El fichaje de Di Stefano, como no nos lo contaron (3)

Subsanado el chapucero error de la Federación Española, al no haber gestionado el transfer internacional desde la Colombiana, el 16 de noviembre de 1953 se procedió al registro de Alfredo Stefano Di Stéfano Laulhe en el libro de incorporaciones procedentes del exterior. Era, según nuestro órgano federativo, el foráneo N.º 101 desde que el deporte rey luciera galas de profesional(1), conforme acredita el recorte adjunto. El francés Charles Ducasse Duperou, o el neerlandés Servaas Wilkes Laarts, “indultados” por la Delegación Nacional de Deportes en el mismo momento que el argentino y atendiendo a idénticas razones, fueron incluidos en el mencionado libro con fecha 15 de setiembre de 1953, asignándoseles los ordinales 86 y 91, respectivamente. De ello se infiere que alguien, en aquella Federación, era conocedor de la anomalía en que el futbolista argentino se encontraba mientras lucía sobre el césped la camiseta blanca. Porque para el 15 de noviembre, es decir un día después de que nuestra Federación y la Asociación del Fútbol Colombiano firmaran la paz, Di Stéfano además de intervenir en el Campeonato de Liga, había anotado varios goles, dos de ellos ante el Barcelona el 25 de octubre. Por resumir, la “Saeta Rubia” jugaba ilegalmente. Poseía ficha federativa, es cierto, pera ésta se la diligenciaron sin el imprescindible transfer internacional, contraviniendo la doctrina común de F.I.F.A. y U.E.F.A. Un pulcro funcionario sacaba los colores a su propio presidente y cúpula directiva, haciendo gala de enorme celo.

Apunte en el registro federativo de jugadores extranjeros. Di Stéfano fue dado de alta el 16 de noviembre de 1953, tras recibir el transfer internacional. Curiosamente, antes de que eso ocurriera ya había debutado en el Campeonato de Liga. Demostración explícita de que nadie dio una a derechas.

Huelga añadir que ambos órganos supranacionales, sorprendidos in fraganti, optaron por actuar como los tres monos budistas: nada vieron, nada oyeron y, consecuentemente, nada dijeron. Di Stéfano ya era jugador “merengue” con todas las de la ley. Y eso, al margen de otras cuestiones esbozadas en el capítulo precedente, gracias el músculo financiero de que el Real Madrid hacía gala en esa época.

Según el celebrado periodista Rafael Gómez Redondo, habitualmente emboscado tras el seudónimo de “Rienzi”, la entidad madrileña disponía de 20 millones de ptas. en su cuenta corriente, gracias a la enorme capacidad de su nuevo estadio. El Barcelona, en cambio, colgando el cartel de “No hay billetes” en sus taquillas, tan sólo era capaz de albergar a 45.000 almas en Las Corts; la mitad de lo que Chamartín acogía en tardes de llenazo. Convendrá recordar que los ingresos del fútbol, entonces, dependían casi exclusivamente del paso por taquilla. Sin esponsorizaciones ni “merchandising”, cuando la publicidad estática en el mejor de los casos daba para sufragar luz, agua y salarios del jardinero, y en tanto la televisión apenas pespunteara alguna retransmisión de prueba, quien contase con más capacidad en su estadio y fuere capaz de llenarlo, vivía en la abundancia. Kubala se bastaba solito para llenar el vetusto escenario de Las Corts. Alfredo Di Stéfano, como tantas veces se ha repetido, iba a ser quien se encargara de arrastrar una auténtica marea humana, domingo tras domingo, hasta el paseo de La Castellana. Desde tal perspectiva, quien inclinó a su favor el duelo en lo puramente económico, fue el Real Madrid. Y además desde el primer momento. Si los graderíos de Las Corts hubiesen podido contener a 55 ó 65.000 feligreses, también Ladislao Kubala, al menos mientras se hallara en plenitud, hubiera podido atiborrarlos. Pero los estadios no se levantan de un día para otro, y además cuestan muchos millones.

El caso es que si en verdad hubo envidias o muestras de descontento en la plantilla blanca, como se apuntara desde las páginas del barcelonés “Dicen”, estas abortaron en cuanto el argentino fue aproximándose a un óptimo estado físico. Cobraba muchísimo, claro. Doblaba, y en el futuro casi triplicaría las fichas de otras estrellas madridistas. Pero a tenor de su rendimiento, era preciso estar loco para acusarle de aprovechado, o aporrear la puerta del despacho presidencial en demanda de emolumentos similares. Bien al contrario, gracias a tan soberbias liquidaciones de taquilla, el Real Madrid pudo incorporar a estrellas internacionales del máximo nivel, captar a prometedores productos del país, y mejorar fichas a casi todos los miembros de su vestuario. Di Stéfano fue transformado un buen equipo hasta convertirlo en uno de los grandes Europa, quizás el más grande, mientras el continente renacía tras el azote bélico. Lejos de sembrar rencillas por culpa del vil metal, su llegada se tradujo en más victorias y consiguientemente mejores devengos en primas, mensualidades y renovaciones contractuales. Si alguien mantuvo dudabas acerca de lo que pudiera aportar futbolísticamente, la fuerza de los hechos se impuso en seguida, acallando incluso a los más exigentes.

Quien en ese momento presidía el Club Atlético River Plate, D. Enrique Pardo, ya anticipó lo que todo el mundo iba a ver en seguida, cuando la “Saeta Rubia” acababa de enfundarse la camiseta “merengue”. Había viajado a Santa Fe, donde se inauguraba una filial de la Asociación Cinematográfica Argentina, cuando un periodista local apellidado Graells y firmante como “Toton”, le preguntó si creía que el juego del argentino en el Madrid estaría a la altura del desplegado por Kubala en el Barcelona. Y la respuesta del Sr. Pardo, tal como fue recogida en el medio santafefino “Club”, fue categórica: “Más. Creo firmemente que Alfredo resultará, a poco que recupere su forma normal, puede que algo perjudicada ahora por falta de fútbol, todo un suceso en España. De acuerdo a lo que los muchachos que lo han visto jugar en Colombia me cuentan, es ahora Di Stéfano más jugador que cuando vestía nuestra camisola. Su juego, que antes se caracterizaba por una velocidad endemoniada; su gambeta a toda carrera y sus fulminantes chuts, se ha visto enriquecido por una mayor dote organizadora, por una mayor dosis de juego cerebral”.

El entrevistador también quiso conocer su opinión acerca de algo a lo que nuestra prensa dedicó apenas algún sueltecillo escondido: el teórico interés madridista por Walter Gómez, delantero centro del River, sobre quien se contaban maravillas. Otra serpiente veraniega, quizás. O contribución gratuita a la deferencia presidencial, si es que Enrique Pardo planeaba volver a hacer caja a este lado del océano. El mandatario riverplatense no quiso entrar en comparaciones, aunque tampoco desdeñó la ocasión de alabar su mercancía más fresca:

“Los dos son extraordinarios, aunque de distinta modalidad. El rendimiento de un jugador en el centro de la delantera depende muchas veces del juego de los compañeros. Sin conocer la actual alineación del Madrid, me resulta imposible decirle qué modalidad pudiera ser más beneficiosa para el equipo, si la de Walter Gómez o la de Di Stéfano. Pero ambos, le repito, son extraordinarios”.

La prensa madrileña recogió así los primeros días del argentino en Chamartín.

Por nuestros pagos, distintos medios de información, y en especial los madrileños, celebraban que después de tanto ajetreo el argentino gozara de 4 años contractuales en el club de Santiago Bernabéu. En su edición del 2 de noviembre de 1953, la “Hoja del Lunes” titulaba: “La saeta rubia jugará cuatro años seguidos en el Real Madrid”. Y el redactor firmante como “Eme-Erre” arrancaba su entrevista con música de violines: “Alfredo Di Stéfano, el gran triunfador de estas dos últimas jornadas, en las que ha totalizado cinco goles, no oculta su satisfacción, no tanto por su triunfo personal como por el que su actividad ha deparado al club. Recibe las felicitaciones modestamente, como si se tratara de un deber cumplido y convencido de que en esta difícil victoria no ha sido más que una pieza de ese perfecto engranaje que es ahora el equipo del Madrid. El cronista pregunta al popular jugador qué impresión le han producido las cerradas ovaciones con que el público ha recibido esos dos goles formidables. El que marcó el domingo anterior al Barcelona y el que consiguió ayer frente al Atlético”.

Di Stéfano respondía que las galopadas a la contra eran su jugada predilecta, la que realizaba con mayor facilidad, y a tenor de su acogida entusiasta desde la grada, las que se proponía repetir en cuanto advirtiera la más mínima oportunidad. Luego se arrancaba a perorar, por demás satisfecho: “Esos cuatro años seguidos que voy a jugar en el Madrid representan para mí la meta de todas mis aspiraciones, porque ya vi, tanto aquí como en Bogotá y en Caracas, cuál es la trayectoria, la solvencia moral y seriedad de este club de caballeros al que estoy ligado, y a cuyo servicio he de dedicar todo mi rendimiento y entusiasmo. Le ruego diga a sus lectores que estoy encantado con todos mis compañeros de equipo, a los que admiro y considero, no solamente como excepcionales jugadores que son, sino por las deferencias que me guardan. Era muy difícil para mí encajar en ese perfecto equipo que es el Madrid actual, y es más de agradecer esa solidaridad y esa decidida colaboración, que tantas oportunidades de lucimiento vienen brindándome. Por eso no oculto mi satisfacción ante los dos éxitos conseguidos, que nos permiten mantener la preponderancia en un torneo tan largo y difícil como es la liga española”.

Para remate, el florilegio de artista en tournée estival por provincias, donde el público de cada urbe es sempiternamente el más cordial, docto y agradecido, ante cuantos actuara en toda su trayectoria profesional:

“Lo mejor de mi vida deportiva ha transcurrido en mi club de origen, River Plate de Buenos Aires, y posteriormente en Millonarios de Bogotá. Pues bien, creo que el Madrid supera a ambos por su perfecta organización, y sobre todo por las consideraciones que constantemente observan sus dirigentes para con los jugadores. Don Santiago Bernabéu se comporta paternalmente con todos nosotros, y creo que es un modelo de presidentes. También quiero que destaque la fraternal amistad que me une a don Raimundo Saporta. Y porque ellos se lo merecen y porque estoy obligado a la afición madrileña, es por lo que reitero la firme decisión de no escatimar mi fuerza para el engrandecimiento del Madrid. Creo que estos cuatro años van a ser los mejores de mi vida futbolística”.

Cabría apuntar que con el tiempo a Di Stéfano se le fue agriando el carácter, y quizás por ello pasó de la gentil perorata al monosílabo y las respuestas con retranca. Pero algo parece aflorar tras tanto piropo a la “casa blanca”. Algo muy semejante al escozor de una llaga en proceso de cicatrización. Al mensaje en morse, dirigido a quienes en Barcelona no supieran o quisieron mostrarse a la altura. Una especie de “ahí tenéis; mirad lo que habéis perdido”.

También en otros momentos de su carrera dejó testimonios o reflexiones de parecida índole. A Rafael Lorente, autor de “Di Stéfano cuenta su vida”, le regaló esta disertación sobre un punto que en su día lo enojara profundamente:

“Para mí la cosa está bastante clara; el Madrid se interesó por mí antes que el Barcelona. De aquí -y más aún teniendo en cuenta las fraternales relaciones entre sus directivos y los de Millonarios, y el cariño de la población bogotana hacia el club blanco-, que Millonarios se mantuviera firme frente a las sugerencias de la directiva catalana. De otra parte, el Barcelona empezó a echarse atrás, tal vez pensando que teniendo como tenían asegurado el lleno en un estadio como Las Corts, con capacidad para 45.000 espectadores, en realidad no necesitaban de mi concurso. Así pues, el señor Martí y sus colaboradores debieron pensar que, existiendo dificultades y desembolsos a realizar y no ofreciendo, en cambio, ninguna ventaja de tipo financiero, la mejor solución era que me fuese al Juventus”.

Por ampliar el panorama, conviene aclarar que el ariete todoterreno del Real Madrid también obtuvo un buen rédito contable de su temporadita en la ciudad condal. Porque el día 22 de diciembre de 1955 le llovieron desde allí una buena suma de billetes.

Las 8 series del cuarto premio en la lotería navideña, vendido en la administración N.º 6 de la Rambla de las Flores, habían ido a parar a una fábrica textil vallesana. Antonio Tamburini, uno de sus gerentes, era hombre conocidísimo en los ambientes deportivos barcelonenses, como corresponde a quien fuera presidente del Centro de Deportes Sabadell, además de directivo en el C. F. Barcelona y la Federación Catalana de Fútbol. En total, 24 millones a repartir entre 170 empleados, mediante participaciones de 5 ptas. destinadas a los “productores” -eufemismo con que el régimen pretendía desterrar el concepto “obrero”, tan asociado otrora al rojerío y la desestabilización-, y de cantidades algo mayores para empleados de oficina y encargados de sección, hasta alcanzar el boleto de a 100. Naturalmente, la familia Tamburini se reservó unos cuantos décimos para compromisos y como apuesta personal. “En el taller, pese a la comprensible alegría producida por el premio, no se interrumpió la actividad -explicaba la prensa, en sintonía con los valores sacralizados por el régimen: trabajo, honradez, sacrificio y respeto al orden establecido-. Se reanudó la jornada de tarde sin ninguna novedad”. También con evidente intención, consignaban los medios que “varias muchachas de la sección de cosedoras estaban ahorrando para contraer matrimonio, y ahora, gracias al dinero que les ha correspondido, aseguran podrán hacerlo en seguida”.

Entre las amistades de los señores Tamburini -Antonio y José- se hallaba Alfredo Di Stéfano, a quien conocieron durante los días de ida y vuelta Madrid-Barcelona, en tanto se dilucidaba si el argentino vestiría de azulgrana o con camiseta y pantalón blanco. Y puesto que la amistad, afortunadamente, no acostumbra a discriminar por colores, los Tamburini y la “Saeta” intercambiaron un décimo, siguiendo principios de elemental etiqueta. Para Di Stéfano, 300.000 ptas. del ala. “Después de esta jugada cabe asegurar que su estancia en España está resultándole de lo más ventajosa”, bromeó la prensa.

Alfredo Di Stéfano sí se vio favorecido por los niños de San Ildefonso, aquel diciembre de 1955.

Trescientas mil pesetas era más de lo que cobraban en concepto de ficha anual casi todos los astros de nuestra 1ª División. Eulogio Martínez, por ejemplo, auténtico abrelatas “culé”, había suscrito 250.000. Villaverde, excelente extremo blaugrana, quedaba bastante por debajo. “Piru” Gainza, pese a sus 15 años de excelentes servicios, se hubiera dado por satisfecho con la mitad. Campanal, secante tan espléndido como poderoso en el Sevilla, necesitaba año y medio largo para juntar la cifra. Héctor Rial, cuyas botas pespunteaban el ataque “merengue” por la banda izquierda, sólo iba a alcanzarlas más adelante. Ni siquiera Gento, futbolista español mejor pegado a partir de 1961, valía tanto por contrato. Trescientas mil pesetas representaban un capitalazo, habida cuenta que los pisos “rematados a todo confort” en el Madrid creciente, Castellana arriba, podían adquirirse por 360.000, e incluso algo menos.

Digresiones aparte, con ganas de revancha o sin atisbo de inquina hacia el equipo de Kubala, Alfredo Di Stéfano logró engrandecer la historia del club “merengue”, al tiempo que situaba en primer plano internacional a nuestro fútbol. Y por ende, habría de propiciar un vuelco antológico al medallero doméstico.

Desde 1929 hasta 1953, cuando el argentino hiciera su presentación como jugador blanco, el club capitalino tan sólo había ganado un par de Ligas, sobre 21disputadas. Y ambas, además, las correspondientes a 1931-32 y 32-33, antes de la Guerra Civil. Durante el franquismo, pese a que todavía haya quien considere a la entidad “merengue” -sin mucho sustento- “equipo del Régimen”, no se había estrenado, en buena medida porque la construcción de su imponente campo se tradujo en un adelgazamiento hasta la anorexia de partidas tan vitales como fichajes y salarios. El Barcelona, por el contrario, atesoraba 6 triunfos ligueros (1928-29, 1944-45, 47-48, 48-49, 1951-52 y 52-53). Por cuanto a la Copa española, el Madrid conquistó 9, de ellas 7 antes del estallido bélico (1905, 1906, 1907, 1908, 1917, 1934 y 1936), y sólo dos tras la victoria franquista (1946 y 1947). También en este capítulo vencía el Barcelona, con 8 títulos prebélicos (1910, 1912, 1913, 1920, 1922, 1925, 1926 y 1928), más otros cuatro trofeos recibidos de manos del general gallego (1942, 1951, 1952 y 1953).Además, los de la ciudad condal contaban en sus vitrinas con los tres trofeos de la Copa Eva Duarte de Perón, correspondientes a 1948-49, 1951-52 y 52-53.

Desde la irrupción de Di Stéfano, hasta que durante el verano de 1964 partiese con rumbo al campo de Sarriá con cajas destempladas, sintiéndose traicionado por Santiago Bernabéu ante su negativa arenovarle, los “merengues” celebraron 8 Campeonatos de Liga, uno de Copa, 5 Copas de Europa consecutivas y sendos entorchados menores, como la Copa Latinas (2 veces) y la Pequeña Copa del Mundo (en una ocasión). La entidad azulgrana se alzó con dos Ligas (1958-59 y 59-60), 3 ediciones de Copa (1956-57, 58-59 y 62-63) y 2 de la Copa de Ferias (1958 y 1960).

En resumen, hasta Di Stéfano el club madrileño presumía de 11 títulos prestigiosos, en tanto el Barcelona lo hacía de 21. En las once temporadas siguientes, la afición “merengue” tuvo 17 grandes motivos de celebración, por tan sólo 7 la “culé”. Y además, a lo largo de esos once años el Real Madrid elevó su caché para exhibiciones y partidos amistosos, con la lógica repercusión en su contabilidad. El Barcelona, por contra, impelido a levantar un estadio garante de mejores ingresos, tuvo que recurrir a créditos y dolorosas liquidaciones. Luis Suárez, quizás el mejor futbolista europeo en su posición iniciándose los 60, fue traspasado al “Calcio” por 25 millones de ptas., cifra nunca abonada hasta entonces en el universo balompédico. Dinero que si vino muy bien para aligerar la deuda, en lo deportivo representó un lastre plúmbeo. A lo largo de los siguientes 20 años, tan sólo celebraron un título liguero en la primavera de 1974, cinco de Copa y uno de la Copa de Ferias. El Real Madrid revalidó otro de la Copa de Europa, 10 de Liga y 3 de Copa. Si en la Copa doméstica los azulgrana seguían llevando ventaja, cabría decir que los torneos de Liga llevaban divisa blanca.

El francés Kopa y Di Stéfano en el despacho de Santiago Bernabéu. Días de gloria para el Real Madrid.

En gran medida, ese nadar madrileño a favor de corriente se justificaba en lo que Alfredo Di Stéfano había hecho del Real Madrid. Porque la entidad continuaba a su rebufo. Al decir de veteranos seguidores “merengues”, desde Juan Antonio Ipiña el equipo no tuvo un líder tan carismático, respetado y con mando en plaza, como llegó a ser Di Stéfano. Su carácter ganador, ambición, espíritu de lucha e incluso mala uva cuando era preciso esparcir sermones, contagió a todo el vestuario, hasta el punto de convertir ese modo de entender el fútbol en seña identitaria. Si hacía falta bajar los humos de alguien, ejercía como deshollinador. Si tocaba aplicar sermones, los impartía en público y a la cara. Mal que le pesase, hasta reconocía méritos ajenos, incluso si el emérito llevaba la camiseta adversaria. También era hombre dado a tomar ojerizas. Y en lo tocante a lucir cresta o espolones, no toleraba a ningún otro gallo en “su” corral. Distintas anécdotas ilustran de sobra cuanto antecede. Para muestra, vayan unos botones.

La temporada 1959-60 el Real Madrid se hizo con los servicios de dos brasileños: Darcy Silveira dos Santos, para las alineaciones “Canario”, y Waldir Pereira, el “Didí” bicampeón mundial con la “canarinha”. Al primero le colocó el mote de “Pajarito” tan pronto se lo presentaran, y así habrían de dirigirse a él, amistosamente, los demás miembros de la plantilla. “Canario” era un extremo clásico, veloz y con regate, acostumbrado en su país a intervenir poco en el juego de conjunto mientras no le pasaran balones. Con la pelota en el pie, sin embargo, partía como una flecha por su banda, recortaba al defensa lateral y si no concluía él mismo la jugada, enviaba excelentes servicios entre el punto de penalti y el segundo poste. A Di Stéfano le exasperaban sus eclipses parciales y una tarde, viéndole tan tranquilo mientras los adversarios movían el balón, le gritó: “Pajarito, aquí corremos todos; te quiero transpirando ahora mismo”. “Canario” completó tres campañas en Madrid, de ellas la segunda con rendimiento más aceptable (6 goles en 19 partidos), y la última, estando ya sentenciado, apenas testimonial (4 partidos y ningún gol). Cuajó en cambio un año excelente en el Sevilla (5 goles en 30 partidos), pero donde habría de dejar huella imperecedera fue en Zaragoza, componiendo junto al tinerfeño Santos, el ferrolano Marcelino, el interior izquierdo Juan Manuel Villa, otrora canterano madridista, y el aragonés Carlos Lapetra, un quinteto atacante de devocionario, bautizado como “Los Cinco Magníficos”.

Con “Didí” las tuvo muchísimo más tiesas. El mago “da folha seca” tenía lo que el astro argentino nunca pudo alcanzar: un título mundial. Y además estaba casado con una mujer de rompe y rasga, de las que no se achantan ni bailan el agua a nadie. El inevitable choque de trenes tuvo lugar en seguida, y “Didí” salió perjudicado. Sus 19 partidos de Liga con 6 goles, unidos al boicot de “La Saeta” y el repetido consejo de su propia esposa sobre la conveniencia de cruzar nuevamente el charco, sirvieron de preámbulo a su elegante despedida. Como el caballero que era, fue estrechando manos en el vestuario, entre buenos deseos y palabras de agradecimiento, mientras observaba a Di Stéfano haciéndose el desentendido, botas en mano. Por no forzar la situación, el brasileño le dirigió la palabra desde cierta distancia: “A tí, Alfredo, te veré en Chile. Puede que incluso nos enfrentemos en el Mundial”. A lo que el argentino replicó, desabridamente: “Tú no irás. Estás acabado y van a dejarte en tierra”. “Didí” abandonó el vestuario, contrito, aunque sin perder los papeles, entre el silencio general. Luego, en Chile, la selección española del para entonces nacionalizado Di Stéfano cayó ante Brasil. El argentino ni siquiera pudo disputar un minuto, al hallarse lesionado. Y “Didí”, pocas semanas antes de cumplir 34 años, volvía a levantar el trofeo de campeón.

Amancio Amaro recibió una buena lección del para entonces mito “merengue”, en su debut con el Real Madrid. Y supo aprovecharla.

Ese mismo año (1962), Amancio Amaro cambiaba la camiseta blanquiazul del Deportivo de la Coruña por el merengue madridista, y el día de su debut, en un amistoso veraniego, estaba dispuesto a hacerse respetar por los José Emilio Santamaría, Puskas, Evaristo de Macedo, Tejada, Paco Gento, Lucien Müller, Vicente Train, y demás estrellas. Los 25 goles de su temporada anterior, bien es cierto que anotados en 2ª, unidos al hecho de que pujaran por él hasta seis equipos de 1ª, le tenían subidito. Desconocía que el para entonces ya veterano argentino hubiera transmitido órdenes muy concretas al utillero. Y cayó en la trampa, al ver que su camiseta era la única sin escudo. Protestó con malos modos, arguyendo que no tenía por qué aguantar novatadas, siendo todos lo bastante mayorcitos. Di Stéfano se plantó ante él, desgranando tranquilamente: “Chaval, para lucir el escudo del Madrid primero hay que sudar mucho esa camiseta. Demuestra sobre la cancha lo que vales y gánate el escudo. Tampoco estaría mal que empieces por respetar a tus mayores. Aquí lo hacemos”. Amancio enmudeció. Luego, sobre el césped, derrochó esfuerzo, arte y pundonor muchísimas tardes, hasta convertirse en mito de la entidad, festejar triunfos y suceder a su maestro como presidente honorario.

Al torrelaveguense Pachín (Enrique Pérez Díez) tampoco le faltaban motivos de agradecimiento a “La Saeta”. Tras hacer gala de un enorme despliegue físico en el Burgos, pudo debutar entre los grandes con el pamplonés Club Atlético Osasuna, cuando sólo contaba 19 años. Un día, Sabino Barinaga, entrenador “rojillo”, le anunció que iba a marcar a Puskas en la inmediata visita del Real Madrid. “Aquella noche no pude dormir -recordó el cántabro a menudo-. Marcar a un mito, a un Dios del fútbol. El domingo por la mañana me acerqué hasta el Hotel Tres Reyes, en el parque de La Taconera, donde se alojaban los campeonísimos, y vi al húngaro sentado ante un velador mientras tomaba un refresco. Me pareció gordo y viejo, así que pensé: con éste no tengo ni para empezar; es cosa hecha. Llegó el partido y aquel gordito, a quien me pegaba en cuanto pisaba el área, de pronto desaparecía como por arte de magia. Con ese sprint suyo de ocho o diez metros, el puñetero alcanzaba la posición de remate mientras yo lo miraba embobado. Así una vez, otra y otra. Durante el descanso Barinaga cambió los marcajes, encargándome de secar a Di Stéfano; a ver si así tenemos mas suerte, dijo. Y en efecto, todo cambió para mí. Me iban más las carreras continuas que esos sprints de ciclista, de modo que apenas le dejé hacer nada. Luego en la prensa nacional saldría que el marcaje de Pachín anuló por completo a la estrella blanca. El caso es que tras el pitido final, camino de la caseta, Di Stéfano me preguntó si alguna vez pensaba en fichar por el Madrid. Convencido de que pretendía tomarme el pelo, picado quizás por mi marcaje, le dije que naturalmente; que yo y cualquier otro; que a ver si me creía tonto perdido. Y entonces va él y para mi asombro, me dice muy serio: Pues a lo mejor tienes noticias. Pasaron los meses y cuando ya ni me acordaba de aquel partido, recibo un aviso para subir hasta la secretaría de Osasuna, donde me aseguran que el Madrid acababa de hacerles una oferta por mi traspaso. Puesto que ambas directivas se entendieron, yo acabé allí, y durante el primer día de entrenamiento Di Stéfano se me acerca y con ese tono suyo, que no sabes si habla en serio o te toma el pelo, me dice: Bueno, pues ya estás en el Madrid, como querías. Ahora ni se te ocurra dejarme mal, porque he movido muchos hilos para traerte acá. Has de jugar cada partido como si fuera el último de tu vida, pensando que en este equipo todos entramos por la puerta, pero muchos salieron por la ventana”.

Pachín permaneció en la casa blanca hasta 1968, cuando después de varias lesiones y pérdidas de titularidad halló acomodo en el Real Betis, por esa época en 2ª División. Fue 7 veces campeón de Liga y una, respectivamente, de Copa, Copa de Europa y Copa Intercontinental.

El trubieco Rafael García Martínez, para el fútbol “Falín”, sin embargo tenía motivos de resquemor. Máxime porque su desencuentro con Di Stéfano obedeció a una completa estupidez.

Tras darse a valer con el Vetusta entre 1946 y 1948, fue incorporado al primer equipo ovetense, rindiendo a plena satisfacción durante 12 campañas. Era hermano del extremo internacional Emilín, por lo que el fútbol en aquel domicilio, cuyo páter familia ejercía como jefe de estación en el ferrocarril Vasco-Asturiano, casi se sorbía del biberón. Cumplida la treintena, y no sin sorpresa, el Real Madrid decidió ficharlo a razón de 125.000 ptas. anuales, sueldos y primas aparte. Dinero de 1958, cuando un maestro con plaza en propiedad liquidaba 23.400 brutas por año, y los empleados de banca alrededor de 1.400 mensuales netas, sin antigüedad ni pluses de ayuda familiar. Pero se le hizo noche cerrada en la “casa blanca” cuando tuvo con el argentino un choque verbal, mientras el tren expreso conducía a la plantilla hacia Oviedo, donde iban a disputar el inmediato partido. Don Alfredo vio a unas mujeres con zuecos en el andén de una estación, y de inmediato inquirió al asturiano, con sorna: “¿Qué país éste, donde la gente una zapatos de madera?. ¡Andá que no estáis atrasados acá!”. Y Falín, a quien Di Stéfano se le antojaba un soberbio desde que ambos se midieran bajo distintos pabellones, le respondió despreciativamente: “Este país es el que a ti te quitó las plumas y el taparrabos”. Desde ese momento la relación entre ambos fue malísima, sentenciando al centrocampista, que apenas tuvo ocasión de estrenarse durante sus dos años de contrato. Había sido internacional “B” en dos ocasiones, cosechando sendas victorias, y todavía antes de colgar las botas disputó otro torneo con La Felguera, en 3ª División. Luego, por matar el gusanillo, dirigiría desde el banquillo a clubes modestos de la región asturiana, tanto en 3ª como en categoría Regional.

Personaje contradictorio, Alfredo Di Stéfano, con virtudes y defectos, filias y fobias, a menudo impaciente, cariñoso a veces, intolerante si estaba de mal humor, socarrón en cuanto se desprendía de su coraza, exasperante, diplomático en ocasiones solemnes… Y sobre todo agradecido al fútbol y a la vida, como evidenciara aquella inscripción bajo la pelota de piedra que hizo instalar ante su vivienda: “Gracias, vieja”.

Del césped al celuloide. Los avispados productores de cine, cuando en nuestro país existía una próspera industria del entretenimiento, no podían pasar de largo ante la oportunidad de sumar algunos millones convirtiendo en “actor” a la “Saeta Rubia”.

Mientras Di Stéfano triunfaba a lo grande, protagonizando películas, cediendo su imagen publicitaria a un fabricante de medias femeninas, convirtiéndose en el futbolista mejor pagado de España para envidia de tantos compatriotas que a duras penas llegaban a fin de mes, sin concederse al menor capricho, la suerte de quienes le acompañaran en su deserción colombiana fue variopinta. Unos regresaron a sus clubes de origen, otros apostaron por continuar en el país, encontrándose con que el invento, sumido ya en la precariedad ante vuelo de sus más llamativas estrellas, apuntaba hacia el naufragio. Y los menos habrían de purgar cuando al comparecer por las entidades que dejaran empantanadas, se les dispensaba trato de apestados.

Algo de eso le sucedió a Máximo Mosquera Zegarra, en su país apodado “Vides”, interior izquierdo de raza negra con clase desbordante, uno de los que como Di Stéfano también diera la espantada en Colombia, aprovechando un permiso de Navidades, y que andado el tiempo habrían de ver en España los asistentes a campos de 2ª División.

Mosquera, hermano de otros dos internacionales peruanos y tío de un tercero, debutó a lo grande con 17 años, ante el Sport Boys, de El Callao, celebrando dos goles en su presentación. Estrella del Deportivo Municipal, en 1949 acompañó a Colombia a sus compañeros Valeriano López y Guillermo Barbadillo. Tras dos temporadas en el Deportivo Cali, conocido por esa época como “El Rodillo Negro”, y no viendo muy claro el horizonte luego de suscribirse el Pacto de Lima, en 1951 desanduvo caminos para regresar al Municipal, encontrándose con una afición de uñas, dispuesta a hacerle pagar la deserción. De modo que las siguientes cuatro temporadas las disputó con el Alianza de Lima, otra vez al lado de Barbadillo y Valeriano López, alzándose con los títulos nacionales de 1954 y 1955, además de proclamarse máximo goleador en este último. Para estrenar la treintena quiso cambiar de aires, en el recientemente fundado Sporting Cristal, donde le aguardaba un nuevo festejo por el título liguero. Su última campaña peruana la completó en el Alianza de Lima, a punto de cumplir 35 años, entonces edad a la que pocos seguían en activo. Pero él no estaba dispuesto a colgar las botas. Bien al contrario, cuando un intermediario se ofreció a colocarlo en España, no se lo pensó. Le dijo que iba a Mallorca, dando a entender que su destino era el equipo bermellón, aunque en realidad se trataba del más modesto Atlético Baleares, entonces en 2ª. Como rubricara 10 goles en 20 partidos, y pese a su lentitud impartiera clases doctorales de técnica y colocación, suscribió otro compromiso con el Cádiz C. F., igualmente en 2ª, para las campañas 1962-63 y 63-64. Lo de la “Tacita de Plata” ya fue para no olvidar.

De inmediato empatizó con los gaditanos. Su carácter llano, afable y modesto, su paciente modo de atender a la chiquillería, para quienes un futbolista negro constituía enorme novedad, y hasta su rendimiento inicial en el estadio Carranza, mientras el calor se imponía a la húmeda brisa del estrecho, hicieron de él casi una atracción turística. Luego, cuando arreciara el viento de levante, el frío invernal, según su propia calificación, pareció venirse abajo, aunque siguiera anotando goles. Dejó un registro de 7, en 17 partidos, y enseñó a una generación de espectadores cómo se controlan balones, se dribla al adversario, se lanzan los golpes francos y crea peligro, corriendo lo imprescindible. A tal punto llegó su popularidad que durante los carnavales de 1963 la comparsa “Los Dandys Negros”, de Enrique Villegas, le dedicó una murga con este estribillo: “Mosquera, Mosquera, métete otro gol que vamos a Primera…, Mosquera…, a Primera División, já, já, já,”.

Consciente de que se le atragantaban la fuerza y velocidad del fútbol europeo, y no digamos la agresividad rayana en violencia de aquella categoría de plata, durante el verano de 1963 renunció a su segundo año de contrato, dejando tras sí un rastro de bonhomía y naturalidad, dudas acerca de la documentación aportada y varias anécdotas jugosas. A Perú se llevó una hija gaditana.

Las dudas documentales se justifican en que nuestra Federación lo inscribiera como Español-Peruano, es decir como oriundo, el 13 de setiembre de 1961, con el número registral 257. Y que aportara como año de alumbramiento 1934. O lo que es lo mismo, fingiendo seis años menos. La normativa que consideraba “extranjeros” a los hijos de padres o abuelos españoles con presencias internacionales en cualquier otra selección, no entró en vigor hasta 1962. Pero, ¿realmente existían ancestros españoles en el árbol genealógico de la familia Mosquera, sin remontarnos a Francisco Pizarro?. Si alguien alteró sus papeles para regalarle juventud, ¿no pudo hacer otro tanto, en aras de su españolidad?

Entre las anécdotas que sobre él se narran, quizás la más chispeante tiene como protagonista al fuerte ventarrón que tanto le molestara. Llegó tomarle el punto de tal modo, como para servirse de él en los lanzamientos a balón parado. Fue su secreto durante dos o tres meses, hasta que él mismo lo descubriera cuando desde el graderío, al no haberse alineado, llamó a gritos a su compañero lanzador, tan pronto el árbitro pitase un libre directo. Como entre el espeso murmullo no pudiera hacerse oír, otros muchos espectadores tuvieron que unir sus voces hasta que el futbolista gaditano, entre el asombro general, corriera hacia la banda. Entonces Mosquera le ordenó: “¿Ves la tercera letra de ese cartel? El de que está a la derecha de la portería, ¿la ves?. Pues apunta a ella y aplícala fuerte”. El aludido le miraba sin entender nada, así que Mosquera insistió: “A la tercera letra; dispara a la tercera letra y el viento se va a encargar del resto”. Sin tenerlas todas consigo, el encargado del lanzamiento puso su punto de mira en el rótulo publicitario, tomó carrera y, para su asombro, fue gol. El viento, arrastrando al esférico hasta hacerle dibujar una parábola perfecta, se erigió en goleador esa tarde. Los espectadores más próximos al peruano lo abrazaron, alborozados, como si desde fuera del rectángulo su magnífica zurda hubiera impulsado aquel balón…

Este repaso quedaría cojo sin algún apunte a vuelapluma sobre el único personaje directamente concernido, y hasta ahora sin reflejo. El presidente federativo que facilitó la alineación de Di Stéfano -quizás de forma inconsciente-, merced a la ficha que sus subordinados le diligenciaran sin el preceptivo transfer internacional. Tan sólo ocupó dos años la poltrona; dos ejercicios a todas luces excesivos.

Sancho Dávila y Fernández de Celis, natural de Cádiz (5 de junio de 1905), nobilísimo de cuna y en su juventud con marcada tendencia a enredarse en pleitos, fue político falangista cuyo destacado rol durante el periodo guerra civilista lo convirtió en hombre influyente tras el parte triunfal fechado en Burgos. Al menos hasta que Franco se sintió seguro en su papel de generalísimo. Primo de José Antonio Primo de Rivera, en 1933 se le encomendó expandir el falangismo por Andalucía occidental, convirtiéndose al cabo de unos meses en máxima autoridad andaluza para los de camisa azul. Detenido en agosto de 1935, cuando tras el asesinato en Sevilla del falangista Antonio Corpas sus correligionarios se vengaran, acribillando a balazos el local de la Unión de Sindicatos en la capital hispalense, con el saldo de dos fallecidos, trató de instruírsele un expediente como presunto instigador. Aunque aquellas diligencias no prosperasen, se dictó orden de clausura a las sedes falangistas de Sevilla y Dos Hermanas, así como la imposición de una multa de 1.000 ptas. a sus directivos. En mayo de 1936 volvió a ser detenido durante una redada policial, acusado de agitación violenta y vínculos con actos terroristas. Suerte similar a la que corrieron otros destacados elementos del mismo partido, con José Antonio a la cabeza. Falange Española había sido ilegalizada desde hacía dos meses.

Recluido en las cárceles de Cádiz, Sevilla, la capital alavesa y la Modelo, de Madrid, donde se hallaba el 18 de julio de 1936, logró alcanzar la zona de los sublevados con ayuda de diplomáticos cubanos. De nuevo volvería a erigirse en cabeza de la Falange andaluza, estableciendo una lucha con la facción de Hedilla, cuajada de escaramuzas hasta que Franco se hiciera personalmente con el control del partido. Encarcelado una vez más, la intervención del general Queipo de Llano se tradujo en su puesta en libertad apenas transcurridas tres semanas.

Su mala relación con Francisco Franco le privó de cargos y responsabilidades en la FET y de las JONS, hasta 1938, cuando un grupo de encendidos partidarios del nazismo hitleriano se hicieran con el poder del núcleo azul. Entonces, en mayo de dicho año, sería designado delegado nacional de la Organización Juvenil. Y ya tras la victoria franquista, con la disolución de ese órgano, dando lugar al nacimiento del Frente de Juventudes que él mismo siguió presidiendo, detentó una membresía en el Consejo de la Hispanidad durante el breve lapso de 30 días. Su inmediato sustituto fue el destacado hombre del deporte, allá por los años 50 y 60, José Antonio Elola-Olaso.

En realidad, la caída política de Sancho Dávila transcurrió en paralelo al distanciamiento entre Franco y su cuñadísimo Ramón Serrano Suñer. Tuvo que contentarse con un escaño de palmero en las Cortes franquistas, y la coyuntural presidencia federativa. Poseedor de la Gran Cruz de la Orden de Cisneros y la Gran Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas, falleció en Madrid el 14 de noviembre de 1972.

Tiempo después de su óbito, el cantante de copla Miguel de Molina, “rojo y homosexual”, como él mismo se definiera a menudo, lo identificó, junto al también noble José Finat Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, como dos de los tres individuos que haciéndose pasar por policías lo secuestraron al salir de una actuación, apalizándolo entre amenazas de muerte. Miguel de Molina se exilió en Argentina tras ese tropiezo, sin atreverse a revelar las razones de su huida. Ya retirado y disueltos los últimos reductos del franquismo, encontró arrestos para “confesarse” con Carlos Herrera.

Miguel de Molina era para entonces un mito imperecedero, no sólo por su capacidad de transgresión. De Sancho Dávila, en cambio, no se acordaba casi nadie.

Y menos, aún, en los ambientes futboleros.

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(1)-En realidad había ingresado alguno más. Ni siquiera la contabilidad federativa podía presumir de exactitud, en este capítulo.

 




El fichaje de Di Stefano, como no nos lo contaron (2)

De la entrevista sostenida por los Sres. Martí Carreto y Alfonso Senior, presidentes respectivos del Barcelona y el Millonarios de Bogotá, no salió nada bueno. El colombiano fijó en 27.000 dólares la cesión de sus derechos sobre Alfredo Di Stéfano -al cambio del momento en torno a 1.350.000 ptas.-, que al mandatario español se le antojaron un disparate. Intentó rebajarla, aduciendo que en realidad esos derechos se limitaban a solo un año, puesto que transcurrido el mismo la estrella argentina pasaba a ser de su propiedad, tras el compromiso suscrito con el RiverPlate. Pero Alfonso Senior, conociendo perfectamente los términos de dicho acuerdo, no quiso torcer el brazo. El RiverPlate iba a triplicar el montante de lo que él pedía, y aun así los “culés” fingían escandalizarse ante lo que tildaban como dineral. De manera que se enrocó. O esos 27.000 dólares, o en su defecto Di Stéfano tendría que regresar a Bogotá, puesto quesi no lo hiciera, instaría a la FIFA a dictar una recusación por rebeldía contra quien aún era su pupilo. Martí Carreto adujo que el Barcelona podía esperar un año hasta alinear al futbolista, y Senior replicó que quizás la espera no durase tan sólo doce meses, sino bastantes más. En España, sin ir más lejos, los profesionales declarados en rebeldía estaban expuestos a permanecer 2 años en dique seco. De manera que aparte de todo el ejercicio correspondiente a 1954, si la FIFA estimara su petición de amparo, muy bien pudiera añadirse otra suspensión para 1955 y 1956. ¿De qué iba a servirles, entonces, un futbolista dedicado a la vida muelle durante tres años?

El colombiano Alfonso Senior consideraba legítimo su enojo, después de que la última maniobra de aproximación cordial hubiera resultado inútil. Desde Cataluña tan sólo recibió desconsideraciones; como si el Millonarios tuviera que rendirse sin más ni más. Y mira que para desbrozar de espinas el camino, eligió a un aliado notable en la persona de José Carlos Castillo García-Tudela. Pero ni así.

José Carlos Castillo, antiguo jugador “culé”, trató de acercar posturas entre la entidad azulgrana y el Club Millonarios bogotano.

Castillo, medio ala y medio centro aguerrido, por no tildarlo de leñador, había sido compañero de José Samitier, todavía secretario técnico barcelonista, durante seis temporadas. Debutó como azulgrana el 5 de abril de 1926 en un amistoso ante el Juventud de Lérida, y no se deshizo de aquella camiseta hasta 1932, al enfundarse la del At. Madrid. Aunque hubiera nacido en Cartagena, emigró con sus padres a Cataluña siendo niño y, por tanto, conocía de sobra la idiosincrasia catalana, así como al club señero de la ciudad condal.

Sorprendido por el estallido bélico en 1936, y ya en la recta final de su carrera futbolística, Castillo quiso evitar problemas cruzando la frontera gala para fichar por el Red Star parisino, donde apenas permanecería unas semanas. Puesto que su familia  le instase a retornar, ante la aparición de serios problemas, acabó luciendo galones republicanos y ello se tradujo para él, tras la victoria franquista, en tres años de condena carcelaria reducidos a 6 meses de internamiento, luego de los recursos pertinentes. Ya en libertad disputó unos pocos partidos con el Gavá, mientras trataba de poner en marcha, sin éxito, algún proyecto empresarial. Otra vez en Francia, residió durante un tiempo en París y Perpignan, al tiempo de colaborar con la Resistencia según algunas fuentes, aunque hasta hoy en ningún archivo desclasificado por el Foreing Office británico haya aparecido su nombre. Lo único verificable es su vuelta a España en 1948, para tomar un buque rumbo a Colombia merced a la ayuda de españoles allí afincados, entre los que se encontraba Juan Busquets, su báculo y mentor al otro lado del océano.

Una vez en América volvió a reencontrarse con el fútbol, ejerciendo labores técnicas en el Independiente de Santa Fe, como vocal en la directiva del Universidad de Bogotá y, más importante aún, entrenando al Club Millonarios. Llegó a compartir vecindad con el propio Alfredo Di Stéfano, en Tausaquillo, trabando ambos una buena relación. Por fin, en julio de 1953 y ya apartado de la esfera deportiva, cuando trabajaba para las compañías “Camacho Roldán” y la “National Cash Register Company”, en ésta bajo el amparo de Juan Busquets, aceptó ser comisionado por el presidente del Millonarios en relación al traspaso de la estrella argentina. ¿Y qué recibió de la entidad azulgrana? Nada, como no fueren largas y desplantes. La pelota, por tanto, seguía en el aire mientras el nerviosismo de Alfredo Di Stéfano aumentaba, puesto que si bien los directivos “culés”, sonrientes y derrochando felicidad no escatimaban abrazos ante cualquier fotógrafo, ni por asomo contribuían a tranquilizarle sobre lo esencial. Entre otras razones menores, porque siendo todavía jugador del club colombiano, hablar con él acerca de su pretendido traspaso pudiera ser sancionado por la FIFA, al hallarse terminantemente prohibido.

La prensa ofreció una imagen poco real sobre la salida de Samitier, cuando el entonces secretario técnico “culé” chocara con su presidente. Di Stéfano perdía a su único amigo en el club azulgrana, y empezaba a pensar que su porvenir también estaba fuera de la ciudad condal.

El 7 de agosto de 1953 regresaba a España la expedición azulgrana sin la Pequeña Copa del Mundo, y con las negociaciones sobre el doble fugitivo en vía muerta. Dos días después José Samitier se despedía de su cargo como secretario técnico, tras comunicarle Martí Carreto su decisión de no renovarlo. Y entre tanto se fraguaban hechos importantísimos. El Real Madrid enviaba hasta Bogotá, con 27.000 dólares, a Raimundo Saporta. Éste era recibido por el mandatario del Millonarios, Alfonso Senior, y adquiría sus derechos sobre Di Stéfano, con caducidad el 15 de octubre del año siguiente. Luego tomaba otro vuelo a Buenos Aires, escuchando en la sede del Club Atlético RiverPlate, por boca de su presidente, que como había recibido el equivalente a 2 millones de ptas. desde Cataluña, estaba atado al compromiso suscrito con el Barcelona. No podía traspasarle al futbolista, ni a él ni al club azulgrana, hasta el 1 de enero de 1955, aunque desde luego tampoco se planteara interferir en un posible futuro conflicto. Si las dos entidades españolas alcanzaban un acuerdo antes de esa fecha, desde Buenos Aires no iban a poner palos en ninguna rueda. Y con ese mensaje, Saporta partía hacia Barajas.

Mediado el mismo mes agosto, el presidente del Millonarios se reunía con Santiago Bernabéu en Madrid y se cumplimentaba un teórico traspaso. Teórico nada más, puesto que el Pacto de Lima establecía la prohibición de llevarlo a cabo sin contar con la aquiescencia del RiverPlate. O sea que ni el Real Madrid podía diligenciar la inscripción del argentino en la Federación Española, al no mediar el pláceme bonaerense, ni el Barcelona solicitar la correspondiente ficha puesto que los derechos del club colombiano ya le resultaban inalcanzables. Para enredar un poco más las cosas, Raimundo Saporta se había entrevistado con el jugador, discretamente, en el Hotel Regina de la ciudad condal, comunicándole que tras alcanzar un acuerdo con el Club Millonarios de Bogotá, titular de sus derechos hasta otoño del año venidero, podía considerarse un miembro más del Real Madrid. Le hizo entrega de un anticipo económico, a cuenta del contrato a cumplimentar más adelante, y tomó un tren hacia la capital de España. Como las hojas del calendario siguieran cayendo y se echaba encima el plazo límite para la inscripción de jugadores, cara al torneo 1953-54, la Federación Española, al corriente del conflicto entre “merengues” y azulgranas por la prensa, se dirigió a la FIFA, en demanda de instrucciones. La respuesta remitida desde Suiza continuó dejando la pelota en el alero:

“Alfredo Di Stéfano no podrá jugar con ningún club español, mientras su situación ante esta Federación Internacional no quede absolutamente aclarada”.

En ese momento quien peor parecía tenerlo en lo deportivo era el Real Madrid, puesto que el Barcelona podía contar con un Ladislao Kubala plenamente recuperado, la plantilla campeona de Liga y Copa, y por ende la inminente entrada en vigor de una nueva disposición de la Delegación Nacional de Deportes, según la cual quedaría cerrado el portillo a la importación de futbolistas extranjeros desde el 24 de agosto. Los “culés” podrían acabar dando por perdidos sus dos millones de ptas. satisfechos de extranjis al Atlético RiverPlate, lo que distaba mucho de ser minucia. Pero la entidad “merengue” se quedaba sin una estrella con categoría suficiente para galvanizar el juego del conjunto, o peor aún, sin alguien capaz de llenar un estadio con capacidad para 85.000 almas. Amén, claro está, del millón trescientas cincuenta mil pesetas comprometidas con los colombianos.

Pese a ello, fue el Barcelona quien movió ficha cuando el 26 de agosto tuvo lugar en Madrid un encuentro entre el vicepresidente azulgrana, Narciso de Carreras, y Alfonso Senior, mandamás del Millonarios. Y hubo de ser el vicepresidente barcelonés quien agitase el árbol, porque a raíz de los desencuentros de Enrique Martí Carreto con el club de Bogotá, si no se había convertido en persona non grata le faltaba muy poco. Lógicamente, nada salió del encuentro. Alfonso Senior se limitó a confirmar que el compromiso alcanzado con el Real Madrid era firme, y suscrito en idénticas condiciones a las desestimadas por el máximo mandatario azulgrana.

Aparentemente, el Barça continuaba llevando ventaja. Sólo tenía que dilatar plazos, marear a la Federación Española con informes y memorándums, o implicar a la Delegación Nacional de Deportes, órgano estrictamente político y por tanto dado a nadar guardando la ropa, desde donde cada reclamación sería devuelta, con efecto de boomerang, a la Federación Española. Finalmente, toda aquella catarata de papeles concluiría en Suiza, de despacho en despacho, sin que los altos responsables de la FIFA se dignaran tocarlos ante el miedo a acalambrarse. Un año pasaba volando, al fin y al cabo. Y desde el 1 de enero de 1955 el Club Millonarios no dispondría de ningún torpedo con el que boicotear el transfer. Pero nada de eso ocurrió, porque en el club azulgrana temían las consecuencias de levantar polvaredas. Bien al contrario, Enrique Martí Carreto, presa del nerviosismo o la urgencia, cometió una soberana equivocación al contactar con la directiva de la Juventus turinesa, ofreciéndose a traspasarles su parte en los derechos del argentino.

A Di Stéfano, aquí con el trofeo de máximo goleador correspondiente al Campeonato 1956-57, le sentó malísimamente la intentona barcelonista de colocarlo en la Juventus transalpina, sin consultárselo siquiera.

La respuesta italiana fue obvia: Ni por asomo pensaban enredarse en un asunto tan turbio, donde todas las partes pretendían tener razón y ninguna era capaz de justificarla al cien por cien. Simplemente los juventinos evitaron entrar en liza, como cualquier hombre de negocios haría si le ofreciesen a precio de ganga el Central Park neoyorquino, bajo promesa de proporcionarle después un permiso para levantar rascacielos. Cuando Di Stéfano conoció semejante maniobra, y no por confesión azulgrana, sino al ser contactado por periodistas italianos en demanda de su impresión personal, montó en cólera. ¿Cómo podían obrar de ese modo, a su espalda? En Argentina se había declarado en huelga precisamente porque los clubes llevaban a cabo triquiñuelas parecidas, y ahora volvía a sentirse tratado del mismo modo. Si albergaba dudas acerca de dónde debería estampar su firma contractual, en la oferta del Real Madrid o la del Barcelona, al decir de quienes en su día más trataron con él, éstas se agigantaron. De hecho, desde que a Pepe Samitier, su único valedor y amigo en el ente barcelonés no le renovasen, ya venía cobrando cuerpo la idea de labrarse el futuro en otra parte. Para mayor escarnio, Martí Carreto encadenó otro error proponiendo al presidente del River la anulación del acuerdo establecido entre ambos, sin resarcirle siquiera económicamente, toda vez que pretendía recuperar los dos millones de ptas. ya satisfechos. Fundamentó su marcha atrás en una nueva disposición dela Delegación Nacional de Deportes, prohibiendo el fichaje de futbolistas extranjeros.

El día 3 de setiembre, posiblemente sin espantar su perplejidad, Enrique Pardo, presidente de la entidad argentina, firmaba el siguiente comunicado de 4 puntos:

1º.-Cuando el RiverPlate transfirió a Di Stéfano al Club de Fútbol Barcelona, no existía la resolución de la Federación Española que posteriormente prohibió la contratación de jugadores extranjeros.

2º.-En el convenio de la transferencia de Di Stéfano se dejó constancia de que cualquier arreglo con el jugador era por cuenta y riesgo del C. F. Barcelona.

3º.-Al hacer entrega de la transferencia de Alfredo Di Stéfano a la Asociación de Fútbol Argentino para formalizar su traspaso al Barcelona, el RiverPlate quedó totalmente desligado del jugador, y de los compromisos posteriores.

4º-Si la Federación Española tomó una resolución posterior a su transferencia, el RiverPlate no tiene nada que hacer”.

Desde ciertos ámbitos de la historiografía “culé” se ha puesto énfasis en esta cuestión precisa, en la prohibición de incorporar nuevos extranjeros a clubes españoles, como frenazo “merengue” al fichaje de Di Stéfano por el Barça. Más claro aún, apuntando que el Real Madrid pudiera estar emboscado tras la decisión política de poner coto a la importación futbolística, a partir del 24 de agosto. En realidad, tal y como estaban desarrollándose los acontecimientos, se antoja más probable que de haber existido alguna conspiración, ésta tuviese por objetivo abortar la disputa de los dos clubes más representativos de ambas capitales, y ya entonces con devotos de Norte a Sur y de Este a Oeste. Pero ningún documento justifica tal posibilidad. Ni la R.F.E.F. parece recibió instrucciones o se le solicitó su parecer, ni desde la D.N.D. da la impresión de haber emanado ninguna orden. De otro modo, a estas alturas ya tendríamos información fidedigna, puesto que la correspondencia de esa época, desclasificada desde hace años, ha arrojado luz sobre cuestiones más sangrantes. Peinar y cribar archivos públicos conduce siempre al conocimiento del pasado.

Todo sugiere que si alguien presionó al presidente barcelonista, Sr. Martí Carreto, no fueron altos ni medianos cargos políticos o deportivos, sino miembros de su propia Junta directiva. Quienes adelantaron de su bolsillo, y sin pasar por el filtro del Banco de España, aquellos dos millones de ptas. en negro, anticipados al Club Atlético RiverPlate. Los mismos que tampoco quisieron arriesgarse a tener un año a Di Stéfano paseando por las ramblas, la costa barcelonesa del Garraf, el Parque Güell o el Tibidabo, ante el temor de que, declaradas las hostilidades, el fisco franquista quisiera ver las cuentas del club o, peor aún, inspeccionase sus industrias textiles. Esa posibilidad, unida a la exitosa recuperación de Kubala y al encaje de bolillos que hubiese requerido hacer frente al contrato de Di Stéfano, cuando la entidad “culé” ni mucho menos nadaba en la abundancia, sin duda dio impulso al desesperado giro presidencial barcelonés.

Huelga indicar que tanto Real Madrid y Barcelona, como los clubes sorprendidos en renuncio por el cerrojazo fronterizo de la D.N.D., elevaron recursos de súplica al general Moscardó, mando supremo del deporte, aduciendo que las gestiones y compromisos para sus últimos fichajes foráneos habían cristalizado antes de aquella fecha, aunque por diversas circunstancias no fueran capaces de inscribirlos en la R.F.E.F. Hasta el día 19 de setiembre no llegó la ansiada respuesta:

“Elevados a esta Delegación Nacional de Deportes, por varios clubs de fútbol, recursos de súplica con motivo de la propuesta hecha a la superioridad por esta Delegación sobre prohibición de fichajes de jugadores extranjeros profesionales de fútbol, y a la vista de las razones expuestas en las citadas súplicas, la Delegación Nacional, en sesión del día 18 del actual, acordó proponer a la superioridad que confirme dicha prohibición, con la excepción de aquellos fichajes que estuvieran en trámite de gestión con anterioridad al día 22 de agosto de 1953.

El acuerdo, cuyos términos están contenidos en esta nota, lo ha confirmado la superioridad en todos sus extremos”.

Fueron cuatro los jugadores beneficiados con esta resolución. Además de a Di Stéfano, se les retiró la barrera al holandés Faas Wilkes, (flamante fichaje del Valencia), al chileno Andrés Prieto (R.C.D. Español) y al francés Carlos Ducasse (Real Valladolid). La incorporación de Faas Wilkes, estrella en el pasado, aunque ya un tanto en declive, también supuso una sustancial salida de divisas, siendo la necesidad de contener tanta hemorragia razón teóricamente inspiradora del cerrojazo.

Por cuanto hasta hoy sabemos, esta fue la primera y única intervención política en el controvertido fichaje de Alfredo Di Stéfano. Lo que aún restaba por dilucidar era con qué club competiría en España, no ya si finalmente llegara a hacerlo, como desde algún medio se escribió. Porque una cosa resultaba obvia: después de haber invertido 3.350.000 ptas. entre ambas entidades, una enormidad para el fútbol de la época, y apalabrado el Barcelona dos millones más con el RiverPlate, resultaba inevitable que el futuro del argentino hundiera raíces en nuestro suelo. Así que Barcelona y Real Madrid se avinieron a iniciar negociaciones al respecto, aceptando de antemano un mediador de la F.I.F.A., que resultó ser Armando Muñoz-Calero y López, cirujano prestigioso, expresidente de la Organización Médica Colegial, presidente de la R.F.E.F. hasta que en 1950, luego de manifestar que España por fin había derrotado a la pérfida Albión, mediante gol de Zarra en el Mundial de Brasil, fuera destituido ante la subsiguiente protesta del gobierno británico. También había sido presidente de la Diputación de Madrid, Procurador en Cortes, miembro del Consejo Nacional del Movimiento, Delegado de Beneficencia y Sanidad en el Ayuntamiento de Madrid, y divisionario azul en el frente ruso, durante la II Guerra Mundial. En ese momento ocupaba una vocalía en la F.I.F.A. y más adelante detentó la vicepresidencia del At. Madrid, así como la presidencia de la Junta del Casino en la capital.

Armando Muñoz-Calero, designado por la F.I.F.A. con la misión de arreglar el entuerto creado desde dicho órgano supranacional, cuando aplicara maquillaje a una señora herida que precisaba cirugía.

El 15 de setiembre de 1953, había fumata blanca, o si se prefiere un principio de acuerdo en relación al controvertido fichaje de la “Saeta Rubia”. Aquella acta rubricada por ambas partes y el negociador, rezaba así:

“Reunidos en Madrid el 15 de setiembre de 1953, D. Santiago Bernabéu de Yeste, como presidente del Real Madrid F. C., D. Enrique Martí Carreto, como presidente del Barcelona C. F., ante la presencia de D. Armando Muñoz Calero, miembro del Comité Ejecutivo de la Federación Internacional de Fútbol Asociación, para tratar de la situación planteada entre los respectivos Clubs que representan, en relación con el jugador argentino Alfredo Di Stéfano:

ACUERDAN.- Primero.- Aceptar plenamente el arbitraje de don Armando Muñoz Calero, así como las siguientes cláusulas dictadas por el mismo, con la advertencia de que están inspiradas en el mejor deseo de solucionar esta cuestión, y que requieren previamente para su efectividad la aprobación por parte del Excmo. Sr. Conde del Alcázar de Toledo, delegado nacional de Deportes, del escrito de Súplica al mismo dirigido, y la anuencia de la Real Federación Española de Fútbol:

a.- El jugador Alfredo di Stéfano, una vez cumplido el requisito reglamentario de su inscripción legal en la Real Federación Española de Fútbol, podrá ser alineado en el equipo representativo del Real Madrid F.C. en las temporadas de 1953-54 y 1955-56, y, por el Barcelona C.F. en las temporadas 1954-55 y 1956-57, tanto en los encuentros de competición oficial como en los amistosos o de entrenamientos públicos o privados que los respectivos Clubs consideren oportuno organizar.

b.- Los Clubs Barcelona C.F. y Real Madrid C.F. designarán respectivamente un delegado que con plena autoridad liquidará los gastos efectuados por cada uno de los Clubs, aceptando el cargo del 50% del total para cada uno de ellos.

c.- Finalizada la temporada 1956-57, ambos Clubs, con la conformidad del jugador Alfredo di Stéfano, y si así se lo permitieran las disposiciones legales entonces, decidirán sobre la posterior actuación de dicho jugador en España.

d.- Los ya indicados Clubs podrán de mutuo acuerdo modificar las anteriores cláusulas, en el sentido de la cesión definitiva de derechos sobre el jugador, en favor de alguno de ellos, siempre que a esta modificación contractual no se opongan las disposiciones vigentes de los Organismos Superiores.

e.- Sea cualquiera la resolución que la Delegación Nacional de Deportes adoptara en relación con el jugador Di Stéfano, ambos presidentes se comprometen a realizar el máximo esfuerzo para consolidar las amistosas relaciones deportivas que siempre han debido existir entre sus respectivos Clubs, de tan destacada raigambre en la afición futbolística de Barcelona y Madrid”.

Desde el primer momento los medios de difusión tildaron este escrito como acuerdo salomónico, por resultar tan descabellado y de difícil cumplimiento como el dictamen del personaje bíblico, ante la disputa dos mujeres acerca de la maternidad de un infante. Y no les faltaba razón. El futbolista, de entrada, ya dejó caer no pocas reticencias. Primero desde Barcelona trataron de enviarlo a Italia sin decirle nada, y ahora pretendían hacerle circular de mano en mano, igual que un salero entre comensales de cualquier banquete. ¿Cómo iba a competir en dos clubes tan enfrentados y antagónicos, con aficiones tan encontradas, en años alternos? ¿Qué pasaba si contribuía a erigir en campeón a uno, y dos meses después tenía que vestirse con la camiseta del otro? Y si cayera lesionado de larga duración en defensa de unos colores, ¿ya se haría responsable de salarios, ficha y primas el otro, sabiendo que a lo peor no podría contar con sus servicios durante gran parte de la campaña? ¿Acaso nadie iba a pedirle opinión, siendo el principal concernido? “Yo no soy una pelota que todos golpean y va de acá para allá-aseguran manifestó, al comunicársele el acuerdo-. Soy yo quien patea la pelota y la mando donde quiero”.

De charco en charco y completamente embarrado por la sucesión de equivocaciones, el presidente azulgrana presentó su dimisión el 22 de setiembre de 1953, nombrándose entonces una comisión gestora bajo el mando de Agustín Montal senior, valedor del ahora dimisionario cuando se instalase en la poltrona barcelonesa. Con posterioridad, Francisco Miró Sans sería finalmente elegido para pilotar el Barça.

En su larga nota de despedida, Martí Carreto trataba de mostrarse elegante desde el enunciado: “Aceptando la amable invitación que me hace el excelentísimo señor gobernador civil y consciente de mi deber, me creo en la obligación de dar pública cuenta de la causa de mi dimisión a los socios y simpatizantes del Club de Fútbol Barcelona”.

Pero oscurecía la verdad en el párrafo siguiente al afirmar: “Una vez tenida la anuencia del RiverPlate, nos pusimos en relación con el Club Millonarios, de Bogotá, y después de largas gestiones y vicisitudes se nos manifestó por su delegado que el club que presentara el pase del River obtendría también el de ellos. Esto no sucedió, ya que más adelante tuvimos conocimiento de que el presidente del Millonarios había cedido sus derechos al Real Madrid”.

Pasaba de largo sobre los 27.000 dólares exigidos por el presidente del Millonarios, a cambio de sus derechos de transfer, cifra que él, en persona, se negó a abonar considerándola escandalosamente alta. Omitía, también, que desde el principio dejó fuera de la ecuación al club colombiano, e inventaba frases que Alfonso Senior jamás reconoció haber pronunciado. Luego su carta volvía a encarrilar la elegancia, añadiendo que el caso, mucho más que difícil, le pareció especialísimo y: “sintiendo el pesar de presumir que no satisfaría la decisión, acepté el laudo y firmé el pacto, que establecía una igualdad económica y un contrato alternativo entre los dos clubs, con las salvedades de que de mutuo acuerdo podría ceder un club al otro definitivamente el jugador. Inmediatamente después de dar cuenta al Comité Directivo del club, y sabiendo que el criterio de muchos socios hubiera preferido que se realizara de otra forma, se confirmó mi creencia de que cualquiera de ellos, con más acierto, podría cumplir la misión mejor que yo, presenté por mi propia voluntad la dimisión irrevocable, que ha sido aceptada por la Real Federación Española de Fútbol”.

La decepción, como mínimo, impregnaba su último párrafo, convirtiendo al firmante del mismo en historia de la entidad “culé”: “No habiendo llevado a cabo todo lo que hubiera querido en beneficio del Club, no tengo ninguna razón para sentirme satisfecho; sin embargo, mis cinco años en la Directiva son bastante conocidos. Por eso, al dimitir no siento amargura. He buscado el bien por la satisfacción de hacerlo, y a ello han tendido siempre mis anhelos por los colores azulgranas de mi querido Club de Fútbol Barcelona”.

Una vez más se advierte la sensación de abandono que por fuerza debía embargarle. Ese “sabiendo que el criterio de muchos socios hubiera preferido que se realizara de otra forma” apuntaba no sólo hacia la masa social, sino como mínimo a parte de la junta directiva, algunos de cuyos miembros entendían que recuperado Ladislao Kubala, la incorporación de Di Stéfano dejaba de ser una prioridad.

Anochecía, cuando el 22 de setiembre presentaba el Real Madrid la ficha de Alfredo Di Stéfano en la Federación Castellana, para su tramitación en la Española. Apenas 24 horas después, la “Saeta Rubia” debutaba ente el Nancy con derrota por 2-4, entre aromas de decepción. Y es que si bien Di Stéfano anotara su primer tanto como “merengue” en el minuto 67, tras nueve meses sin competir se le notó lento, extenuado y algo fondón, con cuatro kilos largos de sobrepeso. El domingo, día 27 de setiembre, efectuaba por fin su debut liguero.

Era inviable a todas luces que Barcelona y Real Madrid pudieran compartir alternativamente a un futbolista estrella. Entre otras razones, porque el jugador no estaba ni remotamente por la labor. En la imagen de 1953, los fotógrafos ansiosos por captar su salida al campo, luciendo de blanco.

Después de los primeros cinco partidos, el Real Madrid aventajaba en dos puntos al Barça. Y entonces, el miércoles 14 de octubre, la Comisión Gestora barcelonesa decidió renunciar a todos sus derechos sobre el disputado futbolista, bajo condición de que el Real Madrid se comprometiera a asumir todos los gastos satisfechos o pendientes de abono. A Ferdinand Daucik, entrenador azulgrana y cuñado de Kubala, Di Stéfano se le había atragantado, quién sabe si viendo en él a un jugador problemático, distante y altanero, con dos soberanas espantadas en su todavía corto currículo. El testimonio de Mariano Golzalvo, tercero de la dinastía y uno de los capitanes “culés” por esa época, resulta clarificador al respecto: “Yo viví todo aquello. Hubo una serie de informes desfavorables al fichaje de Di Stéfano. En uno de ellos, Daucik, el entrenador, afirmó que no convenía al equipo, que habría muchos gallos en el gallinero y su fichaje no era tan importante”.

Justo Conde, autor de “La guerra que nunca cesa”, donde glosaba las constantes escaramuzas que fruto de una mal entendida rivalidad jalonan la relación histórica entre “merengues” y “culés”, contó también que Martí Carreto encargó a su todavía secretario técnico José Samitier, deshacerse discretamente de Di Stéfano, sin dar la impresión de que el Barcelona ya no lo deseaba. Martí sólo había visto al argentino durante un partidillo amistoso disputado en Masnou, donde fuera de forma, pasado de kilos y carente de velocidad, estuvo horroroso. Entonces habría afirmado: “Es conflictivo y además un paquete; está acabado”. Igualmente Justo Conde acreditó que Samitier estuvo desde el primer momento al tanto de cada paso madridista: Del acuerdo con el Millonarios bogotano, y hasta del contrato privado que jugador y entidad blanca suscribieron, no en vano acompañaron al argentino hasta Madrid un par de empleados de su propia empresa, “Textil Sami”. Pepe Samitier conocía, incluso, las condiciones de ese compromiso: 600.000 ptas. por temporada, en concepto de ficha; sueldos mensuales de 3.000 y primas dobles. Aunque Samitier cesara como empleado del C. F. Barcelona, no había dimitido en su amistad con “La Saeta”. En realidad, si se mira bien, desligado del club azulgrana no hacía sino cumplir las órdenes de quien fuera su presidente: “Deshacerse de Di Stéfano del modo más discreto”.

Pero todo esto se entretejió entre bastidores. Oficialmente tan sólo Agustín Montal senior y Alberto Maluquer manifestaron que el Barcelona era un club demasiado importante para compartir un futbolista con su rival directo. Quizás ese brote altanero tuviera algo de cortinilla ante la eventualidad no descartable de que la economía azulgrana soportara dificultosamente dos fichas de tantísimo calibre, como eran las del húngaro y el argentino. Por otra parte, es muy plausible que Ladislao Kubala, estrella mimada en los despachos, desde el banquillo y en los vestuarios, frunciese el ceño ante la eventualidad de compartir su liderazgo. Comoquiera que fuese, en ese momento nadie podía barruntar hasta qué punto iba a ser decisivo para el Real Madrid obtener en exclusiva el transfer del bonaerense.

El 25 de octubre, 7ª jornada liguera, se enfrentaron Real Madrid y Barcelona en Chamartín, igualados en la tabla clasificatoria con 10 puntos. Los blancos vencieron por 5-0, con dos goles de la disputada estrella argentina, después de que durante los prolegómenos del choque tuviese lugar un acuerdo entre directivos de ambos clubes, dando fin al contencioso. Puesto que el acta levantada al efecto resulta larga y prolija, quedémonos con su tuétano:

El C. F. Barcelona renunciaba a todos sus derechos, explicitados en el apartado “A” del pacto auspiciado por Muñoz-Calero, en favor del Real Madrid, de tal modo que Di Stéfano se integraba en la plantilla blanca durante los cuatro campeonatos siguientes. La entidad madrileña, en compensación por dicha renuncia, abonaría 4.455.000 pts. al club barcelonés, importe de lo ya devengado, más los intereses del pago en parte aplazado, que tras la firma del acuerdo debía atender el Real Madrid. Los abonos tendrían lugar de este modo: 1.225.000 ptas. a la firma del acuerdo, mediante cheque al portador con cargo a la cuenta corriente del Real Madrid en el Banco Mercantil e Industrial de Madrid. Otro millón y medio mediante letra aceptada, con vencimiento al 31 de julio de 1954. Setecientas cincuenta mil ptas. con otro efecto igualmente aceptado y vencimiento al 31 de enero de 1955. Finalmente, otro efecto de 930.000 pts. con otra letra aceptada y a vencer el 31 de julio de 1955. Lo firmaron José Vidal-Ribas Güell, miembro de la Comisión Gestora barcelonista, y Santiago Bernabéu de Yeste, máximo mandatario “merengue”.

¿Podía darse por resuelto el enrevesado contencioso? Pues según cuanto se ha afirmado y escrito hasta ahora, la respuesta sería afirmativa. Pero existen hechos y documentos que contradicen lo comúnmente aceptado. Di Stéfano era jugador del Real Madrid para la Federación Española, pero no así, o no del todo, según se vieran las cosas con perspectiva más internacional. De ello se hizo eco el desaparecido diario deportivo barcelonés “Dicen”, no en una, sino en dos ocasiones.

Pero vayamos por partes, aunque ello implique poner en solfa otra vez el papelón de la F.I.F.A., sumida en su mar de mayúsculos errores.

Cara al partido amistoso que la selección nacional inglesa iba a disputar en Londres ante un equipo representativo de la F.I.F.A. (tercer miércoles de octubre de 1953), el Comité seleccionador del máximo órgano supranacional incluyó a Di Stéfano en la lista de 17 jugadores “europeos”. Sin embargo horas antes del choque preparatorio celebrado en Ámsterdam, donde el C. F. Barcelona ejerció como sparring ante la selección en proyecto, el jugador argentino fue eliminado sin ninguna explicación. Como algo así no podía pasar inadvertido a los buenos informadores, poco después trascendería que el Comité Ejecutivo de la F.I.F.A. acababa de abrir una investigación en torno a Alfredo Di Stéfano, como consecuencia de la protesta cursada desde la Asociación Colombiana de Fútbol, para quienes el ya jugador del Real Madrid en modo alguno tendría la consideración de futbolista europeo, toda vez que su transfer continuaba perteneciendo al ente colombiano. Según el escrito de Efraím Borrero, vicepresidente interino del organismo americano, desconocía las cláusulas y condiciones del supuesto convenio “privado”, según el cual la estrella argentina pasaba a lucir el blanco inmaculado del Real Madrid. A su entender, cualquier tipo de acuerdo debía ser autorizado y rubricado por las Asociaciones Argentina y Colombiana, en estricta observancia del “Pacto de Lima” auspiciado por la propia F.I.F.A., a través de su emisario. Puesto que nada de esto había acontecido, el transfer internacional del jugador, quisiérase o no, seguía siendo de la Asociación Colombiana hasta octubre de 1954.

En paralelo, Karel Lotsy, presidente del Comité de selección de la F.I.F.A, justificaba en Londres la exclusión del argentino escudándose en su salida irregular de Colombia, o lo que es igual, del Millonarios. “Tendrá que realizarse una investigación -adujo-. Y eso tardará bastante, con cartas yendo y viniendo entre Colombia, España y la F.I.F.A”.

Un recorte del “Dicen” correspondiente al 24 de octubre de 1953, firmado por Santiago García y a buen recaudo en el archivo personal de Antonio Arias, arroja su visión del inefable universo F.I.F.A. sin escatimar críticas:

“Las cosas de la F.I.F.A. son inefables. El organismo rector del fútbol en todo el mundo sólo se entera de lo que quiere y cuando quiere, aunque parece a simple vista que la F.I.F.A. debiera están enterada de todo -lo que hace ruido y lo que se desliza en silencio- cuanto sucede en el ámbito internacional del fútbol. Ahí tienen ustedes, por ejemplo, el último eco de las andanzas del argentino Di Stéfano por las aguas jurisdiccionales de la F.I.F.A.”

El periodista se refería a la entrada y salida del jugador en la convocatoria para el choque amistoso, y la sensación de desidia o desbordamiento que con ello se transmitía desde Suiza. Tras dar cuenta del último recoveco, en forma de protesta colombiana, cerraba el sueltecillo de este modo: “La F.I.F.A. y el fútbol son así, querido lector…”

Justo una semana después, otra información del “Dicen”, redactada por Carmen Trías de Bes y con la misma procedencia que la anterior, recogía una conversación de la redactora con el Sr. Jiménez Salinas, presidente de la Federación Catalana, a punto de emprender viaje a Madrid. Su desplazamiento nada tenía que ver con el caso Di Stéfano, ni con los rumores acerca de una posible requisitoria para regresar a Colombia, más tarde desmentida. Pero daba pie a la firmante para enhebrar sospechas sobre que algo no se había hecho bien con la Asociación de Fútbol Colombiano, y que desde la misma aún podría torpedearse el futuro “merengue” del jugador. “El destino de este muchacho es crear problemas doquiera va -sentenciaba la Sra. Trías de Bes-. No cabe duda que después de Dantzig, Trieste y Suez, el “caso” Di Stéfano tendrá su mención especial en la Historia…”

Di Stéfano, Kubala y Puskas, vistiendo de azulgrana en un partido amistoso. Instantánea para el recuerdo de lo que no pudo ser.

Como despedida, entre resabios un tanto ventajistas o de mal gusto, añadía: “Pero… no terminan con la F.I.F.A. los problemas del equipo “merengue”. Existe uno nuevo creado por sus mismos jugadores. Estos, envalentonados por el “esmerado trato” que se concede al argentino, han solicitado de su club un esmero mayor en el que hasta ahora se les daba a ellos. Señores, la cosa está que arde, o mejor sería está que da asco. El problema ya no está en si se va, seguirá, o si se queda…

¡Ché, niño, de buena se libraron tus viejos!”.

Obviamente, hasta la redacción del “Dicen” había llegado algo. No precisamente sobre el supuesto resquemor de parte de la plantilla blanca, con respecto a cuanto se rumoreaba ganaría la recién contratada estrella. Sino más bien cerca del nuevo contencioso entre la Federación Española y la Asociación del Fútbol Colombiano, al que ningún otro medio prestaba atención. Porque era obvio se estaba cocinando un nuevo guiso a todo vapor. ¿A qué obedecían, si no, las palabras del directivo de la F.I.F.A. Karel Lotsy en Londres?

Esa última pieza extraviada, o escondida por la R.F.E.F. y la F.I.F.A ante el bochorno que representaría su divulgación, impedía hasta hace bien poco completar el puzle. Más en concreto, hasta que Antonio Arias, mantenedor del blog “Saltataulells”, cuya tenaz búsqueda por archivos de muy diversa índole se ha alabado repetidamente desde estas páginas, diese con ella. Corresponde a la documentación cruzada entre Armando Muñoz-Calero, expresidente de la Federación Española y mediador en el acuerdo entre Real Madrid y C. F. Barcelona, la cúpula federativa nacional y la A.F.C., filtrada en su momento desde el órgano rector del fútbol colombiano al diario “El Tiempo”.

En su justificación preliminar, la Asociación del Fútbol Colombiano ponía énfasis en la anormalidad procedimental consistente en marginara ese órgano balompédico, único con autoridad para expedir el transfer internacional del jugador hasta mediados de octubre de 1954,tras el acuerdo entre Real Madrid, RiverPlate y Millonarios con respecto a su traspaso. Desde tal perspectiva, el tan deseado astro argentino pudiera haber debutado ilegalmente con el Real Madrid y, más aún, la Federación Española, y de paso la mismísima F.I.F.A, consintiendo la vulneración del pacto suscrito en Lima, serían corresponsables del desafuero. A tal efecto, en salvaguarda de su propia imagen y para conocimiento público, ponía luz y taquígrafos sobre la documentación original.

Vayamos con aquellos textos:

Telegrama de Armando Muñoz-Calero expresidente de la R.F.E.F. y mediador en el acuerdo suscrito por los clubes españoles, respondiendo al escrito dirigido desde la Asociación Colombiana de Fútbol a la F.I.F.A, en cuyo órgano el expresidente de la Española detentaba una vocalía:

“Madrid, 25 de octubre de 1953.

ADEFUTBOL.- Barranquilla

Recibida carta justifico postura Adefutbol cumpliré siempre con reglamentación. Envío información completa. Adelanto solo existió error tramitación Federación Española que rectificará error material de acuerdo buenas relaciones siempre deben existir entre ambos organismos.

Escribe. Saludos. – Armando Muñoz Calero”.

Nuevo telegrama emitido 24 horas después desde la sede federativa española, anunciando el envío de explicaciones detalladas por vía postal ordinaria.

“Madrid 26 de octubre de 1953

ADEFUTBOL.- Barranquilla

Escribimos hoy mismo carta términos solicitados suya doce octubre a Muñoz Calero. Suponiendo mandarán delegado congreso FIFA Paris tenemos mucho gusto invitarle pasar días previos Madrid donde daremos amplias explicaciones caso Di Stefano y siempre dentro marco cordialidad fraternal mantenido con Asociación Colombiana. Salúdales afectuosamente.

Real Federación Española de Futbol”.

Y escrito final con solicitud de disculpas, rubricado por Sancho Dávila y Fernández de Celis, XI conde de Villafuente Bermeja, máximo mandatario del ente español entre 1952 y 1954, tras la interinidad de Manuel Valdés Larrañaga, arquitecto, campeón de España en natación y antiguo extremo del At Madrid, ante la destitución de Muñoz-Calero por su ofensa a Inglaterra en el Mundial de Brasil, fruto de una euforia desmedida:

“Madrid 8 de noviembre, 1953

Asociación Colombiana de Futbol. – Barranquilla.

Muy señores nuestros:

Ha sido para nosotros muy grato recibir a su vicepresidente Efraím Borrero, con quien de paso a París para asistir al congreso extraordinario de la FIFA, ha tenido a bien aceptar una invitación nuestra y ha estado unos días entre nosotros, los cuales han transcurrido muy placenteramente en su compañía, intercambiando ideas ante los problemas del futbol hispanoamericano e incluso mundial.

Como es lógico y natural hemos tratado con él, con toda cordialidad y sin reserva de ningún género las diferencias surgidas por la inscripción en nuestro registro del jugador Alfredo Stefano Di Stefano, de nacionalidad argentina y perteneciente a la Asociación Colombiana hasta octubre de 1954, en virtud del Pacto de Lima, registro que se hizo en nuestras oficinas sin mediar la transferencia reglamentaria que debía haber expedido esa Asociación, debido a las circunstancias que, desde luego lamentamos y nos contrista, de un cambio en nuestra secretaria general y por la modalidad realmente nueva del pacto de Lima, ya que teniendo en nuestro poder la transferencia de la Asociación Argentina de Futbol, la estimamos como única y en la que considerábamos estaba implícito desde luego el asentimiento de ustedes.

La abundante información que esa Asociación nos ha dado por correspondencia, unidas a las que el propio señor Borrero nos ha hecho verbalmente, nos llevan a la conclusión de que tienen verdadera razón para habernos reclamado la inscripción del jugador sin la transferencia pedida por ustedes, por todo lo cual y presentándoles nuestras más formales excusas, les rogamos que con toda cordialidad nos expidan la susodicha transferencia en la certidumbre de que por parte de la Real Federación Española no ha habido ni puede haber nunca el menor asomo de intención y desconocimiento de los claros derechos que esa apreciable Asociación mantiene.

Desde luego confirmamos nuestra decisión de mantener y seguir manteniendo en lo sucesivo las más cordiales relaciones, resolviéndose en el intercambio de nuestras relaciones todos los problemas federativos que puedan plantearse.

Con respecto a otros planes comunes nos ha sido gratísimo recibir a través del señor Efraím Borrero la invitación para que la selección española juegue con la colombiana en un próximo futuro. Hemos recibido con sumo placer el alto honor que supone y en principio les manifestamos que pasa a nuestro mejor estudio tal propuesta, en la seguridad de que en la próxima gira que realice nuestro equipo nacional a América, Colombia será incluida en el lugar principal de nuestro programa. Comoquiera que nuestros delegados han de confraternizar en el próximo congreso de la FIFA, dejamos que ellos lleguen a un acuerdo de principio que sufra posteriormente el referendo de ambas federaciones.

Con este motivo y reiterando a esa Asociación nuestra más alta consideración y estima, quedamos suyos atentamente.

Real Federación Española de Futbol

El presidente

Sancho Dávila

Conde de Villafuente. Consejero Nacional.”

La Federación española podía haber cambiado de secretario, según se aducía a modo de disculpa ante la evidente dilación. Pero a tenor de tan pedestre prosa, cabría preguntase si dieron con la persona adecuada para detentar el cargo. Bromas aparte, La filtración al diario colombiano, o si se prefiere el comunicado de la ADEFÚTBOL a través del mismo, concluía de este modo: “Con base a todo lo anterior, la Asociación Colombiana de Futbol está procediendo a otorgarle un certificado al jugador Alfredo Stefano Di Stefano con destino a la Federación Española de Futbol.

Barranquilla, noviembre 14, de 1953”.

En suma, exhibición de autoridad, fuegos de artificio y constancia de que la R.F.E.F., con la indudable complicidad de la F.I.F.A. siquiera fuese por omisión en su deber de control y diligencia sobre un asunto tan espinoso, a punto estuvo de crear un nuevo conflicto donde no lo había. Si desde el máximo órgano internacional del fútbol parecían dormir plácidamente después de incumplir su propia normativa -por precaución exagerada o cobardía-, el desliz federativo madrileño tampoco admitía justificación.

Nadie quedó eximido de responsabilidad ante tanto dislate. Si acaso, el único órgano que estuvo a la altura fue la Delegación Nacional de Deportes, acordando la admisión federativa de los cuatro extranjeros, tras recibir el suplicatorio de sus clubes. Justo los jerarcas más señalados desde parte de la historiografía azulgrana, como pirómanos o torpederos ante lo que pudo haber sido incorporación de Di Stéfano al equipo azulgrana. Tanto los testimonios, como las pruebas documentales, apuntan con claridad hacia otra dirección. Y en más de un momento a la F.I.F.A., plegándose primero ante la política de hechos consumados del fútbol colombiano. Promoviendo acto seguido una “solución” imposible, con plena consciencia de ello y sin otra finalidad que provocar el acuerdo definitivo entre los clubes españoles concernidos. Y finalmente, concentrados como quizás estuvieran en la celebración de un fin feliz para su marca, incumpliendo la obligación de tutelar un pacto, el de Lima, del que fueron promotores, alguaciles, y malísimos jueces. Basta asomarse a hemerotecas de Argentina para observar como tildó su prensa aquel trágala: Bochornoso, despiadado, injusto, traidor o anómalo, fueron adjetivos corrientes a raíz de la reunión peruana, entre cuanto escupieron las linotipias.

Ya sólo queda meditar acerca de qué consecuencias tuvo la llegada de Alfredo Di Stéfano al Real Madrid y a nuestro fútbol. Y quiénes fueron, o en qué medida contribuyeron a que tal cosa ocurriera. Sobre ello versará la última entrega.

 




El fichaje de Di Stefano, como no nos lo contaron (1)

Han sido muchos los traspasos y fichajes controvertidos desde que echase a rodar la pelota en nuestro país. Ya en tiempos de amateurismo puro, o compensado mediante billetes bancarios bajo mano, los cambios de escudo de Ricardo Zamora Martínez, ora el del C. D. Español, ora el del Barcelona y de nuevo el del Español, dieron muchísimo que hablar. Poco después, reconocida la profesionalización futbolística pese a que un buen puñado de clubes continuaran amarrados al viejo amateurismo marrón, tuvo lugar la espantada de Abdón García, poniendo poco menos que en pie de guerra a media Asturias.

El avilesino Abdón Amadeo García Martínez (3-III-1906), rocoso ala derecho a quien el periodista “Sincerator” apodó Diez Reales, “porque era un medio duro”, se incorporó al Oviedo en 1926, desde el Stadium Avilesino, a cambio de 58 ptas. semanales, más un complemento mensual de 250, cifra que venía percibiendo en la Compañía de Tranvías de Avilés. En setiembre de 1929, un pavoroso incendio destruyó su casa, dejando en la miseria a su extensísima familia, compuesta por 10 hermanos. Rápidamente, Oviedo y Stadium Avilesino le dedicaron un partido de homenaje, recaudando 5.000 pts. para paliar tan inmensa desgracia; cifra nada desdeñable, cuando un coche recién salido de fábrica podía adquirirse por 8.500. Pero como la gratitud y el fútbol nunca encajaron del todo, meses después Abdón fichaba por el Sporting de Gijón, en medio de un revuelo monumental. Asustados, los directivos gijoneses pactaron con los ovetenses su traspaso al Valencia, repartiéndose al 50 % los beneficios. Y mientras Abdón daba el do de pecho junto al Mediterráneo, donde permanecería hasta 1935, la Federación, hasta donde había llegado la denuncia ovetense, fallaba favorablemente para el futbolista, no sólo declarándolo libre de fichar por el ente que más le pluguiese, sino imponiendo una multa de 1.500 ptas. al Oviedo por mala fe -luego reducida a 750, tras el consabido recurso-, además de suspender por 3 meses a los directivos firmantes de un escrito injurioso remitido tanto a la prensa local como al propio órgano federativo. Abdón García, después de todo, no parecía tan ingrato como lo pintaron. Aunque el mal ya estuviera hecho.

Naturalmente, entre el “affaire” de Abdón y la polvareda que levantase el fichaje en secreto del portugués Figo, merced al cual Florentino Pérez logró acceder a la poltrona del estadio Santiago Bernabéu, hubo numerosas y sonadas polémicas. Aunque ninguna del calibre que adquiriese la incorporación de Alfredo Di Stefano a la “casa blanca”, cuando el Barcelona creía tenerlo muy bien atado. Un lío cargado de errores y contradicciones, de aristas y espinas, de medias verdades y oscuridad por doquier, donde el máximo órgano supranacional del fútbol hizo de Don Tancredo y los historiadores de ambos bandos siguen sin ponerse de cuerdo, en gran medida porque mucho de lo afirmado y escrito nació de visiones parciales, con difícil sustento documental. Transcurridos 70 años, trataremos de hacer inteligible aquel galimatías, apoyándonos en documentos de reciente aparición. Y como el asunto, además de largo resulta complejo, convendrá desgranarlo en actos, como el teatro clásico, o entregas, como si se tratara de una novela decimonónica. Porque de ambas cosas tuvieron mucho aquellos acontecimientos.

Alfredo Estéfano Di Stefano Laulhé había nacido en el seno de una acomodada familia criolla, con abuelos paternos naturales de Capri y Génova, y maternos de Francia e Inglaterra. Formado entre los infantiles del Once y Venecermos, y del Imán, en 1944 fue sometido a una prueba para ingresar en la cantera del bonaerense River Plate, merced a los contactos de su madre. Apenas un año después ya se alineaba con el equipo de “la tercera”, destacando por su descaro, una técnica depurada, gran despliegue físico y facilidad goleadora. Renato Cesarini, entrenador del primer elenco, concluía haciéndolo debutar en la máxima categoría ante el Huracán, como extremo derecho, en un partido resuelto con derrota por 2-1. Aquella temporada concluyó con el River en lo alto de la tabla y el considerable enojo de la futura “Saeta Rubia”, al no ver reconocida económicamente su inclusión en el primer equipo. Y como ya entonces apuntara ese carácter borrascoso de que más adelante iba a hacer gala, se plantó ante su presidente para pedirle una salida digna. Curiosamente habría de ser Huracán, equipo contra el que debutara, el destinatario de la cesión. Y allí le aguardaba una más que prometedora confirmación: 10 goles en la Liga correspondiente a 1946, constituyeron su pasaporte de retorno al River, con 20 años recién estrenados.

Di Stéfano en boca de gol. Fue un delantero completísimo, que además de ver puerta con facilidad armaba el fútbol atacante cuando la ocasión lo requería.

Ni en sueños hubiera podido recrear cuanto le deparase el torneo de 1947. Campeón de Liga y máximo goleador, con 27 dianas. Internacional con la selección argentina campeona del Sudamericano, en Guayaquil, rubricando con la albiceleste otros 5 goles en 6 partidos. Y titulares de cuerpo doble en la prensa, como reafirmación de la estrella en que se había convertido, junto a otros consagrados como Campana, Pontoni, Boyé, Moreno y Loustau. Magnífica ocasión para reivindicar un sustancial incremento de ficha, malísimamente acogido por su presidente y directivos. La herida estaba abierta, no sólo entre Di Stéfano y el máximo mandatario del River Plate, sino entre el colectivo de jugadores y una patronal demasiado acostumbrada a pastorear ovejas resignadas.

Los contratos, carentes de una revisión correcta, llevaban tiempo perdiendo valor. Comparados con los extendidos a Zubieta o Lángara ocho años atrás, representaban una merma real de poder adquisitivo. Además, a los jugadores se les recetaban traspasos o cesiones sin contar con su pláceme; se les rescindían fichas a menudo sin razón o, para colmo, mirándose en el espejo de quienes lucieran esos mismos colores dos o tres lustros atrás, podían anticipar su propio porvenir, escasamente halagüeño, puesto que la lipidia era moneda corriente entre demasiados exfutbolistas. Así las cosas, en 1948 la F.A.A-Futbolistas Argentinos Agremiados-, se declaró en huelga. Los clubes reaccionaron a la tremenda, sustituyendo a los huelguistas por aficionados de sus canteras, sin que las llamadas a la solidaridad causasen el menor efecto entre los neófitos, puesto que carentes de otra herramienta para prosperar que el fútbol, la espantada de sus mayores representaba una oportunidad de oro. Quienes nunca hubieran pasado de la 1ª “B” o las categorías “de ascenso”, recibían laureles. Los más dotados juveniles adelantaban en dos o tres años su estreno profesional. Pero aunque la soledad de los profesionales se hiciera evidente, resistieron. Es lo que ocurre tras tirar de la cuerda en exceso: que ésta se rompe y con el cabo más largo suelen improvisarse horcas para el patrón.

Durante ocho meses de 1948, sostuvieron el paro las estrellas argentinas. Ocho meses de rifirrafes entre clubes, futbolistas y una Federación desbordada. Casi un año, durante el que, salvo excepciones, los veteranos prefirieron escudarse mientras los más jóvenes daban la cara. “Mirá -escuchaban los neófitos-. Es por vos por quien peleamos. Yo ya tengo mi carrera cumplida y sos vos, los de tu quinta, los que tenés que pelear duro para que la cosa cambie”. El caso es que Di Stéfano, rabioso tras los desplantes anteriores, no escurrió el bulto y por tanto estuvo entre aquellos a quienes se tomó la matrícula. En mayo de 1949, suscrito un pírrico acuerdo de mínimos, los profesionales se incorporaron a la competición, con no pocos rasponazos. Di Stéfano y su presidente, el Sr. Liberti, ni podían mirarse a la cara. Y cuando el equipo viajó hasta Europa para disputar un partido recaudatorio en favor de las viudas e hijos de cuantos fallecieran en la catástrofe aérea de Superga, diezmando al Torino, el máximo mandatario del River estableció conversaciones para traspasar a su pupilo más díscolo, cobrándose dos pájaros de un tiro: Ingresaba una cifra ni mucho menos desdeñable, y se deshacía de un dolor de muelas.

Lo que el Sr. Liberti no podía sospechar era que su dolor de muelas tuviera otros planes.

El 9 de agosto la prensa argentina titulaba en tipografía gruesa: “Di Stéfano y El Pipo Rossi contratados en Colombia”. Contratados, sí; no traspasados al fútbol colombiano. Porque la Liga Dimayor, desgajada en bloque de la Federación Colombiana durante 1948, y por tanto en vuelo libre, sin el encorsetamiento normativo de la FIFA, se decidió a pescar en los mejores caladeros con el propósito confeso de convertirse en el más brillante campeonato de América. Se miraban aquellos mandatarios en el espejo de las competiciones-espectáculo norteamericanas. Tentaban a los futbolistas más dotados del continente con ofertas irrechazables, sin abonar ni un céntimo en concepto de traspaso a sus clubes y, naturalmente, las deserciones en Perú, Chile, Brasil, Argentina o Uruguay, adquirieron ribetes de migración masiva. Al cabo de pocas semanas, los equipos de la Liga Dimayor practicaban un fútbol de seda, y recibían en sus respectivas sedes invitaciones para dejarse ver en bolos o partidos de exhibición. El Millonarios de Bogotá, destino de la pareja Rossi – Di Stéfano, ya contaba con los refuerzos de Iácono, Cozzi o Pedernera, y se anunciaban nuevas incorporaciones procedentes de la Liga peruana.

Obviamente, las Federaciones y clubes damnificados por el asalto alevoso a sus derechos federativos, presentaron denuncias ante la FIFA, respondiéndose desde Suiza con la descalificación de todo el fútbol colombiano: dirigentes de la Liga Dimayor, ya rebautizada como División Mayor, de las entidades filibusteras y de cuantos jugadores con un contrato en vigor nutrieran aquellas huestes. Medidas que a nadie pusieron nervioso, puesto que los empresarios hacían negocio y sus futbolistas ingresaban en un año lo que durante cinco en Perú, cuatro en Uruguay o Chile, y tres, como mínimo, en Argentina o Brasil. Todo ello, además, sabiendo que iban a quedar libres al vencer sus contratos, cuestión ni mucho menos baladí, puesto que sobre todo los argentinos llegaban huyendo de una tiranía insultante. El Millonarios se erigió campeón los años 1949, 51, 52 y 53, con sólo un paréntesis en 1950 para el Once Caldas, de Manizales. Y mientras ese Millonarios, rebautizado por la prensa como “Ballet Azul” allí por donde se exhibiera, hacía más y más caja, desde la FIFA seguían sin hacer nada relevante para enojo de los damnificados.

Por cuanto respecta al máximo órgano supranacional del fútbol, llovía sobre mojado. Cuando desde la recientemente creada Federación Española franquista se cursaron denuncias tras disolverse el equipo propagandístico de Euzkadi, observando que las entidades de Argentina y México donde iban integrándose sus componentes no compensaban a los legítimos “propietarios” -léase Real Madrid, Barcelona, At. Bilbao, Betis, Oviedo y Baracaldo-, ya se pusieron de perfil. Podía argüirse, entonces, que aquellos futbolistas seguían siendo víctimas de la sinrazón imperante en nuestro suelo entre 1936 y 1939. Que debían ser vistos como refugiados, antes que como futbolistas. E incluso que, entre el fragor bélico de la segunda conflagración mundial, con la barbarie hitleriana asolando Polonia y Francia, Mussolini ansioso por forjarse un pequeño imperio colonial en África, y la Unión Soviética midiendo fuerzas en Finlandia, los rectores del fútbol universal no estaban para menudencias. Pero es que su comportamiento no fue el mismo con todos los desarraigados de la Guerra Mundial. Y muchísimo menos, algo después, con cuantos huyeron de Hungría tras el aplastamiento de su revolución antisoviética. Entonces se entregaron al discurso de la Federación magiar, o para ser más exactos al revanchismo soviético, puesto que las decisiones en el Budapest “pacificado” a cañonazos se tomaban desde Moscú. Quienes no regresaran a sus clubes de origen, debían hacer frente a dos años de suspensión. Veinticuatro meses sin competir, lo que para casi todos podía traducirse en una retirada prematura. Kubala, Czibor, Puskas, Zsalay, o casi todos los componentes del efímero Hungaria, durmieron muchas noches con la espada de Damocles sobre sus cabezas, sin que a nadie en la FIFA importara un ápice su tenebroso porvenir.

En la imagen Zoltan Czibor. El trato dispensado por la F.I.F.A. a los fugitivos de Hungría, nada tuvo que ver con su benevolente actitud previa ante la grave infracción colombiana. Máxime, concurriendo razones de índole humanitaria en la diáspora magiar.

Lo del fútbol colombiano, en cambio, se trató con mucho temor y guante blanco. Miedo a que el incendio se propagara por el cono Sur. A que los dos campeonatos más potentes de Brasil, carioca y paulista, siguieran el ejemplo de la Liga Dimayor. A que Federaciones apenas embrionarias, como las de Perú o Ecuador, sucumbieran ante el mayor poderío de unos clubes agremiados. Venezuela, hasta hacía bien poco, evidenciaba que las federaciones no eran imprescindibles para la organización y puesta en marca de torneos futbolísticos, toda vez que los equipos de Caracas, Maracaibo, Valencia, La Guaira o Barquisimeto, rivalizaron en campeonatos autogestionados por una Asociación ajena a la FIFA y sus tentáculos. ¿Y si el incendio se propagaba por Argentina o Uruguay, dos pesos pesados del universo futbolístico?. Algo así hubiera representado la pérdida definitiva del continente, a ojos de la FIFA, como temieron pudiese ocurrir con todo el bloque europeo oriental, ante la extensión del estalinismo por Bulgaria, Rumanía, Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, la propia Hungría y media Alemania. Entonces aceptaron el trágala del Telón de Acero, consistente en contemplar como amateurs a quienes no tenían otra ocupación que el fútbol, por mucho que luciesen uniforme militar, les pagaran un sueldo empresas ferroviarias, siderúrgicas o de automoción, y estuviesen matriculados en Universidades, a modo puramente cosmético. Además, claro, de permitirles intervenir en torneos tan profesionalizados como los Mundiales o Eurocopas, en régimen de igualdad contra Inglaterra, Italia o España, los tres países donde más se pagaba a sus ases del balón.

