clubes españoles, como los de los restantes países de la Comunidad Económica Europea, iban a poder integrar a británicos, suecos, daneses, alemanes, portugueses, franceses, belgas, holandeses, luxemburgueses, griegos, italianos, irlandeses, finlandeses, noruegos o islandeses, sin ningún techo.

Un nuevo mundo de posibilidades se abría ante los clubes poderosos de Europa, según se vio en seguida. Y hasta para los no tan potentes de América, como tardando bien poco sabrían descubrir al otro lado del océano. Porque, ¿cuántos brasileños, por ejemplo, tendrían ancestros portugueses?. ¿Cuántos argentinos o uruguayos no dispondrían de abuelos italianos, germanos o españoles?. ¿Qué impedía a unos y otros acceder a la doble nacionalidad, tomar un avión y plantarse en Lisboa, Liverpool, Milán, Roma, Barcelona, Amsterdam, París, Atenas, Madrid, Bruselas o Lyon, como ciudadanos comunitarios?. Los mercaderes de sueños pusieron manos a la obra desde ambas orillas del Atlántico y, en tiempo récord, trazaron las líneas maestras de lo que sólo podía desembocar en opíparo negocio.

Cualquiera podía hacerse profesional del fútbol por correspondencia. Al menos así lo aseguraban unos osados desde el californiano Interamerican Institute.

Cualquiera podía hacerse profesional del fútbol por correspondencia. Al menos así lo aseguraban unos osados desde el californiano Interamerican Institute.

Si ya durante los 70, en plena época de prohibición importadora y con intermediarios organizando su negocio de manera artesanal, tuvo lugar el escándalo de los falsos oriundos, ¿cabía esperar ahora más formalidad, cuando la industria de compraventa facturaba cada año centenares de millones en dólares?. Todo era posible si el ingenio se uniera a la ambición. Y tanto ambición como ingenio, sobraban según quedó de manifiesto 25 años atrás, no solo falsificando documentaciones, sino llegando a vender cursos de fútbol por correspondencia, conforme demuestra el recorte tomado de publicaciones latinoamericanas en 1973. Cursos, por cierto, de los que tanto se salía estrella universal como técnico prestigioso.

Y volvió a ocurrir, por supuesto. Las viejas trampas, el tocomocho y los papeles fraudulentos, saltaron de Europa a América y viceversa, favorecidos por el desarrollo de la todavía incipiente tecnología digital.

El 23 de diciembre de 1996, meses después de que el fútbol europeo abriese sus puertas de par en par, la publicación argentina “Sólo Fútbol” recogía en sus páginas el siguiente anuncio:

LeyBosman02

Tan pronto comenzó a funcionar la maquinaria gestora, se hizo evidente que los meandros legales no iban a bastar. Ceñirse a lo reglamentado implicaba desperdiciar oportunidades maravillosas con futbolistas de alto nivel, pero sin ancestros europeos. Así que nuevamente, abogados sin ética, directivos reñidos con la deontología y jugadores locos por saltar el charco, se situaron fuera de la ley.

Nuestro fútbol, una vez más, tardó lo suyo en reaccionar. Cuando se descubrieron los primeros casos de falsificación documental en Italia, Francia e Inglaterra, a nadie pareció turbar la idea de que el problema pudiera habernos afectado también. ¿Acaso nuestra liga no pagaba contratos multimillonarios?. ¿Por qué, entonces, dejaría de constituir objetivo preferente?. El tiempo se encargó de demostrar que por nuestros pagos también se cocían habas. Y a calderadas.

Desmenucemos los hechos, ayudándonos de un breve apunte cronológico.

29 Marzo 2000 Se abre en Italia una investigación sobre la posible ilegalidad del pasaporte italiano aportado por Verón, argentino del Lazio
11 Julio 2000 La Fiscalía romana confirma que el pasaporte italiano de Verón es falso
22 Julio 2000 La policía británica impide la entrada al brasileño Edú, que iba a fichar por el Arsenal, al comprobar la ilegalidad de su pasaporte comunitario
24 Setiemb. 2000 Los jugadores del Udinese italiano Alberto y Warley son detenidos en Varsovia, al descubrirse la falsedad de sus pasaportes portugueses
26 Octubre 2000 Queda al descubierto en Portugal una red dedicada a la falsificación de pasaportes
5 Diciemb. 2000 El Toulouse denuncia al St. Etienne por alinear en partido de la liga francesa a Levytstky y Alex, supuestos comunitarios, cuando en realidad se les presupone extranjeros
13 Diciemb. 2000 Francia inicia trámites para verificar la legalidad de los pasaportes aportados por los futbolistas con licencia comunitaria
29 Diciemb. 2000 Los jugadores del St. Etienne Alex y Levytstky son sancionados, al descubrirse la ilegalidad de sus pasaportes
13 Enero 2001 El chileno Contreras, militante en el Mónaco, huye de Francia al iniciarse la investigación de sus documentos
31 Enero 2001 El uruguayo del Inter “Chino” Recoba es declarado extranjero en situación ilegal, al descubrirse la falsedad de su pasaporte.
31 Enero 2001 Asustada por el chaparrón de Francia e Italia, la U.D. Las Palmas convierte en extranjeros a sus jugadores brasileños Álvaro y Baiano, alineados hasta entonces como comunitarios
5 Febrero 2001 Italia descubre 2 nuevos pasaportes ilegales: los de los brasileños del Vicenza Dedé y Jeda
6 Febrero 2001 Aloisio, del St. Etienne, es sancionado con 3 meses de suspensión por su pasaporte “alegal”
7 Febrero 2001 La Federación Española comienza a controlar, ¡por fin!, los pasaportes de sus jugadores comunitarios. Casi habían transcurrido dos años desde que en Italia diesen la voz de alarma.
20 Febrero 2001 Insólito: El Badajoz denuncia a su propio jugador brasileño Sandro, temiendo que el pasaporte portugués con que coló por el cedazo de comunitario pudiera ser falso
23 Febrero 2001 El chileno Pablo Contreras admite no haber tenido nunca un familiar italiano y haberse servido de documentación falsa para ingresar en la liga francesa. Por su parte la Federación gala sancionaba al St. Etienne con la pérdida de 7 puntos por alinear a extranjeros con pasaporte falsificado
26 Febrero 2001 Ante las fundadas sospechas de que el pasaporte comunitario del españolista Delio César Toledo sea falso, la RFEF suspende cautelarmente su licencia. Pocos días antes había marcado un bello gol en el Campeonato de Liga
20 Marzo2001 El guardameta argentino del Alavés Martín Herrera, denuncia a su propio representante en rueda de prensa por haberle falsificado el pasaporte de forma incomprensible, ya que sí poseía ancestros italianos, como acababa de acreditar en un viaje relámpago
18 Abril 2001 Se comprueba que el pasaporte francés del costamarfileño Keita, militante del Oviedo, es falso. El jugador quita importancia al descubrimiento, asegurando está a punto de casarse con una española, lo que le otorgará estatus legal de comunitario

Álvaro Luiz Maior de Aquino (arriba) y Dermival de Almeida Lima “Baiano”. Primeras piedras para cimentar otro escándalo.

Álvaro Luiz Maior de Aquino (arriba) y Dermival de Almeida Lima “Baiano”. Primeras piedras para cimentar otro escándalo.

Por cuanto afectaba a nuestro campeonato, el primer aldabonazo lo dieron en Las Palmas. Los brasileños Álvaro y Baiano habían actuado durante toda la primera vuelta en calidad de comunitarios, gracias a sus pasaportes portugueses. El hecho de que desde la propia Unión Deportiva modificasen su estatus federativo, asombró a propios y extraños. Olía a podrido, y no precisamente en Dinamarca. La explicación aportada desde el club gran canario no hubiera convencido ni al más forofo: “Se trata de futbolistas que pueden actuar como extranjeros o comunitarios -dijeron-. Tenemos acreditado el origen portugués de ambos, pero al haberse producido bajas entre nuestros extranjeros y una vez desechada la posibilidad de fichar en el mercado de invierno, optamos por la modificación de sus fichas hasta final de campaña”.

Como durante esa misma semana Rafaele Guariniello, fiscal jefe del tribunal turinés encargado de investigar los pasaportes falsos del “Calcio”, declarase estar estudiando las documentaciones de algunos extranjeros con pasaporte italiano y militancia en nuestra liga, la Federación Española se vio en la obligación de tomar posiciones. A instancias de FIFA solicitó a todos los clubes de 1ª, 2ª y 2ªB, la remisión compulsada de los pasaportes comunitarios y extracomunitarios existentes en sus plantillas. Una vez en posesión de los casi 400 documentos, la propia Federación comenzó a certificar su autenticidad. Pero, cubriéndose en salud, se esforzó en dejar meridianamente clara su ausencia de responsabilidad sobre las consecuencias de hipotéticas falsificaciones: “Nuestra labor consiste en revisar los pasaportes a la búsqueda de cualquier irregularidad, colaborando con la policía -manifestó un portavoz-. Si se entrevé delito, retiraremos la licencia al jugador y se estudiarán posibles sanciones deportivas. A partir de ahí, los temas serán trasladados a la justicia ordinaria”. Importante precisión, como podrá comprobarse en seguida.

Las primeras licencias suspendidas cautelarmente, aunque sólo durante unas horas, fueron las de Álvaro y Baiano. Alguien debió advertir a los responsables federativos sobre el jardín en que se adentraban imponiendo castigos a toro pasado, y evitaron hacerlo. Baiano y Álvaro, aún en el caso de haber obtenido fraudulentamente sus pasaportes lusos, habían jugado sin ocupar plaza de extranjeros gracias a la licencia expedida por la RFEF. Penalizar sus pasadas actuaciones equivaldría a sentar un venenoso precedente, porque si la Federación no era quién para recelar sobre la autenticidad de los documentos recibidos, conforme argumentaba, en modo alguno debería discutirse la legalidad deportiva de todas sus fichas. ¿Qué ocurriría, en cambio, si continuaban apareciendo más casos y los clubes perjudicados reclamaran la anulación de partidos?. El enroque, por una vez, resultaba fundamental.

Álvaro Luiz Maior de Aquino (Sao Paulo, América y Goias, hasta recalar en el archipiélago canario, y Zaragoza y Levante después) fue cedido al Atlético Mineiro durante lo que restaba de 2001 para regresar a la entidad insular avanzado el Campeonato 2001-02. Dermival de Almeida Lima “Baiano” (Santos, Matonense y Vitoria hasta cruzar el Atlántico) acompañó a Álvaro en su cesión al At. Mineiro y aún integraría el elenco del Santos durante 2002, antes de retornar a Las Palmas de cara a la Liga 2002-03. Regresaron los dos, sí, pero, ¡oh maravilla!, como brasileños. Y nadie osó poner en tela de juicio los partidos en que los de Gran Canaria alinearon a más extranjeros de los debidos. Ni una impugnación. Ni una protesta, siquiera. El recuerdo del “timo de los paraguayos”, durante los 70, invitaba a pisar con precaución tanto en el seno federativo como dentro de los clubes. Otro escándalo semejante hubiera sido el colmo.

Baiano salió para siempre de nuestro fútbol en 2003, rumbo al Palmeiras. Álvaro, en cambio, acabaría obteniendo la nacionalidad española, cumplido el periodo exigido a los residentes. Tan buen futbolista como humilde en lo personal, siempre se mostró agradecido al deporte que lo redimiera: “La bola me sacó de la favela -dijo más de una vez-. Seguro que allí me habría echado a perder, como mi hermano. Se lo debo todo y me siento en deuda”. Campeón de Liga y Copa en Brasil, de los “estaduais” goiana y paulista, en dos ocasiones, también obtuvo la Copa del Rey en 2004 y la Supercopa española ese mismo año. Aunque Baiano dejase menos huella entre nosotros, vestiría la “canarinha” en 10 oportunidades, cantando 2 goles.

Pero el cisco no había hecho sino empezar, y para corroborarlo pronto tuvo lugar otro hecho sorprendente.

Sandro Marqués Santos, denunciado por su propio equipo para ahorrarse el importe de la ficha y no cumplir con lo acordado al incorporarlo.

Sandro Marqués Santos, denunciado por su propio equipo para ahorrarse el importe de la ficha y no cumplir con lo acordado al incorporarlo.

El ya extinto C. D. Badajoz, militante en 2ª División, denunció ante la justicia a su brasileño Sandro, sobre la hipótesis de que podría haber falsificado el pasaporte portugués. Apuntalaba sus sospechas la incapacidad del futbolista para proporcionar a la RFEF un simple certificado de ciudadanía y, consecuentes con la denuncia, apartaron al chico. Tanta honradez parecía extraída del túnel del tiempo. ¿Es que aún quedaban hombres justos en el planeta futbolístico?. Justos sí, según quedó de manifiesto días después, pero poquito… muy poquito. El hoy fenecido C. D. Badajoz, con su gerencia argentina cansada de contabilizar taquillas raquíticas en el Nuevo Vivero, domingo tras domingo, hacía frente a un sustancial recorte de gastos. Para empezar, la carne de vacuno desapareció en los menús de cada desplazamiento, sustituida por las de pollo y pavo, más baratas. ¿No sería la delación un modo de aligerar la plantilla, sin cumplir en su totalidad lo pactado económicamente con el jugador?. Así pareció, sobre todo cuando pusieron en el punto de mira al Levante, club de donde les llegara Sandro.

Sandro Marques Santos, defensa y medio de cierre con notable fortaleza física, había recalado en Lérida, primero, y en el club “granota”, después, como brasileño. Su estancia en Valencia supo aprovecharla no sólo para afianzarse en 2ª División, sino también para obtener pasaporte portugués. Creyéndole ciudadano comunitario, los pacenses pagaron 50 millones de ptas. (300.000 euros) por su traspaso, cantidad que probablemente no hubiese satisfecho nadie -y aún menos el Badajoz, muy cargado de argentinos- si ocupara plaza de extranjero. Demostrada la falsedad documental y el desconocimiento que de la misma tuviera el adquiriente, los pacenses podían hallarse en clara ventaja jurídica para reclamar los 50 millones satisfechos o apalabrados. Y, ¿no quedaría sobreentendida la inocencia del contratante, si éste denunciaba a su pupilo antes de que aflorase cualquier sospecha?.

Resumiendo, Sandro tuvo que abandonar nuestra Liga por la puerta falsa, tras declarar ante el Comité de Competición. Llevaba jugados 24 partidos como albinegro y presumía de un gol. La temporada siguiente, con el Polideportivo Ejido sumido en puestos de descenso, su entrenador, Fernando Castro Santos, pensó en él para reforzar su línea más débil. El muchacho, sin equipo, venía entrenando por su cuenta en Portugal, a la espera de ofertas. Puesto que el asunto de su nacionalidad no había quedado ni medio claro, la junta directiva almeriense solicitó a la Federación un pronunciamiento definitivo respecto a si ocuparía o no plaza extranjera. Toda una papeleta, ya que aceptarlo como comunitario equivalía a desautorizar la denuncia del Badajoz, y además nada garantizaba que con posterioridad volviese a aflorar el escándalo. El bueno de Sandro, sin embargo, probablemente una víctima en tan gigantesco disparate, pudo alinearse con el Polideportivo Ejido a partir de Diciembre de 2002.

Sandro no sería el único defenestrado. El 26 de febrero, la RFEF decidía retirar la licencia al paraguayo Delio César Toledo, cedido al Español por el Udinese italiano durante la reapertura invernal de mercados. Toledo venía siendo investigado en Italia y al llegar a España se cavó definitivamente la tumba, pues resultó sencillo comprobar su inexistencia en el Registro Civil Central y en el registro consular de España en Asunción, lo que imposibilitaba la cacareada nacionalidad. Turbado pero aún gallito, Toledo se defendió asegurando que debía ser español, puesto que había solicitado el documento nacional de identidad en una comisaría y se lo entregaron sin problemas. Poco a poco, empero, fue conociéndose toda la verdad. Para obtener el DNI había manipulado una partida de nacimiento. Y ya con el DNI en su poder, la obtención de pasaporte se reducía a mero trámite.

La RFEF trasladó al Ministerio Fiscal el resultado de sus averiguaciones, concluyéndose que, aparte de la sanción deportiva, el futbolista podía pechar con una condena comprendida entre 6 meses y 3 años de cárcel, más multa accesoria que pudiera ir desde 32.000 ptas. a 18 millones, al encontrarse incurso en el artículo 392 del Código Penal. Como el asunto se tornaba serio, Delio César, buen estratega, optó por el repliegue. Sin despedirse de nadie tomó un avión rumbo al continente sudamericano, donde continuó jugando al fútbol como si nada hubiera sucedido.

El 7 de marzo de 2002 la F.E.F. retiraba por sorpresa la ficha del guardameta argentino Nacho González. Aunque su pasaporte italiano fuese legal, según se desprendía del estudio realizado por el consulado italiano en Buenos Aires, la documentación utilizada para obtenerlo no podía resultar más falsa. Otra vez la Unión Deportiva Las Palmas en el disparadero. Por si no tuviera bastante con su calamitosa situación económica, más problemas burocrático-legales, más sospechas en torno a su muy cuestionada secretaría técnica, más dudas razonables sobre la catadura moral de los intermediarios futbolísticos, en quienes los canarios aseguraban confiar.

El mayor sonrojo, o el máximo alarde de cara dura, habría de protagonizarlo Bruno Marioni (Paraná 15-VI-1975), atacante rápido y menudo, aunque con visión de gol. Y una vez más en el archipiélago canario, aunque ahora sobre suelo tinerfeño y después de pasar por el Villarreal. Quien hasta 1998 se apellidara Giménez, al llegar al Independiente de Avellaneda comenzó a ser Marioni. No contento con la mutación, obtendría el pasaporte italiano merced a un relato propio de culebrón televisivo.

Aunque Bruno Marioni fuese futbolista, pudo muy bien haberse dedicado a la literatura. Imaginación no le faltaba.

Aunque Bruno Marioni fuese futbolista, pudo muy bien haberse dedicado a la literatura. Imaginación no le faltaba.

Según él, su padre, al que hasta entonces ni siquiera conocía puesto que dio la espantada antes de que su pareja  alumbrase, estaba instalando un poste eléctrico en La Pampa cuando se le acercó un anciano. Puesto que la soledad es pesada allá donde los horizontes se difuminan, el diálogo entre ambos apenas si se hizo esperar. Casualmente, ese anciano con ascendencia italiana en primer grado ¡¡¡era el abuelo del futbolista!!!. Al padre desnaturalizado le faltaron minutos para comunicar su descubrimiento, en su deseo de favorecer la carrera internacional de su hijo. Y éste, más o menos como por ensalmo, obtuvo un pasaporte comunitario. Luego se descubriría el  fraude, fue sancionado y vio cómo se le retiraba el documento que jamás debieron expedirle. Ni el anciano era su abuelo, ni existía ascendencia italiana conocida, ni hubo reconciliación con el padre prófugo, puesto que al naufragar el chanchullo, sin fichaje europeo, nada había que repartir.

Marioni hubo de hacer las maletas en 2003, rumbo a Independiente, para pasar después por las filas del UNAM mexicano y Boca Juniors. Y entre tanto, el miedo de nuestros federativos a pasar por consentidores les llevó a emprender una paranoica caza de brujas.

Pedro Iarley Lima Dantas, futbolista aprovechable que primero entró como brasileño y más adelante como falso portugués.

Pedro Iarley Lima Dantas, futbolista aprovechable que primero entró como brasileño y más adelante como falso portugués.

Durante el ejercicio 2000-01, la A. D. Ceuta, de 2ªB, se hizo con los servicios de la pareja brasileña Mairton Paulinho Da Silva y Pedro Iarley, medio y delantero respectivamente, ambos con pasaporte portugués. No debieron antojarse muy limpios sus documentos, sin embargo, porque fueron cedidos al Melilla, también de 2ªB. Mairton llevaba disputados 14 partidos con los melillenses y Pedro Iarley 29, anotando 10 goles, cuando el 3 de marzo de 2001 la F.E.F. suspendió sus licencias, tras detectar irregularidades en los dos pasaportes. El Melilla había hecho gala de buenos oficios en el pasado, cuando el argentino Carlos Ernesto Fontana, luego de una aceptable trayectoria en el Jerez Deportivo, Castellón y Dpvo. de La Coruña, estuvo a punto de no alinearse en 2ªB a causa de su condición extranjera. Si aquella directiva se las arregló para acreditar, mediante el testimonio de un miembro de la comunidad hebrea en dicha plaza, que los abuelos del jugador habían nacido en Tetuán durante el Protectorado, nada pudieron esta vez ante la fuerza de las pruebas. Iarley y Mairton tendrían así el dudoso honor de convertirse en los falsarios más modestos.

Lo más llamativo es que Iarley había ingresado como brasileño en el Real Madrid B unas campañas antes. ¿Tan mal andaba todo el mundo de memoria?.

El fútbol, o parte de él, semejaban haber caído en manos mafiosas. Lamentable, aunque en cierto modo previsible. Que cierta delincuencia llegara a parasitarse en él, ya daba para derramar alguna lágrima. Pero que policías, jueces, fiscales, o funcionarios de inmigración tuvieran que descender hasta el césped para atajar el problema, no hubiera cabido ni en la mente más fantasiosa.

El fútbol y sus a menudo confusos atajos, pasadizos oscuros y zigzagueantes vericuetos.




Un soborno de manual

Raros son los finales de temporada sin sospechas de amaño. Desde resultados extrañísimos hasta espectáculos bochornosos, coreados en la grada con gritos de “¡Tongo,tongo!”, nuestro fútbol ha generado casi de todo. Empates a cero sin disparos a puerta, donde ambos contendientes certificaban la salvación condenando a un tercero, meletines viajeros, conversaciones telefónicas harto elocuentes, intercesiones reñidas con cualquier ética, jugadores imprudentemente lenguaraces, primas a terceros… Habitualmente, sin duda porque probar amaños resulta mucho más que difícil, este tipo de prácticas se han saldado con absoluta impunidad. Y es lástima que los trileros aniden en un deporte capaz de mover tanta o más ilusión que dinero. Hoy, cuando judicatura y fiscalía investigan el extraño 1-2 en aquel Levante – Zaragoza que contra todo pronóstico pusiera en 2ª División al Deportivo de La Coruña, se antoja buen momento para repasar el soborno más diáfano de los últimos tiempos. Un soborno con luz y taquígrafos, puesto que hubo conversaciones grabadas, la guardia civil presenció la entrega del dinero y al corruptor sólo le quedó reconocer culpas. Fue un caso relativamente reciente, y sonado, aunque circunscrito al ámbito de la modestia. Veamos, pues, los hechos.

Burgos, Zamora, Ponferradina y Palencia (en realidad C. F. Palencia-Cristo Olímpico, tras desaparecer aquel otro Palencia que durante sus mejores días conociese la categoría de plata) habían partido como favoritos en el grupo castellanoleonés de 3ª División para del ejercicio 1996-97. Igual que hoy, los cuatro primeros quedaban clasificados para una fase de ascenso a 2ªB. Pero como suele ocurrir a menudo, el desarrollo de la competición iría colocando a cada cual en su sitio.

La “Ponfe”, ese año, no reparó en medios a la búsqueda del logro. El fallecido no ha mucho Manuel Peña, internacional en categorías inferiores y contrastado en 1ª bajo los pabellones de Valladolid y Zaragoza, constituía su gran apuesta. Para el banquillo otro hombre contrastado: José Ignacio López Sanjuán, con paso por Gimnástico de Tarragona, Vinaroz, Villarreal, Lérida, Cultural Leonesa, Almería o Tenerife Sur. Echó a rodar el cuero y las cosas fueron marchando razonablemente bien para los bercianos durante setiembre, octubre y noviembre, aún con los más o menos lógicos tropiezos. A partir de Navidad, algo pareció ir cambiando. Los contrarios se les resistían, les costaba ver puerta, e incluso físicamente daban la impresión de ir a menos. Tras caer derrotados ante el modesto C. D. Nava Molduras por un  contundente 3-0 en Nava de la Asunción (jornada 25), el entrenador era destituido, pasando a ocupar su puesto el secretario técnico Antonio Galarraga, hombre de la casa que apenas tres años antes lograra evitar la disolución del club al rebajar, mediante laboriosos pactos, la deuda denunciada por los futbolistas en los despachos federativos.

Soborno01Pero este relevo no hizo que el panorama se iluminase mágicamente. Un pésimo despliegue en Béjar había presagiar lo peor, y ese mal de males culminó concretándose ante el Burgos C. F., vencedor en Ponferrada por 1-3. Palencia, C. D. Salmantino y Zamora, bien al contrario, daban la impresión de ir a más.  Había que reaccionar. O se hacía algo de inmediato, o el 4º puesto, y con él las posibilidades de ascender a 2ªB, se esfumaban sin remedio. Y alguien, entonces, reaccionó del peor modo ante el presidente del Ríbert.

Este modesto club de la capital salmantina, por más que tras alcanzar un acuerdo con el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo disputase sus partidos como local en campo mirobrigense, se había convertido en involuntario juez y árbitro. Primero debía recibir en su feudo adoptivo a la “Ponfe”, y a renglón seguido medirse ante el Zamora. Por lo tanto aquellos 6 puntos en litigio muy bien pudieran descolgar de la cuarta plaza a uno de los rivales. Demasiada tentación para quien uniendo a sus muchas tragaderas piadosa manga ancha, estuviese sordo, pero que muy sordo, ante su propia conciencia.

Así las cosas, una mañana el presidente del Ríbert recibió la llamada de cierto “representante de la Ponferradina”, proponiéndole pactar. Este presidente sabía moverse dentro y fuera del fútbol: con respecto al balón, porque ostentaba la vicepresidencia de la Federación Castellano – Leonesa; en la vida civil, puesto que regentaba con éxito un conocido comercio de confección. Llamó a varios periodistas de Salamanca y cuando por la tarde volvió a sonar su teléfono, la conversación fue íntegramente grabada. Sigue a continuación un extracto de la misma, según lo recogido en prensa salmantina y leonesa, dejando constancia de que para su mejor comprensión se consignan en negrita las frases del “intermediario berciano”:

         “-Bueno, y cómo hacemos. ¿Entregamos la mitad allá y la otra mitad al final?.

            – Sí, claro, Yo creo que es lo mejor, ¿no?.

            –Pues venga, de acuerdo.

            -Porque si no, ¿cómo les digo yo a los jugadores…?

            –Vale, vale, de acuerdo. La mitad antes de empezar la otra mitad después.

            -¿Y cuánto?.

            –¿Ciento setenta y cinco?.

            -Ciento setenta y cinco la mitad, y luego ciento setenta y cinco al final.

            –No, no, no. Es un total.

            -Dijo usted esta mañana trescientas, ¿no?.

            –Sí, hombre, pero hablamos de los dos partidos.

            -¿Cómo de los dos?. ¿Del partido de Zamora?.

            –Claro.

            -El partido de Zamora es otra historia.

            –Claro, hablamos de 175 cada partido.

            -Por 175.000 me mandan a tomar por el culo a mí, hombre, no joda…

            –Son casi 400.000.

-¿Por los dos partidos?.

Claro.

-No, son 350.000.

Bueno, son 350.000.

-Joder. Si por ganar al Zamora… ya entra dentro de sus posibilidades ganar al Zamora. Eso no tiene nada que ver. Estamos hablando del partido ante la Ponferradina.

Si hablamos del de mañana, 175. Venga, lo dejamos en 200 y ya terminamos con este rollo.

-Venga, 200, vale. Y 200 el otro partido.

Y 200 el otro partido.

-Pues venga, vale.

Alcanzado el “acuerdo” fundamental, quedaba por consensuar cómo se entregaba aquel dinero. El presidente del Ríbert, muy en su rol de cebo, formuló comprensibles objeciones: “Yo voy con mi mujer y no quiero meterla en estos jaleos. Prefiero que vayan a esto los que viajan solos con el equipo normalmente. Isidro, seguramente, porque el otro también entrena y a lo mejor viaja a Valladolid con el cadete. No sé si podrá ir, pero si no, Isidro”.

El “emisario de la Ponferradina” no parecía traslucir ninguna suspicacia, como si la cuestión le resultase conocida. Ni siquiera mostró reparos sobre el sitio y hasta llevó la voz cantante en la mecánica de entrega, según se desprende de la conversación grabada:

“-En el Conde Rodrigo. ¿A qué hora están ustedes?. ¿A las 12 están allí, no?.

-Sobre la una. Entonces yo voy a mandar un sobre cerrado que nadie va a saber lo que va allí.

-No, claro, por supuesto.

-Incluso la persona que lo va a llevar no va a saber nada.

-No, vale, vale.

-Preguntáis al entrenador mismo.

-¿Al entrenador se lo pedimos?.

-Sí. Yo le voy a decir al entrenador: Oye, llévame este paquete, o este sobre, que va a ir un amigo mío a pedirlo.

-Exacto, bien, vale.

-Entonces van allí y preguntan por él.

-Vale, vale.

-El entrenador les da el sobre.

-De acuerdo.

-¿Y la otra parte cómo la hacemos?.

-La otra parte al finalizar el partido. Pues… ya es más complicado.

-La otra parte…

-Es que es más complicado que la hostia.

-Vamos a ver.

-Es igual, hombre, si no pasa nada. Si yo le digo que pierden pues pierden y punto.

-Sí, hombre, sí. Pero si en eso estamos de acuerdo. Es un poquito la forma de hacerlo. Que ni el entrenador ni el jugador estén implicados.

-Los jugadores tienen que saberlo, oiga, porque si no…

-Hombre, ya, hablo de los de aquí.

-Ah, bueno, eso no tiene que ver. Por eso le digo que al principio y punto.

-Vamos a ver… Bueno, mire, ya lo sé. Allí primero va a ir uno. Pedro, Isidro, o el que sea.

-Sí.

-Entonces, pregunta por el entrenador…

-Sí, que si le ha enviado una cosa para él.

-Efectivamente. Y entonces se la da. Le dice que si no han traído otra cosa para… Vamos a ver, supongamos que va Pedro.

-Sí, sí.

-Y le dice, oye, soy Pedro. Vengo a por un paquete que me han mandado.

-Sí.

-Bien, entonces se lo da. Entonces este Pedro le dice, ¿no hay otra cosa para Isidro?.

-Sí, vale, de acuerdo. O al revés.

-Y entonces le dice, cuando termine el partido vengo a por lo de Isidro.

-O al revés.

-O al revés. ¿Entiendes?.

-Sí, sí.

-Y lo hacemos así.

-Venga, perfecto.

-Pues allí nos vemos.

-Venga, de acuerdo.

-Hasta luego.

-Hasta luego”.

La Guardia Civil, de paisano, esperaba al “emisario” en el lugar convenido para la entrega. Habrían sido testigos, por lo tanto, de cómo aquellas 100.000 ptas. cambiaban de manos. Así se aseguró inicialmente, si bien días más tarde trascendió -nunca por boca de la Guardia Civil, desde donde se observó escrupulosamente el secreto sumarial- que a última hora el “emisario” prefirió dejar su paquetito -una caja de puros conteniendo el sobre con 100.000 ptas. en billetes de 5.000- sobre un radiador del Hotel Conde Rodrigo. De cualquier modo, los guardias no intervinieron entonces. Había que seguir soltando carrete.

Estaba a punto de iniciarse el partido -domingo 20 de abril de 1997- cuando desde una emisora de radio -Onda Bierzo- se anticipó que aquel choque podía estar “arreglado”. Eran muchos, demasiados los periodistas conocedores del trapicheo, para que ninguno de ellos cediese a la tentación de apuntarse la primicia.

La Gaceta de Salamanca recogió el instante en que la Guardia Civil identificaba al entrenador de la Ponferradina.

La Gaceta de Salamanca recogió el instante en que la Guardia Civil identificaba al entrenador de la Ponferradina.

Sobre el césped, los chicos del Ríbert ni muchísimo menos ponían las cosas fáciles. Tanto, que comenzaron adelantándose en el marcador con un golazo por la escuadra, obra de Diego, en el minuto 50. Hasta el 85 no pudo la “Ponfe”, pese a sus múltiples intentos, igualar el tanteador merced a un cabezazo de Mariño tras botarse el enésimo córner. El gol de la victoria berciana llegaría en el minuto 5 de la prolongación, rematando Aláez, también de cabeza, un centro desde la derecha. Para cualquier espectador, allí no hubo nada anormal por cuanto respecta al comportamiento de los jugadores. Si acaso sorprendió la incomprensible propina de 10 minutos concedida por el árbitro, Canal de las Heras, cuya labor, sin embargo, fue unánimemente alabada en las crónicas. Obviamente, ni el pacto telefónico ni las 100.000 ptas. depositadas sobre el radiador, habían influido en el resultado. Pero la Guardia Civil, con los jugadores recién duchados, requería la documentación de Antonio Galaraga, el entrenador berciano. Fue cuanto los reporteros necesitaban para voltear con brío sus campanas.

El presidente de la Ponferradina no salía de su asombro. “¿Cómo que se ha arreglado este partido?. ¿Desde dónde?. ¿Cuándo?. ¿Cómo?. Si cojo al hijoputa que ha inventado todo eso le retuerzo el pescuezo”. Y el aluvión de informaciones, cada cual más alarmante, le hizo pasar durante las siguientes dos horas por todos los estados de ánimo: incredulidad, estupor, indignación, frustración, abatimiento… Quienes le conocían no dudaban, ni entonces ni transcurridos 10 años, de su absoluta inocencia: “Nadie menea a todos los santos de sus peanas y acaba llorando igual que un chiquillo, como él hacía, sin ser honesto a carta cabal o ganar varios Oscar en Hollywood”. Al día siguiente, lunes 21 de abril, Diario de León dedicaba su portada y dos páginas completas al chanchullo, reproduciendo la transcripción del pacto telefónico. La Gaceta de Salamanca, pese a que su sección deportiva estuviese habitualmente colonizada por la ya extinta Unión Deportiva, hacía lo propio. Sólo quedaba saber quién era el famoso “emisario”. Y esas dudas se disiparon tan pronto la llamada interceptada comenzó a sonar en los receptores de radio. Aquella voz correspondía al propio entrenador berciano.

Así abrió Diario de León su edición correspondiente al lunes 21 de abril.

Así abrió Diario de León su edición correspondiente al lunes 21 de abril.

Ese mismo lunes, hacia mediodía, Galarraga presentaba su dimisión, si bien durante la rueda de prensa su presidente afirmaba que ésta no era tal, sino una destitución en toda regla. Ante presidente y entrenador, el portavoz de la Junta Gestora leyó la siguiente declaración, firmada por el inculpado:

“Yo, D. Antonio Galarraga González, mayor de edad, vecino de Ponferrada, con D.N.I. Nº 10.010.279, DECLARO POR MI HONOR: Que el único responsable de las actuaciones que se le imputan a la Sociedad Deportiva Ponferradina, dirigidas a predeterminar el resultado del partido de fútbol entre la SD Ponferradina y el RCD Ríbert, soy yo, D. Antonio Galarraga González, desconociendo totalmente estos hechos los directivos y jugadores de la Sociedad Deportiva Ponferradina”.

Lisardo Rodríguez, presidente de la Ponferradina, mira con cara de circunstancias a su hasta ese momento entrenador, durante la rueda de prensa inculpatoria.

Lisardo Rodríguez, presidente de la Ponferradina, mira con cara de circunstancias a su hasta ese momento entrenador, durante la rueda de prensa inculpatoria.

A continuación, el abogado de la entidad, Víctor Faba Yebra, declaró cerrado el expediente informativo, resolviendo que el único responsable era Antonio Galarraga y tras su dimisión quedaba limpio el buen nombre del Club. Demasiado simple todo, cuando tantas preguntas continuaban sin respuesta. ¿De dónde había salido el dinero, por ejemplo?. ¿Cómo se le ocurrió al entrenador semejante disparate?. ¿Temía las consecuencias de su acto?.Puesto que los informadores llenaban la sala, el  dimisionario, o despedido, fue desgranando respuestas, unas merecedoras de sonrojo, otras medio desmintiendo, aunque sin desmentir del todo, el documento de inculpación recién firmado: “Las consecuencias son graves y alguien tenía que hacerse cargo de la responsabilidad, por el bien del club. Pero no estoy de acuerdo con lo que se ha publicado, porque algunas cosas están manipuladas. Habrá acciones judiciales, y ahora me voy por razones personales”. ¿Acaso no quería reconocer los hechos?, se le inquirió. ¿No había pruebas irrefutables?. Y él enhebró un mensaje bastante fútil: “Yo no veo intento de soborno. Simplemente hay una conversación y una manipulación. No soy consciente de haber entregado ningún dinero a nadie y tampoco recuerdo quién me dio el paquete, porque es habitual que cuando viajes venga alguien a entregarte algún envío para alguna persona de la localidad a la que te diriges”. Si algo no podía negarse era la conversación telefónica, aunque incluso para este punto tuvo respuesta más bien desconcertante: “Reconozco que hubo conversación, pero eso que ha salido es un montaje. Ellos fueron los que se pusieron en contacto conmigo y con otras personas del club, pero aquí hay cosas que yo no recuerdo siquiera haber comentado. Por eso hablo de montaje”. ¿Y su futuro?. ¿No le preocupaba?: “Yo no estoy preocupado por mi imagen, porque la gente que me conoce sabe cómo soy de verdad y tengo la conciencia tranquila”.

El portavoz de la gestora, Francisco Jordán, puso broche a la comparecencia manifestando: “La imagen de la Deportiva debe quedar a salvo, porque los responsables somos los que estamos aquí, y yo lo que pido a la gente es que olviden todo y animen al equipo el domingo”.

Pero por una vez, ni desde la Federación Castellano – Leonesa ni en el seno de la Guardia Civil, parecían estar dispuestos a olvidar. Huelga añadir que los informadores tampoco dieron carpetazo al asunto. Si Diario de León se explaya sobre el particular con 3 páginas en su edición del martes 22, los medios estatales ni mucho menos desviaron la atención. Las dos estrellas radiofónicas del momento, José Ramón de la Morena, en la cadena SER, y José María García, en la COPE, entrevistaron a Antonio Galarraga. Ambos trataron inútilmente de averiguar quién le había dado el dinero, y como su entrevistado se cerrase en banda, los dos, cada cual a su manera, se despacharon a gusto: “Quitadme a este tipo de delante, que me da asco”, zanjó el de la SER. José María García fue quien más minutos y mayor profundidad dedicó al affaire, contando con presidente y vicepresidente de la “Ponfe” en un estudio de COPE Ponferrada, y el ex-entrenador en otro. Al presidente Lisardo Rodríguez volvían a escapársele las lágrimas, rememorando el terremoto vivido en Ciudad Rodrigo y durante el retorno al Bierzo. Galarraga siguió mostrándose fiel a su discurso. Luego de haber dedicado casi todo su programa al affaire sin vislumbrarse un vestigio de luz, García clamó: “Antonio, ¿tú eres tonto?. Llevamos aquí media hora preguntando lo mismo y tú sin contestar quién te ha dado las 100.000 ptas. Se te va a caer el pelo si continúas comiéndote tú solito el marrón”.

El mismo martes 22, la fiscalía de Salamanca recibía el informe, por si fuere precisa su actuación. El miércoles, los gestores de la Ponferradina volvían a proclamar su inocencia, al tiempo de mostrar sus cuentas como evidencia de que el dinero no había salido de la entidad. El jueves llegaba a la ciudad templaria el asturiano “Nino” Cubelos, nuevo entrenador del equipo. Y el viernes, ante las declaraciones de Galarraga asegurando que su conversación había sido manipulada, la cinta magnetofónica era puesta en manos policiales, para su análisis. La única buena noticia en aquella desastrosa semana para los bercianos llegaría el domingo, con el triunfo de su equipo por 3-0 ante la Gimnástica Segoviana.

Tanto el club, como las instituciones ciudadanas, pusieron especial empeño en desligarse del escándalo. Una vez más, toda la culpa recaía en el chivo expiatorio.

Tanto el club, como las instituciones ciudadanas, pusieron especial empeño en desligarse del escándalo. Una vez más, toda la culpa recaía en el chivo expiatorio.

Pese a que los hechos pareciesen hablar por sí mismos, en los ambientes deportivos de Ponferrada fue tejiéndose un entramado de especulaciones, con algún eco social gracias a ciertos medios. ¿Y si de verdad alguien se hubiera puesto primero en contacto con Galarraga desde el Ríbert?. ¿Por qué nadie apuntaba hacia Zamora, cuando los zamoranos, habida cuenta del pulso que sostenían con la “Ponfe”, sin duda iban a ser beneficiados?. ¿Acaso podía salir favorecido alguien más?. ¿Un optante a la presidencia, quizás?. ¿Alguien que quisiera pescar en río revuelto, erigiéndose luego en salvador de escollos?. ¿Qué hacía la Guardia Civil, sin seguir el rastro de dinero incautado?. Sobre este particular, al menos, iban errados, puesto que según trascendió quedaron anotados los números de serie de cada billete, por si de ahí las oficinas bancarias pudiesen aportar algo. La competición, entre tanto, seguía avanzando.

