Nueva aportación sobre la espantada española ante la URSS, en la Primera Eurocopa

Registro documental estampillado en su día como “Muy Reservado” por el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Tras publicarse el artículo “…Y España dio la espantada”, donde se daba cuenta de la deserción deportiva del equipo nacional para no enfrentarse a la Unión Soviética, Antonio Arias, cuya eficacia en el rastreo de documentación compleja ya se alabó en ocasiones precedentes, nos hizo llegar una valiosa correspondencia tipificada en su día por el Gabinete Diplomático como “MUY RESERVADA”, cuyo original se encuentra en la Fundación Francisco Franco. Se fechó el 13 de noviembre de 1959, y a su luz surgen respuestas sobre una cuestión tan opaca como para que, aún hoy, tamaño desplante siga preñado de puntos oscuros.

Corresponde a la carta dirigida por el presidente de la Federación Española de Fútbol, Alfonso de la Fuente Chaos, a su amigo y camarada Fernando Mª Castiella, Ministro de Asuntos Exteriores y uno de los hombres más influyentes entre cuantos componían aquel gobierno. Para mayor comodidad lectora, transcribimos su contenido:

“EL PRESIDENTE DE LA

REAL FEDERACIÓN ESPAÑOLA DE FÚTBOL”

Madrid, 13 de noviembre de 1959

Excmo. Sr. D. Fernando Mª Castiella

Ministerio de Asuntos Exteriores

MADRID

Mi Querido amigo:

De acuerdo con nuestra conversación, en la reunión internacional hice la propuesta de que se jugara el encuentro Rusia-España en terreno neutral, que fue totalmente rechazada. Entonces, y también de acuerdo contigo, les dije que España puede ir a Rusia, pero que el partido de vuelta se jugaría posiblemente fuera de España, y rogué a los representantes de la U.E.F.A. que apoyasen esta petición, mostrando la buena voluntad de España.

He encontrado algunos representantes predispuestos a defender esta postura pero, en seguida, me hicieron saber que Rusia manejaba, desde un punto de vista político, su posición reglamentaria y la indisciplina de España frente a los reglamentos internacionales.

También me dijeron que podía llegar, incluso, a proponer nuestra eliminación, no ya de estos campeonatos de la Copa de Europa de Naciones, sino de los Campeonatos del Mundo en Chile, y esto sería catastrófico toda vez que hemos logrado una situación privilegiada, apoyados por todas las naciones que desean fervientemente, y en primer término, que se encuentre España en aquellos campeonatos.

Estas noticias no las conoce miembro alguno de la Federación porque lo he llevado en secreto y, por ello, te pido con todo cariño y afecto que nos ayudes, porque sería muy lamentable entre las naciones Hispanoamericanas nuestra eliminación por incumplir los reglamentos internacionales.

Piensa si cabe, todavía, la oportunidad de que el partido de vuelta se juegue aquí, en las condiciones que tú creas más propicias; a puerta cerrada, dándote las cien mil entradas para que las distribuyas como creas más conveniente; si en tu gestión puede ayudarte y crees preciso que juntos veamos a S. E., me tienes a tu disposición.

Te repito que te pido esto con todo el afecto y la amistad sincera que te profeso, porque creo que sería un gran triunfo para ti y para España, y que no ignorando el problema espiritual que se te plantea, precisamente un perdón cristiano y una clara comprensión serían un buen complemento a tus triunfos recientes en Alemania, y de la paz en los Pirineos.

Espero tus noticias porque estamos convocados para otra reunión internacional en París, antes de dar ya la fecha oficial.

Yo sigo defendiendo, hasta conocer tu última decisión, que España irá a Rusia, pero que la vuelta muy posiblemente será en una nación neutral, aunque me agradaría muchísimo que nos ayudaras y que fuera en España.

Un fuerte abrazo de tu buen amigo.

Alfonso de la Fuente”

 13 de noviembre de 1959. Transcurridos 360 días de silencio oficial, motivado por la nota del Delegado Nacional de Deportes, Elola-Olaso, ordenando la no participación en aquella naciente Copa Europea de Selecciones, conforme a lo dispuesto desde la “superioridad”. Y justo un mes antes de que el presidente federativo se entrevistase en París con su homónimo soviético, levantado ya el veto desde esa misma “superioridad”. Seguimos sin conocer pormenores acerca de tan ardua y procelosa tarea entre bastidores, pero el nuevo documento nos ilumina sobre la identidad del gran avalista para Alfonso de la Fuente, en su empeño por medirse ante la URSS en un campo de fútbol: el ministro de Exteriores Fernando Mª Castiella, hombre del Régimen, obviamente, aunque partidario de una mayor apertura exterior, en consonancia con cuanto desde un área fundamentalmente económica postulaba la tecnocracia del Opus Dei.

Página 1ª del escrito remitido al Ministro de Exteriores por el presidente federativo.

Esta carta, también, pone el dedo en la llaga más supurante de aquel franquismo todavía reacio a pasar página. Lo intolerable no era que una representación española viajase a Moscú para poner en juego el honor patrio, sino que los soviéticos pudieran pisar nuestro suelo, o atronase desde los altavoces del estadio Santiago Bernabéu el himno comunista. Algunos no habían librado una guerra tan cruenta para consentir tamaña vejación, veintiún años después de celebrar su victoria. Una cosa era abogar por la reconciliación interior, y otra bien distinta consentir que la “bicha” reptase impunemente por la Gran Vía, como se llegó a pespuntear desde Radio España Independiente, Estación Pirenaica, cuya redacción y micrófonos estaban mucho más cerca del macizo cárpata que de los picos Aneto, Maladeta o Monte Perdido.

2ª página, con firma autógrafa de Alfonso de la Fuente Chaos.

Frente al bilbaíno Castiella y el madrileño De la Fuente Chaos, se alineaban, como si de otra competición se tratase, aunque ésta de índole política, José Solís Ruiz, a la sazón ministro-secretario nacional del Movimiento, o más brevemente, secretario nacional de Falange Española, de quien dependía la Delegación Nacional de Educación Física y Deportes detentada por Elola-Olaso; Camilo Alonso Vega, militar de la línea más dura y Ministro de Gobernación, lo que luego sería de Interior; Luis Carrero Blanco, siempre fiel a su Caudillo y auténtico presidente del gobierno en la sombra, por más que fuera sólo Ministro Subsecretario de la Presidencia del Gobierno.  Y ya más atrás, puesto que le privaban de brillo su carácter frailuno y timorato, el ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias-Salgado, imbuido por el mesiánico deber de salvar el alma de los españoles, incluso a despecho de sí mismos, tan encastillado en la idea de que la revolución bolchevique no era sino avanzadilla del Anticristo. Más en segundo plano, algún otro hombre oscuro, pero con poder, como Carlos Arias Navarro, Director General de Seguridad, que ni se tomó la molestia de responder a la solicitud federativa de tramitar documentaciones para Moscú. Obviamente, mal podía facilitar trámites de viaje quien era partidario de que éste no tuviese lugar. Demasiados obstáculos. Por ello, sin duda, De la Fuente Chaos, hombre culto, resolutivo y perspicaz, conforme habría de acreditar durante su fecunda vida profesional, se permitía el lujo de apuntar hacia el órdago, acompañado al ministro de Exteriores en una hipotética visita a Francisco Franco, quizás el más reacio a compartir palco con representantes oficiales de la Unión Soviética. Él tampoco había ganado una guerra para esto, como solían argumentar los camisas viejas falangistas ante la primera contrariedad o tropiezo.

Sorprende que la UEFA se hincase aparentemente de rodillas ante la apisonadora soviética, máxime cuando aquella primera edición europea quedó tan descafeinada por la deserción del más potente fútbol occidental. ¿Tanto les costaba entender que la nueva competición podía extinguirse en la cuna, víctima de muerte súbita? Tras la colonización que del fútbol olímpico hiciesen los países agrupados en el Telón de Acero, sólo faltaba que la Copa Europea de las Naciones se convirtiera una especie de torneo para la Europa Oriental. Menos llamativa resulta la reserva del máximo mandatario federativo: “Estas noticias no las conoce miembro alguno de la Federación, porque lo he llevado en secreto”. No ya funcionarios, sino los directivos del ente y la propia asesoría jurídica vivían ayunos sobre cuanto se gestaba bajo los manteles. Una confesa deslealtad institucional, que explica cómo la prensa extranjera advirtió tan tarde el definitivo bandazo español, una vez hecho efectivo. Y por supuesto, la ausencia de filtraciones. Cerrar el grifo informativo era fácil a este lado de los Pirineos. Para eso contaba Arias-Salgado con un ministerio, una ley de censura y enjambres de lectores revisando galeradas. Pero en Francia, Inglaterra, Suecia, Bélgica o Italia, la prensa, si no libre del todo -probablemente no lo haya sido nunca en términos absolutos- se engalanaba con ropaje de “cuarto poder”.  

Las invocaciones al “perdón cristiano” y al “problema espiritual que se te plantea”, constituyen todo un aldabonazo dirigido a quien fuere entusiasta propagandista católico en tiempos juveniles, como veremos luego, o al divisionario azul, catedrático Castiella. Aunque igualmente cabían como apelación a Gabriel Arias-Salgado, libre de verse caricaturizado con un hisopo en la mano, revestido de escapularios y en perpetua genuflexión, tan sólo porque la caricatura política estuvo “desaconsejada” hasta la transición. Por otro lado, la propuesta de disputar el partido en Madrid, a puerta cerrada, no deja de tener cierto tufillo a trampa. Eso sí constituiría una inapelable victoria de los soviets, cualquiera que fuesen los guarismos del marcador tras el pitido final. ¿Honores de campo vacío al comunismo, en pleno paseo de La Castellana? ¿Hurtar a la afición semejante efeméride? Peor, muchísimo peor el remedio, sin duda, que la mismísima enfermedad. Posiblemente el responsable federativo tratara de forzar una elección entre lo malo y lo muchísimo peor. Respecto a la posibilidad de llenar el graderío con un público “de confianza”, predispuesto a ejercer de “clac”, existían precedentes. Cuando en 1943 se sancionasen tan duramente las incidencias de aquel choque copero entre Real Madrid y Barcelona, se dijo, con carácter de sentencia, que el monto de las sanciones tendría por destino la adquisición de boletos a distribuir entre organizaciones juveniles falangistas “por ser ellas claro exponente de virtudes deportivas, y para que su buen ejemplo cunda en este tipo de manifestaciones”. Alfonso de la Fuente sin duda pensaba en grupos de coros y danzas, caballeros mutilados, hermandades de alféreces provisionales, excombatientes o funcionarios de probada afección, para poblar las 100.000 localidades. Todo un comité de “bienvenida” poco benevolente con los soviéticos, al gusto de quienes más palos pudieran estar colocando en las ruedas federativas.

Sabemos de sobra cómo terminaron las cosas para la UEFA, derrotada ya nuestra Federación en su pulso. Con una pública confesión de impotencia; una soberana humillación. Lo imposible durante meses, de pronoto era abrazado como alternativa factible. “Estudien seriamente su disponibilidad a enfrentarse al equipo de la URSS en campo neutral, sea en partidos de ida y vuelta, o soló de ida, jugándose la vuelta en Madrid”, recogió el telegrama dirigido a la FEF desde Berna, en su directa traducción del francés. ¿La URSS en Madrid? Bien parece que no entendieron nada. A la luz de esta nueva prueba epistolar, resulta obvio que incluso los más viscerales anticomunistas del gobierno daban por asumible la visita a Moscú. Aquella espantada a última hora tan sólo cabría explicarse ante la negativa del órgano supranacional, o de la propia URSS, a contender durante el choque de vuelta en terreno neutral. Esa orden definitiva de retirada a cuarteles, convirtiendo en papel mojado los esfuerzos de Castiella y De la Fuente Chaos, únicamente pudo emanar del mismísimo Franco. Hombre indeciso, timorato, según sus biógrafos, pero incapaz de moverse un centímetro después de tomar cualquier determinación. Aquel que trece años antes, en plena retirada de embajadores y con las puertas de la ONU cerradas a cal y canto, asegurase en pleno delirio desde un balcón en la plaza de oriente, “tener a Europa cogida por los pies”, había decidido escarmentar a la Unión Soviética. En los despachos de la UEFA continuaban sin enterarse de que Franco no estaba listo, por el momento, para escuchar en su propia casa los compases de la Internacional.

Cuatro años después, sí se avino a hacerlo. Con John F. Kennedy en la Casa Blanca de Washington habían cambiado muchas cosas, y a toda velocidad. La Guerra Fría iba a seguir congelando aún las relaciones internacionales, pero el abismo económico y de influencia política entre occidente y Moscú, se ensanchaba cada minuto en contra del Kremlin. Kruschev, un día, perdió los papeles a zapatazo limpio en el salón de plenos de las Naciones Unidas. Luego su país también acabó perdiendo la carrera espacial, por más que partiese con ventaja. Y España habría de celebrar su primer título futbolístico absoluto, nada menos que en el estadio Bernabéu, al derrotar a la Unión Soviética.

Este capítulo de nuestra historia balompédica quedaría incompleto sin una semblanza de quienes más lucharon para distender las relaciones entre Madrid y Moscú, durante 1958, 59 y 1960. Los que, bien mirado, pusieran la primera piedra del posterior éxito deportivo continental. Sin su fracaso, pespunteado de pequeñas e insuficientes victorias, el inmovilismo característico de ciertas facciones abrazadas a Francisco Franco hubiese continuado incólume. Porque a veces incluso un fracaso arrastra corrientes de aire fresco a los rincones más polvorientos.

Fernando Mª Castiella con John F. Kennedy en el despacho oval de la Casa Blanca.

Fernando María Castiella y Maiz (Bilbao 9-XII-1907 – Madrid 25-XI-1976), fue además de diplomático y político durante el periodo dictatorial, catedrático de Derecho Internacional, experto en relaciones exteriores, o miembro del Tribunal Permanente de Arbitraje Internacional en La Haya, desde 1939 hasta su fallecimiento. Sus ideas aperturistas chocaron más de una vez con significados franquistas, como el propio Luis Carrero Blanco, mano derecha de Francisco Franco, por cuestiones como la libertad religiosa o el proceso descolonizador de Guinea, Río Muni, Corisco y los dos Elobey. Varios éxitos incuestionables, “sin precedentes”, por emplear la hueca elocuencia de esa época, como el ingreso de España en el Fondo Monetario Internacional o la OCDE, así como la solicitud de ingreso en la Comunidad Económica Europea (1962), habrían de mantenerlo al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores desde 1957 hasta 1969.

Hijo de un oftalmólogo y de una texana proveniente de la emigración vasca a Nueva Orleans, culminó el bachillerato con matrícula de honor en todas las asignaturas. Inscrito luego en el jesuítico Centro de Estudios Superiores, futura Universidad de Deusto, se examinó como alumno libre en las Universidades de Valladolid, Zaragoza y Madrid. Tras obtener una beca ampliaría estudios en París durante dos años, y a renglón seguido, a partir de 1933, pudo especializarse en Derecho Internacional a caballo entre las facultades de Ginebra, La Haya y Cambridge. Durante ese periodo se vio envuelto, junto con otros militantes de inspiración católica, en un oscuro asunto de contrabando armamentístico desde Saint Jean de Lux, resuelto con traslado a Bilbao y apertura de expediente policial como conspirador antirrepublicano. Profesor ayudante en las materias de Derecho Público e Internacional, tras un año ejerciendo la docencia obtuvo el doctorado por la Universidad de Madrid. Y antes de concluir 1935 tendría ocasión de festejar su plaza como catedrático en la Universidad tinerfeña de La Laguna, por concurso-oposición.

Tanta brillantez estudiantil y docente no habría de impedirle una febril actividad paralela. Vicepresidente de la Confederación de Estudiantes Católicos y redactor en el “El Debate” -cabecera de la Asociación de Propagandistas Católicos- hasta dirigir la sección de política exterior, en abril de 1931 sería detenido como miembro de la Juventud Monárquica de Bilbao, para pasar algunos meses en la cárcel de San Sebastián. Como la Guerra Civil lo sorprendiese en Madrid, tuvo que permanecer oculto. Consta, por ejemplo, que durante la segunda mitad del año 1937 logró acogerse en la embajada noruega, y que finalizando febrero de 1939 pudo pasar a la zona de control franquista, donde rápidamente habría de ser designado oficial del cuerpo jurídico militar. A raíz de crearse el Instituto de Estudios Políticos (setiembre de 1939), le sería otorgada la sección de Relaciones Internacionales. Y ya en 1941, como coautor junto a José Mª de Areilza de una hoja de ruta para el naciente Régimen titulada “Reivindicaciones de España”, recibió el Premio Nacional de Literatura Francisco Franco dotado con 10.000 ptas. cifra nada desdeñable para un país hambriento y ruinoso. En dicha obra se anticipaban los ejes fundamentales de su posterior actividad personal y profesional: Recuperación de Gibraltar, y expansionismo imperialista por el Norte africano, punto, este último, sobre el que acabaría viendo una luz nueva con el paso del tiempo, siendo muy censurada su caída del caballo con respecto a la descolonización de Guinea desde reductos ideológicamente fundamentalistas.

Combatiente con la División Azul, lo hizo como soldado raso, renunciando al rango de capitán que sus estudios le conferían. Además de luchar en primera línea, fue enlace en moto y encargado de transmisiones, hasta su retorno en 1942. Rápidamente “heredó” el rango de delegado en el Servicio Exterior de Falange, que detentara Felipe Ximénez de Sandoval, depuesto tras una sonora trifulca con devotos monárquicos, trufada de acusaciones sobre su teórica homosexualidad. Sólo era cuestión de tiempo el salto a la gran política, y este llegaría tras ejercer la dirección del Instituto de Estudios Políticos, el decanato en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, e intervenir destacadamente en la conformación y articulado del Fuero de los Españoles, ley aprobada en 1945. Le esperaban la embajada en Perú (1948-51), desde donde pudo reconducir unas relaciones por demás deterioradas, hasta obtener el voto favorable del país andino a la solicitud española de ingreso en las Naciones Unidas. Y desde Lima a Roma, reemplazando al demócrata-cristiano Joaquín Ruiz Jiménez en la embajada vaticana, para culminar el hoy tan en solfa Concordato entre nuestro Estado y la Santa Sede, del que continúan derivándose privilegios para la confesión católica harto cuestionables. Un alto precio a cambio de allanar la aceptación internacional a Franco y su perpetuación en el poder.       

A los éxitos ya enumerados como ministro de Asuntos Exteriores, habría que añadir la admisión de España como estado miembro del Banco Internacional de Fomento y Reconstrucción, o los acuerdos de doble nacionalidad establecidos con países de Hispanoamérica, comenzando por Chile, que en lo puramente futbolístico habría de favorecer a tantos jugadores de la otra costa oceánica. Tampoco fueron fáciles sus encuentros con el presidente galo Charles De Gaulle o su ministro de Exteriores, Couve de Murville, al conmemorarse el tricentenario del Tratado de los Pirineos (al que se alude en la carta de Alfonso de la Fuente), resueltos con mejoras sustanciales en la interrelación de dos vecinos entonces poco avenidos. Más réditos de imagen le reportó, justo es decirlo, la visita de Eisenhower a España en diciembre de 1959, cuando los Estados Unidos constituían modelo a imitar y envidia de tantísimos españoles.

Entre sus derrotas más amargas estaría el armisticio con Marruecos para la paz en Ifni (abril de 1958), donde nuestro país renunciaba al Cabo Juby, a cambio de conservar un territorio semidesértico del que también acabó apoderándose la monarquía alauita, corrido el tiempo. Y por supuesto el fracaso en las aproximaciones a Inglaterra, lastradas por el contencioso de Gibraltar, -cierre de la verja incluido, y desidia en la pretendida industrialización del territorio adyacente- así como por la mala imagen que como coautor de las “Reivindicaciones de España” seguía teniendo en el Foreign Office, desde donde aquel libro mereció la consideración de “ofensivo”. Otra derrota inicial, la relacionada a su impulso a la libertad religiosa, cuya consecuencia se tradujo en declarada enemistad personal de Carrero Blanco y los recelos suspicaces del propio Franco, acabaría convirtiéndose en relativa victoria. Porque si bien le sería rechazado el proyecto de ley sobre la “Condición jurídica de las confesiones católicas en España” (setiembre de 1964), tres años después logró incluir el concepto de “libertad religiosa” en la modificación del Fuero de los Españoles, sustituyendo la anterior y no siempre bien atendida “tolerancia de cultos”.

La crisis de gobierno ocasionada por el “Caso Matesa”, monumental estafa con ayudas gubernamentales a la exportación como gran objetivo, orquestada por el presidente del R.C.D. Español de Barcelona, Vilá Reyes, apoyándose en ministros del Opus Dei, señaló el término de sus días en Exteriores. Regresó entonces a su cátedra universitaria, puesto que simultaneó con una consejería en el Banco Hispano Americano, luego asociado con el Central y finalmente absorbido por el Santander. Académico de Ciencias Morales y Políticas, expiró como consecuencia de un infarto en el ascensor de la entidad financiera cuando iba a asistir a una votación del Consejo. Entre los reconocimientos de que gozase en vida destacan la cruz de Honor de la Orden de San Raimundo de Peñafort, la Gran Cruz de Isabel La Católica, las de la Orden de Carlos III, Santiago de la Espada, del Mérito Militar, la de Cisneros o al Mérito Naval con distintivo blanco.

Aunque sus biógrafos nunca lo consignaron, durante varios meses a lo largo de 1958 y 1959, conspiró junto a De la Fuente Chaos para que nuestra selección nacional se enfrentase a la soviética, en aras de una distensión y modernidad sociopolítica quizás precipitada, vista con la imprescindible perspectiva, pero muy en consonancia con su credo más profundo.

Alfonso de la Fuente Chaos, médico prestigioso con paso por la FEF y la política nacional del periodo franquista.

Alfonso de la Fuente Chaos (Madrid 18-VII-1908 – 3-XI-1988), detentó la presidencia federativa durante el intervalo 1956-1960, periodo breve comparado con los largos mandatos de Pablo Porta o Ángel Mª Villar. Pero a diferencia de ellos no fue tan sólo un hombre de fútbol, sino personaje reputado en lo profesional e influyente en lo político. Cirujano prestigioso, catedrático de Patología y Clínica Quirúrgica en la Universidad de Valencia desde 1944, y Madrid a partir del 48, compatibilizó dicha actividad con la dirección del Instituto Nacional de Medicina, Higiene y seguridad del Trabajo entre 1946 y 1961. Presidente de los Colegios Oficiales de Médicos en España durante 13 años, así como de la Previsión Sanitaria Nacional, formó parte de la Real Academia Nacional de Medicina e instituyó el Seguro Obligatorio de Enfermedad, antecesor de la Seguridad Social, bajo el paraguas de Girón de Velasco, falangista fidelísimo a Franco y en su senectud titular de amplias propiedades en la Costa del Sol.

Como político fue Consejero Nacional por designación directa de Francisco Franco y Procurador en Cortes durante diez legislaturas, o lo que es igual, desde 1943 hasta 1977. En sus abundantes trabajos editoriales cabe encontrar distintas visiones relacionadas con la Medicina. Desde la más pegada a los axiomas iniciales del Régimen (“Los valores morales del Nacional-Sindicalismo y su relación con el ejercicio de la medicina legal”, 1942), hasta referentes para estudiosos de la historia médica durante el periodo autárquico (“Estado actual de la cirugía de los quistes hidatídicos de pulmón”, 1954), el análisis docente (“Los grandes problemas de la medicina actual: reforma de la enseñanza médica, plétora profesional, socialización de la medicina”, 1958), manuales de amplia circulación (“Patología quirúrgica” o “La bioterapia en cirugía”), y un pespunte de extensión universal de la medicina, como derecho social (“La medicina del trabajo, concepto y actualidad”, o “Socialización de la Medicina”). Todo ello sin olvidar su faceta editora de revistas especializadas (“Ser”), o su dirección editorial (“Cirugía”, o “Medicina y Seguridad del Trabajo”).

Como su amigo Castiella, también sería objeto de distintos homenajes y honores, recibiendo, entre otras, la Encomienda con Placa de Cisneros, y la de Isabel La Católica, el nombramiento de Gran Oficial de la Orden Internacional de la Legión de Honor de la Inmaculada, o la elección como miembro del “Internacional Board of Governors”. Nada de todo ello, sin embargo, fue suficiente para mantenerse al frente de la Federación Española de Fútbol, órgano a donde llegara rebosante de ilusión y con ganas de batirse el cobre. Su libérrima actuación respecto a la puesta en marcha de la Copa Europea de Las Naciones, sus denodados intentos por sortear, evadir o modificar posturas de la “superioridad”, y su conspiración con el ministro de Asuntos Exteriores, aunque ello implicara indisponerse con algunos “guardianes del Santo Grial”, acabarían segándole la hierba bajo los pies. En 1960, los versos sueltos con rima propia no estaban bien vistos. Y aquel campeonato donde soñara ver un enfrentamiento entre España y la URSS constituyó su tumba deportiva.

No parece descabellado suponer, en cualquier caso, que suyo sería uno de los más claros gritos de júbilo cuando cuatro años después, en el estadio Santiago Bernabéu, sendos goles de “Chus” Pereda y Marcelino bastasen para doblegar a “La Araña Negra” y el conjunto soviético.




Esa irreal “normalidad”

Recientemente ha recogido Antonio Arias en su interesante blog “Saltataulells.com”, los incidentes acaecidos durante la disputa de un choque entre Deportivo Alavés y Athletic Club bilbaíno, correspondiente al torneo de Copa (mayo de 1940), y su posterior tratamiento, mediante recurso al Gobernador Civil de la Provincia, como fórmula para evitar una sanción federativa previsiblemente dura. Si bien el lector curioso podrá acceder a una exposición más detallada en la dirección descrita, vaya un leve pespunte aclaratorio.

Deportivo Alavés y Athletic dirimían su partido de ida correspondiente a Dieciseisavos de Copa, bajo la dirección del árbitro Ostalé Gómez. La contundencia del resultado final (0-6) difícilmente podría justificar incidentes tan serios como los denunciados por el trencilla, con el refrendo de la Federación Guipuzcoana(*), es de suponer que mediante aval de su delegado. Ostalé habría sido objeto de “insultos groseros y apedreamiento” en distintos lances del juego, saliendo bien librado tan sólo ante la mala puntería de sus agresores. A requerimiento de la directiva alavesa, el Gobernador Civil reclamó al jefe de la fuerza pública destacada en Mendizorroza, un informe sucinto sobre lo realmente acontecido. Y éste no sólo dejaba por mentiroso al colegiado, sino como cómplice, fuere por pura estulticia o mala fe, a la propia Federación Guipuzcoana: “Sólo hubo insultos de palabra, no lanzamiento de piedras u objetos al árbitro. Éstos insultos estuvieron motivados por las decisiones arbitrales, favorables al Athletic en opinión de los aficionados”.

Hasta ahí, un contencioso más de los muchos que el fútbol ha vivido y presumiblemente le será dado encarar. Uno, y eso lo hace diferente, acaecido apenas doce meses después de finalizar la Guerra Civil, cuando el recuerdo de la reciente barbarie permanecía fresco, las heridas supuraban aún, y cualquier chispazo, fruto de la rivalidad deportiva, podía avivar el rescoldo de odios no tan antiguos, ni siquiera a medio apagar. Un riesgo que los jerarcas del Régimen trataron de evitar mediante la imposición de adeptos en cada directiva -militares, muchos de ellos-, purgando listados sociales, convirtiendo en obligatorio el saludo a la romana de ambas formaciones desde el centro del campo, y retirando de la circulación temporalmente a un buen puñado de futbolistas con pasado “rojo”. Pese a ello, el fútbol no dejaba de representar un riesgo de conflicto social, con posibles derivaciones políticas, que la facción victoriosa hubo de aceptar como mal menor, ante las ventajas que de él igualmente podía extraer. La primera, esa sensación de normalidad derivada de la reapertura de estadios y el reinicio deportivo. Vendría bien que la gente se desahogara, concentrando su frustración en adversarios sin adscripción política. Que la ciudadanía pensase en los partidos de cada domingo y no tanto en su difícil subsistencia. Que los devotos a cualquier equipo sustituyesen cuanto antes tanta y tan desaforada como reciente pasión revolucionaria. Mejor gritar “¡Aupa Athletic!”, o “¡Barça, Barça!”, que “¡No pasarán!”, entonar cantos de ánimo en vez de “La Internacional”, el himno requeté, con su invocación al rey, tras Dios y la Patria, o el amplio repertorio de llamamientos a resistir en las casamatas. Aquel régimen, como cualquier otro regado con sangre, sólo podía enraizar tras una apariencia de normalidad.

“Se reanudó el Campeonato de Liga con absoluta normalidad”, titularon algunos diarios sus primeras crónicas futbolísticas posbélicas. Normalidad tan falsa e irreal como la de este tiempo pandémico, donde la verdad se envuelve en eufemismos propagandísticos, mentiras suavizadas, incertidumbre y muchísimo recelo. Normalidad nueva y por tanto escasamente normal. Mucho más anormal, claro está, aquella de 1939, 40, 45 y 1947, trufada de hambre, frío y cárceles atestadas, donde muchos españoles tenían familiares desperdigados en el exilio, por distintos presidios o batallones de trabajo, viviendo entre piojos y harapos, muriendo de tifus o tuberculosis, carcomida la esperanza y marchito el sueño de otro porvenir. Pocas, muy pocas cosas en aquel fútbol y esa España merecían divisa de normalidad.

Radiografía económica del desastre guerracivilista. Presumir de “normalidad” en 1939 constituía un disparate.

Mal podía haberla, si media población miraba con más encono que recelo a la otra media, estando tan frescos muchos recuerdos de pura barbarie. Tan sólo a título ilustrativo, vayan unos ejemplos.  

El todavía joven Julián Marías, más adelante filósofo muy reconocido, pasó en Madrid los primeros meses de guerra, justo los más sangrientos por el descaro de las “brigadas del amanecer”. Y sus recuerdos, recogidos por Javier Marías desde las páginas de “Tu rostro mañana” (2004), duelen de verdad:

“Íbamos en el tranvía, torcíamos desde Alcalá para entrar en Velázquez, y una mujer que iba sentada en la fila de delante señaló con el dedo hacia una casa, un piso alto, y le dijo a otra con la que viajaba: Mira, ahí vivían unos ricos que nos los llevamos a todos y les dimos el paseo. Yo a un crío pequeño que tenían lo saqué de la cuna, lo agarré por los pies, di unas cuantas vueltas y lo estampé allí mismo contra la pared. Ni uno dejamos. A la mierda la familia entera”.

Otro hecho no menos impactante, recogido por el doctor en Historia Alfonso Bullón de Mendoza, y el periodista Álvaro de Diego en su obra conjunta “Historias orales de la Guerra Civil” (Barcelona, 2000), hace pensar que el infanticidio distaba de ser algo anormal en aquella exhibición de odios. Fue testigo del mismo una traumatizada Carmen Serrano, en la ciudad condal:

“Un grupo de milicianos mató al bebé de unos parientes que se habían refugiado en la casa donde yo vivía. Se lo quitaron a la madre de las manos y lo estamparon contra el suelo”.

Morir abatido por una descarga de fusilería podía no constituir el peor de los finales posibles. El 30 de noviembre de 1936 varios milicianos de CNT parece se sintieron inspirados, quién sabe si tras haber leído a Nikolai Gógol en “Tarás Bulba”. El caso que cuando capturaron a Ramón Sales Amenós, fundador del Sindicato Libre, quisieron reservarle una suerte especial. Durante la madrugada del día 1, en el cruce de las calles barcelonesas Consejo del Ciento con Villarroel, ante el edificio de “la Soli”, lo encadenaron de pies y manos, vivo, a cuatro camiones que partieron al unísono en direcciones distintas. Ramón Sales quedó descuartizado.

Los aviadores capturados por el enemigo tampoco acostumbraban a ser tratados según convenciones internacionales. Era la primera vez que España se enfrentaba a bombardeos aéreos, mucho más dañinos que los tradicionales obuses de cañón. El cielo sembraba muerte, una muerte innoble, primero porque afectaba especialmente a la población civil, y segundo porque en tiempos de trinchera y disparos de frente, hacerlo desde un aeroplano era visto como ventaja inadmisible. Cuando caía un aparato, si su piloto lograba arrojarse en paracaídas, enjambres de civiles solían correr en su búsqueda, no tratando de socorrerle, sino para lincharlo. Parece que algunos, sabiéndose atrapados, prefirieron descerrajarse un tiro de pistola en la boca. Otros, como el republicano Juan Antonio Galarza, tal vez sintieran no haberlo hecho.

El 14 de noviembre de 1936 el caza de Galarza resultó abatido durante un combate sobre las afueras de Madrid. Aunque tirase de paracaídas, el viento, muy fuerte, lo arrastró hasta territorio “nacional”. Al día siguiente un aparato “nacional” sobrevoló el cielo capitalino, dejando caer un bulto en paracaídas, que por fortuna concluyó posándose sobre un montón de arena. Abierta con mil precauciones la caja de madera, temiendo pudiera tratarse de algún artefacto explosivo, los guardias de asalto descubrieron un amasijo de huesos y carne ennegrecida, con claras huellas de ensañamiento en vida. Un forense determinó correspondían al piloto que el día anterior, en el parte, fuese dado por desaparecido.

Toda esta ruindad y atrocidades sin cuento no tuvo en los varones a su único objetivo. Las mujeres también fueron objeto de un revanchismo salvaje y gratuito, como acreditan distintos alardes de increíble abyección. Hoy pudiera parecer no hubo otras víctimas tan vejadas como las 13 rosas. El revisionismo parcial de los años 90, buscando probablemente un rédito político miope, las convirtió en símbolo feminista, de la represión orquestada por el bando vencedor y el coraje de tantos socialistas irreductibles. Y aun siendo la suya una historia tristísima, con final descorazonador, se pudo haber apuntado hacia sucesos bastantes más crueles.

En Valencia, según relatase al falangista Luis López Medrano un afligido padre, sus dos hijas, de 17 y 19 años, tras ser detenidas y para aligerar su confesión, las desnudaron. Como aparentemente tampoco la pudibundez les soltara la lengua, se apeló a soluciones más drásticas. Primero les pusieron una plancha caliente sobre los pechos, y a continuación otra sobre el sexo.

En Galicia tampoco el otro bando actuaría con guante blanco. A María Vázquez, maestra en Miño, municipio situado entre Ferrol y Betanzos, cierto día se la echó en falta. De nada sirvieron distintos intentos de búsqueda. Ni aparecía por ningún lado, ni nadie era capaz de situarla en algún punto concreto por última vez. Al fin fueron encontrados sus restos en un monte próximo, de cúbito supino, con las piernas abiertas, sujetas a dos estacas clavadas en la tierra, y los brazos atados con cuerdas. Sus pechos estaban seccionados y lucía distintos cortes por todo el cuerpo desnudo. Hasta el más profano hubiera podido descubrir en ella numerosos signos de violación.

Aquellos torturadores debieron disfrutar con su bestialidad, porque durante las fechas siguientes varias jóvenes de Betanzos fueron halladas en condiciones similares.

Asalto al cuartel gijonés de Simancas, según los pinceles de Carlos Sáenz de Tejada. Nadie podía salir indemne de tanto trauma.

A 400 kilómetros largos, en Alcaudete de la Jara (Toledo), otra desdichada en avanzado estado de gestación fue abierta en canal, ante el espanto de su marido, y le extrajeron el feto. Sólo después de verla desangrarse decidieron aplicarle el tiro de gracia.

Un cubano de los varios adscritos al ejército republicano, médico de profesión, narró otra salvajada a Félix Gordón Ordás, cuando éste se exiliara en La Habana. A una enfermera destacada en los hospitales de Avilés o Luarca, por ser pareja sentimental de cierto líder republicano que logró expatriarse, la violaron brutalmente y a continuación la enterraron hasta el nacimiento de los pechos. Luego se los amputaron entre vejaciones, dejándola morir por desangramiento.

Mucho más implicada políticamente estaba Teresa Monje Zapico, secretaria de la sección femenina de Juventudes Socialistas Unificadas, en León. Asesinada el 4 de setiembre de 1936 en el término leonés de Campo de Fresno, la muerte debió ser para ella, después de todo, una liberación. Al menos es lo que cabe colegir si otorgásemos crédito a lo publicado en la revista “Timón”:

“Luego que abusaron de ella cuantos criminales iban en el grupo, le clavaron cañitas de madera entre las uñas de pies y manos y la pincharon con los machetes, cortándole un pecho en vida y rociándola con gasolina las partes genitales, a las que prendieron fuego (…). La remataron después en las inmediaciones de la Virgen del Camino, arrojándola a la hoguera en unión de 44 más, entre ellos sus hermanos”.

Con ligeras variantes -le habrían seccionado no uno, sino los dos pechos-, el poeta y escritor leonés Victoriano Crémer dio su versión más extensa y con mejor pluma. Como por esa época el Registro Civil acumulara incontables deficiencias, a la extrema crueldad aplicada hubo de unirse algún tinte de involuntaria burla para la familia. Porque varios meses después del asesinato, un Juzgado de León reclamó sendas mulas de 5.000 y 50.000 ptas., impuestas tanto a ella como a su hermano Juan, achicharrado en la misma hoguera:

El ensañamiento, fruto de un odio visceral, a veces desaguaba en el puro tremendismo. Así ocurrió en Ronda, no en su coso centenario, sino a pie del tajo, cuando partidarios de los sublevados “torearon” a un desdichado por el simple hecho de haberles plantado cara. Narró aquel aguafuerte Javier Marías, tras escuchar la historia a cierto escritor de renombre, jactándose de haber participado en tan truculento asesinato.

Cuando los nacionales entraron en la serrana y monumental ciudad malagueña, tomaron a tres presos para fusilarlos a las afueras, ordenándoles cavar sus propias tumbas. Dos de ellos obedecieron, resignados, pero Emilio Mares, hijo de un alcalde republicano, se engalló, arisco: “A mí me podéis matar, y me vais a matar -les dijo-. Pero a mí no me toreáis”. Le tomaron la palabra, procediendo a lidiarlo, literalmente. “Conque no, ¿eh? -le dijo el malagueño-. Tú te vas a enterar”. Así que poniéndose al volante de la camioneta tomo el camino de vuelta a la ciudad y en cuestión de media hora reaparecía, cargando los trastos de lidia. “Allí mismo lo banderilleamos, lo picamos un poquito desde el techo de la camioneta, haciéndole pasadas lentas, y luego fue su paisano el que se encargó del estoque. Un tipo atravesado, muy cabrón, y se vio que tenía algo de práctica, pues le entró muy bien a matar, la primera hasta el fondo, cruzada en el corazón. Yo le puse sólo un par de banderillas cortas en lo alto de la espalda. Vaya si se enteró el tal Emilio Mares. A los otros dos los tuvimos de público y les obligamos a gritar olés. No los fusilamos hasta rematar la faena, en premio por haber cavado. Así pudieron ver de la que se habían librado. El malagueño se empeñó en cobrarse una oreja”.

Marías no quiso revelar el nombre de aquel escritor, muy famoso con el transcurrir del tiempo, afirmando tan sólo que “tuvo exequias solemnes cuando murió. Creo que hasta un ministro muy democrático ayudó a llevar el ataúd”.

Y hubo más atrocidades relacionadas con el mundillo taurino. José Luis Alfaya, director o administrador de varias empresas, tanto nacionales como de capital extranjero, decidió dar un completo vuelco a su vida durante los años 80 del pasado siglo, ordenándose sacerdote en 1987, antes de doctorarse en teología por la Universidad de Navarra. Desde esa nueva existencia su contribución histórica más visible sería una investigación rigurosa, titulada “Como un río de fuego” (Barcelona, 1998), sobre el infierno en que se desenvolviera la diócesis de Madrid-Alcalá entre julio de 1936 y febrero de 1939. Junto a las tristes peripecias de muchos sacerdotes dejó otro hito de la “tauromaquia”, no por breve y escueto menos espeluznante:

“La acción más grotesca y salvaje fue la realizada a un soldado moro de las tropas de Franco, hecho prisionero. Lo condujeron a la plaza de toros, donde le torearon y banderillearon, dándole finalmente muerte por fusilamiento, reclamando el honor de ser su verdugo una joven de 16 años, llamada M. S.”

Juan Mesonero Huerta, cura de El Hornillo (Ávila), también escuchó olés mientras hacía de toro. Tenía 22 años y aquella era su primera parroquia, pues no en vano llevaba sólo tres meses ordenado. Su calvario fue recogido por A. de Castro Albarrán, magistral de Salamanca en “Este es el cortejo…” -Salamanca, 1938-, mosaico de múltiples atrocidades a religiosos, seglares y sacerdotes.

Apresado por milicianos, decidieron llevárselo hasta la plaza de toros, en compañía de una joven. Para soliviantarle, argüían: “Es tu novia, Por eso os vamos a matar juntitos”. Ya en el coso, no exento de curiosos espectadores, comenzaron a lidiarlo. Luego de unos cuantos trapazos, llegó el tercio de banderillas, aunque éstas fuesen algún hierro afilado, navajas y puñales. Con la espalda, el cuello y hasta el abdomen taladrado, entre gemidos agónicos y vocerío desde el tendido, el joven cura apenas si lograba enhebrar tres pasos sin dos traspiés. Viendo que la “lidia” no daba más de sí, colocaron al pobre hombre en un punto elevado para descerrajarle un disparo en el vientre.

Curas zamoranos se ofrecen voluntarios para el frente, con las tropas “nacionales”. Hombres de paz listos para hacer sumarse a una “guerra santa”.

Obispos, presbíteros, frailes y monjas, fueron objetivo de anarquistas y milicianos con pañuelo rojo, como es bien sabido. Hubo diócesis que llegaron a contabilizar como asesinados hasta el 40 % de los censados. Pero tampoco faltó alguna alimaña con tonsura dispuesta a no poner la otra mejilla. Encabezando a todas en su afán vengativo, Juan Galán Bermejo, conocido fundamentalmente como “El Curita Pistolero”.

Natural de Montánchez y antiguo presbítero de Zabra, era capellán de la 11ª Bandera del 2ª Regimiento legionario durante la matanza de Badajoz, tras su toma por el coronel Juan Yagüe, distinguido un par de años antes en el aplastamiento revolucionario contra la República. El cura Galán Bermejo estuvo entre los asaltantes de la catedral pacense, último reducto de los ya derrotados milicianos. Y tras descubrir a uno arrebujado en la penumbra del confesionario, le descerrajó un balazo. No era, ni mucho menos, el primer hombre que asesinaba, según él mismo reconocía con el pecho inflamado. Pocos días después, en el despacho de Antonio Bahamonde, gobernador civil de Badajoz, quiso éste saber si era cierto cuanto sobre él se contaba, y con qué arma había apiolado al miliciano en la catedral. “Aquí está” -dijo solemnemente el cura, mientras la mostraba-. Esta pistola ha librado al mundo de más de un centenar de revolucionarios”.

El propio gobernador Bahamonde narró otra hazaña del pistolero con sotana, muchísimo más descarnada: “No crea usted que entramos de rositas por esos pueblos. Hay sitios donde nos cuesta trabajo. Se defienden y resisten. Ahora que lo pagan bien. En Granja de Torre-Hermosa, ya sabe usted las barbaridades y crímenes tan horribles que cometieron los marxistas. Nos causaron muchas bajas. Cuando conseguimos entrar, encontré metidos en una cueva a cuatro hombres y una mujer herida. Les quité las pistolas que tenían y tuvieron el cinismo de decirme que si hubieran contado con municiones no les hubiera cogido tan fácilmente. Les hice cavar la fosa y los enterré vivos, para escarmiento de esa ralea”.

Antonio Bahamonde apostillaba, un tanto atónito: “Todo eso intercalando palabras gruesas, que pretendía justificar diciendo que eran expresiones legionarias”.

Alguien con semejante perfil no podía pasar desapercibido ante los periodistas. Y cuando uno de ellos, el enviado de la agencia Havas, Marcel Dany, tuvo ocasión de entrevistarle, escuchó, atónito: “Todavía no hemos tenido tiempo de legislar cómo y de qué manera será exterminado el marxismo en España; por eso, todos los procedimientos de exterminio de estas ratas son buenos. Y Dios, en su inmenso poder y sabiduría, los aplaudirá”.

Odio, odio y más odio. Justo el sentimiento que más cuesta aplacar. Odio infectando a quienes nunca empuñaron un arma ni pisaron ningún frente, entre quienes tampoco faltaron los empeñados en ajustar cuentas con personas conocidas, por su teórico papel de pedagogos, instigadores o vocingleros de la “horda roja”. El destacado periodista Eduardo Haro Tecglen evocó en sus memorias el día aciago en que un piquete de infantería de Marina se llevó a su padre, periodista igualmente, dos jornadas después de que las tropas franquistas penetraran en Madrid. Un abogado de oficio nada pudo hacer en el juicio sumarísimo, no sólo ante el informe del magistrado ponente, donde lo acusaron de “haber inducido al pueblo con sus escritos a cometer los crímenes que estamos viendo”, sino porque hubo de “defender” durante la misma jornada a otros 14 acusados. A la pena de muerte y la imposibilidad de apelar, el entonces muy joven Eduardo Haro hubo de añadir la desazón que le dejaran algunas frases escuchadas mientras trataba de reunir argumentos o avales con que salvar a su progenitor. El crítico cinematográfico José de la Cueva, además de ocasional director de “Informaciones”, llegó a confesarle que le habían llevado un escrito pidiendo el indulto para el condenado, y que no lo quiso firmar. Las razones aducidas para no hacerlo hubiesen anonadado a cualquiera: “No tengo nada contra tu padre; un buen hombre, un burgués tranquilo, un excelente escritor. Desearía que se salvara. Pero tengo un principio: quiero que maten a todos los periodistas rojos. No voy a hacer una excepción porque sea una persona querida”.

No, no podía restituirse la normalidad de un día para otro, después de tanta afrenta personal, cuenta pendiente y rencor nublando los pensamientos. Ni tras el último parte triunfal, ni algunos años después. Y el fútbol tampoco permaneció ajeno a esa sed revanchista.

Al portero navarro Andrés Lerín, figura destacada en el Zaragoza de los “Alifantes” y uno de los mejores en su puesto durante las últimas temporadas prebélicas y las de reanudación, se le hizo la vida imposible junto al Ebro y “La Pilarica”, tras pasar por un campo de concentración galo y dos “de clasificación” en España, además de pechar con 12 meses de inhabilitación profesional. “No podía salir a la calle, sentía vergüenza, porque hasta los niños me llamaban rojo tan pronto asomaba desde el portal”, confesó tiempo después. Puesto que resultaba impensable vestirlo de corto en Torrero, se le facilitó la baja. Luego le costaría un triunfo encontrar equipo. Para garantizarse una nueva oportunidad en Gijón tuvo que acordar no percibir un céntimo hasta convencer con sus actuaciones. Estuvo alrededor de dos meses sin ver una perra, mientras a la secretaría rojiblanca llegaban treinta anónimos matasellados en Zaragoza, exigiendo se le negara el pan a un “rojo recalcitrante como él, sin sitio en la nueva España”. Sólo tras encadenar varias actuaciones espléndidas volvió a sentir la calidez del dinero en sus bolsillos.

Isidro Lángara, ya próximo a la retirada. Sus entorchados internacionales no bastaron para otorgarle facilidades en su propósito de retorno profesional, tantas veces reiterado.

Pedro Areso, internacional español y componente del Euzkadi, equipo propagandístico auspiciado por el gobierno vasco del Lehendakari Aguirre, se decidió a regresar tras la promulgación de un decreto garantista para cuantos volviesen del exilio sin delitos de sangre. Convertido en entrenador de la Gimnástica Burgalesa durante el ejercicio 1947-48 (último que los castellanos disputaron bajo tal denominación), recibió una cita del general Yagüe para personarse en su despacho. De pie, y en medio de una bien estudiada atmósfera hostil, hubo de escuchar que era “material fusilable, por rojo y nacionalista vasco”. Ante su muy perceptible turbación, el laureado militar se permitió preguntar “qué me hacía pensar pudiera poner un pie en aquella Patria libre y unida, después de tanta sangre entregada por españoles de verdad mientras yo, junto a otros renegados, abrazaba a marxistas o recorría el mundo entre vivas a la República”. El propio Areso reconocía, bastantes años después: “Me dejó bien claro que en Burgos no había sitio para mí; que si no me iba, él gozaría de lo lindo haciéndome la vida imposible. Tuve que partir, claro”.

Tal vez porque una cosa era aparentar normalidad y otra distinta rendirse a ella, nadie le puso fácil el retorno a Isidro Lángara, ya convertido en técnico campeón. Volvió a su Oviedo, es verdad, para colgar las botas como jugador activo, luego de triunfar a lo grande en Argentina (113 goles en 121 partidos con el San Lorenzo), hacer caja en México, ya más relajadamente, y establecer varios récords todavía vigentes: el de mejor ratio goleador entre cuantos han vestido nuestra camiseta internacional, o el de máximo artillero en un partido del Campeonato Mexicano (7 goles al Marte, el 19 de mayo de 1946). Pero por más que se dejara querer en cada entrevista concedida, tanto a éste como al otro lado del Atlántico, y pese a sondear posibilidades de retorno, bien rumbo a la capital asturiana o hacia cualquier otro club, nadie lo quiso como entrenador, aun exhibiendo un nada desdeñable palmarés: campeón de México con el Puebla, responsable del San Lorenzo y Deportivo Español de Buenos Aires, o tres años al frente de la “U” de Chile. Otros con menos méritos y desconocedores del fútbol europeo sí cubrieron el trayecto desde Buenos Aires, Santiago, o Montevideo, no siempre justificando el viaje. A Lángara se le hizo saber que carecía del correspondiente título, expedido por la Federación Española tras unos exámenes convocados anualmente. Parece encargó alguna indagación discreta sobre si se le depararían las mismas consideraciones que otros, y la respuesta no resultó satisfactoria. Debía matricularse en los cursos, asistir a ellos y acreditar su aprovechamiento. Lo mismo que Helenio Herrera, por ejemplo, quien se revelara ante cuanto entendía como intolerable humillación, “no habiendo nadie en este país con nivel suficiente para juzgarme”. O igualito que cuantos irían llegando después, sin impedimentos y entre abrazos. En pleno decenio de los 50 seguía muy viva la memoria para ciertas cosas, en detrimento de una “normalidad” puramente cosmética.

Santiago Bernabéu caricaturizado por “Cronos”, mucho después de verse obligado a pactar con el presidente “culé” la puesta a punto de un torneo, en aras de la paz y amistad entre ambas aficiones. El tiempo se encargaría de hacer que las aguas recuperasen viejas turbulencias.

El fútbol patrio, pobre y trasnochado durante los años 40 del pasado siglo, sin dar para mucho, servía a ciertos intereses, aun mediando algunos timbrazos de alarma. En 1943, una eliminatoria de Copa entre Real Madrid y Barcelona, o para ser más exacto los agrios incidentes que durante el partido en la capital tuvieron lugar, aconsejarían escarmiento drástico e inmediata rectificación. El balón podía adormecer a lo sociedad, divertirla o abstraerla de pensamientos inapropiados, pero en modo alguno rodaría en la dirección equivocada. Sólo faltaba que cualquier trifulca de rivalidad mal entendida derivase hacia otro tipo de alteración en el orden público. Son muchas las cosas que un pastor puede consentir a su perro. Incluso que establezca amistad con el lobo. Pero nunca, bajo ningún concepto, que le revuelva el rebaño. Y en aquel caso, los poderes fácticos quisieron marcar su terreno. Multas escandalosamente desproporcionadas para ambos contendientes, y severo tirón de orejas. Puesto que los recursos fuesen tomados a beneficio de inventario, el presidente azulgrana dimitió como gesto de rebeldía, y el “merengue”, que ya había anunciado su salida, la anticipó unos días. Al nuevo mandatario blanco, Santiago Bernabéu, se le persuadió sobre la necesidad de enterrar el hacha de guerra junto a su colega y también neófito barcelonés, mediante la disputa de un Torneo de la Concordia, a ida y vuelta, “en aras de la paz y la amistad”. Lo de menos fue, a ojos de las autoridades, que se impusiera ampliamente el Barça. Allí de lo que se trataba era de lanzar un aviso a navegantes. Al fútbol, como los malos perros-pastor, se le consentiría algún descarrío, e incluso vivir de espaldas a la realidad, pagando traspasos desvergonzados entre tanta hambre y escasez racionada, pero nunca agitar impune y peligrosamente la placidez de sus rebaños.

Cuarenta y tantos meses después, durante la gira del San Lorenzo de Almagro por nuestro suelo, entre diciembre de 1946 y enero del 47, en pleno bloqueo internacional y retirada de embajadores de Madrid, también hubo resistentes antifascistas -así designaba la prensa extranjera al maremágnum de comunistas, republicanos exiliados, nacionalistas vascos, grupúsculos maquis, catalanistas y desafectos al régimen de Franco- convencidos de que algún incidente serio durante cualquiera de aquellos partidos pudiese despertar conciencias en la Europa recién liberada de Hitler. Junto a los firmes creyentes en una intervención exterior lapidaria para el Régimen, otros mejor informados sobre el sentir en distintas cancillerías, postulaban que nadie haría nada sin advertir claros síntomas de hastío, rechazo y desafección interior, hacia ese régimen de camisas azules y fervor nacional-sindicalista. También para los “resistentes” el fútbol se convirtió en instrumento publicitario, de signo radicalmente opuesto. Lo que venía sirviendo para sustentar una irreal normalidad, podía poner en solfa la “inquebrantable unidad del pueblo y su caudillo”, o los cimientos de una famélica “reserva espiritual de occidente”. Sólo debían hacer saltar por los aires el mito de un país normalizado, retratándolo como pura anomalía. Bajo tal premisa iría cobrando cuerpo la conveniencia de ofrecer algún atentado no cruento, pero sí lo bastante sonado.

Los hilos fueron tejiéndose en derredor del bilbaíno campo de San Mamés, visiblemente remozado para acoger al San Lorenzo. Aquella España, sin embargo, parecía blindada policialmente. Un ejército de informadores daba cuenta de cualquier movimiento anómalo, agitación laboral, reunión clandestina o crítica al poder. Y el caso es que llegó hasta las altas esferas algo relativo a posibles movimientos subterráneos. Por más que la prensa nacional nunca se explayase, parece que estuvo barajándose la posibilidad de suspender el choque At. Bilbao – San Lorenzo. Medio entre líneas, se apuntó hacia un posible descontento laboral: “Los enemigos de España nunca descansan. Para ellos todo vale; retorcer la realidad, soliviantar al productor satisfecho, esparcir mentiras desde la cloaca inmunda a la que un día glorioso se les confinase. Sepan que nada hará variar el pulso firme del Caudillo, ni la voluntad de quienes un día lo ungieron por la Gracia de Dios, con laureles cesáricos”.          

Muchos lustros después, ya en los albores democráticos, se supo que nunca estuvo sobre la mesa una huelga de trabajadores, sino la posible deflagración de algún artefacto antes del choque, lo bastante serio como para impedir su celebración. Pero no era fácil colocar una bomba bajo la tribuna de madera, y menos garantizar la total ausencia de víctimas. Seguro que se revisaría el campo. Además tampoco era muy sencillo hacerse con explosivos. La operación, en todo caso, debía saldarse sin derramamiento de sangre, como justa legitimación de los discrepantes ante una dictadura cargada de penas sumarísimas, o castigos a la desafección política. Finalmente todo quedó en una porción de césped quemado. Apenas un taponazo de gaseosa sin eco internacional. El partido se jugó entre bastante frío y buchitos de coñac peleón, los asistentes despidieron a Zubieta, su antiguo medio centro, con una larga salva de aplausos, e hicieron la vuelta a casa entre comentarios no del todo laudatorios: “¡Pues tampoco es para tanto! Al fin y al cabo, casi todos juegan como Panizo”. El interior izquierdo bilbaíno, técnico, cerebral y de pase en corto, no era del todo aceptado entre una afición adicta al juego vigoroso, sin gran elaboración, de ataque rápido, centros desde ambas bandas y remate irreductible.

El fútbol manoseado por todos, aunque más, naturalmente, desde el poder. Un fútbol víctima del inmediato pasado, lastrado por odios y recuerdos, infectado aún, convertido poco menos que en artículo de primera necesidad.    

Juan Ramón Santiago. Defensa de rompe y rasga para quien la guerra nunca pasó del todo. Tras ensañarse con su familia, le agrió el carácter. Y cada título celebrado con el Valencia estuvo envuelto en la amargura de verse obligado a estrechar la mano de Francisco Franco.

Es desde este panorama como cabe contemplar el encontronazo de Mendizorroza. El Deportivo Alavés, referente de la única capital vasca abrazada al alzamiento militar desde el mismísimo 18 de julio, y adscrito a la Territorial Guipuzcoana, a otra territorial muy distinta a la de 1936, pero empapada de recuerdos. Hubo guipuzcoanos combatiendo como gudaris o milicianos por los alrededores de Villarreal, requétes alaveses avanzando junto a brigadistas navarros desde Vera de Bidasoa, hacia el Urumea, familias rotas, llagas dolorosas. El miedo de un árbitro, quién sabe si descontento por pitar ese choque entre un cuadro poderoso y otro infinitamente más débil, puesto que tras el descenso babazorro y la pérdida de sus mejores elementos, los de Vitoria quedaron reducidos a una dura irrelevancia deportiva. Y el ahí estoy yo de los federativos de Guipúzcoa, el “se van a enterar”, tan propio de aquel tiempo, aunque ello implicase dar por real y comprobado un hipotético apedreamiento que nadie vio. El escarmiento, por si acaso, sabiendo que es más fácil mostrarse cruel con los débiles que justo ante los fuertes. Curioso también, y prueba de una “normalidad” nueva, como mínimo insegura y balbuciente, que la razón deportiva se sustentase en un gobernador civil, avalado por informes policiales. Cualquier “normalidad” congruente, implicaría la reprimenda al colegiado fantasioso y, como mínimo, una severa advertencia a la Federación Guipuzcoana. Pero si hubo algo parecido -lo que se antoja improbable- nadie dio fe de ello.

Numerosas víctimas colaterales del fútbol, en letra pequeña, si se quiere, aquellos que sin conocer la muerte en primera persona hubieron de padecerla como una plaga entre los más allegados, podrían habernos regalado su testimonio, y prefirieron no hacerlo. Estaban en su derecho, aunque hoy lo lamentemos, al contar con menos referencias sobre lo agrio que se les hizo deglutir como normal cuanto para ellos no lo era. El duro defensa izquierdo Juan Ramón Santiago (8-III-1912), con 14 años de militancia en el Valencia C. F., muchos de ellos detentando la capitanía, fue uno de ellos. Pero a diferencia de otros resultó posible reconstruir su abrumadora nueva normalidad, mucho más próxima a cualquier mal sueño.

Tras forjarse en el Erandio Club, Deportivo Alavés y Gimnástico de Valencia, la temporada 1934-35 acabó fichando por el primer equipo de la ciudad del Turia. Ya había intervenido en un partido Liga entre los grandes, durante su etapa en Vitoria. Sólo en uno, porque la competencia de Ciriaco y Quincoces, pareja defensiva de la selección española, hubiese constituido obstáculo infranqueable para cualquiera. Con el Valencia, en cambio, todo fue distinto. Titular desde su ingreso, muchos pensaron que la Guerra Civil cortaría su carrera sin aparente techo. Contaba 24 años y un más que esperanzador futuro aguardándole. Valiente, aguerrido como pocos, sin arrugarse jamás sobre el césped, a raíz del 18 de julio de 1936 tuvo que decidir entre lo que le pedía el corazón y la disciplina debida al club “ché”. Sabía que en su Erandio natal todos los conocidos, compañeros de escuela, juegos, tertulia, baile y sueños, estaban alistándose como gudaris. Pero desde el Valencia recibió órdenes concretas de permanecer a su vera: querían tenerle controlado, disponible para cuantos partidos y torneos pudieran seguir disputándose, con o sin tiros de por medio. En realidad no sólo las gentes del fútbol, sino una amplísima mayoría de españoles, creyeron a pies juntillas durante los primeros días de sublevación que el relativo orden previo a julio de 36 acabaría imponiéndose en seguida.

Pero los meses pasaron, lentos y sin apenas noticias de casa. Dividido el país, la correspondencia apenas circulaba de un lado a otro. Y mientras seguía jugando amistosos con claro carácter recaudatorio en favor de instituciones republicanas, una profunda desazón le reconcomía ante el avance de Mola y los italianos por el frente Cantábrico. Parte de los periodistas que alguna vez se acercaran a su biografía, pusieron mucho empeño en justificar que siempre estuvo a las órdenes del equipo. Y no es cierto. Al menos durante el año 1938 compitió con el Recuperación de Levante, formación militar de trabajadores dedicados a tareas de reconstrucción, donde también formara, entre otros meritorios, Edmundo Suárez Trabanco, ariete que como Suárez jugase con el equipo “B” del Athletic Club la temporada 1935-36, y convertido en “Mundo” acabaría erigiéndose en goleador de tronío para los titulares de Mestalla. Por otra parte, el hecho de no haber sido objeto de represalias en 1939 justifica lo que ni su mismo hijo quiso reconocer: que pese a su ideario ajeno al alzamiento militar, tampoco fue republicano “de libro”.

Reanudadas las competiciones volvió al Valencia con todo el brío. A veces con una acometividad excesiva, como cuando ante el Murcia, ya en 1941, posiblemente muy afectado por la reciente defunción de una hija, se enzarzó en tal trifulca que hasta la Guardia Civil tuvo problemas para sacarlo del campo a pescozones. La guerra le había avinagrado el carácter, y no sin razón. Su hermano Julián, jugador modesto, murió en el penal de El Dueso (Cantabria), tras ser capturado por los “nacionales”. Al páter familias tampoco le reservaron mejor suerte. Luego de pasar por el campo de concentración de Camposancos, en Galicia, falleció de caquexia, infección sanguínea relacionada con casos de extrema desnutrición. Y por si fuera poco, un tío falleció igualmente como prisionero sometido a la obligatoria redención de penas por el trabajo, esto es sudando la gota gorda en condiciones de semiesclavitud, con jornadas interminables y escasísima pitanza. Parece que aquella defunción tuvo lugar mientras formaba en los destacamentos que construían la carretera y el monumento de Cuelgamuros, bajo ese frío seco e intenso del roquedal, en Guadarrama.

Hombre reconcentrado en sí mismo, de pocas palabras, como capitán del Valencia tuvo que tragarse un buen sapo con ocasión de los títulos en Liga y Copa, al estrechar la mano de Franco, máxima representación de quienes vistieran de luto a su familia. Aquella herida era tan honda que ni siquiera sangraba. Suele ocurrir con ellas. Acaban cerrándose, mal que bien, por no supurar eternamente. Y él, como tantos de su generación, prefería no hablar de sentimientos, creyendo, quizás, que embozándolos desaparecería antes esa enorme desazón. Titular hasta 1949, su última temporada con el equipo “ché”, en parte la vivió desde la grada. Para entonces había abierto un bar de éxito, donde servía desde detrás del mostrador y comentaba incidencias del último domingo entre la parroquia.

La táctica WM, al acabar con los marcajes en zona, le impidió continuar en la elite algún año más, ya que pegado a la línea de cal era superado por la velocidad de los extremos. Con 38 años a cuestas acordó reforzar el Mestalla, filial del primer equipo valenciano, donde desarrollaría campaña y media espectaculares. En su decisión de retirarse pesó, y no poco, la renuncia al ascenso que desde la directiva valenciana impidiese al equipo filial debutar en 1ª División, mérito adquirido sobre el césped y entonces sin impedimento normativo. Se iba así un campeón de liga las temporadas 1941-42, 43-44 y 46-47, o de Copa en 1941. Dos veces internacional durante 1942, su único gol, marcado a Ederra en el Metropolitano, fue sobre todo obra del viento, al desviar mucho la trayectoria del cuero. A buen resguardo su Medalla al Mérito Deportivo, en seguida inició una nueva etapa en los banquillos, como entrenador de luenga trayectoria. Valencia juvenil, Mestalla, Club Deportivo Badajoz, Eldense, Atlético de Ceuta, Elche C. F., Sabadell, Real Club Deportivo Mallorca, C. D. Castellón, Ferrol, Club Deportivo Málaga, Onteniente y Unión Deportiva Levante, fueron testigos de sus logros y decepciones.

Esta víctima de una guerra con demasiados perdedores falleció el 15 de octubre de 1999, a los 87 años, todavía sin entender cómo podían considerarse normales varias páginas de su apretada biografía.

Y es que cuando la normalidad precisa de adjetivos, fuere con referencia al fútbol, la docencia, el ámbito político, social o económico, es porque alguien intenta hacernos tragar ruedas de molino, o cocina gato por liebre. 

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(*) .- La Federación Alavesa no se creó hasta avanzados los años 70 del pasado siglo. Con anterioridad, los escasos clubes federados de la Llanada (Deportivo Alavés, C. D. Vitoria, Aurrerá, Corazonistas, Forjas…) dependían de la Guipuzcoana. Los más próximos a Vizcaya, como Amurrio, Villosa o Llodio, los dos últimos representativos de la entonces industriosa localidad apiñada junto al curso del Nervión, se encuadraban en las competiciones vizcaínas. Algo similar ocurría con el Club Deportivo Mirandés, cuya población, por puras razones de proximidad, estaba más unida a Vitoria que a la capital burgalesa.




Un silbato vendido eliminó a España en Chile

Desde el Mundial de Brasil (1950), donde nuestra selección obtuvo un 4º puesto que supo a podio tras haber eliminado a Inglaterra, España no pudo estar presente en otra fase final hasta 1962, en Chile. Turquía y el “bambino” Franco Gemma con los ojos cubiertos, degollaron la esperanza de viajar a Suiza, en 1954. Escocia, con un punto más y peor golaveraje, volvía a impedir otra excursión en 1958, esta vez a Suecia. Pero Chile ya fue otra cosa. Para empezar, los nuestros tuvieron suerte, al corresponderles no un grupo de 3 selecciones en la fase clasificatoria, sino medirse a País de Gales como único adversario. Una victoria en Cardiff por la mínima, e igualada en Madrid a la vuelta, dieron opción a obtener pasaporte y billete para América si se superaba a Marruecos, campeón del Grupo II de África-Asia. Pero lo que se antojaba fácil, a punto estuvo de culminar en tremendo disgusto. Con el fin de calentar motores, los nuestros se habían medido en Sevilla ante Argentina, el 11 de junio de 1961, venciendo y convenciendo por 2-0, con goles de Luis Del Sol y Alfredo Di Stefano en la segunda parte. El 12 de noviembre se arañaba en Casablanca una sufrida victoria ante los marroquíes con gol, nuevamente de Luis Del Sol. Y en la vuelta, entre dudas y “ayes” del estadio Santiago Bernabéu, se volvía a repetir victoria mediante un raquítico y sorpresivo 3-2. La presencia española en el altiplano ya era un hecho, pudiendo presentar junto al Pacífico un equipo tachonado de estrellas.

Pedro Escartín, seleccionador nacional, presentó de inmediato su dimisión, tal como anticipara, cediendo el relevo a Pablo Hernández Coronado. Nuestra Federación, entonces, lucía engranajes y métodos obsoletos. Ni Escartín, ni Hernández Coronado, tenían mucho de estrategas. Podían entender de fútbol, de otro fútbol, en realidad, puesto que ambos provenían, no ya del blanco y negro, sino del cine mudo. Eran más delegados federativos que técnicos con el reloj puesto al día, y uno y otro, muy conscientes de sus limitaciones, se hacían ayudar por entrenadores de prestigio: el pentacampeón de Europa Miguel Muñoz, en el caso de Pedro Escartín, y “El Mago” Helenio Herrera por cuanto respecta al antiguo portero y secretario técnico Hernández Coronado. La elección de futbolistas podían realizarla los seleccionadores, pero designar quién jugaba, optar por la táctica más conveniente, ensayar estrategias y establecer patrones, corría a cargo de quienes en verdad estaban capacitados.

Alfredo Di Stefano, gran figura del fútbol europeo y de nuestra selección. Cuando el brasileño Didí se despedía de sus compañeros en el vestuario del Santiago Bernabéu, tras fracasar como “merengue”, se giró hacia Di Stefano, diciéndole: “A ti, Alfredo, te veré en Chile”. Y Di Stefano, sin volver la cara para mirarle, respondió: “No irás; estás acabado”. Didí volvería a proclamarse campeón mundial, en parte con la ayuda de un árbitro corrupto, mientras la “Saeta Rubia”, aquejado de problemas físicos, no pudo jugar ni un minuto”.

Durante los meses siguientes, el tándem H.H. – Hernández Coronado fue armando un elenco capaz de asustar a cualquiera. Y tras calentar motores ante Francia en el Estadio Olímpico de Colombes (empate a uno), el 31 de mayo de 1962 aquel potente conjunto debutaba sin suerte ante Checoslovaquia, puesto que pese a dominar y tras varios fallos en ataque, un error de marcaje a 10 minutos del final dejaba sólo a Stibrányi ante Carmelo Cedrún, para que anotase el único tanto. El 3 de junio, de nuevo en Viña del Mar, cargados de dudas y responsabilidad, los nuestros estuvieron a merced de la selección mexicana casi todo el choque. Reyes estrellaba un cabezazo en el marco, ya con Carmelo batido. Los aztecas parecían tener maniatados a sus oponentes cuando, en el último minuto y a la desesperada, Joaquín Peiró conseguía un triunfo que si bien insuflaba esperanzas, el once español no había merecido. Tocaba jugársela con Brasil, los vigentes campeones. Y aunque Pelé se hubiera lesionado durante el partido que midiese a la “canarinha” con Checoslovaquia, los Gilmar, Djalma y Nilton Santos, Didí, Garrincha, Vavá, Amarildo, Zito, Zósimo y Zagalo, se antojaban bocado de tiburón para quienes tan sólo lucieran como arenques despistados.

Helenio Herrera, no obstante, revolucionó su equipo, dando entrada a Araquistain, Echeverría, Collar y Adelardo. O lo que parecía más escandaloso, sentando en el banquillo a Carmelo, José Emilio Santamaría, Del Sol y Luis Suárez; esto es, genio y coraje  bajo el marco, la elegante seguridad atrás, el pulmón inagotable para la zona ancha, y la dirección sinfónica que pocos en el mundo eran capaces de imprimir a cualquier once. Pero hete aquí que cuanto se antojaba disparate funcionó muy bien. Brasil, ante tantos adversarios guarneciendo su portería, encasquilló cualquier asomo de verticalidad. Garrincha se estrellaba contra el paredón conformado por Vergés y Rodri. A Zito y Didí parecían fallarles sus dotes de improvisación. Echeverría se bastaba para despejar balones bombeados. Y en cuanto surgía la ocasión, Adelardo, Enrique Collar y Paco Gento salían al contragolpe. El extremeño Adelardo Rodríguez adelantaba a “la roja” en el minuto 34. El propio Adelardo anotaría un segundo gol en el minuto 60, anulado por el árbitro chileno Sergio Bustamante, para sorpresa general. Once minutos después, Amarildo establecía la igualada, España volvía a la carga y Vergés marraba una excelente oportunidad de marcar. A falta de 4 minutos, el propio Amarildo desbarataba el sueño. La selección de Helenio Herrera quedaba con 2 puntos, los mismos que México, pero con peor coeficiente, relegada al último puesto de su grupo.

Los escasos informadores españoles desplazados hasta el otro lado de la Cordillera Andina, simplemente transmitieron una decepción compartida a este lado del océano, en tantos hogares pegados al receptor de radio. Y es que si bien ese Mundial sería el primero televisado, en aquella España emergente de la autarquía eran pocos, poquísimos, quienes podían lucir en sus salones un “Askar”, “Philips”, “Grunding”, “Marconi”, “Iberia” o “Telefunken”, con su bailaora flamenca, una figurita de porcelana o el retrato de alguna primera comunión al lado. Nadie dijo nada sobre la sospechosa actuación del árbitro, ante Brasil. Tan sólo llegaron ecos ensordecidos del estupor en la F.I.F.A. al contemplar el elenco español, con Santamaría, antiguo mundialista uruguayo, Puskas, Di Stefano y Eulogio Martínez, también mundialistas o como mínimo internacionales con Hungría, Argentina y Paraguay, respectivamente. A lo largo de las semanas posteriores sólo se habló y escribió sobre las posibles razones del fracaso -la lesión de Di Stefano, que le impidiera disputar un sólo minuto-, el despego de Santamaría o Eulogio Martínez -quién sabe si porque no sintieran en demasía aquel escudo y colores-, o la deficiente preparación, sin amistosos de nivel, tan necesarios para corregir errores. Y también, con letra más pequeña o en voz baja, sobre el propósito de impedir para el futuro, tanto en competiciones UEFA como FIFA, aquel baile de nacionalizaciones, capaces de convertir un torneo de selecciones en algo semejante a la Copa de Europa, donde el Real Madrid triunfaba y el Barcelona o el Inter Milanés intentaban hacerlo, con futbolistas de Uruguay, Argentina, Francia, Hungría o Brasil en sus filas. Sergio Bustamante, el colegiado chileno ante España y unos cariocas formidables que a la postre revalidarían su título universal, no sólo parecía irse de rositas, sino que su nombre y peripecias bien poco dicen hoy a los buenos aficionados.

El pacense Adelardo Rodríguez Sánchez, aquel “chico tímido con acento extremeño que parecía asombrarse con todo”, al decir de los veteranos cuando lo recibiesen en el vestuario atlético, caricaturizado por Cronos. Bigoleador ante Brasil, aunque el árbitro anulase el tanto que hubiera supuesto un sorprendente 0-2 ante los campeones mundiales.

La realidad, lejos de nuestras fronteras, fue bien distinta, sin embargo.

Un periodista brasileño tuvo el cuajo de iniciar las pesquisas sobre aquella nefasta actuación del trencilla, concluyendo con el lugar, la cuantía económica, el modo y la fecha en que aquella compraventa concluyera cerrándose. Su acusación directa levantó una tormenta de órdago desde Manaus a Goiana, Brasilia, Recife, Belo Horizonte, Río, Sao Paulo y Porto Alegre, donde el fútbol no era un deporte, sino religión, conforme acreditara cierto político de la época en su arenga a los campeones: “Gracias por defender el orgullo nacional e insuflar esa esperanza tan necesaria en estos momentos difíciles. Las clases desfavorecidas obtienen de vuestro ejemplo la determinación que nos hará más grandes, competitivos y luchadores. Nada es inalcanzable cuando de verdad se persigue la meta. Nos lo habéis demostrado y ahora toda la nación debe seguir vuestros pasos, cumpliendo el sueño de un Brasil más desarrollado, feliz y unido. ¡Gloria a los campeones y gloria a Brasil!. ¡Gloria al pueblo que representáis! Porque este triunfo no sólo es vuestro, sino de todos”. El único sin motivos para mostrarse feliz bien pudiera ser Sergio Bustamante, cuya cabeza ya olía a pólvora.

Hijo de árbitro, cuidadoso en sus modales y con cierto don de gentes, desde muy joven había experimentado una carrera meteórica. Invitaciones desde el extranjero, relevante atención de los medios, buenas actuaciones a tenor de las crónicas y puertas abiertas en muchas instancias, en parte por haber mamado el fútbol desde la cuna, sólo podían traducirse en la pronta obtención de escarapela FIFA. Y gracias a ella, pudo dirigir el Brasil – España, decisivo para ambas formaciones. Ante la gravedad de lo publicado, el máximo organismo supranacional abrió una investigación o encuesta, sin que se hiciera público el resultado de la misma ni se tradujese en alguna resolución oficial. Volvían a imperar los protocolos no escritos del balón y sus jerarcas: la ropa sucia sólo se lavaba en casa, y la vida continuaba sin parches, tintes ni remiendos. Errónea manera de impartir justicia, porque existiendo daños a terceros toda transparencia siempre es poca. Oficiosamente, en cambio, a Bustamante se le aplicó un buen rejonazo.

Cinco años después de aquel fatídico día, un Sergio Bustamante en horas bajas invocaba su inocencia sin mucha convicción, desde un oscuro rincón en el purgatorio a donde lo desterrasen: “Las acusaciones contra mí fueron pura invención. Primero pensé en querellarme contra el calumniador. No veía otra posibilidad de salir al paso y defenderme de las injurias que atentaban contra mi reputación y honor. Lo que más me dolía era que todos, incluso mis mejores amigos, me volviesen la espalda. No querían mezclarse en un asunto de tal naturaleza y yo, claro, estaba solo y desorientado. Entonces decidí visitar a un alto funcionario chileno, le expuse todo con absoluta sinceridad y trató de tranquilizarme. Me dijo que olvidara ese asunto, que estaba convencido de mi integridad; que si hubiera tenido la más mínima sospecha o cualquier prueba acerca de mi corrupción, no me hubiesen dejado dirigir ningún partido más; que no temiera nada. Pero una infamia así deja huella, y aún me sigue doliendo”.

Los sobornos parecían ser moneda demasiado corriente en el fútbol sudamericano de los años 60 y 70. A “precios” muy asumibles, por otra parte.

Bonitas palabras para ocultar una muy real caída en desgracia. Tanto si la FIFA hallase pruebas o indicios, como si optara por cubrirse en salud, lo cierto es que Bustamante se vio relegado a dirigir partidos en Ligas inferiores, y a pesar de ello nunca se querelló contra nadie ni quiso defender su hipotética rectitud en ningún foro. Como mucho, si alguien se acordaba de él para acercarle un micrófono, o le dedicaba unas líneas, argüía en voz baja: “Es posible que haya tenido días donde mi labor no fuese acertada. Pero no era el peor árbitro. Me descendieron sin merecerlo, por razones que otros sabrán, quizás, y a mí no se me comunicaron”.

Otro callejón sin salida. Un regate más, en corto, para acreditar que el silencio no siempre es oro. Herida sin cicatrizar que, como ocurre ante cualquier mala praxis, volvería a reproducirse en pacientes con distinta ficha pero idéntica enfermedad. Porque en México, transcurridos 8 años, tornó a estallar otro escándalo apenas aireado, que no afectó a nuestra selección, una vez más sin presencia entre los mejores del planeta.         

Le tocó vivirla a Suecia y tuvo como nefando protagonista al árbitro brasileño Airton Vieira de Moraes, hombre que al saberse entre los 30 jueces invitados al mayor alarde balompédico del mundo aseguró ver cumplida su máxima ilusión. O por emplear sus propias palabras, “el sueño de toda una vida”. Una pesadilla, más bien, pues el destino le reservaba volver a casa sin haber debutado y con la carrera arbitral hecha trizas.

Orvar Bergmark, seleccionador sueco, narró así aquellos hechos para el diario “Dagens Nyheter” de Estocolmo:      

“Días después de conocerse la designación arbitral para el partido que debíamos disputar ante Uruguay, en Puebla, se recibió una llamada telefónica en nuestro lugar de concentración, preguntando por mí. Míster Bergmark, escuché atónito; puede comprar por 1.000 dólares a De Moraes, la persona que va a dirigir el partido Suecia-Uruguay. E inmediatamente escuché ese “clic” característico de la comunicación cortada. Entonces aún debíamos resolver nuestro choque contra Italia, y por tanto resultaba prematura cualquier cábala clasificatoria. Pero aun suponiendo en mi buena fe que pudiera tratarse de una broma o tontería de cualquier perturbado, se lo conté a Sandberg, jefe de expedición, cuya postura fue idéntica a la mía: rechazar ese hipotético soborno”.

Italia resolvió el partido por 1-0 y la expedición sueca hizo el viaje hasta Puebla con antelación suficiente para aclimatarse. Reinaba un buen ambiente y mucho ánimo, pues Italia, todo un clásico del fútbol europeo, tampoco es que hubiese mostrado gran superioridad sobre ellos. Y en esas, la misma voz volvió a pedir a través del hilo telefónico avisaran al seleccionador Bergmark:

“Todo está arreglado, me dijo con enorme seguridad. De Moraes está dispuesto a pitar de tal modo que Suecia salga triunfadora, por los 1.000 dólares de que hablamos. Intenté tirarle de la lengua, solicitando detalles. Y a medida escuchaba sus respuestas cobraba cuerpo la sensación de que no podía tratarse de un bromista; el asunto era para tomárselo muy en serio. Como nunca me había visto ante algo parecido, la experiencia de Sandberg constituyó para mí un gran consuelo. Y gracias a ello, extrayendo serenidad no sé de dónde, le dije que no íbamos a participar en ningún amaño, que podía despedirse de hacer negocios, porque de nuestros bolsillos no saldría ni medio dólar. Entonces ese anónimo “benefactor”, añadió sin alterarse: Muy bien, de Moraes aceptará la oferta uruguaya. Van a perder el partido”.

Sandberg no demoró en segundo en telefonear con Ken Aston, presidente del Comité de Árbitros de la FIFA, y como no lograse localizarle recurrió al mismísimo Stanley Rous, máximo responsable del organismo internacional, rogándole que pese a no ofrecerle más pruebas que esas dos llamadas telefónicas, tomase alguna medida urgente. Stanley Rous estuvo a la altura, sustituyendo al brasileño Vieira de Moraes por otro cuyo nombre se mantuvo en secreto hasta que ambos contendientes hubiesen llegado al estadio. Como ese hombre, el estadounidense Landauer, carecía de nivel para un dirigir un choque tan importante, los suecos protestaron, sin conseguir nada. Suecia necesitaba vencer a Uruguay por 2-0, y sólo pudieron marcarle un gol. Esa vitoria mínima permitía el acceso charrúa a cuartos de final, por golaveraje. Los rubios nórdicos sólo pudieron ver por televisión la victoria uruguaya ante la URSS (1-0), su gran partido en semifinales contra Brasil, poniéndoselo muy difícil a los futuros campeones hasta que un inmenso Jairzinho lograran desatascar el partido, y soñaron con que eran ellos y no el Uruguay de Mazurkiewicz o Luis Cubilla, quienes dirimían ante Alemania Occidental el encuentro por el tercer y cuarto puesto.

Los medios informativos y el periodismo gráfico solían hacerse eco de posibles sobornos a partir de los años 50 en el pasado siglo. Sin embargo corrieron un tupido velo sobre dos sonoros escándalos en el torneo que pretendía prestigiar al deporte rey. Por esa época había demasiadas cosas sobre las que no convenía hablar.

Avecinándose el Mundial de Alemania (1974) que coronaría en fútbol, aunque no en oro, a una Holanda vertiginosa, acaudillada por Johan Cruyff(*), y a la excelente Polonia de Lato y Deyna, el ya ex seleccionador Orvar Bergmark recogía en sus memorias una suma de reflexiones valiosas, imperantes, tan sólo, en ámbitos donde el fútbol aún no había descarrilado entre glorias a cualquier precio y empachos de dinero:

“Teníamos que luchar limpiamente por nuestros intereses. Podíamos ser los últimos, pero no los peores. Contaba la pureza del deporte, anques que nada. Podíamos haber ganado o perdido, pero siempre con la certeza de participar en una lucha honesta y limpia, sin que un árbitro comprado nos clasificase o eliminara. En los próximos Campeonatos creo que las designaciones arbitrales se harán públicas momentos antes de iniciarse cada partido. Al menos así debería hacerse”.

Por segunda vez, la FIFA promovió una investigación interna, con el foco puesto en Airton Vieira de Moraes, y fiel a sus costumbres nada se filtró a cerca de cuanto allí se pudo descubrir. Pero debió ser gordo, puesto que el Mundial de México se convirtió en mortaja deportiva de quien creyera haber cumplido “el sueño de toda una vida”.

El torneo que mitificase a Carlos Alberto, Gerson, Brito, Clodoaldo, Rivelino, Tostao, Edu, Pelé o Jairzinho, concluiría aplastando la carrera de otro brasileño, entre el olvido, cuando no el desinterés general.

Aquí, en España, ni el gol increíblemente anulado a Adelardo por un silbato chileno en venta, ni lo que pudo haber detrás de aquella “garganta profunda” telefoneando al seleccionador sueco, merecieron apenas la atención de nuestros medios. Tan sólo en febrero de 1973 el diario “Marca” se dignó recoger un extracto de cuanto narrase el periodista húngaro Istvan Somos, especializado en la persecución de chanchullos, para un medio de Budapest.

Corrían tiempos por la piel de toro, en los que no convenía hablar sobre demasiadas cosas. Quizás el fútbol tampoco intentase reventar los corchetes de aquella censura.

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(*).- Johan Cruyff, peleado con su Federación a raíz de que ésta firmase un acuerdo económico con la marca “Adidas”, sin beneficio para el elenco internacional, se negó a lucir los distintivos -trébol y tres rayas- de la marca. Paralelamente liquidó 7 millones de ptas. en concepto de distintas operaciones publicitarias, durante las tres semanas de aquella fase final. Esos 7 millones distaban mucho de constituir una tontería, cuando el salario medio en España durante 1974 rondaba las 20.000 ptas. mensuales brutas.




Amberes, y su mitología centenaria

Resulta difícil explicar qué supuso la medalla de plata conquistada por nuestro fútbol en los Juegos Olímpicos de Amberes, sin una breve inmersión histórica.

Desde la guerra napoleónica, los españoles alternaron lentas y costosísimas ascensiones, con bajadas a tumba abierta por el tobogán de una idiosincrasia tan autodestructiva como pendular. Afrancesados y fernandinos, liberales y absolutistas, isabelinos y carlistas, librepensadores y católicos romanos de misa diaria, monárquicos y republicanos, adalides de la modernidad y caciques apegados al agro, masones y limosneros, cortesanos y buscavidas, burgueses y proletarios, magnates del diezmo y contrabandistas irreductibles… Cien años de conflicto en conflicto, de algarabía inútil e ideales ensopados en sangre, entre bellos discursos, arengas rancias y retroceso económico, hasta el marasmo que supusiera la crisis del 98.   

Aquel bofetón de realidad se tradujo en misantropía, desazón y dudas identitarias. El sueño imperial desaguaba en pesadilla. Perdido el tráfico mercantil con la perla antillana, Cádiz languideció como esas damas solteras de alta cuna que acumulan arrugas hasta la setentena, sin dejar nunca de ser “niñas”. Incluso una cabeza tan bien amueblada como la de Unamuno, apenas lograría sobreponerse a sus eternas contradicciones. El Cid ya no cabalgaba victorioso. “Una nación que sólo ayer se arrancó las plumas”, ponía en evidencia al solar de Felipe II, Juan de Austria, Fernando e Isabel La Católica, según se dijo en el mismísimo Congreso. De Cuba y Filipinas ya no llegaban quintales de ron, melaza, cajas de tabaco, mantones y dinero a espuertas, sino mutilados famélicos, carcomidos por la derrota, el paludismo, tanta y tan intemporal injusticia, o ataques de disentería. El viejo imperio, embebido en doradas nostalgias, casi ni acertó a poner un pie sobre el estribo del maquinismo. Sólo Cataluña, Vizcaya, y en mucha menor medida Oviedo, acabarían generando una burguesía emprendedora, vista con gran recelo desde posiciones ultramontanas.

Las secuelas de 1898, o parte de ellas, alcanzaron hasta el estallido de la I Guerra Mundial, en 1914. Para colmo, una tremenda gripe iba a llevarse a 200 ó 230.000 compatriotas, mayoritariamente jóvenes, en tres brotes distribuidos durante dos años. Siega temprana estando el país tan necesitado de innovación, por más que desde determinados ámbitos se quisiera ver entre tanto féretro y nubes de incienso, algo parecido al alivio demográfico. Aun con 20 millones de habitantes, España sólo era capaz de proporcionar trabajo productivo a un tercio, mientras vascos, levantinos y catalanes transformaban la neutralidad en negocio, proveyendo y transportando hasta la Europa en conflicto toda suerte de artículos. Aquella burguesía incipiente iba a sextuplicar su fortuna en apenas dos años, como en una noche loca de tapete y ruleta. Con riesgo, es verdad. No sólo ante el bloqueo a mar abierto de los países beligerantes, sino por culpa de unas reivindicaciones sociales no atendidas, que al gangrenar derivarían en reyertas pistoleras, ajustes de cuentas y huelgas salvajes. Aunque el cine o la literatura apenas lo hayan retratado, Barcelona y su periferia se anticiparon al Chicago de la Ley Seca, por su matonismo, insidias alambicadas entre prohombres de cuello blanco, compra y venta de voluntades e incapacidad policial, durante los años 10 y el devenir de los 20.

Cartel de la Séptima Olimpiada moderna.

Del “¡Hasta que sean fuego las estrellas!”, grito anarcosindicalista, se pasó a la dictadura de Primo de Rivera, o “dictablanda”, según juicio de no pocos historiadores. Aquella dictadura con una mano enguantada en seda y la otra en hierro, fue real, mientras lo de incendiar el firmamento no iba a pasar de sueño. Y muy real, también, sería la nueva incertidumbre subsiguiente al armisticio germánico.

Gran parte de aquellos negocios oportunistas perdieron toda su razón de ser en una Europa nueva. Los talleres de armas y fábricas de munición, las de pertrechos, la guarnicionería, ya sin soldados a quienes proveer de botas, o sin demanda de aislantes en cuero para la artillería. Cerraron, también, muchos telares especializados en tejer mantas caballunas o uniformes militares. Otros supieron salir adelante, aferrándose a un nuevo y espectacular concepto del consumismo. Después de tanta tribulación, muchos hombres y mujeres parecieron volverse locos, entregados a la morfina, el descorche de banalidad y una vida vampírica tachonada de vicios al por mayor, ya no inconfesables, sino practicados en público. Cierto que nuestras ciudades nunca fueron París, ni la Babilonia berlinesa, que nuestros nuevos ricos, más que ante la morfina sucumbieron al gusto por el alarde jactancioso, como encender su puro con un billete de 50 ó 100 pesetas en el Casino, para pasmo de camareros y queridas con pisito. Por nuestros pagos, y excepto tres o cuatro locales del Paralelo barcelonés, la fiesta siguió restringida a casas de lenocinio donde los caballeros se cedían la vez, obsequiosos: “Por favor, usted primero, don Cosme, que tiene enferma a su señora esposa y querrá volver pronto a casa”.

España pudo haberse enganchado definitivamente al tren del progreso, reconvirtiendo su industria obsoleta en otra de reconstrucción, pero ni los poderes públicos ni quienes ya se habían hecho de oro tuvieron cabeza para ello. Tan sólo algunas familias, como los De la Sota, con su patriarca convertido en “sir” por agradecimiento de la corona británica ante una ayuda ni mucho menos desinteresada, o los March, diversificaron ganancias admirablemente. Los vizcaínos, sin desatender el negocio naval e invirtiendo en compañías aseguradoras, mercantiles y financieras. Los mallorquines al timón de su Banca y no perdiendo de vista el filibusterismo que antaño tanto margen les proporcionara. Pero el país mayoritariamente encaraba un nuevo descenso por el tobogán. Lo intuían muchos obreros, parte de los intelectuales, la generación del 98, disconforme con casi todo, y en cierto modo hasta la cúpula militar, mientras la política seguía sin reducir el tremendo analfabetismo nacional. Si los maestros vivían en la miseria, ¿a quién iba a tentar la docencia? “Dios proveerá, hijos míos”, clamaban desde su púlpito los presbíteros, mientras en las sedes episcopales bien pudiera especularse sobre si el lobo soviético acabaría disgregándoles el rebaño. Una nueva incertidumbre, o si se prefiere la misma de siempre, asolaba el corazón de nuestros ancestros. El Rif parecía en pie de guerra, otra vez. La prensa sensacionalista, cuando casi todas las cabeceras se empeñaban en serlo, aseguraba que cualquiera con buen oído escucharía el repique de tambores desde Tarifa, si soplaba viento sur. No, 1920 no llegaba precedido buenos augurios.

Por eso, sin duda, y a falta de mejores noticias, aquella medalla de plata supo a gloria.

Manuel de Castro, periodista, impulsor en la construcción de Balaídos y uno de los más implicados entes la creación del Real Club Celta, podría haber llevado al Registro de la Propiedad Intelectual “la furia española”.

Y por supuesto, no faltaron quienes para hacerla más atractiva la sazonasen con algún aroma mitológico. El Olimpo, además de otorgar respetabilidad, ennoblece incluso las derrotas. Ensalza el dolor, antes que el placer de la victoria. ¿Acaso no era legítimo endiosar lo terrenal, bajo una antorcha sagrada?

Aquella gesta hispana tuvo en Manuel de Castro, periodista gallego habitualmente emboscado tras el seudónimo de “Hándicap”, un único bardo. Y merced a su ocurrencia cobraría cuerpo el mito de la furia española.

En realidad, hacia 1920 casi todo el fútbol europeo sería visto hoy como exhibición furiosa. Su reglamento, muy permisivo con los contactos, la contundencia de aquellas botas blindadas, el peso de los balones y una técnica individual todavía rupestre propiciaba los choques repetitivos, el patadón sin contemplaciones y las carreras largas, sustentadas en la potencia, antes que en cualquier atisbo de finta. Puesto que podía cargarse a los porteros, éstos salían a despejar de puño con ambas rodillas por delante, o forzando piruetas muy próximas a las artes marciales. Máxime cuando atacantes y defensores caían sobre blando. Porque había, sobre todo en los países meridionales, dos modelos futbolísticos: el de quienes jugaban sobre césped, y el de cuantos competían en campos de tierra endurecida. Por cuanto respecta a España, el norteño, englobando las regiones gallega, asturiana, cántabra, vasca y catalana, y el levantino, andaluz y madrileño. Uno rápido, fuerte y directo; otro afiligranado, con cierta pausa para la elaboración y técnica ligeramente superior. O sea que, tras inscribir al equipo nacional para los Juegos Olímpicos, nuestra Federación tuvo que dilucidar por cuál de esas fórmulas se decantaba.

Tomando como referencia el reparto de títulos nacionales, es decir quienes solían erigirse campeones de Copa, llevaban ventaja los clubes norteños. Algo normal, considerando que sólo dos capitalinos (Madrid y Gimnástica) habían asomado por las finales. Un vistazo al palmarés hasta 1920, ahorra explicaciones. El Athletic Club lucía 8 títulos, incluyendo el de 1902, cuando Bilbao F. C. y Athletic concursaran bajo la denominación de Vizcaya. Le seguían Madrid (5 títulos), Barcelona (4), los iruneses, bajo el nombre de Racing y Real Unión (2), Arenas Club de Guecho y Club Ciclista de San Sebastián (predecesor de la Real Sociedad), con uno. A las finales tan sólo habían llegado, además de los citados, Vigo Sporting, C. D. Español de Barcelona, Basconia, España de Barcelona y la ya citada Gimnástica. El fútbol gozaba de mucho más arraigo por la vertiente norte, pero de ahí a suponer que el Madrid no contaba con elementos capaces de cumplir a plena satisfacción en un elenco nacional, mediaba amplio trecho. Finalmente, el criterio federativo, expresado por su triunvirato técnico (Berraondo, Paco Bru y Julián Ruete) se tradujo en la elección de hombres norteños, argumentándolo así: “Puesto que se va a competir sobre hierba, llevemos futbolistas acostumbrados a jugar sobre ella”. No hubo otras razones para que el grupo expedicionario lo compusieran 5 jugadores de la Real Sociedad, 4 del Athletic, 3 del Barcelona y Vigo Sporting, 2 del Real Unión y Arenas de Guecho, y uno del Racing ferrolano.

Ya estaba el equipo físico, rápido, atlético, con hombres muy altos para la época (Eguizábal, Belauste o Arrate) y contundentes (Patricio Arabolaza). Sólo faltaba aguardar la ocasión. Y ésta llegó ante Suecia el 1 de setiembre, en un campito menor de Amberes, como era el de Boschuil. Los nórdicos se habían adelantado en el minuto 25 por mediación de Dahl y a España le costaba acercarse a las proximidades del portero Zander. Poco después del descanso, Sabino Bilbao envió un pase a su compañero en el Athletic Club, el medio centro José Mª Belausteguigoitia, y éste, luego de chocar con varios adversarios, acabaría empujado el balón hasta las redes. “Hándicap” ya tenía inspiración para su oda en prosa: «Un verdadero “goal” hercúleo», escribió. Y no contento, adornaría la jugada con lo que nadie pudo escuchar desde la grada: el grito improbable de Belauste a Sabino Bilbao Líbano, «¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!».

El gol de furia, raza y pundonor estaba servido. La cerrazón de Juan Martín “El Empecinado” y “El Cura Merino”, pigmeos ante un inmenso ejército napoleónico, volvía a imponerse a la lógica. Los últimos de Filipinas, asediados en una iglesia medio en ruinas. Ese individualismo crónico, tan nuestro, convertido en virtud teologal. La fuerza sobre cualquier destreza. El puño, antes que el cerebro. Manuel de Castro González (Vigo, 9-VIII-1885 – 27-VIII-1944) acababa de pasar a la historia de nuestro fútbol cantando un gol libérrimamente, y con derecho a patentar lo de “la furia española”, término que si no verbalizase, nació inspirándose en su crónica.

También Belauste pasó a la historia, con un gol que ni siquiera iba a resultar determinante. Debería haberlo hecho con más razón Patricio Arabolaza, autor del primer tanto para “la roja”, ante Dinamarca, justo el atardecer de nuestro debut internacional. Suyo, incluso, fue el primer gol anulado a España, media hora antes, según parece sin gran justicia. Pero así son las cosas. El ser humano prefiere a menudo recrearse en leyendas, antes que reverenciar la verdad. Guillermo Tell, el Mannken Pis, Robin Hood o Martín Fierro, podrían atestiguarlo sin hubieran existido. Al menos Manuel de Castro llevó consigo parte de aquella gloria cuando, a los 59 años, el tranvía del puerto vigués lo arrollase junto a los jardinillos de Eijo Garay.

Parte de los componentes de “La Furia”, nombre con que sería designada nuestra selección nacional durante muchos años por países de Hispanoamérica.

