Sobres y sobreentendidos

A veces, la inocencia más genuina contribuye a poner de manifiesto cuanto las buenas maneras, el gregarismo, y hasta una elemental prudencia, suelen encerrar bajo llave en el cofre de los secretos a voces. Si en el cuento de los tejedores mágicos fue un niño quien pregonase que su rey iba desnudo, allá por 1953 alguien que acababa de enterrar la adolescencia volvió a señalar otro tipo de desnudeces. Se llamaba José Pascual Cáceres Lázaro, era turolense criado en la madrileña calle Embajadores, y apenas había roto el cascarón futbolístico. Ésta, a grandes rasgos, fue la historia.

Con 18 años acababa de concluir su etapa junior en el At. Madrid juvenil. Centrocampista potente, también capaz de rendir a satisfacción en la tripleta central, había asomado a nuestra selección de la categoría en dos oportunidades. No era un don nadie, por lo tanto, sino el clásico jovencito a quien los técnicos suelen prestar atención, aun mediando dos o tres años de cesiones, para ver si cuajaba en el fútbol duro de los campos pelados. Tras suscribir ficha con el primer equipo “colchonero” durante los primeros días de julio, el 14 de agosto del 53 quedó cerrada su cesión a la Cultural Leonesa, recién ascendida a 2ª. Y el 15, con toda la ilusión del mundo, tomaba un tren rumbo a las riveras del Bernesga, la estatua de Guzmán “El Bueno” y las centenarias moles de San Isidoro y San Marcos. Pero antes de dirigirse a la estación Príncipe Pío y poner pie en el estribo, tuvo tiempo de remitir a “Marca” una carta con trazo nervioso e irreprochable ortografía.

Comunicaba, en ella, su salto de juvenil a profesional de plata, además de pedir se le dedicara una atención a la que, pensaba, se había hecho merecedor: “Con estos datos creo hay suficiente para que hablen de mí -recogía el párrafo más trascendente-. Y lo hagan a manera de interviú o como crean. Yo lo leeré ya en León. Les adjunto 100 pesetas y no tomen a mal que sea poco, pues ahora no dispongo de más, para que el redactor de la crónica se tome una cerveza celebrando mi paso de juvenil a Segunda División”.

Vamos, que el mozalbete, en su inocencia, no sólo decidía de qué y sobre quién debían escribir, sino que retribuía el trabajo en la medida de sus muy escasas posibilidades. Si eso no era un chapucero intento de soborno, se asemejaba bastante.

Los redactores de “Marca” ni muchísimo menos se lo tomaron a la tremenda. Puede que se preguntaran por qué dirigirse a ellos, y no a cualquier otro rotativo. Y si lo hicieron convendrían, probablemente, que el muchacho sería asiduo lector de la publicación. Al fin y al cabo, “El Mundo Deportivo”, su competidor más directo, gozaba de pobre distribución por el centro de la península, y en sus páginas hallaban más eco las noticias relacionadas con Cataluña. Como quiera que fuese, el redactor jefe madrileño dio cabida en sus páginas a tamaña temeridad, censurándola con la cariñosa condescendencia de quien corrige a un infante en su primera travesura.

“Como todos los mortales que tienen pocos años y sin mordeduras el bagaje de la esperanza, aspira a la fortuna y a la gloria. Él sabe que la gloria necesita de altavoces y que el buen paño, en estos tiempos de “slogan” publicitario, más que venderse se apolilla en el fondo del arca. (…) ¿Por qué -pudo pensar sabiamente José Cáceres, mientras acomodaba en un rincón de la maleta sus botas de tacos, bien untadas en grasa-, por qué no puedo ser yo el instaurador del “sobre” deportivo…? Y se lanzó a ello, en flecha, como se lanza hacia el gol.”

Lucubraban también en el diario deportivo, sobre la hipótesis de que el muchacho hubiera seguido la tumultuosa bronca entintada que, desde los medios más específicamente taurinos saltó aquel año a la prensa generalista. Un bochornoso ejercicio de lavado de trapos sucios en público, donde la mitad de los críticos acusaba al otro cincuenta por ciento de escribir sus crónicas al dictado, en tanto los señalados argüían que para cornadas mortales las del hambre, y que a ver quién no había aceptado nunca “sobres” de apoderados tras redactar una crónica digna de premio literario. “Si no se lo ofrecieron nunca -zanjó a la sazón una autoridad entonces indiscutida- será, quizás, porque escriben con palo de escoba en vez de con pluma sensible, rica en matices y embebida de inspiración poética”.

Asidero piadoso el de los redactores de “Marca”, para no negar su perdón, e incluso hacerlo con cierta gracia. “Efectivamente, el billete está aquí. Es precioso. Reproduce un cartón de Goya y la efigie admonitoria de don Francisco Bayeu. Y vale veinte duros. Demasiada cerveza, a pesar de la insondable sed de agosto, para un solo redactor. Es lamentable que haya que devolver a José Cáceres su cartón de Goya. Pero siempre los precursores resultaron incomprendidos. Que consuele a José Cáceres saber -salvada su buena fe, deliciosamente ingenua- que tampoco Cristóbal Colón ni Miguel Servet triunfaron a la primera carta. Y que el único damnificado del episodio, el redactor jefe que ha pagado la cerveza, es hombre de ancha benevolencia y limpio de rencores”.

Matías Prats Sr. y Adolfo Parra, “Parrita”, a pie de campo en 1950.

Matías Prats Sr. y Adolfo Parra, “Parrita”, a pie de campo en 1950.

Lo más probable es que al meritorio José Pascual Cáceres hubiese pasado desapercibida la acritud de los cronistas taurinos, inmerso como estaba en el mundillo del balón. Y sin embargo habría oído campanas, quién sabe si hasta durante las concentraciones con el equipo juvenil de España. Simplemente, equivocó la ubicación del campanario. Porque durante los años 50 y hasta el arranque de los 60, en el pasado siglo, cuando los partidos se “veían” por la radio, era rumor extendido que algún locutor aceptaba sobres, como buena parte de sus colegas en el albero, por dar un empujoncito a las carreras de ciertos ases. No es que pusiera precio al adjetivo encomiástico, o previamente tasara sus loas. Todo ocurría de un modo más sencillo y sutil, si hemos de dar crédito a la evocación retrospectiva de dos o tres ases.

Por esa época, los enviados de prensa y radio solían compartir muchas horas con los futbolistas. Viajaban en el mismo avión, se hospedaban en el mismo hotel, los veían jugar a las cartas, al parchís o dominó, y nada ni nadie les impedía charlar con ellos tranquilamente después del habitual paseo. Basta repasar los libros de actas del Real Madrid, entonces sin duda club más viajero de nuestro país, para entender que los informadores no sólo se desplazaban con el equipo “merengue”, sino que en buena medida hasta lo hacían con carácter de invitados. Semejante panorama no sólo permitía acortar distancias entre clubes y medios informativos, sino que era propicio a las connivencias. Y estas, sobre todo, solían darse en los partidos de la selección nacional.

“Las cosas en nuestra época eran muy distintas -rememoró hace años un internacional con pocas presencias en “la roja”-. Estábamos atados a los clubes por el derecho de retención, no había representantes, puesto que poco hubiesen pintado, y en esas condiciones renovar contrato solía convertirse en un paseo por el purgatorio. Ya podías haber cuajado buenas temporadas, que si te decían esto es lo que hay, no podemos darte un duro más, sólo te quedaba hacerte el digno y volver a casa, a ver si con la segunda toma de contacto te ofrecían algo mejor. Si en medio de ese tira y afloja te citaba el seleccionador nacional, era casi como si te lloviera el maná”.

En palabras de otro compañero de equipo, el toma y daca se desarrollaba a plena luz. Máxime, cuando la selección viajaba al extranjero y se multiplicaban las horas de convivencia. “El encargado de la retransmisión solía charlar con nosotros, primero para preguntarnos por nuestra trayectoria, si seguíamos viviendo en el pueblo o estábamos ya instalados en la capital, si aún no encargábamos chiquillos… Cosas así. Luego, invariablemente, salía a relucir el futuro: Si era fundado cuanto se decía sobre la posibilidad de un cambio de aires, por ejemplo. Llegados a este punto, apenas había concentración donde alguien no suspirase al exclamar: ¡quién pudiera! ¿Y eso?, preguntaba el locutor. Ya ve, se condolía el internacional de turno; termino contrato y la directiva tiene echado el cerrojo a la caja de caudales. A ver si usted me lanza un capote, que su opinión pesa mucho”.

Se iniciaba así un diálogo más directo, cuajado de sobrentendidos: “No veo en qué puedo ayudarte yo. Como mucho creo haber cruzado media docena de palabras con tu presidente…” “Sí, hombre, diga usted que sí puede. Póngame bien durante la retransmisión y seguro que a partir de ahí sacuden la billetera”. La voz radiofónica bien podía dar paso a una risita contenida, antes de rebozarse en dignidad: “Si no es más que eso… Tú juega bien y te pondré de maravilla”. Pero los había insistentes. “Ya, claro. ¿Y si las cosas salen regular? No sea ogro, hombre, que del aprobado al notable tampoco hay tanto trecho”. El locutor, si acaso, volvía a sonreír. “Aplícate -añadía-. No quieras escuchar tambores de desfile, sin emplearte a fondo en la batalla”.

Los ya ex futbolistas afirmaban que sólo con que las cosas se hubieran desarrollado aceptablemente, el compañero en apuros podía considerar cursada su solicitud. El locutor, entonces, solía acercarse, deslizando junto al oído preciso: “Supongo que aún no habrás hablado con tu casa, pero ya te informarán. Para estas horas estás en los altares. Celébralo cuando renueves en condiciones, porque mi trabajo está hecho”.

Quienes hace años, buceando en su anecdotario rescatasen esta perla, coincidían sobre el buen hacer del narrador deportivo: “Era un fenómeno. Y sabía redondear la faena sin que cantase mucho, tirando de latiguillos. Otra vez Fulanito al corte; qué partidazo, señores. O: Inconmensurable en esa labor sorda, pero fundamental para cualquier equipo; trabajo que a veces pasa desapercibido al ojo del aficionado, aunque no así a la pupila de los grandes técnicos. Y hasta: Si no estuviese perfectamente doctorado, hoy habría que otorgarle el cum laude balompédico. Soberbia su labor”.

Luego, cuando ese, o esos jugadores tan ensalzados saltaban ante su público, la ovación era de órdago. Y como a las primeras de cambio hiciese o hiciesen algo meritorio, las miradas se volvían hacia el palco, aprovechando cualquier detención del juego. “¡Renovadle ya!”, entendían de inmediato presidente y directivos. El pago a la voz, efectuado a tocateja y antes de abandonar la concentración internacional, habría resultado una espléndida triquiñuela. Si por el contrario al  “pagano” le saliese un encuentro digno de penitencia, meditación y olvido, fuere a causa de la ansiedad, del buen hacer de los adversarios, del mal estado del terreno, el viento sur, la lluvia o, más sencillamente consecuencia de esa malísima tarde que cuantos han vestido de corto tuvieron alguna vez, tendría que escuchar gritos más admonitorios que ofensivos: “¡Es aquí donde has de darlo todo, no en la selección!”. O: “¡Fulanito, guarda algo para nosotros!”.

Las retransmisiones deportivas solían ser fuente de inspiración para no pocos humoristas. Sirvan dos muestras gráficas del gran Orbegozo, correspondientes a enero de 1957, la primera, y enero del 56.

Las retransmisiones deportivas solían ser fuente de inspiración para no pocos humoristas. Sirvan dos muestras gráficas del gran Orbegozo, correspondientes a enero de 1957, la primera, y enero del 56.

Porque lo que en absoluto se dudaba era que, días antes y con el equipo español, hubiese estado de fábula.

El narrador en cuestión y sus más brillantes colegas, eran muy conscientes de una popularidad emparejada al poder. Daba casi igual cuanto los demás enviados especiales hubiesen podido dictar telefónicamente a sus medios escritos. Porque mientras la prensa, tanto deportiva como de información general, ofrecía tiradas de 30, 40, o hasta 50.000 ejemplares, no menos de 4 millones de españoles habrían seguido la retransmisión del choque a través de las ondas. Cuatro millones de seres conscientes de que Fulanito era un fenómeno. “Y total, tampoco salía tan cara esa ayuda” -sentenciaban los otrora futbolistas-. “Bastaba con dos terceras partes de la prima y las dietas”. Tarifa razonable, a todas luces, aun cuando sólo se tratara de apuntalar egos.

En 1956 no bastaba con anunciar las retransmisiones. El locutor deportivo constituía parte fundamental del reclamo, y los patrocinadores pugnaban por disputarse al mejor.

En 1956 no bastaba con anunciar las retransmisiones. El locutor deportivo constituía parte fundamental del reclamo, y los patrocinadores pugnaban por disputarse al mejor.

Sobre la capacidad de arrastre que poseían algunos de los más brillantes narradores radiofónicos, dan cuenta distintos anuncios en prensa donde no sólo se participaba la próxima retransmisión de partidos y sus patrocinadores, sino también, o sobre todo, el nombre del locutor. Entre ellos, o sobre todos ellos, reinó Matías Prats. Suyos fueron centro y corona durante casi 25 años. Y su popularidad inmensa, hasta el punto de contar con una legión de admiradores.

El humorista Miguel Gila arrancó aplausos durante dos lustros con su particular relato de una intervención quirúrgica renal, mediante el estilo de los narradores futbolísticos. Y apenas si había jóvenes que no recrearan imaginarias retransmisiones donde sus equipos lograban triunfos imposibles. Uno de esos muchachos magníficamente dotado para la emulación fue Alejandro Santín Díaz, el guardameta que como “Santín” defendiera los marcos del Ferrol, Gimnástica Lucense, Real Zaragoza, Osasuna o Avilés, desde la mitad de los 40 hasta bien mediados los 50. Clavaba sus giros y digresiones, su tono de voz y dicción pausada, su timbre, incluso. Y puesto que los autobuses de los 40 y 50 carecían de receptor radiofónico, o aun teniéndolo solía resultar inútil fuera de cualquier aglomeración urbana, procuraba amenizar los tediosos desplazamientos, anticipando o reconstruyendo los choques recién disputados o por dirimir. Cierta vez, luego de haber “cantado” durante los 90 minutos de juego real, un directivo le espetó, con el ceño fruncido: “Te fichamos para que imitases a Ramallets y tú, dale que dale, empeñado en imitar a Matías Prats. ¡Así nos va, rediez; así nos va!”. Otra tarde, victoriosa, eso sí, y luego de que ofreciese la de arena un extremo velocísimo de su equipo, cuyas escapadas fulgurantes no sólo dejaban atrás a muchos marcadores, sino con relativa frecuencia incluso al balón, se arrancó desde su asiento: “Recibe la pelota el extremo, atraviesa la línea del centro del campo, sigue avanzando… ¡Qué velocidad, señores! Prosigue su internada sin que nadie logre neutralizarlo. Se aproxima al área y continúa como una bala. Salta el cercado, sube a las grada… ¡Inenarrable, señores, no hay quien lo pare! Ni el hombre de las almohadillas ni la brigada de acomodadores. Finta repetidamente, de cadera, con precisos quiebros en un palmo, va a saltar la pared del estadio cuando, ¡por fin, señores radioyentes, por fin!, consigue frenarlo la Guardia Civil disparando al aire”.

Durante los años 50 y 60 muchos rostros de la radio asomaban regularmente a los kioscos. Para no pocos oyentes venían a ser como de la familia.

Durante los años 50 y 60 muchos rostros de la radio asomaban regularmente a los kioscos. Para no pocos oyentes venían a ser como de la familia.

Toda la comitiva aragonesa, incluido el entrenador, se partía de risa, pues no en vano aquel extremo era bastante dado a presumir de facultades. “Aún no ha nacido quien me pare -afirmaba pomposamente-. Soy el segundo futbolista más rápido de España, y el primero va a retirarse un día de estos”. Hasta el conductor, ahogándose entre carcajadas e incapaz de manejar el volante, tuvo que detener el autobús.

La popularidad, como bien sabemos, suele cimentar el ego, frecuente antesala de vanidades. Y en este pecadillo cayeron algunas voces famosas de aquella radio. Porque ciertas estrellas alcanzaban cotas de reconocimiento, hoy día inimaginables. Los cuadros de actores, por ejemplo, voz de los seriales que llenaran tantas tardes de costura, malta y achicoria como sucedáneo del café, o meriendas de pan y chocolate, solían efectuar giras provinciales veraniegas, con aforos a reventar. Desde las distintas revistas del medio entonces editadas -“Almanaque de la Radio”, “Ondas”, Radio Fémina”, “Almanaque Pau-Pi”, “Radio Club”, y algo más adelante “Tele-Radio”-, como a través de ventanas abiertas a la ensoñación, sonreían, mes tras mes, los rostros de Juana Ginzo, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, Teófilo González, Doroteo Martí, Pepe Iglesias “El Zorro”, Maribel Alonso, Eduardo Lacueva o Matilde Vilariño. Desde esos mismos púlpitos ofrecían también su semblante serio dos profesionales de la admonición, como el padre Venancio Marcos y su colega americano apellidado Peyton. Y, por supuesto, sobre todo durante el invierno, época de fútbol y retransmisiones deportivas, los Adolfo Parra, Fuentes Peralba, Matías Prats, Martín Navas, Daniel Vindel, o Pepe Bermejo, este último ya con el despunte de los 60. Todos ellos inconfundibles voces del balón. La misma prensa generalista solía entrevistarles, casi siempre coincidiendo con el antes o el después de algún partido memorable. Más o menos como ocurrió allá por diciembre de 1953, justo cuando José Pascual Cáceres, con cien pesetas menos en el bolsillo y algo diluido el bochorno al verse retratado en “Marca” no como esperaba, sufría un contundente baño de realidad desde el banquillo de la Cultural Leonesa.

Adolfo Parra, “Parrita” para la profesión, fue el narrador elegido por Tomás Galindo en su intento de retratar “la radio por dentro”, tal y como subtituló el artículo. A lo largo del mismo, el artífice del programa “Marcador” en Radio Nacional, junto con Carlos Alcaraz, periodista premiado por distintas Federaciones, cuya versatilidad le permitía cumplir en competiciones atléticas y retransmisiones ciclistas, además de en las futboleras, explicaba que tanto él como sus compañeros de actividad mantenían un constante entrenamiento: “Todos los partidos de fútbol, se radien o no, quedan impresionados en cinta magnetofónica y sirven para calibrar nuestro esfuerzo y aumentar nuestra práctica”. Añadía, además, que existían en nuestras ondas tres maneras o estilos de narración deportiva, representados por otras tantas voces bien conocidas: “El más antiguo lo creó hace veinte años Carlos Fuertes Peralba, a quien se puede considerar decano de los locutores deportivos españoles. Después de la guerra apareció el sistema de Enrique Mariñas, y posteriormente el de Matías Prats”.

Los receptores de radio no eran baratos, precisamente. En esta inserción publicitaria de diciembre de 1953 oscilan entre las 1.799,90 ptas. y las 5.349,45. El sueldo medio de un maestro experimentado rondaba las 1.300 mensuales, con puntos y pluses. Un burócrata de la función pública podía llegar a las 1.100, si no acababa de tomar posesión. Cualquier profesor de Instituto necesitaba dos sueldos para hacerse con el modelo BE 631 A. Los empleados de banca jóvenes sólo podrían adquirir el aparato de 2.499,60 ptas. juntando dos nóminas mensuales y media.

Los receptores de radio no eran baratos, precisamente. En esta inserción publicitaria de diciembre de 1953 oscilan entre las 1.799,90 ptas. y las 5.349,45. El sueldo medio de un maestro experimentado rondaba las 1.300 mensuales, con puntos y pluses. Un burócrata de la función pública podía llegar a las 1.100, si no acababa de tomar posesión. Cualquier profesor de Instituto necesitaba dos sueldos para hacerse con el modelo BE 631 A. Los empleados de banca jóvenes sólo podrían adquirir el aparato de 2.499,60 ptas. juntando dos nóminas mensuales y media.

Lógicamente justificaba las diferencias entre uno y otros: “De esos tres estilos, creo más completo el de Matías Prats, que no sólo concreta la retransmisión al citar jugadores o mencionar jugadas, sino que, al mismo tiempo, sitúa a éstos y aquellas en el lugar del terreno. Es, sin duda, el más difícil; pero también el que con menos grafismo llega a oyente. Fuertes Peralba se cuida más de citar nombres que de describir jugadas, y Enrique Mariñas se limita a citar nombres y jugadas, pero sin expresar las situaciones”. Devoto de Matías Prats, “Parrita” se consideraba su discípulo: “He procurado desde un principio aprender de él, y creo que como alumno he dejado en buen lugar al profesor”.

Las alabanzas a Matías Prats, voz archiconocida incluso para quienes odiaran el fútbol, no en vano locutaba habitualmente el “No-Do”, parece dolieron un poco a Enrique Mariñas Sr., por esa época director de Radio Nacional en La Coruña, quien, sin que “Parrita” lo manifestase abiertamente, había quedado como profesional un tanto anticuado. Su respuesta, ponderada y huérfana de tics soberbios, aunque discrepante, llegó puntual, mediante carta al mismo medio:

“Cierto que Matías Prats es el mejor -reconocía Mariñas-; pero Fuentes Peralba y yo también tratamos de transmitir la situación del balón y los jugadores”. En otro pasaje argumentaba: “No creo que haya escuelas; el locutor intenta por el único medio de que dispone, la palabra, dar la versión más exacta de lo que está viendo. Unos lo logran y otros no”. Si existía dolor al verse menospreciado, al menos no lavaba trapos sucios en público, como hiciesen algunos colegas del pasodoble, la franela y el cuerno. Los egos del balón parecían sangrar más elegantemente.

Pero, ¿qué fue de José Pascual Cáceres Lázaro, involuntario dedo anunciante de desnudeces reales? ¿Llegó a internacional, como el redactor de la condescendiente admonición en “Marca” aventurase para su futuro? Pues no. Ni muchísimo menos. Los campos desiguales, polvorientos o anegados de 2ª División, se le atragantaron desde el principio. Después de jugar sólo un encuentro liguero con la Cultural Leonesa (campaña 1953-54), ni se vistió de corto en la siguiente con el primer equipo “colchonero”. Otra nueva cesión la temporada 1955-56, esta vez a La Felguera, también de 2ª División, serviría para verle en 7 partidos, anotando un gol. Tuvo más presencia en las alineaciones del ya desaparecido Club Deportivo Logroñés, a lo largo del ejercicio 1956-57, por no variar en el grupo Norte de la categoría de plata: 22 partidos, con 3 goles. Lamentablemente, los riojanos descendieron de categoría y él hubo de tomar otra vez el tren hacia Madrid. Al menos debió ser bueno el recuerdo dejado en Las Gaunas, pues la directiva logroñesa lograría repescarlo para las campañas 1957-58 y 1959-60, ambas en 3ª División. A partir de ahí su rastro se pierde, como el de tantos jóvenes que un día soñaron con gestas grandes y a los que la vida, sus condiciones reales o el infortunio, condenasen a soñar abrazados al almohadón, o mecidos por las ondas radiofónicas.

Cáceres, ni en la redacción de “Marca” ni fuera de ella, encontró nunca hagiógrafos.




La Mutualidad de Futbolistas, obviedad que se hizo esperar

De un tiempo a esta parte, el aficionado al fútbol suele descubrir que las estrellas de su equipo manifiestan discrepancias con los servicios médicos del club. Importa poco que esos especialistas gocen de experiencia y acreditada trayectoria, cuando no justa fama por sus a menudo revolucionarios tratamientos. El paciente, al fin y al cabo, suele alimentarse de fe en el galeno, y ésta no es virtud teologal incluida en los contratos. Así que los medios se hacen eco de viajes a Francia, Suiza o Alemania, con el único propósito de resolver problemas de pubis, rótula, tendón de Aquiles, espalda o astrágalo. Nuestros mejores hospitales parecen no bastar a quienes cuentan por millones cada mes del calendario. Si alguien invocase ante esos exigentes lesionados el concepto Mutualidad de Futbolistas, como mínimo recogerían sonoras carcajadas. Quizás debiera explicárseles que durante muchos años el futbolista no tuvo garantizada la atención médica; que la Mutualidad representó para todos ellos, modestos y estrellas internacionales, una bendición; o que a principios de los 60 quien con el alta a su nombre no quedaba, o creía no haber quedado al cien por cien de la intervención quirúrgica, debía apoquinar el importe de cualquier otra como no llegase a un acuerdo amistoso con su club. Le ocurrió, entre otros, al internacional y mundialista paraguayo Florencio Amarilla, hombre no muy sobrado económicamente, porque entonces en nuestra 1ª División las fichas daban para vivir muy bien, sin plantearse adquirir la Luna, como en ciertos casos ocurre ahora.  Lástima que Amarilla ya no pueda relatarnos aquel trance.

Conforme se anticipó en el número de “Cuadernos” precedente, la Mutualidad de Futbolistas sólo fue un hecho tras el mediático percance de Alfonso, delantero centro del Murcia, reproducido durante setiembre de 1947 en la piel de un modesto asturiano conocido por “Monchu”, en los destartalados campos de Regional.

Ramón Menéndez Cortina, gijonés de Pumarín (25-VII-1924), compaginaba las carreras por su banda, como extremo derecho, con un trabajo en el tren de laminación de la fábrica metalúrgica de Moreda, donde también se afanaba su padre. Huérfano de madre desde niño, tenía otros dos hermanos más jóvenes, chico y chica. Pero sobre todo una desbocada afición por el fútbol.

Forjado en el Carrio infantil, su siguiente meta fue el Pumarinense, también infantil. Al destacar en un torneo entre equipos de dicha categoría organizado por el periódico “Voluntad” de Gijón, despertó el interés de la Selección Carreñina, el conjunto más popular de Gijón entre cuantos velaban armas en Tercera Regional. Allí permaneció 3 años, hasta que el servicio militar obligatorio se lo llevó a Zaragoza, circunstancia que aprovecharía para enrolarse en el Navarro, de Regional. Cumplido el trámite con el Ejército y de vuelta a Asturias, aceptó vestir la camiseta del Pinzales, con cuyo cuadro sólo pudo saltar a la cancha una vez. Su debut, aquel 28 de setiembre de 1947, iba a suponer también una prematura despedida.

Sólo se llevaban disputados 8 minutos cuando corrió a por un pase adelantado, colándose entre la defensa adversaria. Pretendía disparar a puerta cuando el guardameta iniciaba una salida algo atolondrada, sin advertir que su compañero de ala, cruzándosele y hambriento de gol, trataba de hacer lo mismo. Ambos atacantes chocaron, y de inmediato supo que la lesión era grave, pues vio su pierna torcida, con una repentina ventrosidad bajo la rodilla. Quiso la casualidad que entre los espectadores se hallara un médico, y aquel hombre se las arregló para ponerle la rodilla en su sitio. A partir de ahí fue desarrollándose una sucesión de anomalías esperpénticas, explicables sólo con la mirada puesta en la precaria y oscura España de nuestra cruda posguerra.

Ramón Menéndez Cortina, “Monchu”, según foto de su ficha federativa.

Ramón Menéndez Cortina, “Monchu”, según foto de su ficha federativa.

Como los vestuarios se hallaban a cierta distancia del campo, siendo preciso atravesar una porción de tendido férreo hasta alcanzarlos, optaron por trasladarlo en bicicleta hasta una casa próxima. Allí lo vistieron mientras esperaban al taxi que los condujo a Gijón, concretamente al campo de Los Fresno, donde teóricamente debería hallarse el galeno encargado de examinarle. Pero no encontraron ningún rastro del facultativo. Él, para entonces, se retorcía de dolor. Y eso que antes había acreditado muchísimo aguante. Aquella vez, por ejemplo, que con quemaduras graves en las plantas de los pies y estando de baja laboral, sabiendo necesario su concurso en la Selección Carreñina, se vendó las extremidades tan fuertemente como pudo, buscó unas botas grandes y aprovechando que su padre no estaba en casa, jugó los 90 minutos. Sus propios compañeros tuvieron que descalzarle y luego la cosa acabó con una semana extra de baja, reposo y pomadas. Aguantaba casi todo lo imaginable. Excepto el terrible dolor que desde la pierna parecía ascender hacia la cadera. Cuando la extremidad comenzó a hincharse como un globo, le rasgaron el pantalón y optaron por conducirle a la clínica del doctor Villaverde, cuyo diagnóstico fue “derrame y dos desgarros en la rodilla”. El tratamiento, aún más abracadabrante: “Reposo en casa, y si el médico que te visite lo cree conveniente, vuelves a ingresar”.

Todo eso ocurrió el domingo. El lunes se acentuaron los dolores. Y como el martes empeorase, medio inconsciente, convulsionando, sería conducido al sanatorio, donde tras una exploración se advirtió tenía afectada la femoral. Para el jueves ya se había declarado la gangrena y él mismo pedía a gritos la amputación, con tal de no seguir sufriendo. A las 09,30 horas se lo llevaron al quirófano, de donde salió sin pierna tres horas más tarde.

Conforme sucediera con Alfonso, aunque esta vez sólo entre los límites de la región asturiana, el mundillo del balón formó piña en su favor. “En Asturias, el eco de la desgracia ha llegado hasta los últimos rincones -escupieron las linotipias-. Y los asturianos, la familia deportiva asturiana, se apresta a realizar una campaña en favor de Monchu que, si no ha de anular los efectos del trance, dará al jugador el consuelo de saber que su dolor es compartido por todos. Y que va a hacerse cuanto sea posible por mitigar en el aspecto económico la agravante situación en que el percance ha colocado a Monchu y su familia”.

Volvió a aplicarse la fórmula de incrementar en una peseta el precio de las entradas para los choques Oviedo – At Madrid y Gijón – Real Madrid, correspondientes al 9 de noviembre, así como de 50 céntimos en las de todos los choques de Regional a disputarse en la misma jornada. Cuando concluía diciembre del 47, el socorro al jugador, redondeado con distintas aportaciones voluntarias, ascendía a 63.262,50 ptas.

Armando Muñoz Calero. Su condición de médico-cirujano sin duda le hizo más sensible ante el abandono en que hasta entonces se hallaban los futbolistas, muy en especial los más modestos.

Armando Muñoz Calero. Su condición de médico-cirujano sin duda le hizo más sensible ante el abandono en que hasta entonces se hallaban los futbolistas, muy en especial los más modestos.

Por si alguien albergara dudas, ante la tozudez de los hechos, esa Mutualidad de la que venía hablándose tanto, se antojó necesidad perentoria. Todos los estamentos estuvieron de acuerdo en constituirla. Y aun así no escasearon obstáculos. Hecho sorprendente, si se mira bien, pues desde 1930 existía una Mutual en Cataluña, creada por el presidente de aquella Territorial futbolística y el cirujano Emilio Moragas Ramírez. Tan ejemplar organismo atendía a cuantos lesionados estuviesen adscritos a dicha Federación, nutriéndose de cuotas a cargo de los clubes, y de la recaudación de un partido amistoso anual que el propio Dr. Moragas pretendía convertir en dos, ante el creciente incremento de gastos. Como es lógico, la Mutualidad nacional se inspiró girando su mirada hacia Cataluña.

Fue a mediados de diciembre de 1948 cuando por fin, siendo presidente de la FEF Armando Muñoz Calero (Águilas, Murcia 15-II-1908 – Madrid 8-XI-1978)*, tan necesaria institución fue un hecho. Probablemente quien más empeño puso fue el vocal Carlos Pinilla, “que a su amplio sentido social une gran afición por todo cuanto al fútbol se refiere”, señaló la prensa. Y tampoco estuvo ajeno el doctor Aznar, miembro del Consejo. “Ahora podemos decir con orgullo y satisfacción que la España futbolística cuenta ya con una institución modelo, que atenderá solícitamente a los hasta ahora desamparados de toda ayuda”, se ufanaron, no sin razón, los medios.

El Consejo de la Mutualidad nació presidido por el máximo responsable de la FEF, ya citado Muñoz Calero, contando entre sus miembros con el secretario general y tesorero federativos, el director gerente del organismo, Manuel Troyano de los Ríos, y un representante de la Delegación Nacional de Deportes, otro de la Federación Española, del Comité Central de Árbitros, de Federaciones Regionales, clubes de 1ª, 2ª, 3ª y Regional, futbolistas de esas mismas categorías, preparadores y masajistas. Manuel Troyano de los Ríos, primer gerente, era alto jefe del Ministerio de Trabajo “especializado en cuestiones relativas a instituciones asistenciales”. La representación del Delegado Nacional de Deportes recayó en el Sr. Gutiérrez del Castillo, en tanto el Sr. Pinilla se hacía cargo de la vicepresidencia. La relación de cargos directivos se completaba así: Pablo Figuerola, secretario; Pujol, Urquijo e Ipiña, elegidos por el Consejo; y el Sr. Victory, designado también por la Delegación Nacional de Deportes, como interventor.

Quedaban automáticamente a cobijo del paraguas recién abierto los jugadores, árbitros, entrenadores y masajistas, y tras oportuna observación desde distintos clubes, se decidió estudiar la forma en que esos beneficios alcanzasen también a los delegados, en sus viajes con el equipo. La protección abarcaba servicios médicos, quirúrgicos y farmacéuticos, en caso de accidente o lesión sobrevenida durante la disputa de partidos oficiales o amistosos, entrenamientos autorizados y desplazamientos. Además se fijaban indemnizaciones por incapacidad, con un importe máximo de 50.000 ptas., y de fallecimiento, tasado en 30.000. En este último caso, las Territoriales abonarían con carácter urgente otras 3.000 ptas. para gastos de entierro.

Estas cifras irían incrementándose a medida que el organismo gozaba de una mayor tesorería. En diciembre de 1952, por ejemplo, el consejo de la Mutualidad presidido por el falangista Sancho Dávila y tras informe del director-gerente, acordó incrementar en 10.000 ptas. las prestaciones por incapacidad permanente total, absoluta y fallecimiento, hasta alcanzar respectivamente las 40.000, 60.000 y 40.000 ptas. Conste, como curiosidad, que esa misma asamblea nombraba miembros de la Comisión Rectora a Augusto Araño y al exfutbolista Juan Antonio Ipiña, además de desestimar el recurso interpuesto  por el jugador José Luis Vázquez, a quien la Comisión rectora negó amparo económico, “por no haber quedado incapacitado para el ejercicio de su profesión habitual”. Otro punto recogía la propuesta de crear una categoría de socios protectores, elevando dicha iniciativa al Comité Nacional.

Aquella Mutualidad arrancaba con tantas delegaciones como federaciones regionales, siendo el presidente de éstas el responsable de cada delegación. Se buscaba, según declaraciones del propio Gutiérrez del Castillo, que esas delegaciones contaran con absoluta autonomía para concertar establecimientos médicos en cada territorio, aunque “esos conciertos sólo serán definitivos tras aprobación del Servicio Médico de la Mutualidad, cargo desempeñado por el doctor Meano”. La financiación se obtendría mediante cuotas fijadas a clubes, jugadores, árbitros, etc., en función de sus respectivas categorías. Dicha recaudación competía a las delegaciones, reservándose éstas una parte, cifrada “en tanto se dicten nuevas normas”, en un 72 %.

El señor Troyano de los Ríos, muy demandado por los reporteros cuando se acercaba la Navidad, ponía alto su punto de mira: “Quiere la Mutualidad que se engloben en ella las máximas figuras de la especialidad, principalmente en traumatología. Habrá un concurso para la provisión de cargos, y en él se reconocerán méritos especiales a los facultativos que presten ya servicios en clubes o federaciones. Todo esto entrará en funcionamiento tan pronto llegue el material necesario. Sólo falta que las casas proveedores completen sus envíos, lo que espero suceda en breve plazo”.

Muy fáciles veía las cosas el primer gerente de la Mutualidad. Bastante más sencillas de lo que en realidad estaban. Para empezar, el organismo ni siquiera contaba con un censo de clubes y socios, es decir futbolistas, árbitros, técnicos y masajistas. Troyano de los Ríos iría tomando consciencia de las dificultades a medida que pasaban los días, como acabó reconociendo sin ambages: “No es nada fácil, ya que en el Anuario (federativo) figuran todos los clubes, incluso los que han causado baja. La Federación Regional Sur, por ejemplo, a la que se adjudican 489 clubes en la última publicación federativa, no tiene en realidad más que 257. De los dos mil y pico clubes que se atribuyen en toda España, sólo existen realmente 1.485. Saberlo con exactitud es importantísimo, lo mismo que el número de jugadores, cuyo censo va muy adelantado. Sin el dato exacto se hace imposible trazar un presupuesto real”.

Entre tanto, esos bucles a los que otras veces se ha aludido, tan encaprichados del balón y su mundillo, volvieron a hacer acto de presencia. Porque Si Alfonso, ariete del Murcia, fue involuntario impulsor de la Mutualidad, el primer paciente atendido de importancia sería Martí, portero precisamente del Real Murcia, “no obstante faltarle algún requisito legal en el momento de la lesión”, según tuvo empeño en puntualizar el por demás activo ante los medios informativos Troyano de los Ríos.

Como todas las grandes obras, ésta también capeó, si no con detractores a cara descubierta, con especialistas en zancadillas al bies. La prensa de la época nos lo sugiere con medias palabras. Y el omnipresente Manuel Troyano de los Ríos, muy en su papel de director gerente, acabó saliendo al paso sirviéndose de una entrevista concedida a Ramón Melcón, para “Marca”:

“- ¿Cree usted que la Mutualidad perjudicará determinados intereses?

– No. Actualmente los Clubes de posibilidades cuentan con un cuadro médico que, naturalmente, ha de resultarles muy gravoso. La Mutualidad los beneficiará, y que las cuotas que se impongan no alcanzarán ni con mucho a sus gastos actuales. Las sociedades modestas tendrán, merced a un mínimo desembolso, cubiertas todas sus necesidades en este aspecto. Y los médicos de los Clubes contarán con las máximas facilidades para su ingreso en el cuadro de la Mutualidad”.

Por supuesto, corriendo la época que corría y siendo “Marca” un diario del Movimiento, Melcón no quiso pasar por alto la oportunidad de repartir loas: “Es decir, que nadie saldrá perjudicado y se habrá conseguido, en cambio, el establecimiento de una institución ejemplar, tanto por su alcance patriótico como por su elevado sentido social, que tanto prestigia a los organismos supremos del futbol español”.

La Mutualidad era un hecho, y sus ventajas quedaron rápidamente de manifiesto. El día 7 de enero de 1949, sin ir más lejos, cuando falleció el modesto jugador Carlos Hernández como consecuencia de la lesión sufrida durante la disputa de un partido autorizado por la Federación Vizcaína. En reunión de la Comisión Rectora de la flamante Mutualidad, celebrada el 26 de febrero de 1949, bajo presidencia de Armando Muñoz Calero “y con asistencia de todos los miembros que la integran”, se acordaba “indemnizar a la familia del fallecido, no obstante no haberse cumplido todos los requisitos reglamentarios, y sin que ello pueda establecer precedente, con la cantidad de 30.000 ptas., que es el máximo autorizado por los vigentes estatutos”.

En dicha reunión se fijaron nuevas cuotas para clubes y afiliados, cuya aplicación efectiva tendría lugar la temporada próxima. Mediante el incremento acordado se pretendía una exención de pago a las entidades más modestas, incapaces de hacer frente a cualquier cuota. Y además, antes de dar carpetazo, se aireaba el llamamiento “a las Federaciones Regionales para que exijan a los Clubes el abono de las cuotas establecidas, bien entendido que la Federación Española de Fútbol aplicará rigurosamente las sanciones correspondientes por incumplimiento de dicha obligación”.

Vamos, que entonces, como ahora, cobrar costaba un triunfo.

Durante los meses siguientes, quién sabe si respondiendo a un reflejo de épocas anteriores, o porque mediante caridad se obtuvo en el pasado indemnizaciones superiores a las contempladas por la todavía precaria Mutualidad, no faltaron nuevos llamamientos solidarios. Ocurrió cuando en la madrugada del domingo 7 de agosto de 1949 volcó el autocar del sevillano Osario Balompié, en la carretera de Carmona. Trece de los futbolistas quedaron en centros sanitarios hispalenses, en condiciones de imposibilidad total. “La maravillosa labor de la Mutualidad Deportiva subsanará en parte este mal – recogieron distintas corresponsalías andaluzas-, pero las consecuencias derivadas, debido a la modestia de las víctimas, son tales que la idea lanzada por el único elemento profesional participante en la expedición creemos es digna de que cristalice, para llenar esa laguna a que aludimos, y también para colaborar a la eficaz intervención en el asunto de la indicada organización benéfica”.

Los futbolistas modestos, los de campos terrizos, duchas ideales para la congelación y camisetas descoloridas, recibieron muy favorablemente el avance que supuso la Mutualidad.

Los futbolistas modestos, los de campos terrizos, duchas ideales para la congelación y camisetas descoloridas, recibieron muy favorablemente el avance que supuso la Mutualidad.

Ese único elemento profesional de la plantilla y propulsor de la idea, no era otro que Rafael Lacomba, antiguo guardameta del Betis que, contradiciendo a los reporteros, no pertenecía a la entidad afectada, por más que hubiese viajado con el equipo a La Campana y Carmona. Según todos los indicios, la directiva del Osario sólo habría tirado de él como refuerzo de pretemporada. Con una simple herida en la mejilla y sin reponerse del susto, el ex cancerbero bético propuso algún tipo de ayuda, bien mediante derramas o aportaciones altruistas de los clubes andaluces y marroquíes, muchos de cuyos colores habían defendido los ahora afectados.

Con Mutualidad o sin ella, los buenos corazones parecían seguir teniendo la última palabra.

La extraordinaria labor del nuevo organismo resultaría difícilmente evaluable sin alguna incursión por sus memorias y balances. Vayan pues unos datos, con perdón anticipado ante la farragosidad numerológica.

Durante el Campeonato 1950-51, fueron atendidas 8.655 lesiones. Los gastos por hospitalización y asistencia médico-farmacéutica ascendieron a 4.100.000 ptas. en todo el territorio nacional, en tanto las indemnizaciones por jornales perdidos a causa de esas lesiones superaron el medio millón. El doctor González Vicens, jefe de los servicios médicos, aspiraba a que en un futuro “y dentro de ciertos límites, cada jugador lesionado pueda elegir al médico que goce de su confianza; dicho facultativo será retribuido por la Mutualidad conforme a las tarifas de lesiones que actualmente se estudian”.

Decir que desde ciertas federaciones se llevaban las cosas con meticulosidad extraordinaria, es quedarse muy corto. El mimo con que algunos responsables de servicios médicos confeccionaban sus estadísticas, causa asombro hoy, en plena era informática e imperio de las bases de datos. A lo largo de esa misma temporada 1950-51, la Castellana había atendido a 494 lesionados. En su extrema pulcritud, el doctor Amérigo Marín, jefe de servicios médicos, establecía como puesto más peligroso el de medio izquierdo (53 lesionados) por delante del extremo derecho (51). E incluso contemplaba índices curiosísimos, puesto por puesto. Vaya el siguiente cuadro, como regalo para los más curiosos:

PUESTO DEL JUGADOR LESIONADOS
Portero

50

Lateral derecho

41

Defensa central

32

Lateral izquierdo

46

Medio derecho

46

Medio izquierdo

53

Extremo derecho

51

Interior derecho

40

Delantero centro

46

Interior izquierdo

31

Extremo izquierdo

32

Las lesiones también afectaron a colegiados y jueces de línea (19). E incluso a entrenadores (7). Entre las lesiones arbitrales, aparte de esguinces y afecciones musculares, en su mayoría eran consecuencia de golpes diversos. El silbato, antes y ahora, no suele sonar a gusto de todos. Con respecto a los entrenadores -en su totalidad víctimas de lesiones musculares- ni uno sólo la padeció durante los 90 minutos de sufrimiento dominical. El mes más negro había sido febrero. Lógico, si se mira bien, pues lluvias y heladas convertían muchos terrenos de juego en superficies irregulares, por demás proclives al percance. De las 494 lesiones, 37 correspondieron a fracturas (una de tibia y peroné y cuatro de peroné,  consideradas más graves, amén de 21 casos de menisco). El resto respondían mayoritariamente a este desglose: Articulares 194; musculares 55; contusiones 111; heridas diversas 20. El club más infortunado fue el Aranjuez, con 21 lastimados. A esta entidad correspondía también el mayor gasto sanitario: 8.618,50 ptas., englobando tratamientos e indemnizaciones. Los gastos totales se elevaban a 173.938,81 ptas. de la época.

No iban a la zaga las memorias de la Federación Guipuzcoana, que incluía, además, los territorios de Álava, La Rioja y Burgos. Sólo como contrapunto, observemos algunos de aquellos datos:

La temporada 1947-48 atendió a 280 mutualistas, 270 en la siguiente, 393 durante la campaña 1949-50 y 340 en la 1950-51. A lo largo de esta última, los casos más graves correspondieron a sendas roturas completas de músculos cuádriceps del muslo. Román Emery, uno de los afectados, hijo de futbolista descollante en el Real Unión irunés de sus años gloriosos y ancestro del actual y afamado entrenador en el Almería, Valencia, Sevilla o París S. G., pudo seguir jugando. El otro, joven mutriqués, al menos quedó en condiciones de trabajar. El porcentaje de afectados era francamente elevado, pues dicha federación contaba únicamente con un censo de 1.300 futbolistas. Los caídos por posición en el campo arrojaban este saldo:

PUESTO DEL JUGADOR LESIONADOS
Portero

24

Lateral derecho

25

Defensa central

22

Lateral izquierdo

12

Medio derecho

46

Medio izquierdo

26

Extremo derecho

17

Interior derecho

64

Delantero centro

30

Interior izquierdo

42

Extremo izquierdo

23

Las quinielas contribuyeron decisivamente a la viabilidad económica de un organismo fundamental para el fútbol y los futbolistas más modestos. En la imagen, resguardo correspondiente a la temporada 1955-56.

Las quinielas contribuyeron decisivamente a la viabilidad económica de un organismo fundamental para el fútbol y los futbolistas más modestos. En la imagen, resguardo correspondiente a la temporada 1955-56.

Actuar como interior, en Guipúzcoa, equivalía a jugársela. Y conforme ocurría en Castilla, los de la banda derecha padecían más que quienes se movían por la izquierda. Los árbitros, al parecer, “cobraban” menos en el Norte, pues sólo hubo que atender a dos, y no víctimas de agresión, sino de distensiones. Entrenador tan sólo uno, por accidente de automóvil in itínere.

Estadísticas al margen, poquito a poco, solventando dudas y defectos, el organismo iría afianzándose, hasta hacerse imprescindible. A su engrandecimiento contribuyeron decisivamente las quinielas, el “1-X-2” del Patronato de Apuestas Mutuas, toda vez que la Mutualidad se convirtió en perceptor de un porcentaje sobre cuanto pronosticaban los españoles. Y es que por muy paradójico que pueda antojársenos, entre los distintos beneficiarios de un invento cuyos pilares se asentaban sobre el sudor de los futbolistas, hasta 1953 a nadie se le ocurrió pensar en ellos. Cuando a principios de ese año se hizo llegar al Patronato la reclamación del director de la Mutualidad, favorablemente acogida por el entonces ministro de Hacienda, Sr. Gómez del Llano, todo comenzó a cambiar. Mediante Decreto fechado el 6 de Febrero del 53 se otorgaba a la Mutualidad “el 50% de lo ahorrado por el Patronato en gastos de gestión y administración”. Cifra traducida en un aporte a la Mutua de casi 3 millones de ptas., en febrero del año siguiente. Concretamente 2.977.671,40. Un dineral, a tenor de las cifras ya apuntadas, mediante el que un proyecto todavía dubitativo, cuando no deficitario, acabaría asentándose.

Basta una mirada hacia atrás para admitir el buen uso aplicado a aquel maná. Cierto que inicialmente se propuso construir un gran sanatorio, ejemplo español para el mundo. La tentación faraónica siempre ha estado ahí, sobre la almohada de los mandamases. Pero en seguida se supo ver que ni el mejor hospital del país, sito en Madrid, iba a resolver los problemas de Galicia, Canarias, Extremadura o Navarra. Consecuentemente, casi la mitad de lo percibido -1.340.205 ptas.- se destinó a subvención de delegaciones regionales en déficit: Aragonesa, Asturiana, Guipuzcoana, Valenciana y Gallega. Y el resto a la mejora de instalaciones donde más se precisaba: delegaciones Andaluza, Cántabra, Hispano-Marroquí, Oeste, Tinerfeña y Gallega. Esta última no sólo arrojaba un déficit crónico, sino que carecía de elementos tan imprescindibles como aparatos de Rayos-X.

Por supuesto, la aportación quinielística no acabó con los homenajes recaudatorios. Tampoco la Mutualidad nació para erradicarlos. Pero merced a sus excelentes servicios, muchos jugadores no se vieron en el trance de colgar las botas al primer revés importante. Recuperados, intervenidos por los mejores especialistas del área donde habitasen, podían seguir persiguiendo sueños tras el balón. Puestos a seleccionar un ejemplo, nadie lo ilustraría mejor que el cántabro Eduardo Botas, probablemente récord de tenacidad entre los modestos y condecorado con todas las heridas “de guerra” imaginables.

Antiguo botones del Racing de Santander, al que según los técnicos únicamente faltaron 10 centímetros de estatura para haber vivido del fútbol, con la treintena ya estrenada había sufrido hasta la temporada 1949-50 una fractura de tibia en 1940, jugando con el Rayo Cantabria. Dos años más tarde, en Barreda, le partieron el peroné, y en Ramales, no mucho después, cuatro costillas que a punto estuvieron de perforarle los pulmones. En 1949, durante un encuentro Vimenor – Hogar, se fracturó el radio. Y para que nada faltase, en Parbayón volvieron a partirle el peroné por su parte inferior. Como los toreros de raza, parecía crecerse tras cada revolcón. No sólo volvía al fútbol con la pasión de siempre, sino que durante una de sus convalecencias y ante los apuros atravesados por su equipo, llegó a discutir con el médico para que le retirase la escayola y así saltar al campo aquel domingo. Suerte que el facultativo se mostrara impermeable ante tanta súplica e insistencia. Cierto día que no se había lesionado, después de jugar en Palencia se empeñó en acudir al río, para bañarse. Ni corto ni perezoso, al descubrir una especie de trampolín natural, saltó haciendo el ángel. Bajaba muy poca agua y su cabeza quedó medio clavada en el fango. Tuvo que ser atendido de heridas en el cráneo y una fuerte conmoción, cuando muy bien podría haberse partido la médula espinal. Todo ello para no ver apenas un duro, puesto que sus únicas salidas del modesto campeonato cántabro, hacia Huesca y Cartagena, ni muchísimo menos le llenaron la billetera.

A jóvenes no tan osados como él, la Mutualidad sí les resolvió problemas. Cuesta imaginar el devenir del deporte rey sin el benemérito organismo, hasta que la Seguridad Social, no ha mucho, acogiese a los futbolistas. Y sin embargo estuvo haciéndose esperar hasta 1948. Veintidós años, nada menos, desde la instauración del profesionalismo.

(*) .- Además de presidente de la Real Federación Española de Fútbol desde 1947 hasta 1950, D. Armando Muñoz Calero fue médico-cirujano, divisionario azul, presidente de la Organización Médica Colegial durante los años 1945 y 1946, vicepresidente del At. Madrid en los años 60 y político del régimen, faceta en la que habría de ostentar los cargos de Procurador en Cortes durante cinco legislaturas no consecutivas, entre 1946 y 1971, Jefe de la Obra Sindical 18 de Julio, a caballo de los 40 y 50, Presidente de la Mutualidad Laboral del Seguro Obrero de Enfermedad, Presidente de la Diputación de Madrid y Teniente de Alcalde en el Ayuntamiento madrileño. Se asegura le cerraron el portón federativo luego de afirmar, tras el gol de Telmo Zarra en Brasil, que España acababa de derrotar a la pérfida Albión, frase, por cierto, erróneamente atribuida a Matías Prats Sr.. Inglaterra presentó una protesta formal por vía diplomática y aunque nuestro hombre se habría disculpado asegurando utilizar erróneamente lo de “pérfida”, creyendo que el adjetivo significaba “rubia”, “luchadora” o “aguerrida”, no coló. La frase, empero, hizo fortuna, quedando para nuestra historia balompédica.




Un infortunio que marcó época

La historia del fútbol no sólo es pródiga en futbolistas, equipos, entrenadores o selecciones de época. También hubo acontecimientos que, para lo bueno y lo malo, marcaron un antes y un después. El día que a Chacho se le ocurrió pedir un plus por cada gol marcado, ante un flojo oponente de nuestra selección, nacieron las primas como estímulo cotidiano. Cuando coló por la ancha manga federativa el primer oriundo con partida de nacimiento falsa, sobrevinieron diez o doce años de fraude generalizado. En el momento que un primer directivo se avino a repartir comisiones de fichaje entre quienes ni siquiera representaban a la supuesta estrella contratada, quedó abierta una amplia avenida en el oscuro submundo del balón. Igualmente, en el instante fatídico que Alfonso enterraba sus ilusiones sobre el césped gijonés, florecía un primer germen de cambio, humanidad y lógica, entre las botas de sus compañeros, fueran éstos jugadores profesionales o aficionados. Y ya era hora. Porque hasta entonces, los imprescindibles protagonistas de la fiesta estaban dejados de la mano de Dios.

Alfonso Fernández Rodríguez (Lora del Río, Sevilla, 9-III-1918), era aún muy niño cuando sus padres se avecindaron en la sevillana calle de San Jacinto, corazón del barrio de Triana. Devoto del balón, daría sus primeras patadas medianamente formales con una especie de peña denominada Los Buenos Amigos. Ya un poco más en serio, vistió la camiseta del Castilla sevillano, desde donde, cuando sólo contaba 17 años, llamó la atención de algún cazatalentos Bético. Tras someterse a diversas pruebas, y puesto que aún estaba muy verde, acabaron incluyéndolo en el Calavera, por entonces filial del equipo verdiblanco. En esa época jugaba como medio centro, en el puesto que hoy correspondería a un defensa central adelantado. Su talante aguerrido, fortaleza y contundencia en el choque, unidos al hecho de no volver nunca la cara, parecían predestinarlo a la contención. Sin embargo habría de debutar como bético el jueves 26 de noviembre de 1939, en partido a beneficio del guardameta Jesús, ocupando la demarcación de extremo izquierdo. Aunque hizo cuanto pudo, pegado a la banda se sintió perdido. Si no fuera por lo que para él representaba lucir la camiseta verde y blanca, aquella hubiese sido una tarde merecedora de olvido.

Al término de la temporada 1940-41 y luego de haber disputado 6 partidos de 2ª División con el equipo bético, desde la directiva no quisieron extenderle contrato profesional. Y él, enojado, decidió acompañar a Andrés Aranda, que acababa de fichar por el Jerez como jugador-entrenador. En ese mismo viaje, además, llegarían hasta Jerez de la Frontera los también béticos Pineda y Morera. Su vida iba a experimentar un cambio trascendental en la capital del vino. Porque Aranda comenzó a probarlo de ariete, ante las deficiencias observadas en quienes a priori eran destinatarios a ese puesto. Unos pocos partidos bastaron para convertirlo en revelación. Aun hallándose en las antípodas del atacante exquisito, tanta bravura y acometividad, unidas a la descomunal potencia de su tercio inferior, le permitieron transformarse en goleador de garantía.

Tres campañas comandando el ataque jerezano (desde 1940 hasta el 43), sobraron para convertirlo en pieza codiciada. El propio Betis, bastante desasistido de cara al gol, trató de recuperarlo sin fortuna. Y no porque Alfonso albergara resquemores; sencillamente, desde Murcia le ofrecieron 40.000 ptas. y un proyecto que permitía soñar con el ascenso a 1ª. Imposible adivinar, claro está, que con el once pimentonero iba a vivir días tan trágicos.

Las cosas junto a la huerta, empero, ni en sueños hubiesen podido empezar mejor. Titular indiscutible, pocos zagueros lograban impedirle festejar algún gol. Llevaba 10 en 16 partidos, postulándose como primer rematador en nuestra categoría de plata, cuando el 30 de enero de 1944 saltó al campo gijonés de El Molinón. El terreno estaba embarrado, hacía frío, y colgar balones sobre el marco asturiano se antojaba conceder ventaja al guardameta Lerín, valentísimo siempre, macizo, y  con metro ochenta y cinco de estatura, guarismos que lo convertían en uno de los cancerberos más altos entre los profesionales de 1ª y 2ª. Pero en eso consistía el juego atacante del Real Murcia, en rápidas escapadas por la banda y bombeos a la olla, donde Alfonso acostumbraba a obtener ventaja. Buscando uno de esos centros, ariete y portero chocaron violentamente. Cayeron. Lerín, con sus casi noventa kilos, encima de Alfonso. Y como éste viera el balón suelto, frenado por el barro a pocos metros, trató de levantarse a toda prisa, aún a costa de izar también todo el peso de su contrincante. Los muslos del andaluz eran impresionantes. Casi dos columnas dóricas, fibrosas y de amplio diámetro. Habían realizado proezas semejantes. Sin embargo esa tarde, cedieron.

Los espectadores situados junto a la portería oyeron el grito de Alfonso. Lerín, abalanzándose a por el balón y de nuevo en pie, volvió junto al caído. Sólo necesitó un vistazo para advertir la gravedad del percance. Ni siquiera se habían acercado los defensas gijoneses cuando el cancerbero ya hacía ostensibles gestos reclamando asistencia. Para cuando el atacante fue transportado hasta el vestuario, su pierna derecha, hinchadísima, mostraba un alarmante tono gris. No había rotura ósea, como futbolistas y público temían, sino algo peor, en opinión del galeno que ordenara preparar un traslado urgente al hospital.

En el centro médico se confirmaron los peores presagios. Alfonso sufría una rotura muscular con grave desgarro de la femoral. Era eso lo que había propiciado el encharcamiento interior de la extremidad. “Se confirma el grave estado de Alfonso”, titularon distintas notas de agencia esa misma noche. “Los médicos, expectantes ante su evolución, no descartan intervenirle”. Lerín, en compañía de otros jugadores gijoneses, se dejó caer hasta el hospital, sin que se les permitiera ver al herido. Durante el día siguiente no pareció advertirse ninguna evolución favorable. La directiva gijonesa, puesta a disposición de la pimentonera cuando los visitantes hubieron de emprender el retorno a Murcia, veló al lesionado con el mismo celo que hubiese puesto por uno de sus muchachos. Lerín, muy afectado, volvía una y otra vez al centro sanitario.

Alfonso, con muletas, en uno de los homenajes recaudatorios que le fueron tributados.

Alfonso, con muletas, en uno de los homenajes recaudatorios que le fueron tributados.

El 2 de febrero, advirtiendo incuestionables signos de gangrena, los doctores Hurle y Morán no tuvieron otra opción que amputar la pierna. Si Alfonso decía adiós al fútbol, tocaba confiar en su soberbia naturaleza para que al menos salvara la vida. Lerín, solícito, seguía acudiendo al hospital todos los días, y cuando el ya exfutbolista comenzó a sentirse mejor, contribuyó a levantarle el ánimo anticipándole cuanto estaba preparándose en su beneficio. Porque el suceso, ciertamente, había causado honda conmoción.

Amén del partido homenaje concertado casi de inmediato entre los mandamases de Murcia y Gijón -el término Sporting, como Racing o Athletic había sido abolido por decreto-, desde la Federación Española se decidió imponer un sobreprecio a todas las entradas vendidas en 1ª y 2ª División durante dos jornadas consecutivas (12 y 19 de marzo): Una peseta para localidades de Preferencia, y 50 céntimos en las de General, destinadas a socorrer al infortunado. Murcia y Gijón, además, concluyeron con muy buen criterio no brindar un único choque benéfico, sino dos; en El Molinón y La Condomina respectivamente, como si de una eliminatoria copera, a ida y vuelta, se tratase. Por cierto que los prolegómenos del partido jugado en Murcia tuvieron mucho de reconocimiento desde la afición local hacia el cuadro gijonés, su directiva y el propio Lerín, a quien la prensa retratara como segundo ángel de la guarda de Alfonso.

Lástima que no desde todos los clubes se actuase con la misma generosidad. Algunos racanearon con el suplemento obligatorio, en tanto otros, como Sevilla y Betis, concertaron enviar 6.000 ptas. cada uno, cifra superior a lo que con certeza hubiese supuesto el recargo sobre sus entradas. También hubo aportaciones voluntarias, gestos desprendidos de particulares y clubes modestos. Se ha escrito con alguna reiteración que la mayor cuantía llegó desde el Real Madrid, algo contradicho desde la propia Federación Española, en su detallada memoria. Según ésta, la cifra máxima provenía del encuentro Barcelona – Español (7.233 ptas.), seguida por el Sevilla – At. Aviación (5.840), Valencia – Celta (5.308,50), Oviedo – Valencia (5.048,50) y R. Madrid – Sabadell (5.028). El partido que menos proporcionó entre todos los de 1ª y 2ª fue el Celta – Barcelona disputado en Balaídos: 418 raquíticas y sospechosas pesetas, de las que además 193 correspondían a donaciones.

El desglose de partidas arrojaba el siguiente saldo:

Por recargo en las entradas………………………56.002 ptas.

Procedente de aportaciones voluntarias…………21.180,95

Beneficio del partido organizado en Gijón………36.062,10

Beneficio del organizado en Murcia…………….24.958, 95

Donativo de la Federación Española……………11.796,10

Todo ello ofrecía un total de 150.000 ptas.

Abril de 1947. Alfonso en el homenaje tributado por el Murcia, con ocasión de su ascenso a 1ª División. Habían transcurrido dos meses y medio largos desde su tremendo infortunio.

Abril de 1947. Alfonso en el homenaje tributado por el Murcia, con ocasión de su ascenso a 1ª División. Habían transcurrido dos meses y medio largos desde su tremendo infortunio.

Desde el ente federativo se quiso redondear una bonita cifra, “sin perjuicio de abonar los honorarios del facultativo que efectuó la intervención del jugador”, como hizo constar en la citada memoria.

Durante los meses de marzo, abril, e incluso mayo, menudearon las noticias en torno a Alfonso. Su foto, ya recuperado, asistiendo al campo con muletas, se hizo familiar. También sus declaraciones, su estupor ante unas muestras de afecto que le desbordaban. “Mañana será sometido el jugador a las primeras pruebas con una pierna ortopédica”, llegó a recogerse. O “El presidente me ha ofrecido un puesto en el Murcia, sin concretar en qué consistirá. Aún no sé lo que haré”. Promesas fruto del oportunismo que demasiadas veces acaban enredándose en cualquier viento. Luego, poquito a poco, Alfonso y su drama quedaron en el olvido.

Con parte de aquellas 150.000 ptas., cifra importante cuando los funcionarios liquidaban entre 600 y 800 mensuales, según su rango, el sevillano adquirió una casa en la calle Pagés del Corro, donde habitaba de alquiler. Y allá por setiembre de 1945 sería nombrado vocal en la directiva del Calavera sevillano, club cuya camiseta vistiese con provecho en sus inicios, presidido a la sazón por el antiguo directivo bético Ildefonso Domínguez.

Por cuanto respecta a Lerín, involuntario y pasivo “partenaire” en el drama, continuó jugando al fútbol. Y puesto que el repaso de tan triste hecho quedaría cojo sin glosar su muy destacable biografía, vaya el siguiente apunte.

Natural de Jaurrieta, Navarra (7-XII-1913), Andrés Lerín Bayona ya defendía el marco del Escoriaza con 15 años. Desde dicho cuadro pasó al Español de Zaragoza con 16, al Zaragoza sin cumplir todavía los 18, Español Arrabal frisando los 19 y Real Zaragoza para la temporada 1932-33, con 200 ptas. mensuales de asignación. Allí el entrenador portugués Felipe Dos Santos estuvo a punto de reconvertirlo en medio, queriendo sacar partido a su envergadura, nada habitual para la época. Desistiría pronto, sin embargo, al advertir que su auténtico puesto estaba bajo los palos. Conocido como “El Brozas” entre sus compañeros de vestuario, fue seguro y  firme puntal en el ascenso a 1ª División de un equipo que si en Zaragoza fue rebautizado como “Los Alifantes”, por los campos donde rendían visita solían ser “Los Leñadores”, atendiendo a la enorme dureza, cuando no violencia pura, con que solían emplearse varios de sus componentes. Nada más concluir la campaña 1935-36, solicitó y obtuvo permiso del club para reforzar a Osasuna, junto con Olivares, durante un torneo disputado en Mallorca. De vuelta visitó a su hermano, en Fuenterrabía, justo el 16 de julio de 1936, y allí seguía dos fechas después, al estallar el pronunciamiento militar y con él nuestra Guerra Civil. Cruzar a Francia desde Fuenterrabía sólo le supuso un paseíto de media hora. Y desde el otro lado de la frontera, al igual que cientos de veraneantes, se dispuso a ver en qué paraba toda aquella confusión.

Puesto que el asunto se alargaba más de la semana y media que muchos vaticinaban, decidió hacer tiempo alineándose con el Perpignan, antes de regresar a zona republicana y disputar varios partidos con el Badalona, a lo largo de lo que pudiéramos considerar extraoficial campaña 1936-37. También trató de embarcarse en la gira propagandístico-deportiva del Euskadi, donde sus servicios finalmente no fueron considerados necesarios, al contar la organización vasca con dos porteros de máxima garantía, como eran Gregorio Blasco y Rafael Egusquiza. Decepcionado, quizás, desanduvo el camino hasta Francia para enrolarse otra vez en el Perpignan. Y entre ese club y el campo de concentración francés de Saint Cyprienne pasó la contienda.

Nada más asomar a España fue reclamado por el juzgado de Reus, yendo a parar a la cárcel de dicha población tarraconense durante unos días. Sus dificultades no habían hecho sino empezar, puesto que si en vísperas de la guerra se significara como aguerrido socialista, el voluntario exilio posterior le hizo parecer ante autoridades y buena parte del público zaragozano como rojo y cobarde. 

Sometido al proceso de depuración política, sería descalificado por un periodo de 6 años, reducido luego, conforme ocurriese en otros muchos casos, siempre tras interposición de recurso, a 12 meses de suspensión. Dicho de otro modo, pasó en blanco la temporada 1941-42. Entonces la desafección se consideraba imperdonable. Había demasiada sangre fresca para impedir que la víscera amordazase a la razón. Consecuentemente, al arrancar la temporada 1942-43 gran parte de los espectadores  maños la tomaron con él. “Hasta los niños me llamaban rojo por la calle”, recordaba con amargura muchos años después. Como la situación le resultara insostenible, solicitó la baja y fue a Gijón, perseguido por 30 anónimos franqueados desde la ciudad del Pilar, desaconsejando su fichaje a la directiva gijonesa, ante sus antecedentes políticos. “El Gijón era mi única esperanza -reconoció, ya mayor-. Si me hubiesen dado la espalda también allí, lo habría tenido fatal”. Por eso, necesitando aferrarse al clavo ardiente, acordó no cobrar un céntimo hasta acreditar sus condiciones. Catorce partidos consecutivos con el marco imbatido en El Molinón, disiparon cualquier duda o miedo a represalias junto al Cantábrico.

Ascendido a 1ª con el cuadro gijonés durante aquella campaña, se alineó 18 veces en la siguiente (1944-45), ya entre los grandes. Y lo que son las cosas, protagonizando uno de esos curiosos guiños a que tan acostumbrados nos tiene el fútbol, recaló en Murcia durante el verano del 45, el Murcia del malogrado Alfonso, para disputar 39 partidos de liga en la categoría reina, distribuidos en dos campañas. Luego, como las turbias aguas de posguerra se habían ido calmando* vuelta a Zaragoza. A un Real Zaragoza hundido en 3ª División, donde habría de contribuir a la reconquista de 2ª, tras dos campañas (1947-48 y 48-49) trotando por campos de tierra. Festejado el ascenso a la división de plata, colgó las botas con 36 años.

Andrés Lerín. De repudiado por la afición zaragocista o santo y seña del club maño durante 30 años.

Andrés Lerín. De repudiado por la afición zaragocista a santo y seña del club maño durante 30 años.

Quien tan denostado había sido en la ciudad del Ebro y La Pilarica, supo resarcirse a conciencia, puesto que entrenó al filial zaragocista, a los juveniles, y fue ayudante de Juanito Ruiz, Berkessy, Eguíluz, Balmanya, Paco Brú, Mundo, Juanito Ochoa, Urquiri y Quincoces, en la primera plantilla aragonesa, donde también ejerció como entrenador de porteros, masajista, delegado de campo, jefe de personal y conserje. En posesión del título de entrenador desde 1952, convocatoria en la que salieron igualmente titulados Miguel Muñoz y José Gonzalvo, llegó a asumir puntualmente la dirección del equipo maño el 8 de mayo de 1967, después de que fuera destituido  Daucik, en choque de desempate copero ante el Europa barcelonés, que a la postre significaría el acta de defunción deportiva de los muy añorados “5 Magníficos”. Se jubiló en el Zaragoza durante 1978, no sin haber dirigido antes al Ejea (temporada 1972-73, en 3ª División). Y aún después, por matar el gusanillo, hizo lo propio con el juvenil del CD Helios, allá por 1981-82.

A raíz de su fallecimiento en la capital aragonesa (19 de noviembre de 1998), cierto medio informativo recogió en su obituario una supuesta militancia comunista en tiempos de preguerra. Algo que rápidamente sería contestado por su hija: “Nunca fue comunista; socialista sí, hasta el tuétano”.

Tras la desgracia descrita, con Alfonso como víctima, desde distintos estamentos federativos comenzó a plantearse la necesidad de crear algún organismo de auxilio; algo semejante a un montepío, que garantizase la recuperación física y económica de los futbolistas ante trances desdichados. Porque si los jugadores señeros, los que solían asomar a los medios, pudieran considerarse más o menos a salvo de la indigencia merced a movilizaciones de clubes, compañeros de profesión y público, cualquier modesto con mala suerte tenía todas las papeletas para quedar a la intemperie. Y como muestra baste comparar el percance del delantero murciano con el desastre del Betanzos, acaecido por esas mismas fechas.

El equipo coruñés se desplazaba en tren, cuando a la altura de Torre se produjo un fatal descarrilamiento. Este hecho apenas fue recogido por la prensa, lejos del ámbito gallego. Solía ocurrir con las catástrofes ferroviarias, consecuencia, muchas veces, del lamentable estado de raíles, traviesas y material rodante. Al régimen no le interesaba alarmar a los españoles, y aún menos dejar volar la imaginación de disconformes o republicanos emboscados, listos a presuponer sabotajes del maquis donde sólo mediaba el despiste o la obsolescencia mecánica. En menos palabras, se “recomendaba” no airear desgracias, aunque ello llevase aparejada la comprensible tibieza ante cuestaciones en favor de las víctimas. Baste comparar el monto de lo entregado a Alfonso, con cuanto llegó a reunirse durante la campaña pro damnificados del club Betanzos. Y eso que existieron víctimas mortales entre el puñado de modestos.

Remitido Al Betanzos………………….17.408 ptas.

Envíos a la Federación Gallega………… 1.300

Girado a la Federación Española……….. 8.714,85

Donativo de la Federación Española……50.000

Todo ello arrojaba un saldo de 77.422,85 ptas. Gracias a la meticulosidad de la Nacional, como entonces solía denominarse a la FEF, conocemos cómo fue el reparto, hasta su último decimal. Sírvanse los más curiosos:

Diferentes gastos e indemnizaciones diversas, adquisición de material deportivo e indumentaria para los jugadores del Club, debidamente justificados, supusieron una inversión de 20.005,85 ptas. Las 57.417 restantes se distribuyeron así, a propuesta de la Regional Gallega, refrendada por la Nacional:

Familiares de Moisés Remo, jugador fallecido…………….20.000

Familia de Manuel García, igualmente fallecido……………..20.000

A Enrique Dopico, jugador hospitalizado 120 días………….7.500

A Remigio Pérez, jugador con 56 días de hospitalización…. 3.500

Al Club Betanzos, por perjuicios materiales diversos……… 6.417

No era lo mismo fallecer durante un desplazamiento, si se era modesto, que perder una pierna como profesional de 2ª División. La injusticia resultaba evidente, contemplárase el cuadro desde cualquier ángulo. Había llegado la hora de resolver un problema endémico en nuestro fútbol.  Una omisión hasta cierto punto justificable durante las turbulencias que precedieron a la profesionalización, en 1926, pero sin medio pase cuando en torno al balón empezaban a moverse cifras ya muy respetables.

Este fue el pistoletazo de salida hacia la Mutualidad de Futbolistas, sobre cuyos pormenores se tratará en el próximo número de Cuadernos.

Alfonso vivió el discutible honor de representar un “antes”. El aguerrido atacante que no pudo pasar a la historia por sus virtudes balompédicas, lo hizo, en cambio, y de rebote, por una puerta lateral. Otros muchos, más anónimos, irían empedrando el “después”.

* Ayudó a ello, y no poco, la derrota del Eje en la II Guerra Mundial y el distanciamiento de la Falange protagonizado por Francisco Franco, en favor de la Iglesia. Clara maniobra destinada, si no a congraciarse con los aliados victoriosos, al menos tendente a propiciar el olvido internacional de antiguas veleidades fascistoides.




Una Navidad muy futbolera

Afirmar que el fútbol está muy presente en nuestra vida cotidiana, no constituye ningún descubrimiento. La cosa, además, tampoco viene de anteayer, puesto que cuando finalizaban los años 20 en el pasado siglo, antes de que España fuese alcanzada por los efectos del Crac bursátil de 1929, futbolistas como Paulino Alcántara, Samitier, Plattko, René Petit o Zamora, ya eran ídolos. El propio Ricardo Zamora nos regaló un testimonio palmario de hasta dónde llegaba su fama, al recordar: “Cuando Niceto Alcalá Zamora fue proclamado presidente de la República, en 1931, recibí numerosas cartas y telegramas del extranjero, en su mayor parte procedentes de América, felicitándome por el nombramiento. Al parecer no concebían pudiese haber en España otro Zamora. Y unos pocos, incluso, se sorprendían de que Zamora fuese mi segundo apellido”. Lo llamativo, añadimos nosotros, no son las felicitaciones al ídolo, sino que contemplasen como algo natural la designación de un futbolista sin grandes méritos acreditados fuera de los tres palos, para regir el futuro de su país.

La instauración del Campeonato Nacional de Liga -temporada 1928-29- sirvió para afianzar más la presencia del fútbol en nuestra sociedad. Al aumentar el número de partidos importantes y la frecuencia de los mismos, crecía también la atención de los medios, abrillantando, de paso, el barniz dorado de las peanas desde donde sonreía el plantel de nuevos astros. ¿Cómo no admirarlos, cuando parecían tenerlo todo?. Juventud, hueco en la prensa, enjambres de aduladores, dinero… Menos, muchísimo menos dinero que las actuales estrellas, es verdad, pero bastante más que el hombre común en su época, aunque éste peinara canas y tuviese varias bocas que alimentar.

Tras la Guerra Civil, ni siquiera el nuevo régimen, tan inflexible para casi todo durante sus años más duros, pudo embridar al deporte rey, tal y como proclamasen varias voces muy representativas, enronquecidas aún por los gritos de victoria. El futbol, y hasta algunos futbolistas privilegiados, más que influir en una sociedad temerosa y famélica, parecían dominarla. Jacinto Quincoces, Guillermo Gorostiza o el propio Ricardo Zamora, saltaron a la pantalla cinematográfica, como harían después Ladislao Kubala y Alfredo Di Stéfano. La presencia de cualquiera de ellos, o sus honorables segundones, bastaba para ennoblecer las noches del Paralelo, “Chicote” o “Pasapoga”. Y si las orquestas les dedicaban aquella melodía que un día pudieron citar en cualquier entrevista, las cantantes de bolero no dejaban de mirarlos mientras, cimbreantes, susurraban al micrófono.

El fútbol, hace sesenta años, estaba muy, pero que muy introducido en la vida cotidiana. De setiembre a junio, sobre todo, y sin trazar paréntesis en Navidad, donde la ilusión parecía imponer sus colores a cualquier grisura, o Semana Santa, cuando la radio se llenaba de música sacra y las calles de rezos, tambores de duelo, cirios encendidos y penitentes descalzos. Precisamente si algo caracterizó a una Navidad, en concreto la de 1955, sería haber resultado por demás futbolera.

Todo empezó el día 22, con la aparición de los niños de San Ildefonso en el salón de loterías: “La cola para presenciar el sorteo ya no existe -recogió la prensa, reproduciendo notas de agencia-. La radio ha acabado con una vieja estampa madrileña en estas vísperas de Navidad. Sin embrago hubo su aglomeración de curiosos, empeñados en entrar al salón. Los preliminares se llevan a cabo rápidamente. Un espectador, el que ocupaba la primera plaza en la cola, pidió se comprobara su número. Se lo enseñaron, y después de ver el 37 quedó tan contento. Otros le secundaron, acariciando con la vista sus correspondientes bolitas. Son las diez menos doce minutos cuando sale el número 3.447, premiado con 10.000 ptas.”