El 11 de junio, recién cumplidos por la Ponferradina sus primeros 75 años, el juez único de la federación Castellano – Leonesa, Miguel Mambrilla, daba por anulado el resultado del partido Ríbert – Ponferradina, restaba tres puntos al equipo berciano y sancionaba a su por aquella época entrenador, Antonio Galarraga, con 5 años de suspensión en el ejercicio de labores técnicas. Justo un día antes, Lisardo Rodríguez daba el relevo a un nuevo presidente, a un repetidor, en realidad, puesto que Delfrido Pérez, el entrante, había regido la institución tres años atrás. Y las primeras palabras de éste, tras su toma de posesión, no puede decirse fueran afortunadas: “Galarraga ha hecho mucho más por este club que muchas de sus anteriores juntas directivas”. Olvidaba que Galarraga, aparte de enfangar el nombre de una entidad modélica, pudo muy bien haber descerrajado sobre su escudo un tiro mortal.

Las sospechas de los más suspicaces volverían a tomar algún cuerpo en días sucesivos, al hacerse público que Miguel Losada, entrenador del Ríbert charro durante la recién finiquitada campaña, fichaba precisamente por el Zamora, recién ascendido a 2ªB tras haberse encaramado in extremis al 4º puesto de la tabla. Pero ahí quedó todo. Jamás se supo qué había ocurrido con las otras 100.000 ptas., las que deberían haberse hecho efectivas al finalizar el lance Ríbert – Ponferradina, de dónde procedían los billetes, o si alguien hizo creer a Galarraga que desde la entidad salmantina pudieran ser permeables a cualquier tipo de manipulación antideportiva. Y es que increíblemente, al haber quedado los bercianos fuera de la fase de ascenso y no existir damnificados de rebote, puesto que incluso con un partido menos (el anulado ante la “Ponfe”) los del Ríbert ocupaban un cómodo 9º puesto en la clasificación definitiva, los federativos no quisieron meterse en más líos.

La Sociedad Deportiva Ponferradina mantuvo su categoría, clasificándose sin éxito para la fase de ascenso a 2ªB en el siguiente ejercicio, y obteniendo por fin el ascenso en el play off relativo a 1998-99. Unos años después, cuando al Ríbert le tocó descender por su mal juego sobre el césped, quien fuere presidente de los blanquiazules durante tan lamentable affaire, Lisardo Rodríguez, enviaba al del club charro, Vicente Rodríguez, un telegrama inspirado por ese erróneo concepto del honor, desgraciadamente tan extendido en el deporte: “A cada cerdo le llega su San Martín”, decía.

Un soborno de manual, quizás el más flagrante de cuantos hayan podido tener lugar en nuestro fútbol, volvía a resolverse con carpetazo, incienso y flores. A quien hoy preside de la Liga de Fútbol Profesional, el Sr. Tebas,le asiste la convicción de que cada temporada se manipula en nuestras categorías profesionales no uno, sino varios resultados, y asegura estar decidido a arremeter contra tanta impunidad. Veremos en qué quedan las investigaciones sobre el Levante –Zaragoza, si no se diluyen en aguas mansas, como ocurriese con otro Levante – Athletic donde los bilbaínos se jugaban el descenso, hubo una llamada telefónica como mínimo sospechosa, y a ciertos temibles defensas “granotas” sólo les faltó vestir levita cuando saltaron al césped, para ser confundidos con mayordomos tan educados como corteses. En cualquier caso es muy probable que ni la Liga de Fútbol Profesional, ni fiscales o jueces, tengan nunca ante sí manejos tan diáfanos como el que un día no quisieron abordar en profundidad los federativos castellanoleoneses.




Ángel Caballero: un seleccionado singular

En 2007 Félix Martialay publicó “Todo sobre todas las selecciones”, imprescindible prontuario acerca de las selecciones nacionales inferiores, desde Sub-15 hasta Sub-23, incluyendo los cuadros olímpico y militar. Entre sus 799 páginas de apretada tipografía, con miles de alineaciones y decenas de miles de futbolistas, casi todos citados mediante filiación completa, no figura Ángel Caballero. Y debería hacerlo, puesto que fue convocado por el seleccionador nacional juvenil, Eusebio Martín, para el partido que España disputó ante Italia, en Sevilla, el 2 de marzo de 1963.

AngelCaballero01Ángel Caballero Saiz (Burgos 19-IX-1944), medio más potente que técnico, jugaba entonces en el Juventud Círculo Católico de la capital burgalesa, un clásico en la 3ª División castellana. Henchido de ilusión llegó a Madrid, donde habría de ejercitarse durante unos días con sus coyunturales compañeros. Ensayo de jugadas, disparos a balón parado, rondos, achiques defensivos, ensamblaje táctico entre líneas… Lo imprescindible para que el seleccionador pudiera hacerse una idea sobre los mimbres con que contaba y armara el cesto.

Entonces, como hoy, cada jugador llevaba sus botas. Sin embargo la Federación Española prestaba, para entrenar, un chándal y zapatillas de lona con refuerzo de goma en la puntera. Playeras, en suma, aunque durante los 60 y primeros 70 fuesen ascendidas a “botas de baloncesto”. Pues bien, una de las que a él le tocaron, sobreviviente a múltiples ejercicios, carecía de cordón para abrocharla. Inútilmente revolvería todo el vestuario con ayuda del utillero, en busca de una cuerda y así apañarse. No la había. “Ni cuerda, ni cinta para sujetar medias, ni nada” -gruñía el responsable del material- “Aquí no hay nada”. Al fin tuvo que empalmar dos trozos de cordón y saltarse varios ojales, puesto que seguía sin lograr la longitud necesaria. Otros tiempos, qué duda cabe.

El estado del material federativo en el arranque de los 60 dejaba mucho que desear. Aquella era otra España, irreconocible para los juveniles de hoy.

El estado del material federativo en el arranque de los 60 dejaba mucho que desear. Aquella era otra España, irreconocible para los juveniles de hoy.

España alineó en el estadio Sánchez Pizjuán a Rodri; Castellano, Martos, Aranguren; Santi, Roberto; Cruz, Pirri, Landa, Uriarte y Gonzalo. Fidel Uriarte Macho, que como “Chuchi” Aranguren ya había debutado con el primer equipo de San Mamés, era el gran capitán de aquel conjunto. Puesto que no podían efectuarse sustituciones, a excepción de la del guardameta y aún ésta mediando lesión del titular, sólo se vestían de corto 12. Y a él le tocó ser espectador, junto a los más adelante futbolistas de muchos quilates Bartolomé Llompart (pilar de un gran Elche durante 12 años, junto a Pazos, Ballester, Iborra, Canós, Lico, Marcial, Curro, Lezcano, Vavá, Asensi, un Ángel Romero ya en horas bajas, o Casco), Arieta II (internacional absoluto y sucesor de su hermano en el Athletic bilbaíno, por más que colgase las botas defendiendo los intereses del Hércules, luego de 10 campañas vistiendo de rojiblanco), Joaquín Sierra “Quino” (también internacional senior y estrella bética antes de recalar en el Valencia, despedirse en el Cádiz y luchar por los derechos de sus compañeros desde la presidencia de AFE), o el asturiano Ángel Abelardo (Valencia C. F. y Sporting de Gijón). Cuando el árbitro suizo Karl Keller señaló el final de la contienda, los italianos se dieron por satisfechos con el empate a dos. Once días más tarde, en el campo romano de Flaminio, eliminaban a los nuestros imponiéndose por un apretado 3-2.

Liquidación de dietas por desplazamiento a la concentración de Madrid, ante el partido contra Italia. Expedida a favor de Ángel Caballero.

Liquidación de dietas por desplazamiento a la concentración de Madrid, ante el partido contra Italia. Expedida a favor de Ángel Caballero.

Sorprende que España pudiese caer con un elenco tan apañado, máxime si lo comparamos con el equipo adversario, donde únicamente “Giggi” Riva, estandarte del mejor Cagliari, alcanzaría el estrellato. Incluso Bercellino, autor de los dos tantos en Sevilla y del inaugural en Roma, quedaría un tanto diluido entre los grandes. Buena parte de los nuestros, en cambio, encontraron en el fútbol bastante más que un porvenir. Rodri sucedería al valenciano Mut bajo los 3 palos del Sevilla, y luego aún defendió el marco de Mendizorroza, cuando se decía que el Deportivo Alavés era un Barça de 2ª. Francisco Castellano, primero con Guedes a su lado y después formando pareja con Niz, Felipe o Germán, se eternizó en el viejo Insular de Las Palmas. También Aranguren fue otro eterno en el Athletic, como el ya comentado Fidel Uriarte o Santi, Santiago Gutiérrez Calle, en Santander. Pirri llenaría varias páginas de oro en el Real Madrid, entre la sexta Copa de Europa y el tránsito a la masiva incorporación de extranjeros. Landa, por su parte, si bien dejara  sentado que nuestra máxima categoría no le quedaba grande, tal vez apuntase más de lo que pudo dar en el Real Valladolid o el Betis. Antonio Gonzalo, en fin, gran esperanza del fútbol catalán, habría de quedar difuminado, quién sabe si por aquello de que toda regla debe incluir la excepción. Uno por uno, los españoles habrían de acreditar a posteriori más que sus oponentes. Pero la categoría juvenil englobaba a jóvenes desde 15 hasta 17 años, y los azzurri siempre han sido selección muy competitiva. Mientras numerosas Federaciones componían conjuntos con adolescentes prometedores y chicos un poco más curtidos -Rodri o Quino, por ejemplo, sólo contaban 16 años-, Italia solía elegir a quienes frisaban la edad límite reglamentaria.

Sin haber debutado como internacional, pero no por ello insatisfecho, Ángel Caballero regresó a Burgos. Lo natural hubiese sido acabar en el seno del ya extinto Real Burgos, por aquella época en 2ª División, puesto que en la cantera burgalesa no abundaban precisamente los preseleccionados nacionales. Sin embargo hubo de permanecer dos temporadas más en el Juventud, probablemente porque su directiva buscara resolver problemas financieros traspasándolo. Y entre el pido y no doy, a los mandamases del Burgos se les agotó la paciencia.

Durante el verano de 1965, sin cumplir aún los 21, puso proa hacia el mar, suscribiendo la cartulina del Rayo Cantabria, filial de un Racing que por imperativo franquista seguía llamándose Real Santander. Para entonces ya se había asegurado un rinconcito en la historia del fútbol burgalés, pues formó parte del equipo que jugara el último partido oficial en Zatorre (26-IV-1964), zanjado con victoria ante el Europa Delicias por 1-0. Y a punto estuvo de redondear la anécdota, inaugurando las nuevas instalaciones de El Plantío. Se le adelantó el Burgos (13-IX-1964) derrotando 2-0 a la bilbaína Sociedad Deportiva Indauchu. Él y sus compañeros del Juventud sólo pudieron disputar el segundo choque, una semana más tarde. Pero eso sí, redoblarían el triunfo burgalés con un 4-0 ante el Astorga.

Los de la capital cántabra fueron días de esperanza. Cada campaña solían ser varios los jóvenes llamados a dar el salto desde 3ª División hasta la categoría de plata, donde competía el primer equipo santanderino. Sin embargo habrían de ir pasando los meses, huérfanos de oportunidades. Tampoco ayudaba que la directiva racinguista, en su deseo de escalar a la máxima categoría, depositase golosamente sus pupilas en hombres ya contrastados. Pero sí tendría, en cambio, ocasión de participar en “Volver a vivir”, la coproducción hispano-italiana que Mario Camus, con Raf Vallone en el papel principal, rodase en las instalaciones del viejo Sardinero.

Era una película sobre fútbol, en cuyo metraje abundaban lances de partidos reales. Pero claro está, también hacía falta filmar secuencias de entrenamientos, y éstas con Vallone impartiendo órdenes, corrigiendo posiciones o arengando a sus huestes. Escenas no de entrenamientos reales, sino recreadas exprofeso, para cuyo concurso se abrió el portillo a los jóvenes del Rayo Cantabria.

Programa de mano sobre la cinta rodada en el viejo Sardinero. Su fotogénica tribuna lucía espléndida en blanco y negro.

Programa de mano sobre la cinta rodada en el viejo Sardinero. Su fotogénica tribuna lucía espléndida en blanco y negro.

“Una experiencia tan curiosa como divertida, y además nos pagaron muy bien”, reconocía Ángel, recién cumplida la setentena. “Después, en el cine, quedaba ese morbo de ver si habrían dado por bueno tal o cual plano, donde te filmaron de lleno. Por cuanto a mí respecta, salía en varias tomas fugaces”.

Sin advertirlo siquiera, el antiguo preseleccionado juvenil empezaba a fraguar su más que singular biografía futbolística.

En 1967, con 22 años, suscribía la ficha del Real Valladolid. Durante la semana y siguiendo sucesivamente órdenes de Molinuevo, Orizaola y Barrios, entrenaba junto a De la Cruz, Docal I, Lizarralde, Aguilar, Álvarez, Quique, Salvi, Melo, Román, Molina, Lorenzo, Lasa, Gatell o Lariño, componentes de la primera plantilla. Y los domingos se alineaba con el Europa Delicias, feracísimo vivero del que iban a surgir figuras tan destacadas como Cardeñosa. “Compartía pensión con Quique, que era leonés, Alberto, asturiano, y Melo, extremeño. Los tres serían fichados por el At. Madrid. Más que amigos parecíamos hermanos, puesto que siempre andábamos juntos. Eso es lo mejor que deja el fútbol: la relación personal, el recuerdo de unos años magníficos y tanta ilusión compartida. Porque los buenos propósitos dejan mucho mejor sabor de boca cuando se comparten”.

Fueron dos temporadas en el antiguo Zorrilla, llegando a debutar como blanquivioleta durante la segunda, el 16 de febrero de 1969, obteniendo un valioso empate en El Clariano ante un siempre animoso Onteniente. Después otra campaña junto al Ebro, vistiendo la camiseta del ya desaparecido Club Deportivo Logroñés. Y desde allí hacia México, en compañía de Docal I (José Antonio Docal Nates; Laredo, Cantabria, 7-XII-1944), contratados por el Oro de Guadalajara. Allí se encontraron con Ángel Suárez Martínez, murciano de Aljúcer que había lucido su cabellera pelirroja por toda nuestra geografía como futbolista del Barcelona Aficionado, Puigreig, Condal, Gimnástico de Tarragona, Cartagena, Betis, Cádiz, Celta de Vigo y Badajoz: “!Anda!, dijimos. ¿Y éste qué hace aquí?. Encima jugando de delantero centro”.

Suárez (28-VIII-1939) se había iniciado como interior de ataque o ariete, llegando a sumar en tal demarcación 22 goles durante la temporada 1960-61, para gozo del Cartagena y su hinchada. Y aunque el Betis lo adquiriese como complemento atacante, Ferdinand Daucik, siempre propenso a los experimentos, quiso sacarle más provecho situándolo en la zona ancha e incluso como defensa central. Semejante ocurrencia habría de perjudicarle mucho, pues no en vano para el puesto de central debía competir con Eusebio Ríos, a la sazón uno de los mejores en nuestra liga, en tanto la zona ancha bética pertenecía a Martínez, malogrado infaustamente tras fichar por el At. Madrid. Al Real Club Celta había llegado como centrocampista y lo mismo a Badajoz, cedido durante una campaña por los vigueses. Sólo al desembocar en México, rondando la treintena, pudo reencontrarse con el dorsal número 9. Lo que ni Docal ni Caballero sabían es que un año antes hubiese dejado la camiseta celtiña para vestir la áurea, y que en el viaje le hubiesen acompañado otros dos españoles: Iborra, hijo del guardameta barcelonista que se exiliara tras el periplo “culé” de 1937, y Fernández.

Escudo del Oro de Guadalajara, fundado en 1923. Después se convertiría en Oro de Jalisco, para concluir desapareciendo con dicha denominación.

Escudo del Oro de Guadalajara, fundado en 1923. Después se convertiría en Oro de Jalisco, para concluir desapareciendo con dicha denominación.

México acababa de cerrar su Mundial del 70, el que pasaría a la historia por un “gol” de Pelé que nunca entró y las deslumbrantes demostraciones de la “canarinha”. Brito, Carlos Alberto, Clodoaldo, Gerson, Rivelino, Tostao, Pelé y Jairzinho, sobre todo Jairzinho, extremo vertical, con regate y gol, levantaban de sus asientos una y otra vez a los espectadores. En aquella fase final parece nació la más adelante muy socorrida “ola”. Y desde luego se degustó un fútbol de ensueño, sólo repetido 40 años después por el F. C. Barcelona de Pep Guardiola. Pero el balompié mexicano, claro está, tenía poco que ver con el de Brasil.

“El Oro era propiedad de españoles. Nos pagaron 550.000 ptas. y estuvimos de maravilla. -recuerda Ángel-. El presidente regentaba dos restaurantes, donde nos hacían sentir en casa. Su modo de entender el juego, con poco desgaste, me permitía brillar con potencia y entrega. Cuando observaron mi tiro de media distancia acabaron adelantándome un poco, ejerciendo labores de enlace. Entonces pude practicar más frecuentemente el disparo a puerta. Se me dio bien aquello, no voy a negarlo”.

Bastante más que bien, ateniéndonos a cuanto sobre él se escribiera en la prensa mexicana.

“Caballero, por lo que pudo verse, es un elemento, combativo, tenaz y decidido; no es el tipo de jugador que se achica ante los tropiezos; el hombre perseveró, prodigó su ir y venir durante todo el juego, tocó el balón como para demostrar que sabe su negocio, y terminó anotando un golazo que fue la puntilla de los freseros”.

(La noche que Docal y él se presentaban con el Oro)

“Un golazo de Ángel Caballero redondeó la victoria de casa. Ocurrió en el último minuto de juego, cuando recibió el servicio de Brambila y desde 30 metros tiró y colocó el balón en el ángulo superior derecho”.

(Con ocasión de un triunfo ante Irapuato por 3-1)

“Sólo se salvó Caballero, quien posee colocación, toque de balón y buen disparo a gol, aún cuando su marcaje es deficiente”.

(Al caer por 2-0 ante los Tiburones Rojos de Veracruz, complicándose el futuro)

Concluido el campeonato, la entidad fue adquirida por mexicanos y hubo liquidación de efectivos. A él le propusieron renovar, pero sin españoles al mando ni Docal a su lado, se le hizo cuesta arriba. Al fin y al cabo había ido allí acompañando al amigo. Si no contaban con el ariete de Laredo, tampoco es que él pintara mucho.

Quien sí permaneció en México fue Suárez, a quien por el color de su cabello todos llamaban “Panocha”. El Oro, poco después, se convertiría en Jalisco. Y Ángel Suárez, tras colgar las botas, se hizo árbitro, pitó en la 1ª División azteca e incluso degustó el internacionalato. Como árbitro, precisamente, viajaría a España durante 1981, para dirigir en Cartagena un partido amistoso entre los locales y el Slovan de Bratislava. Por supuesto volvió a tomar el avión de vuelta, pero en 1990 decidió volver a nuestra tierra con carácter definitivo. Lástima que le desvalijaran el coche y aquellos cacos se llevasen parte del dinero acumulado al otro lado del océano.

Testimonio goleador de Caballero en el Oro mexicano.

Testimonio goleador de Caballero en el Oro mexicano.

Caballero, mientras tanto, había acompañado a su amigo Paco Docal en el retorno. Y casi inmediatamente supo que Trapattoni, andado el tiempo prestigioso entrenador adornado con 20 títulos, pero en ese momento forjándose en los banquillos, estaba configurando en Madrid un equipo para el campeonato estadounidense, cuyos gestores o capitalistas, según se aseguraba, eran de Canadá. Como tenía familia en Madrid, introdujo las botas en una bolsa deportiva diciéndose que además de rendirles visita, bien podía probar fortuna.

No era extraño que algún equipo norteamericano disputase “bolos” invernales por nuestros pagos, o que planificasen el futuro probando a distintos futbolistas. Tres años y medio antes, allá por diciembre de 1967, Puskas había acampado en las inmediaciones de Madrid, armando otro equipo. Se aseguró contaba con los españoles Rey, Arranz y Antonio Collar, y aunque los tres se alinearan ante equipos del cinturón madrileño, lo cierto es que acabaron integrándose en otros conjuntos de la North American Soccer League.

Ángel Caballero Saiz en la actualidad.

Ángel Caballero Saiz en la actualidad.

En la prueba hizo lo que sabía, causando buena impresión, puesto que le hablaron de fichar. No queriendo engañarles, habló muy claro: “Miren, les dije, me faltan unos meses para acabar la carrera de perito industrial, tengo novia y me casaré tan pronto empiece a trabajar. Así que si viajo a los Estados Unidos será sólo por dinero”. Entonces le ofrecieron 1.100.000 ptas. al cambio, con todos los gastos de residencia cubiertos. Un señor capitalito para 1971, cuando por medio millón más se podía comprar un piso de 90 metros cuadrados, los buenos oficinistas con implicación acreditada liquidaban en torno a las 12.000 mensuales y pocas, muy pocas dependientas de comercio, superaban los 8 billetes de a 1.000. Todo ello sin contar con los rumores sobre una posible devaluación de nuestra moneda, cuyo primer efecto sería redondear al alza aquella cifra. “Pero ofrecían, nada más. Sin anticipos, avales ni depósitos. Vamos, que en esas condiciones firmarles el contrato hubiese sido un puro ejercicio de fe. Y sabiendo que aquellos equipos se deshacían con la misma facilidad que los montaban…”

Su prudencia ni mucho menos estaba de más, porque hasta nuestra prensa deportiva llegaban ecos de operaciones similares, resueltas mediante espantada. “O sea que como ni ellos ni yo dimos nuestro brazo a torcer, me vine a Laredo, montando una inmobiliaria. Y hubo boda, claro. Más tarde me hice también perito judicial. El futbol se había acabado”.

Al menos así lo creía, aunque el veneno del balón continuara encharcándole las venas. Por eso, porque seguía envenenado, con otros cinco laredanos de pro -Paco Llama, Borja Calle, Felipe Manjares, Carlos San Román y Víctor Gutiérrez- a los que acabaría uniéndose el presidente del club local, puso en marcha el Primer Torneo Juvenil Villa de Laredo, celebrado los días 14, 15 y 16 de agosto de 1981. Hoy, al borde de su XXV edición, sería imposible citar a cuantos con su presencia lo dignificaron: Andrinúa, Luis Enrique, Juanele, Pardeza, Sanchís, Solana, Urzáiz, Kike Burgos, Castillejo, Julen Guerrero, Pep Guardiola, “Chuchi” Macón, Iván De la Peña, Garitano, Arnau, Guillermo Amor, Arpón, Luis García, el guardameta Juanmi… Eso por cuanto respecta a jugadores, porque también se darían cita técnicos como Vicente Miera, Gregorio Benito, Nicolás Estéfano, Toni Grande, Chechu Rojo, “Chus” Pereda, Luis Fernández, Amorrortu, José Ángel Iribar, Teodoro Nieto, Iñaki Sáez, Nando Yosu o Paco Gento, quien además efectuó el saque de honor, junto a Pereda, en la 1ª edición del torneo.

El Torneo Juvenil de Laredo organizado entre otros por Ángel Caballero, se convirtió en todo un referente de dicha categoría.

El Torneo Juvenil de Laredo organizado entre otros por Ángel Caballero, se convirtió en todo un referente de dicha categoría.

Como si no tuviera bastante con el torneo, se animó a sacar licencia de Agente FIFA -representante de futbolistas, para entendernos-, creando Anchusport en sociedad con el ya desaparecido “Chus” Pereda, internacional durante su militancia en el Barcelona y seleccionador nacional de distintas categorías inferiores. No estaba mal para quien creyó haber dejado el fútbol en 1971.

“Ahora, mirando hacia atrás con perspectiva, observo que mi momento estuvo en México. Si me hubiese quedado, quién sabe qué pudo ocurrir. Pero no me arrepiento de  mis decisiones. Al fin y al cabo, pocas cosas resultan tan improductivas e inútiles como parchear el pasado. La vida siempre está ahí delante”.

Para él, plenamente activo a los 70, liderando un negocio y en la directiva de la Asociación Española de Agentes de Futbolistas, sin la menor duda. El fútbol, que fue y continúa siendo eje en su vida, le ha regalado infinidad de relaciones y afectos, a la par que unos cuantos recuerdos materiales no menos cargados de cariño. Como esa camiseta con el 3 a la espalda que sudase Luis De la Fuente durante la última final de Copa ganada por el Athletic, ante el Barcelona, en el año del doblete. Título, por cierto, tras cuyo pitido final Diego Armando Maradona habría de ensombrecer la fiesta, desatando una monumental tangana.

Sirvan pues estas líneas no sólo como reparación de un olvido, sino a modo de reconocimiento hacia quienes, exultantes, recibieron en su día la convocatoria de un seleccionador nacional. Y ello cualquiera que fuese la meta a donde llegaran corriendo sobre el césped, forjasen o  no biografías singulares. Porque todos, durante unas cuantas horas, se sintieron acariciados por la gloria. Algo, reconozcámoslo, al alcance de muy pocos.




Futbolistas por la gracia de Dios

Entre las profesiones ejercidas por nuestros futbolistas antes de abrirse camino con el balón, hubo de casi todo. Tenderos y mecánicos de taller, oficinistas y estudiantes, mozos de cuerda, albañiles, campesinos, mineros, cerrajeros, choferes, cobradores puerta a puerta… Otro tanto cabe decir sobre su dedicación laboral tras colgar las botas, puesto que aparte de entrenadores, ojeadores, masajistas, profesores de Educación Física o utilleros, labores comúnmente asociadas a estrellas de latón gastado, encontramos pintores de brocha gorda o artísticos con cierto mérito, periodistas, encargados de taller, funcionarios, comerciantes, médicos, ingenieros, profesores, topógrafos, abogados, jueces, cineastas, escultores, políticos, e incluso algún magnate empresarial. También hubo, obviamente, quienes se despeñaron a las primeras de cambio, en pleno derrape por las curvas de la vida, quien pagó los excesos con temporadas de reflexión carcelaria y hasta, unos pocos, capaces de simultanear carreras por la banda con su pertenencia a la Guardia Civil o el Ejército. Como de todo ha de haber en la viña del Señor, ni siquiera faltaron frailes y curas. Unos en formación y otros con tonsura y solemne misa cantada. Proyectos de religioso hasta que el esférico se cruzara en sus vocaciones y clérigos reverendísimos, capaces de pasar del pantalón corto a la sotana y viceversa. A estos, al repaso de futbolistas por la gracia de Dios, van dedicadas las siguientes líneas.

Juanito Urquizu en su época de entrenador prestigioso, casi 40 años después de postularse para escolapio.

Juanito Urquizu en su época de entrenador prestigioso, casi 40 años después de postularse para escolapio.

Muchos, más del medio centenar, cimentaron su pasión deportiva en los patios del Seminario o por los abundantísimos centros de profesión religiosa, allá en la España pre y pos bélica. Eran tiempos tan fértiles para la vocación eclesiástica como marcados por la necesidad. Y desde esa perspectiva, no pocas familias verían en esos lugares sólo un económico internado donde sus vástagos pudieran cursar bachillerato. Por simplificar, revisemos las biografías de Juanito Urquizu y Carlos Ruiz, medio destructivo y delantero centro, respectivamente, uno del periodo prebélico y otro fruto del tardofranquismo.

Juan José Urquizu Sustaeta (Ondárroa 24-VI-1901), sin dudad es más recordado como entrenador hecho bajo el paraguas de Mr. Pentland que como futbolista, puesto que dirigió al At Bilbao las campañas 1940-41, 41-42, 42-43, 43-44, 44-45, 45-46, 46-47 y 47-48, si bien esta última durante 7 únicos partidos, para pasar a continuación por los banquillos del Real Oviedo (1948-49 y 49-50), Real Murcia, Baracaldo (parte de 1947-48, 1950-51 y 51-52), Aurrerá de Ondárroa (54-55 y 55-56), Levante (media campaña 56-57 y el tramo inicial de 57-58), Orense (58-59 y 1962-63), Deportivo Alavés (63-64) y de nuevo Aurrerá (64-65 y 65-66). Durante su etapa en los banquillos lograría proclamarse campeón de Liga en 1942-43, así como de Copa los años 1943, 1944 y 1945. También tuvo ocasión de festejar algún triunfo menor, como el del ascenso a 2ª con el Orense en 1959, en tanto el envés de la moneda lo viviría en Oviedo, al descender a 2ª División la campaña 1949-50. Antes, sin embargo, fue estudiante en el Seminario de los Escolapios, destacando más con el balón en los pies que por su fervor. Futbolista en el Erandio vizcaíno (1916-17, Osasuna de Pamplona (1917 a 1926, con brevísimo paréntesis en el Deusto), Real Club Deportivo Español (en realidad sólo como refuerzo para una gira sudamericana la temporada 1925-26), Osasuna nuevamente (1926-27), Real Madrid (1927 a 1929) y Athletic Club de Bilbao desde la temporada 1929-30 hasta su retirada en 1934-35. Internacional absoluto contra Portugal, en marzo de 1929, y profesional declarado sólo a raíz de su ingreso en el Athletic bilbaíno, el advenimiento del Campeonato Nacional de Liga (febrero de 1929) le alcanzó ya algo talludito, pese a lo cual disputó 85 partidos en dicha competición, cuando los torneos constaban de 18 y 22 jornadas. Si conoció el éxito durante su etapa en los banquillos, aún resultó más fructífera su carrera sobre el césped, no en vano pudo proclamarse campeón de Liga las ediciones 1929-30, 1930-31, 33-34 y 35-36, así como de Copa los años 1930, 1932 y 1933. Su popularidad e ideología próxima al bando vencedor en la Guerra Civil, le llevó a ser designado, meses después del último parte fechado en Burgos, delegado de Auxilio Social en Ondárroa, localidad pesquera del litoral vizcaíno donde habría de fallecer (22 de noviembre de 1982), sin ver el triunfo futbolístico de su hijo, muchacho con buenas maneras a quien pudo dirigir en el C. D. Orense y Aurrerá.

Carlos, en un cromo de la temporada 1973-74.

Carlos, en un cromo de la temporada 1973-74.

Más fresca tendrán muchos aficionados en sus retinas la imagen de Carlos Ruiz Herrero (Bilbao 7-VI-1948), ariete con excelente remate de cabeza y mucho más hábil en el juego al pie que cuanto a primera vista pudiera dar la impresión. Da familia modesta, parte de su infancia transcurrió en colegios de frailes, destacando especialmente sobre el patio de uno de ellos, en la localidad alavesa de Nanclares de la Oca. Después, sólo una temporada en categoría Regional, defendiendo la camiseta del C. D. Moraza, bastó para que se le abrieran las puertas del Guecho, donde habría de militar la campaña 1968-69 y durante el primer tercio de la siguiente, puesto que en seguida sería reclamado por el Bilbao Atlético, filial de los de San Mamés y entonces encuadrado en la categoría de plata.

Su debut en la máxima categoría tuvo lugar el 12 de setiembre de 1970, con empate a uno ante el Barcelona en feudo bilbaíno. Y ya la temporada de su presentación entre los grandes jugó 20 partidos, anotando 4 goles. El Athletic, (todavía Atlético por imperativo franquista), entonces en pleno relevo generacional, comenzaba a armar un equipo que años más tarde, con Koldo Aguirre en el banquillo, sucumbiría ante la “Juve” turinesa en la final a doble partido de la Copa UEFA, por el valor doble de los goles marcados a domicilio. Máximo artillero de 1ª División la campaña 1974-75, con 19 tantos en 32 partidos, sólo pudo aproximarse a tal registro en 1977-78, con 16 dianas en 33 choques. Eran, aquellos, años harto difíciles para jugar en punta, pues los defensas de rompe y rasga -y créaseme, sobreabundaban- solían contar con la connivencia arbitral en sus desmanes. Unos, como el ilicitano Indio, avisaban antes de dar(1). Otros arreaban de frente, por la espalda, en diagonal o al bies, sin falsos pudores, pues no en vano un Granada C. F. de testamento y extremaunción, con el argentino Aguirre Suárez o el paraguayo Fernández al frente, había situado en le estratosfera poco antes el listón de la permisividad. En semejantes condiciones, las lesiones por fricción solían aguardar emboscadas tarde sí y tarde también. Y a él lo tuvieron en el dique seco durante parte de los ejercicios 1973-74, 75-76 y 78-79.

Internacional Sub-21 en una oportunidad, Carlos quiso fraguarse un porvenir en las aulas universitarias mientras vestía de corto, licenciándose en Medicina y orientando su especialidad hacia la rama deportiva. En 1981, después de 11 temporadas rugiendo en “la catedral” con la camiseta del Athletic, pasó al Real Club Deportivo Español. Para entonces su carrera podía considerarse amortizada, por más que con los “periquitos” sumara otros 21 partidos en la elite y un gol, hasta totalizar 234 presencias ligueras y 82 dianas. Luego ejercería durante 2 años como responsable médico de las secciones inferiores españolistas, 7 con el mismo cargo en el Caja Bilbao de baloncesto y desde 1993 hasta 1998 en la Selección Nacional Absoluta de balonmano. Puesto que la genética tampoco parece ajena al mundo del balón redondo, su sobrino Eder Vilarcho lograría abrirse camino sobre el césped, si bien a menor escala.

Por supuesto, no todos los seminaristas o aspirantes a fraile con afición balompédica llegaban tan alto. Una amplia mayoría apenas si lograba romper las fronteras regionales, conforme podría ilustrar Joaquín Tarifa Muñoz, delantero en el Baena, Corial del Río, Antequerano y Lucentina durante el decenio del 50, tras haber sido seminarista desde los 13 años, romper zapatos durante los recreos del Seminario Mayor, primero bajo los tres palos y luego como ariete, y estar a punto de cantar misa.

Durante los años 50 y 60, Seminarios y colegios de frailes constituyeron una buena cantera de jóvenes futbolistas.

Durante los años 50 y 60, Seminarios y colegios de frailes constituyeron una buena cantera de jóvenes futbolistas.

Quien sí llegó a cantarla fue el guipuzcoano Juan Manuel Basurco, delantero del Motrico durante la segunda mitad de los 60, con los blanquiazules en 3ª División y mientras concluía su etapa de seminarista. Nada más cantar misa, como tantos otros curas vascos neófitos partió hacia Guayaquil, para servir 5 años en la misión de Los Ríos. Téngase en cuenta que desde mediados los 50 en el pasado siglo, hasta avanzados los 70, las diócesis vascas estuvieron muy implicadas en el proyecto ecuatoriano. Y allí, apenas hubo llegado, ya competía en una liga regional con el equipo de Quevedo, su parroquia, luciendo además la equipación de la Real Sociedad donostiarra, puesto que desde dicha entidad les serían remitidas las camisetas altruistamente.

Aquel campeonato estaba muy por debajo de sus facultades. Y al destacar jornada tras jornada, resultó inevitable se fijaran en sus evoluciones los técnicos del Puertoviejo, entidad recién ascendida a la 1ª División ecuatoriana. “Acepté las condiciones de rigor en mis circunstancias y todos se portaron muy bien conmigo”, aseguró a Erostarbe, un clásico de la prensa guipuzcoana. “Parece les solucioné bastante los problemas de remate y de pronto me encontré en el Barcelona de Guayaquil, conjunto fundado por emigrantes catalanes y al que allí denominan el equipo Tercero”. El Barcelona, en efecto, ya era un club grande. Y con su camiseta amarilla y pantalón negro estuvo actuando 3 meses, hasta vivir el sueño de participar en la Copa Libertadores: “Primero resolvimos la fase con los clubes de Colombia y luego eliminamos al Unión Española de Chile, enfrentándonos finalmente al Estudiantes de la Plata”.

Esa eliminatoria resultaría histórica, pues por primera vez un club ecuatoriano conseguía doblegar a otro argentino en el torneo equivalente a nuestra Copa de Europa o actual “Champions League”. Además, suyo fue el gol de la victoria que vistió de fiesta a todo el deporte en Ecuador. Estudiantes acabaría imponiéndose al Barcelona en el decisivo encuentro de desempate y Basurco, consecuente con sus obligaciones, optó por salir del club. “Se me hacía muy difícil compatibilizar el balón con mi sacerdocio. Guayaquil queda a 200 kilómetros de Quevedo, donde yo debía ejercer mis obligaciones. Andaba escaso de entrenamiento y tampoco era plan”.

De vuelta a Quevedo, continuó jugando en el Puertoviejo, entrenando sólo una vez por semana, “lo imprescindible para competir con cierta dignidad”. Jugaba únicamente por afición, junto a quienes trataban de engancharse al porvenir que pudiera ofrecerles el fútbol. Estuvo haciéndolo hasta regresar a San Sebastián, en junio de 1973, cumplidos los 29 años. Un regreso ni mucho menos inadvertido para la cúpula del Motrico, empeñada en volver a verle defendiendo los intereses de su equipo.

En el obispado, no obstante, le pusieron las cosas difíciles. Eso de que un cura jugase al fútbol… ¿Y si se organizaba un lío?. ¿Qué ocurriría si le expulsaban o cometía cualquier infracción?. Seguro que encontraría eco en la prensa. Además, tanto sobre el césped como desde los graderíos, se blasfemaba. No, decididamente aquel no era sitio para un señor cura, cuya vida debía ofrecer absoluta ejemplaridad. Juan Manuel Basurco quedó como el buen artillero que pudo ser, como el joven que antepuso su vocación a cualquier sueño de gloria.

Y no fue el único.

Poco después también vestiría sotana Rafael Núñez Pastor, natural de la localidad palentina de Añoza. Titular indiscutible en el hoy extinto Palencia C. F. entre 1973 y 1978, entrenaba en solitario por las tardes, puesto que sus mañanas estaban dedicadas a estudiar en el Seminario Diocesano. El 6 de junio de 1976, domingo de Pentecostés, cantó su primera misa en la catedral palentina, bajo la atenta mirada de todos sus compañeros de vestuario. Y por la tarde volvió a enfundarse la camiseta morada para contribuir a la victoria frente al Carabanchel, en el viejo campo de La Balastera, por 2-1. Esa circunstancia lo catapultó a una efímera popularidad. “El cura futbolista”, titularon sus crónicas diferentes periódicos de ámbito nacional. O “Un reverendo en La Balastera”. Como por aquellos años la denominada “prensa del corazón” aún no había optado por hozar entre montañas de inmundicia, incluso compartió portada en “Lecturas”: “El padre Rafael. Primer futbolista profesional ordenado sacerdote”, recogieron sus páginas. No era cierto, puesto que al menos Basurco se le había adelantado.

El centrocampista Núñez, o “El Reverendo”, como había sido rebautizado por la afición palentina, continuó alineándose con su equipo después de ordenarse, festejando el ascenso a 2B la campaña 1976-77 y dejando bien sentado que dicha categoría, mucho más dura que hoy, pues sólo la componían dos grupos, ni remotamente se le atragantaba. Así pudo acreditarlo alineándose en 24 ocasiones y anotando un gol, durante 1977-78. Pero puesto que encajar el entrenamiento cotidiano cada vez le resultaba más complicado, más difícil de compaginar con las exigencias de su ministerio, acabó abandonando el club morado para suscribir la cartulina del Venta de Baños, donde aún rendiría como acostumbraba, dos campañas más. “Se armó cierto revuelo por mi condición de sacerdote y futbolista profesional -reconocía el padre Núñez varios años después-. En el vestuario, sin embargo, era uno más; nunca me hicieron sentir bicho raro. Durante los desplazamientos celebraba misa en el hotel de concentración y asistían los compañeros que así lo deseaban, que no solían ser todos. Pero hubo un momento en que no pude compaginar el Palencia con mi actividad sacerdotal, quedándome a una temporada de alcanzar el ascenso a 2ª División”.

Rafael Núñez colgó las botas en 1980, dejando tras sí una más que meritoria estadística: 135 partidos de liga con el Palencia, disputados a lo largo de 5 temporadas, con una contribución de 12 goles. Y un buen puñado de encuentros más en 3ª División y categoría Regional, ya con menor exigencia deportiva, luciendo el escudo del C. D. Venta de Baños.

El texto quedaría cojo sin rendir homenaje a la formidable instantánea de Ramón Massats, tomada en el Seminario Conciliar de Madrid el ya lejano 1959, y en su día expuesta en el MOMA neoyorquino. Por el trabajo de Juan Carlos Rodríguez para “El Mundo” sabemos que Lino Hernando, el guardameta, sigue siendo párroco, mientras el lanzador colgó la sotana allá por los 70, creó una familia y supo arreglárselas para brillar en los negocios. Ramón Massats sería distinguido en 2004 con el Premio Nacional de Fotografía.

El texto quedaría cojo sin rendir homenaje a la formidable instantánea de Ramón Massats, tomada en el Seminario Conciliar de Madrid el ya lejano 1959, y en su día expuesta en el MOMA neoyorquino. Por el trabajo de Juan Carlos Rodríguez para “El Mundo” sabemos que Lino Hernando, el guardameta, sigue siendo párroco, mientras el lanzador colgó la sotana allá por los 70, creó una familia y supo arreglárselas para brillar en los negocios. Ramón Massats sería distinguido en 2004 con el Premio Nacional de Fotografía.