Cualquiera que haya jugado alguna vez al fútbol, incluso partidos de solteros contra casados, sabe que es imposible deslizar parlamentos heroicos a falta de aliento. Belauste, con sus 90 kilos y a sólo 5 centímetros de los dos metros, basaba su estrategia en el poderío físico. Pero una vez de retorno, nadie, entre sus compañeros, aseguró haberle oído pronunciar la frasecita. Como mucho, algunos lo dejaron en “¡Sabino, Aurrera!”; o sea “Sabino, adelante”. Pero a medida que el invento de “Hándicap” se hacía célebre, otros irían corrigiéndose. Ricardo Zamora, sabedor de lo que significaba convertirse en mito, aseguró tiempo después que Belauste dijo, palabra por palabra, lo que Manuel de Castro dejara escrito. Ni el propio Belauste se atrevió a tanto, al ser entrevistado por la revista cubana “Carteles” (1937): “Estando yo en posición ventajosa para anotar, y viendo que Sabino avanzaba con la pelota, le dije simplemente: ¡A mí, Sabino, que los arrollo! Después rodamos tres o cuatro por el suelo”.

Ese gol habría valido de poco, si el también atlético Chomin Gómez-Acedo no hubiese anotado otro en el minuto 80. O sin el fallo del sueco Olsson, al lanzar fuera un penalti. Clasificados para una semifinal de consolación -la derrota ante Bélgica por 3-1 en el segundo encuentro convertía la plata en máximo objetivo-, los nuestros aún tuvieron que derrotar a Italia (2-0) y Holanda (3-1), para erigirse en subcampeones. Belauste ya no volvió a marcar y sólo disputó el partido definitivo ante los neerlandeses, detentando la capitanía, como ante Dinamarca y Suecia. Además, el verdadero artífice del éxito español sería Félix Sesúmaga (F. C. Barcelona), pues suyos fueron los dos goles endosados a Italia, y otro par de los que encajase el holandés Mac Neill. Con 4 tantos fue el máximo goleador hispano, y hoy su nombre apenas sugiere algo a nadie. Las puertas del Olimpo se le cerraron injustamente.

Belauste, un medio centro gigantesco que solía incorporarse al ataque. “Hándicap” no hubiese podido elegir mejor protagonista para tipificar la furia combativa.

Sobre la furia no menor con que se empleaban otros elencos, baste algún dato. Si los suecos unieron a su fuerza varios brotes de marrullería, el choque contra Italia ya derivó hacia un no va más. Ricardo Zamora y Bedini II fueron expulsados, por agredirse a puñetazo limpio. Pagaza hubo de abandonar el campo en brazos de las asistencias. Los demás, doloridos, magullados, cubiertos de pellizcos y moretones, con tantas ganas de festejar el triunfo como la ocasión requería; alegres y al mismo tiempo reivindicativos con respecto a la dolosa pasividad arbitral que aquellos Juegos venían poniendo en solfa. Y puesto que en el elenco figuraba un bromista contumaz como “Pichichi”, en seguida irían urdiendo un plan.

Sólo tuvieron que improvisar una especie de estandarte para encabezar el cortejo, vestir con sotana a Belauste, quien por su estatura y rostro enjuto ofrecía una formidable estampa de mosén decimonónico, y ensayar miradas hieráticas mientras caminaban, muy serios, en perfecta formación. Tras un Belauste esparciendo oraciones en lengua vasca, inmóvil en su camilla y con ambas manos sobre el pecho, Pagaza se hacía el muerto. “La gente nos preguntaba qué era aquello y nosotros les decíamos que el funeral de un compañero, caído ante los italianos. Algunos hasta se acercaban a don Paco, a quien convencimos para cerrar el desfile, transmitiéndole su pésame. Casi se nos escapaba la risa”, narraron luego los jugadores del Athletic Club, por las tertulias bilbaínas. La seriedad duró hasta alcanzar la primera taberna, cuando Pagaza se puso en pie gritando: “¡Milagro, milagro!”, mientras los demás coreaban: “¡Con nosotros no pueden ni holandeses ni italianos!”.

Furia, quizás. Pero sobre todo ganas de pasarlo bien y ese sentido del humor necrófilo, que suele evaporarse una vez consumida la juventud más pletórica.       

José Mª Belausteguigoitia Landaluce (Bilbao 15-V-1889 – México D. F. 4-IX-1964), desde su regreso de Amberes no volvería a disputar ningún otro partido representando a España. Estuvo entre los convocados para los Juegos de París (1924), más por agradecimiento que en respuesta a sus méritos. Ya nada quedaba en él, capaz de recordar al “León de Amberes”, apelativo que iba a pasear hasta su muerte, aquejado de un cáncer pulmonar. Con 35 años y en muy baja forma, al haberse despegado un tanto del fútbol, el dúo Paragés – Pentland, seleccionador y técnico para la efeméride, prefirieron no alinearle. Veinte años en el Athletic, 7 títulos Regionales y otros tantos de Copa, se iban por la puerta de atrás, aun inscribiendo su nombre con moldes de oro en la historia rojiblanca. Porque tantos años después, junto a “Piru” Gainza sigue siendo el futbolista con más entorchados coperos. Su biografía al margen del balón, además, merece sobradamente alguna pincelada.

Sexto entre los 12 hermanos componentes de una familia con ascendencia en la villa alavesa de Llodio, estudió Derecho en Salamanca y como todos los de su generación en el Athletic nunca pudo vivir del fútbol. Dos de sus hermanos, “Pacho” y Ramón, lucirían junto a él la camiseta rojiblanca, aunque con mucha menos fortuna. Otro de ellos, Federico, le arrastró por la senda política hasta convertirlo en destacado militante nacionalista. Amigo personal de Sabino Arana Goiri, fundador del P.N.V., Federico llegó a ser hombre importante dentro de aquella organización, sin que el propio José María quedase muy atrás, no en vano figuró una vez como candidato a las Cortes. Nadie en Vizcaya era ajeno a su ideología, y por ella hubo de exiliarse temporalmente en Francia (1922), cuando uno de sus discursos levantara ampollas en el despacho de Gobernación, ante su “encendida visceralidad”. Algo después, muchos se sorprendieron al encontrar su nombre entre los escindidos del P.N.V. para legalizar Acción Nacionalista Vasca, hijuela izquierdista y laica, más radical y reivindicativa en sus anhelos nacionales. Un paso en falso, del que poco tardó en desdecirse. Su profundo catolicismo chocaba con la iconoclastia de amplias capas en ese nuevo proyecto.

Casado con una sobrina del celebrado pintor Ignacio Zuloaga, al estallar la Guerra Civil quiso pasar a zona “nacional”, infructuosamente. Volvía a encontrarse incómodo entre los aliados del Lehendakari Aguirre. La cacería de curas y el marxismo recalcitrante no iban con él. Para entonces, además, habían empezado a verlo como mito de otro Olimpo: un nacionalista vasco convertido en referente de la furia española, cuando el credo vizcaitarra propugnaba desandar senderos de confraternización histórica. Afrenta en toda regla a esa nueva España naciente, caudillista y vertical, sustentada en el axioma de “Una, Grande y Libre”. Así que como tantos miembros del P.N.V. acabaría poniendo rumbo a México, tras esquivar la cárcel. Y si desde allí pudo ver a su sobrina Ibone, representando a la nación azteca en una piscina Olimpiada londinense (1948), y a Iker, también sobrino, como regatista a vela en Tokyo (1964), no tendría ocasión de alcanzar el nuevo desfile de este último en los Juegos de México (1968), cuando todo el país se preparaba para organizar su primer Mundial de fútbol.

Belauste, de cualquier modo, no fue el único mito consagrado durante aquellos días de agosto y setiembre en Amberes. Ricardo Zamora, sin la ayuda de Manuel de Castro, aunque a lomos de la prensa internacional, acabaría arrebatando el cetro al mismísimo Júpiter. Sus vuelos y alardes efectistas, la sensación de aplomo que transmitiera, y aquel gesto con que solía aceptar el asombro del graderío, no dejaban a nadie indiferente. “En Inglaterra jugaría poco -sentenció Mr. Pentland una vez, cuando alguien le preguntara por “El Divino”-. Allí los porteros paran balones, y quien busca espectáculo saca entrada para el teatro o el circo”. Pentland sabía de fútbol más que nadie por nuestros pagos, pero le costaba entender que en un futuro ya tangible ese deporte iba a devenir en supremo espectáculo. Zamora, en realidad, fue un adelantado. Quienes más lo criticaban serían los mismos detractores de Jacinto Quincoces, el mejor defensa europeo durante unos años. “Qué manía tiene de jugar la pelota -dijeron de él-. Los defensas a despejarla, como Ciriaco. Para hacer cosas bonitas ya están otros”. El “foot-ball” evolucionaba a toda velocidad, aunque algunos tuviesen problemas para entenderlo.

Ricardo Zamora Martínez, caricaturizado en su doble función de futbolista divo y buen redactor periodístico.

Zamora, en cambio, sí lo vio venir. Muy consciente de lo que representaba habitar en el Olimpo, tan pronto puso un pie en Barcelona pidió más dinero a su presidente. Si no le pagaban de verdad, estaba dispuesto a cambiar de acera. Los dioses, ya se sabe, son ambiciosos, y Ricardo Zamora Martínez, el primer mito auténtico del fútbol universal, impuso su amenaza aun siendo muy joven. Luego cambió de acera, consciente de que la economía del Club Deportivo Español no era tan fuerte como la “culé”, desanduvo el camino cuando los “pericos” tiraron la casa por la ventana, y pulverizó cualquier récord crematístico, ya talludito, al ingresar en el Madrid. “Ricardo, ¿eres partidario del profesionalismo?”, le preguntaron mientras se debatía respecto a si en España iba a ser posible profesionalizar el deporte rey. Respondió sin inmutarse: “Bueno, ¿qué te parece si hablamos en serio?”. Para entonces ya era profesional magníficamente retribuido. Entre prima de fichaje, mensualidades y distintos “bolos” festivos, salía al año en lo económico cuatro o cinco veces mejor que un abogado de éxito, o cualquier buen médico. Todo ello sin contar con las magníficas vistas atribuibles a quien mora por encima del bien y el mal. Algo después, esa condición de tótem le llevó a ser mal mirado desde las dos facciones contendientes en nuestra Guerra Civil. Suele ocurrir con los mitos, al obligárseles a elegir entre el conmigo o contra mí.

Zamora, tal vez inconscientemente, se convirtió en asidero de unos compatriotas tanto o más atribulados que hoy, un siglo después, y con no menos necesidad de aferrarse a algo, para sentirse alguien. Pichichi, en cambio, pudo haber llegado a otros Juegos Olímpicos como ídolo, de no mediar la primera Gran Guerra. Pero salió de Amberes dejando un regusto amargo, como hombre corriente y con pies de barro.

Había hecho lo más difícil; trascender de Rafael Mª Miguel Moreno Aranzadi, su identidad registral, universalizando el apodo, o anotar el primer gol del viejo San Mamés, antes que campo mítico un templo balompédico. Agigantar su figura de metro y medio, haciendo que los niños de un Bilbao creciente soñaran imitarle. O dejar sentado que en un fútbol físico también la astucia servía para domeñar al adversario. Su mismo padre, alcalde de la villa durante los primeros años del siglo XX, sería reconocido en la calle no como Joaquín Moreno, sino por “el aita de Pichichi”. Entre 1914 y 1918, mientras Europa se desangraba, lo había sido todo en el fútbol nacional. Cuatro veces campeón de Copa, tres de ellas consecutivamente, y otras cinco veces en el Regional Vizcaíno, parece anotó 83 goles en 89 partidos, cuando al no existir un torneo de Liga se disputaban muchísimos encuentros menos de lo que andado el tiempo sería habitual. Pero si el nacimiento de la selección española le llegó tarde, también lo hizo coincidiendo con uno de sus peores estados físicos. Acababa de casarse y entre preparativos de boda y larga luna de miel, se sabía muy fuera de forma. A tal punto que, de entrada, rechazó acudir a los Juegos Olímpicos. Tuvo que ser el Sr. Argüello quien, con mucha paciencia y sin regatear ningún argumento, le hiciese mudar de opinión. Aunque de todos modos tampoco es que en Amberes aportase mucho. Su poca presencia física, unida a un gusto contumaz por las francachelas, había ido haciendo mella en su organismo. Disputó los 5 partidos olímpicos anotando un gol en su última comparecencia, el del 3-1 definitivo ante Holanda, a los 72 minutos. Y aquel tanto, en cierto modo, constituyó anticipo de su retiro.

“Pichichi”. Para él Amberes fue broche sin especial brillo, antes de convertirse en mito imperecedero.

Ya jugador fuera de tiempo, cosecharía duras críticas de su público, a grito limpio: “¡Estás acabado, viejo! ¡Retírate!”. Sin entenderlas, y por no seguir escuchándolas, acabaría anunciando un adiós a medias, puesto que pensaba hacerse árbitro. Muy pocos, aunque cueste creerlo, confesaron echarlo en falta por San Mamés. El aficionado futbolístico siempre fue volátil, olvidadizo y cicatero. Más antaño, si cabe, cuando a los astros del balón podías encontrártelos en el café, compartiendo palco, paseando tranquilamente o a la sombra de cualquier árbol, en amigable compañía junto a una jarra de chacolí. Como árbitro, además, no dio la talla. Le faltaba temperamento, o si prefiere autoridad. Así que a los 29 años ya era exfutbolista y árbitro en retiro.

Fue su óbito prematuro lo que hizo de él un ídolo. A la incredulidad inicial, cuando se extendiera el eco de su fallecimiento, víctima del tifus, sobrevino una manifestación de duelo imponente. Casi todos los bilbaínos, mujeres, niños, interesados por el “foot-ball” o quienes nunca dieron un puntapié a nada, se echaron a la calle cuando desfilaba su féretro, en marzo de 1922. Partía así de este mundo el primer medallista olímpico en Amberes.

Otros compañeros suyos junto a la antorcha tampoco tuvieron suerte. Silverio, Sesúmaga o Patricio Arabaloaza, fallecerían igualmente en plena juventud. Artola y Eguizábal perdieron la vida durante aquella barbarie incivil orquestada en 1936. El último superviviente fue Sabino Bilbao, tío de Plácido, otro futbolista que también tuvo ocasión de lucir en rojiblanco, además de imponer su arrancada en el Guecho, Indauchu, Real Valladolid, Recreativo de Huelva, Arenas guechotarra, Boston Beacons de los Estados Unidos, Estepona y Melilla. Sabino Bilbao, coprotagonista en una jugada poco exquisita, pero a la postre mítica, se fue para siempre en Guecho, durante 1983. Y a tenor de la evolución que iría experimentando nuestro equipo nacional, desde la lucha espartana al toque primoroso, cabe decir que con él se apagaban, quién sabe si para siempre, los pebeteros de una furia extemporánea.




…Y España dio la espantada

La Copa de Europa de Naciones, denominación con la que naciese el torneo, Campeonato Europeo de Naciones, como era conocido cuando la selección española celebró su primer título en 1964, o la Eurocopa, su nombre oficial a partir de 1992, tuvo un arranque difícil, dubitativo y largamente esperado.

Su germen habría que situarlo en el fallido proyecto de aquella Copa de los Países Latinos, ideada por la Federación Francesa de Fútbol para 1925, sin que ninguno de los teóricos contendientes llegara a tomársela en serio. Dos años después, el galo Henri Delaunay volvía a la carga con una propuesta todavía más audaz, abierta a todos los países europeos, que imitase la Copa América implantada con éxito a partir de 1916. Pero aunque el austriaco Hugo Meisi abrazara la idea entusiasmado, las distintas Federaciones Nacionales prefirieron darle la espalda. Muchos de aquellos organismos balbucientes veían en la UEFA un ente entrometido en su quehacer, no la Federación de Federaciones surgida con el exclusivo propósito de establecer cierto orden, mediar en asuntos espinosos y salvaguardar un deporte cuyo crecimiento exponencial semejaba no tener fin. Desde ciertas Federaciones nacionales se contemplaban aquellos proyectos como competencia desleal hacia los torneos domésticos de Liga y Copa, muy en especial las británicas, siempre tan escrupulosas defendiendo su autonomía. Nadie podía asegurarles que semejante empeño internacional concluyera haciendo rodar sin puntilla las competiciones propias, llevándose por delante no pocos clubes. Y si el peso de las agrupaciones deportivas en Francia, Portugal, Alemania, Suiza, la región balcánica o los Países Bajos, frisara lo puramente testimonial, cabía decir todo lo contrario respecto a Hungría, Italia, España y los inventores del fútbol, o sea, el trío federativo de Gran Bretaña.

La convulsión política de los años 30, con el resurgimiento germano a partir de postulados beligerantes en lo internacional, más que reprobables por cuanto al Derecho Humanitario, y marcadamente racistas para el consumo interno, unidas al fascismo de Mussolini en Italia y la Guerra Civil española, imposibilitaron cualquier nuevo intento. La II Guerra Mundial, entre masacres monstruosas, siembra de odios nacionales y subsiguiente tarea de reconstrucción, aplastó textualmente el decenio del 40 y primera mitad de los años 50. Sólo cuando Europa o parte de ella comenzó a levantarse gracias al denodado esfuerzo de dos generaciones y la ayuda del Plan Marshall, Henri Delaunay, y su hijo Pierre, secretario general de UEFA, volverían a la carga. Y esta vez sí, con tantas heridas que restañar, desde varios estamentos se entendió que el fútbol podía servir como argamasa europea y antídoto ante futuros brotes de imperialismo exacerbado.

Hasta 1960 resultó imposible celebrar la primera fase final, en Francia, con la URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia y los anfitriones ocupando el cuadro de honor. Henri Delaunay, fallecido dos años antes, no pudo ver consumado un sueño al que su hijo Pierre, elegido secretario del comité organizador, acabaría dando forma. Alemania Federal, Inglaterra e Italia, naciones con un fútbol potente, optaron por no estar presentes entre los 17 países inscritos. Irlanda fue eliminada por Checoslovaquia en una ronda previa que redujese los participantes a 16. Y luego, ya en el primer cruce eliminatorio, la selección española pulverizó a Polonia con un 2-4 en el choque de ida y 3-0 en el de vuelta, gracias a un elenco donde destacaban Ramallets, Olivella, Garay, Gracia, Segarra, Gensana, Kubala, Di Stefano, Luis Suarez y Paco Gento, a las órdenes de Helenio Herrera. La URSS, que hubiera sido el rival de España en cuartos de final, estableció durante esa primera edición un récord de espectadores al congregar en el moscovita Estadio Lenin más de 100.000 almas (29-IX-1958). Y los nuestros darían la espantada cuando el Régimen de Franco, tan visceralmente anticomunista, negó la entrada a la expedición soviética.

Comunicación inicial del Ministerio de Asuntos Exteriores al Delegado Nacional de Educación Física y Deportes, con negativa gubernamental a una hipotética participación española en la Copa de Europa de Selecciones.

Al menos así se ha venido simplificando unos hechos más confusos, llenos de claroscuros, vaivenes y empeños contradictorios, cuya exposición nunca fue abordada a fondo.

Historia que va siendo hora de desglosar, siguiendo un orden cronológico.  

El 7 de agosto de 1957, P. Delaunay dirigía un escrito a todas las Federaciones nacionales afiliadas, adjuntado al primer boceto de proyecto un cuestionario con solicitud de respuesta, acerca de dos puntos fundamentales: 1.- Si se apostaba por un torneo con partidos de ida y vuelta o tan sólo a un choque, en terreno de las selecciones extraídas de la urna en primer lugar durante el sorteo. Y 2.- Si la duración del mismo, desde las eliminatorias previas hasta su gran final, debería extenderse durante 2 o 3 años.

El 12 de agosto, a vuelta de correo, el presidente de la Española respondía apostando por partidos de ida y vuelta y una duración de 2 años.

Luego de distintos tiras y afloja, el 22 de enero de 1958 Pierre Delaunay hacía llegar el Reglamento del Torneo a todos los secretarios de las Federaciones en principio interesadas, al tiempo de solicitar les fuera remitido antes del 15 de febrero un listado de componentes en las selecciones previstas. Se anticipaba, además, el deseo de establecer cuanto antes el calendario de cruces, para que las distintas Federaciones pudieran confeccionar sus propios proyectos de competición doméstica. El secretario general de nuestra Federación respondería con diligencia, pues 5 días después, estudiado el Reglamento de Competición, matizaba mediante una única apostilla “ya salvada en parte por esa Secretaría”, consistente en que “los dos partidos de cada eliminatoria se celebren siempre dentro de la misma temporada, a fin de permitir a las Asociaciones afiliadas conocer con la antelación posible el resultado de las eliminatorias y confeccionar su calendario internacional propio”.

El hombre propone, y las circunstancias descomponen, como bien es sabido. Y la premura con que en el seno de UEFA se pretendía poner en marcha aquel invento iba a tropezar con nuevas dificultades. Por fin, el 3 de junio de 1958, finalizadas todas las competiciones domésticas, se reunía en Estocolmo la comisión de estudio para la Copa de Europa de Naciones, presidida por Gustav Sebes (húngaro) y compuesta, además, por Constantin Constantaras (griego), Alfred Frey (austriaco), y el propio Pierre Delaunay. Sólo tres días después, en los salones del Hotel Floresta, de Estocolmo, 16 representantes de las 17 federaciones inscritas cerraban la ronda de primeros cruces. José Luis Costa ejerció como representante español y Rumanía excusó su asistencia. La suerte arrojó el siguiente cuadro eliminatorio:

HUNGRÍA – U.R.S.S.

POLONIA – ESPAÑA

ALEMANIA ORIENTAL – PORTUGAL

YUGOSLAVIA – BULGARIA

TURQUÍA – RUMANÍA

DINAMARCA – vencedor del cruce CHECOSLOVACIA – EIRE

FRANCIA – GRECIA

AUSTRIA – NORUEGA

Se hacían patentes, además de las tres ausencias ya descritas (Italia, Inglaterra y Alemania Federal) las “deserciones” de Suecia, Escocia, Suiza, Austria, Holanda y Bélgica. Por el contrario, todo el bloque del Telón de Acero abrazaba la iniciativa. Era obvio que las heridas de la reciente gran sangría europea no acababan de cicatrizar.

El 1 de julio de 1958, apenas apagado el eco de bienvenida hacia este torneo por fin efectivo, Ramón Sedó, Director General de Política Exterior (organismo dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores), remitía un escrito a José Antonio Elola-Olaso, Delegado Nacional de Educación Física y Deportes, en estos términos:

“Mi querido amigo:

He pasado a consulta de la Superioridad lo que me planteas en tu carta del 14 de julio, adjunto a la cual me remitías un informe sobre la organización de la Copa de Europa de Naciones.

Sigue siendo criterio de la Superioridad el no a la autorización a que se celebren encuentros deportivos entre equipos españoles y equipos de la Unión Soviética.

En vista de ello, y para evitar que se produzcan circunstancias similares a las que tuvieron lugar con motivo del campeonato de baloncesto, se ha creído oportuno decidir que la Federación Española de Fútbol se abstenga desde ahora de participar en la Copa de Europa de Naciones.

Recibe un saludo muy cordial de tu buen amigo.

Ramón Sedó”

Traslado a la FEF sobre postura del gobierno respecto a la inconveniencia de participar el torneo internacional.

1 de julio de 1958, repetido queda para mayor énfasis. Ya desde entonces, la cúpula gubernamental española ordenaba a la F.E.F. desandar lo avanzado. Al día siguiente, es decir sin pérdida de tiempo, desde la D.N.D. el propio José Antonio Elola-Olaso firmaba una escueta notificación dirigida al presidente de la Española, Alfonso de la Fuente Chaos, cerrando cualquier posibilidad de  duda:

“Mi querido amigo:

A los efectos oportunos te remito copia de la carta que recibo del Director General de Política Exterior, dándome traslado de la decisión de la Superioridad en el sentido de que esa Federación debe abstenerse de participar en la Copa de Europa de Naciones.

Debo señalarte que esta comunicación tiene carácter reservado.

Recibe un fuerte abrazo de tu buen amigo y camarada.

José A. Elola-Olaso

SALUDO A FRANCO

¡ARRIBA ESPAÑA!”

Imposible narrar los movimientos que sin duda tuvieron lugar a partir de esta fecha, sin escritos y entre bastidores, como correspondería a una “materia reservada”. Porque los hubo, sin duda, ante la evidencia de que un año después, concretamente el 11 de junio de 1959, el secretario general de la Española volvía a contactar con las oficinas de UEFA en París, interesándose sobre si distintas disposiciones de FIFA serían de aplicación en los inminentes partidos de fase previa, a dirimir ante Polonia. La respuesta afirmativa, expedida el día 16 desde París, además de confirmar la vigencia del reglamento FIFA en materia de competiciones, ofrecía la novedad de subtitular aquella Copa de Europa como Trofeo Henri Delaunay.

Solventada con holgura su primera eliminatoria, nuestra Federación volvía a recibir un despacho fechado en Berna (Suiza), con indicaciones sobre los Cuartos de Final entre la URSS y España. Su traducción textual del francés recogía un párrafo curioso, justificable si en el ínterin se hubiera producido algún tipo de encontronazo o discrepancia:

“Para evitar todo malentendido, tenemos que confirmarles que los partidos URSS-España y España-URSS, correspondientes a ¼ de final de la Copa de Europa, se jugarán como sigue:

Comunicación de UEFA a la FEF sobre fechas de eliminatoria ante la URSS.

URSS-España   29 Mayo 1960, en Moscú

España-URSS     9 Junio 1960, en Madrid

Tercer partido 16 Junio en Roma o París (este último acuerdo quedaría supeditado a un entente entre los representantes de ambas Federaciones)”.

El mismo escrito informaba sobre la designación del Sr. Sebes como delegado de UEFA en Moscú, y los Sres. Schwartz o Crahay en Madrid. Con respecto a los árbitros, de nacionalidad británica, quedaba para más adelante  su designación definitiva. Y antes de la cordial despedida, se sugería establecer comunicación directa entre ambas federaciones, acerca de la organización de partidos y desplazamiento de los equipos.

Aparentemente, la Superioridad política franquista parecía haber aparcado su anterior negativa a que el deporte español se mediera con cualquier formación soviética. Un texto del presidente de la FEF fechado el 23 de enero de 1960, teniendo como destinatario al Delegado Nacional de Educación Física y Deportes, Sr. Elola-Olaso, confirma sin ambages el pláceme gubernamental, al tiempo de añadir detalles relacionados con el protocolo de la época, mucho más próximo a la política que al deporte. Sus primeros párrafos ya resultaban reveladores:

“Conforme en su día anticipé verbalmente a V. E. y usando la expresa autorización que me había sido concedida por la Superioridad, el día 12 del pasado mes y en el domicilio de la Federación Francesa, en París, me entrevisté con el Sr. Valentin S. Granatkin, presidente de la Sección de Fútbol de la URSS, para tratar de las fechas y demás detalles de los partidos de cuartos de final. Ambos estuvimos asistidos por nuestros respectivos adjuntos.

La entrevista se desarrolló en términos de absoluta corrección y cordialidad deportiva, y se ciñó estrictamente al objeto de la misma: puntualizar los detalles de los partidos URSS-España, que por imperativos del sorteo y de los resultados anteriores han de jugarse”.

Resulta obvio el empeño del presidente federativo en deslindar política y deporte, remarcar la cordialidad y corrección soviética, y dejar sentada la obligación de disputar esos encuentros, no por capricho, sino como resultado del puro azar. Además se recogían las diferencias surgidas entre ambas representaciones para fechar los partidos. Nuestra Federación pretendía liquidarlos cuanto antes, tal vez temiendo una impredecible revocación del pláceme gubernamental. El mandatario soviético habría advertido sobre la imposibilidad de jugar en pleno invierno, ante la crudeza climatológica moscovita. Y nuestro presidente federativo se enrocó en el 29 de mayo y 9 de junio, descartando de plano la propuesta de Valentin S. Granatkin, consistente en dejarlos para finales de junio, “cosa que no convenía a nuestra Federación, no sólo porque trastornaba nuestro calendario de Copa S. E. el Generalísimo, sino porque, iniciada a finales de abril o primeros de mayo la temporada rusa, estarían en mejores condiciones de entrenamiento que nuestro equipo, justamente al borde del final de temporada”. El mandatario de la URSS se habría avenido, finalmente, comprometiéndose a aplazar el encuentro internacional ya previsto con Suecia.

La URSS, por cualquier lado que se mire, mal podía haber ofrecido más facilidades.

Dicho escrito recogía otros acuerdos: La composición de grupos expedicionarios por un total 22 personas, incluidos futbolistas, médico, masajista, técnicos y directivos; que los gastos de viaje a Moscú y Madrid corrían a cargo de cada una de las Federaciones, y el alojamiento en las respectivas capitales, durante un tiempo máximo de 5 días en habitación doble para los jugadores e individual para los demás componentes, todas ellas dotadas de baño, serían gentileza del anfitrión, incluyendo extras de hotel; que tanto en Moscú como en Madrid cada delegación dispondría de un autocar para el equipo y un coche ligero a disposición de los directivos; que los imprescindibles visados, ante la inexistencia de relación diplomática entre ambos países serían depositados en sus  cancillerías de París; o que ante la eventualidad de precisarse un partido de desempate, éste, en principio, tendría lugar el 16 de mayo, aun sin acuerdo sobre el lugar, puesto que Granatkin invocase la ciudad de Leipzig, y Roma el presidente de la Española. Con evidente intención de disipar recelos, en el penúltimo párrafo se volvía a la despolitización de los enfrentamientos:

“Al finalizar la entrevista, el Sr. Granatkin manifestó espontáneamente que la Selección de Fútbol de la URSS se congratulaba sobremanera de tener ocasión de que las selecciones de los dos países compitieran en una prueba deportiva tan importante como la Copa de Europa de Naciones, augurando una acogida cordial y afectuosa para la representación futbolística de España cuando viajaran a Moscú, donde seremos tratados con hospitalidad y afecto”.

El último, en cambio, no disipaba temores sobre cualquier conato de vuelta atrás:

“Formulo, por tanto, a V. E., la solicitud de autorización definitiva para cerrar este convenio, al que se ha llegado con la representación del fútbol ruso con toda facilidad y comprensión, y sin que en ningún momento nos hayamos salido de la más estricta esfera deportiva.

Por Dios, España y su Revolución Nacional-Sindicalista.”

Vísperas del choque ante la URSS. Nada hace pensar en posibles complicaciones, a tenor de la correspondencia cruzada desde la FEF con la secretaría de UEFA.

Todo parecía seguir un orden lógico y sin sobresaltos, a tenor de la carta dirigida desde Berna a la FEF -entonces sita en la calle Alberto Bosch- con matasellos del 20 de abril. En ella se posponía cualquier remate o decisión relacionada con la disputa de la fase final, a la reunión fijada en Madrid (10 de junio) por los miembros de la Comisión. Es decir, al día siguiente de jugarse el partido de vuelta España-URSS. En idéntico sentido, el 9 de mayo de 1960, el presidente Alfonso de la Fuente solicitaba por escrito al Ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, se sirviera gestionar un pasaporte especial a José Luis Costa, miembro del Comité Técnico federativo, puesto que se le había encargado presenciar el partido amistoso que la URSS iba a dirimir el 19 de mayo, 10 días antes de enfrentarse a España, toda vez que su informe resultaría utilísimo al entrenador hispano. El día 11, otra comunicación dirigida al propio Camino Alonso Vega, acompañaba un listado de expedicionarios para el partido a disputar en Moscú, 48 días después. Relación “ceñida estrictamente a la órbita federativa, en la que se comprenden miembros directivos, técnicos y jugadores, es decir, personas de absoluta seguridad política y de estricta significación deportiva”.

En la misma nota se anticipaba el alto número de periodistas que habían mostrado interés ante la posibilidad de desplazarse a la capital soviética, así como algunas personas “de excepcional relieve en la vida española”, añadiendo que “no ocultándose a V.E. el natural deseo de la Prensa de mantener informado al público sobre acontecimiento deportivo de tanta significación, me permito rogarle considere la viabilidad de autorizar el desplazamiento a Moscú de un número reducido de las personas antes citadas”.

Cabe precisar que si la obtención de un pasaporte convencional ya comportaba cierto fárrago en 1960, los especiales, es decir aquellos que permitieran la entrada en cualquier país del Telón de Acero, se otorgaban con cuentagotas y excepcionalidad. Para evitar la proliferación de pasaportes corrientes, ante desplazamientos turísticos se otorgaban permisos colectivos de salida, sin otra validez que la justificada en fechas concretas de ida y vuelta por el organizador. Quienes se decidían a solicitar uno individual, debían especificar la motivación del viaje, si éste o éstos serían puntuales o recurrentes, presentar certificados de penales, cumplimiento del servicio militar obligatorio, tener al día las revisiones de cartilla castrense, y hasta en ciertos casos avales de la empresa donde se prestaran servicios. Estos pasaportes incluían siempre la siguiente nota: “Este documento no es válido para viajar a la URSS, China Popular, Albania, Vietnam, Corea del Norte y todos los países del Telón de Acero”. Además, en torno a un centenar de naciones exigían visado, pocas veces al alcance del españolito medio.

El 12 de mayo, la FEF trasladaba a la Soviética su programa de viaje: Salida desde Madrid el miércoles 25 hacia Bruselas; estancia en la capital belga hasta el jueves 26, para aterrizar en Moscú el mismo día a las 13,30 horas. Retorno el martes 31, a las 07,10 con escala en Bruselas y llegada a barajas a las 19,20. Se cifraba en 22 el número de visitantes oficiales, así como el acuerdo alcanzado de cuantificar en 1.000 dólares el monto por alojamiento y atenciones, idéntica cantidad a la destinada cuando España hubiera de ejercer como anfitriona. Dos días después, un nuevo escrito a la UEFA servía para notificar la lista de preseleccionados españoles, compuesta por estos 20 jugadores:

Antonio Ramallets Simón

José Vicente Traín

Sigfrido Gracia Royo

Juan Segarra Iracheta

Martín Vergés Massa

Enrique Gensena

Luis Suárez Miramontes

Eulogio Ramiro Martínez

Carmelo Cedrún Ochandategi (citado en la nota como “Sedrún”)

Jesús Garay Vecino

Jesús Mª Pereda Temiño (consignado como José Mª)

Enrique Pérez Díaz

Marcos Alonso Imaz

Feliciano Muñoz Rivilla

Joaquín Peiró Lucas

Francisco Gento López

Alfredo Di Stefano Laulhé

Enrique Collar Monterrubio

Jesús Herrera Alonso

Luis del Sol Cascajares.

Tan sólo 15 de ellos conformarían la expedición final.

El 18 de mayo, el presidente de la FEF Alfonso de la Fuente decidía no enviar a su homónimo de la Asociación de la Prensa un escrito ya redactado, dándole cuenta de gestiones ante la Dirección General de Seguridad, cara a hipotéticos permisos de viaje a informadores, saldadas con un ominoso silencio administrativo. La misma nota incluía un anexo con desglose de cuantos habían mostrado interés por desplazarse hasta Moscú:

José Javier Erostarbe, de “Unidad” de San Sebastián

José Mª Unibaso Landa, de “la Gaceta del Norte”, Bilbao

Eduardo Teus López-Navarro, de “Ya”, Madrid

Ramón Melcón Bartolomé, de “El Alcázar”, Madrid  

José Vicente Puente, de “ABC”, Madrid

Pedro Escartín Morán, de “Radio España”, Madrid

Lorenzo López Sancho, de “ABC”, Madrid

Santiago García, de “La Vanguardia”, Barcelona

Ramón Mandiola, de “El Correo Español-El Pueblo Vasco”, Bilbao

Emilio López Jimeno, de “El Mundo Deportivo”, Barcelona

Antonio Valencia, de “Marca”, Madrid

Jaime Capmany, de “Arriba”, Madrid

Alberto Martín Fernández, de “Madrid”

Salvador López de la Torre, de “Informaciones”, Madrid

Enrique Gil de la Vega, de “Pueblo”, Madrid

Algunos de estos periodistas, todos ellos firmas o voces relevantes, eran más conocidos por sus seudónimos: Joma (José Mª Unibaso), Monchín (Ramón Mandiola), o Gilera (Gil de la Vega).

Sin duda, el arrepentimiento a última hora de Alfonso de la Fuente tuvo que ver con una postrera nueva intentona ante Carlos Arias Navarro, Director General de Seguridad, a quien dirigió otro escrito el día siguiente, es decir el 19. Acompañando al mismo, junto al elenco de informadores, se añadía una brevísima “relación de personas que desean ir a Moscú”:

Francisco Román, de Barcelona

Luis Guijarro, de Madrid

Salvador Vallina, de Madrid

Gonzalo Rodríguez del Castillo, de Madrid

Lorenzo Agustí Clavería, de Lérida

Fernando Gaviria, de Madrid

Feliciano Cordero López, de Madrid

Dolores Villoslada Barbudo, de Madrid

Destacaba entre ellos Luis Guijarro, el gran intermediario futbolístico de esa época y futuro factótum de tantos torneos veraniegos.

Solicitud desde la UEFA sobre reconsideración de la negativa española a enfrentarse a la URSS.

El 20 de mayo, la secretaría general de UEFA despachaba desde Berna un comunicado a la Federación Española, agradeciendo el listado de preseleccionados, confirmando las 17,30 horas como inicio del partido en Madrid ante la URSS, el día 9 de junio, y anunciando comunicación telegráfica con el árbitro asignado.

Pero de pronto, todo saltaba por los aires. Durante los días 21 y 22, a escasas 72 horas de tomar el avión rumbo a Bruselas, los teletipos de media Europa escupían el notición: España se negaba a viajar a Moscú.

Oferta de alternativas a la Federación Española girada desde la UEFA.

A partir de ese instante, una suma de movimientos de muy diversa índole se solapaban a manera de letanía. Ebbe Schwartz hacía llegar al presidente federativo español un telegrama en francés, conminándole “sincera y seriamente, por la amistad del fútbol europeo, a jugar el inmediato domingo en Moscú”. Desde Berna, otro radio cable firmado por el Comité Ejecutivo de UEFA exigía a España jugar ante la URSS, “evento enteramente deportivo”. Y en un último intento conciliador, también mediante radio cable urgente expedido a Madrid desde la UEFA, se proponía en francés:

“Ante la imposibilidad de su equipo para viajar a Moscú, estudien seriamente su disponibilidad a enfrentarse al equipo de la URSS en campo neutral, sean en partidos de ida y vuelta, o soló de ida, jugándose la vuelta en Madrid”.

Obviamente, la Federación Soviética, que tampoco podía permanecer quieta, envió a los comités ejecutivos de FIFA y UEFA un informe-denuncia en tres folios, tan meticuloso como ponderado, redactado en francés y con copia a la Federación Española en ruso, probablemente para evitar conflictos como consecuencia de algún desliz en la traducción, según costumbre en el área diplomática. Tras repasar pormenorizadamente los distintos contactos mantenidos entre ambas Federaciones, y desglosar sus conclusiones, se condolía por “el mucho dinero ya gastado en la acogida del equipo español y acondicionamiento del estadio, impresión de programas, cartelería, etc.”, al tiempo de requerir desde los organismos supranacionales a la española sobre si “el equipo español iba a viajar finalmente a Moscú, y si la FEF tuviera intención de organizar el partido de vuelta en Madrid (puesto que) durante tres días no había confirmado ni desmentido lo avanzado a través de notas de agencia”.

La UEFA trató vanamente que España reconsiderase su posición, sin el más mínimo resultado.

Ya en su parte final, los soviéticos Granatkin y Mochkarkin, presidente y secretario de la Federación de la URSS, se mostraban más duros, llevando el asunto a su exacto territorio: el político. “Se conoce desde hace tiempo, que el gobierno español es refractario a los contactos deportivos amistosos. Que no es ésta la primera vez que hace descarrilar los encuentros deportivos organizados por las federaciones internacionales. Los futbolistas soviéticos se entristecen ante la decisión de anular los partidos entre España y la URSS en esta Copa de Europa. Desgraciadamente, la Federación Española no ha hecho todo lo necesario para que se celebren los partidos fijados y no ha protestado contra la intervención de las autoridades franquistas. Suponemos que es la Federación Española quien debe hacerse responsable del fracaso de esta gran manifestación deportiva”.

Copia en cirílico de la reclamación cursada por la Federación Soviética ante FIFA y UEFA, dirigida a la Española.

Su más espectacular eclosión, como ocurre en cualquier alarde pirotécnico, se desgranaba en la traca final:

“La Federación de Fútbol de la URSS espera que la UEFA y FIFA protesten enérgicamente contra el fiasco del partido de Copa de Europa orquestado por el gobierno español, y contra la intervención de autoridades franquistas en la actividad de las organizaciones internacionales de fútbol.

La Federación de Fútbol de la URSS informa a las federaciones Internacional y Europea que deben satisfacer su reivindicación económica sobre el gran gasto ocasionado con ocasión del partido anulado en Moscú, y obliguen a la Federación Española a reembolsaros la suma de 600.000 rublos”.

Hasta ahí los hechos desnudos. Todo lo demás no sería sino pura hipótesis.

Que el Régimen nunca tuvo verdadera intención de aflojar tiranteces con la Unión Soviética, resulta obvio. Que la FEF a través de su presidente, mantuvo especial empeño en que aquella doble confrontación se celebrase, también. Y no menos clara se antoja la displicencia de Carlos Arias Navarro, Director General de Seguridad, con su silencio ante el interés de los medios informativos por desplazar hasta Moscú a sus mejores elementos. Personas, por cierto, sobradamente significadas en su lealtad al poder establecido. Por razones de difícil comprensión, hoy día, a los jerarcas franquistas no les interesó aplicar vaselina, en tiempos de “guerra fría”, conscientes de que el horno internacional estaba para pocos bollos. O sea que ni FIFA ni UEFA se arriesgarían a pisar ningún charco con apariencia pantanosa. La Federación Española lo tenía todo listo para competir en Moscú el 29 de mayo, hasta el punto de haber adquirido distintos obsequios, perfectamente desglosados en la correspondiente memoria:

“A la Federación: 1 Quijote en “aventura de los borregos”, bronce con base de piedra.

A su Presidente: Una grupa enjaezada andaluza, bronce con base de mármol (pequeña).

A otros directivos: 2 platillos damasquinados, 12 cms. diámetro

                             2 platillos damasquinados, 10 cms. diámetro. 

                             1 platillo damasquinado, 9 cms. diámetro.

Al entrenador:      1 platillo-cenicero damasquinado, 8 cms.

A jugadores, masajista, etc.: 18 tizonas id. Nº 4.

Al árbitro:              un platito-cenicero damasquinado.

A jueces de línea; 2 dagas damasquinadas Nº 4.

Complemento para todos: 32 juegos llavero y porta billetes con insignia de la RFEF sobre fondo esmaltado”.

Un informe apócrifo, sin membrete ni ficha, elaborado por personal federativo de la Española presumiblemente en torno al 8 de junio, es de suponer que en respuesta a solicitud de jerarquías políticas, supo anticipar con clarividencia de oráculo la inacción de los máximos organismos supranacionales. Lo titularon “Qué puede pasar”, y a tenor de lo establecido en el artículo 25 del Reglamento de la prueba, los estatutos de UEFA y el articulado de FIFA en sus números 18 y 27, concluía que las acciones disciplinarias no iban a pasar en ningún caso de: A.- la advertencia. B.- la amonestación. C.- la multa. D.- la suspensión. E.- la expulsión. Que el Congreso estaba facultado a imponer multas no mayores de 10.000 francos suizos, y el Comité Ejecutivo de hasta 500. Que las penas disciplinarias sólo podían aplicarse a asociaciones nacionales que hubieran transgredido estatutos o reglamentos, o faltado a sus obligaciones con la Federación. Y que la suspensión tan sólo podría decretarse mediante acuerdo en Congreso Ordinario o Extraordinario, o a través del Comité Ejecutivo, en este caso ante situaciones de absoluta necesidad y urgencia, y a reserva de ratificación en el siguiente Congreso. Todo ello sin perjuicio de que la suspensión fuera ejecutiva tan pronto se notificara.

Como colofón, el Ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Mª Castiella, dirigía una carta al presidente Federativo español, Alfonso de la Fuente Chaos, en estos términos:

“Te devuelvo adjunto el escrito presentado por la Federación de Fútbol de la URSS al Comité Ejecutivo de la UEFA, de acuerdo con los deseos expresados en tu carta de fecha 9 del actual.

Por el informe que con la misma me enviabas y por las noticias que anteriormente ya tenía sobre el caso, considero muy hábiles y satisfactorias las gestiones por ti realizadas para neutralizar las protestas soviéticas en el seno de la UEFA. Esperemos que obtengáis el mismo éxito si los rusos se obstinan en apelar contra lo actuado por la UEFA y para ello, efectivamente, debéis estar prevenidos.

Un fuerte abrazo de tu buen amigo,

Fernando María Castiella”

Cualesquiera que fueren esas “hábiles y satisfactorias gestiones” de Alfonso de la Fuente, surtieron efecto. Un escándalo resuelto con medidas punitivas que sólo contribuirían a acentuar la polvareda, probablemente hubiera supuesto la defunción del neonato torneo. Así debieron entenderlo en el seno de la UEFA. ¿Podían, acaso, mostrarse duros contra un país occidental, tras la renuncia a competir de parte de ese bloque -precisamente detentor del fútbol más avanzado- cuando 8 de los 17 inscritos para la edición inaugural pertenecían al Telón de Acero? ¿No quedaría entonces señalada la Copa de Europa de Selecciones como competición para países comunistas, al estilo de lo acontecido con el fútbol de los Juegos Olímpicos?  

La URSS se clasificó para la fase final por incomparecencia hispana, uniéndose a Francia, Yugoslavia y Checoslovaquia. La selección soviética, imponiéndose a los checoslovacos por un contundente 3-0, alcanzó la final. A su vez Yugoslavia, con muchos apuros, pudo contra unos galos si sus estrellas Raymond Kopa, de origen polaco, y Just Fontaine, con ancestros españoles, por 5-4. El equipo soviético habría de decantar en la prórroga el choque definitivo, merced a un cabezazo de Ponedelnik. Aquel desenlace tuvo mucho de sorpresa. Francia atravesaba una de sus mejores épocas, practicando un fútbol descarado, primoroso en ataque, al servicio de Fontaine y sus remates demoledores. De Checoslovaquia, poderosísima en tiempos prebélicos, también se esperaba algo más.

Aquella Copa de Europa disputada entre selecciones iría afianzándose, hasta el punto de que para la siguiente edición, con fase final dirimida en el madrileño estadio Santiago Bernabéu, se inscribieron 29 países; doce más, y ya con Inglaterra e Italia en el bombo. La UEFA, tratando de cerrar heridas, había otorgado a nuestro país la culminación del evento, siempre y cuando garantizase el hipotético acceso a nuestra capital de cualquier selección adscrita al Telón de Acero. Iribar, Rivilla, Olivella, Calleja, Zoco, Fusté, Amancio, Pereda, Marcelino, Luis Suárez y Carlos Lapetra, se impusieron a Hungría por 3-1 en semifinales, y 2-1 a la URSS en el choque decisivo, merced a un gol de Marcelino celebrado por todo lo alto. Durante este último encuentro se escucharon cánticos de apoyo a la URSS en perfecto castellano –“¡Rá, rá, rá, Rusia ganará!”– y volaron octavillas del clandestino Partido Comunista. El Régimen no sólo había obtenido el perdón de la UEFA, sino que volvía a derrotar al enemigo comunista, justo cuando se engalanaba con los fastos de unas bodas de plata en el poder, eufemísticamente bautizadas como “25 años de Paz”.

Pero esa ya es otra historia donde el fútbol poco tuvo que ver.




Días de radio y marcador simultáneo

Hubo un tiempo en el que los partidos de fútbol se “veían” por la radio, y se “vivían” a través del marcador simultáneo.

Entonces el ocio de los españoles descansaba sobre cuatro, o como mucho cinco pilares: cine, radio, literatura popular, fútbol, y si acaso toros entre los más pudientes. Fútbol y toros con sus respectivas filias y fobias, en torno a unas cuantas figuras; Manolete, Bienvenida, Luis Miguel Dominguín, Mario Cabré, Mundo, Ramallets, Gaínza, Di Stefano, Kubala o Pahiño. El cine, aparte de gestas imperiales encarnadas por Ana Mariscal o Alfredo Mayo, aportaba la magia de Hollywood en “Technicolor” y dos horas de calorcito durante aquellos inviernos de tiritona, sabañones e ineficaces gabardinas raídas. Las novelas populares solían llegar hasta las cocinas o salas de estar desde cualquier casetucha portalera, alquiladas por veinte céntimos si estaban muy manoseadas, o veinticinco cuando aún ofrecían buen aspecto. Firmas como José Mallorquí, Federico Mediante, Peter Debry, Eddie Thorny, Mark Halloran, Keith Luger, Silver Kane, Marisa Villardefrancos o Corín Tellado, no solo saciaban cualquier hambre sentimental o aventurera, sino que hicieron ricos a Germán Plaza, Rollán, y los hermanos Bruguera, sus más conspicuos editores. Respecto a la radio… Podría decirse de ella que fue ventana a la ilusión, escaparate de sueños, amiga fiel y abnegada cómplice.

Porque la radio no sólo emitía misas, rosarios, sermones de orientación cristiana, el ángelus o “partes” a la hora de comer y durante la cena, abiertos invariablemente con un marcial y poco tranquilizador “¡Sin novedad en la paz española!”. Desde su menudo cuerpo también salían los espectáculos de Bobby Deglané, tan proclive a esparcir jabón como a requebrar con ditirambos. El humor de Gila, Tip y Top o Pepe Iglesias “El Zorro”, por más que el país estuviese para muy pocas carcajadas. Y el “Teatro del Aire”, los seriales, las travesuras de Periquín para desesperación de Matilde y Perico, concursos y más concursos en los que cada atardecer se repartía el equivalente a medio salario mensual, por contestar a unas sencillas preguntas. Era la radio de Concha Piquer, Machín y sus maracas, la voz nasal de Jorge Sepúlveda, el empaque de Gloria Lasso, o el desenfrenado ritmo de “Rascayú”, pieza prohibida por la censurada, al cabo, para asombro de su cantante y artífice, Bonet de San Pedro. Aquella radio embelesaba a los preadolescentes, tan pronto sonaba la sintonía de “Diego Valor”. Y hacía arrimar la oreja a los más irreductibles disidentes, cuando sintonizaban con el volumen bajísimo Radio España Independiente, Estación Pirenaica, voz del Partido Comunista bien a cubierto primero en Moscú y luego en Bucarest, muy al otro lado de los Pirineos. Pero por encima de todo, para el aficionado al fútbol era vehículo que transportaba al paraíso. Porque, naturalmente, fútbol y radio vivieron, y siguen haciéndolo, en perfecta simbiosis.

Las primeras retransmisiones balompédicas a pie de campo, precedieron a nuestra Guerra Civil. Paco Bru, formidable propagandista de sí mismo, solía postularse como impulsor del fútbol radiado. En realidad una muestra más de autobombo, a tenor de lo que él mismo dictase a su entrevistador, allá por los 40:

“Después de dos años como entrenador del Juventud Asturiana, cargo que compaginé con el de seleccionador nacional cubano, volví a España convertido en corresponsal del matutino habanero “El País”. Diariamente debía enviar un cable de cien palabras sobre asuntos deportivos, y con alguna frecuencia crónicas postales sobre cuestiones de relevancia, tal era el interés por España en la perla antillana. Cuando hubo de disputarse la final de Copa entre Barcelona y Real Sociedad correspondiente a 1928, en El Sardinero, se me ocurrió retransmitir los dos primeros partidos de los tres que acabaron haciendo falta para proclamar un campeón. Y lo llevé a cabo mediante mi Pizarra Magnética, consistente en aplicar una serie de claves. En la redacción del periódico recibían mis cables y los vertían a un tablero de mi invención, representando un campo de fútbol, con varios cuadrados numerados. Yo transmitía los números y ellos movían sobre el tablero una bolita. Así, el público congregado ante la fachada de “El País” seguía las incidencias en la pizarra, sabiendo donde estaba el balón e incluso quién lo llevaba, porque junto al tablero figuraban ambas alineaciones y dos bombillas, una encarnada y otra verde, se iban encendiendo. La primera señalaba al autor de una falta, cuya naturaleza se indicaba en la casilla de incidencias, y la verde al encargado de lanzar el castigo”.

Ingeniosa, aunque poco práctica fórmula de retransmisión. Porque ¿cuántos telegramas debería haber enviado el bueno de Paco Bru, para que aquello se asemejase al fútbol radiofónico? Obviamente se limitaría a cablear unos pocos lances. Otra cosa hubiera resultado imposible, tanto para él mismo como para los receptores de La Habana. Su sistema, que él consideraba fácil y cómodo, podía ser cualquier cosa, menos ágil y sencillo. O sea que en todo caso podríamos considerarlo abanderado del futuro Marcador Simultáneo.

Aquella final heroica, con hueco en la Historia por la tumultuosa agresión de los contendientes, una vez en vestuarios, y la oda de Rafael Alberti al portero “culé” Plattko, “Oso rubio de Hungría”, constituyó estreno y despedida de la Pizarra Magnética, en palabras de su inventor: “Pensé instalar en Madrid uno o varios de estos tableros, pero como entonces no se permitía dar noticias los domingos, hube de desistir. Después ya no lo he considerado oportuno, pues con las retransmisiones por radio y con Matías Prats como locutor, no hay quién compita”.

Matías Prats, sin embargo, ni fue el primer especialista en retransmisiones, ni autodidacta. Le precedió Fuertes Peralba en la preguerra, hombre de verbo atropellado para lo común en la época, por más que hoy se nos antojaría premioso y un tanto anodino. Entre sus sucesores, nadie gozó de tanta estima como el gallego Enrique Mariñas, quien atropelló aún más su discurso, dotándolo de emociones por el simple procedimiento de reclamar la atención de sus oyentes mientras elevaba el tono. Don Matías, con su particular truquito para suavizar el acento andaluz en tiempos de dicción perfecta, no sólo serenó el ritmo narrativo, sino que supo enriquecerlo merced a un léxico riquísimo, pinturero y medido.

Puesto que los campos de fútbol carecían de cabinas, las retransmisiones se efectuaban desde el mismo graderío, junto a la línea de cal, si el césped no estaba húmedo, o en el mejor de los casos, sólo cuando el estadio se hallaba en obras, con narrador y técnico de sonido encaramados a un andamio. Todavía en 1953, sólo un campo entre todos los de 1ª y 2ª División disponía de cabina para retransmisiones: Riazor, o como entonces se transcribía, el Estadio Municipal de La Coruña. Semejante panorama causaba asombro a los informadores extranjeros, cada vez que acudían a nuestro suelo acompañando a sus respectivas selecciones nacionales. Elías Sogit, Veiga o Escopeta, incluso lo reflejaron en sus crónicas para medios portugueses. Les resultaba inconcebible que tan magníficos terrenos ofreciesen condiciones laborales muy precarias.

Matías Prats, caricaturizado por Dávila en 1957.

Matías Prats, caricaturizado por Dávila en 1957.

Y si eso sucedía en 1953, mejor no asomarse al panorama siete u ocho años antes. Ello propiciaba anécdotas más o menos jocosas y situaciones no exentas de peligro, como la vivida en tierras meridionales por un todavía neófito Matías Prats.

Como enviado de Radio Málaga a Jerez de la Frontera, estaba retransmitiendo un choque Jerez Deportivo – Málaga. Muy profesional, en cuanto el balón salía del campo publicitaba la firma patrocinadora, sin escatimar elogios. Cansado de tanta loa, o por pura broma, un espectador próximo clamaba indefectiblemente, tras cada slogan: “¡Mentira!. Eso es Mentira!”. Y lo bastante alto para que fuese recogido a través de las ondas. Nada más concluir el primer tiempo, Prats, micrófono en mano, se dirigió al individuo con intención de pedirle explicaciones. Pero el hombre, corpulento y macizo, temiendo tal vez una agresión, le dio un empujoncito, haciendo rodar al locutor. Don Matías, consciente de que no hay sable más afilado que una buena pluma o la palabra, retransmitió con todo lujo de detales su particular calvario. Y en Málaga, claro, los radioescuchas hervían de indignación.

Al domingo siguiente el Jerez viajaba Málaga, para devolver la visita, y un par de horas antes de que echase a rodar el esférico, ¡oh, sorpresa!, el locutor que venía de la localidad gaditana para narrar el choque, sufría una indisposición. Rápidamente y a través de Radio Málaga, se buscó a Matías Prats en su domicilio, rogándole transmitiera el encuentro para los aficionados jerezanos. Vistas las causas, Prats sólo pudo aceptar.

Hora y media más tarde procuraba ofrecer emoción en cada ataque jerezano, como si aquellos fuesen sus genuinos colores. Y tan bien debió hacerlo que mediada la primera parte un espectador se arrancó hacia él, tomate en mano, procediendo a estrellárselo en pleno rostro. Esta vez don Matías llamó a la fuerza pública, que inmediatamente detuvo al agresor, mientras, también a micrófono abierto, censuraba la irreflexiva actitud del forofo: “¿No se da cuenta usted que hubiera podido romperme las gafas, hombre de Dios, y dejarme ciego?”. A lo que el iracundo hincha malacitano, forcejeando aún con los guardias, respondió: “¡Cállese, malaje!.” Que más le dieron en Jerez a Matías Prats y no pasó nada, chulo, más que chulo”.

Casi mientras la voz del No-Do, los futuros grandes acontecimientos deportivo-radiofónicos, y la televisión en blanco y negro vivía este lance, Enrique Mariñas se empeñó en introducir un pintoresco método para hacer más visuales sus retransmisiones futboleras. Consistía en cuadricular el campo como si de un damero se tratase, en 16 casillas con las correspondientes claves: A, B, C y D para las cuatro filas verticales, y numeración ordinal -1, 2, 3 y 4- para las horizontales. Los radioyentes debían tener ante sí el gráfico en cuestión, o haberlo memorizado para sacar algún provecho, puesto que de otro modo el discurso de Mariñas les resultaría ininteligible: “Alonso recoge la pelota en D-3 y pasa a Puchades. Desde C-2 combina con Gonzalvo, que cruza hasta B-3 y envía en largo hacia nuestro interior izquierdo. Éste se interna, cede a Gaínza, quien desde su demarcación de A-1 bombea sobre Zarra… y el cabezazo del vasco, para sorpresa de propios y extraños ¡se va fuera, señores! ¡Fuera por escasos centímetros!”.

Si asimilar una narración en estos términos presentaba su dificultad, cualquier pincelada táctica equivalía a sumergirse en los más oscuros arcanos: “La vanguardia visitante, más eficaz por A-1 y A-2, se apoya constantemente en las subidas de su interior izquierdo, quien desde C-3 inicia diagonales hacia D-4, sacando a Alonso de su casilla en A-3. Puchades debería replegarse desde la franja B hasta la C en cada ataque adversario, y nuestro interior derecho retroceder desde B-3 y B-2. Por cuanto a nuestra delantera, Gaínza es dueño y señor de A-1, Zarra se muestra imparable en A-3 y A-2, en tanto parece no acordarse nadie de que existe un compañero en A-4”.

Huelga indicar que semejante galimatías no halló ningún eco entre oyentes, firmas patrocinadoras y quienes regían las por entonces incipientes cadenas emisoras. El sistema Mariñas acabó encerrado en el desván de las inutilidades sin uso, por más que su inventor pareciera no resignarse a ello. Así lo dejaba entrever en un escrito dirigido al diario “Marca” cuando declinaba el año 1953: “En 1941 y sucesivos, empleé con bastante aceptación en partidos de Liga el sistema del campo cuadriculado. El oyente, con un diagrama, sigue al detalle la situación del balón y jugadores, merced a los números que de cuando en cuando cita el locutor, sobre todo en momentos importantes (…) Al cabo de cuatro o cinco retransmisiones, el aficionado radiofónico conoce de memoria la situación exacta de las cuadrículas (…). Espero que algún día se emplee este sistema en la radiación de encuentros internacionales”.

Debilidad de padre, sin duda, incapaz de ver algún defecto en sus hijos. Porque si algo permitió a la radio sobrevivir al embrujo de las imágenes, cuando hicieron su irrupción en nuestras casas los carísimos televisores en blanco y negro, fue que podía escucharse, como sonido de fondo, mientras se realizaban distintas tareas. La pequeña pantalla, en cambio, requería absoluta atención, tal y como hubiese exigido a los oyentes el método Mariñas de fútbol radiofónico.

En lo que sí coincidió Enrique Mariñas con otros colegas, fue en su crítica a las detestables condiciones de casi todos los campos españoles. Así se expresaba respecto a la carencia de cabinas para retransmisión: “Hay que aliviar en lo posible el trabajo del locutor, alejándolo del público para que la retransmisión sea más limpia y permitiéndole una visión completa del terreno de juego, que no sea interrumpida, como ahora, por los guarda-líneas o guardias de servicio. En la última retransmisión desde San Mamés del encuentro España – Suecia, tuve que levantarme más de quince veces durante el segundo tiempo, para dar paso a los camilleros, médicos y personal de servicio. Las cabinas del Estadio Municipal de La Coruña son perfectas y han costado poco más de cuatro pesetas”.

Bobby Deglané. Su insistencia convirtió a “Carrusel Deportivo” en un programa clásico, bañado en oro.

Bobby Deglané. Su insistencia convirtió a “Carrusel Deportivo” en un programa clásico, bañado en oro.

Pero si algo revolucionó el panorama del fútbol radiado fue “Carrusel Deportivo”, emisión de la Cadena Ser. En pleno decenio del 50, con las heridas del hambre posbélica todavía sin restañar, los máximos mandatarios de la Sociedad Española de Radiodifusión decidieron crear, para su emisión en cadena, un programa deportivo cuyo eje serían las jornadas del campeonato liguero. Se pensó emitirlo cada lunes, con tiempo para elaborar crónicas y presentarlas a la censura, pues, no lo olvidemos, cuanto se emitiera por las ondas debía cumplir el requisito. Todo ello sustentado sobre un buen cimiento publicitario. Bobby Deglané, sin embargo, jefe de programas de Radio Madrid y mito del medio radiofónico, frunció agriamente el gesto. ¿Qué sentido tenía una emisión idéntica a lo ya publicado por la prensa? La radio, a diferencia del papel impreso, podía jugar con la inmediatez. Y en su opinión ya era hora de sacar partido a semejante fortaleza, máxime si se abordaba algo tan efímero como el fútbol, donde la emoción se nutre del riguroso presente. Aquel programa sólo tendría justificación si se desarrollara en directo.

Puesto que Deglané no era hombre al que se doblegara fácilmente en el terreno dialéctico, sus razones acabarían siendo aceptadas. Y ya con el pláceme de los gestores, iniciaron contactos con la Compañía Telefónica, desde donde les enviaron un técnico para calibrar necesidades. Cuentan que a ese hombre se le fue demudando el rostro a medida que le comunicaban el proyecto. “Pero eso no puede ser”, balbució al fin. “Eso es completamente imposible”.

Era aquella, recordémoslo, época en que no existía comunicación telefónica automática. Todo debía hacerse a través de operadora. De operadoras mejor, en plural; en un plural muy amplio si la conexión se establecía de Norte a Sur. Época admirablemente caricaturizada por el ingenio de Miguel Gila, con aquello de: “Señorita, ¿está lista ya la conferencia que pedí el mes pasado? ¿Sabe si tardará mucho? Ya, que tiene demora…”. La cadena SER disponía de centros emisores y corresponsales por toda España, pero ni en nuestros campos ni en el país sobraban líneas telefónicas. Problema arduo, cuya solución retrasaría en dos años la puesta en antena del primer “Carrusel Deportivo”. Un programa imposible si los rectores de Radio Madrid no hubiesen contado con prioridad absoluta en sus comunicaciones dominicales, es decir con los mismos privilegios reservados a cada gobernador civil, a la cúpula militar y, años más tarde, a la Vuelta Ciclista a España.

Vicente Marco, director de “Carrusel Deportivo” en tiempos heroicos, cuando había que afianzar un proyecto difícil, por su gran dependencia de la telefonía.

Vicente Marco, director de “Carrusel Deportivo” en tiempos heroicos, cuando había que afianzar un proyecto difícil, por su gran dependencia de la telefonía.

El primitivo “Carrusel” apenas si guardaba apariencia con el actual, o la suma de imitadores que irían apareciendo. Los corresponsales sólo saltaban a antena cuando se les daba paso, no en vano casi todos, por no decir todos excepto los de Chamartín o el Metropolitano, carecían de conexión abierta. Y sus intervenciones solían extenderse durante minuto y medio, más o menos, tiempo empleado en actualizar resultados, bocetar lo acaecido desde la anterior conexión, o incluir narraciones en vivo de cuanto en ese instante estuviese acontecimiento. Venía a ser, más o menos, una suma o collage de retransmisiones, pedacito a pedacito. Por supuesto sólo englobaba partidos de 1ª División. Los 40, 36 y 32 equipos componentes de una Segunda dividida en dos grupos, irían incorporándose muy poquito a poco. Hasta que la red telefónica pudo permitirlo, sus seguidores hubieron de conformarse con la comunicación de resultados al poco de pitarse el final. Únicamente a mediados de los 60, cuando como apoyo al director del programa se introdujo un animador, éste comenzó a dar puntual cuenta de la evolución de marcadores, señalando al autor de los goles: “En Ceuta, Atlético de Ceuta 2 – Algeciras 0; segundo gol de Mendi. En Puertollano, Calvo Sotelo 3 – Cádiz 1; el tercer gol del Calvo Sotelo, obra de Portilla”. La dirección de “Carrusel”, por cierto, recayó en Vicente Marco, hombre serio, muy alejado de cualquier estridencia y dueño de una excelente voz aterciopelada, no en vano había hecho sus pinitos en el cuadro de actores de Radio Madrid. El primer gran animador (descontado Juan de Toro, responsable de un micro-espacio), con un estilo que crearía escuela, iba a ser Joaquín Prats, algún tiempo después brillante presentador, junto a Laura Valenzuela, en una TVE todavía sin competencia.

Huelga indicar que el programa obtuvo un éxito clamoroso. Cualquier viandante en no importa qué población de Norte a Sur o de Este a Oeste, los domingos, a la hora de “Carrusel”, sólo escucharía ecos de goles y resultados fugitivos de ventanas abiertas, reverberados en patios, o ensordecidos por la algarabía de bodeguillas y tabernas. Porque sí señores, hasta que la televisión no reclamó su peana en los bares, como santo de una nueva religión, el receptor de radio también concitaba numerosas tertulias de sobremesa junto al mostrador de tascas y chigres, entre copas de coñac -“Soberano”, claro, que era cosa de hombres-, sol y sombre o anís seco. Lo sabían perfectamente los publicistas, cuando introdujeron en el programa un concurso, a modo de “quesito”, cuya participación implicaba el envío por correo de dos precintos de alcoholes correspondientes a botellas del patrocinador. Algo que, obviamente, iba destinado no a hogares, sino a camareros o gerentes de modesta hostelería. Por cierto, eran tantas las pistas y facilidades otorgadas desde la radio, sobre todo si concursaba una mujer, que muy de tarde en tarde aquellas llamadas concluían sin premio.

La fuerza de “Carrusel”, cuando las audiencias eran más intuidas que evaluadas, en modo alguno pasó desapercibida a la prensa. A las asociaciones de prensa, mejor, cuyas “Hojas del Lunes”, únicos medios impresos tras el domingo, junto los dos o tres periódicos deportivos de entonces, consideraban muy amenazadas. Se habló incluso de establecer algún canon, si no a la radio como ente abstracto, para cada retransmisión futbolera y, sobre todo, a los programas “carrusel” del tipo impuesto por la SER. Un paseo por la hemeroteca nos lo ilustra muy bien:

Así se expresaba Adolfo Parra, luego de que Juan José Pradera se quejase de la competencia que la radio efectuaba a las Hojas Oficiales del Lunes. “Habría que regular la información deportiva de los domingos en la radio, limitándola a la reseña actual de los Diarios Hablados y al partido local, respetando de esa forma el descanso de los periódicos. Para salir, eso sí, el lunes, compitiendo noble y legítimamente con la prensa”. En pocas palabras, propugnaba el incoloro e insípido “Carrusel” que Deglané se negase a montar. Y eso que Parra, o “Parrita”, era voz de no pocas retransmisiones destilada en el alambique de Matías Prats.

Gracias al “Carrusel”, los aficionados podían vivir desde sus casas la emoción del fútbol en directo. Sólo desde sus casas, pues los receptores radiofónicos de la época, auténticos baúles ahítos de lámparas y necesitados de alimentación eléctrica convencional, estaban reñidos con la portabilidad. Quienes acudieran a los distintos campos seguirían sin conocer el resto de resultados hasta la mañana siguiente, si adquirían el Marca, el Mundo Deportivo o la Hoja Oficial del Lunes. Eso, o dejarse caer por alguno de los muchos bares sobre cuyos espejos, tras las barras, se daba cuenta de ellos. Frustrante, ¿verdad?

Inserción en prensa con las equivalencias del Marcador Simultáneo “Dardo”, en 1958. Los espectadores que desearan hallarse informados debían acudir a los campos con este recorte y la correspondiente entrada.

Inserción en prensa con las equivalencias del Marcador Simultáneo “Dardo”, en 1958. Los espectadores que desearan hallarse informados debían acudir a los campos con este recorte y la correspondiente entrada.

Lo entendieron unos creativos publicitarios cuya solución les llegaría envuelta en sustanciosos dividendos. Aunque a decir verdad, tampoco es que inventasen mucho. Se limitaron a adaptar, a innovar, incluso, una fórmula puesta en práctica sin gran éxito durante 1950. Eduardo Teus, antiguo jugador madrileño, ex seleccionador nacional, periodista más o menos intermitente, secretario técnico del Real Madrid, responsable del Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo-Benéficas -la quiniela, vaya- y hombre por demás inquieto, fu su decidido impulsor. Conoció el formato en Inglaterra, cuyos campos de 1ª lo empleaban habitualmente, y sus intentos de implantarlo por nuestros pagos venían desde 1947. Tropezó, entonces, con un problema imprevisto: La patente procedía de Argentina y sus propietarios estaban poco dispuestos a una cesión gratuita. Para cuando pudo llegar a un acuerdo con su administrador, el Sr. Fraile, pasaron casi tres años. Y la puesta de largo, con carácter experimental, tuvo por escenario el capitalino campo de Chamartín. Teus, siempre bien relacionado con los medios, y sus socios, Bonet y el ya citado Sr. Fraile, efectuaron la clásica ronda de redacción en redacción, explicando que si bien a lo largo y ancho del cono Sur se daba cuenta no ya de los resultados, sino de la autoría de los goles y otros detalles interesantes, por nuestros campos sólo se iba a facilitar variaciones básicas, buscando no perjudicar a la Hoja del Lunes. “Es un marcador de ocho metros de ancho por cuatro de alto, con casillas para cada partido. Éstos se justifican con una letra específica, la “clave”. Según el color de fondo en esa letra, los espectadores sabrán si el partido va por el primer tiempo, el segundo, está en el descanso, o ha llegado al final. A medida que se vayan produciendo los goles, se irán volcando las variaciones”.

El negocio, porque como es natural se pretendía ganar dinero, debía basarse en la venta de claves por las colas de los autobuses, a las puertas de cada campo y hasta dentro de él, si se alcanzaran acuerdos con sus respectivas juntas directivas. Además los periódicos del domingo también las acogerían. “Igualmente aspiramos a subvenciones de los clubes -apuntaban-. Y a contratar publicidad para el tanteador”. Puesto que la curiosidad de los informadores les llevaba a inquirir sobre el monto económico de aquella inversión y sus características técnicas, hoy disponemos de múltiples detalles: “Cada tablero ha costado 10.000 ptas. y los números y letras -ochenta y cinco por tanteador- otras 30.000 en total. A eso hay que añadir las obras de montaje. Alguno ha llegado hasta las 10.000 ptas.”. Con respecto al funcionamiento interno, y siempre en palabras de Eduardo Teus, cada marcador disponía de un jefe y cuatro empleados. El jefe, pegado al teléfono para recibir noticia de los goles, a medida que se produjeran. Dos subalternos, con la misión de cambiar números y claves. Y el celador de Telefónica, velando por que la línea se mantuviese activa durante los 90 minutos.

Lógicamente, en 1955 nadie podía aventurar la utilidad de un “palo-selfie”. Pero el humorista Orbegozo diseño algo semejante para espectadores adictos al marcador simultáneo.

Lógicamente, en 1955 nadie podía aventurar la utilidad de un “palo-selfie”. Pero el humorista Orbegozo diseño algo semejante para espectadores adictos al marcador simultáneo.

Aquellas pruebas no resultaron del todo satisfactorias, pude que porque ninguno de los máximos responsables fuese profundo conocedor del negocio publicitario. La agencia “Dardo”, en cambio, luego del correspondiente análisis, recogería los restos del naufragio, transformándolo en una especie de guía comercial.

Así, en vez de consignar letras a modo de clave, o Español 2 – Sevilla 1 y Oviedo 2 – At. Madrid 3, por ejemplo, aparecía “Punto Blanco” 2-1 ó “Nescafé” 2-3. La tabla de equivalencias era recogida cada domingo por la prensa editada en plazas con fútbol de tronío, para que los espectadores acudiesen al campo provistos del recorte y se informaran puntualmente. ¿Quién iba a pagar por un listín de equivalencias, viniendo estas impresas en cada periódico? Los encargados de aquellos tanteadores, si bien se dijo recibían por teléfono las novedades, en la práctica se limitaban a seguir el radiofónico “Carrusel”. Y seguro que el argumentario de aquellos innovadores ante las distintas marcas comerciales no diferiría mucho de éste: “Imagine a no menos de 350.000 personas con los ojos pegados durante hora y media, cada domingo, a su marca o eslogan. Y suponga que además debieran molestarse en recortar de la prensa su propio anuncio. ¿Qué es imposible garantizar algo así? Pues podemos, se lo aseguro. Y para usted con bastante menos gasto de lo que representaría una cuña radiofónica, siempre imprevisible respecto a su impacto real. Porque si quiere puedo decirle a cuánto ascienden los micro-espacios de Anís Castellana o Coñac Decano, en Carrusel”.

Marcador portátil, aunque no simultáneo, en San Mamés durante los años 30. Cuando el Athletic Club jugaba fuera y el campo bilbaíno acogía otros choques, se procuraba informar a los asistentes sobre cómo iban las cosas para el equipo rojiblanco. Podríamos considerarlo precedente del que cuatro lustros después impulsara la compañía publicitaria “Dardo”.

Marcador portátil, aunque no simultáneo, en San Mamés durante los años 30. Cuando el Athletic Club jugaba fuera y el campo bilbaíno acogía otros choques, se procuraba informar a los asistentes sobre cómo iban las cosas para el equipo rojiblanco. Podríamos considerarlo precedente del que cuatro lustros después impulsara la compañía publicitaria “Dardo”.

Los eslóganes de anís –“Castellana, es superior”– y brandy –“Coñac Decano, caballero, ¡qué coñac!”-, se hicieron no menos clásicos en las tardes dominicales, durante muchos años, que las voces de Chencho, Juan Tribuna, Lamberto Cortés, Pepe Bermejo, José Luis Adrio, Langarita  o Antonio de Rojo, a costa, eso sí, de un desembolso notable para la época.

Cuando “Dardo” dejó de ver un negocio en sus marcadores simultáneos, la mayoría de aquellos aparatosos armatostes sin uso comenzaron a oxidarse. Sólo sobrevivieron unos pocos, como el de San Mamés, cuyo patrocinio recayó en la Asociación de Comerciantes del Casco Viejo, conforme atestigua esta tabla de equivalencias, correspondiente al decenio de los 80.

Cuando “Dardo” dejó de ver un negocio en sus marcadores simultáneos, la mayoría de aquellos aparatosos armatostes sin uso comenzaron a oxidarse. Sólo sobrevivieron unos pocos, como el de San Mamés, cuyo patrocinio recayó en la Asociación de Comerciantes del Casco Viejo, conforme atestigua esta tabla de equivalencias, correspondiente al decenio de los 80.

En “Dardo” apostaban sobre seguro. Y sin herir susceptibilidades entre los distintos clubes o dar rienda suelta a cualquier avaricia, puesto que el nombre de las entidades deportivas ni siquiera asomaba. Fue un magnífico negocio a partir de 1958, y hasta la irrupción masiva del transistor de bolsillo, al borde de los 80.

Aunque pocas veces, aquel marcador simultáneo también estuvo abierto a las sugerencias. En Cataluña se introdujo una serie de claves para indicar la autoría de los goles en cada equipo catalán. No el nombre completo, que hubiera sido casi imposible, pero sí al menos la demarcación del goleador. Entre el público nunca faltaban los estudiosos, capaces de recitar cualquier once, fuese del Español, Barcelona, Lérida, Sabadell, Tarrasa, Europa o Badalona. Y de ahí a colegir que el volante derecho el Español, o el interior zurdo del Hospitalet eran esa tarde Fulanito y Menganito, mediaba un simple paso.

Cuando el transistor ya había herido mortalmente al marcador “Dardo”, surgieron amagos de competencia condenados irremisiblemente al fracaso. Y es que en determinadas poblaciones, asociaciones de comerciantes o hermandades gremiales sustituyeron, con negocios locales, a las marcas de distribución nacional. En San Mamés, a manera de ejemplo, el viejo armatoste metálico sito sobre el tejado de la vecindad, quedó convertido en plataforma comercial del Casco Viejo bilbaíno. Intento vano de perpetuar algo ya periclitado.

Hoy, cuando algún canal televisivo trata de ofrecer sin imágenes información futbolística en directo, o peor aún, con simples y absurdas vistas del graderío, parece oportuno echar la mirada atrás, no cediendo a la nostalgia, sino como reflexión a vuelapluma. La televisión es imagen, y cada una de éstas ahorra miles de palabras. ¿Por qué, entonces, quienes retransmiten partidos en directo para el plasma o las pantallas TDT, parecen creer que los espectadores están ciegos? ¿Tan ciegos, quizás, como quienes pretenden hacer del televisor, cada vez más grande y plano, una radio en colores?

La radio, hace mucho, obtuvo el máximo provecho de sí misma, permitiendo ver y vivir el fútbol a través de sus palabras. Supo salir airosa de unos cánones o aranceles que nunca nadie se atrevió a imponer por decreto. Resistió vendavales, se innovó y vio morir al marcador simultáneo. Hoy sigue viva. Más que nunca, tal vez. Porque, ¿cuántos miles de espectadores toman asiento ante el televisor, a la hora del partido, con ella encendida?

Cualesquiera que sean los motivos, parece obvio que el fútbol se sigue “viendo” por la radio, y no se escucha por la tele.

Curiosa, muy curiosa paradoja la resultante del progreso.




Balón y salsa rosa

Entre las cosas que de ningún modo hubiera podido consentir el franquismo autárquico, estaba la prensa “rosa”. O para ser más exacto, el cotilleo “rosa” tendente al amarillismo hepático. Mal, muy mal se tomaron algunos jerarcas la irrupción de “El Caso”, en un país donde apenas existía criminalidad, según estadísticas oficiales, y el nivel delictivo estaba más emparentado al hurto, la timoteca, el robo de gallinas, rifas fraudulentas, el abandono familiar o los casos de adulterio, que con fenómenos de criminalidad organizada. ¿A qué venía, entonces, un periódico sensacionalista en el imperio de la paz silente? “El Caso”, por más que nunca abordase cuestiones políticas -al menos explícitamente-, sufrió una denodada persecución censora. Y eso que sus directores editoriales o redactores jefes orillaban por sistema la sordidez de incestos, infidelidades manifiestas o “atentados contra el orden divino”, que era como entonces se enmascaraba la homosexualidad.

Aquella España nacional-católica fue por demás beligerante contra “el pecado contra natura”, el “vicio abominable” o la “afeminación”, términos igualmente elegidos para no llamar a las cosas por su nombre. Mientras, toleraba los prostíbulos, convertía a las “queridas” en signo de estatus social, y desde el confesionario se recomendaba paciencia a las esposas consentidoras, oración para encarrilar al cónyuge, o receptividad en el tálamo, como fórmula contra los descarríos, que la tendencia natural del varón, hija mía, les lleva a buscar fuera lo que no encuentran en casa. Ya se expuso hasta qué grado de ridiculez llegó la obsesión por no dar pie a malos entendidos, en el caso del defensa canario Machín, a quien durante 1939 y 40 se quiso alinear no por su apellido, sino como “Machorro”. Paralelamente, un régimen tan obsesionado por controlarlo todo, no quiso soslayar el caudal informativo que los porteros de finca urbana podían proporcionarle. En julio de 1941 fueron elevados a la condición de “agentes de la autoridad”, con el fin de vigilar los edificios y moradas donde prestaran servicios. Curiosa metamorfosis, cuando sólo unos meses antes se escribió sobre ellos: “Figura siniestra de librea y calzón blanco, que durante la guerra habían actuado de espías y delatores. El 80 por ciento de los asesinatos de Madrid se produjeron por las delaciones de los porteros”. Otra crónica mucho más dura, fechada el 5 de julio de 1939, los tildaba de “raza maldita en el Madrid marxista”. Obviamente, alguien debió pensar que su desaprovechamiento constituía un gran desperdicio. Años después, además, se hizo público y notorio que los serenos poseían, mediante la delación, un arma mucho más peligrosa que el chuzo. Gran parte de ellos, si no todos, ejercían como confidentes policiales, para desgracia de libertinos, adúlteros, gente de vida desordenada, noctámbulos de variada condición y, sobre todo, homosexuales.

La caza al homosexual, más que en aromas de cruzada, estuvo envuelta en tintes de divertimento para algunos policías. En “La Colmena”, el premio Nobel Camilo José Cela expuso una de esas razias moralizantes, aprovechando las regulares visitas de “invertidos”, “palomos” o “madrazas”, a salones de billar, donde se encandilaban “contemplando posturas”. Su detención, en todo caso, nada tenía de cuestión baladí, puesto que además de pecado, “desviación diabólica” y “perversión nefanda”, lo suyo era delito tipificado en la Ley de Vagos y Maleantes. La prensa, a veces, se hacía eco de su triste suerte: “Ayer fueron apresados en esta villa por escándalo público…” O: “Pasaron a disposición judicial tres pervertidos incursos en delitos contra el buen orden social, fruto de la persecución y control de vagos y maleantes”. Pero curiosamente, ni prensa, ni boletines radiados, abordaron nunca la condición de ciertos prohombres, artistas y figuras populares, sobre quienes los redentores del orden moral hubiesen podido tender su cerco.

Durante los años 40, la presunta homosexualidad de cierto futbolista internacional fue dada por cierta entre numerosos compañeros de profesión. Y varios lustros después, evocando tardes gloriosas, parte de quienes antaño lo tuviesen por compañero o adversario, abordaban la cuestión sin ambages. Huelga indicar que ningún cronista o redactor deportivo escribió jamás una línea al respecto. Y que si algún empleado de finca urbana o sereno con linterna y chuzo llegó a denunciarlo, su expediente debió ir directo a la papelera. Entonces, a falta de prensa “rosa”, las crónicas sociales, su teórico sucedáneo, tan de lectura entre achicoria o chispacito de anís, fijaban su atención en otras cuestiones: “Presentada en sociedad la hija de los Sres. García-Agúndez”. “El baile anual de Beneficencia constituyó todo un éxito”. “La rama española de la antigua dinastía búlgara recibió a la distinguida Srta. P. G., nieta de marquesa y brillante dama azul. Su futuro suegro, luciendo uniforme militar, abrió la sobremesa, amenizada por una orquestina de moda”. Si acaso, al despuntar los años 50 del pasado siglo se dio a entender con medias palabras lo que iba a quedar, balón de fútbol y faradaes de por medio, como soberbio escandalazo.

Gerardo Coque con la camiseta del At Madrid. Acababa de lograr el contrato de su vida y ni podía imaginar que iba a acabar malográndolo.

Gerardo Coque con la camiseta del At Madrid. Acababa de lograr el contrato de su vida y ni podía imaginar que iba a acabar malográndolo.

Gerardo Coque Benavente, su protagonista masculino (Valladolid 9-III-1928), había sido descubierto por Antonio Barrios cuando jugaba en el Zorrilla. Con 17 años lo incorporó al Real Valladolid, como aficionado, y tras dos campañas haciendo méritos debutaba con el primer equipo, para encadenar en 24 meses un par de ascensos, desde 3ª a 1ª División. Helenio Herrera, otro genio del esférico, fue el primero en afirmar que tenía ante sí una proyección extraordinaria. Interior sobrado de clase, con potente arrancada y mucho olfato de gol, sería internacional absoluto ante Irlanda, en Chamartín, anotando el primero de los 6 goles determinantes del triunfo, y otra vez al año siguiente, con el equipo “B” frente a Alemania, en Dusseldorf, para hincar la rodilla 5-3. Luego de 7 temporadas como blanquivioleta, durante el verano de 1953 fichaba por el At Madrid, dejando en las arcas vallisoletanas la entonces astronómica cantidad de un millón de ptas. Aunque nadie pusiera en duda lo acertado de esa apuesta “colchonera”, el destino, tan sembrado de imponderables, habría de convertirla en ruinosa.

A sus 26 años, Coque era un chico formal en la pacata y cerrada jaula vallisoletana. Una especie de gorrión sin trino, austero, hecho a la solemnidad de las procesiones, el tedio de los cafés, o los tañidos de campana llamando al ángelus, misas y rosarios. Demasiado formal y poco avezado, para no rendirse al empalago del neón y las noches madrileñas, donde Chicote ejercía su sacerdocio y los tablaos flamencos constituían el no va más. Aún no deambulaban americanos rubios, el whisky era visto como bebida de sibaritas y sólo unos pocos snobs se referían elogiosamente a cierto refresco negruzco, llamado “Coca-Cola”. Una de aquellas noches, alguien lo presentó a Lola Flores, entonces mito nacional. Y sus pasos habrían de enredarse irremisiblemente.

Imposible saber qué pudo ver “La Faraona” en él. Ternura, quizás, desvalimiento. Puede, incluso, que la timidez de un triunfador tan neófito como para no creer ni en su propio triunfo. Comoquiera que fuese, el futbolista sucumbió al hechizo de la cantante y bailaora.

Aquella primera temporada en el At Madrid, no se le dio mal, pese a todo. Titular indiscutido, disputó 24 de los 30 partidos ligueros, anotando 8 goles. Quedaban lejos de los 19 celebrados en el Valladolid la campaña 50-51, o los 13 en 27 partidos de 1952-53. Parte de la afición rojiblanca, los peor informados respecto a sus noches de humo tabaquizo, palmas y francachela, se las prometían felices ante el Campeonato 54-55. Todos, incluido él mismo, desconocían que iba a constituir un descenso por el tobogán de su perdición.

Tanto protagonismo fuera de los campos de fútbol, silenciado oficialmente, no dejaba de asomar a los mentideros. Siembre había un taxista, algún camarero, empleados de hotel y gente bien informada, cuchicheando sobre el tormentoso enredo que unía a la pareja, primero cuando Coque tenía novia formal, y posteriormente ya casado. Como es lógico, su inmersión en la vida nocturna lo aniquiló deportivamente. Sin fuelle, desganado, en muy baja forma y con la cabeza lejos del balón, aquella sordina impuesta por la censura estuvo lejos de beneficiarle. Un día, de pronto, se supo que acompañaba a la artista en su gira americana. Para entonces la rumorología campaba a sus anchas. Tanto es así, que algunas fotos “autorizadas” documentaron su huida. El Atlético se quedaba sin futbolista en pleno torneo 54-55, y la joven e incrédula esposa, sin marido. Lola Flores, anticipada a su tiempo y mujer que siempre supo hacer de su capa un sayo -sin duda ente la tolerancia con que se miraba al artisteo-, apenas si recibió reproches, como no fuere en muy reducidos ámbitos canónicos. Manolete y Lupe sino tampoco habían ocultado su amancebamiento, mediante posados para publicaciones nacionales y extranjeras. Y qué decir de Luis Miguel Dominguín, seductor implacable y coleccionista de aventuras. O de la posterior conducta escandalosa de Ava Gardner, y su efímera relación sentimental con el torero y poeta catalán Mario Cabré, sobre la que el matador tanto presumiera. Había, en el fondo, distintas varas de medir. La reservada a ciudadanos de a pie, severísima, y otra más laxa para pecadores contumaces. El humorista Miguel Gila supo ilustrarlo al rememorar una gira por el Norte de África con su compañía de revista: “Junto a la aduana había varias ventanillas para tramitar la documentación. El rótulo de una me sorprendió mucho: “Artistas y Prostitutas”. Pues bien, para humillación de las chicas, todas tuvieron que pasar por ella con sus papeles en regla”.

La gira de Lola Flores resultó larga y exitosa. A Gerardo Coque, en cambio, se le hizo larga y triste. Roto el hechizo de los primeros meses, agotada la química, para “La Faraona” ya no fue sino juguete sin utilidad. Él mismo se sentía a disgusto, fuera de ambiente, rodeado de aplausos que sentía ajenos, añorando los estadios. Ya de vuelta, frustrado y arrepentido, se reconciliaría con Marina, la esposa abandonada, otra eterna “novia” española, devota, fiel y entregada, como la de “Diego Valor” -vallisoletana también-, la sueca Sigrid, de “El Capitán Trueno”, o Claudia, patricia romana rendida a la rusticidad de “El Jabato”, celtíbero en lucha contra un imperio. Trató también de regresar al fútbol, aun siendo consciente de que después dos años y medio dando la espalda al balón, éste pudiera haberse despachado con un divorcio.

Su primera intentona ante la directiva vallisoletana resultó decepcionante: “Fui a pasar la Navidad en casa de mis padres y hablé con el presidente -confesaría-. Pero mis condiciones no fueron aceptadas”. Luego estuvo en conversaciones con el Real Jaén. Viajó, incluso, hasta la capital aceitunera, pespunteando un acuerdo bastante sólido. “Pero entonces me dijeron que debía ser yo quien corriese con el costo de mi baja en el At Madrid, y como nunca se había hablado de eso, pues no acepté”. Por fin, en febrero de 1958 suscribía un acuerdo con el Granada C. F. Volvía a sonreír ante los informadores, muy ilusionado. Aseguraba sentirse a punto, luego de entrenar en Madrid, no el Metropolitano, donde expresamente se le prohibiera hacerlo, considerándolo apestado, sino en la Casa de Campo, a solas. De fumar dos cajetillas de tabaco diarias, había pasado a siete pitillos. Y apenas bebía para no engordar. Cuando Saucedo Aranda, firma habitual en la prensa andaluza, le preguntara si no habría perdido estilo y juego, a raíz de tanta inactividad, se mostró disconforme: “El estilo nace con uno y jamás se pierde. En cuanto al juego, es cuestión de proponérselo”. Aseguró, también, sentirse impaciente por saltar al césped, por ser el mismo de antes, si acaso un jugador más práctico, al haber ganado en experiencia. Y sobre todo que no buscaba dinero, “sino recuperar mi antiguo sitio, tanto en el fútbol como en la sociedad. ¡Se cambia tanto cuando se piensan despacio las cosas!”.

El redactor puntualizaba que el futbolista vivía en Granada, acompañado de su esposa y su padre. Y que todos habían encontrado en la directiva granadina muchísima hospitalidad. El propio Coque remataba: “Entiendo perfectamente mi situación, y necesito que alguien deposite en mí una gran confianza”.

Ese alguien desde luego no fue Scopelli, entrenador del equipo andaluz, puesto que tan sólo le permitió alinearse en un partido de Liga. Como se le firmara contrato por cuanto quedaba de campaña, regresó a Valladolid, donde le hicieron hueco cara al ejercicio 58-59, en 2ª División. De nuevo, otra experiencia frustrante. Mediado enero de 1959 sólo se había alineado en 3 ocasiones y convalecía de una lesión. Era consciente, además, que su paso por el Granada tuvo todos los requisitos de un mal negocio: “Entre que estuve poco tiempo, me alojé en un hotel, y corrió de mi cuenta resarcir al At Madrid, a cambio de la libertad, esa reaparición arrojó saldo desfavorable”. Para colmo, la afición vallisoletana acababa de entregarse a otro interior de nuevo cuño, técnico, sacrificado y elegante: el futuro internacional y campeón de Europa Jesús Pereda. Aunque su equipo ascendiese a 1ª, resultaba obvio que a Coque no iban a renovarle.

Tan sólo daría muestras de renacer en los Campos de Sport de El Sardinero, con el club cántabro en 2ª División (temporada 59-60). Pero logrado el ascenso, su retorno entre los mejores (campaña 60-61), con 32 años a cuestas, le hizo encarar lo evidente: El antiguo gran jugador se había aguado en aquellas noches de vino amargo, flor fresca en el ojal y parpadeo de candilejas. Todavía una última temporada en la Cultural y Deportiva Leonesa, con 8 goles en 28 partidos mientras arañaba unos últimos duros por campos de 2ª, sirvieron de preámbulo a otra andadura en los banquillos, dirigiendo a la Leonesa (campeonatos 62-63 y 63-64), Europa Delicias y Real Valladolid, donde descubriría a Julio Cardeñosa, internacional y cerebro bético de gran recuerdo, a raíz de foguearse junto al Pisuerga.

La indómita Lola Flores continuó triunfando en el cine, la discografía y una televisión que pasaba del blanco y negro al color. Gerardo Coque tampoco había sido su único “affaire” relacionado con el fútbol, puesto que la afición “culé” se deshizo en lenguas respecto la relación que mantuviese con el defensa central Gustavo Biosca. “La Faraona” presentaba programas, sufría, incluso, el cornalón económico de la Agencia Tributaria por no declarar sus ingresos e, incombustible, habría de convertirse en la folclórica más activa de su generación. El 11 de noviembre de 2003, durante los actos conmemorativos del 75 aniversario fundacional, él recibiría de Carlos Suárez, presidente blanquivioleta, la insignia del club en oro y brillantes. Falleció poco después en Valladolid, el 5 de junio de 2006, a los 78 años, siendo sepultado en el cementerio del Carmen.

Gerardo Coque quedó por fuerza para la historia del balón, como el gran futbolista que apuntara y no quiso, no supo, o su carácter y el torrente vital de un Madrid engañoso, le permitieron ser.

Martín Mora Moragues, en un cromo de la época que soñaba con la titularidad bermellona.

Martín Mora Moragues, en un cromo de la época que soñaba con la titularidad bermellona.

Mientras Coque colgaba las botas, otro futbolista iba a saltar de la prensa deportiva a la de “amenidades”, primitiva denominación del género conocido más adelante como “cotilleo”. Para entonces, el primer Plan de Desarrollo urdido por ministros tecnócratas del Opus Dei, se traducía en una modernización a ultranza. Los años 60 llegaban con un pan bajo el brazo, y hasta con queso y leche en polvo, excedentes norteamericanos de la Guerra de Corea, servidos como ayuda a la infancia en países subdesarrollados. Uno de cada cuatro valles inundables se transformaba en presa, crecían las exportaciones, las playas se llenaban de turistas y hasta irrumpía, medio de tapadillo al principio, muy pronto servida en grandes tiradas, la prensa del corazón, todavía sin atreverse a soñar con un futuro en papel couché. Pues bien, a ese papel basto, tintado en dos colores y con portada en cuatricromía, asomó el portero Martín Mora Moragues (Algaida, 3-VI-1938).

Mocetón de 1,90, macizo, afable y cercano, tras destacar en el cuadro juvenil del San Luis sería fichado por el Real Club Deportivo Mallorca, aunque sus estudios en Barcelona le obligaran a pasar un año en blanco. Cedido al Porreras la campaña 1958-59, pasó sucesivamente por el España de Lluchmayor y Constancia de Inca, bajo cuyo marco habría de proclamarse portero menos goleado del fútbol nacional. Sólo entonces -verano de 1961- los bermellones se apresuraron a recuperarlo, brindándole la oportunidad de debutar en 1ª División. Un sueño hecho realidad, para quien desde luego no veía en el deporte un medio de vida, sino simple afición; enfermiza si se quiere, de puro intensa, pero afición, al fin y al cabo.

Nacido en el seno de una familia acomodada y aparejador de carrera, regentaba el Hotel Cannes, en Palma de Mallorca, además de vivir enfrascado en el día a día de una empresa constructora, cuando entrenamientos y partidos se lo permitían. Distaba mucho de ser futbolista al uso. Hasta el punto de que todo cuanto económicamente le proporcionaba el balón, fichas incluidas, lo distribuía entre organizaciones benéficas. ¿Cuánto dinero estima que habrá donado?, le preguntaron una vez. Y él respondió como católico de misa diaria que era, sin apartarse del Evangelio: “Sobre eso prefiero no pronunciarme. Es preferible que tu mano izquierda no sepa qué hace la derecha”. Afirmó igualmente, con 23 años y en una entrevista concedida poco después de ingresar en el primer equipo mallorquín: “Todo me ha resultado fácil en la vida, aunque ahora está costándome trabajo conseguirlo”. Se refería a la titularidad en el equipo donde, por cierto, no tuvo demasiada suerte.

Seis partidos de Liga durante su primera campaña y sólo 3 en la segunda, lastrada por una lesión con paso por el quirófano para extraerle un menisco, constituyeron todo su aval en la categoría reina. Otro, probablemente, hubiese enmascarado en excusas tan honda decepción. Él no. Aunque el público del viejo Lluís Sitjar no siempre le tratase bien, trascendió que cuando su entrenador, el antiguo portero Saso, lo apartase de la titularidad, lejos de enfurruñarse supo ser agradecido por haberlo mantenido en ella más de lo que sus actuaciones merecían. E igualmente que, a Cobo, su sustituto, estuvo tranquilizándole antes de saltar al campo, puesto que la responsabilidad del debut lo tenía bastante alterado. Gesto repetido durante el descanso, entre alabanzas a todas sus intervenciones, sin plantearse, siquiera, que el afianzamiento del vizcaíno implicaba para él un virtual ostracismo. Magnífico compañero, en suma, y excelente hombre de equipo.

Pero todo iba a dar un vuelco para él cuando trascendiera su romance con Maruja García Nicolau, recientemente proclamada Miss Europa. Porque entonces, tanto la prensa “seria” como la balbuciente de cotilleo, se ocuparon a fondo del asunto: “La bella y el futbolista”, tituló “Marca”. “Idilio junto al balón”, enunció otro medio. Y hasta cierto ocurrente juntaletras se atrevió a urdir: “Un portero se lleva el mejor trofeo”. La vida en Palma de Maruja García, hasta ese momento dependienta, y el gigante Martin Mora, se tornó mucho más complicada. Desde que Fabiola de Mora se convirtiese en reina de Bélgica, sus veraneos entre Guetaria y Zarauz habían desatado por nuestros pagos cierta inclinación hacia el famoseo. Aun no siendo habitual demandar autógrafos, se perseguía al famosillo o famosa en tropel, a manera de procesiones improvisadas. Algo que sobre todo Martín Mora llevaba bastante mal.