Hasta ahí absoluta normalidad. Monotonía, incluso. El primer revuelo se produjo al entonar el segundo premio: 16.590, con dos series vendidas en Madrid y una en La Coruña, Gijón, Bilbao, Barcelona y Málaga. Poco después salió el tercero: Cinco millones, los correspondientes al 14.090, ponían rumbo a Figueras, Orihuela, Gijón, Ávila, Logroño y Madrid. El gordo se hizo esperar hasta las once menos cinco, cuando los niños Ricardo Mínguez y Luis Madrazo cantaron el 50.580, cuyas 8 series -entonces sólo se imprimían 8 de cada número- expendidas en el establecimiento de Pedro Azcarreta, un clásico del Arenal bilbaíno, llenaban de gozo la rivera del Nervión. Los locutores radiofónicos hacían números, en tanto sus compañeros de prensa buscaban algún teléfono. Tranquilamente sentados ante un café con leche, en los bares de la calle Montalbán o adyacentes, ataviados con chupas de cuero, aguardan los motoristas que sin dejar secar la tinta iban a llevar sus listas “oficiales” hasta Sevilla, Barcelona, Valladolid o Valencia. Esta vez el encargado de transportar la suya hasta las rotativas valencianas -360 Kilómetros de noche, por carretera abierta, muy estrecha, curvilínea y cuajada de baches, en 3 horas y 50 minutos- era nada menos que Joaquín Saludes, todo un campeón motociclista.

Para cuando salió el cuarto premio, a eso de las 11,30, el salón ya presentaba cierto aire desolado. “27.995 -canturrearon los niños-. Tres milloooones, de peseeeetas”. Los locutores, minutos más tarde, felicitaban a cuantos pudieran estar escuchándoles desde la ciudad condal, puesto que todas las series habían sido despachadas en Barcelona. Esos mismos profesionales, al cerrar la retransmisión sobre las doce y diez, cuando hubo salido la última bola -34.239- premiada con 10.000 ptas. -o sea 1.000 por décimo-, echaron cuentas con esa voz engolada tan característica de la época: “Madrid no puede quejarse en este Sorteo Extraordinario, pues parece que tres series del primero habrían viajado hasta la capital. A ello hay que unir dos series del segundo, las ocho del sexto y otras dieciséis de sendos octavos. Todo ello, unido a 32 series de premios menores, arroja un balance de 94 millones de pesetas. De cualquier modo, la gran enhorabuena ha de dirigirse hacia Bilbao, la industriosa capital vascongada que a estas horas sin duda hierve de júbilo”.

Al día siguiente el diario “Marca”, fiel a su especialidad deportiva, recogía: “Bilbao parece ciudad abonada a la suerte. Se llevó la Copa del Generalísimo, su equipo está primero en la Liga, y ahora, para no ser menos, también ha querido ejercer de líder en el sorteo navideño, sumando, además, un buen pellizco en el segundo”. Efectivamente, el Athletic -en puridad Atlético- de los Carmelo, Orúe, Garay, Mauri, Maguregui, Arteche, Arieta o el incombustible Gaínza, atravesaba una de sus mejores rachas. Pero es que como casi toda la prensa local y nacional se encargaría de airear, las concomitancias entre fútbol y Lotería Nacional llevaban bastante más lejos.

Buena parte de las series agraciadas con el gordo habían sido adquiridas por Pedro Ibarrondo Amorrortu, propietario del bar “Los Chiquiteros”, sito en la calle San Francisco. El hombre esperó a comprarlas hasta el día 13, “porque estaba seguro que de un martes 13 debía salir algo bueno; para que luego digan los supersticiosos”. El premio, como suele ocurrir en estos casos, se hallaba muy repartido entre sus parroquianos, varios de ellos componentes de una tertulia bastante más rojiblanca que futbolera en sentido estricto. Había, incluso, participaciones a crédito bajo la fórmula, “juegas tanto en este número; ya me pagarás su importe”. Algo relativamente habitual en un “Bocho” donde los acuerdos solían quedar sellados sin más contrato que el apretón de manos. Entonces la gente no escurría el bulto ante los reporteros. La privacidad, cuando puertas y ventanas no necesitaban cerrojo y tantas cosas se compartían con el vecindario, carecía de cualquier sentido. Así que los interpelados hablaban sin recurrir a monosílabos.

Zarra tuvo que desmentir le hubiese correspondido un buen pellizco en el sorteo extraordinario de Navidad.

Zarra tuvo que desmentir le hubiese correspondido un buen pellizco en el sorteo extraordinario de Navidad.

José Luis Bilbao, Fermín Fernández, dedicado a la venta de piezas de recambio, y el señor Lozano Ibarrondo, se convirtieron en seres envidiados, merced a sus participaciones de 200 ptas. por cabeza. Tres series hicieron el viaje de vuelta hasta Madrid, adquiridas durante uno de sus frecuentes viajes a Bilbao por el transportista Manuel Ardiz Jimeno, quien a su vez había entregado participaciones a empleados de la Compañía de Ferrocarriles Medina-Zamora, y a cuatro encargados de obra en la Colonia Nuestra Señora de los Ángeles. Siempre participaciones de a 25 ptas., reservándose una cantidad lo bastante fuerte como para mantenerla en secreto. En cambio Pedro Ibarrondo, propietario del bar “Los Chiquiteros”, jugaba tan sólo 75 ptas. a título personal.

El barrio de San Francisco, Zabala y Las Cortes, también gozó, empero, de una segunda oportunidad, pues otro bar de la zona, “El Chaval”, distribuyó en participaciones cinco décimos del segundo premio, reservándose su propietario, Jesús Miguel Cortés, 300 ptas. Pese a todo, la suerte hizo un regate al vendedor ambulante y mutilado de guerra en África, Antonio Gobantes. Por sus manos habían pasado parte de las participaciones emitidas desde “Los Chiquiteros”, y aunque llevaba unas 100 ptas. distribuidas en diferentes números, ni un solo duro correspondía al del gordo. “Jugaba en casi todos los números que he vendido -se condolió ante los periodistas-. Menos en el 50.580, y eso que me gustan las cifras con ceros”.

Puesto que la suerte es viajera caprichosa, llegó hasta la localidad leonesa de Santas Martas, cuyo vecino Leopoldo Martín, mecánico y chófer de profesión, había adquirido un décimo aprovechando su desplazamiento a la capital vizcaína. Se supo agraciado a través de los altavoces instalados en la capital leonesa por una emisora local, y apenas diez minutos después aseguraba ante el micrófono haber encajado el golpe con absoluta tranquilidad. “Prueba de ello -añadió- es que voy a seguir trabajando como cualquier otro día”. Una mujer de Sierra Pando, enclave próximo a Torrelavega, besaba la participación de 8 ptas. girada desde Bilbao por una hermana. Mauro Crespo, viajante de Medina del Campo, atesoraba otra participación de 25 ptas., obsequio de un amigo bilbaíno. Herminio Noriega, sobrestante de obras en el Ayuntamiento de Oviedo, recibió de la empresa vizcaína Antonio Keifer 150 ptas. del gordo, como regalo navideño. Y aunque no es buen detalle regalar lo regalado, él lo hizo, distribuyendo 110 ptas. entre varios amigos. Las 40 que él seguía conservando le supusieron un premio de 300.000, en tanto el millón ciento veinticinco mil restante, suponemos serviría para afianzar aquella amistad. Respecto a las series del segundo premio distribuidas en Madrid, su gran protagonista, merced a un gesto bastante chusco, fue Juan Andrés Chacón, jefe de tren en RENFE, con cuarenta y un años de servicio. El hombre, al saberse agraciado con 187.000 ptas. se presentó ante su jefe, advirtiéndole que desde ese mismo momento le considerase jubilado. “Y no espere volver a verme por la estación, a menos que ahora me dé el gustazo de viajar como turista”. Ciertamente, esas 187.000 ptas. daban para mucho allá por 1955.

En Bilbao, sin embargo, más que de los afortunados con el gordo se habló de la teórica suerte de Zarra, supuestamente favorecido por un pellizco del segundo, una de cuyas series, conforme se ha dicho, fue distribuida por tierras vizcaínas. Parte de ella, más concretamente, desde el restaurante Santa María, de Larrauri, donde solía concentrarse la plantilla rojiblanca. Puesto que el pueblecito de Larrauri se halla próximo a Munguía, residencia entonces del delantero centro internacional, Telmo Zarra se había acostumbrado a ejercer de parroquiano, ahora que la camiseta con el 9 era propiedad de Arieta, en San Mamés, y él vestía la de la Sociedad Deportiva Indauchu. El boca oreja, la mitomanía, y esa costumbre tan española de adornar cualquier hecho con ocurrencias de cosecha propia, hizo el resto, pasándose del “Dicen que a Zarra le ha tocado el segundo premio”, al “Menudo golazo el de Zarra, ¿eh?. Lleva ni sé cuánto del segundo. Es lo que tiene ser rico; juegan más, y si les toca lo hace a lo grande”. Corrió incluso el rumor de que podía retirarse. “A ver, con la edad que tiene y forrado gracias a la lotería, ya me dirás quién le manda trotar por esos campos de Segunda”. Una emisora de radio, aún a título de rumor, contribuyó inocentemente a esparcir el bulo: “Se asegura que Zarra está entre los afortunados. Si es así, enhorabuena. ¡Se lo merece por cuanto ha dado al Atlético y la selección!”. El propio Zarra tuvo que desmentirlo: “Ni el gordo ni el segundo. ¡Ojalá!. Aunque para premio me quedo con la última Copa”. Pero aun así, a los eternos suspicaces les costó lo suyo apearse. “Ya, ya sé lo que ha dicho. Sin embargo, ¿tú crees que si fuese verdad lo admitiría?”.

Zarra, en efecto, no engañaba. Su lotería se hizo esperar hasta principios de los 70, cuando una entidad bancaria catalana quiso utilizar su imagen como reclamo publicitario, al emitir bonos. Cobró un millón de ptas. “Mi mejor contrato”, se justificó a la sazón, sin perder la sonrisa.

Quien sí se llevó una buena parte en la lluvia esparcida por los niños de San Ildefonso, fue Alfredo Di Stéfano, estrella de un Real Madrid apabullante. Y el dinero, además, llegó a su cuenta corriente desde Barcelona.

Las 8 series del cuarto premio, vendido en la administración Nº 6 de la Rambla de las Flores, habían ido a parar a una fábrica textil vallesana. Antonio Tamburini, uno de sus gerentes, era hombre conocidísimo en los ambientes deportivos barcelonenses, como corresponde a quien fuera presidente del Centro de Deportes Sabadell, además de directivo en el Barcelona y la Federación Catalana de Fútbol. En total, 24 millones a repartir entre 170 empleados, mediante participaciones de 5 ptas. destinadas a los “productores” -eufemismo con que el régimen pretendía desterrar el concepto “obrero”, tan asociado otrora al rojerío y la desestabilización-, y de cantidades algo mayores para empleados de oficina y encargados de sección, hasta alcanzar el billete de a 100. Naturalmente, la familia Tamburini se reservó unos cuantos décimos para compromisos y como apuesta personal. “En el taller, pese a la comprensible alegría producida por el premio, no se interrumpió el trabajo -explicaba la prensa, en sintonía con los valores sacralizados por el régimen: trabajo, honestidad, sacrificio y respeto al orden establecido-. Se reanudó la jornada de tarde sin ninguna novedad”. También con evidente intención, consignaban los medios que “varias muchachas de la sección de cosedoras estaban ahorrando para contraer matrimonio, y ahora, gracias al dinero que les ha correspondido, aseguran podrán hacerlo en seguida”.

Alfredo Di Stéfano sí se vio favorecido por los niños de San Ildefonso, aquel diciembre de 1955.

Alfredo Di Stéfano sí se vio favorecido por los niños de San Ildefonso, aquel diciembre de 1955.

Entre las amistades de los señores Tamburini -Antonio y José- se hallaba Alfredo Di Stéfano, a quien conocieron veinticinco meses antes, durante los días de ida y vuelta Madrid-Barcelona, en tanto se resolvía si el argentino vestiría de azulgrana o con camiseta y pantalón blanco. La “Saeta Rubia”, y esto no es ningún descubrimiento, sólo se retrató con el escudo barcelonista en algún amistoso, junto a Kubala y Puskas. Su color por nuestros pagos fue el blanco, hasta exprimir las últimas gotas de esencia en el viejo campo de Sarriá, como blanquiazul. Y puesto que la amistad, afortunadamente, no acostumbra a discriminar por colores, los Tamburini y la “Saeta” intercambiaron un décimo, siguiendo principios de elemental etiqueta. Para Di Stéfano, 300.000 ptas. del ala. “Después de esta jugada cabe asegurar que su estancia en España está resultándole de lo más afortunada”, bromeó la prensa.

Trescientas mil pesetas era más de lo que cobraban en concepto de ficha anual casi todos los astros de nuestra 1ª División. Eulogio Martínez, por ejemplo, auténtico abrelatas “culé”, había suscrito 250.000. Villaverde, excelente extremo blaugrana, quedaba bastante por debajo. “Piru” Gaínza, pese a sus 15 años de excelentes servicios, se hubiera dado por satisfecho con la mitad. Campanal, secante tan espléndido como poderoso en el Sevilla, necesitaba año y medio largo para juntar la cifra. Héctor Rial, cuyas botas pespunteaban el ataque “merengue” por la banda izquierda, sólo iba a alcanzarlas más adelante. Ni siquiera Gento, futbolista español mejor pegado a partir de 1961, valía tanto por contrato. Trescientas mil pesetas representaban un capitalazo, habida cuenta que los pisos de lujo en el Madrid creciente, Castellana arriba, podían adquirirse por 350.000, e incluso menos.

Y lo que son las cosas, a don Alfredo le llegaban llovidas desde Barcelona. La ciudad a la que no pudo representar futbolísticamente, salvo durante el tiempo de despedida, y aún entonces desde el lado oscuro de la acera, visto el asunto con perspectiva azulgrana.

Días más tarde, como si de una inocentada se tratase, llegaban ecos de ruptura en la relación Kubala – C. F. Barcelona. El mal ambiente de que venía hablándose en el vestuario azulgrana, con un Ferenc Plattko aborrecido por parte de su plantilla, desembocaba en plantón de la supernova húngara.

“El duelo Platko-Kubala descubre la crisis interna del Barcelona”, tituló la prensa madrileña, sin ahorrar tinta. “Indisciplina colectiva e injerencia de los jugadores en la función del entrenador”“Ladislao dice: Hace tiempo que debí marcharme de aquí”. A Plattko, vaya esto por delante, todo el mundo por nuestros pagos, incluso el mismísimo Rafael Alberti en su oda, se empeñó en escribirle el apellido con una sola “t”, cuando llevaba dos.

Las flechas y venablos no sólo se reservaban para titular. Desde Madrid, y aún desde ciertos medios “de provincias”, se hurgaba en la Historia buscando precedentes tan traumáticos: “Hacía muchos años que los aficionados barceloneses no eran testigos de una pugna tan abierta entre el histórico “Barça”, en este caso representado por su Junta Directiva y elementos rectores técnicos, y los jugadores (ciertos jugadores, claro está). Desde el célebre manifiesto, en 1929, de los jugadores contra los directivos, no se recordaba nada igual”.

Lo que ocurría en el Barça se antojaba cóctel de prepotencia o caciquismo, frustración, canas al aire, e inoportunidad supina. Un brebaje cuyos efectos no suelen traducirse en resaca, sino en agror de estómago y vomitonas de bilis. Ferenc Plattko(*), contratado en julio para entrenar al conjunto “culé”, había estado defendiendo el marco catalán desde 1922 hasta la temporada 29-30, encajando tan admirablemente como para acabar contrayendo matrimonio con la joven de Sitges María del Carmen Sariol. Sin embargo durante 1932, y luego de haber efectuado cursillos de dirección deportiva en el Arsenal londinense, fue poco menos que destituido por la directiva barcelonista, después de ser designado entrenador del equipo. Entonces, según se adujo, su autoritarismo parecía causa de una atmósfera asfixiante y nociva, profundamente perjudicial para el club. Transcurridos 23 años, volvía a hablarse de la cerrazón de un técnico ya mucho más cuajado, de sus excesos disciplinarios y cierta incapacidad de diálogo con sus pupilos. Pero a diferencia de antaño, la directiva azulgrana, necesitada de títulos con los que amalgamar entusiasmos políticos y de la afición, imprescindibles ante el faraónico proyecto de construir el Nou Camp -en el proyecto denominado provisionalmente Juan Gámper-, hizo piña junto a su hombre en el banquillo. Y la verdad es que tampoco podía obrar de otra manera.

Las navajas sacaron a relucir su brillo a mediados de diciembre, con una inesperada derrota en Las Corts, ante el At. Bilbao dirigido por Ferdinand Daucik. Derrota que aparte de encarecer el título, ponía en solfa la decisión precedente de Miró-Sans y su junta, negándose a seguir contando con el checo, suegro de “Ladszy”, la gran estrella. Esa misma noche, para digerir la derrota, quizás, ocho futbolistas “culés”, acaudillados por Kubala, su capitán, decidían escapar de la concentración en Caldas de Montbuy, regresando sobre las 7 de la mañana. Lo hicieron ataviados con chándal, pues precisamente con intención de evitar fugas se les hacía entregar a todos su ropa de calle al inscribirse en el hotel. Y claro, vistiendo así resultó sencillo seguirles el rastro.

Ferenc Plattko algunos años después de que parte de la plantilla “culé” enmendase sus alineaciones.

Ferenc Plattko algunos años después de que parte de la plantilla “culé” enmendase sus alineaciones.

De entrada pensaron acudir al cine, pero puesto que la película llevaba un rato proyectándose, tomaron dos taxis y se hicieron conducir a Barcelona, donde apuraron una primera copa. La ciudad presentaba escasa animación. Lo habitual cualquier domingo de la época, cuando la noche tendía puentes a la madrugada. Así que pusieron rumbo hacia un club nocturno muy frecuentado por consumados noctámbulos, abierto sin escatimar lujos en una localidad próxima. No armaron ningún escándalo, justo es reconocerlo. Apenas si se les vio, pues parece dispusieron de un reservado, donde habrían vivido su burbujeante francachela. Sólo con la alborada, en tres taxis y dejando pasar bastantes minutos entre uno y otros, para reingresar más discretamente, volvieron al hotel de Caldas.

Plattko denunció los hechos, sin omitir cuanto había ocurrido antes del choque contra el conjunto bilbaíno. Y su informe, retocado quizás por Samitier, secretario técnico del Barcelona, saltó a la prensa catalana, bien es cierto que sin firma. Según el mismo, a la fuga nocturna se añadían ciertas interferencias en el desempeño profesional de Plattko, reiteradas, por ende, ante la muchachada bilbaína. El técnico tenía previsto alinear a Sampedro, y se le hizo cambiar de criterio, sustituyéndolo a última hora por el navarro Areta.

“Todo hace presumir que el once azulgrana ha venido supeditándose al brillo de una sola figura -publicó “Marca”-, sin advertir que si ésta en otro tiempo fue el ochenta por ciento del equipo, ha visto ahora reducidas sus facultades”. El mismo medio, corriendo los tiempos que corrían y fresco aún el eco del Congreso Eucarístico celebrado con toda pompa dos años y medio antes, tampoco evitaba esparcir su ración de moral nacional-católica, por cuanto respectaba a la juerga de los jugadores: “Saltándose a lo valiente todas las recomendaciones, haciendo caso omiso del deseo del club de que conservaran la mejor forma física, burlando las leyes morales que obligan en el matrimonio -no olvidemos que la mayor parte de esos 8 jugadores eran casados- este grupo de azulgranas dio la más completa lección de carencia de deportividad”. Un panorama perfecto para que la afición “culé” volviese la espalda al húngaro, en forma de pitada sonora cuando el equipo saltó al campo ante el Ciudad de Copenhague, refrendada durante los primeros minutos cada vez que Kubala tocaba el cuero. Días antes, la revista “Olimpia” había entrevistado al astro, y éste, a lo largo de la conversación, manifestó que “cobraba poco”. La réplica, claro, llegó de inmediato desde la propia prensa: “Es difícil explicar sus afirmaciones, cuando es precisamente el jugador que más emolumentos ha percibido del club, comprendiendo la ficha, las primas y el sueldo. Y no es el Barcelona, precisamente, uno de los “pobres” en nuestra Liga”. Tormenta perfecta, a la que se sumaron aplausos cuando le retiraron la capitanía: “Fue el caciquismo y el deseo de halagar a un público enfervorizado, lo que llevó un día a quitar a Ramallets el puesto honorífico de capitán del equipo, para darlo, sin ninguna clase de explicaciones, a otro jugador más taquillero y deslumbrante. Sin tener en cuenta que los Ramallets, Segarra, Biosca, Manchón, Basora y otros tantos, llevan mucho más tiempo de servicio en el Barcelona. Ahora han vuelto las aguas a su cauce. Y la primera medida, sin estudiar la conveniencia de colocar a Kubala en el banquillo de los suplentes, ha sido desposeerle del cargo honorífico”. La respuesta de Ladislao Kubala, recogida por M. Baratech en otra entrevista, se antojó altanera: “Yo nunca quise ser capitán del equipo. Se me nombró y me dijeron que por disciplina debía aceptar la responsabilidad; ahora se me notifica que dejo de serlo y también acato lo que me ordenen”.

El cisma parecía evidente. Y la víspera de Reyes, Rafael Martínez Gandía utilizó su sección Punto de Vista, en “Marca”, para esparcir lo que desde el barcelonismo sólo podía tomarse como veneno procedente de la trinchera contraria: “Al mismo tiempo que Barcelona caía en kubalitis, Kubala caía en barcelonitis. Los que viven allí no saben lo que es eso; pero los que vamos allí, sí. Nosotros siempre que vamos nos intoxicamos de barcelonitis. ¡Es mucho Barcelona!. Todo lo demás son pequeñas historias. ¿Diferencias con el entrenador?. Desde luego. ¿Enojo de la directiva?. Desde luego. Pero todo ello no es sino consecuencia de la situación. La kubalitis y la barcelonitis tenían que chocar alguna vez, y ha sido ahora… aunque nosotros lo esperábamos mucho antes”.

Con este original ilustró el humorista Orbegozo las futboleras Navidades de 1955.

Con este original ilustró el humorista Orbegozo las futboleras Navidades de 1955.

De inmediato, F. Vázquez Prada hacía llegar desde Barcelona la decidida respuesta de Kubala: “Quiero irme del Barcelona y estoy dispuesto para ello a llegar al acuerdo que sea, incluso renunciando por mi parte a lo que me deba el club”. Manifestaba, además, que si bien su contrato concluía la temporada 1957-58, no era preciso esperar tanto tiempo. Respecto a la baja forma que venía atribuyéndosele, volvía a lucir su habitual elegancia: “No sé si rindo más o menos que antes, pero sí sé que nunca se acaba de rendir bastante. Cuando dicen que estaba mejor en el Barcelona, yo me iba a la caseta pensando que podía rendir más. Ahora me pasa lo mismo. No es cuestión de rendir más o menos, sino de ver el juego de una manera que pueda llevarte más cerca de la perfección. No me considero acabado. Ocurre un fenómeno muy frecuente en España y los demás países latinos: gusta la novedad, aunque sea mediocre, más que los buenos jugadores envejecidos mientras actuaban para el mismo público”.

Paralelamente, y puesto que el húngaro nacionalizado no escurría el bulto, luego de ser sancionado por la directiva “culé” y no presentarse a un entrenamiento, aduciendo molestias de rodilla, respondió a los medios sobre si cabía justificación a la escapadita de Caldas. “Tampoco la buscoYa dije que soy humano. Como tal cometo faltas y admito la responsabilidad de mis actos. Sin embargo se ha fantaseado mucho sobre lo ocurrido aquella noche”. Y hasta encaraba, en la misma comparecencia, la espinosa cuestión de su aparente baja forma. Al espetarle que ya no era el mismo de cinco años atrás, volvió a lucir su proverbial elegancia: “Lo sé y lo admito. El Kubala de ahora tiene un menisco menos, fractura de un dedo, de clavícula, de ligamentos cruzados, menos pelo y cinco años más. Pero eso no significa que el fútbol haya terminado para mí. Aún me queda mucho por hacer, y demostraré lo que soy y lo que valgo”.

Por desgracia, y aunque este detalle fuese lo de menos, Kubala había iniciado la natural decadencia, conforme se observa comparando su estadística liguera en el periodo 1951-55 (71 goles en 77 partidos), con la que iba a completar desde 1955 hasta el 61 (60 goles en 119 tardes). No obstante, en pleno periodo navideño tenía otros motivos de zozobra.

Kubala, cruz de aquella Navidad, junto a Di Stéfano, tan bien tratado por el caprichoso cuerno de la fortuna.

Kubala, cruz de aquella Navidad, junto a Di Stéfano, tan bien tratado por el caprichoso cuerno de la fortuna.

Y es que el diario “Solidaridad Nacional” anunciaba el sometimiento de los hechos probados en el “caso Kubala”, a la Federación Catalana de Fútbol, para, si acaso, añadir a la sanción del club la que el ente federativo considerase proporcional a su conducta. El mismo día una nota de “Alfil” anticipaba que tras reunión nocturna de la junta barcelonista, podía darse por cierta una solución satisfactoria, ajena a cualquier rescisión contractual. La agencia “Mencheta”, por el contrario, haciéndose eco de la misma junta y por boca del vicepresidente azulgrana José Doménech, concluía que en la citada reunión sólo se habían tratado cuestiones administrativas, como correspondía a cualquier miércoles.

Curiosa y muy futbolera la Navidad de 1955. Zarra desmintiendo le correspondiese un buen pellizco en la lotería. Di Stéfano 300.000 ptas. más rico, gracias a un Papá Noel de Sabadell. Y los 39.700 socios conque entonces contaba el Barcelona, amén de un número muy superior de seguidores, arreglándoselas para digerir la dosis de incertidumbre obsequiada por los Magos de Oriente.

El 9 de enero, concluido el paréntesis de ilusión, turrones y excesos, el máximo mandatario barcelonista, Miró-Sans, se dejaba oír asegurando que el caso Kubala se había desorbitado: “Ni nosotros ni el jugador pensamos denunciar el contrato. No hay nada que pueda ponernos nerviosos, porque el delantero volverá pronto al equipo”. Añadiendo: “Sin duda el jugador, en un rasgo de amor propio, se sintió molesto al verse privado de la capitanía, dejando escapar algunas palabras de contrariedad desprovistas del alcance que ha querido dárseles. Tenemos un contrato firmado y estamos dispuestos a cumplirlo al pie de la letra, lo mismo que el jugador, puesto que no nos ha solicitado su transferencia a otro club”.

Los sobresaltos de la rubia estrella no habían acabado aún, pese a todo. Porque el 20 de enero, desde el Juzgado de Instrucción de Granollers se dictaba un auto de procesamiento dirigido a D. Ladislao Kubala Stecz, así como embargo de sus bienes hasta un valor de 200.000 ptas., mediante exhorto al Decanato de Barcelona. Con esa cifra se pretendía salvaguardar una posible sentencia condenatoria por responsabilidad civil, como resultado de un atropello al conducir su automóvil.

El tira y afloja entre Kubala y el C. F. Barcelona se resolvió como suelen arreglarse estas cosas. Mediante buenas palabras, palmaditas en el hombro, abrazos y más dinero. La estrella azulgrana de los 50 que “ganaba poco” aunque hubiese apalabrado un millón de ptas. al renovar su primer contrato -millón como prima extraordinaria de renovación, no por cada temporada-, gozó, justo es reconocerlo, del trataminto honorable a que se había hecho acreedor. Durante los años siguientes, en parte por culpa de la inflación monetaria en una España lanzada al desarrollo, y sobre todo a causa de otra inflación balompédica dictada desde los rivales madrileños, mediante las contrataciones de Kopa, Didí o Vavá, quien más adelante habría de ser seleccionador nacional ya no fue el mejor pagado de nuestra Liga, y nadie le oyó quejarse.

Por cierto, el título liguero en 1955-56 se lo llevó el At. Bilbao, con Daucik,  menospreciado meses antes por Miró-Sans, en su banquillo (22 partidos ganados, 4 empatados y otros 4 perdidos). Segundo fue el Barcelona del discutido Plattko, a un punto, con 12 goles menos a favor y también 5 menos en contra. Tercero el Real Madrid de Di Stéfano, a 9 puntos de los azulgranas. La “Saeta Rubia” anotó 24 goles en sus 30 comparecencias, encabezando la lista de artilleros por delante de un céltico Mauro inspiradísimo, Escudero (At. Madrid), Molina (del mismo equipo) los bilbaínos Arteche y Arieta, el “merengue” Rial y Domingo (Valladolid).

El décimo con que fuese agraciado la estrella argentina parece no le distrajo mucho.

(*).-Ferenc Plattko Kopiletz (Budapest 2-XII-1898), había jugado en el Vasas, WAC de Viena y MTK de Budapest, antes de colocarse bajo el marco azulgrana. Tras colgar los guantes en el club catalán entrenó en Suiza (al Basilea) Francia (Moulhouse y Racing Club Roubaix), Portugal (Oporto), Rumanía, Inglaterra, Checoslovaquia (Cracovia), Chile (Colo-Colo en tres etapas distintas, proclamándose campeón repetidamente, una de ellas invicto), Argentina (River Plate y Boca Junios), e incluso en Brasil, la temporada 1956-57. Dirigió también a la selección nacional chilena entre 1941 y 1945, al tiempo que entrenaba al Magallanes y Wanderers. Según sus propias manifestaciones, habría introducido en Chile la táctica WM. Tanta experiencia no evitó que durante su estancia en el banquillo del Barcelona se le reprochase haber quedado obsoleto, lejos de la evolución que el nuevo fútbol requería. Aunque sus exigencias económicas contribuyesen a profesionalizar el campeonato chileno, padeció serias apreturas económicas en la recta final de su vida, siendo ayudado desde la Agrupación de Veteranos del Barcelona. Para entonces se había nacionalizado chileno. Falleció en Santiago de Chile, el 2 de setiembre de 1982, sin haber cumplido los 84 años.




Bilbao F. C., Athletic Club, y las primeras botas “Made in Spain”

La paleohistoria de no pocos clubes de fútbol suele ofrecérsenos cargada de medias verdades, mentirijillas, y hasta tergiversaciones interesadas. Cuanto más antiguo es el club, mayores acostumbran a ser las lucubraciones carentes de sustento documental, más valor suele otorgarse a cuentecillos transmitidos de generación en generación, y con menos verosimilitud se adornan hechos tan fundamentales como el propio nacimiento de la entidad. El Athletic Club de Bilbao dista mucho de constituir excepción. Algún revisionista trató, incluso, de emparentarlo con otro Athletic, conocido también como “Atleta”, compuesto en buena medida por británicos, que habría disputado choques cuando concluía el siglo XX. Por eso parece oportuno algún desbroce entre el confuso rastro de su pasado.

El Athletic Club se fundó oficialmente -esto es cumpliendo el preceptivo rito de inscripción legal- el 11 de junio de 1901. O sea, algunos meses después de su rival urbano, el Bilbao Football Club, constituido el 30 de noviembre de 1900. Aquel Athletic recién nacido contaba con 33 socios, uno de ellos extranjero: el defensa y empleado británico Alfred Mills, hombre que pese a residir sus buenos años en la villa nunca supo manejarse del todo en castellano, conforme sugiere una conocida anécdota, según la cual, estando ya retirado, se plantaba ante el taquillero, solicitando “dos turbinas”. Naturalmente le servían dos tribunas, pues en el pequeño “bocho” de la época casi nadie era ajeno sus dificultades idiomáticas. Por cuanto respecta al Bilbao F. C., 16 de sus 47 socios constituyentes eran extranjeros, británicos más concretamente.

Para enmarañar mejor los viejos rastros, el Bilbao, u otro Bilbao, debía existir, siquiera fuese alegalmente, en 1892, puesto que en noviembre de ese año se habría disputado un “match” entre el Athletic (el antiguo, entiéndase, el “Atleta”, en errónea traducción del inglés), y un Bilbao F. C. Desde el otro lado, es decir desde el Athletic Club, hoy se da 1898 como año fundacional, por cierto año para pocas fiestas y profunda depresión, como corresponde a la pérdida definitiva de Cuba y Filipinas, últimos bastiones coloniales de lo que siglos atrás fuese gran imperio.

En abril de 1902, el Athletic absorbió al Portugalete -nada que ver con el actual y ya centenario ente gualdinegro, representante de la villa jarrillera-, dando lugar según los plumillas al Portugalete Athletic Club. Parece que el Athletic ambicionaba al capitán y gran estrella portugaluja, y como resultado de las gestiones para atraerlo a sus filas, ambos entes acabaron uniendo fuerzas. Lo llamativo es que casi de inmediato deja de hablarse de ese Portugalete Athletic Club, redactándose las posteriores referencias siempre en torno al Athletic.

José María Mateos, caricaturizado por el dibujante bilbaíno K. Toño Frade.

José María Mateos, caricaturizado por el dibujante bilbaíno K. Toño Frade.

Bilbao F. C. y Athletic llevaban su rivalidad con los buenos modos exigibles a “gentelmen” portadores de levitón, sombrero, corbata y bastoncillo. Todos ellos se habían imbuido del “fair-play” británico durante su estancia en colegios anglosajones, donde además de familiarizarse con la gestión de astilleros, estudiar Comercio e Ingeniería de Minas, y volver con un aceptable inglés oral y escrito, se habían dejado atrapar por la pasión de un nuevo “sport” nacido para expandirse. Así se explica que ambos entes acordasen unir fuerzas bajo denominación de Club Vizcaya, con vistas a la Copa Coronación (1902), reconocida hoy día como primera Copa de España. Y que tras ese primer y coyuntural paso, el 29 de marzo de 1903, los socios del Bilbao decidieran integrarse en el Athletic.

José María Mateos, periodista, seleccionador nacional y máxima autoridad futbolística en Bilbao desde su púlpito de “La Gaceta”, amén de primer historiador del Athletic, narró estos hechos muy a su manera, sentando las bases de lo que con el correr del tiempo devendría en insostenible fábula. Según Mateos, el Athletic incrementaba su fuerza y adhesiones día a día, en tanto el Bilbao era presa de profunda languidez. Lo de la languidez pudiera tener cierta base, pero el Athletic ni muchísimo menos ganaba adeptos; tan sólo disponía de un socio más que en el momento de su fundación, pese a haber absorbido por el camino al Portugalete. ¿Qué motivó, entonces, la extinción del Bilbao F. C?. Pues sin duda la economía. Al menos así lo sugirió Manuel Castellanos Jaquet, uno de sus fundadores, en distintas entrevistas.

“El señor Castellanos, ingeniero, director de una gran Empresa metalúrgica, ha llegado a Madrid para asuntos profesionales. Se habló de ellos. Sin embargo, pronto quedaron de lado los temas serios para caer de lleno en nuestras viejas aficiones”.

Así inició una de ellas Manuel Serdán, el ya lejano mayo de 1948. Paseando sobre otras líneas, es fácil reconstruir la existencia de un Bilbao chiquito, con poco más de 15.000 habitantes, industrioso, emprendedor y ávido de novedades. El fútbol fue una de ellas. No la más trascendental, pero sí la que más poderosamente llamó la atención, siquiera fuese porque sus practicantes lo hacían en paños menores. La buena memoria de Castellanos deja escaso hueco a la duda:

El Bilbao F.C., creado por los muchachos “snobs” de la época, tenía necesidad de un campo. Como casi todos eran chicos “bien” de Las Arenas, y allí habitaba Ramón Corte, marqués de Lamiaco, obtuvieron por mediación de su hijo autorización para disponer de una campa donde disputarlos “matchs”. Claro que el marqués, todo un hombre de negocios, esquivando futuros riesgos respecto a la titularidad del suelo, impuso 50 ptas. anuales como precio de arriendo. “La temporada siguiente, y en vista de la afición despertada por el juego, se construyó una pequeña caseta de madera. Entonces el propietario subió el alquiler a 1.000 ptas. ¡La ruina!”.

Manuel Castellanos Jaquet, fundador del Bilbao F. C. y presidente con más títulos en la historia del Athletic Club.

Manuel Castellanos Jaquet, fundador del Bilbao F. C. y presidente con más títulos en la historia del Athletic Club.

Ramón Castellanos Jaquet y su hermano Carlos, hicieron de todo, incluso jugar, naturalmente, en el Bilbao Football Club. Eran nietos de Carlos Jacquet y Saint Mars, banquero y comerciante parisino establecido en Bilbao hacia 1860, concretamente en el número 4 de la calle de La Estufa. Desde 1929 hasta 1933, Manuel Castellanos sería presidente del Athletic, convirtiéndose, gracias al buen oficio de míster Pentland y a un puñado de muchachos tan fuertes como entusiastas, en el mandatario más laureado del club: Cuatro Copas y dos Ligas, a razón de título y medio por campaña. El apellido Castellanos siguió unido al Athletic en segunda generación, mediante José Mª Castellanos Ledo, conocido como “Chitín” en la familia (Bilbao 8-IV-1909), hijo del presidente y defensa habitual para Mr. Pentland hasta colgar la camiseta en 1934. Ya sin el balón de por medio, sería campeón vasco-navarro de tenis durante varios años. Falleció víctima de un cáncer. Su hermano Manuel tuvo menos suerte. Alistado el día que las tropas nacionales entraban en Guecho, perecería sólo 24 horas después, en el frente.

Tanto el Bilbao F. C. como el Athletic del arranque, fueron pródigos en gente a la que el tiempo iba a convertir en ilustres.

Los hermanos Eduardo y Enrique Mac-Lennan Marmolejo, hijos de Francisco Mac-Lennan White, residentes en Portugalete, serían destacados industriales de la minería y el comercio carbonífero. Santiago Ledo Ortega, hijo del galeno Francisco Ledo García, fue médico, igualmente, y como tal director de un Dispensario Antituberculoso donde llevó a cabo su meritísima labor. George Langford, hijo de un comisionista, aportó, si se quiere, la nota exótica en el Bilbao de grúas, estibadores, marinos mercantes, oficiales, peones y constructores de buques, merced a su estampa de perfecto “gentleman”. Nunca, además, se planteó otra vida ajena a la soltería. Y Ramón de Aras Jáuregui, ante todo, omitido siempre entre los referentes atléticos, aunque decisivo, conforme se explicará después. Unos y otros gozaron de menos atención mediática, y por ello se hace difícil contar con sus voces.

José María Mateos también contribuyó a expandir la teoría de un bilbainismo nacionalista en el Athletic, poco menos que desde la cuna, y sobre todo tras el paso por su poltrona de la familia De la Sota; Alejandro de la Sota Eizaguirre (1904 y desde 1911 hasta el 17), y Manuel de la Sota Aburto (1926-29). Sin embargo todo parece indicar que ese bilbainismo nacionalista pasó al Athletic desde el Bilbao F. C., por más que la entidad contase con 16 extranjeros entre sus fundadores, y el Athletic fundacional aglutinase varios apellidos asociados al por entonces no muy bien visto credo nacionalista.

El 30 de noviembre de 1900, festividad de San Andrés y fecha en que quedó constituido en Bilbao Football Club, distaba mucho de ser un día cualquiera. Bien al contrario, desde finales del siglo XIX, el día de San Andrés fue elegido como celebración o fiesta nacional por los bizkaitarras de Sabino Arana, o sea los que andado el tiempo habrían de quedar como nacionalistas vascos. La cruz de San Andrés figura también en la bandera diseñada por el propio Sabino Arana, a modo de emblema o símbolo de la “nación vasca”; o sea, la actual ikurriña. Se antoja difícil pensar en una coincidencia casual, cuando la ley de probabilidades juega en contra por 365 contra 1. Pero es que hay más. En su primera directiva figuraba Ramón de Aras Jáuregui, ocupando el cargo de tesorero. Un tesorero que, a diferencia de los actuales en según qué ámbitos, ponía dinero de su propio bolsillo.

Ramón de Aras Jáuregui, presidente fundamental en el Athletic, por más que las “historias” de dicha entidad no acostumbren reconocerle méritos.

Ramón de Aras Jáuregui, presidente fundamental en el Athletic, por más que las “historias” de dicha entidad no acostumbren reconocerle méritos.

Con la integración del Bilbao F. C. en el Athletic Club, Ramón de Aras se convirtió en hombre fundamental para el devenir del club resultante. La revista “Hermes” recordaba tanta abnegación en su número 71, impreso el año 1921, con la perspectiva que otorga cierta distancia cronológica: “Puede decirse que desde 1903 hasta 1909 fue él, a la vez, Presidente y alma del Club”. Presidente en la sombra durante parte de ese periodo, convendría añadir, pues los honores presidenciales parece sólo le fueron otorgados desde 1905 hasta 1908. En abril de 1912, tantos desvelos y desinterés le serían reconocidos con el nombramiento de Socio de Honor, en Junta Ordinaria.

De Aras, ferviente bizkaitarra, fue elegido concejal nacionalista en el Ayuntamiento bilbaíno para el periodo 1913-17, aunque el gobernador se las ingeniase no permitiéndole tomar posesión hasta octubre de 1915. Corrían tiempos convulsos, y la autoridad, entonces, solía tener como lema el rompe y rasga. Fallecido en San Sebastián el 29 de noviembre de 1966, ni la prensa ni el Athletic, a la sazón Atlético, se hicieron eco del deceso. No eran días para encumbrar, siquiera fuese piadosamente, a figuras nacionalistas. El eco de los “25 años de Paz”, magna celebración del régimen, aún resonaba. España, por fin, intuía un horizonte esperanzador y con él síntomas de incontestable recuperación económica. Desde Francia, Inglaterra, Suecia, Bélgica y Alemania, llegaban las primeras oleadas de visitantes y divisas. El turista 1.999.999 apenas si era una canción veraniega entonada por Cristina, la de “Los Tops”, enronqueciendo patios y corralas desde la radio. Ni siquiera se pensaba en el turista 3 millones. La meta estaba en los 5 ó 6. Para eso se asfaltaban carreteras, levantaban hoteles a pie de playa, se establecía un menú turístico obligatorio y con precio tasado en bares-restaurantes, el alcalde de Benidorm había hecho un viaje en “Vespa” hasta Madrid dispuesto a lograr tolerancia a los bikinis en su playa, y el No-Do ofrecía imágenes de Torremolinos, Calpe, El Arenal mallorquín o Torredembarra, convenientemente censuradas, claro, no fuere a intuirse algún turgente torso de vikinga. Parecían soplar vientos favorables a la reconciliación. Así que, nada de enredar entre historias viejas, sentenciaba un régimen abrazado a postulados tecnócratas.

Los De la Sota, navieros, accionistas de banca y aseguradoras, con importantes paquetes patrimoniales en Altos Hornos, propietarios de prensa (Excelsior y Excelsius), de magníficos palacetes y manzanas enteras en el ensanche bilbaíno, sustentadores económicos de lo que habría de ser el Partido Nacionalista Vasco, probablemente no hicieron sino afianzar una filosofía pespunteada ya con anterioridad en el Athletic, sobreviviente a la Guerra y su secuela de purgas, a la avalancha de contrataciones extranjeras en los 50 del pasado siglo, al timo de los falsos oriundos paraguayos, a la reapertura fronteriza en vísperas de la transición, o el cambio de la peseta al euro. Una filosofía que tras acomodarse a la realidad de los tiempos, parece tatuada en el ADN de la afición rojiblanca.

Pero volvamos a Mateos, cuya influencia no acaba en la doctrina escrita del club bilbaíno.

Asegurar que mostró un decidido empeño en “hacer” que el Athletic prevaleciese sobre el Bilbao F.C., es quedarse corto. Para ello ni siquiera dudó en falsearle la edad, adjudicándole un bautismo en 1898, o lo que es lo mismo, anterior en varios meses a la constitución del F. C. Barcelona. Ya puestos, ¿por qué quedarse a medias?. De paso convertía a “su” Athletic en decano de nuestro fútbol, desconocedor, quizás, del Recreativo y sus circunstancias. Un Recreativo de Huelva entonces club muy menor, constreñido en sus propios límites geográficos. También cabe la posibilidad de que considerase extranjero al Huelva Recreation Club, constituido como estaba en su integridad por súbditos de Su Graciosa Majestad. Pudiera ser, pues también tuvo empeño en no publicar la lista de socios fundadores del Bilbao F. C., mientras hacía lo contrario con la del Athletic. Así cubría con un tupido manto a 16 británicos. Téngase en cuenta que sus monografías sobre el Athletic vieron la luz en época de patriotismo exacerbado. Y la mala digestión de ese patriotismo a ultranza acostumbra a estrellarse con cuanto arrastre aroma a “lo extranjero”. Josu Turuzeta Zárraga, autor de “El Athletic Club, origen de una leyenda o cuando el león era aún cachorro”, señala en la misma dirección a lo largo de su documentada obra.

El resultado de tanta manipulación, falsedad consciente y propósito injustificable, pudo verlo el propio Mateos, antes de quedar prácticamente ciego. Porque en 1948 “su” Athletic -Atlético por respetar la denominación de esa época- celebró con todo fasto unas Bodas de Oro que no le correspondían. Lo llamativo es que entre los miembros del comité organizador figuraban personajes obligadamente conscientes de la suplantación -el propio Castellanos, por ejemplo-, y aún vivían otros varios de entre quienes pusieron en marcha los proyectos de Bilbao Football Club y Athletic Club. A ellos nadie podía engañarles. Sabían muy bien cuándo dieron forma al sueño y cómo, en qué asamblea, los del Bilbao acordaron integrarse en el Athletic. Si hubo integración y no fusión, conforme recogió el acta, los primeros cincuenta años rojiblancos no se cumplirían hasta el 11 de junio de 1951, pues ni siquiera cabría poner a cero el contador a partir del Bilbao F. C. Pecadillo venial, bien mirado, porque, ¿acaso no es humano hincharse de vanidad, sabiéndose con un hueco en la Historia como artífices del primer club de fútbol estatal?. O al menos del primero con títulos, pedigrí, y etiqueta de grande. Debilidad humana, y como tal perdonable, por más que ello suponga un pisoteo a la Historia.

Huelga añadir que el centenario se festejó en 1998, y que entre Bodas de Oro y Centenario aparecieron varias obras “históricas” de la entidad, conteniendo refritos, guiños a cuanto varias visitas a la hemeroteca convertirían en deshecho, e inexactitudes no siempre inocuas. Si se hubiera buceado más entre legajos y encuadernaciones amarillentas, habrían aflorado, también, sucedidos y anécdotas nada desdeñables. Alguna, incluso, merecedora de hueco en los anaqueles de la Historia. Como la relativa a unas, las primeras botas de fútbol “Made in Spain”. Así lo narró Manuel Castellanos, o al menos así lo transcribieron:

“Mi padre, por mediación de un amigo suyo de un Banco de Crédito de Londres, (recibió) unas botas de fútbol que en Bilbao causaron consternación. Pasaron de mano en mano entre la admiración, y más aún el asombro de los hombres modernos de la época. Cayeron también en las de un zapatero llamado Germán Gómez, que vivía en la calle de La Estufa número 11(*), y él, con orgullo de artista, se comprometió a construir unas iguales. Y Germán las hizo. Magníficas. Al precio de 10 pesetas”.

Unas botas de este tipo, aunque probablemente sin tacos y con tiras de cuero en las suelas, debieron ser las primeras elaboradas artesanalmente en España.

Unas botas de este tipo, aunque probablemente sin tacos y con tiras de cuero en las suelas, debieron ser las primeras elaboradas artesanalmente en España.

Aquel no fue un par exclusivo. El afianzamiento del fútbol en Vizcaya sirvió para que el buen artesano tuviese que ir calzando a cuantos no llegaran desde Inglaterra con borceguíes pesados, de los que cubrían tobillos, talones, y garantizaban el “shoot” merced al doble remate de cuero en las punteras.

Por cierto, sin apartarnos del Athletic, también resulta curioso el hecho de que hasta Gregorio Blasco ningún guardameta luciera guantes en el campeonato argentino. Blasco, indiscutible en el Athletic campeón de Mr. Pentland, internacional en las contadas ocasiones que Ricardo Zamora se lo permitió, fue de los expedicionarios del Euskadi, equipo propagandístico-deportivo sobre el que ya se ha tratado en “Cuadernos”. Defendiendo la portería del Euskadi, y patrocinado por un fabricante de neumáticos originario del país vasco, quedó subcampeón en el torneo mexicano. Tras disolverse aquel cuadro, suscribió ficha con River Plate, donde durante el torneo correspondiente a 1941-42 causaron sensación sus guantes. La prensa se hizo eco de esa novedad, preguntándose hasta qué punto los gatos podrían cazar con ellos. De retorno a México se alineó con los cuadros España y Atlante. Y allí, al implantarse el profesionalismo para la campaña 1943-44, se convirtió en el primer cancerbero que encajaba un gol como profesional, anotado por el argentino Ernesto Candía.

Tergiversaciones, patrañas, cuentecillos y anécdotas. La salsa del fútbol. Porque en definitiva, ¿qué haríamos si a estas alturas ya se supiese todo?.

(*) No confundir la actual Travesía de La Estufa, merced a sus 26 metros de longitud la más corta del callejero bilbaíno, con la que aquí se hace referencia. Ésta cambió su denominación durante el primer tercio del siglo XX. En Bilbao se conocía como La Estufa al lugar donde mediante calderines y hornillos se calentaba la brea para reparar buques en la vecina ría del Nervión. En ella, muy cerca de esos hornos, tuvo su taller el zapatero Germán Gómez.




Oceja, el futbolista digno

Durante la segunda mitad de los años 30, y hasta declinar los 40, el Athletic tuvo un defensa izquierdo espigado, enteco, serio y con carácter, natural de Cantabria. ¿Cántabro y en el Athletic?, se preguntará, probablemente, algún lector. Pues sí. En el Athletic de antaño, mucho antes de que se viese a Navarra o La Rioja como territorios “asimilables”, hubo varios “foráneos”. Anatol, Ortúzar, o Tamayo, por ejemplo, nacieron lejos del País Vasco. Es lo que tienen las tradiciones no escritas; pueden acomodarse al sentir de cada instante, a las necesidades deportivas o al pálpito puntual de las juntas directivas. Así, casi en cuanto nuestro protagonista colgaba la camisa rojiblanca, una magnífica camada de jugadores locales convirtió a los de San Mamés no en club vasco, sino vizcaíno por los cuatro costados. La necesidad posterior abriría el portillo a guipuzcoanos, en primer término, y luego a oleadas de navarros. Entre medias, sin duda apuntalada por el recuerdo inmediato de los buenos tiempos, cierta intransigencia extremista, con víctimas tan curiosas como Chus Pereda, Miguel Jones o Sarabia. En el primer caso, sólo el prestigio de José Mª Mateos, autoridad deportiva en Bilbao desde su púlpito de “La Gaceta”, impuso un punto de cordura al manifestar: “Por supuesto puede jugar en el Athletic quien ya ha formado en la selección juvenil de Vizcaya. No cabe ser vizcaíno para unas cosas y dejar de serlo para otras”. Pereda, finalmente, iría al Real Madrid, ante la negativa atlética a asumir las exigencias indauchutarras. El mayor de los Sarabia, en cambio, no tuvo abogado defensor cuando los rojiblancos, vista su partida de nacimiento, declinaron incorporarlo. Manuel, niño aún por entonces, y vizcaíno de la región minera, vengó simbólicamente la “afrenta” familiar, acaudillando a un Athletic campeón de Liga y Copa.

Pues bien, Isaac Oceja Oceja (Escalante, 29-V-1915), llegó a Durango con 5 años, en compañía de su madre viuda. Vivían en dicha localidad unos primos suyos, sin descendencia, y entre todos formaron una gran familia. “Me considero durangués a todos los efectos”, afirmó siempre el defensa. ¿Y qué otra cosa podía ser, residiendo en la villa, junto al Amboto, quince lustros largos?.

Con 14 años formaba en el Dragón durangués. A los 15 ya competía con la Cultural. Para estrenar los 17 se enfundaba la camiseta del Lemona, proclamándose campeón de Vizcaya. A los 18, con el Basconia de Basauri, volvió a renovar el título provincial. Corría 1934 y acababa de festejar su decimonoveno cumpleaños cuando el durangués Emilio Baqué Delclaux, socio del Athletic, advirtió a Máximo Royo, ojeador de esta entidad, que a un chico del pueblo se le quedaba pequeño el fútbol modesto. Royo estuvo siguiendo sus evoluciones, informó favorablemente, y Oceja llegó hasta San Mamés con la difícil papeleta de heredar el puesto hasta entonces ocupado por Juanito Urquizu.

Fue una temporada de cambios en el Athletic, pues el gran Pentland, el inglés de bombín, paraguas y purazo en ristre, el hombre sin cuyas enseñanzas hubiese tardado mucho más en despegar nuestro fútbol, también acababa de dejar ese banquillo, tentado por el homónimo madrileño. Isaac Oceja, que empezó de suplente, no hubiera podido elegir mejor marco para debutar en el Campeonato de Liga: ante el Madrid Fútbol Club -con la República, recuérdese, “merengues”, donostiarras, “periquitos” y racinguistas habían perdido su corona-, venciendo por 4-1 en Bilbao, con dos goles de Gorostiza, uno de Bata y otro del internacional León en propia puerta. Corría el 6 de enero de 1935, y ambos conjuntos formaron a las órdenes de Arribas. Esa campaña, sobre 22 partidos posibles, la reciente adquisición disputó 12. El Betis, bien nutrido de futbolistas vascos -Urquiaga, Aedo, Areso, Lecue, Unamuno, Larrinoa- resultó campeón, en tanto el Athletic, victorioso la edición precedente, concluía 4º. Un resultado pobre, que iba a impedir la renovación del técnico Patricio Caicedo. Durante el siguiente ejercicio, el dúo Garbutt – Olabarría, ya con Oceja de titular en 18 encuentros, hizo valer sus eternas armas: fútbol directo y contras fulgurantes, aprovechando el olfato rematador de Bata (21 goles en 20 partidos), la acometividad de Iraragorri (11 tantos en 17 choques) y el tremendo disparo de Guillermo Gorostiza (9 goles en 18 comparecencias), velocísima locomotora por la banda izquierda.

Muguerza, Gorostiza, Oceja e Ipiña, entrenando en San Mamés. Mediaban los años 30 del pasado siglo.

Muguerza, Gorostiza, Oceja e Ipiña, entrenando en San Mamés. Mediaban los años 30 del pasado siglo.

Precisamente el carácter de Gorostiza, más difícil de sujetar fuera del campo que sobre el césped, determinó a los técnicos hacerle compartir habitación, durante los desplazamientos, con el novel Oceja. Otro cualquiera, recién cumplida la veintena, podía haberse dejado arrastrar por ese torbellino humano, devoto del exceso etílico y consumado explorador de noches, cuyo radar siempre detectaba cualquier portón entreabierto. El cántabro de Durango, por el contrario, serio, disciplinado e íntegro, podía ser, quizás, el único capaz de encarrilar al extremo. Intento vano, a la postre, pues Gorostiza apuntaba maneras de caso perdido.

A lo largo de la Guerra Civil, más en concreto en lo que hubiera debido ser campeonato 1938-39, Oceja jugó con el Baracaldo-Oriamendi. Al reiniciarse las competiciones volvió al Athletic, a un Athletic completamente rejuvenecido, no sólo porque el calendario hubiese corrido, sino porque puntales como Gregorio Blasco, Iraragorri, Zubieta o Muguerza, embarcados en la aventura del Euskadi, hacían las américas. Barrie, Echevarría, Bertol, Macala, Viar, Campa, Arqueta, Lorente, Macala, Ortúzar, Panizo, y hasta el mismo Agustín Gaínza, por más que la presencia de Gorostiza le impidiese debutar, constituían novedad. También debió haber estado en aquel equipo José Luis Justel, jovencito sestaoarra que tras deslumbrar durante los encuentros preparatorios cayó en el frente, luego de alistarse voluntario. No fue el único caído. Manuel Echevarría Martínez-Baeza, con dos partidos jugados la campaña 35-36, y Fernando Bergareche Maruri, habitual del equipo “B”, junto a Edmundo Suárez, el “Mundo” del Valencia en posguerra, perecieron de igual modo. Echevarría, requeté del Tercio Nuestra Señora de Begoña, murió a los 22 años en el frente levantino. Y Bergareche, hermano de Luis, primer goleador rojiblanco en el Campeonato Nacional de Liga, también en acto de combate, pero en el frente bilbaíno de Archanda. Compañeros de equipo y adversarios de trinchera.

La temporada de reanudación deportiva resultó espléndida para Isaac, por más que el Athletic concluyese tercero, a 3 puntos del Atlético Aviación y 2 del Sevilla. Sólo dejó de alinearse en dos encuentros, resueltos, por cierto, con derrota en casa ante el Sevilla (3-4), y empate a cero frente  al Betis. Fue esa la campaña de su definitiva consagración, y aún pudo ser mejor si el Athletic hubiese consentido traspasarle, ante el decidido interés del Barcelona. “Me ofrecían 300.000 ptas. de ficha, 6.000 mensuales de sueldo y un trabajo como representante de tejidos en la empresa de uno de sus directivos, con otras 35.000 ptas. más. El contrato de mi vida. Pero desde el Athletic no me dejaron marchar”. Y encima, añadimos nosotros, tampoco le mejoraron condiciones, conforme se había hecho acreedor cada domingo.

Isaac Oceja, caricaturizado por “Pisarín”.

Isaac Oceja, caricaturizado por “Pisarín”.

Esas cifras constituían un dineral en la España recién salida del horror. Cierto que las 300.000 ptas. no eran anuales, sino a distribuir durante los tres años de contrato inicial. Pero aun con todo, representaban un fortunón. Tómese como referencia el salario medio, frisando las 500 ptas. mensuales. O las primas por título en el Athletic, fueran éstos de Liga o Copa, cifradas en un billete de a 1.000. Lo del trabajo remunerado en la fábrica textil del mandatario azulgrana, pura pantomima o maniobra de distracción. Distintos responsables del régimen habían cacareado su total intolerancia ante los excesos de antaño, así como preferir futbolistas que además de competir estudiasen, o contribuyeran a levantar el país con trabajos compatibles. Además, en su afán por tasarlo todo, incluso quisieron fijar sueldo máximo a las estrellas del balón: el de teniente coronel. Huelga añadir que casi ningún club se avino a tales proclamas, aunque para no quedar como transgresores tuviesen que inventar trabajos ficticios, como el ofrecido a Oceja, “complementos de sobrealimentación”, dando por hecho que un deportista debía acudir al mercado negro ante la insuficiencia del racionamiento, e incluso fijos por partido.

El defensa izquierdo, “uno de los mejores zurdos de España”, según la prensa, tuvo que plegarse a la postura atlética. Pero la incomprensión rojiblanca, y sobre todo su cicatería, se le quedó clavada, como una espina.

Lo de zurdo de tronío tenía su gracia, pues Oceja no lo era, conforme alguna vez comentó. Ni fue zurdo él, ni otros herederos de su posición, como Aranguren, Escalza o Núñez, hasta la llegada del riojano Luis de la Fuente: “Trabajaba como peón de albañil cuando, con 15 años, empecé a pensar que tal vez acabara sacando algo del fútbol. Pero comprendí también que un buen jugador no podía manejar sólo el pie derecho. Así que todas las tardes, tan pronto acababa de trabajar, me iba a un campo, con el balón, calzando alpargata en el pie derecho y bota en el izquierdo. Y allí, dale que dale. Poco a poco fui consiguiéndolo. No sólo me convertí en ambidiestro, sino que acabé jugando mejor con la zurda”.

Si los toreros deben confirmar la alternativa en Madrid, algo parecido ocurría entonces con relación al fútbol. En la capital se concentraban los grandes medios de comunicación, allí ejercían las plumas prestigiosas, las que encumbraban mitos y hasta eran capaces de llevarle a uno en volandas a la selección nacional. Oceja, en 1940, explotó a la perfección una de esas comparecencias: “Lo recuerdo como mi mejor partido. Vencimos 0-1 en Chamartín, tuve en frente a Alsúa y lo sequé por completo. Aquello me sirvió como escaparate, de cara a la internacionalidad. Todas mis expectativas iban cumpliéndose”. Internacional absoluto en 4 ocasiones, donde más a gusto se sintió con la camiseta española fue en San Mamés, el 16 de marzo de 1941, ante Portugal, casi único adversario de nuestra selección mientras Europa fue pasto de la II Guerra Mundial. Esa tarde también festejarían el triunfo por 5-1 su compañero de vestuario Mieza, y el rojiblanco hasta sólo unos meses antes Guillermo Gorostiza. El campo bilbaíno, al servir de anfitrión, fue objeto de algunas mejoras. Y con ocasión del choque, al que asistieron varios militares alemanes de rango con base en la Francia meridional, se inauguraron las calles adyacentes al estadio.

Entrada del partido España - Portugal celebrado en San Mamés, con Mieza y Oceja, dúo defensivo del At. Bilbao, entre los convocados por el seleccionador nacional.

Entrada del partido España – Portugal celebrado en San Mamés, con Mieza y Oceja, dúo defensivo del At. Bilbao, entre los convocados por el seleccionador nacional.

Mieza y él no sólo eran compañeros, sino amigos. Juntos componían un zaga de absoluta garantía, cuando hasta implantarse la táctica WM, luego de que con ella se exhibiera el San Lorenzo de Almagro en su periplo por nuestro suelo, sólo formaban dos defensas. La campaña 1940-41, ambos disputaron todos los partidos del Athletic, Atlético de Bilbao desde el 1 de Febrero del 41, al entrar en vigor el decreto que prohibía la utilización de denominaciones extranjeras.Y el equipo, con 24 goles encajados, por los 36 del campeón, los 45 del Barcelona o los 53 del Valencia, quedaba subcampeón, a dos puntos de los aviadores madrileños. Pues bien, esa camaradería quedó de manifiesto durante la preparación de un choque internacional, con el clásico partidillo de entrenamiento: “Antes de iniciarse la segunda parte del mismo, el seleccionador, Eduardo Teus, quiso cambiarme al lado derecho. Yo no estaba muy conforme y me retiré, dándomelas de lesionado. Pero Teus tenía buen ojo. Se dio cuenta de que no estaba a gusto y me preguntó qué ocurría. Con el único que me entiendo es con Mieza, le dije. No hubo necesidad de más palabras. Para el siguiente partido Mieza estaba en la derecha y yo en la izquierda”.

Oceja04Pero no todas sus comparecencias internacionales resultaron satisfactorias. Midiéndose a Francia, en Sevilla, sufrió una grave lesión, acentuada durante los siguientes ocho meses sin tratamiento, puesto que nadie supo diagnosticársela. Llegó a pensar, incluso, en una retirada tan temprana como forzosa. Al menos hasta que le hablaron del doctor Moragas, en Barcelona. “A él le debo mi continuidad”, reconoció sin ambages, complaciéndose en el detalle. “Fui hasta Cataluña con José Luis Bilbao, al que apodaban “Bala Negra”. Tras observarle concienzudamente dijo: en quince días estarás jugando. Y no falló ni por exceso ni por defecto. Conmigo también fue clarísimo. Lo tuyo es menisco en estado avanzado. Estarás aquí durante un mes, tratándote; así evitamos la intervención quirúrgica. Transcurridos treinta días fui a entrenar al campo de Las Corts, con el Barcelona, y en cuanto hice un giro extraño sentí un “crack” terrible. Se me cayó el mundo encima. Adiós mi carrera, pensé, porque entonces el menisco roto representaba un adiós definitivo al fútbol. Sin embargo en la consulta el doctor me dijo: tranquilo, hombre, voy a operarte y tú seguirás jugando al fútbol. Di al Athletic que si quedaras mal, y Dios no lo quiera, no cobraré por la operación. Por suerte para mí, el Athletic tuvo que pagar. Me dejó perfectamente”.

Las lesiones constituyeron su cruz. La suya y la de tantos otros futbolistas, aunque en su caso llegaron en los momentos más inoportunos. La de Sevilla, siendo hombre fijo para el seleccionador. Y la doble rotura de tibia, en vísperas de renovar contrato. Tributos de jugador aguerrido, valorados tan sólo a medias y nunca recompensados. “Yo era duro, lo reconozco, pero jamás fui a lastimar. Además  exponía cuanto hiciese falta. A lo largo de quince temporadas nunca lesioné a nadie, y sin embargo a mí me cayó de casi de todo: brechas en la cabeza, una rotura de muñeca, el menisco intervenido, la doble fractura de tibia… Percances de los que otros no pudieron recuperarse”.

La fractura de tibia le dejó un sabor de boca por demás desagradable, que su sinceridad a toda prueba le impidió esconder: “En el club dieron por descontado que no podría rendir como hasta entonces, y para mi desgracia tocaba renovar. El caso es que me ofrecieron 750 ptas. por partido jugado. Una miseria, sobre todo después de haberme impedido resolver la vida en Barcelona. Pero esto no puede ser, les dije; si hasta los nuevos llegan con más ficha. Y ellos que nada, que o lo tomara o lo dejase. No me quedó otra que firmar, pero luego, llegado el momento, jugué 34 de los partidos 35 partidos disputados por el club a lo largo de toda la temporada, entre Liga y Copa. Sólo falté en uno, y no porque estuviese mal o así lo decidiera el entrenador. Simplemente porque de algún modo debía manifestar mi enojo e inconformismo. Sencillamente, no me dio la gana”.

Ese choque, resuelto en San Mamés ante el Valencia C. F., tuvo lugar el 16 de marzo de 1947, faltando otros cuatro partidos para dilucidar el título. Bilbaínos y “chés” se la jugaban, sintiendo en la nuca el aliento de At Madrid y C. F. Barcelona. Al descanso se llegó con empate a cero, y en la reanudación anotó Morera para el Valencia. Dos puntos de oro, por demás decisivos, puesto que el 13 de abril valencianos y rojiblancos iban a concluir empatados, yendo el trofeo de campeón hasta orillas del Mediterráneo por golaveraje.

Final de Copa correspondiente a 1944. Oceja, como capitán, encabeza la salida del At. Bilbao al césped de Montjuich. Tras él Lezama, Zarra, Celaya, Bertol, Iriondo…

Final de Copa correspondiente a 1944. Oceja, como capitán, encabeza la salida del At. Bilbao al césped de Montjuich. Tras él Lezama, Zarra, Celaya, Bertol, Iriondo…

Nunca se lo perdonaron. Por esa época, tanto en el fútbol como en la existencia cotidiana, tocaba aguantarse y achantar. La disconformidad estaba malísimamente vista. Imperaba la aquiescencia y el pastoreo, el “amén Jesús” o el “por la paz un avemaría”. Las reivindicaciones, fueran del tipo que fuesen, eran cosa de resentidos, de “gente empeñada en alterar la paz y sana convivencia, fruto de nuestra Gloriosa Cruzada y el pulso firme del Caudillo”. Desde los púlpitos se predicaba resignación. También la radio, merced a la voz persuasiva y bien timbrada del padre Venancio Marcos, desbravaba dignidades con frasecitas tipo: “La obediencia, esa libre esclavitud que nos sublima. Sed sumisos y no ambicionéis oropeles, lujo y riquezas. El demonio, en su maldad aviesa, inventó el dinero para corrompernos”. Muchos niños, sobre todo los educados en centros religiosos, recibían el título de “Cruzado de la Eucaristía”, con su carnet nominativo y todo, entre exhortaciones muy a cuento: “Cumple las cuatro consignas para conseguir este Reinado: ¡ORAR!, ¡COMULGAR!, ¡SACRIFICARME!, ¡SER APÓSTOL!. Sé puro, alegre, obediente y piadoso”. Obediencia y rebeldía eran conceptos antagónicos. Los insatisfechos solían ser tildados de “existencialistas”, como si tal concepto englobase hasta el último mal imaginable. Gente como Isaac Oceja, cabal, directa, valiente y sincera, rebelde ante cuanto les pareciera injusto, no solía prosperar.

El cántabro de Durango en capitán, saluda al valenciano en la final de Montjuich, concluida con victoria rojiblanca.

El cántabro de Durango en capitán, saluda al valenciano en la final de Montjuich, concluida con victoria rojiblanca.

“Es que llovía sobre mojado”, sintetizó un ya maduro Isaac, cuando asomaban los años 80, volviendo la vista a sus tiempos de corto. “También me quitaron la capitanía, al interpretarse mal desde el palco un gesto a Lezama, nuestro portero. Éste tenía mucha costumbre de saltar sobre los defensas para despejar balones, aunque ello significara golpear o aplastar a los compañeros. Ante el Sevilla hizo una de esas, con la mala fortuna de dejar el balón muerto en el área. El delantero andaluz sólo tuvo que empujar la pelota hasta las mallas, porque Lezama, yo mismo, y creo incluso que algún otro, andábamos por el suelo. Tan pronto estuve en pie me volví a él, gesticulando, mientras le decía: ¿Por qué no has pedido el balón?. Según parece, los directivos creyeron que le había insultado y me arrebataron el brazalete. Eso, lo de la interpretación, puedo entenderlo. Sin embargo no comprendí entonces ni ahora por qué no preguntaron a los compañeros acerca de lo ocurrido”.

Durante el verano de 1948 recibió un señor mazazo. El Athletic no contaba con él. “Me lo dijo Carmelo Goyenechea, entonces directivo y antes, cuando yo empezaba, compañero sobre el césped. Fue el peor momento de mi vida, no ya porque considerase podía seguir jugando, sino, sobre todo, porque a pesar de nuestras tiranteces siempre esperé otro comportamiento. Quince años rompiéndome la crisma, y mira”.

En realidad no fueron quince, sino catorce. Once temporadas defendiendo el escudo rojiblanco, y los tres años de guerra. Acababa de cumplir 33 primaveras y se encontraba bien. Para cubrir su puesto, en Bilbao probaron con Celaya, Aldonza, Arámbarri, Mugarra, Canito, y hasta con Garay. Desde el graderío se le echó en falta, máxime al observar que el equipo pasaba de los puestos nobles al anonimato de una sexta plaza en 1948-49 y 1949-50, empeorando el registro en 1950-51, con un séptimo puesto. Ni tuvo partido homenaje, como podría antojarse lógico, ni se dignaron explicarle por qué no. Quizás alguien pensase que su contribución en dos títulos de Liga y tres de Copa, amén de una indiscutida jerarquía en el vestuario, difícilmente lo justificaba. Recibió una oferta del Zaragoza, entonces deambulando por 3ª División, y allá fue, inicialmente sólo como futbolista y tras la espantada de Paco Bru, según parece incapaz de sobrellevar al frío de Torrero, en la doble condición de jugador-entrenador. Se le había olvidado cómo era el fútbol modesto, las instalaciones precarias, el fango por encima de los tobillos, la ira con que en muchos campos se encajaba la derrota… Felizmente los maños ascenderían a una nueva 2ª División, dividida en dos grupos. Aval suficiente para que le ofreciesen renovar, ya como técnico a tiempo completo. Su evocación de esos meses resulta lo bastante diáfana:

Su popularidad sirvió de reclamo a Bodegas Domecq, obteniendo a cambio sólo unas muestras de brandi, conforme era habitual durante los años 40 y 50. Entonces ningún futbolista se planteaba la explotación de hipotéticos derechos de imagen.

Su popularidad sirvió de reclamo a Bodegas Domecq, obteniendo a cambio sólo unas muestras de brandi, conforme era habitual durante los años 40 y 50. Entonces ningún futbolista se planteaba la explotación de hipotéticos derechos de imagen.

“Si en 1ª, con árbitros muy bragados, a veces ocurrían cosas increíbles, imagínate en 3ª. Jugando con el Athletic en Alicante, Tatono, un canario del Hércules, remató a gol con ambos puños ante mis narices y las del árbitro. Para mi sorpresa, el colegiado dio gol. Cuando fui hacia él como una bala, protestando, sólo escuché: Oceja, si anulo el tanto no salimos vivos de aquí ni vosotros ni yo. Pues bien, eso no era nada comparado con cuanto hube de escuchar el año de mi despedida. ¡Viejo, dónde vas, deja al chaval!. Y el chaval, a veces, tenía un par de años menos que yo. En los campos pequeños se oye todo, y a mí me enseñaron insultos nuevos. Entonces se jugaba muy pronto. A las tres o tres y media de la tarde en invierno, porque se hacía de noche y, naturalmente, ni soñábamos con torretas de luz eléctrica. La gente iba a vernos después de comidas bien regadas con vino, de tomar su buena copita de coñac en casa y otra más, u otras, entre amigos, antes de entrar o en la propia cantina del campo. En fin, aquello quedó de lado cuando ascendimos en Lérida”.

En efecto, el ser humano nunca termina de aprender. Y Oceja aún tenía pendiente otra lección amarga, dirigiendo al club aragonés en la división de plata.

Corría el ejercicio 1949-50. Durante el descanso de un partido en Tarrasa, al que llegaron perdiendo, penetró en los vestuarios un directivo zaragocista. “¿Qué pasa?”, espetó a los futbolistas hecho una furia, mientras cerraba de tremendo portazo. “¿No se os ha dicho que ataquéis por la izquierda, que para eso está comprado el defensa?. Y vosotros, ¡hala!, venga a intentarlo por el centro, por la derecha, por cualquier sitio menos por donde podéis pasar”. Oceja se le plantó de inmediato, asegurando que la dignidad deportiva no podía comprarse, porque carece de precio, y que puestos a seguir sobornando a contrarios, podían hacerlo con el dinero de su propia ficha. “Porque si eso es todo lo que confían en mí y en esta plantilla, aquí sobra alguien. O usted, y los que piensan de ese modo, o yo. Y ahora váyase”. El directivo salió un tanto aturdido, entre miradas de censura y un silencio sepulcral. “En ese mismo momento comprendí que no estaba hecho para el fútbol chanchullero y ruin que nos llegaba no sé de dónde. Resumiendo, no quise saber nada más del deporte profesional”.

Retrato a pluma correspondiente al inicio de los años 40. Un recurso muy socorrido de la prensa, ante la escasa calidad que las linotipias proporcionaban al trabajo de los fotógrafos.

Retrato a pluma correspondiente al inicio de los años 40. Un recurso muy socorrido de la prensa, ante la escasa calidad que las linotipias proporcionaban al trabajo de los fotógrafos.

Obtuvo el carnet de entrenador, sin embargo. En la primera promoción, además (Burgos, 1949), siendo Muñoz Calero presidente de la FEF. Desde hacía algún tiempo, los federativos venían dando vueltas a la conveniencia de establecer algún título que capacitase a cuantos optaban por sufrir desde el banquillo. Finalmente, a las órdenes de José Luis Lasplazas, los técnicos más habituales de categoría nacional y aquellos con mejor puntuación en los cursos celebrados al amparo de las Escuelas Regionales, se dieron cita en la Ciudad Deportiva Dos de Mayo. Bien mirado, más que una evaluación aquella convocatoria tuvo como principal fundamento “legalizar” a quienes ya habían acreditado capacidad y solvencia. Hubo 59 aprobados. Entre ellos muchos nombres ilustres, españoles y extranjeros: Por cuanto respecta al producto nacional, Baltasar Albéniz, Andonegui, Antonio Barrios, Bienzobas, Patricio Caicedo, Pasarín, Benito Díaz, Espada, José Escolá, Patxi Gamborena, Ricardo Gallart, Campanal I, Ipiña, Iraragorri, Iturraspe, Meana, Antonio Molinos, Higinio Ortúzar, José Mª Peña, Jacinto Quincoces, Quirante, Gaspar Rubio, Ignacio Urbieta, Urquiri, Juanito Urquizu, José Villalonga (seleccionador nacional que otorgaría a nuestro fútbol el primer título internacional en 1964), o Ricardo Zamora, campeón de liga con el At. Aviación las dos primeras ediciones posbélicas. Entre los extranjeros, Lino Taioli, Alejandro Scopelli, John Bagge o Helenio Herrera, que hasta el último instante estuvo amagando con la posibilidad de no presentarse, entendiendo que nadie tendría suficiente nivel para evaluarle.

Ese título sólo habría de emplearlo en categoría amateur. Sobre todo en el equipo de su pueblo adoptivo, la Cultural de Durango, cuya plantilla dirigió en dos etapas distintas. La primera desde 1954 hasta 1960, en 3ª División, por más que durante el ejercicio 55-56 los durangueses disputaran la fase de ascenso a 2ª. Y tras un año de descanso, nuevamente en el mismo banquillo desde 1961 hasta el 65; una campaña, la primera, en 3ª, y las restantes en categoría Regional. Tampoco tuvo reparo en poner aquel carnet a disposición de algún club, respondiendo siempre a la solicitud de amigos. Suyo fue, por ejemplo, el que evitó problemas federativos a Javier Clemente cuando, todavía sin titulación, debutara dirigiendo al Arenas de Guecho. El rubio baracaldés, por si hubiere alguien que no lo recuerde, había quedado inútil para jugar después de varias operaciones y una absurda entrada del vallesano Ramón de Pablo Marañón.

Oceja, futbolista digno y hombre íntegro, falleció en Durango el 24 de noviembre de 2000. Su hijo, defensa central, llegó a fichar por el Athletic, siendo cedido al Baracaldo cuando arrancaban los 60.




El partido que sí se jugó

Es bien sabido que entre los últimos días de diciembre de 1946 y primeros de febrero del 47, el club San Lorenzo de Almagro se embarcó en una exitosa gira por España y Portugal. Sobre ella, poniendo el foco especialmente sobre lo futbolístico, y menos en cuestiones políticas que a la postre iban a ser determinantes, se ha escrito con regularidad desde ambas orillas oceánicas. Siempre sobre los 10 partidos, 8 en España y 2 en Portugal, que el conjunto azulgrana habría dirimido durante esos 45 días. Diez nada más, y no once, como en realidad fueron, por más que hasta la propia historiografía “oficial” de San Lorenzo se empeñe en dejar uno en el tintero.

Para corregir tan insólito error, bueno será repasar aquellos acontecimientos. No ya las crónicas de “Marca”, “Mundo Deportivo”, “ABC”, “Arriba”, “Informaciones”, “El Correo”, “La Vanguardia” o diarios bonaerenses, sino también las circunstancias que impelieron al régimen del 18 de Julio, medio estrangulado por el hambre y las Naciones Unidas, a utilizar una tournée deportiva como corcho salvavidas.