Desde Suiza, en suma, pensaron que la cuestión colombiana debía zanjarse a cualquier precio, empezando por la restitución de facultades a un ente federativo con sede en Bogotá, virtualmente inane. Puesto que el palo no parecía haber asustado mucho, tocaba entretejer pactos, aunque ello se tradujera en una humillación.

Suiza había empezado a lucir su palo en diciembre de 1949. Nos consta, porque la Federación Española de Fútbol recibió entonces un comunicado de la FIFA con varias descalificaciones a futbolistas, denunciados desde Argentina. De inmediato, mediante circular ordinaria, les fue comunicado a los clubes de 1ª y 2ª División aquel listado nominal de suspendidos o, para entendernos, inexistentes a todos los efectos: Manuel Giudice, Adolfo Pedernera, Néstor Rossi, Alfredo Di Stéfano, Oscar Corzo, Cayetano Frasciones, Mario Fernández, Ángel Perucca, Heraldo Ferreyro, Enrico Navarro, Jorge Benegas y René Pontoni. Primeros de una serie de circulares posteriores, a medida que desde distintos puntos de la geografía sudamericana continuaban las deserciones. Huelga decir que a ninguno de los encartados se les frunció el ceño ni enredó el flequillo. Mientras cobrasen aquellas jugosas nóminas y disfrutaban del país de Jauja, la descalificación de FIFA les traía sin cuidado.

Transcurrido el año 1950, los clubes colombianos seguían pagando religiosamente a sus plantillas. Acababa de disputarse un Campeonato Mundial en Brasil, y la fuga de jugadores se hizo patente en selecciones como la argentina, que ni siquiera intervino en la fase final. No fue la única deserción. De las 16 formaciones previstas únicamente compitieron 13, entre ellas dos tan modestas como Bolivia y Estados Unidos, si bien esta última, para sorpresa general, dio la campanada derrotando a Inglaterra en Belo Horizonte el 29 de junio, y adelantándose ante España en el descanso por 0-1 cuatro días antes, en el estadio Durival de Britto, de Curitiba. Bolivia cayó estrepitosamente en Belo Horizonte, su único partido, por 8-0 ante Uruguay, a la postre campeona en el Maracaná, para desconsuelo de 200.000 incrédulos espectadores. Perú, otro país damnificado por la sangría de futbolistas talentosos, tampoco compareció. Lo mismo que Colombia, en guerra abierta contra el máximo órgano supranacional del balón. A la FIFA parecía acabársele el tiempo.

De cara al Congreso Sudamericano de Fútbol a celebrar en Perú durante 1951, la FIFA comisionó a un miembro de su Comité Ejecutivo: el italiano Ottorino Barassi (Nápoles 5-X-1898 – Roma 24-XI-1971). Todo un peso pesado, que cuando al estallar la II Guerra Mundial el trofeo de campeón mundialista, entonces el Jules Rimet, quedara en poder de la selección italiana, se las arregló para retirarlo en secreto de un banco romano y ocultarlo bajo su lecho, en una caja de zapatos. Mediante ese ardid evitó que el ejército alemán lo rapiñase, bien para su fundición o con destino al tesoro que Adolf Hitler y demás altos cargos de su camarilla acumulasen con finalidad perversa. Presidente además de la Federación Italiana, secretario general de la FIFA y vicepresidente del mismo órgano, intervino en la creación de la UEFA y puso en marcha, personalmente, la Copa de Ciudades con Feria, más adelante denominada Copa de la UEFA. Meritocracia a prueba de bomba pero, ¡qué casualidad!, representante del país donde el máximo mandatario del River Plate pretendía colocar a Di Stéfano, entendiendo que resultaría difícil superar cualquier oferta del “Calcio”.

¿Acaso no había otra figura de un fútbol menos concernida, para negociar con los insurrectos en Perú? Algún británico, por ejemplo; un galo, alguien de los Países Bajos o incluso un costarricense o mexicano, países adscritos a la CONCACAF los últimos, al tiempo que potencias deportivas sin mucho que envidiar Paraguay, y claramente superiores a Bolivia, Venezuela o Ecuador.

En seguida quedó claro que el hombre de la FIFA había cruzado el Atlántico y la cordillera andina con un objetivo concretísimo: evitar la extensión del cisma, aunque ello implicara concesiones vergonzantes. Porque si en su primer discurso Ottorino Barassi estableciese como línea roja innegociable el mantenimiento de las sanciones al fútbol colombiano, en tanto no regresara al club de origen el último fugitivo, lo finalmente suscrito fue por demás distinto. Sirvan como ilustración los tres puntos clave del acuerdo, conocido en adelante como “Pacto de Lima”:

.-Los jugadores de los Clubs de la División Mayor, habiendo pertenecido anteriormente a Clubs de las Asociaciones Nacionales de los ocho países siguientes: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Uruguay, y habiendo sido transferidos sin tener el certificado correspondiente de transferencia por parte de sus Clubs de origen, son autorizados a seguir jugando con sus Clubs respectivos y actuales de la División Mayor hasta, lo más tardar, el 15 de octubre de 1954. Inmediatamente después, estos jugadores están obligados a regresar a sus Clubs de origen.

.-La Asociación Colombiana de Fútbol no está autorizada para transferir ni siquiera uno solo de estos jugadores a otra Asociación Nacional, a menos que se haga con arreglo previo a este respecto con la Asociación Nacional interesada.

.-Los jugadores de los Clubs de la División Mayor, transferidos sin un certificado de transferencia emitido por su Club de origen, y sin haber pertenecido a un Club de una Asociación Nacional de los ocho países arriba mencionados bajo el punto 2, habiendo sido suspendidos de este hecho por su Asociación Nacional correspondiente, quedan suspendidos y no son autorizados a continuar jugando con su Club actual de la División mayor, hasta que no se haya hecho un arreglo, por el cual la Asociación Nacional competente levantará expresa y formalmente la suspensión promulgada anteriormente”.

Para resumir tanto fárrago: Los fugitivos de clubes argentinos, brasileños, peruanos, etc., debían regresar a esas entidades tan pronto vencieran sus contratos con entidades colombianas, o sin más dilación al finalizar el Campeonato de 1954, aun cuando esos contratos tuvieren una fecha de expiración posterior. Cuantos competían en la Liga colombiana eran intransferibles, a menos que sus clubes de procedencia -argentinos, brasileños, peruanos, etc.- hubiesen otorgado aquiescencia documental, obviamente tras percibir la cifra exigida en concepto de traspaso. Además, a cualquier futbolista contendiente en la Liga colombiana cuya procedencia no correspondiera a los ocho países del cono Sur, si hubieran sido reclamados desde sus entidades de origen se les prohibía seguir compitiendo en Colombia, hasta que ambas partes acordaran la cifra de un traspaso, en estricta observación de la metodología FIFA.

Una burla y menosprecio increíble a los clubes damnificados de América del Sur, puesto que tan sólo para el disfrute de las escasas incorporaciones procedentes de otros puntos cardinales, se exigía el lógico resarcimiento económico a los legítimos titulares de sus derechos federativos. Ahí se observaba la poderosa y larga mano de las federaciones británicas, puesto que el último capítulo sin duda obedecía a su dictado. Y es que el defensa central Franklin, internacional, por más señas, era otro de los huidos al mundo de Nunca Jamás, donde cobraba anualmente lo que entre nieblas y ruinas de la destrucción bélica le ofrecían por cuatro campeonatos.

Con la rúbrica de ese pacto hubo un clarísimo vencedor a corto plazo: Colombia. Y otro que solventaba la papeleta a plazo medio: la FIFA, puesto que las ovejas descarriadas volvían al aprisco, desactivándose, de paso, cualquier tentación de cisma como el que antaño viviera el catolicismo en Aviñón. Increíblemente, las federaciones latinoamericanas, y por ende sus clubes, tragaron aquella rueda de molino sin rechistar, sabedores de que en muchos casos iban a recibir futbolistas decadentes, sin nada parecido a una indemnización. Porque cinco años después de su partida, aquellos hombres pletóricos, cotizados y en la cúspide de sus carreras, mayoritariamente ya no podían ser ni una sombra de sí mismos. El amateurismo que por esa época caracterizaba la gestión de tantas entidades deportivas sudamericanas, sucumbió sin paliativos ante el modelo empresarial de la Liga Colombiana y los espolones de Inglaterra. Algo, por cierto, de lo que supieron aprovecharse con creces varias docenas de intermediarios, cuyo negocio consistió en colocar jugadores del hemisferio Sur en Europa, mediante el rentabilísimo procedimiento de cobrar diez a este lado del océano cuando en el otro únicamente habían satisfecho tres.

Pero es que el filibusterismo colombiano aún fue premiado con otro trofeo no menor. El Sr. Barassi, y por su mediación la FIFA, levantaba la sanción impuesta a los clubes del país desde el momento en que estamparan su firma sobre aquellos pliegos. Y ello equivalía a permitirles disputar partidos amistosos, festivos y de exhibición, en todos los territorios asociados al máximo órgano internacional. Por supuesto, alineando a las estrellas rapiñadas, las que les otorgaban cotización y seguirían disfrutando hasta finales de 1954. En suma, algo más de tres años haciendo caja por distintas latitudes, estilo Harlem Globetrotters, mediante giras muy rentables.

La posibilidad de que Ladislao Kubala, en la imagen, tuviera que abandonar definitivamente el fútbol a causa de su enfermedad, se tradujo en la urgente búsqueda de un relevo. José Samitier puso entonces su excelente pupila en el argentino Di Stéfano.

Una de ellas condujo al Millonarios hasta España, en marzo de 1952. Esos partidos, muchas veces ante clubes de menor relevancia, solían tomárselos en el seno del “Ballet Azul” como el gato que hace rabiar al ratón; a manera de pachanguitas y sin sudar mucho, conscientes de que la superioridad técnica les otorgaba una muy considerable ventaja. Además, tantos meses compitiendo en Colombia, con altas temperaturas y abuso de sobeteos al cuero, en detrimento del arranque vigoroso y la verticalidad, había amanerado un tanto su concepción del fútbol. De ahí que en nuestro suelo únicamente cosecharan una victoria, entre cinco comparecencias. Pero ese solitario triunfo lo obtuvieron en el espléndido marco de Chamartín, ante el Real Madrid, para alzarse con el trofeo de las Bodas de Oro “merengues”. Di Stéfano estuvo sobresaliente, desplegando un fútbol distinto al de los demás delanteros centros, cuya misión, entonces, consistía en acampar dentro del área rival, entrando en acción tan sólo para rematar desde el punto de penalti envíos laterales de sus extremos. Aquel tipo rubio, en cambio, se retrasaba para ordenar el juego, distribuía balones por ambas bandas, corría como el que más, galvanizando el ataque del conjunto… y se las arreglaba para llegar hasta donde suelen cocinarse los goles. Su velocidad y técnica depurada fue jaleada admirativamente, sobre todo al no existir puntos en juego. Lo tenía todo, incluso genio para abroncar a algún compañero. ¿De dónde había salido semejante fenómeno?

Eso mismo preguntaron los directivos madrileños a sus colegas del Millonarios, en la privacidad del palco. E incluso sondearon cuánto podía costar su contratación. Afablemente, los mandatarios visitantes les recordaron el Pacto de Lima, según el cual no podían traspasar ni a Di Stéfano ni a ninguno de los demás, y que el argentino seria propiedad del River Plate desde 1955.Santiago Bernabéu y su cenáculo tendrían que poner el punto de mira en cualquier otra dirección, para llenar los graderíos de su enorme estadio. Al menos de momento, porque el futuro inmediato iba a poner todo de su parte para enredar la cuestión hasta lo inconcebible.

En setiembre de 1952, como entonces era habitual, echó a rodar en nuestro país el Campeonato Nacional de Liga. Los diarios del martes 16 recogían con relativa alarma que Ladislao Kubala, indiscutible estrella del Barcelona, se había retirado con molestias tras medirse al Deportivo de La Coruña. La semana siguiente los azulgrana caían ante el Oviedo en Buenavista, con una mala actuación del húngaro. Por la ciudad condal empezaban a circular rumores, según algún medio malintencionado, en torno a la salud de Kubala. El llamativo silencio de la entidad “culé” ni mucho menos contribuía a desvanecer los malos presagios y, para que nada faltase, algunos periodistas especulaban acerca de los médicos que estarían tratando a la gran inversión barcelonista. Al cabo, la palabra “tuberculosis” asomaba por las conversaciones, entre muestras de pesimismo; no en vano la tisis se había llevado por delante a varios miles de españoles durante el decenio precedente. Kubala era joven, estaba fuerte y siempre dio la impresión de cuidar su estado físico como deportista ejemplar. Pero también cabía decir lo mismo del portero algorteño José María Echevarría, y tuvo que abandonar el fútbol después de figurar en la agenda del seleccionador nacional, pese a que el Athletic bilbaíno, su club, no reparase en gastos tratando de devolverle la salud. El pesimismo en la órbita azulgrana crecía con el correr de las semanas, según voces en teoría bien informadas. Convenía anticiparse a la eventualidad de que la estrella barcelonesa tuviera que despedirse del fútbol.

En ese momento el secretario técnico “culé” -hoy diríamos director deportivo-era José Samitier, ídolo mientras vistiera de corto en la entidad, allá por los años 20 y 30, y también con pasado “merengue” durante las últimas temporadas prebélicas. A él le tocó sondear mercados y posibles sustitutos, sin vislumbrar demasiadas alternativas. Los seis años de la II Guerra Mundial habían empobrecido el panorama deportivo europeo hasta límites inimaginables, entre otras razones porque los países del bloque oriental constituían un coto de imposible acceso. Por cuanto respectaba a América, la artera maniobra colombiana había convertido a ese país en coleccionista de estrellas intocables. Prácticamente todas estaban atadas hasta el 15 de octubre de 1954, y sólo podían ser objeto de negociación tras reincorporarse el 1 de enero de 1955, a los clubes desde los que dieron la espantada. Era el peor momento para verse en la necesidad de fichar a una figura de relumbrón.

Pese a todo, hasta el despacho de Samitier se coló de pronto, por alguna rendija, un rayito de esperanza. Aprovechando la navidad de 1952, el Millonarios de Bogotá se desplazó a Chile en otra de sus giras recaudatorias, y de vuelta Alfredo Di Stéfano obtuvo permiso para viajar hasta Buenos Aires, con el propósito de dar el visto bueno a su recién terminada vivienda, en el Parque Chas. Una excusa para la reflexión, el repaso a su cuenta corriente y madurar planes inmediatos, junto a varios jugadores desencantados con el fútbol de Colombia y el Pacto de Lima. Porque si lo de regresar forzosamente a Perú, Argentina, Brasil, Paraguay o Chile dentro de dos años, no era plato de gusto para casi nadie, puesto que allí les esperaban malas caras, mucho menos dinero e incluso algún ajuste de cuentas, la División Mayor tampoco es que les satisficiera del todo. Superada la novedad de los primeros meses, los estadios comenzaron a despoblarse. El campeonato, en sí, carecía de esa pasión enraizada en la historia, en afrentas viejas y desafectos nuevos, en ese haber mamado los colores desde la cuna, como por otra parte era lógico en un montaje al fin y al cabo tan artificial y efímero como los decorados cinematográficos. Aquellas giras por distintos países habían abierto muchos ojos. Europa se recuperaba de sus heridas. Italia y España pagaban muy bien a los artistas del balón. E incluso México. A buen seguro, cuando transcurridos un par de años regresaran al redil con las orejas gachas, nadie iba a traspasarlos al extranjero, aunque fuera tan sólo como escarmiento. No, el Pacto de Lima no estaba haciéndoles ningún favor. Lo sabían de sobra tanto Di Stéfano como un nutrido grupo de compañeros.

Después los brindis de año nuevo, Báez, Mourín, Ramírez y Reyes, argentinos como el propio Di Stéfano, y los peruanos Moquera y Soria, comunicaron a la “Saeta Rubia”, para entonces convertido en una especie de líder tácito, su intención de no regresar a Colombia. Todos habían ganado su buen dinero y con la faltriquera llena creyeron llegado el momento de enhebrar su porvenir, aunque ello implicara negociaciones a tres bandas, tal y como el propio Pacto de Lima habilitara. Es decir, distribuyendo hipotéticas ofertas de traspaso entre los clubes de procedencia y los colombianos, aunque ello implicara encarecer un tanto el producto. En suma, los siete se convirtieron en desertores por partida doble. Y huelga decir que tanto al Millonarios, como a otros clubes de Colombia, les faltó tiempo para denunciar ante la FIFA la nueva irregularidad que ahora los convertía en víctimas.

El máximo órgano internacional del fútbol volvió a notificar a sus Federaciones adscritas la imposibilidad de fichar a ese puñado de rebeldes, mientras no resolvieran la situación contractual que los unía a Colombia hasta 1954, y a Perú o Argentina desde enero de 1955. Y era precisamente a Di Stéfano a quien peor le pintaba, puesto que para sufragar la adquisición de su casa había recibido 4.000 dólares como anticipo de la ficha correspondiente a 1953. Nada menos que 200.000 ptas. de hace setenta y dos años, que desde luego no parecía muy dispuesto devolver.

Ese era el rayito de luz atisbado por José Samitier en Barcelona. Una luz difusa, que desde Colombia contribuyeron a distorsionar torticeramente.

Como Alfonso Senior, presidente del Millonarios, conocía bien las tardíasy malas soluciones de la FIFA ante problemas enrevesados, en cuanto tuvo noticias sobre el posible interés “culé” por el díscolo Di Stéfano, quiso cebar la fuente de Canaletas. Pero la directiva azulgrana prefirió entenderse tan sólo con los argentinos del River Plate, cuando el Pacto de Lima obligaba al acuerdo de River y Millonarios para dar por bueno cualquier traspaso. Error mayúsculo, o no tanto, puesto que también existía la posibilidad de que desde la ciudad condal se pretendiera jugar a dos bandas: 1.- Garantizarse el sí de River Plate, propietario de Di Stéfano al cien por cien desde el primero de enero de 1955, o sea cuando ya se supiera sobradamente si Kubala estaba o no en condiciones de seguir jugando al fútbol, y así evitar que otro club pudiera entrar en liza por hacerse con el argentino. Y 2.- Suponiendo que el húngaro se viese abocado al retiro, siempre estarían a tiempo de negociar ventajosamente conlos rectores del Millonarios, puesto que maniatado el River por su contrato azulgrana, tendrían que soltar a su rutilante estrella, gratuitamente y a la fuerza, durante el invierno de 1954. El factor tiempo, ahora, empezaba a jugar contra los colombianos.

Comoquiera que fueren las cosas, una vez logrado el acuerdo telefónico entre Enrique Martí Carreto, presidente del Barça, y su colega del River Plate, los barceloneses podían sentirse dueños de la “Saeta Rubia” desde el día de año nuevo de 1955. O casi. Porque ese acuerdo cifraba el traspaso de Di Stéfano en 4 millones de ptas., suma realmente considerable para la época, que por otra parte ni la entidad, ni sus directivos poseían. Al menos éstos últimos con procedencia confesable, puesto que dedicados mayoritariamente a gestionar sus empresas textiles, no acostumbraban a tener tanto dinero en cuentas corrientes -lo que equivalía a devengar más impuestos-, sino en metálico, a buen recaudo en cajas fuertes. Vamos, en negro. Además, sus industrias dependían de los cupos a la importación de materias primas otorgados desde el estado autárquico, tan cicateros como insuficientes. De manera que ese déficit solían compensarlo mediante la adquisición soterrada del material preciso, mediante pagos a espaldas de la autoridad monetaria. Porque entonces, aclarémoslo, todos los devengos al exterior debían ser visados desde el Banco de España.

Enrique Martí Carreto, empresario textil y presidente del Barcelona durante el ajetreado “affaire” con Alfredo Di Stéfano.

Huelga indicar que nunca hubo noticias de dicho ente sobre el pago de tal cantidad, o de una parte, siquiera, con destino al club bonaerense. Ni verbales, ni documentadas. Y conste que desde el Banco de España, en el pasado, ya se elevaron quejas a “la superioridad” por el alto costo de las incorporaciones futbolísticas(1). Semejante cifra hubiera hecho empalidecer a los auditores del banco central. Y a buen seguro cubriéndose las espaldas habrían dirigido el correspondiente oficio a la Federación Española, desde donde sin la menor duda, tras pedir explicaciones al club barcelonés únicamente cabía una completa desautorización. El Pacto de Lima exigía un doble cuerdo entre Colombia y Argentina para que la transacción pudiera llevarse a efecto, carambola a dos bandas que no tuvo lugar. Además, en los archivos de la R.F.E.F. nunca se pudo encontrar asomo de documentación a tal respecto. Se antoja obvio, por tanto, que conforme apuntara Jordi Badía desde un medio tan poco sospechoso como la revista “Barça”, en su artículo de Abril, 2006, bajo el título de “El Caso Di Stéfano: La culpa de Martí Carreto”, los dos millones de ptas. entregados al presidente del River Plate como pago a cuenta, se hicieron de “extranjis”.

Porque la existencia de ese pago no ofrece asomo de duda. Así lo manifestó siempre del club argentino, y más adelante habría de consignarse en el acuerdo definitivo alcanzado por R. Madrid y Barcelona, del que se hablará a su debido tiempo.

Samitier, entre tanto, buen cocinero antes que fraile, y por ello conocedor de cómo piensan y sienten los futbolistas, hizo gala de habilidad en su empeño de ganarse a Di Stéfano para que, llegado el momento, contribuyese a apretar las clavijas del Club Millonarios, si fuera el caso. De manera que optó por llevárselo a Barcelona, para que la ciudad, y el trato dispensado en ella tanto a él como a su esposa, convencieran al bonaerense de que nunca podría encontrar otro marco tan perfecto para reanudar su actividad deportiva. Así que el 23 de mayo de 1953, el jugador, su esposa y las dos hijas que en ese momento completaban la familia, tomaban tierra en Barajas, partían hacia Zaragoza para pernoctar y el día siguiente desembocaban en la ciudad condal. Una vivienda en la calle Córcega, esquina Balmes, fue la residencia del cuarteto. Pero antes, en concreto el 22 de febrero, había tenido lugar un hecho trascendental, tanto por cuanto respecta al club barcelonés como sobre el desarrollo de esta historia: Ladislao Kubala reaparecía, dando muestras de una completa recuperación. Y de su mano, en un apretado final, el equipo se proclamaba campeón de Liga (3 de mayo de 1953), derrotando al At. Bilbao por 3-2 con un penalti marcado por el húngaro. Más aún, por tercer año consecutivo los azulgranas se alzaban con el título de Copa. Cánticos, laureles y flores al paso de los vicecampeones, invitados a participar en la Pequeña Copa del Mundo, torneo organizado en Caracas.

El 7 de julio, casi desde la escalerilla del avión que condujo a la expedición barcelonesa hacia la capital venezolana, el presidente “culé”, Enrique Martí Carreto, en tono eufórico manifestó, sin ambages: “Solucionaré el fichaje de Di Stéfano”.

Es bien sabido que algunos hombres cumplen más años que promesas, y al menos en aquella oportunidad el Sr. Martí no fue capaz de llevar a cabo la suya. El “affaire” del futbolista argentino iba a dar giros muy bruscos, derivando hacia nuevos dolores de muelas para el presidente del Millonarios, la afición barcelonista y el empresario textil que dirigiese a la entidad durante un periodo tan convulso. De todo ello, como si de una novela por entregas tratáramos, se dará buena cuenta en el siguiente capítulo.

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(1).-Una de esas quejas en vísperas del Mundial de Chile (1962), unida al posterior fiasco de la selección nacional, se tradujo en cerrojazo a la importación de futbolistas extranjeros, vigente hasta el año 1974. Casi doce años sin otra cosa que españolitos en 1ª y 2ª División, o una pléyade de “oriundos” mayoritariamente falsos, para desdoro de clubes, Federación, oficinas consulares y Delegación Nacional de Deportes, esta última aunque sólo fuere por mirar incomprensiblemente hacia otro lado.




Cerco a los intermediarios del fútbol

Hace algo más de cincuenta años, el presidente de un importante club español afirmó, lapidariamente: “Son los intermediarios con sus manejos turbios, sus trucos de subastero, su falta de ética y un desmedido afán de lucro, los que están matando este deporte. Elevan precios a su antojo, falsifican documentaciones, meten y sacan jugadores en los equipos cuando les viene en gana, mientras el aficionado sigue pagando la fiesta. Habría que erradicarlos”.

Hace algo más de cincuenta años, la página balompédica nacional más vergonzante, bautizada como timo de los falsos oriundos, se tradujo en amnistía para los falsarios, un acuerdo bajo manteles con los entonces responsables de la FIFA y la UEFA, borrón y cuenta nueva política y federativa, sin exigencia de responsabilidades en ningún ámbito, y adulteración consciente de nuestras competiciones. Quienes pasaron filtros policiales y aduaneros con pasaportes fraudulentos, después de haber sobornado a agentes consulares, siguieron compitiendo como españoles sin serlo, otorgando efectividad a estancias ilegales que deberían haberlos llevado a prisión, en cumplimiento de la legislación vigente. No hubo multas para los infractores, fueren futbolistas o entidades, ni la menor sanción deportiva. Bien al contrario, el gobierno regó con millones de pesetas a los clubes en quiebra -casi todos los del ámbito profesional- para que la pelota no dejase de rodar. Quiebras debidas a malgastar diez cuando sólo se disponía de la mitad. Y para mayor escarnio, los intermediarios continuaron haciendo su agosto, ya sin necesidad de sobornar al funcionariado ni inventarse padres postizos para sus pupilos, puesto que el portillo importador se fue ensanchando hasta extremos inimaginables.

Muy pocos, entonces, esbozaron actos de contrición suscribiendo las palabras del presidente del Athletic Club en una Asamblea de la F.E.F., al aseverar ante todos sus colegas: “Para que haya corruptos tiene que haber corruptores. No viene al caso mirar hacia fuera cuando el problema está aquí dentro”. En mester de juglaría: son ustedes quienes hacen posible, o incluso alientan esa corrupción. Era más cómodo y gratuito señalar con el dedo a los intermediarios, culpables, obviamente, aunque no únicos responsables del desaguisado, puesto que la existencia de falsificaciones documentales constituía un secreto a voces, tanto en las embajadas españolas como en el Ministerio del Interior, en los despachos federativos, de la Delegación o el Consejero Superior de Deportes, y hasta en la sede helvética de la FIFA, luego de quedar al descubierto que dos internacionales españoles en realidad eran argentinos, y al menos otro tampoco debería haber debutado, por lucir durante su etapa juvenil otra camiseta hispanoamericana; algo que lo incapacitaba para representar a ningún país más.

Los intermediarios llevaban casi dos decenios haciendo de su capa un sayo, con el beneplácito de clubes compradores y vendedores, de las organizaciones supranacionales cuya misión consistía en vigilar la pureza del deporte rey, y en último término de unos políticos acostumbrados a mirar hacia otro lado. Porque las cosas del fútbol, sin ser demasiado importantes, podían convertirse en todo un problema ante la pasión con que sus seguidores más fieles se tomaban cuanto sonase a agravio comparativo. Sólo de tarde en tarde alguien tocaba a rebato sin mucho entusiasmo. Por esgrimir cierta representatividad, quizás. Para que todo el monte no fuese orégano.

Ocurrió, sin ir más lejos, en setiembre de 1959, cuando la Federación Argentina hubo de hacer frente a denuncias por fraude e intento de estafa cursadas desde la directiva del Arsenal, poniendo sobre el tapete nombres y apellidos de varios intermediarios sobradamente conocidos. La AFA, entonces, sometida a presión desde Suiza, donde el máximo órgano futbolístico observaba con preocupación determinadas prácticas reñidas con el Derecho internacional, en su Asamblea del día 14 desautorizó “para le gestión o relación con Entidades afiliadas a la FIFA”, a un puñado de “negociantes de la pelota”. Entre ellos a Félix Clodomiro Latrónico (Buenos Aires 31-VII-1912), viejo conocido de varios clubes, secretarias técnicas y directivas españolas e italianas.

Félix Latrónico, “negociante” del fútbol cuyos tentáculos alcanzaban Brasil, Argentina, Francia, Portugal, Italia y por supuesto España, donde “colocó”, directamente o a través de intermediarios nacionales, a sus “productos”.

La prensa argentina aireó concienzudamente dicha resolución, pues no en vano alrededor de dos centenares de futbolistas y entrenadores habían cruzado fronteras o el Atlántico,por mediación de los encausados. Y algunas de esas crónicas, extractadas, vieron la luz bajo cabeceras de nuestro país, como la entrevista que Luis Tena realizase a Latrónico, reproducida en el diario “Marca” (octubre de 1959).

“Yo me considero un agente comercial de fútbol -afirmaba el intermediario con ascendencia italiana-. Así como hay agentes teatrales que colocan artistas de teatro, yo coloco futbolistas. Lo he hecho con muchos; vendo lo que creo es bueno; lo recomiendo a los clubes; trato de saltar sobre esa apatía de los entrenadores y secretarios técnicos y hago resaltar las buenas condiciones de la mercancía. Siempre trabajo con cosa buena”.

La pregunta inmediata resultaba obvia: ¿Acaso los entrenadores o secretarios técnicos no podían llevar a cabo esos fichajes?. Y su respuesta, de manual:

“No. ¡Qué esperanza!. ¿Cómo lo van a hacer?. Para este oficio hay que tener mucha flexibilidad. Además, los dineros que se ganan no entran solamente en un bolsillo. Quedan diezmados por otros agentes o informadores que pululan alrededor de los clubes. Nosotros damos la cara, pero quedan los invisibles, los que cobran cantidades porcentuales por gestiones como presentar a una determinada persona, o a un secretario técnico”.

Un “invisible” de Latrónico en España era Luis Guijarro, el más activo correveidile nacional entre los años 50 y 70 del pasado siglo, alguien a quien los mandatarios salientes recibían con alfombra roja para que colocase a los mejores efectivos de la entidad en cualquier otra, eso sí, a cambio de dejar en caja una cifra suficiente para enjugar lo adelantado por cada miembro de la directiva, e irse de ella sin merma pecuniaria. Con la ayuda del inefable vendedor de coches(1), Félix Clodomiro Latrónico “colocó” a Lugo y Garabal en el At. Madrid; al portero argentino Domínguez en el Real Madrid; a Juan Marcelo Grillo en el Santander; a Adalberto Rodríguez; a Francisco Diego Bayo y el “Tubo” Raúl Justo Gómez en el Celta; a Alfredo Hugo Rojas, tanto en la entidad viguesa como en el Real Betis; al también argentino Álvarez… En general, y a excepción de Domínguez, que tampoco lograría hacerse con la titularidad en un club “merengue” tachonado de estrellas, deportistas de muy segundo rango, vendidos por bastante más de lo que podían ofrecer sobre el césped. Con respecto a Italia, su otro paraíso, situó al entrenador Carniglia en la Fiorentina y en el Milán al “Pelado” o “Coco” Ernesto Grillo, hermano del que luciera la camiseta santanderina en los Campos de Sport de El Sardinero. A Humberto Maschio y Enrique Omar Sivori, este último gran figura del “Calcio”. En Portugal, otro país al que tampoco hizo ascos, al entrenador Héctor Puricelli en el Oporto.

Con el tiempo descubrió una excelente fórmula para ahorrarse dinero en mordidas e intermediaciones, probablemente inspirada en la metodología de su competidor De la Hoz, otro “comerciante” con muchos espolones. Primero introducía a un entrenador en cualquier equipo, y luego era el técnico quien reclamaba a su directiva refuerzos de confianza para tal o cual posición. Huelga indicar que esas incorporaciones llegaban de la mano de Latrónico, y que si bien ese o esos entrenadores no mediaran por amor al arte, siempre salía más a cuenta repartir con uno que con tres o cuatro aprovechados.

De la Hoz, por cierto, quedó retratado en Oviedo, donde situó primero al entrenador y luego éste habría de recomendar a futbolistas de la misma “cuadra”. Pero a De la Hoz se le fue la mano, con unos precios tan desmesurados como para multiplicar por cuatro lo que cualquiera hubiese obtenido negociando con los clubes de procedencia. Y aunque tarde, la directiva asturiana acabó cayendo del guindo. “La intervención de un gran asturiano emparentado con directivos ovetenses -se escribió entonces-, destapó el asunto. Luego ese gran asturiano recomendó jugadores que, obtenidos directamente, arrojaban inmejorables condiciones financieras”. Los asturianos se hicieron con al menos un gran elemento, Sánchez Lage, a precio de saldo.

“Sí -reconoció Latrónico a Luis Tena en aquella entrevista-. Francamente ese gran asturiano, como usted dice, espantó varias operaciones que se tenían preparadas. Pero nada tengo que ver con el señor De la Hoz. No trabajo con él desde hace tiempo. Él tenía sus modos y yo deseo dar toda clase de confianza a la parte compradora; quiero, en una palabra, trabajar solo. Hacer las cosas a mi manera clara y ganarme una comisión correcta”.

Acerca de su descalificación profesional, lanzaba balones fuera: “Sí, se me ha incluido en el decreto de la AFA. Pero ya he mantenido una reunión con el señor Colombo y he puesto las cosas en claro. Pronto aparecerá una rectificación, desligándome de todo lo del Arsenal”.

Visado brasileño de Félix Clodomiro Latrónico. Aunque viajase repetidamente al país de la samba, su producto estrella siempre fue “made in Argentina”.

Ese escándalo, de cualquier modo, ni mucho menos constituía su único problema, puesto que no sólo el Oviedo se había decidido a pescar directamente en el fértil caladero argentino. José Luis Saso, entrenador y antiguo cancerbero del Real Valladolid, viajó hasta Buenos Aires y Montevideo en sus vacaciones veraniegas de 1959, para regresar junto al Pisuerga con los uruguayos Julio César Benítez y Eduardo Bibiano “El Cacho” Endériz, y los argentinos Héctor Ricardo Aramendi, Juan Miguel Solé y Juan José Bagnera, adquiridos por un precio irrisorio. A Benítez le bastó un año para partir hacia Zaragoza, dejando en las arcas vallisoletanas el equivalente a diez veces lo satisfecho por el quinteto, y otro para que a su vez los aragoneses hicieran caja traspasándolo al Barcelona. Eduardo Endériz seguiría en el estadio Zorilla hasta 1963, cuando el Zaragoza, primero, y luego el Barcelona y Sevilla, le ofrecieran sus camisetas. Juan Miguel Solé después de una primera campaña espléndida tuvo la desgracia de lesionarse gravemente, sin volver a ser el mismo. Con todo trató de recuperar el tono en las plantillas del Real Oviedo, Murcia y Calvo Sotelo de Puertollano, antes de echar raíces en Galicia y constituir una estirpe futbolística con sus hijos Jorge Javier y Miguel Ángel Solé Adrover. Aramendi no se movió de Castilla hasta completar cinco campañas como blanquivioleta. Luego luciría la camiseta bermellona del R. C. D. Mallorca, la del Badalona, entonces en 2ª División, el Xerez C. D., igualmente en la categoría de plata, y la ya extinta Unión Deportiva Salamanca, bien cumplida la treintena. Únicamente Juan José Bagnera resultó decepcionante. Seguro pero lento ante el ritmo de nuestras competiciones, no tuvo sitio en el equipo. Lo cedieron al Plus Ultra madrileño sin que llegara a jugar, surgieron problemas federativos e hizo el viaje de vuelta a Buenos Aires, para proseguir su carrera en Argentino de Quilmes y el Deportivo Español, donde se erigió en figura desde 1960 hasta 1967, retirándose en el fútbol ecuatoriano con el ya desaparecido club Liga de Portoviejo en 1971. “El Flaco”, conforme se le conoció en su tierra, falleció frisando los 81 años.

Sí, los entrenadores y secretarios técnicos de este lado del océano empezaban a erigirse en dura competencia. Helenio Herrera también viajó hasta Argentina en 1959, trayéndose de vuelta a Carlos Domingo Medrano, un portero barato de 2ª División, como teórico relevo del gran Ramallets en tanto cuajaban todas las esperanzas depositadas en el juvenil Sadurní.Y por si no bastara, algunos manejos sembraron la alarma en el departamento jurídico de la FIFA.

Buscando una mayor rentabilidad, Latrónico, y no sólo el, sino varios intermediarios del continente sudamericano, apostaron por piruetas arriesgadas que de salir bien deberían cubrirlos de oro. ¿Por qué no hacerse con los derechos federativos de algunos futbolistas, y luego explotarlos mediante traspasos o cesiones de club en club?. Bastaba con acercarse a entidades muy apretadas económicamente, poner dinero contante y sonante sobre la mesa y suscribir contratos donde entidades y jugadores acordaran la “venta” al “negociante”, para que éste, a posteriori, llenase las alforjas. No faltaban equipos con el agua al cuello ni en Argentina ni en Uruguay, y más todavía en Paraguay o Perú. Ni por supuesto jóvenes soñando con el ciento por uno bíblico en clubes de España, Italia, Francia o Portugal.

Aunque, claro, una cosa era que el club X exigiera compensaciones por desprenderse de un buen elemento con vigencia contractual, y otra que cualquier individuo, no en representación de nadie, sino a título personal, pasease a jugadores de feria en feria como si se tratara de esclavos, hasta recibir alguna oferta satisfactoria. Si aquello no era un retroceso a los siglos XVII y XVIII, a sus terribles mercados de carne negra, se parecía enormemente. Y puesto que ante cualquier denuncia hipotética podría acabar interviniendo la Justicia convencional, poniendo en solfa, de paso, no sólo tan demencial maniobra, sino todo el andamiaje de los traspasos, por los despachos de la FIFA sonaron las alarmas. Había que acabar con semejante osadía sin levantar mucha humareda, porque el humo siempre llama la atención del servicio antiincendios.

Lástima que al sofocar ese fuego pagasen justos por pecadores.

La temporada 1958-59, mientras Félix Latrónico y los encausados por la Federación Argentina enhebraban disculpas y explicaciones, el Real Club Celta de Vigo iba lanzado hacia 2ª División. Su directiva, en un último esfuerzo por eludir lo inevitable, se hizo con tres atacantes argentinos: Alfredo Rojas, Diego Bayo y Raúl Justo Gómez, “El Tubo”, este último firmando hasta finalizar el ejercicio y tan sólo a cambio de sueldos, sin devengos por préstamo ni traspaso. Imposible determinar si el muchacho era bueno, o no tanto, puesto que sólo pudo vérsele en 3 partidos, contra el Club Atlético Osasuna, en Pamplona (8-II-1959), el Real Oviedo y el Valencia C. F. Tenía 27 años al expirar ese contrato y aún calculaba un mínimo de cinco campañas más en el fútbol profesional. Pero desgraciadamente para él, se vio impelido a colgar las botas.

Natural de Santa Fe y Alsina, provincia de Rosario (11-III-1932), era hijo de un emigrante palentino que, según confesase en una entrevista concedida a Miguel Pisano para “La Capital”, el 14 de marzo de 2004, “no dormía, literalmente, porque yugaba de sol a sol como fletero y de noche manejaba un taxi”. Séptimo varón de 9 hermanos, se inició en el Morning Star, un equipillo de barriada, desde donde con 15 años pasó al Santa Fe, otro conjunto de barrio. La casualidad hizo que un día se enfrentara a los canteranos del Central, venciendo por 4-3. Los técnicos rosarinos algo debieron ver en él, porque le ofrecieron irse con ellos, y aunque dubitativo, aceptó cambiar de camiseta. Su ascensión fue meteórica. En 1952 debutaba en la cancha del Newell´s, nada menos que en un clásico, venciendo por 3-1. Esa noche lo llamaron desde Buenos Aires para hablar por la radio, y lo mismo desde el programa estrella en las ondas de Rosario. Desde el Central pasó al River Play bonaerense, donde como jugase poco lo cedieron al Lanús, antes de que su transfer lo adquiriese Félix Latrónico y acabara en el Celta. Descomunal error, del que siempre se arrepentiría.

Sorprende su cesión al Celta sin que el “negociante” exigiera alguna cantidad complementaria, siquiera en negro, o de tapadillo. Aunque quizás no tanto, si pensamos en el difícil trance que mantenía en vilo al intermediario. Tal vez quisiera sembrar para el futuro junto a la ría viguesa. O puede que la prudencia le aconsejase sigilo, sabiéndose mirado al trasluz. Lo primero para no arruinar su negocio era desactivar laamenaza de suspensión, finalmente convertida en realidad. Ya habría tiempo de volver a las andadas cuando todo se resolviera. Y hasta ese momento tampoco podía mantener inactivo el “género”, porque obviamente lo devaluaba.

En agosto de 1959, Latrónico dio excusas de mal pagador a su pupilo: “Me dijo que no podía ofrecerme nada, porque la mafia del fútbol estaba metiéndose con él, que se la tenían jurada”. Curiosa forma de ver las cosas, cuando eran Félix Latrónico y otros como él quienes esclavizaban a incautos henchidos de ilusión, mediante contratos leoninos. Ellos llevaban a cabo acciones mafiosas, sin emplear pistolas. Lo que en verdad sucedía era que al impedírsele contactar con cualquier club adscrito a federaciones bajo el imperio de la FIFA, el “negociante” estaba desactivado. En otras circunstancias, Raúl Justo Gómez hubiera podido salir del atolladero, ofreciéndose a distintos clubes, tirando de contactos o alcanzando acuerdos con cualquier entrenador ansioso por hacerle un hueco a cambio de la comisión correspondiente. Sólo en otras circunstancias, puesto que para desactivar el negocio esclavista urdido por los intermediarios, se cursaron instrucciones de no facilitar transferes internacionales si no era desde un club a otro, o mediante la presentación de cartas de libertad, documento que las entidades extendían a futbolistas con los que ya no contaban y hasta ese momento les hubieran “pertenecido”. No era el caso del exjugador celtiña, donde había intervenido en concepto de cesión. Sus derechos federativos los detentaba Latrónico y éste no podía extenderle ninguna carta de libertad, al ser esta una competencia exclusiva de los clubes de fútbol. Resumiendo, a los 27 años la vida deportiva del muchacho era historia pasada, sin que mediase ninguna lesión.

Ernesto Grillo en Milán, paseando con su esposa. Detrás Latrónico, cartera en mano, y Cucchiaroni. Grillo fue probablemente el mejor futbolista que trajo a Europa. Luego la adversidad se cebó con él, aunque quien intermediara en el mejor contrato de su vida nada tuviese que ver en el mal fario.

La única posibilidad de seguir enganchado a la pelota pasaba por continuar en España, aunque fuere ganando bastante menos dinero en clubes modestos de 2ª, sin expectativas de ascenso. Pero esa ni siquiera era una alternativa real. Había ingresado en nuestro país como oriundo, es decir como española todos los efectos, descendiente del laborioso palentino. Y al igual que todos los españoles sin merma física, estaba obligado a cumplir un servicio militar de 14 meses; algo que su intermediario por supuesto tampoco se molestó en explicarle. Cuando recibió un oficio notificándole el día y hora de presentación en la caja de recluta, esa última esperanza se le fue al suelo. No, claro, no iba a pasar dos meses y medio de campamento y casi un año en cuarteles de un país que ni consideraba propio. Las cosas, al fin y al cabo, quizás tampoco estuviesen tan mal como Don Félix las pintara.

Ya en Argentina pudo comprobar que, por una vez, el propietario de su transfer no mentía. Quedó varado en tierra de nadie, sin opciones de suscribir ningún contrato profesional. La “mafia del fútbol”, con nombre y apellido, se la había jugado muy duramente. Mientras, Latrónico y compañía pudieron seguir ejerciendo con el transcurso del tiempo. En Zaragoza lo saben perfectamente, ya que fruto de la amistad que uniera al “negociante” argentino con el antiguo delantero maño y celebrado secretario técnico Avelino Chaves, Juan Alberto Barbas deleitó a la afición de La Romareda durante tres años (temporadas 1982-83 a 1984-85). Y en este caso, las cosas como son, mediante un desembolso relativamente modesto, amén de fructífero.

Barbas había maravillado en el mundial juvenil de 1979, y en vísperas del Campeonato Mundial absoluto donde España fue anfitriona (1982), Real Zaragoza y Racing de Avellaneda firmaron un precontrato por 50 millones de ptas. Chaves, perfectamente informado por Latrónico sobre la biografía del chico, lo sedujo desde el primer momento: “Sabía todo sobre mí -confesó el propio Barbas-. Que venía de una familia muy humilde, que con 15 años trabajaba en una metalúrgica y que tenía novia. Me dijo: Yo ficho futbolistas, pero antes ficho personas. Avelino era un adelantado; tenía un ojo único para el fútbol”. Luego resultó que además de hacerse con un gran futbolista, el Zaragoza resolvió todo un señor problema mediante esa transacción. El Boca Juniors les adeudaba 35 millones, peseta arriba o abajo, por el traspaso de Marcelo Trobbiani. Dinero del que aún no se había visto nada. Chaves incluyó esa deuda en el contrato de Juan Alberto Barbas, pretextando que el entendimiento entre dos clubes bonaerenses por fuerza sería menos farragoso que mediando pagos en divisas, la intervención del Banco de España y toda la burocracia estatal en ambos lados. De manera que Barbas fue blanquillo por 15 millones de ptas., más una deuda cuyo cobro se presentía dificultoso.

Tras recibir en dos ocasiones el Premio Don Balón como mejor futbolista de la Liga española (1983 y 1984), Barbas pasó al “Calcio” bajo pabellón del Lecce, al japonés Júbilo Iwata, cuando los nipones apostaron fuerte por este deporte, al Sion suizo, donde habría de proclamarse campeón, a la Universidad Católica de Chile, el colombiano América de Cali o los argentinos Huracán y All Boys, antes de iniciar una nueva etapa en los banquillos, dirigiendo al Racing Club, Nacional de Paraguay, Bella Vista uruguayo, Audax Italiano y Rangers, ambos de Chile, Olimpo de Bahía Blanca y Almirante Brown del Gran Buenos Aires, Bangú brasileño y Club Atlético Atenas, de San Carlos, en el departamento uruguayo de Maldonado.

La intermediación en el fichaje de Juan Antonio Barbas fue probablemente la última contribución de Latrónico, por no decir la única realmente efectiva, a nuestro fútbol. Y hasta que eso ocurriera, la suerte de otros célebres “negociantes” fue variopinta.

A Luis Guijarro la UEFA le retiró su acreditación en la Asamblea celebrada en Estambul, un ya lejano 24 de mayo de 1978. Pásmense ante el motivo: “Por intervenir directamente en negociaciones y traspasos de jugadores, actividad para la que no está autorizado”. Llevaba haciéndolo desde 1947 con luz y taquígrafos, cuando situara en el At Madrid a Marcel Domingo y Ben-Barek. Alardeando de ello ante la prensa, desde donde se recogían puntualmente sus gestiones, mientras la UEFA y la F. E. F. permanecían en Babia. Treinta años enriqueciéndose en la ilegalidad, recibiendo agasajos y reverencias, aprovechando que los jerarcas del fútbol nacional y europeo ladraban a la luna. La Federación Española, obviamente, era la principal concernida, puesto que su Artículo 118 en el Reglamento de Jugadores reservaba tan sólo a presidentes o directivos de clubes la participación en cualquier fichaje. Las multas previstas para infractores resultaban ridículas: “De 1.000 a 5.000 pesetas para los clubes”. Algo más duras para los directivos cuya dejación de funciones pudiera acreditarse: “Entre 2 y 5 años de inhabilitación”. Y demoledora para el futbolista sorprendido en su buena fe, puesto que el club comprador no podía inscribirlo hasta transcurridos dos años, lo que teóricamente, si se hubiera aplicado alguna vez la normativa, implicaba 24 meses en el dique seco. El intermediario o “negociante” salía de rositas, puesto que al no estar regulada ni reconocida federativamente su figura, al “no existir”, en suma, difícilmente podría imponérsele una pena.

Guijarro continuó haciendo de su capa un sayo, utilizando a su hermano como pantalla por no herir susceptibilidades, aunque siguiera siendo él quien mantuviera todo tipo de entrevistas y moviese los hilos del negocio. Hasta le vino bien al bolsillo, recuperando los 20.000 francos suizos entregados en depósito al solicitar la licencia de agente UEFA. Retirada la acreditación y al no imponérsele ninguna multa, tuvieron que devolvérselos.

Romero, estrella en Uruguay vilmente engañada por Arturo Bogossian, trilero y prestidigitador consumado durante los años 50, 60 y primeros 70 del pasado siglo. Aunque en honor a la verdad ha de reconocérsele calidad en casi todos los jugadores que aportara a nuestra Liga.

El armenio Arturo Bogossian, que tantos paraguayos, uruguayos y argentinos colocase en nuestros equipos, parte de ellos con documentación falsa y engañados respecto al club donde se iban a integrar, tuvo que sentarse ante un juez en junio de 1978. Detenido en Asunción mientras cenaba con unos amigos, pasó la noche del 22 en una celda de la penitenciaría y continuaba entre barrotes al día siguiente, mientras el Tribunal concluía el estudio de las diligencias policiales y daba cuerpo a su expediente. Epifanio Rojas, otro intermediario paraguayo que ya tirase de la manta en plena eclosión del timo de los falsos oriundos en nuestro fútbol, le había denunciado por estafarle presuntamente 288.000 ptas.

Tanto Bogossian como Guijarro, para esas alturas nadaban en la abundancia y empezaban a estar fuera de época, seriamente amenazados por tiburones más jóvenes y hambrientos. Las muchas trampas del armenio a tantos jugadores del otro lado del océano le pasaban factura, puesto que ponerse en sus manos venía a ser como jugar a la ruleta rusa. Para Bogossian sólo el club comprador era importante, puesto que si sus mandatarios quedaban contentos volverían a contar con sus servicios. El futbolista apenas pasaba de utensilio imprescindible, aunque muy abundante. Sólo traía muchachos de América a Europa; las recolocaciones posteriores entre clubes del mismo país las dejaba para otros, considerándolas menos rentables. Y si el “utensilio” viajaba de un continente a otro engañado, pues qué se le iba a hacer.

El Paraguayo Juan Ángel Romero Isasi llegó a Madrid desde Montevideo, siendo una estrella en la Liga de Uruguay, y por demás convencido de que ficharía por el Real Madrid. Una vez en Barajas, Bogossian le dijo que de momento el club merengue tenía completo su cupo de extranjeros, y pasaría un año en otro equipo hasta que resolvieran esa situación: “Tú sólo tienes que jugar como sabes. En cuanto te vean se van a volver locos y te harán sitio, créeme. Van a ser unos meses”. Su destino real fue Elche. “El Elche de entonces -declaró más de una vez aquel propietario de una zurda formidable, lastrado por su tendencia a engordar-. Cuando llegamos, yo únicamente veía palmeras, no edificios. Y pensaba, ¿pero dónde está la ciudad?. De haberlo imaginado seguiría en Montevideo, donde estaba muy bien y era un ídolo. O sea que es aquí donde debo estar un año, pensaba. Miraba al agente, tan tranquilote, y casi me daban ganas de llorar”.

Paradojas de la vida. Quien considerase inicialmente ese supuesto año en Elche un triste entierro en vida, desarrolló 7 campañas como franjiverde, una en el vecino Hércules C. F, y dos en el C. D. Ilicitano. Colgó las botas con 35 años y se afincó en la provincia alicantina hasta su fallecimiento, acaecido el 17 de junio de 2009, con 74 años.

No fue el único engañado por aquel encantador de serpientes. A Juan Carlos Lezcano, paraguayo de Asunción y excelente interior con gran cartel en Chile, le hizo creer que firmaría por el Valencia, entidad con títulos de Liga y Copa, aspirante a reverdecer laureles si pincharan Real Madrid, Barcelona o Atlético, una ciudad situada junto al Mediterráneo, con clima muy benigno y todo tipo de comodidades. Lezcano tenía más carácter que Romero y no se achicaba soltando verdades a la cara. Así que probablemente por eso Arturo Bogossian le dio plantón en Barajas. Sintiéndose literalmente tirado, el futbolista le llamó por teléfono, para escuchar una sarta de disculpas: “Me dijo que las cosas se habían torcido un poco, pero que no me preocupara porque todo estaba solucionado -contó el propio futbolista bastantes años después-. Iba a ir al Elche en las mismas condiciones económicas, al equipo donde triunfaba Romero. Que tomara un autobús y me presentase allí, donde nos veríamos. Yo no sabía dónde quedaba eso, ni sabía que hubiera un equipo con ese nombre. Me comentó que estaba cerca de Benidorm y eso sí me sonaba, por el festival de la canción. Así que tomé el autobús, paramos en una gasolinera para estirar las piernas y utilizar los servicios, y el caso es que cuando yo salí el transporte acababa de irse sin mí”.

Afortunadamente la sociedad española de 1962 era muy distinta a la actual; más empática y colaborativa, menos individualista y mucho más confiada. Los empleados de aquel modesto parador preguntaron a otros clientes hacia dónde iban, y si podían trasladar en sus vehículos a ese joven de 23 años a quien se le había escapado el autobús de línea. Un señor de la región alicantina lo transportó en su coche hasta el denso palmeral, y Lezcano, por fin, pudo estampar su firma en el contrato, convirtiéndose en pieza esencial del mejor Elche C. F. en su larga historia. Nueve campañas consecutivas en 1ª División, con 42 goles marcados en el torneo de Liga y la disputa de una final copera en el estadio Santiago Bernabéu ante el At. Bilbao, lo convirtieron en mito franjiverde, por más que se le negara una salida a lo grande. Con 32 años reforzó en una última temporada al Eldense, y aún permanece bajo el dorado sol levantino, recordando a quienes quieran oírle que el Elche C. F. continúa debiéndole el partido homenaje pactado tanto tiempo atrás, y al que de sobra se hizo acreedor sobre el césped del viejo Altabix. Ni la jugarreta de su intermediario ni el injusto trato que le deparasen unos directivos sin memoria y en vuelo rasante, lograron marchitar su cariño y querencia por aquella tierra.

Menos airosa fue la decadencia profesional de Luis Guijarro, puesto que la temporada 1978-79, sin acreditación de la UEFA ni capacidad legal para intermediar en ningún fichaje, ofreció al ya extinto C. D. Málaga una perla balcánica del O. F. Belgrado, apellidaba Petkovic. Puesto que asegurase tenerlo todo muy bien atado, viajó hasta la capital yugoslava Manuel García Campos, comisionado por el club, para encontrarse con un soberano plantón. A Petkovic parecía habérselo tragado la tierra. Ni en el hotel donde estaba citado, ni en el club, decían conocer su paradero. Tampoco el informador de Guijarro por los Balcanes, Toni Markovic, lograba hallar el menor rastro. Cuando empezó a impacientarse el presidente costasoleño Serrano Carvajal, Guijarro y su contacto urdieron una historia a caballo entre las de los hermanos Grimm y el tenebroso terror de Howard Phillips Lovecraft. Justo ese domingo, la madre y hermana del futbolista habían sufrido un tremendo accidente de tráfico, falleciendo ambas. Al marido y padre acababan de encontrarlo ahorcado, incapaz de asumir el dolor. Y para que nada faltase, el futbolista se hallaba en el hospital, grave aunque fuera de peligro, tras ingerir un tubo de barbitúricos arrasando la acumulación de fatalidades. Así lo trasladó el presidente blanquiazul a algunos periodistas, pidiéndoles colaboración, respeto ante tamaña tragedia y unos días de reserva hasta transmitir la noticia, cuando el porvenir del jugador estuviese menos en entredicho. Aquellos periodistas hubieran palidecido si los kioscos de Málaga distribuyeran “L´Equip”, porque en su último número informaba sobre el fichaje de Petkovic, rebosante de salud, por el Troyes galo.

El fútbol cambiaba a pasos agigantados, dejando en la cuneta a cuantos no supieran adaptarse a los nuevos tiempos. Los “comerciantes” de antaño se extinguieron como dinosaurios, sin que en realidad ni la FIFA, ni la UEFA, y muchísimo menos las Federaciones nacionales de Europa y América, actuasen como meteorito destructor. Y tal como ocurriese tras la debacle para los gigantescos reptiles del jurásico y pleistoceno, otras especies nuevas, irían colonizando el deporte rey, sin resolver ninguno de los problemas arrastrados de antaño.

A veces, incluso, dando la impresión de enmarañarlos más.

(1).-Cuadernos de Fútbol ya se ocupó de este personaje con amplitud en el artículo titulado: “Luis Guijarro: Claroscuros de la intermediación futbolística”. El lector curioso puede remitirse a él, si deseara profundizar sobre el tema.




Medrano, un “Tigre” envuelto en enigmas

Durante los años 50 y parte de los 60 en el pasado siglo, cuando los receptores de televisión seguían siendo un sueño inalcanzable en muchos hogares españoles, el ocio doméstico se distribuía fundamentalmente entre la radio y la lectura. Los programas espectáculo de Bobby Deglané y José Luis Pécker, el humor de “Matilde, Perico y Periquín” o Pepe Iglesias “El Zorro”, los seriales, el “Teatro del Aire”, las emisiones de “Diego Valor” para le gente menuda, el consultorio de Elena Francis o los múltiples concursos liderados por Juan De Toro, concentraban a familias completas junto a una mesa camilla en la salita, porque el salón, si lo hubiere, solía reservarse para acontecimientos y efemérides.

Fueron aquellos, además, tiempos proclives a una vasta producción de novela popular genuinamente española. José Mallorquí, Marcial Lafuente Estefanía, Corín Tellado, María Teresa Sesé, Marisa Villardefrancos, Arnaldo Visconti (seudónimo de Pedro Víctor Debrigode), Eddie Thorny (Eduardo de Guzmán), ambos tras purgar condenas carcelarias, Keith Luger (Miguel Oliveros), Clarc Carrados (Luis García Lecha), George H. White (Pascual Enguídanos), Mark Halloran (Jorge Gubern Ribalta), Silver Kane (el más adelante premio Planeta y celebrado autor de serie negra Francisco González Ledesma), o Lou Carrigan (Antonio Vera Ramírez), lograban tiradas de 30, 40, 60 y hasta 80.000 ejemplares para sus títulos, a mayor gloria de editores como Germán Plaza o los hermanos Bruguera, y ya en un segundo rango de los sellos Toray, Rollán, Cid o Valenciana. Hubo espacio, también, para otra literatura popular, si no de más altos vuelos, con el marchamo de llegar traducida: Los westerns de Zane Grey –“poeta de la gran epopeya americana”, según aserto publicitario de su editor para España y Latinoamérica-, las aventuras de capa y espada firmadas por Rafael Sabatini, o sobre todo los enigmas a la británica de Agatha Christie.

Aunque doblado el Rubicón de los 60 los vientos de El Pardo, otrora tempestuosamente dictatoriales, apuntasen hacia una borrasca autócrata más llevadera, la censura seguía empeñada en salvaguardar el santo grial para la hasta hacía bien poco “reserva espiritual de Occidente”, y sus alguaciles, dotados de lápiz rojo y tijeras, continuaban viendo con enorme aprensión determinadas influencias exteriores. Una de ellas, el cine negro, o de gánsteres, por más que Hollywood incluyera siempre la proverbial moraleja antes del “The End”. Pero sobre todo las novelas en que parte de esas cintas se basaban. Obras sin moraleja posible, tras retratar escenarios de corrupción institucionalizada, con mujeres fatales abocadas a la perdición, héroes ambiguos y crítica demoledora hacia un poder sin freno ni escrúpulos. Así las cosas, poquísimos españoles habían oído hablar, siquiera, de Dashiell Hammet o Raymond Chandler, de Horace Mc Coy, Paul Cain, Fred Nebel, Richard Sale y Geoffrey Homes. Y quienes hubieren leído algo de ellos, lo habrían hecho en traducciones sudamericanas a cual más deplorable. La novela enigma, pues, reinaba sin competencia, hasta el punto de rebautizar a las historias policiales como novelas “de misterio”.

“Asesinato en el Orient Express”, “Diez negritos”, “Cianuro espumoso”, “Muerte en el Nilo”, “Maldad bajo el sol”, “Un cadáver en la biblioteca”, “Navidades trágicas” o “El misterio de Sittaford”, se reeditaron una y otra vez para alborozo de Pablo del Molino, editor en castellano de todo el catálogo Christie, en tanto el detective belga Poirot y la chismosa Miss Marple se convertían en unos miembros más de incontables familias.

Sí, durante los pasados años 50 y buena parte de los 60, los misterios estuvieron muy de moda. Hasta el punto de que nuestro fútbol tampoco quedó libre de un personaje altamente misterioso. Se llamaba Carlos Domingo Medrano Lazcano y vino desde su Argentina natal durante el verano de 1959, para jugar en el Barcelona.

Escudo del Atlético Tigre, equipo del que habría de derivar el apodo impuesto a Medrano por sus compañeros de vestuario en Barcelona.

El primer enigma tuvo que ver con las razones de su contratación. Cierto que al gran Ramallets, luego de doce temporadas bajo el marco azulgrana, ya no podía quedarle demasiada cuerda. El 4 de julio de 1959 había cumplido 35 años, edad provecta para los usos y costumbres deportivas de entonces, y parecía lógico buscarle un relevo. Pero es que ese relevo, según los técnicos de la ciudad condal, estaba en la propia cantera. Era de Arboç (Tarragona), acababa de estrenar los 18 un día antes de que Ramallets soplase sus 35 velas, y respondía al nombre de Salvador Sadurní. No hacía falta esperarle mucho, puesto que aunaba arrojo y agilidad, excelente colocación, un temple pasmoso bajo el larguero y gran confianza en sí mismo. Algunas sesiones ejercitándose junto al acreditado internacional y figura en el Mundial de Brasil (1950), cuando la presa “carioca” motejase al cancerbero como “O Guapo Goleiro”, parecían suficientes para hallarse en condiciones de tomar el relevo. Entonces, ¿a santo de qué se traía desde el otro lado del océano a un completo desconocido, sin sitio en la 1ª División de su país?. ¿Y por qué, si parecía postularse como solución estrictamente coyuntural, se le firmaban tres años de contrato?.

Por desgracia para él, su fichaje no fue muy bien visto entre la feligresía barcelonista. Natural de Coronel Suarez (16-IV-1933), y forjado en la cantera del bonaerense Club Sportivo Dock Sud, popularmente conocido como “El Docke”, compitió con su primer equipo en los campeonatos de 2ª División correspondientes a 1953, 54, 55 y 1956, ingresando en Argentinos Juniors durante los prolegómenos del torneo 1957. Como allí viera prácticamente todos los partidos desde la grada, fue devuelto al Dock Sud en 1958, para pasar al Club Deportivo Tigre, representativo de Victoria, colectividad de San Fernando en el Gran Buenos Aires, desde donde habría de traerlo el entonces entrenador “culé” Helenio Herrera. Puesto que entonces se conocía poco sobre el fútbol extranjero, y menos aún acerca del sudamericano, lo de que un club pudiera llamarse Tigre causó cierta hilaridad entre los miembros de la plantilla barcelonesa. De modo que cuando en setiembre tuvieron delante a su nuevo compañero, le colgaron de inmediato el apodo de “El Tigre”. Unos cuantos años después, por cierto, desembarcó en nuestro suelo otro extranjero procedente del Club Atlético Marte, y tanto sus nuevos compañeros como la afición local, sin devanarse mucho los sesos, le colgaron el remoquete de “Marciano”. Hay historias que se repiten.

El caso es que Medrano obtuvo su ficha de la F. E. F., donde quedó registrado como “español” en el libro de transferes internacionales (4-IX-1959), con el número 223. Estaba listo para debutar. Y su momento llegó en un amistoso ante el R. C. D. Mallorca en Las Corts, resuelto con insospechada derrota por 1-4. Ya en los vomitorios del viejo estadio los espectadores se preguntaban si había que ir tan lejos para buscar al sustituto de Ramallets, y hacer el viaje de vuelta con un chico tan vulnerable. Al día siguiente, por los mentideros circulaba la teoría de que si Medrano ingresó en la entidad, era porque de ese modo el viajecito de Helenio Herrera a la capital argentina lo cubría económicamente el Barça.

Ante la necesidad de sustituir al lesionado Ramallets, con una herida sangrante junto al párpado derecho, volvió a saltar al césped ante el Granada, en el antiguo campo de Los Cármenes (8-XI-1959), faltando cinco minutos para el descanso. Aquella tarde las cosas le salieron mejor, pues mantuvo su puerta incólume, en un triste empate a cero. No faltaron cronistas volteando campanas, al afirmar que reunía condiciones para ser titular en el Barcelona. Envanecido, quizás, ante la esperanza de un futuro maravilloso, justo un mes antes había realizado unas declaraciones altisonantes a “El Mundo Deportivo”: “Varias personas influyentes se oponían a mi traspaso. Cuando este se produjo, hubo gran malestar en algunas esferas futbolísticas de Buenos Aires. Más tarde o más temprano haré honor a la confianza que he merecido del Barcelona”. Que se sepa, ese malestar por su pérdida para el fútbol bonaerense era puramente imaginario. Y aun con todo, aquella jornada en la ciudad de la Alhambra fue cuando más cerca estuvo de acariciar el sueño, puesto que tras no encajar ningún gol en Las Corts ante una débil Real Sociedad de San Sebastián, a la que se superó por 3-0, con la recuperación de Ramallets volvió al banquillo.

Casi dos meses después, el 3 de enero de 1960, Helenio Herrera le daba otra oportunidad en San Mamés, aprovechando que Ramallets encajó 3 goles en La Romareda ante el Real Zaragoza, rubricando una nueva derrota. H. H., además, se sabía legitimado para acometer el relevo ante el enojo existente entre varios miembros de la directiva barcelonesa, como resultado de la protesta que el portero, en su condición de capitán, elevase a la junta por lo que la plantilla estimó “inapropiados regalos navideños”. Y aunque por aquello de corregirla y no enmendarla el técnico argentino volviese a contar con su compatriota ante el Elche, en un partido donde los ilicitanos no inquietaron al Barça, los cuatro goles que Medrano encajara en la victoria bilbaína por 4-1 dieron carpetazo a cualquier nuevo experimento. Para colmo, la destitución de “El Mago” tras ver eliminado a su equipo en la Copa de Europa ante el Real Madrid, dejaba al “Tigre” sin su principal, por no decir único valedor. José Enrique Rabassa, técnico del Condal convertido en reemplazo de Helenio Herrera para el torneo de Copa, todavía contó con Medrano ante el Ferrol; su última comparecencia disponiendo de ficha expedida por la Federación Española.

Medrano, en una de las escasas tardes que pudo lucir el escudo del Barça.

Aunque los “culés” se proclamaran campeones de Liga y de la Copa de Ferias, aquel ejercicio dejó un agrio sabor de boca entre buena parte de la afición azulgrana, por la eliminación ante el eterno rival madrileño en el más prestigioso torneo continental. Desde la cúpula barcelonista, empero, se aseguraba estar en el buen camino, señalando como objetivos inmediatos la consecución de la Copa de Europa y revalidar el título de Ciudades en Ferias, logro, este último, que casi se daba por descontando. Durante el verano la plantilla registró cinco refuerzos, destacando el bilbaíno Jesús Garay, elegante central por quien a sus 30 años se pagó una cifra millonaria, con la que en San Mamés habría de construirse una tribuna nueva. Completaban las altas, Foncho, canario con mucha calidad para la banda derecha; Rodri, portero que únicamente supo darse a valer en la U. D. Levante; Ramón de Pablo Marañón, quien años después habría de “distinguirse” en la Creu Alta por retirar del fútbol a Javier Clemente con una entrada tan absurda como alevosa; Gonzalo Beitia, procedente también del At. Bilbao, donde tras colgar las botas destacaría como técnico de cantera… Y Salvador Sadurní, que en esa campaña de presentación con el primer elenco iba a quedar inédito, puesto que Ramallets, a sus 36 años, seguía jugándolo casi todo. Aunque lo más notorio del Campeonato 1960-61 estuvo relacionado con un nuevo ajuste normativo.

Desde que la selección nacional celebrase su cuarto puesto en Río de Janeiro un decenio antes, no había logrado clasificarse para los Mundiales de Suiza (1954), ni Suecia (1958). Existía además en las altas instancias, el bien fundado temor de que pudiera revivirse un nuevo fiasco en la fase clasificatoria para Chile, vistos los antecedentes. Así las cosas, si bien un régimen “inasequible al desaliento” no podía emplear abiertamente vocablos como fracaso, o mayúscula decepción, en la cúpula falangista, de la que dependía todo el andamiaje deportivo, se acuñó el término “baja forma del fútbol nacional”, al tiempo de exigir cambios drásticos “en la búsqueda de soluciones reales”. Ello se tradujo en el cese del doctor Alfonso De la Fuente Chaos, presidente federativo desde 1956, y la designación como sustituto de Benito Picó Martínez, quien desde 1957 presidiera el comité de fútbol infantil, juvenil y aficionado. Por ende, como desde hacía tiempo distintos medios de comunicación responsabilizasen de los repetidos petardazos al constante flujo de jugadores extranjeros, el Delegado Nacional de Deportes cursó instrucciones a la F. E. F. para disminuir el número de “no españoles” en nuestra Liga. Todo ello se tradujo en un cambio normativo para el fichaje de extranjeros, incluyendo algo tan discutible como su retroactividad. La circular federativa número 5 lo dejaba muy claro, al contemplar que en adelante “contarán como extranjeros todos los futbolistas que durante los tres años anteriores compitieran en campeonatos ajenos al español, independientemente de que su nacionalidad fuere española. Se mantendrá en todo caso el cupo máximo de dos extranjeros por club”.

Carta del presidente azulgrana al ministro José Solís Ruiz, responsable último del área deportiva, remitida con fecha del 25-X-1960.

El Barcelona superaba ese cupo, puesto que si bien el brasileño Evaristo de Macedo, inscrito el 13 de mayo de 1957 llevaba más de tres temporadas en Barcelona, seguía sin adquirir la nacionalidad española. Y los húngaros Zoltan Czibor y Sandor Kocsis, inscritos respectivamente el 21 de agosto y 16 de noviembre de 1958, se veían afectados por la circular, al margen de que se les hubiera otorgado la ciudadanía española. Carlos Domingo Medrano “El Tigre”, por muy español que fuere gracias a la ascendencia vasca de su progenitor, había competido en Argentina hasta agosto de 1959, y federativamente contaba como foráneo. Cuando en la ciudad condal se anunciara la denegación de ficha para el portero, y la alta probabilidad de descartar a uno de los dos húngaros, la directiva azulgrana obtuvo a través de la territorial catalana el pláceme para estos últimos, al no haber ejercido como futbolista activo Zoltan Czibor durante el año que precediese a su contratación como azulgrana. Medrano, en cambio, debía ser dado de baja como último foráneo inscrito por la entidad. Lógicamente aquella junta decidió elevar el esperable recurso, firmado por su vicesecretario Arturo Martí, el 11 de octubre de 1960.  Y gracias a la documentación hallada en el Archivo de Alcalá por Antonio Arias, incansable mantenedor del blog “Saltataulells”, podemos seguir con absoluta precisión aquellas acciones.

Ante el temor de que ese recurso no surtiera efecto, el 25 de octubre Francisco Miró-Sans Casacuberta, presidente del club, dirigía a José Solís Ruiz, ministro conocido como “la sonrisa del régimen”, un amable escrito adjuntando copia de lo ya remitido en su defensa. Nota donde la advertencia solapada se enredaba entre palabrería amigable, como ilustran estos párrafos:

“Sin embargo lo que me interesa subrayarte, y creo un deber poner en tu conocimiento, es la repercusión y el impacto que dicha disposición ha causado sobre la enorme masa de nuestros seguidores, simpatizantes y socios.

Es evidente que no es fácil que esta masa pueda comprender la ausencia de un jugador por disposición federativa, después de que este jugador ha venido actuando durante una temporada en competiciones nacionales e internacionales, defendiendo los colores de nuestro Club. Existe una evidente contradicción en el hecho de que un jugador con nacionalidad española, como es el caso de Medrano, con plenitud de derechos y deberes que como a tal español le competen, pueda ejercitarlos en todas las esferas de su vida ciudadana, menos, precisamente, en la de su actuación laboral, en este caso, la de jugador de fútbol.

La interpretación dada a la circular sobre jugadores extranjeros en esta temporada ha causado, repito, hondo malestar en toda nuestra región y creo que es mi deber comunicártelo y darte cuenta de lo ocurrido.

Confío que a la vista del recurso presentado se dará una solución favorable, ya que la razón está de nuestra parte.

Agradeciendo de antemano la atención que puedas prestar a este asunto y siempre a tus órdenes, te saluda cordialmente”.

(Rubricado de puño y letra)

Esta reiterada, aunque tenue y diplomática amenaza, tenía su sentido. ¿Acaso un boicot a los tranvías barceloneses en respuesta al incremento del billete, no se llevó por delante al gobernador civil diez años antes, e hizo lucir de azulgrana a Kubala?. ¿No acabó tramitándose en 1956 la ficha como “oriundo” del paraguayo Eulogio Martínez, luego de que desde la embajada española en Asunción se alertara sobre su chapucera falsificación documental?. ¿Qué subterfugio bastó en aquel caso para engalanar con ropa de primera comunión un delito consumado?. ¿No fueron las quejas ante una hipotética discriminación indemostrable, como reflejara el intercambio de correspondencia entre el Ministerio de Exteriores y la embajada en Asunción, apoyadas en presiones emanadas desde el gobierno de un dictador corrupto al otro lado del Atlántico?. ¿Por qué ahora no iba a surtir idéntico efecto el miedo al lobo?.

Tampoco es menos verdad, empero, que aplicar leyes con carácter retroactivo contraviene cualquier principio de modernidad jurídica. Pero en aquella España, tan lejos de la luna como de ser un estado moderno y democrático, bastaba mirar hacia atrás para encontrar precedentes mucho más graves(1). Con respecto a la invocación de derechos fundamentales, entre ellos el del trabajo, conculcado por la reciente disposición federativa según sugiriese esta misiva, era preciso tentarse la ropa antes levantar la voz. Porque, para empezar, el fútbol y los futbolistas vivían en un limbo legal. Desde que este deporte adquiriera estatutariamente el rango profesional, en 1926, los jugadores seguían sin ser “trabajadores”, pese a su obvia vinculación con entidades por demás reguladas. Y la responsabilidad última de que esto ocurriera correspondía a los propios clubes, toda vez que el reconocimiento de actividad laboral para sus huestes hubiera implicado, de facto, la pérdida de un derecho tan leonino para los clubes como el de retención. Los trabajadores podían cambiar de empresa tan sólo observando un plazo de preaviso; los futbolistas, en cambio, podían permanecer atados al club tras haber expirado su contrato. Los empleadores comunes eran impelidos a dar de alta sus plantillas en el régimen de la Seguridad Social. En cambio los futbolistas quedaban fuera, y sólo una Mutualidad creada tres lustros antes paliaba pobremente desgracias como la incapacidad profesional o el deceso. Ese limbo intencionado en el que deambulaban los practicantes del fútbol profesional, justificó poco tiempo después sentencias tan a primera vista estrambóticas como las dictadas en los casos de Pedro Berruezo, fallecido mientras disputaba un partido en Galicia, o el “colchonero” Martínez -para el lector curioso recomiendo el trabajo del blog “Saltataulells” sobre el particular-, largo tiempo en estado vegetativo sin que la Medicina haya sabido explicar hasta hoy cuál fue su dolencia. Para ambas demandas, y varias docenas más con menor eco informativo, la judicatura patentizó en sus sentencias que los futbolistas no eran trabajadores, en sentido estricto, aunque desarrollaran su actividad por cuenta ajena. Por tanto la invocación del presidente azulgrana al Fuero de los Españoles, sin citarlo expresamente, tenía bastante de fuego artificial. Los futbolistas no fueron trabajadores para la legislación alfonsina o de Primo de Rivera, como tampoco para la republicana, la franquista, o para la de los primeros gobiernos de reinstauración democrática. Aquel oprobio únicamente se deshizo el 28 de setiembre de 1984, y tanto el jurista y antiguo jugador Cabrera Bazán, como el sindicato AFE, tuvieron mucho que ver en su voladura.

El Fuero de los Españoles, tal como fue recogido aquel 18 de julio de 1945 en el B.O.E. La fecha de su entrada en vigor ni mucho menos respondía a la casualidad.

El Fuero de los Españoles, promulgado el 17 de julio de 1945, recogía deberes, derechos y libertades de todos los españoles. Entre ellos el de asociación “dentro de lo establecido por la ley”, y obviamente el del trabajo. Pero es que la discutida y discutible disposición federativa no conculcaba el derecho a trabajar del “español” Carlos Domingo Medrano, toda vez que el fútbol profesional no constituía jurídicamente un trabajo. Medrano podía cultivar las artes plásticas, emplearse como burócrata, manufacturero, leñador, comerciante, camarero, callista, instalador de persianas o ejercer libremente una actividad liberal, si hubiese contado con títulos o capacitación para ello. Nada le hubiese impedido, incluso, defender el marco de cualquier otra entidad en nuestra Liga, siempre que aquella aún dispusiera de una plaza sin cubrir en su cupo de foráneos. Lo que no podía era jugar con el Barcelona, por contar ya los “culés” con dos “extranjeros”.

La prensa de Barcelona no llegaría a catalogar abiertamente como persecución, o trato discriminatorio, el recibido por el club más representativo de la urbe. Pero sí se emplearon sinónimos y eufemismos. Que se calentaron calderas, es obvio, no obstante sin disparar su temperatura, entre otras razones porque Medrano distaba mucho de ser jugador importante, a tenor de lo acreditado en el ejercicio recién vencido. Hubo artículos presentando como un misterio la razón última de aquella ley retroactiva, o condoliéndose ante el hecho de que siempre saliera perjudicado el ente que mejor representara en lo deportivo a Cataluña. Tampoco este último punto se ajustaba a la realidad. Basta cotejar los futbolistas foráneos admitidos por la F.E.F. de cara al campeonato 1959-60 en 1ª y 2ª División, y los rechazados, para descubrir quienes salieron perdiendo.

ADMITIDOS:

At. Madrid .- Evaldo Izidio Neto “Vavá” (brasileño) y Jorge Alberto Mendonça (portugués).

Barcelona .- Evaristo de Macedo Filho (brasileño).

Betis .- Alfredo Hugo Rojas (argentino) y en suspenso preventivo Wilson Ferreira Moreira.

Elche .- José Gutiérrez Cardona y Carlos Lagos (hondureños).

Español .- Decio Recamán y Aluisio Fco. da Luz “Indio” (brasileños).

Granada .- Jaime Ramírez (chileno) y Guyla Szabo (húngaro).

Las Palmas .- José Paridi (paraguayo) y Alberto Loret de Mola (peruano).

Real Madrid .- Waldir Pereira “Didí”, y Darcy Silveira “Canario” (brasileños).

Oviedo.- Jorge Lino Romero (paraguayo) y Carlos Gomes (portugués).

Sevilla .- Emilio Da Silva Graça (portugués).

Valencia .- Walter Marciano de Queirós y Antonio Martins Joel (brasileños).

Zaragoza .- Joszef Csabay (húngaro) y Adrualdo Barbosa da Silva “Duca” (brasileño).

At. Ceuta.- Sebastiao Correa Lima (brasileño).

Ferrol .- Gilbert Franklyn (venezolano).

  1. D. Málaga .- Andalah Ben Bareq (marroqí).

Murcia .- Abderrazak Ben Mohammed (marroquí) y Antenor Ferreira del Carvalho (brasileño).

Santander .- Juan M. Grillo Daglio (argentino).

Rayo Vallecano .- Frederic Hollaus (austriaco).

Plus Ultra .- Juan José Bagnera (argentino).

RECHAZADOS:

Betis .- Carlos Linazza y Jacques Foix.

Las Palmas .- Eduardo González, Luro Verdugo, Jorge Marcilla, Oscar Sappia, Roberto Ortega, Oswaldo Balduzzi, Vicente Lezcano, José Delgado, Yván Garafollo y Aparicio Aguado.

Tarrasa .- Blubis Occhipinti, Domingo Alesio y Eduardo Castro.

Gijón .- Martín C. Alarcón.

Barcelona .- Juan R. Seminario.

Zaragoza .- Juan R. Seminario y C. Chaves González.

Rayo Vallecano .- José M. Castro.

Mallorca .- José Rodríguez Caraballo, Alberto Muro y Tibor Kovacs.

Santander .- J. M. Raluy Campos.

Tenerife .- Longinos Unzain.

At. Ceuta .- Victorio A. Ramallo.

Oviedo .- Aparicio Taboada.

Los rechazos respondieron a diversos motivos, desde la duplicidad contractual del peruano Seminario, con el Real Zaragoza y Barcelona, a la “presumible carencia de méritos” en varias apuestas de la Unión Deportiva Las Palmas, sin olvidar la “dudosa acreditación de ascendencia española” entre quienes trataban de acceder como oriundos. El calibre del cedazo federativo, hasta hacía bien poco capaz de colar a un elefante adulto, se había reducido muchísimo, convirtiendo a la entidad grancanaria en principal damnificada. Además, la alteración normativa de 1960 no tuvo a Medrano como única víctima. En el Real Betis Balompié, por ejemplo, no pudo alinearse el paraguayo Ángel Antonio Berni, porque las dos plazas “extranjeras” las ocupaban Rojas, fichaje del año anterior, y el húngaro Kuszman. También Evaristo Sande, bonaerense con ascendencia española, quedó inédito en el Real Oviedo, puesto que Romero y Amarilla, el ala izquierda de la selección mundialista paraguaya, le cerraban el paso. Caso idéntico a los de Cardona (hondureño), Fausto Laguardia (paraguayo) y Roberto Roche (argentino), en el Elche C. F., donde los paraguayos Juan Ángel Romero y Cayetano Ré, constituyeron un muro infranqueable. El Real Valladolid tuvo más suerte, al colocar en el Zaragoza al más adelante malogrado Julio César Benítez, aprovechando que los aragoneses no iban a contar con Seminario hasta doce meses después. Los castellanos además de embolsarse una sustancial cifra, solventaban su “overbooking” resultante de la muy celebrada Operación Saso, cuando invirtiendo una cifra ridícula llegase a nuestro suelo el antiguo guardameta y vigente entrenador, desde Montevideo, con Endériz, Aramendi, Solé y el citado Benítez.

A la derecha, con uniforme claro, José Antonio Elola-Olaso, jefe nacional del Frente de Juventudes y Delegado Nacional de Deportes. Abuelo materno de Fernando Galindo, actual Letrado Mayor del Congreso de los Diputados.

Digresiones aparte, el 2 de noviembre de 1960 el ministro Solís dirigía una nota a José Antonio Elola-Olaso, Delegado Nacional de Educación Fídica y Deportes, en estos términos:

“Mi querido amigo y camarada:

De acuerdo con nuestra conversación telefónica, te remito copia de la carta que me dirigió el presidente del Club de Fútbol Barcelona sobre el recurso presentado en la Real Federación Española de Fútbol. Te ruego me pongas unas líneas sobre el resultado de éste.

Un abrazo de tu amigo y camarada.”

Y el propio ministro, con la misma fecha, enviaba otra al “Excmo. Sr. D. Francisco de P. Miró-Sans Casacuberta, Presidente del Club de Fútbol Barcelona”:

“Mi querido amigo:

Con el interés que me merecen tus cosas, me he dirigido al Delegado Nacional de Deportes, sobre el recurso a que se refería tu carta de 25 de octubre pasado.

Oportunamente te comunicaré noticias sobre este asunto.

Un abrazo de tu buen amigo.”

Como remate, el 16 del mismo mes, desde la Delegación Nacional de Educación Física y Deportes, Elola-Olaso establecía contacto epistolar con el Ministro Secretario General del Movimiento, José Solís Ruiz, dando por recibida su carta y copia de la remitida desde la ciudad condal por Miró-Sans, añadiendo un hecho curioso, como mínimo:

“Dicho recurso, sin duda por error del Barcelona, fue remitido directamente a esta Delegación. Como según las reglas de tramitación establecidas, es obligado el informe de la Federación Española, en lugar de devolverlo al Club para que lo cursara por el conducto reglamentario, para ganar tiempo lo hemos devuelto (se quería decir enviado) ayer día 15, a la Federación Española, a fin de que a la mayor brevedad lo informe y devuelva nuevamente a esta Delegación.

Tan pronto se reciba pasará a informe de nuestra Asesoría Jurídica y Comisión Deportiva, y oportunamente te informaré de la decisión que se adopte.

Queda a tus órdenes y te saluda con el mayor afecto tu buen amigo y camarada”.

(José Antonio Elola-Olaso, rubricado de puño y letra)

El ministro egabrense José Solís Ruiz, destinatario epistolar del presidente barcelonista Miró-Sans acerca de la retirada de ficha a Medrano… aunque en realidad no únicamente sobre esa cuestión.

Resumiendo: Desde la secretaría “culé” se había remitido el recurso directamente a la D.N.D., obviando a la R.F.E.F. Algo que difícilmente podría presentarse como error, hallándose la entidad azulgrana acostumbrada a tramites de esta o parecida índole, y provista de personal burócrata eficiente. Más bien parece intencionado el puenteo federativo, a sabiendas de lo que desde allí, es decir desde el órgano que denegase la ficha de Medrano, cabía esperar. La amistosa carta presidencial remitida al ministro Solís Ruiz, tenía como último propósito lo que en efecto ocurrió: el traslado de la inquietud azulgrana en orden jerárquico vertical, hasta quienes en última instancia iban a refrendar o corregir la decisión federativa, predisponiéndolos favorablemente. Pero el 22 de noviembre volvió a partir desde la sede azulgrana otro escrito con rúbrica de Francisco Miró-Sans, hacia el Ministerio y Secretaría General del Movimiento, a nombre de su titular, el Sr. Solís Ruiz. Una carta radicalmente distinta, cuya finalidad parecía alejarse del propósito presumible a la presentación del recurso. Su preámbulo difícilmente pudiera ser más amistoso:

“Mi respetado Ministro y querido amigo:

Recibí tu grata carta del 2 de los corrientes, en la que me comunicabas haberte interesado por nuestro recurso ante la Delegación Nacional de Deportes. Muchísimas gracias por tu atención, una más de las que el Club te debe y te debo yo; perdona no lo haya hecho antes, pero estos días siguientes al fallecimiento de mi querida madre (e.p.d.), he estado entregado a la pena y tarea familiar consiguientes. Quiero agradecerte tus cordiales y sentidas palabras de pésame, que fueron un consuelo para mí”.

Tras florilegio y violas, se abordaba la cuestión:

“Por ello mismo y porque mañana se celebra el partido contra el Real Madrid, de Copa de Europa, que me tiene justamente preocupado, no he podido trasladarme a Madrid y rogarte una entrevista personal, en relación a la actual crisis de juego y de dirección del fútbol Español. Dios mediante y si me concedes el honor, te visitaré dentro de pocos días. Así podré tener ocasión de manifestarte mi modestísimo criterio y el de mi Club, pero muy especialmente la satisfacción de comprobar que es esencialmente coincidente, como en tantas ocasiones, con tus consignas, que por convicción y lealtad estaremos siempre dispuestos a seguir.

No es hora de recriminaciones ni de rencores, pues no tengo duda de la capacidad y buena fe de quienes han regido nuestro fútbol durante los últimos tiempos, aunque el Barcelona y concretamente muchas veces yo, no hayamos sido “comprendidos”. Interesa más aportar cada cual lo que pueda, en esta hora de reorganización.

Un simple relevo de personas en el mando de nuestra Federación Nacional y aun, por consecuencia, en la Regionales, no puede ser solución fácil, ni rápida, ni permanente, para los problemas ya aflorados, algunos con estrépito, o para los que están a punto de aflorar. Resulta que los estatutos y reglamentos, aun con sus defectos sistemáticos o de terminología, no pueden desconocer el carácter asociativo de las Federaciones, formadas por los Clubs. Pero en la práctica, los Clubs que viven al día el fútbol, el del campo y el no menos importante de fuera del campo, están ausentes no sólo en el mando, sino también en el control y en la simple información de cuanto se actúa en las Federaciones.

A nuestro parecer, que coincide con palabras tuyas, se debe procurar integrar las Federaciones por los Clubes, responsabilizándolos en su gobierno y aportando todo su caudal de experiencias diarias; sin perjuicio de que la dirección más alta o política siga, incluso como necesario arbitraje entre nosotros, en presidencia de confianza de la Superioridad, como reflejo, además, del creciente carácter institucional y hasta corporativo de nuestras entidades, formadas por ingentes multitudes de españoles y con el deber de administrarles debidamente esa gran ilusión que para ellos, quizás desorbitadamente, es el fútbol. Como complemento, la estructuración de algunos órganos permanentes y profesionalizados en tareas deportivas y administrativas, para inmunizarlos de lo cambiante de la dirección, creemos que cerraría el acuerdo.

Por todo ello, nos parece que un organismo tipo Gestora puede ser necesario como fórmula transitoria o puente. Pero la interinidad debería durar el tiempo mínimo, el justo para la necesaria reforma “constitucional” (estatutos y Reglamentos deben ser rehechos de arriba abajo, con criterio más técnico y eficiente) y toma de acuerdos de emergencia. De otra manera los problemas pueden agravarse más. Lo digo sin prejuzgar o exponer el detalle de la reorganización estatutaria, pues no es este el momento.

 Lo mismo he tenido el gusto y el deber de manifestar a mi buen amigo D. Benito Picó, que ha sido tan amable de llamarme por teléfono para rogarme un nombre del Barcelona, que le ayude en la importante tarea que se le ha encomendado. El Barcelona está al servicio del fútbol nacional, y por consiguiente de quien por voluntad tuya y a través del Delegado Nacional de Deportes, ostenta la Presidencia de la Federación. Esto lo haremos siempre con entusiasmo y sin reserva alguna. Pero era obligado hacerte dichas observaciones, como por lealtad y verdadera amistad las hago ahora extensamente, abusando de tu benevolencia.

Te reitero nuestra gratitud y manda siempre a este tu servidor y amigo, que te abraza”.

Primera página del escrito dirigido desde la presidencia barcelonesa al Ministro-Secretario General del Movimiento, abordando cuestiones sobre las que convenía andar con pies de plomo. En apariencia, cuando fue redactada (22-XI-1960), para el máximo mandatario barcelonés la cuestión de Madrazo ya preocupaba poco.

Medrano estaba abandonado a su suerte, porque esta carta, bajo tanto fárrago, iba en otra dirección. Proponía al ministro responsable de los deportes entregar la Federación nada menos que a los clubes. A los poderosos, naturalmente, supeditando organizativa y técnicamente las funciones del presidente designado desde el propio Ministerio, a cuanto los clubes acordaran. Y así parecía habérselo transmitido también al presidente federativo “in pectore”, días después de su nombramiento. El industrial textil y presidente azulgrana Miró-Sans, debía ser el único español sin consciencia de vivir en una autocracia. Lo de pedir autogestión a un régimen empeñado en tenerlo todo atado y bien atado, era de aurora boreal. Aunque el firmante del escrito aún no fuera consciente de ello, sus días en la poltrona por fuerza iban a ser escasos, bien como consecuencia del planchazo, o porque se le recomendara un elegante retiro a cuarteles. El caso Medrano derivaba hacia derroteros harto espinosos.

Entre tanto, el fútbol seguía con un arranque espectacular del Barcelona. Seis victorias consecutivas en los torneos de Liga y Copa de Europa hasta hincar la rodilla ante el At. Madrid. Luego en la Liga otras cuatro victorias y dos empates, además de tumbar al Real Madrid en la Copa de Europa. Pero tras caer en terreno azulgrana ante el equipo “merengue” por un contundente 3-5 (4-XII-1960), los de la ciudad condal se vinieron abajo, cosechando derrotas ante el Real Oviedo, Valladolid, Santander y Real Sociedad, o empates ante el Zaragoza, en la Romareda, o At. Bilbao y Elche en campo propio. Para mayor escarnio, quedaban eliminados de la Copa de Ferias ante el Hibernians escocés, club menor en el concierto europeo, rubricando de un empate a 4 goles en casa y derrota en Escocia 3-2. Ese partido, trufado de serios incidentes a su finalización, sería el último de Medrano con el Barcelona, puesto que al ser la Copa de Ferias una competición no dependiente de la U.E.F.A. al 100 %(2), quedaba fuera de cualquier veto.

La mala racha azulgrana se llevó por delante a su entrenador serbio Ljbisa Brocic, sustituyéndole sin gran éxito Enrique Orizaola. Una temporada prometedora concluía con el Barcelona ocupando la 4ª posición liguera, tras el Real Madrid, campeón, At. Madrid y Zaragoza, con un saldo de 13 victorias, 6 empates y 11 derrotas. En la Copa sin pasar de los octavos de final, sucumbiendo ante el vecino R. C. D. Español, y en la Copa de Ferias eliminado en cuartos de final. Aunque la Copa de Europa ofreciese el alegrón de doblegar al Real Madrid, los portugueses del Benfica acabaron imponiéndose en la final por 3-2, cuando Medrano ya ni formaba parte del elenco, puesto que sin partidos de la Copa de Ferias por delante, su completo ostracismo no beneficiaba a ninguna de ambas partes. “El Tigre” se fue sin que nadie lo echara en falta, dejando para el recuerdo algún tirón de orejas por actos leves de indisciplina, y un pescozón más severo cuando solicitara al club nada menos que 100 entradas en vísperas de un partido importante. Algún empleado de secretaría, amoscado, estuvo tirando del posible hilo por los ambientes de reventa, hasta dar con un viejo conocido y levantar la liebre: Medrano, en efecto, conchabado con ese reventa, pretendía montar un negociete multiplicando el precio de aquellos boletos. Al final tuvo que contentarse con 10 localidades.

La carpeta conservada en el Archivo de Alcalá no incluye ningún documento más relacionado con el recurso ante la denegación de ficha. Ninguna respuesta del ministro Solís a su buen amigo y cumplido servidor Miró-Sans, quizás porque el último escrito, proponiendo una pérdida de control político en la Federación de Fútbol, hubiera enfriado la relación. O más fácilmente poque Solís(3) era hombre de sonrisas, poco dado a proporcionar malas noticias, y el caso Medrano desde luego no derivó en positivo.

Con la carta de libertad en su bolsillo, el portero regresó a Argentina e, increíblemente luego de casi dos años sin apenas lucir de corto, halló acomodo en el River Plate. Todo un misterio que aquella secretaría técnica se decidiera a acogerle, cuando apenas había logrado jugar más allá de la 2ª División en las canchas del país. Y doble misterio que él se considerase en condiciones de pelear la titularidad a quienes tenía por delante: nada menos que Amadeo Carrizo, Rogelio Domínguez, conocido por la afición “merengue”, y hasta el muy prometedor, aunque excéntrico Hugo Gatti. Demasiada competencia para él, como se vio en seguida. Cedido al Rosario Central, tampoco tuvo mucho que hacer ante las buenas prestaciones de Edgardo Andrada, portero a quien años después la historia del fútbol reservó un hueco, siquiera fuese por encajar el teórico gol número 1.000 de Pelé(4). Consciente por fin de que su auténtico sitio se hallaba en 2ª División, regresaría a Dock Sud y tras permanecer bajo aquel marco un par de años fichó por el Deportivo Morón, en 1966. Con 32 abriles, su carrera argentina avanzaba irremediablemente hacia el final. Y sabedor de ello, como otros compatriotas decididos a arañar los últimos réditos a la pelota, se enroló en el fútbol colombiano, donde los sobresaltos a la hora de reclamar cobros solían estar a la orden del día. Fue de los que tuvieron suerte, pues durante sus tres años en el Atlético Quindío (1967 a 1969) casi se convirtió en leyenda, al atajar los 9 penaltis que le lanzaron entre marzo y octubre de su primera campaña. Igualmente en Colombia cambió su segundo apellido (Lazcano), por (Milé), el de la segunda esposa de su padre, y mujer que lo criara.

Desde Colombia pasaría a Ecuador, cuyo campeonato, más modesto y menos remunerado, tenía la ventaja de no hacer tan diáfano su natural declive físico. Otras dos campañas en el Barcelona de Guayaquil -para ser exactos parte de 1969 y la correspondiente a 1970-, fueron preámbulo de su incorporación al C. D. Macará, de Ambato, en 1971, al Olmedo en 1972, y finalmente al Bonita, de Machala, en 1973, donde compaginó la defensa del marco y las tareas de ayuda a su entrenador y compatriota Marco Poveda. Allí, a punto de cumplir la cuarentena, volvió a celebrar un campeonato del que en verdad fuera protagonista activo.

Poco, por no decir nada, se sabe de por dónde anduvo hasta 1974, cuando respondiendo a la oferta de José Silvero, otro argentino, volvió a Guayaquil para ejercer como ayudante en el Emelec, a sus órdenes. Y de nuevo otro borrón en su vida. Más misterios, éste prolongado durante la friolera de cuarenta y cinco años, puesto que ni siquiera su familia directa parecía conocer qué fue de él. Como suele ocurrir en estos casos, se fraguaron distintas fábulas. Desde una muerte en la lipidia, hasta supuestos trastornos mentales o la ruptura voluntaria con un mundo familiar y profesional decepcionante. El misterio dio la impresión de tornarse irresoluble cuando su nieta Liliana, desde Argentina, que ni siquiera lo había conocido, quiso dar con su paradero a través de internet y las redes sociales, a principios de 2020. Para Poirot y Miss Marple asuntos así solían encontrar rápida y coherente solución. Sin embargo a Liliana las pistas se le escurrían entre el ratón o el teclado. Ni en los clubes donde militara, ni en los medios de difusión locales, ni entre agrupaciones de exfutbolistas, parroquias, centros municipales o lugares de acogida, surgía ninguna luz. La respuesta a ese último misterio, no obstante, se hallaba en Guayaquil, donde había fallecido con 45 años el 6 de agosto de 1978, a resultas de un terrible accidente de tráfico, con lesiones irreversibles en el cráneo y destrozo de extremidades.

Así habría de acreditarlo David Salinas en febrero de 2022, desde las páginas del diario deportivo “Sport”, apoyándose en investigaciones de Nelson Romero y Libardo Rivera desde Colombia.

Por una vez no era Agatha Christie, ya pasada de moda, quien resolvía enigmas

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(1).- La ley de Responsabilidades Políticas promulgada tras la derrota republicana, condenaba como delito acciones por demás legales cuando fueron llevadas a cabo. Entre ellas el ejercicio sindical, la pertenencia a ciertos partidos u organizaciones civiles, ejercer el proselitismo o la propaganda, e incluso ajustarse desde las aulas escolares, de bachillerato o la Universidad, a programas y contenidos con el marchamo del gobierno electo.