“Tengo los nervios deshechos por todo el jaleo que se ha armado en torno a nosotros”, confesó al periodista Fernando Albert, enero de 1963. “La gente no se da cuenta de que esto pertenece a nuestra intimidad. Si hasta me han achacado que en uno de los últimos partidos encajé un gol por mirarla a ella, que estaba sentada en la tribuna. Desde el campo no veo a nadie, claro. Sólo me preocupo del balón”. Achacaba su reciente inseguridad a tantas críticas personales, aviesas e injustas: “Salgo a jugar nervioso, casi desquiciado. Maruja y yo sólo somos una pareja como las demás. Critican, sobre todo, nuestra diferencia social, cuando ni yo he de sentirme culpable de poseer dinero, ni ella por no tenerlo. Creo que me retiraré al final de temporada. Me va a suponer un gran sacrificio, porque no existe actividad que me guste tanto como el fútbol. Pero estoy decidido”. Su relación había saltado a los medios, cabalgando entre la chiquillada y cierta mala fe: “Me engañó un amigo. Nos hizo unas fotos a Maruja y a mí, y después las repartió a la prensa”. E incluso los padres de él se lo tomaron a la tremenda: “Se oponían al principio, sí. Pero la han conocido y están encantados”.

Lógicamente, el periodista tampoco pasaba de largo ante la esperanzada novia, descrita como “chiquilla definitivamente bonita, que se comporta como si no lo supiera”, con “la cara limpia, sin una sola pincelada de pintura”, y modesta, además, al poner en su boca: “No tiene ningún mérito ser bonita. Se nace bonita o fea y no hay quien lo remedie”. Más adelante le dedicaba otro párrafo, que hoy apelotonaría en barricadas a muchas defensoras del más gestual y combativo feminismo: “Puede que la juventud de Maruja no le dé para saber muchas cosas, pero por lo menos conoce una fundamental. Sabe callar. Y sonreír. Ha podido ser estrella y rechazó todas las ofertas que le llegaron para hacer cine”. Perfecta imagen de mujer dispuesta a la renuncia, cuando a ellas se les pedía supeditación al hombre y entierro de sueños personales, como garantía de felicidad familiar. Habilidoso pluma en mano, Fernando Albert cerraba su trabajo con final feliz: “Martín tiene 24 años. Maruja 19. Están viviendo una historia de cuento de hadas. La bella y el futbolista. Dos muchachos jóvenes, con toda la vida por delante”.

Martín Mora no colgaría los guantes en 1963, conforme asegurase. Optó por regalarse otro campeonato, el correspondiente a 1963-64, en el Soledad palmesano. Luego, sin acritud ni cuentas pendientes, ya casado, prefirió centrarse en la gestión del hotel -aseguraba tenerlo un tanto abandonad-, y sus negocios inmobiliarios, por más que ello tampoco representase el definitivo adiós al fútbol, integrado en la Agrupación de Veteranos del Mallorca. Ni al fútbol ni a otras actividades deportivas, cabe decir, puesto que habría de convertirse en el primer presidente de la Federación Balear de Tenis.  Aquella prensa que con tanta atención contemplase su idilio, muy bien pudiera haberse ocupado de él unos años antes, a raíz del gesto que lo engrandeciese como persona.

Durante un choque contra el Soledad (temporada 1958-59), defendía el marco del Porreras con 2-0 a favor. Los de Palma apretaban, buscando acortar distancias, y el árbitro señaló dos penaltis durante los minutos que restaban para la conclusión. Finalizado el partido con empate a dos, buena parte del público quiso cobrarse venganza. Martín, entonces, no sólo protegió al trencilla con su imponente corpachón, sino que medio en volandas se lo llevó hasta el vestuario. En su acta, el colegiado reflejó tanto esos incidentes como la decisiva actuación del portero local, evitando lo que pudo haber concluido malísimamente. Desde ese mismo día 30 de noviembre, el Colegio Balear de Árbitros puso manos a la obra en lo que pretendió fuese cálido homenaje, plasmado semana y media después con la imposición al guardameta de su insignia de oro, primera vez que se otorgaba a un jugador.

Desgraciadamente, las buenas noticias rara vez saltan a letra impresa.

Y también es lástima que no todos los cuentos de hadas tengan final feliz. Una riquísima heredara italiana mecida entre plumas de ángel desde la cuna, y un extremo brasileño de raza negra con humildísimo origen, también creyeron protagonizar el suyo, sin saber que el brujo malvado triunfaría. Él se llamaba José Germano. Y ella iba a ser bautizada por los medios como Condesita Giovanna.

Germano en un cromo de “Panini”, impreso a finales del año 1962.

Germano en un cromo de “Panini”, impreso a finales del año 1962.

Mediados los años 60, Italia y lo italiano estaban muy de moda por nuestros pagos. Las canciones triunfadoras en el festival de San Remo saturaban las ondas radiofónicas. Claudio Vila, Domenico Modugno, Betty Curtis, Rita Pavone, Tony Dallara, Ggliola Cinquetti o Little Tony, eran objeto de inmensa admiración. “Al di lá” había enamorado a miles de parejas, aunque sus estrofas les resultaran ininteligibles. Peiró, Luis Del Sol, y sobre todo el galleguito Luis Suárez Miramontes -único balón de oro español hasta la fecha- triunfaban a lo grande en el “Calcio”. Más que el cine transalpino en sí, gustaban muchas de sus protagonistas. Silvana Mangano, en cada reposición de “Arroz Amargo”, Gina Lollobrigida, Claudia Cardinale, Sofía Loren… Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Nieves Conde, Fernando Fernán Gómez, o el húngaro afincado en España Ladislao Vajda, entre otros, trasladaron el neorrealismo italiano al celuloide nacional en varios de sus títulos, con singular éxito. Además, en Roma residía el Papa, y eso era mucho decir en un país oficialmente ultracatólico. Italia venía a ser para muchos españoles algo así como el vecino rico, país donde se disfrutaba primero de los automóviles que luego iba a fabricar “Seat”, arrinconando a cochecitos de tiovivo como el “Biscuter”, la furgoneta “Iso”, o “El huevo”, especie de cochinilla metálica ensamblada en Munguía, con sólo tres ruedas y accesible a través de una puerta frontal, que incluía tanto el parabrisas como su espartano salpicadero. En medio de tal panorama resultó imposible apagar cualquier eco del affaire Germano – Giovanna.

José Germano de Sales había nacido en Conselheiro Peña, paupérrima comunidad negra de Minas Gerais, el 25 de marzo del 1942. Como aprendiz de futbolista, desde el modestísimo Gavea pasó junto a su hermano Fío Maravilha a la cantera del Flamengo, un salto espectacular, rubricado cuando debutara en un amistoso ante el River Plate bonaerense. Sólo tenía 17 años y su descaro, regate y fe en el triunfo, iban a permitirle estrenarse de forma oficial poco después (octubre de 1960). Su irrupción fue espectacular, hasta el punto de verse incluido en la selección que iba a disputar el Panamericano de 1959 y la fase clasificatoria para los Juegos Olímpicos de Roma. Dueño ya de la camiseta número 11 en las alineaciones del Flamengo, los medios cariocas lo dieron por seguro en el mundial de Chile (1962), ante el aval que ofrecían sus 87 actuaciones domésticas. Y ello pese a que el flanco izquierdo de la “canarinha” se antojara propiedad de Pelé y Zagalo, ambos con dos títulos mundiales y afirmando estar listos para celebrar el tercero consecutivo. Garrincha y Vavá también parecían insustituibles. Didí, en cambio, a quien durante su pobre temporada en el Real Madrid de Di Stefano se le diera por acabado, ofrecía más dudas. Pero al final Didí estuvo en la lista, luego de que el seleccionador se arrancase en alguna entrevista con malos presagios respecto a los jóvenes: “La juventud siempre es cosa seria. El futuro les pertenece, así que dejémosles alcanzarlo poco a poco. Para Chile miremos mejor hacia el presente”.  Y fiel a esos postulados, dejó a Germano y a otras promesas pujantes con la miel en los labios.

Puesto que los duelos con pan son más llevaderos, a José Germano el suyo debió durarle poco. Desde Europa le llagaban cantos de sirena. Tanto Altafini como Sani, italobrasileños del “Calcio”, se dijo habrían ponderado ante la directiva milanesa su regate demoledor. Fuese verdad o fantasía, lo cierto es que acabó ingresando en el Milán, con una ficha que multiplicaba por 5 sus anteriores devengos.

No, no lo tuvo fácil en Italia, por cuyo fútbol si bien habían pasado numerosos extranjeros, no existían precedentes de jugadores negros. Llegó a escribirse que a una parte de la afición se le atragantó desde su llegada, que habría sido víctima de un racismo latente y soterrado. Imposible saber si fue verdad. Se antoja más probable le acometiese la saudade, entre ese frío piamontés cargado de nieblas, o la añoranza de tanto sol y “garotas” cimbreantes a ritmo de samba. En todo caso, Nereo Rocco, entrenador forjado en la rácana escuela “calcística” no podía ser más refractario al juego preciosista y zumbón. Parece, además, que tampoco Germano le entró por el ojo derecho, puesto que rápidamente iba a colgarle el dudoso apodo de “Bongo-Bongo”, a saber, si extraído de cualquier película con selvas de atrezo y tarzanes insufribles. El caso es que, si bien debutó espectacularmente, con dos goles en su primera comparecencia liguera, durante los siguientes 12 choques, mojada su pólvora, iría muy, pero que muy a menos, justificando con sus actuaciones la cesión de que sería objeto, avanzado noviembre de 1962, al Génova, también de la Serie “A”, para firmar 2 goles en 12 actuaciones. Campeón en la Copa de Europa correspondiente a 1963, cuando Altafini con sus dos tantos batiese al Benfica de Coluna, Torres y Eusebio en el estadio de Wembley, tan sólo pudo asomar durante la ronda previa en dicho torneo, ante el muy endeble campeón de Luxemburgo, anotando, eso sí, un gol.

Germano, todavía solo futbolista, cuando en su cabeza no había otro pensamiento que el triunfo deportivo.

Germano, todavía solo futbolista, cuando en su cabeza no había otro pensamiento que el triunfo deportivo.

Su retorno a la Piazza del Duomo y el Castello Sforzesco estuvo envuelto en mal fario. Un grave accidente de circulación lo tuvo varios meses en dique seco y luego, olvidado por todos excepto por el contable “rossonero”, a quien entraban los siete males viendo naufragar la inversión, tuvo que aceptar otra salida más humillante, ahora hacia el modesto Alessandria.

No faltaron voces empeñadas en achacar su fracaso a zancadillas donde el fútbol poco temía que ver. Apuntaban, además, a cierto multimillonario, conde, al parecer, aunque desde ciertos ámbitos se le discutiera el título, con fábricas de helicópteros y motocicletas, prestigio consolidado y mucha mano para según qué asuntos. Aunque José Germano ni siquiera se hubiese cruzado con él, cometió la osadía de enamorar a su única hija. Y eso, claro, bastó para desatar hostilidades.

Todo sucedió por pura casualidad. El club lombardo estaba construyendo su ciudad deportiva de Milanello, y en tanto la concluían su elenco acostumbraba a ejercitarse físicamente en unos campos de entrenamientos lindantes a un área de equitación, muy frecuentada por miembros de familias pudientes. Allí, Giovana Agusta se fijó en el brasileño y debió sentir atracción por su exotismo. Cruzaron unas palabras. A ella le gustó el acento portugués, suave y arrastrado, se diría que abanicado por esa brisa cálida que inunda los corazones de cachaza. Y a él tanto desparpajo, aquella sonrisa fresca, su educada desenvoltura. Siguieron viéndose, hablando, riendo y jugando a sentirse iguales en una sociedad dada a mantener distancias. Sin advertirlo, se habían vuelto inseparables. Cuando el Conde Agusta tuvo constancia de todo aquello, actuó como caballero herido. ¿Quién era ese negro sin ilustración ni otro mérito que correr tras la pelota, para embobar a su hija? Una relación semejante no iba a parte alguna. Y puesto que Giovanna, terca y caprichosa, apenas hubiese sido contrariada, debió montar una zapatiesta soberbia. Su padre, entonces, habría recurrido a la diplomacia, alejando al muchacho cuanto le fue posible.

La “contesina” y Germano, ya pasto de la prensa amarillista.

La “contesina” y Germano, ya pasto de la prensa amarillista.

La condesita, sin embargo, no estaba acostumbrada a ceder. Con Germano en Génova o en Alessandria, la relación siguió adelante. Y se mantuvo cuando desde el club milanés lo embarcasen hacia Brasil para enrolarlo en el Palmeiras, donde por cierto cuajó una gran temporada. Campeón Paulista en 1966, otra vez internacional ante Uruguay, festejando una victoria 3-0 con gol en su haber, semejaba ser el de antes, aquel extremo eléctrico y pinturero, vivaz, nacido para poner en pie a los graderíos. Lo malo era que hubiese un océano entre Giovanna y él, demasiado profundo y ancho para no constituir un serio obstáculo. Dispuestos a reencontrarse, urdieron un plan definitivo. Germano buscaría algún equipo europeo, no italiano, puesto que allí les aguardaba la red del Conde Doménico. Tampoco había tanto donde elegir, considerando que entonces el fútbol de medio continente estaba cerrado a la importación. Francia, quizás, Suiza, aun contando con su restrictiva legislación de extranjería, Bélgica… Germano se decantó por Lieja, dando la cesión por medio hecha a los directivos milaneses, todavía propietarios de sus derechos federativos. La del Standard, en fin, iba a ser su camiseta para el ejercicio 1966-67.

Apenas Germano hubo puesto un pie en el aeropuerto de Bruselas, la “Contessina” Agusta daba el portazo, plantándose en Bélgica, acogida primero por unos amigos y más adelante alojada en un discreto hotel. Desde allí anunció a sus padres su propósito de casarse, para chocar nuevamente con el muro que tan bien conocía. Así las cosas, Germano y Giovanna, mediante el expeditivo método de un embarazo, pusieron al señor Conde entre la espada y la pared: O boda con su aquiescencia, o escándalo al por mayor. Y para sorpresa de ambos, el Conde, en un primer momento, prefirió lidiar con el escándalo.

No es fácil seguir tanta ida y vuelta concentrada en muy pocos días. Los medios brasileños publicaron relatos confusos e inexactos. Los italianos claramente al dictado del Conde Agusta. Y los españoles entre el asombro y la broma, equivocando incluso la verdadera identidad de Germano, toda vez que el único jugador conocido por ese nombre a este lado de los Pirineos era Germano Luis de Figueiredo (Alcántara 23-XII-1932 – Linda a Velha 14-VII-2004), barbudo y gran defensa del mejor Benfica. Así las cosas, tampoco faltaron charletas de este tipo entre aficionados, quinto de cerveza en mano: “No sé yo que habrá visto esa condesa en semejante tipo, medio calvo y con barbazas de guerrillero castrista”. “Pues eso, hombre, que da la nota. Las mujeres que lo tienen todo suelen salir por peteneras”.

La prensa belga sigue siendo, hoy día, fuente más fiable. Y entre los firmantes de aquellas crónicas sobresalía el oficio de Marcel de Leener, a menudo también corresponsal del diario “Marca”.

Tras el órdago de Giovanna, su madre fue la primera en intermediar, desplazándose hasta Bélgica. Nada obtuvo, sino una contundente reafirmación. El Conde, entonces, amenazó infructuosamente con desheredarla. Visto que el vínculo sanguíneo sólo servía para enconar posturas, se apeló a otras fórmulas. Giovanna, que venía sirviéndose del abogado Emil-Edgar Jeunehomme, contrató también al profesor Cuyvers, otro letrado de Lieja, para negociar en su nombre. Hubo reuniones de leguleyos. Al menos tres, y todas inútiles. Un martes, por fin, se dieron cita en el Palace Hotel, de Bruselas, el Conde Agusta, su hermano Conradi, el abogado milanés M. Conti, el también letrado Cuyvers, representando a la condesita, y ella misma. Durante hora y media volvieron a salir todo tipo de argumentos por ambas partes. Germano probablemente acabaría regresando a Brasil. ¿Qué iba a hacer ella? ¿Acompañarle? ¿Romper definitivamente con su familia? ¿Acabar con un linaje tan antiguo? Además, se trataba de un negro carente de educación. ¿Podrían vivir ambos sin dinero, cuando los ahorros del fútbol se esfumasen? ¿De verdad se creía en condiciones de parir hijo tras hijo, calzar chancletas, acarrear agua en cualquier favela, zurcirse la ropa y vivir amontonada entre prostitutas, delincuentes, drogadictos o borrachos? ¿Y ellos? ¿A ellos no iba a dolerles su pérdida? Que se olvidaran de ejercer como abuelos. Adiós al linaje, a la sucesión. Ya podían quemar las fábricas y el dinero. Total, para qué iba a servirles, como no fuese para que un día cayese en manos de Hacienda.

Tras una frugal comida volvieron a reunirse durante 45 minutos, sin asomo de acuerdo. Esa misma tarde la condesa tomaba un “Caravelle” desde Italia, incorporándose a la negociación, ya en plena noche. El padre propuso entonces un matrimonio civil, con dos años de moratoria hasta hacerlo efectivo por la iglesia, algo a lo que Giovanna se negó en redondo. El padre y su hermano acabaron cediendo: “Es una auténtica siciliana” -sintetizó el progenitor-. Ha tomado una decisión y cree que será feliz. Si no llegara a serlo, ya no podrá culpar a nadie y habrá de enfrentarse a las consecuencias”. A las 09,45 del día siguiente, la Condesa tomaba otro avión hacia Milán. Su esposo, al abandonar Bruselas algún tiempo después, se mostraba abatido. Consciente de que un escándalo continuado perjudicaría a sus negocios, manifestó: “He llevado el combate hasta agotar mis fuerzas y he perdido. Siento escalofríos tan sólo al pensar que un día deba estrechar la mano a ese hombre”. Al despedirse de su hija, añadió: “Pase lo que pase, recuerda que siempre has de ser una Agusta. No voy a desheredarte. Sería indigno de nuestra familia. Tendrás todo lo que te corresponde por nacimiento y quién sabe si ese dinero te proporcione la felicidad”.

Quedaba expedito el camino para leer las amonestaciones en el municipio de Angleur, residencia de Germano. Campanas, confeti, música de armónium y alfombra de flores, tras cuatro años y medio de relación a escondidas, citas fugaces y lucha contra muy distintos elementos.

La pareja contrayendo nupcias. Comieron pocas perdices y apenas si les quedó tiempo de sentir algo parecido a la felicidad.

La pareja contrayendo nupcias. Comieron pocas perdices y apenas si les quedó tiempo de sentir algo parecido a la felicidad.

El 17 de junio de 1967 tuvo lugar el enlace, con toda la prensa “rosa” celebrando por anticipado el seguro éxito de sus tiradas. “Han querido un matrimonio sencillo, y nosotros, los belgas, que somos su familia, recogemos ese deseo. Este es un matrimonio cristiano y conciliar, que va más allá de las lenguas y las razas”, afirmó el padre Bernard, celebrante en la capilla de Santa Bernardette, luego de que un oficial certificase la unión civil en la alcaldía. Durante la ceremonia se patentizó que la aristocrática familia no había perdonado, pues ni uno sólo de sus miembros estuvo presente. A Giovanna parece le dio igual, vista la sonrisa con que todos los fotógrafos la retrataron. “Vestida de rosa y con abrigo blanco, sus grandes ojos negros miraban muy abiertos, esforzándose en comprender”, narraron los medios al día siguiente. Se dio la coincidencia de que esa misma fecha nuestra prensa iba a recoger otra escueta nota de la agencia Alfil: “Luis Suárez y su esposa Nieves llegaron a Milán procedentes de Madrid. El matrimonio Suárez tiene la idea de encontrarse con el capitán del Inter, Armando Picchi, y después continuar su luna de miel por el sur de Italia”. Concluidos los campeonatos de Liga, para los futbolistas junio suele ser mes de bodas.

Aunque Germano y la condesita se las prometieran muy felices, si en su vida hubo rosas, tampoco faltaron espinas. Con sólo 26 años, él decidía colgar las botas, y 24 meses después la pareja se separaba. El nacimiento de la pequeña Lulú, lejos de cimentar su unión, constituyó un anticipo del naufragio. Que el Conde Agusta nunca cejó en su propósito de dinamitar aquella unión, parece evidente. Circularon versiones, a partir de indicios, sobre distintas maniobras. Parece, incluso, que podría haber entregado al futbolista los fondos con que adquiriese una granja sita en Conselheiro Peña, a cuya explotación estuvo dedicándose desde 1970. Todo, con tal de apartarlo definitivamente de Giovanna.  Allí, en su pueblo, el ya exfutbolista contrajo un nuevo matrimonio y fue padre de dos hijos más.

A su antigua esposa tampoco le faltaron motivos de aflicción. Tras contraer segundas nupcias con un empresario norteamericano, cuando ese segundo marido se viera envuelto en un escándalo financiero volvió a separarse. Y aún reincidiría, formando pareja con cierto médico relativamente conocido por su atención a los niños sin recursos.

José Germano de Sales, internacional brasileño y Campeón de Europa, rey efímero y sin corona para la prensa del corazón, falleció el 30 de setiembre de 1998, a los 56 años, víctima de un infarto fulminante mientras trabajaba en su granja.

Casi en paralelo a las vicisitudes de Germano, ya en el olvido Martín Mora y la primera Miss Europa mallorquina, el balón volvió a vestirse de gala para dos futbolistas del Real Madrid. Pirri se casaba con la actriz cinematográfica Sonia Bruno, y su compañero de línea media, el navarro Zoco, con la cantante María Ostiz. María continuó grabando discos, muy bien acogidos por el público, e interviniendo esporádicamente en alguna gala. Sonia Bruno, en cambio, decidió dar por terminada su andadura entre focos, cámaras y platós. Toda la prensa rosa del momento se ocupó de aquellos enlaces o del primer hijo de Sonia y Pirri, cuando nadie pensaba en salvaguardar la identidad de los menores. Uno de aquellos medios afirmó sin rubores, en relación con la actriz: “Ahora, puesto que su marido se gana muy bien la vida, ya podrá dedicarse a sus labores. El cine, en adelante, quedará tan sólo para los domingos”.

A partir de ahí, iban a ser muchos los emparejamientos o enredos de futbolistas con modelos de pasarela, artistas populares, “mises”, cantantes o rostros de la pequeña pantalla. Convertidos en pieza más cotizada que los toreros, un amplio elenco de jugadores iría saltando de la sección de deportes a otra cada vez más amarilla. Sólo veteranos compañeros de profesión, en su amplia mayoría retirados, sabían que años antes sus propias veleidades, incluso las públicas y notorias, quedaron salvaguardadas. Siendo el sexo gran tabú, el sexto mandamiento obsesión de capelos cardenalicios, alzacuellos y sotanas, mal podía tolerar un régimen abrazado a la cruz, determinadas exhibiciones. Máxime cuando propalar hechos ciertos revestía carácter de injuria, si afectaban al buen nombre del interpelado.

“¡Ay, de quién escandalizare! -solía escucharse desde los púlpitos-. Más les valiera atarse una piedra de molino al cuello y arrojarse a la mar”.

Redonda frase evangélica, muy válida, por ejemplo, en Luarca, Bermeo, Combarro, Cadaqués, Cartagena o Torremolinos, pero de dudoso efecto en Los Monegros, la meseta castellana, Extremadura o Albacete, sin un mal charco en lontananza.

La libertad de expresión, al fin y al cabo, no aparecía en los 10 Mandamientos, ni asomaba entre los 5 de la Santa Madre Iglesia.




Manipulaciones con una gira de fondo

Durante los años 40, 50 y primera mitad de los 60, en el pasado siglo, los españoles tuvieron ocasión de familiarizarse con la manipulación informativa, hasta el punto de alcanzar un doctorado. No en vano, a la censura bélica impuesta por los dos bandos entre julio de 1936 y la primavera de 1939, sobrevino otra, entre civil y religiosa, destinada no solo a desterrar “malos hábitos, costumbres licenciosas y la abominación roja, carcoma moral de una patria rescatada del caos por el Caudillo”, sino a la implantación de dogmas políticos y canónicos. El nuevo órgano contó con un auténtico ejército de “lectores” anónimos, identificados en sus informes mediante seudónimo, próximos a La Falange, el clero, u organizaciones del espectro victorioso. Hubo, entre ellos, alguna figura de relumbrón, como el más adelante Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela, por más que sobreabundase la grisura intelectual y una visión de la vida entre orejeras. Un simple paseo por los archivos de Alcalá de Henares bastará para sumergirnos en aquel pacato universo.

A la brillante columnista Josefina Carabias le suprimieron de un artículo el vocablo braga, “por obsceno e inmoral”. Otro término prohibido era “carnaval”, pero como la celebración continuara llevándose a cabo con gran fervor en puntos tan inconexos como Cádiz, Tolosa o Santa Cruz de Tenerife, la prensa halló un cómodo sucedáneo con “carnestolendas”, en tanto la cartelería oficial lo rebautizaba como “Fiestas de Invierno”. Cierto intérprete de las normas, sin mucho cacumen, puso serios impedimentos a la publicidad de una compañía zarzuelera que anunciaba “Agua, azucarillos y aguardiente” y “La Gran Vía”, porque “después de la gloriosa victoria en nuestra Cruzada, es público y notorio que la Gran Vía se denomina Avenida de José Antonio”. Tampoco carece de desperdicio el testimonio recogido por Juan Ignacio Luca de Tena en sus memorias periodísticas tituladas “Mis amigos muertos”. El diario “ABC” no pudo referirse a “la vieja España de Alfonso X El Sabio”, porque al funcionario encargado de revisar las galeradas se le antojó “propaganda monárquica”.

Mueve igualmente a hilaridad la esperpéntica suspicacia del censor con quien tropezase Francisco González Ledesma, mucho antes de soñar con el Premio Planeta. Lástima que aquel lectorzuelo forzase un larguísimo paréntesis en su carrera literaria “seria”. Acababan de otorgarle el Premio Internacional de Novela cuando aún no había cumplido las 25 primaveras y, según sus propias palabras, se las prometía muy felices: “Era un galardón prestigioso, con nada menos que Sumerset Maugham presidiendo el jurado. Me creía un hombrecito, desconocedor aún de que hacerse hombre no es tarea fácil. La censura se encargó de enseñármelo, al prohibir la publicación por obra roja y pornógrafa. Roja puede, pensé. Al fin y al cabo me había criado en un enclave obrero, muy reivindicativo. ¿Pero pornógrafa? Cuando pedí cuentas al censor, luego de agenciarme su identidad, me señaló una página: Mire, aquí dice que el chico pone una mano en la rodilla de ella. Impertérrito, aduje: Bueno, así es; no me parece algo tan grave, siendo novios. Y él contraatacó de inmediato: Pudiera no serlo, pero es que del texto se desprende la intención de subir esa mano.

Luis García Berlanga, referente del celuloide hispano, también fue testigo de un solemne dislate mientras rodaba una de sus películas. “Me pusieron una especie de censor espiritual, Grau creo que se apellidaba. Como debíamos pasar muchas horas juntos, un día va y me dice: Si usted cree que soy un retrógrado, uno de esos que van con el trabuco bajo el brazo, se equivoca. Aquí, donde me ve, he sido uno de los curas más modernos de España, uno de los más perseguidos por la jerarquía católica. Aquí, donde me ve, he pasado años dificilísimos. Él insistía en su aquí donde me ve, pero no lo aclaraba. Hasta que por fin me confiesa: Aquí donde me ve, señor Berlanga, fui el primer sacerdote español en llevar reloj de pulsera”.

La censura no sólo estuvo obsesionada con el Sexto Mandamiento. Aunque al encargado de visar la publicidad de este film se le antojase muy provocativo el pecho de la protagonista.

La censura no sólo estuvo obsesionada con el Sexto Mandamiento. Aunque al encargado de visar la publicidad de este film se le antojase muy provocativo el pecho de la protagonista.

Pese a tanto despropósito, la censura resultó blanda para no pocos devotos del régimen. El Padre Félix García se expresaba de este modo en una de sus críticas literarias aparecidas en “Ecclesia”: “No se trata de restablecer la Inquisición -aunque no estaría mal, para poner muchas cosas en su punto-, ni de abatir cimas líricas o vuelos universales por el campo sin fronteras de todos los saberes. Se trata, sencillamente, de apuntar unas observaciones que quizá puedan servir de voz de alerta para las gentes de buena fe”.

Aquel sacerdote pudiera no constituir excepción. Y es que cuando ciertos mitrados de la Iglesia decidían blandir brocha o tijeras, había motivos para echarse a temblar. Sucedió con Monseñor Pildáin, ultramontano del sexo donde los haya, a raíz de que el Frente de Juventudes construyera en Las Palmas de Gran Canaria el Estadio de la Juventud. Para engrandecerlo, se habían colocado varias estatuas de atletas, reproducción de esculturas clásicas, como el Discóbolo. Aquel obispo, entendiendo gravemente atentatoria contra la moral semejante exhibición, exigió la retirada de las mismas, o en su defecto que se las vistiera. Su protesta llegó hasta el Consejo de Ministros, sirviéndose del entonces responsable de Educación, Joaquín Ruiz Giménez, conforme habría de atestiguar el delegado nacional del Frente de Juventudes, José Antonio Elola Olaso. Gracias al propio Elola también sabemos que luego de una demostración del Frente de Juventudes en Toledo, el cardenal Pla y Daniel manifestó su disgusto porque el pantalón corto de “flechas” y “cadetes” podía excitar a las chicas adolescentes.

La censura impedía dar publicidad a los frecuentas accidentes ferroviarios, fruto del lamentable estado de la red, exigió se empleara el vocablo “senos” como sustitutivo del pecho femenino, o apareciese “ensaladilla rusa” en el menú de los restaurantes, sugiriendo como alternativa “ensaladilla zarina”. Y por supuesto, ciertas cosas no ocurrían en nuestro suelo. La homosexualidad, muy perseguida, jamás hallaba eco en nuestra prensa, lo mismo que el abuso de menores, tanto si tenía lugar en el ámbito docente como en sacristías. Cualquier folleto, hojita o pasquín, debía llevar identificación del impresor. Incluso el programa festivo de los núcleos más recónditos, puesto que toda ofensa, atentado a los buenos usos y costumbres, o asomo anticlerical, se sustanciaba en multas, si la infracción revestía carácter leve, o incluso en cerrojazo temporal de actividades, para casos más graves. Hasta que en marzo de 1966 Manual Fraga Iribarne, sustituto del ultracatólico Gabriel Arias Salgado en el Ministerio de Información y Turismo, promulgase la “Ley de Prensa e Imprenta”, todos nuestros diarios eran objeto de censura previa, circunstancia que promovía, indefectiblemente, otra autocensura no menos estricta. Con respecto a la publicación de libros, tras la lectura y devolución del original a su autor, si éste decidía ponerse al mundo por montera, no ajustándose a la imposición censora, podía ver secuestrada toda la edición como al funcionario le diese por comprobar, a posteriori, si lo tachado figuraba en el texto definitivo. Las “entrevistas” radiofónicas, cuando tocaban asuntos delicados, como religión, o actualidad, tenían que pasar censura previa, resultando así puro teatrillo, cuando no pantomima. Ni que decir tiene que la política jamás asomaba por las ondas, como no fuese en los Diarios Hablados de Radio Nacional, cuya conexión resultaba obligatoria para todos los centros emisores y el vulgo había bautizado como “El Parte”. Aquellos informativos, por cierto, se iniciaban con un rimbombante y triunfal “¡Sin Novedad en la paz española!”.

La obsesión de nuestros padres y abuelos por cuanto se les hurtaba, dio pie al anecdotario más chusco. Había quienes contaban los besos que el tijeretazo censor parecía haber cortado en las películas. Y no faltaron espectadores que tras el controvertido estreno de “Gilda” aseguraban saber de buena tinta, porque cierto amigo pudo ver el film en Francia o Inglaterra, que Rita Hayworth acababa desnudándose en la escena del guante; un supuesto “striptease” convertido en baile insinuante por censores con sotana. Algo de todo punto imposible, habida cuenta de las férreas normas morales autoimpuestas por los estudios de Hollywood en tiempos del “Star System”.

El lápiz y las tijeras, en fin, no sólo cortaban o prohibían. A menudo manipulaban hábilmente. Sirvan los siguientes párrafos como aleatorio cajón de sastre, con subrayado sobre cuanto tachó el lápiz rojo.

*- En un artículo sobre la mujer:

“En ocasiones, y aunque los médicos opinen lo contrario, lo mejor para el pecho no es un jarabe, sino un sostén”.

*- Declaraciones de Perico Chicote, el más popular de los “barmen” españoles, acerca del bigote:

“A las mujeres tampoco les hace gracia, pues siempre las he oído decir que al besar parece que besan a un cepillo”

*- En otro reportaje sobre el astrónomo Gabril Tikov:

“Una noticia de Londres señala un importante descubrimiento (…). Su observatorio es uno de los mayores de la URSS: el de Pulkovo, cerca de Leningrado (…). Las conclusiones del astrónomo ruso van a editarse en un libro que se publicará bajo los auspicios de la Academia de Ciencias de Kazakstán.

Soberbio ejercicio de falsear la realidad este último, sin añadir ninguna mentira. Basta releerlo omitiendo esas podas para concluir que, proviniendo la noticia de Inglaterra, su protagonista es británico en vez de soviético, al igual que la Academia de Ciencias. Ingenio digno de mejor causa.

Todo este preámbulo ha de entenderse como ambientación de cuanto había venido ocurriendo hasta finales de abril de 1964, cuando el Guadalajara, flamante campeón de liga mexicano, cruzó el océano en una gira destinada a fortalecer sus arcas.

Tras presentarse en el Camp Nou el 30 de Abril ante el Barcelona, con empate a 2, se enfrentó al Gijón el 3 de mayo, en choque homenaje a Ortiz, jugador rojiblanco durante tantos años (otra igualada a 1), y tres días más tarde salía derrotado ante el Sevilla por un apretado 3-2. Nada destacable en ese trío de comparecencias, como no fuese la alineación de equipos festivos, por parte española, con abundancia de suplentes, o la monumental tangana organizada en Sevilla, a la que habrían de sumarse los suplentes aztecas, y hasta su masajista, transformado de repente en un vendaval humano.

Nada que justificase el titular en primera plana y con tipografía de gran cuerpo, aparecido en el semanario mexicano “Opinión Pública”:

La absurda mentira del periódico mexicano encendió los ánimos en una prensa del Movimiento acostumbrada a tergiversar informaciones y obedecer directrices.

La absurda mentira del periódico mexicano encendió los ánimos en una prensa del Movimiento acostumbrada a tergiversar informaciones y obedecer directrices.

EL GUADALAJARA TRATADO A PATADAS EN ESPAÑA. “Soldados vestidos de paisano invadieron las canchas para agredir a los aztecas por órdenes de Franco”.

Dicho medio, miembro de la Sociedad Nacional de Periodistas y Escritores Mexicanos, recogía en su interior que “el Guadalajara fue agredido en todos los lugares que jugó en España por porras volantes de soldados vestidos de civil, siguiendo órdenes directas del general Francisco Franco”. Algo del todo insostenible, cuando otras cabeceras de Jalisco y el Distrito Federal ya habían reconocido que los incidentes sevillanos tuvieron como protagonistas destacados al dúo mexicano Peña y Sepúlveda. La misma Televisión Mexicana, en su reportaje documental sobre el arranque de aquella gira, supo reconocer lo realmente acontecido, sin ningún empacho.

Por nuestros pagos, donde supuestamente jamás se mentía, ocultaba y manipulaba mediante letra impresa o informativos hablados, las malas artes de “Opinión Pública” sentaron como un cólico.

El madrileño diario “Marca”, erigiéndose en adalid del mancillado honor patrio, habría de responder en su número del 20 de mayo con notable contundencia: “No sólo se refiere al encuentro de Sevilla, en donde se organizaron los incidentes futbolísticos a donde deriva a veces un partido competido, y más si éste se juega por un equipo hispanoamericano, que desde Río Grande a Patagonia son propicios a que se les caliente la sangre. Equipos del Norte y del Sur de América han armado sus buenos líos en el mundo. En fin, por algo allí juegan entre rejas o salvaguardados por fosos insalvables”. Y luego de comparar al medio americano con un borrico, útil tan sólo para sacudir coces, concluía: “Servida va la opinión pública de México, cuando existen para su información órganos de tal jaez. Les acompañamos en el sentimiento…”

Aquel enojo de “Marca”, justificado, reconozcámoslo, se contagió a la prensa regional de las tres áreas visitadas por el Guadalajara, como no podía ser menos. En la capital hispalense, por si alguien lo hubiese olvidado, volverían a reproducirse crónicas del día de autos, poniendo el foco en aquellos incidentes: “A los dos minutos se lesionó Luque, por caer en mala postura, siendo retirado en camilla. A los veinte es Chaires, el defensa mejicano, quien abandona el terreno en brazos de las asistencias, al recibir un golpe fortuito en la cabeza. A los sesenta y cinco minutos se lesiona Agüero y le sustituye Cardo, y a los sesenta y nueve sobrevienen los incidentes antes citados, que degeneraron en batalla campal, pues los veintidós jugadores, los suplentes y hasta el masajista del Guadalajara tomaron parte muy activa. Fueron expulsados Campanal y Reyes”.

Sirva como nota aclaratoria que Luque, primer lesionado, y Agüero, el último, eran sevillistas, lo mismo que el buen defensa Campanal. Y que esa tarde los andaluces pusieron sobre el césped a varios elementos no muy habituales, como Bancalero, Cardo, o Rebellón. ¿Tanto habían escocido al otro lado del océano unos resultados mediocres para su campeón? ¿O se ajustaban mediante el fútbol viejas cuentas políticas? México seguía sin reconocer otro régimen español que el de la República derrotada. Había dado asilo a muchos intelectuales, sin nada bueno que esperar del bando triunfador. Pero pese a todo, a los desaires que en su día desplegase el presidente Lázaro Cárdenas, a la influencia económica de ciertas casas y colonias regionales instaladas en el D.F., ambos países lograban entenderse civilizadamente en materia económica, comercial, y de consumo masivo. Jorge Negrete, por ejemplo, fue ídolo incontestable de millones de españolas durante los duros años de posguerra. Más adelante, en tiempo de boleros, docenas de tríos con sombrero ancho y bordados de plata llenaron nuestros escenarios. Toreros de uno y otro lado cruzaban caminos cada temporada, para gozo de los tendidos. Y Mario Moreno, “Cantinflas” seguía siendo tanto o más taquillero en nuestras salas de cine, que Marlon Brando, Charlton Heston, Henry Fonda, Jerry Lewis, Burt Lancaster, Bette Davis o Catherine Hepburn. La sangre no podía, ni debía llegar al río.

Y no llegó, claro.

Hubo redacciones con suficiente sentido común como para ver las cosas por el lado más amable. El de la caballerosidad que exhibiese el presidente del Guadalajara cuando, en el mismo vestuario hispalense, entregase al del Sevilla una magnífica bandeja de plata repujada, con sentida dedicatoria. O rememorando la salida al campo de ambos equipos, sosteniendo cada uno la bandera nacional del otro.

Entre tanto, el Guadalajara proseguía su gira por Francia, Bélgica, Alemania y Checoslovaquia, cosechando victorias ante el Lille y Standard de Lieja, con el mismo resultado de 0-1, sufriendo dos derrotas ante Werder Bremen (2-1) y Slovan de Bratislava (1-0), y firmando sendos empates contra Angers (2-2) y Rouen (1-1). El 27 de mayo, nuevamente en nuestro suelo, saldrían derrotados 2-1 ante un combinado del Mestalla y Valencia C. F., formando entre los “chés” el guardameta Valero, el defensa Escudero, los centrocampistas Blanes y Sendra, o el atacante Navarro, todos ellos jóvenes del filial, entre los que casi cabría incluir a Totó, puesto que aún se hallaba acaparando méritos. Cuarenta y ocho horas después y ya en Madrid, a punto de poner rumbo a Guadalajara desde Barajas, el presidente del club mexicano, Jorge Agnesi, y los directivos que apuntalaban la gira, tuvieron el buen gesto de visitar la redacción de “Marca”, “con el exclusivo fin de poner los puntos sobre las íes”, según habría de recoger el deportivo, “y poner públicamente un bozal a ese semanario mejicano que, como en la fábula de Esopo, desempeñó recientemente el papel de asno…”

En modo alguno hubiera podido mostrarse más conciliador el máximo mandatario de los campeones aztecas. “Ante todo -declaró-, quiero hacer constar que somos nosotros los más indignados por el cúmulo de falsedades publicadas en cierta prensa mexicana, o pasquines sin otra pretensión que enturbiar las relaciones deportivas y de amistad que unen a España y México. Así se lo expresamos a ustedes, para que todo el mundo se entere, y así lo repetiremos al llegar a nuestro país, donde se siente profundo respeto y gran simpatía por todo lo español”. Sirviéndose igualmente de las páginas de “Marca”, quiso mostrarse agradecido por “todas las atenciones que hemos recibido en España, desde el primero hasta el último día, empezando por el delegado de Educación Física y Deporte, señor Elola, y siguiendo por los directivos del Barcelona, Gijón, Sevilla y Valencia. Todos se han desvivido materialmente por nosotros, así como los aficionados y representantes de la prensa, radio y televisión españolas”. Con humildad, además, esparció piropos: “Vinimos viendo en Europa una escuela y pensando aprender (…) El fútbol mexicano está mal situado geográficamente; entre Estados Unidos, donde casi no se practica, y Centroamérica, donde tampoco tiene gran fuerza. Por eso queríamos abrir el mercado europeo al fútbol mexicano, cosa que hemos podido lograr gracias al señor Osés, organizador de este gran viaje, del que nos llevamos excelentes recuerdos”.

Bien mirado, al mandatario jalisciense no le faltaban motivos para estar feliz. Todos los partidos de su gira habían sido emitidos por la televisión mexicana, cosechando entre 12 y 14 millones de espectadores. El primer empate ante todo un Barcelona sería celebrado al otro lado del océano como un triunfo: “Recibimos telegramas de miles de aficionados, felicitándonos. Incluso uno del Presidente del Estado”. Quizás por ello, al preguntársele qué fútbol le había impresionado más, su cortesía pecó de exceso: “El español. Es el más fuerte y aguerrido de todos, por su profundidad. Aunque sinceramente, esperábamos que los delanteros españoles tirasen más a gol, y desde todos los ángulos. Sobre todo desde fuera del área”. Como despedida, y luego de asegurar su intención de volver en el futuro, derramaría nuevas dosis de diplomacia: “El fútbol español es el que más interesa en nuestro país, entre todos los del extranjero. Los resultados de su campeonato se conocen allí al mismo tiempo que los nuestros. Y los periódicos mexicanos, a veces, priorizan la información de ciertos partidos españoles, en nuestro detrimento. Todo esto sin contar el interés que despierta la Liga Española de México, en la que actúan muchos jóvenes dirigidos por veteranos españoles como Vantolrá, Gaspar Rubio, Regueiro y otros”.

Esa Liga Española se constituyó en territorio azteca el año 1954, a raíz de que desapareciesen del fútbol profesional los clubes España y Asturias. Los Centros Españoles distribuidos por el inmenso país resultarían determinantes para la culminación del proyecto, muy en especial hasta que comenzó a rodar por sí solo. Durante las primeras ediciones únicamente podían participar españoles o sus descendientes. Luego, poquito a poco, se iría abriendo la mano, hasta conformarse equipos representativos de centros sociales, empresas con cierta notoriedad, instituciones gubernamentales y hasta hijuelas de clubes instalados en el profesionalismo. Pese a su carácter amateur, han sido varias las estrellas que de allí salieron. Cuathemoc Blanco, el internacional con más de 80 entorchados que se dejó ver durante dos temporadas por el Real Valladolid, fue uno de ellos. Otro, tras colgar las botas llegó infinitamente más lejos; nada menos que a la presidencia del país.

Puesto a compararse con alguien, el Sr. Agnesi no lo dudó: “Nuestro equipo es en México algo así como el Atlético de Bilbao. Todos los jugadores son de Jalisco”.

Casi todos, mejor. Porque para la gira en cuestión se habían reforzado con las cesiones de Munguía y “Chato” Ortín (Necaxa), Del Muro (Atlas), y Chávez (Monterrey).

Finalizando Agosto, cuando nuestros clubes ultimaban su preparación con vistas al ejercicio 1964-65, el Guadalajara volvería a ser noticia, para su desgracia. La CONCACAF había decidido suspenderlo por tres años, al negarse a jugar contra el Racing de Haití en la final del torneo para clubes campeones; traduciéndolo a Román Paladino, la Copa de Norteamérica, América Central y Territorios del Caribe. Igualmente se le condenaba a indemnizar a los haitianos por el perjuicio económico derivado de su incomparecencia. Tremendo varapalo, puesto que aun en el supuesto de revalidar su título mexicano, iba a quedar fuera del equivalente a nuestra Copa de Europa durante un trienio. Desde México se vio en la sanción un atropello, entendiendo que a su paladín se le notificó esa fecha demasiado tarde, y cuando propuso otra desde Haití la rehusaron, sin que la Confederación se diese por aludida. Nuestro diario “Marca”, curiosamente, se limitó a reproducir una escueta nota de “Alfil”, sin el más mínimo comentario.

El medio que tanto se quejara de la manipulación exterior, no tuvo ningún empacho en ejercer como pregonero durante la visita del padre Peyton. En la imagen su comparecencia en Melbourne, con llenazo.

El medio que tanto se quejara de la manipulación exterior, no tuvo ningún empacho en ejercer como pregonero durante la visita del padre Peyton. En la imagen su comparecencia en Melbourne, con llenazo.

Había hecho gala de mucha más implicación durante el mes de mayo, justo cuando las huestes del Guadalajara viajaban por Europa y llegaba desde la otra orilla el libelo de “Opinión Pública”. Porque mientras en la redacción de “Marca” velaban armas con la bayoneta bien calada, en su número del 21 de mayo titularon: “Los famosos del fútbol apoyan la cruzada del rosario familiar”.

Esos famosos eran Alfredo Di Stéfano y José Emilio Santamaría. Sólo dos. Número mínimo para justificar el plural. Ambos entrevistados por el padre Quinn, organizador de la Cruzada del Rosario en Familia, al término de un entrenamiento en el Estadio Santiago Bernabéu. “Verdaderamente es una cosa muy interesante -puso en boca de don Alfredo, el reverendo-. Espero que todos los deportistas y futbolistas acudan a la gran concentración”. “¿Tendremos su presencia en ella el día 31 de mayo, si no tiene partido de fútbol?”, servía el presbítero. Y Di Stéfano, como buen ariete, remataba a placer: “Sí, con mucho gusto puede contar con mi presencia. Si no tengo partido voy a ser uno de los que asistan”. Santamaría, por su parte, se descolgó con otra declaración de manual, tan anodina como forzada e insulsa: “Pienso que es un apostolado muy interesante, y lo conozco por otros países. Creo que será un éxito y aconsejo a todos los deportistas y entusiastas del mundo que vayan a ella”.

El propio diario “Marca” aprovechaba aquel breve espacio para dar cuenta del programa previsto: “La Virgen de la Almudena presidirá este grandioso acto, que será amenizado y solemnizado durante hora y cuarto antes de su comienzo por cinco coros y las bandas de música Municipal, de la Cruz Roja, Marina, Ejército y Policía Armada. Funcionarán trenes especiales desde El Escorial, Aranjuez, Segovia y Alcalá de Henares. Además, autobuses, tranvías y las líneas de Metro, circularán constantemente con rutas especiales durante cinco horas antes de la concentración”.

En verdad, y aun en tiempos de nacional-catolicismo, con tanta sotana ejerciendo influencias y un caudillo bajo palio, ¿cabían sueltos de tal índole en un medio deportivo? ¿No se estaba manipulando, también, a la opinión pública? ¿Acaso no hubiera sido más honesto titular “Dos”, y no “Los”, refiriéndose a los ases balompédicos con intención de asistir al maratón místico?

Pues por si no hubiera habido bastante, tres días después el mismo medio volvía a las andadas: “El Padre Peyton, atleta de la religión”, tituló otro recuadro, al que seguía un texto justificativo, en negrita, henchido de aroma a estampa:

“El Padre Peyton puede ser llamado con todo derecho un atleta, por su fuerza, su coordinación y su disciplina. Su fuerza deriva de su inmensa fe en el mensaje que trae. Que tiene coordinación es evidente, por sus éxitos en organizar concentraciones del Rosario en Familia, una y otra vez. Prueba bien ser hombre disciplinado, dedicándose totalmente a un objetivo: unir a la familia por la oración. No es una sorpresa, por tanto, que el mensaje al cual el padre Peyton nos llama, tenga un particular atractivo para todos los atletas de Madrid, católicos y no católicos. El domingo 31 de mayo estamos llamados a presenciar una de las más grandes concentraciones de que esta provincia ha podido ser testigo. ¿El propósito de esta concentración? Permitir a nuestra Bendita Madre conocer nuestro intenso deseo de paz familiar”.

Decididamente, no sólo en México se confundía lo informativo con la manipulación y el alarde propagandístico.

Propaganda pura a través del deporte y los deportistas. Otra forma pretendidamente más sofisticada de manipular.

Propaganda pura a través del deporte y los deportistas. Otra forma pretendidamente más sofisticada de manipular.

Al irlandés Patrick Peyton se esforzaron en presentarlo desde todos los medios nacionales como santo en vida, recuperado de una tuberculosis por intervención divina, siendo seminarista. Del hombre de negocios oculto bajo aquella sotana, ni palabra. Lo cierto era que tras emigrar a los Estados Unidos durante su primera juventud, estuvo ejerciendo de sacristán, por más que anhelara convertirse en sacerdote. Una vez ordenado, hizo suya, mediante distintas emisiones radiofónicas, la vieja fórmula consistente en mezclar populismo, prédicas fundamentalistas y movilización de masas, sin desdeñar cuanta tecnología pudiera servirle de altavoz. Apoyándose en varias estrellas de Hollywood, en 1947 fundó la “Family Theater Productions”, destinada a introducir en el cine los valores cristianos. Al mismo tiempo seguía empleando como púlpito distintas emisoras de radio. Seiscientos programas hablados, nada menos, llegaron a salir a las ondas desde su productora. A partir de 1958 pareció enfrascarse en una acumulación de récords, congregando multitudes bajo el lema “La familia que reza unida, permanece unida”. 220.000 personas en Saint Paul, Minnesota. 550.000 en San Francisco de California, el año 1961. Casi dos millones en Sao Paulo durante 1964… Cada récord no hacía sino estimular la competitividad de las grandes urbes a donde llegaba en gira apostólica. La concentración madrileña, empero, resultaría decepcionante, al quedar lejos, muy lejos, de las 800.000 almas estimadas cuando compareció en Barcelona, justo un año después. Claro que pese a todo, tampoco parece que España le dejase mal sabor de boca. Lo desmiente el hecho de haber filmado en nuestro suelo “Los misterios del rosario” (1958).

El humor al servicio del Referéndum. Orbegozo, viñetista de cabecera en “Marca”, también puso su granito de arena.

El humor al servicio del Referéndum. Orbegozo, viñetista de cabecera en “Marca”, también puso su granito de arena.

Transcurridos dos años desde que el padre Peyton y los futbolistas mexicanos diesen quehacer a los redactores de “Marca”, mientras el Guadalajara seguía purgando su sanción en el estado de Jalisco, Franco, tan refractario a las urnas, convocó un referéndum para el 14 de diciembre de 1966. Prensa, radio y televisión, martillearon a todos los españoles con la necesidad de un “Sí”, aunque no explicasen qué había detrás de la aceptación y por qué debía otorgarse el pláceme. Ni que decir tiene, ni una sola voz puso expresar públicamente la conveniencia de un hipotético “No”. El diario “Marca”, como cualquier otro adscrito al Movimiento, se unió a la alharaca. En su caso a través de una sección diaria titulada “El español que hay en cada deportista”, donde figuras nacionales del deporte justificaban su “Sí” con letras mayúsculas. El pertiguista bilbaíno Ignacio Sola, el jinete Francisco Goyoaga, la tenista Mª del Carmen Hernández Coronado, Manuel Santana, hombre que introdujo los conceptos “drive”, “set” o “match-ball” en las salas de estar, entre capítulos de “Bonanza”, “Los Intocables” o “Embrujada”; el jugador de baloncesto Carlos Sevillano, e ídolos del balón como Luis Aragonés, Adelardo Rodríguez, Ferenc Puskas, Enrique Collar, Pedro Eugenio De Felipe o Jorge Mendonça, entre otros muchos, irían asomando. Sus respuestas, repasadas con 50 años de distancia, proporcionan un curioso panorama sociológico.

“- En la votación del referéndum, ¿será espectador también?

– ¡Vamos hombre; ni hablar! Ese es un deber de español y yo me siento tan español como el primero. Claro que votaré, y por supuesto para poner un “Sí” en la papeleta”. (Luis Aragonés)

“- ¿Qué votará usted?

– Qué cosas, hombre. Eso no tiene vuelta de hoja. Yo, que soy de los que han pasado por la guerra, estoy con Franco y estaré con él toda la vida. Por si fuera poco todo lo que él ha hecho, ahora incluye una libertad política que dice mucho en su favor. Veintisiete años de tranquilidad bien merecen un “Sí”. (Francisco Goyoaga)

 “Yo no he vivido los veintisiete años de paz, pero sí los 9 que llevo aquí, en santa paz, con mi familia. Mis cuatro hijos son madrileños y la paz de ellos, por si fuera poco también la mía, bien merecen un “Sí” rotundo”. (Jorge Mendonça, portugués nacionalizado español)

“Un “Sí”. Un Firme “Sí”, porque estoy plenamente convencido de que la política que se ha seguido y se está siguiendo, es la más conveniente para todos”. (Enrique Collar)

“Diré que “Sí”, porque desde que pisé España no he tenido motivo para votar lo contrario. Mi familia y yo vivimos en un país en paz, que nos acogió hospitalario. Sólo por continuar con la paz que aquí se vive, merece la pena poner un “Sí”. Sin dudarlo”. (Ferenc Puskas)

“Francamente, no he leído la Ley Orgánica, pero por los comentarios que siempre se hacen, estoy convencido de que votar “Sí” es lo más conveniente para todos”. (Adelardo)

“Estoy convencido de que todos coincidiremos en la respuesta. Y que, por tanto, no habrá problema. La respuesta es “Sí”, claro…” (Manuel Santana)

El relativamente modesto Alfredo Rebellón, entonces en el Sevilla C. F., estuvo más cerca de poner el dedo en la llaga, al afirmar: “Pienso que muchas personas van a estar faltas de una detallada información. Porque es cierto que se habla mucho del Referéndum, pero no se explica en lenguaje vulgar los que significa esa Ley. Eso pienso yo, claro, con la vista puesta en muchos otros”. Aunque inmediatamente añadiera, consciente de dónde estaba: “Por lo demás “Sí” cuantas veces hiciera falta”.

Por cierto que bajo las breves entrevistas a Santana, Adelardo y De Felipe, con declaración de sus “síes”, aparecía esta sentencia atribuida al diario barcelonés “Tele-Express”:

“Si usted se abstiene en el próximo Referéndum hará el juego a aquellos con los que ningún español puede estar de acuerdo, sean cuales fueren su ideología y posición hacia el régimen”.

Franco también votó en “su” Referéndum, como atestigua este certificado. Lo tomaría de recuerdo, pues nadie iba a demandárselo en su dependencia o lugar de trabajo.

Franco también votó en “su” Referéndum, como atestigua este certificado. Lo tomaría de recuerdo, pues nadie iba a demandárselo en su dependencia o lugar de trabajo.

Parece obvio que las manipulaciones no eran sólo patrimonio mexicano, con o sin una gira futbolística de por medio.

Y es que siempre ha sido más fácil ver la paja en el ojo ajeno, que la viga en el propio.




Liderazgo entre bastidores

Desde que el fútbol trascendiese del grupito de amigos con postes al hombro, sufragando a escote aquella diversión, raro fue el equipo huérfano de algún líder. Eran éstos, hombres echados para adelante, tercos cuando hacía falta, convincentes, tenaces, y cargados de esa insensatez tan necesaria para trocar en realidad cualquier sueño teóricamente imposible. Gracias a ellos, los prados irregulares contaron con casetuchas donde cambiarse, los vallaron, hubo tanques de agua con la que desprender el barro, empezaron a parar los tranvías junto al campo antes y después de los partidos, y hasta la prensa dejó de ver en aquella actividad un barbarismo estrafalario, para acogerla entre los ecos de sociedad o el rincón de amenidades, antes de dedicarle espacio propio.

Luego, a medida que fueron llegando entrenadores británicos o húngaros, ese liderazgo iría adquiriendo acento extranjero. Imposible no admirar a quienes venían cargados de novedades, sentenciaban que el “foot-ball” era velocidad, y no conducción personal de la pelota, imponían unos mínimos disciplinarios y hasta, a menudo, calibraban el pronóstico y evolución de las lesiones con mucha mejor pupila que los mismísimos galenos. Aquel juego, entre una cosa y otra, iría virando de pasatiempo a competencia seria, donde nada era tan importante como asegurar la victoria. Establecido con firmeza el nuevo orden, a los líderes ya se les fueron pidiendo otras cosas: contagiar al elenco su espíritu ganador, inocular en cada cerebro la idea de que todos juntos, esforzándose al unísono, multiplicaban por cien la suma de valores individuales, apiñar a todos, pusilánimes o más aguerridos, tímidos o descaradotes, habilidosos o fortachones, como falange espartana en boca de las Termópilas. Esos líderes, naturalmente, acababan ostentando la capitanía sin el menor amago de rechazo.

Ricardo Zamora, indiscutible bajo el marco de nuestra primera selección nacional, luego de su entronización en los juegos Olímpicos de Amberes, desplegaría 16 años de indiscutido liderazgo. Hasta tal punto que, según testimonio de varios compañeros, era él mismo quien decidía las alineaciones cuando, ante el escaso número de técnicos consolidados, los seleccionadores no pasaban de federativos más o menos voluntariosos. Seguro que quienes no saltaban al campo rumiarían su decepción. Pero nadie elevó nunca el tono ni puso voz al reproche. ¿Cómo llevar la contraria a un mito, o discrepar con “El Divino”?. Fue la primera de una sucesión de estrellas con mando en plaza, sobre un firmamento donde también brillaron prestigiosas luciérnagas, deportivamente hablando, a quienes su empaque personal, inteligencia o empatía, los llevaba a tender lazos sin aparente esfuerzo. René Petit, Kubala, Agustín Gaínza, Helenio Herrera, Di Stéfano, Jesús Garay, Carlos Lapetra, Pirri, Johan Cruyff, Alexanco, Arconada, Fernando Hierro, Carles Pujol, Xavi Hernández, Iago Aspas o Sergio Ramos, constituyen destacados ejemplos del primer grupo. E Ipiña, Pasieguito, Lesmes I, Juancho Forneris, Castellanos, Paquito, José Mª García Lavilla y José Mª Bakero, entre otros muchos, evidencias del segundo.

Carmona, líder de un Deportivo Alavés puede que irrepetible, junto a un decepcionado Alfonso

Carmona, líder de un Deportivo Alavés puede que irrepetible, junto a un decepcionado Alfonso

Algunos líderes cimentaron como nadie los mejores momentos en la historia de sus clubes. El modesto Carmona, por ejemplo, fue argamasa en un Deportivo Alavés que dirigido por el balmasedano Mané acariciase aquella Copa de la UEFA. Él se puso gorra y galones para hacer equipo semanalmente, al grito de: “¡Venga, esta tarde todos de paseo y tortillas por Vitoria!”. Y allí no faltaba nadie. Ni el portero argentino, recién llegado, ni el uruguayo que pronto cobró desparpajo, tanto por la calles Dato, Siervas de Jesús y Cuchillería, como en las dos áreas de Mendizorroza. Otros más modestos aún, salvaron al Elche de la hecatombe convirtiéndose en cooperativistas. Gestionaban las taquillas, animaban al público desde los medios, regaban el césped de Altabix, sudaban las camisetas, las lavaban en casa y repartían beneficios, luego de haber atendido hasta la última factura. En ese mismo Elche, un César Rodríguez ya de vuelta sobre muchas cosas, demostraría que su cabeza daba para bastante más que marcar goles. Como jugador-entrenador ascendió a los franjiverdes de 3ª a 1ª en dos temporadas, y además los mantuvo entre la elite. El abulense Félix Barderas, “Felines”, santo y seña en Vallecas, tuvo que esperar 12 años para ver en primera a “su” Rayito. Estaba a punto de peinar los 34 otoños cuando por fin pudo saludar, vestido con sus eternos colores, a los capitanes de tronío. Y entonces sí, con la satisfacción del deber cumplido, creyó llegada la hora de colgar el pantalón corto. Luego aún sería entrenador rayista, tras forjarse como ayudante del uruguayo Héctor Núñez. Si eso no equivalía a devoción, tozudez y liderazgo, habría que inventar otro término.

Felines, líder en Vallecas y muchos años después con arrestos para sumarse en apoyo de causas solidarias o sociales. En este caso apoyando a trabajadores de la multinacional Coca-Cola.

Felines, líder en Vallecas y muchos años después con arrestos para sumarse en apoyo de causas solidarias o sociales. En este caso apoyando a trabajadores de la multinacional Coca-Cola.

A veces, el liderazgo deportivo es coral, consensuado y, mirándolo bien, hasta mancomunado. Lo pusieron en práctica un puñado de navarros con el escudo del Izarra estellés al pecho, la temporada 1943-44 en 3ª División. Puesto que carecían de entrenador, Luis Arza, capitán habitual, solía asumir funciones entre semana. Sexmillo y Aguirre, cedidos por el Club Atlético Osasuna, casi gozaban de puesto fijo. Los demás titulares podían recitarse de corrido: Goyeneche, Jordana, Urra, Felipe, Segundo Arza -hermano del internacional sevillista al que apodaron “Niño de Oro”-, Villanueva, Montoya. Cuando se producían bajas, fuere por sanción, lesiones o compromisos de índole laboral o militar, los ocupantes de esos huecos se decidían por consenso. En tal ambiente resultaba imposible llevarse mal.

Y no fue el de los estelleses un caso aislado. Aun con variantes, puesto que ya se vivían otros tiempos, aquel Pontevedra del “¡Ay que roelo!”, en el viejo Pasarón, tenía bastante de compromiso comunitario. “Lo que se consiguió, fue porque siempre actuamos como equipo”, recordaba Martín Esperanza, cerebro desde el centro del campo, como falso interior, durante las exequias del aragonés Ceresuela, recientemente fallecido. “Éramos amigos, muy buenos amigos dentro y fuera del campo; nos ayudábamos, buscando siempre lo mejor para el conjunto”. En suma, una especie de liderazgo colegiado. El salmantino Neme, Martín Esperanza y Fuertes, podían ser las figuras más reconocidas, pero Ceresuela con su buen carácter y bonhomía personal, tenía mucho de peón listo al quite. Un gol suyo, ante el Real Club Celta, proporcionó el primer ascenso granate a nuestra máxima categoría. La templanza de Vallejo, Calleja y Manuel Batalla, inocularon cierta mesura en la caldera y cráter del asturiano Fuertes, abrelatas por la banda derecha, un tanto imprevisible por su carácter volcánico, propenso a la erupción. Cuando Biosca, antiguo defensa “culé” y a la sazón entrenador granate, se echó a la calle en medio de un imponente aguacero, náufrago en una seria crisis personal, varios de aquellos jugadores salieron a por él, arropándolo con mantas, comprensión y buenas palabras, hasta componer de nuevo una piña a su alrededor y tornar el susto en anécdota. Admirable ejercicio de liderazgo cooperativo.

Ceresuela. Saque de honor en  conmemorando el cincuentenario de un gol que valió el primer ascenso pontevedrés a la máxima categoría.

Ceresuela. Saque de honor en conmemorando el cincuentenario de un gol que valió el primer ascenso pontevedrés a la máxima categoría.

Pero no siempre la capacidad de liderar va unida a la veteranía o las hojas de calendario. El aragonés Jesús Vallejo, con sólo 18 años capitaneaba a un Real Zaragoza sembrado de treintañeros, gracias a su exquisita educación, cabeza fría, buen talante, lealtad y nobleza. Nueve lustros antes, Javier Clemente, cuando todavía en edad juvenil entrenaba con el primer equipo del Athletic bilbaíno, mostraría madera de futuro líder durante su primera llegada a ese vestuario. Entonces éste se reducía a poco más que varios bancos corridos, junto a unas perchas, espacio para varias camillas de masaje, las duchas, retretes, y armaritos para toallas, jabón, colonia, Mercromina y vendas. Nada que ver con el lujo actual, los espacios para cada jugador, bajo su foto, y taquillas personalizadas. El caso es que Clemente tomó asiento donde mejor le vino y comenzó a cambiarse. “¡Eh, chaval!. -le advirtieron otros futbolistas-. Ese es el sitio de Echeve”. Clemente los miró, impertérrito, como si no hubiera entendido. “Que ahí se pone el capi, -le insistieron-; que estás quitándole el sitio”. Clemente continuó a lo suyo, entre un escueto “pues vale; ¿y…?”, mientras los demás jugadores aguardaban la llegada del otrora internacional Luis Mª Echeverría, peso pesado con muchas batallas a cuestas. Cuando el capitán rojiblanco hizo su aparición, deslizó una mirada al novato, invirtió dos segundos en decidir si convenía alardear de rango, y tras romper el silencio con un pespunte de conversación banal se situó en otro lado. Concluida la sesión preparatoria, Echeverría forzó un aparte con el neófito. “Mañana quiero volver a mi sitio -le dijo-. Y pasado, y al otro, y siempre. De manera que pregunta a los demás dónde no se pone nadie, y ahí hazte un nido”.

Los líderes de verdad no suelen desgastarse en conflictos banales ni crean problemas donde no los hay. Y por supuesto evitan la humillación de quienes forman en su mismo ejército. Una lección valiosa que al baracaldés le vino admirablemente, por más que tardase algún tiempo en asimilarla. Ya entonces era orgulloso, listo, y algo pagado de sí mismo. Aquel ego aún tuvo ocasión de ensancharse, cuando la prensa recibiera con alborozo sus primeras actuaciones, el graderío con esperanza y los seleccionadores nacionales con muchísima atención. Sin cumplir la veintena, era prometedora estrella rojiblanca. Papel que tan prematuramente no siempre se sabe digerir.

Poco después, durante una salida con otros compañeros, uno de ellos se detuvo ante varias jóvenes conocidas. A la más animada le faltaría tiempo para interrumpir las presentaciones: “A ti te conozco -dijo-. Y a ti también. Porque jugáis en el Athletic, ¿verdad?”. Clemente, algo molesto al no ser reconocido, se dejó traicionar. “¿Y yo qué? -inquirió-. ¿No te sueno de nada?”. La chica se encogió de hombros, mientras esbozaba un educado gesto de disculpa. Justo lo que haría a un pavorreal mostrar sus plumas: “¡Pues dicen de mí que soy el Bobby Charlton del Athletic!”.

Si la muchacha no estaba muy impuesta en las cosas del deporte rey, pudo, quizás, no quedar impresionada. Sin embargo el mayor de los hermanos Charlton, batuta de la selección inglesa campeona del mundo en 1966, estrella en la Copa de Europa coronada con su penacho de largas guedejas, sobreviviente a la catástrofe aérea del Mánchester United, distaba mucho de ser un futbolista más en el planeta del balón, hasta el punto de recibir oficialmente el rango de “Sir”.

Ramón de Pablo Marañón segó la carrera futbolística del más que prometedor Javier Clemente, pero su brutal entrada no acabó que el líder encerrado en el menudo cuerpo del baracaldés.

Ramón de Pablo Marañón segó la carrera futbolística del más que prometedor Javier Clemente, pero su brutal entrada no acabó que el líder encerrado en el menudo cuerpo del baracaldés.

Lástima que nunca supiésemos hasta dónde podía haber llegado la carrera del jovencísimo interior rojiblanco. El cántabro Ramón de Pablo Marañón, que paseara su segundo apellido por el At Madrid, Levante, Murcia, Barcelona, Córdoba, Gimnástico de Tarragona, Sabadell y Mallorca, siendo jugador vallesano segó tan brillante porvenir con un guadañazo alevoso en la antigua Creu Alta, a escasos minutos del pitido final y sin nada en juego. Varias intervenciones quirúrgicas y muchos meses en el dique seco sólo sirvieron para que el más adelante laureado entrenador y seleccionador coleccionista de filias y fobias, dilatase un tanto la despedida de los estadios. Durante años, Clemente afirmó sin ambages que aquella tarde fatídica su adversario quiso hacerle daño, que no fue la suya una entrada fortuita, y que además ni siquiera tuvo el gesto de pedirle perdón. Marañón -uno de los cuatro jugadores de relieve que durante el discurrir de un decenio ostentaran tal nombre en la élite-, aun degollando a tan prometedora estrella, no pudo amordazar al líder que su víctima llevaba dentro. Era, todavía, el tiempo de jornaleros con cepo y hacha en las punteras, ejerciendo su cacicazgo cada quince días en campo propio. Ello le permitió salir del trance sin mácula ni la durísima sanción que mereciera, para desdoro de aquel estamento arbitral. Por ende, ni Javier Clemente ni su salvaje agresor contaron nunca qué ocurrió durante aquellos 87 minutos de juego, si hubo algún lance, cruce de palabras o gestos, hasta cierto punto atenuantes para el verdugo.

Otros líderes, en cambio, supieron ejercer su papel entre bambalinas, sin saltar al campo cada domingo ni doctorarse en los banquillos. Durante 35 años, el Ferrol gozaría de uno, en la persona de Alfonso Varela Espiñeira, conserje en El Inferniño, cuando tal función englobaba el cuidado del campo, las tareas propias de un utillero, primeras curas a cualquier jugador lastimado, voluntariosas friegas de alcohol, a manera de masaje, y hasta, en los ratos libres, alguna ayuda al secretario extendiendo recibos. Aquel hombre, conocido por los miembros de la plantilla como Señor Varela, o “El Viejo”, asumía admirablemente, además, un valiosísimo rol aglutinante. Su mano izquierda, jovialidad y devoción racinguista, no pocas veces actuaron como providencial bálsamo.

Pues bien, desde 1949 hasta 1958, los ferrolanos tuvieron como portero a Zamorita, alias de Lorenzo Ruiz Vázquez, chico ágil a quien el apodo, en honor del más celebrado español bajo los tres maderos, probablemente le quedara largo, pese a suplir con valentía y vuelos formidables su carencia de centímetros. Una mañana, tanto él como varios compañeros siguieron ejercitándose con lanzamientos de penalti después del entrenamiento. Ocurría con cierta regularidad, pero aquella vez la sesión se eternizaba, desesperando al señor Varela. “Pero qué pasa -clamó al fin-. ¿Hoy no coméis, o es que os echaron de casa?”. Los jugadores, claro, siguieron como si oyesen llover. “Ya está bien -insistió el conserje-. Salid todos pitando”. Y entonces Zamorita deslizó su provocación: “No se ponga así, hombre. Ande, tíreme un penalti, y si me lo clava nos vamos”. Varela no estaba por la labor. Aunque fuese medio rápido tiempo atrás, con buen toque de balón durante su época de corto en el Ferrol, Galicia, Giralda y Racing, del que sería fundador, la edad y un asma crónico pesaban lo suyo. Pero le insistieron tanto y tenía tantas ganas de cerrar el portón, que acabó consintiendo: “Bueno, uno sólo y os marcháis”. Colocó la pelota sobre el ya muy pateado punto de cal, tomó distancia, acarició el cuero con su empeine y lo introdujo en el marco, arañando un poste. Las carcajadas estallaron como cohetes, sobre la incredulidad de Zamorita: “¡Menuda suerte, viejo! Ande, tíreme otro, que éste se lo paro”. Varela volvió a negarse, ahora con más ahínco, para acabar capitulando ante el coro de ruegos: “Está bien. Sólo si me dais palabra de que luego, entre o no la pelota, os cambiáis de ropa y hasta mañana”. Nueva toma de distancia, otro sprint, el golpe de empeine en el punto exacto y la pelota dentro, palmo y medio sobre la cepa del mismo poste. El jolgorio fue de órdago, para mayor enojo del portero, que terco y dolido continuó insistiendo: “Otro. Tiene que tirarme otro. ¡Por la Virgen que no salgo de aquí sin pararle uno!”. Pero Varela, esta vez, ya no quiso transigir. Dos dianas eran casualidad, y tres un milagro. De modo que entre gestos autoritarios, concluyó: “Un trato es un trato. Dijisteis otro y ya está. Además, podríamos estar hasta la noche sin que tú parases ninguno. A por vuestra ropa de calle y a casa, que si vosotros sois señoritos, a mí me queda mucha tarea aquí”.

Durante algún tiempo, Zamorita, titular casi indiscutible, tuvo que soportar bromas y sonrisitas, en tanto el señor Varela quitaba hierro a la cuestión. Y si pitaban un penalti favorable a los ferrolanos tampoco faltaba quien dijera: “¡Lástima que el árbitro no deje salir al señor Varela!. Porque el viejo lo marca, eso seguro”.

Varela había tenido un formidable maestro en la figura del ovetense Caliche (Cipriano Pañeda López), que tras ocho temporadas en el primer club de su ciudad saltara al equipo ferrolano la temporada 1939-40, primera de posguerra. Defensa fuerte, adornado con una gran personalidad, convenció a todos los miembros de aquella plantilla para que destinasen un duro de las primas por victoria en casa -entonces salían a razón de 100 ptas. por cabeza-, para primar igualmente al conserje Varela Espiñeira, entendiendo que su sueldo era muy escaso. Desde entonces el hombre gozó de 11 duros extra cada vez que sus muchachos se imponían en campo propio. Once magníficas razones para celebrar los triunfos con más énfasis. De igual modo, el grupo de jugadores acostumbraba festejar los éxitos con unas tazas de ribeiro, en completa camaradería. Caliche, virtualmente abstemio, siempre los acompañaba y pese a que rara vez probase el vino, pagaba su ronda religiosamente, imponiéndose a cualquier protesta. Detalles de este tipo retrataban a un líder natural, capaz de mantenerse activo hasta los 40 años.

Andrés Felices, ya exfutbolista, pero con el escudo de su eterno C. D. Castellón sobre el pecho.

Andrés Felices, ya exfutbolista, pero con el escudo de su eterno C. D. Castellón sobre el pecho.

El defensa almeriense Andrés Felices Martínez, “Felices” en las alineaciones del Atlético Almería, Sevilla Atlético y primer equipo de la ciudad, Club Deportivo Castellón y Villarreal, también ejercería un importantísimo papel en el vestuario de Castalia, no mientras vestía de corto, sino durante su prolongada etapa como masajista albinegro.

Aunque sus cuatro temporadas en el club hispalense apenas le dieron para lucir fuera de su filial, pudo debutar entre los grandes ante la Real Sociedad de San Sebastián, en el viejo campo de Atocha, y marcar al gran extremo Garrincha, bicampeón mundial con vida lastimosamente desperdiciada, durante un amistoso contra el Botafogo brasileño. Fue pegajoso lateral izquierdo, por más que al fichar por el Castellón alternara su puesto natural con el de zaguero izquierdo, y hasta incrustándose en el eje destructivo, en funciones de lo que entonces se denominara “defensa escoba”. Nunca fue estrella, sino aguerrido hombre de club, moviéndose más por la 3ª División que por 2ª, y aun en categoría Regional. Pero ello no le supuso ningún obstáculo a la hora de hacer las maletas, rumbo a Johannesburgo, para enrolarse junto a otra decena de españoles en el proscrito fútbol sudafricano, ya avanzado el decenio de los 60.

Se vivían tiempos de “apartheid” en la otrora colonia anglo-holandesa, y aquel viaje suponía la subida a un tren sin posible retorno al profesionalismo, puesto que a todos cuantos allí intervinieran les serían negadas futuras fichas desde cualquier Federación englobada en la FIFA, secundando el boicot acaudillado por el COI. Andrés Felices hizo caja durante dos años, antes de colgar las botas con 35 abriles. Pero curiosamente, entre los océanos Atlántico e Índico, los grandes parques nacionales y los guetos o “bidonvilles” donde la población negra pechaba con su miseria, habría de encontrar un nuevo porvenir profesional, luego de que cierto masajista italiano le iniciara en su profesión.

A su vuelta, sirviéndose de libros sobre dicha materia proporcionados por el  entrenador Juan Ramón Santiago, pudo completar su bagaje, convirtiéndose durante 30 años de ejercicio en institución castellonense, merced a un carácter extrovertido, apasionado y no poco visceral. Era tanto su peso en aquel vestuario y tan admitido su predicamento entre los jugadores, que el delantero argentino Cioffi corría a abrazarle cada vez que anotaba un gol, antes de aceptar la felicitación de cualquier compañero. Había visto demasiadas entradas y salidas en los vestuarios por donde pasara, para no comprender que en plantillas con tanto voy y vengo, son contados quienes aceptan echarse el equipo a la espalda. Por eso supo y quiso asumir un rol tradicionalmente reservado a gallos veteranos, con mucha cresta y buenos espolones.

Una tarde, viendo a un rival lanzarse en solitario hacia la puerta castellonense, lanzó al campo un segundo balón para que el árbitro detuviese el juego. “Volvería a repetirlo mil veces, si a cambio os evito un gol”, comento luego ante sus jugadores, sin asomo de arrepentimiento. Expulsado en numerosas ocasiones por su comportamiento en los banquillos, tampoco es que guardara su mal genio en el vestuario. Sobre todo si se le cruzaba alguna figurita estrellada contra el suelo, como él denominaba a quienes por haber formado otrora en equipos grandes, miraban a todos por encima del hombro, cuando la realidad los había hecho descender varios peldaños. Lo supo bien el argentino Miguel Pérez, luego de que faltase gravemente al mítico exjugador blanquinegro Vicente Martínez “El Salao”. La discusión, resuelta a puñetazos, acabó entre denuncias y visitas al Juzgado. Felices hubo de pechar con la factura del odontólogo que reconstruyera la boca al antiguo exterior del Real Madrid. Otra bronca monumental con el técnico Carlos Virba hizo que éste le impidiese subir al autobús del equipo. Las aguas sólo volvieron a su cauce tras mediar el presidente de la entidad, Domingo Tárrega. Y para que nada faltase, en abril de 1997, tras la destitución de Francisco Causanilles hasta hubo de dirigir desde el banquillo a los castellonenses, ante el Valencia “B”, puesto que al entrenador sustituto, Osman Bendezu, desde la Federación no se le diligenciaba ficha en tanto siguiera sin rubricase un acuerdo de finiquito con su predecesor.

Este hombre, corriente como futbolista activo, supo inscribir su nombre en la historia castellonense. Cuando falleció, el 12 de setiembre de 2013, a los 79 años, la afición de la Plana enterró no sólo a un líder, sino también a un mito.

Compañero de Felices en la aventura sudafricana -aunque no coetáneo-, el atacante albaceteño Enrique Abietar (Madrigueras, Albacete Balompié, Murcia, Las Palmas, Cádiz y C. D. Castellón), tuvo el coraje de jugársela de verdad, pues sólo contaba 26 años cuando pusiera rumbo al confín del continente negro. Una fracaso deportivo allí, o cualquier dificultad de arraigo, hubiera representado la retirada cuando aún podían calculársele cabalmente otros seis o siete años de actividad a pleno rendimiento. Sólo sabía de aquel fútbol que las temporadas coincidían con años naturales, que iba a competir en una Liga profesional patrocinada, semejante a las europeas de baloncesto, y que pagaban bien. Del país, lo mismo que tantos españoles: que estaba muy lejos y su nivel económico debía ser bastante aceptable. Aún faltaban dos años para que el Dr. Christian Barnard, con su primer trasplante cardiaco, sacase a la Unión Sudafricana de la sección de sucesos en papel prensa, y la introdujera tanto en el colorín del “Hola” como en páginas científicas. Sus conocimientos del inglés, además, se reducían a varias frases presuntamente útiles, del método “¿Quiere usted saber inglés en 10 días?”: “Good morning; ¿how are you?”. “It is a beautiful country”. “I felt so much not seeing him yesterday”. “¿How do you feel?”. O evocando el monólogo de Miguel Gila, “My Taylor is rich and may mother is in the kitchen”, imprescindible en toda conversación civilizada.

Andrés Felices y Enrique Abietar serían testigos del nefando “apartheid” sudafricano. La población negra no podía sentarse en un banco público, siquiera, junto a los blancos.

Andrés Felices y Enrique Abietar serían testigos del nefando “apartheid” sudafricano. La población negra no podía sentarse en un banco público, siquiera, junto a los blancos.

Una vez en Johannesburgo, descubrió a otros futbolistas europeos que próximos a despedirse del balón pretendían llenar alforjas. Británicos, holandeses, italianos, algún eslavo, y hasta sudamericanos. Entre estos últimos, según se contaba por los mentideros, los había con falsa documentación, para de ese modo reengancharse luego en campeonatos de nivel medio, como el mexicano, los de Perú, Venezuela, Paraguay, Honduras o El Salvador, sin que su auténtica identidad quedase manchada. Pero sobre todo cruzaría caminos con Víctor Juanás, español nacido en Montauban (Francia), durante nuestra Guerra Civil, y también delantero en el Alcalá, el cuadro amateur “colchonero”, C. D. Badajoz, Las Palmas, Jaén, Cádiz o Atlético Baleares. Juntos habrían de desarrollar durante siete años una trayectoria paralela, y de regreso a España mantuvieron una de esas estrechísimas amistades que sólo puede quebrar la muerte. Las camisetas del Olimpia, Corinthians, Powerlies y Highlands Park, bien sudadas, fueron testigos mudos de éxitos compartidos, aplausos y decepciones. Ya en solitario, Abietar todavía iba a enfundarse la del Lusitano.

En aquellos clubes, mezcla de instituciones deportivas con la pura apuesta publicitaria, como era el caso de Powerlies -nombre de una empresa italiana fabricante de suministros eléctricos-, se jugaba con bastante tranquilidad, aun sin perder de vista el espíritu competitivo. Y ello, claro, permitió a Enrique Abietar reverdecer antiguos brotes goleadores, semejantes a los de aquella temporada en Castellón, cuando merced a su poderoso remate de cabeza contabilizara 18 dianas.

Área exclusiva para blancos en una playa sudafricana, durante los años 60 del pasado siglo. Aborígenes, indios, paquistaníes, y blancos, tampoco podían bañarse en el mismo sector, según la legislación impuesta por descendientes de antiguos colonos europeos.

Área exclusiva para blancos en una playa sudafricana, durante los años 60 del pasado siglo. Aborígenes, indios, paquistaníes, y blancos, tampoco podían bañarse en el mismo sector, según la legislación impuesta por descendientes de antiguos colonos europeos.

Seguir sus pasos por aquellas latitudes no es tarea fácil. Ni los suyos ni los del puñadito de compatriotas, porque los apellidos, lastimosamente, solían ser recogidos de cualquier manera en la prensa de Johannesburgo, Cape Town, Pretoria, Durban o Porth Elizabeth. Abietar, por ejemplo, apareció en esas páginas como Abeita, Aboita, e incluso Albertia. En realidad, casi nunca de forma correcta. No obstante, esos antiguos cronistas dejaban claro su peso no ya sobre el césped, sino en el equipo, allá por donde pasara. Quien viajase sin pespuntear un mediocre buenos días en inglés, supo contagiar compañerismo, entusiasmo y profesionalidad, empeño y entrega, mientras lograba arrancarse de corrido, ya sin el método de conversación en el bolsillo. Bien mirado, ocho años dan para mucho. Hasta para lucir capitanía y esmerarse en el liderazgo, cuando como en su caso se llevan por mochila otros siete de cuerpo a cuerpo distribuidos entre La Mancha, Andalucía, la región levantina y nuestros dos archipiélagos.

Ya retirado, Abietar se establecería en Roquetas de Mar. Excelente enclave para dejarse embeber con cada puesta de sol por sus doradas nostalgias.

Adauto Iglesias hubo de encarar alguna acusación de indisciplina durante su etapa en el Real Club Celta de Vigo. Trasplantado a Australia, sólo cosecharía éxitos. Internacional con ese país en 1962, permaneció entre los “Aussies” hasta su fallecimiento, acaecido el 12 de setiembre de 1991, a los 62 años.

Adauto Iglesias hubo de encarar alguna acusación de indisciplina durante su etapa en el Real Club Celta de Vigo. Trasplantado a Australia, sólo cosecharía éxitos. Internacional con ese país en 1962, permaneció entre los “Aussies” hasta su fallecimiento, acaecido el 12 de setiembre de 1991, a los 62 años.

También desde la lejanía, otros españoles blandieron el cetro en sus vestuarios. El portero Adauto Iglesias (Unión de Mieres, Caudal, Plus Ultra, Real Madrid, Celta, Langreano y La Felguera), a sus 29 años empezaba a pensar en desprenderse de gorra y rodilleras, cuando le llegó una propuesta desde Australia. Los antípodas pretendían tomarse en serio el fútbol europeo, sin dejar de lado el criquet y ni muchísimo menos el rugby, allí conocido como fútbol australiano. Había demanda de fútbol auténtico, con balón redondo, según el intermediario, porque a los muchos emigrantes europeos, croatas, sobre todo, aunque también italianos, escoceses, galos y hasta españoles, el rugby no acababa de llenarles. Le acompañó otro español jovencísimo, Juan Ignacio Arriola, canterano del Real Madrid que habría de fallecer repentinamente a 18.000 kilómetros de casa, abortando con su óbito la incorporación de José Luis, otro hermano también futbolista. Y Adauto, aquel que durante seis temporadas en el estadio Santiago Bernabéu sólo llegara a disputar 8 partidos de Liga y un buen número de amistosos, el veterano de quien cabía esperar tan sólo un propósito recaudatorio, enraizó en Oceanía hasta el punto de vivir una segunda juventud, representar internacionalmente a Australia y establecerse en el continente-isla, como hombre de negocios.

Alguien dio a entender, en algo parecido a una necrológica, que sus triunfos y liderazgo entre koalas y canguros tampoco tenían especial mérito, por aquello de que en el país de los ciegos cualquier tuerto sería rey. Craso error. Entre varios millones de invidentes, el tuerto, cualquier tuerto, sólo sería un bicho raro.

Para finalizar, y sin alejarnos de Oceanía, el madrileño Ángel Luis Viña Berlanga que llegase hasta la ciudad costera de Auckland en vacaciones, supo aprovechar como pocos un permiso para entrenar con el equipo y así mantener la forma. Además de ganarse plaza y ficha en aquel vestuario, festejó varios títulos de Liga consecutivos, siete de la Champions League Oceánica, se erigió en muy respetado capitán y no parece gratuito aventurar que tendrá una salida gloriosa de la entidad azul -porque la edad jamás perdona-, cuando crea llegó el momento de poner broche a una aventura espléndida.

El liderazgo deportivo no se conquista a golpe de talón, ni mediante campañas de marketing. Tampoco es patrimonio de profesionales talentosos con el balón en los pies. De hecho hubo, y todavía hay, dignísimos modestos sin cuyo grito oportuno, reconvención serena, elogio a tiempo, charla motivadora, reconocimiento al adversario y apego a los colores, nada sería igual, ni en sus equipos ni en nuestro fútbol.

Alguno, como Juancho Forneris, llegado desde Argentina en pos del balón, incluso pudo cumplir un último sueño de eternidad. Sus cenizas, conforme había dispuesto, fueron esparcidas por el antiguo Luis Sitjar, campo donde tantos años jugase el Real Club Deportivo Mallorca y él oficiara con singular entrega un devoto sacerdocio.

Existen, claro que sí, muchos líderes alejados de grandes focos, moviéndose entre bastidores sin bellos discursos ni el más mínimo aspaviento.




El caso Pepe Juan

El fútbol canario, por obvias razones de lejanía, vivió un desarrollo distinto al peninsular. Sin constituir nunca un verso suelto, puesto que distintas giras de clubes europeos por Tenerife o Las Palmas servirían para conectarlo con la realidad, mantuvo ciertos rasgos definitorios que, andado el tiempo, serían vistos como “autóctonos”. Aquel aislamiento salpicado por breves visitas, los duros campos sin una brizna de hierba, el calor de su eterna primavera, poco apropiado para cualquier desgaste intenso, y la consideración “amateur” de sus futbolistas, derivada de unas taquillas más bien raquíticas al no disponer de grandes estadios, irían configurando jugadores habilidosos, reacios al choque repetitivo, de trote, antes que de galopada furiosa. Pero ese juego pinturero y alegre daba para poner colorados a muchos profesionales de la península, conforme quedó de manifiesto durante la primera expedición del Club Deportivo Tenerife por Barcelona y Madrid.

Una formación del excelente C. D. Tenerife, en 1932. De pie Llombet, Esquivel, García I, Fernández, Morera, Semán, Arocha, Arencibia,  Diego; agachados Pestano, Guigou, Rancel, Perico, Torres, Luzbel y Cayol.

Una formación del excelente C. D. Tenerife, en 1932. De pie Llombet, Esquivel, García I, Fernández, Morera, Semán, Arocha, Arencibia, Diego; agachados Pestano, Guigou, Rancel, Perico, Torres, Luzbel y Cayol.

Corría el mes de abril de 1933 cuando Cayol, Julio Fernández, Morera, Llombert, Cárdenas, Arocha, García II, Arencibia, Antonio, Rancel, Semán, Felipe, Chicote, Luzbel, Diego y Castillo, acompañados por varios directivos, embarcaban en el “Villa de Madrid”, rumbo a Barcelona. El día 30, entumecidos aún tras las jornadas de travesía, y pese a salir derrotados ante el F. C. Barcelona por 4-2, dejaban una buena impresión tanto entre los aficionados “culés” como para la prensa. En el metropolitano madrileño, sin embargo, se imponían al At Madrid por 1-2, siendo Semán, que también anotase en Barcelona, el autor del gol victorioso. Morera, Cárdenas, Rancel, y sobre todo el portero Cayol, impresionaron a la crítica deportiva. Y antes de emprender el retorno desde la ciudad condal, un nuevo enfrentamiento al Barcelona saldado con victoria por 1-2, patentizaba la calidad del equipo tinerfeño. Como este choque fuese transmitido radiofónicamente a Santa Cruz de Tenerife, incluyendo aparatosa instalación en la mismísima plaza de toros, el recibimiento a los triunfadores resultó apoteósico: cohetes, aplausos, paseíllo a hombros desde la dársena portuaria hasta la sede social, recepción en el Ayuntamiento…

En julio de 1933, el Español, campeón de Cataluña, doblaba la rodilla ante el once tinerfeño por un claro 2-0. La revancha, dos días después, se resolvía con empate a 2, luego de que el españolista encargado de lanzar un penalti lo enviase fuera intencionadamente, al ver el castigo como claro error arbitral. Ya en agosto, el Athletic Club bilbaíno lograba la victoria, remontando un 3-0 favorable a los tinerfeños. Y cuatro días después la superioridad vasca quedaba refrendada con un nuevo triunfo por 4-2. El brío se imponía al toque y mayor fragilidad física isleña, sobre todo a medida que iban transcurriendo los minutos. Pero una cosa quedó  muy clara: aquel Tenerife acostumbrado a medirse con el Marino F. C., Iberia, Victoria, Salamanca -no el club charro, aclarémoslo-, Hespérides o Moderno, hubiese podido competir en la 1ª División del Campeonato Nacional de Liga.

Francisco Martín Arencibia, recién llegado al Tenerife, en 1930, desde el Hespérides. Triunfó a lo grande en el At. Madrid y At. Aviación.

Francisco Martín Arencibia, recién llegado al Tenerife, en 1930, desde el Hespérides. Triunfó a lo grande en el At. Madrid y At. Aviación.

Lamentablemente, los dos días y medio necesarios para cubrir el trayecto entre Santa Cruz y Málaga, unidos a su alto coste económico, cerraban tal posibilidad. Y puesto que los clubes peninsulares gozaban de economías más boyantes, acabarían haciéndose con las más destacadas figuras insulares. Juan Marrero Pérez, alias “Hilario”, había protagonizado en 1928 una rocambolesca salida hacia La Coruña, disfrazado, para despistar a la furiosa afición del Victoria grancanario. Cayol saltó hasta Madrid, Ángel Arocha a Barcelona, Arencibia también a Madrid, pero nutriendo al Atlético, Gabriel Jorge al Español de Barcelona… Rápidamente, el fútbol canario experimentó un claro retroceso. Cada crónica favorable a los emigrantes concluía traduciéndose en catarata de nuevas salidas. Y la prensa peninsular ni mucho menos escatimaba alabanzas: “El Madrid tiene un cancerbero de categoría: fuerte, colocado, segurísimo por alto y resuelto para los plongeones” (“ABC”, respecto a Gilberto Cayol). “Tiene un estilo magnífico, insuperable. Sus brazos y sus manos son como tenazas. Su estilo merece muchas pesetas” (“La Voz de Galicia”, acerca del mismo hombre). “De todos los jugadores tinerfeños el que mejor impresión me ha causado ha sido Arencibia. Todo un jugador. Tiene una clase extraordinaria” (el internacional Jacinto Quincoces, después de que su equipo, el Madrid, empatase a 2 con los “chicharreros”). “Es la primera vez que he visto jugar a un equipo canario. Me he quedado asombrado de la forma en que dominan el balón. El Tenerife puede codearse con cualquiera, porque todos sus futbolistas juegan muy bien” (Elícegui, otro internacional, luego de contemplar desde el graderío, por culpa de una lesión, una nueva derrota “colchonera”).

A los medios canarios les faltó tiempo para levantar la voz, airadamente. “Desde que se marchó Arencibia, y va de cuento, el ataque del Tenerife es una escuela sin maestro. Allí nadie enseña ni nadie aprende. El analfabetismo en el fútbol”, clamó un redactor de “La Prensa”, decepcionado por el empate a cero en un Tenerife – Iberia. Y hasta el propio Francisco Arencibia, tan añorado, daba la razón al plumilla mediante unas declaraciones desde el diario madrileño “La Voz”: “El fútbol empieza a decaer en las islas, porque la exportación de jugadores está dejándolo en cueros. Entre los pocos futbolistas que quedan, destacan Quico, Quique, Semán, Luzbel, Chicote, y poco más. Desde que se marcharon Arocha, Padrón e Hilario, hemos salido de allí ciento y la madre. Los entrenadores canarios no enseñan nada. El juego allí es distinto en todo al peninsular; bonito, afiligranado y hasta práctico. Aquí lo extrañamos todo: el campo, el ambiente, el modo de jugar… En canarias el saque del portero se espera a 12 metros del bote del balón, si no se corta de cabeza. Allí todo es habilidad. Aquí se mezcla habilidad y fortaleza. Cuando chocamos con un contrario llevamos las de perder”.

Una afirmación profética, puesto que el 9 de febrero de 1936, como resultado de un choque con el barcelonista Domingo Balmanya, el bueno de Arencibia se fracturaba la pierna izquierda.

“Chicote” (Juan Chico Díaz). En 1930 ingresaba en el Sporting de Gijón, a cambio de 5.000 ptas. más gastos de viaje y hotel. Una lesión, en vísperas de fichar por el R. Madrid, truncó el traspaso. Regresaría a su isla para lucir la camiseta del C. D. Tenerife.

“Chicote” (Juan Chico Díaz). En 1930 ingresaba en el Sporting de Gijón, a cambio de 5.000 ptas. más gastos de viaje y hotel. Una lesión, en vísperas de fichar por el R. Madrid, truncó el traspaso. Regresaría a su isla para lucir la camiseta del C. D. Tenerife.

Tras el paréntesis de la Guerra Civil, aquella diáspora no hizo sino acrecentarse. Sirva como referencia la siguiente relación de canarios desperdigados por clubes peninsulares, durante los primeros días de 1943: Abel, Arsenio Arocha, Arencibia, Francisco Campos, Calixto, Martín, Antonio Fuentes, José Mesa, Machín, Del Pino, Domingo, Francisco Roig, Melito, Mundo, Victoriero, Gabriel Jorge, Mendoza, Néstor, Rancel, Manolo Jorge, el palmeño Rosendo Hernández, Sabina, Sánchez, Santa Cruz, Pedro Núñez… Tan bárbara resultó la sangría que desde la Territorial canaria acabarían elevando una súplica a la Federación Española, en demanda de soluciones que taponasen tamaña hemorragia. Ésta, como tantas veces sucede, satisfizo a pocos y frunció muchos entrecejos. En adelante, los clubes peninsulares no podrían incorporar ningún futbolista canario que no hubiera disputado, como mínimo, dos temporadas en la Regional insular. Porque hasta en eso diferían nuestras siete islas atlánticas con el resto del fútbol español: la categoría equivalente a una 3ª División en la península y baleares, en Canarias tenía carácter de competición Regional, hurtándose a todos sus clubes el derecho a cualquier hipotético ascenso. Por otra parte, retrasar el salto a entidades de nuestra 2ª ó 3ª División suponía para muchos jóvenes del archipiélago un frenazo, además de la consiguiente merma económica. Como corrían tiempos de ordeno y mando, de lealtades inquebrantables y acatamiento silencioso a la superioridad, mal que bien, tanto en Tenerife como en Las Palmas y sus correspondientes satélites (Lanzarote y La Palma, sobre todo, cuyos campeones locales se clasificaban para las eliminatorias del título Regional) asumieron el nuevo orden.

Si aquel balompié no naufragó irremisiblemente hasta la toma de medidas, habrá que buscar razones en la fertilidad de su cantera y el anticipado retorno de numerosos emigrantes, incapaces de adaptarse a los campos embarrados, el césped rápido y la belicosidad partisana de muchos defensas, con licencia arbitral para extender testamentos y administrar la extremaunción.

Pronto, sin embargo, se fueron haciendo trampas. Bastaba que un jugador canario fuese destinado a cumplir el servicio militar obligatorio en la península, para que el club más próximo al cuartel, casi siempre en excelentes relaciones con mandos del ejército, le extendiese ficha. ¿Acaso esos jóvenes no habían mudado temporalmente su residencia, como la propia normativa consideraba eximente?. A la territorial de turno sólo le quedaba conceder su pláceme, el soldado en cuestión se vestía de corto y, a poco que la suerte le sonriera, ya como futbolista “peninsular” fichaba por cualquier otro equipo nada más licenciarse. Otras veces bastaba cualquier trabajo ficticio para justificar un cambio de residencia y, casualmente, acabar firmando por el club más emblemático de la plaza. Todos, por distintas razones, asumían la vulneración legal sin el mínimo sobresalto. Los modestos clubes canarios, ante el traspaso ofrecido, fundamental cara a cuadrar balances. El jugador o jugadores, entendiéndolo como estricto acto de justicia, toda vez que a ningún futbolista balear, por ejemplo, se le ponían trabas cuando fichaba por entidades levantinas o catalanas. Y las directivas de la piel de toro porque los muchachos del archipiélago solían aunar buen manejo del balón y bajo precio.