Concluía 1945 cuando se inició el Núremberg el proceso contra varios líderes nazis sobrevivientes al desplome del Reich. Un proceso largo -diez meses-, durante el que buena parte de la prensa española se enzarzó en diatribas sobre la discutible “jurisdiccionalidad” de los vencedores, el parcial método de instrucción, las pruebas algo sesgadas y hasta la misma composición del tribunal. Desde Radio Nacional, el entonces subsecretario de Presidencia, Luis Carrero Blanco, embozado como “Juan de la Cosa”, clamaba en un artículo: “La Justicia, si no persigue como meta la ejemplaridad, se convierte en instrumento de venganza, que es una de las más bajas pasiones humanas; si además es venal, puede llegar hasta el crimen”. Incluso los escasos corresponsales en el extranjero se mostraron beligerantes. “Se ha juzgado con odio”, dictaminó desde París Juan Bellveser. Hábil pirueta, porque si un buen contingente de españoles estaba acostumbrado a las soflamas de andar por casa, se intuía más limpia cualquier visión procedente del exterior. El primero de octubre del 46, era leída la sentencia: doce condenas a muerte y dos únicas absoluciones; las de Schacht y Von Papen. “ABC”, como mudo comentario, compuso un “collage” con cuadros fácilmente reconocibles: La entrega de llaves de Boabdil en Granada, la Rendición de Breda, la captura de Francisco I por el nieto de los Reyes Católicos… Hidalguía española con los vencidos, en suma, como contraposición a la dureza de Núremberg.

Desde distintas cancillerías europeas se consideró, entonces, tocaba mirar hacia el régimen surgido tras la Guerra Civil, analizar su no oculta empatía con el nazismo y ajustar cuentas. El noruego Trygve Lie, secretario general de la ONU, propuso una condena definitiva del franquismo, por fascista y totalitario. A primeros de diciembre, el asunto pasaba a la Asamblea General, tras iniciativa del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y el “Glorioso Movimiento”, acorralado como nunca, se puso en marcha. Gobernadores civiles y alcaldes acarrearon en camiones hasta Madrid, por carreteras infernales, a cuantos vecinos de provincia o municipio tentara un viajecito a la capital. El 9 de diciembre, “la más espontánea reacción de los españoles nunca vista” llenaba a rebosar la Plaza de Oriente, enarbolando pancartas y dejándose la voz en consignas tan aparentemente “espontáneas”: “Franco, a tus órdenes con pan y sin pan”. “Somos descendientes de Agustina de Aragón”. “Franco manda, España obedece”. “Somos españoles, no muñecos”. “En España manda Franco, porque nos da la real gana”… Tampoco se renunció a traducir el enojo en términos deportivos: “Hoz y martillo, 1; España, 2”. Y por supuesto no podía faltar el alarde carpetovetónico: “Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos DOS”. Asomado al balcón principal del palacio, el general ferrolano, crecidito, conforme requería la ocasión, pronunció en su discurso algo que desde el exterior sólo podía ser visto como provocación supina: “Prueba de nuestro resurgimiento es llevar al mundo colgado de los pies”.

Ferro, Pontoni y Martino, tres astros del San Lorenzo.

Ferro, Pontoni y Martino, tres astros del San Lorenzo.

La respuesta se hizo esperar poco. Veinticuatro horas más tarde, México, Venezuela, Panamá, Chile y Guatemala, curiosamente cinco naciones de habla hispana, propusieron en la Asamblea General una ruptura completa de relaciones con España, resuelta en la votación con empate a 20. Bélgica, a continuación, pidió se votara su alternativa, consistente en la retirada de embajadores. Y esta vez sí, el régimen, y de paso España, salieron derrotados por 34 a 6, con 13 abstenciones (12-XII-1946). Únicamente Costa Rica, Argentina, República Dominicana, El Salvador, Ecuador y Perú, votaron contra el aislamiento. El 31 de diciembre sólo permanecían en Madrid el nuncio del Vaticano, monseñor Cicognani, y los embajadores de Portugal, Suiza, e Irlanda. La medida, más cosmética que otra cosa, puesto que todas las embajadas continuaron atendidas por funcionarios de menor rango, dejaba al régimen medio grogui. “Menos Franco y más pan blanco”, se atrevían a cuchichear algunas voces, confiando en una redención definitiva caída del cielo, como nuevo maná. Agustín de Foxá, literato y diplomático con ideología nada dudosa, sintetizó en una frase aquella zozobra inesperada: “¡Menuda patada van a darle a Franco en nuestro trasero!”.

De Foxá, autor de “Checas de Madrid”, y por ello englobado en el amplio círculo de corifeos franquistas, también contribuyó a sacar desde Finlandia las cuartillas manuscritas por el disidente italiano Curzio Malaparte. Si “Kaput” pudo llegar a la imprenta, alumbrando de paso parte del horror bélico, fue gracias a don Agustín y su abrigo, transformado en coyuntural portafolios.

Pues bien, en medio de ese panorama sombrío hizo su aparición el San Lorenzo de Almagro, reciente campeón de Argentina con dos puntos de ventaja sobre Boca Juniors y 90 goles a favor, que también lo convirtieron en máximo artillero. Un San Lorenzo al completo, con Farro y Martino, dos interiores creativos, dotados de buena llegada desde la segunda línea, Pontoni, delantero astuto y práctico, Imbelloni, De la Mata, Silva o el vizcaíno Zubieta, todavía hoy el más joven entre nuestros 760 internacionales al vestir la camiseta roja por primera vez. Al frente de tan cumplido elenco, como maestro de ceremonias, su mismísimo presidente, Domingo Peluffo, a quien  nuestra prensa siempre trató de doctor.

El San Lorenzo no era un club cualquiera del otro lado del charco, sino el equipo de los españoles en Buenos Aires, colonia muy nutrida durante los años 30 y 40 del pasado siglo. Al margen de Zubieta, sus colores los habían lucido Fernando García, José Iraragorri, Isidro Lángara y Emilín Alonso, todos, excepto García, náufragos del Euskadi, aquella selección deportivo-propagandística que, abandonada a su suerte, concluyó compitiendo en el Campeonato Mexicano pre profesional, antes de disolverse. En 1939, sólo 7 años antes, aquellos futbolistas fueron objeto de ataques furibundos desde la prensa: “Se arrepentirán esos malos españoles, cuando vuelvan a saciar su hambre en la abundancia de España. La Ley sabrá ponerles en su sitio. Se lo debemos a quienes regaron con su sangre nuestros campos. Se lo deben ellos a tanto mártir de la Cruzada”. Pero de pronto, cuando volvía uno, y todo el equipo que diese cobijo a varios, la España acorralada, amnésica en lo tocante a tirar de hemeroteca, hizo borrón y cuenta nueva.

Entusiasmo. Con una sola palabra podría definirse la acogida del San Lorenzo por prensa y público españoles. La imagen, con Zubieta a hombros, tampoco puede ser más expresiva.

Entusiasmo. Con una sola palabra podría definirse la acogida del San Lorenzo por prensa y público españoles. La imagen, con Zubieta a hombros, tampoco puede ser más expresiva.

Si España estaba aislada, al fútbol patrio no le iba mejor. Prueba de ello es el titular con que “Marca” oficializó la gira: “Al fin vamos a saber si nuestro fútbol es bueno o malo” (19-XI-1946). Y de inmediato, el paseo del equipo argentino por nuestros estadios fue visto y presentado como una ruptura del bloqueo, mensaje de esperanza a los atribulados españoles y promesa de que Franco proveería. La Argentina de Perón, entonces próspera, no iba a dejar en la estacada a sus hermanos de la madre patria. Porque los medios, claro está, conectaron la llegada del San Lorenzo con el panorama de guiños cómplices entre dos regímenes personalistas y autoritarios. El 12 de octubre, dos meses antes de que el equipo sudamericano volase hasta Madrid, el embajador argentino había aprovechado la fiesta de la Hispanidad para engalanar a nuestro dictador con la más alta condecoración de su país. En reciprocidad, Franco otorgaba al presidente argentino el Collar de Isabel la Católica. El 30 de octubre, en el Salón Blanco de la Casa Rosada, Perón confirmaba aquel idilio mediante rúbrica a un acuerdo comercial, comprometiéndose a resolver el 90 % del déficit de trigo español durante cinco años. Había, pues, que recibir a la formación argentina no como a un adversario, sino como al amigo del alma dispuesto a llenarnos el plato.

escenografía la desplegada por San Lorenzo, que siempre saltaba al campo con las banderas de España y Argentina.

escenografía la desplegada por San Lorenzo, que siempre saltaba al campo con las banderas de España y Argentina.

Quienquiera que diseñase la escenificación y protocolo de aquellos partidos, lo hizo admirablemente. El lunes 23 de diciembre, presentación del San Lorenzo en el Metropolitano ante el líder de nuestra Liga, Atlético Aviación, los argentinos saltaron al césped sujetando una gran bandera española, en medio de cerradísima ovación. Prensa y radio, poco menos que de víspera habían dado cumplida cuenta del acuerdo comercial entre Argentina y España: “Además de 400.000 toneladas de trigo, llegarán a nuestros puertos 120.000 de maíz, 8.000 de aceites comestibles, 16.000 de oleaginosas, 10.000 de lentejas, 20.000 de carne congelada, 5.000 de carne salada, 10.000 de panceta y 50.000 cajas de huevos. Todo ello como intercambio por 15.000 toneladas de palanquilla, 5.000 de chapa de hierro y otras tantas de plomo y corcho, 600 de papel de fumar y 200 de aceituna”. Más adelante, el ministro de Industria y Comercio iba a servir en bandeja nuevos titulares: “Carne y trigo argentinos aseguran el abastecimiento de España durante este año”. ¿Cómo no se iba a recibir entre abrazos al representante deportivo de los Reyes Magos?.

Pero es que, además, los chicos del San Lorenzo jugaban como los ángeles. Por 1-4 cayó el Atlético, repartiéndose Martino y Pontoni los goles bonaerenses. Un resultado que pudo ser más amplio si los visitantes no hubiesen contemporizado durante la segunda mitad, con el choque resuelto. Su fútbol de pase corto, regate filigranero y preciosista, aparentemente plano, pero demoledor en su constante búsqueda de espacios por donde destrozar líneas, constituía absoluta novedad. Tampoco defendían con dos hombres, como era costumbre en nuestro campeonato, sino empleando 3. La teórica debilidad de un centro del campo con sólo dos medios, la resolvían retrasando a los interiores y otorgando con ello más espacio al ariete. En resumidas cuentas, utilizaban la táctica WM. Fue tal su exhibición en Madrid, que el público los despidió lanzando al aire sus sombreros “como muestra de pleitesía ante tan buen juego”, según recogieron los medios bonaerenses. Es muy probable que además de al buen fútbol los sombrerazos premiasen a la nación benefactora, mitigante de tantísima hambre a despecho de cuanto pudiera tejerse desde la ONU.

Por mucho que los argentinos fuesen “amigos”, sus victorias escocían. “El futbol español no debe seguir recibiendo lecciones, aunque nos visiten maestros como los argentinos del San Lorenzo”, tituló Marca.

Por mucho que los argentinos fuesen “amigos”, sus victorias escocían. “El futbol español no debe seguir recibiendo lecciones, aunque nos visiten maestros como los argentinos del San Lorenzo”, tituló Marca.

Sobre esa ayuda argentina y su trastienda, la Historia sigue sin ponerse de acuerdo. Una versión plantea que la embajada británica en Madrid habría informado a su gobierno sobre el terrible desabastecimiento que padecía España, sugiriendo la conveniencia de poner en marcha algún tipo de medida y evitar, de paso, posibles revoluciones comunistas, fruto de la desesperación. Trasladada esa inquietud hasta los Estados Unidos, se convino la ayuda indirecta a España, como medio de ahorrarse el rechazo de la opinión pública tanto inglesa como norteamericana. Estados Unidos habría decidido exportar petróleo a Argentina, a cambio de que ésta enviase cereales a nuestro depauperado país. Otro planteamiento menos romántico sugiere, sencillamente, la necesidad argentina de encontrar mercado para sus excedentes de trigo. Por nuestros pagos, como ya se ha dicho, convenía al régimen acreditarse capaz de resolver problemas sociales, dejando en agua de borrajas cualquier iniciativa de bloqueo. Franco, la “lucecita del Pardo que jamás se apaga”, el “centinela de occidente”, según definición de Galinsoga, velaba el inquieto sueño de sus súbditos.

Claro que una cosa era quitarse el sombrero en la grada, y otra hincar la rodilla sobre el césped, tarde sí y tarde también. Público, prensa y jugadores, tenían su orgullo, como es lógico. Y ello quedó muy de manifiesto durante el segundo partido, otra vez en el Metropolitano, pero contra el Real Madrid de Bañón, Clemente, Corona, Ipiña, Huete, Alsúa, Molowny, Pruden, Belmar y compañía. Fue la tarde de Navidad. Por la mañana hubo que retirar nieve del campo, y la expedición argentina disfrutó de una larga Nochebuena. Ipiña, en el vestuario, arengó a sus compañeros: tenían que demostrar quiénes eran, que sabían jugar al fútbol; el público esperaba verlos victoriosos, debían ser el primer equipo de Madrid, y un buen modo de empezar sería mejorando la actuación colchonera. El Madrid se impuso 4-1, después de un primer tiempo vibrante al que llegaron con 3-0. Pontoni, en el banquillo durante los primeros 45 minutos, acortó distancias tras la reanudación. Y Alsúa, en el minuto 88, cerró el marcador abierto con dos goles de Pruden y uno de Nazario Belmar. A los argentinos se les notó cansados, carentes de chispa. El consabido exceso de horas antes, quizás, por más que ellos se escudaran en el mal estado del terreno, favorecedor del fútbol directo y visceral característico en el once “merengue”.

Cartel del encuentro en San Mamés, resuelto con empate que ambos equipos consideraron justo.

Cartel del encuentro en San Mamés, resuelto con empate que ambos equipos consideraron justo.

La tercera comparecencia de San Lorenzo tuvo lugar en Las Corts, ante un  combinado nacional. No exactamente la selección española, como a veces se ha escrito, si bien había entre ellos varios internacionales. Concretamente, Álvaro, Curta, los hermanos Gonzalvo, Epi, Arza, Herrera, Escudero, e incluso Lángara, de regreso a “su” Oviedo tras peregrinar por Buenos Aires y México. El ariete ya no contaba para nuestro seleccionador, es cierto, pero pese a su veteranía seguía goleando con los asturianos. Fue un partido loco, formidable para el público, saldado con un 5-7 favorable a San Lorenzo, luego de que los españoles se adelantaran con dos goles en el primer cuarto de hora. Pontoni (4 tantos en su haber) volvió a erigirse como el mejor. Lángara tampoco se fue de vacío, al perforar una vez el marco de sus antiguos compañeros. La recaudación arrojó 700.000 ptas. de saldo, verdadero capitalazo en 1947, puesto que un maestro venía a liquidar entre 7.500 y 8.000 anuales.

Hernández Coronado, seleccionador español, intentó justificar la derrota y escurrir el bulto: “Siempre ocurre igual con los combinados. Cada jugador intenta brillar por su cuenta, olvidándose del colectivo. Estoy seguro que ante Portugal todo será muy distinto”. Portugal iba a ser inmediato adversario de la selección auténtica, la, digámoslo así, oficial. “En Argentina creen que el San Lorenzo ganó a una selección española”, titularon distintos medios una nota de “Alfil”, con el propósito de minusvalorar la victoria visitante. Los sudamericanos, entre loas al público por su comportamiento y acogida, pusieron rumbo a Bilbao, donde les esperaba un nuevo choque ante el Atlético en San Mamés. Todos los diarios madrileños informaban que desde las 3 de la madrugada del día 4, para conectar telefónicamente con la capital habría que marcar seis cifras, y no cinco, como hasta entonces.

En Bilbao, los expedicionarios fueron recibidos por el ex ministro de Exteriores José Félix de Lequerica. El alcalde, Juan Zuazagoitia, pronunció un discurso de bienvenida y la banda de música hizo sonar los himnos de España y Argentina. De todo ello se dio cumplida cuenta. Ni una palabra, en cambio, sobre las disensiones que a punto estuvieron de desembocar en suspensión del partido, ante distintas muestras de malestar y lucha clandestina detectadas a lo largo de la industriosa margen izquierda del Nervión. Por fin, el domingo 5 de enero Atlético y San Lorenzo medían sus fuerzas, empatando a 3. El campo se hallaba en malas condiciones, con mucha arena; llovió, hizo frío, y los espectadores, pese a todo, regresaron a casa con un magnífico sabor de boca. Dos goles de Zarra y uno Panizo para los rojiblancos, y los bonaerenses repartidos entre Farro, Silva y el sempiterno Pontoni, sirvieron de corolario a 90 minutos de toma y daca. Los jugadores de San Lorenzo volvieron a saltar portando la bandera española y el ex atlético Ángel Zubieta, recibido entre aplausos, fue despedido con una atronadora ovación.

La gira también sirvió para que avispados publicistas hiciesen negocio. Los jugadores del San Lorenzo, caricaturizados, constituyeron reclamo de un dentífrico, sin abonar nada por derechos de imagen.

La gira también sirvió para que avispados publicistas hiciesen negocio. Los jugadores del San Lorenzo, caricaturizados, constituyeron reclamo de un dentífrico, sin abonar nada por derechos de imagen.

El chauvinismo deportivo de nuestra prensa volvió a manifestarse desde sus efectistas titulares: “Al At. Bilbao le anulan dos goles y empata con el San Lorenzo de Almagro”“En la segunda parte los vascos se impusieron y merecieron la victoria”. Jacinto Miquelarena, pluma muy autorizada antes de la guerra, se sumaba al coro desde Buenos Aires en un servicio especial para Alfil: “El empate del Atlético ante el San Lorenzo se considera como un triunfo argentino”. Los espectadores, por su parte, habían salido sin saber a qué carta quedarse, entre la ofensiva rabiosa y directa de los “leones”, o el pase atrás, la técnica depurada y el bamboleante ritmo de guaracha impuesto por el conjunto azulgrana. Incluso hubo cierta decepción entre los paladines del fútbol racial y escasamente científico. “Tampoco es para tanto, hombre -sintetizaban-. Total, todos juegan como Panizo”. Panizo, amigo del pase corto y con una concepción cerebral del juego, venía siendo cuestionado en San Mamés. Cualquier comparación con él, distaba mucho de ser un piropo.

Prácticamente todas las referencias a esa gira saltan desde el día 5 al 16, donde los “cuervos” se midieron a otro combinado nacional, nuevamente en el madrileño Metropolitano. Pero entre ambos, el día 6, los azulgrana se dejaron caer por Galdácano, localidad natal de Zubieta, homenajeando allí a la madre de su formidable medio centro.

El Club Deportivo Galdácano, militante en categoría Regional, contó para dicho encuentro con el concurso de los atléticos Miguel Gaínza -hermano del gran “Piru”-, Venancio e Iraragorri, este último galdacanés de nacimiento. Por su parte los argentinos consintieron a su portero suplente, Peñalba, y al delantero Aballay, reforzar a su contrincante. Ambos equipos se alinearon así:

San Lorenzo: Blazina; Zubieta, Crespí, De la Mata; Rodríguez, Colombo; Imbelloni, Farro, Pontoni, Martino y Silva.

Galdácano: Peñalba; Bergareche, Gaínza; Gurtubay, Elezcano, Sanz; Galarza, Iraragorri, Aballay, Venancio y Pomposo.

En el San Lorenzo toda la delantera titular, pero varios hombres fuera de sitio desde el centro del campo hacia atrás. Por parte del modesto vizcaíno, un eje central de prestado en el ataque. Se impuso el Galdácano por 4-1, y las modestas arcas “dinamiteras” -el pueblo vivía prácticamente de una industria de explosivos- quedaron colmadas con 90.000 ptas. de recaudación. Lo de menos, sin embargo, fue el resultado, porque la jornada estuvo salpicada de anécdotas.

Puesto que los argentinos venían de disputar otro partido apenas 24 horas antes, se acordó reducir en 15 minutos cada tiempo ante el Galdácano. Esto es, hubo dos mitades, cada una de media hora. En los prolegómenos, el capitán local hizo entrega a Zubieta de un ramo de flores, y éste fue con él hasta la tribuna, donde se hallaba su madre, para ofrecérselo entre nutridos aplausos. Puesto que los vestuarios de Santa Bárbara eran paupérrimos, no gozando siquiera de agua caliente en su única ducha, se acondicionaron otros, a toda prisa, en el Colegio de los Hermanos Maristas. Aquel fue el primer encuentro que veía la madre de Ángel Zubieta, y tras su conclusión, la comitiva sudamericana fue agasajada en el Círculo, un local ya desaparecido, sobre cuyo solar, tiempo después, acabarían levantándose los comedores de “Explosivos Riotinto”. La directiva del San Lorenzo tuvo el detalle de obsequiar al árbitro, modesto trencilla vizcaíno, con un silbato de plata. Ese mismo árbitro, que desde la fecha pitaba con el silbo regalado, fue objeto de una agresión en el propio campo de Santa Bárbara, tiempo después, a resultas de la cual extravió tan entrañable recuerdo mientras rodaba por el suelo. Vanamente trató de recuperarlo, casi sin luz, en tanto su agresor lloraba en la caseta, quién sabe si arrepentido o temiéndose la previsible dureza federativa. Días más tarde, durante el acondicionamiento del terreno, rodillo en ristre, dos directivos galdacaneses dieron con silbato, que entregaron a su legítimo dueño cuando volvió a pitarles en la vecina localidad de Amorebieta.

Este partido que parece no hubiese existido, fue catalogado por “Marca” como “exhibición” en un suelto de veinte líneas. No menos “exhibición” que las realizadas por los de Boedo en La Coruña o Sevilla, puesto que si jugadores del Celta y Oviedo reforzaron el cuadro coruñés en Riazor, también el Sevilla C. F. contó entre sus filas con los argentinos Rodríguez y Aballay, prestados por el San Lorenzo. La única diferencia entre este encuentro y otros de la gira, radica en su duración de 60 minutos, más que justificable tras el esfuerzo de San Mamés. En eso, y en que De la Mota, Rodríguez, Imbelloni, Farro, Martino y compañía, apenas hicieron amago de presionar, corrieron poco y, eso sí, a su triangulación habitual unieron taconazos, toques de espuela y controles a la remanguillé, para pasmo y deleite de quienes pasaron por taquilla.

El jueves 16 de enero, con Franco en un palco engalanado, los expedicionarios jugaron a placer ante otro combinado español, al que derrotaron 1-6. Esa tarde Bañón ocupó la portería, el “colchonero” Aparicio su habitual posición de contundente medio centro, Mencía pasó las de Caín en la zona ancha, e Iriondo y Zarra reforzaron la vanguardia. Su concurso sólo sirvió para que a nuestro fútbol se le colorearan las orejas. Por su parte, Hernández Coronado siguió a la suya: “Se actuó mal, mucho peor que en Barcelona. Claro que un combinado siempre juga menos que un equipo de club”. Hernández Coronado, antiguo guardameta, secretario técnico de tronío, periodista ocasional, inventor del 1-X-2 durante su época en el Patronato de Apuestas Mutuas, trombón, chelo, pandereta, fagot, arpa y voz solista en cualquier orquesta futbolera, solía tener salidas para todo: “Puedo vanagloriarme de ser el primer seleccionador español que ha perdido contra Portugal”, sentenció ante una derrota histórica, sin evaluar las consecuencias de su humorada. Ahora parecía pasar por alto que las selecciones son precisamente eso, entresacas de lo mejor en cada equipo. Secundando el planteamiento, costaba entender por qué los seleccionadores no elegían como representante nacional genuino a un club cualquiera al completo.

El equipo argentino también fue objetivo de la crónica social. En este caso se recoge su visita a San Lorenzo del Escorial.

El equipo argentino también fue objetivo de la crónica social. En este caso se recoge su visita a San Lorenzo del Escorial.

Pero pese al doloroso 1-6, la prensa, en su conjunto, prefirió mostrarse contemporizadora: “Los españoles jugaron menos de lo que saben y de lo que pueden”. Obviamente, nadie trasladó desde Argentina el eco de semejante vapuleo. ¿Para qué?, debieron considerar en las distintas redacciones. Que allá se disfrutase de la victoria, mientras por estos pagos se hacía lo propio con sus vituallas.

Una semana más tarde, en Mestalla no cabía un alfiler sesenta minutos antes del pitido inicial. Seiscientas mil pesetas de caja, nada menos, se contabilizaron. “La primera parte, de clásico y soberbio fútbol español, sorprendió a los argentinos”, tituló “Marca” su crónica del empate a un gol. También pudo haber elegido, por ejemplo, “Eizaguirre mantuvo a raya a los argentinos”, puesto que el internacional guipuzcoano estuvo espléndido.

Carlos Correia, celebrada firma del “A Bola” lisboeta. Tanto él como sus compañeros de profesión experimentaron un gélido baño de realidad cuando el San Lorenzo de Almagro se enfrentó a dos oficiosas selecciones lusas.

Carlos Correia, celebrada firma del “A Bola” lisboeta. Tanto él como sus compañeros de profesión experimentaron un gélido baño de realidad cuando el San Lorenzo de Almagro se enfrentó a dos oficiosas selecciones lusas.

El 28 de enero, en La Coruña, otro nuevo empate, esta vez a cero. Los coruñeses contaron con el refuerzo de los célticos Bermejo, Alonso y Aretio, así como con el ovetense Diestro, y tal circunstancia gustó poco en la ciudad de la luz. “¿Se nos quiere hacer de menos?”, planteó un cronista. Otros llegaron a afirmar que si no jugaba el Deportivo más genuino, lo natural sería suspender el partido. Al fin y al cabo, con ese choque se pretendía celebrar el 40 aniversario de la fundación del Deportivo. ¿Tenía sentido una conmemoración donde los blanquiazules confesaran de antemano su endeblez?. Pura prédica en desierto, porque Riazor dejó poco cemento a la vista. Acuña estuvo sensacional, con varios despejes, salidas a los pies, jugándose el tipo, blocajes marca de la casa… Cuando el árbitro puso punto final a la fiesta, Zubieta y Acuña, que años después iban a coincidir en el vestuario deportivista, fueron paseados a hombros, como toreros. Al día siguiente, tanto la prensa gallega como la nacional, se engallaban: “El Deportivo coruñés supo jugar a los argentinos como convenía”. Y al mismo tiempo reconocía la decisiva contribución del portero albiazul: “Acuña tuvo una tarde extraordinaria”.

Concluía febrero cuando la troupe argentina se desplazó a Portugal, donde le esperaban dos nuevos compromisos, ante el Oporto y una selección lusa. Aquello fue poco menos que una masacre deportiva, contemplada con estupor desde el diario “A Bola”. “Porto 4 – San Lorenzo 9. Sem palavras” (31-I-1944). Y “Equipe Nacional 4 – San Lorenzo 10. Mestres contra discipulos” (2-II-1947). Carlos Correia, Ribeiro Dos Reis o Cándido de Oliveira, tres de los críticos deportivos más respetados entre nuestros vecinos del Atlántico, no se mostraron complacientes en sus juicios, justo cuando parecía que Portugal empezaba a dar pasos de gigante en lo futbolero. Otros medios del país vecino aún resultaron más crueles: “Exibiçäo dos argentinos ante os nossos astros”. Y hasta “10-4. Os portugueses facendo papel de bobos”. Alguna crónica, además, concluía que al apropiarse los visitantes de la pelota, el conjunto luso reaccionó como una banda de pilluelos; entre trompazos y malos modos. En el equipo nacional portugués figuraban varios de los que por esa misma época pusieron a Hernández Coronado y nuestra selección contra las cuerdas, con Peiroteo, su gran figura, a la cabeza. Magnífica oportunidad para que a este lado de la frontera se sacase pecho. “La violencia de los portugueses fue ineficaz ante la maestría argentina”, tituló “Marca”. “Las victorias del San Lorenzo en Portugal han puesto las cosas en su punto. Ni los españoles son tan malos, ni los lusos tienen el mejor fútbol del mundo”. El honor del deporte patrio parecía a salvo. Claro que en un país pendular, como tan a menudo acredita ser el nuestro, donde saltar del todo al nada, del pesimismo absoluto a la glorificación excelsa está a la orden del día, no pocos medios se pasaron de frenada: “Meana estima que debemos cultivar nuestra tradición futbolística. Cuando le hablamos de entrenadores extranjeros, nos dice: Asomarnos al mundo, sí. ¡Pero de eso a necesitarlos…!”

El presidente “cuervo”, Sr. Peluffo, Zubieta, capitán del equipo, y González Grey, directivo, caricaturizados por Ugalde.

El presidente “cuervo”, Sr. Peluffo, Zubieta, capitán del equipo, y González Grey, directivo, caricaturizados por Ugalde.

Desde Oporto y Lisboa, la directiva del San Lorenzo había continuado gestiones tendentes a disputar un nuevo partido en la ciudad condal, esta vez ante el Barcelona C. F. Cualesquiera que fuesen las razones, de índole económica, conforme se manifestó por Cataluña, o producto de la prudencia, luego del vapuleo sufrido en Las Corts por el combinado el día de año nuevo, según se sugirió desde los mentideros, no hubo acuerdo. Y en vista de ello, los sudamericanos pusieron rumbo hacia Sevilla, donde acabaron enfrentándose al equipo blanco, vigente campeón de Liga. Los hispalenses, además de con sus figuras -Bustos, Alconero, Eguíluz, Arza, Herrera o Campos- contaron con el préstamo de los argentinos Rodríguez y Aballay, según parece porque el San Lorenzo quería poner al último en el escaparate. El 5-5 reflejado tras los 90 minutos, lo dice todo. Pura fiesta atacante, toques de lujo, casta sevillana, alternativas en el marcador y el fino olfato de Arza, “Niño de Oro”, conforme habría de rebautizarlo el sevillismo ante el traspaso satisfecho, verdaderamente astronómico para la época. Nuestra prensa, otra vez, quiso hacer pasar la igualada como otra victoria moral. “Un penalty 4 minutos antes del final dio el empate al San Lorenzo en Sevilla”, tituló “Marca”.

Míster Barrick. Sus alabanzas a España fueron convenientemente cacareadas por nuestros medios. Venían muy bien ante la situación de bloqueo internacional.

Míster Barrick. Sus alabanzas a España fueron convenientemente cacareadas por nuestros medios. Venían muy bien ante la situación de bloqueo internacional.

Vistas las cosas con perspectiva, no parece descabellado pensar que bien pudieron mediar consignas en torno a la redacción de esas crónicas. Reconocer el fútbol argentino, sí; aunque sin poner el nuestro a los pies de los caballos. Virtudes tan ensalzadas entonces como virilidad, empuje, sentido del deber y nobleza, están muy presentes en casi todas ellas. España, cercada económica y políticamente, famélica, turbia de horizonte, no podía permitirse el lujo de perder su orgullo. Y para ello se aprovechaban tanto las debacles portuguesas como lo declarado en Inglaterra por el británico míster C. J. Barrick, árbitro que acababa de pitar por nuestros pagos. El suplemento semanal de “Marca” difícilmente hubiera podido mostrarse más transparente:

 “El Daily Mail, entre otros, encabeza con grandes titulares la entrevista con el colegiado, que titula: Tratado como un rey en España”. A lo largo del artículo “Marca” incidía en “la grata impresión producida tanto por nuestro fútbol, como ante la hospitalidad y simpatía que en nuestra Patria ha encontrado, y las agradables condiciones de vida que en la actualidad se disfrutan aquí”. El mismo semanario madrileño, como por casualidad, ensalzaba la alta cotización de nuestros entrenadores, avalada por la oferta que se le había hecho a Travieso, antiguo internacional baracaldés, para dirigir a un equipo americano. Por más que el articulito no citase de qué equipo se trataba, cualquier lector concluiría sobre su pertenencia al campeonato argentino. Y de eso nada. Travieso no habría de ir a Buenos Aires, sino hacia México, cuyo fútbol no sólo era muy inferior al del inmenso país sudamericano, sino incluso al español. Para remate, el 8 de febrero el propio “Marca” componía una portada propia del 28 de diciembre, día de Inocentes. Nada menos que en Buenos Aires situaba a Ricardo Zamora, y no de turismo, sino para entrenar al mismísimo San Lorenzo. Huelga decir que esa primera plana debería estudiarse en las facultades de Periodismo, como ejemplo de bulo interesado, manipulación de la opinión pública y mentira con patas muy cortas. Tanto como la fábula de una gasolina sintética, compuesta por extractos de hierbas y polvillos secretos, que iba a arrojar “a partir de los próximos ocho meses, tres millones de litros diarios de combustible”. O el motor de agua presentado con toda pompa por el sevillano Francisco Gascón en su domicilio-taller con vistas a La Giralda “capaz de acabar con los gasógenos y las dificultades del parque automovilístico nacional tan pronto empiece a fabricarse en serie”. Sin olvidar, claro,  el no menos abracadabrante invento Juan Vidiella, mecánico reusense, empeñado en elevar agua marina hasta las montañas sin otro impulso que el del propio oleaje, resolviendo así las carencias de energía eléctrica mediante saltos de agua diseminados por toda la costa. Disparates sólo superados por el fantástico ingenio de dos hombres, coadjutor uno y radiotelegrafista otro, fabricantes de oro en San Lorenzo del Escorial. El periódico “La Nueva España” llegaba más lejos, asegurando existía “el inevitable tercer hombre, con muchos millones de pesetas, respaldándoles”. Y para guinda, una información atribuida a la prensa soviética, según la cual el gobierno franquista fabricaba bombas atómicas en Ocaña.

Falsedad esdrújula en la portada de Marca. Ricardo Zamora nunca entrenó al San Lorenzo. Nuestros técnicos, en realidad, tenían mucho que aprender sobre fútbol moderno.

Falsedad esdrújula en la portada de Marca. Ricardo Zamora nunca entrenó al San Lorenzo. Nuestros técnicos, en realidad, tenían mucho que aprender sobre fútbol moderno.

Semejante alarde imaginativo -la gasolina milagrosa, los alquimistas escurialenses, la bomba atómica “made in Ocaña” y los saltos de agua salada- fue tomado a chacota de Norte a Sur, en tertulias, reboticas, barberías o portales con kiosco de limpiabotas. Porque en relación a las bombas, y al decir de algunos corresponsales, tampoco faltaron voces desde el exterior clamando ante la amenaza que un país con cartilla de racionamiento y sin dinero, representaba para la paz universal. El delirio de las armas de destrucción masiva no es nuevo, como hoy creemos.

Respecto a la imaginaria contratación de Zamora por el San Lorenzo de Almagro, apenas si circularon bromas. La España futbolera lo creyó a pies juntillas.

Casi paralelamente, los muchachos del San Lorenzo seguían generando noticias bastante útiles. Si con ocasión de su viaje a Bilbao se hizo constar que “parte de la plantilla acudió al santuario de Nuestra Señora de Begoña, asistiendo además a un oficio religioso”, el 10 de febrero, dos días antes de que partieran en vuelo transoceánico, hubo titulares como éste: “Los jugadores del San Lorenzo oyeron misa en los Salesianos de Atocha”. Se recordaba, a manera de explicación, el nacimiento del club, impulsado por un padre salesiano. Todo de lo más oportuno, en pleno nacional-catolicismo, con obispos que hasta hacía unos meses saludaban a la romana sin el más mínimo pudor.

No faltaron tampoco avispados precursores del marketing. Luis Sandrini, humorista y caricato con buena crítica, celebraba su tercera semana en el madrileño cine Imperial dedicando al San Lorenzo una función de su espectáculo “Mientras el cuerpo aguante”. Se sorteaba entre los espectadores un balón firmado por los jugadores bonaerenses.

Balones firmados por la plantilla del San Lorenzo como reclamo en un espectáculo cómico. La mitomanía no viene precisamente de ayer.

Balones firmados por la plantilla del San Lorenzo como reclamo en un espectáculo cómico. La mitomanía no viene precisamente de ayer.

Ya sin el San Lorenzo, hubo que cambiar de repertorio. Sería noticia Jorge Negrete, que estrenaba película en El Palacio de la Prensa, las colas que formaban sus muchísimas devotas a pie de taquilla, y la esperanza de que sin gran demora el ídolo charro pudiera visitar nuestro suelo. Aquella cinta, titulada “Hasta que perdió Jalisco”, no daba para tanto estruendo.

Todo eso cambió de golpe a partir del 9 de junio, con la llegada de Eva Perón. Su gira de 17 días incluía visitas a Italia, Francia, Mónaco, Holanda, Suiza y Portugal, amén de a España, por más que nuestros medios diesen a entender había dejado Buenos Aires con la única intención de pisar la piel de toro. Su fulgurante ascenso desde la precariedad más absoluta hasta el poder, como consorte de Juan Domingo Perón, se asemejaba a los culebrones que tanto representara, primero para la radio y luego en celuloide folletinesco. Por Argentina venía a ser una especie de ministro sin cartera, puesto que inauguraba hospitales, escuelas o asilos, enhebraba vibrantes discursos tan pronto le ponían delante un micrófono, o era vitoreada por sus descamisados como una diosa. Franco no sólo la recibiría a pie de avión, encabezando una comitiva compuesta por el gobierno en pleno, el obispo de la diócesis, tropas en perfecto estado de revista, banda de música y un enjambre de cámaras y fotógrafos, sino que había hecho acondicionar un “Dakota DC-4” de Iberia con dormitorio y sala de estar, para aliviarle el salto transoceánico. También aguardaban en un discretísimo tercer plano, varios coches oficiales a disposición de las doncellas, secretarias, modistas, peluquero, director espiritual y hasta galeno, que componían su enorme y medieval séquito. Tan pronto Evita hubo echado pie a tierra, aireó el primer discurso: “Os traigo el contagio de felicidad de los trabajadores argentinos, y ofrezco mi corazón de mujer, empapado en la nueva justicia que hemos dado a los obreros en mis ciudades y mis campos”.

“Mal empezamos”, se dice cuchicheó un miembro del gobierno, antes de hacer crujir sus bisagras. Luego Evita, con la desenvoltura que la caracterizaba, comenzó a moverse como si fuera no una invitada, sino la mismísima reina de España.

La santa de los descamisados había aprendido a disfrutar de su estatus con extrema rapidez. Según distintas fuentes, sus armarios atesoraban 400 vestidos de alta costura, 100 abrigos de pieles, unos quinientos sombreros de verano, primavera, estío y entretiempo, no menos de 800 pares de zapatos, algunos con brillantes hasta los tacones, y joyas que a finales de los 40 fueron valoradas en casi 20 millones de dólares, o sea 600 millones de ptas. -entonces un dólar valía 32 ptas.-, cuando los trabajadores españoles soñaban con 600 mensuales. En el Palacio Real, luego de que Franco le impusiera la Gran Cruz de Isabel la Católica y el obispo un par de escapularios de la Virgen del Camino, ante la atronadora ovación desatada nada más asomar al balcón, dijo a la cara de nuestro dictador: “Cuando necesites una multitud tan fervorosa, no dudes en llamarme, mi general”. En otra de sus comparecencias públicas hizo que los altavoces propagasen algo de lo más subversivo: “En Argentina trabajamos para que haya menos pobres y menos ricos. ¡Hagan ustedes lo mismo!”. Llegados a este punto cabría preguntarse qué fue del peronismo. O reflexionar, como mínimo, sobre lo fácil que es predicar de viva voz y cuán costoso resulta dar ejemplo.

Muños años después de aquella gira, los herederos de ese San Lorenzo posaron para una revista con trofeos conquistados en nuestro suelo.

Muños años después de aquella gira, los herederos de ese San Lorenzo posaron para una revista con trofeos conquistados en nuestro suelo.

Franco y sus generales sólo volvieron a respirar cuando Evita dijo adiós. La bienvenida al mercante que transportara hasta Barcelona las primeras toneladas de trigo argentino, también tuvo mucho de apoteósica. La carne congelada ya pasó algo desapercibida. Debilidad humana, al fin y al cabo, olvidarlo todo. Por eso, probablemente, el verbo de Eva Perón y la gira del San Lorenzo se convirtieron muy pronto en noticia vieja. Más por lo tocante a Evita, que en relación al San Lorenzo.

Y es que pese a cuanto recogiera la prensa nacional, los futbolistas bonaerenses había dado clases doctorales, poniendo en evidencia un fútbol patrio basado en el entusiasmo, la testiculina y el pundonor; un fútbol rancio, ya periclitado. Conscientes de la realidad, nuestros federativos hicieron llegar a los clubes de 1ª y 2ª una circular conminándolos a poner en práctica cuanto aquella gira dio a entrever. Los “colchoneros”, según parece, tomaron la delantera al resto, retrasando a su medio centro Aparicio hasta convertirlo en defensa central. En 3ª División, por el contrario, se siguió formando al modo clásico, es decir 2-3-5, durante varios años.

Con relación a la política, el bloqueo internacional siguió causando estragos. Faltaban medicamentos, penicilina, jabón, papel, gasolina, energía eléctrica… Y sobraban, quizás, velas encendidas en las capillas. A Franco las cosas se le irían arreglando a medida que se abría una zanja entre la Unión Soviética y sus antiguos aliados. Porque la estratégica posición de la península, tapón del Mediterráneo, unida al feroz anticomunismo del régimen, transformaron al general abominable en útil aliado.

Pero eso ya es otra historia. Quedémonos, de momento, con que el San Lorenzo de Almagro no se exhibió 10 tardes por la península, sino 11. Aquellos 60 minutos de juego y Galdácano como parada y fonda, también existieron.




Futbolistas atletas

Es incuestionable que hoy los futbolistas de élite son ante todo atletas. Ya no basta con exhibir buenos fundamentos técnicos para hacerse hueco en el difícil mundillo profesional. Ni siquiera se llega lejos con valentía y gran remate, al estilo de los arietes tanque tan en boga desde los años 30 hasta mediados de los 60, durante el pasado siglo. El jugador actual aúna velocidad, resistencia, técnica individual, visión de juego y capacidad de sacrificio. Quienes no lo entienden así, aún adornados con toba la exquisitez imaginable, suelen hallar la incomprensión de sus entrenadores, traducida en prolongadas suplencias, cesiones encadenadas y hasta alguna que otra baja sorpresiva. Podrían corroborarlo el gallego Trashorras o el guipuzcoano Barkero, entre otros hombres de seda, a quienes se exigía más aplicación en la marca. Por supuesto, ambos acabaron triunfando. Lo contrario, a tenor de su excelencia, hubiera constituido mayúscula sorpresa. Pero si Barkero sólo pudo sentirse estrella en la recta final de su andadura, bien rebasada la treintena, a Roberto Trashorras estuvo resistiéndosele nuestra 1ª División hasta fichar por el Rayo Vallecano, cumplidos también los 30. Porque asomar al campo de Riazor durante la Liga 2001-02, siendo promesa del Barça B (6-X-2001) apenas cuenta.

Pero cometeríamos un error pensando que en el fútbol pretérito se jugaba andando, que de una preparación constreñida entre el trotecillo y los sprints, las tablas gimnásticas y el salto a la comba, o como remate unas cuantas idas y venidas a la carrera por el graderío de general, sólo cabía esperar lentitud y amplio espacio entre líneas. Porque desde los años 20 hasta los 70 del siglo XX, y aún allá por los80, junto a “gorditos” fuera de forma y leñeros radicales, también hubo malabaristas, magos en el uno contra uno, pulmones inagotables y hasta atletas de nivel. Hombres que en un momento dado se decantaron por el balón, conscientes de que podrían haber triunfado, si es que no lo habían hecho ya, en distintas especialidades atléticas.

Repasemos algunos de esos nombres, aunque sólo sea para poner las cosas en su sitio.

José Mª Yermo Solaegui (Las Arenas, Vizcaya, 21-VI-1903), fue ariete rápido, muy físico, oportunista y rematador de un Arenas capaz de tutear al Athletic Club acaparador de Ligas y Copas. Cinco veces internacional entre 1927 y 1929, la creación del campeonato liguero le llegó algo tarde, conforme acreditan sus registros. De 13 goles en 15 partidos la campaña 1928-29 pasó a 3 tantos en 4 choques el año siguiente, a 8 dianas en 11 partidos la temporada 30-31 y a 2 en 6 encuentros, antes de quedar inédito el Campeonato 1932-33. Como colofón continuaría empobreciendo su estadística las campañas 33-34 y 34-35, en parte porque los años no pasan en balde, y sobre todo porque el fútbol profesional estaba lejos de ilusionarle. La frialdad de estos datos no explica ni de lejos lo que significó para el deporte español. Multidisciplinar donde los haya, apenas si hubo actividad física que no probase con máximo entusiasmo.

Cierto que tenía a favor ser niño rico. O si se prefiere, hijo de acaudalado hombre de negocios, con tiempo para cultivar una constitución prodigiosa. Campeón en salto de altura con un nada desdeñable para la época metro sesenta y nueve, de longitud, con 6,31, y de triple salto con 12,59, marcas todas ellas establecidas en 1923, pareció no quedar satisfecho. Consecuentemente, también cosecharía laureles en lanzamientos de martillo (20,02 metros); peso (10,99 metros) y barra (14,48), marcas acreditadas en 1925. Entre medias, es decir durante 1924, quedó subcampeón en 110 metros vallas. Y aún a posteriori, nuevas marcas de triunfador: 2,88 en salto de pértiga; 13,48 en triple salto, 1,71 en salto de altura y 6,36 en salto de longitud. Hasta participó en el Campeonato Mundial de Ciclismo celebrado el año 1926, en la especialidad de velocidad. De niño apenas si había montado. Aunque estuviesen de moda los clubes ciclistas, o los excursionistas en velocípedo, a él lo de dar pedales no pareció llamarle la atención. Un día, sin embargo, se puso a ello con el denuedo que le caracterizaba. Y seis meses después de haberse familiarizado con el manillar curvo quedó finalista en dicha competición, para asombro general.

Yermo, futbolista internacional y representante español en un Campeonato Mundial de Ciclismo.

Yermo, futbolista internacional y representante español en un Campeonato Mundial de Ciclismo.

Cazador empedernido y jugador de water-polo, además de piragüista tragamillas, llegó a concebir un reto personal tan ambicioso como recorrer a remo los cinco ríos atlánticos, desde el Miño hasta el Guadalquivir, aunque finalmente la única travesía abordada fuese la del Ebro. El 15 de febrero de 1933 se casó con “la distinguida señorita” -conforme trataba la prensa este tipo de acontecimientos en sus secciones de sociedad- Irene de Estíbaliz. Buena razón, sin duda, para tomarse la vida con más tranquilidad, calzar pantuflas de felpa y asesorar a jóvenes neófitos. Recién concluida la Guerra Civil, al refundarse la Sociedad Deportiva Indauchu, llegó a fichar por dicho club tras larga insistencia del infatigable Jaime de Olaso. Tenía 36 años y pocas ganas de batirse el cobre por campos irregulares de categoría Regional. Así que aun diligenciando la cartulina, no disputó ningún partido, habituado ya, como estaba, a su retiro. Falleció en Bilbao, el 21 de octubre de 1960, a los 57 años.

Yermo había tenido precedentes en la provincia de Vizcaya, si bien menos ilustres. La temporada 1917-18 coincidieron en el Erandio Club Fidel De la Hera, Juan Saras y Anastasio Sesúmaga, trío de atletas. De la Hera obtenía habitualmente buenos resultados en lanzamiento de peso. Juan Saras participaba en pruebas de cros y 400 metros lisos, ocupando casi siempre puestos de honor. Y Anastasio Sesúmaga, hermano del también futbolista Félix, solía ser enconado adversario en cuantas competiciones de cros tenían lugar por la comarca. De la Hera no extendió mucho su vínculo con el balón de cuero. Bien porque se le hacía difícil compatibilizar sus dos pasiones deportivas, o por destacar menos calzando botas de tacos, concluyó centrándose en el atletismo. Saras simultaneó fútbol y carreras pedestres como mínimo hasta el año 1920. El medio Anastasio Sesúmaga, por el contrario, siguió siendo habitual en las alineaciones erandiotarras bien cumplido 1922.

Habrá quien piense que jugar en el Erandio tampoco debía ser gran cosa, que cualquier atleta un tanto ayuno de dotes balompédicas podría saltar al campo, siquiera fuese para completar algún once. Pues se equivocaría, porque aquel equipo distaba mucho de ser agrupación de amiguetes. Durante la temporada 1923-24, con ocasión de una gira por los vecinos pagos de Asturias y Cantabria, derrotó al Deportivo Oviedo (0-2), al Sama (1-3) y a la Unión Montañesa de Santander (0-2). En diciembre de 1924, después de caer honrosamente ante el Sevilla en sendos partidos disputados junto al Guadalquivir (3-1 y 1-0), hicieron parada y fonda en Madrid, aprovechando para enfrentarse al Athletic, es decir a los actuales “colchoneros”, saliendo victoriosos por 1-4. Los de Erandio contaban entonces con 500 socios y acabarían ocupando la 3ª plaza en el Campeonato Regional de Serie A 1923-24, tras Athletic Club de Bilbao y Arenas de Guecho, por delante del Sestao, Baracaldo y Deusto.

Para lucir la camisa azul y blanca era preciso algo más que correr como un galgo.

Luis Monasteriocide, atleta y futbolista entre los años 20 y 30 del siglo XX.

Luis Monasteriocide, atleta y futbolista entre los años 20 y 30 del siglo XX.

Otros atletas-futbolistas de esa misma época fueron los madrileños Ezquiel Montero (1893) y Luis Monasteriocide (1899), en las alineaciones simplemente Monasterio. El primero actuó como medio en el Cardenal Cisneros y Racing de Madrid, aquí desde su fundación hasta 1920. Al mismo tiempo competía en pruebas atléticas con envidiable éxito, pues nadie pudo despojarle del campeonato de Castilla en 10.000 metros durante 12 años. En una ocasión batió el récord madrileño por la mañana, y por la tarde se calzó las botas, cubriendo sin especiales signos de fatiga los 90 minutos reglamentarios. Otra vez, tras participar en una carrera desde el Café Gijón hasta la Ciudad Lineal, se enfrentó al Madrid en un choque donde se dilucidaba una copa y medallas para los jugadores victoriosos. Seleccionado con Castilla para el torneo de fútbol Príncipe de Asturias, compatibilizó los “chuts” a puerta con labores de arbitraje, interviniendo decisivamente en la creación del Colegio correspondiente. Por añadidura, en su condición de “trencilla” fue el primer “referee” español requerido desde el extranjero, concretamente para un Oporto – Benfica en Lisboa, final de la Semana Deportiva. Debió dejar muy buen sabor de boca, porque volvieron a llamarle transcurrido un año para arbitrar la final de la Taça de Honra portuguesa, disputada a cara de perro entre el Sporting y el Benfica en el viejo campo de Amadores. Y aunque repitieron invitación desde el país vecino, le fue imposible acudir.

Monasterio, por su parte, jugó en el Escudo, Gimnástica de Madrid, Ferroviaria y Racing madrileño, en este último durante temporada y media. Siendo jugador del Racing le advirtieron muy seriamente sobre la necesidad de dejarlo, so pena de exponerse a morir en pleno campo. “¿Y eso por qué?”, preguntó. “Porque padeces una lesión de hígado y cualquier sobreesfuerzo está desaconsejado”, le respondieron. Huelga decir que no hizo el menor caso. Tres años de guerra en África, con el Regimiento del Rey, pueden explicarnos cómo era su carácter. En el campo atlético fue plusmarquista español de lanzamiento de jabalina. Entre 1917 y 18, obtuvo varios trofeos como levantador de peso -200, 220 y 240 Kilos-. Y a modo de remate, plusmarquista en 100 metros lisos, corredor de 200 y saltador de altura y longitud. Luego de abandonar el fútbol y el ejército obtuvo un puesto de policía, que a principios de los 40 tampoco le impedía dejarse caer regularmente por las instalaciones de la Gimnástica.

También fue atleta multidisciplinar el sestaoarra Félix Rotaeta, a quien el Sporting de Gijón incluyó en sus filas tras verlo jugar con el Somió. Poseía muy buenas marcas en pruebas de velocidad, lanzamiento de martillo y saltos de longitud y pértiga, aunque como futbolista, al haber actuado sólo en clubes aficionados, estaba por salir del cascarón. Sólo llegó a lucir la camiseta gijonesa una tarde, ante el sevillano Betis Balompié, en partido de Copa correspondiente a la campaña 1933-34. La siguiente temporada ya le iba a tocar vivirla como militante del Club Gijón, entidad sin vínculos con el Sporting.

Tras la Guerra Civil, en un fútbol mucho más profesionalizado, tampoco faltaron los empeñados en conjugar fútbol y atletismo. Uno de ellos, el defensa Diego Lozano (Montijo 8-II-1924), comenzó a defender el escudo Emeritense, en 3ª División, sin cumplir 17 años. Luego de pasar por el Imperio de Madrid, entonces filial “colchonero”, debutaba en 1ª División la temporada 1943-44, con el mítico Ricardo Zamora en el banquillo del At Aviación. Considerándolo algo verde, le serían recetadas tres cesiones al Imperio, Hércules alicantino y Santander, desde donde los rojiblancos de la capital española, convertidos en At Madrid, tornaron a recuperarlo mediante contrato de 4 años y 300.000 ptas. de ficha. No estaba mal para quien durante 1943 había asomado por la entidad pisando de puntillas, con 10.000 ptas. anuales más sueldos o eventuales primas, y toda la ilusión del mundo. A sus 24 años se hizo en seguida con la titularidad. Campeón de Liga dos ediciones consecutivas, a las órdenes de Helenio Herrera, fue 5 veces internacional durante la etapa de Guillermo Eizaguirre al frente de la selección. Todo ello sin abandonar las pistas de ceniza, como correspondía a un atleta de primer nivel. Recordman nacional en relevos 4 x 100 y subcampeón de España en 400 metros lisos, participó en el campeonato de Europa celebrado en Milán, acariciando el bronce, puesto que obtuvo un meritísimo 4º puesto.

Diego Lozano, atleta de primer nivel y futbolista “colchonero”.

Diego Lozano, atleta de primer nivel y futbolista “colchonero”.

Durante el verano de 1955 puso rumbo a Badajoz, para lucir la camiseta blanquinegra por espacio de dos campañas, parte de la segunda simultaneando funciones de jugador y entrenador. Y de la capital pacense hacia Tenerife, colofón de una etapa, a los 33 años. Sólo una etapa, puesto que de inmediato iba a iniciar otra en los banquillos del Córdoba, Extremadura de Almendralejo, Melilla, Hércules y Mérida Industrial, este último a lo largo de distintas temporadas bastante espaciadas. Falleció en Mérida, el sábado 5 de febrero de 2011, a los 86 años, dos meses después de quien fuera compañero en “su” Atlético, el francés Marcel Domingo. Era hijo adoptivo de la ciudad emeritense y, como se ha convertido en costumbre de tantas necrológicas breves, anodinas e incompletas, sus redactores dejaron en el tintero que además de corajudo y eficaz defensa, fue velocista de tronío.

Casi por la misma época, dos jugadores  norteños se las arreglaron para alternar sendas pasiones deportivas. El ariete Francisco Doval Mera (Puenteareas 27-IX-1932), conocido como “Pancho Doval” o por “Pancho” a secas, ya jugaba en el Zeltia de Porriño con 15 años, desde donde sería adquirido por el Real Club Celta de Vigo para su elenco juvenil. Concluida su etapa junior pasó por las filas del Pontevedra, Salgueiros portugués y Avilés, donde durante ocho ejercicios habría de firmar imponentes medias goleadoras, conforme acreditan sus 30 dianas en los 34 partidos de 2ª la campaña 1956-57. Antes había asombrado como atleta, proclamándose campeón gallego de triple salto y de España en salto de longitud. Según él mismo confesaría, tuvo dudas sobre qué camino tomar. Entre ser campeón de España con 21 años y exponerse a trotar para siempre por campos de 3ª, la senda del atletismo se antojaba mejor opción. Pero un entrenador le resolvió las dudas, asegurándole. “Si te decides por las pistas, es probable que te regalen muchos aplausos. Ahora bien, el dinero no lo verás por ningún sitio. Hazme caso, hombre. Procura pasar un par de añitos rematando balones en 2ª y ríete de lo que puedan darte 10 campeonatos de España”.

Doval no estuvo sólo 2 años batiéndose el cobre en nuestra división de plata, sino cuatro, amén de sus campañas en la 1ª portuguesa. Fue hormiguita y al retirarse le alcanzó para montar una cafetería en Avilés, cuya explotación tampoco iba a impedirle ejercer como secretario técnico del club avilesino, directivo y hasta entrenador ocasional.

Más gloria futbolística alcanzó el gijonés Marcelino Vaquero González del Río, a quien su tío, impetuoso ariete sevillista de los 40,cedió gustoso el apodo de “Campanal”. Verdadera fuerza de la naturaleza y merced a un físico que ni fundido en bronce, con 17 años, o lo que es igual durante 1948, se proclamó campeón asturiano de pentatlón, sobresaliendo especialmente en las pruebas de triple salto, 100 metros lisos y salto de longitud. Para entonces ya había jugado en el Carbayedo y tenía ficha del Avilés, gallito en su grupo de 3ª División. Pero claro, su tío seguía siendo toda una autoridad en Sevilla y los patrones de pesca meridionales tardaron poco en llevárselo a ver la Giralda, la Torre del Oro, el Parque de María Luisa y las instalaciones de Nervión, donde no puso ningún reparo al contrato que le extendieron. Una temporada cedido al Coria y otra reforzando al Iliturgi de Andújar, bastaron para convertirlo en central cuajado, poderoso y elegante, con gran soltura técnica, pues no en vano se había iniciado en el puerto de interior.

Dieciséis campañas de blanco, todas ellas en 1ª División, lo convirtieron en mito del sevillismo. De un Sevilla C. F., todo ha de decirse, con mucho de rompe y rasga atrás, sobre todo por el lado de Juan Manuel. Un Sevilla duro, cuyo defensa central solía llegar a los balones sin esgrimir el hacha, armaba el juego desde su parcela y se antojaba papel secante a cuantos delanteros con buen juego aéreo pretendían sacar partido en cada córner. Otras dieciséis veces internacional entre 1952 y 1957 -5 con la “B” y 11 con el equipo absoluto- embellecieron su envidiable trayectoria. Cuando en Sevilla le entregaron la baja junto a un merecido homenaje, había cumplido 34 años. Peo como siguiera encontrándose bien y le costaba imaginar otra vida ajena al ejercicio físico, aceptó la oferta de un Deportivo de La Coruña paradigma de equipo ascensor, para vestirse de corto 16 nuevas tardes en 1ª y 22 en 2ª.

El internacional Campanal II se decantó por el fútbol después de haber descollado como atleta.

El internacional Campanal II se decantó por el fútbol después de haber descollado como atleta.

El escudo deportivista debería haber sido el último sobre su pecho. Al menos así lo aseguró en las postrimerías del Campeonato 1967-68. Pero ya retirado y con 38 años a cuestas, no supo negarse a la llamada del Avilés faltando 7 partidos para concluir el siguiente ejercicio. “No lo hice por dinero”, afirmó entonces. “He fichado a cambio de una peseta. Ciertas cosas carecen de precio, y ésta es una de ellas”.

Algo después estuvo entrenando al Ensidesa, equipo patrocinado por la  siderúrgica asturiana que tras encaramarse a 2ª División concluiría fusionándose con el Avilés. Acabó montando un gimnasio en Asturias. ¿Cabe imaginar retiro más lógico para quien tanto disfrutó del esfuerzo y aún hoy, enhiesto como mástil de goleta, pese a sus ochenta y cinco febreros continúa acudiendo a cada concentración de antiguos internacionales?.

Puro genio y figura.

Tanto como el defensa marbellí Antonio Lorenzo (11-XII-1934), o el atacante José Mª Bello Amigo, por más que ambos brillasen menos a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Lorenzo, hermano del centrocampista Luis Lorenzo Cuevas, después de hacer méritos durante tres años en el Atlético Malagueño y ser alineado 82 veces, pasó al primer equipo del C. D. Málaga. Desgraciadamente aquellos no fueron tiempos gloriosos para la ya disuelta entidad malacitana, puesto que tras caer de 1ª en junio de 1955, los blanquiazules hubieron de purgar en 2ª División, y hasta en 3ª, cuanto restaba al decenio. Sólo siete campañas después tropezarían con la llave de nuestra elite, y cuando eso se produjo nuestro hombre había puesto rumbo al Atlético Marbella.

Lorenzo se había iniciado con el 9 a la espalda, hasta que sus condiciones y algún problema en la zaga hicieron pensar a los técnicos que tal vez cuajase como central de garantías. La prueba fue tan satisfactoria que nadie volvería a verlo en punta. Deportista completo, tuvo en su haber el título de campeón andaluz lanzando peso y jabalina, así como en relevos 4 x 100. Falleció en Marbella el 4 de febrero de 2011. Poco después, tarde, como suele ocurrir cuando la política entra en juego, el Ayuntamiento marbellí le dedicó una calle.

El velocísimo extremo José Mª Bello Amigo, natural de Santa Eugenia de Ribeira, causó estragos durante tres años entre las zagas adversarias que se dejaban caer por el Inferniño ferrolano. En 1957 suscribiría contrato con el coruñés Club Deportivo Juvenil, equipo fundado como Aprendices de la Fábrica de Armas en 1940, abandonando tal denominación tras federarse dos años más tarde. Durante el decenio del 50 y primeros años del 60, jugar en el Juvenil equivalía a ser mirado con lupa por los técnicos del Deportivo de La Coruña. Pero él no tuvo suerte, por más que continuara desbordando a sus marcadores una y otra vez, tarde tras tarde. “Con lo que corre, podía ser un fuera de serie si templara mejor desde la banda”, sentenció la crítica. “A centrar se aprende, y él puede hacerlo. Años tiene para asimilar las enseñanzas”, sintetizó otro informador. Pero en la secretaría técnica deportivista todos los ojos parecían mirar hacia dos promesas resplandecientes: Veloso y Amancio Amaro.

Decepcionado por el desinterés blanquiazul, en julio de 1958 suscribió contrato con el Arosa, donde después de cuajar una muy aceptable primera campaña estuvo menos acertado ante el gol en la segunda. Eso sí, apenas podían ponerle delante alguien capaz de frenar sus arrancadas. Había triunfado en los 100 metros lisos del Campeonato Militar celebrado en La Coruña, y eso, aun calzando botas de tacos o chapotear entre el fango, se notaba.

“Veloso volvió a echarse el equipo a la espalda”, titulaba la prensa allá por la primavera de 1960. “Amancio y Veloso, pareja para ser tenida muy en cuenta”“Dos joyas en un estuche de Segunda”. Veloso, entonces, solía ser alineado como delantero centro, y Amancio unas veces en el exterior derecho y otras, si cedía la camiseta con el 7 a Lamelo, de interior diestro. Uno y otro, escalonadamente, acabarían en el Real Madrid. Veloso para saltar al campo como extremo y Amancio haciendo olvidar hasta cierto punto al inolvidable Di Stéfano. Claro que para cuando todo esto ocurría, José María Bello ya estaba en Australia, a donde había emigrado tratando de abrirse un porvenir laboral, justo durante 1960.

El nombre deportivo de Bello Amigo probablemente resulte muy familiar a los más jóvenes, asociado a las porterías del Racing ferrolano, Polideportivo Ejido, o Jerez Industrial, entre otros, desde la campaña 2001-02 en adelante. Se trata de José Fernando Bello Sarans, hijo del veloz extremo, que pese a nacer en Santa Eugenia de Ribeira se formó entre los antípodas y hasta vino desde el Canterbury australiano, con doble nacionalidad. Culminado su periplo por nuestros pagos rehízo las maletas, rumbo a Australia, país con el que no sólo se sentía más identificado, sino donde al igual que antaño su progenitor, confiaba fraguar mejores expectativas de vida. Si el padre dejó atrás los balbuceos del primer Plan de Desarrollo, la tímida apertura en playas y salas de baile, y hasta una autarquía ruinosa enterrada por gabinetes tecnócratas, el hijo ni sacaría el pañuelo para despedirse de un país corrupto, complaciente con la inmundicia y en plena descomposición social, caldo de cultivo para una crisis que amenazaba el futuro dela siguiente generación.

Casi cuando José Mª Bello Amigo sacaba billete hacia Australia, el defensa izquierdo Carlos Pérez Corcuera, conocido para el fútbol por su segundo apellido, se obstinaba en destacar con el Atlético Palentino, uno de los numerosos clubes representativos de la capital harinera. Mientras agotaba sus días en categoría junior (temporada 1956-57), fue designado capitán de los atletas que defendieron el honor provincial en los Juegos Nacionales del Frente de Juventudes, celebrado en Alicante. Allí no sólo sería subcampeón nacional en 200 metros lisos y medalla de bronce en 400, sino que redondearía la hazaña con otra plata en relevos 4 x 100. Meses más tarde, al ingresar en el equipo palentino de 3ª División, era el más joven de la plantilla y el menos gratificado (3.000 ptas. de ficha), como suele ocurrir con los canteranos. Fuerte, rápido, aunque poco exquisito, se hizo con la titularidad desde el primer día. Había en él futbolista para rato, al decir del “Diario Palentino” y los aficionados que cada quince días se dejaban caer por la antigua Balastera. Lo hubiese habido, si no llega a desaparecer la entidad tan de improviso. Cuando transcurridos dos años surgió su heredo, el primero de los distintos “Palencia” que irían sucediéndose en el tiempo, volvió a enfundarse la camiseta. Y hasta volvió a vestirse de morado en 1963-64. Como corresponde a quien se entregara a la actividad física sin reservas, lustros más tarde ostentó la gerencia del Patronato Municipal de Deportes en Palencia. Por una vez, el deporte quiso mostrar generosidad con uno de sus devotos.

Reija, lateral izquierdo en el Zaragoza de “Los Magníficos”. Lanzador de jabalina, antes de triunfar como futbolista.

Reija, lateral izquierdo en el Zaragoza de “Los Magníficos”. Lanzador de jabalina, antes de triunfar como futbolista.

Otro defensa izquierdo, casi de la misma hornada, aunque creciese en obradores gallegos, también cultivó el atletismo sin desatender las carreras por su banda. Sólo que como futbolista iba a llegar bastante más lejos que Carlos Pérez Corcuera. Su nombre, Severino Reija Vázquez (Lugo 25-XI-1938). El Reija de un Real Zaragoza espectacular, equilibrado, profundo y fantasioso.

Antes de llegar a la Romareda hizo antesala durante dos años en el Deportivo de La Coruña, como medio de amplio recorrido. Y siendo aún más joven, cultivó el lanzamiento de jabalina con buenos resultados. Imposible saber hasta dónde hubiese llegado como atleta, porque pronto le hicieron ver que podía labrarse un porvenir en el fútbol de gran nivel. Traspasado al Zaragoza en 1959 por medio millón de ptas. que a tenor de su rendimiento supusieron una ganga, permaneció junto a la Pilarica hasta 1969.

Pegajoso, corajudo, rápido y con muchísima proyección atacante, acabaría  siendo complemento imprescindible en el equipo maño de los “Cinco Magníficos”. Y es que sobre todo en casa, donde los blanquillos jugaban más alegres, solía aprovechar la posición retrasada de Carlos Lapetra para colarse por su banda y centrar a la cabeza de Marcelino. Internacional Promesas en 2 ocasiones, debutando en Palermo contra Italia (marzo de 1960),formó igualmente con la selección B en Zaragoza (diciembre de 1961, contra Francia), amén de lucir con la selección absoluta en 20 oportunidades. Mundialista en Chile (1962) e Inglaterra (1966), estaba entre quienes festejaron el primer gran éxito de nuestra selección, campeona de Europa ante la URSS en el estadio Santiago Bernabeu, tras batir por dos veces a Yashine. Esa podría haber sido su gran noche si Villalonga, seleccionador nacional, no hubiese preferido a Isacio Calleja para cerrar la banda. Sí se sintió protagonista, en cambio, con todos los derechos, en dos títulos de copa, entonces del Generalísimo (1964 y 1966), y una Copa de Ferias, precedente de las posteriores Copa UEFA y Europa League, el mismo año 1966. Aunque el Real Zaragoza se despidiera de los 60 afrontando una drástica renovación, por cuanto a él respecta parece claro se apresuraron negándole continuidad.

No tan magnífico futbolista, pero sí mucho mejor lanzador de jabalina, había sido Pedro Apellániz Zárraga, jugador del Galdácano. Su afición, según recuerdan por la zona, no conocía límite. Cierta vez compitió como atleta en Munguía, por la mañana, y por la tarde no quiso renunciar a ponerse la camiseta blanca galdacanesa. Lo meritorio del caso es que realizara el trayecto entre ambas localidades monte a través, a pie, naturalmente. Unos cuantos kilómetros. En otra oportunidad lanzó por la mañana en Portugalete y como el equipo de fútbol tenía varias bajas hubo de alinearse por la tarde, en un amistoso celebrado en Llodio. Para remate se lesionó de gravedad. Ligamentos, nada menos. Aunque una vez recuperado y desoyendo los reproches maternos, continuaría lanzando la jabalina y dándole al balón. Como si aún tuviera que aprobar más asignaturas, durante el servicio militar y luego de que un instructor apreciase la fuerza descomunal de su brazo, estuvo jugando a balonmano. El lanzamiento de peso, las carreras de velocidad y el triple salto tampoco se le daban mal. “Era un Hércules -afirman quienes lo trataron de joven-. Podía haber encarnado a Maciste y todos esos forzudos de cine, sin el menor problema”.

Pedro Apellániz Zárraga, lanzador de jabalina olímpico, corredor, saltador y futbolista en la Cultural de Durango.

Pedro Apellániz Zárraga, lanzador de jabalina olímpico, corredor, saltador y futbolista en la Cultural de Durango.

Referencias de 1947, 48 y 50, destacan que sin poseer una técnica depurada, tenía “el golpe de brazo más impresionante que uno pueda imaginar”. Tres veces campeón de España, su récord de 63,62 metros permaneció vigente desde 1948 hasta 1960. Cuando intervino en los Juegos Olímpicos de Londres (1948) ya no jugaba al fútbol. Aunque vistas las cosas retrospectivamente, hubiera sido un detalle bonito del Galdácano diligenciarle ficha.

Sin abandonar el tránsito de los 50 a los 60, todavía resta otro futbolista-atleta. Y defensor, una vez más.

Pedro Ocaña Rueda (Higuera de Calatrava, provincia de Ciudad Real, 19-VII-1938), tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio luego de vestir las camisetas del Manzanares, Tomelloso, Orihuela y Cullera. Ya en la mili, entre que sus facultades no pasaron inadvertidas e intuyendo que los integrantes del equipo atlético gozarían de trato privilegiado, se presentó ante el capitán encargado de las primeras cribas. “Este año ganamos”, se alborozó el militar, cronómetro en ristre, nada más verlo. “Por fin un corredor de garantía”.

Ocaña, con 11 segundos y 2 décimas en 100 metros lisos, registro muy de apreciar cuando el récord mundial estaba en 10 segundos justos, parecía firme candidato al triunfo en los Campeonatos Militares. También practicaba el salto de altura, aunque su marca fuese menos destacada. “¡Ganamos!”, anticipaba su capitán, eufórico. “Te digo yo que con este tiempo no hay quien nos supere”. Lástima que aquel hombre, como la lechera del cuento, evaluase mal ciertos imponderables. Porque los atletas de primerísimo nivel, los futuros internacionales, también pasaban por los cuarteles. Y naturalmente, competían en representación de Arma y Región Militar. Finalmente no hubo victoria. Puesto digno, sí. Pero al capitán le dejaron sin laureles. “Está visto que lo tuyo va a ser el fútbol”, escuchó Ocaña a su superior, no desde lo alto del podio, como firmemente esperaba. “Pero tranquilo, que no voy a meterte un paquete. Al fin y al cabo siempre queda rezar para que envíen aquí a Garriga o Luis Felipe Areta”.

El aragonés Garriga fue recordman nacional de salto de altura, estableciendo una marca de 2 metros justos. Luis Felipe Areta, que un día sorprendió a todos tomando hábitos y cantando misa, llegó a codearse con los mejores de Europa en triple salto. Para cuando esto sucedía, Pedro Ocaña llevaba sudadas un puñado de nuevas camisetas: Levante, Alcoyano, Club Deportivo Málaga, Imperial de Murcia, Atlético de Ceuta… Llegaría a debutar en 1ª con el ya extinto club costasoleño la temporada 1962-63, además de cumplir en 2ª durante siete ejercicios. Y siempre tuvo a gala un registro en 100 metros similar al de Corso, extremo izquierdo en el gran Inter milanés de los 60, internacional “azurri”, campeón de Europa y auténtica pesadilla para los zagueros del “Calcio”.

Tampoco se quedaba atrás corriendo el pontevedrés de Redondela José Álvaro Paz (15-XI-1945), extremo derecho y delantero centro goleador del Pontevedra C. F., S. D. Compostela, Balón de Cádiz y nuevamente Compostela, con cuya camiseta albiceleste se despidió del fútbol la primavera de 1969. Claro que en su caso colgaba las botas de tacos para calzar zapatillas y trocar el césped por pistas de ceniza o cemento, toda vez que  del “tartán”, por esos años, sólo se sabía algo en nuestro país gracias a la tele, y de olimpiada en olimpiada. Su salto de un deporte de masas a otro minoritario no pudo resultarle más provechoso, pues acabaría proclamándose campeón de Galicia en 100 y 400 metros lisos los años 1970 y 1971.

Llegados a este punto convendría aclarar que el fútbol de esos años tuvo más atletas. Cuatro, como mínimo, sentados en los banquillos. Y hasta uno, Ángel Mur Navarro, encargado de los masajes y el agua milagrosa.

Mur, masajista del Barcelona y la selección nacional, ahorró al club azulgrana durante la Guerra Civil una suerte incierta. Como atleta de la entidad y afiliado a un sindicato revolucionario, advirtió a la directiva sobre una inminente requisa, con tiempo para ocultar el dinero, parte de los carnés y cuantos archivos pudieran resultar comprometedores. Por sus manos pasaron las valiosas piernas de Kubala, César, Ramallets, Villaverde, Eulogio Martínez, Biosca, Segarra, Gallego, Marcial, Asensi, Ré, Lucien Muller, Pereda o Luis Suárez, y antes de jubilarse entregaría el testigo a su vástago, otro Ángel Mur, futbolista de plata en el Sporting gijonés y San Andrés de la ciudad condal.

En los banquillos, el primero sería Luis Fernández García (Oviedo 28-XII-1918), más conocido por “Campanal”. Llegó a jugar en la máxima categoría, con el Oviedo, las temporadas 1940-41 y 41-42, así como en el Oriamendi o el Caudal de Mieres. Aunque si por algo ha de recordársele es por su condición de deportista multidisciplinar. Como tal, obtuvo un tercer puesto en los Juegos Universitarios celebrados en Madrid, cuando estudiaba Ciencias Químicas, (modalidad de 5.000 metros lisos). También cultivó con acierto el boxeo, proclamándose subcampeón aficionado en Valencia, como peso ligero, el año 1943. Por si esto no bastara, practicó ciclismo, motociclismo, balonmano y baloncesto. Tuvo que abandonar el fútbol al lesionarse de cierta gravedad en Madrid, cuando trataba de rematar un córner. Ello, sin embargo, no le impidió seguir unido al deporte, como entrenador del Vetusta ovetense desde su fundación, en 1943, hasta 1954. Para remate arbitraba combates de boxeo y partidos de baloncesto, todo ello compaginándolo con su profesión. Corría el año 1954 cuando se habló de ofrecerle un homenaje en la capital asturiana. Pero España suele ser más pródiga en homenajes póstumos, en tributos tardíos, fruto, quizás, de una mala conciencia atávica. Y ese reconocimiento sufrió una “demora inicial”, eufemismo que tantas veces esconde dilaciones sine die. Pocos, probablemente, merecían tanto la placa y el aplausos sincero.

Luis Fernández García, un “Campanal” más desconocido, futbolista en 1ª y hombre orquesta del deporte.

Luis Fernández García, un “Campanal” más desconocido, futbolista en 1ª y hombre orquesta del deporte.

Por cierto, carecía de cualquier parentesco con los otros dos “Campanales” más reconocibles de nuestro fútbol; los también asturianos Marcelino Guillermo González Del Río y su sobrino, Marcelino Vaquero González Del Río, ambos mitos del Sevilla C. F.

Ernesto Pons (Mataró 19-I-1920), campeón de España y recordman nacional de salto de altura durante 18 años, tras superar la marca de José Llorens Lacomba en 1940, es cronológicamente el segundo. También compitió en triple salto, hasta que la edad hiciese mella. Luego obtuvo plaza de profesor de Educación Física en la Universidad barcelonesa, así como en el Frente de Juventudes. Todo ello sin privarse de dirigir o actualizar conceptos de preparación física en un amplio rosario de equipos. Español de Barcelona, Celta de Vigo, Orense, Deportivo de La Coruña, Ferrol, Sabadell, C. D. Málaga, Betis, Las Palmas, Santander o Lérida, supieron de su experiencia. Además escribió un libro, “La preparación física en el fútbol”, considerado manual de cabecera durante muchos años.

Roberto Rodríguez Ozores, el tercer entrenador-atleta, casi podría ser visto como un enfermo del deporte en abstracto. Médico de carrera y profesor de Cultura Física, además de tener a su cargo al Deportivo de La Coruña, Real Club Celta de Vigo, o Arosa, también fue entrenador de atletismo, natación, baloncesto, balonmano y gimnasia, en todos los casos con la correspondiente titulación oficial. Incluso Yermo, a su lado, pudiera haber experimentado algo semejante al complejo de inferioridad.

El cuarto, Eduardo Toba Muiño (Muxía 14-V-1923), hasta fue seleccionador nacional.

Eduardo Toba, atleta, médico, entrenador viajero, seleccionador nacional y blanco de muchas críticas cuando numerosos informadores entendieron que “la roja” debería haberse puesto en otras manos. Nuestro fútbol había quedado antiguo. Desde Italia, primero, y luego por Centroeuropa, se venía dando la bienvenida al “fútbol total”.