Si durante la segunda mitad de los 60 y el arranque de los 70, época de drásticos cambios en el orden sociopolítico español, de profunda modernización en el clero tras el Concilio auspiciado por Juan XXIII, resultaba complejo encajar fútbol y sacerdocio, 15 años antes, durante el imperio del dogma y la autarquía, cualquier tentativa al respecto estaba condenada al fracaso. Supo entenderlo el interior derecho gallego Guillermo Calviño Riesco, Calviño para el fútbol (La Coruña 23-XI-1930), quien luego de militar en el Juvenil -filial del Deportivo- Racing de Ferrol, Arsenal, Santander y Gimnástica de Torrelavega, colgó las botas antes de cumplir los 24, para cantar misa como fraile dominico. Recorrido personal semejante al del levantino Salvador Romaguera (Cullera, Sueca, Requena, Carcagente y Mestalla) que también abandonaría el fútbol para hacerse fraile. Y como Fray Salvador permaneció bastantes años en una ermita de la localidad castellonense de Benicásim. Pero quien más lejos llegó en la carrera eclesiástica habría de ser el menos significado en su condición de futbolista. Javier Azagra, del Club Deportivo Oberena pamplonés, sería designado obispo de Cartagena.

En el universo futbolístico cabe casi todo, como puede apreciarse. Gracias a su inmensa implantación y profunda raigambre, encontramos actores de cine y capitanes de barco entre sus practicantes, cocineros con estrella “Michelín”, músicos profesionales, afamados doctores, como los Castroviejo, cantantes líricos, feriantes, buzos, o quienes como Sunny se lo jugaron todo a una carta cruzando el estrecho en patera. Hallamos incluso futbolistas por la gracia de Dios.

(1).- El delantero españolista Marañón recibió en cierta ocasión uno de sus avisos tan pronto echó a rodar el esférico sobre campo ilicitano. Marañón figuraba en la lista de 40 preseleccionados para el Mundial de Argentina, y el defensa franjivederde le espetó: “Si quieres ir al mundial ya puedes estar quietecito esta tarde”. Como el movimiento se demuestra andando, a las primeras de cambio el buen atacante navarro tuvo ocasión de medir la longitud de aquellos tacos.




Desvelando internacionales (I)

Internacionales01Cuando nuestro maestro Martialay publicó en 2009 y 2010 sus libros últimos sobre las selecciones españolas, 36 jugadores quedaron sin identificar con nombre y dos apellidos.

Podemos asegurar que fue un verdadero desgarro para don Félix no poder identificar a todos, pero la titánica tarea encontró algunos escollos que fueron insalvables. N los archivos federativos, ni el archivo del coronel Juan Garrido del Río, ni la hemeroteca vegetal ni la digital, ni ningún historiador local y ni siquiera los seleccionadores que convocaron a algunos de los desconocidos pudieron ayudarnos.

El último empujón lo dimos con él, pero Martialay llevaba más de cuarenta años recopilando la información de las selecciones y sus jugadores, sobre todo las de aquellas selecciones que por no ser la absoluta quedaban siempre en el olvido de cronistas e historiadores.

Todo había empezado, decía él, cuando un amigo le dijo en un bar que aquel muchacho que estaba al fondo de la barra terminaba siempre las discusiones futbolísticas recordando que él había sido internacional con España. Cuando don Félix le preguntó al respecto él respondió que en efecto lo había sido, pero que no con la absoluta, siendo la primera reacción del maestro la de quitarle toda importancia según la moda general.

Pero quedó en la memoria aquella anécdota, y al tiempo Martialay entendió que si había sido seleccionado, si se había vestido la camiseta de España y si habían escuchado el himno, entonces eran tan internacionales como los absolutos y que merecían un reconocimiento. Así que volvió al bar, le agradeció a aquel internacional el haberle advertido de aquello y comenzó la tarea de recopilación. Una tarea que por lo demás hoy sería imposible porque los archivos sobre la mayor parte de partidos no existe y porque la prensa durante decenios no informó a veces ni del resultado de muchos partidos.

Una sola fuente hay para el estudio de las selecciones españolas diferentes de la absoluta, y esa es el libro de Félix Martialay Todo sobre todas las selecciones.

El caso es que una tarde veraniega cualquiera nos pareció oportuno volver sobre aquellos 36 desconocidos e imposibles jugadores, algunos de los cuales solo había sido convocado pero no había llegado a debutar, a ver si alguna novedad podían aportar las nuevas tecnologías, a ver si podía dar nombre e identidad a alguno de esos 36 jugadores.

Como esperaba Google no dio nada, pero nuestro Google particular que es el archivo de José Ignacio Corcuera ha conseguido sacar para siempre del anonimato a 4 de los 36 jugadores, dos de los cuales sí debutaron y en consecuencia merecen desde hoy ser reconocidos con todos los honores como internacionales españoles. Son los siguientes:

Carvajal: también alineado como Fernández Carvajal, formó parte de la convocatoria de la selección de aficionados para el I Torneo FICEP disputado en París los días 2 y 5 de julio de 1958 (partidos 4 y 5 de la selección amateur). Jugó los dos, pero no marcó ningún gol. Se trata de Jaime Fernández Carvajal, nacido en Madrid el 8-12-1938. Procedente del Imperio madrileño llegó al Real Madrid aficionados en la temporada 1957-58. Pasó al año siguiente al Plus Ultra, en el que permaneció tres temporadas disputadas todas ellas en segunda división. Al año siguiente (1961-62) recaló en el Salamanca.

Escobosa: jugó el mismo torneo que Carvajal, y anotó un gol en el primer partido y dos en el segundo. Se trata de José Antonio Escobosa Vela, nacido en Madrid el 17-3-1938. Cuando fue seleccionado jugaba en el Club Deportivo Madrileño; posteriormente pasó al Rayo Vallecano, al Plus Ultra (1960-61) y al Cádiz (1961-62), temporadas estas dos últimas disputadas en segunda división. Posteriormente pasó por el Conquense, Rayo Vallecano, Toledo y finalmente Getafe.

Badía: no llegó a ser internacional, pero sí fue convocado para el Campeonato del Mundo militar jugado en Asturias los primeros días de julio de 1965 (partidos 5-7). En el libro de Martialay aparece por error como suplente solo en el primero de los partidos, pero también lo fue en el segundo y en el tercero. Se trata de José Manuel Badía Ferriols, nacido en Masanasa (Valencia) el 1-1-1943. Había disputado esa temporada 1964-65 en el Mestalla, pero al año siguiente lo fichó el Badajoz, ambos años en segunda división. Desde la temporada 1969-70 jugó en el Alcoyano en tercera, retirándose por fin en 1972-73 con el Olímpico de Játiva, también en tercera.

Montaña: tampoco llegó a ser internacional, solo fue convocado para el partido contra Inglaterra sub 18 jugado en el campo de La Viña (Alicante) el 9-2-1972 (partido 81). Se trata de Manuel Montaña (no Montana, como aparece en el libro). Jugador valenciano, desarrolló toda su carrera en equipos de la zona. Jugó cuatro temporadas en el Acero de Sagunto en tercera división (desde 1967-68 a 1970-71), cerrando su trayectoria al año siguiente en el Paterna. Presumiblemente antes de recalar en Sagunto había jugado al menos una temporada en el Nules. Su segundo apellido sigue siendo una incógnita.

Desvelados y presentados pues los cuatro jugadores encontrados se preguntará el lector por qué el título del artículo indica que se trata de la primera parte del artículo, si ya más fuentes no puede haber. Pero sí, hay una más, la que don Félix llamó “la vaca”, es decir, su propio archivo. Y la ayuda directa de alguno de los protagonistas. Seguiremos con ello.




El fútbol sin patrón

Por sorprendente que pueda parecer y pese a la ingente cantidad de canonizados, el fútbol y los futbolistas carecen de santo patrón. Lo poseen los atletas (Sebastián), los músicos (Cecilia), las amas de casa (Ana), o los funcionarios (Mateo). También hay santos para escritores (Juan Evangelista), marinos (Telmo), estudiantes (Tomás de Aquino), veterinarios (Eloy), agricultores (Isidro Labrador), arquitectos (apóstol Tomás), bordadoras (Clara), costureras (Cecilia), cerrajeros (Pedro), choferes (Crsitóbal), actores (Juan Bosco), carteros (Gabriel) o artilleros (Bárbara). Por si un solo santo no fuera suficiente, hay profesiones con dos patronos, como taberneros (Marta y Teodoto), abogados (Raimundo de Peñafort y Tomás Moro), bancarios (Mateo y Miguel) o cocineros (Lorenzo y Marta), y hasta algunas con 3, como es el caso de los dentistas (Apolonio, Cosme y Damián). También los gremios o actividades más nuevas quisieron contar con su protector, y así tenemos a los fotógrafos (Verónica), e incluso a los locutores de radio (Gabriel Arcángel). Incluso los animales domésticos tienen su santo (Antonio Abad). Pero el fútbol y los futbolistas, pese a su enorme arraigo popular, nada de nada. ¿Acaso nadie se preocupó de ello durante los años del nacionalcatolicismo?, pensará alguien. ¿Ni siquiera cuando Franco paseaba bajo palio y los obispos saludaban brazo en alto, volvieron su vista los bienpensantes hacia el mundo del balón?. Pues sí y no, sería la respuesta. Pensaron en el patronazgo, es cierto, aunque sobre este punto, como sobre otros muchos, el universo balompédico hizo gala de su tradicional desunión. Y eso que había un mártir tan propicio como para antojarse fabricado ex profeso.

Si bien fue bautizado como Francisco, Francisco de Beráscola y Sáenz de Castañiza, por más señas, en la iglesia vizcaína de San Juan de Molinar (Gordejuela), el gélido 13 de febrero de 1564, habría de quedar para la historia eclesiástica y una cerámica adosada al baptisterio de dicho templo como Fray Francisco. Gracias al largo poema en octavas rimadas de Fray Alonso Gregorio Escobedo, confesor de la Orden Franciscana en Andalucía, sabemos bastante acerca de Beráscola, a quien habría conocido durante sus dos años de postulado, o en su defecto oiría hablar de él, puesto que desembarcó en Florida allá por 1587, bajo la dirección de Fray Alonso Reinoso y en compañía de otros 12 religiosos. Era el vizcaíno alto y fuerte, todo un atleta, de armas tomar, o poco menos:

“ganó de muchos indios la victoria,

luchando contra ellos pecho a pecho

y tirando la barra a largo trecho”.

Fue misionero en Santo Domingo de Asao, isla hoy conocida como Sanit Simon, próxima al islote de Jekil y en la región de Savannah, Atlanta, que muchas películas de Hollywood convirtieron en referencia familiar durante los años 50, al rebufo de “Lo que el viento se llevó”. Luego, cuando el 23 de setiembre de 1595, a sus 31 años fuese enviado de misionero a Florida, recorrió los hoy turísticos arenales, sus pantanos habitados por tribus semínolas, y tuvo ocasión de confraternizar con muchas de ellas, hasta el punto de intervenir en un curioso juego consistente en golpear la pelota a puntapiés, buscando encajarla en una especie de arnero colocado sobre la copa de un pino. Era el deporte rey entre aquellos indios. Algo ni remotamente parecido al fútbol, por más que empleasen el pecho, los hombros o ambos pies, y no la mano, como ocurría con la antigua pelota castellana, hoy prácticamente reducida al país vasco y la región valenciana.

Aquellos partidos no concluían hasta alcanzar los 50 tantos, prolongándose, lógicamente, durante semanas. Cada equipo estaba compuesto por 20 hombres y da la impresión de que valía casi todo, con tal de que la pelota alcanzase la señal. Pasatiempo de guerreros, al fin y al cabo, más prueba de fuerza que de picardía o astucia, conectado quizás con el “rugby” inglés o el “calzio” florentino, puestos a buscar parentescos:

“Juegan a la pelota (que si acierto

a daros de ello cuenta, será gusto)

de veinte en veinte, puestos en concierto

cada cual agilísimo y robusto;

el que trae la pelota es tan despierto

y juega con certeza y tan al justo,

que no hay regla por plana nivelada

cual su pelota va, siendo arrojada.

Fijan en tierra un pino con presteza

de más de diez estados de longura,

y en lo más alto del con sutileza

ponen como de arnero una figura.

Salen todos cuarenta con destreza

al campo, donde muestran su locura,

donde le dan principio al juego triste

que a muchos de dolor perpetuo viste.

Suele durar el juego un mes entero,

aunque vuelven a él todos los días.

El que trae la pelota placentero

procura dar juego por varias vías;

más su fuerte contrario anda ligero,

por estorbar no juegue, con porfías,

poniéndole las manos por delante

porque el pie de la tierra no levante.

Estos dos andan libres como digo;

los otros treinta y ocho tienen guerra;

oprime cada cual a su enemigo

y con sus fuertes brazos lo echa en tierra;

si socorren los unos a su amigo,

que la pelota en mano diestra aferra,

los otros, al varón que al indio aqueja

y dejarle jugar jamás le deja.

Y cuando a la señal el indio toca,

sus amigos dan gritos de alegría,

que a darlos la ganancia los provoca,

porque dar en el blanco es bizarría.

La otra escuadra queda como loca

y no alza los ojos todo el día,

por ver que su contrario ganó el juego,

y lo siente en el alma sin sosiego.

Cuando la oscura noche va llegando,

se divide la gente sin juicio,

por las narices sangre derramando

de haber ejercitado aquel oficio;

otros con mil dolores van gritando,

conocida señal y cierto indicio,

que llevan contra sí gran desconcierto

por ser grande el dolor y sentimiento”.

Durante la primavera de 1597 se puso en marcha una expedición exploradora y de evangelización por el actual estado de Georgia, siendo él uno de los arriesgados participantes. Las cosas se torcieron casi desde el principio. Mosquitos y plagas, verdaderos diluvios, la enfermedad, el miedo y unos indios recelosos, hostiles, sin apenas puntos en común con los “pacíficos” practicantes del “rugby-calzio”, convirtieron cada legua recorrida en un suplicio. Finalmente, el 18 de setiembre de 1597, fue martirizado a pedradas, puñaladas y golpes de maza, con otros 4 franciscanos: el madrileño Pedro de Corpa, los extremeños Antonio de Badajoz y Blas Rodríguez, y el aragonés Miguel de Añón, a quienes los obispos americanos levantaron un monumento en 1954.

Había, por lo tanto, mártir “futbolista”. ¿Por qué no convertirlo en patrono?, se planteó en 1955, sin duda imbuido por el recuerdo hecho piedra de los prelados estadounidenses, Monseñor Casimiro Morcillo, a la sazón obispo de Bilbao y en los 60 arzobispo de Madrid. Para reforzar su idea y avanzar algún paso en pro de la beatificación, hizo imprimir unas “Bienaventuranzas del deportista”, distribuidas por toda la diócesis. Rezaban así:

I.- Bienaventurados los que cultivan el cuerpo, porque es el templo del Espíritu Santo.

II.- Bienaventurados los que luchan por ganar un trofeo, porque se esforzarán más por el premio que no perece.

III.- Bienaventurados los que al aire se divierten, porque no pudren su corazón.

IV.- Bienaventurados los que juegan con coraje y sin ira, porque se están haciendo personas.

V.- Bienaventurados los que aceptan la derrota sin venganza, porque se están haciendo cristianos.

VI.- Bienaventurados los que saben jugar en equipo, porque a la vida hemos de ir juntos.

VII.- Bienaventurados los que disciplinan su cuerpo en el deporte, porque a la vez templan su espíritu contra la tentación.

VIII.- Bienaventurados los que en el juego y en la vida se consideran espectáculo de los seres humanos y de Dios.

Su iniciativa no tuvo éxito, en buena medida por haber herido susceptibilidades en las diócesis extremeña, madrileña y zaragozana. ¿Acaso junto a Francisco de Beráscola no habían sucumbido también representantes de dichas regiones?. ¿A cuenta de qué, entonces, otorgar el patronazgo sólo al vizcaíno?. Hoy la disputa puede antojársenos pueril, pero no debía serlo cuando las parroquias competían entre sí por el volumen de sus recaudaciones para el Domund o en el Día de Ayuda al Seminario, cuando las emisoras de radio contaban no con uno, sino con varios espacios religiosos, se distribuían por suscripción 20 revistas religiosas mensuales, la fe era calibrada  por signos externos, el incipiente flujo turístico se antojaba amenaza luciferina y las diócesis menos pródigas en santos canónicos miraban con cierta envidia a su vecina, mejor situada en tan pintoresco ranking.

Placa dedicada a Francisco de Beráscola en la iglesia vizcaína de Molinar (Gordejuela).

Placa dedicada a Francisco de Beráscola en la iglesia vizcaína de Molinar (Gordejuela).

Fray Francisco de Beráscola quedó con una sencilla lápida en el pórtico de la iglesia donde fuera bautizado -se había hecho instalar el 21 de setiembre de 1947, al cumplirse el 350 aniversario de su martirio- y el altar con cruz de granito sufragado por el grupo de montaña Goikomendi, destinado a perpetuar la memoria del carranzano en su barrio natal, desde setiembre de 1967. Todavía el 13 de febrero de 1980, en pleno asentamiento de la restaurada democracia, el Athletic Club bilbaíno se manifestó oficialmente pro-beatificación de Beráscola, mediante firma y rúbrica del presidente de su junta directiva, Beti Duñabeitia. Aquel documento ni mencionaba siquiera cualquier hipotética aspiración a un ulterior patronazgo.

Conforme se indicó al principio, todavía hoy, el fútbol, tan dado a la efímera idolatría de sus figuras, habituado a vestir y desvestir “santos” con pantalón corto, cuando por sí mismo alcanza rango de religión en muy distintos hemisferios -recuérdense, si no, tanto éxtasis histérico en Brasil o la Religión Maradoniana- sigue de espaldas al altar. Aunque bien mirado, ¿precisan santo patrón quienes congregan cada domingo a millones de parroquianos, sin distinción de razas, ideologías, rango social o colores?.

Quizás el fútbol continúe sin patrón porque la mismísima pelota de cuero ocupe su espacio en cualquier peana.




Cuando los futbolistas no eran trabajadores

El fallecimiento de Pedro Berruezo Martín, hijo de Francisco Berruezo Jerez, atacante del Malacitano y Melilla en los periodos anterior y posterior a la Guerra Civil, y a su vez padre de Pedro Berruezo Bernal, resultó dramático no ya por su incontestable fatalidad, sino ante la suma de particularidades que a su alrededor concurrieron.

Nacido en Melilla el 22 de mayo de 1945, fue futbolista de Primera defendiendo las camisetas del Club Deportivo Málaga y Sevilla, luego de forjarse en el Atlético Malagueño durante dos campañas. Internacional con la selección Promesas a lo largo de 1967, los hispalenses abonaron por su traspaso la nada despreciable cifra para la época de 4.200.000 ptas., asignándole alrededor del medio millón por campaña, sueldos mensuales y primas aparte. Hábil, veloz, a veces pinturero, de los que encaran al adversario sin perder de vista el marco, apuntaba alto allá por 1967 ó 68, sin cumplir aún los 23, por más que cuando cayera fulminado sobre el césped pontevedrés de El Pasarón aparentara haberse estancado deportivamente.

Trabajadores01

El infortunado Pedro Berruezo Martín, durante su época de gran promesa nacional.

Ya antes de aquel fatídico 7 de enero de 1973, cuando se cumplían 2 minutos del partido en que Sevilla y Baracaldo dirimían dos puntos ligueros en el estadio Sánchez Pizjuán, había sufrido una lipotimia, desplomándose aparatosamente. Puesto que tras someterse a exhaustivos análisis, nada se le detectara, tras 21 días de baja reapareció ante el Rayo Vallecano, el 31 de diciembre. Su siguiente actuación habría de ser la última. Transcurría el minuto 6 del segundo tiempo y deambulaba por el centro del campo, alejado del esférico, cuando cayó a plomo. Su compañero Blanco contaría que el extremo Suco, a quien marcaba, comentó con él al advertir aquel desmayo:  “Como ese chico no se retire, acabará muriendo en cualquier campo”. Blanco se ofendió. Ignoraban ambos que Berruezo estaba a punto de expirar, puesto que ingresó cadáver en el hospital. Si bien nunca se determinaron las causas de su fallecimiento, todo apunta a un infarto cardíaco o cerebral. El contrato del futbolista con el Sevilla estaba pendiente de renovación al fallecer, y la directiva nervionense organizó el clásico partido homenaje con finalidad recaudatoria. Luego, poquito a poco, fueron conociéndose detalles para poner a cualquiera el vello de punta.

Había enviado a su esposa, Gloria Bernal, una tarjeta desde el Parador Nacional de Pontevedra minutos antes de perder la vida. Su texto decía: “Hola, chatillas: Dentro de poco salimos para el campo, pues son las 2 de la tarde del domingo y mientras estoy en la habitación me pongo contigo, con estas líneas. ¿Qué tal estáis?. ¿Y la pequeña?. Me figuro lo guapa y graciosa que estará, con el trajecito de marmota y su cochecito. Y tú, ¿qué tal?. Cuídate de comer todo lo necesario. Esta noche te llamaré. Bueno, esto te lo digo y me escucharás antes de leerlo. Supongo que tu madre y hermana seguirán bien. Dale besos a la niña y familia, y para ti, de quien mucho te quiere, tu Pedro”.

Treinta años después, sus compañeros y amigos Isabelo, defensa, y Rodri, portero, recordaban que Berruezo jugaba muy mal a los chinos. Casi siempre ganaban, bien ellos, bien Garzón, o los sudamericanos Pazos y Acosta. También aquella vez le ganaron el último café, antes de partir hacia El Pasarón. La comitiva sevillana había pasado la tarde del viernes en Madrid, viendo en el cine “Las Tentaciones de Benedetto”. El sábado, ya en la capital de las Rías Bajas, otra película: “¿Qué me pasa, doctor?”. Coincidencia harto macabra, por cierto. Rodri aseguraba seguir viéndole iniciar una especie de flexión, como dibujaba siempre que no se encontraba bien. También le vio tratar de incorporarse, mirar hacia el banquillo y gritar con mucha fuerza “¡eeeeeh!”. De inmediato cayó al suelo, levantando la mano derecha. Todos corrieron hacia él. El propio médico del Pontevedra saltó de la grada y Manolín Bueno, el antiguo suplente de Paco Gento en el Real Madrid, que llegó en primer lugar, le introdujo una mano en la boca para que no se tragara la lengua. Los camilleros de Cruz Roja lo trasladaron al vestuario, flanqueados en su retirada por Isabelo y Rodri. Ya sobre una camilla de masajes, el kinesiólogo del equipo, Antonio Gómez, que ocupó en ese desplazamiento la plaza habitual del médico Antonio Leal Graciani, quien no pudo viajar a Pontevedra porque ese mismo día se dispensaba un homenaje a su padre, el también doctor Leal Castaño, le puso una inyección de coramina, entonces estimulante cardiaco muy al uso. Como siguiera sin reaccionar, fue trasladado a la Clínica Mayoral. Antonio Gómez y el defensa paraguayo Toñánez acompañaron al infortunado en la ambulancia. Ya alcanzaban el centro clínico cuando Berruezo sufrió una parada cardiaca irreversible.

Isabelo siempre tuvo dudas acerca de la versión más oficial, que achacaba el deceso a un paro cardiaco. “Pedro murió de un infarto cerebral”, seguía afirmando 30 años después. Y justificaba su hipótesis: “Hace poco murió una chica bailando y cayó de la misma forma que mi compañero. Los mismos síntomas. En la clínica pontevedresa un médico me preguntó si había sufrido algún golpe en la cabeza y yo le dije que no. Pero Pedro tuvo el primer desfallecimiento en Alicante, luego otro en Sabadell, y otro más fuerte, que lo vio todo el mundo, ante el Baracaldo. A partir de ahí estuvo tratándolo el doctor Felipe Martínez. Pedro paró un poco y como todos creíamos estaba recuperado, salió hacia Pontevedra”. Lo cierto es que tras el serio desfallecimiento sufrido ante el Baracaldo, un equipo médico estuvo explorando las posibles causas de lo sucedido. “Apuntaron que quizás tuviese un pequeño tumor, algo así como un garbanzo, que pudo haberle estallado”, rememoraban otros compañeros. “También sugirieron los médicos que podían averiguarlo si le hacían la autopsia, pero nosotros nos negamos. Dijimos que no le abriesen, puesto que a nuestro compañero le esperaba su mujer, embarazada, y no era plan. Cosas de antes. El caso es que en hospital pontevedrés lo comprendieron, firmaron la defunción por parada e infarto y nos transmitieron su pésame. Quien sí tuvo cuajo fue el doctor Díaz Lema, que dejó a Pedro en la caseta y siguió viendo el partido, como si tal cosa. Ese sí que tuvo delito”.

El cadáver llegó a Sevilla la tarde del lunes, fue instalada la capilla en el Sánchez Pizjuán, y amortajado con la equipación blanca fue velado durante toda la noche por la plantilla sevillista. Hacia el amanecer, la viuda quiso recuperar la alianza del finado y abrieron el féretro. Allí estaban Rodri, Isabelo, Hita, Garzón, Acosta y Paco. Isabelo le quitó la alianza, así como una espinillera que conservó durante más de veinte años, hasta acabar entregándosela al también futbolista Pedro Berruezo Bernal, hijo póstumo de aquel con quien compartiese tantas vivencias deportivas y de vestuario. La comitiva fúnebre se dirigió hacia Málaga en la mañana del día 9, para darle tierra en ese cementerio municipal.

Hasta ahí el primer acto de un doloroso drama. Sólo el primero, puesto que a la viuda le aguardaba un larguísimo calvario, fruto del limbo legal en que por esa época deambulaban los futbolistas.

Gloria Bernal percibió casi 5 millones de ptas. procedentes del Sevilla C. F., de la Mutualidad Deportiva y del encuentro homenaje que le fuera dispensado. Sus primeras gestiones ante la Seguridad Social y el Ministerio e Trabajo resultaron baldías: “Consecuentemente, este Organismo debe rechazar su solicitud ante la evidencia de que el finado no se hallaba inscrito en el Régimen General”. Dicho en otras palabras, Berruezo, como todos sus compañeros de profesión, no era trabajador por cuenta ajena.

¿Cómo era posible?. ¿Acaso no se había declarado profesional nuestro fútbol el 30 de junio de 1926?. ¿No cobraban de unos clubes que a cambio se reservaban el derecho a retenerlos una vez vencido el contrato, mediante incrementos porcentuales tipificados?. ¿Qué más requisitos podían necesitarse para considerarlos trabajadores por cuenta ajena?. ¿Qué era entonces un futbolista activo?. ¿Artista?. ¿Ejercía acaso una profesión liberal?. Simplemente, imperaba el disparate.

“Pipi”, antes de que el gran presidente Santiago Bernabeu intentase sin éxito convertirlo en Suárez.

“Pipi”, antes de que el gran presidente Santiago Bernabeu intentase sin éxito convertirlo en Suárez.

Varios años después, el 20 de febrero de 1976, la Magistratura de Trabajo estimó una demanda de la viuda, entendiendo como accidente laboral el infausto suceso. Aquel auto condenaba al Sevilla C. F. a entregarle 15.300 ptas. mensuales hasta la mayoría de edad de sus hijos. Y si bien dicha cantidad hoy pudiera antojarse irrisoria, conviene tener en cuenta que el salario mensual de una dependienta de comercio rondaba entonces las 13.000 ptas.

¿Qué había ocurrido en el ínterin?. ¿Se ablandó el corazón de algún magistrado?. Nada de eso. Cabrera Bazán, antiguo jugador convertido en prestigioso abogado laboralista, venía luchando, pleito a pleito, contra viejas costumbres transformadas en ley. Fue él quien defendió al bético Quino durante su largo contencioso con la entidad verdiblanca. Y él también quien obtuviese la primera gran victoria legal para un futbolista (“Pipi”, o Alberto Suárez Suárez en el registro civil) durante 1971.

Asturiano de San Frechoso (25-VIII-1938) y huérfano desde la infancia, se crió en un colegio malagueño, formándose como futbolista en las categorías inferiores del modesto ICET. Como medio de gran clase y notable disparo, tras militar en el ya desaparecido C. D. Málaga desde 1956 hasta 1963, ingresó en el Real Madrid. Durante su permanencia en la entidad costasoleña, donde era ídolo, había anotado el gol 200 de los blanquiazules en 1ª División. Pero claro, las cosas en un Real Madrid cuajado de figuras le resultaron más difíciles. De entrada, Santiago Bernabeu, tan poco dado a los diminutivos, la apócope o cuanto a le sonara poco serio, se empeñó en cambiarle el nombre. “Pipi está bien para un perro, pero no para figurar en la alineación del Real Madrid”, dictaminó durante el acto de firma y presentación del nuevo pupilo ante la prensa. O sea que desde instante y hasta la conclusión del Campeonato 1964-65 hubo de convertirse en Suárez.

El asturiano, sin embargo, pudo verse citado por su apellido muy de tarde en tarde. Tan sólo en 4 partidos de Liga distribuidos entre dos campañas, varios amistosos y alguno más de competiciones oficiales menores. Sin sitio en Madrid, el Sevilla C. F. pudo hacerse con sus servicios a precio de saldo, para rendir en la entidad hispalense por debajo de lo esperado hasta que colgara las botas en 1968. Tuvo una salida tormentosa, al plantear un pleito contra el club por deuda contractual. Cabrera Bazán lo llevó ante Magistratura y para sorpresa de casi todos obtuvo un fallo favorable en 1971, dando lugar, de paso, al reconocimiento empresarial que los clubes siempre habían negado. Y  más importante aún, otorgando implícitamente al futbolista condición de trabajador por cuenta ajena. “Pipi” Suárez montaría un comercio de material deportivo en Málaga, capital donde le sorprendió la muerte de madrugada, el domingo 8 de diciembre de 2001, a los 63 años, víctima de un agudo ataque asmático.

El tribunal que accediese a las razones expuestas por la viuda de Berruezo había bebido, obviamente, en la fuente que dejasen abierta “Pipi” y Cabrera Bazán(*).

Gracias al inconformismo de José Brescia Sánchez y su esposa, los futbolistas serían reconocidos trabajadores por cuenta ajena de pleno derecho. La lógica imperó 60 años después de que nuestro deporte rey abrazase el profesionalismo.

Gracias al inconformismo de José Brescia Sánchez y su esposa, los futbolistas serían reconocidos trabajadores por cuenta ajena de pleno derecho. La lógica imperó 60 años después de que nuestro deporte rey abrazase el profesionalismo.

De todos modos, aún faltaba el empujón que definitivamente situase, sin ambages ni cortapisas, a las gentes del balón redondo en la esfera Derecho Laboral. De ello se encargaría el defensa José Brescia Sánchez (Alhaurín el Grande 10-II-1957). O para ser exactos, su esposa, la abogada María Paz Sellés.

Después de patear campos de Regional con el Alhaurino durante tres temporadas, y ejercicio y medio en el Atlético Malagueño (el segundo compitiendo en 3ª División), Brescia ingresó en el C. D. Málaga cuando peor iban las cosas para la ya fenecida sociedad. Si en lo económico el presidente Federico Brinkmann se enfrentaba a la catástrofe, el veterano brasileño Otto Bumbel no lo tenía mejor deportivamente. Desbordado por las circunstancias, escasamente tres meses después de haber sustituido a José Luis Fuentes cedería su plaza en el banquillo al argentino Viberti. Con todo, algo bueno si salió de tanto desastre. Y entre ello la irrupción de este muchacho que si bien empezara como interior, al convertirse en semiprofesional, con Benítez debutando en el banquillo del filial malaguista, retrasó su posición hasta el eje central de la línea defensiva. Su debut en 2ª, ya avanzado el Campeonato 1977-78, no pudo resultar más esperanzador. Valiente, ágil en el corte, contundente y capaz de amedrentar al adversario si la ocasión lo requería, se esforzaba por mejorar en el aspecto técnico, sin duda su mayor déficit. Por entonces compaginaba la actividad deportiva con una beca universitaria, licenciándose más adelante en Magisterio y Geografía e Historia Contemporánea

Las lesiones, sin embargo, se cruzaron obstinadamente en su camino. Las padecidas en el tendón de Aquiles, partido el año 82, y las rodillas, con dos intervenciones quirúrgicas en los cuatro meses comprendidos entre el 22 de noviembre de 1985 y el 21 de marzo del 86, resultarían determinantes. A los 29 años había quedado inútil para el fútbol profesional y sin derecho a nada, según el Instituto Nacional de Seguridad Social. Tuvo que acudir a los tribunales de justicia y convertirse en el primer futbolista español al que se le otorgaba una pensión de incapacidad permanente total para su profesión (año1986), haciéndose de ese modo en la historia del fútbol el hueco que los campos le negaran. Y es que como diría un castizo, aquel pleito le salió barato al tener abogado en casa. Su mujer, María Paz Sellés, y el graduado social Rafael Stecchini, luego de dos resoluciones denegatorias y un recurso al INSS, acabaron logrando el triunfo.

Aquella sentencia del Juzgado de lo Social resolvió por fin la anómala situación de los futbolistas, a quienes si bien se les reconocía ya como trabajadores por cuenta ajena, seguían teniendo vetado el acceso a cualquier prestación de la Seguridad Social.

Todos los héroes de aquella desigual lucha fueron andaluces: Cabrera Bazán, la viuda de Berruezo, “Pipi” Suárez (aunque naciese en Asturias, malagueño por los cuatro costados) y Brescia. Tres de ellos, además (Pedro Berruezo, “Pipi” Suárez y Brescia) íntimamente unidos al C. D. Málaga. Y dos (Berruezo y “Pipi”) con paso por el Sevilla C. F. A su bendita cabezonería deben los futbolistas de hoy, no sólo las estrellas sino también los menos conocidos de 2ª División y 2ª B, unos derechos ilegítimamente usurpados durante más de medio siglo. Gracias a ellos, Pedro Berruezo Bernal, por ejemplo, hijo póstumo de quien falleciese entre El Pasarón y una clínica pontevedresa, futbolista de bronce con militancia en Atlético Benamiel, Melilla, Torremolinos, Vélez, Granada, Ceuta, Cartagonova y Linares, supo mientras derramaba sudor sobre el césped que, aún con mala suerte, no volvería a conocer un calvario semejante al experimentado durante su infancia.

(*) La semblanza de Cabrera Bazán ya fue trazada en esta misma publicación, desde el artículo “Sindicación de futbolistas en España”.




S. D. Eibar: 75 años de señorío

El señorío no es blasón que pueda comprarse, o se regale. Tampoco constituye premio a la acción puntual, sea ésta fruto del empeño o el puro oportunismo. Se asienta, en cambio, sobre pilares tan firmes como el respeto a los valores propios y ajenos, la honestidad en lo deportivo y económico, el buen juicio y esa suma de virtudes cada vez más caras, emparentadas con la templanza. Añádase, si acaso, la fuerza necesaria para volver a erguirse tras los fracasos y el no inflamar en demasía el pecho festejando triunfos, y entonces sí, habremos completado la fórmula.

El señorío, pese a su alto costo, o quién sabe si precisamente por ello, no siempre es patrimonio de entidades todopoderosas, donde los dictados del marketing financiero se imponen al sentimiento. Bien al contrario, podemos hallarlo en clubes teóricamente menores. En el Numancia soriano, por ejemplo, en aquel Osasuna presidido por el inolvidable Fermín Ezcurra, en la “Ponfe”, el C. D. Mirandés, un Alcoyano que quedó para la historia como máxima expresión de moral, el Izarra estellés, o la Sociedad Deportiva Eibar.

Este club, el Eibar, conforme es comúnmente conocido en la villa armera, nació durante 1940, aún sin cicatrizar las heridas de guerra, tras fusionarse del Deportivo Gallo y la Unión Deportiva Eibarresa. Está, como resulta obvio, en vísperas de cumplir sus bodas de diamante. Y por primera vez a lo largo de 75 años podría hacerlo debutando en nuestra máxima categoría. Su alumbramiento tardío impidió que algunas leyendas eibarresas, como Ciriaco Errasti -el Ciriaco de la mítica tripleta defensiva: Zamora, Ciriaco y Quincoces-,  Roberto Echeverría, José Muguerza y Ramón Gabilondo, todos ellos internacionales, pudiesen vestir la camiseta azulgrana. Ciriaco, en realidad, ya había sustituido el balón de cuero por un trabajo en la banca cuando los chicos del Eibar F. C., denominación natal de la hoy Sociedad Deportiva, comenzaron a trotar sobre el embarrado césped cada invierno guipuzcoano.

Tardarían poco en llegar las siguientes nuevas figuras, con cuentagotas al principio, como no podía ser de otro modo en un club compuesto por aficionados puros, y formando aluvión después, pese a que las modestas primas por victoria cercenasen cualquier sueño de profesionalismo. Y ya entonces, al traspasar a sus mejores elementos, la joven sociedad comenzó a hacer gala de señorío.

Durante los años 40 y 50, las fichas de aficionado sólo se validaban por temporada. De ese modo, si el jugador “X” lo bordaba una campaña, en julio podía comprometerse con quien le viniera en gana. Enorme complicación para clubes de modestísimio presupuesto, ya que al no mediar traspaso, las entidades formadoras veían esfumarse cualquier cuento de la lechera. Sólo unas pocas acostumbraban a observar escrupulosamente la normativa. Habitualmente, en cambio, se ejercía el chantaje emocional, con argumentos tipo: “Pero hombre de Dios, piensa en tus compañeros; algo de dinerillo permitiría instalar agua caliente en las duchas. Tú eres del pueblo, ¿por qué no consideras todo lo que esta afición te ha dado?. Medítalo, ¿te parece?”. A la postre, muchos de aquellos jóvenes concluían suscribiendo fichas profesionales ficticias, pese al indudable quebranto económico que para ellos representaba, evitando, de paso, que sus antiguos compañeros se halasen y en el pueblo les censuraran. Porque siempre, pero siempre, siempre, el monto de lo satisfecho a modo de traspaso se detraía de cuanto iba a percibir la flamante adquisición en concepto de ficha, hubiese ya o no papeles firmados de por medio. El Eibar, sobre este capítulo, sería cumplida excepción.

Así quedó de manifiesto en 1956, cuando desde el Valencia C. F. se interesaron por Félix Arrizabalaga, guardameta ágil, decidido y seguro, al que también seguían Osasuna y Real Sociedad. Félix, recién cumplidos los 22, con dos años a sus espaldas en el Urko, filial eibarrés, y media campaña en el primer conjunto armero, compaginaba la práctica deportiva con su trabajo en la industria “Alfa”. Si Real Sociedad y Osasuna representaban no salir apenas de casa, aquel poderoso Valencia de los Mestre, Sendra, Buqué, Seguí, Mañó, Piquer o Sócrates, le ofrecía más profesionalidad. Los armeros militaban entonces en 2ª División, se jugaban una muy complicada posibilidad de permanencia, y pese a ello desde su directiva tuvieron el buen gesto no ya de permitirle irse gratis, sino de hacerlo sin concluir la temporada. Todo un hándicap deportivo, justificado en el deseo de no entorpecer la oportunidad profesional de su pupilo.

Félix Arrizabalaga, conocido en Eibar como “Apuchiano”, gentilicio del caserío familiar. Una de las primeras figuras en el conjunto armero.

Félix Arrizabalaga, conocido en Eibar como “Apuchiano”, gentilicio del caserío familiar. Una de las primeras figuras en el conjunto armero.

Ya junto al Turia, Félix viajaría como suplente en casi todos los desplazamientos, hasta concluir la campaña. Entonces no se podía efectuar sustituciones, a excepción del guardameta, y aún éste sólo por lesión. La titularidad iba a resultarle cara, oscurecido por Goyo, primero, y por Pesudo después. Félix regresó cedido al Eibar para el ejercicio siguiente y a poco de empezar la campaña 58-59, sospechando iba a calentar banquillo, solicitaría una nueva cesión al Mestalla, todo un “coco” de 2ª División. El estreno en 1ª se le resistía tenazmente. Otro tal vez hubiese sucumbido a la frustración, pugnando por un cambio de aires. Él no, puesto que se sentía a gusto junto al Mediterráneo, según recordaba cincuenta y cinco años después: “Era un club de campanillas, con muy buen vestuario. Entonces no había muchos medios, pero sí compañerismo. Sólo podían contarse 4 coches entre todos los componentes de la plantilla valenciana. Uno de ellos, modesto Renault “4-4”, del alavés Quincoces II. En otro no menos modesto de Puchades, de un Puchades que lo había sido todo en la selección nacional, iban y venían a entrenar los 4 de Sueca. Aunque yo no tuviese coche, era el quinto motorizado, puesto que me había llevado la motocicleta desde Eibar”.