Al menos así fueron las cosas hasta que las islas Canarias contaron con representación en el Campeonato Nacional de Liga.

Postal conmemorativa de aquella gira peninsular que el Club Deportivo Tenerife desarrollara en 1933, venciendo al F. C. Barcelona y At Madrid.

Postal conmemorativa de aquella gira peninsular que el Club Deportivo Tenerife desarrollara en 1933, venciendo al F. C. Barcelona y At Madrid.

Ocurrió justo en el tránsito de los calamitosos años 40, a los más esperanzadores 50. El costo de los desplazamientos aéreos entre el archipiélago y la metrópoli empezaba a ser asumible. A escasa distancia de Fuerteventura, el Marruecos Francés parecía transformase en caldera reivindicativa. Por supuesto, si algo ocurriera en África no tenía por qué afectar a las provincias de Tenerife o Gran Canaria. Pero pese a todo, alguien, desde algún despacho, prefirió acercar todo lo posible las respectivas poblaciones insulares y de la península. Y nada tan útil al propósito, entonces y hoy, como el fútbol, no sólo deporte nacional sino expresión lúdica más conectada al sentimiento tribal de pertenencia.

En Las Palmas, entendiendo que tanta atomización de clubes no llevaba a ninguna parte, se fusionaron las cinco sociedades más potentes, dando lugar a la Unión Deportiva Las Palmas. Aunque en Santa Cruz de Tenerife también intentaron algo semejante, no hubo modo de que Hespérides e Iberia aceptasen la inmolación, a mayor gloria del C. D. Tenerife. La recién nacida U. D. Las Palmas, compuesta por los mejores elementos de aquella capital, lograba imponerse en la fase de ascenso a 2ª División. El Tenerife, por el contrario, obtenía una única victoria y un empate ante el Toledo, saliendo trasquilado ante el Ceuta, Imperial de Murcia, Melilla, y sus vecinos ataviados de amarillo. Sólo en 1953, remontando con un 3-0 en el Heliodoro Rodríguez López aquel 2-1 obtenido por el Orihuela en su terreno, la capital tinerfeña festejó su ingreso en nuestra división de plata. Claro que para entonces, merced a una meteórica ascensión, el público grancanario veía pasar por el Estadio Insular al Real Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia, los dos Atléticos, y en una palabra a lo más granado de un fútbol que acababa de lucir galones en el Campeonato Mundial de Brasil, gracias a un histórico gol de Zarra, las meritorias intervenciones de Ramallets, el temple de Puchades, las diabluras de Basora y Gainza, o el trabajo de los hermanos Gonzalvo.

A partir de ahí, la restricción legal para cualquier salto a la península tuvo en los clubes más señeros del Atlántico a sus mejores vigilantes. Tenerife y U. D. Las Palmas disponían de dos años de ventaja respecto a sus competidores en el torneo liguero. Tiempo  suficiente para seguir de cerca a las jóvenes promesas, con el añadido de un sustancial ahorro al contratarlos, puesto que los jovencitos destetados en cualquier equipo juvenil canario carecían de alternativa real, so pena de penar deportivamente durante 24 meses. Pero aun así, en setiembre de 1972 estallaba el Caso Pepe Juan, poniendo de relieve una suma de inmensos despropósitos.

José Juan Suárez Cabrera (Las Palmas 4-XII-1954), a sus 17 años llevaba uno y medio llamando la atención de hasta el más cegato patrón de pesca. Era finito, casi frágil en apariencia, pero atesoraba una técnica admirable. Fintaba con maestría, driblaba con la pelota cosida al pie, volvía locos a sus marcadores, pasaba al hueco y sus controles orientados desarbolaban a las defensas rivales, domingo tras domingo. En la directiva del Artesano, club donde había venido formándose, fueron inevitables las cuentas de la lechera. Un diamante a medio pulir como él, valdría su peso en oro para cualquiera de los más grandes. ¿Amancio? El gallego iba a quedar en nada tan pronto pudieran ver a esa nueva perla en la península. Y decididos a hacer negocio lo ofrecieron al Real Madrid,  donde parece se antojó excesivo el monto del traspaso. En Barcelona, por el contrario, los azulgrana no hicieron ascos. Si el muchachito era tan bueno como aseguraban algunos ojeadores, asumirían riesgos. Lógicamente, querían probar al fenómeno durante unos días. Y Pepe Juan, pisando nubes, se plantó a las puertas del Camp Nou. El ejercicio 1971-72 daba sus últimos coletazos y, ni desde el Artesano ni en la familia del joven tuvo nadie la precaución de fingir un traslado a Cataluña o Madrid, fuere por razón de estudios o de cualquier trabajo impostado, documento imprescindible para que la Española pudiera diligenciarle una ficha.

Mientras la entidad “culé” terminaba de decidirse, Pepe Juan regresó a casa y, aconsejado por todos, quiso quitarse la mili de encima cuanto antes. En setiembre de 1972 la cumplía en Canarias, sin impedimentos para entrenar. Junto entonces, puesto que directivos y técnicos barcelonistas siguieran deshojando la margarita, llegó a un compromiso con la U. D. Las Palmas, pendiente tan sólo de liquidar su vínculo con el Artesano. Mero trámite, en teoría, puesto que los amarillos habían tendido una tupida red de apoyos sobre muchos clubes de la isla, incluido éste. Pero qué cosas; el club chico, de pronto, quiso retar al grande, solicitando nada menos que 600.000 ptas. en concepto de traspaso.

Los mandatarios amarillos, además de negarse en redondo, empezaron a apretar tuercas con una ruptura de relaciones, retirada de pases a favor en el Estadio Insular y prohibición al Artesano de disputar cualquier choque en aquellas instalaciones, como hasta entonces había venido haciendo. Por supuesto, el Artesano tampoco recibió la ayuda económica y en material deportivo que el primer club de Las Palmas otorgaba a sus convenidos. Y cuando el todavía equipo de Pepe Juan hubo de disputar las eliminatorias para el Campeonato de España en categoría de Aficionados, acabaría haciéndolo en un campito de las afueras, medio sin cerrar, con la consiguiente debacle en taquilla. Las cuentas de la lechera empezaban a evaporarse, como líquido derramado. Días después, una Asamblea del Artesano resultaba movidísima, entre interrupciones desaforadas, críticas injuriosas contra antiguos directivos, censuras de socios a la ruptura de vínculos con la entidad amarilla y algún que otro cuerpo a cuerpo, traducido en suspensión del acto, luego de dos llamadas al orden por parte del delegado federativo.

Pepe Juan con la camiseta de La U. D. Las Palmas, en 1973.

Pepe Juan con la camiseta de La U. D. Las Palmas, en 1973.

Leído el informe de ese delegado, la Federación Regional exigió al Artesano la presentación de sus libros de actas, de caja y memorias, para su estudio por asesores jurídicos, quienes parece encontraron alguna irregularidad o infracción. Dicha Territorial, en tanto se aclaraban las cosas, acordó separar de sus cargos provisionalmente a toda la junta directiva. Y el 19 de setiembre, hacia las 21,30 de la noche, el Comité Directivo de la Territorial Canaria designaba una Comisión Gestora con el encargo de tomar las riendas del Artesano. Todo ello sin que Juan Sánchez, hasta hacía unos minutos presidente de la modesta entidad, dejase de gallear: “Tengo argumentos suficientes para defenderme”, adelantó, muy seguro, ante los medios locales.

Al día siguiente corría el rumor de que la cesada junta directiva preparaba su recurso, con la asesoría directa de un letrado del Barcelona. Y en paralelo, Pablo Ojeda, antiguo jugador de la entidad y por esas fechas jefe de ventas en la agencia de Viajes “Tourist Canarias”, se encontraba con el primer problema. Cordón, a quien la directiva inhabilitada prometiese facilitar su incorporación al C. D. Tudelano, seguía sin recibir la carta de libertad. Al reclamarla a los gestores entrantes, surgieron dudas sobre si estaban facultados para algo así. ¿Acaso no incurrirían en responsabilidades si acabara teniéndose en cuenta el recurso de los “decapitados”?. ¿No acabarían pechando con denuncias por daños intencionados a la entidad? Para que nada faltase, la U. D. Las Palmas dirigida por Pierre Sinibaldi, esas semana debía disputar su partido liguero en la ciudad condal.

El día 22, los titulares de la prensa canaria derrochaban tinta: “Los directivos cesados del Artesano dan un portazo al delegado gubernativo”. Y es que éstos, encerrados en su sede de la calle La Naval, en el Puerto de la Luz, desoyeron las repetidas llamadas de la autoridad, que en previsión de posibles incidentes acompañaba a los nuevos gestores. El delegado levantó acta y, tras alertar sobre el desacato que aquella actitud rebelde implicaba, dio cuenta inmediata al Gobierno Civil. Varios miembros de la Policía Armada, entre tanto, mantenían el orden en la zona, ante la expectación que los hechos despertaran entre habitantes del barrio.

Por su parte, el hasta hacía bien poco máximo responsable del Artesano, Juan Sánchez, enhebraba un discurso salpicado de medias verdades: “Esta situación tiene origen en el jugador Pepe Juan. Cuando intervino el Real Madrid, y luego el Barcelona, desde esta directiva pasamos su ficha a la Unión Deportiva Las Palmas, bajo ciertas condiciones no aceptadas. El jugador, ya en Barcelona, no quería volver a Canarias, y por eso firmó todos los documentos precisos, incluido su alistamiento militar voluntario, para cumplirlo en Cataluña. Otro viraje de su padre, que no sabe ni sabrá lo que quiere para su hijo, devolvió al chico hasta la isla y aquí sigue, cumpliendo con el Ejército. El Barcelona posee moralmente los derechos de Pepe Juan, porque tiene suscrito un compromiso. Pero a pesar de ello, la llave está en poder del Artesano, puesto que nadie ha aprobado el compromiso con ese club catalán. Aquí no se ha recibido ni una peseta desde Barcelona por los derechos del Pepe Juan. Tan sólo muestras de amistad desde un club grande y señor. El cuanto al jugador, lo que acordase con aquella entidad fue en privado”.

Interrogado sobre el reciente encierro a cal y canto y su rebeldía ante el delegado gubernativo, manifestó: “Ya habíamos sido amenazados con que si no dábamos la baja al jugador, nos pesaría. Y con respecto a la Gestora, no podemos admitirla cuando vulnera los artículos 36, 37 y 38 de la Circular Nº 10, expedida en agosto de 1972 desde la Federación Española”. En relación a la posible resolución del caso, también parecía tenerlo muy claro: “Yo me marcharé del Artesano, pero antes estimo justo dar la baja a Pepe Juan para que fiche por la Unión Deportiva, siempre y cuando el jugador vaya a Barcelona y se someta a una rueda de prensa, dando una satisfacción al club y su afición. Pero la Unión Deportiva habrá de darnos las 200.000 ptas., que nos deben por el traspaso de Niz al Mallorca, y otras 400.000 en concepto de daños, al prohibírsenos jugar el Campeonato de Aficionados en el Estadio Insular”.

Manuel Aguiar Márquez, presidente de la Federación de Fútbol de Las Palmas, rehuyendo cualquier polémica, se limitó a anunciar que acababan de desestimar el recurso del Artesano, “porque en realidad no es tal, sino mero escrito de réplica. Aunque por supuesto pueden elevar un recurso a la Nacional, si les parece”.

El ya exmandatario “artesano” olvidaba la prohibición de saltar a la península sin dos años de competición en Regional, y pasaba por alto que los abogados azulgrana no hubiesen diligenciado a Pepe Juan un certificado de residencia. Sobre el asunto Niz, antes de tipificarse los derechos de formación como fórmula para resarcir al fútbol modesto, solía ser habitual establecer porcentajes sobre cualquier hipotético traspaso posterior, cuando cualquier mozalbete rubricaba su primer traspaso. De hecho, los contratos tipo de casi todos los clubes menores convenidos con un grande, recogían la fórmula con carácter general, en letra impresa. Dionisio Nuez Robayna, aquel “Niz” hecho en el Artesano que durante 7 años formase línea media junto a Castellanos, acababa de ser traspasado al Real Club Deportivo Mallorca. Y por el momento, el primer equipo grancanario era moroso.

Pepe Juan, entre tanto, había dejado de entrenar, como protesta. El seleccionador nacional juvenil, pese e ello, quiso seguir contando con su concurso. Y tras erigirse en figura durante el partido disputado en Mónaco, el 23 de noviembre de 1972, destituida definitivamente la junta directiva del Artesano y bajo promesa de que acabaría incorporándose a la U. D. Las Palmas, se reintegraba a la disciplina del que seguía siendo su club.

El 13 de enero de 1973, Jesús García Panasco, secretario general amarillo, presentaba al técnico Pierre Sinibaldi, al primer capitán, Tonono, y al cerebro sobre el césped, Germán Débora, cinco juveniles de nuevo cuño: Artiles, Oramas, Félix, Eladio, y el muy deseado Pepe Juan. Todos, andado el tiempo, habrían de alinearse con el primer equipo, aunque sólo a Félix y Pepe Juan les esperaba un largo enraizamiento.

Por fin, el sábado 7 de abril Pepe Juan debutaba con la camiseta amarilla en el Estadio Insular, ante un Burgos en aprietos clasificatorios. Los castellanos llegaban con dos triunfos consecutivos, y la Unión Deportiva con sendos empates en las últimas comparecencias como anfitriones. Pero esa tarde todo salió para los canarios como si de un cuento se tratara. El neófito anotó un gol de bella factura, suyos fueron los últimos pases de otros dos, y se mostró bullidor, profundo y peligroso en cada arrancada. Según los cornistas, su contribución a la victoria por 4-1 fue decisiva: “Gran parte de este triunfo amarillo hay que atribuírselo a la gran figura, ese chico juvenil, Pepe Juan, que debutaba esta noche (…) Eso y su buen entendimiento con Germán hicieron revivir al conjunto de Sinibaldi, que hoy, sin hacer un partido excesivamente convincente, sí ha vuelto por sus fueros”, reflejó Antonio Ayala, corresponsal de “Marca”. “Es un jugador muy interesante, muy aprovechable, que dará otra tónica al juego del equipo”, el técnico vencedor en su rueda de prensa post partido, según los medios locales. “Una jornada que dejó contenta a la parroquia, especialmente por lo que de esperanzador tiene el debut de Pepe Juan, aunque siga siendo la zaga, con ausencia de Tonono, el lunar más claro del equipo”, igualmente en la prensa de Las Palmas.

El martes, todos los medios insulares y parte de las cabeceras nacionales, incluían entrevistas con la incipiente estrella. Y el muchacho, pese a la polvareda levantada a su alrededor, supo mostrarse modesto, educado, y con la lección magníficamente aprendida: “Aunque como es lógico pretendo que las cosas me salgan bien, prefiero, ante todo, que le rueden bien al equipo (…) A mi lado tengo excelentes compañeros, que en todo momento me alientan y ayudan a superarme (…) Si el míster pensara que es necesario dejarme en la grada, pues lo aceptaría, ya que él es el máximo interesado en procurar el bien del equipo (…) Me esforzaré por ser profeta en mi tierra”.

Pepe Juan durante su etapa en el ya extinto Getafe F. C., cedido por el club grancanario.

Pepe Juan durante su etapa en el ya extinto Getafe F. C., cedido por el club grancanario.

Pero también ese mismo día, desde Las Palmas, llegaba lo que bien pudiese parecer una broma: La Unión Deportiva era denunciada por alineación indebida, al incluir en ella a Pepe Juan. Y lo más fantástico, el denunciante era socio del Vecindario. Desde la Federación Territorial su presidente, Aguiar Márquez, no perdió un minuto para sentenciar, tajante: “La ficha de ese jugador es completamente legal. Se envió a la Española como cualquier otra, y nada le impedía alinearse, al tener una ficha provisional conforme el árbitro habrá consignado”. El denunciante, en cambio, alegaba que el traspaso, o cesión virtualmente gratuita al primer equipo de la isla, se había efectuado desde una junta gestora, sin tener en cuenta que aquella a la que sustituían ya estableció un compromiso con otra entidad, antes de su destitución; o sea cuando estaba facultada para cerrar cualquier acuerdo de esta índole. Y la directiva burgalesa, por su parte, se sumó al coro poniendo la cuestión en manos de la Federación Oeste, por si les llagara un maná llovido del cielo. El artículo 38 de la circular Nº 10, emitida el 7 de agosto de 1970, se antojaba suficiente asidero, al contemplar, textualmente: “las Juntas Gestoras no están autorizadas a tomar decisiones que no sean de trámite”. Y un traspaso, en verdad, se antojaba de difícil encaje entre los asuntos del día a día en cualquier entidad.

La Federación Española, antes de resolver el caso anticipó su postura, bien es cierto que sin grandes clarificaciones y pisando de puntillas: “Se están manejando textos reglamentarios anticuados. Y además, en las 48 horas posteriores al partido no se ha presentado ninguna reclamación”. Interrogado su portavoz en demanda de mayor transparencia, supo arrojar bastante luz: “Según normativa que rige la celebración de juntas generales y elección de presidentes y directivas, cuando dimite un presidente le sucede su vicepresidente y el resto de la junta, en tanto se celebran nuevas elecciones. Suponiendo abandonasen ese vicepresidente y los demás junteros, la Federación territorial se vería obligada a designar una comisión gestora que convocase elecciones y mantuviera el gobierno social, despachando asuntos de trámite. Éste no es el caso del Artesano, cuyo presidente resultó destituido por la Federación de Las Palmas, al abrírsele expediente con cargos de gravedad. En la Española se desestimó el recurso interpuesto, y entonces la Territorial implicada, en estricto cumpliendo del artículo 49, nombró una Gestora para restaurar la legalidad del club. Haciendo uso de sus plenas facultades y a petición del interesado, se concedió la baja al todavía juvenil Pepe Juan y, posteriormente, la Unión Deportiva presentó a registro una licencia para el citado, admitida y despachada con normalidad. No existe caso ni infracción, por lo tanto”.

Pero sí, claro que había una notoria infracción, aunque no perpetrada por la U. D. Las Palmas. Era el Artesano quien estaba fuera de la ley desde 1965, nada menos.

Se supo en mayo de 1973. Ocho años antes, sus gestores olvidaron inscribirlo en el Registro de Sociedades, tal y como establecía la Ley de Asociaciones del 24 de diciembre de 1964. Consecuentemente, la entidad había expirado al concluir la moratoria de inscripción. Así las cosas, ni Pepe Juan habría sido jugador del Artesano, en puridad, ni Juan Sánchez su presidente, y la directiva destituida por la Territorial de Las Palmas como mucho un grupito fantasma. La sorpresa, además, incluía un doble fondo. El día 3 de mayo acababa de darse de alta en el Registro una nueva sociedad denominada Artesano Club Social de Recreo Cultura y Deporte, con domicilio en Las Palmas y el visto bueno del gobernador civil. El nuevo ente nada tenía que ver con el otro Artesano, el extinto a efectos oficiales, regido por una Gestora y en el ojo del huracán, cumplidas ya sus teóricas Bodas de Oro. Como presidente del nuevo ente figuraba Rafael Pablo Hernández Suárez, socio del Artesano antiguo, hasta su expulsión, y como secretario Juan Sánchez, su último presidente, además de perejil en tan amarga salsa.

Era obvio que Juan Sánchez conocía la situación ilegal del histórico Artesano. ¿Pero cuándo tuvo conocimiento de ello? ¿Mientras presidió el club, o sólo a raíz de su destitución y apertura de expediente? ¿Cómo se explicaba que la Federación de Las Palmas hubiese diligenciado fichas, enviado árbitros y dado cobijo en sus reuniones a representantes de un club oficialmente muerto?. ¿Qué justificación cabía para que el Artesano hubiese continuado compitiendo las últimas ocho temporadas?

Ese Artesano Club Social de Recreo Cultura y Deporte, inscrito con el número 4.380, tan pronto gozó de la firma gubernativa dirigió un escrito, a través de su asesoría legal, advirtiendo que la entidad acababa de registrar su nombre, escudo y rótulo en la central de marcas y patentes, y que a tenor del artículo 3º de la Ley de Asociaciones, prohibiendo denominaciones idénticas o semejantes que pudiesen inducir a error, tenía previsto proceder de inmediato, conforme a sus intereses, a la anulación de cuanto contraviniendo ese artículo supusiera el uso fraudulento desde otras instancias.

Patata caliente en las manos de una Territorial donde parecía imperar el descuido, la desidia y hasta las alcaldadas caciquiles, si fueren  ciertas aquellas revelaciones de Juan Sánchez sobre el amedrentamiento coercitivo de que pudo ser objeto, para favorecer al club más señero. Por no varias, las cosas habrían de resolverse mediante el método habitual: oídos sordos, dejar que el viento amainase y una vez disuelta la tolvanera, alfombras capaces de cubrir cualquier deficiencia o acumulación de mugre.

José Juan Suárez Cabrera en un cromo de la temporada 1974-75, cuando se asentaba en 1ª División.

José Juan Suárez Cabrera en un cromo de la temporada 1974-75, cuando se asentaba en 1ª División.

Pepe Juan fue internacional juvenil en 17 ocasiones, y otras 3 en categoría de Aficionado, que entonces equivalía aproximadamente a los actuales Sub-23. Aunque durante toda su andadura profesional perteneciese a la U. D. Las Palmas, vivió momentos complicados, sin la comprensión de la grada y escasa confianza de algunos entrenadores. Una cesión al San Andrés de Barcelona para el ejercicio 1976-77, aprovechada para reivindicarse con 11 goles en 29 partidos de 2ª División, le supuso retomar la camiseta amarilla brevemente, puesto que en 1978-79 lo hicieron salir hacia el Getafe, otra vez cedido. Once nuevos goles en 30 choques de plata le abrieron ya las puertas del Estadio Insular, donde no todo, ni mucho menos, le iba a rodar conforme su exquisita técnica auguraba. Tuvo que pechar primero con el “fútbol fuerza”, eufemismo que en realidad ocultaba no pocas veces la pura brutalidad, y luego con el “fútbol total” impuesto por la “Naranja Mecánica” holandesa. Ese concepto coral, tan dudosamente entendido por algunos entrenadores, a quienes parecían estorbar artistas de calidad, con poco fuelle, le hizo daño. Se le exigía más atención al adversario, sacrificio, en vez de descaro ofensivo, buzo de fogonero, cuando su instrumento no era la pala, sino el pincel, y sus pies no derramaban legía o ácido sulfúrico, sino perfume para olfatos selectos. De haber nacido 10 años antes hubiera podido erigirse en referencia o mito de época.

Quizás cansado de no disfrutar jugando, se despidió del balón y los contratos con muchos ceros en 1985, apenas estrenara la treintena y luego de que nuestro fútbol sufriera muy serios varapalos. Ausentes en el Mundial de Alemania (1974), fuera en la primera fase de Argentina (1978), con una derrota ante Austria, empate a cero con Brasil y victoria inútil ante Suecia, nuestros futbolistas hicieron un soberano ridículo en el de “Naranjito” (1982), donde fuimos anfitriones con derrotas ante Irlanda del Norte y una Alemania ramplona, empate y gracias frente a Honduras, “cenicienta” del torneo junto a El Salvador, y victoria sufrida, remontando, a costa de Yugoslavia. No, ni el “fútbol fuerza” ni la “Naranja Mecánica”, por estos pagos apenas mandarina, parecían sentar bien a nuestras estrellas.

Curiosamente Julio, hermano de Pepe Juan (Las Palmas de Gran Canaria 20-VII-1960), también delantero, aunque potente y con menos calidad, tuvo a su alcance el cielo cuando después de cuatro temporadas en 1ª División vistiendo de amarillo, lo incorporaron al Real Madrid sin aquiescencia de Alfredo Di Stefano, entonces entrenador. Como el argentino siempre puso gran celo en marcar a fuego su teórico territorio, apenas se dignaría utilizarlo. Con el agror del fracaso, aquella carrera ascendente dio la impresión de desinflarse. Elche y Club Deportivo Tenerife servirían de prólogo a un rodar por los duros campos de 2ª B durante 7 años. Su retirada profesional se produjo días antes de cumplir los 33 y, por más que un día luciese de blanco inmaculado en el estadio Santiago Bernabéu, nunca dejó de ser, en opinión de los degustadores, el “hermano menor de Pepe Juan”, aquel chico que apuntaba tan alto, viviese un calvario hasta debutar en 1ª y fue víctima de unas normas dudosamente justificables en el marco del Derecho Laboral.




Recusaciones arbitrales: un desahogo por la paz

Antaño, viendo a los árbitros ataviados con su sempiterna ropa negra, cualquier espectador de fútbol poco avezado pudo pensar que estarían guardando luto riguroso. Ya decir verdad, si eso ocurría durante los años 50 y gran parte de los 60, en el pasado siglo, razones tenía el colectivo del silbato para estar de duelo.

Dedicarse al arbitraje, entonces, máxime en categorías modestas, equivalía a la aceptación de agresiones, lluvias de insultos y vituperios cantados a voz en cuello desde el graderío, una suma de insolidaridades, tanto sobre el césped como en los despachos del balón y hasta, en casos extremos, el posible rescate de la Guardia Civil o Policía Armada, con disparos al aire. Todo eso por muy poco dinero y a costa de ser mirados como el garbanzo negro de una fiesta pasional, donde siempre se imponía la víscera al cerebro. Cualquier somero repaso al anecdotario de aquellos trencillas heroicos, puede que hoy día se nos antoje relato surrealista, aun dejando en el tintero las peripecias más abracadabrantes. Se la jugaban, ya lo creo. Y repetían al domingo siguiente, inasequibles al desaliento, tal y como el slogan falangista había inoculado en seseras y corazones. Sin duda, estaban hechos de otra pasta.

Corría la temporada 1954-55 cuando el aún neófito colegiado manchego Muñoz Morales llegó hasta Herencia, dispuesto a pitar un choque de categoría Regional entre dicho club y el Manzanares. Llegada la hora del encuentro, no había rastro ni noticias de los visitantes. Y como la cosa siguiera igual una vez cumplido el plazo límite de cortesía, extendió el acta de incomparecencia. “Bueno, señores -dijo a los directivos del Herencia-, pues abónenme ustedes la minuta”. Poco faltó para que se le rieran en la cara: “Va usted listo si pretende cobrar, cuando no ha soplado siquiera el silbato. Aquí sólo pagamos si hay partido”. Lógicamente sobrevino la discusión. “Que han de hacerlo, hombre, puesto que yo he venido hasta aquí”. “Mire por dónde, yo también estoy aquí y le digo que no va a ver un duro”. “Informaré a la Federación”. “Como si informa al Papa. Y no se ponga gallito, que a lo peor acaba cobrando de otro modo”.

Muñoz Morales tuvo que plegar velas. Y puesto que desde Herencia hasta Alcázar de San Juan no existía medio público de locomoción, se dispuso a cubrir los 12 kilómetros de trayecto a pie. En mala hora, ya que a poco de salir se le hizo de noche y empezó a llover torrencialmente. Con tan tremendo aguacero, la maletita de cartón donde portaba su uniforme arbitral comenzó a reblandecerse, viéndose, de pronto, sujetando sólo el asa de hojalata y con todo el atuendo deportivo por el suelo. ¡Y venga agua y más agua!.

Al tropezar con una caseta de camineros aporreó el portón insistentemente, sin obtener respuesta. La noche, a causa de los nubarrones, no podía ser más completa. Para colmo, la trabilla del pantalón, quién sabe si ante el peso que fue adquiriendo la tela empapada, acabaría rasgándose. Por fin, desde lo alto de una cuestecilla pudo ver las luces de Alcázar de San Juan en la lejanía. Habían pasado dos o tres coches, ciertamente, pero sus enérgicos gestos para detenerlos, unidos al deplorable aspecto que presentaba, sólo se tradujeron en imponentes acelerones. Tres horas después de abandonar Herencia, cuando el diluvio había amainado bastante, alcanzó el casco urbano de Alcázar. A buenas horas, se dijo. Estaba aterido, enfadado consigo mismo y harto de preguntarse por qué diantre se le ocurriría meterse en estos líos. Además, muy consciente de su apariencia sospechosa, prefirió adentrarse por las calles más alejadas. Craso error, puesto que tan pronto se hubo cruzado con el primer guardia, fue conducido al cuartelillo. “¡Qué barbaridad! -remataba el desenlace, entre risas, tiempo después, cuando tanta fatiga devino en anécdota-. ¡Lo que me costó convencer a esos hombres que era un pobre árbitro, a quien las cosas se le habían dado mal en Herencia!”.

Salarios arbitrales, según la circular Nº 5 de la Federación Española de Fútbol, aplicables a partir del ejercicio 1953-54. La relación incluía una errata, pues donde indica 1ª División y torneo que califique, debería recoger 3ª División. Muñoz Morales tendría que haber cobrado en Herencia 100 ptas. escasas.

Salarios arbitrales, según la circular Nº 5 de la Federación Española de Fútbol, aplicables a partir del ejercicio 1953-54. La relación incluía una errata, pues donde indica 1ª División y torneo que califique, debería recoger 3ª División. Muñoz Morales tendría que haber cobrado en Herencia 100 ptas. escasas.

Otras veces los hombres de negro salían peor librados, como ocurrió durante la disputa del último partido correspondiente a la Regional Aragonesa, en mayo de 1954. El Utebo y La Montañesa dilucidaban el título en el campo de los primeros. Y claro, puesto que el once local no lograse arañar sino un insuficiente empate a 2, el partido acabó entre golpes, carreras, patadas y bastonazos. Tanto el señor Escaño Ibáñez, árbitro aragonés, como sus jueces de línea, apellidados Pastor y Costart, tuvieron que ser atendidos en la Casa de Socorro zaragozana. Tras practicárseles distintas curas y cerrar con puntos alguna herida, el juez principal y uno de los auxiliares pudieron ir a sus domicilios. No así el Sr. Costart, cuya rotura del peroné izquierdo exigió hospitalización.

Apenas tres meses antes, en febrero de 1954, el trencilla andaluz López Alamillo, afecto a la delegación de Córdoba, las había pasado de a kilo mientras dirigía el choque Úbeda – San Fernando correspondiente al grupo 6º de Tercera División. Puesto que el informe elaborado por la delegación cordobesa para ser remitido a Sevilla, es lo bastante explícito, huelgan muchos comentarios:

“Cuando el partido iba 1-1 se produjo un ambiente de febril coacción contra el aludido, invadiendo el público el terreno de juego cuatro veces, al punto de quedar interrumpido el partido en una ocasión durante 12 minutos, sin que encontrara el juez de la contienda asistencia protectora, y sin que fuera evitada la acción directa y ruda contra él mismo, a quien se exigió, en dramático clima, que continuara el partido “hasta que venciese el Úbeda”. Así sucedió, prolongándose indefinidamente el encuentro hasta que marcaron los locales”.

Tras el pitido final, aquel hombre fue llevado al cuartel de la Guardia Civil, y más tarde trasladado a Baza, donde, gallardamente, no sólo se negó a entregar el acta, sino que estableció contacto con el Colegio Regional Andaluz y la Federación Sur tan pronto obtuvo conferencia telefónica. Su acta definitiva recogió además, sin ambages, que el resultado definitivo había sido de igualada a uno, “ya que el segundo gol fue logrado fuera del tiempo reglamentario y en prórroga impuesta, acatada ante los riesgos que personalmente corría”.

Por supuesto, habría de darse oficialidad federativa a ese 1-1, imponiéndose al Úbeda la sanción económica habitual para hechos de esta índole. Liviano castigo, por lo demás, como en seguida veremos.

Acertada visión de arbitraje en categorías modestas, a finales de los 40, según el dibujante bilbaíno Luis del Olmo.

Acertada visión de arbitraje en categorías modestas, a finales de los 40, según el dibujante bilbaíno Luis del Olmo.

A tales extremos llegó la inseguridad de muchos colegiados, y tan tremenda fue su indefensión, cuando en campos difíciles disponían por todo amparo de una pareja de la benemérita, o como máximo un cabo y tres números, que desde las distintas Territoriales irían impartiendo instrucciones, resumidas según el viejo aforismo de “por la paz, un avemaría”.

Consecuente con los nuevos postulados, cierto árbitro apellidado López, encargado de lidiar un Linares – Elcano allá por diciembre de 1963, no tuvo inconveniente en conceder un penalti a los locales, cuando el marcador señalaba empate a uno y la temperatura ambiental auguraba bastante más que una simple erupción volcánica. Según el informe del propio colegiado, parece que el penalti no existió, que los jugadores locales se empeñaron en lanzarlo, por más que junto al punto fatídico les advirtiese “que si lo tiraban, no valía”. Y como el portero, muy consciente de que el horno estaba para pocos bollos, tampoco hiciese mucho por atajarlo, el equipo jienense pudo irse al vestuario celebrando su irreal victoria.

Pero he aquí que el conflicto acabaría enredando a dos informadores, con versiones contradictorias de lo acaecido. “Banderín”, corresponsal en Linares, y “Borbujo”, desde la sombra de la Giralda, no escatimaron ni tinta ni papel en la defensa de su particular verdad. El denuedo con que ambos se emplearon llevaría el diario “Marca” a contemporizar, mediante una columna firmada por Ernesto Del Mar. Hecho por demás insólito, tratándose de acontecimientos con carácter muy local: “Por lo que se ve, con el penalti pasó lo que suele ocurrir con las visitas de los niños; que se encaprichan de cualquier cosa y a la hora de la despedida se niegan a devolverla. “Ya te la mandaré mañana, Mercedes; al chico se le pasa la perra en seguida”. Y esto, según el informe, es lo que sucedió el Linares”.

Desde “Marca”, claro está, se decantaron por la versión de Borbujo. En parte porque su relato sobre un acta suscrita con el tanteo de 2-1, invalidada telefónicamente tan pronto el árbitro se consideró a salvo, se antojaba más verosímil. Pero sobre todo porque Borbujo era corresponsal del deportivo madrileño desde la capital hispalense. Tampoco era cuestión de dejar tirado al compañero.

El 30 de octubre de 1966, cierta crónica de la prensa navarra muy bien pudiera sumergirnos en el ingenioso cine de Rafael Azcona y Luis García Berlanga. Rezaba así:

“Un espontáneo de 75 años fue el artífice de la victoria obtenida por el conjunto local en el partido de fútbol de Segunda Regional disputado el pasado domingo, entre el Cabanillas y el Muskaria de Tudela.

El partido transcurría sin que ninguno de los dos equipos pudiese perforar la puerta contraria. En un avance del Cabanillas, un chut a media altura salió desviado tres o cuatro metros a la derecha de la portería. Un espectador de 75 años devolvió la pelota al terreno de juego, mediante un rodillazo, con tan buena fortuna que la jugada sería aprovechada por un delantero del Cabanillas, para anotar el gol de la victoria. La maniobra pasó inadvertida al árbitro de la contienda, Carmelo Ausejo, que dio validez al tanto, entre el estupor de cientos de espectadores imparciales.

Ante la protesta de los seguidores del Muskaria, una treintena de partidarios del Cabanillas se lanzaron al campo, aclamando al árbitro para que no rectificara. El entrenador del Muskaria, Emilio Peinado, saltó también al terreno de juego, intentando demostrar al colegiado su error. Sería agredido y derribado por los excitados hinchas del Cabanillas, mientras el gol subía al marcador.

El Muskaria ha recurrido ante la Federación Navarra, pidiendo sea anulado el encuentro, puesto que la validez del mismo podría traer consecuencias desagradables”.

Al día siguiente una nota de “Alfil” fechada en Tudela, recogía brevemente:

“Esta misma tarde, con ocasión de la intervención del mismo árbitro en la localidad de Murchante, varios aficionados del Muskaria -medio centenar- se han desplazado con el exclusivo objeto de abuchearle. En Murchante se han producido a lo largo del encuentro varios incidentes desagradables”.

Si tuvo que contemporizar mucho el Sr. Carmelo Ausejo, o si como sugiere el texto de “Alfil” pudo salir relativamente ileso, es algo que desconocemos. En todo caso, no parece se viera en la necesidad de pitar el penalti del miedo.

Así bautizó la prensa al “por la paz un avemaría” de no pocos árbitros en peligro. Prensa nacional, incluso, no ya la de ámbito más reducido, susceptible, por ello, de incurrir en juicios parciales. Concluía febrero de 1964 cuando en la provincia pontevedresa, el árbitro Juan Balsa sintió en sus carnes la aguda dentellada del miedo.

El humor de Orbegozo, para un asunto muy serio.

El humor de Orbegozo, para un asunto muy serio.

Ocurrió, en cambio, durante la disputa de un Bueu – Foz, correspondiente al Grupo 1º de Tercera División. Según escrito enviado a la Federación Gallega de Fútbol desde la directiva del Foz, los hechos se desarrollaron así: “Después de señalar penalti contra los locales, y ante la indignación que el cobro de dicha pena causase entre los espectadores, el árbitro se dirigió a Hermida, encargado de ejecutar el castigo, diciéndole textualmente: “Envía el balón fuera, o de lo contrario aquí nos matan”. Hermida, para dar la victoria a su equipo, lanzó el balón sobre el marco, consiguiendo elevar el gol al tanteador. Pero entonces el árbitro, incomprensiblemente, anuló el gol arguyendo fuera de juego. Puesto que no ocurriera ninguno de los casos tipificados en el Reglamento para anular un tanto, y éste se produjera limpiamente, sin rebote en el poste ni pase a un compañero situado en posición ilegal, debió haberse dado por válido”.

Había que tener afición y un arrojo no menos sólido que el de los más bragados toreros. Y Juan Balsa, pese a sus manejos con el penalti, era de los que andaba sobradito. En 1979, 15 años después de su mal trago en aquel Bueu – Foz, ya era un juez muy reconocido por la Territorial Gallega. Y eso, aunque pueda antojarse paradójico, no siempre le reportaba beneficios, tal y como desarrollase “El Correo Gallego” bajo un elocuente titular -“Las penalidades de un árbitro”-, que Víctor Tobío, redactor del medio, justificaba así:

“En 24 horas, tres partidos pitados y sin llevarse nada a la boca. El sábado por la tarde dirigió la semifinal de Juveniles Compostela – Arosa. El domingo de mañana tuvo que desplazarse a Vigo para dirigir la otra semifinal de Juveniles Apóstol Santiago – Atlético Orense. Y por la tarde, sin tiempo material para comer, tuvo que arbitrar el Aguiño – Carreira, con desplazamiento  desde Vigo a Ribeira entre partido y partido”.

Este hombre orquesta del Colegio Gallego también pitó la final de Copa en dicha categoría, el 21 de junio del 79, en las instalaciones santiaguesas de Santa Isabel, choque resuelto por 1-0 a favor del Atlético Vista Alegre. Al término del partido, la directiva anfitriona tuvo el detalle de obsequiar al trencilla y los dos entrenadores con placas conmemorativas, de esas que siempre lucen en una vitrina o sobre el aparador del salón.

Sin duda esa afición se alimentaba de orgullo. Porque lo que es dinero…

Sin salir de Galicia, veamos cómo tradujo en vil metal el propio “Correo Gallego” (año 1968, cuando Juan Balsa purgaba sus días festivos entre gritos, paraguas amenazantes y barro a espuertas) la contabilidad de cierto devoto del silbato, por demás modélico:

“Un árbitro amigo mío, residente en Santiago, me contó sus cuitas hace algunos días. Resulta que como “trencilla” de modestos que es, fue encargado de arbitrar un partido en Órdenes, para lo cual recibió las dietas correspondientes, según sigue:

Para comer…………. 75 ptas.

Viajes………………. 31 ptas.

Arbitraje……………. 50 ptas.

     Total…………… 156 ptas.

De estos haberes, dedujo los gastos que siguen: Dos actas enviadas a la Fed. Gallega de Fútbol, 2 ptas.; 2 actas a la Delegación de Santiago, 2 ptas.; otras 2 actas a cada uno de los equipos, 2 ptas. Cuatro sellos de Correos, 6 ptas. Desgaste de bolígrafo, 0,50 ptas. Comida, 25 ptas. Lavado de uniforme, 30 ptas. Desgaste de equipaje, 15 ptas. Obsolescencia de silbato, 0,50 ptas. Merienda para reponer fuerzas, 25 ptas. Invitaciones para agradecer el “auto-stop”, 50 ptas. Invitación de café a los linieres, 15 ptas. Total de gastos… 173 ptas.

En resumen, mi amigo árbitro registró una pérdida para su peculio particular de 17 ptas. Otra vez tendrá que desplazarse a pie, para que el arbitraje le proporcione algún ahorro”.

Sin ver apenas un duro, bastante hacían apañándoselas con El Penalti del Miedo. ¿Acaso pretendía alguien que los árbitros cayesen con las botas puestas, estando tan absolutamente desamparados desde instancias que deberían defenderlos a capa y espada?. Bastará revisar unas cuantas sanciones correspondientes al ejercicio 1967-68, impuestas por el Comité de Competición madrileño al Socuéllamos, Quintanar, Pedro Muñoz y Getafe, para extraer conclusiones.

“Multar con 500 ptas. al club por lanzamiento de piedras contra el árbitro desde el público, durante varias fases del encuentro”.

“Multa de 700 ptas. al club por lanzamiento de piedras al árbitro durante el partido, resultando alcanzado el mismo”.

“Multa de 1.000 ptas. por lanzamiento de piedras y botellas desde el graderío y agresión al árbitro, siendo el club reincidente en estos hechos”.

Desde luego no se les iba la mano a los jueces de competición, castigando tanta barbaridad. Únicamente 1.000 ptas., la séptima u octava parte de un salario mensual corriente por esos años, hallándose en peligro la integridad física del colegiado, los linieres y cualquier futbolista. Sin duda era preferible que a los trencillas les robasen el reloj, conforme le ocurrió unos lustros antes a Carlos Echevarría, andado el tiempo directivo del Comité Central de Árbitros y a la sazón designado para un Betis de Madrid – Sporting Vallecano, en el desaparecido campo de Las Delicias.

Concluida la primera parte, un sector del público pudo contemplar, extrañado, cómo el juez y sus linieres miraban y remiraban al suelo, sin encontrar nada. Según se supo, al árbitro se le había caído el cronómetro, por rotura de la correílla, y éste no aparecía. Un espectador, entonces, le hizo señas con energía. “Yo he visto cómo un jugador del Sporting Vallecano, mientras el balón estaba en juego, se acercó al público y entregó algo a un conocido”, informó. El espectador con tan buen ojo fue conducido hasta la caseta, para que pudiese identificar al futbolista en cuestión. Al ser reconocido, éste dijo que, en efecto, se había encontrado un reloj, y lo entregó a un amigo para que lo guardase por si aparecía el propietario. De inmediato trataron de encontrar al amigo, pero fue imposible porque, amoscado, prefirió salir pitando. En cuanto concluyó el partido, árbitro, jugador y un guardia partieron hacia el domicilio del “depositario”. Les tocó esperar. Y mucho. O aquel individuo era un juerguista, o tenía motivos para suponer pudieran estar esperándole. Hacia las doce de la noche, con los serenos adormeciendo su pluriempleo en las penumbras más discretas, apareció por fin, sin haber empeñado el cronómetro, quizás al no encontrar un Monte de Piedad abierto. Obviamente tuvo que devolverlo, antes de partir hacia comisaría con su compadre futbolista.

RecusacionesArbitrales04Se entenderá que los árbitros de elite, tras forjar su aprendizaje en un ambiente tan hostil, estaban más que acostumbrados a la indefensión, el ninguneo y las trifulcas. Y a pisar de puntillas, también, para pasar desapercibidos. Característica esta última muy bien aprovechada por los rectores federativos, con el beneplácito, por triste que se antoje, de quienes antaño tuviesen voz en el Comité. Sólo así se explica su acatamiento del disparate que significara el derecho de recusación.

Desde que el fútbol comenzase a concitar devociones y al compás de su creciente potencial económico, las quejas de los clubes por el trato arbitral devinieron en problema endémico. No era lo mismo para las taquillas ocupar puestos cabeceros, que navegar en la mediocridad. Y peor aún, claro, la exposición a un siempre dramático descenso. Por otra parte, salir derrotados en casa o sufrir goleadas sangrantes fuera, podía traducirse en disgusto del público, gritos mirando al palco y exhibición de pañuelos. Siempre había razones para sentirse a disgusto con el desempeño de los trencillas, exigir a tal o cual colegiado y convertir los plenos federativos en una suma de amenazas, llantos plañideros e imputaciones por direccionamiento torticero. Hasta que alguien tuvo la idea de contemporizar, otorgando a los clubes, o para ser más exacto a sus juntas directivas, la facultad de recusar a cuantos considerasen particularmente hostiles, entre el gremio del silbato.

Las recusaciones vinieron a ser, en suma, algo así como un lavatorio de manos en la palangana de Pilatos. Mejor que los clubes tomasen por enemigo al señor de negro, que a los propios federativos. Es más, desde el órgano rector podían presumir de máxima transparencia, porque sólo quien no tuviese nada que esconder podría otorgar a sus afiliados tamaña fuerza coercitiva. Al menos a sus afiliados más señeros, porque este derecho regía tan sólo en el ámbito más profesional.

Los colegiados, rebaño ovino bien pastoreado, ofrecieron muy poca, por no decir ninguna oposición. Se tomaron el hecho de que cualquier club los recusara como una deslealtad más del fútbol para con ellos. Una nueva genuflexión en su viacrucis, silbato al hombro.

Al poco tiempo, en la propia F.E.F. se empezó a entender que la avalancha de recusaciones derivaba en un problema nuevo: el de la falta de árbitros. O en todo caso la dificultar de encajarlos jornada tras jornada, entre los siete u ocho enfrentamientos dominicales. Tuvieron que limitar las recusaciones -a la fuerza ahorcaban- a sólo dos por club y temporada, estableciendo, además, una caducidad temporal suficiente para que antiguos enojos y sofocones se olvidaran, o que éstos hallasen remplazo con nuevas y más dolorosas afrentas. Ello no fue óbice para los presidentes de casi todos los clubes siguieran hablando de “recusaciones a perpetuidad”. Debían creer que así su masa social se sentiría más y mejor vengada.

Probablemente arroje alguna claridad el siguiente cuadro sinóptico, desglosando los recusados por cada equipo de 1ª División la campaña 1967-68, tomada como ejemplo no muy aleatorio.

RecusacionesArbitrales05De los 27 árbitros, sólo 9 podían intervenir en cualquier terreno, al estar limpios de recusación: Cardós, Ibáñez Alarcón, Rigo, Herrero Verdejo, Martínez Banegas, Sánchez Ibáñez, Sánchez Ríos, Oliva y Vilanova. Ni siquiera los más afamados trencillas salían indemnes: At Madrid y Betis tenían recusado a Juan Gardeazábal, y Barcelona y At Bilbao a Ortiz de Mendíbil y Zarquiegui, respectivamente. El Barcelona, por su parte, rizaba el rizo tachando de su lista a 3 de los 4 recién ascendidos desde 2ª División: Camacho, David Aguado y Urrestarazu. El cuarto se libraba, en realidad, por fuerza mayor, puesto que Vilanova Pericás tampoco podía pitarles, al ser colegio catalán. La Real Sociedad, como recién ascendido después de varias campañas en el purgatorio de 2ª, mantenía su casilla a cero. Sin embargo C. D. Málaga y Real Betis, las otras dos novedades en la elite, preferían vengar viejas e hipotéticas afrentas purgando a Barragán y Gardeazábal.

Si comparamos esta situación con la del ejercicio anterior, destaca el cambio drástico del R. C. D. Español, que pasaba de 9 recusados a ninguno. Y eso que orgánicamente tampoco habían cambiado mucho las cosas entre los “pericos”, por más que ocupara su poltrona Juan Vila Reyes, sustituyendo a José Fusté. Vila Reyes, no obstante, había presidido la Comisión Deportiva españolista durante el campeonato 1966-67, distinguiéndose, como tal, con una contundente campaña contra los colegiados, a raíz de la cual sería conocido como “El Rey de las Recusaciones”. ¿Qué había ocurrido, pues, entre la calle Córcega 300 -su sede social- y el campo de Sarriá? Pues sencillamente, que el balón y la plantilla supieron mostrarse generosos con un tercer puesto, por delante de At Madrid, Zaragoza, Valencia y At Bilbao. El Real Madrid, campeón una vez más, tampoco tachó a nadie de su lista. Cuando las cosas ruedan en lo deportivo, antes, ahora, y probablemente en el futuro, los árbitros fueron, son y serán vistos como santísimos varones.

La desmesura que representaba el omnímodo derecho concedido a los clubes, y sobre el uso tan injusto como caprichoso que del mismo hacían, justifica cierta reflexión: el vizcaíno Ortiz de Mendíbil, pese a ser el mejor puntuado durante la campaña 1966-67, era visto casi como un veneno por la entidad “culé”. Zarquiegui, con la segunda puntuación mejor, el maltrecho Gardeazábal, a causa de distintas lesiones (4º), Medina Iglesias (5º), o Pintado (6º), también figuraban en la lista negra. El asturiano Medina Iglesias tachado por cuatro clubes, nada menos. Paradójicamente, Herrero Verdejo (19º), Cardós Sanchís (20º), Ibáñez Alarcón (21º), Martínez Banegas (16º), o Sánchez Ríos (18º), no parecían haber ofendido a nadie. ¿Quién podía ver en aquel tejemaneje una solución, cuando se penalizaba la calidad y salían indemnes los mediocres?.

Humor negro de Néstor, sobre los hombres de luto, fechado en 1970.

Humor negro de Néstor, sobre los hombres de luto, fechado en 1970.

Adolfo Bueno Perales, el recusado por más clubes, había quedado 7º, entre 27, en la puntuación otorgada por los propios clubes, delegados federativos y responsables del Comité. No se lo explicaba, pese a su intento de mostrarse comedido en la entrevista que ofreciese, junto al Ebro y la Pilarica, al reportero Ángel Jiménez. “A tenor de los tanteos registrados en los partidos que dirigí la pasada temporada, con repetida puntuación del visitante, era de esperar que alguien quedase descontento” -se condolía, poniendo también a parte de la prensa en su punto de mira-. “Me ha llamado la atención el modo de titular, refiriéndose a mí como el árbitro menos deseado. No soy ningún leproso para merecer este calificativo en letra impresa. Respecto a las razones, he dirigido encuentros complicados, algunos de rivalidad regional, en los que hubo expulsiones, amonestaciones y penaltis”. Tenía razón. Los cuatro recusantes, At Bilbao, Las Palmas, Pontevedra y Sevilla, perdieron puntos en casa y pecharon con expulsiones. A varios de ellos también los había dirigido en otros choques, logrando entonces favorables puntuaciones, tan sólo porque la feria les fue bien. “Sería más justo esperar una recusación después de tres o cuatro notas desfavorables, pero nunca después de tres o cuatro positivas y una sola negativa”, consideraba, no sin lucidez.

Parecía obvio. Quien desease evitar recusaciones, haría bien contemporizando con los clubes locales, midiendo a los contendientes con distinto rasero y, sobre todo, haciéndose el ciego dentro de las áreas. En suma, mostrándose casero. Puede que la fórmula no bastase para lucir los distintivos de UEFA y FIFA, pero lo mantendría ocupado muchos domingos. Todo ello sin contar con lo que iba a facilitar el trabajo a los del Comité Central. Porque esa era otra. Cuadrar las designaciones semanales, entre tanto recusado, tenía mucho de puzle enrevesado.

Justo desde el inicio de aquella temporada, José Plaza actuaba como regente del Comité sin cobrar una sola peseta, tal y como era norma de la época. Apenas había aterrizado y ya se encontró con un cambio en el método de designación arbitral. Otro más, no menos polémico que el anterior. Y es que desde los albores del fútbol se había ensayado casi todo: Designación directa, matizada, por sorteo, en función de puntuaciones… Los clubes siempre parecían tener motivos de queja y mucho que reprochar, habiendo entre los de negro, conforme se aseguraba, halcones y palomas. Todos querían contar con halcones en campo adversario y palomas en el propio, pero desde bastantes poltronas se aseveraba que tan sólo las entidades pudientes eran favorecidas con semejante don. Por fin, y para colmo, una nueva restructuración federativa iba a restar 12 clubes a la Segunda División, con la consiguiente catarata de descensos en el panorama arbitral. Apenas nada si se compara con otra escabechina todavía borrosa, por más que ya asomase en lontananza: El degüello de nuestra 3ª categoría, hasta reducirla a la mitad.

Todo ello tuvo como consecuencia la aparición de críticas en un colectivo caracterizado por su disciplina espartana. Y hasta algún amago de rebelión.

Antonio Martínez Pirón había sido trencilla durante muchos años, luego presidente del Colegio Extremeño, y en diciembre de 1967 procurador en los tribunales. Galardonado con el título de “árbitro de mérito”, su voz pesaba mucho entre el colectivo pacense. Por ello, sin duda, se decidió a subir el tono por toda la península: “Se intenta convertir a los colegiados en esclavos de los clubes -dijo-. Una inconfesable política ha desplazado a la técnica de administrar justicia”.

José Plaza. Heredó un sistema de designación arbitral que no le gusta y acabó despojando a los clubes de aquel derecho a recusar, tan injusto para el colectivo del silbato.

José Plaza. Heredó un sistema de designación arbitral que no le gusta y acabó despojando a los clubes de aquel derecho a recusar, tan injusto para el colectivo del silbato.

Según su criterio, era como si en la vida civil se reservase a los litigantes y procesados la calificación de jueces y magistrados. ¿Acaso semejante fórmula no cercenaría cualquier asomo de independencia judicial? Para acabar con la tiranía de los clubes y el seguidismo del Comité Nacional, propugnaba se constituyera una Asociación de colegiados antiguos y actuales que, de consuno con los más altos estamentos deportivos, fijase atribuciones, competencia y jurisdicciones, para la organización arbitral. “Porque ahora se les priva de llevar hasta los organismos deportivos a sus legítimos representantes -argumentaba-. No se les permite opinar en asuntos que atañen a su propia vida corporativa. Sus directivos reciben el nombramiento a dedo, sin pulsar siquiera la opinión del conjunto, carecen de defensa, se les impide administrar sus fondos y, en fin, quedan reducidos a subalternos cuando constituyen el único cuerpo técnico del que dispone el fútbol”.

Apuesta peligrosa en 1967, cuando los nombramientos “digitales” constituían norma y el acatamiento una virtud poco menos que teologal. Las asociaciones gremiales, por esa época, veían reducido su papel a lo puramente folclórico, pues para cuestiones de otra índole ya estaba el sindicato vertical. Por supuesto nadie pensaba tolerar agrupaciones vecinales donde imperase un tono reivindicativo. Los escasos grupos que así se postulaban eran tachados de “rojos”, como los curas que con paleta y casco, encaramados al andamio, pretendían esparcir el germen de la justicia social. Curas comunistas, se les llamaba, poniendo en el vituperio tanta descalificación como aroma a azufre. En semejante panorama, los llamamientos del extremeño a “la integridad e independencia para castigar y absolver, sin que nos obliguen a mirar el color de las camisetas antes de aplicar nuestras decisiones”, estaban irremediablemente condenados al fracaso.

Orbegozo con otro de aquellos chistes, que bien pudieran pasar por editoriales.

Orbegozo con otro de aquellos chistes, que bien pudieran pasar por editoriales.

Desde su domicilio en Badajoz (Vicente Barrantes Nº 8) Martínez Pirón llegó a contactar con varios colegiados sin mucho que perder. Los suficientes para animarse a convocar una reunión en Madrid, traducida en fracaso. No sólo le dieron la espalda los más significados hombres del silbato, sino que para cuando viajó a la capital ya le habían arrebatado el título de árbitro honorífico.

Un nuevo conato rebelde fluyendo por los desagües, aunque como casi siempre ocurre con los fracasos, dejaría tras sí algún poso.

Para empezar, los árbitros más modestos vieron acentuarse la intolerancia con respecto a desmanes protagonizados por público y futbolistas. A continuación se hizo ver a los clubes la conveniencia de acabar con las recusaciones, tras haberlas convertido poco menos que una atribución feudal. Y aunque lo entendían, o por lo menos fingían hacerlo, llevó años arrebatarles tan inmenso poder. Además se incrementó el salario de jueces de línea y árbitros principales, hasta las 8.000 ptas. por partido en 1ª División (750 para los linieres), 4.000 en 2ª, con 500 a sus líneas, y 750 en 3ª, con otras 200 ptas. a los hombres del banderín. En los 14 años transcurridos desde 1953, el salario medio español se había multiplicado por ocho, justo la mejora observada para jueces de las dos primeras categorías. Los de 3ª, en cambio, sufrían una tremenda discriminación, puesto que sus emolumentos tan sólo se habían multiplicado por tres.

Cuadro de recusaciones al inicio del ejercicio 1969-70. Puesto que la F.E.F. evitó publicitarlo, semejante aberración deportiva pasó virtualmente desapercibida.

Cuadro de recusaciones al inicio del ejercicio 1969-70. Puesto que la F.E.F. evitó publicitarlo, semejante aberración deportiva pasó virtualmente desapercibida.

Si la elevación de emolumentos arbitrales fue mal acogida por un amplio sector del público, entendiéndola excesiva, las medidas acordadas sobre protección de jueces modestos, aún concitó más quejas. En relación a los primeros, el humorista Orbegozo publicó una viñeta en “Marca” con dos ciudadanos en plena vía pública. “Ahora que han subido el sueldo a los árbitros, podremos gritarles más”, sentenciaba uno.

Las consecuencias de endurecer la mano ante hechos vandálicos se hicieron evidentes cuando, en octubre de 1968, el Juzgado Nº 2 de Vitoria condenó al futbolista Ángel Romero Melón, autor responsable de un delito de lesiones graves a Ezequiel Vicente Bermejo, árbitro del C. D. Vitoria – Michelín disputado en Mendizorroza cuando concluía la temporada anterior. Si la multa de 10.000 ptas. impuesta al jugador lasartearra por blasfemia y alteración del orden público ya resultaba seria de por sí, no lo eran menos los tres meses de arresto mayor y otras 15.000 ptas. como indemnización al trencilla agredido. Dicha sentencia recogía, por cierto, que si el futbolista no estuviese en condiciones de satisfacer al lastimado esta última cantidad, correspondería hacerlo a la Sociedad Deportiva Michelín. El 30 de Noviembre del mismo año, la Federación Valenciana cerraba la salvaje agresión sufrida por el colegiado José Mª Núñez Sánchez durante la disputa de un Benicásim – Castellón, correspondiente al Campeonato de Aficionados, con cinco años de suspensión a Arcadio Ramón. El gobernador civil había impuesto, además, multas de 10.000 ptas. a los jugadores locales José Queral Valverde, Miguel Asín Bernal y Arcadio Ramón, y de 7.000 ptas. a dos vecinos invasores del campo. Al C. D. Benicásim, aparte de aplicarle la máxima sanción económica contemplada en el reglamento, se le cerraba el terreno de juego por cuatro partidos oficiales. Meses más tarde (20-IV-1969) la Federación Castellana de Fútbol, sin que los culpables pasaran por el Juzgado, sancionó a Carmona, capitán del Fuencarral, y a su compañero Paquito, agresores del árbitro Sixto Montero, con multa de 1.500 ptas. y suspensión de ficha indefinida. Quevedo, un tercer futbolista del Fuencarral, pechaba con otras 800 ptas. y 16 partidos de suspensión. Al club, por su parte, se le imponían 500 ptas. de multa como corresponsable de los incidentes acaecidos en el Campo del Gas.

Duras medidas, si tomamos por referencia otras anteriores. Pero escasas, todavía, comparándolas con la vara de medir holandesa, cuya Federación, también durante el mes de abril del 69, suspendió por dos años a 9 jugadores del Opheusden, tras acosar, entre amenazas, al árbitro del partido contra el Nijmengen Boys. Al club, además, se le obligaba a disputar sin público en la grada sus siguientes dos partidos como local.

Vilá Reyes (1925-2007). “Rey de las Recusaciones” durante el Campeonato 1966-67.

Vilá Reyes (1925-2007). “Rey de las Recusaciones” durante el Campeonato 1966-67.

Ya en el terreno anecdótico, al inicio de la campaña 1968-69 nuestro fútbol peninsular contó con el primer juez de piel negra. Se llamaba Lorenzo Bocale Andeme, era de Río Muni, y se había trasladado a Jaén para instruirse en labores agrícolas. Quién sabe si cansado de tanto olivar, o buscando nuevas experiencias, acabó aceptando la invitación de un pariente afincado en la capital donostiarra. Aunque lo suyo, en realidad, era jugar al fútbol, tuvo problemas para compaginar el escaso tiempo libre que le permitía su trabajo con los entrenamientos del Lengokoak. Entonces hizo el curso de la Federación Guipuzcoana y debutó corriendo junto a las líneas de cal, banderín al viento, en el tolosano campo de Berazubi.

Para entonces, el derecho de recusación ya estaba sentenciado. José Plaza, primero desplegando diplomacia y luego sin escatimar dureza, fue haciendo entender a los clubes que calificar con un “cero” a los árbitros se daba de bruces contra el fútbol moderno.

Con respecto a los protagonistas mencionados, hubo de todo. Muñoz Morales, el del chaparrón entre Herencia y Alcázar de San Juan, pese a cuajar como buen árbitro en el área castellano-manchega, no llegó tan alto como anhelara. José Plaza se mantuvo una eternidad como cabeza del Comité Central, esquivando una dignísima dimisión cuando estallase el escándalo de Guruceta en Barcelona, y las durísimas andanadas de José Mª García, dueño de las ondas deportivas en la transición democrática. Gardeázabal, cuya biografía ya asomó a este medio, ni siguiera pudo retirarse al cumplir la edad reglamentaria, por culpa de un cáncer. Ortiz de Mendíbil, árbitro que el Barcelona consideraba incapacitado para juzgarle, no sólo estuvo presente en la final de la Copa Europea que el Ajax de Johan Cruyff hizo suya el año 1969, sino que sería requerido para la Copa Intercontinental disputada en San Siro, allá por octubre, entre el Milán y el Estudiantes de la Plata. Urrestarazu y Camacho fueron designados linieres por la F.E.F. para ese choque tan prestigioso, que ninguno de los tres acabó degustando, por desgracia, puesto que el francés Machin, finalmente elegido, consintió la extrema brutalidad de Poletti, Manera y Aguirre Suárez. Vila Reyes, el “Rey de las Recusaciones”, afirmó el 6 de mayo de 1969, con su Español de Barcelona virtualmente descendido a 2ª División: “Lo que más lamento en mi vida es haberme metido en el fútbol”. Llevaba desembolsados 102 millones de ptas. en 6 años, según su propio testimonio, y la deuda del club alcanzaba los 182 millones. En agosto, al revisarse las cuentas, resultó que en realidad había avalado 90 millones durante los últimos dos años. Para él, sin embargo, estaban por llegar los peores días, puesto que hubo de pasar bastante tiempo encarcelado como culpable de una monumental estafa, mediante el cobro fraudulento de ayudas a la exportación. A Camacho, exfutbolista y colegiado emergente cuando todavía imperaban las recusaciones, luego de saltar de 3ª a 1ª en cinco años y lucir las escarapelas de FIFA y UEFA como internacional, terminó haciéndosele de noche en los 70. Tanto él como López Samper, Antonio Rigo, Pascual Tejerina, Pérez Quintas y Olasagasti, se vieron despojados del uniforme negro, sin luz ni taquígrafos, entre rumores de corrupción.

En mayo de 1975, este medio asturiano convertía en desalmado del “Far-West” al colegiado de Guipúzcoa Olasagasti, tras una mala tarde en Oviedo, acusándolo de acometer “peligrosas provocaciones a 11 deportistas”, “supuesta alteración del orden”, “alteraciones cardiovasculares y faríngeas”, y perpetrar un “grave desafío a 30.000 personas”. Con mucha socarronería, se ofrecía como recompensa el “ascenso a Primera División”.

En mayo de 1975, este medio asturiano convertía en desalmado del “Far-West” al colegiado de Guipúzcoa Olasagasti, tras una mala tarde en Oviedo, acusándolo de acometer “peligrosas provocaciones a 11 deportistas”, “supuesta alteración del orden”, “alteraciones cardiovasculares y faríngeas”, y perpetrar un “grave desafío a 30.000 personas”. Con mucha socarronería, se ofrecía como recompensa el “ascenso a Primera División”.

Durante el invierno de 1969, Adolfo Bueno recibió el impacto de un objeto lanzado desde el público, en el viejo campo de San Mamés, al concluir un At Bilbao – Sevilla. La almohadilla, según unas fuentes, o manzana, a tenor de otras, le acertó en pleno ojo, produciéndole un desprendimiento de retina. Tras varias intervenciones quirúrgicas y pasar consulta con el insigne doctor Barraquer, el preocupante diagnóstico inicial cobraría tintes más optimistas, nunca confirmados del todo. Un mes después del percance, salía por primera vez a la terraza de su domicilio, provisto de gafas de sol. Sus días con el silbato, empero, casi podían darse por terminados. En noviembre de 1970, cuando se ultimaban los preparativos de su homenaje, dio toda una lección de bonhomía, al afirmar: “No guardo ningún rencor. Prefiero verlo como un accidente, que pudo haber sido bastante más grave, pues al árbitro también se le arrojan botellas y piedras. Mala suerte”. Nadie hubiera podido criticarle una actitud más beligerante, cuando llevaba un año sin poder trabajar, apenas distinguía sombras con el ojo lastimado y la incapacidad laboral, no ya para el arbitraje, sino en su actividad profesional, emergía amenazante. Una tarde, por fin, reapareció vestido de negro y silbato en la boca. Algo así como el canto del cisne, porque sus mejores días sobre el césped ya formaban parte del pasado.

Fueron moviditos los años 1968 y 69. Muy, pero que muy moviditos en materia arbitral. Y eso que a este lado de los Pirineos nadie era tan realista como para pedir lo imposible. París, con su revolución de mayo, quedaba lejos a los españoles de entonces, incluido el colectivo arbitral.

Casi tan lejos como la como la luna, todavía sin conquistar por Armstrong, Aldrin y Collins,  astronautas del Apolo XII.




La muy discutible categoría internacional “Olímpica”

No hace mucho, durante una jugosa conversación con Jorge Valverde, magnífico documentalista e historiador del fútbol asturiano, surgió el espinoso tema de las internacionalidades “Olímpicas”. “Es absurdo citar a Fulanito o Menganito como internacional Olímpico -debatía él, y yo mostraba mi acuerdo-. ¿Desde cuándo una competición otorga rango y categoría a quienes en ella participan? Si así fuere, tendríamos que hablar de futbolistas “coperos”, o hasta “veraniegos”, aludiendo a quienes disputaron aquellos torneos de pretemporada tan abundantes un par de decenios atrás”.

Imposible defender una posición contraria, puesto que, en efecto, no distinguimos entre internacionales absolutos, “mundialistas” o “uefos” -con perdón del término- aludiendo a quienes compitieron en los torneos globales o continentales para selecciones nacionales. De igual modo, tampoco se habla sobre jugadores “champion”, “libertadores” o “universales”, para distinguir intervenciones en la Champions League, la Copa Libertadores o el Mundial de Clubes. Si acaso, a la hora de glosar la trayectoria deportiva de tal o cual estrella, añadiremos al cómputo total de participaciones alguna frase tipo: “de ellas “X” partidos del Campeonato Mundial”, “Y” de la Copa de Europa, y “Z” correspondientes al Mundial de Clubes”. El amigo Valverde, ya lanzado, argumentaba: “Pues por la misma razón, habrá internacionales absolutos, Su-21, Sub-19, ó Sub-17, y hasta “Sub-23”, ¿pero considerar “olímpicos” a quienes ni siquiera estuvieron presentes en unos Juegos, porque su selección quedó eliminada en la ronda previa?”.

Ahí, precisamente ahí, radica el problema de los “internacionales olímpicos”. En su dificultad de encuadre. Porque si hubo una competición bastarda, reñida con cualquier principio de equidad y tramposa respecto al movimiento olímpico, en teoría tan beligerante por cuanto a la pureza amateur, esa fue la del fútbol desde que el historiador y pedagogo galo Pierre de Coubertin decidiese recuperar del clasicismo griego los Juegos Olímpicos.

Vaya por delante que nuestro deporte rey no estuvo presente, al menos de forma oficial, en los primeros Juegos. Aun sin el imprescindible apoyo documental, parece sí rodó el balón en Atenas (1896), entre un combinado ateniense y otro de Esmirna, entonces imperio otomano, resuelto con victoria turca. Y al menos otro en que una formación nórdica aplastó a los “sportmen” de Esmirna. París (1900) y Saint Luis (USA), en 1904, albergaron choques de exhibición nunca reconocidos por nadie, pese a que el Comité Olímpico Internacional, tan dado a desdecirse y enmendar errores con alardes de arbitrariedad e incongruencia, diese por buenas, muy a posteriori, las medallas otorgadas a equipos de Bélgica, Francia, Canadá, Inglaterra y Estados Unidos, contendientes en aquellas dos lejanas ediciones. Fue en los Juegos de Londres (1908) donde Dinamarca y Francia se enfrentaron oficialmente por primera vez, no ya en una “Olimpiada”, sino en el primer torneo internacional de fútbol así reconocido. Los daneses golearon al débil equipo galo por 9-0 en el estadio Shepard Bush (19-X-1908), partido que pasaría a la historia, aunque días después el medallero se lo repartiesen el Reino Unido (oro), Dinamarca (plata) y Holanda (bronce). España no intervino hasta 1920, en Amberes. Y ese primer partido de los nuestros en los IV Juegos Olímpicos, ante Dinamarca (29-VIII-1920, en Bruselas), supuso al mismo tiempo el debut del recién creado equipo nacional. Ricardo Zamora, Luis Otero, Mariano Arrate, José Samitier, Belauste, Eguizábal, Pagaza, Félix Sesúmaga, Patricio Arabolaza, Pichichi y Acedo, se impusieron por un ajustado 1-0, siendo el irunés Patricio autor del gol, luego de que durante el primer tiempo ya se le hubiera anulado otra diana. Los belgas, finalmente, serían medalla de oro. España, con la de plata festejada como un gran logro, dejó por detrás a Holanda (bronce) e Italia, cuartos, sin metal y con gran desconsuelo.

Equipo español que acudiría a los Juegos Olímpicos de Amberes. Aquellos partidos de fútbol contaron siempre como internacionalidades absolutas.

Equipo español que acudiría a los Juegos Olímpicos de Amberes. Aquellos partidos de fútbol contaron siempre como internacionalidades absolutas.

Por supuesto allí actuaron nuestros mejores hombres, los que Julián Ruete, José Ángel Berraondo y Paco Bru, triunvirato de seleccionadores, eligiesen entre lo más granado del panorama nacional. Nuestro balompié era todavía estatutariamente “amateur” y eso lo libraba de cualquier impedimento, como el que imposibilitaba acudir a los “pros” británicos, precisamente por eso, por vivir en exclusiva del balón.

A partir de 1924, el torneo “olímpico” de fútbol ya iba a ser organizado por la FIFA. Y en esos juegos Italia se tomó cumplida venganza, imponiéndose a España por 1-0. Corría 1926 cuando nuestros clubes acordaron abrazar el profesionalismo, pese a que para entonces ya hubiese varios profesionales encubiertos, aún a riesgo de pechar con dos años de descalificación si el subterfugio acababa saliendo a la palestra. En teoría, ese estatus profesional debería dejar fuera de los Juegos de Ámsterdam (1928) a nuestros mejores futbolistas, a tenor de la pureza “amateur” preconizada desde el COI. Sin embargo, no fue así. Pedro Vallana, Ciriaco Errasti, Jacinto Quincoces, Amadeo Labarta, Pachi Gamborena, Luis Regueiro, José Mª Yermo, Antero González o Paco Bienzobas, ¿acaso no iban a ser destacadísimas figuras en el Campeonato de Liga que echaría a rodar pocos meses después? Faltaban Quesada, Peña o Gaspar Rubio, muy cierto, componentes todos ellos, junto con Ricardo Zamora, de la selección habitual por esa misma época, pero nuestro once distaba mucho de ser una agrupación “amateur”. De nuevo, aquella era una formación de internacionales absolutos, no de internacionales “olímpicos”.

Los Juegos de Los Ángeles, en 1932, habrían de representar para el fútbol con aros un antes y un después. La FIFA acababa de crear su propia competición universal, el Mundial de Fútbol, cuyo primer campeón (1930) había sido Uruguay, precisamente la selección vencedora en los dos últimos Juegos Olímpicos. Y entre que el fútbol apenas si gozaba de algún predicamento en los Estados Unidos, y que desde el máximo organismo rector del balón no gustaba la idea de engordar a la competencia olímpica, los norteamericanos se quedaron sin fútbol en su alarde. Éste volvería en Berlín (1936), para que el III Reich alimentase su megalomanía aria con un oro, la Italia de Mussolini se resignase al premio de consolación y Austria, sobre cuya capital se cernían sombras negras a paso de oca, luciese el bronce. Fiesta grande para el fascismo, cuando los jerarcas de este movimiento se sentían llamados a implantar un nuevo orden a costa de libertades, vidas, y proscripción de la individualidad. Luego un viento de locura se enseñoreó de Europa y nada volvió a ser como antes. La Unión Soviética extendió su influencia por medio continente. Una Alemania partida en dos lamía heridas. Italia, gracias al Plan Marshall, procuraba renacer. España, aislada y ruinosa, sin combustible y mal alimentada, pagaba a sus futbolistas lo que apenas nadie se atrevía a soñar, pese a que luego, midiéndose ante quienes no fuesen los vecinos portugueses, acreditaran estar muy por debajo del potencial atribuido. Cundo unos nuevos Juegos volvieron a celebrarse, el mundo asistiría a una representación burlesca del olimpismo, consentida desde dentro.

Tanto en la Unión Soviética, como en sus satélites del Telón de Acero -Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Yugoslavia y República Democrática Alemana- no se reconocía la profesionalización del deporte, pese a que todas sus estrellas se dedicaran a él por completo. Sorteando el precepto olímpico que impedía a sus competidores incluso el cobro de cantidades en concepto de enseñanza o monitorización deportiva, el régimen comunista colocó en fábricas, industrias petrolíferas o algodoneras, y sobre todo en el ejército -no con salarios de sargento, sino de capitán hacia arriba- a los mejores atletas, gimnastas, nadadores y futbolistas. Obviamente ninguno de ellos pisaba otras instalaciones que las deportivas. Los estados se consideraban sobradamente retribuidos con sus laureles, medallas y títulos, luego de que la antigua propaganda bélica desaguara en otra no menos efectiva, sustentada en la universalización del olimpismo. Dicho de otro modo, los fiduciarios de Moscú competían con sus mejores equipos, y eso resultaba por demás sangrante en el fútbol, donde la profesionalización había alcanzado su máximo esplendor.

Quienes más y con mayor vehemencia hubieran podido protestar ante tamaña trampa, dada su potencia económica y política -es decir los Estados Unidos-, optaron por no agitar las aguas. Bien mirado, tampoco es que su atletas, nadadores, baloncestistas y gimnastas, cumpliesen al cien por cien el primer mandamiento olímpico. Todos ellos procedían del deporte universitario, luego de haber ingresado en Berkeley, UCLA, Yale, Stanford, Auburn, Duke, o Georgetown, becados no por su capacidad intelectual, sino ante lo que deportiva y publicitariamente podían aportar. ¿Acaso no era aquello una cuantiosa retribución en especie? ¿No partían con una ventaja abismal respecto a los atletas africanos, los universitarios europeos sin beca, o por no apartarnos de la piel de toro, si los comparásemos con la absoluta precariedad del pertiguista Ignacio Sola o el mediofondista Mariano Haro? Nadie protestó formalmente. Ni desde el otro lado del océano, ni en Europa, ni mucho menos desde un continente asiático convulso y en buena medida tutelado por las dos potencias hegemónicas.

Durante el periodo de Samaranch al frente del COI, se restituyó medallas y honores a la memoria de Jim Thorpe. Mantener aquella antigua injusticia hubiera sido un enorme disparate, cuando el movimiento olímpico abrazaba sin falsos pudores un profesionalismo descarado.

Durante el periodo de Samaranch al frente del COI, se restituyó medallas y honores a la memoria de Jim Thorpe. Mantener aquella antigua injusticia hubiera sido un enorme disparate, cuando el movimiento olímpico abrazaba sin falsos pudores un profesionalismo descarado.

El COI, que tanta contundencia exhibiera ante la debilidad de Jim Thorpe, campeón en pentatlón y decatlón (Estocolmo 1912), luego de que se publicara su paso por ligas menores de béisbol un par de años antes, permaneció impasible. Al desvalido Thorpe fue fácil despojarle de medallas y honores, máxime teniendo en contra al propio Comité Olímpico Norteamericano, presumiblemente contaminado por el racismo tan en boga desde Boston a Georgia, Kansas y New México, hace un siglo. Por las venas de Thorpe, junto con sangre francesa e irlandesa, corría también la de dos naciones indias: Sac y Fox, por vía paterna, y Potawatomi por la materna. La denuncia del olimpismo estadounidense, además, llegaría una vez transcurridos los 30 días siguientes al cierre de aquellos Juegos, los que el reglamento contemplaba como límite a cualquier recurso. Y aun así, el mejor atleta del mundo, tal y como lo definiera el monarca sueco al felicitarle, sería considerado un tramposo. Después de estirar hasta la cuarentena toda su cuerda deportiva, compitiendo en ligas segundonas de fútbol americano y béisbol, cuando no de tercer rango, el amerindio alternaría empleos de extra cinematográfico, marinero, vigilante de obras y peón con pico y pala, hasta expirar en la miseria, alcoholizado. Para mayor bochorno, su caso no era distinto al de otros universitarios que aprovechando el verano se incorporaban a distintas ligas, con dólares de por medio.  Sólo que éstos lo hacían mediante una falsa identidad, y Jim actuó a pecho descubierto.

En octubre de 1982, bajo mandato de Juan Antonio Samaranch y cuando el depurado llevaba 29 años en su tumba, el COI aprobó restituirle lo que jamás debieron haberle arrebatado. Y todavía en un ejercicio de fariseísmo supino, el 27 de mayo de 1999 la Cámara de Representantes de los EEUU declaraba Atleta del Siglo a Thorpe. Pues bien, durante los años 50 y 60, a tenor del frágil equilibrio geopolítico, fruto de la Guerra Fría, el olimpismo prefirió no enredarse en complicaciones. Cualquier gesto podía hacer que un nuevo y más serio conflicto internacional estallase. Los zapatazos de Kruschev en las Naciones Unidas, la llegada de un pirómano a la Casa Blanca, el virus comunista prendiendo en Corea, aquel amago de instalar en Cuba misiles soviéticos, con el imperio del dólar como objetivo… Hubiera sido temerario para el deporte cualquier intento de enmendar la plana a unos políticos empeñados en mirar el medallero no con curiosidad, sino como haría cualquier magnate con la tabla de cotización bursátil.

El fútbol olímpico fue perdiendo interés en los países de Europa Occidental y Sudamérica, justo donde más desarrollado estaba, a raíz de su profesionalización. Hasta 1948, no volverían a vivirse otros Juegos. Y aquellos de Londres, sin presencia soviética y con una Europa a medio desescombrar, tuvieron mucho más de ejercicio voluntarista que de festival físico. Alemania y Japón, enemigos del bloque aliado en la reciente guerra, ni siquiera participarían, al no ser invitados. La holandesa Fanny Blankers-Koen, que saliera de vacío 12 años antes en Berlín, se erigió en reina gracias a sus cuatro medallas en 100 y 200 metros lisos, 80 metros vallas y 400 metros con relevos. La barbaridad bélica se había comido literalmente a una generación, y ello posibilitó, sin duda, su rotundo éxito con 32 primaveras a cuestas y muchas privaciones durante el inmediato pasado. Respecto al fútbol, junto a formaciones endebles como las de Luxemburgo, Afganistán, Egipto, India, Corea, Estados Unidos o China, y otras grisáceas como Irlanda, Austria, Francia o México, los países nórdicos casi coparon el podio. Italia cayó en cuartos de final y Gran Bretaña en semifinales, ante Yugoslavia, luego medalla de plata. Suecia se hizo con la de oro y Dinamarca con el bronce. Por supuesto, italianos y británicos presentaron equipos “C” o “D”, carentes de cualquier figura.

Puskas, estrella en los Juegos Olímpicos, con una selección de internacionales absolutos.

Puskas, estrella en los Juegos Olímpicos, con una selección de internacionales absolutos.

Helsinki (1952) coronaría a la selección húngara, flanqueada en el podio por Yugoslavia y Suecia. Ferenc Puskas, estrella de los magiares, tenía 25 años, llevaba 9 compitiendo en 1ª División y era internacional desde los 18. Junto a él se alineaba un imponente racimo de glorias: Bozsik, Budai, Buzanzsky, Zoltan Czibor, Grosics, Zakarias, Sandor Kocsis, Kovacs… En Melbourne (1956) la Unión Soviética se hizo con el oro, Yugoslavia repitió plata y a Bulgaria, que se impuso a la selección india en el partido de consolación, correspondió el bronce. Lev Yashine, la “Araña Negra”, próximo a cumplir 27 años cuando la prensa lo alzase en triunfo, tampoco era ningún neófito. En los Juegos de Roma (1960), Yugoslavia por fin lograba colgarse el oro. Dinamarca, sorprendente verdugo de Hungría en semifinales, conquistaba la plata. Los húngaros, imponiéndose a una prometedora Italia donde afloraban Burgnich, Salvadore, Trappatoni o Gianni Rivera, arañarían el bronce. De nuevo la URSS encabezaba el medallero con 43 de oro sobre un total de 103, aplastando a los Estados Unidos, con sólo 71, de ellas 34 oros. Ensanchaba la zanja desde Melbourne, donde la URSS sólo pudo imponerse a los norteamericanos por una diferencia de 24.

Para entonces el fútbol olímpico apenas interesaba a nadie en occidente. Ni a las Federaciones, en algún caso por repugnancia a hincar la rodilla ante los soviets, ni a los gobernantes, temerosos de que una humillación ante teóricos “amateurs” diese alas a cuantos reclamaban medidas contra los desafueros económicos de un fútbol sin control. Italia habría de pechar con ello cuando la selección yugoslava de Dragan Dzajic puso a los “azzurri” contra las cuerdas, no en el torneo olímpico, sino en competición europea. “Los millonarios del “Calcio” impotentes ante once deportistas de verdad”, tituló la prensa transalpina. “Goliat humillado ante un David sin complejos”. O “Yugoslavia demuestra que en el fútbol no sólo cuenta el dinero”. Frases redondas, nacidas del enojo, que tampoco respondían del todo a la verdad. Porque esos yugoslavos no eran, ni muchísimo menos, “deportistas puros”. Poco antes, el Real Madrid había sudado tinta para imponerse al Partizan de Belgrado (2-1) y alzarse con su sexta Copa de Europa. Ni uno sólo de aquellos futbolistas balcánicos tenía que doblar la cintura ante una fresadora, lucir bata blanca en el laboratorio, ponerse al volante de un camión, palear heno, tiznar sus manos de grasa, como mecánicos o ferroviarios, ni pisar cuarteles, si no era para recibir homenajes. Todos vivían del balón, aunque sus emolumentos, a diferencia de cuanto ya entonces se pagaba a las figuras en Milán, Turín, Barcelona o Madrid, no representasen por temporada lo que 30 ó 35 anualidades para cualquier dignísimo menestral. Y por supuesto, ninguno hubiese dado su negativa al “Calcio”, la Bundesliga, o los campeonatos de España, Bélgica o Inglaterra, si el gobierno de Tito no lo tuviese taxativamente prohibido.

España, que estuvo presente en el Campeonato Mundial de Italia (1934) para caer ante los anfitriones en un choque de desempate, y volvería a hacerlo en Brasil (1950), celebrando la cuarta posición, no iba a dejarse caer por unos Juegos Olímpicos hasta los de México, en 1968, después de que Hungría, con un global de 5-1, impidiese a nuestro combinado durante las eliminatorias de acceso, cuatro años antes, poner rumbo hacia Tokio. Para entonces ya se había autorizado la alineación de profesionales encubiertos, considerando “amateurs” a los menores de 23 años, sin que importara en qué categoría compitiesen. Por supuesto existían aficionados no espurios en 3ª División, la 4ª inglesa o la Serie C-2 italiana, y hasta uno, en Mallorca, con ficha de 2ª que, a dedicado a negocios de hostelería, donaba el importe íntegro de su contrato a organizaciones benéficas mientras competía por puro placer. Y, además, otros aficionados de conveniencia con ficha expedida por la Española, para ahorrar a sus clubes una buena partida de pesetas, o ni eso siquiera, pues aparte de lo contemplado en el contrato oficial solían pactarse a manera de complemento distintas cantidades opacas. Esta era una jugada con riesgos. Primero porque el futbolista “amateur” podía firmar con cualquier otro equipo cada fin de temporada, al no estar sujeto al leonino derecho de retención. Y segundo porque cuando esto ocurría, desde el club desairado solían llover denuncias que el ente federativo zanjaba, por lo común, con fórmulas salomónicas. El guipuzcoano De Diego estuvo unido al Real Oviedo por uno de esos contratos, y cuando desde el Real Madrid le deslizaron una oferta hizo las maletas. Los ovetenses, poco dispuestos a no hacer caja con el correspondiente traspaso, adujeron ante la FEF que su jugador, en realidad, no era menos profesional que otros componentes de la plantilla. Esfuerzo inútil, puesto que los azulones saldrían del trance con una sanción económica, unida, eso sí, a otra de suspensión para el jugador, que a la postre perjudicaba a quienes acababan de contratarlo.

Los “olímpicos” de México en 1970, derrotaron a Brasil (1-0) y Nigeria (3-0), antes de firmar un empate a cero con Japón. Luego, en cuartos de final, sucumbirían ante los anfitriones por 2-0. Y quede, como curiosidad, que en el once azteca formaba Luis Regueiro, hijo del internacional español exiliado durante la Guerra Civil, junto con otros compañeros del Euskadi. Entre los seleccionados españoles figuraban Pedro Valentín Mora, Espíldora, Ochoa, Gregorio Benito, Juan Manuel Asensi, Crispi, Jaén, Ortega, Garzón, Pepe Grande… Todos profesionales a tiempo completo, fuere en el Barcelona, Español, Real Madrid, Córdoba, Sabadell, o en el caso de Asensi a medio mudar la camiseta del Elche por la azulgrana del Barça.

Juan Manuel Asensi Ripoll. “Olímpico” cuando nadie podía poner en duda so condición de profesional opíparamente remunerado. La selección que España llevase a México, en 1970, pudiera corresponder a un elenco “B”, pero ni remotamente “amateur”.

Juan Manuel Asensi Ripoll. “Olímpico” cuando nadie podía poner en duda so condición de profesional opíparamente remunerado. La selección que España llevase a México, en 1970, pudiera corresponder a un elenco “B”, pero ni remotamente “amateur”.

Hungría, nuevamente, regresó del Distrito Federal con el oro, Bulgaria se llevó la plata y Japón el bronce, imponiéndose contra pronóstico a los mexicanos en el partido por el tercer y cuarto puesto. Dezsö Kovak, zaguero del Ferencvaros unánimemente considerado mejor jugador del torneo, con 29 años bien cumplidos sumaba su tercera medalla olímpica, después del bronce en 1960 y otro oro en el 64.

Múnich (1972), elevaría a Polonia a los altares. Un equipo fabuloso, acaudillado por Kazimierz Deyna, con Gorgon, Szymanowski, Gadocha o Lubanski, como imprescindibles escuderos. Dos años después, aquel equipo reforzado con Lato, Szarmach y Zmuda, lo bordaba en el Campeonato Mundial hasta salir con un tercer puesto que, a tenor de su juego, supo a poco. Hungría (plata), y la Unión Soviética y Alemania Oriental compartiendo el bronce, por haber igualado a 2 en el choque de consolación, compusieron un podio para enmarcar en el Telón de Acero.

Poco cambiaron las cosas en la siguiente convocatoria. Alemania Oriental, Polonia y la URSS, se repartieron por este orden los tres metales de Montreal. Brasil, todo un referente universal, sólo pudo ser cuarto, aun contando con Zé Carlos, Mauro y Edinho. En Moscú (1980), unos juegos descafeinados por el boicot estadounidense, al que se sumaron un puñado de países europeos, más de lo mismo. Fue aquella una espantada en toda regla, sustentada en razones políticas. La derrota de Los Ángeles, en su pretendida organización de los Juegos, unida a la intervención del Ejército Rojo en territorio afgano, justificó el toque a rebato desde Washington. Checoslovaquia acabaría vistiéndose de oro, Alemania Oriental de plata y la URSS con un bronce por demás decepcionante. Todo aquel medallero, ante tamaña deserción, iba a quedar para la historia como suprema conquista del bloque soviético: La URSS 195, DDR 126, Bulgaria 41 y Cuba 20, de ellas 8 oros, encabezaron la lista. Italia con 15, aunque de ellas 8 en oro, ocupó el 5º escalón, por delante de Hungría y Rumanía. Francia y Gran Bretaña sólo pudieron ocupar los puestos 8º y 9º. Formidable inyección propagandística para la Unión Soviética y sus satélites.

El equipo de fútbol español, eliminado en la fase previa, a última hora lograría desfilar en la ceremonia de apertura, ante las renuncias de Malasia, Egipto y los Estados Unidos. Pero muy bien pudo haberse ahorrado el viaje, porque los nuestros acabarían cayendo en la primera fase, pese a no carecer de buenos elementos. Paco Buyo, Agustín Rodríguez, Urquiaga, De Andrés, Ramos, Gajate, Joaquín Alonso, Víctor Muñoz, Marcos Alonso, Urbano, Poli Rincón, Manolo Zúñiga y Paco Güerri, acabarían convirtiéndose en longevas y muy cotizadas piezas de primer nivel, por más que durante aquellos Juegos aún estuviesen pendientes de cuajar.

En Los Ángeles (1984), el bloque soviético quiso vengar la afrenta con otra deserción colectiva, utilizada desde el otro lado para sacar pecho. Si los comunistas no iban -se dijo-, sería por miedo a que sus atletas pidieran, y obtuviesen, asilo político. Y el caso es que, sin los habituales dominadores del torneo futbolístico, Francia pudo hacerse con el oro, Brasil con la plata y una Yugoslavia ya bastante distanciada del Kremlin, con el bronce. Cuando las aguas volvieron a su antiguo cauce, en Seúl, La URSS se apropiaría del oro, dejando la plata para Brasil y el bronce a los alemanes federales. Barcelona, en fin, entregó su oro al seleccionado español, contentándose Polonia y Ghana con la plata y el bronce.

Para entonces, Juan Antonio Samaranch había hecho de los Juegos Olímpicos un campo sin puertas ni alambre de espino, refractario a los falsos pudores o, lo que venía a ser igual, abierto casi de par en par al profesionalismo. Si los atletas más famosos aceptaban jugosísimos contratos publicitarios, recibían elevados fijos por estar presentes en mítines y premios de fábula con cada récord superado, ¿cabía poner obstáculos al fútbol, por ejemplo? El sueño de Samaranch y su cohorte, aún llegaba más lejos. Querían hacer del ciclismo olímpico una especie de campeonato mundial, con todos los astros del Giro, las grandes clásicas y el Tour. Del tenis otro “Grand Slam”, muy superior a la Copa Davis. Albergar una selección de la NBA en baloncesto. Y del fútbol algo semejante a un nuevo Mundial, donde Brasil, Inglaterra, Argentina o Italia, pudieran acudir con sus mejores galas. Pero ahí tropezaron con el veto de la FIFA. Una cosa era que el Comité Olímpico intentase hacer caja, y otra dejarse arrebatar la gran tarta deportiva, el control sobre la mejor ponedora de huevos de oro en el universo. El mensaje al COI no ofreció dudas: Si aquello era un reto, ya podían despedirse del fútbol en los Juegos.

Por supuesto, la sangre no llegó al río. No suele derramarse nunca entre apostadores profesionales, tahúres, políticos, o mandatarios deportivos. Todo podía seguir casi igual, con algún retoque, si acaso, como hacer extensiva la norma Sub-23 a todos los contendientes, incluidos los del bloque soviético. Un buen modo de igualar fuerzas, de hacer más justa la competición, aunque resultara obvio no iban a dar su brazo a torcer ni Moscú ni sus satélites. El momento económico y político, sin embargo, favorecía claramente al olimpismo. La Unión Soviética daba inequívocas muestras de debilidad, con una economía en bancarrota. Ya no era la potencia de antaño, por mucho que conservara arsenales atómicos. Su influencia en África formaba parte del pretérito, la India emergía, el gobierno chino bocetaba pasos dubitativos hacia un neocapitalismo de estado, e incluso Europa, desunida, perdía su antiguo respeto hacia el Kremlin. La Perestroika, en fin, no iba a ser sino epitafio para una fallida revolución anticapitalista.

Selección campeona en los Juegos de Barcelona. Toni, López, Luis Enrique, Abelardo, Kiko, Berges, Alfonso, Guardiola, Lasa, Ferrer, Solozábal… ¿Alguien podía poner en duda su condición de futbolistas de elite?

Selección campeona en los Juegos de Barcelona. Toni, López, Luis Enrique, Abelardo, Kiko, Berges, Alfonso, Guardiola, Lasa, Ferrer, Solozábal… ¿Alguien podía poner en duda su condición de futbolistas de elite?

El COI saldría triunfante, sin humillar a los vencidos, conforme hubiese recomendado hasta el peor estratega. En adelante, el fútbol olímpico iba a ser Sub-23, con un par de incrustaciones, como máximo, de jugadores con tope en los 27 años.

En Atlanta (1996), Nigeria obtuvo el oro, Argentina la plata y Brasil el bronce. A los antiguos dominadores del torneo casi no pudo vérselos, pues únicamente Hungría logró colarse entre los 16 clasificados, para perder todos sus partidos ante Nigeria, Brasil y Japón. Con los argentinos se alinearon Fabián Ayala, Claudio “El Piojo” López, José Antonio Chamot, Matías Almeyda, Diego Pablo Simeone, Hernán Crespo, “El Burrito” Ortega, Marcelo Gallardo, Pablo Caballero… Y en Brasil los Roberto Carlos, Bebeto, Flavio Conceiçao, Juninho, Rivaldo, Marcelinho Paulista, Luizao, y Ronaldo Luis Nazário de Lima, entonces todavía “Ronaldinho”. Si en Barcelona la vieja Unión Soviética sometida a su desmembración compitió como Comunidad de Estados Independientes, los Juegos de Atlanta vieron desfilar a Rusia, Ucrania, Kazajstán, Bielorrusia, Armenia, Uzbekistán, Azerbaiyán, Letonia, Lituania… Y tras la Guerra de los Balcanes, la derrotada Yugoslavia ya no incluía a eslovenos y croatas.

Sídney, en vísperas de que expirase el siglo XX, condecoró con el oro a Camerún, a España con la plata y a Chile con el bronce. Entre los españoles figuraban varios futuros campeones mundiales y de Europa, junto a figuras por demás emblemáticas: Capdevila, Marchena, Albelda, Xavi Hernández, Pujol, Angulo, Albert Luque, Tamudo… Ni de la antigua apisonadora oriental, ni de los viejos conceptos de olimpismo, quedaba nada. El añejo axioma de “más alto, más fuerte, más rápido”, parecía haber mutado en otro más corto, al compás de sucesivos escándalos por doping: “Todo por el dinero”.

No, no cabe hablar de internacionales “olímpicos”. Pero tampoco Sub-23, porque dejaríamos fuera a quienes frisando los 27 años un día hicieron el paseo inaugural. En Hungría, Polonia, Bulgaria, Rumanía, o las antiguas Checoslovaquia, Yugoslavia o Unión Soviética, los internacionales olímpicos son sólo internacionales absolutos, del mismo modo que a Ricardo Zamora, Samitier, Belauste, Sesúmaga, Quincoces, Luis Regueiro, Vallana o Patricio, nadie descuenta sus comparecencias en Amberes o Amsterdam. Queda, además, el espinoso asunto de quienes sólo intervinieron en torneos preolímpicos. Entre ellos hubo Sub-21, Sub-23, y hasta “amateurs” de edad provecta. Todos fueron internacionales, sobre ello no hay duda.

Aunque sigamos sin decidir dónde encuadrarlos.




La Maravilla Elástica

El viernes 24 de mayo de 2019, a los 89 años, falleció Manuel Pazos González, excelente portero y el futbolista deportivamente más longevo entre todos los españoles que han pasado por nuestro Campeonato de 1ª División. La prensa nacional, sin embargo, apenas dedicó una decena de líneas insustanciales, de corta y pega, a su despedida definitiva. Injusto desdén, aunque lamentablemente lógico, cuando absortos más que nunca entre aromas de fútbol y mucha salsa rosa, al minuto y resultado de Mbapé, Neymar, Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos o Guardiola y sus lazos reivindicativos, para el “aficionado” medio de nuevo cuño los decenios del 50 y 60 en el pasado siglo suenan a medioevo. Y algo tendrá que ver, también, el hecho de que demasiados informadores conviertan a “Google” en su único y deficiente archivo. “Lo que no está en Google no existe”, se asegura sin sonrojo, obviando que el buscador ofrece mayoritariamente una suma de repeticiones y lugares comunes, muy pegados al presente. Pazos también está en “Google”, pero escondido, atrincherado en las hemerotecas. Seguir su rastro entre tanta página desvaída y amarillenta resulta laborioso, cuando no frustrante. Por Dios, ¡qué trabajo!, en plena dictadura de la inmediatez. Y sobre todo, menudo engorro, cuando casi toda la digitalización a partir de microfilmes no admite la selección y el pegado.

Manuel Pazos en un cromo de la temporada 1953-54.

Manuel Pazos en un cromo de la temporada 1953-54.