Eduardo Toba, atleta, médico, entrenador viajero, seleccionador nacional y blanco de muchas críticas cuando numerosos informadores entendieron que “la roja” debería haberse puesto en otras manos. Nuestro fútbol había quedado antiguo. Desde Italia, primero, y luego por Centroeuropa, se venía dando la bienvenida al “fútbol total”.

Campeón de 110 metros vallas y triple salto, nunca jugó al fútbol, por lo menos con ficha federativa. Bastante tendría compaginando su actividad atlética con estudios de Farmacia, carrera que abandonó en tercer curso, y Medicina, cuyo título sí obtuvo. En 1948, nada más cerrar su etapa en las pistas de ceniza, se dedicó en Carabanchel a la reeducación de inválidos, al tiempo que evaluaba la posibilidad de presentarse a los cursos para entrenador nacional de fútbol. Mientras tanto y como si necesitara hacer boca, durante 1949 se hizo cargo del Fabril coruñés, desde donde pasó al Deportivo de La Coruña justo al año, como preparador físico a las órdenes de Chacho. Con ese equipaje encaró los exámenes de entrenador en Burgos (1952), obteniendo la plaza 15 de esa promoción, sobre 26 aprobados. Para la temporada 1954-55 ya dirigía al Deportivo coruñés en 1ª División. Y desde Riazor a Oviedo (1956-57, en 2ª), antes de emigrar a Venezuela, como máximo responsable del club Caracas. A su vuelta, otra vez al Deportivo (1958-59), aunque sólo para encarar 4 partidos de 2ª. En 1960, luego de probar suerte en el Hércules alicantino, una nueva travesía oceánica, esta vez contratado como seleccionador nacional de Costa Rica. Regresar desde el soleado paraíso natural “tico” al invierno peninsular, podría hacerse bastante cuesta arriba. Por eso, quizás, eligió una transición templadita en Tenerife, con los insulares en 2ª División (1962-63). En julio del 63 fue nombrado secretario técnico del Real Murcia, entonces entre los grandes, y queriendo beneficiar a los pimentoneros con su experiencia en el fútbol costarricense, trajo a dos muchachos del Herediano por el módico precio de 160.000 ptas.

Juan Alberto Garita, centrocampista con buenas maneras, aunque lento, según dictamen de quienes cubrían la sección deportiva en “La Verdad” de Murcia, ni siquiera pudo estrenarse oficialmente. Cayaca, Carlos Domingo Marín Segura para el registro civil, saldó con 2 goles su presencia en 8 partidos de Liga. El apodo provenía de su tremendo disparo desde media distancia, “cayacazo” en América Central. Y ambos, sin proponérselo, se vieron envueltos en un conflicto casi político entre España y Costa Rica, puesto que el Herediano exigió en dólares aquellas 160.000 ptas. pactadas, mientras nuestras autoridades administrativas no lo convinieron así. España ingresaba divisas por turismo y desde la emigración a Francia, Suiza, Bélgica o Alemania, es bien cierto; pero éstas se consumían en la modernización del país, la adquisición de petróleo, construir aeropuertos con los que acoger a más visitantes, y liquidar a Italia los últimos plazos de una ayuda a Franco muy bien tasada por Mussolini, durante los ya lejanos días de Guerra Civil. Finiquitado el Campeonato 1963-64, Cayaca y Garita tomaron un avión de vuelta a su país.

El Doctor Toba, como solía ser presentado por la prensa, ni siquiera concluyó esa temporada en su despachito de la vieja Condomina. La mala situación del Real Oviedo hizo de él un revulsivo para aquel banquillo, con resultados propios del mejor sueño, pues lo que hasta entonces había sido una campaña paupérrima concluyó con broche brillante. Una nueva escala en Córdoba (1965-66, en 1ª) y dos picos de campaña en Alicante, al timón del Hércules (13 jornadas correspondientes a 66-67, en 1ª, y sólo 5 de 67-68 en 2ª), sirvieron de prólogo a su nombramiento como seleccionador español para las categorías juvenil y amateur, e incluso la absoluta, meses más tarde. Su desembarco en el equipo nacional español, por cierto, causó no poca extrañeza, o hasta estupor, entre los críticos deportivos del momento, que ni mucho menos se lo pusieron fácil. Harto de críticas, dimitió en 1970, habiendo dirigido a nuestras estrellas en 4 choques internacionales. Y la Federación, entonces, que no quedase nada por inventar, presa del nerviosismo ante los pobres resultados -ausencia del Mundial México´ 70- se abrazó al triunvirato Molowny – Artigas – Muñoz.

Toba, discretamente, sin dar nunca la nota, supo resarcirse de tanto ataque ascendiendo a 1ª al Real Oviedo (1971-72), aunque fuera cesado tras la jornada 16 del siguiente ejercicio. En 1973-74 volvería a hacerse cargo de las selecciones nacionales juvenil y aficionada, sustituyendo al fallecido Villalonga, artífice del campeonato europeo correspondiente a 1964, donde Marcelino ascendió a los altares en detrimento de la auténtica estrella, el por entonces culé Chus Pereda, autor de un gol en la final y del pase a Marcelino que significó el 2-1. Con posterioridad, al médico y antiguo atleta le esperaba la presidencia del Comité de Entrenadores. Retirado de cualquier actividad balompédica para ejercer la Medicina, falleció en La Coruña el 3 de agosto de 2001, a los 78 años, sin que su óbito llamase la atención de muchos medios.

En adelante ya no sería tan fácil compaginar fútbol y atletismo. La ultra profesionalización que iba a ahogar al balón de cuero, unida en muchos casos a distintos modos de presión familiar, degolló en flor no pocos proyectos atléticos infantiles si el muchacho tampoco hacía ascos al fútbol. Muchos padres pusieron más fe en la redención económica familiar a través de un hijo futbolista, que en las socorridas quinielas. ¿Para qué servía el sacrificio de Mariano Haro?. ¿Para llevar a casa una nevera o televisor en blanco y negro, obsequio del “Philips”, “Askar” o “Fagor”, como patrocinadores?. Porque el atletismo patrio no daba más de sí. Y eso, si la organización del evento había podido implicar a firmas prestigiosas. El dinero de verdad se lo repartían Migueli, Carrasco, Asensi, Santillana, Camacho, Víctor Muñoz, Tendillo, Juanito, Rubén Cano…Asomaban por el horizonte tiempos prosaicos, escasamente propicios al verso suelto.

Uno de aquellos versos reñidos con la rima, porque siempre los hay contestatarios, fue José Luis Oliva Barba (Ciudad Rodrigo, 1959), delantero a quien durante su estancia en el Club Deportivo Cacereño apodaron “El Negro”, y el público de Plasencia convertiría en “El Ratón”, por su capacidad para colarse en el área justo donde menos se esperaba. Poseedor de excelentes marcas en pruebas atléticas de velocidad, salto de longitud y salto de altura, podría haberse centrado en el atletismo, aunque a la postre se enredara en las redes del fútbol.

Rogelio Sosa, artista con duende, si bien refractarioal despliegue atlético. Según su credo, correr quedaba para quienes no sabían jugar.

Rogelio Sosa, artista con duende, si bien refractario al despliegue atlético. Según su credo, correr quedaba para quienes no sabían jugar.

Siendo todavía juvenil, cuando formaba en el primer equipo mirobrigense, fue probado sin suerte por el Real Madrid. La ya extinta Unión Deportiva Salamanca aprovechó aquella negativa para incluirlo en su elenco juvenil y amateur, por más que no llegase a debutar en partido oficial con el primer equipo charro. Luego de dos temporadas en el Salmantino puso proa hacia Cáceres, para anotar 13 goles a lo largo del ejercicio 1981-82. El año siguiente debió sentirse un privilegiado, sumando 950.000 ptas. en 3ª División por todos los conceptos, cuando los sueldos de muchos trabajadores oscilaban entre las 55 ó 60.000 mensuales. Sin embargo fue dado de baja a falta de 9 jornadas para concluir el Campeonato, arguyéndose razones disciplinarias. La realidad, empero, nada tuvo que ver con hipotéticas subidas de tono. Había sido uno de los cabecillas en el encierro reivindicativo de los jugadores, cuando se les adeudaban importantes cantidades económicas. La directiva del Plasencia, entonces, pescadora en río revuelto, se hizo con sus servicios sin satisfacer traspaso. “Nunca hubiese imaginado que iba a permanecer nueve temporadas en Plasencia -afirmó Oliva, ya exjugador, anegados sus ojos de nostalgia-. Y aún menos que con aquella camiseta, luciendo el 7 en la espalda, me sentiría líder, disfrutara de la 2ª B y los placentinos me hicieran sentir otro de los suyos”.

Tras colgar las botas creó la Escuela de Fútbol del Plasencia, además de ser directivo y secretario técnico del club donde desarrollara casi toda su carrera. El último de los futbolistas-atletas, o el último que pudo haber brillado en las pistas si el balón y sus promesas doradas no tendiera tantas zancadillas, falleció el 13 de julio de 2015, a los 56 años, en el hospital de Salamanca, como consecuencia de un derrame cerebral sufrido la semana anterior.

 “Hoy, ante todo, hemos hecho del jugador de fútbol un atleta”, afirman distintos especialistas, por más que otros sitúen su foco en determinadas carencias. “Con la preparación actual se ha ganado en potencia, velocidad y reflejos, pero hay menos resistencia y la musculatura sufre más estrés”. Reacciones como la del formidable Rogelio Sosa, extremo izquierdo bético durante los años 60, actualmente serían imposibles. “¡Rogelio, corra!”, le gritó su entrenador desde el banquillo, en pleno partido, viendo que el teórico marcador creaba peligro en sus acometidas por la banda. “¡Rogelio, corra, coño, corra!”, insistió el técnico, ante la evidencia de predicar en desierto. “Rogelio, ¡que corra he dicho!”. Y Rogelio, entonces, volviéndose, manifestó displicente: “Hombre, míster, que correr es de cobardes”.

Nunca han faltado opiniones para todos los gustos. Puskas, por ejemplo, cuando a principios de los 70 estaba abriéndose camino como entrenador, se hizo eco de una noticia según la cual cierto equipo húngaro había concentrado a su plantilla en un hipódromo, con el fin de someter a todos y cada uno a distintas pruebas y test de velocidad, fondo y potencia. “Mal futuro aguarda al fútbol húngaro, como pretendan convertir a los futbolistas en caballos”, dijo.

Hungría lo había sido todo desde los años 20 hasta los 50, bastante menos entre los 60 y 80, y actualmente su balompié apenas si supera al chipriota, el de Azerbaiyán o el lituano. A Puskas, que nada tuvo jamás de atleta, le bastaron su sprint corto, habilidad innata en el remate, buena colocación y un cañón en la zurda con punto de mira bien equilibrado, para golear como nadie. Si lejos de ser una gloria sumase en la actualidad 17 ó 21 años, demos por cierto que incluso arrastras, acabarían llevándolo al hipódromo.

Las ciencias adelantan que es una barbaridad, según cierta letra zarzuelera. Y el fútbol, parece obvio, tampoco ha quedado atrás.




Peripecias de un modesto

El fútbol de segundo rango lleva tiempo deslizándose por el filo de la navaja, sin que nadie parezca alarmarse ante tanto riesgo. Basta observar el graderío en muchos campos de 2ª División, para colegir cuán grave es la enfermedad. Asientos y más asientos vacíos. Entusiastas vocingleros, a veces en medio de la nada. Futbolistas a los que puede escucharse pidiendo más tensión, vigilar la marca en cada jugada estratégica, o quejarse a gritos tras el coscorrón en una disputa de cabeza. El mismo pitido arbitral llega a veces diáfano, como toque de pregonero en cualquier plaza mientras los vecinos sestean. Y esto en la división de plata. Descendiendo uno o dos peldaños, con el dinero de las recaudaciones ni siquiera podría pagarse al equipo arbitral. Suerte que las camisetas cuentan con patrocinador, que entre rifas y loterías se va apañando el déficit, o que aún con crisis y todo, las colectas puerta a puerta por comercios, talleres y empresas, siguen arrojando algún resultado. Aún no se le ha ocurrido a nadie colocar cepillos en las iglesias, pero a este paso nada se antoja desdeñable.

Si cualquiera de esos espectadores en familia visitase las oficinas del club, probablemente se recreara con fotos antiguas, en blanco y negro o tonos sepia. Las clásicas formaciones pre partido, seis de pie y cinco en cuclillas, aunque sin pancarta de patrocinio por delante y con público a rebosar como envidiable fondo. “Antes, la chavalería hasta se encaramaba a las tapias”, nos dirá algún directivo nostálgico. “Como la primera fila de general se vendía más cara, pues los bajitos no veían casi nada. Sólo con las almohadillas y la cantina, se pagaba a los porteros. Luego la televisión lo cambió todo”.

También hasta no hace mucho, los habitantes de Logroño, por ejemplo, eran del C. D. Logroñés. Los de Estella, del Izarra o de Osasuna. Los alicantinos, del Hércules. Y así cabría seguir desde Gerona hasta el Puerto de Santa María, o desde Cáceres hasta Torrelavega. Se podía ser del Athletic, claro, del Real Madrid, el Barça o el Valencia, pero también, y a menudo en primer lugar, del club del pueblo o la provincia. Los niños, cuando todo el marchandaising empezaba y concluía con una sencilla camiseta, pedían a sus Majestades de Oriente la del Celta si vivían en Vigo, la del Oviedo, Real Sociedad, Betis o Salamanca, según fuesen de la capital asturiana, San Sebastián, Sevilla, o la antigua Helmántica. Hoy, en cambio, pueden verse muchachos y hasta señores de pelo en pecho luciendo las del Real Madrid, Barcelona, Manchester United o Chelsea, por Socuéllamos, Badajoz, Vitoria, Elche, Sebastopol o Nueva Gales del Sur. Se juega sólo para la televisión. Y ahí los equipos menores pierden por goleada.

De tal modo evolucionan los acontecimientos, que el fútbol pobre y empobrecido, a fuerza de no hallar sitio en los medios hasta se antoja sin méritos para la atención histórica. Justo el fútbol con más entresijos, recovecos y renglones torcidos. Probablemente no el más pródigo en anécdotas, aunque sí aquel donde estas suenan con más verdad, no aspirando a otra recompensa que la propia satisfacción. Jesús Sánchez Borrero y José Doblado son dos de esas voces. El primero rastreador del balompié onubense, desde el litoral hasta las minas de Riotinto, la serranía, Zalamea, Bonares y cuantos terrenos de juego fueron improvisándose tras cribarlos de pirita. El segundo toda una referencia del Deportivo Valverdeño, Atlético Valverdeño, Valverde C. F. y Olímpica Valverdeña, representativos de Valverde del Camino. Consintamos nos lleven de la mano como Peter Pan hizo con Wendy y compañía. También, en este caso, será un viaje al mundo de Nunca Jamás.

José Doblado Vizcaíno, “El Barri”, comenzó a jugar en el Rollo C.F., por más que los carteles de imprenta, reñidos con la doble “l”, a menudo lo rebautizaran con  una “y” en negrita. “Viajábamos hasta Aracena y otros pueblos de la comarca en un camión entoldado, apretaditos, viendo el paisaje sólo a través del arco trasero. Pero entre tanta vuelta y revuelta por esa carretera estrechísima, el panorama se movía como si estuviésemos en alta mar. Todos, excepto dos, acabamos vomitando. Habíamos salido a las 10 de la mañana y no llegamos hasta las 3, justo a tiempo de vestirnos y saltar al campo”.

Lo de la vestimenta era otra. En abril de 1940, La Ferro Valverdeña, uno de los modestos equipos de Valverde del Camino precursores de la Olímpica, debía dirimir un choque contra el Zalamea la Real, en esta última localidad. Corrían tiempos de extrema apretura, como acredita la nota remitida por Francisco Cejudo a Pablo García Zarza, directivo y probablemente hombre para todo del Zalamea:

Valverde del Camino a 4 de abril de 1940

Muy Sr. mío:

No sé por qué empezar. Lo único que tengo que decirle es que estamos dispuestos para jugar el partido que tanto anhelamos. Ya tenemos camión y todo; lo único que nos falta es pedir los calzones y las camisetas, que es seguro las obtendremos; y, si por casualidad faltaran, ya iríamos como pudiéramos. Si les es posible, pueden pintar las líneas y suponemos que ahí habrá árbitro.

Se despide de usted su s.s.q.e.s.m.

Francisco Cejudo

Dos años más tarde los valverdeños pudieron comprobar que tampoco en Moguer ataban perros con longanizas, pues este equipo compareció con atavío impropio para jugar al fútbol, y botas enterizas. El público se llevó su buena decepción. ¿Contra quienes competían?. La cosa se antojó tan poco seria, que hasta hubo su buena ración de burlas. Por eso, cuando al Moguer le tocó regresar, los carteles anunciaron pomposamente: “Vestirán camisetas de vistosos colores”. Y en efecto, los visitantes saltaron al campo con indumentaria rojigualda, a listas verticales. Esa vez no hubo escarnio, pero se llevaron 8 goles.

Durante los años 40, los clubes modestos solían designar entrenador al futbolista más veterano, entendiendo que con los años habrían podido aprender algo. Juanito Sanfernando fue uno de ellos, después de servir en Madrid desde el 42 al 45 en Sanidad Militar, circunstancia que aprovecharía para competir en el Club Deportivo Amparo, filial del Atlético Aviación. Durante la temporada 1943-44 Ricardo Zamora lo incluyó dos veces en el once “colchonero”, sufriendo rotura de ligamento en el segundo. “Era Cabo de Sala en el Hospital Militar de Madrid y pude informarme sobre las con secuencias, si me operaba. Como entonces la cirugía estaba en pañales para estas cosas, decidí no pasar por el quirófano. Me vendaba bien, me ponía una rodillera, y así jugué en la Olímpica, Bollullos, Trigueros y Nerva, de donde salí no muy bien por negarme a competir contra el Valverde. Entonces regresé a la Olímpica, dirigiendo al equipo del ascenso”.

El Atlético Aviación, la temporada 1943-44. Juanito, al que en su pueblo apodaron “Sanignacio”, jugó dos partidos durante esa campaña, aunque ninguno de Liga.

El Atlético Aviación, la temporada 1943-44. Juanito, al que en su pueblo apodaron “Sanignacio”, jugó dos partidos durante esa campaña, aunque ninguno de Liga.

Para ese menester se servía de métodos al uso cuando estuvo en el Atlético Aviación, y del recetario de José Castilla, sargento y preparador físico en el Ejército. “Hacíamos mucha gimnasia, muchas flexiones y remates de cabeza, saltando a por un balón colgado en una especie de percha, dispuesto a distintas alturas. También algo de juego en el centro del campo, empalmes al balón con ambos pies, lanzamientos a puerta en carrera, penaltis… Lo de las tácticas y jugadas de estrategia no llegó hasta mucho después”.

Era un fútbol primitivo, qué duda cabe, entre espectadores cuyo comportamiento, a veces, resultaba vandálico según el recuerdo de Juanito Sanfernando:

“En La Palma, donde hubo sus más y sus menos, apedrearon la caseta. Como era de tablones, los impactos multiplicaban el estrépito. Otra vez, en Trigueros, expulsaron a Herrera por agredir al árbitro y arrebatarle el silbato. Luego el trencilla también me expulsó a mí, por amenazarle. Había mucha rivalidad. En Nerva, un día debí ser el último en llegar a la caseta, porque todos los colgadores estaban ocupados. Así que puse mi ropa en un rincón. Cuando volvimos después de los primeros 45 minutos, habían volado los relojes y el dinero de las perchas, pero como mi vestimenta resultaba menos visible, ni la tocaron. También tuvimos problemas en Ayamonte. Necesitábamos gasolina para el viaje de retorno, pero se negaban a suministrárnosla porque hubo bronca y tortas. Algunos se pasaron de rosca entre protestas y copas, es cierto, pero de ahí a dejarnos sin vuelta a casa… Por fin nos dieron la gasolina, gracias a un valverdeño avecindado en Ayamonte. Pero todos pasamos la noche en el calabozo, llegando al pueblo por la mañana, con la consiguiente bronca para quienes debíamos presentarnos a trabajar”.

Salvador Doblado, más conocido por “Vara”, otro jugador valverdeño con paso por varios clubes de la provincia, corrobora sin ambages aquellas tardes de rivalidad mal entendida:

Julio de 1943. Fútbol el Valverde, recibiendo a los campeones militares de Andalucía. La entrada de preferencia entre el duro y las 4 ptas. General a 3, y señoras y niños, de pie y en General, una peseta. El fútbol modesto no resultaba más asequible que el cine.

Julio de 1943. Fútbol el Valverde, recibiendo a los campeones militares de Andalucía. La entrada de preferencia entre el duro y las 4 ptas. General a 3, y señoras y niños, de pie y en General, una peseta. El fútbol modesto no resultaba más asequible que el cine.

“Siendo entrenador del Calañas recibimos la visita del Lepe, equipo que lideraba la clasificación contando por victorias todos sus encuentros. Pero de Calañas, puede que porque el campo les resultara pequeño y asfixiante, salieron derrotados por 3-0. Mis voces se percibían sobre el griterío del público, y eso pareció molestarles, puesto que enviaron una carta advirtiéndome que ni asomara por su pueblo en el choque de vuelta. No hice caso, claro. ¿Por qué iba a quedarme sin ir?. Pero en cuanto llegué con el equipo supe que iba a liarse. Treinta o cuarenta personas me rodearon, diciendo que allí no podía estar, que a tomar la puerta de salida. ¿Y eso por qué, inquiría yo?. ¿Qué he hecho?. No hubo modo de hacerles entrar en razón. ¡Usted fue el responsable de la derrota en Calañas!, gritaban. Sí, hombre, me defendía; ¿acaso jugué?. Tuve que irme, so pena de acabar calentito. Entré en un bar y pedí un refresco. Lo llevaba a medias cuando vi venir a la Guardia Civil. Bueno…, pensé, lo que me faltaba; ¿serán capaces de meterme en la cárcel?. Pero no. Uno de los guardias me pidió que los siguiese al campo, porque mis jugadores se habían encerrado en la caseta jurando que de allí no salía nadie hasta tenerme a su lado, dirigiéndolos. Pues bien, con escolta y todo, notaba los ceños fruncidos del público, las miradas… Me senté en el banquillo sin abrir la boca a lo largo de todo el partido y nos ganaron, porque tenían un buen equipo, con gente de Sevilla. No hubo más problemas. La verdad era que cuando vencía el anfitrión, las cosas resultaban mucho más llevaderas”.

Volviendo con José Doblado, diremos que cuando se implicó de veras en la Olímpica Valverdeña fue al regresar de la mili. “Hacía de todo. Procuraba que las cosas estuviesen a punto, empezando por preparar el campo con otros cuantos, barrerlo, colocar las porterías… Si las dejábamos fuera, los chiquillos nos las tumbaban. Así que tocaba montar y desmontarlas”.

Alguien con tanta afición y amor a los colores, por fuerza debía ir recopilando experiencias, documentos curiosos, testimonios imprescindibles para cualquier futuro historiador del modesto balompié comarcal. Y estuvo dedicándose a la labor durante algún tiempo. “Tenía muchos papeles ordenados. Entre ellos un recibo con la firma de Helenio Herrera, como perceptor de 13.000 ptas. cuando vino con el Sevilla C. F. en la feria de 1953. Lo malo es que un día mi hijo hizo limpieza”.

Por suerte y a falta de documentos, siempre cabe ampararse en la memoria para tirar del hilo. El Valverde F. C. ya disputaba amistosos y distintas copas por los años 20 y principios del 30. Entre enero y febrero de 1933, junto al Riotinto, La Palma, Huelva F. C. y Onuba, participó en un Campeonato de Primera Categoría organizado por la Federación Oeste. La Sociedad Olímpica Valverdeña no aparecería hasta diciembre de 1945, enfrentándose al Huelva F.C., C. D. Mercedes de Bollullos y Camas F. C., en un campeonato de sólo 6 partidos. Bien pronto fueron ampliándose las competiciones. En octubre del 47 echaba a rodar el Campeonato Regional Andaluz de 1ª Categoría, concluido en marzo del 48 tras disputarse 20 choques a ida y vuelta entre C. D. Mercedes de Bollullos, Trigueros Balompié, Minera, Peñarroya, Nervense, Museo de Sevilla, Imperial de Cádiz, Español de Córdoba, la Palma y Arenas, amén de la Olímpica. Sólo un año después y en Regional Preferente tras la 2ª plaza conquistada al término del anterior ejercicio, ya eran 17 conjuntos los que la Olímpica hubo de encarar: C. D. Jerez, San Fernando, Puerto Real, Hércules gaditano, Portuense, Trigueros, Isla Cristina, Morón, Peñarroya, Coria, Dos Hermanas, Triana, Écija, Alcalá, Calavera, Antequerano y Ronda. Desplazamientos por cuatro provincias en categoría Regional. Un disparate de gastos, cuando tanto escaseaba el dinero. No parece raro que mediado el Campeonato 1949-50 la Olímpica se retirase, sumergida en el penúltimo puesto de la tabla y ante “la falta de dirección técnica, la pobreza del cuadro de jugadores y los catastróficos y parciales arbitrajes sufridos”. Argumentos que en realidad enmascaraban una asfixia económica fácilmente comprensible. José Doblado recordaba bien cuanto ocurrió a continuación:

“En Valverde había otros equipos menores, como El Peñeo, Los Paquirris, el Betis de Mantero, Atlético Valverdeño, La Ferro, C. D. Valverdeño, Hogar del Productor, C. D. Calvario…Así que a falta de la Olímpica, se disputó un campeonato local. Luego (1951) la Olímpica reapareció como Frente de Juventudes de Valverde. O por lo menos eran los jugadores de la Olímpica quienes allí formaban. Y más tarde (1954) volvió a asomar la Olímpica, ya como tal. Algunos de aquellos equipos se fueron apagando, porque recibían muchas goleadas. Natural, si se comían un guiso de frijones antes de cada partido”.

Doblado, de todos modos, disfrutaba más con la evocación de avatares y peripecias, donde por una razón u otra surgía casi siempre el problema arbitral:

“Cuéllar dejó de pitar porque, según decía, yo le amargaba los arbitrajes. Un tal Ceballos, que solía acercarse a menudo por Valverde, puesto que le gustaba nuestro aguardiente, era muy buen tipo. Cierto día, en “Casa la Candelaria”, el barbero tomó el micrófono y dijo por los altavoces: El señor colegiado ya va por el décimo puchero. Pues bien, a este hombre, que llegó a apoderado en el Banco Popular de Sevilla, le pegaron durante un partido no estando yo. Al día siguiente me presenté en Sevilla para ofrecerle todo tipo de excusas”.

Fútbol modesto y conflictos arbitrales. Desdichada dicotomía antaño.

Fútbol modesto y conflictos arbitrales. Desdichada dicotomía antaño.

Entonces y ahora, árbitros y directivos se conocían bastante bien. Pero allá por los 40 y 50 no faltaban trencillas que al ver sucederse las estaciones sin ascenso que llevarse al ego, concluían haciendo del arbitraje sólo un sobresueldo, en tiempos donde no sobraba nada.

“En La Zarza, a donde nos habíamos desplazado para un partido de competición, me encontré con Martín Feria, “referee” al que temíamos como al nublo. Nos negamos a jugar si él pitaba y tampoco lo aceptamos como juez de línea cuando propusieron intercambiase papeles con uno de los linieres. Incluso estábamos dispuestos a aceptar el arbitraje de algún directivo de La Zarza. Tobo, con tal de que ese hombre no nos pitase. Los de La Zarza se portaron admirablemente, aviniéndose a suspender el partido”.

Otras anécdotas se diría pertenecen al universo de Berlanga o Bardem, al de tantas y tantas comedias en el blanco y negro de los 50 y primerísimos 60.

“Jugábamos un partido en Villanueva del Río y Minas. Nuestra victoria representaba ascender a Regional Preferente. A ellos les bastaba empatar para garantizarse el ascenso. Arbitraba José Mª Cuéllar, de cuya hija yo era padrino. Y como me conocía hasta de lejos, me advirtió: hoy no te pases ni un pelo. Íbamos ganando 0-1 cuando en un ataque se llevaron por delante, hasta el fondo de la red, tanto al balón como a nuestro portero. Y no me pude aguantar. Antes de darme cuenta estaba en el campo, zarandeando al árbitro mientras le decía: ¡Por tu hija, demonios: hazlo por tu hija!. Cuéllar, sorprendido, aunque cumpliendo como debía porque la falta fue clamorosa, anuló el gol. Yo salí disparado, corrí, corrí hasta las afueras del pueblo, donde estuve acechando nuestro transporte para hacer que me recogiesen. Bastante tiempo después volví por Villanueva, donde vivía mi cuñada, y quise ver el campo de fútbol. Iba con su marido, y por detrás otros tres señores de paseo. Yo decía: Está igualito. El desmonte, la caseta, ese terraplén que da al tendido férreo… Y en esas, a mi espalda, oigo a uno de los paseantes asegurando: Sí señor. Ese ribazo da a las vías por donde usted salió corriendo hace años, mientras nosotros le tirábamos piedras”.

Formación de la Olímpica Valverdeña en los años 50.

Formación de la Olímpica Valverdeña en los años 50.

Los fichajes, a veces, también constituían motivo de tensión. Si entre entidades más poderosas surgían polémicas, fuere por duplicidades o utilización indebida de licencias amateur entre profesionales bien pagados, los ciscos donde de veras se respiraba amateurismo solían tener aroma a picaresca propia del Siglo de Oro. Nada que ver, por ejemplo, con trabalenguas como el contrato de Neymar con el Barcelona. Todo se hacía sin abogados, pisando deliberadamente el charco. Así ocurrió con la incorporación de Ballerín.

“Lo vimos por primera vez cuando vino con el Briones. Hizo un partidazo soberbio y lo quisimos fichar, pero su equipo no estaba dispuesto a concederle la carta de libertad. Ballerín se queda en el Briones, nos decían; si a ustedes les parece bueno, a nosotros también. Cuando nos tocó devolver su visita, recibimos un escrito más o menos en estos términos: Por la presente les comunicamos que la hora del partido será… Era una carta con membrete, fecha y firma. Pero sobre todo, quedaba bastante espacio libre en el renglón donde se indicaba la hora del choque. Así que nos hicimos con un borra-tintas “Ebro”, comercializado en las papelerías. Eran dos frasquitos, uno conteniendo líquido rojo y otro blanco, o incoloro. Se esparcía el rojo sobre el texto con un pincelillo, y luego el blanco. Al momento, la reacción química hacía desaparecer lo escrito. Pues bien, nosotros borramos la hora y a continuación del comunicamos a ustedes escribimos:… que Juan Ballerín Sánchez dispone de libertad para fichar con ustedes. Por supuesto, hubo lío. La directiva del Briones llevó el asunto a la Federación, pero el muchacho jugó toda la temporada en nuestro equipo”.

Probar la verdad no siempre es tarea fácil. Y en este tipo de asuntos, donde las Territoriales tenían pocas ganas de mojarse, con frecuencia acababan accediendo a la voluntad del futbolista.

Conflictos de esta índole, sin embargo, marcan. Cuando una misma entidad se ve envuelta en litigios con alguna frecuencia, invariablemente acaba pagando. En Valverde, aunque algo tarde, también lo comprendieron.

Hoy pocos medios dirigen su atención al fútbol modesto, si no es haciéndose eco de algún incidente serio.

Hoy pocos medios dirigen su atención al fútbol modesto, si no es haciéndose eco de algún incidente serio.

“Menuda injusticia. Durante una liguilla de ascenso habíamos eliminado al Carmona. Ellos nos denunciaron por alineación indebida, basándose en que Torres, cedido por el Recreativo, jugó el segundo partido. Cuando desde la Federación anularon los dos enfrentamientos, acudimos a José Mª García, cuyo programa era rey absoluto del deporte en las ondas. Braulio y Calixto salieron para Madrid con jamones, José María los recibió, les hizo una entrevista y tanto Cisneros como su pasante, culpables de todo el lío, quedaron retratados. Pero la cosa no acabó ahí. Como continuasen sin darnos la razón, volvieron a Madrid, aunque para no salir por las ondas. García, al parecer, tenía el programa radiofónico cubierto”.

José Doblado, “El Barri”, con la Olímpica celebrando un ascenso, decidió que ese era buen momento para dejarlo. Quedaban atrás muchos avatares, y por delante no pocos sobresaltos, como el que dejara al club sin competir desde julio de 1971 hasta agosto del 73, por sanción federativa, siendo el Atlético Valverdeño quien cubriera su baja. Entre los recuerdos amables, situaba en primer lugar a sus muchos amigos desperdigados por media Andalucía. Amigos unidos por la común devoción al fútbol. Entre lo que preferiría olvidar, aun sabiéndolo imposible, dos sucesos que ensombrecieron a toda la comarca. El 13 de octubre de 1945, al disputar un balón de cabeza, falleció Conrado Fiscal Almeida. Sus propios compañeros le habían advertido alguna vez sobre el peligro de dar al balón como hacía, girando en el aire para recibir la pelota. Esa tarde saltó con un jugador del San Juan, chocaron y él recibió aquel impacto en plena sien. Era muy popular, no sólo como jugador de fútbol, sino porque además tocaba en la banda de música.

El otro hecho luctuoso tuvo lugar en Beas, localidad rival donde a menudo saltaban chispas. “Arbitró precisamente el citado Martín Feria, que nada más verme dijo: a mí no me hables para nada. Se jugaba una copa y había cierto ambiente raro. Como en el campo no encontramos agua, salí a por un cántaro, que me cedieron sin problemas. Regresaba con él lleno cuando un tipo me lo rompió con un palo. Durante el partido nos expulsaron a varios jugadores. Cosas de Martín Feria. Subimos al camión y nada más llegar a Valverde supimos que habían matado a Gutiérrez. Según parece, un guardia creyó que Gutiérrez iba a por él, y le disparó. Por Beas pasaban muchas cosas en esa época. Tenían de alcalde a un famoso camisa vieja y en otra ocasión los guardias propinaron una paliza tremenda a cierto seguidor. Dejamos de ir, hasta que dos años más tarde la competición nos obligó. Entonces ganamos de penalti”.

El fútbol modesto, incluso el muy modesto, existe gracias a hombres como “El Barri”, Salvador Doblado, Juanito “Sanfernando”, José Sánchez Borrero, recopilador de crónicas, anales y calendas, Calixto y Braulio, que viajaron hasta Madrid con jamones para exponer su verdad, y a cientos, miles de entusiastas anónimos, con los colores de su equipo, de su pueblo, comarca o barrio, tatuados en el alma. Sin ellos no sería posible el fútbol grande, el de los focos, cámaras y millones, el de los coches de lujo y la feligresía dispuesta a todo por un “selfi” junto al ídolo. Porque gran parte de los eméritos de Primera, y hasta una buena porción de estrellas, dieron sus primeros pasos tras el cuero en clubes pequeños, muy pequeños. Entidades de las que un día volaron, como infantiles, cadetes o juveniles, para vestir camisetas con más prestigio y de paso engrandecer a intermediarios con licencia al día, ojeadores, o representantes con el punto de mira puesto en el ciento por uno.

El fútbol modesto, por suerte, aún palpita.

A pesar de los pesares.




Juan Lizaso, futbolista con dos vidas

Juan Lizaso no fue futbolista que suene al aficionado, entre otras razones por haber antepuesto su teórico porvenir laboral a los réditos de un deporte todavía en precario. Sin embargo ejemplifica cuanto hubo de afrontar parte de su generación, tras el último parte bélico fechado en Burgos aquel primero de abril de 1939.

Nacido en Deusto varios años antes de que Bilbao anexionara dicho municipio, fue haciéndose hombre mientras rompía alpargatas contra el balón, cazaba chimbos a plomazo limpio y se dejaba embeber por el universo del canal y la ría, entonces puerto bilbaíno, bosque de grúas y hasta escenario de aventuras imposibles. Su padre, consciente de la voracidad industrial, pues no en vano trabajaba entre diez y once horas diarias a 12 metros del suelo, con una caldera de vapor pegada a la espalda, hizo cuanto pudo por verlo ganándose la vida en un despacho, trajeado y de corbata. Próximo al domicilio familiar se hallaba el colegio de San Antonio, no tan costoso como para que un obrero con 5 pesetas de jornal diario renunciase a matricular al primogénito. Según los frailes, Juan era despierto y voluntarioso, disciplinado y algo terco, pero excepcionalmente dotado para las Matemáticas, el Cálculo, y sobre todo para el dibujo. “Más Matemáticas y menos lápices”, parece pidió el buen hombre, quizás porque nunca vio dibujar a nadie en las oficinas portuarias.

Al joven Juan, sin embargo, lo que en verdad le entusiasmaba era el fútbol. Deusto tenía un equipo potente desde 1913, con jugadores    que habrían de dar el salto al vecino Athletic sin afeitarse siquiera por primera vez. Medio de empuje, por más que se empeñara en saltar al campo como delantero centro, para cuando quiso advertirlo se encontró formando en el equipo B, junto a otros chiquillos de 13, 14 ó 15 años. Su incorporación al primer conjunto apenas iba a demorarse. Como no existía el Campeonato Nacional de Liga, los clubes vizcaínos disputaban muchos amistosos y un torneo regional, cuyo campeón se cruzaba con los de otras áreas en reñidas eliminatorias de Copa. Por cuanto a la Sociedad Deportiva Deusto respecta, alternaba la Serie B, equivalente a una 2ª División territorial, con la A, patrimonio en lo que a títulos se refiere de Athletic Club y Arenas de Guecho.

Juan Lizaso, en 1924. Empezaba a jugar con el Deusto.

Juan Lizaso, en 1924. Empezaba a jugar con el Deusto.

La temporada 1920-21 el Deusto dio la campanada, clasificándose en tercer lugar, por detrás de los sempiternos Athletic y Arenas, y delante del Erandio y Racing santanderino, entidad esta que a partir de 1922 pasaría a competir en el Regional Cántabro. Para los muchachos de Deusto entendérselas de tú a tú con los grandes -cosa que hicieron ininterrumpidamente hasta 1925- equivalía a ponerse en el escaparate. Imperaba aún el amateurismo, siquiera fuese en los estatutos federativos, por más que pagar sueldos y primas de fichaje estuviese a la orden del día. Y puesto que aquellos sueldos de futbolista aventajaban a los de operarios cualificados, volar hacia nidos más altos era aspiración de no pocos peones, mozos, estibadores o aprendices con buena maña ante el cuero. Lizaso no era de esos. Acababa de ingresar por oposición en la Caja de Ahorros Municipal bilbaína, y ni remotamente concebía otro futuro ajeno al encadenado de ascensos como empleado de banca. Aun así le llegaron cantos de sirena desde el Zaragoza, no la entidad actual sino su predecesora, apodada “tomate” por el color de sus camisetas.

 “Supongo hablaría de mí algún vasco de los varios con que por esa época contaba el club maño. Bilbao no tenía otra Universidad que la de Deusto, y por ello quienes estudiaban Medicina debían irse fuera. Madrid, Valladolid y Zaragoza, por elementales razones geográficas, se convirtieron en habitual alternativa. De ahí que aquel Zaragoza pescara a numerosos futbolistas-estudiantes, sobre todo futuros médicos.

Pero ese intento quedaría en nada. “Con una estupenda colocación y novia formal a 35 kilómetros de Bilbao, yo en Zaragoza no pintaba nada. Agradecí su interés, comprendieron mis razones y quedamos tan amigos. Otra cosa fue lo del Racing. Ahí no me hubiese importado fichar, bajo ciertas condiciones”.

El Racing, en efecto, también envió emisarios hasta Deusto. Dos veces, además. Y la segunda, a vicepresidente y secretario.

“Yo sabía que iban a utilizarme poco, pues para salir triunfadores del Regional Cántabro les bastaba con cuanto tenían allí. Su aspiración no confesa pasaba por disponer de un equipo más fuerte en las eliminatorias del Campeonato de España, de la Copa, para entendernos, y así avanzar en la competición más de lo que solían. Entonces hice mi propuesta: Continuaba jugando el Regional Vizcaíno con el Deusto, sin abandonar mi casa y el trabajo. Cuando me reclamaran, fuese para la Copa o la disputa de cualquier amistoso, podían contar conmigo en Santander, puesto que los partidos se jugaban en domingo. Pero eso sí, como el tren de vía estrecha invertía una enormidad en cubrir esos 100 kilómetros, me compraban una moto a manera de prima por fichaje. Siete u ocho días más tarde me hicieron llegar la contrapropuesta. De acuerdo con que disputara el Regional Vizcaíno, de acuerdo también con que continuase trabajando en la Caja, pero la moto les resultaba excesivamente onerosa. Al escucharme que aun lamentándolo mucho en esas condiciones nada se podía hacer, arguyeron que me trasladase a Santander. Ellos correrían con los gastos de patrona, me proporcionaban trabajo, negociábamos un tanto por partido jugado y primas por victoria, y ya formaba parte de su plantilla permanentemente. Por curiosidad inquirí sobre qué tipo de trabajo contemplaban y con qué sueldo. Al escucharles casi se me escapó la sonrisa. Ofrecían menos de lo mitad que cuanto por entonces ganaba. Seguí en Deusto, sintiéndolo sólo por la moto. Me hubiese venido bien para ir y venir a Busturia, donde residía mi novia”.

Esa novia, visceralmente nacionalista, vivía como otros muchos jóvenes con la esperanza de ver reconocida desde la corte su especial idiosincrasia, traducida, a ser posible, en la correspondiente plasmación estatutaria. Juan tampoco era ajeno a esa agitación. Pero aún viniendo de la rama juvenil del P.N.V., solía mostrarse más cauto. Durante las fiestas, sobre todo en la Vizcaya rural, abundaban los alardes vascos -pelotaris, arrastre de piedra, segalaris, harrijasotzailes, aizkolaris, bertsolaris- al son del chistu y la trikitixa, entre aurrezkus y espatadantzas, vuelo de ikurriñas, irrintzis y alguna soflama que las fuerzas del orden procedían a anotar, dejando para más adelante la identificación de su autor o autores. Comenzaba a aflorar una tensión, cuyas consecuencias acabarían resultando dramáticas.

El Erandio Club en la transición de los años 20 - 30, durante el pasado siglo.

El Erandio Club en la transición de los años 20 – 30, durante el pasado siglo.

Deportivamente, Lizaso cambió de chaqueta la temporada 1928-29, como si de ese modo quisiera celebrar el nacimiento del campeonato liguero. Durante dos ejercicios y medio estuvo defendiendo la camisa blanquiazul del Erandio, y para la Liga de 1930-31 suscribió contrato con el Baracaldo, en 3ª División. Fue este su club de despedida, ya algo mermado en una rodilla. Se la había lastimado en un partido festivo, sirviendo de estadio los arenales de Urdaibai, desembocadura de la ría guerniquesa y actual reserva de la biosfera. Al disputar un balón a ras de arena, alguna concha semienterrada estuvo a punto de seccionarle el ligamento. Y puesto que con los parches recetados por la medicina oficial apenas hallase alivio, acabó en manos de un brujo afamado. Sus ungüentos y masajes, al menos sirvieron para ponerlo otra vez en órbita.

Cuando estalló la Guerra Civil se alistó en un batallón de gudaris, somatén o milicia nacionalista armada a toda prisa, con escasos pertrechos, pobre adiestramiento y más voluntad que diligencia. Entre sus destinos, la fallida defensa del “Cinturón de Hierro” en Bilbao. Y consumada la derrota, el calabozo y la incertidumbre. Suerte, para él, que sus hermanas hubiesen paliado con ropa, consuelo, comida y compañía, la aflicción de varios presos franquistas hasta la toma de Bilbao por Mola y los italianos. Porque el aval de éstos, unido a certificados parroquiales, libraron a Juan de un cautiverio largo. Lo que aquellos buenos informes no pudieron borrar fue el expediente de Honorata, la joven busturiana para entonces convertida en su esposa, calificada como separatista y, tras la alianza del lehendakari Aguirre con republicanos e izquierdistas, “roja perdida”.

“Las cosas hay que hacerlas por humanidad, no por ideología -sintetizaba una de aquellas hermanas, con la mirada vuelta hacia el recuerdo-. Una vez, durante los bombardeos, derribaron a un piloto. No sé si lo capturarían vivo o muerto, pero el caso es que lo ataron a un coche y estuvieron arrastrándolo por las calles, mientras la gente le arrojaba excrementos. Eso fue una vergüenza. Porque sobre los colores, pero muy por encima de ellos, está siempre el ser humano. Si algún día lo olvidásemos, todo daría igual. Nos habríamos convertido en bestias”.

Lizaso estuvo entre los represaliados de la Caja de Ahorros. Le dieron 27 días para insuflar la rutina más elemental a su sustituto, muchacho de familia conservadora introducido a dedo. Luego a la calle, sin carta de recomendación ni finiquito. A Honorata, por su parte, se le recetó destierro a Canarias. Lógicamente, Juan ni se planteó no acompañarla.

“De pronto nuestra estabilidad se escurría entre los dedos. Durante la guerra sí pensabas en perderla y sus consecuencias. Más pobreza, un campo en régimen de trabajo forzado… Pero inquina en las represalias, eso no, la verdad, porque ganara quien ganase tendríamos que seguir conviviendo. Y allí estaba yo: viejo futbolista sin empleo, aislado en otra tierra donde no conocía a nadie, con la obligación de salir adelante. Hasta me planteé sacar partido al dibujo, pero, ¿cómo?, ¿dónde?. En Las Palmas no había agencias de publicidad y el negocio editorial se concentraba en Cataluña. Lo cierto es que allá por 1940 en Canarias había poco más que puertos, tabaco, tomate y plátano”.

Lizaso, como ya se ha dicho, tenía excelente mano para el dibujo. Las sanguinas, composiciones en grafito y lápiz plomo conservadas por la familia, todas ellas fechadas entre 1917 y 1922, así lo acreditan. Sin embargo saldría adelante utilizando toda suerte de artes, menos las plásticas. Corrían tiempos revueltos, y por lo tanto buenos para quien chapotease a favor de corriente. En las Islas Canarias se había fraguado parte de la conspiración militar. Era, en buena medida, archipiélago favorecido desde el nuevo régimen, no mediante ayudas, pues el país estaba para pocos dispendios, pero sí haciendo la vista gorda. Además contaba, y mucho, su posición estratégica. Próximo al Marruecos francés, frente a las posesiones del Sahara e Ifni, constituía formidable observatorio en plena II Guerra Mundial, con Hitler obligado a adentrarse en el Norte de África y Francia e Inglaterra forzadas a su defensa.

Obtuvo trabajo en lo que hoy llamaríamos grupo de empresas; un conglomerado de compañías dedicadas a construcción, obra pública, agricultura, exportaciones… Sin ser exactamente contable, intervenía en su administración. Tampoco estaba adscrito a un área o departamento concreto, por más que tomara decisiones, diese la cara y, aún a regañadientes, firmase documentos.

“Por esa época imperaba el sobreentendido. Todo estaba tasado, medido y reglamentado, en cupos tan insignificantes que hubiesen hecho imposibles la producción y el negocio. Un recurso más bien pedestre para no reconocer que el país se ahoga en la ruina. Y ahí arrancaban los sobreentendidos. Se sobreentendía, por ejemplo, que un industrial necesitase materia prima, que para obtenerla sorteara conductos reglamentarios, manejase influencias, hiciera circular dinero bajo mano y, lógicamente, asumiese la posibilidad de ser desenmascarado. Si un día saltara por los aires aquel tinglado, ¿quién mejor que un perdedor, y encima represaliado, para arrostrar el castigo?. Nosotros cerrábamos el círculo de sobreentendidos. Y aun teniéndolo clarísimo no estábamos en disposición de mostrarnos exquisitos. Nos tenían agarrados por el estómago”.

Santa Cruz de Tenerife a principios de los 40. Sin coches, sin transeúntes, sin publicidad ni nada que sugiera abundancia o desarrollo.

Santa Cruz de Tenerife a principios de los 40. Sin coches, sin transeúntes, sin publicidad ni nada que sugiera abundancia o desarrollo.

Para una constructora, el cemento resultaba imprescindible. Cemento de verdad, no el racionado con cuentagotas. Quien disponía de stocks era el Ejército, ante la eventualidad de verse obligado a fortificar la costa o construir casamatas. “Cierto que se introducían pequeñas partidas de café, azúcar, leche en polvo, material sanitario y cemento. Era la ventaja de contar con puertos francos. Pero aún con ello, seguían haciendo falta los sacos que por centenares envejecían en Comandancia”. Se establecieron contactos, claro, y un buen fajo de billetes disipó reticencias. Desde entonces aquel grupo canario no sólo pudo trabajar de tirón, sin paralizar proyectos, sino que hasta distribuyó por su cuenta, a precio de oro, entre sociedades cuya reducida dimensión distaba mucho de convertirlas en potencial competencia. “Todo fue bien durante un tiempo. A medida que llegaba nuestro propio cemento, íbamos restituyéndolo al ejército. Los interventores militares, según parece, se limitaban a contar sacos, parte de ellos conteniendo arena”.

Pero un día Lizaso sintió hundirse el suelo bajo sus pies:

Arrancaban los años 50 cuando posó ante los almacenes de la compañía grancanaria donde supo labrarse un porvenir.

Arrancaban los años 50 cuando posó ante los almacenes de la compañía grancanaria donde supo labrarse un porvenir.

“El contacto militar nos llamó pidiendo socorro. Acababan de informarle que al día siguiente tendría, recién llegados desde la península, varios inspectores con órdenes de poner hasta el último almacén patas arriba. Se rumoreaba habían detectado desfalcos de material diverso en algún acuartelamiento, y el alto mando estaba dispuesto a ofrecer cabezas. ¡Menuda nochecita!. Obra por obra, cobertizo por cobertizo, subiendo a un camión cada saco sin desprecintar. También acudimos a nuestros clientes, para que soltasen provisionalmente cuanto pudiesen conservar de lo que nosotros mismos les habíamos vendido. Recelaban, por supuesto. Otros mentían, asegurando no tener sino para media docena de paletadas. Durante quince o dieciséis horas seguidas recorrimos media isla suplicando, prometiendo, y hasta cierto punto extorsionando. Pero reunimos lo suficiente para no dejar tirado a nuestro proveedor clandestino, y de paso ahorrarnos un señor lío. Como en las películas, el camión se cruzó con la comitiva fiscalizadora apenas hubo quedado atrás el área militar. Huelga añadir que se hizo una lista negra con los clientes pillados en mentira”.

El fin de la II Guerra Europea constituyó gran noticia para casi todo el mundo, aunque menos para quienes venían pescando entre aguas revueltas. La empresa donde Lizaso se afanaba, hubo de readaptarse. Con dos tercios de Europa por reconstruir, las exportaciones podrían haberse convertido en formidable filón. Pero España apenas producía otra cosa que eslóganes, toreros, curas, letras de copla y marchas patrióticas. La agricultura, entonces, volvió a verse como casi única salida.

Aunque Deusto tuviese fama de producir muy buenos tomates, nuestro hombre nada sabía acerca de su cultivo. Y menos, aún, sobre cómo y dónde encontrar agua subterránea, ejercicio imprescindible en el reseco Sur grancanario. Algo, sin embargo, tenía a su favor. Era despierto, intuitivo, de los que cuentan cuatro antes de ver el dos más dos. Sorbió experiencias de lugareños con hasta cinco generaciones de ancestros consagradas a la tierra, estudió métodos de explotación industrial, supo de los abonos nitrogenados, apabulló con mil preguntas a los zahoríes… Pocos años más tarde ya no era un represaliado peninsular cuando recorría las plantaciones, sino “Don Juan”. Con todo, el matrimonio continuaba presentándose cada semana en una comisaría, conforme se les exigiera, firmaban, intercambiaban saludos protocolarios y procuraban distraerse para sobrellevar aquel pellizco molesto, fruto del desarraigo; el mismo que siguiera manteniéndolos unidos al país vasco, siquiera fuese haciéndose enviar desde Bilbao la prensa de cada martes y seguir así, como desde un café frente en la Plaza Nueva, los partidos del Athletic.

“Un día, al presentarnos para firmar, nos dijeron que el comisario quería vernos. Acababa de tomar posesión, según comentó mientras hojeaba el contenido de una carpeta. Luego añadió: Van al cine, al fútbol, pasean, parecen gozar de estima, no se meten en líos… Perfecto. En adelante no hará falta que vengan por aquí todas las semanas. ¿Qué tal una vez al mes, y sin firmas de por medio?. Para tomar un café mientras charlamos de lo que gusten. Nos despedimos con un apretón de manos. Ciertas cosas empezaban a cambiar, aunque muy lentamente”.

Junto a su “ranchera”, mediados los 50.

Junto a su “ranchera”, mediados los 50.

Incluso en la calle parecía advertirse, si no prosperidad, menos miseria. Hasta se habían decidido a levantar en el corazón de Las Palmas un edificio con cinco alturas y tres viviendas por planta. Algo tan novedoso que la prensa no dudó en recoger, entre titulares un tanto ofensivos: “Siguen a buen ritmo los trabajos en la colmena. Residencia ideal para peninsulares”. Hasta entonces ambas capitales canarias, casi con la única excepción de los edificios civiles, eran un sarpullido de viviendas con aire colonial, bajas y coloristas. Pocos insulares de esa época contemplaban abandonar sus terreras. También crecía el número de automóviles, según datos oficiales. En octubre de 1949 circulaban 129.600 vehículos. Barcelona encabezaba el ranquin, con 22.579 coches. Por detrás Madrid (17.400), Valencia (4.942) y Vizcaya (4.719). La provincia con más porcentaje de peatones era Teruel (sólo 327 vehículos). Parte de esos automóviles, venerables reliquias de preguerra, rodaban fatigosamente por unas carreteras tan faltas de parcheo como decrépitas. Y por eso, para rejuvenecer aquel parque, el Consejo de Ministros acababa de autorizar al I.N.I. el montaje de una fábrica. SEAT casi llamaba a la puerta, por más que desde ciertos ámbitos se pusiera énfasis en el rostro amargo del progreso. “1952 se saldó en Barcelona con 63 víctimas mortales en accidentes de circulación. A ellos han de añadirse 2.712 heridos por colisiones y atropellos”. Los Lizaso todavía no gozaban de coche, aunque les faltara poco. Porque a mediados de los 50 el antiguo futbolista iba a conducir por Telde, Agüimes, Arinaga y Mogán, su ranchera americana de importación.

Antes, de cualquier modo, había sabido aprovechar otras oportunidades.

El mejor mercado para el tomate canario estaba en Londres y su extensa área demográfica. Allí no sólo eran judíos todos los importadores, sino que constituían un lobby. Negociar con ellos equivalía a saberse derrotado de antemano, pues ofrecían un frente común, duro y exigente. O sea que en el seno de la compañía no sobraban voluntarios para rematar esos contratos, por más que la operación implicase volar hasta Heathrow y disfrutar de unos días junto al Támesis, Hyde Park, Buckingham Palace, Oxford Street, Belgravia o Piccadilly. Lizaso, quizás por renuncia de otros, tuvo que tomar el portafolios y plantarse en el aeropuerto:

“Pero si no sé inglés, dije. Da igual, me contestaron; siempre nos servimos de traductores. Las bases fundamentales estaban ya acordadas por correo y telegrama, pero como es natural quedaban flecos pendientes. Y ahí era donde estrujaban. Conmigo no hicieron ninguna excepción. Rostros serios, ademanes distantes, la seguridad de quien está acostumbrado a salirse siempre con la suya. Mi discurso sobre el costo de producción por mata les traía sin cuidado. Llegada la hora de comer los invité, y aunque algunos rehusaron creo recordar quedamos cuatro o cinco, más el traductor. Mientras esperábamos el postre deslicé una mirada hacia el ventanal. Desde el exterior llegaba el bullicio urbano. Y entonces, como si meditase en voz alta, dije: Pensar que si Franco no hubiese ganado la guerra, podríamos gozar de un desarrollo semejante al de ustedes… Acto seguido, mirando al traductor, para que lo vertiese al inglés, añadí: Discúlpenme. Pese al tiempo transcurrido, sigue costándome digerir la derrota. Estuve en el bando que luchó contra el fascismo. Me miraron sorprendidos, pero con curiosidad. Uno preguntó si era común encontrar antifranquistas en puestos representativos. Otro, si toleraban mi disidencia en la empresa cuyos intereses defendía. Acabé hablándoles sobre mi salida forzosa de Bilbao, comparando el destierro a Canarias con las penas de expulsión a Australia en la Inglaterra del XIX, pues ambos territorios tenían cierto carácter de confín. Whisky en mano prosiguió su curiosidad, y de vuelta al trabajo se me antojaron más permeables. Blandos no, desde luego, pero al menos percibí escasa beligerancia en cuestiones menores. Cuando llegué a Las Palmas un miembro del consejo me preguntó cómo lo había hecho, pues hasta entonces nos repercutían el transporte local de puerto a almacenes, y esa vez ambas partes lo asumiríamos al cincuenta por ciento. Me encogí de hombros, sin confesar lo averiguado mientras charlaba con el traductor, antes de enfrentarme a los clientes. Dos de ellos contribuían con generosidad a la causa sionista. Y por lo tanto, el coqueteo ideológico de Franco, Alonso Vega y Serrano Suñer con el nazismo, supuse debía producirles el mismo efecto que a un hueso atravesado en la garganta. Durante varios años seguí siendo yo el encargado de ir a Londres”.

Coincidiendo en el tiempo, la recién nacida Unión Deportiva Las Palmas ascendía a 1ª División, tras un sólo campeonato en 2ª. Gran Canaria se engalanaba futbolísticamente cada quince días. Por el Estadio Insular pasaba el Real Madrid de Pahiño y Molowny, el Barça de César, Basora y Kubala, el At Madrid de Carlsson y Ben Barek, el Valencia de Puchades, el Sevilla de Campanal II, Arza y Araujo, el Valladolid de los hermanos Lesmes, el Coruña de Oswaldo y Dagoberto Moll, restos de la “Orquesta Canaro”… Descendidos de inmediato, los amarillos volverían a militar entre los grandes. Y la temporada 1957-58, a falta de tres partidos para finiquitar la Liga, un At Bilbao que ya había hecho hincar la rodilla a los grancanarios en San Mamés por 9-0, visitaba el archipiélago. Los locales veían imprescindible el triunfo, so pena de encarar el descenso. Y los rojiblancos, ese año, pisaban la estela merengue. Para entonces Lizaso, asiduo espectador del Insular, era hombre conocido. Y a través de relaciones compartidas, desde la directiva amarilla se le hizo llegar la petición. Si como vasco pudiera hacerse el encontradizo con la expedición atlética, si se las arreglaba para charlar distendidamente con los directivos, si les transmitiese su zozobra… “No están proponiéndome un pasteleo, ¿verdad?”, inquirió, sabiendo que desde el otro lado jugarían a escandalizarse. “¡Por Dios, hombre!. Todo lo que pedimos es un poco de buena voluntad”.

“Menudo papelón, pensé; si no hago nada, les va a sentar mal. ¿Pero qué esperaban de mí?. Tras meditarlo, me dejé caer por el hotel con la insignia del Athletic en la solapa. Un placer saludarles, señores; aunque la colonia bilbaína sea bastante escasa, por lo menos es devota. Los directivos, complacientes, queriendo saber desde cuándo estaba allí y qué hacía. Por lo menos disfrutará del clima, ¿eh?. ¿Va mucho a Bilbao?. Y yo, pues eso, que no tanto como me gustaría, pero que si durante mis breves estancias coincidía algún partido, era el primero en cruzar las puertas de San Mamés. Con un vermut y olivas de por medio, sin querer la cosa, empecé a decirles que en los mentideros se respiraba bastante preocupación, que aquí se lo jugaban todo y la prensa exigía coraje a los futbolistas, que el 9-0 de la ida escoció, que en vísperas de empezar la Copa cualquier lesión sería un desastre para el Athletic. Uno de los directivos, sonriendo, puso freno a mi verborrea. Tienen muchos amigos por aquí, ¿verdad?, dijo. Y sin esperar respuesta, añadió: Puede tranquilizar a esos amigos, porque como usted sugiere, al Madrid no hay quien lo alcance. Si algo podemos hacer, será en la Copa. Continuamos charlando, nos despedimos, y por la tarde venció el Las Palmas 3-0. La Liga la ganó el Real Madrid, como estaba previsto, y la Unión Deportiva se mantuvo. El Athletic quedó segundo, con más goles a favor pero 3 puntos menos que los merengues. Y la Copa se la llevaron Carmelo, Orúe, Garay, Canito, Mauri, Maguregui, Arteche y Gaínza, entre otros, derrotando precisamente al Madrid en el Bernabéu. No hice nada, pero todos quedamos satisfechos”.

El turismo cambió de golpe el panorama canario. La emigración a Venezuela, a veces en lanchones mal dotados para la travesía oceánica, ya no tuvo razón de ser. La agricultura fue cediendo terreno al ladrillo. Escandinavia y una próspera República Federal Alemana ansiaban empaparse de sol.

El turismo cambió de golpe el panorama canario. La emigración a Venezuela, a veces en lanchones mal dotados para la travesía oceánica, ya no tuvo razón de ser. La agricultura fue cediendo terreno al ladrillo. Escandinavia y una próspera República Federal Alemana ansiaban empaparse de sol.

A principios de los 60, el Plan Badajoz y los kibutz israelíes pusieron al tomate canario contra las cuerdas. Las plantaciones tinerfeñas estaban hechas un desastre. Tan mal debieron ver la cosa en una compañía, como para ofrecer el oro y el moro a quien quisiera levantarla. Juan  Lizaso aceptó el reto, aunque ello significase otro cambio de residencia. “Me tentaba la participación en beneficios, si es que se lograban. Pero sobre todo el pequeño paquete accionarial puesto sobre mi mesa. Hasta entonces siempre había sido trabajador por cuenta ajena”. Tan pronto pudo analizar el problema desde dentro, supo que iba a necesitar más de un milagro. Treinta y ocho meses bastaron para que todo aquello concluyese en naufragio, sin otra renta que unos terrenos baldíos al Sur de Tenerife, cuyo valor sólo iba a realizable transcurridos tres lustros, cuando el ministerio de Obras Públicas construyó sobre ellos el nuevo aeropuerto. “Así que otra vez a levantarse. En buena lógica debería hacer planes de jubilación y, ¡hala!, a buscar trabajo”.  Aunque su edad constituyera un evidente obstáculo, no lo tuvo tan difícil. Disponía de contactos y una buena trayectoria. Antes de lo previsto estaba afanándose en otra compañía, esta vez platanera.

“Asistí desde primera fila al desarrollo turístico de la isla, concentrado de inicio en Puerto de la Cruz. Un  hombre apareció ofreciendo a los pequeños agricultores, tres y hasta cuatro veces más que el valor de mercado por sus plataneras. ¡Se ha vuelto loco!, decían. ¡Hay que vender en seguida, antes de que se arruine y no pague!. Circulaba, además, cierta teoría peregrina, probablemente acuñada desde la órbita compradora. Al tipo no le salían las cuentas, quedaba en descubierto ante el banco y le embargaban. Las plataneras se subastaban y los antiguos propietarios acudían a la puja, invirtiendo una tercera parte de lo ingresado al venderlas. Incautos. Ese hombre sólo veía en aquella tierra solares edificables. Solares que fue llenando de hoteles, después de multiplicar por 15 el precio del metro cuadrado. La descendencia de aquellos plataneros acabó colocándose de peones, primero, y a medida que los hoteles iban recibiendo clientes, como botones, camareros de piscina, o haciendo camas. Todo un progreso”.

El turismo no sólo aportó divisas, sino también consecuencias imprevistas a la agricultura. De repente, los hoteles competían con las plantaciones en la contratación de mano de obra. Se produjo una inflación salarial que si por un lado beneficiaba al bracero agrícola, por otro ponía en serio riesgo el porvenir del plátano. “Con los jóvenes podías ahorrarte subidas de jornal, porque eran refractarios al azadón y el machete. Preferían el andamio, que cotizaba más, o trabajos de camisa blanca, incluso cobrando menos. Aseguraban sacar un bonito sobresueldo en propinas, y encima iban adquiriendo alguna noción de idiomas. Todo ello sin mentar posibles ligues esporádicos”.

Las explotaciones agrarias se vieron impelidas a encarar una reconversión profunda. Llegaron desde la península los primeros ingenieros agrónomos. Jóvenes con una visión más científica del negocio, aunque absolutos legos respecto a un cultivo tan específico como el de la platanera. “Uno de ellos me confesó haber visto sólo una planta, hasta poner los pies en Canarias. Y menuda planta: la dibujada en su libro”. También se trató de luchar contra la estacionalidad, preparando mermeladas. “Porque cuando la península se veía invadida de fruta veraniega, el precio de nuestros plátanos caía por debajo de lo aconsejable. Encargaron a un químico distintas pruebas, trabajó con un señor equipo, sin reparar en gastos, pero los resultados no convencieron. De sabor estaban bien. La textura de aquella especie de pasta, en cambio, y sobre todo el tono oscuro… Después de distintas catas se abandonó el proyecto. Para entonces, un estudio de mercado aseguraba que las amas de casa no lo pondrían en su mesa ni aunque el frasco fuese de lo más práctico y se regalaran cromos”.

Cuando despuntaban los 70, el matrimonio, ya jubilado, compró casa en Busturia. Honorata tuvo poco tiempo para disfrutarla, pues fallecería pronto. Su esposo, en cambio, fue readmitido simbólicamente por la Caja de Ahorros, junto a varios antiguos compañeros de infortunio, al declararse nulo durante la dubitativa transición aquel despido por razones de revanchismo ideológico. Le complementaron la pensión, como si se hubiera jubilado en la entidad, recibió premios, obsequios de retir opor los 40 años que preferiría, quizás, haber cumplido en ella, y disfrutó del Athletic, de su doblete en la Liga, cuando vestían de rojiblanco los Goikoetxea, Liceranzu, Sarabia, Urutubi, De Andrés, Gallego, Urquiaga, Dani, Argote…

Juan Lizaso y su esposa Honorata, retratados en Estudio Bosch, de Las Palmas. Corría el año 1954.

Juan Lizaso y su esposa Honorata, retratados en Estudio Bosch, de Las Palmas. Corría el año 1954.

En el cementerio de Axpe, sito sobre un teso desde el que se domina la vega de Urdaibai, Canala, Pedernales y medio islote sin nombre, mecidos por la marea, reposan los restos del futbolista que no se atrevió a volar más alto. Los del hombre a quien la Guerra Civil hizo improvisar otra vida, cuando la primera, la que él había elegido, estaba perfectamente encauzada.

Por mucho que perteneciese a la generación perdedora, nunca quiso hincar la rodilla. Y eso ya constituye un éxito.




Johan Cruyff, astro, rebelde y arquitecto del fútbol moderno

Desde que el jueves 24 se hiciera público el ingreso de Johan Cruyff en el Olimpo de los mitos, el aficionado al fútbol se ha visto bombardeado por multitud de testimonios personales, notas de condolencia y juicios laudatorios. Ante la velocidad con que hoy se suceden los acontecimientos, cuando los periódicos de ayer no sirven siquiera para envolver arenques, estas líneas apresuradas llegarían muy tarde si enfocasen tan sólo la llegada al Ajax de un mocoso con 10 años, el fallecimiento de su padre, dos después, las vicisitudes de su madre para sacar la familia adelante, o el primer contrato profesional del hijo adolescente del frutero, cuando contaba 16 abriles. Por ello, aspiran sólo a enhebrar tres facetas de un hombre no menos genial que poliédrico.

Estrella

Tras disputar 10 partidos de la Liga neerlandesa y anotar 4 goles en 1964-65, con sólo 17 años, elevó al registro a 16 goles en 19 choques recién cumplidos los 18, y a 33 en 30 partidos la temporada 1966-67. Sin cumplir la veintena era todo un referente en su país, un astro descaradote sobre el césped, inteligente vistiendo de paisano, acostumbrado a pensar por sí mismo y no dar nada por sentado. Con él a la batuta, el Ajax hizo sistemáticamente suya la Liga de los Países Bajos, obtuvo 5 copas nacionales, tres Copas de Europa, una Supercopa y otra Intercontinental. Hubiera sido futbolista codiciado por todos los clubes del continente, de no imperar en muchos campeonatos una sobreprotección hoy inimaginable hacia el producto autóctono. Pero eso también cambió.

El genial “Flaco” en el Camp Nou, con el brazalete de capitán culé.

El genial “Flaco” en el Camp Nou, con el brazalete de capitán culé.

La temporada 1973-74, luego de once años de prohibición importadora, nuestros clubes pudieron fichar extranjeros. Real Madrid y F. C. Barcelona, como máximos representantes de la aristocracia futbolera, llevaban tiempo tendiendo redes al otro lado de los Pirineos, conscientes de que el portillo no podía tardar en abrirse. Cruyff, según se dijo primero y desmintió después, tenía un precontrato con la entidad “merengue”. Al parecer, desde la presidencia o secretaría técnica madrileña sí se había cerrado un acuerdo con la directiva del Ajax, que el futbolista no quiso aceptar. Su mirada estaba puesta en el club azulgrana, donde pensaba podía encajar mejor y “desplegar todas las virtudes y lucir mi concepción del fútbol”, como el propio Johan manifestó varios años después. O puede, sencillamente, que le atrajese más vivir junto al Mediterráneo, en la ciudad condal, que en un Madrid mesetario y entonces menos cosmopolita, o hasta vagamente europeo.

Y es que Cruyff había sido por nuestros pagos un abanderado de las relaciones prematrimoniales, reuniéndose en Lloret de Mar con su novia Danny, hija del joyero y representante Cor Coster. Conocía Barcelona y sus alrededores, por lo tanto, y la tenue brisa filtrada desde Francia hasta Las Ramblas, el Paralelo, Pedralbes o Gracia, en una España donde aún mandaba Franco. El caso es que luchó con su denuedo característico por salir del Ajax, donde lo había ganado todo. Porque su fichaje ni muchísimo menos resultó fácil.

Al obstáculo económico -3 millones de dólares como precio de partida, dos para el club y uno para él-, hubo de añadirse la oposición radical de la Federación Holandesa. Los abogados del joven Johan no sólo se movieron en derredor del Ministerio de Asuntos Sociales, sino que pulsaron resortes en el parlamento holandés. Patijn, diputado socialista, dirigió un escrito al ministro preguntándole hasta qué punto una federación deportiva podía impedir a cualquier trabajador desarrollar su actividad en otro país europeo. La Comunidad Económica, por su parte, en un precedente de lo que 23 años más tarde revolucionaría los distintos campeonatos nacionales, mediante la Ley Bosman, no hallaba justificación para la polémica: nadie estaba facultado para impedir el vuelo profesional de un trabajador hacia otro país, formase parte o no del durante esos años reducidísimo Mercado Común. Cruyff, de ese modo, y previo acuerdo de satisfacer 120 millones de tas. al Ajax, enorme cantidad para la época y récord en la materia, vestiría el uniforme culé. Atrás quedaban 239 partidos y 190 goles en el campeonato neerlandés, y dos botas de oro consecutivas (1971 y 1972), como mejor futbolista del mundo.

Cuanto siguió, título de Liga para el F. C. Barcelona, que además habría de endosar un contundente y desacostumbrado 0-5 al Real Madrid en el Santiago Bernabéu, es de sobra conocido. Puede, en cambio, que otros aspectos no menos curiosos se hayan ido olvidando.

Porque si el fichaje de Johan Cruyff ya fue un éxito azulgrana en sí mismo, los desaciertos contratadores de su rival directo elevaron al holandés hasta la estratosfera. El rubio teutón Gunter Netzer, con 32 entorchados internacionales a la espalda, 2 campeonatos ligueros y una copa con el Borussia Moenchengladbach, futbolista del año en 1972, finalista en la UEFA del 73 y con fama de mejor pasador europeo en balones largos, no se adaptó a la vida española y todavía menos a nuestro fútbol. Hubo, además, quien le acusó de pesetero desde el primer momento, como si moverse por dinero fuese una deshonra para profesionales de actividad tan efímera. No le ayudaron, es verdad, sus declaraciones a la prensa. El diario deportivo AS recogía: “(Vengo) por el entusiasmo existente en el fútbol español y porque jugar en el Real Madrid es lo máximo que cabe alcanzar en el fútbol”. Pero en las páginas del semanario Stern, de Hamburgo, matizaba más claramente, tras argumentar que dejaba en muy buenas manos su discoteca Lovers Lane, su restaurante Le Laque y su agencia de seguros Alter Leipziger: “Lo que van a pagarme los españoles en dos temporadas equivale a cuanto ganaría en Alemania con 8 años de fútbol”. Siguiendo con la prensa alemana, el sensacionalista Bild también se hizo eco de las fabulosas cantidades satisfechas por nuestros clubes más señeros y los no menos pródigos entes italianos. Amparándose en el rumor de que Overath, Kremers, Cullman, Flohe y Heynckes pudieran emigrar también, exigía a la Federación Alemana el boicot a los traspasos. Bajo un más que explícito “Stop a las ventas”, seguía: “Netzer ha sido sólo el principio. Los españoles quieren llevarse media selección nacional”.

Cruyff obtuvo su tercera boto de oro en 1974, siendo ya jugador “culé”, y cuando al decir de algunos cronistas tanto laurel había amanerado su fútbol. “Hay dos Cruyff diferentes: el del Camp Nou, vertical, rápido y decisivo, y el de los desplazamientos, donde busca la placidez inane del centro del campo”, llegó a escribirse. Jorge Valdano recuerda cierto partido de Copa como espectador, siendo futbolista del Deportivo Alavés: “Había llovido con extrema abundancia y Mendizorroza estaba para pocas florituras. Al cuarto de hora Cruyff decidió jugar de libero, recompuso al equipo sin ninguna consulta a su entrenador y sin que nadie se lo discutiera, y comenzó a jugar en un puesto que pudiendo haberle resultado extraño parecía ajustársele como anillo al dedo”. Johan, el astro del balón, ya apuntaba maneras de entrenador revolucionario.

Su expulsión en La Rosaleda, como el bofetón de Villar en San Mamés que supuso la expulsión del actual presidente federativo, una señora multa del Athletic y reclusión del centrocampista durante varios días en una pensión bilbaína para huir del sensacionalismo, fueron noticia de telediario y primera plana.

Su expulsión en La Rosaleda, como el bofetón de Villar en San Mamés que supuso la expulsión del actual presidente federativo, una señora multa del Athletic y reclusión del centrocampista durante varios días en una pensión bilbaína para huir del sensacionalismo, fueron noticia de telediario y primera plana.

Durante las siguientes temporadas, Cruyff pareció reducir su primitivo brillo. Seguía haciendo gala de un cambio de ritmo extraordinario, de una velocidad que lo convertía en imparable, de enorme intuición y clase a raudales. Pero en un fútbol tan rudo y hasta violento como el que nuestros árbitros consentían a muchos centrales durante los 70 y primeros 80, apostó por el conservadurismo. Y ello hizo de él jugador menos determinante. A lo largo de la temporada 1977-78, donde entre los 30 foráneos de primera y amén de Cruyff destacaban Kempes, Luiz Pereira, Leivinha, Brindisi, Stielike, Neeskens o Alves (portugués que siempre jugaba con guantes negros), el más rentable, de largo, fue Mario Alberto Kempes, contratado por 32 millones de ptas., o sea el 10% del presupuesto valenciano para esa campaña. No obstante, con 3 millones de pesetas al año distaba mucho de ser el mejor pagado. Johan Cruyff, cuya fortuna personal se estimaba en torno a los 300 millones de las pesetas de entonces, cobraba 15 veces más. Neeskens, con 18 millones anuales, justo 6 veces más que el argentino. Stielike, Jensen y el español Pirri, en el Real Madrid (quien al retirarse reconoció haber obtenido siempre más ingresos en concepto de primas que por el contrato propiamente dicho), le triplicaban. Y los también nacionales del C.F. Barcelona Marcial y Rexach obtenían el doble. Este último, además, renovaría por dos años a cambio de 15 millones. Si a eso unimos que los mejor tratados publicitariamente en contratos por lucimiento de material deportivo -a excepción del holandés, claro está-, seguían siendo jugadores locales como Pirri, Asensi, Miguel Ángel, Migueli o Juanito, se entenderá cuán fácil se hacía criticar la descomunal ficha del astro barcelonista. Paralelamente, ciertos defensas españoles, con Benito, Capón y Migueli a la cabeza, adquirieron fama de extremar su dureza ante los delanteros foráneos. El paraguayo Crispín Maciel, figura de la U.D. Las Palmas, se atrevió a denunciarlo públicamente, secundado, aunque con medias tintas, por Alves, centrocampista dela ya extinta Unión Deportiva Salamanca. Nuestra Liga, a la sazón, parecía escenario de no pocos celos y muchísimos recelos.

Cruyff, prudentemente, optó por nadar y guardar la ropa con alguna frecuencia. Su palmarés por nuestros pagos -una Liga y una Copa- simplemente lo corrobora.

Rebelde

Si algo caracterizó siempre al “Flaco” fue su propensión a ir de frente, a reclamar cuanto le parecía justo. Y eso, en un país acostumbrado al silencio cómplice, el acatamiento borreguil y la renuncia, por fuerza debía ser visto como rebeldía innata. “Para mí era fácil. Porque cuando eres el número uno, pides y te dan. Si no es éste será aquel, pero te dan siempre”, sentenció a menudo un Johan Cruyff ya retirado. Pero es que él había sido así desde la adolescencia. Al menos desde que con 16 años plantó cara a la directiva del Ajax, exigiendo se le pagase no como a un juvenil, sino como al jugador del primer equipo que ya era. Y de esa rebeldía, o esa reclamación de justicia, si se prefiere, seguiría dando no pocas muestras.