Concluido su contrato y pese a no debutar en competición liguera con el Valencia, sería renovado por otras tres campañas. Cuatrocientas mil ptas. de ficha por tres años tuvieron “la culpa”, según referencias de prensa, cuando los empleados de banca juntaban 4.000 mensuales y la cuenca industrial barcelonesa o vizcaína seguía llenándose de inmigrantes andaluces, gallegos, castellanos o extremeños. Allá por el verano de 1962 regresó a “su” Eibar, volviendo a colocarse bajo el marco de Ipurúa. ¿Cómo no hacerlo, después de lo bien que todos tomaron su salida?. El millón de ptas. amasado con el fútbol, cuando semejante cifra representaba un capitalazo, había servido para poner en marcha la empresa familiar. Y como esta exigiese cada vez más dedicación, al arrancar el verano del 64 optó por colgar los guantes, bastante más que satisfecho.

El eibarrés Alberto Ormaechea jugo 3 temporadas en el equipo de su localidad natal, antes de ser fijo entre los once habituales del viejo Atocha y otorgar a la Real Sociedad, desde el banquillo, sus dos únicos títulos ligueros.

El eibarrés Alberto Ormaechea jugo 3 temporadas en el equipo de su localidad natal, antes de ser fijo entre los once habituales del viejo Atocha y otorgar a la Real Sociedad, desde el banquillo, sus dos únicos títulos ligueros.

Casi por las mismas fechas y durante los siguientes años, otros muchos jugadores azulgrana hicieron sus maletas, rumbo a la 1ª División. Ignacio Echarri (Eibar 54-56) reforzando a la Real Sociedad por espacio de 7 campañas. José Antonio Guisasola, “Kaiku” para el futbol, al Deportivo Alavés y Granada, a  modo de paréntesis entre sus 14 temporadas sudando la camiseta eibarresa. José Antonio Irulegui (Eibar 55-56), cubriendo 9 temporadas en la Real Sociedad y otras 6, nada menos, en el Pontevedra del “¡hay que roelo!”. El cancerbero José Antonio Araquistáin (como Irulegui, Eibar 55-56) a la Real Sociedad, Real Madrid, Elche y C. D. Castellón, paladeando por el camino ese dulce sabor del internacionalato.  Miguel Azcárate (Eibar 56-57) a la Real Sociedad y Real Batis sevillano. Juan Zubiaurre (Eibar 55-57), a Osasuna, Real Zaragoza y Granada C. F. Miguel Iguarán (Eibar 57-58) al Oviedo, Mallorca y Pontevedra, para disfrutar durante 6 temporadas en nuestra elite, y aún otra en el “soccer” de los EEUU, con el Toronto Falcons. Juan Cacho (Eibar 58-59) a la Real Sociedad y Pontevedra… Merecen mención aparte, sin duda, Alberto Ormaechea y Fernando Ansola. El primero (Eibar 57-60), no sólo por sus 11 campañas en el lateral izquierdo de la Real, sino por haber sido el entrenador de los hasta ahora dos únicos títulos ligueros en la blanquiazul historia donostiarra (1980-81 y 1981-82). Desgraciadamente no podrá acudir a los fastos del 75 aniversario, puesto que un cáncer se lo llevó hace algún tiempo. El ariete Ansola, también fallecido a los 46 años por un tumor cerebral, representación excelsa de la furia, imponente rematador de cabeza, goleador contumaz e internacional en menos oportunidades de las que probablemente mereciese, tras salir del Eibar (57-58) repartiría 16 campañas entre el Oviedo, Betis, Valencia y Real Sociedad. Una vez más, en todos estos casos la entidad eibarresa obtuvo sólo una parte infinitesimal de cuanto “valían” contablemente sus futbolistas.

No cabe decir que cambiase la tónica inaugurados los 60, años del definitivo despegue económico español, del “boom” turístico, los “600” atascando hasta el último andurrial y el vermut con guinda al alcance de la clase trabajadora, siquiera fuese sólo los domingos, después de misa. Benito Beitia (Eibar 59-61) se iría al Osasuna y Real Oviedo. José Antonio Baqué (Eibar 63-66) a la Real Sociedad, retornando a Ipurúa (70-72) tras pasar por Mendizorroza. Miguel Ángel Lamata (Eibar 65-67) al At Madrid y Real Club Deportivo Español. José Mª Araquistáin (Eibar 66-67 y 68-70) a la Real Sociedad, donde cubrió 8 campeonatos, y Sevilla C. F., con otros 2. José Mª Duñabeitia (Eibar 64-68), al Real Zaragoza…

José Eulogio Gárate, ariete distinto a los de su época, fruto de un club no menos diferente.

José Eulogio Gárate, ariete distinto a los de su época, fruto de un club no menos diferente.

Para entender cómo era aquel conjunto eibarrés, pocos testimonios resultarían más válidos que el de José Eulogio Gárate, referencia “colochonera” en los 70, delantero centro de la selección nacional e infortunado profesional, a resultas de una fea complicación posoperatoria, ya en las postrimerías de su carrera. “Entonces se jugaba por afición y la parte económica era la menos importante. Recuerdo, por ejemplo, que quienes pasábamos del juvenil al primer equipo teníamos una ficha de 5.000 ptas. Para mi segunda temporada insistí un poco y ya me dieron 25.000”. Aun siendo la entidad más potente de la zona entre lo que cabría calificar de modestos, tampoco es que los armeros estuviesen para lanzar cohetes. Continuaban manteniendo una relación estrecha, casi familiar con sus jugadores. Y jamás impedían su vuelo. Tal vez por ello, aquellos años en la entidad dejaran huella indeleble en quienes los compartieron. “Recito mejor una alineación del Eibar de mi época, que cualquiera de las del Atlético Madrid” -reconocía el propio José Eulogio, allá por 1990-. “Murguiondo; Lozano, Muñoa, Txitxia; Aranguren, Larrabeiti; Basaras, Baqué, Gárate, Alfonso e Iceta”.

Gárate, luego de haber disputado dos promociones de ascenso a 2ª División con el equipo de su pueblo, supo aprovechar el trampolín del Indauchu (1965-66) para tomar el relevo a Jorge Mendonça entre los “colchoneros”. Su incorporación a la S. D. Indauchu, por cierto, ilustra muy bien cómo entonces se hacían las cosas.

Jaime de Olaso, dueño de instinto finísimo a la hora de calibrar futuras perlas, promotor, talismán y hombre orquesta en el club bilbaíno, hoy muy venido a menos, apenas tropezó con obstáculos entre la directiva eibarresa, tras confesar su interés por un delantero centro tan distinto. Los problemas, y no pocos, llegaron hasta él desde el padre del futbolista. Su hijo, ante todo, tenía que estudiar. Lo de alinearse con el equipo del pueblo, aún tenía un pase. Pero otra cosa era saltar a 2ª División, donde ya se movían más intereses y tantos, tantísimos meritorios, habían acabado descarriándose. Olaso le habló de que en su plantilla no faltaban los estudiantes. Varios de ellos, como el propio Gárate, matriculados en Ingenieros. Al fin y al cabo, el Indauchu también era un club distinto. Más familiar que otros, más de “amigos”. Pero el padre no daba su brazo a torcer. Por fin, un día, tuvo lugar el encuentro definitivo. Olaso volvió a colocar sobre el platillo de su balanza los argumentos de siempre, aunque con más denuedo. Y el Sr. Gárate, el padre, cortó de golpe su bien ensayado discurso. “Me he informado sobre usted” -dijo-. “Todos me aseguran es hombre de palabra, en quien se puede confiar. Si me garantiza que tomará a mi hijo bajo su tutela, que estará sobre él no ya en el campo, sino en los estudios y en la vida de Bilbao, puede llevárselo”. Como a Olaso le faltase tiempo para dar el “sí”, en setiembre de 1965 el futuro internacional lucía ya sobre el césped de Garellano la camiseta rojilla.

Por cierto, y sólo para despistados: Gárate se licenció en Ingeniería. Eibar sólo se halla a 45 kilómetros de Bilbao, mal contados. Y serían las arcas del Indauchu, eternamente en apuros, las que recibiesen como un bálsamo el dinero madrileño.

Ya introducidos en los 70, el Eibar hubo de digerir un purgante recetado desde la Federación Española a casi todos los clubes modestos. En su deseo de acabar con el profesionalismo de 3ª División -un intento más entre tantos-, a los mandamases del balón no se les ocurrió mejor idea que enarbolar el serrucho. Los dos grupos de 2ª División se convirtieron en uno. Casi tres cuartas partes de los conjuntos de 3ª se vieron de golpe en Regional. Puesto que aún no existía la 2ª B, militar en cualquiera de los cuatro únicos grupos de 3ª División conllevaba enormes desplazamientos, gastos ruinosos y, peor aún, el amamantamiento de una nueva casta profesional, justo para la competición que ni haciendo juegos malabares podía permitírselo. Varias entidades acabarían despeñándose, en su obsesión por dar el salto a 2ª. Otras quedarían muy tocadas para los siguientes cuatro lustros. Y un puñadito más, entre los que cabe incluir al Eibar, se armaron de santísima paciencia.

Formación del Eibar en los años 70, tiempo de fases de ascenso por sistema-

Formación del Eibar en los años 70, tiempo de fases de ascenso por sistema-

Durante 3 años (1976-79) en Eibar sólo pudo verse fútbol de Regional Preferente. Y lo que aún resulta más llamativo: desde 1958 hasta 1986, el equipo perdió nada menos que 14 oportunidades de ascenso en otras tantas fases de promoción. Demasiadas, sin duda, para no pensar que tal vez se viera el ascenso no como un premio, precisamente, sino más bien como condena a galeras. Porque si la afición soñaba con escalar de categoría, en los despachos nadie tenía claro cómo equilibrar balances, duplicando, e incluso triplicando el presupuesto anual. Ciertas conversaciones con componentes de aquellas plantillas inducen como mínimo a la reflexión: “Nosotros queríamos subir, porque para eso nos esforzábamos todo el año. Luego perdíamos y tras la decepción nos daba por pensar cómo hubiésemos hecho para compatibilizar los trabajos con unos desplazamientos tan largos. Desde Eibar hasta Cataluña, a Mallorca, Galicia o, ya puestos, Melilla, Algeciras o Extremadura. A lo peor ese ascenso nos hubiese obligado a dejar el club”.

Semejante panorama pudo añadir abundante plomo a unas cuantas botas. Nada hubiese tenido de ilógico. Porque lo cierto es que desde Ipurúa continuaban volando buenos jugadores.

Agustín Guisasola, una fuerza de la naturaleza, tras dos años en el Urko ingresaba en el Athletic, donde durante 13 temporadas compartiría vestuario con los Iribar, Escalza, Urquiaga, Alexanco, Tirapu, Villar, Dani, Rojo, Irureta, Zabalza, Carlos, Sarabia, Churruca o Argote. En 1983, lastrado por algún problema de sobrepeso, colgaría las botas. Ibón Amuchástegui saltaba en 1975 a la Real Sociedad, permaneciendo 4 campañas en 1ª. Juan Mª Esnaola le había precedido un año antes, estuvo 5 en San Sebastián y desde el viejo Atocha aún logró reengancharse a la 1ª División trotando por El Plantío burgalés. Jesús Mª Lacasa pasó a la ya extinta Unión Deportiva Salamanca, agradable sorpresa entre los grandes allá por el ecuador de los 70. Diego Álvarez, el Diego del centro del campo donostiarra, también salió en 1974 hacia la Real Sociedad de los Arconada, Kortabarría, Gajate, Zamora, Satrústegui, José Mª Bakero, Uralde, López Ufarte, Alonso e Idigoras, doblemente campeona.

En los 80, Alberto Albístegui (Mallorca, Deportivo de La Coruña, Real Sociedad y Deportivo Alavés), el poco exquisito aunque contundente José Luis Ribera (Burgos y sobre todo Deportivo de La Coruña), o Francisco Javier Bellido, puntal en un Compostela encaramado al listón más alto, pueden servirnos para engrosar la lista. Y sobre todo dos perlas de la cantera, como José Antonio “Pizo” Gómez y Miguel Ángel Fuentes. El primero dejó Ipurúa en 1983 para vivir sucesivas experiencias en el Athletic, Osasuna, Atlético Madrid, Español barcelonés y Rayo Vallecano, antes de colgar los borceguíes en Eibar, transcurridos 14 años desde su salida. Fuentes, brillante extremo en sus inicios a quien Toschak hizo lateral, luego de batirse el cobre durante 14 campañas en la Real Sociedad todavía tuvo el arresto de presidir a los donostiarras desde junio de 2005 hasta idéntico mes de 2007. Junto a ellos, claro está, quienes obedeciendo a distintas razones optaban por permanecer en la industriosa localidad, convirtiéndose en referentes. Es el caso de José Manuel Luluaga, con 11 temporadas organizando el juego azulgrana entre 1983 y 1994. De Bixente Oyarzábal, otro tanto desde 1989 hasta el año 2000, auténtico gendarme de la zona ancha, aunque ello supusiera sacrificar la verticalidad exhibida en el Lagun Onak y Anaitasuna. Y de José Ignacio Garmendia, auténtico punto y aparte.

Natural de Villabona (4-IV-1960), llegó al Eibar para la campaña 1979-80, procedente del Hernani. No era un portero alto, pero sí ágil, mandón, equilibrado y con dotes de liderazgo. Durante 18 Campeonatos fue dueño y señor del marco eibarrés, llegando a marcar un gol desde su propia portería la temporada 87-88, para asombro de Aranguren, guardameta azcoitiano del Pontevedra. Dieciocho ejercicios alternando la carnicería con partidos y entrenamientos, puesto que aún viviendo el fútbol con desbordante pasión, nunca quiso ver en el césped su redención laboral. Y eso que no le faltaron ofertas.

José Ignacio Garmendia Mendizábal. De su carnicería al portal eibarrés, sin plantearse siquiera su bien ganada condición de mito en la villa armera.

José Ignacio Garmendia Mendizábal. De su carnicería al portal eibarrés, sin plantearse siquiera su bien ganada condición de mito en la villa armera.

La más tentadora, sin duda, por aquello de ser la primera importante, se la hicieron llegar desde Tenerife. Había un buen dinero de por medio, aunque eso a él se le antojara lo de menos. Impuso como condición le permitiesen instalar en Santa Cruz un establecimiento del ramo carnicero. Sólo eso. Todo lo demás podía negociarse. Pero claro, la directiva tinerfeña se echó atrás. Que su portero manejase cuchillos a diario, expuesto a cualquier corte… En adelante ya no quiso escuchar más cantos de sirena. Permaneció en su carnicería, comentando con la clientela incidencias del juego mientras despachaba, puesto que los directivos armeros, conscientes de que no podían pedir exclusividad a una plantilla semiprofesional, se limitaban a suplicarle prudencia en el manejo del machete. Su único corte serio, profundo, de los que requieren sutura, llegó cuando estaba a punto de colgar las botas y el pantalón corto. Público y directiva le tributaron un muy concurrido, a la par que merecidísimo homenaje, y él, correspondiendo conforme le dictaba el corazón, repartió íntegramente el importe de la recaudación entre organizaciones benéficas eibarresas. Hasta en eso sabía mostrar señorío el Eibar y quien por entonces ejercía de estandarte.

Era tal su peso en el vestuario que la entidad armera decidió convertirlo durante el año siguiente en enlace entre plantilla y despachos. Y una vez resuelta la transición, por fin a tiempo completo, de vuelta a la carnicería. Para entonces superaba los 350 partidos en 2ª División y una cifra similar entre 3ª y 2ª B.

Afianzado Ipurúa en el futbol de plata, su público continuó jaleando a jugadores más tarde tan significados como Asier Riesgo (Real Sociedad, Recreativo y Osasuna), Manolo Almunia (8 años en el Arsenal londinense), Gorka Iraizoz (Español de Barcelona y Athletic), Joseba Llorente (Valladolid, Real Sociedad y Osasuna), Xabi Alonso (Real Sociedad, Liverpool y Real Madrid, además de doble campeón de Europa con estos dos últimos clubes, y con la selección española en el Mundial sudafricano y la Eurocopa), David Jiménez Silva (Celta, Valencia y Manchester City, aparte de campeón mundial y europeo, como Xabi Alonso). Prácticamente todos, justo es consignarlo, cuando apenas balbuceaban en el mundillo profesional, cedidos desde otras entidades. La espartana austeridad eibarresa no daba para otra cosa.

David Silva, por cierto, protagonizó una jugada magnífica durante su única campaña con los armeros. El guardameta adversario y un compañero se hallaban tendidos sobre la hierba después de chocar violentamente, dejándole en franquía el portal. Lejos de anotar el tanto, optó por enviar fuera el balón y permitir se atendiera a los caídos. Gesto similar al tantas veces comentado de Zaballa en el estadio Santiago Brnabeu, cuando el extremo cántabro defendía los intereses del Sabadell. Sólo que computada toda la campaña, aquel gol que Silva, en ejemplar gesto de honradez profesional prefirió no marcar, hubiese podido suponer el ascenso a la máxima categoría. Corría el ejercicio 2004-05, con Mendilíbar en el banquillo.

Todo esto no son sino páginas señeras de una S. D. Eibar para enmarcar. Porque hace apenas unos días, el domingo 25 de mayo y a falta de dos jornadas para finiquitar el Campeonato, los eibarreses conquistaron legítimamente su derecho a celebrar el 75 aniversario junto al Real Madrid de Casillas, Sergio Ramos o Cristiano Ronaldo, el Barcelona de Piqué, Messi, Iniesta, Xavi Hernández o Neymar, y los no menos gloriosos At. Madrid, Valencia, Español, Athletic o Sevilla, por no hacer inacabable el listado, campeones todos de Liga o de Copa. Sólo una nube plomiza se empeña en oscurecer tanta brillantez, cuando el ascenso se ha logrado, por ende, con el presupuesto más bajo de todo el fútbol profesional español. La amenaza de una difícil ampliación de capital exigida desde la Liga de Fútbol Profesional, siendo la entidad eibarresa, para mayor sarcasmo, de las pocas sin deuda. Un ejemplo digno de patente y exportación.

SDEibar06Paradoja superlativa, además de profunda injusticia, mientras el campeón de Liga y finalista en la Champions League tiene como principal acreedor y con una cifra monstruosa al mismísimo Ministerio de Hacienda, o el más que probable acompañante del Eibar en su ascenso, el Deportivo de La Coruña, debería haber descendido a 2ª hace varias temporadas, normativa en mano, conforme quedó de manifiesto tras la defenestración de su ex presidente Augusto César Lendoiro y el alumbramiento de impagos a jugadores que, como Luque, llevaban ocho años lejos de Riazor. Extraña vara de medir cuando buena parte de los instalados en 1ª y 2ª División se han acogido a ese resquicio legal con demasiado aroma a estafa deportiva, denominado Concurso de Acreedores. Dislate esdrújulo, aunque comprensible, en ese patio de Monipodio donde parece ha ido a dar parte de nuestro fútbol elitista. Y enorme estulticia, puesto que la conversión de clubes en Sociedades Anónimas Deportivas, lejos de solventar viejos problemas, como antaño se pretendía, sólo parece haberlos agigantado.

Confiemos pueda la entidad guipuzcoana incrementar su capital social en el millón setecientos mil euros exigidos, tremenda cifra, dada su modestia y los 27.000 habitantes raspaditos del valle verde y profundo en que se asienta. Y que pueda hacerlo, por ende, sin renunciar a su muy loable filosofía, distribuyendo las acciones entre miles de simpatizantes o, lo que es igual, poniendo cepo a especuladores sin pedigrí deportivo ni escrúpulos de conciencia bien acreditados.

El debut eibarrés en 1ª debe sustanciarse. Se lo han ido ganando, a lo largo de 74 años, los 600 jugadores que vistieron de azul y grana, la afición local y presidentes como Juan Artamendi, Bernardo Odriozola, Crispín Gárate, Manuel Escodín, Guisasola, Echaluce, Zubia, Irusta, Fernández de Betoño, Aranegui, Cadenas, “Pepe Goro”, Eusebio Oyarzun, Marquiegui, Arrieta, Mardaras, y cuantos con más o menos fortuna, pero sin merma de entrega, les siguieron. Se lo han ganado, también, entrenadores voluntariosos como Félix Muguerza, Aniceto Albizu, a quien todos llamaban “Chaparro”, Celestino Olaizola, Patxi Gárate, Antonio Corral, “Cuqui” Bienzobas, Mayo, Zapiráin, Santi Bardají, Arberas, Luis Ciuaurriz, Dionisio Urreisti, Arrizabalaga o Alfonso Barasoáin, quien lo hizo mayor de edad y no se atreviese a volar por banquillos de tronío, anclado como estaba a una buena colocación en Telefónica. Y se lo siguieron ganando, más tarde, sin freno para tanto nervio a ras de césped, Blas Ciarreta, el otrora internacional Miguel Ángel “Periko” Alonso, un ya citado Mendilíbar, Manix Mandiola o el actual y laureado por partida doble Gaizka Garitano, puesto que hace apenas 12 meses brindaba con txacolí o cava por el ascenso desde 2ª B.

Felicidades, Eibar. ¡Zorionak!.

Y muchas gracias por demostrarnos la posibilidad de un fútbol sin tantos millones, o que aplicando ese método tampoco se muere en el intento.

Al fin y al cabo, una exhibición más de señorío.




Cuando el tren pasa de largo

El fútbol, como la vida misma, está lleno de oportunidades perdidas, de ocasiones que unos dejaron pasar por falta de suerte o arrojo, en tanto otros abordaban con la desesperación del viajero impuntual, obligado a perseguir el vagón de cola, aún a costa de dejarse el alma en la carrera. Habría múltiples ejemplos para ilustrarlo y por eso, precisamente, quizás sea mejor la concreción.

En 1948, cuando España seguía lamiéndose heridas de guerra, entre panaderos sin escrúpulos, habituados a mezclar yeso y serrín con la harina destinada al horno, mientras el tifus se llevaba por delante a centenares de víctimas cada año y la triquinosis causaba estragos, o los niños de Auxilio Social lucían sus cabezas rapadas en cada procesión dominical, como prueba del celo con que el Régimen satisfacía a la infancia, al mismo tiempo que los favorecidos saciaban el hambre inherente a las cartillas de racionamiento flirteando con el mercado negro, cuando Europa, la Europa destrozada por la II Guerra Mundial volvía a ponerse en pie, en parte gracias al Plan Marshall, no pocos muchachos veían en el fútbol, los toros o el boxeo, una buena alternativa a su renegrido panorama. Entre ellos los había timoratos o con descaro, dispuestos a sacrificarse o con la cabeza a pájaros, dotados de condiciones o con más ganas que facultades. Y sólo a unos pocos entre tanta Cenicienta les sería dado transformarse en princesas.

Pudo haber sido príncipe del balón un medio del Arenas guechotarra apellidado Toledo, puesto que sobre él llegaron a las oficinas del Real Madrid informes muy laudatorios. Tanta fue la insistencia del cazatalentos “merengue” por territorio vasco que al fin don Santiago Bernabeu comisionó a un ojeador. Es lástima que no se conserve la identidad de aquel técnico, o al menos resulte desconocida para quien esto escribe, pues su buena pupila contribuyó a hacer más grande la leyenda blanca. Y no precisamente dejándose seducir por las evoluciones de Toledo, sino al percatarse del potencial encerrado en su compañero de ala, un crío de 18 años, menudo, aparentemente frágil, pero capaz de mover la pelota sobre cualquier barrizal como si fuese una pluma. Se llamaba José Mª Zárraga Martín y en las alineaciones del Arenas aparecía como Zárraga II, puesto que en el ataque de los rojinegros formaba otro muchacho de idéntico apellido.

Es fácil imaginar con qué recelo se miraría aquel informe en la casa blanca. “¿No era Toledo el jugador a seguir?”. “Sí, pero ocurre que Zárraga II es buenísimo”. “Habrá tenido su día, hombre; ¿qué pasa con Toledo?”. Sólo al empeño de aquel emisario hubo de agradecer José Mª Zárraga se le volviese a ver, ya con menos atención puesta en su compañero Toledo. Y así, al término de la temporada 48-49, durante la que el joven disputó algunos partidos con el equipo que la Universidad de Deusto tenía federado, puesto que en ella estudiaba Ciencias Políticas y Económicas como alumno oyente, se culminó su traspaso a la entidad madrileña.        

Medio técnico, aguerrido, sobrio, valiente, constante y con calidad, se había iniciado en club Acción Católica de Las Arenas para, tras pasar por el Academia de Algorta y Rabay -club que ostentaba el nombre de la compañía Ybarra, por pertenecer a esa sociedad industrial, aunque transformado desde el revés-, suscribió contrato con el Arenas guechotarra. Como todos los considerados tiernos para la máxima categoría, sería cedido al Plus Ultra, filial “merengue”, durante dos campañas. Porque dos campeonatos de 2ª División le bastaron para debutar en la máxima categoría, contra el Valencia, durante los primeros compases del ejercicio 1951-52. Era de los que pocas veces se equivocaba, de los que sin pujar por el estrellato saben hacerse imprescindibles. Viajó a Venezuela para conquistar su primera Pequeña Copa del Mundo y al regreso tendría ocasión de debutar con la selección española B, frente a Luxemburgo. Internacional absoluto en 6 ocasiones, ante Bélgica, Portugal, Turquía, Escocia, Francia e Irlanda, probablemente hubiese merecido más atención de los seleccionadores nacionales. Además, siendo jugador del Real Madrid también jugó con el Real Valladolid, en condición de cedido y como refuerzo para una gira amistosa. Campeón de Liga las ediciones 1953-54, 54-55, 56-57, 57-58, 1960-61 y 61-62, de la Pequeña Copa del Mundo en 2 oportunidades, de la Copa Latina en una ocasión, de la Copa Europea, actual Champions League, en 1956, 57, 58, 59 y 1960, es decir las cinco ediciones consecutivas que el conjunto blanco acaudillado por un enorme Di Stéfano necesitó para establecer una marca todavía no igualada; de la Copa Intercontinental correspondiente a 1960… Celebró igualmente la consecución de una Copa Latina, un trofeo Villamarín, otro Teresa Herrera y dos Carranza gaditanos, antes de recibir en octubre de 1960 la Medalla de Oro al Mérito Deportivo. Cuando el 12 de setiembre de 1962, con 32 veranos a cuestas creyó llegado el momento de colgar las botas aprovechando un digno partido de despedida ante el Manchester United dirigido por Matt Busby, todo un hombre de leyenda, apenas si quedaba en él nada de la antigua “Cenicienta” rojinegra, como no fuese su bonhomía y humildad. Para entonces apenas si se sabía nada de Toledo, su viejo compañero de ala, que tras permanecer en el conjunto guechotarra hasta 1951, incapaz de convertir en realidad sus sueños de triunfo y consciente de que el tren se la había escapado en la mismísima estación, focalizaría su vida hacia otras prioridades.

José Mª Zárraga, con la camiseta de nuestra selección nacional.

José Mª Zárraga, con la camiseta de nuestra selección nacional.

A partir de 1962 Zárraga se convirtió en adjunto a la gerencia “merengue”, hasta que en 1964, luego de haber obtenido meses antes el título de entrenador nacional con el número uno de su promoción, irrumpiese en el ya extinto Club Deportivo Málaga como máximo responsable, escala previa a su ingreso en el Real Murcia. Quizás porque no se encontrara cómodo lustrando banquillos, dio el paso hacia la gerencia deportiva en el Málaga, Valencia (1972) y Deportivo Alavés (1980). El recuerdo dejado durante tal faceta se antoja unánime: un alto sentido ético, caballerosidad e inteligencia. Coinciden incluso  jugadores con tanta fama de polémicos como el malacitano Mori, quien desde distintas entrevistas no tuvo empacho en defender su gestión, afirmando que a él le bastaba la palabra del vizcaíno y un apretón de manos, en tanto sus sucesores resultaban impredecibles aún con varias firmas y leguleyos de por medio. Hallándose en el club vitoriano fichó a Jorge Valdano, por entonces jovencísimo e ilustre desconocido en nuestro país, así como poco más que aspirante a meritorio en la Argentina rural.

Desde luego supo subirse al tren adecuado, por más que inicialmente careciese de billete. Lo supo hasta ingresar de urgencia en la unidad de vigilancia intensiva de la madrileña clínica Zarzuela durante 1993, a causa de un derrame cerebral. Intervenido quirúrgicamente en 2 ocasiones, pese a ello hubo de contemplar la vida desde una silla de ruedas, con muy precario estado de salud. Entonces volvieron a acordarse de él las gentes del fútbol, dedicándosele, el 25 de abril de 1995, un partido homenaje en el campo vitoriano de Mendizorroza, entre el Deportivo Alavés y el Real Madrid. Casado con Isabel Martín y padre de tres hijas y un hijo, falleció en Madrid el martes 3 de abril de 2012, a los 83 años. Al día siguiente “su” Real Madrid saltó al Santiago Bernabeu con brazaletes negros en señal de duelo y guardó un minuto de silencio como postrer homenaje, antes de dirimir el partido de vuelta correspondiente a Cuartos de Final de la Champions League, contra el Apoel chipriota.

Otros, además de Toledo, también quedaron empantanados en el andén, no por mala suerte, o víctimas de las circunstancias. Lo suyo, en algunos casos, fue mala cabeza, haber nacido cigarra en vez de hormiga laboriosa. Y cierto vizcaíno, a principios de los 60, puede muy bien servirnos de ejemplo.  

La historiografía oficial sobre el guardameta internacional José Ángel Iribar, o su hagiografía, si se prefiere, afirma que fue el antiguo delantero zarauztarra Salvador Echave Aristi (At. Bilbao, Indauchu, Ferrol, Castellón, Cádiz, Plasencia y Vinaroz) quien como entrenador del ya centenario C. D. Basconia confió ciegamente en las condiciones de su paisano, por entonces un mocetón imberbe, sin apenas otro bagaje que el fútbol playero. La realidad, sin embargo, ofrece matices mucho más curiosos.

Iribar supo, gracias a un amigo, que los basconistas estaban probando a jóvenes porteros. ¿Por qué no intentarlo?, le propuso aquel chico, para quien José Ángel debía ser toda una estrella sobre el arenal de Zarauz. Pero Iribar padre prefería otro futuro para su hijo. ¿Quién le ayudaría a él en las faenas, si se iba a trotar por esos campos de Dios?. ¿Qué futuro podía garantizarle el fútbol modesto?. Eso, claro, si no se engolfaba lejos de casa. Desde luego no sería el primero en echarse a perder, y ni muchísimo menos el último. Así que se negó en redondo. Fue necesaria la persuasión familiar, de una hermana, sobre todo, para que finalmente otorgase el sí. Después de todo -convinieron- nada se perdía intentándolo. Si le admitían, siembre habría ocasión de valorar en qué condiciones y con qué seguridades. Resultaba bastante tonto discutir al respecto, sin saber si los sueños del hijo se sustentaban sobre fundamentos sólidos.Iribar efectuó la prueba y pese a su bisoñez no desagradó a los técnicos basauritarras, cuya secretaría técnica, de cualquier modo, parecía decantarse por otro chicarrón apellidado Latorre, más conocido en los ambientes deportivos de Vizcaya bajo el apodo de “Bisagras”. Latorre, tras cinco años bajo los palos del Abanto Club, equipo vizcaíno representativo de Las Carreras, en plena zona minera, parecía a punto de cuajar en magnífico cancerbero. Y es que era buen en verdad, tan bueno en sus mejores tardes vistiendo de corto, como alocado su particular concepto de la vida, alérgico al esfuerzo, la autoridad o el sacrificio, y refractario a toda disciplina. Puesto que la historia del fútbol está cuajada de ovejas negras a las que nunca faltó una nueva oportunidad, el hoy olvidado Latorre, alias “Bisagras”, sería la primera opción del Basconia. “Pero entérate bien -le advirtieron-; no vamos a consentirte nada. Sólo con que amagues descarrilar, te damos la patada”.

Iribar durante sus primeros años en el Athletic. Pocos como él supieron tomar al abordaje el tren de la soñada oportunidad.

Iribar durante sus primeros años en el Athletic. Pocos como él supieron tomar al abordaje el tren de la soñada oportunidad.

Como en la fábula oriental del alacrán y la rana, ciertas cosas son connaturales al individuo. Y Latorre, que tenía en su naturaleza el constante descarrilamiento, ni siquiera fue capaz de aferrarse a la ocasión de debutar en 2ª División: al saltarse los primeros entrenamientos se cerró a cal y canto la puerta del conjunto aurinegro. Entonces, sólo entonces, Iribar, el muchacho tímido con tanta apariencia de formalidad como centímetros de estatura, se convirtió en alternativa. “Bisagras” regresó al Abanto, perdiéndose finalmente en la nada, mientras el futuro internacional asombraba a los técnicos basconistas con su rápida progresión. El tren que pasó de largo ante Latorre era atrapado por José Ángel Iribar sin el más mínimo titubeo. Comenzaba así a fraguarse la leyenda de un mito en San Mamés, del fuera de serie que reinara durante muchos años, sin aspavientos, en el fútbol español.

Su definitiva eclosión tuvo lugar en el triple enfrentamiento copero correspondiente a dieciseisavos de final, con que los muchachos del Basconia dejaron en la cuneta a un conjunto tan potente como entonces era el Atlético de Madrid, campeón de las dos ediciones precedentes y con 9 internacionales en su plantilla. Conste, además, por si alguien pudiera pensar lo contrario, que los “colchoneros” no regalaron nada, como no fuese cierto exceso de confianza durante el choque de vuelta disputado en Basoselay. Sencillamente, José Ángel Iribar Cortajarena (1-III-1943) echó el candado a su portal, como hizo a partir de entonces otras muchas tardes, en la que fue su primera jornada de gloria, allá por la primavera de 1962. Los Griffa, Peiró, Rivilla, Collar, Callejo, Jorge Mendonça, Chuzo, Adelardo Rodríguez, Glaría o Alvarito, entre otros, ya habían mostrado su asombro en el choque de ida, resuelto para los madrleños por 3-0, viendo sacar tantos balones imposibles durante 90 minutos al portero adversario, volando de palo a palo. El choque de vuelta (3-0 a favor del Basconia)  evidenció que Iribar nada tenía ya de promesas, sino que era valladar de absoluta garantía. Los basconistas, empero, tampoco eran un hueso especialmente duro. Si bien en sus filas brillaban además de Iribar su ariete Menchaca y el rubicundo Otiñano, este último con posterioridad extremo e interior del C. D. Málaga durante muchos años, contaban con poco más, como no fuere voluntad y entusiasmo, armas insuficientes para mantenerse en el Grupo Norte de 2ª División. Sin Iribar es muy posible que los 51 goles cosechados en contra durante 30 jornadas, habrían crecido hasta una cifra escandalosa.

Con 3-3 en el global de la eliminatoria, hubo que disputar el desempate en Valladolid, donde se adelantaron los vizcaínos por mediación de Menchaca. Encorajinamos, los “colchoneros” pusieron cerco al portal de Iribar, cuyas virtudes probaron desde todos los ángulos. A falta de 5 minutos para el descanso, Joaquín Peiró, poco más tarde traspasado al fútbol italiano, establecía la igualada. Y dos minutos después, mientras los atléticos tomaban aire, Maguregui III elevaba al marcador el 2-1. La segunda parte se transformó en monólogo. Dominio absoluto de los vigentes campeones, para estrellarse contra el frontón en que Iribar parecía haberse transformado. Hasta siete balones de gol sacó aquella tarde el zarauztarra, según los cronistas. Siete aldabonazos de quien ya entonces parecía no conocer techo en su crecimiento deportivo.

Puesto que toda la prensa se hizo eco de su portentosa actuación, de las muchas virtudes acreditadas durante el Campeonato 1961-62, tras la eliminación “colchonera” los varios clubes que venían siguiendo la evolución del joven cancerbero iniciaron una curiosa puja, en su deseo de contratarlo. Para la directiva basconista se hizo realidad eso de que las penas con pan suelen hacerse más llevaderas, puesto que el desencanto del descenso estuvo mitigado por la certeza de cerrar el ejercicio con un señor traspaso. Escucharon ofertas, se frotaron los ajos para asegurarse de no soñar, y con las cuentas muy claras se dejaron caer por la calle Bertendona, donde entonces tenía su sede el Athletic Club, aún Atlético por imperativo franquista, toda vez que a los propietarios de San Mamés les asistía un derecho de tanteo sobre cualquier jugador de la entidad basauritarra. “¿Qué ofrecen un millón?”, se dice exclamaron a coro el secretario general rojiblanco y quien como tesorero tenía a su cargo las llaves de la caja fuerte. “¡Menudo disparate!”. Y en verdad lo era para la época, con sueldos de 4.000 ptas. mensuales entre empleados de banca y 25.000 anuales como salario base anual para cualquier maestro con dos o tres quinquenios. El Athletic tuvo que rascarse el bolsillo, mientras los socios del San Mamés consideraban desmesurada semejante inversión. “Los del Barcelona pagaron cinco millones por Garay, internacional hecho y derecho, jugador solvente donde los haya, y nosotros soltamos uno sin más ni más, por quien todavía no ha hecho nada”, se quejaban.

Muy cierto. Pero si Iribar aún no había hecho nada, el futuro era suyo.

Un año a la sombra de Carmelo Cedrún fue suficiente para hacerse con la titularidad, convirtiendo en baratísimo el monto de tan discutido traspaso. “El Chopo”, apodo con el que sería conocido, se erigió campeón de Europa de Selecciones, al derrotar a la URSS en el estadio Santiago Bernabeu (1964) y 2 veces campeón de Copa, derrotando en las finales a Elche C. F. y C. D. Castellón, respectivamente. Con 49 actuaciones internacionales -debutó en Sevilla, ante Irlanda- fue el primer futbolista español en superar el récord establecido por “ El Divino” Ricardo Zamora, quien tuvo la delicadeza de asistir al choque donde dejaba de ser el histórico número uno de nuestro fútbol, para intercambiar ante las cámaras de TVE, a la sazón sin competencia, sendas camisetas. Esa cifra, entonces, era realmente alta, puesto que se disputaban muchos menos choques internacionales y nuestra selección difícilmente lograba acudir a las fases finales de los Mundiales, excepción hecha del disputado en Inglaterra durante el verano de 1966. Formó en una selección de la UEFA que en 1970 se enfrentó al Benfica en Lisboa y toda España conocía cierta cancioncilla que desde las gradas de San Mamés atronaban los bilbaínos las tardes irrepetibles. Seguro, sobrio, aunque tratando de parecerlo ejecutara acciones increíbles, muy bien colocado, con autoridad sobre su línea defensiva, solía vestir de negro, el color que desde algunos años atrás habían hecho suyo otros formidables porteros. Fuera del campo, ninguna salida de tono, ningún mal gesto. Su desgracia fue no pasearse por Europa tanto como Betancort, Sadurní, Vicente o Pesudo, entre los nuestros, Gordon Banks, el germano Sepp Maier, Dino Zoff, el checo Viktor o los yugoslavos Kurkovic y Maric, entre los extranjeros. Los rojiblancos de San Mamés, cuya disciplina jamás abandonaría, se dejaban ver de tarde en tarde por las competiciones europeas, y cuando asomaban siempre era en la Recopa o Copa UEFA, competiciones menores al lado de la Copa de Europa, en especial la segunda. Si ya ha quedado entre el trío de mejores en su época, junto a Zoff y Maier, es muy posible que de habérsele visto más a menudo allende nuestras fronteras, si se hubiera adornado con otros títulos, hoy estaría considerado un auténtico gigante del pasado siglo. 

Tras el entierro de Francisco Franco, con la reinstauración democrática, apenas si hubo medio de difusión que no inoculase pimienta a sus entrevistadores. “Es usted partidario del aborto?”, solían soltar ante cualquier famoso, viniera o no a cuento. “¿Cuáles son sus inclinaciones políticas?”. “¿Cómo se siente usted: más vasco que español o viceversa?”. Estas dos últimas preguntas fueron, quizás, las más escuchadas por José Ángel Iribar durante sus últimas campañas en activo, aparte de los consabidos “¿qué espera para el domingo?”; “¿Se clasificarán para la UEFA?”; “¿Hasta cuándo le durará la cuerda?”, o “¿Qué pasara en el Athletic cuando usted lo deje?”. Algunos, más osados o deseosos de dar la nota, intercalaban descaradamente: “¿Qué siente cuando representa a España?”. Y si la respuesta, conforme solía ocurrir, no daba para ningún titular, insistían: “¿No cree que sus paisanos, o algunos de ellos, pueden reprocharle haber defendido tantas veces la portería española?”. Por lo general, “El Chopo” tenía muy bien preparada su batería de respuestas poco comprometedores: “Eso pertenece a la intimidad de cada uno”, o “Creía íbamos a hablar de fútbol”. Pero es que esto, lo de la selección, también pertenece al ámbito del fútbol, insistió un periodista, más incisivo que los demás. E Iribar, ese día, dio una magnífica lección de diplomacia: “Muy bien. ¿De qué partidos quieres preguntarme?. ¿De los del Mundial en Inglaterra?. ¿De la final en Madrid ante la Unión Soviética?”.