Ni Pazos, ni otras leyendas de nuestra niñez o la adolescencia de nuestros padres, merecen el olvido. Máxime cuando su único déficit, en el reino de la gratuita idolatría, probablemente haya sido no darse al autobombo. Ahora, mientras se engalana con ocres, jalde y granates el otoño -una de las dos estaciones en que más destacó durante sus tiempos de corto-, se antoja justo dedicar, tanto a él como a varios de los que con este gallego elegante cruzaron caminos, cierta atención. Como sonido ambiente podrían servirnos las ovaciones del “No-Do”, una musiquilla estridente, realzando el blanco y negro, y la voz todavía joven de Matías Prats, con ese engolamiento tan suyo de juglar solemne, válido para inauguraciones, paseos bajo palio y gestas atléticas que, ya entonces, se enseñoreaban del patio, las plateas, o el gallinero eufemísticamente rebautizado como “Paraíso”, impregnados de alcanfor.

Antonio Pazos nació en Cambados (Pontevedra), el 17 de marzo de 1930. Su niñez y pubertad, por tanto, estuvieron marcadas por los boniatos de huerta, escasos, incluso cuando no se helaban de madrugada, los sempiternos apagones, una escuela con dos retratos vigilantes, cánticos del “Cara al Sol”, kiries, novenas y letanías, promesas de desarrollo que parecía no iban a cumplirse nunca, y la determinación por triunfar, costara lo que costase. Dando por bueno, incluso, más de un bofetón paterno, pues para sus progenitores aquella loca pasión por el fútbol sólo era una pérdida de tiempo. Tras pasar por el Carabela juvenil, equipo de Cambados, con 17 años ya jugaba en el Pasarón, compitiendo contra hombres de pelo en pecho. Este equipo pontevedrés venía a ejercer como filial encubierto, aunque sin nexo societario, del Pontevedra C. F. Por ello resulta extraño que a los técnicos granates les pasaran inadvertidos durante tanto tiempo sus vuelos de poste a poste. En el Carabela solía jugar de interior derecho, aunque él ansiara hacerlo bajo el marco. Un día se lesionó portero, ocupó su lugar, y ya no volvería a vérsele nunca bregando de medio campo hacia adelante. Cuando por fin la directiva pontevedresa se decidió a transmitirle su propuesta, el Real Club Celta, que llevaba algún tiempo siguiéndole, intervino con otra oferta económica mejor. Y no tuvo dudas. Los de la capital militaban en 3ª División, en tanto el club celtiña lo hacía contra Real Madrid, Valencia, Sevilla, los dos Atléticos, Barcelona, Español, Zaragoza, Coruña… Alguien que sin poleas ni grúas, tan sólo a viva fuerza debía construir un futuro, estaba obligado a ver en 1ª División el escaparate soñado.

Formación del R. C. Celta, la temporada 1950-51. Arriba, de izda. a dcha., Atienza, Sansón, Díaz, Cabiño, S. Vázquez, Gaitos; abajo Lolín, Pineda, Hermidita, Pazos y Olmedo

Formación del R. C. Celta, la temporada 1950-51. Arriba, de izda. a dcha., Atienza, Sansón, Díaz, Cabiño, S. Vázquez, Gaitos; abajo Lolín, Pineda, Hermidita, Pazos y Olmedo

La temporada 1951-52 se convertiría en grande para Kubala, campeón, con Ramallets, Gonzalvo, Basora y César. No menos buena para un At. Bilbao que arrebató al Real Madrid la segunda plaza, alineando a Carmelo, Canito, Garay, Nando, Manolín, y todavía a su quinteto de oro: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Y hasta para un Atlético Tetuán aupado a la máxima categoría, con el marroquí Chicha en gran estrella. Pazos, a sus 21 primaveras, sería suplente de Simón. Un suplente que en cinco tardes bajo el marco transmitió sensaciones de arrebatarle la titularidad en seguida.

Su primera ficha con el Real Club Celta consistió en 10.000 ptas. anuales, 1.500 en concepto de sueldo mensual, y otras 30.000 suplementarias tan pronto superase los 6 partidos. Prácticamente ningún trabajador de su edad alcanzaba el billete de mil al mes, en el arranque de los años 50. Con las 2.000 que le entregaron a manera de anticipo, compró un traje, zapatos, y regalos para sus hermanos pequeños. Ante semejante alarde, aquellos padres tan pegados al suelo que pisaban, empezaron a mirar el fútbol de mejor modo. No, al muchacho no le pintaban mal las cosas. Al equipo, en cambio, ya era otro cantar. Traspasados al Real Madrid Sobrado y Gabriel Alonso, su 9º puesto entre 16 equivalía a trotar por tierra de nadie. Y peor aún iba a rodarles la pelota durante el siguiente ejercicio, en parte a causa de una larga gira por América que, si bien sirviera para aliviar un tanto las arcas, se comió aquella pretemporada. Mantener la categoría con un elenco que no acababa de responder en lo físico, constituyó todo un éxito.

Pazos, por el contrario, vivía en una nube. Si sólo fue titular en 20 partidos ligueros, ha de buscarse el motivo en la lesión que sufriera el 2 de noviembre en el Metroplitano. Los porteros, entonces, no anidaban bajo el larguero ni pretendían resolver situaciones de uno contra uno mediante prácticas extraídas del balonmano. Si alguien escapaba lanzado hacia su marco, se lanzaban de cabeza a por el balón. Tenían algo de gladiadores, de héroes inconscientes, capaces de encoger el alma a los espectadores con sus alardes temerarios. Y aquella vez, cuando antes del descanso se lanzó a los pies de Juncosa para evitar lo que hubiera sido un gol, se llevó la peor parte. El choque violentísimo alarmó a todos. Árbitro y adversarios reclamaron inmediatamente la asistencia del masajista, quien, asustado por el torrente de sangre en que se transformara aquella boca partida, y sin esperar a los camilleros, ordenó retirarlo en brazos, justo cuanto hoy a nadie se le ocurriría. En el sanatorio madrileño Nuestra Sra. de Guadalupe se apreció fractura de los dos maxilares, paladar y nariz, así como luxación de clavícula. El tanteador reflejaba igualada a un gol y durante la segunda parte, desconcentrados los célticos, inquiriendo repetidamente si se sabía algo sobre el compañero, encajaron 3 goles más. Pazos, inactivo hasta el 21 de diciembre, pudo reaparecer en El Molinón, ante el Real Gijón, para rubricar un empate.

Ya tenía su bautismo de sangre, y además el Real Madrid de Di Stéfano, Molowny, Olsen, Lesmes II, Navarro y Gento, pretendía contratarlo.

La campaña 1953-54, sustanciado su traspaso al club de don Santiago Bernabéu, fue titular en 17 partidos de Liga, sobre 30. Marca nada desdeñable, porque equivalía a sentar en la grada o el banquillo a Juanito Alonso. Cantó el título de Liga y tuvo de todo. Situaciones incómodas, al verse comparado sistemáticamente con Alonso, un trato no muy favorable desde la prensa, y cierta incomprensión ante sus adornos pintureros. Según confirmaría más adelante, nunca llegó a sentirse a gusto. Las aficiones adversarias le trataban mejor que el público de Chamartín. Para el siguiente ejercicio, y ante la evidencia de que no iba a tenerlo fácil, se le recetó una cesión al Hércules, donde lució de sobra en 25 partidos, para firmar un 6º puesto final. Durante aquel verano, el At Madrid lo puso en su punto de mira. Bernabéu no era hombre que regalase nada, y menos a un adversario tan próximo, pero finalmente, con una mejora de ficha, se convirtió en futbolista “colchonero”.

Formación del Real Madrid: arriba, de izda. a dcha. Pazos, Navarro, Oliva, Lesmes II, Migule Muñoz, Zárraga; abajo Vidal, Olsen, Di Stéfano, Molowny, Gento I

Formación del Real Madrid: arriba, de izda. a dcha. Pazos, Navarro, Oliva, Lesmes II, Migule Muñoz, Zárraga; abajo Vidal, Olsen, Di Stéfano, Molowny, Gento I

Aún era el tiempo de porteros no muy altos, aunque agilísimos. El propio Juanito Alonso, campeón en las primeras Copas de Europa “merengues”, fue uno de ellos. El alicantino Pepín, baluarte de la U. D. Las Palmas e internacional durante su etapa bética, el valenciano Martínez, trasplantado a Sabadell, o Celdrán, fruto de la cantera “culé”, respondían igualmente al patrón. Pazos medía algún centímetro más, no muchos, pero nadie superaba sus vuelos antológicos. Internacional con la selección “B”, la misma prensa que mientras defendiese el portal blanco lo analizara con lupa, acabaría regalándole el apodo honorífico de “Maravilla Elástica”. Lo era, en verdad, para gozo del reporterismo gráfico. Sin descomponer la figura y como si en lugar de cartílagos poseyera muelles, blocaba balones bombeados o a la búsqueda del ángulo, cualquiera diría que suspendido del travesaño mediante hilos invisibles. Atajaba balones, y además ofrecía espectáculo. Aunque a veces, claro, tanto alarde se tradujera en catástrofe.

Solía ocurrir en invierno, sobre todo, cuando el balón rebozado en barro se escurría entre los dedos, o pesaba un quintal. Había que poseer muñecas de acero para atajarlo, como las del catalán Vicente, internacional sin excesiva fortuna cuando fichó por el Real Madrid, a quien con mucho acierto pusieron por sobrenombre “El Grapas”. Aquellas tardes de lluvia, con campos irregulares y surcos hondos, como de siembra, trazados en el tarquín, constituían una pesadilla para los guardametas, y en especial para cuantos anteponían la estética sobre la austera eficacia. Rendía muchísimo más en campos secos, donde fuera posible anclar firmemente sus tacos en la toma de impulso. Dicho de otro modo, durante primavera y otoño. Entonces no sólo gozaban los fotógrafos, sino las mujeres, todavía escasas, que empezaban a pasar por taquilla. Porque si alguien contribuyó a abrirles la puerta de los estadios, ese fue Pazos.

Estirada marca de la casa, en el Metropolitano, durante un At Madrid - R Madrid. Pazos guarnecía el portal “colchonero”.

Estirada marca de la casa, en el Metropolitano, durante un At Madrid – R Madrid. Pazos guarnecía el portal “colchonero”.

Decir que lo encontraban atractivo, es quedarse corto. Su elegancia y solvencia bajo el marco, agigantada con un punto de displicencia, las hacía palidecer. Primero en Vigo y luego en Madrid, comenzaron a congregarse grupitos de jóvenes tras las porterías, puede que ni muy entendidas ni a lo peor aficionadas al fútbol, pero degustadores de tanta plasticidad.

Era escasa la actividad lúdica reservaba para ellas, durante la segunda mitad de los 50 y primeros 60. Paseos cogidas del brazo, o con el novio formal. Sesiones de cine en grupo, como garantía de virtud insobornable. Reuniones a domicilio, con amigas, si ya estaban casadas, mientras los maridos jaleaban a sus estrellas desde el graderío o la tribuna, puro en mano. Una cancioncilla festivalera, desafinada por su popular, aunque efímera intérprete, lo expresaba bien:

“¿Por qué, por qué?,

los domingos por el fútbol me abandonas.

¿Por qué, por qué?,

tú te vas y yo me quedo en casa sola.

¿Por qué, por qué

No me llevas contigo alguna vez?”.

Algunos varones, los más jóvenes, hasta sentían algo parecido a celos, viendo a las espectadoras seguir cada estirada y celebrar aciertos con saltitos y aplausos nerviosos. Había, incluso, quienes espetaban: “¡No te emociones, loca, que está muy ocupado con una artista de toma pan y moja!”.

Lo de su teórica relación, real o imaginaria con cierta figura de las variedades, corrió por los mentideros de la villa sin que el rumor se tradujese en censuras o desdoro personal. Más bien lo contrario. Que una estrella del balón, el cine o los toros encandilase a jóvenes y no tan jóvenes, populares y apetecidas, respondía al patrón que muchos hombres poseían acerca de la masculinidad. Incluso para los espectadores del fútbol canónicamente devotos, este tipo de situaciones llegaban trufadas de una lógica inevitable. Sólo en aras de un mejor entendimiento, recuérdese que aún faltaban varios estíos para que Manolo Escobar engrosara su cuenta corriente cantando aquella errónea construcción gramatical: “No me gusta que en los toros te pongas la minifalda”.

El caso es que, sin pretenderlo, Pazos habría contribuido a convertir el fenómeno futbolístico en expresión, si no más digerible, al menos con cierto atractivo para bastantes mujeres. Lo mismo que mucho más tarde iba a ocurrir con el barcelonista Migueli, el británico David Beckham, y sobre todo con Cristiano Ronaldo.

Digresiones al margen, sus primeras temporadas atléticas casi fueron para enmarcar. Sobre 120 partidos de Liga correspondientes a los primeros cuatro torneos, sólo se perdió 6. El quinto año ya fueron 7 sus ausencias. Y entre los dos últimos ejercicios sólo pudo sumar 10 titularidades. Acababa de estrenar su trigésimo segunda primavera, y desde la cúpula rojiblanca se prefirió apostar por el argentino Madinabeytia como relevo. Si económicamente había salido muy bien para los usos de aquella época, con 800.000 ptas. de ficha por tres temporadas, primas, sueldos mensuales y estímulos aparte, en lo puramente deportivo alzó dos trofeos de Copa y otro de Recopa, competición europea disputada entre todos los triunfadores en sus respectivos torneos del K.O. Los títulos de Liga resultaban virtualmente inaccesibles para quienes no fueran Real Madrid o Barcelona. Desde que en 1954 festejase la consecución del campeonato como “merengue”, hasta 1965, tan sólo el At. Bilbao rompió esa ley no escrita el año 56. Los Azulgrana pudieron trazar un paréntesis en 1959 y 1960. Todos los demás trofeos engrandecieron la vitrina de Chamartín, para mayor gloria de Santamaría, Marquitos, Lesmes II, Zárraga, Mateos, Zoco, Del Sol, Rial, Amancio, Puskas, un incombustible Di Stéfano, y hasta Manolín Bueno, acostumbrado a celebrar tanto éxito desde la grada, ante la tiranía de Paco Gento. Pazos, libre de compromiso, aceptó la oferta girada desde Elche. Acuerdo que, por cierto, se sustanció en plena Gran Vía, al rubricar su contrato sobre el capó de un “Seat 600”, tras recibir 100.000 ptas. en cheque bancario, a manera de anticipo.

Abanicado por el palmeral, “La Maravilla Elástica” gozó de una eterna segunda juventud. Entre un público entusiasta y perplejo, como si no acabaran de creer que un equipo de pueblo -Elche rondaba los 50.000 habitantes- diese la cara ante los grandes del firmamento balompédico, disfrutaba casi tanto como al iniciarse en Vigo. También ayudó el buen ambiente del vestuario, donde más que una suma de individualidades compitiendo a cara de perro, todos parecían un puñado de amigos. Y por supuesto, la entrega de su presidente, José Esquitino, fraguado entre penurias no tan lejanas, cuando la plantilla evitó una quiebra por insolvencia, constituyéndose en cooperativa. Solía ficharse barato, mirando los billetes al trasluz, y se vendía no por gusto, sino para cuadrar balances. Pero eso sí, los jugadores cobraban puntualmente. En setiembre de 1962, los franjiverdes iban a encarar su cuarta temporada consecutiva en la elite, desde que el mismo presidente pensara en César Rodríguez, magnífico rematador ya para pocos trotes y medio retirado en Francia, otorgándole la camiseta con el número 9 y galones de entrenador. A César le habían bastado un par de años para saltar desde 3ª hasta 1ª División. Sueño al que no era ajeno el intermediario Arturo Bogossian, pícaro armenio con muy buen trato, firmes tentáculos por Paraguay, bastante desfachatez y cierta ética, en un 80 % reservada para los clubes compradores. El 20 % restante daba para muy poco, si habían de repartírselo casi cien representados.

En el viejo Altabix, mediados los años 60. El 5º puesto logrado la campaña 1963-64 sigue siendo, 55 años después, mejor clasificación ilicitana.

En el viejo Altabix, mediados los años 60. El 5º puesto logrado la campaña 1963-64 sigue siendo, 55 años después, mejor clasificación ilicitana.

Por su mediación llegaron Fausto Laguardia en 1959, Cayetano Ré y Juan Ángel Romero, en 1960, Juan Carlos Lezcano en el 62, Juan Gualberto Casco en el 65 y Ricardo González en 1968, paraguayos todos ellos, casi a precio de saldo, para ofrecer un excepcional rendimiento. Otras perlas americanas, como el hondureño José Enrique Gutiérrez Cardona, arribaron casi por casualidad. A éste lo habían visto en Altabix con el modesto Elvas de Portugal, durante un bolo en pretemporada. La directiva ilicitana quedó boquiabierta. Sólo tenía 19 años y se comportaba como un veterano. Fintaba, se iba hacia el punto de penalti, sorteaba las tarascadas y escondía, bajo su aparente fragilidad, un descaro apabullante. Para colmo, saldaría la campaña de presentación con 23 goles en 25 partidos. Cayetano Ré, por el contrario, inspiró algún recelo. Su baja estatura semejaba para un ariete, en aquel tiempo de pánzeres rotundos, lo que el vértigo para un trapecista, o la tartamudez en un niño de San Ildefonso. “No se dejen engañar -arguyó Bogossian-. Es un águila en el área, le basta medio palmo para revolverse y marca goles con las dos piernas. No es fácil ser internacional con Paraguay, y éste es titular fijo”. Como al armenio le avalaban otras incorporaciones meritorias, decidieron arriesgarse. Tres veranos después obtenían un buen pico por su traspaso al Barcelona.

Ré hizo el número 76 entre los paraguayos a quienes Bogossian acompañaba en su salto del charco, entre ellos a toda la delantera mundialista en Suecia. Y al menos este pequeño estilete no efectuó el viaje engañado. Juan Ángel Romero, por el contrario, fue víctima de una fea celada.

Llegó al aeropuerto de Barajas convencido de ingresar en el Real Madrid. Seis temporadas rindiendo en el Nacional de Montevideo a gran nivel, lo hubieran justificado. Ya en el coche, mientras Madrid quedaba atrás, en lontananza, conoció la verdad. Al menos la que quiso contarle Bogossian: “De momento irás al Elche. El Madrid está sobrecargado de extranjeros y tienen que hacerte sitio. Sólo va a depender de ti que aprieten”. Romero no había oído nunca una palabra sobre ese club. Tenía sueño, a causa del “jet lag” y dormitó a ratos por la llanura, pese al mal estado de la carretera. De cuando en cuando, algún molino iluminado por dos cuernos de luna y toda aquella despoblación, le llevaban a preguntarse dónde iría a parar. Amanecía cuando vislumbraron el palmeral. “Palmeras, sólo palmeras y más palmeras -recordaba el propio Romero muchos años después-. Yo no veía rastro de ciudad. Cuando por fin nos fuimos acercando, quedé atónito. Estaba acostumbrado a Montevideo y aquello… En el fútbol uruguayo no era ningún don nadie. Vamos, que ni loco hubiera salido, si no era hacia un club grande. De buena gana habría dado la vuelta”. Siete temporadas luciendo el escudo de la Dama, otra el del Hércules y dos el del Ilicitano, le hicieron cambiar de opinión, puesto que pese a no triunfar como entrenador acabaría para siempre en Alicante, donde su llama se apagó a los 74 años, el 17 de junio de 2009.

Con Juan Carlos Lezcano tampoco es que Bogossian luciera mucha honestidad. En Madrid se encontró con que nadie le esperaba. Venía del Santiago Morning chileno, supuestamente reclamado por el Valencia C. F. Llamó a la embajada paraguaya para pedir ayuda, recibiendo por toda respuesta que a última hora habían cambiado los planes e iba a empezar en el Elche. “No sabía ni donde quedaba eso, y cuando me indicaron que cerca de Benidorm, ya me hice una idea. Ese núcleo veraniego sí me sonaba, por el Festival de la Canción. Tomé un autobús nocturno, paró en Albacete, bajé a estirar las piernas y partieron sin mí. Un señor de Villena, o Villajoyosa, me llevó en su coche hasta Elche. A lo que entonces era la ciudad, o sea más naves que calles. Firmé al día siguiente y por aquí sigo, a mis 80 años. Lo di todo y después de 9 temporadas me hicieron salir por la puerta falsa, pese a jugar la única final de Copa en la historia verdiblanca. Todavía no sé por qué se me negó un homenaje”.

A Pazos, como carecía de cualquier nexo con Arturo Bogossian, nadie le incumplió lo pactado. Las porterías de Altabix fueron suyas durante 7, de los 8 ejercicios como ilicitano. En 1968-69, con 39 años a cuestas y 4 titularidades en el torneo de Liga, abandonó la entidad, aunque no el fútbol. Acaban de incorporar al guipuzcoano Araquistáin, desde el Real Madrid, y la parroquia de Altabix, quién sabe si porque lo de “Maravilla Elástica” se antojara largo y quizás cursi, había preferido apodarlo “El Conde”, en honor a su elegancia bajo el larguero. Durante esos 8 años, todos en 1ª, había asistido al rejuvenecimiento del equipo, con la incorporación de varios noveles más adelante ilustres: Canós, Marcial Pina y Vavá en 1964; Llompar, Lico y Curro el año siguiente; Juan Manuel Asensi en 1966; Ciriaco y el infortunado Ballester, de cara a la campaña 68-69. Lico y Marcial equilibraron balances con su traspaso al R. C. D. Español. Ballester dejó también sus buenos dineros en caja, cuando el Real Madrid pensara en él como lateral derecho para los siguientes diez o doce años. Asensi sería rentabilísimo fichaje azulgrana, y a Ciriaco tampoco hubo forma de retenerlo. Todos, menos este último, fueron internacionales absolutos. Ballester, que hubiera podido eternizarse con el dorsal 2 de la camiseta roja, tan sólo pudo lucirla una vez. La fatalidad, primero en forma de tremenda lesión, y luego un cáncer, lo arrebataron en plena juventud.

Algunas de esas perlas llegaron de forma pintoresca. Por ejemplo, cierto viajante de zapatería y socio del Elche C. F., mientras cumplía con su ruta por Salamanca, Extremadura y las estribaciones de Gredos, hizo noche en Béjar, a tiempo de presenciar un partido de fútbol. Esa tarde, el delantero centro le dejó pasmado. Iba al choque una y otra vez, remataba hasta los peores melonazos y ni siquiera era torpe con el balón en los pies. Apenas de vuelta, se dejó caer por la sede del club: “Acabo de ver a un chico que las da todas -dijo-. Seguro que ahora es barato, pero me da en la nariz que no tardando mucho valdrá millones. Deberíais ir a verlo. Es la referencia atacante del Béjar Industrial”. ¡Qué gran ojeador perdió el fútbol sesentero en la persona de ese comercial!. Los técnicos franjiverdes, tras estudiar al chico un par de tardes, lo ficharon. Era Luciano Sánchez García, en las alineaciones “Vavá”, ariete aguerrido, internacional y máximo goleador del Campeonato 65-66, sobre quien Alfredo Di Stéfano, cuando lo tuvo a sus órdenes, dijera: “Es increíble. Si le lanzas una piedra, la rematará con toda el alma, aunque sepa se hará daño”. Aquellos defensas toscos únicamente podían pararlo tirando de guadaña. Y a base de guadañazos, consiguieron dejarlo muy mermado. Entonces, olvidando cuánto había hecho por la entidad, le señalaron la puerta de salida.

Pazos no quiso colgar los guantes. Después de 21 años compitiendo en categoría senior, es difícil anestesiar al gusanillo. De manera que fichó por el Novelda, con la ilusión de un principiante. Y puesto que el físico le acompañara, durante los siguientes 8 años continuó en el Abarán, Thader de Murcia y Santa Pola, hasta jugar su último partido en 1977, cumplidos los 47 años. Todo ello sin arrastrase, como atestiguaron distintos cronistas: “Quien tuvo, retuvo. Y Pazos aún retiene mucho”. “Como casi siempre, Pazos entre los mejores”. “Aunque Pazos falló en el gol, evitó otros dos con sendas estiradas de pañuelos y ovación prolongada”. “Ya quisieran muchos de superior categoría, y algunos de 2ª, estar como él. No pasan los años”.

Pero si él no echaba ningún vistazo al calendario, otros lo miraron muy bien.

Equipo femenino del Elche, en los años 70, entes que las mujeres gozasen de competiciones “oficiales”. Manuel Pazos había contribuido lo suyo, llamando su atención, siquiera fuese como espectadoras.

Equipo femenino del Elche, en los años 70, entes que las mujeres gozasen de competiciones “oficiales”. Manuel Pazos había contribuido lo suyo, llamando su atención, siquiera fuese como espectadoras.

Ocurrió hallándose el Elche en situación comprometida. Alguien, en la directiva, parece sacó a relucir su nombre, como solución de emergencia. Y acabó imponiéndose el criterio de quienes temían dar mala imagen, tanto a socios como a canteranos. Si alguien con edad para ser padre de medio equipo fuere visto como única esperanza, nada bueno cabía esperar del futuro. Entonces Pazos, a quien debían haberle contado algo, reconoció humildemente: “Pues claro que me hubiera hecho ilusión. Continuaba en buena forma y pude haber ayudado. Pero tampoco es cuestión de dar vueltas a lo que nunca se pudo concretar”.

Por fin retirado, continuó viviendo en Elche, con su esposa, Mª Jesús Moreno Quintana, y los cuatro hijos del matrimonio, uno de ellos, Francisco Javier, también portero en el Deportivo Ilicitano, primera plantilla verdiblanca -donde sólo llegaría a alinearse en algún amistoso-, y Villena. La sombra de algunos progenitores resulta excesivamente alargada, por culpa de tanto empeño en buscar comparaciones. Lo supieron de sobra Markel Iribar, hijo del formidable meta atlético, el vástago de Juan Antonio Deusto Olagorta, también portero, “Torito” Aquino, hijo de “El Toro”, goleador llegado desde América, Ricardo Escolá, descendiente de José, referencia barcelonista, antes y después de la guerra, o el hijo de Ignacio Zoco y María Ostiz. Como todos ellos, sin posibilidad de ser él mismo, habría de abandonar pronto. Aquel gallego de Cambados con devoción mediterránea, montó un bar junto al campo de Altabix y trabajó como representante comercial, hasta convertirse en clase pasiva. Parecía gozar de una salud aceptable, y su óbito sorprendió un tanto. Lo mismo que la parquedad con que quisieron recordarlo.

El At Madrid había efectuado un par de mudanzas, desde sus días en el Metropolitano. Suelen decir que durante ellas siempre se pierda algo. Objetos, recuerdos, memoria… Tal vez por eso, su estela apenas llegó al nuevo estadio “colchonero”. Tampoco hubiera sido ningún disparate que la Liga Iberdrola guardase un minuto de silencio antes de cada partido, en la inmediata jornada. Pazos nunca fue directivo, ni dirigió plantillas o fundó equipos femeninos, y con toda probabilidad ni una sola jugadora supiese que hace mucho tiempo, sin proponérselo, contribuyó a allanarles el camino. Quizás alguna de sus abuelas aplaudiera un día, a pie de campo, sus plásticas palomitas. Por ahí se empezó.

Porque antes de que jugaran al fútbol, había que hacerles sitio en la grada. Y él, a muchas, las llevó en volandas.




Epílogo para una guerra

La victoria franquista llevó aparejada una sucesión de cambios drásticos en materia de libertades individuales, comportamientos públicos y privados, adoctrinamiento ideológico y culto a la autoridad, fuere esta política, militar o religiosa, perceptible incluso en la estética cotidiana. Distintas leyes, incluyendo efectos retroactivos para escarnio al más conceptual estado de derecho, situaron a decenas de miles de españoles en la absoluta indefensión. Quienes legitimaron su divorcio durante los días republicanos, por ejemplo, de pronto se supieron polígamos. O volvían junto a su primer cónyuge, aquel con quien resultó imposible la coexistencia, o su amancebamiento podía acabar en sentencia condenatoria, ante cualquier denuncia de adulterio. Peor lo tuvieron muchos sindicalistas, sobre todo si se habían significado en el ámbito de la enseñanza, el agro, la industria manufacturera o el funcionariado. Al entenderse ilegal su actividad durante el periodo republicano, por más que entonces se ajustara a derecho, conocerían purgas, encarcelamientos y hasta pelotones de fusilamiento. La iglesia católica, arbotante sustentador de un régimen obligado a cimentar legitimidades, prestó su cruz, a cambio de tutelar la educación e imponer una moralidad tan rígida como canónica, a golpes de hisopo. Si los obispos cedieron el palio al “Generalísimo”, miles de presbíteros movilizados de Norte a Sur y de Este a Oeste se entregarían a “la magna obra de extirpar hasta el último resto de cizaña”. Las mujeres, en fin, de vuelta a casa y las sacristías concluido el recreo, perdida su condición de seres autónomos, tornaron a precisar autorización paterna o marital para abrir cuentas bancarias, aun siendo suyo el dinero, para obtener pasaporte y, ¡faltaría más!, si deseaban trabajar por cuenta ajena.

Tampoco el fútbol se libró de asumir la nueva era, al igual que el resto de deportes. La designación del general Moscardó, héroe del Alcázar toledano como presidente del Comité Olímpico, ya auguraba intenciones. Y virtualmente en paralelo, distintos mandos militares -muchos de ellos hombres del deporte, aclarémoslo- se irían haciendo con casi todos los puestos de honor federativos. Hasta el último vocal del más modesto club de pueblo en el inmediato pasado, disponía de la correspondiente ficha policiaca, estimándose o no su idoneidad futura según el calor con que abrazase los postulados del “Glorioso Movimiento”. La autoridad gubernativa, en todo caso, se reservaba el derecho de “sugerencia” o veto en la composición de nuevas juntas directivas, donde sobre todo al principio rara vez faltaban militares de rango, o en su defecto laureados civiles, conocidos falangistas o, como mínimo, algún caballero mutilado.

El general Moscardó, presidente del Comité Olímpico Español, máxima autoridad deportiva tras la Guerra Civil.

El general Moscardó, presidente del Comité Olímpico Español, máxima autoridad deportiva tras la Guerra Civil.

Era vox populi que para eludir encontronazos y lograr la cesión de instalaciones municipales, bastaba con designar presidente a la autoridad militar más próxima. Y así, clubes tan dispares y enclavados geográficamente a ambos lados del conflicto, lucían en sus juntas directivas gorras de plato, sables, botas de caña o emblemas de aviación. Podrían servirnos como botón de muestra Deportivo Alavés, Madrid, Alcoyano, C. D. Palencia, Gimnástica Burgalesa, Izarra de Estella o el antiguo Atlético de Madrid, al que le surgieron alas tras fusionarse con un Aviación Nacional federado tan pronto se radiara el último parte bélico. En el caso del Madrid, su presidente para la puesta a punto posbélica iba a ser nada menos que el general Adolfo Meléndez. El Izarra estellés, menos conocido a causa de su modesta dimensión, eligió a Jacinto Lasa como presidente al reanudar de actividades, mando destacado en el cuartel militar de la plaza. Y algo más tarde, cuando pasara a residir en Pamplona, los izarristas fichaban como jugador a “Titín”, uno de sus hijos, procedente del Anaitasuna. Otro club mucho más modesto, el guipuzcoano Amaikak-Bat, elegía como primer dirigente posbélico al teniente de carabineros Jesús Tamames.

La evocación de esta entidad debarra desmiente, además, uno de los falsos asertos adheridos al periodo de reanudación deportiva: el de que por imperativo legal todos los clubes debieron ajustar sus denominaciones a la ortodoxia del idioma castellano.

Es cierto que respondiendo a un pintoresco intento de poda -Decreto-Ley de la jefatura del estado, diciembre de 1940-, se quiso desterrar de nuestra lengua términos extranjeros. Por cuanto al fútbol respecta, los Racing, Sporting, Athletic, Stadium o Football Club -incluso Fútbol Club-, tuvieron que renunciar a esos anglicismos, para convertirse en Reales, Deportivos, Atléticos, o “clubes de fútbol”. Y fuera del ámbito deportivo, con obvia intención de evitar cualquier resonancia bolchevique, los restaurantes sustituyeron en sus cartas la ensaladilla rusa por “ensaladilla zarina”. Verdad, también, que se impidió inscribir en el registro a niños con nombres no españoles, y que lenguas asociadas no sólo al nacionalismo independentista, sino a la república, como euskera y catalán, sin ser prohibidas en puridad, se hizo bastante por ensordecerlas. Aunque tampoco se llegara al extremo que hoy intentan defender determinadas voces, omitiendo, por ejemplo, la existencia de premios literarios en lengua catalana, como el Joanot Martorell de novela, ya durante el durísimo último tercio de los años 40, o el Víctor Catalá de cuentos, a partir de 1953; la irrupción, sin especiales problemas con la censura, de “La cua de palla”, mítica colección “negra” a principio de los 60, las traducciones de éxitos internacionales que por esa misma época llevase a cabo “Plaza & Janés”, o hasta la enseñanza del idioma catalán, desde 1950, en las escuelas adscritas a la Institución Cultural Centre de Influencia Católica Femenina. El gallego, en cambio, idioma mucho más inofensivo ideológicamente, seguiría rampante por la geografía sueva. Pero a pesar de los pesares, los nuevos jerarcas de nuestro fútbol consintieron el empleo y pervivencia de algunas denominaciones en lengua vernácula.

Son conocidos los casos pamploneses de Osasuna -salud-, Oberena -equipo-, Denak-Bat -todos-uno-, Indarra -fuerza-, Erri Berri olitense -nuevas personas-, Gure-Txokoa -nuestro sitio-, de Vera de Bidasoa, o Beti-Gazte -siempre joven-, de Lesaka, justificados a veces desde la teoría de una amplia y decisiva colaboración navarrica en la causa franquista. Cuantos defienden tal hipótesis olvidan la existencia de otros clubes en feudos otrora republicanos, y no poco nacionalistas, a los que se permitió competir con denominaciones euskéricas, o como entonces se escribía “vascuences”. El mencionado Amaikak-Bat -once-uno-, Anaitasuna -fraternidad-, de Azcoitia; Lagun Onak -buenos amigos-, de Azpeitia; Ilintxa, de Legazpia; Ur-Kirolak -deportes acuáticos-, de San Sebastián; Chapel Gorri -boina roja-, de Vilafranca de Oria; Kerizpe -sombra-, de Fuenterrabía; Iturrigorri -fuente roja-, bilbaíno; Peña Beti -peña eterna, o perdurable-, de La Peña, barrio vizcaíno de Arrigorriaga, muy próximo a Bilbao; Aurrera -adelante-, de Ondárroa; Apurtuarte -encina rota-, del valle vizcaíno de Asúa; Jolaseta -juegos o esparcimiento-, del barrio guechotarra de Neguri; Larramendi -monte de pastores-, de Alonsótegui, localidad próxima a Baracaldo; y Ederra -hermoso- de Luchana, en Vizcaya. Todos ellos conservaron el nombre que ya tenían, o emergieron con tal denominación durante los primeros dos años posbélicos.

Los maximalismos y las aseveraciones absolutas no acostumbran a encajar con la realidad histórica. Y además, el fútbol y sus gentes patentizarían bien pronto la decidida intención de seguir rigiéndose como más les pluguiese. De ello se dio cuenta en seguida el teniente coronel Troncoso, primer presidente de la F.E.F. franquista.

Julián Troncoso Sagredo, primer presidente de la F.E.F. en la era de Franco.

Julián Troncoso Sagredo, primer presidente de la F.E.F. en la era de Franco.

Julián Troncoso Sagredo (Valladolid 12-XI-1895 – Madrid 26-IX-1983) era, al menos, tan deportista como militar. Diplomado en educación Física por la Escuela de Gimnasia del Ejército, único centro que antaño impartía esa enseñanza, habitual participante en concursos hípicos y presidente de la Federación Aragonesa de Atletismo, además había sido directivo del Zaragoza justo durante la campaña en que los maños rubricaron su ascenso a 1ª División. Distaba, pues, de ser un advenedizo cuando en octubre de 1937 fue designado presidente de la F.E.F. franquista con sede en San Sebastián. Reconocida esta por la F.I.F.A., en detrimento de la republicana, comenzó a preparar tanto una futura reestructuración del deporte rey como su primer torneo, la Copa del Generalísimo correspondiente a 1939. Todo ello sin descuidar una implicación bélica de la que saldría con algún quebranto.

Comandante de Fronteras en Irún a partir de 1937, organizó una red dedicada al asalto y secuestro de buques afines a la república, cuando recalaban en puertos franceses. Para no emborronar internacionalmente a la causa franquista con sus golpes de mano, hizo creer que obraba a su libre albedrío, ofreciendo las capturas al mejor postor. Corrían tiempos convulsos y a nadie pareció extrañar que un combatiente quisiera asegurarse el porvenir, ante la eventualidad de luchar en el bando equivocado. La prensa gala, mordiendo el anzuelo, acabaría bautizándolo como “El Pirata del Bidasoa”, por más que todas aquellas capturas acababan siempre en manos del bando “nacional”. Cuando finalizaba  setiembre de 1937 y el submarino C-2 hubo de partir desde Gijón, cuyo puerto había sido duramente bombardeado, hacia Brest, se convirtió en pieza codiciada para los comandos. Era un buque nuevo, pues no en vano llevaba surcando los mares sólo dos años desde que lo botaran en Cartagena. Así que Troncoso y varios de sus hombres, fingiendo encontrarse en apuros, pidieron permiso para abandonar su chalupa y subir a bordo, algo a lo que el teniente de navío republicano Fernando Talayero accedió. Pistola en mano, los asaltantes quisieron apoderarse del navío, tropezando con la seria oposición de sus doce ocupantes, vendidos por el mismísimo comandante del submarino, según parece a cambio de 2 millones de ptas.(*). El cabo fogonero Diego Angosto Hernández, apostado en la torreta, abrió fuego sobre el grupo que ya penetraba por la escotilla, hiriendo mortalmente al falangista Gabarain Goñi. Otros marineros, al mismo tiempo, trataron de poner los motores en marcha sin conseguirlo. Puesto que la operación se saldaba en fracaso, el grupo asaltante volvió a tomar la lancha y puso rumbo a Brest.

Julián Troncoso en la ficha policial francesa, como responsable del comando que intentase asaltar el submarino republicano.

Julián Troncoso en la ficha policial francesa, como responsable del comando que intentase asaltar el submarino republicano.

A partir de ahí los hechos resultan confusos. Parece que las sirenas habrían sonado y, camino de Hendaya, casi todos los miembros del comando fueron cayendo en manos de la policía gala. Troncoso, sin embargo, protegido por el embajador de Argentina en España, a la sazón refugiado en la villa fronteriza, se supone alcanzó Irún oculto en el portaequipajes del coche oficial. Tan pronto conoció la suerte de sus compañeros, telefoneó a las autoridades francesas para concertar una visita de cara a negociar la libertad de todos. Ya en territorio francés, el ministro socialista del interior, Max Dormoy, ordenó su detención. “Será la guerra entre Francia y España”, habría clamado Julián Troncoso, según informaciones apócrifas, que no parecen encajar ni con el personaje ni ante el escrúpulo con que siempre manejó su actividad corsaria. Desde España, probablemente en una de tantas baladronadas propagandísticas, se apuntaba sobre la posibilidad de que 200 requetés cruzasen la frontera para liberar a los cautivos. Pero el ministro galo reforzó su posición, al afirmar: “En Francia aún manda el gobierno francés”. Franco, al fin, concluiría cerrando la frontera irunesa y ordenando el arresto del cónsul francés en Málaga.

El 22 de marzo de 1938, la justicia francesa optó por inhibirse elegantemente del intento de toma al submarino C-2, aceptando en buena medida los argumentos del abogado defensor, Monsieur Dausats: Si oficialmente Francia no reconocía la presencia del submarino en sus aguas jurisdiccionales, mal podría acusarse a nadie de un intento de asalto. ¿Acaso cabía atentar contra lo inexistente?. Troncoso y sus dos lugartenientes, apellidados Serrate y Orandain, fueron condenados a cinco días de cárcel, más otros seis meses, que ya habían cumplido desde su captura, por tenencia de armas. Todos serían puestos en libertad cuatro días después, en medio de una algarabía formidable desde las distintas cabeceras galas. “¡Escandaloso!”, titularon los medios izquierdistas.

De regreso a España, Troncoso Sagredo recibió el mando de una brigada en la campaña del Ebro, llegando a dársele falsamente por muerto en la prensa de nuestros vecinos. Sobrevivió, claro, para enredarse en un insospechado conflicto con futbolistas y entidades deportivas. Entre tanto, el submarino C-2, bajo mando del capitán de fragata soviético Nicolai Pavlovich Equipko, alias Juan Valdés, hallándose en Cartagena cuando sobrevino la revuelta del 3 de marzo de 1939, puso rumbo a Palma de Mallorca, para acabar entregándose a las tropas “nacionales” el 7 de marzo. Luego no tendría un final honroso. En 1951, tras prestar servicio a la Armada española y cuando navegaba remolcado hacia Avilés, para su desguace, se hundió a la altura de Estaca de Bares.

Mientras Julián Troncoso se hallaba preso, o combatiendo en el Ebro, le suplió al timón federativo el letrado, periodista, y desde hacía años presidente de la Federación Sur, señor López García. Éste entregaría teóricamente el relevo con fecha 26 de junio de 1938, durante una reunión celebrada en la sede del pamplonés Club Atlético Osasuna. En teoría, nada más, porque la movilización del recién liberado le obligaba a seguir moviéndose en la sombra. Sólo tras el último parte bélico podríamos considerar al coronel Troncoso auténtico y genuino presidente de nuestro fútbol, durante año y medio tan justito como ajetreado.

Para empezar, cuando se tuvo constancia de que el Oviedo, con su campo de Buenavista destrozado, no podría competir la temporada 1939-40, se apresuró a prometer esa plaza en 1ª División al Osasuna pamplonés, como contribución al compromiso exhibido por toda la provincia en el recién concluido conflicto armado. Pero, ¿por qué a Pamplona, en representación de Navarra?, parece pensaron los militares de Aviación, “propietarios” recientes del antiguo Athletic de Madrid, al que acababan de salvar de una muy probable desaparición. ¿Acaso podían ponerse en duda los méritos del cuerpo aéreo?. Los “colchoneros” con alas presionaron hasta arañar el compromiso de un enfrentamiento con los rojillos de la Plaza del Castillo, cuyo vencedor supliría la vacante asturiana. Un tropezón de novato, desde la poltrona, capaz de manchar por sí solo cualquier currículo. Máxime existiendo connivencias o simpatías emocionales, como era el caso, pues Julián Troncoso Sagredo no sólo había disfrutado en Navarra como joven oficial, sino que jugó al fútbol encuadrado el Punching pamplonés, con aquellas botas inglesas de puntera reforzada, calzón hasta las rodillas y pañuelo anudado a la cabeza.

Por desgracia no sería su único resbalón. Y el segundo le llevó a enrarecer  relaciones con los clubes más influyentes cuando, en medio de una gigantesca polvareda, pretendió liquidar el profesionalismo.

Digamos, ante todo, que su voz no fue la primera en aventurar semejante idea. El 25-VII-1937, con los españoles enfrentados a tiro limpio, Ricardo Cabot, uno de quienes once años antes apostasen decididamente por el profesionalismo balompédico, ya había clamado en favor de su abolición: “Es notorio que los principios predominantes en materia social se manifiestan en pugna con el profesionalismo y tienden, en cambio, a reconstituir la vida deportiva sobre la base de un amateurismo puro que tal imponga implacablemente la posguerra, y así (…) se plantea el problema relativo a la suspensión del profesionalismo. Una decisión radical no deja de tener dificultades, tanto por el perjuicio que causaría a los jugadores, como porque determinaría una reforma reglamentaria que, hoy por hoy, es prematuro esbozar. En cambio con la mirada puesta en la solución del problema, cabe orientarla sin causar estragos ni topar escollos (…) mediante la prohibición de aceptar inscripciones de nuevos jugadores profesionales, y con respecto a quienes ya lo son, respetar su actual situación siempre que sea continuación de la que reglamentariamente se les había creado, y facilitando en otro caso su recalificación como amateur (…) y se llegue, si así se quiere, a la extinción del profesionalismo sin sacar las cosas de quicio, sin agravio para nadie y sin daño para los jugadores”.

Lamentable aspecto del campo ovetense, al término de la guerra.

Lamentable aspecto del campo ovetense, al término de la guerra.

¿Sin daño para los jugadores?, cabría preguntarse, cuando los más afortunados vivían exclusivamente, y muy bien, de su habilidad con el esférico. ¿Qué dirían a ese respecto las cabezas visibles del recién creado Sindicato de Futbolistas Profesionales, antiguo sueño de muchos, hecho realidad, por fin, en Cataluña? Una cosa es que los vientos revolucionarios, el discurso ácrata de C.N.T., o el seguidismo socialista por cuanto trajeran desde los Urales sus aliados comunistas, abogasen por implantar conceptos y métodos de la URSS, incluido el falso amateurismo deportivo a la soviética, y otra que el segmento del fútbol -también entre combatientes republicanos- concediera graciosamente su pláceme.

“Los profesionales actuales subsistirán hasta el cumplimiento de sus contratos, pero no podrán firmar por otro club como profesionales”, sintetizó aún el señor Cabot, por si su barroca, aunque bien argumentada proposición, hubiera resultado indigesta.

El máximo responsable federativo, teniente coronel Julián Troncoso, año y medio después volvía a acariciar tal posibilidad, sobre el fondo de una España deshecha económicamente, con clubes arruinados, no sólo por el destrozo de numerosos estadios, sino, en el caso de cuantos conservaran en sus tesorerías dinero republicano, al ser declarada ilegal aquella moneda. El agravio comparativo que para la depauperada población representaban los habituales excesos del fútbol, incluso podía volverse contra el régimen. Desde ciertas instancias del mismo, todavía por apuntalar y sobre todo en voz de falangistas, se abogaba una imprescindible austeridad: “En los nuevos modos de la Falange hay que apartar ciertas costumbres que no van bien con nuestro estilo, como son los vinos de honor, los banquetes, los pasteles y dulces después de cualquier inauguración, y todas esas cosas que en tiempos más flojos eran obligadas para festejar el discurso de un político o la inauguración de unas escuelas” (Pilar Primo de Rivera en 1937, cuando Ricardo Cabot pespunteaba su tesis). El nuevo estado victorioso estaba verdaderamente para alharacas muy contadas.

No sólo parte de la población presentaba un estado famélico, sino que el ingenio popular acuñó aquel aserto tan burlón como demoledor: “Nuestro Glorioso Movimiento, velando siempre por el interés nacional, se ha empeñado en hacernos vivir sin comer, acabando así con el hambre”. El panorama arrojaba tintes muy lúgubres. Colas de menesterosos, cacillo en mano a la puerta de los cuarteles, para recibir las sobras no consumidas por la tropa. Cárceles atestadas y niños acogidos por el Auxilio Social, institución que, junto a una dieta básica, ofrecía algo semejante a reformatorios, donde hijos de los vencidos encaraban su reeducación. El estado, sin dinero con que afrontar las imprescindibles obras, abrazó una fórmula de financiación particularmente indigna, consistente en vender como barata mano de obra a muchos encarcelados, para mayor gloria y jolgorio contable de las empresas licitantes. Reproducía, en suma, una fórmula cotidiana en la Alemania bélica del III Reich. Muchas amas de casa confeccionaban tortillas sin huevo ni patatas. Era habitual el pan con menos harina que serrín. Los estraperlistas idearon mil fórmulas en su intento de burlar al funcionariado de Abastos y aquellos con mejores contactos, o más escasos de escrúpulos, se enriquecieron en el mercado negro, única solución para quienes pudieran sufragarse una dieta menos parca. La cartilla de racionamiento se convirtió en un tesoro. Había, incluso, artistas capaces de falsificarla. Los curas, desde el púlpito, predicaban resignación…

Lo que Troncoso pretendía, además de evitar el derrumbe a muchos clubes, era un amparo para quienes, sin otras capacidades que las puramente futbolísticas, veían cerrado su horizonte vital en cuanto colgaban las botas. Así, afirmó: “No se expedirán licencias a los jugadores, por buenos que sean, si no tienen una profesión y la practican, para evitar se conviertan en gente sin trabajo, viviendo sólo del fútbol”.  Sueldos máximos, los de coronel, se le achacó, sin justificar la procedencia del aserto. En cualquier caso, el Régimen acabó perdiendo la batalla del balón.

Para los clubes más poderosos, la profesionalización implicaba seguir creciendo a costa de otros más débiles, obligados a traspasar sus mejores hombres cuando los números rojos se adueñaban del balance. Ya no había sindicato de futbolistas, pero dio igual, porque jugadores y técnicos cobraron más y más, aunque ello implicase el perpetuo endeudamiento de sus patronos. Todo valía con tal de obtener títulos o eludir descensos. Desde los graderíos se perdonaba la acumulación de deudas, pero no así un fracaso deportivo. Consecuentemente, alguien pensó que al pueblo, si no pan, por lo menos había que darle circo. Y el propio presidente federativo acabó reconociendo su error ante un periodista pamplonés, a poco de abandonar el cargo por dimisión (octubre de 1940):

Muchos ayuntamientos republicanos emitieron “moneda” durante la contienda. Tras el triunfo franquista, ni estos billetes ni los legales hasta 1936, tuvieron otro valor que el otorgado por algún coleccionista.

Muchos ayuntamientos republicanos emitieron “moneda” durante la contienda. Tras el triunfo franquista, ni estos billetes ni los legales hasta 1936, tuvieron otro valor que el otorgado por algún coleccionista.

“Llevaba la idea de suprimir el profesionalismo que ya por entonces asomaba amenazadoramente. Nos dábamos cuenta de que el amateurismo era más deportivo, tal y como entendíamos muchos el deporte, menos egoísta y a la larga más práctico. Salvo para unos pocos era escaso pan para hoy y segura hambre para mañana; era tremendo ver a estudiantes colgando los libros por una firma efímera, a los sanos chicos de pueblo llegados a la ciudad para acabar en un par de años sin oficio ni beneficio, acostumbrados a vivir con un plus de sueldo que se les acababa en poco tiempo, perdiendo, a la vez, dinero, fútbol y el empleo conseguido gracias a éste. No, no era partidario del profesionalismo. Pero una vez en la Federación, el propio profesionalismo, en su rápido avance, nos arrolló. No tuvimos más remedio que plegarnos a sus exigencias con la esperanza de un normal encauzamiento (que) empezaba por no dejar abandonados a los semiprofesionales con que contábamos, limitando a unos márgenes suficientes sus honorarios futbolísticos, en la esperanza de que no abandonaran su empleo, sus estudios, su vida de futuro cuando acabase el fútbol. Y más en aquellos años de posguerra tan duros”.

Troncoso se fue del fútbol. O el fútbol lo echó, si se mira bien. Y no parece dijese adiós entre rencores. Fiel a su devoción, estuvo dando clases de gimnasia y puesta a punto física en distintos centros de enseñanza secundaria, retirándose de la carrera castrense con el grado de coronel. Aunque entre tanto sucederían varias cosas relevantes.

Muchos campos estaban irreconocibles, con su antiguo césped convertido en huertos que paliasen el déficit urbano de verduras, legumbres u hortalizas, sin vallado, sillas ni bancos corridos, al haberse empleado aquella madera como combustible. Y sin apenas un céntimo para encarar la reconstrucción. El 15 de noviembre de 1939, el general Moscardó solicitaba para los clubes idéntico trato que el dispensado a los propietarios de inmuebles damnificados. La respuesta gubernamental fue afirmativa, pero el dinero tardaría en llegar. Hubo que derrochar imaginación a lo largo del ejercicio 39-40, como el Oviedo, que al no competir y buscando el rodaje de sus estrellas, cedió a Soladrero, Antón, Herrerita y Emilín, los dos primeros al Zaragoza y los últimos al Barcelona. Todos serían determinantes. Soladrero (20 partidos jugados sobre un total de 22), poniendo orden en la zaga maña, y Antón, con 11 goles en sus 21 comparecencias, garantizando la permanencia. Para un Barcelona catastrófico, los 5 goles de Emilín García en 16 partidos, y los 8 de Herrerita en 17, se tradujeron en 7 puntos, sin los cuales la entidad catalana, 9ª  sobre un total de 12 equipos, con tan sólo 3 puntos de colchón sobre el descenso, hubiese dado con su prestigio en 2ª. Al año siguiente, cuando los asturianos volvieron a retomar la competición y un percance apartó a Soladrero de las alineaciones por espacio de varios meses, el terceto restante se mostró magnífico: Antón, 11 goles en 22 partidos. Hererrita otros 11 en 18 encuentros. Emilín 4 en 21 presencias, prodigándose en pases magníficos. Entre los tres anotaron 26 tantos, dejando únicamente 10 para los restantes miembros de la plantilla. El Oviedo mantuvo el tipo, en tanto los de la Pilarica bajaban a la división de plata.

El extremo Antón, por cierto, cumplía los requisitos que preconizase Julián Troncoso, pues compatibilizaba su buen hacer sobre el campo con un trabajo de verdad en el Ferrocarril Vasco. Algo que ahorró mucho dinero a los azulones, cuya directiva lo mantuvo económicamente a años luz de otros profesionales puros, bastante menos habilidosos.

La calidad del fútbol posbélico mermó muchísimo. Con buena parte de los antiguos internacionales jugando en Argentina o México, suspendidas de momento varias estrellas incipientes, lastrados los veteranos por tres años de privaciones y falta de ejercicio, muchos que deberían haber colgado sus borceguíes optaron por seguir activos, en tanto daban el relevo a una hornada de muchachitos imberbes. Solé, internacional del Español, se quitaba 10 años en su ficha federativa al suscribir contrato con el Murcia. La guerra debió borrar muchas memorias. El vigués Francisco Bao Rodríguez, para las alineaciones “Sansón”, se convertía en el más joven debutante de nuestro campeonato, con 15 años, 8 meses y 11 días, el saltar al campo hispalense de Nervión (31 de diciembre de 1939). Era tosco, muy fuerte, violento incluso para un público acostumbrado al rompe y rasga, sobre cuya edad real siempre hubo dudas, no en vano parecía mayor y colgó con 31 años teóricos el pantalón corto, después de arrastrarse durante los tres últimos ejercicios. El público celtiña, tras su periplo por la Cultural Leonesa y Gijón, llegó a pedir a gritos lo expulsasen del campo, harto de tantas y tan repetidas brusquedades. Cuando hubo cerrado su ciclo deportivo en Jerez de la Frontera siguió viviendo en el barrio de Lavadores, donde naciese y habría de encontrar la muerte, el 12 de febrero de 2012.

Hacia el Este, por el Cantábrico, el Athletic Club bilbaíno tuvo que improvisar otro equipo, poco menos que de la nada, al tener por América a los Blasco, Zubieta, Iraragorri, Cilaurren y compañía, antiguos componentes del Euskadi, a Roberto para muy pocos trotes, o a Mandalúniz y Molinuevo en Francia. El húngaro Alberty, fichado en su día por el Madrid como relevo de Ricardo Zamora, prefirió seguir jugando en aquella España hambrienta, sin duda por haberse casado con una madrileña. Ferrol, Celta y Granada iban a ser sus siguientes pasos, hasta que un tifus le segase la vida en plena actividad (30-IV-1942). Y contra lo tantas veces repetido, no fue nuestro único foráneo. Edmundo Reboredo, bonaerense que nunca llegó a nacionalizarse español, volvió desde Oporto a su Deportivo de la Coruña sin que nadie pensase en sancionarle, pues contaba, a efectos prácticos, como ciudadano argentino. Y hacia Argentina viajó de vuelta, después de colgar las botas, convencido de que junto al Mar del Plata le aguardaba un mejor porvenir. Tan bajo era nuestro nivel competitivo que desde la Federación se prohibió a los clubes disputar partidos amistosos con equipos extranjeros. Tampoco era cosa de hacer el ridículo, siendo objetivo preferente elevar la autoestima nacional. No se había ganado una guerra para perder ante once portugueses, o combatientes alemanes de permiso.

El Atlético Aviación, comandado desde el banquillo por Ricardo Zamora, se adjudicaría dos campeonatos consecutivos. Los Oriamendi (de Baracaldo y Gijón), encontraron trabas en sus respectivas Territoriales. Al baracaldés, incluso, se le impediría seguir compitiendo, no por representar una ideología dudosa, sino en cumplimiento de la más aplastante lógica. Suprimidos los partidos políticos, a excepción de Falange, tampoco parecía cuestión de dar alas a quienes por el momento se mantenían apiñados junto al caudillo, pero tal vez un día, como en parte así ocurrió, pudiesen acabar estableciendo distancias. Lo mejor era no enredar política y fútbol. Desterrar la política, incluso, conforme aseguran aconsejó franco una vez: “Haga como yo, hombre; no se meta nunca en política”. Claro que, de momento, nuestro fútbol pasó de formar puño en alto, antes de cada pitido inicial, a saludar a la romana, e incluso gritar con entusiasmo “¡Franco, Franco, Franco!”.

El Baracaldo C. F. tuvo que aceptar el mecenazgo de la empresa siderúrgica Altos Hornos, aunque ello implicase cambiar su denominación -Baracaldo A. H.- y convertir las camisetas gualdinegras en azules, color del hierro en el punto de licuefacción. Otras entidades no sobrevivieron a la guerra. Pero era tan grande el deseo de aquellos españoles por pasar página cuanto antes, que en seguida pergeñaron nuevas y muy embrionarias formaciones. Al fin y al cabo, fútbol y cine constituían únicos pasatiempos no pecaminosos de la población. Los receptores de radio eran un lujo para muchos, y tampoco es que sus programas derrochasen amenidad hasta mediado el siglo XX. Los bailes, siempre y cuando no se tratara de jotas, muñeiras, sardanas o sevillanas, podían significar la perdición del alma. Así aseguraban desde sus atalayas miles de clérigos transformados en somatenes, e impresores de pasquines y hojas parroquiales, advirtiendo “¡Joven, diviértete de otra manera!”. Alguaciles o guardias municipales con órdenes de multar a cuantas parejas no dejasen correr entre ambos una corriente gélida, ejercían a ese respecto un eficacísimo peonazgo. La recuperación o expansión de nuestro balompié ofrecería un panorama desigual, como cabe colegir del siguiente cuadro.

Comparativo de Clubes Federados por Territoriales

Temporadas 1935-36 y 1941-42

TERRITORIALES

TEMP. 35-66

TEMP. 41-42

Aragonesa

43

54

Asturiana

60

93

Leonesa

7

15

Balear

86

40

Cántabra

37

34

Castellana

82

114

Catalana

248

250

Extremeña

10

13

Gallega

37

92

Guipuzcoana

35

29

Hispano-Marroquí

26

24

Las Palmas

20

21

Murciana

91

39

Navarra

37

43

Sur

77

181

Tinerfeña

26

57

Valenciana

55

69

Vizcaína

37

50

Para un correcto análisis del mismo han de tenerse en cuenta varios aspectos:

A.- La Territorial Leonesa estuvo adscrita provisionalmente a la Asturiana, durante el ejercicio 1935-36 (provincias de León, Zamora y Palencia). Para la temporada 1941-42 ya no existía, y todos sus clubes formaban parte de la Astur-Montañesa, que englobaba, además del territorio asturiano y cántabro, las provincias de Burgos, León, Zamora y Palencia. Sólo por facilitar una correcta interpretación, las entidades de estas provincias se anotan en la Leonesa el campeonato 41-42.

Al defensa canario Machín, durante su etapa en el Aviación Nacional y primeros días como “colchonero”, trataron de convertirlo en Machorro. Alguien pensó que aquel apellido pudiera poner en entredicho su virilidad, cuando la hombría se daba por descontada en el ejército franquista.

Al defensa canario Machín, durante su etapa en el Aviación Nacional y primeros días como “colchonero”, trataron de convertirlo en Machorro. Alguien pensó que aquel apellido pudiera poner en entredicho su virilidad, cuando la hombría se daba por descontada en el ejército franquista.

B.- La existencia o no de clubes “Adheridos” en varias Territoriales, justifican cierta distorsión. Tómese como ejemplo que Cantabria poseía 16 adheridos en 1941-42 y sólo 4 para 1935-36. Galicia, 77 y 18 respectivamente. La Valenciana 29 y 33. La Vizcaína 7, en 1935-36. La Murciana 15 en 1935-36 y ninguno para el torneo 41-42. Los “adheridos” rara vez pasaban de agrupaciones amistosas, más voluntaristas que efectivas, sin apenas apoyo social y carentes, salvo contadas excepciones, de una estructura mínima.

C.- La temporada 41-42 compitieron bajo el paraguas de la F.E.F. los equipos de Educación y Descanso, inexistentes antes de la conflagración civil, que más adelante seguirían un desarrollo paralelo, dubitativo y precario, ajeno al máximo organismo rector de nuestro fútbol.

D.- Entre los adheridos de 1941-42 competían varias entidades de clara inspiración religiosa, o emanadas del sindicato vertical. Tómense como referencia los cuatro colegiales de Navarra y dos curiosidades de Vizcaya: Colegio Padres Jesuitas de Tudela, Hermanos Maristas, Salesianos, y Padres Escolapios, de Pamplona. O por cuanto a los vizcaínos respecta, Juventud de Acción Católica Española, y S.E.U. (Sindicato Estudiantil Universitario). La también bilbaína Sociedad Deportiva Indauchu, sin ser exactamente representativa de un centro eclesiástico, fue fundada por exalumnos del Colegio de Jesuitas Ntra. Señora de Begoña, en Indauchu, y durante sus primeros doce años de andadura una parte no desdeñable de sus futbolistas y directivos habían pasado por aquellas aulas. Esta entidad, hoy hundida en una irrelevante categoría Regional, se convirtió en clásica de 2ª División desde el despunte de los años 50 hasta la catastrófica remodelación de categorías acuñada en 1967.

Paralelamente, el fútbol posbélico, por más que su primer mandatario, el teniente coronel Troncoso Sagredo, no lograra imponer sus tesis, tampoco es que dejase de experimentar, siguiera durante los primeros años, algún síntoma de contagio. El ejército, por ejemplo, ofreció grandes facilidades a su gente si les fuere dado alternar galones y uniforme con el atuendo deportivo. Sobre este punto, el atacante de Alcalá de Guadaira José González Caballero (5-I-1916), constituye clarísima referencia.

Para cuando estalló la guerra ya había lucido la camiseta bética en 37 partidos de Liga, con 11 goles, distribuidos en tres campañas. Amén, claro está, de números choques amistosos, coperos, o del campeonato andaluz. Sargento provisional durante la contienda, se reenganchó en el ejército tras la victoria franquista, sin abandonar el fútbol en ningún momento. Betis de nuevo, entre 1939 y 1941, Coruña desde el 41 hasta 1945, y Cádiz C. F. desde los estertores del ejercicio 44-45 hasta mayo del 48, constituyeron su andadura hasta colgar las botas de tacos, con 32 años. Cuando militaba en el Deportivo de La Coruña era sargento de infantería y pasaba del campo al cuartel y del acuartelamiento a Riazor, como quien hoy acude al gimnasio tras cumplir en la oficina.

Y no fue caso aislado. Por Andalucía y Murcia pudieron ver las evoluciones del gaditano Fito (Adolfo Núñez Bensosuan), atacante directo y goleador, mientras competía con el Balón de Cádiz entre 1958 y 1961, y tras su traslado profesional a Cartagena, en clubes murcianos. Era militar con galones, para quien el fútbol sólo representaba una pasión desbordante. Badajoz y los estadios castellano-manchegos pudieron ver, al menos, a un par de guardias civiles compitiendo en categoría nacional. Y en la otra Castilla, la mesetaria fría, pedriza y paramera, un italiano que conoció España en plena sangría bélica, se convirtió en español adoptivo mientras lucía habilidades de entrenador. Se llamaba Lorenzo Massobrio Barbieris, había nacido en Alessandria y, como militar de carrera, combatió con galones de capitán en el ejército que Musolini envió a España para ayudar a Franco. Pudo vérsele en los banquillos del Club Deportivo Mirandés, durante dos temporadas; Juventud Círculo Católico, de Burgos; Burgos; Plasencia, por espacio de tres campañas; de nuevo Juventud Círculo Católico, los ejercicios 61-62, 62-63 y 63-64, todos ellos en 3ª División. Y además de por Castilla y Extremadura, entrenó en su país natal a la Universidad de Génova, y en Alemania al Kaiserstaimbruck, de 2ª División.

Hubo, también, algún club militar, como el bilbaíno Garellano, encuadrado en 3ª División y categoría Regional. Y otros que sin ser en puridad castrenses, solían contar entre sus efectivos con una amplia proporción de soldados de reemplazo: Burgos, Ceuta, Melilla, San Fernando, Badajoz, Cartagena, Ferrol, el también ferrolano Arsenal…

Tampoco los banquillos dejaron de estar ocupados por varios militares, casi siempre de perfil deportivo modesto. Tenían fama de prestar mucha atención a la forma física e imponer a sus plantillas una gran disciplina. El más destacado, a sideral distancia del resto, fue José Villalonga Llorente (Córdoba 4-XII-1919).

José Villalonga llevó la batuta en el primer gran éxito de nuestra selección. Además de excelente preparador físico, sabía manejarse en el vestuario.

José Villalonga llevó la batuta en el primer gran éxito de nuestra selección. Además de excelente preparador físico, sabía manejarse en el vestuario.

Si como futbolista no había pasado de amateur en su ciudad natal, con galones de técnico se convirtió en uno de los más grandes. Falangista prematuro, Camisa Vieja y miembro de la Vieja Guardia, se sumó al bando franquista durante la guerra y a partir de ella prosperaría en el ejército de tierra, como militar profesional. Especialista en Educación Física, obtuvo el título de entrenador en la primera convocatoria (Burgos, 1949). Aquella que en cierto modo sirvió para “legalizar” a cuantos venían ejerciendo como tales, incluso al frente de nuestra selección, y arrojara entre los aprobados un envidiable cuadro honorífico: Baltasar Albéniz, Gabriel Andonegui, John Bagge, Antonio Barrios, Patricio Caicedo, Luis Castro “Pasarín”, Benito Díaz, José Escolá, Patxi Gamborena, Helenio Herrera, Juan Antonio Ipiña, José Iraragorri, Manuel Meana, Jacinto Quincoces, Gaspar Rubio, Amadeo Sánchez, Alejandro Scopelli, Lino Taioli, Luis Urquiri, Ricardo Zamora o Juanito Urquizu, hasta un total de 59. Corría el año 1952 cuando ingresó en el Real Madrid, como preparador físico. Y en diciembre de 1954, tras la espantada del sudamericano Enrique Fernández, se convertiría en responsable de la primera plantilla “merengue”. Allí encadenó una suma de éxitos difícilmente predecibles: Campeón de Liga y Copa Latina durante su primera campaña (1954-55); en 1955-56 vencedor de la Copa de Europa (1ª edición), y para despedirse un nuevo título de Liga, otra Copa Latina y la segunda Copa de Europa.

Quizás porque prefiriese un descanso, aprovechó el verano de 1957 para integrarse en el organigrama de la F.E.F., como entrenador de la selección juvenil y responsable de la preparación física para el cuadro absoluto. Pero el banquillo, conforme muchos han reconocido, tira muchísimo. Y a él también le picaba ese gusanillo.

Era profesor en la Escuela de Entrenadores cuando en julio de 1959 aceptó una oferta del At Madrid para convertirse en secretario técnico. El cese o destitución de Ferdinand Daucik a poco de iniciarse el ejercicio 59-60, le hizo compaginar su tarea en los despachos con la dirección técnica de la plantilla. Abrazado al éxito, proclamó a los “colchoneros” campeones de Copa en 1960 y 1961, además de otorgarles su primer título europeo, venciendo a la Fiorentina en la final de Recopa. Si alguien podía hacer algo con nuestra selección nacional, cuajada de buenos jugadores que en los instantes decisivos rayaban a baja altura, ese era él, pensaron los federativos. Y consecuentemente, el 26 de setiembre de 1962 se hizo público su reingreso, compatibilizándolo con el puesto de secretario técnico en el At Madrid. Una decisión que habría de traducirse en críticas desde la prensa y determinados clubes, no tanto porque implicase una excesiva acumulación de poder, sino ante las connivencias que pudieran crearse entre Federación y club “colchonero” y, más aún, ciertas suspicacias sobre posible favoritismo arbitral, designándose los “trencillas” desde el propio ente federativo. Así las cosas, dejó la secretaría técnica tan pronto hubo concluido la temporada 62-63.

Su balance con la selección española, sin arrojar grandes datos estadísticos (9 victorias, 5 empates y 8 derrotas, sobre un total de 22 partidos) se vio engrandecido por la consecución del primer gran éxito internacional: la Eurocopa correspondiente a 1964, nada menos que ante la URSS y en plena vorágine conmemorativa para el régimen, con ocasión de sus bodas de plata detentando un poder omnímodo. Efeméride que los hábiles propagandistas del Ministerio de Información y Turismo transformaron en celebración de “25 años de Paz”. El fracaso en el Mundial de Inglaterra (1966), con una agónica victoria ante Suiza (2-1) y sendas derrotas con Argentina y Alemania Federal, en Birmingham (también 2-1), le hizo ver la conveniencia de asumir papeles menos expuestos. Transcurrido un año se convertía en director de la Escuela Nacional de Entrenadores y primer profesor de fútbol en el INEF de Madrid, cargos que detentaba al producirse su óbito, en el hospital militar Gómez Ulla, a las cinco de la tarde del 7 de agosto de 1973, como consecuencia de un infarto sufrido el 22 de julio. Contaba 53 años, había llegado a nuestra selección siendo comandante de infantería y poco antes de expirar detentó el empleo de teniente coronel.

José Antonio Naya, militar y entrenador durísimo. Un buen revulsivo para equipos en crisis, cuya manera de ser desquiciaba tanto a jugadores como a presidentes y directivos.

José Antonio Naya, militar y entrenador durísimo. Un buen revulsivo para equipos en crisis, cuya manera de ser desquiciaba tanto a jugadores como a presidentes y directivos.

Casi cuando Villalonga abandonaba este mundo, otro militar y entrenador comenzaba a cimentar su fama de revulsivo, resucitador de equipos en crisis y fabricante de jaquecas presidenciales, tan pronto resolvía situaciones extremas. Su nombre, José Antonio Naya Mella, sería conocido por todos los puntos cardinales, pues a causa de su carácter hubo de recorrer una larguísima relación de banquillos, sin acomodarse jamás en ninguno.

Natural de La Coruña (30-IV-1934) nunca pasó del juvenil deportivista, ante su ingreso en el ejército, para hacer carrera, que le impidió averiguar si estaba o no dotado como futbolista. Sin desligarse por completo del balón, obtuvo el título de entrenador. Y en condición de tal hizo campeones a los muchachos del Real Madrid aficionado y la selección Castellana (ejercicio 1970-71), recibiendo entonces la medalla de entrenador más distinguido en dicha Territorial. Meses después (temporada 71-72) salvaba a un Cádiz C. F. poco menos que desahuciado, en los últimos 15 partidos de la división de plata. Por detrás lucía un amplio bagaje de polvaredas, instalaciones paupérrimas, graderíos semidesérticos e incertidumbre ante el cobro: Cultural Leonesa, Júpiter Leonés, la ya extinta Hullera Vascoleonesa, R. S. Alcalá, Toledo, Getafe… A la entidad getafeña, precedente del club actual, llegó tras disputarse 10 jornadas, con un raquítico punto en su haber. Y puesto que lograría eludir el descenso, fue bautizado por la prensa como “Salvador”. Ante sí, en cambio, una suma inacabable de singladuras: el también desaparecido Club Deportivo Orense, Burgos C. F., Deportivo de La Coruña, Recreativo de Huelva, Linares, Castellón, Deportivo Alavés, Granada, Xerez, Real Burgos, Sabadell, Murcia, nuevamente Cádiz, Orense… Tan sólo en Linares y Jerez de la Frontera se mantuvo dos medias campañas: con el Linares durante 16 partidos de la primera y en los 25 primeros choques de la siguiente; en el Xerez a lo largo de 17 de la primera y 11 de la segunda.

Lo suyo, en realidad, era llegar tocando a rebato, defender el fortín con uñas y dientes y abandonarlo con humo a la espalda, caras largas, pese al éxito, y una soldadesca incapaz de aguantar por más tiempo su espartano concepto del sacrificio. Únicamente en Burgos hizo excepciones, dirigiendo al Club de Fútbol durante los 38 encuentros de 2ª correspondientes a 1974-75 y, fenecida esta entidad, aupando a 1ª a su sucesor, el rojipardo Real Burgos, la temporada 89-90. Vivía en un perpetuo tobogán; un constante ir y venir, como patentizó en Vitoria: Dos partidos con el Deportivo Alavés, victoriosos ambos, y huida hacia el Granada para rubricar otros 12, con paupérrimos resultados (una victoria, 3 empates y 8 derrotas). Dieciséis encuentros al frente del Sabadell, 8 dirigiendo al Real Murcia, 6 en su retorno al Cádiz, u otros 6 cuando intentó reverdecer laureles en un equipo bien conocido, que para entonces ya se denominaba C. D. Ourense.

Si no se le pudo tomar más en serio, y sobre todo si nadie quiso contar con él en 1ª División, fue a causa de su carácter volcánico, un ego bastante alto y cierto empeño casi obsesivo por erigirse en personaje incómodo. Algunas frases suyas, vertidas ante los informadores o recogidas por la prensa, resultan lo bastante explicativas: “No transijo con que un jugador me racanee”. “Yo no multo; yo echo fuera”. “No me gustan las lesiones largas; no quiero al hombre quejica”. “Exijo a los que no jueguen, no hagan labor de zapa”. “Hay que dar el “do” de pecho y en el campo, además de lucha, entrega y honradez”. En los despachos, ante los presidentes o directivos de turno, tampoco solía arrugarse. Y como resultado, en un fútbol menos físico que el actual, más observador de rangos y jerarquías, acababa hastiando a todos en seguida.

Quien a hierro mata, a hierro muere. Y él hubo de morir deportivamente en demasiados banquillos, por sus ataques de intransigencia.

La lista de militares en los banquillos también debería hacer hueco a Luis de Miguel Martínez (Ávila, 1933), que después de forjarse como preparador físico en el Parque Móvil, de Madrid, ejercería profesionalmente como responsable máximo en la Unión Deportiva Gaditana, Puerto Real, Portuense, Balón de Cádiz a lo largo de tres etapas distintas, Xerez Deportivo, Extremadura de Almendralejo, Unión Popular de Langreo y Cádiz C. F., antes de asumir aquella secretaría técnica.

De un día para otro, los futbolistas pasaron de saludar con el puño cerrado, a hacerlo a la romana. En la imagen el Madrid republicano, antes de que echase a rodar el balón en un partido homenaje a la Brigada Mixta.

De un día para otro, los futbolistas pasaron de saludar con el puño cerrado, a hacerlo a la romana. En la imagen el Madrid republicano, antes de que echase a rodar el balón en un partido homenaje a la Brigada Mixta.

Volviendo la mirada hacia el fútbol posbélico, cabe indicar que al régimen no le faltaban motivos para tenerlo bien atado. Quedaría de manifiesto cuando en 1943, con ocasión de una eliminatoria copera entre Real Madrid y Barcelona, tuvo lugar una algarada bastante seria. Aquello alertó a los jerarcas, ante la eventualidad de que incidentes de orden público pudiesen derivar en protestas de otra índole. Y decididos a cortar por lo sano, girarían una circular con el barroco lenguaje de la época: “Por informes procedentes de distintas provincias se observa en esta Dirección General que cada día se va poniendo más de relieve una actitud antideportiva del público que presencia los partidos de fútbol, con lamentables manifestaciones que, por exceder de los términos correctos en que una persona medianamente educada exterioriza la emoción que en su ánimo produce la marcha del partido, no son tolerables en un concepto exacto de lo que obliga la convivencia…”. La misma acababa así: “Los agentes de la autoridad procederán sin contemplaciones a la detención de quienes se excedan realizando cualquier agresión de palabra u obra, dando cuenta urgentemente a esta Dirección General de los pormenores…”

Además, se “sugirió” al recién nombrado presidente blanco, Santiago Bernabéu, un acercamiento de posturas con su colega “culé”, también recién llegado, tras dimitir el marqués de la Mesa de Asta en desacuerdo con las sanciones impuestas a su club. Como vía de reconciliación, se pactaron dos partidos entre ambos, en nombre de “la paz y la amistad”, resueltos con empate a uno en Madrid y victoria azulgrana por 4-0 en su feudo, adjudicándose de ese modo los catalanes aquel primer y único Trofeo de la Concordia. Obviamente, las hostilidades entre ambas hinchadas tardarían bien poco en renacer.

Mientras todo esto ocurría, era palmario que aquellos 3 años de parón, más los cinco de aislamiento forzoso, al hallarse Europa enfrentada en la II Guerra Mundial, ahogaban cualquier conato de progreso futbolístico. Seguía practicándose la verticalidad, la carrera de los extremos y el centro desde el banderín, para que un ariete-tanque impulsase la pelota hasta las redes. Monotonía, en suma, carente de elaboración. Sólo cuando el San Lorenzo de Almagro vino de visita en 1947, se tuvo constancia de hasta qué punto nuestro primer deporte había quedado obsoleto. Los argentinos incrustaban al medio centro entre los dos zagueros, retrasaban a los interiores, hasta convertirlos en arquitectos del juego atacante, mareaban el balón a la búsqueda de fisuras y se plantaban en el área, abusando de un pasecito corto fruto de su técnica individual, aquí desacostumbrada. La Federación, entonces, recomendó a sus asociados abrazar el nuevo esquema táctico, conocido como WM. Y para implantarlo más rápidamente irían llegando los primeros técnicos y futbolistas extranjeros, sudamericanos, estos últimos, en su amplia mayoría.

En Bilbao, el ejército llegó a contar con un equipo en categoría Regional y 3ª División: el Garellano. Prácticamente desde su creación, dicho regimiento de infantería tuvo su sede en Vizcaya. Tomó el nombre de la gran victoria que Gonzalo Fernández de Córdoba, el “Gran Capitán”, obtuviese ante los franceses en 1503, a orillas del italiano río Garellano.

En Bilbao, el ejército llegó a contar con un equipo en categoría Regional y 3ª División: el Garellano. Prácticamente desde su creación, dicho regimiento de infantería tuvo su sede en Vizcaya. Tomó el nombre de la gran victoria que Gonzalo Fernández de Córdoba, el “Gran Capitán”, obtuviese ante los franceses en 1503, a orillas del italiano río Garellano.

La reconciliación, entre tanto, seguía pendiente. Y tampoco el fútbol era ajeno a ella. Costaba, y mucho, perdonar viejas afrentas. Ciertos clubes, considerados “díscolos” no tanto estatutariamente, sino al contar con una masa de seguidores “tibia en su afección al régimen”, serían llamados al orden mediante sanciones desproporcionadas, ante incidentes de orden público (Barcelona (**), con ocasión de la eliminatoria de Copa ya citada), salidas de tono de algunos jugadores (Atlético Baleares, con un año de suspensión federativa a Brondo), o mediante solemnes cacicadas (Cultural de Durango y su descenso de categoría, tras ganar sobre el césped la continuidad en ella). Algo después comenzó a vincularse al Real Madrid con el franquismo, sin que nada, en el fondo, lo avalase. Primero porque el único presidente capaz de plantar cara ante el condecorado general José Millán-Astray, no fue otro que Santiago Bernabéu.

Parece que la única mano del mutilado combatiente tenía excesiva querencia por las señoras, en sus visitas al palco. Y harto del espectáculo, al mandatario “merengue” terminó acabándosele la paciencia. Se dijo, también, que en aquel recinto se cerraban suculentos negocios, licencias de importación y adjudicaciones, cara los Polos de Promoción Industrial y Planes de Desarrollo. Habría algo de verdad, sin duda, del mismo modo que en los palcos de Málaga, Burgos, Zaragoza, Santander o Murcia, se acercaban posturas sobre recalificación de suelos y en materia de subvenciones acogidas al Plan General de la Vivienda. Que el régimen aprovechó propagandísticamente los triunfos de la apisonadora madridista, mediados los años 50 y durante los 60, constituye pura obviedad. Negar que lo hubiese hecho con cualquier otro club triunfador en nuestro suelo y allende los Pirineos, un histórico brindis al sol. Franco, por ejemplo, estuvo presente en la inauguración del Camp Nou barcelonés, ante las cámaras del “No-Do”. Entregaba la bandera a la tripulación vencedora en las regatas de San Sebastián. Recibía en audiencia al ajedrecista Arturito Pomar, todavía imberbe, al boxeador José Legrá, o a los niños actores Pablito Calvo, Marisol y Joselito. En aquella España poblada de súbditos, si no era caudillista un amplísimo porcentaje, fingía serlo. Ciñéndonos tan sólo al reducido mundillo del balón, un repaso a su nómina presidencial certifica que Bernabéu no fue más franquista que los mandatarios del Hércules alicantino, Sevilla, At Bilbao, Español barcelonés, Mallorca, Oviedo, Cádiz, o Club Deportivo Tenerife, durante los años 40, 50 y parte de los 60. Baste, por abreviar, una mirada hacia dos grandes de entones y hoy, como son At Madrid y F.C. Barcelona.

Por la poltrona rojiblanca pasaron los militares de alto rango Luis Navarro Garnica (39-41) y Manuel Gallego Suárez-Somonte (41-45). El efímero Juan Touzón (46-47). Cesáreo Galíndez (47-52), partícipe en la fusión del Athletic con el equipo del Ejército del Aire y factótum de una etapa por demás fértil. El Marqués de la Florida (52-55), muy buen tenista, condecorado y herido por partida doble, combatiendo con los alzados; falangista, presidente de la Hermandad Nacional de Alféreces Provisionales y de 17 Federaciones Nacionales, nada menos. Jesús Suevos (1955), fundador de la Falange en Galicia, jefe de centuria falangista en los combates de Guadarrama, director de “El Pueblo Gallego” incautado a las primeras de cambio por los sublevados, cargo del Servicio de Información de Falange en el Exterior y, durante los años 60, organizador de un grupo paramilitar que en el área ferrolana se dedicaba a amedrentar, mediante palos, cadenas y pistolas, a sindicalistas clandestinos. El arquitecto y antiguo futbolista Javier Barroso (55-64), con numerosas casas-cuartel de la Guardia Civil entre su obra arquitectónica, sobre todo por Aragón y la franja mediterránea, fruto de su proximidad a jerarquías militares. Había sido, además, presidente de la F.E.F entre 1941 y 1946, y junto a Miguel Ángel García-Lomas firmó el proyecto del Estadio del Manzanares. Vicente Calderón, finalmente (64-80), tan notable mandatario como hombre conservador, fiel a sus devociones y una ideología que nada hacía por ocultar.

El club azulgrana contó, entre otros, con Enrique Piñeiro (40-42), marqués de la Mesa de Asta y militar sublevado, ayudante de campo del general José Moscardó en la campaña de Cataluña. José Antonio de Albert (1943), conde de Santa Mª de Sans y barón de Terrades, propietario de “La España Industrial”, gran empresa textil del periodo autárquico, cuya renuncia al cargo se produjo para asumir la presidencia de la Territorial catalana. José Vendrell (43-46), militar que apoyó a los sublevados, Delegado de Orden Público en La Coruña durante 1938, Delegado Provincial de Abastos en Castellón y coronel cuando encabezó la nueva junta directiva. Agustín Montal Galobart (46-52), burgués que heredaría la empresa de hilaturas “Industrial Montalfita”, engrandecida por su abuelo; junto a Daucik y una gran plantilla, artífice de las “Cinco Copas”, así como franquista confeso. Enric Martí Carreto (52-53), a quien estalló en la cara el mal llevado caso Di Stéfano. Francesc Miró-Sans (53-61), elegido por sus socios, lo que constituía toda una novedad, aunque hubiese maniobras subterráneas del Gobernador Civil de Barcelona, para quien se antojaba hombre de absoluta confianza; empresario textil, como De Albert y Montal, y artífice del Camp Nou. Enrique Llaudet (61-68), heredero de otro imperio de hilaturas que incluía una colonia propia, en San Juan de las Abadesas, a quien la autarquía le sentó admirablemente. Tuvo que lidiar con la catástrofe económica del club, derivada de la construcción del nuevo campo. Y Agustín Montal Costa (69-77), hijo de Montal Galobart, de quien se recuerda, sobre todo, el fichaje de Johan Cruyff o la inauguración del Palau Blaugrana y el Palau de Gel.

Guillermo Eizaguirre. Otro militar al frente de la selección nacional, para desgracia de Juan Acuña.

Guillermo Eizaguirre. Otro militar al frente de la selección nacional, para desgracia de Juan Acuña.

Que la auténtica reconciliación tardó en llegar también para el balón de cuero, constituye un hecho. Y como prueba, el encontronazo entre dos grandes porteros: uno andaluz y de preguerra; otro gallego, en la durísima posguerra. Ambos con méritos de sobra para haber sido internacionales muchas veces.

El sevillano Guillermo Eizaguirre Olmos (27-V-1909) había guardado el marco sevillista desde 1926 hasta el estallido bélico. Hijo de un magistrado de la Audiencia de Sevilla, nunca vio el fútbol como fórmula de enriquecimiento, y prueba de ello es que jamás renunciara a su condición de “amateur”. Alférez provisional durante la contienda y teniente de la Legión, su enganche y tres heridas en combate fueron utilizadas con fines propagandísticos entre los sublevados. Luego continuó en la carrera militar, aparcando su título de licenciado en Derecho. Campeón de Copa en 1935 e internacional en 3 oportunidades, más los dos choques no oficiales contra Portugal, mientras silbaban los obuses y se derramaba sangre, también celebró 7 copas de Andalucía. La vida castrense estuvo lejos de impedirle seguir conectado al fútbol, puesto que sería seleccionador nacional del 21 de marzo de 1948 al 16 de julio del 50, y del 10 de noviembre del 55 al 3 de junio del 56, teniendo a su cargo, por lo tanto, la selección española del Mundial brasileño (1950), donde las tuvo tiesas con el  coruñés Acuña en el mismísimo aeropuerto de Barajas. Y es que sus respectivas ideologías forzosamente debían chocar.

Juan Acuña Naya (La Coruña, 13-II-1923), había saltado con 15 años y en plena Guerra Civil, al primer equipo del Deportivo, asignándosele un primer sueldo de 300 ptas. mensuales. Ágil, decidido y eficacísimo, aun defendiendo los colores de un club pequeño fue el guardameta menos goleado de 1942, subcampeón de la Liga 49-50 y al decir de los críticos, el mejor de la posguerra, sin mucho que envidiar a Ricardo Zamora. Con otro carácter más abierto y algún don de gentes, sin duda habría salido de Galicia, pues nunca le faltaron ofertas. Y entonces, quizás, hubiese arrebatado internacionalatos al mismísimo Ramallets. Ideológicamente de izquierdas, llegó a contar en su ficha policial con antecedentes por integrar una manifestación socialista, antes que de Franco se afianzase en el poder. Y claro, cuando el andaluz Eizaguirre no tuvo más remedio que incluirle en su preselección para Río de Janeiro, ante su magnífica temporada, el topetazo entre ambos parecía cantado.

Nada más llegar al aeropuerto madrileño, desde donde partieron rumbo la capital carioca, el seleccionador aprovechó para zaherirle: “De las maletas que se ocupe Acuña; al fin y al cabo todos los maleteros son gallegos”. El guardameta no se contuvo: “De las maletas se va a encargar su señora madre, oiga”. Al visceral Guillermo Eizaguirre tuvieron que sujetarlo cuando fue derecho hacia su pupilo. “¡A casa!, te vuelves ahora mismo a casa, por rojo y por mierda”. A los federativos les costó convencer al seleccionador para que no partiese con un portero menos, ante la hipótesis de cualquier lesión o por el mal efecto que dejarlo en tierra pudiese causar en los demás. Obviamente, Acuña no disputó ningún partido en el mundial que coronaría a Ramalltes como “Gato con alas” y “Guapo goleiro”, en los medios brasileños. Fue uno de los tres que no se vistió de corto para aquel cuarto puesto que supo a gloria, máxime haciendo hincar la rodilla a Inglaterra, los ocupantes de Gibraltar, con gol  de Zarra.

Acuña, a quien el diminutivo de “Juanito” acompañó durante casi toda su carrera, por haber debutado tan joven. Nadie, durante el decenio de los 40, pudo hacerle sombra majo el marco.

Acuña, a quien el diminutivo de “Juanito” acompañó durante casi toda su carrera, por haber debutado tan joven. Nadie, durante el decenio de los 40, pudo hacerle sombra majo el marco.

Acuña se mantuvo activo hasta 1956, por más que durante los dos últimos ejercicios apenas se alineara, mermado a causa de una persistente lesión en el hombro y combatiendo su tendencia a engordar. Corría 1951 cuando firmó el contrato de su vida con el Deportivo: 775.000 ptas. de ficha por 5 años, más 2.500 mensuales de sueldo, primas aparte. Internacional absoluto una vez, contra Suiza, el 28 de diciembre de 1941,  y suplente en 8 partidos del cuadro absoluto y otra ocasión en la selección B, se le erigió un merecido monumento en las proximidades de Riazor. Y aunque no llegase a jugar en Brasil, conservó hasta su muerte, acaecida el 30 de agosto de 2001, a los 78 años, aquella pequeña agenda que se entregase a cada miembro de la expedición, con recomendaciones más propias de parvulitos. “Usted representa a España y como tal debe hacer gala de irreprochable conducta (…) No mantenga conversaciones sobre política, cuide los modales y evite compañías poco recomendables (…) Compórtese cortés y disciplinadamente en el campo (…)

Para una vez que el equipo nacional salía fuera tantos días, ¿por qué no vender patria?, pudieron pensar, quizás, en la Federación Española.

Eizaguirre contrajo matrimonio frisando la cuarentena, el 30 de octubre de 1948, con Dª Ana Rosa de Figueroa y Fernández de Linares, hija de los marqueses de Villabrógima y nieta del Conde de Romanones. Se convirtió así en el segundo seleccionador nacional que pasaba por la vicaría detentando el cargo, luego de que se le adelantara José Mª Mateos. Por fuerza hubo de contraer segundas nupcias, pues en su esquela figuraba como esposa Dª Gloria Mesas Rodríguez, tras fallecer en Madrid el 25 de octubre de 1986.

A partir del desarrollismo y el desembarco de tecnócratas en ministerios o secretarías de estado, el molesto recuerdo de aquella guerra comenzó a desvanecerse, por más que muchos gobernadores, antes de cortar cintas o vislumbrar desde su atril el perfil de barrios obreros a medio urbanizar, concluyesen sus discursos inaugurales cantando el “Cara al Sol” o dando vivas a Cristo Rey.

Hoy, transcurridos ochenta años desde aquel mar de sangre, parece que heridas tan viejas continúan pudriéndose. Hace tiempo llegó la hora de cauterizar esa gangrena, pero se antoja difícil quedando demasiadas fosas sin levantar, revisionistas tejiendo “historias” paralelas y numerosos españoles, nostálgicos unos, jovencísimos otros, empeñados en convertir en héroes a quienes un día hicieron suya la victoria y la venganza, después de promover una asonada. Como el péndulo salta siempre de extremo a extremo, tampoco faltan cantores de gesta para quienes un día decretaron o consintieron masacres carcelarias, señalaron con el dedo a adversarios que otros tumbarían, o sembraban de cadáveres parques y cunetas, cada madrugada, mediante descargas de plomo alevoso, sin órdenes de detención ni garantía judicial.

A estas alturas debería entenderse que hubo muchas, muchísimas víctimas, y pocos héroes por ambos bandos.

________________________

(*).- La Marina republicana registró abundantes maniobras de esta índole: deserciones, connivencias con el bando franquista, o entregas pactadas de naves y pertrechos a sus adversarios. Algo que no hace sino evidenciar el mayúsculo error del socialista Indalecio Prieto, al sacar de las cárceles a mandos y marinos alzados, bajo promesa de no reincidir, dadas las carencias registradas en un sector tan especializado como la Armada.

(**).- Buscando un escarmiento general, el Comité de Competición impuso 2.500 ptas. de multa al Real Madrid por aquellos incidentes en su campo, más otra sanción de 25.000 a cada uno de los equipos enfrentados. Desde ambos clubes se alzaron recursos, olímpicamente desatendidos. Queriendo manifestar su total desacuerdo, puesto que los azulgrana fueron a todas luces víctimas de lo acontecido, el presidente del Barça dimitió irrevocablemente. El madridista, que había anunciado su salida poco antes y ostentaba interinamente el cargo, aceleró su despedida. Aquellas multas tuvieron por objeto sufragar la adquisición de entradas para la final copera, con destino al Frente de Juventudes, “y así incorporar a esa extraordinaria solemnidad deportiva a quienes han de constituir la afición del mañana, que ha de ser todo lo correcta y disciplinada que el deporte exige”, según justificaba en su punto 2º la resolución. Se temía, y mucho, que cualquier algarada futbolística derivase hacia protestas o reivindicaciones, en un país sin divisas, con cárceles atestadas, hambre endémica y frío, tremendo frío ante la carencia de combustibles.

 

NOTA: Agradeceremos vivamente cualquier corrección, ampliación o comentario sobre el listado de bajas inserto en el primer artículo de esta serie, que contribuya a enriquecerlo. Pueden establecer contacto dirigiéndose a:

cihefe@cihefe.es

Nuestro reconocimiento anticipado.

 




Falsedades, omisiones y desmemoria

Se ha dicho a menudo que la primera gran víctima en los conflictos bélicos contemporáneos es la verdad, y al menos el que vivió España entre 1936 y 1939 no constituyó excepción. Los bulos interesados, la manipulación informativa y el libelo, estuvieron presentes mientras se gestaba, al sobrevenir el alzamiento militar, cuando la República se debatía en una larga y extenuante lucha interna, y tras la capitulación gubernamental, prólogo de mil venganzas servidas en plato frío: ejecuciones sumarias, depuraciones, condenas a muerte, incautación de bienes, trabajos forzados, presidios a reventar, penas de destierro…

Bulo en El Mercantil Valenciano (1-X-1936)

Bulo en El Mercantil Valenciano (1-X-1936)

La falsificación histórica, de cualquier modo, había nacido en paralelo a la propia civilización. Hoy los egiptólogos ponen en duda algunos ideogramas esculpidos a lo largo del Nilo, glosando gestas de faraones más acostumbrados a lidiar con sus sacerdotes que a medirse en campos de batalla. Heródoto de Halicarnaso o el ateniense Tucídides, y sobre todo Polibio, se esforzaron siglos después en ceñir el relato histórico a testimonios de primera mano, aderezados con algún análisis sobre sus causas y consecuencias. Todo para que Julio César, gran pregonero de sí mismo y formidable escritor -suponiendo saliera de su puño y letra tanta hazaña-, edulcorase triunfos y conquistas con claro efecto propagandístico. A partir de ahí ya hubo un espejo donde mirarse y ver tan sólo púrpuras y laureles. Las cosas podían ser no como realmente sucedieron, sino como convenía más hubieran ocurrido.

Los norteamericanos contaron su II Guerra Mundial a través de John Wayne y el proceso de Núremberg, pasando por alto la masacre de Dresde (300.000 alianzas recogidas entre aquella montaña de ruinas) o la hecatombe civil en Hiroshima y Nagasaki. Si la bota hitleriana hubiese aplastado Europa, hoy poco sabríamos acerca del holocausto y altos mandos británicos o estadounidenses habrían tenido que vérselas, sin duda, ante otro u otros tribunales ejemplarizantes. De igual modo, un hipotético triunfo republicano tampoco se hubiera traducido en magnanimidad hacia los vencidos. Se había asesinado a discreción en las áreas de control gubernamental, desposeído de bienes alegremente y ensordecido ideas mediante cautiverio y plomo, con tanta saña a partir del 18 de julio, que la piedad por fuerza debió huir espantada. Contra lo tantas veces aseverado, la historia no sólo se escribe desde el lado vencedor. Pero como a los vencidos les cuesta más redactarla, el mensaje triunfalista suele tomar casi siempre una gran ventaja. Y sobre este particular, nuestra sangría tampoco quebrantó la norma.

Seis días después de producirse el alzamiento militar, la “Gaceta de Tenerife” dio por hecha la victoria “nacional”, sin apenas entrar en batalla.

Seis días después de producirse el alzamiento militar, la “Gaceta de Tenerife” dio por hecha la victoria “nacional”, sin apenas entrar en batalla.

Durante los años 40 y 50 se imprimieron millones de páginas convirtiendo aquella atrocidad entre hermanos, no en una guerra, sino en una cruzada; mitificando al caudillo victorioso, sobre quien Dios derramaba toda su gracia, ungía como un nuevo Cid Campeador y le hacía hueco bajo palio. Más que historiadores hubo juglares ansiosos por agradar a su amo y señor. Cantores de gesta en cada plaza de pueblo, escuela, iglesia, alcaldía o instituto. Y así, el relato fidedigno quedó ensordecido. Hubo que esperar hasta los años 60 para que otra generación de españoles, vástagos de combatientes, comenzase a saber algo de su reciente pasado por voz de hombres afines al ideario triunfador, aunque comprometidos a mirar hacia ambos lados: Ramón Salas Larrazábal, por ejemplo, y Ricardo de la Cierva, este último aún aferrado a la justificación de hechos tan indefendibles como el bombardeo de Guernica. Sólo a partir de la transición, Franco Salgado-Araújo, primo y secretario de Francisco Franco, retrató a otro “Centinela de Occidente” más bien abúlico, medroso en la toma de decisiones, aprovechado y sin mucho que ver con el cruzado a quien poetas falangistas hicieron cabalgar sobre gavillas y luceros. Paralelamente, dos nuevos reemplazos de historiadores irían enhebrando un relato más consistente: Javier Tusell, Juan Pablo Fusi, Julio Gil Pecharromán, Ángel Viñas, Javier Cervera, Enrique Meseguer, Xavier Casals, Miguel Amorós, Ana Mª Ramos, Francisco Alía Miranda, Carlos Collado Sede, Ángel Bahamonde, Florentino Rodao, entre otros, o los catedráticos Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, autores de un concienzudo análisis sobre el fraude y violencia del Frente Popular  en las elecciones de 1936; y desde el extranjero Anthony Beevor, Burnett Bolloten, Morten Heiberg y Mogens Pelt, los dos últimos poniendo al descubierto el suministro de armas nazis a la República, por orden de Hermann Goering, quien únicamente habría visto en aquel gobierno asfixiado una excelente oportunidad cortoplacista.