Capitán y alma de la selección holandesa en el mundial de Alemania (1974), con una raya menos en la camiseta “Adidas” como protesta ante lo que él consideraba injusticia de esa marca.

Capitán y alma de la selección holandesa en el mundial de Alemania (1974), con una raya menos en la camiseta “Adidas” como protesta ante lo que él consideraba injusticia de esa marca.

Líder indiscutible del maravilloso y perfecto engranaje que hizo célebre a su selección, la famosa Naranja Mecánica injustamente apartada del título en el Campeonato del Mundo celebrado en Alemania (1974), poco antes de dicha competición supo que la Federación Holandesa había alcanzado un acuerdo publicitario con “Adidas”. Él reclamó una parte por lucir la prenda, y se la denegaron. “La Federación no vende camisetas -adujo-; si se venden es por las caras que hay encima de la marca y el escudo”. Puesto que no le hicieran caso luciría durante todo el certamen una camiseta con sólo dos rayas, en vez de las tres que constituían identificativo de “Adidas”, a la que además había arrancado el logotipo. Su contrato publicitario, por cierto, le unía a “Puma”, gran rival de “Adidas” durante los 70 del pasado siglo.

Casi en paralelo, nuestros medios lanzaban velados ataques a su “voracidad publicitaria”, acostumbrados como estaban a que los futbolistas se aviniesen a todo por unas migajas. El conflicto definitivo surgió cuando al nacer su hijo Jordi, la prensa quiso disponer de fotos. Y Johan se mostró contundente: fotos había, pero para publicarlas era preciso pasar por taquilla. “No sé por qué se extrañan -sintetizó entonces-. A mí pueden sacarme fotos en el campo vestido de futbolista, pero mi hijo es cosa de mi vida privada”. Elemental, diríamos hoy, por más que hace 40 años casi nadie valorase su postura. Bien al contrario, desde distintos púlpitos se esforzaron en zaherirle: “¿Dónde se ha visto a un millonario comerciando con su hijo recién nacido?”. O “De fuera llegan vientos que si nadie lo remedia acabarán en tempestades”.

Pero no, en modo alguno cabría hablar de tempestad, habida cuento de lo que fue llegando en el futuro. Si acaso de algún chubasco que a la postre iba a acabar beneficiando a otros futbolistas señeros. Lociones, colonias, “prendas de interior”, como se designaba entonces a camisetas y calzoncillos, o pinturas acrílicas, irían pasando por taquilla. Y entre campaña y campaña seguían sucediendo cosas.

Apenas llevaba un año vestido de azulgrana cuando conquistó la antipatía de fotógrafos y periodistas en la ciudad condal, estos últimos por pura solidaridad corporativa. Venían de proclamarse campeones cuando, acaudillando la plantilla barcelonista, protagonizó un sonoro plante al término del partido homenaje a socios y plantilla ante el Herta berlinés, como muy bien se encargó de remarcar José Antonio Casanova en “La Vanguardia”:

“Es costumbre que cuando un equipo gana un trofeo, como el de la Liga o la Copa, sus componentes posen con él para la posteridad. Eso no se había podido hacer con el Barcelona desde hace catorce años respecto a la Liga, que no había vuelto a ganar hasta la presente temporada. Anoche, después que su capitán, Juan Carlos, hubo recibido el trofeo y tras haber dado con él la también clásica vuelta de honor al terreno de juego, los fotógrafos se dispusieron a disparar sus máquinas frente al equipo azulgrana con la Copa. Pero, ante su sorpresa, no pudieron conseguirlo porque a una indicación de Cruyff, sus compañeros se negaron a reunirse frente a los fotógrafos, quienes ante tal actitud optaron por retirarse del campo, declarándose en “huelga de máquinas caídas”. Posteriormente supieron que, según parece, los jugadores del Barcelona han vendido el derecho de hacer esa foto a una empresa comercial, que piensa venderla en forma de pósters. Ese es el motivo de que no podamos ofrecerla a la contemplación de nuestros lectores después de catorce años de espera”.

Molestaba la faceta publicitaria de Cruyff, o Kruyff, pues de ambos modos se le designaba. Molestaba mucho. Baste ver cómo fue recogida poco después su negativa a protagonizar una campaña harto comprometida para la época:

“CRUYFF RECHAZA UNA OFERTA PUBLICITARIA”.

Debía anunciar una firma de… tampones

Así saludaba La Vanguardia el no de su personaje estrella. Las líneas de acompañamiento rezumaban parecida sorna y mala intención:

“Parece extraño, después de conocer las “aptitudes” que el jugador azulgrana ha venido demostrando en este sentido desde que fichó por el Barcelona y que motivaron los más diversos comentarios. Cruyff ahora ha dicho “no” a la publicidad. La revista que informa de esta noticia explica la negativa del gran jugador”.

Esa revista era Pronto. Ya estaba el papel cuché enredando alrededor de la pelota, bien es verdad que con mucho menos sensacionalismo del que haría gala tiempo después:

Puesto que el fútbol era “para hombres”, don Johan lo tenía muy claro. Una cosa era anunciar slips, y otra muy distinta compresas higiénicas o tampones.

Puesto que el fútbol era “para hombres”, don Johan lo tenía muy claro. Una cosa era anunciar slips, y otra muy distinta compresas higiénicas o tampones.

“Es insólito y por ello noticiable -escribieron en Pronto. Desde que está en España, es la primera vez que el azulgrana rechaza una oferta publicitaria. ¿Es que ya se ha cansado de exprimir la vaca propagandística?. Ni soñarlo. Entonces, ¿qué argumentos opuso para refutar la proposición?. Obvios. El jugador tenía que anunciar -vayan a saber cómo- una firma de tampones. Y por ahí no pasa, claro. ¡Faltaría más!. Sería el colmo. O la risa”.

A los redactores de Pronto, al margen de no discernir entre publicidad y propaganda, les traía sin cuidado que por esas mismas fechas el holandés aclarase sus razones desde Control, otra revista mucho más seria, técnica, y por tal circunstancia de menor difusión. La Vanguardia, en cambio, si ofreció un extracto: “Cuando quieren usar mi nombre, pido dinero. Lo pido por entrar en mi vida privada. Si no pides dinero, todo el mundo te usa, no tienes libertad. Es necesario pedir dinero para protegerse. Pero yo no me vendo. No soy el producto, sino el medio para venderlo”.

Difícil hallar más lucidez en tan breve espacio. La sociedad de consumo podía devorar, digerir y olvidarse de cualquiera en pocas semanas, conforme el futuro inmediato acabaría demostrando. El triple balón de oro holandés demostraba ser tan listo sobre el césped como vistiendo de paisano. Capaz, además, de tentar descaradamente a Coca-Cola desde las páginas de Control, asegurando contaba con no menos de cincuenta o sesenta ofertas publicitarias. Ante tal demanda, se proponía cambiar de marca cada diez o doce meses. Y ya puestos, ¿por qué no picar alto?: “El próximo año me gustaría hacer la de una bebida refrescante”.

Hubo de contentarse con menos, si bien tampoco parece que el desinterés de “la chispa de la vida” le amargara mucho. A su lado, todos los futbolistas españoles aprendían rapidísimo. Y hasta alguno, como Carlos Rexach, se las había arreglado para extraer réditos de su fama, sin contar con maestros.

Porque en enero de 1971, a sus 24 años y cruzado el rubicón de una cuarta temporada en el equipo “culé”, retirados ya los Segarra, Olivella, Gracia, Gensana o Vergés, Carlos Rexach se postulaba como genuino estandarte de “lo catalán” entre el nuevo elenco azulgrana. Muy lógico, por lo tanto, que cualquier entidad catalana dirigida a público catalán, pretendiese contar con su imagen en la edición de folletos o cartelería. Lo que ya se antoja menos natural fue el modo que la Caja de Ahorros “Sagrada Familia” acabó eligiendo para la entronización del futbolista como “jefe de Relaciones Públicas”. Así quisieron explicarse las cosas, desde “La Vanguardia”:

“Carlos Rexach, el goleador delantero del Barcelona, ha sido presentado en su condición de jefe de Relaciones Públicas de la Caja de Ahorros Sagrada Familia, en un acto al que han asistido, con los altos cargos y empleados de dicha entidad, representantes de los medios informativos, compañeros de equipo del jugador y numerosos aficionados.

El deporte entra así en el ahorro, de la mano de un internacional renombrado que cursó cuatro años de bachillerato y estudios de contabilidad, para encaminar después su vida hacia el fútbol y colocar ahora la primera piedra de su futuro. Porque, como ha significado especialmente el director de la caja, don Juan Guardiet, se quiere utilizar de Rexach, incluso más que su popularidad, sus condiciones naturales para el cargo al que se le ha llevado.

Todo nació de una entrevista en la que Rexach hablaba de sus deseos de encaminar sus actividades al margen del fútbol en algo que le permitiera pensar en su futuro. Se le ofreció el puesto, le gustó la idea y ya ha entrado en funciones. Ahora se le prepara a través de cursos para, sin que ello signifique la menor merma hacia sus obligaciones deportivas, poder ir actuando en una actividad hacia la que el propio Rexach siente gran ilusión”.

Vamos, que con bachillerato elemental y nociones básicas sobre el debe y el haber, cualquier joven dispuesto podía optar a un sueldazo, despacho, secretaria y presentación por todo lo alto. Resulta obvio que en 1971 las empresas “serias” procuraban evitar acusaciones de oportunismo. Desde determinados ámbitos se veía imprescindible la renovación, pero ésta llegaba medio de tapadillo, con temple y escanciada en cuentagotas.

Todos sabemos que Rexach nunca llegó a convertirse en tiburón financiero. En cambio la Caja Sagrada Familia extrajo enorme rentabilidad a su iniciativa, puesto que si muchos medios nacionales se hicieron eco de la misma, en el panorama barcelonés constituyó todo un bombazo. Él tiempo se encargaría de confirmar que en aquella operación no hubo sino una perfecta maniobra de marketing.

Porque cuatro años más tarde, el 18 de diciembre de 1974, ya con Cruyff de azulgrana, la prensa catalana volvía a recoger otra instantánea con Carlos Rexach en el cetro, pluma en ristre. No correspondía a su “trabajo” en la Caja de Ahorros, sino a su fichaje por cierta central lechera. Y así se expresaba el pie de foto:

“Para protagonizar la campaña de leche ATO, Centro Lácteo Balcells ha escogido al prestigioso barcelonista Rexach. Vemos en la fotografía el momento en que se formalizó el contrato con las firmas de don José Balcells, director general de la empresa, y Carlos Rexach. Junto a ellos don José Hereu, de la Dirección Comercial de leche ATO y don José Duró”.

Sólo cuatro años habían bastado para llamar a las cosas por su nombre, sin que nadie se escandalizase. O casi nadie. Porque ¿existía diferencia, acaso, entre los posados de Johan Cruyff y los bolos publicitarios de Rexach?. Ninguna, como no fuse que Cruyff daba la cara.

Paulatinamente, y aún entre críticas de compañeros en la profesión, Johan abrió para los futbolistas el portillo de los cambios drásticos.

El cabello largo, a lo beatle, del joven holandés, resultó de lo más apropiado para publicitar lociones capilares.

El cabello largo, a lo beatle, del joven holandés, resultó de lo más apropiado para publicitar lociones capilares.

El holandés, sin embargo, a quien se veía como gallo alborotador de gallineros, acabó chocando con la directiva culé. Consecuentemente, cumplidos sus cinco años de contrato no hubo renegociación. Entonces, puesto que los estadounidenses vivían empeñados en hacer que el “soccer” arraigara -en realidad otro intento más, fallido, como los anteriores-, fue a New York para disputar un partido de exhibición con el Cosmos, y desde la gran manzana hacia Los Ángeles, primero, y Washington después, donde suscribiría contrato con los Aztecs y Diplomats.

Estaba prácticamente retirado, pues ejercía como secretario técnico en el Ajax, cuando desde el Levante, entonces en 2ª División, se le hizo llegar una oferta con más ribetes de marketing que inspirada en lo puramente deportivo. Fue aquel un contrato complejo y abracadabrante para quienes se movían entre el eterno pasivo de nuestra división de plata. Cruyff se llevaba, o debería haberse llevado, un alto porcentaje sobre las taquillas, garantizándosele 30 millones de ptas. fijos por sólo 4 meses, puesto que llegó a Valencia el 28 de febrero de 1981. La directiva granota se negó a arrendar para él un chalet en la urbanización Monte Alegare, de L´Eliana, con frontón, piscina, gimnasio y sauna, cuyo alquiler suponía 12.000 ptas. mensuales y que había sido residencia del argentino Mario Alberto Kempes durante algún tiempo. El sueldo mensual medio de un oficinista por esa época rondaba las 23.000 ptas. Por otra parte, Levante y futbolista abonaban a medias un seguro de accidentes con cobertura de 30 millones de ptas., que ambas partes se repartirían si se llegaba a producirse la indeseable eventualidad. Y como esas condiciones no acababan de satisfacer al astro, le cedieron también, a modo de garantía, un 50% de los derechos de arrendamiento, superficie y propiedad del Club de Tenis del Levante, así como la mitad de lo ingresado por dicha explotación. Sumados todos los conceptos, el monto completo no quedaba por debajo de los 40 millones de ptas.

El primer mandatario del Levante, Francisco Aznar, voluntarioso e iluminado megalómano con ribetes de funambulista, junto con su vicepresidente Federico Cortés, únicamente llegaron a pagarle 6 millones de los 30 prometidos, si bien con el correr del tiempo y la entrega de nuevas cantidades, así como gracias al resultado de explotar las áreas descritas, aquel paso por la entidad levantina debió saldarse con una percepción próxima a los 36 millones, según cálculos del periodista Jaime Hernández Perpiñá. El club valenciano, pese a su espectacular recaudación la tarde en que el internacional holandés se presentaba, concluyó hecho unos zorros. Un teórico negocio de vinos que debería haber soportado tan arriesgada operación, como las cuentas de la lechera que tan bien cuadraban, resultaron eso: teoría cimentada en éter. Johan volvió a hacer las maletas, rumbo Ámsterdam, se vistió de corto en el Ajax durante otras dos temporadas (14 goles distribuidos en 36 partidos de Liga) y estiraría aún su trayectoria en el Feyenoord, con otros 11 goles en 33 nuevas comparecencias. Pese a sus 37 años, seguía dando guerra a los zagueros.

Arquitecto de la modernidad

Maestro y con inmenso legado, ya fuera de los banquillos.

Maestro y con inmenso legado, ya fuera de los banquillos.

El gran Cruyff, sin embargo, el revolucionario, quien iba a dinamitar conceptos tácticos devenidos en clásicos, volvió a renacer, cual ave Fénix, en el banquillo del Ajax. Y muy especialmente en el del Barcelona, al que llegó luego de festejar dos títulos neerlandeses de Copa y una Recopa europea. Para ello sólo necesitó aplicar la ecuación que tantos réditos le proporcionara como futbolista: inteligencia, velocidad de pensamiento, anticipación, osadía y descaro. Si cuando despuntara, todavía imberbe en el Ajax de los 60, no se podía ser delantero y marcar goles sin medir metro ochenta, buscar el choque hasta partirse la cara y lucir una espalda de portero en discoteca, ¿cómo es que él, delgadito y en teoría frágil, cazaba balones aéreos, se iba de adversarios con 30 kilos más, fintaba y resolvía?. Pues bien, ¿por qué no aplicar al conjunto su mecánica individual?. ¿Por qué no intentarlo, cuando menos?.

Quienes le oían esbozar su sueño, acababan pensado era un excéntrico, si no se había vuelto rematadamente loco: “Quiero jugar con dos extremos y sin delantero centro. Sin defensas centrales, con un medio como último hombre; alguien que pueda armar el fútbol desde atrás, que saque la pelota con criterio y distribuya rápido”. Luego, a medida que razonaba el enunciado con cierta lógica, simplemente se antojaba un visionario. “Al salir sin delantero centro, los dos centrales adversarios pierden su función específica. Si permanecen en su posición, el contrario juega con dos hombres menos. Si se adelantan, buscando marcar a quien les corresponda, mejor aún, porque como son los peores futbolistas del equipo, dan al balón con la tibia y encima dejan hueco por donde entraría la segunda línea”· Al objetarle que su equipo, desguarnecido atrás, podía ser muy vulnerable, objetaba: “¿Y de qué va el fútbol?. De marcar goles, ¿no?. ¿Qué me importa recibir tres o cuatro, si podemos anotar 5 ó 6?”. Paulatinamente iría puliendo la fórmula, hasta dejarla en un 3-4-3, que en el fondo y por cuanto a dibujo táctico, se resolvía con ataques de 6 hombres y el portero actuando como líbero, ante hipotéticas sorpresas a la contra. Varias frases suyas ilustran perfectamente cuanto buscaba:

“Al fútbol se juega con el cerebro, antes que con los pies. Hay que correr en el momento adecuado; ni demasiado pronto ni demasiado tarde”.

“Velocidad es una cosa y anticipación otra; si me pongo a correr antes que los demás, parezco más rápido aunque no lo sea en realidad”.

“Si un delantero corre más de 15 metros es que algo ha hecho mal o está dormido”.

“Antes de recibir el balón debes tener pensado que harás con él”.

Perogrulladas, habrá quien sentencie. Pues no; más bien el ABC de una nueva concepción del juego, al que rescató de la competición atlética en que parecía haber desembocado. Porque Cruyff, ante todo, convirtió al balón en eje y fundamento. Podía imprimirse a los partidos un ritmo infernal, no mediante carrerones de 40 metros y verticalidad británica, sino moviendo la pelota sin parar. En un fútbol de esas características, técnico y de amplio intercambio posicional, los bajitos y menos musculados podían cobrar protagonismo, si eran rápidos moviendo el cuero al primer toque. Así que introdujo los rondos en cada entrenamiento, para hacer que luego, ante el adversario, el balón volase. Y aunque su revolución, como cualquier otro invento necesitó un periodo de engrase y puesta a punto -dos años sin títulos en el Barça- estos llegarían con creces: 4 Ligas, 3 Supercopas de España, una Copa del Rey, una Supercopa de Europa; una Recopa europea y la primera Copa de Europa azulgrana. En lo individual, dos veces entrenador del año según Onze d´Or (1991 y 1992) y otra para World Soccer (1987). Menos títulos, en cualquier caso, de los que irían llegando a resultas de su legado.

Cierto que el fútbol a veces se burla de sí mismo, como hizo cuando Koeman, de libre directo, proporcionó al barcelonismo su primer y más preciado título continental. Gol a balón parado, en jugada estratégica; justo lo más despreciado por su entrenador.

Johan Cruyff, citado siempre junto a Pelé, Di Stéfano, Maradona y Messi, como uno de los mejores del mundo, tuvo mejor cambio de ritmo y más anticipación que el brasileño, mandó tanto sobre el césped como don Alfredo e hizo gala de muchísima más cabeza que Diego Armando Maradona. La lista podría ampliarse con otros nombres no mucho menos merecedores de podio, como Kubala, Puskas, Garrincha, Sócrates  o Gullit, y hasta con alguno de los que se empeñaron en no ser números uno, como Ronaldinho e incluso Mágico González. Pero ninguno de ellos volvió del revés a este deporte, como hiciese en su día la táctica WM. Bien mirado, desde los tiempos de míster Pentland, y desde entonces han pasado casi 90 años, nadie había contribuido tanto al desarrollo del fútbol español como el larguirucho holandés que eligió Barcelona como segunda patria chica, y nunca aprendió a hablar correctamente catalán o español, quizás porque el ser humano para hacerse entender sólo precise buena voluntad y una mirada limpia.

Apenas 12 horas después de anunciarse su óbito, algún político enhebraba la aguja del oportunismo sirviéndose de la memoria y el legado de Johan Cruyff. El Flaco no lo merecía. Ni él ni nuestro fútbol, hoy espejo del planeta de cuero. Los mitos son patrimonio universal, no deben servir de mástil a estandartes, banderas, pendones, colores ni credos, precisamente por mor de su universalidad.

Suerte que los políticos, hábiles sobre todo para desviar agua a sus propios molinos, no lleguen con sus manos hasta el Olimpo. Porque sí señores, desde el jueves  24, el gran Johan reside allí, junto a otros dioses geniales como Puskas, Di Stéfano, George Best, Garrincha, Kubala, Yashine, Helenio Herrera, Didí o Pentland. Todos ellos ya son leyenda.




Los otros récords

De un tiempo a esta parte y merced a la proliferación de bases de datos, cabría preguntarse si la Historia del fútbol no estará emprendiendo un camino reduccionista, hacia la más pura y cruda estadística. Esas bases de datos, sin duda contagiadas por el negocio de las apuestas “on-line”, engloban registros tan peregrinos como número de goles anotados desde más de 30 metros, aquellos cuyo último pase llegó del contrario, córneres lanzados durante la primera media hora, cuántos jugadores de 31 años se alinean por cada bando, qué porteros ven más veces perforado su marco en los minutos de prolongación, o cuántos equipos fueron capaces de marcar a partir del minuto 90, como si los partidos pudiesen superar la hora y media reglamentaria sin mediar prórroga. Parte de esas referencias a buen seguro resultarán útiles para entrenadores, profesionales de la preparación física o, rizando el rizo, incluso a un pequeño número de apostadores. Dudo, sin embargo, digan algo a quienes escucha una retransmisión. Y todavía menos a la Historia, aún escrita con “h” minúscula.

Otra cuestión, ni mucho menos baladí, tiene que ver con la cocina de esos datos. Si hoy, después de ver desde todos los ángulos un lance, no somos capaces de acordar quién impulsó hasta la red determinadas pelotas, ¿qué índice de verosimilitud deberíamos conceder a los viejos cronistas, cuando en invierno, a lo largo de la cornisa cantábrica, muchos campos se convertían en balsas de lodo?. Sin numeración en las camisetas, rebozados de cieno, con un alto porcentaje de goles conseguidos de punterazo en multitudinarias melés, porque el balón pesaba toneladas, ¿quién fue realmente su autor?.“¡El reflejado en acta!”, responderán sin duda los devotos del dato, sus índices y decimales. Claro. Pero es que lo de consignar en el acta la autoría de los goles, viene de anteayer.

Las listas históricas de goleadores que finalmente hemos dado por válidas, son en todo caso una aproximación, como pudo acreditarse mediante el experimento. Porque barajándose para cada equipo como única referencia las crónicas de diarios locales, llegaron a detectarse hasta 4 y 5 goles de diferencia en el registro individual de artilleros, respecto a las tablas manoseadas comúnmente. Y más o menos las mismas contradicciones al comparar crónicas de medios de difusión locales con visitantes. Quedaba claro que el método más fiable consistía en otorgar crédito a quienes mejor debían conocer a los futbolistas, luego de compartir traslados con ellos, charlas post partido, tediosas concentraciones y complicidades diversas.  Eso por cuanto a los goles, y suponiendo -que ya es suponer- los diarios menos boyantes gozaran de enviados especiales. Porque algo tan aparentemente simple como la alineación, muchas veces viene a ser puro arcano.

Hará cosa de tres o cuatro años, cierto compañero me solicitó huronease en la hemeroteca entre los rastros de un Baracaldo – Lérida. Por razones varias no pudo disputarse en domingo, sino el martes, y eso, al quedar fuera del foco mediático, dificultaba la obtención de datos. Fácil, pensé. Los tres diarios editados en el Bilbao de los 50, por fuerza debían recoger con detalle un partido de 2ª División sobre el tarquín de Lasesarre. Y en efecto. Allí estaba todo. Cuando contacté con el compañero, formaciones, árbitro, tanteo final, secuencia de anotaciones y resumen de destacados en ristre, escuché: “Pues vaya, hombre. Tenía tres alineaciones distintas sobre ese partido, y acabas de proporcionarme la cuarta. Además citan a un futbolista que nunca jugó con el Lérida”. Los tres diarios -“Correo”, el vespertino “Hierro” y “La Gaceta”-, coincidían tanto respecto a alineaciones como con el jugador ilerdense que nunca habría vestido la camiseta azul. Y mejor todavía; ese futbolista enigma era autor de un tanto visitante, calificado como golazo por los tres periódicos. Parecía obvio. O el entrenador visitante quiso jugar al despiste inventándose un nombre al escribir su alineación en la pizarra de donde solían copiar los informadores, o la crónica de esos tres diarios procedía de una sola fuente, bien porque el redactor fuese el mismo, bien porque la hubiese “cedido” a otros compañeros más atareados. Una especie de hoy por ti, mañana por mí, según parece relativamente habitual antaño.

Si ni las alineaciones constituyen artículo de fe, ¿qué cabe esperar del resto?. Podíamos recordar, también, a Teixidor en una formación valenciana, a principios de los 60, cuando nadie con ficha del primer equipo o el Mestalla se apellidaba así. Después de numerosas cábalas, ha podido concluirse que quien jugó en realidad fue Verdú, enmascarado, quizás al no disponer del correspondiente permiso militar, puesto que por esas fechas cumplía la mili obligatoria. Pero continúa siendo un misterio el cierre de filas de los informadores. Porque nadie, ni uno sólo, se aventuró a levantar la liebre, dedicó alguna línea al “debutante”, como se antojaría lógico, o pergeñó pistas pensando en un futuro. Para remate, fue un partido sin la tradicional foto protocolaria. Los hombres del flash también formaban parte del contubernio.

Pues bien, pese a lo descrito, hoy se pontifica retrospectivamente sobre el número de partidos disputados por tal o cuál jugador de antaño (incluyendo amistosos), acerca de los goles que anotó de cabeza, las veces que fue internacional, así, sin más análisis, o el número de espectadores que acudían a los estadios cuando él jugaba. Si en lo tocante a internacionalatos la cuestión tiene cierta miga, toda vez que algunos presentes en todas las convocatorias desde la Olimpiada de Amberes hasta su retirada, ocho años después, con el simple lunar de una o dos ausencias por lesión, tan sólo llegaron a contabilizar 12 ó 13 titularidades, por cuanto se refiere a las asistencias de público la imprecisión es quien manda. Frases como “buena entrada en tribuna y media en localidades de a pie”, o el más conciso “tres cuartos de entrada”, deslizadas por los gacetilleros de turno tras calcularlo a ojo de buen cubero, han dado pie a la regla de tres: Si el campo contaba con aforo de 25 almas, ¾ son… Y el aforo, por supuesto, tomado de algún anuario federativo, quién sabe si al día en tal materia, o de los primeros calendarios “Dinámico”.

Miguel Jones Castillo ni fue ni es súbdito de Guinea Ecuatorial, de igual modo que tampoco fueron marroquíes Juan Moreno, Francisco López, Jacob Azafrani, José Saborido, Heliodoro Castaño, Manuel García Piera o José Domínguez Caballer. Por puro desconocimiento histórico, muchas bases de datos despistan.

Miguel Jones Castillo ni fue ni es súbdito de Guinea Ecuatorial, de igual modo que tampoco fueron marroquíes Juan Moreno, Francisco López, Jacob Azafrani, José Saborido, Heliodoro Castaño, Manuel García Piera o José Domínguez Caballer. Por puro desconocimiento histórico, muchas bases de datos despistan.

Sobre el valor real de las presencias internacionales, la estadística sólo puede despistarnos. Cuando nuestra selección disputaba tres o cuatro choques por año, y a veces menos, sumar 20 entorchados constituía lujo asequible a muy pocos. Dos docenas de internacionalatos durante los 40 y 50 del pasado siglo equivaldrían como mínimo a 100 partidos de hoy. Datos así, desnudos y sin análisis, tienden indefectiblemente al equívoco.

Pero eso no es todo.

También tropezamos con extranjeros imaginarios, “extranjeros” por el simple hecho de haber visto su primera luz fuera de nuestros actuales límites fronterizos. ¿Cuántos nacidos al otro lado del Mediterráneo durante el Protectorado, figuran erróneamente como marroquíes?. Españoles por los cuatro costados, inscritos como tales y hasta, en lo deportivo, con fichas expedidas por la FEF o la territorial Norteafricana, adscrita, lógicamente, a la Española. Si a nadie se le ocurriría considerar marroquí a Roberto López Ufarte, por ejemplo (Fez 19-IV-1958), ¿qué lleva a dar por tal a un interior reconvertido en defensa izquierdo como Francisco López Cardoso (Alcazarquivir, 18-VI- 1933), si no es la total sumisión al programa informático?. A Francisco López y a un amplio puñado como él. También hay, por supuesto, quienes consideran a Miguel Jones (Santa Isabel 27-X-1938) súbdito de Guinea Ecuatorial, colocando junto a su foto las banderas española y guineana, como si a mediados de los 60 fuese moneda corriente lo de las dobles nacionalidades.

La estadística futbolera, en fin, suele mirar tan sólo hacia 1ª División, dando pie a suponer que en la máxima categoría concluye todo el deporte rey. Por fortuna hay más fútbol que el de élite. Y ello se traduce en otros récords, aparte de los convertidos en puro dogma de fe. Porque cuando se afirma que el portero con más minutos de imbatibilidad a cuestas es X, superando la vieja marca del gran Y, falta añadir “en 1ª División”. Incluyendo otras categorías nacionales, ese récord iba a quedársenos en agua de borrajas. Tampoco fueron o son Donato, Manuel Pablo o Valerón, “el más longevo”, ni Cástor Elzo, Carreras y Miguel Soler, los más proclives a cambiar de equipo.

Por cuanto a récords respecta, y únicamente a título ilustrativo, podríamos ir retirando a varios santos de sus insignes peanas.

Agustín Gaínza. Máxima fidelidad a un equipo entre quienes jugaron en 1ª. Valch, un desconocido para la inmensa mayoría, superó su marca.

Agustín Gaínza. Máxima fidelidad a un equipo entre quienes jugaron en 1ª. Valch, un desconocido para la inmensa mayoría, superó su marca.

Agustín Gaínza Vicandi (Basauri, Vizcaya 28-V-1992) 33 veces internacional, a quien sus correrías por banda izquierda durante un memorable partido ante Irlanda condecoraron como “Gamo de Dublín”, sobrenombre a la postre oscurecido por su clásico apodo de “Piru”, merced a sus 19 temporadas vistiendo de rojiblanco es ejemplo de fidelidad a unos colores. Esas 19 campañas, sin embargo, son menos de las que dedicara Esteban Valch al ya extinto C. D. Manchego.

Medio volante en sus orígenes y con el paso del tiempo correoso defensa central o de cierre, Valch vestiría por primera vez la camiseta ciudadrealeña durante el ejercicio 1946-47, despidiéndose la temporada 1969-70. Para él no era raro toparse con árbitros más jóvenes, a los que muy en su papel de “jefecito” tomaba pronto la matrícula. Algunos de sus adversarios se dirigían a él de usted o como “Señor Valch”. Enérgico, contundente, y a veces feroz, supo sacar partido a tanta veteranía, conforme recuerda un antiguo futbolista del Calvo Sotelo de Puertollano: “Yo estaba empezando, y como casi todos los jóvenes tiraba a descarado en el juego. Así que me llegó un balón, amagué y me fui de él, dejándolo un tanto en evidencia. En cuanto concluyó la jugada lo vi acercarse con cara de pocos amigos. Chaval, me dijo; otra más y te saco el hígado por la boca. Era grandote y con edad como para casi ser mi padre, pero no me arrugué: Señor Valch, le respondí, ¿qué he hecho yo?. Y él, rechinando los dientes, insistió tan sólo: Estás avisado; otra más y te arranco el hígado”.

Iba camino de los 41 otoños cuando por fin colgó las botas, luciendo en su pecho la medalla al Mérito Deportivo y entre honores ajustados a lo que era: santo y seña en el Manchego. Lástima que la muerte le respetara menos que tantos y tantos árbitros. Porque a primeros de junio de 1979, el “Seat 131” que iba conduciendo se salió de la calzada, para volcar a la altura del kilómetro 142 de la carretera Badajoz – Valencia. Su esposa y él fallecieron irremediablemente. Contaba 50 años, era funcionario en la Delegación Provincial de Abastos y encabezaba con largueza la relación de jugadores más alineados en el conjunto blanco. Récord imbatible, pues cuando el club se extinguió no hace mucho, nadie había logrado superarlo.

Entre los futbolistas de verdad, el brasileño Donato, nacionalizado español, pasaba por ser el más longevo hasta que Valerón y Manuel Pablo se empeñaran en rebasarlo. Distingo entre futbolistas de verdad y otros roles, porque antaño resultaba relativamente habitual que ciertos entrenadores vistiesen de corto por mor de distintas circunstancias. Aldecoa, sin ir más lejos, jugó varios partidos con el Gerona siendo entrenador, y no todos durante la misma campaña. Harry Lowe, responsable técnico del Donostia -denominación de la Real Sociedad en época republicana- hubo de saltar al campo en Valencia ante la indisposición de un pupilo, el 24 de marzo de 1935, próximo a cumplir 44 añazos. Entonces, por ahorrar gastos, sólo se desplazaban los 11 que iban a jugar y el portero suplente, puesto que sólo era posible sustituir al cancerbero, y aún éste mediando lesión, o fingiéndola, que de todo solía haber después del cuarto gol encajado. Esos casi 44 años lo auparon al santoral, empleando una manga bastante ancha en el capítulo de interpretaciones, y con permiso del pontevedrés de Cambados Manuel Pazos González.

Manuel Pazos. Futbolista más longevo entre quienes disfrutaron de la elite.

Manuel Pazos. Futbolista más longevo entre quienes disfrutaron de la elite.

La trayectoria de Pazos (17-III-1930) suele darse por concluida en el Elche C. F., tras defender los marcos del Pasarón, Celta, Real Madrid, Hércules, At. Madrid y el conjunto ilicitano, al concluir la campaña 1968-69, es decir a sus 39 años. Pero esa fue tan sólo la despedida de 1ª División. Sintiéndose en forma, no faltándole ganas y convencido de que la suya había sido una baja prematura en el elenco franjiverde, todavía siguió asombrando con sus palomitas en el Novelda, Abarán, Thader de Murcia y Santa Pola, hasta lucir 47 primaveras. Internacional “B” contra Luxemburgo en mayo de 1953, hizo felices a los fotógrafos con sus espléndidas estiradas. Cierto que alguna vez tanto exceso en el adorno tuvo su traducción en regalos al adversario, pero ello no empece un general buen hacer. La prensa, agradecida, le respondió otorgándole el sobrenombre de “Maravilla Elástica”. Y él no sólo estuvo paseándolo con dignidad hasta el Campeonato 1976-77, sino que confesó haber sufrido cierta decepción cuando un Elche muy distinto al que abandonase en 1ª, con grandes problemas en la portería, asfixiado económicamente y en medio de nubes negruzcas, no reparase en él como solución de emergencia: “Yo estaba bien todavía. Cumplía cada domingo a satisfacción general. La directiva recuperó a Lico, que también tenía sus años, pero les dio reparo echar mano de mí. Creo que se equivocaron, porque a mis 44 ó 45 años y tal como andaba el equipo, no les hubiera decepcionado”.

Pazos tuvo en su hijo Francisco Javier un sucesor en las porterías. Y por cierto, sin abandonar los tres palos bueno será indicar que Harry Lowe jugó al menos otro medio partido durante su estancia en San Sebastián. Un amistoso sobre césped guipuzcoano, donde sustituyó a su portero y estuvo bien al decir de la prensa, por más que su posición natural en tiempos mozos estuviese lejos del marco.

El ranking de goleadas sigue encabezándolo un 12-1 del Athletic al F. C. Barcelona en San Mamés, durante el ya lejano 1931. Pero puesto que en ese choque parte de los culés salieran decididamente a no rendir, como medida de presión ante su directiva, con la que estaban muy enfrentados por culpa del vil metal, muchos estadísticos prefieren mirar hacia el 5 de febrero de 1933, cuando Athletic Club y Racing de Santander, también en San Mamés, rubricaron en 9-5 el choque con más goles de cuantos se han disputado en 1ª División. Catorce tantos que se antojan pocos ante la durísimaderrota sufrida por el Villafranca guipuzcoano en el campo de Berazubi la temporada 1944-45, partido correspondiente al torneo de 3ª División. Nada menos que 21 – 0 fue el resultado de aquel Tolosa – Villafranca. Tantos goles que incluso el árbitro perdió la cuenta, pues en la redacción del acta reflejaría erróneamente un 22 – 0. Aquel 14 de abril de 1945 los visitantes optaron por alinear una especie de equipo “B”, puesto que el mismo día debían competir en la Copa de Aficionados. Como curiosidad, quede la alineación tolosana, según el esquema 2-3-5 en boga hasta abrazarse la táctica WM: Adolfo; M. Ansorena, H. Echeverría; Pagola, Daguerresar, J. Jáuregui; Felipe, Uriol, Shanti, Bardají, Arsuaga.

Más dudoso todavía se hace pontificar sobre el portero con mayor número de penaltis atajados en un mismo partido, durante el tiempo reglamentario. O sea, sin computar prórrogas y lanzamientos desde el punto fatídico a modo de desempate. Para empezar, los más versados en estadística no se ponen de acuerdo sobre lo que es un penalti transformado. ¿Ha de computarse como detención el lanzamiento en sí, independientemente de que otro futbolista acabe enviando el rechace hasta la red?. Discusión bizantina, en todo caso, pues cualquiera que fuese el método de contabilización, este récord tampoco residirá en Primera. Dionisio Mesanza Muro (Vitoria 25-V-1916) dejó pequeños a los Zamora, Eizaguirre, Carmelo, Marcel Domingo, Ramallets, Vicente, Sadurní, Pepín, Iríbar, Arconada, Zubizarreta o Casillas.

Mesanza, bajito para los usos de hoy, pero muy ágil, se las apañaba bien bajo el marco, aunque temía a los balones colgados más que a la peste. Cierto que durante los años 40 y 50 no abundaban los porteros con metro ochenta y cinco. Según las memorias militares de talla anual a los quintos, la estatura media para los varones oscilaba entre el metro sesenta y cinco y el metro sesenta y siete, con distintos picos entre las regiones del Norte y el Sur. De cualquier modo, superando en poco esa media, Dionisio Mesanza se las arregló para jugar en el Deportivo Alavés, C. D. Mirandés y nuevamente en el equipo vitoriano, desde la temporada 1939-40 hasta el ejercicio 49-50. Pero sería el 29 de enero de 1945 cuando se hizo un hueco en la historia.

El Mirandés había acudido a Bilbao para disputar en San Mamés su partido contra el Arenas de Guecho, enmarcado de la 3ª División. Minutos antes de saltar al campo un futbolista ferroviario aseguró sentirse mal, y su entrenador no tuvo otro remedio que alinear como extremo al portero suplente, Carlos Bajo Quevedo, pensando quizás que pegado a la banda estorbaría menos. Los guechotarras tenían un equipo potente, con varios futbolistas del At Bilbao, al ser por esos años una especie de filial rojiblanco. El equipo mirandés, en cambio, sólo aspiraba a mantener la categoría. Al cabo de los 90 minutos el tanteador señalaba un sonrojante 16 – 0. La mayor goleada encajada por los rojillos en sus85 años de historia, al tiempo que resultado más contundente del ya centenario Arenas, desde que echase a rodar el Campeonato Nacional de Liga.

Un resultado tan grueso por fuerza debía ir adobado en anécdotas. Al encargado del marcador se le acabaron los números a partir del duodécimo tanto, y hubo de improvisar trazando nuevos guarismos con tiza sobre el revés de las planchas. Así y todo, casi no dio abasto en los cuatro últimos, ante la rapidez con que se sucedieron. “Me lanzaban balones desde todas partes -rememoraba el cancerbero-. Ni sé el tiempo que anduve por el suelo. Tenía detrás a unos bromistas empeñados en recomendarme esos parches entonces de moda para el dolor de riñones. Y la verdad es que no me hubiesen venido mal, porque me pasé el segundo tiempo sube y baja, sube y baja…”

Mesanza, además de efectuar distintas paradas de mérito, detuvo aquella tarde terrible nada menos que tres penaltis. Y todas las crónicas, pese a la escandalosa goleada, coincidieron en destacarlo como el mejor de su equipo.“Lo malo es que no puedes presumir de una cosa así”, sentenciaba veintitantos años después. “Cualquiera, oyéndote decir que estuviste bien y te clavaron dieciséis, sólo pensaría que te falta un tornillo”.

Tras retirarse, Mesanza entró a trabajar en una caja de ahorros alavesa, como conserje. Y a mediados de los 60 o incluso durante el arranque de los 70, era fácil verle cada verano en las piscinas municipales de Gamarra, ya algo entradito en kilos, saltando desde el trampolín con un estilo más próximo a la palomita en estadio de tronío que al tirabuzón perfecto. Falleció en la residencia de ancianos de Rivabellosa, a escasos kilómetros de Miranda de Ebro, luego de haber narrado una y otra vez a cuantos quisieran oírle las peripecias de aquella jornada en que, por San Mamés, llovieron goles y más goles.

Carlos Bajo, el suplente que en Bilbao saliera como punta, permaneció en el Mirandés desde 1942-43 hasta la campaña 49-50, con sólo un paréntesis breve como jugador de la Gimnástica Burgalesa. Falleció en 1976, a los 56 años. Por cierto, ese choque ante el Arenas representó su debut en 3ª División. Y el equipo ferroviario, vaya esto por delante, pese al sofocón pudo lograr la permanencia.

Antes citaba a Donato Gama Da Silva como tradicional “longevo” de nuestro fútbol, obviando que todavía hoy, superada su marca por los canarios Manuel Pablo García Díez y Juan Carlos Valerón Santana, pasa como el extranjero más talludito al colgar los borceguíes, en dura pugna con el uruguayo Pandiani. Pero, ¿en verdad le corresponden semejantes laureles?.

Pues tampoco. Como mínimo el francés Jean Louis Valois (Saint Priest 15-X-1973), superó su envidiable registro.

Jean, conforme ha quedado para el fútbol, militó desde la temporada 1990-91 en el Saint Priest, Lyon-Duchene, Auxerre, Gueugnon, Lille, Luton Town británico, Hearts of Midlottian escocés, Almería, Burnley de Inglaterra, Al Khaleej y Al Nasr de los Emiratos Árabes Unidos, Andrézieux, nuevamente Saint Priest y Bayonne, hasta que con 40 años, recalificado como amateur, volviera a dejarse caer por Almería para lucir las camisetas del Roquetas y Alhama, en este último para batirse en 3ª cuando frisaba los 42 años. También podría presumir en Francia de una marca poco habitual, como es la de haber competido en su 1ª, 2ª, 3ª, 4ª y 5ª División. Y es que trotar detrás de un balón durante 25 años con ficha “senior”, da para mucho, por más que esos cinco lustros no se le hiciesen largos.

A quien sí debieron antojarse larguísimos los días sin vestir de corto fue al centrocampista Paco Sanz, hermano del buen central Fernando Sanz e hijo del ex presidente merengue Lorenzo Sanz. Ya durante su etapa en el filial blanco no faltaron voces asegurando carecía de virtudes para ocupar plaza en el equipo nodriza, o que si estaba allí, y sobre todo si el entrenador lo ponía a jugar, era por ser hijo de quien mandaba en la “casa blanca”. Luego, al buscar fortuna lejos del Santiago Bernabéu y tras un fugaz y poco edificante paso por la Unión Española de Chile, hubo de rendirse a la evidencia. Siete partidos de Liga con el Real Oviedo durante la campaña 1995-96, fueron sólo el preámbulo de una estancia en el Racing sin estrenarse (1996-97), dos ejercicios baldíos como componente de la plantilla mallorquina (1997-98 y 98-99) y un partido para despedirse como profesional con la camiseta bermellona a lo largo de 1999-2000. Ocho encuentros ligueros durante 5 años, marca que lo convertiría en el jugador de campo menos utilizado, según muchas bases de datos. Pero hubo otros con más vocación campista. Y a la cabeza el medio centro rosarino Mauro José Scaloni (25-IV-1976), hermano de un magnífico defensa a quien el Deportivo de Augusto César Lendoiro extrajo gran rendimiento.

Mauro José Scaloni. Lo suyo fue una eterna acampada en el filial deportivista. En su caso encaja admirablemente lo de “hermanísimo”.

Mauro José Scaloni. Lo suyo fue una eterna acampada en el filial deportivista. En su caso encaja admirablemente lo de “hermanísimo”.

Mauro Scaloni había llegado al Deportivo “B” más como acompañante del buen defensa que por sí mismo. Una forma no muy cara de facilitar la adaptación en aquel que verdaderamente interesaba, idéntica, por ejemplo, a la empleada por el Real Madrid cuando contrató a Nicolás Cambiasso. La diferencia estriba en que el portero hermanísimo y sin condiciones para hacerse con la titularidad en Regional Preferente, estuvo sólo un par de años cobrando del Real Madrid, mientras Mauro Scaloni permaneció 10 años a la sopa boba de la entidad coruñesa.

Inédito durante los ejercicios 1997-98 y 98-99, ambos con el Deportivo “B” en la tercera categoría de nuestro fútbol, saltó al campo una vez durante 1999-2000, en 3ª División, y 2 veces a lo largo de 2000-01, tras reconquistar la 2ª B. A partir de ahí un nuevo campeonato en blanco (2001-02), otro partido, el de muestra, en 2002-03, otra vez en blanco la temporada 2003-04, parte de ella en el filial deportivista y otra mitad cedido al Betanzos, de 3ª; tres partidos para hacer un exceso en 2004-05, con los blanquiazules sin salir de 3ª, y otra vez la inanidad como corolario a las campañas 2005-06 y 2006-07, confortablemente instalado en 3ª. Siete partidos ligueros a lo largo de 10 años. Récord de récords, al tiempo que agravio comparativo para cuantos con mayor presencia en las alineaciones recibían la baja cada año, por el mes de junio, en escueta y fría nota con escudo y anagrama.

Miquel Soler. Su teórico récord compartido con Cástor Elzo y Luis Carreras sólo es defendible desde una perspectiva más bien parcial. Para trotamundos, Sebastián Abreu y Ricardo David Páez.

Miquel Soler. Su teórico récord compartido con Cástor Elzo y Luis Carreras sólo es defendible desde una perspectiva más bien parcial. Para trotamundos, Sebastián Abreu y Ricardo David Páez.

Los extranjeros de nuestro fútbol, conforme puede apreciarse, han dado para mucho. Dos de ellos comparten el dudoso honor de haber rodado más que nadie, muy por encima de Cástor Elzo, Miquel Soler y Luis Carreras, quienes con 7 camisetas distintas en 1ª División se reparten el título de trotamundos en nuestros clubes de élite. Más mérito tiene el logro de del grancanario Elzo (7-XI-1917), pese a disputar muchos partidos menos que Soler y Carreras. Pero es que vestir esas siete camisetas durante los años 40, con cuatro y hasta seis clubes menos que hoy en Primera categoría, otorga un valor suplementario al registro. Por otra parte su condición de canario, cuando saltar desde aquel fútbol regional y semi-amateur al profesional peninsular constituía bastante más que un reto, revaloriza la marca. Aún con todo, nadie de entre cuantos un día debutaran en la 1ª División española se aproxima, ni de lejos, al espigado atacante uruguayo Washington Sebastián Abreu Gallo, Abreu, para el fútbol.

Natural de Minas (17-X-1976), sólo pudo disputar 15 partidos con el Deportivo de La Coruña cuando contaba 21 años, anotando 3 goles, y otros 18 con la Real Sociedad de San Sebastián -éstos en 2ª División- festejando 11 nuevos goles. Demasiados partidos y anotaciones, quizás, si se tiene en cuenta que a punto de cumplir la cuarentena y aún en activo, contabiliza su paso por 20 clubes distintos: Defensor de Montevideo, San Lorenzo de Almagro, Deportivo de La Coruña, Gremio de Porto Alegre, Estudiantes Tecos, Cruz Azul, América de México, Dorados de Sinaloa, Monterrey, San Luis Potosí, Tigres de la UANL, Nacional montevideano, River Plate bonaerense, Beitar de Jerusalén, Real Sociedad, Aris de Salónica, Botafogo, Figueirense brasileño, Rosario Central y Aucas de Quito. Veinte equipos pertenecientes a 8 países: Uruguay, Argentina, España, Brasil, México, Israel, Grecia y Ecuador.

Si ampliásemos el corte a la 2ª División española, el venezolano Ricardo David Páez, hijo de Ricardo Páez, quien fuera seleccionador nacional de Venezuela, podría reclamar con toda legitimidad el trofeo al más cosmopolita de cuantos desfilaron por nuestras competiciones profesionales.

Medio ofensivo, pese a nacer en Venezuela (Acarigua 9-II-1979) el joven Páez puso fin a su etapa formativa en clubes de la República Argentina. Y desde allí, con 18 años, a patear mundo. Bélgica, Argentina, Venezuela, México, Emiratos Árabes Unidos, Ecuador, Colombia, Rumanía, Grecia, Perú y España, irían dejando su pasaporte sin espacio para más sellos. Once campeonatos distintos a lo largo de 17 años en activo, puesto que pese a ser más joven que “El Loco” Abreu, colgó las botas al concluir el ejercicio 2013-14, tras estrenar los 35. “Mi pesadilla empezó al fichar por el Baniyas de Emiratos Árabes”, reconocía sin ambages cuando durante el verano de 2009 fuese requerido por los medios informativos de Castellón. “Tuve un buen primer año en la competición asiática, pero a partir de ahí me cedieron sistemáticamente hasta concluir contrato. Muchos cambios. Demasiados para rendir bien. Todavía no había tomado el pulso a un equipo, a los compañeros y al modo de encarar los partidos, y tocaba hacer las maletas para afrontar otro campeonato, otra gente, y a veces hasta otra estación climática. La experiencia acumulada siempre es importante, lo sé bien, pero no llevo muy a gala tanto ajetreo”.

Cuando llegó al C. D. Castellón (temporada 2009-10), ya había vestido los uniformes de Standard de Lieja, Boca Juniors, Deportivo Táchira, San Luis Potosí, América de México, Estudiantes de Mérida, Unión Maracaibo, Baniyas, Barcelona de Guayaquil, América de Cali, Deportivo Pereira, Politécnica Timisoara, Mineros de Guayana, Veria, Alianza de Lima y Universidad César Vallejo. La camiseta blanquinegra del Castellón era la número 17 en su colección particular. Por eso sin duda, porque ya había viajado bastante, después de jugar 22 partidos en nuestra categoría de plata quiso echar raíces volviendo al Mineros de Guayana, donde después de cuatro temporadas seguidas se cortó simbólicamente la coleta. Había sido campeón de Liga en México, el año 2002, del torneo venezolano en 1999-2000 y del Apertura argentino correspondiente a 1998. Bonito broche para todo un Phileas Fogg del fútbol, recordman de la globalización entre quienes hollaron nuestro suelo.

El más rápido en desenfundar, sin embargo, el goleador multireincidente, quien más tantos anotó en menor tiempo, es español, y por no variar modesto. Tampoco hay que remontarse mucho en la evocación para aplaudir su hazaña. Porque Víctor Garzón, por cuanto al fútbol se refiere Víctor a secas, durante la campaña 1994-95 anotó 3 dianas en los 4 primeros minutos de un choque disputado en Urritxe, campo de la Sociedad Deportiva Amorebieta. Los vizcaínos competían en 3ª División, Víctor había llegado al club la temporada 1990-91 y lo abandonó precisamente a raíz de tan difícil récord. Pero lo que son las cosas, el pistolero más rápido, no del Mississippi o Missouri, sino entre el Nervión y el Artibai, entre el Bidasoa y el Miño, el Ter y el Guadalquivir, nunca asomó a lo que solemos catalogar como fútbol grande.

Por último, y aún consciente de lo impropio que resulta establecer un ranking para la deportividad, no es menos cierto que incluso en este negociado cabrían discrepancias.

El buen extremo cántabro Pedro Zaballa, fallecido hace ya algún tiempo, recibió múltiples alabanzas cuando en el estadio Santiago Bernabéu y viendo tendidos sobre el césped al portero merengue y un central, después de que chocaran violentamente, prefirió arrojar el balón fuera, cuando la puerta permanecía expedita. Zaballa, después de haber militado en el Real Santander (el término Racing seguía prohibido durante los años 60) y Barcelona, defendía los intereses del Centro de Deportes Sabadell. Todo el público del Bernabéu prorrumpió en aplausos y nadie entre los arlequinados le afeó su decisión. Treinta años después hasta se instituyó un trofeo a la deportividad con su nombre, para premiar gestos nobles en el ámbito competitivo. Pues bien, antes de que Zaballa se negase a marcar al Real Madrid, un modesto apellidado Varela merecería haber subido a los altares por un gesto aún más elocuente, si cabe.

Corría la temporada 1965-66 cuando durante la disputa de un partido Sabero – Ciudad Rodrigo, chocó espectacularmente con el potero mirobrigense Feliciano. Éste, tras ser atendido hubo de retirarse al vestuario con una señora conmoción, mientras el meta suplente se colocaba bajo el marco. Y Varela, sin pensárselo dos veces, abandonó el campo junto a la camilla, para permanecer junto al contusionado pese a las voces de su entrenador, exigiéndole continuara dando el callo. “¿Qué hace ese idiota?”, se desgañitaba el técnico leonés. “¡Nos deja con uno menos porque ese nene se ha hecho pupa!. ¿Qué pasa, nos hemos vuelto de mantequilla, o qué?. Como no salgas ahora mismo te saco yo agarrando por donde duele de veras”. Todo inútil. Varela, impermeable a insultos y presiones, sólo volvió a pisar el campo terrizo tras ver a Feliciano bastante restablecido.

Su gesto elegante ni siquiera iba a ser inmortalizado por la prensa nacional, aunque sí le sería reconocido, mediante sencillo homenaje durante los prolegómenos del partido en que el Sabero rindió visita a Ciudad Rodrigo. Nobleza obligada y muy meritoria, considerando las estrecheces características de 3ª División.

El fútbol, sus estadísticas, y récords que nada tienen de absolutos. Récords que si no se puntualiza mucho, si no llegan muy, pero que muy segmentados, con toda probabilidad serán falsos. Sólo si algún día pudiera computarse todo el fútbol, utopía pura por cuanto encierra de obra faraónica, cabría aseverar desde una mayor certeza. Entre tanto, la estadística podrá ser báculo y hasta apunte jugoso, pero nada más. Cometeríamos una equivocación si pensásemos nos va a llevar por la Historia en volandas, incluso cuando arroja datos incontrovertidos.

El “perico” José Prat Ripollés anotó el primer gol del Campeonato Nacional de Liga. Eso es dato estadístico, con suficiente relevancia para que la Historia lo acogiese sin el mínimo reparo. Pero comprobar si fue uno de los forzados a trabajar en la construcción del antiguo campo palentino de la Balastera, tras concluir la Guerra Civil; explicar tanto las razanos que hasta allí lo condujeran, como los pormenores del cautiverio; “verlo” obteniendo el título de entrenador en la Convocatoria Nacional de Burgos correspondiente a 1950, tercera de las hasta entonces celebradas; justificar su destitución en la Gimnástica de Torrelavega justo esa misma temporada 1950-51, y cerrar en fin su biografía, será labor de la Historia. Nos equivocaríamos, probablemente, rindiendo pleitesía al reduccionismo, en detrimento de la investigación histórica.

Los récords falsos, discutibles, o si prefiere relativos, los extranjeros que jamás tuvieron otra nacionalidad que la española, son sólo puntas de iceberg en un mar con muchas millas todavía por explorar.

Naveguemos, pues, a los cuatro vientos.




Una gira hacia el desastre

Van a cumplirse 30 años desde que los torneos veraniegos dejaron de interesar al aficionado. Para entontes había tantos jugadores brasileños, argentinos, uruguayos, magiares, balcánicos, teutones o africanos en el campeonato español, que la presencia de formaciones como Palmeiras, Botafogo, Videoton, Hajduk, Bayern de Múnich, Peñarol o Independiente de Avellaneda, apenas si desataban curiosidad o morbo. Las recaudaciones bajaban, los cada vez más escasos espectadores salían con la sensación de no haber presenciado nada distinto a cuanto les esperaba durante 8 meses de competición, y así, no pocos ayuntamientos, al fin y al cabo sostenedores del invento, concluyeron por dedicar su aportación a otros fines. Mala noticia para intermediarios, negociantes de distinto pelaje y clubes de postín, acostumbrados a hacer caja sin mucho esfuerzo. Pero también más fechas para la puesta a punto en “stages” y pretemporadas por Holanda, Bélgica, Alemania o la Francia septentrional, lugares donde el termómetro hacía más llevadero un intenso trabajo físico.

Transcurrido algún tiempo, otros organizadores de eventos se esforzaron por encajar la vieja fórmula en el nuevo panorama socioeconómico. El fútbol, gracias sobre todo a la televisión, se había universalizado. Asia, América del Norte y Oriente Medio, lo abrazaban con entusiasmo. Y si en el Golfo Pérsico siempre hubo petróleo, Asia Oriental ya no era un continente rojo, cerrado y deprimido, sino factoría de occidente, paraíso financiero y nicho de potenciales consumistas aún por explorar. Consecuentemente, los torneos de puesta a punto saltaron a New Jersey, Los Ángeles, Osaka, Shanghái, Pequín, Doha, Dubái, Hong-Kong, Singapur, Sídney o Camberra.

Hoy los clubes más señeros tendrían difícil equilibrar balances sin esas giras maratonianas, sin vender camisetas desde Ras-Al-Kkayma hasta Cincinnati, Ganzhou, Bahréin, Seúl, Surabaya o Bangkok, pues del rédito de esos bolos dependerá el futuro de tal o cual contratación a un costo exorbitante. Nada nuevo bajo el sol. Porque durante los años 50 del pasado siglo también hubo clubes, y no uno ni dos, empeñados en salir de pobres haciendo las américas. Aventuras a menudo inciertas, aunque nunca tan catastróficas como la del Racing de Madrid, allá por 1931-32. Una historia de película que merced a cuanto contaron Félix Pérez o Gaspar Rubio, ya de vuelta, y a las charlas de Paco Bru con su amigo Ramón Melcón, es posible reconstruir hasta en sus mínimos detalles.

El Racing de Madrid fue club empeñado a codearse de igual a igual con el Real Madrid, y hasta con alguna ventaja respecto al Athletic durante los años 10 y 20, época dorada del fútbol amateur. Constituido en 1914 por fusión del Cardenal Cisneros y el Regional, no habría de inscribirse en la Federación Castellana hasta 1915. Sus inicios difícilmente pudieron haber sido más espectaculares, al proclamarse campeón regional en su debut y repetir título cuatro años más tarde (1919). Su primer terreno de juego, situado en el Paseo del General Martínez Campos, tardó poco en quedar pequeño ante la rápida cosecha de seguidores. Y entonces, midiéndose siempre con Real Madrid y Atlético, la directiva racinguista quiso gozar de unas instalaciones comparables a los estadios Chamartín y Metropolitano, donde ejercían de anfitriones “merengues” y “colchoneros”. Tras adquirir terrenos en Vallecas y endeudarse muy por encima de lo prudente, dieron comienzo las obras tendentes a levantar un estadio con capacidad para 15.000 espectadores. Dicha cifra, que hoy consideraríamos menor, durante la segunda mitad de los locos 20 podía hacer rico a cualquier club capaz de agotar el papel en sus taquillas.

Aquel estadio, huelga decirlo, iba a lastrar extraordinariamente la economía del Racing. Si ya ocurrió algo parecido al Real Madrid con la construcción del Bernabéu en tiempos de incipiente desarrollo, o al Barcelona tras hipotecarlo todo en el Camp Nou, atisbándose ya los resultados de la implosión tecnócrata, el proyecto de los rojinegros, en una España atormentada por sus conflictos, ideológicamente muy dividida, parca en dinero y sin horizonte claro, tenía todos los visos de temeridad. Por otra parte, ese campo inaugurado el 23 de enero de 1930 con el nombre de Estadio Puente de Vallecas, se hallaba no sólo lejos de Chamberí, donde la entidad contaba con su más amplia masa de seguidores, sino, apurando un poco, lejos de todo. La estación de metro de Puente de Vallecas exigía a los espectadores casi un kilómetro de caminata por superficie sin asfaltar, transformada fácilmente por cualquier chubasco en puro lodazal. Todo ello se tradujo en escasas recaudaciones y muy seria amenaza de ruina.

Para mal de males, al instituirse el Campeonato Nacional de Liga quedó englobado el Racing en el grupo “A” de 2ª División. Una Segunda pura, pues para el siguiente ejercicio desaparecería de un plumazo el grupo “B”, creándose la 3ª División. Los rojinegros de Chamberí, con seis victorias y un empate en 18 partidos, acabaron ostentando el farolillo rojo y, consecuentemente, descendiendo a una categoría en la que casi nadie quiso estar. Porque si convulsos fueron los dos años anteriores al advenimiento de la Liga, tampoco resultó plácido el verano de 1929, ante el plante de numerosas instituciones. La Tercera recién nacida ya era vista como categoría ruinosa, exenta de cualquier interés y tumba segura para cuantos en ella compitiesen. El Racing sólo fue uno entre cuantos perdido el pulso ante la Federación, continuaron negándose a ser de 3ª, por más que ello representara descender otro peldaño hasta categoría Regional. En cualquier caso, más dosis de veneno al enfermo.

Hoy se estima en no menos de 800.000 ptas. el desembolso de los chamberileros para construir su campo. Ochocientas mil ptas. de 1927, 28 y 29, cuando muchos trabajadores debían apañárselas con 300 mensuales. Ochocientas mil, obtenidas mayoritariamente a crédito, cuyos intereses sólo podrían devengarse mediante una masiva afluencia al campo. Algo inimaginable si se competía en la humildísima Regional.

Cromo de Chocolates Amatller (1929) con equipación y escudo del Racing. El emblema del diseño fue adoptado un año antes.

Cromo de Chocolates Amatller (1929) con equipación y escudo del Racing. El emblema del diseño fue adoptado un año antes.

Prisioneros en su propia trampa, los directivos del Racing sólo vieron salida en el salto hacia delante. O hacían realidad la apolillada quimera de una excursión transoceánica, sueño urdido durante los gloriosos días fundacionales, o naufragaban como el Titanic.

Para salir al exterior resultaba preceptivo un permiso de la Federación. Y desde ésta, resentidos como estaban ante el plante del club, lo denegaron. No es menos cierto que la desautorización estuvo envuelta en razones logísticas y económicas, en lo arriesgado del propósito, cuando tantos frentes tenía abiertos la entidad por Madrid y sus alrededores. Vano esfuerzo, porque en el seno rector del Racing todos parecían haberse vuelto sordos. Con una jugada de birlibirloque, desde el club se procedió a contratar nuevos futbolistas; jugadores que al no constar federativamente como adscritos al Racing, bien podían partir por su cuenta hacia América, como agrupación de compadres dispuestos a arañar divisas. Algo que no podía colar, puesto que la prensa se hizo puntual e inmediato eco del proyecto. Aquellos jugadores, además, iban a lucir la camiseta del Racing por ultramar. ¿Cabía mayor desafuero que negar lo evidente?.

El encargado de diseñar la gira fue Paco Bru Sanz, su secretario técnico, hombre con sobrada experiencia y dueño de currículo apabullante: Entre 1899 y 1906, jugador del Internacional barcelonés, F. C. Barcelona y Español de la ciudad condal, además de secretario en las tres entidades; federativo desde 1902 hasta 1918, árbitro entre el 17 y el 23, seleccionador nacional en la Olimpiada de Amberes y entrenador del R. C. D. Español desde 1923 al 26. Y sobre todo conocedor de América más en profundidad que cualquier otro, luego de haber ejercido como seleccionador cubano en 1927 y de Perú en 1930, a modo de paréntesis durante su estancia en el Racing. Si alguien podía llevar a buen puerto un proyecto de tal índole, desde luego ese era él.

“En realidad ya había medio organizado esa tournée durante mi estancia en tierras americanas -confesó al también árbitro y periodista Ramón Melcón-. Culminada mi etapa en Perú volví a hacerme cargo del Racing, y tan pronto concluyó la temporada 1930-31 emprendimos viaje. Perú, Cuba, México y los Estados Unidos, nos esperaban. Entonces no podía imaginar que viviría experiencias tan accidentadas”.

Entre los expedicionarios figuraban, al menos, Tena I, Alfonso Martínez, Gómez, Irles, Arturo, Bernabéu -joven que no ha de confundirse con don Santiago-, Valderrama, Urretavizcaya, Félix Pérez, Cosme, Marcial de Miguel, Plattko, Mondragón, Morera y Lolín. En México se les uniría Gaspar Rubio, fugado del Madrid para hacer caja por su cuenta. Y a todos ellos se les anticipó Bru en quince días, con la intención de ir atando los últimos cabos y vivir en solitario el primer sofoco.

“A mis 46 años ya había sido muchas cosas, pero desde luego no un conspirador, que fue en lo que las circunstancias me convirtieron. Era muy amigo de Germán Marquina, antiguo presidente de la Federación Peruana, cesado al abandonar la presidencia de la República el general Sánchez del Cerro. Al general se le negaba la posibilidad de regresar a su país, y él quería entrar a toda costa para presentarse como candidato a unas nuevas elecciones. Pues bien, cierto día, hallándome en el aeródromo barcelonés, llegó desde Madrid el general peruano, a quien me ofrecí para cuanto necesitase en España. Dijo que iba camino de París, confiando hallar apoyo económico para su campaña electoral, y nos despedimos. Poco más tarde yo emprendí viaje hacia América, queriendo el azar que cuando el buque atracó en Vigo subiese mi viejo amigo Germán Marquina. Juntos hicimos la travesía y al unísono desembarcamos en el puerto panameño de Colón, donde el general Sánchez del Cerro le aguardaba. Luego de saludarnos, fuimos a comer los tres”.

Durante la sobremesa, entre evocaciones y proyectos a medio hilvanar, el general preguntó a Bru si tendría inconveniente en llevar hasta Lima tres cartas suyas, explicando sucintamente su contenido. Necesitaba autorización gubernamental para entrar en Perú, y aquellas misivas pretendía provocar revueltas y asonadas, en tanto los gobernantes no accedieran a levantarle la sanción. Uno de los escritos iba dirigido al director de la Escuela de Cadetes de Chorrillo, otro al jefe superior de policía en Lima, y la última epístola al director de la Escuela de Hidroaviación asentada en Ancón. Forzado por su amistad con el antiguo presidente federativo y venciendo temores, Paco Bru otorgó el sí. Días más tarde llegaba al puerto de El Callao, transportando entre los calcetines tan explosivos documentos. Ya en la Aduana, tras una rutinaria revisión del equipaje, observó aterrado que un policía se le acercaba, rogándole hiciese el favor de acompañarle.

“Pensé que todo se había descubierto -rememoró el protagonista bastantes años, después para el diario “Marca”-. Que alguien pudiera habernos visto almorzando en Colón, o quién sabe si incluso fue testigo de cómo las cartas pasaban a mis manos. Pero el miedo, con ser enorme, quedó empequeñecido ante mi alegría al escuchar la pregunta del funcionario, al tiempo de señalar unos paquetes: ¿Qué lleva usted ahí?. Ya tranquilizado respondí que no tenía la menor idea, y él los abrió. Eran dulces confiados por una familia amiga, cuyos parientes, establecidos en Perú, contactarían conmigo. Chasqueado, me ordenó de mal humor que siguiera mi camino”.

Bru entregó las cartas y transcurrido breve intervalo, al levantarse una mañana, supo que las tropas se habían sublevado. Ni oyó siquiera el escaso tiroteo entre amotinados y defensores del orden institucional. Apenas una hora más tarde, el gobierno autorizaba la entrada de Sánchez del Cerro.

“Tan pronto hubo llegado el general a Lima, me invitó a comer, asegurándome que si ganaba las elecciones podía instalarme en Perú con mi familia, sin necesidad de preocuparme de nada durante toda mi vida, pues él, agradecido, se iba a encargar de todo. Le respondía que me daba por satisfecho si no se producía ningún bochinche durante la estancia del Racing en su país, así me lo garantizó y, en efecto, no ocurrió nada hasta que abandonamos el altiplano”.

Equipo más habitual del Racing durante el primer Campeonato Nacional de Liga.

Equipo más habitual del Racing durante el primer Campeonato Nacional de Liga.

Hasta ese momento, nada más, porque las elecciones, celebradas cuando los racinguistas continuaban por Hispanoamérica, resultaron movidas. Sánchez del Cerro derrotó a sus adversarios, y al salir del tedeum con que celebraba su retorno al poder fue víctima de un atentado, resuelto con unas semanas de cama y la detención del magnicida. Pero puesto que sus enemigos no descansaban, al salir del mismo tempo, algún tiempo después, repitieron la intentona, esta vez con trágicas consecuencias. Sánchez del Cerro se convirtió en historia.

Volviendo al fútbol, los reveses del Racing apuntaron casi tan pronto como la expedición puso pie en Lima. Félix Pérez cayó enfermo de cierta gravedad, viéndose obligado a permanecer en la capital con Marcial De Miguel como única compañía, pues ningún delegado del club quiso permanecer junto al enfermo. Por cuanto a su actuación deportiva respecta, los españoles perdieron el choque de presentación ante una selección o combinado “acusando el cansancio y la falta de ritmo, consecuencia de tan largo viaje”, según manifestaron. Luego tocó medirse al Alianza, el club más potente de Perú, cosechando un meritorio empate a uno. Bru siempre se ufanó de su planteamiento: “Había ordenado a medios y defensas no un marcaje en zona, como era habitual, sino al hombre, cuerpo a cuerpo. Surgió entonces lo del marcaje férreo, por imperativo de las circunstancias, pues sabía que el Alianza era superior a nosotros. Contaba aquel equipo con muchos jugadores de color y hasta uno de origen y rasgos chinos, apellidado Sarmiento”.

El público, dando la victoria peruana por descontada, gritaba al ver a sus futbolistas sin dar una a derechas, entre tanto acoso: “¡Don Paco, eso es tongo, tongo, tongo!. ¡Ha comprado a los negros!”. A tal punto llegó su enojo, que cuando los peruanos abandonaban el estadio fueron perseguidos por las calles. La directiva del Alianza, entonces, se negó a disputar el otro choque comprometido, con la justificación de que una derrota podría acarrear graves consecuencias, ante la convicción popular de que se habrían dejado vencer a propósito. Así que en vez de al Alianza, el Racing se enfrentó a una selección de El Callao en lo que sería su tercera y última comparecencia peruana. Luego partieron hacia La Habana, dejando en Lima a De Miguel y el enfermo Félix Pérez.

Al llegar a Cuba se encontraron con otra revolución. Machado consumía su permanencia en la poltrona gubernamental. Sonaban disparos por todas partes. La sensación de inseguridad era intensísima. Para llegar al campo donde debían jugar, situado a las afueras de La Habana, hacía falta salvoconducto. Inmensa contrariedad, cuya traducción práctica consistió en una afluencia discreta. No obstante, según Bru sacaron 500 dólares en el primer partido contra el Iberia, vencedor por 3-1. La taquilla resultaba determinante, puesto que era el Racing quien lo organizaba todo, no contando con respaldo de ningún empresario.

El Iberia, según nuestros expedicionarios por miedo a perder, -aunque quién sabe si amedrentado por las circunstancias que vivía el país- hizo amago de no jugar más. Paco Bru, entonces, diligenció una demanda judicial, esgrimiendo su contrato. La polémica concluyó con una escisión federativa y disputa a regañadientes del segundo encuentro, donde el Racing salió victorioso. El tercer choque contratado jamás llegaría a celebrarse. Y ahí empezaron las penurias.

“Estábamos sin dinero, pues desde Madrid no lo enviaban conforme a lo prometido. Luego, a nuestra vuelta, supimos los motivos. Pero por de pronto aquello era quedarse a la buena de Dios”. Paco Bru no tuvo más remedio que vender por 3.500 dólares 5 de los 7 partidos contratados en el país azteca. “Lo necesario para desplazarnos a México y pagar la estancia allí durante un mes. Pensaba resarcirme con el ingreso de los otros 2 partidos, pues sabía que el taquillaje iba a ser crecido”. Pero una vez más, el cuento de la lechera iba a tener epílogo lacrimógeno por la leche derramada. “Lástima que mientras los cinco encuentros vendidos arrojaron un capital en taquilla, antes de los otros dos e incluso durante los mismos, justo los más importantes, lloviese. Los campos estuvieron semivacíos, y para mayor desdicha hubo que abonar primas a los jugadores, puesto que por no perder la costumbre ganaban siempre”.

El último choque del Racing en México lo enfrentó al Atlante, conjunto formado sólo por mexicanos y con fama de áspero, turbio y leñero. Paco Bru, pensando en futuras actuaciones por Nueva York, aconsejó a sus jugadores temple y prudencia, evitando lesiones. El Atlante, empleándose con tanta dureza como denuedo, llegó a disponer de ventaja por 3 a 1. Entonces los madrileños comenzaron a achicar balones, lanzándolos descaradamente fuera del estadio. Toda una desconsideración, al sentir del público, si no una burla deliberada. Justo cuanto hacía falta para armar la marimorena.

“Parte de los espectadores saltaron las alambradas, se echaron al campo y nos agredieron. A Gaspar Rubio, incorporado al equipo en México, le dieron una pedrada por la que manaba abundante sangre”. Bru saltó al campo, llevándose al herido sin encontrar oposición, probablemente porque una herida abierta siempre resulta escandalosa. Sin embargo parte de los demás futbolistas recibió su buena dosis de puñetazos, pedradas, puntapiés, arañazos y zancadillas. Pese al buen propósito inicial, todos sufrieron alguna lesión, de más o menos importancia. La tardía irrupción policial se saldó con todos los españoles detenidos, por alteración de orden público. Y puesto que el choque tuvo lugar por la mañana, al hallarse el comisario en los toros, Bru hizo alarde de artes negociadoras, consiguiendo se les permitiera ir al hotel, para comer. Antes, de cualquier modo, los policías fueron olfateando el aliento de cada jugador, uno por uno, cerciorándose de que, en efecto, no habían comido.

Al día siguiente, mientras Paco Bru liquidaba para poner rumbo a Nueva York, recibió una llamada telefónica advirtiéndole que una porción de hinchas mexicanos pretendía asaltar el hotel donde aguardaban los jugadores. “Corrí para allá, comprobando que los guardias tenían acordonado el recinto y se habían llevado a los futbolistas. Llamé al jefe de policía y éste me dijo: “Venga, no más…” A verle fui. Y en cuanto llegue me soltó a bocajarro: ¡Queda usted detenido!”.

Afortunadamente, el dueño del hotel donde se hospedaban era abogado y acudió en su defensa. O mejor dicho, en defensa de todo el equipo, pues la expedición al completo se hallaba en los calabozos. Para entonces, el embajador español, Álvarez del Vayo, con quien el propio Bru había estado en el último partido, se negó a intervenir, pese a ser insistentemente requerido. Sólo gracias al interés del abogado-hostelero, todos fueron puestos en libertad, excepto Valderrama, como capitán, y Bru, en su calidad de responsable absoluto. Dos policías acompañaron horas más tarde a ambos, mientras cenaban fuera de comisaría. Y únicamente serían puestos en libertad después de que el abogado amenazase con una demanda al ministro de Gobernación, tan pronto amaneciese, pues escapaba de cualquier lógica transformar una agresión en presunta alteración del orden. Las sorpresas, empero, no habían terminado aún, si damos por bueno el testimonio de don Paco:

“De buena mañana me reclamaron para arreglar el asunto. Mil pesos por jugador; es decir, 11.000 en total. No tengo dinero, respondí. Volvió a interceder el abogado y la multa se redujo a 10 pesos por cabeza. Pero cuando iba a pagar los 110 pesos, el encargado de recaudación me dijo que esperase a la tarde, pues era ya casi la una y él debía ir a comer. Aceptamos. Y luego, al volver, nos exigieron un recargo del 20 %, por no haber pagado antes de la una. No hubo más remedio que abonar la multa y el recargo. Esa noche emprendimos viaje a Nueva York”.

Humillados, es de suponer, sintiéndose víctimas de una vil y bien orquestada mordida. Pero al menos libres.

Aunque Ricardo Zamora nunca tuvo ficha del Racing, sí lo reforzó puntualmente, para algún bolo. En la imagen junto al capitán racinguista y el herculano Jordá.

Aunque Ricardo Zamora nunca tuvo ficha del Racing, sí lo reforzó puntualmente, para algún bolo. En la imagen junto al capitán racinguista y el herculano Jordá.

El viaje, después de tanto sobresalto, resultó relajante. Cuatro noches y cinco días en vagón de primera, con salón panorámico, comedor, barbero japonés… Lujo propio de millonarios, que hizo renacer el optimismo. Desde el mismo tren se concertaron cuatro partidos en la Gran Manzana, resueltos con derrota por 3-1 en el primero “a causa de la desdichada actuación de Plattko, a quien hubo de sustituir Alfonso Martínez, y a un árbitro parcialísimo en nuestra contra. Para tanto fue lo del “referee”, que el público lo hubiese linchado si nosotros no llegamos a impedirlo”. Fisher, secretario de la FIFA y espectador del encuentro, felicitó a nuestros compatriotas por su caballerosidad. Luego vencieron al Hakoa, a los Portugueses y al Hispania. Y como los fondos no llegaban para regresar a Madrid, hubo que seguir contratando partidos y más partidos. “Jugamos en instalaciones con capacidad para albergar a 120.000 espectadores, y en solares sin graderío”, aseguraron distintos componentes de la expedición. “Fue una odisea, de la que salimos, al fin, con posibilidad de emprender el regreso”, sintetizó Bru.