(2).- En realidad, el primer reglamento de ese torneo no contemplaba la presencia de clubes de futbol, sino de formaciones representativas de las ciudades donde tuvieren lugar Ferias de Muestras. Así, durante su primera edición se midieron varios conjuntos compuestos por futbolistas con militancia en entidades rivales de la misma metrópoli. El London Eleven, representativo de la capital inglesa, aunaba a los 11 equipos radicados en su radio urbano, y obviamente esos jugadores intervenían sin una ficha federativa que lo oficializase. El Barcelona representó a la ciudad catalana, sin refuerzos de otras entidades, porque el R. C. D. Español renunció al préstamo de sus futbolistas. Y cuando los “culés” se proclamaron campeones, fue el alcalde quien recibió el trofeo, como máximo exponente de la plaza victoriosa, entregándolo posteriormente al presidente azulgrana por entender que siendo sus futbolistas artífices del éxito, ese galardón debía conservarse en las vitrinas del club.

(3).- José Solís Ruiz (Cabra, Córdoba, 27-IX-1913 – Madrid 30-V-1990), compaginó durante 12 años las tareas de Ministro-Secretario general del Movimiento y la Delegación Nacional de Sindicatos, fue procurador en Cortes desde 1946 hasta 1975 y efímero Ministro de Trabajo entre diciembre de 1975 y julio del 76, además de ejercer como Gobernador civil en Pontevedra y Guipúzcoa entre julio de 1948 y setiembre del 51. “Camisa vieja” falangista, podía ser bastante terco, según sus colaboradores, y no menos machacón. Entre sus muchas anécdotas quizás la más destacada tuvo lugar mientras se debatía un posible proyecto de cambio para el bachillerato, con la asignatura de latín por medio. El catedrático universitario y filósofo falangista Adolfo Muñoz Alonso defendía la necesidad de mantener esa lengua muerta en el currículo estudiantil, contradiciendo a su camarada. En una de esas, Solís insistió, con no muy buenos modos: “¡Lalín, latín y vuelta con el latín!. Más deporte y menos latín es lo que hace falta. Porque a ver, ¿qué falta hace hoy el latín?. ¿Para qué sirve ya?”. Y el catedrático, molesto, aunque sin perder en exceso las formas, le respondió: “Pues mire, señor ministro. El latín sirve, entre otras muchas cosas, para que a los vecinos de Cabra se les llame egabrenses, y no cabrones”. La discusión cesó de inmediato.

(4).- Teórico millar, puesto que para el festejo de esa cifra tan redonda se computaron los tantos anotados en partidillos de entrenamiento y puesta a punto, tanto con su club, el Santos, como en la selección brasileña. E igualmente los celebrados en pachanguitas de exhibición por medio mundo. Nótese, igualmente, que aún no se disputaba el “Brasileirao”, es decir un Campeonato Nacional de Liga en el país sudamericano, sino distintos “estaduais”. El torneo estatal paulista, donde competía, era junto al carioca el más potente de todos. Pero aun con ello existía mucha desigualdad entre los contendientes, al quedar fuera equipos notables de estados muy futboleros, como Minas Gerais, Rio Grande do Sul, Bahía, Paraná o Pernambuco, además, lógicamente, de los representantes de Río de Janeiro, como Vasco da Gama, Fluminense, Botafogo, Flamengo, Bangu, Madureira o Paisandu.




Los Iturralde, una dinastía arbitral

La historia del fútbol ha sido pródiga en dinastías. Abuelos, hijos y nietos conectados al balón durante tres cuartos de siglo. Hermanos, primos, tíos y sobrinos del mismo tronco, extendiendo sus ramas de Norte a Sur y de Este a Oeste, hundiendo incluso sus raíces en tierras muy alejadas del solar que los viese nacer. Cuartas generaciones de futbolistas, en cuyas reuniones familiares muy bien pudiera evocarse el devenir balompédico desde la precaria profesionalización inicial, cuajada de apreturas e insolvencias, hasta la catarata de petrodólares procedente del Golfo Pérsico y la península saudí. En la misma mesa conversaciones cruzadas sobre luchas, no sobre el césped, sino ante los tribunales, cuando mediante huelgas lograron su inclusión en el régimen de la Seguridad Social, primero, y más adelante la voladura de una esclavitud engrilletada en oro. Retazos de aquellas primeras salidas hacia Portugal, Venezuela o Francia, buscando el porvenir que nuestra 2ª División no ofrecía durante los años 50 del pasado siglo. Viajes a la aventura, ligeros de equipaje y preludio de horizontes más exóticos: La Sudáfrica del “apartheid”, los Estados Unidos de Lyndon B. Johnson y Richard Nixon, Filipinas y el Sudeste Asiático, abrazados a un fútbol apenas balbuciente… Algo así como una probatura ante futuros retos, surgidos tras la sentencia Bosman (1995), cuando los muros del balón fueron cayendo del mismo modo que ya lo habían hecho el de Berlín (1989), y el Kremlin (1991), fracasada la Perestroika.

Pudiera ocurrir perfectamente en varios cientos de familias cuyo eje y sustento girase alrededor del balón de cuero. Y no sólo por cuanto respecta a porteros, defensas de rompe y rasga, gladiadores con el 9 a la espalda o extremos con el regate cosido al alma, sino incluso entre quienes mordiendo el silbato contribuyeron a la universalización del otrora deporte y hoy espectáculo cotizado en Bolsa. Una de ellas, de las que hasta hace bien poco vistieran uniforme de luto riguroso, es vizcaína y se apellida Iturralde. Abuelo y nieto fueron internacionales. Y entre medias un hombre con tanta vocación como para sortear cualquier obstáculo.

Eduardo Iturralde Gorostiaga nación en Bilbao con el siglo XX (29-III-1900), en medio de la depresión económica y existencial subsiguiente a la pérdida de Cuba y Filipinas, últimos bastiones del antiguo imperio colonial, acaecida dos años antes. Y como tantos otros chiquillos forjados bajo el influjo de aquel Athletic Club campeón de España, quiso ser futbolista. Con 16 años jugaba en el Abandotarra, alternando las demarcaciones de defensa izquierdo y medio centro hasta que el cumplimiento del servicio militar lo llevase a Burgos. “Ni siquiera había montado en burro, y mira, soldado de caballería -comentó a menudo-. Pero como jugaba al fútbol, pasé una mili bastante buena”. Tan pronto se desprendiera del uniforme fichó por el Euzkotarra, de Baracaldo, desde donde pasó al Acero de Olaveaga, trampolín para tantos futbolistas de relieve, y al Indauchu(1), club que no pudo sobrevivir a la Guerra Civil. Hasta que el arbitraje se cruzara en su camino:

“Una tarde de 1927 iba a contemplar como espectador un encuentro amistoso en el campo de Chimbo Ibarra. Llegaba la hora del partido y ni rastro del árbitro. Vamos, que no aparecía. Como aquel Bilbao era pequeño y casi todos nos conocíamos, alguien debió comentar mi afición por el conocimiento en profundidad de las reglas del fútbol. Total, que me pidieron les arbitrase. Nunca lo había hecho y parece no salió mal la cosa, porque me felicitaron, animándome a ejercer como árbitro de verdad. Muy decidido fui al Colegio y me presenté al examen”.

Esa, sin embargo, no sería una apuesta sin vuelta atrás. Durante algún tiempo compaginó las actividades de jugador y “trencilla”, mientras calibraba en qué desempeño pudiera irle mejor: “Una tarde jugué en Erandio -confesó a su amigo José María Mateos-. Como a continuación se disputaba un partido del Campeonato Regional, sustituí la camiseta de futbolista por la chaquetilla negra y a darle al silbato. Llegué a arbitrar tres partidos durante el mismo día en el campo de Landa Orlegui”.

Pronto se hizo evidente que su futuro deportivo iba a depender del silbato. Un año en 3ª categoría le bastó para ascender a 2ª. Otro en 2ª y de pronto instalado en 1ª. Meteórica ascensión que habría de permitirle celebrar el año 1930 como árbitro de categoría nacional, dirigiendo encuentros de 1ª y 2ª indistintamente, tal y como era costumbre por esa época. En 1935, mientras se dibujaban en el horizonte los densos nubarrones que acabarían en estallidos de sangre, fuego y barbarie durante 33 meses interminables, alcanzó la categoría internacional. Y con ella, aunque todavía no lo supiera, iba a clavársele una espinita que siempre consideró injusta: Nunca tuvo ocasión de debutar como tal:

“Ni yo, ni nadie de aquella época, que no fuera Escartín -solía condolerse tan pronto le sacaban el tema-. Ahora arbitran todos, pero entonces Escartín tenía la exclusiva. Además de estar muy bien visto en la Federación, su amistad con Monsieur Rimet, un peso pesado en la FIFA y el Movimiento Olímpico, se traducía en puro acaparamiento. Fui internacional hasta colgar la chaquetilla. Más de 15 años. Y ni un partido que llevarme al silbato”.

Eduardo Iturralde Gorostiaga, primero de una dinastía arbitral.

Es muy cierto que entonces se dirimían pocos choques entre selecciones nacionales, y que todas las intentonas de crear en Europa una competición internacional entre clubes, cosecharon mayúsculos fracasos. Pero aun con todo, al menos en una ocasión se le hurtó el debut de forma sibilina. José María Mateos, periodista con buena prosa, federativo influyente, seleccionador nacional prebélico y presidente de la Territorial Vizcaína, dio buena cuenta de ello:

“En cierta ocasión, recién llegado de Madrid y tras cubrir informativamente un “match” en el campo de Lasesarre, le llamé: Amigo Iturralde, traigo una buena noticia para usted. Francia, ante el partido que va a disputar dentro de quince días en París, ha solicitado árbitro español. Desde Madrid van a designarle a usted. Claro que una cosa es lo que se designe, y otra lo que finalmente ocurra. Existe el temor de que las influencias de Pedro Escartín salgan una vez más a la palestra, y que el propio Rimet, a última hora, solicite expresamente su presencia”.

Al final volvió a ocurrir lo de siempre. Escartín dirigió el encuentro, paseó junto al Sena, le sacaron fotos ante la Torre Eiffel y tuvo ocasión de extasiarse entre los Campos Elíseos, el Louvre, y la monumental mole del palacio de la ópera. Iturralde, resignado, sobrellevó esa nueva decepción con ejemplar dignidad: “Conste que Escartín y yo siempre fuimos amigos, aunque él se empeñara en acapararlo todo”.

Tantos años ejerciendo de “refferee” en partidos grandes (desde la temporada 1932-33 hasta 1947-48, con el paréntesis de la Guerra Civil) forzosamente debían nutrir un jugoso anecdotario. Después de un partido entre Real Madrid y Atlético Aviación, donde expulsó a Juncosa, fue sancionado duramente. Los aviadores, entonces, eran no sólo el equipo a batir, sino el mejor visto por los jerarcas del régimen como representación del cuerpo de aviación y, obviamente, del triunfo en la sangría incivil. “No hubo ninguna razón para purgarme -sostuvo siempre-. Ninguna, aunque esos encuentros fueran un hueso duro. Pero alguien tenía que pagar por los sucesos acaecidos, y como siempre le tocó al de negro; o sea, a mí. Muy desagradable, porque además la prensa tampoco estuvo a la altura”.

Respecto al trato con los críticos deportivos, procuró observar a pies juntillas un buen consejo de José María Mateos, aunque el redactor de “La Gaceta del Norte” asegurase no recordarlo, siquiera: “Nunca te metas con los periodistas, porque llevarás las de perder. Puede que tú tengas razón, pero son suyas las linotipias, los titulares en doble cuerpo y el espacio en el papel prensa. Al final, lo que muchos repitan acabará convirtiéndose en verdad irrefutable”. También sobre esta cuestión, tanto antaño como ahora, los árbitros solían jugar con desventaja.

Pero no fue el de Madrid su único sofocón. Bien al contrario, en la localidad cántabra de Torrelavega salió mucho peor parado, a raíz de un partido donde el Langreano y la Gimnástica se jugaban pasar a la siguiente ronda. Los asturianos habían ganado en su feudo, y repitieron resultado en El Malecón. Motivo suficiente para que las cañas se volvieran lanzas:

“Sigo sin entenderlo -declaró un Iturralde atónito y todavía convaleciente-. El partido se desarrolló entre mucho griterío y petición de penaltis que yo no veía por ningún sitio. Pero nada más; nada que me hiciera suponer el final que tuvo. Unos amigos de Santander me ofrecieron su coche, pero yo no acepté porque en vez de cobrar en el campo me dijeron que iban a pagarme en la sede social. Y tonto de mí, caí en la trampa. Las oficinas estaban en la entreplanta de un bar, una taberna que cuando llegué con los linieres estaba llena. Subimos por una escalerilla sin que nadie nos dijese nada, pagaron los honorarios del arbitraje y cuando íbamos a salir me espetaron, con cierto desdén: ¡Que tenga buena suerte!. Después comprendí a qué se referían. Nada más bajar, los congregados en la taberna abrieron un estrecho pasillo y, ¡qué fue aquello!. Puñetazos, patadas… Un individuo iba a descargar sobre mí el clásico vaso de cristal grueso, tan común en bares y tabernas, cuando Clemente Fernández, juez de línea que ha practicado el boxeo e iba detrás de mí, le lanzó un directo dejándolo patas arriba. Pudimos alcanzar la calle e íbamos a paso vivo camino de la estación, situada allí enfrente, seguidos por un buen gentío. A mi lado se colocó un desconocido que por su atavío, pulcro y elegante, me inspiró cierta confianza. No tenga usted cuidado, me dijo; no le pasará nada. En seguida noté que me tiraban de la chaqueta, volví la cara y vi a mi teórico protector sacudiéndome un porrazo en la nariz con algo contundente. Caí desvanecido y al recuperar el conocimiento estaba en la vivienda del jefe de estación, bañado en sangre y con la nariz rota. En Santander me curaron, me hicieron una radiografía y con el certificado médico acudí a Madrid. La Gimnástica de Torrelavega pechó con una sanción de órdago, pero ese sujeto taimado y ruin se fue de rositas. Aquello fue una salvajada”.

Que se sepa, Eduardo Iturralde sólo desatendió una vez aquel consejo de José María Mateos con respecto al exacerbado corporativismo periodístico. Y su desencadenante fue el eco otorgado a una actitud personal, más que a una jugada, hoy completamente impensable.

Arbitraba un Real Valladolid – Cultural y Deportiva Leonesa en la ciudad del Pisuerga. Los vallisoletanos habían vencido a domicilio por 0-1 y a falta de 7 minutos para la finalización del choque, los leoneses igualaban la eliminatoria con idéntico guarismo. Todo el equipo blanquivioleta, jaleado por su público, ponía cerco al área forastera, mientras Florenza, guardameta prebélico del Oviedo y tras la contienda del pamplonés Club Atlético Osasuna, previo paso por un campo de concentración, volaba de poste a poste en la que sería su última singladura deportiva. El Valladolid iba a sacar un córner cuando Florenza se desplomó como si lo hubiese fulminado un rayo, con medio cuerpo sobre el terreno de juego y la otra mitad fuera de la línea caliza. Su compañero Sansón, marrullerete, tiró de él hasta introducirlo por completo en el campo, y de ese modo retrasar el saque mientras acudía el masajista con su agua milagrosa. No podía ni imaginar la actitud arbitral, porque Iturralde, tirando de las piernas de Florenza, lo arrastró hasta el exterior mientras le advertía: “Ahora voy a dar orden de continuar el partido. Así que tú verás lo que haces”. El buen portero catalán saltó como un gamo, recuperó su posición y comenzó a impartir órdenes a los defensas, sin acusar la menor dolencia. Los leoneses se alzaron finalmente con la victoria y al día siguiente un cronista de esa capital titulaba su reseña, bastante vejatoria para el juez de la contienda, con este aserto: “¡Un Perfecto camillero!”.

“Me indigné mucho -evocó el ya retirado Iturralde, en setiembre de 1955-. Y le escribí una carta rogándole que por favor se informase a través de Florenza y Sansón, que yo aceptaba de antemano cuanto ellos dijesen. Noblemente, ese redactor leonés rectificó en su periódico y me hizo llegar una nota de disculpa, diciéndome que al no haber presenciado el partido confió en lo que le contaron, bastante alejado de la realidad”.

Pedro Escartín tuvo mucho que ver en la prematura retirada del primer Iturralde. El sentido de la dignidad que siempre adornó al trencilla vizcaíno en modo alguno podía secundar la feísima jugarreta de un mito con pies de barro.

Pero ahí no acabó la cosa, conforme el protagonista narró en la misma entrevista: “Quince días después fui a arbitrar a Oviedo. Viajaba en un vagón de primera y entraron en mi departamento unos aficionados leoneses que iban a presenciar el partido en la capital asturiana. Lógicamente les faltó tiempo para hablar de fútbol y, mira por dónde, dieron un repaso al encuentro de Valladolid. Que si ese sinvergüenza de Iturralde, que a saber cuánto habría cobrado del Valladolid, que si esto o lo otro. También sacaron a relucir otros apellidos arbitrales, a los que pusieron verdes, pero siempre acababan conmigo. Yo iba callado, fingiendo leer una novela, hasta que no pude más. Iturralde soy yo, les dije; y nada de aquello fue como ustedes lo pintan. El asombro les hizo enmudecer durante unos instantes. Y como ya recuperados alegaran haberlo leído, argumenté que si leyeron lo publicado el primer día, desde luego no se habían hecho eco de la rectificación. Total, que acabaron no sólo dándome todo tipo de explicaciones, sino invitándome a compartir una otana enorme rellena de chorizos, tan apetitosa en apariencia como para aceptar su oferta de inmediato”.

La retirada del primer Iturralde fue amarga, y en ella tuvo muchísimo que ver una bochornosa jugarreta de Pedro Escartín, el árbitro más conocido entre cuantos pitaran durante los primeros 50 años del siglo XX.

Por la región Centro brujuleaba un colegiado sobre el que recaían sospechas muy feas, y al parecer fundadas, acerca de amaños y chanchullos con evidente desdoro para todo el colectivo. Se habían expuesto aquellas presunciones, sin registrarse la menor reacción en el seno federativo. Así las cosas, Pedro Escartín convocó una reunión en Madrid, con el propósito de adoptar alguna postura firme, de boicot, incluso, si las demandas contra ese trencilla no eran atendidas, verificadas, y castigadas si hubiese lugar. Iturralde se enteró de dicha reunión por boca de Plácido González al regresar a Madrid después de arbitrar en Valencia. La reunión tuvo lugar con asistencia de varios árbitros nacionales desplazados a la capital por diversas circunstancias, así como un número bastante mayor de colegiados adscritos a la territorial del Centro. Entre todos se acordó forzar una huelga si la Federación continuaba llamándose a andanas, aunque hubo voces pespunteando matices. El propio Iturralde, aun estando muy de acuerdo en la necesidad de sacar la escoba, entendía que esa cuestión debía dilucidarse entre los árbitros del Centro, no los nacionales, puesto que en realidad afectaba a los de un Colegio concreto. Y que la huelga, en todo caso, debía llevarse a cabo donde pitaba la oveja negra. Pero como el sentir general se dirigía hacia el boicot en 1ª y 2ª División, concluyó aceptando la postura mayoritaria. Él mismo traslado a los colegiados norteños cuanto se debatiera y obtuvo el apoyo solicitado. Tan sólo dos árbitros en toda España se negaron a participar en una hipotética huelga, arguyendo que constituía delito tipificado en el Código Penal -muy cierto-, con posible ingreso carcelario si los jueces decidían tomárselo como un reto al Régimen.

Cuando la Nacional fue consciente de lo que se avecinaba, designó árbitros regionales para los encuentros de 1ª y 2ª División, y esos modestos aceptaron pitar, viendo en aquella comparecencia una oportunidad de lucimiento. Los árbitros “nacionales”, sin embargo, permanecieron inamovibles: la huelga se mantendría hasta que las reclamaciones por la indecorosa actitud de ese mal colegiado no se tomaran en serio. El conflicto, del que apenas se hicieron eco los medios, apuntaba tornarse largo y tenaz, hasta que un telegrama del propio Escartín, líder del plante, acabara volviéndolo todo del revés. Amparándose en “poderosas razones deportivas, patrióticas y personales”, desistía en su actitud. El Capitán Alaña dejaba empantanado a su ejército, y ante tal actitud casi todos los colegiados regresaban al redil con las orejas gachas y rostro compungido. Tan sólo unos pocos hicieron gala de la misma dignidad que siempre les caracterizase sobre el césped.

“Plácido González, Ocaña, Domínguez, Martínez Iñiguez y yo, mantuvimos la antorcha bien enhiesta” -aseguró tiempo después Eduardo Iturralde, todavía, y con razón, profundamente decepcionado-. Aunque siguiera pensando que aquel pleito era de carácter local, había dado mi palabra y la mantuve. Hubo gestiones para que volviésemos. Nos llamaron a Madrid y durante cinco días los huelguistas mantuvimos reuniones con Echarren, entonces presidente del Comité Central, y Eulogio Aranguren, vicepresidente de la Nacional. No hubo arreglo. Llegaron a ponerme delante la lista de partidos pendientes para que eligiese los que prefería pitar. ¡Cuánto me costó hacerlo, con lo que amaba el arbitraje!. Pero me mantuve firme. Nos prometieron atender lo reclamado, asegurando que iba a ser cuestión de pocos días. Pues muy bien, dijimos; en el momento que eso se haga, vuelta a la normalidad. Y como no se hizo, yo volví definitivamente a casa. Después, ya con otros dirigentes en la Federación y el Comité Arbitral, me nombraron árbitro de honor”.

Escartín obtuvo provecho por ejercer de esquirol, aviniéndose a reventar el plante con plena consciencia de vender a sus compañeros: partidos y más partidos, lisonjas, honores, críticas favorecedoras y redacciones abiertas para el ejercicio periodístico profesional, desde postulados manifiestamente conservadores. Mientras, Eduardo Iturralde Gorostiaga sólo volvió a pitar algún partidillo amistoso de tarde en tarde, y con dolor, porque el simple hecho de abrocharse la chaquetilla constituía toda una inmersión nostálgica, y la nostalgia, a veces, araña de veras el corazón. Siguió unido al deporte, eso sí, como directivo de la Sociedad Deportiva Indauchu, otro Indauchu sin parentesco con el prebélico, cuyos colores defendiera antes de doctorarse en el arbitraje. Allí, al menos, junto a su amigo Jaime de Olaso, celebraría con los rojillos un impensable ascenso a la categoría de plata y su consolidación en ella. En su día a día continuó como empleado de Bolsa, actividad a la que se dedicara desde muy joven, primero a las órdenes del agente de cambio Fermín Lecanda, y luego a las del hijo y sucesor de éste, D. Florentino. Pero sobre todo tuvo el placer inesperado de ver cómo su hijo Antón, el mayor, se empeñaba en vestir de negro y heredar su silbato, pese a todos los obstáculos que la vida y la Federación le pusieron delante. Porque hace 75 años, cuando el muchacho se empeñara en emularle, el Colegio de Árbitros no admitía postulantes con alguna minusvalía física.

Esquela de Antón Iturralde Freire, a quien la fatalidad en tiempos convulsos habría de impedirle pitar tanto como hubiera deseado.

La de Antón Iturralde Freire, segundo en la dinastía, no era congénita, sino sobrevenida como resultado de la mala suerte y una perversión inconcebible. Ocurrió el 19 de junio de 1937, sin que hubiese cumplido un año y apenas cuatro horas antes de que las Brigadas de Navarra tomasen Bilbao. Desde el amanecer no se oían disparos, sino el rodar de vehículos republicanos con dirección a Santander, entre un desfile de hombres alicaídos, arrastrando las botas en hileras copiosas, puesto que no había suficiente transporte para los ya derrotados. Después de tanto miedo y hartazgo, un buen número de vecinos decidieron tomar la calle en el barrio de La Casilla, en su mayoría mujeres y niños, puesto que los varones por debajo de la cincuentena nutrían ambos ejércitos. Un día feliz para muchos, y catastrófico para la familia Iturralde.

De cuando en cuando pasaba algún camión rezagado por la carretera de Basurto, algún coche incautado luciendo las siglas del P.N.V., A.N.V, U.G.T. o la hoz y el martillo trazadas a brochazo. Hacia media mañana se dejó ver un tanque, el último, quizás, y sus ocupantes no tuvieron peor idea que disparar dos cañonazos contra la gente indefensa. Una hermana del todavía árbitro, casada, llevaba en brazos a Antón, y de la mano a su hija, muy pequeña. La metralla atravesó el cuerpo la mujer, segándole la vida al instante. El niño perdió un brazo y la pequeña quedó coja. Aquellos desalmados continuaron su marcha entre el griterío y la indignación general.

Eduardo Iturralde tuvo tres hijos más: otro varón y dos chicas. Antón estudió en el colegio de jesuitas de Indauchu, y tras concluir el bachillerato se matriculó en Peritaje Industrial. De cuando en cuando solía preguntar a su padre qué hacía falta para convertirse en árbitro, y éste se lo explicaba convencido de que querría presumir ante sus compañeros. Pero un día de 1953 se lo encontró sumamente irritado. Nunca, en los 17 años que el vástago contaba, lo había visto tan taciturno. Costaba arrancarle una palabra. Cuando por fin soltara torrencialmente su indignación, lo entendió todo. Pretendía seguir sus pasos arbitrales y acababan de rechazarle en el Colegio Vizcaíno.

“- Pero hombre, ¿cómo se te ha ocurrido? -exclamó el progenitor-. Si te falta un brazo…”

Aquello no fue una admonición, sino simple sorpresa y soterrado orgullo. Su vástago soñaba con estirar la dinastía.

Antón se negó a aceptar la primera negativa. Insistió, estudió el reglamento a conciencia y mientras pasaban los años y cobraba adeptos la modalidad de fútbol-sala, se dijo que si no le dejaban pitar en campo grande tal se lo permitieran en canchas de cemento. Dirigió algún choque de categorías inferiores en fútbol 11, pero sobre todo partidos de “futbito”, como empezaba a denominarse el juego en campo pequeño. La sociedad fue cambiando, se hizo menos excluyente, y en junio de 1977 hasta el diario “Marca” informó sobre la existencia de un árbitro cojo en el Colegio Castellano:

“Si de por sí la profesión, o el hobby de árbitro es cuestión harto difícil, imagínense los problemas que se le plantearán a quien no se halle en completas condiciones físicas para ejercer esa vocación. Si un árbitro de Primera División a veces tiene que salir por pies del campo, y protegido por la fuerza pública; si hay árbitros de Tercera que por un penalti han de abandonar el campo apaleados y a pedradas, al fin y al cabo pueden correr como Dios manda -escribió J. A. Carrero-.  Aunque parezca mentira existe el árbitro cojo, sea dicho sin mala intención, que domingo a domingo, federado por el Colegio Castellano, ejerce la ingrata tarea arbitral”.

Ese hombre se apellidaba Calle, y por supuesto no era el único con alguna discapacidad física, puesto que para entonces Antón Iturralde también había pitado lo suyo. Aquel sueltecillo continuaba entre loas y cierto asombro condescendiente:

“Pues bien, este hombre cumple su misión con hidalguía, sin acobardarle su aspecto físico, fiel al Reglamento. Hace uso de las tarjetas cuando es debido. No admite diálogos ni broncas entre jugadores. Es enérgico, impone su autoridad en el campo. Pita poco, lo mínimo, y aplica correctamente la ley de la ventaja. A pesar de todo, corre casi más que los propios jugadores. En su haber un solo defecto: gesticula en demasía (…) Desde aquí, nuestro más sincero homenaje. Y, de paso, también otro homenaje a tantos árbitros anónimos que domingo a domingo hacen posible los partidos de la Regional”.

En setiembre de 1979 Agustín Calle Pila celebró su partido número 400. Muchos más de los que pudo dirigir Antón Iturralde, puesto que la puesta al día no fue uniforme en todas las Territoriales. La Vizcaína, en este capítulo, anduvo a la zaga. Y para entonces ya había fallecido Eduardo Iturralde Gorostiaga (Bilbao 3 de febrero de 1979, con 78 años largos). Dirigió la final Copera correspondiente a 1941, entre el Español barcelonés y el Valencia C. F., resuelto con victoria de los levantinos por 3-1, e igualmente tuvo ocasión de vivir desde el césped varios clásicos. Además de por su actividad con el silbato, era muy conocido entre los excursionistas de fin de semana como montañero.

Eduardo Iturralde González, tercero de la dinastía y hasta no hace mucho en activo. Parece que de momento la estirpe dejará descansar el silbato.

Antón Iturralde Freire llegó a ser presidente de la Comisión Nacional de Fútbol-sala, y falleció a la misma edad que su progenitor, el 22 de abril de 2014. Tuvo, por tanto, ocasión de ver cómo la estirpe alcanzaba su cénit en el tercer eslabón, merced al buen hacer de Eduardo Jesús Iturralde González (20-II-1967), de quien la prensa bilbaína ya se había ocupado cuando apuntaba buenas maneras poniendo orden entre chavalitos. Al tercero de la dinastía siempre le apenó que su abuelo no hubiera podido disfrutar tanto como él mismo con su progresiva ascensión; del primer partido importante, de los internacionales que dirigiese, cuando ya pocos recordaban a Pedro Escartín, nombre que inspiraba escasa devoción en la familia; del silbato de oro que se le concediera en 2002 o el Trofeo Guruceta como mejor árbitro de la temporada, logrado ese mismo año. E incluso que no pudiera abrazarle cuando arreciaban las críticas, injustas o no tanto, sobre todo dirigidas desde la órbita o los aledaños “merengues”. Era muy distinto al abuelo. Más visceral, polemista sin pelos en la lengua, hábil comunicador, pero a su vez, como su ancestro antaño, muy buen intérprete del Reglamento y honrado con mayúsculas, incluso si su sentido de la dignidad se tradujera para él en algún daño.

Quede como divisa de Eduardo Iturralde Gorostiaga, Iturralde I por emplear ordinales de futbolista, un hecho escasamente conocido y del que jamás presumió en público: Contribuyó decisivamente a salvar la vida de Isidro Lángara, el ariete con mejor promedio anotador en la historia de nuestra selección nacional, entre cuantos disputaran un número significativo de partidos.

Isidro Lángara, un ariete casado con el gol. Sin la decidida intervención del primer Iturralde y algunas gentes del fútbol cuando dar la cara implicaba asumir gran riesgo, probablemente hubiese perecido en los buques prisión bilbaínos. Por suerte pudo convertirse en mito del San Lorenzo de Almagro, detentar todavía hoy el récord de máximo anotador en un partido de la Liga mexicana, y erigirse en campeón azteca como entrenador.

Lángara pasaba las de Caín en uno de los buques prisión surtos en la ría del Nervión durante la Guerra Civil, bajo acusación de represor del pueblo, a cuenta de una foto tomada cuando cumplía el servicio militar en Oviedo y sobrevino la Revolución de Octubre. Era un simple soldado raso, aunque entre el enjambre de odios desatado en julio de 1936 este tipo de consideraciones no contaran. Aquellos buques-pudrideros eran claro objetivo de las turbamultas después de cada bombardeo a la ciudad, y temiéndose lo peor un puñado de hombres del fútbol, con la ayuda de cierto mando militar asturiano, lograron trasladarlo hasta la cárcel, en teoría recinto más seguro. Pero como tampoco las tuvieran todas consigo, aquella buena gente intercedió ante el gobierno vasco del Lehendakari Aguirre hasta lograr para el ariete guipuzcoano la prisión domiciliaria, en casa del árbitro Iturralde. Y menos mal, porque tanto los buques prisión “Cabo Quilates”, “Altuna Mendi” y “Aránzazu Mendi” -en especial los dos primeros-, como las cárceles de la villa, fueron asaltadas por milicianos y una población civil enfebrecida, pasando a cuchillo, rematando a tiros y golpes de hacha o martillo, a cientos de infortunados.

Tras semejante abominación Lángara no tuvo dudas. Se enroló en el proyecto propagandístico-deportivo del equipo Euzkadi, en gira por Centroeuropa, Escandinavia, la Unión Soviética y México, junto a los Regueiro, Blasco, Cilaurren, Zubieta, Iraragorri, Emilín, Pablito Barcos y compañía. Todo, con tal de abandonar semejante horror.

Otros con menos sentido de la amistad y el deber que Eduardo Iturralde, se jactaron de lo lindo por bastante menos.

Pero claro, tampoco cualquiera es capaz de fundar dinastías.

(1).- No confundirlo con la posterior Sociedad Deportiva Indauchu, entidad creada por Jaime de Olaso y un puñado de entusiastas exalumnos del colegio jesuítico bilbaíno. Entre aquellos exalumnos destacaba Rafael Escudero, último futbolista completamente amateur de nuestra 1ª División, que tras proclamarse campeón de Copa con el At. Bilbao, marcando incluso en la final, prefirió retornar a “su” Indauchu desoyendo la oferta de contrato profesional girada por los titulares de San Mamés.




Futbolistas “Kleenex” (2)

Zamoruca, Chaves, Ramón, Vavá, Zubiarrain o López, sólo fueron algunos entre muchos futbolistas que un día, con todo el derecho del mundo, llegaron a sentirse “Kleenex”. Repasar las vicisitudes de todos y cada uno constituiría empeño enciclopédico, además de ejercicio depresivo, probablemente. Pero han sido tantos los inmersos en ese mal trance, que pecaríamos de injustos sin añadir algún nombre más a tan amplio repertorio. Abordemos la cuestión, por tanto, sin mayores preámbulos.

El navarro Felix Ruiz Gabari (Olite, 14-VII-1940), conoció la gloria y muchas miserias del deporte rey, con paso durante 9 años por un Real Madrid que venía de pasearse por Europa como una apisonadora envidiada y envidiable. Interior técnico, de gran zancada y potente disparo, fino cuando la ocasión lo precisaba, también demostró ser capaz de lucir el buzo, sobre todo en invierno, por aquellos campos de tarquín pegajoso donde se requería mucho despliegue físico. Su carrera, sin embargo, estuvo salpicada de lesiones tan importantes como para verse impelido a colgar las botas antes de tiempo.

Ingresó en la entidad blanca de D. Santiago Bernabéu desde un Club Atlético Osasuna de 2ª División, junto al también navarro Ignacio Zoco, dejando en las arcas rojillas nada menos que 6 millones de ptas., y a disposición del entrenador pamplonés varios jugadores cedidos. Para entonces ya había dado cumplidas muestras de no arrugarse entre los grandes. Veintiún partidos con 6 goles marcados en 1958-59, y otros 8 goles en 29 encuentros de 1959-60, constituían un magnífico aval para quien estaba a punto de cumplir 21 años. Los “merengues” se veían en el trance de renovar un  elenco de estrellas irrepetibles, y conscientes de que el nuevo fútbol, bastante más físico, requería tanto o más músculo y coraje que condición técnica, pusieron su pupila en el tradicional brío navarro, desde cuyo seno también se habían llevado a Pachín. Si algo tienen de bueno las renovaciones anunciadas, es que a los jóvenes se les garantizan oportunidades. Y tanto Pachín, como Zoco y Félix Ruiz, supieron aprovechar las suyas. Este último, además, venía de casta, toda vez que su padre había jugado con Osasuna en tiempos de Julián Vergara.

Félix Ruiz en sus días de gloria. Luego, junto a una suma de percances físicos, llegaron las decepciones de índole personal.

“Al llegar a Madrid sentí una mezcla de respeto y admiración -confesó tiempo después de su retirada-. Jugar al lado de Puskas, Di Stefano, Santamaría… Soñaba despierto, pensando que años antes los había coleccionado en cromos. A su lado por fuerza tenías que corregir defectos”. Sus primeras campañas se dirían pensadas para enmarcar: Campeón de Liga en 1961-62, 62-63, 63-64, 64-65 y 66-67; de la Copa Europea en 1966, así como una vez triunfador en la Copa doméstica, entonces del Generalísimo. Para que nada faltase, a sus 4 entorchados internacionales en categoría juvenil añadió una presencia en la selección “B”, y otras cuatro con la “roja” absoluta entre diciembre de 1961 y diciembre del 63. Era, además, hombre apreciado, de los que no suelen causar problemas, si bien al menos pechase con una sanción disciplinaria por culpa del tabaco. Porque pese a correr como pocos, fumaba bastante, y ello le hizo perder el avión de regreso en un choque de Copa Europea, al haberse escondido para fumar a gusto. La cuestión se zanjó con multa de 25.000 ptas., el equivalente a tres mensualidades para un funcionario, oficinista corriente o empleado de banca primerizo. Por desgracia, en el breve lapso de las siguientes temporadas tuvo una rara acumulación de percances. Dos roturas de clavícula, cuatro de menisco, una de tibia y otras dos operaciones de ligamento cruzado.

“Todo percance arrebata un tanto por ciento de ilusión -confesó a la periodista Isabel Fernández en 1984-. Yo he sido un hombre terriblemente castigado por el deporte. Tengo el cuerpo cubierto de señales, e incluso llevo en la clavícula un injerto procedente de mi cadera. Sin embargo no me arrepiento de lo hecho, porque gracias a esa etapa he conseguido un número importante de amigos”. Pero tamaño cúmulo de desgracias también se tradujo en el adiós a los estadios, con 27 años. “Estaba cansado. No me gustaba entonces, ni me gusta ahora, la gente del fútbol y todo lo que le rodea. Me decepcionaron los directivos, los entrenadores y parte de la prensa. Los clubes han engullido el patrimonio del fútbol, y así van las cosas. Por cuanto al deporte en sí, mandan los defensas que corren y dan patadas. Los entrenadores y medios de difusión alaban a quienes luchan, corren y sudan la camiseta. Eso no es fútbol. Aquí, cuando han venido jugadores técnicos como Maradona, Neeskens, Leivinha o Luiz Pereira, las lesiones se cebaron con ellos”.

Llevaba razón, puesto que aquellos defensas de rompe y rasga, tan abundantes a lo largo de los 70 y 80, frenaron a ese cuarteto, y a otro buen número de profesionales, blandiendo impunemente sus guadañas. No, no era la amargura quien dictaba sus palabras, sino un bien timbrado espíritu crítico, al afirmar: “Me parece intolerable que se ensalce a un jugador por “dejarse la piel en el campo”. ¡En nombre de Dios, esto no es Vietnam!”.

Su desengaño le llevaba a no acudir a los estadios. Y eso que, quiérase o no, seguía conectado a personajes del fútbol por estrechos lazos personales y societarios, después de una etapa vendiendo electrodomésticos. Con su antiguo compañero en la “casa blanca” José Emilio Santamaría, luego entrenador exitoso en el Real Club Deportivo Español de Barcelona, y seleccionador nacional durante el Mundial de “Naranjito” (1982), formó sociedad en una panificadora industrial compuesta por 380 trabajadores. Prefería no mirar mucho hacia atrás, sobre todo en torno al año 1967, el de su retirada, luego de cosechar un nuevo título de Liga (1967-68), pese a su participación más bien simbólica. Porque aquella humorada del Toluca cántabro prefería no computarla.

Tuvo lugar durante 1970. Un equipo santanderino cuyo nombre hacía honor al potente club mexicano, se debatía en la cola de 3ª División cuando Marquitos, a quien seguía tirando la tierruca, quiso echar una mano. Ni corto ni perezoso, convenció a varios antiguos compañeros de vestuario, retirados desde hacía algún tiempo, para calzarse nuevamente los borceguíes: los Alsúa, Mateos, o en principio a él mismo, que llegaría a recalificarse como amateur, aunque bien poco hubo de lucir luego aquella camiseta. Todos los amigos de Marcos Alonso Imaz residían en Madrid, entrenaban por su cuenta y viajaban en coche hasta la capital cántabra para saltar al campo el domingo, convirtiendo a ese Toluca en una especie de viejas glorias “merengue” salpicado por jovencitos cántabros, alguno con edad para pasar por sus hijos. Marquitos habría de dejar en aquel cuadro ya desaparecido su pincelada entre patética y tragicómica, cuando hincado de rodillas sobre el suelo embarrado suplicara al árbitro, con las manos enlazadas en actitud oratoria, una retractación imposible tras señalársele el camino de los vestuarios por protestón y marrullero. El trencilla, lógicamente, no tuvo compasión, y el aporte de veteranía rescatada del retiro tampoco bastó para resucitar al moribundo.

La retirada de Félix Ruiz, para entonces, era una decisión sin vuelta atrás: “Estaba mentalizado acerca de que mi vida iba a continuar por otros derroteros cuando dejase el fútbol, y por eso adaptarme no resultó tan costoso. En otros casos suele ser distinto. Muchos futbolistas, cuando a los 30 años tienen que replantearse una nueva vida, adquieren consciencia de ser casi unos niños, a los que demasiadas cosas les resultan desconocidas. Yo creía estar preparado”. Pero aun así, echó en falta algún apoyo. Tantas heridas de guerra, para verse finalmente abandonado en tierra de nadie, sin un mal consejo. Además tampoco tuvo mucho tiempo para pespuntear esa otra vida sin el balón de por medio, puesto que el 11 de febrero de 1993, a los 52 años, un infarto habría de convertirse en la peor y última zancadilla. Abandonado por el fútbol, en suma, y hasta por esa otra vida menos competitiva de la que esperaba salir triunfante, sin tantas heridas de guerra.

“Pipi” Suárez, interior fino que tanto Real Madrid como Sevilla C. F. se sacudieron apresuradamente, cuando una lesión contumaz le impidió ser el gran futbolista de otrora.

También pasó por un Real Madrid todavía glorioso el asturiano Alberto Suárez Suárez, conocido para el fútbol como “Pipi”. Al menos así figuró en las alineaciones hasta incorporarse al club capitalino, porque nada más rubricar su compromiso Santiago Bernabéu, de buenas a primeras, le soltó categórico: “Mientras esté aquí, nada de “Pipi”. Será Suárez, que al fin y al cabo es su apellido. En el Madrid no hay cabida para nombres de perro”. Así las cosas, como Suárez lo presentaron, bajo dicha denominación saltó su nombre a la pizarra del vestuario, o como “Pipi” Suárez se imprimieron los cromos de las editoriales “Fher” y “Ruiz Romero”. Aunque eso sí, poco asomó por las alineaciones, porque alguien pareció haberle mirado con el ojo izquierdo.

Natural de San Frechoso (25-VIII-1938) y huérfano desde la infancia, se crió interno en un colegio malagueño, formándose como futbolista en las categorías inferiores del modesto ICET. Medio e interior con mucha clase y buen disparo, a los 18 años ya era titular en el extinto Club Deportivo Málaga, para cuyos colores anotó 11 goles en 37 partidos de 2ª División durante su primera temporada. Estuvo siete campañas con los de La Rosaleda, cinco de ellas en 2ª, una en 3ª División, y la última en 1ª, luciendo con 8 goles, pese a jugar retrasado en las 24 tardes que saltase al césped. Ante tal registro y merced a sus buenas maneras, el Real Madrid lo hizo suyo durante el verano de 1963. “Estoy contentísimo -manifestó entonces-. Siempre podré decir que he jugado en el mejor equipo del mundo, junto a Puskas y Gento. Lucir la camiseta que llevaron Di Stefano, Rial, Kopa… No sé si creérmelo”. Jugó, es verdad, pero poquísimos partidos oficiales. Por cuanto al torneo de Liga respecta, un encuentro la temporada 63-64, tres, con un gol en 1964-65, y ninguno a lo largo del periodo que permaneciese entre los “merengues” la campaña 1965-66. Responsable de tanto ostracismo, una lesión sufrida mientras entrenaba, de la que veinticinco años después lo hubieran dejado como nuevo y  a él le trajo por la calle de la Amargura.

“Ocho meses parado. Después, esas cosas se operaban, pero entonces todavía no. Que sólo era una rotura fibrilar, me decía el médico; que eso se curaba con reposo. Y vaya si reposé. Pero en cuanto volvía al tajo, otra vez en el mismo punto de salida. Las lesiones de esta índole son muy traicioneras, y el caso es que nunca volví a parecerme al de antes. Jugaba con miedo, sin rendir al cien por cien. Estando tan lejos de la titularidad, Raimundo Saporta me planteó si quería ir al Sevilla. Le dije que sí, desconociendo lo que allí me iba a encontrar”.

Más que encontrar algo, tropezó con Barrios, entrenador duro, a veces despótico, para parte de sus pupilos injusto en la toma de decisiones, casi un verdugo con aquellos que por cualquier circunstancia se le cruzaran. Un entrenador, en todo caso, de largo vuelo, por esa época muy de moda y obsesionado con la idea de que el fútbol le debía más atención. “No sé si no coordinaba bien o qué le ocurría, pero tenerlo enfrente era como darse contra una pared. Todos los jugadores que llegasen desde grandes clubes le daban alergia. Para él éramos caprichosos, nos faltaba mano dura. Algunos decían que estaba frustrado por moverse siempre entre entidades de segundo rango, sin merecer la atención de equipos con aspiraciones al título. El caso es que si te tomaba ojeriza ibas arreglado. Ahora, a lo que él hacía lo llaman acoso. Entonces tocaba agachar la cabeza, oír y callar”. Pero Pipi no calló eternamente. Cuando no pudo más, llevó el asunto hasta la Federación. Y desde allí le dieron largas. “Para salir del Sevilla necesitaba un fallo federativo antes de iniciarse el nuevo campeonato, y Pérez-Payá, el presidente, estaba de vacaciones. El caso es que no me solucionaron nada. Aquella Federación no funcionaba, como iba a quedar de manifiesto en seguida con el bochorno de los paraguayos y sus papeles falsos”.

Para el club de la Giralda había marcado un par de goles en 10 partidos del torneo 1965-66, cuatro en 12 choques del siguiente y ninguno la única tarde que se vistiera de corto en 1967-68. La merma de facultades, por culpa de una lesión ya crónica, le impedía jugar de continuo. “Y como cada día estaba más nervioso y amargado, decidí que no merecía la pena seguir. Por eso, y porque no me tenían al día en los pagos, me fui”.

Salió reclamando en vano las cantidades a deber. Puesto que la Federación continuase cruzada de brazos, apeló a la jurisdicción ordinaria, desde donde en principio tampoco obtuvo nada. ¿Acaso los futbolistas eran trabajadores por cuenta ajena?. Si lo fuesen, ¿por qué no cotizaban al régimen general de Seguridad Social?. Puesto que la cuestión ofrecía infinidad de aristas, buena parte de los jueces optaban por ponerse de perfil. Exactamente como amagaron con él. Pero en 1971, representado por el exfutbolista Cabrera Bazán, abogado en ejercicio y más adelante hombre muy implicado en la fundación del sindicato futbolístico AFE, obtuvo una sentencia que dio lugar al reconocimiento empresarial que los clubes negaran sistemáticamente. No sólo debía liquidar su deuda el Sevilla, sino que otros compañeros de profesión contaban desde ese instante con un clavo legal como asidero. Aunque al mismo tiempo, ese triunfo también parece pudo haberlo convertido en persona non grata, según en qué despachos.

Su carácter no era de los que facilitan el dejarse caer de puerta en puerta, o como él decía “incordiar a los que fueron sus equipos”. Pensaba que eran los rectores de esos clubes quienes debían mostrar algún interés, en el supuesto de considerar a sus futbolistas de antaño capacitados para funciones técnicas o formativas. La realidad, sin embargo, demuestra que sin llanto nadie mama, y al menos a él nunca le acercaron un biberón, ni aun obteniendo la segunda mejor puntuación en el primer curso para entrenador. Observando que a otros con peor nota se les abrían algunas puertas, y ante el hecho de que para el segundo curso era preciso trasladarse a Sevilla, decidió dejar las cosas como estaban. Se encontraba a gusto en su Málaga adoptiva, regentando una tienda de material deportivo, sin renegar del fútbol, pese a que la vieja lesión siguiera dándole guerra en cuanto realizaba algún esfuerzo.

“Pipi”, como siguiera conociéndole todo el mundo en la capital costasoleña, falleció el domingo 8 de diciembre de 2001, de madrugada, ahogado por un severo ataque asmático, a los 63 años. Sus cenizas fueron esparcidas por el estadio malagueño de La Rosaleda, donde como futbolista viviera grandes fechas, especialmente aquella en que anotase el gol 200 de la entidad como club de Primera.

Anastasio Jara, oriundo a quien sus entorchados internacionales con Paraguay deberían haberle impedido colar por el tamiz federativo. Andado el tiempo se reprochó la ligereza con que administrase los dineros del balón.

Otro futbolista muy en candelero durante los años 60 fue el paraguayo Vicente Anastasio Jara Segovia (3-II-1941), extremo tan rápido que el público del Arcángel, en su primera etapa cordobesa, aseguraba podría ser multado por exceso de velocidad. Como tantos otros compatriotas llegó a España animado por Arturo Bogossian, un armenio con tantas conchas como el mayor galápago, y esparcidor de gangas por buena parte de los equipos peninsulares. Jara había jugado en el Sol de Asunción y el Guaraní, contaba 24 años al llegar y las cosas le fueron admirablemente con la camiseta del Córdoba C. F. “En Paraguay los profesionales veníamos a salir por unas 5.000 ptas. -comentó en octubre de 1984-. Al llegar al Córdoba me hice el amo y tenía una ficha de 200.000 pesetas. Muchísimo comparado con aquello a lo que estaba acostumbrado, pero poco respecto a lo que entonces ya pagaba el fútbol de aquí”. Era Bogossian, con gran diferencia, quien más sacaba del tráfico futbolero. Hasta el punto de que tras ser pillado en renuncio y recibir un aviso serio sobre prohibírsele operar con nuestra Federación, respondiera imperturbable: “Seguiré trayendo jugadores de América, aunque sea disfrazándolos de monjas”. Sólo le faltó añadir que bueno era él para perder un negocio. Ese armenio capaz de expresarse en fluidísimo español, con acento francés, distribuyó por casi todos los clubes de nuestra Liga una constelación de futbolistas estimables, dentro de la legalidad o disfrazándola a su mejor conveniencia. Barcelona, Elche, Valencia, Córdoba, Málaga, Gijón, At. Madrid, Sevilla, Hércules, Santander… Entraba y salía de aquellas casas como si fuera en realidad su secretario técnico. Y puesto que el negocio daba de sí para calentar bolsillos al otro lado del océano, resultaba difícil saber si los papeles de sus pupilos acabarían colando por el cedazo federativo.

“Vengo como español -aseguro Jara, tras dejarse fotografiar sobre el césped del Arcángel-. Bueno, con doble nacionalidad, porque soy paraguayo y oriundo”. En el Córdoba ya había otros dos como él: Cabrera y Rubén Garcete, aunque no tan buenos con la pelota en los pies. Nueve goles en 28 partidos la temporada 1965-66, y 7 en 29 choques del ejercicio 66-67, constituían un magnífico registro jugando de extremo, sobre todo en una época caracterizada por los marcajes férreos y la patada alevosa. Así las cosas, el seleccionador nacional Domingo Balmanya lo convocó para medirse con nuestra selección ante Irlanda, y entonces surgieron algunas dudas. Andrés Ramírez, secretario general de aquella F.E.F. manifestó que el muchacho podía debutar, al no haber sido nunca internacional con Paraguay, nacer en Santísima Trinidad y contar con padres españoles. Pero el futbolista situó su nacimiento en Capiapó, ante la prensa de Córdoba, y acerca de la españolidad de sus padres dijo, en medio de la polémica, que en realidad era español su bisabuelo. También en Córdoba había asegurado ser internacional con Paraguay en 3 ocasiones, por mucho que Andrés Ramírez exhibiese un documento expedido por la Federación Paraguaya, negándolo. Papel obtenido por el hábil intermediario Arturo Bogossian mediante soborno, puesto que su firmante incurría en manifiesta falsedad.

Pese a la polvareda, acabó alineándose ante los irlandeses en un partido resuelto con victoria por 2-0. Más adelante, incluso, se le situó en algún encuentro de la selección paraguaya juvenil, y a tenor de la legislación vigente aquello lo incapacitaba para representar a ningún otro país. Desde tal perspectiva, aun con todo el árbol genealógico hundiendo raíces en la piel de toro, nunca debería haber ingresado en nuestro fútbol, puesto que constituía requisito ineludible para los oriundos “ser susceptibles de acceder a la selección nacional española, si por su rendimiento y el interés del cuerpo técnico federativo así se estimara”. La Federación Española, a buenas horas, decidió finalmente no considerarlo seleccionable para el futuro. Y al diligenciarle ficha con el Córdoba durante su segunda etapa, ya computó como “no español”. Nada de esto trascendió mucho, pero la directiva verdiblanca tuvo que darse por enterada al serle rechazada la inscripción de otro paraguayo “contando ya ese club con su cupo de extranjeros cubierto”.

Anastasio Jara, entre tanto, logró mejorar su situación económica, cuando el Valencia satisfizo 5 millones de ptas. por su traspaso, más los derechos federativos de dos jugadores “ches”. “Mi ficha pasó de 200.000 ptas. anuales a 600.000. Me fui de cabeza, claro. Pero al llegar a Mestalla volví a encontrarme con que me pagaban una miseria. Barrachina, por ejemplo, ganaba millón y medio, y otras vacas sagradas, fenomenales futbolistas, tampoco salían por menos. A mí siempre me faltó un buen padrino”. Con el emblema del murciélago sobre el pecho, las cosas no le fueron tan bien. Tuvo problemas de disciplina, según se apuntó, alguna lesión leve, encontronazos que todo el mundo quiso tapar y él jamás habría de admitir. “Tuve algún problemilla con Julio de Miguel, pero me trataron estupendamente. Siempre estuve al día en salarios y primas. Incluso cuando derrotamos al At. Bilbao 2-1 en la final de Copa, proclamándonos campeones durante mi primera temporada, Vicente Peris, el mejor secretario que haya podido haber nunca, me regaló 100.000 ptas., consciente de que mi ficha no era muy alta. Nadie me echó de allí. Salí, porque las cosas del fútbol te llevan y traen de un sitio a otro”.

Lo cierto es que esas 100.000 ptas. tenían carácter de prima para los futbolistas. Y no es menos verdad que nadie devuelve ningún jugador a su club de origen después de un año por la mitad de lo satisfecho en su día. Fue eso, exactamente, lo que en su caso hiciera el club levantino: consentir que el Córdoba lo repescase por dos millones y medio, la temporada 68-69. Y otra vez en El Arcángel, liderando un equipo muy debilitado hasta sufrir la lesión, acabó en 2ª, donde habría de resurgir con nuevos bríos. Once goles en 31 partidos volvieron a situarlo en el Valencia cara a la campaña 70-71, aunque para recibir la baja cordobesa tuviera que perdonar una deuda de 100.000 ptas. “Entonces los futbolistas estábamos desamparados. Pagábamos a Hacienda sin rechistar, ganábamos un dinero fácil y del mismo modo que entraba, salía. Eras siempre el primero en pagar una copa. ¡Ay si volviera a nacer!. Para sacarme una peseta tendrían que ponerme una pistola en la cabeza”.

Alfredo Di Stefano, entrenador en el Valencia, apenas contó con él. Su reingreso, de cualquier modo, obedeció antes que a un interés deportivo, al hecho de que los cordobeses no pudieran satisfacer lo apalabrado. Con 29 años seguía siendo un incordio para los defensas, fintando por un lado hasta acomodarse la pelota y buscar el ángulo. Pero pecaba de intermitente, hasta el punto de que los más chungones acabaron apodándolo “El Semáforo”. Sólo disputó 3 partidos de Liga, antes de poner rumbo a Sabadell, con la carta de libertad. Y ya arlequinado, no sin merma, a resultas de tanta tarascada, le esperaba la desilusión: 17 partidos de liga con 4 goles la temporada 1971-72, todavía en 1ª, y sólo 1 en Segunda el año siguiente. Por orgullo quizás, o por cabezonería, no quiso colgar las botas, aunque ello únicamente le sirviera para jugar 12 partidos con el Acero de Sagunto la campaña 73-74, en Regional.

“Nadie me quitará nunca haber sido internacional con España, en Mestalla. Alinearme junto a Iribar, Paquito, Pirri, Claramunt, Reija, Luis Aragonés, Amancio y Gento. O haber sido el primer internacional del Córdoba, antes que Miguel Reina”, aseguraba, embebido en la nostalgia, el ya lejano otoño de 1984. Justo cuando las apreturas del momento abrillantaban como nunca el resplandor del pasado. Se hallaba en paro, luego de fracasar con su restaurante. “Tuve que traspasarlo, porque las cuentas no salían. Ahora a ver qué encuentro. ¡Ay si volviese a nacer!. Sería todo tan distinto…”

Florencio Amarilla, internacional paraguayo que hubo de costearse una intervención quirúrgica para seguir jugando al fútbol. Tras colgar las botas pudo vérsele en muchas películas como indio con diálogo. El apache, comanche, sioux o idioma crow que escuchábamos desde el patio de butacas, en realidad era su guaraní.

Por lo menos la extrema dureza de sus marcadores no se tradujo en serias secuelas físicas, y tampoco hubo de sufragar personalmente ninguna intervención quirúrgica, como le ocurriese a su compatriota y mundialista con Paraguay, Florencio Amarilla Lacasa.

Extremo zurdo con enorme técnica, recaló en el Oviedo junto a su compañero de ala Jorge Lino Romero la temporada 1958-59, con 23 años. Siendo jugador azulón, un defensa lo cazó sin miramientos, y la Mutualidad de Futbolistas hizo amago de desentenderse, recomendando paciencia antes de pasar por el quirófano, cuando distintos especialistas consideraban imprescindible la intervención para seguir jugando al fútbol. Puesto que tampoco el club asturiano estuviese por la labor de rascarse el bolsillo, tuvo que ser él quien tirando de ahorros apoquinase todos los gastos. Luego suscribiría contrato con el Elche, R.C.D. Mallorca, Constancia de Inca, Hospitalet, Abarán, Manchego, Almería y Adra, hasta colgar las botas con uno de los varios escudos almerienses al pecho, la campaña 1971-72. Aún hay por esa reseca tierra quienes recuerdan sus alardes técnicos, sus malabarismos con la pelota, mientras dirigía a los juveniles de la entidad, o a los primeros equipos del Mojácar, Vera, Roquetas, Garrucha y Polideportivo Ejido, durante los años 70 y primeros 80. Porque el enjuto guaraní acabó descubriendo en Almería su particular Eldorado, luego de que un ayudante de dirección viera en sus facciones al perfecto indio de tanto “western espagueti”. Gracias a él, dejó de vender enciclopedias y zapatos para rodar películas en el poblado de Tabernas, junto a estrellas como Charles Bronson, Alain Delon, Toshiro Mifune, Lee Van Cleef, Ursula Andress, Yul Brynner, Leonard Nimoy, Jack Palance o Richard Crenna, a quienes embelesaba durante los descansos, entre toma y toma, con su portentoso manejo del balón ataviado de indio sioux, cheyenne, kiowa, cherokee, apache, pawnee o shoshone, canana cruzada y rifle en ristre.

Cuando los “western” pasaron de moda y el poblado empezó a pudrirse, el fútbol modesto no le dio la espalda, por más que los clubes de elite fingieran no conocer su suerte. En 2006 ejercía como utillero para el Comarca de Níjar, habitando, incluso, en las mismas instalaciones del viejo campo de San Isidro. Los directivos de esa entidad llegaron a plantearse levantar una vivienda prefabricada para él, pero humilde, como siempre fuera, declinó la oferta con amabilidad: “No se molesten, señores. Yo estoy muy bien acá, oliendo a linimento, trotando un poco todas las mañanas, con este sol y mi matecito”.

La muerte le sorprendió viviendo la existencia elegida. Feliz, porque nunca necesitó dinero, propiedades o poder para sentirse rico. Agradecido al fútbol, siquiera al muy modesto, por permitirle disfrutar con lo que tanto amaba. A Eugenio Leal, por el contrario, los reveses le dolieron muchísimo más.

 Natural de Carinches, Toledo (13-V-1953), desde el club La Salle sería captado para el At. Madrid, debutando con su primer equipo la temporada 71-72, sin cumplir los 18 años. Como durante sus dos campañas sólo acumulase 17 presencias ligueras, con un gol marcado, los técnicos rojiblancos decidieron cederlo al Sporting de Gijón (1973-74), desde donde regresó con galones de interior utilísimo en labores organizativas. Indiscutible durante la siguiente media docena de ejercicios, e internacional absoluto en 13 oportunidades marcando un gol, así como mundialista en Argentina destacado por la prensa internacional, Juan Cruz Sol le reventó la rodilla con una entrada fortísima mientras disputaba un partido de Copa contra el Real Madrid. “A veces me sigo acordando de Sol, como artífice de mi retirada” -confesó durante una entrevista cuando llevaba dos años con las botas en un armario-. Quiero creer que fue fortuito, pero cuando lo pienso fríamente me parece que hubo mala intención”. Tuvo que pasar por el quirófano, y a poco de reaparecer otra rotura de menisco. Nuevo parón forzoso, más dolorosos intentos de puesta a punto, para caer roto por tercera vez, y ésta ya definitiva. Tres inútiles intervenciones quirúrgicas practicadas por los doctores Guillén y Cabot en su ligamento lateral interno, cruzado anterior y menisco interno, jalonando 8 fugaces saltos al campo en un par de años. Y todavía, negándose a reconocer la evidencia, dos conatos de probatura en el Pegaso y Sabadell, antes de sentirse exfutbolista.

Eugenio Leal, gran jugador de vida alegre. Su carácter no le hizo ningún bien, y luego una lesión marcaría el punto final de su carrera.

 “En el fondo lo veía venir. Siempre te llegan rumores acerca de la salida, y has visto cómo se paga a otros. Así que hasta cierto punto estás preparado cuando te sacuden la patada”.

Le prometieron un partido homenaje, pero el tiempo fue pasando, por la presidencia “colchonera” desfiló Alfonso Cabeza, retomó el cargo su antecesor, Vicente Calderón, y el supuesto homenaje continuaba sin fecha al explayarse con Amalio Moratalla, en noviembre de 1984. “No sé absolutamente nada sobre el tema, y me interesa. A este paso cuando me lo quieran tributar no va a conocerme ni Perico el de los Palotes. He tenido algún contacto, pero la cosa va despacio, por no decir que está totalmente parada”. Se argumentaba por los mentideros rojiblancos que ese asunto se zanjó hace tiempo, entregándole 5 millones de ptas. con el finiquito, a cuenta del homenaje. Y él matizaba, en defensa de un dinero para entonces tan necesario como por demás legítimo: “Cada cual cuenta la feria según le va. Es cierto lo de esos 5 millones (30.000 euros al cambio por la moneda actual). Y también que llegamos a un acuerdo: Si el partido arrojaba superávit, los beneficios serían para mí; por el contrario si arrojara pérdidas, el club se hacía cargo de ellas y yo me contentaba con lo percibido. Naturalmente si las cosas se hubieran hecho antes, al anunciarse mi abandono, podrían haber salido 20 millones de beneficio. Ahora todo se ha enfriado y va a dar igual”.

Cuando charlase con Moratalla, aseguraba tener proyectos, sin concretar lo más mínimo: “Dentro de poco me sobrará el dinero”. Anticipaba, eso sí, que no iba a ser lo habitual: “Nada de la típica discoteca o el “pub”; lo sabrá todo el mundo en su momento”. Pero a renglón seguido reconocía “hacer de todo y nada”. Seguía tirándole el gusanillo, aunque no se dejara caer regularmente por los estadios. El fútbol había puesto todo su empeño en alejarse de él, y le parecía injusto: “Lo he convertido en el centro de mi vida desde los 10 años. Puede decirse que lo he mamado. ¿Cómo no va a costar separarte de él?”. Por eso, ciertos detalles tenían algo de bofetada, como dejó entrever al preguntársele si debía pagar entrada por acceder al estadio donde tanto le aclamasen: “No me ponen pegas para entrar, pero evidentemente tampoco es como antes. No me gusta pagar por ver fútbol. Me sabe mal, aunque más de una vez lo he tenido que hacer, incluso en El Manzanares. Es ley de vida. Cuando no estás arriba, las palmaditas en el hombro se convierten casi en insultos”. Le apenaba, también, no haber vivido el triunfo de la sindicación futbolística: “Me parece fenomenal que de una vez mis antiguos compañeros se hayan organizado, para solucionar sus muchos problemas. Sólo espero que funcionen mejor que antes”.

Prueba de que sus planes para verse sobrado de dinero poco tenían de reales, eran sus caricias al sueño de dedicarse a entrenar: “Podría hacerlo, pero ahora para eso hay que estudiar tres años. Y es curioso. Aunque haya quien no ha dado en su vida una patada a un bote, si aprueba los cursillos le dan el carné. Me encantaría el banquillo; sería un buen entrenador. Pero tres años estudiando es duro. Además, llegas a un club, pierdes dos veces seguidas, no le caes bien a éste o aquel, y te ponen de patitas en la calle. Eso al margen de aguantar todo tipo de insultos por la mayoría de los campos. Haría el esfuerzo de estudiar tres años para ser segundo entrenador de cualquier equipo. Todo el día trabajando en la sombra, sin responsabilidades ni presiones, y cobrando”. Luego, de cualquier modo, caía en cuenta sobre el cúmulo de zancadillas esparcidas en torno al balón, y se avivaban los dolores: “Me he dado cuenta de que el fútbol es una porquería. Cada día me convenzo más de que has de llevarte el dinero en el momento. Después se hace tarde. En mi última renovación con el Atlético, cuando estaba allá arriba, pude haber sangrado al club y por sentimentalismo, o por no sé qué, evité hacerlo. Les faltó tiempo para sacudirme la patada. Estoy convencido de que te utilizan unos años y luego ¡hala!, al basurero. De ahí que debas ganar el mayor dinero posible en tu buena época. Es mi consejo para cuantos estén en activo. Más adelante es tarde”.

A sus 31 años, separado de una mujer bellísima y con tres hijos, en medio de la incertidumbre sobre del porvenir, no parecían faltarle motivos para reflexionar. Siempre se dijo que su carrera resultó perjudicada por una empedernida promiscuidad. Llegó a relacionársele con cierta inglesa contratada en un cabaret del Albaicín, cuando su esposa pasaba la cuarentena tras someterse a una segunda cesárea. Vicente Calderón, hombre de ideas tradicionales, o si se prefiere conservadoras, queriendo salvar ase matrimonio y recuperar al futbolista, ponía al corriente de aquellas aventuras a la sufrida cónyuge. Finalmente ésta se hartó de aguantar, y andado el tiempo “Nany” Alonso, la antigua esposa, habría de saltar a la popularidad desde las pantallas televisivas más cotillas, como hermana de “Chonchi” Alonso, ex pareja de Andrés Pajares, metida a su vez en un  turbio divorcio no exento de malos tratos, según se aireara. Fruto de la reflexión, las palabras de Leal surgían rebosantes de amargura: “Si me dieran la oportunidad de volver al principio, estoy seguro de que ganaría más dinero del que obtuve. Mis intereses los antepondría siempre a los del club, y no al revés, como hice. Y por supuesto, no consentiría a nadie meterse en mi vida privada, como muchos hicieron”.

El orensano Fraguas apenas empezaba a comerse el mundo cuando se le oscureció el porvenir. Para los médicos su grave lesión curó perfectamente, y sin embargo nunca pudo acercarse a la sombra de sí mismo.

En definitiva, si le fuese otorgada la facultad de reencarnarse, sería un hombre distinto. Probablemente lo mismo que Fraguas, otro “colchonero” con el que a punto estuvo de coincidir sobre el césped.

Rafael Prado Fraguas, lateral derecho orensano (2-I-1957), fue un prometedor aunque impulsivo muchacho que por abrirse camino apenas reparó en los medios. Con 17 años ya asomaba por el primer equipo rojiblanco, dejando impronta de temperamento excesivo. Duro, a veces fiero, hasta sus propios compañeros le advirtieron más de una vez sobre las maneras con que se empleaba: “Si no mides mejor en tus entradas, acabarás haciéndote daño. Esa forma de tumbar a los rivales, cayéndote encima… Como no temples, un día cualquiera se te vienen sobre la rodilla y te dan el disgusto”. Pero él estaba en esa edad pletórica donde nada puede constituir un peligro, y siguió trazando surcos sobre su parcela. Hasta que en 1976, durante un partido en el Helmántico ante la ya extinta Unión Deportiva Salamanca, el delantero Rial decidió no arrugarse. Aquel instante no iba a borrarse nunca de su memoria: “Luiz Pereira iba por el lado derecho y me pasó el balón. Lo solté en seguida y Rial, cuando la pelota ya estaba lejos, me entró golpeándome en la pierna muerta. Ese chasquido no se me va de la cabeza”.

Fue una rotura brutal de tibia y peroné, con hueso astillado y esquirlas sueltas. Hubo que practicarle una operación de osteosíntesis, es decir implantarle un tornillo oblicuo para sujetar los huesos. Le dijeron que iba a quedar bien, aunque el calvario no había terminado.

Tratando de acelerar su recuperación, lo llevaron a un fisioterapeuta cuando el hueso aún no estaba lo bastante fuerte. De manera que volvió a romperse. Tras ese nuevo percance, algo más también se rompió entre club y futbolista: “Si después de mi paso por el quirófano todo fueron apoyos, me echaron la culpa de la segunda fractura. Dijeron que era un inconsciente por haber querido recuperarme antes de tiempo. Y no hubo nada de eso. El único culpable fue el doctor Ibáñez, aunque asegurase que la decisión de buscar a ese fisioterapeuta corrió de mi cuenta”.

El galeno Enrique Ibáñez siempre le contradijo. Y además de asegurar que Fraguas estaba perfectamente cuando salió de su consulta, llegó a lucir ante la prensa partes y pruebas como aval de sus palabras: “La lesión se produjo el 8 de febrero de 1976. Yo mismo lo acompañé en la ambulancia que habría de trasladarlo desde Salamanca a Madrid. Le diagnostiqué fractura transversal fragmentaria de tercio medio en la tibia y el peroné, con desplazamiento y destrozo de partes blandas. Pronóstico muy grave. El 10 de febrero fue operado y ya con escayola se le autorizó viajar a Orense, permaneciendo con su familia. El 1 de junio se le cambió la escayola, pudiendo por fin apoyar ese pie sobre el suelo. Su recuperación prosiguió a buen ritmo. En noviembre ya corría y le faltaban sólo unos grados para doblar completamente aquella rodilla. Entonces, aconsejado por amigos, decidió acudir a cierto masajista  prestigioso, y el 19 de noviembre le saltó el hueso en una maniobra. El propio masajista me llamó, muy asustado, y me trajeron al futbolista a la clínica. Repito, hasta entonces todo iba bien. El parte del día 16 recoge textualmente: Continúa la evolución favorable, progresiva; se encuentra fenomenal. El propio Fraguas me confesó, subido en la camilla, que aquel masajista le había forzado la pierna, fracturándosela nuevamente con su propio cuerpo. Yo estaba indignado, pero me aconsejaron no airear la cuestión, por no perjudicar al masajista. Hubo que empezar otra vez, aunque sólo hiciera falta escayolarle”.

El 1 de febrero de 1977 se le retiró aquella escayola, comprobándose mediante una radiografía que el hueso estaba bien, de manera que inició la rehabilitación. Después volvió a jugar, y en Cádiz resultaría lesionado en esa misma pierna. “Herida inciso contusa”, según parte médico fechado en febrero de 1978. En marzo del mismo año el Dr. Ibáñez le hizo una radiografía de control, obteniendo una imagen perfecta de consolidación ósea. Se le dio de alta el día 28, lo que según defendiera el cuerpo médico Atlético, demostraba que el futbolista quedó bien. Algunas voces de la entidad aseguraron que si su jugador no volvió a ser el de antes, sería por miedo. “Hay quienes después de lesiones tan importantes no dejan de pensar en el percance, y se arrugan. Éste es un deporte de contacto donde el temor no tiene cabida”.

Por supuesto, Fraguas siguió recordando aquel fatídico 8 de febrero de 1976. Imposible dejar de hacerlo, máxime ante el convencimiento de que Rial tuvo mala intención. “No le guardo rencor, aunque supongo llevará en su conciencia aquel momento. Nunca fue a verme al hospital, ni me llamó por teléfono interesándose por mi estado. Jamás tuve contacto con él. Sin embargo el Salamanca, a través de su presidente, se portó muy bien conmigo”. A su entender, el fútbol y su mundillo no dieron la talla. “Además de mi familia, sólo dos amigos estuvieron a la altura. De uno nunca lo hubiera pensado. Entonces aún no conocía a mi mujer, y ella dice que si hubiésemos estado juntos tal vez las cosas no habrían sido como después se dieron. La prensa sí se comportó, pese a que no pude corresponderles. Me decían desde el club que no hablara y yo cumplí”.

Después de tres temporadas virtualmente en blanco -tan sólo 3 partidos de Liga disputados-, la entidad rojiblanca lo cedió al Club Deportivo Orense durante un par de campañas, mediando un paso casi simbólico por el Torrejón. Luego nada. Desinterés, ausencia de ofertas, el teórico abandono, mientras a sus 27 años y ya con un hijo practicaba el fútbol sala. Bullía en su cabeza la necesidad de emprender algún negocio, de invertir pensando en el futuro. Pero no es fácil improvisar otra existencia cuando la pelota copó hasta el último pensamiento durante tanto tiempo. Quizás ello explique su decisión durante el verano de 1985, al suscribir un compromiso con el Daimiel, inserto en la 3ª Castellana. Sin duda un intento de recuperar el pasado, de sentir la misma ilusión que antaño, creyéndose llamado a conquistar el estrellato. Luis Aragonés creyó siempre en él, y no todos podían lucir 5 internacionalidades juveniles. Si las cosas se le dieran aceptablemente, si llamase la atención de clubes más poderosos…

Elcoro, guipuzcoano a quien la mala suerte, más que su lesión en sí, apartaron del fútbol definitivamente.

Sueños, esperanzas, la negativa a convertirse en un pañuelo desechable, máxime cuando como en su caso, la esperanza se truncó en decepción tan temprano. A otros, como al guipuzcoano Elcoro, la mala suerte lo respetó algo más, permitiéndole desarrollar una carrera. Y pese a ello seguían sintiendo un vacío tremendo.

Fco. José Elcoro Gabilondo (Arechavaleta, 4-II-1978), también defensa, tras pasar por el club de su pueblo compitió varias temporadas con el filial donostiarra, viviría una cesión en el Burgos, otra en la Sociedad Deportiva Eibar, y por fin pudo debutar con la Real Sociedad durante el ejercicio 1974-75. Al menos tuvo ficha de 1ª División por espacio de 5 años, si bien un par de ellos a modo testimonial, porque los pasó en blanco. Su vida deportiva se truncó ante el At. Madrid en abril de 1976, aunque al principio nadie, y mucho menos él mismo, acertara a imaginárselo. Un choque con Salcedo bastó para fracturarle tibia y peroné y luego, durante el largo posoperatorio, una artrosis en el tobillo habría de empeorarlo todo: “Fue un golpe de mala suerte, porque al fin y al cabo suelen ser los defensas quienes entran al adversario. Nunca culpé a nadie de mi lesión, puesto que en realidad no fue ésta lo que me apartó de la pelota, sino una suma de complicaciones posteriores”.

Según los médicos, el yeso de la escayola causó aquella artrosis, y ni siquiera dos intervenciones quirúrgicas para implantarle placas y tornillos, practicadas por el Dr. Echevarren, resolvieron su problema. Saber que el fútbol iba a convertirse en historia constituyó todo un trago:

“Lo pasé muy mal, porque en principio no iba a desviarse mi trayectoria. Una cosa es saber que todo se acabó, y otra seguir haciéndote ilusiones. Yo todavía disputé 6 ó 7 partidos más, antes de comprender que mi nivel no era aceptable. En cuanto estaba a punto para reaparecer, volvían los dolores, tocaba parar y arrancar otra vez. Parecía haber un nivel máximo de recuperación, a todas luces insuficiente. Así que me despedí de todos seis meses antes de expirar mi contrato. Estaba ya casado y con tres hijos; la necesidad te hace soportar cualquier cosa, y mi familia siempre estuvo al quite”. Cuatro años después, ganándose la vida como empleado en una asesoría fiscal, prefería no acordarse de su etapa anterior, si bien siguiera conservando amistad con parte de quienes un día fuesen compañeros de vestuario. “Quizás sea la resignación lo que me ha llevado a no añorar aquel tiempo, pero lo cierto es que no veo fútbol, a menos que lo retransmitan por televisión. Y aun entonces cambio de canal si no ofrecen un buen espectáculo”.

Oyarzábal empezaba a degustar el triunfo cuando todo se le torciera. Si bien la Real Sociedad cumplió contractualmente, parece no supo empatizar con la aflicción personal.

Casi en paralelo, otro buen futbolista blanquiazul, el hernaniarra José Mª Oyarzábal Erro, hubo de afrontar otro trance similar. Después de un par de campañas en el Sanse, llevaba tres rindiendo a excelente nivel en la Real Sociedad. Internacional Sub-23 en 5 oportunidades, estaba en la agenda del seleccionador absoluto cuando de pronto, entrenando, empezó a sentir unos intensos pinchazos en la rodilla. Pensó que no sería nada importante, pero una merma de rendimiento sobre el césped motivó las exploraciones médicas. Intervenido en el menisco, su primer pronóstico pasaba por volver al campo en unos tres meses. Luego, lamentablemente, habrían de descubrirse otras complicaciones óseas.

Tres intervenciones practicadas por los doctores Navés y Echevarren, apenas sirvieron de nada. Durante las temporadas 1974-75, 75-76, 76-77 y 77-78, no disputó ni un minuto. Al término de la última, concluido su contrato, hubo de abandonar la disciplina realista. “No necesité mucho apoyo, porque tuve tiempo de sobra para hacerme a la idea. Fui perdiendo facultades paulatinamente, nunca hubo lugar para la sorpresa, y ello me ahorró traumas. En cuanto al club, no se portaron bien, ni mal. Cumplieron económicamente, aunque a nivel deportivo y humano se olvidaron de mi problema; no parecía importarles demasiado”. Entonces los futbolistas estaban fuera de la Seguridad Social, y por tanto sin posibilidad de acogerse a pensiones de invalidez. Mientras cobraba de la Real había formado familia y tenía un hijo. Más complicaciones, visto el asunto desde el lado económico. “Me encantaría que el chaval fuera deportista, aunque no específicamente dedicado al fútbol, sino a cualquier otra especialidad”, aseguraba a menudo. Y eso que sus secuelas seguían haciéndese presentes. “Basta un ejercicio brusco para producirme dolores. Veremos a ver si con otra operación… Estoy a la espera de que me limpien la rodilla”.

Corría el año 1984 cuando se expresaba de este modo, ejerciendo como empleado en una entidad bancaria de su Hernani natal. Justo por esos mismos días, el gallego José Fernando Martinez Rodilla (Vigo, 3-III-1950), atacante conocido para el fútbol por su segundo apellido, seguía deglutiendo dosis de hiel.

Tras militar en el Gran Peña y Unión Popular de Langreo cedido por el Celta, con 20 años se convirtió en firme promesa del fútbol nacional, hasta el punto de debutar con “la roja” absoluta en Zaragoza, el 28 de octubre de 1970, ante Grecia. Luego, además, disputó un par de partidos con la selección “B”, o de “Promesas”. Pero no era un hombre destinado al triunfo.

Rodilla. Todo un internacional absoluto trotando por campos modestos, como consecuencia de una lesión mal intervenida y peor curada. Sobre el césped vallisoletano cojeaba visiblemente. Sobraban motivos para justificar el mal sabor de boca que el fútbol profesional le dejara.

Comenzó notando unas persistentes contracturas en el cuádriceps, que los masajistas se empeñaban vanamente en paliar. Midiéndose ante el Español, iba a sufrir una rotura completa. “No debería haber hecho caso a los entrenadores -se condolió tiempo después-. Parando cuando hizo falta, me habría recuperado totalmente”. Lo intervino en Barcelona el doctor Cabot y nunca volvió a ser el mismo. Después de seis campañas con la camiseta celtiña, disputando únicamente 3 partidos en la categoría de plata durante la última, no le renovaron. El Real Valladolid, también en 2ª, le hizo un hueco, si bien mediante contrato de circunstancias. Cojeaba sobre el césped, y al no confiar casi nadie en su posible rendimiento, tuvo que avenirse a un fijo por partido. “Para renovar con ellos debía alcanzar un mínimo de encuentros y estaba a punto de conseguirlo cuando unilateralmente anularon la cláusula. Tuve que irme al Sabadell, donde sólo permanecí 15 días. Cogí una gripe, y como lógicamente no estaba para jugar, dijeron que ya no les interesaba. Entonces pasé al Reus Deportivo, lesionándome durante el tercer partido. Fui baja hasta cerrarse la temporada”.

Todavía fichó por el Yeclano, cara al ejercicio 1978-79, y por el Turista vigués en 1979-80. Aquel internacional prematuro se había desleído: “Ocurrieron muchas cosas. Mi padre murió, yo estaba harto de vagabundeo. Era el momento de terminar, aunque sólo tuviese 28 años. La lesión influyó en mi retirada, pero más todavía ciertos aspectos colaterales del fútbol. Recuerdo, por ejemplo, que durante mi tercera temporada con el Celta, desde Zaragoza se interesaron por ficharme. Pero mi presidente, pese a asegurar que apenas iba a jugar con ellos, se negó a extender la carta de libertad. No soy rencoroso y tampoco vivo de recuerdos, aunque ciertas cosas duelen”. Tampoco tuvo suerte al nacer cuando lo hizo. Unos años después, todo cambió para la gente del balón. Los clubes ya no fueron amos y señores, a los deportistas se les reconoció el derecho a la propia imagen, devengaron cifras por publicidad y patrocinios… La sindicación, en suma, frenó múltiples desmanes en beneficio de otros. Porque todavía él, recién colgadas las botas, tropezó con una realidad ruinosa: “Se vivían vacas flacas. Nadie encontraba trabajo y tuve que ir consumiendo ahorros”.

Pudo colocarse como representante comercial, y más adelante ingresó en una oficina bancaria que acabaría dirigiendo. Todo ello logrado a pulso, porque como aseguraba, “nadie me ayudó en los malos momentos. El fútbol es bonito cuando las cosas te van bien, pero si dejas de salir en la prensa te olvidan todos”. Poseedor de un carné de entrenador, allá por los años 80 no desdeñaba entrenar a chavales. “Porque ahí no hay tanta mafia como en categorías superiores”. El mundillo profesional, sus trampas y triquiñuelas, sus interese ocultos y profunda desmemoria, le había asqueado. Menos mal que su mala suerte de antaño semejara haberle abandonado también. Casado y con dos hijos, un nuevo futuro se abría ante él, luminoso y, era de suponer, con menos zancadillas.

Por suerte, muchos futbolistas “Kleenex” supieron sobreponerse a la adversidad, demostrándonos que de las papeleras y el recipiente para desperdicios también se sale a menudo. Con esfuerzo, ciertamente. Y sobre todo sin volver la vista atrás, complaciéndose en viejas afrentas o mortificándose por lo que no pudo ser.

Al menos varias docenas lograron enderezar su vida lejos del fútbol, torcida, vuelta del revés por el infortunio, tan sólo en apariencia.




Futbolistas “Kleenex” (1)

No todo en el fútbol es oropel, aplausos, idolatría y miradas envidiosas. Incluso los futbolistas más admirados están expuestos a la adversidad. Y cuando ésta prevalece, si la guadaña de algún jornalero sin las imprescindibles condiciones entra en acción, o cuando por pura mala suerte se acaba cayendo en el infortunio, tanto el jugador relevante como los complementarios pueden convertirse, de la noche a la mañana, en futbolistas “Kleenex”. Ensalzados hoy, perseguidos literalmente por los informadores, peñistas, chiquillos en demanda de autógrafos, o hasta por el aficionado tibio, de pronto arrojados a la papelera o el recipiente de los desperdicios. Ocurre en clubes de ringorrango y entidades mucho más débiles. Ha sucedido siempre, aunque resulte mucho menos justificable cuando, conforme hoy vemos, el dinero se mueve a paletadas en torno a la pelota. Antaño solían paliarse los malos tragos con partidos homenaje de carácter recaudatorio. Hoy ni eso. Demasiado a menudo, la figura incapaz de hacer un regate a su mala suerte acaba relegada al camarote del olvido. Y no parece justo. Allá hacia donde miremos, podríamos toparnos con muchos ejemplos.

Avelino Chaves Couto (Verín, Orense, 2-II-1931), hasta cierto punto fue uno de ellos. Rapidísimo extremo, también alineado como delantero centro para aprovechar su velocidad en el juego a la contra, con 16 años corría los 100 metros lisos en 11,2 segundos. Lógicamente le bastaron unos pocos partidos luciendo la camiseta del Tamega, en su localidad natal, para que un cazatalentos se lo llevara al Real Valladolid en 1948. Estaba aún por hacer, y la 1ª División parecía quedarle grande, pese a que con todo en contra se las arreglase para marcar 5 goles en los 12 partidos que disputara, distribuidos en 2 campañas. La legislación deportiva vigente impedía competir como profesional a cualquier menor de 18 años, por lo que fue preciso incurrir en alguna trampa al diligenciarle ficha. Con sólo 19 pasó a engrosar el Granada C. F., entonces en 2ª División, desde donde transcurridas otro par de temporadas sería adquirido por el Real Zaragoza. Y ya en la capital maña, tras descender a 2ª División disputando 16 partidos con 3 goles, supo hacer de nuestro fútbol de plata un formidable trampolín profesional. Quince goles la temporada 1953-54, y otros 12 en 1954-55, le bastaron para renovar muy al alza, hasta el punto de convertirse, merced a sus 100.000 ptas. de ficha por ejercicio, en el mejor pagado del elenco. Para que nada faltase, en 1955-56 fue máximo anotador de 2ª División, y merced a sus dianas los blanquillos reconquistaban una plaza en 1ª. A sus 25 años todo parecía sonreírle. Entre ficha, sueldos y primas, venía a cobrar en un mes lo que muchos trabajadores cualificados a lo largo de todo el año. Además le quedaba cuerda para rato. O eso parecía.

Avelino Chaves. En su caso la devoción a un club fue causa de su forzosa retirada. Sólo años después del infortunio, Waldo Marco, otro presidente, se dignó concederle una nueva oportunidad desarrollando funciones técnicas.

Todo se nubló durante un partido contra la Sociedad Deportiva Indauchu: “Un defensa cuyo nombre preferiría olvidar, me entró en el área, golpeándome la rodilla. Fui operado de menisco, y por necesidades del equipo no tuve tiempo de recuperarme. Eso, creo, fue causa fundamental de una distensión de ligamentos”. Deberían haberle hecho parar, pero corrían otros tiempos. La medicina deportiva ni siquiera existía. Muchos médicos de club consideraban cumplido su deber prescribiendo calmantes que situaran rápidamente al futbolista en las alineaciones, sin medir las consecuencias a medio plazo. Exagerando un poco, aquellos galenos tenían algo de veterinarios, cosiendo las tripas al caballo de pica con posibilidades de resistir la corrida a pie firme. “Me inyectaban durante la semana, para que la rodilla aguantase el domingo. Recuerdo que en mi último partido ante el Deportivo Alavés, en la liguilla de ascenso, el doctor Pelegrín me puso una anestesia local que debía durar 90 minutos. Medicina de guerra, o poco menos”.

Todo aquello se tradujo en rotura del ligamento lateral interno, infección del mismo y una nueva intervención quirúrgica. La primera de otras dos más, hasta totalizar cuatro pasos por el quirófano, si incluimos aquella primera extirpación del menisco. La herida creó una fístula y a través de ella le salía el líquido sinovial. “La verdad es que no guardo rencor a nadie, pues el Zaragoza necesitaba mis goles y yo mismo no pensé en las posibles consecuencias”. En noviembre de 1957 se supo no iba a poder jugar más. Le faltaban unos meses para cumplir 27 años, edad en que la mayoría empieza a aportar lo mejor de sí. El momento en que más caja solían hacer los futbolistas, cuando cada gol marcado representaba algún millar de duros. Deshecho, regresó a Verín, ocupándose del negocio de transportes familiar. Aunque algunos amigos y los compañeros del club tratasen de animarlo, resultaba esfuerzo inútil. “Tan hundido estaba que nada quería saber del balón y su mundo. Me fui de Zaragoza porque no soportaba las miradas de compasión. Pero me gustase o no, tocaba emprender otra vida, hacer borrón y cuenta nueva”.

Se casó, y el tiempo hizo que su trauma cicatrizase mejor que la herida. Cuando Waldo Marco accediese a la presidencia zaragocista, alguien de su junta pareció  acordarse de él. Le propusieron hacerse cargo del equipo juvenil, dio el pláceme y posteriormente acabó encuadrado en la secretaría técnica. Merced a su buen ojo recalaron junto a la Pilarica los paraguayos Saturnino Arrúa y Carlos “Lobo” Diarte, el argentino Barbas o Rubén Sosa. “Mi lema es muy claro -sentenciaba en 1984-. La vida hay que tomarla como viene, puesto que no podemos dar marcha atrás. Hay que sobreponerse”. Pero eso sí, el juego violento le parecía intolerable: “La mala intención no puede perdonarse. Yo desterraría a los jugadores violentos; sé que éste es un deporte fuerte, en el que hay que entrar. Pero se tiene que distinguir entre juego duro y mala intención. El reglamento debería ser más rígido, castigando con severidad las faltas intencionadas”.

Sabía bien de qué hablaba. Mediados los 80, ya eran historia los Aguirre Suárez, Fernández, Ramón de Pablo Marañón, De Felipe, Martínez, De la Fuente, Capón o el andaluz Gallego, pero seguían campando sobre el césped Arteche, Camus, Benito, Indio, Goikoetxea, y un regimiento de leñadores con muchas muescas en su nefando historial. Los árbitros, también, colaboraban lo suyo dirigiendo muchos partidos casi desde el centro del campo. Buena parte de los futbolistas mejor cualificados, huérfanos de una muy necesaria protección, venían a ser tan sólo gladiadores prescindibles, llegado el instante de ofrecer menos espectáculo, o no estar siquiera en disposición de pisar el anfiteatro. Exactamente lo que ocurriera con el oriolano Ramón Navarro López.

Hijo de un modesto carpintero y sobrino de Riquelme, antiguo jugador del Sevilla, entre otros clubes, llegó a asomar por el Hércules alicantino la temporada 1963-64, todavía en edad juvenil. Era extremo rápido, hábil y bullicioso, capaz por sí solo de reventar los sistemas defensivos, y ver puerta con facilidad. En 1964-65 obtuvo 11 goles durante los 27 partidos de 2ª División que disputara. Al año siguiente, con la mili de por medio, 4 en 19 choques. Y logrado el ascenso a la máxima categoría, otros 5 en 26 partidos del ejercicio 66-67. Al estrenar la veintena no sólo era el alma del club alicantino en el viejo campo de La Viña, sino pieza codiciada por distintas entidades. Internacional juvenil en 8 ocasiones, también lo había sido en categoría Sub-23 ante Luxemburgo y Francia. Lejos de ser promesa, constituía toda una realidad, capaz de resolver los apuros financieros del club alicantino. Máxime, cuando el At. Madrid apostara fuerte por su fichaje.

Ramón Navarro López apuntaba como futuro internacional absoluto, y cuando iba a ingresar en el At Madrid los sueños se le vinieron abajo. Aquí con la camiseta que nunca pudo lucir en competición.

Viajó hasta la capital de España, no con intención de ser sometido a prueba, sino para estampar su firma en la cartulina “colchonera”. “Un sueño -confesó entonces-. Tengo que pellizcarme para entender que esto es real. Y pienso hacer cuanto esté en mi mano por triunfar”. Lo fotografiaron luciendo la camiseta y el escudo rojiblanco, paseó por la ciudad, tomándole el pulso… Hasta que de pronto, durante el exhaustivo reconocimiento médico, creyó observar un rictus extraño en los doctores. “Vamos a hacerte más pruebas -escuchó embobado-. Probablemente no sea nada, pero debemos estar seguros”. Aquellas pruebas no resultaron satisfactorias, y el ansiado transfer quedó en agua de borrajas. El comunicado del Atlético cayó como una bomba tanto en la sede herculina como en el domicilio de Ramón: “Reconocido Ramón Navarro López, futbolista del Hércules C. F., los doctores detectaron anomalías en su víscera cardiaca que, a falta de ulteriores estudios más explícitos, aconsejan su abandono de cualquier práctica deportiva profesional”.

Del gozo, al pozo más sombrío.

“No puede ser -contratacó el excelente extremo, todavía perplejo-. Nunca he notado nada. Corría como el que más, sin mostrar cansancio. ¿Cómo es que estaba perfectamente hasta ahora, y de pronto quieren hacerme colgar las botas?”. También desde el club alicantino mostraron sus dudas: “Hay otros especialistas. Llevaremos al chico hasta sus consultas, para que lo evalúen. Ramón seguirá jugando al fútbol, sea en el Atlético, en el Hércules, o donde proceda”.

Esas consultas, a menudo contradictorias, tuvieron lugar durante meses, por más que la directiva de Vicente Calderón hiciese oficial su renuncia a contratarlo. Todos lo dictámenes coincidían en señalar un defecto congénito en la víscera, aun difiriendo acerca de su alcance y sobre si el deporte de alta competición tuviera que resultarle vedado. Mientras tanto, la F.E.F. optó por no diligenciarle ficha, escudándose en el diagnóstico de la Mutualidad Deportiva, desde donde se daban por válidas las conclusiones del cuerpo médico “colchonero”. Veinte años tan sólo, y todos los campos de fútbol cerrados a cal y canto. Ramón se convertía en historia, pese a que la editorial Ruiz Romero imprimiese su cromo, con la camiseta rojiblanca, en la colección del Campeonato 1967-68. Desde aquella instantánea Ramón sonreía, cuando en la vida real pocos motivos debía tener para hacerlo.

El Hércules C. F., al sustanciarse la retirada obligatoria, dedicó un homenaje a su ya exfutbolista. Bonito detalle, del que saldría una recaudación algo ramplona. Las indemnizaciones de la Mutualidad Deportiva todavía resultaban más cicateras. Estaban pensadas para resolver coyunturas instantáneas, no con la idea de apuntalar otro porvenir. Y Ramón, la promesa destinada a arañar el cielo, pareció sublimar su amargura con brotes de cabezonería, disputando partidos playeros entre otros veteranos, como si necesitara confirmar que todo, por cuanto a él respectaba, constituyó un tremendo error. “De pronto, cualquier domingo por la mañana se corría la voz de que los veteranos estaban jugando en la arena -recordó hace algún tiempo Ambrosio Ruiz, inveterado seguidor del Hércules y devoto de su historia-. ¿Juega Ramón?, preguntábamos. Y como la respuesta fuese afirmativa allí íbamos todos, a jalearle. Porque el caso es que viéndole dar el do de pecho, con esas fintas y regates, yéndose de todos, parecía imposible que no pudiera estar sobre el césped de La Viña horas más tarde”.

Años después, repuesto del desencanto y con la vida rehecha gracias a su trabajo de representaciones comerciales, padre de una hija tenista, sería intervenido quirúrgicamente para reparar aquella lesión cardiovascular. La Medicina había avanzado mucho desde 1967, pero ese problema siempre estuvo ahí, agazapado, amenazante. Pese a la reparación en quirófano, habría de fallecer el sábado 21 de enero de 2006, con 60 años, según se dijo como consecuencia de aquella vieja y tan discutida afección. El fútbol, que se sepa, nunca llegó a brindarle una segunda oportunidad para rehacerse, fuere en funciones de técnico, oficinista o instructor formativo.

Otro tanto cabría decir del bejarano Luciano Sánchez García (28-V-1944), el internacional que como “Vavá” levantara pasiones en el viejo Altabix, luciendo la franja verde ilicitana. Desarbolaba defensas en 3ª División durante la temporada 1961-62, cuando un viajante de calzados que hacía noche en la sierra salmantina, reparó en su enorme potencial. De retorno a la entonces capital europea del calzado, se dejó caer por la secretaría del Elche C. F., dando cuenta de su hallazgo. Puesto que el observador destacado a Béjar refrendase las impresiones del viajante, el fichaje fue un hecho. Tras dos campañas en el Ilicitano habría de deslumbrar entre los grandes de nuestro fútbol nacional. Diez goles la temporada 1964-65 en 18 partidos, y 19 en 30 choques de 1965-66 (máximo goleador del torneo), lo pusieron en órbita. Internacional militar en 5 ocasiones, con la selección “promesas” en 2 oportunidades, otras tantas en el cuadro Sub-23, o como entonces se decía la selección “olímpica”, e igualmente 2 con la absoluta -sin duda menos de las merecidas-, el Barcelona tuvo intención de ficharlo, encontrándose con una negativa a ultranza ilicitana. Entonces regía el derecho de retención, práctica esclavista que virtualmente encadenaba a los futbolistas, si sus clubes los consideraban imprescindibles. Una mala faena, puesto que la entidad “culé” multiplicaba por cinco sus ingresos anuales. Y el Elche, luego, no iba a mostrarse a la altura.

“Vavá”, la temporada 1965-66, cuando se proclamó máximo anotador en nuestra 1ª División. En su caso, el Elche C. F. no supo estar a su altura.

Los terribles defensas de la época, con dientes de sierra en las botas, empleaban ante él todo tipo de malas artes, en su afán por detenerlo. Alfredo Di Stefano, cuando como entrenador lo tuviera a sus órdenes, dijo acerca de su valentía, asombrado: “Es increíble. Le ponen una pelota de piedra y se tirará a rematarla, aun sabiendo que se hará daño”. Pero esa furia espartana conllevaba entonces muchísimos efectos secundarios. Una rotura de menisco y cartílago en su rodilla derecha le dejó muy mermado, hasta el punto de pasar en blanco todo el ejercicio 1972-73. Contaba 28 años y alguien, olvidando todos los servicios prestados, tuvo el mal gesto de señalarle la puerta de salida. A última hora, el Deportivo de La Coruña, entonces en 2ª, se avino a ofrecerle un contrato muy a la baja para el torneo correspondiente a 1973-74. Sin reponerse del todo, apenas pudo rendir. Luego otro peldaño descendido, al enrolarse en el Melilla las temporadas 74-75 y 75-76, en 3ª. En 1976-77, otro intento ya baldío por ser el de antes, con el Melilla Industrial. Y de pronto nada. Ninguna respuesta al aporrear nuevas puertas. El fútbol le volvía la espalda, en gesto de extrema ingratitud.

No fue el fútbol, entendido éste como representación patronal, quien le tendió una mano cuando su panorama se antojaba particularmente sombrío. Fueron varios compañeros de antaño quienes, al hacerse eco de su situación, le brindasen una alternativa en forma de modesto empleo laboral y una ficha con el Llefiá, club de categoría Regional, donde complementaba su exiguo jornal. Y al cabo, sin ofertas del Elche C. F. para entrenar chavales, convertirlo en ojeador, informador o delegado de campo, carguitos remunerados, acabó como obrero en una fábrica de calzado ilicitana.

El mismo Elche que le impidiera prosperar económicamente en la ciudad condal, no supo o no quiso estar a la altura de quien lo diese todo en defensa de su escudo y colores.

Varios años antes, un portero ya olvidado vivió trances similares. Respondía a la filiación de Gregorio de la Fuente Perales (Santander 18-VIII-1931), y tras forjarse bajo los marcos del Juventud y Rayo Cantabria le llegó la hora de presentarse con el Racing -entonces Real Santander- en 1ª División. Zamoruca, su denominación deportiva, pronto comenzó a convertirse en referencia de los aficionados. Sin ser especialmente alto, suplía la falta de centímetros con agilidad, decisión y grandes reflejos. Sus intervenciones durante el Campeonato 1954-55 hicieron que se empezara a hablar de él como posible alternativa para la selección nacional. El Barcelona, que venía siguiéndole los pasos, hasta le concedió un trofeo de plata por ser el portero de 1ª División con más penaltis detenidos. Pero el 9 de enero de 1955, durante la disputa de un partido contra el At. Madrid en el Metropolitano, su suerte cambió radicalmente.