Imaginaria zona “nacional” para “El Norte de Castilla”, el 15 de agosto de 1936…

Imaginaria zona “nacional” para “El Norte de Castilla”, el 15 de agosto de 1936…

Cuarenta largos años de fábulas y realidades a medias, para que una verdad más completa comenzase a brotar. Demora excesiva si consideramos que Japón tardó menos en ofrecer su visión de la Guerra del Pacífico, la toma de Iwo Jima o la batalla de Manila, en realidad sucesión de ataques y contrataques a lo largo de 28 días interminables. Una visión propia, distinta, claro está, a la rodada en tecnicolor por los estudios cinematográficos de Hollywood.

La Historia, como bien sabemos, nunca deja de reescribirse, pulirse y completarse. Pero si tanto la Guerra Civil como el subsiguiente periodo dictatorial precisaron una revisión con lupa, resulta mucho más llamativo que otras historias con minúscula, más pequeñas y comparativamente banales, como la del fútbol, emprendiesen una transformación similar, aunque en dirección contraria. Lejos de añadir descubrimientos o matices, sus amanuenses se empeñaron en amputarla. Tacharon párrafos que el transcurrir del tiempo había convertido en molestos, “extraviaron” archivos, omitieron pasajes que a tenor de la nueva realidad se tornaban sonrojantes… Y en más de un caso se acabó escribiendo relatos virtuales, sostenidos sólo por la fantasía o el empeño en tejer realidades paralelas. Curioso método de autocensura, justo cuando la censura oficial, tan draconiana, formaba parte del pasado.

…Y en azul, la auténtica realidad dos meses después.

…Y en azul, la auténtica realidad dos meses después.

No haría falta espigar mucho para recitar ejemplos. Las más recientes historias del At Madrid omiten que cuando fue Atlético Aviación, los militares de dicho cuerpo vetaron a futbolistas por su pasada ideología política, y hasta amagaron con hacer otro tanto entre la masa social. Curiosamente su vecino madrileño, más adelante tildado desde algunas latitudes como “equipo del régimen”, abría sus puertas de par en par al represaliado Marcial Arbiza, desoía amenazas, daba por no recibidos distintos anónimos y se partía el pecho de instancia en instancia, hasta regularizar la situación del jugador. Tampoco las varias y más actuales obras sobre el devenir del Real Club Deportivo Mallorca revelan pormenores sobre Lluis Sitjar, uno de sus presidentes estrella. Narran, eso sí, sus tres etapas al frente del club palmesano: 1926-27, todavía bajo la denominación de Real Sociedad Alfonso XIII, 1930-33, en el tránsito a Club Deportivo Mallorca, y 1943-46. Apenas una sola palabra sobre su vinculación al Partido Regionalista de Mallorca durante la Segunda República (concejalía municipal incluida), el atentado que sufriera a manos de Andreu Obrador aquel 4 de junio de 1933, cuando salía de misa en Porreres, el balazo que le perforó el paladar y milagrosamente le dejara con vida y, sobre todo, acerca de su conversión falangista tan pronto hubo triunfado el golpe militar en la isla (19 de julio). Según distintos testimonios, Sitjar comandó un grupo de camisas azules responsable de “pasear” a muchos desgraciados en el área de Inca-Montuïri-Porreres, cuyos cuerpos acabaron amontonados junto a las tapias del cementerio. Se entiende que pormenorizaciones de esta índole no tuviesen cabida en los escritos de 1960 y 70, por corresponder a una de tantas realidades silenciadas. Lo que ya conturba es que el campo con más aforo en Baleares ostentase su nombre hasta la inauguración de Son Moix (1999), y que ese nuevo estadio luzca una grada en memoria del antiguo regidor. Probablemente el graderío Lluis Sitjar no existiese de haber auspiciado la entidad bermellona historias de verdad, sin amputaciones, olvidos interesados o injustas paletadas de tierra sobre su pasado.

El F. C. Barcelona también parece renegar de una parte de su pretérito, si tomamos como referencia cuanto las rotativas vomitaron desde finales de los 70. Se diría que el dictador posbélico jamás recibió en audiencia al elenco azulgrana, que Franco apenas pisó sus instalaciones deportivas y, por supuesto, nadie le invitó a inaugurar el Camp Nou. En cambio la página web barcelonista se hizo eco de la retirada de medallas y honores a quien llevaba ya cuarenta años bajo la mole pétrea de Cuelgamuros, y se antoja poco arriesgado aventurar que los futuros empeños editoriales incluirán fotografía de dicha acta, aun sin explicar cuándo, por qué y quiénes otorgaron, en nombre y presentación de toda la masa social, tan alta deferencia.

Oportunismo publicitario durante la Guerra Civil. El texto rezaba: “La Victoria sonríe a los mejores. El Glorioso Ejército Nacional vence siempre en los campos de batalla. Neumáticos Firestone iguales a los fabricados en Basauri (Bilbao), han obtenido hace muy poco su decimonovena victoria consecutiva en la carrera de 500 millas de Indianápolis”.

Oportunismo publicitario durante la Guerra Civil. El texto rezaba: “La Victoria sonríe a los mejores. El Glorioso Ejército Nacional vence siempre en los campos de batalla. Neumáticos Firestone iguales a los fabricados en Basauri (Bilbao), han obtenido hace muy poco su decimonovena victoria consecutiva en la carrera de 500 millas de Indianápolis”.

Los libros que muchos clubes editan con motivo de sus bodas de diamante o centenarios, también justifican algún análisis. Si antaño se omitió -a la fuerza ahorcaban- cualquier invocación a las víctimas o represaliados por su condición de combatientes republicanos, hoy, a menudo, se hace lo propio con quienes cayeron en el bando “nacional”. ¿Qué motiva semejante proceder en pleno imperio de la libertad expresiva, sino el muy discutible intento de pasar la apisonadora sobre todo el periodo 1939-1976? La Historia existe para enseñarnos y evitar en lo posible la repetición de errores, fruto del desconocimiento. Para enriquecer nuestra visión del mundo y de nosotros mismos, no para avergonzar a nadie. Y mientras esto no sea entendido, parco será el provecho a extraer de cuanto hicimos.

Uno de los casos más llamativos por cuanto respecta a la manipulación de nuestra historia futbolística, tuvo y tiene por epicentro al Athletic Club bilbaíno. Y no respondió a improvisación, sino al decidido interés de ocultar antiguos vínculos con el franquismo en plena Guerra Civil, aun a costa de dejar las vitrinas sociales sin un solo trofeo. Sigamos, pues, aquellos acontecimientos, tras un escueto e imprescindible preámbulo explicativo sobre la “Suscripción Nacional” y la incautación de oro y divisas decretada por la Junta de Defensa Nacional (19 Agosto 1936), eje, e hilo conductor de cuanto nos ocupa.

Si de algo carecían los militares rebeldes era de una reserva nacional en oro, que avalase los préstamos solicitados para la adquisición de armas, munición y pertrechos. Así que, decididos a obtener recursos, la ejecución de dicha orden, corroborada más adelante por la Junta Técnica del Estado, se convirtió en objetivo prioritario. Para una mejor contabilización se establecieron varias cuentas a nutrir con las Suscripciones Nacionales: “En metálico”, “En oro” y “Donativo de empleados públicos” (Decreto 69, del 26-VIII-1936). No se habilitó, en cambio, ninguna cuenta específica para captar divisas en manos de la ciudadanía, y ello pese a que la recaudación mediante esta vía arrojase cifras espectaculares. El Decreto 39 de la Junta de Defensa Nacional (15-VIII-1936), constituyó un primer paso hacia el bloqueo de oro monetario y divisas. Mediante su articulado se prohibía la venta de “cualquier clase de moneda de oro nacional o extranjera, (así como) billetes o valores de cualquier nación extranjera, salvo autorización expresa de la dirección general del Tesoro”. Ese decreto establecía una comunicación pormenorizada desde cada banco o entidad crediticia a la Dirección General del Tesoro, sobre cuantos depósitos custodiasen. Orden que incluso se haría extensiva a poseedores de cajas fuertes en sus domicilios. Las divisas, por otra parte, habrían de entregarse a la autoridad militar para su canje, a razón de 40 ptas. por libra esterlina y 8 ptas. por dólar, lo que en el fondo constituía una severa incautación, nada encubierta. Fechas después (17-X-1936), se implicaba a los gobernadores civiles de cada provincia en el montaje de un servicio para la recepción de oro y alhajas, aprovechando la estructura de las Cajas de Ahorros y Monte de Piedad. Y como colofón (26-XI-1936), otra orden promovía la creación de depósitos en cada sucursal del Banco de España, desde donde se haría llegar hasta Burgos el montante total de las recaudaciones. Tan sólo por cuanto respecta a la obtención de divisas en moneda extranjera, los sublevados pudieron acceder a créditos exteriores cuantificados en 50 millones de escudos portugueses, 12 millones de francos suizos y 3.200.000 libras inglesas.

Huelga indicar que el irrespirable clima de los meses previos al alzamiento, con tanta facción enfrentada, amenazas directas en sede parlamentaria, asesinatos impunes y desmembración social, aconsejaron movimientos de capital a quienes más pudieran perder en semejante río revuelto, si a la postre se veían impelidos a tomar las de Villadiego. De ahí que ante la posible pérdida de valor en la moneda nacional, muchos optaran por convertirla en oro, divisas o joyas. Únicamente los más precavidos, apenas unos pocos millares, lograrían salvaguardar sus fortunas, o parte de ellas, en bancos de Suiza, Inglaterra, Francia o Alemania, convenientemente reconvertidas a dólares o libras.

Como aflojar la faltriquera nunca constituyó plato de gusto, una orden del 24 de noviembre de 1938 consideraba delitos de contrabando monetario la posesión u omisión de declaración; la conservación de oro amonedado, o en barras, así como títulos de deuda extranjera; la retención de divisas procedentes de exportaciones; exportar mercancías mediante reembolso en pesetas; expatriar monedas o billetes extranjeros, e incluso moneda española; aceptar transacciones con el exterior en pesetas; comerciar con billetes emitidos o puestos en circulación por la República a partir del 18 de julio de 1936; atesorar moneda metálica española, especialmente de plata… El 2 de noviembre de 1936, una vez establecida la Casa de la Moneda en Burgos para refundir los metales obtenidos mediante incautaciones o la suscripción de oro, cabía asegurar que el pretendido estado franquista contaba con todos los resortes económicos de cualquier sujeto político. Todo un avance en pos del ansiado reconocimiento internacional.

El éxito de aquella campaña incautatoria tuvo mucho que ver con las frecuentes llamadas a su estricto cumplimiento, insertas en la prensa: “Es un judío quien en estos momentos guarda el ORO cuando la Patria lo necesita; entregue usted los que tenga”. Con la persuasión predicada desde muchos púlpitos, especialmente rurales, conscientes los párrocos de que su feligresía, refractaria a confiar en la banca, atesoraba viejas monedas de plata por si viniesen mal dadas: “Vosotros, que tenéis hijos combatiendo por la fe de Cristo, ayudad a quienes os garantizan vidas y haciendas; pensad que si por avaricia no contribuyerais, estarías dando pie a que los aliados de Satanás os dejen sin ahorros, tierra e hijos”. Y sobre todo ante la amenaza clara y directa en octavillas y pasquines:

Falsedades06Lo de blandir como un venablo el término “judío” en sus acepciones de avaro, taimado y oportunista, tuvo su aquel. Uno de quienes más repetidamente lo empleó fue Gonzalo Queipo de Llano desde las ondas de Unión Radio Sevilla, desconociendo, sin duda, que las adineradas familias judías de Melilla contribuían económicamente a la causa franquista. El propio general Francisco Franco, cuando gestionó créditos con la banca judía de Tánger y Tetuán, se vería obligado a desautorizar a su general jefe de la Segunda División Orgánica, no sólo verbalmente, sino mediante escrito dirigido al Consejo Comunal Israelita de Tetuán (15-VIII-1936), solicitando no concediesen valor al antisemitismo radiado. Firmados los créditos, ni Gonzalo Queipo redujo su veneno antisemita, ni el régimen, en conjunto, dejó de ver a dicha comunidad con los peores ojos. El “contubernio judeomasónico” habría de convertirse en comodín de discursos y arengas hasta bien entrados los años 60.

Huelga indicar que el avance franquista llevaba hasta las plazas recién conquistadas todo el articulado de la “Suscripción Nacional”. Y puesto que cualquier muestra de cicatería resultaba arriesgada en extremo, el bando sublevado continuó nutriendo su tesorería. Es en este panorama donde tuvo lugar el gesto del Athletic Club, tan renegado a posteriori.

Roto el débil Cinturón de Hierro y con el ejército vasco virtualmente disuelto, o en repliegue hacia las Encartaciones, los deshilachados batallones gudaris concluyeron concentrándose en Santoña. Tan sólo  dejaron atrás a la ertzantza y algún resto de batallón, con el propósito de evitar desórdenes, pillaje y ajustes de cuentas en la villa bilbaína. Finalmente, sin la más mínima oposición, el 19 de junio de 1937, entre las 5 y las 6 de la tarde, las Brigadas de Navarra tomaban la capital vizcaína.

Guillermo Gorostiza Paredes, “Bala Roja”, uno de los presentes en el partido de preselección disputado en San Mamés, mientras desde el palco se decidía la suerte de los trofeos rojiblancos.

Guillermo Gorostiza Paredes, “Bala Roja”, uno de los presentes en el partido de preselección disputado en San Mamés, mientras desde el palco se decidía la suerte de los trofeos rojiblancos.

Transcurridos tres meses (28-IX-1937), el club rojiblanco de San Mamés encargó una misa en sufragio de los socios, futbolistas y directivos caídos durante la guerra, y por la tarde tuvo lugar la junta general ordinaria pospuesta un año antes, pues estando previsto celebrarla el 21 de julio del 36, los acontecimientos de víspera la truncaron. Allí se acordó adherirse a la Federación Española establecida en San Sebastián -la franquista- y constituir una nueva directiva, compuesta por los Sres. Luis Casajuana (presidente), Roberto Arteche (vicepresidente), Carlos Bayo (secretario), Eduardo Lastagaray (vicesecretario), Juan Bengoechea (contador), Claudio Gorostiaga (tesorero), y los vocales José Mª Olavarría, Pedro Mª Gaviria y Juan Aguilar. Casi a renglón seguido, puesto que estaban preparándose unos partidos “internacionales” entre las “selecciones” de Portugal y la España controlada por los sublevados, San Mamés fue escenario de un encuentro preparatorio, o de preselección (10-X-1937), con presencia de varios jugadores atléticos: Zabala, Oceja, Gárate y Guillermo Gorostiza. Y durante el mismo, el presidente rojiblanco acordó con el gobernador militar la entrega, destinada al Tesoro Nacional, de los 145 trofeos que poseía el club.

Esos partidos ante Portugal, disputados en condiciones sumamente precarias, no iban a ser reconocidos más adelante ni por la UEFA ni, obviamente, por la FIFA. Pero los trofeos sí fueron entregados, tal y como se acredita en los documentos adjuntos, hallados en el archivo de la Casa Civil de S. E. El Generalísimo, sito en Patrimonio Nacional, por Antonio Arias, concienzudo y muy eficaz rastreador de la memoria futbolística, ofrecidos en primicia desde su blog “Saltataulells”, centrado en  la manipulación barcelonista de su propia historia. A través de ellos cabe seguir el itinerario de copas y premios; en realidad idéntico al de tantas alhajas, colecciones numismáticas o lingotes de metal precioso, entregados en estricta observancia del decreto de “Suscripción Nacional”.

En el primero y mediante telegrama, el gobernador militar bilbaíno da cuenta de la entrega de trofeos y solicita instrucciones con respecto a si procede depositarlos en la sucursal que el Banco de España poseía entonces, al igual que hoy, en dicha plaza.

Documento 1º

Documento 1º

Mediante en el segundo, llevando por fecha 15 de octubre de 1937, el Teniente Coronel Ayudante en la Secretaría del Generalísimo, da por bueno el depósito en la sede bancaria local, y encarga se transmita el agradecimiento de Su Excelencia al Athletic Club por ese “rasgo patriótico”.

Documento 2º. El Ayudante de Secretaría en Burgos autoriza la recepción en depósito.

Documento 2º. El Ayudante de Secretaría en Burgos autoriza la recepción en depósito.

El tercero hace referencia a la remisión desde Bilbao, con fecha 10 de enero de 1938, de la tasación efectuada por el industrial joyero Alfredo Álvarez. E igualmente, 4 días más tarde se traslada dicha valoración a la secretaría particular de Franco, rogando indicaciones sobre si ha de procederse a la venta de los trofeos por el valor estipulado, o si deben seguir en los sótanos de la sucursal bancaria.

Documento 3º. Ya existe tasación de los trofeos.

Documento 3º. Ya existe tasación de los trofeos.

Finalmente el cuarto, también relativo a correspondencia interna en la sede gubernamental burgalesa, ordena instruir al gobernador de Bilbao sobre la permanencia, en depósito, de las 145 copas y trofeos (26-I-1938).

Documento 4º. Los 145 trofeos parecen momentáneamente “indultados”.

Documento 4º. Los 145 trofeos parecen momentáneamente “indultados”.

Por desgracia continúa sin aparecer el balance de tasación. Y es lástima, pues probablemente la clave sobre su no puesta a la venta tenga que ver con una valoración baja. El joyero Alfredo Álvarez, sin proponérselo, habría salvado gran parte del patrimonio rojiblanco, el más antiguo y sentimentalmente más querido, por corresponder a la época gloriosa, la de las copas en propiedad y sendos dobletes en Liga y Copa.

También ignoramos con qué fecha se habrían restituido al club esos trofeos, hecho irrebatible, pues continúan a día de hoy en el museo social. Lamentablemente parecen faltar varios archivos de esa época en la sede rojiblanca, sin que pueda datarse el “extravío”; esto es, si ocurrió en pleno periodo bélico, como pura medida de protección al ente y su masa social, o años después, cuando recuperada en parte la antigua idiosincrasia desde la calle Bertendona, alguien creyó más práctico ocultar viejas y un tanto molestas connivencias.

No corresponde a la lucubración, sin embargo, colegir que el olvido de estos hechos, sobre los que un altísimo porcentaje de devotos atléticos ni siquiera oyeron hablar, fue consciente y orquestado. Interesó no airearlo, simplemente. Se enterró en el polvoriento cofre de la desmemoria, puesto que resultaba imposible borrar las primeras brevísimas referencias en prensa, que sin mucha concreción sugerían algo al respecto. Un olvido acomodaticio, rastreable a través de la bibliografía rojiblanca.

José María Mateos, antiguo seleccionador nacional, prestigioso redactor deportivo en “La Gaceta del Norte”, colaborador en “Marca” y toda una autoridad a ojos de presidentes y directivos del Athletic -las consultas que solían efectuarle así lo acreditan-, dedicó un par de párrafos a la donación, tan claros como escuetos, desde el capítulo XXIII de su libro “Los Cincuenta años del Atlético de Bilbao” (1948):

“El presidente  del Athletic, en nombre del Club, hizo entrega al gobernador militar, con destino al Tesoro Nacional, de los 145 trofeos que poseía el Athletic. Más que el valor material de estos trofeos era lo que representaban, ya que puede decirse que en ellos estaba condensada toda la historia del fútbol”.

En 1948, sólo nueve años después de concluida la guerra, si no se era afecto al régimen había que parecerlo. Y Mateos ni siquiera precisaba disimular ideológicamente. Al recoger algo tan próximo y entendiendo que sus lectores tendrían muy fresco lo acontecido, sobraban explicaciones. Pero su exposición sucinta, a medida que fueron sucediéndose las publicaciones sobre el Athletic sin ninguna referencia a la donación, apuntaló la duda. Al fin y al cabo, José Mª Mateos tampoco es que hubiese sido del todo fiel en otros puntos del mismo libro. Ni el Bilbao Club languidecía como él contó, ni el Athletic estaba para lanzar cohetes, desenvolviéndose tan sólo con la ayuda de 30, 40 ó 45 socios, parte de ellos sin sus cuotas al día. Tampoco contó bien la Copa de 1904, cuando el Athletic no hizo entrega a la incipiente y fallida Federación del trofeo conquistado un año antes, a fin de ponerlo nuevamente en juego, se presentó a competir el día que no tocaba y abordó el tren de vuelta dejando tras sí una bronca formidable, cuyo eco continuaba tronando cinco meses después en la prensa madrileña. Sobre otras cuestiones no muy publicables en 1948, y además contrarias al sentir de su autor, como las relativas al ferviente nacionalismo -vizcainismo, se decía entonces- de dirigentes y futbolistas tanto del Bilbao Club como del Athletic, ni siquiera un pase de puntillas. Y lo mismo en torno a la expedición del Euskadi, su preparación en San Mamés, o la pérdida de tantos jugadores rojiblancos, hecho expuesto de corrido: “Por haberse marchado al extranjero casi todos los jugadores del Athletic, éste se veía obligado a formar nuevos elementos para conseguir un equipo. Fue ello, desde el primer momento, la preocupación de la directiva”. No, Mateos tampoco se antojaba del todo fiable.

Durante el paso de los 60 a los 70, la Gran Enciclopedia Vasca editó las historias del Athletic y su antiguo filial madrileño, del Real Madrid, la Real Sociedad y el Barcelona. Dirigido por el abogado José Mª Martín de Retana, el sello logró hacerse con un nada despreciable nicho mediante ediciones de lujo sobre foralismo vasco, antropología, Historia del territorio, trabajos lingüísticos, de toponimia, genealogía, apellidos, y una extensa colección de pintores locales. Pero sus libros de fútbol, desiguales, sin la más mínima aportación y pródigos en errores, no estuvieron a la altura. El del Athletic, todavía Atlético, ya no recogía los avatares de aquellas 145 copas entre 1937 y 1939.

José Mª Mateos, historiador del Athletic -en puridad Atlético- que pespunteó de pasada la donación de trofeos.

José Mª Mateos, historiador del Athletic -en puridad Atlético- que pespunteó de pasada la donación de trofeos.

Ocurriría otro tanto en los dos tomos titulados “San Mamés, la Catedral” (1982), sucinta historia rojiblanca que bebía hasta ahogarse en la fuente de Mateos. En los seis que compusieron la “Historia del Athletic Club”, distribuidos en fascículos con la aquiescencia o bajo auspicio del propio club, alboreando los 90. Y por no variar, en un opúsculo a cargo del diario “Marca” (1994), la lujosísima y poco útil “Historia del fútbol vasco”, ya al cambiar de siglo, el libro del centenario rojiblanco, simple álbum fotográfico a cargo de la leonesa Editorial Everest, y entre medias con los escritos de Enrique Terrachet, firma habitual en la revista “Athletic”, allá por los 70. La correría de los trofeos pudiera pensarse nunca existió. Y no porque los nuevos autores desconociesen el hecho, puesto que para la teórica enciclopedia rojiblanca y la “Historia del fútbol vasco” -en realidad vasco-navarro- se empleó como referencia de cabecera el librito de José Mª Mateos. Tuvieron que leer por fuerza aquel par de parrafitos, ya que los firmantes reproducían frases idénticas, junto a errores de antaño. Simplemente prefirieron omitir algo cuya narración ya no salía a cuenta. Joseba Moro, por el contrario, sí se hizo eco y documentó aquel hecho en su todavía reciente historia del campo de San Mamés, presentada durante el mandato presidencial de Urrutia.

En plena guerra, cada cual tuvo que arreglárselas como mejor supo o pudo. Empresas, sociedades diversas, agrupaciones deportivas, familias… Fue relativamente habitual el cálculo puramente pragmático, sobre todo en la industriosa Cataluña: un hijo con los sublevados y otro defendiendo a la República. Así, ganara quien ganase, nada se perdía del todo. Los hermanos Francisco y Pantaleón Bruguera obtuvieron amplio rédito a dicha fórmula. El del bando triunfador lograba permisos de edición y cupos de papel, mientras el republicano espigaba entre talentosos artistas o escritores represaliados, los ponía a trabajar por mucho menos de lo que en realidad valían, y observaba a pies juntillas cada instrucción censora. Juntos convirtieron la modesta imprenta familiar y el sello “Gato Negro”, rebautizándolo con su apellido, en un emporio editorial de primer orden, que a la postre tampoco iba a digerir bien la democracia y sus devaluaciones monetarias. También durante el conflicto bélico se hizo habitual ver en primera fila, celebrando la toma de cualquier ciudad, a vástagos de familias poco vinculadas al franquismo. Una forma de lavar pecados, quizás, o subirse al carro de la victoria cuando aún se estaba a tiempo. Entonces los auténticos devotos de la causa se limitaron a tildarlos de chaqueteros, conminándolos a defender en el frente ese credo que aseguraban profesar. Pero todos, a su manera, chaqueteros o franquistas desde el minuto uno, entendían muy bien dónde estaban y la peligrosidad de cada ejercicio circense. Algo que cuarenta, sesenta, y hasta ochenta años después, desde el empeño de mirar la Historia con ojos actuales y no bajo el prisma del momento histórico, pareció olvidarse. Llegaron los falsos pudores, la tentación de esconder en el desván el ideario, o el oportunismo del abuelo; el tiempo de lo políticamente correcto, aunque ello implique sacar punta al lápiz rojo, empuñar la brocha con que se embadurnaron carteles de “Gilda” y atribuir nuevo protagonismo a tijeras enroñecidas por falta de uso, desde la bien denostada censura.

Gracias al gesto coyuntural del Athletic, personalizado en un presidente a quien correspondió engrasar la ruinosa entidad que tanto amaba, dicho club, exponente de una ciudad enemiga de la sublevación, evitó duras represalias. Y de paso, sus futbolistas, los pocos que le quedaban del ejercicio 1935-36, o muchos que iban a debutar la campaña 39-40, pudieron hacer un regate al fuego de primera línea. Isaac Oceja aseguró más de una vez: “Hice la guerra con ambos bandos y no tuve que disparar un solo tiro”. Varios jóvenes utilizados en probaturas durante 1938 también hablaban de cómodos destinos. Merced al gesto con los trofeos y a la contemporización de Luis Casajuana, desde altas instancias se prefirió olvidar los muchos guiños rojiblancos al P.N.V. bélico y a su rama escindida A.N.V., así como la aportación de jugadores al equipo propagandista de Euskadi. En ese contexto cuesta mucho, muchísimo, entender la desgracia del neófito José Luis Justel. ¿Por qué pereció en el frente, cuando sus compañeros apenas si oyeron silbar las balas a partir de 1938? Podríamos no averiguarlo nunca.

Sí conocemos, en cambio, gracias a la investigación de Ángel Viñas para su obra “La otra cara del Caudillo”, que parte de lo aportado a esa “Suscripción Nacional” acabaría enriqueciendo personalmente a Francisco Franco.

El dictador brasileño Getulio Vargas donó 600 toneladas de café, como contribución al bando nacional en guerra. Ese  café se entregaría al Comisariado de Abastecimientos y Transportes, organismo dependiente del Ministerio de Industria y Comercio, para su distribución por distintos gobiernos civiles desde donde salió a la venta en sus respectivos ámbitos provinciales, al precio oficial de 12,48 ptas. Kilo, impuesto por la administración. Un documento hallado en los archivos del Palacio Real cifraba la recaudación en 7.500.000 ptas., cifra coincidente con el saldo de una cuenta a nombre de Franco, cerrada a 31 de agosto de 1940. El propio Francisco Franco Bahamonde percibía 10.000 ptas. mensuales de la Compañía Telefónica Nacional, participada accionarialmente por la norteamericana I.T.T., a manera de generosa dádiva. Amén, por supuesto, de otras donaciones diversas, como una finca en Santa Elena de Agell, propiedad de Teresa Ametller Cros (17-X-1936), efectiva “en cuanto la provincia de Barcelona sea liberada”, o el Pazo de Meirás, adquirido por 400.000 ptas., fruto de una dotación del empresario Pedro Barrié de la Maza y miles de derramas, voluntarias unas, obligatorias otras. Cierto que las cuentas del dictador ofrecían también algunas salidas a obras y personas, como la reconstrucción del castillo de la Mota, futuro cuartel general falangista, o la ampliación de un colegio religioso de las Adoratrices de Valladolid. Pero todo ello no justificaba ni remotamente el saldo de casi 34 millones y medio acumulado en distintas entidades (31-VIII-1940), a partir, según todos los indicios, de aportaciones personales a la causa “nacional” con ánimo de financiar la guerra.

Un simple repaso a los ingresos oficiales del general victorioso basta para apuntalar algo más que simples sospechas. En 1935 su nómina mensual ascendía a 2.493 ptas. Ya jefe del Estado, su asignación salarial para 1940 alcanzaba las 50.000 anuales. Los casi 34 millones y medio de ptas. descubiertos en su patrimonio personal al concluir julio de 1940, sólo podrían justificarse mediante ingresos opacos, de muy distinta índole. Cabe preguntarse, además, si el presumible desvío de partidas destinadas al Tesoro Nacional favoreció únicamente a quien rigiera el país durante 35 años, o si hubo más beneficiarios. En cambio no hay dudas sobre quién pagó la orgía sangrienta: todos y cada uno de los españoles, habitasen en zona republicana o nacional, combatiesen o atisbaran espantados el vuelo de la aviación, vistieran camisa azul, alzasen sus puños, salieran adelante con el estraperlo, o les costase años abandonar la cárcel.

El primer intento republicano de financiación exterior tuvo lugar en julio de 1938, cuando se intentó cubrir una emisión de obligaciones al 3,5%. Constituyó un fracaso sin paliativos, ante la negativa de apoyo desde la banca internacional. A partir de ahí se acudió a las reservas depositadas en el Banco de España, cuyo peso el 18 de julio de 1936 ascendía, según documentara Ángel Viñas, a 708 toneladas de oro fino, distribuidas así: 638 conservadas en Madrid, 53 en la sucursal de Mont de Marsan (Banco de Francia) y el resto en poder de corresponsales. Su valor en dólares alcanzaba los 718 millones, ingente cantidad, puesto que situaría a aquella España como cuarto país en el ranking occidental, sólo tras Estados Unidos, Francia y el Reino Unido.

La caída de Bilbao también fue objeto de manipulación. Mientras “ABC” de Sevilla daba cuenta puntual de aquella capitulación, el órgano portavoz de U.G.T. se empeñaba en desdecirla 24 horas después.

La caída de Bilbao también fue objeto de manipulación. Mientras “ABC” de Sevilla daba cuenta puntual de aquella capitulación, el órgano portavoz de U.G.T. se empeñaba en desdecirla 24 horas después.

Con cargo a las reservas del Banco de Francia, el gobierno republicano solicitó un urgente envío de armas, y estas llegaron con escasez desde suelo galo, parcial y clandestinamente. Tampoco Inglaterra respondió con suministros al angustioso llamamiento, en tanto México, presidido por el general Lázaro Cárdenas, hizo llegar 20.000 fusiles máuser, 20 millones de cartuchos y diversas vituallas. Hubo de ser la URSS quien acabara erigiéndose en proveedor oficial republicano, a cambio de las reservas en oro. Y tan pronto éstas llegaron a Moscú, se fue descontando el costo de material bélico, suministros médicos, sueldos del personal combatiente o en labores de asesoría, subsidios y  pensiones a familiares de caídos, o el adiestramiento en suelo soviético de especialistas para el ejército popular. “Favores” carísimos, puesto que el contingente humano de la URSS en España nunca superó los 600 hombres al mismo tiempo. Cuando la guerra hubo concluido no quedaba un gramo de oro y sí, en cambio, deudas muy gruesas contraídas por el bando nacional.

Aunque sigan barajándose distintas cifras sobre la aportación de Juan March a los sublevados, un concienzudo estudio de José Ángel Sánchez Asiain y los cálculos del ya citado Ángel Viñas, nos la sitúan en torno a los 1.000 millones de ptas., 15 millones de libras y la financiación casi al completo de la intervención italiana en Mallorca. Está por demás comprobado que durante los primeros días del golpe dicho banquero, hombre más rico e influyente del país, puso a disposición del general Emilio Mola 600 millones de ptas. mediante una cartera de valores, avaló créditos y anticipó el alquiler de la aeronave  británica que transportara a Franco desde Canarias a Marruecos. Todo ello previa fijación de intereses, tanto en su propio beneficio como en el de sus socios.

March, además, ofreció garantías a la norteamericana Texaco de cara a unos primeros envíos petrolíferos al bando “nacional”, y en seguida logró cesase cualquier suministro a la República, pese a los acuerdos vigentes con ella. Buen negociante, ni siquiera quiso dejar heridos en la cuneta. En 1934, el mismísimo José Antonio Primo Rivera había afirmado: “Uno de los primeros actos del Gobierno de la Falange será colgar al multimillonario y contrabandista Juan March”. Pues bien, durante 1936 el dinero de March sostenía las exiguas arcas falangistas, primero para disgusto de su líder y luego  bajo una absoluta aquiescencia.

También Italia cobró a buen precio su cuantiosa ayuda en soldados, aviones “Savoia” y cazas “Fiat”. Acabada la guerra, negociadores italianos y españoles elevaron hasta 6.926 millones de liras el total del crédito que Italia concediese a Franco y Mola. Mussolini sin embargo propuso fijarlo en 5.000 millones, o lo que es igual, con una rebaja de 1.926, mediante acuerdo rubricado el 8 de mayo de 1940.

Gran parte de la deuda contraída con Alemania por la España franquista fue pagada mediante compensación, o sea con exportaciones españolas, fundamentalmente de minerales. Finalizando 1939, el gobierno de Hitler fijó esa deuda en 372 millones de marcos, incluyendo el coste de la Legión Cóndor (99 millones). Pero como es bien sabido, Franco y Hitler venían a ser agua y aceite. El führer despreciaba al general gallego, y éste jamás se fio de las auténticas intenciones y carácter volátil de tan imprevisible socio. Consecuentemente, sin acuerdo respecto el monto real de la deuda y ante la acuciante necesidad germana de materias primas en pleno desarrollo de la II Guerra Mundial, a lo largo de 1941 se alcanzó un pacto que permitía a los alemanes efectuar compras en España sin satisfacción de ningún importe: básicamente aceite, naranjas, esparto, minerales, o cuero.

Además de traducirse en hambre y calamidades, la deuda de guerra retrasaría bastante el muy urgente esfuerzo de reconstrucción.

Además de traducirse en hambre y calamidades, la deuda de guerra retrasaría bastante el muy urgente esfuerzo de reconstrucción.

Sólo a modo de ilustración, vayan otras partidas deudoras cuyo monto e intereses fueron escrupulosamente contabilizadas por el gobierno que surgiría del 18 de julio: Sociedade Geral de Comércio Industria e Transportes Ltd., holding portugués; crédito con límite en 175.000 libras esterlinas, al 5,5 % anual (8-VIII-1936). Kleinwort, Sons & Co., banco inglés; crédito de 800.000 libras al 4 % anual (15-IX-1937). Caixa Geral de Depósitos, banco luso; crédito limitado a 50 millones de escudos  con interés anual del 4 % (28-II-1939, cuando la guerra estaba virtualmente concluida).

Todo eso hubo que pagarlo durante once años calamitosos, marcados por el hambre, carencias generalizadas, plagas de sarna y piojos, tuberculosis endémica, infraestructuras deshechas, gasógeno, frío clavado en los huesos, desfiles marciales y el doloroso recuerdo de tantos caídos, prisioneros sometidos a trabajo forzoso, expatriados, desaparecidos en la Legión Francesa, la División Azul, los campos de exterminio nazis, o ajusticiados por engrosar la resistencia gala.

Ante la trascendencia real de aquella guerra y sus consecuencias, cabría cuestionar el sentido de tantas falsedades, omisiones empapadas de oportunismo y trampas a la memoria, apelotonadas en torno al balón de fútbol. La banalidad trascendida inútilmente a cuestión de estado. Porque aunque determinados pasajes intenten esconderse o se retuerza la realidad, lo acontecido seguirá ahí, listo para aflorar cuando cualquier espíritu inquieto ponga manos a la obra.

Lo decíamos antes: La historia no se escribe para sonrojar a nadie, aunque ciertos hechos justificarían varios sonrojos. Sólo desde el conocimiento cabe enhebrar el tenue hilo de la ponderación y una empatía no ajena a la templanza. Formidable antídoto contra la desmemoria y ese neo-fundamentalismo de muy variado signo que hoy vuelve a acecharnos, no menos amenazante y sórdido que el de antaño.

En realidad, el fundamentalismo de siempre.




La Guerra Civil y sus bajas entre la masa social del fútbol

Aunque actualmente parezcan no recordarlo muchos, el fútbol cimentó su desarrollo e influencia sociológica en la devoción casi mística de su propia masa social. Los socios fueron soporte económico de aquel “sport” arrancado a la Gran Bretaña, cantera de futuros dirigentes, voz animosa en campos incómodos, lloviera, helase, contemplaran un buen espectáculo o viniesen mal dadas, sin perder casi nunca la fe. Si existieron competiciones hasta que nuestro deporte rey festejó sin solemnidad sus Bodas de Diamante, fue gracias a ellos. Dueños de los clubes al fin y al cabo, elegían presidentes, aprobaban o no presupuestos, incluido el incremento de sus mismísimas cuotas y abonos, derribaban mandatarios en Asambleas y se rascaban el bolsillo suscribiendo bonos, pagarés u obligaciones con el amor a un escudo por todo aval, si tocaba cambiar de campo, o transformar en catedral lo que hasta entonces apenas fuese ermita dominguera. Sí, el fútbol era de los socios, por más que a la postre fuesen presidentes y directivos quienes avalasen créditos con su propio peculio, efectuaran derramas ante urgencias e imprevistos, y se llevasen la gloria en tardes triunfales, o el oprobio cundo pintaban bastos.

Las masas sociales fueron no menos protagonistas de aquel fútbol que los propios futbolistas y equipos gestores, hasta la irrupción, cual bálsamo de Fierabrás, de unas Sociedades Anónimas Deportivas tan inútiles como dadas al funambulismo financiero, a tenor de cuanto habría de acreditarnos el futuro. Por eso sería ilógico dejar de lado a tanta gente anónima pero imprescindible, ferviente defensora de sus colores identitarios, asesinada vilmente o caída en combate, entre 1936 y 1939, cuando otros colores no tan inocuos, inspiradores de toda la intransigencia imaginable, colisionaron, no sobre el césped, sino en campos erizados de púas, hundidos por socavones de mortero, delimitados no por líneas de cal, sino mediante regueros de cadáveres, y sin un árbitro dispuesto a pitar el final.

Aquella guerra, entre sus víctimas contadas por decenas de miles, arrebató la vida, también, a varios cientos de hombres con el carnet de su equipo en el bolsillo. Lastimosamente, son las defunciones teóricamente adscritas al bando “nacional”, las que mayoritariamente han llegado hasta nosotros. Primero porque sus clubes los honraron con esquelas en prensa, después del triunfo franquista, misas-funeral por su eterno descanso y hasta, en ciertos casos, remitiendo a la F.E.F. relaciones de caídos, cara al homenaje proyectado en 1939, que no está claro llegase a cuajar. Y segundo porque de los “republicanos” nadie pareció preocuparse; ni los clubes cuyos colores sintieran, ya en tiempos de restauración democrática, ni las agrupaciones políticas o sindicales cuya ideología defendieron hasta el punto de perder la vida. Entidades como F. C. Barcelona, C. D. Europa, Badalona, Valencia, Unión Deportiva Levante, Hércules, Real Madrid, Atlético, Arenas Club de Guecho, Athletic Club bilbaíno, Baracaldo, Sestao Sport, Real Unión de Irún, Oviedo, Sporting de Gijón, Avilés, Málaga o Real Sociedad, estos tres últimos durante sus días como Stadium Avilesino, Malacitano y Donostia, que a buen seguro contaron con abundantes víctimas republicanas, prefirieron “esconderlas” incluso cuando avanzados los 70 del pasado siglo, en vida sus familiares, allegados o deudos, hubiera sido el momento de restituirles póstumamente una dignidad robada a conciencia.

La victoria franquista llenó de monolitos las ciudades y de inscripciones muchas paredes de iglesias. En la imagen, el de San Sebastián, muy avanzados los años 50. Salamanca, tan docta en latines, registró un recuerdo bastante chusco en su pared catedralicia. Alguien empleó el término “gloriusus” -fanfarrón-, en vez de “laudatus” -glorioso-, para jolgorio de matriculados en la Pontificia o estudiantes de Filosofía y Letras, puesto que leían de corrido: “A los fanfarrones que cayeron por la Patria”. Se corrigió, obviamente.

La victoria franquista llenó de monolitos las ciudades y de inscripciones muchas paredes de iglesias. En la imagen, el de San Sebastián, muy avanzados los años 50. Salamanca, tan docta en latines, registró un recuerdo bastante chusco en su pared catedralicia. Alguien empleó el término “gloriusus” -fanfarrón-, en vez de “laudatus” -glorioso-, para jolgorio de matriculados en la Pontificia o estudiantes de Filosofía y Letras, puesto que leían de corrido: “A los fanfarrones que cayeron por la Patria”. Se corrigió, obviamente.

La historia del victimario futbolístico, sobre todo por cuanto a su masa social respecta, no deja de ser sino un compendio de parcialidad. La antítesis, en suma, de cuanto una “historia” que se precie debería.

Si empezamos por el Norte, Cantabria arroja un elevado saldo de lágrimas. Al menos 9 bajas registró el Racing de Santander. Muy pocas, para no pensar en una realidad bastante más amplia, si las comparamos con los caídos de otras entidades manifiestamente menores. Nueve, igualmente, contabilizó la Unión Montañesa. Trece la unión Juventud Rayo, entre ellas los hermanos Juan Ignacio y José Vicente Alonso de la Hoz. Doce el Santoña F. C., 6 el Naval de Reinosa, 5 el Deportivo Torrelavega, 2 el Iberia F. C., de Santander y una el Tolosa Sport, también de la capital cántabra. La suerte de las víctimas que conocemos fue variada. Las del Iberia F. C., por ejemplo, combatiendo; José Pérez Díaz en el frente turolense de Aguilar de Alfambra (24-IV-1938), y Gregorio Martínez en la batalla de Teruel. Federico Velasco, socio del Tolosa Sport, combatiendo en la Sierra del Espadón (agosto de 1938), sector castellonense de Nules. De los cinco reinosinos, cuatro fueron asesinados en retaguardia; José Luis Díez González, en cambio, combatiendo en el frente. Tres del Deportivo Torralevaga igualmente asesinados lejos de las trincheras, y los otros dos en el frente. De ellos, además, Pedro Díaz Terán, Mariano Díaz Blanco y Víctor Van den Eynde, aparte de socios eran jugadores de la sección de hockey. Quede como curiosidad que José Pérez Canales, socio del Racing santanderino, lo era también de la S. D. J. Unión Montañesa.

El baño de sangre asturiana, con casi 100 víctimas nominales registradas, dio para ahogarse. Nada menos que 13 socios perdió la Agrupación Deportiva Piloñesa, entre ellos los hermanos José y Álvaro Argüelles Argüelles. Una decena el modesto Arnao F. C., de Avilés. Siete, y son muchos ante lo exiguo de su masa social, reportó el Canijo F. C., de Candás, todas ellas adscritas al bando nacional. Once el Gimnástico Caborana, de Aller, siete asesinados en retaguardia y los otros cuatro (Miguel Villalta Urquiri, Severino Cordero Álvarez, Tomás Mallo Fernández y Alejandro Álvarez Mazcorta) mientras combatían en el ejército de Franco. Una menos el Marino de Luanco, de ellas cuatro en forma de vil asesinato y dos (Manuel Gordillo G. Pola y Francisco Pango García) fajándose en el frente. Cuatro el Molina F. C, de La Felguera; David Vigil Escalera, asesinado, y Avelino González Canga, Mariano Canga García y Manuel Fernández Pantiga, cara a cara con el enemigo. Otras cuatro el Círculo Popular La Felguera, con Julio Canda Braga combatiendo y los otros tres cerca de sus casas, a traición y casi por la espalda. Las cuatro víctimas del ovetense Rápido F. C. equilibraron su mala suerte: Felipe González Fernández y Luis Rodríguez Álvarez, asesinados; Manuel Álvarez Muñiz y Demetrio González González, a campo abierto, mientras trataban de forzar el retroceso republicano. Nadie persiguió a los asesinos de Argentino Tuya y José Piedra, las dos bajas del Oriamendi de Gijón. Si faltaban policías para investigar la responsabilidad de tanto revanchismo, tampoco es que sobrasen ganas de remover aquella podredumbre. Celso de Arriba, la única víctima conocida del gijonés Club Deportivo Arenal, por el contrario pereció en combate. Carlos Grande Pérez, Ceferino Fidalgo y Sergio Sandoval, las tres bajas conocidas entre la masa social del Muros Balompié, de Muros de Nalón, tiroteados lejos de las trincheras, allá donde en teoría no aguardaba el peligro. Entre los cinco huecos del Sporting Club Siero, de nuevo reparto casi al 50 %: Faustino Sáiz y José Díaz Rodríguez, asesinados; José Mª Vigil-Escalera Canosa, Ovidio González Riaño y Celso García Arboleya, combatiendo en favor de los “nacionales”. De los doce huecos registrados en el Santoña C. F., Ángel Valle Arriola, Carlos Pereda Ruiz, José Quintana y Pedro Silva, perecieron fusil en mano. Emiliano Pinto Niño y José Luis Barriuso Herrería, masacrados en el barco-prisión “Alfonso Pérez”. Y entre los demás, asesinados también impunemente, Carlos Ugalde, Ángel Lloreda y Rogelio Maza Canales, con el agravante de ser sacados de las cárceles para recibir el tiro de gracia en una cuneta.

De los 22 difuntos que el Sporting de Gijón registró sólo en el bando “nacional”, únicamente tres (Dionisio González Rodríguez, Alfredo Vega Suárez y José Luis Marina) perecieron con uniforme de campaña. Los 19 restantes engrosaron la cifra de asesinatos, mediante distintas fórmulas y con muy similar grado de alevosía. Obviamente, los gijoneses contabilizaron también bajas “republicanas”, pero a éstas ni se les otorgó honores ni, que se sepa, merecieron un escueto apunte, siquiera a pie de página en los libros de la entidad. Sobre la muerte, manto de olvido a manera de mortaja, cuando no esa desconsideración reservada a los ajenos.

Su rival directo, el Oviedo, virtualmente desaparecido durante el ejercicio 1939-40, si contabilizó decesos entre el grupo de más fieles e irreductibles adeptos -que los hubo en abundancia-, no parece participase ningún listado y, en todo caso, los días de homenaje e incienso eclesiástico pasaron de largo, sin crespones, siquiera, o la enseña azulona ondeando a media asta.

Propaganda carlista, con su lema de cabecera. La contribución navarra a las brigadas requetés fue amplísima.

Propaganda carlista, con su lema de cabecera. La contribución navarra a las brigadas requetés fue amplísima.

Navarra, solar de tanto requeté a quienes según se escribió “temía el enemigo irracionalmente viéndolos avanzar, recién comulgados ante un improvisado altar de campaña”, registró no pocas bajas, pues era proporcionalmente alto el número de clubes federados hasta 1936, con respecto al censo provincial. Tómese como referencia que un año antes de producirse el alzamiento militar compitieron 57 entidades adscritas a dicha Territorial. El por demás modesto pamplonés Club Deportivo Amaya guardó luto por seis socios; las mismas víctimas que registrase el Dena Zuri, de Pamplona, igualmente. Cinco la A. D. Cascantino. Cuatro el Unión Club Villavés y el C. D. Rochapeano. Dos, como mínimo, (Javier Garralda Basterra y Antonio Zarategui) el Sangüesa FC. Y una decena el más potente Club Deportivo Tudelano. Aunque la Peña Sport, de Tafalla, el estellés Club Deportivo Izarra, el Erri Berri, de Olite, o el pamplonés Club Atlético Osasuna sumaron un nada desdeñable número de huecos irremplazables, hasta hoy ha sido imposible encontrar sobre ellos cualquier relación pormenorizada, en el ámbito federativo, la prensa de época, e incluso en archivos eclesiásticos. También se antoja probable que otros clubes más modestos, como Racing F. C., Irrintzi, Magdalena, Celtic, Indarra, U.C. Paplonés, Rapid F.C., Iruña Atlétitico, Juventud Calasancia -todos ellos de Pamplona-, Burladés, Arenas Club de Burlada, Aluvión de Cascante, Alhama de Cintruénigo, Azcoyen de Peralta, Ilumberri, Sangüesa, Aurrerá de Milagro, Alkartasuna de Tafalla, Zubiri, Pitillas C. F., Urroztarra, Flecha F. C. de Corella o Gure Txokoa de Vera de Bidasoa, gran parte de ellos inexistentes desde hace ya muchos decenios, tuviesen que velar a varios de los suyos. Pero cualesquiera que fuesen las razones para desoír el reiterado requerimiento federativo, se obstinaron en dar por no recibidas las circulares mataselladas desde Madrid y Pamplona.

Hay que entender, no obstante, las muy especiales circunstancias que arrostraban parte de aquellas modestísimas entidades. En Estella, por ejemplo, la guerra se llevó por delante al Sindicato de Iniciativas y Turismo, muy ligado al devenir del club, como responsable de culminar el campo de Merkatondoa. Con gran parte de quienes compusieron aquel organismo en el exilio, y un nuevo ayuntamiento ocupado por ediles entre cuyas preocupaciones y objetivos desde luego no contaba lo relacionado con el balón, el primer alcalde posbélico promovió un expediente de dominio sobre el campo de fútbol. Vamos, que lo expropió. Y suerte tuvieron los aficionados balompédicos, logrando se les cediese posteriormente en precario, conforme quedó recogido en la memoria municipal: “después de desestimar otras peticiones de uso, como una del Batallón de Montaña Arapiles nº 7, de guarnición en Estella (1937), otra de la Juventud Masculina de Acción Católica (1940), y otra de la Delegación Local de Educación y Descanso, también de Estella, en el mismo año 1940”. Lógicamente, la recuperación de un terreno donde dirimir futuros partidos, por fuerza debía prevalecer sobre otros intereses ante el objetivo de devolver a la ciudadanía una rápida apariencia de normalidad. El fútbol, ya entonces, dado su predicamento social, no dejaba de ser sino un excelente aliado.

Esquela del Athletic Club inserta en la prensa bilbaína, como tributo a parte de sus socios caídos o asesinados.

Esquela del Athletic Club inserta en la prensa bilbaína, como tributo a parte de sus socios caídos o asesinados.

En la vecina Vizcaya, el Baracaldo perdió combatiendo como mínimo a ocho socios. A dos la Cultural de Durango, ambos asesinados en la villa. Y a 23 el Athletic Club, sólo entre adjudicables al bando “nacional”: diecisiete asesinados y seis combatientes. Ciñéndonos al primer grupo, Adolfo González Careaga Urquijo y Pelayo Serrano de la Mata, abogado y antiguo árbitro internacional, ambos masacrados en el buque prisión “Altuna Mendi”, surto en los muelles del Nervión. Combatiendo a favor de Franco, Gonzalo Olaso y Olaso, Ernesto Sabas Vivanco, Enrique Astigarraga Echévarri, Manuel Castellanos Ledo, de estirpe vinculada a la presidencia rojiblanca, José A. Lachiondo Arechavaleta, y José Mª Montalvo Orovio, conde de Maguregui. Una vez más, no dejaron rastro los caídos por la república, pese a formar parte de la familia atlética con los mismos derechos, obligaciones y, es de suponer, idéntico apego a los colores. Sestao Sport, Erandio Club, Abanto, Acero de Olaveaga y Santutxu, enclavados en un ámbito fuertemente politizado, tanto a partir del ideario socialista como nacionalista vasco, éste en cualquiera de sus dos adscripciones, P.N.V. o A.N.V., se sabe registraron varios caídos en combate, algún ejecutado tras le entrada de las Brigadas Navarras y un buen puñado de prisioneros en distintos penales, con suerte diversa. Pero por no variar, sus identidades quedarían difuminadas, castigados, prácticamente todos, con el cruel olvido.

De Cataluña cabría decir, abreviando mucho, que se llenó de tumbas, con o sin cruces. El barcelonés F. C. Apolo perdió como mínimo a dos miembros de su masa social: José Xiol Casas, fusilado al tratar de evadirse a zona “nacional”, e Isidro Sastre Juliá, abatido cuando trataba de desertar del ejército republicano. El Centro de Deportes Sabadell a cinco, asesinados durante los días en que pareció desatarse una auténtica cacería al semejante. El barcelonés Club Áncora, a otros 4. Uno el Club Deportivo Moncada (José Gamisans Comellas), asesinado también. Otro el Mollet (Andrés Lorenzo Marrugat), lo mismo que la Unión Deportiva Sans (Pedro Escrichs Batllé, asesinado en setiembre de 1936). Dos la Unión Deportiva Figueras (Carlos Godoy Rutllens y José Mª Pau Figueras), así como la U. D. Olot (Ramón Arqués y Francisco Prat, alférez provisional caído en combate, como tantos con el mismo rango militar), y el Athletic Cornellá (José Flor de Lis Bescós y Francisco Ramón Juvé). Cuatro el F. C. Esparraguera. Siete el Club Deportivo Manresa. Y cuatro, también, el Junior F. C., La España Industrial, o el F. C. Gavá. Prácticamente todos, convendrá repetirlo, encuadrados en el ejército franquista o asesinados por su presunta ideología próxima a los alzados, dejando por demás sentado que ninguna idea justifica ni explica el tiro alevoso, de frente o en la nuca. Acerca de algunos sí nos llegaron esbozos de vida o el modo en que les tocó perderla.

Pelayo Serrano, en su época de árbitro, entre Ricardo Zamora y Quesada. Fue masacrado en el buque-prisión “Altuna Mendi”. Además de abogado era socio del Athletic bilbaíno.

Pelayo Serrano, en su época de árbitro, entre Ricardo Zamora y Quesada. Fue masacrado en el buque-prisión “Altuna Mendi”. Además de abogado era socio del Athletic bilbaíno.

Adolfo Miralles de Imperial Bessoat, socio del Junior, cayó el 11 de marzo de 1937, combatiendo como alférez de Aviación. Su compañero de graderío Luis Mateu Dolsa, también alférez, aunque provisional, y encuadrado en un tercio requeté, el primero de noviembre de 1937, debatiéndose cuerpo a cuerpo en Peñarroya. Ginés Marfa Mercader, con carnet del Junior F. C., era teniente de Artillería cuando varias onzas de metralla lo reventaron en Fraga (Huesca). Por cuanto se refiere a La España Industrial, José Mª Pérez de Olaguer Feliú era teniente de Enlaces Motorizados en el ejército del Sur, cuando cayó el 12 de febrero de 1939, combatiendo. Sólo un mes le separó de saborear la paz. Luis Bañares Albano, sargento en el tercio Nuestra Señora de Montserrat, combatía en el frente de Aragón cuando el 24 de agosto de 1937 se convirtió en su último día. Guillermo Reyna Yarto y Enrique de Alesson Bayles perecieron en retaguardia, asesinados, el 16 de setiembre de 1936 y en fecha indeterminada del mismo mes y año, respectivamente. Los pormenores con respecto a las bajas del F. C. Gavá hemos de agradecérselos a Enrique Fuentes, muy documentado responsable del “blog” en ese club barcelonés. Y colegiremos que sus cuatro víctimas “nacionales” distaban mucho de ser socios corrientes.

Monumento del F.C. Barcelona a sus socios del bando nacional caídos.

Monumento del F.C. Barcelona a sus socios del bando nacional caídos.

Salvador Lluch Viñals cedió el terreno para que pudiese jugar la muchachada del club Gavá. Un gran parque en la localidad barcelonesa lleva su nombre “Torre Lluch”, y en la que fuera su residencia se albergó un museo. Lo asesinaron cuando la guerra apenas había empezado, por su holgada posición económica y ser gran referente social. Jaime Badosa Rafols había sido futbolista fundador del club, aunque para entonces llevase más de 10 años sin vestir de corto. El veterinario del pueblo José Séculi Roca había ejercido como primer presidente oficioso de la entidad. Y Hugo Villa Citelli, alcalde de Gavá en 1934, incluso arbitró algunos partidos. Todos ellos murieron asesinados en Gavá o alrededores, entre los meses de julio y setiembre de 1936, cuando los brigadistas republicanos parecían empeñados en segar vidas civiles “contra reloj”.

Si deslizamos una simple mirada a las víctimas de los dos clubes más señeros en la ciudad condal, la primera sorpresa girará en torno a la desproporción de bajas entre las masas sociales de ambos, al menos por cuanto compete al bando “nacional”. Cincuenta y seis, con nombres y apellidos, llegó a contabilizar el Club Deportivo Español. Y 15 el F.C. Barcelona. Casi nada cabe añadir sobre las víctimas republicanas, puesto que por no romper la norma continúan en el limbo del olvido. Es lástima que la entidad “culé”, pese a la mucha bibliografía “histórica” publicada más o menos a instancia de parte durante los últimos años, nunca haya abordado con seriedad este capítulo. De haberse fajado en el empeño, tal vez nos encontrásemos con una… digamos “anomalía” similar a la ya reseñada en otro capítulo sobre el número de futbolistas combatientes con el ejército republicano, donde el Español, club de “derechas”, aventajaba al Barça, pese al inequívoco abrazo catalanista de los azulgrana.

Los socios “periquitos” a quienes se les negara vislumbrar la paz, murieron de casi todas las formas posibles. Fernando Acebes Morte cuando, encuadrado en el ejército republicano, trataba de pasar al otro bando en el área de Levante; fue capturado y cayó ante un pelotón, fusilado de inmediato. Lorenzo Armillas García, Javier Garriga-Nogués Planas, Joaquín Helcel Valdivielso y Ángel Martínez Robles, asesinados en el Santuario de Collel. Matías Colmenares, Damián Cañellas, Ángel Lapena Martínez, Enrique de Udaeta París, y los hermanos Ángel y Enrique Ponz Junyent, asesinados en Rabassada. Los Ponz Junyent habían sido futbolistas durante el periodo heroico y Ángel, el mayor, una de las primeras figuras “pericas”, por más que parecieran ajenos a tal circunstancia los autores del libro con que la entidad blanquiazul conmemoró su cincuentenario. Aquellas páginas recogían un amplio, aunque incompleto listado de bajas entre la masa social, asesinados o caídos en primera línea. Y ambos hermanos simplemente aparecían citados de pasada.

Esquela que el F. C. Barcelona dedicó el 18 de julio de 1939 a sus socios, caídos o asesinados “Por Dios y por España”. En la notificación facilitada a la F.E.F olvidó incluir a Francisco Cubells Segalá.

Esquela que el F. C. Barcelona dedicó el 18 de julio de 1939 a sus socios, caídos o asesinados “Por Dios y por España”. En la notificación facilitada a la F.E.F olvidó incluir a Francisco Cubells Segalá.

Prosiguiendo con las pérdidas del C. D. Español, Antonio Anadón Casión, Ferrando, José Mª Jurado Estudillo, López Belda, Pedro Pérez Cornet, Luciano Rubio Rubio y los militares con rango Francisco Verdugo Sanmartín -teniente-, Joaquín Amigó de Bonet -también teniente-, y Lizcano de la Rosa -capitán-, cayeron fusilados en Barcelona. Alberto Aguiar Ladeveze y Juan Miguel Rocha, asesinados por una patrulla de control, el segundo en Moncada. Los guardias civiles José Campos Molina -cabo-, Francisco Recio Gómez -comandante- y los hermanos José y Luciano Casado Coca -números-, fusilados igualmente; el primero en el castillo de Montjuich; el segundo en Valencia y los últimos en el castillo de San Julián (Gerona). Fusilados, por no variar, perecieron Emilio Bernardos Cavero -alférez provisional-, Delfín Conesa Martínez -ante la Columna de Hierro, en Castellón-, Jaime Fernández Calderón -en el madrileño Cuartel de la Montaña-, Antonio Fernández Salgueiro -teniente de navío, en Cartagena- y Dionisio Martínez de Velasco -también teniente de navío, en Mahón, Menorca-. Emilio Martínez de Velasco, hermano del anterior, sería asesinado en Madrid. Corrieron idéntica suerte Mariano Mur Portabella -en Barbastro, Huesca- y Alfonso de las Heras. A palos y entre torturas, Antonio Urrea Montull -en dependencias militares de Barcelona- y Mariano Poblador Álvarez -a manos del S.I.M.-. Por enfermedad contraída en las “chekas” y campos de trabajo, aunque expirase en la Cárcel Modelo, Miguel Cañadas Sellés. Por igual motivo, aunque en la cárcel de Madrid, Javier Girona, y a causa de enfermedad contraída en el frente, Armando Pérez de Castro. La lista de combatientes no es corta: José Mª Crous Campuzano era alférez provisional en el frente de Levante; Jesús Franco Hernández en el Cerro del Águila; Tomás Lamadrid S.-Prim; el teniente Antonio López Sert; Santiago Martínez Busutil -en el frente Norte-; el teniente de aviación Carlos Muntadas S.-Prim -durante la primera ofensiva de Cataluña-; Guillermo Oliveras de la Riva -teniente de tanques, tras la toma de Camposines-; Alberto de Olano Barandiarán -alférez provisional-; José Mª Osborne Vázquez -teniente de aviación, en el frente de Cataluña-; Esteban de la Riva Golobart -alférez provisional, en el frente del Ebro-; Juan C. Rubio Sáenz -teniente, en el frente de Teruel-…

No fue muy distinta la tragedia que el destino reservaba a los socios “culés”. Serían asesinados Juan Barguñó Grau -en el santuario de Collel-, José Claramunt Gené -en el puente del Prat-, Francisco Bonich Pascual -en Gavá-, Galo Mussons Mallofré -en El Figaró-, José Germá Hornet -entre Sabadell y Tarrasa-, Antonio Guardia Uberni -en casa Antúnez-, Francisco Munné Arolas -en San Elías-, Antonio Catasús Martín, Salvador Taya y Antonio Viladosa Comabella -en Moncada-, Rafael de Rafael Verhlst -en los alrededores de Barcelona-. Combatiendo se despidieron de la vida Juan Mª Domingo Arnau -en Codo, Zaragoza, inserto en el Tercio Nuestra Sra. De Montserrat-, Antonio Caminal Madurell -en Villalba de los Arcos, Zaragoza, también en el Tercio Nuestra Sra. De Montserrat, luciendo galones de cabo-, y Pedro Lluis Cudrenach -en Sierra Pandols, encuadrado en la 4ª División de Navarra-. Francisco Granollers Genisans cayó en el castillo de Montjuich, ante un pelotón de fusilamiento.

Propaganda republicana de Josep Renau, uno de sus grandes cartelistas.

Propaganda republicana de Josep Renau, uno de sus grandes cartelistas.

Por no abandonar la zona republicana, giremos un vistazo a las regiones de Valencia y Murcia. Y por cuanto a la primera, el Sagunto, de Puerto de Sagunto, contabilizó tres asesinatos junto a las tapias del cementerio de Canet, y los tres ingenieros de profesión: Manuel Aguinaga Keller, Ángel Santafé Rodríguez y Antonio de Zárate Ontañés, todos víctimas de la más absoluta ilógica, puesto que los cazaron por colaborar con “la clase explotadora”, el 21 de agosto de 1937. El Buñol S. C. perdió a su fundador, Vicente Martínez Guarro, a José Ortiz Tello, en combate, y a José Ortiz Roig y Ramón Castell Vallés, ambos asesinados en retaguardia. El Club Deportivo Sagunto guardó luto por otros dos asesinados en el cementerio de Masamagrell: José Cortés Perpiñán y Salvador Font Machancoses, ambos en setiembre de 1936. La A. C. Castellón tuvo tres asesinados, lejos del frente: Salvador Marco, Miguel Miravent y José Peris. Y el Club Deportivo Águila perdió al combatiente Eduardo Luna Bolbastre.

Los datos hasta hoy logrados de la territorial Murciana, apenas si representan una parte infinitesimal sobre el auténtico volumen de su tragedia. Y es que únicamente el Alicante F. C. -los clubes de provincia alicantina competían entonces junto a los propiamente murcianos- y el Cartagena F. C. hicieron algo por rendir homenaje a sus difuntos, además de preservar su propia historia. Ni si quiera consta alguna implicación a ese respecto de entidades tan carismáticas como Murcia, Hércules y Elche, o los entonces nada desdeñables Imperial, Gimnástica Abad, Unión Frutera, Plus Ultra de Cartagena, Albacete, Alcantarilla, Eldense, Águilas, Villena, Torrevejense, Deportivo Lorca, Yecla, Aspense, Espinardo, Benalúa, Unión Muleña, Betis F. C. del murciano barrio del Carmen, Unión Caravaqueña, Deportivo Sansón (de Jabalí Viejo), La Alberca o Sportman Club (de Elche). En verdad ayudó poquísimo la terrible sangría deportiva experimentada en la territorial Murciana, que de los 91 clubes “senior” inscritos para la última temporada prebélica, pasó a contar sólo con 39, cara al ejercicio 1941-42. Cincuenta y dos entidades fulminadas por la guerra. O más, expresándonos con absoluta propiedad, puesto que entre los 39 de la campaña 41-42 figuraban varios de reciente creación.

Puesto que la relación de bajas es corta, consignemos las dos del Alicante F. C. (Segundo Brufal y Jaime Llopis Lloret), y las cuatro del Cartagena F.C. (Antonio Egea Larrosa, Ramón de Navia Osorio, Mariano Ibáñez Iglesias y Gustavo Martínez Smicht, cuyo segundo apellido, dependiendo del registro consultado, también escribían como Smith. Todos ellos fueron asesinados en retaguardia.

Mucha, pero que mucha más información poseemos de Baleares, donde vuelve a sorprender el elevado número bajas y la amplitud de clubes afectados, sobre el total de fallecidos en el archipiélago, según el Movimiento Natural de la Población de España, achacables directamente, claro, al conflicto bélico. Y eso que de los 86 clubes registrados en aquella Federación la temporada 1935-36 -con inclusión de abundantes “adheridos”- sólo quedaban 40 al reanudarse las competiciones. Cuarenta mínimamente organizados, capaces de reportar incidencias durante aquel paréntesis fatídico. Porque lo que pudo ocurrir en los 46 extintos sería barrido de la memoria colectiva por el vendaval de odios.

El Club Deportivo Mallorca perdió en combate a sus socios Gabriel Mésquida Veñy, Jaime Martínez Vaquer y Damián Buades Marimón. El Constancia de Inca a Juan Lorenzo Sangrador, Jaime Gual Escarrer, Jaime Florit Crespí, Miguel González Alomar, Sebastián Rosselló Llabrés, Juan Seguí Mas y Miguel Tortellá Estrañy. El Villacarlos F. C. lloró a catorce incondicionales: Alfonso Victory Sastre, Manuel Vicente Gómez, Francisco E. Giner Sintes, Jaime Mercadal Anglada, José Benejam Coll, Bartolomé Villalonga Vinent, Francisco Menoyo Baños, Lorenzo Lafuente Vanrell, Pedro Sandoval Luna, Pedro Vila Fluxá, Francisco Gomila Fontcuberta, Celestino Picón Prieto, Rafael Serra Mésquida y Miguel Ferrer Mercadal. El Club Deportivo Menor a 5 asesinados en retaguardia: Gabriel Seguí Carreras, Luis Gómez de Tejada, Gabriel Martorell Monar, Miguel Vila Olaria y Gabriel Salord de Olives. El Club Deportivo Ciudadela, igualmente asesinados, a Luis Saura Sintes, Gabriel Sequella Jaume y José Marqués Cursach. La Unió Sportiva Mahón a otros igualmente asesinados: Manuel Quintero, Leopoldo Canet Costa y José Del Río Sans. La S. S. La Salle a nada menos que 16. De ellos, en combate a Sebastián Quetglás Tous, Vicente Llobera Sancho, Mateo Aínsa Álvarez, Jaime Bardisa Bauzá, Juan Cerdá Bisquerra, Francisco Muntaner Villalonga, José Dezcallar Alomar, Manuel Ferrá Fiol, Mateo Monserrat Moll, Bartolomé Sastre Juan -que a su vez era socio del F. C. Manacor-, José Noguera Jaume y Matías Moll Dunyach. Los cuatro restantes, asesinados en retaguardia: Javier Coll Vinent, José Palmer Moll y los hermanos  Antonio y Miguel Garau Fargas.

Si conocemos detalles de las dos pérdidas registradas por la U. S. Porreras entre su masa social, es gracias al mallorquín Miguel Bover, inquieto rescatador del pasado en su club. Mateo Vaquer Llul había nacido el 5 de setiembre de 1915 y fue herido gravemente en el cerco de Bilbao. Trasladado a Palma, teóricamente para reponerse, falleció en la isla, como consecuencia de aquella herida, el 9 de octubre de 1937. Acababa de cumplir veintidós años. Andrés Bonnín Miró vio la primera luz el 1 de agosto de 1911 y la última durante el gélido noviembre de 1938, en la batalla del Ebro. Su vigesimoséptimo cumpleaños, el último, también le tocó pasarlo entre trincheras y una tienda de campaña.

La muerte podía acechar a cualquier civil en la esquina más insospechada.

La muerte podía acechar a cualquier civil en la esquina más insospechada.

Las cuatro bajas del Club Deportivo Soledad también sucumbieron arma en mano: Bartolomé Ripoll Pérez, Felipe Crespí Martín, Francisco Crespí Catalá y Jaime Olivar Frau. Lo mismo que Juan Gomila Llobera, la única conocida de la U. S. Poblense, o Juan Prohens Caldentey (socio del F. C. Manacor), Jaime Salvá Pujol (del S. C. Arrabal), Bernardo Font Servera (del C. D. Arenas), Manuel Manasero Bibiloni (del Libertad F.C.) y Gabriel Rosselló Borrás (del C. D. Binisalem). Combatían igualmente en el ejército que a la postre iba a triunfar, los dos difuntos del C. D. Luchmayor: Antonio Noguera Sastre y Antonio Miralles Mas. Y los cuatro de la Juventud Deportiva Llosetense: José Ferragut Fiol, Antonio Oliver Campins, Bartolomé Cañellas Soler y Baltasar Bestard Martí. Desconocemos las circunstancias en que perecieron Miguel Roses Buades y Miguel Company, asociados del Hispano F. C.

El otro archipiélago parece salió mejor librado. Y eso que aun dirimiéndose la guerra a dos mil kilómetros de distancia, registró como mínimo 13 bajas.

El Real Madrid perdió su corona durante los años republicanos, y a lo largo de la Guerra Civil a un nada desdeñable número de socios. Entre ellos el fundador y líder de Falange, José Antonio Primo de Rivera.

El Real Madrid perdió su corona durante los años republicanos, y a lo largo de la Guerra Civil a un nada desdeñable número de socios. Entre ellos el fundador y líder de Falange, José Antonio Primo de Rivera.

El Artesano F. C, de las Palmas, no pudo contar con el aliento de Antonio Hernández Del Pino y Francisco Henríquez Negrí. El Real Club Victoria perdió a Humberto Peña Borreguero. El Levante F. C, a Pedro Cabrera. El Apolinario F. C. a Antonio Medina, y la Unión Athletic a Faustino Cordero Montesdeoca. El tinerfeño Sporting Club Vera, de Puerto de La Cruz, lloró a Pedro Rodríguez de la Sierra. El también tinerfeño C. D. Guamasa, al legionario Manuel González Herrera, caído en el barrio de Locero, en posesión de la Laureada de San Fernando, con carácter colectivo. Y el Unión de Tenerife tuvo que encargar misas por sus cinco bajas: Santiago Quesada Borges, falangista de la 1ª Bandera de Canarias, mortalmente herido en el frente cordobés de Bujalance durante el mes de agosto de 1937. Juan Hernández Oliva, soldado de infantería, alcanzado en el frente ilerdense de Balaguer (4-V-1938). Marcial Dorta Morales, combatiendo en la madrileña Casa de Campo (28-I-1938). Y tanto Agustín Alonso Bello como Manuel Sabina, con escasa diferencia de fechas, entre mayo y junio de 1938, en el frente de Lérida, no muy lejos de Balaguer.

El Madrid, en fin, sin corona ni realeza desde la proclamación republicana, contabilizó entre las bajas de su masa social a dos personajes de sobra conocidos: el antiguo futbolista Monchín Triana, asesinado en Paracuellos, y el líder falangista José Antonio Primo de Rivera, fusilado ante un muro carcelario. La representatividad e importancia del club, el más laureado a este lado de los Pirineos, exige siquiera el repaso, si no de aquellos a quienes la guerra se llevó por delante, al menos de los ideológicamente próximos al bando nacional. Una vez más, únicos aclamados allá por diciembre de 1939. Vayan, pues, sus nombres: Luis Moreno Avella, Luis Rodríguez Agudo, Teófilo Chico García, Nicolás Álvarez Bohorques, Estanislao Urquijo Landecho, Fernando Nadal Baquedano, Narciso Lombán Del Río, Valentín Blas Matamala, Federico Labar Nárdiz, Félix Córdova Córdova y José Merino Leonart.

Tragedia mayúscula, aquella, que dejó sin lágrimas a demasiadas familias y envenenó corazones con una pócima de incertidumbre, fatalismo y resquemor. Epopeya para unos, derrota para otros, decepción para casi todos, triunfadores o vencidos, porque nada es tan decepcionante como situar en el punto de mira a quienes hasta hacía poco fueron vistos como paisanos, vecinos, compañeros de taller o faena al aire libre, se empaparon hasta las rodillas en la acequia, cantaron en la taberna si corría el vino, soñaban con desposar a sus novias y seguir prosperando, aunque para ello hubiera que abrazarse a un fusil, obedecer órdenes, fueran estas las que fuesen, sentir un nudo en la garganta y cerrar los ojos mientras se apretaba el gatillo.

Más tragedia, naturalmente, para los citados y sus familias. Y para tantos otros, cuyos nombres y apellidos recibieron tierra, como sus propietarios, a la espera de ser descubiertos por algún arqueólogo de nuestra reciente y durísima memoria. Recordarlos no nos convierte en hienas, ávidas de carroña, sino en seres justos, por más que se fatigue al lector -y pido perdón por ello- con una espesura equiparable a las antiguas guías telefónicas.

Nuestro fútbol les debía, como mínimo, un recuerdo. A futbolistas, modestos o de relumbrón, dirigentes y, sobre todo, quizás, a los socios. Eternos olvidados, por más que el balón rodaría poco, incluso hoy mismo, en plena era del dislate financiero, las Sociedades Anónimas y el más exultante chauvinismo, sin su calor constante y esa fe ciega que los hace únicos.

Las numerosas historias sobre aquella barbaridad incivil, siempre los dejaron de lado.

Era preciso reparar, o como mínimo intentarlo, tanto y tan generalizado desinterés.

NOTA: Agradeceremos vivamente cualquier corrección, ampliación o comentario sobre el listado de bajas inserto en el primer artículo de esta serie, que contribuya a enriquecerlo. Pueden establecer contacto dirigiéndose a:

cihefe@cihefe.es

Nuestro reconocimiento anticipado.




Dirigentes del fútbol caídos en la Guerra Civil

El victimario de nuestra Guerra Civil por cuanto al fútbol respecta no se redujo sólo a media docena de entrenadores y más de doscientos futbolistas, veteranos o noveles, profesionales o amateurs, internacionales o aferrados al sueño de arañar un día el estrellato. Cayeron también, en los distintos frentes o víctimas de la sinrazón en retaguardia, un centenar de directivos, entre los que por no variar hubo un poco de todo: seleccionadores nacionales, periodistas, políticos, militares, médicos, prohombres en sus ciudades o devotos de clubes pequeños, gente anónima fuera de una modesta secretaría sin máquina de escribir, con cuatro sillas cojas, una mesa apolillada y, eso sí, la bandera con el escudo del equipo, primorosamente bordada. Rara vez se ha ocupado de ellos la historiografía del deporte rey, hasta el punto de convertirlos en seres virtualmente inexistentes. El oropel, las ovaciones y el culto al mito, tanto antaño como hoy día, parecen reservados al héroe que atajó balones como nadie, a quien marcara goles o empequeñeciese a los demás con un inigualable despliegue físico. Cuantos engrasaban toda aquella maquinaria, robando tiempo a otras ocupaciones e incluso anticipando dinero propio, ni siquiera solían salir en las fotos.

José Suñol, presidente del F. C. Barcelona y político electo, asesinado en Guadarrama.

José Suñol, presidente del F. C. Barcelona y político electo, asesinado en Guadarrama.

Claro que, como ocurre siempre, hubo excepciones confirmando la regla. Y a la cabeza de todas, Josep Suñol Garriga (Barcelona, 21-VII-1898), político catalanista, presidente del Real Automóvil Club de Cataluña (1933-34) y máximo mandatario del F. C. Barcelona desde julio de 1935. Un Josep Suñol a quien distintos revisionistas de la historia “culé” pretenden convertir en Sunyol, menospreciando tanto su partida de nacimiento, como los carnets y tarjetas de visita que utilizase en vida.

Diputado en las Cortes españolas por Esquerra Republicana (legislaturas de 1931, 33 y 36), obtuvo incluso en la primera de ellas más votos en su circunscripción que Lluis Companys, el presidente republicano que habría de protagonizar un golpe de estado a la propia República Española, duramente reprendido. En febrero de 1933, sin disiparse aún del recuerdo la dictadura de Primo de Rivera, había fundado el semanario deportivo “La Rambla” con el propósito de implicar en las reivindicaciones catalanas a esa nueva masa atraída por el “sport”, para entonces mucho más que simple moda pasajera. Dicha redacción, por cierto, sita en plena rambla barcelonesa, frente a la fuente de Canaletas, serviría como lugar de cita a los seguidores azulgrana en sus grandes fechas, inaugurando una tradición todavía vigente.

El vínculo de Suñol con la entidad azulgrana venía de atrás. Directivo ya en la junta que presidiera Arcadi Balaguer, sin cumplir la treintena (año 1928), intervino como pacificador en el conflicto que enfrentó a los jugadores del Barça con su junta directiva. Y es que los futbolistas estaban hartos de verse a los pies de los caballos cuando perdían partidos, por las críticas que desde los despachos saltaban a la luz pública, actitud vista en el vestuario como muestra de absoluta deslealtad. Los buenos oficios del posterior presidente y diputado recondujeron las aguas revueltas a su cauce natural. Ya máximo mandatario “culé”, su mano se dejó sentir en la renovación del conjunto, incorporando a un buen puñado de perlas cuyo brillo se apagaría en parte por mor del ya larvado conflicto bélico: el excelente portero Iborra, exiliado en México; Balmanya, Raich, Escolá, Cabanes o Franco, en Francia durante parte de la guerra; Areso y Munlloch, exiliados igualmente en América, aunque el primero tras desengancharse del Euskadi; el húngaro Berkessy, a quien el 18 de julio del 36 pilló solazándose junto al lago Balatón, con Mario Cabanes, el costarricense Morera y Ramón Obiols, los dos últimos jugadores del Hércules alicantino; el uruguayo Fernández, de vuelta por España unos cuantos años después, ya entrenador, para dirigir tanto al Barcelona como al Real Madrid… Gerente, en suma, que asumió riesgos conformando un equipo de garantías para los posteriores siete u ocho campeonatos. Hombre a quien no temblaba la mano si debía cerrar la puerta al mito Samitier, postulado desde la prensa como entrenador blaugrana cara al ejercicio 1936-37, y a quien dirigiría, a través de las linotipias, un claro y contundente desmentido interés, nueve días antes de que el ejército se sublevase en África. Porque si bien el 10 de julio de 1936, a una semana del estallido bélico, Suñol anticipara su propósito de cesar como presidente del Barça, seguía ostentando el cargo hasta encontrar la muerte.

Suñol confundió con la realidad el alarde propagandístico inserto en medios republicanos. El alto del León seguía en poder de los sublevados y este hecho le segaría la vida.

Suñol confundió con la realidad el alarde propagandístico inserto en medios republicanos. El alto del León seguía en poder de los sublevados y este hecho le segaría la vida.

Su labor como diputado también ofreció alguna muestra de energía. Estuvo entre quienes apoyaron el proyecto de expropiación de fincas rústicas, imprescindible anticipo de una más que controvertida reforma agraria, y censuró a la cámara tanto tiempo perdido con el incidente del doctor Albiñana, diputado derechista radical, “en momentos tan difíciles para el país”, por un uso ilegal de armas.

A primeros de agosto de 1936 partió de Barcelona a Valencia, con el propósito de estrechar lazos entre la Generalidad Catalana y la Junta Delegada en la capital del Turia, prosiguiendo luego el viaje hacia Madrid. Casi paralelamente llegaban noticias hasta la antigua villa y corte sobre un supuesto ataque republicano en la Sierra de Guadarrama, mediante el cual se habría tomado el Alto del León, actual puerto de Los Leones. Suñol, entonces, decidió visitar el frente en compañía de un oficial, el periodista Pedro Ventura Virgili, conocido por “Guantes” durante sus días de futbolista en el Gimnástico de Valencia, y un soldado del Parque Móvil de Automovilismo, sobre quien luego la prensa hizo recaer sospechosas conjeturas. Junto a otras misiones no reveladas, parece que el diputado de Esquerra Republicana pretendía insuflar ánimos a los voluntarios catalanes de la Columna Maciá-Companys, destacados en la defensa de Madrid. Había niebla y los informes sobre el retroceso de los alzados pecaban de excesivo optimismo. Algún historiador azulgrana supuso y escribió que Suñol pudiera haber salido del vehículo entre vivas a la República, tan pronto vio recortarse en la bruma unas siluetas armadas. Guiño hueco al heroísmo, puesto que nada ni nadie lo corroboró jamás. Lo cierto es que tanto él como sus acompañantes advirtieron demasiado tarde que el Alto del León no era republicano, sino faccioso. Y que aquellos hombres armados reconocían en el viajero al diputado Suñol Garriga, lo que de inmediato supuso una sentencia mortal. Corría el 6 de agosto, Suñol sólo contaba 38 años, y los cadáveres pudieron ser recuperados unas cuantas horas después.

“ABC”, cabecera monárquica que tras la salida de Alfonso XIII devino en republicana desde Madrid, y “nacional” a partir del verano del 36 en su edición sevillana, explicaba, recogiendo “noticias de absoluta confianza de las fuerzas leales”, que los cadáveres aparecieron junto a la cuneta, en el kilómetro 52 de la carretera de Guadarrama. Pero que no eran cuatro, sino tres, y por lo tanto faltaba un ocupante del automóvil. Ese punto concreto, donde se hallaba una caseta de camineros que con el correr de la Guerra sirvió de tumba a otros desafortunados, acabó recibiendo el nombre de “la casilla de la muerte”. En relación a la ausencia del cuarto cadáver, el diario, sin apuntar de lleno hacia el conductor, miraba hacia él con lupa de gran aumento, retratándolo como hombre que “hasta no hace mucho tiempo fue chófer del ex coronel Armada, jefe hasta ayer de los sublevados de Oviedo”. Y aunque abogaba por la presunción de inocencia, tampoco se resistía a emplear alguna paletada de ceniza: “Hemos de decir, no obstante, que el chófer es, o era, un hombre muy obediente a quien por motivo de la sublevación militar se le habían confiado misiones delicadas, que cumplió rigurosa y exactamente(…). Sus compañeros chóferes nunca sospecharon de él y, aunque muy parco en todo momento, no ocultó repetidas veces su admiración por el ex coronel Aranda, a quien había servido durante bastante tiempo”.

Hasta 1996 no se izó el monolito en memoria del político y directivo barcelonista Josep Suñol, justo donde apareciese su cadáver. Lo inauguraron el presidente del Parlamento Catalán, Jaume Raventós, y el directivo azulgrana Jaume Sobrequés. Para entonces el misterio del conductor cuyo cadáver se echara en falta, ya no interesaba a nadie, del mismo modo que nadie parecía enlazar la figura del periodista Ventura Virgili con el portero que un día se afanase bajo el marco del Gimnástico.

Lápida con el apellido del presidente asesinado, tal y como él lo escribiera siempre.

Lápida con el apellido del presidente asesinado, tal y como él lo escribiera siempre.

Varios comentaristas especularon sobre la posibilidad de que el mandatario “culé” llevase una importante cantidad en metálico del F. C. Barcelona, destinada a la contratación de un jugador para la temporada 36-37 que los acontecimientos iban a dejar sin efecto. Rosendo Calvet, secretario del club y hombre que debía conocer como nadie todos los entresijos societarios, cuantificó la cifra en 25.000 ptas., no para cerrar un traspaso, sino el de determinados jugadores ovetenses. Otras fuentes elevaron la cantidad hasta 50.000, correspondientes al pago de haberes a la tropa. Si verdaderamente existió ese dinero, quedaría en poder de los sublevados, pues nada pudo hallarse junto a los cadáveres.

Su trágica desaparición causó un gran impacto en el área republicana. Distintos medios madrileños se hicieron eco de una iniciativa de la F.E.F., consistente en formar un núcleo de fuerzas voluntarias “que llevará el nombre del malogrado José Suñol, presidente que fue del F. C. Barcelona. En esta nueva fuerza pueden inscribirse cuantos deportistas se muestren dispuestos a defender las libertades republicanas. El cuartel de la nueva milicia republicana ha sido instalado en la planta baja del Madrid Fútbol Club. La salida de la columna de deportistas hacia el frente se verificará el día 7 de setiembre. El día anterior tendrá lugar un festival en el campo del Madrid, donde luego de un partido que jugarán los primeros equipos del Madrid y del Valencia será entregado a los milicianos del deporte un banderín. La recaudación que se obtenga en el partido se destinara a los hospitales de sangre”.

Tampoco en Cataluña, como se antoja obvio, quedaron atrás, según acredita esta nota titulada “La centuria Josep Sunyol i Garriga”: “El Departamento de Guerra del “Casal d´Esquerra Francesc Maciá” (Cortes Catalanas 647), de acuerdo con las órdenes que ha recibido del cuartel general de E.R.C. pone en conocimiento de todos los compañeros inscritos para integrar esta nueva centuria, adscrita a la columna Maciá-Companys, que han de efectuar su presentación hoy, jueves, a las nueve de la mañana, en Cortes Catalanas 647”.

Un informe del secretario de las Cortes fechado en 1938, elevaba hasta 25 el número de diputados derechistas víctimas de la ira republicana, en tanto serían 12 los de izquierdas sometidos a prisión en centros oficiales o clandestinos del área nacional. A ellos había que añadir otros 9 diputados, víctimas en zona republicana. Y antes, mucho antes de que un sencillo monolito en el alto de Los Leones recordase al caído, el F. C. Barcelona decidió honrar su memoria considerándolo desde mediados de noviembre de 1937 hasta enero del 39, su “presidente ausente”. Detalle que como se comprenderá no pasaron por alto los nuevos jerarcas del fútbol nacional, tras el triunfo franquista.

Otros mandatarios catalanes también vieron truncada su existencia durante el conflicto. Y entre ellos unos cuantos que el bando “nacional” consideró suyos, puesto que engrosaron el listado de “caídos por Dios y por España”.

Miguel Batllé Elías, secretario del F. C. Samboyano, y Rafael R. Brickets, vocal del mismo club, fueron asesinados en retaguardia. La misma desgracia acometió a Narciso Bonet Ulpí, vocal también, aunque del Club Deportivo Moncada. Otras muertes violentas acabaron con Manuel Vila Mitjans, vocal del F. C. Mollet; José Germá, expresidente del C. D. Sabadell; Luis Fabra, presidente honorario del barcelonés Club Áncora, y Joaquín Monturiol, directivo de la Unión Deportiva Olot.

El asesinato de Damiá Cañellas Ginestá (Barcelona, 1900) ejemplifica lo aleatorio de aquellos ajustes de cuentas o, si se prefiere, hasta qué punto se rebajó el valor de la vida. Directivo y secretario general del barcelonés C. D. Español, fue capturado por milicianos anarquistas en Sarriá. Tras ser interrogado larga y brutalmente acerca de su hermana monja, a la que acusaban de haber ocultado a un cura, lo asesinaron en 1936. El simple vínculo familiar con una religiosa había adquirido carácter delictivo, según el listón moral de los más exaltados.

En el vecino archipiélago balear, el bando franquista acumuló como mínimo otras cuatro bajas futboleras: Asesinado lejos del frente, Bartolomé Simonet Bibiloni, directivo de la U. S. Mahón, y Presidente de Comité en la Federación Balear para Menorca; caídos en combate Joaquín Crespí Coll, vocal del Club Deportivo Mallorca, y Juan Sancho Mulet, vicesecretario del Club Deportivo Soledad. Francisco Bellido Reynés, vocal del Libertad F. C. tampoco viviría para ver la paz.

Cartel antifascista, dirigido a la captación de fondos en el exterior.

Cartel antifascista, dirigido a la captación de fondos en el exterior.

La región levantina registró otras pérdidas especialmente señaladas. Enrique Esteve Hernández, del Valencia C. F., cayó en 1936. Había sido directivo, presidente del Comité de Competición, y en el área política jefe provincial de Falange, desde 1935. Juan  Catalá Vicent, del Levante F. C., otra víctima de 1936, había sido directivo “granota” y consejero regional en la Federación Valenciana. A José Berrondo Silva, presidente honorario del Sporting Puerto de Sagunto e ingeniero de profesión, lo fusilaron el 21 de agosto de 1936 ante las tapias del cementerio de Canet. Asesinados de forma parecida, sin juicios ni posibilidad de defensa, se despidieron de este mundo Custodio Romero Amado, directivo del Club Deportivo Sagunto, un fatídico día de agosto en 1936, Juan Pons Piera, del Club Deportivo Carcagente, y Francisco Marco, de la A. C. Castellón.

En la provincia murciana se perdió a Ángel Romero Elorriaga, expresidente del Murcia y River Thader, gran jinete, fusilado el 13 de setiembre de 1936 junto al jefe de Falange de Murcia y otros correligionarios. Y también como mínimo a los presidentes honorarios del Cartagena F. C. Alfonso Torres López y José Mediavilla Sánchez, al presidente efectivo del mismo club, Carlos De Miguel Roncero, y a su tesorero Eduardo Pérez Trillo, todos de ideología conservadora, simpatizantes presumibles de los alzados y tan sólo por ello asesinados muy lejos de donde se libraban las batallas.

No gozó de mejor suerte el guipuzcoano Salvador Díaz Iraola (San Sebastián 23-XI-1989), presidente de la Federación Guipuzcoana de Fútbol, periodista y seleccionador nacional en 1922, formando triunvirato con los también informadores José Mª Mateos y Manuel de Castro. Corría el mes de setiembre de 1936 cuando desapareció en la capital donostiarra, sin dejar rastro ni testigos de cualquier hipotético secuestro. Dos años y medio después de la victoria franquista, en agosto de 1941, su esposa se decidió a formular una consulta ante el Gobierno Civil, encontrándose por toda respuesta con un aséptico comunicado: “Se insertará en el B.O.E. y en el Boletín de esta provincia, y se publicará en los diarios “ABC” de Madrid y “El Diario Vasco” de esta ciudad de San Sebastián una requisitoria a Salvador Díaz Iraola, natural de esta ciudad, hijo de Alejandro y de Isabel, que desapareció en esta capital en septiembre de 1936, para que comparezca en el expediente de declaración de ausencia promovido por su esposa, Doña Carmen Seguén Erausquin, bajo el apercibimiento de que, de no comparecer, transcurridos 15 días de la segunda publicación del presente será declarado ausente a los efectos oportunos”.

Habían aparecido tantos cadáveres no identificadas en las cunetas, y había tantos enterrados en fosas comunes o directamente arrojados al mar, que el único gesto de las autoridades consistía en permitir que las presuntas viudas pudiesen acceder a los bienes de tanto desaparecido, o rehacer sus vidas canónicamente, si así lo desearan.

Cerca de Guipúzcoa, en la bilbaína ría del Nervión, el Athletic Club registró las bajas de los González de Careaga, padre e hijo, futbolista el vástago y socio muy significado el progenitor. Ambos masacrados en el buque prisión “Altuna Mendi”, con fecha 26 de setiembre de 1936. No era directivo del club rojiblanco, sino empleado en el mismo, José Cubillas Urruticoechea, asesinado antes de que los “nacionales” entraran en la capital vizcaína e iniciasen su propio ajuste de cuentas. Curiosamente, y pese a la abundancia de jugadores y socios de entidades provinciales asesinados o caídos en combate, parece que los dirigentes vizcaínos salieron en general bastante bien librados.

Como Díaz Iraola fue igualmente seleccionador nacional, y además en una sola ocasión (1923) el madrileño Joaquín Calixto Herrera Guerra (18-VIII-1895), igualmente en triunviro con Omaechea y Luis Argüello. Funcionario de Hacienda y empleado en la Compañía de Ferrocarriles del Norte, se hallaba en León poco después de producirse el levantamiento militar. Lo prudente se antojaba no moverse de allí, tal y como le aconsejaron distintas amistades, al menos mientras no dispusiese de noticias fidedignas sobre el ambiente en Madrid. Pero como la razón, en momentos de gran zozobra, suele verse aplastada por el impulso y los compromisos personales, parece estuvo tratando de agenciarse un arriesgado retorno.

Inútil especular sobre si no le habría ido mejor acelerando el regreso, porque la fatalidad le esperaba justo donde más a salvo creían todos iba a estar. Mediaba setiembre de 1936 cuando, detenido bajo acusaciones de pertenecer a la masonería, presidir cinco meses atrás un mitin de Manuel Azaña, recaudar fondos para la izquierda republicana y lucir un talante extremista, fue encerrado en la cárcel leonesa. Tras negar todos los cargos y no pudiendo probar la acusación ninguno de ellos, recuperó la libertad a punto de finalizar el mes de octubre, quedando a disposición civil por decreto gubernativo. Pero aunque un tribunal lo hubiese absuelto, otros vestidos de azul ya tenían su sentencia dictada. Secuestrado por un grupo de falangistas fue conducido hasta una finca próxima a Mansilla de Las Mulas, propiedad del cacique Octavio Álvarez Carballo, donde lo asesinaron.

La partida de defunción, expedida a instancias de su esposa por quien fuere su tío y padrino, el juez municipal Ricardo Gavilanes, contemplaba como causa de muerte un “accidente de guerra”. No hacía, de hecho, sino simplificar el texto que un día redactase la policía de León, considerando su óbito “consecuencia de la lucha de las fuerzas nacionales contra el marxismo”.

Este tipo de “dictámenes” fueron bastante habituales entre 1936 y 1939. Servían, naturalmente, para ahorrar pesquisas, instrucción de causas y engorrosas investigaciones, máxime cuando los propios funcionarios podían pisar serpientes de cascabel si removían atolondradamente cuanto estaba mucho mejor a cubierto. Decesos por “hemorragia cerebral”, ante disparos en la nuca, “paro cardiaco”, si la herida se presentaba en el tórax, o “accidente de caza”, para cadáveres hallados en el monte, sonrojan a cuantos hoy bucean entre legajos de ese tiempo, ratonados, desvaídos o amarillentos.

Milicianas, posando para el fotógrafo. No fueron muchas y apenas pisaron los distintos frentes, por más que el cine, la literatura y una amplia propaganda diesen a entender lo contrario.

Milicianas, posando para el fotógrafo. No fueron muchas y apenas pisaron los distintos frentes, por más que el cine, la literatura y una amplia propaganda diesen a entender lo contrario.

Todavía en diciembre de 1945, cuando Herrera Guerra llevaba ya 9 años asesinado, se le abrió expediente por supuesta pertenencia a la masonería. Alguien con sentido común tuvo el gesto de archivarlo, evitando, así, prolongar tamaño disparate.

Prosiguiendo con la región centro, que englobaba Valladolid y una parte de cuanto por esos años se conocía como Castilla la Nueva, el Madrid perdió a dos hombres importantes: su vicepresidente, Gonzalo Aguirre Martos, detenido durante los primeros días de confusión y asesinado por milicianos después de sacarlo en plena noche de su cautiverio en Porlier; y el tesorero Valerio Rivera Ridaura, a quien arrancaron de su propia casa e hicieron huésped forzoso de distintas checas, hasta asesinarlo en un infecto reducto de Usera, el 15 de noviembre de 1937. Su viuda, María Valenciano, acabaría casándose con un buen amigo del difunto: el magnífico presidente del Real Madrid Santiago Bernabéu. Siguiendo con el club capitalino, aunque víctima del otro lado, hay que citar a su cabeza visible durante algunos meses de guerra, el coronel comunista Antonio Ortega Gutiérrez, ajusticiado a garrote en Alicante.

Castilla la Vieja, como entonces se denominaba a gran parte del actual territorio castellano-leonés, no parece registrase demasiadas bajas entre mandatarios de sus clubes, fundamentalmente porque tampoco es que estos abundaran. Cantabria, en cambio, englobada con Castilla en los mapas de Geografía Humana hasta la redistribución autonómica en la España democrática, ya sufrió peor suerte.

El presidente del santanderino Iberia F. C., José Carlos Gutiérrez, fue asesinado por los republicanos en el “Alfonso Pérez”, donde también sucumbiría Gonzalo Herrera Fernández, asesor técnico del Santoña FC. Luis Obeso Martínez, directivo de la Naval de Reinosa, Cándido Moreno Calderón y Juan Ortega Galarza, ambos directivos del Deportivo Torrelavega, así como José Ortega Ugarte, expresidente de la Gimnástica de Torrelavega, perecieron en retaguardia, a manos del fanatismo miliciano.

El buque “Alfonso Pérez” tuvo una historia particularmente trágica. Hasta el año 1919, en que sería adquirido por Ángel Pérez para su compañía naviera cántabra, fue conocido como “War Cheif”. A partir de 1934 y ante el elevado número de presos que hacinaban las cárceles de la provincia -resultado de la revolución asturiana de octubre y la huelga general en Santander, Astillero y Torrelavega-, sería empleado como buque-prisión. Parte de esos prisioneros, más adelante, fueron trasladados al buque “Arantzazu Mendi”, surto igualmente en el puerto de Santander.