Odisea mayúscula, en un New York mortecino, víctima de la terrible crisis subsiguiente al crac bursátil de 1929,escenario de quiebras y desahucios, entre colas allá donde sirviesen cucharones de sopa gratuita. Tumba de sueños y paraíso de gánsteres, destiladores clandestinos, prostitutas o sinvergüenzas aclamados como héroes. Cloaca de corrupción generalizada y dinero a raudales bajo mano, producto de una Ley Seca útil sólo para acentuar el alcoholismo y convertir en grandes mafiosos a antiguos delincuentes de pacotilla. Porque la Ley Volstead, no lo olvidemos, como los “Intocables” de Elliot Ness, eran actualidad viva a finales de 1931 e inicio del 32.

Vigente desde el 17 de enero de 1920 hasta su derogación con la XXI Enmienda, el 5 de diciembre de 1933, la Ley Volstead -denominada así en honor al presidente del Comité Judicial de la Casa Blanca, Andrew Volstead-, fondo de tantas novelas y películas, prohibía el consumo de alcoholes en cualquier estado de la Unión. A decir verdad, fue una ley absurda, cuajada de contrasentidos, pues si convertía en ilegal la producción de vino, nunca puso impedimentos, por ejemplo, a la comercialización de zumos de uva en forma de bricks semisólidos, con los que fácilmente se podía elaborar vino casero. Cierto que los envases advertían sobre la prohibición de fermentar esos jugos. Pero a nadie escapaba que semejante producto tenía como único fin la fermentación clandestina. Al Capone, Frank Nitti, Joe Masseria, Frank Costello, Lucky Luciano, Joe Bonano, Vito Genovese o Joe Valachi, entre otros muchos, infringieron todos los códigos para dar de beber en garitos a una población obsesionada por vivir de prisa y no pensar en todo cuanto a su alrededor se derrumbaba. Saltarse la ley se convirtió poco menos que en deporte sin excesivo riesgo. Y contar cómo se había escapado a una redada por la puerta de atrás, aprovechando el tumulto, en magnífico tema de conversación. El embrujo del swing, las roncas voces negras arrancadas del blues, el electrizante jazz de Ben Pollack, Benny Goodman, Cab Calloway o Jack Teagarden, las noches en el “Savoy” o “Cotton Club”, con sus trompetistas llegados desde Nueva Orleans, enfebrecían a quienes, sin saberlo, iban a caer por el tobogán hacia nuevas guerras: la II Mundial por cuanto tocaba a los estadounidense, y la Civil, o incivil, en el caso de Bru y sus muchachos. Porque sí, parte de los expedicionarios también jugaron a embebecerse en aquella doctrina lúdica.

Con ocasión de los partidos en Nueva York, conocieron a gente de muy distintos orígenes y estratos. Italianos, portugueses, compatriotas que decían haber trabajado en Hollywood o ir camino de la meca del celuloide, emigrantes a quienes costaba salir adelante, aventureros… Entre estos, a Juan López, residente a caballo entre Brooklyn, Manhattan y el Bronx, cuyo oficio, según comentara, era el de contragángster. Esto es, dedicado a despojar a otros gánsteres de sus rapiñas o existencias de licor, mediante el expeditivo lenguaje de las armas. Una noche, Juan López se llevó de cena y francachela a Mondragón, Tena, Lolín y Alfonso Martínez, con la mala suerte de vérselas ante pistoleros empeñados en ajustar cuentas. Sólo después de muchas vueltas, giros y regates por calles a oscuras, medio desiertas, lograron despistarlos. La misma titularidad del vehículo empleado en su huida estaba un tanto en entredicho. Cuando los cuatro futbolistas regresaron al hotel, sudaban por cada poro.

Paco Bru, entrenador del Racing y hombre fundamental en la gira.

Paco Bru, entrenador del Racing y hombre fundamental en la gira.

Al cabo tuvieron noticias de que López había acabado del único modo posible: hecho un colador, bajo el plomo de competidores burlados.

Ya en España, los protagonistas de esta aventura entendieron por qué nadie les giró dinero en momentos de máxima dificultad. El Racing se hallaba virtualmente en ruinas. Resulta dudoso que la Federación Centro contribuyese decididamente a repatriarlos, como se aseguró alguna vez, puesto que Paco Bru nunca quiso reconocerlo. Y naturalmente, motivos tenía para estar bien informado. Lo que sí hicieron los federativos fue imponer una multa al club, por desacato -recordemos su prohibición a partir de gira-, y corroborar el descenso decretado con anterioridad. La directiva racinguista se avino a la sanción económica, pero de ningún modo al descenso. Y para manifestar su firmeza retiró al equipo de la competición. Mientras buena parte de su plantilla se desperdigaba, unos cuantos continuaron disputando amistosos por distintos  enclaves peninsulares. Parte de la afición, descorazonada, acabaría uniéndose a la Unión Balompédica Chamberí, fundada en 1927.

Para saldar su deuda con la Federación y ante la imposibilidad de atender el vencimiento de intereses, los mandatarios del Racing no tuvieron más remedio que malvender su flamante estadio. El 4 de febrero de 1932, Fernando de Bernardos, todo un osado, era aupado a la presidencia. Entre sus intenciones, recuperar a la entidad, solicitar el reingreso en la primera categoría del fútbol madrileño, y equipararse al Madrid Football Club y Athletic Club de Madrid. Como quiera que desde la federación se mostrasen inflexibles respecto a la categoría, el club rojinegro se volatiliza virtualmente. Ya no cabía hablar del Racing, sino del Castilla, resultado de agrupar con  la Unión Sporting algún resto del naufragio.

Otros despojos y girones de historia fueron a parar a la Unión Balompédica Chamberí, surgida de fusionar la Asociación Deportiva Chamberí con el C. D. Chamberí. Militaba en 3ª Categoría cuando las fatídicas vacaciones de 1936 estallaron en sangre, pólvora y lágrimas. Tras la derrota republicana, este equipo volvería a la palestra como Racing Club de Chamberí, hasta adoptar en 1941 la denominación de Agrupación Recreativa Chamberí, y reivindicar derechos inherentes al Racing, como presunto heredero legítimo. La Federación, empero, nunca admitió su solicitud de ingresar en 3ª, alegando no disponer de campo propio y contar otras entidades con más derechos. Si hubo maniobras para recabar el apoyo de clubes prestigiosos, como parece, estas gozaron de mínimo recorrido. De poco sirvió a la Agrupación Recreativa atesorar en su vitrina los trofeos del viejo Racing. La solidaridad y el “fair-play” parecían haber ido a pique, como tantas otras cosas, durante aquellos tres años de guerra.

La Agrupación Recreativa Chamberí, superados múltiples avatares por campos de tierra, concluyó disolviéndose la temporada 1976-77. Para entonces pocos sabían algo acerca de una gira tan desesperada como catastrófica. Real Madrid y Atlético, antaño competidores directos del Racing, ya habían ganado títulos de Liga y Copa, asomado a finales europeas e intercontinentales, mudado de campo y contabilizado en varias decenas de miles a su feligresía dominical. Perdido cualquier vestigio de romanticismo, al fútbol sólo se llegaba para corear cantos triunfales e izar trofeos. Pues bien, hubo una vez un mediano que ansioso de convertirse en grande midió muy mal su verdadera fuerza, hizo todo lo posible por aferrarse a la vida e incluso se embarcó en una aventura propia del Siglo de Oro. Todo le salió mal, de acuerdo. Pero, ¿acaso importa?.

La épica no está en el triunfo, sino en la voluntad y el empuje puesto para perseguirlo.




Piterman, un puntillero iconoclasta

Hubo una vez un príncipe encantador, capaz de decir a casi todo el mundo lo que quería escuchar. Y como suele ocurrir con los príncipes, parte de la ciudadanía, los medios de difusión e incluso quienes atesoraban llaves de cajas fuertes, se sintieron tentados a creer en él. Pero ese príncipe en realidad no era tal. Por las noches, sobre todo si deflagraban los truenos o tamborileaba la lluvia en los ventanales, se transformaba ante el espejo en su auténtico yo:un sapo gris, torpe y fuera de sitio.

Así podría empezar la historia de Dimitri Piterman, como un cuento al revés, sin hadas ni princesas compasivas dispuestas a redimirle mediante el beso.

Natural de Odessa, Ucrania (18-XII-1963), con 14 años se trasladó a los Estados Unidos, donde amén de obtener una beca en la Universidad californiana de Berkeley merced a sus condiciones atléticas -salto de longitud y triple salto-,amasó un capital dedicándose al negocio inmobiliario. Había cumplido los 35 cuando, instalado en la Costa Brava, asumió primero la presidencia del Tossa (encuadrado en categoría Regional), y acto seguido la del Palamós por el expeditivo procedimiento de avalar sus deudas. Corría el año 1999, la entidad, no mucho tiempo antes militante en 2ª División, se hallaba varada en 3ª con una buena vía de agua y sin apenas marinería. Piterman, claro está, se presentó como salvavidas, entre promesas utópicas o extravagantes: “Confío en subir a Primera”, dijo. Obvio brindis al sol, si se tiene en cuenta que la localidad gerundense disponía tan sólo de 14.000 habitantes. Además la 3ª era entonces, y continúa siéndolo hoy, un pozo hondo que a casi nadie parece interesar.

Su primera medida resultó tan drástica como incongruente: destituir al entrenador tres días antes de que la campaña arrancase. Adiós pretemporada. Adiós planes y proyectos, mecanismos y métodos. Cuando sus contrincantes creían estar ya engrasados, al conjunto ampurdanés le tocaba volver a empezar desde cero.

Poco más tarde comenzó a construir un complejo hotelero mediante desembolso de 1.200 millones de ptas. (7.230.000 euros), así como un club deportivo con gimnasio y piscina, al tiempo que residencia para los futbolistas. Buscaba así, según comentó, más complicidad en el conjunto, un mejor clima, producto de la confraternización, y amplias dosis de empatía. Lujo asiático para la cuarta categoría de nuestro deporte nacional, cuyo beneficio parecía incuestionable a tenor de cuanto los muchachos iban a acreditar sobre el césped.

En el Palamós de 1999-2000 jugaba el atacante santanderino Jesús Gómez de Cos (26-X-1968), trotamundos sin muchos galones que a lo largo de 12 años había vestido las camisetas de la Gimnástica, Marina Cudeyo, Racing de Ferrol, Baracaldo, Xerez, Numancia, Murcia, Pontevedra y Noja. Era uno de los más veteranos en el elenco gualdiazul, y quizás por ello, porque la veteranía siempre es un grado en cualquier vestuario, porque acercándose el momento de colgar las botas quién más y quien menos suele buscar algún clavo al que agarrarse, debido al carácter gregario del futbolista o simplemente porque a Piterman le cayó bien, patrón y pupilo acabaron congeniando. Después de todo, en alguien debía apoyarse quien sin saber mucho de tácticas y sistemas parecía empeñado en dirigir desde el banquillo a su equipo.

Dimitri Piterman durante sus días de vino y rosas, con el Palamós ascendido a 2ª B y aclamado en Santander como redentor del Racing.

Dimitri Piterman durante sus días de vino y rosas, con el Palamós ascendido a 2ª B y aclamado en Santander como redentor del Racing.

Finalizado el ejercicio 99-2000, Chuchi Cos se enroló en el Tropezón de Tanos, desde donde habría de regresar a la Costa Brava. Aquella campaña, la correspondiente a 2001-02, resultó especial para el Palamós y la dupla Piterman-Cos. Porque durante la misma, el antiguo atleta tomaba su gran decisión, destituyendo al técnico Quique Yagüe, poniéndose el chándal para dirigir cada entrenamiento y dirigiendo al equipo desde el banquillo los domingos, con ayuda de Cos. Yagüe aseguró públicamente romper su carnet profesional si los ampurdaneses acababan entre los diez primeros con el dúo a la batuta. Tanto a él, como a muchos técnicos y parte del público, le costaba entender que Federación y Colegio de Entrenadores consintiesen la presencia en el banquillo de un intruso, contraviniendo normativas. ¿Para qué servían los exámenes y el título de entrenador, a santo de qué meses dedicados al estudio y la evaluación cotidiana, si cualquiera podía hacer de su capa un sayo exhibiendo la chequera. Pero Yagüe hubo de tragarse su orgullo cuandoel Palamós se encaramababrillantemente a 2ª B. Éxito,al parecer, fraguado en un ambiente distendido y con rotaciones semanales, que llevaban al colectivo a sentirse partícipes del sueño.

Dimitri Piterman, entonces, vivió sus primeros minutos de gloria al ser reconocidodesdelas páginas de “Don Balón” (Nº 1362, noviembre de 2001), con entrevista y reportaje. Algo raro con respecto a la 3ªDivisión, quede claro, máxime si consideramos la distribución nacional de esa revista hoy desaparecida y entonces referente en la materia.El estadounidense nacido en Ucrania se presentaba como hombre resuelto y con ideas claras, ambicioso, tozudo y en cierta medida innovador. Lógicamente, también aprovechaba el mediopara justificar su osadía de técnico advenedizo, aunque muy a su manera: “Creo que los entrenadores deben actuar como presidentes”.

Curiosa forma de volver el calcetín del revés, pues lo que él hacía no era otorgar más responsabilidades a un técnico titulado, sino descender él mismo  hasta el banquillo, como propietario, e impartir órdenes.

Resultaba obvio que el Palamós iba a quedársele corto muy pronto. Los tiburones, ya se sabe, no suelen contentarse con modestas sardinas. Y él acechó la oportunidad, hasta descubrirla en un Racing a punto de evaporarse.

Allá por noviembre y diciembre de 2002, el máximo accionista del club cántabro, Santiago Díaz, no estaba por la labor de presentar más avales ante Caja Cantabria. Tampoco parecía remangarse ninguna empresa local, asumiendo de buen grado alguna inyección económica o prestándose a patrocinios poco rentables, vistoel asunto desde la pura ortodoxia publicitaria. Así las cosas, no parecía descabellado que la crisis desembocara en disolución social. Entonces apareció Piterman, dispuesto a hacerse con el 24 % de las acciones de Díaz, a cambio de carta blanca en el consejo de administración y control absoluto sobre la entidad, con poderes ejecutivos. Díaz, además, colocaba a última hora otro 10 % de su paquete a Nuga S. A., compañía propietaria de los supermercados “Lupa”.

Quienes estuvieron presentes en aquella Junta de Accionistas no olvidarán tanto suspense. La apertura de sesión sufrió una demora de 25 minutos, mientras se redactaba a toda prisa un documento firmado por Caja Cantabria para aceptar los avales de Dimitri Piterman y Santiago Díaz, así como la reducción de consejeros (de 11 a 10). Luego tanta incertidumbre contenida se tradujo en aceptación de todo por unanimidad. Y a partir de ahí, los discursos, el derroche de fantasías y un protocolario intercambio de flores:

“Dimitri viene a trabajar para hacer un Racing grande, que luche por la Liga y la Champions -aseguró Santiago Díaz-. Porque este joven valiente, al que nadie ha regalado nada, que arriesga y cree en algo, que apuesta por ello y ante el que hay que quitarse el sombrero porque no es fácil invertir en una sociedad de fútbol, ha elegido el Racing para nuestra fortuna”.

Piterman replicó que mantenía un especial cariño por el pueblo de Santander desde que ultimase allí su puesta a punto para los Juegos Olímpicos de Barcelona´92 -en los que por cierto no llegó a intervenir-, y donde nació uno de sus hijos. Ya en el terreno de los propósitos aseguró concentrarse en servir a los socios, a los jugadores y a los empleados del club, anticipando su intención de apostarpor la entidad al cien por cien:

“La mayoría de los presidentes son empresarios con muchas obligaciones y sin tiempo para hacer dos cosas a la vez. Por eso no salen bien los planes. Yo voy a replantear mis negocios, porque esta empresa es complicada y necesita mucha atención”. Dimitri Piterman y Santiago Díaz, inmortalizando el traspaso de poderes. Acababa de sonar para el Racing el pistoletazo de salida en una loca carrera hacia el desastre.

“La mayoría de los presidentes son empresarios con muchas obligaciones y sin tiempo para hacer dos cosas a la vez. Por eso no salen bien los planes. Yo voy a replantear mis negocios, porque esta empresa es complicada y necesita mucha atención”.
Dimitri Piterman y Santiago Díaz, inmortalizando el traspaso de poderes. Acababa de sonar para el Racing el pistoletazo de salida en una loca carrera hacia el desastre.

El Racing de Santander cerraba un diciembre de 2002 tenebroso, para encarar enero de 2003 con satisfecha tranquilidad. Al menos así pensaron los accionistas minoritarios, la prensa local, el aficionado de oídas, los socios y casi todos los portavoces de peñas.

El ascenso deportivo y social de Dimitri Piterman pronto tuvoconsecuencias en el Palamós, puesto que otorgaría la representación simbólica de sus acciones a Robi, entrenador, y Jordi Condom, eterno capitán del conjunto, hoy técnico en el campeonato belga. Desde la población catalana también llegaron ecos discrepantes. Junto a quienes veían su salida con alivio después de tanto personalismo, pérdida de masa social y falta de identificación, se alineaban defensores a capa y espada. Éstos, particularmente, concentrados en peñas. “Seguro que seguirá apoyándonos, porque lo ha prometido. Con él no hay términos medios, lo sé. O se le ama o se le odia. Pero yo le pondría un 11 sobre 10”, sentenció el presidente de la ampurdanesa Peña Sant Antoni.

De aquella Junta de Accionista santanderina salieron también ciertas pautas a medio hilvanar, que en un primer momento apenas suscitaron atención. La posibilidad de que Piterman se convirtiese en el primer presidente del Racing con sueldo, y unavoluntad no oculta de trasplantar métodos experimentados en Palamós. Dicho más claramente, ejercer como entrenador, pesara a quien pesase.

Manolo Preciado fue, por lo tanto, el primero en caer. “Me ofrecieron seguir en el club, dedicado a las categorías inferiores o con cualquier otro cargo a mi conveniencia. Pero ya había expuesto a Piterman en su momento que ninguna de esas opciones entraba en mi cabeza”, justificó ante la prensael antiguo defensa cántabro, convertido en novel, aunque exitoso primer entrenador, durante su comparecencia de despedida. Y para disipar cualquier duda,  concretó: “Tengo clara cual es mi parcela de responsabilidad, y sobre ese punto nada cabe negociarse. Por eso lo mejor era buscar una solución. Él pretendía intervenir en decisiones técnicas. A eso se debe mi marcha del club”.

Preciado acababa de firmar un trabajo excelente y la plantilla lo adoraba. Lo habitual suele ser que en tiempo de terremotos cualquier loa al pasado llegue “of the record” o envuelta en la sordina de Louis Armstrong. Pero por una vez, varios jugadores del Racing dieron la cara. “Estamos tristes, porque para nosotros Preciado fue casi un padre durante estos seis meses -dijo el guardameta Ceballos-. Su comportamiento ha sido extraordinario, muy digno de alabar”. Ismael Ruiz también fue claro: “Por supuesto que la plantilla está afectada. Nosotros estábamos muy conformes con el trabajo que veníamos haciendo”. Al ucraniano le llovieron críticas desde muchos medios estatales y algunos cántabros. Era personaje buscado, perseguido casi por los medios, porque constituía noticia de alcance, fuere para reírle las gracias o poniéndolo a escurrir. José Ramón de la Morena hasta le colgó el teléfono en plena entrevista sostenida para El Larguero, programa estrella en la franja nocturna de la cadena SER. J. J. Santos, desde Antena 3, más que con guante blanco se despachó a gusto enfundándose los de boxeo. “Éste sobra del fútbol”, tituló “Marca” en portada un jueves, con tipografía de cuatro cuerpos, sobre una foto del mandamás vistiendo chándal y sentado sobre un balón en las instalaciones de entrenamiento. El deportivo madrileño añadía en subtítulos: “Estoy más cómodo en el banquillo que en el palco”. “La L.F.P., impotente; los técnicos claman y Cos pone el carnet”.

Manuel Preciado. Su dignidad y respeto por la profesión de entrenador le impidieron someterse al dictado de un arrollador Piterman.

Manuel Preciado. Su dignidad y respeto por la profesión de entrenador le impidieron someterse al dictado de un arrollador Piterman.

Chuchi Cos de nuevo. Su amigo y mano derecha en el Palamós, volvía a servirle de palafrenero. Al menos hasta donde buenamente podía, porque en lo tocante a la acidez y crudeza de bastantes medios, cualquier capotazo hubiera resultado inútil.

Desbordado por los acontecimientos, al director general, presidente, accionista y entrenador fantasma del Racing, sólo se le ocurrió ampararse en una maniobra de distracción, filtrando al “Diario Montañés” la falsa noticia de unos contactos muy avanzados con el goleador brasileño Romario, como primer refuerzo de un Racing cuyas aspiraciones pasaban ineludiblemente por los títulos de Liga y Champions. Intento vano e infantil,pues cualquiera sabe que hasta las escobas pueden disparar con postas si las carga el demonio. Cuando los representantes del internacional carioca desmintieron cualquier aproximación, Piterman quedó desnudo y como mentiroso, amén de en muy mal lugar con los informadores de la región cántabra, a quienes la filtración había dolido por desleal, interesada e innoble, al evidenciarse trato de favor. Acababan de descubrir al trilerillo casposo, ocultado el guisante entre los dedos.

Mientras tanto, la afición pasaba del astro que no venía a los refuerzos que si llegaban, éstos procedentes de la modesta 2ª División B. Así podía empedrarse bien el camino hacia la Champions.

Pese a todo, nuestro hombre seguía engañando a los más despistados. Porque ciertos informadores se hacían eco de un magnífico ambiente en vestuarios: “Todo allí es distensión y familiaridad. No quiere que sus jugadores le llamen de usted. Prefiere míster, presi, Piterman o Dimitri”. Los había que hasta cacareaban como gallinas cluecas el “innovador método de preparación física”, consistente en “sesiones sobre la arena de El Sardinero, como resultado de las cuales el futbolista sale fortalecido y la afición puede ver que se lo están currando de verdad”.

Mal andaba de conocimientos quien así escribía, pues lo de entrenar en la playa, no ya sobre la arena, sino con agua hasta las rodillas, debió nacer sobre los años 30 ó 40 del siglo XX. Y por cuanto respecta a España, los Igartua, Larrauri, Uriarte, Aranguren, Betzuen, Zugazaga, Echeverría, Sáez, Estéfano, Arieta II, Iríbar o Rojo I, ya lo hicieron cuarenta y dos veranos atrás, con el Athletic, a las órdenes de Ronnie Allen.

El diario “Marca” mantuvo una posición beligerante con respecto al extravagante Piterman.

El diario “Marca” mantuvo una posición beligerante con respecto al extravagante Piterman.

Como a buen seguro les habrá sucedido firmantes de lujosas hagiografías sobre Mario Conde y demás individuos por el estilo, seguro que varios profesionales del periodismo experimentarían el sonrojo releyendo sus alabanzas de antaño. “El nuevo hombre del Renacimiento”, tituló su crónica “Don Balón”, sin ironía ni sorna, tras el bochornoso espectáculo ofrecido por este “renacentista” en el Sadar, ante Osasuna. Y a continuación, justificando el título, añadía: “Dimitri Piterman, un emprendedor empresario estadounidense que desea convertirse enun nuevo hombre del renacimiento, en pleno siglo XXI. Es decir, una persona avanzada a su época que domina y trabaja en todos los campos”.

Quien sí se sonrojó fue nuestro fútbol, a raíz del esperpento vivido en Pamplona. Para la RFEF, Cuchi Cos era a todos los efectos legales único entrenador del Racing, puesto que disponía de la preceptiva titulación. Y ante Piterman, como ocupa del banquillo, el enteconsideró no debía mostrarse contemplativo.Primero le negó atributos para saltar al césped. Luego no quiso tramitarle ficha de utilero. Cuando desde Santander se barajó la posibilidad de sustituir al anterior delegado por el mismísimo señor presidente, burlando de este modo el “boicot”, guardó silencio. Y por fin, tan pronto “el hombre avanzado a su tiempo” se sentaba a pie de línea caliza luciendo un peto de fotógrafo, se armó el belén. Una nube de fotógrafos reales lo asó con sus flashes, entre el choteo de la afición pamplonica y la estupefacción de los jugadores cántabros. El monosabio, por una vez, concitaba mucha más atención que los toreros en el patio de cuadrillas.

“Piterman, anímate y hazte ficha de jugador”, tituló su crónica Juan José Díaz. “El show de Piterman en el Sadar desprestigió a nuestro fútbol”, eligió como arranque José Luis Hurtado, cuyo trabajo se abría con un interrogante: “¿La Liga de las estrellas?”.Y a continuación sintetizaba: “El show de Piterman fue el desenlace surrealista de la jornada. Dimitri fue presidente, entrenador y fotógrafo dominguero. No falla. Si promete sorpresas, las hay”.

Y es que, en efecto, cámara en ristre y sin despojarse del peto, el ucraniano pasó los 90 minutos transmitiendo consignas a Chuchi Cos a través del teléfono móvil.

“Somos el hazmerreír del fútbol español, los protagonistas de un auténtico circo”, se condolió un miembro de la plantilla santanderina, luego de exigir se le otorgara anonimato. Incluso desde el propio consejo de administración montañés escapaban voces preguntándose si merecía la pena incordiar al poder establecido, máxime considerando que sólo dos temporadas atrás, al destaparse un tinglado de pasaportes falsos, el propio Racing ya fue perjudicado. “Está fuera de contexto. Incumple las normas, tanto las legales como las éticas”, sentenció por esas mismas fechas el entrenador aragonés y antiguo internacional Víctor Muñoz, desde una columnita en “Don Balón”, que acertaba a cerrar con toda lucidez. “Se han roto las estructuras y eso puede ser perjudicial para las Sociedades Anónimas en la marcha del fútbol profesional”.

Nada, sin embargo, parecía llevar a Piterman por el sendero del análisis, puesto que tras definirse como hombre pragmático en una entrevista, argumentaba que sus acciones no afectaban a ningún colectivo, porque él nunca dijo fuese el primer entrenador del club. A lo largo de la misma parecía vivir en primera persona un cuento de hadas, o si se prefiere la total inmersión en realidades paralelas. “Aspiro al modelo económico de una empresa. Quiero proponer al fútbol europeo muchos cambios, para que bancos y empresarios empiecen a tratar esto como una verdadera empresa.Podemos mejorar mucho la calidad del fútbol, dándole más estabilidad y espectáculo, como ocurre en la NBA o la NFL, donde no existen ascensos y descensos y sí una gran calidad de competición”. Al preguntársele si su actuación en Pamplona supuso un desafío, empleaba argumentos un tanto discutibles. “Sí, fue una provocación para que la gente vea dónde está la verdad. Ahora se habla de ello. A veces la democracia no consigue buenos resultados y hay que hacer pensar a la gente”. Respecto a su compromiso con los demás accionistas, seguía subido a la parra. “Sacar beneficios deportivos, ganando la Liga y la Champions. Y buenos resultados económicos”. El método para lograrlo, su fórmula, tenía algo de cuento de la lechera y mucho de ecuación especulativa: “Aplicar la economía de cualquier empresa, cuadrando las cuentas, sin gastar más de lo que se tiene”. Hasta ahí de acuerdo. Pero a continuación añadía: “El Racing no tiene por qué resignarse a un tope de 3.000 millones de ptas. Pueden ser 20.000”. Finalmente, acerca de su obsesión por aglutinar los cargos de presidente y entrenador, aseveraba: “Para mí es algo inevitable, porque de ese modo tienes todo el control sobre el único activo, que es el jugador. Has de permanecer muy cerca de él, para ver cómo está, qué problemas tiene y en qué estado de forma se encuentra”.

Según este último planteamiento, los presidentes o directores generales de compañías aéreas deberían estar toda la vida al timón de sus aviones, para comprobar su auténtico estado, detectar posibles deficiencias en el “handling” o el grado de satisfacción del pasajero. Los magnates del petróleo a pie de torreta, usurpando labores propias de un perito. Y rizando el rizo, pongámonos en lo peor ante un simple achaque, porque cualquier inversor en establecimientos hospitalarios podría dirigir el departamento de urgencias desde la más profunda estulticia, o presentarse en quirófanos, blandiendo el bisturí, mientras los capellanes administraban a destajo la extremaunción.

Huelga indicar que el Racing no ganó la Liga, ni se acercó siquiera a los puestos de Champions. Bien al contrario, con un señor tiro en el ala iba a pasar de mano en mano como moneda falsa, saltando de un supuesto industrial indio que arengaba al público desde el palco, bien provisto de guardaespaldas, a por lo menos un fichaje con coste cero, según el entrenador de turno, contabilizado mediante salida de 600.000 euros, ya sin el indio de por medio, puesto que Interpol parece lo había incluido en sus listados de búsqueda y captura.Hubo descenso a 2ª División. Y de inmediato a 2ª B, justo en vísperas de conmemorar el Centenario. Sólo en la prórroga, cuando el desmantelamiento social parecía inevitable, la devoción de un puñado de exfutbolistas y el éxtasis del aficionado de a pie, permitió esquivarpor dos veces el KO. Muy curioso que justo lo demodé, lo antiguo e inútil, es decir el fervor popular, el apego a la tradición y los colores, rescatase lo que la Sociedad Anónima iba a llevarse a pique.

Pero antes de que todo esto ocurriera, DimitriPiterman, tras salir del Racing por la puerta de atrás y medio resbalando,estaba bien lejos. Se había convertido en accionista mayoritario del Deportivo Alavés, luego de que todos los intentos de su anterior dueño y presidente del consejo, Gonzalo Antón, no hallasen a quién vender sus acciones en el ámbito empresarial de la provincia vasca. Los albiazules acababan de tocar techo con el valmasedano Mané en su banquillo, al perder por los pelos una final a doble partido de la Copa UEFA (actual Europa League). Estaban en 2ª, con firmes aspiraciones de ascenso. El graderío semejaba una caldera cada dos domingos. Hasta que en 2004 una guadaña comenzó a segar la hierba de Mendizorroza.

Con el inseparable dúo Piterman – Chuchi Cos, el primero como mandamás y entrenador en la sombra, el segundo desde la secretaría técnica o en el banquillo, cual obediente lacayo, los alaveses vivieron de sobresalto en sobresalto.

Gonzalo Antón, timonel cuando los alaveses disputaban su hasta hoy única final europea. Cuando quiso abandonar el club, sólo Dimitri Piterman mostró interés por las acciones. Poco faltó para que 85 años de historia blanquiazul se fueran al traste en 1.100 días.

Gonzalo Antón, timonel cuando los alaveses disputaban su hasta hoy única final europea. Cuando quiso abandonar el club, sólo Dimitri Piterman mostró interés por las acciones. Poco faltó para que 85 años de historia blanquiazul se fueran al traste en 1.100 días.

Cierto que al concluir el ejercicio 2004-05 nadie les privó de festejar su retorno a la élite. ¡Pero a qué precio! Parte de los fichajes en una plantilla tan cara como excesiva, resultaron un fiasco. Ciñéndonos sólo a los extranjeros, el francés Nicolas Ardouin se vistió de corto una vez. El-Hadji Pape Sarr, de Senegal, disputó 15 partidos, lo que podría engañar, pues únicamente estuvo 976 minutos sobre el césped. Maximiliano Flotta, argentino, se quedó en 33 minutos, distribuidos en dos choques. Alexandr Mostovoi, antiguo “Zar” en el Celta, fue visto y no visto en un único partido, durante 12 minutos. Y Mario Jardel, antaño goleador brasileño de tronío, a sus 31 años, afligido por problemas personales, físicos y anímicos, ni siquiera pudo estrenarse. Ya en 1ª, la campaña 2005-06, Chuchi Cos regentó el banquillo desde la primera jornada hasta la 18. Juan Carlos Oliva -de la 19 a la 23- fue fulminantemente destituido por no aceptar los “consejos” de su patrón al conformar el equipo, pese a no haber perdido ninguno de aquellos 5 partidos. Rubricó el descenso sin ninguna gloria y a cambio de vender su dignidad por un plato de lentejas, el argentino Mario Benito Luna; otra rodilla genuflexa, como las dos de Cos, ante el “príncipe renacentista”.

Por cuanto respecta a rentabilizar inversiones, de nuevo con una plantilla que a lo largo del torneo superaría los 30 efectivos, el francés Mehdi Lacenvistió de albiazul 19 tardes, para acumular 964 minutos. Wesley Da Silva, brasileño, 364 minutos a lo largo de 10 comparecencias. Blagoy Georgiev, búlgaro, 289 minutos en otros 10 partidos. Arthuro Bernhart, de Brasil, 102 minutos en 6 encuentros. El también brasileño Eiton Machado 62 minutos en 4 choques. Henri Antchouet, de Gabón, 60 minutos durante 3 saltos al campo. No se estrenaron Antonio Pacheco (uruguayo), Claude Gnakpa (francés), y Nicolas Ardouin, el galo que pese a jugar un solo partido la campaña precedente continuaba en el equipo.

Pero la descomposición total iba a producirse a lo largo del campeonato 2006-07, con Julio Bañuelos sentado en el banquillo las dos primeras jornadas, Chuchi Cos, sempiterno secretario técnico, de la tercera a la decimonovena, Fabri González de la 20 a la 26, José Alberto Garmendia como solución de emergencia en la 27, y otra vez el argentino Mario Benito Luna, quien rubricase el descenso varios meses antes, de la 28 a la 32.Finalmente,y sin Cos ni el antiguo atleta en el horizonte, Quique Yagüe, quien fuera destituido por Piterman en el Palamós y no rompiese el carnet, conforme tuvo la debilidad de prometer en pleno calentón. Por no perder la costumbre, volvieron a pasar 33 futbolistas por la plantilla, de los que 5 ni debutaron (Javi Jiménez, Marcos Gondra, Iroitz Hernández, Luis Carreras y Juan Epitié). El senegalés Pape Thiaw gozó de 20 únicos minutos, en tanto Ian Uranga y Wesley Lopes da Silva, brasileño, no alcanzaban los 200 minutos.

Luis Carreras durante su etapa en el Mallorca. Piterman y Cos le hicieron la vida imposible. Al ser insultado en público demandó a su presidente y tirano, obteniendo satisfacción económica.

Luis Carreras durante su etapa en el Mallorca. Piterman y Cos le hicieron la vida imposible. Al ser insultado en público demandó a su presidente y tirano, obteniendo satisfacción económica.

Durante el año 2006, como si no tuviese bastantes frentes que atender, el inefable Piterman, que seguía decidiendo quién jugaba y cómo debían encararse los enfrentamientos, anunció la puesta en marcha de otro proyecto en los Estados Unidos, inspirado en el Deportivo Alavés. Algo así como una franquicia disfrazada bajo el nombre de California Victory, que tras competir un año en la United Soccer League experimentaría la total desintegración. Para entonces, tanto Cos como el Ucraniano eran personas non gratas en Vitoria. Buena parte del público habitual decidió no acudir al estadio. Quienes seguían haciéndolo por no perjudicar aún más a la entidad, o bien abroncaban al tándem mediante cánticos hoy perseguibles por la Comisión Antiviolencia y el Comité de Competición, o a daban la espalda al césped de forma pactada, a manera de repulsa. Por fin una tarde, según aireó el centro emisor de la SER en Álava, Chuchi Cos tiraba la toalla, salía de Mendizorroza durante el descanso y antes de hacerse al asfalto, rumbo a Santander, pudo vérsele saboreando una cañamientras once jugadores de azul y blanco dirimían el ser o no ser de la entidad. Apuntaba la primavera de 2007. Desde ese instante Dimitri Piterman podía ser considerado historia negra.

Para los juzgados, no obstante, aún iba a seguir de actualidad durante un tiempo. El defensa Carreras, insultado gravemente por el ucraniano en presencia de la plantilla, le interpuso una denuncia. Piterman tuvo que hacer frente a 5.000 euros de indemnización. En su loca deriva, el reyezuelo alavesista se permitió incluso amenazar con una querella al concejal de deportes del Ayuntamiento vitoriano, tan sólo porque desde esa institución no querían dejarle manejar a su antojo las instalaciones municipales. Como máximo accionista y director general de la entidad vasca, Piterman cosechó igualmente varias condenas por impago de nóminas. Y lo peor para él estaba aún por llegar.

En 2008, el Juzgado Mercantil de Vitoria decretó el embargo de todos sus bienes en España, para hacer frente a los 13 millones de euros reclamados. En abril de 2009 se le exigió judicialmente la devolución de 120.000 euros, cargados arbitrariamente al club. En 2012 se le condenó a indemnizar con 6.8000.000 euros al Deportivo Alavés. Poco castigo para quien durante sus cuatro años de mandato había triplicado la deuda institucional, situándola en 23 millones. Sanción difícilmente ejecutable, puesto que el embargo de bienes había quedado lejos, en su día, de los 13 millones contemplados como fianza.

Por increíble que parezca, un héroe llamado Fernando Ortiz de Zárate dio el paso al frente en marzo de 2007, acaudillando al grupo inversor que compraría, luego de muchos dimes y diretes, el 51 % del paquete accionarial en manos del príncipe falso,genio renacentista o puntillero iconoclasta. Esfuerzo tan desesperado como romántico, para reflotar un buque torpedeado por proa, popa, babor y estribor. La institución estaba como arrasada por una bomba atómica, sin tesorería ni acceso al préstamo, ahogada por vencimientos de intereses no atendidos, con facturas vencidas, demandas de alquiladores insatisfechos, nóminas pendientes, una afición exhausta y desencantada… Seguir compitiendo en tales condiciones ya fue un logro, aunque tocara medirse a conjuntos de 2ª División B. Mendizorroza, con dudas al principio y más confianza después, volvió a recordar el aspecto de antaño, ya sin bufandas con crespón negro. Y aún con todo, las cuentas seguían sin salir.

Hasta dos “match-ball” hubo que salvar a la desesperada en Vitoria, amén de pisar el felpudo del proceso concursal. Luego acabarían haciéndose cargo de la entidad quienes con Querejeta al frente gestionaban el club Basconia de baloncesto. Los nubarrones, por fin, comenzaron a abrirse. Tras pasar por la uvi, el Deportivo Alavés ya podía respirar sin ayuda. Su retorno a 2ª la temporada 2014-15 constituyó todo un premio, después de caminar sin arnés sobre el abismo. Ahora incluso se sueña con mayores logros, mientras por la llanada, los verdes valles de Zuya y Urcabustáiz, entre las peñas de Techa o al abrigo de tesos encastillados sobre la raya riojana, todos los alaveses aseguran tener bien aprendida la lección.

Es lástima, sin embargo, que una ley nacida con el ánimo de estrechar gateras e impedir el paso a tigres de Bengala -la de Sociedades Anónimas Deportivas-, no suponga obstáculo para otras especies tanto o más dañinas.

Recelemos, en adelante, de los príncipes-sapo.

Por si acaso…




¿Salvadores o puntilleros?

Repasar la historia de nuestros clubes a través de sus presidentes, tendría algo de estudio sociológico. Afinando más, cabría concluir que el daguerrotipo resultante iba a ofrecérsenos empapado en tintes berlanguianos, tipo “Bienvenido Míster Marshall” o “La Escopeta Nacional”.

A finales del siglo XIX y durante los albores del XX, cuando muchas entidades de “foot-ball” -incluidas las hoy señeras de 1ª División- contaban tan sólo con veinticinco o treinta socios y hacían de su improbable viabilidad simple cuestión de fe, la presidencia acostumbraba a ostentarla el “sportman” más voluntarioso, si no el menos ocupado. Poquito a poco, a medida que las tribunas de madera iban poblándose de espectadores y hasta el graderío -a menudo simples ribazos de tierra apisonada- semejaba un océano de cabezas cada tarde de “match”, comenzó a subir la cotización de muchos sillones presidenciales. Sus ocupantes, por ejemplo, acababan tratándose de tú a tú con altos representantes del poder civil y militar. Podían verse en el mal papel de los diarios, no sólo mediante caracteres de cuerpo medio, sino retratados a plumilla. Si asomaban por cualquier tertulia, fuere ésta de casino, café, o respetable mancebía, pues la prostitución gozaba de sustento legal, eran inmediatamente reconocidos y adulados. Puertas hasta entonces entornadas, comenzaron a abrírseles, si no de par en par, al menos con hueco suficiente para permitirles el paso. Y hasta el oscuro mundo del funcionariado municipal o estatal, tanto temido por su lentitud e ineficacia, enterraba ante ellos una negligencia endémica, agilizando expedientes o resolviendo en tiempo récord cualquier trámite. Se pensó, entonces, que si la poltrona confería trato de favor a su inquilino, éste debía actuar a la recíproca con el club, unas veces proporcionándole lustre, otras avalándola, y a la postre equilibrando balances con su propio peculio, aún a sabiendas de que esos préstamos corrían el riesgo de convertirse en donación altruista. Para ser presidente ya no bastaba el voluntarismo y la disponibilidad de tiempo libre. Hacía falta pedigrí, solvencia económica y alguna influencia, además de cierta afición.

Aunque en ese momento nadie pareciese advertirlo, quedó inaugurado el tiempo de los ambiciosos, el de quienes aspiraban a seguir haciendo negocios desde el púlpito que prestaba el fútbol.

La sustanciación del profesionalismo a partir de 1926, apuntaló aquel terrizo cimiento. Para presenciar partidos importantes llegaban a congregarse 10.000 almas. Diez mil pares de ojos que acababan mirando durante unos segundos hacia el centro de la tribuna, justo al sitio donde más humeaban los puros, más altos parecían los sombreros y más espléndidos lucían los gabanes. El palco era, o podía ser, un magnífico escaparate. Y su llave estaba en manos del señor presidente. A la par, vencer al adversario en choques de rivalidad, y no digamos nada la obtención de títulos, confería a los presidentes mayor cuota de dignidad y señorío. Por lo tanto, había que ganar. Deportivamente o sobrepasando límites reglamentarios. Enterrando el “fair-play”, sacando de farra a la estrella adversaria en vísperas del partido, si se terciaba, o haciéndose con los mejores futbolistas a golpe de talonario. El Madrid inyectaba 60.000 ptas. en las arcas del Deportivo Alavés (el salario anual de 20 trabajadores especializados) por los defensas Ciriaco y Quincoces, y el atacante Olivares. Ricardo Zamora ponía rumbo hacia el mismo club desde la ciudad condal, mediante abono de 100.000 ptas., el traspaso más alto satisfecho hasta ese instante en todo el orbe. La vanidad tenía un precio y muchos mandamases del balón se apresuraban a pagarlo, pudiesen o no cuadrar después el libro mayor.

El coronel Gabriel Prieto Madassú, personaje clave en la mayoría de edad del Alcoyano, tras la Guerra Civil. En 1949 sería nombrado gobernador militar de Cáceres. Falleció en Granada, como general de brigada, el 18 de abril de 1953.

El coronel Gabriel Prieto Madassú, personaje clave en la mayoría de edad del Alcoyano, tras la Guerra Civil. En 1949 sería nombrado gobernador militar de Cáceres. Falleció en Granada, como general de brigada, el 18 de abril de 1953.

Tras la Guerra Civil hubo cosas que no variaron, por más que algunos prohombres del régimen aventurasen lo contrario: “En adelante, los jugadores tendrán otra ocupación, además del fútbol. Y se acabaron los días en que cada cual campaba a su antojo. Ni se pagarán los traspasos de antes, ni los clubes podrán actuar sin vigilancia”. Buenos propósitos condenados al fracaso inmediato, puesto que en 1940, entre cartillas de racionamiento incapaces de aplacar hambres, cortes de luz, desabastecimiento de gasolina y frío royendo las entrañas, Guillermo Gorostiza pasaba del At Bilbao al Valencia C. F., a cambio de 55.000 ptas. Un maestro con plaza ganada por oposición ingresaba 5.000 redondas a lo largo de ese mismo año. Los estraperlistas con suerte, o los chatarreros, bastante más. Por eso unos y otros podían darse el lujo de acudir al fútbol, purazo en ristre, cuando muchos campos arrojaban afluencias miserables.

A otras cuestiones, en cambio, se les dio la vuelta a partir de 1939. Para ser directivo, incluso vocal en club de barrio, había que pasar por el cedazo de afección al régimen. Durante los años más crudos, sobre todo, no era raro acceder al cargo por designación de la autoridad, circunstancia que justifica tanta abundancia de militares en muchas directivas. Y aunque a menudo se haya definido esa época como de “fútbol tomado por las armas”, no es menos cierto que parte de aquellos militares desarrollaron una fecunda labor. Los hermanos Troncoso ya eran “gente del deporte” antes del estallido bélico, por ejemplo. Recuérdese, igualmente, la intervención de los militares-directivos alavesistas, en favor de Marcial Arbiza, conforme se viera en esta misma publicación. O la no menos decisiva figura de Gabriel Prieto Madassú, coronel de Infantería en el Regimiento Vizcaya Nº 21, acuartelado en Alcoy. Prieto Madassú  prestó soldados para el desmonte del campo del Collao y activó a los empresarios de la industriosa población alicantina, posibilitando el salto de gigante que iba a dar el Alcoyano en apenas 4 años.

Pronto, sin embargo, los nuevos burgueses, que no dejaban de ser sino los de siempre, viejos monárquicos, nobles con buen ojo inversor, terratenientes, patrocinadores del levantamiento, o industriales de la hilatura, el agro, la minería y los alcoholes, a los que se arrimaban oportunistas con buenos contactos, irían tomando el relevo al interinato castrense.

Sabino Barinaga Alberdi, ya entrenador. Aunque se hiciera futbolista en Inglaterra, aprendió pronto a desenvolverse en la España de posguerra. De ahí que durante su última temporada en activo (1954-55), viendo entrar en el vestuario bético a un militar con estrellas, se cuadrase y dijera: “¡Mi general, aquí estamos para hacer que el Betis suba a 1ª!”.

Sabino Barinaga Alberdi, ya entrenador. Aunque se hiciera futbolista en Inglaterra, aprendió pronto a desenvolverse en la España de posguerra. De ahí que durante su última temporada en activo (1954-55), viendo entrar en el vestuario bético a un militar con estrellas, se cuadrase y dijera: “¡Mi general, aquí estamos para hacer que el Betis suba a 1ª!”.

Debe constar, también, que varios gobernadores civiles evitaron la desaparición de unos cuantos clubes a lo largo de los años 40 y 50. Si no había con qué pagar las fichas, o si la Federación se negaba a tramitarlas en tanto no se pusieran al día con el organismo, convocaban a la flor y nata en sede gubernamental y de allí no salía nadie sin repartir cargos y aflojar la faltriquera. Corrían malos tiempos para negarle algo a todo un señor gobernador. Por menos que eso se acababa perdiendo contratos con el Estado, o se asumía el revoloteo de inspectores de abastos, fisco y trabajo, a manera de revancha. Los clubes en apuros, merced a la potente nueva directiva impulsada desde Gobernación, esquivaban su finiquito. Y el preboste, además de ahorrase el descontento ciudadano, añadía méritos a su hoja de servicios. Porque ejercer ese cargo en un capital de provincia sin equipo encuadrado como mínimo en 3ª, podía compararse a ser notario de cualquier plaza sin viñas, naranjos, o pegujales dignos de transmisión testamentaria.

Ya en los 60 fueron llegando vientos nuevos. Aquel régimen tan alérgico a las urnas consentía juntas directivas a elección de los socios. A elección matizada, entiéndase, puesto que desde 1948 -aunque muchas federaciones no se aviniesen a la norma hasta el arranque de los 50- la Delegación Nacional de Deportes avalaba el nombramiento de presidentes en juntas o asambleas de compromisarios, si bien seguía quedando a criterio de cada Federación aceptar o no la voluntad de los socios. Consecuentemente, las planchas seguían siendo analizadas al trasluz desde las delegaciones del gobierno. El franquismo de esos años sabía muy bien cómo abrir la mano sin dejar de cerrar el puño. Pero aún con todo, se empezó a vislumbrar una nueva especie de presidentes. Porque junto a quienes ya habían triunfado en lo económico, entremezclados con aspirantes a licencias de importación, merma de aranceles o concesiones varias, germinó el matojo de los especuladores con suelo y ladrillo; individuos que tras asomarse al palco buscaban recalificaciones, el visto bueno del Ministerio de la Vivienda para la ansiada subvención, y una rúbrica del alcalde, salvoconductos con los que poblar el horizonte de grúas y atiborrar su hucha.

El campo llevaba años huyendo a las ciudades, infestando su periferia de chabolas levantadas por la noche, que tras el canto del gallo ya nadie podía demoler. Mal ejemplo para la España surgida del 18 de julio. Realidad fea en un país que aspiraba a convertirse en meca del turismo. Injusticia denunciada por curas jóvenes poco amigos de palios y soflamas, a los que pronto se iba a tildar de “comunistas”. Afrenta que el régimen se apresuró a subsanar en cuanto obtuvo divisas y cemento, para gloria del No-Do y sus solemnes inauguraciones, a la par que enriquecimiento de quienes armaban el hormigón no con varilla metálica, sino mediante cables de freno para moto atirantados a la buena de Dios. Burgos no sólo amplió horizontes, sino que gozó de un Polo de Promoción Industrial. Vitoria también se estiró por la llanada, algo más tarde. Y ambas capitales, al igual que Logroño, por no eternizarnos con el ejemplo, tuvieron en sus clubes más representativos a enladrilladores del páramo. El castellano naufragó una tarde en El Plantío, cuando saltó al campo para leer la cartilla, o algo peor, a un árbitro poco inspirado. El alavés, cuya constructora-inmobiliaria permitió fichajes de tronío, tuvo la desgracia de no completar la reconquista de una 1ª División perdida en los 50. Y el riojano Cesáreo Remón, antiguo futbolista del disuelto C. D. Logroñés, mucho más pragmático, hasta vendía sus pisos a alguno de los futbolistas que contrataba, conforme afirmara el buen medio Jesús Mª Irízar: “Llegué a Logroño en 1972, cedido por el Betis, aunque en seguida me ficharon por 500.000 ptas. Pague 300.000 por uno de los pisos que levantaba el presidente y después de escriturarlo todavía me sobraron 150.000. Una operación fantástica”.

Esos pisos por fuerza debían ser pequeños, con la cocina sin montar y luciendo una brillante placa de Protección Oficial en la fachada, pues la vivienda libre superaba con creces el medio millón, allá por 1972.

Remón, vaya por delante, constituyó anomalía entre la tormentosa nube de dirigentes constructores, llegados al deporte rey por estricto oportunismo. Sin sus desvelos y terquedad deportiva, el club de Las Gaunas hubiese perecido mucho antes, sin degustar una máxima categoría que a la postre, como a tantos otros modestos, acabaría desangrándole.

José Luis Orbegozo. Puso el cemento para que los Arconada, Górriz, Zamora, Alonso, López Ufarte, Bakero y Satrústegui, convirtiesen a la Real Sociedad en bicampeona.

José Luis Orbegozo. Puso el cemento para que los Arconada, Górriz, Zamora, Alonso, López Ufarte, Bakero y Satrústegui, convirtiesen a la Real Sociedad en bicampeona.

Tampoco todos los clubes cayeron en manos oportunistas, puesto que hubo dirigentes excelsos. Ángel Pérez Soler, Benito Villamarín, Jaime de Olaso, Santiago Bernabeu, Félix Oraá, Eguidazu, Fermín Ezcurra, Orbegozo, e incluso los cinco presidentes de las más significadas entidades gran canarias que un día, desechando egos poniendo colofón a los 40, decidieron fusionarlas para representar con dignidad al balompié insular en el Campeonato Nacional de Liga, pueden servirnos de avanzadilla. Pérez Soler, con la ayuda de unos directivos excelsos, amén del citado coronel Gabriel Prieto, profesionalizó al Alcoyano, equipito que desde Regional, y en un santiamén, se las vio midiéndose al Real Madrid, Valencia, Sevilla, los dos Atléticos o C. F. Barcelona. Benito Villamarín supo enderezar a una entidad campeona de preguerra y repentinamente hundida en 3ª. Olaso convirtió a su Indauchu, formación de amigos, no ya en club de 2ª División, sino en escaparate de soberbios futbolistas. Bernabeu construyó un campo inmenso en tiempos de máxima dificultad y lo llenó después, bien es cierto que con la ayuda del todopoderoso Di Stéfano. Oraá tuvo que llevar a cabo una de las más arriesgadas renovaciones en el Athletic (todavía Atlético), no ya por cuanto a la primera plantilla rojiblanca respecta, sino al apostar por el vivero de Lezama. Eguidazu hubo de enfrentarse desde el mismo club con el estamento federativo, sus compañeros de Asamblea General y el entramado de corrupción esdrújula que en lo deportivo caracterizó a los primeros 70, para aflorar el escándalo de los falsos oriundos. Su vecino y coetáneo Orbegozo trazó el rumbo que situaría en mar abierto a una Real Sociedad acostumbrada al cabotaje, convirtiéndola en bicampeona de Liga. Y el discreto Ezcurra, pasito a paso, sin perder la perspectiva cuando tantos colegas se volvían locos en el pespunte de una España entregada al “pelotazo”, convirtió a su Osasuna en el único club de 1ª sin necesidad de rescate estatal, antes de ser anfitriones en el Mundial de “Naranjito”, con Sandro Pertini alborozado en el palco y Paolo Rossi otorgando otro título a los “azurri”. Antes de ese 1982, otro magnífico presidente hizo ver a su junta directiva que el futuro del Sporting gijonés pasaba por destinar al centro formativo de Mareo los millones abonados desde Bilbao, cuando el Athletic incorporó a Churruca. Sin aquella inversión y los frutos posteriores, probablemente habrían soplado muy malos vientos en torno al histórico Molinón.

Pero aquel multimillonario rescate premundialista, unido al paupérrimo balance de nuestra selección nacional en el campeonato, prontamente eliminada, tuvo sus consecuencias para el fútbol. Primero hubo críticas por demás justas. “Es inadmisible que el erario público sirva para rescatar a millonarios. Esto no ocurre en otros países, donde los clubes son Sociedades Anónimas. Así, ante cualquier caso de mala gestión, son los accionistas quienes se rascan el bolsillo, no la inocente ciudadanía”. Y a renglón seguido tanta improvisación como populismo. Porque mecidos en la Ley de Sociedades Anónimas, contribuyentes y clase política dieron por resuelto el problema. Se abrazó la fórmula, aunque no sin incurrir en algo parecido a una trampa. Porque las nuevas S. A. Deportivas quedaban al margen de cotización bursátil y eran declaradas “sin ánimo lucrativo”. Podían mover bastante más dinero que cualquier empresa cotizada en corros, sin reparto de hipotéticos dividendos ni apenas control. Polvorín huérfano de centinela, por el que pronto comenzaron a interesarse dinamiteros con mecha corta.

Jesús Gil y Gil fue tan sólo uno de ellos, abanderado en el arte de saltar desde el fútbol al escenario político. Quizás, también, pionero entre nosotros en un nuevo birlibirloque: fichar “futbolistas” como mínimo desconocidos, si no harto sospechosos, a través de sociedades participadas, o dicho de otro modo, hacer que el dinero del club -siquiera una parte de él- acabara en sociedades gestionadas por testaferros. “Sin el Atlético de Madrid yo no hubiera podido hacer nada en política”, confesó, añadiendo: “El fútbol lo puede todo”.

Lo parecía, al menos. Porque de buenas a primeras, algo sí había logrado la nueva Ley: Hurtar la representatividad de los socios; convertir en papel mojado los carnets. Y desandar los anteriores 40 años, puesto que de directivas designadas a dedo se pasaba a alianzas accionariales, si el papel se concentraba en tres o cuatro carteras minoritarias, o a la inmisericorde apisonadora, cada vez que alguien controlase la mayoría. Por cuanto a responder sobre pérdidas, pronto quedó de manifiesto la facilidad de allanarse ante imprescindibles ampliaciones de capital, y sobre todo el abrazo sistemático a una Ley Concursal embebida en aroma a estafa económico-deportiva. Todo ello sin olvidar otro atajo, pues llegado el caso una quiebra podía tornarse utilísima escalera de incendios. ¿Acaso importaba si miles de socios y abonados se achicharraban entre rescoldos de historia centenaria?.

A caballo de las Sociedades Anónimas Deportivas, se agigantó la insolvencia en nuestro fútbol, escapando solo unas pocas entidades más bien modestas, y por eso mismo ejemplares. Cualquiera diría que comiendo pan, se eructara jamón.

El C. D. Badajoz sobrevivió a una guerra, a la hambruna autárquica, la masiva emigración extremeña y el fracaso del Plan Badajoz, pero acabaría sucumbiendo a la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas.

El C. D. Badajoz sobrevivió a una guerra, a la hambruna autárquica, la masiva emigración extremeña y el fracaso del Plan Badajoz, pero acabaría sucumbiendo a la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas.

En pleno imperio de la Ley de S. A. D., Málaga C. F., Real Oviedo, Valencia, At. Madrid, Real Zaragoza, Compostela, Granada, Betis, Elche, Mallorca, Xerez, U. D. Las Palmas, Deportivo Alavés, Palencia, Racing de Santander, C. D. Badajoz, U. D. Salamanca, Real Sociedad de San Sebastián, Real Murcia, Sporting Mahonés, Hércules, Alicante, La Muela, Ciudad de Murcia y un largo etcétera, viven o han vivido situaciones tan críticas que ni pasando por la UVI pudieron solventar en algún caso. Todo ello mientras se asistía al desembarco en las poltronas de trileros y advenedizos, sustituyendo a los oportunistas de antaño. Valgan para muestra un par de botones.

Justo en el tránsito del siglo XX al XXI, el Club Deportivo Badajoz parecía asentado en 2ª División, aún con penurias. Sus dirigentes se quejaban del escaso apoyo ciudadano, y quienes como pacenses de pro deberían haber sentido algo por la camiseta blanquinegra, se confesaban más seguidores del Real Madrid o Barcelona, cuando no escondían su deserción amparándose en la incomodidad de una instalaciones tiempo ha periclitadas. Como tantas veces ocurre, desde las distintas Administraciones se hizo un esfuerzo considerable, hubo música, discursos, corte de cinta y bendición de un nuevo campo, tan sólo para que domingo tras domingo buena parte del graderío continuara despoblado. Lógicamente, así no había modo de cuadrar balances. La deuda crecía, sin visos de que mejora. Tratando de recortar gastos, a los futbolistas dejó de servírseles vacuno en las comidas, reemplazado por pavo y pollo, más baratos. Daba igual si el equipo se desplazaba a Galicia, Cataluña, la región levantina, Euskadi o Andalucía: siempre pavo y pollo, con guarnición o sin ella. Pero la deuda, en parte por mor de intereses acumulados, no dejaba de crecer. Entonces surgieron los salvadores. Una empresa argentina, abanderada por Marcelo Tinelli (1998), y otra portuguesa, con Antonio Barradas como estandarte (2002), por riguroso orden, aunque vistos los resultados pudiéramos entonar el tanto monta, monta tanto. Ni uno ni otro hallaron dificultad para hacerse con una parte del accionariado, apostando a la baja, puesto desde todos los ámbitos se quiso ver en ambos a un par de angelotes con alas de seda blanca.

Al menos así fueron acogidos de entrada.

Pero ni el sudamericano ni el luso hicieron mucho por la entidad. Con ligeros matices diferenciadores volvía a repetirse la nefasta experiencia del Atlético Marbella cuando, en 1994, desembarcara Slobodan Petrovic, otro encantador de serpientes con lengua bífida. A lo peor ninguno de los dos se planteó siguiera reflotar la sociedad. Y en vista de que el dinero institucional no colmaba sus expectativas -entonces Ayuntamientos, Diputaciones y Comunidades Autonómicas subvencionaban al deporte, fuese con aportaciones directas o mediante esponsorizaciones-, pusieron pies en polvorosa.

El C. D. Badajoz, después de sobrevivir a numerosas crisis tanto en tiempos duros como de relativa abundancia, se encontró en 2ª División B, primero, y en 3ª después, con un campo nuevo y vacío, y sin el aliento de una afición resignada a lo peor. Expiró tras larga agonía, por más que otros entes locales de nuevo cuño compitieran en el arrogo de una antigüedad y unos laureles del todo ajenos. Sobrevivir a una Guerra Civil, a la emigración extremeña, el fiasco del Plan Badajoz, el hundimiento bursátil de los 70, la asfixiante inflación de los primeros 80, el fútbol de tronío televisado en color y distintas restructuraciones federativas, para yacer en la cuneta de la Sociedad Anónima. Viaje absurdo, a la par que invento tóxico.

Pero más espectacular todavía fue el desplome del Leganés, cuando sobrevoló su nido un empresario argentino del espectáculo llamado Daniel Grinbank. Las cosas ocurrieron de este modo.

Grinbank, empresario futbolístico a la fuga. Todo su prestigio como organizador de espectáculos musicales, lo perdió durante sus cuatro meses la poltrona del Leganés.

Grinbank, empresario futbolístico a la fuga. Todo su prestigio como organizador de espectáculos musicales, lo perdió durante sus cuatro meses la poltrona del Leganés.

Durante el verano de 2003, Grinbank contactó con Jesús Polo, presidente del club madrileño en los últimos 27 años, para adquirir el 86 % de las acciones. Los blanquiazules acababan de salvar la categoría en los despachos, luego de haberla perdido sobre el césped, ocupando la plaza de un Compostela descendido por impagos a su plantilla. Claro que el Leganés no fue sino alternativa de urgencia para el argentino, puesto que previamente había llamado a la puerta del Real Valladolid. Quería entrar en el fútbol español, sin que importase mucho a qué entidad y bajo qué colores. Por fin, el 11 de agosto cristalizaba el acuerdo, quedando Polo como presidente de honor, en tanto Grinbank y su gente de confianza gestionaba tanto el área económica como la deportiva.

Al menos por cuanto respecta a lo deportivo, el nuevo propietario sí parecía haber hecho los deberes, contratando a José Pekerman como responsable técnico y a Carlos Aimar para el banquillo. Pekerman lo había sido todo en el fútbol base de su país: campeón mundial, tirano en los torneos de la Confederación Americana, hombre que semejaba estar hecho para la corona de laurel. Y Aimar era conocidísimo por nuestros pagos, luego de fajarse con éxito en el C. D. Logroñés del bodeguero Eguizábal, y popularizar un señor palmetazo en el pecho de sus futbolistas a medida que iban saltando al campo.

El reto, de cualquier modo, se antojaba dificultoso. Una cosa era que Grinbank fuese hombre con buena fama, “capaz de montar conciertos de los Rolling Stones en cualquier continente”, según se aseveraba desde Buenos Aires, y otra que en los 20 días previos al primer choque liguero pudiera cerrarse una plantilla no sólo digna, sino capaz de situar al “Lega” entre los grandes. Lógicamente, en plena revolución no se contaba con casi ningún futbolista del equipo anterior. “Si no fueron capaces de agarrarse a 2ª, ¿cómo van a impulsarnos a 1ª?”, parece  se aseguró desde el área deportiva.

Pekerman y Aimar tiraron de contactos, recibiendo varias negativas y 16 plácemes; quince argentinos y un chileno, distribuidos de este modo:

Pekerman fue otro engañado por el visionario Grinbank. Pese a saberlo todo sobre el balón y su mundo, las prisas le impidieron conformar un equipo consistente.

Pekerman fue otro engañado por el visionario Grinbank. Pese a saberlo todo sobre el balón y su mundo, las prisas le impidieron conformar un equipo consistente.

Bernardo Leyenda, portero. Vitali, Alessandria, Mustafá, Mauro Esteban Navas, Federico Hernán Domínguez y José Antonio Chamot, todos ellos argentinos, defensas. Para la zona ancha los también argentinos Nicolás Medina, Pablo Rodríguez, Pietravallo y Marini, y el chileno Arrué. Encargados de anotar goles Pablo Ignacio Calandria, Claudio Marcelo Enría, Santiago Jorge Kuhl y Mario Héctor Turdó. De ellos, 8 con experiencia en 1ª División y alguno tras haber sufrido lesiones muy serias, de las que según pudo apreciarse pronto conservaba secuelas. Un ramillete que, salvo excepciones, decepcionó bastante.

A medida que los resultados sumergían al Leganés en un baño de realidad, Grinbank daba la impresión de distanciarse. Como niño caprichoso, fue cansándose del juguete, hasta acabar arrinconándolo. Jesús Polo, por pura vergüenza torera, abonó de su bolsillo las nóminas correspondientes a noviembre y diciembre, así como los billetes aéreos para que esos 15 argentinos y el chileno pudiesen pasar la Navidad en familia. Llegó Año Nuevo, los Reyes Magos desfilaron en cabalgata y al pasar por Leganés vaciaron de carbón las alforjas. Porque el jueves 8 de enero, cuando los abetos de plástico, ya sin luces ni villancicos comenzaban a desmontarse, en las instalaciones del club se vivían instantes de conmoción. Daniel Grinbank, el empresario honesto, el vendedor de humo, confesaba a sus jugadores durante cinco escasos minutos no hallarse en disposición de cubrir los seis millones y medio de euros presupuestados, subía a un coche en dirección Barajas, tomaba un vuelo a Londres donde “Le Cirque du Soleil” iniciaba una nueva gira, y decía adiós al sueño que jamás llegó a convertir en proyecto. Una fuga en toda regla, poco menos que en plan golfo.

“El proyecto tenía que ver más con lo humano y lo deportivo que con lo económico”, aseguró Pekerman, tan anonadado como incrédulo. Un futbolista reconocía que “si bien últimamente nos rondaba el miedo a que pasara algo, jamás pensamos pudiese dejarnos tirados”. Carlos Aimar, entre tanto, anunciaba que los jugadores eran libres para continuar o no en el club, y hasta para permanecer en Madrid o desplazarse a Algeciras, donde debían disputar el siguiente partido. Viajaron los convocados y dando una lección de honradez se impusieron por 1-2. El futuro, sin embargo, no es que fuese sombrío, sino tétrico.

Rosario Peña, concejala de deportes del Ayuntamiento de Leganés por el PSOE, se deshacía en buenas palabras, procurando no mojarse, “porque como saben, el Leganés Sociedad Anónima Deportiva es una entidad privada”. Aimar sangraba por su herida ante la prensa: “El terremoto nos sorprendió desagradablemente. Es una catástrofe que no sabemos cómo afrontar. El futuro de muchas familias ha saltado hecho pedazos”. Parecía que sólo contara eso, la realidad inmediata de treinta y tantos profesionales. ¿Y qué ocurría con la afición?. Con los abonados. Con algún aislado pequeño accionista. Con la ilusión entregada gratuitamente durante lustros. ¿Acaso el impulso popular que situó al fútbol en la cúspide, ya no contaba?. ¿Alguien pensaba, en serio, que el fútbol-negocio, negocio no siempre limpio, que conste, surgido de las S. A. D., era posible sin el aliento del aficionado?.

Las semanas siguientes resultaron muy movidas, puesto que nada más aflorar el escándalo faltaron jofainas para tanto remedo de Pilatos. Ni el fugitivo empresario ni el antiguo presidente Jesús Polo, habían solicitado al Consejo Superior de Deportes la preceptiva autorización, tal y como exigía el real decreto sobre Sociedades Anónimas Deportivas si iba a cambiar de manos un capital mínimo del 25 %. Y además dicha venta tampoco se formalizó ante la Liga de Fútbol Profesional. Portavoces del C.S.D., en perfecta maniobra, manifestaron que “cualquier transacción en semejantes condiciones, suponiendo se hubiera producido alguna, resultaba nula de pleno derecho”.

Diez años le costó al C. D. Leganés recuperar la 2ª División. Duro castigo para sus seguidores y masa social.

Diez años le costó al C. D. Leganés recuperar la 2ª División. Duro castigo para sus seguidores y masa social.

Curioso, muy curioso todo. La prensa se había hecho eco, pormenorizada y ampliamente, de cuanto ocurría en agosto alrededor del Leganés. ¿Cómo es que C.S.D. y L.F. P. no se dieran por enterados?. ¿Acaso los puntos de retiro estival permanecían fuera de onda, sin diarios, radio y televisión?. ¿O es que en vacaciones se detenía el latido universal?. El alcalde de Leganés por el PSOE, José Luis Pérez, tuvo más difícil lo de lavarse las manos, puesto que el 11 de agosto de 2003, cuando Grinbank parecía dispuesto a regar con maná el secarral sur madrileño, no quiso faltar a la materialización del traspaso. Una foto siempre es una foto, y aquella parecía de primera.  Pues así y todo, como queda dicho hubo de ser la concejala quien en medio del desaguisado lanzase balones fuera.

Carlos Aimar no acabó la campaña 2003-04. Y el Leganés, lejos de ascender a 1ª, según los planes, concluyó descendiendo a 2ª B. Iba a llevarle 10 años reconquistar la categoría perdida. Diez años lamiendo llagas, sobreviviendo con estrecheces, arrepintiéndose de haber confiado en quien no debía.

Lamentablemente, aquel fiasco pareció no inspirar moraleja. Años más tarde otros abigeos siguieron merodeando en derredor de nuestra Liga. Unos se fueron con viento fresco, otros echarían el ancla entre alardes de rico manirroto, prometiéndolo todo y volviendo a hacer el petate cuando las distintas Administraciones invocaron la ley abstracta, las ordenanzas de urbanismo o los Planes Generales de Ordenación Territorial, para embridar ingentes proyectos de cemento y ladrillo. Por Santander y Vitoria cayó Piterman, como plaga de langosta. Y puesto que los males no suelen llegar solos, en Cantabria volvieron a tropezar con otro bluf superlativo, al parecer residente en el Golfo Pérsico y luego reclamado por Interpol. Durante un año, la afición del Málaga C. F. coreaba vivas en la Rosaleda a su particular míster Marshall árabe. Luego, ya en plena liquidación de efectivos, resucitaron los miedos desde una tumba con lápida en honor del Club Deportivo Málaga. El Granada fue adquirido por negociantes del balón transalpino, dueños del Udinese y el Watford inglés. ¿Acaso no importaba a nadie que un día pudieran enfrentarse en la Europa League Udinese y Granada, por ejemplo, o Watford y Udinese?. Y entonces, ¿cómo evitar adulteraciones, chanchullos y hasta tocomochos en el mundillo de las apuestas on-line?. El Mallorca, estrangulado por sus deudas, recibió una inyección germana. A su presidente, Utz Claassen, ex alto cargo financiero de SEAT, con 23 cambios de domicilio por mor de su profesión, le sobraban tablas empresariales. Pero claro, el fútbol es fútbol, según perogrullada de Bujadin Boskov. O sea poco tiene que ver la gestión empresarial para que las estrellas no se lesionen, el entrenador se lleve bien con sus pupilos, los árbitros acierten y la pelota quiera entrar.

Hoy se teme a las arenas movedizas en la tercera ciudad de España por población, imagen internacional y pujanza económica. El viento no favorecen al Valencia del derroche superlativo, los números rojos escandalosos y un campo nuevo parado a medio construir desde ni se sabe cuánto tiempo. Se diría que la brújula tampoco aparece en las arcas del representante futbolístico mejor relacionado a día de hoy, ni en un banquillo demasiado dado a la aventura, y aún menos entre los millones del propietario, otro multimillonario asiático. Veremos si esta aventura no concluye en la isla de Robinson Crusoe. Más aún, ¿habrá llegado también, o estará a punto de llegar a nuestro campeonato la fórmula trasladada desde fondos de inversión y capital-riego a la Premier británica, consistente en contabilizar como préstamo lo desembolsado en adquisición de acciones?. Poco debería extrañarnos que ante el primer síntoma de gripe cualquier club atraviese muy duros trances. Pero alivia reconocer otro tipo de gestión, otras fórmulas menos reñidas con la tradicional ortodoxia, aun bajo el manto de la ley de S.A.D., con Eibar, Numancia y Huesca a la cabeza. O siguiendo el ejemplo de un Real Zaragoza todavía vivo, gracias a la bendita cabezonería de quienes como José Antonio Martín Otín “Petón” y un puñado e románticos, contagiaron ilusión entre el empresariado maño, evitando, de paso, la puntilla a una entidad con trofeos de Copa española y europea en sus vitrinas. Y que conste, la enfermedad provenía de gestiones sometidas a la ley de Sociedades Anónimas Deportivas,  en tanto la transfusión salvadora era consecuencia del fervor y el entusiasmo característicos de otra época.

Perfecto círculo vicioso. Creamos una figura jurídica para evitar lo desmanes, comprobando al cabo, y según parece sin gran propósito de enmienda, que dicha fórmula sólo multiplica impagos o va llenando de cruces el cementerio deportivo, justo cuando más dinero se mueve alrededor del balón.

En el siguiente número se abordará, Dios mediante, la siniestra figura de Dimitri Piterman, el hombre que a punto estuvo de trazar dos muescas en su culata, para vergüenza de nuestro fútbol. Puro aguafuerte tremendista, contra el que ni la Liga de Fútbol Profesional ni el Consejo Superior de Deportes parecen haberse vacunado. Pero entre tanto viene a mi memoria cierto señor al que conocí durante algunos veranos de infancia, cuya mujer se hallaba enferma. Los vecinos solían interesarse, solícitos, por la evolución del mal y la paciente. Y él contestaba con aplastante resignación: “Miren ustedes, ¡a peor la mejoría!”.

Pues eso. También sobre este particular parece que ha ido a peor la mejoría.




1971: España al borde de la descalificación

El 27 de octubre de 1971 la selección absoluta española estuvo al borde de una muy merecida descalificación. No de la eliminación deportiva, sino de la descalificación con convocatoria indebida o suplantación de personalidad. De hecho, sólo la incapacidad de nuestro conjunto para imponerse a la Unión Soviética, y obtener sólo un empate ante la débil Irlanda del Norte en el Bootheferry Park, tres meses más tarde, evitó el ridículo. Por una vez, y no dejaba de ser curioso, los malos resultados nos ahorraban el bochorno.

Las cosas sucedieron así. El 9 de mayo de 1971 nuestro seleccionado inició ante Chipre su andadura en el torneo de clasificación para IV Copa de Europa de Selecciones Nacionales, cuya final tendría lugar durante el año siguiente en Bélgica. El futbol chipriota, entonces, podía equipararse al de nuestra 3ª División. Sus precarias instalaciones deportivas, con terrenos sin césped y apenas capaces de acoger a 3.500 espectadores, constituían si no el mayor obstáculo, como mínimo el más denostado, por aquello de las posibles lesiones. Hasta tal punto existía en Chipre convicción de inferioridad, que cuando alguno de sus conjuntos (Atlético Limasol, por ejemplo, o APOEL de Nicosia) debía enfrentarse en la primera ronda de competición europea a clubes de primer rango, tipo Real Madrid, acordaba disputar en terreno adversario sus dos choques, el de ida y vuelta, a cambio de la recaudación en el primero de ellos y un porcentaje sobre los derechos televisivos. Un modo no peor que otros de resolver el balance económico anual. Pues bien, España, dirigida por Ladislao Kubala, se impuso en Nicosia 0-2 -tantos de Pirri en el primer tiempo y José Luis Violeta en el segundo-, justo en el partido que servía para el debut con la roja del durísimo Gregorio Benito.

Tres semanas después, el 30 de mayo, la URSS, vistiendo de blanco, nos derrotaba por 2- 1 en el estadio Lenin. Lo de la vestimenta, por cierto, tuvo su miga. Molestos con la calidad del alojamiento ofrecido en territorio soviético, y al parecer con el trato dispensado, nuestros federativos se empeñaron en lucir la clásica camiseta roja y pantalón azul. Una manera tonta de incordiar, ya que la URSS jugaba con una primera equipación igualmente roja, sirviendo de fondo a las iniciales C. C. C. P. Como era lógico, los soviéticos exigieron que el equipo visitante respetara sus colores. Algo de todo punto incuestionable. Pero a la postre, luego de varios dimes y diretes, la cerrazón hispana los hizo saltar de blanco. España, esa tarde, no estuvo nada bien, y a su vuelta los enviados especiales afilaron sus lápices con no poca acritud. La tensión, entre una cosa y otra, casi se mascaba ante el partido de vuelta, celebrado en el Sánchez Pizjuán sevillano el miércoles 27 de octubre del mismo año. Y allí alguien cometió un error mayúsculo.

Para empezar, Kubala tuvo que olvidarse de varios habituales en sus convocatorias, al hallarse lesionados Pirri, Hita, José Eulogio Gárate y Carlos Rexach, a los que habría de unirse en el último instante José Ángel Iribar, titular indiscutido bajo el marco. Los tres porteros inscritos por la Federación Española ante la U.E.F.A. para ese partido eran Miguel Reina (Barcelona), José Ángel Iribar (At Bilbao) y Roberto Rodríguez Aguirre, “Rodri” (At Madrid). Al caer Iribar la víspera del choque, se llamó a toda prisa a Rodri, ausente en la convocatoria, puesto que hace 45 años, con la comprensible excepción de fases finales en Mundiales o Eurocopas, los seleccionadores sólo desplazaban a dos guardametas. Pero hete aquí que por desidia, despreocupación, comodidad o arriesgada gracieta, no se convocó al Rodri “colchonero”, sino a su homónimo José Rodríguez Domínguez, cancerbero del Sevilla C. F.

José Luis Pérez Payá, Presidente de la FEF a quien los malos resultados salvaron de un lío monumental. En la imagen presidiendo la Comisión Permanente de la FEF durante 1971, cuando dio el visto bueno a la inscripción de varios “paraguayos” fraudulentos. En líneas generales, fue el suyo un mandato para olvidar.

José Luis Pérez Payá, Presidente de la FEF a quien los malos resultados salvaron de un lío monumental. En la imagen presidiendo la Comisión Permanente de la FEF durante 1971, cuando dio el visto bueno a la inscripción de varios “paraguayos” fraudulentos. En líneas generales, fue el suyo un mandato para olvidar.