Lo cierto era que para entonces nadie era ajeno a su ideología. Sobre todo a raíz del partido liguero entre Athletic y Real Sociedad, donde Ignacio Cortabarría y él mismo, como capitanes de los contendientes, saltaron al campo sosteniendo la ikurriña. Simpatizaba con el movimiento abertzale, con una de sus ramas consideradas radicales. Y eso, pese a su prudencia cuando le tocaba hablar, acabaría pasándole factura. 

Como deportista con trayectoria dilatada, tuvo tiempo de pensar en el futuro, en su futuro cuando volviese a vestir de calle. No queriendo dejar las cosas para el último instante, montó un almacén mayorista de patatas y naranjas mientras defendía el portal de San Mamés. Cosas del marketing, ya se sabe. Dar el paso empresarial cuando aún se está en activo comporta mucha publicidad gratuita, mucho cliente tentado por el oropel o la mitomanía. Las cosas, por supuesto, arrancaron de maravilla y así siguieron hasta su definición ideológica, clara y sin ambages, que se encargaría de amplificar una publicación conectada al entorno de Herri Batasuna, agrupación política, según decidirían los tribunales treinta años después, conectada al universo de ETA. El Ejército, entonces, principal cliente del almacén “Iribar”, ya no volvió a comprarle más patatas, circunstancia que supuso un rejón de muerte para el proyecto empresarial.

Iribar y Arconada, dos formidables cancerberos en el día que el fútbol vasco homenajeaba al primero, con victoria de la Real Sociedad sobre el Athletic.

Iribar y Arconada, dos formidables cancerberos en el día que el fútbol vasco homenajeaba al primero, con victoria de la Real Sociedad sobre el Athletic.

José Ángel Iribar, quizás el mejor portero español en la historia, disputó su último partido de Liga la temporada 1979-80, y antes de despedirse tuvo su bien merecido partido de homenaje. Llegó a decirse entonces que el importe íntegro de la recaudación acabó en manos de organizaciones más o menos conectadas a Herri Batasuna. Rigurosamente falso, puesto que aquel dinero fue destinado a expandir el euskera, como muy bien recordarían los munícipes de Zarauz con casi 30 años de retraso, al brindar a su paisano un muy tardío agradecimiento, medalla incluida.

Inscrito su nombre con letras de oro en el museo del Athletic, así como en muchos corazones rojiblancos, tras su adiós al fútbol activo continuó ligado al club, primero haciéndose cargo del adiestramiento a los porteros y luego como entrenador del Bilbao Athletic, cuando este filial realizó una sensacional temporada en 2ª División, ocupando al final puestos de ascenso -segundo clasificado, tras el Castilla, que como filial “merengue” tampoco pudo dar el salto a la máxima categoría-. Fracasaría, en cambio, al hacerse cargo provisionalmente de la primera plantilla durante el ejercicio 1986-87,  y regresó al fútbol base de Lezama. Hoy, afable como siempre, sencillo, como suelen serlo tantos futbolistas de antaño, agradecido a ese tren que supo atrapar en su día, sigue ejerciendo de relaciones públicas atlético y, siquiera durante unos minutos, no renunció a saltar al césped en los estertores del encuentro con que el Athletic Club y un combinado de jugadores vizcaínos se despidieron para siempre del viejo San Mamés. La ovación del público cuando a punto de cumplir 70 años dio su saltito característico para tocar el larguero, quién sabe si midiendo la portería, aún resuena. Pocos, sin embargo, son conscientes de que un tal Bisagras, apellidado Latorre, tuvo billete para el tren que a Iribar acabaría conduciéndolo a la gloria deportiva. Bisagras, claro está, jamás pudo verse en papel prensa con tipografía gruesa.




Césped con crespón negro

Erróneamente suele citarse a Pedro Berruezo como primer futbolista español en morir sobre un campo de fútbol. Desde estas mismas páginas, Julio Jareño, al tratar el fatídico suceso del Pasarón pontevedrés, matizaba describiéndolo como primer futbolista profesional español fallecido en un terreno de juego. Hubiese quedado perfecto consignando, simplemente, «en uno de nuestros terrenos de juego». Porque lo cierto es que treinta años antes, otro profesional español dejaba de existir sobre una camilla con olor a linimento, en la vecina Francia.

El infortunado Pedro Berruezo. Aunque a menudo se afirme lo contrario, no fue nuestro primer futbolista en fallecer sobre un terreno de juego.

El infortunado Pedro Berruezo. Aunque a menudo se afirme lo contrario, no fue nuestro primer futbolista en fallecer sobre un terreno de juego.

Se trató de Esteban Cifuentes, jugador del Español barcelonés antes de la Guerra Civil, que optó por huir de la contienda cruzando la frontera pirenaica. Una vez al otro lado ingresaría en el Nimes, convirtiendo su aventura en una apuesta semejante a la de otros muchos compatriotas, cuya condición de futbolistas en buena medida les resolvía la integración. Aquel fue, empero, un viaje sin retorno, puesto que el 30 de octubre de 1938, tras haberse enfrentado al Arras, se desplomó en el vestuario sin que sirviesen de nada los intentos por reanimarlo mediante respiración artificial. Llegó agonizante a un centro médico, para fallecer dos horas más tarde, en opinión de los galenos víctima de un infarto.

Al margen de Cifuentes, nuestro fútbol se cubrió de luto varias veces, antes de que Berruezo pusiera al balón un crespón negro. Repasemos, siquiera a vuelapluma, algunos de esos tristes momentos.

El 19 de marzo de 1947, Felipe Agra, «Felipín» para el fútbol, extremo derecho del Arosa, se sintió indispuesto a la media hora del partido en que los arosanos visitaban al Club Santiago. Tras retirarse al vestuario en el campo de Santa Isabel sufrió una parada cardiaca, de la que no lograría recuperarse.

Dos años después, el lunes 6 de octubre de 1949, Juan Roura Altimira, del C. D. Mataró, expiraba tras sufrir un fuerte encontronazo con el extremo derecho del C. D. Manacor, mientras ambos equipos dirimían el primer enfrentamiento liguero de la temporada.

Aquel partido, curiosamente, se había iniciado entre el más puro ambiente festivo. Y no faltaban motivos, puesto que para ambos contendientes representaba su histórico debut en 3ª División. Si sobre el papel podía considerarse superiores a los mataroneses, el entusiasmo de los mallorquines fue igualando las cosas, a medida que transcurría el tiempo. A los veinte minutos de la segunda mitad, cuando el C. D. Mataró parecía cómodo con el empate, su defensa Roura tuvo que cortar el avance del extremo derecho local, aún a costa de llevar la peor parte. Bastó una simple mirada del masajista para ordenar la retirada a vestuarios del lesionado, y una vez en él, ante el mal aspecto que presentaba, se optó por trasladado hasta el hospital de Palma. Allí apreciaron fractura muscular, con desgarro de los gemelos por la región tibial interior. Si bien la pierna era insalvable, para amputarla debían estabilizar al herido, sumamente débil tras la brutal pérdida de sangre. Ni siquiera las varias transfusiones sanguíneas practicadas resultaron suficientes, y Roura, un modesto formado entre los infantiles del Horta barcelonés, que luego de pasar a su primer equipo habría de fichar por los gualdinegros de Mataró tres temporadas atrás, expiraba hacia el atardecer del día 6.

La directiva manacorí se volcó en atenciones con el conjunto catalán. Era cuanto podía hacerse ya: agilizar trámites para que el cadáver llegase a Barcelona el miércoles 8 a bordo del vapor-correo de Palma, y pudiera recibir honras fúnebres en Horta ese mismo día por la tarde.

El dolor une a las gentes del fútbol. Siempre ha sido así. Y apenas un mes más tarde, cundo C. D. Tortosa y C. D. Mataró coincidieron en otro desplazamiento a Palma para enfrentarse respectivamente al Constancia de Inca y Atlético Baleares, la directiva tortosina se comprometió a disputar un partido en Mataró, completamente gratis, a beneficio de los familiares del infortunado. Sintiéndose en deuda, los mandatarios del Mataró corresponderían desplazando a su equipo hasta Tortosa en julio de 1950, para el homenaje a Casiano, uno de los primeros mitos deportivos en el delta del Ebro.

Rafael Galayo Sánchez, vástago de una conocida familia santanderina, simultaneaba la práctica de fútbol y baloncesto, actividad esta última con la que representó a la selección española juvenil formada por el Frente de Juventudes para competir en Ostende. El domingo 20 de setiembre de 1953 guardó una vez más el marco del Real Santander Amateur -Franco había prohibido el empleo de términos extranjeros, como Racing, Sporting o Athletic-, ante el Laredo, en choque correspondiente al campeonato de Primera Regional. Tratando de interceptar un avance adversario chocó contra el delantero centro, resultando ligeramente conmocionado. Como aparentara reponerse, continuó jugando sin problemas visibles. Por la tarde asistiría al encuentro de 1ª División Santander – Valencia, y ya durante la noche, al sufrir fuertes dolores de cabeza, fue conducido con urgencia al hospital de Valdecilla. Allí le fue practicada una trepanación, sin lograr salvarle la vida. Falleció a primeras horas de la tarde del martes 22, a causa del coágulo sanguíneo en su cerebro.

Y aún hubo más víctimas. Como Pedrito, Cuchu, Amadeo, y estirando un poco la interpretación, hasta el murciano José Antonio Romero.

La filiación real de Pedrito correspondía a Pedro López Castro, jugador del Coya la temporada 1954-55 y esperanza del fútbol vigués. Al hallarse cumpliendo el servicio militar, disputó un partido amistoso con sus compañeros, marineros de la Escuela de Transmisiones de la Armada. Víctima de otro encontronazo sería retirado del campo con fuerte conmoción cerebral, dando luego impresión de recuperarse. Su estado, sin embargo, comenzó a empeorar hasta el punto de no recuperarse del coma. Falleció el martes 2 de octubre de 1956, a los 20 años.

El alavés José Luis Zuaza Fernández, «Cuchu», simultaneaba a sus 21 años la actividad deportiva con el trabajo en los talleres vitorianos de Esmaltaciones San Ignacio. Muchos pensaban acabaría colgando el mono, redimido por el fútbol, pues antes de que echase a rodar el cuero la temporada 1959-60, su tercera campaña en el Club Deportivo Vitoria, había gustado a los técnicos del Orense en la prueba a que lo sometieron. Entre que la oferta económica se le antojó insuficiente para abandonar el hogar paterno, y que meses más tarde debía incorporarse a filas, prefirió seguir vistiendo la camiseta del Vitoria, en 3ª División. Desgraciadamente, durante la disputa del partido liguero ante el Villafranca guipuzcoano en Mendizorroza, cayó desplomado tras pelear al portero un balón alto. Fue el propio guardameta quien reclamó con gesto imperioso la entrada del masajista y practicante, viendo inmóvil a su adversario. Pero aunque éstos apenas perdieron tiempo en saltar al césped, nada se pudo hacer. Esa misma tarde, concluido ya el partido, comenzó a esparcirse la suposición de que el cancerbero guipuzcoano había propinado un golpe fortísimo a Cuchu en el corazón. Justo cuanto necesitaba el guardameta para abatirse más, puesto que el delantero del Vitoria, aún habiendo contando con los cuidados de algún doctor y varios practicantes en los vestuarios de Mendizorroza, fallecía aquel funesto 27 de setiembre del 59. Las conclusiones de la autopsia, atribuyendo la defunción a un infarto consecuencia del sobreesfuerzo físico, casi pusieron las cosas en su sitio. Ya sólo faltaba un gesto. Y la directiva del Vitoria no quiso parecer cicatera, imponiendo al portero del Villafranca su insignia de plata, a modo de consuelo y desagravio. Al no existir todavía una Federación Alavesa, la Guipuzcoana, de la que dependía el balompié babazorro, tuvo a bien correr con los gastos del sepelio. Desde la prensa se cifraría en 20.000 ptas. la indemnización de la Mutualidad a la familia del finado, si bien voces de este organismo se encargaron de elevar dicha cuantía hasta las 1000.00, consuelo muy relativo, por más que Cuchu rondara las 3.000 mensuales en Esmaltaciones. Y a partir de ahí el silencio, un tupido manto de olvido hasta que en el camino del sevillano Emilio Amadeo también se emboscara la fatalidad dos años más tarde.

Guardaba el marco del C. D. Moravia, militante en la liga local sevillana, la temporada 1961-62, cuando se llevó la peor parte el domingo 8 de octubre de 1961, en otro choque con José Carlos Silva, delantero del C. D. Corral. Tampoco le faltaron cuidados, primero en el campo de la Residencia y posteriormente en el hospital Virgen de los Reyes. Pero no hubo remedio. El golpe de rodilla contra su cráneo había producido gravísimos daños en el encéfalo, causantes del óbito el martes 10. Con sólo 19 años, Emilio Amadeo Herrera se convertía en nuevo expediente de la Mutualidad, desde cuyos despachos, meses después, se expediría cheque a la familia por 85.000 ptas. Sus compañeros, movilizados desde el primer instante, habían conseguido reunir para entonces otras 12.000, fruto de múltiples recaudaciones e iniciativas.

El deceso más enrevesado, sin embargo, en el que concurrieron mayores dosis de inoportunidad e irregularidades reglamentarias, tuvo como protagonista activo al Samboyano en 1951, cuando los de la ribera del Llobregat competían en Primera Regional. Les tocaba disputar en campo tarraconense un partido intrascendente para la clasificación, y sólo pudieron presentarse con 10 efectivos ante la plaga de lesiones que los asolaba. Poco antes de saltar al césped, Farrés, una especie de hombre para todo en el club, si bien su labor específica consistía en ayudar al utillero, se ofreció a completar el once suplantando a cualquiera de los lesionados. El fútbol no le era ajeno, puesto que había  actuado como guardameta en ese mismo club años atrás. Garantía o razón suficiente -así debieron pensar al menos entrenador y directivos- para arriesgarse a la suplantación. Farrés saltó al campo como Martínez, uno de los lesionados, ocupando la demarcación de atacante, y a falta de escasos minutos para la conclusión se desplomó ante el espanto general, víctima de fulminante ataque cardiaco. Tuvo que ser Francisco Suriol, capitán y entrenador de aquel Samboyano, quien explicase al árbitro que el fallecido no era Martínez, sino Farrés, que Martínez ni siquiera se había desplazado, y que el difunto, por ende, carecía de ficha federativa. Tras la redacción del acta, el delegado tarraconense contactó con la autoridad gubernativa, recibiendo instrucciones concretas respecto al levantamiento del cadáver. Suriol, sin embargo, volviendo a pensar por su cuenta, se las ingenió para sacar al difunto de los vestuarios y llevarlo hasta Sant Boi.

Naturalmente, días después fue convocado por el gobernador para dar explicaciones. Aquellos no eran tiempos contemporizadores con la desobediencia o cualquier burla a la legalidad. Si la alineación indebida ya estaba francamente mal, su actuación con el cadáver sobrepasaba todos los límites. Así que  Francisco Suriol, inteligente o muy bien aconsejado, visitó primero al presidente de la Federación Catalana, pidiéndole mil perdones, justificando su desobediencia al gobernador en el estado de confusión que tan inesperado óbito le había producido, jurando que acataría sin rechistar la sanción que se le impusiera. El presidente, compadecido, acabaría ofreciéndose a charlar con el gobernador para que tan grave asunto se diluyera.

Lo que ni Suriol, ni el gobernador de Tarragona o el presidente de la Catalana pudieron, fue mitigar económicamente la mala situación en que quedaban los deudos del difunto. Sin ficha, no había cobertura de la Mutualidad Deportiva. Y sin cobertura, el benéfico organismo no soltaba una peseta. El gesto desprendido de Farrés concluía catastróficamente.

La lista aún podría ser más amplia, pero probablemente convenga cerrarla con el murciano José Antonio Romero Sánchez, interior y delantero centro del Novelda la temporada 1961-62, en 3ª División. Al ser destinado a Ceuta para cumplir el servicio militar obligatorio como soldado de Ingenieros afecto a esa Comandancia, se enroló en el Riffien de cara al ejercicio 1962-63. Y con la expedición ceutí viajó a Málaga para enfrentarse al Atlético Malagueño, cuando dos horas antes del choque fue encontrado muerto en su habitación del hotel, un aciago 29 de noviembre de 1962. Por un operario que sustituía en el pasillo alguna bombilla fundida, se supo que el joven había salido del dormitorio un rato antes, quejándose de un fuerte dolor de cabeza. Volvió a tumbarse en el lecho y todo lo de más no fueron sino conjeturas. Por increíble que se nos antoje, el partido Atlético Malagueño – Riffien, del Grupo Andaluz de 3ª División, se disputó a su hora. A nadie pareció conmover la estupefacción y abatimiento de sus compañeros. Pero eso sí, caritativos con quien muy bien pudo haberse desplomado sobre el césped de la capital costasoleña, antes del pitido inicial se guardó un minuto de silencio.

Todos éstos fueron algunos desgraciados decesos, sin apenas cabida en los medios de difusión. Los más llamativos, quizás. Los más impactantes. Aunque también cayeron virtualmente sobre el césped los fallecidos «in itinere», quienes encontraron la muerte en un desplazamiento del equipo, al doblar una curva en cualquier carretera o estrellarse contra un camión regresando del entrenamiento. En suma, aquellos casos que serían catalogados como accidente laboral si el futbolista hubiera merecido la consideración de trabajador por cuenta ajena, circunstancia, por cierto, sólo reconocida hace apenas 30 años.

Con respecto a este capítulo, probablemente el suceso más recordado sea el correspondiente al Francisco Mamblona Valverde, delantero valenciano nacido en el barrio del Cabanyal, que tras pasar por el Levante, Jumilla, Hércules, Alicante y Castellón, encaró con enorme brío la temporada 1950-51 en un Melilla de 2ª División muy bien cuajado. Durante la campaña anterior, en febrero de 1950, sería dado de baja, junto con Hernández, al contender ambos con algunos directivos de la Plana. Los blanquinegros notaron extraordinariamente la ausencia de su goleador (había marcado 23 tantos en 23 partidos durante la campaña 1948-49, en 2ª División), hasta el punto de acabar descendiendo a 3ª. Poderoso y valiente, su constante brega y la facilidad con que remataba cuanto le pusieran en el área se veían mermadas por una personalidad  cuanto menos curiosa. No le gustaba estrechar la mano en el saludo, por ejemplo, y, precavido, para las ocasiones en que le resultara imposible evitar tan simple cortesía portaba en el bolsillo un frasquito de alcohol, con cuyo contenido se desinfectaba, restregándoselo más o menos disimuladamente. Pues bien, este hombre ocupaba un asiento del autobús que desplazaba al Melilla para disputar su choque ante el Granada cuando, en las inmediaciones de Loja, un fatídico 26 de enero de 1951, se produjo el accidente. Mamblona resultaría muerto en el acto, al igual que su compañero Juan Martín López y el utillero, en tanto Llopis, Valle y García presentaban heridos de gravedad. Si bien el sepelio sería celebrado en Granada, sus restos acabaron reposando en Valencia. La gran burla, suponiendo que un accidente tonto no constituya bastante burla de por sí, es que gracias a sus brillantes actuaciones era seguido por las secretarías técnicas de varios clubes de 1ª y se daba por descontado que al fin, durante 1952, lograría vestirse de corto en la máxima categoría.

El 16 de octubre de 1955 también se tiñó de luto el fútbol, cuando después de disputar un partido, el coche en que regresaba desde Falces (Navarra) parte del elenco sangüesino, volcó a medio kilómetro escaso de Sangüesa. El interior Félix San Martín, el medio José Mª San Miguel e Ignacio Huarte, uno de los guardametas, resultaron gravemente heridos. Peor suerte tuvo Saturnino Goñi, el otro portero, pues nada pudo hacerse por salvar su vida.

Algo muy semejante acaeció 3 años después por tierras aragonesas, cuando el 3 de agosto de 1958 los jugadores del Fraga regresaban a Zaragoza en una furgoneta «DKW», tras el correspondiente entrenamiento. A la altura de Candasnos, sin que se sepa bien cómo, el vehículo chocó frontalmente con un camión «Mercedes», incendiándose de inmediato al estallar el depósito de gasolina. El conductor del camión, con lesiones menores, se jugó literalmente el tipo rescatando de las llamas a cuantos pudo. Pese a ello, las heridas de algunos jóvenes futbolistas resultaron tan tremendas como para expirar en la clínica de Fraga, poco después de ser conducidos. Fueron los casos del extremo Manuel Castejón y el delantero centro Julián Vidal, quien por cierto se hallaba a prueba y por lo tanto aún carente de ficha. A ellos han de añadirse quienes sucumbieron en la cuneta, víctimas del impacto: el conductor de la «DKV», el entrenador del Fraga, Fermín Pousa, antiguo árbitro que se había centrado en los banquillos tras ser Nº 1 de su promoción en los exámenes para entrenador regional dos temporadas antes, y el delantero de Utebo Fructuoso Bona, «Fortu» para el fútbol. Julián Vidal, trotamundos de bronce, había jugado con el C. D. Cacereño la temporada anterior, festejando 8 goles. Y también, sí, también aquella vez, el destino pareció complacerse trazando uno de sus desconcertantes círculos concéntricos, puesto que el camión era propiedad de Epi, antiguo extremo de la Real Sociedad de San Sebastián y Valencia C. F., convertido en  transportista apenas hubo colgado las botas.

Todo quedaba entre gentes del fútbol, pena incluida.

No menos penoso y absurdo resultó el accidente que cortase de cuajo la existencia del castellonense Vicente Balaguer Arnau, «Rabasa» para el mundo del balón, en la por lo general soleada Tarragona. Tras forjarse bajo el marco del Castellón Amateur y debutar con el primer equipo de La Plana, guardó el portal del Amposta (temporadas 1959-60 y 60-61), Badalona (61-62, 62-63 y 63-64) y Sans de Barcelona (1964-65). Precisamente aquel sería su gran campeonato, hasta el punto de ser distinguido por el diario barcelonés «El Mundo Deportivo» como guardameta menos goleado en el grupo catalán de 3ª División. Este tipo de galardones siempre ayudan a obtener mejores contratos y su caso distó mucho de constituir excepción, puesto que el Reus Deportivo se aprestó a contratarlo para el ejercicio 1965-66, pese al esfuerzo económico que ello conllevaba. Así las cosas, el lluvioso 10 de setiembre de 1965, cuando con su compañero de equipo Revert se dirigía en moto a Reus desde Amposta, su lugar de residencia, el vehículo pilotado por Revert chocó contra un automóvil frente al camping de Montroig, en plena curva. Un infortunado derrape, según las primeras investigaciones, por culpa del mojado asfalto. Rabasa, que seguía a Revert en otra motocicleta, no lograría evitar el trompazo contra los dos vehículos siniestrados. De poco sirvió que el turismo estuviese conducido por un médico castellonense, puesto que el buen guardameta falleció en el acto. Tenía 24 años y estaba casado desde hacía poco. Corría el 9 de setiembre de 1965.

El bravo central guipuzcoano Andoni Sarasola encontró la muerte cuando el triunfo deportivo llamaba a su puerta.

El bravo central guipuzcoano Andoni Sarasola encontró la muerte cuando el triunfo deportivo llamaba a su puerta.

Como tampoco es cuestión de convertir este espacio en un monótono catálogo, quede como punto final el suceso que se llevó por delante a Andoni Sarasola Celaichiqui, fornido mocetón de Amézqueta y probablemente el defensa central con más porvenir cuando el decenio del 60 tocaba a su fin.

Las buenas actuaciones de Sarasola durante las dos campañas en la S. D. Beasáin (1963-64 y 64-65), lo catapultaron a un Deportivo Alavés de 3ª División, pero con fundadas aspiraciones al ascenso, meta finalmente lograda en 1967-68. La campaña siguiente pareció bordarlo en 2ª, convirtiéndose en eje de una línea destructiva aún recordada: el mutrikotarra Bernardo bajo los palos, Ezquerra en el lateral derecho, Ayerbe en el izquierdo y él imponiendo respeto con el 5 a la espalda. Durante toda la segunda vuelta fueron muchas las informaciones que lo situaron, junto a Bernardo, en distintos clubes de 1ª División. A él especialmente, la estrella del conjunto «babazorro». Quien más pujó, el que más dinero estuvo en condiciones de ofrecer al guipuzcoano, fue el Real Club Deportivo Español barcelonés. Ya se había apalabrado el traspaso desde las tres partes para el venidero ejercicio 1969-70, cuando con la temporada prácticamente concluida, a expensas sólo de disputar una promoción donde los vitorianos iban a jugarse la permanencia ante el Bilbao Atlético (recuérdese que Franco prohibió denominaciones extranjeras, como Athletic, Racing o Sporting), la muerte le tendió otra emboscada.

Fue en el término Alavés de Eguino, el 13 de junio de 1969, al estrellarse su débil utilitario contra un camión. La noticia, además, llegó a las oficinas blanquiazules por boca de otro compañero, que cuando acudía a entrenar por esa misma carretera pudo ver en la cuneta, destrozado, el coche de su defensa central. La fuerte naturaleza de Sarasola tan sólo pudo resistir dos días, ante la gravedad de unas lesiones consideradas desde el primer examen incompatibles con la vida. En esa lamentable situación anímica, los jugadores del Deportivo Alavés hubieron de afrontar los dos partidos de promoción. No faltaron llamamientos a la hermandad, a mantener la categoría como póstumo homenaje al compañero caído, por más que psicológicamente estuvieran desfondados. Y el estado anímico, hoy nadie lo duda, siempre acaba pasando factura.

Sobre el césped, especialmente durante los 90 minutos de San Mamés, los alaveses fueron una sombra de sí mismo. Aunque querían, les resultaba imposible dar más, circunstancia aprovechada por unos cachorros hambrientos de gloria. Los blanquiazules de Vitoria encararían el Campeonato 1969-70 en 3ª, ya sin Bernardo, su otra estrella, traspasado al por entonces económicamente poderoso Calvo Sotelo de Puertollano. Obviamente, la defunción de Sarasola supuso para la entidad de Vitoria un serio estoconazo económico, al esfumarse el ya cerrado traspaso al Español. Pero aún así, nadie, en la entidad, tuvo el mal gesto de recordarlo, quién sabe si porque entonces, aun sometido a la tiranía de los balances, el fútbol no había olvidado su dimensión humana o hasta si se quiere sentimental.

Sirvan estas líneas como tardío homenaje no ya a los citados, sino a cuantos modestos del cuero pusieron un día, sólo durante unas horas, crespón negro al césped, antes que Pedro Berruezo, considerado por tantas voces primer futbolista español en caer con las botas puestas.




Árbitros y arbitrajes: Cualquier tiempo pasado no fue mejor

A veces, sobre todo en tiempos difíciles, suele asaltarnos la tentación de almibarar el pasado. Este ejercicio, además, puede verse favorecido por las lagunas que de por sí crea a su antojo nuestra memoria. «Para nevadas las de antes», oímos a menudo. «Ya no hay modales; se ha perdido el señorío». «Hoy los ladrones campan a sus anchas; aún no hace tanto, los negocios se cerraban con un apretón de manos». O llevando el asunto a nuestro terreno: «Las estrellas de ahora son pura mantequilla; Gallego, Camacho, Migueli, Campanal, Asesnsi… esos sí estaban forjados en acero». «Los árbitros no dan una; antaño, en cambio, apenas la pifiaban». La memoria y sus lagunas. La mala memoria generadora del axioma «todo tiempo pasado fue mejor».

¿Mejor?. ¿Estamos seguros?.

Pues no. Ni muchísimo menos por cuanto tiene que ver con árbitros y arbitrajes. Sirva para salir de dudas y sin otro interés que el puramente demostrativo, un puñado aleatorio de ejemplos.

La temporada 1926-27, es decir dos años antes de instituirse el Campeonato Nacional de Liga, se registraron muy serios incidentes en la localidad vizcaína de Durango, durante la disputa de un partido con el Deportivo Alavés. Por esa época los choques entre ambos clubes solían estar cargados de trilita, al considerarse, y no sin motivo, de máxima rivalidad. Los vitorianos, valiéndose de su mayor poderío económico, solían pescar a gusto entre el mocerío durangués. Y eso, claro, dolía. Poco antes, por ejemplo, los babazorros habían contratado al buen extremo Alberto Ruiz, ofreciéndole una colocación laboral en Vitoria. En tales circunstancias, el bueno de Ruiz hubiese podido esperar cualquier cosa, menos un clamoroso recibimientos. Menos, aún, siendo suyo el gol del triunfo alavés. Sin embargo los incidentes tuvieron en Camio, jugador bronco, de rompe y rasga, su gran protagonista. Luego de amedrentar, zurrar soterradamente, pellizcar, empujar y no dejar a un solo santo en su peana, olvidándose del balón arreó un puñetazo a Pachiquín, alias deportivo del universitario Francisco Arroitajáuregui. Debió ser lo que faltaba, puesto que el público saltó al embarrado campo en masa: los durangueses para entendérselas con Camio y los vitorianos, que habían llegado hasta Durando en autobuses y camiones formando legión próxima a las 1.000 almas, en defensa de su jugador o para afianzar su enemistad con los anfitriones. En un momento, el rectángulo se convirtió en improvisado ring. Ni siquiera el árbitro, en su intento de tomar las de Villadiego, saldría ileso. Alguna fuente señala a la guardia civil como responsable de sus hematomas, en tanto otras reparten responsabilidades entre huestes vizcaínas y alavesas al cincuenta por ciento. Quede empero, como hecho contrastado, que los guardias irrumpieron en pleno tumulto a caballo, sacudiendo palos sin contemplaciones arengados por su capitán, de apellido Gárate: «¡Sacudid!. ¡Sacudid, coño!».

Vaya si sacudieron.

Valga a modo reflexión que el público de aquella época entendía los lances del juego de modo un tanto particular. Precisamente esa misma temporada y sin cambiar de campo, Sebastián Municha, otro jugador durangués, perdido cualquier control persiguió a Royo, futbolista del Club Elexalde de Galdácano, mientras el balón seguía en juego. Debió ser una carrera emocionante, con final inesperado, puesto que cuando Royo volvió el rostro queriendo medir distancias, se encontró con un puñetazo soberbio. Municha no quiso ni aguardar la decisión arbitral. Mientras Royo continuaba tendido en el césped, medio inconsciente, tomó el camino de un vestuario al que tardaría en llegar. Y es que su tía Martina, espectadora del lance y en teoría entendida en soberanos manotazos, pues no en vano estaba casada con el pelotari Toribio Unamuno, le salió al encuentro para estamparle dos sonoros besos de felicitación.

Como las filias y fobias del fútbol nunca han sido duraderas, Royo habría de vestir más adelante la camiseta blanquiazul de la Cultural duranguesa. Municha, por su parte, militó en el Zaragoza durante varias temporadas.

Lo importante no era cómo empezaban las cosas, sino el modo en que a veces concluían.

Lo importante no era cómo empezaban las cosas, sino el modo en que a veces concluían.

Haríamos mal, no obstante, si adjudicásemos a esta villa vizcaína todas las calamidades. Muy lejos de ella, en Cataluña, tenían lugar situaciones aún más graves, como pudo comprobar el árbitro Sr. Planell, la temporada 1931-32.

Remitiéndonos a la información de época, parece evidente que su actuación en el Samboiá – Tarrasa F. C., decisivo para el ascenso a Primera Categoría Catalana, fue algo más que desafortunada. Parcialísimo, despectivo en algunos lances, torpe y lento, tuvo mucho que ver en la victoria de los egarenses por 0-1. El triunfo hubiese brindado al Samboiá -esa era entonces su grafía- la alegría del ascenso. Y claro, cuando después de varios dislates gruesos el Sr. Planell pitó injustamente penalti contra los de casa, se produjo la invasión de campo. Planell pudo encerrarse en el vestuario y allí permaneció, custodiado por la fuerza pública, que durante casi dos horas tuvo serias dificultades para contener tanto ánimo exaltado. Al rato, esa misma fuerza pública lo acompañó hacia la estación ferroviaria, que ni siquiera lograron alcanzar. Se habían formado piquetes y uno de ellos, al avistar la comitiva, dio aviso. Perseguidos por un buen puñado de hinchas vengativos, guardias y árbitro tuvieron que refugiares en un pinar hasta que cayera la noche. Entonces, sólo cuando la oscuridad los volvió invisibles, pudieron alcanzar la estación de Gavá.

La experiencia debió ser tan traumática que el Sr. Planell, a quien popularmente se conocía como «L´Espardenyer», no volvería a arbitrar jamás.

A Planell, o «L´Espardenyer», le faltó pragmatismo. Para entonces muchos compañeros de silbato habían descubierto que en su actividad lo importante era pasar desapercibidos. Incluso si se liaba la marimorena. ¿Qué otra cosa, si no, hizo el colegiado del Samboiá – Manresa correspondiente al torneo regional 1923-24?. La crónica de «El Mundo Deportivo» evita cualquier comentario:

Apenas habían transcurrido 15 minutos del segundo tiempo cuando se liaron a puñetazos dos jugadores, siendo separados por sus compañeros y, cuando la cosa parecía resuelta, saltó al campo uno del público agrediendo al jugador del Samboiá y ¡aquí fue Troya! pues al corresponder el agredido en la misma forma, provocó una invasión del terreno y sesión de pugilato entre ambos grupos. Este bochornoso espectáculo no tuvo otra consecuencia que una soberana paliza propinada al promotor del incidente.

¿Dónde estaba el árbitro?.

Pues seguramente en el mismo sitio que quien fuera designado para dirigir el Samboiá – Vilafranca de 1931-32. En el limbo.

Aquella vez, el defensa samboyano Puig tuvo un rifirrafe con el atacante a quien marcaba. Puig debió insultarle y su adversario respondió con perfecto crochet. El público, que como puede apreciarse, era en Sant Boi bastante más que de rompe y rasga, saltó al campo e inició la persecución del agresor, quien no vio otra salida que refugiarse en una casa próxima.

Con el tiempo, sin embargo, los árbitros aprendieron algo más que a contemporizar. Lo acreditaría con creces el trencilla de un Camarles – Samboyano la campaña 1966-67. Los locales ganaban 1-0 cuando en el último minuto señaló penalti contra los anfitriones. Aunque marcó el Samboyano, ese árbitro decretó la nulidad del gol. Hubo reclamaciones, claro, y solicitud de explicación por parte del delegado visitante, a quien el colegiado aseguró que si bien había anulado el tanto, lo hizo evitando males mayores, ante la creciente agresividad del público; pero que se tranquilizara, porque él iba a consignar en su acta un empate a uno.

Aquel hombre debía tener fe ciega en ser ascendido de categoría y no volver a pisar, ni como espectador, el campo del Camarles. Más o menos lo mismo que otro modesto del silbato un par de años antes, en abril de 1964, cuando estableció el récord universal de prolongación sobre el tiempo reglamentario, con nada menos que 32 minutos de pitanza.

Sucedió en Cocentaina (Alicante), con ocasión del choque Contestano – Benicarló, correspondiente a la 1ª Categoría Regional levantina. Los forasteros vencían por 2-3 cuando el Sr. Mora, humilde colegiado de aquella tarde, no se atrevió a pitar el final a causa de las amenazas vertidas por los futbolistas anfitriones, antes y durante el choque, según declaró en su informe a la Federación Regional. «Tenemos que ganar», le conminaban. «Ya puedes apañártelas, si es que quieres seguir vivo». Pero los chicos del Contestano andaban bastante mejor de lengua que de fundamentos balompédicos, puesto que ni con el favor arbitral conseguían la victoria. Sólo cuando los jugadores del C. D. Benicarló comprendieron de qué iba el asunto y dieron facilidades, los alicantinos lograron adelantarse en el marcador y Mora pudo poner fin al sufrimiento. Como es lógico, el delegado visitante cursaría la correspondiente reclamación apenas hubo llegado a las oficinas del club, por si la denuncia arbitral resultara insuficiente. El miércoles, reunido de urgencia el Comité de la Federación Regional, acordó «dar por válida la victoria del Benicarló 2-3, resultado imperante cuando el encuentro cumplió su tiempo reglamentario».

Treinta y dos minutos de esfuerzo inútil, como no fuere para ver el nombre del club en toda la prensa nacional, rebozado de oprobio.

A otros árbitros, en cambio, se les iba la mano contemporizando, hasta organizar escándalos mayúsculos. Y para escándalo de manual, el vivido en un Huesca – Tortosa de la campaña 1949-50, correspondiente a la liguilla de ascensor a 2ª División.

Tras clasificarse subcampeones en su grupo de 3ª, los tortosinos encaraban con entusiasmo sus posibilidades de ascenso a la división de plata, hasta topar el 4 de junio de 1950 con el colegiado Sr. Echave. Este personaje venía de una severa purga por acuerdo fechado del 7 de febrero de 1950, cuya nota a los medios de difusión rezaba así: «La Federación Española de Fútbol comunica la inhabilitación del árbitro Sr. Echave, del Colegio Guipuzcoano, por su falta de autoridad y lenidad en la represión del juego violento durante el partido Madrid – Valencia, lo que se comunica al Comité Central de Árbitros para su baja definitiva». Pues bien, luego de tres meses en chiqueros, el Sr. Echave volvía a uniformarse de negro zaíno, reservando para dicha ocasión un cuidadísimo repertorio.

El filo de los primeros 45 minutos, el marcador registraba empate a uno. En dos minutos de prolongación, puesto que continuó jugándose hasta cumplido el minuto 47, el C. D. Tortosa anotó dos goles más. Aunque la primera mitad se hubiera desarrollado sin incidentes, la retirada a vestuarios resultó un tanto complicada. El árbitro hacía cosas raras, no parecía muy normal. En vista de ello, algún directivo oscense perteneció le visitase un médico durante el descanso, no ya con idea de aplicarle el estetoscopio, sino más bien para verificar un posible etilismo. Lejos de arredrarse, Echave dio un paso al frente, según la crónica del «Diario Español»: «Señores, esto se me pasa en un cuarto de hora. Expulso a medio equipo del Tortosa y verán como gana el partido el Huesca».

Al menos aquel colegiado era hombre de palabra, puesto que en la primera jugada expulsó a Casiano, siguiéndole Pahuet en la segunda. Como con tanta expulsión continuada hubiera podido atribuírsele falta de recursos, acto seguido pitó un penalti a favor del Huesca, expulsando, además, al tortosino Toha, y advirtiendo a su compañero Capilla: «La próxima te toca a ti». Indignados, los 8 jugadores del Tortosa aún sobre el césped decidieron retirarse, siendo ovacionados desde el graderío por la afición adversaria. Sólo gracias a la mediación de su entrenador y a las súplicas de los directivos desplazados, conscientes de pechar con severas sanciones si el conato de retirada desembocaba en abandono, los rojiblancos se avinieron a continuar el partido, que en adelante transformarían en charlotada: ni una sola patada, ni la más leve disputa del cuero, carreras las justas y pasividad extrema. Al final otros 9 goles del Huesca, cuyos jugadores «de proponérselo hubiesen podido marcar 18 ó 20, o sea tantos como el tiempo hubiera permitido», al decir del citado periódico. Un 10-3 para la posteridad.

La «Hoja Oficial del Lunes» de Zaragoza coincidía al cien por cien: «Cualquiera que no haya presenciado este partido creerá que ha dejado contenta a la afición oscense y se equivoca totalmente. El espectáculo de esta tarde lo detestamos vencedores y vencidos. El culpable de lo ocurrido, el árbitro Sr. Echave, que en mala hora lo rehabilitaron después de una larga temporada de inactividad por deficiente actuación en Chamarreen. ¿Qué habrán hecho Tortosa y Huesca para probar si el Sr. Echave puede seguir siendo árbitro?».

Ni los golazos que solía marcar el recientemente fallecido José Otero (en la imagen uno del Campeonato 1948-49) hubiesen servido de nada aquella tarde en Huesca. Los muchachos del C. D. Tortosa luchaban contra un elemento muy concreto, vestido de negro.

Ni los golazos que solía marcar el recientemente fallecido José Otero (en la imagen uno del Campeonato 1948-49) hubiesen servido de nada aquella tarde en Huesca. Los muchachos del C. D. Tortosa luchaban contra un elemento muy concreto, vestido de negro.

Ninguno de los dos contendientes pudo lograr el ascenso, y ha de añadirse que ni aún contando con aquellos dos puntos hubiera visto el Tortosa abiertas las puertas de 2ª. El trencilla Echave, a saber si durante sus tres meses de inhabilitación o mientras se curtía por campos de la Regional guipuzcoana, había aprendido algo fundamental: el peligro estaba en que perdieran los de casa. Ahorraría lo suyo en pomadas y bálsamo, pero deportiva y federativamente acabó rodando sin puntilla.

No menos sonoro fue otro «affaire» en la por entonces paradisíaca Mallorca.