Tras el pronunciamiento militar de julio de 1936, las autoridades requisaron el “Alfonso Pérez”, entregando tanto su custodia como la de los prisioneros que irían acumulándose, a milicianos socialistas, sustituidos pronto por anarquistas de la F.A.I. El 27 de diciembre de 1936, cuando la aviación “nacional” bombardeó Santander sin pretensión de alcanzar objetivos militares, dejando un saldo de 70 muertos y más de 50 heridos, una masa incontrolada asaltó el vapor, emprendiéndola contra los allí confinados. Nada menos que 156 prisioneros cuyo delito no era sino su ideología conservadora, fueron asesinados alevosamente. El escándalo internacional alcanzó tal dimensión como para motivar una protesta oficial, aunque tardía, del gobierno británico (febrero de 1937). Buscando acallar ese eco, el Consejo Interprovincial de Santander, Burgos y Palencia ordenó cesara como prisión, para convertirse otra vez en mercante. Entonces con la indudable intención de evitar complicaciones en los puertos donde pudiese atracar, dada la historia arrastrada, volvieron a cambiarle el nombre, esta vez convirtiéndolo en “Cantabria”.

A media mañana del 2 de noviembre de 1938, surcando mar abierto, su capitán se percató de que otra nave más pequeña estaba siguiéndolo. Todos sus intentos por despistarlo, cambiando de rumbo, resultaron inútiles. Cuando se fue reduciendo la distancia entre ambos, comprendieron que su perseguidor no era sino el “Nadir”, crucero auxiliar franquista. El ataque se produjo en aguas territoriales británicas, tan cerca de la costa que el desenlace pudo ser contemplado desde tierra. Una combinación de cañonazos y fuego de ametralladora sobre cubierta inutilizaron puente y sala de máquinas del antiguo buque-prisión, obligando a un desalojo parcial, puesto que el capitán, sus hijos y esposa, así como dos miembros de la tripulación, temerosos ante la suerte que podría esperarles si eran capturados por el crucero enemigo, permanecieron a bordo. Un mercante británico y otro noruego asistieron como espectadores al naufragio, sin atreverse a rescatar las dos lanchas salvavidas, dada la amenazante proximidad del “Nadir”. El británico, al menos telegrafió a las autoridades inglesas y éstas respondieron con el envío de un par de unidades. Otro mercante inglés, el “Pattersonian”, acudió igualmente ante las señales de S.O.S y, sin arredrarse, su capitán lo interpuso entre crucero y lanchas, resguardándolas así de cualquier posible fuego.

Sólo 11 tripulantes del “Cantabria” pudieron ser rescatados con vida, en tanto una veintena era capturada por el “Nadir”. Ya de noche, el buque “Bailey” lograría rescatar al capitán Argüelles, del “Cantabria”, antes “Alfonso Pérez”, y a su familia, así como a Joaquín Vallejo, uno de los tripulantes que prefiriese permanecer entre las llamas. El otro miembro de la tripulación, Juan Gil, se hundió, parece que herido, con los restos destrozados del vapor.

Aparte de los directivos reseñados, como mínimo dos socios del Santoña fueron igualmente asesinados en este buque, el fatídico 27 de diciembre de 1936, cuando el todavía “Alfonso Pérez” servía de muy inadecuada cárcel flotante.

Civiles huyendo del avance “nacional” en la franja Norte, ateridos de frío.

Civiles huyendo del avance “nacional” en la franja Norte, ateridos de frío.

El Deportivo de La Coruña contabilizó dos defunciones entre su cuerpo de mandos, los dos falangistas y capitanes de infantería. Ricardo Balaca Navarro a las primeras de cambio, el 6 de setiembre de 1936, combatiendo en tierras murcianas. Amador Enseñat Soler el 22 de febrero de 1937, durante el ataque a Oviedo. Su coraje ante el enemigo, rayano en la pura temeridad, sirvió para que prendiesen en su féretro la medalla militar individual póstuma, honor que difícilmente serviría de consuelo a la familia, en su aflicción.

Asturias tiñó de rojo demasiados escudos, uniformes y banderas, pues a los numerosos futbolistas perdidos hubo de añadir como mínimo 22 decesos entre árbitros y directivos, y casi un centenar de socios. Los hombres del silbato fueron Alfredo Junquera Balbona, residente en La Felguera, y Ramón Ordóñez Rubio, domiciliado en Gijón. Por cuanto a directivas, la de la A. Dpva. Piloñesa debió quedar en cuadro, pues Isidro Rodríguez Cardín, Fernando Argüelles Valdés, José Mª Fernández Fernández y Manuel Sánchez Sánchez cayeron en retaguardia, asesinados, antes de que los “nacionales” lograran penetrar en Oviedo. El Lealtad de Villaviciosa perdió a su presidente, Valentín Pajares Lastra, al secretario, Clemente Montesina Menéndez, y al vocal Constantino Morillón, los tres igualmente asesinados. Otros tres mandatarios perdieron el Figaredo de Mieres, y el Racing Club Langreano. Manuel Martín Fernández, presidente del Figaredo, cayó combatiendo, lo mismo que sus vocales César Magalde Suárez y Narciso Fernández Fernández. El trío del Racing Langreano, por el contrario (Luis Matamoros Fernández, vicesecretario, y los vocales Emilio Ocaña García y Emilio González Martín) fue asesinado por milicianos con pañuelo rojo. El Arnao F. C., de Avilés, tuvo que llorar a su presidente, Juan José Uría, y al vocal Andrés Martín Arias, ambos víctimas del odio, la venganza y el imperio de la estulticia, lejos del frente. Luis Morán Ugalde, vocal del Gimnástico Caborana, y Gabino Guardado Pérez, secretario del Stadium Avilesino, también fueron víctimas de sendos asesinatos impunes. Bien al contrario, Mariano Flórez Villamil, vocal del Oviedo F. C., y Gregorio Vigil-Escalera Canosa, presidente del Sporting Club Siero, murieron combatiendo. Aunque también falleciese Paulino Cabranes Prieto, vicesecretario del ovetense Cardín F. C., y su muerte se achacara a “la horda roja”, no está claro si pudo defenderse o lo pasearon de madrugada.

Al directivo gijonés y antiguo futbolista Fernando Villaverde Lavandera, apodado “Fetato”, también se le consideró víctima de la Guerra Civil, y hasta fue recogido más de una vez su inexistente asesinato, con fecha 23 de junio de 1937. Falleció durante la contienda, en efecto, pero víctima de un cáncer.

Con cuatro hermanos que también jugaron en el Sporting, siquiera testimonialmente, fue sin duda uno de los mejores futbolistas en su tiempo. Se había iniciado en la Sportiva, modestísimo club gijonés de principios del siglo XX, desaparecido en 1910, justo cuando él se incorporaba al ente más representativo de su ciudad. A los 18 años ya era figura destacada y recién cumplida la veintena asomó por el Athletic de Madrid. Durante la primavera de 1920 estaba entre los preseleccionados para la Olimpiada de Amberes, debut de nuestra selección nacional. Pero una entrada del defensa vigués Otero, traducida en fractura de tibia y peroné en su pierna derecha, no sólo le impidió emprender el viaje, sino que acabaría retirándolo. Ese mismo año, en diciembre, se le tributó un homenaje, enfrentándose dos selecciones asturianas. Luego ejerció el arbitraje, estuvo en las directivas de cuatro presidentes sportinguistas y fue federativo de la Asturiana, además de socio nº 1 del Sporting hasta su fallecimiento. Profesor Mercantil y propietario de un negocio de carbones, probablemente el error en considerarlo caído, fusil en mano, tenga que ver con la colocación de una placa en El Molinón como homenaje a su memoria. Honor que en 1939 se otorgaba a los “inmolados por Dios y por España”.

Mucho más al sur, en esa Andalucía que algunos historiadores tuvieron la ocurrencia de definir como “paraíso en tiempos convulsos”, no todo fue jauja.

Manuel León Trejo, auxiliar en la Escuela de Magisterio sevillana era miembro del Partido Radical Republicano desde 1932 y como tal había ocupado distintos cargos: Vocal del Comité Provincial, Vocal de la Junta Municipal de Control, o Jefe de Sección del Tercer Distrito. Formaba parte, además, de una tertulia republicana, donde en 1921 había sido tesorero. Y para que nada faltase, era masón de tercer grado en la logia Isis y Osiris, con el número 377, donde durante el año 1920 fue Arquitecto Revisor. Si hubiese tenido alguna gota de sangre judía en sus venas se habría erigido en máximo exponente de la perversión humana, a tenor del ideario franquista. Y claro, alguien así no podía pasar desapercibido incluso durante los años que precedieron a la sublevación militar.

Detenido el 10 de agosto de 1932, al igual que su hermano, el catedrático José León, para cuando estalló la guerra disponía de un abultado dosier en los archivos policiales, donde se recogía, incluso, su paso por la tesorería bética durante el año 1912. Así las cosas,  antes de que concluyera el mes de julio del 36 lo despidieron de su puesto laboral por “hostil e indeseable”, a manera de anticipo sobre revanchas aún mayores. Refugiado en domicilios de gente menos expuesta ideológicamente, de familiares y teóricos amigos, pudo esquivar a quienes nada bueno le tenían reservado, en tanto preparaba su salida de Sevilla. Todo lleva a pensar fue vendido por alguien más o menos próximo, puesto que lo capturaron apenas trató de abandonar la ciudad donde otrora se moviese como pez en el agua.

Sus hermanos Ignacio, maestro, y José, catedrático, antiguo concejal del municipio sevillano y ex gobernador civil de Guadalajara, compartieron a su lado una triste despedida de la vida, bajo el plomo del pelotón que los fusilara aquel 24 de setiembre de 1938. Alguien, entonces, no parece prestase mucha atención al trabajo de oficina, puesto que según Ángel Moreno Jiménez, rastreador contumaz de esa época azarosa y compañero en CIHEFE, corría 1941 cuando seguían dándolo como “individuo en paradero desconocido”.

Cruzando el estrecho topamos con otras dos víctimas del fútbol hispano-marroquí, ambos directivos del Melilla FC. Gonzalo Bilbao era teniente de la Legión. Y Rogelio Ovejas sargento del Batallón de Cazadores. Uno y otro se encontraron con su fatal destino en el frente. Ya en pleno Atlántico, el Real Club Victoria, de Las Palmas, no pudo contar para la paz con José Morales Martín, José Perdomo y José González Marrero. Lo mismo que sus vecinos del Club Deportivo Español, con Sebastián García Santana y Alfonso Martín Ramírez. El Unión de Tenerife honró a su vicesecretario, Ramón Rodríguez Rollán, alférez de infantería caído en febrero de 1938, combatiendo. El también vicesecretario del Cuatro Torres, Gastón Bausson, cayó en la batalla del Ebro. Combatiendo durante el avance por Cataluña, perdió el Sporting Club Icod a su secretario, Eusebio Alfonso de León. Y Jesús González Hernández, vicepresidente del Cruz Santa, de Realejo Alto, perdió la vida en el frente de Madrid, el 12 de noviembre de 1936, como alférez de Artillería.

A veces la sed de venganza no se apagaba ni con la muerte. Eran de tal calibre el odio y la animadversión, que aun sabiendo al enemigo pudriéndose en su fosa, se le continuaban incoando causas o se esquilmaba a sus deudos. Fue este el trato dispensado, entre otros, al médico, catedrático en la Facultad de Medicina y presidente de la Federación Aragonesa de Fútbol, José Mª Muniesa Belenguer.

Nacido en la localidad zaragozana de Used (1895) y estudiante con los escolapios de Daroca, se trasladó a Zaragoza para cursar Medicina, carrera que también  coronaría con éxito su hermano Augusto. Joven aún, compaginó el estudio y la praxis de laboratorio  con su desbocada afición por el fútbol, como presidente federativo durante el apasionante periodo en que iba a concederse a nuestro deporte rey el estatus profesional (1926), y nacía el Campeonato Nacional de Liga (1929). Iberia Sport y Zaragoza, los dos clubes señeros de la capital maña, aunque humildes hasta el punto de no desplazar hasta las Asambleas de Madrid a sus respectivos delegados, le encomendaron defender sus postulados e interesas más de una vez, sin sentirse defraudados nunca. Sólo unos meses antes de que echase a rodar nuestra primera edición liguera, trasladado provisionalmente a la capital de España, cesó en su cargo. Y a su vuelta junto al Ebro y la Pilarica, ya profesor adjunto en la Facultad de Medicina, fundador del primer laboratorio de análisis clínicos en la capital maña y a tiempo de intervenir en la fusión de los dos clubes capitalinos para constituir el actual Real Zaragoza -era directivo del Iberia-, recibió el nombramiento de Presidente Honorario en la Federación Aragonesa (1932).

Ni siguiera la sobrecarga de trabajo -docencia, analítica, práctica de la Medicina- pudo con su afición deportiva, puesto que siguió colaborando con el nuevo y ya más potente club “mañico”, regido por su amigo José Mª Gayarre. Su existencia, pues, transcurrió por un cauce envidiable hasta la llegada de 1936, año festivo para el balompié aragonés, ante el ascenso a 1ª División de su máximo representante, y fatídico en lo concerniente a todo el país, cuando acabó cuajando una asonada de la que ya se habían vivido algunos ensayos. Aquello lo cambió todo.

Fragmento de las memorias que José María Gayarre escribiese durante los años 50, a día de hoy inéditas.

Fragmento de las memorias que José María Gayarre escribiese durante los años 50, a día de hoy inéditas.

Apenas hubo despuntado el verano, su esposa e hijo partieron de vacaciones hacia la población turolense de Alcalá de la Selva, en tanto el seguía en Zaragoza, poniendo broche al curso universitario y cribando su cuaderno de citas en la consulta. La rebelión militar le sorprendió, por supuesto. Y sobre todo la rapidez con que en un santiamén controlaban los alzados no ya hasta el último acuartelamiento, sino entidades,  medios informativos e instituciones locales. Si temió algo, desde luego no fue pensando en sí mismo, sino en su hermano Augusto, alcalde zaragozano por la coalición radical-socialista durante parte del periodo republicano. Tan seguro estaba de no correr peligro que rechazó la propuesta de su buen amigo Gayarre, brindándole refugio en casa de su madre, señora de orden fuera de cualquier sospecha, como mínimo mientras durasen las purgas y el confusionismo inicial. “Nada tengo que ver con la política -le dijo-. Iré hasta Alcalá de la Selva, con los míos, a ver en qué para todo esto”.

Ya en el pueblo turolense, entonces lugar de veraneo frecuentado por familias valencianas y aragonesas con floreciente economía, asistió al ataque de una guerrilla miliciana procedente del penal de San Miguel de los Reyes, cuyo objetivo se antojaba obvio: propinar un duro golpe a la “oligarquía explotadora”, meterles en el tuétano la idea de que mientras se agitase un solo puño, iban a faltarles agujeros donde esconderse. José Mª Muniesa estuvo entre los organizadores de la evacuación, monte a través con caballería alquilada y en plena noche, portando una talla de la virgen rescatada del altar mayor, para evitar su más que probable profanación. Alcanzaron Teruel, desde donde un tren podría conducirles de vuelta a Zaragoza, con el pánico aún a flor de piel. Ese, al menos, era el plan trazado, porque las cosas se torcieron mucho. Varios policías, de guardia en la estación, tomaron asiento casi a su lado y, una vez en Zaragoza, le obligaron a acompañarles hasta la cárcel de Torrero, donde ya le esperaba su hermano.

Antonio Sánchez, amigo, compañero de veraneo y vicisitudes nocturnas mientras huían del ataque miliciano, se apresuró a contactar con José Mª Gayarre, exponiéndole lo desesperado de la situación. Éste, de inmediato, buscó ayuda en las alturas, interpelando al mismísimo José Derquí, banquero hasta el 18 de julio y días más tarde, además, jefe de la policía con gran influencia entre el aparato militar. Esfuerzo inútil, porque la triste suerte de los hermanos Muniesa, ante la significación de Augusto como antiguo alcalde, ya estaba echada.

El 7 de octubre de 1936, en las estribaciones de Valdespartera, serían encontrados los cadáveres de ambos hermanos, estrechamente abrazados. José María, el presidente federativo que apoyase la profesionalización de nuestros futbolistas y se empeñara en crear el campeonato liguero, tenía 41 años y un feo orificio en la cabeza. Su parte de defunción, fiel a los usos y costumbres del momento, atribuyó el deceso a “una fractura en la base del cráneo”.

En 1937, ante los cuantiosos gastos de guerra y con la evidencia de que ni dádivas, donaciones o colectas bastaban para cuadrar balances, el bando nacional se dedicó al cultivo extensivo de incautaciones, como hiciesen sindicatos y partidos republicanos desde los días 19 y 20 de 1936. Sólo que en su caso, mediante un maquillaje de legalidad pomposamente bautizado como Expedientes de Responsabilidades Políticas. A Carmen Moraleda, viuda de José Mª Muniesa Belenguer, se le instruyó uno, saldado, como todos, con el embargo de casi dos terceras partes de sus bienes y patrimonio inmobiliario.

Las victorias siempre tienen un alto coste, tanto en vidas como en dinero. Se mataba con plomo, sí. Pero sin hacer ascos al oro.

Transcurridos varios años desde su asesinato, el Tribunal Militar de Responsabilidades Políticas dictó una sentencia absolutoria sobre su detención. Ésta, según aquel fallo, no debería haberse producido nunca. Ni su asesinato, consecuentemente. La justicia llegaba tarde, cuando el ánimo vengativo y la ruindad más rastrera habían actuado irreparablemente. José Mª Muniesa era historia, al tiempo que pesaroso recuerdo para el amigo que no lograra salvarlo, pese a intentarlo de corazón.

José Mª Gayarre tampoco es que fuese un don nadie para el bando “nacional”. Su paso por la presidencia del Zaragoza le permitió estrechar lazos con Genaro de la Riva, consejero oficioso en la naciente Federación de Fútbol franquista, y con Julián Troncoso, directivo del club cuando estalló la guerra y a su conclusión -orgánicamente incluso durante el conflicto- presidente de la Española. Además, en compañía del periodista José Luis de Isasi, y René Petit, formidable futbolista galo nacionalizado español para cuando intervino en el primer partido de nuestra Liga, estrella en el Real Madrid y Real Unión de Irún, así como destacado ingeniero que devolviese a Bilbao sus puentes dinamitados, comandó la delegación franquista desplazada a Barbizón para ofrecer garantías de un retorno sin represalias a los jugadores del Euskadi. Curiosamente, el mejor testimonio de aquel acto no llegó hasta nosotros por voz o pluma del periodista, sino a través de unas impagables memorias a día de hoy inéditas, firmadas por el ex presidente aragonés. En ellas, el miedo de Roberto Echevarría, que junto con Guillermo Gorostiza y el masajista Perico Birichinaga fueron los únicos en volver, casi resulta tangible. Lo mismo que la ascendencia del gran Regueiro sobre todo el grupo, la tibieza de Iraragorri, Zubieta, Emilín, Blasco y Cilaurren, las dudas de Lángara, en cuyo ánimo pesaban, y con razón, aquellas terribles vivencias en el buque-cárcel “Cabo Quilates”, la fiebre nacionalista de Pedro Areso, o el temor generalizado a cuanto pudiera esperarles en el frente, su destino inmediato, junto a otras figuras como Jacinto Quincoces, Zabala, Tomás Arnanz, Unamuno, Ruiz, Antón, Edmundo Suárez “Mundo”, Ipiña… Porque el retorno, claro está, implicaba enrolarse como soldado en el bando que para entonces tenía ya la contienda bastante encarrilada.

Gayarre, en fin, ideológicamente apegado al 18 de julio y hombre muy creyente, sin deglutir aún el amargo sabor de boca ante tanto revanchismo e intransigencia, redactó en sus ya aludidas memorias, una tarde de marzo de 1952, las siguientes líneas no sólo como homenaje al compañero fraterno, sino en radical descuerdo con quienes tiempo atrás se empeñaran en manchar con sangre gratuita su victoria:

Un día también conoceremos todos la verdadera justicia; la de Dios. Y entonces Muniesa aparecerá con la suprema satisfacción de estar por encima de las ruindades humanas. Entonces, como ahora, podremos decir: ¡Bienvenido él y desgraciados sus verdugos, que no escaparán de la justicia divina, ante la que de nada sirven delaciones ni coartadas!”.

El buen galeno, profesor universitario y afanoso directivo, fue tan sólo una víctima más de la podredumbre moral desatada durante esos días, cuando 50.000 años de evolución parecieron evaporarse, devolviéndonos a una bestialidad propia de alimañas.

Finalmente en Badajoz, el F. C. Extremadura perdió a sus dos últimos presidentes, Saturnino Merino Garrido y Miguel Villena Ballesteros. El primero había jugado en el Extremadura, hasta que sus estudios de Derecho lo llevaron a la Universidad de Deusto, donde estuvo defendiendo el marco del equipo universitario, como recogiera José Joaquín González en su excelente Historia del C. F. y la U. D. Extremadura. Merino, de vuelta a Almendralejo, disputó las campañas 1927-28, 28-29 y 29-30, hasta que el paréntesis competitivo del Extremadura le hiciese recalar en el Emérita y el Deportivo Militar. Cuando de cara al ejercicio 1935-36 volviera a apuntalar su estructura el Extremadura, tornó a situarse bajo los tres palos. Fue, incluso, presidente de la entidad, hasta que renunciase al cargo en vísperas del estallido bélico, con el propósito de seguir atajando balones durante el campeonato que la guerra se encargó de abortar. Su sucesor, Miguel Villena Ballesteros, contratista de obras, accedió al cargo con 30 años y ni siquiera tuvo tiempo de estrenarse, puesto que ambos serían asesinados en la cárcel de Almendralejo el 7 de agosto de 1936. Saturnino Merino, además, cayó junto a su padre y hermano, por el simple hecho de pertenecer a una clase social acomodada, circunstancia que en el léxico de aquellos días infaustos equivalía a representar la explotación fascista. Más adelante, combatiendo, la guerra también se llevó a Francisco Cotilla Rodríguez, secretario durante el mandato de Saturnino Merino.

Ejecutado por milicianos cayó Antonio Béjar Martínez, hombre muy vinculado a la misma entidad, pues suyas eran las crónicas deportivas del periódico “Hoy”, editado en Badajoz. Su compromiso no ya con el periodismo, sino con la verdad, quedó de manifiesto al pasar unas horas encarcelado tras hacerse eco de cierta noticia cuya autenticidad iba a quedar rápidamente esclarecida. Meses antes de la sublevación franquista, cuando las dos Españas ya estaban muy enfrentadas, abandonó la corresponsalía para convertirse en redactor de plantilla. A sus 25 años se alojaba en una pensión pacense, junto a su redactor jefe, Herminio Pinilla, y el presbítero José Valentín. El 9 de agosto del 36 un grupo de milicianos irrumpió en el establecimiento, llevándose al sacerdote y al novel periodista. Pinilla, redactor jefe en el medio informativo, tuvo más suerte al hacerles creer era un simple estudiante. Mentira que le salvó de recibir un balazo, junto a sus compañeros de pensión. El “crimen” de Antonio Béjar se reducía a prestar servicios en una cabecera de adscripción católica.

Continuar con vida o recibir una rastrera ración de plomo, se asemejaba mucho a la más dramática lotería, con sobreabundancia de números perdedores.

Entre las bajas que el segmento gestor padeció durante aquellos tres años de locura, el posterior ajuste de cuentas mediante causas penales, y la severa depuración con que los nuevos mandamases del deporte rey trataron de dar ejemplo, nuestro fútbol, por lo tocante a sus despachos, apenas guardó semejanza con el de 1936 cuando las competiciones volvieron a reanudarse.

NOTA: Agradeceremos vivamente cualquier corrección, ampliación o comentario sobre el listado de bajas inserto en el primer artículo de esta serie, que contribuya a enriquecerlo. Pueden establecer contacto dirigiéndose a:

cihefe@cihefe.es

Nuestro reconocimiento anticipado.

 




Las otras víctimas de la Guerra Civil (4)

No todas las víctimas de la Guerra Civil tuvieron nombre y apellido. Hubo entre ellas, también, sociedades mercantiles lastradas económicamente hasta su desaparición virtual o efectiva, por las multas monstruosas que a sus propietarios les fueren impuestas, como simpatizantes o sustentadores de alguna facción adscrita al bando perdedor. Fue el caso de la naviera Sota-Aznar, por ejemplo. Los De la Sota, con distintas consejerías en los bancos de Bilbao y Vizcaya, o compañías aseguradoras y metalúrgicas, dueños de un valioso patrimonio inmobiliario, habían actuado desde los lejanos tiempos del nacionalismo vizcaitarra como sostén económico del Partido Nacionalista Vasco, amén de tutelar desde hacía años al Athletic Club. Durante la Guerra Civil no sólo continuaron ejerciendo las mismas funciones, sino que su apoyo a cuanto representara el gobierno del Lehendakari Aguirre nada tuvo de ocultación prudente o disimulo. Así las cosas, apenas se hubo inclinado la balanza hacia el lado “nacional”, verían cernirse sobre ellos el galope de los cuatro jinetes apocalípticos. Como pago a la multimillonaria multa impuesta, les fueron confiscadas distintas propiedades inmobiliarias. Entre ellas, los palacios bilbaínos de la Plaza Elíptica -convertido en Gobierno Civil hasta la reinstauración democrática- e Ibaigane -actual sede del Athletic Club, luego de haber servido para distintos usos, sufrir saqueos y eludir milagrosamente la piqueta especulativa-, o una manzana de viviendas nobles en el ensanche de la Gran Vía, hoy patrimonio histórico. Pero además, los De la Sota vieron como su naviera acababa en manos de la familia Aznar, hasta entonces socios de segundo rango, para quienes desde el nuevo régimen todo fueron lisonjas, en pago a su adhesión sincera e inquebrantable. Los De la Sota, por pura rebeldía, acabaron constituyendo otra naviera de pequeña dimensión, matriculada fuera de España, en cuyos mástiles ondeaba la ikurriña tan pronto sus buques se hacían a mar abierto, y donde el idioma a bordo siempre fue el euskera.

Otros, en cambio, resolvieron su porvenir apoyando la sublevación desde los días previos, o sumándose a ella cuando la oportunidad o el cálculo meticuloso así se lo aconsejaron. Si el marqués de Luca de Tena o Juan March pusieron algo más que un granito de arena para impulsar la asonada, tampoco el ingeniero Goicoechea anduvo escaso de reflejos. Cambiase de bando con o sin los planos del cinturón de hierro bilbaíno, según distintas tesis sostuvieron, resulta innegable que su aproximación al régimen concluiría en financiación para el proyecto de tren articulado ligero, el “Talgo”, sueño devenido en realidad merced al dinero de los Oriol.

Y puesto que la depuración alcanzó a empresas, empresarios, gente del deporte o el artisteo, u hombres y mujeres de a pie, tampoco podían quedar al margen los clubes de fútbol. Máxime cuando resonando aún el eco de los últimos disparos, prohombres del nuevo estado ya advertían sobre cambios radicales. Así, el coronel Troncoso, nuevo mandamás del fútbol, en entrevista publicada por “ABC” el 24 de mayo de 1939, afirmaba que ya podían ir olvidándose clubes y futbolistas de ser esas entidades empeñadas en funcionar con independencia, y hasta con anarquía; que en adelante debían convertirse en sumisos mecanismos deportivos del Estado. Resumiendo, palo para incumplidores en el pasado, e intolerancia absoluta ante cualquier amago de futuros incumplimientos.

Durante los últimos años, toda la historiografía del F. C. Barcelona pone especial énfasis en contemplar a la entidad “culé” como gran víctima del franquismo más intransigente. Todo ello sustentado en proclamas desde la prensa y posteriores actuaciones, harto explícitas.

El 4 de abril de 1939, el semanario deportivo “Marca” cerraba un extenso artículo con clarísimo aviso a navegantes: “Al Barcelona F. C. como entidad deportiva, nuestra admiración. Como incubador de ideas alejadas de la manera de ser y de sentir de todo buen español, el desprecio y la justicia de Franco”. El mismo medio, días antes (29-III-1939), al repasar la parálisis futbolística en una Cataluña recién tomada por los “nacionales”, se hacía eco de la salida hacia Barcelona de algunos federativos, con la ardua misión de investigar a cuantos directivos, de nuevo cuño o recuperables del pretérito, estuviesen capacitados para tomar las riendas de la nueva Federación Regional y los distintos clubes. Las tres últimas frases de aquel suelto tampoco auguraban nada bueno: “Del Barcelona nada se sabe. Aunque no tendría nada de extraño que se cambiaran los colores de su camiseta, y que su escudo cambiara también. Predomina el criterio de que en vez de Barcelona se denomine, resucitando un viejo rótulo, el España”. Por otra parte, la ficha policial de esa entidad, sin añadir nada nuevo, daba pie a más sobresaltos al incidir en sus repetidos alardes catalanistas.

Martín Vantolrá, expedicionario del Barça en la gira americana, se quedó en México, ennoviado con la sobrina del presidente Lázaro Cárdenas y rubricando un contrato funcionarial de instructor deportivo.

Martín Vantolrá, expedicionario del Barça en la gira americana, se quedó en México, ennoviado con la sobrina del presidente Lázaro Cárdenas y rubricando un contrato funcionarial de instructor deportivo.

Pero siendo cierto todo esto, así como que el club azulgrana hubiese pechado con sanciones durante la dictadura de Primo por desacato al himno nacional, o estuviese presente en actos políticos catalanistas con banderas de sus colores, no es menos verdad que salió muy bien librado, si tenemos en cuenta ciertos hechos, dignos de análisis.

Su gira americana, por ejemplo, en plena contienda civil. O la espantada de no pocos componentes, unos afincándose en México -Vantolrá, Munlloch, Gual, Pedrol, Iborra o Fernando García-, país que no reconocía el nuevo estado franquista, y otros -Balmanyá, Escolá, Zabalo, Juan Rafá, Cabanes y Raich- recetándose un periodo de meditación, lejos de trincheras, balas y obuses, mientras seguían jugando al fútbol con el Sète, Troyes, Metz, Alés o Racing Club de París. Sin pasar por alto, desde luego, la adscripción política de su presidente José Suñol, diputado de Esquerra Republicana y víctima de la contienda, en la sierra de Guadarrama. El F. C. Barcelona, como bien es sabido, no perdió sus colores ni fue obligado a competir bajo el nombre de España. Y si las modificaciones en su escudo apenas pasaron de lo testimonial, su traslación de Foot-ball Club a Club de Fútbol obedeció a las mismas razones que convirtieron a los Racing, Sporting, o Athletic, en Reales o Atléticos: una muy pintoresca intención de erradicar barbarismos, aun a costa de engendrar vocablos tan disparatados como “jeriñac”, para el coñac, al producirse mayoritariamente en Jerez de la Frontera las marcas autárquicas.

En todo caso, el F. C. Barcelona no fue peor tratado que otras muchas entidades. ¿Qué decir, si no, de aquellas claramente asociadas a la República, hasta el punto de ostentar su nombre o lucir camisetas tricolores?. Y otro tanto de los que pudiéramos considerar clubes de inspiración obrerista. A unos y otros se les negaría el derecho a continuar compitiendo, o se les puso tantas trabas como a los palmesanos Athletic y Baleares, que para sobrevivir acabarían fusionándose. Tampoco el Levante lo tuvo fácil. Tanto sus directivos como los propios futbolistas estuvieron bastante mal mirados, ante el peso de su reciente pasado y representar a “la pequeña Rusia”, como se conocía al área del cabanyal valenciano. Si sentirse aplastados por la bota militar fue asistir a la depuración de numerosos directivos, o apelar al socio Jaime Sabaté Quexal, excombatiente en el bando victorioso, para obtener del gobierno civil un plácet a la reanudación de actividades, su humillación no fue mayor a las vividas por el Athletic Club, Arenas de Guecho, Real Unión de Irún, Deportivo Alavés, Real Sociedad de San Sebastián, Stadium Avilesino, Oviedo, Sporting de Gijón, Valencia, Don Benito, Badajoz, Tolosa o Eiriña.

Otros detalles, además, empañan un tanto ese ferviente catalanismo “culé”. O por lo menos el de sus futbolistas durante la guerra. Sirva como referencia la comparación entre el número de soldados republicanos azulgrana, y los de otras entidades de su entorno más próximo. Real Club Deportivo Español y Gerona C. F. aportaron 18. Trece el Centro de Deportes Sabadell. Once el C. F. Badalona y sólo 8 el Club Deportivo Granollers, en tanto otras entidades más modestas, como Mataró, San Cugat o Pueblo Nuevo, veían partir hacia el frente luciendo pañuelo rojo y gorra miliciana, a la práctica totalidad de sus plantillas. El F. C. Barcelona si bien tuvo a 11 de los suyos abrazando la causa republicana, lo cierto es que pronto dejarían fusiles y bayonetas por mor de aquella gira, arreglándoselas luego para que el océano, o los Pirineos, los separasen del peligro. Cada cual, entonces, actuó conforme mejor supo o pudo, sopesando ideales, credos y arrojos, pero sin desoír nunca al más elemental de los sentidos: el de supervivencia. Y a ese respecto los clubes tampoco anduvieron a la zaga, conscientes de que su indefinición, o el simple error proclamando afectos, pudiera complicar muy seriamente su devenir. Sirvan como muestra un par de ejemplos.

Ya en agosto de 1936, con la isla mayor del archipiélago balear decantada hacia el bando “nacional”, el Gobernador Militar de Palma daba a conocer a través de la prensa local un escrito remitido desde el Club Deportivo Mallorca: “En los momentos de altísima emoción patriótica que vivimos, por la generosa entrega del Ejército de Salvación que ha de redimir España de los enemigos que la quieren hundir, nos es muy grato en nombre de este club, la mayoría de cuyos componentes están alistándose en las distintas organizaciones y milicias que luchan para aquel fin, testimoniar a V. E. la más ferviente adhesión y entusiasmo por la noble causa. ¡Viva España!”.

Por su parte el presidente del Español barcelonés, Genaro de la Riva, manifestaba en una epístola de mediana extensión a Javier Mendoza, presidente de la Federación Catalana: “Muchos años hace que, en evitación de que el Real Club Deportivo Español pudiera llegar a ser dirigido por gentes antiespañolas, me hice cargo de la presidencia”. El Club Deportivo Español que, recordémoslo, por mor de las muy puntuales circunstancias vividas en la ciudad condal, había aportado 18 futbolistas al ejército republicano. No obstante, la propia ficha policial del club “periquito” difícilmente hubiese podido ser más explícita respecto a la ideología imperante entre los blanquiazules: “Ha sido el único club de Cataluña que se ha significado como verdaderamente españolista”.

La Real Sociedad Alfonso XIII, antecesora del Real Club Deportivo Mallorca y dicho sea como curiosidad, había acreditado idéntica diligencia cuando, viniendo mal dadas para la monarquía (14-IV-1931), hizo que su conserje pasease por las calles y plazas más concurridas de Palma con un pizarrón, donde se informaba que el Alfonso XIII pasaba a denominarse C. D. Mallorca.

Entre el Mallorca y el Español, muchas otras entidades, sin exclusión de casi todas las importantes, fueron sumándose al coro, incluyendo, en algún caso, gestos como el del bilbaíno Athletic Club, desde donde pusieron a disposición del gobierno franquista en Burgos la totalidad de sus trofeos, para que la plata, una vez fundida, contribuyese modestamente a los incontables gastos de campaña. El gobierno burgalés remitiría una amable respuesta al club rojiblanco, agradeciendo su implicación, aun declinando de facto esa oferta. Es probable que de dicha correspondencia hoy no quede rastro en Ibaigane.

Los futbolistas, en todo caso, continuaron siendo víctimas propiciatorias tras el conflicto, por dos razones fundamentales: la ejemplaridad pretendida en aquellos castigos, ante la notoriedad de los encausados, y el terrible efecto que doce o dieciséis meses de suspensión suponían para cualquier carrera deportiva, forzosamente breve. Casi todos los clubes, en cambio, con sanciones o sin ellas, seguirían teniendo abiertas las puertas del futuro, al ser las suyas andaduras de largo aliento.

Francisco Iriondo jugó en Francia la temporada 1935-36 y durante parte de la Guerra Civil estuvo en España. Tan pronto fue historia la ocupación alemana en el país galo retornó a su fútbol, enrolándose en el Séte.

Francisco Iriondo jugó en Francia la temporada 1935-36 y durante parte de la Guerra Civil estuvo en España. Tan pronto fue historia la ocupación alemana en el país galo retornó a su fútbol, enrolándose en el Séte.

Ya han asomado en otros capítulos las sanciones aplicadas a cuantos con edad para ser movilizados, preferirían esquivar riesgos enrolándose en el fútbol francés. Pero si no todos pecharon con ellas, los hubo, incluso, que por ofrecer biografías tan enmarañadas como en apariencia incongruentes, ni siquiera verían sus nombres en las listas de desafectos. Y en todo caso, la vara de medir a los refugiados en Francia fue mucho menos rígida que la empleada con quienes, tras el naufragio deportivo del Euskadi, tuvieron que apañárselas por México, Argentina o Uruguay.

El atacante guipuzcoano Francisco Iriondo Orozco, y el gran defensa Ramón Zabalo Zubiaurre, constituyeron casos difícilmente definibles. El primero, luego de disputar la temporada 1931-32 con la Cultural de Durango y competir con el Arenas de Guecho los dos ejercicios siguientes, en 1ª División, fichó por el Español barcelonés, hasta que en julio de 1935, después de haber anotado 14 goles en 19 partidos de Liga, aceptase una suculenta oferta del Séte, traducida, al cambio, en 10.000 ptas. La suya, en apariencia cuando menos, no habría sido una deserción política o inspirada por la prudencia. Máxime si consideramos que durante la Guerra Civil estuvo disputando algunos partidos con el Deportivo Alavés. Este hecho, apuntalado en los avales que el propio club vitoriano le extendiese, bastó para despejar cualquier sospecha. Nadie le puso trabas para seguir jugando en Mendizorroza la temporada 39-40, ni para lucir los colores del Levante desde el 40 hasta el 42. O aún menos para extenderle un pasaporte cuando éstos se suministraban con cuentagotas, puesto que a sus 32 años (temporada 44-45) volvería a dejarse caer por el Séte, en una Francia recién liberada, con Hitler cercado, colaboracionistas entre barrotes y no pocas mujeres bien cubiertas con pañuelos para esconder sus cráneos rapados al cero. Iriondo fallecería en San Sebastián, el 14 de enero de 1983.

Zabalo, uno de los mejores defensas europeos en su tiempo y protagonista de las más sabrosas polémicas, aún hoy sigue ofreciendo una biografía por demás poliédrica.

A causa de su nacimiento coyuntural en Inglaterra (South Shields, 10-VI-1910), cuando el F. C. Barcelona decidió incorporarlo desde el Fortpiense, no poseía nacionalidad española, circunstancia que le impedía jugar con ficha profesional. Pactó entonces con la directiva azulgrana su nacionalización, a cambio de alguna cantidad económica y la promesa de que cuando fuese llamado a filas cumpliría el servicio militar como soldado de cuota, corriendo ésta(*) a cargo de su nuevo club. No nacionalizarse implicaba para él la libranza del servicio militar, algo que ansiaba, aún a costa de ser declarado prófugo por el gobierno británico. Dicho de otro modo, el interés “culé” resolvía sus dos preocupaciones: ni “mili”, ni expediente rubricado en Londres. Todo eso ocurría a lo largo del ejercicio 1928-29.

Pero en enero de 1932, ante la evidencia de que ni le incrementaban el sueldo, conforme a lo prometido -cobraba 600 ptas. al mes tras la  rebaja general a la plantilla, lo que para él se tradujo en merma de 20 duros-, y entendiendo discriminatorias las 1.000 ptas. mensuales liquidadas por los brasileños Dos Santos y Jaguaré, utilizados únicamente en choques amistosos, se declaró en rebeldía, amenazando con una de estas dos soluciones: o plantarse un año sin competir, o solicitar de nuevo a la nacionalidad británica, puesto que aún le quedaba el recurso de abrazarla por voluntad propia, tras cumplir los 21 años. Su órdago halló una inmediata respuesta de la directiva azulgrana: Si no estaba dispuesto a actuar civilizadamente, tampoco existían razones para solventar sus reticencias con el servicio militar obligatorio. Así las cosas, acabaría ingresando brevemente en el Regimiento Badajoz, ayudado durante esa rápida “mili” por el Barcelona, a cuya disciplina se reincorporó tras 5 meses de rebeldía. Los dimes y diretes, sin embargo, no habían hecho sino empezar, puesto que al estallar el conflicto civil pidió de tapadillo, y obtuvo, la nacionalidad inglesa (30-VII-1936), que en su opinión le ofrecía más garantías de inmunidad. Según trascendió más tarde, se lo habría comunicado al F. C. Barcelona donde seguía sin renovar, emplazándoles a tomar las medidas legales de cara a su futuro deportivo, lo que en la práctica significaba amortizar una plaza en el cupo de extranjeros. Para entonces, aclarémoslo, ya había defendido internacionalmente a España en 11 ocasiones.

La Guerra Civil lo condujo a Francia, no clandestinamente, sino con todos los sellos reglamentarios en un pasaporte británico. Y como inglés, naturalmente, tuvo que tramitar su ficha la Federación gala, habilitante para competir con el Racing de París. Sus veleidades quedarían al descubierto mientras defendía la camiseta parisina, cuando su nombre figuró entre los posibles integrantes de una selección europea conformada para medirse a Inglaterra en un partido amistoso. Los periodistas hicieron muy bien sus deberes y saltó el escándalo: ¿Cómo iba a jugar contra Inglaterra un súbdito inglés?. Porque Zabalo podía haber sido internacional con España, pero en ese momento era no menos británico que Horatio Nelson, almirante en la batalla de Trafalgar, o el propio Winston Churchill.

Tras su periplo francés, la temporada 1942-43 se convirtió en entrenador de la U. D. Melilla, entonces militante en categoría Regional. Y con ese mismo equipo todavía disputó 2 partidos amistosos la pretemporada 1943-44, antes de regresar al Barcelona para asomar en un partido liguero correspondiente al ejercicio 44-45. A lo largo de varios lustros no faltaron informadores tejiendo fábulas respecto a su reingreso en nuestro fútbol, bien es verdad que cuando sus días de corto ya olían a historia. “Como inglés -dijeron-, nuestra Federación debería haberlo vetado, pues entonces no se admitía la incorporación de extranjeros. Enorme desconocimiento y poquísima memoria, toda vez que el portillo federativo siguió abierto de par en par a los foráneos, con las limitaciones de dos por club vigentes hasta 1936, sin duda porque nadie reparó en ello y nuestras entidades balompédicas estaban para pocos dispendios. ¿Acaso no vino el mexicano Borbolla cuando Santiago Bernabéu advirtiera que nada ni nadie podía entorpecer su fichaje?

Hoy, además, sabemos que Ramón Zabalo, inglesito de pega cuando su país se hallaba enredado en una guerra por demás cruenta, se inscribió como nacido en la localidad barcelonesa de Fort Pio y todo el mundo hizo la vista gorda, probablemente porque tanto nuestro país como toda Europa tenían problemas mucho más acuciantes.

Ya alejado del balón y su mundo, el defensa de las idas y vueltas, guiños, reguiños y veleidades oportunistas, regentó una fábrica de lejías y productos químicos, falleciendo en Viladecans, Barcelona, el 3 de enero de 1967, a los 56 años, víctima de un síncope cardiovascular.

Más confusos aún se antojan los pasos del defensa José Arana Gorostidi, empezando por su misma fecha de nacimiento, puesto que mientras vistió de cortó estuvo ofreciendo como oficiales el 24 de noviembre de 1913, y el 27 de abril de 1912. Al igual que Iriondo, pasó por el Deportivo Alavés (31-32 a 33-34), desde donde saltaría al F. C. Barcelona (34-35) y Club Atlético Osasuna (35-36), en condición de cedido por los catalanes. Consta que durante la guerra, en lo que debería haber sido campeonato 1937-38, jugó con el Recuperación de Levante, equipo adscrito a un cuerpo militar del bando “nacional” empleado en trabajos de reconstrucción, entre cuyos miembros espigaría luego abundantemente el Valencia C. F. Pero la vida militar no debió convencerle, porque durante ese mismo ejercicio 37-38 aparece enrolado en el Girondins de Burdeos, desde donde pasó al Rubaix mediado el campeonato siguiente, y al Excelsior, ya en 1939-40. Si con uniforme o sin él dio la espantada, como parecen sugerir sus movimientos a uno y otro lado de la cordillera pirenaica, supo salir muy bien librado, pues durante la temporada 1941-42 disputaría 2 partidos ligueros con un Atlético Aviación que renovaba el título obtenido doce meses antes. Después, nuevos saltos al Club Deportivo Málaga, Algeciras y Atlético Tetuán, para colgar las botas con 35 ó 36 primaveras a cuestas.

Mancisidor y Urtizberea posan con el trofeo de campeones (de 2ª División) conquistado por un Girondins muy españolizado.

Mancisidor y Urtizberea posan con el trofeo de campeones (de 2ª División) conquistado por un Girondins muy españolizado.

O contó con muy buenos padrinos, según parece apuntar su paso por el equipo de los aviadores, o tal vez prestase algún “servicio” al bando vencedor, que hasta hoy nadie ha sido capaz de alumbrar. Sobre lo que no cabe ninguna duda es que su carácter no le ayudó a cuajar como el extraordinario defensa que en realidad era. Formidable atleta y gran jugador de pelota a mano, unía a su prodigiosa velocidad un aire altanero, displicente en exceso, que le llevaba a actuar con una insultante seguridad en sí mismo. Cuando tuvo que marcar a Guillermo Gorostiza, por ejemplo, considerado el extremo más rápido en su tiempo, se permitió el lujo de dejarle escapar varias veces, a posta, para darle alcance luego y cortar la jugada. Estos alardes, si bien solían ser coreados desde la grada, no gustaron ni en el vestuario “culé” ni en los despachos del club azulgrana, propiciando a la postre su salida. Y eso que aquel terceto defensivo -Nogués; Arana, Zabalo- podía haberse convertido en todo un clásico.

Alguien escribió un día, y otros copiaron, que el Girondins de Benito Díaz, Urtizberea, Mancisidor, Torredeflot, Artigas y Paco Mateo, se proclamó campeón de Francia. No es cierto. Nuestros vecinos disputaban entonces dos Ligas distintas e inconexas. Y además el Girondins, equipo menor, competía en 2ª División. Si acaso pudiéramos considerarlo virtual campeón de 2ª, puesto que los bordeleses reforzados con sangre española se impusieron al Sport Club Fives, de la otra zona, el 25 de mayo de 1941, en un choque no reglado. Es verdad, en cambio, que un Girondins ya sin Artigas, Urtizberea y Torredeflot, disputó la final de Copa correspondiente a 1943.

El extremo Domingo Torredeflot Solé (Barcelona 29-VI-1905), suele quedar en el tintero al repasar los avatares de quienes un día vieron a Benito Díaz acercarse a las alambradas de los campos de refugiados franceses, para llevárselos a Burdeos. Y probablemente tenga que ver en ello que a este lado de los Pirineos ya se le diera por amortizado. Abrelatas del Sans, antes de oficializarse el Campeonato de Liga, lo inauguró con el Valencia, en 2ª División. Logrado el ascenso a 1ª en 1931, siguió rindiendo a satisfacción hasta el verano de 1935, aunque eso sí, salpicando sus buenas actuaciones con soberanos escándalos fuera del campo y prácticas de pugilismo sobre el césped, al responder sin miramientos a cuantos le entraban con dureza. Y es que pese a ejecutar siempre el mismo regate -finta de zurda y escapada por la derecha- aquella potencia y velocidad tan suya, traducida en el apodo de “Chevrolet”, le bastaba para irse casi siempre. Cuando sustituía la camiseta y el pantalón corto por ropas de calle, podría decirse que su vida, aun no entrando en detalles, era bastante agitada. Sabía sacar provecho a su rostro no muy agraciado, aunque simpático, circunstancia que con alguna regularidad acababa enredándole en trifulcas muy sonadas. Una de ellas, resuelta a porrazo limpio en cierto bar de dudosa nota, al que acudió acompañado por el canario Castro, se zanjó con multa gubernamental, la expulsión inmediata del insular y el compromiso valencianista de ponerlo a la venta con carácter inmediato.

Pero la directiva “ché” no encontró a nadie dispuesto a pujar. Le faltaban meses para cumplir la treintena y seguía escapándose por su banda. Cualquiera que lo mirase de cerca acababa viendo al poderoso “Chevrolet” de antaño. ¿Acaso el eco de sus correrías mundanas le habría puesto etiqueta de caso perdido?. Tal vez. Aunque, sobre todo, aquellos directivos  eligieron mal el momento de ponerlo en su escaparate, puesto que nuestro fútbol, e incluso el país, no vivía su mejores tiempos. Por un lado las tardías secuelas del crac económico estadounidense, traducido en desplome bursátil, catarata de quiebras bancarias, cierre crediticio e imparable caída de la demanda, y por otro la inestabilidad política local, el desabastecimiento alimentario, fruto del órdago latifundista a la República ante su anunciada ley de reforma agraria, y un nuevo pistolerismo rampante, dejaban poco resquicio al despilfarro deportivo. Finalmente sólo el Barcelona demostraría algún interés. Un club, por cierto, que meses antes había aligerado cuentas mediante la rebaja de fichas o prescindiendo de sus elementos más caros. Torredeflot, en suma, vistió de azulgrana durante el último ejercicio prebélico, sin descollar penas.

Su cruce fronterizo durante la guerra y militancia en el Girondins, debería haberle llevado a las listas de depuración. Pero todo indica que nadie pensó en él al redactarlas y sus 34 años lo consignaron en el cajón de venerables retirados. Falleció sin estrenar la setentena, el 27 de enero de 1974.

Si tampoco figuró en ellas Salvador Artigas (Talavera de la Reina, Toledo, 20-VII-1914), fue sólo porque ni se planteó el retorno, consciente de que los vencedores le tendrían preparada una buena ración de pan duro, rejas, o trabajos forzados. No sólo había combatido con los republicanos sino que él mismo, tan parco en palabras, aseguró más de una vez haber sido el último aviador de la República; algo imposible si compitió con el Girondins la temporada 1938-39, cuando la aviación gubernamental aún continuaba surcando cielos.

Salvador Artigas. Casi toda su carrera de futbolista desarrollada en Francia y entrenador a este lado de los Pirineos, con alguna escapadita a Burdeos, para dirigir a “su” Girondins.

Salvador Artigas. Casi toda su carrera de futbolista desarrollada en Francia y entrenador a este lado de los Pirineos, con alguna escapadita a Burdeos, para dirigir a “su” Girondins.

Se había dado a conocer como futbolista en el Gracia barcelonés (temporada 33-34), desde donde pasó al Levante, entonces en 2ª División. No era, en puridad, jugador profesional, puesto que compaginaba sus estudios de Farmacia en Valencia con la actividad deportiva, cuando en 1935 el Madrid, a quien la República dejó sin corona, se planteara su fichaje muy seriamente. Fue sometido, de hecho, a las preceptivas revisiones médicas, descubriéndosele entonces una lesión que los facultativos consideraron de mal arreglo. Obviamente erraron en su apreciación, cerrándole, de paso, las puertas del club blanco. Luego, durante la Guerra Civil, participó en los encuentros de la Liga Mediterránea cuando su compromiso militar se lo permitía. Hasta que viéndolo todo perdido y sin ánimo para aguantar purgas emprendiese, como muchos, la senda del exilio a Francia, para ser rescatado por Benito Díaz, personaje al que nunca se agradeció suficientemente la ayuda a tantos compatriotas desesperados.

El Girondins constituyó para él no un flotador de corcho en pleno naufragio, sino primera escala en el balompié galo, donde acabaría cuajando una carrera envidiable, tanto en Le Mans como en el Stade Rennais a partir de 1944. Ya iniciado el ejercicio 49-50, con 133 presencias en la máxima categoría sólo en Rennes, y 8 goles cantados, una vez más mediante los buenos oficios de Benito Díaz, aceptó fichar por la Real Sociedad de San Sebastián, transcurridos 11 años desde su fuga y 3 larguitos desde la promulgación de un decreto garantizando el retorno sin represalias a cuantos no tuviesen pendiente algún crimen. O sea, cuando ya otros se habían acogido a dicha formulación legal, sin pechar con grandes sobresaltos. Tres temporadas con la camiseta blanquiazul justificaron que aún con 37 veranos a cuestas, estaba para prolongar su estancia. Pero lejos de renovar contrato volvería a Rennes, para competir durante tres campañas más, las dos últimas en 2ª División, hasta colgar las botas con 40 años e iniciar una nueva etapa como entrenador duro, exigente y espartano. Su posterior andadura en los banquillos lo llevaría hasta la Real Sociedad, Girondins, Barcelona, Sevilla, Valencia y At Bilbao, donde sería apodado “Monje de Hierro” por su extrema austeridad. Vivía en las propias instalaciones de Lezama, aislado, entregado en cuerpo y alma a una especie de sacerdocio futbolístico, cual asceta del medioevo. Llegó incluso a formar un breve triunvirato con Miguel Muñoz y Luis Molowny al frente de nuestra selección nacional, falleciendo octogenario en su retiro de Benidorm, el 6 de setiembre de 1997, víctima de un ataque cardiaco.

El precoz delantero irundarra Santiago Urtizberea Oñativia, también se tomó con tranquilidad lo de rehacer maletas en Francia. Su precocidad, por cierto, tendría por corolario una longevidad no menos digna de elogio. Con 15 años ya asomaba a las alineaciones del Real Unión de Irún, la temporada 1924-25, y allí siguió compitiendo hasta que en 1932, con 23 años recién cumplidos, se incorporase al Donostia, denominación republicana de la Real Sociedad, desandando el camino hasta Irún en 1934, ya con la histórica entidad descendida a 2ª División. Tanta vecindad fronteriza se tradujo para él, tras la pronta caída de Guipúzcoa, en fácil cruce del Urumea y petición de acogida en el Girondins y el Bordeaux, los dos clubes bordeleses de la época. Aunque fue en el Girondins donde su apellido iba a convertirse en clásico desde 1939 hasta 1948, próximo ya a su trigésimo noveno cumpleaños. “El Tanque” apodo por el que se le conociese en Irún, dada su acometividad, tampoco figuró nunca en las listas de sujetos a represalias. Volvió a España ya retirado y falleció  en su Irún natal, con los fríos del 17 de enero de 1985.

José Luis Molinuevo regresó a Bilbao desde Francia tras promulgarse el decreto que facilitaba el retorno a cuantos exiliados  estuviesen  libres de delitos relacionados con la Guerra Civil.

José Luis Molinuevo regresó a Bilbao desde Francia tras promulgarse el decreto que facilitaba el retorno a cuantos exiliados estuviesen libres de delitos relacionados con la Guerra Civil.

Jaime Mancisidor, también irunés y compañero suyo tanto en el Real Unión como en el Girondins -aquí desde 1937 hasta 1943-, sí apareció en una de las primeras relaciones, para ser tachado de inmediato, sin duda al no atisbarse en él deseos de rápido retorno. Según anticipasen numerosos medios, iba a ingresar en el Real Madrid la temporada 1942-43, cuando parecía haberse evaporado esa fiebre fiscalizadora tan viva sólo treinta meses antes, y sin promulgarse aún el decreto favorecedor de no pocos retornos. Pero a última hora las cosas se torcieron, quizás, como entre líneas sugiriese un periódico donostiarra, al no tener muy claro el futbolista cómo pudiera tomar su vuelta al país parte de la afición blanca. Cualesquiera que fuesen sus motivos para seguir un año más en Burdeos, corría 1943 cuando suscribió contrato con la Real Sociedad, donde continuaría el ejercicio 44-45, tras sustanciarse el descenso donostiarra a 2ª. A partir de ahí tres años más en su Real Unión, para colgar las botas con 38 años.

Todo induce a pensar que la terquedad de los hechos -hambruna, enfermedades, desabastecimiento energético, estraperlo, miseria en amplias capas de la población, salarios insuficientes y volatilización de sueños imperialistas o germanófilos- llevaba a la realidad nacional por vericuetos un tanto alejados del discurso hueco y las soflamas triunfalistas.

José Luis Molinuevo, en cambio (Bilbao 22-I-1917), portero cuya incorporación al Athletic Club allanase el camino de salida a Ispizua, se mostró mucho más prudente a la hora de planificar su vuelta. Si cuando llegó al club rojiblanco desde el Cantabria Sport, con 19 años, creyó conquistar la cima del mundo, la Guerra Civil, primero, y luego la II conflagración mundial que viviría desde Francia, se encargaron de trocar el sueño en pesadilla. Huido a territorio galo, compitió con el Perpignan, Montpellier y Racing Club de París -en éste de 1944 a 1947- hasta que el decreto amnistiando a los prófugos sin delitos y un sondeo entre próximos al Athletic, para entonces ya Atlético, respecto a su posible reincorporación, le hiciese deshojar la margarita. Su tierra le tiraba, claro, pero la vida en París, aun en el París resultante de la ocupación nazi, se antojaba más llevadera que en una España rescatada de la inanición por el trigo, la carne y las patatas que enviase Juan Domingo Perón desde la Pampa argentina. En el Racing parisino, además, no era un cualquiera. Titular habitual, se había proclamado campeón la campaña 45-46 y gozaba de muy buenas críticas. Finalmente regresaría a su barrio de Deusto, del que se despidiera al entrar en “El Bocho” los “nacionales”, sin escatimar loas hacia el futbol galo: “No es tan competitivo como el español, por más que allí haya grandes jugadores, futbolistas que podrían destacar en 1ª División sin dificultad. El público también apoya, aunque no acuda a los estadios tan masivamente como en nuestro país. Y eso que en Francia las entradas se venden a mitad de precio que aquí”.

Tenía 30 años y los rojiblancos de San Mamés contaban con Lezama para defender su marco, guardameta capaz de lo mejor, junto a cantadas inconcebibles. Razones que a la postre harían del recuperado un suplente de garantías. Nadie, empero, arrojó lodo sobre él o su conducta durante el ya lejano 1937, ni desde el ámbito federativo ni sirviéndose de la prensa. Siguió cumpliendo hasta 1950, instante en que los técnicos bilbaínos vieron en Carmelo Cedrún, aquel chico del Amorebieta, valiente y con carácter, un firme candidato al triunfo. Luego, siguiendo sendas tan socorridas, se hizo entrenador con paso por los banquillos del Basconia, Club Deportivo Orense, en dos etapas distintas, Real Gijón, Pontevedra y Ensidesa. Afincado en Gijón, el portero a quien la guerra y el exilio despojaron de la titularidad en San Mamés al reanudarse nuestras competiciones, falleció octogenario, la Navidad de 2002.

Luis Valle, internacional a quien la guerra convirtió en ilustre desconocido para gran parte de la afición, puesto que habría de desarrollar casi toda su carrera en Francia.

Luis Valle, internacional a quien la guerra convirtió en ilustre desconocido para gran parte de la afición, puesto que habría de desarrollar casi toda su carrera en Francia.

No hubiesen podido regresar a nuestro país, ni aun deseándolo, los hermanos Luis y Joaquín Valle Benítez, hijos de un diputado del Frente Popular por Las Palmas de Gran Canaria.

Luis, excelente medio, había sido internacional ante Yugoslavia, en Belgrado, el 30 de abril de 1933, arañando un valioso empate. Y su trayectoria contemplaba distintos pasos por el Atlético Puerto de la Luz, Victoria de Las Palmas, Castilla y Real Madrid a partir de 1932, o Madrid a secas. Estudiante de Medicina, aguantó en la capital republicana el estallido bélico, junto a su padre, para acabar huyendo a Francia con su hermano Joaquín, meritorio futbolista en el Madrid amateur. Afincado en la Costa Azul, compitió con el Olympique de Niza a partir de 1937, hasta cerrar el ejercicio 45-46, al tiempo que ejercía como entrenador desde 1942 hasta 1948. Nada menos que 165 partidos de Liga y 18 de Copa, amén de numerosos amistosos, resumen su historial junto al Paseo de los Ingleses y al arrullo de la suave brisa mediterránea. Posteriormente, concluida la carrera de Medicina en Francia y convalidado su título, abrió consulta en Las Palmas, fue médico de la Unión Deportiva e incluso entrenador de los amarillos, logrando ascenderlos a 1ª en 1951. La guerra que le impidiese figurar entre los ídolos nacionales en los 40 no lograría, en cambio, cerrarle el paso a la historia del Estadio Insular. Su nombre aún era venerado por la afición canaria cuando el 13 de setiembre de 1974, a los 67 años, se despidiera de la vida en su tierra grancanaria.

Joaquín (18-IV-1916), ariete de tronío y aún hoy máximo goleador en la historia del Olympique de Niza, merced a sus 372 dianas en 395 partidos, también pudo haber puesto boca abajo nuestros campos de juego si su vida no hubiese estado tan en peligro a este lado de los Pirineos. Tenía 20 años largos al debutar con el equipo galo y 32 cuando por fin hizo el viaje de vuelta, en 1948, para ingresar en el Real Club Deportivo Español de Barcelona, ya mermado y en baja forma. Si la afición “perica” contaba con sus virtudes de bombardero, por fuerza hubo de sentirse decepcionada, ya que tan sólo se alineó en un partido de Liga, sin apenas brillo.

Pedro Areso estaba libre de delitos, regresó tras el decreto “conciliador” y le hicieron la vida imposible. Acabaría desarrollando una amplia andadura en los banquillos de Argentina y Chile.

Pedro Areso estaba libre de delitos, regresó tras el decreto “conciliador” y le hicieron la vida imposible. Acabaría desarrollando una amplia andadura en los banquillos de Argentina y Chile.

Pero más, mucho más le costó desandar el camino al galdacanés  José Mandalúniz Ealo (19-III-1910), ariete con buen juego aéreo y primo del “Chato” Iraragorri, que hasta el 18 de julio del 36 había lucido los colores de la Sociedad Deportiva Amorebieta, Elexalde, Athletic Club, Arenas de Guecho, Madrid y Español de Barcelona. Nacionalista vasco sin tapujos, intervino en la organización de algún partido durante el periodo bélico, con fines recaudatorios, y estaba casado con una activista muy significada del P.N.V., hasta el punto de ejercer como oradora en diversos actos del partido. Cuando las brigadas navarras reforzadas por italianos y tropas moras tumbaban definitivamente el cinturón bilbaíno, puso pies en polvorosa, consciente de que su vida en la nueva España franquista valdría bien poco. Ya había sido detenido en 1932 por el gobierno de la República y su expediente continuaba abierto en alguna comisaría, esperando que alguien lo rescatase. De manera que cruzó las Landas para enrolarse en el Bordeaux, desde donde rápidamente pasó al Rouen y luego al Stade Français, fichado por Helenio Herrera, Lorient, y otra vez Rouen, con 40 años, la temporada 1950-51 ya como jugador-entrenador. No obstante, parte del ejercicio 49-50 se le vio dirigir al Baracaldo, en 2ª división, corriendo el resto de la campaña fabril a cargo del antiguo internacional Travieso.

En 1953 viajó a Venezuela, para entrenar al Vasco de Caracas, llevando consigo a un puñado de futbolistas vascos, como Maguregui, Quico Pérez, Valentín Martín, Echave, Astaburuaga, Aso, Antonio Garáizar y Domingo Berecíbar. También jugaba en ese mismo equipo el chileno Prieto, que después de fichar por el Español la temporada siguiente, iba a ver cómo surgían serios problemas federativos con su documentación. Todos los españoles del Vasco, concluidos sus contratos, llegaron a la sede españolista con una carta de recomendación firmada por el propio Mandalúniz. Felpudo que, la verdad, tampoco les sirvió de mucho, pues tras las oportunas pruebas sólo ficharía Quico Pérez. Quien sí acabó encontrando un hueco en la sede blanquiazul fue el propio José Mandalúniz, como ayudante del primer técnico. Y no parece encontrase especiales obstáculos para ello, todavía en un país autárquico, doctrinario, y con la vista muy pegada, aún, al reciente pasado.

Se da la curiosidad de que aquella campaña 1952-53 también estaba entrenando en Venezuela, al Loyola, el antiguo defensa Pedro Areso, quien a su vez contaba entre sus pupilos con los españoles Sorraráin, Larrabeiti, Arguiñano y Castivia. Y que incluso otro de nuestros jugadores, el delantero Alfonso, competía en el Español de la capital venezolana.

El propio Areso fue otro de quienes creyeron a pies juntillas en el decreto garantista para cuantos, sin fechorías pendientes, retornasen del exilio. Y sufrió una profunda decepción. Claro que él no llegaba de Francia, sino desde el otro lado del océano, después de haber recorrido Europa, México, Argentina, Chile y Cuba con el Euskadi, equipo pregonero de la causa republicana desde el que, además, salieron loas bolcheviques por boca de su relaciones públicas, Manuel de la Sota, en el periódico “Izvestia” (18 de agosto de 1937), como broche a su andadura por la URSS: “No podemos despedirnos con un simple apretón de manos, os enviamos un abrazo a todos vosotros, nuestros queridos hermanos y camaradas. ¡Viva Stalin, genio de la Humanidad!”.

Este resbalón, unido a las críticas que recibiesen sus componentes durante 1938, 39, y aún 1940, dejó abiertas numerosas heridas, como en seguida veremos.

Hubo además, ataques furibundos: “Los judíos errantes vascos tendrán que echar mano del pico y la pala si quieren comer”. O : ”No tardará en llegar el día en que se conozcan pormenores de las andanzas y manejos de estos malos españoles, y se saquen a la luz pública los nombres de los inspiradores y actores de lo que ha terminado en drama para quienes soñaron con triunfo, gloria y prebendas por tan señalado servicio a los marxistas”. Otra frase atribuida a Queipo de Llano caía en la más pura ofensa personal: “Estos vasquitos han jugado un partido. Pues muy bien, ¡cómo se habrán puesto de hierba!”. E incluso un medio tildó a los expedicionarios como “materia fusilable”. Tanta visceralidad ni siquiera menguaría cuando, una vez disuelto el equipo propagandístico, sus integrantes tuvieron que buscar nuevas salidas profesionales. Así se expresaron nuestros medios ante la lluvia de noticias sobre su incorporación al San Lorenzo de Almagro, Peñarol, España o Asturias, ambos de México. Rienzi, desde el vespertino “Madrid” (26-V-1939), abrió fuego:

“Leemos que el español Lángara, que salió de España formando parte del llamado equipo vasco y que actualmente se encontraba en México, ha sido traspasado al Club San Lorenzo de Almagro por la bonita suma de 20.000 pesos. La noticia tiene mucho de “duende”.

En primer lugar, es de suponer que ese traspaso ha sido pagado a los trashumantes directivos del citado equipo vasco, que declarados en rebeldía por la Federación Española, de la que exclusivamente dependen, no tienen autoridad ninguna para contratar o traspasar; pero, aunque la tuvieran, la otra parte contratante es un club afiliado a la Asociación o Federación Argentina, que está dentro de la FIFA; por consiguiente, la Asociación Argentina no puede aprobar ese contrato ni autorizar la alineación de Lángara hasta tanto no tenga la autorización de la Española, también sujeta a lo estatuido en traspasos internacionales, a un mismo reglamento que la FIFA regula.

Ricardo Zamora ejercía de entrenador y periodista cuando se mostró tan duro contra su antiguo compañero en la selección nacional Isidro Lángara, y por extensión con los componentes del Euskadi. Debería haberse mostrado más prudente, cuando él mismo se enroló en el Niza durante la Guerra Civil, después de temer por su vida.

Ricardo Zamora ejercía de entrenador y periodista cuando se mostró tan duro contra su antiguo compañero en la selección nacional Isidro Lángara, y por extensión con los componentes del Euskadi. Debería haberse mostrado más prudente, cuando él mismo se enroló en el Niza durante la Guerra Civil, después de temer por su vida.

¿Cómo ha podido entonces hacerse ese traspaso?. El club San Lorenzo de Almagro, si ha abonado ya esa cantidad, ha sido víctima de una vulgar estafa, ya que es de suponer que la Española recurrirá a la FIFA y ésta transmitirá a la Argentina la prohibición de alinear a Lángara. Recordemos cómo el Athletic de Madrid no pudo alinear al defensa argentino Cuello, porque ya tenía contrato, precisamente porque la Argentina se lo prohibió.

Sí, declarados en rebeldía los equipiers del cuadro vasco, no tienen personalidad para contratarse. Y sin estar declarados en rebeldía tampoco. De todos modos están sujetos a los mandatos deportivos de la Española”.

Ricardo Zamora, desde su tribuna en el diario “Ya” y empleando como pretexto el retorno de Jules Rimet, entonces presidente de la FIFA, de una escapadita a América, incidía en la misma cuestión, apuntando en su exigencia de responsabilidades hacia los dirigentes del Euskadi: Manuel de la Sota, Melchor Alegría y sobre todo Pedro Vallana, su máximo responsable, en quien concentraba el máximo encono:

“¿Para cuándo espera la Federación Española retirar de sus anales aquel recuerdo por el cual concedió la medalla al mérito futbolístico a Vallana, después de ser el causante, aunque involuntario, de la eliminación de España en la Olimpiada de París, y más tarde el organizador de la propaganda roja por el mundo con lo que él llamó equipo de Euzkadi? (sic)”.

Corrían tiempos donde todos los españoles, y especialmente sus medios de difusión, debían alardear de patriotismo. Así se explica que casi nadie pasara sobre el asunto sin esgrimir el hacha de guerra. El 28 de mayo era ABC quien recogía un suelto titulado “Los fugitivos y la Federación Nacional de Fútbol”, cuyo arranque ya tenía algo de incendiario:

“La federación Española no necesita ahora de estimulantes para proceder con la energía que cada caso requiera, pero, no obstante, la guerra está demasiado próxima todavía para que se pueda hacer burla de los muchachos que por su patriotismo, por cumplir sencillamente con su deber, sufrieron las penalidades de una dura campaña”.

Desde Oviedo, claro, se esparcían los peores improperios, puesto que Lángara, la figura más controvertida, “era suyo”. Particularmente agresivos resultaron los redactores de “Región”, cabecera que además daba cuenta de una frase atribuida al militar Troncoso, presidente de la FEF, dirigida a los fugitivos vascos:

“En el porvenir ni me importan, ni tendrán trato distinto a los restantes españoles, que por diversas causas se marcharon al extranjero. Y por supuesto, y para siempre, han concluido para el fútbol español, vuelvan pronto o se les olvide el camino de la Patria, a la que si regresan será después de entenderse con la ley”.

Empíricamente, toda esta bilis se sustentaba en el ordenamiento estatutario de los jugadores de fútbol, tras ser admitida su profesionalización en 1926. Entonces Federación, futbolistas y clubes pactaron, por exigencia de los últimos, un derecho que permitía a las entidades conservar cuantos jugadores considerasen imprescindibles, aun vencidos sus contratos, mediante incrementos salariales tan raquíticos como tipificados. Dicho de otro modo, los jugadores del Euskadi pertenecían al Madrid, Barcelona, Betis, Athletic, Oviedo, Arenas de Guecho, Baracaldo… Y su ingreso en cualquier otro club debería contar con la aquiescencia del “propietario”, siendo éste único y exclusivo destinatario de cualquier dinero en concepto de traspaso.

Hoy sabemos que ni Pedro Vallana, ni nadie, cobraron un solo peso por las inexistentes transacciones. El Euskadi se disolvió, mediante reparto equitativo de cuanto había en sus arcas, lo que supuso 10.000 ptas. para cada jugador, por año y medio largo dando tumbos. Todos, futbolistas y responsables de la “selección” vasca, actuaron como si al liquidar la aventura, los Blasco, Urquiaga, Aedo, Areso, Pablito, Iraragorri, Zubieta, Lángara, Larrínaga, Pedro y Luis Regueiro, Cilaurren, Emilín y compañía, hubiesen quedado en libertad. Lo que no era cierto. Puesto que sus derechos federativos seguían perteneciendo a clubes españoles, la FIFA debería haber dejado sin efecto esos falsos traspasos, a requerimiento de la FEF. Pero se antoja obvio que en el seno de FIFA y UEFA estaban mucho más preocupados por la situación de una Europa en llamas, sometida al paso de la oca hitleriano, que el cacareo de unos pocos clubes o la suerte de varios jóvenes a quienes desde su propio suelo virtualmente se tildaba de apátridas.

Pedro Areso, internacional en 3 ocasiones, con debut el 24 de enero de 1935 ante Francia y despedida frente a Alemania, el 12 de mayo de 1935, desde luego no era Lángara, circunstancia que le eximió de vituperios. Pero como componente del grupo, se le había tomado la matrícula.

Natural de Villafranca de Oria, Guipúzcoa (15-III-1909), llegó al Murcia mientras cumplía la “mili”, después de haber pasado por el equipo de su pueblo y el Tolosa. Allí, como “pimentonero”, compuso con Andonegui un dúo defensivo de lujo, hasta el punto de convertirse en obsesión bética para la campaña 1932-33. Su familia no terminaba de ver con buenos ojos que el fútbol lo llevase tan lejos de casa y, consecuentes, sólo encontraban dobleces en la oferta verdiblanca. Luego de arduas negociaciones, salpicadas de incrementos económicos, su salto hasta Sevilla pudo llevarse a efecto, ya iniciado el campeonato. Y vaya si mereció la pena tanto tira y afloja, porque junto al Guadalquivir y la Torre del Oro compuso con Urquiaga y Aedo un terceto defensivo mítico, cimiento del hasta hoy único título liguero bético (1934-35). La campaña siguiente, convertido en estrella, acompañaba a su hasta entonces entrenador, Patrik O´Connell, al F. C. Barcelona.

Tenía 27 años cuando la Guerra Civil puso su mundo del revés, no sólo llevando el fragor de disparos y explosiones hasta las huertas de Ordizia, sino frenándole en seco. Primero fue a Orduña, con el Batallón Amaiur, como escribiente en la secretaría de Joseba Rezola. A continuación San Mamés, para jugar gratis, junto a Paco Bienzobas, Oceja, Bata, Unamuno, Arqueta, Isaac Oceja, Eguía y hasta Ignacio Aguirrezabala “Chirri II”, que desde el sur francés, donde se había refugiado, regresaba a Bilbao en cuanto se lo solicitaban. Esos partidos, con fines recaudatorios para Acción Nacionalista Vasca, solían contar con la inestimable ayuda de Mandalúniz, como reclutador, por más que fuese Ignacio García, consejero de Asistencia Social en el gobierno de José Antonio Aguirre, quien moviese los hilos entre bastidores. Y por fin el vuelo desde Sondica hasta Biarritz, con el Euskadi, los tumbos por Europa, las apreturas, el eco de las muy aceradas críticas provenientes del bando “nacional”, la incertidumbre por los familiares que habían quedado atrás, el desembarco en América… Y allí más obstáculos. La prohibición de competir contra cualquier club argentino, para empezar. Acto seguido, cuando velando por su futuro ya entrenaba con la plantilla del River Plate, aquel telegrama del gobierno vasco desde su cómodo exilio en París, conminándole a reingresar en el Euskadi. El silencio de sus hasta entonces compañeros, tras solicitarles dinero para el pasaje. El cansancio de River ante sus dudas, traducido en carpetazo a la oferta que le girase. La luz, con el repentino interés del Racing bonaerense…

Desde Argentina fue a Venezuela, como jugador-entrenador del Vasco caraqueño. Y la vuelta atrás, no para reincorporarse al Barcelona, titular de sus derechos federativos, sino al Santander, con cesión incluida al Deportivo Tanagra mientras recuperaba el tono, y luego de que los “culés” declinasen hacer hueco a quien ya sumaba 36 primaveras larguitas. En Santander, también, volvería a ejercer como entrenador, desde donde fue requerido para dirigir a la Gimnástica Burgalesa, justo durante el último ejercicio que iba a competir con ese nombre (1947-48). Vistos los resultados, un tremendo error, pues ni en sus peores sueños imaginaba podrían complicarle tanto la existencia.

Aquella ciudad, con gran presencia de los militares en su vida social e instituciones, era un tanto peculiar. Más cerrada que otras. Más apegada a la luenga sombra del 18 de julio y el parte victorioso de 1939. Un día el general Yagüe lo citó en su despacho para ponerle a caldo por su ideología nacionalista, señalándole la puerta de salida; no la del despacho, sino la del club. En realidad llovía sobre mojado porque, apenas hubo puesto un pie en Madrid, cuando con ayuda de Cesáreo Galíndez y Juan Touzón fuese sometido a prueba por el Atlético Aviación en Albacete, dos mandos del cuerpo aéreo “sugirieron” debía ser vetado. Otra aproximación posterior al Gijón concluyó de igual modo. El magnánimo decreto le permitía venir a España con pasaporte emitido en la embajada argentina, pero aparentemente sólo para recibir desplantes y hacerle sentirse extranjero. Claro que ese pasaporte, al menos, le sirvió para cruzar la frontera portuguesa y enrolarse como entrenador del Atlético Portugal y Vitoria Setúbal, aunque dirigiendo a éste sería descalificado por la Federación lusa, luego de un intento de soborno a jugadores adversarios.

A partir de ahí más viajes. Desde el puerto de Belem, rumbo a América para hacerse cargo del Unión Española (Chile), Club Loyola de Caracas (Venezuela), C. D. La Serena (Chile), Rangers (Chile), Español de Barcelona como ayudante de Scopelli, Lanús, Nueva Chicago, Talleres y Platense, los cuatro últimos de Argentina. Y otra vez a Chile, donde gozaba de buen cartel merced al título obtenido con el C. D. La Serena en 1961, ahora contratado por Unión Española y Rangers de Talca.

Hacia el ecuador de los 70 decidió fijar su definitiva residencia en Buenos Aires. Tenía 3 hijos, dos varones y una mujer, fruto de su matrimonio con Maitena Amundaráin, argentina de padre guipuzcoano y madre bilbaína, a quien conociese en el Centro Vasco bonaerense. Y todavía un par de nuevos y breves viaje a España, a otro país ya, en 1985, para realizar el saque de honor en los prolegómenos del partido con que el Real Betis conmemoraba los 50 años de su título liguero. Aedo, antiguo compañero de zaga en la entidad verdiblanca y de fatigas con el Euskadi, sonreía junto a él, enredadas sus pupilas al agridulce vaho de tantos recuerdos. Igualmente en San Mamés recibiría un homenaje más, conmemorando el cincuentenario de aquella gira europea y americana con el Euskadi.

Otros tres componentes de ese quipo improvisado volvieron a intervenir en nuestras competiciones. Iraragorri e Isidro Lángara a partir de 1946, amparados en el ya comentado decreto, ambos con 34 años. Y Ángel Zubieta casi siete campeonatos después. Los dos primeros reincorporándose a sus equipos de preguerra (Athletic, devenido en Atlético, y Oviedo), en el caso de Iraragorri para disputar tres temporadas, y sólo dos por cuanto respecta a Lángara. Ninguno de ellos parece encontrasen alguna muestra de hostilidad. Zubieta, en cambio, acabó vistiendo la camiseta del Deportivo de La Coruña.

Zubieta jovencísimo, en el Athletic Club. Regresó a nuestro fútbol 16 años después, para lucir el escudo del Deportivo de La Coruña. Fue en Argentina donde disfrutaron de su gran fútbol.

Zubieta jovencísimo, en el Athletic Club. Regresó a nuestro fútbol 16 años después, para lucir el escudo del Deportivo de La Coruña. Fue en Argentina donde disfrutaron de su gran fútbol.

Los tres habían dado suficientes muestras de ansiar el reencuentro, epistolares o sirviéndose de interviús. Pero a la hora de la verdad Lángara e Iraragorri se mostraron prudentes en lo económico, mientras Zubieta se subía a la parra. El dinero fue lo único que impidió al gran medio centro reforzar a los bilbaínos cuando aún estaba en plenitud.

Consta que poco después de su brillante gira española con el San Lorenzo, justo cuando desde la ONU se recomendaba a las naciones asociadas un cierre de embajadas en Madrid, y luego de que cuanto viera u oyese por nuestra geografía disipase sus muy legítimos temores, mantuvo contactos con la entidad bilbaína. Pero se descolgó con una exigencia de 125.000 ptas., auténtico dineral en plena escasez, indefendible ante quienes ni robando cupones o falsificando cartillas de racionamiento lograban aplacar el hambre atrasada. Aceptárselo equivalía a reconocer lo que de ningún modo se pretendía: que el jugador militaba legítimamente en San Lorenzo de Almagro. Lo acreditó la propia entidad rojiblanca, argumentando que sus devengos serían el resultante de comprobar qué contrato poseía al término del campeonato 1935-36, calcular cuánto se habían incrementado desde entonces las fichas, como media, y sumar dicha cantidad a los emolumentos de 1936. Iraragorri, obsesionado por el regreso junto a su madre, hacia la que siempre sintió auténtica veneración, fue mucho menos ambicioso, tasando su reingreso en 22.000 ptas., primas y sueldos mensuales aparte, cifra que alguna fuente eleva hasta las 25.000. Y eso ya era ponerse a tiro.

De cualquier modo, fuesen 22 ó 25.000 las pesetas del “Chato”, representaban una bonita cantidad, puesto que muchas, pero muchas familias españolas, encaraban entonces cada mes con menos de 1000.

Ángel Zubieta, al menos, pudo reencontrarse con el Athletic convertido ya en entrenador, la campaña 1962-63.

Este repaso a los nómadas de 1937, 38 y 39, quedaría incompleto sin una mención a quienes en plena infancia o bordeando la adolescencia, ateridos de frío y entre lágrimas de incredulidad, llegaron un día a Francia, solos o acompañados, para aferrarse a la vida entre alambradas y una lengua desconocida. Futuros menestrales, huelguistas en mayo del 68, empresarios, propietarios de tumbas sin cruz ni lápida, aclamados escritores como Jorge Semprún y Michel del Castillo, o futbolistas como José Arribas -“repatriado” por la Real Sociedad, siendo ya entrenador de postín al otro lado de los Pirineos-, Feliciano Aylagás, Santiago Bravo, Diego y Floreal Cuenca -campeón de Copa el primero-, Manuel Esteban o “Doro” Delgado. Y por supuesto, aunque sólo fuere como contrapunto a tanto revés, sin un esbozo a cuatro ejemplos tan diversos como lo son el heroísmo, la terquedad, y cierta forma camaleónica de acomodarse al mundo.

El defensa durangués Luis Zavala (4-V-1912), ejemplifica como pocos el papel de héroe, no en los terrenos de juego, sino combatiendo. Había pasado por el Amorebieta, la Cultural de Durango y el Athletic Club, cuando la guerra le sorprendió en La Rioja, zona “nacional”. Enrolado en el ejército de Franco, rompió el cerco en la batalla de Villarreal y proporcionó suministros, concediéndosele la Medalla Militar Individual, segunda condecoración de guerra más importante, superada sólo por la Cruz Laureada de San Fernando. Aquel partido “internacional” que disputara una “selección” española de emergencia ante Portugal (28-XI-1937), en Vigo, sirvió además para homenajear su gesta, a Jacinto Quincoces, combatiente en Belchite, “Tomasín” Arnanz, herido en dos ocasiones, y Julián Vergara, ariete ese día, que también había recibido su ración de plomo. Para los portugueses el encuentro quedó como el de una invalidada primera victoria ante sus vecinos. La UEFA, lógicamente, no podía tomar en serio aquel choque disputado en tan precarias condiciones.

A partir de 1939 Zabala continuó en el Athletic, hasta fichar por el Barcelona, a cambio de 1.200 ptas. mensuales (1944), cantidad que daba para vivir opíparamente. Luego aún jugaría con el Lérida, el Melilla y el Agramuntés, en éste pese a sumar 37 años.

No menos heroico, aunque sin homenajes ni condecoraciones, y tampoco durante la Guerra Civil, sino a lo largo de la II Mundial, fue el empeño del futbolista oscense Juan Astier. Si algo le había enseñado nuestra conflagración fue a distinguir entre el bien y el mal. Y entendiendo que cuanto tenía lugar fuera de su horizonte más inmediato constituía una aberración, apenas comenzó a funcionar la denominada “Red de Canfranc” (año 1940), formó parte de la misma.

Siendo vital para los aliados recuperar a sus pilotos abatidos, evitando mediante la repatriación que pudiesen caer en manos de las S.S. o de colaboracionistas franceses, se tejió una tupida organización de resistentes al otro lado de los Pirineos, y voluntarios españoles por los valles de Huesca. La misión de éstos últimos consistía en pasar aviadores a través del túnel de Canfranc, cobijarlos, ofrecerles papeles falsos, alimento y transporte en pesqueros, desde los que una vez en alta mar eran transbordados a submarinos ingleses. Aquellos pilotos podían, de ese modo, seguir combatiendo a la Luftwaffe.

Junto a la hoy abandonada estación ferroviaria de Canfranc se movió igualmente otra red, centrada en el trasvase de documentos, mensajes e informaciones vitales, espionaje, en suma, una de cuyas ramas también intervino activamente en la evacuación de judíos. Juan Astier parece sólo colaboró con la primera, sabiendo muy bien que si lo descubrían, el régimen resultante de la victoria franquista acabaría convirtiéndole en huésped de nuestros presidios. Franco, teóricamente neutral pero sometido a las presiones de Hitler, para quien España debía mostrarse más activa en el conflicto europeo, no hubiese tenido otro remedio que ofrecer cabezas de turco, conforme hizo, de hecho. El silencio, la más absoluta discreción, era, pues, imprescindible.

Y bien que cumplió Astier, callando ante su familia, ocultando su pasado incluso tras la liberación de Francia, el deceso de Francisco Franco, la reinstauración democrática y el fallido golpe de estado de Tejero y Armada. Su nieto sólo comenzó a intuir algo, viendo a varios franceses para él desconocidos en el funeral del abuelo. Hombres mayores todos, tal vez quintos del antiguo futbolista y, aunque entonces no lo supiera, conmilitones antinazis, con los labios igualmente sellados. Sus posteriores investigaciones en bibliotecas galas, archivos, la documentación desclasificada del Foreing Office, y hasta en desvanes de la comarca, le permitieron descubrir en su abuelo a un ser desconocido, tan altruista como comprometido. Hizo lo que entendió debía hacer, sin presumir jamás ni sentirse especial. Sin esperar la más mínima muestra de agradecimiento.

Bartolomé Salas conoció el frente con 19 años y resultó herido en cinco ocasiones. Cualquier otro hubiese olvidado sus veleidades deportivas, pero él incluso compitió por situar al Constancia de Inca en 1ª División.

Bartolomé Salas conoció el frente con 19 años y resultó herido en cinco ocasiones. Cualquier otro hubiese olvidado sus veleidades deportivas, pero él incluso compitió por situar al Constancia de Inca en 1ª División.

De terquedad supina en su empeño por seguir compitiendo, hizo gala, sobre todo, el mallorquín Bartolomé Salas Ribot (30-XI-1919), juvenil aún cuando tuvo que tomar el fusil. Intervino en la Batalla del Ebro, fue herido nada menos que cinco veces y, corajudo como pocos, le quedaron arrestos para enrolarse en el Malacitano la primera temporada de posguerra, Constancia de Inca -donde fichó a cambio de una gabardina y 10 ptas. cada día de entrenamiento-, llegando a competir por el ascenso a 1ª División, Hércules de Alicante (1942-46), donde por fin pudo degustar de la máxima categoría en su última campaña, Celta de Vigo (46-50) igualmente en 1ª, Real Murcia (50-52), Mallorca (52-57), Alcoyano (57-58), Porreras y Soledad. Como si quisiera recuperar el tiempo perdido durante los tres años de guerra, se mantuvo activo hasta estrenar la cuarentena.

Entre los permeables al devenir de los acontecimientos, cabría citar al pamplonés Severino Goiburu (8-XI-1906), de la Real Sociedad Gimnástica Española, Racing de Madrid, Osasuna (1925-29), Barcelona (29-34), Valencia (34-41), Levante (41-42 y Murcia (42-43). De ideología carlista, estaba en Valencia el 18 de julio, y allí continuó jugando el Campeonato Regional Valenciano y la Liga Mediterránea. Cuando empezó a sentirse incómodo por el ambiente político que observaba junto al Turia fue a Barcelona, desde donde continuaría a Francia, para regresar a España por Irún, incorporándose a territorio “nacional” el 15 de febrero de 1938, ya avanzadita la contienda. Ello no le impediría hacer gala de una adhesión inquebrantable, puesto que, impenitente apostador, aprovechaba cualquier tertulia donde saliese a relucir la cuestión bélico-política para porfiar: “¡Diez a uno a que gana Franco!”.

Goiburu tenía motivos para mostrarse prudente. Su hermano Estanislao, futbolista amateur que olvidó pronto sus veleidades, había caído vistiendo uniforme republicano. Severino probablemente comprendiese que la vida era más valiosa que todas las ideologías juntas, cuando  éstas conducen al derramamiento de sangre. Su actitud se tradujo en no ser visto como sujeto a depurar, ni siquiera durante los días de máxima incertidumbre. Internacional en 12 ocasiones, tras despedirse del pantalón corto hizo algún pinito como entrenador del Murcia -donde una suma de lesiones le obligó a jugar ocasionalmente-, Alicante C. F. y Atlético Montemar, antes del retorno a Pamplona para dedicarse a la pelota vasca. Falleció en su tierra, el 30 de julio de 1982.

Los hay capaces de conseguir que el vencedor siempre esté de su parte. Todo un ejercicio de pragmatismo puesto que, al fin y al cabo, los camaleones no escogen la coloración del fondo donde habitan.

Otros, sin esperar que el instinto los mimetice, se limitan a lucir galas de camaleón, conscientes de que no todo se resuelve en un juego de cara y cruz.

Al fin y al cabo toda moneda lanzada al aire puede caer de canto

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(*) .- La cuota era una cantidad que el llamado a filas podía abonar para que otro ocupase su lugar en el ejército, quedando el pagador, de facto, eximido de todo servicio. Nada había de artero en esta fórmula, amparada legalmente.

NOTA: Agradeceremos vivamente cualquier corrección, ampliación o comentario sobre el listado de bajas inserto en el primer artículo de esta serie, que contribuya a enriquecerlo. Pueden establecer contacto dirigiéndose a:

cihefe@cihefe.es

Nuestro reconocimiento anticipado.




Las otras víctimas de la Guerra Civil (3)

Aunque la mayoría de los futbolistas, o deportistas en general, cubriesen con un manto solidario a cuantos compañeros situó la guerra en trances difíciles, también hubo excepciones. Y una de ellas tuvo por nombre Antonio Vilarrodona Iglesias, personaje desaprensivo, oportunista y ruin, con quien los hermanos Tena tuvieron la mala suerte de cruzar caminos.

Si los hermanos Baquero, de la Real Sociedad y F. C. Barcelona, fueron tres pero ninguno de ellos llevó nunca el ordinal “III”, puesto que el fundador de la dinastía había colgado sus botas cuando el más joven comenzó a asomar en las alineaciones, algo semejante ocurrió a los Tena. Naturales de Cabanes (Castellón), pero forjados en Cataluña, Juan, el mayor (9-III-1899) compitió en el Español barcelonés, antes de incorporarse al Sabadell, elenco que además le serviría para estrenarse como entrenador. Francisco, el segundo (21-IX-1901), hizo el mismo viaje, aunque al revés: primero Sabadell y luego Español, hasta 1931. Comoquiera que coincidiese con Juan en la entidad españolista, sería conocido por Tena II. El pequeño José (16-VII-1904), a medida que pasaba el tiempo y con Juan ya retirado, se convirtió igualmente en “II”, dándose por entendido que Francisco era el “I”.

Cuando estalló la Guerra Civil y Juan Tena Guimerá era entrenador del equipo vallesano, tuvo la fatalidad de ser detenido y encarcelado, como su hermano Francisco. Una vez en prisión, náufragos de su incertidumbre, ambos tropezarían con un viejo conocido del pasado: el portero Antonio Vilarrodona Iglesias (Barcelona 1-II-1904), suplente en el Español desde 1922 hasta el 24 y con más presencia en el Universitary (24-25), Zaragoza -no el actual, sino su predecesor, conocido junto al Ebro como “tomate”, por el color rojo de sus camisetas-, Sabadell y Huesca, hasta que unos gravísimos incidentes concluyeran con la suspensión federativa oscense y retirada del torneo, circunstancia que él aprovechó para volver hasta la Plaza del Pilar, como flamante fichaje zaragocista. Al menos eso creían los directivos maños; que constituiría un buen refuerzo con vistas a la primera edición liguera, para cuyo debut el equipo acababa de ser encuadrado en 2ªB.

No obstante, del dicho al hecho suele mediar un buen trecho, y éste podía resultar insalvable si Antonio Vilarrodona andaba de por medio. La cuestión es que al inscribirlo en la Federación, advirtieron que el guardameta acababa de comprometerse también con el Iberia, la otra entidad de Zaragoza, y como tal directísima competidora. Huelga indicar que había cobrado los correspondientes anticipos de ambos clubes, a sabiendas de que sólo podría jugar con uno de ellos y acariciando, quizás, el sueño de alentar una puja para él muy favorecedora. Sus planes, empero, no habrían de cumplirse. Ambas directivas, en un gesto no tan infrecuente durante los primeros años de profesionalismo, desterrado pronto en aras de la rivalidad peor entendida, se pusieron de acuerdo para que el timador se alinease con el Zaragoza, éste aceptase la primera oferta de traspaso, y las dos entidades repartiesen lo obtenido al 50%.

Mientras estuvo defendiendo el marco “tomatero”, tanto sus mandatarios como la masa de seguidores redescubrieron lo bien sabido, y se abochornaron ante lo que preferían no creer, pese a ser vox populi por los mentideros: Que era realmente bueno si ningún adversario le calentaba el bolsillo, y que vendía partidos, dejándose anotar goles inverosímiles. Cuando por fin surgió un comprador, Vilarrodona hizo su maleta, tomó un taxi a la estación escoltado por varios directivos, y éstos sólo se atrevieron a suspirar, aliviados, viendo al tren llevárselo lejos. El Zaragoza salió ganando, porque acertaría a cubrir su baja con Juan José Nogués, hombre disciplinado, honesto y cabal, además de formidable cancerbero, conforme acredita su trayectoria posterior: Patria Aragón (1929-30), Barcelona (1930-1942) y Granollers.

Tras el 18 de julio de 1936, Vilarrodona se convirtió en miliciano. Pero no de a pie, sino gallito del Servicio de Información Militar (SIM), casi un cuerpo de policía político, islote dentro del poder republicano, que llegó a disponer de autonomía operativa, cárceles propias, un nada desdeñable presupuesto económico y hasta tribunales específicos. Emplazamiento ideal para quien ya antes se había movido por la existencia sin sujetarse a muchas reglas.

Ficha federativa de Antonio Vilarrodona con el Español barcelonés.

Ficha federativa de Antonio Vilarrodona con el Español barcelonés.

Así lo vieron cierto día Juan y Francisco Tena, moviéndose por la prisión como por su casa, impartiendo órdenes a un grupito de milicianos que, lista de internos en mano, conducían medio a rastras hasta una camioneta a cuentos fueron citando. Y ambos, fatalmente, oyeron su nombre entre los reclamados.

 “El paseo”, pensaron. Porque aquello era sin duda eso: el viaje del que nadie regresaba jamás. Apretados en la caja del camioncillo, los Tena vieron cómo el vehículo abandonaba la arteria principal, se internaba por traqueteantes rutas secundarias y concluía hollando caminos polvorientos. A su lado, unos rezaban en voz baja, en tanto a otros se les contraía el rostro con una mezcla de miedo y odio. Por fin la marcha se detuvo, los hicieron bajar y ponerse en fila, ante un pelotón de fusilamiento. Vilarrodona seguía dando órdenes: “Preparaos; apuntad… ¡fuego!”. Francisco y Juan Tena, enlazadas fuertemente sus manos a manera de despedida, esperaban la lluvia de plomo, preguntándose si llegarían a percibir el fragor de las detonaciones. Y no, no fue eso lo que llenó sus oídos, sino un estruendo de carcajadas. ¿Cómo era posible?. ¿Acaso estaban siendo víctimas de un cruel simulacro?. El propio Vilarrodona, compañero del mayor durante su etapa “periquita”, les sacó de dudas: “¡Hala, arriba otra vez, que hoy no es vuestro día!. Pero no cantéis victoria, que volveremos a por vosotros cuando nos dé la gana”.

Durante el viaje de vuelta, algunos temblaban. Otros no habían podido evitar que el orín empapase las perneras de sus pantalones. Nadie hablaba, para gozo de los milicianos, por demás inspirados: “¡Qué peste, coño!. ¿Pues no os habéis cagao?”. Minutos después la camioneta se paró ante una venta. Aquellos hombres eufóricos querían remojar en vino su hazaña y ello dio pie a que los Tena, al relajarse la vigilancia y cambiando un gesto apenas perceptible, saltasen a tierra, emprendiendo una carrera en zigzag para eludir las balas. Fue el sprint más angustioso entre los muchos que jalonaron sus andaduras deportivas. Separados en seguida, con la obvia intención de dificultar el trabajo a sus perseguidores, corrieron campo a través, sorteando obstáculos, cayendo y levantándose, sintiendo en sus rostros el azote del monte bajo, hasta notar los pulmones en las amígdalas.

Tena, víctima de un fusilamiento simulado, a cargo de otro compañero de actividad deportiva, e incluso de equipo.

Tena, víctima de un fusilamiento simulado, a cargo de otro compañero de actividad deportiva, e incluso de equipo.

Por la cárcel se extendió el rumor de que los dos habían muerto. Pura obviedad, si se echaban cuentas respecto a los de ida y vuelta. “El Mundo Deportivo” y “ABC”, ascendiendo a noticia la rumorología, recogieron en sus páginas que Tena I, a quien describían como entrenador del Sabadell, ya era historia. Pero aquellas notas sembraron dudas sobre la identidad del finado, puesto que uno y otro habían ostentado ese ordinal vistiendo de corto. El club vallesano entendió que el difunto era su entrenador, y prueba de ello es que buscase en Sebastián Vigueras Ibáñez, exfutbolista del Club Deportivo Europa, un sustituto válido. Entre tanto cada uno de los hermanos daba por muerto al otro, bien tras su captura o tiroteado ladera abajo. La suerte quiso que un mes más tarde pudieran abrazarse los tres, al coincidir en el ejército franquista.

Los rastros de Antonio Vilarrodona parecen volatilizarse a partir de 1939. Imposible saber si cayó en combate, o si pudo cruzar la frontera francesa antes de que se cerrara. Su nombre tampoco aparece en las listas de capturados cuyo repaso fue posible, incompletas muchas veces, si no salpicadas de erratas. En todo caso habrá pasado a la pequeña historia del fútbol, y a la anécdota de la Guerra Civil, como el desalmado que jugó a su antojo con el destino de aquellos a quienes, durante algún tiempo, tuvo por compañeros. No sólo parece vendió partidos. La vida ajena tampoco se antoja valiese para el en demasía.