Detuvo un disparo, y al escapársele la pelota embarrada volvió a estirarse para blocarla, mientras su compañero Santín le golpeaba involuntaria, aunque violentamente en el brazo. Así empezó su particular batalla contra la adversidad. “Tenía roto el húmero izquierdo por tres sitios, y después de la primera intervención quirúrgica se complicó todo, hasta el punto de verme en un tris de quedarme manco. Porque la opción de amputármelo fue tenida muy en cuenta, al sufrir una tremenda infección”. Ocho operaciones, nada menos, tuvieron que practicarle los doctores Garaizábal, Bustos, Naves, Masferrer y Mecha. Ocho apuestas a cara y cruz, para acabar perdiendo la partida. Y si nunca es buen momento para hincar la rodilla, en su caso la suerte le jugó una doble mala pasada. Días antes del funesto encontronazo, el seleccionador nacional, Ramón Melcón, lo había convocado para la disputa de un encuentro de preselección. Sus palabras, tamizadas por 30 años de distancia, seguían rezumando dolor:

“No se puede ser tan valiente de cara a la galería, porque luego sufres muchísimo. Yo lo pasé fatal, hasta el punto de que hubiese pagado por jugar. Durante siete u ocho años estuve materialmente hundido. Había nacido para este deporte, derrochaba afición y tuve la suerte de jugar junto a hombres con la categoría de Alsúa, Joseíto, Marquitos o Paco Gento”. Por si fuera poco, en lo económico tampoco las cosas se desarrollaron con un mínimo de lógica: la Mutualidad de Futbolistas se negó a pagarle, y el club cántabro tampoco es que levantara la voz, exigiendo justicia, quién sabe si temiendo verse salpicado: “Comprendo que el Racing es un equipo pobre, pero a mí se me adeudaba una subvención, negada desde todas las partes. La Mutualidad me abandonó por completo, haciéndomelo pasar muy mal. Sé que han existido casos donde otros aún lo pasaron peor, pero yo estaba al día en mis cuotas, cumplí escrupulosamente, y por lo tanto debieron darme lo que correspondía. Seguro que de haber estado en el Real Madrid o el Barcelona no hubiera pasado lo mismo. A mí me estafaron”.

Algunos amigos sí estuvieron a la altura. Muy pocos, aunque él, impelido por ese orgullo de los campeones, tampoco es que lo facilitase mucho: “Rechacé ayudas para que no se compadeciesen de mí. No quería ver a nadie, y de pronto me di cuenta de que mis amigos eran poquísimos; cuando estás arriba mucha gente revolotea a tu alrededor, pero tan pronto caes… A un perro se le trata mejor. El Racing nunca hizo nada por resolverme el problema. Menos mal que logré salir adelante por mí mismo”. Casado y con tres hijos, a sus 53 años ejercía como administrativo, siguiendo a distancia las competiciones profesionales. Aseguraba estar desencantado con el fútbol rácano de los 80, preocupado tan sólo del cerrojazo y la puesta a punto física. Disfrutaba más presenciando partidos de chavalitos, de modestos donde imperaba la pura afición. Por ello, sin duda, estuvo desarrollando una dilatada etapa dirigiendo a clubes modestos desde el banquillo. Con algo, lógicamente, debía alimentar a ese viejo gusanillo.

Primero entrenó al Villamarín, modesto club santanderino mayoritariamente compuesto por alumnos de los Escolapios, así como a la selección juvenil cántabra. A raíz de obtener en Madrid el título de entrenador nacional, se hizo cargo del Santoña durante el periodo 1957-62; de la Cultural de Guarnizo entre 1963 y 1974; Rayo Cantabria, tras la marcha de Alfredo Alonso, cuando faltaban pocos partidos para concluir el ejercicio 1973-74; Velarde, desde 1975 a 1977; Cayón las campañas 1978-79 y 79-80, y Unión Club Astillero en 1981. A partir de ese instante desempeñaría la docencia deportiva en la Escuela Municipal de Fútbol, y en el Taller de Porteros del Ayuntamiento de Santander. Ni un solo empleo, ni cargo, relacionado con el Racing, para desdoro de cuantos pasaran por sus poltronas.

Contradiciendo a Zamoruca, otro portero, y esta vez de un club grande, tampoco lo tuvo mejor con su entidad, la F.E.F. y la Mutualidad Deportiva. Había nacido en San Sebastián el 22 de setiembre de 1945, se llamaba José M.ª Zubiarrain Arguiñano y hasta que el destino le pusiera una zancadilla venía considerándose “hombre con mucha suerte”.

Zubiarrain, en un cromo de la temporada 1969-70. Su club ni siquiera respetó el contrato, y luego habría de lavarse las manos en sede judicial.

Después de formarse en el Lengokoak, la Real Sociedad, propietaria de sus derechos federativos, lo cedió al Michelín. Luego bastaron seis meses en el Sanse para verse aupado al primer equipo donostiarra: “En el Sanse venía a ser cuarto portero, pero ante un cúmulo de circunstancias me encontré aupado al primer equipo. Fue la temporada en que la Real reconquistó la máxima categoría, y a mis 20 años celebrar un ascenso en Puertollano, sabiendo que iba a competir contra los más grandes, fue inenarrable”. Su segunda vuelta bajo el marco blanquiazul resultó extraordinaria. Se dijo de él era digno heredero de Araquistain, y hasta que recordaba con sus intervenciones a Eduardo Chillida, prometedor cancerbero en quien otra lesión fortuita haría aflorar al genial escultor de los siguientes decenios. Concluido aquel partido ante el Calvo Sotelo, la prensa nacional se hizo eco de dos preguntas al entrenador guipuzcoano, distribuidas en nota de agencia: “¿Cuánto cree que podrá mantenerse la Real en 1ª División?”. Y “¿Les será fácil mantener en la plantilla a un porterazo como el que tiene?”. Para ambas hubo idéntica respuesta; un lacónico “Eso mismo quisiera saber yo”.

Zubiarrain sólo necesitó una campaña, la correspondiente a 1967-68, para convertirse en pieza apetecida por entidades con más solera. Siendo el At. Madrid quien más interés puso en la puja, aquel “hombre con suerte” se encontró defendiendo el marco rojiblanco. Y por no variar, sus primeras actuaciones tuvieron mucho de espectaculares. Ágil, rápido, muy plástico en sus estiradas y casi siempre espectacular, parecía la antítesis del argentino Madinabeytia, cancerbero que durante la primera mitad de los 60 pusiera candado al portal “colchonero” en tiempos del Metropolitano. Disputó 23 partidos de Liga, sobre un total de 30, pero al mismo tiempo, entre vuelos soberbios y palomitas, deslizó algún brote de irregularidad. Luego, en su segundo ejercicio, distintos fallos de bulto lo redujeron a la suplencia, favoreciendo a Rodri, bastante más sobrio. Hasta que un día, en pleno entrenamiento, sintiera una especie de punzada.

“Al principio pensamos pudiera corresponder a un ataque de ciática, pero gracias a unas radiografías se descubrió que la molestia era producto de una fisura vertebral. Tuve que parar, someterme a distintas pruebas, y llegado el momento los médicos resultaron tajantes: no podía seguir jugando al fútbol”.

En realidad su salida del Atlético estuvo enredada en declaraciones confusas y notable oscurantismo. Se dijo, también, que padecía una lesión cardiaca, incompatible con la práctica deportiva profesional, que el dolor de espalda y la fisura vertebral tan sólo sirvieron para esconder sintomatológicamente otro mal previo, agazapado y amenazante. Zubiarrain, en cualquier caso, tampoco hizo mucho por salir al paso de la rumorología. Tan sólo 14 años después de colgar los guantes aceptó hablar sobre los días de amargura: “A los 19 ó 20 años, la afición al deporte es inmensa. Pero cuando tienes 23 ó 24 y eres profesional, ya piensas como tal. En el fútbol, entonces, se vivía un ambiente enrarecido, una de cuyas consecuencias consistía en hacer que no resultase difícil abandonar la profesión. Los futbolistas estábamos en tierra de nadie, carecíamos de derechos, y a mí, además, me pilló todo en un momento muy bajo de moral”.

Puede que decir adiós no le costase mucho, pero luego iría adquiriendo constancia de su nuevo papel en la vida. Él mismo acabó reconociéndolo sin ambages: “Llevaba el fútbol en la sangre; casi nací con el balón en las manos. Por supuesto que lo eché en falta, pero también se trata de una profesión sacrificada”. Había sido 3 veces internacional con la selección de Promesas, luego denominada Sub-23, debutando ante Luxemburgo el 27 de octubre de 1967, y despidiéndose contra Portugal, el 13 de diciembre del mismo año. Se da la circunstancia de que todos sus choques internacionales arrojaron resultado de empate, puesto que el intermedio, también ante los portugueses, arrojó una igualada a 2. El sueño de jugar un día con el equipo nacional absoluto quedó incumplido. Y eso también dolía, aunque no tanto como la cicatriz indeleble que le dejase el club madrileño: “Decidieron no pagarme, pese a tener contrato en vigor. Consideraban que si no trabajaba, tampoco tenía derecho a recibir emolumentos”. Lo curioso era que el fútbol no se regía entonces por ninguna ordenanza laboral, ni sus profesionales podían acogerse a minusvalías. Los clubes maniataban virtualmente a sus estrellas, impidiéndoles abandonar la entidad ni siquiera una vez cumplido el vínculo contractual, mientras al mismo tiempo daban por finiquitados los compromisos a su conveniencia.

Así las cosas, el ya ex guardameta acudió ante la Magistratura de Trabajo N.º 10 de Madrid (12 de febrero de 1982), reclamando 1.600.000 ptas. solidariamente al club rojiblanco y a la Mutualidad de Futbolistas, justificadas de este modo: 200.000 en concepto de incapacidad profesional, 840.000 por prestaciones salariales incumplidas durante dos años, y 560.000 por ayuda económica durante el año y medio que permaneciese lesionado. No era un asunto nuevo. A lo largo del decenio precedente, distintas demandas y reclamaciones, con sus correspondientes sentencias, venían cruzándose entre varias salas de Magistratura y la 6ª del Supremo. En el fondo se dilucidaba el derecho a la Seguridad Social para los futbolistas, idéntico al de todo trabajador por cuenta ajena, ya resuelto mediante Real Decreto el 5 de febrero de 1981. Y esta vez sí, al amparo de esa nueva ordenanza, por primera vez Zubiarrain obtuvo una sentencia favorable. Las triquiñuelas de Antonio del Hoyo, en representación del Atlético, y Jesús Samper Vidal, defendiendo a la Mutualidad, consistentes en considerar a los “colchoneros” por completo ajenos a cualquier responsabilidad, y desconocimiento sobre lo acaecido en el caso de la mutua, sucumbieron ante la buena defensa de Eduardo Ajuria Ibáñez, en favor de su cliente.

Para entonces el antiguo portero donostiarra vivía alejado del fútbol, tras permanecer cinco años en San Sebastián, desde donde regresó nuevamente a Madrid, estableciéndose como propietario de un negocio con materiales de construcción. Ya casado, a sus 39 años era padre de dos hijos y ni precisaba a diario la faja que durante varios meses sujetase su vértebra. Pero sufría molestias si no cambiaba de posición cada cierto tiempo, y nunca se refería a esa posible lesión coronaria. Como si jamás hubiera existido. Como si se tratara de un bulo; otro más entre tantos generados por el balón y su mundillo. Pero algo debía haber, lamentablemente, puesto que falleció sin estrenar la cincuentena, el 1 de junio de 1993, víctima de un infarto. Desenlace similar al de López, en su día también componente del At. Madrid.

López, infortunado en el fútbol y en la vida. Su corazón habría de tenderle una monumental zancadilla,

Julián Antonio López García (Madrid 6-IX-1957), se había formado como defensa en la cantera rojiblanca, desde donde acabó ingresando en el Atlético Madrileño, filial o equipo “B” “colchonero”, la temporada 1976-77. Era un muchacho macizo, fuerte y enérgico, útil por su capacidad destructiva en el desmantelamiento del juego adversario. Durante su primera campaña entre los filiales conquistaría la recién creada 2ª División “B”, y se mantuvo en ella por espacio de los tres ejercicios siguientes. Su estilo agresivo ya le había llevado hasta la selección nacional juvenil en 5 ocasiones, y los técnicos del Vicente Calderón confiaban en ese temperamento de hormigón armado para amurallar a un primer elenco, ya desde hacía algún tiempo rocoso en retaguardia. Con el ánimo de evaluar sus auténticas posibilidades, decidieron cederlo al Real Valladolid durante la segunda vuelta del torneo 1979-80. Aquella 2ª División, desde la que ascendían tres a 1ª, bajaban 4 a 2ª “B”, y otros 4 se lo jugaban todo a cara y cruz en una promoción de ida y vuelta, tenía mucho de categoría infernal, sin relajación posible. Los partidos se disputaban a cara de perro, con enorme aplicación táctica. Quien destacara tarde tras tarde, tendría abierto el portón de la élite, tal y como ocurriese con Morgado, Juan Señor o Jorge Valdano, entre otros. El caso es que tras dar la talla, en julio de 1980 hizo su presentación con el primer equipo rojiblanco, para disputar 8 partidos de la inminente Liga, en los que anotó un gol. Y aunque a buen seguro le sabrían a poco, no estaban mal para empezar.

Concluido el campeonato, desde la directiva vallisoletana volvieron a solicitar su cesión, y parece que ésta fue contemplada con buenos ojos. A los 22 años nada es tan malo para un futbolista como el ostracismo, y un equipo con aspiraciones podía constituir marco adecuado para pulir defectos. Así las cosas, mientras se dilucidaba su futuro solicitó y obtuvo permiso para disputar en el estadio Zorrilla un partido de homenaje al cántabro, y tantos años portero blanquivioleta, Manuel López Llácer. Un partidillo festivo; un bolo donde todos acaban abrazándose, fotografiados en amigable camaradería. El recuerdo eterno de una buena carrera, entre ovaciones del público agradecido. Sólo que en aquella oportunidad los hechos no se desarrollaron conforme a lo previsto.

Mientras el balón corría por un césped magnífico, López se desplomó, como si lo hubiera fulminado un rayo. La rápida intervención médica, primero en el campo y luego en los vestuarios, logró rescatarlo de la muerte, aunque el diagnóstico ni mucho menos fuera positivo. Acababa de sufrir un infarto. Se precisaban más pruebas y un periodo de reposo antes de mostrarse categórico, pero todo inducía a pensar que ya no iba hallarse en condiciones de seguir jugando. Cuando le hicieron llegar el pesimismo de los doctores sobre su futuro profesional, se mostró contrito, aunque enérgico: “No es el momento de pensar en eso. Sería una faena, pero ahora debo centrarme en la recuperación. He estado más muerto que vivo y mi único objetivo, ahora mismo, consiste en recuperar la salud. Sin salud no hay futuro, y yo ante todo quiero uno para mí”. La afición “colchonera” volvía a experimentar otro mazazo, tras los infortunios de Martínez, tantos años en estado vegetativo, Fraguas o Jesús M.ª. Zubiarrain.

El futuro de López, por desgracia, no sólo estuvo lejos del fútbol, sino que habría de resultar corto, puesto que falleció algo antes de cumplirse un decenio. El 14 de marzo de 1991, otro infarto destrozaba su maltrecho corazón, ya sin remedio. Contaba 33 años, y durante casi dos lustros la resignación a la que forzosamente se aferrara, descubría fisuras por donde fluía cierta bilis. Su Atlético, superados los primeros días de conmoción, lo había dejado al pairo. Nunca hubiera imaginado algo así. Soñaba con triunfos, glorias, trofeos adornados con cintas rojas y blancas, mientras el público vociferaba “¡Atleti, Atleti, Atleti!”, hasta dejarse la garganta. Tanto silencio nuevo, en derredor, le atormentó muchas noches mientras junto a la ribera del Manzanares otros futbolistas, luciendo la camiseta que él sólo vistiera de pasada, trataban de conquistar el mismo Olimpo en que también creyó antaño.

Una quimera hecha añicos, arrojada al cubo de desperdicios, junto al “Kleenex” futbolístico en que por culpa de la fatalidad y un desapego doloso creía haberse convertido.




Húngaros en España: Segunda Oleada. Desde la sublevación en Budapest

En 1953, Nikita Kruschev, antiguo comisario político durante la guerra civil rusa y la II Guerra Mundial -conocida en la U.R.S.S. como Gran Guerra Patriótica-, mediador entre Stalin y sus generales y finalmente asesor del “bien amado guía, camarada Stalin”, se convertía en Secretario General del Partido Comunista Soviético. En pocas palabras, sucedía al sátrapa totalitario y paranoico en el control del Bloque Oriental. Apenas tres años después, en febrero de 1956, pronunciaba su célebre “discurso secreto”, que en realidad nada tuvo de tal, puesto que buena parte del mismo sería distribuido por Moscú en hojas con apretada tipografía, bajo el sello de: “Vetado para la prensa”. En dicha alocución puso en solfa la obra política y económica de quien fuese verdugo de decenas de miles de compatriotas, con especial atención a su “archipiélago gulag”, por emplear el término que acuñase Alexander Solzhenitsyn, intelectual disidente, huésped en aquellos campos infrahumanos y celebrado escritor. Además prometía una mayor apertura y mejores condiciones de vida para una población cada vez más alejada de los estándares occidentales. Crítica fácil, puesto que Stalin llevaba 30 meses momificado.

Kruschev, avezado hombre del partido lo bastante hábil para disimular sus aspiraciones sin alertar al siempre temeroso Stalin, en principio pareció dispuesto a abrir un poco la mano y hasta tuvo algún guiño en pro de la distensión. Iría cerrando los gulags, incluso, campos de trabajo forzado, donde al menos 9 millones de soviéticos purgaron “crímenes políticos” a menudo imaginarios, como mano de obra esclava en la construcción de canales, diques, tendidos ferroviarios, explotaciones mineras, talado de bosques y todo tipo de obras faraónicas. Un gesto mucho más que meritorio, pues aquella industria penitenciaria constituyó durante dos decenios pieza económica angular en el país de los soviets. Aunque llegaba tarde. Cuando a muchos sojuzgados en los países del Este ya no les quedaba la menor fe.

A partir de 1941, alrededor de dos millones y medio de súbditos del Telón de Acero habían pasado desde el área controlada por la U.R.S.S. en Alemania, al mundo occidental. Estocada demoledora no sólo para la economía de la R.D.A., sino para toda la propaganda del Kremlin, empeñada en pintar al comunismo como paradigma de la felicidad proletaria. Semejante sangría acabó desaguando en la construcción de un muro de 160 kilómetros para separar Berlín, y en realidad dos bloques con distinto modo de entender tanto la vida como la política. Pero antes, a quienes en los países satélites de Moscú aún guardaban algún atisbo de fe, y creyeron las promesas aperturistas de Kruschev, les esperaba un despertar de pesadilla. Especialmente a cuantos trataron de cambiar las cosas en Budapest.

Concluido el verano de 1956, y al amparo del cacareado aperturismo promovido desde la Secretaría General Soviética, tuvieron lugar en la capital húngara varias manifestaciones más o menos espontáneas, protestando contra su propio gobierno, férreamente controlado desde Moscú. Veinte mil manifestantes marcharon pacíficamente hacia el Parlamento, en Budapest, portando banderas nacionales y ningún estandarte con la hoz y el martillo. Hubo detenciones, disparos cruzados entre soldados rusos y la policía política húngara, cuando los primeros creyeron ser atacados. Respondió la ciudadanía con las armas arrebatadas a su policía y se liberó y armó a los presos políticos, como antesala de una revolución antisoviética que en cuestión de horas habría de extenderse por todo el país. El gobierno títere de Budapest solicitó ayuda al Kremlin, y Kruschev, entendiendo que podía haber ido muy lejos en su idea aperturista, tuvo que emplearse con extrema dureza en razón de su propia supervivencia política. Los tanques rusos arrasaron viviendas y edificios centenarios, al tiempo que ametrallaban civiles, inundando las calles de sangre. Aplastar el levantamiento fue tarea fácil, aunque dejase un saldo de casi 3.000 cadáveres húngaros, 722 bajas entre militares soviéticos, 26.000 detenidos, sometidos posteriormente a juicio, con 13.000 encarcelados, varios miles deportados a la U.R.S.S. y 250 ejecuciones sumarísimas. En cuestión de días, mientras las purgas se enseñoreaban de Hungría, 200.000 magiares lograron huir hasta la vecina Austria. El sueño que empezara el 23 de octubre concluía estrangulado el 10 de noviembre de 1956, sin que occidente reaccionase para mitigar la tragedia.

La sangrienta intervención soviética en Hungría para aplastar el primer fermento revolucionario entre los satélites de Moscú, trajo hasta España a numerosos fugitivos. El régimen entonces imperante en nuestro suelo no desdeñó la oportunidad propagandística que tan doloroso éxodo le brindaba.

Entre aquellos 200.000 fugitivos hubo un nada desdeñable número de futbolistas notables, dispuestos a proseguir sus carreras en Francia, Suiza, Austria, Italia o España; la España donde sobresalía Ladislao Kubala e imperaba un régimen dispuesto a sacar del baúl soflamas anticomunistas de otra época, erigiéndose en refugio de quienes podían hablar del lobo tras sufrir su mordisco en carne propia. Jugada maestra para quienes constantemente necesitaban reafirmarse, bien es verdad que muy favorecida por la tibieza del presidente estadounidense, Eisenhawer, y la lentitud del Consejo de Seguridad de la ONU. Pues aunque se votara mayoritariamente contra la intervención soviética en suelo húngaro, realmente tanta discusión no habría de servir para nada. Franco, El hombre que nueve años antes, mientras las Naciones Unidas recomendaban retirar a los embajadores de Madrid, asegurase gratuitamente “tener a Europa cogida por los pies”, ahora podía presumir de liderazgo mientras tendía la mano a escarmentados con la “dictadura del proletariado”.

De ese modo nuestro país, y obviamente nuestros clubes, fueron abriendo sus puertas a Istvan Nyers, Peter Ilku, Josef Csoka, Lazslo Kaszas, Estban Kiss, Joseph Csabai, Gyula Szabo, Lazslo Tauber, Istvan Szolnok, Villanyi Tibor, Janos Beke, Zoltan Czibor, Sandor Kocsis, Janos Kuzsmann, Ferenk Puskas, Istvan Stancsyk y Tibor Szalay.

En realidad Markus Istvan Nyers (también conocido como Francis Nyers), que se dejó caer por la ciudad condal en 1956, no debería ser incluido entre los fugitivos de la revolución magiar. Formaba parte del grupo disperso por la II Guerra Mundial y su lacerantes secuelas, puesto que se había enrolado en el Estrasburgo la temporada 1947-48, y desde 1952 venía compitiendo con el también galo Saint Etienne. Poseía el estatuto de apátrida y de ese modo rellenó nuestra Federación el capítulo de “nacionalidad”, cuando le extendiera ficha para competir con el Tarrasa. Extremo izquierdo rápido e incisivo, utilísimo al contraataque, había sido internacional y hasta disputó un partido con el Barcelona, agradando a sus técnicos. Luego el fichaje no tuvo lugar, según el propio futbolista al no existir acuerdo económico, aunque parece que la entidad “culé” habría perdido interés al tener noticias sobre la importante lesión que no ha mucho padeciese en una rodilla. Era un jugador excelente y no tuvo problemas para nutrir las filas del Tarrasa. “Me llamó poderosamente la atención -escribió en sus memorias Jaime de Olaso, presidente y alma máter de la Sociedad Deportiva Indauchu-. Se iba de todos, encaraba una y otra vez… Verdaderamente formidable. Como no entendía que podía hacer semejante jugador en 2ª División, quise conocer detalles preguntando a los directivos catalanes. Me dijeron que estaba recuperándose de una lesión fea, y que del mismo modo que vino volaría de su nido tan pronto se sintiera bien. Así ya se explicaba todo”.

La pupila de Jaime de Olaso no era propensa a equivocaciones si se trataba de descubrir perlas futbolísticas, o calibrar sus quilates. Gracias a tan buen ojo convirtió a un equipo de exalumnos colegiales en clásico de nuestro fútbol de plata durante los años 50 y 60, en el pasado siglo(1). Y el caso es que Nyers tan pronto hubo recuperado la confianza en su rodilla, retornó a Saint Etienne para continuar compitiendo hasta 1959. Además del húngaro y el poquito español que aprendiese mientras destacara como uno de los mejores en el Grupo Norte de 2ª, hablaba muy fluidamente francés e italiano.

A Peter Ilku Kampfl, en cambio (Dorog, 22-II-1936), le faltó tiempo para abandonar Hungría tras la invasión de tropas rusas. Profesional con 16 años, desde el Vasas había pasado al Dorog para competir en 1ª División las temporadas 1955-56 y 56-57. Internacional con la selección “B” de su país en 7 ocasiones, era un delantero bastante más que prometedor cuando se puso por primera vez la camiseta del At. Madrid. Listo, hábil y ambicioso, su proyección teóricamente implacable sufrió un golpe durísimo cuando, con sólo 22 años, sufriera el terrible accidente de tráfico que a punto estuvo de llevarlo al cementerio. Pasaron veinte meses hasta que pudo volver a ejercitarse, y a partir de entonces lo hizo con una placa de aluminio. Nunca volvería a ser ni sombra del soberbio futbolista anterior al percance, aunque se las arreglase para suplir la falta de presencia física con mucha colocación y alardes técnicos. Cedido por los “colchoneros” al Rayo Vallecano, durante el verano de 1960 llegó a ficharlo el C. F. Barcelona, para cederlo al Condal, a su vez, equipo “B” de los azulgrana, con el que celebró 7 goles en 25 partidos de 2ª División. Buena marca, máxime considerando que ya no actuaba en posición de ariete, como en sus inicios, sino más próximo al centro del campo. Luego pasó al R.C.D. Español, sin contar con oportunidades, y al Badalona. Parecía que su horizonte profesional se cerraba, al no contar mucho para el club badalonés, cuando la solidaridad entre la colonia de húngaros exiliados, paliativo de las múltiples dificultades que hubieron de encarar, se hizo patente. Fruto de ella y mediante recomendación de Janos Beke, pudo incorporarse al Cádiz C. F. en noviembre de 1962. Y no dejan de sorprender las 100.000 ptas. abonadas desde Cádiz en concepto de traspaso, puesto que para entonces la 2ª División parecía venirle grande. Tras varios meses en “la Tacita de Plata” aún obtuvo réditos menores de la pelota en el Gimnástico de Tarragona y Manresa, ya en 3ª División. Se había nacionalizado español en 1957 y contrajo matrimonio con una joven de Ametlla del Vallés durante el verano de 1963. Parecía aclimatado en España, pero resulta innegable que la auténtica patria del hombre es su infancia. A ella debió seguir aferrado este deportista sin suerte, puesto que falleció el 15 de setiembre de 2005 en su localidad natal.

József Csoka Szira (Vacuntslaszlo, 10-I-1936), había coincidido con Ferenk Puskas en el Honved de Budapest, a cuyo seno llegó en 1953 con sólo 17 años, procedente del Spitok. Compitió igualmente en el campeonato austriaco, con el Sport Club de Viena, antes de ingresar en el At Madrid, desde donde ante la falta de oportunidades sería cedido al Recreativo de Huelva en noviembre de 1957. Otro frustrante inicio entre los “colchoneros” durante la primera vuelta del torneo 58-59, con sólo 2 partidos jugados, iba a ser antesala de una nueva cesión, esta vez al R.C.D. Mallorca durante el mes de enero de 1959. Los bermellones se hallaban en 3ª División y eso pudiera haber desalentado a muchos. De hecho, patear campos terrizos constituía cierto desdoro para quien atesoraba 14 presencias internacionales con la potente selección nacional de su país. Pero había que sobrevivir y las cosas no estaban para aguardar hipotéticas ofertas mejores. Con 275.000 ptas. de ficha fue el mejor pagado de la plantilla que entrenara el argentino Juan Carlos Lorenzo, e hizo gala de gran polivalencia, al rendir en cualquiera de los 5 puestos de ataque. Además, sus lanzamientos de córner con rosca, algo nunca visto hasta entonces, causaron sensación. Logrado el ascenso continuó cedido en Mallorca para encadenar otra ascensión, ésta a la categoría reina. En julio de 1960, ya desligado del At. Madrid, aceptó la propuesta del Hércules alicantino, acompañada de un ambicioso proyecto deportivo para encaramarse a 1ª. Puesto que las promesas de armar un gran equipo se las llevara el viento, un año después optó por integrarse en el Sabadell, desde donde pasaría al At Baleares, igualmente en 2ª, y Gimnástico de Tarragona, en 3ª, antes de cruzar la frontera de Andorra y casarse con una súbdita del principado, mientras competía hasta 1971 con el club local, adscrito a la Territorial Catalana. Allí se afincó definitivamente, dedicado a regentar un supermercado durante 40 años. Desde 1957 gozaba de nacionalidad española, facilitada tras pedir asilo político.

Lazslo Kaszas Kaszner (Budapest 18-II-1938), también llegó jovencísimo, aunque procedente del Vasas. Con 19 años estuvo a prueba en el Barcelona, sin arreglar siquiera su situación legal, y obtuvo el pláceme de sus técnicos brillando en tres partidos amistosos. Luego, según recogieron los medios se subió a la parra económicamente y le dieron el portazo. Sin arredrarse cruzó de acera para integrarse en el Real Club Deportivo Español, y desde la entidad “perica” aún acabaría recalando en el Real Madrid, entonces campeón de campeones, la temporada 1959-60. Hacerse sitio entre su plantilla de consagrados no era meta fácil, y él sucumbió en el intento. De Madrid viajó hasta Santander, donde por fin acreditó que la 1ª División no le venía grande, y desde la capital montañesa primero hasta Mallorca, como refuerzo del Constancia de Inca, en 2ª División, y luego a Venecia, cuyo club luchaba por eludir el descenso a la serie “B” italiana. De nuevo en el Español, durante sus dos años de militancia dio la impresión de que la antigua promesa se desinflaba. Parecía acomodado, demasiado satisfecho, quizás, por haber logrado encarrilar su vida mejor que otros muchos compatriotas. Motivo suficiente para bajar un peldaño en el Lérida y sumarse al grupo de aventureros que el cántabro Alfonso Aparicio, antiguo central del At. Madrid, reunía con rumbo al “soccer” estadounidense en un primer intento serio de trasplantar hasta allí nuestro deporte rey. Filadelfia Spartans, New York Generals, California Surf de Anaheim, fundado en 1967 y desaparecido en 1981, o Saint Louis Stars, lo vieron pasar fugazmente entre 1967 y 1968. Y tras sobrevenir el cataclismo, con aluvión de quiebras entre los equipos que componían aquel efímero campeonato, otra vez de vuelta a España, para despedirse del balón cubriendo las temporadas 68-69 y 69-70 con el Tarrasa.

Inexplicable, que alguien tan bien dotado no triunfara.

Csabay, extremo izquierdo a quien los pegajosos marcajes de nuestra Liga se le antojaron excesivamente duros.

Jozsef Csabay Kmecz (Sauihely, 7-III-1934), también habría de emigrar al futbol estadounidense tras causar baja en el Real Zaragoza el 22 de mayo de 1961. Era un extremo zurdo con la dotación técnica que caracterizaba entonces a los futbolistas húngaros, llegado a España desde el Ferencvaros, donde había desarrollado las temporadas 1953-54, 54-55 y 55-56. Contratado por el At. Madrid, no pudo alinearse con su primer equipo en partidos oficiales durante el ejercicio correspondiente a 1956-57, ante los problemas derivados de la denuncia interpuesta por el club húngaro ante la F.I.F.A., traducida en varios meses de suspensión. Cedido cuando ésta expirase al Recreativo de Huelva, ya para la campaña 57-58, habría de ser la del Real Zaragoza su última camiseta por nuestros pagos (temporadas 58-59, 59-60 y 60-61). Algún crítico escribió sobre él que amagaba más de lo que finalmente era capaz de dar.

A Gyula Szabo Farago (Budapest 28-XII-1937) también se le atragantó el fútbol de la piel de toro, y eso que pudo superar la 2ª División. Atacante del Honved, alineado sobre todo con su equipo “B”, se le recetó una cesión al Plus Ultra madrileño para vigilar su evolución entre los aseguradores. Otra cesión al Granada C. F. la temporada 1959-60 pareció dejar bastante claro que el fútbol de 1ª le venía algo grande. Así que los dos ejercicios siguientes le tocó cumplirlos en el Real Jaén. De nuestros campos acabaría saltando a los de Austria, en cuyo fútbol menos exigente pudo brillar algo.

Istvan Kis Szolnok, por el contrario, estuvo a punto de arrojar la toalla durante las dos sanciones que consecutivamente hubo de cumplir, y que sin duda añadieron bastante plomo a su futuro. Natural de Szeged (13-I-1932), tras iniciarse en el Szegedi M.T.E., había desarrollado ocho campañas con el M.T.K. de Budapest a plena satisfacción, bajo los diferentes nombres que esa entidad iría adoptando a lo largo del periodo. Con dos Ligas y una Copa en su mochila, reforzó al Honved F. C., también de Budapest, en la gira recaudatoria que habría de llevarlo a distintos lugares de Europa. No tuvo, por lo tanto, necesidad de huir como un aterrado más en la desbandada hacia Austria; le bastó desertar durante su paso por la Europa Occidental. Pero aunque fichase por el Real Club Deportivo Español, sólo pudo jugar a ratos, al encadenar dos sanciones por demás injustas. Una de 6 meses impuesta por la Federación Húngara, de obligada ejecución para todas las Ligas europeas, y otra de un año recetada desde la F.I.F.A., ante la denuncia interpuesta desde la entidad magiar por ruptura unilateral de contrato. “No puedo entenderlo –dijo entonces, compungido y con toda la razón del mundo-. Si a los maestros que también huyeron, a los médicos, artesanos y profesionales de cualquier ramo, no los sancionan, ¿por qué son tan duros con nosotros?. ¿Qué mal hacemos jugando al fútbol?. Es inhumano impedirnos ganar el pan con el trabajo que sabemos desarrollar muy bien”.

Durante tres temporadas con ficha expedida por la Española (1957-60) tan sólo pudo contabilizar 14 partidos oficiales de Liga, con 5 goles marcados. A continuación, tras el primer ascenso de la historia mallorquina a la máxima categoría, fue uno de sus fichajes, quedando unido para siempre a la historia bermellona como primer extranjero que marcaba un tanto entre los grandes. Más técnico y cerebral que jugador físico, para acceder a nuestro fútbol había tenido que nacionalizarse español. Un compromiso adquirido a la fuerza y sin voluntad de enraizar en nuestro suelo. Por eso, desde el Real Club Deportivo Mallorca saltó al campeonato austriaco, precediendo en una temporada a su compatriota Szabo. Allí sí dio la impresión de echar raíces, probablemente al sentirse muy cerca del país que continuaba considerando suyo. Afincado inicialmente en Viena, falleció años después, sin embargo, en su localidad natal de Hungría.

Villanyi Tibor (1932), alineado tanto por su nombre como por el apellido, estuvo jugando en Austria y posteriormente en Francia, con el Bastia, entre graves problemas por mor de la denuncia cursada desde la Federación Húngara, donde también aparecía relacionado. Se dirigió entonces a Barcelona, contactando con Kubala y Elmer Berkessy, quienes pusieron el asunto en manos de Mansider, también húngaro y entonces entrenador del Tarrasa. Así lograron situarlo en el club egarense la temporada 1957-58, para competir en 2ª División. Durante 1953 había sido internacional “B”, y huelga indicar que nuestra categoría de plata daba la impresión de venirle pequeña, a poco que lograse recuperar la forma. Su horizonte, de cualquier modo, parecía fuera de España, y tardó poco en explorar nuevos rumbos.

El atacante Janos Beke Radenkowics (Budapest, 29-VII-1936), prácticamente en edad juvenil ya había asomado por el Cspel de Budapest. Cruzó de noche la frontera austriaca, sin estar muy seguro de haber abandonado realmente Hungría, y partió hacia Italia, donde el Bolonia mostrase interés por contratarlo. Con la amenaza de sanción federativa pendiente de un hilo, cual espada de Damocles, los mandatarios boloñeses prefirieron pensárselo mejor, dando largas cambiadas. Entonces se dirigió a Austria, logrando enrolarse en el Wacker de Viena la temporada 1957-58. Durante el verano de 1958 tentó a la suerte en Valladolid, logrando un contrato como blanquivioleta. No todos los días podía presumir un equipo de 2ª División, que era donde entonces estaban los castellanos, de contar con el refuerzo de un internacional juvenil, y además extranjero. Tras conquistar el ascenso a 1ª, debutó por fin entre los grandes de nuestra Liga. Pero no iba a continuar junto al Pisuerga. Cuando los del estadio Zorrilla cerraran la incorporación del defensa García Verdugo, procedente del Cádiz, incluyeron a su flamante húngaro en la operación para rebajar el devengo. Beke, de pronto, se encontró con billete para Cádiz, otra vez rumbo a la 2ª División, sin que sus 10 goles en 22 partidos bastaran para devolverlo a la categoría reina. Albacete (1961-62) y Badalona (62-63), sirvieron de epílogo a su periplo español, puesto que en junio del 63 partió hacia Holanda, donde su fútbol aguerrido, de ariete clásico, fue mejor aceptado. Feyenoord, Excelsior y Telstar, habrían de ser sus siguientes escalas. Como Szolnok, se había convertido en español por puras razones utilitarias, y la Federación Neerlandesa lo inscribió como español. Al menos éste sí se dejó caer nuevamente por España, convertido ya en entrenador. Entre otros, dirigió desde el banquillo al ya extinto Club Deportivo Logroñés.

Beke no fue el único húngaro del Real Valladolid durante el ejercicio correspondiente a 1958-59. Estuvo acompañado por Istvan Stancsyc Reunez (Budapest 22-XII-1936), también procedente del Wacker vienes. Igualmente exiliado en 1956, era un medio algo lento y con menor relieve, con experiencia en la 1ª y 2ª División magiar defendiendo los colores del Bpszikra, M.T.K. y Dorog, todos ellos de Budapest, antes de cubrir las dos temporadas vienesas. Desde Valladolid, sin llegar a estrenarse en la elite a lo largo de la temporada 59-60, regresó al campeonato de Austria.

Czibor, artista con el balón en los pies y una vida complicada lejos del balón. Hasta que se le abrieron las puertas del Barça deambuló por Europa entre estrecheces.

Por lo dicho hasta ahora pudiera dar la impresión de que el flujo húngaro enriqueció muy poco nuestro deporte rey, y que desde Budapest sólo llegaron medianías con alguna excepción para confirmar la regla. Sería engañarnos. Como ocurriese con el vino en la boda de Canaán, aquí también reservamos la excelencia para el final. Y entre los buenos, pero que muy buenos futbolistas de los años 50 y 60 hay que incluir a Zoltan Czibor Suhai.

Natural de Kaposvar (23-VIII-1929), entre 1946 y 1956 había dado lecciones magistrales en el Ferencvaros, Vasas y el Honved, equipo del ejército húngaro, que maravillase a distintas aficiones europeas. Extremo muy técnico y con capacidad goleadora, durante sus cinco años luciendo la camiseta de ese equipo ostentaba la graduación de capitán, sin funciones militares. Al producirse la invasión de  tropas rusas, el gran Honved disputaba una serie de compromisos por Europa: Viena, Bélgica, Alemania y España, entre eliminatorias de la Copa de Europa. Emil Osterreicher era el Delegado y Jenö Kalmar entrenador; otros dos grandes hombres del fútbol con carrera por nuestros clubes. Osterreicher, director deportivo en el Real Madrid y aquel formidable Español barcelonés de “Los Delfines” -Amas, Marcial, Ré, Rodilla y José María-, hasta dedicarse a regentar un hotel en Benidor por donde solían dejarse caer amigos o compañeros de fatigas, con Puskas a la cabeza. Kalmar como bondadoso y celebrado entrenador antes y después de llegar a la Europa Occidental con lo puesto: Wacker de Viena, Happoel de Tel Aviv, Granada en dos etapas distintas, empujándolo hasta una final de Copa contra todo pronóstico, Sevilla, Oporto al no permitírsele ejercer en España por no haber aprobado el preceptivo examen de entrenador, Real Valladolid tras solventarse el absurdo entuerto, Español, deslumbrando con un fútbol alegre, atacante y muy rápido, C. D. Málaga en otras dos etapas, Celta de Vigo y Hércules alicantino. Carrera de largo aliento y con peso, sin recibir nunca la remuneración que mereciese, y que lamentablemente habría de depararle un fallecimiento en virtual indigencia, el 12 de enero de 1990.

Pero volvamos con Czibor. Al igual que otros fugitivos pechó con la ya tratada sanción de F.I.F.A., como fórmula disuasoria de permanencia en occidente. Parte de los futbolistas en fuga acabaron retornando a Budapest, acuciados por apreturas económicas y sus vínculos familiares. Czibor no lo hizo. No podía ni pensarlo, consciente de su identificación como componente de las manifestaciones, y del castigo severo que le hubiese esperado, en atención a su rango militar decorativo. No sólo sería un jugador de fútbol tomando las de Villadiego, sino soldado desertor. Palabras mayores. Así que intentó  fichar por la Roma, cosechando una rotunda negativa de la Federación Italiana, a instancias de F.I.F.A. Puesto que le sugiriesen prudencia ante la posibilidad de ser objeto de represalias en territorio italiano, donde el Partido Comunista gozaba de no escaso predicamento y fuerte arraigo social, paso a Suiza. Allí atravesaba una situación límite cuando Kubala lo trajo a España para ingresar en la entidad azulgrana.

Internacional juvenil, olímpico y absoluto en 44 ocasiones, con 17 goles cantados -las categorías absoluta y olímpica eran idénticas en los países de régimen a la usanza soviética, puesto que el deporte tenía consideración de práctica amateur-, fue mundialista en 1954 y campeón Olímpico en 1952, además de celebrar varias Ligas en Budapest. Aunque contara 29 años al enfundarse la camiseta del Barça, tuvo tiempo de celebrar los títulos de Copa de Ferias (1960), dos Ligas (58-59 y 59-60), y la Copa de 1959, en sólo tres años de militancia. Luego un año en el Español, evidenciando síntomas de decadencia, y otro respectivamente en el C. D. Europa, del barcelonés barrio de Gracia, y Hospitalet, dejando claro que a sus 34 años seguía manteniendo intacta la clase de siempre, pero no el vigor físico. Pese a ello se las arregló para prolongar su andadura profesional hasta límites insospechados, con el Austria de Viena, Grasshoppers de Zurich y Toronto Falcons, de los Estados Unidos, donde en 1970 dijera basta. De él se recuerda una frase expresada a Helenio Herrera durante su etapa azulgrana: “En el fútbol, como en la vida civil, hay obreros e ingenieros. Los obreros deben trabajar siempre para el ingeniero”. Él, por supuesto, se tenía por ingeniero y en realidad lo era sobre el césped. También se le atribuye una curiosa apuesta con el espectador de un entrenamiento, luego de oírle recriminaciones sobre su lentitud. Lo retó a una carrera de lado a lado del campo, su crítico corriendo libremente mientras él lo hacía conduciendo la pelota. Y perdió el criticón.

Afincado en Barcelona, falleció sin embargo en Komaron, Hungría, viviendo en soledad, el 1 de setiembre de 1997. Había cerrado su bar barcelonés -el “Danubio Azul”-, abandonado a su primera esposa, Iris, a la segunda, Erika, y a sus 5 hijos -Iris, Zoltan, Elisabeth, Montserrat y Mercedes- antes de regresar a su pueblo, como queriendo dar carpetazo a todas las páginas de su vida. Uno de sus vástagos fue reputado fotógrafo de prensa en la Ciudad Condal.

Kocsis, formidable cabeceador fallecido prematuramente. Llegó muy trotado a nuestro fútbol y en realidad sólo tuvo dos buenas temporadas como azulgrana.

El ariete Sandor Kocsis Peter (Budapest, 20-IX-1929), con 6 años en el Honved tras desarrollar antes 4 en el Ferencvaros, experimentó, por no variar, otra temporada sin pisar los campos de fútbol. Luego de recuperar a medias su estado físico y anímico en el Young Fellows helvético, ingresó en el C. F. Barcelona donde Kubala ya languidecía y a él iba a costarle mucho hacerse con la titularidad. Sus portentosos remates de cabeza, aplicando un extraordinario impulso con el cuello, le habían granjeado el apodo de “Cabeza de Oro”, pero también se las arreglaba con los pies. En sus 68 partidos luciendo la camiseta nacional húngara había cantado 75 goles: una media estratosférica, y además se erigió en máximo goleador del Mundial suizo (1954). Como Zoltan Czibor tenía experiencia en la celebración de títulos: Medalla de oro olímpica de Helsinki (1952), subcampeonato mundial en Suiza, las Ligas de su país correspondientes a 1948-49, 51-52, 53-54 y 54-55, amén de la Bota de Oro al mejor goleador europeo en 1954. Con tanta celebración previa, tal vez sus réditos en el Barça le resultaran cortos: campeón de Liga en 1958-59 y 59-60, así como de Copa en 1959 y 1963, más la Copa de Ferias del 60.

Después de 8 temporadas en el Barcelona, la última sin asomar por la Liga, colgó las botas, próximo a cumplir 36 años. Entrenó al Sans la temporada 68-69 en categoría Regional, desde noviembre, y más adelante, recomendado por el cuerpo técnico “culé”, tuvo ocasión de ocupar el banquillo del Hércules alicantino sin demasiada suerte (1970-71), circunstancia que habría de aconsejarle la retirada a su bar en Barcelona. Tampoco es que el destino le regalara mucho tiempo, pues falleció prematuramente, al suicidarse el 23 de julio de 1979, sin cumplir la cincuentena, eludiendo una dolorosa agonía tras saberse enfermo de un cáncer sin remedio.

A Janos Erwin Kuzsmann (Budapest, 3-XII-1938) la revolución sangrienta de su país le pilló siendo poco más que adolescente, si bien para entonces destacaba en el Voros Logobo. Concluidos los doce meses de sanción, halló un hueco en el Wiener austriaco (temporada 1957-58), exigiendo contractualmente una cláusula según la cual quedaría libre tan pronto algún club extranjero se interesase por sus servicios. De ese modo, cuando llegó el emisario del Real Betis Balompié pudo convertirse en el primer extranjero de la historia profesional verdiblanca. Delantero fuerte, potente en el remate y con abundante calidad técnica, podía actuar con soltura en cualquiera de los tres puestos centrales del ataque. El agente o intermediario que lo llevase hasta el Benito Villamarín fue Nemes, el jugador que de los campos de concentración soviéticos pasase a Francia y desde allí a Santander, Madrid y Alicante, cuya biografía y avatares fueron pespunteados en la anterior entrega. Al presentarse ante la prensa, Kuzsmann declaró: “Tenía grandes deseos de jugar en España. Conozco personalmente a casi todos los compatriotas que actúan aquí, y en especial conservo amistad con Csabay, que vivía cerca de mi casa en Budapest, y con Peter Ilku, con quien coincidí en el Voros Lobogo”. De nuevo la cadena de socorro y colaboración magiar resolviendo difíciles papeletas a los suyos.

Entre 1958 y 1961 estuvo ocupando puestos en la vanguardia. Pero a lo largo del ejercicio 61-62 Ferdinand Daucik, siempre presa de “ataques de entrenador” y en uno de sus experimentos no siempre justificables, se empeñó en hacer de él un zaguero central, adelantando a Eusebio Ríos a la línea media. Una lesión posterior del portugalujo Ríos le hizo jugar bastantes partidos en ese nuevo puesto, cumpliendo como buenamente pudo. Al arrancar la campaña 62-63, el Lazio romano se interesó por su contratación, solicitándolo para la disputa  de dos partidos correspondientes al Trofeo Bodas de Oro del Real Santander. Los italianos se declararon satisfechos de su rendimiento pero, cualesquiera que fuesen los motivos, el traspaso no habría de fructificar. Por ende, esa campaña le resultó catastrófica, otra vez con el 9 a la espalda. Lo mismo que la siguiente, ya con Domingo Balmanya en el banquillo, quien lo estuvo probando como interior, medio y defensa central, durante los pocos partidos en que se vistiera de corto. Parecía haber perdido la capacidad de rendir en ningún puesto.

Los constantes cambios de posición que sus entrenadores le recetaran, impidieron a Kuzsmann erigirse en el buen delantero que llevaba dentro. Pudo haber sido un formidable abrelatas y habría de quedar como sacrificado comodín.

Al fichar por el R.C.D. Español en 1964 volvería a ser defensa central durante dos campañas, si bien a lo largo de la segunda fuera cedido al Sans barcelonés, primero, y al Club Deportivo Castellón después. Tal vez cansado de tanto baile posicional pasó al campeonato turco, contratado por el Besiktas y, de paso, volviendo a recuperar su puesto avanzado y el aroma a gol, la temporada 66-67. Corría el tiempo en que desde los Estados Unidos trataban de engancharse al “soccer”, con una Liga bien organizada, sin ascensos ni descensos y mediante la muy americana fórmula de franquicias deportivas. Los clubes de aquella “National Soccer League” pagaban muy buenas cantidades al cambio del dólar a monedas locales europeas, y no se lo pensó. Era el tipo de aventura idónea para hombres cuya carrera languidecía, o por distintas razones careciesen de raíces profundas. Su caso, en suma. Así que estuvo compitiendo con el Filadelfia Spartans y Cleveland Stokers los años 1967 y 1968, reintegrándose al Besiktas de Estambul cuando los libros contables del pretendido invento yanqui se llenaron de números rojos. Allí, a tantos kilómetros de España y su país natal, tuvo ocasión de reencontrarse con varios futbolistas huidos de nuestra Liga, más para hacer caja que impulsados por un espíritu aventurero. Lamentablemente quedó para la historia del fútbol como el jugador que pudo haber sido, sin llegar a ser. Todo lo contrario que Puskas, a quien muchos consideraron acabado al ingresar en el Real Madrid e iba a brillar como un meteoro.

En 1958, a sus 31 años y después de 15 ó 16 meses inactivo, aterrizó en Madrid con una brillantísima carrera a la espalda, nueve kilos de más, todo el aspecto de un jugador retirado y esa sonrisa tan suya, a mitad de camino entra la ironía socarrona y cierta impertinencia. Cuando se lo presentaron al argentino Luis Antonio Carniglia, entrenador “merengue”, de entrada éste no supo qué decir. Luego inquirió a Santiago Bernabéu sobre cómo esperaban pudiese transformar a la marchita estrella, encontrándose con una enfática respuesta del máximo mandatario blanco: “Poniéndolo en forma cuanto antes”. Aunque Carniglia estuvo a punto de soltar un improperio, se contuvo. Don Santiago no pertenecía a la clase de presidentes a quienes se puede llevar la contraria sin perder mucho en el empeño. Y lo cierto es que el antiguo atacante del Tigre, Boca Juniors, Olympique de Niza y Toulon, para entonces técnico consagrado en Francia, cumplió haciendo sudar a su pupilo la gota gorda. Lo hizo tan bien que Puskas concluiría el campeonato de Liga 1958-59 con 21 goles cantados en 24 partidos.

Ferenc Puskas Biro (Budapest 2-IV-1927) había sido un delantero sin parangón en la Europa posbélica. Su padre, también futbolista de cierto relieve apellidado Pruczfeld, decidió cambiárselo al concluir la I Guerra Mundial por su inequívoca resonancia germana. Y eligió Puskas, “escopeta” en su traducción directa del húngaro; arma excesivamente corta para un vástago a quien habrían de apodar “Cañoncito”. Forjado como terrorífico delantero en el Kispest, un casi imberbe Puskas firmaría 7 tantos en la 1ª División magiar con 17 años, doce meses después 17, y a los 19 años nada menos que 35 en 33 partidos, temporada correspondiente a 1945-46. Para estrenar la veintena elevó su cifra goleadora hasta los 50 en 32 encuentros. Nunca se había visto nada igual en un torneo de tantos quilates, porque Hungría entonces era potencia de primer orden en el concierto internacional.

Puskas y Santiago Bernabéu. No se equivocó el presidente blanco cuando apostó por sus goles, sin hacer caso del calendario.

Cuando el joven Ferenc se cansó de cantar goles para el Kispest continuó haciéndolo a mayor gloria de Honved, a partir del campeonato 1949-50. Puskas, entonces, era militar de rango, como todos los jugadores señeros en la competición húngara. “Capitán de golpe -contaba entre sonrisas el propio futbolista- Pero sin ver de cerca ni un fusil”. Un capitán a quien la acumulación de goles y títulos iba a seguir añadiendo galones. Si su vida habría que dividirla en dos carreras perfectamente diferenciadas, la primera tuvo sus mejores momentos con la selección Olímpica en 1952, aquella humillación a Inglaterra en Wembley, derrotándola por un contundente 3-6 (1953), los cinco títulos de Liga en Budapest, y hasta en una final mundialista perdida contra pronóstico (1954). La segunda, como bien es sabido, tuvo por escenario Madrid. Pero hasta que pudo vestir de blanco ocurrieron bastantes cosas, y entre ellas ninguna buena.

Su fama dentro de Hungría, el rango militar que allí gratuitamente le otorgaran, y la condición de estrella deportiva nacional, lo convirtieron en cabeza a escarmentar para un gobierno que ni soñando estaba dispuesto a virar el timón. Las presiones al comité disciplinario de F.I.F.A., directas o tamizadas a través de su Federación, iban a resultar intensas. Tenían que impedirle jugar en cualquier otro club. Debían mostrarse inflexibles ante hipotéticas solicitudes de gracia, pues daban por descontado que a su edad, doce o 18 meses de parón forzoso significarían una despedida innoble de los estadios. O eso, o el retorno con la cabeza gacha, solicitando perdón. La vuelta del mito en tales condiciones, podría ser explotada propagandísticamente como reconocimiento tácito al nuevo orden de Budapest.

No contaban con la firme determinación del fugado. Y puesto que el tiempo transcurriera sin ningún cambio de postura, irían surgiendo intoxicaciones bien orquestadas desde numerosos medios de difusión europeos. En abril de 1957, por ejemplo, la prensa aireó una inexistente oferta girada al goleador desde el Milán, consistente en 8 millones de ptas. por temporada. Una barbaridad que entonces ningún club del mundo podía pagar. En junio del mismo año distintas noticias de agencia fechabas en Suiza, daban cuenta de que la F.I.F.A. únicamente permitiría jugar a Puskas en clubes extranjeros a partir del 4 de abril de 1959. Y a Kocsis desde el 3 de octubre del 58. La respuesta no se hizo esperar. Grosics, Szabo, Puskas, Kocsis, Garamvolgyi, Czibor y Szolnok, todos antiguos componentes del Honved, se planteaban demandar al máximo órgano del fútbol en los tribunales de Viena, por atentar gravemente contra la libertad personal, derecho universalmente consagrado desde las Naciones Unidas. Varios de los presumibles demandantes, según esas mismas notas, estaban atravesando una situación económica muy delicada. Durante el mes de agosto, nuevas intoxicaciones dieron a entender que Puskas y Kocsis, arrepentidos, habrían solicitado el retorno a su país y la reincorporación al equipo. Ambos se apresuraron con el desmentido y Ferenc Puskas, además, lo quiso dejar muy claro desde Bordighera, en la Riviera Italiana, ya en octubre: “No me he reconciliado con las autoridades húngaras, y no regresaré a mi país en las circunstancias presentes. Mi decisión es definitiva”. La Federación Húngara, desairada, no tuvo reparos al exhibir el garrote: “Todos los futbolistas arrepentidos, menos Puskas y Czibor, serán perdonados”.

Puskas, Kocsis y Czibor no tuvieron que esperar tanto para lucir las camisetas del Real Madrid y Barcelona. La posible intervención de la justicia ordinaria en un asunto tan espinoso, unida al interés de otras Federaciones europeas, azuzadas por sus clubes más potentes, cambiarían el “digo” de la F.I.F.A. por un “Diego” de menor compromiso. Los tres formidables futbolistas, de ese modo, iban a ver reparada su maltrecha economía antes de lo previsto.

Jenö Kalmar, un gran entrenador a quien su carácter blando y bondadoso ayudó poco. Había dado clases doctorales desde Hungría y pese a ello nuestra Federación lo trató como a cualquier principiante advenedizo.

Ya vestido de blanco en Chamartín, Puskas podía haber vegetado hasta agotar la paciencia de su presidente o concluir el primer contrato. Pero lejos de recrearse en viejas glorias pasó a convertirse en referencia “merengue” desde que debutara en la Liga contra el Sporting -entonces Real Gijón-, cantando 3 goles. Los primeros entre muchos más, puesto que durante sus 6 primeros campeonatos españoles no bajó de 20 por campaña, y eso que entonces los torneos se reducían a 30 partidos. En la correspondiente a 1964-65, con 38 años, aún obtuvo 11 dianas en 18 presencias. Y la siguiente otros 4 en los 8 encuentros que jugara. Al despedirse del Real Madrid con 40 años y el prominente estómago bastante caído, ya formaba parte de la leyenda. Un periodista de alcurnia, como Juan José Castillo, no dudó en aludir a su estampa poco atlética desde las páginas de “El Mundo Deportivo”, aprovechando un choque Barcelona-R. Madrid: “Decidió Puskas, con su panza de bonzo”. Pues bien, con panza y todo, hasta jugando sentado, su excepcional remate hubiera podido seguir haciendo estragos.

Correr, lo que se dice correr, no corría. Y a decir verdad tampoco lo necesitaba. Tenía suficiente con su sprint corto, su rara habilidad para deshacerse del adversario en medio metro y conectar el cañón que la naturaleza había camuflado en su zurda. Llegó a asegurarse que no hacía nada por huir de los defensas. Muy al contrario, solía ser él quien buscaba la proximidad, sabedor de que en las distancias cortas residía su insultante poder. Pero sus comienzos en Madrid resultaron duros. Al llegar a España  no sabía una palabra de nuestro idioma. O mejor dicho, tan sólo una: “motor”. “¡Motor, motor!”, gritaba queriendo indicar a sus compañeros que corrieran. “Motor”, llevándose una mano al estómago cuando tenía hambre. “Motor”, guiñando un ojo, a la vista de cualquier chica despampanante. Pero aunque no hablara, sus propios compañeros de vestuario lo trataban, y no sin razón, poco menos que con deferencia de mayordomo. Porque aquellos 83 goles firmados en 85 partidos internacionales lo convertían en un grande del fútbol universal.

En nuestro suelo añadió 4 internacionalatos con “la roja” española y 5 Ligas, una Copa, otra Copa de Europa y la Intercontinental de 1960. Cuantos dijeron y hasta escribieron, viéndole vestido de blanco por primera vez, que como mucho podían quedarle 3 años relativamente buenos, erraron. Y esos fueron los más optimistas, porque otros prefirieron conjeturar sobre si Don Santiago, el gran patriarca madridista, no estaría volviéndose chocho. El mismo Santiago Bernabéu con cuyos consejos siempre contó, aunque nunca hiciera caso. “Tú tienes un agujero en la mano” -le reprochaba a menudo el “jugador veterano” que Don Santiago se empeñara en seguir siendo-. “Da igual cuánto dinero ganes; todo se te va por él. Ahorra, hombre, que la vida reparte más cornadas que los miuras”. Y es que en verdad, a Puskas le sangraban todos. Compatriotas en situación precaria, vecinos o conocidos, abusando de quien era visto como ídolo millonario; aprovechados de manual o vendedores de humo con más conchas que un galápago…

La cerveza Puskas, una apuesta comercial de los años 60 sin mucho recorrido.

En otro sentido también se aprovecharon de su tirón comercial los especialistas en marketing, cuando al arrancar los 60 se traducía dicho concepto como mercadotecnia. Si Di Stefano servía para vender “Avecrem” y medias femeninas, o Kubala para publicitar slips, camisetas, chocolate o dentífricos, él prestó nombre y rostro a una cerveza, una entidad financiera y a  salchichas muy parecidas a la chistorra. Luego, como Di Stefano, Rial, Santamaría, Pachín, Miera o Paco Gento, probó suerte en los banquillos. Su primer equipo español fue el Deportivo Alavés, donde gozó de una ficha que jamás hubiese aceptado con número a la espalda (1.000 ptas. diarias, según filtración de la directiva babazorra, o lo que es igual, 350.000 por temporada). Pese a que el público se daba cita en Mendizorroza para verle entrenar, no concluiría la campaña. Dejó amigos y muy buen recuerdo personal, así como suspiros de alivio por parte de Bernardo, el buen guardameta motriqués prematuramente desaparecido. Y es que  nadie en 2ª división se las hacía pasar tan de a kilo como su propio entrenador, cuando lo fusilaba a balonazos antes de pasar por la ducha.

De Vitoria fue a Murcia, al Vancouver Royals, en la Liga estadounidense, al Panatinaikos, con cuyo cuadro alcanzó la final en una Copa de Europa, o a diversos equipos de Egipto, Chile, Arabia Saudita o Australia. Pero el silbato de entrenador tampoco le hizo millonario. Su época había pasado y supo apartarse antes de que lo arrollasen otros ídolos más modernos. De tarde en tarde, empero, dejaba frases para la reflexión. Como aquella, cuando le contaron que cierto club de su país estaba entrenando a los muchachos en un hipódromo: “Mal anda el fútbol húngaro si pretenden sustituir a los artistas por caballos”. O cuando contra su costumbre regalara un consejo a Raúl González Blanco, meses después de ascender al once titular madridista con apoyo de Valdano: “Me gustas. Tienes genio y clase. Pero dosifícate, chaval, porque corres demasiado”. Claro que, displicente y socarrón, las más de las veces prefería fingirse Abuelo Cebolleta: “No entiendo una palabra sobre el fútbol que hoy se juega. Dan un mal pase y se regalan palmaditas. Tranquilo, chico, no pasa nada. ¡Serán bobos!. Antes al compañero que te la entregaba mal no le hablabas en dos semanas. Hoy sobra fondo físico y falta mala leche”. Como a tantos de su generación, el fútbol de achique, marcaje cicatero por todo el césped y racanería reservona, le aburrían soberanamente. “Se ha pasado de ver por cuantos goles ganábamos, a ver si se gana el encuentro de penalti injusto en último minuto”.

Semejante biografía forzosamente daba pie a la acumulación de galardones. La Federación de Historia y Estadística le otorgó el correspondiente a mejor artillero del siglo XX, por su registro de 512 goles en 528 partidos de 1ª División. El C.O.I., por mediación de Juan Antonio Samaranch, prendió en su solapa la Medalla Olímpica al Mérito Deportivo, y para la Asociación Internacional de Prensa Deportiva fue Mejor Deportista del Siglo XX. Alejado de toda relación con el fútbol, vivía finalizando el siglo en un apartamento de Budapest, aunque visitase con alguna frecuencia a su única hija, Aniko, en San Sebastián. El 21 de agosto de 2002 le fue tributado un homenaje en Budapest, con choque entre las selecciones de Hungría y España, partido donde debutaba Iñaki Sáez como seleccionador absoluto. El antiguo Nep Stadion pasó a denominarse desde esa fecha “Ferenc Puskas Stadion”, al viejo jugador le fue entregada la Medalla de Oro española al Mérito Deportivo, y en el almuerzo también estuvieron presentes antiguos compañeros, como Alfredo Di Stefano, José Emilio Santamaría o  Marquitos. El acto estuvo empañado por la tristeza, ya que Puskas, víctima de un avanzado Alzheimer, no reconoció a nadie, se mostró incapaz de recordar sus grandes triunfos y solo pudo expresarse en húngaro. Cuando dio la vuelta de honor en un descapotable por la pista del estadio, el otrora mito parecía no saber dónde se hallaba.

Posteriormente tuvo que ser internado en el hospital Kutbolggyi, sito en la rivera de Buda, y ante la precaria situación económica de su familia el Real Madrid comenzó a enviar mensualidades a su esposa desde 2001, destinadas al pago de la estancia hospitalaria y el cuidado de una enfermera. Se programó también para el 14 de agosto de 2005 un partido en su beneficio, entre el Real Madrid, que sólo percibiría el importe del viaje y alojamiento, y una selección de Hungría. Aunque la Federación magiar garantizaba un fijo de 40.000 euros a la familia del astro, surgieron problemas cuando Istvan Kisteleki, presidente de la Liga de Fútbol de ese país, se planteara negar la cesión de jugadores ante la rumorología desatada sobre el importe real a percibir por la esposa, cifrado desde algunos medios en sólo 4.000 euros. Finalmente el partido tuvo lugar el domingo previsto, entre sospechas y feas acusaciones.

Ferenc Puskas, la mejor zurda de su tiempo, el “Cañoncito” que devastase a los equipos adversarios, hombre ordeñado por muchos de los que solían acercársele, falleció tras varios días en coma, la madrugada del viernes 17 de noviembre de 2006. Se iba un mito imperecedero.

Szalay, extremo hábil y profundo. Su paso por el Barcelona, donde no tuvo suerte ni oportunidades, constituyó tiempo perdido. Los dólares del “soccer” estadounidense le ayudaron a despedirse del balón sin rencor.

Tibor Szalay Csikos, finalmente, (Kobolkut, 26-I-1938), extremo izquierdo de los de antes, vertical, con regate y centros medidos tras desbordar al adversario, había despuntado en el Veros Logobo antes de enrolarse en el campeonato austriaco. Durante el verano de 1958 el Sevilla C. F. satisfizo la nada desdeñable cantidad de medio millón de ptas. por su traspaso, sin que nadie pudiera considerarlo un error. Los 3 goles en 25 partidos de su campaña de presentación quedaron en nada ante los 15 tantos en 24 choques de la segunda, antes de cerrar su ciclo hispalense con otros 9 distribuidos en 22 partidos, la temporada 1960-61. Con esas credenciales lo presentaron en Barcelona, donde habría de costarle bastante más aclimatarse al juego azulgrana, hasta el punto de jugar poquísimo. Concluido ese par de años decepcionantes saltó hasta La Condomina, como refuerzo del Real Murcia. Y aunque allí las cosas le salieran mejor, sus prestaciones supieron a poco. Había bajado en el escalafón deportivo. Lo bastante para contentarse con un contrato de futbolista-entrenador en el Figueras, preámbulo de su viaje a Estambul contratado por el Besiktas. Y al poco, ya en 1967, rumbo a los Estados Unidos para nutrir la “National Soccer League”, compitiendo con Filadelfia Spartans, Houston Stars, Kansas City Spurs y Washington Darts, donde las cosas, luego de algún titubeo, le fueron mejor. Estaba virtualmente decidida su salida del Houston Stars, por ejemplo, cuando una tarde anotó 4 goles. Obviamente aquel gerente deportivo hizo trizas el finiquito. Noventa partidos al otro lado del océano con la rúbrica de 17 goles constituyeron su despedida de los estadios.

Su paso por la ciudad condal, donde gozase de la mejor ficha, significó para él no la realización de un sueño, como entonces pensara, sino el descenso por un tobogán con dificultosa recuperación posterior. Paradojas del destino. O por emplear el símil de Santiago Bernabéu, cornadas de miura cinqueño.

Todos estos futbolistas fueron sometidos a una discreta pero concienzuda vigilancia de la Brigada Social, a partir de 1945. Y no porque alguno de ellos hubiera dado motivos, sino por el simple hecho de ser húngaros, en tiempos convulsos.

Corría el verano de 1945 cuando llegaron a España dos compatriotas: György Kibédy y György Radovics. Teóricamente eran encargados de la organización húngara “Pax Romana”, aunque pronto habría de comprobarse su militancia en al Frente de Independencia Nacional Húngaro, organización empeñada en la instauración de un harto improbable gobierno democrático en Budapest. Tras hacerse con cargos directivos en la “Asociación Benéfica pro Expatriados Húngaros”, constituida en octubre de 1945 para ofrecer auxilio económico a refugiados fundamentalmente en Austria y Alemania, emplearon esa tapadera para contactar con la colonia magiar en nuestro país. Organizaban reuniones propagandísticas y hasta editaron un boletín, sin lograr su propósito de pasar desapercibidos. Alertada la policía, mediante denuncia de algunos húngaros con residencia en Madrid y Barcelona, el director general de Seguridad, Francisco Rodríguez, trasladó estos manejos al cuerpo diplomático español, además de cursar órdenes de seguimiento y control a la Brigada Social. La diplomacia española tardó poco en expresar su molestia. Una cosa era que España se hubiese abrazado a los Estados Unidos e Inglaterra recientemente, enterrando 14 años de bloqueo y dura autarquía, y otra incurrir en conflictos de embajada, o peor aún entre los bloques soviético y occidental, por las actividades de un par de acogidos. La guerra fría sólo necesitaba un chispazo para calentarse hasta extremos impredecibles. Era preciso medir cada paso, y sus posibles consecuencias. Así las cosas, estos dos personajes serían conminados a abandonar España.

Luego, claro está, imperó el por si acaso. Si a los españoles se les pedía no enredarse en cuestiones políticas, incluso por boca del propio Francisco Franco, de quien se asegura comentó con alguna frecuencia: “Hagan como yo; no se metan en política”, menos podrían consentirse resbalones de semejante índole a extranjeros acogidos, por muy anticomunistas que se sintieran. La Brigada Social, además de para extirpar del ámbito laboral cualquier conato de sindicalismo prebélico, se creó con el ánimo de “apaciguar” el rebaño.

La afluencia de húngaros a nuestro fútbol no concluyó aquí. Con cuentagotas, otro puñado de futbolistas y algunos entrenadores, como Ferenc Szusza, de grato recuerdo en el Real Betis Balompié, o Antal Dunai, irían llegado de a pocos, distribuidos durante los siguientes sesenta años. Apenas una mota, entre la montaña de incorporaciones que nuestra Liga iba a registrar en todas sus divisiones, incluyendo al herculino Antal Nagy, con estatus de apátrida y pasaporte de la Naciones Unidas. Pero es que el fútbol magiar ya resultaba irreconocible. Sin artistas, conforme Puskas augurase, fue cayendo en la inanidad hasta frisar una ramplonería impensable. De cualquier modo vaya un sucinto recuerdo para ellos en el siguiente desglose, a manera de colofón.

Bela BALOGH .- Murcia 08-09

Gabor BUCKAN .- Córdoba 97-98

Laszlo DAJKA Koleszar .- Las Palmas 87-90

Laszlo EGER .- Ejido 06-07

Patrick HIDI .- Oviedo 17-18

Ferenc HORVAT .- Almería 03-04

Atila KASZAS .- Logroñés 94-95

KENDERESEI .- Santander 75-76

Sandor KISS .- Cartagena 86-87

Gabor KOROLOVSZKY .- Toledo 99-00

Attila LADINSZKY .- Betis 75-78

LAJOS Schroth .- Cádiz 89-90

Zslot LIMPERGER .- Burgos 91-94, Celta 93-94, Mallorca 94-96

Balász MOLNÁR .- Español 99-00, Elche 00-01

Sandor MULLER Smich .- Hércules 81-83

Antal NAGY .- Hércules 73-74, San Andrés 75-76

Adam PINTER .- Zaragoza 10-12

Andras SIMON .- Córdoba 09-10

Adam SZALAI .- R Madrid “B” 07-08

Jozsef SZENDREI .- Málaga 87-88, Cádiz 88-92

Peter Boldiszar SZENDREI .- Xerez “B” 05-06, Lemona 06-07

Gyorgy TATAR .- Castellón 83-84

Peter TOROK .- R Huelva 82-83

Krisztian VADOCZ .- Osasuna 08-12

VINCZE .- Barcelona “B” 96-97

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(1).- Consciente de la profesionalización gestora que exigía el fútbol al inicio de los años 60, Santiago Bernabéu dirigió una carta a Jaime de Olaso, proponiéndole ingresar en el Real Madrid como gerente deportivo con absoluta dedicación. Olaso se la mostró al periodista bilbaíno José Mª Unibaso “Joma”, quien sólo pudo animarle, consciente de la pasión con que siempre había vivido este deporte su buen amigo. Pero el gran mentor de la Sociedad Deportiva Indauchu acabó declinando el ofrecimiento. No podía dejar al pairo a los idauchutarras, y por otra parte sus negocios en Sudamérica solían llevarle hasta Argentina durante largos periodos. Más adelante habría de arrepentirse, cuando entre duras críticas y cierta persecución desde distintos sectores, tuvo que abandonar la entidad bilbaína. El club rojillo acabó pagándolo, encadenando descensos rápidamente hasta categoría Regional, purgatorio donde aún se conduele.




Húngaros: segunda oleada. De la Guerra Mundial a la invasión rusa en Budapest

La simplificación, tantas veces enemiga de la verdad, casi ha convertido a Ladislao Kubala en el primer emigrante húngaro a nuestro fútbol de posguerra. Y no lo fue. Ni siquiera el segundo. Incluso ni el tercero. Le habían precedido otros compatriotas menos ilustres, aunque estimables con el balón en los pies, cuyos nombres hoy sólo significan algo para el aficionado con mucha memoria. Se identificaron como Jorge Neudeld Nemes, Jozsef Lakatos Pasztor, Alexander Licker, György Mogoi, y Andrei Otto. De los cinco, quien más huella dejó en nuestros campos y tuvo una vida más agitada, con poco que envidiar a un buen guion cinematográfico, fue Nemes, extremo a la antigua usanza, con clase, habilidad para el desborde y efectividad en sus centros, añadiendo además una nada desdeñable capacidad goleadora.

Convendrá aclarar, a modo de introducción, que si bien el régimen surgido de nuestra Guerra Civil utilizó la acogida de futbolistas “desertores” del comunismo con clara intención propagandística, otros muchos expatriados de Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumanía, Bulgaria, Lituania, Ucrania o Croacia, por completo ajenos al deporte, hallaron a este lado de los Pirineos una tierra donde rehacer sus vidas. Eran intelectuales, sobre todo, y por ello, habida cuenta del escaso eco que la intelectualidad despierta en los medios, hoy mayoritariamente yacen en el olvido. Al repasar esa época, no obstante, resultaría injusto hurtarles alguna línea, aunque solo fuere para dejar sentado que el anticomunismo franquista llegaba más allá de los eslóganes o la propaganda.

Fue el jesuita extremeño Santiago Morillo el responsable fundamental de su llegada. Políglota con notable prestigio en ambientes culturales, se expresaba con soltura en nueve lenguas antiguas y modernas, cuando desde su destino en Polonia comenzase a organizar una caravana con rumbo a España, tan pronto concluyera la II Guerra Mundial. Hábilmente, supo aprovechar la fiebre nacional-católica del momento para obtener ayudas estatales y el impulso a sus proyectos. Básicamente la creación del Centro de Estudios Orientales, estrechamente vinculado al CSIC, del que se convirtió en director, y sobre todo la puesta en marcha del Colegio Mayor Santiago Apóstol, financiado por el ministerio de Educación durante el mandato de José Ibáñez Martín, y regido por la Obra Católica de Asistencia Universitaria, órgano en el que Morillo llegó a viceconsiliario. Paralelamente su actividad mediática resultó muy intensa, editando el “Boletín Informativo de las Naciones Oprimidas por el Comunismo”, órgano muy político donde colaboraron los más significados exiliados en nuestro suelo, y desde 1948 al frente de las emisiones en ruso, polaco, ucraniano, rumano, eslovaco, letón y lituano, que Radio Nacional de España desarrollaba en onda corta.

Vintila Horia, catedrático universitario, novelista de éxito, ensayista prestigioso, filósofo. Probablemente el intelectual rumano más destacado de su generación, exiliado en España nada menos que 45 años.

Los primeros polacos -en torno a una veintena- llegaron a Madrid el 20 de diciembre de 1946. Y a éstos siguieron muchos más, hasta frisar los 800, jóvenes mayoritariamente, procedentes de 16 naciones distintas. Casi todos sobrevivían merced a una pequeña asignación del gobierno español, y el menguado salario que ciertos desempeños laborales, casi siempre esporádicos, les proporcionaban. Únicamente los más afortunados residían en el Colegio Mayor Santiago Apóstol mientras cursaban estudios universitarios, puesto que la capacidad de dicho centro, instalado en la madrileña calle Donoso Cortés, se reducía a las 118 plazas. Muy pronto buena parte de ellos iniciaron una febril actividad intelectual, editando revistas o boletines, colaborando con algunos diarios o semanarios nacionales, e incluso mediante el ejercicio docente. Puestos a citar algunos nombres, no deben faltar los de Juliusz Babecki, delegado de la Cruz Roja Polaca en España y director de “Polonia”, revista ilustrada e impresa en nuestro país, vigente desde 1955 hasta 1969; Józef Lobodowski, nominado al Premio Nobel de Literatura; los rumanos Alexandru Gregorian, Traian Popescu, Vintila Horia, Jorge Uscatescu, catedrático de Teoría de la Cultura y Estética, Aurel Ráutá, autor de la primera gramática rumana en español e igualmente profesor universitario en Salamanca, o Cirilo Popovici; el croata Luka Brajnovic, profesor en la Facultad de Periodismo de la Universidad de Navarra; los húngaros Andrés Révész, firma reconocida en el diario madrileño  “ABC”, el también periodista Zoltán Rónai, o el fotógrafo Nicolas Müller.

Durante el periodo 1945-56, las colonias húngara y rumana fueron las más numerosas, llegando a superar la cifra de 400. Yugoslavia contó con la centena y Bulgaria no alcanzó los 60. Checos y polacos ofrecieron una presencia mínima hasta 1955, cuando Polonia habría de incrementar su flujo hasta superar cuantitativamente a los procedentes de Hungría. Dadas las posibilidades económicas y de futuro que para todos ellos ofrecían Madrid y Barcelona, estas ciudades constituyeron su destino mayoritario. Otros, concluida su formación docente pasaron a Francia, Inglaterra o los Estados Unidos, países que superaban en desarrollo, y por tanto en oportunidades, a la realidad de una España donde se vivía entre apreturas.

Rumanía, a través de su servicio postal, rindió homenaje póstumo a Horia, el hombre que no pudo poner un pie en su país durante los mandatos de Georghe Gheorghiu-Dej, George Apostol, y Nicolae Ceauescu, teñido este último de sangre y satrapía, después un comienzo prometedor en el poder.

Sin duda el más recordado de todos, por la popularidad de que en su día gozara, fue el rumano Vintila Horia (Segarcea 18-XII-1915 – Collado Villalba, Madrid 4-IV-1992), ensayista, biógrafo y novelista en lenguas rumanafrancesa y española. Además de graduarse como abogado en la Universidad de Bucarest, realizó estudios de Filosofía y Letras en las universidades de Perugia y Viena. Diplomático en Roma y Viena, en 1944 fue internado en los campos de concentración nazis de Krummhübel y María Pfarr, hasta su liberación en junio de 1945, como tantos a quienes el fin de la II Guerra Mundial ofrecía una segunda esperanza. Pero le sería imposible regresar a su país natal. En 1960 publicó en París su novela “Dios nació en el exilio” merecedora del prestigioso Premio Goncourt, al que habría de renunciar tras una intensísima campaña de la izquierda cultural gala, acusándolo de filofascista, si bien el único argumento para sustentar semejante tesis se reducía a haber sido discípulo, antaño, del pensador y teórico ultraderechista Nichifor Crainic. Pese a ello, y puesto que el pretendido boicot a su libro haría de él un fenómeno editorial traducido a 18 idiomas, decidió establecerse en París entre 1960 y 1964, fecha de su definitivo retorno a España, donde compaginó la creación literaria con su actividad docente en la Facultad de Periodismo (Universidad Complutense), y una cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad alcalaína. En 1964 vio la luz otra de sus muy leías novelas: “La séptima carta”, originalmente publicada en francés, donde recreaba el fallido experimento político del ateniense Platón, en Siracusa: Una especie de república comunista a ultranza, donde incluso los hijos pertenecían al estado. Horia se mantuvo en la brecha hasta que la tumoración cerebral que habría de acabar con su vida, lo apartara de las aulas universitarias.

Con “La Séptima Carta” Vintila Horia quiso poner en solfa los furibundos ataques que le dedicaran intelectuales izquierdistas franceses, acaudillados por Albert Camus. Recreaba en esta obra el fracasado experimento “comunista” del filósofo griego Platón, previa aquiescencia del tirano de Siracusa.

Hubo, obviamente, muchos más intelectuales acogidos por el Régimen Franquista, que profesionales del deporte. Algún nadador húngaro, un puñado de futbolistas rumanos o procedentes de Budapest, o los polacos Bobrek, Tylko, Bogdan y Zaleski, impulsores en nuestro suelo del hasta entonces desconocido voleibol. La abundancia de futbolistas húngaros en nuestra Liga se explica por el reconocimiento europeo que en este deporte se les otorgaba. A lomos de sus bien acreditadas condiciones, muchos magiares lograron salir adelante en Francia, Portugal y España, con la pelota en los pies, cuando Alemania, Austria o en menor medida Holanda e Italia, concentraban todos sus esfuerzos en emerger de la ruina. Unos triunfaron, otros dieron la impresión de escatimar sus gotas de esencia, y también hubo sitio para los fiascos. Varios años de dolor y privaciones, por fuerza debían hacer mella.

Repasemos ya su andadura y peripecias.

Natural de Budapest (17-VI-1920), a los 19 años Jorge Neufeld Nemes se alineaba con el Hungaria, filial del potente MTK, mientras estudiaba el primer curso de Medicina. La II Guerra Mundial truncó todos sus proyectos, al cambiarle la ropa deportiva por un uniforme de soldado con el que estuvo combatiendo en distintos frentes, hasta ser hecho prisionero por el ejército ruso en 1941. Le esperaban casi cinco años terribles en campos de concentración, primero alemanes y después rusos, especialmente el de Marsanks, próximo a Moscú. Y es que durante la navidad de 1942, consciente de que en el campo alemán de Voronyesk, sito en las inmediaciones de Stalingrado, sólo le esperaba perecer por caquexia, emprendió una huida que habría de conducirlo a manos soviéticas, no menos crueles que las germanas. En Marsanks vivió tres años de constantes malos tratos, enfermedad, frío, trabajos forzados y muchísima hambre. “Al principio éramos 25.000 húngaros -rememoró en distintas entrevistas-. Cuando acabó la guerra con Hungría y nos liberaron, ni siquiera llegábamos a 10.000”. Entre los fallecidos, su íntimo amigo el interior derecho Vidor. Incluso él mismo bordeó la muerte al contraer tifus, salvándose contra cualquier pronóstico. Y eso que gracias a los conocimientos de medicina adquiridos en aquel primer curso universitario, pudo eludir los trabajos más pesados.

De vuelta en Budapest encontró a su familia tan destrozaba como el edificio en que habitaran. Su padre había sido asesinado en 1943, y su madre corrió idéntico final en 1945. Seis de sus diez hermanos estaban muertos, igualmente. “Tenía novia -confesó-. Esa novia vivía en casa, con dos de mis hermanos. Pero un bombardeo aéreo acabó con todos”. Sólo le quedaban cuatro hermanos: Julius, Alexander, Carlota y Katherine. Tremenda cicatriz en su alma, no muy distinta a la de otros muchos combatientes en un conflicto que segó las vidas de 60 millones de congéneres.

Había que rehacerse, pese a todo, y su antiguo club se portó admirablemente, reabriéndole la puerta, por más que no hallarse en condiciones de rendir, luego de tanto padecimiento. Budapest le asfixiaba. Cada esquina, cada rincón, le recordaba un pasado convertido en ruinas como su propia ciudad. Después de vagar como un sonámbulo por calles convertidas en amasijo de cascotes, se esforzó en indagar sobre el paradero de otros familiares. Supo, entonces, que su hermana Katerine vivía en París, casada con el notable futbolista de origen húngaro Frank Veiskowich, emboscado bajo la nueva identidad de Edmond Virag. Aparecía un motivo para enredarse en arduas gestiones, contactar con la Cruz Roja, insistir ante burócratas sobrepasados de trabajo, suplicar, cubrir formularios con una historia no muy distinta a la de tantos desdichados en similares circunstancias, demandando autorización para salir del país. Hasta que el 2 agosto de 1946 viera recortarse en el horizonte la Tour Eiffel. “Por fin me extendieron el pasaporte y partí hacia el reencuentro. Los dos pensábamos que ya no nos podían quedar lágrimas, pero lloramos como niños, fundidos en un abrazo interminable. Empezaba otra etapa en mi vida. No desde cero, sino con saldo muy negativo”.

Nemes. De los penosos campos de trabajo soviéticos al triunfo en los estadios, por mucho que durante su etapa en el Real Madrid las cosas le salieran mal.

Y esa segunda oportunidad arrancaba como la primera, jugando al fútbol. Era lo que sabía hacer, aunque le llevara tiempo recuperar cierta presencia física. Tres campañas en el fútbol galo le reconciliaron con esa nueva existencia; las dos primeras en el Sète, equipo de la pequeña Venecia occitana, cedido por el Stade Français (1946-47 y 1947-48), y otra en el Girondins bordelés (1948-49), cedido igualmente, donde festejó un ascenso a la máxima categoría. Y si no se le dieron mal sus días entre el Mediterráneo y la laguna de Thau, donde destacó sobremanera fue en Burdeos. Su mejor campaña en Francia, disputando prácticamente todos los partidos, anotando muchos goles -fue máximo artillero de la 2ª División- y dirigiendo el juego atacante, domingo tras domingo, desde su banda derecha. Entonces le llegó una oferta desde Santander para incorporarse a nuestras competiciones. “Casi no podía creerlo -dijo varios años después, volviendo la mirada hacia el pretérito-. Había leído libros sobre España, conocía parte de su historia y sin que supiera exactamente por qué, el país siempre me inspiró atracción. Así que hice las maletas en seguida”.

Ese nuevo giro en su vida tuvo como protagonistas al entrenador guipuzcoano Benito Díaz, al posterior seleccionador nacional Salvador Artigas, con quienes trabó amistad, y al intermediario Luis Guijarro, que antes de compaginar en Madrid la venta de coches con el lucrativo negocio de intermediar en traspasos, había vivido algunos años en suelo francés. Con la camiseta racinguista estuvo imponente, hasta el punto de cantar 25 goles, de ellos 16 en 21 partidos de Liga. Y eso que entonces la categoría de plata tenía mucho más de cobre y hojalata, según acertara a diagnosticar: “Hay poca calidad. Mucha fuerza y poco fútbol. Por eso se juega tan duro, conduciendo mucho el balón individualmente. La 2ª División aquí es realmente dura, no por el esfuerzo que requiere, sino por cómo se emplean los defensas”. Todo un ídolo en los Campos de Sport de El Sardinero, condujo en volandas a los cántabros hasta 1ª División, perdiendo muy pocos partidos. Y sin tiempo para saborear el éxito, la oferta del Real Madrid. Volvía a soñar por fin, puesto que la directiva norteña dio por buenas las 200.000 ptas. ofertadas. Buen negocio para todos, pesto que los santanderinos abonaran meses antes 100.000 al Stade Franais, y las 100.000 ptas. de ficha que a él le firmaran en la capital cántabra pasaban a convertirse en 150.000 anuales, más sueldos y primas Aquello suponía ver colmado el mejor anhelo. Lástima que la decepción llegase envuelta en traje de gala, porque el esmoquin “merengue” habría de sentarle bastante mal.

Una fractura de tobillo a las primeras de cambio, mientras disputaba un partidillo de entrenamiento ante el Plus Ultra, le mantuvo cuatro meses en dique seco. Cuando parecía haber recuperado el tono, comenzó a sentirse desganado, sin fuerza y somnoliento. Los médicos le diagnosticaron una úlcera duodenal que requirió intervención quirúrgica del doctor Duarte. De nuevo otro parón obligado y cuando volvió a estar listo habría de verse entre los elegidos para saltar al viejo campo donostiarra de Atocha, en una mala tarde colectiva donde el balón sólo tuvo un dueño vestido de blanquiazul. Su único partido oficial con el Madrid. “No sé, a veces pienso que me he equivocado queriendo ganar más dinero -se sinceró ante un entrevistador-. En Santander estaba muy bien, y hasta es posible que de haber reclamado un pequeño incremento me lo hubiesen concedido. De todos modos estoy dispuesto a abrirme camino en la capital. Ya es una cuestión de orgullo”.

Pero no le dieron esa oportunidad. Concluido el campeonato correspondiente a 1950-51, fue cedido al Hércules para las siguientes dos campañas, en 2ª División. Y allí, nuevamente, volvería a cruzarse en su camino el Plus Ultra, su gafe, como el mismo lo definiera. “Algo me pasa con este equipo. Tres veces me he lesionado jugando contra ellos. No me lo explico”. Pese a todo, entre los alicantinos volvió a reencontrarse con el gol (un par de tantos en 12 partidos). Aunque hacia el final de la temporada 1951-52 era muy consciente de que no volvería al primer equipo blanco. “En ese sentido no me ayuda el hecho de ser extranjero, a causa de las limitaciones en su número. Podría volver a Santander, si es que tienen interés en mí, porque lo cierto es que me agradaría seguir en España”. Lo del retorno a Cantabria, sin embargo, no cuajó.

La Federación Española, a instancias de la Delegación Nacional de Deportes, había modificado su anterior regulación. Ya no podían alinearse dos extranjeros por partido, más otros dos nacidos en países latinoamericanos, sino simplemente dos, cualquiera que fuese su origen. De golpe, a varios equipos con cuatro foráneos en plantilla, les sobraban la mitad.

En setiembre de 1951, durante una larga charla con el periodista Juan de Diego, hizo gala de amplios conocimientos balompédicos, al firmar que el fútbol español requería cierto periodo de adaptación, por su rapidez. Y añadía: “Sólo hay un jugador húngaro que se adaptaría inmediatamente: Kubala. Pero es que Kubala tiene una clase excepcional; para mí no hay otro igual”. Ladislao Kubala, aclarémoslo, aún estaba a expensas de resolver su situación legal para incorporarse a nuestra Liga. Y Nemes no erraba en su vaticinio. Con respecto al mejor extremo de nuestro fútbol, tampoco le cabían dudas: “Basora. Lo vi jugar en Colombes contra Francia y me entusiasmó”. En su opinión, el mejor jugador español era Panizo(1), y si tuviera que componer una selección lo haría con el quinteto atacante del At Bilbao, la media y los defensas del Valencia, y para la puerta Eizaguirre y Alonso. Haciendo planes de futuro, contaba con seguir activo hasta los 36 años: “Me cuido mucho, no fumo, no bebo…” Parecía olvidar aquellos cinco años de internamiento en condiciones infrahumanas, un desgaste que no iba a salirle gratis. Y después del fútbol, lo de casi siempre: “Me haré entrenador. Tengo el título húngaro, así que sólo tendría que revalidarlo aquí”. Mientras tanto, tampoco hacía ascos a trabajar en algo: “Hablo cinco idiomas… ¿No sabrá usted de alguna colocación?”.

En Alicante iba a conocer a la asturiana de Luarca María Luisa Aragón, con quien se casó en París el 30 de setiembre de 1952, no por esnobismo, capricho de nuevo rico, o porque allí se hallara su hermana Katerine, sino porque entonces en nuestro suelo no se admitían las uniones entre católicos, como era ella, y judíos, como él seguía siendo.

Gyorgy Nemes colgó las botas sin cumplir los 33 años, y no eligió la azarosa vida de entrenador. En cambio sacaría partido a su condición de políglota, fundando en España la agencia de prensa Keyston-Nemes, donde trabajó activamente. Muchos de los periodistas con quien departiese durante sus días de corto, siguieron alimentando una buena amistad, puesto que solían verle por sus redacciones cargado de fotos, teletipos y novedades acaecidas en cualquier punto del planeta. Igualmente redactaba crónicas, notas de corresponsalía o para la sección de amenidades, y se prestaba a ayudar, como intérprete, en las giras de equipos húngaros por España y Portugal. Nunca contestó con negativas a cualquier llamada en solicitud de ayuda, como la que le llegara desde el despacho de Osterreicher, director técnico del Real Madrid, cuando los “merengues” ficharan al gran Puskas. Tuvo una hija, Ana, que andado el tiempo asumiría la dirección de un negocio ya con sucursales en París, Londres, New York, y Río de Janeiro. Y sólo pudo regresar a su país natal mediados los años 60, puesto que como refugiado en España tuvo vetada la entrada, so pena de pechar con encarcelamiento. Ya en el decenio de los 70 dejó de ser apátrida, al acceder a la nacionalidad española.

Un cáncer de estómago, finalmente, le hizo despedirse de este mundo en Madrid, el 31 de mayo de 1988, con 67 años. Quede como anécdota que su hermano menor, Alexander, también fue futbolista, e internacional con las selecciones de Hungría y Austria.

Otro náufrago arrastrado a nuestro fútbol por la galerna bélica fue Jozsef Lakatos, ariete con paso por el MTK y Vasas de Budapest, así como por el Stade Renais, Metz y Burdeos en Francia, hasta dejarse caer por Irún, donde jugó algún partido antes de fichar por el ya extinto C. D. Málaga, la temporada 49-50, en 1ª División. Sin embargo no llegó a jugar ningún choque oficial con los malacitanos. Surgieron problemas federativos nunca explicados, y lo cierto es que su nombre ni siquiera fue consignado por la F.E.F. en el registro general de extranjeros. Pese a todo pasaría al España de Tánger durante ese mismo ejercicio, y allí sí lo alinearon. Otra vez en el Real Unión durante los prolegómenos del torneo correspondiente a 1950-51, aquella Liga la disputó con el también extinto Club Deportivo Logroñés, en 2ª División. Y en Las Gaunas se destapó como goleador. Era fuerte, no rehuía el choque, remataba a la menor oportunidad y manejaba bien la pelota con los pies. Al término del torneo pareció eclipsarse. Ciertas voces apuntaron hacia el campeonato colombiano, que entonces vivía sus años dorados, de espaldas a la F.I.F.A. Pero allí no dejó rastro. Otros señalaron hacia Francia, sin que conste su presencia en ambas categorías profesionales. Suiza, tal vez, refugio de no pocos compatriotas, aunque a dicha federación tampoco le conste ningún húngaro apellidado Lakatos, con licencia por esa época. Un misterio sepultado por las turbulencias de tan problemáticos días.

Otto, internacional húngaro a quien el Granada C. F. dejó 35.000 ptas. a deber. Ese dinero representaba al inicio de los años 50 el equivalente a dos años y medio de salario para un funcionario por oposición.

En el Granada, que durante la campaña 50-51 compitiera en 2ª División, decepcionaron sus dos magiares, antaño internacionales. Alexanter Licker (Tenesvar 22-II-1922, aunque la Federación Francesa lo diese por nacido el 23-II-1923) era atacante, llegó desde Austria y continuó camino rumbo a Portugal, desde donde pasó a Francia para competir con el Séte, en 2ª División, y Saint-Macaire. Adrei Otto Vargas (Budapest 4-VI-1925) sería recibido con mucha más expectación, pero tuvo que permanecer 5 meses sin jugar, al no resolverse su transfer internacional. La federación Húngara exigía compensaciones económicas para su club de origen, el Goritzia, que los granadinos parecían decididos a ahorrarse. Se habló, en principio, de 100.000 ptas. en concepto de traspaso, y 50.000 de ficha anual para el futbolista, pero finalmente la entidad húngara dio por buenas 80.000. Luego Otto se lesionó a las primeras de cambio. Jugó poquísimo, la campaña de los andaluces resultó nefasta y aunque el descenso a 3ª División no acabara sustanciándose, el agujero económico adquirió tal calibre como para inspirar una dimisión en masa de su junta directiva. Otto partió has el fútbol galo, dejando 35.000 ptas. pendientes de cobro.

Aunque toda las deudas del Granada deberían haberse hecho efectivas para que desde la F.E.F. se le diligenciaran nuevas fichas, club y órgano rector alcanzaron un acuerdo, consistente en que los granadinos pagaran de a pocos, poniendo el 25 % de sus futuras recaudaciones en manos de la Territorial Andaluza, para desde allí ir girando minúsculas cantidades quincenales a los acreedores. Cuando Otto recibió el primer giro de 35 ptas. se sintió burlado e interpuso una denuncia ante la F.I.F.A. (enero de 1953), reclamando no sólo cuanto a él se le adeudaba, sino con desglose de nombres y débitos totales a cada miembro de la plantilla nazarí. En total, 400.000 ptas. Entonces, impelida por los rectores de F.I.F.A., nuestra Federación no tuvo otro remedio que tomarse el asunto en serio. Otto tenía todo el derecho a percibir sus 35.000 ptas., y como él sus antiguos compañeros. Operación nefasta, en suma, de un club pequeño que quiso jugar a sentirse grande.

György Mogoi (Igal, 14-VIII-1924), apareció por Baleares casi clandestinamente. Era defensa con calidad para intervenir en el centro del campo y habría de convertirse en el primer extranjero que disputaba partidos oficiales con el Real Club Deportivo Mallorca.

Corría 1948 cuando, en plena resaca de la Segunda Guerra Mundial, Ladislao Kubala contribuyó a crear un equipo compuesto por futbolistas del Este europeo, huidos de su patria por muy distintas razones. El eslovaco Marik, por ejemplo, el yugoslavo Monsider, algún ruso, búlgaros, el rumano Simotec, y sobre todo húngaros, entre ellos el propio Kubala, Turbeky, extremo izquierdo en el equipo donde jugara Nemes, el defensa lateral Marik, convertido durante tres meses en técnico del Manacor, mientras barajaba la posibilidad de partir hacia Colombia, Sarossy, Samu, o Mogoi. El Hungaria, nombre que acordaran para el conjunto dirigido por Ferdinand Daucik desde el banquillo, se convirtió para todos ellos en una fórmula de supervivencia, luego de que la F.I.F.A. en respuesta a las demandas de los clubes que abandonaran, les recetase un año sin competir. Muchos tenían familia. Había que salir adelante y lo hicieron contratándose a muy bajos precios para la disputa de encuentros amistosos, como balompédicos Harlem Globe-trotters. Así pasaron por Madrid, Santander, La Coruña, Barcelona o Baleares, en 1950, además de servir de esparrin a la selección española. En el archipiélago ese equipo regaló dos tardes de espectáculo en Menorca y Manacor. Y fue en esta última localidad donde decidieron fichar al zaguero central que antaño pasara por el S.K. Slovan de Bratislava y, medio de tapadillo, por el Catania italiano.

La noticia tardó poco en llegar hasta Palma y, entonces, el presidente mallorquín Andrés Homar decidió incorporarlo al equipo con la aquiescencia de su entrenador, Satur Grech. Todo era bueno con tal de apuntalar al conjunto en 2ª División. En su debut compartiría línea con Moreno y Ferrer, dejando en evidencia que una cosa era brindar espectáculo y otra competir a cara de perro. Le faltaba ritmo, esa pizca de malicia al disputar balones, marrullería, en suma. Su época de internacional con Hungría parecía corresponder a un pasado remoto. Y eso que frente a España supo marcar impecablemente a Igoa. Con todo, puesto que en él se adivinaran dotes de mando, tras ser destituido Satur Grech actuó como futbolista-entrenador hasta cerrar el ejercicio. Seis partidos y dos goles marcados fueron todo su bagaje bermellón, puesto que con la carta de libertad en el bolsillo partiría hacia Suiza, alineándose con el Grasshoppers de Zúrich la temporada 1951-52, y Basilea desde 1952 hasta 1956. Afincado en la Confederación Helvética, años después se ganaba la vida ejerciendo como representante de jugadores.

Kubala, en un apunte rápido a plumilla del gran dibujante Vadillo.