Por esos años, “Rodri” fue abreviatura o denominación deportiva muy en boga. Sirvan de ejemplo Francisco Eduardo Rodríguez Campoy (Alicante 20-VIII-1934), centrocampista en el Lorca, Hércules, Betis, Elche, Badalona y Albacete; Francisco Rodríguez Gallego (Rabal, Orense, 20-IV-1942) centrocampista también en el Orense, Lugo, Sabadell, Huesca, Mahón, Europa barcelonés y Langreo; Agustín Rodríguez Arteagabeitia, con varias campañas en el Ortuella vizcaíno; José Rodríguez Martínez (Córdoba 8-XII-1942), defensa de la Balona y durante 7 ejercicios pegajoso marcador en el club de El Arcángel; José Rodríguez Allen (Lorca 24-I-1945) en el Artiguense, Gavá, Badalona, Calella y Calvo Sotelo; o José Mª Rodríguez Ardura (Granollers, 1-VI-1946) atacante en el club de su localidad natal, San Andrés, Español, Olot y Levante, varios de esos equipos en diferentes etapas. Y todavía, puesto que la relación resultaría indigerible, hubo más “Rodris” modestos en el Don Benito de Badajoz, Moraza bilbaíno, Juvencia de Trubia asturiano, Ferroviarios de Mora la Nueva, Gavá, Siero, Lérida, Samboyano y Melilla, Mérida Industrial, el ya extinto C. D. Badajoz, Jaén, Alicante, Alzira y Olímpico de Játiva, Moscardó Madrileño, Linares, Sabadell y Gimnástico de Tarragona, Júpiter, Plus Ultra y Aragón, Amorebieta, Levante, Villafranca… Poniendo foco sólo sobre los porteros, ejercían también, junto al sevillano y el “colchonero”, Rodrigo Robles Custodio (Villafranca de los Barros, Badajoz, 19-VII-1941) valladar de la Metalúrgica y durante 9 campañas en el Badajoz; o Andrés Rodríguez Serrano (Barcelona 18-VIII-1941), Barça amateur, Sabadell, Santander, Igualada, Levante, Zaragoza, Valladolid, Xerez y Barbastro. Demasiados mimbres para un solo cesto. Tantos, que o bien se pensó nadie repararía en la diferencia del Rodri preinscrito y el convocado, o aún peor, optaran por la comodidad -el del At Madrid hubiera debido tomar un vuelo a la carrera-, haciéndose, de paso, con el fácil aplauso de los sevillistas a “su hombre” en el propio Sánchez Pizjuán.

Rodri Aguirre, en el At Madrid.

Rodri Aguirre, en el At Madrid.

Fuera como fuese, desde los altavoces del estadio se anunció, minutos antes de que el balón rodase, la sustitución del lesionado Iribar por el algabeño José Rodríguez Domínguez, solicitándose para él, como es lógico, una sentidísima ovación.

Los soviéticos, empero, venían prevenidos. Las quejas españolas por su teórica deficiente atención, sin considerar que los estándares de calidad en el bloque distaban mucho de semejarse a los occidentales, y que las cosas allí llevaban sus propios ritmos, por fuerza debieron escocer. Y si a ello se unía la afrenta con los colores, se antoja evidente que la tan cacareada puntillosidad burocrática de los “comisarios políticos” luciera, si cabe, con más celo que de ordinario.

España -de rojo-, aún dominando durante casi todo el encuentro, jugando bien, pero con poca profundidad, no pudo pasar del empate a cero ante los muy disciplinados soviéticos, otra vez con su segunda equipación blanca, como correspondía al visitante. Marcial Pina sustituyó al contundente e incansable Antón a falta de 15 minutos para el pitido final, buscando más ideas en la zona ancha y alguna oportunidad de armar su tremendo disparo desde fuera del área. Nikolaev, seleccionador de la URSS, dio entrada a Kiselev y Shevchenko, con la decidida intención de mantener el resultado inicial.Rudakov, el guardameta visitante, altísimo, sobrio y sin aspavientos, fue inexpugnable por alto y agilísimo a ras de césped. Probablemente el más destacado de los 25. Rodri, el Rodri sevillano, no tuvo que saltar al campo por lesión de Reina. “Menos mal” -escribió en “AS” Gerardo García-. “Sólo hubiera faltado eso, después de partir con tantas bajas”. En realidad el periodista pensaba que al no precisarse su concurso, España quedaba libre de hipotéticas acusaciones sobre alineación indebida. Y ni muchísimo menos era así, toda vez que para el árbitro, la UEFA y la posterior documentación de nuestra Federación, presidida por el antiguo futbolista José Luis Pérez Payá, el suplente de Reina fue Roberto Rodríguez Aguirre. O sea, el “colchonero” que vio el choque por la tele, desde su casa en Madrid.

Rodri Domínguez, el sevillano. Como puede apreciarse ni siquiera guardaban el menor parecido físico.

Rodri Domínguez, el sevillano. Como puede apreciarse ni siquiera guardaban el menor parecido físico.

El propio Félix Martialay, en su volumen “Todo sobre la Selección Española”, al beber de documentación oficial federativa recoge en ese partido, el 191 de los nuestros hasta el momento, y bajo el epígrafe “Otros seleccionados”, a José Ángel Iribar Cortajarena (lesionado conforme se dijo), Roberto Rodríguez Aguirre (el Rodri del At Madrid), Gregorio Benito Rubio (R Madrid), Enrique Álvarez Costas (Barcelona) y José Francisco Rojo Arroitia, “Rojo I” (At Bilbao). Del otro Rodri, el del Sevilla, quien realmente estuvo en el banquillo del Ramón Sánchez Pizjuán, ni rastro.

Pero a los soviéticos no les pasó desapercibido aquel cambiazo. Algunos de sus emisarios o acompañantes hablaban muy bien nuestra lengua, y la megafonía del estadio los puso alerta. Una vez de regreso parece siguieron efectuando indagaciones, hasta contar con pruebas, incluidas evidencias fotográficas. Y a pesar de ellas, prudentemente prefirieron esperar. Llevando ventaja sobre España y a tenor de su superioridad con respecto a Irlanda del Norte y Chipre, su clasificación para la fase final europea como campeones de grupo se antojaba no necesitada de subterfugios.

Desde las páginas de “As Color”, el 2 de noviembre de 1971 Gerardo García efectuaba sus particulares cuentas de la lechera. Si el Rodri sevillano hubiese tenido que suplir a Reina, si España hubiera vencido a la URSS y derrotase en Belfast a Irlanda el 16 de febrero de 72, la Federación Soviética podría haber exigido se descalificase a nuestra selección, aun habiéndose proclamado campeona en la liguilla, invocando la doctrina UEFA. Porque el otro choque todavía pendiente, ante Chipre, en Granada, se entendía resuelto de antemano. El buen periodista, como otros compañeros de profesión, pasó de soslayo un hecho diferencial. La Federación Española había actuado dolosamente, suplantando, a sabiendas, la personalidad de un futbolista convocado. Y ante tal situación, jugara o no algún minuto el interfecto, ya existía irregularidad muy seria, perseguible a instancia de parte.

El 24 de noviembre, nuestros muchachos se deshicieron de los chipriotas por 7-0, conforme estaba previsto, con goles de Pirri en dos ocasiones, Quino también por partida doble, el cántabro Javier Aguilar, Enrique Lora y Rojo I. Pero en Irlanda del Norte, caídos ya del caballo hacia la fase final en Bélgica, la roja volvió a dar otra de arena, al igualar Morgan el tanteador inaugurado por José Francisco Rojo. La Federación Soviética no necesitó denuncias para clasificarse y, por una vez, la incapacidad de nuestro once nacional ahorró muchas explicaciones, si no la mismísima dimisión, al presidente federativo o sus allegados más próximos.

Con respecto a los involuntarios protagonistas del sainete, vayan siquiera unos párrafos. Roberto Rodríguez Aguirre (Logroño 14-XI-1942), At Madrid, Pontevedra en condición de cedido por los “colchoneros”, nuevamente At Madrid, Celta y Rayo Vallecano, había heredado del argentino Madinabeytia la custodia del marco en el estadio Vicente Calderón. Era un portero seguro, ágil y sobrio. Tras su retirada ejerció algún tiempo como secretario técnico en la entidad rojiblanca. Internacional juvenil el 30 de marzo de 1961, internacional militar en 8 ocasiones y aficionado en 13 oportunidades, no tuvo el honor de estrenarse como absoluto. Un hijo suyo (Madrid 11-VI-1969), surgido igualmente de las categorías inferiores atléticas, también lució el apodo paterno bajo los palos, en el Móstoles, Moscardó y Sporting de Gijón. El precoz José Rodríguez Domínguez (La Algaba, Sevilla, 2-IV-1946), saltó al primer equipo sevillista la campaña 1964-65 desde su filial, para recalar en el Deportivo Alavés luego de 10 campañas en el Sánchez Pizjuán, alternando rachas de indiscutible titularidad con otras de intermitente suplencia. Ágil, no demasiado alto, aunque bastante seguro, dio la impresión de quedar algo por debajo de lo mucho que prometiera durante su etapa juvenil. Ocho veces internacional en dicha categoría, otras 6 veces como aficionado y dos con la selección Promesas, más adelante denominada Sub-23, tampoco llegó a debutar con la absoluta. Durante el verano de 1978, con 32 años, puso fin a su andadura profesional.

Rudakov en una de sus felices intervenciones ante España. Por increíble que parezca, evitando que marcasen los nuestro ahorró múltiples quebraderos de cabeza al presidente de la Federación Española.

Rudakov en una de sus felices intervenciones ante España. Por increíble que parezca, evitando que marcasen los nuestro ahorró múltiples quebraderos de cabeza al presidente de la Federación Española.

Ninguno de los dos “Rodris” volvió a asomar por las convocatorias de Ladislao Kubala. Ni para los siguientes partidos oficiales o con ocasión de una suma de amistosos. Cabría pensar que el gato escaldado huía del caldero hirviente. José Ángel Iribar y Miguel Reina Santos se antojaban inamovibles, salvo cuando el zarauztarra tuvo que ausentarse por fuerza mayor. Entonces se apelaría al ya fallecido Juan Antonio Deusto (febrero de 1973, ante Grecia, en choque de clasificación para el Mundial de Alemania ´74), a Mariano García Remón (amistoso ante Holanda, en mayo del 73), y a la misma pareja para otro amistoso ante Turquía, en octubre de igual año. A partir de ahí, Deusto, tiempo atrás suplente de Iribar en el cuadro de San Mamés, acabaría arrinconando al cordobés Reina, hasta el afianzamiento de Miguel Ángel González (R Madrid) como suplente del mítico “Chopo”.

Enorme chapuza, por lo tanto, cuyas víctimas-un par de buenos cancerberos- acabaron siendo los menos culpables.

Por cierto que durante algún tiempo se cruzaron animadas discusiones entre periodistas deportivos de la época, lucubrando sobre cuál de los dos “Rodris” habría cobrado dietas y primas de internacional por aquel partido en Sevilla; si el Rodri que calentó banquillo, o su colega inscrito, al que no le quedó sino animar desde casa. Pues bien, parece que a quien se hizo liquidación fue al sevillano y sevillista. Un documento que habría valido su peso en oro para los soviéticos, si alguno de nuestros atacantes hubiese sido capaz de perforar la portería del acertado Rudakov.




Del campo de concentración al triunfo en los estadios

La Guerra Civil cercenó vidas y expectativas de futuro, además de convertir la ideología, fuere ésta vencedora o derrotada, en verdad fundamental. Durante aquellos tres años de sangre, miedo y oprobio, España se desenganchó del progreso al perder cientos de cerebros fundamentales para la posterior reconstrucción material e intelectual. La posguerra, en fin, sumió a nuestra economía en una fosa profunda, aplacó hambres a golpes de hisopo, silenció rebeldías, puso a Franco bajo palio e hizo de la simple supervivencia una auténtica heroicidad. Para algunos, sin embargo, lo más duro de esa posguerra llegó envuelta en laureles y aroma a oportunidad.

Fue el caso de Marcial Arbiza Arruti (Urnieta, Guipúzcoa, 8-VII-1914), futbolista forjado en el patio de los Maristas y la Segunda División francesa, quien a base de goles supo encontrar su particular redención.

Había empezado a romper alpargatas en el Colegio de San Bernardo, entre un puñado de buenos futbolistas posteriores: Goyeneche, que jugó en el Valencia C. F.; Peña (At Madrid, antes de emigrar a Argentina), o Daguerresar (Real Sociedad de San Sebastián). Cuando los hermanos maristas regresaron a Francia, en 1928, los acompañó hasta Bayona, en condición de estudiante interno. Regresaba a Irún en vacaciones y entonces, una vez hubo cumplido los 16, solía alinearse con el Real Unión en partidillos de entrenamiento, algún bolo y exhibiciones amistosas. Para él, un pipiolo, constituía el culmen formar junto a los Gamborena, Arzac o Petit, duchos ya en nuestra 1ª División. Lástima que los estíos durasen tan poco. Sobre todo el de 1930. Porque en otoño de ese año hubo de abandonar la vecina Bayona, rumbo a Bélgica, para estudiar Artes y Oficios. “Allí continué dándole al balón -manifestó Arbiza en distintas entrevistas-. Aunque de manera informal, puesto que no existían competiciones en categoría juvenil”. Luego, cuando empezó a trabajar, tampoco quiso olvidarse del fútbol, enrolándose en el Hautmont francés, donde habría de compartir vestuario con Sabino Aguirre, otro jugador vasco.

El Hautmont, club modesto, fue escalando posiciones, en gran medida merced a sus virtudes de ariete. De categoría amateur a 3ª División, y desde 3ª a 2ª. “Por cierto -se enorgullecía también al ser entrevistado-, estando en Tercera fui seleccionado en 7 oportunidades para formar parte de la Liga del Norte, una representación de clubes septentrionales en Francia. Todo ello mientras trabajaba en una acería, ya que como es lógico, había que comer”.

Con esa selección del Norte se enfrentó a la selección de Budapest, prácticamente el equipo finalista en la Copa del Mundo correspondiente a 1933. Y vencieron al conjunto húngaro. También hizo morder el polvo a Hiden, uno de los grandes guardametas de aquella época, con un gol no sólo aplaudido desde el graderío, sino calificado como fabuloso por la prensa gala. Su nombre comenzaba a sonar con fuerza en el panorama futbolístico francés, hasta el punto de cerrarse el pase al Excelsior de Roubaix. Curiosamente, de todos estos hechos apenas si existe rastro en la bibliografía deportiva francesa. Su nombre ni aparece en el “Dictionaire des footballeurs étrangers du Champeonnat Professionnel Français”, teórica biblia gala en dicha materia. Ni en “Elite sportive et inmigration”, de Marc Berreaud, “Football et relations internationales entre les deux guerres”, de Pierre Lafranchi, o “The Migration of Footballers: The Case of France 1932-1982”, del mismo autor. Obviamente no fueron 121 los españoles del Campeonato Francés hasta 1997, como se ha escrito, sino bastantes más. El propio Sabino Aguirre, compañero y amigo de nuestro protagonista en el Hautmont, también es otro olvidado. Y no fueron los únicos.

Pero las cosas comenzaban a ponerse difíciles en el territorio galo. España acababa de desangrarse en una guerra y la bota alemana parecía dispuesta a pisotear París. “Me hablaron de que la Real Sociedad pudiera estar interesada en mí -recordó a menudo-. Así que tomé el petate y volví a Guipúzcoa. Pero no se hizo nada. Ya me había casado y tenía dos hijos. No era, bien mirado, el mejor momento para empezar otra vez desde cero”. Jugó algo con el Real Unión de Irún parte de la temporada 1939-40, cuando a los irundarras se les hacía cuesta arriba mantenerse en 2ª División. “Pocos partidos. Muchos menos de los que me hubiese gustado. Porque las circunstancias se cebaron conmigo”.

Marcial Arbiza no había intervenido en la Guerra Civil. Ni con los nacionales ni en el bando republicano, puesto que como se ha dicho, mientras nuestras ciudades ardían y las cunetas se poblaban de cadáveres, él trotaba con los colores del Hautmont y doblaba el lomo en la acería. Ese era su delito: haber rehuido el alistamiento, cuando a este lado de los Pirineos silbaban los obuses. Así que como otros “prófugos” y muchos antiguos soldados republicanos, fue a dar al Batallón de Trabajadores de Miranda, puro eufemismo bajo el que se ocultaban condiciones de esclavitud en campos de concentración, maltrato sistemático y humillaciones sin cuento. Un informe sobre este tipo de instalaciones elaborado por el propio régimen franquista recomendaba el cierre inmediato a algunos campos, ante las catastróficas condiciones en que se veían obligados a vivir los internos. Se señalaba, por ejemplo, la existencia de un único caño de agua para abastecer a 2.000 hombres. Y por supuesto, las palizas y vergazos fáciles de imaginar, toda vez que entre los vigilantes podía haber, y había, hermanos, cuñados, amigos o primos de caídos o ejecutados a manos de aquellos “rojos” ahora bajo su tutela, ni asomaban, considerándose, quizás, no ya trato sobreentendido, sino muy merecido.

Distintos testimonios de quienes vivieron meses tétricos en Miranda de Ebro ponen foco en su dureza. Incluso durante el invierno, con el termómetro rondando los cero grados, eran obligados a bañarse en las gélidas aguas del Ebro. Lógicamente, las defunciones por pulmonía resultaban habituales y de cuando en cuando aparecían cadáveres río abajo, no como resultado de intentos de fuga, sino producto de hipotermias o ahogamientos en pleno baño. Pasaban tanta hambre que cuando eran conducidos a pavimentar carreteras o apuntalar trochas, procuraban tenderse junto a los patatales con cada orden de descanso, y frenéticamente arañaban la tierra, extraían algún tubérculo que guardaban entre sus ropas, como un tesoro, volviendo a cubrir la mata.

Claro que Arbiza fue un gran afortunado entre tanto preso. Puesto que había jugado unos partidos con el Deportivo Alavés durante la campaña 1934-35, su nombre aún era tenido en cuenta por Vitoria. Además Patxi Gamborena, el internacional irunés con quien jugara ocasionalmente durante el ya lejano verano de 1930, entrenaba a los babazorros. “Se portó de maravilla, porque al enterarse de mi situación se presentó en Miranda, acompañado de dos directivos del Alavés, los comandantes Molina y Pinedo. Para mí todo cambió de inmediato, porque si bien seguía en el Batallón, me dejaban salir cuando quería. Hasta iba en taxi a los entrenamientos, todo un lujo en esos tiempos”.

Sólo disputó 17 partidos con la camiseta blanquiazul, marcando 58 goles. Una tarde anotó 6, otras 4, y rara vez bajaba de las 2 dianas. El club vitoriano participaba en una liguilla con entidades como el ya extinto C. D. Logroñés, Beasáin, Vasconia de San Sebastián o Mondragón. Al proclamarse campeones, aquellos muchachos tuvieron que participar en una segunda fase, ante equipos vizcaínos, donde la superioridad alavesa volvió a quedar de manifiesto. “Al Erandio lo vapuleamos con un 12-0 en la ida y 7-0 en la vuelta. Teníamos muy buen conjunto. Esa Navidad la pasé en familia, luego de varios años sin poder hacerlo. Días antes jugábamos contra el Mondragón, en su campo, y el comandante Pinedo, uno de los directivos que facilitara mis salidas del campo mirandés, me prometió que celebraría la festividad con mi familia si ganábamos aquel partido, importante para la clasificación. Vencimos por 0-9 y yo metí no sé cuántos goles”.

Arbiza no era apellido que sonara en el ámbito de nuestro fútbol, puesto que apenas si había podido vérsele por estos pagos. Pero aun así, como elemental prudencia, se alineaba con su segundo apellido. “Sólo faltaba que algún alto mando conectase al Marcial Arbiza que goleaba los domingos con el del Batallón mirandés, y se liara. Así que para prensa y aficionados era Arruti. Salía del campo de concentración, jugaba, y volvía al campo”.

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Marcial Arbiza, un poco más joven que cuando llegó al Madrid.

Semejante porcentaje anotador no podía pasar desapercibido, y el Real Madrid, entidad magníficamente relacionada con el club de Vitoria desde que años antes incorporase a Ciriaco, Quincoces y Olivares, se anticipó al resto. Por extraño que pueda parecer, pues el Deportivo estaba adscrito a la Federación Guipuzcoana y buena parte de esos 58 goles se los llevaron equipos de Guipúzcoa, los técnicos de la Real Sociedad parecían vivir en Babia. Sólo iniciaron alguna maniobra de aproximación cuando el compromiso con el club merengue ya era un hecho. “Es verdad que no había firmado aún con el Madrid. Mi compromiso había sido verbal. Pero la palabra es la palabra. Así que fui a la capital, para seguir alineándome al principio como Arruti. Todavía mi situación seguía siendo delicada, hasta el punto de perderme algún partido por no disponer del correspondiente permiso militar. Tampoco convenía mostrarse imprudente”.

Como delantero centro del Real Madrid habría de marcar 9 goles en 11 partidos ligueros del Campeonato correspondiente a 1941-42, y 8 en otros 8 encuentros de 1942-43. El Deportivo Alavés, por su parte, había ascendido a 2ª División en 1940-41. “Aquel Madrid era un club señor, con Pablo Hernández Coronado en labores técnicas, personaje de inmensa categoría humana y deportiva, además de ver el fútbol mejor que nadie. Nos dirigía Paco Brú, que por cierto entrenaba con chaqueta y puro. Entonces las cosas eran como eran; nada que ver con lo que iría llegando después. El médico, sin ir más lejos, especialista en venéreas, no sabía por dónde le daba el aire en materia deportiva. Después de pasar por Miranda, aquellos dos años me resultaron magníficos. Y eso que al principio, cuando me denunciaron desde varios clubes por lo anómalo de mi situación, sudé la gota gorda. Pero el Real Madrid se portó admirablemente. Movió sus hilos y las denuncias debieron ir a parar a la papelera de algún despacho”.

CampoConcentracion02Ase fútbol, en efecto, tenía muy poco que ver con el actual. Incluso pudiera ser considerado salvaje. Hoy, defensas como Juan Ramón, Deva, Sansón, Mariscal, Portugués, González o Berridi, tomarían el camino de los vestuarios antes del pitido final un domingo sí y otro también. Y a los árbitros se los comería el público ante su pasividad con tanto alarde de extrema violencia. Ejercer de ariete equivalía a jugársela. Y como Marcial Arbiza no era de los que volvían la cara, se la partieron literalmente más de una vez.“En el partido que supuso la despedida de Jacinto Quincoces, en Chamartín, un Madrid – Sevilla, durante el primer tiempo sufrí una durísima entrada. Perdí ocho dientes, además de producirme una fisura en el maxilar. Como tenía un puente en la dentadura, el gancho quedó colgando de la encía, y tuvieron que sacármelo con la tenaza de arrancar los tacos de las botas. Me dieron dos veramones y continué jugando hasta el final de los 90 minutos”. El Veramón, que conste, tenía poco de anestésico. Era un sucedáneo de la Aspirina, menos agresivo que ésta para el aparato digestivo, al decir de los galenos.

En San Mamés aún tuvo peor suerte, al partirse la tibia y el peroné. Fue esa la razón que le dejó con 8 partidos de Liga en el Campeonato 1942-43. Sin ella, es probable que su registro anotador hubiese rebasado la veintena. En la “casa blanca” pensando probablemente que su recuperación iba a resultar larga e incierta, aceptaron con bastante alivio el repentino interés de la Real Sociedad, no poniendo ningún obstáculo al traspaso. Benito Díaz, institución donostiarra y buen conocedor del fútbol francés durante la Guerra Civil, no en vano había estado al frente del Girondins bordelés, llevaba algún tiempo empeñado en hacerle regresar a casa. La lesión, en suma, fue vista como oportunidad. “Lógicamente, también en San Sebastián tenían dudas. Así que se llegó a un acuerdo, consistente en que yo pasara a la Real Sociedad y José Mª Querejeta fuese al Madrid. Pero en el caso de que no lograra recuperarme del percance, los madrileños enviarían a tres jugadores determinados por consenso entre ambos clubes”.

Arbiza mereció honores de portada en la prensa deportiva. Tanto disputando balones a ras de hierba como acosando a los porteros.

Arbiza mereció honores de portada en la prensa deportiva. Tanto disputando balones a ras de hierba como acosando a los porteros.

Aunque Arbiza se recuperó, en su debut como realista, ante el Barcelona, tras sufrir un encontronazo con el central azulgrana Curta, se le desprendió el menisco, lesión similar a la que retiraría del fútbol al guardameta guipuzcoano y más adelante insigne escultor, Eduardo Chillida. Su fe y potente musculatura volverían a obrar el milagro, quedando si no perfecto, al menos bastante bien. Lo suficiente para lucir el escudo easonense durante 4 campañas, hasta concluir el torneo 1947-48. El tiempo pasaba, no obstante, mermando su eficacia ante el gol. “Y aun así tuve ofertas. Cuando estaba a punto de cumplir 34 años me llegó una del Roubaix, donde ya había jugado de joven, y otra del Murcia. Pero puesto que tenía mi vida organizada al margen del fútbol, preferí aceptar otra más modesta, del Real Unión irunés, que en absoluto implicaba obstáculos para mi vida profesional y familiar. Después, finalmente, el retiro”.

Un retiro por convicción, y sin embargo casi a regañadientes. Primero porque nunca es grato admitir la inexorable carrera de Cronos, y segundo porque al decir adiós suele ahogarnos el borbotón nostálgico. Así que como el gusanillo del balón siguiera royéndole, allá por 1949 obtuvo en San Sebastián el título de entrenador regional, y un año más tarde, en Burgos, el nacional. Carnets que a la postre apenas si llegó a sacar de su cartera, como no fuese para mostrar a los amigos.

Marcial Arbiza Arruti, futbolista bragado y macizo, olvidado en Francia hasta por los historiadores deportivos, desconocido entre los seguidores del Real Madrid o la Real Sociedad, pudo haber sido goleador de tronío sin tanta lesión inoportuna, sin el plomo que supuso para tantas carreras, esperanza y vidas, la Guerra Civil. Pero fue, al mismo tiempo, ejemplo de tenacidad, de superación ante los reveses, de mirada limpia y frente alta. Deportista de cuerpo entero, a quien la fatalidad también pudo haber aplastado sin remedio.




Dinastías deportivas

El fútbol siempre tuvo sus monarcas. Incluso en tiempos de amateurismo más o menos marrón, hubo reyes indiscutidos con cetro y corona. Lógico, por lo tanto, que algunos de eses reyes fundasen dinastías extendidas hasta la desmesura económica actual, donde las estrellas multiplican millones con la avaricia del Tío Gilito, mientras sus clubes sortean a duras penas el precipicio de la bancarrota.

Por cuanto al fútbol español respecta, las dinastías -y no sagas, como tantas veces leemos- germinaron desde el debut de nuestra selección nacional. El guipuzcoano Agustín Eizaguirre Otalora, suplente del gran Ricardo Zamora en la Olimpiada de Amberes, guardián de los tres palos donostiarras antes de que se instituyera el Campeonato Nacional de Liga, tuvo en su hijo Ignacio, guardameta igualmente, e internacional, un sucesor dignísimo, con paso por la Real Sociedad de posguerra, Valencia C. F., nuevamente Real Sociedad y Osasuna, antes de convertirse en entrenador de dilatada trayectoria por los cuatro puntos cardinales. Por su parte Ricardo Zamora Martínez, titular en Amberes y primer gran mito no ya de consumo interno, sino en el ámbito internacional, también halló sucesor en su vástago, Ricardo Zamora de Grassa (Español, Salamanca, Sabadell, At Madrid, Mallorca y Valencia). A partir de ahí, entre los más de 8.000 parentescos con que se ha ido nutriendo nuestro deporte rey, cabe hallar de todo: tíos, primos, nietos, padres, hijos de sangre o adoptivos, hermanos, cuñados, abuelos, yernos, suegros… Miles de árboles genealógicos con ramaje entrecruzado, hasta constituir un bosque casi impenetrable. De ahí que por estas líneas sobrevuelen sólo unas cuantas curiosidades.

Ignacio Eizaguirre de niño, entre Belauste y su padre, portero de la Real Sociedad.

Ignacio Eizaguirre de niño, entre Belauste y su padre, portero de la Real Sociedad.

El apellido Emery es todo un clásico en el Real Unión irunés. Los hermanos Francisco y Pedro Emery Arocena formaron en el cuadro fronterizo de las finales de Copa, antes de que deviniese la Liga. Antonio, otro hermano más joven, estuvo bajo ese marco hasta el Campeonato 1935-36. Tras el obligado paréntesis generacional, los iruneses volvieron a jalear a dos hijos de Antonio: Juan Emery Alza (portero en el conjunto irundarra, Burgos, Alavés, C. D. Logroñés, Gijón, Deportivo de La Coruña, Recreativo de Huelva, Granada y Jaén) y Ramón, centrocampista en el Touring de Rentería, los ya extintos C. D. Logroñés y C. D. Málaga, además de en el propio Real Unión. Así que el hoy exitoso entrenador Sevilla C. F. Unay Emery es hijo, sobrino y nieto de futbolistas.

Los cuatro hermanos Areta también hundieron sus raíces en el fútbol previo a la Liga, pues Serafín, el páter familia, estuvo defendiendo los colores -y nunca mejor dicho lo de defender, puesto que fue portero-  del Lagun Artea, Osasuna y Patria de Zaragoza durante los años 20 del siglo pasado. Tuvo 7 hijos, dos chicas y cinco varones, de los que 4 coincidieron en 1ª División durante el torneo 1955-56: Esteban en el Barcelona, Serafín en el At Bilbao, José Luis en Osasuna y Jesús Mª en el Valencia. Los Areta Vélez, por cierto, eran primos del popular actor Alfredo Landa, desaparecido no ha mucho.

Más extensa aún ha sido la dinastía Alonso, fundada por el fornido defensa Marquitos -Marcos Alonso Imaz- en el Real Madrid de Di Stéfano, cuando los “merengues” tiranizaban a Europa. Otros cuatro hermanos, por no variar alineados casi siempre como Marquitos, se repartieron los dígitos romanos hasta el V: Alfredo (Rayo Cantabria, Astillero, Laredo, At Ceuta, Santoña, Gimnástica de Torrelavega, Deportivo Alavés y Figueras); Antonio (Plus Ultra madrileño, Cádiz y Abarán, antes de colgar las botas en el futbol holandés); César y José, ambos con currículo más modesto. Marquitos  sería padre del internacional Marcos Alonso Peña, brillante e incisivo extremo en el Racing Santanderino, At Madrid, Barcelona y C. D. Logroñés, antes de que el castigo de los defensas y su traducción en lesiones, lo retirasen. Y éste, padre a su vez de Marcos Alonso Mendoza, forjado en la cantera del Real Madrid, por más que hasta ahora casi toda su carrera se haya desarrollado entre Inglaterra e Italia, dio al abuelo la satisfacción de ver prolongada su estirpe.

Real Madrid en 1961-62, todavía con Marquitos, el segundo por la izda., arriba.

Real Madrid en 1961-62, todavía con Marquitos, el segundo por la izda., arriba.

Como estirpe habríamos de clasificar a los Glaría. Navarros, igual que los Areta, fueron de inicio otros cuatro hermanos: José Glaría Jordán, el I (Alesvés, Osasuna, Tudelano, Zaragoza, Logroñés, Gijón y nuevamente Osasuna), Francisco, el II (Alesvés, Logroñés, Osasuna, Mutilvera y At Ceuta); Jaime Javier, el III (Logroñés, At Madrid y Pontevedra, entre otros); y Jesús, el mejor, a quien la paulatina retirada de los demás despojó en seguida del ordinal (Oberena, At Madrid y Español de Barcelona). Jesús Glaría, todo pundonor, fuerza, temple y sentido de la responsabilidad, falleció poco después de haber colgado los borceguíes, en 1978, sin saber que su sobrino Jesús Glaría Yetano, hijo de José, iba a acumular méritos en el Tudelano, Osasuna Promesas, primer equipo osasunista, C. D. Logroñés, Lérida, Zaragoza y Sant Andreu barcelonés. Conocido en muchos de esos vestuarios como “Chupete”, no lograría reverdecer los laureles de su difunto tío, aunque sí ejerció como mentor y guía de Francisco, otro hermano futbolista,  mientras trataba de cuajar en el Alesvés y Osasuna Promesas. Para remate aún quedaba por llegar otro Glaría, sobrino de José, Paco, Jaime Javier y Jesús, primo, por lo tanto, de los Glaría Yetano, a quien apodaron “Flaco”. Elhasta hoyúltimo de la dinastía jugó en el Rayo Vallecano y Sestao, hasta que la amistad trabada con el noruego Jan Bergdurante el tiempo compartido por ambos en Vallecas, le animó a probar suerte entre fiordos, proclamándose campeón de Copa con el Molde. Cuando una lesión lo dejó inútil  para el fútbol activo comenzó a entrenar en la 2ª División de Noruega.

Por no apartarnos de Navarra cabría continuar con los Marañón, cuyo último miembro, Carlos, actual director de “Cinemanía”,  colaborador de “As” y la cadena SER, además de directivo en CIHEFE, se forjó en el fútbol “perico”, para continuar en el Sant Ignasi, U. E. Sants, Martinenc y Erri-Berri de Olite, escudo que se empeñó en defender durante 13 años. Descendiendo hacia el tronco hallaríamos a su padre, Rafael Carlos Pérez González en la partida de nacimiento, hasta cambiar su primer apellido por Marañón, obedeciendo al más puro sentido práctico, pues Marañón era para entonces dentro y fuera de los estadios. Máximo goleador del R. C. D. Español, o Espanyol, en su centenaria historia, internacional, mundialista, y con paso por el Oberena, Onteniente, Sporting de Gijón, Real Madrid y Sabadell, fue el ariete que arrinconó a Quini en el puesto de interior cuando ambos vestían de rojiblanco a las órdenes de Carriega. Y más abajo aún, en las raíces, dos tíos abuelos de Carlos: Adolfo Pérez Marañón (Erri-Berri, Peña Sport, Osasuna, Oviedo, Langreo, Levante, Rayo Vallecano y Tudelano), y su hermano Ángel (Oviedo, Juventud Círculo Católico de Burgos, Unión Popular de Langreo y Tudelano). Curiosamente, el internacional B Adolfo a punto estuvo de colgar las botas a las primeras de cambio, pues cuando iba a ingresar en la Peña Sport tafallesa cierto médico así lo aconsejó, amparándose en un defecto congénito de sus piernas. Esas piernas aguantaron perfectamente 20 años pateando céspedes, y otros 12 dirigiendo como entrenador al Tudelano, del que se hizo cargo nada más colgar el pantalón corto.

Los hermanos Gento, Paco, Toñín y Julio, en el viejo Sardinero. Sólo coincidieron con la camiseta del Racing en choques amistosos.

Los hermanos Gento, Paco, Toñín y Julio, en el viejo Sardinero. Sólo coincidieron con la camiseta del Racing en choques amistosos.

Los Gento López y los Llorente Gento tampoco resultan desdeñables. Francisco, eterno extremo izquierdo del Real Madrid, único futbolista con 6 títulos de Campeón de Europa en su palmarés, al que por su velocidad otorgaron el sobrenombre honorífico de “Galerna del Cantábrico”, no necesitó ordinal por aquello de ser el primero. Sus hermanos Julio, el II, y Toñín, III, no sólo quedaron detrás en la clasificación dinástica, sino también en lo deportivo, por más que ambos fuesen jugadores de muy buen nivel. Julio fue todo un mito en el Palencia de los 60, a donde llegó desde el Plus Ultra, entonces filial del Real Madrid, y aún es recordado como uno de los hombres con más calidad en la historia del club, o los distintos clubes, mejor, que con el correr del tiempo se sucedieron en la representación de dicha ciudad castellana. Y Toñín, auténtica flecha en el viejo Sardinero, del que sólo saldría para dibujar un paréntesis en el Carlos Tartiere ovetense, pudo haber probado suerte de Norte a Sur, repetidamente, porque no le faltaron oportunidades. Años más tarde, una hermana de los futbolistas estiraría el apellido, esta vez por detrás del Llorente, con dos jugadores de futbol más (Paco y Julio) y otros dos de baloncesto (José Luis y Toñín). Del cuarteto, tres fueron internacionales absolutos. Tan sólo Julio Llorente Gento, con 12 años en 1ª División, hubo de contentarse con lucir “la roja” en categorías Sub-18 y Sub-21.

Lo de los ordinales, a veces, más que aclarar las cosas sólo servían para complicarlas. Si el emperador Carlos, nieto de los Reyes Católicos, fue “I” y “V” a la vez, algo parecido ocurrió con los Sornichero y los Bakero. En el caso de los Sornichero, murcianos de Alcantarilla, seis, nada menos, entre padres, hermanos, hijos y primos, porque cada vez que coincidían un par en el mismo equipo, saltaban al campo como Sornichero I y Sornichero II, siendo en realidad, por ejemplo, III y V. Y los Bakero Escudero por algo parecido.

José Mª fue Bakero I cuando en realidad era II. Su hermano Jon jamás lució como III.

José Mª fue Bakero I cuando en realidad era II. Su hermano Jon jamás lució como III.

Santiago, el “I” (Michelín, Sanse, Palencia, Hércules alicantino y Real Sociedad), sirvió de guía a su hermano José Mª mientras éste alternaba presencias en el Sanse y la Real Sociedad, donde era alineado como Bakero II. Traspasado luego al Barcelona, tras la retirada del mayor quedó simplemente en Bakero, hasta convertirse en Bakero I durante su incontestado liderazgo en el “Dream Team” culé, porque el tercer hermano, Jon, comenzaba a acumular experiencia en el Barça B, como Bakero II. El internacional José Mª Bakero colgó las botas en México, defendiendo los colores de Veracruz, y a partir de entonces el joven Jon quedó simplemente en Bakero. Dicho de otro modo, a lo largo de su trayectoria por el Sanse, Barcelona B, Almería, Málaga, Gavá, Venados de Yucatán, Ángeles -filial del Puebla mexicano-, Universidad de Las Palmas y Gáldar, Jon lució los ordinales II y I, pero nunca el de III, justo el que siempre debió haberle correspondido.

Y aún hubo más fútbol internacional en la familia, puesto que una hermana ostentó repetidas veces el brazalete de capitana en la selección nacional femenina.

Sobre este punto, los Curta se mostraron mucho más claros. El defensa internacional José Puig Puig (La Escala, Gerona, Sabadell y Barcelona durante 10 años), fue Curta I en las alineación están pronto su hermano Juan (Gerona, Olot, Calella y Salt, hasta totalizar 16 temporadas en activo) comenzase a vestir de corto. Tiempo después, el medio Francisco Puig Ribot, hijo del primero y sobrino del segundo, se empeñó en saltar al campo como Curta III luciendo las camisetas del Girona Aficionados, Barça Aficionados, Girona, Rayo Vallecano, Sant Andreu y Europa de Barcelona. También los meridionales Ayala Callejón supieron mostrarse escrupulosos. Juan fue Ayala I casi desde que comenzase a correr la banda para el Castillo linense, porque su hermano Eduardo hacía otro tanto en los juveniles. Juan, el mayor, siguió siendo Ayala I en la Balona, Ferrol, San Fernando gaditano, Sevilla, Jaén y Cádiz, en tanto sus otros 3 hermanos respetaban el orden en sus equipos respectivos. Eduardo en el San Fernando y Atlético de Ceuta, para totalizar 13 campañas en 2ª División. Pedro en la Balona, Puente Genil y Atlético de Ceuta. Y José en la Balona, Atlético de Ceuta, Levante y Recreativo de Huelva.

Más lío dejaron sin proponérselo los Raba y los Ribera, tan sólo porque el calendario, o el colchón de años entre los distintos miembros de la dinastía, se tragó la numeración romana. Valentín Raba Allende estuvo defendiendo el marco racinguista durante las dos primeras ediciones del campeonato liguero. Su hijo, el medio Valentín Raba Ortiz, lo hizo en el Real Madrid Aficionado, Salamanca, Real Sociedad de San Sebastián, Celta, Santander y Melilla, no pocas veces en condición de cedido desde la entidad merengue. Y el también guardameta José Luis González Raba, nieto del primero y sobrino del segundo, pasó por las huestes de la Gimnástica torrelaveguense, Rayo Cantabria, Santander, Cayón, Parayas, Gama y Textil Escudo, donde colgaría los guantes al sufrir una fractura de pierna. El cuadro quedaría incompleto si olvidáramos a Francisco Raba Allende, hermano del guardameta racinguista e igualmente con paso por la entidad cántabra.

Respecto a los 3 hermanos Ribera Frontera, apenas si fueron acompañados alguna vez de numeración romana. Los atacantes Jaime (Gerona, España Industrial, Olot y Figueras) y Enrique (Gerona y Olot), no llegaron tan lejos como el medio José, por más que a éste se le acusara de anteponer sus estudios de Arquitectura, en detrimento de una clase descomunal. Ese “pecado” sería considerado mortal desde no pocas secretarías técnicas durante los años 50 y 60 del pasado siglo, justo cuando lo exiguo de muchas fichas, comparadas con las satisfechas hoy, hacía indispensable planificar muy bien el porvenir. Pese a todo, a la teórica “poca afición” de José Ribera Frontera, cumpliría a satisfacción en el Gerona, Español barcelonés, Gimnástico de Tarragona, Tarrasa y de nuevo Gerona, compaginando sus saltos al campo con una licenciatura por demás exigente. El hijo de éste, Fernando Rivera Masó, para el fútbol “Nan Rivera”(así, con “v”, por más que tíos y progenitor siempre firmaran con “b”) también dejó huella en nuestro deporte, al formar en el Girona, Figueres, Español, Alavés, Salamanca y otra vez Girona. En este caso, con el correr del tiempo no sólo se había transformado en “v” una “b”, sino que los Gerona y Figueras de sus ancestros también se catalanizaron.

Ni siquiera los extranjeros de nuestro fútbol serían ajenos a la cuestión dinástica. Recordemos, si no, a Miguel Pérez Pillipiux, pinturero y hábil extremo argentino del Real Madrid, Mónaco y C. D. Castellón a caballo de los 60 y 70, con dos hijos futbolistas. Al también argentino “Toro” Aquino, con su hijo Dani, prometedor en su día, cuya eclosión definitiva parece haberse retrasado sine die. A Sergio Horacio Egea, igualmente argentino y conocido aquí únicamente como entrenador, con dos vástagos en el mismo mundillo, y de ellos el mayor, Alexis, experimentado no sólo en clubes levantinos como Torrellano, Elche B o Torrevieja, sino en el Altamira, de la 2ª División mexicana. A Johan Cruyff, con el trotamundos Jordi, español de origen pero holandés, como su padre, a efectos de representación internacional. Y sobre todo los Kubala-Daucik.

Ladislao Kubala Stecz llegó a nuestros pagos después de una odisea no muy distinta a la de quienes hoy huyen del conflicto sirio, o no hace tanto tuvieron que hacerlo desde los Balcanes. Estaba casado con una hija de Ferdinand Daucik, antiguo extremo de tronío y revolucionario entrenador de desbordante ego. Tras muchos tira y afloja, una mañana Kubala fue bautizado y por la tarde recibió nuestra ciudadanía, que no estaban aquellos tiempos franquistas para convertir en español a cualquier ateo. Con la camiseta azulgrana, acabaría exhibiendo un modo nuevo de interpretar el fútbol, celebró títulos, dejó pequeño el graderío de Las Corts y paseó a hombros a su entrenador y suegro el triunfal año de “las Cinco Copas”. Durante su primer amago de retirada, siendo entrenador del Real Club Deportivo Español, hizo debutar como “periquito” a su hijo Branko, todavía en edad juvenil. Casi paralelamente, Daucik apuntalaba a Yanko desde el Indauchu juvenil, llevándoselo al Oporto, Real Madrid y Betis, es decir a los equipos donde entrenaba. Yanko era un ariete fuerte, algo tosco, pero rematador. Bastante mejor, en todo caso, de lo que por muchos campos se creía. Y es que el nepotismo paterno estuvo lejos de hacerle un favor. Sólo tiempo después, luego de haber pasado por el Melilla y San Andrés de Barcelona, Yanko Daucik pudo reivindicarse con la camiseta del Español, la misma con la que debutara Branko Kubala.

Kubala saluda a Puskas en los prolegómenos de un partido correspondiente a 1963-64. Puskas esa campaña se proclamaría máximo anotador.

Kubala saluda a Puskas en los prolegómenos de un partido correspondiente a 1963-64. Puskas esa campaña se proclamaría máximo anotador.

Branko y Yanko sólo jugaron juntos en el Toronto cuando, mediados los 60, un buen puñado de españoles y asimilados se embarcaron en la aventura del fútbol yanqui. Aquel Toronto, la verdad sea dicha, parecía confeccionado a mayor gloria de la familia Daucik-Kubala. Con Ferdinand en aquel banquillo, o Don Fernando, como le gustaba ser designado entre nosotros, contó entre sus huestes con Ladislao Kubala, Branko, Lazsy, igualmente hijo del rubio húngaro, y Yanko, su propio vástago. Yanko se hinchó a marcar goles, Branko dejó sentado que lo del fútbol podía heredarse, Lazsy, demasiado joven aún, pasó casi toda la campaña en un filial formativo, y Kubala, teóricamente para pocos trotes después de dos reincidencias tras otros tantos simbólicos cortes de coleta, marcó, lanzó faltas con su habitual maestría y dibujó pases con tiralíneas desde una nueva posición de interior, algo retrasado. La vida, empero, iba a mostrarse cruel con Branko, tras pasar por el Español, San Andrés, Sants, Toronto, Saint Louis, Dallas, Atlético Malagueño y Cartagena. Su hermano Lazslo, familiarmente “Lazsy”, al que debido a su extrema timidez apodaban “El Charlatán”, veló armas en el Europa tras regresar de Toronto. Carlos, otro hijo de Kubala, nacido ya en Barcelona, también se dedicó al deporte, si bien no al fútbol. Durante varios años fue destacado jugador de hockey sobre hielo.

Esta revisión podría seguir, sólo por cuanto a hermanos respecta, con los Gonzalvo Falcón, tres futbolistas y el hijo de uno de ellos, de José, entrenador de cumplida trayectoria por Cataluña, así como en el Levante, Cádiz o C. D. Castellón. Con los Collar -cuatro hermanos, aunque hoy sólo se recuerde al internacional Enrique-, Los Gaínza, Lapetra, Basora, Lesmes, Atienza, Navarro, Asensi, Rojo, Santamaría, Rifé, Cedrún -dos hermanos y el hijo de Carmelo, porteros todos-, Irusquieta y Escalza -cuatro hermanos en ambos casos-, Carrasco, Moncaleán, Casuco, Tortosa, Begoña, Álvarez, Choya, Puche, Herrera -los asturianos-, o Suárez, puesto que el internacional culé traspasado al Inter milanés por la astronómica cifra de 25 millones de ptas. a principios de los 60, la más alta satisfecha hasta entonces en todo el orbe, también tuvo un hermano mayor en el Alcoyano, R. C. Celta, Albacete, Deportivo de la Coruña y Real Murcia, conocido indistintamente como Suárez y Pepiño. Respecto a padres e hijos valgan los Escolá, Sanchis, Menchaca -padre y dos hijos futbolistas para ser exactos-, Villa, Zoco, Camarasa, Marigil, Moreno, Deusto, Eraña, Irulegui, Herrera -vizcaíno y maño-,  o los Martín, goleador uno en el Barça de los 40 y otro a saltos entre el eje defensivo y el 9 de los arietes en el Barcelona Aficionado, Europa, Igualada, “Nastic” y un San Andrés entonces no cuatribarrado, sino rojigualda, firmemente asentado en la recién creada 2ª División de 20 equipos. E incluso a los Ángel Mur, masajista del Barcelona y la selección nacional el padre, y corajudo defensa formado en el fútbol base azulgrana el hijo, antes de recalar en el mismo San Andrés de Martín, colgar las botas y heredar el puesto de su progenitor como masajista culé. Todo ello sin olvidar a los Ñíguez, acaudillados por José Antonio Ñíguez Vicente, el “Boria” ilicitano de los años 80, hoy con tres vástagos empeñados en superar al padre.

Formación del Condal, durante su única campaña en 1ª. Arriba, último de izda. a dcha., Gonzalvo III. Abajo, primer jugador por la dcha. Basora II y penúltimo, junto al masajista, Navarro II. Una buena concentración de dinastías futboleras.

Formación del Condal, durante su única campaña en 1ª. Arriba, último de izda. a dcha., Gonzalvo III. Abajo, primer jugador por la dcha. Basora II y penúltimo, junto al masajista, Navarro II. Una buena concentración de dinastías futboleras.

Incluso entre modestos, cortesanos de mediana nobleza y aristócratas del cuero, se han dado dinastías. Hoy podría servir de ejemplo Cristóbal Juncal Fervenza, alineado por su nombre de pila, tío de Iago Aspas, Jonathan Aspas y Aitor Aspas, este último primo de los vigueses Iago y Jonathan. Metidos en otra época y tomando como epicentro al Athletic bilbaíno, pocos, probablemente, sepan que hubo cinco hermanos Cenitagoya Uríen surgidos del Elorrio, de los que el más destacado fue defensa central en el Bilbao Athletic, At Bilbao, C. D. Logroñés y Cádiz. Que el pelotari profesional Chiquito de Gallarta tuvo 4 hijos futbolistas: Roberto, Víctor, Antonio y Armando Merodio, siendo este último el mejor, conforme iba a acreditar en el Gallarta, Guecho, Baracaldo, At Bilbao, Murcia, Recreativo de Huelva e Indauchu. O que Zarra, el ariete por excelencia, el del gol a Inglaterra en el Mundial brasileño de 1950, tuvo otros hermanos muy bien dotados para el balón. Domingo Zarraonaindía Montoya jugó en el Erandio y Arenas de Guecho, con éstos últimos en 1ª División. Por desgracia moriría durante la Guerra Civil en el frente del Ebro, vistiendo uniforme requeté. Y Tomás actuó como guardameta en el Arenas, Oviedo y Osasuna, todos ellos en 1ª, así como en el Erandio. Su hermano menor, a quien en el futuro se le iba a conocer como mejor cabeza Europa después de la de Churchill, siempre dijo que empezó a hacerse futbolista viendo como Tomás preparaba la maleta para viajar cada quince días, de campo en campo. Pues bien, ese Zarraonaindía hoy olvidado fue el meta menos goleado del campeonato 1930-31, cuando el Arenas guechotarra se codeaba con los grandes. Si exploramos otra geografía, cabría tropezar con los hermanos Castro; el guardameta tristemente desaparecido Jesús Castro y un goleador contumaz como Quini, cuyo padre fue cancerbero en la 3ª División asturiana y la aún más modesta categoría Regional.

Telmo Zarraonaindía, goleador de raza, tuvo dos hermanos mayores igualmente futbolistas, a los que hoy prácticamente nadie recuerda.

Telmo Zarraonaindía, goleador de raza, tuvo dos hermanos mayores igualmente futbolistas, a los que hoy prácticamente nadie recuerda.

Pero sin duda la dinastía más extensa y prolífica, la más multidisciplinar, es la de los Adarraga. Entre sus miembros figuran nada menos que tres olímpicos, seis internacionales y siete campeones de España, englobando un espectro deportivo donde cupieron atletismo, baloncesto, pelota vasca, rugby, balonmano, montañismo, hockey, ciclismo y, por supuesto, fútbol. Todo un récord. Y un árbol genealógico tan frondoso que para mejor comprensión requerirá cierto esquematismo.

Primera generación:

Luis Adarraga Gorrochategui compaginó fútbol y ciclismo, además de una actividad montañera que prolongó hasta la senectud. Como ciclista resultaría vencedor de los 100 Kilómetros de Bilbao, de la Prueba de Rentería, de la Halcón-Hispania y otra serie de carreras, entre ellas la que constituyó primer fermento de lo que más adelante habría de cuajar en Vuelta al País Vasco. También, sin abandonar las dos ruedas, se proclamó campeón vasco-navarro de pista y subcampeón de España en idéntica especialidad. Futbolista, al mismo tiempo, intervino en el partido inaugural de San Mamés, formando con el conjunto irundarra, donde tiempo después habría de ostentar la capitanía. Fundador del C. D. Fortuna y del Club Azkarabil, también sacó tiempo para actuar como directivo en la Real Sociedad de San Sebastián.

Sus hermanos Ramón, José y Javier no quedaron atrás. Javier fue excelente pelotari y contribuyó, junto con Luis, a la fundación del C. D. Fortuna. Campeón de España en la modalidad de pala, se proclamó vencedor olímpico de dicha especialidad en Paris, el año 1924. En 1931 la Federación Española de Pelota le otorgó su Medalla al Mérito Deportivo, sin necesidad de bucear mucho en busca de méritos. Este galardón se diría contribuyó a espolearle, puesto que tras fijar su residencia en Logroño fundó durante el ya lejano 1939 la Federación Riojana de Pelota, a cuyo frente iba a permaneces muchos años. El frontón logroñés lleva su apellido en justa reciprocidad a tanto sacrificio y esmero.

José, destacado corredor de cross, fue el primer presidente del C. D. Hernani. Y durante mucho tiempo estuvo celebrándose cada año el Memorial Adarraga, de campo a través.

Ramón, multidisciplinar de amplio espectro, como Luis, alternó ciclismo, fútbol y atletismo, tanto en pistas de ceniza como campo a través. Sobre el sillín, en 1914 se impuso a todos los participantes del campeonato ciclista de Álava, luego de cubrir más de 100 kilómetros por carreteras de tierra y adoquín, con el rostro cubierto de barro y sin asistencia de ninguna índole, ni mecánica ni de avituallamiento. Jugador de fútbol en el C. D. Fortuna, también perteneció a la Real Gimnástica, donde además de practicar fútbol y atletismo sería nombrado socio emérito. Si con el balón de cuero fue medio centro de la selección castellana de fútbol, calzando zapatillas quedó subcampeón de España en 400 metros vallas y 800 lisos.

Segunda generación:

Bernadino Adarraga, primera medalla de oro para el atletismo español en una Juegos del Mediterráneo.

Bernadino Adarraga, primera medalla de oro para el atletismo español en una Juegos del Mediterráneo.

Manuel Adarraga (hijo de José) fue fundador del club de rugby de Hernani, antes de proclamarse campeón de España en este deporte formando con el Atlético de Madrid. Internacional con nuestra selección nacional, había empezado jugando al fútbol en el propio Hernani, y en 1946, siendo un chiquillo, festejó la victoria en una prueba atlética donostiarra desaparecida hace ya largo tiempo: la Vuelta a los Puentes, en modalidad de cross infantil.

A Matilde Adarraga (hija de Javier, el presidente de la Federación Riojana de Pelota), le tentó más el motor, compitiendo asiduamente en distintos “rallyes” automovilísticos, mundo entonces bastante cerrado a las mujeres, si no copado por los varones. Recuérdese, por ejemplo, ese ofensivo axioma tan en boga incluso en los 60: “Mujer al volante, peligro constante”, las reservas con que se miraba a las conductoras desde TVE en sus primeros programas divulgativos sobre la materia, o el paternalismo condescendiente que el No-Do aplicó alguna vez a “ellas, cuando se empeñan en conducir”. Amén, claro está, de múltiples chistes orales o lustrados sobre la supuesta incapacidad femenina para penetrar en el cabalístico universo mecánico.

Los Adarraga – Elizarán constituyen punto y aparte. El campeón del pedal y notable futbolista Luis Adarraga Gorrochategui tuvo 12 hijos, de los cuales la mitad brillaron en distintas actividades deportivas, y 5 obtuvieron el título de campeones de España. Vayamos con ellos:

Juan Bautista Adarraga, mediofondista olímpico.

Juan Bautista Adarraga, mediofondista olímpico.

José Luis, el mayor, practicó baloncesto, rugby, balonmano y atletismo, siendo referencia nacional en los dos últimos. Cuatro veces campeón de España jugando a balonmano, lució sus virtudes en nuestra selección. Por cuanto respecta al atletismo, fue varias veces campeón nacional en carreras de relevos y pentatlón. Lamentablemente le tocó vivir una época complicada, no ya para lo deportivo, sino para todo. Con Europa inmersa en la II Guerra Mundial y nuestro país deshecho tras la contienda civil, en plena travesía de una dantesca autarquía, sin posibilidad de medirse ante deportistas extranjeros, perseverar en un microcosmos de competiciones organizadas por el Frente de Juventudes requería voluntad de hierro, o como entonces se acuñara para cuestiones de orden ideológico, ser inasequible al desaliento. Puesto que a él nunca le faltó perseverancia, pudo alzarse con distintos campeonatos entre 1942 y 1946, disfrutando de su momento más glorioso a lo largo de 1944, cuando sumó cinco entorchados nacionales en otras tantas especialidades atléticas. Igualmente obtuvo en propiedad, por primera vez, el trofeo Antonio Córdoba, al proclamarse campeón en dos ediciones consecutivas del pentatlón Vizcaya – Guipúzcoa.

Bernardino obtuvo en 1955 la primera medalla de oro para el atletismo español, enmarcada en los Juegos Mediterráneos organizados por nuestro propio país en la ciudad condal. Recordman nacional en decatlón, con 5.851 puntos, obtenidos en Madrid tres años después de su medalla, fue varias veces campeón estatal, tanto en decatlón como en pentatlón. Aquellos 5.851 puntos, por cierto, seguían siendo plusmarca guipuzcoana cuatro lustros después.

Juan Bautista se inició en el ciclismo y si bien destacó como jugador de balonmano, su mayor éxito habría de alcanzarlo en el ámbito del atletismo. Récord nacional de 400 metros vallas, 800 y 1.500 metros lisos, representó a España en la Olimpiada de Londres dentro de estas dos últimas modalidades. Repetidas veces campeón universitario y absoluto en pruebas de medio fondo entre 1942 y 1948, siguió siendo referencia española hasta que irrumpiese Barris.

Fernando Adarraga, pertiguista en un tiempo todavía heroico.

Fernando Adarraga, pertiguista en un tiempo todavía heroico.

Carmen fue cuatro veces campeona estatal de baloncesto, amén de capitana de la selección nacional. Y como si no tuviere bastante con la práctica de un solo deporte, también se proclamó subcampeona de España en balonmano, destacando, aunque en menor medida, como jugadora de hockey sobre hierba. Casada con Lorenzo Irazusta, presidente de la Federación Guipuzcoana de Ciclismo, sus vástagos también habrían de mantener viva la tradición familiar, conforme veremos en seguida.

A los 17 Fernando ya celebró un campeonato de España en salto con pértiga, y más adelante establecería el récord nacional con 4 metros y 20 centímetros, marca nada desdeñable, habida cuenta de la rusticidad del material (pértigas de caña) y lo arriesgado de las caídas (sobre montículos de arena). Cuando bastante tiempo después el gran pertiguista Ignacio Sola situó el récord en 4,80 metros, llegó a escribirse iba a ser marca difícilmente superable. Medalla de plata en los Juegos Mediterráneos de Beirut y en los Juegos Iberoamericanos celebrados en Santiago de Chile, estuvo seleccionado para los Juegos Olímpicos de Roma. Sin pértiga también llegó a ostentar otro récord más modesto: el de Guipúzcoa en salto de altura, con 1,68 metros. Ingeniero de carrera, optó por abandonar la práctica deportiva de elite todavía en progresión, pues siempre antepuso la vida familiar y profesional a sus logros sobre la pista. Como Bernardino y Juan Bautista echó raíces en Madrid, en su caso dedicado a la dirección de una compañía refrigeradora.

José Luis Adarraga, baloncestista, balonmanista, destacado jugador de rugby, y sobre todo pentatleta, padre de una estrella en el hockey juvenil.

José Luis Adarraga, baloncestista, balonmanista, destacado jugador de rugby, y sobre todo pentatleta, padre de una estrella en el hockey juvenil.

Agustín, jugador de fútbol, balonmano y pelota vasca, creyó ver en Australia una nueva tierra de promisión, llegando a abrazar esa nacionalidad. Tiempo después acabaría integrándose en una plataforma internacional empeñada en conseguir que la adopción de nueva nacionalidad, cualquiera que esta fuere, no llevase aparejado perder la de origen. Esfuerzo finalmente coronado por el éxito, conforme hoy nos consta. Ya durante el decenio de los 60 se proclamó campeón de Queensland en una variedad de pelota practicada por los antípodas; algo semejante al frontenis, aunque con raquetas especiales.

Tercera generación

José Luis, hijo del pentatleta de igual nombre, fue designado Mejor Deportista Juvenil de La Coruña por su actividad como jugador de hockey sobre patines. Sin embargo superada la adolescencia prefirió cambiar de ruedas, pues como a tantos otros jóvenes le tiraban más los coches que el par de patines. Integrado en Colegio Mayor Cisneros, de rugby, obtuvo el ascenso a 1ª División tras proclamarse campeón de 2ª. Otros dos hermanos suyos eran promesas del hockey al despuntar el convulso decenio de los 70 en el pasado siglo.

Los Irazusta – Adarraga, fruto de la unión de Carmen Adarraga Elizarán con el presidente de la Federación Guipuzcoana de Ciclismo, tampoco rehuyeron tomar el testigo de sus ancestros.

Juan Luis Irazusta, al que su tío, entrenador del Sabadell, hizo despegar hacia el Real Zaragoza.

Juan Luis Irazusta, al que su tío, entrenador del Sabadell, hizo despegar hacia el Real Zaragoza.

Juan Luis, el hijo mayor, (Hernani, Guipúzcoa, 28-V-1948) tras acreditar muy buenas maneras bajo el marco del Hernani desestimó ingresar en la Real Sociedad, puesto que pretendía estudiar Químicas y  la capital donostiarra carecía de facultad. Acumulando nuevos méritos en el Atlético Cataluña, obtuvo ficha del Barcelona a razón de 125.000 ptas. anuales y 8.000 de sueldo mensual, convirtiéndose, claro está, en estudiante potentado, puesto que muchos trabajadores de oficina o dependientas de comercio no llegaban a esas 8.000de salario al concluir los 60. Guardameta acreditado en el Condal, despertaría el interés de clubes punteros durante su cesión al Centro de Deportes Sabadell, entonces dirigido por Pasieguito, su tío. Ya en Zaragoza, a cuyo club llegó cedido por cumplir en la capital maña el servicio militar (temporada 1972-73), alternó campañas de titularidad con otras de suplencia en un equipo que transitaba de “Los Cinco Magníficos” a “Los Zaraguayos”. Luego de once ejercicios en La Romareda, colgó los guantes al concluir la campaña 1982-83.

Su hermana Elena, tras iniciarse en el atletismo, triunfó en el Medina de baloncesto, proclamándose campeona de grupo en 2ª División, además de representar a Guipúzcoa en los Juegos del Cantábrico.

Isabel prefirió el hockey, actividad con la que obtuvo medalla de plata en los Juegos del Cantábrico disputados en La Coruña. Todo ello sin desdeñar el baloncesto, encuadrada en el Hernani, o desatender su profesorado en Educación Física.

Leandro también practicó el baloncesto con los colores del Anoeta, y Susana, medalla de plata y bronce en el trofeo de atletismo Pilar Primo de Rivera celebrado en La Coruña, fue probablemente la mejor promesa del atletismo guipuzcoano allá por 1972.

Una dinastía, la del tronco Adarraga, que empalidece a cualquier otra.




El lastre congénito del fútbol femenino español

Probablemente carezca de sentido cargar tintas sobre la endeblez de nuestro fútbol femenino, sin mirar hacia atrás. Esa inconsistencia, puesta una vez más de manifiesto durante el reciente Campeonato Mundial, resulta mucho más llamativa al contrastarla con los éxitos masculinos, tanto en competiciones de clubes como de selecciones nacionales. Nuestro tenis, por ejemplo, baloncesto, gimnasia, natación, hockey, atletismo, karate o judo, no presentan una zanja tan considerable, sobre todo durante los últimos 20 ó 25 años, entre hombres y mujeres. ¿Qué ocurre, entonces, con respecto al fútbol?. ¿Por qué nuestras jóvenes están a años luz de los practicantes masculinos, cuando buena parte de África, Asia y América Central o del Sur, apenas si constituirían competencia por mor de atavismos culturales, emparentados con la escasa libertad social otorgada al 50 % de su población?. Pues bien, el actual lodo hunde sus raíces en polvos muy viejos. Y sólo revisando nuestra historia entenderemos cómo se ha llegado a la actual inanidad.

Tras la Guerra Civil, el deporte quedó en manos del Movimiento, del Ministerio Nacional de Movimiento, conforme se denominaba entonces, o para entendernos mejor, de la Falange. Y el deporte femenino, en un país drásticamente dividido por sexos a efectos educativos, religiosos y legales, bajo tutela de la Sección Femenina acaudillada por Pilar Primo de Rivera. El ideario falangista con respecto a la mujer no podía estar más alejado del aperturismo entrevisto durante el turbulento paréntesis republicano. Tanto para los purpurados como para los y las camisas azules, el sacrosanto deber de la mujer nueva consistía en ofrecer hijos sanos a la patria, educarlos en la fe cristiana y convertirlos en adalides del nuevo orden. Así lo recogía el Anuario de la Sección Femenina correspondiente a 1940, bajo firma de Carmen de Icaza:

“Todo niño que en la nueva España nace tiene derecho a ser formado fuerte y sano, ya desde el momento en que su ser se acusa. A ser recibido con alegría en un marco decoroso y pulcro. Todo niño tiene derecho al calor, a la ternura y a la crianza de su propia madre. A crecer en un ambiente limpio, saludable, educador y optimista. A una formación cristiana, intelectual y físicamente equiparada, que lo vaya haciendo para el mañana lleno de fe, de eficiencia y de fuerza. Todo niño que en España nace, a través de los brazos de su madre, pertenece a España”.

Y por si la idea no hubiese quedado clara, se insistía hasta la saciedad con retórica de bayoneta y trincheras desde las páginas de “Medina”, órgano de la Sección Femenina. Sirva como ilustración este parrafito aparecido en su número de diciembre de 1943:

“A la madre española, pura de pensamiento, casta de cuerpo, discreta y prudente, suavemente enérgica, piadosamente caritativa, modesta e inteligente, sumisa pero digna, señora siempre, debe nuestra Patria su característica moral, sus usos y costumbres, su modo de ser y de sentir íntimo, pues ella tiene la importante y trascendental misión de inculcar en la juventud grandes ideales, percepción clara de los hechos, honrado sentir de los afectos, y de tallar su carácter a suaves golpes de cincel para formar hombres nobles, valerosos y patriotas con suficiente espíritu de sacrificio para ofrecer la vida por la Patria, si así lo exigen las circunstancias”.

Estos postulados sobrevivieron a la derrota del Eje Hitler-Mussolini, a la distensión entre aliados y Franco, la decapitación política de Serrano Suñer y el paseo triunfal de Eisenhower por la Gran Vía madrileña, conforme acredita esta perla de la Enciclopedia Elemental para Niñas, editada por la Sección Femenina en 1957 para su distribución por todas las Escuelas Nacionales:

“El destino de la mujer es ser esposa y compañera del hombre, formar con él una familia y educar y cuidar bien a sus hijos. El lugar donde la mujer desarrolla sus actividades es la casa, porque allí vive la familia. Pero su misión no es sólo material; sus deberes no son sólo cuidar de los hijos y del marido corporalmente, sino que de éste debe ser la compañera, y de aquellos la primera educadora; por ello debe prepararse, moral y materialmente, para ser capaz de lo que de ella se espera. Esta preparación es el medio que la hace apta para desarrollar su misión en el momento oportuno”.

Consecuentemente, el deporte femenino debía servir para hacerlas más sanas y fuertes, pero eso sí, desterrando de raíz cualquier efecto colateral que afectase a su capacidad reproductiva o las llevase a relajar la rígida pudibundez nacional-católica. El volumen titulado “La Sección Femenina, historia y misión” (1944) lo explicaba bien clarito:

“Por medio de los diversos planes de Formación, la educación física alcanza a grandes masas de mujeres. Un estudiado método de gimnasia educativa prepara sanas, fuertes, alegres y limpias, a las futuras madres españolas”.

Tras semejante premisa, se comprenderá que el deporte femenino franquista no fomentara la competitividad:

“Medina”, órgano de la Sección Femenina. Sus portadas de aparente modernidad servían de escaparate a ideas muy rancias.

“Medina”, órgano de la Sección Femenina. Sus portadas de aparente modernidad servían de escaparate a ideas muy rancias.

“La Sección Femenina de Falange cuida de que el deporte sea una escuela; allí se enseña a ganar sin petulancia y a perder sin despecho”.

Y que de entre el amplio abanico deportivo, sólo unas pocas disciplinas se antojaran aconsejables. La gimnasia en primer término, por su “belleza en el ritmo, gracia y delicadeza en los movimientos, que llevarán al espíritu estampas de viva armonía” (Anuario de la Sección Femenina, 1954). Y a poca distancia el baloncesto, balonmano y hockey. Del atletismo, hasta bien adentrados en los 50, mejor ni hablar. Durante ese mismo decenio se volvería la vista hacia el tenis y la hípica, modalidades únicamente posibles en el seno de la alta, muy alta burguesía, o entre aristócratas del régimen. El fútbol, por supuesto, deporte de choque y contacto, agresivo, viril, en su más peyorativo concepto, constituía anatema absoluto.

En 1940, con miles de familias guardando luto todavía, se disputaba el Primer Campeonato Nacional de Hockey de la Sección Femenina. Sus jugadoras, bien abrochado el último botón de sus camisas, con una especie de “baby” o peto por encima, falda cubriendo las rodillas y medias de lana hasta la rótula, cabe pensar no se hallaran muy cómodas. Dicho campeonato siguió disputándose con carácter anual durante el primer decenio posbélico, registrando cierto dominio de las formaciones madrileñas y gallegas. Y casi al mismo tiempo, la propia Sección Femenina sería encargada de organizar los Juegos Universitarios Nacionales, cuya primera edición tuvo lugar en abril de 1942, con todas las participantes saludando a la romana durante el acto inaugural. Aquella vez sólo hubo competiciones de balonmano (balón a mano se escribía entonces), baloncesto y hockey, con presencia de todos los distritos universitarios, incluido el Territorial de Marruecos, aunque algunos no litigaran en las tres actividades.

Gimnasta de la Sección Femenina, en julio de 1941. Su atuendo por fuerza debía resultarle incómodo.

Gimnasta de la Sección Femenina, en julio de 1941. Su atuendo por fuerza debía resultarle incómodo.

Los reglamentos de aquella cita, o el contenido de la Circular Nº 206, de escrupulosa observancia en futuras concentraciones, hoy inspirarían una sonrisa conmiserativa: .- “Ningún acto deportivo (o de la clase que sea…) que deba realizarse en domingo por la mañana comenzará antes de las once, y por ningún motivo se citará a las camaradas para esos actos antes de las diez, con el fin de que puedan tranquilamente oír misa con tiempo suficiente antes de empezar”. .- “Se evitará a toda costa desplazar camaradas a provincias o de provincias a Madrid, en trenes cuya llegada sea en domingo por la mañana, porque fácilmente se retrasan y pueden quedarse sin misa”..- “Los pantalones azules de gimnasia deben ser de una amplitud tal que parezcan enteramente como faldas con vuelo. La longitud debe ser exactamente hasta media pantorrilla, de forma que al subir la goma y ajustársela justo por encima de la rodilla quede ésta  totalmente cubierta por la falda”..- “Ningún camarada podrá salir a la calle con el traje de gimnasia sin ponerse el abrigo encima, aunque la competición o concurso se celebre en verano”.

La decencia llevada hasta límites fundamentalistas mantuvo vivos los castísimos pololos hasta mediados los 60, por más que en la Alemania hitleriana, faro y guía de tantos falangistas, las muchachas practicaran deporte en “shorts” e incluso la amante del führer se mostrase ante las cámaras mientras practicaba ejercicios, con pantaloncillos semejantes a los de tantas “pin-up” estadounidenses. Cualquiera diría que aquellos pololos fueran relevante creación española, releyendo cuanto sobre ellos quedara recogido en “Teresa”, revista de la Sección Femenina (junio de 1955), coincidiendo con el ingreso de España en la Federación Internacional Católica de Educación Física:

“El traje de gimnasia de la Sección Femenina aúna perfecta y graciosamente las exigencias de la moral con la libertad de movimientos indispensable en las prácticas de Educación Física”.

Campamento de la Sección Femenina en la playa, julio de 1942. Canastas junto al mar y chicas bien tapaditas, con falda cubriendo las rodillas y camisa abotonada hasta el cuello.

Campamento de la Sección Femenina en la playa, julio de 1942. Canastas junto al mar y chicas bien tapaditas, con falda cubriendo las rodillas y camisa abotonada hasta el cuello.

Y es que el atuendo femenino, deportivo o de calle, constituía auténtica obsesión de clérigos, educadores, biempensantes y responsables de la censura: “La silueta debe ser sencilla y lo más ajustada posible al natural, si bien evitando que el vestido sea tan ceñido que señale toda la anatomía del cuerpo, porque esto, además de antiestético, es inmoral”. (Formación Político-Social, texto para 2º Curso de Bachillerato Femenino, 1961). O todavía en 1968, con nuestras playas bien pobladas de bikinis sobre epidermis extranjeras, en el manual de Economía Doméstica para Bachillerato, Comercio y Magisterio: “No hay que tomar deporte como pretexto para llevar trajes de deporte escandalosos. Podemos lucir nuestra habilidad deportiva, pero no que estas habilidades sirvan para que hagamos exhibiciones indecentes. Tampoco tenemos que tomar el deporte como pretexto para independizarnos de la familia, ni para ninguna libertad contraria a las buenas costumbres”. Y en el mismo libro de texto e idéntica edición, dos párrafos más. Primero: “Mientras menos utilicemos los pantalones, será mejor. Pero si la motocicleta, y la bicicleta, y la pesca, y el caballo los hace casi necesarios por ser más convenientes que las faldas, y en este sentido más decentes, reduzcamos su uso a estos fines y con estos fines de “propiedad” y de decencia. No como una gracia, sino como una necesidad. En general, favorecen menos que las faldas, sobre todo a la contextura de la mujer española, muy mujer y con formas muy acusadas, que no encajan con la línea recta, varonil, del pantalón”. Y segundo, que la lección quedase clara: “Para ir en bicicleta es muy conveniente el uso de la falda-pantalón, que, conservando la línea y gracia femenina, permite toda serie de movimientos. Nunca se arrepentirán las muchachas de ser modestas, ya que no sólo no les resta ningún encanto, sino, al contrario, les conserva, aún en medio de la mayor camaradería, el pudor y la feminidad, cualidades esenciales de la mujer”.

“Teresa” tomó el relevo a “Medina” como medio para acercar a la mujer el ideario falangista. Aunque en la imagen -número de 1956- se tratara de vender la idea de una muchacha nueva e independiente, los dogmas y modelos de su interior seguían anclados al pretérito.

“Teresa” tomó el relevo a “Medina” como medio para acercar a la mujer el ideario falangista. Aunque en la imagen -número de 1956- se tratara de vender la idea de una muchacha nueva e independiente, los dogmas y modelos de su interior seguían anclados al pretérito.

Puesto que resultaba imposible un fútbol con faldas o en pololos, sin agarrones, bajo la lluvia o con las jugadoras rebozadas en el lodo invernal, pródigo en escorzos de discutible candor, y todo ello sin perder la tan esencial feminidad, sencillamente el deporte rey quedó tachado para las españolas, lo mismo que el boxeo, la lucha greco-romana o el rugby, entre otras disciplinas. ¿Qué más daba a los biempensantes, mientras miles y miles de muchachas pudieran ejercitarse en modalidades “más acordes a su condición”?. Una de esas actividades, ofensiva de verdad bajo nuestro actual prisma, pero que en noviembre de 1942, cuando fuera sugerida desde “Medina” a sus lectoras, obviamente no levantó la más mínima ampolla, se diría surgida de la caverna más prehistórica. “Las cosas que hacen falta para practicar este deporte” rezaba el título sobre una serie de ilustraciones esquemáticas. Y a continuación, enumeraba:

“Cepillo para dar brillo al suelo.

Un delantal.

Una escoba.

Unos zorros.

Una caja de cera.

Una gamuza.

Un bote de limpiacristales.

Un plumero”.

El deporte, efectivamente, consistía en lo que imaginan:

“Después de un buen baño, el mejor deporte es este tan sanísimo de limpiar la bañera. Para que los efectos sean completos, hazlo sin doblar las rodillas”.

Un magnífico ejercicio para los brazos es este de barrer un ratito por la mañana con los balcones abiertos. Da optimismo y unos colores estupendos”.

Tampoco está mal para tener un busto bonito esto de limpiar los cristales. Y al mismo tiempo da tanto gusto ir quitando esas manchas del cristal como si las quitásemos del cielo”.

“Para conseguir unas piernas fuertes y bien formadas, nada mejor que sacar brillo al suelo. Quita el frío y vuestros ojos también adquirirán lustre”.

“Si el ciclismo hace unas buenas piernas, tampoco se queda atrás la máquina de coser para proporcionároslas. Cosed kilométricas costuras y ya veréis el resultado”.

“Limpiar el polvo de esas cosas que están tan altas da elasticidad al cuerpo, consiguiéndose así un talle esbelto, además de unos tobillos finos si te empinas de vez en cuando”.

Gimnasia doméstica según la Sección Femenina. Alguien debió pensar que la ocurrencia tenía gracia y no resultaba ofensiva.

Gimnasia doméstica según la Sección Femenina. Alguien debió pensar que la ocurrencia tenía gracia y no resultaba ofensiva.

Horroroso en verdad. Gracieta sin gracia sobre las labores domésticas. ¿Burla infumable o machistada de pésimo gusto?. Y aún  quedan, que conste, el abrillantamiento de metales, el encerado de las mesas, la limpieza de telarañas, el planchado y el sacudido de alfombras. Eso sí, esta actividad “a unas horas prudentes, para que no impongan la multa”.