El 4 de diciembre de 1951, durante la disputa del Atlético Baleares – Alcoyano, correspondiente al Campeonato de 2ª División, también se organizó buena. Con 2-0 a favor del conjunto balear, el árbitro, Sr. Saz, sancionó un penalti muy dudoso en el área local. Poco después, los insulares Álvarez y Miguelín serían derribados clamorosamente ante el marco alcoyano, sin que el trencilla se diese por enterado. Cuando el Alcoyano obtuvo el empate tras haber hecho falta al guardameta Calpe, se lió. El delantero Jaime Brondo, hombre de genio vivo, arrolló al colegiado con los puños por delante, hasta hacerle besar el césped. Expulsado, como es lógico, la ducha no pareció enfriarle, puesto que según el diario «Baleares» «Acabado el partido y vestidos los jugadores en ropa de calle, Brondo intentó agredirle». La crónica no reflejaba, quizás porque su autor era hermano del pretendido agresor, que Jaime Brondo se había pertrechado en los vestuarios con un martillo, y que visto el cariz de los acontecimientos, el trencilla optó por refugiarse en la caseta. Al ir aumentando el número de congregados, temiéndose algo muy serio, el directivo Ramón Dot apeló al ingenio. Obtuvo un traje de mujer, vistieron con él al de negro y lo introdujeron en un coche. El Comité de Competición habría de recetar a Brondo un año de suspensión, al tiempo que felicitaba a la directiva «por su decidida y adecuada actuación en el partido del pasado domingo». El punto, empero, voló hacia El Collao, y los baleáricos se quedaron sin el concurso de un hombre fundamental durante nada menos que doce meses.

Terrible en verdad.

Tan terrible como la actuación en Rentería de José González Echeverría, al que en su época de defensa derecho -jugó con el Vasconia de San Sebastián y Osasuna de Pamplona, en este último las temporadas 1939-40 y 1940-41- lo apodaron precisamente así, «Terrible», por la agresividad de sus entradas y el peligro que para la integridad de cada adversario se derivaba de su sola presencia. Tras colgar las botas fue famoso árbitro de fútbol, aunque tampoco logró librarse del escándalo. Durante mucho tiempo serían recordadas sus provocaciones en Rentería, donde protagonizó un esperpéntico arbitraje entre el C.E.S. y el Touring, saldado con 5 expulsiones en el Touring renteriano y 2 en el C.E.S. Éste, por lo tanto, acabó con 9 futbolistas sobre el campo y los de Rentería con 6; en el marcador, un doloroso 0-2, siendo concedido el segundo tanto en flagrante fuera de juego. Pese a inicios tan poco halagüeños, alcanzó la máxima categoría de nuestro fútbol e incluso el internacionalato. En Rentería unos ripios se encargaron de que la afrenta no fuera olvidada tan fácilmente:

El Colegio de Árbitros Guipuzcoano

tiene en su seno a una calamidad

dicen que Terrible tiene de apodo y claro que es terrible de verdad.

¡Qué vergüenza y qué rabia nos da

que mantenga la Federación

colegiados tunantes como ése, por eso el Touring tuvo su sanción!.

Lo que no pudo el Beasáin en Sempere

Y menos el Añorga en Michelín

Lo pudo el señor Terrible en Larzábal

Aunque estuvo a punto de sucumbir.

¡Qué vergüenza y qué rabia nos da…!

Lo de utilizar la poesía como altavoz para la descalificación, no sólo respondía a ocurrencias de guipuzcoanos. También lo hicieron junto al delta del Ebro, en Tortosa, la temporada 1957-58.

El 1 de noviembre de 1957, mientras los locales se enfrentaban al Olot, se produjo una monumental tangana tras la incomprensible anulación de un gol. Queriendo proteger al árbitro, Sr. Pérez Moreno, el propio comisario de policía, D. Federico Sánchez, saltó al campo y hasta recibió la agresión del trencilla, para quien a primer golpe de vista no debió ser sino otro presunto atacante.

La cosa acabó con disculpas del colegiado ante el señor comisario, la dimisión de todos los directivos tortosinos, con su presidente a la cabeza, y cierre del campo para los siguientes cuatro partidos que los blanquirrojos hubieron de disputar como locales en la vecina Amposta. Pero sobre todo, aquellos hechos han quedado para la historia gracias al ingenio de Juan de Cadup, quien desde la «Voz del Bajo Ebro» y por aquello de representarse el Tenorio justo el día de Todos los Santos, cuando tuvieron lugar los incidentes, pergeñó unas estrofas que empezaban así:

¡Cuán gritan esos malditos!

más mi menda no perdona

y en llegando a Barcelona

¡pagarán caros sus gritos!

El Sr. Pérez Merino

fue el Tenorio y fue el maldito

porque confundió su pito

con el pito del sereno

Yo al Comisario agredí

yo un gol bien claro anulé

y en Tortosa, al fin, dejé

memoria amarga de mí

Quién sabe si para equilibrar los desmanes del Sr. Echave en Huesca, Tortosa, localidad reflejada en la imagen, se levantó en  armas contra Pérez Moreno. La “broma” ni mucho menos les salió barata.

Quién sabe si para equilibrar los desmanes del Sr. Echave en Huesca, Tortosa, localidad reflejada en la imagen, se levantó en armas contra Pérez Moreno. La “broma” ni mucho menos les salió barata.

Nadie piense que estas cosas sucedían por dejación federativa, puesto que pocas veces les temblaba la mano a la hora de arrear. En La Cava, localidad próxima a Tortosa y Amposta, tuvieron ocasión de comprobarlo precisamente aquella misma campaña, la del árbitro agresor convertido en Tenorio de pacotilla muy a su pesar. Porque tras los incidentes acaecidos el 11 de abril de 1958, durante la disputa de un La Cava – San Andrés en el campo de La Mingola, los directivos cavenses, como protesta ante la dura y a su entender injustificada sanción recetada, decidieron no desplazar al equipo hasta Villafranca del Penedés, donde debían jugar la siguiente jornada. Al verse en tal actitud un pulso intolerable, desde Barcelona optaron por eliminarlos de la tabla. O más exactamente, para mayor mortificación, por borrar todas y cada una de sus actuaciones, manteniendo a La Cava en el puesto 22 de su grupo VI, en 3ª, con 0 partidos jugados, 0 victorias, 0 empates, 0 derrotas, y naturalmente 0 puntos, con descenso sin paliativos a Regional.

Por cuanto respecta a lo individual, el defensa albacetense Manuel Salas López, todo un mito en la entidad manchega, gracias a sus 15 campañas defendiendo aquella camiseta desde el arranque de los 50 hasta mediados de los 60, también recibió una señora purga a raíz de los penosos incidentes acaecidos durante la disputa de un partido de promoción a 2ª División, contra el Recreativo de Huelva, en los estertores de la siguiente temporada. Nada menos que 24 partidos de suspensión. Tres cuartos de la campaña 1959-60 en blanco, para meditar sobre sus excesos físicos y verbales. Y no fue el único en sentir la dura vara del Comité de Competición.

Ya en los 60, decenio con demostrable multiplicación de panes y peces, de tenue apertura a Europa y adiós definitivo a la autarquía, de abrazo al turismo y las primeras «suecas» de Amberes, Liverpool, el Devonshire o la banlieu parisina, no puede decirse que cambiáramos mucho en lo tocante al balón redondo. Como se aseguraba entonces, ciertas cosas obedecían a poderosas razones de raza.

Así parecieron entenderlo en Sant Boi. O para ser escrupulosos con la nomenclatura de época, en san Baudilio de Llobregat.

El último partido que el Samboyano -hoy Santobiá- disputó en casa la campaña 1960-61, ante el «Nastic» de Tarragona, fue también la primera y hasta hoy única oportunidad en que los seguidores de tan modesta entidad veían al club de sus amores impreso en el boleto quinielístico. Y es que al no disputarse partidos de 1ª, el Patronato tuvo que echar mano a varios choques de 2ª División y hasta alguno de 3ª. Los de Sant Boi dilucidaban en el embite sus escasas posibilidades de mantener la categoría y, consecuentemente, todo el pueblo empujaba a su manera. Lástima que el Sr. Paredes, árbitro designado, no supiese estar a la altura. «Su actuación fue sencillamente calamitosa», juzgó la prensa. «Él solito encendió los ánimos de la afición». El caso es que un espectador fue detenido cuando estaba a punto de sacramentar al del silbato con un pedrusco de kilo y medio, y a falta de 23 minutos para la conclusión, imperando un 1-1, Paredes quiso redondear el desastre señalando un penalti contra el Samboyano que nadie vio ni por aproximación. Fue el acabóse, puesto que el propio delegado de campo saltó al césped, echó a correr en diagonal hacia el área, se apoderó del esférico, situado ya sobre el punto fatídico, y dijo que la pena no se lanzaba con un balón del club, que ya estaba bien la broma. Paredes, claro está, tuvo que suspender el partido en medio de una bronca monumental, de la que poco a poco fue haciéndose eco hasta el vecindario que no había visto el partido. La huida de aquel árbitro en su coche tuvo mucho de dantesca, no en vano desde los balcones, en el barrio de la Muntanyeta, le lanzaban macetas, desperdicios y objetos diversos. Para colmo, ni siquiera la Federación estaría inspirada, al ordenar la disputa de esos 23 minutos restantes a puerta cerrada, con protección policial, sí, pero en el propio campo de Sant Boi. Como dicho terreno se hallaba rodeado de taludes, casas con fachada al mismo y hasta un túmulo o ligera montaña, los samboyanos se congregaron en masa, no sólo en defensa de sus colores, sino porque siempre salen a cuenta los espectáculos de gorra. El «Nastic» marcó su pena máxima y luego quiso mantener el 1-2 encerrándose, lo que facilitó el dominio arrollador de los locales. Por su parte el colegiado Paredes, quién sabe si vengativo o víctima de su propia mediocridad, volvió a dar la nota no queriendo saber nada de un penalti clamoroso en el área tarraconense.

Los de Sant Boi no sólo perdieron el partido, sino que bajaron a categoría Regional y durante algún tiempo se sintieron señalados desde la Federación Catalana y el colectivo arbitral. Quien esto leyere colegirá que no faltaban motivos, si bien los sucesos más graves de 3ª División aquella temporada tuvieron lugar en Gavá, el 12 de febrero, al finalizar un partido ante el Hospitalet.

Con 2-3 en el tanteador, la afición, enfadada, derribó el portón del vestuario y mientras el trencilla se duchaba lo dejaron sin ropa de calle. Puesto que no podía salir como Dios lo trajo al mundo, el club hubo de prestarle un chandal. Casi peor el remedio que la enfermedad, puesto que cuando los enojados forofos del Gavá vieron al enemigo luciendo el escudo de sus amores en el pecho, lo tomaron a la tremenda. ¿Qué era aquello?. ¿Una provocación?. Los más lanzados se dirigieron a por él, amenazando con lincharlo, en tanto los gregarios de siempre engrosaban la algarada. Hubo de ser la benemérita quien, disparando varias ráfagas al aire con sus armas reglamentarias, disolviese a la multitud.

Varios meses antes, Patrice Lumumba y sus partidarios, con el apoyo de la URSS, volvieron del revés al antiguo Congo Belga. Y puesto que la España oficial no quería ni imaginarse al virus comunista prendiendo en África, nuestros medios de difusión se hicieron eco, con todo lujo de detalles, de mil barbaries escenificadas en la disidente región de Katanga, fuesen causados dichos desmanes por las fuerzas de Lumumba, mercenarios belgas o agentes de la CIA. El caso es que sin duda influido por ese ambiente, el redactor de «El Mundo Deportivo», al pergeñar su crónica del Gavá – Hospitalet, no tuvo el menor empacho en tildar literalmente de «congoleños» a los aficionados gavanenses.

Por no salir de Cataluña, dos años más tarde, el 13 de marzo de 1963, otro árbitro quiso eludir problemas favoreciendo sin pudores a la U. D. San Martín, hoy Martinenc F.C. Los barceloneses iban mal clasificados. Tanto como para ir pensando en el «goal-average» particular con sus más directos oponentes. Y en esas le tocó recibir  al C. D. Tortosa, que en el choque de ida se había impuesto por 5-1.

Bronca, lo que se dice bronca, no hubo. Pero escándalo sí. Y de órdago. Con nada menos que 5 penaltis fue sancionado el Tortosa, todos ellos transformados, para redondear un sospechosísimo tanteador final de 8-3 favorable al San Martín. Cinco goles de diferencia, por lo tanto. Justo los que necesitaba para superar los cuatro en contra con que partía. El árbitro, claro, fue despedido entre ovaciones, como suele premiarse a los caseros. Aunque la prensa, al menos parte de ella, no tuvo empacho en reconocer que como mínimo tres de esos penaltis ni por lo más remoto se atrevería a señalarlos pitando fuera.

La U. D. San Martín, pese a todo, concluyó en el puesto 14 entre los 16 que conformaban el Grupo VII de 3ª. Descendían a Regional desde el duodécimo en adelante, así que le tocó purgar. Lástima.

Casi al mismo tiempo, la rivalidad existente entre las dos capitales extremeñas se tradujo en auténtica algarada durante un choque entre C. D. Cacereño y el ya desaparecido C. D. Badajoz. Juan Mª Ibarreche Ocerín, ariete vasco del Cacereño, futbolista de los de antes, corpulento, con muy buen remate de cabeza y sangre caliente, acabaría perdiendo los papeles. Sin poder contenerse, agredió primero al árbitro y luego a los jueces de línea, que lógicamente acudieron en auxilio de su compañero. La Federación, cansada de tanto desmán, quiso mostrarse ejemplar y lo sería, en efecto, imponiendo al delantero nada menos que 17 partidos de suspensión. Todo un desastre para el muchacho pues, al quedarle colgados varios partidos de sanción cara al siguiente ejercicio, no muchos clubes se atreverían a cargar con su ficha y no utilizarlo durante unos meses. Pero miren por dónde, la suerte acabaría aliándose con él en un repleto estadio Santiago Bernabeu, cuando el ferrolano Marcelino batió a «La Araña Negra» mediante colocado remate de testa a centro de Pereda. Ese gol suponía el triunfo ante los soviéticos en la final de una Eurocopa. Y como la FEF estaba muy poco acostumbrada a festejar títulos -ese, precisamente, inauguraba su palmarés de selecciones senior-, quiso que la alegría alcanzase a todos, incluidos los castigados.

Ibarreche pudo así, gracias a la amnistía decretada, iniciar el Campeonato 1964-65 goleando con el Cacereño. Veintiún tantos, nada menos, sumaría al final del mismo, justo uno menos que en 1960-61, cuando por primera vez se le viera castigar redes en Cáceres.

Ibarreche había disputado 3 campañas en 2ª División con la bilbaína Sociedad Deportiva Indauchu y otra con el Basconia de Basauri. Su facilidad goleadora sin duda debería haberle granjeado más presencia en el fútbol de plata. Mala suerte, quizás. Esos falsos regates que a veces el fútbol reserva a sus protagonistas. Un mal fario, en todo caso, del que pudo rescatarlo sin ser consciente de ello, el mejor rematador por alto de la época.

Los desmanes no sólo ocurrían en campos de arena o tierra prensada, por territorios perdidos donde el fútbol tiene algo de heroico. Mediados los 70, José María García, entonces voz deportiva de la Cadena SER, se hizo eco tras presenciar en directo un partido en El Molinón, de la angustia vivida por un linier cuando, desde el graderío, trataron de estrangularlo con el cordón de una bota de vino. Afortunadamente, Quini, José Manuel, y algún otro compañero de ese Sporting de película, se percataron a tiempo y pudieron evitarlo. Por esa época, recuérdese, los campos se enjaularon. O mejor dicho se enjauló a los espectadores, quienes a la postre sostenían el espectáculo.

Historias acreditativas de que no todo tiempo pasado fue mejor, en lo tocante al silbato. Algo, sin  embargo, no ha cambiado. La abnegación de tantos directivos modestos, el espíritu deportivo de muchos árbitros vocacionales y el buen entendimiento entre ambos estamentos, traducido por lo general en respeto, ayuda, y llegado el caso en sincero agradecimiento. Para sustentar la afirmación, pocos hechos tan claros como el acaecido en Durango, allá donde arrancaba este trabajo, una olvidada mañana del 16 de marzo de 1941.

El Amboto y los valles del Duranguesado. Este risueño marco sirvió de fondo a la arriesgada peripecia del árbitro vizcaíno Sr. Pardo.

El Amboto y los valles del Duranguesado. Este risueño marco sirvió de fondo a la arriesgada peripecia del árbitro vizcaíno Sr. Pardo.

Lo vivió en carne propia el Sr. Pardo, «reffery» de un Cultural – Galdácano. Entre los galdacaneses destacaba  Obispo, delantero centro clásico, chicarrón macizo, bronco, prototipo de ariete tanque, capaz de derribar cualquier muro. El clásico jugador al que fuera de casa suele pitársele falta en cada choque. Pero aquella mañana, cualquiera que fuesen las razones, el Sr. Pardo sólo vio malas artes en quienes pretendían impedirle el remate. Hasta cuatro jugadores culturalistas tomaron el camino del vestuario antes de tiempo. Concretamente y por este orden, Aguirre, Odriozola, Aranda y Lafuente. Los durangueses pretendían comérselo. No importaba tanto el resultado de su Cultural, sino que aquel individuo aprendiese con quién se las jugaba. Nada más señalarse el final, José María Larracoechea, directivo de los de monumento, arrastró al colegiado hasta el caserío del conserje, inmediato al campo. Allí pudo atrincherarlo mientras él corría hacia la carretera para detener al primer coche. Tras la Guerra Civil, apenas si existía tráfico por la Nacional San Sebastián – Bilbao. Transcurrieron los minutos, lentos y angustiosos. Por fin un vehículo a la vista, cuyo conductor hubo de pisar el freno al verlo gesticular en medio del asfalto. Imposible entenderse con él, puesto que sólo hablaba alemán. Aquella misma tarde, la selección española se enfrentaba en San Mamés a la de Portugal y el viajero de atrás, sin duda un alto militar del Tercer Reich, había cruzado la frontera para presenciar el espectáculo. Téngase en cuanta que entonces Francia estaba ocupada por las tropas de Hitler y no pocos militares engalonados pasaban con alguna regularidad a la «amiga» España, ansiosos de enfrascarse en alegres francachelas. Así que otra vez a esperar. Cuando llegó el segundo coche ya pudo volver al caserío, salir con el árbitro, Sr. Pardo, por una ventana de la parte trasera, y correr hasta el vehículo como alma que llevase el diablo. Sin tiempo para despedidas, el comprensivo conductor embragó hacia Bilbao, ha de suponerse que bastante asustado.

– Lo que has hecho está muy feo -censuró al bueno de Larracoechea su amigo Pablo Sanroma, furibundo seguidor culturalista-. El sinvergüenza ese necesitaba una lección nuestra.

Parte de los convecinos, aquellos que pese a correr campo a través llegaron demasiado tarde a la carretera, asentían de palabra o con la cabeza.

Por la tarde, José María Larracoechea, dispuesto a no perderse el debut como internacional de Isaac Oceja, se desplazó a Bilbao. E iba a entrar en San Mamés cuando alguien, una masa desdibujada, se le abrazó a punto de deshacerse en lágrimas.

– Gracias, amigo -pudo escuchar al fin-. Si no es por ti, hoy la palmo.

Naturalmente, era el árbitro Pardo, a quien la Federación Vizcaína tuvo la delicadeza de remitir la correspondiente invitación para el choque, resuelto a favor de España por un incontestable 5-1.

Parece claro: con respecto al arbitraje, no todo tiempo pasado fue mejor.

Aunque algunas cosas tampoco es que hayan cambiado tanto.




Futbolistas en el limbo

A medida que el fútbol -todavía «foot-ball»- fue ganando adeptos y dejó de constituir diversión sólo para estudiantes o jovencitos de buena familia, cuando los equipos comenzaron a llenarse de carpinteros, albañiles, picapedreros o dependientes de comercio, se hizo evidente la penuria a que esos jugadores podían quedar abocados si se lesionaran gravemente. Con una pierna escayolada o el brazo en cabestrillo, resultaba imposible palear carbón a una caldera, subirse al andamio, manejar el torno, trepar por los canchales maza en mano, y hasta despachar metros de tela o cuartillos de aceite. Cada lesión importante implicaba una merma en los ingresos profesionales ajenos al fútbol, lo que ya era malo de por sí. Pero aún peor sería si debieran hacer frente a gastos médicos, intervenciones quirúrgicas u hospitalizaciones. Por no hablar, claro, de cualquier secuela física arrostrada de por vida.

El Dr. Moragas, benefactor del fútbol y los futbolistas en tiempos muy difíciles, hoy injustamente olvidado.

El Dr. Moragas, benefactor del fútbol y los futbolistas en tiempos muy difíciles, hoy injustamente olvidado.

Parecía evidente que correspondía a los clubes correr con el monto de dichas eventualidades. Al fin y al cabo, los percances tenían lugar defendiendo sus colores. Pero, ¿qué ocurría si los daños eran en verdad serios y las entidades modestas a más no poder?. ¿Quién debía rascarse el bolsillo entonces?. ¿Los directivos, habitualmente seleccionados entre lo más pudiente de cada localidad?. ¿Y hasta qué límite?. Incluso, ¿qué directivos?. Porque muy bien pudieran darse dimisiones de mandatarios. ¿Debían asumir los recién incorporados, quizá, obligaciones contraídas por otros a título puramente personal?. Espinosa cuestión, sobre la que se empeñó ardorosamente Emilio Moragas Ramírez, deportista aficionado, cirujano vocacional y alma máter de la futura Mutualidad de Futbolistas.

Corría 1930 cuando, con mucho esfuerzo y el aliento del entonces presidente de la Federación Catalana de Foot-ball, logró poner en marcha la Mutual Deportiva de Cataluña. Gracias a una entrevista concedida a «El Mundo Deportivo» en abril de 1933, conocemos por el propio Dr. Moragas que dos años se habían atendido 500 casos, «algunos de gravedad, aunque por suerte ninguno extremo», y que tan loable empresa nació con un gasto de 10.000 ptas., calculándose en otras 8 ó 9.000 el costo mensual de mantenimiento y servicios. Cifras bastante más que notables para la época, por mucho que hoy puedan antojársenos baladíes. Baste observar, a título de referencia, que el precio de un automóvil «Ford» sedan, modelo S.H.P., cuando poseer vehículo implicaba disfrutar de riqueza esdrújula, suponía un desembolso de 6.650, a tenor de lo publicitado en prensa por el importador concesionario. Y claro, esas 8 ó 9.000 ptas. mensuales ni de lejos llegaban a reunirse con las cuotas. Para equilibrar balances se organizaban cada cierto tiempo partidos amistosos a beneficio de la organización, por más que su impulsor y responsable prefiriese otras fórmulas nunca alcanzadas: «Establecer un «día de la Mutual», por ejemplo -proponía en la entrevista-. El inaugural de cada temporada, con todas las recaudaciones de Cataluña destinadas a la institución». Bello sueño, jamás puesto en práctica.

En el futuro, la Mutual se transformó en punto de partida para otro empeño semejante, de ámbito estatal. Corrían tiempos proclives a la caridad (Auxilio Social), el socorro profesional (Sanatorio de Toreros), los colegios de huérfanos (de Ferroviarios o la Guardia Civil) y montepíos o mutualidades diversas, fueren éstos para funcionarios, excombatientes o caballeros mutilados. Una red a mitad de camino entre el voluntarismo y la eficacia, aunque imprescindible para paliar el déficit asistencial característico de la posguerra. Al frente de aquella Mutualidad, la de Futbolistas, nadie mejor que el Dr. Moragas Ramírez. Bueno, el doctor y «Rini», Mariano Martínez Vallés en el registro civil, antiguo extremo derecho del Sants, Español y Patria de Zaragoza, fidelísimo ayudante en la delegación de Barcelona como recepcionista, conserje, enfermero u hombre orquesta.

Sería la Mutualidad quien socorriera durante decenios a millares de futbolistas, sin establecer distinción entre astros y modestos. Los clubes, mediante aportaciones realmente módicas, quedaban a cubierto de eventualidades inimaginables, en tanto a los jugadores se les garantizaba la atención del más experimentado equipo en lesiones deportivas.

Y pese a todo, de cuando en cuando saltaban a la luz casos estremecedores, con futbolistas en tierra de nadie, a merced del temporal, abandonados en una especie de limbo.

Ocurrió con el guardameta canario Félix Pérez García (6-V-1923), Pérez II en las alineaciones, para distinguirlo de su hermano, el también portero José, internacional contra Portugal en enero de 1941, ostentando Eduardo Teus el cargo de seleccionador nacional. Tras defender los marcos de Racing y Victoria en Las Palmas, viajaría a Alicante para fichar por el Hércules, integrándose a continuación en las disciplinas del Español y «Nastic» de Tarragona, desde donde tras descender a 2ª División la campaña 1949-50 recaló en modesto Novelda, de 3ª. Fue la suya una carrera sin suerte. O mejor, trufada de infortunio. Si deportivamente Dauder sólo le permitiera saltar al campo 7 veces en la máxima categoría, una fatídica tarde veraniega a punto estuvo de perder la vida bajo el solazo de Villena.

Ocurrió en 1951, formando con un combinado alicantino ante el C. D. Villena. Concluido su vínculo con el Novelda, como tantos otros se hallaba a la búsqueda de equipo para el ejercicio 1951-52. No eran esos, precisamente, choques muy amistosos. Solían probarse jugadores y de cuanto hiciesen durante hora y media dependía su porvenir en los siguientes 9 meses. Un lance del juego lo puso a los pies de Dirst, delantero marroquí a prueba, que obviamente no estaba para concesiones. Lejos de saltar, el marroquí metió la pierna. Y Félix Pérez quedó en el polvo, con el cráneo fracturado.

Un traslado urgente al hospital de Alicante y la rápida intervención quirúrgica le salvaron la vida, luego de dos noches en coma. Su carrera, en cambio, había acabado, como desde el primer instante vaticinaron los galenos. Para entenebrecer más su porvenir, el guardameta canario se las veía encarando la ruina. ¿Cómo, de dónde iba a sacar el dinero con que afrontar tanto gasto médico?. Después de diez años trotando por distintos campos, a los 28, sólo iban a quedarle deudas.

¿En qué quedamos?, podrán preguntarse. ¿No estaba precisamente la Mutualidad para evitarlo?. Pues sí, aunque con matices. Porque resulta que Pérez II, al igual que Dirst, involuntario causante de su desgracia, aún estaba sin equipo. Sin ficha, nadie cotizaba por él a la Mutualidad. Y sin haber cotizado… En fin, las dudas como mínimo.

Parte de la prensa nacional se hizo eco del galimatías, apuntando hacia la indefensión en que pudieran hallarse cientos de futbolistas cada año, durante el verano. Algunos dardos dirigidos hacia la Mutualidad afinaron tanto como para provocar que su entonces presidente, Manuel Troyano de los Ríos, saltase a la palestra: «No es cierto que la Mutualidad le haya abandonado -aseguró-. Nadie hasta ahora ha presentado a Pérez una sola factura de hospital. ¿De dónde sale vaya a quedar en la indigencia?». Y a continuación, en tono más mesurado, explicaba que cualquier futbolista sin equipo podía continuar acogido al organismo durante todo un año, siempre y cuando abonase las correspondientes cuotas, las mismas que hasta ese instante hubiesen satisfecho por él sus anteriores clubes.

Aseveraciones para salir del paso. Puro brindis al sol o aquilatada respuesta estatutaria. Palabras vanas. Porque, ¿cuántos futbolistas seguían cotizando, aún encontrándose en paro?. ¿Y si las secuelas se prolongasen más de un año?. Puesto que todos los jugadores confiaban ciegamente en la posibilidad de encontrar equipo, lo cierto era que únicamente los clubes nutrían el libro mayor de la Mutualidad. Pérez II y tantos como él, se hallaban en el limbo asistencial mientras competían a prueba cada pretemporada. Por eso, en el mundo del balón nadie hizo mucho caso a Manuel Troyano. Bien al contrario, volvería a ponerse en marcha el habitual resorte de la solidaridad, el mismo que cíclicamente sacaba del atolladero a compañeros en desgracia, como ocurriese en el pasado con Alfonso, por ejemplo (perdió una pierna en Gijón, siendo jugador del Murcia, tras estrellarse fortuitamente contra el meta Lerín), y sucedería más adelante con Martínez, Ramón, Berruezo, Claudio, y un etcétera bastante amplio.

Aún sin secarse la tinta empleada en las declaraciones de Manuel Troyano, «Marca» recogía que los jugadores de la Cultural Leonesa acababan de abrir una cuenta recaudatoria, encabezada por las 50 ptas. del árbitro leonés Blanco Pérez. Desde Alicante se confirmaba un suplemento en las entradas del partido Hércules – Valencia, con idéntico motivo. Y entre tanto, el propio infortunado dirigía una súplica a la Delegación Nacional de Deportes, depositando toda su confianza en el «laureado general Moscardó».

Los jugadores de fútbol pudieran pertenecer a una casta privilegiada, como tantas veces se aseguraba en referencia a los de 1ª División, aunque sobre ciertos órdenes demostraban hallarse mucho más indefensos que cualquier obrero. La iniciativa del Dr. Emilio Moragas Ramírez, aún habiéndose acreditado magnífica tampoco era perfecta. Y el buen doctor ya no estaba para corregir deficiencias o matices. En diciembre de 1952, cuando Pérez II pretendía encarar el nuevo reto de forjarse otra vida, inauguraban en los jardines de la hoy ya desaparecida sede catalana de la Mutualidad Deportiva, un monumento en memoria de su impulsor. Una vez más, homenaje póstumo.

Durante los años siguientes pocas cosas cambiaron, tal vez porque soplasen vientos contrarios a la reivindicación, o quién sabe si por puro desinterés. La realidad es que avanzados los 60 continuaban disputándose partidos con jugadores a prueba, pertenecientes -y perdón por el mal chiste- al Limbo Club de Fútbol. Volvió a quedar de manifiesto cuando Juan Carlos Touriño y Francisco Casal se acercaron a las instalaciones del At. Madrid arrastrados por Guijarro, el más afanoso intermediario de la época. Ambos procedían del Quilmes, contaban con padres gallegos -circunstancia que les confería el estatus de oriundos- y distaban bastante de ser meritorios. Casal, «fornido defensa de cierre, seguro, valiente y rotundo», según las crónicas, venía tasado en millón y medio de ptas. Touriño, con la carrera de Perito Mercantil concluída, «estilizado marcador, capaz de rendir en funciones destructivas por el centro del campo», en cuatro millones y medio. Teóricamente venían para firmar como atléticos, pero su viaje fue desde el principio un verdadero despropósito.

Para empezar, nadie acudió a esperarles al aeropuerto. Personados en las instalaciones «colchoneras», a punto estuvieron de negarles la entrada. Sólo la buena voluntad de un empleado les permitió desentumecerse, entrenando por su cuenta durante un rato. Luego ese mismo empleado tuvo que aguantar a pie firme el rapapolvo de su superior: «No son jugadores del Atlético de Madrid. ¿Cómo los ha dejado entrenar en nuestro campo?. La ropa deportiva es para uso del club, no del primero llama a la puerta». Al rato, ese mismo jefe iracundo tuvo que excusarse por no haber recibido en Barajas a los dos futbolistas y a su presidente en el Quilmes, señor Vázquez. Raro. Todo muy raro desde el comienzo.

Touriño: antes de convertirse en defensa del Real Madrid vivió durante 45 minutos en el limbo futbolístico.

Touriño: antes de convertirse en defensa del Real Madrid vivió durante 45 minutos en el limbo futbolístico.

Fueron transcurriendo los días y a Touriño y Casal parecía se los hubiera tragado la tierra. Ni un partido, ni un mal bolo festivo en su haber. ¿En serio le interesaban al club rojiblanco?. ¿Para qué habían sobrevolado el Atlántico, entonces?, se preguntaban los informadores, no sin razón. A última hora, cuando ya tocaba cerrar las plantillas, pudo vérseles con la camiseta rojiblanca, formando en una especie de equipo B y sólo durante el primer tiempo. Un partido menor, de los contratados por compromiso y a dirimir en condiciones tan ajenas a la profesionalidad como reñidas con el espectáculo.

Cuando fechas más tarde se decidió no contar con ninguno de ellos, al presidente del Quilmes bonaerense, Antonio Vázquez, se le soltó la lengua: «Vinimos contratados por la empresa Guijarro-Oses, según parece porque al Atlético le interesaban los muchachos -dijo-. En el compromiso no entraban las pruebas. O mejor dicho, sólo pruebas médicas, no técnicas. Eso se sale un poco de la ética del fútbol. Y además, ¡qué prueba!. Cuarenta y cinco minutos de un matinal, con el calor, sin conocer a los compañeros…». Tanto en opinión del dirigente como de los futbolistas, se les había faltado al respeto, «porque no son, no somos cualquier cosa, sino profesionales de óptima condición. Poner a prueba a Touriño, que cuenta para el seleccionado argentino, es como hacerlo con Pirri. No hemos venido acá para sumergirnos en el encanto de Madrid, sino para negociar las transferencias de dos jugadores de nuestra institución».

Desde el Atlético de Madrid se había optado por la elegancia: «El club no está en condiciones económicas para adquirir a los jugadores». Gran verdad, a buen seguro. Pero chirriaba con la confidencia deslizada anteriormente por un directivo madrileño al redactor de «As» Miguel Vidal: «Touriño no interesa al Atlético; no firmará».

El enojo del presidente argentino, comprensible tras haber perdido una posibilidad de negocio, tampoco era ajeno a otra cuestión: la prueba técnica; ese medio partidillo matinal. Porque, ¿y si se hubiera lesionado cualquiera de los dos?. Sin contrato con el Atlético ni perspectivas de firmarlo, el gran damnificado habría sido Quilmes. La misma entidad que clamaba, por boca de su presidente, acerca del feo gesto consistente en alinear a prueba dos futbolistas ajenos, rehuyendo ulteriores compromisos. La otra pata del banco, el tingladillo de intermediación y representaciones Guijarro-Osés, con quien el club argentino pactara viaje y frustrado traspaso, se habría llamado a andanas. Si todo hubiese ido bien, apretón de manos, intercambio de puros, sonrisa ante la prensa gráfica y jugoso talón bancario en concepto de asesoría, gestión y corretajes varios. Pero al primer síntoma de descarrilamiento… Touriño y Casal no podían esperar nada bueno de esa parte. Aunque quizás no lo supieran al poner un pie en Barajas, se convencieron mirándose en el espejo de otro compatriota con menos suerte, apellidado Marín. Llegó desde Vélez Sarsfield, creyéndose contratado por un club español. Y apenas fallaron unas negociaciones ni siquiera hilvanadas, si te he visto no me acuerdo. «No comprendo cómo se puede hacer eso con un profesional, y además estimable -denunció el propio Touriño-. De no haber sido por nuestra compañía, hubiera estado completamente desatendido. Tuvo la suerte de encontrarnos aquí».

Partidillos veraniegos sin ficha deportiva ni bajo el protector paraguas de la Mutualidad, intermediarios alérgicos al escrúpulo deontológico, ambición deportiva e incontenible ilusión. Ingredientes para un cóctel explosivo donde la víctima, si tal hubiere, sólo podía ser el artista. Justo quien, pese a su decisiva importancia en el invento, apenas pasaba de simple mercancía.

Francisco Roberto Casal (la prensa española lo llamó siempre Alberto, por error) disputó 25 partidos con Quilmes entre 1966 y 1968, y 21 con Argentinos Juniors en 1969, todos ellos en la 1ª División Argentina. A partir de ahí desapareció de la máxima categoría. Juan Carlos Touriño Cancela (Buenos Aires 14-VII-1944) continuó en el Quilmes hasta fichar por el Real Madrid, en setiembre de 1970. Tras salir de la «casa blanca» pasó por Independiente de Medellín, nuevamente Quilmes, y Gimnasia y Esgrima de La Plata. Campeón de nuestra Liga en 3 ocasiones y dos veces de Copa, dada su condición de oriundo fue una vez internacional absoluto, con Kubala como seleccionador. A partir de su retirada (1978) dirigiría desde el banquillo al Palencia y recreativo de Huelva, a la Asociación de Futbolistas Argentinos -sindicato equivalente a nuestra AFE- y publicó un volumen de poemas titulado «Trigo y cardos».

Ambos, aunque no tuviesen constancia exacta de ello, también vivieron en el limbo durante 45 minutos, una mañana veraniega del ya lejano 1968.

Dos casos más, tan sólo, entre la legión de futbolistas que por pura inconsciencia o «vergüenza torera», se la jugaron sin aspavientos.




Fútbol, publicidad y marketing

No deja de resultar curioso que el fútbol fuese utilizado por avispados comerciantes desde sus primeros tiempos. Antes de que las primitivas estrellas percibieran una sola peseta por su virtuosismo, o lo hiciesen bajo mano y siempre en muy modestas cantidades, ya había quien supo sacar partido comercial del invento. Lógico, diremos hoy, conscientes de la dimensión social alcanzada por esta mezcla de espectáculo, deporte y equilibrismo financiero. Pero es que verlo como oportunidad mercantil allá por 1920, 23 ó 27, anticiparse tanto a los tiempos, no debió ser fácil.

El fútbol era deporte para todo el año. Para el invierno también; ese largo y húmedo invierno del Norte. Como además los espectadores debían permanecer a la intemperie durante dos horas, habida cuenta que muchos campos carecían de algo semejante a una tribuna, cierto fabricante bilbaíno de impermeables imaginó cuánto representaría para su industria proteger a los espectadores de pulmonías o resfriados. Y, ni corto ni perezoso, hizo insertar en prensa el siguiente anuncio. Todo, con tal de evitar que el fútbol resultara «una imprudencia».

La imprudencia de no vestir adecuadamente para ver fútbol, en el vespertino bilbaíno “La Tarde” (diciembre 1929).

La imprudencia de no vestir adecuadamente para ver fútbol, en el vespertino bilbaíno “La Tarde” (diciembre 1929).

Los niños, al mismo tiempo, se habían convertido en fervorosos practicantes del nuevo «sport». ¿Acaso existía algo más barato?. Con una pelota de trapo y cuatro piedras para indicar las porterías, podían divertirse 22 amigos. O no tan amigos, si se mira bien, pues pronto el reto entre barrios añadiría pimienta al disfrute. Una cosa lleva siempre a otra, conforme es bien sabido, y esos mismos chicuelos tardaron poco en establecer un nuevo santoral, colocando sobre las peanas a sus nuevos mitos, los astros de su equipo: Ricardo Zamora, Kinké, Machimbarrena, Acedo, Petit, Pichichi, Travieso, Yermo, De Miguel, Lakatos, Monjardín, Sagi-Barba, Alcántara… Ya sólo necesitaban estampas. ¿O es que puede hablarse de devoción, sin estampitas?. Y ahí es donde irrumpieron en tropel los chocolateros.

La idea, esta vez, vino prestada desde Francia, puesto que uno de los más importantes elaboradores decidió introducir en sus tabletas unas tarjetas postales, a modo de regalo. Los tarjetones se convertirían en cromos y aquí, entre nosotros, esos cromos aprovecharon el tirón del «foot-ball». Al fin y al cabo eran niños, los medianamente acomodados, entiéndase, quienes más chocolate consumían. Difícilmente hubiera podido encontrarse fórmula de fidelización más simple y económica. Cromo a cromo nacería también el coleccionismo, y con él la competencia entre fabricantes, bien es verdad que no tanto respecto al precio de la tableta o calidad del producto alimenticio, sino basada en la belleza o el interés de esos cromos. «Amatller» de Manresa, «Buena Salud» de Murcia, los barceloneses «Eduardo Pí», «Evaristo Juncosa», «Sebastián Prat» y «Sucesor de J. Carreras», «Eureka», «Giralda», «La Perla de Levante» alicantina, «Viladás» de Agramunt, «Piera y Brugueras» de Tarrasa, «Orthi» de Tarragona, «Justo Giner» de Torrente, el mallorquín «Antonio Mercadal» y los bilbaínos «Hijos de Zuricalday», fueron algunos de los chocolateros dedicados al cromo durante el decenio de 1920. Aunque, la verdad sea dicha, no estuvieron solos en su pirueta comercial. Junto a ellos, marcas de caramelos como «La Suiza» de Vitoria o «La Aldeana»; de pastillas para la tos, como las del «Doctor Soler»; de papel de fumar, como la alcoyana «Foot-Ball», propiedad de J. Laporta y Valor; tostaderos de café como el barcelonés «Naguabo», el vallisoletano de «Dimas Alonso» o «La Extremeña», que pese a su razón social estaba radicado en Madrid, así como los por entonces populares «Hipofosfitos Climent», la sastrería «Pujol», «más barata y mejor surtida de toda España; proveedora de la Cooperativa del Ministerio de la Guerra», conforme alardeaba sin complejos, y los bazares económicos de Ana Sánchez, viuda de Orsolich, en Madrid «todo a 65 céntimos», recurrieron igualmente a las colecciones de cromos futbolísticos.

Ortí, chocolatero ducho en marketing, antes de que el vocablo se inventara.

Ortí, chocolatero ducho en marketing, antes de que el vocablo se inventara.