Y en esas, por fin, llegó Ladislao Kubala para revolucionar nuestro fútbol. Un fichaje que todavía hoy sigue suscitando discrepancias.

Antes de iniciarse el campeonato 1950-51, la RFEF hizo pública una nota con redacción algo confusa y pedestre: “A fin de orientar a la opinión deportiva y saliendo al paso de noticias que vienen publicándose en la prensa sobre traspasos a clubs españoles de jugadores extranjeros, la Real Federación Española recuerda públicamente que no podrán ser efectuadas aquellas inscripciones de jugadores no españoles que, aparte de los permisos nacionales correspondientes, no cuenten con el certificado de transferencia internacional que prevé terminantemente el artículo 3º del reglamento de la FIFA. Por lo que respecta a los jugadores del equipo húngaro que recientemente visitó España, ningún club podrá inscribirlos, ya que el citado certificado de transferencia es negado por la Federación Húngara, según se manifestó recientemente a la Federación Española por la Secretaría de FIFA. Los clubes españoles fueron ya advertidos a fin de que no llegasen a ningún acuerdo previo que carecería de toda validez por el momento”.

Semejante galimatías buscaba dejar bien sentado que Kubala no podría fichar por el Real Madrid, aunque la prensa lo diera como cosa hecha. Y si en efecto no fue blanco, todos sabemos que acabó enrolándose en nuestro fútbol, pese a la advertencia federativa.

Los hechos se desarrollaron lenta y tortuosamente, conforme veremos.

El avance estalinista por la Europa Oriental fue llenando de refugiados Francia, Suiza, y sobre todo Italia. Varios futbolistas de calidad antepusieron su ideología personal a la comodidad ganada con un completo entreguismo. Kubala, que a los 23 años tuvo ocasión de convertirse en mito azulgrana, fue uno de ellos, y su historia resume la confusa crispación de esos días.

Húngaro de nacimiento pero con ascendencia eslovaca, había jugado en el Ganz, Ferencvaros, Bratislava y Vasas de Budapest, hasta que el 25 de enero de 1949 se decidiera a huir precipitadamente. Su relación con el comunismo distaba mucho de ser cordial y tras enrarecerse el aire junto al Danubio sólo cabía esperar represalias. Hasta su primer exilio en la franja austríaca administrada por los americanos, al rubio atacante le llegaron noticias poco alentadoras: su Federación acababa de descalificarle a perpetuidad, acusado de estafar al Vasas. Desde Austria, entonces, fue hacia Italia, donde el 9 de marzo apalabró fichar por el Pro-Patria y Libertad de Busto Arsizio, cuyos directivos le abonaron 8.500 dólares, más un sueldo mensual de 70.000 liras. Aquella junta directiva creyó rozar la gloria. Sólo restaba obtener la rehabilitación de su pupilo, cuestión que tampoco se antojaba en extremo dificultosa. Pero como la Federación Italiana mostrase poco interés en el asunto y la húngara se mantuviera inflexible, todo acabó torciéndose irremediablemente. Para mayor embrollo, la F.I.F.A., integrada por representantes del bloque comunista y occidental, evitó complicaciones políticas, aún a costa de no defender al inocente. Dicho de otro modo, coreó la inhabilitación el 18 de marzo, sin sarpullidos ni sonrojos. Malísimo negocio para el Pro-Patria, claro está, ya que sólo podía contar con su fichaje en hipotéticos partidos amistosos. Y ante tal disyuntiva, desde enero de 1950 cerraron el grifo a cualquier nueva mensualidad.

Escaso de dinero y sin equipo, Kubala decidió trasladarse entonces a los estudios cinematográficos Cinecittá, convertidos en refugio bajo administración estadounidense. Allí también había otros futbolistas magiares, rumanos y eslovacos, que pronto  constituyeron el Hungaria. Pero en Italia aquellos deportistas sólo habrían de encontrar obstáculos. Palmiro Togliati, presidente del Partido Comunista transalpino, abortaba metódicamente todas y cada una de sus iniciativas, como castigo por repudiar el régimen soviético. Y así, en mayo, mientras ese equipo de circunstancias disputaba encuentros amistosos para ir tirando, la Justicia de Budapest promulgaba una requisitoria contra Kubala por delito de estafa, haber cruzado ilegalmente la frontera y eludir sus obligaciones militares.

Cuando los muchachos del Hungaria llegaron a España, Samitier, patrón de pesca “culé”, puso sus ojos en el internacional rumano Nikolai Szegedi, sobre cuyos derechos federativos tenía una opción la Tridentina italiana. Sorprende que Kubala le pasara desapercibido hasta hacerse público el interés madridista. Por suerte para los azulgrana, el delantero pretendía supeditar el fichaje a la contratación como entrenador de su suegro, el más adelante laureado técnico Ferdinand Daucik. Santiago Bernabéu no era hombre que admitiese órdagos, y de ese modo el tiempo fue jugando a favor de la directiva barcelonesa. Por fin el 11 de junio de 1950, cuando las huestes del Hungaria acudieron a Sarriá para enfrentarse al R. C. D. Español, y el astro húngaro anotase un gol antológico, de soberbia bolea tras dibujar un sombrero a su secante, los buenos oficios del nadador húngaro Zalyoni se tradujeron en un acuerdo entre futbolista y gerencia “culé”. Kubala, siempre pragmático, mostraría a los dirigentes del Barcelona el contrato ofrecido por los “merengues”, ahorrándose así entrar en regateos. Y tras estampar su firma en contrato privado -muy  oportunamente, digámoslo, porque el Hungaria quedaba oficialmente disuelto el 26 de julio de 1950-, comenzó cobrando 550.000 ptas. como ficha, otras 1.200 mensuales en concepto de sueldo, más 3.800 por carestía de vida, estímulos y sobrealimentación. Capítulo curioso este último, pues no ha de olvidarse que las cartillas de racionamiento seguían vigentes aún.

“Los ases buscan la paz”. Kubala actor de cine en una ficción sin ribetes biográficos, al servicio del anticomunismo franquista. El éxito en taquilla estaba asegurado.

La noticia sorprendió en Madrid, y de los despachos blancos salió una nota donde se indicaba “que Kubala, en realidad, nunca podrá jugar oficialmente, pues se trata de un deportista descalificado a perpetuidad por su federación nacional”. Así debía ser, mientras no existiera transferencia de la Federación Húngara. Claro que entonces, ¿cómo se explicaba la oferta realizada con autorización del propio Santiago Bernabéu?. El Barcelona, de cualquier modo, parecía hallarse ante el mismo arrecife donde encallara la buena voluntad del Pro-Patria italiano.

Echó a andar la temporada 50-51, con Daucick en el banquillo y Kubala en la grada. La gran figura permaneció inédita hasta el 12 de octubre, en que por fin pudo vestirse de corto contra el Club Atlético Osasuna, aunque en partido amistoso. De los 4 goles con que el Barcelona castigó a los navarros, uno llevó rúbrica húngara. No estaba mal, para empezar. Mejor, por lo menos, que la irregular marcha del club en el campeonato liguero, donde tan pronto se iba de la goleada al batacazo. El 1 de noviembre nuevo amistoso, esta vez contra el Real Zaragoza, resuelto con victoria catalana por 4 a 3 y Kubala sobresaliente, con 3 goles. Durante la Navidad venía siendo tradicional que los directivos contratasen cuadros extranjeros para la disputa de amistosos, aprovechando el paréntesis oficial. Aquel año no constituyó excepción, resultando elegido el Frankfurt Sport Verim, campeón de Alemania Occidental, con cuya gerencia pactaron un choque el día 24 y otro el 25. En el primero vencieron los culés 4-2, con reparto equitativo de goles entre Basora y Kubala, aunque lo mejor iba a llegar el día siguiente. Conducidos por un Kubala magistral, los barcelonistas anonadaron a su público con un escandaloso 10-4. Cinco goles los dio hechos el astro, y personalmente anotó 3. “Si ese chico pudiese intervenir en los partidos de liga, aún habría posibilidades”, comentaba la afición. Así que toda la masa social empujó a su directiva hacia el logro, por más que las aguas siguieran estancadas entre la Federación Española y la FIFA.

“Para que Kubala juegue en nuestra liga haría falta un milagro”, se dijo. Desde Madrid, en cambio, incluso cerraban la vía sobrenatural: “Ni con milagros ni sin ellos. Kubala nunca competirá oficialmente, porque lo impide la normativa”. Como el movimiento se demuestra andando, la Federación hizo amago de mantenerse firme, imponiendo al Barcelona una ridícula multa de 300 ptas., o sea 10 simbólicos duros, por cada uno de los 6 encuentros en que el rubio se alineara sin la preceptiva y previa inscripción. Pero, ¡qué cosas!, aquella España temía más al cataclismo político que a la fuerza del milagro. Y tuvo que ser una amenaza de revuelta lo que, a la postre, posibilitara el ascenso del húngaro al dorado Olimpo.

En enero de 1951 las Naciones Unidas habían acordado poner fin al cerco económico contra Franco y su régimen. En plena guerra fría resultaba peligroso para el equilibrio político, o como mínimo inadecuado, que una nación tan importante desde el ángulo geoestratégico por su dominio del Mediterráneo, permaneciese sin clara adscripción al bloque occidental. Los norteamericanos ansiaban levantar alguna base en nuestro suelo y Franco, consciente del regalo que podía ofrecerle la desconfianza ruso-americana, se dejó querer. Washington toleraba el Régimen sin ninguna arcada, y junto a la Casa Blanca otras cancillerías, como las de París y Londres, que entonces expedían salvoconducto de “occidentalidad”. Un gran triunfo, sin tiempo para ser digerido en el gabinete ministerial madrileño por culpa de los tranvías barceloneses. De los tranvías, sí. En plena carrera nuclear y a punto de dirimir el mundo sus diferencias en el Sudeste Asiático, un boicot a los tranvías amenazó con provocar algo así como el descarrilamiento del franquismo. Todo, además, por unos céntimos.

Uno de los distintos modelos de octavilla que circularon por la ciudad condal durante el boicot al transporte público de superficie.

El 23 de febrero de 1951 los responsables municipales en la ciudad condal  subieron el precio del billete, estableciendo una clara diferencia con respecto al coste de los tranvías madrileños. La respuesta ciudadana, en un marco donde cualquier manifestación hubiese concluido a palos o en la cárcel, optó por el boicot. Como consecuencia, desde el 1 de marzo, mientras octavillas de inspiración comunista, anarquista o sencillamente sindical circulaban de mano en mano por Barcelona, los tranvías comenzaron a moverse con un policía a modo de único pasajero. La llamada al orden del gobernador, Eduardo Baeza Alegría, surtió parecido efecto al de un sermón en mitad del Sahara, circunstancia que tampoco podía extrañar. El Sr. Baeza, cuyas relaciones con la despampanante vedette Carmen del Lirio no constituían ningún secreto, venía siendo contestado incluso desde las propias filas falangistas. La Universidad tardó poco en sumarse al conflicto. Y desde el campus prendió el germen de una silenciosa resistencia general.

El plante barcelonés descolocó lo suyo a unos políticos acostumbrados a la adhesión inquebrantable y la unidad de los pueblos de España, sonsonete ineludible en cada discurso. Llegó el 4 de marzo, fecha en que los culés se medían al Racing santanderino en partido liguero, y el campo de Las Corts pareció transformarse en foro revolucionario. Durante el partido corrieron de mano en mano proclamas contra la dictadura. No se gritaron consignas, porque las canteras seguían necesitando manos para extraer piedra, pero muchos barceloneses apenas prestaron atención a cuanto sucedía en el campo aquella jornada. Eduardo Baeza, obsesionado por reducir la resistencia cuanto antes, cometió una torpeza más al estacionar gran cantidad de tranvías junto al estadio. Hacía un tiempo espantoso. Justo la climatología que invita al rápido regreso bajo techo. Pero pese a todo, los vehículos abandonaron la plaza sin ocupantes.

Además de convertirse en el futbolista mejor pagado durante los primeros años 50, la estrella “culé” obtuvo réditos de la publicidad y el “merchandising”. Fue la primera estrella explotada concienzudamente por el marketing, cuando este vocablo ni siquiera existía.

El 6 de marzo fue anulado el incremento de tarifas y al día siguiente se produjo un relevo en la alcaldía. El gobernador Baeza tampoco salió de rositas. Felipe Acedo Colunga, conocido posteriormente como “El Verdugo” por su carácter déspota, le relevaría en la mullida poltrona. Barcelona acababa de infligir al Régimen una derrota sin paliativos. ¿La primera desde el triunfal 1939?. Quizás, aunque su trascendencia no estribaba en qué número hacía. La rebelión se forjó a partir de 20 céntimos. ¿Hasta dónde podía llegar aquella misma gente, ya orgullosa de sí misma, si le diera por seguir otros estandartes?.

Nadie ha probado hasta hoy que la prudencia ante el malestar catalán descongelase el expediente de Kubala. Pero lo cierto es que el 2 de abril, sin apagarse todavía el eco de la revuelta, F.I.F.A., Delegación de Deportes y Federación Española, daban por buena la ficha barcelonista de Kubala, basándose en el carácter político de su inhabilitación. “Debido a la inconsistencia de los motivos por los que hasta ahora había quedado el trámite en suspenso -rezó la nota firmada por el secretario general federativo Ricardo Cabot, antiguo futbolista “culé” y directivo azulgrana-, esta Federación ha decidido autorizar al Barcelona para que pueda alinear válidamente a dicho jugador en los partidos de competición”.  Ya sólo quedaba resolver con el Pro Patria lo relativo a la duplicidad de derechos, y 12 millones de liras zanjaron todo problema. Kubala, de ese modo, pudo debutar oficialmente contra el Sevilla en la primera ronda copera.

Obviamente hubo protesta madrileña, con solicitud de explicaciones. Pero desde la Federación, quizás demasiado atareados por una mudanza presidencial, nadie dijo nada. Armando Muñoz Calero, saliente, y Manuel Valdés Larrañaga, entrante, permanecieron  mudos.

El futbolista húngaro añadió aplomo, talento y seriedad, a un equipo que además comenzaba a asimilar la táctica del fuera de juego preconizada por Daucik. Tras un decepcionante 4º puesto en el campeonato de liga, la Copa iría a las vitrinas barcelonistas. Kubala parecía el engarce de un collar donde también iban a lucir otras gemas, como Biosca, Basora o Manchón. Y aunque por el momento las aguas bajasen remansadas, algunos tardaron poco en embravecerlas.

El primer aviso llegó desde Bilbao, con firma de José María Mateos. Aquel prestigioso periodista, varias veces presidente de la Federación Vizcaína, vocal de la Española y hasta seleccionador nacional, pero sobre todo devoto declarado del fútbol furia, entregó a la linotipia párrafos muy duros en un artículo titulado “Peligro en los campos”. Sirva este extracto: “…en España no necesitamos jugadores hechos en el comunismo…(Kubala) es un peligro para la integridad de los jugadores rivales, pues utiliza los codos y donde más destaca es en su arte para capear el juego”. Como Mateos gozaba de bien merecido prestigio y atacar a los mitos siempre ha lucido mucho, sus opiniones fueron reproducidas por casi toda la geografía nacional. Flaco favor para el Barcelona y su máxima estrella, puesto que a partir de entonces públicos y defensas adversarios parecieron confabularse.

Durante la liga correspondiente a 1951-52 Kubala fue abucheado en Madrid, siendo anfitriones los colchoneros. Una semana más tarde, el españolista Argilés -éste durante un enfrentamiento amistoso- y el valenciano Luis Díaz, retiraron al rubio de los campos durante unas jornadas. Aún sin Kubala, los “culés” fueron abucheados sonoramente en Valladolid y Gijón. Una vez repuesto, el húngaro endosó 5 goles al Celta, sentó a César en el banquillo e hizo mil diabluras contra los tetuaníes de un Atlético debutante en la máxima categoría. Otro Atlético con mucha más historia, el de Bilbao, volvió a recibir de uñas a los catalanes. “¡Extranjeros, extranjeros!” les gritaban desde general y tribuna, pareciendo no advertir que ni Kubala, con un dedo del pie fracturado mientras jugaba al ping-pog, ni Szegedi, vestían la camiseta culé aquel domingo. Pese a los gritos y la ausencia de refuerzos foráneos, la derrota bilbaína (0-3) resultó inapelable. En Marzo llegaría a Las Corts un Real Madrid situado en lo más alto de la tabla. Su entrenador puso a 3 defensas sobre Kubala, circunstancia aprovechada por César Rodríguez, titular de nuevo en cuanto supeditó su juego al deambular del astro por todo el ataque. El Barcelona, con Laszi galvanizándolo, fue campeón. Cinco veces campeón en la misma temporada, para pasar a los anales como el equipo de las Cinco Copas. Quizás debido a esa superioridad y aun contando con voces disonantes (recuérdese el grito del espectador andaluz, a poco de reaparecer la estrella tras superar una tuberculosis: ¡Kubala, estás “podrío”!), aquellas dotes excepcionales tuvieron que serle reconocidas.

Se protegía de los contrarios, desde luego. Y manejaba los codos, como argumentase José Mª Mateos, aunque no los soltara conforme hoy se ve tan a menudo. De hecho, por encima de unos muy bien asimilados fundamentos técnicos, o de su magistral toque a balón parado, el magiar destacó escondiendo la pelota al contrario hasta hacérsela inalcanzable. Ello le garantizó magníficas remuneraciones, si atendemos al siguiente desglose de cifras, con perdón anticipado por tanta aridez aritmética.

Durante la temporada 1950-51 su cuenta bancaria ingresó 647.850 ptas., pese a jugar unos pocos amistosos y la competición de Copa. El entrenador, único componente de la plantilla en acercársele, aunque a notable distancia, sumaba 343.400, primas incluidas. Al año siguiente (19 partidos de liga y 26 goles) se quedó en las 635.100, pese a vivir una campaña gloriosa. Es decir 210.000 por encima de Daucik, o para hacerlo más llamativo, cerca de 400.000 sobre la media de Ramallets, César, Biosca, Basora, Manchón o Gonzalvo III. A lo largo de 1952-53 (11 partidos de liga jugados, por culpa de las lesiones, y 7 tantos) cobró 2.542.500 ptas., mientras sus compañeros más ilustres quedaban entre las 314.000 de Basora y las 226.750 de Segarra. Las diferentes partidas de esa enormidad para la época se distribuyeron así: 36.000 de sueldo, 24.000 por carestía de vida, 166.000 como acumulación de primas, 300.000 de ficha, 1.500 de aguinaldo navideño, 15.000 como premio por el título de liga y 2.000.000, nada menos que dos millones, por renovación de contrato. Y que nadie lo interprete mal. Esos 2 millones no correspondían a fichas adelantadas, pues para la siguiente edición (1953-54, con 23 goles en 28 partidos de liga) sus emolumentos ascendieron a 1.197.000 ptas., de las que 1 millón correspondía a ficha anual. Como contrapunto bueno será reflejar que Luis Suárez, futuro Balón de Oro y a la sazón promesa con sólo 3 meses de azulgrana, cobraría 36.500.

Kubala nadó en la abundancia, sobre todo a raíz de su renovación. Al concluir la temporada 1957-58 sus ingresos llegaron a 2.471.950 ptas. Balmanya, nuevo amo y señor del banquillo, se quedó en las 649.600, y las demás estrellas, cuyo brillo palidecía teniendo tan cerca al astro rey, fluctuaban entre  las 366.750 de Basora, las 336.500 de Gensana, o las 350.000, billete arriba o abajo, de Olivella, Luis Suárez, Tejada y Ramallets. Evaristo, otro mimado por la Fortuna, sumaría 682.500. Muy por encima de lo asignado al resto de extranjeros en la plantilla: Villaverde 479.100, Eulogio Martínez 396.500, Czibor 316.000 y Melanio Olmedo 229.350.

Como la inflación desde 1957 hasta nuestros días ha desvirtuado valores, convendrá señalar que cuando el C. F. Barcelona se decidió a acometer las obras del Nou Camp (el estadio a que obligara Kubala con su magnetismo, dejando chiquito el aforo de Las Corts) se pagaron 32 millones por tierras y Derechos Reales del futuro campo, instalaciones deportivas anejas e inmenso aparcamiento. La anualidad de Laszi, por lo tanto, constituía una monstruosidad.

Al público de Las Corts o al paseante de Las Ramblas no le llegaban esas cifras. Por el contrario, periódicos y revistas se complacían en presentar al mito como hombre sencillo, hogareño, amante de su familia y profesión. En suma, un españolito más. Españolito, porque Kubala dejó de ser húngaro para acceder a nuestro fútbol. Lo nacionalizaron por la tarde, después de bautizarlo por la mañana, puesto que no se concebía la españolidad sin certificado de católico – apostólico – romano. Máxime si el encartado procedía del Telón de Acero. Pero aunque Franco firmase el decreto de nacionalización el 1 de junio de 1951, las maniobras venían de bastante atrás.

El 24 de enero Enrique Martí Carreto, presidente del Consejo Directivo culé, había enviado una carta a Manuel Valdés Larrañaga, máximo mandatario de la F.E.F., solicitando su apoyo para agilizar el proceso, puesto que Kubala era “católico y profundamente anticomunista”. Por si semejante recomendación no bastara en vísperas del Congreso Eucarístico, también intervino Enrique Llaudet, quien según su propio testimonio pudo acelerar el procedimiento gracias a dos carabinas regaladas a importantes personajes del Ministerio de Gobernación. Así no sólo debutó sin ocupar plaza de extranjero(2), sino que le aguardaba la selección nacional, tercera en su carrera, tras lucir las camisetas de Hungría y Checoslovaquia. Debutó con la “roja” en Buenos Aires el 5 de julio del 53. Aunque luego, conforme se verá en suida, habrían de surgir serios problemas.

De entrada, su nacionalización por vía ultrasónica desató críticas: “Por lo visto, ahora se puede ser español a cambio de 30 dineros”, escribió otra vez desde Bilbao José Mª Mateos. En Madrid, días antes de la final copera correspondiente a 1953, entre Barcelona y At. Bilbao, Eduardo Teus calificó el choque como cruzada desde las páginas de “El Alcázar”: “La raza española se resume futbolísticamente en los cruzados del Atlético de Bilbao, club español por antonomasia y sin extranjerías (…) El Barcelona no ha querido españolizarse y ha querido formar un equipo internacionalista, palabra que tantas cosas perversas nos trae a la memoria”. Y cuando acaeciera el tremendo escándalo del “derby” catalán, con intervención de la fuerza pública y saldo de varios heridos, hubo quien no perdió la oportunidad de soltar la lengua. Nemesio Fernández Cuesta, director de “Marca”, definió al Barcelona como “una asociación de chulos y maleantes, venidos de las Quimbambas a comer nuestro pan de hospitalidad española”.

Otra incursión publicitaria, correspondiente al año 1954.

Para suerte de Kubala, Di Stéfano iba a ingresar poco más tarde en el Real Madrid. Y con dos soles iluminando el planeta de nuestra liga, tanto el C.F. Barcelona como su máximo exponente deportivo dejaron de inspirar peligrosas envidias. La imagen del futbolista blaugrana, en parte también porque con el desarrollo nacían nuevas fórmulas de negocio, comenzó a ser explotada en cuadernos, juegos, cromos, lápices, alfileres, corbatas e incluso chocolates, “el chocolate de Kubala”, publicitado desde la prensa por toda la familia de Ladislao. Hasta quedó convertido en personaje de celuloide (“Los ases buscan la paz”) junto a Iran Eory, Carolina Jiménez, José Guardiola y Antonio Ozores, bajo dirección de Arturo Ruiz Carrillo, en una cinta maniquea con rancio aroma anticomunista. El gran enemigo del astro, por ejemplo, era un dipsómano de vida arruinada, comunista sin ideales y envilecido por el rencor.

Pero como incluso los dioses del Olimpo sufren sobresaltos, también a él le tocó vivir algunos con la selección nacional española. La F. E. F., bien mirado, había hecho de su capa un sayo al permitirle disputar nuestra Liga y Copa. Sin embargo cuando fue a alinearse con la selección en partidos oficiales, la F.I.F.A, ante el temor a ver impugnados esos choques por Hungría, o incluso todos los países satélites de Moscú, tuvo que intervenir.

En Marzo de 1954, nuestro país se medía consecutivamente ante Turquía, en Estambul, e Italia, en Roma. Kubala fue alineado en la capital turca, mordiendo el polvo en una tarde desastrosa de todo el equipo, hasta el punto de que a su llegada, la expedición fue recibida con pitada monumental. Pero en Roma no saltó al campo, para sorpresa de todos los enviados especiales. Después se supo que no pudieron alinearlo por decisión expresa del máximo órgano internacional, e incluso que si en el partido de Estambul se hubiera vencido, España estaría descalificada. La F.I.F.A. habría dirigido no uno, sino dos telegramas a la Federación Española tras recibir el listado de expedicionarios, recordando que el húngaro nacionalizado tenía vetada su intervención. Y aun con todo, se decidió entregarle una camiseta en el estadio turco, quién sabe si pensando que la advertencia iba a quedar en nada. Al fin al cabo, Kubala ya había sido internacional español en Buenos Aires y Chile. E incluso participó, como español, en un equipo representativo de la mismísima F.I.F.A. en el estadio de Wembley. Sólo ante la segunda advertencia se optó por la precaución. Y respondiendo a la insistencia de varios medios informativos, la Española tuvo que explayarse en detalle.

Desde Lucerna, el suizo Ernest Thommen, miembro de la F.I.F.A., negó categóricamente la existencia de prohibiciones al respecto. No queriendo quedar por mentirosos, desde la Federación Española se mostraron aquellas comunicaciones. El hasta hacía poco presidente federativo Muñoz Calero, todavía miembro del Comité Ejecutivo de la F.I.F.A. y conocedor como nadie sobre cuanto se tejió entre bastidores en el asunto Kubala, llegó más lejos, hablando claro y alto sobre el pacto alcanzado en su día:

“Cuando se planteó la solicitud de que Kubala interviniese en nuestros campeonatos, el Comité Ejecutivo de FIFA interpretó textualmente el artículo 18 de los antiguos estatutos, según el cual, las sanciones impuestas por cualquier Federación serían respetadas por todas las demás, sin analizar los motivos. Yo mismo trasladé al Comité Ejecutivo mi queja ante la injusticia de ese artículo, puesto que los estatutos nacen para regular cuestiones deportivas y lo de Kubala con respecto a Hungría, quiérase o no, respondía sólo a razones políticas por su repudio al comunismo. No sólo salió Kubala de ese país, sino gran número de anticomunistas, jugadores de fútbol entre ellos, pero también médicos, abogados, comerciantes y clérigos. Este razonamiento hizo que se le permitiera intervenir en la Liga y Copa Española, así como en otras competiciones internacionales de clubes, ya lograda su nacionalización. El Congreso de París modificó aquel artículo, llevando al título 36 en su apartado 6º una mención explícita al asunto de Kubala, recogiendo que si bien dicho artículo carecía de efectos retroactivos para casos juzgados, será de aplicación para todas aquellas demandas que al entrar en vigor los nuevos estatutos, aún no hubieren tenido solución definitiva. Lo de Kubala con la Federación Húngara sigue sin cerrarse. Hubo un acuerdo verbal, pero para sustanciarlo debería haberse reunido el Consejo Ejecutivo antes de aprobarse los nuevos estatutos, y no se hizo. De manera que como el jugador no podía alinearse, la Federación Española recibió ese par de avisos”.

De inmediato, Muñoz Calero presentó su dimisión como miembro del Comité Ejecutivo F.I.F.A., a manera de protesta contra ese órgano, y Sancho Dávila, presidente de la F.E.F, enmendaba la plana públicamente al máximo rector futbolístico.

En el seno de F.I.F.A. nadie estaba entonces para más pleitos. Con el cisma americano en carne viva (clubes de Colombia contratando jugadores argentinos en huelga, sin abonar traspasos a los titulares de sus derechos), sólo faltaba que la extrema tirantez de la Guerra Fría les estallase en la cara. Buscaron una solución definitiva, consensuando posturas. Algo así como, si todo el problema radica en devengar un traspaso al último club húngaro donde Kubala se alineara, pues que pague el Barcelona y en paz. En junio de 1954 se estableció que el Barça indemnizara al Vasas de Budapest con un máximo de 150.000 ptas. Pero todo apunta a que aquella directiva se dio por satisfecha con 43.000, al cambio de la época. Un lío menos y algo nuevo de lo que presumir por nuestros pagos: España se erigía en refugio de cuantos dejaban atrás la tiranía comunista, lo que por ende otorgaba cierta respetabilidad internacional al dictador Francisco Franco. El Régimen amparaba a los desafectos al comunismo, cuando a la muy civilizada Europa su suerte apenas parecía importarle. Mientras tanto, Ladislao Kubala había ido dando la bienvenida a otros compatriotas.

Ladislao Garamvolgyi, también internacional, recaló en el Club Deportivo Logroñés, de 2ª División, sin demostrar nada en la capital riojana. Janos Hrotko Szabai (Gerce Vasemegge, 30-III-1922), y su hermano menor Nikolas, se dejaron caer por Zaragoza, si bien sólo el primero acabara luciendo la camiseta del equipo maño. A sus 28 años Hrotko I contaba con una extensa hoja de servicios: los equipos aficionado y senior del MTK, Csepel y Kispest, todos ellos de Budapest, así como el Bari y Pro Sesto, de Italia. Y después de una temporada en nuestra 2ª División y otra en 1ª, le esperaban 8 años más en Portugal, luciendo las camisetas del Sporting lisboeta, Caovilha, Leixoes y Caldas da Reinha. Interior izquierdo con calidad y bastante fuelle, se había proclamado campeón de la Liga húngara en 1941-42, y aún le esperaban dos títulos de Liga portugueses (1952-53 y 53-54), más el de Copa (1954). En el Leixoes y Caldas da Reinha actuó además de como jugador, dirigiendo al equipo en los entrenamientos. Se afincó en Elvas, muy cerca de la frontera extremeña, donde seguía residiendo durante los primeros años del siglo XXI, junto una hija.

Samu, con la camiseta del Real Zaragoza. Aunque llegase a España para colgar las botas, dejó amplia huella de la clase que siempre tuvo.

Su hermano Nikolas, que llegó a disputar algunos partidos con el Atlético Zaragoza durante la temporada 1951-52, estuvo en tratos con el C. D. Cacereño de cara al ejercicio 52-53, hallándose la entidad en nuestra división de plata. Ambas partes pactaron 60.000 ptas. en concepto de ficha anual, pero el acuerdo se vino abajo cuando su documentación deportiva fuera denegada desde la Federación Española, arguyendo que los extranjeros no podían intervenir en 2ª División. Sorprendente, puesto que su propio hermano, un año antes, recibió el pláceme, y el C. D. Logroñés o El Granada registraron a sus húngaros sin problemas, en tanto la Unión Deportiva Las Palmas seguía contando con André Nagy tras su descenso, a partir de junio de 1952. Hubiera sido el primer foráneo en la historia del club extremeño.

André Nagy Prean (Budapest 8-IX-1923) reforzó al cuadro amarillo gran canario entre 1951 y 54, dos de esas temporadas en 2ª. Y cambió el suave clima de Las Palmas por la fría Suiza, para seguir jugando al fútbol.

Jozsef Samu Pantsits (Szeged 23-IX-1924), excelente medio e interior derecho componente en su día del Hungaria, había pasado además de por clubes de su país (Szabadka Sport y el primer equipo y cuadro reserva del Vasas), por Rumanía (Nagyvarad y Sparta de Arad), Italia (Bolonia, Novara, Biellese o Cagliari), Colombia (Samarios) y Francia (Montpellier), hasta que su compatriota Elmer Berkessy lo llevara a Zaragoza con 28 años, para desarrollar una temporada entre los grandes y otras dos en 2ª. El fútbol colombiano le había causado una pobre impresión. “No por falta de calidad, sino porque el público no acompaña. Faltan aficionados y sin ingresos la cosa promete más bien poco”. Campeón de la Liga rumana en 1946-47, tuvo que pasar en blanco la temporada 47-48 porque el Vasas, club propietario de sus derechos federativos, denunció ante la F.I.F.A. su salida del país y abandono de aquella disciplina sin serle expedida una carta de libertad. Se afincó definitivamente en la capital maña, luego de una bravísima y modesta experiencia como entrenador.

La Guerra Mundial y sus secuelas también convirtieron a Bela Sarossy, otro componente del Hungaria, (Budapest 15-V-1919), en trotamundos por necesidad. Estudiaba Derecho antes de la guerra, y las circunstancias lo llevaron a trabajar como detective al lado de los rusos. Su negativa de afiliación al Partido Comunista hizo que se entenebreciera cualquier panorama ante él. Un día hizo un hatillo, tomó a su mujer y huyó con ella hasta la franja austriaca ocupada por los aliados. Otro hermano, abogado, pudo escapar igualmente, estableciéndose en el Norte de Italia. Él pensó en seguir sacando partido al fútbol y, como los anteriores, se dejó caer por Zaragoza la temporada 52-53, con 32 años cumplidos y casi todos los deberes deportivos bien hechos, puesto que además de por el Ferencvaros, donde Hitler y su megalomanía le segaran de cuajo cualquier porvenir durante varios años, había jugado oficialmente con el Bolonia (1946-49), Bari (1949-50) y Junior de Barranquilla (1950-51). Podía alinearse como medio centro, o de ariete, y aunque aquí nadie le pusiera indicativos ordinales era el tercero de una dinastía futbolística. Campeón de la Liga húngara en 1937-38, 39-40 y 40-41, así como de Copa los años 1942, 43 y 44, la afición aragonesa únicamente pudo verlo anotar dos goles en 7 partidos de Liga, amén de lucir en choques amistosos. Estaba fatalmente instalado en la cuenta atrás, hasta el punto de que otra aventura en el Lugano helvético durante la campaña 1953-54, constituyó su despedida de las botas con tacos y el pantalón corto.

Kubala, de largo, los superó a todos. Por su concepción del juego, dominio de la pelota, magnetismo, olfato de gol y capacidad de liderazgo, supuso un antes y un después para el fútbol español, hasta la pronta llegada de Alfredo Di Stefano. Luego ambos reinaron juntos, no ya por nuestros campos, sino a lo largo y ancho de una Europa en denodada reconstrucción. Y mientras las chimeneas volvían a expedir fumarolas desde fábricas sitas en Düsseldorf, Linz, Leipzig, Turín o Milán, mientras Berlín, Innsbruck, Praga, Rotterdam o Dresde se empeñaban en renacer de su cenizas, o millones de víctimas aprendían a olvidar, y antiguos infectados por el veneno nazi lavaban sus conciencias, las tardes gloriosas del rubio astro azulgrana servían para facilitar la llegada de otros nuevos fugitivos, al amparo de ese mimetismo contagioso que suele emanar de los divos. Sólo hizo falta que la U.R.S.S. necesitara escarmentar a sus satélites tomando como chivo expiatorio a Budapest. Pero enhebrar esta aguja supondría anticipar nuestra tercera entrega.

Cada cosa a su tiempo.

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(1).- No todos valoraban en su justa medida el juego del interior izquierdo bilbaíno, y Nemes, al destacarlo, evidenciaba su buena pupila. Desde Inglaterra llegaron hasta la sede del At. Bilbao propuestas de fichaje, en una época que las estrellas españolas no recibían ofertas del exterior. El traspaso resultaría imposible, no sólo ante la negativa del club rojiblanco, sino porque las autoridades deportivas nacionales del momento no lo estimaron conveniente. Entonces fichar por clubes extranjeros implicaba no alinearse con la selección nacional española, salvo que el club foráneo se aviniese a establecer algún acuerdo puntual con nuestra Federación.

(2).- Curiosamente, la Federación española nunca registró a Ladislao Kubala como extranjero. Probablemente no pudiendo extenderle ficha oficial con el Barcelona, al no existir transfer internacional, y posteriormente ante el hecho de que interviniese en nuestros torneos como español, nadie habría de molestarse en consignar su nombre en el “libro de futbolistas procedentes del exterior”. Si anómalo fue el acuerdo tácito entre F.I.F.A. y F.E.F. para permitirle jugar, obviando la sanción de un año que el máximo órgano futbolístico le recetara, tampoco es que nuestros federativos hicieran gala de mucha transparencia. Máxime cuando en el citado registro se dio cobijo a varios futbolistas que a la postre iban a ver negada su aparente autorización inicial.




Húngaros en España

Los húngaros llegaron a nuestro fútbol antes de que gozase estatutariamente de un reconocimiento profesional. Distintos equipos magiares en gira, habían patentizado a este lado de los Pirineos que el “foot-ball” de Budapest y su periferia estaba más evolucionado técnica y tácticamente, que a la garra característica de este deporte, sus practicantes unían una habilidad poco habitual y que, curiosamente, los jugadores más dotados ponían su mayor capacidad al servicio del conjunto. Hungría, además, contaba con una Liga semejante a la disputada en Inglaterra, cuando por nuestros pagos tan sólo se dirimían torneos regionales y el campeón nacional surgía de la Copa. Lógico, por lo tanto, que primero algunos entrenadores de ese país, y luego sus futbolistas, comenzaran a reforzar algunos elencos. Uno de ellos, Ferenc Plattko Kopiletz, antes incluso de crearse el Campeonato Nacional de Liga, cuando ni siquiera existía una normativa nacional reguladora para la importación futbolística de profesionales. Ese mismo Ptattko, a quien Rafael Alberti inmortalizara en su oda dejándose una “t” en el tintero, habría de convertirse en “Oso rubio de Hungría”, u “Oso” a secas, después de inspirar al poeta durante uno de los tres choque que el F. C. Barcelona precisara para proclamarse campeón de España en los antiguos Campos de Sport de El Sardinero. Aquellas primeras estrofas rezaban así:

Nadie se olvida, Platko, no, nadie, nadie, nadie,

oso rubio de Hungría.

Ni el mar,

que frente a ti saltaba sin poder defenderte.

Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.

Ni el mar, ni el viento, Platko,

rubio Platko de sangre,

guardameta en el polvo,

pararrayos.

No, nadie, nadie, nadie.

Pero Plattko, antes que inspirador de una oda fue futbolista con 1.500 ptas. de sueldo mensual en 1926 -más que lo ingresado por muchos médicos o abogados, y el triple, aproximadamente, que cualquier funcionario de carrera-, portero de garantías, entrenador tras colgar los guantes y correcaminos impenitente a quien, ya mayor, no le sobrase nada. Defendía el marco del Vasas cuando lo movilizaron en la I Guerra Mundial y, sobreviviente a la carnicería, se enroló en el W.A.C. vienés durante el año 1919,  desde donde regresaría al Vasas para acto seguido desarrollar dos campañas con el M.T.K. de Budapest. Fichado por la entidad azulgrana durante la Navidad de 1922, pocos habrían de echar en falta al “Divino” Ricardo Zamora Martínez. Como azulgrana disfrutó de varios títulos en el campeonato regional, 3 de Copa y el de la Liga inaugural, a lo largo de ocho años. Para colgar las botas, empero, eligió Basilea, donde además le brindaron la oportunidad de iniciarse como entrenador. Y puesto que las cosas le salieron admirablemente en Cataluña, optó por sacar de Hungría a sus hermanos Esteban y Karoli, para que fueran abriéndose camino como entrenadores a su sombra protectora.

Tras abandonar Suiza, su nuevo trabajo en los banquillos iría conduciéndole a Francia, Portugal -durante nuestra Guerra Civil-, Barcelona de nuevo, Rumanía, Inglaterra, Checoslovaquia, Chile, donde introdujo la táctica “WM”, Brasil y Argentina, con otro breve paréntesis en la ciudad condal para sufrir los desplantes de un Ladislao Kubala todavía mítico, aunque apuntase los primeros síntomas de innegable declive. Casado con la joven de Sitges María del Carmen Sariol, se nacionalizó chileno. Y en Santiago de Chile seguía, entre apreturas económicas bastante serias, cuando la Agrupación de Veteranos del Barcelona interviniese, como en otros casos, para aliviar su desgracia con distintas ayudas durante el periodo 1980-82. Una carta suya, remitida al F. C. Barcelona en junio de 1981, ejemplifica la dura vejez de numerosas estrellas del lejano pretérito, cuando vivir exclusivamente dedicado al fútbol no daba para gollerías. Proponía a la entidad “culé” enviar todas sus medallas y trofeos, para engrosar el museo, si a cambio le ayudaban económicamente. A sus 82 años sobrevivía con una pensión de 4.000 ptas., estaba enfermo y su única distracción consistía en seguir los resultados del que siempre consideró su equipo: “Allí pasé mis mejores días -afirmaba-. Y tuve los mejores amigos en Samitier y Piera”.

Ferenc Ptattko posa con un trofeo recién conquistado por el F. C. Barcelona.

La dirección de equipos distó bastante de ser gran negocio allá por los años 30, 40, 50 e incluso 60 del pasado siglo, como habrían de comprobar en carne propia otros técnicos en absoluto del montón. Jenö Kalmar, sin ir más lejos, a quien el extinto Club Deportivo Málaga hubo de dedicar un homenaje recaudatorio para paliar su lipidia, ya en la ancianidad. Eran pocos quienes podían permitirse el lujo de exigir una peseta, un franco, un peso, un escudo, una libra o 1.000 liras más que el componente mejor pagado de la plantilla, como cimiento elemental de autoridad ante sus propias huestes. Por cuanto a Ferenc Ptattko respecta, ni siquiera pasar por clubes como Racing de Rubaix, Oporto, Mulhouse, Cracovia, Arsenal londinense, River Plate de Buenos Aires, Barcelona en un par de ocasiones, Colo-Colo, Magallanes y Santiago Wandereres, chilenos, o la obtención de títulos, alguno de ellos sin conocer siquiera la derrota, habría de garantizarle vivir sin sobresaltos.

Plattko fue buque insignia magiar en nuestro fútbol, y pronto un puñadito de compatriotas se empeñaron en seguir sus pasos, cuando ante el ejercicio 1934-35 se abrió el portillo importador de futbolistas, con un límite de 2 por club. Entonces el Valencia contrató a Atchs, los “culés” incorporaron a Szeder y Elemer Berkessy, el Valladolid a la pareja Lojos – Kohut, el Real Madrid a Gyula Alberty, como relevo de un Zamora todavía incombustible, y el año siguiente a Kellemen y Buzzasy… Hungría seguía viéndose como vivero inagotable, por más que entre los recién llegados también se registrara algún petardazo. El más sonoro, probablemente, el del portero Atchs, que sólo disputó un partido, después de que su traspaso desde el Ujpest costara 20.000 ptas., palabras mayores para la economía “ché” en 1934. Venía, en realidad, del fútbol francés, aunque la selección húngara siguiera contando con sus servicios para poner candado al marco, y si bien la prensa lo definiera como “atleta de buena planta, excelente en el salto del ángel y la carpa”, acreditó enormes dificultades para blocar el balón. Parece que el público sevillano se divirtió muchísimo en su presentación y despedida, donde entre acrobacias y posturitas tuvo tiempo de encajar cuatro goles. Ante el alud de críticas, desplegó una carta abierta donde justificaba su mala actuación con una deficiente puesta a punto, naturalmente achacable a terceros, y a un bajo estado anímico, al no habérsele abonado siquiera el importe del viaje a Valencia. Lo reexpidieron a Francia, después de alcanzar un acuerdo económico ambas partes.

Mucho más nivel alcanzó Elmer Berkessi, internacional húngaro, en el F. C. Barcelona durante las temporadas 1934-35 y 35-36. Nacido en Nagyvarad, localidad más tarde denominada Oradea (20-VI-1905), se forjó como medio elegante, eficacísimo para el juego aéreo, compitiendo con el Ferencvaros entre 1927 y 1932, hasta ingresar en el Racing de París la temporada 1932-33 y retornar a su club de origen, donde disputó el ejercicio 33-34. Aunque el F. C. Barcelona ocultase lo satisfecho en concepto de traspaso, al menos se aireó cuánto cobraba, luego de que en la plantilla catalana surgieran algunas desavenencias económicas. Entonces se supo que ingresaba 1.450 ptas. mensuales durante su primera campaña y 1.550 en la segunda, primas y bonificaciones aparte. Una cifra que daba para vivir opíparamente. Pese a su buen rendimiento y probablemente acuciada por la delicada situación económica “culé”, desde la directiva barcelonesa se le comunicó su baja en junio de 1936, declarándolo transferible.

Berkessy. Nuestra Guerra Civil lo empujó al fútbol francés. Más adelante y ya entrenador, habría de regresar cuando aún permanecían visibles las heridas de posguerra.

Junto al costarricense Morera y los españoles Mario Cabanes -extremo barcelonista- y Ramón Orriols -compañero herculano del costarricense-, fue entonces a Berlín, con el propósito de presenciar la Olimpiada que Adolf Hitler quiso y logró convertir en puro acto de propaganda nazi. Allí supieron del levantamiento militar en Marruecos, secundado por militares acantonados en distintas provincias peninsulares. Mientras dejaban correr los hechos, el cuarteto continuó de vacaciones por Budapest y la rivera del lago Balatón, con el húngaro como cicerone. Circulaba el rumor de que Franco y Mola serían aplastados pronto. Madrid y Barcelona permanecían fieles a la República. ¿Cómo iba a triunfar un golpe sin el apoyo de las dos urbes más importantes, el eje nacional de comunicaciones, una, y la más industrializada, la de mayor peso económico, otra?. Pero los días pasaban sin que la sangre dejara de derramarse por suelo hispano. Así que, juntos, decidieron marchar a Francia, donde mientras Morera tomó un barco rumbo a Centroamérica, los tres restantes buscaban acomodo en equipos galos. Cabanes, más prudente que otros muchos españoles, o con más suerte, se procuró documentación falsa y como francés estuvo jugando en el Metz. Elmer Berkessy fichó por el Athletic de Le Havre, y tras colgar las botas en 1938 iniciaría su carrera de entrenador en Francia, pasando también por Italia, España e Inglaterra. Entre otros clubes, sus pasos le llevaron al Ferencvaros, Vicenza, Biellese, Rosignano, Solvay, Pro Patria, Zaragoza, Avilés, Berschot, Real Club Deportivo Español de Barcelona y Centro de Deportes Sabadell. Los maños, público español que por primera vez lo viese en labores técnicas, se sorprendieron por sus voces y actitud gesticulante entre el banquillo y la línea de banda, nada usuales en 1951, que él importaba desde Italia. También en Zaragoza su concepto de la disciplina, casi tiránico, propició choques con la estrella del conjunto, el temperamental canario Rosendo Hernández. Puesto que entonces este tipo de disputas se saldaban como hoy, con traspaso del futbolista y finiquito para el entrenador, ambos hubieron de despedirse de Torrero y sus gélidas ráfagas en cuanto soplaba el Moncayo. Posteriormente, al ingresar en el británico Grimsby Town F.C. (1954), se convirtió en el primer manager extranjero de la Football League. Enraizado definitivamente en Barcelona, falleció el 9 de junio de 1993, a los 88 años.

György Silberstein Goldmann, para el fútbol “Szeder” (Cinkota, 23-II-1914), fue un atacante con olfato de gol, aunque sin suerte ni en el fútbol ni en la vida. En el fútbol porque durante la que pudo haber sido su gran temporada, todo fueron problemas. Y en la vida porque la barbarie hitleriana se lo llevó por delante.

Extremo izquierdo procedente del Soroksar de Budapest, tan sólo participó en un partido oficial, ante el Gerona, en el Campeonato Regional de Cataluña, (21-X-1934), anotando uno de los dos goles “culés” en campo gerundense. Y junto a él, algún amistoso: Ante el Gerona igualmente, como homenaje a Clará; contra el Iluro, en Mataró, donde volvió a marcar otro de los dos goles obtenidos por el equipo azulgrana; frente el Sants, y un cuarto y último choque contra el Tarrasa. Fu fichaje estaba envuelto en problemas, desde que la Federación Húngara, a instancias del Soroksar, su club de procedencia, se negara a proporcionar el pase internacional, al tiempo de reclamar su devolución con insistencia durante el mes de noviembre de 1934. Según aquellos federativos, no disponía de la correspondiente baja y como en diciembre la cuestión siguiera sin resolverse, el F. C. Barcelona optó por despedirlo, abonándole tan sólo el billete de vuelta a Budapest. Así lo confirmó el propio Szeder, mediante entrevista aparecida el 26 de enero de 1935 en “El Mundo Deportivo” barcelonés. A lo largo de aquel artículo reclamaba sus sueldos, mientras la Federación Húngara seguía empeñada en averiguar dónde habían ido a parar las 25.000 ptas. abonadas teóricamente por el F. C. Barcelona, que el futbolista jamás recibió. Igualmente, la Federación magiar no descartaba elevar el feo asunto hasta la FIFA. “Yo he venido a Barcelona dejando un empleo en Budapest, ilusionado por el contrato de un año, con posible renovación. Pero sólo he jugado un partido con el primer equipo ante el Gerona y cuatro con el reserva, compuesto por muchachos jóvenes cuyo juego no podía ligar con el mío”, adujo en la Federación Catalana de Fútbol, a manera de denuncia, por mediación de un húngaro residente en la ciudad condal brindado a ejercer como intérprete.

El diario húngaro “Nemzet Sport”, de Budapest, se ocupó extensamente del caso, explicando a sus lectores que la oferta de fichaje había llegado a través de un manager futbolístico especializado en contratar partidos y el traspaso de futbolistas. A Szeder le abonaron los gastos de desplazamiento y sólo una vez en Cataluña supo que el F. C. Barcelona habría satisfecho 25.000 ptas. Dinero que por supuesto nadie entregó ni al club de procedencia ni a él mismo. Ese intermediario  respondía al nombre de Paúl Fabián, y mientras se daba con su paradero desde la Federación Húngara recomendaron al atribulado jugador no moverse de Barcelona, sin recibir esos fantasmagóricos 5.000 duros, cifra nada despreciable para la época. Szeder, finalmente, viéndose sin dinero y perdiendo el tiempo, regresó a su país, enrolándose en el Budai la temporada 1935-36, antes de pasar al Budafok (1935-38), Ujpest (38-39), al Antibes de Francia (1939), y otra vez en Hungría al Nemzeti (39-40). Pero cualesquiera que fuesen las razones, aquella prometedora carrera perdió todo atisbo de brillo. Era como si la trastada del intermediario sin escrúpulos le hubiera robado parte de su antigua chispa. Como si junto a las 25.000 ptas. le hubiesen arrebatado también cualquier sed de triunfo. Aunque lo verdaderamente grave estaba aún por llegar.

Hijo de un matrimonio judío compuesto por David Solberstein e Irene Goldmann, nacido en lo que entonces era pueblo de Cinkota -años después absorbido por Budapest-, decidió cambiarse el apellido ante las dificultades que podrían derivarse de un sonido inequívocamente hebreo. Era judío y su condición social se fue agravando paulatinamente, a medida que el régimen húngaro abrazaba al fascismo hitleriano. Los 900.000 judíos del pequeño país se vieron reducidos a paupérrimas condiciones de vida. Las primeras leyes antisemitas, promulgadas en 1938, no iban a ser nada, habida cuenta de lo que sobrevendría tras la ocupación germana. Vejaciones en la vía pública fueron preludio de masivas deportaciones hacia campos de exterminio, durante 1944. Y en medio de tan tétrico panorama, el otrora futbolista simplemente fue otra víctima, entre decenas de miles, del bárbaro fanatismo que envenenó a más de media Europa. Lo que de él quedaba pereció, asesinado, en Birnbaum, actual Miedzychód (Polonia), el 1 de mayo de 1945, veinticuatro horas después de que Hitler se suicidara en su búnker, cuando la guerra estaba irremediablemente perdida para el Reich de los Mil Años.

Su sobrina, Eva Klein, aportó información para su registro en el “Yad Vashem”, Centro Mundial para el Recuerdo del Holocausto, en Jerusalén. Otros relevantes futbolistas asesinados por los nazis, no menos merecedores de un recuerdo como víctimas del “Shoá”, fueron el internacional holandés y delantero del Sparta, Rein Boomsma, en Neuengamme (Holanda); József Braun, internacional húngaro del MTK de Budapest, asesinado en Krakov (Ucrania); Eddy Hamel, extremo del Ajax de Amsterdam, víctima en Auschwitz (Polonia); el delantero Julius Hirsch, internacional alemán del Karlsruher, igualmente en Auschwitz; el polaco Antoni Lyko, delantero internacional del Wisla de Cracovia, en el mismo horror de Auschwitz; el internacional húngaro del Inter milanés Árpád Wisz, de quien se dice fue descubridor del mito “azurro” “Beppe” Meazza, igualmente en Auschwitz…

El fanatismo nazi durante la II Guerra Mundial se cobró la vida de Szeder, futbolista y ser humano sin suerte. En la imagen, amenazante cartel austriaco en los días de la anexión. También los húngaros nutrieron cumplidamente la cifra de masacrados por aquella locura supremacista

Podría decirse que algunos destinos parecen lastrados desde la cuna, y fatalidades como la de Szeder no hacen mucho por contradecirlo.

Al igual que Achts, tampoco es que luciera mucho el medio Buzzasy, flamante contratación del Real Madrid para 1935-36. Disputó un único partido correspondiente al campeonato mancomunado, lo cedieron al Granada, entonces en 2ª División, y transcurridos unos meses hizo las maletas sin haber demostrado nada.

Lo del extremo derecho Vilmos Kellemen, en cambio, tuvo mucho de caso para el estudio. Después de un debut fulgurante con la camiseta del Real Madrid, anotando 3 goles, los periodistas se las prometieron felices en sus crónicas, ante las grandes tardes que sin duda podían esperar. Sin embargo Kellemen se iría diluyendo como azucarillo en el agua, hasta el punto de que sus 10 goles en 12 partidos serían considerados “media engañosa”. Imposible saber si la entidad “merengue” hubiese contado con sus servicios para el futuro, de no haberse desatado la locura que habría de asolar al país durante tres años.

Reszo Kohut, uno de los húngaros contratados por el Valladolid después de que pasara por el Olympique de Marsella, probablemente hubiese continuado en la entidad, gracias a sus 10 goles en la categoría de plata. No era futbolista caro y se confiaba en él para mayores logros. Los acontecimientos del 18 de julio, naturalmente, se lo llevaron lejos de la capital castellana, hasta Francia de nuevo, donde suscribió contrato con el Cen, encuadrado en la 2ª categoría gala.

Por último el recorrido vital de Gyula Alberty Kiszelik, portero que debía retirar al gran divo Ricardo Zamora, fue distinto a todos los demás, aun compartiendo con Szeder ese tipo de final trágico que a cualquiera entristece.

Natural de Debrecen (4-VI-1911), había pasado por los clubes OBTK, Atila y Bocsay, hasta recalar en el Real Madrid cuando al “Divino” se le suponía para muy pocos trotes. Internacional en 8 ocasiones, gustó mucho el día de su presentación ante un combinado de futbolistas españoles, pese a encajar 6 goles (un homenaje a Ricardo Zamora celebrado el 20 de diciembre de 1934). Dejó en las arcas de su club de procedencia 12.000 ptas. en concepto de traspaso, era simpático, alegre, con don de gentes y facilidad para hacer amigos. El tipo de futbolista que la afición de cualquier época adopta en seguida como “uno de los nuestros”. Daba muestras de sentirse en la gloria, pese a jugar tan sólo 5 partidos de Liga en su primera temporada madridista, que elevaría a 15 en la segunda, cuando a sus 25 años los técnicos “merengues” ya lo miraban como hombre para el futuro. Había ennoviado con una madrileña, la capital le gustaba, parecía, en suma, dueño de un risueño porvenir. Pero llegó julio de 1936, y a mediados del mismo la gran zozobra, los gritos de “¡Muerte al fascismo!”, los “paseos” de madrugada, entre simulacros de juicio popular, las venganzas disfrazadas de patriotismo, el odio ponzoñoso y la suicida entrega de un gobierno renqueante a quienes disparaban sin ton ni son(1), o se sentían héroes fusil en mano, sin valor para mirarse en el espejo de su propia cobardía. La vida, en Madrid, era del todo imposible, y en tanto la normalidad no quedase restituida enhebró un presente en Francia, guarneciendo el marco del Le Havre, donde volvió a acreditarse como de garantía.

Alberty. Hubiera echado raíces en España de no haberle arrebatado la vida el tifus, cuando seguía compitiendo.

Pasados los días más sangrientos, con el avance por la cornisa cantábrica de brigadistas navarros, italianos enviados por Mussolini y tropas de Emilio Mola, regresó a Irún, con cuyo equipo estuvo jugando durante 1938. Tras continuar por el litoral cantábrico, acabaría desembocando en la portería del Racing ferrolano, proclamándose finalista de un torneo de Copa montado a toda prisa, entre futbolistas que cada club tomaba prestados de aquí y allá, en absoluta improvisación. Casado con su novia madrileña, sus raíces se hundían lejos del país natal y de ese modo, al reanudarse la competición en 1939 sin ser reclamado por el Madrid, se enroló en el Celta de Vigo, desde donde habría de pasar al Granada la temporada 1941-42. Allí le aguardaban unas fiebres tifoideas, precarios remedios médicos y la muerte, como resultado de todo ello, al despuntar la primavera de 1942.

Fue el único extranjero de verdad que regresó a nuestro fútbol con el triunfo franquista, puesto que Reboredo, aunque gozase de pasaporte argentino, había actuado hasta entonces como gallego y de igual modo siguió compitiendo con el Deportivo de La Coruña. De Alberty quedaría la estampa del voraz succionador de naranjas, puesto que devoto de los cítricos solía saltar al campo con una bolsa de fruta e iba succionando su jugo, recostado en un poste, cuando el balón se hallaba lo bastante lejos para no experimentar sorpresas.

Plattko, Alberty, Atchs, Berkessy, Buzassy, Kellemen, Kohut, Lojos, Szeder… Primeros futbolistas húngaros por nuestros pagos, o si se prefiere avanzadilla de una segunda oleada más numerosa, resultante del aluvión sangriento que iba a inundar Europa entre 1939 y 1945, o de la desmesurada reacción del Kremlin ante una pacífica demanda de más libertad, enseñoreándose de Budapest. Otras historias merecedoras de recuerdo con crespón negro, que tuvieron en Ladislao Kubala a su protagonista estelar.

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(1).- El socialista moderado Indalecio Prieto mantuvo serias discrepancias con Largo Caballero, exponente del área más radical y revolucionaria del mismo partido. Prieto siempre consideró un disparate armar a sindicalistas, anarquistas, y a facciones de la población civil más exaltada. Ya armados, grupos carentes de cualquier control irrumpieron en las cárceles para liberar a presos comunes aduciendo eran “víctimas de una sociedad injusta y desigual”. Parte de esos “indultados populares”, armados también, camparon a sus anchas hasta sembrar el caos por todo el asfalto urbano. Un día, varios milicianos se presentaron en la Cárcel Modelo, exigiendo a su director por la fuerza de las armas, les entregase a los presos derechistas más significados, que procedieron a fusilar de inmediato. Casi en paralelo, otros milicianos disparaban desde una terraza contra los encarcelados por hostilidad hacia la República, mientras paseaban por uno de los patios. Aquella especie de tiro al blanco en caseta de feria se tradujo en el asesinato de otra docena de internos. Cuando Prieto tuvo noticias del suceso, se limitó a comentar: “Hoy hemos perdido la guerra”. Y fue profético. Porque aunque todavía restaran 30 meses de tiros, sangre, odio y lágrimas, la descomposición republicana no había hecho sino empezar. En Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, luego de que sus cancillerías se hicieran eco de la persecución a clérigos y religiosos, sobre el proyecto de convertir la pretendida reforma agraria en colectivización al estilo soviético, o ante la evidencia de llevarse a cabo incautaciones a viva fuerza, sus respectivos gobiernos concluyeron poniéndose de perfil ante las solicitudes republicanas de ayuda internacional. El temor a encontrarse con la puerta del Mediterráneo convertida en un calco soviético, llevó a ver en los militares sublevados una posible solución mejor. La República acababa de amartillar varios clavos en su propio ataúd.




Al filo de la navaja con uniforme azulgrana

Afirmar que el F. C. Barcelona es una gran entidad, y no sólo a tenor de su brillante palmarés, poco tiene de novedoso. Su Agrupación de Veteranos fue pionera rescatando de la lipidia a futbolistas pretéritos, sin la habilidad o el coraje suficiente para sobreponerse al seco regate con que a veces la vida intenta desbordarnos. Cuando el analfabetismo completo o parcial segaba el porvenir a tantos jóvenes de modesta extracción social, algunos presidentes y directivos “culés” contrataron maestros con el encargo de que todos los jugadores acabaran leyendo y escribiendo de corrido, amén de dominar las cuatro reglas. Igual que otros clubes señeros, el Barcelona estuvo al quiete ante grandes catástrofes, fuere mediante donaciones u ofreciéndose para la disputa de partidos recaudatorios. Pero al mismo tiempo iría jalonando equilibrios sobre el filo de la navaja, retorciendo reglamentos o intentando imponer acuerdos federativos mediante la fuerza del hecho consumado. Y hoy, cuando continúa resonando el eco de su último escándalo, con millones de euros entregados de tapadillo para “garantizarse la imparcialidad arbitral”, quizás sea el momento de volver los ojos hacia el pasado, en busca de otros precedentes no menos curiosos.

Retrocedamos casi un siglo, hasta situarnos en 1926, cuando la prensa reflejaba avatares y diatribas en el seno de una Federación Española todavía débil, sobre la conveniencia o no de aceptar la profesionalización en un deporte por demás popular.

Entonces ya había un buen puñado de profesionales encubiertos, jugadores sin otra actividad conocida que la del balón. Y sobre todo amateurs “marrones”, es decir quienes complementaban los réditos del cuero con un salario por doblar la espalda ante el torno, ejercer como chupatintas, dependientes de comercio, o cobrar recibos puerta a puerta, a la espera de una completa liberación laboral desde el césped. Los amateurs puros, estudiantes de Derecho, Medicina o Comercio, cuando no opositores a Cajas de Ahorro, ayuntamientos o la oficina catastral, empezaban a constituir minoría al mismo ritmo que en los graderíos crecía el número de espectadores. Pues bien, mientras en la Federación se rechazaban ponencias de uno y otro signo, desde Barcelona llegó el bombazo: Los azulgrana acababan de fichar al uruguayo Héctor Pedro Scarone, estrella del Nacional de Montevideo, campeón en los Juegos Olímpicos de París dos años antes y goleador de tronío, con 7 títulos uruguayos a la espalda.

Las especulaciones sobre cuánto pudiera haber costado aquella incorporación surgieron de inmediato. En la ciudad condal “voces por lo general bien informadas” elevaron su salario hasta las 30.000 ptas. anuales, distribuidas en mensualidades de 2.500. Una completa barbaridad para la época, cuando muy pocos médicos, abogados o arquitectos con bien ganado prestigio rozaban semejante cifra. Fue cuanto necesitaban los considerados clubes menores para arremeter más duramente contra la profesionalización. Como imperase la billetera ante futuras contrataciones, la competitividad deportiva brillaría por su ausencia. ¿Qué sentido tendría un Campeonato de España entre ricachones y menesterosos?. Según las entidades modestas era inútil cualquier debate al respecto, si previamente no se establecían rigurosos límites salariales para los futbolistas. Y este era un punto sobre el que los poderosos no estaban dispuestos a transigir.

Scarone, estrella uruguaya que nunca pudo jugar oficialmente con el F. C. Barcelona, aunque su contratación costase muy buenas pesetas.

Así las cosas, aquella Federación tan dividida alcanzó el acuerdo de no diligenciar ficha al uruguayo Scarone, ante el venenoso precedente que muy bien pudiera constituir. Y sin ficha, tan sólo pudo vérsele en 18 partidos amistosos.

Más adelante se supo que la estrella infrautilizada costó bastante menos: 1.500 ptas. mensuales, lo mismo que devengaba la entidad azulgrana al portero húngaro Plattko y a José Samitier. Cifra, de cualquier modo, para retratar a profesionales opíparos, cuando los obreros especializados solían cobrar entre 5 y 8 ptas. diarias (como mucho 240 al mes), un empleado de notaría o contable bancario por oposición llegaba con mucha suerte hasta las 350, y los maestros seguían muriéndose de hambre como en tiempos de Benito Pérez Galdós. Finalmente los federativos otorgaron al fútbol estatuto de profesionalidad, aunque eso sí, resultando imposible acercarse a los demandados límites salariales, se acabó blindando la propiedad de los futbolistas en favor de sus clubes, mediante el Derecho de Retención. Las entidades modestas, de ese modo, podrían retener sine díe a sus mejores elementos, al menos teóricamente, porque la praxis acreditó en seguida que el talonario de los poderosos obraba milagros ante muchos presidentes con el libro mayor tintado en rojo.

Bastaron dos años para que la escalada salarial subsiguiente al profesionalismo se tradujese en déficits generalizados, dando lugar al advenimiento de la Liga, un campeonato de todos contra todos, puesto que los torneos regionales o el Campeonato de España (la Copa) no permitían el sostenimiento de ningún club. Para entonces Scarone se había volatilizado. Debutó con la camiseta azulgrana ante Osasuna, en un choque deslucido, donde tanto él como ambos conjuntos estuvieron muy grises. Fuera de forma, lento e incluso apático, la rutilante estrella que habría de reverdecer laureles olímpicos en Ámsterdam (1928) nunca dio la impresión de adaptarse ni al modo de jugar en España ni a la vida barcelonesa. Puede que influyera lo delicado de su situación personal, o el deseo de contar nuevamente para la selección charrúa, algo que mientras siguiera en Barcelona resultaba imposible, ante el tiempo invertido en las travesías Europa – América, amén de su elevado costo. Aunque según el recuerdo de quienes compartiesen con él vivencias de vestuario en Barcelona, parece que también hubo celos y más de un recelo entre los pesos pesados del equipo, donde no fue bien recibido.

Mucho más adelante, mientras ejercía como entrenador, él mismo se refirió a su insatisfactoria etapa barcelonesa: “Pensaba que pronto vendrían las Olimpiadas de 1928 y debía vestir la casaca celeste. Pensé igualmente en el Nacional, donde ya no volvería a jugar. Pocos días antes de embarcarme recibí la última propuesta: los 30.000 pesos al contado en el momento de firmar por 5 años, y no acepté. Me vine a jugar de nuevo con los celestes y con mi Nacional”. La memoria y sus lagunas, o el muy humano deseo de justificación. Fue la oferta de fichar por 5 años lo que habría de situarlo en Cataluña, y no a la inversa. Luego tanto él como la directiva azulgrana concluyeron que meses y más meses sin competir en serio y con semejante contrato, constituía un despropósito. Regresó a Uruguay antes de emprender otra aventura recaudatoria en Italia a partir de 1931, alineándose con la Ambrosiana, luego convertida en el Inter de Milán, y sobre todo con el Palermo hasta 1934, bien cumplidos los 35 inviernos. Volvería a proclamarse campeón de Uruguay una vez más (1934), fajándose como entrenador en los banquillos de su país, de Colombia, Ecuador e incluso España, cuando en 1952 lo fichase el Real Madrid de Santiago Bernabéu.

Jaguaré no pudo convertirse en relevo barcelonista para Plattko, convirtiéndose más que en fallida inversión, en flagrante despilfarro.

El primer patinazo barcelonista por el filo de la navaja no derivó en tragedia, aunque sí en sofocón y descuadres contables. Porque esas 1.500 ptas. mensuales para disputar pachangas desataron solicitudes de una mejor retribución entre quienes dirimían partidos serios. Pese a ello, puesto que el ser humano parece condenado a repetir una y otra vez los mismos errores, a la entidad azulgrana le llevó poco tiempo incurrir en otro disparate.

Cuando el húngaro Plattko se retirase del fútbol activo en 1931, para iniciar una nueva andadura como entrenador en el galo Roubaix Olympique, alguien tuvo la ocurrencia de considerar sustituto ideal a una perla exótica. Todo ello pese a que corrieran malos tiempos, ante las consecuencias del crac bursátil en los Estados Unidos, Alemania e Inglaterra, y el consiguiente desplome empresarial en el resto de Europa. Para empezar, el presidente azulgrana Gaspar Rosés decidió recortar a la mitad el salario de los empleados del club. “El chocolate del loro”, en opinión del directivo Juan Torres de Prat, a quien habrían de secundar numerosos socios en la Asamblea Extraordinaria del 30 de junio, donde finalmente rodó por tierra tan drástico proyecto. Rosés, de cualquier modo, dio su brazo a torcer sólo a medias, puesto que acabaría rebajando salarios a parte de la plantilla y, para escarnio de los damnificados, solicitó organizar la Volta Ciclista a Catalunya, una apuesta a todas luces deficitaria. Por si  no hubiera suficiente, ni el pretendido relevo de Plattko, un brasileño alineado en su país como Vasconcelhos y presentado aquí como Jaguaré, ni Fausto Dos Santos, otro brasileño con quien llegase a la ciudad condal, tampoco iban a disponer de la imprescindible ficha federativa.

Jaguaré había nacido en Río de Janeiro el 4 de mayo de 1905, y luego de dos campañas con el Atlético Santista llevaba cuatro en el Vasco da Gama, donde tuvo ocasión de festejar el título de campeón carioca correspondiente a 1929. Internacional en 3 ocasiones, pasó a la historia del fútbol brasileño, donde parte de la afición lo conocía por el apodo de “Dengoso” (presumido), como el primer guardameta en utilizar guantes. Los había visto en Francia durante una gira con el Vasco en 1929, y de nuevo volvió a circular el rumor de que la incorporación de ambos habría supuesto un desembolso considerable. Aunque ese no fue el problema, sino que el portillo de nuestro fútbol estaba cerrado a los extranjeros con cerrojo.

O el F. C. Barcelona midió mal sus fuerzas tratando de situar a la Federación ante un trágala, o desde Cataluña no se supo interpretar que la ausencia de una autorización específica a la importación debía entenderse como tácita negativa. Es más, ningún extranjero con menos de dos años residiendo en España podía intervenir entonces en nuestras competiciones. Por supuesto el club azulgrana impugnó la decisión federativa, aduciendo que desde 1929, cuando echase a rodar la competición de Liga, hasta concluir el ejercicio precedente, había contado con dos foráneos en su plantilla: Ferenc Plattko y el germano Emil Walter. Por tanto al menos en el caso de Jaguaré, se estaría limitando a cubrir con un extranjero la baja de otro. La visión del ente nacional difería ampliamente. Una cosa es que en su día se respetaran antiguos contratos y derechos deportivos hasta su extinción, y otra muy distinta sacralizar o considerar vigente cualquier norma revocada.

Todavía hoy algunos historiadores “culés”, como Jaume Sobrequés, defienden la posición azulgrana, víctima del cacicazgo federativo, cuando ante la más mínima duda los mandatarios barceloneses deberían haber consultado a la Federación, antes de extender compromisos por su cuenta y riesgo. El caso es que Dos Santos y Jaguaré nunca existieron para la F.E.F. El portero sólo disputó 16 partidos amistosos, dejando la defensa del marco en los encuentros de Liga y Copa a Juan José Nogués y Ramón Llorens. Dos Santos, que en Brasil jugara como Fausto y se le conociera además por los apodos de “Maravilla” y “Araña Negra”, internacional en 6 oportunidades y campeón carioca en 1929 y 1934, lo hizo en 30 “bolos” distribuidos en dos años, anotando 3 goles. Y si Jaguaré dejó constancia de agilidad y buenas maneras, Dos Santos, celebrado director de juego en el Bangú y Vasco da Gama, acreditó tanta calidad con el balón en los pies como lentitud conduciéndolo, y aversión al choque con los adversarios.

Ambos, lamentablemente, tuvieron muy poca suerte. Dos Santos pasaría al suizo Young Fellows tras abandonar Barcelona, antes de regresar al Vasco da Gama, enrolarse brevemente en el Nacional de Montevideo y colgar las botas en el Flamengo con 31 años, aquejado de una tuberculosis que tres años después lo llevó a la tumba. Jaguaré Becerra de Vasconcelhos desfiló por el Corinthians, Sporting de Lisboa, Olympique de Marsella, Académica de Coimbra, Sao Cristova y Leça, de Portugal, añadiendo a su palmarés los títulos franceses de Liga (1937) y Copa (1938). Falleció en la miseria con 41 años, el 27 de agosto de 1946, apalizado por la policía tras una reyerta callejera en la localidad de Santo Anastacio, estado de Sao Paulo.

Amén de que el Barcelona no pudiese contar con estos dos brasileños para el fútbol de verdad, sus respectivos salarios de 1.000 ptas. mensuales volvieron a encender más de una mecha reivindicativa en la plantilla. El defensa Zabalo, por ejemplo, a quien los recortes de su presidente dejaran con 100 ptas. menos cada mes, amenazó declararse en rebeldía. Y no fue el único enojado. Por más que probar el dolo ante cualquier baja de rendimiento resulte muy complicado, se habló bastante sobre supuestas huelgas encubiertas, menos escandalosas que la de aquel 8 de febrero de 1931, cuando el Athletic Club derrotase a los azulgrana en San Mamés por 12-1, con 7 goles del baracaldés Agustín Souto, “Bata” cuando luciera de corto.

El fichaje de extranjeros todavía tardó en legalizarse. Hubo que esperar hasta la Asamblea federativa del 17 de julio de 1934, siendo presidente de dicho órgano Leopoldo García Durán, para que la representación del Real Unión de Irún solicitara se autorizasen hasta 5 extranjeros por club en todos los campeonatos nacionales. Tras discutirse al respecto, sin que faltaran muestras de perplejidad ante semejante salto del cero al infinito, se acordó aprobar la inscripción de dos foráneos por club, fueren profesionales o amateurs. Algunas entidades debían aguardar ese giro como lluvia de mayo, puesto que la temporada 1934-35 registró estas novedades: Verkessy (húngaro) y Morera (costarricense que ya había intervenido el año anterior sin que nadie se rasgase las vestiduras) en el F. C. Barcelona, no estrenándose el uruguayo Enrique Fernández; Alberty (húngaro) en el Madrid; Jorge Quesada (costarricense) en el Español de Barcelona; Carlos Laviada (mexicano) en el Oviedo; Janos Acht (portero húngaro) en el Valencia; Luis Fuente y Manuel Alonso, mexicanos, en el Racing de Santander; Kohut y Lajos (húngaros) en el Valladolid, militante en 2ª División. Y aunque los argentinos Jiménez y Cuello parece estuvieron en tratos con el Athletic de Madrid, la operación no llegó a cuajar.

Par el siguiente ejercicio la nómina registraría ampliaciones y abundantes salidas, pues el rendimiento de varios foráneos distó mucho de justificar lo invertido. Quede constancia, al menos, de los recién llegados. Giudicelli (brasileño) y Buzassy (húngaro) se descolgaron por el Madrid; Enrique Fernández finalmente intervino con la camiseta azulgrana; los británicos Green, Reeves y Harold Gee coincidieron con Quesada en el Español, aunque ni Gee ni Reeves asomaran por el césped. Mucho ruido para poquitas nueces, considerando que Athletic Club, Donostia, Arenas de Guecho, Osasuna y los dos clubes sevillanos, o sea la mitad de cuantos configuraban la 1ª División, optaran por no explorar horizontes lejanos antes de que estallase la Guerra Civil.

Lógicamente, la ocurrencia del Real Unión, club histórico aunque desde 1932 penara en 2ª División, desató suspicacias. Si alguien carecía de capacidad para espigar en países extranjeros, a la cabeza de todos se hallaban los iruneses. ¿A quién hicieron el juego?. Desde luego no a sus vecinos de Vizcaya o Guipúzcoa, puesto que Real Sociedad, Athletic y Arenas Club ni amagaron con picotear fuera. ¿Al Madrid, quizás?. Pudiera ser, aunque los “merengues” hubiesen pescado en su fértil caladero, haciéndose con los hermanos Regueiro. Suponiendo que tras semejante pérdida anidase por las inmediaciones del Stadium Gal algún resentimiento hacia el Madrid, también debería engrosar ese capítulo el otro club capitalino, pues igualmente había fichado a Elícegui, su arrollador delantero centro. ¿Pudieron haber actuado los fronterizos como topo del F. C. Barcelona?. Posiblemente nunca lo sepamos, aunque hubo maledicencias a ese respecto. Otras conjeturas defendieron que los de Irún tan sólo trataban de preservar sus propios intereses. Cansados de entonar despedidas a sus mejores elementos, pudieron concluir que una apertura fronteriza probablemente dirigiese la voracidad ajena hacia el mercado europeo. Lo cierto es que ese Real Unión de 1934 era, a todos los efectos, un club semiaficionado. Uno de los que deportivamente más iba a salir perdiendo con la autorización, siquiera a medias, de su propuesta.

Aquellas importaciones trascendieron de lo puramente banal o lúdico. Durante la campaña 1935-36 el Madrid recibió desde la Inspección de Trabajo republicana un apercibimiento con multa por contar con dos trabajadores extranjeros, sin la preceptiva “carta de trabajo” tipificada en la Ley del 8 de septiembre de 1932, ratificada por otra del 23 de agosto de 1935. La directiva blanca trasladó es escrito a la Federación Española, cuyo presidente, Leopoldo García Durán, abogado en ejercicio y antiguo fiscal, negó que los futbolistas fuesen trabajadores por cuenta ajena, añadiendo que la Federación estaba adscrita a la FIFA, órgano que consagraba la libre circulación de futbolistas entre sus asociaciones afiliadas. Aquella sanción debió quedar en vía muerta, puesto que nada volvió a saberse de los inspectores.

La posguerra, tiempo de mil penurias y denodados esfuerzos de reconstrucción, hicieron imposible nuevas contrataciones extranjeras. Primero porque Europa ardía en otro conflicto bélico de proporciones jamás vistas, y segundo porque el gobierno escatimaba la salida de divisas. Fueron años durante los que también el fútbol fue presa de la autarquía y el aislamiento, al no disputarse siquiera partidos internacionales, como no fuese contra las selecciones de Portugal, Italia o Alemania, los dos últimos países desangrándose en campos de batalla.

El gran Kubala se convirtió en jugador “culé” al aunarse la necesidad de apaciguar una rebelión ciudadana en Barcelona, y el cálculo estratégico del franquismo buscando erigirse en salvaguarda de cuantos abominaran el comunismo.

Poco a poco irían llegando algunos foráneos, casi siempre hispanoamericanos. El “manito” Borbolla, que fracasó, Florencio Caffaratti, Lucidio Da Silva, Arquímedes Herrero, Valdivielso, Rubén Aveiro, Manuel Rocha, Mateo Nicolau, Marcos Aurelio, John Watson, Ben-Barek, Marcel Domingo, Ernesto Candía, Carlsson, Juan Camer, Georges Dard, Rafael Franco, Ponce, Dagoberto Moll, Lujambio, Julio Corcuera, Oscar Garro… Hasta que Ladislao Kubala lo revolucionase todo, cuando el cenáculo franquista se sintiera contra las cuerdas por unos céntimos de incremento en el billete de los tranvías barceloneses, y buscando congraciarse, al tiempo de lucir un rostro amable ante los prófugos del comunismo, obtuvo de la FIFA un pláceme para el astro rubio, a quien sentó de maravilla la camiseta azulgrana. Luego una lluvia de sudamericanos más bien ramplones condujo a otro cerrojazo importador, vigente desde 1953 hasta que transcurridos tres años la Delegación Nacional de Deportes decidiera revocarlo. Todo ello mientras el Barcelona estiraba la cuerda, por no variar, en su pretensión de colar como oriundo al paraguayo Eulogio Martínez.

Natural de Asunción (11-III-1935), se había formado en la cantera del Atlántida desde donde pasó al Libertad, por esa época club más importante del país y muy próximo al poder político, hasta el punto que el general Alfredo Stroessner, presidente nacional desde que encabezase un golpe de estado en mayo de 1954, detentaba igualmente la presidencia honoraria de dicho club. El descaro, una técnica muy depurada y sus goles, tardaron poco en convertir al muchacho en pieza codiciada por los intermediarios de turno, algunos extraordinariamente activos durante los años de permisividad en nuestro suelo. Fue Arturo Bogossian quien finalmente se hizo con poderes de representación, aceptando el Libertad, de muy buen grado, su idea de subastarlo por Europa. Y mediando aquel armenio afrancesado, capaz de imponerse al más suspicaz tahúr del Mississippi, poca limpieza cabía esperar.

La prensa paraguaya se hizo eco en junio de 1955, del falso interés que desde Madrid habrían manifestado por la joven perla sus dos entidades más señeras. Y fiel a su cometido, el embajador de España en Asunción, José González de Gregorio, trasladó al ministerio de Asuntos Exteriores en nuestra capital aquellos recortes, como anexo a un primer informe donde se daba cuenta de la onerosa inversión en divisas (45.000 dólares, 2.700.000 pts. al cambio del momento) que su fichaje iba representar. En posteriores escritos el embajador constataba que el club interesado no sólo por Eulogio Martínez, sino por el también paraguayo Melanio Olmedo, era el Barcelona, y que el representante de ambos trató de obtener para ellos la nacionalidad española en la propia embajada, como hijos de españoles, mediante unas falsificaciones lo bastante burdas para ser detectadas de inmediato por los funcionarios. “Ninguno de ambos jugadores son hijos de españoles -rezaba otro escrito fechado en Asunción el 7 de octubre de 1955-, y por tanto no pueden optar a la nacionalidad española. (…) En vista del resultado negativo de esas gestiones han intentado lograrlo por otros medios, habiéndose dirigido al Viceconsulado honorario de la Nación en Encarnación, llegando incluso a ofrecer dinero al titular. Como según noticias recibidas los representantes de referencia no parecen cejar en su empeño, considero oportuno ponerlo en conocimiento de V.E. para caso de que por algún medio pudieran sorprender la buena fe de las autoridades españolas, presentando a Martínez y Olmedo como españoles”.

La profusa documentación ministerial obtenida por Antonio Arias, transcrita al completo en su blog “Saltataulells”, nos permite reconstruir paso a paso aquella sucesión de injerencias, “recomendaciones”, tratos de favor, sobornos y amenazas ni siquiera disimuladas, para vergüenza del fútbol y quienes entonces lo emponzoñaran.

Diez días después, un nuevo mensaje diplomático empeoraba las cosas para Arturo Bogossian y su representado. Luego de trasladar el abandono del representante a Melanio Olmedo para ocuparse solo de Eulogio Martínez, ante la mayor cotización de éste, narraba que “Finalmente convencieron al Agente Consular de la Nación en Quindy, Don Ernesto Mendaro Núñez, no sé todavía por qué medios, para que extendiera acta de presentación de un documento de reconocimiento como hijo natural de Eulogio Martínez por un español, Estanislao Martínez, no “Ángel Martínez”, que en la partida primitiva presentada en esta Embajada aparecía como padre natural. El Agente Consular les otorgó después de bastantes vacilaciones, el testimonio que trataron de legalizar sin éxito en este Ministerio, y en vista de ello lo enviaron a Buenos Aires con el fin de hacerlo llegar a España. Al tener noticia de lo anterior, hice presente al Agente Consular, Sr. Mendaro, que sin perjuicio de que pudiera llevarse a cabo investigación en el asunto, le suspendía temporalmente en sus funciones de acuerdo con el artículo 40 del Reglamento de Vicecónsules y Agentes Consulares Honorarios, pues en la expedición del citado documento había incurrido en graves infracciones de fondo y forma, además de arrogase facultades que no poseía por no corresponder a su jurisdicción dichas actuaciones”.

El tocomocho además de seguir vivito y coleando, iba a alcanzar cotas insospechadas cuando directivos del Club Libertad se hicieron recibir en la Embajada de Asunción, donde expresaron su deseo de hallar una respuesta al problema tan rápida como satisfactoria. Las presiones sobre el embajador no habían hecho sino empezar. Poco después, durante la Asamblea General del club se afirmaba que el asunto de las documentaciones seguía su curso normal, por lo que el transfer pudiera darse por hecho en cuestión de días. Paralelamente, la prensa paraguaya publicó varios artículos responsabilizando al embajador de obstruccionismo, ante unos papeles por demás veraces. Y a manera de refuerzo, varios ministros paraguayos, incluido el Dr. Sánchez Quell, responsable de Relaciones Exteriores, contactaron personalmente con José González de Gregorio advirtiéndole que la cuestión de Eulogio Martínez se había tratado en el mismísimo Consejo de Ministros, y atendiendo a la buena relación entre ambos países estaban seguros de ver disipada tanta intransigencia. Ya fue el colmo que aprovechando una comida, el Presidente de la República, Alfredo Stroessner, le manifestase ante varios ministros su interés en solucionar el fichaje del chico por el Barcelona, rogándole intercediese en tal sentido ante quien fuera preciso.

Pese a ello, el 29 de diciembre de 1955 el corajudo y honesto embajador remitió al ministerio español de Exteriores un recordatorio de las distintas irregularidades cometidas, ante el viaje que proyectaba a España el presidente del Club Libertad, Sr. Villalonga, con el propósito de resolver favorablemente cualquier traba. La contundencia de algunos párrafos era muy clara, al plantear que incluso desde un punto de vista político, plegar velas “aunque tuviera simplemente carácter gracioso, podría ser interpretado aquí como reconocimiento de lo justificadas que son las peticiones del Club Libertad, e incluso como falta de seriedad por parte de las autoridades españolas”.

Eulogio Martínez, excelente futbolista con muy mal fario, pudo jugar con el Barcelona gracias a la Carta de Naturaleza que para él firmase expresamente Francisco Franco.

Pero el cerco a que hubo de enfrentarse aquel hombre debió ser tremendo, tanto en Asunción como desde París, donde se hallaban Eulogio Martínez y el inefable Bogossian, empeñados en colar a través de aquella embajada las falsificaciones documentales. Sólo así se explica que el 21 de enero de 1956 dirigiese a Madrid otro escrito, inquiriendo sobre si procedería hallar una solución que armonizase los interese paraguayos con alguna medida del Ministerio de Gobernación, concediéndose al futbolista la nacionalidad española por Carta de Naturaleza. Para entendernos, nacionalizándolo a toda prisa aprovechando una ley urdida en favor de intelectuales prestigiosos, artistas de renombre, empresarios de éxito y en general cuantos pudieran rendir elevados servicios al país de acogida. Eulogio Martínez, aunque hubiera sido internacional en 14 ocasiones, era tan sólo un futbolista primerizo, con todo por demostrar a este lado del océano.

La respuesta del 2 de febrero de 1956, firmada en Madrid por el Director General de Asuntos Consulares, Félix Iturriaga, ya prometía desde su encabezamiento: “Querido José: Me están mareando los futbolistas del Barcelona y el embajador Díaz de Vivar con el famoso asunto de la nacionalidad de Eulogio Martínez”. A continuación, tras exponer la contumacia de los aludidos, aferrándose a unos papeles como mínimo muy dudosos, se sinceraba: “A mí me hace el efecto, a la vista de esos documentos, que el segundo es más falso que Judas, pues aun no sabiendo cómo se verifica el reconocimiento en esa República, me parece rarísimo que no haya ido por el procedimiento directo y natural, es decir que el padre que reconoce y es español, haya acudido al Consulado otorgando la oportuna escritura y obtenido la aprobación judicial para el reconocimiento”.

Otro párrafo recogía: “Te escribo esta carta porque el asunto está muy envenenado; los catalanes creen que aquí no les damos la nacionalidad para que no figuren en el equipo del Barcelona, y que en cambio nos volcamos cuando se trata del Madrid. Y según me dice el Embajador Paraguayo también por ahí parecen estar los ánimos muy revueltos”.

La españolidad de Olmedo y Eulogio Martínez parecía cifrarse como única posibilidad en esa Carta de Naturaleza con firma de Francisco Franco, “en prueba de amistad y afecto al Presidente de la República del Paraguay, que ha mostrado gran interés en el asunto”. Porque para desconsuelo de ambos futbolistas (Melanio Olmedo reaparecía como parte del paquete), de Bogossian y el embajador paraguayo en Madrid, escritos cruzados entre el Director General de Asuntos Consulares, el Director General de Seguridad, el Presidente de la Delegación Nacional de Deportes y el Subsecretario del Ministerio de Justicia, concluían taxativamente y del peor modo, tras poner en solfa la catarata de irregularidades cometidas: “Lo que de orden del Sr. Ministro de Asuntos Exteriores traslado a V.E. para su conocimiento y a fin de que se evite el que pueda obtenerse por dichos futbolistas pasaporte español u otro documento análogo. Dios guarde a V.E. muchos años”.

La Carta de Naturaleza, o como entonces se decía, “la gracia del Caudillo”, constituía único salvavidas. Aunque nadie pareció tener en cuenta que esa excepcionalidad estaba vetada a menores de edad, y si Olmedo contaba ya 23 años, Eulogio Martínez, epicentro de la polémica, aún no había cumplido los 21. Tuvo que ser el embajador en Asunción, González de Gregorio, quien entreviese la salida, pues recuérdese que al permanecer cerrado nuestro fútbol a los extranjeros, la codiciada pieza “culé” sólo podía vestir la camiseta azulgrana si fuera reconocido como español. Y conste que para entonces el monto total del fichaje -puede que en conjunto los de Martínez y Olmedo-, ya había ascendido hasta los 60.000 dólares (3.600.000 ptas.)

Ésta fue la alternativa ofrecida desde la embajada española en Asunción, y finalmente aceptada en Madrid por los estamentos concernidos: “Eulogio Martínez nació, según los datos que yo tengo, el 11 de marzo de 1935, así que el 11 de marzo próximo tendrá 21, edad requerida para solicitar la nacionalidad española en las condiciones antes mencionadas. Estimo que otorgarle la nacionalidad por un acto meramente administrativo sería poco aconsejable, redundaría en perjuicio del prestigio de esta Representación y pudiera suponer el reconocimiento de la razón que no asistiera a los intervinientes en la cuestión, valiéndose de procedimientos torcidos e ilegales”.

Como en el caso de Kubala, el Barcelona volvió a salirse con la suya, puesto que Eulogio Martínez y Melanio Olmedo Bretón se incorporaron a su plantilla. El primero habría de recibir el sobrenombre de “abrelatas” por su capacidad para hacer saltar los cerrojos, y permaneció seis campañas en la ciudad condal. Cuando comenzase a acumular peso, sin dejar por ello de anotar goles, fue facturado al Elche (2 temporadas) y At Madrid, donde ya con un aspecto en extremo adiposo apenas pudo lucir. Una última intentona en el barcelonés C. D. Europa, evidenciando en 2ª División su para entonces prominente barriga de Buda, le sirvió de despedida con 31 años. El negocio hostelero a que se dedicara tras colgar las botas casi lo llevó a la ruina, y fatídicamente perdió la vida cerca de Calella, sin cumplir la cincuentena, arrollado por un vehículo mientras reparaba una avería del suyo, a pie de arcén.

Olmedo se fue muy pronto por donde vino. Dos temporadas en el Barça sin jugar prácticamente nada, y otra intermedia en el Lérida, disputando tan sólo 6 partidos ligueros de 2ª División, rubricaron un fracaso tan inmenso como el revuelo que lo acompañase al llegar. Falleció el 4 de febrero de 2012, con 80 años.

Cuando se juega con fuego, lo más probable es chamuscarse. Y la entidad barcelonesa aún salió tiznada dos veces más en muy corto periodo temporal.

La primera tuvo lugar tras la disputa del Campeonato Mundial en Inglaterra (1966), cuando el máximo mandatario azulgrana, Enrique Llaudet, fichase al brasileño Walter Machado Da Silva. Desde que concluyera la anterior edición mundialista en Chile nuestras fronteras volvían a estar cerradas para los extranjeros, e incluso a los oriundos ya no se les diligenciaba ficha si hubieran representado internacionalmente a cualquier otra nación. Según testimonio de Jaime Ramón, Llaudet recibió un soplo de Juan Antonio Samaranch, entonces Delegado Nacional de Deportes, dando por sentada la reapertura fronteriza, algo que no ocurrió. Probablemente Samaranch oyese algún campanazo, pero equivocó no sólo la ubicación del campanario, sino también la mínima autoridad del sacristán lenguaraz. Puesto que el derribo de aquella norma no habría de producirse hasta mayo de 1973, el Barcelona hubo de pechar con otro fichaje inútil. Una información privilegiada se tornaba en mayúsculo despilfarro.

Nacido en Ribeirao Preto el 2 de enero de 1940, Da Silva llegó a la ciudad condal en enero de 1967, luego de haberse alineado con el Sao Paulo, Batalais, Botafogo, Corinthians y Flamengo. No fue ni mucho menos una adquisición barata, aunque los aficionados “culés” sólo pudieran verlo en unos pocos amistosos, antes de ser cedido al Santos de Sao Paulo y traspasarlo por fin al Flamengo, a precio de saldo. Pudo haber sido un buen refuerzo, porque 23 entorchados internacionales con la “canarinha” no estaban al alcance de muchos mientras portaran esa camiseta Pelé, Gerson, Clodoaldo, Tostao, Rivelino, Edu o Jairzinho. Se mantuvo activo hasta 1974, desfilando además de por los citados Santos y Flamengo, por el Racing de Buenos Aires, Vasco da Gama, Botafogo en su segunda etapa y Río Negro de Manaus, capital de la Amazonía brasileña. Aparte del tremendo desliz que supusiera su contratación, Enrique Llaudet cometió otro de pésimo gusto al ser interrogado sobre qué pensaba hacer si la Federación Española continuara sin diligenciar aquella ficha: “Bueno -adujo-. Siempre me hizo ilusión tener un chófer negro”.

Tres años después, durante el verano de 1969 tuvo lugar otro enorme patinazo con Arturo Bogossian oficiando como maestro de ceremonia.

El paraguayo Severiano Irala, a quien apodaban “El Taladro” por su facilidad para perforar porterías, acababa de doctorarse junto a Saturnino Arrúa en las filas del Cerro Porteño. Su eclosión en la Copa Libertadores de 1969 fue espectacular ante el Olimpia y los bolivianos Litoral y Bolívar. Convocado por el seleccionador nacional paraguayo, debutó ante Argentina anotando el gol que sentenciara el 1-1 final. Y Arturo Bogossian, con su fina pupila de gemólogo balompédico, acabaría paseándolo por España entre cánticos y alabanzas. Parece que el Valencia evitó cerrar ningún trato por miedo a que sus papeles de falso oriundo no colasen en la Federación. El Barcelona fue mucho menos precavido y acabaría presentándolo ante los medios, como fichaje estrella. Todo se vino abajo cuando Irala manifestase ante un grupo de reporteros que había sido internacional. “¿Internacional? -se extrañaron de inmediato-. Entonces la normativa en vigor le impide jugar aquí”. Y el muchacho, cándidamente, reiteró lo dicho sin asomo de mala conciencia: “Pues lo he sido. Igual que otros”.

Bernardo Patricio Cos coló federativamente pese a venir con nombre, filiación y lugar de nacimiento falsos. Fue uno de los tres extranjeros que alinease el Barcelona durante la temporada que sólo podían jugar dos por club.

Después de tan apabullante confesión fue imposible la vuelta atrás, y nuestro ente federativo tuvo que denegarle la ficha. Era vox pópuli entre los mentideros del balón que la riada de oriundos arrastraba un bochornoso tráfico de falsas nacionalidades, o certificaciones sin el más mínimo valor notarial. Pero ese “igual que otros” iba a desatar una tormenta formidable. ¿Por qué al Barcelona no se le consentía lo que muchos llevaban haciendo durante años?. ¿Acaso hacían falta más pruebas sobre lo que a todas luces constituía trato discriminatorio, si no pura persecución?. El victimismo volvió a asomar por la prensa catalana, al tiempo que el entorno de Irala continuaba entonando odas juglarescas por Francia. Algunas notas de agencia dieron por hecha la incorporación del paraguayo al Estrasburgo, aunque el asunto se aguó si es que en verdad hubo algo serio. Puesto que nadie mordiese el anzuelo ni en Francia ni en Bélgica, la troupe regresó a Paraguay, donde al sincero Irala le guardaban tres años más en el Cerro, unos meses en el Olimpia de Asunción, otra corta estancia en el Panathinaikos ateniense, cuando el fútbol griego no enriquecía a nadie, un nuevo retorno al Cerro Porteño y en 1973 la camiseta del Toluca mexicano, donde su estela deportiva acabó desvaneciéndose. Narcís de Carreras salía apaleado, igual que su antecesor Enrique Llaudet. Aunque a tenor de los indicios tampoco parece se aprendiera mucho del nuevo fiasco, pues como bien es sabido, no hay dos sin tres.

Irala, como tantos futbolistas olvidados, apenas si fue restituido a una efímera actualidad mediante la anodina necrológica de turno, fechada el 11 de marzo de 2012. Hasta en eso se fue injusto con él.

Pese a la polvareda levantada desde el Camp Nou y sus aledaños en torno a los falsos oriundos, el club azulgrana volvió a picotear en el envenenado corral sudamericano, ya con Agustín Montal Jr. en la poltrona. Corría setiembre de 1972 y la nueva polémica tuvo como protagonistas a “Milonguita” Heredia y “Cuchi” Cos. Y eso que a raíz de quedar sacramentados con Irala, la directiva barcelonesa encargó al abogado Miguel Roca Junyent un exhaustivo informe sobre los oriundos que con documentación falsificaba intervenían en nuestros torneos. El más adelante destacado político de la transición reunió una treintena, incluyendo a quienes parece no precisaron sumarse al tocomocho, pero sobre todo dejando fuera a varios que en el futuro iban a ponerse colorados. El caso es que en medio de aquella tolvanera, en la ciudad condal presentaban a un par de incorporaciones fraudulentas.

El antiguo defensa argentino del At. Madrid y R. C. D. Español, Jorge Bernardo Griffa, fue quien recomendó al Barcelona ambos fichajes, encargándose del trabajo sucio y chapucerete Juan Mascaró, intermediario de muy segundo rango. Cos coló sin problemas por el anchísimo cedazo federativo, mientras el expediente de Heredia era rechazado tras la denuncia de manipulación documental girada desde un consulado paraguayo. Pero qué cosas, el agraciado con ficha y honores de debut por todo lo alto, ni siquiera era quien fingía ser. Hijo de emigrantes sevillanos a tenor de los papeles que aportase, en realidad ni siquiera se llamaba Bernardo Patricio Fernández Cos. Su declaración exacta fue: natural de Santísima Trinidad, Asunción, Paraguay; hijo de Felipe Fernández y Juana Cos, ambos españoles. Los registros de Argentina ofrecían esta otra filiación: nacido en Córdoba, República Argentina, hijo de Bernardino Cos y Juana Luján, ambos argentinos. Nieto de Abraham Patricio Cos y Marcelina Castro, argentinos igualmente, y de Jerónima Luján, soltera y también argentina. Para que el cuentecillo colase le pusieron por delante un Fernández, cuando sus apellidos reales eran Cos Luján. Las únicas verdades de su historia era que en Argentina lo apodaban “Diablo Negro” y lucía como atacante habilidoso, profundo y prometedor. Su traspaso, según la prensa sudamericana, se cifró en 55.000 dólares (3.850.000 ptas. de la época), y habría de convertirse, aunque de tapadillo, en el tercer extranjero del Barça tan pronto se reabriera el cerrojo a las importaciones, junto al peruano Sotil y Johan Cruyff, estando autorizados únicamente dos por club.

La suerte le dio la espalda, en forma de lesión seria durante su etapa en el Burgos. De vuelta al Belgrano, donde sólo habría de permanecer unos meses, pasó en 1979 al Maipú de Mendoza, antes de retirarse en el Belgrano durante 1980. Como su primera experiencia en el banquillo no le dejara buen sabor de boca, invirtió los réditos del balón en un despacho de lotería y apuestas que estuvo regentando a lo largo de 34 años, hasta ceder el relevo a sus dos hijos.