Pero lo que son las cosas, todavía en marzo de 1961, desde la ya citada “Teresa”, revista de la Sección Femenina, un suelto sin firma reincidía en la afrenta bajo el título de “Gimnasia Casera”:

“Una mujer que tenga que atender a las faenas domésticas con toda regularidad, tiene ocasión de hacer tanta gimnasia como no lo hará nunca, verdaderamente, si trabajase fuera de su casa. Solamente la limpieza y abrillantado de los pavimentos constituye un ejemplo eficacísimo, y si se piensa en los movimientos que son necesarios para quitar el polvo en los sitios altos, limpiar los cristales, sacudir los trajes, se darán cuenta de que realizan tantos movimientos de cultura física que, aun cuando no tienen como finalidad la estética del cuerpo, son igualmente eficaces para este fin”.

Indudablemente, quienes escribían estas cosas hubiesen sufrido un síncope al imaginar un hipotético campeonato de liga femenino.

Once años después de la Gimnasia Casera y ya con un fútbol femenino balbuciente, los había reticentes en su visión más machista.

Once años después de la Gimnasia Casera y ya con un fútbol femenino balbuciente, los había reticentes en su visión más machista.

Durante esos mismos años 60, sobre todo a lo largo de su segunda mitad, España pasó de la alpargata al “Seat 600” o la “Vespa”, del porrón y la gaseosa a una Coca-Cola de cuando en cuando y el vermut dominical, de la copla y el bolero a las versiones de “hits” norteamericanos o, más escandaloso todavía, a la melena tipo “beatle” y las primeras muestras de contestación juvenil. Además, nuestros emigrantes en Suiza, Francia, Bélgica o Alemania, contaban durante sus visitas al pueblo, en vacaciones, que eran posibles otros modos de hacer las cosas, con más representatividad social en las empresas y el gobierno, menos censura y curas que sólo mandaran en las iglesias. Quienes se negaran a creerlo, siempre podían mirarse en el espejo de los turistas. ¿Acaso daban la impresión de vivir acomplejados?. El régimen, por convicción o a regañadientes, tuvo que aflojar la mano. Aunque podía multarse a las parejas por besarse en público, al menos sus nombres no eran recogidos en el periódico del día siguiente, junto a las sanciones aplicadas. Las mujeres podían salir en verano sin vestir medias, porque a muy pocos gobernadores civiles se les ocurría ordenar a sus guardias perseguirlas, bolígrafo en mano. Y esos mismos guardias, como por ensalmo, comenzaron a hacer la vista gorda en las playas si los trajes de baño quedaban un tanto fuera de las aún vigentes normas. En otras palabras, las españolas, sobre todo ellas, pues los varones gozaron por lo general de mucha más tolerancia, empezaban a ser tratadas con no tanta diferencia respecto a nuestras visitantes.

Otro chiste machistón publicado en 1972, cuando las mujeres sólo pretendían se les dejase jugar en paz.

Otro chiste machistón publicado en 1972, cuando las mujeres sólo pretendían se les dejase jugar en paz.

Y así, casi imperceptiblemente, el fútbol comenzó a verse si no como deporte femenino, como actividad en la que podían participar de vez en cuando un puñado de artistas. Fueron las concurridas matinales de Vallecas, donde unas cuantas folklóricas se medían a actrices, balón de por medio y con finalidad benéfica, ante las cámaras del No-Do y numerosos fotógrafos de prensa. Pura charlotada, no nos engañemos; un pretexto para lucir palmito y llegar mediante caridad hasta donde la justicia social no alcanzaba. Pero si se consentía jugar a damas de la lentejuela, el cine o los faradaes, ¿por qué iba a prohibirse la misma práctica a jóvenes ajenas al artisteo?. Aquellas folklóricas, sin imaginarlo siquiera, acababan de entreabrir un portillo por donde iban a colarse cientos de futuras futbolistas.

Pero antes hubo muchos más festivales que aprovecharon a conciencia el filón recién descubierto. En las universidades, de Norte a Sur, se organizaban partidos femeninos cara al paso del ecuador o el viaje de fin de curso. Encuentros en los que intervenían estudiantes y teóricas aficionadas sin nada que ver con el campus. Partidos bajo tutela del Rector o el Decano, esto es sin solicitar autorización a los Gobiernos Civiles, en cuyos descansos se pasaba el cepillo -cobrar entrada hubiese constituido infracción punible- o se vendían boletos para cualquier sorteo. Iniciativas que en la transición de los 60 a los 70, por aquello de la novedad, solían gozar de hueco en diarios  provinciales. Luego, algunas de esas chicas u otras de su vecindad, acabarían formando equipos semiclandestinos, que en ausencia de competiciones oficiales se enfrentaban amistosamente entre sí. Uno de los pioneros en la vertiente norte fue el de Munguía, cuyas jugadoras, balbucientes por cuanto a técnica, parecían fiarlo todo al empuje, la acometividad y una encomiable preparación física. Por la zona centro madrugaron el Sizam, Atlético San Cristóbal, Cultural de Madrid u Olímpico de Villaverde, en Valencia el Marcol…

Aunque los partidos entre artistas y folklóricas tuviesen mucho de esperpento paradeportivo, abrieron una brecha por donde muchas jóvenes acabaron practicando el fútbol de verdad.

Aunque los partidos entre artistas y folklóricas tuviesen mucho de esperpento paradeportivo, abrieron una brecha por donde muchas jóvenes acabaron practicando el fútbol de verdad.

Sin embargo aún quedaba mucho por hacer, como atestigua un artículo del Dr. Echevarren titulado “Deportes para la mujer”, entregado a la imprenta en 1973. Dicho doctor, galeno de la Real Sociedad de San Sebastián y reputado especialista en Medicina Deportiva cuando dicha rama pugnaba por abrirse camino, seguía con bastante fidelidad los postulados del decenio anterior, argumentando sus objeciones. Entre los aconsejables citaba balonvolea “sus ventajas estriban en que es un deporte completo de ejecución, no requiere choque con el contrario y el propio balón choca excepcionalmente con el cuerpo de la mujer”, montañismo “su acción sedante la consideramos como excelente, aunque no suceda otro tanto con la alta montaña y la escalada, por la potencia y resistencia que requieren”, tenis, esquí “pruebas de velocidad y habilidad, no así las de saltos y fondo”, patinaje, esgrima, ciclismo “cicloturismo, por ser un ejercicio bueno que complace, por otra parte, el afán de desplazamiento de nuestra juventud; el ciclismo de competición, en pista o en carretera, lo consideramos inadecuado para la mujer”, baloncesto, pelota vasca “en sus modalidades de raqueta en frontón, reúne las condiciones del tenis; es la única faceta en nuestro país que ha pasado al profesionalismo, junto a las profesoras de educación física”, y hockey sobre hierba. Entre los no convenientes incluía la equitación “la monta de competición a la inglesa produce unos repetidos golpes en los genitales externos y como consecuencia congestión pélvica, a lo que ponen reparos los ginecólogos”, balonmano “inconvenientes: el choque de la portera con el balón, el choque cuerpo a cuerpo entre jugadoras y la gran profusión de lesiones en los dedos y muñecas, con deformaciones clásicas como el pulgar y demás articulaciones interfalángicas”, judo “por ser un deporte de lucha, prácticamente cuerpo a cuerpo, ofreciendo su práctica una serie de actitudes y posturas contrarias a la elegancia y feminidad”, rugby, boxeo y lucha, sobre los que “huelga todo comentario, porque incluso dentro de los países en que las mujeres cultivan mucho el músculo, no tienen aceptación”, y el fútbol, por descontado, al que dedicaba más extensión, reconociendo que “en su rama femenina acaba de iniciarse en nuestro país”.

Tal vez por ello, porque parecía encontrar adeptas y congregaba a un buen número de espectadores varones, probablemente más próximos al morbo que a la pura curiosidad, se mostraba inflexible:

“En primer lugar quiero dejar bien sentado que “eso” que juegan las mujeres con un balón no es fútbol. Es una parodia o una representación bufa, pero nunca el deporte por todos conocido. La mujer no reúne condiciones para este deporte duro, de contactos directos, potencia, resistencia y lesiones frecuentes. Una de las facetas más características del fútbol es su dureza, su violencia incluso, tan desacordes con el sexo femenino.

Como espectáculo, como diversión para fines benéficos, puede admitirse, pero siempre sin considerarlo un deporte, sino todo lo contrario, una caricatura burda, sólo suavizada por la belleza física de las participantes. Muchas veces no pasa de ser un pretexto para ver de cerca y en crudo a las vedettes más famosas. Creo que se debe ir en contra de este deporte en plan de competición”.

Pese a juicios tan drásticos constituiría un error incluir al Dr. Echevarren en el museo carpetovetónico. El buen facultativo podía ser hombre de su tiempo, aunque en modo alguno habitante de la cueva megalítica. Quedaba de manifiesto al proyectar sus deseos de futuro justo a renglón seguido, apostando por la incorporación femenina a todas las áreas, incluida su profesionalización deportiva:

“Quiero tocar un punto interesante, que es el deporte como actividad profesional de la mujer. Normalmente la mujer no ha considerado el deporte como un medio de vida, pero estimo muy interesante su incorporación a este. Es otra fase más de la incorporación de la mujer a la vida actual. Recomiendo sinceramente el incremento de la participación femenina en los cuadros de Profesorado de Educación Física, de entrenadoras en los deportes adecuados, y de monitores y auxiliares deportivos con objeto de mejorar la enseñanza y elevar el nivel técnico de nuestro deporte.

Flaco favor hizo el film “Las Ibéricas F. C.” al balompié femenino español. Su vuelo,  cinematográficamente, también fue pesado y rasante.

Flaco favor hizo el film “Las Ibéricas F. C.” al balompié femenino español. Su vuelo, cinematográficamente, también fue pesado y rasante.

Estamos convencidos de que el día que nuestras hijas tengan más profesoras de Educación Física y entrenadoras profesionales competentes, les harán partícipes de la ilusión y la alegría que da el deporte, y se nos dará una juventud femenina aficionada a las prácticas deportivas, mejorando indudablemente las condiciones físicas y síquicas de la mujer”.

La visión que el doctor de la Real Sociedad tenía sobre el fútbol femenino venía a ser semejante a la de casi todo el país, incluido un alto porcentaje de señoras. Y los medios de comunicación, salvo excepciones, contribuían poco al derribo de prejuicios. Muchos humoristas pusieron su foco en las jugadoras, tanto por la novedad como porque resultaba fácil hacer caja con ocurrencias tópicas, donde la mujer salía malparada. Paralelamente, el cine también aportó su ración de oprobio con “Las Ibéricas”, dirigida por Pedro Masó en 1971, comedia más bien bufa no sobre el fútbol femenino, sino sobre chicas que se empeñaban en practicarlo. Entre su amplio reparto contó con la participación de Rosanna Yani, María Kosti, Tina Sainz, La Contrahecha, Ingrid Garbo, José Sacristán, Rafaela Aparicio, Antonio Ferrandis, Rafael Alonso, Fernando Fernán Gómez, Simón Andreu, Pilar Bardem, Manolo Gómez Bur, Luis Sánchez Polac “Tip”, José Luis Coll, Pedro Osinaga, Valentín Tornos o Venancio Muro. Sus guionistas, al amparo del aperturismo blanco subsiguiente a la Ley de Prensa de Fraga Iribarne, la saludada mediante el eslogan “con Fraga hasta la braga”, y puesto que aún no corrían tiempos de destape, vistieron a las deportistas con camisetas ceñidísimas, shorts de vedette y medias de modelo en almanaque para camioneros. Las escasas escenas de fútbol, del fútbol practicado por las protagonistas, que sin duda buscaban desatar libídines, no hicieron ningún favor a quienes de verdad querían disfrutar jugando y para ello se entrenaban a deshoras. Respecto a chistes y comics, sólo un dibujante de la escuela Bruguera, el hoy clásico José Escobar, padre de “Zipi y Zape”, “Carpanta”, las corrosivas “Doña Tula, suegra” y “Doña Tomasa”, o “Toby”, hizo jugar al fútbol coyunturalmente a otra de sus creaciones, la cumplidora “Petra, criada para todo”, sin humillarla. Puro espejismo, puesto que las mujeres futbolistas, las empeñadas en “hacer cosas de hombres”, digámoslo sin ambages, serían caricaturizadas con trazo bastante grueso: superficiales, presumidas, frívolas… Más o menos como ocurriese dos lustros atrás, al ir conquistando un espacio en oficinas y despachos.

Pero a pesar de todo, las españolas seguían queriendo ser futbolistas.

El Olímpico Villaverde, la temporada 1971-72

El Olímpico Villaverde, la temporada 1971-72

Y lo eran, desde edad tempranísima. Porque como no había ninguna competición específicamente reservada a categorías inferiores, las distintas Ligas que comenzaron a disputarse cuando declinaban los 60estaban pobladas de muchachitas con 14, 15 ó 16 años. Tanto era así, que las de 18 pasaban por veteranas.

“Petra”, de Escobar. Por un día futbolista, pero eso sí, luciendo su eterna cofia.

“Petra”, de Escobar. Por un día futbolista, pero eso sí, luciendo su eterna cofia.

FutbolFemenino12

El debut internacional de la selección femenina -por más que cabría discutir sobre la oficialidad de esos primeros choques, al no estar organizados por la FEF- tuvo lugar ante Portugal, en el campo murciano de La Condomina. Y el segundo ante Italia, en Turín, donde nuestras representantes casi se vieron aplastadas. Antes, de cualquier modo, se había disputado un amistoso entre las preseleccionadas y el Fuengirola femenino. Puesto que las jugadoras ya no eran unas cuantas folklóricas dispuestas a entretener mañanas dominicales, la prensa deportiva comenzó a hacerse eco de aquellos choques y hasta mostró interés por quienes más destacaban. Con ello, los aficionados supieron que en nuestro país había émulos de Pirri, Gárate, Adelardo, Marcial o Gallego, y que una de las jóvenes mejor dotadas respondía al nombre de Victoria Hernández, capitana del Olímpico Villaverde, bastante tímida, probablemente a causa de sus 13 años largos, admiradora de Pelé, Bobby Charlton y Pirri: “son tres fenómenos”, que con el 10 a la espalda disparaba a puerta frecuentemente, caía por la banda y se dejaba sentir en la construcción del juego. Contra Italia, por lesión de la guardameta, tuvo que situarse bajo los palos. Y pese a extrañar esa posición, aun encajando una goleada, fue la más brillante de nuestro equipo. “Lloré mucho aquella noche”, confesó a Miro en un reportaje de “As”. Su padre, Santiago Hernández, jugó en el Boetticher madrileño, lo mismo que Felipe, uno de sus hermanos: “Mi hermano me enseña mucho. Creo que deberíamos jugar contra los hombres… Vamos, contra juveniles, para ir adquiriendo experiencia”, argumentaba.

Victoria Hernández, internacional con 13 años, la temporada 1971-72

Victoria Hernández, internacional con 13 años, la temporada 1971-72

Otra destacada durante la campaña 1971-72 era Concepción Sánchez Freire, Conchi en las alineaciones y “Amancio” para compañeras y el escaso público congregado junto al césped de Villaverde. Con 14 años trabajaba en una empresa de decoración, había practicado el balonmano y no desdeñaba una buena partida de ajedrez. Calculaba haber jugado más de 50 partidos, llamando la atención en su debut, al notar cinco goles. “He disputado los dos choques internacionales”, se enorgullecía; “y el de preselección”. Como Victoria,f ormaba parte del Olímpico de Villaverde, donde había suscrito ficha por dos años. Le gustaban los Pop-Tops y Raphael, vestir bien, el cine, pero por encima de todo, el fútbol. En suma, no podía ser más normal, aunque durante la charla con Miro demostrase vivir en el país de las hadas: “Creo que si nos preparásemos bien podríamos conseguir hasta un segundo lugar, si interviniéramos en el Campeonato Mundial. No sueño. Vi jugar a las francesas, italianas y portuguesas, y las españolas tenemos más garra y amor propio”. No parecía advertir que el amor propio rara vez enjuaga deficiencias técnicas o tácticas, que si Italia las había apalizado sería porque el fútbol requiere coraje y bastante más. Estaba muy fuera de la realidad: “Es evidente que el fútbol femenino existe. El “boom” fue bien acogido en todo el mundo, menos en España. A los españoles les molesta que juguemos tan bien o mejor que los hombres. No tenemos tanta propaganda como ellos, pero hacemos más goles”. La humildad, indudablemente, no figuraba entre sus virtudes.

El desarrollo del fútbol femenino durante los años 70 se vio frenado por visiones tan troglodíticas como la del chiste. Sin duda herencia de dos decenios por demás represivos.

El desarrollo del fútbol femenino durante los años 70 se vio frenado por visiones tan troglodíticas como la del chiste. Sin duda herencia de dos decenios por demás represivos.

Esa referencia al Mundial, sin embargo, no resultaba baladí. Durante el invierno de 1972 llegó a oficializarse el interés italiano por celebrar en nuestro suelo el inminente Campeonato del Mundo. Algo que ratificaría en “As-Color” el organizador técnico de la Federación Europea Femenina de Fútbol, señor Rambaudi: “Iré a la capital de España con el presidente, Vinicio Lucci, para conversar con las jerarquías deportivas. De estas conversaciones saldrá si se juega o no el mundial en España”. Puesto que al periodista le preocupaba quién se haría cargo de la factura, Rambaudi tranquilizaba: “Por ese aspecto no habrá que preocuparse. Nuestra Federación Internacional cubrirá todos los gastos que ocasione el mundial. Lo que nos interesa es que los rectores del deporte en su país nos autoricen y apoyen en esta idea que votamos, unánimemente, en el último mes del año pasado”. Respecto a sus razones para elegir España, el italiano eludía cualquier concreción: “El primer mundial se disputó en Italia y fue un éxito grande; el segundo en México, que también resultó brillante. Ahora le corresponde a un país europeo y nada mejor que la Península Ibérica, por su gente, su sol, sus turistas… Nuestro interés es propagar el fútbol femenino y creo que será un espectáculo simpático e interesante que gustará a los españoles”. Sólo necesitaban el pláceme oficial. Y ahí estaba el quid de la cuestión; en dilucidar qué organismo estaba capacitado para ofrecer su aquiescencia. Nuestros federativos aseguraban no saber nada sobre el particular. Desde la Internacional Europea de Fútbol Femenino con sede en Turín, organismo creado el 25 de febrero de 1970, independiente de la FIFA, si no directamente hostil, se trabó contacto con la Delegación Nacional de Deportes, que a decir verdad estaba para otras cosas. Las razones pespunteadas por voz de Rambaudi traslucían el conflicto de intereses: “No mandamos ninguna carta a la Federación Española porque creemos que el Fútbol Femenino debe gobernarse solo, mediante una entidad aparte. Bastantes problemas tiene ya la Federación, con el fútbol masculino”.

A la postre, ese modo de proceder imposibilitaría el pretendido mundial español. Y lo que aún iba a ser peor, con las chicas fuera del paraguas federativo, dirigidas contra la apisonadora que ya por entonces venían a ser UEFA y FIFA, la posibilidad de desarrollar el fútbol femenino sufrió un parón considerable, por más que en la Internacional Europea de Fútbol estuviesen lanzados a 1000 por hora. Prueba de esa precipitación es que en un plazo brevísimo ya sumaran dos campeonatos mundiales y encarasen el tercero.

La noticia de un hipotético mundial femenino en España no sirvió para desterrar de la prensa imágenes tan esperpénticas como la de este partido Bunnys - Lecheras  disputado en Inglaterra (1972).

La noticia de un hipotético mundial femenino en España no sirvió para desterrar de la prensa imágenes tan esperpénticas como la de este partido Bunnys – Lecheras disputado en Inglaterra (1972).

En 1970 tuvo lugar el primero. Puesto que se partía de cero, hubo que buscar esponsorización hasta para el trofeo que izasen las campeonas, a la postre donado por la firma de vermuts Martiny & Rossi. A la final, disputada en el estadio Comunale de Turín, asistieron 50.000 personas picadas por la curiosidad. Lástima para los anfitriones que Dinamarca se impusiera a las “azurri” por 2-0, porque la fiesta quedó bastante aguada. El segundo mundial se disputó al año siguiente, en México, con buena afluencia de público. Y nuevamente Dinamarca doblegó a las mexicanas en la final. La edición que no pudo llevarse a cabo en nuestro suelo estaba prevista para julio de 1972. A la fase final llegarían 8 selecciones: seis europeas y dos americanas, tras clasificarse en unas eliminatorias previas. Perú, Chile, Argentina y México, por cuanto respectaba a América, y Francia, Inglaterra, Holanda, Suecia, Suiza, Austria, Polonia, Checoslovaquia e Italia, entre las europeas, se daban por contendientes seguras. Dinamarca, como vigente campeona, y España, como pretendida organizadora, se clasificarían de oficio para la fase decisiva, con lo que únicamente quedaban 6 vacantes a resolver entre las 13 selecciones inscritas.

Llama la atención una ausencia casi generalizada del bloque soviético, por otra parte adalides del deporte femenino. Ni Yugoslavia, ni Hungría, la propia URSS, Bulgaria, Rumanía o la Alemania del Este, cuyos equipos masculinos solían encontrar pocas complicaciones para adueñarse del oro y la plata olímpica cada cuatro años, ante el amateurismo marrón de sus futbolistas más señeros, figuraban en la línea de salida. La otra Alemania, la del milagro económico, locomotora de una Comunidad Económica Europea todavía de 7 miembros, tampoco formaba parte de la Internacional Europea de Fútbol Femenino. Ni Brasil. El organismo había nacido cojo, famélico y despistado. Demasiado lastre para adelantar por la derecha a UEFA, Confederación Sudamericana y FIFA. Como habrán colegido, acabaría desangrándose.

Sin embargo la posibilidad de que nuestra península acogiese aquel evento, mantuvo en tensión a los informadores, siquiera durante dos o tres meses. Obviamente, que nadie busque en las hemerotecas tablas de resultados o clasificación de las distintitas ligas femeninas. Si la prensa no recogía competiciones regionales masculinas, reguladas por cada territorial, mal iba a hacerse eco de las féminas. Pero ocasionalmente saltaban a la rotativa algunos flashes. Ocurrió por ejemplo en abril de 1972, cuando Gloria Angulo Muñoz, madrileña de 17 años, portera del Atlético San Cristóbal, se convirtió en la primera jugadora en pasar por quirófano para ser intervenida de menisco. La chica, “guapa y muy simpática”, según la redactora Matilde Jorge, llevaba sólo un año bajo el marco y se había lesionado sola, en un entrenamiento. Como tantas otras, llegó al fútbol poco menos que por casualidad: “Jugué un partido organizado por Radio Madrid para su emisión “Los Formidables” y dicen que no lo hice mal. A mí me gustó la experiencia y comencé a entrenar. Quisiera ser alguien en este deporte”. Entre sus familiares, si bien había afición, nadie probó suerte nunca, con seriedad, en el mundillo del balón: “En todo caso un primo, que fue delegado de juveniles en el Atlético de Madrid, pero nadie, que yo sepa, ha pateado el cuero”. Al margen del fútbol, estudiaba y ayudaba a su madre, modista. Y por supuesto, su afición le costaba dinero: “Sin embargo en un futuro próximo pienso que serán los clubes quienes corran con los gastos. Al fútbol femenino le espera un porvenir halagüeño. Falta que nuestra Federación se ponga a nivel internacional y lo acepte, reglamentándolo. España no debe perder el tren, porque el “Contamos contigo” no puede ni ser sólo un slogan. ¿Aquí estamos!”.

Gloria Angulo. Su condición de primera jugadora operada de menisco la convirtió en efímero personaje de actualidad.

Gloria Angulo. Su condición de primera jugadora operada de menisco la convirtió en efímero personaje de actualidad.

También ella confundió deseos y realidad. Continuó jugando, eso sí, porque la intervención del doctor Jesús Gálvez en el Sanatorio Zurbarán fue un éxito, pero nuestro balompié femenino tras una salida de pura sangre experimentó ese clásico frenazo de burro manchego. Desatendido desde los poderes oficiales, con la Federación Española muy atareada durante los primeros días de la transición entre el escándalo de los falsos oriundos, las denuncias de alineación indebida interpuestas por At Bilbao y Real Sociedad, e incluso pendiendo sobre sus cabezas una buena espada de Damocles por haber otorgado el internacionalato a quienes nada tenían de súbditos españoles, la ilusión de tantas muchachas iría evaporándose. Y entonces, las secciones deportivas en papel volvieron a nutrirse de noticias e imágenes bufas, con mujeres pateando esféricos, siempre con mini-shorts e incluso calzando zapatos de tacón. Por no abochornarnos, baste con dos muestras: “Trascendental partido disputado en Inglaterra entre las Bunny Girls y las Lecheras de Unigate”. Las “bunnys”, claro, con rabito de conejo, a lo “Play-Boy”. O fotos con féminas despampanantes rodeadas de balones, a los que no sabían ni cómo impulsar, y pies de imagen tan ocurrentes como “¡Menuda delantera!. Con otras cuatro así no hay título que se resista”. Sólo de tarde en tarde alguna noticia juiciosa: “El británico Queens Park Rangers femenino proyecta viajar a España para jugar en Mallorca y Madrid a lo largo de 1972”.

El primer Campeonato Nacional de Liga Femenino se hizo esperar hasta la campaña 1988-89.Cincuenta y nueve años después de que se creara el masculino. Participaron 9 equipos y se alzó con el título la Peña Barcelonista Barcilona. El segundo torneo fue para las jugadoras del Athletic Villa de Madrid. Y los siguientes para el Oiartzun, el Añorga de San Sebastián y el madrileño Oroquieta de Villaverde. Como pese a vivir espartanamente los balances de casi ningún club cuadraban, se pasó del grupo único a varios confeccionados por criterios de proximidad geográfica, con eliminatorias posteriores a ida y vuelta. Observando que mediante esta fórmula el torneo perdía adeptos, los clubes exigieron a la Federación un retorno a los orígenes, ya con más participantes. Poquito a poco irían aflorando futbolistas muy aceptables, se inscribieron extranjeras, algunas de calidad -en el Barcelona, sobre todo- y otras -particularmente una en el Rayo Vallecano- estrella de papel cuché por su relación personal con figuras masculinas… Pero aun con todo, ciertos detalles seguían separándonos de otros confines por cuanto se refiere a rango y consideración popular de las futbolistas. En Italia, las colecciones de cromos editadas por Panini, los “Claciatori”, reservaban un huequecito a la 1ª División femenina, temporada tras temporada. En Brasil, los editores de cromos llegaban más lejos, recogiendo retratos individuales de las teóricas titulares, equipo por equipo. Nuestros niños y no tan niños versados en el coleccionismo, bien al contrario serían incapaces de aventurar dos nombres de chicas internacionales, puesto que nunca asoman al autoadhesivo y rara vez a los medios genéricos.

Aquellas pioneras, las que saltaban a instalaciones universitarias con falditas de baloncesto bien plisadas, o quienes recién cumplidos los 14 y 15 años alimentasen quimeras de estrellato, construyeron sobre arenas movedizas un meritorio cimiento, aún a costa de ponerse al mundo por montera y prescindir del qué dirán. Hoy, ya madres, tías, o incluso abuelas, podrían presumir de haber derribado no molinos de viento con aspas fantasmagóricas, sino gigantescos prejuicios, burlas asomadas a la siempre discutible superioridad, y desdenes sin cuento. Aquellas pioneras han de sentirse satisfechas, también, observando como sus sucesoras engrosan hoy Ligas tan competitivas como las de Inglaterra, Italia, los Estados Unidos o Alemania. Su esfuerzo y bendita cabezonería no fue en vano.

Una formación de nuestra selección femenina absoluta. No ha de faltar mucho para que se sumen con algún logro a los éxitos continentales de nuestros cuadros inferiores.

Una formación de nuestra selección femenina absoluta. No ha de faltar mucho para que se sumen con algún logro a los éxitos continentales de nuestros cuadros inferiores.

Respecto a nuestro equipo nacional, ya llegarán los éxitos. No debiéramos perder de vista que el incipiente fútbol masculino también vivió una minoría de edad. Y que si pudiésemos enfrentar en el túnel del tiempo a un equipo actual de 3ª División con cualquiera de los participantes en el campeonato inaugural, los de 3ª seguramente resolverían a su favor el hipotético choque, con suficiencia y sin aprietos.

Mediando esfuerzo, sacrificio y ganas, los triunfos siempre llegan. También los de nuestra selección femenina, por más que su viaje histórico, el del deporte femenino en general y sobre todo el del fútbol, haya tenido mucho de agobiante travesía del desierto.

Lo dicho, celebrar éxitos va a ser simple cuestión de tiempo.




Regates junto a la verja

Una suma de desencuentros. Así, tan brevemente, cabría definir las relaciones entre España y Gibraltar, o viceversa. Desencuentros, deslealtad y desconocimiento mutuo, puestos a ampliar el mosaico, por más que en lo de desconocer al otro nuestro país luciera casi siempre más empeño.

La historia se inició al quedar vacante el trono español, tras fallecer sin descendencia Carlos II “El Hechizado”. Francia, con Felipe de Anjou, se antojaba mejor situada para hacer valer sus derechos dinásticos, comprometiendo el papel geoestratégico de Inglaterra, Holanda y Austria, desde cuyas cancillerías se observaba con prevención tanto poder concentrado en Versalles. Si hubo acciones diplomáticas, estas en seguida cedieron protagonismo a un conflicto bélico conocido como Guerra de Sucesión. Y durante el mismo, en agosto de 1704, Gibraltar sufriría el cerco de una armada anglo-holandesa cuyos almirantes, Rooke y el príncipe Hesse-Darmstadt, exigieron rendir la plaza y jurar fidelidad al otro pretendiente, el Archiduque Carlos, hijo del emperador Leopoldo I. Ante la negativa del gobernador gibraltareño se sucedieron dos noches de intensísimo bombardeo, así como el desembarco de 350 soldados catalanes partidarios del Carlos de Austria, en la todavía hoy denominada Bahía de los Catalanes. Fue aquella una resistencia inútil, puesto que a los 10.000 hombres de la armada británico-holandesa y sus 1.500 cañones, la plaza únicamente oponía 50 soldados, 300 milicianos sin apenas instrucción militar y 120 cañones, de los que casi 80presentaban dificultades a la hora de hacer fuego. Gibraltar acabó rindiéndose, no a los ingleses, sino a Carlos III de España, título arrogado por el Archiduque austriaco, obteniendo para tropa y población garantías de respeto a sus libertades y derechos. Puro papel mojado, en realidad, toda vez que el príncipe Hesse-Darmstadt, nuevo gobernador, se inhibiría ante el saqueo sobrevenido y las revueltas callejeras, donde la población llevó la peor parte. Los civiles, entonces, o buena parte de ellos, huyeron con escasos bienes, una imagen de la Virgen Coronada y los pergaminos que rubricados por los Reyes Católicos en 1502 otorgaban escudo y armas a Gibraltar, hasta la ermita de San Roque, creando el actual municipio.

A los 20 días de haberse rendido la plaza, otra flota franco-española trató de reconquistar el peñón, sin ninguna eficacia, al igual que habría de ocurrir en sucesivos intentos. La alianza entre Inglaterra y Austria, paralelamente, comenzó a vivir horas bajas. Y así, en octubre de 1705, aprovechando la muerte del Príncipe de Hesse y bajo órdenes de la reina inglesa Ana, los británicos se hicieron con el control del peñón, expulsando a la para entonces escasa población civil y reclamando la villa como fortaleza de Su Graciosa Majestad.

El Tratado de Utrecht, en 1713, otorgaría a Inglaterra la propiedad del peñón. Francia, al fin y al cabo, había instalado un Borbón en el trono madrileño, con lo que Inglaterra resultaba perdedora. Tal vez alguien pensase, rememorando a Enrique IV, que si París bien valió una misa, las Españas, es decir nuestro suelo y las posesiones de América, resultaban una ganga al precio de Gibraltar y Menorca, roca infértil y aislada, una, asomada a todos los vientos del estrecho, y pobre islote, el otro, por mucho que supusiera salida anglosajona hacia el Mediterráneo Occidental. Pero si así se pensó en 1713, transcurridos sólo 14 años empezaron a verse las cosas de otro modo. Su detonante, el tráfico inglés con todo tipo de mercancías y la ocupación británica de un molino anexo y la Torre del Diablo, ambos fuera del área descrita en el tratado. Un nuevo pacto firmado en Sevilla (1729) confirmó la posesión británica del peñón, acordándose, a cambio, una zona neutral, no ocupada por ninguno de los contendientes, y la restitución de molino y torre. Punto este último, por cierto, jamás cumplido.

Gibraltar en la actualidad. Puerto, base naval, turismo y paraíso fiscal.

Gibraltar en la actualidad. Puerto, base naval, turismo y paraíso fiscal.

Gibraltar nunca dejó de suponer pieza discordante entre España e Inglaterra. Con regularidad monótona servía para que ambos reinos se enzarzaran. Menorca volvió a formar parte de nuestra nación, pero el peñasco, por su importancia estratégica, resultaba innegociable. Y de ahí que las armas siguieran atronando, como ocurriera durante el Gran Asedio (1779-1783) en el contexto de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, nuevo intento de recuperación española donde, por cierto, habría de perecer, entre otros muchos, el escritor gaditano José Cadalso.

Llegados a este punto es muy probable que haya surgido la pregunta: ¿A santo de qué tanta revisión, propia del bachillerato?. ¿Tiene algo que ver con el fútbol?. Pues tiene que ver, como preámbulo, si tratamos de aproximarnos a las relaciones futbolísticas entre Gibraltar y España. Dos vecinos empeñados en darse la espalda, separados por múltiples conflictos y políticas urdidas desde la distancia o el prejuicio.

Distancia que por supuesto era grande a finales del siglo XIX, cuando se supo del primer fútbol junto al peñón, exportado desde la metrópoli por tropa y marinería. Época, además, donde apenas si cabía hablar de “gibraltareños”, considerando que tras la salida en 1705 de sus últimos originarios, el peñón sólo sirvió de acomodo a militares ingleses y una variada aunque escasa muestra de refugiados procedentes de distintos enclaves mediterráneos. Únicamente a mediados del siglo XIX se puso el punto de mira en los “nativos de Gibraltar”. Y a finales del mismo siglo, justo cuando rústicos balones rodaban por campos resecos y polvorientos, comenzó a aflorar el término “gibraltareño”.

El primer equipo del peñón, al menos el primero cuya memoria ha llegado hasta nuestros días, fue el Prince of Wales F. C. (1892). El segundo, Gibraltar F. C., apenas si se hizo esperar un año. En 1895 se disputó la primera competición oficial, organizada por la Gibraltar Civilian Association, consistente en una copa donada por los comerciantes, resultando vencedor el Gibraltar F. C. ante el Jubilee F. C., con 1.500 espectadores a pie de campo, según las crónicas. El éxito de esa edición inaugural animó a los comerciantes, que prolongarían su patrocinio hasta 1906.Fue el periodo de la Merchants Cup, cuyo palmarés se repartieron Jubilee, Albion F. C., Exiles, Prince of Walesy Athletic. En lo que podríamos considerar temporada 1906-07 no hubo campeón, porque ni siquiera llegó a disputarse el torneo. Luego ya sí. Puntualmente, año tras año, bajo tutela de la G. F. A., Gibraltar tuvo su campeón de Copa, primero, y el de Liga después.

La G. F. A. (Gibraltar Futbol Association) acabó creándose ante el cada vez más amplio número de equipos, con la obvia intención de organizar y mantener competiciones, así como con el propósito de alambicar una “selección” que pudiera enfrentarse a equipos militares ingleses, los combinados de grandes buques fondeados ante el peñasco, e incluso clubes profesionales en hipotéticas giras por el Sur de Europa. Cualquier choque entre esa “selección” gibraltareña y equipos españoles del área, debe considerarse mucho más que improbable ante la actitud británica por esas mismas fechas. Y es que en 1909 procedían a levantar una cerca con siete pies de altura, la más adelante conocidísima verja de Gibraltar, apropiándose de los 800 metros de istmo contemplados como territorio neutral en el Tratado de Sevilla, suscrito 180 años antes.

Campeones de Gibraltar

CLUB

VECES

Lincoln Red Imps. 20
Prince of Wales 19
Glacis United 17
F. C. Britania XI 14
Gibraltar United 11
Manchester 62 7
Europa 6
St. Theresa´s 3
South United 2
Exiles 2
Jubilee 2
Gibraltar F. C. 2
St. Joseph´s 1
Chief Constructor 1
Chief Construction 1
Commander of the Yard 1
Royal Sovereing 1
Athletic F. C. 1
Albion 1

Escudo de la Federación Gibraltareña de Fútbol. Una de las veteranas en Europa.

Escudo de la Federación Gibraltareña de Fútbol. Una de las veteranas en Europa.

Nuestro Campeonato Nacional de Liga se hizo esperar hasta febrero de 1929, cuando la competición gibraltareña, si no venerable, al menos ya era veterana. Pero mientras nuestro nuevo torneo lucía entorchado de profesional -en realidad surgió como tabla salvavidas ante la inflación de fichas derivada del profesionalismo-, el de Gibraltar continuaba fiel a su estatus amateur. España y el peñón, también con respecto al fútbol, optaban por darse la espalda. No cabía otra fórmula, considerando que a lo de la verja nuestros políticos unían otro agravio: la excavación, uniendo los flancos Este y Oeste de la roca, y el empleo de esos escombros en diques con los que ganar 25 hectáreas a la bahía algecireña, incontestablemente española.

Pese a la hostilidad soterrada entre los gabinetes de Madrid y Londres, poco, o mejor nada, hubo que reprochar al comportamiento de la colonia británica y sus habitantes durante el sangriento periodo 1936-39. Se calcula en varios miles los españoles de ambos bandos refugiados tras la verja. Tal vez entre ellos algún futbolista, por mucho que hasta la fecha no se haya podido sostener sino como leve hipótesis un par de nombres. Se escribió, por ejemplo, y repitió a menudo por mor del refrito, que Francisco Mateo Vilches (Algeciras 16-V-1916), hermano mayor del internacional y sevillista de posguerra Andrés Mateo, dio el salto al fútbol galo, donde durante varios años fue considerado una estrella, vía Gibraltar. Hoy sabemos que tras forjarse en el Algeciras desde 1933, compitió la campaña 1935-36 con el At Tetuán, estuvo algún tiempo en Valencia -ya en periodo bélico- alineándose con el Levante, y en marzo de 1938 reforzó al F. C. Barcelona de la Liga Catalana. Cualesquiera que fuesen sus razones para cambiar de bando, desde el Norte de África alcanzó la cuenca mediterránea enrolado como fogonero en un buque mercante. Ni una sola prueba nos lo conecta con Gibraltar. Su posterior periplo francés, bien al contrario, no ofrece dudas: Girondins de Burdeos 1944-45, Strasbourg 1945-50 y Racing de París 1950-51, donde jugó muy poco, como durante sus dos últimas campañas en el club alsaciano, víctima de una lesión en la espalda. Medio volante e interior con tanto empuje como calidad, a la par que ilustre desconocido para los aficionados españoles del largo paréntesis autárquico, su nombre solía ser destacado en la publicidad de los partidos, al otro lado de los Pirineos, por constituir buen reclamo.

Si Francisco Mateo no holló el peñón, otros jugadores de menos relieve bien pudieron hacerlo. En Gibraltar, muy al contrario que en Francia, fútbol tan socorrido entonces para muchos,  no se podía vivir del patadón o la floritura técnica. Eso es cierto. Aunque al menos tampoco se moría. El pabellón inglés otorgaba inmunidad, mientras al otro lado de la verja un nuevo concepto de lo efímero, del miedo y la sinrazón, lo presidía todo.

Con el triunfo franquista en nuestra Guerra Civil, Gibraltar se trocó molestia de primer orden para el régimen. La teórica neutralidad hispana en la II Guerra Mundial era sólo eso, teoría, pues a nadie escapaba la devoción germanófila de parte del gabinete o el empeño de Serrano Suñer por estrechar lazos con Hitler. Militares y empresarios del Reich se dejaban ver por Madrid con pasmosa desenvoltura, hacían negocios y tejían redes de espionaje. El peñón también fue entonces nido de espías no menos denso que el del Lisboa. Pero es que Inglaterra se jugaba su porvenir en aquella guerra, mientras a España supuestamente bien poco debería irle, en aras de su pregonada neutralidad. Gibraltar, por lo tanto, hasta 1945 fue más engorro político que nunca. Y ante tal panorama, la presencia de deportistas españoles tras la verja resultaba implanteable.

En 1946, con una Europa destrozada, las Naciones Unidas registraban a Gibraltar como territorio no autónomo, incluyéndolo en la relación de enclaves sometidos a descolonización. Desde la óptica gibraltareña, tal acuerdo les otorgaba tácitamente el derecho de autodeterminación. Las Naciones Unidas, por el contrario, y obviamente el ministerio de Asuntos Exteriores español, veían las cosas desde un prisma bien distinto, ateniéndose al propio Tratado de Utrecht. Y es que según dicho pacto, si en algún tiempo a la Corona británica le conviniera otorgar, vender o enajenar de cualquier modo la propiedad del peñón, sería España quien tuviere primera opción. Expresado más llanamente, la descolonización acabaría traducida en retorno de la colonia a Madrid.

Pero España no estaba en disposición de mover muchas fichas en aquel tablero. Para empezar, ni siquiera formaba parte de la ONU. Y como añadido, hubo de hacer frente al sonoro llamamiento de retirada a embajadores extranjeros. Los guiños fascistoides y algún que otro desplante del propio Francisco Franco al embajador de los Estados Unidos, comenzaban a pasar factura. El régimen, por lo tanto, no tuvo otra alternativa que cambiar rumbo.

Andrés Mateo, un internacional español en el fútbol gibraltareño de hace 65 años.

Andrés Mateo, un internacional español en el fútbol gibraltareño de hace 65 años.

Justo entonces, el campeonato gibraltareño iba a enriquecerse con una aportación española de postín. El medio ala Andrés Mateo Vilches (Algeciras 15-XII-1918), internacional absoluto en 3 ocasiones a lo largo del año 1943, después de haber dejado sobradas muestras de clase defendiendo las camisetas de la Balona, At Tetuán, Cádiz y Sevilla (este último entre 1941 y 1950), se incorporaba al Europa de Gibraltar la campaña 1950-51. Cierto que ya no estaba en su mejor momento, máxime tras haber pasado casi un año en blanco, a resultas de una afección pulmonar. Pero como quien tuvo siempre es capaz de retener algo, junto al peñón no sólo impartió clases magistrales, sino que acabaría reconciliándose con el balón. Prueba de ello es que aún estirara su tiempo de pantalón corto en el Algeciras (1951-52) y Balompédica Linense (52-53 y 53-54).

Ya en los años 50 Gibraltar supuso gran alivio económico para una España incapaz de recuperarse. Hasta 13.000 españoles contabilizaron sus astilleros, puerto y distintos servicios, casi todos vecinos de La Línea o alrededores, con viaje diario de ida y vuelta. Al mismo tiempo, los “llanitos” cruzaban la verja a conveniencia, para abastecerse a precios mucho más baratos, gozar de la noche y disfrutar de lo mejor de dos mundos. Hubiera sido -o fue, tal vez- el momento idóneo para que jóvenes del Campo de Gibraltar compitieran en clubes de la colonia. Durante ese periodo, justo el comprendido entre 1949 y 1955, el fútbol gibraltareño vivió, además, una época dorada, puesto que su “selección” llegaría a medirse contra el Hadjuk Split o el Red Star de Belgrado, ambos yugoslavos, los equipos suecos de Jonkoping y Degesfors, el Wacker austriaco, o los españoles At Madrid, Real Madrid y Real Valladolid. El mejor resultado habrían de obtenerlo precisamente ante el club merengue: nada menos que un impensable empate a 2. Pero justo entonces, un error diplomático de bulto, o la provocación calculada, conforme habría de apuntar la prensa del movimiento, volvió a enrarecer las relaciones.

Corría 1953 cuando la reina inglesa hizo escala en el peñón  durante una gira por sus posesiones. El gobierno franquista, bien fuere por orgullo, convicción, o porque sencillamente una afrenta así no debía ser pasada por alto, tomó medidas harto discutibles. Para empezar, se suprimieron los pases de visita y luego éstos quedaron reservados a trabajadores. A continuación, y hasta 1964, se impidió el tránsito a las más de 2.000 mujeres de La Línea que cotidianamente cruzaban la verja para trapichear o servir a domicilio. Y como colofón, 4.500 obreros se encontraron, de repente, sin posibilidad de acudir a sus trabajos en la roca. Desde Madrid se dictaban restricciones que para los vecinos de La Línea suponían algo semejante a un tiro en el pie, por más que Fernando María Castiella, ministro de Exteriores, siguiera jugando sus bazas en tres frentes: económico, diplomático y propagandístico.

Si la pretensión de socavar económicamente a Gibraltar dio resultado, es algo que la ciudadanía española no supo nunca. Los medios de difusión, muy aleccionados, esparcieron “su” verdad irrefutable: “Descontento entre la población gibraltareña, ante las medidas del Gobierno: Los marroquíes incorporados al servicio doméstico y a tareas portuarias, son vistos con recelo”. “Primeras quejas de los gibraltareños: No encuentran cuidadoras de niños ni interinas”. “La cesta de la compra ha subido un 20 % para los gibraltareños”. Sobre la situación en que quedaban miles de gaditanos, sin jornal ni perspectivas de hallarlo a corto plazo, ni media palabra. Más bien lo contrario: “Los españoles refuerzan al gobierno en sus medidas contra Gibraltar. El sentimiento es unánime. ¡Que se vayan!”.

Por cuanto respecta a medidas diplomáticas, se decretaron severas restricciones de los espacios aéreo y marítimo, tendentes a lastrar el funcionamiento de la base militar británica. Todo ello sin que Castiella olvidara al repaso de viejas afrentas. El victimismo, al fin y al cabo, había y estaba dado fruto en el proceso descolonizador africano. ¿Por qué no apelar, pues, también sobre este particular, al sentimiento sustentado en agravios añejos?.De las exposiciones ministeriales también se hizo eco muy oportunamente la prensa: “España mostró siempre su mejor voluntad para con los gibraltareños. En 1815 se les dio permiso para ocupar temporalmente la zona neutral y construir allí un centro donde atender a los afectados por una atroz epidemia. En 1854 otra epidemia les sirvió de excusa para levantar otro hospital. Y de nuevo, la buena intención de España volvió a verse burlada en 1881, con la construcción de otra frontera, por completo ajena al Tratado”. El Tratado de Utrecht seguía dando juego en algún editorial: “Es hora de cumplir lo pactado, de respetar cuanto firmaron hace dos siglos y desde entonces no han cumplido. Nadie puede dudar sobre nuestras razones, cuando el mismo nombre de Gibraltar lo retrata: Town and Garrison of Gibraltar in the Kingdom of Spain. Esto es, Ciudad y Guarnición de Gibraltar en el Reino de España. ¿Habrá que explicárselo más claro?”. Los artículos de fondo, o al menos la mayoría de ellos, omitían que en prevención de futuros conflictos y sin duda por lo explícito del Tratado, Gibraltar había mutado de estatus y denominación, convirtiéndose en British Crown Colony of Gibraltar. O sea, Colonia Británica de Gibraltar. España no aparecía ya por ningún lado.

Los esfuerzos diplomáticos llevaban aparejada una última acción, de la que por una lado debería beneficiarse el vecindario de La Línea y su comarca, y por otro salir perjudicados los intereses nacionales en Fernando Poo, Anobón, Corisco y Elobey. Para el Campo de Gibraltar se trazó un ambicioso plan de desarrollo, con fábricas, nuevas vías de comunicación, urbanización de barriadas e instalaciones deportivas. Un proyecto precioso sobre el papel, mediante el que se buscaba dejar sentada la honesta y racional pretensión de ofrecer un futuro no sólo a cuantos acababan de perder sus ocupaciones en la colonia, sino a los propios colonos una vez convertidos en súbditos españoles. Respecto a Guinea, la todavía Guinea Española, se firmó su descolonización. Mal podía exigir aquel gobierno al Foreign Office que descolonizase el peñasco, cuando cobijaba sus propias colonias bajo el eufemismo de Provincia Ultramarina.

José Eulogio Gárate anotó 5 goles en sus 18 intervenciones con la selección española. El más bello para vestir de fiesta el nuevo estadio de La Línea, en pleno alarde reivindicativo del gobierno respecto a Gibraltar.

José Eulogio Gárate anotó 5 goles en sus 18 intervenciones con la selección española. El más bello para vestir de fiesta el nuevo estadio de La Línea, en pleno alarde reivindicativo del gobierno respecto a Gibraltar.

Si la descolonización gibraltareña iba a quedar reducida al sueño, gran parte de lo proyectado para La Línea tampoco saldría del papel. Se erigió, sin embargo, el estadio de La Línea, denominado José Antonio Primo de Riviera, por no perder la costumbre. Y sobre su césped, como una más de las medidas propagandísticas, se enfrentaron el 15 de octubre de 1969 para inaugurarlo, las selecciones nacionales de España y Finlandia, en choque de la fase clasificatoria para el Mundial de México. Una inauguración por todo lo alto, con presencia de autoridades en el palco y las cámaras de TVE inmortalizando el acontecimiento. Por cierto, el encuentro hubo de disputarse en horario diurno, porque estadio sí había, pero lo de la iluminación ya era otro cantar. España, bajo dirección de Ladislao Kubala,  formó con Reina; Gaztelu, Barrachina, Eladio; Violeta, Pirri; Amancio, Asensi, Gárate, Velázquez y Gento. Al inicio de la segunda parte saltaría Pujol en vez de José Eulogio Gárate, y en el minuto 53 Joaquín Sierra “Quino” relevaba a Paco Gento, ya en su despedida internacional, pues Rojo I, Churruca y Rexach, llevaban tiempo acumulando méritos. Lo más destacado de aquel choque resuelto con pasmosa facilidad por 6-0, fue sin duda el golazo de Gárate en impecable bolea, y los patrióticos comentarios durante una retransmisión pródiga en planos del peñón, “esa parte de España en manos inglesas”, al decir del comentarista.“La única colonia en territorio europeo”. O“esa afrenta que los españoles llevamos siglos reclamando con tanta razón como dignidad”.

Nuestra selección nada se jugaba, puesto que sus aspiraciones para estar presente en el Mundial azteca se habían esfumado ante Bélgica. Además, en una deriva harto preocupante, nuestros hombres habían caído en Helsinki por 2-0 ante la muy endeble Finlandia. Ese partido en el José Antonio Primo de Rivera tuvo, quiérase o no, mucho de charanga y brindis al sol, de medida cohesionadora, como entonces se decía. Y es que lo de buscar enemigos en el exterior siempre ha funcionado. Mejor buscarlos fuera que volver los ojos hacia dentro.

Por esa misma época y con intención semejante a la del partido contra los finlandeses, el reporterismo de TVE “improvisaba” encuestas en las calles. “Señor, ¿usted cree que Gibraltar debe ser español?”. O: “Señora, ¿qué diría usted a los ocupantes de Gibraltar?”. La respuesta era unánime, si bien con matices, pues cierto interpelado aseguró estar dispuesto a dejarse la sangre en el empeño: “Sólo espero la orden de Franco para coger otra vez la ametralladora”. El hombre, cincuentón y no muy bien conservado, había sido legionario, según confesó ante la cámara.

Menos belicoso que el viejo legionario, pero igualmente ante por las ondas, España reencontró a José Luis, mito juvenil ocho años atrás y en el más absoluto hermetismo desde entonces. Como “José Luis y su guitarra”, siendo estudiante universitario, hizo sonar en todas las emisoras de radio cierta canción dedicada a su novia “Mariquilla”. Durante 10 ó 12 meses no hubo guateque, verbena con o sin farolillos, o velada de piscina que se preciase, sin su voz desde el tocadiscos, cuando a éstos, casi un lujo asiático, se les llamaba “pik-up”, o en castizo “picú”. Los varones del 62 se peinaban a lo José Luis, mientras las chicas soñaban con un novio capaz de susurrarles frases tan bonitas. Pues bien, otro José Luis distinto al que dejara el estrellato para centrarse en los estudios, ahora sin guitarra y vistiendo frac, volvió a TVE para desgranar con semblante y voz crispados su nueva composición, cuyo estribillo repetía hasta el hartazgo “español, español, Gibraltar español, español, español, Gibraltar español”. Auténtico hito musical, sólo para arqueólogos del franquismo.

Huelga indicar que ante tal clima, la presencia de gibraltareños en nuestro fútbol o españoles en el del peñón, resultaba impensable.

Joseph Louis Chipolina, un gibraltareño en la Balona y el San Roque de Cádiz.

Joseph Louis Chipolina, un gibraltareño en la Balona y el San Roque de Cádiz.

Con la reinstauración democrática y en una profesión de fe merecedora de beatificación, llegó a pensarse acabarían poniéndose de acuerdo los gobiernos británico y español respecto a la descolonización definitiva. La mismísima “Dama de Hierro”, la ultra liberal que enviase hasta las islas Malvinas naves y aviones, consintió establecer un punto y final para el Hong-Kong británico cuando China apenas soñaba convertirse en la potencia económica que más adelante iba a ser. Pero Gibraltar jugaba en otra liga, conforme pudo apreciarse en seguida. La verja volvió a abrirse, sí, e incluso las agencias de viajes andaluzas pudieron organizar visitas turísticas por la colonia. Los “llanitos” también tuvieron ocasión de paladear lo mejor de esos dos mundos, por más que ya apenas se diferenciasen uno y otro. Y el contrabando, en especial el de tabaco, constituyó de nuevo una ayuda, si no sustento, para mucha gente de la Línea. El bocado del león quedaba en Gibraltar, sin embargo, con miles de sedes empresariales y una tupida red de oficinas bancarias parasitadas en su condición de limbo fiscal. Entonces comenzaron a verse niños gibraltareños en los equipos base de la Balompédica, el Algeciras o el San Roque gaditano. Niños que iban creciendo, escalaban peldaños y un buen día acababan enfundándose la camiseta del club en 3ª División o 2ª B. Todo ello, pese a un nuevo tropiezo diplomático, con ocasión de la boda entre el príncipe Carlos y Lady Di, a la que no asistieron los reyes de España porque los contrayentes iban a hacer escala en el peñón durante su luna de miel.

De entre los gibraltareños asomados al balcón de nuestras competiciones se hace imprescindible destacar a George Cabrera, All Green, Joseph Louis Chipolina, Liam Walker, Jaime Robba, o Jean Carlos Anthony García. Ellos, por fin, pudieron hacer un magistral regate a la verja.

Paul All Hamilton Green (5-V-1978) se anticipó a los demás, puesto que tras hacer méritos en la Balona B durante el ejercicio 1999-2000 lograría un puesto en el primer equipo de La Línea al año siguiente. Su simple presencia ya constituía novedad en nuestra 2ª B, y más, si cabe, cuando la Balompédica disputaba sus encuentros en casa, animado por una reducida aunque ruidosa peña gibraltareña, fanática, por supuesto, de Green. La Balompédica Linense no pudo evitar el descenso a 3ª en junio de 2002, cuando aún se pagaban buenas fichas en el fútbol de bronce y mantener la categoría constituía esfuerzo ímprobo. El gibraltareño All Green, al fin y al cabo hombre de la casa,  continuó defendiendo el escudo balompédico la campaña 2002-03.

El centrocampista Joseph Louis Chipolina (Gibraltar 14-XII-1987) saltó a la Balompédica Linense desde el Atlético Zabal y tras un buen ejercicio 2007-08 en 3ª División pudo asomar a 2ª B la temporada 2008-09. Dos campañas más en La Balona (2009-10 y 10-11), estas nuevamente en 3ª, serían antesala de su incorporación al San Roque gaditano, encuadrado en el mismo grupo de 3ª División que La Balompédica.

Liam Walker. Su zurda dejó huella por nuestros campos, antes de ser estrella en el peñón.

Liam Walker. Su zurda dejó huella por nuestros campos, antes de ser estrella en el peñón.

Liam Walker (Gibraltar 13-IV-1988) fue sin duda el más señero. Tras cerrar su etapa junior en el Algeciras juvenil de División de Honor, asomando incluso al primer equipo en 2 ocasiones, encaró la campaña 2007-08 con la ilusión de lucirse en 2ª B, luego de que los rojiblancos hubiesen conquistado un muy merecido ascenso. Su  entrenador, sin embargo, viéndolo demasiado joven y tierno para una categoría tan competitiva, recomendaría una cesión. Quintanar del Rey, Algeciras B y Atlético Zabal fueron escalas obligatorias antes de incorporarse a la Balompédica Linense, la campaña 2009-10, en 3ª. Luego pasó por Los Barrios, otra vez la Balona y San Roque de Cádiz, hasta que la oportunidad le llegase como llovida. Disputaba en el peñón un partido amistoso ante el Portsmouth británico con el combinado de Gibraltar (al no estar reconocida oficialmente esa Federación sería impropio calificar como selección al conjunto), cuando su excelente zurda despertó el interés del técnico forastero. No pararía hasta lograr el pláceme de su directiva y entonces Liam quiso devolverle el favor, cuajando una más que aceptable temporada en la 3ª inglesa. Veintiséis presencias y 2 goles en el Campeonato correspondiente a 2012-13 resultaron suficientes para que el club israelí Bnei Yehuda le abriese sus puertas. El equipo bajó a 2ª y ya no era plan continuar en Israel, máxime cuando su propia seguridad empezaba a estar comprometida por los cohetes lanzados desde el otro lado de la frontera. Estableció contactos con un par de entidades griegas, mucho más dispuestas a prometer que a comprometerse económicamente, y al fin optó por lucir como estrella en el Lincoln Red Imps. del peñón. Hasta el momento de redactar estas líneas había representado internacionalmente a la colonia en 7 oportunidades.

También de la quinta del 88 (nacido concretamente a la sombra del peñasco el 14-II-1988), el delantero George Cabrera debutó con el Algeciras, en 3ª División, a sus 18 años. Antes de enrolarse en el ya oficial campeonato del peñón, viviría una segunda temporada (2011-12) sometido a la disciplina blanquirroja.

El guardameta Jaime Roba y el defensa Jean Carlos Anthony García (este último nacido en 1992), prefirieron formarse al lado de casa. En la Balona Balompié el portero y alternando éste elenco con la plantilla de 2ª B el defensor. La temporada 2014-15 Jean Carlos García iba a encarar su segundo ejercicio en el Lincoln Red Imps., habiéndose lucido ya en dos ocasiones con la selección de Gibraltar.

Julio Gil Bado (Los Barrios, Cádiz, 1986) y Antonio Hernández (Gibraltar 3-II-1995), los dos con doble nacionalidad, podrían ampliar este epígrafe o reinaugurar el de españoles al otro lado de la verja. El delantero Antonio Hernández saltó desde el juvenil amarillo al Cádiz B, en 3ª División, la temporada 2013-14, antes de reforzar al Manchester United de Gibraltar para el actual torneo. Julio Bado, por el contrario, una vez internacional, lleva varias campañas en el fútbol colonial. Primero en el Lynx (al menos desde 2009 hasta 2014) y luego en Glacis United y Manchester United gibraltareño, ambos a lo largo de 2014-15.

Mientras estos jóvenes gibraltareños se hacían futbolistas en nuestro suelo, gobierno y autoridades deportivas del peñón seguían pugnando por verse reconocidos, al menos desde la UEFA. Bien mirado, su situación, como la de Groenlandia, Jersey, Guernesey, o Isla de Man, a caballo entre lo anómalo y el anacronismo, llamaba la atención. En el caso de Gibraltar, el tajante rechazo de nuestra Federación, sustentado en una negativa al reconocimiento no menos explícita desde la esfera política, distó mucho de arredrarles. Y si los responsables de la UEFA creyeron haber resuelto el caso con su inicial rechazo, tardaron poco en verse obligados a mudar de criterio. Una sentencia del Tribunal de Arbitraje Deportivo fechada en 2011, obligó a que el Comité Ejecutivo de la UEFA, reunido el 1 de octubre de 2012 en San Petersburgo, admitiese a la Asociación de Fútbol de Gibraltar como miembro provisional. Y por fin, el 24 de mayo de 2013, durante el Congreso Anual de la UEFA celebrado en el hotel londinense Grosvenor House, tras quedar garantizado que las selecciones española y gibraltareña no se medirían oficialmente, evitando de ese modo hipotéticos males mayores, Gibraltar se convertía en miembro 54 de pleno derecho, con los votos negativos de dos únicas asociaciones: Bielorrusia y España.

Si bien para cuando todo esto ocurría el balompié “llanito” había contado con la presencia de varios jugadores españoles -Julio Bado, por ejemplo, en el Lynx las campañas 2009-20, 10-11, 11-12 y 12-13; Juanjo Carricondo en el mismo equipo los ejercicios 2009-10 y 10-11, y en el Gibraltar Utd. 2011-12; Rafa Bado también en el Lynx 2010-11, 2011-12 y 12-13- a partir del reconocimiento oficial su número iba a multiplicarse, en cierto modo porque constituir clubes nuevos o revitalizar los ya existentes iba a convertirse en objetivo de no pocos empresarios.

Escudo del Gibraltar Scorpions, modesto aunque ambicioso equipo en la 2ª División gibraltareña.

Escudo del Gibraltar Scorpions, modesto aunque ambicioso equipo en la 2ª División gibraltareña.

Puesto que el campeón podría asomar a la fase previa de la Champions League, e incluso se reservaba otra plaza para las eliminatorias de la Europa League, ¿no habría interesados en invertir?. Por poco dinero, nada en comparación de lo que pudiera suponer el desembarco con conjuntos de nuestra 2ª B, se luciría pecho en el único estadio de la roca. Semejante cuento de la lechera tal vez tuviera un pase, limitado, quizás, a sociedades punteras. Pero estirar el sueño hasta las más pequeñas, tenía su mérito.  Y pequeña erala bautizada como Gibraltar Scorpions, de 2ª División. Con esa idea su directiva contrató a Manuel Crespo, técnico español bastante ducho en la Regional andaluza, y bajo su batuta a catorce futbolistas sevillanos, también de Regional en su mayoría, una pareja de La Línea y 4 ingleses. Eso, al menos, durante la pretemporada, porque a lo largo del ejercicio serían constantes las entradas y salidas, tanto en esta entidad como en otras de su Segunda Liga. Tan obvias resultaban las intenciones en el seno del Scorpions que hasta diseñaron una página web sin imágenes, referencias o presentación de la plantilla, sin seguimiento de la temporada, pero eso sí, con llamadas a invertir en el proyecto.

No deja de resultar curioso que el Gibraltar Scorpions hundiese sus raíces en nuestro futbol. Y es que uno de sus artífices había participado en el modestísimo Calpe F. C., entidad inscrita como Calpe C. F. en la liga local de Estepona. Cuando esta liguilla anunció su extinción, merced a la ayuda de un grupo de gibraltareños el club acabó trasladándose al peñón, para competir en su 2ª Liga a partir de 2010-11, mutado en F. C. De las cenizas de ese Calpe F. C. habría nacido posteriormente el Gibraltar Scorpions.

Preso de parecida fiebre, el campeón vigente, Lincoln Red Imps, aprovechando la simpatía que pudiese haber despertado en la vecina Cádiz tras contratar como entrenador a Raúl Procopio, un antiguo referente amarillo, sacaba carnets de simpatizante al precio de 2 euros. Carnet sin el más mínimo efecto práctico, aunque publicitado por señaladas glorias gaditanas de distinta época, como Sambruno, o el sudamericano Hugo Vaca.

Apenas si se habían estrenado los del peñón en un fútbol con todos los timbres de oficialidad, y ya buscaban convertirlo en negocio.

Tampoco quedaban atrás atendiendo al número de españoles en sus filas el Mons Cape Sports Club, el College Pegasus, o el Gibraltar Phoenix, sociedad ésta que después de ascender a 1ª en 2013-14 y tras una catastrófica temporada entre los mejores, acabaría desmantelando una plantilla bien nutrida de jóvenes andaluces. Y es que la población gibraltareña no daba para alimentar 8 entidades de 1ª División y 14 ó 16 de 2ª. Tocaba, pues, escarbar al otro lado de la verja.

Juanjo Carricondo no quiso que faltase Gibraltar en su amplio currículo por el extranjero.

Juanjo Carricondo no quiso que faltase Gibraltar en su amplio currículo por el extranjero.

Elaborar un catálogo sobre esos españoles en el campeonato del peñón resulta particularmente complejo, primero porque buena parte de ellos apenas si acababa de saltar desde la competición juvenil, y segundo porque en las actas a menudo se altera el orden de los apellidos, o el mismo muchacho es reflejado unas veces por su nombre de pila y otras por uno solo de esos apellidos. Formalizar métodos es simple cuestión de tiempo, y al nuevo Campeonato de Gibraltar aún le queda margen de mejora.

Su Liga, por lo demás, ofrecía aspectos curiosos. Al existir un solo campo en la colonia, todos los clubes debían disputar en él sus partidos. Y tal circunstancia determinaba un campeonato de sesión continua, con fútbol a diario y escaso tirón para el espectador.

De entre los múltiples españoles trotando por ese césped artificial, vayan siquiera unas líneas.

Rafael Bado Blanco, natural de La Línea, militó en Los Barrios, Tesorillo, Xerez B, Los Cortijos y nuevamente Los Barrios, hasta desembocar en Lynx, como ya se ha dicho, la campaña 2010-11. Y en el mismo club sigue, después de vestir la camiseta internacional gibraltareña en 2 oportunidades. Julio Gil Bado, natural de Los Barrios, permaneció en el Lynx hasta 2013-14, enfundándose las elásticas de Glacis United y Manchester United de Gibraltar durante el torneo 2014-15. Juan José Carricondo Pérez (Barcelona 4-V-1977), aventurero irredento, llegó a debutar con el primer equipo del F. C. Barcelona en 1995-96, tras lucirse en 2ª División con su filial. Pero allá por el verano de 1998, viendo que sus posibilidades de ascenso a la primera plantilla se esfumaban, se incorporó al Hearts of Midlottian escocés. Tres campañas más tarde saltaría al Bradford City inglés. Luego una temporada en nuestra 2ª B con el Jaén y nuevo salto a la brumosa Escocia, esta vez integrado en el Inverness y el Hamilton. Puesto que España siempre tira, dibujó un paréntesis con el Granada, Premiá y Mataró, entre 2ª B y 3ª. Y a partir de ahí, con la lengua inglesa bien aprendida, a conocer de primera mano el peñón y su fútbol, según la trayectoria ya descrita. Desde Gibraltar, por fin, a por otra aventura, ahora meridional, buscando los dorados atardeceres chipriotas mientras escanciaba sus últimas gotas de esencia en el Enosis Pitsilia y Aris de Limasol. En total 12 años pateando campos extranjeros.

Sambruno vistiendo la camiseta del san Fernando. Otra escala en Gibraltar, antes de optar por la retirada.

Sambruno vistiendo la camiseta del san Fernando. Otra escala en Gibraltar, antes de optar por la retirada.

El defensa Karim Decxhraoui Piñero (La Línea 30-IV-1992), y por lo tanto español, llegó al Lynx desde la Balompédica Linense, para afrontar el campeonato 2014-15 con la camiseta verde del College Europe.

El algecireño Daniel Ávalos López (28-I-1985), se incorporó al Lynx para este último ejercicio, después de lucir los colores del Orihuela y Los Barrios.

Francisco David González García, “Paquito” para el fútbol (La Línea 4-V-1986) atesoraba dos campañas en la Balona y cinco en Los Barrios cuando durante el pasado verano suscribió la cartulina del Manchester United, vistiendo, por lo tanto, camiseta roja y calzón negro.

Juan Sebastián Pagalajar Valero, “Juanse” (Jaén 19-IV-1989), conoció la Gleen Hoddle Academy jerezana, el Somozas gallego, el Jerez Industrial, el Cádiz , su filial, el San Fernando, Sanluqueño y Xerez, antes de vestirse de verde el pasado mes de agosto, color del College Europe en camiseta y pantalón. Allí, además de al citado Karim, tuvo por compañeros a Carlos Martín Briones, “Charly” (Madrid 18-II-1990),Juan Carlos Delgado Machado “Juanka” (9-X-1995), y Javi Tamayo (Jerez de la Frontera 26-II-1991). “Charly” llegaba después de 3 campeonatos con el Azuqueca, Juanka apenas si había cerrado su etapa junior ya Javi Tamayo simplemente le avalaban cuatro ejercicios en el modesto Guadalcacín. Otros serán sin duda más desconocidos para el aficionado: Gerardo López y Antonio Carmona, llegaron al Gibraltar Phoenix desde la Peña Madridista juvenil. Dani Lorenzo, en el mismo Phoenix, lucía historial con Los Cortijillos y Atlético Pastores. Diego Pacheco (6-IX-1996) aterrizó en el Britania desde el Algeciras cadete, Sergio Méndez (1-XII-1995) en el Glacis United desde el San Estanislao juvenil, y tanto Antonio Jiménez (28-II-1996) como David Rodríguez García, alias “Manteca” (13-I-1994) e Hilario Carretero (10-IV-1995), todos en el Europa Point desde el Taranguilla juvenil. Edén Villegas (12-VIII-1992) había tenido tiempo de moverse por el Algeciras y San Roque gaditano antes de recalar en el mismo Europa Point. Y sus compañeros de vestuario José Carlos Costa o Chema Arana Triviño también lo hicieronen el Algeciras y su filial -José Carlos-, o San Roque, Algeciras B y Montellano, por cuanto respecta a Chema. El portero José García (12-VIII-1995) llegaba a la misma entidad desde el Tarifa cadete, Richard Rico, con quien debía competir bajo el marco, desde la Balona B, y Manuel Alejandro Muiños “Mawi” (12-XI-1993) natural de La Línea, se forjó como medio centro en el Atlético Zabal juvenil. El central Antonio Sambruno, en cambio, gaditano a quien nuestra 2ª B se le quedaba pequeña hace unas cuantas temporadas y sólo la inoportunidad de varias lesiones impidió brillar más alto, era todo un histórico del bronce cuando con la temporada en marcha se le hizo hueco en el Lincoln Red Imps. Juan Manuel Balsalobre, en fin, “Titi” al vestir de corto (Los Alcázares 1993), ingresó en el St. Joseph´s desde el Algar, filial del Cartagena, aunque antes hubiese actuado durante dos campañas en el Horadada.

El Victoria Stadium, único campo gibraltareño y por lo tanto escenario de todos los partidos.

El Victoria Stadium, único campo gibraltareño y por lo tanto escenario de todos los partidos.

Perfil modesto, como puede apreciarse. En sintonía con un campeonato empeñado en ir creciendo y que, a no dudar, va a saber de muchos, pero que muchos españoles.

Sirva como argumento la relación de jóvenes compatriotas y sudamericanos “españolizados” por nuestro fútbol, presentes en el campeonato gibraltareño 2014-15.

JUGADOR

CLUB

Moreno Gómez Angels F. C.
Villada Morente Angels F. C.
Palomino Argüez Angels F. C.
Serrano Valdivia Angels F. C.
Lara De la Chica Angels F. C.
Chozas Hermoso Angels F. C.
Pino Moreno Angels F. C.
Diego Pacheco Expósito F. C. Britania
Fernando Cuesta F. C. Britania
Iglesias Franco Cannons F. C.
Fernández Gil Cannons F. C.
Navarro Figueroa Cannons F. C.
Gómez Cannons F. C.
Pons Cannons F. C.
De la Rosa Cannons F. C.
Castillo Cannons F. C.
Torres Rodríguez Cannons F. C.
Juanse Pagalajar College Europa
Juan Diego Molina College Europa
Pedro Soto College Europa
Karim Piñero College Europa
J. Carlos “Juanka” Delgado College Europa
Ramón Saavedra College Europa
Javi Tamayo College Europa
Craly Martín College Europa
Guzmán College Pegasus
González Guerrero College Pegasus
Callejón Lucena College Pegasus
Aparicio Fernández College Pegasus
Escobar Soler College Pegasus
Zurera College Pegasus
Franco College Pegasus
Camacho Campos College Pegasus
Durán Aparicio College Pegasus
Ávila Rambla College Pegasus
Pérez Ruiz College Pegasus
Álvarez Belsue College Pegasus
Sergio Méndez Glacis United
Julio Bado * Glacis United
López Rico Gibraltar Phonix
Daniel Lorenzo Cabeza Gibraltar Phonix
Adán Sánchez Lobato Gibraltar Phonix
Luis Silva Cortés Gibraltar Phonix
Triguero López Gibraltar Phonix
Emilio Crespo Herrera Gibraltar Phonix
Juan Fco. Sánchez Tinajero Gibraltar Phonix
Rocha Triguero Gibraltar Phonix
Fernández Heredia Gibraltar Phonix
Domínguez Rodríguez Gibraltar Phonix
Gerardo Rico López Gibraltar Phonix
Antonio Carmona Fernández Gibraltar Phonix
Cristian Saban Gibraltar Phonix
Carlos Juan Blázquez Benítez Gibraltar Phonix
Daniel Blázquez Benítez Gibraltar Phonix
Delgado Gibraltar Scorpions
Romero Palacios Gibraltar Scorpions
A. Pérez Jiménez Gibraltar Scorpions
Andrades Pérez Gibraltar Scorpions
Úbeda Navarro Gibraltar Scorpions
Salazar Oliva Gibraltar Scorpions
Gil Espinar Gibraltar Scorpions
Medina Mazo Gibraltar Scorpions
Terol Pedrero Gibraltar Scorpions
Pérez Marrufo Gibraltar Scorpions
Luna Corona Gibraltar Scorpions
Romero Pérez Gibraltar Scorpions
Romero Gordillo Gibraltar Scorpions
Durán Aparicio Gibraltar Scorpions
Gómez Reinaldo Gibraltar Scorpions
Bernal Cabeza Gibraltar Scorpions
Morán Camacho Gibraltar Scorpions
Ruiz Gibraltar Scorpions
Gordillo de Lope Gibraltar Scorpions
Borda Gibraltar Scorpions
Luque Bernal Gibraltar Scorpions
Adrián López Gibraltar United
Gracia Gibraltar United
A. Collado Gibraltar United
Víctor Gibraltar United
Villalta Gibraltar United
J. Collado Gibraltar United
Mejías Garnica Hunds Dogs
Robles Puertas Hunds Dogs
Gutiérrez Millán Leo F. C.
Rubio Olmo Leo F. C.
Fernández López Leo F. C.
Antonio Sambruno Lincoln Red Imps
Adán Guerrero Lions Gibraltar
Israel Castillo Lions Gibraltar
Salva Vallejo Lions Gibraltar
Dani Ávalos Lynx F. C
Sergio Gines Lynx F. C
Rafa Bado Lynx F. C.
Calvente Tomé Magpies F. C. B
Rojas Victoria Magpies F. C. B
Calvente Rivas Magpies F. C. B
Rivas Ortiz Magpies F. C. B
Estiven Morente Manchester United 62
Kevin Martínez Manchester United 62
Paquito González Manchester United 62
Julio Bado * Manchester United 62
Álvaro Navarro Manchester United 62
Sergio Gines Manchester United 62
Márquez Escavia Mons Cape Sports
González González Mons Cape Sports
Lupiánez Ocaña Mons Cape Sports
Vázquez González Mons Cape Sports
García Postigo Mons Cape Sports
Ardanaz García Mons Cape Sports
Gil Muñoz Mons Cape Sports
Sánchez Rodríguez Mons Cape Sports
Fernando Aguilera Mons Cape Sports
Bravo García Mons Cape Sports
Arcángel Galán Mons Cape Sports
Rojas Carrión Mons Cape Sports
López Blázquez * Mons Cape Sports
Ruiz López Mons Cape Sports
Careto Puerta Mons Cape Sports
Ruiz Gil Mons Cape Sports
Pérez Castillo Mons Cape Sports
Castillo Rafoso Mons Cape Sports
López Blázquez * Olympique Gibraltar
López López Olympique Gibraltar
Arenilla Salazar Olympique Gibraltar
Cardona Olympique Gibraltar
Pardo Olympique Gibraltar
Muñoz Ruiz Olympique Gibraltar
Linares Olympique Gibraltar
Olmo Pacheco Olympique Gibraltar
Torres Olympique Gibraltar
Busto Red Impuls F. C.
Ruiz Red Impuls F. C.
Hurtado Red Impuls F. C.
Collado Red Impuls F. C.
Oliva Red Impuls F. C.
Carlos Méndez St. Joseph´s

NOTA.- (*) Jugadores que cambiaron de club en Gibraltar durante la temporada 2014-15

Entrenadores españoles en la liga 2014-15

TÉCNICO

CLUB

Manuel Crespo Gibraltar Scorpions
José Requena College Europa
Raúl Procopio Lincoln Red Imps
Guillermo de Castro Lincoln R. I. (prep. físico)

Partido entre el Lincoln Red Imps. y el College Europa, a la vera del peñón.

Partido entre el Lincoln Red Imps. y el College Europa, a la vera del peñón.

Lo más llamativo del campeonato gibraltareño y su Federación es que mientras la FIFA no cambie sus actuales criterios, esto es admitir tan sólo territorios reconocidos por la Organización de Naciones Unidas, este deporte y su ente regulador quedarán sin acomodo en el máximo organismo mundial. Gibraltar, estatutariamente una colonia, tendría que acceder antes a la independencia. Y eso, hoy día, se antoja improbable.

OBSERVACIÓN: Descubrir el paso de futbolistas españoles por Gibraltar es especialmente dificultoso. Como entendemos, no obstante, que debe ser escrita esa página todavía en blanco, sirva este foro para solicitar cualquier información, pista o ayuda. Quienes conozcan rastros, nombres o trayectorias de jugadores españoles en Gibraltar, cualquiera que sea la época, o de gibraltareños por nuestros campos, rogamos contacten con CIHEFE, transmitiendo su aportación a:

cihefe@cihefe.es

De antemano, nuestra profunda gratitud.