También hubo hueco durante esos años para propuestas más convencionales, vistas desde la actualidad. Los hermanos Seix Barral sacaron al mercado unos cromos troquelados de 10 centímetros, con su correspondiente soporte, destinados a disputar reñidísimos partidos sobre cualquier superficie lisa. «Chocolates Jaime Boix», en un rasgo realmente innovador, quiso desmarcarse de sus competidores ofreciendo el Dominó Deportivo, juego en el que cada ficha recogía retratos de futbolistas, a manera de puntos. Arqueología social y futbolística, de la que cabe extraer alguna conclusión:

1.- El arraigo que en tan poco tiempo había adquirido este deporte por nuestros pagos, aún contando que muchas de estas apuestas comerciales son anteriores a junio de 1926, fecha a partir de la cual, el fútbol fue oficialmente profesional en España.

2.- La incongruencia de que un buen puñado de marcas comerciales pudiesen hacer negocio a costa de futbolistas que ni siquiera cobraban en sus clubes.

3.- La avaricia de ciertas empresas anunciantes, entre las que ocuparía puesto cabecero «Mi Papel», dedicado al papel de fumar. Proporcionaba un retrato de jugador por cada estuche de 100 hojitas, en tanto el álbum se conseguía entregando 200 estuches vacíos. ¡200, sí!. Puesto que la colección constaba de 80 instantáneas, era preciso fumar de lo lindo para completarla. 28.000 cigarros, contando con que no saliera ningún cromo repetido. Pues bien, para terror de la ciencia médica, aquel fabricante llegó a editar, que se sepa, 3 series distintas.

Un coñac al rebufo del fútbol (febrero 1951), cuando en Jerez de la Frontera nadie hubiese entendido el significado de “brandy”.

Un coñac al rebufo del fútbol (febrero 1951), cuando en Jerez de la Frontera nadie hubiese entendido el significado de “brandy”.

Los años 30 apenas si aportaron novedades al respecto. Se sumó a la fiebre del cromo algún nuevo chocolatero («Rodríguez Serrano», «Meivel», o «Hijo de Pedro Llloret», de Villajoyosa), fabricantes de galletas («La Industrial Española», de Madrid) y hasta el Monopolio de Cerillas y Fósforos, cuando la sublevación militar de 1936 ultimaba detalles desde el Marruecos Español y las islas Canarias. Hasta tal punto sorprendió el alzamiento a los responsables de la Hacienda Pública que aquellas cajitas incluían la leyenda «Temporada 1936-37». O sea, la que nunca existió. Meses antes, todavía en 1935, se habían incorporado al cromo los administradores de balanzas públicas. Eran éstas unas básculas harto aparatosas, situadas en lugares muy concurridos. Cuando el transeúnte decidía comprobar su peso, previa introducción de monedas, obtenía un cartoncillo con foto a color de algún futbolista y su teórico peso al dorso. Teórico tan sólo, puesto que los artilugios solían pecar de amplia inexactitud. Ello no fue óbice para que parte de esos ingenios continuasen en la vía pública hasta principios de los 60.

Por supuesto, ni uno sólo de los futbolistas recibió un céntimo. Los derechos de imagen estaban tan lejos de ser contemplados como bien patrimonial que ni siquiera merecieron análisis cuando, en plena época republicana, surgió el primer fermento de sindicación futbolística. Figuras como Félix Pérez revolviendo el vestuario del Real Madrid, o Jacinto Quincoces y Ricardo Zamora atragantando el postre a los políticos en banquetes de agasajo, mostraron vanamente su rostro más reivindicativo. Entonces preocupaba, sobre todo, el cobro de haberes en clubes que, como hoy, debían ejecutar cabriolas cada final de temporada. Ni siquiera al «Divino» Zamora, primer gran profesional de nuestro fútbol1, llegó a pasarle por la imaginación que una estrella tan luminosa como él pudiese sacar dinero por algo más que lucir planta bajo el marco, participar en bolos veraniegos o colaborar en prensa con bien construidos artículos.

La prolongada y terrible posguerra apenas si introdujo cambios en la mercantilización del balón redondo. Primero porque no fue aquel un tiempo para mucho alarde publicitario, y segundo porque el nuevo régimen, al milimetrar la vida de sus súbditos, daba lugar a muy pocas sorpresas. Todo estaba tasado en medio de la precariedad autárquica: en centímetros de tejido la castidad del atuendo femenino; en segundos el tolerable desahogo de un beso cinematográfico; en horas ante el sagrario la devoción apostólica-romana; en el fervor de un aplauso la lealtad al caudillo cada vez que éste paseaba bajo palio… El mismísimo salario de los futbolistas estuvo tasado, si bien dicha ley caería rápidamente en el olvido. Con un solo sindicato vertical, bien domesticado, y sin espacio explícito en el mismo para los futbolistas profesionales, a ninguno se le ocurrió reclamar derechos de imagen. Y así, claro, los impresores de cromos vivieron años gloriosos.

En setiembre de 1961, la fábrica de cigarros “Ben-Hur” continuaba unida al fútbol.

En setiembre de 1961, la fábrica de cigarros “Ben-Hur” continuaba unida al fútbol.

A los clásicos chocolateros (bien es cierto que incorporándose nuevos fabricantes, como «Ezquerra», «Tupinamba», «Zahor», Chobil», «El Bizcocho», «Torras», «Viuda de José Asensi», «Batanga» o «Nieto») fueron uniéndose distintas marcas de azafranes y condimentos («El Negrito», de Novelda; «La Barraca»; «Chicote»; «Polluelos), de hojas de afeitar («Palmera»), caramelos («Tardá»), cubitos de caldo («Gallina Blanca»), complementos alimenticios («Ceregumil»), chicles («Bazoka» o «May»), detergentes («Platín»), gaseosas («La Casera») y hasta marcas de tabaco. De tabaco canario, para más exactitud, puesto que en la península, al imperar el Monopolio, tampoco había que romperse mucho la cabeza inventando. En las islas afortunadas, por el contrario, donde Tabacalera había llegado a un acuerdo con los fabricantes locales para que éstos pudieran mantener, controlar y distribuir su producción en el ámbito insular, existía competencia y sobrada justificación al aplicar mercadotecnia. «Cigarrillos La Lucha», «José López Luis», «Fedora», «Favorita», «El Avión», «El País» o «Ben-Hur», introdujeron cromos de cartón en las cajetillas de sus distintas labores.

Estanislao Basora Brunet. Sus brillantes actuaciones con la selección nacional y en el Barça de “las 5 copas” lo convirtieron en imagen comercial de un avispado fabricante. Fútbol y química de consumo unidos durante los asfixiantes 50.

Estanislao Basora Brunet. Sus brillantes actuaciones con la selección nacional y en el Barça de “las 5 copas” lo convirtieron en imagen comercial de un avispado fabricante. Fútbol y química de consumo unidos durante los asfixiantes 50.

Caso curioso sería el de «Castellblanch», hoy conocida marca de cavas con distribución nacional, que allá por 1951, cuando sacó al mercado su propia colección publicitaria de cromos, apenas si probaba suerte fuera de Cataluña. Sólo así se entiende que recogiera únicamente futbolistas del Español y Barcelona.

Junto a todos ellos nacieron también las fórmulas hoy al uso, de sobrecitos con cromos sin soporte publicitario y distribuidos entre kioscos de prensa, tiendas de golosinas y casetuchas de portal para el cambio de novelas. Editoriales prestigiosas en el ramo, pusieron manos a la obra casi con la reanudación del campeonato liguero (Bruguera, más adelante todo un imperio gracias al tebeo y la novela popular, en 1940; Valenciana e Hispanoamericana en el 41; Fher en 1942). Otras, sin embargo, se harían esperar (Ruiz Romero hasta 1950, Nilo hasta el 55, Ferca hasta el 56 y Ferma hasta 1960). A unas y otras les bastaba con agenciarse fotos, colorearlas, introducirlas en máquinas y confiar en una buena acogida. Sus gastos, además de los de distribución, quedaban reducidos a fotógrafo, imprenta y ensobrado, actividad ésta de la que se ocupaban órdenes religiosas o legiones de mujeres, en sus casas, satisfechas con un par de duros por millar. El pegamento, al menos, corría a cargo del editor. Los futbolistas, fundamento de todo el negocio, continuaban sin percibir nada.

Y tampoco lo hacían si su imagen, fuere fotográfica o trazada a plumilla, saltaba a la prensa como soporte comercial, aprovechando fórmulas encubiertas del estilo de las adjuntas: «La figura del partido fue…». O «El destacado sobre el campo». El giro, levísimo si se quiere, pero giro al fin, llegó durante los 50 con «Selecciones del Reader´s Digest».

Zarra (febrero 1951), o Juncosa (marzo 1952), ni se plantearon que Castellblanch o Félix del Hierro les adeudaban algo.

Zarra (febrero 1951), o Juncosa (marzo 1952), ni se plantearon que Castellblanch o Félix del Hierro les adeudaban algo.

Esta publicación, aglutinante de artículos diversos, extractos de libros y glorificación no tan solapada del imperialismo yanqui, contó con una edición española cuando el régimen franquista fue variando su rumbo ideológico. El propio general ferrolano daba la bienvenida al empeño editorial desde su primer número, como no podía ser menos en tiempo de abrazos a barras y estrellas, apoteósico recibimiento al presidente Eisenhower y negociación para la apertura de bases militares americanas en nuestro suelo. De inmediato, entre la abundantísima publicidad del «Digest», conocido aquí popularmente como «Selecciones», sorprendería a los lectores un retrato de Estanislao Basora, figura destacada del Barcelona y entre los mejores del Mundial brasileño correspondiente a 1950. Basora recomendaba un determinado producto higiénico, «para estar bien y sentirse bien en los momentos cruciales». El bueno de Estanislao, recientemente fallecido, cobró por fin unos cientos de duros, convirtiéndose así en nuestro primer jugador «modelo».

Hubo que esperar hasta diciembre de 1962 para que otra compañía publicitaria rellenase los bolsillos del segundo. Se trató nada menos que de Alfredo Di Stéfano, líder indiscutible de un Real Madrid empeñado en anonadar a Europa. Y aquello constituyó un escándalo, no porque semejante astro se convirtiera en objeto de consumo, sino porque anunciaba unas medias para mujer. Y sin costura, además, cuando para muchos curas trabucaires, especie pródiga entonces, las medias sin costura no dejaban de ser sino pura incitación al pecado.

Di Stéfano, las medias y unas piernas que no eran suyas. Golazo del publicista y negocio redondo para el fabricante… además de para la “Saeta Rubia”.

Di Stéfano, las medias y unas piernas que no eran suyas. Golazo del publicista y negocio redondo para el fabricante… además de para la “Saeta Rubia”.

Di Stéfano cobraría 175.000 ptas. según unas fuentes, o 150.000 redondas según otras, por consentir le atribuyesen esta frase: «Si yo fuera mi mujer, luciría medias Berkshire». Pero claro, no vestía de paisano en el anuncio, sin con camiseta y pantalón del Real Madrid. Toda una humillación para Don Santiago Bernabeu, el presidente milagroso, y hasta para una afición pacatona, sin ninguna experiencia en sobresaltos de este tipo. El anuncio resultaba por demás impropio, en opinión de los bienpensantes. Se dice que ciertos tecnóctaras del Opus expresaron su desagrado al mandatario madrileño. Como quiera que fuese, Bernabeu quiso retirar el anuncio, basándose en que allí aparecía el escudo «merengue» y nadie había autorizado tal cosa desde la entidad. También revisó el contrato del argentino, por si hubiese alguna cláusula donde aferrarse. Pero puesto que los futbolistas no ejercían de «figurines», tampoco existían motivos para regular impensables incursiones publicitarias. Di Stéfano, por su parte, no quiso dar marcha atrás. Deshacer el acuerdo implicaba devolver todo un capitalito, y ni muchísimo menos estaba por la labor. Además, ¿dónde veían el problema?. ¿Acaso eran sus piernas las portadoras de medias «Berkshire»?. ¿No salía vestido de hombre?. ¿A qué tanto escándalo, entonces?.

Tres meses después, el mandatario blanco abonaba 150.000 ptas. al fabricante, dándose así por concluida la campaña. Todo un golazo de Berkshire al Real Madrid, puesto que con tanto ruido la marca halló un eco inimaginable y, a la postre, el modelo famoso le había salido gratis.

175.000 ptas., ó 150.000, si se prefiere, constituían una suma nada despreciable en 1962 ó 63, con sueldos mensuales de 4.000 ptas. para empleados de banca, de 2.500 en el comercio, y 6.500, incluyendo quinquenios y puntos de ayuda familiar, para profesores de Instituto. El propio Di Stéfano, sumados todos los conceptos, venía a obtener alrededor de los 4 millones por temporada, siendo el mejor pagado de nuestro fútbol. Y el costo de un señor piso en La Castellana, dinero en mano y apretando un poco a la inmobiliaria, difícilmente alcanzaba las 500.000.

Otros futbolistas también hicieron sus pinitos propagandísticos. Y digo bien, propagandísticos, no publicitarios. Formaron parte, junto a toreros, el boxeador Pepe Legrá y rostros a los que el cine o la farándula habían hecho populares, del «spot» con que el régimen incitaba al «¡Sí!» en un referéndum pantomima. José Legrá, cubano de nacimiento aunque nacionalizado español, era de los que se arrancaba ante los micrófonos con vivas a Franco y España tras cada combate victorioso. Pero ciertos futbolistas -Marcelino y Paco Paco Gento entre ellos- quizás continúen sonrojándose al rememorar un papelón al que difícilmente hubieran podido sustraerse.

“Bayer”, “Coca-Cola”, o Philips, tres marcas de postín, tampoco perdieron de vista al fútbol en su publicidad. Inserción en prensa correspondiente a febrero de 1951.

“Bayer”, “Coca-Cola”, o Philips, tres marcas de postín, tampoco perdieron de vista al fútbol en su publicidad. Inserción en prensa correspondiente a febrero de 1951.

Los años 60 incorporaron también otra novedad: la emisión de un partido dominical por TVE, entonces única en las ondas. El hecho tuvo dos consecuencias: 1ª.- una mayor popularidad de las estrellas balompédicas, hasta el punto de que las 150.000 ptas. cobradas por Di Stéfano, un lustro más tarde como mínimo se hubieran multiplicado por tres. 2ª.- la menor afluencia a los campos, acrecentada a medida que el televisor se incorporaba a los hogares. Esta última resultaría determinante en el inmediato futuro.

A falta de una asociación de clubes o Liga de Fútbol, los derechos televisivos se negociaban club por club. Lo de «negociar», quede bien claro, es licencia literaria, pues la formula estaba trazada a troquel: un duro por cada entrada no vendida, tomándose como referencia la media de ventas durante el ejercicio anterior. Nótese que se pagaba por boleto no vendido, excluyéndose del cómputo los asientos de socios. Algo claramente discriminatorio para quienes completaban la mayor parte de su aforo con socios de carnet o abonados. Las protestas tardaron poco en patentizarse y el duro subió a 10 ptas. Al antojarse también escasos los dos duros, ya no hubo más que hablar. Si en las altas instancias alguien había decidido que los españolitos sacasen jugo a su televisor pagado a plazos con un partido de tronío a la semana, se instalaban las cámaras donde conviniera y aquí paz y después gloria.

El decenio del desarrollo, el «Seat 600» y las sobremesas con «Rin-Tin-Tin», Manuel Santana o «Bonanza», concluiría abruptamente, tanto en lo futbolístico como en lo económico. La selección no pudo clasificarse para los Mundiales de 1970 y 1974. Restañadas las heridas de la II Gran Guerra, Europa comenzaba a forjar futbolistas contra los que poco podía una sombra de Real Madrid o el Barcelona de los fracasos encadenados. En lo económico también parecía haberse agotado el cuerno de la abundancia. Aunque los turistas siguieran llegando a mansalva, algunas voces cuestionaban si no se estaría gastando más en infraestructuras de lo que luego aportaba tantísimo visitante. Al subir los salarios como respuesta a una alta inflación, los productos españoles, fueren  estufas de gas butano, tejidos, máquina-herramienta o del agro, empezaban a no resultar competitivos. En el horizonte asomaba ya la urgencia de una reconversión industrial, cuyas primeras víctimas iban a tener por nombre siderurgia y sector naval. Para esto último, los políticos de turno, a saber si más preocupados ante la agonía del régimen, no hallaron solución. Sí, en cambio, respecto al fútbol. ¿No podemos ganar con lo nuestro y unos cuantos oriundos?. Pues traemos de fuera a los mejores y sanseacabó. Resumiendo, quedó derogada la prohibición de contratar extranjeros.

Así se anunciaba Coca-Cola en 1956.

Así se anunciaba Coca-Cola en 1956.

Uno de los primeros en arribar fue Johan Cruyff, estrella mediática dentro y fuera del césped, con la cabeza bien amueblada e ideas clarísimas. Cuando su hijo Jordi nació, a la prensa y en especial a quienes imprimían en papel couché, les interesó alguna foto del recién nacido. Johan, en efecto, tenía preparado un dossier. Pero para acceder a él se pasaba por taquilla. «Inaudito», clamaron. «¿Qué clase de monstruo se enriquece a costa de un recién nacido?». Cruyff ni se inmutó: «Una cosa es el fútbol y otra la vida privada -adujo-. A mí me pueden sacar fotos en el campo, pero quien quiera las de mi hijo tendrá que pagar». Elemental, diremos hoy, por más que entonces casi nadie lo entendiera. Y hasta alguno, bien aprendidas las lecciones de antaño, quiso pespuntear con hilo grueso: «No es raro, tratándose de un holandés. Al fin y al cabo allí emigraron parte de los judíos expulsados por los Reyes Católicos». De cualquier modo, el gesto de Cruyff abrió para los futbolistas el portón de los cambios drásticos.

Inserción en prensa durante el invierno 1950-51.

Inserción en prensa durante el invierno 1950-51.

Éstos llegaron con la tan anhelada sindicación. Primero hubo que abolir el derecho de retención, mediante el cual un buen futbolista podía quedar atado de por vida a cualquier mediana entidad, aún teniendo sustanciosas ofertas sobre la mesa. Luego tratar de que el agujero financiero donde se ahogaban los clubes afectase lo menos posible al pago de nóminas. Y por fin ya quedó tiempo para exigir derechos de imagen. Quien quisiera sacar cromos o escudar una marca tras los futbolistas, pagaría. A esas alturas, los otrora reyes del cromo ya eran historia: Bruguera en plena cuesta abajo y a punto de estrellarse contra el paredón de una quiebra; la bilbaína Fher -Fernández Hermanos- y su filial Disgra, transformadas en cooperativa laboral como única solución a un cierre del que no se libraría Ruiz Romero.

Publicidad fechada en el verano de 1955. Por esa época parecía no existir otro deporte que el fútbol.

Publicidad fechada en el verano de 1955. Por esa época parecía no existir otro deporte que el fútbol.

Y entre tanto habían sucedido otras cosas. La presión de los clubes ante el Patronato de Apuestas Mutuas, por ejemplo. O en lo tocante a jugadores, la generación de ingresos indirectos, fruto de patrocinios o peajes de lucimiento.

La menor afluencia a los estadios, achacada al partido semanal televisado, puso contra las cuerdas a casi todos los clubes de 1ª División. Muchos de ellos, desesperados, aporrearon las puertas de TVE, implorando más visitas a su feudo. Con tanta oferta, los mandatarios del ente endurecieron la contratación. Y así, en su afán de huida hacia delante, quienes hacían cola ante Prado del Rey ahondaron más su tumba. Entonces, sintiéndose irremisiblemente perdidos, depositaron su mirada en el Patronato de Apuestas Mutuas, puesto que las quinielas no eran nada sin ellos. ¿Cómo es que todos sacaban tajada mientras los dueños de los pronósticos debían contentarse con migajas?. O el Patronato les mejoraba condiciones, o impedían en los juzgados la utilización de sus nombres. Por supuesto, no se llegó tan lejos. Las cosas de dinero suelen resolverse con más dinero. Se firmó la paz. O una tregua, mejor. Y los futbolistas tomaron nota.

También les ayudaría, sin pretenderlo, el fútbol francés, puesto que adentrados en los 70 un club galo surgido poco menos que de la nada, el Saint Etienne, hizo exhibición por Europa de una fórmula alegre, atrevida y concreta. Atrás, la seguridad de un atlético argentino apellidado Piazza, en el centro del campo dos jugadores versátiles, con buena visión distributiva, y delante un joven Rocheteau, habilidoso, descarado y práctico. Pero lo más significativo de aquel conjunto, vistas las cosas con ojos de Migueli, Asensi o Pirri, es que sus estrellas cobraban de «Le Coq Sportif», marca suministradora de equipaciones y artículos deportivos, en abierta competencia con «Adidas» y «Puma». Casi desde ese mismo instante, Pirri, Asensi y Migueli emplearon con los fabricantes de ropa deportiva el argumento de los clubes ante el Patronato de Apuestas Mutuas. Si no cobraban, empezarían a lucir en las fotos ropa sin marca. Y además, ¿cuánto podía valer una instantánea suya luciendo éste o aquel reloj?. El terceto mencionado se convertiría así, según distintas fuentes, en el primero de españoles que amplió caja, dejando, además, expedito el camino a Pirri, Santillana, Benito, Arconada… y a las siguientes generaciones.

Al fútbol en sidecar, durante la autarquía (noviembre 1955).

Al fútbol en sidecar, durante la autarquía (noviembre 1955).

Obviamente, la cifra por ellos ingresada estaba a años luz de las monstruosidades barajadas en derredor de las actuales estrellas, cuando el concepto «publicidad» llega a duplicar por 2 ó hasta 3 el monto de sus no menos monstruosos salarios.

Como la vida no deja de ser un toma y daca, ahora les tocaba a los clubes inspirarse en sus propios futbolistas. Ya habían dado algún paso, siempre mirándose en el espejo de Europa, cuando lograron  en el arranque de los 80 que la Federación presidida por Pablo Porta aceptase la inclusión de publicidad en las camisetas. Eso sí, en un tamaño tan reducido que o acabó disuadiendo a muchos posibles anunciantes, o rebajó la oferta de quienes como «Teka», Zanusi», «Helios», Balay», o las Cajas de Alicante, Valencia y Las Palmas, apostaron por esta fórmula desde el inicio. Así rezaba la circular federativa fechada el 15 de octubre de 1981:

Se autoriza a los clubes a utilizar publicidad en sus prendas deportivas con las siguientes limitaciones:

Un emblema o símbolo de marca comercial, cuyo tamaño no podrá exceder de 12 centímetros cuadrados, así como palabras o siglas de 100 centímetros cuadrados, que únicamente podrán figurar en la parte delantera de las camisetas.

Los mensajes no podrán hacer referencia a ideas políticas o religiosas, ni publicitarse tabacos o bebidas alcohólicas, así como ser contrarios a las leyes, la moral y las buenas costumbres o el orden público.

Casi paralelamente, con muy similares argumentos a los esgrimidos por Pirri o Asensi, apretaron a los fabricantes de las camisetas que sus respectivas plantillas lucían.

La cosa, de cualquier modo, había empezado con bufandas. Cada vez que Real Madrid, Barcelona, Atlético de Madrid o Valencia traspasaban fronteras para dirimir choques de competición europea, los espectadores contemplaban a través del televisor un cuadro para ellos nuevo. Miles de espectadores luciendo bufandas con los colores de su equipo. Bufandas de lana, todavía, utilizadas como molinillo en los momentos cumbre del partido. Puesto que aquí, salvo excepciones, no se registraban temperaturas merecedoras de acudir al fútbol toda la temporada con bufanda, no cuajó el rito. Sí lo hizo, en cambio, el de las camisetas, cuando también a través del televisor pudieron verse graderíos atiborrados de un público vestido con la elástica del club. El cuadro apenas registraba variaciones, se jugara en Londres, Munich, Amsterdam, Glasgow o Bremmen. ¿Existía acaso un mejor modo de sentirse jugador número 12?.

La publicidad dirigida a los varones se apoyó frecuentemente en el deporte rey.(campaña de afeitadoras Philips en mayo 1962)

La publicidad dirigida a los varones se apoyó frecuentemente en el deporte rey.(campaña de afeitadoras Philips en mayo 1962)

Nuestros estadios, poco a poco, irían llenándose de público en camiseta. Y a medida que la moda se extendía, el fabricante, o los fabricantes, puesto que corrían tiempos balsámicos para la imitación impune, hacían caja. Casi de hoy para mañana, clubes grandes y medianos comenzaron a proclamar licitaciones, como si se tratara de ayuntamientos con las obras públicas. Entre los requisitos fundamentales, la fijación de porcentajes o un monto fijo por cada camiseta vendida, fuere en la tienda del club -acababan de crearse como respuesta a tanta demanda- o en cualquier superficie comercial. Los ingresos por equipaciones vendidas pasaron a ocupar un puesto decoroso en el debe del libro mayor. La mercadotecnia llegaba al fútbol entre laureles, tras decenio y medio conjugando el término «publicidad».

De ahí a fichar futbolistas pensando no ya en los goles que pudiesen anotar o impedir, sino en las camisetas que merced a su concurso acabarían comercializándose, sólo mediaba un paso. Y en nuestro ámbito acabó franqueándolo Florentino Pérez durante su primer, y deportivamente frustrante desembarco, en la poltrona «merengue». Casi de la mano, llegaría también desde el exterior el patrocinio de nomenclaturas, convirtiendo a ciertos estadios en escaparate de multinacionacionales de la telecomunicación (Mallorca, por ejemplo) o instituciones públicas (Osasuna, cuyo campo del Sadar se convirtió de golpe en Reino de Navarra). En este último caso, la fórmula se limitaba a maquillar las siempre controvertidas subvenciones bajo la burda pintura de un difícilmente sostenible empeño publicitario «de país». Hasta las masas sociales más puristas, aquellas para quienes insertar publicidad en sus colores equivalía a manchar la camiseta, como fue el caso del Athletic Club, concluirían rindiéndose a la tirana aritmética del libro mayor. Pero este club, a diferencia del Real Madrid dirigido por el Sr. Pérez, descarrilaría al no medir bien el fuelle de su locomotora. Por eso, o porque alguien echó cuentas en Ibaigane con la calculadora averiada. ¿A santo de qué debía aceptarse que una marca, cualquier marca de equipaciones deportivas, se embolsara no menos de 20 euros por prendas que desde Pakistán o Bangladesh salían a 5 dólares?. ¿Era lógico contentarse con 25 euros, si el beneficio bruto por pieza vendida podía acercarse a los 40?. Expuesto así, no cabía mas que una respuesta. Y muy consecuentes, crearon su propia marca.

Antes de iluminar los campos, Philips empleó el fútbol como reclamo (enero 1954).

Antes de iluminar los campos, Philips empleó el fútbol como reclamo (enero 1954).

Sólo entonces comenzaron a percibir los vaivenes previos al descarrilamiento. Sin el amparo de las grandes multinacionales, le tocaba al club vender toda la producción. Venderla por sus propios medios, sin apoyos de ninguna red distribuidora. Tampoco es que la entidad bilbaína tuviese muchos simpatizantes en Manchester, Milán, Friburgo, Kuwait, Singapur o Sao Paulo, pero de ahí a que por ejemplo en Madrid costara hacerse con camisetas, mediaba un trecho. A la postre resultaba que las multinacionales sí merecían aquellos 20 euros, siquiera fuese por añadir la camiseta rojiblanca al catálogo de su tupida red comercial. Las primeras quejas llegaron de seguidores afincados lejos de Bilbao y sus inmediaciones. ¿Por qué tanta complicación para hacerse con las elásticas de Orbáiz, Etxeberría o Llorente?. Desde Ibaigane se había dado un paso al frente, los almacenes estaban repletos de tejido y ya no se podía retroceder. Presos de su propio y muy cuestionable marketing, tan sólo alcanzarían acuerdos con un gran centro comercial ramificado a través de la piel de toro. Y aún desde éste, no les consintieron tanto apretón como aceptaban a la fuerza de las multinacionales. Las cuentas de la lechera defraudaron. No salían. Y ante tal evidencia, quien sí salió de la entidad, hasta cierto punto por la puerta falsa, fue el brillante impulsor de la idea.

Puestos a rizar el rizo, los futbolistas estrella, sucesores de quienes hasta bien avanzados los 70 no eran dueños ni de su propia imagen, parecen empeñarse en franquear la última valla que los separa del total endiosamiento. ¿Cómo cabría definir, si no, la negativa a conceder declaraciones a menos que medie el patrocinio?. Ya hay quien sólo habla de su estado de forma, proyectos deportivos e ilusiones, quien sólo es capaz de dirigirse a «su» afición, en presentaciones de trajes, coches, cosmética, golosinas o cualquier producto manufacturado, cuyo fabricante haya pasado previamente por caja. No es que vendan en exclusiva fotos de boda, poses con sus novias o imágenes de recién nacidos. Es que comienzan a poner en marcha el contador hasta para dar los buenos días.

¿Lógica evolución, o flagrante abuso?. Quizás, simplemente, una muestra más de ese asfixiante papanatismo social, hoy tan en boga. Si se comprendiera que para ser Cristiano Ronaldo, Iker Casillas, Messi o Xabi Alonso, no basta con calzarse sus botas, comprar su reloj, montar en coches como los suyos u oler a su colonia, que para «ser ellos» hacen falta miles de horas ejercitándose, quintales de sudor, ingentes cantidades de empeño, dotes naturales y mucha suerte, o si se prefiere nacer de nuevo, quizás si se entendiera todo eso…

El mundo del cuero parece cerrar su viaje económico. De la nada a la publicidad, y de la publicidad al marketing. Todo ello sin salir de sus sempiternos números rojos. «Si el fútbol fuese negocio, los bancos ya se habrían quedado con él», afirmó hace sesenta y tantos años José Samitier, con su lucidez característica. Pues bien, hoy el fútbol es, o debería ser, un excelente negocio. Y sin embargo para los bancos sólo representa un mar de deudas, con dudoso, por no decir fatal pronóstico.


1 Su traspaso al Real Madrid en 1930 pulverizó económicamente todos los récords, aparte de otorgarle una ficha de ensueño. Cobraba, además, por su participación en distintos amistosos, generalmente organizados durante sus fiestas patronales en plazas poco acostumbradas a contemplar fútbol de categoría. El gran Zamora, reforzando siempre a los de casa, asistió perplejo en más de una ocasión a las broncas con que el público censuraba a su propia defensa por cortar avances adversarios. Habían pagado la entrada por verle a él y, si no le chutaban, menuda birria de espectáculo. Alcanzó tales extremos su popularidad que, en cierta ocasión, tras cumplir con un bolo en Melilla, le pidieron ejerciese de árbitro en una velada pugilística. Puesto que ninguno de los boxeadores caía y la cosa se iba alargando, tuvieron que retrasar la salida del transbordador a Málaga, para que no perdiese el enlace. Deferencia al alcance de muy pocos.




De espaldas a Guinea

Mucho se ha hablado y escrito sobre el reciente encuentro Guinea Ecuatorial – España, o para ser más exacto, sobre la vertiente política del mismo. Y por no variar, se desaprovechó la oportunidad de incidir sobre cuanto hubo entre aquel fútbol y el nuestro durante los años de colonización. Queden pues, estas líneas, como aporte a tan ilógico olvido.

De entrada, si algo sorprende en el vínculo que la metrópoli mantuvo con su colonia, es, precisamente, la casi total ausencia de conexión futbolística. Hecho mucho más llamativo si comparamos aquella realidad con la de nuestros vecinos portugueses, cuya figura más señera en los 60, el gran Eusebio -y no fue el único-, procedía de una colonia lusa en África. También fueron fruto colonial, por ejemplo, los cuatro hermanos Mendonça, dos de ellos con presencia en nuestro Campeonato y uno, el mejor del cuarteto, gran figura «colchonera» durante la segunda mitad del decenio, hasta ingresar en el Barcelona y despedirse en Mallorca. A Jorge Mendonça, además, le cabe el honor muy escatimado en nuestro deporte rey de haber salido a hombros desde el Metropolitano, tras una tarde gloriosa. En cambio con respecto a «nuestros» guineanos, apenas nada. Tan sólo hubo dos futbolistas de elite nacidos en la hoy independiente Guinea Ecuatorial, correspondientes a épocas distintas. Y ambos, Miguel Jones y Álvaro Cervera, forjados no en suelo africano, sino por nuestros pagos. Dato lo bastante elocuente para evidenciar que nuestro balompié, el peninsular e insular canario, se obstinó en dar la espalda al guineano.

Mapa con las provincias ultramarinas de Fernando Poo y Río Muni, en la Guinea Española.

Mapa con las provincias ultramarinas de Fernando Poo y Río Muni, en la Guinea Española.

Siquiera para situarnos en época y entender un poco la razón de tan terco olvido, bueno será dedicar un párrafo a cuanto sucedía allá por los 50 y 60 en derredor del balón. Nuestros clubes miraban con voracidad hacia el exterior, a Sudamérica, especialmente, y en mucha menor medida hacia el entonces potentísimo fútbol húngaro, plagado de fugitivos tras la sangrienta toma soviética de Budapest. Puesto que nuestras fronteras deportivas estaban abiertas a la importación y desde Argentina, Paraguay, Perú, Brasil y Uruguay, se afanaban los primeros intermediarios con vocación intercontinental, lo cómodo y en teoría menos arriesgado pasaba por fichar extranjeros o repatriar a oriundos. Así llegaron los Ben Barek, Carlsson, Marcel Domingo, Kubala, Szalay, Puskas, Hanke, Szolnok, Czibor, Nemes, Kuszmann, Kocsis, «Muñeco» Coll, Carranza, Pellejero, Ramírez, Di Stéfano, Olsen, Rial, Santamaría, Kopa, Oswaldo, Dagoberto Moll, Corcuera, Gutiérrez, Mahjoub, Salaberry, Sará, Hollaus, Heriberto Herrera, Hermes González, Walter, Evaristo, Machado, Didí, Waldo, Wanderley, Villaverde, Vavá, Eulogio Martínez, los Romero -Jorge Lino y Juan Ángel-, Cayetano Ré, Florencio Amarilla, Agüero, Griffa, Madinabeytia, Sánchez Lage, Achúcarro, Benítez, Solé, Endériz,  Chicao, Cardona, Sigi, Seminario, Montalvo, Ramiro, Diéguez, Héctor Núñez, Duca, Sande, Lezcano… Centenar y medio amplio de apuestas teóricamente seguras, aunque a la postre y salvo excepciones, harto caras. Abundaba tanto el producto de extranjero, que nadie pareció interesarse por cuanto pudiera ofrecer no ya la Guinea Española, sino el propio Protectorado marroquí, cuyos súbditos poseían la condición de no extranjeros, al menos por cuanto a conveniencia deportiva se refiere. Tan sólo y corroborando que toda regla debe lucir al menos una excepción, el Barcelona anduvo cerca de incorporar a Chicha (Lashen Ben Mohamed Ahmed), marroquí de la zona francesa y estrella del Atlético Tetuán durante su efímera comparecencia en 1ª División. Respecto a futbolistas de Guinea, apenas nada. Y eso que allí, aunque desde la metrópoli pareciera pensarse lo contrario, también se jugaba, siquiera fuese en el ámbito del más puro sentido amateur.

Prolegómenos de un partido Bata- Santa Isabel (isla contra continente), en abril de 1951.

Prolegómenos de un partido Bata- Santa Isabel (isla contra continente), en abril de 1951.

Ya en el arranque de los 50, los colonos procedentes de la península y el archipiélago canario contaban con algunos equipos, compuestos casi exclusivamente por blancos. Sirvan como ejemplo el Sevilla de Niefang, el Atlético, el Victoria o el San Carlos. Más que torneos perfectamente reglamentados, disputaban sobre todo partidos amistosos con ocasión de festividades o conmemoraciones, y hasta servían para componer selecciones de Santa Isabel y Bata, es decir de las áreas continental e insular. Incluso se disputó algún choque «internacional» contra elencos igualmente carentes de oficialidad, como los de Douala (Camerún) y Libreville, compuesto éste a su vez por colonos blancos del Congo Belga, con quienes contendieron el 8 de agosto de 1954. Fotografías sepias o cuarteadas de esa época nos aclaran que desde el modesto graderío de Santa Isabel, blancos y guineanos contemplaban los partidos en rigurosa distribución: los blancos delante y la población autóctona detrás. Al margen de lo indicado, el Campeonato Guineano contaba con varios clubes más al uso, cuajados de jóvenes africanos.

Al acercarse los 60, en la Guinea Española se disputaba una competición liguera con 8 clubes de 1ª División y 7 de 2ª, así como, obviamente, la Copa de S. E. el Generalísimo. Destacaban los equipos de Santa Isabel y Atlético Ebebiyin, cuyo campo, por cierto, lucía pomposamente el nombre de San Mamés. Clubes, de cualquier modo, lastrados por una mediocridad directamente proporcional a la ausencia de medios -preparadores tácticamente capacitados, formadores de base o expertos en técnica- y un casi total aislamiento. A ese respecto cabe indicar que hasta octubre de 1961 no se produjo la visita de ninguno de nuestros equipos más relevantes. Habría de ser el Real Club Deportivo Español de Barcelona, y sólo porque una escala en Guinea no suponía desviarse del desplazamiento a Nigeria, donde se habían concertado unos «bolos». Aquella aproximación de nuestro fútbol a las provincias de ultramar -eufemismo articulado por el régimen franquista como maquillaje anticolonial, en tiempos de fervor independentista africano- únicamente llegó a nuestra piel de toro en forma de foto remitida por la agencia «Cifra». Y aún ésta apenas si encontraría espacio en la prensa nacional. Quede además, como anécdota, que nuestras linotipias consignaron tan sólo el 10-0 favorable al Español ante una selección de Santa Isabel, dando por hecho que ese fue el único encuentro disputado. Lo cierto, empero, es que el conjunto barcelonés también se midió a un combinado de Bata, saldándose la disputa con honorable derrota africana por 2-6.

Testimonio del partido Real Club Deportivo Español – Combinado de Bata. Desfilando ante el equipo catalán, Edmundo Collins y Ricardo Zamora. Los “periquitos” no sólo se lucieron en Santa Isabel, como la prensa española asegurase.

Testimonio del partido Real Club Deportivo Español – Combinado de Bata. Desfilando ante el equipo catalán, Edmundo Collins y Ricardo Zamora. Los “periquitos” no sólo se lucieron en Santa Isabel, como la prensa española asegurase.

Nuestros políticos, sin embargo, solían asomarse a Santa Isabel con alguna regularidad. El mismo Fraga Iribarne, omnipresente durante el arranque los 60 como responsable de Información y Turismo, voló el área ecuatorial. De aquellas visitas surgieron compromisos de colaboración y estrechamiento de lazos con «los súbditos españoles de color» -así se describía a la población aborigen-, traducidos en el traslado a la península de algunos jóvenes, becados en centros formativos del Ejército. Uno de esos viajes, recogido por la prensa gaditana, induce a pensar que precisamente los futbolistas gozaban de ventajas o privilegios en el proceso selectivo. De otro modo no se entiende que 11 de los 32 nativos fuesen jugadores federados, según quedó escrito:

A bordo del «Dómine» llegaron a nuestra ciudad 32 nativos procedentes de las provincias de Santa Isabel y Río Muni. Estos españoles de color venían para incorporarse a la Escuela de Especialistas de la Armada en San Fernando, y a la Aviación en Madrid.

Hacia la vecina ciudad de nuestra provincia, sede del Departamento Marítimo de Cádiz, marcharon 27 de ellos. Tuvimos ocasión de charlar con los expedicionarios y conocer que en esa cifra tan reducida de hombres se registraban nada menos que 11 practicando el fútbol y uno que es árbitro colegiado en el mismo deporte.

Esos 11 futbolistas guineanos carecían de guardameta para formar un equipo, pero contaban con dos arietes: Ela, y Valentín Mandombo Ndongo. Como simple curiosidad, vayan los restantes nombres deportivos: Cosme Owono, Oma, Benjamín, Mauricio, Acacio, David, Enrique, Antonio y Samuel. El árbitro, Ángel Mbomio, llevaba 3 años dándole al silbato y antes de embarcar rumbo a Cádiz ejercía en 2ª División. Por supuesto, todos, incluso el trencilla, soñaban con la posibilidad de compaginar estudios y deporte. Para ellos hubiese sido un orgullo regresar a Santa Isabel o Bata convertidos en jugadores del fútbol peninsular español. Cuestión harto complicada, no sólo ante el régimen espartano que habrían de encontrarse en los centros de Aviación y la Armada, sino porque careciendo de viveros formativos exigentes, de plataformas, «sucursales» o sociedades convenidas con clubes de elite españoles, el nivel del balompié guineano rayaba a una altura realmente baja.

No consta que uno sólo de esos chicos llegara a jugar oficialmente en nuestra categoría nacional. Sí lo hicieron otros; un par de ellos por esa misma época y el tercero algo más tarde. Y lo que son las cosas, en ningún caso constituyeron descubrimientos de clubes peninsulares.

Equipo guineano de Santa Isabel (1956).

Equipo guineano de Santa Isabel (1956).