“Milonguita” Heredia. Fue rechazada su inscripción después de que el Barça hubiera cerrado el fichaje. Tras un par de años cedido desarrolló seis campañas con los del Camp Nou. Su vida fue un tobogán.

Juan Carlos Heredia Araya, el rechazado, también era argentino aunque su documentación lo considerase paraguayo (Córdoba 1-V-1952), y además se le conocía en su auténtico país como “Milonguita”, por ser hijo de Juan Carlos “Milonga” Heredia, internacional alineado junto al gran Pedernera en los años 40. Procedente del Belgrano y Rosario Central, tuvo que jugar en el Oporto -aunque poquísimo-  y Elche, al ser rechazado por la Federación Española y mientras se cumplían los dos años de residencia exigidos para gozar de doble nacionalidad. En sus 6 temporadas como azulgrana hubo de todo. Tardes brillantes y eclipses de regularidad; lesiones y tres internacionalatos con nuestra selección, algún triunfo, como la Recopa Europea, y mucho, muchísimo despilfarro a manos llenas, del dinero con que más adelante hubiera podido ahorrase un mar de lágrimas.

Salió del Barcelona por la puerta de atrás, acusado de indisciplina y con una rodilla muy maltrecha. De vuelta a su Argentina natal trató de reengancharse al fútbol con las camisetas del River Plate, Argentinos Juniors y Talleres de Córdoba, pero su rodilla no daba más de sí aunque saltase al campo infiltrado. Cuando los médicos dijeran que el cartílago no iba a aguantar nuevas inyecciones, buscó el milagro en los quirófanos. Y una gangrena sobrevenida que por fortuna la ciencia pudo solventar, tronchó definitivamente cualquier sueño, ya imposible desde su salida de Cataluña.

Se vio de pronto con las manos vacías; sin apenas un peso y rodeado de gente dándole la espalda. Los alardes no tan lejanos de nuevo rico, los tres caballos que poseyera en Barcelona, los varios coches, la jauría de perros, el mono cara blanca y hasta un cachorro de león, como tantas invitaciones a barbacoas y asados opíparos sin necesidad de ningún pretexto, de pronto se le antojaban producto de otra existencia. La Asociación de Veteranos del Barcelona le prestó ayuda, hasta saberle enderezando a medias su nueva vida, al volante de un taxi. Paradojas del destino, ese coche con el que llegaba a fin de mes entre privaciones espartanas, se lo había regalado años atrás a un amigo. Cuando finalizaba el primer decenio del siglo XXI dirigía una modesta escuela de fútbol. Luego el retiro, con una pensión de pura subsistencia.

Chiste de dudoso gusto con el que Torá celebrase desde la prensa catalana el primer gol de Cos para el Barcelona, hace 50 años. Hoy no podría publicarse sin un corolario de denuncias cursadas por minorías étnicas, ONG´s o formaciones políticas.

Al igual que le ocurriera a su padre, el fútbol tan sólo le dejó alguna lejana nube de nostalgia, ante lo que pudiera pasar por genética incapacidad de administrase.

Cuando nuestra Federación se negara a otorgar ficha al argentino Heredia, Agustín Montal Costa, estrenándose en la presidencia azulgrana, volvió a enhebrar el discurso victimista en una rueda de prensa cargada de amenazas (24-XI-1972): “Si la documentación presentada por el F. C. Barcelona para Heredia no es conforme, resultará imprescindible una revisión de igual profundidad y alcance para las presentadas en otros 46 casos (…) Esperamos la autorización para que el jugador Heredia se incorpore oficialmente a nuestras filas. De no ser así procederemos en consecuencia, ya que contamos con el asesoramiento de un grupo de juristas al objeto de conseguir que los derechos e intereses de nuestro club sean respetados”.

Era como si un conductor retenido por circular sin carné ni certificación de ITV, en vehículo robado y con documentación personal falsificada, se engallase ante la policía exigiendo dieran el alto a otros vehículos, a cuyo volante pudieran hallarse infractores de parecida especie. Agustín Montal Costa tenía motivos para celebrar que al menos su otro falsario hubiese regateado a la Administración. Sin embargo prefirió disfrazar un flagrante delito bajo ropajes de falsa dignidad, y con plena consciencia de que la Federación Española en modo alguno podía dar marcha atrás, so pena de incurrir en delito de prevaricación. Al menos la actitud de Montal sirvió para engolosinar al sector más radicalizado del barcelonismo, puesto que en los graderíos del Camp Nou pudo verse alguna pancarta animándole: “Montal, no afluixis”, o sea, “Montal, no aflojes”.

El propio Cos Luján confesó con pelos y señales la trapisonda “culé”, andado el tiempo, y sus palabras fueron fielmente recogidas en la prensa de su auténtico país: “Mucho de legislaciones migratorias no conocía, así que Barcelona me gestionó un pasaporte especial. Estuve 15 días en Paraguay, con “Milonguita”, y el asunto era muy blanqueado en esa época; no fui el único. Pasé a llamarme Bernardo Fernández Cos, nacido en Santísima Trinidad, un pueblo paraguayo que ni siquiera sabía existiese. Pero mi pasaporte acreditaba eso, así que ¡Palabra santa!. (…) El Barcelona lo sabía, fue idea de ellos, así que tuve doble nacionalidad; la Liga no se entrometía. Cada tanto me citaban a tribunales en España por ese tema y me acompañaba algún dirigente a declarar. Pero como era Barcelona yo creo que nunca investigaron a fondo”.

Llegó más lejos en esa misma entrevista, al narrar que hasta pudo haber sido internacional con la elástica roja: “El húngaro Ladislao Kubala era director técnico de la Selección española, y luego de una gira por Bélgica y Alemania, dentro de su seguimiento, bajó al vestuario y habló conmigo. Me querían convocar a un partido amistoso, pero la verdad, le blanqueé todo. Tenía pasaporte trucho, hubiera saltado todo a la luz. Yo no era español, me hubiera traído problemas legales con Migraciones, así que se me escapó esa oportunidad”.

Jorge Bernardo Griffa, el zaguero argentino que recomendase al Barcelona la parejita de promesas, sabía muy bien que Cos nada tenía de paraguayo, y que a “Milonguita” la españolidad no le llovía por ningún lado. También estaba al corriente de que la Liga española seguía cerrada para jugadores extranjeros, puesto que él mismo estuvo competido en ella desde 1959 hasta 1971. Todos, por tanto, él mismo, la entidad azulgrana y el chapucero de turno haciendo las veces de representante, incurrieron en dolo sin inmutarse.

Nuestra Federación tapó toda aquella inmensa mugre bajo espesas alfombras palaciegas, con la complicidad de la UEFA, la FIFA y la Delegación Nacional de Deportes, órgano político que debería haber entrado en la Federación a sangre y fuego, máxime cuando el asunto se judicializara, con denuncias interpuestas por el Athletic Club de Bilbao y la Real Sociedad de San Sebastián. Lejos de remangarse, la D.N.D. incurrió en nuevo y soberano despropósito, levantando en 1973 las barreras de nuestra Liga a los extranjeros, con un máximo de 2 por club. El Barcelona, entonces, redobló esfuerzos por incorporar a Johan Cruyff, con quien se venía negociando desde hacía un año, y trajo desde Perú al “Cholo” Sotil. Las demás entidades de 1ª 2ª División, excepto Athletic Club y Real Sociedad, tampoco se lo pensaron. Fue aquel un verano plagado de recibimientos, mientras una nube de falsos españoles hacía cola para convertirse en españolitos de verdad justificando 24 meses de residencia en nuestro suelo. Hubo una especie de amnistía encubierta, añagaza tan torpe que habría de traducirse en nuevos problemas. Porque aunque parezca increíble, la D.N.D. y el inefable Pablo Porta como cabeza visible de la Federación, pasaron por alto que para jugar como oriundo en España seguía siendo imprescindible no haber disputado ningún partido internacional con otros países, incluso en la etapa juvenil. Y aquellos antiguos entorchados de varios “renacionalizados” seguían ahí, incapacitándolos para gozar de ficha, por más que la F.E.F. se las diligenciara alegremente.

La temporada 1973-74 estuvo plagada de alineaciones indebidas, puesto que junto a los dos extranjeros de nuevo cuño se alineaban domingo tras domingo oriundos sin arreglar todavía sus papeles, e internacionales con Argentina o Paraguay, superándose en la mayoría de los partidos el límite de dos por club. Al menos en el seno del Athletic bilbaíno se barajó la posibilidad de una impugnación masiva, elevando incluso hasta la F.I.F.A. y la U.E.F.A. el flagrante incumplimiento normativo. Fueron disuadidos ante las consecuencias que tal paso pudiera acarrear al fútbol español. A nuestra Federación pudiera suspendérsele de afiliación temporalmente, y en tal caso no habría representación española ni en los cmpeonatos de selecciones ni en los torneos europeos de clubes. Luego F.I.F.A. y U.E.F.A. se avinieron a un vergonzoso acuerdo bajo manteles, olvidando que un día Rubén Valdez y Roberto Martínez jugaron indebidamente con la selección española, a cambio de que ni ellos ni cualquier otro en idéntica situación volviese a hacerlo.

Todos, incluso los dos clubes vascos, celebraron el cierre en falso de aquella herida supurante, por más que la norma de internacionalidades extranjeras permaneciese en vigor. Y cuando años después el internacional y campeón mundial argentino Jorge Valdano se nacionalizara, con el propósito de librar una plaza de extranjero en el Real Madrid, desde la Federación Española, temerosos de resucitar el viejo escándalo, o sabiéndose mirados con lupa desde Suiza, le impidieron alinearse si no era ocupando cupo de jugador foráneo. Un español con todos los derechos, menos el de ejercer su profesión como cualquier nacido en Segovia, Calatorao, Tudela, Camas o Villanueva del Fresno. Mayúsculo disparate no avalado por ninguna ley. También Valdano sopesó entonces la posibilidad de litigar, según airearon distintos medios informativos, y como otrora las entidades vizcaína y guipuzcoana, fue persuadido a no dar tal paso. Finalmente aquella norma de 1963 saltó por los aires. Eso sí, con un retraso injustificable.

Por razones nunca explicadas, aunque fácilmente imaginables, Agustín Montal Costa (en la imagen caricaturizado por Cronos) prescindió del intermediario armenio Arturo Bogossian durante su mandato en el club azulgrana.

Retrocediendo hasta el arranque de los 70, parece que Arturo Bogossian pagó, siquiera durante unos años, sus componendas en los casos de Eulogio Martínez, Melanio Olmedo e Irala. Y bien se condolió ante los informadores cuando se avecinaba la definitiva apertura a la importación de futbolistas: “El Barcelona es quien más y mejor paga. Lástima que ahora no estén contando conmigo. Su presidente, el Sr. Montal, es persona excelente, pero desconoce los asuntos del fútbol y así no es fácil acertar”. Unos años antes, de paso por el aeropuerto de El Prat, había presumido de lo lindo ante José Antonio Calvo en otra rápida entrevista: “Yo traje a Barcelona a Fernández, Samaniego y Aranda. El club azulgrana es correctísimo, se ha portado bien conmigo. Su entrenador probó a los jugadores que le traje y dejó fuera a Aranda; el mejor”. Puesto que entonces estaba muy fresco el esperpéntico fichaje de Da Silva, donde intermediara Sannella, un abogado de Sao Paulo, tampoco desperdició la ocasión de complacerse en el autobombo: “Puedo asegurarle una cosa: Si Llaudet me lo hubiera pedido a mí, Da Silva le habría costado al Barcelona un 40 % menos”. Como colofón, y a buen seguro para congraciarse con la feligresía “culé”, escanció una última perla blanca: “El Madrid es un gran club y yo sólo un modesto empresario, pero quiere bueno y barato. No paga bien…”

Historias antiguas de un club que empeñado en anticiparse a los demás, no solía esperar al pistoletazo de salida para lanzarse a la carrera. Una entidad que supo agenciarse altas, muy altas influencias, y no le tembló el pulso si tocaba mancharse las manos con podredumbre, mientras criticaba a otros por hacer lo mismo.

Sería mucho decir que el F. C. Barcelona, tanto bajo esta denominación como en su época de C. F., fue el único en hacer gala de reiterada propensión a la toma de atajos, mientras sus contrincantes mayoritariamente optaban por caminos más largos y mejor asfaltados. Pero algo resulta innegable: si cosechó resbalones y heridas fue por patinar una y otra vez sobre el filo de la navaja, creyéndose invulnerable.




Historias del F. C. Barcelona

El F. C. Barcelona es una de las entidades deportivas europeas con más bibliografía histórica. Ello se traduce, además de en la comprensible repetición de hechos y anécdotas, en cierto afán revisionista más ideológico que histórico, bien patente en publicaciones de los últimos cinco lustros.

Puesto que el corta y pega no es pandemia nacida con la digitalización, aunque a lomos de ella cabalgue con más libertad que nunca, ciertas falsedades siguen repitiéndose hasta la saciedad, sea por desconocimiento de los autores, comodidad o simple seguidismo. Y eso conlleva el riego de hacerlas pasar por verdades teologales. Se sigue citando al suizo Hans Max Gamper, por ejemplo, como fundador de F. C. Barcelona, cuando quien lo alumbró realmente fue Narciso Masferrer. Gamper sin duda fue imprescindible en la consolidación de la entidad, y presidente abnegado en tiempos difíciles hasta el punto de desatender sus negocios, llevándolos virtualmente a la quiebra. En suma, figura histórica por demás decisiva, aunque en realidad se limitara a formalizar, apuntalar y engrandecer el empeño de Masferrer, decidido activista del deporte catalán hoy muy en el olvido. Igualmente para casi todos los historiadores “culés”, Garchitorena, involuntario protagonista de un sonoro “affaire” por alineación indebida cuando los extranjeros no podían participar en campeonatos de Cataluña, sigue siendo argentino. Pues tampoco. Garchitorena, efímero jugador “culé” del periodo heroico y más adelante actor de cine, galán y play-boy fuera de las pantallas en el Hollywood del “Star System”, donde sería conocido como Juan Torena, nació en Filipinas y lo inscribieron como ciudadano estadounidense. Jamás tuvo un pasaporte argentino, seguía siendo súbdito de los Estados Unidos cuando luciera de corto, y como norteamericano ni siquiera tuvo que hacer escala en la isla de Ellis tras cruzar el atlántico en pos del éxito. El doctor en Historia Fernando Arrechea se encargó de documentar fehacientemente ambos casos, sin que los autores barcelonistas parezcan darse por enterados.

Más aristas, sin embargo, ofrecen las recientes revisiones muy en línea con determinados movimientos sociales, una innegable inmersión doctrinaria y la creación de “realidades paralelas”, semejantes a las que antaño se ensayaran desde Euskadi. Revisionismo a menudo tramposo, entre ribetes de forzado victimismo, que a fuerza de repeticiones va calando incluso fuera de Cataluña.

Hace unos años, en un escrito sobre las trágicas consecuencias que la Guerra Civil tuvo en el Constancia de Inca, podía leerse: “El Constancia fue el club más represaliado por el fascismo, después del Barcelona”. El Constancia, entidad deportiva patrocinada por una sociedad obrera de socorros mutuos, hubo de llorar a cuatro de sus futbolistas, ciertamente, tres de ellos hermanos, asesinados por corifeos de la sublevación franquista. Y además se encarceló a un emblemático presidente, ya mayor, mientras otro directivo se veía impelido a improvisar una nueva vida entre apreturas sin cuento. Enorme sangría para una entidad de reducido volumen, agigantada, aunque aquel escrito no lo reflejase, por la pérdida definitiva de 7 socios mientras combatían con el ejército de los sublevados.

El problema de los maximalismos sin matices, es que siempre pueden surgir voces con toda la legitimidad para sentirse tanto o más agraviados. La cántabra Juventud Unión Montañesa perdió a 5 futbolistas en combate; El Deportivo de La Coruña a 6, sumando los de ambos bandos; El Muros Balompié, de Muros de Nalón (Asturias), a 7 futbolistas sólo en el bando franquista; el bilbaíno Athletic Club a 8 jugadores y como mínimo 23 socios, 7 de ellos en combate y los demás asesinados en retaguardia; la Cultural de Durango a otros 5 jugadores, dos de ellos como civiles en retaguardia; el aragonés C. D. Español a 6 mientras combatían entre los sublevados, número que considerando la pequeñez de esa sociedad constituía una hecatombe. Y el Arenas zaragozano a otros tantos. Tampoco salió bien librado el pamplonés Club Atlético Osasuna, con 4 jugadores perdidos mientras combatían en el lado franquista, otro en el republicano, y 4 directivos asesinados por sus ideologías nacionalista, foralista y socialista.

Si llevásemos aquella tragedia hasta el ámbito de las masas sociales, nos quedaríamos sin palabras: la cántabra Unión Juventud Rayo tuvo que llorar a 14 de los suyos. El Santoña a 12, entre ellos 4 mientras combatían y el resto masacrados en el buque-prisión Alfonso Pérez, ante una tapia tras ser extraídos de las cárceles, o mediante ajustes de cuentas en retaguardia. La más modesta aún Deportiva Piloñesa, a 13 hombres. El Arnao, de Avilés, una decena. El Gimnástico Caborana, del municipio asturiano de Aller, a 11, nada menos. El Villacarlos menorquín a 14. La también balear S. S. La Salle a 16. El navarro C. D. Tudelano a 10, además de a sus futbolistas Pedro Olleta y Manuel Jiménez, mientras combatían. El Ónuba F. C. a 31, siendo tan sólo un club de dimensión reducida. El barcelonés C. D. Español lloro la pérdida definitiva de 63 socios no republicanos, mayoritariamente asesinados durante los primeros días de conflagración. Más del 10 % de sus devotos con carné, puesto que entonces los blanquiazules contaban con 600 asociados. El F. C. Barcelona posbélico registró 16 socios “nacionales” perdidos, y nada sabemos sobre el número de víctimas republicanas entre sus asociados, puesto que hasta hoy no parece haberse molestado nadie en investigar la cuantía e identidad de aquellas bajas.

No es cuestión de establecer ránquines, porque una sola defunción ya constituye tragedia inadmisible. Por ello tampoco se antojan atinados los ejercicios victimistas, máxime cuando la aritmética desbarata el empeño.

Viene esto a cuento de una reciente publicación azulgrana (“Barça y Catalunya”, de Salva Torres y Frederic Porta), que sin incurrir en la manifiesta manipulación de otras precedentes, parece sustentar la tesis persecutoria contra F. C. Barcelona por su adscripción republicana, el catalanismo de que con anterioridad a la asonada militar hiciese gala, y el enfebrecido odio hacia todo lo catalán expresado con inusitada contundencia por ciertas voces, fuere durante la guerra o a raíz del parte triunfal fechado en Burgos la primavera de 1939.

En verdad por esas fechas hubo mucho odio, tanto en un lado como en el otro. Odio enfocado hacia Cataluña no sólo por haberse convertido en el último foco de resistencia republicana tras la caída de Levante, sino al anidar en ella el ideario anarquista trufado de anticlericalismo, con más arraigo que en otras geografías.

Varias publicaciones históricas sobre el F. C. Barcelona lamentan la modificación de su emblema tras la Guerra Civil. Ese maquillaje fue mínimo, bien al contrario del experimentado en otras entidades. Sobre el de la Unión Deportiva Levante Gimnástico se incrustó el yugo y las flecas, tal y como aquí se recoge.

Suelen rememorarse a ese efecto algunas frases lapidarias: Víctor Ruiz Albéniz solicitó mediante el correspondiente artículo “un castigo bíblico para purificar la ciudad roja”. El cuñadísimo Serrano Suñer veía en el nacionalismo catalán “una enfermedad”. José Artero, canónigo de la catedral salmantina, llegó más lejos sirviéndose de una homilía en Tarragona, al clamar: “Perros catalanes, no sois dignos del sol que os alumbra”. E incluso el lenguaraz Gonzalo Queipo de Llano, educado en un seminario y a quien Franco apartó finalmente de la esfera pública, harto de sus excesos, se despachó a gusto asegurando: “Haré de Madrid mi capital, de Bilbao una fábrica, de Barcelona un solar”. Obviamente un eructo, antes que consensuada declaración de intenciones, pues la realidad inmediata se encargó de desmentirle. Madrid siguió conservando durante algún tiempo ese aire de poblachón manchego, por emplear la definición de Pío Baroja, mientras la ciudad condal desplegaba un cosmopolitismo inequívocamente europeo. Bilbao se limitó a conservar sus altos hornos y astilleros, a medida que iban echando el cierre las compañías mineras; luego ni eso. Barcelona, en cambio, saldría por demás favorecida con las genuflexiones del régimen dictatorial ante el nuevo amigo americano, convirtiéndose en sede de la primera fábrica de “Coca-Cola” o solar de “SEAT”, decidida apuesta gubernamental por la automoción en una España que dejaba atrás la autarquía. Y por ende, en paralelo, su burguesía obtuvo pingües beneficios mediante subvenciones a la industria textil, contratos públicos o licencias de importación.

Las frases que tan a menudo se airean como justificación de tesis victimistas, en realidad sólo sirvieron para avergonzar, años después, a quienes un día las pronunciaran. Lo mismo que tantas loas de juglares pelotilleros dirigidas al “nuevo Cid Campeador”, a la “Gracia que Dios concede a los pueblos una vez cada mil años”, o al “prodigio intelectual, mano férrea, regalo de la divinidad y guía sublime”. Seguro que Ernesto Giménez Caballero, José Mª Pemán y Gonzalo Torrente Ballester, entre otros muchos, se sonrojaron con el paso del tiempo al releer sus excesos. Igual que los artífices de aseveraciones enarboladas de buena mañana y contradichas al ponerse el sol. Porque el franquismo no cambió arbitrariamente el nombre de la entidad azulgrana, como algunas de sus historias afirman, aunque determinados medios de difusión especularan en 1939 con tal posibilidad. Incluso llegaron a barajarse posibles denominaciones, desechadas de inmediato si es que en verdad se contempló semejante idea en algún despacho. La conversión de Fútbol o “Football” Club, en Club de Fútbol, respondió al mismo decreto que en vano intento de despojar a nuestra lengua de extranjerismos, convirtió a los Racing, Sporting, Athletic o Yatching, en Reales, Atléticos, o clubes a secas, rebautizó al coñac como “jeriñac”, procediendo de Jerez de la Frontera y sus aledaños buena parte de la producción nacional, y en las cartas de muchos restaurantes la ensaladilla rusa se transformó en “ensaladilla zarina”, evitando cualquier remota alusión al paraíso bolchevique.

El escudo barcelonista sí sufrió alguna modificación, sustituyendo las cuatro barras de Cataluña por las dos del emblema de la ciudad condal, asemejando su aspecto hasta cierto punto a la enseña nacional. En todo caso una mutación menos escandalosa que la experimentada por otros entes. Sobre el escudo de la U. D. Levante, club representativo del “Cabanyal” valenciano, barriada popularmente conocida durante la preguerra como “Pequeña Rusia”, se incrustó el yugo y las flechas a manera de exorcismo. Obviamente desaparecieron los clubes que detentaban nombres republicanos, y otros con significación obrerista para seguir compitiendo tuvieron que fusionarse o enhebrar propósitos de enmienda. Incluso se prohibió a los Oriamendi de Baracaldo y Gijón seguir su andadura bajo tales siglas, por más que la contribución carlista fuera decisiva en el aplastamiento militar de la república. Con respecto a la abducción franquista del Barcelona posbélico, o al encumbramiento de militares a su presidencia o directiva, fue tónica general, no ya en el ámbito del balón, sino para todas las instituciones deportivas. El mismísimo primer presidente de la nueva Federación franquista habría de anunciarlo sin ambages: “En adelante ya pueden ir olvidándose los clubes de seguir siendo entidades autónomas, como en el pasado. Permanecerán sujetas a la autoridad y darán buena cuenta de sus acciones”. Pocos, muy pocos clubes españoles, carecieron de algún militar victorioso en sus juntas directivas a partir de 1939 ó 40. Y por supuesto todos los directivos, tanto de sociedades señeras como de tercer y cuarto rango, pasaron por el cedazo policial antes de recibir el pláceme o la consideración de “válidos”. El Barcelona no fue objeto de un peor trato que sus contrincantes, en razón de pretéritos vínculos o molestas significaciones.

Curiosamente cuando se esgrimen frases rotundas dirigidas contra lo catalán en abstracto, o más en concreto contra su nacionalismo, suelen olvidarse otras no menos cargadas de trilita si sus destinatarios fueron otros. El teniente coronel Troncoso, presidente de la Federación Española de Fútbol franquista recién creada en San Sebastián, tuvo, por ejemplo, una postura mucho más comprensiva respecto a los jugadores “culés” enrolados en clubes franceses, que la empleada para los componentes de aquel Euzkadi auspiciado por el lehendakari José Antonio Aguirre y su gobierno, en gira europea y americana: “Son muchachos de antecedentes comprobados y magníficos”, dijo refiriéndose a Domingo Balmanya, Raich, Zábalo y Escolá, añadiendo de inmediato: “Difieren un tanto del caso de los vascos”. El cuarteto azulgrana hubo de pechar con una suspensión federativa próxima a los 13 meses como media, en tanto los primeros componentes del Euzkadi no pudieron regresar a España hasta 1946. Y eso que en setiembre de 1939, “Año de la Victoria”, según rezaba su escrito encabezado con la formalidad prosopopéyica del “Arriba España”, José Iraragorri, Isidro Lángara, Emilín Alonso, Cilaurren y Ángel Zubieta, miembros de aquella expedición, expresaran desde Buenos Aires su deseo de pronto retorno, apelando a los buenos oficios del expresidente santanderino José María Cosío, hombre muy vinculado al Régimen.

Paralelamente, el periodista bilbaíno Jacinto Miquelarena, trasplantado a Madrid cuando ingresase en el diario “ABC”, huésped de la embajada argentina durante la Guerra Civil antes de zarpar hacia Sudamérica en el torpedero Tucumán, falangista desde que se creara ese partido y escritor de altura hasta arrojarse a las vías del metro parisino, sabiéndose irremediablemente enfermo de cáncer, dejó esta crítica al nacionalismo enquistado en el fútbol, sin apuntar precisamente hacia Cataluña: “El fútbol era durante la República una orgía roja de las más pequeñas pasiones regionales, y de las más viles. Lo dije claramente. Casi todo el mundo era separatista -y grosero- frente a un match para el Campeonato de España. El bizcaitarrismo se daba tanto en los graderíos de San Mamés como en la tribuna de Chamartín. En la mayoría de los casos, el madridista era un bizcaitarra de Madrid; es decir, un localista, un retrasado mental frente a los límites nacionales. Yo advertí que el fútbol estaba haciendo política sin saberlo. Fabricaba incomprensiones, fabricaba odios y recelos, y desviaba el camino de la juventud a fuerza de arrebatar su generosidad y canalizarla hacia el clan, hacia la secta, hacia la órbita infinitamente pequeña del club”.

No siempre los improperios o aceradas críticas tuvieron como objetivo Cataluña o el nacionalismo que allí estallara, incluso con tintes de insurrección, durante el quinquenio republicano.

La citada obra, “Barça y Catalunya”, dedica un capítulo en su repaso del periodo 1936-1961, al todavía espinoso tema de la Guerra Civil, en apariencia desde una tesis ya enhebrada anteriormente: Los futbolistas azulgrana combatieron fundamentalmente en favor de la república y las víctimas, tanto mortales como objeto de represalias por los vencedores, superaron de largo a combatientes y victimizados del bando opuesto. Todo ello, conviene aclararlo, desde un planteamiento realista, cuando los autores reconocen que lo normal para cualquier residente en las áreas bajo control republicano era nutrir su ejército; que engrosar las filas franquistas implicaba asumir el enorme riesgo de una deserción, la huida, no menos arriesgada, o luchar contra el miedo ante la suerte que pudiesen correr sus familias en retaguardia, una vez consumada la supuesta traición. A partir de ahí se deslizan algunos errores -¿quién no los comete?-, se hincha el volumen de jugadores “culés” combatientes por la república, pero sobre todo se registran omisiones que, casualidad o no, desvirtuarían un tanto la tesis de partida.

Según esta obra, 35 futbolistas “culés” combatieron en el bando republicano, mientras únicamente 6 empuñaron las armas con los alzados. Cinco habrían sido los fallecidos o asesinados en defensa de la república y 6, o sea uno más, los caídos mientras luchaban a las órdenes de Emilio Mola y Francisco Franco, o recibiendo disparos mortales en razón de su ideología, sin juicio previo ni asomo de simulacro. Cabría determinar, de cualquier modo, qué ha de entenderse por combatiente, y cuántos eran verdaderamente jugadores del F. C. Barcelona en ese momento, circunstancias ni mucho menos baladíes. No todos cuantos vistieran uniforme, ni en Cataluña ni en ninguna otra región, fueron en realidad combatientes. Los hubo, y no pocos entre el gremio del balón, alejados del frente tras exprimir influencias, con su derivada de destinos “cómodos” y la clara intención de extraer réditos a su habilidad con el esférico, tal y como expresara el internacional del Athletic Club Isaac Oceja: “Durante mis tres años como combatiente, primero en un ejército y luego en el otro, no disparé un solo tiro. Por suerte los pasé entreteniendo a la tropa con lo que sabía hacer: jugar al fútbol”. También habría que retirar de esa estadística a quienes únicamente fueron jugadores barcelonistas una vez concluida la sangría fratricida.

Salvador Artigas, “último aviador republicano” aunque las fechas de su salida hacia Francia continúen sin encajar con la realidad bélica.

Pero empecemos con los errores.

Salvador Artigas no pudo ser el último aviador  republicano, como tantas veces se ha repetido. Las fechas de su escapada a Francia (acabaría incorporándose al Girondins de Burdeos más adelante) contradicen su propia afirmación, puesto que los aviones tricolores continuaron volando, aunque poco y en muy reducido número. Ricardo Zamora Martínez no combatió ni en el lado franquista, conforme se indica, ni en el republicano. Pedro Areso sí regresó a España, contradiciendo lo escrito, primero como futbolista y entrenador, y más adelante para recibir homenajes en Sevilla y Bilbao. Paco Mateo nunca tuvo una ficha del F. C. Barcelona emitida por la Federación Española, y aunque se alineó en algún partido fue extraoficialmente, lo que en puridad no lo convierte en jugador “culé”. También Di Stefano y Puskas disputaron amistosos con la camiseta azulgrana, sin pertenecer por ello a su plantilla. Ricardo Zamora incluso defendió los marcos del Melilla y al menos otra docena de equipos en bolos festivos, sin que ello lo convierta en estrella melillense, mito alicantino, del Algeciras o incluso de una formación gibraltareña. Lo mismo cabe decir de Francisco Suriol Solé, que si bien se alineara con el Barcelona en dos partidos amistosos, lo hizo sin ficha. Y de Ángel Ponz, hombre del vecino Español, alineado sin ficha en un amistoso del Barcelona, o el canario Francisco Ceballos, con quien se apalabró su incorporación para el ejercicio 1936-37, que la conflagración bélica hizo imposible. Este infortunado portero nunca llegó a jugar un partido con el Barcelona, ni se le extendió ficha federativa, puesto que tuvieron que amputarle una pierna cuando cayese herido en el cinturón norteño. Manuel Suárez de Begoña, en fin, sí jugó un par de partidos con el Barça, aunque cabría considerarlo más jugador del Athletic Club, Arenas de Guecho, At Madrid, Betis Balompié o Hércules alicantino, por lo que estas entidades representaron en su carrera. Era entrenador del Hércules, al que había ascendido a nuestra máxima categoría, cuando apareció su cadáver en una cuneta de Aguas de Busot poco después del pronunciamiento militar. Este buen nadador y pelotari, además de excelente delantero, pues no en vano llegó a ser convocado con la selección nacional, tenía amigos falangistas y departió con ellos en público. Pero hasta hoy no parece haber surgido ningún documento que lo vincule al partido que liderase José Antonio Primo de Rivera. Para la Historia no sirve como argumento sólido el “dime con quién andas y te diré quién eres”.

Aun a riesgo de narrar lo ya sabido, convendrá pespuntear algunas biografías, en aras de la claridad.

Pedro Areso confió a pies juntillas en el decreto garantista para cuantos, sin fechorías pendientes, retornasen desde el exilio. Y sufrió una profunda decepción. Había recorrido Europa, México, Argentina, Chile y Cuba con el Euzkadi, equipo pregonero de la causa republicana desde el que, además, salieron loas bolcheviques por boca de su relaciones públicas, Manuel de la Sota, en el periódico “Izvestia” (18 de agosto de 1937), como broche a su andadura por la URSS: “No podemos despedirnos con un simple apretón de manos, os enviamos un abrazo a todos vosotros, nuestros queridos hermanos y camaradas. ¡Viva Stalin, genio de la Humanidad!”. Una frase que iba a pender como espada de Damocles sobre las cabezas de cuantos compusieran aquella expedición.

Aunque Salva Torres y Frederic Porta crean otra cosa, Pedro Areso, en la imagen, sí regresó a la España franquista. Lució pantalón corto en Cantabria y continuó en el banquillo burgalés la andadura que como entrenador iniciase en Venezuela

Había formado parte del ejército gudari, sin combatir realmente. Primero fue a Orduña, con el Batallón Amaiur, como escribiente en la secretaría de Joseba Rezola. Y a continuación a San Mamés, para jugar gratis junto a Paco Bienzobas, Bata, Unamuno, Arqueta, Isaac Oceja, Eguía y hasta Ignacio Aguirrezabala “Chirri II”, que desde el sur francés, donde se había refugiado, regresaba a Bilbao en cuanto se lo solicitaban. Esos partidos, con fines recaudatorios para Acción Nacionalista Vasca, solían contar con la inestimable ayuda de José Mandalúniz Ealo, como reclutador, por más que fuese Ignacio Gracia, consejero de Asistencia Social en el gobierno de José Antonio Aguirre, quien moviese los hilos entre bastidores. Y por fin el vuelo desde Sondica hasta Biarritz con el Euzkadi, los tumbos por Europa, las apreturas económicas, el eco de las muy aceradas críticas provenientes del bando “nacional”, la incertidumbre ante el porvenir, la llegada a América… Y allí más obstáculos. La prohibición de competir contra cualquier club argentino. Acto seguido, cuando velando por su futuro ya entrenaba con la plantilla del River Plate, aquel telegrama del gobierno vasco desde su cómodo exilio en París, conminándole a reingresar en el Euzkadi. El silencio de sus hasta entonces compañeros, tras solicitarles dinero para el pasaje. El cansancio de River ante sus dudas, traducido en carpetazo a la oferta que le girase. La luz, con el repentino interés del Racing bonaerense…

Desde Argentina pasó a Venezuela, como jugador-entrenador del Vasco caraqueño. Y al cabo la vuelta a otra España muy distinta a la que abandonase, no para lucir de azulgrana, siendo el Barça titular de sus derechos federativos, sino incorporándose al Santander, con cesión incluida al Deportivo Tanagra mientras recuperaba el tono, y luego de que los “culés” declinasen hacer un hueco a quien ya sumaba 36 primaveras larguitas. En Santander, también, volvería a ejercer como entrenador, desde donde fue requerido para dirigir a la Gimnástica Burgalesa, justo durante el último ejercicio donde iba a lucir ese nombre (1947-48). Vistos los resultados, un tremendo error, pues ni en sus peores sueños imaginaba podrían complicarle tanto la existencia.

Burgos, con gran presencia militar en sus instituciones, seguía prendida a la luenga sombra del 18 de julio. Un día el general Yagüe lo citó en su despacho para reprocharle su ideología nacionalista, señalándole la puerta de salida del club. En realidad llovía sobre mojado porque, apenas hubo puesto un pie en Madrid, cuando con ayuda de Cesáreo Galíndez y Juan Touzón fuese sometido a prueba por el Atlético Aviación en Albacete, dos mandos del cuerpo aéreo “sugirieron” debía ser vetado, porque alguien como él no era digno de representar al glorioso Cuerpo de Aviación. Otro acercamiento posterior al Gijón concluyó de igual modo. El magnánimo decreto le permitía venir a España con pasaporte emitido en la embajada argentina, pero aparentemente sólo para recibir inequívocas muestras de rechazo. Así que partió hacia Portugal, desde donde regresaría a Sudamérica, dejando huella como entrenador en distintos países antes de hundir raíces en Argentina, desde donde volvió a cruzar el Atlántico al menos en dos ocasiones: la primera invitado por el Real Betis Balompié, al cumplirse el cincuentenario de su único triunfo liguero, y la segunda al conmemorarse la salida del Euzkadi, en su gira propagandística, desde una villa bilbaína ya cercada. En ambos casos compartió emociones con su compañero de zaga Serafín Aedo.

Ricardo Zamora Martínez, colaborador habitual del muy católico diario “Ya”, se hallaba en Madrid cuando llegaron noticias del pronunciamiento militar en África. Y de inmediato pensó que, por una vez, su notoriedad iba a volvérsele en contra. Tras permanecer escondido algún tiempo, lograría refugiarse en la embajada de Argentina hasta su traslado a Alicante, desde donde zarpó hacia Marsella junto a un amplio colectivo de amenazados como él. Gracias al testimonio de aquellos compañeros coyunturales, consta su zozobra, el temor que lo embargada y sus vanos esfuerzos por modificar la fisonomía. Se dejó crecer la barba con el propósito de no ser reconocido, aunque un día cierto miliciano le gritó desde el exterior, mientras vigilaba la representación argentina: “¡Zamora, esa barba no te favorece nada!”.

Ya en Francia fichó por el Olympique de Niza, volviendo a ser compañero de José Samitier. Defendió aquella portería tras haber anunciado su retirada cuando concluyera el Campeonato 1935-36, y entrenó a la plantilla. Con la guerra ya inevitablemente decantada regresó a la franja española bajo control franquista sin que sus problemas ni mucho menos hubieran acabado. Unos lejanos vivas a la república entre sopores espirituosos de un banquete, cuando nada hacía pensar la conflagración civil, unidos a declaraciones realizadas en Francia negando ser fascista, lo convirtieron en individuo a depurar, recetándosele doce meses de descalificación tras interponer un recurso con reducción de la pena inicialmente impuesta. Zamora, para entonces, había sido designado entrenador del nuevo Atlético Aviación, desde donde iba a celebrar los dos primeros títulos de Liga posbélicos. Aunque un escrito del diario “Arriba”, denunciando la tolerancia de que era objeto ante el flagrante incumplimiento de su pena, volvió a ponerlo ante otra encrucijada.

En abril de 1940, la Comisión Depuradora inquirió si “el entrenador D. Ricardo Zamora cumple rigurosamente la sanción impuesta”, punto sobre el que volvería a incidir los días 7 y 17 de mayo.

Y si Zamora, prisionero en el Madrid republicano, cuya vida pendió de un hilo hasta que lograse zarpar hacia Marsella, era personaje dudoso, poco bueno podían esperar jugadores más anónimos, o con bien documentada conducta republicana. En su caso, quienes clamaban dureza lo veían incurso en el apartado “N” del Artículo 4º correspondiente a la Ley de Responsabilidades Políticas, promulgada el 9 de febrero de 1939: “Haber salido de la zona roja después del Movimiento y permanecido en el extranjero más de dos meses, retrasando indebidamente su entrada en el territorio nacional, salvo que concurriese alguna de las causas de justificación expresadas en el apartado anterior”.

El documento adjunto, remitido por el Comité Olímpico Español en junio de 1940 al arma de Aviación, resulta harto explícito.

Evidencia que tanto el Delegado Nacional de Deportes, como la Federación de Fútbol y el propio club Atlético Aviación, entonces pura dependencia del Ejército del Aire, no sabían a qué carta quedarse, y menos aún cómo solventar la papeleta. El Comité Olímpico actuaba “arrastrado” por la publicación del diario “Arriba”, antes que de buena gana. Desde el ente federativo se daban largas cambiadas y el Atlético Aviación fingía un cumplimiento de la sanción más cosmético que real. Zamora entrenaba durante la semana, a puerta cerrada, y los días de partido “oficiaba” de entrenador un sustituto. Resulta palmario que los más intransigentes pretendían servirse de su notoriedad para sentar un precedente insalvable. Si no se tenían contemplaciones con el “Divino”, con alguien capaz de movilizar a tirios y troyanos en su defensa mientras corriera gran peligro, si ni aquel por quien se abogó ante el mismísimo Jules Rimet, artífice de los Juegos Olímpicos modernos y presidente de la FIFA, recibía especiales contemplaciones, todo el país entendería que nadie iba a eludir el peso de las durísimas leyes recién aprobadas.

Y la verdad es que se lo pusieron difícil. Llegó a ingresar en la cárcel de Porlier, aunque por breves días (mayo de 1940). Pero su incapacitación para dirigir al Atlético Aviación, como incipiente entrenador, resultó más larga: desde finales de mayo hasta el 4 de diciembre de 1940, periodo en que sería sustituido al frente del cuadro “colchonero” por Ramón Lafuente. El aviso a navegantes estaba cursado y la caza de brujas no había hecho sino tomar cuerpo definitivo, puesto que desde hacía unos meses la prensa más visceral, o la más combativa, se empeñaba en señalar con su dedo a cuantos no pudieran justificar una lealtad inquebrantable al naciente régimen.

No fue el único hombre de arraigada ideología conservadora y afín a los alzados, que iba a purgar por el articulado de la Ley de Responsabilidades Políticas. Ni siquiera el único del F. C. Barcelona, cuestión ésta habitualmente “olvidada” en las historias escritas con tinta azulgrana durante el último cuarto de siglo.

Suelen recordar a José Raich como jugador del Séte junto a Escolá y Balmanya, represaliado precisamente por esa escapada a territorio galo, aunque rara vez se profundiza en sus antecedentes derechistas, ni sobre la persecución sufrida por sus padres en zona republicana. Y sí, pese a los muchos avales que presentara se le impusieron 18 meses de suspensión federativa, aplicándosele tan sólo una atenuante, en vez de la eximente completa solicitada, cuando pocos estaban en condiciones de lucir mejores credenciales. Era hombre de Acción Católica, educado en el seno de una familia muy religiosa, con acrisolada ideología derechista. Su traslado a Francia, donde habría de proclamarse campeón de Liga la temporada 1938-39, tuvo lugar ante la convicción de que con toda probabilidad le hubieran segado la vida en Cataluña. En suma, otra víctima de la notoriedad asociada al fútbol.

Con respecto a Francisco Mateo Vilches (Algeciras 16-V-1916), hermano mayor del internacional sevillista de posguerra Andrés Mateo, debe constar que destacó mucho en el fútbol galo, donde recibió consideración de estrella. Tras forjarse en el Algeciras desde 1933, compitió durante la temporada 1935-36 con el At Tetuán, estuvo algún tiempo en Valencia, alineándose con el Levante ya en periodo bélico, y en marzo de 1938 reforzó al F. C. Barcelona de la Liga Catalana. Cualesquiera que fuesen sus razones para cambiar de bando, desde el Norte de África alcanzó la cuenca mediterránea enrolado como fogonero en un buque mercante, constituyendo sus días en Cataluña tan sólo un paréntesis para tomar impulso en la huida. Su posterior periplo francés arroja dudas hasta 1944, y mucha luz después: Girondins de Burdeos 1944-45, Strasbourg 1945-50 y Racing de París 1950-51, donde jugó muy poco por culpa de una lesión en la espalda, como ya ocurriese a lo largo de sus dos últimas campañas en el club alsaciano. Medio volante e interior con tanto empuje como calidad, a la par que ilustre desconocido para los aficionados españoles, su nombre solía ser destacado en la publicidad de los partidos al otro lado de los Pirineos, por constituir buen reclamo. Y desde luego no consta su contribución bélica de choque como soldado republicano.

Sorprenden también algunas omisiones, máxime al engrosar la lista de “culés” republicanos con futbolistas que, como mínimo, merecen el calificativo de dudosos. Una de las lagunas tiene como protagonista a Gerardo Bilbao Bilbao, nacido junto al río Nervión, en el anexionado barrio bilbaíno de Deusto, el 9 de febrero de 1907.

Interior con olfato de gol y medio volante a medida que fue cumpliendo años, hizo su presentación entre los grandes ante el Real Madrid (enero de 1930), en partido de la 9ª jornada liguera correspondiente al torneo 1929-30. Atrás quedaba su aprendizaje en el Rivera Sport, casi dos años en el Racing de Ferrol, un breve paso por el Cartagena y, por delante, luego de casi tres temporadas en el Arenas Club de Guecho, cuatro ejercicios completos luciendo la camiseta rojiblanca del Athletic Club, con cuyo primer elenco habría de debutar el 30 de octubre de 1932, derrotando en Mendizorroza al Deportivo Alavés por un apretado 1-2. Y también, claro, la Guerra Civil y sus funestas consecuencias.

Tan pronto hubo caído Bilbao en poder franquista huyó a Cataluña, alineándose en algunos partidos con el F. C. Barcelona. Un club azulgrana sembrado de ausencias, incautado, y en fase de apresurada reconstrucción, luego de que sus anteriores estrellas hubiesen aprovechado la gira americana para asentarse en México, o la escala francesa, ya de retorno, para enrolarse en clubes galos. En lo puramente personal aprovechó ese periodo proclamándose vencedor en el Campeonato de Cataluña, llegando a disputar, incluso, un partido con cierta “selección de Cataluña” (julio de 1938), ante una formación de Carabineros. Entre éstos se alinearon Gamborena y Venys, y con la selección catalana Zamora, del Avenç (nada que ver con “El Divino”); Montero, Abad, Lloret, Grec y Judice, del Sants; Domenech y Canals del Europa; Martínez, del Español, y Castro del Barcelona. “Selección” de ínfimo rango, confeccionada a base de retales. Mucho tiempo después, cuando con subvenciones públicas algunos chiringuitos se dedicaron a confeccionar listados de internacionales catalanes, habrían de convertirle en “internacional” con la selección de Cataluña merced a esa única y coyuntural comparecencia. “Internacional” catalán quien naciese en Vizcaya, nunca compitió oficialmente en territorio catalán, y se midiera una tarde, en choque puramente recaudatorio con finalidad bélica, a un grupo de teóricos carabineros. La política tejiendo sus hilos hasta enmarañar el perfecto discurrir del balón.

Concluida la guerra, un breve paso por Bilbao y salida hacia México, desde donde habría de recalar en Venezuela. Allí le aguardaba una nueva carrera futbolística, con 10 años distribuidos entre el Deportivo Venezuela (3 temporadas), Loyola (4, en dos etapas distintas) y Vasco (3 consecutivas). Paralelamente en Caracas, todavía soltero y acompañado por una hermana, se colocó de administrativo en una compañía mercantil, mientras mataba el gusanillo de la pelota disputando partidillos hasta acercarse a la cincuentena. Falleció en la capital venezolana el 21 de junio de 1982, con 75 años.

“Barça y Catalunya” recoge la peripecia vital de Carlos Comamala, futbolista azulgrana durante los años 10 del siglo XX, cuando apresado por sus ideas derechistas lo reconoció un miliciano y en atención a sus días de gloria deportiva se las arregló para ponerlo en libertad. Magnífico, pero se esconde al lector otro hecho de muy similar naturaleza, donde quien hizo gala de buen corazón fue un mando intermedio franquista. Y parece raro que a lo largo de la investigación no se tropezara con este hecho, máxime cuando se dedica un breve espacio al retrato de personaje tan significado para el barcelonismo, como lo fue Ángel Mur.

Ángel Mur Sr. Barcelonista de corazón y personaje muy popular, hasta el punto de protagonizar una campaña publicitaria para el “Linimento Sloan”.

Ángel Mur Navarro, atleta de fondo y campo a través, cinco veces campeón de España en 3.000 metros obstáculos y masajista del Barça en aquella gira americana mientras las bombas asolaban la piel de toro, se hizo durante la misma con el cariño del elenco. Y luego sería correspondido cuando, concluida la guerra, tuvo problemas en Francia, desde donde pretendía embarcar hacia México. Militante de un sindicato radical, en su día supo se avecinaba la incautación del F. C. Barcelona y puesto en la disyuntiva de elegir entre política y devoción deportiva, ganó ésta. Su aviso sirvió para que los incautadores sólo encontrasen telarañas; ni dinero en las arcas, ni libros registrales ni el prontuario de socios. Posteriormente Raich, Escolá y Balmanya, los tres compitiendo en el Séte galo tan pronto regresaran de la gira americana, teniendo noticias sobre sus dificultades le hicieron llegar ropa y dinero para garantizarle el regreso a la zona “nacional”. Tal y como le pintaba allende los Pirineos, el retorno tampoco se antojaba una mala alternativa. Así que cruzó a España por Pont Vandrés y en Figueras, cuando lo conducían a la plaza de toros convertida en campo de prisioneros provisional, se lo encontró el capitán Colomé, un gerundense también atleta, contra quien había competido. El diálogo fue breve: “Vaya, ¿Qué haces aquí?”. “Pues ya ves; las cosas en Francia estaban muy mal”. Ese hombre le tomó del brazo, sacándolo de la fila para rellenarle un salvoconducto. Y mientras se estrechaban calurosamente las manos, dijo: “Compórtate con discreción y mucha suerte, porque esto es todo cuanto puedo hacer por ti”.

Resultó suficiente, porque con toda probabilidad a partir de su ingreso en el campo de clasificación habría salido a la luz su antigua sindicación, y con ella el subsiguiente purgatorio en cárceles sobresaturadas o algún batallón de trabajadores forzados. Conforme él mismo narrase, volvió a sonreírle la suerte cuando hubo de comparecer judicialmente, al contar con avales de otros atletas, como Manuel Torres o el valenciano Justo Borrás, del C. D. Español, camuflado durante la guerra como cenetista, aunque en realidad fuese miembro de Falange: “El suyo fue uno de mis mejores avales”, rememoró ante Julián García Candau, ya retirado y con un brillo de gratitud nublándole la mirada.

También el Barcelona supo agradecerle tan trascendental aviso en cuanto se reanudaron las competiciones, convirtiéndolo en masajista hasta que, avanzados los años 70, legara esa función a su propio hijo, Ángel Mur Ferrer, poco antes futbolista en el Rosas, Barcelona Aficionado, Condal, Real Gijón y San Andrés de Barcelona. Ambos, además, fueron masajistas de cabecera en la selección nacional.

Aunque esta obra recuerde el elevado número de jugadores azulgrana en la plantilla prebélica que habría de aprovechar la gira mexicana para establecerse en tierra azteca,  y otro tanto a quienes, ya de regreso emplearan la escala en Francia para evitar las trincheras, enrolándose en el fútbol galo, se pasa de largo sobre la parca vocación republicana de varios, pese a figurar en el listado de combatientes gubernamentales. Pero aun con todo, sin podas, la contribución bélica azulgrana al bando republicano exige ser contemplada con muchos matices. Dieciocho futbolistas del vecino C. D. Español en la temporada 1935-36 nutrieron los frentes gubernamentales, el mismo número aportado por el Gerona C. F., siguiendo en la lista los 13 del Sabadell, por cuanto respecta a clubes grandes. Y es que entre entidades menores hubo plantillas movilizadas casi al completo. De los 12 combatientes republicanos con respecto a la plantilla “culé” del Campeonato 35-36, varios lo hicieron desde destinos en retaguardia y sólo hasta el verano de 1937.

Finalmente, con respecto al elenco de combatientes republicanos en el listado de futbolistas azulgrana, 9, nada menos, sólo se enfundaron esa camiseta después de acabada la Guerra Civil, por lo que deberían haber quedado fuera del recuento, o si acaso recogidos en otro registro bajo el epígrafe de “Combatientes republicanos fichados por el Barcelona tras la Guerra Civil”.

El extremo izquierdo aragonés José Valle perteneció a la entidad entre 1939 y 1948. Gonzalvo I únicamente la temporada 45-46, luego de haber pasado por las plantillas del Sabadell y C. D. Español. Manuel Rosalench fue “culé” desde 1939 hasta 1944. También llegaron al Barça en 1939 Jaime Sospedra, procedente del Sabadell, Luis Miró, con pasado en el Sans y el Murcia, y el madrileño Juan Rocasolano, cuando fue preciso sustituir a los exiliados en México, a los competidores en Francia desde que concluyese la gira americana, o a los suspendidos federativamente por ausentarse de España durante más de dos meses en plena conflagración. El mulato Francisco Betancourt sólo llegó al Barcelona posbélico en 1942, después de ejercitarse en el Gracia, Gerona y Badalona. El durangués Luis Zabala lo hizo en 1940. Y Emilio García Martínez, el gran “Emilín”, como Herrerita únicamente fue azulgrana durante la campaña 1939-40 y en condición de cedido desde el Oviedo, ante el año de moratoria concedido a los asturianos para reconstruir su estadio, literalmente arrasado. Los también ovetenses Soladrero y Antón reforzaron al Zaragoza  durante ese mismo torneo y por idéntica razón.

Se puede adulterar la Historia sin mentir del todo, tan sólo escondiendo partes de la verdad, aunque ello nos convierta en paladines del autoengaño. Por esa misma razón los trazos de aguafuerte en crudo blanco y negro, sin tonos sepias, malvas o grises al acercarnos a lo acontecido tanto tiempo atrás, carecen de sentido cuando la Guerra Civil, por fortuna, aportó matices y no pocas muestras de bondad. Además de cerrazón sin límites, revanchismo y barbarie, hubo gentes ofreciendo amparo, abrigo, consuelo y esperanza a compañeros de trabajo, vecinos o conocidos de ideologías contrarias. Alcaldes de izquierdas cobijando en sus domicilios al cura del pueblo. Funcionarios traspapelando intencionadamente sentencias de ejecución. Falangistas, conservadores abrazados al franquismo e incluso presbíteros o frailes, avalando judicialmente a republicanos confesos. Y manos tendidas cuando no pocos derrotados hubieron cumplido condena en penales o campos de trabajo virtualmente esclavistas, teniendo ante sí el difícil reto de improvisar desde la nada una nueva existencia.

La objetividad es viga maestra del relato histórico ponderado y fidedigno. Razón suficiente para que mientras unos confunden olvido con reconciliación y otros transforman la memoria en venganza, alguien convierta a personajes ejemplares como “El Ángel Rojo” en materia de estudio para colegios e institutos. Tal vez así desterrásemos tanto gusto por el tremendismo y los aguafuertes, o se escribiera menos desde postulados ideológicos, cualesquiera que éstos sean.

Melchor Rodríguez García, anarquista de corazón y ante todo hombre de elevados principios, sería conocido con sobrados motivos como “El Ángel Rojo”. Por los alrededores de su Sevilla natal quiso hacerse un hueco en el mundillo de la tauromaquia, sin atisbar el triunfo ni de lejos. Así que le tocó doblar el lomo. Calderero de oficio y líder de la CNT, era Delegado de Prisiones el 10 de noviembre en el Madrid republicano, cuatro días después de iniciarse las fatídicas “sacas” rumbo a la matanza de Paracuellos. Si Santiago Carrillo, con un cargo de mucho más relumbrón que el suyo nunca tuvo constancia de aquellas ejecuciones salvajes, a tenor de lo que tantas veces manifestara, este hombre sí lo supo. Y actuó a pecho descubierto. Armado con una pistola sin balas, paró a una columna de camiones en la que otros milicianos de la CNT conducían hacia la muerte a cerca de cien desdichados. Sin balas, sí, porque siempre sostuvo un criterio inquebrantable: “Se puede dar la vida por los ideales; pero nunca matar a nadie por ellos”. Destituido el día 14, a raíz de que su actuación llegase a instancias más altas, y repuesto algunas jornadas después, nada pudo contra la monumental masacre, aunque sí tomó medidas para impedir otras. Mientras fue Director de Prisiones impidió la salida de nadie sin sentencia judicial y un documento con su propia firma. También abortó el asalto a la cárcel de Alcalá, acaecido el 8 de diciembre de 1936, estimándose en algo más de un millar las vidas salvadas poniendo en grave riesgo la suya.

Concluida la guerra fue sometido a juicio, contando con infinidad de avales de significados franquistas, e incluso con el testimonio en su favor de Agustín Muñoz Grandes, laureado militar del bando victorioso, primer mando de la División Azul desde el verano de 1941 y con posterioridad ministro del Ejército (1951-1957), Jefe del Estado Mayor (1958-1970) y vicepresidente del Gobierno (1962-1967). Según se aireara en aquella vista, entre los hombres a quienes evitó un fin fatal figuraban el cuñadísimo Ramón Serrano Suñer, Rafael Sánchez Mazas, periodista, buen escritor, ministro sin cartera en 1939 y 1940, Procurador en Cortes desde 1943 hasta 1966 y miembro fundador de Falange Española, atribuyéndosele la consigna de “¡Arriba España!”; el militar monárquico Valentín Galarza Morante, Cruz del Mérito Naval, ministro de la Gobernación en 1941 y 1942 y Procurador en Cortes desde 1943 hasta 1946; el doctor Gómez Ulla, jefe de la Sanidad Militar desde 1941, así como presidente de la Organización Médica Colegial hasta su fallecimiento en noviembre de 1945; los hermanos Rafael, Daniel y Ramón Luca de Tena y Lazo, miembros de la aristocracia; Raimundo Fernández Cuesta, abogado unido por razones de amistad personal con José Antonio Primo de Rivera, ministro de Agricultura desde enero de 1938, en plena Guerra Civil, hasta agosto de 1939, presidente del Consejo de Estado en 1945, ministro de Justicia entre 1945 y 1951, o Procurador en Cortes desde 1943 hasta 1977, amén de secretario general de Falange con rango ministerial entre los años 1948 y 1956…

Cuando falleciera “El Ángel” Melchor Rodríguez en 1972, a los 79 años, su entierro reunió a viejos cenetistas, falangistas de otrora y adeptos al Régimen. Francisco Franco aún vivía y pese a todo se cantó “A las barricadas”, himno revolucionario proscrito, sin un mal gesto de nadie, reproches ni miradas esquivas. Allí sólo hubo respeto y un hondo agradecimiento.

Mucho después, en diciembre de 2009, el barrio hispalense de Triana dio cobijo a un mosaico de azulejos con su retrato y la siguiente inscripción: “Arriesgó su vida por salvar las de cientos de adversarios políticos durante la Guerra Civil. El barrio de Triana lo recuerda con orgullo”.

Que figuras como “El Ángel Rojo” y otros hombres y mujeres sin aristas al no haberse dejado arrastrar por credos ni cortapisas, sean objeto de un doloroso olvido histórico, evidencia que algo se hizo mal durante la transición democrática y hoy, transcurrido casi medio siglo, vivamos enfangados en una ciénaga doctrinaria, entre cuentecillos, verdades a medias y formulaciones edulcoradas para su mejor ingestión sectaria. Si durante aquella guerra todos fueron culpables en mayor o menor medida, da la impresión de que tanto tiempo después tampoco hemos aprendido mucho.




La huella española en el fútbol estadounidense

Suele darse por cierto, incurriendo en un error, que el fútbol, o el “soccer” como allí lo denominan, no llegó a implantarse con cierta seriedad en los Estados Unidos hasta finales de los años 60, en el pasado siglo. La realidad contradice abiertamente tal suposición. El primer club de fútbol documentado en ese país fue el Oneida, constituido en Boston el año 1862. La primera competición reglada de que se tienen noticias, la American Cup, encumbraría a su primer campeón en 1885. Y ya en 1904 el Christian Brothers College y el St. Rose Parish representaron a la nación americana en los Juegos Olímpicos de San Luis, estado de Missouri, alzándose respectivamente con las medallas de plata y bronce.

No obstante, el primer torneo concebido con la clara intención de alumbrar un campeón nacional, se hizo esperar hasta 1910. Esa National Challenge Cup iría imponiéndose paulatinamente a su predecesora, hasta hacerla desaparecer. Ambos torneos se disputaban por el sistema de Copa, evitando de ese modo costosos desplazamientos, aun siendo preciso aclarar que por esa época el fútbol sólo se practicaba en una mínima parcela de la Unión, comprendida entre Chicago, San Luis, Boston, Filadelfia y algún otro núcleo en el estado de Pennsylvania, Massachusetts, Rhode Island, New York y New Jersey. La Federación Estadounidense nació en 1913, afiliándose a la FIFA el año siguiente. Pero antes ya existieron dos entes oficiosos, agrupando a distintos clubes amateurs de la franja noreste: la American Football Association, creada en 1884, y la American Amateur Football Association, que no vio la luz hasta 1911. Los conflictos entre ambas asociaciones estuvieron a la orden del día durante los dos años de coexistencia, firmándose la paz el 5 de abril de 1913, para someterse a la autoridad de esa recién nacida Federación Estadounidense.

Corría 1916 cuando una selección nacional partió de gira hacia Suecia, disputando un par de encuentros. Todavía, y hasta 1920, el deporte era conocido por su terminología inglesa, es decir “football”, puesto que sus impulsores habían sido emigrantes anglosajones o jóvenes de acrisoladas familias, a su regreso de cursar estudios en reputados claustros británicos. Sin embargo muy pronto iba a imponerse la denominación de “soccer”, aun cuando el campeonato creado en 1921 todavía tuviese por nombre oficial “American Football League”. Tiempos de vino y rosas, puesto que ese torneo lograría convertirse en la segunda competición deportiva más importante del país, únicamente superado en popularidad y brillo organizativo por la Major League Baseball. Por desgracia, muy pronto iba a cambiar todo eso. La gran depresión económica de 1929, unida a distintos encontronazos del “soccer” con la FIFA, acabaron con lo que hasta entonces funcionara admirablemente. Y todavía, una selección nacional con el escudo de las barras y estrellas estuvo presente en el primer Mundial de Fútbol disputado en Uruguay (1930), alzándose con la tercera plaza.

Escudo del Philadelphia United German Hungarians, una de las agrupaciones deportivas étnicas que proliferaron durante los primeros años del fútbol estadounidense.

Sólo tres años después la Liga se convertía en historia, y casi podría decirse que el fútbol – “soccer” encaraba si no una dolorosa desaparición, al menos un declive irreversible.

En el ínterin, a esos primeros emigrantes anglosajones avezados en el “foot-ball”, y a los estudiantes de buena cuna, se fueron sumando otros jóvenes jugadores procedentes de la emigración europea, ansiosos por alcanzar la modesta profesionalización de la época. En Filadelfia, por ejemplo, distintas formaciones inglesas, escocesas e irlandesas, cimentaron el fútbol bajo denominaciones de inequívoca resonancia europea, como Caledonian, Hibernian o Albion. En otras ciudades, las tempranas formaciones anglosajonas solían medirse a equipos surgidos de la socialización étnica: Polacos, germanos, checos, húngaros, judíos mayoritariamente centroeuropeos, hispanoamericanos, españoles… Algunos de estos equipos, o clubes, puesto que en ciertas ocasiones llegaron a alcanzar un desarrollo organizativo ejemplar, se arracimaban en aquellos núcleos más susceptibles de atraer la emigración, bien por su proximidad a los grandes puertos, o porque su industria textil, del acero o el zinc, ofreciese un futuro a recién llegados de allende el océano. Y junto a esas entidades de marcado carácter étnico surgían otras más solventes, patrocinadas por industrias metalúrgicas o manufactureras.

Pueden servir de ejemplo, entre otros, el Clarc Ont, dominador durante el decenio de 1880 gracias al patrocinio de la Clark Thread Company, instalada en New Jersey. El Fall River Rovers, de Massachusetts, activo entre 1885 y 1921. El Paterson True Blues, entre 1887 y 1915, que habría de alcanzar la profesionalización, auspiciado por las fábricas textiles de la comarca. El West Hudson Athletic Club, del norte de New Jersey, en torno a 1906. El Bethlehem Steel, de Pennsylvania, entre el periodo 1907-1930. El Diston Athletic Association, patrocinado por una fábrica de sierras mecánicas instalada en Filadelfia. El Howard & Bullough, de Rhode Island, entre 1899 y 1917. El Babcok Wilcox, sufragado por esa bien conocida empresa, levantada en Byonne, New Jersey, con desarrollo amateur hasta 1915 y profesional hasta su desaparición, en 1932. E incluso el Brooklyn Robins Dry Dock, traducido literalmente, “Muelle seco de los petirrojos de Brooklyn”, profesional desde 1918 hasta 1921, cuando la empresa que lo sostenía optara por convertirse en mecenas del Tebo Yacht Basin F. C. Pero sobre todo, la entidad más notable de ese pleistoceno futbolístico habría de ser el Kerny Scots, de New Jersey, fundado en 1895 y actualmente el club más antiguo de la nación americana, entre cuantos han mantenido su actividad de continuo.

Tras la euforia desatada con el fin de la I Guerra Mundial, y durante los locos años 20, otro puñado de entidades lograría hacerse notar. El Flesisher Yarn, por ejemplo, amateur, pese a contar con subvenciones de una desatacada firma manufacturera en Filadelfia. El J. & P. Coats, traducido a nuestro idioma “Guardabosques de Pawtucket”, sufragado por la fábrica de hilaturas que una compañía escocesa explotaba en Rhode Island. Y especialmente el Fall River Marksmen, campeón de la Liga estadounidense en 6 ocasiones, pese a competir únicamente desde 1922 hasta 1931. Tenía sus lares en Rhode Island y además de enfrentarse a clubes europeos en gira por los Estados Unidos, como el Sparta de Praga, el Glasgow Rangers o el Kilmarnock, hasta se animó a emprender una excursión por la Europa central, midiéndose en Checoslovaquia, Austria y Hungría al Slavia de Praga por partida doble, Austria de Viena en otras dos ocasiones, Slovan de Bratislava y Ferencvaros de Budapest, arrojando un saldo de 2 victorias, un empate y 3 derrotas en sus seis comparecencias.

El Fall River Rovers, uno de los más destacados clubes estadounidense a finales del siglo XIX.

Por esa misma época el fútbol estadounidense contó con una estrella legendaria. Sería conocida como Billy Gonsalves (Portsmouth, Rhode Island, 10-VIII-1908 – Kearney, New Jersey, 17-VII-1977). Había nacido en territorio americano dos años después de que sus padres llegaran desde Portugal, y extendió su actividad durante la friolera de 25 campañas. Al decir de las viejas crónicas, poco tenía que envidiar a las estrellas europeas, de Argentina o Uruguay, por más que siempre perteneciese a entidades norteamericanas. Doce fueron sus camisetas entre 1926 y 1952, aparte de la internacional estadounidense, puesto que se retiró frisando los 44 años. Y pudo vérsele sobre el césped en los campeonatos Mundiales de Uruguay (1930), e Italia (1934).

El Kearny Scots American Athletic Club, entidad fundada por emigrantes escoceses, que los avatares del “soccer” mantuvieron casi inactiva durante periodo 1953-2011.

Curiosamente, la presencia italiana en aquel primitivo fútbol resulta poco perceptible. Y tal circunstancia, anómala a primer golpe de vista, tiene su explicación. La entonces pobre y superpoblada Italia aportó oleadas de emigrantes desde finales del siglo XIX, cuando aún el deporte del balón redondo no había arraigado en Sicilia, o regiones como Calabria, Basilicata, Apulia o Campania, tierra de la que procedían el grueso de los censados en la isla de Ellis. Mal podían llevar el fútbol a su nuevo mundo quienes apenas sabían nada de él. Por el contrario, los niños italoamericanos de ese periodo, e incluso quienes arribaran a posteriori, asimilaron como propio el “baseball”, deporte genuinamente yanqui, por puro contagio. Y prueba de ello es que al inicio de los años 40 la Liga profesional de pelota base contaba con unos cuantos apellidos de inequívoco origen transalpino.

Los años 30 del pasado siglo, pese a las consecuencias del crac bursátil y el consiguiente desplome económico, traducido en quiebras bancarias, cierres empresariales, desempleo masivo y por cuanto al “soccer” respecta fusiones de equipos, cuando no múltiples disoluciones, todavía iban a ofrecer formaciones en su mejor momento. Fueron los casos del Stix Bear & Fuller F. C., patrocinado por las Cerveceras Centrales de San Luis. El South Side Radio, de la misma ciudad. E incluso el neoyorquino Brooklyn Hispano, profesional pese a lo azaroso de la época, y más adelante rebautizado como Brooklyn Giants, o el Bricklayers & Mason F. C., de Chicago, a punto de  ensayar el canto del cisne, puesto que se disolvería en 1933.

Emblema del Stix Bear and Fuller FC, de Sant Louis. Popularmente “Los Cerveceros”, a raíz de que los patrocinasen las fábricas locales de tal bebida.

La II Guerra Mundial, vaciando el país de jóvenes varones ante el masivo reclutamiento para los frentes europeos y del Pacífico, tampoco le salió gratis al deporte americano. La Liga de béisbol, ya muy profesionalizada, logró salir del atolladero sustituyendo a todas las estrellas del pasado inmediato, en excedencia ante sus nuevas obligaciones militares, por equipos femeninos. Aquellos improvisados propagandistas de la manifestación deportiva con mayor número de seguidores, tuvieron que llevar a cabo distintas campañas en prensa y radio para que el público aceptase el cambio. Y no faltaron en ellas invocaciones al patriotismo, homenajes a cuantos sustituyeron el bate y los guantes por un fusil ametrallador o el uniforme de marino, ni pupitres o carpas donde adquirir bonos de guerra. El fútbol y el baloncesto no supieron reaccionar del mismo modo, forjando así una especie de eclipse temporal. En el caso del fútbol, sobre todo, porque seguía sin verse capacitada a la mujer para la violencia propia de un deporte de contacto, aunque veinte años atrás ya hubiese alguna exhibición puntual de “soccer” femenino en la costa Este.

Es muy probable que el panorama semidesértico del deporte rey europeo y latinoamericano en los Estados Unidos posbélicos, empequeñecido más todavía por la pujanza del béisbol, boxeo, fútbol a la americana, básquet, e incluso el atletismo universitario, transmitiese a este lado del océano la sensación de un total derrumbamiento. Quienes así lo consideren todavía hoy, pasan por alto que en 1950 la selección española se enfrentó a la norteamericana durante la fase final del Mundial de Brasil, y que los nuestros salieron victoriosos por 3-1 en Coritiba, después de 90 minutos que nada tuvieron de paseo. Los Estados Unidos, además, doblegaron a Inglaterra por 1-0 en Belo Horizonte, con gol de Gaetjens a los 38 minutos que hizo temblar los cimientos en la antigua metrópoli, desde Manchester hasta Brighton. Chile, que se tomó las cosas muy en serio, se impuso a los norteamericanos 2-0. En total, un saldo goleador de 2-5 para los yanquis, con dos puntos. Algo muy por encima de lo esperado. Sobre todo el impensable triunfo ante los inventores del fútbol.

Selección USA en el Mundial brasileño de 1950.

Joseph Edouard Gaetjens, nacido en Haití el 19 de marzo de 1924 y fallecido igualmente en Puerto Príncipe, el 10 de julio de 1964, tras golear en la Liga norteamericana se incorporaría al Racing de París, donde no tuvo suerte. Otro breve paso por el Olympique de Arlés, lastrado por las lesiones, fue preámbulo de su retorno a Haití, donde siguió jugando, aunque poco, en el Etoile Heitienne. Su familia era una de las más influyentes en el pobre país antillano, a donde el bisabuelo paterno había llegado como emisario comercial del káiser prusiano Federico Guillermo III. Luego de proclamarse campeón en la Liga de Haití los años 1942 y 1944, obtuvo una beca en la Universidad norteamericana de Columbia para cursar estudios de Contabilidad, como ya había hecho su hermano Gérard. Y mientras estudiaba, además de lavar platos en un restaurante español de Harlem, se las arregló para ingresar en el Brookhattan F. C., de la American Soccer League, aprovechando que el propietario de ese restaurante, con orígenes gallegos y apellidado Díaz, era directivo. Su inclusión en la lista para el Mundial resultó pintoresca, puesto que ni siquiera poseía la nacionalidad estadounidense. Alguien debió pensar que su concurso tenía mucho de imprescindible, porque bastó su compromiso de abrazar a posteriori la bandera estrellada para partir hacía Río de Janeiro.

Nunca se nacionalizó estadounidense, y por ello pudo representar a la selección de su país natal en otros 3 partidos internacionales. La vida, empero, le resultó corta e ingrata, al fallecer con tan sólo 40 años, como consecuencia de unos enredos políticos en los que nunca tuvo la menor participación. Puesto que sus dos hermanos menores conspirasen desde la República Dominicana contra el gobierno de François Duvalier, planeando un golpe de Estado, tan pronto se hubo proclamado aquel tirano presidente vitalicio (7-VII-1964), un policía amigo aconsejó a la familia su inmediato exilio, para no sufrir represalias. El antiguo futbolista optó por permanecer en Puerto Príncipe, pensando, tal vez, que su condición de ídolo nacional -había sido imagen de multinacionales cosméticas como “Colgate” o “Palmolive”- le granjeaba cierta seguridad. Craso error. Al día siguiente, mientras sus familiares cruzaban la frontera dominicana, los Tonton Macoute (policía paramilitar de Duvalier) procedían a su arresto, siendo ejecutado apenas 48 horas después.

Telmo Zarraonaindía Montoya. Su gol ante Inglaterra, cantado por Matías Prats, cimentó en buena medida su condición de mito. Más mérito tuvo el tanto marcado por Gaetjens a la misma selección, puesto que un grupo semiamateur dejaba en la cuneta a los inventores del fútbol.

Desde luego Gaetjens fue una de las estrellas en el Mundial del “Maracanazo”, como el portero barcelonés Ramallets -o Guapo Goleiro para los cariocas-, la línea medular Gonzalvo – Puchades, a quienes la prensa gala bautizaría como “Les Blonds Merveilleux”, o Telmo Zarra entre nosotros, merced al gol que cantase a través de las ondas radiofónicas Matías Prats senior. La gran idolatría, no obstante, habría de acapararla el charrúa Ghiggia, con un gol que hizo llorar a toda la nación anfitriona. Y el purgatorio cayó a plomo sobre Moacir Barbosa, portero que no pudo atajar aquella pelota sin apenas  ángulo, finalmente decisiva. “La pena máxima en Brasil para quienes cometen un delito es de 30 años -llegó a decir-. Pero yo he cumplido una condena vitalicia, puesto que no podía salir a comprar el pan, la prensa o la leche, sin que me mirasen con desdén o cuchichearan a mi espalda: “cagado”, “maricas”, o “merda”.

Obviamente, hace 70 años sorprendió lo suyo que la selección de un país donde supuestamente no se jugaba al fútbol, supiera dar la cara. Pero la cosa quedó ahí, sin que nuestros medios ofreciesen una panorámica del archidesconocido “soccer”, o de sus penurias, ante el empuje de otros deportes mayoritarios. Ni las agencias de noticias, ni las contadas corresponsalías en Washington o New York, consideraron de interés un fenómeno que ya entonces atiborraba estadios, encendía pasiones, contaba por millones los seguidores radiofónicos y comenzaba a mover una considerable cantidad de dinero. Razón de sobra para subsanar en lo posible ese déficit, echando la vista atrás y poniendo el foco en la contribución española al fútbol yanqui de esa época.

Allá por 1950, en San Luis de Missouri existía una nutrida colonia asturiana, compuesta por unas 500 familias, parte de ellas mezcladas con sangre americana. Muchos  padres y tíos de los ya perfectamente asimilados al modo de vida americano, decidieron fundar un club hacia 1920, para entretener su ocio y estrechar vínculos, fomentando y manteniendo, casi sin proponérselo, la afición. En 1950, sólo en el estado de Missouri competían cuatro equipos profesionales y casi 300 de aficionados y categorías inferiores. Aunque hablar de profesionalismo por aquellos pagos, no dejaba de ser un acto voluntarista.

Existían dos fórmulas de abono a los jugadores. Bien por partido en que se alinearan, liquidando entre 10 y 15 dólares (500 ó 750 ptas. de la época, cuando en España, con mucho más bajo nivel de vida el salario medio mensual de un trabajador rondaba las 1.000, y nuestros futbolistas de élite podían alcanzar las 150.000 anuales), o repartiendo lo recaudado en las taquillas. En este segundo caso, el 60% iba a manos del equipo vencedor, y el 40% al derrotado. Esas cantidades se acumulaban en la cuenta de los clubes, y tan pronto concluía la temporada se distribuían ganancias entre todos los miembros de la plantilla, a partes iguales. Vamos, que los devengos eran idénticos para titulares y suplentes.

Escudo del Brooklyn Italians, un intento de resucitar el espíritu de otras formaciones neoyorquinas, surgidas al amparo de la abundantísima emigración transalpina.

La importación de futbolistas estaba prohibida. Ingresar en el país no era fácil entonces, y jugar al fútbol aceptablemente carecía de valor ante los funcionarios de Inmigración. La media de asistentes a los partidos “profesionales” oscilaba entre las 2.500 y 3.000 personas. Los clubes, por tanto, vivían instalados en una perpetua precariedad, aun contando con esponsorizaciones y dádivas. A diferencia del fútbol practicado en los demás países, aquellos partidos eran dirigidos por dos árbitros, sin ayuda de linieres, y cada encuentro se distribuía en dos tiempos de 35 minutos. Los árbitros también tenían consideración de profesionales, si dirigían en la máxima categoría, pero su salario era de 10 dólares por partido. Sobre este particular, al menos, no salían peor que los colegiados españoles de 1ª División en la misma época, si bien entonces nuestros trencillas ni siquiera soñaban con la profesionalización.

Aclaremos, de cualquier modo, que esos importes eran brutos, tanto para futbolistas como para árbitros, y que los tipos impositivos al otro lado del océano distaban de ser bajos. La Federación Estadounidense de Fútbol no se llevaba nada en los partidos de Liga, consciente de una realidad tan austera. Para subsistir se contentaba obteniendo participaciones en los encuentros de Copa. Difícilmente, pues, podía considerarse profesional ese “soccer”, si aplicáramos criterios no ya españoles, sino europeos de la época.

El sistema de competición, en un territorio tan extenso y dado el cenagoso suelo económico en que este deporte hundía sus cimientos, también ofrecía particularidades. Al igual que ocurría con el baloncesto, el país se dividía en dos distritos o conferencias: Este y Oeste. En su primera fase, los torneos tenían lugar en cada ciudad o área importante. Esos vencedores se enfrentaban entre sí, para ofrecer un campeón de distrito. La final se disputaba entre los dos mejores del Este y el Oeste, en choques de ida y vuelta, y aquel año 1950 se coronó triunfador el Simpkins-Ford, de San Luis(1), al imponerse al Ponta Delgada (2) por 3-1 en el primer partido, resolviendo con empate a uno el segundo. Toda la franja central y el Medio Oeste, con poblaciones más diseminadas y de menor tamaño que las costeras, casi constituían un erial futbolístico. Y curiosamente, los árbitros, paño de lágrimas y monigote en quien descargar frustraciones tanto por Europa como en América Central o del Sur, solían ser bastante respetados por el público norteamericano.

Uno de esos árbitros “profesionales”, el español Prudencio García, con residencia en San Luis y una actividad laboral ajena al fútbol, estuvo en Brasil, como espectador del Campeonato Mundial que habría de proclamar campeona por segunda vez a la selección uruguaya. Guiado por esa condición tribal que nos domina en cuanto salimos de nuestro hábitat, García buscó a los escasos enviados especiales españoles, para departir amigablemente con ellos. Por su boca supimos que había hecho casi de todo en el “soccer”: “Empecé jugando al fútbol y casi en paralelo, con mis escasos conocimientos, intenté ayudar en los entrenamientos. Al retirarme, el año 1932, me convertí en árbitro, y en ello continúo”.

Cartel oficial de la Copa del Mundo, todavía Jules Rimet, en 1950. La bandera estadounidense, entre las de Portugal y la Confederación Helvética.

Puesto que gozaba de una posición privilegiada para analizar el “soccer” desde dentro, su diagnóstico resultaba harto interesante: “La verdad es que no se hace demasiado caso a este deporte. Primero el arraigo adquirido por el “basse-ball”, imposibilita cualquier tipo de competencia, sobre todo si no se cuenta con armas. Por cuanto al fútbol o “soccer” respecta, los campeonatos de Norte América comienzan el último domingo de setiembre o el primero de noviembre. En esa época las heladas cubren los campos de la costa Este, ya de por sí bastante maltrechos por la práctica de otros deportes, hasta hacerlos casi impracticables. En ese tiempo también se dan otros espectáculos deportivos, donde el espectador se halla a cubierto y goza de más comodidades. Por último, ante la falta de dinero no existe un profesionalismo de verdad, que permita a los futbolistas concentrarse al cien por cien en su actividad. Han de trabajar en otras cosas, y eso merma su rendimiento, pues desatienden no sólo el entrenamiento, sino los cuidados exigibles a cualquier profesional auténtico. Esa carencia económica también se traduce en la falta de buenos preparadores, puesto que otros deportes están en condiciones de pagar lo que para el fútbol de allá es imposible. Y conste que no reprocho nada a la Federación, compuesta por gente vocacional y entusiasta, concentrada en hacer cuanto puede. Pero estamos casi en mantillas”.

Prueba de esa precariedad material, la selección presente en el Mundial brasileño tuvo que hacer auténticos equilibrios durante la fase preparatoria. Cada ciudad y área de influencia nombró un Comité encargado de elegir a sus mejores elementos. De esa forma se lograron reunir 38 ó 40 jugadores y, ya todos juntos, se iría reduciendo el número mediante varios partidos de entrenamiento, hasta dejarlo en 18. Con éstos se jugó ante Turquía, saliendo derrotados 5-0. Un encuentro que los Estados Unidos ni siquiera lograron terminar con el equipo completo, porque varios futbolistas precisaron partir hacia el aeropuerto durante el descanso y tomar aviones de vuelta a sus ciudades de origen. Tenían que seguir trabajando, y ni siquiera la Federación logró despertar empatía entre ciertos empleadores. El segundo partido de preselección lo disputaron ante un equipo británico de camino hacia Canadá, resuelto igualmente con derrota, si bien esta vez por 1-0. Hubo muestras de mejoría, pero también quedó de manifiesto la necesidad de una mayor puesta a punto física. Los jugadores yanquis estaban acostumbrados a disputar partidos de 70 minutos en su Liga, y el reglamento de la F.I.F.A., con el que se iba a competir en Brasil, establecía dos tiempos de 45. Vistas las cosas desde tal perspectiva, el desempeño de la selección estadounidense en Brasil cabría calificarlo de milagroso.

Casi en paralelo, otro español era uno de los más destacados jugadores de la Liga canadiense y, por si fuera poco, en el futuro habría de arreglárselas para simultanear los campeonatos de Canadá y Estados Unidos. Se llamaba Miguel Campo, había nacido en Manresa, Barcelona, el 15 de agosto de 1933 (para el departamento de Inmigración canadiense era de Lérida), y las circunstancias que nuestro país viviese poco después de su alumbramiento concluyeron con la emigración familiar a Francia. Allí se forjó como futbolista, compitiendo con el Lorient, primero, y el Rennes a continuación. Hasta que en 1950 su familia optara por probar suerte en Canadá, puesto que las cosas estaban difíciles en una Francia posbélica, llena de carencias y empeñada en su reconstrucción. Canadá, en cambio, continuaba aceptando emigrantes al disponer de enormes extensiones despobladas y una pujante industria necesitada de mano de obra. La familia Campo supo en seguida que había acertado. Abundaba el trabajo para todos, el nivel de vida era más que aceptable, y por si fuera poco Miguel se hizo con un puesto como medio y defensa en el Toronto City, a razón de 15 dólares por partido.

El fútbol había llegado a Canadá durante la II Guerra Mundial, casi por casualidad, cuando los prisioneros italianos y alemanes disputaban partidos en sus campos de concentración, para asombro de las poblaciones locales. Luego la riada migratoria contribuyó a su afianzamiento, hasta conformar un campeonato de Liga muy inspirado en el de sus vecinos de Norteamérica. La dureza climatológica invernal obligaba a un paréntesis competitivo, concentrando el calendario futbolístico en sólo 5 meses. Pero eso, como iba a observar más adelante, abría ante Miguel Campo un abanico de nuevas posibilidades.

Disputada su primera campaña con el Toronto City pasó al Toronto Tridents, donde permaneció hasta 1958, y durante ese mismo torneo al Itálica, de Montreal, equipo representativo de la colonia italiana, como su nombre sugería. Allí rápidamente se convirtió en mimado por la afición, hasta el punto de inspirar el grito de “guerra” con que buscaban animar no sólo al español, sino a todo el conjunto: “¡Forza, Michel!”. Entonces, todavía, y hasta que la suerte cambiara tan inesperada como repentinamente, compaginaba la práctica deportiva con una ocupación laboral de 40 horas semanales. Con respecto a sus preferencias futbolísticas, nadie podría dudar de su buen gusto puesto que consideraba al francés Kopa como el mejor jugador que viera sobre el césped, antes de añadir que le hubiese gustado enfrentarse a Di Stefano.

Pronto habría de embarcarse en una vorágine de saltos y cambios, hasta el punto de complicar sobremanera su seguimiento deportivo. Vuelta al Toronto Tridents las temporadas de 1959 y 1960; Montreal Cantalia en 1960 y 1961; Philadelphia Ukranians Nationals, también durante las campañas de 1960 y 1961; Toronto Roma en 1962, y a lo largo de la misma Toronto City; Montreal Itálica, nuevamente, en 1963, 1964 y 1965; Montreal Hungaria en 1967; Montreal Inter Itálica la temporada de 1969… Y entre tanto nuevas sorpresas y algunas oportunidades.

El Rapid de Viena, durante la gira que realizara por Canadá y los Estados Unidos, disputó un partido contra el Itálica, en Montreal, y las cosas le salieron admirablemente, hasta el punto de anotar los dos goles que representaban para su equipo el empate. Un directivo de la Juliana neoyorquina, igualmente equipo de inspiración italiana, espectador de ese choque, le preguntó si estaría dispuesto a irse con él hasta la ciudad de los rascacielos, donde los vieneses iban a dirimir otro encuentro amistoso. Dio su pláceme, y como volviera a destacar le propusieron seguir compitiendo con ellos, ya en el campeonato regular estadounidense. Tuvo que negociar, cuadrar fechas y establecer fórmulas que le permitiesen actuar con los neoyorquinos sin dejar en la estacada a su club de Montreal, pero finalmente la brevedad del torneo canadiense facilitó mucho las cosas, hasta el punto de simultanear intervenciones en ambos países. “Hay semanas en las que el domingo juego un partido en New York y vuelo hasta Montreal para entrenar el lunes. El martes por la noche disputo otro partido en Toronto, provincia de Ontario, y al día siguiente otro más en Hamilton. El jueves entreno, y el viernes, o como mucho el sábado, de nuevo al avión para preparar el siguiente partido con la Juliana -confesó en setiembre de 1966, con toda naturalidad-. Llevo cinco años sin dejar un domingo libre, y jugando además puntualmente en días laborables”. Sobrellevaba tanto ajetreo, según sus propias palabras, porque siempre había llevado una vida muy sana y cuidaba con esmero la preparación. El esfuerzo, en todo caso, resultaba considerable, máxime en una época donde los futbolistas de casi todo el orbe sólo disputaban un partido semanal.

Corría 1961 cuando se enfrentó al Southampton británico en un nuevo choque amistoso. Y puesto que todo le saliera a pedir de boca, al término del mismo el entrenador y un directivo anglosajón quisieron llevárselo a Inglaterra. Si bien fue aquella una oferta muy tentadora, concluyó rechazándola, “porque el trabajo que tengo en esta parte del mundo está tan bien remunerado, y me siento tan a gusto, que tampoco era cuestión de cambiar de tierras otra vez”.

Ladislao Kubala unos años antes de jugar por primera vez en Canadá, enfrentándose sobre el césped al español Miguel Campo.

En efecto, el fútbol, o el “soccer”, le daba para vivir con mucha holgura. Competir con el Itálica de Montreal representaba para él 3.000 dólares en cinco meses. Y los dólares que contratara con la Juliana de New York, entre 150 y 300 semanales, más premios ocasionales y los trayectos aéreos de ida y vuelta hasta Montreal, sumaban cada fin de año otros 4.500 en números redondos. En resumen, alrededor de 7.500 anuales, o traducido a pesetas de la época, 450.000. Más de lo que en 1965 bastantes futbolistas de nuestra 1ª División obtenían por campaña, incluyendo ficha, primas y sueldos mensuales.

Con la experiencia que le otorgaban sus 15 años sobre el césped, habiendo conocido la competición francesa y enfrentándose a equipos europeos en distintas excursiones americanas, como el Rapid de Viena, el Southampton, o el escocés Hibernian C. F., entre otros, admitía diferencias en el juego a uno y otro lado del Atlántico. Tanto el “soccer” estadounidense como el practicado en Canadá era más rápido, vertical y aguerrido que el europeo, menos técnico también, con menor dominio de la zona ancha, y poco dado a la especulación, las florituras y el guante de seda. A ese respecto tenía una anécdota de su enfrentamiento a László Kubala, cuando el húngaro nacionalizado español disputara algunos partidos con el Toronto City, en 1964: “Tuve que salirle al paso varias veces, chocando, rodando ambos por el suelo, en nuestro intento de jugar la pelota o cortar la posible penetración. Nada fuera de lo normal. El caso es que saliendo de una de esas fricciones Kubala me dijo a bocajarro: Juegas muy sucio para ser español”.

El gran Kubala ya estaba virtualmente retirado, aunque todavía volviera a calzarse las botas tres años y medio después, enrolándose precisamente en un conjunto canadiense de la recién nacida National Professional Soccer League, junto a dos de sus hijos, su suegro Ferdinand Daucik, y el vástago de éste, Yanko, que por cierto habría de proclamarse máximo goleador. Aparentemente, una cosa es que siguiera tirándole el gusanillo, y otra muy distinta estar dispuesto a meter el pie, asumiendo la posibilidad de salir magullado.

Escudo del ya extinto Montreal Olympique, donde Miguel Campo ejerció como entrenador y futbolista activo.

En 1967, un puñado de inversores se decidieron a introducir en los Estados Unidos y Canadá el fútbol manifiestamente profesional, mediante la masiva importación de jugadores europeos y sudamericanos. Miguel Campo sumaba ya las 34 primaveras e hizo bien poco por incorporarse al proyecto. Acertó, probablemente, puesto que la intentona fracasó con estrépito, aunque a buen seguro hubiese engrandecido su cuenta corriente personal. Después de lucir como rematador, Yanko Daucik se reengancharía con otros colores, ante la desmembración del Falcons. Pero Kubala y sus dos hijos, así como el entrenador Daucik, emprendieron el retorno en busca de nuevas metas. Y mientras todo eso ocurría Miguel Campo, o Mikel Campo, como solía figurar en los programas que según la tradición británica recibían los espectadores de cada partido, se atrevió a trocar el pantalón corto por un chándal de entrenador, teniendo a su cargo al Montreal Superga la temporada 1970, y el Montreal Olympique en 1971, con cuyo equipo, por cierto, incluso llegó a disputar 2 partidos oficiales, sin anotar ningún gol.

Aquella North American Soccer League, lanzada comercialmente con el bombo característico en el marketing de la época, fue un empeño precipitado, inmaduro, al que tampoco se concedió el necesario periodo de maceración. Pero como tantos otros empeños visionarios allanó el camino a futuros inversores.

Analizadas las cosas con perspectiva, resulta obvio que equivocaron la estrategia, puesto que no contaban con un suelo de aficionados lo bastante numeroso. Se trató de una apuesta artificial, constituyendo primero los equipos, en la esperanza de que los espectadores acabarían llegando, picados por la curiosidad. Las devociones no surgen de improviso, sino que suelen aparecer en la infancia y requieren su tiempo para dar fruto. De modo que si bien aquellos futbolistas fueron paseados por escuelas, institutos, universidades y centros comerciales, donde ejecutaban malabarismos como artistas circenses y hasta regalaban balones a quienes trataran de imitarles, la afluencia a los estadios distó mucho de responder a las expectativas.

Un hecho, no obstante, demuestra que algo sí debió hacerse bien: Diez años después, mientras otros empresarios osados tomaban el relevo a la N.A.S.L., el número de licencias juveniles se había disparado hasta superar en escuelas e institutos las del baloncesto y fútbol americano, es decir la variedad local del rugby. El problema radicaba en que a esos jóvenes no se les brindaba la oportunidad de seguir compitiendo, finalizado su ciclo estudiantil, al existir tan sólo en la vasta superficie de los Estados Unidos 20 equipos profesionales de campo grande, y otros 16 o 18 de futbol “indoor”. Para entendernos, una especie de fútbol-sala donde se requerían gladiadores, antes que futbolistas, vista la permisividad de un reglamento concebido en pro del espectáculo.

Hicieron falta nuevas intentonas y tomas de impulso para que el “soccer” prendiera por aquellos pagos. Algunas debacles económicas más, como la del Cosmos neoyorquino, por donde desfilaron los campeones del mundo brasileños Pelé y Carlos Alberto, el alemán Beckenbauer, el balcánico Bogicevic, el italiano Chinaglia o los españoles De la Fuente y Santiago Formoso. Y la contribución de los primeros norteamericanos con un nivel de juego equivalente al de Europa, Argentina o México. Incluso comenzaron a llegar al fútbol europeo jugadores estadounidenses, antes de que ese inabarcable territorio acogiese un Campeonato del Mundo. Pero eso ya es otra historia, con un desenlace todavía por escribir.

Lo que sí sabemos es que entre los albañiles del “soccer”, dicho sea en el mejor sentido y con todo respeto, también es posible reconocer rastros españoles.

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(1).- Este club habría de aportar a la selección mundialista de 1950 a sus jugadores Robert Annis, Frank Borghi, Charlie Colombo, Gino Pariani y Frank Wallace.

(2).- Los Hermanos Souza, Ed y John, fueron los únicos de esta entidad incluidos entre los 17 mundialistas estadounidenses en Brasil. Dirigidos por el escocés William Jeffry, el resto de jugadores, con indicación de sus clubes, se resume así: Walter Bahr y Ed Mc Liveni (Philadelphia Nationals); Geoff Combes (Chicago Vikings); Robert Caraddock y Nicholas Di Orio (Harmarville Hurricanes); Joe Gaetjens (Brooklhattan); Gino Gardassanich (Chicago Slovaks); Harry Keough (St. Louis Mc Mahon); Joe Maca (Brooklyn Hispano); Adam Wolanin (Chicago Eagles).




Fútbol y política (3)

La política, entendida ésta desde su acepción más coercitiva, intervino decisivamente en la andadura profesional de un argentino a quien ni siquiera se pudo ver oficialmente en los campos de juego de nuestro suelo, pese a contar con un contrato completamente en regla. Le ocurrió a Luis Oscar Fullone, tras ingresar en el Oviedo. Hombre, por cierto, con una biografía previa más digna de las páginas de sucesos que de las deportivas, conforme se apreciará en seguida.

Así recogió “El Plata”, de Montevideo, la catástrofe de la motonave “Ciudad de Asunción” en su número del 11 de julio de 1963.

Los hermanos Fullone Arce, Luis Óscar, el mayor, y Héctor Pablo, el menor, llegaron a España durante el verano de 1963, representados por  Alfonso Aparicio Gutiérrez, otrora defensa central “colchonero” y tras colgar las botas agente de futbolistas, antes de ejercer largamente como delegado de campo en el Vicente Calderón. El primero ingresó en el Real Oviedo cuando el equipo azul trataba de digerir la pérdida de Francisco García Gómez “Paquito”, y Sánchez Lage, traspasados al Valencia C. F. por mediación del avezado intermediario Luis Guijarro, ante la necesidad de enjugar un importante déficit. El asturiano y el argentino conformaban la columna vertebral ovetense, junto al extremo retrasado José María García La Villa, a su vez también traspasado con posterioridad al barcelonés R. C. D. Español. Hallarles sustituto distaba mucho de constituir empeño baladí, máxime en tiempos de apretura económica. Y como solía ocurrir por esa época en situaciones similares, intermediarios y buhoneros del otro lado del océano sobrevolaron el estadio de Buenavista con su muestrario de gangas. Entre ellas, Luis Óscar Fullone, en teoría procedente del campeonato argentino, aunque luego se supiera que provenía de las Ligas costarricense y colombiana(1), tras sobrevivir milagrosamente al naufragio del buque “Ciudad de Asunción”, en el Mar del Plata.

Héctor Pablo, el benjamín, aterrizó en La Rosaleda, cayendo de pie en el torneo Costa del Sol, puesto que contra todo pronóstico el C. D. Málaga iba a terminar imponiéndose al Mónaco, campeón de Francia, por 4-0, y en la final al entonces pentacampeón de Europa, Real Madrid, con un contundente 3-1. Al decir de los cronistas, el joven de 19 años (La Plata, 29-VI-1944), estuvo entre los destacados. Se había forjado en la cantera del Gimnasia y Esgrima, marcó ante el Mónaco en los 10 minutos que permaneciera sobre el césped y repitió en su siguiente cita, sin que finalmente llegara a fichar por los andaluces, al no colar como oriundo. Su hermano, mientras tanto, se ejercitaba en la pretemporada ovetense, según acreditara la prensa el lunes 5 de agosto de 1963. Vázquez Prada, en su crónica, detallaba los componentes de una plantilla todavía incompleta y pendiente de alguna purga:

Poteros: Boudón, Madriles, Bugallo, Cabezudo y Almenara.

Defensas: Toni, Marigil, Datzira, Basterrechea, García Altabás, Alfonso y Moreno.

Centrocampistas: Iguarán, Icazuriaga, Lorenzo y Antonio Sánchez.

Delanteros: Girón, José María, Alcorta, Peris, Livinho, José Luis, Gasca, Beitia, Raúl Esmoris, y Luis Óscar Fullone.

Eran extranjeros el brasileño Newton José Lopes Silvinho, para el fútbol “Livinho”, Fullone, y el uruguayo Raúl Esmoris, que no lograría superar la criba.

A las órdenes de Orizaola, todos corretearon con suavidad, ante el numeroso público congregado en el campo de San Gregorio. O casi todos, puesto que minutos después de iniciar el trote, Luis Óscar Fullone reclamaba la presencia del masajista, al notar un tirón en el músculo semitendinoso. “No es nada -justificó después el practicante-. Este hombre es un manojo de nervios como consecuencia del naufragio, y está agarrotado. Pasarán unos días y se recuperará por completo. Con autorización del entrenador se ha ido a la caseta”.

También “El Diario” montevideano reservó su primera plana para el naufragio, el mismo día 11 de julio.

Ciertamente Fullone, que además de jugar al fútbol estudiaba Filosofía, lo había pasado muy mal. La motonave “Ciudad de Asunción”(2), donde viajaba desde Montevideo a Buenos Aires, naufragó de noche y él tuvo que permanecer varias horas a la deriva, aferrado a los restos del desastre, como otros compañeros de infortunio hasta que con la luz del alba lograran rescatarlos. Pero sus peripecias en España tampoco iban a ser banales.

Escrito alertando desde la embajada española en Costa Rica sobre actividades de Fullone por completo ajenas al fútbol, durante su permanencia en aquel país. Obsérvese el subrayado ministerial en rojo sobre “partido comunista” y sobre la posibilidad de que el argentino se dirigiera a España.