Por fortuna, Vilarrodona constituyó excepción, junto al asturiano Abelardo Carracedo, que ya asomó en otro capítulo, o José Padrón Martín (Las Palmas de Gran Canaria 5-V-1906), si diésemos por bueno el testimonio de Helenio Herrera, con quien coincidió en el fútbol galo.

Aunque su nombre diga bien poco a los aficionados más jóvenes, Padrón fue campeón de Copa en 1929 y cinco veces internacional, además de primer canario en lucir la camiseta de nuestra selección. Con 19 años pasó desde el Victoria de Las Palmas al Español de Barcelona, donde habría de jugar entre 1925 y 1930. Su posterior andadura por el Sevilla (1930-33), Barcelona (33-34), otra vez Español (34-35), Alés, de Francia (35-36), o los también franceses Cannes (36-37), Sochaux (37-38), Charleville (38-39, ya en 2ª División), Red Star (40-41), Stade Reims (41-43), Clermont Ferrand (43-44) y Stade Français (45-46), nos ofrece un relato de artista díscolo e incómodo por sus constantes reivindicaciones económicas, rara vez fundadas, como dejó constancia en Barcelona y Sevilla.

Anarquista más bien tibio en los días previos a nuestra Guerra Civil, se radicalizó en territorio galo, mientras competía con el Stade Reims. Colaborador de la Resistencia durante los años de ocupación nazi, tras contactar con el Partido Comunista a través del POUM acabó integrándose en el apoyo a la guerrilla. Corría 1943 cuando se unió a la mítica “Nueve”, es decir la 9ª Compañía de la 2ª Brigada de la Francia Libre, compuesta por republicanos españoles, a las órdenes de Leclerc. Dicho grupo participó activamente en las batallas del Norte de África, el Desembarco de Normandía y los durísimos combates de Vieux-Bourg y Baja Normandía, donde además recibió un ataque de fuego amigo, procedente de aviones estadounidenses. Según algunas versiones, con la Nueve habría entrado en París, el 24 de agosto de 1944, pero su biografía parece bastante enredada, probablemente a conciencia, y no cabe dar por cierto cuanto él recrease acerca de sí mismo. Otras voces, en cambio, afean su actuación durante aquella época turbulenta, convirtiéndolo poco menos que en estraperlista. De ello se hizo eco la falsa autobiografía del “Mago” Helenio Herrera, titulada “Yo, H H”, escrita en realidad por Gonzalo Suárez, quien durante años sería adoptado virtualmente como hijo por el técnico argentino, ante la relación sentimental que lo uniera con la madre del hoy reputado director de cine. Y no parece que don H. H. guardase buen recuerdo de él, a tenor de estos párrafos: “Se dedicaba, además, al mercado negro. Yo le compré latas de sardinas en alguna ocasión. (…) En aquellos tiempos de privaciones, muchos hicieron fortuna estraperleando a costa del hambre y la miseria de los demás. No todos acabaron mal; Padrón sí”.

Benito Díaz, caricaturizado por Cronos. Resolvió no pocos problemas a varios futbolistas españoles refugiados en Francia, incorporándolos al Girondins de Burdeos.

Benito Díaz, caricaturizado por Cronos. Resolvió no pocos problemas a varios futbolistas españoles refugiados en Francia, incorporándolos al Girondins de Burdeos.

Sin embargo no consta cayera sobre este partisano durante la ocupación alemana, el peso de la Justicia. Todo lo más, el de las cajas de fruta con que ganaba el pan en un puesto del mercado parisino Les Halles, allá por 1957. Sí puede asegurarse, al menos, que colgó las botas con 41 años, y su fallecimiento, el 3 de diciembre de 1966, en el Hospital Pieté de Salpêtrière.

Excepciones aparte, está por demás documentado que los futbolistas, en tanto les resultó posible, tejieron una improvisada red de apoyo a sus compañeros, sobre todo lejos de casa. Domingo Balmanya, hombre expansivo y bon vivant, tras regresar vía París de la gira “culé” por América, se quedó en Francia, jugando en el Sétte junto a Raich y Zabalo. Nunca tuvo reparos al explicar que Raich les facilitó el ingreso en el club que contribuirían a hacer campeón, y que cuando les tocó medirse al Olympique de Niza, donde estaban los hermanos canarios Joaquín y Luis Valle Benítez, Zamora y Samitier, éste último le pidió no aguara la fiesta, porque si no marcaban goles tendrían que despedirse de la renovación contractual. Venció el Niza 3-0, les renovaron y Samitier, agradecido, invitó al terceto español de Sétte a una cena. Parece, además, que los hermanos Valle sirvieron de enlace a Zamora y Samitier para su incorporación al Niza.

El entrenador donostiarra Benito Díaz, ya en la posguerra seleccionador nacional a quien sus futbolistas llamaban cariñosamente “Tío Benito”, incorporó al Girondins bordelés a Salvador Artigas, José Arana, Jaime Mancisidor, Santiago Urtizberea, Domingo Torredeflot y el andaluz Paco Mateo. A algunos, sacándolos del campo de refugiados donde averiguó se hallaban. El propio Benito Díaz descubrió al barcelonista Mario Cabanes jugando en el Metz con falsa identidad gala, y calló.

Ángel Mur Navarro, atleta de fondo y campo a través, cinco veces campeón de España en 3.000 metros obstáculos y masajista del Barça en aquella gira americana, se hizo durante la misma con el cariño del elenco, siendo posteriormente correspondido cuando, concluida la guerra, tuvo problemas en Francia, desde donde pretendía embarcar hacia México. Militante de un sindicato izquierdista, en su día supo se avecinaba la incautación del F. C. Barcelona y puesto a optar entre sus devociones política y deportiva, ganó la segunda. Su aviso sirvió para que los incautadores sólo encontrasen telarañas. Raich, Escolá y Balmanya, los tres del Sétte, al tanto sobre sus dificultades, le enviaron ropa y dinero para que pudiese regresar a la zona “nacional”. Tal y como le pintaba allende los Pirineos, el retorno tampoco se le antojaba una mala alternativa. Cruzó a España por Pont Vandrés y en Figueras, cuando lo conducían a la plaza de toros convertida en campo de prisioneros provisional, se lo encontró el capitán Colomé, un gerundense también atleta, contra quien había competido. Y fue ese hombre quien sacándolo de la fila, le rellenó un salvoconducto.

También el Barcelona, con la reanudación liguera, supo agradecerle tan trascendental aviso convirtiéndolo en masajista hasta que, avanzados los 70, legara esa función a su propio hijo Ángel Mur Ferrer, hasta hacía bien poco futbolista en el Rosas, Barcelona Aficionado, Condal, Real Gijón y San Andrés de Barcelona. Ambos, además, serían masajistas de cabecera en la selección nacional.

Otros, como el irunés Eguizábal, Echezarreta o González, compitieron en el Deportive Espagnol, cuyo simple nombre ya aclara mucho. Y alguno más, bien porque estuviesen más desconectados, o porque siendo futbolistas muy neófitos ni ellos mismos se vieran todavía como tales, saldrían adelante según Dios les dio a entender.

Antonio Pérez Balda (Nules, Castellón, 15-X-1919), fue uno de ellos. Llamado a filas en 1938, siendo casi un crío, le tocó luchar en la batalla del Ebro, primero, y en la del Segre después. Ante la evidencia de que el ejército republicano se desmoronaba, cruzó la frontera de noche y fue hecho prisionero en Portbou, circunstancia que se tradujo en seis meses de permanencia en los campos de concentración franceses instalados en Saint Cyprien  y Agde. Tragón impenitente, como acreditaría después, durante sus años bajo el marco del Castellón, Atlético de Madrid y de Aviación, o Valencia C. F., las raquíticas e indigeribles raciones le traían de cabeza. A tal punto llegaba su hambre y sed que, conforme confesase a Julián García Candau, siendo huésped del primer campo, pegado al mar, bebía agua salada, aun consciente de sufrir tremendas diarreas. En Agde, donde los barracones eran de madera, tenían tanto frío que para combatirlo concluyeron quemándolos casi todos, tronco a tronco. Una triple alambrada los separaba de las cocinas y allí solían pasar las horas, viendo comer a los oficiales y esperando les lanzasen algún resto, como quien arroja mendrugos a los perros. Su suerte, no obstante, cambió al descubrir la homosexualidad del cocinero. A partir de entonces se hacía invitar a la cocina si no había oficiales a la vista, y mientras recibía un plato rebosante se dejaba manosear. La cosa no duró mucho. Alguien debió advertir esos manejos y del amigable cocinero nunca más se supo.

También durante su estancia en Agde sacó partido a sus condiciones de portero. Puesto que jugaban al fútbol por mantenerse activos, los mandos organizaron un choque contra el equipo del pueblo. Para que la victoria gala tuviese algún mérito, los seleccionados recibieron buena alimentación durante los días previos. Allí había buenos jugadores, capaces de derrotar a cualquiera. Palomeras, por ejemplo, más adelante en el Badalona. Y sobre todo Paco Mateo, un delantero centro soberbio que la guerra impidió ver en España, donde sin duda hubiese llegado a estrella, como lo fue en territorio galo, ya libre. Por cuanto a él respecta, estuvo bien. Tanto que le dijeron iba a venir Samitier para llevárselo, cosa que no ocurriría.

Antonio Pérez, todavía portero del C. D. Castellón en 1942, cuando ya había pasado toda el hambre imaginable en el campo de concentración galo.

Antonio Pérez, todavía portero del C. D. Castellón en 1942, cuando ya había pasado toda el hambre imaginable en el campo de concentración galo.

Sus penalidades concluyeron cuando pudo recibir los correspondientes avales e hizo el viaje hasta Nules, sin pechar con castigos o sanciones disciplinarias, pues las deserciones republicanas se habían convertido casi en virtud teologal. Un año compaginando el trabajo de fundidor con sus palomitas bajo el marco del Nules, le bastaron para ingresar en el Castellón, con 2.000 ptas. de ficha y 400 de sueldo mensual; lo que su padre sacaba sudando ocho horas diarias en la fundición. Cuatro años en 1ª con el club de la Plana lo convirtieron en cotizado cancerbero, con fama de invulnerable. A tal punto llegaron las cosas que en abril del 42, cuando tocó visitar Barcelona para enfrentarse a un equipo azulgrana seriamente amenazado de descenso a 2ª, tuvo lugar una reunión de directivos “culés” y albinegros, cuyo resultado fue la sorpresiva alineación de Nebot, veterano meta suplente, sin que mediara lesión del titular. El Barça necesitaba la victoria y ésta se produjo, desde luego, por 3-1. Ese mismo año, en noviembre, después de una actuación formidable en Riazor, fue paseado a hombros por sus compañeros, con todo el estadio aclamándole. Y ya en Madrid recibió 100.000 ptas. anuales del Atlético, más sueldos y primas. Auténtico dineral en 1945, cuando los funcionarios de justicia podían darse por satisfechos con 495 mensuales. Del Madrid pasaría al Valencia, para alternar titularidades y suplencias, por culpa de las cantadas que comenzó a esparcir.

Su fama de comilón le acompañó siempre. Consta que en Madrid recibía vales diarios para dos menús completos, incluido el postre -imperaban las cartillas de racionamiento-, y no solía dejar ni una miga sobre el mantel. Hambre atrasada, quizás. O el recuerdo de aquellos campos de concentración. Porque ciertas carencias se adhieren al alma humana como una caries dolorosa.

Muchos de los fugados a Francia se enfrentaron después a una temporada de cautiverio, a descalificaciones personales y meses, cuando no años, sin licencia para corretear sobre el césped. Quienes más se habían significado políticamente tiempo atrás, comprobaron que desde sus propias aficiones se les negaba el pan y la sal. Fue ese, entre otros, el caso de Andrés Lerín Bayona (Jaurrieta, Navarra, 7-XII-1913) portero también, que popularizase unos llamativos jerséis a cuadros en el Zaragoza de preguerra.

Precoz como pocos, con 15 años ya competía en el Escoriaza. A los 16 fichó por el Español de Zaragoza y sin cumplir los 18 llamaba la atención del primer equipo maño, desde donde lo cedieron al club de sus inicios para seguir su evolución. Próximo a cumplir los 19 ya era asiduo bajo el marco “maño” y parecía tener toda una vida deportiva por delante, que sólo la guerra se encargó de amargar.

En Zaragoza, además, estuvo a punto de verse reconvertido en medio centro, cuando al técnico portugués Felipe Dos Santos no se le ocurrió mejor idea que incrustar su gigantesca estatura para la época (1,85) en un eje defensivo que pretendía infranqueable. Por suerte aquel hombre no pensaba a piñón fijo y acabaría desistiendo, luego de varias pruebas infructuosas. Conocido por “El Brozas” en un vestuario donde casi todos tenían apodo, fue puntal firme en el Zaragoza del ascenso a 1ª División, rebautizado para la historia como el de “Los Alifantes”, luego de que la prensa recogiese la frustración de un espectador catalán, cuando los ataques de su equipo se estrellaban ante la envergadura del trío defensivo zaragozano: “Nada, que no hay manera. ¡Si parecen alifantes!”. Pero en Zaragoza, también, se supo lo de sus viscerales alardes republicanos, desde la rama radical socialista que por entonces imperaba. “Si nos desplazábamos en autobús, al cruzar por los pueblos, grandes o pequeños, pues lo mismo le daba, él sacaba el puño por la ventanilla, vociferando sus vivas a la república socialista -recordaba hace tiempo uno de sus compañeros-. Iba con su carácter, directo, llano, echado para adelante, aunque no fuesen días para significarse en exceso. Luego le hicieron pagar las consecuencias”.

Andrés Lerín, ya veterano, después de superar los sinsabores de una Guerra Civil y el ajuste de cuentas por parte de su propia afición.

Andrés Lerín, ya veterano, después de superar los sinsabores de una Guerra Civil y el ajuste de cuentas por parte de su propia afición.

Concluida la campaña 1935-36, el club le dio permiso, junto a Olivares, para reforzar al Club Atlético Osasuna en un torneo a disputar en Mallorca. De vuelta, visitó a su hermano, en Fuenterrabía, justo el 16 de julio de 1936. Cuando a los dos días tuvo noticias del pronunciamiento militar, decidió quedarse donde estaba, a escasos metros del límite fronterizo, en tanto veía evolucionar los acontecimientos. Sólo ante la evidencia de que el conflicto se alargaba, viajó a Perpignan, cuyo club sólo disponía de una sección de rugby. Ayudó a configurar otra de fútbol y haciendo las veces de jugador y entrenador acabaría logrando el campeonato en la modesta división desde donde arrancaran. Pero como aquella liga resultase corta, tuvo tiempo de regresar a Barcelona y alinearse con el Badalona en varios choques extraoficiales de 1937. Luego volvió a pasar a Francia,  enrolándose otra vez en el Perpignan, hasta que los alemanes, dueños del territorio galo y aliados de Franco, comenzasen a llenar con judíos, gitanos y españoles, los campos de concentración construidos de inicio para cobijar a nuestros republicanos en desbandada. Al  término de la Guerra Civil estaba recluido en Saint Cyprien, recinto por el que también pasase Antonio Pérez. En suma, casi dos años vividos entre alambradas.

Nada más regresar a España fue reclamado por el juzgado de Reus y posteriormente encarcelado unos días en la población tarraconense. Pero sus dificultades no habían hecho sino empezar. Considerado “rojo” y traidor a “La Cruzada”, desde La Federación Española recibiría una descalificación de 6 años, reducida luego a 12 meses, como en otros muchos casos, lo que para él se tradujo en inactividad durante la temporada 1941-42. Lo peor es que el público “maño” le había impuesto una sanción más dura, no perdonándole su pasado. Y al arrancar la campaña 42-43 se hizo evidente no podía seguir allí. “Hasta los niños me llamaban rojo por la calle”, recordaría muchos años después con amargura. Solicitó la baja y fue a Gijón, buscándose la vida, pese a que dicho club recibiera 30 anónimos matasellados en la ciudad del Pilar, desaconsejando su fichaje por motivos políticos. Tratando de no cerrarse aquella puerta, acordó jugar altruistamente hasta convencer con su rendimiento, que fue magnífico, al mantener imbatido su marco en El Molinón durante 14 partidos consecutivos.

Se da la circunstancia de que habiendo lesionado en choque fortuito al pimentonero Alfonso durante la temporada 1943-44 (al atacante tuvieron que amputarle una pierna), los murcianos no sólo evitaron reprocharle el lance, sino que teniendo en cuenta su deportiva actitud, extensiva al club asturiano, andado el tiempo pudo recalar en La Condomina. Y cuando las aguas turbias de posguerra fueron calmándose, nadie le impidió regresar al Zaragoza, entonces hundido en 3ª División, para colaborar activamente en el ascenso a 2ª, momento de colgar las botas, con 36 años.

Puesto que Zaragoza era su ciudad y los “blanquillos” su club, allí siguió, con esa cabezonería sana atribuible a los baturros, por mucho que él lo fuese solamente adoptivo. Entrenó al filial zaragocista, a los juveniles, y fue ayudante de Juanito Ruiz, Berkessy, Eguíluz, Balmanya, Paco Bru, Mundo, Juanito Ochoa, Urquiri y Jacinto Quincoces, en la primera plantilla aragonesa, donde también ejercería como entrenador de porteros, masajista, delegado de campo, jefe de personal y hasta conserje. Se jubiló en el Zaragoza durante 1978, después de haber asumido puntualmente la dirección del primer equipo en un momento difícil, el 8 de mayo de 1967, tras la destitución de Daucik, donde los de la Pilarica se enfrentaban al Europa en choque de desempate copero, que a la postre significó el acta de defunción de los añorados “5 Magníficos”. De algo debía servirle el título de entrenador nacional obtenido en 1952, junto a Miguel Muñoz y José Gonzalvo, entre otros. También dirigió al Ejea la temporada 72-73, en 3ª División, y al juvenil del CD Helios, la edición 81-82.

El socialista irreductible y terco, el hombre que se hizo perdonar por su gente y tatuó en su alma el escudo “mañico”, el que no pudo ser internacional, pese a figurar en una convocatoria de Amadeo García Salazar, falleció en Zaragoza el 19 de noviembre de 1998. Tanto él, como antiguos críticos deportivos aragoneses, no dejaron de preguntarse hasta dónde pudo haber llegado sin el lastre de tantos meses en cautividad, la purga, y el frenazo en seco que dejara sin aliento a toda una generación.

Algún investigador, como Julián García Candau, excluye entre quienes purgaron su pasado en campos de concentración, al atacante barcelonés Mario Cabanes Sabat (6-I-1914). Y sí fue uno de sus huéspedes. Cierto que su falsa documentación francesa le libró de aquellos campos de internamiento. Pero pensar que a su vuelta pudiera tenerlo fácil, es edulcorar mucho, pero que mucho, la realidad. Cuando apenas se hubo firmado el último parte bélico cruzó de nuevo la frontera, para encontrarse con una estancia en el centro de “clasificación” irunés. Y que nadie se engañe; los campos de “clasificación” españoles, eufemismo que apenas enmascaraba la realidad de unos recintos donde prisioneros todavía dudosos se hacinaban, a la espera de averiguar el tipo de responsabilidad en que pudieran haber incurrido, diferían de los demás, por cuanto a inhumanidad respecta, tan sólo en el número de vergazos que cabalmente cabía esperar.

Cabanes había competido con el Barça durante los ejercicios 1933-34 y 34-35, antes de integrarse en el Matz como falso súbdito galo. Tras comprobar que su nombre no figuraba entre los republicanos más buscados, desde el campo irunés fue enviado al de Miranda de Ebro, donde apenas permaneció unas semanas. Y a lo largo de 1939, puesto que aún estaba en edad militar, sería enviado a un regimiento de Algeciras, circunstancia que aprovechó para asomar por el club local, desde donde dio el salto a la Balompédica Linense. Tenaz y habilidoso, continuó moviendo hilos hasta conseguir su traslado a una unidad asturiana. Allí sus virtudes con el balón en los pies, también por no variar, acabaron situándolo en la plantilla del Oviedo (temporada 1940-41).

Se antoja probable que al haber actuado en Francia suplantando otra identidad, y sin delaciones de por medio, saliese mejor librado que otros del proceso depurador. Estudiante de Medicina, concluyó licenciándose, pese al paréntesis bélico. Y hasta siguió conectado al deporte como galeno del Club Deportivo Español y la Federación Española de Tenis. De hecho tenía encomendada la salud de José Luis Arilla, Juan Gisbert, Juan Manuel Couder y los dos Manolos -Santana y Orantes- cuando los nuestros disputaron las dos finales de Copa Davis ante Australia (1965 y 67), y muchos españoles madrugaron de lo lindo para vivir en directo, a través de la pequeña pantalla, lo que entonces se tuvo por magno acontecimiento. Lo sería, en efecto, aun cosechando derrotas, pues por primera vez TVE efectuó aquellas retransmisiones vía satélite.

Al buen estilete ovetense Antón Sánchez Valdés, cuya estampa se hizo inconfundible con aquella boina bien calada, para evitar las heridas que solía producir el correaje de los balones al rematarlos de cabeza, también podríamos considerarlo víctima, siquiera un tanto colateral. Víctima del desconocimiento sobre su biografía, y la gratuidad con que la prensa suele derramar juicios. Como compaginaba su titularidad en el once astur con un trabajo en el Ferrocarril Vasco, junto a Emilín, sus fichas siempre resultaron por demás cicateras. Cuando comenzaron a vestir la camiseta azul los primeros extranjeros, tamaña injusticia casi revistió galas de burla. El argentino Sará, por ejemplo, pactó una ficha de 200.000 ptas., cuando él salía tan sólo por 10.000 al año, primas aparte. Su mejor contrato en Oviedo se redujo a 15 billetes de a mil, según confirmó en las distintas entrevistas que con el correr de los años, hallándose ya retirado, siguieron haciéndole. “Y cuando ya no valía para el Oviedo, acercándome a los 37 abriles con que me retiré, El Círculo Popular me dio 40.000, con 1.500 de sueldo mensual. En el Oviedo, por cierto, las mensualidades eran de 500, y eso que estábamos en 1ª División”.

Antón, con su inseparable boina. Héroe en el frente y cobarde para parte de la prensa, ante aquellos defensas con dientes de sierra en sus botas.

Antón, con su inseparable boina. Héroe en el frente y cobarde para parte de la prensa, ante aquellos defensas con dientes de sierra en sus botas.

A lo largo y ancho de los 40, aclarémoslo, fue indiscutible en la vanguardia oviedista.

Pero eso no lo convertiría en víctima, sino las críticas que tantas veces hubo de escuchar y leer, acerca de su teórica prudencia ante el adversario, por no decir miedo. Y mal, muy mal podía ser miedoso quien como soldado “nacional” tuvo una citación heroica  combatiendo en el área de Pando. Allí, sin pensárselo dos veces, recuperó el cuerpo de un compañero abatido en tierra de nadie, que resultó ser hijo del coronel Recas. Por desgracia de nada serviría su gesto, pues el muchacho pereció apenas alcanzada la trinchera, si es que no había expirado antes.

Antón, además, tuvo que ver cómo durante el conflicto perdía a su hermano Francisco, “Paquito” en las alineaciones, pues fue futbolista, igualmente, con ficha de la territorial asturiana. Si existen las muertes estúpidas, aquella lo fue. El balazo que lo llevó a la tumba salió accidentalmente del fusil de un guardia, entre gaitas, pasodobles, banderitas y ponche, durante el transcurso de una romería patriótica.

Otros futbolistas también perdieron hermanos. Guillermo Gorostiza, sin ir más lejos. O Juan Ramón, duro defensa del Valencia. El de este último, Julián Ramón Santiago, medio del Arenas guechotarra, cayó combatiendo, encuadrado en un cuerpo de gudaris.

A Esteban Cifuentes Surroca (Barcelona, 1914), exjugador del Samboiá, Barcelona, Español y Sabadell, la muerte le sorprendió en un espartano vestuario francés. Había escapado de la Guerra Civil, enrolándose en el Estrasburgo y Nimes. El 30 de octubre de 1938, enfrentándose sobre el césped al Arrás, sufrió una repentina crisis cardiaca. Aunque fue inmediatamente atendido en la caseta, llegó sin vida al hospital. Paradójicamente no lo mató el disparate sangriento que dejase atrás; la guadaña le esperaba allí donde creyó encontrarse a salvo.

El victimario de nuestra Guerra Civil no se reduce a quienes perdieron sus vidas combatiendo u asesinados, o a los que no pudieron disfrutar de su pasión tras la paz, porque heridas, amputaciones o confinamientos en campamentos, cárceles o batallones de trabajo, se lo impidiesen. También fueron víctimas los “niños de la guerra”, aquellos infantes que un día tomaron el barco hacia Francia, Inglaterra, Bélgica o la Unión Soviética, como números sin voz ni voto en una más que discutible evacuación. Algunos volverían cuando Europa entera ardía en otra guerra, o recién apagados sus rescoldos. Otros no. Hubo, incluso, quienes remataron lejos de España y sus familias el pespunte de futbolistas que llevaban dentro, hasta cuajar carreras envidiables. Todos tuvieron que hacerse hombres y mujeres antes de tiempo, curtidos en esa dolorosa sensación de soledad y desarraigo. Porque las consecuencias de la sinrazón acaban afectando siempre, desde que el mundo es mundo, a las segundas generaciones. Sirvan como muestra y a manera de ilustración global, los avatares de un galleguito llamado José Mª Martín Rodríguez, que el 18 de julio del 36 aún no había cumplido 10 años.

“Cheché”, como era conocido familiarmente, o Martín, según figuró en las alineaciones, se quedó sin padre cuando a Joaquín Martín Rodríguez, hombre de profundas convicciones izquierdistas, profesor de la Escuela de Comercio y secretario general del Concejo, lo fusilaron 13 días después de la asonada, los propios militares sublevados. Toda la familia, de hecho, había mamado lo que entonces se denominaba “espíritu liberal y progresista”, pues su abuelo, el médico Rodríguez, fue indiscutido sembrador del credo republicano por la provincia coruñesa. Sin el cabeza de familia y estigmatizados en un ambiente de clara adhesión “nacional”, la miseria, o emigrar a donde nadie les conociera, se antojaban únicas alternativas en aquella casa. Y por más que el orgullo materno se trocase en reticencias, los más allegados terminaron conminándola a partir.

Fue Martín el primero en cruzar la frontera portuguesa, portando un cuadro del pintor Soutomaior, buen amigo del difunto. Con lo que obtuvo al venderlo sufragó parte de los pasajes transoceánicos, en tanto llegaban sus hermanas, a excepción de la tercera que, casada con un médico ferrolano, decidió permanecer en Galicia. Joaquín, el otro hermano varón, tuvo menos suerte. Puesto que se hallaba cumpliendo la mili al producirse la asonada, se encontró de pronto en las trincheras, defendiendo la causa de quienes habían asesinado a su padre. Finalmente parte de la familia lograría embarcar hacia Argentina, componiéndoselas en Buenos Aires como Dios les dio a entender. Una hermana escribía artículos para la revista “Argentina Austral” y el propio “Cheché”, dibujante de las portadas, contribuía al magro sustento familiar sacando partido a su facilidad con los lápices, como caricaturista de café. Todo ello sin renunciar al sueño de convertirse en futbolista, que experimentaría un enorme impulso al merecer la atención del Banfield, encuadrado en 2ª División.

José Mª Martín según el pincel de Vadillo, aquí en rápido apunte del natural.

José Mª Martín según el pincel de Vadillo, aquí en rápido apunte del natural.

El nombre de Martín comenzó a hacerse un hueco en la agenda de correveidiles y cazatalentos deportivos, equilibrando, con ello, la economía familiar. Una oferta del Vasco caraqueño sirvió de antesala a su salto a Europa, contratado por el Angers galo, mediante 700.000 francos anuales. Corría el año 1948 y a sus 22 años, el chicuelo que saliera de La Coruña casi con lo puesto, sentía más cerca la tierra que un día le resultase tan hostil. Los buenos oficios de Bugallal, un periodista que trabajaba para el Deportivo, acortaron distancias en seguida. Y ya blanquiazul, dos temporadas (48-49 y 49-50) le bastaron para saltar al F. C. Barcelona de Ramallets, Kubala, Basora, César, Segarra y compañía. Internacional en 2 ocasiones (una con la absoluta y otra con la entonces denominada “B”), campeón de Liga en 2 oportunidades, 3 en la Copa y una respectivamente en la Copa Latina y Eva Duarte, pasó también por el At Madrid y Valencia C. F., antes de vivir una segunda juventud en México, donde se mantuvo activo hasta 1965, con 39 años, en el Morelia. Hombre de ida y vuelta, aún habría de cruzar el charco para entrenar al Club Deportivo Badajoz, Real Murcia en dos etapas distintas, Deportivo de la Coruña, Real Zaragoza, Valladolid y Tarrasa.

Siempre consciente de la redención que el fútbol le brindara, refractario al fundamentalismo y las verdades absolutas, se mostró agradecido al balón y sus gentes, sin que ello implicase una renuncia al arte pictórico, su otra debilidad. Ante el caballete y pincel en mano, descargaba tensiones, se evadía del absorbente universo balompédico y rememoraba otro tiempo de pantalón bombacho y amplia incertidumbre, viéndose regatear por los comercios de Oporto, lienzo de Bugallal bajo el brazo, consciente de que el compromiso hacia los suyos debía sobreponerse a la pena por el padre perdido. Porque “Cheché” Martín fue de aquellos que hubieron de hacerse hombres, sin ser siquiera adolescentes.

Hoy, cuando el temor al compromiso tiene algo de santo y seña generacional, cuando quienes debieran ser jabalíes balan como ovejas, eternizando, quizás, el sueño de una Arcadia utópica hasta para la propia utopía, el arrojo de cuantos supieron plantar cara a la adversidad, se antoja, más que nunca, lección doctoral para la vida. Miraron de frente a la muerte, improvisaron otra existencia, sin apenas capacidad de elección, y salieron de los campos de concentración, de internamiento, o trabajos forzados, del funeral de los amigos, de las cárceles o el destierro, con mácula, sin duda, pero cargados de aliento.

El cuadro quedaría incompleto sin aproximarnos al día a día en los campos de internamiento franceses y los penales españoles, por donde pasaron Ispizua, Lerín, Oscar, Florenza, Benjamín, Castaños, Abdón, Sirio, Pérez, Marcial Arbiza y tantos otros. Museo de los horrores en una época de carencias, donde no cabía invocar ni piedad ni derechos.

Francia se vio sorprendida por el aluvión de españoles que huían a su territorio durante y después de nuestra Guerra Civil, y ello se tradujo en una deficiente e improvisada acogida. Hasta 550.000 personas llegaron a pasar por sus improvisadas alambradas, mientras duraron las hostilidades, según datos de la propia administración gala. Medio millón de almas “alojadas” a toda prisa, a la intemperie inicialmente, en tiendas de campaña, al cabo, o barracones en casos contados. Cercos de alambradas sin agua potable ni ropa de abrigo, al azote del viento, donde la comida constituía un lujo y cualquier enfermedad común podía conducir a la tumba.

El decreto gubernamental auspiciado por Deladier (12-XI-1938) no sólo calificaba a las víctimas de aquella avalancha como “extranjeros indeseables”, sino que proponía su expulsión. Algo después, la caída de Cataluña agravaba el problema con otra incontenible riada humana dispuesta a cruzar los Pirineos. Ante la fuerza de los hechos, el 21 de enero de 1939 se instalaba por decreto el campo de internamiento de Rieucros, próximo a Mende. El 25 de febrero de 1939, cuando Francia reconoció al gobierno franquista y tuvo lugar el primer intercambio de embajadores, un censo galo cerraba la cifra de refugiados españoles en 440.000, equivalente a un costo diario de 750.000 francos para la administración gala. Pero antes, desde hacía casi dos años, muchos españoles habían pasado por distintos centros de internamiento, a cual más precario. El de Grus, en Aquitania, de donde Benito Díaz sacó a algunos futbolistas para vestirlos con la camiseta del Girondins. Los de Saint Cyprien, Agde, Argelès, Vernet de Ariège… Distintos nombres para una realidad muy negra.

Se ha dicho con razón, que aquellos desdichados pasaron de refugiados a internos, y de internos a prisioneros en un brevísimo intervalo. En Saint Cyprien muchos internos se lo jugaron todo en sucesivos intentos de evasión, porque como afirmara un superviviente “allí la gente moría de hambre”. Otros permanecieron 9 años en Argelès, hasta encontrar avalistas, fundamentalmente en México. Y es que cuando el primer gobierno de Franco fue requerido por las autoridades nazis de la Francia ocupada respecto al futuro de los republicanos que allí campaban, la respuesta no pudo ser más categórica: “Quienes huyeron de España dejaron de ser españoles a todos los efectos. Dispongan de ellos como mejor consideren”.

No fue mejor la suerte de los internos en nuestros “Campos de Clasificación”, “Batallones de Trabajadores” o centros de internamiento.

La creación de esos campos quedó formulada el 5 de julio de 1937, mediante orden de la Secretaría de Guerra del Gobierno de Burgos. Y ya desde el principio se pensó en utilizar a los prisioneros como mano de obra barata, virtualmente gratuita, pues se darían condiciones de esclavitud. El 1 de enero de 1939, sólo tres meses antes del parte triunfal fechado en Burgos, el censo de trabajadores forzosos distribuidos en batallones y unidades especiales o grupos destinados a fábricas, minas y talleres, arrojaba el siguiente saldo: 119 batallones, con 87.589 presos, a las órdenes de 43 jefes, 62 capitanes, 182 tenientes, 456 alféreces, 26 capellanes, 33 médicos, 23 brigadas, 1.437 cabos y 9.114 soldados. Gracias a un informe sobre “Personal de los Batallones de Trabajadores” fechado el 15 de enero de 1939, cabe hacerse una idea acerca de sus condiciones de vida, pues el número de enfermos alcanzaba la cifra de 3.300, amén de otros 1.450 hospitalizados, 450 declarados inútiles, 750 sin calzado y 650 arrestados. Otra memoria sobre el estado de cada campo, redactada algo antes, aconsejaba el cierre de varios, ante su calamitosa realidad: “Cedeira, con 304 reclusos; pésimo, debe desaparecer inmediatamente. Santoña, con 3.510 reclusos en un módulo y 1.613 en otro; hay que suprimir los dos existentes en este lugar por la contaminación de sus aguas. Medina de Rioseco, 980 reclusos; debe desaparecer. Estella; suprimirlo cuanto antes. Plasencia; en la plaza de toros, que desaparezca inmediatamente”.

Marcial Arbiza Arruti. Durante varios meses salía del campo de concentración de Miranda de Ebro, para enfundarse la camiseta blanquiazul del Deportivo Alavés. Al terminar los partidos regresaba a su encierro.

Marcial Arbiza Arruti. Durante varios meses salía del campo de concentración de Miranda de Ebro, para enfundarse la camiseta blanquiazul del Deportivo Alavés. Al terminar los partidos regresaba a su encierro.

La victoria franquista no acabó, ni muchísimo menos, con este tipo de instalaciones, pues el régimen había descubierto las ventajas de una mano de obra esclava en la ingente labor reconstructora. Ello queda de manifiesto en el informe que con fecha del 2l de julio de 1944 (Archivo General Militar de Ávila, caja 20.904), o sea con Franco instalado en el poder desde hacía 5 años, preconizaba la creación de nuevos campos, barajándose los nombres de Arévalo (Ávila), Uclés y el Pinar de Jabaga (ambos en Cuenca), o Larrasa (Soria, a 7 Kilómetros de Burgo de Osma). Pero eso sí, para entonces preocupaban las condiciones higiénicas de cualquier nueva instalación, ante el temor nunca oculto a la extensión de epidemias desde aquellos focos y el consiguiente daño a la población civil. Sobre este particular, el campo de Miranda de Ebro constituía punto y aparte.

Destinado de inicio a albergar a extranjeros -no sólo Brigadistas Internacionales, sino cuantos súbditos foráneos se hallaran en nuestro suelo al estallar la guerra, y en tanto se aclaraba su posible peligrosidad- tardaría poco en acoger a todo tipo de “enemigos”. Si en 1938 tenía censados a 2.810 internos y aprobaba la inspección con un escueto “Bien”, una memoria de diciembre de 1943 señalaba la existencia de un solo caño para 3.000 hombres, con lavadero anejo, sin que funcionasen las duchas y no hubiese agua en las letrinas. Dicha memoria era previa a la inspección efectuada por los agregados militares sitos entonces en España, y 51 representantes diplomáticos, con supervisión de la Cruz Roja. El régimen no tuvo más remedio que aceptar esa visita, luego de las protestas giradas desde distintas cancillerías, exigiendo la libertad de sus súbditos apresados. La citada memoria constataba  que “la enfermería está un poco abandonada, con un solo oculista”, que “la disciplina es perfecta” y en las letrinas solían formarse “verdaderas masas de excrementos”, amén de que la piscina “no puede usarse, porque los problemas de abastecimiento de agua son muy grandes”. Así las cosas, para la llegada de los agregados militares y diplomáticos se hizo un apaño y limpieza, con el propósito de disimular la auténtica realidad. Logro no alcanzado en plenitud, a tenor de un cruce de cartas posterior (16 y 29 de mayo de 1945) entre el ministro de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica, y del Ejército, Carlos Asensio, donde este último remitía “documentación necesaria para que por nuestros representantes diplomáticos se pueda desvirtuar la campaña tendenciosa sobre el Campo de Concentración de Miranda de Ebro”.

En cada campo, además, se dispuso la organización de un Servicio de Confidencias e Información, de chivatos y delatores, para entendernos, cuya confidencialidad y secreto quedaba garantizada hasta el extremo de que ni soldados, ni guardias civiles y oficiales, y menos aún los propios chivatos, conocían a otros confidentes. Tan solo el jefe de batallón disponía de sus identidades. Y ello implicaba, para desgracia de los informadores, el mismo trato que a los demás reclusos, sin rebaja de servicios o más pitanza. Buscando evitar deslices, esos informadores eran designados mediante una letra del alfabeto, por orden correlativo a partir de su fecha de nombramiento. En los informes al Estado Mayor, como resulta obvio, la identificación del delator se llevaba a cabo por la correspondiente letra. Resumiendo, a la desgracia de una condena a trabajos forzados había que unir la prudente y lógica desconfianza de cada interno en cualquier compañero.

Las defunciones por pulmonía resultaban habituales. Pasaban tanta hambre que cuando eran conducidos a pavimentar carreteras o apuntalar trochas, procuraban tenderse junto a los patatales con cada orden de descanso, para extraer algún tubérculo frenéticamente y esconderlo entre sus ropas, como un tesoro. Todo ello pese a la elaboración de teóricas dietas o ranchos semanales, como el siguiente, del Penal del Dueso (Cantabria): Garbanzos en la comida; para cenar lentejas y judías alternativamente. Todos los días 90 gramos de carne, 400 de pan y 100 de leche. La realidad, empero, fue otra. Corrían tiempos de necesidad y estraperlo, donde podían amasarse fortunas adelgazando unas dietas ya de por sí espartanas, y destinando el “sobrante” a un mercado negro con larguísimos tentáculos. A los prisioneros de San Pedro de Cardeña, por ejemplo, además de recetárseles hambre y palos, se les obligaba a cantar el Cara al Sol e ir a misa, dormían en el suelo, apiñados, y padecían vejaciones de toda índole.

Este panorama debería ser visto desde una perspectiva más amplia, pegado a la realidad del momento. Si en tiempos de abundancia y bienestar no faltan políticos ni ayudantes de verdugo dispuestos al medraje social y financiero, abrazados a la corrupción o la estafa impune, cuando sólo cabe administrar miseria también sobran desaprensivos capaces de engordar con el hambre y el luto de los desgraciados. Las checas, las cárceles republicanas en tiempos bélicos, los buques prisión o los penales improvisados durante la guerra y ya concluida ésta, repugnarían hoy a los estómagos más familiarizados con la inmundicia.

 

NOTA: Agradeceremos vivamente cualquier corrección, ampliación o comentario sobre el listado de bajas inserto en el primer artículo de esta serie, que contribuya a enriquecerlo. Pueden establecer contacto dirigiéndose a:

cihefe@cihefe.es

Nuestro reconocimiento anticipado.

 




Las otras víctimas de la Guerra Civil (2)

Fueron bastantes los futbolistas españoles que dejaron nuestro suelo a partir del 18 de julio de 1936. Algunos, los componentes del F. C. Barcelona en gira por América, o los enrolados en el Euskadi -equipo propagandístico-deportivo auspiciado por el gobierno vasco del Lehendakari Aguirre-, en grupo. Pero la mayoría de manera individual, atravesando de noche el Bidasoa o la frontera francesa por Cataluña, enrolados en buques, como fogoneros, o pagándose el billete a Marsella, cuando no en pesqueros de bajura. Cualquier cosa antes que batirse en los frentes, pensaron, sabedores de que su habilidad con el balón ni mucho menos iba a dejarles desamparados. Otros, quizás viendo cernirse lo que luego sobrevino, o porque la vida ofrece zigzags inesperados, les habían precedido a raíz de la Revolución de Octubre. Entre estos últimos, los iruneses Altuna, Eguizábal y Anatol -éste, en realidad, francés de pasaporte-, Armengol -rebautizado en tierras galas como Armaingau-, Jaime Domenjo, Echeandía, el osasunista Echezarreta, Ferré, el murcianista García, González, del ya extinto Logroñés, Iriondo, guipuzcoano del Español barcelonés, Padrón, del Barcelona, Rocasolano… La lista de cuantos huyeron del plomo, las bombas, o los “paseos” en retaguardia, no sólo resulta más amplia, sino que sigue aún hoy a la espera de cerrarse definitivamente.

Como mínimo, a este segundo apartado pertenecen el arenero Aguirre -hermano del Lehendakari vasco-, José Arana, Salvador Artigas, Cabanes, Caparrós, Cifuentes, Andrés Lerín, José Mandalúniz, Jaime Mancisidor, Paco Mateo, José Luis Molinuevo, Luis Regueiro, Pepe Samitier, Sanz, Benito Tobía, Santiago Urtizberea, los hermanos Joaquín y Luis Valle, el gran Ricardo Zamora… y quienes se reengancharon una vez concluida la gira culé por las américas: Domingo Balmanya, José Escolá o Ramón Zabalo. Queda incluso por dilucidar hasta qué punto deberíamos considerar españoles a quienes bajo tal nacionalidad estaban completamente asimilados a la vida y el fútbol galo, y desde luego hicieron poco por cruzar los Pirineos después de 1939, aun hallándose invadido por los alemanes su país semiadoptivo: Marcelino Lisiero, Antonio Lozes o René Rebibo. Todos ellos, como no dejaba de resultar lógico en medio de la barbarie que por nuestros pagos se vivió, serían considerados traidores desde la óptica vencedora.

Su suerte, su mala suerte, mejor, comenzó a dictarse a partir del 11 de febrero de 1938, cuando el general Moscardó Ituarte se convirtió en primer presidente franquista del Comité Olímpico Español, o lo que es igual, máximo responsable de nuestro deporte. Para dar más fuerza a la presidencia del C.O.E. se decidió apuntalarla con representantes de ministerios, organismos oficiales y federaciones. Así, por el Ministerio de Defensa se alineaban junto a Moscardó el capitán Enrique Gastesi, y el comandante Luis Navarro; por las Organizaciones Juveniles el capitán Marcos Daza, y en representación de distintas Federaciones los comandantes Joaquín Agulla (atletismo) y Fernández Trapiello (gimnasia), el teniente Fabián Vicente Del Valle (boxeo), los coroneles Alberto Caso (esgrima) y Jesús Varela (equitación), o el teniente coronel De Linos Sagi (tiro). Las únicas actividades cuya responsabilidad directa no recayó en militares fueron el ciclismo, asignado al entonces periodista Narciso Masferrer, y el tenis, otorgado a José Garriga-Nogués, marqués de Cabanes. Convendría aclarar, de cualquier modo, que la práctica totalidad de esos militares eran, además, gente del deporte.

El mítico Ricardo Zamora Martínez, de acreditada ideología derechista, tampoco quedó libre de sospechas. Un par de declaraciones contradictorias, muy tibias desde la óptica victoriosa, unidas a su fuga a Francia, después de temer con sobradas razones por su vida, aconsejaron su depuración, por más que esta finalmente fuere tan sólo simbólica.

El mítico Ricardo Zamora Martínez, de acreditada ideología derechista, tampoco quedó libre de sospechas. Un par de declaraciones contradictorias, muy tibias desde la óptica victoriosa, unidas a su fuga a Francia, después de temer con sobradas razones por su vida, aconsejaron su depuración, por más que esta finalmente fuere tan sólo simbólica.

El fútbol recayó en el también militar Troncoso Sagredo, y una de sus primeras decisiones consistió en cesar con carácter inmediato al secretario de la Federación republicana, por haberla mantenido activa y representar internacionalmente a esa parte de España durante varios meses de conflicto. Con respecto a los miembros del C.O.E., su primer acuerdo consistió en “depurar a todas las entidades, directivos, personal y deportistas participantes en pruebas y concursos”. Más claro aún, el 13 de febrero de 1939, todavía sin concluir la guerra, el Gobierno de Burgos promulgaba la Ley de Responsabilidades Políticas, tamiz finísimo destinado a cribar cualquier síntoma de desafección, u omisiones al deber patriótico. Para los boxeadores, ciclistas, deportistas en general, o por cuanto más nos ocupa desde estas líneas, para los futbolistas que hubiesen decidido resolver situaciones personales compitiendo allende nuestras fronteras, una auténtica espada de Damocles, puesto que la citada ley en su desarrollo posterior recogía (apartado “N”) como objetivo a escarmentar: “los que encontrándose en el extranjero y en tanto no ingresaron en la zona liberada, hubiesen dejado de prestar concurso alguno al Movimiento Nacional”. En esa línea, una circular de la nueva F.E.F. exigía a los jugadores, para proveerse de su licencia, avales de personas afectas al “Glorioso Movimiento Nacional”. Y añadía, como complemento a lo anterior, una declaración jurada, advirtiendo que “si en ella se falsearan los hechos, el jugador será sancionado como mínimo con la descalificación por una temporada”.

Ni siquiera un mito como Ricardo Zamora Martínez, colaborador habitual del muy católico diario “Ya” -haciendo gala de notable pluma, además- y censor agrio de su amigo Samitier cuando éste le imitase desde otra cabecera izquierdista, quedó fuera de sospecha. Como mínimo en abril de 1940, la Comisión depuradora se interesaba por saber si “el entrenador D. Ricardo Zamora (del Atlético Aviación) cumple rigurosamente la sanción impuesta”. Punto sobre el que volvería a incidir los días 7 y 17 de mayo.

Y si Zamora, prisionero en el Madrid republicano, cuya vida pendió de un hilo hasta que lograse zarpar hacia Marsella, vía Valencia y merced al apoyo de la embajada Argentina, era personaje dudoso a raíz de algunas declaraciones donde parecía poner una vela a Dios y otra al diablo, poco bueno podían esperar jugadores más anónimos, o con bien documentada conducta republicana. En su caso, quienes clamaban dureza lo veían incurso en el apartado “N” del Artículo 4ª correspondiente a la Ley de Responsabilidades Políticas, promulgada el 9 de febrero de 1939: “Haber salido de la zona roja después del Movimiento y permanecido en el extranjero más de dos meses, retrasando indebidamente su entrada en el territorio nacional, salvo que concurriese alguna de las causas de justificación expresadas en el apartado anterior”.

Era obvio que los más intransigentes pretendían servirse de su notoriedad para sentar un precedente insalvable. Si no se tenían contemplaciones con el “Divino”, con alguien capaz de movilizar a tirios y troyanos en su defensa, cuando fuere detenido a raíz del alzamiento, si ni aquel por quien se abogó ante el mismísimo Jules Rimet, presidente de la FIFA, recibía especiales contemplaciones, todo el país entendería que nadie iba a eludir el peso de las nuevas leyes.

Y la verdad es que se lo pusieron difícil. Llegó a ingresar, incluso, en la cárcel de Porlier, aunque por breves días (mayo de 1940). Pero su incapacitación para dirigir al Atlético Aviación, como incipiente entrenador, resultó más larga: desde finales de mayo hasta el 4 de diciembre de 1940, periodo en que sería sustituido al frente del cuadro “colchonero” por Ramón Lafuente.

El aviso a navegantes estaba cursado y la caza de brujas no había hecho sino tomar cuerpo definitivo, puesto que desde hacía unos meses la prensa más visceral o la más combativa, se empeñaba en señalar con su dedo a cuantos no pudieran justificar una lealtad inquebrantable al naciente régimen. Basta repasar algunas “entrevistas” a jugadores activos para dejar constancia de que determinados reporteros ejercían como auténticos inquisidores. La “Gaceta del Norte”, por ejemplo, el 28-IX-1937, convertía poco menos que en un tercer grado su interviú a Enrique Soladrero, medio del Oviedo que acababa de dejarse caer por Arrigorriaga:

“- Se ha dicho -le interrogamos-, que estaba usted en Asturias, actuando de “rojo”.

– ¿Yo en Asturias? -nos contesta-. No he estado allí desde antes del verano del año pasado, en que vine con permiso a mi pueblo. Ni de rojo ni de nada.

– De modo que…

– Me hicieron ir a Santander. Llegué a Laredo y en cuanto pude cogí una embarcación y con otros cuantos nos escapamos a Francia.

– ¿Cuando llegaron las tropas nacionales?

– No, mucho antes.

– En Francia, ¿qué es lo que ha hecho?

– Me he entretenido jugando al fútbol. Y no salía del todo mal. Me daban 2.500 francos al mes. Pero he preferido volver a España.

– ¿Y no estuvo usted con los jugadores vascos? (referencia a la expedición del Euskadi, que desde suelo galo emprendió una gira por Checoslovaquia, la URSS, Escandinavia y América).

– También los directores de éstos han querido llevarme a la excursión de Méjico. Les contesté que fueran ellos, si querían, que yo me volvía a España. Y así lo he hecho. Ni he querido la tentadora oferta francesa ni el ofrecimiento del viaje a Méjico.

– Aquí estoy -termina diciéndonos el simpático futbolista-, alistado ya en el ejército y dispuesto a cooperar en cuanto puedan ser útiles mis servicios, a los triunfos futbolísticos de España”.

La interviú se cerraba alabando las decisiones del deportista, “simpático” sólo tras dejar bien sentada su integración en el ejército de Franco:

“Muy interesante la llegada de este jugador, que ha demostrado que tiene sentido práctico, con buena dosis de sentido común”.

El vizcaíno Soladrero, tuvo que justificar ante la prensa cada uno de sus pasos, tras la caída de Bilbao. A finales de 1937 no valían medias tintas y muchos se empeñaban en tomar la matrícula a los demás, cara a futuros ajustes de cuentas.

El vizcaíno Soladrero, tuvo que justificar ante la prensa cada uno de sus pasos, tras la caída de Bilbao. A finales de 1937 no valían medias tintas y muchos se empeñaban en tomar la matrícula a los demás, cara a futuros ajustes de cuentas.

Los máximos rectores de nuestro deporte tenían, pues, abundante información a la hora de aplicar castigos.

La sanción señalada desde el C.O.E. para cuantos hubiesen huido al extranjero a partir del 18 de julio, o nada hiciesen por volver aun hallándose fuera con anterioridad, así como obviamente para los señalados por su “hostilidad” o “manifiesta desafección”, poco tenía de testimonial. Seis años de suspensión federativa; el equivalente a una retirada forzosa, salvo milagroso prodigio de puesta a punto física y longevidad atlética. Un exceso de tal calibre que incluso los mentores de tamaño castigo acabarían rebajándolo, unas veces mediante contemplación de circunstancias atenuantes, otras ante la catarata de recursos, y las más con medidas de gracia o amnistías parciales.

Puesto que un listado de sancionados en primera instancia resultaría excesivamente prolijo, contentémonos con la revisión de causas fechadas el 29 de noviembre y 20 de diciembre de 1939:

Un año de suspensión federativa para:

Miguel Gual Ausina, Juan Navés Janer, Esteban Pedrol Albareda y Ricardo Zamora Martínez.

Año y medio a:

José Cardús Aguilar, José Escolá Segalés, José Raich Garriga y Antonio Sangüesa Serrano

Dos años a:

José Argemí Rocabert, Domingo Balmanya Parera, José Bardina Ballera, Sebastián Bayo Bernard, Emilio Blázquez Fuentes, Luis Buyé Oliver, José Climent Pelegrí, Antonio Conde Aja, Miguel Gallego López, Remigio Laborda Deza, Onofre Lerma Rodilla, Fermín Mancisidor Lara, Quintín Martínez Martínez, José Pagés Pascual, Martín Pica Ramírez, Juan Rafá Mas, Blas Rebull Sanchis y Basilio Rodríguez Domínguez.

Dos años y medio a:

Juan Aguirre Gera, Emilio Blázquez Fuentes, Manuel López Carafí y Carlos Quesada Corbán.

Cuatro años a:

Ramón Llorens Pujadas.

Se mantenían los seis años de castigo por estimarse agravantes a:

Jesús Cruz Sanz, Baltasar Nicolás Marqués, Vicente Simón Piqueras, Carlos Vila Pérez y Julián Zamorano Cañavate.

En la reunión del 20 de diciembre se rehabilitaba, además, a algunos de los sancionados apenas un mes antes: Juan Alfonso Baixaulí, José Altuna Echegoyen, Juan Clement Gilabert, Luis Comas Genís, Manuel Davó Latorre, Gonzalo Larrosa Martín, Celestino Lasa Arregui, Enrique Martínez Alcón, José Martínez Bau, Alberto Martorell Olset, Juan Medrano, José Mosquera Mena, Francisco Oyanguren Artola, Ángel Sornichero Hernández, Julián Tell Pérez y Antonio Zulaica Basurco. Todos ellos pudieron respirar tranquilos, por fin, como lo habían hecho 22 días antes Antonio Andrés Castillo, Ángel Conesa Huesca, Adelaido Gómez Moreno, José Morales Berruguete y Pablo Buey Portillo, al ser capaces de demostrar que su integración voluntaria en el ejército republicano tenía como única meta evitar ser conducidos al frente.

Entre los atenuantes observados para reducir sanciones había un poco de todo. Desde haberse presentado ante las autoridades españolas en México (caso de Miguel Gual y Esteban Pedrol), a los antecedentes derechistas de José Raich, y la persecución sufrida por sus padres en zona republicana, pasando por el doble juego de Antonio Sangüesa (jefe de centuria falangista, clandestino, en la franja de control republicano), sin obviar las crípticas razones aducidas en la causa de Ricardo Zamora –“por estimarse logrado plenamente el efecto moral perseguido”– que tan sólo ponen en evidencia la fuerza en los despachos del Atlético Aviación, club al que lideraría desde el banquillo en la consecución de los dos primeros títulos posbélicos de Liga. Benito Pérez Jáuregui, libre de sanción en principio, es de suponer que no tuviese mucho cuerpo para celebraciones, porque se le advertía sobre la posibilidad de una posterior imputación, si los federativos lograban despejar los indicios que lo señalaban como posible “oficial rojo”.

Sorprende que a José Raich no se le aplicase una eximente completa, sino tan sólo recorte de la inicial sanción federativa a 18 meses, cuando pocos estaban en condiciones de lucir mejores credenciales. Hombre de Acción Católica y perteneciente a una familia de Molins de Rey con acrisolada ideología derechista, si bien pasó a Francia y jugó en el Sète junto a Escolá y Balmanya -proclamándose campeones la temporada 1938-39- todo induce a pensar lo hizo ante la certeza de que su vida apenas valía nada en Cataluña.

Raich, Rosalench y Calvet. El primero probablemente hubiese perdido la vida de permanecer en Cataluña, dados sus antecedentes religiosos e ideología conservadora. Pese a ello, en 1939 pechó con una sanción a todas luces injusta.

Raich, Rosalench y Calvet. El primero probablemente hubiese perdido la vida de permanecer en Cataluña, dados sus antecedentes religiosos e ideología conservadora. Pese a ello, en 1939 pechó con una sanción a todas luces injusta.

Con todo, los represaliados deportivamente no deberían ser vistos como grandes víctimas de la intransigencia posbélica. Hubo damnificados mayores. Futbolistas cuya implicación en la contienda les supuso confinamiento en campos de prisioneros, años de cárcel y hasta un buen periodo de trabajos forzados. Y una vez más, periodistas afines al Movimiento dispararon sobre ellos sus plumas, cargadas de tinta muy negra.

Los porteros ovetenses Oscar y Benjamín fueron señalados bien pronto como “figuras destacadas del régimen soviético”. Si de Oscar se dijo era “uno de los oficiales más expertos”, y “personajillo con mayor influencia entre la chusma, dada su popularidad”, a Benjamín Sánchez se le achacó ser “confidente en la checa de Sama” y “pasar de minero a guardameta del Oviedo con más de 500 ptas. de sueldo, aprovechando su ascendiente sobre la chusma de Langreo para realizar sus persecuciones”. Otro señalado fue Eduardo Morilla Ponga, interior derecho y ariete del Sporting de Gijón y Celta de Vigo durante los años 20, hasta que en 1929 embarcase en el transatlántico “Madrid” rumbo a Buenos Aires. Para las linotipias del bando “nacional” habría alcanzado el grado de comandante republicano cuando, en teoría, con aquella travesía oceánica buscaba en Argentina, como tantos gallegos y asturianos, prosperar emigrando. Su rastro se pierde desde 1935 hasta el año 44, al menos ante quien esto escribe. Lo que sí consta es que en 1944 entrenaba al Puebla mexicano y falleció en esa ciudad, víctima de una enfermedad hepática, el 6 de junio de 1961.

Por no apartarnos de Asturias, el catalán Florenza, también portero del Oviedo, pasó unos meses prisionero en el campo de Labrit (Navarra), sin que en su caso, al menos, la prensa se cebara especialmente. Más ácida fue, en cambio, con Sirio, su excompañero en el vestuario ovetense, encarcelado varios meses. Y con el duro ala derecho Abdón Amadeo García Martínez (Avilés, Asturias, 3-III-1906), hombre que supo sobreponerse muy bien a su reiterada mala suerte.

Jugador del Stadium Avilesino (1925-26) y Oviedo desde 1926 hasta 1930, en setiembre de 1929 un incendio destruyó su casa por completo, quedando la familia, compuesta por 11 hermanos, en la más dramática miseria. Su sueldo de futbolista, consistente en 58 ptas. semanales más un complemento mensual de 250, equivalente a lo que hasta entonces percibiese en la Compañía de Tranvías de Avilés, apenas daba para ir viviendo. Y por ello las aficiones ovetense y avilesina no quisieron abandonarlo, dando el do de pecho en un partido homenaje del que saldrían 5.000 ptas. limpias. Cuando poco después fichó por el Sporting, el revuelo fue de órdago. ¿Así agradecía tanta muestra de empatía?, se preguntaba la afición ovetense, que al mismo tiempo asistía, expectante, a una suma de acusaciones cruzadas entre directivos azulones y el propio futbolista. Para zanjar problemas y en tanto se resolvían las denuncias cursadas a la Federación desde ambas partes, Sporting y Oviedo acordaban traspasarlo al Valencia y repartirse equitativamente el beneficio. Pero Abdón no debía ser tan desagradecido, después de todo, puesto que el comité federativo sentenció a su favor, declarándole libre de fichar por el club que más le conviniese. Y al Oviedo, además, lo condenaba a una multa de 1.500 ptas., luego rebajadas a 750 tras el correspondiente recurso, con suspensión de 3 meses a los firmantes de un escrito de protesta remitido tanto a la prensa local como a la propia Federación.

El jugador, mientras tanto, compuso una buena línea en el Valencia con Antonio Conde, también de ideología izquierdista, y Enrique Molina, muy de derechas, entendiéndose los tres perfectamente sobre el césped, en el vestuario y de paisano. Ya más disminuido físicamente, pasó al At Madrid la campaña 1935-36, alineándose tan sólo en 2 partidos ligueros. Con 33 años a cuestas es muy probable que no pensara seguir compitiendo tras la Guerra Civil, aunque esa oportunidad ni siquiera llegó a brindársele. Teniente de campaña en el ejército republicano, ascendido a capitán por méritos en el frente, fue hecho prisionero y como todos los militares vencidos pasó por la cárcel mientras algún periódico decidía darlo por muerto. Una vez libre rehízo bien su vida, sin perder del todo el contacto con la pelota, puesto que durante el decenio del 40 estuvo entrenando al club Santiago. Ya en el despunte de los años 60 era asiduo tertuliano en una peña, con gente muy alejada ideológicamente de las tesis que tiempo atrás defendiera pistola en mano y fusil al hombro. Figuraban, entre otros, José Mª Cosío, Juan de Diego, Nivardo Pina, Pasarín, José Samitier, o Luis Olaso, este último hermano de una víctima “nacional”. Él sí supo convertir la reconciliación en hecho demostrable, cuando cincuenta y cinco años después distintas miradas que ni vivieron el drama, ni tal vez se hayan aproximado mucho al mirador de la reciente Historia, continúan viendo sangre en heridas viejas, no por ello menos dolorosas.

Sin abandonar la cornisa cantábrica podemos encontrar más casos de represaliados con dureza. Y el de Ispizua, en particular, ejemplifica hasta dónde llegaba la intransigencia posbélica.

José Luis Ispizua Guezuraga (Bilbao 1-X-1908) antes de ser suplente de Gregorio Blasco en el Athletic Club había jugado en el Irrintzi Andi, de Sendeja, Begoña y Acero de Olaveaga, desde donde fue captado por la entidad rojiblanca el verano de 1926, con 100 ptas. de sueldo mensual. Pese a vivir ensombrecido por el suplente de Ricardo Zamora en la selección española, tuvo ocasión de mostrar sobriedad, regularidad y solvencia, muy a menudo en campo ajeno, cuando a Blasco le arrojaban de todo desde detrás de la portería y optaba por hacerse el lesionado, puesto que los guardametas era los únicos jugadores sustituibles, mediando razones de fuerza mayor. Se decía, y no sin motivo, que casi todos los porteros caían lesionados tras encajar el cuarto gol. Pero con Blasco de por medio están acreditadas otras espantadas donde el bien fundado temor al público tuvo mucho que ver. Así ocurrió cierta tarde en Sabadell, ante un “respetable” tan hostil como para apedrearle. E Ispizua, entonces, disciplinado, se quitaba la boina, plegaba esa gabardina muy usada que al menos le servía para combatir el frío de los banquillos y, ¡hala!, a dar la cara.

José Luis Ispizua, por una vez sin boina, porque iba a ser alineado como titular. Su nacionalismo más que confeso le condujo a cuatro penales y cerró a cal y canto las puertas de Athletic y Osasuna.

José Luis Ispizua, por una vez sin boina, porque iba a ser alineado como titular. Su nacionalismo más que confeso le condujo a cuatro penales y cerró a cal y canto las puertas de Athletic y Osasuna.

Durante las primeras ocho ediciones del Campeonato Nacional de Liga defendió el marco rojiblanco en 41 partidos, no quedando inédito en ninguna. Era lo que hoy llamamos alternativa de máxima confianza, y así supieron considerarlo en San Mamés, hasta el punto de extendérsele contrato especificando su  rol de “suplente de Blasco”. Cuatro veces campeón de Liga (campañas 29-30, 30-31, 33-34 y 35-36) y otras cuatro de Copa (1930, 31, 32 y 33) había debutado con el Athletic el 18 de noviembre de 1928,  venciendo al Deportivo Alavés por 4-2 en San Mamés. Iba a cumplir 28 años cuando al concluir la temporada 1935-36 los técnicos del Athletic Club decidieron incorporar a Molinuevo, portero jovencito en quien creían ver un relevo natural para Gregorio Blasco. E Ispizua, entonces, solicitó la baja a su junta directiva, aferrándose a la cláusula que lo convertía en primer suplente por contrato. “Si ahora traéis a uno nuevo, sólo os queda dejarme marchar. Porque, ¿en qué vais a convertirme? -argumentó-. ¿En suplente del suplente?”. La directiva bilbaína se avino y, ya es casualidad, el 18 de julio de 1936 los diarios bilbaínos daban noticia de que los rojiblancos Ispizua y Urbano acababan de fichar por el pamplonés Club Atlético Osasuna. Como explicación anexa, justificaban que los navarros, logrado su compromiso con el guardameta, daban carpetazo al interés que hasta entonces mostrasen por el beasainarra Francisco Elzo, casi inédito durante sus cuatro años en la Real Sociedad, pero con otros cuatro rindiendo a satisfacción como arquero del Murcia.

Ferviente nacionalista vasco, durante la contienda se alistó en el ejército gudari, corriendo tras la caída de Bilbao la triste suerte de tantos otros: apresamiento, apertura de expediente y reclusión, tratándose de un “rojo separatista con participación en acciones bélicas”. Resumiendo, casi cuatro años en ruta desde el penal cántabro de El Dueso a los de El Puerto de Santa María, Sevilla y Dos Hermanas. En 1941, ya en libertad y con 33 años a cuestas, debilitado física y anímicamente, regresó a Bilbao dispuesto a reingresar en su Athletic, convertido para entonces en Atlético. “Me dieron con la puerta en las narices -confesó a menudo, sin esconder la decepción-. Dijeron que había dejado de pertenecer a la entidad cuando en 1936 solicité la baja. Yo aduje que nada de eso tenía valor, puesto que la Federación había dejado sin efecto cualquier traspaso efectuado durante el verano del 36; que las cosas, en suma, seguían como quedaron al término de la campaña 1935-36. Y entonces se enrocaron en que no me había presentado para la temporada 1939-40, primera de la reanudación. ¿Cómo iba a hacerlo si estaba preso? Además tampoco ellos, o quienes entonces estuvieran al mando del club, se interesaron por mi suerte. Total, nada de nada”.

Sus gestiones con Osasuna aun sirvieron de menos. Aquel compromiso cerrado el 17 de julio de 1936, carecía de validez federativa. Era como si no hubiese existido nunca. Treinta y tres años, recién salido de prisión y con muy pocas posibilidades de encontrar un trabajo ajeno al fútbol, porque en todas partes exigían certificado de penales y el suyo era para no enseñar. “Me vi sin nada, justo cuando más lo necesitaba para reintegrarme a la vida civil. Tanteé por donde pude, hallando a veces algo de comprensión, pero casi siempre ninguna gana de significarse. Recurrí a todos mis contactos deportivos y sólo me tendieron la mano en Valladolid. Toda la vida jugando en Vizcaya y era lejos de ella donde estaban dispuestos a concederme una oportunidad”.

Lo cierto es que ésta tenía mucho que ver con Vizcaya, pues fue su avalista el guechotarra Antonio Barrios Seoane, interior de mucho fuelle reconvertido en medio, y finalmente en defensa, que después de jugar dos temporadas en 1ª División con el Arenas, en 1934 se había ido al Valladolid (entonces en 2ª) y allí seguía, como peso pesado del vestuario y capitán, mientras velaba armas para convertirse en el reconocido entrenador que más adelante iba a ser.

Tanto para el Atlético de Bilbao en la inmediata posguerra, como para Osasuna, su presencia hubiese constituido un problema ni mucho menos desdeñable. En el caso rojiblanco, por el inocultable pasado nacionalista adherido no sólo a la familia De la Sota, sino a varios dirigentes del más inmediato pretérito. Algo que los nuevos rectores de la entidad estaban determinados a borrar cuanto antes. Por lo tocante a Osasuna, siendo Pamplona una de las primeras plazas en sumarse al pronunciamiento militar, y su Plaza del Castillo banderín de enganche para tantos brigadistas requetés, resultaba mucho más que arriesgado dar encaje a un enemigo juzgado y condenado; a quien durante el cerco de la capital vizcaína combatió a muerte contra las brigadas navarras.

José Luis Ispizua permaneció cuatro ejercicios bajo el marco vallisoletano, los tres primeros en nuestro fútbol de plata y el último en 3ª, dejando sello de buen portero. Barrios, por cierto, su valedor, ejerció durante la última como jugador y técnico, encadenando ascensos de 3ª a 1ª en solo dos temporadas, cuando aquel a quien tanto ayudó, teóricamente retirado a los 37 años, se había vuelto a vestir de corto para matar el gusanillo con la Sociedad Deportiva Deusto. El suplente habitual de Blasco, pupilo de Mr. Pentland, compañero de Chirri II, Bata, Iraragorri, Bergareche, Roberto, Lafuente, Unamuno, Mandalúniz, Castellanos, “Pichi” Garizurieta, Gorostiza, Cilaurren, Muguerza o Juanito Urquizu, todos ellos nombres de leyenda, falleció en Bilbao el 11 de diciembre de 1996, sabiendo muy bien lo cara que puede salir una derrota en campos por los que trotan otro tipo de botas y, si algo rueda, desde luego nunca será un balón.

Compañero de Ispizua en el Athletic, y para desgracia de ambos en los presidios de El Dueso y Sevilla, Miguel Castaños Bergareche, futbolísticamente sólo Castaños, también penó lo suyo.

Natural de Bilbao (13-II-1906) tuvo que hacer méritos en el Sendeja, Elcano y Acero de Olaveaga, todos ellos modestos clubes bilbaínos hasta que, considerado el mejor medio derecho ofensivo de Vizcaya, recalase en el Athletic durante el verano de 1926, con 175 ptas. de sueldo mensual y primas de 100 y 50 por victoria y empate en partidos oficiales, y la mitad si se trataba de choques amistosos. Las 3.000 ptas. de ficha (entonces ese dinero se obtenía sólo al ingresar, sin repetir devengos con cada renovación contractual) le sirvieron para cubrir el importe de su exención al servicio militar, lo que desde luego no era poco.

Castaños (arriba) y Suárez (abajo), juntos en el Athletic Club de 1928. El primero preso en dos penales luego de que lo capturasen cuando proyectaba salir hacia el exilio. Al segundo lo asesinaron en Alicante, donde ejercía como entrenador del Hércules.

Castaños (arriba) y Suárez (abajo), juntos en el Athletic Club de 1928. El primero preso en dos penales luego de que lo capturasen cuando proyectaba salir hacia el exilio. Al segundo lo asesinaron en Alicante, donde ejercía como entrenador del Hércules.

Sin ser precisamente un exquisito, su forma briosa de concebir el fútbol conectó en seguida con un graderío como el de San Mamés, devoto del estilo directo y corajudo, trasplantado desde Inglaterra por los sucesivos técnicos que fueron llegando a la villa. Pero puesto que aquel fútbol todavía no daba para vivir, completaba ingresos como instalador de contadores de luz a domicilio, para Unión Eléctrica Vizcaína. “A menudo me reconocían en las casas -evocó ya mayor, embebido en esa dulce tristeza de la nostalgia-. ¡Pero si es el del Athletic! Y me invitaban a un vaso de vino o una copita de anís, que yo, agradecido, casi siempre me veía obligado a rechazar, porque de otro modo no sé cómo hubieran funcionado los siguientes contadores”. Aquel Bilbao era pequeñito y gran parte de sus vecinos se conocían, si no personalmente, a través de referencias directas. Y es que a él, en San Mamés, tampoco solían verle muy a menudo.

Desde que debutase el 20 de febrero de 1927 tan sólo disputó 4 partidos de Liga y, eso sí, bastantes amistosos y varios encuentros correspondientes al Campeonato Regional. En total 21 oficiales sobre una cifra absoluta de 101. Por eso, sin duda, porque la pretensión de cualquier futbolista pasa por disputar muchos partidos oficiales, abandonó la disciplina rojiblanca con 25 años, en 1931. Al estallar la Guerra Civil, cumplidos los 30 inviernos, tomó un arma para defender sus principios desde el lado republicano. Vio caer Bilbao, supo de la salida de José Antonio Aguirre con su gobierno, y él, como tantos otros, inició un repliegue hacia Cantabria que tampoco lograría detener el avance de italianos, brigadistas navarros y tropas moras. Confiaba tomar un buque hacia el exilio cuando lo detuvieron en Santoña. Después la historia tan repetida: confinamiento, juicio rápido, condena y periplo de presidio en presidio.

Libre al fin durante los más duros años de posguerra, logró colocarse en un taller de carpintería próximo a Bilbao, en la cuesta de Castrejana, donde al cabo del tiempo llegaría a encargado. Endurecido quizás por las privaciones y la insalubridad de su cautiverio, vivió largamente. Al cumplir 100 años, en febrero de 2006, el Athletic le tributó un cálido homenaje en su sede de Ibaigane. Justo premio a quien se proclamara campeón de Liga y Copa los ejercicios 1929-30 y 30-31. Menudito, muy abrigado y con la emoción rebosándole los párpados, las fotos de ese día sirvieron al menos para que muchos rojiblancos de corazón se acercasen a una época de la que, siendo generosos, conocían poquísimo. Falleció en Usánsolo, Vizcaya, el miércoles 24 de mayo de 2006, poco después de ver cómo su Athletic eludía el descenso in extremis, tras una campaña catastrófica.

La lista de jugadores con paso más o menos largo por la cárcel, tras deglutir el agror de su derrota, sería amplia.

Aunque Diego Forcén Cabito (Madrid, 3-II-1916) formaba parte de la plantilla “colchonera” durante el Campeonato 1935-36, su juventud, unida a múltiples complicaciones clasificatorias, determinó que el entrenador prefiriese contar con los veteranos. Y “Nico”, tal y como fue conocido para el fútbol, quedó inédito. Combatiente republicano, la represión posterior le impidió competir en 1939-40. Puesto que para el siguiente torneo sí pudo conseguir el imprescindible pláceme, por más que estuviese picando piedra en la carretera que conducía al entonces más que embrionario Valle de los Caídos, el nuevo Atlético con alas en su escudo lo cedió sucesivamente al Salamanca e Imperio de Madrid. Cuando los técnicos consideraron había recuperado el tono imprescindible para lucir en 1ª División, lo recuperaron. Trece partidos de Liga distribuidos entre las campañas 1943-44 y 44-45, constituyeron todo su legado entre los mejores. Quienes lo vieron durante sus tiempos de meritorio y en la posguerra coincidían mayoritariamente: la conflagración bélica y sus posteriores consecuencias habían añadido kilos de plomo a sus botas. Otro nuevo intento en la Gimnástica de Torrelavega (temporada 44-45) no hizo sino dar la razón a quienes afirmaban se había perdido un jugador nacido para poner en pie al público de los estadios.

El portero asturiano Gerardo López Sasá había guardado el marco del Stadium Avilesino desde 1928 hasta 1936, con un paréntesis la temporada 30-31 en el Nacional de Madrid. También la guerra llegó para él en malísimo momento, cuando acababa de disputar dos temporadas consecutivas en 2ª División y se permitía soñar con vuelos más altos. Derrotado y prisionero, lo condujeron a una unidad militar disciplinaria, eufemismo que ocultaba la realidad de los campos de trabajo. De allí salía para jugar con el Palencia, como el propio Marcial Arbiza hiciese desde el campo de concentración de Miranda de Ebro, en su caso para liderar al Deportivo Alavés. Y aún le quedaron ánimos para volver a su antiguo equipo, bajo su nueva denominación de Avilés, en 1942-43.

También parece pasó por el mismo campo de trabajo palentino José “Pitus” Prat Repollés, extremo del Español de Barcelona cuyo nombre es historia de nuestro fútbol, como autor del primer gol en el Campeonato de Liga. Al menos eso asegura la tradición oral castellana, pese a que hasta hoy no haya podido encontrarse documentación que lo sitúe como preso-trabajador. Nacido en la ciudad condal (26-IV-1911), había sido jugador inteligente, rápido y con gol, así como internacional en 4 ocasiones, contra Portugal, Francia, Yugoslavia y Bulgaria, choque este que aún representa el récord anotador de nuestra selección, con un apabullante 13-0.

Durante la guerra, al igual que casi toda la plantilla “periquita”, estuvo integrado en el ejército republicano, con nada menos que 19 meses de combates en el frente de Aragón. Siempre siguiendo la tradición oral palentina, habría participado en el levantamiento del viejo campo de La Balastera, justo sobre unas eras donde se almacenó basalto para pavimentar. Pese a que la primera campaña posbélica le recibió con 28 años, edad magnífica para ofrecer el máximo rendimiento, la inactividad, los malos ratos y una pobre alimentación prolongada, venenosa para cualquier deportista, le hicieron parecer una sombra de sí mismo. Algo que aún habría de acentuarse la campaña 40-41, con 5 únicos partidos luciendo el escudo del Real Madrid. Tras probar suerte como entrenador modesto expiró en su ciudad natal el 15 de marzo de 1988 cuando, a decir verdad, pocos eran conscientes de que enterraban a un personaje histórico, merced al gol que encajase en la meta del irunés Emery, el 10 de febrero de 1929.

La Ley de responsabilidades Políticas y de Depuración de Funcionarios Públicos puso a muchos españoles en la calle, de un día para otro, obligándoles a improvisar otra vida. Para algunos representó la miseria. Otros, más afortunados, lograrían salir adelante. Un buen puñado de futbolistas pasaron, también, de ídolos a apestados.

La Ley de responsabilidades Políticas y de Depuración de Funcionarios Públicos puso a muchos españoles en la calle, de un día para otro, obligándoles a improvisar otra vida. Para algunos representó la miseria. Otros, más afortunados, lograrían salir adelante. Un buen puñado de futbolistas pasaron, también, de ídolos a apestados.

Los padecimientos de Rafael Vidal Castillo, portero del Unión Sporting madrileño, Real Madrid, Levante, Ferroviaria, Mallorca y Granada, sí resultan irrefutables. Nacido en la capital española el 24 de octubre de 1907, permaneció en la plantilla “merengue” como suplente de Martínez, Cabo, Nebot y Ricardo Zamora, durante los primeros cinco ejercicios ligueros, hasta contabilizar 28 presencias en un campeonato compuesto sólo por 10 clubes. Los tres siguientes, es decir los comprendidos hasta el estallido de la Guerra Civil, los vivió en el Levante valenciano. Un refuerzo de lujo, no en vano atesoraba dos títulos de Liga. Pero la barbaridad bélica hizo bastante más que cortarle una carrera ya próxima a su final. Acusado de varios cargos graves durante la contienda y sabedor de que sobre él pesaba una orden de búsqueda y captura, tuvo que esconderse, cambiando varias veces de refugio. Al miedo que pudiéramos considerar consecuencia lógica del panorama bélico, se unía, en su caso, la certeza de que una detención con desenlace en juicio sumarísimo carente de garantías, marca del momento, equivaldría a pechar con la pena capital. El posterior desarrollo de los acontecimientos, la presentación de avales y cierta inconsistencia en los cargos formulados, le permitió volver a sentirse vivo.

Con 32 años, pudo seguir conectado al fútbol entre la Ferroviaria y el Mallorca cuando el balón volvió a rodar, en 1939, despidiéndose en el Granada al concluir la siguiente temporada. Mal momento para buscar trabajo en un país deshecho, pródigo en hambre y desabastecimiento general, con dinero depreciado, sueldos que no daban para imprescindibles adquisiciones en el mercado negro, y la amenazante sombra de una nueva guerra frenada sólo por los Pirineos y la indecisión de Adolf Hitler. Lo más sensato, debió pensar, sería reengancharse como entrenador.

Dirigía al Santiago compostelano la temporada 1945-46 cuando tuvo que ser ingresado durante el mes de abril, al parecer víctima de una peritonitis, a resultas de cuya operación quedaría cojo. Durante su internamiento hospitalario y al hallarse sin medios económicos, la Peña Royalti, del Levante, contribuyó a la recaudación de fondos que paliasen su grave situación familiar. Posteriormente se hizo cargo del ya extinto Club Deportivo Badajoz, las temporadas 1949-50, 50-51 y 51-52, todas ellas en 3ª División. En 1958 el antiguo guardameta ejercía como portero de finca urbana, mientras su esposa completaba ingresos como asistenta. Falleció en Valencia el 2 abril de 1959, con 51 años.

No parece se aclarasen del todo las razones que acabarían alejando de los grandes estadios a Malbo, hombre con quien el Madrid contaba para la campaña 1939-40. Había combatido contra Franco en el ejército republicano, al igual que los también “merengues” Luis Martín, Bonet, Sauto, Espinosa y Simón Lecue. Los avales, unidos al buen hacer del presidente madridista para la reanudación liguera, general victorioso, nada menos, solventaron la situación de Souto, Lecue y Bonet, sin excesivas complicaciones, y dando el do de pecho, a última hora, también la del guipuzcoano Luis Martín Sabater. Pero con Malbo no hubo manera, y hoy seguimos sin saber hasta dónde podría haber llegado. Los dirigentes blancos, de cualquier modo, siguieron considerándolo uno de los suyos. Y como tal tuvo a su cargo muchos años la cantera “merengue”.

García de la Puerta en 1933. Díscolo, displicente, desordenado y genial, con biografía digna de película. Pudiendo ser grande en el fútbol prebélico, quedaría en anécdota.

García de la Puerta en 1933. Díscolo, displicente, desordenado y genial, con biografía digna de película. Pudiendo ser grande en el fútbol prebélico, quedaría en anécdota.

Si la guerra cambió el nombre deportivo a Marcial Arbiza, convirtiéndolo en Arruti -su segundo apellido- para evitar se le relacionase con el interno del campo de concentración mirandés, también hizo lo propio con el medio madrileño Antonio Echevert Castro, que tanto en el Nacional como en el Recreativo de Huelva había sido “Tito”. A partir de 1939,  durante su prolongada estancia en el Murcia y a lo largo de sus dos años en el Mallorca, sería conocido por Castro. Se asentó, por cierto, en la capital murciana, donde se le conocía por Antonio Castro hasta expirar el 8 de octubre de 1983.

Malos tiempos, aquellos, cuando alguien con memoria viva y ganas de venganza podía entenebrecer cualquier futuro, a partir del pasado inmediato. Porque la suerte, entonces, podía cambiar de golpe por culpa de una foto, o el clásico recordatorio de una primera comunión. García de la Puerta y el Ariete internacional Isidro Lángara se vieron, de pronto, en tan terrible tesitura.

El barcelonés Mariano García de la Puerta (31-IV-1907), futbolista fino, hasta el punto de ser apodado “Maravilla”, fue una especie de Cagancho, o Curro Romero, por actualizar la comparación, bendecido durante sus tardes gloriosas y exasperante si le tocaba dar la de arena. Gitano de raza, pinturero sobre el césped y con una vida privada lastimosa, lindante en la delincuencia, a veces llegaba al campo acompañado de una banda de raterillos sobre cuyos hurtos y pequeños robos devengaba la correspondiente comisión, cual nuevo señor Monipodio. Si el empleado de turno, cumpliendo con su obligación les denegaba la entrada, él solía mostrarse gallito: “Pues usted verá. Si ellos no pasan yo tampoco. Y si yo no paso, no juego”. Los porteros, por lo general, no se apeaban de su negativa a la primera. Y entonces aún apretaba más: “Mire que como se pierda el partido, yo diré que usted se empeñó en no dejarme pasar. E imagino que eso va a hacer muy poca gracia a los mandamases”. Su banda de pilluelos acababa colándose casi siempre.

En 1927, con 20 años justos, formaba en el Murcia y allí estuvo hasta el ejercicio 29-30, militando en 2ª B y 2ª División. Ya jugador del Real Madrid, no lució mucho, en gran medida por sus hábitos de cigarra golfa y cantora, indisciplinada, amiga de cerrar garitos y dejarse ver entre compañías poco recomendables. Cuando la entidad “merengue” estaba a punto de ponerlo en la calle, harta de sus andanzas, el entrenador Emilio Sempere, que lo había tenido a sus órdenes en Murcia y dirigía entonces al Betis, se empeñó en llevarlo a la ciudad hispalense. Creía, rebosante de buena fe, que iba a ser capaz de encarrilarlo. Y el caso es que 7.000 ptas. de traspaso, otras 3.000 para el futbolista en concepto de ficha, con 700 mensuales más, a manera de salario, lo pusieron en el tren, rumbo a la vera del Guadalquivir.

Durante la temporada 1931-32, con los verdiblancos en 2ª, alternó exhibiciones espléndidas con petardazos espectaculares, cuando no con espantadas vergonzosas. La del 15 de enero del 32, sobre todo, fue de órdago. Ocupaba el Betis la segunda plaza clasificatoria y tocaba rendir visita al Oviedo, vía Madrid. No se sabe si nuestro hombre pidió permiso para saludar a parientes y conocidos en la capital de España, o si se tomó la licencia por su cuenta y riesgo, pero el caso es que perdió el tren de enlace, ante el enojo de Sempere, que aseguró a cuantos quisieron oírle no iba a contar con él ni aún en el improbable caso de finalmente apareciese. García de la Puerta llegó a Oviedo minutos antes del pitido inicial, Emilio Sempere se desdijo y con ello su crédito entre la directiva y sus pupilos tuvo un primer amago de volatilización. Los andaluces perdieron por 1-0 y el indisciplinado estuvo catastrófico. Dos domingos después remataba la faena negándose a partir hacia La Coruña, pretextando que un jugador de su categoría no estaba para viajes en autobús. La prensa local pidió entonces para él, casi unánimemente, la expulsión del club. “Ficha libre -recogería “ABC”- y a ver si hay quien se lo lleve. ¡Que aviado va!”.

Tras festejar el ascenso bético, en los prolegómenos del ejercicio 1932-33 se declaró en rebeldía. Su posterior comportamiento, unido a la llegada de refuerzos -Adolfo, Timimi, Lecue, Soladrero, Capillas o Sanz, por ejemplo-, sólo le permitieron disputar 2 partidos del Campeonato Mancomunado y 4 de Copa, saliendo a una media de gol por encuentro. Casi paralelamente, los rojiblancos de Madrid se interesaron por su contratación, siempre y cuando les permitiesen verlo en un partido de prueba, que el Betis no quiso aceptar, sin duda ante el convencimiento de que el propio jugador aguase a posta su salida de Sevilla. Pero una nueva y vergonzosa actuación en partido contra Nacional de Madrid, valedero para el Campeonato Mancomunado Castilla-Sur (12-X-1932), con  agresión al colegiado y salida entre miembros de la fuerza pública, le supuso una suspensión de 6 meses. Hartos de él, los béticos decidieron rescindirle el contrato a primeros de noviembre de 1932, entendiendo que arrastraba en su vida loca a otros jugadores. Por si acaso, no obstante, el Betis pretendía reservar su derecho de retención, ante la posibilidad de obtener algunas pesetas traspasándolo. Pero una vez más, esa flor que parecía acompañar siempre a tamaña calamidad, lograría que el club replegase velas.

Concluida la suspensión federativa, García de la Puerta volvió a ser alineado frente al Barcelona el 16 de abril de 1932, en partido de Copa. Y buen administrador de sus recursos, se erigió en figura, liderando una victoria espléndida. Puro espejismo, pues lo suyo carecía de arreglo. La campaña 1933-34, después de disputar 6 partidos del Mancomunado, huyó a Madrid, junto con Rocasolano II, fichó por el Nacional y luego de temporada y media retornó al Murcia desde donde, una vez más, volvería a Madrid sin permiso, coleccionando otra declaración en rebeldía. La última temporada de posguerra lo vio vestir de “pimentonero” en 13 partidos de 2ª División, para festejar 4 goles.

Algún cronista de antaño tuvo el cuajo de situarlo en México durante la Guerra Civil, pergeñando una fantasiosa fábula carente de fundamento, para que las piezas encajasen. Se habría ido gracias a los contactos de su amigo Gaspar Rubio, grandísimo futbolista no menos dado que él a las espantadas. Pero puesto que su nombre no asomaba en las competiciones aztecas comprendidas entre 1936 y 1939, se asumió estuvo actuando con una falsa identidad mexicana. Tal circunstancia, además, justificaba que su nombre no figurase en las listas de “depurados”. Perfecto guion para película, sin la menor base, porque García de la Puerta ni cruzó el atlántico ni salió de Madrid durante la contienda.

Consta, y así se dijo en un capítulo anterior, que se enroló como miliciano en el “Batallón Deportivo” auspiciado por la Federación de Fútbol, no tanto porque en verdad profesase el credo socialista o una inequívoca vocación igualitaria, sino porque resultaba cómodo seguir la corriente en una ciudad movilizada contra el pronunciamiento militar. Y que como miliciano portó el ataúd de la primera baja en ese batallón, el futbolista Alcántara, ayudado por Simón Lecue y Emilín Alonso.

Luego no es que la tierra se lo tragase en el Madrid convulso, aunque casi. Porque una noche dos milicianos le exigieron identificarse, viéndolo enredarse en  trifulcas. Al extraer la documentación de su cartera apareció el recordatorio de la primera comunión y un rosario, puesto que su apego a la vida golfa tampoco le privaba de cierta beatería con tintes supersticiosos. Detenido, pasó al menos por 2 checas, coincidiendo en una de ellas con el árbitro y posterior periodista Melcón. Cuando los “nacionales” entraron finalmente en la capital, el hecho de pasar varios meses por aquellas checas le otorgó, si no aureola heroica, al menos consideraciones de cautivo, víctima, en suma, de “las hordas rojas”, por emplear terminología de esa época. Nadie vio en él a un sospechoso y pudo continuar jugando en la Ferroviaria y Mallorca, ambos a lo largo del ejercicio 39-40. Otro gallo hubiese cantado si cualquiera se hubiese hecho con una imagen del día en que, muy serio, portaba el féretro de Alcántara, rodeado de puños cerrados.

La flor que tantas veces le sacó de apuros acabaría marchitándose. Convertido durante los duros años de hambruna en bohemio oportunista, si no en vagabundo, se dejaba car por los pelados campos de categoría regional, donde rara vez renunciaba a contar sus batallitas. Luego cualquier pista se desdibujó por completo, hasta que unos antiguos alumnos del colegio El Buen Consejo que los padres agustinos tenían Madrid, lo identificaron como el betunero de su infancia. Aquellos frailes lo había rescatado del completo desamparo y él se pagaba la caridad lustrando los zapatos del alumnado.

Otra foto, en cambio, estuvo a punto de costarle la vida a Isidro Lángara, ariete cuyos 17 goles en 12 partidos le permiten seguir ostentando la mejor media anotadora entre todos nuestros internacionales absolutos.

Aparecía fusil en mano, con uniforme de soldado y oteando la capital ovetense desde una posición elevada, en plena Revolución de Octubre. Puesto que era una instantánea con indudable interés deportivo, fue acogida en las páginas del semanario “As” que antes de la Guerra Civil editase Luis Montiel. Al ser Montiel hombre de ideología republicana, los vencedores le impidieron devolver “As” a los kioscos en 1939, y sólo su hijo Vicente logaría reeditar la cabecera, convertida en diario, transcurridos 28 años. Una imagen, aquella de Lángara, que bien pudiera haberse tragado el tiempo, y sin embargo alguien conservó vivamente en sus retinas.

Ya en plena Guerra Civil, saldría a relucir. Para muchos, el admirado ariete pasó de pronto a convertirse en opresor del pueblo, en un vendido a la oligarquía y tipo con quien se debía ajustar cuentas. Fue encerrado en el buque prisión “Cabo Quilates”, surto en la ría bilbaína, mientras resolvían qué hacer con él. Triste suerte por una foto de la que no cabía desprender ningún delito.

Lángara nunca quiso hablar sobre esa etapa de su vida, al menos fuera del ámbito más íntimo, acometido por el dolor y las humillaciones que le dedicasen sus carceleros, asturianos del Frente Popular. Pero según ciertos compañeros de exilio en Argentina y México, vio muy cerca la muerte, por más que su actuación durante la revuelta de octubre fuese idéntica a la de tantos soldados, cumpliendo el servicio militar. Suerte que tuviese buenos amigos, porque ellos, al movilizarse y dar la cara, le ahorraron un mal trance. El catalán Florenza, portero en el equipo asturiano, fue uno de los primeros en arrancarse, mediante escrito remitido desde Cataluña a los medios. De él nadie dudaba. No sólo vivía en zona republicana, sino que aceptaba alinearse desinteresadamente en cuantos partidos pro distintas causas gubernamentales era requerido. Su alegato, lógicamente, tuvo un gran peso. Poco después, el socialista asturiano Belarmino Tomás conseguiría trasladarlo a la cárcel de Larrínaga, donde el Partido Nacionalista Vasco ejercía un control más directo. La conformación del Euskadi, equipo propagandístico del P.N.V. compuesto mayoritariamente por internacionales españoles, vino a ser para él lo que un tablón al náufrago más desesperado. De la cárcel fue conducido a la casa del árbitro Iturralde y desde allí a un avión, rumbo a París, donde aguardaba el Racing parisino, primer rival del combinado vasco.

Esta foto de Isidro Lángara, tomada durante la Revolución de Octubre, a punto estuvo de costarle la vida en 1937. Sólo la decidida intervención de varios amigos le libró de ser linchado, como otros muchos compañeros de cautiverio, en los buques prisión surtos en la ría bilbaína.

Esta foto de Isidro Lángara, tomada durante la Revolución de Octubre, a punto estuvo de costarle la vida en 1937. Sólo la decidida intervención de varios amigos le libró de ser linchado, como otros muchos compañeros de cautiverio, en los buques prisión surtos en la ría bilbaína.

No ha de extrañar, por lo tanto, que cuando la Federación franquista enviase sus emisarios hasta Barbizon -punto donde el Euskadi se hallaba concentrado-, garantizando una total ausencia de represalias a cuantos emprendiesen el viaje de retorno a España, votase por seguir de gira, aun resultando ésta muy, pero que muy incierta. Demasiados compañeros de infortunio en el “Cabo Quilates” habían sido asesinados impunemente, como represalia a los bombardeos franquistas. Buena razón para huir de nuevos riesgos, en tanto las cosas se aclaraban.

A Francisco Florenza, en cambio (11-V-1912), su compañero del alma en Oviedo, buen guardameta y peluquero de señoras, aquella oportunísima defensa de Isidro Lángara no le ayudó mucho tras la derrota republicana. El ariete guipuzcoano al fin y al cabo era “un mal español”, alguien que “rechazó la mano tendida desde una España más grande y libre”, y “prefirió resolver su vida embarcándose en la aventura sin sentido de un puñado de separatistas rojos”, epítetos, todos ellos, dirigidos desde la prensa o supuestamente por boca de autoridades deportivas, a unos hombres para entonces abandonados a su suerte. Además había intervenido en partidos sin otro objeto que recaudar fondos para la República. ¿No fue de los que con el puño en alto dio la vuelta al campo, mientras el público arrojaba donativos sobre un manta, días después de que los nacionales hundiesen el buque “Konsomol”?. Se defendió asegurando que no tenía intención de integrarse en el ejército republicano, que de hecho lo cogieron cuando iba a escapar y que con mucha desgana se vio en el frente de Aragón, después de que le incautasen su peluquería femenina. El tribunal no se dio por convencido. Pesaba como prueba acusatoria su captura por los “nacionales” cuando se dirigía a la frontera francesa.

Fotomontaje del Oviedo correspondiente a 1935-36. Oscar (Nº1), Florenza (1B), Sirio (4), Casuco (7) y Lángara (9), sufrieron las consecuencias de aquella guerra. Oscar y Sirio en forma de severas represalias. Casuco con la pérdida de su vida. Florenza trotando por tres campos de prisioneros, cuya estancia hicieron breve sus buenas condiciones bajo el marco. Y Lángara con grave riesgo de muerte en el “Cabo Quilates”, embarque en la gira del Euskadi y largo exilio, cuando nadie hizo nada para permitirle entrenar en nuestro suelo, como tantas veces manifestó desearía, si federativamente se lo facilitasen.

Fotomontaje del Oviedo correspondiente a 1935-36. Oscar (Nº1), Florenza (1B), Sirio (4), Casuco (7) y Lángara (9), sufrieron las consecuencias de aquella guerra. Oscar y Sirio en forma de severas represalias. Casuco con la pérdida de su vida. Florenza trotando por tres campos de prisioneros, cuya estancia hicieron breve sus buenas condiciones bajo el marco. Y Lángara con grave riesgo de muerte en el “Cabo Quilates”, embarque en la gira del Euskadi y largo exilio, cuando nadie hizo nada para permitirle entrenar en nuestro suelo, como tantas veces manifestó desearía, si federativamente se lo facilitasen.

Enviado a los campos de concentración de Zaragoza y Miranda de Ebro, acabó en el de Labrit, próximo a Pamplona, al hallarse atestados los dos primeros. Allí les sugirieron la conveniencia de asistir a misa y comulgar, pues este tipo de actitudes eran muy tenidas en cuenta. Pero tanto él, como otros muchos, por simple rebeldía, quizás, no dieron su brazo a torcer. Tratando de no perder la forma, se ejercitaba a diario, y un día cierto oficial le dijo que le gustaban los deportistas porque eran gente sana. Sin pensárselo respondió que entonces podía hacer algo por él, enchufándole, cosa que sin duda hizo, porque a poco estaba en la intendencia del campo. Poco después un periodista estuvo dando vueltas por el recinto, charlando con unos y otros, interesándose por la identidad de los confinados. Se publicó en la prensa navarra que estaba allí, y entre que el jugador de Osasuna Julián Vergara era sargento en el campo, y la jefatura del mismo recaía en el oficial Panizo, osasunista de pro, acabó enrolado en el club pamplonés. Todavía era huésped del campo de prisioneros cuando defendió el portal navarro en San Sebastián y Zaragoza.

El fútbol y la amistad que trabase con Severino Goiburu (Osasuna, Barcelona, Valencia, Levante y Murcia) le redimieron. Aunque solo permaneciese en la plantilla de Osasuna el ejercicio 1939-40, tuvo de sobra para ennoviar con una navarra, casarse con ella, retornar a Oviedo (temporadas 40-41 y 41-42) y retirarse en la Cultural Leonesa, obteniendo 15.000 ptas. de ficha, la misma cantidad que lo cobrado en su mejor contrato con el Oviedo. Cifra nada desdeñable, puesto que Osasuna le había pagado menos y bastó para comprar a tocateja un chalé en la capital. Su buena cabeza y maña inversora hicieron de él un próspero hombre de negocios con alto sentido de la amistad.

Quien tiene un amigo posee un tesoro, reza el refrán. En tiempos tan dramáticos como el comprendido entre 1936 y 1939, a esos amigos, además, podía debérseles el mayor patrimonio del ser humano: la vida.

Palabras mayores.

Como el sagrado concepto de la verdadera amistad.

 

NOTA: Agradeceremos vivamente cualquier corrección, ampliación o comentario sobre el listado de bajas inserto en el primer artículo de esta serie, que contribuya a enriquecerlo. Pueden establecer contacto dirigiéndose a:

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