Vicente Engonga Nguema (Bisabat 1937) llegó a la metrópoli animado por uno de sus profesores en Fernando Poo, natural de la localidad cántabra de Puente Viesgo. Delantero potente, rápido y ambicioso ante el marco adversario, carecía de rival por los humildes campos de tierra ecuatoriales. Su sitio, pensó el buen profesor colonial, podía estar entre los grandes del balón. Pero claro, una cosa era golear allá y otra bien distinta medirse a los defensas de nuestra 3ª División, duchos en casi todo tipo de artimañas. Vicente estuvo intentándolo en el Rayo Cantabria (1959-60), Gimnástica de Torrelavega (60-61), Santoña, Mataró, Condal y San Andrés de Barcelona, donde ni siquiera llegaría a debutar en choque oficial durante el ejercicio 1965-66. Cuando a los 27 años optó por colgar las botas se afincó en Torrelavega, cimentando una dinastía de notables futbolistas. Su hijo Vicente, nacido en la ciudad condal cuando en octubre del 65 el iniciador de la saga confiaba hacerse un hueco en el conjunto cuatribarrado, vestiría la camiseta internacional española en 14 ocasiones, además de militar en la Gimnástica de Torrelavega, O Val, Sporting Mahonés, Valladolid, Celta, Valencia, Mallorca, Oviedo y Coventry británico. Julio César (Torrelavega 28-I-1967), goleó a conciencia en la Gimnástica, Sporting Mahonés, Laredo, Tropezón de Tanos, Escobedo, Levante, Las Palmas, Real Avilés, Talavera y Velarde. Oscar, al decir de los técnicos el mejor dotado de todos (12-VIII-1969) alternaría las de cal y arena en la Gimnástica, Barcelona B, Mirandés, Sporting Mahonés, Langreo, Valladolid, Toledo, Racing de Santander, Figueres, Mensajero de La Palma, Racing de Ferrol, Tropezón, Burgos, Castellón y Velarde. Rafael, para el fútbol «Rafa», quién sabe si incapaz de sobreponerse al peso de su apellido, se dedicaría a otros menesteres tras pasar por la Gimnástica y Valladolid B. Oscar y Vicente, además, habrían de convertirse en seleccionadores nacionales de Guinea Ecuatorial. E Igor, hijo de Oscar, a sus 18 años y sin otro bagaje que el de ,lucir en una Gimnástica descendida a 3ª División por su calamitosa situación financiera, constituyó agradable sorpresa en la convocatoria de Andoni Goikoetxea para el primer enfrentamiento de Guinea y España, el reciente sábado 16 de octubre.

Graderío en un campo selvático de la Guinea Española

Graderío en un campo selvático de la Guinea Española

El también atacante Benedicto Sebida «Esindi» militaría la campaña 1959-60 en el gaditano Puerto Real, de 3ª División, cedido desde el San Fernando, cuyo técnico lo consideró demasiado verde para competir en 2ª. Al menos el ejercicio siguiente lo vivió en el Mataró, igualmente en 3ª.

Cuando ya Vicente Engonga Nguema se planteaba volver a vestir de calle, Pablo José Hondo Eseng (Santa Isabel 19-III-1944), recaló en nuestro sur peninsular calcando prácticamente la fórmula del torrelaveguense adoptivo. Con su metro ochenta de estatura y magnífica planta atlética, podía alinearse de medio volante y defensa lateral. Pero si bien durante su estancia en el Adra diese muestras de que el fútbol profesional pudiera ser lo suyo, se daría de bruces con el nivel de nuestra 2ª División en el Real Jaén (temporada 1967-68), y otro tanto habría de ocurrirle en Torrelavega al año siguiente. Curioso, Torrelavega, una vez más, como destino de otro guineano. Por fortuna las cosas le fueron mejor en el Toledo la campaña 1971-72, cuando el solar donde naciese ya era independiente y el brutal reajuste de categorías decretado por la RFEF, sin crearse aún la 2ª División B, hizo de la Regional un reducto sensiblemente superior a nuestra actual 3ª.

Y poco más, si exceptuamos al juvenil de la selección canaria que allá por la primera mitad de los 60 participara en el Campeonato Nacional de Selecciones Regionales. Un joven de apariencia menuda, con buen toque y sin huella visible en competiciones senior, que además solía ser suplente entre los juveniles canarios.

Equipo juvenil de San Carlos, en la Guinea Española, con Antonio Pedrazas, su único jugador blanco.

Equipo juvenil de San Carlos, en la Guinea Española, con Antonio Pedrazas, su único jugador blanco.

El 12 de octubre de 1968, día de la Hispanidad, España se hizo más pequeña al firmar la independencia de su hasta entonces colonia. A Macías, primer presidente, le faltó tiempo para arrinconar su hasta entonces aspecto de hombre formal. Como contagiado por alguna fiebre destructiva, comenzaría a desmantelar lo heredado. Cuantos colaboraron con la metrópoli en el ya periclitado régimen, al fin y al cabo gente de estudios superiores o formación media, fueron vistos como apestados. Y un flujo migratorio hasta entonces apenas significativo -quedaría para el estudio sociológico la diferencia existente a ese respecto entre la Guinea colonial y las posesiones lusas de Angola o Mzoambique- se hizo bien patente. No es que regresaran colonos blancos o matrimonios mixtos, sino que tuvo lugar una auténtica desbandada, cuyo fruto futbolístico habría de patentizarse 30 años después.

En un primer momento, las autoridades españolas, suficientemente atareadas dando forma al posfranquismo, hicieron con Fernando Poo y Río Muni lo mismo que antes nuestro fútbol: volverles la espalda. Superado el tránsito a la democracia, tal vez impelidos por el remordimiento de una descolonización todavía más desastrosa en el Sahara, se giraría ya alguna mirada hacia Bata y Malabo. El fútbol, sin duda por mimetismo, hizo otro tanto contribuyendo al desarrollo deportivo del país con un destacado hombre del balón.

Se trató nada menos que de Sanchis padre, es decir Manuel Sanchis Martínez (Alberique, Valencia 26-III-1938) quien tras forjarse en el España Industrial y Condal, harto de sentirse desaprovechado por los técnicos de Barcelona, acompañaría a Antonio Ramallets al Real Valladolid cuando el antiguo cancerbero se hizo cargo del banquillo en el viejo Zorrilla. Adquirido como medio de mucha brega por el Real Madrid en 1964, sufriría una notable transformación al situarse en un lateral de la defensa. Todo genio y pundonor, podía subir la banda diez o doce veces cada 90 minutos, además de pegarse como una lapa al extremo de turno. Siete años en la entidad «merengue» le bastaron para redondear su palmarés con 4 títulos de Liga, uno de Copa, otro de Copa de Europa y 11 presencias internacionales, adornadas con un gol ante Suiza en el Mundial de Inglaterra, justo el que despertó a un hasta entonces dormido conjunto, acaudillado por Luis Suárez, Joaquín Peiró, Paco Gento, Amancio, Del Sol, y los aún jóvenes pero ya consolidados Francisco Fernández «Gallego», José Ángel Iribar, o Pirri. Luego de otra temporada en 1ª División luciendo los colores del Córdoba, en 1972 se decidió por alternar la ropa de calle con el chándal de entrenador, actividad en la que ni muchísimo menos lo tuvo fácil. Desde la selección castellana juvenil y Real Madrid de idéntica categoría, saltó al banquillo del C. D. Tenerife. Pero ante la evidencia de lo complicado que le resultaba progresar, concluiría aceptando dirigirse a Guinea en 1980, por mediación de la Federación Española, convertido en flamante seleccionador nacional.

Manuel Sanchis Martínez, padre del también internacional Manuel Sanchís Hontiyuelo (siempre firmó con tilde), durante sus tiempos de lateral “merengue”, un cuarto de siglo antes de la aventura guineana.

Manuel Sanchis Martínez, padre del también internacional Manuel Sanchís Hontiyuelo (siempre firmó con tilde), durante sus tiempos de lateral “merengue”, 15 años antes de la aventura guineana.

Corrían tiempos de estrecha colaboración con el gobierno de ese país, conforme se ha apuntado, luego de que, tras su independencia, fuera exprimido hasta la indignidad por el dictador Macías. Su sobrino y sucesor, Teodoro Obiang, estudiante en la Academia Militar de Zaragoza lustros atrás, pronunció bonitos discursos y al principio incluso pudo lucir maquillaje aperturista. No tuvo dificultad en conseguir ayuda española, pues tanto desde el gobierno como en la ciudadanía se vio con buenos ojos cualquier aporte a la otrora colonia. El caso es que Sanchis tomó tierra en Malabo, como tantos médicos, maestros, enfermeras, militares y avispados especuladores forestales. Lo que allí encontraron les erizó el vello. Hospitales sin sábanas ni medicinas, escuelas derruidas, carreteras destrozadas, bibliotecas sin un solo libro… Sobre campos de fútbol, mejor ni hablar. Había tanto por hacer, que todos pusieron manos a la obra, sin tiempo para la desmoralización.

De entrada, Sanchis probó a cuantos se decían futbolistas. Poco a poco iría armando un equipo acostumbrado a jugar descalzos y con pelotas de trapo. Cuando hubo recorrido cada rincón continental, viajó a la Guinea insular, donde le aguardaban medio centenar de muchachos junto a un claro con porterías. Se formaron equipos, pactaron sustituciones sin límite y, de pronto, cayeron en cuenta de que les faltaba el balón. Buscaron uno por todas partes, sin el más mínimo resultado. Al rato apareció alguien con una pelota de baloncesto, que utilizaron durante todo el encuentro.

Vaya humorada, ¿verdad?. Lo sería, si la propia Federación Española no hubiese enviado cientos de balones reglamentarios como altruista contribución al deporte guineano. Balones perdidos, a lo que se ve, en esa maraña de corruptelas que aún hoy asfixia, para su propia desgracia, al denominado tercer mundo. Conste, sin embargo, que pese a la ausencia de medios, el seleccionado nacional pudo competir con dignidad. Cayó finalmente, pero estuvo a punto de pasar la primera ronda de su liguilla clasificatoria.

Tras su regreso, Manuel Sanchis Martínez dirigiría al Parla (1985-86 en 2B) y Don Benito de Badajoz (comienzo de la campaña 1988-89, igualmente en 2B, siendo sustituido en enero del 89 por Ramón Martínez «Ramoní»). También regentaría un bar y una tienda de deportes.

No habría de ser el único español en Guinea Ecuatorial. El 5 de octubre de 1989, José Raúl González Pérez, hasta entonces entrenador del Avilés, Grado y Zamora, aceptaba hacerse cargo de esa selección. Su estancia africana se prolongaría durante varios meses, en los que, aparte de cumplir con las funciones propias del puesto, se esforzó organizando la Escuela Nacional de Futbolistas de Malabo. A su regreso le aguardaba el Villarreal, militante en 2ª División B.

Oscar Engonga, igualmente seleccionador de Guinea Ecuatorial en 2003, tomando el relevo del también español Jesús Martín Dorta, ha quedado para la historia guineana como impulsor de su fútbol en el ámbito internacional, gracias al salto de calidad experimentado sin otra varita mágica que la repesca de cuantos descendientes de padre o madre guineanos militaban en nuestros clubes, especialmente de bronce. Ninguno de ellos había nacido en la antigua colonia y muy pocos conocían siquiera aquel suelo, pero eso ya no importaba, a tenor de la normativa establecida por los rectores del fútbol universal. A partir de ahí, estirado el experimento por los también seleccionadores Quique Setién (2006), Vicente Engonga (2008-09) o Andoni Goikoetxea, lucirían el escudo guineano en su pecho Iván Bolado, Balboa, los hermanos Zarandona (Benjamín e Iván), los también hermanos Juvenal y Alberto Edjogo, Carlos Akapo, Rubén Belima, Sipo, Randy, Kily, Daniel Vázquez Evuy, Raúl Fabiani, Rubén Epitié, Nsue, y sobre todo Bodipo, a quien la ciudadanía de Malabo recibió a lo grande en su primer desplazamiento, pese a no haberlo visto jugar nunca.

El fútbol español, el mismo que viviera de espaldas a Guinea cuando aquella tierra no gozase de soberanía propia, se aprestaba al rescate con un retraso imperdonable.

NOTA.- : las imágenes proceden de «Crónicas de la Guinea Ecuatorial» y el archivo personal de antiguos colonos. A todos ellos, memoria vida de un tiempo olvidado demasiado aprisa, el agradecimiento más sincero.




Los Niños de la Guerra y el fútbol (2ª parte)

Si el capítulo precedente sirvió para enhebrar un breve pespunte sobre los «niños de la guerra» en Francia, Bélgica o Inglaterra, y su derivación futbolística, aún queda por glosar la peripecia de quienes emprendieron viaje hacia la Unión Soviética y América.

Uno de los pasajes menos conocidos de aquella hégira fue, sin duda por su escaso número, el de cuantos tuvieron por destino México: los llamados «Niños de Morelia». Sólo 451 chicos y chicas embarcados en Burdeos hacia el puerto de Veracruz, donde habrían de anclar el 7 de junio de 1937. Un día después fueron trasladados a ciudad de México y alojados en la Escuela Hijos del Ejército Nº. 2. Como si de grandes astros del deporte o la pantalla se tratase, el día 10 de junio les daría la bienvenida en Morelia, estado de Michoacán, una multitud perfectamente aleccionada. Y es que ya desde el estallido de la Guerra Civil, el presidente mexicano, general  Lázaro Cárdenas, y su esposa Amalia, habían dado inequívocas muestras de simpatía hacia la causa republicana. En ese marco, el hecho de acoger aquella colonia de refugiados estuvo teñido de indeleble tinte propagandístico. Para darles cobijo se habían acondicionado dos colegios en lo que fuesen antiguos seminarios, bautizados como Escuela Industrial España-México. Sería a partir de este instante cuando los expedicionarios comenzaron a tomar conciencia de su nueva situación, extrañando a padres, familia y ambiente.

Lamberto Moreno, primer director de aquel proyecto, cesó fulminantemente tras el desgraciado accidente que segara la vida del niño Francisco Nebot Satorre. Su sustituto, Roberto Reyes, también hubo de pechar con otras muertes por accidente o enfermedad, y hasta con la fuga de varios acogidos, incapaces de adaptarse al régimen casi militar imperante en dichas Escuelas. Pese a todo, el presidente Cárdenas solía ver  a los niños con alguna regularidad, cada vez que aprovechando periodos vacacionales se acercaban hasta la capital federal. La colonia, entre una cosa y otra, fue menguando. Unas veces eran familiares huidos desde la España en guerra quienes reclamaban a los niños, en tanto otras concluían siendo acogidos por miembros de la colonia española en el país azteca. Finalmente los menos afortunados serían trasladados a diferentes escuelas en Ciudad de México.

Aún se produjo un nuevo relevo en la dirección de las Escuelas, cuando en 1940 concluyó el sexenio presidencial del general Cárdenas. Diego Hernández Topete asumiría el cargo, para llevar a cabo en realidad una labor liquidadora. Gracias a la ayuda de la colonia española mejor asentada, un grupo de niñas pudo ser alojada en el orfanato Divino Pastor, de Mixocoax, y otro en el convento de las Madres Trinitarias de Puebla. La escuela de chicos aún seguiría arrastrando su existencia hasta diciembre de 1942. En ella ya sólo quedaban los de menor edad al pisar suelo mexicano, y puesto que aún no estaban en condiciones de labrarse un porvenir vivieron otro traslado hasta ciudad de México, donde acabaron repartidos por varias Casas-Hogares.

Sólo unos pocos expedicionarios hicieron el camino de vuelta a España y no consta hubiese entre ellos ningún futbolista. Los hubo, en cambio, entre los vástagos de la emigración más desesperada, entre los hijos de quienes compusieron la gira barcelonista a México en plena asonada, o los de quienes con el Euskadi -equipo propagandístico que armase el gobierno vasco del lendakari Aguirre- a punto de disolverse y en calamitosa situación económica, concluyeron enraizando al otro lado del océano. José Vantolrá, nacido en México el año 1943, hijo del «culé» Martín Vantolrá, no sólo fue jugador de gran nivel en el Campeonato mexicano, sino que representó a ese país alrededor de 50 veces. Tampoco se quedó atrás un hijo del irundarra Luis Regueiro, «merengue» antes de la Guerra Civil y durante la misma significado jugador del Euskadi. Ambos formaban parte de la selección azteca presente en el Mundial celebrado en Inglaterra, aquel ya lejano estío de 1966.

Como es lógico, también hubo futbolistas estrellas entre los vástagos de la emigración bélica a Venezuela, Argentina o Chile. Baste recordar a José Eulogio Gárate, internacional español y goleador de enorme clase en el Atlético de Madrid, a cuyas filas llegara tras foguearse en su Eibar adoptivo y deslumbrar en el Induachu bilbaíno. Si alguien se ha preguntado por qué nació en Sarandi, República Argentina (20-IX-1944) podrá explicárselo sabiendo que el ayuntamiento eibarrés fue el primero de toda España en izar la bandera republicana, y que quien la desplegara era, precisamente, abuelo de José Eulogio. Las represalias no es que aguardasen emboscadas, es que tiñeron de sangre la alcaldía armera.

José Eulogio Gárate. Si bien de ninguno modo podría considerársele “niño de la guerra”, no es menos verdad que su nacimiento en Argentina respondió a poderosas razones muy  relacionadas con nuestra contienda.

José Eulogio Gárate. Si bien de ninguno modo podría considerársele “niño de la guerra”, no es menos verdad que su nacimiento en Argentina respondió a poderosas razones muy relacionadas con nuestra contienda.

Gárate, en todo caso, como los internacionales mexicanos Vantolrá o Regueiro, dudosamente podrían considerarse «niños de la guerra». Si lo fue, en cambio «Cheché» Martín, por más que no formara parte de ninguna expedición oficial. Pero huyó a Argentina siendo poco más que un mocoso, se forjó entre privaciones y hasta pudo volver triunfalmente, luego de una suma de peripecias dignas de convertirse en película. A grandes rasgos, esta es su historia.

Coruñés de nacimiento, José María Martín Rodríguez (24-IV-1926) emigró a raíz de que el progenitor, profesor en la Escuela de Comercio, secretario general del Concejo y hombre de profundas convicciones izquierdistas, fuera asesinado el 31 de julio de 1936 por los militares sublevados. El espíritu liberal y progresista se había mamado en aquella familia, puesto que el abuelo del más adelante internacional no era otro que el médico Rodríguez, principal impulsor del credo republicano en la provincia. Si bien tras el fusilamiento la madre decidiese como puro acto de rebeldía permanecer en La Coruña, el paso de los días acabó inoculando en ella la convicción de que cualquier hipótesis de futuro pasaba por el exilio. Parece fue el pintor Soutomaior, buen amigo del difunto, quien acabó dándoles el empujón definitivo hacia la frontera portuguesa. Con un cuadro regalo de este hombre, titulado «La Virgen y el Niño», el jovencito Martín, un mocoso de 10 años, fue hacia el país vecino, vendió el óleo y con lo que le dieron pudo salir adelante. Algún tiempo después le seguirían dos de sus hermanos, en tanto la tercera, casada con un médico ferrolano, optaba por permanecer en Galicia. Joaquín, otro hermano, tuvo menos suerte. Como la sublevación lo sorprendiese cumpliendo el servicio militar, de repente se encontró defendiendo en los campos de batalla la ideología de quienes habían acabado con la vida de su padre. Cuando los evadidos a Portugal pudieron partir hacia Argentina, el aún niño José María juró regresar ya hecho un hombre, como si con ello pretendiese cumplir una venganza personal.

A José Mª. Martín sus condiciones para el fútbol le permitieron un retorno triunfal.

A José Mª. Martín sus condiciones para el fútbol le permitieron un retorno triunfal.

En Buenos Aires pasaron las de Caín. Una hermana escribía artículos mal pagados para la revista «Argentina Austral» y José María, «Cheché» familiarmente, se encargaba de dibujar las portadas. Aunque él paralelamente también obtuviese réditos de su facilidad con el lápiz, sumando unos pesos con la venta de caricaturas por los cafés, el dinero jamás sobraba ni haciendo vida espartana. Pero es que al chico no sólo se le daba bien el lápiz. Al decir de los entendidos, había nacido para jugar al fútbol. Y como a sus innegables condiciones uniera toda la rabia del desarraigo y el sueño de ofrecer una vida mejor a la familia, su progresión se mostró imparable.

Con su ingreso en el Banfield, encuadrado en la 2ª División argentina, no sólo mejoró la situación de todos, sino que empezaría a hablarse de él como promesa deportiva. Una oferta del Vasco caraqueño sería la antesala de su regreso a Europa, de momento para fichar por el Angers, en Francia, a razón de 700.000 francos anuales. Sin ser esa una cifra importante en términos futbolísticos, constituía un sueño para quien lidiara durante tanto tiempo con la necesidad y toda suerte de incertidumbres. Galicia, además, estaba mucho más cerca. Confiaba ciegamente en que esforzándose de verdad algún club de su tierra concluiría llamándole. Y, en efecto, por fin tuvo noticias del interés deportivista.

En 1948, con 22 años y merced a los buenos oficios de Bugallal, un periodista que trabajaba para los titulares de Riazor, pudo cumplir su anhelo. Dos temporadas luciendo en 1ª División la camiseta del Deportivo bastaron para que se ganara un traspaso al Barcelona. Concretamente 43 partidos de Liga distribuidos en esas dos campañas, en las que además marcaría dos goles. Ya era un lateral derecho y medio defensivo de total garantía, tan dotado en el aspecto físico como en el área técnica. Podía permitirse el lujo de negociar al alza.

Tres temporadas en Barcelona (1950-53), las dos primeras jugando bastante y la tercera menos, sirvieron de antesala a su pase al Atlético de Madrid, a donde llegó tras haberse proclamado campeón de Liga en 1951-52 y 1952-53, así como de Copa en 1951, 1952 y 1953, de la Copa Eva Duarte en 1952 y de la Copa Latina ese mismo año. Luego de tres nuevos ejercicios (1953-1956) en la entidad «colchonera» y dos más en el Valencia (1956-58), optó por refugiarse en el fútbol mexicano a partir de ese último año, no sin haberse estrenado como internacional B y hasta absoluto en una oportunidad. Aún en 1965, con esa tenacidad de quienes conocen hasta qué punto puede resultar dura la vida, seguía arañando dinero al balón en las filas del Morelia. Le había costado tanto volver a España que aquella no podía ser una despedida para siempre. Y no lo fue, puesto que convertido en entrenador dirigiría al Badajoz, Murcia -en 2 etapas distintas-, Deportivo de La Coruña, Zaragoza, Valladolid y Tarrasa.

Cartel del Socorro Rojo, organización muy implicada en una expatriación que con frecuencia desembocó en el desarraigo.

Cartel del Socorro Rojo, organización muy implicada en una expatriación que con frecuencia desembocó en el desarraigo.

Más dura, empero, sería la aventura de los niños enviados a la Unión Soviética. Y no sólo porque como ocurriese con México, la inexistencia de relaciones con la España franquista se tradujera para ellos en menores posibilidades de regreso, sino porque tras la inicial bienvenida iba a aguardarles todo el pavor de la II Guerra Mundial.

La primera expedición de niños hacia el país soviético partió de Valencia el 21 de marzo de 1937,  compuesta sólo por 72 infantes. El 14 de junio del mismo año zarpó otra desde el puerto vizcaíno de Santurce, en el trasatlántico «Habana», con 1.495 menores que en el puerto francés de Pauillac serían transbordados a dos mercantes,  rumbo a Leningrado. La tercera fue despedida desde el Musel gijonés (24-IX-1937) con 1.100 niños. Y la cuarta y última en Barcelona, a finales de octubre de 1938, con 300. En total casi 3.000 niños de entre 3 y 14 años, la gran mayoría del País Vasco, Asturias y Cantabria. Los expedicionarios de las dos remesas principales fueron recibidos entre muestras de entusiasmo popular perfectamente orquestadas. La propaganda, en una guerra que disfrazaba cualquier ideal con el ropaje de la más absoluta intransigencia, podía estar a la orden del día sin que ello impidiese a los soviets esforzarse de verdad en su acogida. Para ellos dispusieron 16 «Casas de Niños Españoles», algunas ubicadas en edificios arrebatados otrora a la nobleza zarista. Y en su interior, atendidos por educadores rusos y españoles, la mayoría de esos niños vivieron hasta el verano de 1941, según su propio testimonio, una feliz infancia y adolescencia a la que sólo la lejanía de padres o hermanos restó plenitud.

Por esa misma época, el ya mencionado Euskadi de los Blasco, Areso, Ahedo, Pablito, Cilaurren, Zubieta, Muguerza, Echevarría, Gorostiza, Luis y Pedro Regueiro, Lángara, Larrínaga, Iraragorri o Emilín, sentaba cátedra ante el Lokomotiv, Dynamo y Spartak de Moscú, Dynamo de Leningrado, Dynamo de Kiev, Dynamo de Tbilisi, la selección georgiana y el Dynamo de Minsk. Este equipo propagandístico había llegado a Moscú mediado junio de 1937, siendo agasajado en la estación de ferrocarril, sin que faltasen discursos y banda de música, presentados sus componentes como enviados por el ejército republicano con la misión de recaudar fondos para las madres e hijos de los caídos defendiendo a la España libre, alojados en el hotel Metropol e invitados a las dependencias del periódico «Komsomolskaga Pravda». Esa misma tarde asistieron al espectáculo «El lago de los cisnes», interpretado por la compañía Bolsoi, y en un gesto que hoy sería tildado de poco diplomático, acudieron a la embajada de Finlandia para oír misa.

Carnet que los niños enviados a la URSS portaban como escapulario identificativo. Junto a una enorme pena por cuanto dejaban atrás y la imaginable incertidumbre ante el incierto futuro, su principal equipaje, en realidad.

Carnet que los niños enviados a la URSS portaban como escapulario identificativo. Junto a una enorme pena por cuanto dejaban atrás y la imaginable incertidumbre ante el incierto futuro, su principal equipaje, en realidad.

Durante el mes y medio largo que aquel grupo de futbolistas permaneciese de gira por Rusia, Ucrania, Georgia y Bielorrusia, disputaron 9 partidos, resueltos con siete  victorias, un empate y una derrota. La misma prensa soviética hubo de recoger sin ambages la superioridad vasca ante unos equipos de corte anticuado, con 5 jugadores en línea empeñados en conducir el balón, mal juego de cabeza y pobres pasadores. El Euskadi, en cambio, al retrasar a su medio centro actuaba virtualmente con 3 defensas, combinaba mucho entre líneas, abría el juego por las alas y tenía en Cilaurren a un pasador de categoría. Algunos resultados, ciertamente, tuvieron que escocer. El 1-5 endosado al Lokomotiv de Moscú, el 4-7 con que hincó la rodilla el Dynamo moscovita, o el 1-3 encajado por selección georgiana. Muchos años después, Starostin, capitán del Spartak cuando su equipo se enfrentó al combinado vasco, reconocía a Guiorgui Majaradze, autor de una historia sobre aquellos acontecimientos, la deuda deportiva que el fútbol de la URSS contrajo con nuestros compatriotas: «El sistema de los vascos fue desarrollado luego por nuestros entrenadores. Pienso que nuestro fútbol nació realmente el año 1937».

El 15 de agosto los componentes del Euskadi llegaron a Obninskoye, centro de acogida para 500 niños españoles, vascos en su inmensa mayoría, sito a unos 100 kilómetros de Moscú. Repartieron fotografías, entonaron con ellos canciones de la tierra y Luis Regueiro acabó arbitrando un partido entre dos equipos de chavales. Fue testigo privilegiado cierto crío que tiempo después, tras cursar en la Universidad moscovita estudios de Medicina, convertido en Dr. Angulo, ejercería como médico del Athletic. Dos días más tarde, dejando el recuerdo de su gran fútbol entre la afición soviética y mucha nostalgia en el corazón de los acogidos, el equipo vasco partía desde Leningrado para cumplir con otros «bolos» en Noruega y Dinamarca.

Hoy resulta innegable que aquellos partidos del Euskadi contribuyeron a una mejor integración de los «niños españoles» en la sociedad soviética. La prensa siguió recordando el modo en que concebían el fútbol, clamando por una modernización de esquemas. Y alguien debió pensar que si las estrellas autóctonas no habían podido con los vascos en aquel deporte, a lo mejor sí lo lograba una selección infantil, enfrentándose a otra de acogidos. También fracasaron en la tentativa, porque el 11 de setiembre de 1937 la selección de niños españoles -alguna fuente se refiere a ella como selección de vascos- derrotaba a la de niños de Tbilisi por 2-1.

Niños españoles en la URSS. Deporte, estudio y disciplina, eje educativo durante su acogida hasta que la invasión de Hitler los enfrentara a una elección tan prematura como decisiva. Muchos de ellos empezarían entonces a convivir de verdad con el pueblo ruso. Y algunos hasta entregaron su sangre al suelo que poco antes los acogiera.

Niños españoles en la URSS. Deporte, estudio y disciplina, eje educativo durante su acogida hasta que la invasión de Hitler los enfrentara a una elección tan prematura como decisiva. Muchos de ellos empezarían entonces a convivir de verdad con el pueblo ruso. Y algunos hasta entregaron su sangre al suelo que poco antes los acogiera.

Desgraciadamente todo se nublaría a partir del 22 de junio de 1941, con el despliegue del ejército germano en tres frentes simultáneos: por el Norte, cercando Leningrado; por el centro, desbaratando la defensa de Moscú; y por el Sur, ocupando Ucrania. Como las «Casas de Niños» se hallaran amenazadas por estos frentes, hubo evacuaciones hacia retaguardia y, sobre todo entre los recogidos en Leningrado, incorporaciones al ejército rojo. Aquellas «Casas» habían impartido también enseñanzas militares, fomentando los concursos de tiro mediante entrega de una medalla al vencedor, fogueando a los varones en carros de combate o llevándolos de visita a instalaciones aeronáuticas. El bilbaíno Luis Lavín (9-III-1925), embarcado hacia Leningrado desde Portugalete con 12 años, junto a su hermana Aurora, de 10, recordaba que su experiencia en un tanque no le dijo nada, pero ocurrió todo lo contrario con ocasión de su bautismo aéreo. Se estima en 330 los «niños» muertos durante la «Gran Guerra Patria» -denominación soviética de la campaña contra el ejército de Hitler-, de ellos 280 en retaguardia, víctimas del hambre o los bombardeos. Otros 50 cayeron en combate, defendiendo al país de acogida. Porcentaje harto elevado al considerar que los alistados sólo llegaron a 130, y sobre todo tristísima paradoja, habida cuenta que los alemanes contaban entre sus tropas con otros españoles: los de la División Azul.

El propio Lavín narraría al historiador Mikel Rodríguez Álvarez cómo ocurrió todo aquello: «El 1 de enero de 1941 vino Dolores («Pasionaria») a la Casa de Jóvenes de Moscú y nos dijo: Vamos a pasar muchos años aquí, así que lo más conveniente es que tomemos la ciudadanía rusa. ¿Alguien en contra?. Nadie dijo nada porque, pese a nuestra edad ya sabíamos como funcionaba aquello». Y Lavín, que antes de convertirse en ruso había logrado ingresar con otros 8 compañeros en un aeroclub de la capital, vería allanado el camino para pilotar aviones, junto a 7 de los 9 solicitantes. Tres, sin embargo (José Luis Larrañaga, Ignacio Aguirregoicoa y Antonio Uribe) fueron abatidos. Aunque él llegase al término de la contienda con alguna herida y rango en el ejército, tuvo que despertar del sueño en abril de 1948, cuando todos los «españoles» fueron expulsados sin contemplaciones. Sólo más adelante, trabajando ya en una fábrica por 425 rublos mensuales, en vez de los anteriores 2.200, conoció el motivo. Un tal Burgueño, piloto español, aunque veterano de nuestra Guerra Civil -parece residían 157 veteranos de vuelo en la URSS, tras la derrota republicana-, subió un día a su avión y escapó a Turquía con el aparato. Todo porque tenía hijos con varias mujeres y el Ejército efectuaba quitas a su salario, destinadas a mantener la prole. Puestos a vivir con estrecheces, debió pensar, ¿por qué no tomar las de Villadiego?. Y como aquello hiciese temer a Dolores Ibárruri «Pasionaria» que cualquier nueva deserción «española» acabaría poniéndola en un aprieto, solicitó a Stalin una expulsión general.

“Pasionaria” con varios educadores en una “Escuela de Niños Españoles”, de las varias que la URSS dispusiera. En el recuerdo de los  “niños de la guerra”, no siempre coincidente, con relativa frecuencia parece salir poco airosa.

“Pasionaria” con varios educadores en una “Escuela de Niños Españoles”, de las varias que la URSS dispusiera. En el recuerdo de los “niños de la guerra”, no siempre coincidente, con relativa frecuencia parece salir poco airosa.

La de Luis Lavín sólo es una historia más entre tantas. Se entenderá que pocos de aquellos niños, aún gozando de condiciones, lograran abrirse camino como futbolistas de renombre. Había que reconstruir todo el país, producir en las fábricas, levantar edificios, tender puentes o restituir la circulación ferroviaria. Demasiado trabajo para entretener el tedio a puntapiés o cabezazos. Por eso sólo aquellos a quienes más favoreció la suerte acariciaron el estrellato.

Pese a todos los obstáculos, Agustín Gómez e Ignacio Sagasti, dos nombres que hoy poco o nada sugieren al aficionado español, brillaron de verdad en el firmamento soviético. El defensa renteriano Agustín Gómez de Segura Pagola (1922) habría de jugar en el Alas -equipo de la Aviación- y Torpedo de Moscú, estando a punto de alcanzar el internacionalato con la URSS mientras cursaba estudios de ingeniería (algunas fuentes, erróneamente, llegan a citarlo como internacional soviético). Luego trabajó la ingeniería de ferrocarriles hasta su regreso a España, donde fue probado por el At. Madrid en un choque amistoso. Corría la temporada 1956-57 y sus 34 años, con la pitanza de una deficiente alimentación durante los años de guerra, lo habían hecho enfilar una imparable cuesta abajo. Poco después entrenó al Tolosa (1958-59) en 3ª División. Y ya no quiso, o no pudo saber nada más del fútbol, puesto que sus actividades profesionales y el cargo ostentado en la Secretaría del Partido Comunista Español (actividad clandestina por entonces, no lo olvidemos) reclamaban todo su tiempo.

Antiguo emblema del Torpedo moscovita, equipo donde jugase el “niño” Agustín Gómez.

Antiguo emblema del Torpedo moscovita, equipo donde jugase el “niño” Agustín Gómez.

Ruperto Ignacio Sagasti (Navarra, 27-XI-1923) fue brillante extremo izquierdo en el Spartak de Moscú, la Fábrica de Odessa, Krilla Sovietov y de nuevo Spartak moscoita desde 1947 hasta 1951. Como tantos de los que saliesen en 1937, comenzó a jugar en la Escuela de Niños Españoles hasta ser reclamado por el Spartak la temporada 1941-42. Al producirse la invasión germana y ser destinado a la fábrica de material bélico de Odessa, con las competiciones oficiales suspendidas, estuvo jugando junto a un puñado de «niños» españoles en el equipo de dicha industria. Naturalmente era el líder del conjunto y lo mismo ocurrió cuando lo incorporaron al Krilla Sovietov, de Aviación. Retirado del deporte activo en 1952, estudiaría 4 años en la Cátedra de Fútbol de Moscú, para dirigir al club argelino Bazniá la temporada correspondiente a 1956, en 1ª División. Justo en esa época se interesó por su contratación el Atlético de Bilbao -recuérdese que hasta después de fallecer Franco no recuperarían los bilbaínos su denominación original-, pero la cosa no se presentaba fácil. Primero porque a los «niños de la guerra rusos» no se les franqueaba alegremente el portón español, y segundo porque ni siquiera disponía del obligatorio título nacional de entrenador. Ni siquiera la oferta de Raimundo Pérez Lezama, guardameta cuya figura ya fue glosada en otro artículo, consistente en ofrecer su propio título para hacer el paripé federativo, llegó a tenerse en cuenta. Cualesquiera que fuesen las razones, nunca llegó a sentarse en el banquillo de San Mamés. Sí ocuparía, en cambio, la Cátedra del Fútbol Soviético a partir de 1957. Y tras permanecer muchos años en ella, ya durante el decenio de los 90, intermedió en los traspasos de varios futbolistas rusos y estuvo acompañando a clubes soviéticos durante sus «bolos» veraniegos por la Europa Occidental.

Gómez y Sagasti fueron, en realidad, privilegiados entre los «niños de la guerra» con destino a la URSS. Las primeras expediciones oficiales de retorno se hicieron esperar hasta los años 1956 y 1957, cuando por fin los gobiernos de Madrid y Moscú se avinieron a un acuerdo. Para entonces muchos de aquellos «niños» se habían casado con ucranianas, rusas o georgianas, disponían de buenos trabajos o encontraban en sus hijos un freno que los anclaba al suelo, a la única tierra que en realidad recordaban. Por otra parte, nadie recibía el pláceme sin ser aprobado por la Delegación de Repatriados de Rusia, organismo sito en la madrileña calle Orense, donde agentes de la CIA bajo supervisión del puertorriqueño Ezequiel Ramírez interrogaba a cada solicitante sobre la industria armamentística soviética. Incluso entre los «aprobados», muchos habrían de volver a la URSS sin poder adaptarse a nuestra vida y costumbres.

Escudo antiguo del Spartak de Moscú, equipo donde más brillara el buen extremo Sagasti, ilustre desconocido para el aficionado español.

Escudo antiguo del Spartak de Moscú, equipo donde más brillara el buen extremo Sagasti, ilustre desconocido para el aficionado español.

Poco después, con la llegada de Fidel Castro a la presidencia cubana, su inmediata política de incautaciones y la respuesta estadounidense traducida en bloqueo económico, el gobierno de Kruschev enviaría numerosos técnicos a la isla como prueba de colaboración. Entre ellos, especialmente seleccionados por su conocimiento del idioma, en torno a 200 «niños» que junto al Caribe fueron rebautizados como hispano-rusos. Alguno de estos últimos utilizó la experiencia como aclimatación para su definitivo regreso a una España que, mediados los 60, empezaba a ofrecer muestras de aperturismo.

Entre quienes regresaron al viejo solar patrio, o mejor entre sus descendientes, se encontraba el niño Antonio Iriondo Ortega (Moscú 3-XI-1953), años después hombre de nuestro fútbol, más conocido como entrenador que en su apenas testimonial carrera de futbolista. Tras destacar en el banquillo del Rayo Vallecano B madrileño las temporadas 2001-02, 02-03 y 03-04, todas ellas en 3ª División, la mala marcha deportiva del primer equipo franjirojo hizo que concluyese aquel ejercicio dirigiendo a la plantilla de elite. Luego proseguiría su actividad al mando del San Sebastián de los Reyes (2004-05, en 2ªB), Toledo (2005-06 y 06-07, ambas en 3ª), San Fernando gaditano 2007-08 y 08-09), Toledo durante el tramo final del ejercicio 2009-10, resultándole imposible enderezar el rumbo de los de El Salto del Caballo hacia la 3ª División, y nuevamente San Fernando, aunque ahora, tras su refundación, el club se denominara San Fernando Deportivo, las campañas 2010-11 y 11-12, ambas en 3ª.

Por desgracia, la vida de cuantos permanecieron en la URSS se pareció muy poco a un lecho de rosas. El desplome del rublo y la quiebra del sistema comunista acabaría dejándolos sin ahorros, prácticamente sin recursos para afrontar sus últimos años. A nuestros políticos, entonces, se les llenó la boca de buenas palabras, de promesas gratuitas que olvidaron en seguida. Algunos, como el piloto Luis Lavín, las tomaron en serio. Y ahí empezó su pesadilla, porque tras retornar en 1993, luego de que los reyes y el presidente del Gobierno lo pintaran todo muy fácil durante una visita a Rusia, acabaría dándose de bruces con algo muy parecido a la indigencia. Teóricamente iban a vivir de forma gratuita y permanente en la residencia el Retorno, de Alalpardo, pero en 1998 les obligaron a abandonarla. Desde ese instante todo fueron rebotes de administración en administración: la española, la rusa, la autonómica de turno… En Rusia tenían 40 años cotizados y dos pensiones de excombatientes, puesto que su esposa ucraniana también lo fue. El gobierno ruso dejó de pagarles por haber abandonado el país y nuestro sistema de pensiones tampoco lo hacía, al no haber cotizado nunca. Cierto que existía un acuerdo rubricado por los gobiernos ruso y español en 1996, aunque ni con esas. A la postre aquel acuerdo quedaría en papel mojado desde que secaran las firmas. Para salir adelante sólo contaba con la ayuda de Cáritas y una pensión asistencial. Otros «niños» tan confiados como los Lavín se suicidaron, al no resistir la situación. Más que «niños de la guerra» parecían ser huérfanos del olvido. Los maltratados, las víctimas absolutas del huracán que asolara por espacio de 11 años primero a España y luego a la muy civilizada Europa.

Bien mirado, quienes mejor resistieron semejante tormenta fueron una vez más, o así lo parece, los futbolistas. Privilegiados, aún en años de atroz desgracia.