Para empezar, la policía nacional recibió informes desde Costa Rica, sobre las sospechosas inclinaciones comunistoides del fichaje ovetense, al menos mientras perteneciera a la disciplina  el Club Orión. Cuestión no menor, cuando a principios de los 60, en vísperas de que Francisco Franco festejara sus bodas de plata en el poder (eufemísticamente decoradas como “25 años de Paz”), la “reserva espiritual de occidente” seguía esforzándose en ejercer su liderazgo anticomunista europeo. Trasladado su expediente tanto a los ministerios de Asuntos Exteriores y Gobernación, como a la Delagación Nacional de Deportes y al ente federativo, su futuro como posible interviniente en nuestro Campeonato Nacional de Liga se ennegreció por completo. El hallazgo de esta documentación ha de agradecérsele a Antonio Arias, incansable rastreador del pasado en archivos de toda índole, entre polvorientos legajos, que luego ven la luz desde su interesante “blog” “Saltataulells”.

Pasaron los días, las semanas, y hasta el primer mes. Luis Óscar Fullone, completamente recuperado, entrenaba con los demás miembros de la plantilla ovetense, pero no asomaba entre los convocados. Paralelamente, tanto el juego de los azules como su marcha clasificatoria encendían las alarmas en la capital del principado. El teórico refuerzo ultramarino seguía sin comparecer, ante la existencia de supuestos “problemas burocráticos”, nunca explicitados desde la Federación Española o la directiva asturiana. Los informadores, en cambio, sí se hacían eco de la cada vez más acentuada desazón presidencial, y de una posible toma de medidas drásticas. Finalmente, una nota de Pyresa fechada en Oviedo daba cuenta del pleito existente entre club y futbolista: “Al no ser autorizado e incluido a su debido tiempo por la Federación entre los jugadores extranjeros, el club alega que no puede hacer frente al compromiso de abonar a Fullone las 300.000 ptas. por cada una de las dos temporadas contratadas, mientras que el jugador, sintiéndose ajeno a esta imposibilidad, reclama al club lo pactado”.

¿Qué estaba ocurriendo entre bastidores?. Los papeles de la caja 82/17810, conservados en el Archivo de Alcalá de Henares, nos dan cumplida respuesta.

El 10 de julio de 1963, con membrete de RESERVADO, el embajador de España en San José de Costa Rica dirigía un escrito al ministro español de Asuntos Exteriores en los siguientes términos:

“Concesión permiso residir en España a futbolista argentino Luis Oscar Fullone.

Excmo. Sr.:

Hace algún tiempo el club de fútbol costarricense “Orión” contrató los servicios del jugador argentino, de 24 años, Luis Oscar Fullone, para que jugara en dicho equipo.

El citado jugador, que llegó enfermo a Costa Rica y tardó cierto tiempo en recuperarse, jugó un solo partido cono el “Orión”, que canceló el contrato establecido, con lo cual el mencionado futbolista se vio obligado a salir del país, regresando, al parecer, al suyo propio.

Verificadas las intenciones del jugador argentino, los engranajes ministeriales se ponen en marcha para cerrarle el paso.

La causa del despido de Fullone fue de índole esencialmente política. Parece que el citado futbolista se dedicó durante el tiempo que estuvo en Costa Rica a una activa labor en favor del comunismo, entrando en contacto con los elementos del partido comunista costarricense y haciendo trabajos de agitación y proselitismo.

Se me comunica ahora que dicho jugador ha sido contratado por un equipo español, y que con tal motivo ha llegado o va a llegar a España.

Lo cual tengo el honor de poner en conocimiento de V. E. por si estima oportuno la adopción de alguna medida contra el citado jugador de fútbol.

Dios guarde a V. E. muchos años.

El EMBAJADOR DE ESPAÑA

Joaquín Juste”

Trece días después y sin que aparentemente se solicitara desde España ninguna ampliación de detalles, el mismo diplomático remitió otro escrito adjuntando un recorte del diario “La Nación”, del 22 de julio, corroborando el contenido de su primera alerta:

“Como continuación a mi despacho Nº 263 del 10 de corriente mes de julio, me complazco en elevar a manos de V. E. el adjunto recorte de periódico que confirma lo que en dicho despacho se decía, y especifica que el equipo del que formará parte el jugador argentino es el Real Oviedo”.

Mediante una nota de la agencia AFP fechada en Buenos Aires, el recorte de “La Nación” anticipaba el pase de Fullone al club asturiano, sin explicitar las condiciones económicas en que iba a cerrarse el acuerdo. Lo que sí añadía tan escueta nota era el deprimente desempeño entre los “ticos” del futuro fichaje azulón, puesto que sólo llegó a disputar un partido y además resultó expulsado, lo que de paso convirtió la apuesta económica del club Orión en el fichaje más caro de la historia costarricense. Sus únicos 20 minutos sobre el césped debían haber salido a muchos dólares por segundo.

Entonces sí se pusieron en funcionamiento los engranajes ministeriales. El 27 de julio de aquel año se daban órdenes de enviar el siguiente oficio, siempre con carácter “RESERVADO”, a la Dirección General de Seguridad y a la Vicesecretaría General del Movimiento, de cuyo organigrama pendía la Federación Española de Fútbol:

“Iltmo. Sr.:

El toque a rebato causó su efecto. Al mayor de los hermanos Fullone no se le permitió jugar en España, por más que el Real Oviedo le hubiese rubricado contrato a razón de 300.000 ptas. por temporada.

La Embajada de España en San José de Costa Rica, en Despacho Reservado nº 263, de 10 de los corrientes, informa de las razones que en su momento aconsejaron la rescisión del contrato del futbolista argentino, de 24 años, LUIS OSCAR FULLONE, quien había sido fichado por el club “Orión”.

Al parecer, el citado futbolista se dedicó durante el tiempo que estuvo en Costa Rica a una activa labor en favor del comunismo y entró en contacto con elementos del partido.

Según el señor Embajador de España en aquel país, dicho jugador ha sido contratado por un equipo español y debe haber llegado a España, o está próximo a llegar.

Lo que, de Orden del señor Ministro de Asuntos Exteriores, pongo en conocimiento de V. I. para su debida información y efectos”.

Si la secretaría de la Dirección General de Seguridad cursó al menos un acuse de recibo, no nos consta. Lo que sí justifica el expediente es la lapidaria respuesta de puertas cerradas para Luis Oscar Fullone, en el oficio remitido el 3 de agosto desde la Vicesecretaría General del Movimiento al Director General de Política Exterior, con doble sello de RESERVADO y MUY URGENTE:

“Iltmo. Sr:

Acuso recibo al escrito de V. I. nº 178 referente al futbolista argentino Luis Oscar Fullone, significándole que consultada la Federación E. de Fútbol manifiesta la misma que hasta el momento presente ningún club español ha solicitado de la misma la autorización correspondiente para poder contratar al indicado jugador.

Significo a V. I. que ha sido debidamente advertida la indicada Federación que, si algún club solicita el fichaje del mismo, deberá solicitarse de esta Vicesecretaría la correspondiente autorización, la cual no se concederá sin previamente haberse pedido el informe oportuno a la Dirección General de Seguridad.

Sobre la resolución que se adopte definitivamente sobre este particular, se la comunicaré a V. I. en el oportuno momento.

Lo que de Orden del Excmo. Sr. Ministro digo a V. I. a los efectos oportunos.

Por Dios, España y su Revolución Nacional-Sindicalista.

EL VICESECRETARIO GENERAL”

 Una vez más, la buena fe se daba de bruces ante cualquier insospechado giro del destino. Salvo raras excepciones, aquel fútbol solía cumplimentar contratos a los extranjeros tan pronto llegaban a nuestra Federación los transferes internacionales. Aún no había estallado el bombazo de los falsos oriundos, y casi cualquier documentación era visada rutinariamente en los despachos de Alberto Bosch. Pocos, muy pocos clubes -el Elche o el Barcelona constituían excepción, ambos tras experimentar algún susto- se cubrían con salvaguardas contractuales para el caso de que a sus flamantes fichajes se les impidiera debutar. Así que al presidente asturiano José Mª Velasco le tocaba negociar, dinero en mano, so pena de verse requerido judicialmente, en cuya sede por fuerza tendría que reconocer lo firmado. La F.E.F., llegado el caso, pudiera razonar su rechazo a Fullone invocando una cláusula todavía vigente, según la cual todo jugador extranjero precisaba acreditar “solvencia moral”. ¿Pero podría ser garante de una sentencia favorable algo tan vago e inconcreto como la condición moral, cuando ésta se reducía a supuestas inclinaciones ideológicas, no sustentadas en la comisión de ningún delito en nuestro suelo?.

Fragmento de “El País”, igualmente de Montevideo, correspondiente al día 13 de julio de 1963. El drama en el Mar del Plata seguía consternando a ambos lados del caudaloso río. Fullone no podía imaginar que en España le aguardaban nuevos sobresaltos de muy distinta índole.

“La prensa asturiana no pudo entrar, lógicamente, en una cuestión tan sensible como la ideología personal, máxime al inicio de los años 60”, razonaba el brillante historiador del fútbol asturiano Jorge Valverde, comentando estos hechos. Y en efecto, su aporte documental nos traslada a “razones burocráticas”, comodín utilísimo para no descarrillar. El peruano Seminario, poco antes, tuvo que pasar un año en Portugal, mientras Zaragoza y Barcelona se ponían de acuerdo sobre quién lo contrató primero, al haber duplicado ficha. Entonces el secretario federativo explicó su inclusión en la lista de no autorizados, asegurando que “cuando se han duplicado contratos, como es el caso, la inmoralidad de quien lo hace habla por sí sola”. En cambio lo que Fullone pensara o sintiera, estaba todavía por ver y demostrarse.

A Luis Óscar Fullone Arce (La Plata 4-IV-1939) se le prohibió jugar con el Oviedo y en España, por razones estrictamente políticas, aunque no reconocidas. Y a tenor de lo que luego hizo sobre el césped, pudo haber sido un más que notable refuerzo. Cierto que su trayectoria previa no era para deslumbrar. Luego, en cambio, habría de pertenecer al británico Aston Villa desde el verano de 1967 hasta el mes de junio de 1970. Y aunque dicha entidad se desenvolviera entonces en la 2ª División inglesa, ha de tenerse en cuenta que Inglaterra acababa de proclamarse campeona del Mundo en su propio feudo, derrotando a Alemania Occidental. Obvia muestra de su poderío futbolístico. Más largo y curioso habría de resultar su desempeño como entrenador, especialmente durante sus últimos años, luego de no lograr el ansiado brillo por territorios más comunes al fútbol. O si se prefiere, menos exóticos.

Y es que tras dirigir al Sion suizo durante el ejercicio 1980-81, fichó por el ASEC Mimosas, de Abidjan, en Costa de Marfil, cuando contaba 56 años. Allí mantuvo firmemente el timón durante las campañas 1994-95, 95-96, 96-97 y 97-98, antes de pasar al Raja de Casablanca, en Marruecos, la temporada 1998-99 y parte de la correspondiente a 1999-2000. Luego proseguiría en Al-Ahly de Trípoli (1999-2000); Al Ain (igualmente a lo largo del año 2000); Al Masry, de Egipto (1999-2000), antes de acceder a la selección de Burkina Faso, que dirigiría en 2001 y 2002, para regresar a Marruecos de cara al campeonato 2002-03, esta vez en el Wydad de Casablanca, club constituido en 1937. Con buen cartel en el continente africano, prosiguió su aventura  por el Esperance Sportive de Túnez (2003-04); Mameloddi Sundowns sudafricano (2004-05); nuevamente Raja de Casablanca (2005-06); Maghreb de Fez (parte del torneo 2006-07); Al Ittihad, de Aleppo, en Egipto, la temporada 2006-07; Wydad de Casablanca (parte de 2007-08); US Medina de Argel, en Argelia (parte del ejercicio 2007-08 y todo el campeonato 2008-09)… Y finalmente Kenitra de Marruecos, las campañas 2009-10 y 2010-11, donde puso broche de oro a su larga andadura deportiva, bordeando los 72 años.

Como entrenador se proclamó campeón de la Supercopa africana los años 1999 y 2000, así como de la Champions League de ese continente en 1998. Falleció el 22 de mayo de 2017, a los 78 años, en Marruecos, tierra que convirtiera en adoptiva. Y lo hizo sin aclarar nunca su traspiés ovetense, o mejor aún, qué ocurrió realmente en Costa Rica para que las autoridades de nuestro país lo considerasen “non grato”, hurtándonos un razonamiento completo y pormenorizado de sus motivos.

Dando un salto hacia atrás, hasta 1963, quede constancia de que el Oviedo salvó la categoría in extremis, merced al arreón final y la disputa de una promoción decisiva en partidos de ida y vuelta. Pero iba a caer a la categoría de plata un año después, como penúltimo clasificado. José Mª Velasco fue uno más entre tantos presidentes escaldados. Le tocó poner y avalar dinero, cosechar críticas, resbalar sobre la aceitosa superficie de una política impregnada de claroscuros, dogmas y sospechas, convivir con el trágala y preguntarse durante las noches de insomnio quién le mandó meterse en semejante lío.

Política y fútbol. Un híbrido muy común desde que este deporte fuera adoptado por la población de medio mundo como nuevo credo religioso, con sus dioses y demonios, sus filias y fobias, alegrías y penas e inmenso poder de seducción. Un gran negocio. Circo a falta de pan, argumento propagandístico y juguete en manos de mandatarios populistas, sátrapas, visionarios dogmáticos, dictadorzuelos y personajes con toda la honestidad factible en el ser humano, porque también los habrá así entre tan amplio elenco de servidores públicos.

Un producto de bella factura manoseado aquí y allá, sin abonar royalties ni respetar ningún copyright.

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(1).- Él mismo habría de reconocer que tras competir con el Estudiantes de la Plata intervino en los campeonatos de Costa Rica, enfundado en la camiseta del Orión, y Colombia, luciendo los colores del Atlético Nacional, de Medellín, y que mientras encontraba un nuevo equipo venía ejercitándose con el Estudiantes, en suelo argentino, y el Peñarol de Montevideo durante su permaneciera en la capital uruguaya.

(2).- El buque “Ciudad de Asunción”, encargado de cubrir la ruta regular de pasajeros entre Montevideo y Buenos Aires, naufragó el 11 de julio de 1963 en el Río de la Plata. Tuvo lugar el siniestro al embestir los restos no visibles de un viejo casco, señalado deficientemente. Esa catástrofe arrojó un saldo de 58 víctimas mortales, amén de numerosos heridos, y las posteriores investigaciones habrían de poner en evidencia un cúmulo de errores, tanto achacables al capitán de la motonave y su plana mayor, como a las autoridades marítimas de Argentina y Uruguay. Conforme tantas veces ocurre cuando median implicaciones políticas, no habrían de tomarse medidas reales, tendentes a evitar en el futuro hechos de similar naturaleza. Poco después, ambos países continuaron haciendo la vista gorda mientras seguían utilizándose patrones de río, o “baqueanos”, para los buques de pasajeros en el Mar de la Plata, en vez de capitanes y oficiales debidamente documentados.

Instantánea del “Ciudad de Asunción, obtenida meses antes de la tragedia.

El “Ciudad de Asunción” desplazaba 2.188 toneladas netas cuando fuera botado en los astilleros de Glasgow “A&J Inglish” (1929), para la Cía. de Navegación Milhanovic, pasando luego al armador Dodero Hermanos, desde donde sería expropiado por el estado argentino en 1949, asignándosele de inicio la ruta entre Buenos Aires y Asunción (Paraguay), con escalas intermedias. En junio de 1963, tan sólo un mes antes del naufragio, comenzó a cubrir la línea donde se fue a pique. Podía transportar un máximo de 511 pasajeros, de ellos 390 en camas de 1ª y 2ª clase, y 121 en butaca, correspondientes a 3ª clase. Ese día funesto viajaban 358 pasajeros, distribuidos en 256 de cama y 102 en 3ª. Entre ellos varios personajes conocidos, como el Abate Pierre, fundador de “Los Traperos de Emaús”, el Trío de Trieste, conjunto musical italiano contratado para una serie de conciertos en el Teatro Colón, y por cuanto al fútbol respecta, además del mayor de los hermanos Fullone, “Lucho” Borges, atacante uruguayo autor del primer gol en la Copa Libertadores luciendo la camiseta de Peñarol, que regresaba a su club del momento, el Racing de Avellaneda, después de una visita a la familia. Según testimonios de los náufragos, el caos fue absoluto a partir de que la campana tocase a zafarrancho. Resultó difícil la manipulación de los botes, ante la escasa pericia de los tripulantes y el paupérrimo estado de las poleas. Buena parte de ellos acabarían desplomándose boca abajo, o de inmediato se vieron arrastrados por la corriente. Puesto que no había luz, numerosos pasajeros encendieron periódicos, plásticos y manteles, para orientarse, traduciéndose su ocurrencia en la inmediata propagación de un incendio. Por ende, sólo una treintena de viajeros, agrupados junto a la proa, en derredor del capitán (en realidad un veterano patrón fluvial), dispusieron de chalecos salvavidas. El resto, sin que nadie orientara sus movimientos ni impartiese órdenes concretas, cedieron a la tentación del sálvese quien pueda, produciéndose escenas de salvajismo y pánico. Lo que iba a ser “como mucho un simple resfriado, por la humedad del mar”, según sentenciara el responsable de la motonave en sus primeras llamadas de aviso, derivó en mayúscula tragedia. A tenor de lo narrado por Fullone, “el capitán fue el primero en ponerse a salvo. Sin embargo el sacerdote estuvo ayudando a todos, con un comportamiento heroico”.




Fútbol y política (2)

Uno de los casos más notables de injerencia política en un fichaje, tuvo como protagonista al modesto alicantino Manuel López Barberá (17-XI-1924 – 1-XI-2014), completamente olvidado por la historia del deporte rey, hasta el punto de que recuperar su rastro por nuestros pagos se antoja ejercicio complicadísimo. Esa notabilidad radica no sólo en la modestia deportiva del personaje, sino en la profusa documentación adjunta, gentilmente aportada por Antonio Arias, mantenedor del blog “Saltataulells”, desde donde se pone el foco sobre las falsedades y manipulaciones históricas llevadas a cabo en los aledaños del F. C. Barcelona.

Escrito del cónsul español en Argel, dirigido al Ministro de Asuntos Exteriores.

De López Barberá conocemos poco más que sus datos biográficos más elementales, el interés que en sus virtudes balompédicas depositaron importantes miembros de la política argelina, en tiempos de la colonización francesa, y los cruces de cartas demandantes de ayuda desde Argel a la Embajada de Francia en Madrid, al consulado español, y desde éste al Ministerio de Asuntos Exteriores, a la Jefatura Nacional del Servicio Exterior de Falange, a la Federación Española de Fútbol y a la Delegación Nacional de Deportes, por esa época órgano en manos falangistas. Vayamos por tanto con su seguimiento cronológico, dejando para después la suma de hipótesis y especulaciones.

El 22 de diciembre de 1952 se expidió desde el departamento de Relaciones Culturales de España en Argel, por vía aérea hacia Madrid, el siguiente texto rubricado por el cónsul general Manuel Galán, incluyendo copia literal del telegrama recibido en su despacho. Para más fácil entendimiento se traduce al español el contenido del telegrama, redactado en francés:

“Asunto: Interesa urgente notificación por la Federación Española de Fútbol a la francesa, de la baja del jugador Manuel LÓPEZ.

EXCMO. SR:

Los Sres. CHEVALLIER, BLACHETTE, RIBERE y PATERNOT, me envían copia de un telegrama que con fecha 20 de los corrientes han enviado al Agregado Cultural de la Embajada de Francia en Madrid, y que dice lo siguiente:

“Señor agregado cultural Embajada de Francia – Madrid.- Quedaríamos particularmente reconocidos intervenir urgencia acerca Federación Española Fútbol Alberto Bosch 13 Madrid para obtener envío antes 25 de diciembre último plazo a Federación Francesa Fútbol 22 calle de Londres París certificado salida jugador López Manuel de Alicante Stop Este jugador está actualmente Argel no puede jugar amateur en tanto esta formalidad actualmente en instancia ante Federación Española no sea cumplimentada Agradecimientos Firmado: Jacques Chevallier, Blanchette, Ribere, Paternot, desde Argel.

Como creo que sería conveniente atender a los mencionados señores, que son diputados por Argel en la Asamblea Nacional Francesa, me permito rogar a V. E. dé las órdenes necesarias para que se hagan las gestiones correspondientes en la Federación Española de Fútbol para que consigan el permiso que solicitan a favor del jugador español Manuel López.

Dios guarde a V. E. muchos años.

El Cónsul General

Manual Galán”

Las cosas de palacio acostumbran a ir despacio, tanto antaño como en la actualidad. Y así, el 29 de diciembre de 1952, es decir fuera del plazo señalado por los asambleístas franceses, desde la Dirección General de Relaciones Consulares, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, se cursó la siguiente nota al Sr. Jefe Nacional del Servicio Exterior de F.E.T y de las J.O.N.S:

“Asunto: S/ Jugador Manuel López.

De orden del señor Ministro de Asuntos Exteriores adjunto cúmpleme pasar a manos de V. S. copia del Despacho 419, de 22 de los corrientes, del Sr. Cónsul General de España en Argel, por el que interesa urgente manifestación por parte de la Federación Española de Fútbol a la Francesa de la baja del jugador Manuel López, por si fuera posible atender la citada petición.

Dios guarde a V. S. muchos años.

El Director General

  1. D.”

Ya se iba tarde, y más fuera de plazo llegó la notificación oficial de teórica resolución del caso, cursada con fecha 17 de enero de 1953 desde la Secretaría General del Servicio Exterior de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. Rezaba de este modo:

“Excmo. Sr:

El Ministerio de Asuntos Exteriores contacta con la jefatura del Servicio Exterior de Falange, en relación al asunto López Barberá.

En contestación a su escrito núm. 577 de fecha 29 del pasado, al que acompaña copia del despacho núm. 419, interesándose por el envío a la Federación Francesa del certificado de salida a favor del jugador Manuel López Barberá, cúmpleme manifestarle en relación con el mismo que la Federación Española nos dice fue despachada con fecha 22 de diciembre, por telégrafo y carta la solicitud del certificado de transferencia de dicho jugador, suponiendo haya surtido los efectos deseados.

Dios guarde a V. E. muchos años.

Madrid, 17 de enero de 1953.

El Jefe Nacional del Servicio

Sergio Cifuentes”

A tenor de esta nota, con registro de entrada en el Ministerio de Asuntos Exteriores (Dirección General de Relaciones Culturales) el 20 de enero, y de expedición a Argel dos días después, nuestro ente federativo habría hecho gala de diligencia, cumplimentando en tiempo y forma el requerimiento de la Federación Francesa. Pero una cosa suelen ser las apariencias, y otra la realidad. Así cabe pensar, considerando el escrito que con fecha 21 de enero de 1953, 26 días después de la fecha considerada límite para la resolución del problema, se cursaba a D. José Mª Gutiérrez del Castillo, Delegado Nacional de Deportes, un  nuevo escrito en demanda de auxilio sobre el asunto de López Barberá:

“Querido Che Mari:

Está en Madrid el Cónsul General de Argel, quien me ruega procure activar lo más posible la baja del futbolista Manuel López, que fue solicitada por orden comunicada número 577, de 19 de diciembre pasado dirigida al Servicio Exterior de Falange.

Como verás, el fútbol tiene cada vez más importancia política y el Cónsul General tiene un especialísimo interés en que este asunto se resuelva, porque así se lo han pedido los más influyentes políticos de Argelia, que, a su vez, son directivos de fútbol.

Parece ser que este jugador, López, procede de Alicante, y no puede jugar como amateur hasta tanto se le dé de baja entre los fichados de equipos españoles.

Gracias anticipadas y un fuerte abrazo.

Pedro Salvador”

El jefe del Servicio Exterior de Falange notificó de este modo que la F.E.F. había resuelto el transfer internacional de Manuel López Barberá.

La nueva requisitoria del cónsul español se cruzaba con el escrito que el día siguiente, 22 de enero, despachaba la Dirección General del Ministerio de Asuntos Exteriores a la delegación consular, dando cuenta de lo informado por la jefatura nacional del Servicio Exterior de Falange. Es decir que la certificación de salida de López Barberá fue expedida mediante telegrama y carta desde la Federación Española a la Francesa, el 22 de diciembre, tres días antes de la finalización del plazo legal. Aquel comunicado se cerraba con la prosopopeya característica en su época: “Lo que, de orden del señor Ministro de Asuntos Exteriores, traslado a V. I. para su conocimiento y efectos oportunos. Dios guarde a V. I. muchos años. El Director General, Por Delegación”.

Cabe pensar que los directivos franco-argelinos, a la par que políticos de relevancia en la colonia de África, una vez resulto el transfer internacional de su futbolista “olvidaron” agradecer la implicación del cónsul español, y por ello, no teniendo noticias de que el alicantino López Barberá ya debía estar entrenando con su nuevo equipo, continuara insistiendo un mes después ante las más altas instancias españolas. La otra alternativa dibuja un panorama bastante más gris e improbable: Que la acreditación de baja comunicada a la Federación Francesa fuese extraviada, bien en París o en su Territorial argelina, y que Manuel López desesperase en vano, pese a sus buenos padrinos. Lo que llama poderosamente la atención, es el desmesurado interés del cuarteto directivo por hacerse con los servicios de un futbolista “amateur”, no de un fuera de serie, como lo fueron Kubala, Estanislao Basora, Puchades, Telmo Zarra o “Piru” Gainza por esas mismas fechas, y hoy diríamos de los Haaland, Mbappé, De Bruyne, Lewandowski o Mohamed Salah. Nada sabemos sobre cómo llegó hasta el Norte de África Manuel López, en nuestro fútbol “Manolet”; si en condición de colono, como tantos levantinos y meridionales de nuestro suelo desde los años 20 del pasado siglo, o si fue tentado al igual que muchos “aficionados” desde que el balón comenzase a generar dinero, con unos cuantos billetes bajo el mantel, tras atisbar sus virtudes en algún modesto club mediterráneo. Porque lo cierto es que no se ha encontrado ningún rastro suyo en la Federación Francesa, y apenas alguno tras compulsar casi 140.000 registros de futbolistas con intervención en nuestros torneos.

Puestos a rizar el rizo, algún improbable error pudiera apuntar en la dirección del zaguero Vicente López Barberá, alicantino, en efecto (13-III-1936 – 20-II-2017), que jugó al fútbol como “Manolet” luciendo los colores del Real Murcia, Granada, Oviedo, Hércules y Algemesí. El inconveniente, claro está, aparece en los 15 años que debía tener allá por diciembre de 1952. Este hombre, sin embargo, competía como “Manolet” rindiendo honores a su hermano Manuel, que pasó fugazmente por el Alicante a lo largo de las campañas 1945-46 y 49-50, en 3ª División. Éste fue el aventurero en la Argelia colonial. Pero ahí concluye cualquier rastro del deportista tan apetecido al otro lado del Mediterráneo. Hubo, desde luego, otros “Manolet” en el fútbol levantino por esa misma época. Uno, también delantero alineado en el propio Alicante como “Manolet II” la temporada 1949-50. Otro en el Villajoyosa y Altea, entre 1961 y 1965, pero éste respondía a la filiación de Manuel Guzmán Mayor. Otro “Manolet” más en el Mestalla, y hasta tropezamos con un nuevo “Manolet” en el Gandía. Pero ningún rastro suplementario de Manuel López Barberá, quien fuera alineado como “Manolet” en el Alicante. Si disputó partidos en Argelia, con ficha de la Federación gala, es algo que no podemos justificar, como tampoco su restante andadura por los entonces pelados campos de la territorial valenciana, antes y después de pasar por el Alicante.

El cónsul español en Argel seguía sin conocer la resolución del problemático transfer para quien compitiera en nuestro suelo como “Manolet”, cuando en teoría los obstáculos, cualesquiera que éstos fuesen, ya no existían.

Uno de los muchos misterios de nuestro fútbol, todavía por desvelar. Y es lástima, porque indudablemente, y a tenor de la documentación mostrada, Manuel López Barberá tuvo consigo, o tras sí, una interesantísima historia personal, cuando el fútbol empezaba a tener “cada vez más importancia política”, conforme afirmara hace 70 años Pedro Salvador en su escrito de súplica al Delegado Nacional de Deportes.

Por ahora su página continúa casi en blanco, y el transcurrir del tiempo, con su piadoso manto de olvido, es probable que no contribuya a retratárnoslo con un  mínimo de fidelidad.

Más, muchísimo más conocidas fueron las peripecias del portero portugués Carlos Gomes, también protagonista en nuestros estadios, por cuya existencia no sólo profesional, sino personal, habrían de cruzarse fatalmente los intereses políticos, según él defendiera siempre con denuedo.

Polémico en los despachos y con biografía de novela, llegó a Granada gracias a la mano tendida por Alejandro Scopelli, para quien era “el mejor arquero ibérico”, cuando ya no podía hacer más enemigos en el fútbol portugués. Claro que no se trataba de un vulgar tarambana. Repasando con perspectiva moderna muchos de sus violentos encontronazos, descubrimos no sólo al niño grande mimado por la diosa Fortuna, sino al rebelde vindicativo, al orgulloso y casi indefenso David, frente al Goliat de la esclavitud emboscada bajo el derecho de retención; al contestatario de un régimen que le hería y, sobre todo, a una víctima de sí mismo.

Nacido en enero de 1932, Carlos Antonio do Carmo Costa Gomes empezó a llamar la atención en el Barreirense, sin cumplir los 18 años. La Península Ibérica estaba azotada entonces por vientos molestos. Franco entre nosotros y Salazar en Portugal, se obstinaban en vivir de espaldas a Occidente, apuntalando sus respectivas dictaduras. Mal que bien, al arrancar los años 50 España comenzó a encarrilar su precaria economía, estableciendo una distancia cada vez mayor respecto a los vecinos del Atlántico. Sin libertad ni dinero, sin industria, con muy poca esperanza, la agitación social afloró pronto desde Tuy hasta Faro, reavivándose en Oporto, Coimbra, Setúbal, Évora o Lisboa. El fútbol fue utilizado, muchas veces, para encender la mecha. Bastaba cualquier visita del Sporting, considerado equipo del régimen por la vinculación existente entre sus mandatarios y el cenáculo salazarista, para convertir los gritos de ánimo en oposición política y un gol, cualquier gol, en la quimera de haber derrotado al Estado Novo. La Guardia Republicana acabó tomando al asalto más de un campo en determinadas ocasiones, formando destacamentos junto al rectángulo de juego, con las ametralladoras dirigidas hacia el graderío.

Carlos Gomes, de cuna humilde, detestaba tanto alarde y opresión. Le habían filtrado que ojeadores del Benfica seguían sus actuaciones. Y aunque los benfiquistas no eran ni remotamente la apisonadora en que habrían de convertirse diez años más tarde, comenzó a hacerse ilusiones. Por desgracia se interpuso el Sporting, y un rápido acuerdo entre los lisboetas y directivos del Barreirense sólo le permitió regatear en su favor la prima del traspaso.

Carlos Gomes, gran portero e irresistible seductor, durante su etapa en el Real Oviedo.

Ya en Lisboa, alternó instantes de gloria balompédica con rabia contenida y más de una lágrima. Titular indiscutible a los 19 años, campeón de Liga en las ediciones 1950-51, 51-52, 52-53 y 53-54, tardó poco en acudir al despacho de su presidente para reclamarle una mejora salarial. Si otros compañeros multiplicaban su nómina hasta por 4, ¿de qué le servía ser idolatrado por la afición?. Pero su entrevista con Góias Mota no pudo dejarle un sabor de boca más amargo, según narrase el propio guardameta en su autobiografía titulada “O Jogo da Vida”: “Quieres más dinero, ¿eh?. Pues métete en la cabeza que para tu presidente vas bien servido con 5.000 escudos. O eso o nada. Porque vamos a ver, ¿para qué necesitas tú más dinero?. ¿Para gastarlo en putas y automóviles?”. Góias Mota no era el tipo de hombre al que uno debiera enfrentarse. Procurador General de la República, defensor a ultranza de la Legión Portuguesa y conocido por aprovechar los descansos para irrumpir en la caseta arbitral empuñando su pistola, cualquier otro hubiera dejado pasar el sofocón. Carlos Gomes, en cambio, se plantó ante la prensa y afición: “No hay dinero -dijo-, pues no hay portero”.

Por supuesto, volvió a haber portero. Pero sólo cuando aquellos 5.000 escudos mensuales (unas 12.500 ptas. de la época, primas aparte), el doble de lo ingresado por un buen médico, se incrementaron sustancialmente.

Ese carácter rebelde, a veces incluso feroz, le proporcionó serios disgustos. En cierta ocasión, cuando iba conduciendo por Lisboa su flamante descapotable, se encontró con una amiga extranjera. Los coches constituían su perdición, hasta el punto de saltar constantemente de un modelo vistoso a otro más espectacular todavía. “Para mí no son un signo externo de riqueza -afirmó en alguna entrevista-, sino un recurso de seducción”. El caso es que aquella vez funcionó perfectamente el recurso y la amiga solicitó ser conducida hasta las oficinas de la PIDE, donde debía renovar su carné de residente. Estaba aparcando el vehículo en el reservado para funcionarios de rango cuando un guardia le exigió retirarlo, con muy malos modos. “¡Puercos sanguinarios…!”, murmuró entre dientes, aunque lo bastante alto para ser oído. Y el guardia no se lo pensó dos veces. Detenido y apaleado, Carlos Gomes pasó unas cuantas horas en el calabozo, salvándose de mayor castigo gracias a su condición de mito.

También se libró de otra buena, hallándose en la Selección Militar. Santos Costa, Ministro de Guerra, interpretó como subversivo un gesto suyo, simplemente descarado. De poco sirvieron las disculpas. Con su fama de comunista, cada ademán, palabra o silencio, era observado inquisitorialmente en las catacumbas del salazarismo. Pasó siete días en una cárcel militar y si al final volvió bajo el marco fue para que el Oporto no enredase más las cosas, entorpeciendo la brillante andadura sportinguista.

Aunque permaneciera poco tiempo en España, su prestigio profesional le hizo merecedor de uno de los tomitos que editara José Luis de Echarri en la colección “Ídolos del Deporte”.

Su fama de comunista le perseguía, y por eso causó gran sorpresa la concesión de viajar a la Unión Soviética, reforzando, como cedido coyuntural, a un club brasileño. El guardameta carioca se había lesionado y puesto que su equipo, tras disputar unos amistosos en Portugal debía partir de gira por la URSS, solicitaron al Sporting su cesión, habida cuenta que las competiciones portuguesas estaban paradas. Tanto los directivos sportinguistas como el gobierno luso aceptaron. Le fue expedido un pasaporte especial, puesto que los portugueses, como entonces los españoles, tenían prohibido viajar a la URSS o sus países satélites, y partió de gira. A su vuelta, un enjambre de periodistas le esperaban en el aeropuerto y él dijo cuanto había visto: todo lo bueno, sin ocultar lo malo. Junto al eficaz metro, con sus estaciones palaciegas, bastante pobreza, casas muy mal acondicionadas para un clima tan duro, exceso de control, lavado de cerebro colectivo mediante constante y machacona propaganda… Los periódicos, respondiendo probablemente a una consigna, sólo recogieron sus críticas al sistema, no lo que de positivo pudo hallar. Y se sintió utilizado una vez más, traicionado, expresando de este modo sus sentimientos: “¿No era comunista?. Pues buena debe estar Rusia cuando él mismo cuenta todo esto. Vamos, que se fue un propagandista de la dictadura proletaria y regresó un adicto al modo de vida occidental. Así pensarían sin duda quienes leyeron tan perfecta obra de tergiversación. Había actuado ingenuamente y el régimen salazarista sacaba rédito de mi torpeza. Siempre ocurría igual”.

Internacional absoluto con su país en 18 ocasiones, acababa de conquistar un nuevo título de Liga la temporada 1957-58, cuando el Granada C. F. pagó un millón de ptas. por su traspaso y le hizo contrato a razón de 250.000 anuales, primas aparte. Podía tratarse de un destino menor para quien acababa de reverdecer laureles en el campeonato portugués, y poco antes fuera pretendido por Real Madrid y Barcelona. Claro que aun así, su ficha triplicaba lo percibido junto al Tajo, y con la mitad de esa cifra podía adquirirse un piso céntrico y coqueto en la ciudad nazarí. Su despedida de Portugal fue elegante, a tenor de lo escrito por periodistas lusos: “Llevo al Sporting en el corazón y cuando regrese sólo podré defender a este club”. El tiempo, ya se sabe, suele marchitar las palabras, aunque hayan quedado escritas.

De Andalucía emigró a Oviedo, para seguir escanciando, junto a tardes soberbias, desplantes marca de la casa. Y como en Portugal continuaba siendo recordado, se asomó al papel impreso con diversas y frecuentes colaboraciones en el diario deportivo “A Bola”, hasta el punto de darse por descontado que llegado el momento de colgar los guantes, su futuro estaría en cualquier redacción deportiva. Su sinceridad, con todo, tampoco sufrió eclipses entre nosotros, llegando a rayar con la pura provocación. Como cuando un periodista quiso saber por qué saltaba al campo vistiendo siempre de negro, y él respondiera: “Visto de negro porque el fútbol portugués está de luto. Y seguirá así mientras continué en manos de sus actuales dirigentes”.

En 1961 dio por concluida su etapa española. Parecía iba a reintegrarse al Sporting cuando, una vez más, quiso llevar la contraria a todos. Se habló de que había llegado a un acuerdo con el Benfica, pasando previamente por el Salgueiros en pura maniobra de distracción. Especulaciones, cábalas, maledicencias… Lo único demostrable es que para firmar la cartulina sportinguista exigió 25.000 escudos mensuales (unas 75.000 ptas.), exactamente la misma nómina que el mejor pagado del elenco. “Si no hay dinero -repitió como antaño-, tampoco va a haber portero”. Y mientras se resolvía el pulso, prestó más atención a sus negocios.

Explotaba con éxito comercial una gasolinera, una lechería y un estudio fotográfico. Cuando necesitó contratar una empleada, insertó el correspondiente anuncio en prensa, sin imaginar que con tan simple decisión estaba desencadenando el peor vendaval de su vida.

La primera en responder al anuncio fue una joven espléndida. Él, Don Juan irredento, no supo resistirse. Salieron juntos, primero a tomar café, luego a dar una vuelta en coche y, cuando anocheció, contemplaron el estuario desde una alcoba entre música, dulces y vino. Esa muchacha tenía un novio cumpliendo el servicio militar en las colonias portuguesas de África. Lo añoraba, claro, pero la vida seguía y esa desinhibición que suele llegar prendida al cambio de hábitos o el descubrimiento de nuevas experiencias, hizo el resto. A la mañana siguiente le aguardaba una denuncia por violación. La chica, además, hizo gala de amplias dotes artísticas, convenciendo a la policía de un intento de suicidio desde el viaducto Duarte Pacheco, al verse deshonrada. De poco sirvieron negativas y juramentos. Según Carlos Gomes, la relación no había tenido nada de forzada. ¿Cómo iba a serlo, si a buen seguro la muchacha debió ser contratada por los dirigentes sportinguistas, conchabados una vez más con la propia PIDE?.

Certificado de “Refugiado y Apátrida” que le sería extendido durante su estancia en el fútbol argelino. Todavía seguía siendo Costa-Gomes.

“Fue sólo una seducción más -sostuvo siempre el cancerbero, tanto verbalmente como en sus memorias-. Todo natural, todo limpio, sin forzarla a nada. Y en su denuncia había múltiples flecos sueltos. ¿Dónde estaba el taxista que según aseguraba la llevó hasta el viaducto?. ¿Qué tipo de individuo iba a dejar a una muchacha histérica, llorosa y anonadada, según sus propias declaraciones, en pleno viaducto sin imaginar lo que podía ocurrir?. ¿Por qué nadie era capaz de dar con ese chófer?. Caí en su trampa, sencillamente. La policía política portuguesa seguramente llegó a un acuerdo con mi empleada. Tu novio de vuelta a casa, pudieron prometerle. Rebajado de servicios militares, incluso, y con una colocación garantizada. Tú le sacas del aprieto africano, os casáis y a comer perdices. Sencillamente, como en el asunto de la Unión Soviética me comporté estúpidamente”.

A los 29 años, su carrera, su prestigio social, parecían a punto de deshacerse. Durante un tiempo todavía intentó luchar, ofreciéndose al Atlético, club menor portugués. El Sporting puso pocos reparos a la operación, sólo para que el cancerbero comprendiese hasta qué punto habían cambiado las cosas. El público ya no le adoraba. A medida que progresaba judicialmente la investigación, su rostro afable saltó de las páginas deportivas a la sección de sucesos. En la calle descubría miradas nuevas, no admirativas, precisamente. Las perspectivas de un juicio, quien sabe si previamente manipulado, tenían poco de halagüeñas ante el cúmulo de testimonios que la policía aseguraba poseer. Al fin decidió que no merecía la pena seguir nadando contra corriente y, durante un choque contra el Vitoria Guimaräes fingió lesionarse. “Para no levantar sospechas me concentré con el equipo”, recogen sus memorias. “Sabía que mientras durase mi recuperación nadie pensaría mal y podría ganar unos días preciosos. Partí hacia Gibraltar y desde allí a Marruecos, donde jugué en Tánger, irónicamente con el club de la policía”.

Su pasaporte de refugiado le permitía visitar todos los países, excepto Portugal, donde hubiera sido detenido inmediatamente, tras dictársele una condena en rebeldía.

En Tánger, cuando Marruecos no tenía tratado de extradición con Portugal, mutó su apellido Gomes por un Gómez muy español(1), y logró más que certificado de residencia, estatuto de refugiado, circunstancia que determinó la categoría de apátridas para los hijos de su segundo matrimonio con una malagueña. Las cosas distaban mucho de ser como antes, por más que volviera a sentirse importante en un fútbol menor. Primero, el Sporting lisboeta se negó a concederle el pase internacional, si no abonaba una cantidad de la que no disponía para hacerse con su carta de libertad. Empleó a su padre como mediador, llegándose finalmente a un acuerdo. El progenitor iría pagando la cantidad fijada en cuotas mensuales “como quien abona los plazos de una lavadora”, hasta zanjar definitivamente la deuda. Mientras llegaba el pase internacional ejerció como entrenador, ya que no le estaba permitido vestirse de corto. Y poco a poco fue saliendo del trance, a veces in extremis.

Sucedió, por ejemplo, al ocurrírsele regentar el bar situado en los bajos del edificio donde vivían en Tánger. Metió a su segunda mujer en la cocina y todo fue aceptablemente bien, hasta que comenzara a organizar timbas de póquer, durante las que además servía whisky a los jugadores. Algo así no podía mantenerse mucho tiempo en secreto, y la policía acabó enterándose. Encarcelado por conculcar doblemente la ley, en materia de juego y de bebidas alcohólicas, la circunstancia de actuar en el equipo de la policía contribuyó decisivamente a que acabaran echando tierra sobre el asunto. Y como pese a todo destacaba sobre el terreno de juego, emisarios de la corona llegaron a proponerle abrazar la religión musulmana, paso previo imprescindible para a obtener la nacionalidad marroquí. No aceptó, y en 1963 los buenos oficios del cónsul portugués en Tánger, unidos a las cuotas mensuales que su padre había venido abonando a la tesorería del Sporting, lograron que la Federación lusa le declarasen libre de compromiso con el Sporting o cualquier otro club de Portugal. Su padre, mientras tanto, se había hecho cargo de los hijos portugueses alumbrados en el primer matrimonio del cancerbero.

Documento que acredita el ingreso en Marruecos del excelente guardameta, vía Gibraltar, volando con “Gibraltar Airways LTD”.

Seguiría jugando dos años más, antes de hacerse entrenador, para ejercer en Marruecos, Argelia y Túnez. Encantador en su trato, magnífico relaciones públicas, sobre todo para venderse a sí mismo, dueño de un ego inmenso y aficionado a adornar su propia biografía, lo que fue en el ámbito personal queda de manifiesto a través de múltiples anécdotas. Como la acaecida durante uno de los numerosos viajes que la familia realizó por el norte de África, a través de carreteras en mal estado, mucho más frecuentadas por animales de carga que por vehículos a motor.

Empezaba a tener problemas de visión nocturna, circunstancia que se empeñaba en mantener en secreto, puesto que ya comenzaban a disputarse partidos con iluminación artificial, y por ello, al caer la noche, necesitaba la ayuda de algún “copiloto”. Cierta vez, la copiloto -normalmente su esposa-, se durmió, y acabaron saltándose un control policial. Con las ruedas pinchadas por la cadena de púas y los funcionarios muy enojados, salió del vehículo para tranquilizarlos, les invitó a fumar, entregó su documentación y acabó explicándoles anécdotas y vivencias del mundo del fútbol. Los funcionarios, rendidos, no sólo depusieron su hostilidad, sino que acabaron brindándose a mediar para que el padrino de su hija, residente en Tánger, pudiera hacerle llegar las ruedas que necesitaba para reemprender el viaje. Todo, naturalmente, sin que de ello se derivara ningún abono económico.

Más adelante se instaló en Málaga, donde habría de regentar un comercio textil, residencia que compartía con prolongadas estancias en Viena. Desde la capital costasoleña dirigió distintos escritos a clubes de fútbol, adjuntando currículo y postulándose como entrenador, así como a compañías editoras, animándolas a traducir su biografía al castellano: “éxito garantizado, como ya fue el libro en Portugal”. Lamentablemente, no obtuvo una respuesta positiva ni del fútbol ni de las editoriales. Y sólo pudo regresar a Portugal en los años 80, cuando la Revolución de los Claveles que sepultara el fascismo salazarista apenas despertaba algún eco en el nuevo y democrático Portugal. Según su hija Emma, nacida en Tánger el año 1963, que por lo tanto sólo conoció al Carlos Gomes del forzado destierro, aquella denuncia de violación, fuese o no justificada, marcó el destino de toda la familia. “Mi padre nunca volvió a ser el mismo. Siempre vivió amargado por tener que huir de su país. A España no podía ir, por miedo a la extradición y al régimen de Franco. Tuvo que empezar de cero en un país del que no conocía ni el idioma. En casa no se hablaba ni español, la lengua de mi madre, ni portugués, y aunque entonces era muy pequeña no dejaba de extrañarme el detalle, puesto que mi padre tenía auténticos problemas para expresarse en su forzado nuevo idioma”.

La desconexión con su antiguo mundo fue tan amplia que Emma, la hija tangerina, no hablaba portugués. Se expresaba en francés y en un perfecto español, puesto que acabó enraizando en Málaga, como empleada de unos grandes almacenes hasta que una hernia discal y las secuelas de la posterior intervención quirúrgica con muy discutible praxis, la incapacitaron para tal actividad. Desde su residencia malacitana cerraba así el boceto de su progenitor: “Fue un ídolo caído. Ludópata, mujeriego y gran seductor, no dejó indiferente a nadie”. Cabría añadir, además, que la muy probable celada policial, inspirada en razones puramente políticas, o como hoy diríamos de odio ideológico, forjó a un hombre nuevo, distinto y peor que el admirado futbolista.

Este gran portero y personaje singular expiró el 18 de octubre de 2005, siendo enterrados sus restos en Barreiro, localidad que lo viese nacer. Según dejara caer la prensa lisboeta, durante sus últimos días recibió ayudas económicas del club donde antaño triunfara, ante su precaria situación. Lo cierto es que sobre su féretro fue colocada la bandera del Sporting, y aunque algunas personas hiciesen muchos kilómetros para despedirle, él expiró creyendo que para una amplia mayoría de aficionados, su nombre ya no significaba nada.

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(1).- Su hija María Emma y el también vástago e igualmente portero José Carlos Gómez Tafur (Málaga 25-X-1972), con militancia en el Valladolid Promesas, el ya extinto Palencia, Lanzarote, Granada, Real Jaén, Córdoba, Cacereño, Vitoria de Setúbal, Motril y Yeclano, figuraron en el registro civil como Gómez, el apellido otorgado a su progenitor en suelo marroquí.

Estimado lector:

Le quedaríamos sumamente agradecidos si pudiera aportar alguna información suplementaria sobre la trayectoria deportiva en España y Argelia, o andadura vital del delantero alicantino Manuel López Barberá, alineado como “Manolet” durante los años 40 y primeros 50 del pasado siglo. Puede hacernos llegar su aportación a: cihefe@cihefe.es

Con nuestro reconocimiento anticipado.




Fútbol y política

Hoy son habituales los debates y comentarios en torno a la política de fichajes. Si las recientes adquisiciones del F. C. Barcelona responden al sello de “La Masía”, si dos carísimas y fracasadas incorporaciones del Real Madrid deberían introducir cierta reflexión en la entidad blanca, sobre extender contratos de tan larga duración, o incluso si merece la pena apostar por quienes ya no cumplirán los 25. Si la “filosofía” del Athletic Club es sostenible en tiempos de globalización balompédica, o por qué una entidad como el Sporting de Gijón se obstina mirando en lontananza, con tan escaso provecho, cuando sus días de oro se sustentaron sobre el feracísimo vivero de “Mareo”. Pues bien, hace 60 ó 70 años cabía hablar con absoluta propiedad, en cambio, de fichajes y política. Porque la política, sin adjetivos, tuvo mucho que ver en no pocos traspasos.

Para empezar, la Federación Española puso más de un obstáculo a la posible salida de jugadores españoles hacia campeonatos extranjeros. Más en concreto, de estrellas con categoría suficiente para merecer la atención de los seleccionadores nacionales, porque muchos futbolistas de segundo y tercer rango se las arreglaron para competir en Portugal, Francia, Cuba, Venezuela, Argentina, México, Suiza, Alemania e incluso Brasil, entre los años 20 y 70 del pasado siglo. La razón era obvia: Quienes dependieran de otra Federación Nacional, podían no obtener el permiso de sus clubes para disputar partidos internacionales, si fueran reclamados desde España. A diferencia de hoy, se entendía que únicamente los clubes adscritos a la Federación convocante estaban obligados a entregar “de balde” sus más destacados elementos, en cada convocatoria internacional. Por ello, si Ramallets, Estanislao Basora, Paco Gento, Telmo Zarra, “Piru” Gainza o Puchades, hubiesen podido salir rumbo al extranjero, nuestra Federación se habría visto en la disyuntiva de optar entre la negociación con los clubes receptores, chequera en mano, o buscarles sustituto. Obviamente resultaba más sencillo, y sobre todo más barato, poner en la rueda cuantos palos hubiese a mano, y éstos, imperando el derecho de retención, solían ser muchos.

Panizo en una imagen de la temporada 1941-42. Años después estuvo en la órbita de clubes británicos.

La calamitosa situación posbélica contaba a favor de las distintas Federaciones, con una Europa en ruinas. Italia, Francia y Alemania, comiendo el pan e invirtiendo los dólares del Plan Marshall; Inglaterra fijando topes salariales y de primas por victoria para sus futbolistas, porque las libras esterlinas escaseaban, mientras Suiza, indemne en la atroz sangría, se hallaba más pendiente de los relojes de cuco que de profesionalizar su balompié, deporte menor ante la pujanza y tradición del esquí y sus derivadas invernales. Pero así y todo, cuando el interior vizcaíno Panizo estuvo en la órbita del fútbol británico, tanto desde el ente federativo como en los despachos del club rojiblanco se consensuó un enroque sin fisuras. Aquel cerebral jugador, dueño del 10 en la camiseta rojiblanca, tuvo que contentarse con escuchar los campanazos del Big-Ben a través de la “BBC”, en sus ediciones de onda corta, o desde una butaca en los salones de cine. Se le hurtó, en suma, lo que entonces hubiera sido formidable aventura.

Antes, de cualquier modo, ya se habían registrado distintos ejemplos de fútbol y política. ¿Qué fue, sino puro alarde propagandístico del gobierno vasco regido por José Antonio Aguirre y Lekube, la gira del Euzkadi por la Europa central, escandinava y soviética, así como por América, mientras España se desangraba en una guerra fratricida?. ¿O la inclusión de dicho elenco en el campeonato federal mexicano, mientras la República se deshacía a este lado del Atlántico y la muchachada vasca lograba el patrocinio de un compatriota dedicado a fabricar neumáticos, “hules”, al decir de los medios aztecas?. Política sin paliativos, al igual que el sesgo dado por nuestros medios a la gira del San Lorenzo de Almagro en 1947, tiempo de hambruna rubricado con un cerco internacional a Franco tras votación durísima en la sede de las Naciones Unidas, boicot al Régimen y casi total retirada de embajadores en Madrid.

Tanto la prensa deportiva como la de información general, convirtieron la gira del San Lorenzo de Almagro por nuestro suelo en un ejercicio propagandístico de primer orden, justo cuando tras una resolución de la Naciones Unidas tenía lugar en Madrid una desbandada de embajadores.

Política fue también la utilización de carismáticos futbolistas nacionales por la prensa, el “No-Do” y la televisión, ante el referéndum que otorgara al dictador todos los resortes legales de gobernanza y sucesión. “Votaré sí, una y cuantas veces haga falta -afirmaban los rostros más populares del deporte rey-. Franco nos ha traído prosperidad, así que mi voto lo tiene garantizado”. O “Para lo que necesite, siempre podrá contar conmigo y con mi voto”. E incluso imitando a la propaganda bélica del Tío Sam: “Español, no te pongas de perfil. Haz como yo y vota sí”. Tan política como la estrategia de tres clubes venezolanos, La Salle, Loyola Sport Club, y el C. D. Vasco, especialmente el último, sustentado por la Casa Vasca de Caracas, tan pertinaz en importar futbolistas vizcaínos o guipuzcoanos desde la península, antes que volver la mirada hacia los hijos de una densa migración vascongada, quizás ya con alma criolla. Política, disimulada bajo camisetas de colores. Y política, en fin, la decisión de la familia De la Sota, apellido ilustre en la historia del Athletic Club, una vez despojada de su patrimonio inmobiliario y compañía naviera por los vencedores de la contienda civil. A modo de revancha, crearon otra empresa naval más modesta con matrícula francesa, declarando el euskera único idioma oficial a bordo, en tanto sus buques lucían la “ikurriña”, bandera sin reconocimiento oficial, tan pronto surcaran aguas internacionales.

La Salle, Loyola y Vasco fueron clubes de la 1ª División venezolana en los primeros años de profesionalización. Este trío, junto con otras muchas formaciones de emigrantes, impulsaron decisivamente la propagación y afianzamiento del balompié en aquel país, cuando a falta de una federación convencional sus torneos se organizaban desde una Asociación de Clubes denominada Asamblea Nacional de Fútbol. Y si los “escolares” solían contar con elencos híbridos de españoles, criollos y extranjeros de naciones limítrofes, el Vasco apostaba por recién llegados desde el litoral cantábrico, los verdes pastos del “goierri”, o cualquier otro rincón norteño. Sirvan como ilustración los nombres de José Miguel Díez Balerdi -para el fútbol “Terremoto”-, Ricardo Azpirichaga, Joaquín Yarritu, José Badiola, Ignacio Irure, Maguregui, Domingo Berecíbar, Javier Echave Garro, Astaburuaga, Lateillade, Ricardo Garaizar, Aso, José Mandalúniz Ealo, Larrabeiti, Muñiz, Marín, Sorarrain, Víctor Arguiñano, Vicente Pérez Lesta -para el futbol “Quico”-, Pedro Areso Arámburu, Valentín Martín, o Antonio Zurbano, citados a vuelapluma por no hacer interminable el repertorio.

Certificación del voto de Francisco Franco en “su” referéndum de 1966. Aquella campaña contó con la “colaboración” de distintas estrellas del deporte, los toros y el espectáculo, incluyendo a destacados futbolistas en muy primer plano.

A tal punto llegó la politización del Deportivo Vasco, que en un suelto probablemente remitido a la prensa caraqueña desde dicha entidad, podía leerse de este modo la composición de su elenco para el Campeonato a disputar en 1953: Maguregui, Caballero, Berecibar, Contin, Vázquez, Echave, Astaburuaga, Prieto, Infante, Fernando Riera, Garaizar, Lateillade, Salinas, Ruiz y Aso. Director Técnico: José Mandalúniz. En total, un venezolano, un italiano, cinco chilenos y el resto, vascos”.

Vascos, no españoles, aunque ingresaran en Venezuela con pasaporte emitido por el gobierno español. Expresado con cierta libertad, un equipo vasco, y vasquista, compitiendo en el campeonato venezolano.

El Club Deportivo Vasco comenzó a gestarse mediado el año 1944, aunque no quedase conformado hasta el siguiente, y habría de participar en ocho torneos del Campeonato de Primera División durante el periodo denominado del Distrito Capital, vigente desde 1921 hasta 1956 -en concreto las ediciones de 1945, 46, 47, 1951, 52, 53, 54, 55 y 56-, proclamándose campeón del torneo correspondiente a 1954, con 39 goles a favor y 16 en contra. Y en otras dos ediciones del Torneo Profesional, las de 1957 y 1962, saldadas ambas campañas con pobres resultados. Por esa época la Casa o Centro Vasco caraqueño mantenía íntima relación con el gobierno vasco en el exilio, promovía distintas iniciativas culturales donde la política vasca, o si se prefiere la disidencia con el franquismo de los años más crueles, siempre afloraba, y constituía algo así como embajada sentimental para tantos fugitivos de la derrota republicana. Ese equipo de fútbol, al fin y al cabo, no era sino otro aglutinante más, una exhibición de identidad “nacional”, o pálpito de anhelos larvados mientras se planificaba el porvenir, antes que caer en la tentación nostálgica. Varios políticos de la futura transición democrática española, de idearios tan dispares como el socialista o el peneuvista, fueron amamantados entre aquellos salones, los picnics y bailes, las conferencias y, ¿por qué no?, los partidos del C. D. Vasco, a la espera de alguna esporádica gira del Athletic, con un quinteto atacante recitado como las oraciones: “de carretilla”. Algunas biografías de aquellos futbolistas trasplantados ilustran perfectamente las dificultades de aquellos tiempos convulsos.

Escudos del Club Deportivo Vasco y del La Salle Sport Club, de Caracas, bien nutridos de españoles durante los años 40 y primeros 50, en el pasado siglo.

El bilbaíno José Miguel Díez Balerdi, nacido en 1917, contaba 28 años al debutar con el Vasco, cuadro que acababa de hacerse con la columna vertebral del Loyola, campeón de la edición precedente. Allí se encontró con Gerardo Bilbao, Azpirichaga, Irure y Yarritu, más los refuerzos recién adquiridos de Pedro Areso, Valdez, Socorro y Pantoja. Ya llegó como “Terremoto”, apodo que le sería impuesto durante su estancia en el Juventud Asturiana, de La Habana. “Por mi entrega -afirmó en distintas entrevistas-. Aseguraban que revoluciono los partidos, que hacía temblar a los defensas y porteros, cuando en realidad soy una suave brisa…”

Cuba no había sido su única escala desde que abandonase la disciplina del Sabadell, con cuyo elenco estuvo disputando los torneos de 1941 y 1942. Desde la ciudad condal hacia el Asturias, de México, club bien nutrido por antiguos componentes del Euzkadi. Y desde el distrito federal a Verazruz, todavía en México. Su primer gol en el campeonato mexicano habría de anotarlo el 17 de octubre de 1943, y a éste seguirían otros muchos en los torneos americanos. Desde México al Juventud Asturiana, de La Habana, y finalmente a Caracas, en 1945, donde sería recibido con aroma de estrella. Brillo que no iba a perder en Venezuela, puesto que se proclamó máximo goleador del torneo con 27 dianas en 21 partidos, sin hacerse el remolón con respecto a sus capacidades, puesto que ya en su primera comparecencia, ante el Español, anotó los dos tantos de su equipo para firmar el debut victorioso del C. D. Vasco como entidad profesional (27-I-1945).

Pedro Areso, Internacional español y campeón de Liga con el Betis Balompié, creyó a pies juntillas la veracidad del decreto garantista para cuantos regresaran a España desde el exilio, siempre que no tuvieren pendiente ningún delito de sangre. Y sufrió una profunda decepción. A diferencia de la mayoría, él no llegaba de Francia, sino desde el otro lado del océano, después de haber recorrido Europa, México, Argentina, Chile y Cuba con el Euzkadi, equipo desde el que salieron loas bolcheviques por boca de su relaciones públicas, Manuel de la Sota, en el periódico “Izvestia” (18 de agosto de 1937), como broche a su andadura por la URSS: “No podemos despedirnos con un simple apretón de manos, os enviamos un abrazo a todos vosotros, nuestros queridos hermanos y camaradas. ¡Viva Stalin, genio de la Humanidad!”.

Este resbalón, unido a las críticas que recibiesen sus componentes durante 1938, 1939, y aún 1940, dejó abiertas numerosas heridas, como en seguida veremos.

Pedro Areso estaba libre de delitos, regresó tras el decreto “conciliador” y le hicieron la vida imposible. Acabaría desarrollando una amplia andadura en los banquillos de Argentina y Chile.

Vayan, primero, algunos de aquellos ataques furibundos: “Los judíos errantes vascos tendrán que echar mano del pico y la pala si quieren comer”. O : ”No tardará en llegar el día en que se conozcan pormenores de las andanzas y manejos de estos malos españoles, y se saquen a la luz pública los nombres de los inspiradores y actores de lo que ha terminado en drama para quienes soñaron con triunfo, gloria y prebendas por tan señalado servicio a los marxistas”. Otra frase atribuida a Queipo de Llano caía en la más pura ofensa personal: “Estos vasquitos han jugado un partido. Pues muy bien, ¡cómo se habrán puesto de hierba!”. E incluso un medio tildó a los expedicionarios como “materia fusilable”. Tanta visceralidad ni siquiera menguaría cuando, una vez disuelto el equipo propagandístico, sus integrantes tuvieron que buscar nuevas salidas profesionales. Así se expresaron nuestros medios ante la lluvia de noticias sobre su incorporación al San Lorenzo de Almagro, Peñarol, España o Asturias, ambos de México. Rienzi, desde el vespertino “Madrid” (26-V-1939), abrió fuego:

“Leemos que el español Lángara, que salió de España formando parte del llamado equipo vasco y que actualmente se encontraba en México, ha sido traspasado al Club San Lorenzo de Almagro por la bonita suma de 20.000 pesos. La noticia tiene mucho de “duende”.

En primer lugar, es de suponer que ese traspaso ha sido pagado a los trashumantes directivos del citado equipo vasco, que declarados en rebeldía por la Federación Española, de la que exclusivamente dependen, no tienen autoridad ninguna para contratar o traspasar; pero, aunque la tuvieran, la otra parte contratante es un club afiliado a la Asociación o Federación Argentina, que está dentro de la FIFA; por consiguiente, la Asociación Argentina no puede aprobar ese contrato ni autorizar la alineación de Lángara hasta tanto no tenga la autorización de la Española, también sujeta a lo estatuido en traspasos internacionales, a un mismo reglamento que la FIFA regula.

¿Cómo ha podido entonces hacerse ese traspaso?. El club San Lorenzo de Almagro, si ha abonado ya esa cantidad, ha sido víctima de una vulgar estafa, ya que es de suponer que la Española recurrirá a la FIFA y ésta transmitirá a la Argentina la prohibición de alinear a Lángara. Recordemos cómo el Athletic de Madrid no pudo alinear al defensa argentino Cuello, porque ya tenía contrato, precisamente porque la Argentina se lo prohibió.

Sí, declarados en rebeldía los equipiers del cuadro vasco, no tienen personalidad para contratarse. Y sin estar declarados en rebeldía tampoco. De todos modos están sujetos a los mandatos deportivos de la Española”.

Ricardo Zamora, desde su tribuna en el diario “Ya” y empleando como pretexto el retorno de Jules Rimet, entonces presidente de la FIFA, de una escapadita a América, incidía en la misma cuestión, apuntando en su exigencia de responsabilidades hacia los dirigentes del Euzkadi: Manuel de la Sota, Melchor Alegría y sobre todo Pedro Vallana, su máximo responsable, en quien concentraba el máximo encono:

“¿Para cuándo espera la Federación Española retirar de sus anales aquel recuerdo por el cual concedió la medalla al mérito futbolístico a Vallana, después de ser el causante, aunque involuntario, de la eliminación de España en la Olimpiada de París, y más tarde el organizador de la propaganda roja por el mundo con lo que él llamó equipo de Euzkadi?”. 

Corrían tiempos donde todos los españoles, y especialmente sus medios de difusión, debían alardear de patriotismo. Así se explica que casi nadie pasara sobre el asunto sin esgrimir el hacha de guerra. El 28 de mayo era ABC quien recogía un suelto titulado “Los fugitivos y la Federación Nacional de Fútbol”, cuyo arranque ya tenía algo de incendiario:

“La federación Española no necesita ahora de estimulantes para proceder con la energía que cada caso requiera, pero, no obstante, la guerra está demasiado próxima todavía para que se pueda hacer burla de los muchachos que por su patriotismo, por cumplir sencillamente con su deber, sufrieron las penalidades de una dura campaña”.

Desde Oviedo, claro, se esparcían los peores improperios, puesto que Lángara, la figura más controvertida, “era suyo”. Particularmente agresivos resultaron los redactores de “Región”, cabecera que además daba cuenta de una frase atribuida al militar Troncoso, presidente de la FEF, dirigida a los fugitivos vascos:

“En el porvenir ni me importan, ni tendrán trato distinto a los restantes españoles, que por diversas causas se marcharon al extranjero. Y por supuesto, y para siempre, han concluido para el fútbol español, vuelvan pronto o se les olvide el camino de la Patria, a la que si regresan será después de entenderse con la ley”.

Empíricamente, toda esta bilis se sustentaba en el ordenamiento estatutario de los jugadores de fútbol, tras ser admitida su profesionalización en 1926. Entonces Federación, futbolistas y clubes pactaron, por exigencia de los últimos, un derecho que permitía a las entidades conservar cuantos jugadores considerasen imprescindibles, aun vencidos sus contratos, mediante incrementos salariales tan raquíticos como tipificados. Dicho de otro modo, los jugadores del Euzkadi pertenecían al Madrid, Barcelona, Betis, Athletic, Oviedo, Arenas de Guecho, Baracaldo… Y su ingreso en cualquier otro club debería contar con la aquiescencia del “propietario”, siendo éste único y exclusivo destinatario de cualquier dinero en concepto de traspaso.

Hoy sabemos que ni Pedro Vallana, ni nadie, cobraron un solo peso por las inexistentes transacciones. El Euzkadi se disolvió, mediante reparto equitativo de cuanto había en sus arcas, lo que supuso 10.000 ptas. para cada jugador, por año y medio largo dando tumbos. Todos, futbolistas y responsables de la “selección” vasca, actuaron como si al liquidar la aventura, los Blasco, Urquiaga, Aedo, Areso, Pablito, Iraragorri, Zubieta, Lángara, Larrínaga, Pedro y Luis Regueiro, Cilaurren, Emilín y compañía, hubiesen quedado en libertad. Lo que no era cierto, pues sus derechos federativos seguían perteneciendo a clubes españoles. Desde tal perspectiva, la FIFA debería haber dejado sin efecto esos falsos traspasos, a requerimiento de la FEF. Pero se antoja obvio que en el seno de FIFA y UEFA estaban mucho más preocupados por la situación de una Europa en llamas, sometida al paso de la oca hitleriano, que el cacareo de unos pocos clubes o la suerte de varios jóvenes a quienes desde su propio suelo virtualmente se tildaba de apátridas.

Pedro Areso, internacional en 3 ocasiones, con debut el 24 de enero de 1935 ante Francia y despidida frente a Alemania, el 12 de mayo de 1935, desde luego no era Lángara, circunstancia que le eximió de vituperios. Pero como componente del grupo, se le había tomado la matrícula.

Natural de Villafranca de Oria, Guipúzcoa (15-III-1909), llegó al Murcia mientras cumplía la “mili”, después de haber pasado por el equipo de su pueblo y el Tolosa. Como “pimentonero”, compuso con Andonegui un dúo defensivo de lujo, hasta el punto de convertirse en obsesión bética para la campaña 1932-33. Su familia no terminaba de ver con buenos ojos que el fútbol lo llevase tan lejos de casa y, consecuentes, sólo encontraban dobleces en la oferta verdiblanca. Luego de arduas negociaciones, salpicadas de incrementos económicos, su salto hasta Sevilla pudo llevarse a efecto, ya iniciado el campeonato. Y vaya si mereció la pena tanto tira y afloja, porque junto al Guadalquivir y la Torre del Oro compuso con Urquiaga y Aedo un terceto defensivo mítico, cimiento del hasta hoy único título liguero bético (1934-35). La campaña siguiente, convertido en estrella, acompañaba a su hasta entonces entrenador, Patrik O´Connell, al F. C. Barcelona.

Tenía 27 años cuando la Guerra Civil puso su mundo del revés, no sólo llevando el fragor de disparos y explosiones hasta las huertas de Ordizia, sino frenándole en seco. Primero fue a Orduña, con el Batallón Amaiur, como escribiente en la secretaría de Joseba Rezola. A continuación a San Mamés, para jugar gratis, junto a Paco Bienzobas, Bata, Unamuno, Arqueta, Isaac Oceja, Eguía y hasta Ignacio Aguirrezabala “Chirri II”, que desde el sur francés, donde se había refugiado, regresaba a Bilbao en cuanto se lo solicitaban. Esos partidos, con fines recaudatorios para Acción Nacionalista Vasca, solían contar con la inestimable ayuda de Mandalúniz, como reclutador, por más que fuese Ignacio Gracia, consejero de Asistencia Social en el gobierno de José Antonio Aguirre, quien moviese los hilos entre bastidores. Y por fin el vuelo desde Sondica hasta Biarritz, con el Euzkadi, los tumbos por Europa, las apreturas, el eco de las muy aceradas críticas provenientes del bando “nacional”, la incertidumbre por los familiares que habían quedado atrás, el desembarco en América… Y allí más obstáculos. La prohibición de competir contra cualquier club argentino, para empezar. Acto seguido, cuando velando por su futuro ya entrenaba con la plantilla del River Plate, aquel telegrama del gobierno vasco desde su cómodo exilio en París, conminándole a reingresar en el Euzkadi. El silencio de sus hasta entonces compañeros, tras solicitarles dinero para el pasaje. El cansancio de River ante sus dudas, traducido en carpetazo a la oferta que le girasen. Y la luz, con el repentino interés del Racing bonaerense…

Desde Argentina fue a Venezuela, como jugador-entrenador del Vasco caraqueño. Y la vuelta atrás, no para reincorporarse al Barcelona, titular de sus derechos federativos, sino al Santander, con cesión incluida al Deportivo Tanagra mientras recuperaba el tono, luego de que los “culés” declinasen hacer hueco a quien ya sumaba 36 primaveras larguitas. En Santander volvería a ejercer como entrenador, desde donde fue requerido para dirigir a la Gimnástica Burgalesa, justo durante el último ejercicio que iba a competir con ese nombre (1947-48). Vistos los resultados, un tremendo error, pues ni en sus peores sueños imaginaba podrían complicarle tanto la existencia.

Aquella ciudad, con gran presencia de los militares en su vida social e instituciones, era un tanto peculiar. Más cerrada que otras. Más apegada a la luenga sombra del 18 de julio y el parte victorioso de 1939. Un día el general Yagüe lo citó en su despacho para afearle su ideología nacionalista entre palabras muy gruesas, señalándole la puerta de salida; no la del despacho, sino la del club. En realidad llovía sobre mojado porque, apenas hubo puesto un pie en Madrid, cuando con ayuda de Cesáreo Galíndez y Juan Touzón fuese sometido a prueba por el Atlético Aviación en Albacete, dos mandos del cuerpo aéreo “sugirieron” debía ser vetado, “porque un propagandista de la barbarie republicana y roja, más aún, un evadido de sus deberes militares, no era digno de representar al arma de aviación”. Entonces, claro está, nadie osaba desatender los “consejos” de militares victoriosos cargados de estrellas y condecoraciones. Otra aproximación posterior al Gijón concluyó del mismo modo. El magnánimo decreto le permitía venir a España con pasaporte emitido en la embajada argentina, pero aparentemente sólo para recibir desplantes y hacerle sentirse extranjero. Claro que ese pasaporte, al menos, le sirvió para cruzar la frontera portuguesa y enrolarse como entrenador del Atlético Portugal y Vitoria Setúbal, aunque dirigiendo a éste sería descalificado a perpetuidad por la Federación lusa, luego de un intento de soborno a jugadores adversarios.

A partir de ahí más viajes. Desde el puerto de Belem, rumbo a América para hacerse cargo del Unión Española (Chile), Club Loyola de Caracas (Venezuela), C. D. La Serena (Chile), Rangers (Chile), Español de Barcelona como ayudante de Scopelli, Lanús, Nueva Chicago, Talleres y Platense, los cuatro últimos de Argentina. Y otra vez a Chile, donde gozaba de buen cartel merced al título obtenido con el C. D. La Serena en 1961, ahora contratado por Unión Española y Rangers de Talca.

Hacia el ecuador de los 70 decidió fijar su definitiva residencia en Buenos Aires. Tenía 3 hijos, dos varones y una mujer, fruto de su matrimonio con Maitena Amundaráin, argentina de padre guipuzcoano y madre bilbaína, a quien conociese en el Centro Vasco bonaerense. Y todavía un par de nuevos y breves viaje a España, a otro país ya, en 1985, para realizar el saque de honor en los prolegómenos del partido con que el Real Betis conmemoraba los 50 años de su título liguero. Aedo, antiguo compañero de zaga en la entidad verdiblanca y de fatigas con el Euzkadi, sonreía junto a él, enredadas sus pupilas al agridulce vaho de tantos recuerdos. Igualmente en San Mamés recibiría un homenaje más, conmemorando el cincuentenario de aquella gira europea y americana con el Euzkadi.

Ricardo Zamora, “El Divino” mientras vistiese de corto, caricaturizado durante su etapa como firma habitual del madrileño diario “Ya”. Años después de criticar a los vascos que trataban de ganarse la vida en el fútbol americano, aceptó una suculenta oferta económica para hacerse cargo de la selección nacional venezolana. Conforme afirmase Groucho Marx: Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.

La política se empeñó en zancadillear, no una vez, sino varias, sus agitadas idas y vueltas en pos del balón. Algo que podría suscribir igualmente Gerardo Bilbao Bilbao, nacido junto al río Nervión, en el anexionado barrio bilbaíno de Deusto, el 9 de febrero de 1907.

Interior con olfato de gol, y medio volante a medida que fue cumpliendo años, hizo su presentación entre los grandes ante el Real Madrid (enero de 1930), en partido de la 9ª jornada liguera correspondiente al torneo 1929-30. Atrás quedaba su aprendizaje en el Rivera Sport, casi dos años en el Racing de Ferrol, un breve paso por el Cartagena y, por delante, luego de casi tres temporadas en el Arenas Club de Guecho, cuatro ejercicios completos luciendo la camiseta rojiblanca del Athletic Club, con cuyo primer elenco habría de debutar el 30 de octubre de 1932, derrotando en Mendizorroza al Deportivo Alavés por un apretado 1-2. Y también, claro, la Guerra Civil y sus funestas consecuencias.

Tan pronto hubo caído Bilbao en poder franquista, huyó a Cataluña, alineándose en algunos partidos con el F. C. Barcelona. Un club azulgrana sembrado de ausencias, incautado, y en fase de apresurada reconstrucción, luego de que sus anteriores estrellas hubiesen aprovechado la gira americana para asentarse en México, o la escala parisina, ya de retorno, para enrolarse en clubes galos. En lo puramente personal aprovechó ese periodo proclamándose vencedor en el Campeonato de Cataluña, llegando a disputar, incluso, un partido con cierta “selección de Cataluña” (julio de 1938), ante una formación de Carabineros. Entre éstos se alinearon Gamborena y Venys, por ejemplo, y con la selección catalana Zamora, del Avenç; Montero, Abad, Lloret, Grec y Judice, del Sants; Domenech y Canals del Europa; Martínez, del Español, y Castro del Barcelona. Mucho tiempo después, cuando con subvenciones públicas algunos chiringuitos se dedicaron a confeccionar listados de internacionales catalanes, habrían de convertirle en “internacional” con la selección de Cataluña merced a esa única y coyuntural comparecencia. “Internacional” catalán quien naciese en Vizcaya, nunca compitió oficialmente en territorio catalán, y se midiera una tarde, en choque puramente recaudatorio con finalidad bélica, a un grupo de teóricos Carabineros. La política, de nuevo, tejiendo sus hilos hasta enmarañar el perfecto discurrir del balón.

Concluida la guerra, un breve paso por Bilbao y salida hacia México, desde donde habría de recalar en Venezuela. Allí le aguardaba una nueva carrera futbolística, con 10 años distribuidos entre el Deportivo Venezuela (3 temporadas), Loyola (4, en dos etapas distintas) y Vasco (3 consecutivas). Paralelamente en Caracas, todavía soltero y acompañado por una hermana, se colocó de administrativo en una compañía mercantil, mientras mataba el gusanillo de la pelota disputando partidos de aficionado hasta acercarse a la cincuentena. Falleció en la capital venezolana el 21 de junio de 1982, con 75 años.

El galdacanés  José Mandalúniz Ealo (19-III-1910), ariete con buen juego aéreo y primo del “Chato” Iraragorri, que hasta el 18 de julio del 36 había lucido los colores de la Sociedad Deportiva Amorebieta, Elexalde, Athletic Club, Arenas de Guecho, Madrid y Español de Barcelona, también conoció íntimamente la simbiótica relación entre fútbol y política.

Fotomontaje del Athletic Club de Bilbao. Gerardo Bilbao señalado con el número 6B.

Nacionalista vasco sin tapujos, intervino en la organización de algún partido durante el periodo bélico, siempre con fines recaudatorios para Acción Nacionalista Vasca, y estaba casado con una activista muy significada del P.N.V., hasta el punto de ejercer como oradora en diversos actos del partido. Cuando las brigadas navarras reforzadas por italianos y tropas moras tumbaban definitivamente el cinturón bilbaíno, puso pies en polvorosa, consciente de que su vida en la nueva España franquista valdría bien poco. Ya había sido detenido en 1932 por el gobierno de la República y su expediente continuaba abierto en alguna comisaría, esperando que alguien lo rescatase. De manera que cruzó las Landas para enrolarse en el Bordeaux, desde donde rápidamente pasó al Rouen y luego al Stade Français, fichado por Helenio Herrera, Lorient, y otra vez Rouen, ya con 40 años, la temporada 1950-51 en una doble función de jugador-entrenador. No obstante, a lo largo del ejercicio 1949-50 se le vio dirigir al Baracaldo, en 2ª división, corriendo el resto de la campaña fabril a cargo del antiguo internacional Travieso.

En 1953 viajó a Venezuela, para entrenar al Vasco de Caracas, llevando consigo a un puñado de futbolistas vascos, como Maguregui, Quico Pérez, Valentín Martín, Echave, Astaburuaga, Aso, Antonio Garáizar y Domingo Berecíbar. También jugaba en ese mismo equipo el chileno Prieto, que después de fichar por el Español la temporada siguiente, iba a ver cómo surgían serios problemas federativos con su documentación. Todos los españoles del Vasco, concluidos sus contratos, llegaron a la sede españolista con una carta de recomendación firmada por el propio Mandalúniz. Alfombra que, la verdad, tampoco les sirvió de mucho, pues tras las oportunas pruebas sólo ficharía Quico Pérez. Quien sí acabó encontrando un hueco en la sede blanquiazul fue el propio José Mandalúniz, como ayudante del primer técnico. Y no parece encontrase especiales obstáculos para ello, todavía en un país autárquico, doctrinario, y con la vista muy pegada al reciente pasado. El tiempo, al fin y al cabo, suele esparcir buenas dosis de polvo sobre ideologías y recuerdos.

Otro fotomontaje del Athletic Club, correspondiente a la temporada 1934-35. Mandaluniz es el señalado con el número 8.

Claro que esas heridas viejas tardaron lo suyo en cicatrizar. Entre tanto, los españoles que regresaban desde su exilio extranjero -incluidos los futbolistas, claro- pasaban obligatoriamente por el tupido cedazo policial. No sólo obraban en aquellos expedientes sus actuaciones durante el periodo bélico -a veces sustentadas tan sólo en la pura delación-, sino cómo se ganaron la vida lejos de España, qué compañías frecuentaban, qué dijeron, si se trataba de personajes públicos, o con qué ánimo retornaban, a tenor de las averiguaciones que los servicios de información de Falange Exterior hubiese reunido sobre cada uno de ellos. No, en absoluto eran expedientes de trámite, sino pesquisas pormenorizadas, sometidas una y otra vez a la lupa investigadora. Sirva como ejemplo el incoado a Isidro Lángara cuando se decidiera a colgar los borceguíes en el equipo azulón. Un formidable ariete internacional, goleador de tronío en el San Lorenzo de Almagro y todavía hoy autor de la mayor goleada personal en la historia del campeonato profesional mexicano.

Lángara sólo pudo enfundarse de nuevo la camiseta ovetense en 1946, pero según los legajos que sobre ese asunto se conservan en los archivos de Alcalá de Henares, el 14 de noviembre de 1945, once meses antes de reintegrarse a su antiguo club, ya se cursaban desde el Ministerio de Asuntos Exteriores solicitudes de información a las embajadas de México y Argentina, “ante la intención de regreso a España del referenciado”. A sus 34 años largos, el demoledor atacante firmaría 20 partidos de Liga, con 18 goles, la temporada 1946-47. Y ya con 35 primaveras a cuestas otros 5 tantos en 9 choques del torneo 47-48. Todos ellos mientras su expediente seguía circulando de mano en mano, a uno y otro lado del océano, a tenor de lo que unas copias al carbón bastante desleídas ofrecen al investigador curioso: El 27 de agosto de 1946, a punto de iniciarse el Campeonato, este guipuzcoano recibía un pláceme registrado con el número “523220”. Sin embargo pese a ello, y a buen seguro sin que él lo sospechase nunca, al menos siguieron realizándose pesquisas complementarias el 21 de febrero de 1947, el 12 de junio de 1948, y el 22 de octubre de ese mismo año, es decir cuando ya había dejado de ser futbolista profesional.

Una de las páginas relacionadas en el expediente de Isidro Lángara.

Obviamente, y de igual modo, quienes partieron de nuestro suelo rumbo a clubes venezolanos, casi en el mismo buque o vuelo de retorno solían ser acompañados por una valija diplomática con sus respectivos expedientes; no fuera que lejos del Régimen hubiesen aireado palabras o conductas de naturaleza lesiva “para el buen orden nacional”. Que hoy sepamos, casi siempre aquellos aventureros del balón supieron orillar charcos peligrosos. Fueron, entre otros, los casos de Echave o Arguiñano.

Javier Echave Garro (Guernica, 6-IV-1927), comenzó a ser alineado en el equipo de su pueblo por su apodo de “Pello”, la temporada 1942-43. A finales de 1945 pasaba fugazmente por el Deportivo Alavés, y desde ahí por el Burgos y Guecho, hasta recibir en 1952 la oferta del C. D. Vasco. Dos años de competición venezolana bastaron al buen medio centro y zaguero central cuando la táctica WM acabara imponiéndose, para convertirlo en internacional con la selección de Caracas, en realidad representativa de toda la nación venezolana, dada la peculiaridad de su campeonato, no dependiente de una Federación al uso y al margen de la FIFA. Y qué curioso. Habría de ser Ricardo Zamora, quien tanta hiel vertiese años antes sobre los futbolistas vascos fugados a América, el personaje que tras aceptar una suculenta oferta económica del país petrolero para hacerse cargo de su selección, contara con sus servicios ante los partidos que durante 1953 midiesen a dicho cuadro contra el Barcelona, la Roma y el Corinthians brasileño. Choques, claro está, que al incorporarse Venezuela a la disciplina de la FIFA dejaron de contar como internacionales, por no encajar en el formulario del organismo supranacional.

Su calvicie y rasgos faciales le hacían parecer bastante mayor de lo que el calendario atestiguaba, y ello habría de propiciar alguna curiosa anécdota. En cierta ocasión, jugando con el Vasco caraqueño en Cúcuta, unos chilenos del equipo adversario le saludaron con toda ceremonia, convencidos de hallarse ante el entrenador del conjunto de Caracas. Ya en enero de 1954 regresó de Venezuela, para integrarse en el Santander, cuyo escudo estuvo defendiendo hasta avanzado el torneo correspondiente a 1955-56, que habría de completar con el Guecho. Falleció en Bilbao, el 27 de setiembre de 1994.

El medio beasainarra Víctor Arguiñano Yabar (15-VI-1923), también conoció el fútbol venezolano en 1953, aunque bajo la disciplina del Loyola. Y tanto antes como después viviría a caballo entre el balón de fútbol y las duras pelotas de potro empleadas en los juegos de frontón.

Componente del Beasain desde los 17 años, en 1942 fichó por el Tolosa y a continuación por el Deportivo Alavés, cuando el cumplimiento del servicio militar obligatorio lo llevase hasta los cuarteles de Vitoria. Cuatrocientas pesetas mensuales de sueldo no daban para gollerías, por más que entre las apreturas de aquella España hambrienta él nunca llegara a pasar necesidades. Fiel a su costumbre, solía arreglárselas para compatibilizar fútbol y pelota a mano, entrenando en Mendizorroza por la mañana y pisando el frontón por las tardes, a espaldas de la directiva deportivista. Al menos hasta sufrir una rotura de menisco en el frontón. “Por suerte pude ocultársela al entrenador del Alavés, hasta que durante un partidillo caí redondo -narró a menudo-. Entonces la medicina deportiva no es que estuviera en pañales, sino que ni existía. Y me las arreglé para convencer tanto al entrenador como al médico de que venía notando molestias desde el último partido. Coló. Y eso que lo de mis  escapadas al frontón ya debían ser en Vitoria un secreto a voces”.

Obviamente, puesto que en 1946, todavía con ficha del Deportivo Alavés, se proclamó campeón estatal de pelota a mano por parejas representando a Álava, y años más tarde, de nuevo en Beasáin, durante algún tiempo estuvo participando por las mañanas en el Campeonato Guipuzcoano de Pelota, y por las tardes alineándose con el equipo de dicha localidad. En 1947 sería fichado por la Real Sociedad de San Sebastián, percibiendo en el momento de estampar su rúbrica 6.000 ptas. contantes y sonantes. “Casi lo que un funcionario en todo el año, y a eso había que sumar sueldos y primas. Aunque de primas poco, porque no es que jugara mucho con los de Atocha”. Concretamente 9 partidos de 2ª División y 5 en 1ª, cantando un gol. Después al ya extinto Club Deportivo Logroñés, en 2ª División, la temporada 50-51, al Cádiz y nuevamente a Logroño, antes de volar hacia Venezuela con retorno a la capital riojana, donde permanecería hasta junio de 1955. Y por fin de vuelta a Beasain, para seguir compitiendo con los de su pueblo.

Tanta longevidad deportiva le permitió jugar con Agustín Cacho, y más tarde con su hijo, el extremo realista y del Pontevedra C. F. Juan Cacho, lo que representaba servir de nexo entre dos generaciones deportivas. Y vivir, entre tanto, una anécdota muy especial, según sus propias palabras. “Probablemente yo haya sido el fichaje más efímero de toda la historia del fútbol. Fue cuando me incorporé por segunda vez a la Real Sociedad, ya superada la treintena, mientras jugaba con el Beasain”. Los hechos le dan la razón, puesto que hallándose con muchos lesionados la Real Sociedad, lo ficharon un sábado por la mañana, como solución de emergencia, con vistas a alinearlo al día siguiente por la tarde. A lo largo de esa misma mañana el entrenador donostiarra sometió a una prueba a sus lesionados, con resultado satisfactorio en dos casos, lo que se tradujo en la devolución de ficha al Beasain la misma tarde sabatina. Como máximo, debió pertenecer a la Real Sociedad durante unas tres o cuatro horas. Lo curioso es que los realistas habían entregado al Beasain un balón usado, como pago por su desprendimiento, y el encargado del material donostiarra se apresuró a reclamar la devolución de aquella pelota, tan pronto tuvo noticias del descarte. “¡De eso nada! -negó entonces el utilero beasainarra-. El balón era para que os cediésemos a Arguiñano, y eso hicimos. Si ya no lo necesitáis, no es culpa nuestra, así que el balón aquí se queda”.

Escudo del Loyola Sport Club, en cuyo elenco estuvo compitiendo Víctor Aguiñano Yabar.

Su aventura venezolana con el Loyola duró seis meses, y si en lo económico resultó satisfactoria, difícilmente pudiera decirse lo mismo en otros aspectos. “Llegamos 5 vascos, poro allí vimos en seguida que al público no le gustaban los extranjeros. Luego estaba el calor sofocante, jugar con 35 ó 38 grados sobre campos pelados, la poca afición de aquellos espectadores, el país… No sé, todo”. Regresaron antes de tiempo, aunque después de que les abonasen toda la temporada. “Parece que los que competían con el Vasco estaban mejor, más arropados, se sentían más queridos y, claro, eso cuando estás a tanta distancia de casa, se agradece mucho”.

Este futbolista y pelotari, el fichaje más efímero de la historia del fútbol español, abrió un bar en Beasain durante el año 1955, entrenó al club local a lo largo de las campañas 1961-62, parte de 1962-63, ambas en 3ª División, 1966-67 y 1972-73, en categoría Regional, e igualmente al C. D. Logroñés durante unos meses correspondientes al ejercicio 64-65. Falleció en su localidad natal, a los 84 años, el 6 de enero de 2008, tras haber colaborado como comentarista de TVE en los partidos donde ejercía de anfitrión el Beasain, durante el periodo que el Segundo Canal emitiera encuentros de 2ª División “B”.

Quede, como complemento, un breve apunte sobre los buenos y malos momentos del Deportivo Vasco en el fútbol venezolano, donde conforme ya se indicó habría de proclamarse campeón en 1954, tras derrotar en la final al La Salle por 2-1. Esa victoria le otorgaba el derecho a participar en la finalísima, sirviendo de marco el estadio Venezuela, de Barcelona (Anzoátegui). Allí los vascos derrotaron al Mérida (1-0), Anzoátegui (8-1) y Aragua (2-0), firmando, de paso, su segundo título del año. El delantero Akerreta con cinco de los 11 goles obtenidos por el equipo en la fase definitiva, sería premiado con un reloj de pulsera.

Vayan ahora los mejores resultados y las derrotas más dolorosas de los vasco-venezolanos:

Mejores resultados

El 23.05.1945, Deportivo Vasco 7 – La Salle 0.

El 08.06.1946, Deportivo Vasco 7 – Litoral OSP 0.

El 10.05.1952, Deportivo Vasco 8 – Deportivo Español 0.

El 13.02.1954, Deportivo Vasco 7 – Nuevos del Este 0.

El 31.03.1957, Deportivo Vasco 2 – Banco Francés-Italiano (profesional) 0

El 27.04.1957, Deportivo Vasco 2 – Banco Obrero (profesional) 2

Peores resultados

El 16.02.1946, Dos Caminos 6 – Deportivo Vasco 1.

El 17.05.1949, La Salle 8 – Deportivo Vasco 0.

El 12.05.1957, UCV 10 – Deportivo Vasco (profesional) 1.

El. 23.02.1957, La Salle 8 – Deportivo Vasco (profesional) 1.

El 08.04.1962, Deportivo Portugués 7 – Deportivo Vasco (profesional) 1.

Y como colofón, los resultados más locos

El 17.03.1953, Deportivo Vasco 6 – Litoral OSP 5.

El 16.03.1957, Deportivo Español 6 – Deportivo Vasco (profesional) 4.

En el campo internacional, la muchachada del Vasco tan sólo llegó a disputar dos partidos oficiales: Ante el VV Transvaal (de Curaçao), y el Deportivo Libertad (de Colombia). A ellos cabría añadir otros dos amistosos “internacionales”, frente a los jugadores argentinos del Campeonato del Distrito Capital (1945), y los peruanos (1946), siendo estos los resultados:

Deportivo Vasco 2 – Transvaal 0.

Deportivo Vasco 1 – Deportivo Libertad 0.

Entre los que derrotaron al Transvaal se hallaban los vasco-españoles Joaquín Yarritu, José Badiola, Iñaki Irure y Gerardo Bilbao, además del argentino, y más adelante entrenador por suelo español, Lino Taiolli.

Francisco Franco en un baño de multitudes futbolístico. Tanto él, como otros gobernantes con anterioridad y todos los de después, se sirvieron del deporte rey desterrando falsos pudores.

Las injerencias políticas en el fútbol llegaron mucho más lejos de lo descrito. Cuando nuestro país abrió sus fronteras a la importación de futbolistas, pronto habría de barajarse la conveniencia de indagar sobre el pasado de los recién llegados, tanto si se trataba de oriundos, como de extranjeros; no fuera a ser que bajo el uniforme deportivo, se escondieran comunistas o herejes. De ese modo, la Brigada Político-Social comenzó a intercambiar informaciones con sus colegas del otro lado del océano. Luego se llegó más lejos, tipificando entre los motivos para rechazar la concesión de fichas federativas “la no acreditación de solvencia moral”, un calcetín en el que todo cabía: Desde la agitación social a las veleidades comunistas; desde el ateísmo confeso hasta la existencia de antecedentes penales. Y cuando un buen número de jugadores de segundo y tercer rango comenzaron a partir hacia Francia, Portugal, o distintos países de América, como jornaleros del cuero, también quiso tomárseles la matrícula, no fueran a volver contagiados. Parece que Francia no se avino a informar, lo mismo que algunas naciones de Sudamérica, aunque Portugal, siendo tanta la proximidad entre los regímenes políticos de Franco y Salazar, colaborase de buen grado. Por ello, a menudo los inacabables procesos de transferes internacionales tan sólo escondían un mal informe policial. Y de ello sacaron partido algunos clubes lusos, para retener a determinados futbolistas españoles.

El del santanderino Roberto Yurrita Núñez (1-IX-1929), fue tan sólo un caso.

Tras asomar al fútbol profesional con el Cartagena, luego de haber defendido el marco de los departamentales en 16 partidos de 2ª División la temporada 1951-52, fichó por el Lorca, y un año después por el Boavista, de las inmediaciones de Oporto. El fútbol portugués tenía entonces carácter amateur, siquiera a efectos oficiales. Y ello se traducía, de acuerdo con los estatutos del aficionado, en libertad absoluta para cuantos futbolistas hubieren cumplido contrato, sin que imperase el derecho de retención con la misma ferocidad que por nuestros pagos. Al menos en teoría, porque una cosa era el papel escrito y otra la realidad. Que nadie se engañe: se pagaba, y no mal, a los futbolistas más destacados y a numerosos extranjeros, pese a que algunos campos de la máxima categoría y casi todos los de 2ª División ni siquiera contasen con césped. Pero una vez vencido el contrato, aquellos jugadores debían quedar en libertad. Y Yurrita, al término del torneo 1953-54 decidió cruzar la frontera para rubricar la cartulina del pamplonés Club Atlético Osasuna, entonces en 2ª División.

La directiva de Bosvista se lo tomó muy mal. Querían seguir contando con “su” portero, y para ablandarle un poco demoraron las diligencias tendentes a obtener el transfer federativo. Desde Pamplona se sucedieron los escritos a Portugal, las llamadas telefónicas a la Federación Española y hasta la ofrenda de velas a San Saturnino, patrón de la ciudad. Todo inútil, puesto que el transfer seguía sin tramitarse. Arrancó la Liga, siguió corriendo el calendario y Yurrita continuaba sin ficha. Desde Oporto se aseguraba que por su parte todo estaba en orden, que en efecto demoraron un tanto la notificación de baja federativa, esperando arreglar las cosas con el cancerbero. Pero que una vez resignados a perderlo, habían procedido conforme a la normativa. Luego, de viva voz, no por escrito, la directiva osasunista supo que el asunto estaba encallado por un informe de la policía política portuguesa, poco favorable al jugador. Si la Delegación Nacional de Deportes no daba su pláceme, en el ente federativo madrileño nada cabía hacer. Y el cántabro, mientras tanto, seguía sin explicárselo: “Nada, allí no ocurrió nada. Ningún conflicto, ni una simple admonición. Por fuerza se han tenido que confundir de medio a medio”.

No era así, claro. Alguien del Boavista parecía haber movido influencias políticas o policiales, poniendo en marcha un informe poco favorecedor para su ya exfutbolista. Y como las vagonetas cuesta abajo, ese documento una vez lanzado ya carecía de freno. Hicieron falta muchas súplicas, padrinazgos y petición de favores, para que finalmente la ficha osasunista de Yurrita fuese autorizada. Tanto fue así, que únicamente llegaría a disputar 5 partidos de aquella Liga.

Afincado en Pamplona, tras colgar los guantes y la visera este hombre siguió manteniendo alguna conexión con la pelota, puesto que dirigió desde el banquillo a la Peña Sport tafallesa durante la campaña 1972-73, ascendiendo al equipo a 3ª División, y de nuevo en 1976-77, repitiendo idéntico logro. Habría de fallecer en noviembre de 2011, con 82 años, sin explicarse aún por qué tuvieron que hacérselo pasar tan mal para fichar por Osasuna.

Como colofón, y mirando todavía hacia los años 50 del pasado siglo, valga un breve apunte sobre el fichaje de Kubala por el Barcelona, donde la política, con mayúsculas, tuvo un papel decisivo. Sin aquella huelga de los usuarios de tranvías -protestando por un incremento de precios-, y sin el plante de la ciudadanía, ni hubiese caído el gobernador de la ciudad condal ni, visto que el descontento crecía de barrio en barrio como una epidemia, los jerarcas del régimen no hubieran puesto en funcionamiento los resortes deportivos y diplomáticos para resolver la situación del húngaro, a quien tanto la Federación magiar como la FIFA impedían competir en España. Para allanar las cosas, España denunció el carácter estrictamente político de la sanción al fenómeno, y lo nacionalizó de un día para otro, como fórmula para desatascar su expediente en los despachos de Suiza. El régimen abortaba así una peligrosa muestra de descontento social, se congraciaba con parte de Cataluña y espantaba los moscardones de una imprevisible disidencia, surgida de una cuestión por demás nimia. Si por 5 céntimos de peseta se había armado la de San Quintín, más valía el empleo inmediato de paños calientes.

Kubala pudo vestir de azulgrana, convertirse en ídolo desde el césped y desarrollar una carrera pasmosa, desde luego merced a sus facultades, pero también porque la política “palaciega” se cruzó decisivamente en su camino. Justo lo que también ocurrió con otro jugador alicantino, modesto como para no haber dejado apenas huella. Un enigma con camiseta y pantalón corto, cuya historia reservamos para el siguiente número.




“El Decreto 1.006 y la firma del Convenio Colectivo”

Cuando apuntaba el verano de 1986, y luego de que la Liga Profesional cosechara en su lucha con los futbolistas una sucesión de derrotas judiciales, administrativas o dictadas por la opinión pública, casi cabría asegurar que en el seno de no pocos clubes se celebraba como victoria algún éxito del sindicato AFE, por el simple hecho de no conllevar nuevos desembolsos a su costa. De varapalo en varapalo, parecían caminar firmemente hacia la rendición incondicional. Por ello, sin duda, tuvo escasísimo eco la sentencia que considerase al hasta hacía bien poco guardameta del Sporting gijonés Jesús Antonio Castro González, “inútil para su ejercicio profesional”. Y ello, tras la obligatoria inserción de los futbolistas en el régimen de la Seguridad Social, se traducía en el abono mensual y vitalicio como “jubilado por enfermedad”, de 87.375 ptas., revisables al alza cada fin de año en función de incrementos previstos en el coste de la vida. Se convertía, cuando un sol limpio llenaba de veraneantes cada arenal cantábrico y mediterráneo, en el primer jugador de fútbol a quien se reconociera tal derecho.

Castro, hermano del “Brujo” Quini, lo tuvo que sudar. Formidable portero, dotado de agilidad, reflejos, pero sobre todo excelente colocación, había sido internacional juvenil en 23 ocasiones, amateur 16 veces y Sub-23 en 4 oportunidades. Su padre también jugó como portero, sin pasar de la 3ª División asturiana, y él estuvo a punto de debutar con la selección absoluta más de una vez. El zarauztarra Iribar constituía entonces un obstáculo infranqueable, por más que el portero navarro José Lucrecio Luquín, suplente de Castro en El Molinón, asegurase a menudo: “Nada tenía que envidiarle. Yo puedo hablar de Iribar y veía a Castro entrenar a diario. Cada domingo hacía cosas imposibles para otros, pero claro, nunca salió de Gijón y aunque entonces el Sporting se codeara con lo mejorcito de Primera, los seleccionadores rara vez apuestan por gente con méritos y menos renombre”. Diecisiete temporadas bajo el marco asturiano, 13 de ellas en la élite, le supieron a poco según confesara cuando, lesionado seriamente en la espalda, tuvo que colgar guantes y botas. Los médicos lo consideraban inútil para la práctica deportiva, y valiéndose de ello la directiva gijonesa ya no contó con sus servicios. La Seguridad Social, sin embargo, ni por lo más remoto se avino a concederle la invalidez. “Si tuviera que subirme a un andamio, tirar de volante ocho horas o doblar el espinazo en la mina o un pesquero, me hubiesen arreglado la papeleta. Pero era futbolista, algo muy poco serio. Así que me hicieron pleitear”, confesó durante sus días amargos.

Jesús Castro, primer profesional del fútbol que percibió en España una pensión de invalidez por enfermedad incapacitante. El cromo corresponde al Campeonato 1977-78.

Con todos los informes de su intervención quirúrgica y peritajes médicos acerca de aquella hernia discal, José Manuel García Herrero, quien como Herrero II fuera compañero suyo mientras simultaneaba la práctica del fútbol con una licenciatura en Derecho, obtuvo por primera vez para alguien del gremio balompédico la incapacidad laboral permanente. Lástima que Castro pudiera disfrutar de su pensión y antiguas glorias tan poco tiempo. Siete años mal contados, puesto que el 26 de julio de 1993, en la playa de Pechón, vio a dos niños en serias dificultades cuando la corriente los arrastraba mar adentro. Sin pensárselo se lanzó al agua, arrastrando al primero hasta alcanzar suelo firme y empujando al segundo hacia la arena. Salvó a ambos, pero a costa de dejarse la vida entre el olaje. Un desfallecimiento, o a saber si aquella maltrecha espalda, se interpusieron entre su heroicidad y la línea costera.

Si por una vez algo bueno para los futbolistas no supuso ningún descalabro en la contabilidad de los clubes, meses antes la promulgación del Real Decreto 1.006 ya fue harina de otro costal.

Todo tuvo su origen al ser declarados trabajadores por cuenta ajena los futbolistas profesionales, lo que de paso se traducía en posibles cambios de empresa cumpliendo determinadas condiciones. Obviamente, no era de recibo que quienes hubieren firmado compromisos por dos, tres o cuatro años, empantanasen al patrón sin más ni más, cuando les viniera en gana. Máxime si ese contratante satisfizo sustanciosas cifras a terceros, en concepto de derechos federativos. Había que regular supuestos de tal índole, por tanto, como ocurriera mediante el Real Decreto 1.006/1985. Puesto que cada vínculo entre clubes y futbolistas era único en cuanto a duración, emolumentos, circunstancias transaccionales, previsible amortización de lo invertido y hasta cotización profesional, quedó a cargo de la judicatura establecer cuantías indemnizatorias al disolverse unilateralmente los acuerdos. La algarabía con que tal medida se recibiera es fácil de imaginar.

“Un caos -clamaron desde la Liga Profesional-. “A los clubes se nos despoja de todo derecho”. Agustín Domínguez, secretario general de la FEF, aún llegó más lejos: “Si a los futbolistas se les aplica la norma 1.006, dentro de poco estaremos como en la selva”. Juan José Iriarte, presidente de la AFE, no comulgaba con tanto maximalismo: “Ya estoy acostumbrado a que cualquier mejora profesional de los futbolistas se salude anticipando apocalipsis, remitiéndose a la ley de la selva o solicitándonos prudencia, porque estamos cargándonos el fútbol. Los tiempos han cambiado, y mientras haya dirigentes pensando así, va a ser difícil avanzar. Para nuestro colectivo los derechos individuales están por encima del propio fútbol”.

Al principio, sólo algún jugador modesto quiso cambiar de equipo antes de expirar su vínculo, sirviéndose del Real Decreto. En unos casos hubo pronunciamiento judicial y en otros, ente el temor de ambas partes a un arbitraje lesivo, se optó por asumir acuerdos en la antesala de Magistratura. Como aquellas cuantías indemnizatorias no iban a arruinar ni engrandecer a nadie, apenas si constituyeron noticia. No pudo decirse lo mismo cuando Francisco Llorente, extremo del At. Madrid y sobrino de Paco Gento, o el mexicano Hugo Sánchez, ariete del Real Madrid, anunciaron su intención de rescindir contratos sometiéndose al dictamen de la judicatura. Jesús Samper, entonces, secretario de la Liga de Fútbol Profesional, saltó a la palestra: “La AFE no quiere llegar a ningún acuerdo y cada día pide más cosas. Ignoran alegremente el daño que esto puede causar al fútbol”. De nuevo Juan José Iriarte quiso templar gaitas: “El hecho de que las cuantías ante esas rescisiones sean fijadas por la Jurisdicción Laboral, no debe perjudicar a nadie. Los jueces dictan sentencia sobre infinidad de conflictos sin que nadie se escandalice”. Un directivo de club acostumbrado a navegar en mitad de la tabla, pero con cierto joven prometedor en su elenco, adujo, supuestamente “off the reccord” -negado por el informador-, que los jueces no estaban para decidir dónde debía actuar ningún futbolista, sobre todo porque podían ser al mismo tiempo juez y parte, al añadir: “¿O se allanará alguno, si le tocase decidir a favor o en contra de su equipo?”.

El propio Iriarte, en declaraciones al periodista madrileño A. Cubero, puso a varios en su sitio: “¿Acaso se quejaron los clubes, o se convulsionó la opinión pública cuando el Mallorca rescindió el contrato con su jugador Benedé?. ¿O cuando el Cádiz hizo lo mismo con Bocoya y Claudio?. Entonces la Liga Profesional se calló y nadie hizo amago de rasgarse las vestiduras. Tanto la FEF como la Liga son culpables de esta situación, negándose a negociar seriamente. ¿Por qué no se aborda de una vez el Convenio Colectivo?”.

Llevaba razón. Dicho asunto permanecía encasquillado desde hacía meses, por más que al abolirse el derecho de retención pareciera correrles prisa a los clubes. Luego, cuando se declarara ilegal el siempre negado pacto de caballeros -aun existiendo pruebas del mismo-, consistente en aceptar el abono de un canon por supuestos derechos formativos, la Liga Profesional trató de introducir con calzador fórmulas similares en el Convenio. Si bien la AFE se avino a estudiar alguna, fijando límites de edad, los representantes de los clubes siguieron enrocados. Sin expresarlo abiertamente, buscaban un sustitutivo de su antiguo derecho sobre los futbolistas, desvirtuando de paso cualquier vencimiento contractual. El propio Ministerio de Trabajo tuvo que designar a Manuel Sancho presidente de la mesa negociadora, sin que su buen trabajo bastase para acercar posturas. Los representantes de los clubes habían hecho de la cuestión un todo o nada en Waterloo, sin advertir que el sindicato se hallaba cómodo con el Decreto 1.006 y vencimientos contractuales sin ninguna coletilla.

Llorente cambió de club y camiseta, aunque no de residencia. Cruzó del Manzanares al estadio Santiago Bernabéu por 50 millones de ptas., cifra inferior a lo que hubiera representado su hipotético traspaso, tomando como referencia las salidas de Marcos Alonso o Julio Alberto, también desde la entidad “colchonera”. Dorna, empresa de representaciones e intermediación deportiva, acababa de entrar por la puerta grande con el tan manido Decreto bajo el brazo. Y cuando a Vicente Calderón le pusieron grabadoras y micrófonos delante, no anduvo por las ramas: “Siendo presidente de la Liga de Fútbol Profesional intenté sentar unas bases que impidieran cuanto hoy está ocurriendo. Jesús Samper puede dar fe de ello. Ha pasado bastante tiempo y el Decreto 1.006 institucionaliza la libertad del mercado. Hoy impera la ley de la oferta y demanda”.

Llorente se había fraguado en el Real Madrid, hasta que sus técnicos dejaran de contemplarlo como posible jugador del primer equipo. Entones fue acogido por el club rojiblanco, y según sus peñistas y aficionados se iba a ir como un traidor. También desde otros clubes se dirigían críticas al Real Madrid, tildándolo de prepotente, oportunista y desleal. El comunicado que emitiera la casa blanca, con un escuetísimo “nosotros no entablamos conversaciones con Llorente, ni con ningún otro jugador que no venga con la carta de libertad bajo el brazo”, distó mucho de apaciguar los ánimos. Vicente Calderón respondería a unos y otros con muchísima sorna: “Ahora a lo peor, cuando han visto cómo se ha puesto el patio de revuelto, optan por no concretar la operación y me lo devuelven. En fin, que Paco esté tranquilo. Si fuera repudiado otra vez por los vecinos, que no dude del Atlético. Somos de condición humilde y volveríamos a recibirle por segunda vez con los brazos abiertos”. Como suele ocurrir en estos casos, el jugador callaba o lo resumía todo en respuestas de manual: “No he traicionado a nadie. Tuve una oferta que me pareció mejor y la he aceptado. Me llevo un buen recuerdo del Atlético y mi único motivo de disgusto se relaciona con los silbidos de esta última etapa, cuando se habló de mi salida”.

Paco Llorente en un cromo de la temporada 1988-89, después de acogerse al Real Decreto 1.006 para ingresar en el Real Madrid.

El vallisoletano Francisco Llorente Gento (21-V-1965) compitió 7 años con el Real Madrid y 4 con la Sociedad Deportiva Compostela, tras permanecer unos meses sin equipo al salir del estadio Bernabéu. “El Lechu”, como fuese apodado en el vestuario “merengue” por su condición de vegetariano, tenía acreditados 11 segundos en los cien metros, desbordaba con facilidad pero a sus centros solía faltarles precisión, y tampoco destacaba como anotador. Fue internacional Sub-21 en 5 ocasiones, otras tres veces con el entonces denominado cuadro olímpico, y absoluto en una oportunidad. Aunque celebrase 3 títulos de Liga, otros tantos de Supercopa y 2 de Copa, alternó la titularidad con largas etapas de suplencia, dejando tras sí estela del futbolista que pudo haber sido y nunca acabara de cuajar. Ya retirado regentó junto a uno de sus hermanos, el baloncestista Toño Llorente, el “Gimnasio Físico” en Majadahonda. Hugo Sánchez, en cambio, odontólogo además de futbolista, fracasó en su intento de acogerse al mismo decreto. No por hallar impedimentos legales, sino porque o bien nadie estuviese dispuesto a asumir la previsiblemente alta indemnización judicial, o porque contando con ella ya resultara menos jugosa cualquier nueva ficha futura. Siguió en el Real Madrid, regalando goles a la entidad y volteretas a un público habitualmente entregado.

Una cosa sí logró Paco Llorente con su fuga del Manzanares: escarmentar a varios presidentes de clubes. Quienes tenían, o estaban convencidos de poseer rutilantes estrellas a medio pulir, se tentaron la ropa de inmediato. Nada les garantizaba no ser los siguientes damnificados. Tanto Dorna como cualquier entidad potente, pudieran penetrar en las canteras como hunos, llevándose lo mejor a precios casi simbólicos. Debían blindar en la medida de lo posible a sus jóvenes más destacables. Y ante tal panorama, el tantas veces postergado Convenio Colectivo iría tomando cuerpo.

El 30 de junio de 1987, después de dos años de diatribas inanes, Juan José Iriarte, presidente de la AFE, Javier Gómez-Navarro, Consejero Superior de Deportes, y Gerardo Martínez Retamero, vicepresidente de la Liga Profesional, ante la ausencia de Antonio Baró, pudieron sonreír a las cámaras. Desde que en mayo de 1981 tuvo lugar el primer acuerdo entre futbolistas y Liga Profesional, con vigencia hasta 1983, todo habían sido encontronazos, acusaciones de incumplimiento, zancadillas y ambiente turbio. Por fin asalariados y patronal, clubes y jugadores, artistas y empresarios, dispondrían de un convenio marco, bien es cierto que sobre un suelo todavía sembrado de cristales. Los titulares de muchos medios también celebraron con alarde tipográfico lo que se antojaba triunfo sindical de la AFE: “Los futbolistas imponen su ley”. “La Liga Profesional, arrodillada”. O “Mucho viaje, para alforjas tan vacías”. Otros optaron por mostrase más comedidos: “El Convenio Colectivo salva a la cantera”. “Liga Profesional y AFE se muestran esperanzadas”. “Las negociaciones duraron veinte horas”. O “No habrá indemnizaciones de formación y preparación”.

Casi todos los presidentes, incluso aquellos que menos atención venían prestando a sus canteras, quisieron dejar clarito ante los reporteros que mediante la firma resultaría posible seguir trabajando el fútbol base. Algo harto discutible, porque el Convenio ni mucho menos anulaba los efectos del Real Decreto 1.006. Bien al contrario, mantenía su vigencia. Tuvo que ser el secretario de la LFP, Jesús Samper, quien expresara en mejores términos qué motivó su pláceme: “Si las cosas hubieran seguido como hasta ahora, todo el poder seguirían detentándolo los jugadores. Así era absurdo invertir en la formación de nuevos futbolistas. Se ha evitado liberalizar el mercado de fichajes, lo que se traduciría en una exagerada elevación de precios y abundamiento de diferencias entre los clubes potentes y los menos adinerados”.

A los futbolistas y sus representantes les costaba disimular tanto optimismo: “Todo es mejorable, pero al menos este convenio garantiza cierta seguridad. Ahora conviene firmar la paz con los clubes, sin perder de vista futuras reivindicaciones”.

Como el triunfo en muchas batallas depende menos de los generales enfrentados, que de la épica atribuible a sus cronistas, bueno será exponer el antes y el después del acuerdo suscrito, para que cada cual juzgue por sí mismo:

Antes de firmase el Convenio Colectivo:

Derechos de prórroga.- Con el primer contrato profesional, los clubes podían retener a su futbolista hasta un máximo de 4 años.

Lesiones e incapacidad laboral.- Los clubes pagaban sueldos y primas a sus jugadores mientras durase su incapacidad laboral transitoria.

Cobro de haberes.- No existía ningún Fondo de Garantía Salarial.

Deudas con los futbolistas.- Sólo ocasionalmente fueron asumidas por la Liga de Fútbol Profesional.

A partir de la entrada en vigor del Convenio:

Derechos de prórroga.- Se establecían indemnizaciones muy limitadas, no cánones, achacables a formación y promoción. Abarcaban a jugadores cuya edad estuviese comprendida entre los 18 y 24 años, fijándose por tal concepto unas cuantías indemnizatorias ejecutables tan sólo en el supuesto de abandonar la entidad. Los futbolistas que no fueren fichados por otro equipo al concluir su contrato, e interesasen al detentor de los derechos, percibirían el 6 % de la cifra fijada como indemnización, además de lo pactado como ficha, salario y extras. Con esa fórmula, copiada de Bélgica y algún otro país centroeuropeo, se pretendía evitar abusos que enmascarasen, de facto, un nuevo derecho de retención hasta los 24 años. Quienes establecieran cláusulas desmesuradas, purgarían su avaricia viéndose obligados a devengar en el futuro fichas más suculentas.

Salario mínimo de los jugadores.- 2.800.000 ptas. de ficha en 1ª División, y 1.400.000 en 2ª. Siempre, sueldos mensuales y primas aparte. Tómese como referencia que el salario medio en España se cifraba ese año, según el INE, en 1.072.321 ptas. Igualmente se reconocían los derechos de imagen como percepción salarial de los futbolistas, con la única salvedad de las retransmisiones deportivas; no recibirían ni un céntimo por el hecho de televisarse partidos.

Lesiones e incapacidad laboral.- Los clubes asumían al 100 % de los ingresos pactados con cualquier jugador, mientras durase su incapacidad laboral transitoria.

Indemnizaciones especiales.- Ante supuestos de accidentes con resultado mortal, los clubes socorrerían a la familia del finado con 4 millones de ptas.

Cobro de haberes.- Se creaba un Fondo de Garantía Salarial, mediante la aportación de 150 millones anuales desde la Liga. Su objetivo era cubrir cualquier deuda con los jugadores, bien entendido que éstos sólo podrían exigir como máximo el 200 % del salario mínimo interprofesional. Las deudas podrían ser reclamadas con una retroactividad máxima de dos años.

Donaciones.- La Liga Profesional destinaría 15 millones de ptas. cada dos años, para constituir un Fondo de Cultura. Se comprometía igualmente la organización de un partido anual con estrellas españolas y extranjeras de la Liga, en beneficio de la AFE.

Castigo a los clubes morosos.- No serían condenados al descenso de categoría, tras evidenciarse la futilidad real de esa medida. Tan sólo causaban baja en la LFP, con la consiguiente pérdida de ingresos al quedar fuera del Plan de Saneamiento.

Decreto 1.006.- Cualquier futbolista, independientemente de su edad, podía rescindir contratos unilateralmente. Si se tratara de profesionales menores de 24 años, las cláusulas fijadas por sus clubes carecerían de efecto, correspondiendo la indemnización al criterio judicial.

Huelga indicar que ese convenio colectivo ni puso fin a las discrepancias entre clubes y jugadores, ni apagó el apetito de la AFE, conforme ya avanzase uno de sus portavoces al advertir que no iban a perder de vista futuras reivindicaciones. Una de ellas, aparcada tras la huelga de 1984, consistía en arrancar al Ministerio de Hacienda una declaración de rentas irregulares. Tras aquel conflicto se decidió concentrar esfuerzos en la firma de algún acuerdo marco con la LFP, y una vez conseguida esta meta volvió a situarse el foco en los tributos. Máxime cuando el 29 de agosto la propia AFE situara conscientemente su pelota sobre el alero del ente recaudador: “Los contratos que llegan a la Federación difieren con respecto a lo pactado en contratos privados -aseguró José Luis López, coordinador general de la Asociación de Futbolistas-. Son inferiores”. Y haciendo gala de notable habilidad, conectó este hecho con la antigua reivindicación tributaria: “En especial siempre hemos pedido que las primas de fichaje, al ser variables y nunca por un periodo amplio, sean declaradas irregulares. Puesto que nunca se consiguió, el futbolista sigue declarando todos sus ingresos anuales, y este hecho ha dado lugar a la formulación de dos contratos entre club y jugador; uno con destino a la Federación, y otro de consumo interno. En el de la Federación esas primas de fichaje acostumbran a ser inferiores”.

José Luis López, gerente de la Asociación de Futbolistas. Puso el dedo en la llaga al hablar de dobles contratos entre clubes y futbolistas.

Más que una buena polvareda, aquellas palabras levantaron todo un incendio forestal. Desde hacía algún tiempo, el polifacético artista Pedro Ruiz impulsaba su movimiento de insumisión fiscal entre gentes de la farándula, toreros, escritores y futbolistas populares, con el propósito de obtener una mirada más justa desde Hacienda, ante ingresos de por sí muy fluctuantes. De inmediato en la Agencia Tributaria sonaron todas las alarmas. Si en el fútbol existían dobles contratos, es porque había dobles contabilidades. Dinero negro en clubes que cada año percibían montañas de millones, procedentes del Plan de Saneamiento. ¿Cabía mayor desfachatez?. Por otra parte, ¿quién pagaba menos al fisco cada primavera?. Probablemente los profesionales de gran caché, quienes menos riesgo corrían ante hipotéticos impagos o quitas de sus clubes, puesto que a la hora de denunciar deudas, los débitos se referían obviamente al contrato visado por la Federación. Sólo faltaba que unos cuantos millonarios del balón hiciesen novillos fiscales, con la aquiescencia de su patronal.

El Ministerio de Hacienda cursó un escrito a todos los clubes profesionales, rogando “envíen las percepciones reales de los jugadores de su plantilla, correspondientes a las temporadas 83, 84, 85 y 86”. Al mismo tiempo la prensa despachaba titulares escandalosos: “La Liga Profesional reconoce la existencia de dobles contratos”. “El fútbol no paga a Hacienda”. “Golazos en el portal de Hacienda”. “Hacienda pone su lupa en los futbolistas”. Desde las ondas radiofónicas, en uno de los magazines matinales se escuchó: “Si los ricos también lloran, me parece que ahora les va a tocar llorar a los futbolistas”. Alusión a una popularísima radionovela del pretérito, e indirectamente a otra no menos popular serie televisiva titulada “Hombre rico, hombre pobre”, rebautizada por muchos telespectadores talluditos como el antiguo culebrón.

La revista “Interviú”, que alcanzase ingentes tiradas combinando desnudos femeninos con “robados” ficticios y reportajes pretendidamente escandalosos, también quiso chapotear en “el dinero negro del fútbol”, sin ofrecer otra cosa que vaguedades, presunciones y un discurso populista. Más profesionalidad puso el diario “Marca” a partir del 4 de setiembre, con resultados muchísimo mejores.

Sus reporteros tuvieron acceso a un considerable número de contratos oficiales, presentados ante el Instituto Nacional de Empleo (INEM), FEF y Liga Profesional. En no pocos casos existían diferencias de bulto con cuanto venían a liquidar parte de los profesionales balompédicos. El brasileño Alemao, por ejemplo, teóricamente sólo percibiría 13 millones de ptas. anuales en concepto de ficha, más un sueldo mensual y primas. Cuando llegó a España para ingresar en el At. Madrid, voces muy bien informadas situaron sus emolumentos en la treintena de millones por campaña. Futre, igualmente del At. Madrid, “cobraría” 30 millones anuales, y no los 45 ampliamente cacareados. Cuando en mayo de 1988 el club “colchonero” tuvo problemas para ponerse al día en pagos, trascendió que Futre debía cobrar no 45, sino 100 millones brutos. Los contratos como “merengues” de Butragueño (31 millones) y Hugo Sánchez (43), estaban a años luz de los 100 y 75 pactados para esa misma temporada, al formalizar sus respectivas renovaciones. Tampoco tenían desperdicio las cifras reflejadas en el vínculo de Schuster con el F. C. Barcelona: 7 millones para su primera campaña, y 15 en la recién vencida. Ante tales evidencias, desde la Liga de Fútbol Profesional reconocieron al periodista Enrique Ortego “saber positivamente que determinados clubes considerados grandes, formalizan dos contratos con sus jugadores; uno con destino a la Federación, INEM y la LFP, y otro privado entre entidad y jugador”. Como no denunciar hechos presuntamente constitutivos de delito fiscal pudiera acarrear complicaciones legales, portavoces del mismo órgano añadieron no creer que el pago de esos dobles contratos saliera de ninguna caja negra, “pues aunque no tenemos conocimiento, creemos que retienen a sus jugadores las cantidades estipuladas por Hacienda también en esos dobles contratos. Los jugadores, por lo tanto, se verían en la necesidad de declarar todos sus ingresos”.

Real Betis Balompié. Hipólito Rincón, anteúltimo por la derecha, arriba, junto al portero Cervantes. Según su presidente, Martínez Retamero, el mejor pagado de la entidad con 11 millones de ptas. anuales. Algo no cuadraba, si Fantaguzzi liquidaba algo más de diez y medio netos.

Beatífica visión del mundo financiero. ¿Qué sentido tenía, entonces, la duplicidad contractual?. Simplemente, la Liga Profesional se empeñaba en no reconocer un fraude relativamente generalizado al fisco, para no quedar señaladísima. Como prueba, las palabras con que Jesús Samper respondiera a la pregunta del propio Ortego, sobre por qué no exigían a los clubes tanto la remisión de contratos públicos como privados: “La Liga se rige por normas de la Federación, y es ésta quien ha descuidado la realidad de esos contratos paralelos, no exigiendo que se incluya todo en la documentación a enviar”. Como prueba de buena voluntad, Samper enhebraba loables propósitos para el futuro inmediato: “Nosotros queremos conocer los contratos suscritos, aunque estén compuestos por tres subcontratos. Queremos que todos estén registrados debidamente. Otro dato que pretendemos tener es un control de fichas año a año. Ahora se realiza por toda la duración del contrato, cuando lo más lógico sería llevarlo a cabo temporada a temporada”.

Si la Liga Profesional lograra llevar a cabo tan loable propósito, se evitaría una práctica habitual, como era renovar vínculos a mitad de campaña, sin dar parte de las nuevas cláusulas a la Federación Española o el INEM. A ese respecto, Samper reconocía: “Normalmente nos enteramos de esas mejoras por la prensa”.

Ortego y sus compañeros de “Marca” acabarían dilucidando que en ciertos casos no eran dos los contratos suscritos, sino tres. El oficial, el privado, y el de imagen. Éste último, al que se habrían adherido últimamente Hugo Sánchez y Butragueño, amparaba la concesión al club de todos sus derechos publicitarios o de imagen, a cambio de cuantías millonarias. Cuando la FEF fue interrogada acerca de esas duplicidades contractuales, tan sólo hubo encogimiento de hombros: “No podemos movernos por suposiciones. Si un club nos manda un contrato laboral, hemos de creer las condiciones reflejadas, sin incurrir en suspicacias. Lo que está claro es que el jugador, en caso extremo, únicamente podrá reclamar lo contemplado oficialmente, y nunca otras cantidades”.

Arconada, caricaturizado por García Lorente. Su contrato con la Real Sociedad, visado por la FEF en la que se anunciaba como última campaña en activo, suscitada grandes dudas. No parecía a tono con el internacional indiscutible y mito del club donostiarra.

Durante aquel mes de setiembre casi todos los clubes de 1ª División proclamaron su inocencia. Gerardo Martínez Retamero, que a su condición de presidente bético unía la vicepresidencia de la LFP, aseguró no tener en su entidad ningún doble contrato. Hipólito Rincón seria el jugador mejor pagado, asegurándosele, además, un partido homenaje. Luis Miguel Arconada, pensando ya en colgar las botas el 30 de junio próximo, cobraba oficialmente 18 millones de ptas., una cifra que pocos consideraron auténtica cuando desde el club donostiarra se adujo operar con luz y taquígrafos. Real Madrid y Barcelona afirmaron hallarse en inspección permanente por el Ministerio de Hacienda, circunstancia que en buena lógica imposibilitaría cualquier práctica ilegal. Sin embargo tanto alarde de inocencia no evitó aflorase una sospecha viejísima: la existencia de cajas negras, fondos de reptiles o cajas de seguridad a nombre de particulares, contratadas con distintas instituciones financieras. En otros países quedaron al descubierto prácticas similares, derivándose duras sanciones deportivas y condenas judiciales. Pero claro, España era diferente.

Cuando Jesús Samper y Martínez Retamero salieran al paso de tales sospechas formando un dúo, no lograron convencer a casi nadie: “Todo eso (del fraude sistemático) sería excepcional, y además tampoco está demostrado. Reafirmamos nuestra convicción de que en la mayoría de los clubes no existen cajas “B”, entre otras cosas porque tal y como está montado el fútbol español, es muy difícil desviar fondos. Máxime ahora, cuando todos los clubes están auditados y controlados fiscalmente por la Liga”.

Claro que existían fórmulas para evadir cualquier control. Desde hacía un buen puñado de lustros bastaba con no contabilizar parte del ingreso en taquillas. La impresión de entradas corría a cargo de cada club, y nada tan fácil como duplicar la numeración en varios tacos, sobre todo para graderíos de a pie, poner un juego a la venta y reservar el otro en depósito, por si algún día compareciese cualquier funcionario pidiendo explicaciones. Así se iban constituyendo fondos de reserva no sólo para pagar en negro, sino ante eventualidades tan odiosas como la compra de partidos. Más adelante, con la afluencia de fichajes extranjeros, era imposible seguir el rastro a tantas partidas destinadas a sufragar traspasos. ¿Quién o quiénes percibían las habituales comisiones?. ¿A través de qué intermediarios o empresas de representación se llevaban a cabo las operaciones?. ¿Cuánto costaban en realidad esos futbolistas foráneos, y qué cantidades iban quedando por el camino?. Cualquier invocación a una honestidad generalizada, viniendo de donde provenía el fútbol, era puro llamamiento a la fe.

Acerca del vínculo entre dinero negro y compraventa de resultados, existen multitud de ejemplos. Por no apartarnos del periodo narrado, centrémonos en la denuncia que el presidente del Hércules alicantino realizara el 21 de abril de 1988. Una entre muchas cuando los campeonatos encaraban su recta final.

Cierto exfutbolista dedicado a la intermediación de jugadores, residente no muy lejos de la capital alicantina, se descolgó ante Emilio Orgilés, máximo mandatario herculino, poniendo precio a la permanencia de la entidad en 2ª División. Más en concreto, se ofrecía a arreglar el partido Cartagena – Hércules. Los hechos ocurrieron en el Hotel Fontana, de Torrevieja, lugar de concentración blanquiazul, antes de partir hacia el campo de Cartagonova. Fue el propio Orgilés quien confirmó ese contacto: “Efectivamente, se me hizo una propuesta, pero no vamos a entrar en fórmulas antideportivas. Hemos de salvarnos sobre el césped, por nuestros propios medios. Además quiero recordar a los jugadores que si el Hércules desciende, no habrá forma de pagar a nadie. Hay muchas deudas y un descenso impediría salir adelante”.

El club alicantino vivía días amargos. Además de tropezar con deudas nuevas tan pronto se tiraba de cualquier cajón, la posibilidad de verse en 2ª “B” era tan real que, de hecho, en junio abandonaba la categoría de plata. Ese choque en Cartagena acabó resolviéndose con igualada a 3 goles, pero el próximo enfrentamiento al Málaga pudiera ser decisivo. “A estas alturas de la competición, es muy probable que no sea el Hércules único equipo tocado – lucubraba el informador Luis A. Prieto-. Y algún directivo puede acabar mordiendo el anzuelo”. Obvio. Quienes tendían la caña rara vez eran personajillos advenedizos. Repetían año tras año, conscientes de que al final caerían peces, tanto si nadaban en plena deriva económica, como con reservas dinerarias. Por eso reincidían; por eso subsistía esa especie de bandolerismo balompédico. Pagaban quienes disponían ya de dinero negro, o cuantos para resarcirse a posteriori hilvanasen toda suerte de artimañas contables. Cualquier cosa con tal de ahuyentar al ogro del descenso.

Entrada del antiguo campo del Arcángel, para un Córdoba – At Bilbao en 1963-64. Duplicarlas en las localidades de a pie resultaba facilísimo, no ya para esta entidad, sino para todas.

También esta vez todo quedó impune. Cuando la Federación iniciara su encuesta, volvió a hallarse ante el eterno muro infranqueable. “Se trató de un contacto telefónico -adujo Orgilés-. No conocía a ese hombre. Lo hice público porque este tipo de cosas deberían erradicarse”. Lugo, al surgir comentarios sobre la posible actuación del intermediario a instancias del club o los jugadores departamentales, el propio presidente alicantino envió un escrito al Cartagena, justificando que en ningún momento aquella persona “dijo representar al club local, o a cualquier otra instancia del mismo”.

Lógicamente, la Administración no quiso permanecer en Babia. Tanto Hacienda como el Consejo Superior de Deportes irían apretando a los clubes, sirviéndose de inspecciones o imponiendo exigencias a la Liga de Fútbol Profesional. La implantación de tornos en los estadios, para conocer con exactitud el número real de espectadores, fue seguida por el establecimiento de entradas tipo, con sello y custodia de la LFP, que de ese modo pasaba a compartir responsabilidad con los clubes, primero, y las Sociedades Anónimas Deportivas después, ante hipotéticos manejos. Ya ninguna entidad futbolística podría duplicar entradas, al no controlar su impresión. Pasaban a la historia los mayúsculos descuadres entre el bueno ojo de los cronistas –“media entrada, tres cuartos, o casi lleno”-, y las raquíticas recaudaciones que solían reflejarse en los libros oficiales. Aunque antes de que ese río millonario empezara a encauzarse, surgieran más sospechas y prácticas curiosas.

Teórica escala salarial correspondiente al ejercicio que estrenaba el Convenio Colectivo. Distaba mucho de ser fiable, al mezclar fichas en bruto con otras en neto.

Sospechoso resultaba, sin apartarnos de la campaña 1987-88, que el brasileño Baltazar cobrase únicamente 9 millones de ptas. O que si un buen defensa como Quique Sánchez Flores, aunque todavía incipiente, gozaba de 20 millones contractuales pagaderos en junio de 1988, el culé Lineker, proveniente del fútbol británico, se contentase con 21.656.800 ptas. por todos los conceptos, incluidas primas y salarios mensuales, éstos a razón de 165.000 cada 30 días. El contrato de Quique presentado en la FEF, por cierto, sólo reflejaba 9 millones. Los emolumentos oficiales de Hipólito Rincón (11 millones), Arconada o Schuster, chocaban frontalmente con los 27 que el Real Zaragoza tenía asignados a Juan Señor, 10 de ellos, además, pagaderos cada año antes del mes de setiembre. La inexistencia de un modelo contractual uniformizado convertía cada vínculo en un galimatías abstracto, cuajado de cláusulas pintorescas. Y sobre todo en el caso de jugadores foráneos, desconocedores de nuestra legislación tributaria y con pocas ganas de sufrir sobresaltos, fue imponiéndose la fórmula del contracto en netos, mal denominado “libre de impuestos”.

El internacional argentino Calderón, que acababa de abandonar la disciplina bética rumbo al Paris Saint-Germain, acordó con los verdiblancos 9, 10, 11 y 12 millones de ptas. por cada una de sus cuatro campañas. Cantidades netas, puesto que la entidad se comprometía a hacerse cargo de sus impuestos. El argentino Fantaguzzi, al incorporarse al mismo club verdiblanco en agosto de 1987, se acogió a idéntica fórmula, de modo que cada año ingresaría 10.633.200 ptas. limpias. Desde tal perspectiva, el contenido de la tabla adjunta no deja de ser sino mero reflejo del confusionismo reinante.

A lo largo de los siguientes años habría cambios profundos. La enrevesada fórmula del 6 % para menores de 24 años fue sustituida por cánones en supuestos de traspaso a futbolistas jóvenes, cuyo beneficiario no iba a ser sólo el club de salida, sino todos las que hubieren participado en su formación. Se evitaban así prácticas tan injustas como las acaecidas en torno a Felipe Miñambres Fernández (Astorga, León, 29-IV-1965).

Este hábil, inteligente y escurridizo extremo que con el paso del tiempo fue retrasando posiciones, hasta convertirse en valioso director de juego, había asomado por el primer equipo del Atlético Astorga sin cumplir los 17 años. Tras competir en 3ª durante las campañas 81-82, 82-83 y 83-84, sería fichado por el Zamora, donde desarrolló los ejercicios correspondientes a 1984-85 y 85-86 en 2ª “B”, y más adelante por el Sporting de Gijón, viéndose obligado a hacer méritos en su filial, el Sporting Atlético. Cuando debutó con los del Molinón en la máxima categoría, el club astorgano percibió 645.450 ptas. por derechos formativos. Una nadería comparada con los 4 millones de ptas. que iba a recibir el Zamora, si su antiguo pupilo llegase a disputar 30 partidos con el primer equipo asturiano, y otros 2 suplementarios si debutaba en competición europea. Gran negocio zamorano, aunque Felipe se hubiera hecho futbolista con los maragatos, mientras figuraba en las alineaciones como “Felipín”. Y todavía los sportinguistas multiplicaron beneficios traspasándolo rápidamente al Club Deportivo Tenerife, cuando los “chicharreros” vivían su época dorada en 1ª. Después de 10 temporadas impartiendo clases doctorales en el Heliodoro Rodríguez, al colgar las botas sería el tercer futbolista tinerfeño por cuanto a partidos disputados: 310. Nunca, ni cuando fuera ideada esta particularidad indemnizatoria, ni durante sus posteriores cambios, o incluso en la actualidad, se logró satisfacer a todos. Al fin y al cabo vivimos en un mundo donde, como en la última escena del clásico “Con faldas y a lo loco”, cabe afirmar que nada ni nadie es perfecto.

Tampoco lo fue antaño ni quizás lo sea hoy, el Convenio Colectivo de los futbolistas. En cualquier caso constituyó un paso de gigante para bien de casi todos.




El Plan de Saneamiento

Durante el periodo 1982-86, pese a la hostilidad de la Liga de Fútbol Profesional o a los torpedos teledirigidos desde la poltrona federativa, especialmente bajo mandato de Pablo Porta, fueron muchos los logros del Sindicato AFE: Reconocimiento como trabajadores por cuenta ajena para los futbolistas; obligatoriedad de los clubes a darlos de alta en la Seguridad Social; voladura del derecho de retención; cobertura jurídica ante casos de incumplimiento contractual; cerrojazo a una especie de simonía disfrazada como “derechos formativos”; implicación del Consejo Superior de Deportes en el proyectado fondo de garantía salarial… El fiel de la balanza parecía inclinarse hacia el lado de los jugadores, como se advirtiera una y otra vez desde la LFP, tras sustanciarse el primer gobierno socialista de la transición. “Ocurre tan sólo que la balanza empieza a equilibrarse -adujo José Luis Pérez, gerente de la AFE-. El cacicazgo de los clubes ya es historia, lo mismo que su mandarinato. Deben reconocer a sus futbolistas como ciudadanos de pleno derecho”. Sin duda algo había de cierto en aquellas manifestaciones, corroboradas por Jesús Samper, secretario general de la Liga Profesional, cuando evocase esta anécdota: “Un día penetró en mi despacho de la Liga cierto presidente, sin llamar y hecho un basilisco. Por su boca empezaron a salir propuestas tremendas. Así que me levanté y mientras abría la ventana, dije: Discúlpame, pero es que aquí huele muchísimo a mierda. Sin darse por aludido siguió profiriendo ocurrencias, merecedoras de juzgado de guardia”.

Samper, hombre habitualmente hermético, nunca facilitó el nombre de ese presidente, aunque la duda pudiera reducirse a dos o tres identidades. Y por supuesto se negó a detallar qué olía tan mal. La confidencialidad era pilar de su trabajo, como muy bien afirmara otra vez ante un reportero molesto por tanto hermetismo: “Mire, si yo le fuera a usted, o a cualquier otro compañero con cuentos, perdería todo crédito. Si los clubes me cuentan sus cuitas, es por considerarme a prueba de deslices. Y yo necesito conocer esas cuitas, puesto que de otro modo no podría llevar a cabo mi trabajo”. Gracias esa anécdota, narrada cuando ya su protagonista veía los toros desde la barrera, podemos evaluar cabalmente en qué marco se desarrolló aquella lucha reivindicativa, larga y extenuante como pocas. Y también que para eludir acusaciones de prácticas doctrinarias, el gobierno socialista se aviniera a evaluar un posible plan de saneamiento destinado a clubes con deudas, como muestra de justicia salomónica. Pero antes de centrarnos en dicho plan, bueno será deslizar un vistazo por tan tétrico escenario.

La mala praxis venía de muy atrás, y se acentuó con la continua llegada de teóricas estrellas extranjeras. El 1 de setiembre de 1980, la AFE registró denuncias de impago a futbolistas por un total de 266 millones, correspondientes al ejercicio 1979-80. Encabezaba el ranquin la Unión Deportiva Levante, con 47 millones, y no se quedaban cortos el Racing santanderino (19), Cádiz y Real Jaén (ambos con 16), Deportivo Alavés, Burgos o Palencia (cada uno con 14 largos), Rayo Vallecano (13), Elche (12) y Getafe o Granada con 10. Llamaban la atención algunas cuantías de otros deudores mucho más modestos, y por tanto con improbable capacidad de respuesta: San Fernando gaditano (más de 7 millones), Toledo (casi 6.300.000), Zamora (casi cuatro millones y medio), U. D. Salamanca (4), San Andrés, Eldense y Langreo (en torno a 3 millones), C. D. Badajoz, Racing de Ferrol y Lugo (más de 2), Albacete Balompié (más de uno y medio), Onteniente y Olímpico de Játiva (casi la misma cifra), o Talavera (el millón raspadito). Incluso una entidad de alcurnia, como el Valencia, figuraba con un descubierto de 2.250.000). Sesenta y seis clubes denunciados por 314 jugadores. Pero eso tan sólo constituía la punta de un gran iceberg, como desde la propia AFE se daba por evidente: “No todos denuncian. Los que van a seguir en la entidad, porque confían en recuperar algo, y muchos que se van para no hacerse mala fama. Temen tropezar con puertas cerradas si se les tildara de conflictivos”. Como mínimo, fuentes del sindicato cifraron en otros 150 millones más los débitos totales. Y a estas cantidades había que añadir nada menos que un centenar de millones detraídos ilegalmente por la huelga de profesionales, y pendientes de restitución, según sentencia firme de distintos tribunales.

Esta debacle solía “solucionarse” con caprichosos alardes de contabilidad creativa. Solicitudes de créditos in extremis, pagaderas mediante cuotas sociales o de abono para la siguiente campaña, con lo que cobrar un año después se enmarcaba en lo puramente sobrenatural. Así, temporada tras temporada. Aquel verano de 1980 hubo conversaciones entre el Ministerio de Trabajo, Federación y AFE, emanando de ellas, además de buenos propósitos, una frase lapidaria merecedora de fulminante destitución: “Todo se arreglaría si los futbolistas no se comprometiesen con clubes incapaces de pagar”. Soberbio. Sobre todo si ni desde la Liga Profesional o el ente federativo se daba cuenta de quiénes eran esos “incapaces”.

Desglose de denuncias sobre clubes deudores con sus futbolistas, mediado julio de 1983. A muchos jugadores les costaba arrancarse a denunciar débitos, por eso los saldos solían crecer cuando concluía agosto, fecha límite para hacerlas oficiales.

Para la campaña 1981-82 circularon estimaciones de unos 300 millones en débitos, y luego las denuncias de impago ascendieron hasta los 350. El Burgos se encaramó a lo alto del podio, con 46 millones, y el Algeciras fue salvado por su Ayuntamiento cuando estaba a punto de rodar sin puntilla. Almería, Burgos, Getafe, Zamora y Levante, pecharon con un descenso de categoría administrativo, ante su insolvencia. Por los mentideros del balón se aseguraba que cerca de otros 200 millones al descubierto ni siquiera se habían denunciado.

El gran escándalo tuvo lugar un año después, cuando de los 500 millones presumiblemente adeudados, sólo se reclamaron mediante denuncia 198. Nadie quería más descensos de categoría. Ni la Federación, por quedar retratada, ni la Liga Profesional, estimando que nada solucionaban, ni los futbolistas, conscientes de que si sus clubes no pagaban en 2ª “B”, menos podrían hacerlo desde 3ª, o incluso en el pozo del fútbol Regional. Hubo encierros de jugadores en la puerta de Alberto Bosch, pancartas con el lema “Sólo pedimos lo que ya hemos trabajado”, y especulaciones sobre el dinero que parecía obrar en la Federación, por conceptos como participación en las quinielas mundialistas o derechos de televisión. “Que sirva para enjugar deudas”, se clamó al unísono. De nuevo a última hora comenzaron a recibirse los télex de conformidad desde distintas Territoriales, dando cuenta de diversos abonos. El San Fernando, que ya venía salvándose del KO anteriormente, merced a muy oportunos campanazos, perdió por fin la categoría.

Un año después fue el Portuense quien sirviera como chivo expiatorio, al vivir en carne propia un descenso administrativo a 3ª División. Otros cinco clubes no pudieron pagar sus deudas a tiempo, pero en aquellos casos tanto la Real Federación Española como el Comité Ejecutivo de la Liga Profesional, se erigieron en avalistas sin explicar qué razones aconsejaban tamaña discriminación. Dichas cuantías saldrían de lo que esos mismos clubes confiaban ingresar de la Administración, en concepto de quinielas y su minúscula parte en los derechos televisivos. Para la AFE una maniobra torticera “puesto que sigue sin atajarse el problema de forma conveniente, castigando sólo a uno como salvaguarda ante acusaciones de blandura”.

Ya en mayo de 1984, la AFE tenía registradas denuncias de débito por un importe de 600 millones de ptas., y ni siquiera se libraban entidades históricas, como At. Madrid, C.D. Málaga, U. D. Salamanca, Valencia, Sevilla, Betis, Valladolid o Cádiz, en tanto el Real Zaragoza tuvo problemas para devengar al día distintas fracciones de fichas. El caso de la U.D. Salamanca era por demás sangrante. Lo debía todo, si bien el traspaso de Orejuela al R.C.D. Mallorca por 30 millones pudo servir de lenitivo. Hacía bien poco la directiva charra incluso debió encarar un embargo de 9 millones, dictado desde cierta firma crediticia. “De mal en peor -sentenciaron voces sindicales-. Porque esa cifra pudiera quedarse bastante corta”. Como muestra, el 14 de setiembre de 1984 trascendía el enojo del argentino Calderón con su equipo, el Real Betis: “Estoy dolido -dijo-, porque lo he dado todo en el campo, pese a los problemas de adaptación que ha tenido mi familia. No comprendo el trato recibido desde el club. Aún se me debe la mitad de la ficha pasada, cuando otros compañeros parecen haber cobrado. En estas condiciones debo replantearme el futuro”. Naturalmente salió al quite Francisco García, vicepresidente económico verdiblanco, justificando los retrasos en el hecho de que por contrato había que pagarle en dólares, “y ello comporta dificultosas gestiones oficiales”.

Los problemas de cobro daban lugar a una amplia batería de encontronazos. En noviembre de 1983, Llopis, del Villarreal, llegó a la agresión con su vicepresidente, Manuel Almela. Según se hiciera eco la agencia “EFE”, cuando el futbolista fue a cobrar un cheque de 100.000 ptas., en la oficina bancaria le habrían explicado su imposibilidad de cubrirlo tras recibir órdenes directas del club. A Llopis acababan de sancionarlo con esa misma cifra, luego de ser expulsado ante el Aspense, en el campo del Madrigal. Ya en los vestuarios, reclamó la cantidad amenazando con una denuncia en los juzgados. De las palabras se pasó a los gritos y de éstos a la agresión. Tras el partido, en compañía de Falomir, su capitán, volvió a entrevistarse con el directivo, a quien pidió disculpas, alcanzándose un pacto para renunciar al cruce de denuncias, mediante aceptación de una semana fuera del equipo y multa de 30.000 ptas. Como parece que nadie aclaró del todo la cuestión dineraria, en breve volvería a abrirse la herida. Para el Villarreal eran 100.000 ptas. por la expulsión, más otras 30.000 ante tamaño acto de indisciplina, en tanto Llopis, como parece lógico, lo dejaba todo en las 30.000. Tuvo que sudar mucho para que las discrepancias se resolvieran con 6.000 duros.

Antonio Gómez, en un cromo de la temporada 1982-83. Por reclamar el dinero adeudado fue puesto en la calle, cuando tenía contrato en vigor.

El 2 de agosto de 1984, el céltico Antonio Gómez se vio de pronto en la calle, al aplicársele el artículo 85 del reglamento interno. Había sido el único jugador de la plantilla en denunciar impagos de la campaña concluida, puesto que los otros reclamantes, Pedro, Quecho y Bulleri, ya habían causado baja. Con el obvio propósito de escarmentar al elenco en cabeza ajena, aquella directiva no dudaba en tirarse al monte. Desde la AFE advirtieron: “En estas circunstancias, cualquier despido será declarado improcedente”. Por su parte, el jugador hizo gala de gran serenidad: “Lo he encajado bien, pues cuando di este paso asumí las consecuencias. De esta Junta nada me sorprende, dado su proceder; hoy te dicen una cosa y mañana otra. Sus palabras o promesas carecen de crédito. Lo de las letras me lo conozco bien, y ningún profesional puede vivir permanentemente en vilo, preocupado por los descubiertos bancarios o los gastos de negociación. Necesitaba el dinero y no estoy dispuesto a que se juegue conmigo”.

Por si alguien pudiera tener dudas respecto al comportamiento de muchos clubes, Gómez exhibió aptitudes didácticas: “No nos pagan, pero siguen fichando jugadores. Hace dos años invirtieron 70 millones en tres que ya ni siquiera están aquí, y podría extenderme en más detalles. Cada club debiera ser consciente de sus posibilidades y, si ocurriera así, yo actuaría en consecuencia. Me duele dejar el Celta porque soy vigués y una gran parte de mi vida la pasé en esta casa, pero creo que mi actitud resultará positiva, aunque haya quienes no lo entiendan. El Celta volverá a ser el de antes cuando la seriedad presida todos sus actos, y quienes lo dirijan sepan ceñirse a la proyección del club, sus posibilidades y limitaciones”.

Antonio Gómez llevaba 12 años luciendo el escudo celtiña. Había ingresado como juvenil, debutado en 1ª cuando varios directivos de 1984 ni siquiera eran socios, fue internacional Sub-21 y estuvo cedido al Real Zaragoza mientras cumplía el servicio militar obligatorio. Desde hacía dos lustros entrenaba a infantiles y alevines, dándose la circunstancia de haber tenido a sus órdenes a los más adelante compañeros de vestuario Quecho y Alvelo, este último, por cierto, malogrado para el balón tras quedar parapléjico a raíz de un accidente de tráfico. Las palabras de Jesús Samper, evocando una pestilencia resistente a ventanas abiertas de par en par, cobraban en este caso todo su significado.

Y si esta era moneda corriente en 1ª ó 2ª División, sobre el fútbol modesto mejor no extenderse mucho. De cara a la campaña 1984-85, en la Territorial madrileña se inscribieron 719 clubes. Pues bien, el 6 de octubre, dos meses después de que el balón echase a rodar, 33 de ellos ya no competían. Diecinueve de la 3ª Preferente y 14 de la 3ª Ordinaria. Ni con rifas, colectas puerta a puerta o campañas de captación social, se lograba sufragar los arbitrajes y el alquiler de instalaciones. Los había de Alcobendas, Velada, Manzanares, Aldea del Fresno, Tomelloso, Humanes, Parla o Almarcha, además de casi todos los barrios capitalinos. La precariedad no conocía lindes.

Antonio Baró, abajo, flanqueado por Martínez Retamero y Jesús Samper. Corría el año 1986.

En marzo de 1985, Antonio Baró, presidente de la Liga Profesional, antaño enfrentado a Pablo Porta y luego a su sucesor, José Luis Roca, pero capaz de entenderse con Romà Cuyàs, Consejero Superior de Deportes, aunque luego poco bueno surgiera de tanta comprensión, decidió soltarse el pelo: “Tengo la fórmula para acabar con la ruina económica -dijo-. Bastaría con que hubiese campos municipales. Porque hay clubes, como el Celta, Zaragoza, Valladolid, Las Palmas o Sporting, por citar unos pocos, que juegan en terrenos del municipio y tienen reconocidos unos créditos. Créditos solicitados por los ayuntamientos en su condición de propietarios, a través del crédito local, y así se han financiado obras de remodelación imprescindibles para el Mundial de 1982. Esos clubes no le deben nada al Banco Hipotecario, sino al Banco de Crédito local, y gracias a la municipalidad de sus correspondientes recintos, no pagan al Estado ni un solo duro en impuestos. Los demás, en cambio, tributan irremisiblemente por cosas absurdas. Al At. Madrid, por ejemplo, le suponen 150 millones anuales, empezando por el capítulo de Menores y acabando en mayores. ¿Abona ese dinero, por ejemplo, el Rayo Vallecano? Categóricamente no. Y ahí se origina la catástrofe. Lo que cotiza todo el fútbol asciende a miles de millones. De esa, llamémosle sangría, están exentos una buena porción de clubes. El fútbol es la niña bonita de la que todos se cuelgan. O el caramelo que tantos pretenden chupar y chupar. Los clubes ponen el teatro, los actores, los guardias de seguridad, la alfombra… Sólo nos queda poner la espalda para recibir azotes. Real Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Betis, Español, Elche y otros, ¡hala!, a soltar miles de millones. Suena a disparate”.

Curioso. Baró dejaba en el tintero a una porción de clubes norteños, que desde hacía algún tiempo constituían una especie de frente común ante determinadas actuaciones de la Liga Profesional: Athletic Club, Real Sociedad o el pamplonés Club Atlético  Osasuna, cotizantes a tenor de sus respectivos aforos en idéntica proporción que los citados. El mandatario blanquiazul, además, basaba su ataque en las conclusiones de un informe auspiciado por la Liga, donde el “Calcio” se antojaba modelo a seguir: “En Italia sólo existen estadios comunales y no hay impuestos. En España, por el contrario, los clubes “paganos” cotizan igual que sociedades especulativas, pese a estar registrados como entes sin ánimo de lucro. Existe, por tanto, un confuso establecimiento de preceptos y normas”.

Sin catalogar como inciertas las manifestaciones de Antonio Baró, únicamente recogían parte de la realidad. Olvidaba interesadamente, primero que gran parte de los morosos componían el pelotón de los mejor librados impositivamente, como Rayo Vallecano, Celta, Racing o Valladolid. Y segundo, que desde las Administraciones estatal o autonómica no se ponía a los directivos una pistola en la cabeza, obligándoles a aprobar presupuestos con déficit, destinar cifras desproporcionadas al capítulo de traspasos, o considerar estrellas a medianías extranjeras que luego sólo iban a vestir de corto 10 ó 15 domingos, parte de ellos por el qué dirán, cuando fui yo quien se empeñara en traerlos. Ante argumentos de esta índole, Baró y sus colegas de la Liga también solían enhebrar respuestas: “Desde que cayera el derecho de retención todo se ha encarecido una enormidad. La peseta va de devaluación en devaluación, y los extranjeros exigen cobrar en dólares para garantizar su poder adquisitivo. Hoy firmas un contrato razonable por tres años, y resulta que en dos temporadas se nos va a las nubes. El dólar hoy cotiza al doble que hace unas campañas. ¿También sobre eso tenemos culpa?”.

Tanto a Baró, cuando se manifestara con tal contundencia, como a los demás presidentes, les apretaba el Banco Hipotecario mediante un diluvio de intereses. Dieciséis mil millones deudores, según la Liga Profesional, sin desglosar nunca la titularidad o el concepto de tan abrumadora cifra. Herida hemorrágica para cuya cicatrización también se echaron cuentas: “Ha de reducirse la deuda troncal, si queremos que los intereses no nos coman. Los gastos atípicos están hundiendo al fútbol, y esa deuda se neutraliza sin grandes problemas añadiendo cinco puntos al raquítico 1 % que actualmente devengan las quinielas. Un 6 % sobre el total recaudado, proporcionaría a los clubes profesionales 3.000 millones más. En seis años, deuda saldada. Y que nadie lo olvide: estaríamos utilizando el dinero del fútbol para resolver problemas futbolísticos. Porque las quinielas son del fútbol, se basan en sus resultados y viven de su popularidad”.

El propio Antonio Baró defendía la propuesta con uñas y dientes: “En la Liga Profesional hemos repasado los presupuestos del último trienio y ningún directivo se ha llevado las perras a casa, según los auditores. El Banco, en cambio, carga intereses ya llueva, luzca el sol o sople el viento. Intereses que acabaríamos evitando con ayuda de las quinielas”. Obviamente asumía la exigencia de controles, sin resistirse a la tentación de poner límites al eterno rival barcelonés, aun no citándolo ex profeso: “Si la Administración entrega esas cantidades, desde luego no serán para fichar a Maradona, aunque las arcas de algún club no estuviesen vacías o puedan salir billetes de su cartera. Al menos yo les diría: como ustedes pagarán antes que yo y no van a invertir el superávit en Pasapoga, lo gastan en la vituperada cantera poniendo en marcha secciones inferiores y escuelas como las de Lezama o Mareo. Creo hablar en nombre de todos al afirmar que el fútbol se compromete a salir de la penuria, si le dan cuanto solicita de unas apuestas al fin y al cabo futbolísticas”.

Romà Cuyàs y Antonio Baró tenían prevista una nueva reunión 72 horas después. Para calentarla, desde distintos despachos se hicieron oír anticipos de un posible plante patronal, si no se lograba el pretendido 6 %. “El Holocausto”, sentenció “Marca” como cierre de una información sobre el particular, sin firma. Por supuesto la cosa no llegó a tanto, aunque el Consejero Superior de Deportes ni mucho menos estuviese por la labor de convertirse en pródigo rey mago. Podía hablarse de un Plan de Saneamiento, pero nunca a partir de tantísimo incremento porcentual sobre el 1-X-2.

Las quinielas se erigieron en posible salvavidas de muchos clubes. Por desgracia la mejor época del 1-X-2 formaba parte del pasado.

El 11 de junio de 1985 se firmaba el Plan de Saneamiento entre el CSD y la LFP. Entonces se cifró la deuda global de los clubes en 21.000 millones de ptas., teóricamente enjugables mediante la percepción de un 2,5 % sobre las recaudaciones quinielísticas, a lo largo de los siguientes 10 años. Difícil Aritmética, aun contando con una espartana disciplina en la contención de gastos, lo que ya era mucho suponer. Como si la realidad quisiera amargar cualquier conato de brindis, transcurrido exactamente un mes, cuando el 10 de julio la AFE abriera su carpeta de denuncias, la deuda de los clubes con respecto a contratos vencidos ascendía a 160 millones. Encabezaba tan triste clasificación el Cartagena, con 28.205.500 ptas. El Aranjuez, con 80.000, era el más desahogado. Entre ambos había de todo: El Deportivo Alavés debía 15 millones, más de 14 ensuciaban la imagen del Algeciras o Granada, y casi la misma cifra acogotaba al Lorca Deportiva del matrimonio María Ignacia Hoppichler – Moreno Manzaneque. Doce debía el Recreativo de Huelva, 11 el Real Murcia, 9 el Betis y más de 6 el Real Jaén o el Calvo Sotelo de Puertollano. Durante los días siguientes esa cifra iba a crecer considerablemente.

Estaba por ver si el tan deseado Plan de Saneamiento transmutaba en bálsamo de Fierabrás para tan maltrechas economías, luego de cerrarse no mediante un devengo de 6 puntos porcentuales, sino con algo menos de la mitad. A caballo regalado no le mires el diente, pudo pensarse. Aunque bien pronto se advirtiera que aquel incremento ni mucho menos iba a sacar de pobres a los clubes. Como ya se apuntó en otro capítulo, la Administración, harta de dolores de cabeza con los boletos quinielísticos como fondo, respondió al despropósito de Pablo Porta, consistente en alumbrar otra quiniela competitiva con el 1-X-2. Y no lo hizo sirviéndose de admoniciones que el viento pudiera llevarse en seguida, sino con la contundencia exigible a cualquier Gobierno. En este caso, poniendo en marcha la “Lotería Primitiva”, al tiempo que embridaba al Patronato de Apuestas Mutuas bajo el yugo del ente “Loterías y Apuestas Estatales”. Alguien, además, tuvo la ocurrencia de reinventar la pólvora o la Aspirina, experimentando alegremente. Si no supiéramos hasta qué punto abundan los malos gestores, cabría lucubrar sobre un posible interés por someter a dieta no sólo al fútbol, sino a todo el deporte. Y no, no hicieron falta contubernios ni conspiraciones. Bastó con un manazas de la mercadotecnia equivocando el camino.

Como las recaudaciones del 1-X-2 experimentaran un considerable bajón al repartirse el pastel con la nueva “Lotería Primitiva”, se optó por subir el precio de las apuestas y establecer dos modalidades de pleno: la “Q-1”, con resultados al descanso, y la “Q-2”, sobre victorias, empate o derrotas cuando los árbitros pitasen el final de 14 partidos. Si ya constituían un serio hándicap los premios de la “Primitiva”, mucho más sustanciosos para acertantes del pleno que lo devengado por la quiniela, al dividirse ésta en dos modalidades, sus antaño envidiadísimos adivinos pasaron a convertirse en poco más que agraciados de tómbola parroquial. Las quinielas, en suma, dejaron de ser un sueño en tecnicolor, y con ello el tan cacareado Plan de Saneamiento nació cojo. Baste para ilustrarlo el siguiente apunte. La cifra más alta devengada a un pleno quinielístico de la temporada 1986-87 (domingo 21 de setiembre), ascendió a 77 millones de ptas. A lo largo de 1986 la “Primitiva” repartió botes de 199 y 221 millones, y para cuando concluyese 1987 su saldo de millonarios apabullaba: 843 millones a un pleno en Bilbao; 805 a otro en Málaga; 7 gordos de más de 300 millones distribuidos en Málaga, Alicante, Madrid, Albacete, Las Palmas y Barcelona, por partida doble; otros 6 superando los 200 millones, en Navarra, Valencia, Castellón, Zaragoza y Asturias; y 41 con más de 100 millones. No era una mala inversión, por las 50 ptas. que costaba cada apuesta.

Y entre tanto siguieron aflorando conflictos menores.

En marzo de 1986 el Consejo Superior de Deportes quiso dulcificar la derrota de los clubes, tras negarles su pretendida lluvia millonaria. En tal sentido se avino a condonar a Real Madrid y Atlético los 4.400.000 ptas. de multa que les fueren impuestos por la Magistratura de Trabajo, como infractores de la ley de huelga durante su último pulso con el sindicato AFE, cuando sustituyeran a los profesionales por juveniles y amateurs. Desde la Asociación de Futbolistas se puso el grito en el cielo, al tiempo que se hacía llegar un recurso: “El Consejo de Ministros no tiene elementos jurídicos ni éticos para levantar la sanción, y es por ello que hemos interpuesto el recurso contencioso-administrativo”. Tal medida fue tomada por el mismo Comité Ejecutivo que trazara las líneas maestras del futuro convenio colectivo para las gentes del balón.

El 4 de diciembre de 1986 Baró hizo público el descuadre en sus cuentas de la lechera: “Las bases del Plan de Saneamiento se están resquebrajando. Es evidente que la quiniela no responde a lo que pensábamos. Todos contemplamos con nerviosismo su bajada de recaudaciones, y parece claro que la Q-1 no basta para mantener el interés. Queremos que se nos cubra el desfase sobre lo que debiéramos percibir con una recaudación normal. Nada de esto se previó en su día, y ahora me consta que la Administración, al igual que nosotros, está estudiando el tema. La “Loto” tiene un atractivo distinto, y se la publicita a diario por televisión, cosa que no ocurre con la quiniela futbolística”.

Para mal de males, durante ese verano seis clubes habían descendido administrativamente por impagos a sus plantillas. Dos de 2ª “B” (Palencia y Deportivo Alavés) y 4 de 3ª (Lorca Deportiva, Algeciras, Calvo Sotelo y Real Jaén). Como tantas veces se clamara en desierto desde la AFE, el castigo deportivo ni mucho menos suponía una solución para los acreedores. Más bien lo contrario. Y algunos defenestrados, por ende, anunciaban pleitos hasta verse restituidos a su anterior categoría. Antonio Lucas Mohedano, presidente del Jaén denunciado por impagos superiores a los 17 millones, no quería ni oír hablar de integrarse en Regional. Como defensa, aducía haber hecho todo tipo de sacrificios para cuadrar balances: “Bajo la dirección de Juan Lucena, técnico de la casa, se fichó a jugadores aficionados, todos ellos de la provincia, como Manolo, Hueso, Esteban, Prieto y Ángel, después de liquidar a los profesionales de la pasada campaña”. Como suele ocurrir en estos casos, las fuerzas vivas jienenses pusieron manos a la obra. Lorenzo Morillas, vicerrector de la Universidad de Granada y prestigioso jurista, tras estudiar el dictamen de la comisión Liga-AFE hizo gala de optimismo, asegurando: “El descenso no es legal, pues la comisión mixta no es órgano con poder ejecutivo, lo que le impide ordenar retrocesos de categoría a ningún club. Su decisión no se ajusta a Derecho y por tanto es claramente inconstitucional”.

Publicidad sobre una quiniela con dos modalidades de apuesta, cuyo fracaso hizo mermar las recaudaciones en casi un 50 %.

En Palencia, lejos de ofrecer batalla optaron por el pragmatismo. La deuda global de los morados ascendía a 167 millones, una enormidad ante la mínima dimensión del club. Así que se optó por disolverlo, agrupando despojos en su filial, el Cristo Olímpico, militante en 3ª División. Días después se daba de alta un “nuevo” Deportivo Palencia – Cristo Olímpico, limpio de polvo y paja y dejando a la intemperie a transportistas, hoteleros, suministradores varios, futbolistas, técnicos o empleados de oficina. Nadie parecía preocuparse de ellos, o por ellos, como hizo ver José Antonio Ferrero, capitán de su última plantilla, cuando con 38 años a cuestas y tres millones y medio a deber, harto de cuentos chinos optó por retirarse en abril. Casado y con un hijo, dentro de lo malo pudo refugiarse en un pequeño negocio familiar de tejidos. Otros tuvieron que apañárselas peor. El almeriense Camacho protagonizando una huelga de hambre como inútil intento por cobrar algo. Ya había vivido otro cierre y adivinaba el segundo. Álvarez, en su día componente del Castilla, salió del Palencia muy escamado y fichó por el Deportivo Alavés, para encontrase sin equipo en cuestión de unos días. La deuda del Algeciras ascendía a 118 millones, dando por buenos sus apuntes contables, a menudo demasiado optimistas. De ellos cerca de 30 a jugadores en nómina. José Antonio Asián, su primer capitán, un sevillano radicado en la ciudad portuaria desde hacía ocho años, tampoco creía en la palabra de nadie: “A mí me deben más de cinco millones y medio de pesetas, y veo negrísimo su cobro. Antes de renunciar a todo estoy dispuesto a una negociación. Me han hablado del día 29 como posible fecha para sacar algo, pero las palabras son papel mojado y por eso quizás decidamos plantarnos en Madrid, dispuestos a adoptar medidas de presión. Estoy hablando de un posible encierro. Lo que están haciendo con nosotros es inhumano”.

Asián, por lo menos, compaginaba el fútbol con su tarea como monitor deportivo en un colegio municipal. Otros compañeros, como Capa y Cabellos, empleado de banca y guardia municipal, respectivamente, también tenían algo a lo que asirse. Pero la suerte de muchos resultaba por demás incierta. A Gregorio de Pablo Lucas, para el fútbol “Goyo”, le sobraban motivos de amargura. Madrileño de nacimiento, con 33 años tuvo que hacer diabluras para mantener a su esposa y cinco hijos. Poseía un comercio de deportes, aunque según sus palabras “la cosa da como mucho para cubrir gastos y estoy a punto de cerrarlo”. En su horizonte inmediato tan sólo una promesa, otra más, en forma de trabajo como dependiente en unos grandes almacenes cuya apertura se anunciaba en Algeciras. Antonio Ocaña, en fin, otrora jugador bético y excompañero de Rafael Gordillo, vivía al día, consciente de que los números y el dinero no daban más de sí. Desde Lorca, Moreno Manzaneque, su entrenador y presidente consorte, lo cifraba todo a la “iluminación divina”. La gestión económica del matrimonio en el club murciano había sido desastrosa, rodeándose de grandes nombres ya veteranos, con los que el no menos veterano técnico las tuvo muy tiesas. Podría aducirse que fueron ellos, la ínclita pareja, los faltos de iluminación. El tantas veces reclamado fondo de garantía salarial no sólo era imprescindible, sino obligatoriamente amplio por cuanto a dotación económica, para responder a tantísimo desmán.

Deudas que distintos clubes de 3ª División arrastraban en Octubre de 1986, desde que militaran en 2ª ó 2ª “B”. Considerándose legítimos destinatarios del Plan de Saneamiento, solicitaron al CSD su inclusión en el mismo.

El jueves 4 de setiembre de 1986, la AFE convocó en la puerta del Consejo Superior de Deportes, bajo el lema “Toma la sede del Consejo”, a los futbolistas del Jaén, Alavés, Calvo Sotelo, Palencia, Lorca y Algeciras, todavía sin ver un duro. Se buscaba presionar con un plante en toda regla, a los miembros de la comisión mixta clubes-jugadores que iba a reunirse el martes inmediato en la sede del CSD, con presencia de Romà Cuyàs. Llovía sobre mojado, puesto que Jaén, Lorca y Calvo Sotelo fueron salvados del descenso a última hora por el Comité Ejecutivo de la FEF, en su reunión del 28 de agosto. ¿Motivos? Los tres habrían satisfecho unas deudas sobre cuyos teóricos perceptores manifestaban no haber visto ni un céntimo. El Alavés arrastraba un débito de 22.282.000 ptas. son sus futbolistas. El Algeciras 30.200.000. Y el Palencia 21.597.000. del todo incobrables. Por supuesto los tres aseguraban sentirse víctimas, mientras Cuyàs se mostraba categórico: “Hay que acabar de una vez con esta situación, desde hace tiempo inasumible”. Y puede que en seguida pensara: en mala hora dije eso. Porque el 30 de octubre, 32 clubes de 3ª División amagaron con subirse al caballo, aun a costa de derribar al jinete.

Arrastraban deudas desde la época que militasen en 2ª “B” o el fútbol de plata. Deudas que con el tiempo y la acumulación de intereses se habían disparado hasta rebosar los 800 millones. A la cabeza de todos, el Córdoba, con casi 117, y el Racing ferrolano con 109 en números redondos. Tampoco tenían desperdicio los 59 del Club Deportivo Orense y Tarrasa F. C., los 40 largos de la S. D. Huesca y San Fernando, y cuantos navegan al pairo por una horquilla comprendida entre los 36 de la U. E. San Andrés y los 10 y medio del Cacereño; o sea Reus Deportivo, A. D. Torrejón, Cultural Leonesa, Baracaldo, Vall d´Uxó, Gerona, Caudal de Mieres, U. P. Langreo, S. D. Ibiza, Diter Zafra, Mirandés y Lugo. El más comedido parecía ser un histórico campeón de Copa, como el Arenas guechotarra, con 1.868.075 ptas. en números rojos. Sobre esa cifra, y sin alcanzar la decena, completaban el rebaño de manos tendidas C. D. Fuengirola, Mérida, Tudelano, Gimnástica Arandina, Basconia, Guecho, Atlético Baleares y otro histórico con títulos de Copa, como el Real Unión de Irún. Por centrarnos en las cantidades más escandalosas, la ruina cordobesa se resumía así: 56.619.665 ptas. en concepto de préstamos bancarios; 28.250.000 adelantados por presidentes y directivos. Y el resto, hasta casi 117 millones, repartido entre Hacienda, Seguridad Social, Arbitrios, como el de Menores, futbolistas y proveedores. El Racing de Ferrol ni siquiera amagó con algún desglose, lo que de entrada tampoco constituía un buen síntoma. Todos los clubes se aferraban a la promesa que el propio Romà Cuyàs hiciese a José Luis Núñez, consistente en “liderar un amplio plan de saneamiento para entidades futbolísticas”.

El 24 de junio de 1987, aquella promesa se hacía realidad para los equipos de 3ª, aunque quien acabara de darle cuerpo no fuese Cuyàs, sino Javier Gómez-Navarro, designado para sustituirle. Los débitos ya habían ascendido hasta frisar la cifra de 900 millones, y se pensaba en una amortización parcial a tres años. Parcial, puesto que el nuevo Consejero Superior de Deportes manifestó no estar dispuesto a sufragar ninguna deuda con presidentes y directivos, por ser ellos responsables únicos del descalabro. Poco antes (28-V-1987), el propio Gómez-Navarro había amenazado con suprimir subvenciones a la Liga si continuaran incumpliéndose las condiciones del Plan de Saneamiento. Dicho de otro modo, tan pronto se detectaran nuevos desmanes en cualquier club, adiós al dinero del 1-X-2. “Durante los dos años que lleva en marcha este plan, se ha sido condescendiente con los clubes -dijo-. El dinero invertido en fichajes y las deudas con futbolistas son claros síntomas de mala praxis. Las economías no están llevándose con excesivo rigor”. La Liga Profesional hizo saber a sus afiliados que si en setiembre no fuera capaz de acreditar al CSD el cumplimiento a rajatabla en todas las tesorerías, el fútbol profesional perdería sin remedio su 2,5 % de las quinielas.

Para que nadie se relajara, el 4 de octubre de 1987 el Consejero de Deportes reincidía en sus avisos: “El fútbol aún sigue mal administrado”, avanzaba ideas: “Tanto el Real Madrid como el Barcelona tienen patrimonio para amortizar sus deudas”, ponía en su sitio a los socios asambleístas: “A los socios no les importa el balance económico de los equipos, y ello quizás nos conduzca hacia Sociedades Anónimas Deportivas”, y amonestaba a la Liga Profesional: “No se puede pedir más dinero de las quinielas, porque ya no dan de sí”. Y como muchos oídos daban la impresión de tener tapones, durante enero y febrero de 1988 en el CSD se pusieron definitivamente serios.

El 5 de enero, todavía con el turrón en la garganta, trascendió que varios clubes continuaban haciendo de su capa un sayo por cuanto al capítulo de gastos. El tirón de orejas a la Liga Profesional debió ser de tal calibre como para activar una convocatoria urgente de su Comité Ejecutivo, donde Martínez Retamero, vicepresidente de la LFP, expuso una retahíla de infracciones. Había equipos con hasta 4 extranjeros, cuando sólo dos podían alinearse. Ello desaguaba en aleatorios cambios de licencias durante la misma campaña, además, claro, de llevar al puro absurdo cualquier propósito de contención en las masas salariales. En adelante se iba a ser draconiano al respecto, admitiéndose tan sólo los cambios de ficha en supuestos de lesión o larga enfermedad, no por capricho, estados de forma u ocurrencias de los técnicos. Y como la reprimenda no sentara bien a la mayoría, volvió a hablarse sobre la posibilidad de incrementar hasta tres el cupo de extranjeros, “lo que mejoraría el espectáculo y tendría su contrapartida en una mayor afluencia a los estadios”. Las del Athletic Club y Real Sociedad fueron únicas voces discrepantes, en plena reunión de sordos.

Tres días después, la advertencia de la Liga de Fútbol Profesional llegaba a sus asociados con nombre y apellidos. Celta, Cádiz, Sevilla, Sabadell, Real Sociedad, At. Madrid, Racing de Santander, Deportivo de la Coruña, Hércules, C. D. Málaga, Cartagena, Jerez, Granada y Burgos, disponían de 8 días para acreditar el cumplimiento a rajatabla de control presupuestario, sin presencia de números rojos. Si hubiere partidas deficitarias, éstas tendrían que ser avaladas por cada Junta directiva a título personal. Y en evitación de malentendidos, cada requisitoria incluía un modelo de aval. Quienes incumpliesen el trámite, serían expulsados temporalmente del Plan de Saneamiento, en principio hasta final de temporada, y como al concluir la misma se registraran déficits, la expulsión adquiriría carácter permanente.

Contra estos premios nada podían las quinielas, hasta hacía bien poco sueño dorado de 35 millones de españoles.

Catorce equipos ya amagaban con el descarrilamiento a las primeras de cambio. Y comoquiera que lo de poner una vela a Dios y otra al diablo no viene de ayer, paralelamente la Liga Profesional trabajaba en una propuesta a la FEF, para incrementar hasta 3 el número de extranjeros por partido, siempre que uno de ellos fuese súbdito de la Comunidad Económica Europea, o gozase de doble nacionalidad. ¡Fantástico! Mientras se exigía máximo escrúpulo en el cuadre de balances, se exploraban fórmulas tendentes a disparar el gasto. Porque un extranjero más equivalía a fuertes desembolsos suplementarios. Maniobra sin duda protagonizada por entidades opulentas, porque fichar ingleses, italianos, teutones, belgas, galos o neerlandeses, estaba al alcance de muy pocas contabilidades, y lo de la doble nacionalidad apuntaba hacia Jorge Valdano, problema del Real Madrid cuando el internacional argentino se planteara una solicitud de amparo ante el Tribunal Constitucional, entendiendo vulnerados sus derechos como español. También sonaba a subterfugio lo del futbolista de la CEE. Una traca a lo “Bienvenido Mr. Marshall”, cuando España acababa de ser admitida como país miembro el 1 de enero de 1986, y desde distintos despachos comunitarios se advertía sobre la imposibilidad de establecer vetos a la libre circulación de trabajadores en la Unión. Viendo las cosas desde el ángulo positivo, Atlético Osasuna, Real Madrid, F.C. Barcelona y Athletic Club, constituían ejemplo de gestión económica, al arrojar superávit en sus últimos ejercicios y darse por cierta su capacidad patrimonial para encarar débitos puntuales.

Publicidad de una peña quinielística, en setiembre de 1986. Aunque la bonoloto acabase de aparecer, ya recogía deserciones del 1-X-2.

El 19 de enero la Liga presentó ante el CSD un informe exhaustivo, donde tampoco se echaban en falta una buena ración de lloros. Si en su día fue aceptado el 2,5 % de las quinielas, se hizo ante la perspectiva de ascensos poco menos que verticales en su recaudación, como ocurriese a lo largo del decenio precedente. Nadie pudo plantearse un frenazo, y muchísimo menos la caída en picado. Pese a todo, en casi tres años los clubes de 1ª y 2ª habían reducido su déficit en torno a 2.000 millones de ptas. Ya “sólo” el global arrojaba un saldo de 19.000 millones, cifra que de todos modos convenía matizar, pues los contables suelen especializarse en vestir mentiras como verdades. La LFP había establecido conciertos con Hacienda, Seguridad Social y Banco Hipotecario, para satisfacer deudas trimestralmente, aun a costa de ensancharlas en el tiempo. La gestión económica, por tanto, tampoco es que mereciese nota alta. De 2.000 millones de déficit anual, se pasaba a la mitad, sobre todo merced a la reducción de intereses. Por ese camino ni soñando se lograría el pretendido equilibrio en 10 años.

Gómez-Navarro tampoco se dejó convencer por los datos de Antonio Baró, básicamente incontrovertibles, puesto que si durante la temporada 1985-86 las quinielas aportaron 1.287 millones al fútbol profesional, sobre 1.500 previstos, la desviación se hizo más patente en 1986-87, con 900 millones ingresados. Ochocientos millones largos de desfase en un par de años, y nada inducía a prever que las cosas pudiesen mejorar. Las deserciones del 1-X-2 en favor de la “Primitiva” constituían un hecho irrefutable. “Es preciso encontrar soluciones para no generar más deuda -arguyó el presidente de la Liga Profesional ante el Consejero Superior de Deportes-. Estamos dispuestos a escuchar proposiciones. Y no existen incoherencias entre la solicitud de nuevas fórmulas financieras y la exigencia de seriedad a nuestros afiliados, como venimos haciendo”.

En días sucesivos tanto Antonio Baró, como su secretario Jesús Samper, presentaron al CSD nuevas propuestas para el boleto quinielístico. Entre ellas encarecer cada columna en 5 ptas., destinadas a devengar un premio suplementario a quienes poseyendo 14 aciertos, adivinaran el número de goles anotados en cada jornada. Y si no hubiere agraciados, dicha cuantía tendría por destino un futuro “bote”. Parece que la idea fue acogida por la Administración con enorme frialdad. A Gómez-Navarro le chirriaba tanta solicitud de más extranjeros, cuando ante todo urgía reducir gastos. Así que a mediados de febrero, desde algunos clubes se fueron deslizando si no amenazas, como mínimo advertencias sobre la posibilidad de adoptar medidas drásticas. Pura baladronada, puesto que los millones del CSD, dinero público, para entendernos, estrujaban el gaznate incluso a ciertos presidentes de clubes particularmente vocingleros, con Jesús Gil y Gil a la cabeza.

Todos sabemos cómo se evitó la catástrofe. Con los derechos televisivos sobre emisión de partidos en “pay per view”, por cuanto respecta a los clubes poderosos. Dando paso a una suma de Sociedades Anónimas que a la postre tampoco resolvieron demasiado. Disolviéndose varias entidades y, sobre todo, con tolvaneras de fondos públicos. Lo de las Sociedades Anónimas Deportivas fue imposición del CSD a cuantos clubes recibieran dinero de la ciudadanía desde los presupuestos estatales. Tan sólo Athletic Club, Barcelona, Real Madrid y Club Atlético Osasuna, continuaron siendo patrimonio de sus socios. El resto iría cayendo de mano en mano, de tumbo en tumbo, a mayor gloria de oportunistas y en detrimento de quienes en verdad sentían sus colores. Moría y se enterraba un viejo concepto del fútbol, más coral, deportivo e integrador, al tiempo que se alumbraba otra época en la que el alma social lucía los signos del dólar o el euro, los gritos de la afición eran ensordecidos por musiquilla de tragaperras, y los “ebitda”, “ebita”, e incluso la capilaridad en mercados hasta hacía bien poco inimaginables, se apoderaban de cada escudo.

La pelota acababa de hacerse el harakiri, tan sólo para que dos decenios después otro puñado de camisetas volvieran a bordear la liquidación por derribo.

Desglose sobre la acumulación de deudas en clubes de 3ª con anterior militancia en 2ª y 2ª División “B”. Los campos señalados en blanco no implican ejercicios con equilibrio financiero, sino que corresponden a temporadas en categorías no profesionales.




Campos minados en la historiografía contemporánea

De un tiempo a esta parte, investigar la Historia Contemporánea tiene algo de avanzadilla en descubierta por campos minados. Y no, no es que falten ayudas. Simplemente abundan las cortapisas. Las leyes de Protección de Datos que cada comunidad autónoma ha ido alumbrando, desaguan en el mismo erial, las mismas negativas o respuestas de argumentario, para pasmo del investigador: “Ese es un dato reservado”. “Lo lamento, pero si se lo facilitara incurriría en delito”. O sencillamente: “Le he dicho que no, y es que no”.

Cuidado, que nadie suponga se está demandando correspondencia íntima, secretos inconfesables, actas de algún Consejo de Administración con proyectos mercantiles, o los papeles secretos del Estado Mayor, el Ministerio de Asuntos Exteriores o el CESID. Estas respuestas son habituales ante organismos públicos como el Registro Civil, cada vez que se solicita una partida de nacimiento o defunción, con el propósito de encabezar correctamente cualquier biografía modesta, o incluso relativamente banal. A veces, luego de haber empatizado con el funcionario de turno, tras explicar sucintamente por qué tiene su importancia un dato tan aparentemente trivial, cabe escuchar: “¿Ya ha probado usted en el cementerio? Allí también hay registros”. O: “Tal vez en la iglesia parroquial, porque seguramente sería bautizado”. E incluso: “Si viene usted con una autorización de la familia, problema resuelto. ¿Por qué no contacta usted con ellos?”.

Magnífico. Para tantear en los cementerios hay que saber dónde fue enterrado el difunto, y muchas veces hasta la fecha aproximada del óbito, pues la digitalización informática no ha llegado a todas partes. Con respecto a los natalicios, encomendémonos a la buena voluntad del sacerdote, a que los libros no ardieran durante la quema de iglesias republicana, o a que como sucede tan a menudo, los ratones no hayan dado buena cuenta de esos registros, o los volúmenes no salieran un día de las sacristías con rumbo a cualquier domicilio piadoso. En relación a las familias, la respuesta suele ser obvia. O el personaje en cuestión se fue sin descendencia y sus sobrinos apenas lo recuerdan, o emigró al cono sur americano, o su rastro se pierde irremisiblemente a partir de 1957, cuando finalmente lo pusieron en libertad tras una condena por combatiente “rojo”. Las leyes de Protección de Datos constituyen un obstáculo a menudo insalvable para el investigador amateur o profesional, el futuro doctorado, el docente inquieto, o esa especie cada vez más rara de historiador tenaz, concienzudo e inasequible al desaliento, según axioma de tiempos pretéritos. Todo ello, por ende, cuando mayor es nuestra desprotección ante los saqueadores de datos y el uso comercial, ideológico e incluso político de los mismos.

Marcador en la época del fútbol heroico, el que más dificultades ofrece al estudioso e investigador.

¿Quién no ha recibido llamadas de compañías eléctricas, suministradoras de gas, de telefonía e incluso de implantes dentales, tratamientos estéticos, organizaciones de caridad, plataformas viajeras o audífonos, con propuestas mercantiles de toda índole, tratándonos por nuestro nombre o apellido? En algunas, incluso, el teleoperador hasta se traiciona, descubriendo estar al corriente sobre con quién contratamos un día servicios parecidos. Y ello, después de que cada compañía mercantil, administrador de finca urbana, institución bancaria, O.N.G. o mercachifle, se haya visto obligado a contratar a su vez, por mor de la Ley de Protección de Datos, los servicios de otra compañía para custodiar con seguridad esos datos sensibles. Dicho de otro modo, con el propósito de que nuestra intimidad personal esté más protegida, su tratamiento, manipulación y control, no corresponde a media docena de empresas, sino a treinta, como mínimo. ¿Quién nos protege, realmente, del afán de lucro empresarial desprovisto de escrúpulos? ¿Y de los empleados infieles, con acceso a archivos? ¿Acaso cuando un gestor comercial de banca, seguros, viajes o cualquier otro servicio, decide pasar a la competencia, no lleva consigo, como bien preciado, su propia cartera de clientes? ¿No es eso, precisamente, su cartera, lo que adquiere el nuevo empleador? ¿Dónde queda entonces la legislación urdida para proteger nuestra propia intimidad?

Da igual presentemos ante el funcionario público nuestra documentación de investigador, la carta convenientemente membretada de alguna universidad, justificando el trabajo a realizar, o venir “de parte de”, porque si hoy siguieran existiendo ventanillas, nos daríamos de bruces ante ellas: “Lo siento, pero ya sabe que no podemos facilitarle ese dato”. Ni siquiera el vuelva usted mañana, de Mariano José de Larra, por lo menos inspirador de alguna esperanza. Los campos minados cada vez son más densos, tupidos y abundantes, amenazado convertir la Historia reciente en algo prohibido, pecaminoso… Prueba de ello es que para sus trabajos de contemporaneidad española, muchos historiadores deban buscar respuestas en los archivos desclasificados de Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos o Alemania, anta la reserva absoluta de nuestro país. Porque hoy es más fácil arrojar nuevas visiones de acontecimientos medievales, renacentistas, o de los siglos XVII, XVIII, XIX, e incluso de los primeros años del XX, que de los últimos doce o catorce lustros. Para el pasado remoto contamos con los archivos de Simancas, Segovia, los del Reino de Aragón, de Indias o Cataluña. Para la modernidad, lindante a lo contemporáneo, con los legajos y cajas de Salamanca, Ávila, Alcalá de Henares o distintas Fundaciones. Pero ante la almoneda histórica, es decir la Historia más pegada a nuestras vidas, demasiado a menudo tan sólo hallamos la callada por respuesta.

¿Habrá que esperar 100 años para acceder a todo ese acerbo perdido bajo siete llaves? ¿Será accesible tan sólo cuando la memoria viva, los testimonios vivenciales -de tanta valía histórica-, hayan desaparecido sin dejar rastro? ¿Tanto miedo inspira la Historia Contemporánea?

Este no es foro para arengas ni condolencias, y por ello tampoco se antoja razonable ensopar pañuelos en la amargura lacrimógena. Ciñámonos tan sólo a algunos ejemplos ilustrativos, con el fútbol de por medio, puesto que después de todo una imagen sigue valiendo tanto como mil palabras.

En la imagen Juliá, futbolista del Europa barcelonés, el año 1924. Muchas veces los Registros Civiles constituyen última esperanza para el investigador de una época en la que no suelen abundar los rastros.

Hace algún tiempo, cuando tratábamos de completar las filiaciones y trayectorias de todos nuestros internacionales absolutos, rastreando hemerotecas parecía imposible dar con la fecha natal de un convocado que a la postre no habría de debutar. Ni en entrevistas a vuelapluma, gacetillas, semblanzas domingueras, o en la necrológica, surgía el menor rastro. Las fichas federativas que sobre él fue posible hallar, tampoco resolvían dudas. Y así las cosas, la única senda practicable conducía hacia el registro, donde la negativa fue contundente: “Pues mire, tenemos el dato, sí, pero no se lo puedo facilitar”. Ello, además, después de haber justificado las razones de nuestro interés, explicando que la vía familiar estaba cerrada, que su defunción databa del nefando verano de 1936, y ya había llovido desde entonces, así como que, obviamente, tanto interés no respondía a hipotéticas reclamaciones de herencia o bienes raíces, apropiaciones de identidad o litigio de cualquier índole.

Ante la evidencia de que ese “no” representaba una negativa categórica, se dejó correr las calendas antes de reincidir, esta vez con el soporte de un escrito universitario debidamente cumplimentado, vía fax. Pues tampoco. Un dato que probablemente interesara a bien pocos permanecía custodiado con más esmero que el santo grial. Pero la terquedad del investigador puede ser mucha cuando lo retan, y aquello ya era una cuestión de honrilla personal. De modo que se continuó dando palos de ciego aquí y allá, rastreando álbumes familiares de conmilitones, también difuntos, de descendientes y periodistas de la época, sacristías, residencias de ancianos… Hasta que sonó la flauta, en forma de gatera punto menos que inverosímil. Aquella fecha, por cierto distinta a la ofrecida en algunos portales de internet, veía por fin la luz. Y lo que es mejor, encajaba con todos los signos de veracidad.

Sin ánimo de comparar personajes, suponiendo que antaño se hubieran puesto tantos impedimentos en los casos del Duque de Lerma, Espronceda, Leandro Fernández de Moratín, el pintor Madrazo, Santa Teresa de Jesús, Daoiz y Velarde, José Ulloa “Tragabuches”, el carlista Cabrera, Zorrilla o el Marqués de la Ensenada, es probable que hoy tuviéramos de ellos unas biografías por demás cojas. ¿A quién beneficia el desconocimiento gratuito? O si se prefiere, ¿qué daño hace conocer la verdad?

Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la II República Española, aunque al publicarse en el extranjero escuetos titulares de “Zamora, presidente de la nueva república en España”, hubiese quienes entendieran que nuestro mito bajo los tres postes había saltado con éxito a la vida política.

Por no abandonar la ejemplificación anecdótica, siendo presidente de la Real Federación Española de Fútbol el vizcaíno Ángel Mª Villar, se decidió conformar un museo del fútbol. O como mínimo del fútbol federativo y, por ende, de nuestra selección nacional. Alguien pensó entonces, con muy acertado criterio, que en el mismo debían lucir las partidas de nacimiento de la selección olímpica en Amberes, puesto que aquella no sólo había sido la primera comparecencia de nuestro cuadro nacional, sino la rúbrica del primer éxito balompédico siquiera fuese en forma de plata, como correspondía al subcampeonato. Entonces los registros aún no se habían vuelto impermeables, y la sorpresa llegó en el acta de Ricardo Zamora Martínez, el gran ídolo futbolístico de los 20 y 30 en el pasado siglo, hasta el punto de otorgársele por apodo “El Divino”. Su fecha natal y de inscripción en absoluto concordaba con la que siempre facilitara sobre sí mismo. ¿Dónde estaba el error? ¿Por qué alguien iba a mentir a sabiendas sobre tal cuestión? Pero lo llamativo no sólo se concretaba en ese día mes y año, sino en una circunstancia biográfica emanada de la propia partida, raramente incluida en cuantas glosas se escribieron sobre él, por cierto abundantísimas.

Bueno, al fin y al cabo tampoco es que Zamora fuese tan importante, pensará alguien, sin que le falte razón. No descubrió la penicilina ni creó realidades virtuales; no compuso sinfonías como Beethoven, ni epigramas como Marco Valerio Marcial; no inventó el pararrayos ni se le ocurrió la teoría de la relatividad. Pero fue merecedor de un espacio enciclopédico, aunque sólo fuere por trascender del mito. Y ello se explica, entre otras razones, por los telegramas de felicitación que recibiera desde el otro lado del océano cuando Niceto Alcalá-Zamora fuera elegido primer presidente de la II República Española, el 11 de diciembre de 1931. Para esos comunicantes, Zamora y español merecedor de semejante honra, tan sólo podía haber uno, a lo que se ve: el todavía cancerbero internacional. Este tipo de cosas no suelen darse al común de los mortales, ¿verdad?

Ficha federativa de Ricardo Zamora Martínez, que cuando se inmiscuyó en la política fue como redactor de un medio informativo, y habría de pagarlo con su apresurada salida hacia Marsella.

Otro hecho relacionado con la dificultar para acceder a datos futbolísticos tuvo por epicentro a un joven que sólo sería alineado en nuestra categoría reina una tarde; la de la huelga de jugadores profesionales, reventada por los clubes de 1ª y 2ª División formando con equipos juveniles y amateurs. Años después de aquella efeméride, recopilar filiaciones distó mucho de ser tarea sencilla, puesto que parte de aquellos meritorios jamás alcanzaron la semiprofesionalidad. Entonces las agrupaciones de exfutbolistas o viejas glorias, apenas si constituían un esbozo de lo que más adelante iban a ser. Solían estar compuestas por residentes en la ciudad del equipo, o sus inmediaciones, y básicamente quedaban para entrenar de cara a partidillos benéficos. Por supuesto y salvo raras excepciones, no eran órganos dependientes del club, como hoy sucede, ni incluían entre sus metas el loable socorro al compañero necesitado. Aquella fue casi siempre una vía muerta. Las Federaciones Territoriales, por no variar, condujeron al descarrilamiento. Lo mismo que la hemeroteca, e incluso a veces el interrogatorio, foto en mano de equipo para aquel partido, entre compañeros ocasionales con más suerte deportiva. “Pues no, no me suena; no sé quién es”. O: “Sí, coincidimos unos pocos meses, pero le perdí la pista. Se llamaba Fulano, o Mengano -normalmente el nombre con que fuera alineado esa tarde-; estudiaba y por eso se le congeló la afición”. El caso es que con aquel futbolista no había manera. Hasta que por casualidad, esas casualidades que según nuestro añorado Félix Martialay llegaban “tras mil palos de ciego y cien velas al santoral”, descubrí que había estudiado Derecho, aprobado oposiciones a la judicatura y ejercía en una localidad mediterránea.

“Por fin”, pensé. Y rápidamente busqué el teléfono de aquel juzgado, pasando de mano en mano por tres o cuatro interlocutores, sin lograr mi propósito. “Quisiera saber si podría facilitarme la fecha y lugar de nacimiento del Sr. Juez”, indicaba, designándolo por su nombre y apellido, puesto que para entonces ya eran secreto desvelado. Y a continuación añadía el porqué de mi interés: “Verá, ese señor jugó un partido de primera División tras convocarse una huelga de futbolistas profesionales y…”

Y nada, puesto que fui despachado con elegante rebolera afarolada.

Al día siguiente recibí una enigmática llamada, inquiriéndome si había sido yo mismo quien se interesaba por la identidad del Sr. Juez: “No exactamente su identidad –argüí-, sino la fecha de nacimiento. Y mi interés radica en que…” Desde el otro lado del hilo me interrumpieron, amablemente pero con energía: “Sí ya sé, quiere completar su ficha deportiva porque fue futbolista, pero esto es un juzgado, no la Federación”. Tras brevísimo silencio, a través del hilo, porque corrían tiempos de tecnología analógica, mi interlocutor se presentó como responsable de seguridad en aquel juzgado, añadiendo: “Usted reside en el País Vasco, ¿verdad? Entonces seguramente comprenda las razones que convierten a cada miembro del poder judicial, a su vida pública y privada, en materia muy reservada”.

Desde luego que lo entendí. Vivíamos días para no olvidar, con una organización terrorista dedicada a la extorsión, el secuestro y los asesinatos mafiosos, para quienes la judicatura contaba como enemigo prioritario. Pedí disculpas humildemente y mi interlocutor, al fin, dulcificó su tono mientras nos despedíamos. Punto y aparte, aunque no punto y final. Porque si ese no era el camino, tal vez existieran otros.

Transcurridos varios meses, aquella ficha seguía abierta. Y la casualidad, otra casualidad después de nuevas puertas cerradas, me llevó a cruzar caminos con cierto abogado cuya actividad profesional solía llevarle a territorio levantino. “¡Hombre! -le dije-. Entonces tendrás contactos con abogados ejercientes en esa zona”. Y como su respuesta fuere afirmativa, tardé poco en contarle la historia del futbolista efímero, su probable continuidad como juez en esas tierras y mi bochorno telefónico ante aquel miembro de la seguridad del estado. “Pues mira -me apresuré a enhebrar-, quizás alguno de tus contactos pudiera…” Garrapateé en una servilleta de bar el nombre y apellidos que para entonces podía incluso recitar en sueños, y dejé correr las jornadas, sin grandes expectativas. Alrededor de una semana después, escuché telefónicamente la voz de ese abogado: “Apunta. Pero me debes una invitación, que conste”. Y comenzó a desgranar los datos, tan esquivos hasta entonces. Lo más curioso, según me dijo, es que la averiguación no comportó ningún esfuerzo. En el reducido ambiente judicial se conocían todos.

Un caso de éxito entre muchísimos tropiezos, porque los campos hasta entonces relativamente diáfanos comenzaron paulatinamente a aparecer minados. Tal vez no sea casualidad que el incremento de cortapisas a la investigación de nuestro pasado más reciente vaya unido a decisiones en materia educativa, como mínimo discutibles. Se podrá ingresar en la Universidad sin aprobar el bachillerato. La Historia dejará de ser en la enseñanza primaria una apasionante aventura cronológica. De la dominación visigoda quizás se salte al descubrimiento de América. De los enclaves fenicios al Siglo de Oro, y de las guerras carlitas a la toma de la Bastilla. Bonito popurrí, inconexo y deslavazado. Como además tampoco se estudiará Filosofía, aparte de no saber nada sobre Tales de Mileto, los atomistas o el método socrático, nada de Orígenes, Avicena, San Isidoro, Hildegarda von Bingen, Averroes, Maimónides, Roger Bacon, Giordano Bruno, Erasmo de Róterdam, Maquiavelo, Francisco de Vitoria, Descartes o Kant, tampoco habrá pensamiento crítico, piedra angular del libre albedrío. Puestos a ser malpensados, hasta cabría preguntarse si todo no irá encaminado hacia el empesebramiento borreguil, puesto que al fin y al cabo para gobernar rebaños basta con un perro fiel y la vara de avellano.

Siguiendo esa misma deriva, se antoja lícita otra reflexión: ¿Salen mejor preparados los licenciados de hoy, que los de hace treinta y cinco o cuarenta años? Conozco docentes que han suprimido de su oratoria las frases subordinadas, porque parte del alumnado se perdía o enredaba en ellas. ¿Cómo se accede actualmente a la Universidad? ¿Con qué mimbres de partida, para conformar el cesto? Tendría gracia que esa respuesta fuese, no ya negativa, sino entenebrecida por la duda, cuando se ha multiplicado por cinco -y no en términos dinerarios, sino de valor empírico-, la inversión en enseñanza a lo largo de los últimos lustros.

Durante mi tiempo en las aulas, un profesor de Economía nos recordaba insistentemente la diferencia entre invertir y despilfarrar. “La inversión nunca puede tratarse como un gasto -decía-, aunque nuestra Ley de Sociedades Anónimas permita introducir ciertos gastos en ese calcetín. La inversión siempre exige resultados, convénzanse. Y si los resultados no acompañan, es que no cabe hablar de inversión, sino de despilfarro”.

Pues eso. Además de adentrarnos por campos minados al tejer la historiografía de lo inmediato, pudiéramos estar hundiendo nuestros tobillos en el légamo del despilfarro.